LA NATURALIZACIÓN EPISTEMOLÓGI

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LA NATURALIZACIÓN EPISTEMOLÓGICA DE THOMAS S. KUHN
SAMUEL DOBLE GUTIÉRREZ / RECENSIÓN 192
Alexander J. BIRD: Thomas Kuhn, Tecnos, Madrid, 2002.
El último tercio del siglo XX ha conocido
una nueva orientación en el ámbito de la filosofía de ciencia. Buena parte de ello es deudora en
gran medida de la obra de Thomas S. Kuhn
(1922-1996). Precisamente en este último lustro, tras su fallecimiento, los estudios sobre este
autor han cobrado una nueva vitalidad, a la cual
no permanece ajena este libro. Alexander J. Bird,
profesor de Filosofía en la Universidad de Edimburgo, nos da en este libro una visión del autor
de La Estructura de las Revoluciones Científicas
(en adelante, ERC) que, en principio, parece que
podría encajar muy bien con la concepción que
de sí mismo tenía el propio Kuhn como un autor poco o nada comprometido con el irracionalismo. De este modo, frente a interpretaciones heterodoxas como la de B. Barnes1, no ve en
Kuhn a un relativista ni un constructivista extremo [cf. p. 346].
El libro que presentamos se estructura en
torno a dos partes claramente diferenciadas. En
la primera, que abarca los tres primeros capítulos, el autor expone de un modo tan claro como
exhaustivo —en ocasiones, hasta la náusea— algunos de los ítems fundamentales en el proyecto filosófico de Kuhn. En primer lugar, pasa revista al contexto en el que emergieron las ideas,
dominado hasta la aparición del autor de referencia por el modo de entender la ciencia de lo
que el profesor Bird califica como el «Viejo
Racionalismo» —encarnado en autores como
Carnap, Hempel, Popper y Lakatos—, cuyo proyecto era decididamente normativo, dirigido a
establecer un método verdaderamente científico demarcador de lo que es ciencia de lo que no
lo es; también hay un hueco para Feyerabend,
1
Cf. B. BARNES (1982): T. S. Kuhn and Social
Science. London: The Mcmillan Press Ltd. (trad. cast.
T. S. Kuhn y las ciencias sociales. México: FCE, 1986).
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los trabajos de los psicólogos de la Gestalt y la
orientación de los estudios sociales de la ciencia
de la mano de L. Fleck, autor que debe su redescubrimiento a la propia ERC. En los siguientes
capítulos el autor procede a tratar algunos de
los aspectos centrales en la formulación clásica
de Kuhn: así, en el capítulo segundo, el centro
de interés lo constituye la distinción entre ciencia normal y revolucionaria; el tercero, por su
parte, gira en torno a la controvertida noción de
«paradigma». Estas cuestiones, además, están
salpicadas de consideraciones críticas de una
notable perspicacia, aunque en ocasiones exista
una coincidencia en lo sustancial con los planteamientos kuhnianos iniciales. Paradigmática
en este sentido me resulta la discusión que sostiene A. Bird con Kuhn respecto a la dicotomía
entre ‘ciencia normal’ y ‘ciencia revolucionaria’:
el argumento principal es que esta dicotomía no
hace justicia a la variedad de episodios que ocurren en la ciencia, pues los cambios intermedios
—las reformas que no implican una revolución— son más numerosos y no quedan contemplados en esta versión simple del modelo de
cambio científico [cf. p. 81 y ss.]. Ahora bien, el
profesor Bird entiende que, pese a las críticas,
Kuhn estaba en lo cierto con respecto al modelo
de cambio científico [cf. pp. 103-104, 2n].
A diferencia de esta primera parte, accesible y recomendable para todo lector con escasa
formación filosófica pero con cierto interés en
adentrarse en el pensamiento de Kuhn, la segunda se ha concebido desde un principio para
otro tipo de destinatario: el especialista, dada su
mayor enjundia filosófica. En los tres capítulos
que la componen se analizan cuestiones filosóficamente tan relevantes como la percepción y
el cambio de mundo (capítulo cuarto), el significado y la inconmensurabilidad (capítulo quinto) y, finalmente, el progreso y el relativismo
(capítulo sexto), principalmente desde el punto
de vista de la epistemología naturalista. El libro
queda clausurado con un capítulo, el séptimo,
en el que el autor esboza someramente la influencia que ha ejercido la obra de Kuhn, principalmente en el ámbito de las ciencias sociales, puesto que propició que éstas se vieran a sí mismas
como «ciencias» aunque en un estadio inmaduro, preparadigmático, de desarrollo. También hay
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2
De todas formas, parece de dominio común
que la influencia del Kuhn filósofo ha sido más notoria que la del Kuhn historiador [cf. A. BELTRÁN: «De
historia, de filosofía, de pájaros», en C. SOLÍS (comp.):
Alta tensión: Historia, filosofía y sociología de la ciencia.
Barcelona: Paidós, 1998, pp. 111-144: 112].
3
Llamo la atención, en primer lugar, sobre las
referencias que el propio Kuhn da acerca de las influencias recibidas de James B. Conant, A. Koyré y Meyerson
[cf. A. BALTAS et al.: «Una conversación con Thomas
Kuhn» en Th. S. KUHN (2000): El camino desde la estructura. Barcelona. Paidós, 2002, pp. 301-373]. Un
interesante trabajo, a cargo de Carlos Gustavo PARDO
(2001). La formación intelectual de Thomas S. Kuhn:
una aproximación biográfica de la teoría del desarrollo
científico. Navarra: EUNSA, incide en esta línea.
4
De la bibliografía consultada, menciona de un
modo muy especial la deuda contraída con P. HOYNINGUEN -H UENE (1993): Reconstructing Scientific
Revolutions: Thomas Kuhn’s Philosophy of Science, una
exposición «oficial» de la filosofía de Kuhn que contó
con la colaboración —y la supervisión— del propio
interesado. Vista la influencia que ha tenido Kuhn, es
obvio que emprender la investigación pretendiendo
abarcar la totalidad de la bibliografía generada es, desde
luego, tarea imposible.
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pio, lo que hace que se contemple de manera
separada: d) aun asumiendo que es bastante
meritorio realizar una reconstrucción de la filosofía de la ciencia de Kuhn, en este libro encontramos que, básicamente, ésta se restringe a ERC
y a la «Postdata» de 1969 —presente en la segunda edición (1970)— con ocasionales incursiones en escritos posteriores5; es como si pretendiésemos reducir la filosofía del lenguaje de
Wittgenstein a lo dicho en el Tractatus.
Además, esto tiene otra consecuencia lamentable, y es que el potencial crítico de las observaciones del profesor Bird queda atenuado como
consecuencia del revisionismo que Kuhn hizo de
sus iniciales planteamientos en escritos posteriores6. A pesar de que en la selección bibliográfica
final se recoge una serie de artículos fundamentales a la hora de contribuir a la «nueva imagen»
de Kuhn, que posteriormente pasaron a engrosar
el núcleo de la compilación de reciente aparición,
El camino desde la estructura (2000), ciertamente
las referencias brillan por su ausencia en la primera parte del libro, y sólo se tienen en cuenta
en la segunda parte, aunque quizá no con el
protagonismo que indudablemente merece. Y
esto acaba por dar una visión sesgada del pensamiento de Kuhn en tanto que filósofo.
5
Un trabajo más reciente sobre Kuhn, aún no
traducido, W. SHARROCK; R. READ (2002): Kuhn:
Philosopher of Scientific Revolution. Cambridge: Polity
Press, incide en la idea de que, para exponer la filosofía de la ciencia de Kuhn, es necesario tener en cuenta
sus grandes obras históricas, La Revolución Copernicana
(1957) y La Teoría del Cuerpo Negro y la Discontinuidad Cuántica (1979), porque están escritas teniendo
como telón de fondo el marco filosófico en el que
operaba Kuhn.
6
Uno no puede por menos de preguntarse sobre la rentabilidad de la reflexión que hemos reseñado anteriormente sobre la dicotomía entre ciencia
normal y revolucionaria cuando el propio Kuhn reconoció que, si hoy tuviese que volver a escribir La estructura, «haría más hincapié en el cambio del lenguaje y profundizaría menos en el cambio normal/
revolucionario» [cf. «Conmensurabilidad, comparabilidad y comunicabilidad», en Th. S. KUHN (2000),
p. 75], al que Bird dedica tanta atención.
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lugar en este capítulo para el análisis de las acusaciones de conservadurismo vertidas sobre el
propio Kuhn, tanto en su vertiente teórica (D.
Bloor) como política (S. Fuller).
Conviene destacar la honestidad del propio
autor cuando reconoce que su libro tiene un alcance limitado en tanto en cuanto: a) Se centra
única y exclusivamente en la filosofía de la ciencia de Kuhn, si bien entiende que ésta es una limitación «parcial», pues ERC «no es primariamente un texto de filosofía, sino que es más bien
una obra sobre lo que yo llamo ‘historia teórica’»
[cf. p. 12]2; b) expone esas ideas en conexión con
su contexto histórico aunque, curiosamente, decida mantenerse alejado de la influencia indudable que tuvieron ciertos episodios biográficos3; y
c) la investigación que subyace a su trabajo sólo
ha podido acaparar una fracción de la ingente
literatura secundaria que existe sobre Kuhn4.
Desde mi punto de vista, yo añadiría aún
una limitación más, que iría en consonancia con
la primera, aunque tendría peso específico pro-
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Me gustaría señalar que, en mi opinión, un
mérito indiscutible de este libro es que nos presenta un acertado retrato de un autor que no ha
surgido por ‘generación espontánea’, sino como
producto de una tradición previa. De hecho,
Kuhn es considerado aquí «como el último de
los empiristas lógicos o como el primero de los
post-empiristas lógicos» 7 [cf. p. 16]; las semillas
de su propia revolución pueden rastrearse en historiadores y sociólogos como Fleck, Mannheim
y Merton, así como en filósofos como Toulmin y
Hanson. Con los apóstoles del «Nuevo Paradigma» compartiría Kuhn el rechazo a la filosofía
normativa de la ciencia, así como del modo de
hacer historia de la actividad científica. También
resulta digno de mención que el autor incluya
ejemplos no presentes en ninguna de las obras de
Kuhn, en la mayoría de los casos por sucederse
con posterioridad, lo cual conlleva, evidentemente, poner de actualidad todo un clásico. Y, además, la comparación de diferentes aspectos de la
obra de Kuhn con otros ilustres autores como
Feyerabend, Van Fraassen, Quine... ayuda a forjar una imagen cabal de la filosofía de la ciencia
no regida por etiquetas ni compartimentos estancos, sino como un abanico de suaves matices
de enorme riqueza y complejidad.
Una de las tesis centrales que se defiende en
este libro es que «en importantes respectos, Kuhn
no rompió enteramente con la tradición que lo había precedido [...] es precisamente este rechazo parcial del positivismo y del empirismo lo que explica
la aparente radicalidad de la perspectiva kuhniana»
[cf. pp. 14-15]. El paradigma del «Viejo Racionalismo», que Kuhn contribuyó enormemente a desmantelar, queda articulado, a juicio del profesor
Bird, en torno a cuatro supuestos fundamentales:
1. Base observacional: las observaciones fundamentan todo juicio científico.
7
Curiosamente, la evaluación de la figura de
Kuhn, corre paralela a la que el propio Kuhn hacía de
Copérnico como el último de los astrónomos ptolemaicos y el primer astrónomo moderno [cf. Th. S.
KUHN (1957): La revolución copernicana. Barcelona.
Ariel, 1996, p. 240].
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2. Base experiencial: las observaciones, a su vez,
registran las observaciones perceptuales.
3. Internalismo: el contenido de una percepción es
inmediatamente accesible al sujeto que percibe.
4. Independencia: las percepciones son datos brutos que no dependen de ningún juicio o estado
mental previo.
Basándose en esta caracterización, Kuhn habría abrazado —según el profesor Bird— los tres
primeros supuestos, aunque reaccionó virulentamente con el último en la medida en que todo
contenido perceptual estaría afectado por el paradigma en el que uno decida cobijarse. Tras la lectura de esta valoración, la imagen que enseguida
le viene a uno es la del parricida Zeus Crónida en
tanto que «la propia revolución de Kuhn retuvo
mucho de ese empirismo lógico contra el cual estaba reaccionando» [cf. p. 373]; es más, «si Kuhn
hubiera rechazado una mayor proporción del pensamiento de sus predecesores, podría haber llegado a resultados menos dramáticos en apariencia
que los que de hecho obtuvo; pero también más
próximos a la verdad» [cf. p. 22].
Enormemente sugerente me ha resultado
el paralelismo establecido entre las concepciones del proceder científico y las metáforas mentales al uso. A grandes rasgos, el proyecto normativo, legaliforme, hiperbólicamente racional,
del «Viejo Racionalismo», hallaría su correlato
en el mentalismo computacional: la mente procedería de modo algorítmico al igual que la ciencia buena y verdadera; mas, con el advenimiento
del enfoque conexionista del cerebro y su énfasis en las redes neuronales, los nudos y los nódulos, surge una nueva manera de concebir el
proceder científico, encarnada en el nivel metahistórico, entre otros, por Kuhn8 quien, curiosamente, defendía que la explicación del cambio de creencia convenía hallarla, en última instancia, en la psicología cognitiva, que en aquellos momentos no conocía el grado de desarro-
8
Aunque, desde luego, más pertinente me parece para establecer el paralelismo con la obra de B.
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por Quine, a la que Kuhn no permaneció ajeno.
Pero, tras el giro lingüístico que adquirió el proyecto filosófico del autor de La Tensión Esencial,
con posterioridad a la aparición de este volumen en 1977, seguramente admitiría muchos
matices si tenemos en cuenta el «kantismo postdarwiniano» que el propio Kuhn aseguraba defender11.
Este libro, en mi opinión, a pesar de su propuesta enriquecedora, no exime de la lectura de
la obra de Kuhn. Para ser honestos, tampoco lo
pretende. Pero sí es verdad que supone una buena excusa para su (re)lectura, no con el objetivo
de buscar con premeditación y alevosía la discrepancia o lo que en el contexto anglosajón se
conoce como «misreading», sino como una invitación a profundizar en la obra de uno de los
pensadores más importantes e influyentes del
siglo XX. Y yo creo que éste es el mejor tributo
que se le puede rendir a ambos. Un último detalle: la traducción de los pasajes de la obra de
Kuhn (1962) se muestra bastante fiel a la edición española existente en el FCE, de suyo no
excesivamente afortunada. Esto tiene la ventaja
indudable de ayudar al lector a manejarse con
suficiente comodidad a la hora de adentrarse
directamente en Kuhn, salvando los escollos de
las discrepancias terminológicas existentes en
traductores-intérpretes diferentes, algo de agradecer en contextos como el nuestro, tan poco
proclive a la presencia en los circuitos comerciales de las obras en su versión original.
SAMUEL DOBLE GUTIÉRREZ
9
Para una mayor profundidad en el tratamiento, remite el autor a una obra anterior, A. BIRD (1998):
Philosophy of Science. London: UCL Press.
10
Cf. Resistencia que fue claramente expuesta
en los siguientes términos: «una epistemología evolutiva no tiene por qué ser una epistemología naturalizada» [cf. «El camino desde la estructura», en Th. S.
KUHN (2000): 118].
11
Op. cit., p. 129.
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llo actual. Los avances en neurofisiología parecen haber corroborado las intuiciones que Kuhn
había avanzado hace cuarenta años.
En consonancia con esto, Kuhn es interpretado en este libro desde las coordenadas teóricas de la epistemología naturalizada y la epistemología externalista, defendidas por el profesor
Bird9, en tanto que intento de resolución mediante la ciencia de las tradicionales cuestiones
filosóficas sobre el descubrimiento, desarrollo y
justificación de las teorías científicas; la «resistencia» de Kuhn10 al naturalismo es interpretada incluso como parte de esa herencia empirista
señalada previamente. Este empirismo residual,
además, se combinaría con una epistemología
internalista de profundas reminiscencias
cartesianas; el resultado de este cóctel es la inminente precipitación al callejón sin salida del
escepticismo metafísico y el relativismo. No obstante, «un kuhnianismo naturalizado podría muy
bien ser escéptico de una manera científica» [cf.
p. 357], es decir, reconociendo la fiabilidad del
proceso de formación de creencias, instaurado
sobre la base de la relación existente entre la psicología del sujeto, su entorno y la evidencia, pese
a que el punto de partida es la idea de la imposibilidad de un conocimiento atemporal, objetivo y racionalmente justificado desde una instancia externa y trascendente.
En un primer momento, no hay duda de
que esta lectura en clave naturalista sería bastante adecuada, máxime teniendo en cuenta la
influencia ejercida en su momento por la contundente crítica al empirismo lógico perpetrada
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