CONTEXTO HISTÓRICO S. XIX (Válido para Marx y Nietzsche) 1. La

Anuncio
CONTEXTO HISTÓRICO S. XIX
(Válido para Marx y Nietzsche)
1.
La hora del orden y el progreso. (1789-1848)
El periodo que ahora se inicia viene marcado por las conquistas revolucionarias que, a pesar de
la confusión reinante, son innegables: la Declaración de los Derechos del Ciudadano, aunque vaga,
proclama claramente el nuevo estatuto de libertad, igualdad y fraternidad que Mozart recrea en la
Flauta Mágica. Los ideales revolucionarios e ilustrados se exportan a Europa en los cañones
napoleónicos. El inicial entusiasmo revolucionario se enfría bastante cuando la guillotina cae sobre
la cabeza de Luis XVI. Los intentos de Restauración van hacer de este siglo un siglo relativamente
estable en lo político con crisis revolucionarias que serán sucesivamente aplacadas por unos Estados
que comienzan a estructurarse como los Estados de hoy en día haciendo uso y en muchos momentos
abusos de nuevos cuerpos de seguridad como serán la policía o el nuevo ejercito. Un ejemplo de
esto último es el lema expuesto por Goethe cuando trabajó en el gobierno de Weimar: “antes el
orden que la justicia”. Así cualquier intento liberal, reformista, obrero o los primeros intentos
nacionalistas (Hungría, Italia)que comienzan a surgir por Europa serán o se intentarán ahogar bajo
ideales conservadores como Tradición, legalidad y monarquía.
Respecto al arte está naciendo un personal mundo privado que se rebela contra la “manera
correcta de hacer las cosas” y que acabará por quebrar el mismo concepto de estilo. Ya nadie está
muy seguro de que tema merece ser pintado o cómo, como ejemplo Goya pinta la familia de
Carlos IV respetando las reglas de la pintura cortesana y tradicional, pero, sin embargo, basta mirar
algunos de sus Caprichos o sus Disparates, para darse cuenta de que el pintor empieza a abrir
nuevas vías a su arte utilizando sus pinceles para expresar sus propias visiones, una obra privada
como la de las Pinturas Negras, está hecha con el mismo material de sus sueños.
Otro tanto ocurre con la música que ya ha dejado de ser patrimonio de las clases altas. En Viena,
se instala Beethoven y sus composiciones van dirigidas a un público cada vez más entendido y que
llena los conciertos. Una música que se forja más con los colores de las emociones, que con grandes
ideas (aunque también se dan como es el ejemplo de la Novena Sinfonía) así la música romántica
avanzará rápidamente (Schubert, Berlioz, Chopin) y espoleada por innumerables talentos que ven
en ella el lugar privilegiado para expresar lo que se lleva en el alma, la música será a medida que
transcurra el siglo, el arte por excelencia hasta llegar a la grandiosa concepción de Wagner como
“arte total”.
Al igual ocurre en la literatura donde se exalta la pasión y la imaginación junto con la
reivindicación de la lengua y las viejas tradiciones nacionales los románticos recuperan lo Sublime
y todo aquello que la Ilustración consideraba ya acabado. Surge, en definitiva, el mito del artista
romántico, delgado y pálido, como transido por su anhelo insatisfecho; abocado a una muerte
prematura, casi arrebatado en su éxtasis, melancólico incurable y soñador perpetuo que se complace
con las terribles tempestades marinas, con los paisajes dulces o grandiosos, con la niebla y la luna
ensoñadoras (Byron, Larra, Bécquer, Goethe, Walter Scott).
En lo económico este siglo se define por la revolución industrial y con ella el imparable ascenso
de los economistas que defendían la ortodoxia del individualismo que encerraba la doctrina del
liberalismo económico. (David Ricardo, Malthus...) El ámbito económico iba complicándose con
problemas derivados de la industrialización y cambiaba poco a poco, su armonía natural por unas
relaciones conflictivas. Personajes como Fourier Owen, Proudhon, Saint Simon, catalogados por
Marx posteriormente como socialistas utópicos tuvieron una cierta relevancia en los aspectos
sociales de la revolución industrial en sus propuestas por un futuro distinto y planificado,
sustentado en la educación de los individuos. Durante los años 30 y 40 del siglo las ideas de los
socialistas utópicos alcanzaron un éxito espectacular, se puso de moda el reformismo, mezcla de
entusiasmo romántico, hastío político y afanes sociales. Las fábricas, el trabajo y los problemas
sociales eran el centro de atención de muchos observadores, ya fueran intelectuales o moralistas con
proyectos de cambio, o escritores románticos como Víctor Hugo, más proclives al sentimentalismo
o a la simpatía que a la verdadera reforma. Dickens es, quizás, quien mejor representa al sector más
consciente de la pujante sociedad victoriana inglesa que no alienta revueltas subversivas pero
tampoco puede cerrar los ojos ante las terribles consecuencias de un capitalismo salvaje; la miseria,
la degradación y la injusticia son tan escandalosas que no pasan fácilmente desapercibidas, aunque
haya todavía quien quiera creer que ser remediarán gracias a la buena voluntad, como en los finales
felices que Dickens gusta de poner en sus obras.
1848 fue un polvorín donde en casi toda Europa estallaron los conflictos y luego una enorme
decepción cuando todos ellos fracasaron: los liberares no consiguen sus regímenes democráticos,
los nacionalistas ven frustradas el ansia de unidad y los socialistas no logran ni una sola de las
reformas que anhelan para algunos programas sociales y ciertas reformas políticas. La burguesía
inició su propia defensa, ahora con la convicción de que ya no tenía nada que temer al Antiguo
Régimen y sí mucho de la clase obrera, que era la nueva enemiga de sus privilegios políticos,
sociales y económicos. Los emprendedores, decididos y revolucionarios burgueses que habían
defendido la libertad y la igualdad en 1789 (Rev. Francesa) se habían vuelto conservadores y
decidían sacrificar tales principios como a la seguridad y a la propiedad. Con el fracaso de los
sueños vino una realidad bastante dura para muchos y menos grandiosa para todos, pero no por ello
despreciable.
Estamos en un siglo donde los acontecimientos científicos se habían acelerado y con ello los
elementos tecnológicos. La máquina de vapor había encontrado un nuevo ámbito de desarrollo en
el ferrocarril y ya existía una línea regular de pasajeros entre Liverpool y Manchester[1]. Muy
pronto correría por las calles de Nueva York el primer tranvía y los barcos comerciales de vapor
empezarían a recorrer los mares. Casi cada día surgían inventos revolucionarios, el telégrafo, los
primeros daguerrotipos (antecedente de la fotografía), la anestesia de éter, los abonos,...; era el gran
triunfo científico y tecnológico de la burguesía, de su espíritu tenaz y su realismo pragmático, que
también los llevaba a lejanos países no sólo como conquistadores, sino como “supuestos
civilizadores” de “la mitad del mundo que todavía lo ignoraba todo”. La luz de la civilización surgía
de la ciencia y ésta se volvía, poco a poco, indispensable para la industria; tal alianza, para bien o
para mal, iba a resultar beneficiosa para ambas y a marcar el futuro que, aunque un poco
desencantado, estaba desde luego llegando. Y nunca carecía de defensores ni de críticos.
La visión positivista[2] exigía hechos y despreciaba todo lo que no fuera útil, y desde luego
sobraba la fantasía, pero también las conclusiones íntima de las cosas; todo lo que podemos decir
sensatamente es cómo funcionan, y cómo se desenvolverán previsiblemente a vista de sus leyes. El
realismo (Zola y su Germinal) sustituía la idealización romántica por la observación, la
imaginación y exagerado sentimentalismo por la descripción sobria de lo corriente, tal como
Flaubert hacía en Madame Bovary.[3]
La visión mecanicista del universo había logrado fortalecerse a principios de siglo gracias a la
aportación de personajes tan geniales como Laplace; ahora los científicos podían responder respecto
a Dios “Yo no necesito esa hipótesis”. El gran reloj del universo funcionaba sin otra ayuda que sus
propios engranajes y su maquinaria también estaba llegando a otras ciencias que como la psicología
parecían escapar a la matematización (se cuantifican las sensaciones). Se establecen las bases de lo
que sería la lingüística, aunque en el mundo de la física aparecen trabajos sobre la electricidad, el
calor y la luz que podían quebrar la concepción newtoniana de la realidad.
Charles Darwin al publicar en 1859 El origen de las especies expuso con abrumadores datos, la
idea de que las especies varían y se diversifican dando lugar a otras nuevas, aunque no al modo
dulce y planificado de Lamarck, sino de una forma más salvaje y conflictiva; la naturaleza no es
algo idílico sino una realidad sometida a la mima lucha por la vida a la que los seres humanos
estaban expuestos. Las repercusiones en el ámbito religioso no se trataba tan solo que Dios y la
Providencia hubiesen sido desplazados, era que la vida se reducía a una lucha amoral y ciega de
donde todo valor parecía haber desaparecido y que recordaba el pesimismo de Schopenhauer.
Excluida del designio divino, la naturaleza se mostraba ahora ensangrentada y hacia tambalear la
creencia en un mundo bueno y progresista, en el que el mal podía ser definitivamente erradicado.
Además el progreso constante de las especies significaba de hecho sufrimiento y la muerte de
individuos, sacrificados en esa especie de laboratorio de pruebas que era el mundo natural. ¿Era
pues inevitable el sufrimiento? ¿no quedaba otro remedio que resignarse a convivir con la tragedia
y la injusticia?
2.
La crisis de los siglos XIX y XX (1871-1914)
En 1864 se había fundado la Internacional y se tenía claro que los intereses eran contrapuestos entre
los proletarios y los burgueses, aunque ambos veían el futuro con optimismo de la humanidad. En
1871 se proclama la Comuna de París en un momento en que Francia y Prusia se encuentran en una
sangrienta guerra, en la que Francia llevará la peor parte. Esta Comuna supuso la visión tanto de
Bakunin como de Marx del modelo de una sociedad comunista. Tras el fracaso de la Comuna y la
ejecución casi inmediata de 20.000 comuneros ante la mirada impasible de la burguesía y la
aristocracia, el pesimismo cae en el seno del movimiento obrero hasta el extremo de producirse la
ruptura en su seno y la posterior extinción de la I Internacional. Sin embargo, éste no es el único
síntoma de que toda una concepción del mundo está entrando en crisis. Asistimos a unas décadas en
las que se va produciendo el agotamiento sucesivo de las ideas fundamentales que había
configurado la concepción del mundo en la época anterior.
Una serie de pintores no consiguen que sus cuadros sean aceptados, por lo que deciden a montar
su propia exposición en un salón que dominarán de los rechazados. Comienza el movimiento
Impresionista supone una ruptura radican con la manera de ver que se había mantenido durante
siglos en el arte occidental; es más, apoyándose en los importantes descubrimientos que la física
había desarrollado en el estudio de la luz, los impresionistas reivindican que ellos pintan
precisamente lo que se ve, no lo que se piensa que se ve como había ocurrido hasta entonces. Es un
arte que pretende ser más fiel a la naturaleza que los artistas anteriores. Cualquier tema puede ser un
motivo digno de ser pintado y la luz, el instante, el movimiento, se convierten en preocupaciones
centrales del pintor. Fue sin duda una revolución y como tal fue sentida pro el público y los críticos
que reaccionaron violentamente contra el estilo de los impresionistas. A partir de los impresionistas,
los pintores se encontraron en una especie de callejón sin salida, en un camino que ya no admitía
más posibilidades, sensación de agotamiento que la naciente fotografía no hizo sino acentuar al
hacer perder a los artistas gran parte del trabajo que hasta entonces venían realizando.
Algo similar ocurría en el campo de la música. También en este caso parecía que se estaba
agotando unos modelos de composición musical que, iniciados a comienzos del Barroco, habían
dominado la escena europea prolongándose en los músicos románticos. Wagner había alcanzado la
apoteosis con su concepción del drama musical como unión de todas las artes y había eclipsado a
otras figuras, pero también había llevado hasta tal punto la composición musical que empezaba a
sentirse la imposibilidad de seguir con la concepción armónica de la música anterior. Atraídos por
los postulados impresionistas, algunos músicos (Debussy), una vez muerto Wagner(1885), tratan de
recoger en sus partituras esa evocación de la fugacidad del momento.
Ahora bien, la música se relaciona con otras manifestaciones artísticas del momento, en especial
con la literatura y la poesía de los simbolistas. Tras la aparente ruptura con todo el orden
establecido, tras esa llamada a provocar a la burguesía a la que aborrecen, todos estos artistas
(Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Oscar Wilde, Klimt, Degas,...) ya sean músicos, poetas o pintores,
no dejan de mostrar un claro talante aristocrático, elitista. Es el modelo del bohemio, alguien que
renuncia a vivir conforme a los valores de la sociedad dominante, que se considera más allá del
bien y del mal y que corre buscando experiencias nuevas ya sea en el alcohol, las drogas, las
relaciones homosexuales. Y siempre con el afán de provocar, de que su propia vida sea una obra de
arte. Ambientes bohemios y elitistas que se pueden encontrar muy bien reflejados en los cuadros de
Degas y más todavía en los dibujos de Toulouse Lautrec, si bien en estos últimos asoma una cierta
amargura provocada precisamente por esa falta de ideales y de esperanza en un futuro mejor.
Nietzsche denuncia una sociedad decadente, apegada a unos valores que han terminado
exterminando cualquier capacidad de vivir. A él le falta aire agobiado por los valores decadentes
del mundo occidental, como le faltaba aire a esas damas de la alta sociedad burguesa, estrujadas en
unos corsés que no les dejaban respirar y que provocaban el desmayo en cuanto una fuerte emoción
las turbaba. Y frente a ese nihilismo va a proponer un nihilismo más radical, será necesario
demoler a martillazos esos valores negativos dominantes para poder construir algo radicalmente
distinto. Recoge de este modo Nietzsche toda esta tendencia a enfrentarse con los valores
establecidos que podemos ver en escritores, poetas, pintores, escultores, por toda Europa.
Vivamos más allá del bien y del mal, como ya hacían algunos de los personajes de la novela de
Dostoievski. Mostremos una sociedad degenerada que no nos dejamos guiar por sus valores
enfermizos y alumbremos un mundo nuevo. Nietzsche no es el único en realizar proclamas
incendiarias. Ha comenzado la época de vanguardias que se definen a sí mismas como ruptura con
todo lo anterior, llegando en algunos casos a poner por encima de todo ese deseo de provocación e
innovación. En el mundo de la política, los anarquistas sintonizan con esas propuestas demoledoras
y algunos de ellos no dudan en asesinar a presidentes del gobierno o arrojar bombas en cafés o
liceos. La burguesía está demasiado pagada de sí misma, demasiado tranquila en sus fiestas sociales
y en los despachos de sus fábricas. Pero mientras los anarquistas se reclaman portadores de los
ideales de libertad, igualdad y solidaridad y buscan construir un mundo sin Estado en el que cada
uno dé según su capacidad y recibir según sus necesidades, Nietzsche propone como alternativa
hacer aflorar el superhombre. Caídos todos los ídolos destruidos los viejos y caducos conceptos,
podremos recuperar aquellos que los griegos preclásicos conocían bien y que en algunas raras
ocasiones se han manifestado a lo largo de la historia.[4]
1851 Se celebra la gran Exposición Universal como buen ejemplo del desarrollo científicotecnológico e industrial.
[1]
El positivismo es un movimiento filosófico creado por el pensador francés Augusto Comte y
que plantea una visión de la realidad moderna sustentada por el desarrollo científico
exclusivamente y con ello una visión de progreso en todos los ámbitos de la sociedad del s. XIX
[2]
En España aún estaba presente el lirismo de Bécquer o Rosalía de Castro pero el realismo de
Galdós o de Clarín en su Regenta se imponen.
[3]
Reivindicar una vida regida por valores estéticos, por la búsqueda de la belleza y el juego, algo
que ya sabían hacer muy bien Oscar Wilde, Rimbaud o Rubén Dario.
[4]
Descargar