Los 3 mejores cuentos de los Hnos Grimm de regalo

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Los tres mejores cuentos de los
hermanos Grimm
Selección y edición de Gustavo Dost.
Gustavo Dost dirige varias páginas de estimulación temprana y creatividad:
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El Rey Rana o Enrique el férreo
En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que
tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa que hasta el sol,
que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de
la muchacha. Junto al palacio real extendíase un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo
tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la
orilla de la fuente. Cuando se aburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al
aire y recogiéndola, con la mano, al caer; era su juguete favorito.
Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, hízolo
en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero
la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver
su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando,
en medio de sus lamentaciones, oyó una voz que decía: “¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras
como para ablandar las piedras!” La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de
aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del
agua. “¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador?” dijo, “pues lloro por mi pelota de oro, que se me
cayó en la fuente.” - “Cálmate y no llores más,” replicó la rana, “yo puedo arreglarlo. Pero,
¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?” - “Lo que quieras, mi buena rana,” respondió la
niña, “mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.” Mas la
rana contestó: “No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de
oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si
dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y
duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro.” –
“¡Oh, sí!” exclamó ella, “te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.” Mas
pensaba para sus adentros: ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en
el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?
Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a
grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y la princesita, loca de alegría
al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él. “¡Aguarda, aguarda!”
gritóle la rana, “llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!” Pero
de nada le sirvió desgañitarse y gritar ‘cro cro’ con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus
gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no
tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca.
Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos,
comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía
fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta:
“¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!” Ella corrió a la puerta para ver quién
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llamaba y, al abrir, encontrase con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y volviese a la
mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo: “Hija mía, ¿de qué
tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?” - “No,” respondió
ella, “no es un gigante, sino una rana asquerosa.” - “Y ¿qué quiere de ti esa rana?” - “¡Ay,
padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la
pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que
sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí
afuera y quiere entrar.” Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:
“¡Princesita, la más niña,
Ábreme!
¿No sabes lo que
Ayer me dijiste
Junto a la fresca fuente?
¡Princesita, la más niña,
Ábreme!”
Dijo entonces el Rey: “Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.” La niña fue a
abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó
ante sus pies y le gritó: “¡Súbeme a tu silla!” La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que
lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella, dijo: “Ahora
acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas.” La niña la complació, pero veíase
a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa
se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: “¡Ay! Estoy ahíta y me
siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas.” La
princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he
aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo: “No debes
despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.” Cogióla, pues, con dos dedos,
llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, acercóse la rana a
saltitos y exclamó: “Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu
cama, o se lo diré a tu padre.” La princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con
toda su fuerza, la arrojó contra la pared: “¡Ahora descansarás, asquerosa!”
Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, un apuesto
príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija.
Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía
desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente se marcharían a su reino.
Durmiéron se, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos
blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba,
de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a
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su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón
para evitar que le estallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su
reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no
cabía en sí de gozo por la liberación de su señor.
Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda,
como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:
“¡Enrique, que el coche estalla!”
“No, no es el coche lo que falla,
Es un aro de mi corazón,
Que ha estado lleno de aflicción
Mientras viviste en la fontana
Convertido en rana.”
Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el
príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel
Enrique al ver a su amo redimido y feliz.
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El pájaro de oro
En tiempos remotos vivía un rey cuyo palacio estaba rodeado de un hermoso parque, donde
crecía un árbol que daba manzanas de oro. A medida que maduraban, las contaban; pero una
mañana faltó una. Diose parte del suceso al Rey, y él ordenó que todas las noches se montase
guardia al pie del árbol. Tenía el Rey tres hijos, y al oscurecer envió al mayor de centinela al
jardín. A la medianoche, el príncipe no pudo resistir el sueño, y a la mañana siguiente faltaba
otra manzana. A la otra noche hubo de velar el hijo segundo; pero el resultado fue el mismo: al
dar las doce se quedó dormido, y por la mañana faltaba una manzana más. Llegó el turno de
guardia al hijo tercero; éste estaba dispuesto a ir, pero el Rey no confiaba mucho en él, y
pensaba que no tendría más éxito que sus hermanos; de todos modos, al fin se avino a que se
encargara de la guardia. Instalóse el jovenzuelo bajo el árbol, con los ojos bien abiertos, y
decidido a que no lo venciese el sueño. Al dar las doce oyó un rumor en el aire y, al resplandor
de la luna, vio acercarse volando un pájaro cuyo plumaje brillaba como un ascua de oro. El ave
se posó en el árbol, y tan pronto como cogió una manzana, el joven príncipe le disparó una
flecha. El pájaro pudo aún escapar, pero la saeta lo había rozado y cayó al suelo una pluma de
oro. Recogióla el mozo, y a la mañana la entregó al Rey, contándole lo ocurrido durante la
noche. Convocó el Rey su Consejo, y los cortesanos declararon unánimemente que una pluma
como aquella valía tanto como todo el reino.
- Si tan preciosa es esta pluma -dijo el Rey-, no me basta con ella; quiero tener el pájaro
entero.
El hijo mayor se puso en camino; se tenía por listo, y no dudaba que encontraría el pájaro de
oro. Había andado un cierto trecho, cuando vio en la linde de un bosque una zorra y,
descolgándose la escopeta, dispúsose a disparar contra ella. Pero la zorra lo detuvo,
exclamando:
- No me mates, y, en cambio, te daré un buen consejo. Sé que vas en busca del pájaro de oro y
que esta noche llegarás a un pueblo donde hay dos posadas frente a frente. Una de ellas está
profusamente iluminada, y en su interior hay gran jolgorio; pero guárdate de entrar en ella; ve
a la otra, aunque sea poco atrayente su aspecto.
«¡Cómo puede darme un consejo este necio animal!», pensó el príncipe, oprimiendo el gatillo;
pero erró la puntería, y la zorra se adentró rápidamente en el bosque con el rabo tieso. Siguió
el joven su camino, y al anochecer llegó al pueblo de las dos posadas, en una de las cuales todo
era canto y baile, mientras la otra ofrecía un aspecto mísero y triste. «Tonto sería -díjose- si me
hospedase en ese tabernucho destartalado en vez de hacerlo en esta hermosa fonda». Así,
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entró en la posada alegre, y en ella se entregó al jolgorio olvidándose del pájaro, de su padre y
de todas las buenas enseñanzas que había recibido.
Transcurrido un tiempo sin que regresara el hijo mayor, púsose el segundo en camino, en
busca del pájaro de oro. Como su hermano, también él topó con la zorra, la cual diole el mismo
consejo, sin que tampoco él lo atendiera. Llegó a las dos posadas, y su hermano, que estaba
asomado a la ventana de la alegre, lo llamó e invitó a entrar. No supo resistir el mozo, y,
pasando al interior, entregóse a los placeres y diversiones.
Al cabo de mucho tiempo, el hijo menor del Rey quiso salir, a su vez, a probar suerte; pero el
padre se resistía.
- Es inútil -dijo-. Éste encontrará el pájaro de oro menos aún que sus hermanos; y si le ocurre
una desgracia, no sabrá salir de apuros; es el menos despabilado de los tres.
No obstante, como el joven no lo dejaba en paz, dio al fin su consentimiento.
A la orilla del bosque encontróse también con la zorra, la cual le pidió que le perdonase la vida,
y le dio su buen consejo. El joven, que era de buen corazón, dijo: - Nada temas, zorrita; no te
haré ningún daño.
- No lo lamentarás -respondióle la zorra-. Y para que puedas avanzar más rápidamente, súbete
en mi rabo.
No bien se hubo montado en él, echó la zorra a correr a campo traviesa, con tal rapidez que los
cabellos silbaban al viento. Al llegar al pueblo desmontó el muchacho y, siguiendo el buen
consejo de la zorra, hospedóse, sin titubeos, en la posada humilde, donde pasó una noche
tranquila. A la mañana siguiente, en cuanto salió al campo esperábalo ya la zorra, que le dijo:
- Ahora te diré lo que debes hacer. Sigue siempre en línea recta; al fin, llegarás a un palacio,
delante del cual habrá un gran número de soldados tumbados; pero no te preocupes, pues
estarán durmiendo y roncando; pasa por en medio de ellos, entra en el palacio y recorre todos
los aposentos, hasta que llegues a uno más pequeño, en el que hay un pájaro de oro encerrado
en una jaula de madera. Al lado verás otra jaula de oro, bellísima pero vacía, pues sólo está
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como adorno: guárdate muy mucho de cambiar el pájaro de la jaula ordinaria a la lujosa, pues
lo pasarías mal.
Pronunciadas estas palabras, la zorra volvió a extender la cola, y el príncipe montó en ella. Y
otra vez empezó la carrera a campo traviesa, mientras los cabellos silbaban al viento. Al bajar
frente al palacio, lo encontró todo tal y como le predijera la zorra. Entró el príncipe en el
aposento donde se hallaba el pájaro de oro en su jaula de madera, al lado de la cual había otra
dorada; y en el suelo vio las tres manzanas de su jardín. Pensó el joven que era lástima que un
ave tan bella hubiese de alojarse en una jaula tan fea, por lo que, abriendo la puerta, cogió el
animal y lo pasó a la otra. En aquel mismo momento el pájaro dejó oír un agudo grito;
despertáronse los soldados y, prendiendo al muchacho, lo encerraron en un calabozo. A la
mañana siguiente lo llevaron ante un tribunal, y, como confesó su intento, fue condenado a
muerte. El Rey, empero, le ofreció perdonarle la vida a condición de que le trajese el caballo de
oro, que era más veloz que el viento. Si lo hacía, le daría además, en premio, el pájaro de oro.
Púsose el príncipe en camino, suspirando tristemente; pues, ¿dónde iba a encontrar el caballo
de oro? De pronto vio parada en el camino a su antigua amiga, la zorra.
- ¡Ves! -le dijo-. Esto te ha ocurrido por no hacerme caso. Pero no te desanimes; yo me
preocupo de ti y te diré cómo puedes llegar al caballo de oro. Marcha siempre de frente, y
llegarás a un palacio en cuyas cuadras está el animal. Delante de las cuadras estarán tendidos
los caballerizos, durmiendo y roncando, y podrás sacar tranquilamente el caballo. Pero una
cosa debo advertirte: ponle la silla mala de madera y cuero, y no la de oro que verás colgada a
su lado; de otro modo, lo pasarás mal.
Y estirando la zorra el rabo, montó el príncipe en él y emprendieron la carrera a campo
traviesa, con tanta velocidad, que los cabellos silbaban al viento. Todo ocurrió como la zorra
había predicho; el muchacho llegó al establo donde se encontraba el caballo de oro. Pero al ir
a ponerle la silla mala, pensó: «Es una vergüenza para un caballo tan hermoso el no ponerle la
silla que le corresponde». Mas apenas la de oro hubo tocado al animal, éste empezó a
relinchar ruidosamente. Despertaron los mozos de cuadra, prendieron al joven príncipe y lo
metieron en el calabozo. A la mañana siguiente, un tribunal le condenó a muerte; pero el Rey
le prometió la vida y el caballo de oro si era capaz de traerle la bellísima princesa del Castillo
de Oro.
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Se puso en ruta el joven muy acongojado, y, por fortuna suya, no tardó en salirle al paso la fiel
zorra.
- Debería abandonarte a tu desgracia -le dijo el animal- pero me das lástima y te ayudaré una
vez más. Este camino lleva directamente al Castillo de Oro. Llegarás a él al atardecer, y por la
noche, cuando todo esté tranquilo y silencioso, la hermosa princesa se dirigirá a la casa de los
baños. Cuando entre, te lanzas sobre ella y le das un beso; ella te seguirá y podrás llevártela;
pero, ¡guárdate de permitirle que se despida de sus padres, pues de otro modo lo pasarás mal!
Estiró la zorra el rabo, montóse el hijo del Rey, y otra vez a todo correr a campo traviesa,
mientras los cabellos silbaban al viento.
Al llegar al Castillo de Oro, todo ocurrió como predijera la zorra. Esperó el príncipe hasta
medianoche, y cuando todo el mundo dormía y la bella princesa se dirigió a los baños,
avanzando él de improviso, le dio un beso. Díjole ella que se marcharía muy a gusto con él,
pero le suplicó con lágrimas que le permitiese antes despedirse de sus padres. Al principio, el
príncipe resistió a sus ruegos; pero al ver que la muchacha seguía llorando y se arrodillaba a
sus pies, acabó por ceder. Apenas hubo tocado la princesa el lecho de su padre, despertóse
éste y todas las gentes del castillo; prendieron al doncel y lo encarcelaron.
A la mañana siguiente le dijo el Rey: - Te has jugado la vida y la has perdido, sin embargo, te
haré gracia de ella, si arrasas la montaña que se levanta delante de mis ventanas y me quita la
vista -, y esto debes realizarlo en el espacio de ocho días. Si lo logras, recibirás en premio la
mano de mi hija.
El príncipe se puso a manejar el pico y la pala sin descanso; pero cuando, transcurridos siete
días, vio lo poco que había conseguido y que todo su esfuerzo ni siquiera se notaba, cayó en un
gran abatimiento, con toda la esperanza perdida. Pero al anochecer del día séptimo se
presentó la zorra y le dijo: - No mereces que me preocupe de ti; pero vete a dormir; yo haré el
trabajo en tu lugar.
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A la mañana, al despertar el mozo y asomarse a la ventana, la montaña había desaparecido.
Corrió rebosante de gozo a presencia del Rey, y le dio cuenta de que su condición quedaba
satisfecha, por lo que el Monarca, quieras que no, hubo de cumplir su palabra y entregarle a su
hija.
Marcháronse los dos, y al poco rato se les acercó la zorra: - Tienes lo mejor, es cierto; pero a la
doncella del Castillo de Oro le pertenece también el caballo de oro.
- ¿Y cómo podré ganármelo? -preguntó el joven.
- Voy a decírtelo. Ante todo, lleva a la hermosa doncella al Rey que te envió al Castillo de Oro.
Se pondrá loco de alegría y te dará gustoso el caballo de oro. Tú lo montas sin dilación y
alargas la mano a cada uno para estrechársela en despedida, dejando para último lugar a la
princesa. Entonces la subes de un tirón a la grupa y te lanzas al galope; nadie podrá alcanzarte,
pues el caballo es más veloz que el viento.
Todo sucedió así puntual y felizmente, y el príncipe se alejó con la bella princesa, montados
ambos en el caballo de oro. La zorra no se quedó rezagada, y dijo al doncel:
- Ahora voy a ayudarte a conquistar el pájaro de oro. Cuando te encuentres en las cercanías del
palacio donde mora el ave, haz que la princesa se apee; yo la guardaré. Tú te presentas en el
patio del palacio con el caballo de oro; al verlo, habrá gran alegría, y te entregarán el pájaro.
Cuando tengas la jaula en la mano, galoparás hacia donde estamos nosotras para recoger a la
princesa.
Conseguido también esto y disponiéndose el príncipe a regresar a casa con sus tesoros, díjole
la zorra: - Ahora debes recompensar mis servicios.
- ¿Qué recompensa deseas? -preguntó el joven.
- Cuando lleguemos al bosque, mátame de un tiro y córtame la cabeza y las patas.
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- ¡Bonita prueba de gratitud sería ésta! -exclamó el mozo-; esto no puedo hacerlo.
A lo que replicó la zorra: - Si te niegas, no tengo más remedio que dejarte; pero antes voy a
darte aún otro buen consejo. Guárdate de dos cosas: de comprar carne de horca y de sentarte
al borde de un pozo. - Y, dichas estas palabras, se adentró en el bosque.
Pensó el muchacho: «¡Qué raro es este animal, y vaya ocurrencias las suyas! ¡Quién comprará
carne de horca! Y en cuanto al capricho de sentarme al borde de un pozo, jamás me ha pasado
por las mientes».
Continuó su camino con la bella princesa y hubo de pasar por el pueblo donde se habían
quedado sus hermanos. Notó en él gran revuelo y alboroto, y, al preguntar la causa,
contestáronle que iban a ahorcar a dos individuos. Al acercarse vio que eran sus hermanos, los
cuales habían cometido toda clase de tropelías y derrochado su hacienda. Preguntó él si no
podría rescatarlos.
- Si queréis pagar por ellos -replicáronle-. Mas, ¿por qué emplear vuestro dinero en libertar a
dos criminales?
Pero él, sin atender a razones, los rescató, y todos juntos tomaron el camino de su casa.
Al llegar al bosque donde por primera vez se encontraran con la zorra, como quiera que en él
era la temperatura fresca y agradable, y fuera caía un sol achicharrante, dijeron los hermanos:
- Vamos a descansar un poco junto al pozo; comeremos un bocado y beberemos un trago.
Avínose el menor y, olvidándose, con la animación de la charla, de la recomendación de la
zorra, sentóse al borde del pozo sin pensar nada malo. Pero los dos hermanos le dieron un
empujón y lo echaron al fondo; seguidamente se pusieron en camino, llevándose a la princesa,
el caballo y el pájaro. Al llegar a casa, dijeron al Rey, su padre: - No solamente traemos el
pájaro de oro, sino también el caballo de oro y la princesa del Castillo de Oro.
Hubo grandes fiestas y regocijos, y todo el mundo estaba muy contento, aparte el caballo, que
se negaba a comer; el pájaro, que no quería cantar, y la princesa, que permanecía retraída y
llorosa.
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El hermano menor no había muerto, sin embargo. Afortunadamente el pozo estaba seco, y él
fue a caer sobre un lecho de musgo, sin sufrir daño alguno; sólo que no podía salir de su
prisión. Tampoco en aquel apuro lo abandonó su fiel zorra, la cual, acudiendo a toda prisa, le
riñó por no haber seguido sus consejos.
- A pesar de todo, no puedo abandonarte a tu suerte -dijo-; te sacaré otra vez de este apuro. Indicóle que se cogiese a su rabo, agarrándose fuertemente, y luego tiró hacia arriba-. Todavía
no estás fuera de peligro -le dijo-, pues tus hermanos no están seguros de tu muerte, y han
apostado guardianes en el bosque con orden de matarte si te dejas ver.
El joven trocó sus vestidos por los de un pobre viejo que encontró en el camino, y de esta
manera pudo llegar al palacio del Rey, su padre. Nadie lo reconoció; pero el pájaro se puso a
cantar, y el caballo a comer, mientras se secaban las lágrimas de los ojos de la princesa.
Admirado, preguntó el Rey: - ¿Qué significa esto?
Y respondió la doncella: - No lo sé, pero me sentía muy triste y ahora estoy alegre. Me parece
como si hubiese llegado mi legítimo esposo. - Y le contó todo lo que le había sucedido, a pesar
de las amenazas de muerte que le habían hecho los dos hermanos, si los descubría. El Rey
convocó a todos los que se hallaban en el palacio, y, así, compareció también su hijo menor,
vestido de harapos como un pordiosero; pero la princesa lo reconoció en seguida y se le arrojó
al cuello. Los perversos hermanos fueron detenidos y ajusticiados, y él se casó con la princesa y
fue el heredero del Rey.
Pero, ¿y qué fue de la zorra? Lo vais a saber. Algún tiempo después, el príncipe volvió al
bosque y se encontró con la zorra, la cual le dijo: - Tienes ya todo cuanto pudiste ambicionar;
en cambio, mi desgracia no tiene fin, a pesar de que está en tus manos el salvarme.
Y nuevamente le suplicó que la matase de un tiro y le cortase la cabeza y las patas. Hízolo así el
príncipe, y en el mismo instante se transformó la zorra en un hombre, que no era otro sino el
hermano de la bella princesa, el cual, de este modo, quedó libre del hechizo que sobre él
pesaba. Y ya nada faltó a la felicidad de todos, mientras vivieron.
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El lobo y las siete cabritillas
Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como
una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus
pequeñuelas. “Hijas mías,” les dijo, “me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en
la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo
conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.” Las cabritas respondieron:
“Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila.” Despidióse la vieja con
un balido y, confiada, emprendió su camino.
No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: “Abrid,
hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.” Pero las
cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. “No te abriremos,” exclamaron,
“no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.”
Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y
volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: “Abrid hijitas,” dijo, “vuestra madre os
trae algo a cada una.” Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las
cabritas, exclamaron: “No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú.
¡Eres el lobo!” Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: “Mira, me he lastimado
un pie; úntamelo con un poco de pasta.” Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del
molinero: “Échame harina blanca en el pie,” díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo
tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: “Si no lo haces, te
devoro.” El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.
Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: “Abrid, pequeñas; es vuestra
madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.” Las cabritas
replicaron: “Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.” La fiera
puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus
palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y
qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la
tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la
fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra
y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja
del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero
y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.
Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par
en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las
mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte;
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llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última,
la cual, con vocecita queda, dijo: “Madre querida, estoy en la caja del reloj.” Sacóla la cabra, y
entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás.
¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!
Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al
llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía
temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada
barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que
están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.
Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas
asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin
daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su
regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la
cabra dijo: “Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia,
aprovechando que duerme.” Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron
metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta
presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.
Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le
diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un
lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:
“¿Qué será este ruido
que suena en mi barriga?
Creí que eran seis cabritas,
mas ahora me parecen chinitas.”
Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al
fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando
jubilosas: “¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!” Y, con su madre, pusiéronse a bailar en
corro en torno al pozo.
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Gustavo Dost vive con su mujer en Madrid, España.
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