Il vecchio - Fadedpage

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Title: La lucha por la vida: Mala hierba
Date of first publication: 1904
Author: Pío Baroja (1872-1956)
Date first posted: March 6 2015
Date last updated: March 6 2015
Faded Page eBook #20150321
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Nota del transcriptor: La ortografía del original fue
conservada.
LA LUCHA POR LA VIDA
Mala Hierba.
OBRAS DEL MISMO AUTOR
Vidas sombrías; un volumen.
La casa de Aizgorri, novela en siete jornadas; ídem.
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox;
ídem.
Camino de perfección (pasión mística), novela; ídem.
El Mayorazgo de Labraz, novela; ídem.
Idilios vascos; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja;
ídem.
LA LUCHA POR LA VIDA
La Busca (novela); un vol.
Mala hierba (novela); un vol.
Aurora roja (novela); un vol. (en prensa).
LA LUCHA POR LA VIDA
———
NOVELA
POR
P IO B AROJA
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ.
1904
ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
[1]
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
El taller.—La vida de Roberto Hasting.—Alex Monzon.
Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje
de calle y sentado á una mesa llena de papeles, escribía.
El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una
gran ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos
estatuas de barro, de un armazón interior de alambre, dos
figuras de más del tamaño natural, descomunales y
estrambóticas. Estaban ambas solamente esbozadas, como si el
autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos jigantes rendidos
por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, pecho
hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos
parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la
ventana ancha había un sofá, tapizado con una percalina
floreada; en las sillas y en el suelo se levantaban estatuas medio
envueltas en trapos húmedos; en un ángulo aparecía una caja,
llena de pedazos secos de escayola, y en un rincón un lebrillo
con barro.
De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo
colocado sobre la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba
unos paseos por el cuarto. Por la ventana, en las galerías de las
casas de enfrente se veían pasar mujeres desharrapadas y
sucias; de la calle subía una baraúnda ensordecedora de gritos
de las verduleras y de los vendedores ambulantes.
A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua
algarabía, y al cabo de poco rato se sentaba y seguía
escribiendo.
Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la
calle en busca de Roberto Hasting.
Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un
cambio de vida, se sentía capaz de tomar una determinación
enérgica y dispuesto á seguirla hasta el fin.
Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero,
le regaló unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja
y una bufanda raida. Además, añadió á la donación una gorra de
forma y de color absurdos, un sombrero hongo anciano y
algunos buenos y vagos consejos acerca del trabajo, el cual,
como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, como el
caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la
madre de todos los vicios.
Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á
estos buenos y vagos consejos, á esta gorra de forma y color
absurdos, á la chaqueta vieja, al sombrero anciano, á la bufanda
raida y á los pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero,
ya fuera en cuartos, en plata ó en billetes.
La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora
siempre, concede más valor á los dones materiales que á los
espirituales, sin comprender en su ignorancia absoluta que una
moneda se gasta, un billete se cambia, y las dos cosas pueden
perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta ni se pierde,
ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de que sin
cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento
ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que
Manuel tuvo que contentarse con lo que le dieron.
Con este lastre de los buenos consejos y de las malas
prendas de vestir, sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su
camino, Manuel repasó en la memoria la corta lista de sus
conocimientos, y pensó que de todos, el único capaz de
favorecerle era Roberto Hasting.
Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó
á buscar á su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista
hacía tiempo; doña Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien
Manuel encontró en la calle, no sabía las señas de Roberto, y le
indicó que quizás el Superhombre las supiera.
—¿Sigue viviendo en su casa de usted?
—No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde
vive; pero le encontrarás en El Mundo, un periódico de la calle
de Valverde que tiene un letrero en el balcón.
Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo
encontró en seguida; subió al piso principal de la casa, y se
detuvo ante una puerta cerrada con un cristal, en donde había
grabados dos mundos, el antiguo y el moderno. No había timbre
ni llamador de campanilla, y Manuel se puso á repiquetear con
los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo mundo, y
en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre,
que llegaba de la calle.
—¿Qué haces aquí?—le dijo el periodista, mirándole de
arriba á abajo—¿Quién eres tú?
—Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de
huéspedes, ¿no se acuerda usted?
—¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?
—Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don
Roberto, que creo que ahora es periodista.
—¿Y quién es don Roberto?
—El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.
—¿El niño litri aquél?... ¡yo qué sé!
—¿Ni dónde trabaja tampoco?
—Creo que da lecciones en la academia de Fischer.
—No sé en qué sitio está esa academia.
—Me parece que en la plaza de Isabel II—contestó el
Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta
de cristales con un llavín y entraba.
Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que
Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó
23, no sabía á punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio
de escultor.
Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta
parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con
la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las
verduleras, colocadas en fila á los lados de la calle, anunciaban
sus judías y sus tomates á voz en grito; las criadas pasaban con
sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras
echaban un párrafo recostados en la puerta de la tienda con la
cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la
cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el
gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y
un espectáculo abigarrado y pintoresco.
Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de
tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron;
no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir
hasta los pisos altos y enterarse allí.
Después de varias ascensiones dió con el estudio del
escultor. En el extremo de una escalera sucia y obscura se
encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.
—¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un
escultor?
—Será ahí en esa puerta.
La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.
—Hola, ¿eres tú?—dijo Roberto—. ¿Qué hay?
—Pues venía á verle á usted.
—¿A mí?
—Sí, señor.
—¿Qué te pasa?
—Que me he quedado parado.
—¿Cómo parado?
—Sin trabajo.
—¿Y tu tío?
—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
—¿Y cómo ha sido eso?
Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía
escribiendo rápidamente, se calló.
—Puedes seguir—murmuró Hasting—, te oigo mientras
escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito
correr, pero te oigo.
Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró
los dos jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller
y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel,
le preguntó riendo:
—¿Qué te parece eso?
—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
—El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender
que son los hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno
el asunto para España.
Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los
dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de
riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el
estudiante no marchaba bien en sus asuntos.
Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se
levantó, y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el
aspecto miserable del cuarto.
—¿Quién te ha dicho dónde vivía?—preguntó.
—En una academia.
—¿Y quién te ha indicado la academia?
—El Superhombre.
—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás
sin trabajo?
—Desde hace unos días.
—¿Y qué piensas hacer?
—Pues estar á lo que salga.
—¿Y si no sale nada?
—Creo que algo saldrá.
Roberto sonrió burlonamente.
—¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre
esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos
días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.
—Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don
Roberto? ¿Cómo va?
—Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.
—Me alegraré.
—Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los
curas en esta cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín
Núñez de Letona, el cura, fundó diez capellanías para parientes
suyos que llevaran su apellido. Sabiendo esto pregunté por
estas capellanías en el Obispado; no sabían nada; pedí varias
veces la partida de bautismo de don Fermín á Labraz; me
dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este asunto
he ido hace un mes á Labraz.
—¿Ha estado usted fuera de Madrid?
—Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me
encuentro, figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero
no he tenido ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te
decía, á Labraz; he visto el libro de partidas en la iglesia vieja
y me he encontrado con que hay un salto en el libro desde el año
1759 al 60. ¿Qué es esto?, me dije. Miré, volví á mirar, no
había señal de hoja arrancada; la numeración de los folios
estaba bien, pero los años no concordaban y, ¿sabes lo que
pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al
Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los
alumnos que estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don
Fermín, y pone: Núñez de Letona, Labraz (Alava). De manera
que la partida de bautismo de don Fermín se encuentra en la
hoja pegada.
—¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?
—No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la
caza. El libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito;
cuando venga el exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que
irán á Labraz y, ante ellos y ante el Juez y el Notario, se
despegará la hoja.
Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba
exaltándose; su imaginación le hacía ver perspectivas
admirables de riqueza, de lujo, de viajes maravillosos. En
medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones apareció el hombre
práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y se puso á
escribir de nuevo.
Manuel se levantó.
—¿Qué, te vas?—le dijo Roberto.
—Sí; ¿qué voy á hacer aquí?
—Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.
—¿Y usted?
—Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir,
adviérteselo á mi compañero. Estará aquí dentro de un
momento. Aún no se ha levantado. Se llama Alejo Monzon, pero
le llaman Alex.
—Bueno; sí, señor.
Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller.
Un hombre rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con
una blusa blanca, la pipa en la boca, modelaba en plastelina una
Venus desnuda.
—¿Usted es don Alejo?—le preguntó Manuel.
—Sí, ¿que hay?
—Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le
he dicho que no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que
podía dormir aquí.
—Tendrás que acostarte en el sofá—dijo el de la blusa
blanca—, porque no hay otra cama.
—No importa. Estoy acostumbrado.
—¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?
—Yo no.
—Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de
modelo. Siéntate en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la
mano como si estuvieras pensando en algo. Bueno. Está bien. La
mirada más alta. Eso es.
El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que
estaba modelando y comenzó á levantar otra figura.
Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex,
quien le dijo que descansara.
A media tarde entraron en la guardilla una porción de
muchachos amigos del escultor; dos de ellos se pusieron en
mangas de camisa y comenzaron á amontonar barro en una
mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron poco después
otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.
Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de
escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser
personas importantes.
Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál,
detestable; H, un genio; B, un imbécil.
No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos
medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y
sentenciadores de todo.
Al anochecer se prepararon para salir.
—¿Tú te vas?—preguntó el escultor á Manuel.
—Saldré un momento á cenar.
—Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y
llamaré.
—Está bien.
Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo
después por las calles y, entrada la noche, volvió al taller.
Hacía frío allá arriba, más frío que en la calle. Se acercó á
tientas al sofá, se tendió y esperó á que vinera el escultor. Cerca
de la una llamó y le abrió Manuel.
Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela
y anduvo paseando por el estudio hablando solo.
—Ese imbécil de Santiuste—le oyó murmurar Manuel—que
dice que el no concluir una obra de arte es señal de impotencia.
¡Y me miraba á mí! Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?
Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y
siguió paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la
estupidez y de la envidia de sus compañeros.
Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó
al grupo de Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con
curiosidad. Vió que Manuel no dormía y le preguntó
cándidamente:
—¿Has visto tú algo más colosal que esto?
—Es una cosa muy rara—contestó Manuel.
—¡Sí es!—replicó Alex—. Tiene la rareza de todo lo genial.
Yo no sé si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto.
Quizás Rodín, Hum... ¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que
pondría yo este grupo?
—No sé.
—En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado,
tosco, sin adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!
—Ya lo creo.
El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la
bujía en la mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas
y enseñándoselas.
Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con
los pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que
parecían buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de
cabeza muy grande, otros de cabeza muy chica, cuerpos todos
sin proporción ni armonía. Manuel sospechó si aquella fauna
monstruosa sería una broma de Alex; pero el escultor hablaba
entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no tenían la
estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles.
Todas eran símbolos.
Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.
—No me dejan trabajar—exclamó con abandono—y lo
siento, no creas que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon
no triunfa, la escultura en Europa retrocede cien años.
Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á
dormir.
Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya
vestido elegantemente y escribiendo en su mesa.
—¿Está usted ya levantado?—le dijo Manuel con asombro.
—Hay que madrugar, amigo—contestó Roberto—, yo no soy
de los que están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues
yo voy á la montaña, no hay más remedio.
Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con
esto de la montaña, y desperezándose se levantó del sofá.
—Anda, le dijo Roberto—, ve por un café con media tostada.
Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.
—¿Quiere usted alguna cosa más?—preguntó Manuel.
—No, nada.
—¿No piensa usted volver hasta la noche?
—No.
—¿Tantas cosas tiene usted que hacer?
—Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir
invariablemente diez páginas, voy á la calle de Serrano á dar
una lección de inglés; de aquí tomo el tranvía y marcho al final
de la calle de Mendizábal, vuelvo al centro, me meto en la casa
editorial y corrijo las pruebas de la traducción. Salgo á las
doce, voy á mi restaurant, como, tomo café, escribo mis cartas á
Inglaterra y á las tres estoy en la academia de Fischer. A las
cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho paseo,
á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce en
la cama.
—¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho—dijo
Manuel.
—De 80 á 90 duros.
—¿Y vive usted aquí?
—Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que
enviar todos los meses 30 duros á mi familia para que mi madre
y mis dos hermanas vayan viviendo. El proceso me lleva
mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo demás voy pasando.
Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.
—Pues hijo—exclamó Roberto—, para vivir no hay más
remedio. Y es lo que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr,
trotar, algo encontrarás.
Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no
era capaz él de desenvolver una actividad semejante, pero se
calló.
Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos
largamente de las dificultades de la vida.
—Mira, por ahora me sirves de modelo—dijo Alex—, y ya
encontraremos alguna combinación para comer.
—Bueno, sí señor, como usted quiera.
Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos,
y calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más
barata que pagar un modelo. Los dos se decidieron á
alimentarse de conservas y de pan.
No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía
constancia en el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir
sus figuras, y viendo que al ir á detallarlas los defectos iban
apareciendo con más fuerza, las dejaba sin terminar. Su orgullo
le hacía creer después que el modelar exactamente un brazo ó
una pierna era una labor indigna y decadente, y sus amigos, en
quienes se daba la misma impotencia para el trabajo,
corroboraban su idea.
Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero
muchas veces pensó que las teorías del escultor, más que
convencimientos suyos, parecían pantallas para ocultar sus
defectos.
Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y
él contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.
Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la
tarde, y escuchaba con atención lo que decían los amigos de
Alex.
Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno
de ellos conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en
teatro y de café en café, reuniéndose en cualquier parte, para
tener el gusto de hablar mal de los amigos. Fuera de esta
conversación en la cual todos concretaban admirablemente, en
las demás se divagaba con placidez. Era un continuo discutir y
proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no
tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no
comprendía si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de
opinión á cada momento y le chocaba cómo uno mismo podía
defender cosas tan contradictorias.
A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del
otro exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que
entonces cada palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de
las frases más sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y
la intención mortificante y agresiva.
En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad
venenosa, solían acudir al taller dos tipos que permanecían
tranquilos é indiferentes en medio del furor de las discusiones.
Uno era ya algo viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando
Arzubiaga; el otro, de la misma edad que Alex, se apellidaba
Santín. Don Servando, aunque literato, no tenía vanidad
literaria, ó si la tenía era tan honda, tan subterránea, que no se
le notaba.
Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía
escuchar los diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las
exageraciones, terciando en la conversación con alguna palabra
conciliadora.
Bernardo Santín, el más joven de los contertulios
indiferentes, no hablaba; le era muy difícil comprender que por
una cuestión puramente literaria ó artística pudiesen reñir de
aquella manera.
Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los
ojos tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este
hombre copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor;
pero desde que comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las
pocas aficiones al trabajo las había perdido por completo.
Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la
tercera ó cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.
Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no
bastaban á los bohemios, porque de noche volvían á reunirse en
el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno de
ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.
Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.
Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa
intención. Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de
injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus
perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse.
Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida con
miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse
en un ambiente de murmuraciones y de intrigas.
Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente;
sin hacer caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.
Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle
tan metido en la vida bohemia, y para congraciarse con él, una
mañana le acompañó hasta la casa en donde daba su lección de
inglés. Le contó por el camino que había hecho una porción de
gestiones infructuosas para buscar trabajo, y le preguntó qué
marcha debía seguir en adelante.
—¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer—
contestó Roberto—; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar
hasta echar el alma por la boca.
—¡Pero si no tengo en dónde!
—Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que
querer. Saber desear con fuerza es lo primero que se debe
aprender. Tú me dirás que no deseas más que vegetar de
cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si te reúnes con los
que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás en
sinvergüenza.
—¿Pero ellos?...
—Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como
comprenderás, eso á mí no me va ni me viene; pero cuando un
hombre no puede comprender nada en serio, cuando no tiene
voluntad, ni corazón, ni sentimientos altos, ni idea de justicia ni
de equidad, es capaz de todo. Si esta gente tuviera un talento
excepcional, podrían ser útiles y hacer su carrera, pero no lo
tienen; en cambio han perdido las nociones morales del
burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar.
Viven como hombres que poseyeran de los genios sus
enfermedades y sus vicios, pero no su talento ni su corazón;
vegetan en una atmósfera de pequeñas intrigas, de
mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa.
Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos
de Alex, en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay
que ejecutar lo que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para
eso se necesita el trabajo diario, constante. Es como un niño
que nace, y la comparación, aunque sea vieja, es exacta: la
madre lo pare con dolor, luego le alimenta en su pecho y le
cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos quieren hacer de
golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que hablar y
hablar.
Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más
dulzura.
—Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se
conocen unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la
prensa hoy es una fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes
acercarte á la prensa; necesitarías siete ú ocho años de
preparación, de buscar amistades, recomendaciones. Y mientras
tanto, ¿de qué comes?
—No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un
obrero.
—¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un
vago y debes hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos
los que trabajamos. Muévete, actívate. Ahora la actividad para
ti es un esfuerzo; haz algo; repite lo que hagas, hasta que la
actividad sea para ti una costumbre. Convierte tu vida estática
en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero decirte que tengas
voluntad.
Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos
en distinto idioma.
CAPÍTULO II
La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel,
aprendiz de fotógrafo.
A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin
buscar ni hacer nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de
criado á todos los demás que se reunían en el estudio.
Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto,
se indignaba en contra de él.
—Yo ya sé—pensaba—que no tengo su arranque, que no soy
capaz de hacer lo que hace él. Pero su consejo es una tontería,
al menos para mí. Me dice:—Ten voluntad,—Pero ¿si no la
tengo?—Hazla. Es como si me dijesen que tuviera un palmo
más de estatura. ¿No sería mejor que me buscase un sitio donde
trabajar?
Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el
encontrarse á solas con él; le daba rabia que en vez de
proporcionarle algo, cualquier cosa, saliera del paso con un
consejo metafísico imposible de llevar á la práctica.
Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo
proyectar, cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un
día faltó al café, al siguiente no apareció por el estudio, y en un
par de semanas no se le vió el pelo.
—¿Dónde andará ese ganso?—se preguntaron todos.
Nadie lo sabía.
Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á
Bernardo Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia
que parecía inglesa.
—¡Rediez con los tontos!—exclamó uno.
—Eso es cosa vieja—repuso otro—. Ya lo dijo
Schopenhauer, los fatuos son los que tienen más éxito con las
mujeres.
—¿De dónde habrá sacado esa inglesa?
—¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!—dijo un
jovencito, aprendiz de sainetero.
—¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes—gritaron
varios al mismo tiempo.
Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta
conversación apareció Santín en el café. Se le obsequió con un
recibimiento estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los
platillos. Cuando terminó la ovación, le preguntaron:
—¿Quién es esa inglesa?
—¿Qué inglesa?
—¡Esa chica rubia con quien te paseas!
—Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una
muchacha á la que he conocido en el Museo. Da lecciones de
francés y de inglés.
—¿Y cómo se llama?
—Esther.
—Buena cosa para invierno—saltó el aprendiz de sainetero.
—¿Por qué?—preguntó Bernardo.
—Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritaron todos.
—¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!—replicó impertérrito
el jovencito.
Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían
alguna envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de
amargarle su triunfo, insinuando que la polaca podía ser una
aventurera, podía tener cincuenta años, podía haber tenido dos
ó tres chiquillos con algún carabinero... Bernardo, que
comprendió la mala intención, no volvió á presentarse en el
café.
Un par de semanas después muy temprano aún dormía
Manuel en el sofá del estudio, y Roberto, según costumbre,
traducía sus diez páginas, lo que constituía su tarea diaria,
cuando se abrió la puerta del estudio y apareció Bernardo. Se
despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se hizo el dormido.
—¿A qué vendrá éste?—se preguntó.
Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á
otro del estudio.
—Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?—dijo Hasting.
—Chico—murmuró Santín deteniéndose en su paseo—, te
tengo que dar una noticia muy seria.
—¿Qué hay?
—Que me caso.
—¡Que te casas tú!
—Sí.
—¿Con quién?
—¡Con quién ha de ser! Con una mujer.
—Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?
—¿Por qué?
—¿Con qué vas á mantener á tu mujer?
—¡Hombre... algo gano pintando!
—¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.
—Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.
—Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.
—No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una
fotografía.
—¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!
—Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más
brutos que yo que hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo
se necesite ser un genio.
—No; pero se necesita saber, y tú no sabes.
—Ya verás, ya verás como sé, hombre.
—Además, se necesita dinero.
—El dinero lo tengo.
—¿Quién te lo ha dado?
—Una persona.
—¡Qué suerte tienes, chico!
—Ahí verás.
—¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?
—No.
—¡Bah! No me engañes.
—Te digo que no.
—Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no?
Una persona cualquiera se enteraría primero de tus
conocimientos fotográficos, de si habías trabajado en algún
taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo una mujer puede
creer así, bajo la palabra de uno.
—Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi
novia.
—Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás
venido á contarme unas cuantas bolas.
Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.
Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.
—¿Te falta mucho?—preguntó de repente, parándose.
—Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.
—Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es
de mi novia. Ella me lo ofreció.—¿Qué podríamos hacer con
esto?—me dijo. Y á mí se me ocurrió el instalar la fotografía.
He alquilado un piso cuarto, con un taller muy hermoso, en la
calle de Luchana, y tengo que arreglar la casa y la galería. Y la
verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, porque hay que
poner cortinas... Pero no sé cómo.
—Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se
arregla una galería.
—Yo sé manejar la máquina.
—Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al
resorte y lo demás... que lo haga otro.
—No; también sé lo demás.
—¿Sabrías reforzar una placa?
—Sí, ya lo creo que lo sabría.
—¿Cómo?
—¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.
—¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera
miserable.
—Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé.
Lo que quiero ahora es que escribas á estas dos casas de
Alemania que traigo aquí apuntadas, pidiendo catálogos de
máquinas y de los demás aparatos de fotografía. Además
quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu talento, me
puedes dar una idea.
—Me adulas de una manera indecente.
—No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque
¿irás?
—Bueno, iré algún día.
—Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona
decente y trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la
vejez tranquilo.
—Hombre, me parece bien.
—Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?
—¿Por qué?
—Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría
aprender el oficio.
—Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.
—¿Querrá Alex?
—Con tal de que quiera el chico.
—¿Le hablarás?
—Sí, ahora mismo.
—¿Cuento con que escribirás esas cartas?
—Sí.
—Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales.
¡Háblale al chico!
—Descuida.
—Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de
eso depende mi porvenir y el de mi padre.
—Iré por allá.
Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se
fué. Roberto, al terminar de escribir, llamó.
—¡Manuel!
—¿Qué?
—Estabas despierto, ¿eh?
—Sí, señor.
—¿Has oído la conversación?
—Sí, señor.
—Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que
aprender.
—Iré, si le parece á usted bien.
—Lo que tú quieras.
—Entonces voy ahora mismo.
Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex
y se marchó en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana.
Era la casa piso tercero, pero con el entresuelo y el principal
resultaba quinto. Llamó Manuel y le abrió un viejo de ojos
encarnados, el padre de Bernardo. Le explicó á lo que iba, y el
viejo se encogió de hombros y se fué á la cocina en donde
estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo. La casa
estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos
cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó
Bernardo, almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho
pidiera una escalera al portero y se dedicase á sujetar y á
componer los cristales de la galería.
Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.
Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera
sujetando los cristales con listas de plomo y los rotos con tiras
de papel.
Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después
Manuel colocó las cortinas y empapeló la galería con papel
continuo de color azulado.
A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos.
Marcó con lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y
le dijo á Bernardo cómo debía poner el laboratorio; le señaló
un sitio en donde era conveniente hacer un tragaluz para poner
las placas al sol y sacar las positivas, y le indicó otra porción
de cosas. Bernardo se fijó en lo que le decía, y transmitió el
encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco inteligente,
era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo
cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos,
fingía estar atareado.
Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita,
á pesar de tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del
mismo color. Tenía una carita blanca, algo pecosa, la nariz
sonrosada, respingona, los ojos claros y los labios tan rojos y
tan bonitos que despertaban el deseo de besarlos. Era de
pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba
rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.
Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le
chocó.
—Es que no le conoce—pensó.
Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia
ciencia, le explicaba á la muchacha los trabajos que hacía,
cómo iba á poner el laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo
espetaba á su novia con un descaro inaudito. La muchacha lo
encontraba todo muy bien; sin duda se prometía un porvenir
risueño.
Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo,
pensaba si no sería una obra de caridad advertirle á la rubia
que su novio era un zascandil que no servía para nada; pero
¡quién le metía á él en esto!
Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas
en las casas de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo
hacía en casa era dar disposiciones contradictorias y
embarullarlo todo. Mientras tanto el padre, indiferente, guisaba
en la cocina y se pasaba el día entero machacando en el almirez
ó picando en el tajo.
Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida;
pero una noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro
cuarto á Bernardo que decía:—Voy á mataros—. ¿Le mata?—
preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados—. Espera—
replicó el hijo—, me has interrumpido, y volvió á comenzar
nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de una
lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches
siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era
este sin duda su único trabajo.
Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás
le era completamente indiferente; le había sacado el dinero á su
novia y vivía con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo.
Cuando llegaron la máquina y los demás artefactos de fotografía
de Alemania, al principio se entretuvo en impresionar placas
que reveló Roberto; pronto se aburrió de esto y no hizo nada.
Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que
necedades, abrir la linterna cuando se estaban revelando las
placas, confundir los frascos. Roberto se exasperaba al ver que
no ponía ningún cuidado.
Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda,
Manuel y Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y
compraron fotografías de actrices hechas en París por
Reutlinger, despegaron de la cartulina el retrato y lo volvieron á
pegar en otros cartones con la firma Bernardo Santín,
fotógrafo, puesta al margen con letras doradas.
En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí.
Roberto no quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle
á casa y no tuvo más remedio que tomar parte en la fiesta.
Después de la ceremonia fueron á comer á un café de la
Glorieta de Bilbao.
Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de
ellos militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia,
con su hija; un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.
Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy
simpática y agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron
los dos algunas frases en este idioma.
—Es una lástima que se case con esta mastuerzo—pensó
Roberto.
En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción
de indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que
bebió demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo
con la pesadez y la falta de gracia que le caracterizaba.
La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica.
Bernardo se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther
hablaba con Roberto de su madre que había muerto, de la
soledad en que vivía.
Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios,
y al ir á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz
apagada y débil le confesó que tenía miedo de quedarse solo
con su mujer.
—Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has
casado?
—No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.
—Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!
—Sí, le eres muy simpático.
Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la
frente porque no le gustaban las bromas.
—Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.
—¿Pues qué hay?
—Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras
una semana ó dos. ¡Por favor te lo pido!
—No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.
—Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás
con nosotros.
—Bueno.
—Y ahora sube un instante, por favor.
—No, ahora no subo—, y Roberto dió media vuelta y se fué.
En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado
y charló un rato con el matrimonio durante la comida.
Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos
criadas que aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los
clichés que por casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á
casa de su amigo.
Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de
casado, dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no
se presentó á la hora de comer. Tenía una falta de sentido moral
absoluta; había notado que su mujer y Roberto simpatizaban y
pensó que éste, por seguir adelante y hacerle el amor á su mujer,
trabajaría en su lugar. Con tal de que su padre y él viviesen
bien, lo demás no le importaba nada.
Cuando lo comprendió Roberto, se indignó:
—Pero, oye tú—le dijo—¿Es que tú crees que yo voy á
trabajar por ti, mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.
—Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos—replicó
Bernardo malhumorado—, yo soy un artista.
—Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.
—Bueno, mejor.
—Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle
los pocos cuartos que tenía. Da asco.
—Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.
—No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también
bastante idiota la pobre para casarse contigo.
—¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?
—Claro que no.
—Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio
industrial. De manera que ya sabes; yo á nadie le pido que
venga á mi casa.
—Está bien. Adiós.
Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se
presentó el socio y Bernardo despidió á Manuel.
CAPÍTULO III
La Europea y la Benefactora.—Una colocación extraña.
Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el
muchacho por haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso
que se quedara allí de nuevo.
Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la
vida de Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios
humorísticos acerca de la suerte que el Destino reservaba á la
cabeza del fotógrafo.
—¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?—dijo
uno.
—Sí.
—Le retocaba las placas y la mujer—añadió otro.
—¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!
—No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y
cultivar la huerta. Es la verdadera felicidad.
—¿Y tú que vas á hacer?—preguntó Alex irónicamente á
Manuel.
—No sé; buscaré una colocación.
—Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio
Mingote, que vive en el tercer piso de esta casa?—dijo don
Servando Arzubiaga, el hombre enjuto é indiferente.
—No.
—Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy
buenas cuando no se ha colocado él. Yo le conozco del
periódico; antes era representante de unas aguas minerales, y
solía llevar anuncios. Me habló el otro día de que necesitaba un
chico.
—Véanle ustedes—replicó Alex.
—¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?—preguntó
don Servando á Manuel, con una sonrisa entre irónica y
bondadosa.
—No, ni usted tampoco—dijo con desenfado Manuel.
Don Servando se echó á reir.
—Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora
mismo?
—Vamos, si usted quiere.
Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les
hicieron pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el
agente, y una criada zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó
don Servando con los nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron
de dentro, pasaron los dos al interior del cuarto.
Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un
mantón de mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con
un junquillo en la mano derecha, se detuvo y, abriendo los
brazos con grandes extremos y en un tono teatral, exclamó:
—¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!—
Después miró al techo, y de la misma manera afectada, añadió:
—¿Qué le trae por este cuarto al ilustre escritor, noctámbulo
empedernido, á horas tan tempranas?
Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio
Mingote, lo que le llevaba por allá.
En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una
cabeza de chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la
oreja y se puso á frotarse las manos con aire de satisfacción.
El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos,
grandes y pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una
cama estrecha y sin hacer; tres sillas destripadas, con la crin al
descubierto, y en medio un brasero cubierto con una alambrera,
encima de la cual se secaban dos calcetines sucios.
—Por ahora no puedo asegurar nada—dijo el agente de
negocios á don Servando, después de oir sus explicaciones—,
mañana lo sabré; pero tengo un buen asunto entre manos.
—Ya ves lo que dice este señor—indicó don Servando á
Manuel—; mañana ven por aquí.
—¿Tú sabes escribir?—preguntó el señor Mingote al
muchacho.
—Sí, señor.
—¿Con ortografía?
—Algunas palabras quizás no sepa...
—A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente
grandes despreciamos esas cosas verdaderamente pequeñas.
Ponte á trabajar aquí—y puso una silla al otro lado de la mesa
donde escribía el hombre amarillo—. Este trabajo—añadió—
será el pago del servicio que te voy á prestar buscándote una
colocación pistonuda.
—Señor Mingote—exclamó don Servando—, muchísimas
gracias por todo.
—¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!—contestó
el agente de negocios y de colocaciones revirando uno de los
ojos que se le desviaba y haciendo una solemne reverencia.
Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el
tintero y esperó.
—Vete poniendo un nombre de estos en cada circular—le
dijo Mingote dándole una lista y un paquete de circulares. La
letra del agente era defectuosa, mal hecha, de hombre que
apenas sabe escribir. La circular ponía lo siguiente:
LA EUROPEA
AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES
DE
BONIFACIO DE MINGOTE
En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase
de artículos, de representaciones y de colocaciones.
Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules,
frutas, mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas,
sombreros de señora; se analizaban esputos y orinas; se
buscaban amas de cría garantizadas; se proporcionaban apuntes
de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras especiales;
se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían anuncios
monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios
y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima,
ridícula de puro exigua.
Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en
las circulares y en los sobres.
El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de
conceder su beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres
pasos por el cuarto y preguntó á su escribiente:
—¿Dónde íbamos?
—Decíamos—contestó con su gravedad siniestra el
amanuense—que el Anís Estrellado Fernández es la salvación.
—Ah, sí; lo recuerdo.
De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:
—¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es
la vida, es la energía, es la fuerza.
Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de
negocios con la vista desviada fija en el techo que accionaba
terriblemente, como amenazando á alguien con su mano derecha
armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz
en el papel.
—Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia—
siguió diciendo Mingote en tono melodramático—, que la
neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros
muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras
enfermedades cura?—añadió Mingote en su voz natural.
—El raquitismo, la escrófula, la corea...
—Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos
desórdenes del sistema nervioso...
—Perdone usted—dijo el amanuense—, creo que el
raquitismo no es un desorden del sistema nervioso.
—Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema
nervioso?
—Sí, señor.
—...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única
y exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células.
Pues bien—y Mingote levantó la voz con nuevos bríos—; el
Anís Estrellado Fernández corrige esta atonía, el Anís
Estrellado Fernández, excitando la secreción de los jugos del
estómago, hace desaparecer esas enfermedades que envejecen y
aniquilan al hombre.
Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y
fuego oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los
pantalones y murmuro con voz natural.
—Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el
anís fuera bueno! ¿No han mandado más botellas de la
farmacia?
—Sí, ayer enviaron dos.
—¿Y dónde están?
—Me las he llevado á casa.
—¿Eh?
—Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted
arrambló con todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.
—¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á
usted unas botellas de un anís magnífico, para que venga otro
con sus manos lavadas... ¡Dios de Dios!—y Mingote quedó
mirando al techo con uno de los ojos extraviados.
—¿No le queda á usted ninguna?—dijo el amanuense.
—Sí, pero se me van á acabar en seguida.
Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el
cuarto, accionando con su junquillo é interrumpiendo con
frecuencia su discurso para lanzar un violento apóstrofe ó una
cómica reflexión.
Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el
sombrero y se fué sin saludar ni decir una palabra.
Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y
paternalmente añadió:
—Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos.
Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no
había en toda la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos
los rincones y para la una y media volvió á casa de don
Bonifacio y entre bostezo y bostezo siguió poniendo nombres en
las circulares.
A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por
esto ó porque en la comida se dedicara con exceso al Anís
Estrellado Fernández, se entregó á la verbosidad más
desordenada y pintoresca, siempre con la mirada desviada
hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las cómicas y
extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.
—No eres como mi amanuense—le dijo, halagado por las
manifestaciones de alegría del muchacho—, que no ríe mis
chistes y luego me los roba y los pone estropeados en unas
cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y no es eso lo peor.
Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso.
Era también una circular por el estilo de las de don
Bonifacio. Decía así:
LA BENEFACTORA
AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON
P ELAYO HUESCA
Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de
Administración de La Benefactora lo forman los banqueros
más acaudalados de Madrid. La Benefactora tiene cuenta
corriente con el Banco de España. En La Benefactora no hay
cuota de entrada.
Servicio de abogado, relator, procurador, médico,
farmacéutico, partos, dietas, entierros, lactancia, etc.
Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y
cinco pesetas.
(Obras son amores y no buenas razones.)
Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6.
—¿Eh?—gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer—.
¿Qué te parece? Está viviendo de La Europea y, plagiándome,
hace La Benefactora. En todo es así este hombre: pérfido como
la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo le encontraré á usted. Si
es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en mi puerta; si es
usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. ¿Ves,
hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta
la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única
legítima de todas las propiedades?
Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de
la circular. Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se
ofrecía para servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota,
discretamente redactada, se dirigía á los que deseaban conocer
una mujer agradable para completar su educación; á los que
querían realizar un buen matrimonio; á los que dudaban de su
cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía
investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y
vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios
con una delicadeza delirante.
A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había
escapado á él.
—¿Ves? No se puede vivir—terminó diciendo—. Todos los
hombres son unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te
protegeré.
Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo
comer aquella noche.
—Mañana, cuando vengas aquí—advirtió don Bonifacio—,
coges un paquete de circulares y las vas repartiendo casa por
casa, sin dejar una. No quiero que las eches por debajo de la
puerta. En cada piso llamas y preguntas. ¿Entiendes?
—Sí, señor.
—Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.
Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y
volvió á la hora de comer con el recado hecho.
Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote
en el cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en
un rápido molinete, dió un golpe en el brazo al muchacho; se
paró, se tiró á fondo, y gritó:
—¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!
—¿Qué pasa?—dijo asustado Manuel.
—¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el
hombre de la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes
un empleo.
—¿De qué?—preguntó el muchacho.
—De hijo.
—¿De hijo? No comprendo.
Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el
bastón como un profesor de esgrima con el florete, y añadió:
—¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!
—¿Quién, yo?
—Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á
las alturas aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener.
—Pero ¿es verdad?
—Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de
toda Europa. Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la
mugre, cepíllate, quita el barro á esas alpargatas inmundas que
llevas y ven conmigo á casa de la baronesa.
Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se
trataba; pero no creía que el agente se tomase el trabajo de
corretear por las calles únicamente por el gusto de embromarle.
Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote.
Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron
por la de los Reyes á la de la Princesa y siguieron después por
esta calle hasta detenerse en un portal, en donde entraron.
De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso.
Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color
de chocolate circundaban el patio.
Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del
segundo piso.
—¿Quién es?—preguntó desde dentro una voz de mujer.
—Soy yo—contestó Mingote.
—Voy, voy.
Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas,
seguida de tres perros de lanas, que ladraron con furia.
—¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!—gritó la mulata con un
tono muy lánguido—. Pasen, pasen.
Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una
ventana al patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se
hallaban casi cubiertas por ropas de mujer que formaban como
un zócalo de trapos alrededor de la habitación; en la falleba de
la ventana colgaba una camisa escotada, sin mangas, con
puntillas y lazos azules marchitos, que mostraba cínicamente un
manchón obscuro de sangre.
—Esperen un momento. La señora está vistiéndose—advirtió
la mulata.
Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al
gabinete.
La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara,
estaba sentada en un sofá, con un gran aspecto de languidez y
desolación.
—¿Otra vez por aquí, Mingote?
—Sí, señora, otra vez.
—Siéntense ustedes.
El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por
muchos más muebles de los que buenamente cabían en él.
Amontonados en poco trecho se veían una consola antigua con
un reloj de chimenea encima; unos sillones ajados, en los cuales
la seda, antes roja, había quedado violácea por la acción del
sol; dos retratos grandes al óleo, y un espejo biselado grande
con la luna rajada.
—Le traigo á usted, baronesa—dijo Mingote—, el chico del
que hemos hablado.
—¿Es éste?
—Sí.
—Yo creo que le conozco á este chico.
—Sí; yo también la conozco á usted—dijo Manuel—. Yo
estaba en una casa de huéspedes de la calle de Mesonero
Romanos; la patrona se llamaba doña Casiana; mi madre era la
criada.
—Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?—preguntó la
baronesa á Manuel.
—Murió ya.
—Es huérfano—saltó diciendo Mingote—. Libre como el
pájaro en la selva, libre para cantar y para morirse de hambre.
En esta misma situación llegué yo á Madrid hace ya bastante
tiempo, y, es original, extraño, verdaderamente extraño, me
gustaría volver á aquella época.
—Y tú, ¿cuántos años tienes?—preguntó la baronesa al
muchacho sin hacer caso de las reflexiones del agente.
—Diez y ocho.
—Pero, oiga usted Mingote—dijo la baronesa—, el chico no
tiene la edad que usted me decía.
—Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó
quince. El hambre no deja crecer los productos de la naturaleza.
Deje usted de regar á un árbol, deje usted de alimentar á un
hombre...
—Y diga usted—y la baronesa interrumpió impaciente á
Mingote para hablarle en voz baja—, ¿le ha dicho usted para
qué es?
—Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de
éstos, que ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de
familia. La miseria enseña mucho, baronesa.
—Dígamelo usted á mí—repuso la dama—, que cuando
pienso en la vida que he llevado y en la que llevo ahora, me
asombro. Indudablemente, Dios me ha dado una naturaleza
privilegiada, porque me acostumbro con facilidad á todo.
—Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere—
replicó Mingote—. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
—No hablemos de eso.
—Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos
el nuevo plan estratégico. Yo iré preparando las pruebas del
estado civil del muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
—Bueno.
—Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir
bastante bien.
—Nada, nada, que se quede.
—Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en
que traeré los papeles. Señora... á sus pies.
—¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale,
Manuel.
Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos
manos en los hombros del muchacho.
—Adiós, hijo mío—le dijo—, que no se te olvide: si alguna
vez llegas á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí.
—No se me olvidará; descuide usted—contestó Manuel.
—¿Te acordarás siempre de tu protector?
—Siempre.
—Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo
es casi tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la
Providencia. Me siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes
ahí, por casualidad, algunos cuartos?
—No.
—Es un contratiempo molesto—y Mingote, después de hacer
un molinete con su bastón, salió de casa.
Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
—¡Chucha! ¡Chucha!—gritó la baronesa; y al aparecer la
mulata que les había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le
dijo, señalando á éste que se hallaba confundido y sin saber que
hacer:
—Mira, éste es el chico.
—¡Jesú! ¡Jesú!—gritó la mulata—. ¡Si es un golfo! ¿Pero
qué ocurrensia le ha dado á la señora de traer este granuja á
casa?
Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más
melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó
paralizado.
—Le estás azorando—exclamó la baronesa riendo á
carcajadas.
—Pero su mersé está loca—murmuró la mulata.
—Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y
jabón y que se limpie.
Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel
atentamente.
—¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á
hacer aquí?
—Sí, algo me ha dicho.
—¿Y estás conforme?
—Yo sí, señora.
—Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho
hasta ahora?
Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la
baronesa durante algún tiempo.
—Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte.
CAPÍTULO IV
La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía.
Se prepara una farsa.
Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones
encontró Manuel en casa de la baronesa, condiciones
inmejorables.
Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros
de la baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los
primeros días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia.
Unos cuantos tomos de novelones por entregas que le prestó
niña Chucha, mitigaron su afán de corretear por las calles y le
transportaron, en compañía de Fernández y González y Tárrago
y Mateos, á la vida del siglo XVII, con sus caballeros
bravucones y damas enamoradas.
Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en
varios folletines, la vida de su amita, como llamaba á la
baronesa.
La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer
original. Su padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y
ocho años, acompañada de una tía, á que conociera Europa. En
el vapor, un joven flamenco, rubio y blanco, elegante como un
tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la muchacha le correspondió
con todo el entusiasmo de los trópicos, y al mes de llegar á
España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y
marchaba con su marido á vivir á Amberes.
Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se
convencieron, al comenzar la vida tranquila, de que no
congeniaban: el flamenco era entusiasta de la vida tranquila y
metódica, de la música de Beethoven y de las comidas
aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio, le
entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles,
el clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas
ligeras y los guisotes hechos con aceite.
Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas,
amontonándose, espesándose, llegaron á nublar por completo el
amor del barón y de su esposa. Esta no podía oir con calma las
ironías tranquilas y frías que su marido dedicaba á los boniatos,
al aceite y al acento de la gente del Sur. El barón á su vez se
molestaba oyendo hablar á su mujer con desprecio de las
mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de manteca. La
supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y
mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales
proporciones, que los cónyuges llegaron á un estado de
exaltación y de odio tal, que se separaron; y el barón quedó en
Amberes dedicándose á sus aficiones artísticas y á sus tostadas
de manteca, y la baronesa vino á Madrid, donde pudo
entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con delicia.
En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de
divorciarse para volverse á casar con un aristócrata arruinado;
pero cuando tenía presentada su demanda de divorcio, supo que
su marido estaba gravemente enfermo, y al saberlo, en seguida
abandonó Madrid, se presentó en Amberes, cuidó al barón, le
salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron una niña.
En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron
un velo sobre la cuestión capital que los dividía; la baronesa y
el barón hicieron mutuas concesiones, y la baronesa iba á
terminar en una buena dama flamenca cuando quedó viuda.
Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos
levantiscos se despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le
pasaba un tanto al mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su
padre, un señor don Sergio Redondo, comerciante riquísimo, le
ofreció la mano; pero la baronesa no la aceptó y prefirió la
protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto le engañó con
cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.
En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus
caprichos, la baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija
por completo del mundo en que ella vivía; la puso interna en un
colegio de monjas, y todos los meses, el primer dinero que
encontraba, era para pagar el colegio de la niña. Cuando ésta
terminase su educación, la llevaría á Amberes y viviría con
ella, resignándose á ser una señora respetable.
Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de
su amita, pero terminaba siempre obedeciéndola.
Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía
nada que hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había
qué, ó paseando por la Moncloa, acompañado de los tres perros
de la baronesa.
Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era
explotar á don Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa
y antiguo protector de la dama. Esta, con su instinto de mujer
enredadora y trapisondista, manifestó á su antiguo protector
que, de sus relaciones, tenían un hijo; después, que el hijo había
muerto, y luego, nuevamente, que el hijo vivía.
A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la
dama con una petición de dinero, á la cual don Sergio accedía;
hasta que al último, escamado, advirtió á la baronesa que no
creía en la existencia de aquel hijo. La baronesa le acusó de
hombre ruin y miserable, y don Sergio contestó haciéndose el
sueco y cerrando su caja.
¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no
fué la baronesa la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y
como su imaginación era fecunda, se le ocurrió proponer á la
baronesa el buscar un chico, proveerle de papeles falsos y
hacerle pasar por hijo de don Sergio.
La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código
era una red puesta para cazar á los descamisados, le pareció
aquello una jugada productiva y excelente. Mingote exigió una
participación en el negocio, y la baronesa le prometió que le
daría todo lo que quisiera.
Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que
reuniera las condiciones necesarias, para darle el cambiazo á
don Sergio, y cuando encontró á Manuel lo llevó
inmediatamente á casa de la baronesa.
A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo,
el escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los
falsificaron con un arte exquisito.
—¿Y ahora qué hacemos?—preguntó la baronesa.
Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don
Sergio, éste probablemente, ya escamado, podía acoger con
duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento
indirecto, darle la noticia por otra persona.
—¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?—preguntó
Mingote.
—¿Un confesor?
—Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le
dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...
—No, no—interrumpió la baronesa—. ¿Y dónde está ese
cura?
—Iría Peñalar disfrazado.
—No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.
—Un maestro de escuela quizás sería mejor.
—¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un
maestro?
—No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le
dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento,
pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio:
—¿Cómo se llaman tus padres, niño?—Y él dice:—Yo no tengo
padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant. Entonces él,
el pedagogo, viene á ver á usted y usted le contesta que está en
una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y
que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo
siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas
veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo
quiere decir, pero al último le arranca á usted el nombre de ese
ser cruel. El pedagogo sublime dice:—Yo no puedo permitir el
abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese
extraordinario niño, y toma la determinación de ir á ver al
padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?
—La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de
maestro de escuela? ¿Usted?
—No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido
pasante de un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y
le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga
cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera, no
estaría de más que le enseñara usted algo de ciencia, las
primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.
Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á
Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un
traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero por más que
le adornaron y le escamondaron no se consiguió darle un
aspecto regular de hijo de familia; siempre trascendía á golfo,
con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa
entre amarga y sarcástica.
A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la
baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre,
apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le
propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático,
discutió las condiciones de cobro y el tanto por ciento que le
correspondería á él.
Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores
beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.
—Ahora mismo que venga el chico conmigo.
Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el
pelo hacia atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un
tono verdaderamente evangélico:
—Vamos, hijo mío.
Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza
del Progreso.
Llegaron á la plaza y entraron en el almacén.
—¿Don Sergio Redondo?—preguntó Peñalar á un viejo de
boina.
—No ha bajado aún al despacho.
—Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea
verle.
—Bueno; ¿quién le digo que le espera?
—No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos
de familia. Siéntate, hijo mío—añadió Peñalar, dirigiéndose á
Manuel con una voz y una sonrisa de pura cepa evangélica.
Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén
con la calma y la tranquilidad del que tiene la seguridad y la
conciencia de sus actos.
No tardó en aparecer el viejo de la boina.
—Pasen ustedes al despacho—y empujó una mampara negra
con cristales rayados. Ahora viene el señor—añadió.
Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una
ventana con rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se
levantaba un armario de caoba con libros de comercio, en
medio una mesa de escribir llena de cajoncitos y á un lado de
ésta una caja de valores con botones dorados.
El cuarto trascendía á comerciante implacable; se
comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de
mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizás
experimentó también un momento de debilidad, pero se creció,
se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.
No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de
bigote blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por
fuera de sus antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en
la cabeza llevaba un gorro griego de terciopelo verde, con una
gran borla que le caía hacia un lado. Entró sin saludar, miró con
desagrado al hombre y al muchacho, que se levantaron; quizás
creyó que había descubierto el objeto de la visita, porque con
voz seca, autoritaria y sin invitarles á que se sentaran, preguntó
á Peñalar:
—¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que
hablarme de un asunto de familia? ¿Usted?
Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo,
Peñalar no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los
que á él más le gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse,
con las miradas inquisitoriales del comerciante.
Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía
que el comerciante iba cargándose de cólera por momentos.
Peñalar hablaba impertérrito:
El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista
¡oh!, dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en
cuyo seno se guardan los gérmenes regeneradores de la patria.
El sufría mucho, mucho; había estado en el hospital; ¡un hombre
como él! conocedor del francés, del inglés, del alemán, que
tocaba el piano, un hombre como él, emparentado con toda la
aristocracia del reino de León, un hombre que sabía más
teología y teodicea que todos los curas juntos.
¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía
derecho á la vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había
dicho:—Usted no debe trabajar—. Pero tengo hambre.—Pida
usted dinero—. Y por eso algunas veces pedía.
Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de
palabras, no intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo,
sonrió con dulzura, notó que la fuerza de la costumbre había
llevado su discurso al tema constante del por qué pegaba
sablazos, y comprendiendo que su elocuencia le arrastraba por
un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono
confidencial.
—Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no
es verdad, don Sergio?, que no puede uno desprenderse con
indiferencia de ella. Y eso que yo creo que la muerte es la
liberación, sí, yo creo en la inmortalidad del alma, en el
dominio absoluto del espíritu sobre la materia. Antes no, lo
confieso—sonriendo más dulcemente aún—, antes era panteísta
y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la
naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas
veces recuerdo aquellos versos del mantuano:
«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum
te veniente die, te decedente canebat.»
¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar,
con el talento que usted tiene.
La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la
verbosidad incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:
—El campo me revienta.
Peñalar quedó parado, con la boca abierta.
—Señor mío, señor mío—añadió el comerciante, levantando
la voz iracunda—, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí
no me pasa lo propio.
—No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita—,
dijo Peñalar y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con
el pañuelo.
—No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien.
Yo no doy limosnas.
—Caballero, señor don Sergio—y Peñalar se levantó con las
gafas en la mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de
cegato—, está usted en un profundo error. No vengo á pedir una
limosna, no son esos mis hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo—
y se coló los lentes con resolución—á cumplir un deber
sagrado.
—Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de
farsas. La charlatanería me revienta.
—Permítame usted que me siente. Estoy fatigado—murmuró
Peñalar con voz desfallecida—. ¿No nos oye nadie?
Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su
ancha frente el pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á
Manuel, que seguía sumido en el mayor estupor, le dijo:
—Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y
esperarme.
Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta
maniobra produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.
—Yo, caballero—dijo Peñalar al verse solo con el
comerciante—, estoy dedicado á la enseñanza de la juventud.
—¿Que es usted maestro? Lo he oído.
—Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando
se me ocurrió establecerme por mi cuenta.
—Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué
me importa?—gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.
—Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que
acaba de salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas
facultades extraordinarias. Al notar la claridad de su
inteligencia y la energía de su voluntad, me interesé por él; le
pregunté por su familia, y me dijo que no tenía padre ni madre,
y que una señora le había recogido en su casa.
—¿Y á mí qué?
—Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora
suya, que es una baronesa, y la dije:—El muchacho á quien
usted protege es digno de las mayores atenciones y de que se
haga algo por su educación.—Su madre no tiene dinero y su
padre que es rico, no hace nada por él—me contestó la
baronesa.—Dígame usted quién es su padre, y le iré á ver.—Es
inútil—replicó—, porque no conseguirá usted nada de él; se
llama don Sergio Redondo.
Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza
erguida á don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á
un pobre réprobo. Don Sergio palideció profundamente, sacó el
pañuelo, se frotó los labios, carraspeó. Se comprendía que
estaba turbado.
Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que
aminoraba en sus arrogancias, se sintió cada vez más
evangélico y más moral.
—La baronesa—añadió—me dijo, y perdone la
inquebrantable sinceridad mía, me dijo que era usted un egoísta
y un hombre sin corazón; yo, á pesar de esto—sonriendo
dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y super-moral—
pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he venido.
Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
con la mía.
Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con
la sonrisa de todo el martirologio en los labios cogió el
sombrero, saludó ceremoniosamente y se acercó á la puerta.
—¿Y ese niño es el que estaba aquí?—preguntó en voz baja y
vacilante don Sergio.
—El mismo.
—¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?—exclamó el
comerciante.
—Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo
autoriza, vendré con la contestación.
Y Peñalar salió del despacho.
—Vamos, hijo mío—le dijo á Manuel.
Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió
de casa, llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel
niño portentoso tan poco apreciado por sus padres.
CAPÍTULO V
Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce
explotación de don Sergio.
Según los mejores historiógrafos madrileños, el
conocimiento de la baronesa de Aynant con Bonifacio de
Mingote databa de dos años á la fecha.
Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la
necesidad de buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle
del Pez. En lugar del prestamista se presentó su dependiente, el
propio Mingote, y se arregló el negocio entre los dos. Desde
entonces don Bonifacio frecuentaba la casa de la baronesa.
¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?
Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En
la historia natural del hombre son como esas especies de
monotremas entre aves y mamíferos, asombro de los zoólogos.
A esta clase de bimanos interesantes pertenecía Mingote.
Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo,
grueso, de bigote pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña
y roja, la boca cínica, las trazas de agente de la policía ó de
zurupeto. Vestía de una manera presuntuosa, le encantaba llevar
una cadena gruesa en el chaleco y diamantes falsos, como
garbanzos de grandes, en la pechera y en los dedos.
Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre
puede ejercer no siendo persona decente: prestamista, policía,
jefe de clac, zurupeto de la Bolsa, agente de quintas, curial,
revendedor, gancho...
Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas
las artes del engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes,
valiente con los cobardes, petulante y vanidoso como pocos,
amigo de atribuirse las heroicidades y los méritos ajenos y de
repartir entre los demás los defectos propios.
Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de
Mingote, cuando se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le
escuchaba lo hacía con gusto; sin duda al oirle admiraba la
sutileza y la finura de las malas artes de aquel pícaro.
Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada
repugnaba.
La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico,
pero el cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera
del alma, apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente
en sus palabras.
—Pierden el tiempo los que me insultan—decía
tranquilamente—; á sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto
producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces
en presentarse como un Roldán ó un Cid de la corrección; pero
al poco rato, por entre su coraza de puntilloso caballero
aparecía la garfa del truhán.
—En cuestiones de honor, no admito distingos—decía el
hombre cuando se sentía hidalgo—; usted me dirá: el honor es
una martingala. Es verdad. Pero yo tengo esta desgracia; soy
caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópicocolectivistas, algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y
Revolución Social, lo cual no era obstáculo para que intentase
unas veces establecer una casa de préstamos, otras una casa de
citas ó algún otro honrado comercio por el estilo.
Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias
con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico,
sacándoles dinero, ya para dar un golpe y comprar bombas, ya
para escribir un diccionario libertario en donde él, Mingote,
desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que
los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de
esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la
existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de
hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las
revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de
anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggle
for lifeur de la almoneda y de la casa de préstamos, de la
droguería y de la perfumería.
—Yo—solía decir—hice la almoneda de la Chavito, yo le
vendí la cuadra al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la
vizcondesa. Yo he lanzado el cataforético Pipot; el pectoral de
sampaguita salvaje Alex; la pasta manícura de Chiper; la
cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina pépsica de
Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de Tomás y
Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha
hecho el vacío á mi alrededor.
Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él
para no dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno
en que les daría en la cabeza á sus enemigos.
Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar
de ser admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes
de poco dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras
envueltas en papeles de periódico de sus minas de aquí y de
allá.
—Esta—y Mingote mostraba un pedrusco—es de mis minas
del Suspiro del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es
verdad? De hierro... casi puro. Noventa y nueve y medio por
ciento de hierro mineralizado. Esta otra es de calamina. Sesenta
y ocho por ciento. Hay medio millón de toneladas.
Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se
incomodaba, sino que se echaba á reir.
La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de
Mingote.
—Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?
—le preguntaba.
—¡Ah!, no importa—replicaba Mingote—; se inventan; es lo
mismo. En seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos
dedicamos á los negocios. Demarcamos una mina; depósito:
trescientas, cuatrocientas pesetas, lo que sea; llevamos al
terreno minerales de otra parte, y en seguida hacemos acciones:
«Sociedad anónima del coto Prosperidad»; capital: 7.000.000
de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa plancha
de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul:
cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto;
aquel hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro
de su alma, encerraba la idea de un hado adverso que le
impedía prosperar, por ser un sinvergüenza; porque habilidad
tenía de sobra; sabía como nadie recibir á un acreedor y no
pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar de su mentir
constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.
Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h...
y en otra porción de mojigangas por el estilo.
En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la
cobardía extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba
nunca su ingenio; el soltar una gracia constituía para él una
necesidad, y probablemente, empalado, con la soga al cuello, ó
en las gradas del patíbulo, temblando de miedo, hubiera tenido
que decir, entre castañeteos de dientes y convulsiones, alguna
cosa chusca.
Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas
fútiles; vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y
acomodadores, levantaba el bastón á los golfos, trataba
desdeñosamente á todo el mundo, hacía proposiciones
indecorosas á las mujeres delante de sus maridos ó de sus
padres, y á pesar de esto no recibía más que raras veces las
bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.
Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia.
Cambiaba la sonrisa en gesto amenazador y el gesto
amenazador en sonrisa; á veces sentía cierta especie rara y
cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se desconcertaba
nunca.
El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada
agradable, tenía grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á
la ancianidad. Su táctica era rapidísima y expedita; á la primera
semana ya pedía dinero.
Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres
pequeños Mingotes. Con ellas el ex prestamista había
organizado un servicio de mendicidad maravilloso por medio
de cartas, y como la agencia producía cada vez menos, gracias
al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran Mingote y
los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.
Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote,
auxiliar y colaborador de la baronesa de Aynant.
El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron
los detalles de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se
pusieron en campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos
días á una patrona del principal.
—¿Pero para qué hace usted eso?—la preguntó Mingote—.
Cuanto en peor situación la vea á usted il vecchio será más
espléndido.
—Yo le creía á usted más listo, Mingote—replicó fríamente
la baronesa—. Si don Sergio me viera en este cuartucho
indecente, me daría una limosna; de otro modo, ya veremos.
Además déjeme usted á mí dirigir mis asuntos.
Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que
aprender.
La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó
coser y planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le
dió polvos de arroz, con gran desesperación del chico. Todo
preparado, Mingote escribió á don Sergio, il vecchio Cromwell,
como le llamaba él, una tarjeta con la firma de Peñalar, dándole
las señas de la casa.
La baronesa y Manuel esperaron á que llegara il vechio. A
media tarde se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta.
—Este es—dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la
persiana—. Sí, es él—añadió, y se tendió en el sofá y cogió un
libro.
Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia
de buen ver.
—Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto—dijo la
baronesa á Manuel señalándole una alcoba—; le diré que estás
estudiando.
Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se
escabulló en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta
de cristales, con sus correspondientes cortinas. Manuel
encontró el observatorio muy cómodo, y se puso á mirar por los
visillos; le interesaba ver cómo se desenvolvía la baronesa y
manejaba los hilos de aquella trapisonda, en los cuales podía
quedar enredada al menor descuido.
Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la
visita de don Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de
su papel. Il vecchio pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo
un gesto de asombro al verle, luego con un ademán de languidez
y de contrariedad le indicó que podía sentarse.
Il vecchio Cromwell se sentó; Manuel pudo observarle con
calma. Estaba pálido y tenía un color calcáreo.
—Vaya un papá feo que me he echado—se dijo Manuel.
La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja.
No se oía lo que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada
por el cuarto, observó los muebles, indudablemente extrañado
de ver el gabinete tan elegante.
Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba
lánguidamente, sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía.
Manuel pensó que no le faltaban al viejo más que unos
cuernecitos y unas patas de cabra para representar, en unión de
la baronesa, un grupo que él había visto unos días antes en un
escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título era «La
Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á arrodillar
y le dieron ganas de gritarle ¡fuera Cromwell!
Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante,
cuando se fué animando y comenzó á accionar con violencia.
—Ese abandono del muchacho es incalificable—decía.
—¡Incalificable!
—Sí, señora.
—Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
—Tengo derechos. Sí, señora.
La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y
replicó con vaguedades y excusas; luego se indignó, y
levantándose del sofá con un gallardo ademán y tirando el libro
al suelo acusó al iracundo Cromwell de todo lo malo que podía
ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo, por ser un avaro y un
miserable.
Replicó á esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo
que para las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres
eran avaros.
—Si usted ha venido aquí—interrumpió la baronesa—á
insultar á una mujer porque está sola, no lo consentiré.
Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el
sincerarse, el ofrecerse...
—No necesito de usted para nada—contestó la baronesa
arrogantemente—. No le he llamado á usted.
El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá
más que á ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le
dejara costear los gastos de los estudios del muchacho. También
deseaba verle un momento.
La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que
el niño creía que sus padres habían muerto.
—No, no tenga usted cuidado, Paquita—exclamó il vecchio.
Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con
indolencia:
—¿Está en casa Sergio?
—Sí, señora.
—Dígale usted que venga.
Entró Manuel confuso.
—Este señor quiere verte—dijo la dama.
—Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado—
murmuró il vecchio.
Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio
dió unos golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho.
Manuel quedó mirando al suelo, y se marchó, al darle la
baronesa el permiso para salir.
—Es muy huraño—dijo la baronesa.
—Yo era igual á su edad—repuso don Sergio.
La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y
siguió observando la actitud de los dos; la baronesa se
lamentaba de su falta de recursos; Cromwell se defendía como
un león. Al terminar la conferencia, el calcáreo sacó su cartera
y dejó unos billetes sobre el velador.
La baronesa le acompañó hasta la puerta.
—¿De modo, Paquita, que está usted contenta?—la dijo antes
de marcharse.
—¡Contentísima!
—¿No siente usted que haya venido á verla?
—¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada.
¡Cuando es usted el único amigo de mi pobre padre!
—Sí, es verdad, Paquita, es verdad—murmuró il vecchio
acariciando entre las suyas una de las manos regordetas de la
baronesa.
Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para
saludar á la dama.
—Jesús, qué lata de viejo—murmuró ella dando un portazo
—. ¡Manuel, Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe.
¿Has visto? Il vecchio Cromwell, como dice Mingote, ha
dejado mil pesetas. Mañana mismito nos mudamos de casa.
Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se
echaron á la calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear
y de andar con la cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia
arriba, encontraron un tercer piso en la plaza de Oriente, que á
la baronesa le encantó. Costaba veinticinco duros al mes.
—A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo—
dijo la baronesa—. Y llamó en el primer piso en donde vivía el
administrador y habló con él y pagó la casa por adelantado.
El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con
entusiasmo, llevando trastos de un lado á otro y colocándolos
en la nueva casa en el sitio que designaba niña Chucha.
Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos
muebles guardados en casa de una amiga cubana, unos días
después fué á verla para pedírselos. No apareció en todo el día
ni aun á cenar, y volvió á la noche muy tarde. Niña Chucha y
Manuel la esperaron. Al llegar á casa, venía con los ojos más
brillantes que de ordinario.
—La coronela no me ha querido dejar venir—murmuró—; he
cenado en su casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me
han acompañado hasta aquí mismo.
No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño
para la baronesa, y se asombró bastante al oirle contestar á los
reproches de niña Chucha, balbuceando y riéndose á carcajadas
de una manera insubstancial. Hubiese jurado Manuel que al
salir del comedor la baronesa había dado un traspiés, pero con
el sueño no se enteró bien y se abstuvo de comentarios.
Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña
Chucha en la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel.
Era el calcáreo.
—Hola, estudiante—dijo—. ¿Y doña Paquita?
—En su cuarto—contestó Manuel.
Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió
varias veces:
—¿Se puede?
—Pase usted, don Sergio—dijo la baronesa—y abra usted
las ventanas.
Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos
desparramados por el suelo y abrió el balcón.
—Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?—preguntó en el colmo
de la estupefacción—. Eso no es sano.
—¡Oh! si viera usted cómo he trabajado—replicó la
baronesa desperezándose—. Ayer me acosté rendidita, y hoy
para las cinco estaba ya trabajando; pero de tanto trajinar se me
ha levantado un dolor de cabeza que me he tenido que acostar
otra vez.
—¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.
—Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no
ayudan. Chucha no hace más que leer novelas; á Sergio no le
voy á poner á andar como un mozo de cuerda, y yo sola tengo
que hacerlo todo. Espero que otro día seré más feliz y tendrá
usted el gusto de presenciar lo buena chica que soy y cómo sigo
sus consejos al pie de la letra.
—Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos
cuantos arrumacos á Cromwell, y después, en tono indiferente,
le pidió cincuenta pesetas.
—Pero...
—Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he
gastado todo el dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un
billete de quinientas pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo
que pagar una cuentecilla...
—Vaya, ahí va—. Y don Sergio con una sonrisa que quería
ser amable, sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul
sobre la mesilla de noche; luego le pareció poco galante dar lo
que le habían pedido y dejó otro.
La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y
después, acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta,
murmuró:
—¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
—Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.
Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se
encontró con niña Chucha que volvía de la calle.
—No debes dejar que trabaje tanto tu ama—le dijo
secamente—; se pone enferma.
La mulata contempló sonriendo al viejo.
—Bueno, señó—dijo.
—Y el muchacho, ¿qué hace?
—Etá etudiando—contestó niña Chucha con malicia, y lo
mostró con los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza
entre las manos.
Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de
Tárrago y Mateos.
CAPÍTULO VI
Kate, la niña blanca.—Los amores de Roberto.—El
pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones
antropológicas.
Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de
Navidad, y como en los colegios había vacaciones, la baronesa
fué en busca de su hija al del Sagrado Corazón, y volvió con
ella en coche.
Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle
detalles de la hija de la baronesa.
—Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que
parece una muñeca.
Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él;
en los años que no la veía se había hecho una muchacha
preciosa. No recordaba en su tipo á su madre; aunque rubia
como ella, debía de parecerse al padre. Era blanca, de
facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y pestañas
doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.
Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones
de cariño á la colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que
le produjo gran satisfacción.
La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de
Amberes la llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la
decía la Nena.
Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la
baronesa abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus
ligerezas de palabra. En la mesa, con una sonrisa triste,
escuchaba las historias de colegio que contaba su hija, sin
poner interés en lo que oía.
No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la
comprensión lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía
la sutileza y el ingenio del momento. La baronesa á veces se
impacientaba al oirla, y decía entre cariñosa y enfadada:
—¡Ay, qué Nena más sosita tengo!
Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le
acompañaban en el comedor á la baronesa; esto á Manuel no le
molestaba, pero á la mulata sí, y atribuía estas disposiciones á
Kate, á quien consideraba como una muñeca blanca, orgullosa,
fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía motivo alguno de
antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, aunque
con poca vivacidad.
Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían
de casa con mucha frecuencia á compras, y les acompañaba
generalmente Manuel, que volvía cargado con paquetes.
Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel
fueron al Teatro de Apolo á ver Los sobrinos del Capitán
Grant, notó Manuel que Roberto Hasting iba á alguna distancia
detrás de ellos. Al salir les siguió; la muchacha se hizo la
desentendida.
Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que
paseaba por la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.
Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento
Roberto se acercó á él.
—¿Estás en su casa?—le preguntó apresuradamente.
—Sí.
—Tienes que darle una carta.
—Bueno.
—A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone
al recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero
tú se la darás, ¿verdad?
—Sí, hombre, descuide usted.
Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre
la nieve, bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.
Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario.
Tenía guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas,
medallas; en otras, estampas, cromos, regalos del colegio y de
su familia. Sus libros de rezos estaban llenos de recordatorios y
de estampitas.
Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la
muchacha como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas
sus riquezas, éste se sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía
á tocar las medallas, las alhajas, las mil cosas que guardaba
Kate.
—Esta cadena me la regaló mi tío—decía la colegiala—.
Esta sortija es de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en HydePark, cuando estuve en Londres con mi tío.
Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener
la carta en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas.
Los juguetes de su niñez aún los conservaba; en su armario todo
estaba clasificado con el mayor orden, cada cosa tenía su sitio.
En algunos libros prensaba pensamientos y hierbas que luego
copiaba y pintaba con una caja de acuarelas.
Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de
Roberto, pero no se atrevió.
De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:
—¿Sabe usted?
—¿Qué?
—Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que
ayer estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.
—¿Para mí?—. Y las mejillas de Kate tomaron un tono
rosado y sus ojos brillaron con más vivacidad que de ordinario.
—Sí.
—Pues dámela.
—Tome usted.
Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el
pecho. Concluyó de arreglar su armario, y poco después se
encerró en su cuarto. A los dos días, Kate le envió á Manuel
con una carta para Roberto, y Roberto en seguida con otra para
Kate.
Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un
Nacimiento, y á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto.
Hablaron los dos muchísimo; Roberto contó sus proyectos.
Manuel pensó en que esto del amor es una cosa extraña. Para él
no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, y, sin
embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.
Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló
con una gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de
listo; ella le escuchó atenta.
Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la
muchacha de un candor y de una inocencia inmaculadas, tenía
una falta de comprensión para cosas de malicia extraordinaria.
Manuel sentía verdadera sumisión ante aquella naturaleza
aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de inferioridad que
en nada le molestaba.
La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en
París, Bruselas, Gante; le habló de los parques de Londres, le
deslumbró. En cambio, Manuel le contó á Kate detalles de la
vida pobre madrileña, que á la colegiala le producían el más
profundo asombro; las cuevas, las tabernas, los descampados;
le habló de los chicos que se escapaban de sus casas é iban á
dormir á los rincones de las iglesias, de los que robaban en los
lavaderos; le describió las tiendas-asilos...
Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones;
exageraba y rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos
dejados por la realidad. La Nena le solía escuchar muy
intrigada.
—¡Oh, qué miedo!—solía decir—; y sólo el pensar que
aquella gente miserable de que Manuel hablaba podía rozarse
con ella, le hacía estremecer.
Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la
calle; no quería salir los domingos por no andar entre hombres
de blusa y soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía
ser mala. Desde que se encendían los faroles no le gustaba salir
de casa.
Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un
gabinete que daba á la calle, desde donde se veía la plaza de
Oriente, como un bosque, y el Palacio Real en cuyas cornisas se
posaban cientos de palomas que de día revoloteaban en
bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el horizonte
que se enrojecía al caer de la tarde...
Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa
se restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual
desorden.
La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué
acompañada por Manuel á casa de su amiga cubana.
Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana
vivía en la calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un
criadito con librea azul y galones dorados, y entraron, por un
corredor, en una sala muy iluminada adornada con lujo barato y
chillón. En medio había un aparato eléctrico con siete ú ocho
bombillas, un sofá grande con flores, dos sillones dorados al
lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un reloj en
forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro
como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas.
Por todos lados se veían fotografías.
No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto,
que se levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al
poco rato entró la cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida
con un traje muy llamativo y con brillantes gruesos en las orejas
y en los dedos. Tomó de la mano á la baronesa y se sentó en un
sofá junto á ella. Se veía que quería halagarla. Era la coronela
una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la mandíbula
prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una
expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico
inquietante y amenazador; se figuraba uno que aquella mujer
debía tener vicios extraños, que era capaz de cometer crímenes.
Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías
puesto sobre un velador.
La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de
sargenta en Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú,
debutara en un Salón, de bailarina, y le estaban dando las
últimas lecciones.
—Pero, ¿de verdad?—preguntó la baronesa.
—Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los
últimos toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso!
Está ahora con unos amigos en el comedor. Vendrán en seguida.
Mingote ha traído un poeta que ha hecho un monólogo para la
niña graciosísimo. Se llama Instantáneas. Es un nombre
modernista, ¿verdad?
—Ya lo creo.
—Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se
encuentra con un pollo que se le acerca y le propone hacer una
reproducción ó un grupo, y ella contesta: «¡Ay, no me toque
usted el chassis!» Es bonito, ¿verdad?
—Precioso—dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose.
Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su
aspecto, movieron la cabeza en señal de asentimiento, y
sonrieron de un modo triste.
—¿Tiene usted mucha gente en la sala?—preguntó la
baronesa.
—Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la
niña un poco para que usted la vea.
Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú,
vestida con falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado.
Estaba incomodada porque no encontraba una pulsera, y
chillando con una vocecilla agria.
—Advierte á esos—le dijo la coronela—de que estás aquí.
Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala
el coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba
apoyado en el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco,
de bigote rubio, con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió
la baronesa, y un melenudo, el profesor de piano, que venía
llevando del brazo á la hija mayor de la casa, una mujer
guapetona, blanca y rubia, que parecía escapada de un cuadro
de Rubens.
—Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?—
preguntó la coronela.
—El monólogo, el monólogo—dijeron todos.
—Vamos á ver. Silencio.
El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el
color de sus mejillas, sonrió amablemente.
La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito
ronco, una porción de brutalidades en verso, capaces de llevar
el rubor á las curtidas mejillas de un carabinero. Cada
barbaridad de aquellas terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me
toque usted el chassis!
Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un
poco así... un poco, vamos, demasiado libres y miró á todos
pidiendo su opinión. Se discutió el punto acaloradamente. El
amo de la casa presentó sus argumentos, pero la réplica de
Mingote fué decisiva.
—No, coronel—concluyó diciéndole el ex prestamista
exaltado—, es que usted siente de una manera excesiva el
pundonor militar. Usted lo mira esto como militar.
La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo
contener la risa.
El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las
ideas de los militares acerca de la honra necesariamente tenían
que ser más rígidas que las de los paisanos, por la disciplina, la
ordenanza, y sobre todo por el uniforme.
Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la
niña comenzó á bailar el tango. En este punto se presentaba
también una cuestión que dilucidar y la coronela quería que se
resolviera al momento. La cosa no era para menos. Hay una
parte en el tango verdaderamente grave y trascendental; es ese
movimiento de caderas que el público llama científicamente
bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que hacer
esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello
pide ó velándolo un poco?
A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan
exagerado; un poco de aquel movimiento no estaba mal. La
coronela y Mingote protestaron, y afirmaron que el público pide
siempre, por más emocionante, la bisagra.
El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el
público, efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó
menos de zarandeo era cosa de material.
Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer
aquel movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de
un modo grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin
calor. Entonces la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo
el hombre podía enseñar á la mujer la gracia en aquel
movimiento. La baronesa sonrió discretamente.
En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que
estaba Fernández. Fernández debía de ser persona de
importancia porque la coronela se levantó al momento y se
dispuso á salir.
—Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que
enciendan las luces en la sala.—¿Que?—añadió el buen señor
—, ¿quiere usted que hagamos una vaquita, baronesa?
—Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte
sola.
—Bueno.
Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.
—Ya pueden ustedes pasar—dijo.
Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando
el corredor entraron en una sala grande con tres balcones.
Había dos mesas allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin
nada.
Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se
sentaron en la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados
el banquero y los dos pagadores.
—Hagan juego—dijo el croupier con una impasibilidad de
autómata.
Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el
croupier dijo:
—¡No va más!
Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para
impedir que se siguiera apuntando.—No va más—repitieron al
mismo tiempo con voz monótona.
Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas
colocadas alrededor de la mesa.
Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta
años, alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo
y dientes blancos.
—Pero hijo, ¿tú aquí?—le dijo la baronesa.
—¿Y tú?—replicó él.
Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la
baronesa y se llamaba Horacio.
—¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?
—preguntó la baronesa.
—Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera
vez que vengo.
—Bah.
—Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?
—No me parece mal.
Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio
apuntaba según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y
ganaban. Poco á poco se iba llenando el salón de un público
abigarrado y extraño. Había dos aristócratas conocidos, un
torero, militares. De pie se apretaban algunas señoras con sus
hijas.
Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de
un señor viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía
los dedos llenos de sortijas con piedras grandes.
Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre
viejo, de barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven
lampiño de aire aburrido.
—¿Usted se retiró ya?—decía el joven.
—Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido
jugando hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el
tapete verde. Para mí esta es la única vida. Yo soy como la
Valiente. Ella me conoce, y me suele decir algunas veces:—
¿Hacemos una vaca, marqués?—No le daría á usted mala suerte
—le contesto yo.
—¿Quién es la Valiente?
—Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.
Se encendió la luz en la otra mesa.
Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja
en la mano, y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo
se le acercaron diez ó doce personas.
—¿Quién talla?—preguntó el viejo.
—Cincuenta duros—murmuró uno.
—Sesenta.
—Cien.
—Ciento cincuenta duros.
—Doscientos—gritó una voz de mujer.
—Ahí está la Valiente—dijo el marqués.
Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta
á cuarenta años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero
Frégoli. Era muy morena, con una tez olivácea, los ojos negros,
hermosos. Se cegaba en las apuestas y salía á los pasillos á
fumar. Se notaba en ella una gran energía y una inteligencia
clara. Decían que llevaba siempre revólver. No le gustaban los
hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera pasión.
Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la
rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas
veces, y para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un
modo insolente.
—Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí,
¿quién es?—preguntó el joven, señalando un tipo de unos
sesenta años, basto, de bigote pintado.
—Este es un usurero que creo que es socio de la coronela.
Cuando yo fuí gobernador de la Coruña estaba pendiente de un
proceso por no sé qué chanchullo que había hecho en la
Aduana. Le dejaron cesante y luego le dieron un destino en
Filipinas.
—¿En recompensa?
—Hombre, todo el mundo tiene que vivir—replicó el
marqués—. En Filipinas no sé qué hizo que le procesaron
varias veces, y cuando quedó libre, lo emplearon en Cuba.
—Querían que estudiara el régimen colonial español—
advirtió el joven.
—Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se
dedicó á negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por
menos de un millón de pesetas.
—¡Demonio!
—Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía
con una tal Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de
Hortaleza, y los dos salían á pasear los domingos por las
afueras como gente pobre. Se le murió aquella Paca, y ahora
vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces él mismo va á la
compra y guisa. El que es interesante es su antiguo secretario;
tiene unas condiciones de falsificador como nadie.
Manuel escuchaba con atención.
—Ese sí que es un hombre—dijo el marqués, mirándole
atentamente.
El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire
burlón, se volvió y saludó amablemente al viejo.
—Adiós, Maestro—le dijo éste.
—¿Le llama usted maestro?—preguntó el joven.
—Así le llama todo el mundo.
Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por
delante del marqués y del joven.
—Qué moninas son—dijo el marqués.
Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito
elegante. No reinaba el silencio angustioso de las casas de
juego, ni la greguería alborotadora de un burdel; se jugaba y se
amaba discretamente. Como decía la coronela, era una reunión
muy modernista.
En los divanes hablaban las muchachas con los hombres
animadamente; se discutía, se estudiaban combinaciones para el
juego...
—A mí esto me encanta—dijo el marqués con su sonrisa
pálida.
La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.
—Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?—preguntó á su primo.
—Sí, te acompañaré.
Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió
á ellos.
—¡Qué gentuza!, ¿verdad?—dijo la baronesa con la risa
ingenua peculiar suya al encontrarse en la calle.
—Es la amoralidad, como dicen ahora—replicó Horacio—.
Los españoles no somos inmorales, lo que pasa es que no
tenemos idea de moralidad. «Ya ve usted—decía el coronel en
el momento que me he levantado para tomar un poco de aire—
ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta duros
me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros
ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser
bailarinas... y todo lo demás.
—¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!
—¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia
natural y necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados.
Somos una raza de última clase.
—¿Por qué?
—Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la
cabeza que tiene el coronel?
—No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?—preguntó
burlonamente la baronesa.
—Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo
se da en razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es
superior á Napoleón porque Wellington peleó por el deber y
Napoleón por la gloria. La idea del deber no entra en cráneos
como el del coronel. Háblale á un mandingo del deber. Nada.
¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo explico todo por
leyes antropológicas.
Pasaron por delante del café de Varela.
—¿Quieres que entremos aquí?—dijo el primo.
—Vamos.
Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que
quería y siguió el primo de la baronesa hablando.
Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz
cerrado, aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y
con eso y un destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un
desorden muy reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y
cambiando de género de vida por temporadas.
Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado
en los pantanosos campos de la sociología y de la antropología.
Estaba convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á
quien no le debían de preocupar las cosas de España ni de
ningún otro país del Mediodía.
—Pues sí—siguió diciendo Horacio llenando su copa de
cerveza—. Yo me lo explico todo, los detalles más nimios por
leyes biológicas ó sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi
patrona que hablaba con el panadero de la subida del pan.—¿Y
por qué ha encarecido el pan?—le preguntaba ella.—No sé
replicaba él; dicen que la cosecha es buena.—¿Pues entonces?
—No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto con exactitud
inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me
pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se
presenta buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá.
Tú sabrás que en el cerebro hay lóbulos.
—Yo qué he de saber eso, hijo mío—replicó la baronesa
distraída, mojando un bizcocho en el chocolate.
—Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos,
cada lóbulo tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro
para otra, ¿comprendes?
—Sí.
—Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece
millones de individuos que no saben leer y escribir. ¿No me
atiendes?
—Sí, hombre, sí.
—Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se
emplea en esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee,
aquí no lo utilizan trece millones de habitantes. Esa fuerza que
debían de gastar en discurrir, la emplean en instintos fieros.
Consecuencia de esto, el crimen aumenta, aumenta el apetito
sexual, y al aumentar éste, crece el consumo de alimentos y
encarece el pan.
La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de
su primo.
—No es una fantasía—replicó Horacio—es la pura verdad.
—Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel
también se ríe.
—¿De dónde has sacado este chico?
—Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu
ciencia de él?
—A ver, quítate la gorra.
Manuel se quitó la gorra.
—Este es un celta—añadió Horacio—. ¡Buena raza! El
ángulo facial abierto, la frente grande, poca mandíbula...
—Y eso, ¿qué quiere decir?—preguntó Manuel.
—En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?
—¿Yo? Ni un botón.
—Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no
tienes dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu
inteligencia, aunque la tengas, que creo que sí; probablemente
morirás en algún hospital.
—¡Qué bárbaro!—exclamó la baronesa—no le digas eso al
chico.
Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida.
—En cambio yo—siguió diciendo Horacio—no hay cuidado
que muera en un hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué
instinto de adquisividad más brutal. Soy un berebere de raza, un
euro-africano; eso sí, afortunadamente, estoy influído por las
ideas de la filosofía práctica de lord Bacon. Si no fuera por eso
estaría bailando tangos en Cuba ó en Puerto Rico.
—¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre
civilizado?
—Relativamente civilizado; no trato de compararme con un
inglés. ¿Tengo yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta
ó sajón? No me hago ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le
voy á hacer! Yo no he nacido en Manchester sino en el
Camagüey y he sido criado en Málaga. ¡Figúrate!
—Y eso, ¿qué tiene que ver?
—La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos
países húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más
civilizados y más hermosos también, tipos como el de tu hija
con sus ojos tan azules, la tez tan blanca y el cabello tan rubio.
—Y yo... ¿qué soy?—preguntó la baronesa—¿Un poco de
eso que decías antes?
—¿Un poco berebere?
—Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?
—En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria
pura, tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de
Pamir ó del valle de Cabul, pero no han pasado por Africa.
Puedes estar tranquila.
La baronesa miró á su primo con expresión un tanto
enigmática. Poco después los dos primos y Manuel salieron del
café.
CAPÍTULO VII
El berebere se siente profundamente anglosajón.—Mingote
mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida.
Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la
baronesa y el sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á
poner cátedra de antropología y de sociología en el comedor.
Manuel no sabía cómo serían aquellas ciencias; pero traducidas
al andaluz por el primo de la baronesa, eran muy pintorescas;
Manuel y niña Chucha escuchaban al berebere con grandísima
atención y algunas veces le hacían objeciones que él contestaba,
si no con grandes argumentos científicos, con muchísima gracia.
El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y
terminó quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al
berebere quizás por afinidades de raza y se reía enseñando los
dientes blancos cuando venía don Sergio.
La situación era comprometida porque la baronesa no se
preocupaba de nada; después de servirse de Mingote le había
despedido dos ó tres veces sin darle un céntimo. El agente
comenzaba á amenazar, y un día fué decidido á armar la gorda.
Habló de la falsificación de los papeles de Manuel y de que
aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella le contestó
que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, que
ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que
interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.
Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento
álgido de la disputa llegó el primo Horacio.
—¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle—dijo.
—Este hombre que me está insultando—clamó la baronesa.
Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo
plantó en la puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á
relucir la madre de Horacio; entonces éste, olvidando á lord
Bacon, se sintió berebere, levantó el pie y dió con la punta de la
bota en las nalgas de Mingote. El agente gritó más y de nuevo el
berebere le acarició con el pie en la parte mas redonda de su
individuo.
La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para
vengarse; no creía que se atrevería á hablar de la falsificación
de los papeles de Manuel porque se cogía los dedos con la
puerta, pero probablemente advertiría á don Sergio de la
presencia del primo Horacio en la casa. Antes de que pudiese
hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole dinero,
porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.
El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.
—Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo
que esperar muchas veces.
Al saber la contestación, la baronesa se indignó:
—¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo
de hacer caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré
cuántas son cinco.
Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo
pasado, se mudó á una casa más barata con el propósito de
economizar; y niña Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á
ocupar un tercer piso de la calle del Ave María.
Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á
pesar de que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea
pobre de la mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba
gran importancia al flirt.
La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de
la casa, vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el
desbarajuste que reinaba allí, el dinero no duraba un momento.
Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una
mañana don Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse
y mandó á decirle por la mulata que no estaba. El viejo se
marchó y por la tarde escribió una carta á la baronesa.
Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la
herida; no le parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa
de la baronesa; no encontraba mal que la visitase, sino la
asiduidad con que lo hacía. La baronesa enseñó la carta á su
primo, y éste, que sin duda no buscaba más que un pretexto para
escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se sintió de pronto
anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse en casa
de la baronesa.
Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la
juventud de la vejez, se desesperó, escribió cartas al galán,
pero él siguió sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de
lord Bacon.
Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía
efecto, volvió á la carga y se presentó en la casa.
—Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?—dijo al ver á la
baronesa desmejorada.
—Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la
cabeza. Estoy con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted
completamente abandonada. En fin, Dios sobre todo.
Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y
lamentaciones con que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:
—Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener
método, hay que tener régimen; así no puede ser.
—Eso mismo estaba pensando yo—replicó la baronesa—.
Sí, lo comprendo, á mí no me corresponde esa vida. Volveré á
tomar otra casita de doce duros.
—¿Y los muebles?
—Los venderé.
¿Cómo decir que los había ya vendido?
—No, yo...—El calcáreo iba á hacer una observación de
buen comerciante, pero no se atrevió.—Luego esas visitas tan
frecuentes de su primo de usted no están bien—añadió.
—¿Pero si me persigue—murmuró con voz quejumbrosa la
baronesa—qué voy á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una
pasión loca; comprendo que es raro, porque ya á mis años...
—No diga usted esas cosas, Paquita.
—Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya
verá usted cómo no va á volver.
—¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga
claramente...
—Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.
—Entonces, mejor que mejor.
La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una
actitud compungida.
Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que
Paquita debía dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo
detestaba cordialmente; pero la baronesa afirmó que la quería
como á una hija, tanto ó más que á sus perros, que eran casi
para ella como las niñas de sus ojos.
De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.
—Tengo un plan—le dijo á don Sergio—. Dígame usted si le
parece bien. En El Imparcial de ayer vi anunciada una finca ó
casa en Cogolludo, con huerta y jardín, por cincuenta duros al
año. Supongo que será cosa muy mala; pero, al fin, será un
terreno y una choza, y á mí me basta con una cabañita. Podría ir
arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted, don Sergio?
—Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?
—Es que no se lo he querido decir—añadió la baronesa—;
pero ese hombre me persigue. Y contó una porción de embustes.
Se recreaba la buena señora haciéndose la ilusión de que el
primo la perseguía tenazmente, y todas las cartas quien ella
había escrito á él supuso que era él quien se las había escrito á
ella.
—Y claro—siguió diciendo—, no es cosa de ir al fin del
mundo huyendo de ese ridículo trovador.
—Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.
—¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me
entretengo en regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan
desgraciada, que con seguridad ya habrán alquilado la casa.
—No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El
chico no podrá ir al colegio.
—Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.
—Bueno; alquilaremos esa casa.
—Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le
llevasen á la cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo
vendrá Carlos VII! No estoy por la libertad ni por las garantías
constitucionales para los pillos.
—Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la
casa. Y alíviate pronto.
—Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una
roca... Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero.
¡Acuérdese usted de mí! Ya sabe usted que soy muy arregladita
y que no pienso ni desperdicio nada.
Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.
Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los
muebles entre niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió
diciendo que ella lo sentía mucho, pero que se quedaba en
Madrid en una casa.
—Pero hija, ¿qué vas á hacer?
La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor
americano, un pequeño rastaquouere que sentía la nostalgia del
cocotero, le había ofrecido el puesto de ama de llaves en su
casa.
La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único
consejo que le dió fué que si el americano no se contentaba
únicamente con que ella fuera ama de llaves, que se afirmara
bien; pero la mulata no era tonta, y había, según dijo, tomado
todas sus precauciones para caer en blando.
Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias
necesarias para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación
del Mediodía, se encontró con Mingote, que al verle echó á
correr tras él.
—¿A dónde vas?—le dijo—; cualquiera hubiese dicho que
huías de mí.
—¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.
—Yo también.
—Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.
—Bueno.
Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés,
papel y pluma.
—¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte?
—Hombre, según lo que sea.
—Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te
llamas Sergio Figueroa, sino Manuel Alcázar.
—¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo
sabe tan bien como yo—contestó cándidamente Manuel.
—Es una combina que me traigo.
—Y yo, ¿qué voy ganando en eso?
—Te puedes ganar treinta duros.
—¿Sí? ¡Vengan!
—No, cuando el negocio esté terminado.
Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las
apañaba para quitar á la baronesa los papeles falsificados de su
identificación y se los entregaba, añadiría á los treinta veinte
duros más.
—Los papeles los tengo yo guardados—dijo Manuel—; si
espera usted aquí un momento, voy y se los traigo á usted en
seguida.
—Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!—
murmuró Mingote—. Se figura que le voy á dar cincuenta duros.
¡Qué primo!
Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.
—¿Habré sido yo el primo!—exclamó Mingote—. Sin duda.
¡Me habrá engañado ese condenado niño!
Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el
tren.
Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco.
Creía que el pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se
encontró con un poblachón en medio de una llanura.
La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era
grande, con una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un
corral en la parte de atrás. Debía de hacer más de diez años que
no la habitaban. Al día siguiente de llegar la baronesa y Manuel
la barrieron y fregaron. La baronesa se lamentaba amargamente
de su resolución.
—¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!—decía—. ¿Por qué habremos
venido aquí? Y ¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún
pueblo de España, pero en el Norte, donde hay árboles. ¡Esto es
tan seco, tan árido!
Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no
producía más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría
convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas,
en un vergel. Se puso á trabajar con fe.
Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.
Después removió la tierra con un pincho y sembró á
discreción garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse de si
era ó no el tiempo de la siembra. Luego pasó horas y horas
sacando agua de un pozo profundísimo que había en medio del
huerto, y como se desollaba las manos con la cuerda y además á
la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una especie de
torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de
agua.
A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una
criada, y cuando ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del
colegio á Kate y la llevó á Cogolludo.
Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas
macetas de tierra y plantó una porción de cosas en ellas.
—¿Para qué hace usted eso?—le dijo Manuel—, si dentro de
poco estará todo esto lleno de plantas.
—Yo quiero tener las mías—contestó la niña.
Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel,
no brotó nada de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos
ajos puestos por la criada crecían, á pesar de la sequedad,
admirablemente.
Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de
calor los metía dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo
que sus ensayos de horticultura fracasaban, se dedicó con rabia
al exterminio de las avispas, que en grandes panales de celdas
simétricas, ocultos en los intersticios de las tejas, se guarecían.
Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo
vencer: parecía que le habían tomado odio; le atacaban de una
manera tan furiosa, que la mayoría de las veces tenía que
batirse en retirada, expuesto á caerse del tejado lleno de
picaduras.
Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos.
Había arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía
embellecerlo todo. Con la cama, cubierta por la colcha blanca y
oculta por las cortinas; los tiestos, en la ventana, en los que
empezaban á brotar las plantas; su armario, y los cromos en las
paredes azules; su alcoba tenía un aspecto de gracia encantador.
Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.
Había encontrado en el campo un gato herido, á quien
perseguían unos chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser
arañada, lo cuidó y curó, y el gato la seguía ya por todas partes
y sólo quería estar con ella.
Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una
gran satisfacción al obedecerla; la consideraba como un
dechado de perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió,
ni en su fuero interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba
demasiado buena, demasiado hermosa. Experimentaba Manuel
la tendencia paradójica de todos los hombres de fantasía que
creen amar la perfección y se enamoran de lo imperfecto.
El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos
veces en Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto,
las pesetas que recibía la baronesa no aparecieron.
Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la
persecución de que era víctima, pues de este modo satisfacía la
vanidad y el amor propio del viejo Cromwell; pero don Sergio
no cayó en la celada.
Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa
algún tiempo trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios
de Otoño, se presentó el guarda de la casa diciendo á la
baronesa que la desalojara, que en Madrid no habían pagado el
alquiler. Se desahogó la baronesa insultando y poniendo como
un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya era no
dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler.
La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas;
calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las
ventas y los empeños quedaron reducidos estrictamente á lo
indispensable, y se decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo.
Una tarde en que salieron del pueblo á dar un paseo, la
baronesa expuso á Kate, muy azorada, la situación.
—¿Vamos á Madrid?—terminó diciendo.
—Vamos.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
Hacía frió. Comenzaba á lloviznar.
La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel
sabía el camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no
encontraron á nadie. Kate iba un tanto asustada.
—Vaya una facha rara que debemos de tener—decía la
baronesa.
A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la
revuelta de un sendero, apareció el faro de señales de la vía
férrea, un disco blanco como un alto fantasma. Soplaba un
vientecillo sutil. Oyeron de pronto á lo lejos los silbidos
agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y blanca de la
locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad rápidamente,
retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con una
algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con
incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo
y el tren huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde
danzando en la obscuridad de la noche, hasta que se
escabulleron en seguida en las sombras.
Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación.
Esperaron unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á
Madrid.
La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes,
les preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no
supo encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que
sin equipaje no les tomarían, á no ser que pagaran por
adelantado, y la baronesa salió avergonzada. De allí pasaron
por la casa de una amiga, pero se había mudado: no se sabían
tampoco las señas de Horacio. La baronesa tuvo que empeñar
un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel de tercera
clase.
Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido
su presencia de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el
cansancio.
Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole
hospitalidad para ella y su hija, y la contestación tardaba. La
baronesa se ocultaba de Kate para llorar.
La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa
que esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer
de la fonda, á quien la petición hecha en otra forma no le
hubiera chocado, se figuró, por el tono empleado por la
baronesa, que se trataba de engañarla, y dijo que no esperaba,
que, si al día siguiente no la pagaban, avisaría á la policía.
Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le
preguntó lo que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en
que se veían.
—Voy á ver al embajador de mi país—dijo Kate
resueltamente.
—¿Tú sola? Iré yo.
—No, que me acompañe Manuel.
Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande.
Dió su tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron
pasar. Manuel, sentado en un banco, esperó un cuarto de hora.
Al cabo de este tiempo salió la muchacha al portal acompañada
de un señor de aspecto venerable.
Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con
galones.
El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la
puerta y permaneció con el sombrero en la mano.
Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.
—Vamos.
Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.
—Ya está todo arreglado—dijo la muchacha á Manuel—. El
embajador ha telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta
á la Embajada.
Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después
repetidas veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas á
doblegarse y á ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus
energías ocultas, un poder y una fuerza extraordinarios.
La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato
de ternura, besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente.
Días después se recibió la contestación del cuñado de la
baronesa y un cheque para que se pusieran en camino.
A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste
comprendió que no le llevarían á él. Era natural. La baronesa
compró ropa para la Nena y para ella.
Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las
acompañó, en coche, hasta la estación.
La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena
estaba, como siempre, al parecer serena y tranquila.
En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.
Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que
facturar un baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron
al andén y tomaron asiento en un vagón de segunda. Roberto
paseaba por el andén de la estación pálido, de un lado á otro.
La baronesa prometió al muchacho que volverían.
Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.
—Vamos, bájate—dijo la baronesa—. El tren va empezar á
andar.
Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.
—Abrázala—dijo su madre.
Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha
con sus brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.
—Adiós, Manuel—le dijo—, secándose una lágrima.
Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la
mano; pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren
aceleró la marcha. Manuel sintió una congoja grande; huyó el
tren, silbando por los campos, y Manuel se llevó las manos á
los ojos y sintió que estaba llorando.
Roberto le agarró del brazo.
—Vamos de aquí.
—¿Es usted?—le dijo Manuel.
—Sí.
—Han sido muy buenas para mí—añadió Manuel tristemente.
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez.—Jacob y Jesús.
Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.
—¿Y otra vez á empezar?—le dijo Roberto. ¿Por qué no te
decides de una vez á trabajar?
—¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo
para mí? En alguna imprenta...
—¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada?
—Sí; ¿qué voy á hacer?
—Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico
ahora mismo. Vamos.
Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de
los Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez
entraron en una casa. Llamaron en el piso principal y una mujer
esmirriada salió á la puerta y les dijo que aquel por quien
preguntó Roberto estaba durmiendo y no quería que se le
despertase.
—Soy amigo suyo—replicó Roberto—; yo le despertaré.
Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en
donde olía á yodoformo de una manera apestosa. Roberto
llamó.
—¡Sandoval!
—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó una voz fuerte.
—Soy yo; Roberto.
Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las
maderas del balcón y luego se le vió volver y meterse en una
cama grande.
Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento,
de barba negra.
—¿Qué hora es?—dijo desperezándose.
—Las diez.
—¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me
hayas despertado; tengo que hacer muchas cosas. Da un grito
por el pasillo.
Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una
muchacha pintada, con aire de mal humor.
—Anda, tráeme la ropa—la dijo Sandoval, y de un esfuerzo
se sentó en la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse
los brazos.
—¿A qué venías?—preguntó.
—Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en
la redacción, te traigo éste.
—Pues, hombre, tengo ya otro.
—Entonces nada.
—Pero en la imprenta creo que necesitan.
—A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.
—Se lo diré yo; no me puede negar eso.
—¿Te se olvidará?
—No, no se me olvidará.
—¡Bah! Escríbele; es mejor.
—Ya le escribiré.
—No, ahora; ponle unas letras.
Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto,
de un desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo
componían: la cama de matrimonio, una cómoda, una mesa, un
aguamanil de hierro, un estante y dos sillas rotas. Sobre la
cómoda y en el estante se amontonaban libros
desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de
mujer; el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de
periódico y de pedazos de algodón utilizados para alguna cura;
debajo de la mesa aparecía una jofaina de hierro convertida en
brasero, llena de ceniza y de carbones apagados.
Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa,
Sandoval se levantó en calzoncillos y anduvo buscando un
jabón entre los papeles, hasta que lo encontró. Se fué á lavar en
la palangana del aguamanil, llena de agua sucia hasta arriba, en
la que nadaban remolinos de pelos de mujer.
—¿Quieres echar el agua?—dijo el periodista á la muchacha
humildemente.
—Echala tú—contestó ella de mala manera, saliendo del
cuarto.
Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana
en la mano, después volvió, se lavó y fué vistiéndose.
Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento,
algún cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las
encías; un cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de
polvos de arroz llena de abolladuras, con la brocha apelmazada
y negra.
Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de
Manuel; tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta
que le pedían, y Roberto y Manuel salieron de la casa.
—Se ha quedado maldiciendo de nosotros—dijo Roberto.
—¿Por qué?
—Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos
que le hagan trabajar.
Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y
entraron en una callejuela transversal. Se detuvieron frente á
una casa pequeña que salía de la línea de las demás.
—Esta es la imprenta—dijo Roberto.
Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de
que aquello fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla
y entraron en un sótano negro, iluminado por la puerta de un
patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde
se señalaban huellas impresas de dedos y de manos enteras,
dividía este sótano en dos compartimientos. Se amontonaban en
el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el
interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba;
cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que
desaparecía en el techo. En medio de este segundo
compartimiento un hombre barbudo, flaco y negro, subido en
una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía blanco
como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo
recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de
gas que movía la prensa.
Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo
y estrecho que recibía la luz por dos ventanas á un patio.
Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de
las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas,
envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de
pantalla.
En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los
hombres cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de
mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado á
otro.
Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de
Sandoval. El cojo cogió la carta y gruñó malhumorado:
—No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita
sea la!...
—Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio—
interrumpió Roberto fríamente.
—Como no le enseñe yo la...—y el cojo soltó diez ó doce
barbaridades y un rosario de blasfemias.
—¿Hoy está usted de mal humor?
—Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale
así de los santísimos... ¿Sabe usted?
—Bueno, hombre, bueno—repuso Roberto, y añadió en un
aparte alto de teatro, de los que oye todo el mundo:—¡Qué
paciencia hay que tener con este animal!
—Es una broma—siguió diciendo el cojo sin hacer caso del
aparte—; que el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?;
que no tiene que comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil
pares... con viento fresco.
—¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que
hacer, no quiero perder el tiempo.
—¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted,
hombre; á bien que yo no necesito que se quede usted aquí, que
se quede el chico; usted aquí estorba.
—Gracias. Tú quédate aquí—dijo Roberto á Manuel—, ya te
dirán lo que tienes que hacer.
Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba,
miró á todos lados, y viendo que no le hacían caso, se fué
acercando á la escalera y bajó dos peldaños.
—¡Eh! ¿Adónde vas?—le grito el cojo.—¿Es que quieres ó
no quieres aprender el oficio? ¿Qué es esto?
Manuel quedó nuevamente confuso.
—Eh, tú, Yaco—gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los
hombres que trabajaban—, enséñale las cajas á este choto.
El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una
barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa,
echó una mirada indiferente á Manuel y volvió á su trabajo.
El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista,
un joven rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de
la barba en tono burlón, con una canturia extraña:
—¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?
—Enséñale tú—contestó el que llamaban Yaco.
—Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas,
Yaco. ¿No quieres perder tiempo, Yaco?
El de la barba arrojó á su compañero una mirada siniestra; el
rubio se echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las
letras; después trajo una columna impresa que sacó rápidamente
de un marco de hierro, y dijo:
—Ves echando cada letra en su cajetín.
Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud.
El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero
hongo, á un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con
los ojos muy cerca de las cuartillas, el componedor en la mano
izquierda, hacía líneas con una rapidez extraordinaria; su mano
derecha saltaba vertiginosamente de cajetín á cajetín.
Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su
barbudo compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de
esas que no tienen contestación posible en tono jovial, pregunta
á la cual el otro no contestaba más que con una mirada siniestra
de sus ojos negros.
Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel
quedó solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de
que le darían algo de comer; luego pudo convencerse de que
nadie se había preocupado de su alimentación. Reconoció la
imprenta; nada, por desgracia, era comestible; pensó que quizás
aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima, podrían ser
aprovechados, pero no se decidió.
A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se
llamaba Jesús, y comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió
en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la
componer.
El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba
poniendo encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y
después, con unas pinzas, extraía unas letras y las iba
substituyendo por otras.
Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena,
cogía las galeradas, atadas con un bramante, las soltaba,
formaba columnas, las metía en un marco de hierro y las
sujetaba dentro con cuñas.
El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y
volvía con él al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco
de hierro unas columnas por otras y se llevaban de nuevo la
forma. Poco después se repetía la misma operación.
Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando
Manuel se acercó á Jesús y le dijo:
—¿No me dará el amo de comer?
—¡Quia!
—Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.
—¿Ah, no? Anda, vente conmigo.
Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha
de la calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el
tabernero y después le dijo á Manuel:
—Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti.
A ver si no haces una charranada.
—Descuide usted.
—Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.
Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en
una mesa.
Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras
comían, Jesús contó de una manera humorística una porción de
anécdotas del amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre
todo, de Yaco, el de la barba, que era judío, muy buena persona,
pero avaro y sórdido hasta perderse de vista.
Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.
Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel:
—¿Tienes sitio donde dormir?
—No.
—Ahí, en la imprenta, debe haber.
Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que
permitiera á Manuel dormir en algún rincón.
—Moler—exclamó el cojo—, esto va á ser el asilo de la
Montaña. ¡Vaya una golfería! porque el cojo será muy malo pero
aquí todo el mundo viene. Claro.. A la gandinga.
Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un
cuartucho, al que se subía por unas escaleras, lleno de grabados
envueltos en papeles, y después señaló un rincón, en donde
había paja de jergones y unas mantas.
Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.
Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.
—Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo—le dijo,
indicándole al hombre flaco y barbudo subido á la plataforma
de la máquina.
Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba
sobre la platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á
agarrar la hoja con la seguridad de los dedos de una mano; al
movimiento del volante, la máquina tragaba el papel y al poco
rato salía impreso por un lado, y unas varillas, como las de un
abanico, lo depositaban automáticamente en una platina baja.
Manuel aprendió pronto la maniobra.
El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las
cajas, y por la tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le
asignó seis reales de jornal al día. Por la tarde se podía
aguantar el trabajo en el sótano, pero de noche imposible. Entre
el motor de gas y los quinqués de petróleo quedaba la atmósfera
asfixiante.
A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y
con Yaco y se tuteaba con los dos.
Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas
y aprendiera pronto á componer.
—Al menos se tiene la pitanza segura.
—Pero es muy difícil—decía Manuel.
—Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar
cubas de agua.
Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en
adquirir ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un
motivo de orgullo el verlas después impresas.
Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su
manera de hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la
misma casa. Yaco (Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús
con sus dos hermanas.
Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle
decir maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave,
arrastrando las eses.
Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su
suegro y él, en la más extraña jerigonza que imaginarse puede,
una mezcla de árabe y de castellano arcaico que sonaba á algo
muy raro.
—¿Te acuerdas, Yaco—le decía Jesús remedándole—,
cuando llevaste á Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te
preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué es ese pasharo que tiene las
plumas amarias? Y tú le contestabas: ¡Ah, Mesoda!, este
pasharo es un canario y te lo traigo para tú.
Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada
terrible á Jesús y le decía:
—¡Ah roín, te venga un dardo que borre tu nombre del libro
de los vivos!
—Y cuando Mesoda—proseguía, Jesús te decía—: Finca
aquí, Yaco, finca aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una
paloma en el corasón, un martio en cada sién y un pescao en la
nuca. ¡Llámale á mi babá, que me traiga una ramita de letuario,
Yaco!
Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma,
exasperaban á Jacob, y oyéndolas se exaltaba, y sus
imprecaciones podían dejar atrás las de Camila.
—No respetas la familia, perro—terminaba diciendo.
—¡La familia!—le replicaba Jesús—. Lo primero que debe
hacer uno es olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y
los primos, no sirven más que para hacerle á uno la pascua. Lo
primero que un hombre debe aprender, es á desobedecer á sus
padres y á no creer en el Eterno.
—Calla cafer, calla. Te veas como el vapó con agua en los
lados y fuego en el corasón. Te barra la escoba negra si sigues
blasfemando así.
Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía:
—Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más
que un tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia
al lado de Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.
—No digas necedades—replicaba Jacob.
Después de la discusión, Jesús le decía:
—Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas;
pero á pesar de esto, si quieres aceptar el convite de un
cristiano, te convido á una copa.
Jacob movía la cabeza y aceptaba.
CAPÍTULO II
Los nombres de los Sapos.—El director de Los Debates y sus
redactores.
Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía
por el mote del Plancheta, aunque trabajaba como obrero era
hombre rico; tenía un humor endiablado y desigual, una
jovialidad corrosiva y un fondo de buen corazón.
Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su
negocio el más complicado é interesante.
Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa,
movida por un motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve
periódicos, cuyos títulos nadie podría encontrar insignificantes.
Los Debates, El Porvenir, La Nación, La Tarde, El Radical,
La Mañana, El Mundo, El Tiempo y La Prensa; todos estos
diarios importantes nacían en el sótano de la imprenta.
A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para
Sánchez Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra
imposible no existía en el diccionario.
Cada periódico importante de éstos, tenía una columna suya;
y lo demás, información, artículos literarios, anuncios, folletín,
noticias, era común á todos.
Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el
individualismo y el colectivismo. Cada uno de sus órganos
gozaba de su autonomía é independencia en absoluto y, sin
embargo, cada uno de ellos se parecía al otro como dos gotas
de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones, la unidad y la
variedad.
El Radical, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la
primera columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus
noticias eran las mismas que las de El Mundo, diario
conservador impenitente que empleaba la primera columna en
defender la Iglesia, esa arca santa de nuestras tradiciones; la
Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de nuestra Patria;
el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad; la
Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...
De todos los periódicos allí impresos, Los Debates
constituían un buen negocio para su propietario, don Pedro
Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era Los Debates—utilizando
los símiles empleados en el diario—terrible ariete contra el
bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para las
exigencias de los acreedores.
El chantage, en manos del director del periódico, se
convertía en terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni
el cañón de treinta y seis podía comparársele.
El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar
disponía de tres columnas propias.
Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso,
de aspecto cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado
González Parla, y un señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado,
muy bien vestido y siempre muerto de hambre.
Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de
Los Debates, pero sólo en una parte alícuota, pues sus
producciones geniales se estampaban en los nueve sapos
nacidos en el sótano de la imprenta de Sánchez Gómez.
Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le
llamaban, en broma, los periodistas el Superhombre y,
abreviando, el Super, porque siempre estaba hablando del
advenimiento del superhombre de Nietzsche, sin comprender
que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.
Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces
se firmaba Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su
verdadero nombre, el que inmortalizaba diariamente, y
diariamente, cada vez más, en Los Debates ó en El Tiempo, en
El Mundo ó en El Radical, era Ernesto Langairiños.
¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una
brisa fresca en una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño.
El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años;
abdomen pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y
tupida.
Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado
y cerebral, alguna de esas serpientes que tratan de morder en el
acero de las grandes personalidades, aseguraba que el aspecto
de Langairiños era grotesco, aseveración falsa á todas luces,
pues, á pesar de que su indumentaria no reunía las condiciones
exigidas por el más estrecho dandysmo; á pesar de que casi
constantemente sus pantalones mostraban rodilleras y flecos y
sus americanas constelaciones de manchas; á pesar de todo
esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de
distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la
ola del mar hace desaparecer las huellas en la arena de la
playa.
Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus
artículos aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su
manera impresionista despreciaba esas frases vulgares como
«la señorita Pérez rayó á gran altura», «los caracteres están
bien sostenidos en la obra» y otras de la misma clase.
En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas
acerca del mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de
una ironía amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este
político, el otro periodista tenían influencia, dinero ó talento...,
él replicaba: Sí, sí; ya sé quién dices. Que otro decía que el
novelista, el dramaturgo hacían ó dejaban de hacer..., él
contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.
La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía
suponer que un hombre que no fuera él valiese más que otro.
Su obra maestra era un artículo titulado Todos golfos. Se
trataba de una conversación entre un maestro del periodismo—
él—y un aprendiz de periodista.
Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de
humor:
El aprendiz.—Hay que tener principios.
El maestro.—En la mesa.
El aprendiz.—Hay que decir las cosas con verdadera
crudeza al país.
El maestro.—Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los
garbanzos de la casa de huéspedes.
El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible,
shakesperiano.
A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus
trabajos intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y
para curar su enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las
comidas y hacía gimnasia.
Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de
huéspedes de doña Casiana una voz sonora que contaba
valientemente y sin fatiga el número de flexiones de piernas y
de brazos. Veinticinco..., veintiséis..., veintisiete, hasta llegar á
ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la gimnasia se llamaba
Langairiños.
Los otros dos redactores no podían compararse con
Langairiños. González Parla parecía un bárbaro por su facha de
mozo de cuerda. Hablaba brutalmente; llamaba al pan, pan, y al
vino, vino; á los políticos braguetones y á los periódicos de
Sánchez Gómez, los sapos.
El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre
más fino y almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero
placer en llamar señor á todo el mundo. Fresneda se sostenía en
pie por milagro; se pasaba la vida muerto de hambre, pero esto
no producía en él iras ni cóleras.
González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase
de expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de Los
Debates, á que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los
dos, una credencial obtenida por intermedio del director
propietario, no se realizaba nunca.
Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad
por conocerle.
Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta
y tantos años; había conseguido varias veces el cargo de
Gobernador, gracias á su mujer, una real hembra, en sus buenos
tiempos, capaz de obtener cualquier cosa de un Ministro. En los
gobiernos civiles por donde pasó el matrimonio no quedaron ni
los clavos.
La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos
señores ricos, pero en justa reciprocidad era tan superhembra y
tan tolerante, que buscaba siempre criadas guapas y amables
para que su marido estuviese satisfecho.
¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas
veces, cuando llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto
fatigada, después de alguna aventurilla, se encontraba á su
esposo con su noble aspecto cenando mano á mano con la
criada, cuando no abrazándola cariñosamente.
El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo
era tan diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos
después, que siempre encontraba medio de sacar algunos
cuartos.
Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy
amable, llamando al director señor de Sampayo á cada
momento, le exponían su crítica situación, Sampayo entregó á
Fresneda una carta para un general americano, pidiéndole
dinero. Puso á su redactor la condición de que todo lo que
pasara de diez duros quedaría para la caja.
Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le
exigió á su compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.
—Yo iré á verle á ese braguetón de general—dijo González
Parla—y le sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad
para ti y la otra mitad para mí.
El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del
general.
El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la
carta del director, miró al periodista, se caló los lentes y le
preguntó, contemplándole de arriba abajo:
—¿Uté es el señó Fresneda?
—Sí, señor.
—¿Etá uté seguro?
—Claro; soy yo.
—Pero uté etá tísico, ¿no?
—¿Yo? No, señor.
—Pues eso me disen en la carta, ¿sabe?... Que tiene uté siete
hijos y que por su aspecto podré comprender que etá en el
último período de tisis, ¿sabe?
González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba
tísico; pero que había tenido un padre que había estado tísico, y
como había tenido el padre tísico, le decían los médicos que él
quedaría también tísico, que ya lo estaba en principio, de modo
que aunque no lo fuera, era casi lo mismo que si lo estuviera ya.
—Yo no comprendo eso, ¿sabe?—dijo el general, después de
escuchar una argumentación tan deficiente—; yo entiendo que
eso é una macana, ¿no? No se puede etá tan gordo hallándose
enfermo, ¿sabe? Pero, en fin—y largó un billete doblado entre
sus dedos—, tome y váyase, y no sea pendejo.
—Esta gordura es falsa—replicaba humildemente González
Parla, cogiendo el billete—. Es la patata que come uno, y se
escabulló avergonzado.
El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el
redactor flaco y el redactor gordo, con gran indignación de
Sampayo. Este se prometió no darles ni un céntimo durante
meses.
Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única
frase enérgica de toda su vida.
—Yo le daré á usted una recomendación para el ministro—le
dijo el director, contestando así á una petición de dinero.
—Para morirse de hambre, señor de Sampayo—contestó con
energía no exenta de su proverbial finura Fresneda—, no se
necesitan recomendaciones.
CAPÍTULO III
El parador de Santa Casilda.—La historia de Jacob.—La
Fea y la Sinforosa.—La chica sin madre.—Mala
Nochebuena.
Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco
después el tercer cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía
de poner á Manuel en la plaza vacante.
—Pero si no sabe nada—replicó el dueño.
—¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.
—No, le subiré el jornal.
—¿Cuánto le va usted á dar?
—Le daré ocho reales.
—Es poco. El otro ganaba doce.
—Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí.
El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de
barrer la imprenta y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al
parador de Santa Casilda, en donde él vivía; un enorme caserón
de un solo piso, con tres patios muy grandes, que estaba en la
ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir por aquellos
barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su
amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el
parador por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una
cama, una silla de paja rota, y una estera colgada del techo, que
hacía de puerta. Cuando el viento venía del campo de San
Isidro, se llenaban de humo los cuartos y los corredores del
parador de Santa Casilda. Los patios del parador eran, poco
más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías
idénticas, y puertas numeradas.
Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres
depósitos, panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus
soportes altos de hierro terminados en poleas, y alrededor el
Rastro; á un lado, vertederos ennegrecidos por el carbón y las
escorias; más lejos se extendía el paisaje árido, y sus lomas
calvas amarillentas se escalonaban hasta perderse en el
horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles con su
ermita en la punta.
En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un
carpintero y su mujer que tenían una niña. Los dos se
emborrachaban y pegaban á la chica de una manera bestial.
Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto,
porque suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña.
Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo:
—¿Por qué pegan ustedes así á la chica?
—¿Te importa algo?
—Claro que me importa.
—¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.
—Así debía haber hecho su madre con usted—le contestó—
quitarla de en medio á palos por bruja.
Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta.
Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel:
—¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh?
—Le he dicho que no debía pegar á su hija.
—Y á ti, ¿quién te mete á decir nada?
El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y
un cuello de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel
no le contestó.
Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron
de la casa pronto.
En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían
también dos gitanos viejos con sus familias, los dos muy
zaragateros y muy ladrones; una muchacha ciega, que cantaba
flamenco en la calle, moviéndose con unas convulsiones de
epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con la que se
pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy
zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero
alegres como cabras.
La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima á la de
Manuel, y esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que
estrecharan más sus relaciones de amistad.
Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con
una frecuencia lamentable; tenía dos hermanas solteras, una
bonita, con unos ojos verdes de gato, de facha desvergonzada,
llamada Sinforosa, y la otra una pobre enclenque, torcida y
escrofulosa, á quien todos le decían, implacablemente, la Fea.
A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con
su tono irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los
dos á la imprenta:
—¿No sabes? Mi hermana está preñada.
—¿Sí?
—Vaya.
—¿Cuál de las dos?
—La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.
El cajista siguió hablando del percance y bromeando con
indiferencia.
A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero
Jesús salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no
se debía ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni
de nadie.
—Buena teoría para los egoístas—le dijo Manuel.
—La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos
pocos y en contra de la humanidad—contestó Jesús.
—Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de
tu familia—le replicó Manuel.
Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron
á decirse cosas muy agrias y mortificantes.
A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le
producía indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se
compadeciesen de su hermana y la enviasen á hacer recados y
la obligasen á barrer cuando la pobre raquítica no podía con su
barriga, que amenazaba ser monstruosa.
Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales
Manuel apenas cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se
dedicó á charlar con Jacob y á hacerle preguntas acerca de su
país.
A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien
en su tierra, le gustaba hablar de ella.
Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad.
La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras,
limoneros y naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En
Fez, en el barrio de los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que
entró al servicio de un comerciante rico, que negociaba en
Rabat, Mogador y Saffi.
Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar
exagerado, pintoresco y lleno de imágenes, daba la impresión
de la realidad cuando hablaba de su país.
Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos,
asnos y dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y
su cabeza pequeña, que se balancea como la de las serpientes,
con los ojos apagados que miran al cielo; y al oirle mientras
peroraba se creía estar atravesando aquellos arenales blancos,
en donde el sol ciega. Describía también los mercados
constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y
caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las
cabilas próximas con sus fusiles, los encantadores de
serpientes, los hechiceros, los narradores de cuentos de las Mil
y una noches, los médicos que sacan los gusanos de los oídos.
Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las
sendas, jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los
graznidos de los cuervos que acudían en bandadas al lugar del
mercado y lo cubrían de una capa negra.
Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta
bereberes á caballo, con melenas largas, armados de
espingardas, y que, al pasar un judío, escupían en el suelo; la
vida sin seguridad; por los caminos, gentes sin ojos y sin
brazos, castigados por la justicia, pidiendo limosna en nombre
de Muley Edris, y durante el invierno, el paso peligroso de los
ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras se
preparaba el cus-cus, tocando el guembrí y cantando canciones
soñolientas y tristes.
Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa.
Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una
callejuela próxima al paseo de Areneros.
La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una
ó dos mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas,
y colgando de las paredes trapos de color y dos guitarrillos de
tres cuerdas.
Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que
andaba por casa con una túnica obscura y una gorra, á su mujer
Mesoda y á una niña de ojos negros llamada Aisa.
Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas
palabras gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel
supuso sería una oración en judío, y comenzaron á comer.
La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á
Manuel le pareció que mascaba flores.
En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que
hablaba toda la familia, contó á Manuel las peripecias de la
guerra de Africa; en su narración Prim, el señor Juan Prim—
como decía él—tomaba proporciones épicas. Jacob debía de
respetar profundamente al viejo y le dejaba perorar y hablar de
Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se ruborizaba
por cualquier cosa.
Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los
guitarrillos de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes
acompañándose de uno de aquellos instrumentos primitivos.
Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió
visitarla de cuando en cuando.
Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después
de un día entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al
entrar en el Parador se encontró en el pasillo que conducía á su
cuarto con un grupo de comadres, que hablaban de Jesús y de
sus hermanas.
La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la
Casa de Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se
ganaba la vida asistiendo enfermos.
—¿Pero qué ha hecho Jesús?—preguntó Manuel al oir los
dicterios de las mujeres contra el cajista.
—¿Qué ha hecho?—contestó una de las comadres—, pues ná,
que ha resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una
pécora más mala que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao
á la bebida, y la zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que
ganaba á la Fea.
—Eso no puede ser verdad—replicó Manuel.
—¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.
—Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos—
añadió una de las mujeres.
—Tanto como la que más—replicó la comadre oradora—. Se
lo ha contao tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en
que no había pasao gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y
la Sinfo se habían llevao tóos los quisquis, fué la Fea y, para
remediar el hambre, bebió un trago de aguardiente y luego otro,
y con la debilidá que tenía se quedó borracha. Vinieron la Sinfo
y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, viéndola en la cama
á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la necesitamos
nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me
entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea,
que no sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden,
al verla curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto
obscuro, y allí algún tío...
—Que estaría también curda—dijo un albañil que se detuvo
á oir la relación.
—Pues ná...—añadió la comadre.
—Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el
compadre, al ver la cara de la socia, se asusta—añadió el
albañil siguiendo su camino.
Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la
puerta del cuarto de Jesús. Era un espectáculo desolador; la
hermana del cajista, pálida, con los ojos cerrados, echada en el
suelo sobre unas esteras, cubierta con telas de sacos, parecía un
cadáver; el médico la fajaba en aquel momento; la señora
Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre
manchaba los ladrillos.
Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á
su hermana, impasible, con los ojos brillantes.
El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas
sábanas; cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre
el petate, de tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la
pobre raquítica como un esqueleto; su pecho era liso como el de
un hombre y, á pesar de que no debía tener fuerzas para
moverse, cuando le pusieron el niño á su lado, cambió de
postura é intentó darle de mamar.
Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.
Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana
estuviera así.
El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo
llevó al extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba
dispuesto á hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á
la Fea, lo prometía.
Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las
comadres, que le pusieron como un trapo.
El no negó nada. Al revés.
—Durante el embarazo—dijo—ha dormido en el suelo sobre
la estera.
Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del
cajista. Este se encogía de hombros estúpidamente.
—¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la
estera mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!—
decía una.
Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa
indecente, á la que juraron dar una paliza morrocotuda. La
señora Salomona tuvo que interrumpir la charla, porque no
dejaban dormir en paz á la parturienta.
La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el
parador. Jesús, ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y
los ojos brillantes en los días posteriores iba de su casa á la
imprenta sin hablar una palabra. Manuel sospechó si estaría
enamorado de su hermana.
Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron
con cariño á la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo
daba sin inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é
hidrocéfalo, murió á la semana.
La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía,
se había lanzado á la vida.
El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres
señores vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos
alegres; un señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro;
y otro que parecía secretario ó escribiente, bajito, de bigote
negro, que taconeaba al andar é iba cargado de papeles. Dijeron
que eran de la Conferencia de San Vicente de Paúl, visitaron á
la hermana de Jesús y á otras personas que vivían en rincones y
tabucos de la casa.
Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel
y Jesús, por curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y
Jesús, que no hacían más que dormir en el parador, no conocían
la vecindad, así que anduvieron por su casa como por una
extraña.
—¡Hipócritas!—decía el albañil á voz en grito.
—Pero, hombre. ¡Cállese usted!—exclamó Manuel—que le
van á oir.
—¿Y qué?—replicaba el vecino—¡Qué me oigan! Son unos
hipócritas. ¿A qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A
hacer el paripé, á eso vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes.
¿Qué leñe quieren saber? ¿que vivimos mal? ¿que estamos
hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de los chicos? ¿que nos
emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y
viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con
consejos.
Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en
cuadro. En el suelo, sobre un montón de paja y de harapos,
había una mujer hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.
En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven.
Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían
adentro.
El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre
qué es lo que le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un
cuarto próximo contó un sin fin de miserias y dolores.
La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación
extraordinaria.
Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta
llegar á aquella situación tan triste. No encontró una mano
amiga, y sus únicos favorecedores fueron un carnicero y su
mujer, antiguos criados de su casa á quienes había ayudado á
establecerse en mejores épocas. La carnicera, que además era
prestamista, solía comprar en el Rastro mantones y pañuelos de
Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó arreglar se los
llevaba á la hija de la hidrópica para que los compusiera.
Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con
un montón de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del
trabajo le daba las sobras de su comida.
—¡Moler con la generosidad de la carnicera!—dijo el
albañil, que escuchaba la narración de la vecina.
—También la gente del pueblo—repuso Jesús en broma,
recordando una frase de zarzuela—tiene su corazoncito.
Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan
conmovedora relación, dieron tres bonos á la hija de la
hidrópica y salieron del cuarto.
—Ya es feliz esta mujer—murmuró Jesús irónicamente—;
tenía que morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere
más?
El albañil murmuró:
—Me parece.
El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al
de la hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente
interesante.
Cuando los tres señores salían de un pasillo para
desembocar en otro, una vieja les llamó y hablándoles de usía
les pidió que la acompañaran y les llevo alumbrándoles con una
bujía á un caramanchón ó agujero negro abierto debajo de una
escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en un mantón
raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena y
flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía
un chico de dos ó tres años.
—Yo quisiera que usías—dijo la vieja—la metieran á esta
chica en un asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no
llevaba muy buena vida, murió aquí. Ella se ha metido en este
agujero y nadie la puede echar, y roba huevos, pan, todo lo que
puede, unas veces en una casa, otras en otra, para dar de comer
al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que la llevaran á un
asilo.
La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres
señores, y agarró de la mano al chico.
—Esta niña—dijo el secretario, el de los papeles—, tiene
por su hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante,
y yo no sé si no sería cruel separarlos.
—Estaría mejor en un asilo—añadió la vieja.
—Ya veremos, ya veremos—replicó el señor anciano—. Se
fueron los tres.
—¿Cómo te llamas tú?—le preguntó Jesús á la chica.
—¿Yo? Salvadora.
—¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?
—Sí—contestó sin vacilar la niña.
—Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más
contenta—dijo Jesús como para dar una explicación de su rasgo
—. Si no la van á separar de su crío y es una barbaridad.
La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea
debió recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo.
Manuel no presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un
muchacho joven:
—¿No me conoces?—le preguntó, encarándose con él.
—Sí, hombre... El Aristón.
—El mismo.
—¿Vives aquí?
—Ahí en el Corral.
El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese
infecto Rastro que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El
Aristón seguía con su necromanía; no le habló á Manuel más
que de muertos, entierros y cosas fúnebres.
Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él
consideraba como un deber el cumplir esa Obra de
Misericordia que manda enterrar á los muertos.
En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea
de que si el rey se muriera se le haría un entierro admirable;
pero que á pesar de esto, él se figuraba que el entierro del Papa
sería más suntuoso.
Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.
—¿A dónde me llevas?—le preguntó Manuel.
—Si quieres venir, verás un muerto.
—¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?
—Voy á velarle y á rezar por él—dijo el Aristón.
En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos
botellas, había un hombre muerto, tendido sobre un jergón...
De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de
cuando en cuando una voz chillona de vieja borracha cantaba á
voz en grito:
«Ande, ande, ande
la marimorena;
ande, ande, ande,
que es la Nochebuena.»
En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie.
CAPÍTULO IV
La Navidad de Roberto.—Gente del Norte.
A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de
Bernardo Santín, envuelto en su abrigo. La noche estaba fría,
apenas transitaba nadie por la calle, los tranvías pasaban de
prisa resbalando por los railes con un zumbido suave.
Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió
la puerta Esther y paso adentro.
—¿Y Bernardo?—preguntó Roberto.
—No ha venido en todo el día—contestó la ex institutriz.
—¿No?
—No.
Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la
antigua galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de
petróleo. Todo denunciaba allí la mayor miseria.
—¿Se han llevado la máquina?—preguntó Roberto.
—Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón.
¿Qué me aconseja usted que haga, Roberto?
Roberto paseó de un lado á otro del cuarto, mirando al suelo;
de repente se detuvo ante Esther.
—¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?
—Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un
camarada.
—Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer
es, no se si el consejo le parecerá á usted brutal...
—Diga usted.
—Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su
marido.
Esther calló.
—Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un
canalla, pero sí en manos de un desgraciado, de un pobre
imbécil, sin talento, sin energía, incapaz de vivir é incapaz de
comprender á usted.
—¿Y qué voy á hacer?
—¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y
de inglés. ¿Es que le sería á usted dolorosa la separación?
—No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor
cariño por Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no
lo he querido nunca.
—Entonces, ¿por qué se casó usted con él?
—Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga,
el no conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber
por qué. Al día siguiente estaba arrepentida.
—Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé:
Será alguna aventurera que quiere legitimar su situación con un
nombre; luego, cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté:
¿Cómo ha podido esta mujer engañarse con un hombre tan
insignificante como Bernardo? No hay explicación. Ni dinero,
ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á una mujer
ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo he
podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un
hombre, aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar?
—No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted
mi decisión, tendría que contarle mi vida, desde que llegué á
Madrid con mi madre. Vivíamos las dos modestamente con una
pequeña pensión que nos mandaba un pariente de París. Yo
había concluído de estudiar en el Conservatorio y buscaba
lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que
sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso
enferma mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví
en una situación angustiosísima. Luego cuando murió, me
encontraba sola en una casa de huéspedes, asediada por
hombres que me hacían proposiciones indignas á todas horas,
correteando por las calles para encontrar una plaza de
institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo
días en que sentí la tentación de suicidarme, de echarme á la
mala vida, de tomar una resolución extrema para no tener ya que
pensar. En esta situación un día leo en un periódico que una
señora inglesa que se hospedaba en el hotel de París quería una
señorita de compañía que conociera bien el español y el inglés.
Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta me recibe con
los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede usted
comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata;
si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se
la hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era
aficionada á pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía
acompañarla. Entre los que copiaban en el Museo había un
joven alemán, alto, rubio, amigo de mi protectora, que comenzó
á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y poco
simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me
galanteaba, se incomodó mucho y me dijo que era un perdido,
un canalla cínico; hizo un retrato horrible de él, lo pintó como
un egoísta depravado. Yo, que no sentía gran simpatía por el
alemán, escuché los consejos de mi protectora y le manifesté al
pintor claramente mi desprecio. A pesar de esto Oswald, así se
llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. Creo que
conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces
mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria
á la que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas
horas, me dijo que era un gran artista, de un talento superior, de
una sensibilidad exquisita, un corazón de oro; que me adoraba.
Efectivamente, recibí cartas de él encantadoras, llenas de
sentimientos delicados, que me conmovieron. Ella, mi
protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó mi imaginación,
me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome casada
se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio,
Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito
se las había dictado Fanny.
—¿Fanny dice usted?—preguntó Roberto.
—Sí; ¿la conoce usted?
—Creo que sí.
—Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para
impedir que Oswald me galantease una gran perfidia. Después
de salvarme de la miseria, me ha llevado á una situación aún
peor que aquella en que me encontró. Abusó de la confianza
ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me vengaré. Fanny
está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él citándole
para mañana.
—Ha hecho usted mal, Esther.
—¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?
—¿Qué adelantará usted con eso?
—Vengarme; ¿le parece á usted poco?
—Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra
cosa.
—No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin
castigar su perfidia.
—¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?
—¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio?
Además, en mí sería un derecho, no una falta.
—Haría usted además desgraciado á Oswald.
—¿No me han hecho desgraciada á mí?
Esther se hallaba presa de una gran excitación.
—¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?—le
preguntó Roberto.
—Sí, creo que sí.
—Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos
grises?
—¡Sí!
—Es mi prima.
—¿Su prima de usted?
—Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.
—Lo sé.
—Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte.
—Lo sé también.
—¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como
comprenderá usted, un hombre á quien se le cita y se le dice:
«Si no le correspondí á usted fué porque me engañaron respecto
á usted, y me dijeron que era usted lo que no era», ese hombre
no puede resignarse á oir tranquilamente esta confidencia.
—¿Y qué va hacer?
—Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un
instrumento de venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad
de ese hombre.
—¿No perturbaron la mía?
—Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me
parece justo.
—No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi
venganza.
—¿Cuál?
—El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted
ha sido bueno para mí—murmuró Esther ruborizándose.
—No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted
sí. Fanny es colérica.
—¿Quiere usted venir mañana?
—Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir?
—¿No es usted amigo mío?
—Sí.
—Entonces venga usted.
Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba,
según su costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy
excitada. A las cuatro llegó Oswald. Era un joven rubio,
encarnado, chato, con los ojos rojos, muy alto y con el pelo
largo. Pareció sufrir una gran decepción al encontrar solo á
Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un pedante
insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine,
que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á
escribir un libro, el Anti-latino, considerando los pueblos
latinos como degenerados, que deben conquistar cuanto antes
los germanos. Le indignaba que se hablara de Francia. Francia
no existía; Francia no había hecho nada. Francia tenía á su
alrededor la muralla de la China; como ha dicho Björson: desde
hace mucho tiempo, el mundo tiene como el mejor músico á
Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor
novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin
embargo, en Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y
de otros imbéciles por el estilo. Los escritores originales de
París plagian á Nietzsche; los músicos latinos han copiado y
saqueado á los alemanes; la ciencia francesa no existe, ni la
filosofía, ni el arte. El hecho histórico de Francia era una
completa ilusión. Toda la raza latina era una raza despreciable.
Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald.
¡Le parecía tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á
quien citaba una mujer y hablaba de sociología!
Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le
preguntó de sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo;
Roberto discretamente salió del taller y comenzó á pasear por
el corredor.
—¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?—dijo Esther á
Oswald.
—Sí, creo que sí.
—Me alegro.
—¿Por qué?
—Porque vendrá también ella.
—¿Tiene algo que ver en este asunto?
—Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?
—Sí, ya hace tiempo.
Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación
embarazosa. De pronto se oyó un campanillazo formidable.
—Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta.
Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.
—¿No me esperabas?—preguntó á Esther.
—Sí, sabía que vendría usted.
—¿Qué le quieres á Oswald?
—Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero
contarle sus perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo,
que me fiaba en usted como en mi madre, una acción villana;
usted me ha vendido. Me dijo usted que Oswald había engañado
á una mujer para abandonarla después.
—¡Yo!—dijo con asombro el pintor.
—Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era
un pintor despreciable y sin talento.
Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.
—Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos—siguió
diciendo Esther dirigiéndose á Oswald—no dejó ocasión de
hablar mal de usted, de insultarle; decía que usted quería
seducirme; le pintaba á usted como un malvado, como un
canalla, como un hombre repugnante...
—¡Mientes, mientes!—gritó Fanny con voz chillona.
—Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus
consejos eran por mi bien, por el cariño que me tenía; después
vi que había cometido conmigo la perfidia más grande, más
inicua que se puede cometer, valiéndose del ascendiente que
tenía sobre mí.
—Pero usted me escribió una carta—dijo Oswald.
—Yo, no.
—Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras.
—No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que
quería á todo trance apartarle á usted de mí.
—¡Oh! Ha matado mi vida—exclamó Oswald de un modo
enfático, y se sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano;
luego se levantó de la silla y comenzó á pasear de un lado á
otro del cuarto.
—Esta es la verdad, la pura verdad—afirmó Esther—, y
quería que la supiera usted, y delante de ella, que no podrá
desmentirme. A mí me ha hecho desgraciada, pero ella no
gozará tranquilamente de su perfidia.
—¡Ha matado mi vida!—repitió Oswald con su tono
enfático.
—Ella. Ha sido ella.
—Te mataré—gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los
brazos á Esther.
—¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es
mentira?—preguntó Oswald.
—Sí.
—Ahora ¿podrá usted oirme?
—Ahora, ja... ja...—rió Fanny—; ahora tiene un amante.
—No es cierto—exclamó Esther.
—Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo
puedes negar.
—¡Ah! Estaba aquí hace un momento—dijo Oswald.
—No es mi amante, es un amigo.
—¿Pero por qué le has llamado á Oswald?—gritó Fanny con
rabia—. ¿Es que le quieres?
—¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con
la vida de los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó
usted; ya me he vengado.
—Te mataré—volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á
Esther.
—¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada.
Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y
violentamente la hizo separarse de Esther.
—¡Ah! ¿Eres tú, Bob?—dijo Fanny serenándose
inmediatamente—; has venido á tiempo; iba á matarla.
La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se
sentaron los cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se
tratara de un problema de ajedrez. Fanny quería á Oswald.
Oswald estaba enamorado de Esther, y Esther no sentía
inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á arreglarse?
Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos
análisis psicológicos que no conducían á nada. Había
obscurecido; Esther encendió el quinqué y lo colocó sobre la
mesa. La discusión continuaba en frío; Oswald hablaba
monótonamente.
—Se tú el árbitro—dijo Fanny á Roberto.
—Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven
su conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has
producido á Esther un perjuicio material grandísimo.
—Estoy dispuesta á indemnizarla.
—Yo nada quiero de usted—exclamó Esther.
—No; perdone usted—dijo Roberto—, perdone usted que
tercie en este asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta
posición social; Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa,
con su porvenir truncado, tiene que ganar su vida, y tú no
conoces lo que es esto; pero yo, que lo conozco, sé lo amargo y
lo triste que es. Esther podía haber vivido tranquilamente; por
tu culpa se ve así.
—Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla.
—Yo he dicho también que no quiero nada de usted.
—No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther.
¿Mañana podré verte, Fanny?
—Toda la tarde te esperaré.
—Está bien; trataremos de ese asunto.
Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y
tendió la mano á su primo.
—¿Sin rencor?—le preguntó Roberto.
—Sin rencor—afirmó ella dando una sacudida violenta á la
mano de Roberto.
Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y
Roberto quedaron solos en el taller.
—¿Sabe usted una cosa?—dijo Roberto riendo.
—¿Qué?
—Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con
Oswald en vez de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.
—Me abandona usted, Roberto—murmuró Esther con
melancolía.
—No; vendré mañana á ver á usted.
—No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí,
Roberto.
—¿No le parece á usted peligroso?
—¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?
—Para los dos quizá.
—¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo,
que no me moleste.
—No le molestará ya más.
—Lléveme usted de aquí á cualquier parte.
—Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en
línea recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los
caballos y no me desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones
son hacer una fortuna y casarme con una mujer; todo lo demás
es para mi una tardanza en conseguir mis fines.
—¿Y yo entro en todo lo demás?
—Sí, porque si no me desviaría de mi camino.
—Es usted inflexible.
—Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se
encuentra en una situación difícil. Se ha casado usted con un
hombre hace un año, no enamorada de él, es cierto, pero
creyendo que era un hombre leal, trabajador, á quien llegaría
usted á querer; ese hombre ha resultado un miserable
embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo
lo comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
—Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te
salve; yo tengo otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi
camino hay gente que agoniza porque nadie le atiende, yo sigo
adelante.
—Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que
otro cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición?
¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi
querida, y luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo
mi conciencia. Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es
así.
—No hay salvación; mi vida está aniquilada—murmuró
Esther con la mirada brillante.
—No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y
miserables; luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el
ajetreo continuo, la alternativa continua de placeres y dolores
que no el estancamiento.
Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
—Adiós; trataré de seguir sus consejos—y le tendió su mano.
Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la
besó.
Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la
voz de un niño que implora:
—¡Oh, no se vaya usted!
Roberto volvió.
—Yo no le desviaré de su camino—exclamó Esther—.
Lléveme usted de aquí. No, no me quejaré; seré como una
hermana; como una criada, si usted quiere. Haga usted de mí lo
que quiera, pero no me abandone. Cualquiera se aprovecharía
de mi debilidad y sería peor para mí.
—Vamos—murmuró Roberto emocionado—. ¿No le va usted
á avisar á Bernardo?
Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes:
«No me esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero
nerviosamente y se acercó á Roberto que esperaba á la puerta.
—Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted,
Roberto. Por compromiso, no—dijo Esther con los ojos llenos
de lágrimas.
—Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos—repuso él
con cariño. Ella entonces se refugió en su pecho; él, apartando
con la mano los rizos de la frente, la besó con dulzura.
—No, así no, así no—exclamó Esther temblando, y
agarrando á Roberto por las muñecas le presentó los labios.
Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se
abrazó á su cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo
temblar de la cabeza á los pies.
—¿Vamos?
—Vamos.
Salieron de casa.
Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su
mujer en la mano, murmuraba:
—¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre?
CAPÍTULO V
Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón.—La
iniciación del amor.
La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos
huérfanos recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la
Salvadora y el chiquitín entraron á formar parte de la familia.
Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á
limpiar, á barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les
fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de
esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida á
Jesús y á Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al
medio día, con un cesto que abultaba más que ella, iba á la
imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora
compraron en una casa de empeños una máquina de coser
nueva.
—La chica esta no nos va á dejar vivir—decía Jesús.
La vida del cajista se había normalizado; no se
emborrachaba; pero, á pesar de los cuidados de su hermana y
de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.
Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir
de la imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:
—Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?
—¡Pse!
—¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?
—¿Y qué le vas á hacer?
—Cualquier cosa preferiría yo á esto.
—¡Si estuvieras solo como yo!
—La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir—dijo
Jesús.—En la primavera—añadió—tenían que hacer los dos un
viaje á pie por los caminos, trabajando un poco en cada lado y
siempre viendo pueblos nuevos. Sabía que en el Ministerio de
la Gobernación daban un socorro, que consistía en dos reales
por cada pueblo por donde se pasara. Si lograban ellos el
socorro, inmediatamente debían marcharse.
Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso,
cuando pasó por delante de ellos una estudiantina tocando un
alegre paso doble. Empezaba á nevar; hacía mucho frío.
—¿Vamos á cenar hoy bien?—dijo Jesús.
—En casa nos estarán esperando.
—¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la
vida pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para
qué?
Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de
Barrionuevo y en la de la Paz entraron en una taberna y
dispusieron la cena. Mientras cenaban, hablaron del viaje
proyectado con entusiasmo. Brindaron una porción de veces.
Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba decidido,
con alientos para explorar el Polo Norte.
—Ahora hay que ir al baile del Frontón—murmuró Jesús con
voz estropajosa á los postres—. Allí encontraremos unas golfas
y, ¡venga juerga!, y la imprenta pa el gato.
—Eso es—repetía Manuel—, ¡al baile! Y al cojo que le den
morcilla. ¡Anda, tú!
Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas
entraron en una taberna á tomar dos copas.
Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán,
y allí se empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas;
entraron en una taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por
beber, estaba pálido y desencajado; Manuel, en cambio, sentía
arder su sangre y las mejillas le echaban fuego.
—Anda, vamos—le dijo á Jesús; pero éste no podía
levantarse. Manuel vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle;
pero se decidió por marcharse y dejó á Jesús dormido, con la
cabeza echada sobre la mesa de la taberna.
Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve,
danzando ante sus ojos, le mareaban. Llegó á la Puerta del Sol.
En la esquina de la Carrera de San Jerónimo vió una muchacha
que se detenía á hablar con los hombres. La confundió primero
con la Rabanitos, pero no era ella.
Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa.
—Tú, ¿qué haces?—le dijo Manuel bruscamente.
—¿No lo ves? Vender Heraldos.
—¿Y nada más?
Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:
—Y jugar.
Manuel estaba con el corazón palpitante.
—¿No tienes novio?—la dijo.
—No quiero chulos.
—¿Por qué no?
—Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten,
además, de palos. Sí, sí...
—¿Cuánto quieres por venir conmigo?
—¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!
—¿Que no?
—Vaya que no.
—Yo tengo—murmuró Manuel con jactancia—cinco duros
para tirarlos y tú no me sirves á mí para nada.
—Y tú á mí ni pa la limpieza.
—Oye—añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y
le dió un empellón.
—Vamos, ¡quita, asaúra!—gritó ella.
—No quiero.
—Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí,
¿eh?
—Si quieres te convido á café—y Manuel hizo sonar el
dinero en su bolsillo.
La muchacha vaciló, dió los números del periódico que
llevaba en la mano á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué
con Manuel á una buñolería de la calle de Jacometrezo. Un
perrillo de color de canela les siguió.
—¿Este perro es tuyo?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Sevino.
—¿Y por qué le llamas así?
—Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.
Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas,
en cuyo fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir
buñuelos. Dos luces de gas, con mecheros envueltos en fundas
blancas, iluminaban con luz triste las paredes y las columnas
cuadradas, recubiertas de azulejos blancos con dibujos azules.
Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa próxima á una
puerta que daba á un callejón.
La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de
una ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra,
pero la decían Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis
años y vivía en la calle del Amparo en un sotabanco. Se
levantaba á las dos; para cuando ella se levantaba, su madre ya
tenía arreglada la casa. No salía hasta el anochecer; vendía una
mano de Heraldos y diez Corres, y luego... lo que se terciase.
Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y cuando ésta
suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas.
Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de
aguardiente, oía, sin comprender apenas lo que le hablaban.
Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A
Manuel, luego de observarla atentamente, se le ocurrió que
parecía un pez enharinado á quien espera la sartén. Hacía
muchos visajes al hablar y movía los párpados, abultados y
blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.
La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano,
de un tío de un puesto de periódicos, que prestaba un duro á los
chicos que vendían el Blanco y Negro por la mañana, y que por
la noche le tenían que devolver el duro y una peseta más, y de
otra porción de cosas.
Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho
algo de un baile, aunque ya no recordaba dónde.
—Vamos á ese baile—dijo.
—¿A cuál? ¿Al del Frontón?
—Sí.
—Hale.
Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas
callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos
voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca.
Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en
el guardarropa, y entraron.
Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las
dos paredes largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos
con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las
gradas y los palcos.
Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del
juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre el armazón de
hierro, diez ó doce puntos brillantes de arco voltaico, no
recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo
deslumbrador.
Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de
máquinas desocupado.
Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de
Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos.
Se sentía frío.
Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente
de los pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á
poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No
había más que media docena de máscaras. Se generalizó el
baile; á la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía á las
parejas dando vueltas hombres y mujeres, todos muy graves,
muy estirados, tan fúnebres como si asistieran á un entierro.
Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las
mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un
baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó
de cólera.
A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de
demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al
suelo ó gritaba desaforadamente; había un momento de
confusión; pero se restablecía pronto el orden y se formaba de
nuevo la corriente.
Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á
bailar con la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el
compás, se sentó. Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo.
Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres
pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión
encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con
aspecto petulante y la mirada agresiva.
Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde
los palcos y que se les enredaban al pasar.
Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso
de alguna mujer guapa, gritando con una voz aniñada:
—¡Olé ahí! ¡Vaya caló!
—Adiós, Manolo—oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que
bailaba con una máscara elegante, muy ceñido á ella.
—Vete á verme mañana—dijo Vidal.
—¿A dónde?
—A las siete de la noche en el café de Lisboa.
—Bueno.
Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó
la música de tocar en un intermedio.
—¿Vamos?—preguntó Manuel á la muchacha.
—Sí, vamos.
Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el
momento trágico. Tomaron las prendas en el guardarropa y
salieron.
Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta
del Frontón iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de
nieve. Atravesaron Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de
prisa, subieron por la calle de Correos, y en la de la Paz se
detuvieron en un portal abierto, iluminado por la claridad, entre
confidencial y misteriosa, que daba un farol grande con una luz
muy triste.
Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura
desaparecieron...
CAPÍTULO VI
La nieve.—Otras historias de don Alonso.—Las Injurias. El
Asilo del Sur.
Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á
pierna suelta. Cuando se levantó eran más de las tres de la
tarde.
Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y
la Salvadora sentada en una silla pequeña, descosiendo unas
faldas; el chiquitín jugaba en el suelo.
—¿Y Jesús?—preguntó Manuel.
—¡Tú lo sabrás!—contestó la Salvadora, con una voz
colérica.
—Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo...
Manuel se esforzó en inventar una mentira.—Quizás esté en la
imprenta—añadió.
—No, en la imprenta no está—replicó la Salvadora.
—Le buscaré.
Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se
dirigió al centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán
por su amigo.
—Aquí estuvo—contestó el mozo—hasta que se cerró la
taberna. Luego se fué, hecho un pepe, no sé á dónde.
Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención
de ir al día siguiente á la imprenta; pero también se levantó
tarde. Sentía una inercia imposible de vencer.
En el corredor se encontró con la Salvadora.
—¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?—le dijo.
—No.
—Bueno, pues no vuelvas más por aquí—añadió la
muchacha, encolerizada—; no necesitamos golfería. Mientras
estamos ahí nosotras trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo,
no vuelvas más por aquí, y si le ves á Jesús dile esto mismo de
parte de su hermana y de la mía.
Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado
todo el día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y
mangueros quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.
Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía
á Vidal; pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se
fué á pasear por las calles. Obscureció muy pronto. Madrid,
cubierto de nieve, estaba deshabitado; la plaza de Oriente tenía
un aspecto irreal, de algo como una decoración de teatro; los
reyes de piedra mostraban hermosos mantos blancos; la estatua
del centro de la plaza se destacaba gallardamente sobre el cielo
gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. Hacia
Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados
negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido
por una irradiación luminosa.
Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama.
—Mañana voy á la imprenta—se dijo, pero tampoco fué; se
despertó muy temprano, con este propósito; se levantó, se
acercó á la imprenta, y, al ir á entrar, se le ocurrió la idea de
que el amo le armaría un escándalo, y no entró.—Si no es ahí,
encontraré trabajo en otra parte—pensó, y volviendo por sus
pasos se fué á la Puerta del Sol, después á la plaza de Oriente, y
por la calle de Bailén y luego la de Ferraz salió al paseo de
Rosales. Estaba desierto y silencioso.
Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las
obscuras arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos
erizados de pinos negros. El sol se presentaba pálido en el
cielo plomizo. Al ras de la tierra, hacia el lado de Villaverde,
resplandecía un trozo de cielo azul, limpio, entre brumas
rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido
estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de
la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no
resonaban en el suelo.
Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los
barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados
bajo aquella capa blanca.
Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se
asomó á ella y preguntó al maquinista por Jesús.
—Menuda bronca le ha echado el amo—le contestó.
—¿Le ha despedido?
—No que no. Anda, sube tú ahora.
Manuel, que iba á subir, se detuvo.
—¿Se fué ya Jesús?
—Sí. Estará en la taberna de la esquina.
Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una
copa de aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus
pensamientos sombríos.
—¿Qué haces?—le preguntó Manuel.
—¡Ah! ¿Eres tú?
—Sí; ¿te ha despedido el Cojo?
—Sí.
—¿Estabas pensando en algo?
—¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á
tomar unas copas.
—No, yo no.
—Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta
céntimos, que es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas
copas.
Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa
Casilda. Seguía nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía
desesperadamente.
—Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una
chillería de dos mil demonios.—dijo Manuel—¡Vaya un genio
que tiene!
—¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando?
Yo me alegro de que la chiquita esté en casa, porque así le
defiende á la Fea, que es más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda
de la quincena?—preguntó el cajista á Manuel.
—¿A mí? ni un botón.
Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que
agarrando del brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases
que le estimaba y le quería como á un hermano.
—Y, ¡maldito sea el veneno!—concluyó diciendo—, si yo no
soy capaz de hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has
dicho que no tienes un botón, vale más para mí que lo del héroe
de Cascorro.
Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz
velada que, aunque era un golfo y no servía para nada, estaba
dispuesto á todo.
Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de
amistad, entraron los dos en una taberna de la calle de
Barrionuevo y bebieron otras copas de aguardiente.
Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos
completamente borrachos. La administradora de la casa les
salió al encuentro, reclamándoles á ambos el alquiler de sus
cuartos. Jesús la contestó, en broma, que no le daban dinero
porque no tenían. Ella les dijo que pagaban ó se marchaban á la
calle, y el cajista la replicó que les echara si se atrevía.
La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la
espalda, puso á los dos en la calle.
—Rediós ¡con el sexo débil!—murmuró Jesús—. A esto le
llaman el sexo débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle...
y á tomar dos duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te
parece á ti esa manera de hablar figurada?... Más débiles somos
nosotros... y abusan.
Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.
De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre
se reía al verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les
llamaba y les tiraba una bola de nieve.
—¿De quién se reirán?—pensaba Manuel.
La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en
medio, dejado por los carros. Los grandes copos llegaban
entrecruzándose; danzaban con las ráfagas de viento como
mariposas blancas; al volver la calma, caían lenta y
blandamente en el aire gris, como el plumón suave desprendido
del cuello de un cisne.
A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los
alrededores, las lomas redondas de curva suave, las casas y los
cementerios del campo de San Isidro. Todo se destacaba más
negro: los tejados, las tapias, los arboles, los faroles cubiertos
de espesas caperuzas de nieve.
Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por
las chimeneas de las fábricas, se extendía por el aire como una
amenaza.
—El sexo débil. ¿Eh, Manuel?—siguió Jesús con su idea fija
—, y á uno le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran
la nieve débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella
te enfría... ¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te
enfrías... En este mundo no hace uno más que eso, constiparse...
Todo está frío, ¿sabes?... todo... Como la nieve... la ves blanca,
¿eh?, parece buena, cariñosa... el sexo débil... pues cógela y te
hielas.
Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y
desde entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...
A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un
cobertizo del Mercado de Ganados que había cerca del paseo
de los Pontones.
Jesús tosía de una manera horrible.
—Estáte tú aquí—le dijo Manuel.—Voy á ver si encuentro
algo que comer.
Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se
divertían tirándose bolas de nieve; subió por la calle del
Aguila; la zapatería estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en
buscar á Jacob; se dirigió hacia el Viaducto, é iba distraído
cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:
—Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?
Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.
Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.
—No hay que apurarse; ya vendrá la buena—murmuró el
Hombre Boa.—¿Tú tienes algún sitio á dónde ir?
—Una tejavana.
—Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos
comer los tres.
Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila,
donde les dieron, por dos reales, un puchero de cocido;
compraron pan y fueron los dos de prisa hacia el cobertizo.
Comieron, dejaron algo para la noche, y después de comer, don
Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró hacer fuego
dentro del cobertizo.
Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se
creyó en el caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar
historias sobre historias, comenzando siempre con su eterno
estribillo de «Una vez en América...»
—Una vez en América—(y esta historia es la menos
insubstancial de las que contó)—íbamos navegando por el
Mississippí en vapor. Os advierto que en estos vapores se
puede jugar al billar; tan poco movimiento tienen. Pues bien,
íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene el barco y
vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente;
nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos
cuantos carabineros y soldados yanquis.
Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el
director, dije á mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en
seguida, búm... búm... búm... tra... la... la...; No os podéis
figurar los gritos y chillidos y graznidos de aquella gente.
Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante
de mí una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de
gallo, que se puso á hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á
uno de los yanquis:—¿Quién es esa señora?—Es la reina—me
dijo—, y desea un poco más de música. Yo la saludé: ¡Muy
señora mía! (haciendo elegantes y versallescas reverencias y
echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda:
«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á
tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la
mano en el corazón. Yo hice lo mismo: ¡Muy señora mía!
Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á
pensar en el programa. Yo era el director.—Hay que hacer el
«Indio á caballo»—me dije—; aunque es un número
desacreditado en las ciudades, aquí no lo conocerán. Luego
sacaré equiyeres, acróbatas, equilibristas, pantomimistas, y al
último los clauns, que darán el golpe. Al que iba á hacer el
«Indio á caballo» le advertí:—Mira, tú ponte lo más parecido á
ellos.—Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito
sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!
Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba,
imitando los movimientos del que va á caballo; hundía la
cabeza en el pecho, mirando con ojos desencajados á un punto,
y hacía como si volteara el lazo por encima de su cabeza.
—El «Indio á caballo»—prosiguió don Alonso—se ganó los
aplausos de los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni
montar. Después hubo un número de acróbatas, luego otros
varios, hasta que llegó la hora de los clauns. Ahora sí que va á
haber jaleo—pensé yo—; y, efectivamente, no hicieron más que
salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se divierten!
—pensaba yo—, cuando viene un mozo á decirme:—¡Señor
director!, ¡señor director!—¿Qué pasa?—El público entero se
va.—¿Qué se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á
los clauns, y creían que eran demonios que habían ido allí á
aguarles la función. Entro en la pista, y saco á los clauns á
trompicones. Luego, para quitar á los indios la mala impresión,
hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé á echar
cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el
mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas
sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con
sus peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.
Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir,
tirados en el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á
llover á torrentes; el agua caía con estrépito sobre el techo de
cinc del cobertizo; el viento silbaba y gemía á lo lejos.
Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un
despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que
hacían los truenos.
—¡Vaya una tempestad!—murmuró Jesús.
—¡Las tempestades de tierra!—replicó don Alonso—.
¡Valiente filfa! Las tempestades de tierra no valen nada. En el
mar, en el mar, hay que verlas, cuando el agua salta por encima
de los puentes... Hasta en los lagos. En el lago Erie y en el
Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con olas como
casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato
como el estanque del Retiro. Una vez allí en América...
Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se
hicieron los dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló
desconsolado y pensó en aquellos dulces tiempos en que
escamoteaba sortijas á los indios y les sacaba la pecera.
No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y
cambiar de sitio, porque entraba el agua por el tejado...
A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve
se había derretido por completo. La explanada del Mercado de
Ganados hallábase convertida en un pantano; el suelo de la
Ronda, en un barrizal; las casas y los árboles chorreaban agua;
todo se veía negro, cenagoso, desierto; sólo algunos perros
vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban en los
montones de basura.
Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó
el pecho con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de
préstamos por la prenda y fueron los tres á comer á la TiendaAsilo de la Montaña del Príncipe Pío.
Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en
dos imprentas á preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por
la noche volvieron á la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don
Alonso ir á dormir al Depósito de mendigos. Salieron los tres;
era al anochecer; había una fila de golfos andrajosos á la puerta
del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y Manuel fueron
partidarios de no entrar allá.
Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña;
algunos soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en
corro; siguieron la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron
el Viaducto, y por la calle de Toledo bajaron al paseo de los
Pontones.
El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba
una banda de golfos.
Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á
llover de nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la
Blasa, y por la escalera del paseo Imperial bajaron á la
hondonada de las Injurias. La taberna estaba cerrada. Entraron
en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y en los
charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El
Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de
un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos
destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada,
estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina
era un foco de infección: había en medio un montón de basura y
de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas.
Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba
húmedo y triste; á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El
barrio de las Injurias se despoblaba; iban saliendo sus
habitantes hacia Madrid, á la busca, por las callejuelas llenas
de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros marchaban por el
Arroyo de Embajadores.
Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros,
muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto
que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas,
haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos,
entumecida por el frió y la humedad, la que vomitaba aquel
barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la
terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la
enfermedad y de la miseria.
—Si los ricos vieran esto, ¿eh?—dijo don Alonso.
—Bah, no harían nada—murmuró Jesús.
—¿Por qué?
—Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber
que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come
otro se muere de hambre, le quita usted la mitad de su dicha.
—¿Crees tú eso?—preguntó don Alonso mirando á Jesús con
asombro.
—Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se
ocupan de nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y
mullidas tranquilamente, mientras nosotros...
Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que
se hablara mal de los ricos.
Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las
escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias
comenzaron á llegar carros y á verter cascotes y escombros. En
las casuchas de la hondonada, alguna que otra mujer se asomaba
á la puerta con la colilla del cigarro en la boca...
Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres
hombres en la casa desalquilada y los echó de allí.
Los días siguientes, Manuel y Jesús—el titiritero había
desaparecido—se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á
pasar la noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar
trabajo. Llevaban ya cerca de un mes vagabundeando, y un día
en un cuartel, al siguiente en un convento ó en un asilo, iban
viviendo.
La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de
las Delicias fué un día de Marzo.
Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún.
Aguardaron paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se
internaron por los campos próximos, en los que se veían
casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al chito y al tejo
algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.
Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados;
lugares de ruina, como si en ellos se hubiese levantado una
ciudad á la cual un cataclismo aniquilara. Por todas partes se
veían escombros y cascotes, hondonadas llenas de escorias;
aquí y allí alguna chimenea de ladrillo rota, algún horno de cal
derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una huerta con su
noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte, se
levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje
intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal
aspecto en grupos de tres y cuatro.
Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un
barranco, y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de
ladrillo llamado de los Tres Ojos.
Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se
encontraba á la derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á
unos cuantos cementerios abandonados. El tejado puntiagudo,
las galerías y escalinatas de madera, le daban aspecto de chalet
suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al barandado, se leía:
«Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo lanzaba luz
sangrienta en medio de los campos desiertos.
Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un
empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo
dieron, y entraron en el Asilo.
La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas
con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con
pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y
Manuel cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en
donde á lo largo, sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se
tendieron también ellos y charlaron un rato...
Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas,
colocadas en medio y junto á las columnas. Dejaban los que
entraban en el suelo sus abrigos, capas llenas de remiendos,
elásticas sucias, montones de guiñapos, y al mismo tiempo latas
llenas de colillas, pucheros y cestas.
Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.
—Aquí no corre tanto el aire—dijo un viejo mendigo que se
preparaba á tenderse cerca de Manuel.
Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron
irrupción en la sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á
jugar al cané.
—¡Qué tunantes sois!—les gritó el viejo mendigo vecino de
Manuel—. Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!
—¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!—replicó uno de
los golfos.
—Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor
tocando el tambor—dijo otro.
—¡Granujas! ¡Golfos!—murmuró el viejo con ira.
Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito,
con barba escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y
unas antiparras negras que le pasaban por en medio de la frente.
Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina
y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta. Al llegar,
se desembarazó de un morral de tela y lo dejó en el suelo.
—Es que estos granujas nos desacreditan—explicó el viejo
—; el año pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de
plomo de una cañería.
Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto,
de barba blanca, con cara de apóstol, embebido en sus
pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba
una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por
los golfos descarados y fanfarrones, se destacaba la silueta de
un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas
apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.
Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto
de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle
mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo,
acostumbrados á la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre
caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le
quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello corbata y puños
aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del
esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire,
impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo
nauseabundo.
Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que
entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste
un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de
explotar la caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no
se había alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.
—Antes se estaba bien en este Asilo—explicaba el viejo á
Jesús—; había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la
mañana á todo el mundo se le daba una sopa.
—Sí, una sopa de agua—replicó otro mendigo joven,
melenudo, flaco y tostado por el sol.
—Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de
encontrarse entre la golfería, tomó al chico en sus brazos y se
acercó al lugar ocupado por Jesús y Manuel y terció en la
conversación contando sus cuitas. Dentro de lo triste, era
cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo,
creyendo en las palabras del diputado del distrito, que le
prometió un empleo en un ministerio. Se pasó dos meses detrás
del diputado y se encontró al cabo de ellos en la miseria y en el
desamparo más grandes. Mientras tanto, escribía á su mujer
dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de
huéspedes, y después de correr medio Madrid y no encontrando
medio de ganar una peseta, fué al Gobierno civil y pidió á un
guardia que les llevara á su hijo y á él á un asilo.—No llevo al
asilo sino á los que piden limosna—le dijo el guardia.—Yo voy
á pedir limosna—le contestó él con humildad—puede usted
llevarme.—No, pida usted limosna y entonces le cogeré.
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba
con su hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no
salía de su boca. Entonces el guardia le había aconsejado que
fuera al Asilo de las Delicias.
—Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada—dijo el
de los anteojos—; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y
allá se hubiese usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.
—Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?—preguntó la
persona decente.
—Echarlo fuera de Madrid.
—Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?—dijo
Jesús.
—La mar—contestó el viejo—, por todas partes. Ahora, que
en el invierno se tiene frío.
—Yo he vivido—añadió el mendigo joven—más de medio
año en Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un
compañero mío y yo encontramos una casa cerrada y nos
instalamos en ella. Vivimos unas semanas al pelo. Por las
noches íbamos á la estación de Arganda; con una barrena
hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y
después tapábamos el agujero con pez.
—¿Y por qué se fueron ustedes de allí?—preguntó Manuel.
—La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por
las ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel
rincón. A mí me gusta andar por esos caminos, una vez aquí,
otra vez allá. Se encuentra uno con gente que sabe, y se va uno
ilustrando...
—¿Y usted ha andado mucho por ahí?
—Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de
alpargatas en un pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en
el mismo sitio, que tengo que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No
hay como eso. Se come donde se puede; el invierno es malo,
¡pero el verano! Se hace uno una cama de tomillo debajo de un
árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que el rey.
Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.
El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el
vagabundo joven, indicó á Jesús los rincones que había en las
afueras.
—Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un
camposanto que hay cerca del tercer Depósito. Allá hay unas
casas donde iremos esta primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se
quedó dormido. A media noche se despertó al oir unas voces.
En el rincón de la golfería dos muchachos rodaban por el suelo
y luchaban á brazo partido.
—Te daré dinero—murmuraba uno entre dientes.
—Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó
furioso, levantó el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de
ellos. El caído se irguió bramando de coraje.
—Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra—gritó.
Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron
los dos de bruces.
—Estos granujas nos están desacreditando—exclamó el
viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó á los
alborotadores. Volvió á tranquilizarse el cotarro y no se oyeron
más que ronquidos sordos y sibilantes...
Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las
puertas del Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la
noche y se desparramaron al momento por aquellos andurriales.
Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los
andenes de la estación del Mediodía brillaban los focos
eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas
apretadas de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los
faros de señales lanzaban un guiño confidencial desde sus altos
soportes; las calderas en tensión de las locomotoras, bramaban
con espantosos alaridos.
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles
de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el
aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la
tierra sin color, casucas bajas, estacadas negras, altos palos
torcidos de telégrafo, lejanos y obscuros terraplenes por donde
corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un
quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, á la
claridad opaca del amanecer, fué apareciendo á la derecha el
ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de
rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de
ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas,
pardas, que se alargaban hasta fundirse con las colinas
onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la
enorme desolación de los alrededores madrileños...
CAPÍTULO VII
La Casa Negra.—Incendio.—Fuga.
Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los
cocheros habían hecho una hoguera. Se calentaron un momento
Jesús y Manuel.
—Tenemos que ir á ese pueblo—murmuró Jesús.
—¿A cuál?
—A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A
Vaciamadrid.
—Bueno.
Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se
colocaron á la puerta de la estación, á la salida de los viajeros,
con la idea de ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.
Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y
llevárselo á un coche. El señor le dió unas perras.
Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del
Museo, cuando vieron un simón y detrás del coche, corriendo á
todo correr, á don Alonso, con un traje haraposo lleno de
agujeros.
—¡Eh!, ¡eh!—le gritó Manuel.
Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y
Manuel.
—¿A dónde iba usted?—le preguntaron.
—Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese
caballero; pero estoy cansado, ya no tengo piernas.
—¿Y qué hace usted?—le preguntó Manuel.
—¡Pse!... Morirme de hambre.
—¿No viene la buena?
—¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en Uaterlú,
¿verdad?, pues mi vida es un Uaterlú continuo.
—¿A qué se dedica usted ahora?
—He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno—
añadió mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: Las
picardías de las mujeres la primera noche de novios.
—¿Es bueno esto?—preguntó Manuel.
—Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y
otro no. ¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director
de un circo en Niu Yoc!
—Ya vendrá la buena.
—Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de
necesidad, y me fuí á una Casa de Socorro, porque ya no podía
más.—¿Qué tiene usted?—me preguntó uno.—Hambre.—Eso
no es enfermedad—me dijo. Entonces me eché á pedir limosna,
y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y allá, á las
señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo, que
necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se
horrorizan y me suelen dar algo. He encontrado también un
rincón donde dormir. Está por allá, hacia el río.
Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María
Cristina, y por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de
operaciones del barrio de Salamanca.
—Peseta y media he sacado hoy—les dijo á Manuel y á
Jesús. Vamos á cenar.
Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del
Caballero de Gracia, y después el resto lo emplearon en
aguardiente.
Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa
en ruinas, próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa
Negra; no quedaba de ella más que las cuatro paredes, cortadas
á la altura del primer piso.
Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el
cual sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como
las chimeneas de un pontón.
Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando
por encima de escombros, tejas, maderas podridas y montones
de cascote. Recorrieron un pasillo. Don Alonso encendió un
fósforo, que mantuvo en el hueco de la mano. Vivían allí
clandestinamente unas familias de gitanos y unos cuantos
mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos;
otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á
las paredes.
Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús.
El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de
la casa en pie; los agujeros del techo estaban obturados con
haces de caña, cogidos en el río, y pedazos de estera.
—¡Qué moler!—dijo don Alonso al tenderse—; siempre hay
que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
—¿Para qué?—le preguntó Jesús.
—Aunque no fuera más que para no pagar la casa de
huéspedes.
—¡Ya vendrá la buena!—dijo irónicamente Manuel.
—Esa es la esperanza—replicó el Hombre Boa—. Mañana
quizás ha cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la
vida. El destino para el hombre es como el viento para la
veleta.
—Lo malo es—murmuró Jesús—que la veleta nuestra,
cuando no señala hambre, señala frío, y siempre miseria.
—Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres.
Despertó Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los
agujeros del cañizo que hacía de techo, y con aquella luz pálida
el interior de la Casa Negra ofrecía un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un
amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos.
Algunos hombres buscaban las mujeres en la semiobscuridad, y
se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de
miseria orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los
brazos. Era una mendiga aún joven, una pobre criatura
vagabunda, de esas que recorren los caminos sin rumbo ni
dirección, á la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y
negruzco. Uno de los gitanillos se deslizó junto á ella y le
agarró el pecho con la mano. Ella dejó el niño á un lado y se
tendió en el suelo...
Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso
dentro de la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera;
crecieron las llamas y, cuando menos se esperaba, prendió el
cañizo. Inmediatamente se generalizó el fuego. Estallaban las
cañas al arder; pronto una inmensa llamarada se levantó en el
aire.
Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso
salieron de prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.
En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una
gran antorcha; pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que
saltaban y volaban en el aire.
Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas
alargadas de faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como
islas brillantes en medio de la obscuridad. En la Ronda
solitaria se oía muy de tarde en tarde el paso precipitado de
algún transeunte y los ladridos lejanos de los perros.
Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de
tomar por el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una
callejuela iluminada con faroles de petróleo, que pasaba al lado
de la Fábrica del gas.
Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las
panzas redondas de los gasómetros se acercaban al suelo, y
alrededor de ellas se levantaban los soportes, que en la
obscuridad producían un efecto extraño.
No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío
siguieron andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron
frente á una fábrica, cuyas ventanas vertían una luz violenta de
arco voltaico en la negrura de la noche.
En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba
borbotones de humo por la chimenea.
—No debía haber fábricas—dijo Jesús con una indignación
súbita.
—¿Y por qué?—preguntó don Alonso.
—Porque no.
—¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la
industria si no hay fábricas?
—Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar
para que vivamos todos—añadió Jesús.
—¿Y la civilización?—preguntó don Alonso.
—¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la
civilización. La civilización es muy buena para el rico, ¡lo que
es para el pobre!
—¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
—¿Pero usted los utiliza?
—No, pero los he utilizado.
—Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para
el que tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el
rico y el pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el
pobre sigue con el candil y el rico alumbra su casa con luz
eléctrica; antes si el pobre iba á pie, el rico iba á caballo; hoy
el pobre sigue andando á pie y el rico va en automóvil; antes el
rico tenía que vivir entre los pobres; hoy vive aparte, se ha
hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que los pobres
chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se entera....
—No tienes razón—dijo don Alonso.
—Casi nada...
Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía
cada vez más frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de
Atocha.
Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus
ventanas iluminadas por luces mortecinas.
—Ahí siquiera no se debe tener frío—murmuró el Hombre
Boa, con tono jovial que sonaba á dolorida queja.
Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la
mañana; por el camino pasaban carros de bueyes; las gallinas
cacareaban á lo lejos....
CAPÍTULO VIII
Las cuevas del Gobierno civil.—Et repatriado.—La sopa del
convento.
Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á
las iglesias. Una noche que se habían tendido los tres en una
capilla de San Sebastián llena de bancos, el sacristán les hizo
salir y les entregó á una pareja de Orden público. Don Alonso
trató de demostrar á los guardias que era una persona, no sólo
decente, sino importante; mientras él peroraba, Jesús se
escabulló por la plaza de Santa Ana.
—En la Delegación contarán todo eso—contestó el guardia á
las explicaciones del Hombre Boa.
Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde
brillaba un farol rojo, entraron y subieron por una escalera
estrecha á un cuarto donde garrapateaban dos escribientes.
Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel sentarse en unos
bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente posible.
—Usted, el viejo, ¿cómo se llama?—dijo uno de los
escribientes.
—¿Yo?—preguntó el Hombre Boa.
—Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota?
—No, no, señor.
—Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
—Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
—¿Edad?
—Cincuenta y seis años.
—¿Estado?
—Soltero.
—¿Profesión?
—Artista de circo.
—¿En dónde vive usted?
—Hasta hace unos días...
—¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil?
—Ahora, pues...
—Pon sin domicilio—dijo uno de los escribientes al otro.
Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse
los dos sin hablar, muy intrigados con la suerte que les
esperaba.
Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se
oía sonar el repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de
mantilla, con una gran inquietud en los ojos.
Se acercó á los dos escribientes.
—¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se
ha caído y se ha abierto la cabeza.
El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no
contestó; después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á
bajo, dijo con una grosería y una bestialidad épicas:
—Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver
con eso—, y volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó
sus ojos asustados por la Delegación; se decidió á salir, dió
buenas noches, que nadie contestó, con voz desfallecida y se
fué.
—¡Cagatintas! ¡Canallas!—murmuró don Alonso en voz baja
—. ¡Qué les costaba haber enviado algún guardia para que
acompañara á esa pobre mujer á la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al
cabo de éstas los guardias les hicieron entrar en un cuarto en
donde se paseaba un hombre alto de barba negra, peinado á lo
chulo, con aspecto de jugador ó de croupier.
—¿Qué son éstos?—preguntó el hombre con acento andaluz,
haciendo brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba
en el dedo.
—Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián—
dijo el guardia—; no tienen domicilio.
—Perdone usted—dijo don Alonso—, accidentalmente...
—Llevarlos á que pasen la quincena—dijo el hombre alto.
No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de
los guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le
siguió.
Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les
metieron en un cuarto obscuro, en donde, después de tantear,
encontraron un banco.
—En fin, ya vendrá la buena—dijo don Alonso, sentándose y
lanzando un profundo suspiro.
Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica,
sintió unas ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
—¿Por qué te ríes, hijo mío?—preguntó don Alonso.
Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de
reir, y de reir mucho, se quedó con un humor fúnebre.
—Qué diría Jesús si estuviera aquí—murmuró Manuel—. En
la casa de Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar
á descansar; el sacristán le entrega á uno á los guardias, los
guardias le meten á uno en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á
saber lo que nos harán después! Yo tengo miedo de que nos
lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan.
—No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!—
murmuró don Alonso.
—En eso estarán pensando.
Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la
puerta del chiquero y, conducidos por dos guardias, el Hombre
Boa y Manuel salieron á la calle.
—Pero, ¿á dónde nos llevan?—preguntó don Alonso un poco
asustado.
—Usted siga para adelante—le contestó el guardia.
—Esto es una arbitrariedad—murmuró don Alonso.
—Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con
codo—replicó el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se
detuvieron en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por
una estrecha escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo
bajo, iluminada por un quinqué, con unas tarimas altas, en
donde dormían en fila diez ó doce guardias de orden público,
vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor
estrecho, á uno de cuyos lados había dos jaulas con grandes
rejas. En una de éstas, hicieron entrar á don Alonso y á Manuel
y cerraron tras ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles.
—Esto es una arbitrariedad—gritó don Alonso—. Nosotros
nada hemos hecho para que se nos encarcele.
—Ni yo tampoco—murmuró un mendigo joven á quien según
dijo habían cogido pidiendo limosna—; luego, aquí no se puede
estar.
—¿Qué pasa?—preguntó Manuel.
—Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y
desnudo. Debían llevarlo al Hospital. El dice que le han robado
la ropa; estos chicos aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
—Y es verdad—replicó uno de los golfos—. Hemos estado
pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al
llegar á la puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron
aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían
unos cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las
piernas encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y
al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
—¡Agua!—murmuró con voz débil.
—Ya se la hemos pedido al sargento—dijo el mendigo—;
pero no la trae.
—Esto es una salvajada—gritó el Hombre Boa—, esto es
una barbaridad.
Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse.
—Ese otro—agregó el golfo, riéndose y señalando á uno
escondido en un rincón—tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
—¿Y qué van á hacer de nosotros?—preguntó Manuel.
—Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días—contestó el
mendigo.
—¿Y allí se come?—preguntó el Hombre Boa, saliendo del
fondo de su ensimismamiento.
—No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un
murmullo de voces, que pronto se convirtió en una algarabía de
gritos de mujer, de imprecaciones y de lloros.
—¡Leñe!, no empuje usted.
—¡Moler! con el hombre.
—Anda, anda para adentro—decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban
en la jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se
dedicaban á insultar, con el repertorio de palabras más selecto,
al delegado y al jefe de la Higiene.
—No queda una madre sana—hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos.
Después de encerrar á las mujeres, un sargento de Orden
público se acercó á la jaula de los hombres.
—Señor sargento—dijo don Alonso—, que aquí hay un
hombre que está malo.
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?
—Señor sargento, si me hiciera usted un favor...—añadió
Manuel.
—¿Qué?
—Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger
noticias aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico El
Mundo y que me han metido preso.
—Bueno, se dirá.
No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el
sargento, abrió la reja y se dirigió á Manuel:
—Eh, tú, el cajista. Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban
encerradas las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un
grupo de viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas
horribles, y subió de prisa la escalerilla hasta la sala en donde
dormía el retén de guardias. El sargento abrió el postigo, cogió
á Manuel de un brazo, le arreó un puntapie con toda su fuerza y
lo puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba;
Manuel se metió por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse
en los arcos de la plaza Mayor, y como estaba cansado, se sentó
en el escalón de un portal. Iba á dormirse, cuando un hombre
con trazas de mendigo se sentó también allí y hablaron; el
hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba empleo
ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á
vivir á salto de mata.
—Después de todo, voy teniendo suerte—añadió el
repatriado—. Cuando no me he muerto este invierno, es que ya
no me muero nunca.
Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por
la mañana fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron
merodeando por allí. El repatriado cogió unas cuantas nueces
de un montón, y esto constituyó el desayuno de los dos
compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
—¿Adónde vamos?—preguntó Manuel.
—Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe,
en donde nos darán de comer—dijo el repatriado.
Manuel aceleró el paso.
—Vamos de prisa.
—No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De
manera que, aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un
tipo vulgar, tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio.
Llevaba un sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos,
una bufanda vieja arrollada al cuello y en la mano un garrote.
Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en
una mesa, en donde seis ó siete hombres esperaban.
—¿Tú sabes hacer versos?—preguntó el repatriado á
Manuel.
—Yo, no. ¿Por qué?
—Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso
sí, estaba tan muerto de hambre como nosotros, y mientras
esperábamos la comida, él preguntó el nombre del rector y le
hizo unos versos la mar de bonitos. Y entonces el rector le
mandó entrar y le dió de comer y de beber.
—Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una
copla. ¿Cómo se llama el rector?
—Domingo.
Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la
encontró, y olvidó su faena cuando vino el lego con un gran
caldero y lo dejó encima de la mesa.
Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los
mendigos. De éstos todos, menos uno, sacaron escudillas; el que
no la tenía era un tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado
ulceroso y saliente.
—Espere usted, compadre—dijo el repatriado, antes de que
metiera el otro la cuchara—. Nosotros vamos á echar el rancho
en la tapa del caldero, y de allí comeremos.
—¡No sé qué tengo yo!—murmuró el mendigo.
—¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.
Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las
gracias al lego, salieron del convento y se tendieron al sol en el
campo.
Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de
firme; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de
Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando la cólera ó la
indignación le dominaban, se ponía densamente pálido.
Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre
marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en
las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que
levantaban ronchas. Recordaba el teatrucho de un pueblo
convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de
enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales
del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los cubanos
corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para
las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las
cruces y del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio
decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes
que quedaban sin una mata en un momento, la caña que
estallaba, y en los poblados la gente famélica, las mujeres y los
chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos
hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el machetearse
unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales,
odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados, indiferentes,
sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo
cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja.
Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le
quitaba el fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la
vuelta á España, casi más triste aún; todo el barco lleno de
hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos,
y todos los días cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba
al agua.
—Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!—
terminó diciéndo—: Uno que esperaba algún recibimiento por
haber servido á la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada.
¡Dios!, todo el mundo le veía á uno pasar sin hacerle caso.
Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de
algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á
preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á
nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á
defender la patria! ¡Que la defienda el Nuncio! Para morirse
después de hambre y de frío, y luego que le digan á uno: Si
hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido la isla. Es
también demasiado amolar esto...
Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se
levantaron y fueron hacia Madrid.
CAPÍTULO IX
Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—Suena un tiro.
—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella Pérez.
—Las noches que no hace mucho frío—dijo el repatriado—
yo suelo ir á dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen
del Puerto. ¿Quieres que vayamos hoy?—añadió.
—Sí, vamos.
Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor
abajo. Hacía una noche templada de niebla, una niebla azulada,
luminosa, que temblaba al soplo del viento; los globos
eléctricos del Palacio Real brillaban entre aquella gasa flotante
con una luz morada.
Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y
entraron en el bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y
la calle de Segovia. Algunos faroles de petróleo lucían muy
pálidamente entre los árboles. Llegaron al paseo de los
Melancólicos. Cerca del puente de Segovia salían llamaradas
de los hornillos de una churrería instalada en una barraca. Del
paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un
cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco;
pasaban por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se
acurrucó, metió las manos en el bolsillo del pantalón y quedó
profundamente dormido.
Rumor chillón de cornetas le despertó.
—Es la guardia de Palacio—dijo el repatriado.
La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba
suave y gris el resplandor primero del día... De pronto resonó
muy cerca el estampido de un arma de fuego; Manuel y el
repatriado se levantaron; salieron del cobertizo dispuestos á
huir; no vieron nada.
—Es un joven que se ha suicidado—dijo un hombre de blusa
que pasó corriendo delante de Manuel y del repatriado.
Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y
vieron á un muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la
cara llena de sangre y un revólver en la mano derecha. Nadie
había por allí; el repatriado se acercó al muerto, tomó su mano
izquierda y le sacó dos sortijas que llevaba, una de ellas con un
brillante; luego le desabrochó la chaqueta, le registró los
bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de oro.
—Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno—dijo
Manuel.
—No—contestó el repatriado.
Volvió á entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche,
hizo en la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en
un papel, las sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie.
—En la guerra como en la guerra—murmuró después de
ejecutar su maniobra con una rapidez extraordinaria.—Ahora—
añadió—vuélvete á echar y hazte el dormido, por si acaso.
Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y
Manuel vió dos guardias civiles que pasaban á caballo por
delante del cobertizo.
Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles,
registrando al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en
la que indicaba que no se culpara á nadie de su muerte.
Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.
Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel
preguntó:
—¿Vamos á recoger eso?
—Espera que se vayan todos.
Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las
sortijas y el reloj.
—La sortija creo que es buena—dijo—. ¿Cómo lo
averiguaremos?
—En una platería.
—Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un
brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y
te lleven á la cárcel.
—Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj—
dijo Manuel.
—También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos
Calatrava, un amigo mío á quien conocí en Cuba. Ese nos
sacará del apuro. Vive en una casa de huéspedes de la calle de
Embajadores.
Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el
tal Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una
taberna de la planta baja de la casa.
—¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo—dijo el tabernero—.
¿Sabe usted dónde suele estar al anochecer? En la taberna del
Majo de las Cubas, en la calle Mayor.
Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos
de su existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que
con la venta de aquellas sortijas y del reloj podían comer todo
lo que se les antojara y que el miedo les impedía satisfacer su
necesidad, era horrible. Se pasearon por las calles aburridos, y
de cuando en cuando iban á la taberna á preguntar si había
llegado ya el cojo.
Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y
los tres pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El
repatriado contó el caso á Calatrava.
—Ahora mismo viene mi secretario—dijo Marcos—, y él lo
arreglará. Mientras tanto, pedid de cenar.
—Pide tú—dijo el repatriado á Manuel.
Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo
de la taberna dijo que la cena tardaría algo.
Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se
puso á observar á este último.
Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi
ridículo; tenía una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy
negra y amojamada; dos ó tres cicatrices en la frente, el bigote
recio y el pelo crespo. Vestía traje claro, pantalón muy ancho,
que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural que en la de
madera; una chaquetilla corta más obscura que el pantalón, una
corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.
Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron
y no tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas
amarillas, sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.
—¡Vidal!—exclamó Manuel al verle—; ¿eres tú?
—Sí, chico. ¿Qué haces aquí?
—¿Le conoces á éste?—preguntó Calatrava á Vidal.
—Sí; es primo mío.
Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado.
—Ahora mismo—contestó Vidal—; no tardo diez minutos.
Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de
empeño y unos billetes. Los tomó el repatriado y fué
repartiéndolos; á Manuel le tocaron cinco duros.
—Mira—le dijo Calatrava á Vidal—. Tú y tu primo os
quedáis á cenar aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos
á otro lado, que también tenemos que contarnos algunas cosas.
Llévale á tu primo á dormir á tu casa.
Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.
—¿Has cenado?—preguntó Vidal.
—No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?
—Estarán bien.
—¿No los ves?
—No.
—¿Y el Bizco?
Vidal palideció profundamente.
—No me hables del Bizco—dijo.
—¿Por qué?
—No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que
pasó?
—¿Qué?
—La muerte de Dolores la Escandalosa.
—No sabía nada.
—Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el
Confesonario, que está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la
mató?
—¿El Bizco?
—Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse
con otros granujas.
—Es verdad. A mí me lo dijo.
—¿Has hablado con él?
—Sí, pero hace ya mucho tiempo.
—Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que
el asesino era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había
acudido allá como quien va á una cita. Era el Bizco, estoy
seguro.
—¿Y no le han cogido?
—No.
Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para
serenarse. Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel
devoraba.
—¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!—dijo Vidal ya
tranquilizado sonriendo.
—¡Dios!, si tenía un hambre...
—Ahora vamos á tomar café.
Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de
Lisboa.
Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal.
Llevaba la cabeza muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados
sobre las orejas. Tenía un gran aplomo en los movimientos; la
sonrisa de hombre guapo, el cuello redondo, sin músculos
salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo siempre; pero sus
ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus frases; no
acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su
sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más
que desconfianza y cautela.
—Y tú, ¿qué haces?—preguntó Manuel, después de
examinarle atentamente.
—¡Pse!... Vivo...
—Pero, ¿de qué? ¿Cómo?
—Hay negocios, chico... Luego las mujeres...
—Pero, ¿tú trabajas?
—Según á lo que llames trabajar.
—Hombre, quiero decir si vas á un taller...
—No.
—¿Tienes alguna querida?
—Ahora no tengo más que tres.
—¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?
—Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del
Bisturí y socio de la Paloma Azul y del Billete.
—¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?
—¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia...
Algunas veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á
una un par de bofetadas...
—Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú!
—¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita
que el mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj
me la regaló ella... Pero lo más gracioso es que me anda
rondando, ¿á que no te figuras quién?
—¿Qué sé yo? Alguna marquesa.
—No, un marqués.
—¿Para qué?
—Nada, que me hace el amor.
Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió
misteriosamente.
—¿Tú estás cansado?—preguntó Vidal.
—No.
—Entonces vamos á Romea.
—¿Qué hay allá?
—Baile y mujeres guapas.
—Vamos, sí.
Salieron del café y subieron la calle de Carretas.
Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.
El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente,
empañado de humo; con el vaho de cientos de personas que
durante toda la tarde y la noche se habían amontonado allá.
Había un lleno. Se representó una funcioncilla estúpida,
plagada de chistes absurdos y groseros, de la manera más sosa
que puede imaginarse entre las interrupciones y los gritos del
público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, que
cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una
canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una
pintarrajeada, vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero
descomunal; se acercó á las candilejas y cantó una larga
narración, de la que Manuel no entendió media palabra, y cuyo
estribillo era:
Pauvre petit chat, petit chat.
Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta
dar con él en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al
poco rato volvió á levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué
saludada por una salva nutrida de aplausos. Cantó muy mal una
copla, equivocándose, riéndose, y cuando terminó de cantar se
ocultó entre los bastidores. El piano de la orquesta atacó con
brío un tango, y la bella Pérez salió de entre bastidores con
falda corta, envuelta en una capa de torero, con un sombrero
cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó
el preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se
quitó la capa y quedó con las faldas recogidas con las dos
manos hacia atrás, que dejaban el vientre y los muslos ceñidos.
A las primeras notas del tango, todo el mundo calló
religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por la sala. Se
veían los rostros encendidos, con la mirada fija y brillante. Y la
bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes
apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus
caderas poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos
como una bandera triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer
salía un efluvio de su sexo que enloquecía á todos. Al final del
baile colocó el sombrero sobre el vientre y tuvo un movimiento
de caderas que hizo rugir á todo el teatro.
—¡Eso!
—¡Ahí la visagra!
—¡Esa tripita!
Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.
—¡Tango! ¡Tango!—gritaban todos como energúmenos.
Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba
entusiasmado.
—¡Viva la lujuria!—vociferaba un joven al lado de Manuel.
Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de
Manuel y Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña,
con la cara llena de costras. La muchacha, señalando á la bella
Pérez, decía á la niña:
—Mira, mira á mamá.
—¿Es la madre de esta chica?—preguntó Manuel.
—Sí—contestó la niñera.
Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el
baile, y hasta se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de
la capa de pintura y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas
y granos.
Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una
casa de huéspedes de la calle del Olmo.
Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle
de la Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos,
que les reconocieron y les llamaron.
Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había
ido con un señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y
perjuraba que no tenía más de diez y seis años; la Chata
aseguraba que iba para los diez y ocho.
—¡Si se lo he oído decir á tu madre!—gritaba.
—¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!—replicaba la
Rabanitos.
—Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!
—¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos
tenía entonces? Trece.
—¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí—
interrumpió Vidal.
La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal
de arriba á bajo y, con voz estridente, le dijo:
—Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos
de Mayo y dan la espalda.
Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las
cualidades imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada,
sacó del bolsillo del delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se
la enseñó á todos.
En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les
encontró la Engracia.
—Anda, tú, convida—le dijo Vidal—. ¿Tendrás dinero?
—¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que
quedrán.
—Aunque sea á recuelo—repuso Vidal.
—Bueno, vamos.
Entraron los cinco en una buñolería.
—Este señor con quien he ido—dijo la Engracia—es un
pintor, y me ha dicho que me daba cinco pesetas por hora por
servir de modelo de desnudo.
A la Rabanitos le sublevó la noticia.
—¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!—dijo
con su vocecilla aguda.
—No, las tendrás tú.
—No es por ponerme moños—contestó la Rabanitos—; pero
estoy mejor formada que tú.
—¡Magras!—replicó la otra, y sin hacer caso se puso á
hablar con Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta
y le contó sus penas con una seriedad de vieja.
—Chico, estoy derrengá—le decía—, porque como una es
débil y no tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y
claro, como la ven á una así, hacen lo que quieren y todo el
mundo la pone á una el pie encima.
Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el
sueño no le permitían darse cuenta de lo que oía.
Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos,
uno de ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre
feroz é irónica. Los cuatro venían borrachos; las mujeres se
pusieron á insultar á todos los que estaban en la buñolería.
—¿Quiénes son esas?—preguntó Manuel.
—Unas tías escandalosas.
—Oye, vamos—dijo Vidal á su primo con la prudencia que
le caracterizaba.
Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el
centro y ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo.
Abrió Vidal la puerta de su casa.
—Aquí es—le dijo á Manuel.
Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una
cerilla, metió la mano por debajo de la puerta, sacó una llave y
abrió. Recorrieron un pasillo, y Vidal dijo á Manuel:
—Este es tu cuarto. Hasta mañana.
Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan
blanda, que, á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal.
Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce.
Hacía tanto tiempo que la primera sensación de su despertar era
de frío, de hambre ó de angustia, que, al encontrarse entre
mantas, abrigado, en un cuarto estrecho y de poca luz, pensó si
estaría soñando.
Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del
Puerto le vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el
baile de Romea y la conversación en la buñolería con la
Rabanitos.
—¿Habrá venido la buena?—se preguntó á sí mismo. Se
incorporó en la cama, y al ver sus harapos colocados sobre una
silla, no supo qué hacer.—Si me ven vestido así, me echan—
pensó; y en la vacilación volvió á meterse entre las sábanas.
Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del
cuarto; era Vidal.
—Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te
levantas?
—Si me ven con eso me echan—replicó Manuel señalando
sus andrajos.
—La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta—dijo
Vidal contemplando la indumentaria de su primo—. Vaya unos
zapatitos de baile—añadió cogiendo por los tirantes una bota
deformada y llena de barro, y levantándola cómicamente para
observarla mejor—. Es de la última moda de los poceros de la
villa. Y de medias nada, y de calzoncillos ídem; de la misma
tela que las medias. ¡Estás apañado!
—Ya ves.
—Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te
traeré ropa mía; creo que te vendrá bien.
—Sí, tu eres un poco más alto.
—Bueno, espera un momento.
Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se
vistió á la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y
tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio las botas le venían
estrechas y cortas.
—Tienes el pie pequeño—murmuró Manuel—. Has nacido
para señorito.
Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
—Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad?
A mi, una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti?
—A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan
poco dónde elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver
estas prendas.
—¿Para qué?
—Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la
calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha
caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un
paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.
—¿Vamos?
—Andando.
Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se
fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á
dejarlo en ninguna parte.
—Tráelo, no seas lila—dijo Vidal—, y quitándoselo de la
mano lo tiró á un solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la
plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
—¡Qué aplomo tiene!—pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una
de las tostadas con ansia.
—¡Rediez!—exclamó Vidal, mirándole de hito en hito—.
¡Qué facha de golfo tienes!
—¿Por qué?
—¿Qué se yo? Porque la tienes.
—¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es.
—Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
—Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo,
y no sé de todo eso lo que es peor.
—¿Y habrás pasado muchas hambres, eh?
—Uf... la mar... y si fueran las últimas.
—Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres.
—¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar?
—O de otra manera.
—Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico;
ó hay que trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay
que pedir limosna. De trabajar he perdido la costumbre, para
robar no tengo agallas, rico no soy, con que me tendré que poner
á pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
—Todo eso que dices—replicó Vidal, es una pura pamplina
—. ¿De mí se puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que
pido limosna? tampoco; ¿qué soy rico? menos... y ya ves, vivo.
—Bueno, tendrás algún secreto.
—Puede ser.
—Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
—Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
—Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo
quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú
no pensases en quitármelo, sino en vivir y no me estorbases,
entonces sí, que no te quepa duda.
—Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo
por ti haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte
al tanto de cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres
un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar á las
personas. Yo te digo con franqueza, ¿por qué no? Yo no soy
valiente...
—Ni yo tampoco—exclamó Manuel.
—¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.
—¿A mí?
—A ti.
—¡Quia!
—Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre
todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera
casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; á mí que
no me vengan con historias. Para tener algo, hay que meterse en
un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y
cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, ná. ¿No se puede
ganar dinero?, pues hay que arreglarse para quitárselo á alguno
y para quitárselo sin peligro de ir á la trena.
—¿Y cómo?
—Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me
vine al centro desde Casa Blanca, era un descuidero, un randa.
Me tuvieron sin culpa una quincena en el Abanico, en la jaula, y
cuando lo recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba
más miedo que vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba
á hacer? Un día, que cogí unas lamparillas eléctricas de una
casa de la calle del Olivo, la portera me vió, una tía vieja
indecente, y se echó á correr tras de mí, gritando: «¡A ese! ¡A
ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar á la iglesia de
San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de
la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero
desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi
alma. Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté.
—¿Volvistes á coger otras lámparas?
—No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera
que tanto la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
—Sí, hombre.
—Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá,
cuando veo á un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de
palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco á él,
cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo,
doy la vuelta á la anilla y la hago saltar. Como la cadena era
bastante pesada, había el peligro de que, al soltarla, le diera al
señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían
afanado; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la
gente comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la
cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José á
meterme por la calle de las Torres, cuando siento que me cogen
del brazo. Chico, me entró un sudor...—Déjeme usted—dije yo.
—Calla, si no llamo á uno del orden (Yo me callé)—. Te he
visto cómo limpiabas el reloj á ese pimpi.—¿Yo?—Tú, sí.
Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, conque no seas memo
y anda á tomar una copa á la taberna del Brígido.—Vamos—
pensé yo—; este es un vivo que viene á la parte. Entramos en la
taberna y allí el hombre me habló claro:—Mira—me dijo—, tú
quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le
tienes asco al Abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto;
pero, bueno; ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú
para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la
sociedad ni el mundo. Mañana vienes á mi casa; yo te llevaré á
un bazar de ropas hechas, compras un traje, un sombrero y un
baúl y te recomendaré á una casa de huéspedes buena; te haré
ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se
está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora
dame ese reloj; á ti te engañarían.
—¿Y le diste el reloj?
—Sí. Al día siguiente...
—Te quedarías de boqueras...
—Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
—¿Y quién es ese hombre?
—Marcos Calatrava.
—¿El cojo? ¿El amigo del repatriado?
—El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo
digo yo á ti. ¿Quieres entrar en la combi?
—¿Pero, qué hay que hacer?
—Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien,
tendrás una buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.
—No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada,
casi casi prefiero vivir así.
—Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A
engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra
cosa: ó trabajar ó engañar, porque, lo que es regalarte el dinero,
que te conste que no te lo han de regalar.
—Sí, es verdad.
—¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es
lo mismo, chico. No hay más diferencia que, negociando, eres
una persona decente, y, robando, te llevan á la cárcel.
—¿Crees tú?...
—Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas
de hombres; unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero;
otros, que viven mal y son robados.
—¡Sabes que me parece que tienes razón!
—Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu
dirás.
—Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.
—No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no
hay un Bizco.
—Pero hay un cojo.
—Sí, pero es un cojo que vale un riñón.
—¿Es el jefe de la partida?
—Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo,
el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con
quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente
gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas.
Si te enteras de algo, me lo dices á mí; pero fuera, ni una
palabra. ¿Comprendes?
—Comprendido.
—Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si
marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar
viviendo bien, hecho una persona decente... al pelo.
—Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?—preguntó Manuel
—; porque yo maldito si lo sé.
—Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á
coger por prófugo.
—¡Pse!
—Se lo diremos al Cojo.
—¿Cuándo le veremos?
—Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café,
Vidal le indicó lo que había propuesto á su primo en breves
palabras.
—¿Servirá?—preguntó Calatrava mirando atentamente á
Manuel.
—Sí, es más listo de lo que parece—contestó riendo Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
—Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa
—repuso el Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus
asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y
quedaron nuevamente solos los dos primos.
—Vamos al Círculo—dijo Vidal.
El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso
bajo había billares y algunas mesas de café.
Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un
mozo que apareció le dijo:
—Dos cubiertos.
—Van.
—Oye—añadió Vidal—, desde que entres aquí, ni una
palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que
saber yo te lo diré.
Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de
cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.
—Vamos á tomar café arriba—dijo Vidal.
Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una
escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la
terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales
esmerilados. La empujó Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos
lados se veían mamparas forradas de verde.
Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre;
contempló á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió
una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.
Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y
otros tres á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa
verde grande con dos escotaduras, una frente á otra, en los
lados largos; hacia el patio, se veía una mesa más pequeña,
iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban
treinta ó cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía
más que las palabras de los dos croupiers y el ruido que hacían
al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre el
tapete verde.
Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas
observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del
banquero decía:
—Hagan juego, señores.
Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce
de las cartas entre los dedos del croupier.
—Esto parece una iglesia, ¿verdad?—murmuró Vidal—.
Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión
que queda.
Tomaron café y una copa.
—¿Tienes cigarros?—preguntó Vidal.
—No.
—Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.
—¿Se podrá saber cómo se llama?
—Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.
Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba
y venía el dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la
banca. Después se entretuvo en observar á los jugadores. Era un
anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en
los demás.
Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de
plata y de fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier
echaba las cartas francesas, y poco después pagaba ó recogía el
dinero puesto.
Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría
no jugaba, parecían interesarse en el juego tanto ó más que los
que se hallaban sentados y jugaban fuerte.
Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible;
llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones
con rodilleras, llenos de barro.
En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir
la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la
espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la
respiración.
Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió
cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué
al café de Lisboa.
Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas
acerca del juego.
—Bueno; eso en seguida lo aprendes—le dijo el otro—.
Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la
indicación de cuándo debes jugar.
—Muy bien, ¿y el dinero?
—Toma para mañana. Cincuenta duros.
—¿Son buenos?
—Enséñaselos á cualquiera.
—De modo que es una combina como la del Pastiri.
—Igual.
La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su
primo y las indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte
duros, que entregó á Vidal.
Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron
el nombre en una oficina y le despacharon.
—Te han rebajado—le advirtió Vidal.
—Bueno—contestó alegremente Manuel—; me alegro de no
ser soldado.
Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron,
y al cabo de algún tiempo conocía el personal de la casa de
juego. Había mucha gente empleada allá; varios croupiers muy
atildados con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos
matones, otros medio ganchos, otros que vigilaban á los que
entraban y á los ganchos.
Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la
miseria y la mala vida, á otros la inclinación á lo irregular,
había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de
la voluntad.
Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad,
la repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la
protesta de su conciencia.
CAPÍTULO II
El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—
Confidencias.
Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un
hombrecito con trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo
camino; entraron en el cafe de Lisboa; el hombre se reunió allí
con una mujer gorda y se sentó con ella, y Manuel se acercó á
su primo.
—¿Qué hablabas con ese?—le preguntó Vidal al verle.
—Nada, de cosas indiferentes.
—Te advierto que es uno de la policía.
—¿Sí?
—Ya lo creo.
—Pues lo he visto en el Círculo.
—Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa,
que es la Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la
Visitación, en casa de María la Guerrero, cuando yo me fuí con
la Violeta. La Chana entonces ya se dedicaba á perista, conocía
á todos los inspectores y estaba liada con un matón que
llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle de Alcalá.
Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas nada;
ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.
Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le
preguntó quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó
una porción de embustes con gran candor, y se hizo el engañado
por Vidal y por el Cojo.
—Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta—le dijo
el policía.
—¿Sí, eh?
—Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es
atravesado. No se meta usted con él, porque ese es capaz de
todo.
—¿Tan fiero es?
—Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama
Marcos Calatrava y es de buena familia. Hace doce años
cursaba medicina.
El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había
sido un gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar
garitos, y en uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de
que le cogieran in fraganti, le llevaron á la Cárcel Modelo y
estuvo allá arriba dos meses. Al año siguiente tomo la decisión
de no estudiar, y como de su casa no le mandaban dinero,
comenzó á matonear por garitos y chirlatas. Una navajada que le
dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún tiempo sus
arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la
superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le
pidió dinero. Quería hacerse fraile, le había herido la gracia
divina; y con su manera de hablar melosa, la convenció, le sacó
los cuartos, y además una carta para el prior de un convento de
Burgos.
Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba
muerto de hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos
de la legua, á quienes explotó de una manera miserable, y al año
ó cosa así de recibir la carta de la superiora, en un período de
hambre horrorosa, se encontró en el fondo de una maleta la
carta y determinó aprovecharse de ella. Como era hombre de
decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y entre los
fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se
presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo
pidió que le enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al
principio estuvo bien, hasta se distinguió por su celo; pero
después empezó á hacer barbaridades, escandalizó á las
personas piadosas de las aldeas, y cuando el prior, á quien
había llegado la noticia de sus fechorías, le mandó llamar y
volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo
explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á
Madrid. A los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su
dinero y su crédito y tomó la determinación de sentar plaza en
Sanidad militar y marcharse á Filipinas.
Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan
listo, trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de
interno en el Hospital militar de Manila.
Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del
Hospital, medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía,
para venderlo; le despacharon de allá; pidió la absoluta y se
dedicó á cobrar el barato en los chabisques de Manila. Como
era tan quisquilloso, pronto allí se le hizo la vida imposible, y
entonces recurrió á un Círculo de militares y consiguió que se
hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á España.
En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de
los que se ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de
Voluntarios que iba á Cuba. Marcos se distinguió por su valor
en muchas acciones, ascendió pronto á sargento cuando una bala
le atravesó la pierna y tuvieron que cortársela en el Hospital de
la Habana; y el hombre volvió á España ya sin porvenir y con
un retiro ridículo.
Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta,
robando por las calles, hasta que encontró un socio y se dedicó
con él al timo del entierro, que, á pesar de lo divulgado que
está, suele dar resultados entre los estafadores. Formó en una
época una sociedad de espadistas y de criadas de servir para
desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo engaño ni
timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y
despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos
conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada uno de
ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.
Al último—concluyó diciendo el Garro—, se encontró con el
Maestro que se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido
dinero para estos garitos; el caso es que lo tienen.
—¿Hay más de un Círculo de éstos?—preguntó Manuel.
—Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa
de la Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas
las noches el Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?
—No.
—Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre
Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á
la hija á bailarina, va á abrir un salón.
—Esa Coronela, ¿es cubana?—preguntó Manuel.
—Sí.
—La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se
llama Mingote.
El policía miró con cierta reserva á Manuel.
—Puede usted decir—le dijo—que conoce usted lo peorcito
de Madrid. Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca.
Tienen una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su
retrato. Este Mingote, fué el que organizó aquel baile célebre.
Se pagaba un duro la entrada, y al final, se rifaba una señorita.
La hija de la querida de Mingote.
Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del
Círculo y encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle
del malestar que experimentaba con aquella vida. Vidal estaba
también aquella noche de humor triste, é hizo lamentables
confidencias á Manuel.
Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y,
después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal
propuso que entraran á tomar algo en casa de la Concha, en la
calle de Arlabán.
Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de
nada; pero á remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho
calor, y esto les reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió
unas copas y luego unas chuletas.
—Hay que olvidar—dijo después de dar estas disposiciones.
Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino
que llenó Vidal.
Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le
escuchaba atentamente.
—No sabía la historia de Calatrava—dijo al concluir Vidal.
—Pues historia por historia—repuso Manuel—¿dime tú?
¿quién es ese Maestro?
—El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?
—No.
Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin
duda, le parecía la más á propósito para comparar al Maestro.
—Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?,
pero muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las
letras, que sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad
como nadie, que viste la blusa lo mismo que la levita, que habla
con una señora y parece un caballero, y habla con una golfa y
parece un chulo, y une á esto que es una especie de payaso, que
toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se ríe de todo el
mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio llorando porque ha
visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha pedido
limosna una golfilla.
—¿Y cómo se llama?
—¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han
conocido á su padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he
pensado si será hijo natural de algún personaje, pero no lo creo
del todo, porque si hubiera sido así, sería chocante que le
prendieran, como le prendieron, cuando tenía diez y siete años.
—Pronto empezó.
—Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que
había hecho una estafa, y lo metieron en el Saladero con su
principal. Esto lo cuenta el mismo. Un día parece que fué el
juez á tomar declaración á un preso, y estando el escribiente
copiando la declaración le dió un mal y tuvieron que llevarle á
casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso que
supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Este
se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á escribir. El
juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los autos y
queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á
escribir el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la
letra de uno y de otro eran iguales.
—¡Qué tío!
—Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no
hubiera sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al
juez lo único que se le ocurrió fué decir que aquel chico era
peligroso y que había que tener con él mucho ojo. El Maestro,
que vió que extremaban la vigilancia con él por el motivo de
haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en el Saladero,
conoció á un falsificador célebre, y entre los dos, desde la
misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el
registro del entierro.
—¡Qué bárbaros!
—Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en
que eran ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le
preguntaban á uno:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—
Yo, contestaba; le preguntaban al otro:—¿Quién ha sido el que
ha escrito esto?—Yo, contestaba también. No podían saber cuál
de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterles á cada
uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que
habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y
¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los
mismos borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que
algunas veces, cuando ha habido bailes y banquetes en el
Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha puesto un frac y
allá se ha marchado, alternando con duques y marqueses.
—¡Rediez!—dijo Manuel admirado—. ¿Y el compañero del
Saladero vive?
—No; creo que murió en América.
—¿Ha estado allá también el Maestro?
—En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio
ha dejado diez ó doce falsificaciones.
—¿Será rico?
—Sí, seguramente.
—¿Y qué hace con el dinero?
—Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene
queridas. El Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija
educándose en Francia y que le dejaría una fortuna.
—¿Y dónde vive ese hombre?
—Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días
leyendo y tocando la guitarra y besando el retrato de su hija.
—Sería curioso saber lo que hace.
—No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le
vi salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos:—Vamos á
ver lo que hace este punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré.
Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que
no me había conocido. Al día siguiente el Cojo me dijo:—No
vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para
siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.
Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido
en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á
su primo como quien oye un cuento.
—¿Y la Coronela?—le preguntó.
—Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se
hartó de ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese
militar. Es una tía sucia y mala.
—Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.
—¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace
ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía á alguna de sus
hijas, le hacía subir á su casa y allá le decía que con sus hijas
nada, pero con ella sí. Ahora va á los cuarteles. Es una tía de lo
más indecente... Pero lo que está haciendo con el hijo es
todavía peor.
—¿Pues qué hace?
—Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan,
y ya no le llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la
Ricopelo.
—¡Cristo!—murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa
—. Eso es demasiado. Hay que denunciar eso.
—Calla, que viene gente—advirtió Vidal.
Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al
lado de la taberna.
Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas
blandas y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo
de un peluquero, patillas de hacha muy repeinadas y el pelo
rizado; el tercero, calvo, con la nariz roja y las barbas
deshilachadas y amarillas, presentaba el aspecto del joven
decrépito.
La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios
finos, el pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa
de color perla con cuello de plumas, la mantilla prendida en el
moño que encuadraba su rostro y caía sobre el pecho.
En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión
sarcástica; no paraba un momento de moverse, y cuando
escuchaba, accionaba y movía nerviosamente los labios.
Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El
hombre de las barbas hacía preguntas y más preguntas á la
muchacha, y ésta contestaba con gran descoco.
Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.
—¿De veras eres partidaria del amor libre?—decía el de las
barbas.
—Sí.
—¿No quisieras casarte?
—Yo no.
—Es una mujer indiferente—interrumpió el de las patillas—
no comprende esas cosas de cariño.
—Bah, no lo creo.
—Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta—murmuró el
viejo con voz aguardentosa.
—¿Y tu mujer?—preguntó ella agitándose en la silla y
mirando al viejo con los ojos fríos y burlones. La muchacha
aquella daba la impresión de una avispa ó de un bicho con
aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba á decir algo,
pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un momento.
El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas
rojas siguió preguntando á la muchacha.
—¿Pero tú no has querido á nadie?
—Yo no; ¿para qué?
—Si te digo que es fría como el mármol—murmuró el de
facha de peluquero.
—Cuando le conocí á éste—añadió ella riéndose y
señalando al de las patillas—tenía un hombre que me había
puesto un cuarto y la patrona de la casa pasaba por mi madre.
Además, tenía otros amigos; pues ya ves, ninguno notó nada.
—Es terrible—exclamó el de las barbas llenando un vaso de
vino y vaciándolo—; no nos quieren, y nosotros suponiendo
siempre que tienen corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no
has querido nunca á nadie?
—A nadie, á nadie.
—Si te digo que es fría como el mármol—repitió el hombre
con facha de peluquero—. ¡Si supieras las majaderías que hice
yo por ella! Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes
sin atreverme á hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era
una mujer á quien se dice:—¿Mañana estás libre á tal hora?—
Sí.—Pues mañana nos veremos.
—Como quien avisa á un afinador de pianos—repuso el de
la barba, encontrando no se sabe qué relación entre los hombres
y los pianos—. Es terrible—añadió, y después con un arrebato
de ira, golpeó la mesa con el puño é hizo tambalearse los vasos.
—¿Qué te pasa?—preguntó el viejo.
—Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me
siento anarquista.
—Bah, yo creo que te sientes borracho—interrumpió el de
las patillas.
—San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á
los negocios...
—Si tú eres más burgués que yo.
El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló
indignado; luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda,
la dijo:
—Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento
él debe callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la
beligerancia.
—¡Pobre hombre!
—¡Idiota!
—Si eres más pesado que un artículo tuyo—gritó el de las
patillas—; y todavía, si esa soberbia de que haces gala la
sintieras, estaría bien; pero si no la sientes; si eres un pobre
desgraciado que te reconoces á ti mismo, imbécil; si te pasas la
vida aburriéndonos, recitándonos artículos que ya has
publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los coges de
cualquier parte...
La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y
siguieron los tres hablando en tono tranquilo.
De pronto el viejo se puso á chillar.
—Pues no será una persona decente—decía.
—¿Por qué no?—replicaba la mujer.
—Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de
mala madre, porque una persona decente no sé á qué se va á
levantar por la mañana.
Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la
muchacha y sus tres acompañantes.
—Ahora va uno á casa—murmuró el de las barbas rojas en
tono lúgubre—, arregla la cama, se mete uno dentro, se
enciende un pitillo, bebe un vaso de agua, orina y se duerme
uno. La vida es repugnante.
Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.
—Voy á enterarme quién es ella—le dijo á Manuel—. Hasta
mañana.
—Adiós.
CAPÍTULO III
La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del
Salón París.
Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado
quién era la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del
Pez y solía acudir á una tienda de modas de la calle del
Barquillo, casa de trato disimulada. Vidal esperaba hacer la
conquista de la Flora.
Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba
satisfecho de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un
domingo por la tarde á ir á una casa de la calle del Barquillo,
en donde encontrarían mozas guapas é irían con ellas á los
Viveros.
Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron
Calatrava, Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les
hicieron subir á un saloncillo regularmente amueblado. Al poco
rato llegó Flora, acompañada de una mujer alta, de ojos negros
y cara cetrina, verdaderamente hermosa, la cual produjo un gran
entusiasmo en Calatrava.
—Esperaremos que venga otra—dijo Vidal.
Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor,
se levantó una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más
pálida, con los ojos más negros y la boca roja. Manuel la miró
sobrecogido; ella volvió la espalda, y trató de salir.
—¿Por qué quieres marcharte?—preguntó Vidal.
La muchacha nada replicó.
—Bueno, vamos—dijo Calatrava.
Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que
estaba esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la
Justa, y en otro coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros;
se dirigieron hacia la Puerta del Sol, y después, por la plaza de
Oriente, á la Bombilla.
En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y
Manuel estuvieron callados.
La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y
Calatrava desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la
mesa sin saber qué decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa,
el aniquilamiento completo de la vida.
Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron
en un cuarto del café Habanero.
Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida
y milagros, menos la Justa, que calló.
Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían
entrado en la vida irregular que llevaban.
—Yo entré en la vida—dijo la Flora—, porque no veía otra
cosa en mi casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los
quince años con mis tías, que eran golfas como yo. Sólo que
eran más alegres que yo. La mayor tenía un chico, y lo dejaba en
el cajón de la cómoda, que había convertido en cama. No tenían
trajes, y para salir era necesario que una se quedara en casa, y
las botas y las enaguas de una servían para la otra. Cuando se
encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía casa de
compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan
contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:—No,
para trabajar, prefiero ser golfa—, y me lancé á la vida.
La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La
llamaban Petra la Aragonesa.
—Yo—dijo con voz grave—, fuí deshonrada por un señorito;
vivía en Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí,
y es carpintero, y también mis hermanos, para no darles esta
vergüenza, pensé venir á Madrid, y nos arreglamos una
compañera y yo para hacer el viaje juntas. Teníamos cada una
más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la estación
tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos
á andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la
plaza de los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á
dónde cae ni qué nombre tiene, vimos una casa con las ventanas
iluminadas y oímos el sonido de un organillo. Entramos, dos
chulos se pusieron á bailar con nosotras, y nos llevaron á una
casa de la calle de San Marcos.
Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:
—Anda; trae el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo.
Yo dije que nones. Después salió un señor y nos enseñó la casa,
que estaba muy bien puesta, con divanes y espejos, y nos
ofreció unas copas y pasteles y nos invitó á quedarnos allá. Yo
no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo el dinero que
tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba el
dinero y la pegaba.
—¿Y vive todavía en la casa tu compañera?—preguntó
Vidal.
—No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y
cinco duros.
—¿Para qué fué?
La Aragonesa se encogió de hombros.
—Es que las mujeres de la vida son muy bestias—dijo Vidal
—; no tienen entendimiento ni conocen sus derechos ni nada.
—¿Y tú?—preguntó Calatrava á la Justa.
La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus
labios.
—Esta será alguna princesa rusa—dijo con sorna la Flora.
—No—replicó la Justa secamente—; soy lo que eres tú, una
tía.
Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado.
Manuel acompañó á la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en
donde vivía.
Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su
mirada, pero ella le dijo:—Espera. Les abrió el sereno, le dió
ella diez céntimos, el vigilante le entregó una cerilla larga
después de encenderla en su linterna, y comenzaron á subir la
escalera. A la luz de la cerilla, la sombra de los dos se alargaba
y se achicaba con alternativas al reflejarse en las paredes. En el
tercer piso abrió la Justa una puerta con un llavín y pasaron los
dos adentro á un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa
encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo lo
mismo.
Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella
noche. No comprendía para qué la Justa le había hecho subir á
su casa; se encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á
preguntarle nada.
Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron,
Manuel la dijo:
—¿Y tu padre?
—Bueno.
De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á
llorar. Debía de sentir un gran deseo de contar á Manuel su
vida, y lo hizo sollozando, con palabra entrecortada.
El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había
deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa;
después la abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo
más remedio que marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á
San Juan de Dios y la vió boca arriba con unos tubos de goma
en las ingles abiertas, creyó que la iba á matar, y con voz
rabiosa le dijo que para él su hija había muerto y que no
volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada;
una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por
qué no te echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar.
Cuando le dieron el alta fué á ver á la maestra del taller y no la
quiso recibir. Entonces, ya á la noche, salió dispuesta á todo.
Estaba en la calle Mayor cuando se le acercó un hombre que
llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda para adelante».
Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el
Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un
corredor obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de
mujeres, que hablaban y reían con los empleados. Al cabo de
algún tiempo, un señor empezó á leer una lista y se fueron
marchando las mujeres. No quedaron más que veinte ó treinta
de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar
unas escaleras y las encerraron en una cueva.
—Allí pasé una noche desesperada—concluyó diciendo la
Justa—; al día siguiente me llevaron á reconocimiento y me
dieron cartilla.
Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver
su frialdad la Justa se repuso de su emoción. Siguieron
hablando. Después Manuel contó su vida tranquilamente; los
recuerdos se engarzaron unos con otros, y hablaron y hablaron
sin cansarse; de pronto la llama del quinqué vaciló un momento,
y con un suave estallido se apagó.
—También es casualidad—dijo la Justa.
—No; que no tendría petróleo—repuso Manuel—. Bueno, yo
me voy.
Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.
—¿No tienes cerillas?—preguntó ella.
—No.
Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego
con una silla y se detuvo.
La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo
ver algo y dirigirse hacia la puerta.
—¿Tienes la llave de la casa?—dijo.
—No.
—Y entonces, ¿cómo voy á salir?
—Tendremos que llamar al sereno.
Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy
estrellada. Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.
La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por
el talle. Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en
la obscuridad hacia la alcoba.
Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel
prometió á la Justa que si encontraba algún medio de ganar
honradamente unos cuartos, la sacaría al momento de aquella
vida, y la Justa lloró emocionada sobre el hombro de Manuel. A
pesar de los hermosos planes de regeneración que idearon
aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir
á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia
grande por la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por
cualquier motivo, pero en seguida hacían las paces.
Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril,
de vuelta de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar
por cafés, colmados y casas de citas. A la luz lívida del
amanecer, sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era
muy triste.
Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha,
y al entrar en la casa y al subir las escaleras sola sentía un
miedo y un remordimiento grandes. El amanecer le producía
como un despertar de la conciencia.
Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se
acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.
Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas
amistades; no se atrevía á intentar un cambio de postura por
pereza y por miedo. Algunos domingos por la tarde, la Justa y él
marchaban de paseo á los Cuatro Caminos y á la Puerta de
Hierro, y cuando no reñían hablaban de sus ilusiones, de un
cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, como una
cosa providencial.
Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la
planta baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la
lista de las bellezas sensacionales que habían de exhibirse,
aparecieron las bailarinas y cupletistas de más nombre; las
Dalias, Gardenias, Magnolias, etc. Además, como gran
atracción, se anunció el debut de Chuchita, la hija de la
Coronela. Esta trataba de explotar á su niña como empresaria y
como madre. El día de la presentación la madre hizo que la clac
ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se
acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de
alabarderos.
—Aplaudirán ustedes, ¿eh?—preguntó la Coronela.
—Descuide usted—dijo Calatrava—y al que no le guste,
mire usted qué argumento le traigo—y mostró su garrote.
Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una
salva de aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su
canción y de bailar un tango sacaron al escenario una gran
cantidad de guirnarlas de flores y de otros regalos. Cuando
concluyó la sección en que trabajaba la Chuchita, se reunieron
Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los cuales había dos
amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la enhorabuena
al padre de la Chuchita.
Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo
pasar al cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba
tranquilamente. Entraron todos en la alcoba.
—Que sea enhorabuena, mi coronel.
El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin
notar la sorna que aquello significaba.
—¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?—preguntaba el
padre desde su cama.
—Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.
—Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan
al terreno se crecen.
Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con
risas burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo
al Salón París.
La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia,
acompañadas las tres de un señor senador, de un periodista y de
un torero de fama se preparaban para cenar en un gabinete del
Círculo.
Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación
decidida por el torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía,
sino que había llamado al torero para que el debut de la
Chuchita fuera para ella del todo agradable...
La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal
de nuevos conocimientos.
Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que
alcahueteaba por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á
Manuel á los cuartos de las bailarinas.
Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le
armó un escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer
la vida de Manuel insoportable, y tan pronto le insultaba y le
decía que era un chulo que vivía á sus expensas, como se
manifestaba celosa. Cuando armaba un escándalo de éstos,
Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa, sumida
momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en
el suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el
arrechucho y tan tranquila.
CAPÍTULO IV
Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo.—El Destino.
Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel,
Vidal, la Flora y la Justa, cuando dijo Vidal.
—Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver?
—Sí, vamos—contestaron la Flora y la Justa.
Hacía una noche hermosa y templada.
Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de
las tres salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar
de la ejecución.
Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo.
Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.
Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como
una zanja abierta en la arena, hasta salir á los desmontes
próximos á la calle de Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel
Modelo, visto desde aquellos campos desolados, un aspecto
imponente; parecía una fortaleza envuelta en la luz azul y
espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban de vez en
cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de
angustia.
—¡Qué triste es esta casa!—murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente
habrá ahí encerrada!
—Pse..., que los maten—replicó la Justa con indiferencia.
Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de
la Justa.
—¿Pa qué roban?—replicó ésta.
—Y tú, ¿por qué...?
—Yo para comer.
—Pues ellos también para comer.
La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la
Higinia. Había ido con la hija de la portera de su casa.
Allí estaba el patíbulo,—y señaló el centro de una tapia
frente á la capilla—. En los desmontes hormigueaba el gentío.
Vino la Higinia vestida de negro, apoyada en los Hermanos de
la Paz y Caridad; debía de estar ya muerta; la sentaron en el
banquillo, y un cura con una cruz alzada se puso delante de la
Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas por los pies,
sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un pañuelo
negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la
rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la
mujer tan raida sobre el palo.
Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella
tuvieron que echar á correr porque los guardias civiles dieron
una carga.
Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.
—Estas cosas me matan—dijo poniéndose una mano sobre el
corazón.
—¿Para qué has querido venir?—le preguntó Manuel.—
¿Quieres que volvamos?
—No, no.
Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la
cárcel había un grupo grande de gente. Estaba amaneciendo.
Una franja de oro se formaba en el horizonte. Por la calle de la
Princesa subía un escuadrón de artillería, presentaba un aspecto
extraño á la luz vaga del amanecer. Se detuvo el escuadrón
frente á la cárcel.
—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte—
decía un vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la
ejecución, debía parecer en extremo desagradable.
—Hacia San Bernardino es donde lo fusilan—anunció un
golfo.
Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos
desmontes próximos al paseo de Areneros formaban los
soldados el cuadro. Había un público de cómicos,
trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches
simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació
despejado era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio
del cuadro á la carrera, bajaron tres figuras que parecían
muñecos; los de á los lados del reo llevaban sombrero de copa.
No se veía bien al soldado.
—Bajad las cabezas—decían los del público, los que
estaban atrás—, que veamos todos.
Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos
y se pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien
de frente, porque moviéndose de lado, como un animal de
muchas patas, anduvieron algunos metros. El sol brillaba en la
arena amarilla del desmonte, en los cascos y correajes de los
soldados. No se oyó voz de mando, los fusiles apuntaron.
—Bajad las cabezas—gritaron otra vez con acento irritado
los que se hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
—Es el golpe de gracia—murmuró Vidal.
Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito
de tambores y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las
casas. Iban Manuel, Vidal y las dos mujeres por el paseo de
Areneros, cuando oyeron otra detonación.
—Se conoce que no había muerto—añadió Vidal, más
pálido.
Estaban los cuatro preocupados.
—¿Sabes?—dijo Vidal—. Se me ha ocurrido una cosa para
quitar la mala impresión de esto: ir á merendar esta tarde.
—¿Adónde?—preguntó Manuel.
—Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh?
¿Qué te parece?
—Muy bien.
—¿La Justa no tendrá nada que hacer?
—No.
—Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el
merendero de la señora Benita, que está cerca del Embarcadero
y del puente del Sotillo.
—Convenido.
—Ahora vamos á casa á dormir un rato.
Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y
fueron al merendero; todavía no había llegado nadie.
Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba
malhumorada. Compró diez céntimos de cacahuetes y se puso á
comerlos.
—¿Quieres?—le dijo á Manuel.
—No; se me meten en las muelas.
—Pues yo tampoco—y los tiró al suelo.
—¿A qué los compras para tirarlos?
—Me da la gana.
—Bueno, haz lo que quieras.
Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la
Justa, impacientada, se levantó.
—Me voy á casa—dijo.
—Yo voy á esperar—replicó Manuel—.
—Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
Manuel se encogió de hombros.
—Y que te den morcilla.
—Gracias.
La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban
Calatrava con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora.
Calatrava traía una guitarra.
Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo
parar y bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata,
vestida de un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre
de patillas de hacha y aspecto agitanado. La Justa, que se sentía
insolente y provocativa, comenzó á reirse de la mujer gorda; la
otra contestó con despreciativo retintín y recalcando la palabra.
—Estos pericos...
—¡La tía gamberra!—murmuró la Justa—, y cantó á media
voz, dirigiéndoselo á la chata, este tango:
«Eres más fea que un perro de presa,
y á presumida no hay quien te gane.»
—¡Indecente!—gruñó la gorda.
El hombre con facha de gitano se acercó á Manuel para
decirle que aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y
que él no podía permitir esto. Manuel comprendía que tenía
razón; pero, á pesar de esto, contestó insolentemente al hombre.
Vidal se interpuso, y después de muchas explicaciones por una
y otra parte, se decidió que allí no se había faltado á nadie y se
arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con humor de pelea y se
trabó de palabras con uno de los organilleros, desvergonzado
por razón de oficio.
—Calla ¡leñe!—gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa—, y
tú calla también—dijo al organillero—, porque si no te voy á
arrimar un estacazo.
—Vamos nosotros adentro—indicó Vidal.
Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos
rústicos y un barandado de palitroques que daba al Manzanares.
En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín
brillante, y entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso
desde una orilla á otra.
Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las
preguntas que la hicieron no contestó, y luego, sin saber por
qué, empezó á llorar amargamente entre las burlas de la Flora y
de la Aragonesa. Luego se tranquilizó y quedó alegre y jovial.
Comieron allá opíparamente y salieron un momento á bailar á
la carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias
veces al Bizco por delante del merendero.
—¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?—se preguntó.
Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron
luz en un cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron
durante largo rato. Calatrava contó con verdadera delectación
horrores de la guerra de Cuba. Había satisfecho allí sus
instintos naturales de crueldad, macheteando negros, arrasando
ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le ponía por
delante.
Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con
entusiasmo. De pronto, Calatrava calló pensativo, como si
algún recuerdo triste le embargara.
Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del Espartero con un
gran sentimiento, después tarareó el de La Tempranica con
mucha gracia, cortando las frases para dar mas intención y
poniendo la mano en la boca de la guitarra, para detener á veces
el sonido. La Flora marcó unas cuantas posturas jacarandosas,
mientras Vidal, echándoselas de gitano, cantaba:
¡Ze coman los mengues
mardita la araña
que tié en la barriga
pintá una guitarra!
Bailando ze cura
tan jondo doló...
¡Ay!, malhaya la araña
que á mí me picó.
Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No
sabía puntear como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con
monotonía. Marcos cantó una canción cubana, triste, lánguida,
que daba la nostalgia de un país tropical. Era una larga
narración que evocaba los danzones de los negros, las noches
espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre de los
soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los
ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo
íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande,
fiera y sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una
mujer soberbia, con los ojos brillantes y el gesto terrible, al
lado de un león...
Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear
monótono de la guitarra, una canción de insurrectos muy
lánguida y triste. Una de las coplas, que Calatrava cantaba en
cubano, decía:
«Pinté á Matansa confusa,
la playa de Viyamá,
y no he podío pintá
el nido de la lechusa;
yo pinté po donde crusa
un beyo ferrocarrí,
un machete y un fusí
y una lancha cañonera,
y no pinté la bandera
po la que voy á morí.»
No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas
incongruentes que se citaban en el canto le produjo una tristeza
enorme...
Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con
las últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas
como dragones de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna
casucha miserable rompía la línea del horizonte, recta y
monótona; el cielo hacia el Poniente se llenaba de llamas.
Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se
puso.
Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra,
pasaban mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún
merendero, llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
Vidal salió del cobertizo.
—Ahora vengo—dijo.
Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se
levantaron.
—¿Ha sido Vidal?—preguntó la Flora.
—No sé—dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al
balcón que daba al Manzanares. En una de las islillas verdes
dos hombres luchaban á brazo partido. Uno de ellos era Vidal,
se le conocía por el sombrero cordobés blanco. La Flora, al
conocerlo, dió un grito de terror; poco después los dos hombres
se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces, en silencio. El
otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió
asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó
á la otra orilla y desapareció.
Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del
cobertizo y se acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había
junto á él. Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la
nuca. Calatrava tiró del mango pero el arma debía de estar
incrustada en las vértebras. Después Marcos hizo dar al cuerpo
media vuelta y le puso la mano en el pecho sobre el corazón.
—Está muerto—dijo tranquilamente.
Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de
la tarde se reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso
al cadáver en la misma posición. Volvieron al merendero.
—¡Hala!, vamos—dijo Marcos.
—¿Y Vidal?—preguntó la Flora.
—Ha espichado.
La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró
violentamente del brazo y la hizo enmudecer.
—Vaya... ahuecando—dijo, y con gran serenidad pagó la
cuenta, cogió la guitarra y salieron todos del merendero.
Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de
cobre, se destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce,
surcado en el Poniente por grandes fajas moradas y verdosas,
las estrellas comenzaban á lucir y á parpadear con languidez, el
río brillaba con reflejo de plata.
Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado
á sus pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los
Ocho Hilos encontraron dos coches; Calatrava con la
Aragonesa y la Flora entraron en uno, la Justa y Manuel en otro.
CAPÍTULO V
El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones. La
declaración.
Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró
con ansiedad los periódicos; contaban todos lo pasado en el
merendero; las señas de cada uno de los comensales venían
claras; se había identificado el cadáver de Vidal, y se sabía que
el asesino era el Bizco, un pájaro de cuenta, procesado por dos
robos, lesiones y presunto autor de una muerte cometida en el
camino de Aravaca.
El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que
les considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á
declarar; no sabían qué hacer.
Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo
mudarse de casa é ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y
Manuel buscando habitación, y la encontraron al fin en una casa
de la calle de Galileo, próxima á Tercer Depósito, en
Vallehermoso.
La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que
daban á un gran descampado ó solar en donde tallaban los
canteros grandes piedras. Este solar hallábase limitado por una
cerca de pedruscos sueltos, residuos del corte de piedras, y en
medio tenía una barraca en donde vivía el guarda con su
familia.
Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que
se ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica
de Vidal ó por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma
bríos para comenzar una vida nueva; buscó trabajo y lo
encontró en una imprenta de Chamberí. Era muy violento para él
estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la misma
violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa,
en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y
triste.
A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á
casa Manuel, se encontró con que no estaba la Justa. La esperó
toda la noche, inquieto; no apareció.
Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar.
Comprendió que le abandonaba. Era el despertar de un sueño
hermoso; había llegado á creer que al fin se emancipaban los
dos de la miseria y de la deshonra.
Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de
dolores de cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba
aquella resolución, no creía que le iba á abandonar así, tan
fríamente.
¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez!
Aquel cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado
alegre, ahora le parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón
las casas lejanas, con sus tejados rojos. En lontananza se
extendía Madrid, envuelto en el ambiente limpio y claro, bajo
un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta y
majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.
Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se
oían vagamente notas alegres de los organillos.
Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos
proyectos, cuántos planes acariciados en la mente no habían
fracasado en su alma! Estaba al principio de la vida y se sentía
sin fuerzas ya para la lucha. Ni una esperanza, ni una ilusión le
sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y componer columnas
de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir, ¿para qué?
No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde del
domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas
lejanas...
Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que
llamaban á la puerta, cada vez más fuerte.
—¿Será la Justa?—pensó—. No puede ser.
Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla.
Delante de él se presentaron dos hombres.
—Manuel Alcázar—le dijo uno de ellos—. Quedas detenido.
—¿Por qué?
—El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.
—¿Me van á atar?—preguntó Manuel.
—Si no haces tonterías, no. Hala, vamos.
Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros.
—Tomaremos el tranvía—dijo uno de los polizontes.
Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la
plataforma. Al llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y,
cruzando dos ó tres calles, aparecieron frente á las Salesas; de
aquí torcieron una esquina, se metieron en un portal,
atravesaron un pasillo largo, y al final de éste hicieron entrar á
Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.
Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la
madre de los pensamientos profundos. Manuel, en medio de la
soledad y el silencio, no encontró ni la idea más insignificante
en su caletre. Por no encontrar, no encontró ni siquiera en el
mundo de los fenómenos un sitio donde sentarse, lo cual no
tenía nada de extraño, porque no había ni una mala silla ni una
mala banqueta en el calabozo.
Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así
permaneció algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló
sobre la puerta, en un montante.
—Han encendido luz—se dijo Manuel—. Habrá
obscurecido.
Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.
—Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta—decía una
voz grave.
—Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido—
replicaba una voz suplicante—; déjeme usted ir á casa.
—Hala. Adentro.
—¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido.
—Adentro.
Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el
calabozo, después el cerrar violento de la puerta. La voz
suplicante siguió clamando con pesada monotonía:
—Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.
—Pues señor ¡vaya una lata!—se dijo Manuel. Si está toda la
noche así, me va á divertir.
Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á
poco y debieron terminar en silencioso llanto. Se oía en el
corredor los pasos rítmicos de alguno que iba y venía.
Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su
cerebro, aunque no fuese más que para entretenerse con ella, y
no encontró nada; lo único que pudo sacar en conclusión es que
se había lucido.
Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño
profundo que quizás no duró más que un par de horas, pero que
á él le parecieron un año. Se despertó derrengado, con la
cintura dolorida; no había perdido en el sueño la idea de que se
hallaba encerrado, pero fué para él tan reparador el corto
momento de descanso, que se encontró fuerte, dispuesto á
cualquier cosa.
Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la
imprenta. Llamó discretamente á la puerta del calabozo.
—¿Qué quiere usted?—le dijeron de afuera.
—Quisiera salir un rato.
—Salga usted.
Salió al pasillo.
—¿Podría traerme alguno un café?—preguntó á un guardia.
—Pagándolo.
—Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y
una cajetilla—Entregó al guardia dos pesetas.
—Ahora van—dijo éste.
—¿Qué hora es?—preguntó Manuel.
—Las doce.
—Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le
invitaría á tomar café conmigo, pero...
—Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los
dos.
Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café,
fumaron un pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:
—Llévese usted un banco de estos para dormir.
Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior,
libre, se encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se
sentía fuerte. Los proyectos se amontonaban en su cabeza, pero
no podía dormir.
El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro,
la imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros
nocturnos, como ellos también se refugia en las ruinas.
Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas
lógicas, la mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por
el montante de la puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y
pensó en lo inmediato.
Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un
plan: una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no
conocía á Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á
embarullar. Lo mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo
que pudiera, para favorecer su causa: le conocía á Calatrava
por su primo, le veía de cuando en cuando en el Salón, él
trabajaba en una imprenta...
Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un
guardia:
—Manuel Alcázar.
—Servidor.
—Anda, al despacho del juez.
Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.
—¿Da usía su permiso?—dijo el guardia.
—Adelante.
Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde
se veían los árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el
juez sentado en un sillón de alto respaldar. Frente á la mesa
había un armario de estilo gótico lleno de libros. Un escribiente
entraba y salía llevando montones de papeles debajo del brazo;
el juez le hacía alguna que otra pregunta y firmaba de prisa.
Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se
acercó al juez y le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel.
El juez echó una mirada rápida sobre el muchacho, y éste, en
aquel momento, pensó:
—Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será
peor.
Con esta decisión se sintió más tranquilo.
—Acérquese usted—le dijo el juez.
Manuel se acercó.
—¿Cómo se llama usted?
—Manuel Alcázar.
—¿Cuántos años tiene?
—Veintiuno.
—¿Qué oficio?
—Cajista.
—¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea
preguntado?
—Sí, señor.
—Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande.
¿Qué hizo usted el día del crimen?
—La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver
cómo fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un
rato, y á las once fuí con una mujer al merendero del puente del
Sotillo, en donde nos habíamos citado con Vidal.
—¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?
—Era su primo.
—¿Riñó usted alguna vez con él?
—No, señor.
—¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?
—He vivido del juego.
—¿Qué hacía usted para vivir del juego?
—Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la
Amistad, y entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á
un cojo que se llama Calatrava.
—¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese
cojo?
—El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del
cojo.
—¿Cómo se llama el cojo?
—Marcos Calatrava.
—¿Por quién le conoció usted al cojo?
—Por Vidal.
—¿En dónde?
—En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle
Mayor.
—¿Cuánto tiempo hará de esto?
—Un año.
—¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad?
—Vidal.
—¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco?
—Sí, señor.
—¿De dónde le conoce usted?
—De que era amigo de Vidal, cuando chico.
—¿No era amigo también de usted?
—Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.
—¿Por qué?
—Porque me parecía malo.
—¿Qué entiende usted por esto?
—Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y
martirizaba al que era más débil que él.
—¿Usted tiene una querida?
—Sí, señor.
—¿Es una mujer pública?
—Sí, señor—tartamudeó Manuel temblando de dolor y de
ira.
—¿Cómo se llama?
—Justa.
—¿Dónde vive?
—No sé; se marchó de mi casa anteayer.
—¿Dónde la conoció usted?
—En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.
—¿Cómo se llamaba ese trapero?
—El señor Custodio.
—¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse?
—Yo no, señor.
—Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?
—No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la
sacó de su casa; luego, cuando la vi por segunda vez, era ya
pública.
Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas
pugnaban por salir de sus ojos.
El juez le contempló fríamente.
—¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?
—Vidal.
—¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del
merendero?
—Sí, señor.
—¿No le chocó?
—Sí, señor.
—¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una
mujer en el camino de Aravaca?
—Eso me dijo Vidal.
—Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted
alguna vez con él?
—No, señor.
—¿Nunca?
—No, señor.
—Tenga cuidado con lo que dice—y el juez clavó su mirada
en Manuel—. ¿No habló usted, después de la muerte de la
mujer, nunca con el Bizco?
—No, señor—y Manuel sostuvo con energía la mirada del
juez.
—¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?
—Sí, señor.
—¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal?
—Porque mi primo me había dicho que no le hablara del
Bizco.
—¿Por qué?
—Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise
asustarle.
—Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió
usted que podría estar el Bizco?
—No se me ocurrió.
—¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?
—Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el
Cojo, y desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que
peleaban.
—¿Cómo conoció usted que eran ellos?
—Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un
sombrero cordobés blanco.
—¿Qué hora sería cuando sucedió esto?
—No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo.
—¿Cómo conoció usted al Bizco?
—No le conocí; pensé que era él.
—¿Llevaba dinero Vidal?
—No lo sé.
—¿Cuánto duró la lucha?
—Un momento.
—¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?
—No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al
suelo, y el otro se metió en el río y se fué.
—Está bien; ¿qué pasó después?
—El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos
al río y nos acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á
Vidal y dijo: «Está muerto.» Luego volvimos los dos al
merendero y nos fuimos.
El juez se volvió al escribiente:
—Luego le leerá usted la declaración y que la firme.
Llamó al timbre y apareció el guardia.
—Que siga incomunicado.
Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al
alma algunas de la frases del juez; pero estaba satisfecho de su
declaración; no le habían llegado á embrollar.
Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.
—El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es
muy bruto ó muy malo. En fin, esperemos.
Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos
hombres. Uno era Calatrava; el otro el Garro.
—Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido
—dijo Calatrava.
—Ya ve usted, aquí me tienen.
—¿Has declarado?
—Sí.
—¿Qué has dicho?
—Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.
—¿Has hablado de mí?
—No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.
—Rediós, ¡qué bestia eres!
—No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los
demás se pasean por la calle.
—Merecías estar aquí siempre—exclamó Calatrava—, por
panoli, por boceras.
Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada
Calatrava y el Garro, y salieron del calabozo.
Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la
puerta y entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella
de vino.
—¿Quién me manda esto?—preguntó Manuel.
—Una muchacha que se llama Salvadora.
Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el
enternecimiento no le quitó el apetito, comió abundantemente y
se tendió en el banco.
CAPÍTULO VI
Lo que pasaba en el despacho del juez.—La Casa de
Canónigos.
Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las
abrió é hizo sonar inmediatamente un timbre.
—¿Quién ha traído estas cartas?—preguntó el juez al
guardia.
—Un lacayo.
—¿Hay por ahí algún agente?
—Está el agente Garro.
—Que pase.
Entró el agente y se acercó á la mesa del juez.
—En estas cartas—le dijo éste—se hace referencia á la
declaración que ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo
alguien puede saber la declaración que ha dado?
—No lo sé.
—¿Ha hablado ese muchacho con alguno?
—Con nadie—dijo tranquilamente el Garro.
—En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede
negar nada, le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á
este asunto. ¿Qué interés pueden tener estas señoras en ello?
—No sé. Si supiera quiénes son, quizás....
—Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.
—Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en
donde estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se
hable de la casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela,
que habrá hablado á esas señoras y esas señoras al Ministro.
—¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?
—La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó
en falso con el nombre de su marido, y el documento lo guarda
la Coronela.
—¿Y la marquesa?
—Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que,
últimamente, su querido era Ricardo Salazar.
—¿El ex diputado?
—Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las
relaciones de Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes,
la marquesa recibía de vez en cuando una carta en la que le
decían: «Tengo una carta de usted dirigida á su amante, en la
que dice usted esto y esto (cosas íntimas bastante fuertes). Si no
me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su marido.» Ella,
asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por consejo
de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al
hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del
mismo Ricardo Salazar.
—¿Del amante?
—Sí.
—¡Vaya un caballero!
—Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...
—¿Al descubrirse el enredo de la carta?
—No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque
Ricardo exigía dinero que la marquesa no pudo ó no quiso
darle. Salazar debía tres mil duros á la Coronela, y ésta, que no
es tonta, le dijo: Deme usted las cartas de la marquesa y no me
debe usted nada. Ricardo se las dió, y la marquesa ha quedado
entregada de pies y manos á la Coronela y á sus socios.
El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el
despacho.
—Hay además—dijo—un besalamano del director de El
Popular en que me ruega que no prospere este asunto. ¿Qué
relación hay entre el garito y el propietario del periódico?
—Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el
periódico haría una campaña fuerte contra el gobierno.
—¡Quién hace justicia de este modo!—murmuró el juez,
pensativo.
El Garro contempló al juez irónicamente.
Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo
tiempo.
—¿Da usía su permiso?—preguntó un escribiente.
—¿Qué hay?
—De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto
conforme á sus deseos.
—Que sí, dígale usted que sí—contestó el juez malhumorado.
Luego se volvió hacia el agente.—Este muchacho preso, ¿no
tiene participación ninguna en el crimen?
—Absolutamente ninguna—contestó el Garro.
—¿Es primo del muerto?
—Sí, señor.
—¿Y conoce al Bizco?
—Sí, ha sido amigo suyo.
—¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco?
—De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?
—Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?
—Andará escondido por las afueras.
—¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las
afueras?
—El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz.
Si quiere usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á
Ortiz á mis órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la
cárcel.
Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y
se la entregó á Garro.
Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el
calabozo de Manuel.
—¿Hay que declarar otra vez?—preguntó el muchacho.
—No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la
Fea y á la Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo
como de ordinario.
—¿Estás ya libre?—le dijeron.
—Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
—Lo hemos leído en el periódico—contestó la Fea—, y á
ésta se le ocurrió traerte la comida.
—¿Y Jesús?
—En el hospital.
—¿Qué tiene?
—El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos
en el callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.
—Bueno.
—Adiós, ¿eh?
—Adiós y muchas gracias.
Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en
un portal con dos leones de bronce y subieron una corta
escalera.
—¿Qué es esto?—preguntó Manuel.
—Esta es la casa de Canónigos.
Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto
en donde escribían dos hombres, el Garro preguntó por el
Gaditano.
—Ahí fuera debe estar—le dijeron.
Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que
iban y venían de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos
obreros desharrapados, mujeres vestidas de negro, viejas tristes
con el estigma de la miseria, gente toda asustada, tímida y
humilde.
Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el
brazo, todos ó casi todos tenían un continente altivo y orgulloso;
era el juez que pasaba con su birrete y su levita negra, mirando
con indiferencia á través de sus gafas; era el escribano menos
grave, más jovial que llamaba á uno y le hablaba al oído,
entraba en la escribanía, dictaba, firmaba y volvía á salir; era el
abogado joven que preguntaba por la marcha de sus pleitos; era
el procurador, los curiales, los escribientes, los pinches.
Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el
matadero de la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la
corredora de alhajas, el prestamista, el casero...
Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales
les arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos
molestos, arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á
presidio ó sacaban de él por poco dinero.
¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último
de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al
humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de
la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara
siempre por el lado de las monedas...
El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:
—Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?
—Sí.
—Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su
primo; que supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego
decreta su libertad.
—Bueno. Pasad á la escribanía.
Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo.
En una de las paredes largas del cuarto había un armario y
encima una porción de cosas procedentes de robos y de
embargos, entre ellas una bicicleta.
Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á
escribir rápidamente.
—Que es primo del muerto y que supone que el autor del
hecho de autos es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?
—Eso es—dijo el Garro.
—Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.
Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro
salieron á la calle.
—¿Ya estoy libre?—preguntó Manuel.
—No.
—¿Por qué no?
—Te han dejado libre con una condición: que ayudes á
buscar al Bizco.
—Yo no soy de la policía.
—Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez
vas al calabozo.
—Nada; ayudaré á buscar al Bizco.
CAPÍTULO VII
La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos.
Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá.
No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le
ocurrió que tan tupida y espesa era la trama de las leyes, que
resultaba muy difícil no tropezar con ella aunque se anduviese
con mucho tiento.
—Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre—
exclamó Manuel.
—¿Por quién te han puesto libre? Por mí—contestó Garro.
Manuel no contestó.
—Y ahora, ¿dónde vamos?—preguntó.
—Al Campillo del Mundo Nuevo.
—Entonces tenemos camino largo.
—En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la
Fuentecilla.
Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y
tomaron por la calle de la Arganzuela.
Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que
constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron.
Pasaron por un largo corredor á un patio ancho con galerías.
En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz
autoritaria:
—¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz?
Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos
hombres, cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:
—¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.
Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de
una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una
cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como
tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban
por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas
aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre,
rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una
caja.
—¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?
—preguntó de nuevo Garro.
—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía
nada—. Sí, aquí vive. Es el administrador.
Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en
el suelo.
—Pues sí es el administrador—dijo el que trabajaba—; hace
un momento estaba en el patio.
Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia
en la galería del piso primero.
—¡Eh, Ortiz!—le gritó.
—¿Qué hay? ¿Quién me llama?
—Soy yo, Garro.
Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.
—¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí?
—Este muchacho es primo de ese que han matado en el
puente del Sotillo; conoce al agresor, que es un randa conocido
por el Bizco. ¿Quieres encargarte de la captura?
—Hombre... Si me lo mandan.
—No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo
llevo una carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te
encargues tú de la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.
—Tiempo hay de sobra.
—Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel.
—Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?
—Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te
acompañe.
—Está bien.
—¿No hay más que decir?
—Nada.
—Pues adiós, y buena mano derecha.
—Adiós.
El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y
Ortiz.
—Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya
lo sabes—le dijo el cabo á Manuel.
El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de
bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote
negro y recortado, las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el
labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su
nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la
mejilla.
Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había
algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un
jabalí.
—¿No me va usted á dejar salir?—preguntó Manuel.
—No.
—Tenía que ver á unas amigas.
—Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?,
algunas golfas...
—No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que
fueron mis vecinas en el parador de Santa Casilda.
—¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?
—Sí.
—Pues yo también. Las conoceré.
—No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús.
—La Fea.
—Sí.
—La conozco. ¿Dónde vive?
—En el callejón del Mellizo.
—Aquí mismo está. Vamos á verla.
Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el
callejón del Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había
en el callejón, que en su principio tenía empalizadas á ambos
lados y estaba obstruído por grandes losas puestas unas encima
de otras, más que una casa grande en el fondo. Delante de la
casa en un patio grande, trajinaban algunos cañis con mulas y
pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y gitanillas de
ojos brillantes y trajes abigarrados.
Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6
del piso segundo.
En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina,
ponía: «Se cose á máquina.»
Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
—Este es el hermano de la Salvadora—dijo Manuel.
Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con
grandes extremos de alegría, y saludó á Ortiz.
—¿Y la Salvadora?—preguntó Manuel.
—En la cocina; ahora viene.
El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los
últimos rayos del sol poniente.
—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.
—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó
la Fea—. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto
parecido á éste.
Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas
de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la
ventana.
—¿Y Jesús, en el hospital?
—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.
No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y
ella le hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la
cabeza ir al Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho
mejor y le iban á dar el alta.
En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy
guapa. Saludó á Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la
máquina.
—¿Te quedarás á cenar con nosotras?—le preguntó la Fea á
Manuel.
—No, no puedo; no me dejan.
—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que
cuando le avise á este hombre vendrá, aunque sea á las dos de
la mañana, le dejo libre.
—Sí, pues se lo aseguramos á usted—dijo la Fea.
—Bueno, entonces me voy—. Mañana á las nueve en punto
en mi casa. ¿Estamos?
—Sí, señor.
—Con exactitud militar.
—Con exactitud militar.
Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos
costureras.
La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse
porque éste la miraba con cierta complacencia al verla tan
guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy
gracioso, jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una
porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba á
la Fea.
Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de
una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos
antiguos amigos suyos, el Aristas y el Aristón.
El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se
había hecho capataz de periódicos.
Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto á otro, y
le había substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la
mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía
prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba
al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca;
organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con
una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don
Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos;
tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba, peroraba,
disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de
ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se
encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y
le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La
Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No
había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una
imprenta de la Carrera de San Francisco.
CAPÍTULO VIII
La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.
Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel,
á las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
—Así me gusta—le dijo el cabo—con puntualidad militar.
Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un
bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda;
entregó un garrote á Manuel y salieron los dos.
—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia á Manuel—, y
tú mira bien si está el Bizco.
Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre
lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos
tan fuerte como en los perros de caza.
Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de
Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que
vino á Madrid y entró en el Orden público.
—He hecho más servicios que nadie—dijo—; pero no me
ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le
pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de
Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la
ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero
aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco.
Era un guerrero.
Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su
copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida
alrededor de las mesas.
—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al
policía.
—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos
monedas para pagar.
—Está pago—replicó el tabernero.
—Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.
—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque
por aquí no es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces,
donde menos se piensa...
Entraron en el café; no había más que un grupo de personas
hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
—Eh, Tripulante, haz el favor.
Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.
—¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?
—Sí, creo que sí.
—¿Anda por estos barrios?
—No, por aquí no.
—¿De veras?
—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió
Ortiz agarrando del brazo al muchacho—: Ojo, ¿eh?, que te vas
á caer.
El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de
la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo,
murmuró:
—¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara!
—Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se
conoce.
—Descuide usted, señor Ortiz—replicó el muchacho—; se
filará.
Salieron el guardia y Manuel del café.
—Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia
abajo; quizás que el Tripulante tenga razón.
Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa,
estrellada, brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea
de la fábrica del gas salía una humareda negra, como la
espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del
Gas, iluminada, para contrastar su nombre, con faroles de
petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las Injurias.
Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca
con el sereno.
Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el
sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
—Preguntaremos, si ustedes quieren.
Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el
suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se
asomaron á mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un
vasar de madera, se veía un viejo haraposo sentado en el suelo.
A su lado dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos,
dormían.
Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
—Aquí hay una familia que no conozco—dijo el sereno, y
llamó en la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
—¿Quién es?—dijo de adentro una voz de mujer.
—La autoridad—contestó Ortiz.
Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno
entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo
atroz. En un camastro hecho de trapos y papeles, dormía una
mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.
—Ya ven ustedes, aquí no está.
Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
—Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún
tiempo—dijo Manuel.
—Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa,
¡hala que hala!—repuso Ortiz—Vamos allá.
Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los
faroles á los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha
del río los reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las
chimeneas de la fábrica del gas salían llamaradas rojas como
dragones de fuego. Se oían á lo lejos los silbidos de un tren; en
la dehesa del Canal los árboles torcidos destacaban su silueta
negra en el ambiente obscuro de la noche.
Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le
preguntaron por el Bizco.
—Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos
vemos mañana?
—En la taberna de la Blasa.
—Bueno. Allí iré á las tres.
Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca.
—Veremos al administrador—dijo Ortiz. Entraron en un
portal, y á un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta
entornada salía luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa
salió al portal.
—¿Quién es?—gritó.
Ortiz se dió á conocer.
—Aquí no está ese—contestó el administrador. Estoy seguro,
tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los
conozco.
De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las
Peñuelas y Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después
recorrieron algunas tabernas del barrio en donde había gente, á
pesar de tener las puertas cerradas.
Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio
donde se había encontrado descuartizada á la mujer del saco.
Hablaron Ortiz y el sereno de éste y de otros crímenes
cometidos allá cerca y se despidieron.
—Este sereno es un barbián—dijo Ortiz—ha acabado con
los matones de las Peñuelas á garrotazos.
Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz
estimó que podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se
quedó él en el Campillo del Mundo Nuevo y Manuel,
atravesando medio Madrid, se fué á su casa.
Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir
que por la tarde no podía ir, le despidieron.
Manuel fué á comer á casa de la Fea.
—Me han despedido de la imprenta—dijo al entrar.
—Habrás ido tarde—saltó la Salvadora.
—No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir
con él, y lo he advertido en la imprenta y me han despedido.
—Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer
nada—dijo la Fea.
La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le
enrojecía la cara.
—No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
—Si yo no te he dicho, nada, hombre—replicó burlonamente
la Salvadora.
—Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz,
y reunido con él, bajó á las Injurias.
Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se
sentaron á la puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela
que se veía enfrente, dormían los hombres tumbados á las
puertas de sus casas; las mujeres correteaban de un lado á otro
con las haraposas faldas recogidas, chapoteando los pies en la
alcantarilla mal oliente que corría por en medio de la calleja
como un arroyo negro. Alguna de aquellas mujeres llevaba la
colilla en la boca. Las ratas grandes, grises, corrían por encima
del barro, y algunos chicos desnudos las perseguían á palos y á
pedradas.
Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después
apareció allá el sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz,
tomaron unas copas los dos, y el sereno dijo:
—Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no
anda por estos barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en
la California ó por ahí.
—Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista—y Ortiz se
levantó y Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del
puente de Toledo, cruzaron el Manzanares y echaron á andar por
la carretera de Andalucía. Por allá había ido á merendar días
antes Manuel con Vidal y con Calatrava. Seguían los mismos
grupos de randas en las puertas de los merenderos; algunos
conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa.
Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras,
sin chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por
cañizos. Nubes de mosquitos se levantaban sobre las hierbas de
la orilla.
—Este es el Tejar de Mata pobres—dijo Ortiz.
En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con
sus familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar,
escuálidos, amarillentos, estaban devorados por las fiebres,
cuyos gérmenes brotaban de las aguas negras y fangosas del río.
Nadie conocía allí al Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante.
A corta distancia de este poblado apareció otro, sobre un
altozano, constituído por casuchas con sus corrales.
—El barrio de los Hojalateros; así se llama esto—indicó
Ortiz.
Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada
una de las casas, hechas con escombros y restos de todas
clases, tenía su corraliza limitada por vallas de latas viejas
roñosas, extendidas y clavadas en postes. Se mezclaba allí la
miseria urbana con la miseria campesina; en el suelo de los
corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las
sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo.
Alguna de las casas daba la impresión de relativo bienestar, y
su aspecto era ya labradoriego; en sus corralizas se levantaban
grandes montones de paja; las gallinas picoteaban en el suelo.
Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un
carro.
—Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un
muchacho que se llama el Bizco?; uno rojo, feo...
—¿Acaso es usted de la policía?—preguntó el hombre.
—No; no, señor.
—Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco á ese
bizco—y el hombre volvió la espalda.
—Aquí hay que andar con ojo—murmuró Ortiz—, porque si
se enteran á lo que venimos nos dan un pie de paliza que nos
revientan.
Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un
puente por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la
orilla del Manzanares.
En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y
luciente, pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban
despacio, con cautela, buscando grillos.
Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban
la China; el guardia interrogó á un hortelano. No conocía al
Bizco.
Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar.
Iba anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres
y sus cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol
poniente. Relucían las vidrieras del Observatorio. Una bola
grande de cobre del remate de algún edificio centelleaba como
un sol sobre los tejados mugrientos; alguna que otra estrella
resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del cielo; el
Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos
blancos el horizonte lejano.
Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de
Embajadores era de noche; tomaron una copa en un merendero
de la Manigua y echaron una ojeada por allá.
—Cena conmigo—dijo Ortiz—, y por la noche volveremos á
la cacería. Hemos de registrar todo Madrid.
Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del
Campillo del Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi
todas las tabernas de la calle del Mesón de Paredes y de
Embajadores, y entraron en el cafetín de la calle de la Esgrima.
Estaba todo el local lleno de golfos; al sentarse el guardia y
Manuel se comunicaron los contertulios unos á otros la noticia.
Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando en un
corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo
al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.
—¿Qué quiere usted?—preguntó éste escamado.
—Preguntarte una cosa.
—Usted dirá.
—¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco?
—Yo no, señor.
El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de
convencerse que no conocía al Bizco, porque murmuró:
—No sabe nadie dónde está.
Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del
Amparo, Ortiz dispuso que registraran una casa de dormir que
tenía un farol rojo en uno de sus balcones.
Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños
vacilantes, iluminada por un farol empotrado en la pared. En el
primer piso había habitaciones para citas; en el segundo estaba
el dormitorio público. Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla
y apareció una mujer astrosa con una vela en la mano, un
pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: era la encargada.
—Somos de la policía y queremos echar un vistazo por
dentro. Si usted lo permite, entraremos.
La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que
pasaran.
Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga
y estrecha con pies derechos de madera á ambos lados y dos
filas de camas. En la crujía central pendía un quinqué de
petróleo, que apenas iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo,
de ladrillos, se torcía hacia un lado.
Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que
ocupaban las camas.
Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos,
se dejaban contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de
las camas se veían espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax
comprimidos de gente enferma...
—Y abajo, ¿hay alguien?—preguntó Ortiz á la encargada.
—En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá
alguno.
Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo.
En un rincón dormía un mendigo, envuelto en harapos.
Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar
Manuel en casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado,
charlando con su hermana y la Salvadora.
Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y
muy pálido. Los dos se examinaron atentamente y hablaron de
su vida en el tiempo en que no se habían visto. Después pasaron
á cosas del momento, y Manuel expuso su situación y el
compromiso que tenía con Ortiz.
—Ya, ya me lo han dicho—advirtió Jesús—, y yo no quería
creerlo. ¿De manera que á ti te dejaron en libertad á condición
de que ayudases á coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?
—Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer?
—Negarte.
—¿Y pudrirme en la cárcel?
—Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una
charranada así.
—El Bizco no es amigo mío.
—Pero lo fué, por lo que tú dices.
—Amigo, no...
—Compañero de golfería, vamos.
—Sí.
—¿De modo que te has hecho polizonte?
—¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
—¡Cualquiera se fía de ti!—añadió sarcásticamente el
cajista.
Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en
comprometerse. El Bizco era un bandido; pero á él no le había
hecho nunca daño, era la verdad.
—Lo malo es que no puedo volverme atrás—dijo Manuel—
ni escaparme, porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de
llevar á tu hermana y á la Salvadora á la cárcel.
—¿Por qué?
—Porque ellas le han dicho que respondían de mí.
—¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron
que no te se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no
saben nada más, sencillamente.
—¿A ti qué te parece?—preguntó Manuel indeciso á la Fea.
—Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice,
y que á nosotras no nos pueden hacer nada.
—Hay otra cosa—advirtió Manuel—: que yo no puedo vivir
escondido mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me
cogerán.
—Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús.
—Pero pueden sospechar. No, no.
—¿Prefieres ser un charrán?
—Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo
puede arreglar todo.
—Espera un momento.
—No, no, déjame.
Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el
Maestro. Fué á la carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al
piso primero, y al hombre que solía estar en la puerta de la sala
de juego, le preguntó:
—Y el Maestro, ¿está en la secretaría?
—No, el que está es don Marcos.
Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba
en una mesa con un empleado contando fichas blancas y rojas.
Al ver á Manuel le miró fijamente:
—¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!—exclamó—. Aquí no
haces falta.
—Ya lo sé.
—Estás despedido. El jornal no lo esperes.
—No, no lo espero.
—Entonces, ¿á qué vienes aquí?
—Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me
puso en libertad, con la condición de que ayudara á coger al que
mató á Vidal, y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me
he hartado de eso, y ya no quiero hacer de polizonte.
—Pues mira, de todo eso, á mí... Prim.
—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien
me confió el Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.
—Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.
—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este
Círculo á la gente...
—Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.
—No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la
gana de perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que
no me persiga; conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.
—Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo,
¡soplón!
—Eso lo veremos.
Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un
puñetazo; pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la
mano, y empujándole para atrás, le hizo perder el equilibrio y
cayó sobre la mesa y la derribó con un estrépito formidable. Se
levantó Calatrava furioso y se fué hacia Manuel; pero al ruido
entraron algunos mozos y los separaron.
En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la
secretaría:
—¿Qué pasa?—preguntó mirando á Calatrava y á Manuel
severamente—. Marchaos vosotros—añadió dirigiéndose á los
demás.
Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la
cuestión.
El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava:
—¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
—Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
—Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera—añadió
dirigiéndose á Manuel—que tú no quieres ayudar á la policía?
Haces bien. Puedes marcharte. Yo le diré al Garro que no te
moleste.
Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á
dar una vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la
ronda.
Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el
mundo; un odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su
alma contra la sociedad, contra los hombres...
—De veras te digo—concluyó diciendo—, que quisiera que
estuviera lloviendo dinamita ocho días y bajara después el
Padre Eterno hecho ascuas.
Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que
redujesen á cenizas esta sociedad miserable.
Jesús le escuchaba con atención.
—Eres un anarquista—le dijo.
—¿Yo?
—Sí. Yo también lo soy.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que he visto las infamias que se cometen en el
mundo; desde que he visto cómo se entrega fríamente á la
muerte un pedazo de humanidad; desde que he visto cómo
mueren desamparados los hombres en las calles y en los
hospitales—contestó Jesús con cierta solemnidad.
Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por
la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto
se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea
cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la
osa mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían
dulcemente en aquel océano de astros.
A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces,
parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las
de los malecones de un muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de
plantas silvestres, agostadas por el calor.
—¡Cuánta estrella!—dijo Manuel—. ¿Qué serán?
—Son mundos, y mundos sin fin.
—No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso.
Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?—
preguntó Manuel.
—Quizás, ¿por qué no?
—¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego,
polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?
Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz
serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y
piadoso, noble y pueril.
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva,
llegaba á un estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni
soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la
tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha
sustituido á la ley del deber y el horizonte de la humanidad se
ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de
justicia, de energía y de piedad, y aquellas palabras suyas
caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el
corazón ulcerado de Manuel... Luego los dos callaron,
entregados á sus pensamientos, contemplando la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga
sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los
mundos imponderables llevaba á sus corazones una deliciosa
calma...
FIN
La continuación y fin de Mala hierba se titula Aurora Roja.
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
Págs.
1
2
3
Anteportada
Obras del mismo autor
Portada
Capítulo I.—El taller.—La vida de Roberto Hasting.—
5
Alex Monzon
CAP . II.—La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—
26
Manuel, aprendiz de fotógrafo
CAP . III.—La Europea y la Benefactora.—Una colocación
41
extraña
CAP . IV.—La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata
58
de compañía.—Se prepara una farsa
CAP . V.—Vida y milagros del señor de Mingote.—
73
Comienza la dulce explotación de don Sergio
CAP . VI.—Kate, la niña blanca.—Los amores de Roberto.
—El pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones
89
antropológicas
CAP . VII.—El berebere se siente profundamente
anglosajón.—Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—
111
Despedida
SEGUNDA PARTE
Capítulo I.—Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez.—
Jacob y Jesús 129
CAP . II.—Los nombres de los Sapos.—El director de Los
Debates y sus redactores
CAP . III.—El parador de Santa Casilda.—La historia de
Jacob.—La Fea y la Sinforosa.—La chica sin madre.—
Mala Nochebuena
CAP . IV.—La Navidad de Roberto.—Gente del Norte
CAP . V.—Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón.
—La iniciación de amor
CAP . VI.—La nieve.—Otras historias de don Alonso.—
Las Injurias.—El Asilo del Sur
CAP . VII.—La Casa Negra.—Incendio.—Fuga
CAP . VIII.—Las cuevas del Gobierno civil.—El
repatriado.—La sopa del convento
CAP . IX.—Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—
Suena un tiro.—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella
Pérez
TERCERA PARTE
Capítulo I.—¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal
CAP . II.—El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—
Confidencias
CAP . III.—La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La
inauguración del Salón París
CAP . IV.—Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo.—El
Destino
143
152
169
186
195
219
227
239
253
268
283
294
CAP . V.—El calabozo del Juzgado de guardia.—
Digresiones.—La declaración
CAP . VI.—Lo que pasaba en el despacho del Juez.—La
Casa de Canónigos
CAP . VII.—La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos
conocidos
CAP . VIII.—La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal
de Jesús
Indice
Colofón
Se imprimió
EN EL
ESTABLECIM IENTO TIPOGRÁFICO
DE
ANTONIO MARZO
DE
MADRID
en ABRIL de
1904
306
321
329
337
357
359
De venta en todas las librerías.
Jorge Ohnet.
LAS BATALLAS DE LA VIDA
El Camino de la Gloria
(novela),
versión castellana de Carlos de Bataille,
Un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
M. Ciges Aparicio.
DEL CAUTIVERIO
Un vol. en 8.º, 2 pesetas.
GUY DE MAUPASSANT
Pedro y Juan
NOVELA
VERSIÓN CASTELLANA
de
CARLOS FRONTAURA
NUEVA EDICIÓN
Un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
RICARDO BURGUETE
Mi Rebeldía
«MANE-THECEL-PHARES»
I. Filosofía de la Guerra.
II. La revolución de los Ejércitos.
III. Estudios sobre el valor.
IV. El miedo.
V. Educación de la voluntad.
VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares.
VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los
pueblos (Egipcios y Hebreos).
VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado.
IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido.
X. Conclusiones de un rebelde.
Un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
Willy
(Henri-Gauthier-Villars)
Claudina en la escuela
(novela), un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
Claudina en París
(novela), un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
Claudina en su casa
(novela), un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
Claudina desaparece
(novela), un volumen en 8.º, 3,50 pesetas.
[1]
NOTA:
El episodio que precede á MALA HIERBA se titula LA BUSCA.
[The end of La lucha por la vida: Mala hierba by Pío
Baroja]
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