WAYS OF SPEAKING Miguel Martínez Rodríguez INDICE Prólogo ...........................................................................................................................................3 Sobre la forma de este ensayo....................................................................................................4 Somos nuestros propios demonios.................................................................................................5 Afterword .......................................................................................................................................6 (Sin) semántica referencial.........................................................................................................6 Ventrílocuos ...............................................................................................................................8 La indigencia de la desfiguración: La soberanía del lenguaje ...................................................9 ¿Y si no fuera así?....................................................................................................................11 Locuacidad (Hablantes irresponsables) .......................................................................................13 En el límite ...............................................................................................................................14 ¿Quién ha dicho cortesía? ........................................................................................................17 Espera.......................................................................................................................................19 Cegar el relámpago ..................................................................................................................21 Mi nombre es legión.................................................................................................................24 Atopos: Ausencia y deseo ........................................................................................................30 El Museo: ¿Cómo dominar un demonio? ....................................................................................34 Entrada .........................................................................................................................................36 El pliegue de lo real .................................................................................................................37 Economía y demanda: no entre aquí quien no lo haya deseado..............................................39 Salida de lo social ....................................................................................................................43 Control y fijación .....................................................................................................................47 Espera.......................................................................................................................................48 Renuncia...................................................................................................................................50 Aura..........................................................................................................................................52 Hablantes del vacio. Deseo ......................................................................................................52 El cuerpo del espectador ..........................................................................................................55 I ............................................................................................................................................55 II ...........................................................................................................................................55 Salida............................................................................................................................................57 Edipo, simbolo y traducción.....................................................................................................58 Hablar la obra...........................................................................................................................58 La obra y la carne.....................................................................................................................60 PRÓLOGO El siguiente texto nace de varias sorpresas. No es la enciclopedia china lo que aquí sugiere el asombro pero si una incapacidad similar: si entonces es lo pensable lo que no puede ser tomado a la manera de una plaza que resiste el asedio, aquí es lo decible lo que no se deja realizar. Algunas palabras, ciertas discursividades, permanecen vedadas para el hablante mientras que otras aparecen como demonios que le mantienen cautivo. Por resolver esta suerte de acertijo cabe referir a algunos ejemplos: en primer lugar, para el melancólico resulta imposible entrar en aquello que Roland Barthes llama la polémica regulada del lenguaje, una suerte de histeria de la seducción donde unos tratan de seducir a otros sin descanso. El lenguaje, escribe Barthes, es un estado perpetuo de exhibición. Y sin embargo, el melancólico permanece varado en su propio lenguaje, aferrado a las cosas y a ciertos cortes en las palabras de los que no puede desprenderse. Para él, seducir es imposible: un rol o un papel que no cabe asumir de ningún modo. Estoy conectado con el mundo, escribe Barthes, a través de mi mal humor. Mi palabra no hace más que suscitar una perplejidad en el otro que me hace sentir fuera de lugar. Si el lenguaje del melancólico es esta trampa de un sol cuyo brillo no es la claridad del día sino la sombra que proyecta un sol negro, el enamorado sufre otra suerte de secuestro que también Barthes ha descrito según una sucesión permanente de demonios que se turnan y bajo los cuales no hay rastro alguno de normalidad. Todo es vivido como una alteración extrema, bien en la desolación, bien en el entusiasmo. Como los hablantes impulsivos que Nietzsche describe en Verdad y mentira en sentido extramoral, el enamorado sufre más a menudo y cuando sufre, sufre más. ¿Qué rastro cabe para este personajes de la seriedad? Una amigo o simplemente un compañero (¿quién sabe si lo auténtico es lo que, de manera irreverente, nunca cede a la tentación de dejarse encerrar en esta suerte de categorías) escribió una vez una frase muy breve como un repudio de la seriedad. Pues bien, la serenidad es, después de la impulsividad, el otro modo de hablar al que este escrito se refiere. Algunos con los que convivimos que mantienen para sí esta forma de hablar defienden su táctica: el impulsivo acaba cayendo en el interés calculado del ser ascético. Para este sujeto calmado y tranquilo se ha sugerido la existencia como un ser para la muerte como si este acontecimiento fuera el que finalmente terminara de calmar el cuerpo recorrido por los impulsos a base de un mecanismo de producción de sentido según esta imagen final. Pues bien, entre estos dos extremos se balancea este escrito preguntándose cómo puede realizarse el tránsito a la tranquilidad. ¿En qué consiste y cómo puede tramarse en el sujeto una responsabilidad? ¿Cómo aprender a hacer promesas? De entrada, cabe sugerir, la muerte no se aprende sin más, no llega a nosotros sino que es el resultado de una puesta en escena según ciertas categorías: no hay muerte sino que se construye. Producto, por tanto de la tecnología. El análisis del museo permite ver qué tipo de práctica permiten calmar la palabra, cómo es posible hacer esperar la hablante. Alternando entre la locuacidad del impulsivo y la perplejidad y el asombro del ser ascético cabe buscar en el museo un escenario donde ser repite una y otra vez y para los visitantes el silencio del ascetismo. Los espectadores no son sino sujetos expuestos a la muerte según el dispositivo del museo que es aquí analizado según las prácticas de sí foucaultianas. En el horizonte de este análisis se añaden así algunas cuestiones pues en el hablar hay algo más que las palabras. Cuando hablo la relación con los otros se modifica y con ello la percepción entera de la realidad. Prestar atención al museo es interesante para dar cuenta de los cambios que el mundo presenta cuando nuestro lenguaje da un vuelco. Heidegger comienza Ser y tiempo con una mención al decir como aquello capaz de revelar. Hablar es revelar el mundo de una u otro forma y ello ocurre según modos particulares de ánimo; la palabra descubre. Quizás manteniendo el horizonte de qué sea más adecuado, si la ascética o la alegría, es posible analizar el museo según la aparición de la obra de arte en donde escuchamos los ecos de una y otra forma de hablar. Hablar para enamorarse, hablar para no ser atrapado por la mediocridad propio y de los otros, hablar para que merezca la pena hablar. Este es el fondo ético de la discusión, ¿qué puedo decir? o también ¿qué me gustaría decir? En cada uno de los casos examinados, hablar supone una relación con los otros, conmigo mismo y con el mundo, y todo ello no es siempre cuestión del elección. A veces el habla se elige, otras, pareciera, somos elegidos por las palabras, tomados por el lenguaje. SOBRE LA FORMA DE ESTE ENSAYO El texto es doble: por una parte es un fracaso, por otro es un éxito. Acierta porque ha sabido sacar adelante un fracaso: no hay nada mejor que cometer errores pero esto también requiere esfuerzo, requiere un trabajo que no se traduce en una obra sino en el acceso a un imaginario que nos promete que será posible seguir trabajando. Lo siguiente es un borrador que cumple todos los errores de una ambición solitaria y de la falta de interlocutores, pero ha persistido hasta el final. Quizás, más que una lectura, esto sugiera la imposibilidad de llevar a cabo tal intento, quizás sugiera, por tanto, una ilegilibilidad que obligue como una imagen tutelar a volver a escribirlo todo. El texto es el fracaso de haber querido decirlo todo. Había un borrador, hojas y hojas con esquemas cuya traducción a un texto fue difícil. En cualquier caso, la lección principal, esto es, que no puede decirse todo, que el imaginario debe ser en parte sacrificado para poder hablar, está presente como una promesa para una nueva reescritura. El texto es un borrador, una tentativa fracasada de llevar aquellos esquemas a estas reglas de escritura. No hay por tanto obligación de leer con mayor compromiso que el que ha faltado para sacar la empresa adelante. Así es preciso anunciar algo sobre la estructura: originalmente fue posible pensar que la post-palabra anunciada por George Steiner, esto es, un lenguaje que no refiere al mundo y que no está sujeto a la autonomía de ningún hablante, podía ser identificada con la autonomía de algunos hablantes locuaces e irresponsables. Por tanto, la primera parte del texto se extiende sin remedio en ese análisis de la locuacidad y de sus características libres. Se trata sin embargo de la tentativa original de pensar el lenguaje de manera que fuera después posible especular sobre cómo era posible hablar y cómo las prácticas del museo permitían moldearlo a la medida del silencio. Es probable, sin embargo, que toda esta primera parte dedicada a la locuacidad y vinculada a la postpalabra deba ser reescrita atendiendo a otros autores, por ejemplo, a Heidegger y al estructuralismo francés. La segunda parte del texto analiza la posibilidad de convertir a los hablante locuaces al ascetismo según el acceso al museo. ¿Hamlet en el museo? Ese es el interrogante al que se da respuesta. El final precipitado ataja de manera repentina lo que habría de ser el origen de todo: cómo poder referir el lenguaje a los otros. Las palabras no sólo funcionan según una semántica referencial sino también según otra semántica que, de ser referencial apunta a algo bien distinto de la materialidad de las cosas. ¿Cómo referir las palabras a la voluntad del otros y de los otros? La aparición de un interlocutor es el horizonte hacia el que este texto quiso acompañar al espectador en su salida del museo. SOMOS NUESTROS PROPIOS DEMONIOS Cabe la sorpresa renovada sin cesar de descubrir una y otra vez la alternancia de los ritmos del lenguaje que, contrariamente a lo planeado por las propias palabras, se suceden sin más anuncio que quizás, el de una tímida y discreta sospecha. Frente a la idea de un sujeto capaz de dominar su propio lenguaje es posible proponer la hipótesis inversa: el cuerpo es tomado por una palabra cuya mecánica y procedencia resultan del todo desconocidas. En semejante estado de extrañeza respecto de lo que se creía más propio (yo soy mi habla) el sujeto no puede sino abdicar de toda pretensión de conocimiento y dominio acerca de lo que dice, sólo el otro podría escribir mi novela1. La frecuencia del lenguaje dispone regularidades bien distintas a aquella propia de los cuerpos celestes de manera que, respecto de las palabras, no todas las mañanas hacen un amanecer. El lenguaje permanece varado por temporadas como el sol negro del hemisferio, alternando ahora y después otras luces que sumen al gallinero en una excitación incontenida. No por ser menos regular en su marcha ni por carecer de uniforme, el lenguaje posee menos fuerza para someter al grueso de sus hablantes; como un ejército indisciplinado los soldados hablan ritmos que, sin comprender, son incapaces de abandonar. Al toque de los horarios, persiguiendo la puntualidad o arrastrado por ella, a la búsqueda de una identidad o en el enfrentamiento con ésta, las palabras lanzan al hablante a unos y otros mares. No son los genes lo que trata de perpetuarse a través de los cuerpos sino el lenguaje el que se esfuerza por conquistar esta plaza. Los diferentes modos de hablar, el histrionismo, la locuacidad, la seriedad, la melancolía, la broma o la cortesía, se hacen con su lugar en el hablante de acuerdo a un talante imperial o, en todo caso harto celoso. Nada quieren saber unas formas de otras y cuando uno está atravesado por la alegría desoye todo rastro de melancolía o a lo sumo lo considera desde la distancia prudencial de la nostalgia. Ninguna forma de hablar, ningún modo del lenguaje está dispuesto a dejar que otro tome el cuerpo que ha conquistado (y qué decir aún de comprenderlo). El dominio de este emplazamiento puede durar segundos, años; toda una vida puede ser la victoria de un lenguaje que se ha impuesto velando con maestría el cuerpo del muñeco; las palabras, como el huevo, se sirven del cuerpo de la gallina para perpetuarse a sí mismas. El horizonte de estos juegos del lenguaje no se limita en el ámbito del decir sino que se extiende a la experiencia completa de la vida: si se vive de otro modo, se habla de otro modo2. Las forma de hablar, los modos en que el lenguaje se enquista en el cuerpo son paradigmas de representación del mundo, emociones que construyen lo somático y arquetipos de relación con los otros de tal modo que todo depende del lenguaje: tal como hable me relacionaré con los otros; tal como hable veré el mundo. El brillo del mediodía bien puede ser recibido con desgana y molestia si mi habla es aquel murmullo roto y cortado del melancólico pero puede, por el contrario, ser objeto de placer si mi ritmo es aquel díscolo y despreocupado de la alegría; en todo caso, cuando cambia, una punzada lo recorre todo; más allá de las palabras, retumban en una nueva marcha las cosas y los otros. A la manera de un catalizador, un mínimo cambio en el lenguaje altera la experiencia completa, una gota de estar-enamorado diluida en una vaga relación amistosa la colorea vivamente, la hace incomparable3. 1 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 105 WITTGENSTEIN, Wittgenstein y la creencia religiosa. 3 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 147 2 AFTERWORD Retomando la autonomía que George Steiner concede al lenguaje en su forma de afterword (en la obra Presencias reales), es posible tratar varias cuestiones que, a estas alturas del comienzo, pueden ser dos: en primer lugar, qué es un espectador, en segundo, y de manera más general, cómo es posible una apropiación de los signos o, en otras palabras, cómo y de qué maneras es posible hablar. No está de más señalar también otros horizontes: en los signos es posible encontrar no sólo la referencia a las cosas, esto es, el rastro del mundo, sino también de los otros. Más allá de las cosas, los signos refieren a voluntades, horarios, cantidades, precios y, en definitiva tramas cuya forma no es aquella de la materialidad sino más bien la textura propia del imaginario. El análisis de la relación de uno con los signos (si es que hay un sujeto tras la fantasmalidad del lenguaje), sea como una experiencia corporal o como algo propio del alma (valga la dicotomía), depara la experiencia más o menos sorprendente de la posibilidad de tratar con los otros en términos de signos. La idea de escribir en este texto acerca del espectador del museo no es sino el esfuerzo por recordar y/o testimoniar la perplejidad de que de la melancolía es posible salir según lo cual, al término de esta, está el otro como soporte y referencia de los signos. El desafío de salir de esta medianía no es otro que el de comenzar a hablar de otro modo, es decir, de tomar el signo según otra de las posibilidades que permite. En Presencias Reales se plantea la siguiente hipótesis: el lenguaje ha sido históricamente objeto de realización oral según un doble vínculo que lo ha atrapado y que, en cierto sentido, ha servido a los hablantes para su uso. Es posible hablar porque, por un lado, el lenguaje refiere al mundo y porque, por otro, el lenguaje es empleado por un sujeto que manifiesta su autonomía sobre el lenguaje; mundo y hablante no son sino entidades anteriores (en el principio no era el verbo) cuya naturaleza es realizada, a su vez, por el propio lenguaje del cual se sirven. El reto de pensar las implicaciones de la autonomía del lenguaje es alto según el desafío de George Steiner: “esta ruptura de la alianza entre la palabra y el mundo constituye una de las pocas revoluciones del espíritu verdaderamente genuinas en la historia de Occidente y define la propia modernidad”4. (SIN) SEMÁNTICA REFERENCIAL De un salto es posible llegar al siglo XIX para presentar la crisis de los dos pilares cuyo derrumbe ha dispuesto en lenguaje como una esfera autónoma: en lo que se refiere al mundo, el vínculo con el lenguaje se rompe según la anisomorfía entre las palabras y las cosas: “la palabra rosa no tiene tallo, hoja ni espina”5. En la obra de Mallarmé es posible explorar este juego que atribuye al lenguaje una función bien distinta de la referencialidad: “asignar a las palabras una correspondencia con «cosas de allá afuera», considerarlas y utilizarlas como en cierto modo representativas de la «realidad» en el mundo, no sólo constituye una ilusión vulgar, sino que hace del lenguaje una mentira (...) Es incrustar la falsedad en el lenguaje”6. La desaparición del vínculo entre lenguaje y mundo coloca bajo las palabras algo bien distinto de la referencia objetiva que antes permitía al sujeto usar las palabras: si era su autonomía previa al lenguaje la que le permitía usar éste para decir lo que quería esto sólo era 4 GEORGE STEINER, Presencias reales, Destino, 2007, pp, 109 GEORGE STEINER, Presencias reales, Destino, 2007, pp, 111 6 GEORGE STEINER, Presencias reales, Destino, 2007, pp, 112 5 posible en tanto este decir refería en última instancia al mundo, es decir, la autonomía del sujeto sobre el lenguaje descansaba sobre el vínculo de las palabras con el mundo. Es a través de la referencialidad al mundo como el sujeto (se)domina (en)el lenguaje. La verificación, bien sea respecto de las cosas (empirismo) o respecto de las ideas (platonismo), es el caballo de batalla de un sujeto en control de sí mismo (in control of his own words). La novedad, o el desafío que plantea el desvanecimiento de la realidad es el de un lenguaje más allá de la semántica referencial. En el siguiente recorrido la posibilidad se abre según dos vías: la primera consiste en un lenguaje comprometido con el uso referencial, no respecto del mundo (que se ha retirado bajo las palabras) sino respecto del vacío, ahora significativo, que quedado en su lugar. Se mantiene la función referencial (un trono…) sin que esta apunte a ningún objeto particular (… sin Rey): se habla ante la nada, es decir, en presencia de la ausencia. Bajo el lenguaje ausencias reales que siguen cumpliendo con la garantía que asegura el dominio del sujeto sobre el lenguaje. La segunda opción consiste en asumir el desafío de la no referencialidad según la cual las palabras no apuntan a un vacío original sino que forman una sucesión interminable de signos: el esquema referencial es sustituido por el de una sucesión según el cual el lenguaje opera como un movimiento continuo de superficie no regido por ningún objeto exterior a éste, ni siquiera el vacío o la negatividad. Su tendencia es así aquella de mantenerse a sí mismo (autolegitimarse) según una sucesión interminable; no hay referencia sino continuidad (sucesión). Respecto de la Frase escribe Roland Barthes: “estructuralmente, nada obliga a detenerla; ninguna coacción interna la agota, puesto que, como la Frase, una vez dado el núcleo (el hecho, la decisión) las expansiones son infinitamente renovables”7. La primera posibilidad propone el desafío que puede ser mencionado como el habla de la ausencia, el lenguaje que para ser hablado exige una recreación de la ausencia que lo constituye según algo, de suyo innombrable pero, aun así, significativo dentro de las propias palabra a la manera de un resto indecible que cada término arrastraría; el sujeto habla ante el sentimiento de indigencia, la nostalgia de un mundo pasado (nostalgia del uso referencial del lenguaje). ¿No guardan estos hablantes una suerte de melancolía indecible que paradójicamente, más que superarse, se renueva a cada palabra (nostalgia de una función referencial perdida)?. La segunda posibilidad contempla un lenguaje que prescinde de cualquier afuera y por tanto de la particularidad legalidad8 que introduce la referencia es su forma negativa, es decir, como referencia a la nada. Se trata, de este modo, de pensar el lenguaje como ritmos: la extenuación, el desánimo, el exceso , el cansancio o la excitación. La discusión puede ser referida a alguno de los horizontes presentes en la obra de Nietzsche de manera que, mientras la evocación de la nada recuerda a los ideales ascéticos de la Genealogía de la moral, aquel otro ritmo recuerda a los hablantes 7 “La escena [de la pareja de enamorados que discuten] es como la Frase: estructuralmente, nada obliga a detenerla; ninguna coacción interna la agota, puesto que, como la Frase, una vez dado el núcleo (el hecho, la decisión) las expansiones son infinitamente renovables”. ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 115 8 La negatividad o voluntad de nada puede tomarse como ideal legislador según el ideal ascético con que Nietzsche retrata el surgimiento de la filosofía: “La filosofía no hubiera sido en absoluto posible en la tierra sin una cobertura y un disfraz ascéticos, sin una autotergiversación ascética. Dicho de otra manera palpable y manifiesta. el sacerdote ascético ha constituido, hasta la época más reciente, la repugnante y sombría forma larvaria, única bajo la cual le fue permitido a la filosofía vivir y andar rodando de un sitio para otro…” (Nietzsche, La genealogía de la moral, libro III, § 10). El uso del vacío es una tentativa de legalizar el lenguaje; en esta referencialidad al vacío el sujeto se mantiene igual a sí mismo pero exterior al lenguaje: el silencio es una forma de legislación lingüística que salva al hablante del vértigo de hablar y del vértigo de los otro. impulsivos de Verdad y mentira en sentido extramoral que prescinden de la sedimentación y repetición del concepto. De manera general este trabajo explora cómo puede producirse el paso de una locuacidad más propia del habla impulsiva a la calma de los conceptos, así como los efectos sobre la percepción de la realidad y de los otros que este cambio produce. Para ello es posible explorar las prácticas museísticas como si esta institución estuviese dedicada, no sólo a la administración de lo sensible, sino de manera más general a una forma de legislación sobre el lenguaje. VENTRÍLOCUOS El sujeto es después del mundo el segundo de los elementos que figura como condición de posibilidad del lenguaje. Su fragmentación, sin embargo, según los teóricos de la sospecha produce un desplazamiento de la autonomía que antes le era concedida al lenguaje mismo: “el ser del lenguaje no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto” 9 . La desarticulación de esta unidad hace del yo un ventrílocuo cuyo murmullo procede de fuentes tan desconocidas para él como son la triple sección freudiana (yo, ello, superego); el coro de la clase social a la que pertenece y cuyas reclamaciones replica; o la forma singular del otro, única (no múltiple) pero igualmente desconocida, según el dictum rimbaudiano, Je suis un autre. A esta lista de orígenes es preciso añadir un agravante que contribuye a hacer del lenguaje algo más ajeno al propio sujeto si cabe: la ya mencionada desaparición del mundo bajo las palabras contribuye a romper el yo como unidad de figuración que no hacía sino articular la función referencial del lenguaje. La imposibilidad de reconocer las cosas bajo las palabras debilitan la figura del propio sujeto como si su consistencia hubiese dependido hasta ahora de la posibilidad misma de la referencialidad. Es la objetividad ganada según el gesto de apuntar al mundo donde el sujeto se gana como tal. Tras las palabras figura un sujeto en un doble sentido: por un lado éstas representan el mundo porque hay un sujeto que las emplea así, pero en segundo lugar, es porque es posible hablar de manera figurativa porque existe el sujeto. Según Kant, la unidad trascendental que actúa como garante de las representaciones es el sujeto trascendental de manera que, en un sentido circular, dependen tanto el sujeto de la posibilidad figurativa del lenguaje como el lenguaje de una subjetividad trascendental. El desvanecimiento del mundo apunta al desvanecimiento del yo pues si la subjetividad era fijada según la referencia del lenguaje al mundo, la desaparición de las cosas no hace sino arrear un puntapié contra la silla que sujetaba al hombre colgado de una horca. El mero decir referido al mundo, esto es, la simple función referencial del lenguaje es el correlato lingüístico de la unidad de la subjetividad: al decir el mundo soy. El yo es tal en la medida en que es capaz de decir el mundo (el mundo me hace sujeto; en la objetividad con que lo reconozco me reconozco a mí mismo como sujeto). Hablo luego soy (es porque hablo –referencialmente–, que soy: quedo sujeto a los hechos)10. Cuando bajo mis palabra se diluye la referencia, el sujeto se diluye con ellas11. 9 MICHEL FOUCAULT, El pensamiento del afuera. pp., 16 “Ya sabemos cómo Hume articulaba esta teoría: no tanto «asociamos percepciones» como: «las percepciones, al asociarse, nos constituyen como sujetos» (y constituyen los «objetos»: sujetos presubjetivos y objetos pre-objetivos, sin duda alguna)” (J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, PreTextos, 1992, pp., 260). Pero si Hume se refiere aquí a las síntesis pasivas (para las cuales la disolución del vínculo mundo-lenguaje según la post-palabra suponen una dificultad) cabe preguntarse cómo el sujeto emerge de esta fase previa: “Y es ahí donde el problema se hace más grande y acuciante: si las síntesis pasivas no tienen la forma del yo, ni de la conciencia, ni de la subjetividad, ¿cómo deducir de ellas, a partir de ellas las formas superiores de la conciencia (síntesis activas), el ego puro o la 10 LA INDIGENCIA DE LA DESFIGURACIÓN: LA SOBERANÍA DEL LENGUAJE En tal estado de carencia (doble falta: de las cosas y de uno mismo) aparece la autonomía de las palabras que no deja ver, en un primer momento, motivo alguno para la celebración pues su desaparición sugiere más bien una doble pérdida, aquella del mundo y del sujeto. Es por ello posible la hipótesis inversa: ante la aparición del lenguaje duelo por una doble pérdida12 (a la postre, única pues el conjunto vacío es único e indiferenciable: todas las faltas son la misma, el conjunto vacío, sólo hay uno) y, sin embargo, seguimos hablando. La hipótesis con que Steiner trata de explicar esta continuidad de la palabra alude a la noción de confianza como aquella forma de relación que permite restaurar a modo de simulacro los vínculos que ahora caídos hacían otrora posible el habla. Ante la idea de una responsabilidad o confianza capaz de restaurar la soberanía del hablante cabe plantear dos cuestiones a las que esta tesis debería dar respuesta: por un lado, es preciso preguntarse cómo algo, de suyo inmaterial (el lenguaje) puede mantenerse de manera autónoma permitiendo una ulterior apropiación por parte de los hablantes. ¿Cómo puede la fantasmagoría (del lenguaje) persistir como tal? La cuestión apunta directamente hacia una ontología de lo fantasmal. Lo propio de las palabras, muerto el sujeto soberano que hacía de ellas un instrumento y desaparecido el mundo al que estaban vinculadas, es la autonomía. Cómo, sin embargo, justificar esta independencia más allá de una forma instrumental que hacía de las palabras el sujeto y más allá de una subordinación al mundo según su función referencial. El lenguaje según su textura inmaterial se convierte en un desvanecimiento perpetuo e interminable similar a la imagen del objeto amoroso que no termina nunca de desaparecer: it fades fades and fades13 (but it never goes away). La persistencia de las palabras es aquella de un fantasma obstinado en no desaparecer cuyos efectos atraviesan a los hablantes empujándoles hacia una obstinación desconocida. Hamlet es el paradigma de un sujeto tal en su perseverancia por actuar la voz del fantasma: no cabe para él descanso alguno del dictado tenebroso del lenguaje, esto es, de la fantasmalidad representada, además, por su padre).. En segundo lugar, la confianza no sólo debe dar cuenta de cómo el lenguaje sea posible en su forma autónoma sino, en lo que concierne a los hablantes, cómo estos puedan apropiarse de estas palabras desfiguradas. ¿Cómo la confianza dispone al sujeto como obediencia de la fantasmalidad? Sometimiento, por tanto, del sujeto a la inmaterialidad (mas que a los objetos del mundo). La confianza debe explicar como quienes hablan, no ya sujetos sino sujetos fragmentados, pueden ser tocados por estas imágenes siendo ellos mismos restos. La fragmentación y deslocalización del sujeto subjetividad trascendental, el Lenguaje y la Percepción, el sentido o lo sentido, si ya no se trata de elementos empíricos (de los que habría que dar cuenta desde lo trascendental), sino de elementos preempíricos que deben hacer posible la experiencia?” (J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, PreTextos, 1992, pp., 261). 11 La neurosis podría ser leída como la resistencia a esta desaparición así, cuando el sujeto sospecha que tras determinada enunciación espera la experiencia de su propio vacío, opta por evitar esa afirmación para progresar en una serie según otras cosas. Es decir, ante la posibilidad de que las palabras refieran al vacío, el neurótico opta por seguir diciendo otras cosas, es decir, opta por hacer desfilar las cosas ante las cuales sienta el correlato de un sujeto consistente. El neurórito pone las palabras, esto es, las cosas, allí donde sospecha la ausencia del lenguaje. 12 ¿No son acaso los hablantes del vacío, aquellos que hacen de la nada una forma de significación a la manera duelo perpetuo por esta doble pérdida, del mundo y de una subjetividad construida contra el (en definitiva: melancolía por la pérdida de una semántica referencial)? 13 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 131 sugiere la necesidad de pensar el sujeto del habla, ¿cómo será posible seguir hablando cuando lo que quedan no son más que partes?14. ¿Acaso no se asume lo que queda del yo como la tensión capaz de cargar con el propio habla? Yo soy el que habla. La confianza es para Steiner la esperanza de que el otro renueve el simulacro del lenguaje como si la doble pérdida que define la post-palabra no hubiera ocurrido; hablar, al menos en este sentido exige o, es posible, según la disposición ética a responder en los términos esperados, es decir, cuando se habla se espera del otro que lo haga en los términos del simulacro, repitiendo una figuración que no es posible más que según la propia voluntad de seguir hablando. La confianza, consiste, en palabras de Steiner, en una responsabilidad por la cual se da respuesta y que utiliza el lenguaje como simulacro del sujeto y de una isomorfía con el mundo. Hablar en confianza es hacerlo como negación de la autonomía del lenguaje en tanto éste es remitido una y otra vez a algo que no le es propio. Hablar consiste en dar cuenta, en términos de verdad, de aquello (las cosas y el mundo) que no está propiamente en las palabras según una unidad (también imaginaria) de un hablante. La atención a la noción de respuesta muestra el sentido en que el sujeto puede apropiarse del lenguaje según el simulacro de sí mismo en las palabras. Todo lo que puede hacer ante una palabra soberana es repetir el gesto de la espera en un doble sentido: por un lado como expectativa de obtener una respuesta del otro en los términos esperados y, por otro, como denegación de la inmediatez según una dilación, nuevamente según la espera. La realización de la autonomía del sujeto respecto del lenguaje pasa así por la expectativa mantenida respecto del otro y por la construcción de cierta forma de interioridad según la espera realizadas ambas al modo de un simulacro. En tanto el otro me habla en los términos esperado y, en tanto puedo aplazar mi propia repuesta distanciándome de la secuencia inmediata del lenguaje, devengo sujeto (simulacro). No se trata sólo de la expectativa que mantengo respecto de la respuesta del otro sino también una espera, una dilación, respecto de mis propias palabras como se realiza el simulacro de la autonomía del hablante. Este doble horizonte de la espera, tanto como mediación (es decir, como pausa, como evasiva de la inmediatez), tanto como expectativa (de respuesta), permite avanzar hacia la forma estructural de la confianza según una gramática de la responsabilidad. A partir de Verdad y mentira en sentido extramoral, Nietzsche presenta la repetición como proceso articulador de la responsabilidad en tanto permite una suerte de doma del lenguaje de acuerda a la cual éste puede sedimentar conceptualmente como verdad. Si la confianza hace posible hablar ello es bajo el presupuesto de la repetición. La espera que hace la confianza y que, en definitiva, permite usar el lenguaje, no es sino la espera de la repetición: el otro repetirá en su respuesta los términos de mi pregunta; yo podré aplazar mi propia repetición (de sus términos) según una dilación que me constituirá como aplazamiento (significativo). Hablar es siempre, de esta manera, seguir hablando, es decir, repetir los términos del acuerdo que constituyen la confianza entre los hablantes. En la repetición se escucha la restauración de los dos términos disueltos que conforman la post-palabra, esto es, del mundo y del sujeto. Es en tanto que se repiten las fórmulas como se hace posible restaurar una figuración ajena al lenguaje en su forma de afterword. Tras las palabras de quienes siguen hablando (pues para aquellos que no aspirasen a una continuidad o repetición las palabras terminarían por desvanecerse definitivamente 14 ¿Acaso no asumirá el habla o incluso, la voz, la carga de definir u fundar la subjetividad como el sustrato pasivo tomado por la palabra: yo soy el que hablo (el que dice mi habla). junto con ellos mismos) se constatan los simulacros de un sujeto responsable y la pretendida isomorfía con el mundo (solamente como voluntad pero sin ninguna realización objetiva). Bajo la repetición de la gramática aparece el sujeto; por eso mismo hasta que no acabemos con la gramática, Dios no habrá muerto. La continuidad del lenguaje (solo funciona como tal en tanto es repetido, de aquí su interminable disolución: persiste porque en la repetición está su esencia; si dejara de repetirse, desaparecería –y con él su verdad, que no es otra cosa que la repetición, según Nietzsche) es su realización según el simulacro de una ética lingüística: la verdad es una forma ética de hablar según la responsabilidad y la respuesta (términos que comparten etimología) dando cuenta de esta común raíz (ética y existencial: la ética es al final la forma que garantiza la continuidad del lenguaje): “«respuesta»: Ser responsable con respecto al movimiento primario de la confianza semántica es, en sentido pleno, aceptar la obligación de respuesta aunque, como insistiré, en una libertad casi paradójica. Es responder a y responder de. La respuesta responsable fiel hace del proceso de compbresión un acto moral”15. No hablamos por un contrato o por alguna decisión racional previas al lenguaje sino por una voluntad de simulacro (el simulacro inscribe la palabra) según la confianza 16 de que el otro responderá a tal teatralidad figurada (mundo y sujeto) en los términos esperados. Es la respuesta lo propio de la acción humana en tanto su naturaleza es la de un ser sujeto al lenguaje. ¿Y SI NO FUERA ASÍ? ¿Es posible hablar más allá de la responsabilidad? Este es el interrogante que cabe retomar de la propuesta de Steiner: si el lenguaje ha ganado su autonomía, si hablar es decir de manera ética, ¿cabe desdecirse, esto es, hablar fuera de la responsabilidad: hablar, por tanto, el lenguaje mismo?. La salida por la que opta Steiner evita esta posibilidad de acuerdo a la confianza y la responsabilidad articulada según la metáfora geológica de la estratificación como repetición y verdad. En este movimiento la nada, dejada por la retirada del mundo bajo las palabras, se convierte en el criterio que dirige el ritmo del lenguaje a la manera de una ausencia tutelar. La no-presencia dice en silencio lo que puede ser dicho como el susurro de un demon. Pero esta perspectiva otorga a la nada un valor que ha de ser puesto en tela de juicio según una genealogía de la negatividad. La posibilidad de hablar en confianza no es sino la confianza en el simulacro como si en este fuera posible la continuidad que fuera a salvarnos de la demencia de la palabra. Su condición de posibilidad es la negación de aquello en cuya presencia se revela: para que sea posible el simulacro hay que rechazar la autonomía del lenguaje. Pero, ¿y si pudiera asumirse el lenguaje como tal más allá de una apropiación responsable? El análisis del espectador toma como ejemplo los procedimientos que la institución del museo ha desarrollado como una puesta en discurso de la propia nada en un movimiento que hace posible comprender cómo la nada que sostiene el simulacro es construida. La gramática de la verdad es deudora de procedimientos de escenificación que obligan al hablante a cuidar su discurso según la tutela de una conciencia que articula la responsabilidad sobre la experiencia (construida) de una ausencia. En la 15 “«respuesta»: Ser responsable con respecto al movimiento primario de la confianza semántica es, en sentido pleno, aceptar la obligación de respuesta aunque, como insistiré, en una libertad casi paradójica. Es responder a y responder de. La respuesta responsable fiel hace del proceso de compbresión un acto moral” GEORGE STEINER, Presencias reales, Destino, 2007, pp, 106 16 “Las razones no operan, no unen, si no es sobre la confianza: la razón en la vida no funciona más que sobre algo previo, fé, confianza, caridad” MARÍA ZAMBRANO, La confesión como género literario, pp., viii construcción del espectador es posible descubrir una suerte de repetición de la Genealogía de la moral según la cual el hablante, o más bien los hablantes, para evitar exponerse a la desfiguración que constituye el lenguaje, producen prácticas de control del lenguaje. Como institución volcada sobre el discurso, el museo se convierte en un paradigma de cuidado del lenguaje según el correlato material de este control que no es otro que la obra de arte. Pero para exponer las prácticas de ordenación lingüística que dispone es preciso presentar primero la locuacidad como extremo díscolo que habrá de ser domado según la revelación del carácter enigmático de la obra de arte. LOCUACIDAD (HABLANTES IRRESPONSABLES) La autonomía del lenguaje puede ser captada desde dentro, por ejemplo, en el ejercicio mismo de la literatura, donde todo puede ser dicho, o bien en la experiencia de la locura; pero también es posible desde al resguardo del burladero que bien puede ser otro lenguaje como aquel de una Introducción que pone los límites dentro de los cuales funciona la escritura 17 . Wittgenstein en Las investigaciones filosóficas procede a explicar las formas en que opera el lenguaje al amparo del recurso de la recopilación de casos. Al hablar de afterword, sin embargo, esta tentativa de inventario se hace problemática pues el intento de compendiar usos choca con la lógica de la post-palabra según la cual, lo propio del lenguaje no es aquí su utilidad sino, más bien, la imposibilidad de apropiación alguna. El lenguaje cae aquí en desuso haciendo del habla una economía negra, un gasto indefinido e inútil, incompatible con cualquier lógica instrumental. La post-palabra comienza así por lanzar una enmienda a la caracterización instrumental con que Wittgenstein retrata el lenguaje. La ociosidad y la proliferación incontrolada son la marca del lenguaje. El acto de en el que la afterword se hace preformativo, en decir, la forma en que esta palabra toma voz y es hablada, es a menudo reconocible con el mismo escalofrío de quien en un tropiezo descubre cómo todos los límites y secuencias que ordenaban su discurso se diluyen; es el desconcierto de sentirse sin rumbo. De súbito uno se sabe perdido sin idea de cómo dar con una salida un una proliferación lingüística que amenaza con extenderse sin final. Paseando por una calle, una u otra figura, un giro o un nombre de una plaza que no coincide con el esperado lanza la enmienda contra la totalidad de lo que venía siendo un paseo: ¿estamos donde no creíamos estar? ¿perdidos acaso?18 La experiencia es, por lo demás, similar a un sueño (o, más bien, una pesadilla) donde la secuencia progresa indefinidamente acrecentando la angustia sin hacer intuible un final que ponga fin al sofoco. Es esta progresión sin límite, este lenguaje desbocado lo que evoca la experiencia de la post-palabra. Siguiendo el esquema según el cual Schopenhauer articula la representación del mundo es posible sugerir como la afterword pone de manifiesto el desajuste existente entre la intuición, los conceptos y el deseo. Por un lado el lenguaje está vinculado a la intuición y por otro, existen los objetos del deseo, pero los tres registros pueden ser fácilmente escindidos. Cuando ello ocurre se pierde el sentido de unidad que precisamente articulaba el Yo, o, de manera inversa: es porque no hay Yo porque se produce esta articulación. La autonomía del lenguaje, emerge así como desarticulación de la representación (del mundo según la intuición y del sujeto que sostenía esta unidad). 17 Sobre este punto es posible volver sobre MICHEL FOUCAULT, De lenguaje y literatura. Clement Rosset ha analizado esta relación: Lo real puede aparecer con posterioridad a su representación (en cuyo caso será anticipado y sólo queda recibirlo con algún asombro como ocurre al llegar a un destino turístico), o simultáneamente con esta. En el primer caso lo real aparece falto de la fuerza de lo real. Hay una captación directa que aparece con cierto retraso con respecto a la representación, pero el sujeto ya está construido de acuerdo a lo simbólico que precede al asombro. La exposición del sujeto a lo real en el aparecer simultaneo convierte la representación “en una señal vacía de significante y significado, tanto más terrorífica cuanto que el espectador comprende en seguida de que se trata, sin ser capaz, no obstante de precisar la naturaleza de la representación (lo que dice, lo que significa, lo que le dice, lo que puede responder)” (CLEMENT ROSSET, Lo real, tratado de la idiotez, pp., 178). En este caso hay un reconocimiento de algo que todavía no se ha conocido, “la cosa llega al mismo tiempo que sus señales, unas y otras se confunden cronológica y lógicamente”(ibid); no hay ningún misterio en el choque “salvo una coincidencia inquietante entre lo real y su representación” (ibid). 18 Si el Yo, tal como afirma Schopenhauer no es sino el simulacro de correspondencia entre la representación conceptual del mundo (sobre la base de la intuición de éste) y el mundo como representación en el deseo19, la irrupción de la postpalabra en el discurso puede ser tomada, entre sus muchos efectos según la interrupción de la equivalencia triple entre lenguaje, mundo y sujeto de manera análoga a como ocurre en ciertas situaciones de histeria generalizada (en una guerra) o particular (en una discusión de pareja): se rompe con la figuración del mundo según las palabras desarticulando, de este modo, los límites de la propia subjetividad. Cuando el desajuste se produce, el Yo que era el simulacro de esta unión, se diluye en el borrando mismo de los límites que (lo) soportaba(n). De esta forma, puede reconocerse la irrupción de la post-palabra en el contexto de una conversación como un desajuste similar según el cual el aparecer del lenguaje, al aparecer en su forma dislocada e incontenida, en su sucesión indefinida, borra el mundo y la contención subjetiva de los hablantes tal como los conocíamos (literalmente pues lo que se suspende es la posibilidad misma de un conocimiento según un lenguaje controlado; su estado incontrolado es la ausencia de conocimiento). Ante determinados hablantes, su locuacidad e ingenio, su falta de cortesía o su inconsciencia, su desconsideración hacia el otro o su persistente enajenación según una suerte de lenguaje privado, nos saca de súbito de la familiaridad con que construimos la correspondencia del lenguaje con el mundo y con los otros. Cuando una situación tal ocurre sucede el desvanecimiento del mundo con que acompaña al desvanecimiento de las estructuras comunitarias a las que podíamos estar habituados (o al menos, a través de las cuales habíamos llegado hasta allí). Ante esta disolución de todo lo estable, emerge como autónomo algo cuyo trato es de suyo impredecible y ante lo cual no cabe ninguna cautela. Sorpresa continua y asombro al tiempo que una mueca torcida en el rostro de quien augura el agotador ritmo somático en el que está a punto de entrar sin promesa alguna de salida. El lenguaje aparece hermético (imposible escapar, imposible poner un final) allí donde se han disuelto todos los puntos de apoyo. “La escena [de discusión de pareja] es pues interminable, como el lenguaje: es el lenguaje mismo, capturado en su intento infinito, es esa “adoración perpetua” que hace que, desde que el hombre existe, no cese de hablar”20. EN EL LÍMITE La primera dificultad que sugiere esta forma dislocada de lenguaje interroga sobre cómo sea posible su ejercicio dentro de los límites mismos de la comunidad: ¿acaso no hay alguna institución encargada de evitar la realización de este lenguaje?. Los sistemas carcelarios y clínicos analizados por Foucault son instituciones decididas a la ordenación de los cuerpos en el espacio social así como a la normalización del lenguaje. Loco es así aquel incapaz de hablar dentro de ciertos límites de corrección para cumplir con las leyes mínimas de la comunicad. Frente al demente y al criminal, 19 “Ahora bien, la identidad del sujeto volente con el sujeto cognoscente, por medio de la cual (y, por cierto, necesariamente) la palabra «Yo» incluye y designa a ambos, es el nudo del mundo, y, por tanto, inexplicable. Pues para nosotros sólo son concebibles las relaciones de los objetos: pero entre éstos, sólo pueden constituir uno cuando son partes de un todo. Aquí, por el contrario, donde se habla del sujeto, ya no valen las reglas del conocimiento de los objetos, y una identidad real del cognoscente con lo conocido como volente, esto es, del sujeto con el objeto, es dada inmediatamente. El que tenga presente lo inexplicable de esta identidad la llamará conmigo el milagro” Schopenhauer, De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente Cap VII, §42 20 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2007, pp., 116 incapaces ambos de un cuidado de sí y de su lenguaje, ciertos formas de habla permiten un incumplimiento similar de toda pauta lingüística al mismo tiempo que no pierden de vista la ley. En la obra de Shakespeare Enrique IV encontramos uno de los personajes que representa de manera paradigmática el ingenio de locuacidad: al final de la obra el Príncipe recién convertido en Rey se dispone a renegar de su hasta entonces compañero de aventuras para ganarse el beneplácito de sus súbditos según una suerte de castigo ejemplar dictado contra la palabra que augura, por la paradoja que encierra, la imposibilidad del éxito de tal empresa. Las últimas líneas de obra representan entonces la tentativa frustrada del poder por controlar el lenguaje en lo que puede ser resumido como la victoria de la pluma sobre la espada. La condena del Rey son las últimas palabras que éste dice en la obra: (…) te destierro, bajo pena capital, lo mismo que a mis otros corruptores a diez millas de distancia de tu rey. Os daré lo necesario para que viváis sin que la pobreza os lleve al mal y, cuando sepa que os habéis reformado, seréis favorecidos según vuestra aptitud y vuestros méritos (…)21 La posibilidad misma de la locuacidad comienza con la imposibilidad de poner fin al lenguaje pues en la post-palabra no hay límites sino una sucesión inacabable de palabras. Cuando el alguacil prosigue a cumplir la condena dictada por el Rey se encuentra con la negativa de Falstaff a callar y, con ello, con los efectos que este continuo postergar producen: FALSTAFF: No va a poder ser, maese Simple. No os preocupe todo esto; me llamarán para verle a solas. Entended que debe actuar así ante el mundo. No temáis por vuestro ascenso, que aún soy el que ha de haceros grande. 22 La escena, en la cual el hasta entonces Príncipe pronuncia sus últimas palabras, puede ser leída como el triunfo del lenguaje sobre las formas de poder que estructuran la comunidad, es decir, como el remanente lingüístico (afterword) que subyace a toda acción comunicativa ordenada (comunidad) que aquí es personificada en Falstaff: la condena no trata sino de llevar a cabo la exclusión del contendiente que elude continuamente dar respuesta en los términos esperados pero lo que termina por conseguir el Rey es la única defensa posible ante tal forma de lenguaje: la renuncia última de tomar la palabra, es decir, la auto-exclusión de cualquier encuentro con este lenguaje. La escena, por lo demás, es harto familiar: ante aquel que no acepta argumentos y es insensible a la ironía, la burla, la seriedad y prosigue ofreciendo réplicas sin cesar no queda otra salida más que abandonar la conversación a riesgo de caer sino en una conversación sin final.. Si en Foucault es el poder quien excluye al lenguaje según las instituciones clínicas, en Enrique IV es el furor de Falstaff quien hace que el poder deba excluirse a sí mismo en un intento casi desesperado por preservar su propia integridad a costa del ostracismo. Cuando el Rey pronuncia la condena lo hace impidiendo a Falstaff responder pero recluyéndose con ello en un espacio exterior a la comunicación; ordena el Rey: “No me respondas con ninguna bufonada”23. Quien 21 SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, V, v. Trad. Angel-Luis Pujante. SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, V, v. Trad. Angel-Luis Pujante. 23 SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, V, v. Trad. Angel-Luis Pujante. 22 queda excluido no es Falstaff sino el propio Rey abdicando a su derecho a la conversación. En este contexto, no me respondas, viene a significar una inversión que el lenguaje opera contra el propio poder que proclama: no seré respondido. El Rey, a lo largo de la obra, ha llegado a conquistar la corona pero Falstaff hace lo propio con el lenguaje. El primero tiene que callar recluyéndose en el ejercicio unidireccional (no dialógico) del poder; Falstaff guarda para sí el derecho a responder. Prueba de ello es la última palabra que en su pugna con el Rey logra llevarse para sí. La continuación en la que prosigue Falstaff no es sino muestra de su éxito a la vez que el silencio del Rey no es sino la forma que toma su exilio. La disputa que vemos recogida en Enrique IV no es sino una repetición más de la condena platónica que excluye a los poetas de la ciudad solo que aquí, quien conquista la plaza no es, paradójicamente, el propio poder, sino, de manera bien distinta, el lenguaje desprendido de una forma de control. El desenlace recuerda, por demás, a la inversión que ocurre en el encuentro entre Heidegger y Celan en la cabaña: “la negativa de Heidegger a replicar a Celan y el poema de allí resultante [como la réplica que Falstaff llega a pronunciar en último lugar] equivalen a una expulsión, a un autoostracismo del filósofo que se va de la ciudad del hombre”24. El desbocamiento del lenguaje no es solo reconocible según la cohesión de una personalidad, esto es, de un personaje (lo cual sería paradójico si esta forma de lenguaje es contraria a alguna suerte de unidad subjetiva) sino más aún según estados de ánimo y estados afectivos que reconocemos en ellos. De esta manera, la consideración que hace Clement Rosset acerca de la alegría, como un estado representativo de esta forma solitaria y autoafirmativa de lenguaje a la vez que no renuncia a la participación en las relaciones comunitarias, resulta clave para comprender la naturaleza de esta forma de hablar. ¿Es su evasiva a responder en los términos esperados un gesto ciego que no alcanza a ver lo real o, por el contrario, es plenamente consciente (con las dificultades que el término impone)?. En palabras de Rosset: Aquí la alternativa es simple y decisiva –y añadiría que constituye, a mi modo de ver, y hasta más amplia información, el problema más serio que jamás haya tenido que afrontar la filosofía–. O bien la alegría consiste en la ilusión efímera de haber acabado de una vez con lo trágico de la existencia: en cuyo caso la alegría no es paradójica, sino ilusoria; o bien consiste en una aprobación de la existencia considerada como irremediablemente trágica: en cuyo caso la alegría es paradójica, pero no ilusoria”25 La respuesta que ofrece Rosset al problema es igualmente relevante, la alegría “permanece a la vez totalmente consciente y totalmente indiferente hacia las desdichas que conforman la existencia” 26 . Según estas palabras la locuacidad no habría de proliferar como una suerte de inconsciencia que condujese, casi inevitablemente a la locura o al gesto criminal, sino, todo lo contrario, como una conciencia clara del lugar de la ley que hiciera posible, de esta forma sortearla. Siguiendo la interpretación de Nietzsche tramada por Vattimo, esta forma de lenguaje no estaría inscrito en una forma edípica del sentido según lo cual éste aparece con posterioridad a la enunciación y, en general a la acción misma, sino en una superación según la cual, evento y sentido acaecen simultáneamente. La dificultad que aquí surge es así la forma de control de este acaecimiento sincrónico que, permitiendo una suerte de conocimiento del contexto, dificulta, sin embargo, algo así como una dirección del evento lingüístico haciendo de 24 GEORGE STEINER, Heidegger, (1978), Fondo de Cultura Económica, 1999. Pp., 41 CLEMENT ROSSET, La fuerza mayor, Ed. Acuarela, 2000, pp., 28. 26 CLEMENT ROSSET, La fuerza mayor, Ed. Acuarela, 2000, pp., 29. 25 esta experiencia algo más bien sufrido por parte del hablante. La imposibilidad de discriminar el sentido o, de realizarlo en un momento otro al del acontecimiento, es la imposibilidad de controlar el lenguaje. No hay aquí, prácticas de control de las palabras, tecnologías capaces de ordenar el propio lenguaje según un resto de sentido producido después, al cual se llega en otro momento: “el lenguaje es el que habla, y no, no exclusivamente, al menos, el hombre”27. Que los ejemplos de los hablantes que van a ser traídos den cuenta de la capacidad para mantenerse dentro de la comunidad al mismo tiempo que gozan de una mirada loca y contradictoria sugiere una particular característica de su lenguaje: los hablantes de la post-palabra (irresponsables) son capaces de reconocer y de ponerse a salvo de las convenciones de los otros no teniendo sin embargo que cumplir con ellas ellos mismos: progresan más allá de la ley de forma indefinida sin tener que responder así de su obligatoria isomorfía respecto de la lógica del mundo y de las relaciones sociales. Para este tipo de locuacidad no es válido lo que Wittgenstein propone como el final ante el cual la interpretación habrá de detenerse y yo deberé actuar. “he llegado a roca dura y mi pala se dobla (...). Así simplemente es como actúo”28. Estos hablantes son capaces de cumplir con la ley de un modo distinto a este final interpretativo: mientras la forma negativa de esta roca dura no es sino el tabú (la forma positiva es lo que actúo: la ley; su forma negativa, es la prohibición, lo que no puedo hacer: el tabú) la locuacidad es capaz de cumplir con las convenciones al mismo tiempo que su lenguaje las desborda. Puede cumplir con la ley pero ello realizado desde un lenguaje que deviene salvaje, ajeno a toda convención y, desde el cual, es posible avanzar más allá del tabú. Si la acción convencional y el lenguaje a ella asociada está llamada a cumplir con la léy como un doble límite (no seguir actuando, no seguir pensando) la norma de la locuacidad lleva al hablante a una conciencia bloqueada por lo prohibido. Es así posible comprender la lucidez a la que Rosset se refiere en relación a la alegría. Como Tiresias, la locuacidad es capaz de atravesar el límite para bailar sobre él al mismo tiempo que su acción sabe cumplir con la legalidad misma que pretende instaurar. ¿Qué es, entonces, un canalla para ese público compuesto en parte, pareciera, de informales? Esencialmente un inestable que sólo admite las reglas cuando le son útiles y transgrede la continuidad formal de las actitudes. Es un hombre imprevisible, por lo tanto asocial. Se refugia detrás de la ley cuando juzga que le es propicia y la traiciona cuando le es útil hacerlo; unas veces niega el límite formal del ring y continúa golpeándolo a un adversario protegido legalmente por las cuerdas, otras restablece ese límite y reclama la protección de lo que un instante antes no respetaba. Esta inconsecuencia, mucho más que la traición o la crueldad, pone al público fuera de sí: lastimado en su lógica más que en su moral, considera la contradicción de los argumentos como la más innoble de las faltas.29 ¿QUIÉN HA DICHO CORTESÍA? En las cercanías de la irresponsabilidad la palabra sufre la mutación que la hace aparecer como el signo de una voluntad imperceptible en la "polémica regulada del lenguaje"30. Al contrario de la conciliación que construye el conocimiento en Spinoza 27 GEORGE STEINER, Heidegger, (1978), Fondo de Cultura Económica, 1999. Pp., 77 WITTGENSTEIN. Las Investigaciones filosóficas, § 217 29 ROLAND BARTHES. Mitologías. En el artículo El mundo del catch. 30 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 114 28 (non ridere, non lugere, non detestari), la irresponsabilidad lingüística puede tomarse como un habla pronunciada según los impulsos que, en una inversión de esta tesis, Nietzsche vaticina como motor del conocimiento: ridere, lugere, detestari31. Ante la proximidad del divorcio, una de las partes del matrimonio trata de restaurar la tranquilidad que en el otro se ha desvanecido por la proximidad de una suspensión de la relación; en presencia del final de las convenciones la palabra se despoja del dispositivo (gramatical) de la confianza para dejar aparecer, una vez más, el ser del lenguaje32. La sospecha de una espacio no reglado despierta un ánimo irresponsable, una voluntad pura (no mediada, no sujeta a convenciones), desconcertante e irracional que a menudo afecta más a una de las partes implicadas mientras trata, en vano, de restaurar la confianza: –por favor, seamos razonables–, ruega la parte sometida a los efectos de esta palabra déspota y corrosiva. La voluntad, fría e irritante, siempre dispuesta a avanzar más allá, aparece como correlato de la disolución de la convención a la manera de correlato de esta forma de post-palabra. En las dos obras de Shakespeare citadas, tanto Cleopatra como Falstaff hacen aparecer este temido carácter como el terror de la disolución de aquella conciencia construida según la confianza de la cortesía. Ambos interrumpen constantemente a sus interlocutores y así cuando llegan los emisario con noticias de la inminente llegada de Cesar, Cleopatra los manda callar contra el sentido común que impele a la atención de cada movimiento del ejército enemigo que se dispone a atacar: –“–estoy por pegarte antes de oirte–“33. Por su parte, Falstaff evita una y otra vez los dictámenes de la justicia sobreponiendo a las reclamaciones de sus emisarios quejas insignificantes que terminará por desvanecer todas las expectativas de respuesta. Ambos personajes son incapaces de respetar el turno de palabra habitual conduciendo a sus interlocutores a la extenuación; los silencian una y otra vez, ocluyen su respuesta e impiden al diálogo poner en marcha forma alguna de racionalidad. Exacerban de esta manera el gesto que Steiner reconoce como característico de la post-palabra: niegan toda respuesta en los términos esperados al mismo tiempo que impiden al otro hacerlo. Llevan de esta forma hasta el paroxismo el gesto que Oscar Wilde sugiere como medida para mantener el encanto según el cual uno debería ser siempre un tanto imprevisible. A las afirmaciones de Falstaff y Cleopatra siguen siempre las quejas de sus interlocutores (“–creo que vos padecéis del mismo mal, pues no oís lo que os digo–“34) molestos no solo por la imposibilidad de llegar a ningún punto de encuentro ni de acuerdo sino por el inevitable Apocalipsis que sienten llegar: “quiere disolverlo todo”35. La posibilidad misma de llevar a cabo actos con palabras, es decir, de llegar a acuerdos, primero, y de llevarlos a cumplimiento después, depende de este modo del lenguaje mismo empleado pues sin la convención de un final del discurso no es posible elaboración alguna de ulteriores repeticiones. Mientras no se pone un final lingüístico lo que ocurre es la repetición en su forma de compulsión, no de acuerdo o convención. La 31 NIETZSCHE, La gaya ciencia. Parágrafo 333 De manera similar los análisis económicos han tenido notado la irresponsabilidad que instaura la proximidad de un final y así en los acuerdos sobre futuras colaboraciones la determinación del número de encuentros resulta problemática pues siempre que éste es cerrado cabe la posibilidad de que la otra parte decida rescindir el contrato antes del último encuentro obteniendo así un beneficio cuyo pago correspondiente evita al salir del acuerdo. La revelación de un final no hace sino adelantarlo haciendo así imposible la construcción de todo vínculo de responsabilidad (contrato); el simulacro sólo puede funcionar, de este modo como oclusión de la ausencia, es decir, como tarea infinita. 33 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, II, v. Trad. Angel Luis Pujante. 34 SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, I, ii. Trad. Angel Luis Pujante. 35 Cita de memoria de: SHAKESPEARE, Enrique IV. Trad. Angel Luis Pujante 32 escalada indefinida de respuestas que estos personajes ponen en marcha pone de manifiesto como posibilidad misma de la convivencia comunitaria una limitación según algo, de suyo exterior al lenguaje. Solamente poniendo fin a la escena es posible salir de ella, pero esto no es posible desde dentro sino desde una posición exterior (o, lo que es lo mismo, el lenguaje no puede decir su propio final, de ahí el empeño repetido de la filosofía por crear la ilusión de posiciones exteriores, trascendentales, etc). Para que sea posible la comunidad son necesaria prácticas de apropiaciones (por sugerir una de las estructuras que este final puede tomar) que pongan fin al lenguaje en su forma de locuacidad. Solamente como un saber del final del lenguaje, como renuncia, es posible entrar en comunidad36. ESPERA Más allá de las interrupciones y las respuestas arbitrarias que rompen con las normas de la cortesía, cuyo carácter sería en tal caso fundamental en la construcción de la confianza lingüística (confío en él porque es cortés), la irresponsabilidad lingüística pone en vilo otra práctica cuya relevancia en la tradición filosófica occidental es aún mayor. Desde el diálogo platónico37 hasta el ascenso a lo Absoluto del Espíritu, la conciencia ha mostrado una afinidad respecto al tiempo (y no al espacio) según la cual la espera se convierte en el acceso a esta forma particular de saber. José Luis Pardo muestra en Las formas de la exterioridad la prioridad que el tiempo ha ostentado en la construcción de las representaciones de la conciencia según lo cual, ésta no aparece sino como la negación del espacio. La espera, como una tecnología capaz de construir un acceso a esta forma de temporalidad se configura entonces como una práctica del saber hacia la que estos hablantes irresponsables muestran total desdén. Desde el diálogo platónico, donde una y otra parte deben de esperar según el turno de palabra hasta el Espíritu hegeliano construido como una temporalidad histórica según el devenir de la propia acción (distinta del espacio, no inscrita en ninguna forma de geografía y, por tanto, más allá de toda presencia), pasando por las prácticas de la escucha atenta estoica, la confesión cristiana y, finalmente, el psicoanálisis, la espera es el gesto que guía a la conciencia hacia el hogar habitable. Sólo es posible encontrarse como conciencia más allá del espacio en una suerte de mediación temporal construida como espera Y con ello, el correlato somático de la post-palabra, esto es, el gesto con que el cuerpo vive esta forma de lenguaje es el gesto incómodo de quien se revuelve de impaciencia ante la obligación de esperar. Afterword no espera; en palabras de Falstaff, “señor, soy tan pobre como Job, pero no tan paciente”38; deviene sentido de manera 36 Como se sugiere más adelante, la renuncia (por ejemplo a proseguir hablando) es condición de la convivencia. Foucault ha explorado la puesta en marcha de estás prácticas de limitación bajo la forma de prácticas de sí (ver, por ejemplo Las tecnologías del yo). De ellas cabe notar su sonado carácter lingüístico de manera que la renuncia es también una renuncia según las formas de la respuesta. El cuidado de si, según la fórmula de Angel Gabilondo, es también (sobre todo) un cuidado del lenguaje. 37 Una sugerencia: Michel Foucault habla del diálogo platónico como uno de los lugares de la verdad. Esta práctica es un lugar en el que Occidente ha tramada el acuerdo de esta noción pero cabe pensar como este efecto sólo ocurre en tanto se espera al turno de palabra. Las reverberaciones de la oralidad sólo acontecen aquí en tanto se espera al turno de palabra. Es en tanto ordena una singular distribución de la espera como se hace posible que el diálogo tramite la verdad, esto es, las expectativas de los hablates. Vale la pena hacer la prueba: mientras se habla se experimenta el lenguaje según se espera mientras el otro hablar. Sólo entiendo su lenguaje porque espero y porque los dos lo hacemos a un ritmo similar tramado por el relevo en el turno de hablar. No es tanto el acceso a la memoria lo que trama esta práctica sino la ordenacion de la espera lo que produce el efecto característico. 38 SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, I, ii. Trad. Angel Luis Pujante inmediata; el tiempo no es, para este lenguaje revelador de nada (es decir, de sentido). Cleopatra, como personificación paradójica de la post-palabra (pues a duras penas puede decirse que haya más persona detrás de la post-palabra que la de una fluidificación total) es aquella que no espera: prefiere morir a tener que tejer el rumor de la ausencia que se amplifica según la espera. Sus últimas palabras tras la muerte de Antonio (“es el otro quien parte, soy yo quien me quedo”39) esquivan con el suicidio la inmovilidad del delirio de la falta: "¿Por qué esperar...?"40. Más allá de una simple alteración del ritmo del habla, la espera estructura la experiencia de la conciencia, el cuerpo propio así como la percepción de la realidad. Para Clement Rosset esta disposición es, sin embargo, “un vicio, o sea, una falta de fuerza, un defecto, una debilidad (...) un signo de que falta el gusto por vivir”41. Tanto Falstaff como Cleopatra desarrollan una respuesta genuina (irresponsable) contra la docilidad de esta mediación sobre el lenguaje según el anestésico efecto de la falta. Sus palabras niegan este tipo de conciliación tal como muestra Roland Barthes a propósito del lenguaje del enamorado: "en el Occidente cristiano, hasta hoy, toda la fuerza pasa por el Intérprete, como tipo (en términos nietzscheanos, el Sacerdote judío). Pero la fuerza amorosa no puede transferirse, ponerse en manos de un interpretador; ahí queda en estado de lenguaje, encantada, intratable"42. La renuncia a esperar hace de los hablantes una interpretación exuberante, una fuerza indómita que se afirma continuamente en un avance infinito sin fin y sin meta. Dejados a la deriva progresan en "una economía perversa de la dispersión, del despilfarro, del furor"43 constituyendo discusiones inacabables para las cuales la "escena" de los enamorados es, de nuevo, el paradigma: "no tiene objeto o al menos lo pierde muy rápidamente: ella es el lenguaje cuyo origen se ha perdido. Es propio de la réplica no tener ningún fin demostrativo, persuasivo, sino solamente un origen, y que este origen no sea jamás sino inmediato: en la escena me adhiero a lo que acaba de ser dicho”44. Histriónicamente la irresponsabilidad en su evasión de la espera construye un “lujo intolerable” 45sin “ningún proceso hacia un esclarecimiento o una transformación”46 en la que cualquier resto que pudiera quedar de responsabilidad, cualquier estabilidad o sedimentación metafórica es borrada. La duda acerca de la legitimidad, la arbitrariedad o, sobre todo, la efectividad de los límites, rompe el vínculo que sujetaba las palabras al mundo y coloca un lenguaje investido ahora de total autonomía en el lugar del sujeto antes dotado de alguna integridad. En la perplejidad crece la sospecha que se dispone a invertir las tornas que rompan el pudor último en el que el cuerpo se resistía a experimentar este gasto ocioso del lenguaje como si de un “orgasmo perverso” 47 se tratara. La frontera última en la que se resguarda la responsabilidad es la pregunta en la cual dispone su abdicación: "¿Por qué durar es mejor que arder?"48. Ante este lenguaje exhaustivo no cabe más que rendirse, dejarse caer al cauce de un río cuya corriente no puede ser combatida. La negativa a esperar es el ritmo intolerable de la inmediatez según el cual cada contestación remite irremisible y ciegamente a lo anteriormente dicho sin posibilidad de progreso alguno. –Calma un poco..–, –pero bueno..–, no son más que la enunciación de armas que irremediablemente 39 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 45 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, V, ii. Trad. Angel Luis Pujante 41 CLEMENT ROSSET, La fuerza mayor, Ed. Acuarela, 2000, pp., 32 42 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 32 43 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 143 44 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 115 45 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 143 46 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 116 47 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007 48 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 31 40 serán depuestas ante tal furor. Ante aquel que no desea esperar y que no es capaz de buscar sus intereses más allá de un juego provocador de no respuestas, no cabe más relación que la rendición de un ritmo más pausado en el cual sea posible velar por los intereses. Deponer la espera es, en definitiva, deponer la calma, deponer cualquier ánimo de control del sentido según forma alguna de ascetismo. La obligación a deponer la espera en el lenguaje es la revancha fulminante de la manía sobre la ciudad. CEGAR EL RELÁMPAGO49 El final que ponga término a esta progresión indefinida del discurso irresponsable ha sido construido de diversas maneras sirviendo el mundo como una de ellas al permitir, de acuerdo con la conformidad de la comunidad lingüística, una evidencia indiscutible contra la que producir una última palabra. Al decir "esto es una mano" cierro la puerta a toda réplica instituyendo un final lingüístico que es, en definitiva, el temor último contra el que un hablante como Falstaff se resiste en cada una de sus respuestas. En sus propias palabras, "prefiero que me metan matarratas en la boca a que me la tapen con una garantía"50. El mundo funciona como una suerte de cierre o, en los términos de este granuja, como una garantía, capaz de llevar al final el lenguaje: cuando digo el mundo según lo convenido me quedo sin palabras, esto es: si acepto la afirmación “esto es una mano”, no queda nada más que decir. Hemos terminado de hablar y, paradójicamente, es entonces cuando es posible conversar. El diálogo sólo ocurre sobre el preámbulo de un silencio, de una renuncia a la réplica inmediata. Solo sobre esta espera en la cual no digo nada es posible el cierre que permite aparecer una suerte de relación lingüística según la cual las palabras del otro pueden llenar, de un modo u otro lo que yo he dejado de decir, y es así como la espera (que asume el peso de la escucha) hace posible, no el propio decir, sino el decir del otro y, ulteriormente, en el cambio de palabra, mi propio decir como inscripción en el silencio atento del otro (en su escucha). Para quienes saben callar, y este no es el caso de los hablantes irresponsables, es el silencio la mecánica misma de la palabra. De la espera, la renuncia o, en general, de la mediación (y no de ninguna inmediatez) surgen las palabras. Esta mecánica sigue una lógica negativa donde no es lo que digo donde se inscriben mis palabras sino lo que el otro no dice. Esta manera de hablar es, sin embargo, totalmente ajena al lenguaje que acabaría así domado por el propio silencio. Lejos de aceptar ninguna concesión, la post-palabra, al menos en su sentido irresponsable, se caracteriza por su capacidad de sortear repetidamente el tipo de compromisos en los cuales el sujeto viene a ser tal en virtud del acuerdo comunitario que se ratifica en su propio habla cada vez que cumple con el vínculo con el mundo (cada vez que sigue la regla). Permaneciendo dentro de la comunidad (sin ser encerrado ni excluido) Falstaff es capaz de alternar una doble negación que consiste, por un lado, en el cambio indiscriminado de las referencias del lenguaje (no hablamos de lo mismo cuando usamos la misma palabra) y, por otro, en una forma aún más radical que consiste en la negación en rotundo de la referencia. Es en este segundo caso donde cobra sentido la queja molesta de uno de sus interlocutores que clama al borracho: "quiere cegar al relámpago"51. Es la negación última de la realidad bajo las palabras, pero no sólo: Falstaff niega igualmente la aparición luminosa bajo la cual la filosofía ha inscrito su signo. Cegar el relámpago no es solo la oclusión de lo real sino también la 49 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, III, xiii. Trad. Angel Luis Pujante SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, I, ii. Trad. Angel Luis Pujante. 51 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, III, xiii. Trad. Angel Luis Pujante 50 comprensión de del mundo que ha marcado la tradición filosófica desde Parménides a Heidegger según la metáfora del concepto como luz vertida sobre el mundo: El eje, en los bujes producía un ruido de siringa, al rojo (pues se veía urgido por dos tornátiles ruedas a uno y otro lado), cuando se apresuraron a escoltarme las jóvenes, hijas del Sol –dejada atrás la morada de la noche–, hacia la luz, tras haberse destocado la cabeza con sus manos52 La negación de la realidad y de su comprensión es la amenaza de disolución que recorre toda comunidad y así es posible reconocer en Enrique IV los esfuerzos por silenciar el lenguaje de Falstaff de cuyos efectos se resiente la Corona misma que a todos da cobijo. El dictum, así son las cosas y así se las hemos contado se convierte en la razón de ser de toda comunidad lingüística, el origen tenebroso y perdido del lenguaje que en Enrique IV trata de ser restaurado continuamente. No se trata de una obra que plantee la conquista problemática de una corona por parte de un heredero, sino los esfuerzos vanos pero consecutivos de un poder que trata de afianzarse ante el obstáculo de un lenguaje díscolo. ¿Cómo repetir el gesto platónico del destierro del lenguaje? Finalmente sólo el silencio hace posible ganar una ciudad; es la ganancia de la renuncia. Los compañeros de Falstaff tratan de inscribir el lenguaje de este personaje en la verdad misma de los hechos y así, el horizonte que persiguen es descubrir una de personalidad verdadera más allá de la tendenciosa variabilidad con la que habitualmente se muestra. A la pregunta por "¿cómo podríamos ver a Falstaff en su verdadera piel (...)?53 cabe responder según el acuerdo o la aceptación de los hechos. La regularidad lingüística se construye según la regularidad de los hechos y según esto es posible inscribir el carácter en la pausa (espera) comedida (mediada) de la responsabilidad.54. Así son planeadas diversas estratagemas para acorralar a Falstaff en el renuncio que encierre al lenguaje en una suerte de contradicción en la que no sea posible avanzar. Barthes se refiere a esta tipo de estrategia en el marco del discurso amoroso como el efecto que obra sobre el otro una suerte de silenciamiento tal “como esos padres de esquizofrénicos que, según se dice, no cesan de provocar o agravar la locura de su hijo por medio de pequeñas intervenciones conflictuales, el otro intenta volverme loco. Por ejemplo: el otro se esfuerza por ponerme en contradicción conmigo mismo (lo que tiene por efecto paralizar en mí todo lenguaje)”55. Las tentativas de callar 52 PARMÉNIDES, Poema de. Edición Ágora. Trad. de Alberto Bernabé. SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, II, ii. Trad. Angel Luis Pujante 54 Cabe llamar la atención sobre el referente primer de la filosofía, aquel inmutable del cielo estrellado, frente al cual es posible construir una suerte de gramática fija en torno a la cual definir el ascetismo que Nietzsche denuncia en la Genealogía de la moral. La irrupción de la filosofía sólo fue posible como una habla tranquila y calmada que sólo pudo construirse como correlato de algo fijo tal como los cuerpos celestes. Se trata, por tanto, de una gramática que surge como correlato de una suerte de fijación según lo real. La filosofía es el habla de una objetividad permanente, inmutable, es el habla de la divinidad, entendida según su inmutabilidad. ¿Cómo hablan las estrellas?. De aquí la ambición de Nietzsche por una filosofía de las cosas no permanentes: ¿cuándo podrá la filosofía desprenderse de este modo estático de hablar? “El sacerdote ascético ha constituido, hasta la época más reciente, la repugnante y sombría forma larvaria, única bajo la cual le fue permitido a la filosofía vivir y andar rodando de un sitio para otro… ¿Se ha modificado realmente esto? Ese policromo y peligroso insecto, ese «espíritu» que aquella larva encerraba dentro de sí, ¿ha terminado realmente por quedar liberado de su envoltorio y ha podido salir a la luz, gracias a un mundo más soleado, más cálido, más luminoso? ¿Existe ya hoy suficiente orgullo, osadía, valentía, seguridad en sí mismo, voluntad de espíritu, voluntad de responsabilidad, libertad de voluntad, como para que en adelante «el filósofo» sea realmente posible en la tierra?” NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Libro III. 55 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp 146. 53 a Falstaff son sin embargo estériles pues la locuacidad es ingeniosa pero no tonta. No por nada se ha insistido en la capacidad del lenguaje por no perder de vista el lugar de la ley y así es posible sugerir como esta forma de habla es, ante todo, capaz de asegurarse a si misma. En la primera trampa los compañeros se reúnen con Falstaff después de haberle atracado ocultos con disfraces para escuchar el relato de los hechos y confrontarlo finalmente con lo realmente acaecido. El emboscado muestra entonces una inventiva infinita capaz de suprimir la limitación de lo real: comienza por producir sumas que desafían toda aritmética narrando una batalla con un número de enemigos que crece a cada palabra. Ante esta proliferación comienza a entreverse la renuncia a la que son obligados los hablante sensatos que no pueden sino encerrarse en una suerte de ironía lacónica: ”¡qué maravilla! De dos ya han salido once”56. Falstaff prosigue hasta el momento en el cual será revelado el equívoco que habrá de callarle: el lenguaje muestra sin embargo su potencia canceladota capaz de sobrepasar cualquier contradicción. “El privilegio extraordinario de la alegría reside, incluso, en esa aptitud para perseverar cuando su causa ha sido oída y condenada, en ese arte casi femenino de no admitir ninguna razón, de ignorar alegremente la adversidad más manifiesta y las contradicciones más flagrantes, pues la alegría tiene en común con la feminidad el hecho de permanecer indiferente a cualquier objeción” 57. Dice Falstaff en un cambio de rumbo inmediato después de haber argumentado que luchó con bravura contra sus enemigos que ahora resulta ser el Príncipe mismo con quien habla: Falstaff ¡Por Dios, pero si os conocí tan bien como el que os hizo! Oídme, señores, ¿cómo iba yo a matar al príncipe heredero? ¿Podía yo atacar al legítimo príncipe? Tú sabes que soy tan valiente como Hércules, pero mira el instinto: el león no toca al príncipe.58 Pero la escena continúa y solamente agotado e inmerso en la desidia, haciendo uso de la fuerza, puede en este momento el Príncipe poner término a la secuencia. En una escena similar, se repite el ejercicio cuando el mismo Príncipe reclama un trofeo de batalla que Falstaff, escondido durante la batalla, reclama también para sí. Una vez más, el lenguaje de este bribón logra cancelar las reclamación del Príncipe: “es la historia más extraordinaria que he oído”59. El lenguaje, en su forma locuaz es capaz de una negación de toda ontología de lo estable,. Lo que de esta manera suscita no es sino una réplica que trata de acercar las palabras a las cosas como si en estas residiese el criterio de verdad que permitiese poner orden en el lenguaje. El intento lo recoge Wallance Stevens en el poema The blue guitar: I The man bent over his guitar, A shearsman of sorts. The day was green. They said, "You have a blue guitar, You do not play things as they are." The man replied, "Things as they are Are changed upon the blue guitar." 56 SHAKESPEARE, Enrique IV, Primera parte, II, iv. Trad. Angel Luis Pujante CLEMENT ROSSET, La fuerza mayor, Ed. Acuarela, 2000, pp., 12 58 SHAKESPEARE, Enrique IV, Primera parte, II, iv. Trad. Angel Luis Pujante 59 SHAKESPEARE, Enrique IV, Primera parte, V, iv. Trad. Angel Luis Pujante 57 And they said to him, "But play, you must, A tune beyond us, yet ourselves, A tune upon the blue guitar, Of things exactly as they are” MI NOMBRE ES LEGIÓN "Insignificante, la escena lucha sin embargo contra la insignificancia. Todo participante de una escena sueña con tener la última palabra. Hablar el último, "concluir", es dar un destino a todo lo que se ha dicho, es dominar, poseer, dispensar, asestar el sentido; en el espacio de la palabra, lo que viene último ocupa un lugar soberano, guardado, de acuerdo con un privilegio regulado, por los profesores, los presidentes, los jueces, los confesores: todo combate de lenguaje (maché de los antiguos Sofistas, disputatio de los Escolásticos) se dirige a la posesión de ese lugar: mediante la última palabra voy a desorganizar, a "liquidar" al adversario, voy a infringirle una herida (narcisista) mortal, voy a reducirlo al silencio, voy a castigarlo de toda palabra. La escena se desarrolla con vistas a ese triunfo: no se trata de ningún modo de que cada réplica concurra a la victoria de una verdad y construya poco a poco esta verdad, sino solamente que la última réplica sea la buena: es el último golpe de dados el que cuenta. "60 Del mismo modo en que no hay rendición ante la evidencia del mundo tampoco hay una última palabra lo suficientemente grande y exigente para evitar una réplica más. El hablante irresponsable siempre está dispuesto a asumir el reto de otra contestación más por indecorosa que resulte. No sólo niega el mundo sino también todos los límites instituidos según la relación con los otros. Si el apartado anterior atiende al desconcierto que el sujeto irresponsable siembra al alterar la correspondencia entre el mundo y el lenguaje ahora es preciso atender a la ruptura que produce en las convenciones que rigen la vida social. Si los objetos son lo propio del análisis anterior, el vínculo del lenguaje con las formas imaginarias que rigen la comunidad es el propio de este. La locuacidad no solo niega la correspondencia con el mundo sino que su forma caprichosa evita igualmente cualquier normalización del imaginario. Falstaff es capaz de afirmar su identidad sin cesar sin por ello construir dependencia alguna en los otros. De manera tautológica se proclama a sí mismo en un gesto que desafía el resto de alteridad en que se sostiene la identidad. Marco Antonio proporciona un buen ejemplo de la lógica de la auto-afirmación en la descripción de un cocodrilo: LÉPIDO ¿Qué clase de bicho es el cocodrilo? ANTONIO Pues tiene la forma de sí mismo y todo el ancho de su anchura. De alto es como es y se mueve con sus órganos. Vive de lo que se nutre y, cuando se le va la vida, transmigra61 La marca de los hablantes irresponsables es la capacidad para sostener por sí solos su identidad62, son cocodrilos: la misma coraza, esta vez en forma de lenguaje, 60 61 ROLAND BARTHES. Mitologías. En el artículo El mundo del catch SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, II, viii. Trad. Angel Luis Pujante que reviste a los reptiles les protege a ellos: basta la propia facultad aprobatoria para afirmarse frente al otro sobre cualquier impedimento o contradicción: “la alegría es una plenitud que se basta a sí misma y no tiene necesidad para existir de ningún apoyo exterior”63. El repertorio de actitudes que la filosofía ha reconocido como constitutivas (y limitantes) de la subjetividad, son todas canceladas según esta potencia autovalidatoria: ni el enfrentamiento, ni la eticidad de las costumbres, ni la influencia de los antepasados, ni el dinero, ni la ley, ni la muerte, pueden callar el lenguaje. Falstaff abre esta serie de descuidos según los desplantes sucesivos con que aparta los requerimientos de la justicia y los acreedores que reclaman el pago de sus deudas. Son las relaciones entre acreedores y deudores las que precisamente reconoce Nietzsche como constitutivas de un derecho fundamental que habrá de estar en la base de la conciencia. Para quien debe dinero, los perjuicio ocasionado al prestamista es revocable según un resarcimiento violento legítimo, es “la idea de que todo perjuicio tiene en alguna parte su equivalente y puede ser realmente compensado aunque sea con un dolor del causante del perjuicio”64. De esta manera, la conciencia surge como la memoria de quien debe dinero y por tanto, está expuesto a la arbitrariedad de la violencia del acreedor. En algunos momentos de la obra de Shakespeare es posible encontrar personajes atentos a este tipo de relaciones como si el dinero mismo terminase por construir un tipo de mediación que, a la manera de una preocupación, es capaz de abstraer al sujeto de la inmediatez de los hechos para configurar entonces su conciencia. En materia de dinero debo tener cuidado con lo que hago pues las consecuencias de esta acción irresponsable se sufren en las propias carnes. Hamlet es avisado por un consejero del peligro que estas relaciones constituyen suponen para la propia reputación: “no pidas ni des prestado a nadie, pues el prestar hace perder a un tiempo el dinero y al amigo”65. En El mercader de Venecia es posible encontrar la escenificaciónn de este derecho fundamental que Nietzsche señala más tarde como justificativo del derecho a la violencia sobre el cual descansa la posibilidad de una conciencia. La realización de este derecho encuentra sin embargo, en Falstaff, una selva lingüística impenetrable que hace su cumplimiento imposible. La bruma que sus palabras crean según el humor chistoso y despreocupado una lógica inaccesible para la justicia donde las relaciones económicas son canceladas ante los ojos absortos de los prestamistas. Ninguna conciencia, ningún sujeto puede llegar a surgir del hecho mismo de deber dinero; la resolución de esta relación a favor del lenguaje es una prueba de la autonomía de las palabras frente a las 62 No están sometidos en un sentido de popperiano a forma alguna de falsación. Cada contradicción puede ser sorteada según añadidos y variaciones ad hoc a su propia personalidad. 63 CLEMENT ROSSET, La fuerza mayor, Ed. Acuarela, 2000, pp., 22 64 NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Capítulo II. Y en otro momento escribe Nietzsche: “La equivalencia viene dada por el hecho de que, en lugar de una ventaja directamente equilibrada con el perjuicio (es decir, en lugar de una compensación en dinero, tierra y posesiones de alguna especie), al acreedor se le concede, como restitución y compensación, una especie de sentimiento de bienestar, –el sentimiento de bienestar del hombre a quien le es lícito descargar su poder, sin ningún escrúpulo, sobre un impotente, la voluptuosidad de faire le mal pour le plasir de faire, el goce causado por la violentación: goce que es estimado tanto más cuanto más hondo y más bajo es el nivel en el que el acreedor se encuentra en el orden de la sociedad que fácilmente puede presentársele como un sabrosísimo bocado, más aún, como un justo anticipado de un rango más alto. Por medio de una «pena» inflingida al deudor, el acreedor participa de un derecho de señores: por fin llega también él una vez a experimentar el exaltado sentimiento de serle lícito despreciar y maltratar a un ser como a un «inferior» –o al menos, en el caso de una auténtica potestad punitiva, la aplicación de la pena, haya pasado ya a la «autoridad», el verlo despreciado y maltratado. La compensación consiste, pues, en una remisión y en un derecho a la crueldad” 64 NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Capítulo II 65 SHAKESPEARE, Hamlet, III, xiii. Trad. Luis Astrana Marín. convenciones y la estructura repetitivas que producen en el imaginario. La impulsividad y la canalla triunfan como emisarios de la palabra sobre cualquier forma de sujeción. Pero no cesa aquí el empeño irresponsable: no sólo las relaciones contractuales son negadas sino también el peso mismo de la justicia: “voy a pegársela a estos jueces”66. La bruma de Falstaff es una ingravidez en la cual los cuerpos dejan de estar ordenados por esta fuerza. Ante determinadas situaciones la ley emerge con una fuerza que conduce al sujeto hacia un único e irrevocable camino. La imposibilidad de escapar no empuja al sujeto sino a asentir, a callar y a aceptar la pena. Quizás con los años uno puede descubrir el carácter artificioso de estas medidas como si fuera posible escapar a los dictados de cualquier ley en una suerte de paz interior privada. Hay, sin embargo, ocasiones en las cuales la ley, bien según su ordenación institucional según la justicia, bien según el reconocimiento social, parece hacerse indiscutible. Un embarazo indeseado, una ruptura sentimental son situaciones que parecen sorteables. Una llamada al orden o una fuerte condena repiten el gesto. La muerte de un hijo o de alguien querido no hacen sino expresarlo de otra manera. La ley es la cancelación de lo imaginario que obliga a una suerte de adiós respecto de las palabras a que daba lugar. Acatar la justicia supone entonces dejar atrás un lenguaje. El duelo es el proceso al que el hablante debe someterse aunque para Falstaff no hay, en este tipo de casos, ningún tipo de adiós. El lenguaje prosigue sin necesidad de asumir ninguna perdida. Para Falstaff la Justicia, como organismo supremo capaz de ordenar este final imaginario, es por completo incapaz de producir una alteración de su palabra, pertenece a un ámbito cuya acción no tiene efecto alguno sobre la locuacidad. Las contradicciones, como las condenas, no tienen aquí que ver con el habla. La irresponsabilidad supera igualmente la constricción que opera el enfrentamiento. Según las tesis de Simmel en Sociología estudios sobre las formas de socialización, la lucha es una relación constitutiva de la identidad en tanto opera un constreñimiento (un límite) sobre la potencialidad que subyace a la identidad individual: “el que lucha ha de «recogerse en sí mismo», esto es, ha de condensar todas sus energías en un punto, a fin de poder en cada momento emplearla en la dirección conveniente” 67. La lógica de la oposición está recogida por Hegel en el capítulo IV de la Fenomenología del Espíritu según una dialéctica que toma al otro como constitutivo de uno mismo de acuerdo a una relación de oposición. Algo así encontramos en la contienda que Marco Antonio sostiene con Cesar, de acuerdo a la cual para el primero cabe representar la relación como una puesta en escena de los dos momentos irreductibles del la autoconciencia: mientras Cesar es el amo, Marco Antonio es el esclavo que no puede sino renunciar a su propia soberanía. Sólo a ti [Marco Antonio]; a nadie más que a ti. si juegas con él [Cesar] a cualquier juego, tú pierdes. Por su natural fortuna, te gana por mal que esté. Cuando brilla a tu lado, te desluce. Te lo repito: si él está cerca, tu espíritu teme gobernarte; si está lejos, es noble La normalización con que esta relación entre emperadores suscribe la dialéctica hegeliana se ve, sin embargo, empañada por la confusión que Cleopatra introduce como si ante su lenguaje, una vez más, tal como ocurre con la justicia o el dinero, las 66 67 SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, III, ii. Trad. Angel Luis Pujante SIMMEL, Sociología estudios sobre las formas de socializaciòn, pp., 325 relaciones de enfrentamiento no fueran operativas. La reina borra toda posibilidad de un encuentro agónico al hacer surgir la misma bruma selvática que perdía a la Justicia que se acercaba a Falstaff. Las relaciones se estancan en una imposibilidad de progresar hacia la asimetría del amo y el esclavo: hay discusiones pero no es posible determinar de qué lado quedan los participantes. Palabra, palabras, palabras, ante las que no es posible tomar posición. El enfrentamiento queda continuamente pospuesto a la manera de un sol de medianía que no termina de levantarse respecto del horizonte. Aurora perpetua que no llega a despuntar; todo perdido en los preámbulos sin que la lechuza de Hegel encuentre el momento de echar el vuelo. Nada puede aclararse en la confusión de la escena, ni siquiera la posición misma de los contendientes; la escena ligüísitca ha logrado absorberlos. Se encuentran desaparecidos tras la irrupción incesante de un decir que ellos no logran controlar. Cleopatra disuelve los enfados con los que Marco Antonio llega a ella de manera que no es posible un progreso hegeliano hacia la resolución de la confrontación sino más bien un retroceso: ante el lenguaje desbocado, dialéctica negativa. Furioso, Marco Antonio tiene que deponer su humor una y otra vez ante el lenguaje de Cleopatra: “(…) él no basa / sus planes en la fuerza: nuestro guía / va guiado y servimos a mujeres” 68. Eugenio Trías ha escrito en Hegel, el lenguaje del Perdón, sobre el paso que llevó a Hegel a determinar el encuentro entre las conciencias según la lógica del enfrentamiento más que según el amor. Si, para la conciencia enfrentada, ante la agresión no queda más que la respuesta violenta como único recurso para sobrevivir (y, para seguir deseando) Falstaff da cuenta de una suerte de suspensión según la cual el sujeto puede encontrar su lugar según una evasiva perpetua. Con Cleopatra es posible asistir incluso a una inversión de esta lógica que empuja al sujeto a evitar, como el melancólico, todo tipo de enfrentamiento: persistencia en la no oposición, negativa a dar la cara, obstinación en permanecer inmóvil. El resultado de la locuacidad es inversión de los límites mismos del enfrentamiento: embrujado por el lenguaje y escindido del ingenio que monopoliza Cleopatra, Marco Antonio queda a merced de Cesar: “¡Perdida la mayor parte del mundo / de pura torpeza! Los besos se han llevado / reinos y provincias”69. El efecto es notable pues, una vez más las palabras se dejan sentir por encima de cualquier constricción, incluso aquella que despierta como un instinto de autoconservación según el la violencia. El lenguaje se perpetua sobre la muerte de sus hablantes como imposibilidad de todo límite. Respecto de otro modelo más de subjetividad más, la locuacidad es capaz de pasar por alto toda pauta basada en modelos de imitación como patrón identitario. Inevitablemente los hijos acaban pareciéndose a los padres: para Flastaff no hay, sin embargo legalidad alguna que rija el carácter. Se trata de un carácter escindido de todo constreñimiento incluso de aquel ejemplar. La locuacidad no tiene reparo alguno en cambiar la personalidad allí donde para otros este gesto arrastra siempre el lastre que hace reconocible la mentira o el engaño: “en la barriga llevo infinidad de lenguas”70. Falstaff y Cleopatra, no siendo regulares, no tienen una personalidad verdadera. Su carácter no se inscribe en ninguna forma de verdad, son fluidificación pura, negatividad perpetua, lenguaje. Slavoj Zizek en una conferencia reciente se mofaba de un miembro de la audiencia que trataba de adoptar su mismo tono camaleónico y bromista: never bullshit a bullshiter era la respuesta cortante que le dirigía desde el micrófono. No es posible seguir el ritmo de esta disfraz cambiante. La escena se repite en Enrique IV 68 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, III, viii. Trad. Angel Luis Pujante SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra, III, x. Trad. Angel Luis Pujante 70 SHAKESPEARE, Enrique IV, Segunda parte, IV, ii. Trad. Angel Luis Pujante 69 cuando el Príncipe y Falstaff invierten sus papeles al mismo tiempo que no pueden intercambiar el ingenio que sólo le es propio al bufón. El Príncipe se delata en su incapacidad de ser otro. Para los hablantes irresponsables ninguna traba dificulta la adopción indiscriminada de identidades. La cuestión remite, una vez más, a la disputa entre la filosofía y la poesía, pues Platón considera inaceptable la posibilidad de alternar caracteres sin ningún criterio ético tal como ocurre en la representación teatral, “no sea que [los espectadores] empiecen por imitar y terminen por serlo en realidad”71). Opta entonces por suscribir un criterio según el cual es apropiado discriminar entre los roles a interpretar: “cuando una persona como es debido llegue, en el curso de la narración, a un pasaje en el que hable o actúe un hombre de bien; estará dispuesto a referirlo como si él mismo fuera ese hombre y no le dará vergüenza alguna practicar tal imitación si el imitado es una buena persona que obra irreprochable y cuerdamente” 72. De manera inversa, “cuando aparezca un personaje indigno del narrador, éste se resistirá a imitar seriamente a quien vale menos que él y, o no lo hará sino de pasada, en el caso de que el personaje haya de llevar a cabo alguna buena acción, o se negará a hacerlo por vergüenza, ya que, además de que carece de experiencia para imitar a personas de esa índole, rechaza la idea de amoldarse y adaptarse al patrón de gentes más bajas que él a quienes desprecia de todo corazón” 73. La locuacidad de Falstaff y Cleopatra se acerca, sin embargo, al extremo que Platón repudia, aquel del rapsoda que es dado “a contarlo todo y no considera nada como indigno de su persona de modo que no habrá cosa que no se arroje a imitar seriamente y en presencia de muchos” 74. La locuacidad es siempre capaz de llevar la imitación más allá de la moral; el lenguaje, libre de cualquier atadura revela la imposibilidad de legislar sobre el modelo del carácter. Revela una subjetividad múltiple que no respeta la unicidad de la personalidad: mi nombre es legión 75. En este mismo sentido deben ser tomados los intentos freudianos por suscribir una legalidad en las formas de la mímesis de acuerdo a los cuales son los modelos paterno maternos aquellos que sirven como referencia y límite respecto al cual pueden progresar la identidad y el lenguaje. El desplante a todo proyecto de esta índole lo realiza Cleopatra en el comienzo de Antonio y Cleopatra: CLEOPATRA Averigua dónde está, con quién, qué hace. Yo no te he enviado Si está serio, Di que estoy bailando; si alegre dile Que me he puesto enferma. Y vuelve rápido76 Ante la palabra dislocada la identidad consiste en aquel cuerpo capaz de asumir el gasto del habla. El hombre impulsivo al que Nietzsche se refiere en Verdad y mentira en sentido extramoral sufre más a menudo y cuando sufre, sufre más: “es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente”77. La subjetividad según la post-palabra puede definirse de este modo como aquella altura hasta la cual uno está dispuesto a seguir hablando; uno es 71 PLATÓN, República, 395c PLATÓN, República, 396c 73 PLATÓN, República, 296b 74 PLATÓN, República, 397a 75 LUCAS, 8, 30. 76 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra. I, iii. Trad. Angel Luis Pujante 77 NIETZSCHE, Verdad y metira en sentido extramoral. Ed. Tecnos, 2007. Pp., 38 72 impulsivo hasta que no lo soporta más, a pesar de lo cual, cabe sugerir, no dejan de aparecer regresos a estas formas como si la rendición a este estilo de hablar nunca fuera definitiva; “no, no es una recaída, no es sino un último estremecimiento del demonio anterior”78. Mi identidad, mi regularidad es aquel punto en el que me paro cuando mi cuerpo deja de soportar mi palabra: soy la interrupción de mi lenguaje. La subjetividad es, de este modo, un grado de tolerancia, de disposición al devenir de las palabras. Uno (un habla) puede ser tantas personas como el cuerpo pueda soportar. En tanto la palabra rebasa al sujeto, éste es tanta palabra como pueda asumir, siendo la totalidad de ésta un límite asintótico que es posible perseguir pero difícilmente alcanzar. El lenguaje de la irresponsabilidad se pone constantemente más allá de toda forma y de todo límite normalizador, incluso más allá del último tren que es aquel de la muerte. Ni siquiera este final de partida es relevante para hacer callar el lenguaje. La posición clave que este momento ha jugado en la tradición filosófica occidental terminado por elevar esta negatividad como sorpresa inevitable para el lenguaje, como fin último de la palabra ante lo cual no cabe sino reflexionar someter la palabra al ritmo del duelo. En sus distintas versiones la muerte opera una suerte de mediación inevitable que, una vez más la locuacidad evita. Por tomar un ejemplo concreto, en la misma dialéctica que augura el enfrentamiento, Hegel define la muerte como el señor absoluto capaz de obrar sobre la conciencia una disolución que conduce a esta a una suerte de realización liberadora según el trabajo. Atemorizado, no puedo sino trabajar obsesivamente ante el miedo que mi rival me inspira. La muerte es la fluidificación absoluta de la conciencia que, sin embargo, en nada parece cambiar el lenguaje de Falstaff. Su conciencia es ya algo fluidificado con anterioridad a la experiencia del temor. Falstaff muere para acto seguido revivir ante la sorpresa del Príncipe, LANCASTER ¡Alto! ¿Quién va? ¿No dijiste que este gordo había muerto? PRÍNCIPE Claro, le vi muerto; estaba en tierra sin aliento, ensangrentado.– ¿Estás vivo? ¿O es una ilusión que juega con mi vista? Anda, habla. No daremos crédito a los ojos hasta darlo a los oidos. No eres el que parece79 Otro tanto ocurre con Cleopatra cuya muerte ocurre una vez más en una suerte de simulacro: “[Cleopatra] te dio aviso de su muerte, / más, inquieta por su efecto, me ha enviado / a que te diga la verdad”80. Lo que puede ser tomado de estos pasajes es, de manera alegórica, el sentido en que el lenguaje logra sortear, tal como ha sido aquí explicado, todos los finales contra los que es empujado. Logra superar toda contradicción para seguir hablando más allá de toda imposición: “del Ave Fénix no se dice que muere sino solamente que renace (¿puedo, pues, renacer sin morir?)”81. Una y otra vez la locuacidad supera todo (incluso la angustia de la nada) reviviendo sin cesar en un devenir interminable. Contra el adversario empeñado en esta suerte de inmediatez ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 71 SHAKESPEARE, Enrique IV, Primera parte, V, iv. Trad. Angel Luis Pujante 80 SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra. IV, xiv. Trad. Angel Luis Pujante 81 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 110 78 79 no es posible proseguir sino estancarse en la sorpresa inquietante de contemplar como el decir atraviesa impertérrito su propia negatividad. ATOPOS: AUSENCIA Y DESEO El lenguaje de la discordia o, en otros términos, de la imposible cordialidad, al que da nombre la post-palabra ha sido tomado según una capacidad del hablante por superar todo final. Cabe sin embargo, para eludir la réplica según la cual este hablante no es sino una suerte de solipsismo asocial, referir este lenguaje a la trama de la intersubjetividad. ¿De dónde procede la locuacidad del bufón o el enredo que ponen en marcha Falstaff y Cleopatra? ¿Desde dónde habla este lenguaje? Siguiendo una sugerencia que trataba de quitar la máscara a otro de estos personajes, Slavoj Zizek, cabe valorar una primera opción: ¿son acaso hablantes que ocupan la posición del analizado dedicándose entonces a una suerte de libre asociación? Su ingenio podría responder a esta estructura, sin embargo, no es una explicación suficiente pues, la libre asociación no tiene por qué conducir a esta suerte de pillaje lingüístico. La siguiente opción retoma una de las acusaciones que lanza uno de los interlocutores de Cleopatra: “habla para un auditorio”82. Más que perderse en una suerte de discurso caprichoso, la locuacidad está inmersa en una suerte de ausencia: no se dirige nunca a sus interlocutores sino que aspira a un discurso grandilocuente similar al que se dirige al imaginario público de un escenario. Ya Oscar Wilde llevó a la realidad la tentativa de transformar la escena cotidiana según las leyes del teatro con un final, como no podía ser de otro modo, trágico. La lógica que habría de regir el lenguaje de estos sujetos es la lógica de la poética más que aquella de las relaciones sociales. En ellas no verían sino el gran teatro de la vida. La explicación vuelve a ser sugerente en cuanto invoca una lógica particular, distinta de aquella que pudiera ser convencional (dinero, justicia, enfrentamiento, por recuperar algunos de los ejemplos tratados) como aquella propia de la afterword, sin embargo, vuelve a estar limitada por un aspecto: el teatro también tiene sus límites y, para el personaje que interpreta, a pesar de su libertad, pesa la cruz de estar interpretando. Los personajes aquí examinados, más que por seguir una lógica teatral, se caracterizan por no seguir ninguna lógica. Es preciso avanzar hacia una tercera posición, para la cual, vale la pena recuperar la pista del teatro: al hablar para un auditorio, estos hablantes no invocan una lógica teatral, sino que ponen en marcha una suerte de ausencia de sí. Incluso en el teatro, cabe sugerir, estos personajes son capaces de invocar un teatro dentro del teatro como escapatoria misma a la lógica interpretativa, tal como sucede en Hamlet. De esta manera no por estar ante un auditorio se encontrarían finalmente con un interlocutor válido al cual mostrar una suerte de sinceridad. Más bien, puede sospecharse, son afines a poner en marcha una vez más el gesto de evasión que, aún estando en escena, saca a estos personajes del escenario. Afterword es el habla del ausente. La marca de la locuacidad es la ausencia y esta puede ser invocada según un dispositivo escénico pero no sólo: el recurso trata simplemente de evitar inscribir las palabras en el receptor del discurso: no dirigirme a aquel con quien hablo. ¿Cuál es la importancia de este desplante permanente? Si hasta ahora se ha identificado la postpalabra con el ejercicio de la locuacidad, la alegría o ciertas formas del discurso amoroso, cabe ahora operar un cambio: el lenguaje aquí pronunciado no viene de quien habla sino de otro lugar: la posta-palabra no es, simplemente, el lenguaje de quien habla 82 La cita es de memoria pero procede, probablemente de SHAKESPEARE, Antonio y Cleopatra. Trad. Angel Luis Pujante sino, de manera bien distinta, el lenguaje de quien escucha que es confrontado con la ausencia que en el produce el emisor que habla: se dirige al receptor evocando en él una suerte de ausencia que hace aparecer la versatilidad de la post-palabra. La fórmula parece harto compleja pero vale la pena referir un ejemplo rápido que sugiere una forma intuitiva. El enamorado experimenta ante su objeto una suerte de mutismo porque aquel suscita en él la ausencia. Cada encuentro de un sujeto enamorado es un inevitable adiós ante el cual enmudezco. Pues bien, si contemplamos la escena desde el otro polo, aquel que sea objeto del amor se verá cómo tiene como interlocutor a alguien tomado por la ausencia. Si uno ha estado alguna vez cortejado por otro se habrá descubierto capaz de una locuacidad sorprendente. El amante, en tanto tomado por la ausencia lo tolera todo y así yo puedo hablarlo todo. Si uno está siendo cortejado puede decir cualquier cosa porque todo le será permitido por ese otro expuesto a la ausencia: es la ausencia lo que suscita la locuacidad. Por tanto, no es el habla de uno lo que pone en marcha la afterword sino la ausencia suscitada en el receptor del mensaje. La conclusión tiene sentido si recordamos como “el ser del lenguaje no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto”83, sólo que, por desaparición hay que entender no aquella de quien habla sino de quien escucha. La explicación puede resultar artificiosa pero no lo es. Solamente puedo ser locuaz en tanto abstraigo al otro de la escena. Los hablantes examinados son hablantes que lo hacen constantemente, según ese dispositivo teatral (hablar para un auditorio) pero también según su negativa a la cortesía, a la espera o a cumplir con las expectativas. Lo que se sugiere de esta manera es la posibilidad de situar la locuacidad en un orden particular que es aquel del deseo: en tanto el receptor es anulado hace aparecer la forma indómita del lenguaje. Afterword es una palabra libre porque se inscribe en el deseo del otro; es, literalmente, el deseo del otro. Lo dislocado no son entonces las palabras, sino el propio deseo de quien las escucha y a quien le son dirigidas. Siguiendo con el ejemplo de los enamorados, Barthes da cuenta de este efecto: si caigo enamorado de un objeto caigo en el mutismo. Pero el reverso de este silencio es la palabra que otorgo al otro: mi mutismo es la locuacidad del otro, o en otras términos, su lenguaje desaforado se inscribe en mi imposibilidad de decir: “frente a la originalidad brillante del otro no me siento jamás atopos, sino más bien clasificado (como un expediente muy conocido)”84. Atopos, escribe Barthes, “es el otro que amo y que me fascina. No puedo clasificarlo puesto que es precisamente el Único, la imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo” 85 , podríamos decir, entonces, es aquel que se refiere a la falta que me constituye, y al ocuparse de ella me hace enmudecer. La locuacidad de su lenguaje descansa precisamente en esa capacidad de atender a mi falta, esto es, de alimentarla, al mismo tiempo que se muestra irresponsable pues, finalmente no la colma sino que la habla: realiza mi deseo en forma de palabra; pone, por tanto, palabras a lo que yo deseo. Si la pesadilla es la realización de un sueño siniestro, la locuacidad es su reverso lingüístico. El itinerario aquí presentado se ha detenido en el examen de esta forma díscola de lenguaje (de estas palabras dislocadas precisamente porque el otro ya lo está según su deseo) para presentar la forma en que el sujeto o, la palabra, puede ser llevada a un final. La solución está en el examen mismo de la locuacidad pues, si esta se inscribe en el silencio del otro, para terminar con esta proliferación indefinida sólo es necesario invertir las tornas y hacer desear a quien no cesa de hablar. La experiencia es bien 83 MICHEL FOUCAULT, El pensamiento del afuera. pp., 16 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 43. 85 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 43. 84 familiar, pues para quien no desea, todo es decible: solamente cae en el pudor aquel que se ve confrontado con su objeto de deseo. Barthes sugiere el deseo como uno de los posibles finales a la escena de discusión de la pareja que discute: “sólo puede interrumpir la escena alguna circunstancia exterior a la su estructura: la fatiga de las dos partes (la fatiga de uno sólo no bastaría), la llegada de un extraño (en Werther es Alberto), o incluso la sustitución brusca de la agresión por el deseo”86. Para hacer callar no hay más que sugerir el deseo: precisamente la locuacidad no calla porque ella misma se inscribe en un mecanismo capaz de hacer permanentemente desear al otro en una suerte de histeria de la seducción. Los hablantes examinados se hacen ausentes confrontando al otro con una ausencia a pesar de no ser su síntoma aquel del amor. Tanto Cleopatra como Falstaff evitan esperan (y, por lo tanto, no desean; ellos actúan de manera inmediata, sin la dilación del deseo) sino que hacen esperar a los otros. Su palabra ejerce así “la prerrogativa constante de todo poder, “pasatiempo milenario de la humanidad”” 87: hacer esperar. Es la misma treta con que el objeto captura al enamorado: haciéndole esperar. No hablan directamente al otro sino a un ente distinto, como puede ser un escenario, a través del cual hacen llegar sus palabras. Al otro le llega por tanto el lenguaje desde un sitio imprevisto, desde un lugar insospechado e invisible: desde su propia y desconocida falta. La estratagema según la cual la post-palabra logra realizarse es precisamente la clave de la seducción: la posibilidad de invocar en el otro una ausencia, la posibilidad de hacerle desear, es decir, de dejarle sin palabras o, en términos invertidos, de apropiarme de sus palabras. Darian Leader examina este estrategia según la cual cabe entender cómo la mujer más guapa del mundo, Claudia Schiffer, pudo enamorarse precisamente de un mago cuyo oficio no es otro que el de desaparecer88. En efecto, si el lenguaje quiere ser llevado a un final, no es necesario más que operar una suerte de deseo sobre quien no cesa de hablar. En la discusión desaforada no cabe callar al otro sino sugiriéndole algo: no es la ley lo que calla sino el deseo, de ahí el giro, la ley del deseo que lleva a la ley del silencio. La responsabilidad no pertenece tanto al orden de la punición (el dolor, el castigo, la deuda) sino al de la tentación y el deseo. Oscar Wilde ha sabido ver esto: “a community is infinitely more brutalised by the habitual employment of punishment than it is by the occasional occurrence of crime [… of crime, vice and desire, podemos añadir]” 89 . Si el museo quiere callar al espectador, si la locuacidad quiere ser llevada a un final, cabe hacerlo, más con la tentación que con el castigo. Es en este sentido como el dispositivo del museo cabe ser examinado según una suerte de política del habla más que según una simple forma de exhibición vinculada a la mirada. La obra de arte es, en definitiva, la última palabra en la cual llega a pronunciarse la irresponsabilidad es, de este modo, el principio según el ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 116. Pero es oportuno señalar igualmente el efecto disolvente de la tragedia, que aquí tiene mucho que ver con la experiencia de la obra de arte, según esta suerte de inmediatez locuaz. Barthes señala como la enseñanza de El nacimiento de la tragedia no es sino lo mucho que esta suerte de discusión aleja en el teatro griego toda efecto teatral: “Ya antes habia algo análogo, en el discurso alternante entre el héroe y el corifeo: pero aquí, sin embargo, dada la subordinación del uno al otro, la disputa dialéctica resultaba imposible. Mas tan pronto como se encontraron frente a frente dos actores principales, dotados de iguales derechos, surgió, de acuerdo con un instinto profundamente helénico, la rivalidad, y, en verdad la rivalidad expresada con palabras y argumentos: mientras que el diálogo del enamorado [entendemos: la escena] permaneció siempre alejado de la tragedia griega” NIETZSCHE, El nacimiento de la tragedia. Cita tomada de ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 113. 87 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 126 88 Cita pendiente de: DARIAN LEADER, Why do women write more letters than they post. 89 OSCAR WILDE, The Soul of Man Under Socialism 86 cual la sociedad inscribe la verdad en el lenguaje de los hablantes. La obra de arte, como un enigma, esconde lo innombrable que hace callar al sujeto. EL MUSEO: ¿CÓMO DOMINAR UN DEMONIO? 90 La propuesta de Heidegger en Ser y tiempo toma la afectividad como una forma fundamental de entrar en contacto con el mundo. Se trata aquí de sugerir los modos de hablar como una suerte de prismas a través del cual el decir reconstruye lo visible. El régimen sensible es un derivado o una consecuencia de cómo hablamos y así, en las formas del lenguaje, en los modos en que las palabras sean tramadas es posible construir lo real de un modo otro. La enseñanza de la post-palabra al respecto es clara: la realidad es una forma de hablar, y ello es posible pensarlo según la particular experiencia que la locuacidad puede hacer del mundo. Para sugerir su forma, desde una posición negativa, cabe sugerir como Hamlet en el museo, o Falstaff, quizás no fueran capaces de ver el carácter enigmático de la obra de arte. Lo que se trata de analizar en lo que se refiere al museo y, por tanto, al lenguaje, son los distintos modos en que queda vinculada la palabra a la mirada y cómo ello, en el recinto particular del museo ocurre en el acontecimiento que hace surgir, para el visitante, la obra de arte. Si ha sido preciso recorrer las formas de la post-palabra ha sido por el giro que ello permitirá dar: la locuacidad es el polo opuesto de museo, aquel extremo para el cual la obra se aparece en su “carácter payaso”91 para un sujeto capaz de evitar todas las preguntas capaces de tramar una suerte de sentido o responsabilidad lingüística: “Para las preguntas: ¿Por qué se imita algo? ¿por qué se cuenta como si fuera real algo que no es verdad y simplemente deforma la realidad? no hay una respuesta que convenza a quien las plantea. Las obra de arte enmudecen ante el ¿Para qué todo esto?, ante el reproche de su inutilidad real” 92. Efectivamente, este tipo de hablantes, sujetos a la inmediatez no son capaces de entrar en un registro de la demora y del deseo según la cual la palabra es aquella del significado, más que aquella asignificativa de la réplica compulsiva y autovalidatoria. La experiencia del museo es, pues, la experiencia que atraviesa el espectador según la cual su habla se torna significativa en una suerte de renuncia a responder (de mutismo) en el cual la presencia se torna significado y con ello aparece el enigma. Ecuaciones varias que ponen en juego y articulan los puntos centrales de esta exposición. El hablante que habrá de devenir espectador no es otra cosa que la doma de un lenguaje díscolo e irresponsable según una suerte de respuesta eterna (otra vez: de mediación más que de inmediatez) que habrá de hacer surgir en él el deseo. Por presentar la primera parte de este análisis, el museo es analizado, según este punto de vista, como una institución lingüística dedicado a la ordenación de la palabra. En Occidente, Michel Foucault ha analizado lo que ha llamada prácticas de sí como “procedimientos existentes sin duda en cualquier civilización que son propuestos o prescritos a los individuos para fijar su identidad, mantenerla o transformarla en función de cierto número de fines, y todo ello gracias a las relaciones de dominio de sí sobre uno mismo o de conocimiento de uno por uno mismo” 93. El museo, en tanto una institución volcada sobre el lenguaje produce su efecto artístico, la obra, según una incitación al deseo (suspensión de la inmediatez) como una suerte de renuncia de modo que, al repasar los hitos que según los cuales el sujeto ha aprendido a renunciar, o simplemente, los hitos de la educación en Occidente, desde el diálogo platónico hasta el psicoanálisis, es posible revistar también los hitos que en el museo permiten hacer del 90 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007 TH. W. ADORNO, Teoría estética, Ed. Akal, pp., 164 92 TH. W. ADORNO, Teoría estética, Ed. Akal, pp., 165 93 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermeneútica. En Subejtividad y verdad. pp., 255 91 hablante un espectador. Ética y estética, en materia de significado, convergen en torno a las prácticas de sí pues ambos, espectador y sujeto responsable, pretender conformar subjetividades similares. El museo aspira, de esta manera, a algo que ha sido examinado en los puntos anteriores, esto es, las formas en que el lenguaje puede ser llevado a un final como formas de crear una responsabilidad. Se inscribe esta institución en la serie que Nietzsche propone bajo la pregunta sobre la responsabilidad en el hombre: “aquella tarea de criar un animal al que le sea lícito hacer promesas"94. El museo está en la lista de las instituciones encargadas de velar por la instauración y preservación de la conciencia en tanto ordenada como una forma de responsabilidad, esta vez, ordenada según el mismo lenguaje. Las prácticas de sí, son, por tanto, el horizonte bajo el cual cabe analizar el museo, pero cabe también proponer otros ámbitos que deberán ser tenidos en cuenta pues los efectos de la responsabilidad no sólo deben ser escuchados en el lenguaje sino, como muestra la propia institución del museo, también el ámbito de lo sensible: la obra de arte misma no es así sino el producto de un régimen lingüístico. Si Hamlet acabó en tragedia es quizás porque el joven príncipe no se aventuró a la mediación del museo. La perspectiva se inscribe, por lo demás, en lo que cabe ser llamado mito de la renuncia expresado zoológicamente por Schopenhauer: “nos parecemos a elefantes capturados, que durante muchos días barritan y forcejean terriblemente, hasta que ven que ese furor es inútil y entonces de repente ofrecen tranquilamente sus cervices al yugo, y quedan domados para siempre”95. La verdadera identidad sólo es resultado de una suerte de renuncia: solo abdicando es posible llegar a uno mismo; “por no comprender suficientemente todo esto, muchas personas realizan toda clase de intentos destinados al fracaso: violentan su carácter en lo particular” 96. La verdad de las palabras y, con ello, la de uno mismo, está en la dilación de la espera, la renuncia o, en general, cualquier mediación que evite la simple y compulsiva réplica. Es en esta suerte de discontinuidad como es posible hacer emerger el sentido (y el significado) vinculado a la forma misma de ser, según lo cual, es posible poner límites al lenguaje y a uno mismo, agarraderas según las cuales desplazarse por la experiencia según el apoyo de los conceptos y la repetición. En esta forma de significatividad, en esta dilación del sentido, es posible descubrir aquello respecto de lo cual los hablantes irresponsables (esto es, aquellos que no repiten, que no esperan en la respuesta del otro lo que ya ha sido, la repetición, aquellos que hacen las cosas compulsivamente sin que la acción, por idéntica al pasado que pueda ser, no es realizada según un vínculo repetitivo, convenido) pueden dejar de serlo. Si para la locuacidad el tabú, la roca dura respecto de la cual habla Wittgenstein, es algo excedido una y otra vez, para el hablante responsable emerge como el código, como el primer mandamiento del lenguaje, como aquello que debe regir la palabra y la acción mismas. Hay que dejar algo inaccesible (algo respecto de lo cual hay que renunciar) para poder acceder a la mediación del deseo. Solo de esta forma, según estos parámetros es posible comprender verdaderamente qué es la roca dura, esto es la forma material en que cristaliza el tabú. El museo es la institución que en el corazón del lenguaje ético hace devenir el tabú en la forma de obra. Ello es, como se mostrará, la figura en la cual el hablante es enmudecido poniendo en este primer punto silencioso la pica que habrá de regir su carácter fiel y repetitivo. Ahora bien, ¿cómo se accede al significado? 94 NIETZSCHE, La genealogíaa de la moral. Libor II. SCHOPENHAUER, El mundo como voluntad y representación. Libro IV. §55 96 SCHOPENHAUER, El mundo como voluntad y representación. Libro IV. §55 95 ENTRADA En las antesala del MOMA el esqueleto de una ballena cuelga de una barra que pasa inadvertida como si se tratase de un mero soporte cuya función carece de importancia frente a la obra misma que sostiene. La posibilidad de construir hablantes responsables, sea según un ánimo del propio sujeto respecto de sí mismo o de una institución respecto de los hablantes, descansa en capacidad de limitar el lenguaje reduciendo las palabras a un orden significativo. ¿Cual es la condición de posibilidad del significado? Por una lado la renuncia, pero al mismo tiempo, el correlato subjetivo y somático de este régimen es una forma de interioridad. Los hablantes significativos abren una interioridad como si esta se convirtiera en el topos de la responsabilidad, en el límite mismo del lenguaje, un demonio capaz de poner término a la progresión de las palabras. Acerca del vínculo entre renuncia y significado es posible traer a colación numerosos análisis pero merece la pena referirse a aquel emprendido por Freud que Agamben menciona en el libro Estancias y que vincula nuestro propósito al museo. Lo siniestro se caracteriza por ser algo familiar y al mismo tiempo inquietante donde el segundo término funciona a la manera de un enigma indicativo de algo que ha sido reprimido. Lo familiar, en tanto ha sufrido alguna forma de oclusión produce un remanente significativo que transforma el objeto en algo no comprensible completamente y por tanto enigmático. La relación ya está sin embargo construida para nosotros: el significado se abre como un pliegue de lo presencial en tanto es objeto de una represión, «sólo lo que es suprimido queda simbolizado»97 y ello es reconocido, en un primer momento, bajo el carácter de lo enigmático. La renuncia, que ha sido presentada como correlato del significado, se realiza en su forma primera como enigma y el museo no es otra cosa que la institución encargada de velar por esta forma de lo real. Puesto que su relación con el significado se hace ahora evidente, es preciso y justificado avanzar el carácter lingüístico de esta institución. Lejos de la apreciación del museo como una institución vinculada a la mirada es preciso ubicarla en el topos aledaño de la palabra. La obra de arte funciona como un enigma, “todas las obras de arte, y el arte en su conjunto, son enigmas” 98, y este carácter es, en definitiva una atribución lingüística, no propia de la mirada. “Que las obras de arte digan algo y al mismo tiempo lo oculten es el carácter enigmático desde el punto de vista del lenguaje” 99. La forma de mirar propia del sujeto contemplador, no es sino aquella del que ha sido llevado a cierta forma de hablar (es decir, se mira tal cual se habla). Es fácilmente imaginable el efecto corrosivo que la locuacidad de Falstaff tendría ante una obra de arte. Si su habla es capaz de disolver las relaciones de deuda y el enfrentamiento, el carácter enigmático ante el que Nataniel se descompone en "El hombre de arena" poco podría resistir a una rápida conversión en chiste. Ante Falstaff sus interlocutores temen la constante amenaza de disolución: "quiere convertirlo todo en una broma" 100 , pero, sin embargo, de la misma forma que es imaginable esta imposibilidad de reconocer el carácter artístico de una obra, es familiar la sospecha de que, para aquel que habla como un espectador (prácticamente: para aquel que calla), todo, incluso un urinario, toma un sentido enigmático. Si el habla Falstaff no hace aparecer en ningún caso el carácter enigmático de la obra, otro tipo de disposición que será posible analizar lo muestra por doquier. Para el espectador, cualquier objeto (o incluso, ausencia de objeto) que ocupe el lugar que el dispositivo que ordena su habla ha reservado a la obra es artístico. Así en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, los espectadores que trajinan de una a otra exposición a menudo entra por error en la biblioteca mantienen su aire expectante a pesar de estar mirando estudiantes y no objetos de arte. Las condiciones similares entre la sala de exposición y la biblioteca hacen indiscernible, en un primer momento, una obra de arte de un objeto no artístico y, ni siquiera de un sujeto más: el carácter enigmático del arte está impreso en la subjetividad del espectador como una incitación a cierto modo de hablar.101 EL PLIEGUE DE LO REAL Reconocer el este carácter enigmático del significado por doquier exige en el sujeto la disposición de buscarlo allí donde posa la mirada como si ante las cosas fuese posible producir una suerte de pliegue sobre la realidad capaz de hacer aparecer el significado como un velo fantasmal. El primer momento del significado es pues, la ruptura o mediación de lo real, su disociación o suplantación bajo un orden desconocido para el hablante locuaz. Para significar el mundo hay que suprimirlo previamente bajo el 97 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 245 98 TH. W. ADORNO, Teoría estética, Ed. Akal, pp., 164 99 TH. W. ADORNO, Teoría estética, Ed. Akal, pp., 164 100 SHAKESPEARE, Enrique IV. Segunda parte, II, iv Trad. Angel Luis Pujante 101 Contra esta subjetividad de la obra artística es posible descubrir una reacción en el arte mismo de manera que el urinario de Duchamp y las performaces de Marina Abramovic que tratan de sacar al sujeto de su ensimismamiento no tratan sino de contruir el objeto artístico más allá de la tendencia a la inacción del espectador. humo de algo que no pertenece al reino de la presencia. ¿Cómo producir este desdoblamiento? ¿Cómo frenar el ritmo de palabras que ciñéndose a lo evidente consiguen esquivar el significado a la manera de un lagarto que con rápidas zancadas consigue surcar un estanque sin hundirse? El acceso al significado no es distinto a dejarse hundir en uno de los nenúfares fijos que flotan en el agua. ¿Cómo dejar de flotar sobre la superficie? La pregunta no es distinta de aquella que remite al soporte mismo de la metáfora: “enigmática sería la razón por la cual la metáfora en general “se soporta””102 La obra ya citada de Agamben señala la clave del significado y apunta a la barra, de suyo asignificativa, como su condición de posibilidad de éste. Ahora bien, poco más dice al respecto. ¿Cómo se instituye esta dicotomía? De la misma manera que Kant señala la imposibilidad que supone el noúmeno y Schopenhauer encuentra en la experiencia del cuerpo un acceso capaz de atravesar esta limitación, es posible explorar en el museo la puesta en marcha de esta barrera entre lo real y el significado. Las formas que realizan la asignificatividad de la barra son las prácticas mismas que constituyen al espectador ante lo enigmático. Para Agamben la dicotomía entre significado y significante (S/S) deja la cuestión misma del significado sin resolver una y otra vez: "el sentido de esta barrera se deja constantemente en la sombra" 103 y de este modo, "la pregunta que queda omitida es precisamente la única que hubiera debido formularse, a saber: «¿Por que la presencia está de tal modo diferida y fragmentada que algo como "la significación" se hace también posible?»"104. Como si el enigma mismo se desdoblara en la antesala del MOMA, la ballena inscrita en el dispositivo del museo, tal como una obra más, da la clave al enigma respondiendo con otro enigma a la propia pregunta de suyo enigmática. La barra del significado instaura el significado: en las propias salas se pone de manifiesto cómo ocurre esta revelación que no es sino la puerta del significado. El control al que se somete el espectador obra la renuncia que duplica la realidad en forma de significado. "Ese pliegue [de la barrera] que recoge y divide cada cosa en la »conmensura» de la presencia"105 no es otro que la renuncia tal cual la dispone el museo y la asume el espectador. Si ha sido posible tomar el horizonte de la renuncia de las prácticas de sí analizadas por Foucault para proyectarlas sobre el museo, es preciso señalar, antes de exponer en qué consiste este mecanismo de supresión, cuales son las consecuencias del ingreso en este régimen del significado que tendría la facultad de poner fin al progreso indefinido de los hablantes irresponsables. Para ellos no hay final en tanto no hay significado (su habla es un progreso asignificativo, hablan de nada) y solamente de la mano de un acceso a esta duplicación de lo real en el terreno de la palabra es posible poner fin a la proliferación del lenguaje. El enigma es así el final de partida para un espectador irresponsable como pudiera serlo Hamlet. Agamben nos deja entonces alguna señal sobre la implicaciones de entrar en el espacio del significado: "El fundamento de la ambigüedad del significado está en esa fractura original de la presencia que es inseparable de la experiencia occidental del ser y por la cual adviene a la presencia, adviene a la presencia como lugar de una diferencia y de una exclusión, en el sentido de que su manifestarse es, al 102 JOSE M. CUESTA ABAD, Poema y enigma, Ed. Huerga & Fierro. 1999. pp., 11. GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 231) 104 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 232) 105 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 264) 103 mismo tiempo, un esconderse, su ser presente un faltar. Es esta copertenencia originaria de la presencia y de la ausencia, del aparecer y del esconderse lo que los griegos expresaban en la intuición de la verdad como [término], desvelamiento, y es sobre la experiencia de esa fractura sobre lo que se funda el discurso que seguimos llamando con el nombre griego de «amor a la sabiduría». Sólo porque la presencia está dividida y despegada es posible algo como un «significar»; es sólo porque no hay en el origen plenitud sino diferimiento (ya sea interpretado como oposición del ser y del aparecer, como armonía de los opuestos o como diferencia ontológica del ser y del ente) hay una necesidad de filosofar"106 Así pues, en el origen del final del lenguaje infinito no está otra cosa que el mundo, pero no tal como era presentado por los otros en un acuerdo, sino en su forma enigmática, precisamente como ausencia de mundo es decir, como significado. El ser político del sujeto (el hombre es un animal político) se confirma así como ser de un hablante de acuerdo a la fragmentación de la realidad que hace posible el genuino espacio del significado en el que devenir comunitario. Ahora bien, ¿cómo ordenar el tránsito de la proliferación indefinida de las palabras a esta relación con la ausencia que marca el acceso al significado? Hasta ahora hemos mencionado la barra del significado (representada en la ballena del MOMA) como sinónimos de renuncia sin explicar en que consiste pues esta supresión de la realidad ¿Cómo poner un límite? ¿Cómo renunciar? ¿Cómo crear un enigma? ECONOMÍA Y DEMANDA: NO ENTRE AQUÍ QUIEN NO LO HAYA DESEADO. A diferencia de las instituciones de control dedicadas a la inclusión forzosa del sujeto en determinados ordenes, el museo es una institución a la que se accede de manera voluntaria. La pregunta fundamental a la que esta circunstancia apunta es la siguiente: ¿cómo la imagen es capaz de crear una expectativa que el sujeto vivirá en su lenguaje? ¿Cómo la imagen invita al lenguaje a proliferar? Bajo una forma inconsciente la imagen (lo vivimos a diario en la publicidad) nos invita a desear en un modo lingüístico. ¿Cómo se produce esta sugestión que obra una suerte de traducción entre lo visible y la palabra?107. La importancia de la decisión voluntaria de entrar en el museo que debe realizar el sujeto con anterioridad a su acceso a las salas es definitivo pues sitúa la posibilidad misma del enigma que aparece en el museo en un momento previo. La situación es harto similar a aquella que ocurre en el psicoanálisis según la cual sólo es posible iniciar una terapia sobre una demanda previa que el paciente traslada al diván. Sólo sobre un ansia o un deseo más o menos inconsciente es posible transformar al sujeto. El mito de Pigmalión es sólo realizable según algo que ya estaba en el sujeto a transformar, por lo que no cabe más transformación del otro que hacia aquello que ya estaba en él y que, sin embargo, podía permanecer oculto, implícito o inconsciente. La formula económica que Lacan se jactaba de haber realizado consistía en la creación de una demanda según la oferta que consistía en poner en alquiler su propia 106 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 229 107 Cabe sugerir: i) La imagen crea expectativas, por eso vamos al museo. ii) EL cumplimiento de estas expectativas, en el terreno de la imagen es el silencio, la absorción del sujeto por parte de su objeto de contemplación. iii) ¿No es toda expectativa la tentación de dejar de hablar? El reclamo oculto de todo deseo es un final del lenguaje. ¿Y si la expectativa no es finalmente dejar de hablar? oreja. Es el sueño de cualquier economista según el cual lo ofertado habrá de generar un deseo por respuesta: Lacan, poniendo su oreja en alquiler despierta en el público el deseo de hablar que hace posible la propia terapia, pero de este modo, cabe pensar, y ello sucede igualmente en el museo, la transformación ha empezado ya antes de entrar en la sala. Otro modelo paradigmático de esta transformación es la Fenomenología del Espíritu según la cual el sujeto asciende a través de los diversos estadios, que no son otra cosa que la superación de sucesivas contradicciones, según un ansia de saber que ya precedía al proceso entero. Lo Absoluto ya existe en el sujeto (al menos en aquel que ansía recorrer el proceso) de modo al que asistimos como lectores es la contemplación de cómo esa demanda anterior se desarrolla como una toma de conciencia. Lo Absoluto es algo ya implícito y el trabajo de la Fenomenología consiste en su revelación. Cabe pensar así como el tipo de institución dedicada a la transformación del habla debe comenzar por el delicado momento que precede a toda repetición de la Fenomenología, es decir, debe hacer descender lo Absoluto sobre el sujeto. La propuesta, que se deja ver como titánica no es tan desproporcionada y consiste simplemente en ese gesto bien conocido por los economistas que supo tomar Lacan. Descubrir la demanda inconsciente del sujeto puede realizarse según dos vías: por un lado es posible crear esta falta (cuya reverso es una demanda, es decir, tengo una falta y mi ansia de completarla es mi demanda: busco lo que no tengo), por otro lado es posible reconocerla como si ya estuviera allí sin necesidad, por tanto, de crearla. El psicoanálisis realiza ambos puntos pues, por un lado es una institución que oferta una escucha y, por otro, es una institución que busca en las palabras del paciente el eco de lo que ya le faltaba. El museo, sin embargo, no puede poner en práctica estas dos vías sino solo una puesto que la escucha debe quedar descartada en tanto la institución no tiene oreja: tan sólo puede ofertar contenidos; esa es su única forma de crear una demanda que atraiga al espectador, la publicidad. Sólo puede realizar el descenso de lo Absoluto sobre el sujeto según una forma de oferta cultural o, cabe sugerir, lingüística. En este sentido, el museo se inscribe en el horizonte del marketing convencional según el cual los productos son vendidos al comprador de acuerdo a la publicidad, con una salvedad: el museo no ofrece nada material. Su oferta no cae en el orden de un objeto que pueda ser consumido sino, más bien, de lo contrario: oferta un objeto que no puede ser consumido108; es un lenguaje lo que allí vemos. 108 Al respecto cabe mencionar de nuevo la Fenomenología del Espíritu. La asimetría que produce en encuentro de dos autoconciencias decididas a aniquilarse consiste en una conciencia servil y otra dominante. Hegel desarrolla la relación entre ambas según dos momentos, uno inmediato y otro mediato. Según lo primero el amo se relaciona con la cosa (la consume) y el esclavo está sometida a ésta sin poder someterla (el amo se ha elevado sobre la vida y los constituyéndose como un deseo puro capaz de negativizar el mundo y la conciencia del esclavo; el siervo, por su parte, al renunciar a su deseo ante el miedo que la muerte le ha sugerido, ha quedado apegado al mundo sin capacidad de consumir éste). Según el momento mediato, el amo se relaciona con la cosa a través del esclavo. Vals Plana (Del yo al nosotros) desarrolla esta mediación según el siguiente silogismo: : “el señor domina la cosa, pero la cosa domina al siervo, luego el señor domina al siervo” (Vals Plana, Del yo al nosotros). La escena es, por lo demás, harto familiar: cuando yo, compungido y avergonzado por alguna mala acción debo asistir a una comida familiar, con el rabo entre las piernas veo como mi padre pide el vino y lo saborea y me pregunta qué quiero comer. En tal situación no como sino por obligación mientras el padre consume su plato. En lo que se refiere al museo, su oferta cultural de objetos que no pueden ser consumidos ponen al espectador en una situación similar a la del esclavo que no puede consumir la realidad, con una salvedad significativa: tampoco puede transformarla como si le es legítimo hacer al trabajador. Es esta imposibilidad de realizar la cosa materialmente lo que en el espectador produce una realización de otro orden: el apego del esclavo por la cosa es significativo y el producto de tan relación con el mundo (con la obra de arte) tiene como resultado el enigma, es decir, el acceso al significado. La realización que hace el espectador, en tanto La experiencia cotidiana pone de manifiesto como todo intento de transformar a una persona (cabe poner el ejemplo del enamorado) choca siempre con la resistencia de éste salvo cuando la transformación no es evidente y guía al sujeto hacia algo que ya quería y que, quizás, habiéndolo pospuesto durante demasiado tiempo había hecho inconsciente. En el caso de los hablantes irresponsables todo intento de hacerles entrar en razón choca de la manera mas estrepitosa con la afirmación de si mismos por encima de lo que trata de ser señalado como error. En última instancia, cabe incluso imaginar el rechazo de la relación misma cuando la obstinación por hacerle cambiar se vuelve molesta. El museo, sin embargo permanece pasivo como si esperase a que el sujeto llegase hasta él. No hace entonces sino representar ese papel que, si hubiéramos de imaginarlo personificado en un sujeto sería aquel de quien es capaz de resistir las injusticias de la comunicación, una figura que, tal como ha dicho Roland Barthes se corresponde con la Madre: "aquel que aceptara las "injusticias" de la comunicación, que continuara hablando ligeramente, tiernamente, sin que se le responda, adquiriría una gran maestría: la de la Madre"109. Es desde esta tolerancia desde donde puede ser notado o escuchado la demanda misma del otro hablante y es, desde esta posición como cabe descubrir aquello sobre lo que se hará bailar al propio hablante. La madre representa pues ese requisito que hace posible la Fenomenología, esto es, el descenso previo de lo Absoluto sobre el sujeto. La demanda que el sujeto traslada al museo encontrará una realización en las salas de exhibición según la obra de arte: es posible sugerir la materialidad de esta forma de producción como el correlato según el cual en el museo se realiza la propia demanda del sujeto aunque cabe añadir a esta materialidad mas. Su carácter no es sólo material sino, por encima de todo, y esta es su característica, enigmático, esto es, significativo. La realización de la demanda del espectador de arte es el pliegue de la realidad: ver en lo real eso mismo que le ha llevado hasta allí (un resto de lo Absoluto, podríamos pensar, una forma de negatividad inscrita en la materialidad de la obra). Es por ello que la explicación de esta realización llama a dos ejemplos que tradicionalmente han tratado con este dominio y que vierte, de este modo, alguno luz sobre aquello que ocurre en el museo. En primer lugar cabe referir al amor para reivindicar el carácter previo que exige caer en este estado. El mito del flechazo sugiere el enamoramiento como algo forzoso y que, por tanto, atrapa al sujeto sin haberlo querido; el amor como la cárcel. Roland Barthes aporta un punto de vista bien distinto que se propone la existencia necesaria de algo previo cuya realización, como en el museo, vendría a realizar el objeto de amor. No se enamora, en este sentido, quien antes no ha incubado (consciente o inconscientemente) un deseo a tal experiencia: "El episodio hipnótico, se dice, es ordinariamente precedido de un estado crepuscular: el sujeto está de algún modo vacío, disponible, ofrecido sin saberlo al rapto que lo va a sorprender. De la misma manera Werther nos describe por extenso la vida insignificante que lleva en Wahlhein antes de encontrar a Carlota: nada de mundanidad, de ocio, sólo la lectura de Homero, una suerte de acunamiento cotidiano un poco vacío, prosaico (se hace cocer guisantes). Esta "maravillosa serenidad" no es más que una espera -un deseo-: no caigo nunca enamorado, si no lo he deseado; la vacancia que he creado en mí (y de la que como Werther, inocentemente, me enorgullezco) no es otra cosa que ese tiempo, más o menos largo, en que busco con los ojos, en torno siervo, es del orden de la fantasmalidad: hace aparecer una suerte de inmaterialidad como si esto fuera lo propio de la transformación significativa. 109 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 53 mío, sin que lo parezca, a quien amar. Ciertamente que al amor le hace falta un desencadenante, como al rapto animal; el señuelo es ocasional, pero la estructura es profunda, regular, como es estacional el acoplamiento. Sin embargo el mito del "flechazo" es tan fuerte (cae sobre mí sin que me lo espere, sin que lo quiera, sin que tome en ello la menor parte), que uno se queda estupefacto al oír que alguien decide caer enamorado: como Amador viendo a Florinda en la corte del gobernador de Cataluña: "Después de haberla mirado largo tiempo resuelve amarla." ¿Cómo, voy a decidir si debo volverme loco (el amor sería esta locura que yo quiero)?"110 Como en el museo, en el amor es necesario decidirse a dejarse caer. El espectador se entrega al espacio del museo, el enamorado a la figura de su amor y, de este modo, el flechazo no acontece sino como una realización de algo que ya estaba allí. Uno es alcanzado sólo por la flecha que solicita. El sentido en que cabe realizar este deseo previo puede ser entonces explicado según la filosofía, pues, junto con el amor, esta experiencia ha sido central en el trato con ese desdoblamiento de lo real. A partir del amor el sujeto ve en la presencia de su objeto el rastro de una ausencia en la cual se desfonda su propia subjetividad así como la referencia de las palabras. Por su parte, la filosofía no sería sino uno de los esfuerzos que ha tratado de salvar o explicar esta discontinuidad abierta en lo real. En lo que respecta a esta investigación, en este preciso momento no se trata de descubrir cómo salvar ese hiato sino, más bien, como crearlo. Si el amor, en una interpretación barthesiana del mito del flechazo, hace posible comprender la experiencia que antecede al acontecimiento, la filosofía hace posible recuperar el sentido en que esta demanda previa puede ser realizada, esto es, el sentido en el que el flechazo del amor ocurre una vez que ya lo habíamos deseado. Una vez más, en la Fenomenología del Espíritu, los primeros capítulos, además de mostrar una conciencia atravesada por un ansia que la hace avanzar, dan cuenta de qué sea el comienzo de la filosofía. No se trata aquí de buscar una posición estratégica (la duda –Descartes–, la trascendentalidad –Kant) pues no hay una conciencia exterior al saber desde el cual ordenar el conocimiento. En un tono de burla Hegel compara este proceder con el aprendizaje de la natación fuera del agua y así, su comienzo de la filosofía, aquel que pone en marcha lo que históricamente le ha sido propio a esta experiencia, a saber, la puesta en suspenso de los presupuesto generales, ocurre como una negación. La realización de la demanda del sujeto funciona como una negación de lo real y ello debería entonces poner la Fenomenología en la doble estela del amor (según lo cual veo en mi objeto algo que no es inmanente a él, que no es parte de su presencia) y del museo (según lo cual el enigma está más allá de lo real). Lo que los tres primeros capítulos realizan es una negación dialéctica del mundo según la certeza sensible, la percepción y el entendimiento: solamente negando la realidad es posible comprenderla, es decir, sólo de este modo es posible hacerla significativa (instaurar el significado en el orden de lo real): "El espíritu debe abandonar (negar) la naturaleza para realizarse (afirmarse) a sí mismo lejos de toda intuición inmediata"111. Si la preparación, de la que habla Barthes, que precede al flechazo da cuenta de una forma de anterioridad necesaria para instaurar el significado, este comienzo de la filosofía, según Hegel, da cuenta de cómo es realizable. El museo, en tal caso, siguiendo estos dos ejemplos debe, en primer lugar, crear una demanda y, a continuación, deber realizarla según una negación de lo real que termine por realizar el carácter negativo (enigmático) de la obra sobre lo real. "Para ser concebido, el espacio debe ser negado, esto es, debe 110 111 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 207 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992, pp.,53 devenir tiempo"112. Si Hegel da la pista sobre la operación que debe ser practicada, el museo da cuenta de cómo esta negación es realizable según determinadas prácticas. SALIDA DE LO SOCIAL Si el horizonte del museo es la renuncia cabe revisar los trabajo de Michel Foucault en torno a la Ontología histórica de nosotros mismos113 que han explorado la relación ética por medio de la cual nos constituimos como sujetos de acción moral. Las tecnologías recogidas por Foucault en La Historia de la locura y en La Historia de la sexualidad sirven para construir la noción de «gubernamentalidad» como “gobierno de sí mismo por uno mismo en su articulación con las relaciones habidas con algún otro (autrui)” 114 centrada sobre la posibilidad de la renuncia que va, desde la leve ascesis del cuidado de sí hasta la renuncia absoluta de sí características de la confesión. En uno y otro caso, el horizonte de estas prácticas es el vínculo con uno mismo y con la comunidad según instrumentos que ponen en marcha estructuras apropiadas de respuesta y de mediación con el significado (por señalar la vertiente lingüística de estos procedimientos). De manera general tratan de dar respuesta a los siguientes interrogantes: “¿Qué hacer de sí mismo?, ¿qué trabajo llevar a cabo sobre sí?, ¿cómo «gobernarse» al ejercer acciones en las que uno mismo es el objetivo de dichas acciones, el dominio en el que se aplican , el instrumento al que han recurrido y el sujeto que actúa?” 115 La pertinencia de adoptar este análisis reside en la atención que estas prácticas ponen en la realización de la renuncia de manera que es posible reconocer en esta particular historia de la ética los procedimientos que el museo pone en marcha para hacer posible una experiencia estética particular. Coincidencia, por tanto, de la ética y la estética en relación a la conciencia pues, tanto uno como otro ámbito compartirían procedimientos comunes. El horizonte de esta atención a uno mismo supone dos momentos: por una parte la preocupación por uno mismo como práctica de determinadas acciones, por otro, una suerte de conocimiento de sí que estas prácticas permiten. “No podemos constituirnos en sujetos morales en el uso de los placeres sin constituirnos al mismo tiempo como sujetos de conocimiento” 116 . Según el cuidado de sí es posible producir cierto conocimiento de sí que permitiría hacer más sofisticadas y precisas las propias prácticas. La relación entre estas dos puntos no es fijo y así, de manera general, es posible trazar un itinerario histórico según el cual el conocimiento de sí comienza estando 112 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992, pp.,51 MICHEL FOUCAULT. Tecnologías del yo. En la Introducción a cargo de Miguel Morey. pp., 25 114 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermeneútica. En Subejtividad y verdad. pp., 257. “El gobierno es un conjunto de acciones sobre acciones posibles. Trabaja en el campo de la posibilidad en el que viene a inscribiese el comportamiento de los sujetos que actúan: incita, induce, desvía, facilita o dificulta, extiende o limita, hace más o menos probable, llevado al límite, obliga o impide absolutamente” Foucualt, Dit et Ecrits IV, 237 115 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermeneútica. En Subejtividad y verdad. pp., 255-256 116 MICHEL FOUCAULT, Historia de la sexualidad II: El uso de los placeres. pp., 97. “Max Weber dejó planteada la pregunta: si uno quiere conducirse racionalmente y regular su acción de acuerdo con principios verdaderos, ¿a qué parte de su yo debe uno renunciar? ¿Cuál es el ascético precio de la razón? ¿A qué tipo de ascetismo debe uno someterse? Yo planteo la pregunta opuesta: ¿de qué forma han requerido algunas prohibiciones el precio de cierto conocimiento de sí mismo? ¿Qué es lo que uno debe ser capaz de saber sobre sí para desear renunciar a algo?” (MICHEL FOUCAULT, Tecnologías del yo). 113 subordinado al bien de la polis (en la Grecia platónica) pero termina por independizarse de esta para ser buscado sin ánimo de crear relaciones sociales provechosas para la ciudad; se convierte en un bien en sí mismo. El juicio a Sócrates permite, según Foucault, mostrar la subordinación original del conocimiento al bien de la polis. El carácter provechoso de la relación con los otros que, en última instancia habrá de ser provechoso para la ciudad misma, reside en el conocimiento de sí mismo que no es, en definitiva, otra cosa que la capacidad de renunciar. Sólo mediante el autocontrol es posible entrar en relaciones libres con los demás y provechosas para uno mismo y para los otros: “Para el pensamiento griego de la época clásica, la “ascética” que permite constituirse como sujeto moral forma parte íntegramente hasta en su propia forma, del ejercicio de una vida virtuosa que es también la vida del hombre “libre” en su sentido pleno, positivo y político del término” 117. No hay por tanto una independencia del conocimiento de sí respecto de lo social y, más aún, parece que esta forma de saber es, en definitiva, un imperativo comunitario. La inversión de este esquema es aquel que da la pista de la cancelación de los ordenes sociales habituales que se producen en el museo donde no son posible muchas de las prácticas que definen otros ámbitos de la cultura. “In the museum.. Please.. Muse, converse, smoke, study, stroll, touch, enjoy, litter, relax, eat, look, learn; take notes with pen, pencil…”118. A partir del estoicismo el cuidado de si se acentúa adquiriendo entonces un carácter independiente de la comunidad. No es necesaria una renuncia según la cual pueda aprender de mí para después tratar con los otros sino que ese aprendizaje de uno mismo en bueno por si mismo. Según desplazamientos y apropiaciones de esquemas de saber, en el estoicismo se acepta el modelo médico119 según el cual es preciso y necesario saber de sí con independencia del regreso que este conocimiento permita sobre la comunidad; se llega así a considerarse adecuado “retirarse en sí mismo y permanecer [fuera de la comunidad]” 120. Hay que conocerse porque la condición misma del sujeto lo exige y ello con independencia de lo que luego vaya a ser realizado en el contexto social. Retirarse más allá de las relaciones con los otros se hace entonces oportuno para cuidar de sí fuera del contexto social. En los ecos de estas prácticas reconocemos el espacio del museo donde, se repite a menudo, los objetos deben ser mirados desde una comprensión distinta a la que trama las relaciones intersubjetivas: no es la utilidad lo que debe ser atendido en el museo sino algo que es deseable por sí mismo121. El tipo de saber que construye el museo en relación al espectador no siempre permite volver sobre lo social sino que, a menudo, es una experiencia ascética cuyo correlato epistemológico no retorna a los ciclos sociales. En este sentido, el museo es heredero de la independencia que el cuidado de sí tomar respecto de la polis en el estoicismo. Desde Descartes a Husserl, la filosofía adoptado 117 MICHEL FOUCAULT, Historia de la sexualidad II: El uso de los placeres. pp., 86-87. “De todas las victorias que es posible conseguir la primera y la más gloriosa es la que se obtiene sobre uno mismo mientras que la más vergonzosa de las derrotas, la más ruin, consiste en ser vencido por uno mismo” Foucault, Historia de la sexualidad II: El uso de los placeres. 118 Transcripción de instrucciones para los visitantes del Hirshhorn Museum, Washinton DC. Tomado de: CAROL DUNCAN, Rituales de civilización, Ed. Nausicaä, 2007. Pp., 26. 119 “Puesto que cuidar de si debe ser la tarea de toda una vida, el objetivo ya no es una preparación para la vida de adulto o para otra vida, sino prepararse para un cumplimiento total: la vida. Dicho cumplimiento llega a ser total en el instante que precede a la muerte” (MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermenéutica. En Las técnicas de sí) 120 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermenéutica. En Las técnicas de sí. pp., 453 121 Ese deseo hacia la obra con independencia de la utilidad que pudiera revertir sugiere la autorrealización que la discontinuidad respecto de lo real (el significado mismo) permitiría. El enigma es una finalidad en sí misma. igualmente este paradigma de conocimiento cuyo saber no siempre está pensado sobre un imperativo comunitario sobre el que permita volver de cara a la construcción de relaciones sociales y políticas provechosas. El horizonte del museo es así el de una autonomía del saber sobre lo social. La obra de arte, como negación de lo real según el modelo de la filosofía antes expuesto, "necesita un lugar de culto en el que sea observable, distinto del hábitat natural"122. Es de esta manera como puede ser comprensible su carácter distinto al de la utilidad que trama una gran parte de las relaciones sociales. Sin embargo es también preciso prestar atención a las implicaciones que esta localización extrasocial del la renuncia tienen: la naturaleza lingüística del hombre a la que se refiere Aristóteles es sólo parcialmente realizable en el interior de la comunidad misma: si el hombre es un animal político ello exige que ciertos accesos al lenguaje que, según el itinerario de las prácticas de sí mostrado por Foucault, ocurren a menudo como un afuera de la propia comunidad. Si lo propio del animal humano es hablar, ello sólo es posible según un aprendizaje que, paradójicamente, ocurre fuera de lo social. Por dejar apuntada la consecuencia más llamativa de esta exterioridad, cabe mencionar la evidente incompletitud de los sistema simbólicos pues su comienzo, el acceso a éstos, no está dentro de ellos sino fuera. Se accede desde fuera o, lo que es lo mismo, hay que aprender a hablar y ello sólo es posible como un suspenso de las relaciones sociales. Tal como ocurre en el museo o en la escuela, deben ponerse en suspenso ciertas formas de relación para acceder a las relaciones que serán definidas como genuinamente humanas. La entrada al museo funciona, en definitiva como una salida de lo social en la cual se prescinde de los vínculos y relaciones (sexualidad, comercio, trabajo, lenguaje) que habitualmente sirven para fundar la comunidad a la espera de que, en el interior de las salas de la exposición, todas estas inquietudes puedan ser dirigidas sobre la presencia materia de un objeto. La sustitución de un objeto por todos los otros objetos cotidianos no produce sino un exceso psíquico capaz de desbordar el propio carácter presencial de la realidad. Para quien se ha dejado guiar por las indicaciones del dispositivo (salida de lo social) será posible la experiencia de la sustitución. La obra de arte suplantará primero las relaciones comunitarias y después mi propia imagen como sujeto (la imagen que yo tengo de mí mismo). Lo que finalmente debe ser tomado en cuenta en esta salida hacia el significado es la sustitución que opera la exclusión pues, para el espectador, la aparición del significado sólo será posible según la cancelación o negación de las relaciones sociales. El entendimiento habitualmente dispuesto sobre el dinamismo social es truncado en el museo y enfrentado a la materialidad de la obra. El primera paso para construir el enigma es la cancelación de lo social. El paso es sensato según, una vez más, la Fenomenología del Espíritu: lo que esta obra nos muestra es cómo la conciencia que pasa de las cosas (Capítulos I, II, III) a los otros no hace sino fijar su deseo, no sobre un objeto, sino sobre otra conciencia. Pues bien, el desplazamiento del deseo desde las cosas a los deseos de los otros no hace sino revelar la propia autoconciencia. De lo que se trata en el museo es del proceso contrario, es decir, de desandar la ascensión de la conciencia vulgar. La entrada en el museo es, en cierto sentido, una salida de lo social que promociona la obra de arte como objeto del deseo. Para Kojeve: “(…) el análisis del “pensamiento”, de la “razón”, del “entendimiento”, etc… de manera general: del comportamiento cognitivo, contemplativo, pasivo de un ser o de un “sujeto cognoscente”, no descubre jamás el porque 122 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992, pp., 105 o el cómo del nacimiento de la palabra “Yo” y por consiguiente, de la autoconciencia, es decir, de la realidad humana. El hombre que contempla es “absorbido” por lo que él contempla: el “sujeto cognoscente” se “pierde” en el objeto conocido. La contemplación revela al objeto y no al sujeto. Es el objeto, y no el sujeto que se muestra a sí mismo en y por –o mejor aún– en tanto que acto de conocer: El hombre “absorbido” por el objeto que contempla no puede ser “vuelto hacia sí mismo” sino por un Deseo: por el deseo de amar, por ejemplo. Es el Deseo (consciente) de un ser el que constituye este ser en tanto que Yo y lo revela en tanto que tal y lo impulsa a decir: “Yo”. Es el Deseo el que transforma el ser revelado a él mismo por él mismo en el conocimiento (verdadero), en un objeto revelado a un “sujeto” por un sujeto diferente del objeto y “opuesto” a él. Es en y por, o mejor aún, en tanto que “su” Deseo que el hombre se constituye y se revela –a sí mismo y a otros– como un Yo, como el Yo esencialmente diferente del no-Yo y radicalmente opuesto a éste. El Yo (humano) es el Yo de un, o del Deseo” 123 La entrada en el museo dispone una salida de lo social que arrebata al otro como objeto del deseo capaz de revelar el Yo. Lo que esta sustitución implica es la pérdida de la propia imagen de sí el devenir social para colocar en su lugar la imagen enigmática de la obra de arte. La suplantación, entre otras consecuencias, produce una reconocible incapacidad moral (típicamente un buen espectador es capaz de asistir al ahogamiento del otro sin el menor impulso de ayuda) pero sobre todo, permite que el rendimiento psíquico antes vuelto sobre lo social produzca, en su confrontación con la objetualidad de la obra de arte, el significado como un exceso de pensamiento sobre lo real. Lo que caracteriza el comienzo del significado es la asimetría entre la potencia del pensamiento y lo real, como si no siendo posible detener a la mente, esta fuera a proliferar más allá del mundo instaurando su espacio donde las cosas no son suficientes. El significado aparece así como un remanente psíquico ante una realidad que no aporta el contenido suficiente para mantener ocupada la mente: la obra de arte no es enigmática por el contenido que ofrece, sino por el que deja de ofrecer a la mente; es bajo una forma de neutralización de lo real (como una supresión) como el arte es significativo, es decir, es justamente su excesiva sencillez lo que permite ser tomado como algo distinto de los real. Porque la mente aspira a algo más que al arte toma la obra en un sentido que lo sobrepasa (enigmático) de manera que, el carácter de éste no es nunca el de la complejidad sino el de la sencillez excesiva. La obra de arte, al ser contemplada como tal no hace sino fracasar una y otra vez a las expectativas de una mente acostumbrada a relaciones más complejas y es bajo esta forma de negatividad como logra superar el horizonte de la utilidad y o de la cosificación. Cioran afirma como “el hombre no puede estar quieto” (cito de memoria), pero en realidad este punto de vista contradice el aforismo: precisamente porque el hombre está más quieto de lo que su mente acepta es porque puede hablar de manera significativa, sólo por eso es posible construir algo así como el sentido de manera paralela a la presencia de lo real. El significado que define su naturaleza como animal parlante es sólo resultante de una infradeterminación de sus capacidades mentales según la cual la mente prosigue más allá de lo real inaugurando un espacio genuinamente propio del hombre como es el lenguaje124. 1. La obra de arte no se eleva por frente a lo real sino que, por el contrario se muestra como algo más sencillo que esto, demasiado 123 KOJEVE, La dialéctica del amo y el esclavo, pp., 10 Nietzsche sugiere (Genealogía de la moral) como la introyección de la violencia que conforma el alma ocurre para aquellos incapaces de ser violentos. Es esta inacción que habitualmente mantendría ocupada la menta, la que produce la introyección y con ello el significado. 124 simple. Es la infradeterminación de lo real más que una posible supradeterminación lo que caracteriza lo enigmático de la obra de arte. 2. La salida de lo social rompe con la lógica de la expansión típica de todo imperio según la cual la presencia puede ser tomada como tal en tanto hay una renovación constante de esta. Mientras uno está en movimiento (en conquista) puede tomar las cosas según su mera presencia. El ritmo de los políticos permite a estos hablar lo justo sin entrar en ninguna profundidad pero es el estaticidad lo que estanca el deseo haciendo a éste proliferar, no respecto de las cosas que cambian sino hacia un fondo imaginario que existiese en las cosas mismas. La exclusión de lo social como lugar donde precisamente se produce esta renovación constante supone la fijación a un contenido determinado haciendo posible la irrupción de lo enigmático. Esto es siempre algo que, por una u otra razón queda fijo, inamovible., estático. Sin este rasgo no aparece la obra de arte. CONTROL Y FIJACIÓN Si el estoicismo da cuenta del giro según cual es posible primar la autonomía del exterior respecto de la comunidad misma, la confesión cristiana que retoma las técnicas de sí estoicas proporciona el modelo según el cual el control sobre la conciencia no sólo se articula según la exclusión sino además según la confrontaciónn frente a una imagen fija. Una de las prácticas que dio forma a este ritual es la Exagéreusis estructurada en torno a la obediencia y la contemplación. Lo primero ocurre según la inflación del gesto estoico de salida de lo social: no se busca la autonomía del sujeto (como ocurría en las prácticas anteriores donde la ascesis aspiraba a educar al sujeto en relaciones de libertad según lo cual, llegado el momento de la madurez se abandonaba el sometimiento al maestro) sino su dominio completo: implica así un control íntegro de la conducta por parte del maestro. Pero este sacrificio, en la exagóreusis se orquesta, además, según la contemplación que es la obligación impuesta por el maestro de encaminar los pensamientos hacia Dios. Frente a la movilidad constante de la vida, la contemplación permite inmovilizar la conciencia al rededor de una figura estática que puede ser aquella de la verdad o de Dios. Si el estoicismo inventa la salida de la comunidad, el cristianismo hace más sofisticada la exclusión de acuerdo a la fijación de la conciencia. En el museo es evidente la sustitución pues la obra de arte no hace sino ocupar el lugar que estas prácticas cristianas reservaban a la divinidad haciendo proliferar el pensamiento según una suerte de inmovilización. La exagéreusis es un precedente de la confesión y está en el origen de lo que Foucault ha llamado hermeneútica de si, un procedimiento según el cual el sujeto puede producir una inflación especulativa que progresa más allá de lo real. El resultado es, al mismo tiempo que una forma de ascetismo (la imagen fija reemplaza las diversidad social), una progresión hermenéutica que termina por trascender la mera presencia en un devenir especulativo. En la Genealogía de la moral es Nietzsche quien da cuenta de cómo la posibilidad misma de construir una conciencia, esto es, una responsabilidad, descansa en la fijación de la mente frente a algo estático: “Unas cuantas ideas fijas deben volverse imborrables, omnipresentes, inolvidables, «fijas», con la finalidad de que todo el sistema nervioso e intelectual quede hipnotizado por tales «ideas fijas» –y los procedimientos ascéticos son medios para impedir que aquellas ideas entren en concurrencia con todas las demás, para volverlas inolvidables”125 Cuando una preocupación ha crecido lo suficiente termina por sobreponerse al resto de experiencias vividas de manera que el sujeto secuestrado por tal quietud termina por aislarse de lo social; no es posible pensar en otra cosa que en aquella preocupación y todo lo demás es vivido sin la menor implicación. Es en este sentido como la responsabilidad puede ser tramada pues para un sujeto expuesto a tal sometimiento la preocupación o la imagen fija termina por mediar toda respuesta. Todo acaba siendo comparado con lo que nos quita el sueño de manera que esa imagen termina funcionando como un filtro del resto de experiencias. Nada puede ser vivido que me haga olvidar lo que me preocupa o, en de modo inverso, la preocupación no me dejaba vivir. Es fácil ver entonces el sentido en el que el museo funciona entonces como un dispositivo destinado a construir esta ascética como fijación. El marco que rodea la obra no es más que una tecnología destinada ha ordenar la conciencia en torno a una imagen fija destinada a bloquear al sujeto dirigiendo y concentrando su capacidad especulativa sobre la superficie del lienzo. De esta manera terminará por trascender la forma presencial misma para obstinarse en ir más allá de ésta. Lo que el espectador que se coloca ante el cuadro ve está más relacionado con el exceso mental que produce (que en otro contexto consume en la lectura del devenir cotidiano) que con la materialidad de la obra. El carácter enigmático de la obra no se funda, por tanto, en el contenido de esta, sino en el contenido cotidiano que le ha sido sustraído al sujeto al ser bloqueado contra una imagen fija. El enigma no es así otra cosa que toda la atención que atrae del sujeto y que, en otras condiciones se dirige al devenir de la vida. Cuando una imagen monopoliza la atención de la conciencia se vuelve enigmática vuelve al sujeto contra su propia especulación que, estando preparada para una experiencia más amplia no hace sino rebasar los límites de lo real. El enigma es la tendencia de la conciencia a contener su especulación infinita que, frente a la limitación de una imagen se muestra como tal sin contenido alguno sobre el que dirigirse. El enigma es así un lenguaje dislocado de lo real que sólo aparece como un exceso de ímpetu respecto de lo que la mantiene ocupada. Es decir, el enigma es el exceso de la conciencia sobre cualquier objeto de manera que este carácter sólo aparece cuando tal asimetría sucede. No basta que lo real sea simple (como en una obra de arte) sino, de manera general, que el pensamiento lo rebase. Para el espectador cansado del museo ninguna simplificación hará aparecer el enigma si esta no simplifica lo real por debajo de la capacidad especulativa de su pensamiento: si la energía psíquica no es capaz de rebasar la presencia, si no la excede por encontrarse uno cansado, el carácter enigmático no aparece en tanto la mente es demasiado perezosa para atravesar la presencia. De manera análoga, para la conciencia impetuosa el arte no aparece allí donde la realidad ha sido fijada y reducida según el dispositivo de arte sino por doquier en todas partes. Para la conciencia vigorosa, allí donde dirige la mirada se reconstruye el carácter enigmático. ESPERA Cuando la cita ha sido concertada y el momento ha llegado no queda otra salida que la espera; la alternativa, esto es, las prisas son inútiles para hacer aparecer cualquiera de los dos objetos: tanto el objeto de amor, tanto la obra de arte. Quien no ha esperado pasa de largo ante el objeto sin percibir en él rastro alguno del carácter enigmático. Una vez que la conciencia ha sido fijada ante el objeto de arte, la espera 125 NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Libro III (que bien puede haber precedido la llegada hasta este punto por ejemplo en la espera para acceder al recinto) tiene la capacidad definitiva de inscribir la ausencia en la presencia; es este gesto el que, llegado a este punto flanqueados por un férreo control que el sujeto ha introyectado, pliega la realidad abriéndola al registro de lo imaginario "el objeto está ahí, realmente, pero continua faltándome, imaginariamente"126. De la misma manera que el enamorado sabe de su condición por su voluntad de esperar "¿Estoy enamorado? -Si, porque espero"127, el espectador se sabe tal porque repite el gesto (acaso librándose del delirio que acompaña al enamorado). Para el enamorado, escribe Barthes, la espera es una escena de tres actos que comienza por el nerviosismo de la llegada y, tras atravesar el enfado que desencadena la angustia de la espera, termina en la explosión de duelo en la que el enamorado, casi como el espectador, queda "interiormente lívido"128. La presencia se inscribe aquí en la negatividad máxima de la falta: quien ha llegado está investido del reconocimiento extra-presencial de una ausencia a la que me ha sido posible llegar como una postergación continuada del objeto amado. El espectador es alguien hecho a las injusticias de la espera capaz de permanecer ante la obra ya fijada expectante ante el desdoblamiento que habrá de obrarse. Su actitud comparte con el enamorado la cancelación de toda inmediatez conduciendo hacia una forma de languidez ("no hago más que esperar"129) que "pone la ausencia en la presencia"130. De manera habitual es la institución del museo la encargada de inscribir la espera en el sujeto. Hay, sin embargo, algunas obras que, conscientes del efecto que la espera produce en el espectador se construyen como una obra de espera (aunque como tratamos de mostrar aquí, toda obra es producto de una espera; sin espera no hay enigma). Ocurre de esta manera en la obra The Lightning field donde Walter di Maria explora la reacción del espectador durante veinticuatro horas de expectación. Escribe Kirk Varnerdoe al respecto (quizás sin ser demasiado consciente de que la aparición del carácter enigmático, esto es artístico, no se debe a la propia espera): “The real experience of the Lightning Field is about something else. People are taken by car in small groups to a cabin at the Edge of the field of rods and Leith there to view it for twenty-four hours. This is a long time to stare at a single work of art. As the hours pass, you become aware of the broad, flat land around the Lightning Field, and of the way the field of rods changes as the light around it changes. You don´t simply gaze at De Maria´s work; you allow Lightning Field to make you aware of everything around it –the dessert, the sky, the changes orchestrated by time and light. The rods are stainless steel and they vibrate with incredible oranges and pinks at susnset and at dawn. They stand out in the dessert like the pixels on a computer screen o the dots in a Seurat painting. At other moments –at high noon, or at night when the moon rises overhead– they virtually disappear, and you can almost convince yourself that they are not there. The transition from one state to the other occurs in tiny, incremental stops. The experience is mesmerizing. It is like the effect of Irwin´s scrim in the galery space, Orly tremendously aggrandized. De Maria forces you to pay attention to what is. He does not 126 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 48 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 125 128 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 124 129 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 166 130 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 167 127 simply orchestrate an order within the piece, he orchestates an order inside it”131 La espera es un ejercicio difícil de poner en marcha cuando no se sabe a qué esperar: ¿Cómo explicar lo que habrá de surgir del cuadro o lo que habrá de recibirse del amante? Es por ello que la demanda inicial que conduce al sujeto al museo resulta relevante: la espera no es sino la inflación de esta sospecha o deseo que guía al sujeto hasta el museo hasta llegar a suplantar la realidad presencial por esta forma inconsciente de expectativa. Lo imaginario encuentra una legitimación para suplantar lo real objetivo pero con ello el sujeto pierde el correlato material en el que se sostenía. De una manera similar a como Schopenhauer sostiene la radical diferencia entre el mundo representado lingüísticamente y el mundo representado según el deseo (ambas formas unidas en el simulacro del Yo) la espera muestra la posibilidad de construir el mundo según una forma distinta de aquella según un lenguaje referencial. Para quien ha esperado lo suficiente es posible atravesar entonces la tautología que Didi-Huberman señala como paradigmática de esta dimensión imaginaria con que puede investirse la obra de arte. Al decir “lo que veo es lo que veo, y con eso me basta” 132 (o, en otras formulaciones: “ese objeto que veo es lo que veo, un punto, eso es todo”133 o, “lo que veo es lo que veo y el resto me importa un pito”134) se busca una “victoria maniaca y miserable del lenguaje sobre la mirada, en la afirmación fijada, cerrada como una empalizada, de que no hay allí nada más que un volumen, y que ese volumen no es otra cosa que el mismo”135. Pero la espera logra inscribir la materialidad de la obra en un orden temporal donde difícilmente puede repetirse este gesto tautológico. En esta temporalidad distinta a la cotidiana que no es inducida sino por la persistencia del espacio material (de una imagen fija) el sujeto accede a un régimen distinto de la presencia según la escisión de la realidad136 en un orden fantasmático (enigma). RENUNCIA La comprensión de mecanismo de supresión que atraviesa el sujeto no es propiamente aquel de la renuncia sino aquel otro de la amplificación de algo desconocido que por su carácter negativo (el del deseo o el de la sospecha que conduce al sujeto hasta el museo) que al ser aumentado absorbe al sujeto hasta su totalidad (negándolo así). No se trata por tanto de renuncia sino de amplificación de la demanda 131 KIRK VARNERDOE, Pictures of nothing. GEORGES DIDI-HUBERMAN, Lo que vemos, lo que nos mira. Ed. Bordes Manantial, pp., 21 133 GEORGES DIDI-HUBERMAN, Lo que vemos, lo que nos mira. Ed. Bordes Manantial, pp.,21 134 GEORGES DIDI-HUBERMAN, Lo que vemos, lo que nos mira. Ed. Bordes Manantial, pp.,22 135 GEORGES DIDI-HUBERMAN, Lo que vemos, lo que nos mira. Ed. Bordes Manantial, pp.,21 136 I. Sobre esta estancia fantasmal en la memoria escribe Pardo: "El verdadero recuerdo ha de ser de otra naturaleza: significa una alteridad radical y ha de comenzar por un cierto «olvido de sí mismo»; porque, desde luego y como contrapartida, lo que llamamos olvido es recuerdo" (J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992, pp.,65). De esta manera, "recordar el propio pasado no es más que recordar el olvido" (J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992, pp.,66), es decir, inscribir el lenguaje en un "recuerdo sin memoria"(ÁNGEL GABILONDO, en la Introducción a: MICHEL FOUCAULT, De lenguaje y literatura), en el ritmo de la espera. II. J. P. Vernant, en una cita de Pardo, indaga también sobre la forma de este tiempo en el que el sujeto puede inscribir la renuncia de sí: "El iniciado tenía que deshacerse de su «si mismo» para poder contemplar «lo otro», purificarse y olvidar su «vida en superficie» para llegar a «recordar» la profundidad, lo inmemorial, para poder leer la memoria prístina. (...) Los grandes «inspiradores» de la Grecia arcaica tienen que perderse a sí mismos, como el poeta inspirado tienen que abandonar el presente visible para poder escuchar la voz de la tierra enunciada por la naturaleza. Son los hombres del interior" (J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992) 132 que el sujeto había cultivado con anterioridad a la entrada al museo. Según la dicotomía sujeto objeto, a la negatividad del significado en el lado del objeto (enigmático) le corresponde la negatividad en el lado del sujeto. La experiencia del enigma que cancela la realidad sólo puede aparecer ante la cancelación correspondiente del correlato subjetivo. La revelación de la obra en la espera tiene como correlato la constitución de una nueva forma de ser: el espectador ha sido tomado como un sujeto no moral y sin embargo este es el correlato del control que el museo ejerce sobre el individuo. El modelo ya ha sido comentado a cuenta del elefante de Schopenhauer pero cabe recuperar los ejemplos de la confesión cristiana, pues uno y otro sujeto comparten una forma de inacción ante la exposición a una idea fija y el control ejercido por el dispositivo (confesional o museístico). Para ambos, la aparición (de sí mismos o de la obra de arte) solo es posible según la abdicación: "la revelación no puede ser concebida sin la renuncia"137. En este estado no hay un elemento constructivo en términos sociales sino más bien la eliminación definitiva de una subjetividad basada en las relaciones, no se trata sino de una sujeción hasta la aniquilación del sujeto como animal político: "la revelación de sí es la mismo tiempo la destrucción de si"138, el proceso "no persigue establecer una identidad, sino, por el contrario, marcar el rechazo de sí. Ego non sum, ego"139. Solo en tanto que no soy puede la obra ser. El enigma es la revelación que aparece ante la cancelación de mi propia identidad. La posibilidad misma de la aparición la obra de arte en el cual sea efectivo el desdoblamiento de la propia realidad acontece bajo un régimen de renuncia o de control extremo. Cabe la experiencia descubrir como ante la negativa a participar de todo y en un encierro exhaustivo frente a los libros, las ideas comienzan a aparecer: el control ejercido contra sí tiene la propiedad de crear las condiciones hermenéuticas que inducen a una proliferación significativa que en su equivalencia con una imagen fija termina por desbordarla produciendo entonces el enigma. En la célebre metáfora del minotauro, Nietzsche ha visto al sujeto sometido a su propio encierro como aquel en el que los recovecos, las direcciones y las tramas proliferan produciendo al mismo tiempo que no es posible salir. Cuanto más se encierra uno, más se amplifica el significado; es el principio general de la obra de arte. Cuanto mayor es el vigor con el que el sujeto renuncia, mayor es el efecto enigmático de la obra. El espectador hace aquí mesa con el enamorado para quien el sometimiento a la imagen de su objeto amoroso (aquí a la imagen de la obra de arte) es la marca de su vigor: “en el campo amoroso la futilidad no es una “debilidad” o un “ridículo”: es un signo de fuerza: cuanto más fútil es, más declara y más se afirma como fuerza”140. Ante la renuncia de sí emerge la hermenéutica de sí (o de la obra) inaugurando el desdoblamiento significativo sobre lo real que inscribe en el propio sujeto la posibilidad de la barra significativa que permitirá un ulterior control del propio significado. Si en la calle el sujeto dispone de la posibilidad de entrar de toda suerte con los otros, ahora está encerrado en lo que Foucault llama coerción: “El poder no se ejerce sino sobre "sujetos libres" y en la medida en que ellos son "libres". Entendemos por esto sujetos individuales o colectivos que tienen ante ellos un campo de posibilidades en el que pueden darse muchas conductas, muchas reacciones y diferentes modos de comportamiento. Allí donde las determinaciones están saturadas, no hay relaciones de poder. La 137 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermeneútica. pp., 473 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermeneútica. pp., 471 139 MICHEL FOUCAULT, Ética, estética y hermeneútica. pp., 468 140 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 92 138 esclavitud no es una relación de poder cuando el hombre está encadenado (entonces se trata de una relación física de coerción) sino justamente cuando puede desplazarse y, llevado al límite, escaparse"141 AURA Si la forma de que toma lo real ante el secuestro del sujeto (casi perpetrado por su propia inconsciencia o por su excesiva curiosidad) es la del enigma (marcado por la ausencia que trasciende la presencia), el correlato de tal experiencia es el aura. La obra señalada como una figura fija es investida con las propiedades que Benjamin señala en La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica: unicidad, y autenticidad. El marco del cuadro define el aislamiento de la obra y del propio sujeto y con ello entra en juego desplazamiento imprevisto: la ética regida según el enfrentamiento hace aparecer en el combate (simplemente en el enfrentamiento de las dos presencias) la distancia según el dicho: el aire se podía cortar con un cuchillo. Pues bien, el aura depara una experiencia análoga de la distancia, la "manifestación irrepetible de una lejanía"142: no sólo aparece resultado de esta supresión a la que el sujeto se ha conducido sino la propia distancia. G. Didi-Huberman dedica un capítulo al sentimiento de distancia con que el espectador llena un vacío de suyo no sentido ("la distancia no es sentida; antes bien, es el sentir lo que revela la distancia" 143 ). Para el espectador ha ocurrido una transformación característica: la distancia ya no es sentida respecto al otro sino respecto a un objeto una vez que la conciencia ha salido de lo social: la absorción del yo por parte del objeto de contemplación hace emerger el fenómeno del aura. La salida del museo consiste precisamente en el gesto inverso, encontrar como objeto para el sujeto, no ya otro objeto, sino un sujeto capaz de reconocer a uno mismo. Cuando el objeto absorbe144 al sujeto en la experiencia de la contemplación emerge la experiencia del aura. HABLANTES DEL VACIO. DESEO Puesto que la característica principal del espectador aquí aducida era un modo de hablar y, en vistas de que la transformación hacia este tipo de subjetividad no era sino el horizonte para construir una forma de responsabilidad lingüística es oportuno revisar el estado al que ha llegado el habla del sujeto. Benjamin toma nota de las implicaciones de una crisis del arte provocada por la posibilidad de reproducir técnicamente las imágenes que, a la postre, no hacen sino acabar con la posibilidad de una imagen fija (y única) contra la cual fijar la conciencia: "en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la producción artística, se trastorna la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis bien distinta, a saber, en la política"145. La consecuencia es de suyo evidente: al acabar con la fijación de la conciencia no hacemos sino devolverla al entorno comunitario del cual ha sido excluida haciéndola devenir, en ese instante, de nuevo una figura ético 141 MICHEL FOUCAULT, Dit et Ecrits IV, pp., 237-238 WALTER BENJAMIN, La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica. 143 GEORGES DIDI-HUBERMAN, Lo que vemos, lo que nos mira. Ed. Bordes Manantial, pp.,105 144 En el apartado referente a la Salida de lo social está el comentario de Kojeve al respecto del secuestro que sufre el sujeto a manos de su objeto de contemplación cuando este es una cosa del mundo y no el deseo de otro sujeto. “El hombre que contempla es “absorbido” por lo que él contempla: el “sujeto cognoscente” se “pierde” en el objeto conocido. La contemplación revela al objeto y no al sujeto” KOJEVE, La dialéctica del amo y el esclavo, pp., 10 145 WALTER BENJAMIN, La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica. 142 política. En tal estado el habla está habitualmente caracterizada según una lógica de la acción: "esta moral es de hecho una lógica: o bien esto o bien aquello; si elijo (si señalo) esto, entonces, de nuevo, esto o aquello: y así sucesivamente(...)"146. El lenguaje social funciona como una neurosis universal que los otros "sobreemplean irrisoriamente: afirman, contestan, presumen, alardean"147; el habla es un "estado de exhibición"148 del que el espectador, como el enamorado de Barthes, se encuentra ahora excluido ("estoy de sobra, pero doble duelo, aquello de lo que estoy excluido no me inspira deseos"149). Su estado es bien diferente y ante la lógica de la elección prefiere permanecer perserverar en su inacción: “no tengo ninguna esperanza, pero sin embargo… O incluso: elijo obstinadamente no elegir: es decir: no elegir; elegí la deriva: continuo”150. El espectador permanece en la renuncia en la que se ha (ha sido) recluido: “when all escape routes are blocked, animals as well as men learn to withdraw rather than flee or fight. The retardation or inactivity, which one might call depresive, would thus constitute a learned defense reaction to a dead-end situation and unavoidable shocks”151 Cuando en el museo suena un teléfono se experimenta algún desagrado o, a la inversa, el gusto tranquilo de saberse fuera de una realidad que ahora resulta molesta y que "sufro como un sistema de poder"152. El espectador encuentra todo lo que necesita en la obra y, es en esta experiencia donde será llevado al esperado final lingüístico pues hasta ahora, el habla irresponsable, a pesar de estar más o menos sometida a la obligación del murmullo, no había encontrado un verdadero final. Es posible trazar un nuevo paralelismo entre la obra de arte y el objeto de amor según lo recoge Barthes pues uno y otro están investidos de esa forma de negatividad propia de la espera. El cuadro, como la llegada del amado al que se he esperado lo suficiente "designa la especificidad de mi deseo" 153 como si la sospecha inconsciente que lleva al sujeto hasta aquí encontrase en la obra su materialización: "¡Es eso!¡Es exactamente eso (lo que yo amo)! "Sin embargo, cuando más experimento la especificidad de mi deseo, menos puedo nombrar: a la precisión del enfoque corresponde el temblor del nombre; la propiedad del deseo no puede producir sino una impropiedad del enunciado. De este fracaso del lenguaje no queda más que un rastro: la palabra "adorable""154 "Adorable es la huella fútil de una fatiga, que es la fatiga del el lenguaje. De palabra en palabra, me canso de decir de otro modo lo que es propio de mi imagen, impropiamente lo primero de mi deseo: viaje al término del cual mi última filosofía no puede sino ser la de reconocer -la de practicar- la tautología. Es adorable lo que es adorable (...) lo que clausura el lenguaje amoroso es aquello mismo que lo ha instituido: la fascinación. Puesto que describir la fascinación no puede jamás, en resumidas cuentas, exceder el enunciado, "estoy fascinado". Habiendo alcanzado el fin del lenguaje, allí 146 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 69 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., ? 148 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp.,? 149 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 99 150 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 69 151 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp, 34 152 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007 153 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 27 154 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 28 147 donde éste no pude sino repetir su última palabra, a la manera de un disco rayado, me embriago con su afirmación" 155 Tautología, por tanto, que enuncia un momento bien distinto de la sucesión interminable de la locuacidad o a la de la tautología negadora de la temporalidad de la imagen (lo que ves es lo que ves y no hay nada más), pues no estamos en vistas del infinito sino del abismo que abre la palabra tras la cual no hay nada más que decir. Es adorable la palabra que se basta por sí misma, una suerte de holofrase como te amo que "no transmite un sentido sino que se aferra a una situación límite: "aquella en la que el sujeto está suspendido en una relación especular con el otro" 156(cuyo lugar es ocupado ahora por la obra de arte). El mismo empeño que lleva al enamorado a exaltar su dependencia como un signo de fuerza lleva al espectador a renunciar de sí para finalmente proclamar ante la obra las palabras ante las cuales no puede continuar hablando (me gusta, pero no sé por qué, no puedo continuar diciendo). Es precisamente esta fascinación la que pondría nombre a la demanda inicial que llevó al sujeto a adentrarse en el dispositivo y que aparecería en sus estado puro un paso más allá de esta palabra. El sujeto que se detiene en el te amo es, dentro de lo que cabe un sujeto prudente y más allá de esta cautela no encontramos otra forma de habla, aquella del melancólico, que da cuenta de las transformaciones en relación a la imagen que el sujeto a experimentado. Cuando se pregunta a un espectador que explique el por qué de su disfrute prorrumpe en el mismo patrón de la depresión y es relevante señalar este grado cero del espectador pues no es la única aproximación a la obra de arte: “Let us keep in mind the speech of the depressed--repetitive and monotonous. Faced with the impossibility of concatenating, they utter sentences that are interrupted, exhausted, come to a stand still. Even phrase they cannot formulate. A repetitive rhythm, a monotonous melody emerge and dominate the broken logical sequences, changing them into recurring, obsessive litanies. Finally, when that frugal musicality becomes exhausted in its turn, or simply does not succeed in becoming established on account of the pressure of silence, the melancholy person appears to stop cognizing as well as uttering, sinking into the blankness of asymobolia or the excess of an unorderable cognitive chaos”157 El espectador es el habla de la falta, el punto en el que el lenguaje experimenta su propio envés, de manera que al permanecer en el estado no se adentra el sujeto sino en la negación del propio principio de simbolización: "melancholia then ends up in asymbolia, in loss of meaning: if i am not longer capable of translating or metaphorizing, I become silent and die"158. 155 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 29 Adorable es una formulación alternativa del tabú en que consiste la obra de arte que impide ver el objeto tal como lo real sin más -lo que ves es lo que hay y no hay nada más allá). Adorable es, en definitiva, la negativa a reconocer en la obra lo que de manera evidente es percibido, negación ante la cual prolifera el enigma en su negativización significativa de lo real 156 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 235 157 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp, 33 158 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp, 42 “The looming of the Thing summons up the subject’s life force as that subject is in the process of being set up; the premature being that we all are can survive Only if it clings to an other, perceived as supplement, artificial extension, protective wrapping. Nevertheless, such a life drive is fulle the one that, at the same time, rejects me, isolates me, rejects him (or her). Never is the ambivalence of drive more fearsome than in this beginning of otherness where, Licking the filer of language, I cannot inscribe my EL CUERPO DEL ESPECTADOR I Si bien este estado es sólo una forma de hablar sus ecos son sentidos (somatizados) hasta el tono que sume al cuerpo en una inmovilidad característica: no sólo es la obra resultado de tal forma de hablar sino también el propio cuerpo del espectador y ello en virtud de la prioridad que se ha construido del tiempo sobre el espacio. Regresando a la forma de negación propuesta por Pardo, el ingreso en la temporalidad de la espera no es sino la experiencia de la memoria sobrepuesta a la exterioridad dada por los sentidos. "La memoria no es una "facultad" del alma, sino el alma un producto de la memoria"159. Al hacer descansar la conciencia en ella hay una inversión respecto de la prioridad del cuerpo que justamente impone su ley ante el vacio de la memoria. Atravesados por las prisa corremos de un sitio a otro hasta que algo, de súbito, nos hace recordar. En esos momentos no había alma sino cuerpo en tanto olvido de esta verdad: "el cuerpo es el efecto del olvido"160. La dimensión somática del espectador es, por tanto, una experiencia obligada dada la prioridad del tiempo de la memoria que el dispositivo del museo construye según la espera: "No recordamos porque tengamos alma: tenemos alma porque recordamos, y sólo en la medida en que recordamos (nuestra alma es más grande cuando más grande sea el alcance de nuestra memoria); y no olvidamos, porque tengamos cuerpo: tenemos carne porque olvidamos (nuestro cuerpo crece con nuestro olvido, y un alma que lo ha olvidado todo ya es sólo cuerpo cadáver). La carne es el olvido del alma, el cuerpo es el olvido del ser" 161 "La exterioridad está constituida por todo aquello que hemos olvidado"162 por lo cual, cabe afirmar el museo como una institución encargada de velar por la memoria y no dirigida, por tanto a la administración de lo sensible sino de lo interior, esto de, de la memoria (o, en otros términos, del olvido de lo sensible). No son políticas de lo sensible lo que pone en marcha sino, contrariamente, políticas de lo insensible. II Sometido a la imagen total de la obra de arte mi yo, como aquel del melancólico, es apenas reconocible hasta el punto de que es posible pensar en una posible sustitución de éste por la obra de arte163. Desposeído de mí mismo (de aquella imagen cambiante que he construido en el espejo igualmente variable del otro) recorro las calles apegado a un sentimiento dispuesto a relacionarme con los otros desde esto a lo que no renuncio. violence in “no,” not in the other sign. I can expel it Orly by means of gestures, spasms, or shouts. I impel it, I Project it. My necessary Thing is also and absolutely my enemy, my foil, the delightful focus of my hatred. The Thing falls from me along the outpost of significance where the Word is not yet my Being. A mere nothing, which is a cause, but at the same time a fall, before being an Other, the Thing is the recipient that contains my detecta and everything that results from cadere [Latin: to fall] –it is a waste with which, in my sadness, I merge. It is Job´s ashpit in the Bibtle” (JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp,15) 159 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992 pp., 63 160 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992 pp., 64. "la carne es el elemento del olvido, aquello en lo que se convierte el alma cuando se derrama por los orificios de la XXXX desfondada" J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992 pp., 64 161 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992 pp., 64 162 J. L. PARDO, Las formas de la exterioridad, Pre-Textos, 1992 163 Se escuchan aquí los ecos de la obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray: la obra de arte reemplaza mi yo. De esta forma, como el enamorado, soy rechazado por todo el mundo, no hay ningún discurso capaz de hacerse cargo de un sujeto sentimental de estas características salvo el exterior del propio museo: “The only traces of object constancy that depressive people maintain are the affects. The affect is the parcial object of the depressive persons; it is their “perversions”, in the sense of a drug that allows them to insure a narcisistic homeostasis by means of a nonverbal, unnameable (hence untouchable and omnipotente) hold over a noobjectal Thing”164 Los ecos de esta forma de somatismo son colocados en el lugar de una inmoralidad que va más allá de la censura que en Occidente ha sufrido el sexo. Como Ulises, el espectador se entrega, en las amarras de una institución, a los ecos de lo real: "in silence of pain or the spasm of tears that celebrates reunion with the Thing"165. El espectador es prisionero de sus afectos, "the affect is their Thing"166. El tiempo de la memoria se convierte en el "incesto prorrogado" donde todo está suspendido: "el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos porque parecen definitivamente colmados"167. La descripción, que se refiere al abrazo de los enamorados remite igualmente a la anestesia del espectador tal como es descrita por Schopenhauer con la salvedad de que quizás, debería ser estimada alguna forma de tiempo (interior) diferente de aquel de la representación. La tenue luz del sol negro exime de responsabilidad a quien no acogido en ninguna parte porque no tiene a nadie a quien hablar y vuelve la escucha sobre el cuerpo: "escucho completamente, en estado de conciencia total: no puedo abstenerme de escucharlo todo y es la pureza de esta escucha lo que me resulta doloroso"168. No mido la importancia de las cosas sino por los ecos que en el cuerpo producen: la resonancia da cuenta de lo que me afecta; el espectador reducido a un inmenso órgano auditivo: "lo que resuena en mí es lo que aprehendo con mi cuerpo"169; el cuadro que me gusta es aquel que se inscribe en mí como sentimiento. La experiencia del espectador es agotadora y ello puede ser descubierto a la salida del museo, nada más puedo hacer en este estado de extenuación: "el duelo amoroso implica un desgaste que afecta al cuerpo tan durante como un trabajo físico"170. Es la intemperie de quien ha quedado privado de una palabra, el final de partida de la locuacidad171. 164 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp, 48 165 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp,41 166 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp,41 167 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 24 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 214 169 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp.,? 170 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 96 171 Este es exactamente el cambio de tono que podemos encontrar en Oscar Wilde donde todo el ingenio (característico de la locuacidad) típico de su obra desaparece en una suerte de introspección en De profundis escrito en la cárcel. Del mismo modo que el espectador, el escritor encerrado se vuelve sobre sí mismo. 168 SALIDA “Para despertarla de su encantamiento, para romper la violencia de su Imaginario (vehemens animalis imaginatio), bastaba darle una palmadita en el ala; ella se sacudía y recomenzaba a picotear”172 “Lo que es enigmático es la pérdida del delirio: ¿se entra en qué?”173 El problema que sigue tiene el trato más breve de todo el escrito y, sin embargo, es el centro de la discusión, es la sorpresa que sin duda ha ordenado la preocupación por el lenguaje. El melancólico, el espectador o el enamorado son capaces de remontar su secuestro por parte del objeto para referir su lenguaje a los otros. Su murmullo privado se hace público y con ello el signo deja de estar a merced del abismo suscitado por el objeto para abrirse a algo bien distinto: la voluntad del otro. El dinamismo ganado habría de explicar algo que en el texto de Hegel, La Fenomenología del Espíritu no es mencionado con demasiado detenimiento. El deseo humano, explica Kojeve en el comentario de esta obra, no se dirige a los objetos (a las imágenes, cabe sugerir en el marco del museo) sino al deseo de los otros. Pero, ¿cómo ordenar esta sustitución del objeto de deseo? Sin duda no es una cuestión sencilla y cabe invitar a pensar: moviliza el orden entero de la palabra hablada. Hablar a los otros es tener en cuenta un espejo en el que uno se reconoce en función de lo otro, es enfrentarse a una voluntad y a la comunicación según una estructura diferente del signo que, en las palabras de Enrique Lynch en su obra sobre el lenguaje en Nietzsche, no es ahora sino el surco con que una voluntad se dirige sobre otra: “el signo es la huella (a menudo dolorosa) de una voluntad sobre otra” 174 . Entrar en trato con esta fluidificación de la cosa es, según Kojeve, lo propio del hombre, pero el paso que ha de remontar a esta altura debe ser natural. En qué consiste no puede ser explicado con demasiado detenimiento en este abrupto final pero sugiere la necesidad de cerrar el espacio negativo del significado que ha inaugurado la entrada en el museo y la consiguiente proximidad a esta forma de enigma. Hablar con los otros, remontar a un deseo dirigido a otros deseos es, en definitiva volver a la dirección que Hegel señala en la Fenomenología, pues el sentido que pone en marcha el museo en una inversión hacia la anulación del sujeto confrontado con la cosa. ¿Cómo volver a lo social? Una breve apunte puede ser señalado: es necesario olvidar la ausencia, perder la pérdida que hace posible establecerse en el simbolismo: “language starts with the negation (Verneinung) of loss”175. La salida del imaginario es la recuperación de una imagen de sí según los símbolos que construyen la relación con el otro. El paso lo conoce todo amante que en el pasado dejó de amar: es el duelo lo que devuelve a los otros y así, el tiempo cabe ser pensado de una manera inversa a la espera: hay que dejar de esperar para dirigir la impaciencia y la expectativa a la trama de los otros. ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 206, 107 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 127 174 ENRIQUE LYNCH, Dioniso dormido sobre un tigre, 1993, pp., 162 Cita de NIETZSCHE, KSA 11, 30 “La comunicación es un acto de conquista, una manera de extender la propia voluntad y de imponerla sobre la voluntad ajena.” ENRIQUE LYNCH, Dioniso dormido sobre un tigre, 1993, pp., 162 175 JULIA KRISTEVA, Black Sun, Columbia Press, 1941, pp, 43 172 173 EDIPO, SIMBOLO Y TRADUCCIÓN El espectador confrontado con lo enigmático flota en el significado pero es aún incapaz de construir el sentido más allá de esta pasividad. Ha entrado en el espacio del significado pero aún no sabe desear según este nuevo orden; su conciencia está dominada por una sola imagen de manera que no experimenta el deseo según una secuencia sino como un detenimiento perpetuo; es el grado cero del deseo. La escisión producida sobre la superficie de lo real hace posible lo simbólico que en este primer momento no se presenta bajo la unión del significado con el significante sino únicamente como la separación propia de lo diabólico. El vértigo de no poder decir la experiencia en tanto no hay una traducción posible (las partes, significado y significante, permanecen separadas) apartan al espectador del mundo social de una manera similar a como lo está el enamorado: no hay para uno ni otro estructura alguna, un hábito capaz de poner al sujeto en contacto con cierta forma de intimidad, sino que permanece en el malestar de lo simbólico. Para Barthes esta carencia es la aspiración misma a una rutina, una hábito en el que poder a la vez quejarme y quedarme: "el sistema es un conjunto en el que todo el mundo tiene su plaza (incluso aunque no sea buena); los esposos, los amantes, los tríos, los propios marginados (droga, seducción), bien alojados en su marginalidad"176. Incluso permaneciendo en el espacio cerrado el que se enfrenta al enigma de la obra de arte con la disposición simplemente contemplativa sin ningún ánimo interpretativo llega a experimentar la extrañeza de no estar entendiendo la obra. Frente al enigma, solo después del periodo arcaico de la Antigua Grecia aparece el mito de Edipo que no da cuenta de cual habrá de ser la verdadera estructura del espectador: Occidente se sitúa bajo la herencia edípica que hace del enigma algo descifrable: "La atribución de una «solución» escondida al enigma es fruto de una época ulterior que había perdido el sentido de qué es lo que verdaderamente en el enigma venía al lenguaje y no tenía ya conocimiento sino de la forma degradada de la diversión y de la adivinanza"177). En el espacio del museo el desciframiento es la estructura que soporta la subjetividad y de la misma manera que hay una entrada, la salida de esta institución no se hace a través de una forma arquitectónica sino a través de esta disposición vinculante, en términos lingüísticos, con el resto de la comunidad. El museo se inscribe, de esta manera en la aspiración edípica: "La enseñanza liberadora de Edipo es que lo que hay de inquietante y de tremendo en el enigma desaparece inmediatamente si se vuelve a llevar su decir a la transparencia de la relación entre el significado y su forma del que sólo en apariencia éste logra escapar"178; "Edipo aparece en nuestra cultura como el «héroe civilizador» que, con su respuesta, proporcionaba el modelo duradero de la interpretación de lo simbólico"179 HABLAR LA OBRA La salida del museo ocurre como un final del secuestro perpetrado por la obra: el sujeto ha perdido la imagen de si al quedar atrapado en el régimen imaginario del enigma, (el régimen de la obra de arte) que no es más que la inflación de su propia 176 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp., 61 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 233 178 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 232 179 GIORGIO AGAMBEN, Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-textos. Valencia 2006, pp., 234 177 demanda. Los deseos más o menos conscientes que albergaba antes de entrar en el museo son amplificados según la renuncia, la espera y la imposibilidad de relaciones sociales convencionales. Así, el sujeto llega a la obra perdiéndose a sí mismo y solo acontece el aura en ausencia de sí. El silencio o, más bien, el llegar a ese final de partida que es la última palabra que podemos pronunciar y que emerge como resultado de las prácticas museísticas dispone un lenguaje o, más bien, una ausencia de éste, que debe ser remontada de algún modo para abandonar la institución y reintegrarse al grueso de lo social. La estima que el espectador tiene de la imagen de la obra de arte es al mismo tiempo la repulsa de la imagen de sí pues en esta suerte de adoración nace del rechazo del yo que nace con los demás. Volver a él es la tarea de salir de la melancolía, de abandonar un amor, en otras palabras, de cerrar el círculo de lo imaginario para volver al lenguaje simbólico, a las palabras cuya mera puesta en marcha servirán, de suyo, para construir los vínculos que ahora son rechazados. Salir del museo no es pasar por la tienda, sino “perder un lenguaje”180. Barthes habla de la salida de la experiencia amorosa como una distancia que se abre entre uno y el objeto amoroso, “el amor que ha terminado se aleja hacia otro mundo a la manera de un navío espacial que cese de parpadear; el ser amado resonaba como un clamor y helo aquí de golpe apagado”181. Romper con la sentimentalidad de aquellas palabras o de aquel silencio es la manera en que esta distancia es construida. En algún momento “por primera vez hago mal a quien amo; sin quererlo, es cierto, pero sin volverme loco”182, del mismo modo en que ante la obra de arte deja de preocuparme guardar el silencio. Accedo entonces a una experiencia bien distinta del enigma cuya ambición no es preservarlo sino más bien superarlo. La economía lingüística se transforma dando lugar a una configuración bien distinta: ahora trato de adivinar. Gran parte de la crítica de arte y el comentario que crece frente a los lienzos no aspira sino a salvar la experiencia de la contemplación según una suerte de desciframiento. El cuadro, y con ello el museo y la institución completa del arte en la que ahora se inscribe el espectador que quiere dejar de serlo, no son sino una incitación a hablar, una mecánica hermenéutica que trata de descubrir quien está representado en la obra, en qué momento fue pintada o cual es el título. La proliferación de palabras trata aquí de contener y apresar lo real para reducirlo a una forma en la que sea tratable. Reducirlo a cenizas y finalmente hacer al yo surgir de ellas. Esa es la labor de esta suerte de comentario que trata, eso sí, de salvar al sujeto. La inversión de qué sea un enigma según esta nueva forma de lanzarse a hablar puede ser recuperada de la obra de Michel Foucault Historia de la sexualidad: la voluntad de saber donde la palabra es la inmaterialidad capaz de tramar la construcción de la sexualidad según una domesticación del cuerpo. El interés de esta referencia reside precisamente en la potencia lingüística que la palabra logra al ser capaz de poner en marcha una ordenación del cuerpo según la puesta en marcha de un discurso cuya clave es una comprensión particular del enigma. Si el sujeto accede al museo según una experiencia del silencio ocurrida según la confrontación con esta figura, la salida de las salas de la exposición ocurre también según la esfinge pero en una comprensión distinta de esta. Para entrar hay que guardar silencio, sin embargo, para regresar a los otros es posible sugerir como esta misma figura del enigma puede operar la inversión que ella misma había ordenado. En el paso entre el silencio y la palabra, ya sea para recorrer el camino en cualquiera de los dos sentidos está el enigma. Es una figura capaz de velar ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp.,128 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp.,110 182 ROLAND BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, 2007, pp.,129 180 181 por el lenguaje (y, con ello, también por el silencio), no sólo para llevarlo a su final, sino también para hacerlo comenzar. El tránsito fuera de la palabra y el retorno a ella está guardado por un rito de paso que es aquel del enigma en sus diversas incitaciones. La Historia de la sexualidad propone así el modelo de esfinge que sugiere una forma de hablar que, si bien en aquella obra sirve para tramar un sentido de lo erótico, en el museo sirve para comprender cómo es posible alejarse a un mismo tiempo de la obra y de la sentimentalidad que despertaba la renuncia de sí. Se trata entonces de volver a hablar: se asume la existencia de un enigma pero no para habitar la contradicción que hace posible sino para acabar con ella. En tanto hay un enigma se incita a resolverlo. No se trata tanto de que exista realmente un enigma sino de que se demande una solución. El problema no es tan prioritario (tal como ocurre al entrar al museo) como la salida. Lo que cuenta para volver a hablar es la vorágine de la solución que en definitiva no hace sino disponer el deseo en una movilidad particular. Si el estancamiento ante la obra de arte fijaba el deseo en una suerte de grado cero aquí se trata de activarlo y conducirlo a su forma de sucesión. En la experiencia cotidiana el deseo sustituye sus objetos de manera encadenada: a este le sigue aquel y así indefinidamente. El acceso a esta cadena está, sin duda dispuesto por la incitación a resolver un problema: el antes espectador ahora no puede quedarse fijo ante el acertijo de la imagen sino que debe avanzar hacia una solución. La economía lingüística que dispone la hermenéutica de la obra es la economía del avance, el abandono de toda inmovilidad. Si se quiere dejar de contemplar es preciso sugerir una salida, un avance, iniciar el movimiento, poner en marcha el motor inmóvil. Esta aproximación al enigma, esta salida del museo, dispone esta figura no en un sentido oculto sino como "la realidad fundamental respecto de la cual se sitúan todas las incitaciones"183. La relevancia de este gesto es importante pues en lo que se refiere a la sexualidad, la palabra consigue construir un discurso de verdad, es decir, logra incluir al cuerpo en la trama de esta legalidad. Si al comienzo de este ensayo se planteó la posibilidad de una locuacidad que consistía en un habla impulsiva tal como Nietzsche describe en Verdad y mentida en sentido extramoral, es posible ahora ver los resultados lingüísticos que el museo obra: el espectador locuaz entra a estas salas sin la legalidad de la repetición que orquesta la verdad pero al poner en juego esta suerte de incitación a hablar según las categorías del arte se pone, quizás sin saberlo, bajo el signo de la verdad. El desciframiento que el lenguaje opera en la sexualidad corresponde a una labor de ordenación y categorización que en el museo se repite. De la misma manera que la confesión pide al sexo la revelación de una forma verdad que permanece oscura en nosotros, el arte hace lo propio construyendo una verdad para sí según su propia retórica. El desciframiento de la obra de arte responde a la labor del museo que no es otra que ordenar el vacío simbólico creado en un primer momento: a partir de las categorías artísticas el sujeto aprende cómo funciona el ingreso en el sentido: se construye sobre lo real un ritmo de puntuación que hace de la experiencia algo asumible. En lo que se refiere a la palabra, esta gramática no es sino la forma de una responsabilidad de la que ahora entramos en posesión. LA OBRA Y LA CARNE La confesión que analiza Foucault dirige su murmullo hacia el propio cuerpo como si en él fuera reconocible un deseo que no siempre ocupó este lugar. El confesor 183 MICHEL FOUCAULT, Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber Siglo XXI. Madrid, 2009 se pone a sí mimo "la tarea, casi infinita, de decir, de decirse a sí mismo y de decir a algún otro, lo más frecuentemente posible, todo lo que pueda convenir al juego de los placerse, sensaciones y pensamientos innumerables que, a través del alma y el cuerpo, tienen alguna afinidad con el sexo"184. Se trata del "deber fundamental de llevar todo lo tocante al sexo al molino de la palabra"185 que en el museo encuentra un desplazamiento sobre el cuerpo de la obra: en las salas de la exposición la obra ocupa el lugar de la carne como objeto de desciframiento hermenéutico en un proceder que acaba por reducir el enigma (como se reduce el sexo) al campo del lenguaje. Todo debe ser dicho y en el momento en que este proceder ocurre emerge como tal algo bien distinto del enigma: no se trata ya de lo indecible que está más allá de lo real sino de una forma de grandilocuencia que ha domesticado lo real haciéndolo aparecer en su forma estética. La obra como cuerpo es un producto hermenéutico, es decir, un tejido de palabra que oculta el rastro de toda realidad inquietante en tanto la represión ha sido elaborada hasta una forma con la que es posible una convivencia tranquila. El espectador que ha procedido de esta manera está ya dispuesto a relacionarse con otros hablantes sobre una dimensión significativa que elabora correctamente el discurso de traducción entre lo simbólico y aquello que permanece más o menos inconsciente y a lo cual es posible referirse a través de distintos discursos. El chiste, el teatro, el lapsus son espacios al que ha sido revelado esta intensidad significativa, esta fractura de lo real que, en un primer momento, hicieron la función de rito de paso hacia el universo significativo. 184 185 MICHEL FOUCAULT, Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber Siglo XXI. Madrid, 2009, pp., 4 MICHEL FOUCAULT, Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber Siglo XXI. Madrid, 2009, pp., 5