A mano alzada - Tribunal Electoral del Poder Judicial de la

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O.T. 4947 CUBIERTA 31/DIC/14
Carlos Marianidis Š Mima Castro
Paloma y Venustiano llegan a la ciudad dejando atrás
el lugar en que nacieron. Su valor e ingenio les permitirá
ganar el respeto y la admiración de sus compañeros.
Acompáñalos en su aventura para llegar hasta el Palacio
Legislativo de San Lázaro como representantes de su grupo.
¿Cómo lo lograrán?
Carlos Marianidis nació en Buenos Aires, Argentina. Publicó cuentos, poemas,
obras de teatro y novelas en Cuba, Colombia, México, Ecuador y Argentina.
Fue premiado, entre otras instituciones, por la Universidad de Belgrano, la
Embajada de Chile, Casa de las Américas y Naciones Unidas.
Mima Castro nació en Neuquén, Argentina. Dibujó desde pequeña. Recibió
formación plástica en los talleres de Felipe Noé, Oscar Smoge, Miguel Dávila y
Aníbal Carreño. Siempre disfrutó dibujar, pintar, recortar y pegar. Pintó muchos
082675
9 786077
ISBN: 978-607-708-267-5
cuadros e ilustró más de cincuenta libros con imágenes plenas de color.
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M334a
2014
Marianidis, Carlos
A mano alzada / Carlos Marianidis ; ilus. de: Mima Castro —
México : Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación :
Cangrejo Editores, 2014.
36 p. : il. : 31 cm
ISBN: 978-607-708-267-5 Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación
ISBN: 978-958-8296-57-9 Cangrejo Editores
1. Educación cívica – México 2. Cuentos infantiles – México I. Castro, Mima, il.
II. Tít. III. Ser.
© Cangrejo Editores, 2014
Transv. 93 No. 63-76, Int. 16, Bogotá D.C., Colombia.
Telefax: (571) 276 6440; 541 0592
E-mail: [email protected]
www.cangrejoeditores.com
© INTERNATIONAL BECAN S.A DE C.V.
Actipan 36, P-2, 201.
Col. Insurgentes Mixcoac. México, D.F. C.P. 03920
D.R. © Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
Carlota Armero núm. 5000, colonia CTM Culhuacán,
CP 04480, delegación Coyoacán, México, DF.
Teléfonos 5728-2300 y 5728-2400
ISBN: 978-607-708-267-5 Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación
ISBN: 978-958-8296-57-9 Cangrejo Editores
Preparación editorial: Cangrejo Editores
Preprensa digital: Cangrejo Editores
Textos: Carlos Marianidis
Ilustraciones: Mima Castro
Ilustraciones páginas 15 y 21: Germán Bello Vargas
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta versión,
por cualquier medio, sin la autorización escrita
del titular de los derechos correspondientes.
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Autor: Carlos Marianidis
Ilustraciones: Mima Castro
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Queda prohibida toda discriminación motivada por:
origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades,
la condición social, las condiciones de salud, la religión,
las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil
o cualquier otra que atente contra la dignidad humana
y tenga por objeto anular o menoscabar
los derechos y libertades de las personas.
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos,
artículo primero.
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Paloma deja las montañas
Cuando los Zamudio vendieron la casa, se mudaron a la ciudad. Esto
no significó nada para la más pequeña de las hijas, que apenas era más
grande que un bebé. Pero sí fue un enorme cambio para la mayor, ya que
pronto debería despedirse de esos queridos amigos que la acompañaban
desde la guardería.
Con apenas nueve años, Paloma cuidaba a su hermana como si fuera
la propia madre. Todas las tardes, al volver de la escuela, la tomaba de la
mano y salía a jugar con ella al jardín. O a los cerros, donde el eco de sus
risas llegaba hasta el río. Y si notaba que tenía sueño, la acunaba entre sus
brazos igual que a una muñeca, hasta hacerla dormir.
Paloma era una niña muy alegre. Le gustaba estudiar y disfrutaba las
mañanas en la escuela, donde siempre aprendía algo nuevo y correteaba
con sus amigos. Hasta los días de lluvia le daban felicidad, porque le
encantaba ver cómo las gotas de agua quedaban colgadas en los pinos.
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Finalmente, a medida que se acercaba la
hora de liar el petate, la niña sintió tristeza por
tener que dejar sus montañas.
Entonces, cuando subió al camión de la
mudanza junto a sus padres, Paloma miró por
la ventanilla y, con lágrimas en los ojos, se
despidió de su valle.
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Venustiano, el adiós al bosque
La familia Atlaua, desde el mayor de los ancianos hasta el más pequeño
de los nietos, vivía en el bosque. Y todos, de algún modo, eran hijos de
los árboles. Porque de ellos recibían la sombra que aliviaba el calor en
verano y un refugio contra el frío del invierno. De ellos sacaban madera
para construir muebles y también el perfume que compraban las señoras
de la ciudad.
Mientras su padre le aserraba las ramas a un enorme árbol caído,
Venustiano acariciaba su áspera corteza.
—¿Quieres ayudarme? –preguntó el hombre.
La sonrisa del niño resplandeció sobre la piel morena.
—Bien. Entonces, despega con cuidado estos copales –señaló la mano
de piel curtida– y guárdalos en aquella bolsita.
Venustiano arrancó las blandas gotas que lagrimeaba el tronco por
un costado. Entre más las calentaba el sol, más se perfumaba el aire del
mediodía.
Una hora después, con el saco lleno de esos trozos dorados, el niño se
miró las manos pegajosas que olían a resina dulce.
Y al final de la tarde, mientras su padre y su abuelo hablaban de él con
orgullo, Venustiano comenzó el regreso al hogar.
Los Atlaua habían trabajado en ese bosque desde la época de los
mexicas, en el tiempo de las grandes pirámides. Todos estaban agradecidos
por los regalos que daba la madre tierra y nadie quería irse de allí.
Pero un día la crecida del río inundó la región.
Así las cosas, los nativos debieron buscar –al menos por un tiempo–
otro lugar para vivir. Y Venustiano abandonó ese paraíso para subirse a un
tren con toda la familia, rumbo a la ciudad.
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Como sapos de otro charco
Con una semana de diferencia, Paloma y Venustiano llegaron a su
nueva escuela. Tarde, cuando ya todos se conocían entre sí.
No es fácil mudarse. Y dejar atrás a los amigos queridos. Y entrar a un
aula donde las clases comenzaron sin ti dos meses antes. Y que te miren
como a un ser de otro mundo, mientras tú estás parado ahí, al frente,
extrañando tus montañas o tu bosque.
—¡Tenemos dos compañeritos nuevos! –anunció la maestra–. ¿Cómo
los recibimos…?
Nada más hubo dos o tres saludos desde los bancos. Alguna mano en
alto, alguna sonrisa. El resto fue un silencio frío, casi de hielo.
—Y ahora vamos a escucharlos, para saber cómo se llaman y de dónde
vienen –agregó la señorita Clara.
Al ver que el niño nuevo agachaba la cabeza y hacía unas marcas en el
suelo con la punta de su zapato, Paloma se adelantó a presentarse.
—¡Hola! –dijo–. Me llamo Paloma y soy… –Unas risas que venían del
fondo del salón la interrumpieron. La maestra pidió silencio y el borboteo
de voces terminó enseguida. Sin embargo, todos alcanzaron a oír una que
quedó en el aire.
—¡Es una paloma mensajera!
La maestra volvió a pedir respeto. Pero se dio cuenta que la niña no
quería hablar más. Entonces, tocó el hombro del niño.
—Mi nombre es Venustiano –dijo él, con un hilo de voz. Y, otra vez,
se escucharon las mismas risas, más fuertes.
Velozmente, Venustiano giró la cabeza. Miró alrededor, igual que un
águila en el borde de un peñasco. Y cuando clavó sus ojos en los que
se estaban riendo de él, se hizo el silencio. –Mi nombre es Venustiano
Atlaua –continuó el pequeño, con un gesto de guerrero en los labios
apretados– y vengo de Morelos.
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Un rumor recorrió el fondo. De pronto, ante otra mirada del desconocido,
la clase entera enmudeció.
—Y cuéntanos un poco –sonrió la señorita Clara– ¿cómo es allá?
El niño puso las manos detrás de la espalda y miró, por la ventana, los
lejanos edificios. Se llenó el pecho de aire, como si oliera la resina de un
pino, soltó un pequeño suspiro y luego respondió:
—Es todo verde. Mi casa estaba en el bosque.
La maestra se paró en medio de sus nuevos alumnos y, acariciándole la
cabeza a ambos, les explicó en qué trabajaba la clase.
—Bueno… Ustedes están en un lugar nuevo, pero poco a poco, irán
conociendo a sus compañeros y compañeras, se pondrán al día con la tarea
y las cosas serán más fáciles, ya verán. Ahora, voy a contarles lo que estamos
haciendo aquí para que participen con nosotros. ¿Comenzamos?
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Un problema para resolver
La maestra explicó que, semanas atrás, la clase se había dividido en
cinco equipos de seis alumnos cada uno. Y cada equipo sería un partido.
—¿Equipos? –preguntó Paloma, sin entender.
—¿Partidos? ¿Igual que los partidos de futbol? –preguntó Venustiano. Y
todos se rieron por lo bajo.
—Veo que es un poco confuso, así que cambiaremos las palabras. Este
curso se ha dividido en cinco grupos –sonrió la señorita Clara, mientras
desplegaba sobre la pared un enorme mapa de México–. Dentro de unos
meses habrá un congreso, una gran reunión a la que asistirán alumnos
de todos los estados, desde Baja California hasta Yucatán. La idea es que
cada niño hable de su región. De ese modo, nos conoceremos más.
—¿Y quién va a ir de aquí? –se atrevió a preguntar Paloma.
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Un rumor recorrió el aula y algunos compañeros se miraron.
—Pues eso es lo que vamos a elegir entre todos: un representante
–aclaró la maestra–. A ver, quién me ayuda y le dice a los compañeros lo
que hemos aprendido. ¿Para qué sirve la política?
—Para resolver los problemas de la gente –dijo Marta.
—¡Correcto! ¿Cómo participamos?
—Cada vez que hay elecciones –contestó Gabriela–, cuando ponemos
el voto en una caja de cartón, para que después cuenten las boletas y
sepamos quién ganó.
La señorita Clara miró el techo y se quedó pensando un rato. Luego
chasqueó los dedos.
—Eso es lo que hacemos cada vez que elegimos un presidente, un
gobernador, un presidente municipal. Pero, ¿se puede votar a cualquier
edad?
Un cuchicheo recorrió la clase hasta que David alzó la mano.
—Hay que tener dieciocho años –dijo serio. Aunque enseguida miró
a su maestra con una sonrisa–. Pero nosotros vamos a jugar a que somos
ciudadanos y ya podemos votar.
—¡Bien dicho! –festejó Clara–. Ahora, solamente falta saber a qué grupo
van a entrar Paloma y Venustiano.
De pronto, todo fue silencio. En algunos bancos, las cabezas de los
niños se escondieron dentro de los cuadernos. En otros, miraron el mapa.
Y al resto le dio ganas de acomodar los útiles debajo de las mesas.
La maestra miró a cada uno en silencio. Finalmente, llamó al frente
a Luis y a Enrique, los más traviesos. Y también llamó a Lupe y Gabriela,
las que más participaban en clase.
En fila, los cuatro compañeros se miraron entre sí, sin tener la menor
idea de por qué estaban allí, en el centro de la atención.
—A partir de hoy, ustedes formarán el Tribunal Electoral –dijo la
maestra, con voz solemne–. Su principal misión será ver que todos los compañeros que quieran participar en las elecciones sean tratados con igualdad.
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Iguales, pero distintos
—¡Pero no somos todos iguales! –le dijo Enrique a Luis, al oído, mientras
se tapaba la boca con la mano.
—¡Te escuché bien, Enrique! –sonrió la señorita–. Lo que estoy diciendo
es otra cosa. Por ejemplo, Lupe y tú no son iguales como una moneda de
diez pesos con otra… pero sí tienen los mismos derechos: a estudiar, a
jugar, a ser respetados como personas que son. ¡Ésa es la igualdad que
importa!
La clase comenzó a zumbar como un panal de abejas. Y en medio del
rumor creciente se alzó una mano.
—Guardamos silencio y escuchamos a Adela –pidió la maestra–. La
niña frunció la nariz con un gesto de duda, igual que un conejo ante un
cajón de zanahorias.
—No entiendo una cosa, señorita –murmuró–. Usted nos dijo que la
ley es una regla que nos trata con igualdad. Pero no es lo mismo un niño
que vive en la ciudad que uno que vive en el bosque.
La señorita Clara se acercó a una ventana. Desde allí miró la calle
invadida por autos, el humo de los escapes, los semáforos que pasaban
del rojo al verde y pensó en el verde que se veía en un cerro de Chiapas,
en el verde del mar de Sinaloa y en el verde de las alamedas de Durango.
Luego dio media vuelta y habló:
—Es cierto. Cada uno de nosotros es único, como la tierra de la que
venimos –dijo y señaló el mapa–. De norte a sur, de este a oeste. ¡México
es tan inmenso! Según el lugar donde nacimos, hablamos diferente, nos
vestimos diferente, comemos diferente. Entonces, la ley tiene en cuenta
todo eso y nos trata con igualdad.
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Adela se sintió más confundida que antes. Y puso una cara tal que
causó la risa de quienes la rodeaban.
La señorita Clara, también sonriente, tomó un largo puntero de
madera y, muy despacio, nombró cada uno de los treinta y un estados.
Por último, señaló el Distrito Federal.
–Nosotros estamos hoy aquí. Pero si queremos un día vivir en
otro lugar de México, tendremos los mismos derechos y las mismas
obligaciones, no importa qué tan lejos vayamos.
Lupe y Gabriela se miraron entre sí. Luis y Enrique se dijeron algo
al oído.
La señorita Clara se paró frente a ellos, luego tomó asiento detrás
de su escritorio.
—Ahora –dijo, cruzándose de brazos– les daré tiempo para que
resuelvan la situación. Si tienen dudas, me preguntan. Pero antes de
que termine la hora, Paloma y Venustiano deben quedar anotados en
algún grupo. Ustedes forman el Tribunal Electoral: la decisión está
en sus manos…
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Una pequeña discusión
En el aula todo era silencio, hasta que Luis habló primero.
—Enrique me hizo reír.
—¡No! –gritó Enrique, veloz como un látigo–. ¡Tú te reíste solo!
—Bueno, ya está bien… No se peleen –dijo Lupe, pensativa–. Nosotros
éramos treinta. Nos dividimos en cinco grupos, así que en cada uno había
seis personas. A mí me parece que no hay problema si se agregan dos más
en alguno.
—¡No! ¡Es mucha gente! –dijo Luis–. ¿Y si entran a grupos distintos?
—Votemos –exclamó Enrique–, para ver quiénes están de acuerdo.
—Correcto –dijo Gabriela–. Así se hacen las cosas en una democracia:
elijamos entre todos, sin que nadie se quede afuera. A ver… ¡votemos ya!
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Sin decir palabra, la maestra movió la cabeza en señal de conformidad.
Enseguida, todas las manos se levantaron.
—¡Muy bien! –continuó Lupe, que ya actuaba como la jueza que
dirigía la sesión–. Ahora, ¿quiénes quieren a Paloma o a Venustiano en su
grupo?
Hubo un silencio general y todas las manos bajaron.
Durante largo rato, los cuatro miembros del Tribunal dialogaron entre
sí, hasta que a Gabriela se le ocurrió algo. Ante la curiosidad de todos, tomó
un trozo de papel y lo cortó en cinco pedazos. Después anotó en ellos el
nombre de cada grupo.
—Los
Delfines, Los Pingüinos –dijo en voz alta mientras
escribía–, Las Pirañas, Los Canguros y Las Leonas.
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La niña hizo cinco bolitas y, con los brazos detrás de la espalda, las
mezcló entre sus manos. Por último, indicó:
—Ahora, que pasen los nuevos a sacar un papel. Y al que le toca, le
toca.
—¡Nooo...! –gritaron algunos, descontentos con la idea.
Molesta, Gabriela levantó los hombros.
Velozmente, los miembros del Tribunal se formaron en círculo
para resolver lo que harían.
La maestra los observó un buen rato. Después, habló:
—Supongo que ya se decidieron.
Ante la mirada de Gabriela, Enrique y Luis, Lupe se adelantó a contestar.
—Sí, señorita. Este Tribunal propone que se forme un grupo más, de
dos.
—No estaría mal. En nuestro congreso hay grupos grandes y también
pequeños, con igual derecho a expresarse –dijo la maestra. Luego, miró
a los alumnos nuevos–. ¿Están de acuerdo en trabajar juntos? ¿Los dos
solos?
Paloma y Venustiano se miraron sonrientes y aceptaron el desafío.
—¡Bien! Ahora, nada más falta que le pongan nombre a su grupo.
Los dos niños cuchichearon un momento, luego habló Venustiano.
—Las Lombrices –dijo. Y la clase entera explotó de risa.
La maestra pidió silencio. Sin embargo, risueña, también tuvo curiosidad.
—¡Es divertido! Aunque, entre tantos animales que había para elegir,
¿por qué Las Lombrices?
—Porque amamos la tierra donde nacimos –respondió Paloma seria–.
Pero podemos vivir en cualquier otra.
Y todos quedaron en silencio.
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Salvados en el último momento
Al margen de tanto grupo, candidatos y propuestas, las clases y las
tareas continuaban como en cualquier escuela. Dicho de otro modo, los
problemas de matemáticas, los dictados, las tareas manuales, todo seguía
igual que siempre. Sin embargo, con el entusiasmo de las elecciones,
muchos se habían olvidado de estudiar. En realidad, la mayoría.
Durante unas cuantas mañanas, la maestra había anunciado prueba de
Historia. Antes del timbre de salida, en cada mediodía, recordaba:
—Este viernes traigan las carpetas. ¡No lo olviden!
Finalmente, llegó el último día de la semana. Y al regreso del recreo
sonó en el aula la frase tan temida: saquen una hoja.
En algunos bancos hubo preocupación. En otros, un repaso a las
prisas. De pronto, al ver las caras de terror, la señorita
Clara protestó:
—No me hagan gestos. Yo les avisé –dijo.
Aunque hizo una larga pausa para abrir la
carpeta de asistencia. Después anunció
algo que a muchos les devolvió el alma al
cuerpo–. Está bien. Cambiaré la prueba
escrita por una lección oral. Pase al frente...
Atlaua.
Venustiano avanzó, se paró junto al
escritorio y esperó la pregunta.
—¿Qué significa para ti una serpiente
emplumada?
Enseguida, el niño narró la leyenda de
Quetzalcóatl, describió la ciudad de Tenochtitlán
y cómo hacían los aztecas para saber cuándo sembrar.
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Desde la primera fila, algunos compañeros le hicieron
señas desesperadas para que fuera más despacio,
así pasaba la hora. Entonces, Venustiano se frenó
de repente y empezó a hablar con lentitud.
De ese modo, para alivio de muchos que
no habían estudiado, la serpiente emplumada
tardó varios minutos en bajar por la Pirámide
del Sol y contar de dónde venía.
Mientras su compañero de banco seguía con
el relato, Paloma observó las caras de miedo de los
demás. Casi con pena, vio varias cabezas hundidas
en los libros, a la espera de ser llamadas.
—¡Muy bien, Venustiano! –felicitó la maestra
al alumno nuevo y abrió su carpeta para llamar a otro.
Entonces, ante la sorpresa de toda la clase, Paloma
levantó la mano.
—¿Puedo pasar, maestra?
La señorita Clara levantó la vista y miró con ternura a la niña.
—Pero Zamudio... –le dijo en broma–, tú estás al final de la lista.
¿De verdad quieres pasar a exponer?
Ante la mirada agradecida de las últimas filas,
Paloma se levantó para ocupar el lugar de su amigo
junto al escritorio.
—Sí, maestra –respondió. Y, a continuación, habló de esas leyendas
que tanto le gustaban. Las mismas que, años atrás, su madre le leía
antes de dormir.
Y así, sin que nadie se diera cuenta, el tiempo voló. Hasta que con
el timbre de salida todo el mundo, aliviado, comenzó a guardar sus
útiles para volver a casa.
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Carrera hacia el Congreso
Por último, había que crear una forma interesante de contar a los demás
el trabajo hecho y decir qué más haría aquella persona que fuera elegida
para hablar por todos. Durante los meses que faltaban para la gran reunión,
cada uno de los seis grupos anunciaría sus propuestas, hasta que llegara la
elección final. Ese día se sabría quién sería el o la representante para el
congreso.
Cuando la señorita Clara colgó en una pared aquella cartulina con
dibujos y flechas, las cabezas se agolparon para leer lo que decía:
C O NG R ES O NA C I O NA L D E NI Ñ O S
El ecci ón de r ep r esent a nt e:1 5 de no vi emb r e
Sesiones en
el Congreso:
6 al 1o
de diciembre
Poco a poco, el aula comenzó a llenarse de carteles. En ellos, cada
grupo expresaba su pensamiento o prometía lo que iba a hacer si
ganaba las elecciones. Y también otras cosas…
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Ni vencedores ni vencidos
Una mañana, antes de comenzar la clase, la directora llamó a la puerta
del aula. Luego conversó en voz baja con la maestra mientras le daba un
papel. Después se despidió y salió.
Hubo un largo silencio, colmado de miradas curiosas. Al final de tanto
misterio, la señorita Clara anunció algo que entusiasmó a todos.
—¡Hay novedades! –dijo, sonriente–. Hasta hoy, sólo un representante
iba a viajar al congreso. Pero me acaban de confirmar esto: los miembros
del grupo que gane las elecciones acompañarán al representante, en
calidad de secretarios.
El griterío y los aplausos brotaron desde todos los bancos.
—Y los que no ganen ¿qué harán? –preguntó alguien en la primera
fila.
La maestra le acarició la cabeza con cariño, aunque su respuesta fue
para la clase entera.
—Así funciona esto: algunos son elegidos y otros no. En realidad,
democracia es mucho más que poder elegir: es un modo de convivencia.
Después, los demás podemos colaborar con los que ganaron para que tengan
éxito. Con aplausos, con críticas, pero siempre con respeto... Aun cuando se
ponga difícil, es el mejor camino para que un país crezca de verdad.
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La democracia es una fiesta
Los Canguros hicieron láminas
de cartulina y cuadros para mostrar
la contaminación del aire.
Las Leonas leyeron, entre todas,
un reportaje que le habían hecho a
un abogado. En la nota, el hombre
explicaba cuáles son los diez derechos
del niño y por qué es importante que
estén en la escuela y no en la calle.
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Para todos, la elección final fue difícil.
Al llegar el día del debate, cada grupo
pasó al frente y expuso sus ideas.
Los Pingüinos crearon
un proyecto de ley para que
los animales dejaran de trabajar
en los circos. Su propuesta
era cambiarlos por acróbatas,
bailarines y otros artistas.
Los Delfines tenían recortes
Las Pirañas llevaron
un valle en miniatura
hecho con cartón cubierto
de hierba, montañas
de lodo seco y un espejo
para el lago. Con él
explicaron el ciclo del
agua y qué hacer
para cuidarla mejor.
de periódicos acerca de grandes
hombres que lucharon por la paz.
Después, opinaron cómo veían
el mundo y dieron algunas ideas
para acabar con las guerras.
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Pero, a pesar de los buenos trabajos que se presentaron, la mayoría de
la clase votó por un mismo equipo.
El grupo elegido fue el que, además de láminas y recortes, llevó a dos
invitados especiales. Uno era un anciano nahua, quien contó la historia de su
familia, que trabajó en el bosque hasta que la creciente del río inundó todo.
—La Tierra es nuestra madre –dijo el hombre del cabello blanco. En su
rostro, tostado por miles de soles, había arrugas que ya estaban ahí cuando la
escuela recién se construía.
Y mientras mostraba sus manos encallecidas, su voz resonó igual que
si hablara dentro de una caverna. –Si nosotros cuidamos nuestra Tierra, ella
nos cuida. Si regamos nuestros árboles, ellos nos alimentan. Si respetamos la
montaña, ella nos da cobijo.
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La otra invitada fue una mujer que, mientras mecía a su hija de un
año, habló de lo importante que era para los niños tener una familia.
Recordó cómo sus abuelos habían plantado los primeros álamos para
protegerse del viento en el valle y les contó su experiencia al abandonar
las montañas para mudarse a la ciudad.
—Esto que están haciendo ustedes es muy importante –murmuró la
señora del pañuelo a lunares que se hamacaba en su silla de un lado a
otro–. Porque ya desde chiquitos aprenden a interesarse por su patria, a
escuchar a sus mayores… En el fondo, un país es como el hogar. Si cada
uno anda por su lado y no se preocupa por las cosas que ocurren dentro,
es muy difícil ir para adelante. Pero cuando nos contamos lo que nos pasa,
nos escuchamos y buscamos la solución, todo es más fácil.
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—Parece una tontería, aunque es una gran verdad –la interrumpió
el anciano–. Por ejemplo, en Jalisco viven los pueblos indígenas nahuas
y huicholes, en Querétaro hay pames, en Sinaloa hay mayos. ¡Debemos
querernos y cuidarnos entre nosotros, porque somos una gran familia!
El silencio invadió el aula. Como casi todos ya habían hecho preguntas a
los invitados, los integrantes del grupo decidieron cerrar el debate.
—Si llegamos al congreso –anunciaron–, vamos a pedir que haya una
ley para proteger los derechos de la tierra, igual que si fuera una persona.
—Entonces nadie podrá separarla de la familia que la cuida. Porque lo
más importante dentro de un hogar o un país es estar unidos.
Al final de la entrevista hubo un largo aplauso desde la primera a la
última fila de bancos. Y como el grupo ganador de la elección era el más
pequeño de la clase –el de Las Lombrices–, la señorita Clara propuso que
sus dos miembros fueran al congreso y se dividieran el tiempo para hablar.
—A ver, ¿quiénes están de acuerdo? –preguntó la maestra.
Y todas las manos se levantaron.
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La entrada al Palacio Legislativo de San Lázaro fue
emocionante.
Los dos muy juntos, Paloma y Venustiano, entraron al
salón gigantesco. Casi con miedo comenzaron a caminar
por una alfombra que parecía hierba y, lentamente, alzaron
los ojos. No lo podían creer: ¡todo era verde! Un verde
claro que invadía el lugar, tapizaba los asientos y se perdía
allá arriba, entre palcos y galerías. A izquierda y derecha
había centenares de butacas vacías. Y al fondo, sobre la
pared contraria, desde las alturas, colgaban dos banderas
de México. Eran inmensos listones de seda reluciente que
se acercaban hasta unirse en un moño de tres colores. En
medio de ambos, por encima del Escudo Nacional, brillaba
el bronce de una frase:
La patria es primero
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Los niños subieron los escalones que llevaban a sus
curules de pequeños diputados. Y, una vez allí, después
de acomodar las carpetas sobre el pupitre, estrecharon sus
manos emocionados.
A los pocos minutos comenzaron a llegar al palacio los
representantes elegidos de cada estado, cada distrito y escuela
del país. También ellos habían hecho un largo camino para
entrar a ese lugar. A la media hora, el congreso estaba
habitado por unos quinientos niños que convertían el salón
en una colmena ruidosa y alegre.
Con lágrimas que empujaban tras sus ojos, Paloma
y Venustiano cantaron el Himno Nacional. A su fin, los
aplausos llenaron el aire, cayendo desde los balcones más
altos hasta ese piso que parecía el musgo en primavera.
Después de la presentación de las autoridades y el
agradecimiento a los docentes, llegó el momento soñado.
Entonces la presidenta de la Cámara de Diputados tomó
el micrófono e inauguró la sesión:
—¡Bienvenidos todos al Congreso Nacional de Niños de
México!
En medio de la alegría y el griterío general, Paloma
y Venustiano se miraron de reojo, inmensamente felices.
Luego se prepararon para hablar...
¡Bienvenidos!
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Y si quieres saber más…
Entra a la página del Tribunal Electoral del Poder
Judicial de la Federación. Es el que organiza y resuelve
todos los conflictos derivados de una elección, tanto de los
partidos políticos y sus candidatos, como del ciudadano común
al momento de emitir su voto:
www.te.gob.mx
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O.T. 4947 CUBIERTA 31/DIC/14
Carlos Marianidis Š Mima Castro
Paloma y Venustiano llegan a la ciudad dejando atrás
el lugar en que nacieron. Su valor e ingenio les permitirá
ganar el respeto y la admiración de sus compañeros.
Acompáñalos en su aventura para llegar hasta el Palacio
Legislativo de San Lázaro como representantes de su grupo.
¿Cómo lo lograrán?
Carlos Marianidis nació en Buenos Aires, Argentina. Publicó cuentos, poemas,
obras de teatro y novelas en Cuba, Colombia, México, Ecuador y Argentina.
Fue premiado, entre otras instituciones, por la Universidad de Belgrano, la
Embajada de Chile, Casa de las Américas y Naciones Unidas.
Mima Castro nació en Neuquén, Argentina. Dibujó desde pequeña. Recibió
formación plástica en los talleres de Felipe Noé, Oscar Smoge, Miguel Dávila y
Aníbal Carreño. Siempre disfrutó dibujar, pintar, recortar y pegar. Pintó muchos
082675
9 786077
ISBN: 978-607-708-267-5
cuadros e ilustró más de cincuenta libros con imágenes plenas de color.
12/31/14 2:30 PM
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