Cuba: un debate sobre los afrocubanos y la Revolución

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Afrocubanos y Revolución
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Cuba: un debate sobre los afrocubanos y la Revolución
Roberto Zurbano, Guillermo Rodriguez Rivera, Victor Fowler, Zuleica Romay Guerra, ARAC…
21/ 4/ 2013
El pasado 23 de marzo, The New York Times publicó el texto “For blacks in Cuba the
revolution hasn´t begun” del intelectual cubano Roberto Zurbano. A raíz de dicha publicación,
se ha desarrollado un amplio debate sobre el tema racial en Cuba, en distintos medios
electrónicos, en el cual han participado intelectuales de dentro y fuera de la Isla. Los textos que
han conformado el debate se encuentran publicados en la revista cubana La Jiribilla. A
continuación, Sin Permiso compendia algunos de ellos.
Para los negros en Cuba la Revolución no ha comenzado aún
Roberto Zurbano
La últimas noticias salidas de Cuba se refieren a los cambios, aunque esto es más un
sueño que una realidad para los afrocubanos como yo. A lo largo de la última década, han sido
abolidas muchas prohibiciones ridículas para los cubanos que viven en la Isla, como dormir en
un hotel, comprar un celular, vender una casa o un automóvil y viajar al extranjero. Estos
gestos han sido celebrados como signos de aperturas y reforma, aunque en realidad solo son
esfuerzos para normalizar la vida. La realidad es que en Cuba tu experiencia de estos cambios
depende del color de tu piel.
El sector privado goza ahora en Cuba de cierto grado de liberalización económica, pero
los negros no estamos en posición ventajosa para aprovecharnos de ello. Heredamos más de
tres siglos de esclavitud durante la era colonial española. La exclusión racial continuó después
de la independencia de Cuba en 1902, y medio siglo de Revolución desde 1959 ha sido
incapaz de superarla.
En los primeros años de la década de los 90, después del fin de la Guerra Fría, Fidel
Castro se embarcó en reformas económicas que continúa Raúl, su hermano y sucesor. Cuba
había perdido su mayor benefactor, la Unión Soviética, y cayó en una profunda recesión que se
conoció como el “periodo especial”. Había frecuentes apagones. El transporte público apenas
funcionaba. La comida escaseaba. Para encauzar el descontento, el gobierno dividió la
economía en dos sectores: uno para el negocio privado y las empresas de orientación
extranjera, esencialmente autorizadas a negociar en dólares estadunidenses; y otro que
continuaba el viejo orden socialista centrado en puestos gubernamentales de trabajo con un
promedio de 20 dólares mensuales.
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Es cierto que los cubanos tienen aún una fuerte red de seguridad: la mayoría no paga
alquiler, y la educación y la salud son gratuitas. Pero la divergencia económica creó dos
realidades contrastantes que persisten hoy en día. La primera es la de los cubanos blancos,
que han equilibrado sus recursos, para entrar en la nueva economía de mercado y cosechar
los beneficios de un socialismo supuestamente más abierto. La otra realidad es la de la
pluralidad negra, que fue testigo de la desaparición de la utopía socialista en los sectores más
desprovistos de la Isla.
La mayor parte de las remesas del exterior —principalmente del área de Miami, centro
neurálgico de la comunidad de exiliados mayormente blancos— va a cubanos blancos. Tienden
a vivir en mejores casas, que pueden ser convertidas fácilmente en restoranes o alojamientos
con desayuno —el modo más común de negocio privado en Cuba—. Los cubanos negros
tienen menos propiedades y dinero, y además han tenido que lidiar con el racismo imperante.
Era frecuente no hace mucho que los administradores de hoteles, por ejemplo, contrataran solo
empleomanía blanca para no ofender la supuesta sensibilidad de su clientela europea.
Este tipo de racismo escandaloso se ha vuelto socialmente menos aceptable, pero los
negros son aún tristemente poco representados en el turismo —probablemente el sector más
lucrativo de la economía—, y es mucho menos probable que posean sus propios negocios que
los blancos. Raúl Castro ha reconocido la persistencia del racismo, y ha tenido éxito en algunas
áreas (hay más maestros y diputados negros en la asamblea nacional), pero falta mucho por
hacer para enfrentar la desigualdad estructural y el prejuicio racial que aún excluye a los
afrocubanos de los beneficios de la liberalización.
El racismo en Cuba ha sido ocultado y reforzado en parte porque no se habla de él. El
gobierno no ha permitido que el prejuicio racial sea debatido y confrontado política o
culturalmente, pretendiendo a menudo, en ocasiones, que no existe. Antes de la década del 90,
los cubanos negros sufrían una parálisis de movilidad económica mientras, paradójicamente, el
gobierno decretaba el fin del racismo en los espectáculos y publicaciones. Cuestionar la
extensión del progreso racial equivalía a un acto contrarrevolucionario. Esto hizo casi imposible
señalar lo obvio: el racismo está vivo y saludable.
Si los años 60, la primera década después de la Revolución, significaron oportunidad
para todos, las décadas que siguieron demostraron que no todo el mundo podía tener acceso
al beneficio de tales oportunidades. Es cierto que la década de los 80 produjo una generación
de profesionales negros, como médicos y maestros, pero estas ganancias disminuyeron en la
década de los 90, cuando los negros fueron excluidos de sectores lucrativos como la hotelería.
Ahora, en el siglo XXI, se hace muy visible que la población negra está poco representada en
universidades y en espacios de poder económico y político, y sobrerrepresentada en la
economía subterránea, en la esfera criminal y en los barrios marginales.
Raúl Castro ha anunciado que cesará en la presidencia en 2018. Espero que para
entonces, en Cuba el movimiento antirracista habrá crecido, tanto legal como logísticamente,
de modo que pueda traer soluciones que durante tanto tiempo han sido prometidas y
esperadas por cubanos negros.
Un primer paso importante sería lograr finalmente un conteo oficial de afrocubanos. La
población negra de Cuba es mucho mayor que los números espurios de los recientes censos.
El número de negros en la calle subraya obviamente el fraude numérico que nos coloca con
menos de un quinto de la población. Muchas personas olvidan que en Cuba una gota de
sangre blanca puede —aunque solo en el papel— hacer un mestizo o una persona blanca de
alguien que en la realidad social no cae en ninguna de estas categorías. Aquí, los matices que
gobiernan el color de la piel son una tragicomedia que oculta conflictos raciales de larga
existencia.
El fin del gobierno de los Castro significará el fin de una era en la política cubana. No
es realista esperar un presidente negro, dada la insuficiente conciencia racial en la Isla. Pero
cuando Raúl Castro deje el puesto, Cuba será un lugar muy distinto. Solo podemos esperar
que mujeres, negros y jóvenes serán capaces de ayudar a guiar a la nación hacia una mejor
equidad de oportunidad y al logro de ciudadanía plena para cubanos de todos los colores. La
Habana. Cuba.
Roberto Zurbano es ensayista, crítico y promotor cultural cubano.
The New York Times, 23 de marzo 2013
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Una opinión
Guillermo Rodríguez Rivera
Lo primero que llamó mi atención fue que Diario de Cuba —que es una publicación
declaradamente opositora a la Revolución cubana—, acogiera in extenso, las opiniones de un
ensayista cubano que vive en la Isla y que, sin duda, se ubica en el ámbito de la que ellos (los
del Diario) llaman “oficialidad” cubana, como estima la publicación a todo el que trabaje en
cualquier entidad estatal del país: ahora mismo, el 75% de la población laboral de la nación.
Roberto Zurbano, el ensayista al que aludo, porque son sus declaraciones las que
recoge la publicación de nombre cubano, radicación madrileña y aires miamenses, es director
del Fondo Editorial de Casa de las Américas y, como puntualiza el Diario, “vicepresidente de la
Asociación de Escritores de la oficialista UNEAC”.
Me pareció escandaloso que un negro cubano y revolucionario afirmara de modo
terminante que “para los negros cubanos, la Revolución no ha comenzado”. Es perfectamente
lógico que semejante declaración le sirva a Diario de Cuba para colocarla como cintillo de la
información que resume las opiniones de Roberto Zurbano, y que el escritor cubano diera
originalmente a The New York Times.
Como Zurbano, además de ser cubano es negro y revolucionario, considero que hay
ciertas apreciaciones conceptuales que lo han conducido a unas conclusiones superficiales en
torno a los complejos problemas que aborda. Me parece necesario aclararlas.
El primer asunto que quiero tratar es la confusión que existe en las opiniones del
ensayista al abordar conceptos como racismo y discriminación racial. En el caso que nos
ocupa, el racismo anti-negro es la idea de la inferioridad de la raza negra. Se trata de la raza
que fue esclavizada por casi cuatro siglos y, después, ha sufrido las consecuencias de esos
siglos de opresión.
Tan temprano como en marzo de 1959, Fidel Castro advertía las complejidades y
dificultades del problema. Decía ese mes, en un discurso, que el de la discriminación racial es
uno de los problemas más complejos y más difíciles de los que la Revolución tiene que
abordar… Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás la más
difícil de todas las injusticias de las que han existido en nuestro medio ambiente… Hay
problemas de orden mental que para una revolución constituyen valladares tan difíciles como
los que pueden constituir los más poderosos intereses creados (1)
Cuando Fidel está refiriéndose a asuntos “de orden mental”, está subrayando que el
racismo solo puede ser parcialmente resuelto por las leyes y resoluciones que pudiera dictar el
gobierno de la Revolución y advierte que el prejuicio racial no está únicamente en los
económicamente poderosos, en los enemigos de la Revolución, sino en gente
que no tiene latifundios, ni tiene rentas, ni tiene nada, que no tiene más que prejuicios
en su cabeza (2).
Son los siglos de esclavitud y los prejuicios que generó esa forzada interiorización del
negro, los que conforman la perspectiva racista y desembocan en la praxis que es la
discriminación racial.
El instrumento legal contra la discriminación racial se desplegó a fondo en el marco de
la Revolución cubana, del mismo modo que se puso en juego un amplio dispositivo ideológico
contra el racismo que, de hecho, transformaron en vergonzantes las manifestaciones de
discriminación que podían aparecer. La Revolución cubana desarrolló un estado de opinión
mayoritaria entre los cubanos, que obligaba a aquel que la sentía, a enmascarar cualquier
manifestación de racismo.
La Revolución cubana no solo inició la lucha contra el racismo y la discriminación sino
que puede decirse que nunca esa lucha había sido tan a fondo como en ese momento de
nuestra historia.
En otro artículo, Zurbano manifestaba que el racismo solo podía manifestarlo quien
ejercía el poder. En verdad, quien no ejerce el poder también puede ser racista, pero tendrá
dificultades mucho mayores para que su racismo desemboque en la práctica que es la
discriminación.
Pero el único poder en un estado no es el central, ese que dicta leyes, decretos y
resoluciones. Mucho más abajo un director, un administrador, un jefe de personal, ejercen un
poder efectivo que puede pasar, y a veces pasa, por encima de los criterios de ese poder
central, claro que sin hacerlo explícito.
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Finalmente, puede ejercerse incluso la discriminación privada, la que dispone la sola
persona en el ámbito que dominan. La Revolución cubana no solo inició la lucha contra el
racismo y la discriminación sino que puede decirse que nunca esa lucha había sido tan a fondo
como en ese momento de nuestra historia.
Pero la apertura de los puestos de trabajo, de los medios de comunicación, de los
centros y las oportunidades de estudio a los cubanos de todos los colores, es algo que no
puede ignorarse, porque resulta una falsedad cuando se hace. Zurbano, que nació y creció en
tiempos de Revolución, debía indagar —si es que no lo conoce— el asunto con sus mayores,
antes de formular ante la prensa norteamericana una opinión que acaso la complazca, pero
que desacredita sin ningún fundamento real a la Revolución cubana.
Los procesos radicales de la historia cubana han generado en diversos momentos la
esperanza del fin de la discriminación racial. Es lo que creyó uno de los más importantes
líderes negros cubanos, Juan Gualberto Gómez, quien supuso que la proclamación de la
independencia cubana tras el fin de la esclavitud, solucionaría el problema de la subordinación
de negros y mulatos cubanos en una sociedad que los había discriminado.
Pero la república surgida en 1902, tras cuatro años de intervención norteamericana y la
imposición de la Enmienda Platt, ya no era la proyectada república “con todos y para el bien de
todos” proclamada por Martí y apoyada por Antonio Maceo.
Cuando triunfa la Revolución en 1959 y se proclama socialista en 1961, el mulato
comunista Nicolás Guillén acaso tuvo las mismas esperanzas que Juan Gualberto medio siglo
atrás. Guillén sabía que la igualdad de derechos de las razas no podía darse en medio de la
opresiva sociedad de clases, en las que negros y mulatos arrastraban la desventaja de más de
trescientos años de esclavitud. Pero eso había terminado. Cuando Guillén publica “Tengo”, su
primer libro ya en la Revolución, escribe:
Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
La conclusión del texto era plenamente optimista:
Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.
Nicolás Guillén, comunista, creo que sí pensaba, porque era obvio, que la Revolución
había comenzado para los negros cubanos. Acaso creyó también que ya todo se había
conseguido y ahí sí se equivocaba.
Casi 30 años después se produce el derrumbe de la Unión Soviética y del campo
socialista europeo. Cuba pierde el suministro de la energía que la mantenía viva y el 85 % de
su comercio. Para no rendirse ante la contrarrevolución, el país tiene que hacer
transformaciones que, en efecto, implicaron enormes sacrificios para la inmensa mayoría de los
cubanos, blancos y negros. Los que lo vivimos, no olvidamos aquel agosto de 1993, cuando la
ciudad de La Habana se apagaba y encendía alternadamente cada 8 horas. Hubo que
sacrificar brutalmente el consumo de la población justamente para obtener los recursos a fin de
que esa misma población subsistiera, para mantener actuantes los sistemas de salud y
educación, y los demás servicios vitales.
Zurbano hace un arbitrario sesgo de la población que, automáticamente, dice que fue
escindida en dos porciones absoluta y claramente delimitadas:
La primera es la de los cubanos blancos, que han
movilizado sus recursos para entrar en una
nueva economía impulsada por el mercado
y cosechar los beneficios de un socialismo
supuestamente más abierto. La otra es la
de la pluralidad de los negros, que es testigo
de la muerte de la utopía socialista.
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La “utopía” socialista la vimos morir blancos, indios, mulatos, negros, zambos y
“jabaos” de todas las categorías. Nos pasó a médicos, albañiles, arquitectos, obreros,
maestros, deportistas, profesores, peones agrícolas, ingenieros.
Los que pudieran emerger como beneficiarios de esa anormal situación no son en
manera alguna “los blancos”, presentados como una compacta, solvente y masiva unidad, sino
la exigua minoría de gerentes y sus colaboradores y acólitos, que no representaría ni el 0,1%
de la población del país, integrada por blancos, negros y mulatos. Otra parte de la población,
también minoritaria aunque creciente, empezó a buscar lenta pero indeteniblemente, la forma
de ir accediendo, en los avatares de las necesidades cotidianas, a esos mínimos beneficios
que empezaban a deslizarse hacia un reducido sector de sus conciudadanos.
Zurbano acepta en sus declaraciones —que reproduce también la opositora Martí
Noticias— la engañosa idea de convertir en dólares, de acuerdo a la tasa de cambio cubana,
los salarios de los trabajadores, pero esa conversión no puede tener en cuenta el reducidísimo
costo de la vivienda en Cuba, y los servicios gratuitos de salud y educación que hacen que los
20 dólares que aparentemente gana un trabajador, le permitan vivir. El salario entra
forzosamente en relación con los gastos que deben asumirse: en otros sitios, con ese salario,
el mismo trabajador sería un limosnero.
Creo que Roberto Zurbano necesita conocer mejor la conformación y las peculiaridades
de la población cubana, para entender mejor las de su zona negra, que es la que parece
importarle. Y yo empezaría por decir que ese es un problema cambiante, en la realidad y en la
misma percepión del fenómeno.
En los primeros años del pasado siglo, la norteamericana Irene Wright trataba así el
tema racial en Cuba:
Los nativos [los cubanos] son negroides. Algunos “pasan por blancos”, como expresa
la ilustrada expresión coloquial. Algunos son, posiblemente, blancos; sin embargo, pocos se
preocuparían de someter su linaje a un escrutinio a fin de probarlo. Sólo los [norte]americanos
piensan cosas inferiores sobre el cubano, porque si él no es de color, es al menos matizado
(3).
Es curioso que esta “cubanóloga” de la época, estadounidense, catalogue como
“negroides” a los cubanos, y es obvio que la Wright no está aludiendo esencialmente al color
de la piel de los habitantes de la Isla. Lo precisa inmediatamente después. Cuando se refiere a
los cubanos de piel blanca, aquellos en que no existen los rasgos físicos de la raza negra,
aclara: la sangre negra está allí […] en una cierta voluptuosidad de la figura y, obviamente, en
la alegre visión de la vida en general (4).
Mujer de una nación en la que la cultura del blanco sojuzgó las de los negros; en la que
el negro fue también esclavizado pero, además, aculturado, despojado de sus tambores, sus
cantos y sus creencias, está comprobando con inquietud la esencial mulatez espiritual del
cubano: cómo esas culturas negras han actuado sobre el cubano blanco para comunicarle esa
“alegre visión de la vida” que ella entiende casi como una propiedad de la sangre negra.
Desde una perspectiva ideológica colocada en las antípodas de las de la Wright,
Nicolás Guillén rechazaba la pertinencia del término “afrocubano” para calificar la poesía que
escribe.
A partir del criterio de Fernando Ortiz que califica nuestra cultura de “blanquinegra”,
Guillén sostiene que lo cubano ya tiene en lo africano uno de sus componentes, que va unida
en él a la impronta española. Guillén, que aludió a los dos abuelos que eran los ancestros del
cubano, reclamaba para su poesía el calificativo de “mulata”, porque pensaba que mulata era
también Cuba. No hay que decir afrocubano, porque lo cubano implica, incluye lo africano.
Para Zurbano, como ocurre en la cultura norteamericana, lo no puramente blanco es
negro. Pero llamar negro a un mulato únicamente apresa una porción de su identidad. Zurbano
reclama lo que llama un “conteo preciso de los afrocubanos”, pero esa precisión quedaría
vulnerada al “contar” como negros a los mulatos, en los que la ascendencia española coexiste
con la africana. Creo que despojar de la impronta española al puro (si es que existiera esa
pureza) negro cubano, es también desconocer su identidad (5). De alguna manera el “ajiaco” al
que alude Fernando Ortiz; el “todo mezclado” que proclama Nicolás Guillén, devienen
auténticas imágenes de la cubanidad.
La Revolución cubana se ha defendido sabiamente de aquello que ha querido destruir
la unidad del pueblo. Esa unidad garantizó su invulnerabilidad en los días de las agresiones
militares de las décadas de los 60 y 70. Acaso la preservación de la seguridad del país hizo
que el abordaje del tema racial fuera considerado lesivo para el mantenimiento de la unidad de
los cubanos.
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Tiene razón Zurbano cuando afirma que es la crisis económica que vive el país en los
años 90 la que pone de relieve el tema del racismo, cuando es el propio Fidel Castro quien lo
aborda en uno de los congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Zurbano opina que, cuando Raúl Castro abandone la presidencia en el año 2018, no
puede esperarse que los cubanos elijamos un presidente negro, por lo que él llama “la
insuficiente conciencia racial” que existe en Cuba.
Pero Cuba ya tuvo un presidente no blanco: fue el general Fulgencio Batista y Zaldívar
aunque, de acuerdo a los parámetros de Zurbano, habría que clasificarlo como negro.
EE.UU., que ha visto surgir en su seno una burguesía negra, eligió en 2008 su primer
presidente negro. Barack Obama pertenece a la misma clase política burguesa que los
republicanos Colin Powell y Condoleeza Rice y como ellos, así sea con matices, es un
defensor de la política imperial que también defendieron los presidentes blancos, porque la
burguesía no tiene raza sino intereses e ideología.
Quiera Dios, o Elegguá, que abre los caminos, que cuando los cubanos tengamos que
elegir un presidente en 2018, no pensemos en el color de su piel, sea esta del color que sea,
sino en el hombre que está cubriéndose con ella y, sobre todo, en lo que ese hombre tenga en
la cabeza. La Habana. Cuba
Notas:
1. Pérez, Wilder: “Raza y desigualdad en Cuba actual: boceto de un tema
adolescente”, en Caminos, La Habana. No. 58, 2010, p. 94
2. Idem.
3. Wright, Irene: Cuba, MacMillan, Nre York, 1919., pp- 83-88.
4. Idem.
5. La médico y genetista Beatriz Matcheco ha realizado recientemente un estudio en
cubanos de todos los colores de piel y absolutamente todos llevan en su sangre, genes
europeos y africanos.
Guillermo Rodríguez Rivera es escritor, poeta y profesor universitario cubano.
DERIVAS CON (por, y desde) ZURBANO: dolor, alegría y resistencia
Victor Fowler
I
(el procedimiento)
La actividad interesada de un titulista del New York Times (no importa si un vulgar
malandrín con deseos de vender más ejemplares, un guardián de la doctrina que introduce en
el texto ajeno su ideología personal o un alma solidaria con ese amplio sector al que se le llama
los negros cubanos) ha provocado escándalo en aquella zona de la intelectualidad cubana que,
de manera habitual, se dedica a los estudios sobre racialidad. La falta de ética que significa
cambiar el sentido absoluto de una oración para convertirla en su contrario, no sólo ha rebajado
al nivel del suelo el prestigio del mítico periódico, sino que expone el vientre de este tipo de
periodismo: un simple libelo con dinero que presentó una tardía excusa formal por el
procedimiento únicamente después de la democión de Zurbano de su antiguo puesto como
director de la editorial de la Casa de las Américas.
En Cuba, del lado opuesto de la ecuación y como en un alucinante juego de espejos,
las cosas tampoco han ido mucho mejor; primero porque ante la publicación de un texto cuyo
título fue considerado ofensivo (“Para los negros cubanos la Revolución aún no ha
comenzado”) a nadie se le ocurrió cumplir con el más elemental principio periodístico que
enseña a comprobar la noticia. Dicho de otro modo, a la violación de toda ética por parte del
titulista del New York Times (quien falsificó el título (“Para los negros cubanos la Revolución
aún no ha terminado”), la publicación cubana La Jiribilla responde con una nueva violación de
la ética profesional al organizar o dar cabida a una batería de respuestas discursivas (artículos
de 8 intelectuales cubanos) sin tan siquiera asegurarse de que la acusación respondía a
motivos verdaderos.
Desde este punto de vista duele tanto como horroriza pensar que (puesto que es algo
que pudiera suceder a cualquiera) que hubiese bastado un telefonazo a Roberto Zurbano,
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autor del texto y –para colmo- colaborador de La Jiribilla misma, para matizar las respuestas.
No sólo la publicación no consultó a Zurbano si era cierto o no lo aparecido en el periódico
neoyorkino (en particular, el agresivo título), sino que tampoco lo hicieron los que escribieron
en su contra, varios de ellos sus compañeros en la lucha contra el racismo en la Cuba de hoy.
Puesto que, según lo anterior, esta historia comienza con la falsificación de una noticia
(la del título) y termina con la ocultación de otra (la de la nota), las cosas suceden de modo que
los contrarios se complementan para dañar la profesión del periodismo con resultados
particularmente destructivos: ambos órganos de prensa actúan como libelos baratos que
implícitamente proponer que mentir, en pos de un objetivo ideológico, es una actitud correcta.
Además de ello, para que la vergüenza sea todavía mayor, al pasar –en el plazo de horas- de
compañeros de lucha de Zurbano a críticos acerbos (e incluso ofensivos) sin que haya
mediado la más pequeña comunicación entre ellos (vuelvo a pensar en lo sencillo que hubiese
sido rebajar la beligerancia con sólo preguntar a Zurbano si el título era realmente de él), los
intelectuales que con tanta presteza le criticaron (en un desagradable bloque rápido)
prácticamente han reducido a cero la credibilidad de esa misma lucha antirracista que, con
manos en el fuego, juran defender porque no se puede ser un líder ético y no ético a la misma
vez.
Zurbano asegura haber escrito (y enviado) la nota donde explica lo sucedido con el
título de su artículo el día 26 de marzo; en mi caso, recibí la nota aclaratoria el domingo 31 de
marzo a las 11:32am. La secuencia de eventos parece haber sido como sigue: domingo 24 de
marzo, puesta on-line del artículo original; martes 26 de marzo, circulación de la nota donde
Zurbano explica que el título del artículo ha sido cambiado; jueves 28 de marzo, la nota
aclaratoria de Zurbano es publicada en el blog “Afromodernidades”, del escritor cardenense
Alberto Abreu; sábado 30 de marzo, actualización del número 620 de “La Jiribilla” con 11
trabajos críticos al texto de Zurbano – ni la publicación ni los autores de los trabajos mencionan
la existencia de la nota del día 26 y tampoco lo hacen hasta el presente.
II
(el texto)
¿Qué leer en las 1,200 palabras de las que dispuso Zurbano para escribir el artículo de
marras publicado por el New York Times? Aparecido el 23 de marzo de 2013 -en la página de
opinión de la edición electrónica del diario- lo primero que debemos de hacer con el el texto For
Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t Begun es cambiar su título por For Blacks in Cuba, the
Revolution Hasn’t Ended. No hay que ser especialmente brillante para distinguir las intenciones
–en verdad no tan contrapuestas como pudiera parecer, sino calculadamente divergentesentre ambos posicionamientos. Para el titulista (que defiende la idea de que la Revolución aún
no ha comenzado) la suma de injusticias que en Cuba deberán de conocer los individuos de
raza negra es tal que es necesario que la Revolución comience; es decir, que haya una
(Revolución) donde resulta que esta existe ya. Del lado opuesto, la propuesta de Zurbano
sobre la cuestión racial cubana incluye una profunda crítica a la sociedad cubana del presente,
pero (y aquí viene la distinción fundamental) emitida desde tal posición de “aceptación crítica”
que la Revolución no solo no debe de comenzar, sino que más bien tendría que ir mucho más
lejos que el punto donde se encuentra –respecto a la cuestión de razas- en su momento actual.
Además de otras posibilidades que se pueda considerar, semejante “ir más lejos” es
identificado en el texto de Zurbano con un “movimiento antirracista” que “haya crecido tanto
desde el punto de vista logístico como legal”; desde tal ángulo, vale la pena señalar que la
continuidad del proyecto revolucionario no queda depositada en la repetición del liderazgo
carismático (como corresponde a la figura de Fidel) ni en discurso ideológico alguno (ni siquiera
en la virtud de los documentos partidistas), sino en la combinación de la cantidad utópica de
que es portador el discurso ideológico en su fusión con la voluntad popular, instancias ambas
objetivadas en la Ley. Puesto que no hay oposición a (negación a que siga durando) la
Revolución en las palabras de Zurbano, entonces la tarea futura queda perfilada en la lucha por
completar y obligar a que dicha Revolución (construcción colectiva por esencia) desarrolle su
futuro respecto a la cuestión de razas, pero a condición de que ello ocurra bajo la vigilancia de
esa suerte de “ley sensible” aún por construir.
Lo interesante de la propuesta es el alcance universal del principio metodológico que la
sustenta y que igual vale para defender puntos de vista de protección de los derechos de la
mujer ante cualquier forma de violencia o discriminación, de los niños, de los homosexuales,
creyentes religiosos, etc. Lo espinoso, la manera tan simple en la cual descubre el verdadero
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peligro de la transición cubana, esa que R. Castro localiza en el 2018; a saber, que el relevo de
poder se produzca sin que los nuevos líderes se puedan beneficiar de la enorme carga
simbólica favorable que proviene de haber fundado una Revolución, sin que posean el carisma
personal de las personalidades distinguibles en su época como líderes de categoría mundial y
sin que tampoco –para repartir justicia o reparar violaciones de ésta- les sirva de apoyo un
sistema legal desarrollado. Por tal motivo, y antes de que tal punto cataclísmico sea posible,
cualquier demanda de fortalecimiento del aparato legal con el cual la Revolución cubana cuide
de sus sujetos desfavorecidos, es un modo de contribuir a la permanencia de la Revolución
como tal (incluso a su salvación frente al peligro más grande que, si no se le atiende, le
esperará).
En atención a lo anterior el presente texto quiere ser una compañía al lado del original
escrito por Zurbano, pero también se vale de él como un simple punto de partida para
desarrollar argumentos que en sólo 1,200 palabras están ocultos; de este modo la debilidad
mayor es resaltar e insistir en algo que tal vez no tenga –para el articulista original- la misma
significación que para mí, pero en ese caso lo que finalmente interesa (y que nos supera a
todos) es lo que pensamos acerca de la necesidad (o no) de un permanente debate sobre la
cuestión racial en esta Cuba de ahora.
III
(las valoraciones críticas)
Al parecer, quizás sea una cuestión de retórica, la indignación precisa de una suerte de
espacio “emocional” donde extender sus argumentos, una zona donde se introduce el discurso
mediante el lamento ante el acontecimiento que provoca a escribir y –casi de inmediato- un
elogio de la gloria que el texto criticado (de esto se trata) intentaría negar, arrebatar. En
periodismo ningún otro elemento suele causar tanta incomodidad como el título de un trabajo,
que –por norma general- nos guía hasta la manera con la cual el escritor se va a referir a su
objeto: con reverencia, con desprecio, burlándose, queriendo ser objetivo, etc. Puesto que este
principio fue cumplido al pie de la letra e igual fue violado el inmediato que le sucede: “verifica
la información que posees”, el resultado es una hecatombe ya que la mayor parte de las
respuestas no abordan las ideas de Zurbano, sino que derivan alrededor de un título que
sabemos cambiado. A la misma vez, once respuestas a Zurbano (varios de sus autores son
actores de primer nivel en el escenario de las luchas contra la discriminación racial en Cuba),
tal y como leemos en la versión digital del semanario electrónico cubano La Jiribilla (La Jiribilla
No. 621, 30 de marzo al 5 de abril de 2013), abren una paradójica segunda puerta a los
estudios acerca de la cuestión de la racialidad en Cuba. En momentos como este, y
“enganchadas” al malentendido, las ideas quedan girando, por un mínimo instante, encima del
vacío y es entonces cuando –como si el tiempo quedara detenido- más fácil es leer los
engranajes de la retórica y la debilidad de un supuesto argumento. Allí la maquinaria (del
pensamiento) pende ante nuestros ojos: está desnuda.
Al precisar la existencia de una segunda puerta me refiero a la manera en la que un
texto –que resueltamente se anuncia a sí mismo como enfilado, de modo visceral, en contra del
racismo- reproduce con sorpresiva exactitud aquello mismo que jura negar; junto con ello, el
modo en el cual –con tal de defender e imponer su argumento- los textos niegan el nivel actual
de las ciencias sociales cubanas e ignoran sus resultados. Dicho de otro modo, abandonan la
ciencia para llenarse de superchería seudo-ideológica y para hablar de ello centraré la atención
en las más sustanciosas de las 11 respuestas a Zurbano: The New York Times y los negros en
Cuba, de Heriberto Feraudy; La Revolución contra el racismo, de Y. P. Fernández; Para los
negros, la Revolución no ha terminado, ni para nadie de este lado, de Ernesto Pérez Castillo y
Una opinión, de Guillermo Rodríguez Rivera.
1. Varios de los textos (Feraudy, Fernández, Nimtz) consideran que Zurbano miente
cuando afirma que no hay en Cuba un debate sobre el racismo y ponen como ejemplo una
serie de actividades académicas que han tenido lugar en los últimos años. A este respecto es
justo agradecer la existencia del nuevo circuito de discusión donde antes había casi nada, pero
también recordar que reducir el debate sobre cualquier tema de alcance nacional a lo que
ocurre dentro de una pequeña parte del ámbito académico, secuestra la posibilidad de debate
público en lugar de potenciarla. Hay que insistir en que el debate académico a ningún nivel
(incluso la publicación de un libro), ni el mejor sistema de conmemoraciones posible, ni la
realización de esta o aquella reunión sustituyen al debate público en su capacidad de
estremecimiento y penetración en las conciencias. El debate público es la suma de todas las
8 Afrocubanos y Revolución
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tribunas de opinión que el país puede ofrecer a sus ciudadanos; o sea, que no es cuestión de
calificar como experto, sino de exponer la voz como ciudadano.
2. Varios de los textos (Rodríguez Rivera, Y. P. Fernández, Pérez Castillo) insisten en
convencernos de que todos por igual hemos sentido la desaparición del campo socialista, así
como las subsiguientes crisis y reajustes económicos; de esta manera desestiman la lógica
severa que subyace en el pensamiento de Zurbano: sólo los poseedores de un patrimonio
construido en condiciones de ser remozado, situado en zonas céntricas según los intereses del
turismo y con el capital necesario para la transformación han estado (y estarán) listos para
incorporarse al grupo de actores de la nueva economía de alquileres y “paladares” (a todas
luces la fuente inicial del cambio). En este grupo, exactamente por la terrible diferencia histórica
entre clases medias o altas muy mayormente blancas y amplios sectores populares y/o pobres
(en sus diversas escalas) mayormente negros, es que pueden emerger como los motores de
esta nueva economía aquellos que heredaron lo mejor del patrimonio construido en el período
pre-revolucionario: gente, en muchos casos, emparentada con los antiguos dueños.
3. Del mismo modo, el envío de remesas desde el exterior va a parar a manos de
familiares de emigrados, pero como más del 80% de la emigración cubana es de raza blanca
es de suponer que igual lo sean sus familiares acá. La suma de tres grupos, el de los
receptores de remesas, el de los actores de la nueva economía del sector no-estatal y el de los
trabajadores de empresa mixta o el turismo (más sus familias cercanas) a todas luces deben
de sumar un tramo mucho mayor que el estrecho “0.1%” con el que Rodríguez Rivera quiere
ridiculizar a Zurbano. Tanto aquí como en el tópico anterior hay una abundante bibliografía que
los autores debieron de consultar.
En este punto la pregunta hay que hacerla de otro modo, más bien volverla de revés
cuando se averigüe –dentro de una estructura económica en rápida transformación cuáles son
los sectores que visiblemente no están teniendo (o definitivamente no van a tener) movilidad
social y cuáles proyectos específicos han sido diseñados para ellos. Sin esto, y por mucho que
nos duela, la diferencia histórica impone, una vez más, su peso y su marca.
4. Tenemos que aprender a hablar de la particular pobreza cubana, que nos duele
también; con una enorme cantidad de protecciones por parte del Estado, con los ejemplos de
improductividad o carencias a que nos condena la mentalidad subdesarrollada, en la extraña
contradicción que deriva de la coexistencia de una elevada cultura general promedio en la
población (toda una victoria de la Revolución), las penurias de la vida cotidiana (clásico “punto
crítico” que no consigue ser superado en la Revolución) y la multiplicación de todo tipo de uso y
consumo de productos de alta tecnología (desde el celular al satélite). Es decir, un país de
contradicciones que suelen ser poco menos que inexplicables –a la misma vez- culto, pobre,
atrasado y moderno acerca del cual es muy complejo hablar, donde las protecciones del
Estado hacia sus ciudadanos hacen que los 20 CUC de salario promedio nacional representen
un real mucho más elevado, pero también es cierto que es difícil encontrar otro lugar del
mundo donde los profesionales de primer nivel se vistan con ropa adquiridas en tiendas de
segunda mano.
Dicho de otra forma, cuando separamos la indignación por los 20 CUC (que
supuestamente son el salario medio nacional) del agregado que encima de la cifra colocan los
ofendidos (gastos en educación gratuita, salud pública gratuita y vivienda subvencionada, entre
otras protecciones ofrecidas por el Estado –que lo mismo incluyen comedores para ancianos a
precios subvencionados que el control sobre los precios del transporte y la telefonía pública,
por ejemplo), ¿qué nos queda? ¿cuál es el verdadero salario promedio cubano y, sobre todo,
para qué nos sirve? ¿cuál es la cantidad promedio para sobrevivir y cuál la de ser divertido?
¿dónde están los niveles de adelanto y dónde los de atraso?
Llamo la atención sobre ello para que los indicadores sirvan para entendernos y no sólo
para (supuestamente) descalificar contrarios, para entender nuestra pobreza y no sólo para
enmascararla.
5. Para ofrecer una descripción de las problemáticas pertinentes al tratamiento del
racismo en su variante cubana escribe Pérez Castillo, en el artículo muy combativamente
titulado Para los negros, la Revolución no ha terminado, ni para nadie de este lado, el siguiente
párrafo en apariencia perfecto:
“Si bien de pronto los negros tenían derecho a asistir a las mismas escuelas que los
blancos, a acceder a los mismos empleos que los blancos, a compartir las mismas playas y el
mismo sol sobre la arena que los blancos, lo grave, lo que nunca se les concedió de jure, para
decirlo mal y rápido, fue el derecho a seguir cantando sus canciones, a seguir bailando sus
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pasiones, y a seguir orándole a sus divinidades. O sea, lo que nunca se debatió ni se planteó
sobre el papel, en blanco y negro, fue el derecho de los negros a ser negros.”
Pese al esfuerzo por demostrar solidaridad el fragmento es una monumental muestra
de incomprensión del argumento que se intenta defender y contiene tres planteos
horriblemente racistas. Lo primero a decir es que el párrafo opera sobre la idea de que hay un
grupo subalterno (los negros) al cual un agente externo (innominado) tiene el derecho de
permitirles que sigan “cantando sus canciones”, “bailando sus pasiones” y “orándole a sus
divinidades”. En el contexto del párrafo dicho agente externo (al cual, por demás, los negros
pasivamente parecer aceptar como gran juez), de estatura cuasi-divinal, no pueden sino ser el
grupo de “los blancos” decidiendo destinos gracias al abanico de posibilidades sobre el otro
que abre el detentar el poder político. Lo más increíble del aserto es que, de manera implícita,
Pérez Castillo ha dicho lo que ni siquiera el Times abiertamente escribió: que el poder político
ha sido consistentemente blanco.
Además de ello, en una segunda muestra de racismo, el articulista ha construido –para
ese grupo del cual se distancia- un catálogo de supuestos signos de identificación y
pertenencia; según él esos, “los negros”, tienen “sus canciones”, “sus pasiones”, “sus dioses” y
probablemente “sus bailes”. Pero ser negro es mucho más, incluso, que todo lo anterior, por tal
motivo –desde el punto de vista del autor- ¿sería posible saber que significa la frase “el
derecho de los negros a ser negros”? La simplificación aquí va acompañada de una visión
exotizadora incapaz de manejar, dentro del conjunto, a aquellos negros que no tienen dioses,
no bailan, ni cantan ni comparten secretas pasiones; es decir, un negro cuyo afrocentrismo
esté fundado en otra cosa que la religión. A estas alturas del siglo XXI, además de Gobineau y
Lombroso, ¿puede alguien explicarme cuáles son esas pasiones secretas que, al parecer,
debo de tener como negro y que lamentablemente ignoro?
6. Confieso que algo se me escapa y mi sentido del humor se contrae cuando la
condición racial de individuos negros sirve para provocar sonrisas; en esta ocasión porque es
de suponer que haya algún chiste oculto tras de la sorna en el siguiente fragmento de Pérez
Castillo:
“Zurbano es un negro muy pero que muy bien empoderado —le bastan le bastan unos
pocos, para no decir pobres, ridículos ejemplos: los negros tienen las peores casas y por tanto
no podrán hospedar a nadie ni aspirar a crear en ellas cafeterías ni restaurantes.”
Puesto que no veo la gracia, imagino que Pérez Castillo no esté intentando sugerir que
lo recién dicho es falso; o sea, ¿qué tienen las mejores casas, con la ventaja que ello
representa? Claro, ahora entiendo el chiste (pero me gustaría escuchárselo contar en el barrio
donde vivo, avecindado con Carraguao, el Pilar, Atarés y el Canal del Cerro). A lo mejor esos
que viven en las casas malas también se ríen.
7. Además de valer como otra encantadora muestra de racismo involuntario, el
siguiente fragmento de Rodríguez Rivera coloca el dedo encima de una llaga sensible:
“Para Zurbano, como ocurre en la cultura norteamericana, lo no puramente blanco es
negro. Pero llamar negro a un mulato únicamente apresa una porción de su identidad. Zurbano
reclama lo que llama un “conteo preciso de los afrocubanos”, pero esa precisión quedaría
vulnerada al “contar” como negros a los mulatos, en los que la ascendencia española coexiste
con la africana.”
Llaga y racismo involuntario se explican cuando recordamos que la distinción entre
blancos, mulatos y negros (en especial entre los dos últimos, los subalternos) no tiene más
contenido que aquel que le asigna la dominación. Olvidar que para los mulatos que cortaban
caña en condiciones de esclavitud no había otra “porción de identidad” que reclamar sino esa,
es algo que no puede sino mover a risa. Pasar por alto que la división cubana entre negros,
mulatos y blancos es algo que debe de ser aceptado (en cuanto a que representa la autopercepción de los individuos y aquellos grupos dentro de los cuales creen moverse) a la vez
misma que criticado como efecto de la dominación (en tanto aliena y establece un supuesto
estamento intermedio que difumina la contradicción fundamental entre negros y blancos como
reflejo –más o menos especular- respecto a la contradicción básica entre desposeedores y
desposeídos).
IV
(los negros)
Esos a quienes Pérez Castillo denomina “los negros” (y que parecen ser los menos
empoderados del conjunto posible de todos los afro-descendientes cubanos) no sólo son la
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Revolución, sino que la llevan sobre sus hombros. Y la llevan a tal punto que la subsistencia
del proceso, en última instancia, depende de su relación con ellos, puesto que se trata del más
preterido de los sectores a quienes hizo la promesa de emancipar; dicho de otro modo, con
independencia de si los líderes son violetas y azules, si esta relación se alienara entonces la
Revolución quedaría vaciada de sentido. Por eso, dentro del nuevo Estado, ningún asunto
merece la importancia de éste, ni es tan conflictivo, ni puede –potencialmente- llevar a tantas
divisiones; pero, a la misma vez, ninguno precisa tanto de una crítica y vigilancias
permanentes, incansables, incluso desesperadas.
Ser negro es haber aceptado esto y firmado con la Revolución un pacto no escrito, al
menos en aquellos negros que la apoyan; un pacto tan de la carne y de los huesos, tan salvaje,
que incluso cuando el espacio de la Revolución ha servido lo mismo para propiciar adelantos
justos que olvidos lamentables, el pacto se mantiene y es renovado. La renovación del pacto es
seguir respondiendo a la convocatoria (tan descabellado fue el impulso democrático que la
Revolución dio a la cuestión racial cubana), lo mismo en una votación del Poder Popular que
esperando un ómnibus durante largas horas. La renovación del pacto es seguir aguardando y
creyendo que este es el espacio donde la movilidad social va a ser posible y justa, a pesar de
cualquier evidencia o dolor; no en vano mucho de “ser negro” está en la conexión que tenemos
con dolores y evidencias anteriores, historias de frustración o desprecio donde el color de la
piel, el ancho de una nariz o labios, el rizo en el cabello duro actúan como obstáculos poco
menos que invencibles.
La mayor parte de las veces son hechos del pasado como la imagen de mi padre, que
soñaba con ser esgrimista en la Marina de Guerra “de antes” y, por negro, se hubo de
contentar con alzar pesas; él me contó, sólo una vez, de su tristeza al contemplar a través de
los cristales a los esgrimistas -vestidos de blanco y blancos todos- en el salón de oficiales en el
Mariel. Otras veces, sin embargo, se trata de sorpresas del presente como las veces en las que
(en consultas médicas, por ejemplo, o llevando en el coche a nuestra hija) a mi esposa le
preguntaban que si la estaba cuidando (mi esposa es de cabello rubio); o cuando a mi hija, sus
compañeras de aula, le dicen que ella debe de ser adoptada. Ser negro es una acumulación
que lo mismo incluye tales sorpresas humillantes como igual el elogio, humillante también, de
quienes (tras de escucharme hablar con elocuencia) me han dicho que se les “olvida” o que no
parezco negro; en el peor de los registros, todavía tengo que agregar a aquellos otros de los
que –rabiosos por algún motivo- alguna vez escuché: “negro sucio”, “negro de mierda” “tenías
que ser negros”, “si no la hacen al final, la hacen a la salida”. O incluso, hasta esos otros –que
queriendo demostrar cuánto me distinguen, dicen: “no lo tomes contigo, porque tú eres
distinto…”
Ser negro de la Revolución es pasar todo eso, y más, y seguir confiando y esperando,
convencido de que –a pesar de sus innúmeros defectos- ningún otro proyecto de país ha sido
(ni será) tan inclusivo con negros y –en general- con “muertos de hambre históricos”, negros y
blancos, como éste. Pero ello incluye, además, la voluntad de mejorar este mundo, de criticarlo
con la violencia del amor que entrega todo (nuestras vidas) y querer transformarlo y
completarlo porque aquí van nuestros hijos; es decir, la larga línea de la euro/afrodescendencia.
V
(final)
Entre los textos que critican a Zurbano no son pocos los que manifiestan disgusto
porque su artículo está orientado a resaltar una futura fecha problemática para la cuestión
racial cubana: el año 2018, cuando definitivamente se retirará el actual presidente del país,
Raúl Castro, y cuando presumiblemente quede establecido el fin de los liderazgos “históricos”
en el país (entendiendo como “liderazgo histórico” el de aquellas figuras políticas que hicieron –
desde antes de 1959- la Revolución. Para Zurbano resulta poco realista esperar que, para
entonces, haya un presidente negro dada la “insuficiente conciencia racial” en la población,
cosa esta que le ha traído acerbas críticas de quienes piensan que la agenda implícita del
artículo es reclamar un Obama para Cuba; sin embargo, quienes así piensan carecen de la
fineza necesaria para captar que el núcleo de la demanda es un orden utópico en el cual –sin
que resulte traumático- pueda ser elegido el imaginario presidente negro del país. No al estilo
norteño, donde de cada grupo racial son “salvadas” parcelas (la dura economía del capitalismo
operando sobre lo que, hace ya mucho, Nicolás Guillén denominó “el camino de Harlem”), sino
a la particular manera cubana donde (siguiendo el modelo martiano) la política no sólo se
11 Afrocubanos y Revolución
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piensa “con todos y para el bien de todos”, sino en beneficio de aquello que también Guillén
denominó el “color cubano”.
Es por ello que en el texto de Zurbano la posibilidad de un presidente negro pasa antes
por un paso previo fundamental: alcanzar el estado de “conciencia racial” adecuado y para ello
el paso primero es descolonizar el pensamiento en tanto sólo habría conciencia racial en tanto
se renuncie a la significación identitaria de la división (al servicio de la dominación entre
blancos, mulatos y negros). Por tal motivo es que centra su atención en el censo de la
población y el mecanismo de su realización. En este punto, en un país donde las teorías del
mestizaje fueron útiles para combatir el racismo (durante el período republicano, por ejemplo,
con Ortiz), la verdadera pregunta dura para las ciencias sociales de hoy es si acaso hay un
ángulo desde el cual la producción del mestizo inferioriza al negro; es decir, exactamente no
continuar el tipo de lectura que privilegia Rodríguez Rivera (a propósito del vínculo cultural con
Europa y lo europeo, considerados como “natural” y “normal”), sino raspar la realidad de las
percepciones en blancos, mulatos y negros para encontrar lo contrario: el vínculo cultural con la
otra ala, África y lo africano.
Según lo anterior las preguntas hay que hacerlas a eso que falta para poder realizar la
ilusión; es decir, a lo que pueda significar esa “conciencia racial” (todavía “insuficiente”) de la
que habla el artículo. La pregunta a realizar es por qué en un país como Cuba merece tal
destaque, al punto de quedar revelado como el mecanismo central de lo político, ese medidor
al que Zurbano denomina la “conciencia racial”. La única forma de responder a esto es
suponiendo que tal grado de intensidad de la conciencia, que puede ser alcanzado (y, por
tanto, enseñado) implica –más que un asunto de colores de piel- una puesta en claro de la
relación histórica entre poseedor y desposeído, una relectura de las historias de la hegemonía,
la subordinación y la resistencia. Por tal motivo la única forma de que exista un presidente
negro en un país de raíz esclavista no es triunfando en lo político (el caso Obama), sino
trastornando las conciencias (todavía hoy la utopía cubana).
La radical diferencia entre ambos países brota de los caminos distintos de sus historias
raciales que, en el caso estadounidense, enfilaron hacia aquello que Guillén denominó “el
camino de Harlem” (lo cual incluye el desarrollo de una poderosa intelectualidad negra con
estructura de gueto) mientras que del lado cubano la obsesión discursiva giró alrededor del
mestizaje. De esta manera, mientras que cuando Obama es elegido presidente recibimos un
efecto tardío de las luchas por los derechos civiles de los 60 en el pasado siglo, la no
posibilidad de un hipotético futuro presidente negro cubano (en la visión de Zurbano) explica su
sentido a partir de la insuficiencia de la conciencia racial, lo cual equivale a un vaciamiento en
el sentido de las luchas cubanas por la igualdad.
Desde esta óptica importa menos la presidencia de la República que averiguar si la
intensidad de las luchas por la igualdad ha disminuido en el país. Cualquier lógica, incluso
aplicada en su mínimo, nos indica que eso que los críticos de Zurbano festejan (la
multiplicación en fecha más o menos recientes de las intervenciones a propósito del racismo y
la discriminación racial en las más diversas tribunas académicas) debe de obedecer, también,
a algún tipo de carencia en la vida real; dicho de otro modo, a un aumento de la desigualdad
por motivos de raza o de las tensiones entre los grupos y, sobre todo (y acaso lo peor) a las
disminución de la intensidad en el carácter compartido de la preocupación y la vigilancia al
respecto. De otra manera estaríamos aceptando que tales circuitos discursivos son espacios
muertos, de mero hedonismo intelectual y sin conexión con la vida.
VI
(el deseo)
Hace tiempo, mientras cruzábamos el Parque Central en dirección al Capitolio, Zurbano
y yo fuimos requeridos por un policía para que presentásemos nuestros carnés de identidad;
era alrededor de las siete de la noche y a nuestro alrededor, moviéndose en una u otra
dirección, había centenares de personas. Después de que nuestros nombres fueron
controlados y los carnés devueltos, no pude sino preguntar al policía que por qué nos había
requerido; incómodo ante una pregunta que, a todas luces, no esperaba, el agente nos dijo que
tenía el derecho de solicitar carnet a todo aquel que considerase sospechoso. “Pero,
¿sospechosos de qué? Lo único que usted ha visto es a dos negros con mochilas cruzando
una calle en la que, a esta misma hora, hay centenares de personas… ¿por qué a nosotros?”.
Le pedí al agente que me perdonara y le expliqué que me sentía incómodo porque la persona
que me acompañaba era el vice-presidente de los escritores de todo el país y yo mismo había
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ganado en fecha reciente el premio más importante de poesía a que se podía aspirar en el
país. El policía, mulato, nos dijo que él también había estudiado –en su caso la licenciatura en
Derecho- y que entendía nuestra incomodidad, pero que también nosotros teníamos que
entenderlo a él; que diariamente recibía, desde el walkie-talkie, la descripción de cien
presuntos participantes de actos delictivos y que el 95% de los casos estas eran de negros. Al
final los tres terminamos conversando que era una lástima que algo así ocurriera y nos
despedimos.
Confieso que me agradó ese policía que había estudiado y que era parte de una
cadena mucho más grande que nosotros, pequeños seres que coincidimos esa vez; pero no
me calmó la vergüenza, sino que la sentí viviendo durante días en los que traté de acomodar lo
sucedido y el dolor, como si me rompieran por dentro, de aquella cifra apabullante. Sobre todo,
porque gracias al beneficio que brinda ser escritor (y eso a lo que llamamos “la cultura”)
conseguí la suficiente calma y coherencia como para articular mi desagrado, ser escuchado y
dialogar; pero es lo mismo entonces que puedo exigir para no ser molestado sin razón por
autoridad alguna. Para obtener esto no necesito ser escritor, sino sólo trabajador y ciudadano.
Y por eso, lo que quiero de quienes pretenden ser solidarios conmigo, no es que me defiendan
con fórmulas librescas, sino que (como yo) no puedan dormir, que sientan que los queman y
los parten por dentro. Lo mismo en un cuento como el que hice que cuando visiten un aula
universitaria y descubran, si les llamase la atención, una sospechosa poca cantidad de negros
o cuando les parezca que están sub-representados en el concierto de la orquesta sinfónica, o
sobre-representados en el grupo de danza folklórica o entre los obreros de una obra de la
construcción. Tenemos que aprender que tanto la ausencia de participación como el exceso de
esta, la “sub” y la “sobre” representación son indicadores de que algo, en alguna parte, falla.
Mientras no sea así, muchos gestos de supuesta solidaridad me parecen falsos, fríos,
librescos, formulaicos, formales, ajenos todavía a la inmensa potencialidad transformadora de
la Revolución en la que estamos.
VII
(un poco de poesía)
Qué manera de trabajar y trabajar y trabajar y trabajar.
Iban siendo erigidas las edificaciones e instituciones y una parte de la cabeza quería
fugarse de todo aquello, enfilar selva adentro hasta donde hubiese –sin dentellada- un
poco de paz y de sombra.
Pero la otra, doscientos años por delante, soñaba y veía a los descendientes entrando,
sonrientes, a todas partes.
Abuelo, bisabuelo tatarabuelo –y aún más lejos y profundo en el tiempo- hablaba y
decía: “muchacho, todo esto lo armé para que lo uses”.
Por eso cuanto hoy rodea es mío y lucho para que lo sea.
Por eso soy más que cualquier amargura que pueda filtrarse: tremenda alegría,
tremendo trono.
Revolución: el espacio de toda la libertad posible, siempre por construir.
Víctor Fowler es poeta, ensayista, crítico y narrador cubano
Mi contribución al debate: Cuba tiene la obligación moral de librar esta batalla
Zuleica Romay Guerra
Los procesos emancipatorios que caracterizaron la insurrección de los 60, develaron un
nuevo espectro de intereses, fines, demandas y expectativas sociales y políticas. Lo que la
teoría política de inspiración soviética encorsetó bajo el rótulo de “movimiento progresista
internacional” adquirió rostro y voz en gente hasta entonces invisibilizada en las estadísticas
electorales de los partidos tradicionales. Mujeres emancipadas de prejuicios sexistas, jóvenes
irreverentemente sediciosos, etnias no “integradas” a las culturas hegemónicas, sindicalistas
radicalizados y negros con conciencia de su mismidad, se lanzaron a la calle a luchar por sus
derechos.
El mundo cambió en Europa y Norteamérica, sacudido por manifestaciones
estudiantiles, demandas obreras y reclamos de derechos civiles. Se volvió menos gobernable
13 Afrocubanos y Revolución
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con montañas sudamericanas tomadas por guerrillas y colonias africanas empeñadas en ser
países. En esa ebullición de fuerzas desatadas, el movimiento afrodescendiente americano
intentó articularse, inspirado por el pensamiento, los métodos de lucha y el discurso
contestatario de un nuevo liderazgo tercermundista.
Mas las batallas antisistémicas de organizaciones y movimientos sociales encabezados
por descendientes de africanos durante los años sesenta del pasado siglo fueron objeto, en la
década siguiente, de una operación contrainsurgente, ejecutada por el capital transnacional.
Veinte años después se reavivaron los rescoldos, mientras alguien –con razón apresurada y
mucho eco mediático– pronosticaba el fin de la historia. De la historia toda, no de aquella que
escribieron los dominadores de siempre, dando por sentada nuestra minusvalía cultural.
La Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe (ARAAC), es
resultado de ese proceso de refundación política y de los años de lucha que lo antecedieron.
En los umbrales del tercer milenio era otro el escenario. Debilitado el liderazgo de la miope y
siempre dividida izquierda teorizante; diluido el socialismo europeo en sus contradicciones y
espejismos; comprobada la falacia desarrollista de las recetas neoliberales; espantado el
mundo ante los efectos devastadores de nuevas guerras de rapiña, la rebeldía entretejió sus
redes para crear alianzas, construir consensos, reinventar formas de comunicación y fundar un
nuevo tipo de sensibilidad transnacional, que articula representaciones, símbolos, objetivos,
discursos, y nos hace compartir un mismo sueño.
La Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe (ARAAC), es
resultado de ese proceso de refundación política y de los años de lucha que lo antecedieron.
La incorporación de la mayor de las Antillas a ARAAC y la constitución del Capítulo cubano, en
septiembre de 2012, coincidieron con el encuentro en La Habana de casi una treintena de
líderes y activistas sociales por la equidad racial de Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador,
Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, y afianzaron nuestro compromiso de
estimular la participación ciudadana en la lucha contra todo tipo de discriminación.
La reunión de La Habana respondió a una solicitud de varios líderes de ARAAC,
persuadidos de que ningún país ha llegado tan lejos como Cuba en la materialización de los
ideales de justicia social y equidad racial. Ninguno ha aportado el sudor y la sangre de cientos
de miles de sus hijos para contribuir a la emancipación de África, un continente del que toda la
humanidad será siempre deudora. Vinieron a acá porque Cuba tiene la obligación moral –
obligación que dimana de su ejemplo– de librar esta batalla hasta el final.
Trascendido el idealismo ciego y el silencio vergonzoso, comenzamos a dejar atrás el
sentimiento de culpa ante la persistencia del problema. Comprendemos mejor que la pelea
cubana contra los demonios del racismo es mucho más larga, complicada y difícil de lo que
creyeron nuestros padres, cuando el entusiasmo por los grandes progresos sociales de los
primeros años de la Revolución, les hizo subestimar la magnitud del reto: desracializar las
relaciones sociales hasta que el color de la piel pierda la significación social que hoy tiene en
nuestros países, donde el cepo y el grillete fueron sustituidos por los grillos mentales de la
colonialidad....desracializar las relaciones sociales hasta que el color de la piel pierda la
significación social que hoy tiene en nuestros países, donde el cepo y el grillete fueron
sustituidos por los grillos mentales de la colonialidad.
Por estos días retomamos el examen de problemas que han sido expuestos y
argumentados por intelectuales y artistas de nuestro país. Parte de los ricos intercambios que
hoy tienen lugar en la sociedad cubana se deben al compromiso y capacidad de argumentación
de una vanguardia intelectual formada por la Revolución. Bisnietos de africanos y criollos
esclavizados, nietos de hombres y mujeres sin renta ni futuro, hijos de obreros y campesinos al
fin cultos y libres, contribuimos en la medida de nuestras facultades a estimular la capacidad
transformadora del debate social. Y hemos de hacerlo con responsabilidad, transparencia y
compromiso con una obra tan imperfecta como la naturaleza humana que la ha creado, pero
capaz de defenderse por sí misma en el difícil y digno quehacer de cada día.
Durante esta semana he participado en ejemplares intercambios entre los miembros de
ARAC. Ejemplares por su descarnada y afectuosa sinceridad, por la profundidad y madurez de
muchos de los planteamientos, por la gallardía al realizar críticas y señalar ingenuidades, por la
persistente vocación de trabajar unidos y poner freno a egocentrismos y vanidades, por la
forma respetuosa de analizar nuestras diferencias de criterios en cuanto a las tácticas, y por la
coincidencia de opiniones sobre nuestros objetivos estratégicos.
El documento contentivo de la posición de ARAC ante las polémicas del momento es
resultado de un ejercicio inherente a la voluntad de hacer Revolución. Nuestras discusiones no
necesitan moderadores prejuiciados, relatores amarillistas ni escépticos profetas. ARAC es un
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proyecto revolucionario, defendido por personas conscientes de que el capitalismo no tiene
nada que ofrecer a los negros y mestizos de este país. Muy cerca de nosotros, en la nación
más rica del mundo, muchísima gente como yo son irremediablemente pobres; no tienen
periódicos ni gobierno que defiendan sus intereses, aunque hayan elegido a un hombre negro
para ocupar un trono.
Lo que puede dividirnos, cubanos todos en nuestros matices y colores, es no dirimir
nuestras diferencias de opinión confrontando argumentos. Confieso que no le temo a los
disensos. Lo que puede dividirnos, cubanos todos en nuestros matices y colores, es no dirimir
nuestras diferencias de opinión confrontando argumentos. Es asumir que la quiebra de la
unanimidad conduce a algún tipo de fractura institucional. Mi seguridad descansa en el
conocimiento que tengo de mi país y sus posibilidades, en la certeza de que en 2020 el
gobierno de Cuba no estará formado por politicastros ni empresarios capitalistas. Mi seguridad
se reafirma con la solidaridad y la confianza de los líderes de ARAAC en diferentes países de
Nuestra América, quienes son conscientes de la manipulación mediática y la denuncia
hipócrita.
El debate asombra –y el disenso regocija– a quienes de tanto pregonar nuestros
presuntos miedos, han terminado por creer en sus mentiras. Así, se desata el sensacionalismo
alrededor de un tema que no solo está en las redes y en la calle, sino que ha llegado a la
Asamblea Nacional del Poder Popular y ha adquirido densidad política en los objetivos de
trabajo del Partido Comunista de Cuba y en el discurso del presidente Raúl Castro. Creo que
hemos avanzado lo suficiente, y con el consenso necesario, para que el proceso no tenga
vuelta atrás. Ampliaremos cada vez más el consenso sobre lo que debe hacerse, cuándo
hacerlo, con qué medios y a qué velocidad. ARAC surgió precisamente para contribuir a ello.
La Habana. Cuba.
Zuleica Romay Guerra es investigadora y escritora cubana
Posición de la Articulación Regional de Afrodescendientes de Latinoamérica y el Caribe,
en su Capítulo Cubano (ARAC)
En relación con las recientes polémicas en medios nacionales e internacionales acerca
de la problemática racial en la Cuba de hoy, deseamos expresar lo siguiente:
1. La Articulación Regional de Afrodescendientes de Latinoamérica y el Caribe, en su
Capítulo Cubano (ARAC) –proyecto de nuestra sociedad civil aún en plena construcción
reconoce que el antirracismo radical es parte de la profunda esencia y de los contenidos
populares más genuinos del Proceso Revolucionario cubano, uno de cuyos momentos cumbre
ha sido el triunfo insurreccional de enero de 1959.
2. Urge erradicar en Cuba todo vestigio de racismo, discriminación racial, colonialidad,
exclusiones, desigualdades sociales e irrespeto a las diferencias. Reconocemos que tan
lamentables prácticas lesivas a la dignidad humana aún persisten en nuestro país, y la lucha
contra ellas constituye nuestro más alto propósito, al cual dedicamos nuestros esfuerzos de
pensamiento, amor y acción directa – empeño que consideramos parte de las luchas
revolucionarias de alcance planetario, que ocurren hoy mismo en aras de los múltiples fines de
la emancipación humana.
3. ARAC apoya y apoyará resueltamente la libre expresión de ideas por tod@s sus
activistas, como parte de la imprescindible libertad de expresión en la sociedad toda.
4. ARAC se opone pues a cualesquiera medidas o procedimientos institucionales o
personales de carácter obstructivo o represivo contra cualquier participante en tales polémicas
que a título personal haya expresado sus opiniones o criterios.
5. Al interior de ARAC existe pluralidad de posturas, lo cual constituye una condición
necesaria. Consideramos que el hecho de que cubanos y cubanas profundicen en las
polémicas en torno a los problemas que nos preocupan, es un buen síntoma de la capacidad
de nuestra sociedad para resolverlos de manera autónoma, protagónica y solidaria, con
respeto a la diversidad y sin intromisiones de poderes externos.5 de abril de 2013
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