Carlos Pellicer: poesía, utopia y revolución

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ÁLVARO RUIZ ABREU
Universidad Autónoma Metropolitana
Carlos Pellicer, revolución, utopía y vanguardia
Eché al cesto del día
los papeles de la eternidad.
Pellicer.
Obra vasta y de diversos registros, la que escribió Carlos Pellicer ha sido leída por
varias escuelas críticas y dos o tres generaciones. No cabe duda de que los libros que el
poeta produjo entre 1921 y 1929, un corto periodo en la vida de la poesía, lo puso en el
camino de la gloria literaria. No sólo son años de formación, de aprendizaje y de
grandes experiencias en la amistad, la poesía, el encuentro con otros países, también le
brindaron la posibilidad de entregarse a los proyectos culturales y sociales promovidos
desde el Estado recién formado que la revolución mexicana intenta consolidar, y de
lanzarse a la conquista de las formas que exige la vanguardia artística de esos años. Al
mismo tiempo, le permiten abrazar el sueño de la unidad latinoamericana, del
renacimiento de las antiguas cosmogonías y mitos, héroes y hazañas, de la cultura
azteca, maya y olmeca. Instalarse en la utopía. Agitando este envase que contiene tres
palabras, revolución, utopía y vanguardia, es posible ver el rostro de esa vida llena de
azares y de viajes, y esa obra inacabarcable, que es Carlos Pellicer.
El periodo que hemos señalado define la actitud de Pellicer, encaminada a reconciliar el
caos que dejó la revolución, esas sombras de la violencia sin límite que siempre
seguirían de cerca a su generación, con la armonía, con la luz. ¿Su objetivo era un
sueño? Tal vez, pero su afán es legítimo: apartar las sombras de la vida social y de la
historia de México y empezar a transitar por una zona luminosa, promisoria que lo lleve
al Principio Esperanza, como lo concibe Ernst Bloch (1885-1977). La revolución
mexicana había sido algo más que una revuelta campesina por conquistar tierra y
2
libertad; había dejado al país en ruinas, porque el viejo orden se había derrumbado y
ahora era necesario partir de cero, comenzar la reconstrucción, justo en 1921, cuando
murió Ramón López Velarde.
Despertar de una primavera
El gran cronista e historiador de la Revolución mexicana, amigo y paisano de Pellicer,
Alfonso Taracena, anota en su diario, el 8 de diciembre de 1921: “Se da cuenta hoy en
una sección de libros nuevos, del primer volumen de versos de Carlos Pellicer: Colores
en el mar y otros poemas. Se lo editó Rafael Loera Chávez, que tuvo que pensarlo un
momento, pues el autor quiso que fuera una serie de hojas impresas, sueltas y no
compaginadas, que da que hacer a quien las revuelve. Todo está envuelto en un forro”.1
Taracena vio en el libro el despertar de una primavera, y unas “primicias líricas” libres y
audaces, acicaladas y medidas. Pellicer aparecía como un poeta de “notable
temperamento poético”. El libro era un presagio de una vocación permanente y abierta
hacia el futuro, y parecía determinante ahí la imagen del mar, un motivo que sería
recurrente. Más que poesía marina, la que leemos en sus páginas es poesía escrita bajo
el ritmo de un viaje del espíritu por el paisaje hispanoamericano; más que metáforas
contundentes del mar, encontramos una geografía que de pronto despierta en manos del
poeta y la convierte en incendio verbal. Introspección y mirada hacia el exterior crean el
verdadero ritmo de esta poesía que se detiene en lugares muy precisos, los Andes,
Bogotá, Iza, Curazao, y en figuras heroicas como Bolívar, “el más generoso de los
hombres y el más grande de los héroes”, que representaba, sin duda, el sueño de la
unidad latinoamericana. La intención no declarada es hacer una invitación al viaje, y
1
Alfonso Taracena, La verdadera Revolución Mexicana (octava etapa: 1921 a 1923),
Editorial Jus, México, 1962.
3
escribir para pintar y restaurar la realidad.2 “Los rayos/ apuñalearon el paisaje” es un
verso lorquiano y sin embargo sale de la pluma de Pellicer. El vocabulario está cerca de
las artes plásticas; pinceladas, acuarela, aguafuertes llama Pellicer los poemas sobre los
Andes en que prevalecen los azules y los ocres. Es poesía tocada por la magia de la
pintura de Sorolla, Monet, Anderns Zorn, Zuloaga, entre los más destacados. “Se torna
el lago mágica acuarela/ en la que formas toco y bebo tintas”. El protagonista de su
primer libro era el poder de la luz sobre el mundo que hace posible la unidad de las
cosas; el mar lejano, sus ondas y sus mareas, era el eco de esa luz poderosa que le da
sentido.
El regreso a las formas
Después de Colores en el mar, un hallazgo poético en su tiempo, Pellicer publica
Piedra de sacrificios. Poema iberoamericano, 1924. Es sin duda el poema más
polémico de Pellicer; en él aparece el arrebato nacionalista, tan poco eficaz para la
poesía de altura, y también el desglosamiento de figuras históricas que tanto estorban al
arte. No obstante, el lector puede leer una poesía fina y moderna, de gradaciones
interiores y exteriores, en la que el paisaje se funde con el alma. Dice Luis Rius que
“nace este libro de una doble experiencia viajera de Carlos Pellicer: la experiencia
geográfica de América, a la que recorrió de punta a punta, y la experiencia humana de
América. La primera se traduce en una definitiva vivencia del espacio”.3 Es la hora de
las exaltaciones históricas y geográficas de una América que late en las venas del poeta
como sus ríos y selvas, sus cascadas y sus valles, sus volcanes y su raza. Oda, Iguazú,
La nieve, Divagación del puerto, A Germán Arciniegas, en Bogotá y otros más, le
2
Carlos Pellicer, Colores en el mar y otros poemas, en Obras. Poesía, edición de Luis
Mario Schneider, Fondo de Cultura Económica, México, 1994, 1003 págs. Los libros de
poemas que cito de Pellicer pertenecen a esta edición.
3
Luis Rius, “El material poético (1918-1961) de Carlos Pellicer”, en Cuadernos
Americanos, año XXI, núm. 5, septiembre-octubre, 1962, p. 245.
4
permiten introducir hipérboles que a ratos agobian al lector, pero también grandes
momentos líricos, de canciones que se deslizan por los puertos, por la primavera que
anuncia lo mismo un barco que la llegada del amor.
En cada momento de su vida poética, Pellicer se ocupa del Libertador y lo llama desde
sus imágenes, lo evoca de forma y fondo, como una sombra que camina por el
Continente, como una voz que ata y desata la historia americana. Fue algo más que un
gesto y un símbolo, el centro sobre el que cae la historia, el mito, la religión, el deseo y
la voluntad de los pueblos. Aparece en un poema de Piedra de sacrificios, en el
crepúsculo venezolano, cuando el poeta se arrodilla “como el sol” y besa la tierra en la
que el Libertador libró varias batallas. El cielo queda de pronto límpido y lejano;
escucha el fragor de los cañones, el paso de la tropa, el relincho de los caballos
nerviosos por el fuego; cruzaban las montañas. “Y los ojos se me llenaron de odio/ pues
junto a mí estaba el cadáver del Libertador de América” (Pellicer 1994:85) Tuvo que
regresar al hotel, dejó atrás la imagen de Bolívar, porque fue consciente de que la tierra
ha sido estrangulada por los déspotas, que el joven poeta tabasqueño encuentra en los
yanquis. Poema ideológico, que lograr hacer una sepapración polarizada, por un lado los
hombres que luchan por causas comunes y de ayuda a los desprotegidos, y por otro, los
“déspotas” en los que reina el hambre personal y egoísta, el deshonor y la sed de oro.
Esta imagen la repite en su “Romance de Pativilca” pero de manera menos directa; el
poeta, aun en sus momentos nacionalistas, sigue empeñado en respetar su canon
estético: crear versos con música y fragmentados, que modifican el referente y lo
iluminan. Y lo hace a través del romance, el género popular por excelencia, que viene
de la lírica popular y del folklore, y es una forma de contar historias, de exaltar a los
héroes, de cantar el amor traicionado, de quejas y de intrigas.
5
El “romance” es un sueño más que una declaración de amor por la patria. El poema se
ubica en el pueblo del Perú donde Bolívar se había refugiado para evitar la derrota que
de todas maneras sufrió. Fundado en el siglo XVI, fue el escenario desde el cual Bolívar
le escribe el 19 de enero de 1824 a Simón Rodríguez, su conocida epístola: “Usted
formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo
he seguido el sendero que Ud me señaló […] No puede Ud figurarse cuán hondamente
se han grabado en mi corazón las lecciones que Ud me ha dado”. Como todo romance,
el de Pellicer cuenta una historia que es leyenda al mismo tiempo; un mito. Así es que
toma al Libertador en su hora cero, cargando enorme desolación, su perfil de águila y de
león, se ha adelgazado notablemente. La fecha delimita el romance, es el año de 1824,
en el Perú. Y relata el conflicto de Bolívar, la manera en que Colombia se hace con el
enemigo que trae mucha tropa y caballería abundante. “Poco armamento tenía/ la gente
libertadora./ Tierras son desconocidas,/ tierras del Perú sonoras”. (Pellicer 1994: 88). El
líder rebelde no puede esconder su asombro, en el rostro lo delata la duda y el futuro
incierto de su cuartel en Pativilca. Sigue el relato, en el que asoman ya la traición, la
falta de recursos, el aislamiento del Libertador; el amigo fiel, Mosquera, llega y lo
encuentra vencido. “Vieja silla de baqueta/ en la pared reclinada/ de una miserable
casa;/ sobre de ella el cuerpo triste/ de Bolívar descansaba”. (Pellicer 1994: 88) El héroe
apenas contesta, pero a una pregunta expresa dice que lo único que debe hacer es
triunfar. Historia trágica pero augusta, triste y con final feliz, la de Bolívar no admite
dudas en manos de Pellicer. Porque no es a un hombre al que retrata sino a una fuerza
vital que pasa por el mundo y alienta a los hombres en su empeño de ser libres.
El momento lo fija el contrapunto Ariel o Calibán, la disputa que había iniciado el libro
de José Enrique Rodó (1871-1917), que tanto influyó en el arte y el pensamiento
latinoamericanos de varias generaciones. En esos años, el ensayo Ariel publicado en
6
1900, era un símbolo para la juventud; el reino de Calibán era Estados Unidos, donde el
utilitarismo se había impuesto sobre los valores espirituales y morales; y su opuesto era
el Ariel, que recogía la herencia de la cultura grecolatina como una forma de asimilar el
arte, la filosofía, herramientas de depuración del género humano. Para Rodó, Ariel es
genio del aire, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, “la parte noble y alada del
espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la
irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado de la acción, la
espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia”. Calibán es el
símbolo de la sensualidad y la torpeza. Donde más se acerca Pellicer a Rodó es en la
idea que recorre de principio a fin el Ariel de que el espíritu joven, lleno de entusiasmo
y esperanza se corresponde con la armonía de la historia y la naturaleza, en el
movimiento y la luz.
Estos “poemas iberoamericanos” comulgan con la filosofía de la naturaleza, esa
“religión del paisaje” que propuso Vasconcelos, amigo y tutor de Pellicer. “Leyendo
estos versos he pensado en una religión nueva que alguna vez soñé predicar: la religión
del paisaje; la devoción de la belleza exterior, limpia y grandiosa, sin interpretaciones y
sin deformaciones; como lenguaje directo de la gracia divina”.4 Vasconcelos encontró
muchas cosas en esos poemas, pero más que nada, una adoración del paisaje que es
“hálito maestro y temblor del mundo”, en una misma alma fundidos para crear una
potencia, algo nuevo que supera la “realidad ordinaria” y redime “las dos vidas, la vida
atormentada del alma y la vida inerte de la naturaleza”. Llama a Pellicer místico, poeta
encaminado hacia la forma plena en que se encuentra el amor y la belleza. No sólo
aplaudía una poesía heroica, salida del paisaje americano, del alma de su geografía y su
historia, sino también un verso libre, uncido de amor por la palabra y la gracia divina.
4
José Vasconcelos, “Prólogo” a Piedra de sacrificios, en Carlos Pellicer, Obras. Poesía,
1994, pp. 55-59.
7
Mano errante y aérea
El segundo libro que Pellicer publicó ese mismo año de 1924, 6,7 Poemas, fue otro
acontecimiento literario, ya que le daba continuidad a una obra en ascenso que mostraba
sus inquietudes y sus pasiones. Era el complemento de los dos libros anteriores: reunía
poemas de una misma época y con la misma entonación. Poesía de los años veinte,
poderosa sacudida de los sentidos, inmersión en la libre asociación de la conciencia y la
imagen, de la palabra y el sonido, la de esos dos libros claramente ensamblados, revela
la misma mano errante y aérea de Pellicer. El libro 6,7 poemas se inicia con una oferta
de imágenes en un poema cuyo título es ya una bocanada de aire, “Eternidad”, que
refresca, y es una elegía a la “divina juventud”, a la que llama “corona de oro”. Todo
cabe en esta borrachera de imágenes sonoras, inacabadas y siempre buscando su forma
y su destino, sembradas de primavera que desemboca en el mar. En este poemario de
1924, el poeta usa un lenguaje menos “lírico”, fríamente calculado, lleno de
proporciones y de equivalencias. La metáfora salta y se libera de cualquier atadura.
Pellicer se declara hijo del árbol y de la selva, y prosigue en su elevación espiritual cuya
última estación sería el misticismo. Revisando sus poemarios se va notando ese
cuidado; las alteraciones de los versos, en su composición y su sintaxis, el cambio de
palabras y todo lo que su mano borra o sustituye. Decidió publicar ese título ameno, 6,7
Poemas, como una fiesta de luz y de sonido, que celebra la juventud, la primavera, un
aniversario, el oro y la plata como juego de espejos del hombre. La poesía de Pellicer
estaba tomando su indiscutible lugar en las letras de vanguardia, y se acomodaba con
sigilo en la patria fragmentada. “Motivos” es un gran poema de heptasílabos y
octosílabos, parece un romance en la tradición hispana de Miguel Hernández y García
Lorca.
Hombre que aras la tierra
tan de mañana,
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tus bueyes vienen jalando
la proa del alba.
Este hombre no sólo siembra su tierra sino también la esperanza, la “proa del alba”. Es
una intromisión en el tiempo futuro que el poeta consagra. Lo inusitado es el ritmo que
le impone a su poema, una verdadera corriente por la que pasan los días y la fuerza del
campesino, sus campos y semillas. Puro movimiento. Es una poesía de la emancipación
de la energía; lo que se nombra adquiere de inmediato solidez, vocación musical, y
aparece en el horizonte del lector como un enorme arcoiris, como se advierte en el
vocabulario de “La danza”: el viento, el mar, la luna, el aire, la soledad, el baile, el oro,
las naranjas, los ángeles y las bestias, crepúsculos o noches, en que el poeta es una vez
más un maestro de los colores. Pellicer baja la guardia, se declara vencido, y sin
embargo logra pintar el día a través de sus versos, cuando dice: “Si yo fuera pintor,/ me
salvaría./ Con el color/ toda una civilización yo crearía./ El azul sería/ rojo/ y el
anaranjado,/ gris;/ el verde saltaría en negros estupendos.” La mezcla cromática, hecha
por el impresionismo, la intenta imitar él mismo desde su rincón del centro de la ciudad
de México. Sólo así podía rebelarse contra el hastío.
6, 7 poemas tuvo que haber sido una novedad incomprendida; la vanguardia en el arte
pasa muy rápido, cargada de signos que su época no alcanza a descifrar. Es un
acontecimiento que borra el tiempo real e impone uno nuevo, el suyo; crea por tanto,
como diría Bajtín, dos géneros sobrepuestos, en un forcejeo desenfrenado por ganar,
hasta que al fin se impone el nuevo. Basta con recordar el poema “Deseos” para
comprobar la tormenta literaria que era la poesía de Pellicer. Le pide al trópico, que le
dio las manos llenas de color, que lo deje un solo instante cambiar de clima, pasar a
otras tierras y poder pintar el ruido y el instante, “y escribir con un lápiz muy fino mi
meditación”. El libro es una bocanada de impresiones, en la que el sol se vuelve un
personaje de ficción que está en el trópico más acentuado y terrible que nunca;
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acompaña al poeta a todas horas iluminando las cosas. Y es un vehículo que utiliza para
subrayar su identidad tropical, poco civilizada: “Y mi juventud un poco salvaje/ que
sienta bien al paisaje”.
Hora y veinte.
De sus horas extranjeras hay noticias en cartas y poemas. Pero el resultado literario
llega en Hora y veinte, 1927, libro publicado en París, que dejó Pellicer sobre la tumba
de José Ingenieros, el “responsable” de su aventura por Europa. La búsqueda del poeta,
de una forma y de un ritmo, de una visión de la naturaleza y del hombre, tocó tierra
firme con este libro espléndido, muestra a flor de piel del verso de vanguardia que había
logrado instaurar el autor; si los otros libros habían sido una fiesta de luz y color,
esencial mirada de un viajero sin tiempo, Hora y veinte era la culminación de ese viaje;
significó haber llegado a la cima de la montaña que venía escalando Pellicer desde sus
años juveniles, y en ella se encontraba la poesía hecha sangre y carne de un hombre que
también llega a los treinta años de edad. ¿Se le puede pedir algo más a un poeta que nos
regala versos de esta dimensión? “Días azules/ en mi pueblo de tejados/ como libros
abandonados./ Días azules/ con sus tardes moradas/ a través de palmeras danzarinas/ y
nubes imperiales”. (“Vacaciones”, Pellicer, 1994, 135) Las imágenes no sólo estallan,
ahora se vuelven algo más que plasticidad, poesía verdadera, canto a las cosas
inmateriales que laten en su alma. Mientras más se interna el poeta-caminante en Italia y
Egipto, Palestina, Siria, Francia, más brotan a la superficie esos días azules de su
pueblo, esas tardes moradas que vieron sus ojos en la infancia. El poema es de 1922,
pudo haber sido escrito en su viaje a Brasil, o bien a su paso por Tabasco, en una escala.
El poeta le cantaba a las horas, siempre en viaje, a los días en que amaba a Esperanza
Nieto. “Días azules/como horas/ submarinas/ plateadas y doradas de repente/ por
acuáticas serpentinas./ Horas salvadas/ como pedrerías en un naufragio”.
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La poesía de estos años no por novedosa resulta ligera; Pellicer fija de una vez su
mirada en el paso del tiempo que le va imponiendo una clara imagen de tristeza, de vida
que se esfuma; lo aislaba de todo pero no de la intemperie que lo deja desguarnecido.
Creo que su “Estudio”, escrito en 1925, antes del viaje a Europa, es significativo: “Esta
fuente no es más que el varillaje/ de la sombrilla/ que hizo andrajos el viento”. El poeta
mira las flores a su alrededor y certifica que no “son más que un poco de agua”, y las
palomas, pedazos de papel, y la nube su propia camisa que se llevó el viento. Las cosas
se han ido, pasan desperdigadas, volando, como en el conocido cuadro de Salvador
Dalí, Naturaleza muerta viviente, en el que se rompe la lógica del espacio y del tiempo.
Esta poesía que pone el tiempo como el centro de su acción y de su contenido, y juega
con los horarios, con los trenes, y con los relojes, es un remolino que la absorbe.
Mientras el tiempo desfigura las cosas, la luz muestra sus distintas fases, y así las
transforma. Al poeta le corresponde escribir sobre los relojes, el trópico en su hora
cero, y decir que “no hay tiempo para el tiempo”, muy cerca de Renato Leduc. Los
relojes fueron objetos nada decorativos para los surrealistas, sino trampas mortales en
que el hombre caía inevitablemente; fueron símbolos de un tiempo que no era más, ni se
podría volver a atrapar; la velocidad de la luz había roto la noción del tiempo como algo
estable que regía las leyes del espacio. Pellicer escribe: “Los relojes se atrasan,/ se
perfecciona la pereza”. (Carlos Pellicer 1994: 166)
En Hora y veinte de nuevo era posible leer poesía de tono épico sobre los héroes como
Bolívar, los itinerarios del autor durante sus viajes por el mundo y el matrimonio ya
inevitable entre arte verbal y artes plásticas, entre poesía y música. Amanecía el año de
1927, en los campos sangre fresca de mártires cristeros y soldados del gobierno de
Calles, y la poesía mexicana le ganaba terreno a la guerra, a la incertidumbre social, al
caudillismo. Había sonado la hora, Hora y veinte en todos los relojes de México. Aflora
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ahí una vez más la “aventura geográfica”, los espacios misteriosos del mundo, las
ciudades lejanas que él fue anotando en su mirada. De Atenas a Esmirna, de Amsterdan
a Egipto. Es un texto impregnado de misticismo, en el que se modera la expresión, las
imgénes se van templando, se moderniza el vocabulario hasta que el poema sea sangre
de su sangre. A sus 30 años, Pellicer logra sintetizar en imágenes el temperamento del
trópico, el alma del paisaje; el calor y la humedad, el agua que corre por las heridas de
la tierra, la naturaleza en sus distintas formas. El tiempo fluye pero en pausas. Pellicer
toca ya las cuerdas más deslumbrantes de su poesía hecha de luz y de sonido, de
variaciones de la mirada sobre la realidad vibrante y espectacular del mundo. Le canta a
las nubes y a las aguas, a la soledad, a los caminos y a la noche.
Pellicer entregó a las prensas un libro que podemos considerar un “manifiesto” poético
que se reunía como al azar con la vanguardia en arte, cine, poesía, teatro y literatura.
Nada sería como antes. Le servía de instrumento para declararse trovador de la palabra
y de la luz; ningún poemario de los años veinte en México se había regodeado en los
cambios que la perspectiva puede provocar; la realidad es otra según el lado desde la
que se le enfoque; había que mostrar el caos, elementos sin sentido, imágenes que
venían del sueño y del inconsciente y que la lógica convencional no entendía. Leer estos
poemas en 1927 tuvo que haber sido una locura. Como lo fue acercar la vista a un
cuadro de Dalí, una película de Buñuel, una foto de Man Ray, un poema de Jean
Cocteau, un ensayo de Breton. La obra artística estaba obedeciendo nuevas reglas que la
descomponían, debido a los efectos de la luz sobre las cosas, los cambios de la realidad
producidos por el efecto lumínico. Hora y veinte.
El camino de un poeta
La verdadera hora de Pellicer llegó en 1929 con la aparición de Camino, otro texto de
poesía pura y deslumbrante, moderna y posmoderna, voz libre que brotaba de unas
12
manos laboriosas, francas y humildes, en las que latía la sangre mística y la
emancipación del verso. Es otra muestra de la vocación de vanguardia de su autor. El
libro apareció el mismo año que Un chien andalou de Luis Buñuel, también estrenada
como el libro de Pellicer, en París, centro de tantas batallas artísticas. Cada quien por su
lado, lograban la resolución del sueño y la realidad, estados aparentemente
contradictorios. Buñuel es de la misma generación que Pellicer. De su película, que
escribió con Dalí, se ha dicho que era un poema surrealista que transgredía y
revolucionaba nuestra concepción de la realidad, que él explicó en estos términos:
“tenían que ser imágenes que nos sorprendieran, que aceptáramos los dos sin discutir.
Nada más. Hacíamos surgir representaciones irracionales, sin ninguna explicación”.5 El
verso de Pellicer en muchas ocasiones parece revestido de esa irracionalidad; exige sólo
un lector capaz de armar el rompecabezas que ilustra, y de disfrutarlo. Buñuel quiso
llevar en su película lo irracional aún más lejos, pues la filmó con elementos oníricos
“ya que algunas de las escenas como las de las hormigas saliendo de la mano del
protagonista están tomadas de sueños de Dalí y de Buñuel”. Un chien andalou era por
tanto “un monumento a la libertad de la imaginación”, que el autor oponía a la represión
moral contemporánea. Es más, la única lógica que se ve en ella es la del subconsciente
que los surrealistas opusieron a la lógica de la razón.
Esas coordenadas que ya se advertían en Hora y veinte, volvían ahora en Camino,
insistiendo, subrayando su hazaña verbal como viaje a la zona incosciente del ser
humano. Camino fue otra propuesta de ruptura de reglas y del canon poético; escrito en
distintos países europeos, se publicó justo el año en que Pellicer regresaba a México.
Camino es un sendero por el que pasa el caminante que fue Pellicer. Es también la
acción de recorrer paso a paso espacios determinados; camino como sonámbulo, o con
5
Véase Agustín Sánchez Vidal, Luis buñuel. Obra cinematográfica, Ediciones J.C.
Madrid, 1984.
13
seguridad, o con incertidumbre. Caminar, como lo hacía y lo siguió haciendo siempre
Pellicer. Tiene además un sentido moral, como sendero que conduce a un fin si se
recorre correctamente. Es palabra sencilla y perfecta; el camino de Pellicer no era
precisamente geográfico sino onírico y místico, religioso, que él asume con una actitud
templada; el libro se extiende sobre los cuatros elementos: el aire, el agua, el fuego, la
tierra, y uno más que no suele incluirse en estas categorías: la muerte. Son los primeros
pasos del caminante, si aceptamos el símil con el título del poema. Los elementos dejan
de ser los “clásicos” generadores de todo lo que existe y pasan a convertirse en
sensaciones, sueños, recuerdos, imágenes de colores que se suporponen; se apartan de la
tradición para erigirse como desechos de la civilización, testigos de la electricidad, la
industria, que los separa de su origen primero. La de Camino es poesía de madurez;
escrita en intervalos, salpicada de pausas en el viaje, permite comprobar la influencia
que había ejercido Vasconcelos en su amigo Pellicer.
Vasconcelos como guía y encuentro
Si damos crédito a sus palabras, Pellicer pertenece al agua. Del fondo de las aguas
renace para tomar el cetro de gran sacerdote del proyecto nacionalista de la Revolución
mexicana, sueña en la utopía de la unidad de la raza en un mismo espíritu y se convierte
en cruzado de la vanguardia. Vio la caída del hombre en el abismo. Hay una larga lista
de términos en los que cree, o por lo menos asume con voluntad y rigor, de los que sólo
citamos muerte y resurrección, fuego nuevo, nacimiento y regeneración, creación y
reintegración, héroe y cosmogonía. Pertenecen sin duda a las cosmogonías de las
culturas antiguas pero también a la mitología cristiana, y a ese nacionalismo refinado y
filosófico que aprendió junto a Vasconcelos, que creía en el sentido cristiano que tiene
el agua. La inmersión en el agua significa que muere el hombre viejo y provoca el
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nacimiento de un ser nuevo, regenerado, dice Eliade6. Vasconcelos llena con su
mesianismo, su vida abrupta en los amores y en la política, la cultura mexicana del siglo
xx. Rescatar los valores y las aportaciones del mundo indígena fue una de las
obsesiones en su trabajo intelectual y como ministro de Educación Pública. Unir el
espíritu de la raza al discurso universal de la ciencia, el arte y la historia, parecía una
acción imprescindible en la tarea de reconstruir la verdadera fisonomía del país.
Receptivo a estas tesis, Pellicer parece haberlas convertido en norma de vida y en un fin
de su universo poético. Era una misión más que una poética, pero trató el resto de su
vida de incorporar la idea a la imagen, el pensamiento a la metáfora, la filosofía a una
melodía interior y a una expresión verbal. Los errores de Vasconcelos eran a fin de
cuentas astillas de la madera poderosa con que estaba construida su personalidad. Es
evidente que el autor de Ulises criollo fue en su vida un punto de encuentro con el
pensamiento y la acción, con la revolución y el sueño del hombre nuevo en que ambos
confiaban, con la realidad imantada de cristianismo y la verdad en el amor y en la
pasión que sostiene a los hombres.
Coyoacán, 4 de abril de 2008.
6
Mircea Eliade, Imágenes y símbolos, versión de Carmen Castro, Taurus, Madrid, 1999.
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