Programa: Proyecto Personal

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Programa
Proyecto Personal
Programa: Proyecto Personal
SESIÓN
TEMA
TÍTULO DEL DOCUMENTO
Caso
01
¿Hacia dónde dirigir mis pasos?
Y ahora ¿qué?
Vida como proyecto personal
Notas
Proyecto de vida
02
03
04
Caso
El mundo en mis manos
Nota
Libertad
Caso
Son exigencias del trabajo
Nota
Trabajo y familia
Caso
El tiempo dirá
Libertad y responsabilidad
Trabajo y familia
Vida afectiva, noviazgo e inteligencia
emocional
Vida afectiva y noviazgo
Notas
Inteligencia emocional
05
06
Caso
Nos vamos a vivir juntos
Nota
Amor matrimonial
Caso
¿Qué idioma hablamos?
La gran aventura del matrimonio
Técnicas de comunicación y resolución
de problemas
Notas
Caso
07
© IFFD 2013
La comunicación en las relaciones
interpersonales
Ir tirando
Crecimiento espiritual: ser más para
poder amar más
Nota
La dimensión trascendente del
hombre
Proyecto Personal Índice
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Y ahora ¿qué?
Javier volvía a casa después de haber tomado unas copas con sus amigos; no era tarde, era bastante
más temprano que otras veces. Llevaba una temporada con una desazón, un mal humor, una
inquietud que no le dejaba disfrutar de la vida.
Javier había estudiado ADE; bueno, su pasión era la arquitectura, pero un bachillerato irregular le
había llevado a tener que hacer esa carrera. Grandes atracones antes de los exámenes, buena
cabeza, pero faltaba constancia. Cuando llegó a la Universidad pensó en cambiar de hábitos, pero
hasta que no llegó a 4º de carrera no empezó a sacar buenas notas, para acabar con media de
notable. A eso le había ayudado que en el último año de carrera su abuelo enfermó y él se quedó a
cuidarlo por las noches, con lo cual tuvo unas horas de estudio extra que no le vinieron mal.
Javier piensa que al final le acabó gustando la carrera que había escogido: leía la prensa salmón,
conocía presidentes de bancos, empresas, índices de la bolsa, etc. Es verdad que había dejado un
poco de lado el inglés, aunque siempre que podía veía en la tele la BBC o la CNN, para practicar el
inglés de los negocios. Había hecho prácticas en una empresa de su ciudad. Pudo haber ido al
extranjero, pero la morriña de sus amigos, de su casa, le pudo. La empresa era una inmobiliaria, un
sector que estaba en retroceso, pero se trataba de un amigo de su padre y le parecía que eso le
podría ayudar en la búsqueda de empleo.
Durante su etapa universitaria había hecho muchas cosas. Tenía una intensa vida social, mucha chica
por conocer, mucha fiestecita: lo que hacen todos los universitarios. Sus amigos eran la pandilla con
la que se iba de marcha, gente buena, amigos de diversión, sin muchas pretensiones (hay que vivir,
que la vida profesional luego te da un palo). También hizo cursos para completar su formación
empresarial, económica, porque le gustaba el mundo de los negocios.
Mientras llegaba el trabajo, su padre le dijo que por qué no trabajaba en algo para sacarse un poco
de dinero, pero él no se veía repartiendo pizzas o buzoneando. Javier le dijo que por qué no echaba
mano de su agenda y le pedía a alguno de sus amigos que le hicieran el favor de darle a él un
trabajo. Después de mucho rogar, su padre le consiguió una entrevista con uno de sus amigos. Todo
un desastre: hacía falta inglés, habría que irse a otra ciudad una temporada, poco sueldo… Un
panorama terrible.
Una noche con sus amigos conoció a una chica, Begoña, una de esas personas que te dejan
impresionado desde el primer momento. Había estudiado ADE como él, pero era del turno de mañana.
Además de haber sacado unas notas impresionantes, había ido al extranjero dos veranos para hacer
prácticas. Era culta, sabía divertirse, no era la típica chica mona y nada más. El caso es que se sentía
atraído por ella, pero había que decidirse y no lo veía tan claro. Begoña tenía todo pensado, sabía
dónde quería ir, trabajar etc. Mientras, él se encontraba en un mar de dudas. Además, su vida
amorosa no había sido gran cosa; había tenido rollitos de fin de semana, pero nada que mereciese la
pena, tampoco él buscaba nada más. Y ahora de buenas a primeras un tesoro…
Las cosas se le amontonaban en la cabeza: el trabajo, el inglés, Begoña y su padre diciéndole que
había que tomar decisiones, y ahora, ¿qué?
© IFFD 2013
Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Caso
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Vida como proyecto personal
Llegas al final de la carrera universitaria, acabas tus estudios y, de buenas a primeras, encuentras
cierta incertidumbre en tu vida. Cuando llegas a la Universidad piensas que todavía queda tiempo
para ciertas cosas, pero eso se acaba: “tengo que buscar trabajo”, “debía haber aprendido más
inglés”, “esa chica me gusta”, “ahora deja de vivir en tu ciudad”, etc. Ha llegado otro de los
momentos importantes. La selectividad marca, pero ahora se trata de algo que no pasa en tres días,
ahora hay que tomar decisiones.
Te das cuenta de que la vida es algo por hacer. Encontrar tu sitio en el mundo es tu primera
ocupación. Tu vida es tu realidad más radical, debes ocuparte de ella, es tu tarea, ya no puedes echar
balones fuera, no puedes culpar a tus padres de que no te comprenden ni al profesor de que te tiene
manía, ahora es el momento de coger el toro por los cuernos. Por lo tanto, lo que te debes preguntar
es: ¿qué vida quiero tener? Nadie puede sustituirte en esa decisión, es personal e intransferible.
Es difícil pensar que alguien se encabezone en vivir mal, todo el mundo quiere vivir bien, pero algunos
se toman muy en serio el desvivir: las drogas, el dinero, el sexo fácil, la “profesionalitis” etc. El hecho
de reducir la vida a una carta hace que la persona viva en una especie de carril único, sin color, sin
altura, sin tiempo.
¿Cómo voy a afrontar este reto? Para llegar a buen puerto no me sirve cualquier viento. Quizás si hay
algo de lo que te das cuenta es de la existencia de personas a las que les sirve cualquier sitio para ir.
Todos necesitamos un lugar donde ir, el proyecto vital define la identidad de la persona, lo que
quieres llegar a ser. Ese proyecto ilumina mis hábitos, mis competencias, produce un fuerte impacto
en esos hábitos que adquiero o dejo de adquirir. Por lo tanto, pon las miras altas, sé ambicioso,
exígete. Hay que dar lo mejor que tenemos dentro de nosotros mismos.
Ese proyecto debe tener tres puntos. Primero un contenido, ese contenido abarca toda tu existencia,
es algo muy importante, no sirve cualquier cosa. Este proyecto no es el dinero, o el placer, la fama,
etc. Algunas de esas cosas son buenas, pero no llenan tu vida, son secundarias. Además, ese
proyecto exige un crecimiento continuo, parar ya es un fracaso, nunca es suficiente, siempre se puede
hacer más, el sabio siempre quiere saber más, al amante nunca le satisface lo que da, siempre quiere
dar más. En segundo lugar hay que esforzarse para que tenga credibilidad: buscamos una coherencia
personal con la que consigamos ese proyecto vital, sin olvidar que tendremos momentos de
incertidumbre que nos harán dudar. Estos momentos de incertidumbre serán fácilmente superables
gracias al sentido de nuestra vida. En tercer lugar, tener sentido de urgencia, que no es ansiedad,
sino algo que te moviliza a conseguir lo que quieres.
Todo esto es muy motivante, pero nada más empezar ya surgen los primeros contratiempos. En tu
interior empiezan los problemas. La razón te dice lo que hay que hacer en un momento dado y tu
corazón empieza a aportar sus propias razones (que las tiene, como dijo Pascal), y que son lo que me
resulta más natural hacer en ese momento. Si permites que la razón gane, tienes la sensación de
frialdad, de lejanía, un Hegel contemporáneo. Pero si te dejas llevar por el corazón, tienes la
sensación de vivir una novela rosa. La solución no es fácil, pero es posible. La razón debe escuchar al
corazón y, después, tomar una decisión. Eso es lo más razonable.
© IFFD 2013
Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Nota Técnica 1
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Cuando nos vemos en la tesitura de tener que elegir entre el corazón y la razón, la voluntad es la que
entra en juego, se puede ver impelida para actuar. En ese momento es cuando entran en juego los
hábitos que adquirimos. No actúan de manera mecánica, porque saben contemplar cada momento
como único. Actuamos con madurez porque atendemos a la razones después de haber escuchado al
corazón. La persona madura, además de saber tomar decisiones, sabe perseverar, mantiene su
palabra, no pierde el control, sabe a dónde va.
Algunas personas piensan que son de una forma en concreto, viven de su forma de ser, es que como
soy un cabezota, es que como soy muy dejado… Pero estas excusas no me sirven, es cierto que son
parte de mi vida, pero no son mi vida de modo completo. Ahora que nos hemos cargado los buenos
modelos educativos, se echa en falta mirar a personas con carácter. Entendemos mal esta expresión,
el tener carácter no está mal, al contrario, es fundamental; lo malo es tener falta de carácter. La
forma en que puedo acabar con ese hombre viejo, que es mi “modo de ser”, es la educación del
carácter.
Por lo tanto ese crecer del que estamos hablando es la formación de mi propio carácter. Mi vida
lograda debe ser conquistada por acciones acertadas, como dice Alejandro Llano. Esas acciones
acertadas, que son hábitos, hacen que algunas personas tengan un estilo especial, que atrae. No
consiste en tener la presencia de George Clooney, es algo más. Es una especie de intensidad a la hora
de hacer las cosas. Tampoco consiste en repetir ciertos actos de forma mecánica, es un querer hacer
algo porque sé que eso es bueno, porque me da la gana.
Si, por ejemplo, soy capaz de tomar decisiones correctamente y adquiero este hábito, me doy cuenta
de que ahorro tiempo, que puedo hacer más cosas, como, por ejemplo, estar con un amigo. Si soy
capaz de trabajar bajo presión, si sé mantener mis decisiones, evitaré la vacilación, los cambios de
humor, el efecto veleta etc.
Un hábito hace que el pasado se decante en el presente y facilite la conquista del futuro. Pero esto
podría hacernos pensar que mi proyecto vital, mi persona, sólo puede crecer de manera rutinaria, a
base de costumbres. Eso es cierto, pero no lo es del todo, porque cuando yo me potencio con mis
hábitos lo que hago es crecer, siempre gano.
En este momento clave de mi vida tengo que ver sobre qué voy a construir mi futuro, y me doy
cuenta de que ese carácter que he construido es lo que va a hacer que pueda afrontar bien los retos
que tengo en mi vida. No puedo crecer sobre las cosas de las que carezco, sólo puedo crecer desde
mis puntos fuertes, desde mis hábitos buenos, que son los que me abren la posibilidad de un buen
futuro.
Esta madurez se ve acompasada con un afianzamiento de mi persona, mi autoestima crece, creo en
mis posibilidades de hacer y de cambiar cosas. La imagen que tengo de mí mismo y la imagen de
cómo debería ser están cercanas, aunque no olvide que siempre tengo capacidad de crecer. Parece
sencillo, pero es un poco complicado, porque no hay nada que más moleste que una persona que va
por la vida de “sobrado”. Y es que el feedback que tengo respecto a mi autoestima es fundamental: lo
que me dicen otros de mi persona. La humildad es la base, no es encogerse de hombros de manera
resignada, es una combinación de optimismo y la ilusión necesaria para afrontar los diversos retos
que se presenten. Con la aceptación de ese feedback me demuestro a mí mismo que quiero mejorar.
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Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Nota Técnica 1
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Ahora bien, se ha hablado de proyecto personal, se puede pensar que la persona es sus virtudes, su
carácter, su voluntad o su inteligencia, pero eso es falso. La persona es mucho más. Las facultades
son de la persona, pero no son la persona. La persona es coexistencia, si una persona no fuera
abierta no sería persona, sin apertura personal no se puede existir.
Esta coexistencia es el punto de vinculación real del ámbito personal que cada uno mantiene con cada
persona distinta, pero sabiendo que es un quién, no una sustancia pensante, como concibió
Descartes. Es un quién, otra persona. Hablamos de algo más profundo que la definición clásica de que
el hombre es un ser social por naturaleza, es algo más. Porque cuando yo crezco, cuando mejoro, eso
produce una apertura a las personas con las que coexisto. En cierto modo la persona, al abrirse, al
comunicarse, se está dando. En el caso de que no se dé, es tan sólo información. De esta forma, si
comunico lo mejor que tengo, favorezco que los demás también puedan mejorar. Así se entiende que
de lo que cada uno de nosotros haga dependen muchas cosas en la vida.
Por último, la sociedad depende de la persona, pero, como la persona es libertad, la consistencia de la
sociedad dependerá de la libertad de las personas, por lo tanto, si hago cosas mal, toda la sociedad
sufre mi injusticia. La libertad es el quicio de la ética, pero de eso hablaremos en la siguiente nota
técnica.
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Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Nota Técnica 1
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Proyecto de vida
Cuentan de Chesterton que era muy despistado. En una ocasión, viajando en tren, el revisor le pidió
el billete. Él empezó a buscarlo por todos los bolsillos y no lo encontraba. Se iba poniendo cada vez
más nervioso. Entonces el revisor le dijo: "Tranquilo, no se inquiete, que no le haré pagar otro
billete". "No es pagar lo que me inquieta —repuso Chesterton— lo que me preocupa es que he
olvidado a dónde voy".
La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. No puede ser una
simple sucesión fragmentaria de días sin dirección y sin sentido.
Cada hombre ha de esforzarse en conocerse a sí mismo y en buscar sentido a su vida proponiéndose
proyectos y metas a las que se siente llamado y que llenan de contenido su existencia.
A partir de cierta edad, todo esto ha de ser ya algo bastante definido, de manera que en cada
momento uno pueda saber, con un mínimo de certeza, si lo que hace o se propone hacer le aparta o
le acerca de esas metas, le facilita o le dificulta ser fiel a sí mismo.
Se trata de algo asequible a todos. Lo único que hace falta es —si no se ha hecho— tratarlo
seriamente con uno mismo: como decía Epicteto, enseguida te persuadirás: nadie tiene tanto poder
para persuadirte a ti como el que tienes tú mismo.
Para que la vida tenga sentido y merezca la pena ser vivida, es preciso reflexionar con frecuencia, de
modo que vayamos eliminando en nosotros los detalles de contradicción o de incoherencia que
vayamos detectando, que son obstáculos que nos descaminan de ese itinerario que nos hemos
trazado. Si con demasiada frecuencia nos proponemos hacer una cosa y luego hacemos otra, es fácil
que estén fallando las pautas que conducen nuestra vida. Muchas veces lo justificaremos diciendo que
«ya nos gustaría hacer todo lo que nos proponemos», o que siempre «del dicho al hecho hay mucho
trecho», o alguna que otra frase lapidaria que nos excuse un poco de corregir el rumbo y esforzarnos
seriamente en ser fieles a nuestro proyecto de vida.
Es un tema difícil, pero tan difícil como importante. A veces la vida parece tan agitada que no nos da
tiempo a pensar qué queremos realmente, o por qué, o cómo podemos conseguirlo. Pero hay que
pararse a pensar, sin achacar a la complejidad de la vida —como si fuéramos sus víctimas
impotentes— lo que muchas veces no es más que una turbia complicidad con la debilidad que hay en
nosotros.
Somos cada uno de nosotros los más interesados en averiguar cuál es el grado de complicidad con
todo lo inauténtico que pueda haber en nuestra vida. Si uno aprecia en sí mismo una cierta
inconstancia vital, como si anduviera por la vida distraído de sí mismo, como desnortado, sin terminar
de tomar las riendas de su existencia —quizá por los problemas que pudiera suponer exigirse
coherencia y autenticidad—, parece claro que está en juego su acierto en el vivir y, como
consecuencia, una buena parte de la felicidad de quienes le rodean.
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Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Nota Técnica 2
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Es verdad que las cosas no son siempre sencillas, y que en ocasiones resulta realmente difícil
mantenerse fiel al propio proyecto, pues surgen dificultades serias, y a veces el desánimo se hace
presente con toda su paralizante fuerza. Pero hay que mantener la confianza en uno mismo, no decir
«no puedo», porque no es verdad, porque casi siempre se puede. No podemos olvidar que hay
elecciones que son fundamentales en nuestra vida, y que la dispersión, la frivolidad, la renuncia a
aquello que vimos con claridad que debíamos hacer, todo eso, termina afectando al propio hombre,
despersonalizándolo.
Existe una leyenda entre los indios norteamericanos que cuenta cómo un bravo guerrero, en cierta
ocasión, encontró un huevo de águila y lo puso en un nido de chochas, esas pequeñas aves zancudas
tan frecuentes en aquellos lugares.
El aguilucho nació y creció con las chochas y terminó por ser una más entre ellas. Para comer no
cazaba como las águilas, sino que escarbaba la tierra buscando semillas e insectos. Cacareaba y
cloqueaba. Correteaba y volaba a saltos cortos, como las chochas.
Un día vio un magnífico pájaro, a gran altura, cuya silueta se recortaba en un cielo azul intenso. Su
aspecto era majestuoso, aristocrático, real, imponente.
—¡Qué pájaro tan hermoso! ¿Qué es? —preguntó la que era un águila cambiada, mientras
sentía rebullir su sangre de un modo muy íntimo.
—¡Ignorante! ¿No lo sabes? —cloqueó el vecino— Es un águila: la reina de las aves. Pero no
sueñes, nunca podrás ser como ella.
El águila cambiada lanzó un profundo suspiro nostálgico..., bajó la cabeza..., picoteó el suelo... y se
olvidó del águila majestuosa. Pasado el tiempo, murió creyendo que era una chocha.
A algunas personas les sucede como a esta pobre águila, inconsciente de su noble origen y de sus
posibilidades. Han venido al mundo y hacen lo que ven que se hace a su alrededor, no se sienten
llamados a nada grande. Cuando observan en otros algo digno de imitación (y suelen fijarse poco en
eso), casi siempre lo ven como algo lejano e inasequible para ellos. No trascienden, no aspiran a más,
se contentan con el aburrido transcurrir de la rutina de su entorno. No entienden de cosas grandes,
de magnanimidad.
Sus pensamientos y sus respuestas son siempre mezquinos y calculadores. Pueden ser agudos, pero
su lucidez (quizá su falta de lucidez) siempre está teñida de escepticismo. Son incapaces de
pensamientos elevados o generosos, y piensan que quienes los tienen son unos ingenuos o unos
falsos. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso en la diversión.
Para prevenir y prevenirse en la educación contra esa desgraciada mentalidad, es preciso esforzarse
por crear un clima estimulante, un sensato y equilibrado ambiente de sentimientos audaces,
magnánimos e ilusionantes.
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Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Nota Técnica 2
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Enfrentarse con lo difícil, alejarse de la posición del mínimo esfuerzo, es algo propio de la virtud de la
magnanimidad. Una virtud que los filósofos medievales definían como un razonable empeño en
alcanzar cosas altas. Y una virtud que parece muy necesaria en la educación del carácter, porque el
hombre empequeñecido difícilmente acierta a comprender las ventajas que supone la liberación de
esa mediocridad que le atenaza.
Todos hemos de esforzarnos para que la mediocridad no se vaya adueñando de nosotros con el paso
del tiempo. El apocamiento de ánimo es una sombra que, con el desgaste del transcurrir de la vida,
puede acabar por manejarnos con sutileza, y lograr nuestra sumisión, sedando poco a poco nuestras
esperanzas e ilusiones hasta hacernos casi subhumanos.
Además, no debemos olvidar que difícilmente alcanzaremos una meta más elevada que la que nos
hayamos propuesto. Hemos de ser capaces de observar en nuestra vida esos brillos que nos arrancan
de la mediocridad, de la rutina, de la monotonía. Descubrir luces en lo que a primera vista se
manifiesta opaco.
La grandeza de ánimo también requiere un poco de estilo. Hemos de evitar lo mediocre y lo
mezquino, más que condenarlo altivamente. Porque —como decía Jean Guitton— cuando la grandeza
de ánimo se alía a la altivez suele quedarse solo en altivez, que es un horrible defecto. Cuando la
grandeza se expresa sin rebajar a nadie, sin sobreelevarse a sí misma, entonces es una
magnanimidad noble y con clase.
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Proyecto Personal Sesión ¿Hacia dónde dirigir mis pasos? Nota Técnica 2
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El mundo en mis manos
Manolo estaba sentado en su coche, eran las tres de la madrugada y acababa de romper con su
novia. Mejor dicho, Mamen había decidido romper. Llevaba más de una hora metido en el coche, sin
moverse del lugar donde había dejado a Mamen. ¿Que estaba pasando? No lograba entender cómo
las cosas se desmoronaban...
Manolo era de Albacete, su familia tenía dinero y siempre financió lo que necesitaban los chicos. Se
vino a estudiar a Madrid porque quería hacer medicina, en una universidad privada; las notas no
habían sido muy altas. No le gustaban los negocios de su padre, todo el día metido en la empresa,
siempre pensando en que algún día llegaría alguna crisis, él quería algo distinto. Se vino a Madrid y
convenció a su novia de que dejara su carrera —era un año mayor que él— para que se fueran a
estudiar a Madrid juntos. Mamen dejó una carrera que no le gustaba mucho, pero en la que no tenía
ningún suspenso.
La vida de Madrid era impresionante: la ciudad, la gente, las fiestas... Pero al poco de llegar a la
universidad sentía un vacío. Después de unos días de analizar la situación con calma se dio cuenta de
que Fisioterapia no era lo suyo. Le fastidiaba reconocerlo, pero eso no era lo suyo, qué le iba a hacer.
Con un poco de fastidio llamó a su padre y le dijo lo que pensaba: "Papá creo que lo mío es seguir tus
pasos en el negocio". A Manolo padre se le iluminó el rostro, por fin se había dado cuenta de que eran
idénticos y de que la empresa familiar era lo suyo. Pero no todo estaba claro, al acabar en junio, las
matemáticas de Económicas se volvieron insoportables y decidió cambiarse a ADE.
El siguiente año decidió que lo mejor era vivir en un piso, que un colegio mayor no era lo que
necesitaba, porque allí había que tener un horario, la vida colegial era un rollo, él prefería pasar más
tiempo con su novia y menos con aquella panda de intelectuales. Logró convencer a un amigo que
tenía en el colegio mayor para irse a vivir a un piso. Pedro era un tío muy bueno, servicial, le gustaba
vivir bien también, pero no se podía dar los lujos que algunas veces se daba Manolo. Bueno, Manolo
no se daba muchos lujos, pero cuando necesitaba algo, llamaba a mamá y... mamá venía a darle a su
hijo lo que necesitaba, ropa, comida, cariñitos.
Mamen empezó a ver cosas que no le gustaban. Ella decidió pasar una parte de sus vacaciones en
una ONG, le dijo a Manolo que si iba con ella, pero él puso excusas raras, de aprovechar el tiempo
para ampliar conocimientos, inglés... pero todo quedaba en agua de borrajas. Manolo era atento con
su novia, amigos, si les faltaba algo o era su cumpleaños siempre se acordaba de ellos. Pero lo de la
ONG le parecía algo exagerado.
La carrera pasó sin pena ni gloria, las asignaturas se iban aprobando pero ni la universidad, ni el
mundo de la empresa fueron objeto de su atención. Su compañero de piso lo dejó en tercero de
carrera, la vida con Manolo era fácil, pero él esperaba siempre correspondencia en todo y Pedro no
podía llegar a los mismos niveles de atención que tenía Manolo. Las discusiones se hicieron agrias y
decidió seguir su camino.
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Proyecto Personal Sesión Libertad y responsabilidad Caso
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Al acabar la carrera entró a trabajar en la empresa de su padre, Manolo pensó que su padre le
pondría un despacho para él solo, que llevaría la cuenta de algunos de sus mejores clientes. Pero la
realidad fue un poco distinta, su padre era un hombre que se hizo a sí mismo, por lo tanto empezaría
desde abajo, para que supiera lo que era de verdad trabajar. Eso no le gustó a Manolo, aguantó poco
tiempo. Un día se acercó a su padre y le dijo que quería un cambio en su situación, él no había hecho
el sacrificio de hacer esa carrera para estar ahora de comercial. Su padre le dijo que tenía dos
caminos: aguantar como lo hizo él o irse a la calle. Manolo no lo dudó, podría encontrar trabajo en
otro sitio. Encontró trabajo de manera rápida, tiró de simpatía, hinchó un poco el curriculum y entró
en banca financiera. El trabajo le gustaba, pero al final siempre le pasaba lo mismo, no era feliz,
terminaba trampeando, y lo echaron a la calle.
Ahora estaba solo en el coche. Mamen, al enterarse de la noticia, le dijo que era tonto, que era una
cuestión de esperar y hacerse sitio con el paso de tiempo. Se comportaba como un niño caprichoso y
eso a ella no le gustaba. Manolo se enfadó y le respondió diciendo que, gracias a él, ella tenía muchos
caprichos también. Esto terminó de enfurecer a Mamen, siempre la misma historia, si no se respondía
al señor de la misma forma, eras un egoísta. "Eso se acabó también, Mamen me ha dejado" pensaba
Manolo, ahora estaba solo, sin trabajo y con su familia enfadada con él. No comprendía por qué todo
el mundo estaba en contra suya. Todo sería cuestión de esperar y las cosas cambiarían, algunos
regalos, llamadas y todo volvería a la normalidad.
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Proyecto Personal Sesión Libertad y responsabilidad Caso
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Libertad
Concepto de libertad
“Libre no es el que manda, sino el que obedece las leyes”. Quizás esta afirmación de Epicteto, filósofo
griego, que vivió en el primer siglo d. C., nos pueda parecer hoy exagerada e imposible de proponer.
Hoy la idea de libertad que tenemos es totalmente diferente, muchas veces confusa y muy lejana a
esta interpretación de Epicteto: la libertad, dicen unos, es una facultad a la que todo hombre tiene
derecho y que le permite hacer lo que quiera; sí, pero otros argumentan que no debe limitar la
libertad ajena. A todo esto se puede añadir un tercer grupo que dice que la libertad es seguir los
propios instintos, abandonar todas las reglas, porque tanto las leyes como las normas son una especie
de prisión.
¿De dónde nace esta confusión y cómo se puede demostrar que es contrario al interés del hombre,
como persona, ceder a este tipo de reduccionismo del concepto de libertad? La confusión se basa en
entender la libertad sobre todo como un fin en sí misma, incluso el fin último del hombre. La libertad
es un medio, no un fin, y de ninguna manera puede serlo. Y ¿por qué? Para demostrarlo empecemos
por examinar cómo se ejercita la libertad: se ejercita en el acto de una elección. Frente a una
encrucijada, mi libertad me permite la elección sobre cuál de los dos caminos decidir, y también la
posibilidad de no tomar ninguno de los dos. En este momento, no elegir ningún camino es ya en sí
mismo una elección. Por lo tanto, aplico mi libertad en el acto de la elección. Si la libertad fuese el fin
último, yo conseguiría ese fin independientemente de la elección tomada y cumplida.
El hecho de estar en condiciones de poder elegir, de no estar obligado por nada ni nadie, llevaría a
entender la libertad como el fin último del hombre. Esta posición resulta absurda, ya que cualquier
posición que uno tomase frente a cualquier encrucijada sería en sí misma lícita, e incluso deseable. Si
esta opinión fuese verdadera, las peores infamias que la historia de la humanidad ha conocido serían
perfectamente legítimas, desde el terrorismo hasta el nazismo, del homicidio al secuestro y a la
violencia. Si, de hecho, el sólo acto de elección constituyese el fin último del hombre, para conseguir
tal fin a la persona sólo le bastaría con satisfacer y conseguir una elección cualquiera. Sería entonces
imposible juzgar el contenido de cualquier elección y, en base a esto, definir si la elección es buena o
mala, ya que el solo hecho de elegir sería un bien en sí mismo. Por lo tanto, es fácil concluir que la
libertad no es en sí misma un bien, ni el bien último, en tanto en cuanto existen otros valores —la
vida humana o la justicia— que resultan superiores. Existen valores universales que deben
necesariamente condicionar la libertad de elección, impidiendo la opción de realizar actos como, por
ejemplo, el homicidio, que contradice estos valores.
La libertad es, pues, un instrumento que se dirige al bien, que no se encuentra en el acto mismo de la
elección, sino en el contenido de ésta, donde reside el bien o el mal. Así se concluye que la libertad no
puede ser incondicional, que debe estar delimitada por los valores universales, que determinan de
forma inequívoca el bien y el mal. Así llegamos a la conclusión de que la libertad no es la posibilidad
de elegir indiferentemente entre varias posibilidades sino la facultad de juzgar la elección con miras a
un fin, la felicidad del hombre, que coincide con la plena realización de la persona humana.
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Proyecto Personal Sesión Libertad y responsabilidad Nota Técnica
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Hemos visto cómo la libertad no opta nunca por el mal reconociéndolo como tal. La libertad es más
bien la elección de aquello que en el instante de la elección parece un bien mayor, incluso si esta
opción es equivocada. De hecho se dice: «no se elige nunca equivocarse, pero cualquier persona se
puede equivocar cuando hace una elección». Para no equivocarse, se necesita conocer.
No es justificable sentirse menos libre porque he confiado en alguien que me puede guiar rápida y
eficazmente hacia mi meta.
Para conducir a la voluntad a la elección correcta y justa, la inteligencia tiene que conocer la Verdad,
ya que, cuanto menos conoce, más fácil le resultará equivocarse y, por lo tanto, más difícil cumplir la
elección tomada, lo que nos aleja de la felicidad. Aquí puede muy bien aplicarse la frase: “la verdad os
hará libres”.
Las leyes son un instrumento que ayuda a la inteligencia. La libertad cultivada, elaborada, se obtiene
mediante la ley, sometiéndose a una guía que ha sido estudiada no para crear esclavos, sino para
ayudar a los hombres a ser todavía más libres.
La libertad no viene sola: a ella está inseparablemente ligada la responsabilidad. No existe libertad sin
responsabilidad. ¿Qué quiere decir esta frase? Hemos visto que ser libre significa elegir la felicidad, es
decir, la realización plena de la persona humana. Entonces, quien elige algo, elimina a su vez otras
posibles elecciones. Renuncio a algo porque elijo lo otro: he cumplido una acción: seccionar en
parcelas una realidad y escoger una y solo una parcela. Por lo tanto, soy el autor de esta elección y
esta realidad que he seleccionado y elegido la he transformado en totalmente mía, por ello soy
también responsable de ella.
Esto conlleva que, si una elección mía implica consecuencias también para otras personas, tendré que
rendirles cuentas a ellas sobre mi elección. Así debería ser en todas las circunstancias de la vida:
libertad y responsabilidad son un binomio indivisible e inseparable. De aquí la grandeza del ser
humano que se erige sobre el mundo animal, porque tiene el don de ser responsable de sus acciones,
de las cuales es el único autor. Parece que hoy en día nadie es capaz de asumir la responsabilidad de
sus acciones por las consecuencias que derivan de ellas: se pretende tener siempre una vía de
escape. Se inventan coartadas y excusas: la culpa es del ambiente, de la escuela, del Estado que no
organiza, la culpa es de la sociedad y de las manipulaciones de la cultura dominante, etc.
Encontramos, por lo general, que, en la juventud, la libertad y la responsabilidad muchas veces no
constituyen este binomio inseparable, es más, parecen dos términos totalmente antagónicos y
contradictorios.
Existe una cierta sociología que no sólo justifica, sino que incluso favorece abiertamente esta actitud,
ya que sostiene que en la adolescencia cada deseo ha de ser experimentado, que se ha de probar
todo. Esta opinión resulta curiosa. Por ejemplo, se podría permitir a los hijos beber amoníaco, o jugar
con enchufes. Por eso, como dice Epicteto, podemos afirmar que es verdaderamente libre el que
obedece las leyes: pero… se trataría entonces de entender lo siguiente: ¿de qué leyes estamos
hablando?
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Proyecto Personal Sesión Libertad y responsabilidad Nota Técnica
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La libertad como superación de obstáculos internos y externos
Libertad como superación de limitaciones
El concepto de libertad es amplio y complejo. Lo que nos interesa es la reflexión sobre la libertad
entendida como liberación —la superación de obstáculos internos y externos—, y como conquista
personal.
El hombre debe saber superar todo lo que le impide conseguir una mayor plenitud humana, conseguir
su propia realización. Desde esta perspectiva, los problemas de libertad son de interioridad, de riqueza
interior. Se le debe liberar de todo lo que le impida tener más dominio y autoridad sobre sí mismo
para poder desarrollar mejor los propios deberes personales y sociales. Cada persona descubrirá,
dentro de sí, limitaciones internas (o defectos) y presiones externas negativas.
Las limitaciones internas se pueden englobar en la expresión “no saber”: no saber estudiar, no saber
juzgar, etc. Otras se pueden incluir en la expresión “no tener”: no tener iniciativa, no tener buen
gusto. Y todavía otra expresión que sería “no ser”: no ser ordenado, no ser constante, etc.
Conocer las propias limitaciones es el primer paso para conseguir superarlas, aunque sea de forma
parcial. Aceptarse a uno mismo con estas limitaciones es una segunda etapa. Esforzarse por superar
las principales limitaciones constituiría la tercera etapa. La lucha personal es fundamental para la
superación de las propias limitaciones y, en consecuencia, para el desarrollo de la propia libertad.
Existen también unas capacidades escondidas, aletargadas y adormecidas; son potencialidades que se
ignoran, hasta que un día afloran, debido a nuevas responsabilidades en el trabajo, o sociales, o por
efecto del proceso educativo. Educar es suscitar ocasiones para hacer actuales estas capacidades.
Es necesario también superar los obstáculos ambientales, que condicionan a cada persona, y cuyos
efectos varían según circunstancias de tipo familiar, profesional, social o espiritual. A modo de
ejemplo, algunos posibles obstáculos externos: una incorrecta información sobre argumentos
importantes, falta de medios de formación o de perfeccionamiento, falta de autonomía en el campo
laboral y en las estructuras sociales, presiones del ambiente, que pueden proceder de las estrategias
publicitarias, que inducen a aumentar el consumo y no a mejorarlo, presiones de la moda, etc.
El conocimiento de estas limitaciones constituye la primera etapa del proceso de superación. Es muy
útil conocerlas y advertirlas como carencias o como presiones. En el caso de las presiones se necesita
conocer su importancia, porque algunas de ellas pasan desapercibidas.
Existe una segunda etapa que consiste en aceptar estos condicionamientos como fronteras
provisionales de la zona de autonomía personal, para aprender a actuar prescindiendo de ellas.
La tercera etapa consiste en el esfuerzo personal por superar estas limitaciones externas mediante de
la adquisición de alguna virtud (por ejemplo: fortaleza, sobriedad, etc.) y de ciertas capacidades (por
ejemplo: juicio crítico, etc.). También se debe buscar el cambio en lo que obstaculiza el desarrollo de
la libertad propia y ajena. En particular, se deben mejorar, en lo que dependa de nuestra capacidad
de influencia y de responsabilidad, las condiciones de trabajo o de convivencia humana.
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Libertad como conquista personal
Desarrollar la propia libertad es fruto de una conquista personal que tendrá como resultado final
conseguir la madurez humana y, cuando se tiene fe, también la sobrenatural. El objetivo de la
madurez es, sin lugar a dudas, un objetivo-tendencia a largo plazo, no totalmente realizable. Para
intentar conseguirlo el esfuerzo se dirigirá a diferentes objetivos intermedios y concretos.
Frente a los obstáculos ambientales será necesario ver lo que se puede hacer, sin conformismos,
convencidos de que siempre podemos influir modificando los factores contrarios al desarrollo de la
libertad propia y ajena. Contra las limitaciones internas se tendrá que tener confianza en nuestros
puntos fuertes, de manera exigente.
Antes de tomar una decisión, se necesita disponer de información lo más exacta y completa posible.
Una información excesiva y confusa puede ser tanto o más peligrosa para la buena elección que una
información insuficiente.
La libertad se ejercita en la decisión. Lo que va a desarrollar la libertad personal es la reflexión antes
que la decisión, en relación con determinados objetivos, y la responsabilidad con la que aceptamos las
consecuencias.
Hay que tener en cuenta que, en la decisión, los objetivos dan un especial significado a cada una de
las alternativas entre las que se puede elegir.
El desarrollo de la libertad en los diversos ámbitos
La libertad humana se desarrolla en diferentes ámbitos. Uno de ellos es el trabajo y las relaciones
humanas.
La libertad y la responsabilidad se conquistan y reconquistan en el trabajo desarrollado con
competencia profesional y espíritu de servicio.
Lo mismo sucede en las relaciones sociales desarrolladas de modo correcto, es decir, cuando la
preocupación por el otro es sincera. De hecho, si se utiliza a las personas como instrumentos para
resolver problemas personales, se lesiona su libertad y no se favorece el desarrollo de la propia
libertad. Trabajo y relaciones humanas, actividad profesional y aficiones, familia y amigos, todo esto
puede constituir un ámbito de libertad de evidente importancia.
Del mismo modo que en el ámbito externo se procede de una manera u otra, en el ámbito de la
intimidad personal también se procede de una manera u otra. La libertad interior evoluciona en el
tiempo, gradualmente, pasando del rechazo a priori a la conquista de la autonomía, que permite vivir
de forma responsable. El rechazo a priori en un joven es una fase o condición necesaria, pero
transitoria, y que se supera.
En su intimidad, cada persona va poco a poco descubriéndose, transformándose siempre más en sí
misma. Si realiza con criterio y sensatez este trabajo, asume entonces su propia identidad real, en el
cumplimiento del propio deber, incluso si falta la posibilidad de elección.
Es una libertad que exige más empeño, porque depende menos de los estímulos de las diferentes
alternativas. En su intimidad el hombre va descubriendo el significado de la vida y ejercita la libertad
en otro ámbito: el del fin de nuestra vida. A través de esta búsqueda, el hombre puede darse cuenta
de que está llamado a ser generoso y a estar disponible. Con la superación del egoísmo, y mediante la
generosidad, el hombre llega a entender en qué consiste la “libertad para”, la libertad vivida en la
acción y la reflexión, en el conocimiento y el amor. Por tanto, el desarrollo de la libertad es una
conquista personal.
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Autenticidad
Lo auténtico tiene que ver con lo verdadero, lo genuino, lo certificable. Se opone a lo auténtico lo que
no es sino una copia; quizá a efectos prácticos un sucedáneo, pero, en el fondo, algo falso.
Aplicado a las personas, auténtico es quien se comporta según lo que es y debe ser. Dejemos aparte
el falso sentido de lo "auténtico" como meramente espontáneo. Según el diccionario, es auténtico el
honrado, fiel a sus orígenes y convicciones; fiel, se entiende, en la vida de cada día; de modo que su
vida tenga sentido, dé frutos, sea útil. La autenticidad tiene que ver con la verdad y con el bien.
"Inauténtico" se puede ser por una insuficiente reflexión, por un déficit de racionalidad. Para ser
auténtico es necesario que uno sea libre interiormente y consecuente consigo mismo. Si pensamos
que tenemos lo mejor, lo lógico será darlo a los demás, para que disfruten de nuestra alegría.
Hay que resaltar que el amor tiene que “salir del pensamiento”: de la idea ilusoria de que uno es
bueno porque no mata, ni roba, etc.; o del espejismo de que se es suficientemente bueno porque se
realiza un cierto número de tareas a favor de los parientes, amigos y conocidos.
La autenticidad del amor pide llegar a todos, comenzando lógicamente por los que están más cerca:
no excluir a nadie, ni siquiera a los enemigos. Se dice que el mayor desamor es la indiferencia. No
basta estar “convencido” de que el amor es lo importante, sino que hay que servir realmente a los
demás.
“Inauténtico” se puede ser también por falta de experiencia, tanto en el sentido de tener experiencia
como en el de “hacer experiencia” de algo. A quien no ha encontrado amor (en sus padres,
educadores, etc.) o a quien no ha amado nunca de verdad, no se le puede pedir autenticidad en el
amor hasta que encuentre una (verdadera) oportunidad de amar, que a nadie falta en la vida. Si no
se ha experimentado el amor como entrega, no cabe autenticidad. “Inauténtico” se puede ser, en fin,
si se rehúye a los demás. Si uno no se interesa por lo que les pasa, por sus costumbres y tradiciones,
por lo que les alegra o les apena, por lo que necesitan.
Dicho brevemente, se es auténtico si se vive aquello que se proclama. Y para ello, lo primero es
pensar adecuadamente (lo que requiere un tiempo de reflexión y aprendizaje). Y lo segundo, procurar
vivir en coherencia con lo que se piensa, sin darlo por supuesto. Bien se dice que, cuando uno no vive
como piensa, acaba pensando como vive; es decir, adecuando su pensamiento (de modo
inconsciente) a su vida real, pero irreflexiva. Y entonces se engaña miserablemente a sí mismo y hace
sufrir inútilmente a los demás.
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Son exigencias del trabajo
Olga tiene 26 años y una buena carrera profesional. Se graduó joven en marketing y, tras un máster
de un año, la contrataron enseguida en una multinacional. Hace cuatro años que sale con Jorge, de
28 años, que es abogado y trabaja en un bufete.
Su relación es muy buena, nunca discuten y se lo pasan en grande, tienen muchos amigos y una
buena posición económica, ya que ambos viven todavía en casa de sus padres. Todavía no hablan de
fecha de boda pero ya empiezan a pensar en ello. Un día, hablando de cómo se organizarían, ambos
lo tienen muy claro:
—Como los dos trabajaremos fuera, los dos tendremos que trabajar dentro. Somos igualmente
capaces de atender las tareas domésticas, hacer la compra o la comida o atender a los niños el día
que los tengamos. Lo mejor es hacer un reparto de tareas al 50% —ha dicho Olga.
—Y cada cual se las tendrá que apañar por su cuenta cuando tenga un viaje o una reunión de trabajo.
Cada uno tendrá que asumir sus responsabilidades hasta el final —ha añadido Jorge.
Olga tiene un buen ambiente de compañeros de trabajo. En su departamento de marketing son 20
personas, todos bastante jóvenes: desayunan juntos y comen juntos, en el poco tiempo de que
disponen.
El trabajo es muy competitivo y, a menudo, Olga se siente entre la espada y la pared y tiene sus
dudas:
—¿Qué debo hacer —se pregunta a sí misma— ayudar a mis compañeros o ir a lo mío?
El jefe a menudo les mete mucha presión y ayudar a los demás puede ir en detrimento de su propio
futuro profesional. En general, suelen trabajar en equipo… bueno, siempre hay “trepas” que no
quieren ayudar, para “subir” sólo ellos, pero, en general, el ambiente es de colaboración. Tantas horas
juntos hace que haya bastante intimidad entre todos, se conocen sus vidas, sus problemas… es difícil
separar lo personal de lo laboral.
También hay veces que Olga ha dudado de si debía hacer ciertas cosas que le han mandado de
“arriba”, en las que tenía que decir “pequeñas mentiras piadosas” (así las llama su jefe) para cerrar tal
o cual negocio. Olga se tranquiliza a sí misma:
—No soy quién para poner en entredicho un mandato de mi jefe y, además, es la única manera de
que vayan saliendo los pequeños trabajillos y conseguir escalar profesionalmente, sino me quedaré
para siempre estancada.
Sin embargo, en el fondo no está tranquila y se pregunta a sí misma si todo vale, o por lo menos
algunas cosas, con tal de conservar el puesto.
Olga tiene últimamente muchas comidas y cenas de trabajo. Jorge está molesto, pues no entiende
que con todas las horas que trabaja tenga que dedicar además parte de su teórico tiempo libre a
compromisos profesionales. Esta semana llevaba dos noches teniendo que salir a cenar con unos
clientes que habían venido del extranjero y ayer se descolgó con el siguiente anuncio:
—Jorge, el viernes no podremos salir juntos, tengo la cena de Navidad de la empresa y vamos a ir
todos los compañeros a cenar a un restaurante y luego a tomar unas copas.
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Ha sido la gota que ha colmado el vaso, Jorge ha saltado sin pensarlo dos veces:
—Parece que tu novio es la empresa en vez de yo, no lo entiendo. Pasas más tiempo con tus
compañeros de trabajo que conmigo. Además, ¿qué tiene que ver una cena de Navidad que os
organizáis vosotros con la empresa? Eso no es algo propiamente del trabajo.
— ¿No me dirás que estás celoso? ¿O es que ahora vas de anticuado? Mira Jorge, son exigencias del
trabajo. Todos van, y si no vas te señalan y te ponen una cruz... y, a partir de ahí, tú eres la rara. No
me puedo permitir ese lujo, ya que me interesa, por mis aspiraciones profesionales, estar a bien con
todos... nunca se sabe lo que puedes necesitar de ellos.
Jorge sigue sin estar de acuerdo, pero a fin de que haya paz entre ellos, se calla.
Han pasado tres meses de aquello, y ahora la situación es la inversa: el despacho de abogados de
Jorge tiene varios casos fuera de la ciudad y tiene que viajar dos días por semana, acompañado de
otros abogados, entre los cuales hay alguna mujer, según bien sabe Olga, ya que Jorge se lo cuenta
con toda tranquilidad.
Pero Olga también ha tenido su gota que colmó el vaso. La semana pasada Jorge le anunció que ese
fin de semana no estaría en la ciudad. Los dueños del despacho habían contratado un curso
estupendo de Coaching, de dos días, sábado y domingo, en un Parador, donde tratarían de técnicas
para mejorar personal y profesionalmente. Era «una suerte y una ocasión única», le dijo Jorge, y
además iban todos.
El domingo, de vuelta, como todavía eran las siete de la tarde, Jorge llamó a Olga para verse un rato.
—Lo hemos pasado fenomenal y además hemos aprendido un montón. En total éramos 12 chicos y 8
chicas, además de los que estamos ya fijos en el despacho han venido los becarios de este año. Mira
este es el folleto de todo lo que hemos hecho —le dijo Jorge a Olga.
Olga cogió el folleto y leyó: “Desarrollo y entrenamiento de habilidades sociales y profesionales.
Crecimiento personal y profesional. Mejora de las relaciones. Gestión de las emociones. Saber
enfrentar los miedos. Superar la inseguridad...” y, dejando de leer, le preguntó a Jorge:
—¿Y cómo se ha desarrollado el curso? ¿Eran conferencias?
—Había de todo: conferencias, algunas con presentaciones de Power Point, casos prácticos que
teníamos que solucionar y talleres —dijo Jorge.
—¿Talleres de qué? —preguntó Olga.
—Talleres prácticos donde compartíamos experiencias de sentimientos, situaciones agradables y
desagradables que habíamos pasado en nuestras vidas... en fin, lo que es conocerse más a fondo.
Había un ejercicio curioso: nos tapaban los ojos y, por el tacto, teníamos que descubrir quién era
nuestra pareja. Claro a los que nos tocó chica nos fue más fácil... —le contó Jorge.
Olga está indignada imaginándose la escena, pero no quiere decir nada para no quedar de retrógrada,
“¿O es que quizá no sea tan moderna como yo creo?”, se pregunta a sí misma. Ella que siempre ha
defendido “las exigencias del trabajo”...
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Trabajo y familia
Naturaleza y finalidad del trabajo
El trabajo es un bien para el hombre, es un derecho de la persona: son afirmaciones que no admiten
duda. Podemos definirlo como una actividad productiva realizada de modo personal por seres
humanos. Pero fundamentalmente es una actividad enriquecedora, en dos vertientes: ayuda a nuestro
desarrollo y enriquecimiento como personas y, a la vez, supone un servicio a los demás y, en general,
a la sociedad.
Afirma Kierkegaard con palabras claras y llanas: «La perfección consiste en trabajar. No es como
suele exponerse de la manera más mezquina, que es una dura necesidad eso de tener que trabajar
para vivir; de ninguna manera, es precisamente una perfección eso de no ser toda la vida un niño,
siempre a la zaga de los padres que tienen cuidado de uno, tanto mientras viven como después de
muertos. La dura necesidad —que, sin embargo, cabalmente refrenda lo perfecto en el hombre— se
hace precisa solo para obligar, a quien no quiere reconocerlo por las buenas, a que comprenda que el
trabajo es una perfección y no sea recalcitrante en no ir alegre al trabajo. Por eso, aunque no se diese
la así llamada dura necesidad, sería con todo una imperfección el que un hombre dejase de trabajar» 1
Trabajo y persona
Si ahondamos en cómo puede contribuir el trabajo a nuestro desarrollo como personas, tenemos que
partir de una primera premisa: ¿qué es un trabajo humano? ¿Qué requiere un trabajo para ser
humano?
Cualquier trabajo, por el mero hecho de ser realizado por hombres, no adquiere la categoría de
humano. Para adquirir esta categoría tiene que cumplir una serie de requisitos: en primer lugar, que
se realice con libertad. En efecto, nadie que realice un trabajo en contra de su voluntad realiza un
trabajo humano. En segundo lugar, tiene que respetar la naturaleza humana y no denigrarla. En
tercer lugar, tiene que ser ético: que sea bueno en sí mismo. En cuarto lugar, el trabajo tiene que
ocupar el lugar que merece, sin anteponerlo a valores superiores (persona, familia, amistad…).
Si ahondamos un poco en el tercer punto, es evidente que el hombre tiene una ética que debe
acompañarle en todas las facetas de su vida y una de ellas es la faceta profesional. Es evidente que
no todo está permitido, ni todo se puede admitir, con tal de conseguir o conservar un puesto de
trabajo o de escalar profesionalmente una vez conseguido. El hombre tiene que ser leal y valiente con
sus principios, aunque a veces pueda sufrir algún perjuicio por esta defensa.
Pero podríamos ahondar más: ¿qué requiere un trabajo para ser gratificante? Podríamos señalar
muchos puntos: que no sea sólo un medio de ganar dinero, aunque indudablemente tiene que
reportar un beneficio económico con el que atender nuestras necesidades básicas; que contribuya a
sentirnos útiles y que proporcione cierta satisfacción, colaborando a la autoestima personal; que
permita asumir responsabilidades y retos; que contribuya al desarrollo de la propia personalidad,
aumentando los conocimientos; que deje tiempo para desarrollar otras facetas de la persona: familia,
amigos, aficiones, ...
1
KIERKEGAARD, Søren. “Los lirios del campo y las aves del cielo”, Guadarrama, Madrid 1963, p. 88
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Pero lo que hace que un trabajo sea realmente humano no es el trabajo en sí, sino las actitudes
personales hacia el trabajo, y esto depende de nosotros: trabajo bien hecho, con la mayor perfección
posible y con espíritu de servicio. Como dice Tomás Melendo: “Trabajar por amor es amar en plenitud,
amar dos veces… y aumentar por todo ello la propia valía y la consiguiente felicidad” 2.
En efecto, el trabajo que se hace como servicio a los demás, con alegría y con toda la perfección de la
que somos capaces, enaltece a la persona y adquiere su pleno sentido. Este tipo de trabajo se opone
al individualismo y a la lucha competitiva. Tanto influyen estas actitudes personales que, cuando son
favorables, pueden suplir y mejorar deficiencias del trabajo en sí.
Hay diferentes actitudes frente al trabajo y diferentes maneras de considerarlo:
El trabajo-rendimiento: cuando se piensa que el valor del trabajo consiste únicamente en el resultado,
se están reduciendo a una sola dimensión todos los valores que el trabajo tiene en sí mismo.
El trabajo-mercancía: En este modelo el valor del trabajo consiste exclusivamente en los bienes que
gracias al trabajo mismo se obtienen. Por sí mismo, el trabajo no tendría ningún valor. El trabajo vale
únicamente como una mercancía lista para el intercambio con otros bienes de consumo.
Trabajo-éxito para la autoafirmación: también en este modelo el trabajo está considerado como una
mercancía, pero menos materializable, más abstracta y elevada. Aquí lo que importa es el
protagonismo, la diferenciación entre el resto de los compañeros en la larga y pesada marcha hacia la
conquista de la vida. El trabajo es el medio más importante para autoafirmarse, para ser alguien, para
obtener una cierta relevancia social. Importa mucho más el aspecto cuantitativo que el cualitativo.
Dos últimos modelos serían los más acordes con la finalidad del trabajo y con la dignidad humana:
El trabajo-servicio: lo importante no es este u otro trabajo con más o menos éxito, sino el servicio que
se genera a la sociedad a través de cualquiera de ellos. Servir es algo similar a estar disponible y a
contribuir a hacer que los demás se sientan felices. Realizarse tiene la misma importancia que
contribuir a la realización de los otros. De otra forma la autorrealización sería un triste modelo de
repliegue sobre uno mismo. Cuando el trabajo se entiende como servicio, por él se consigue
muchísimo, independientemente del rendimiento.
El trabajo-autoperfección: en este modelo se subraya el carácter auto-perfectivo que se produce en la
persona mediante el trabajo. En la medida en que el hombre se perfecciona, se auto-posee más y se
conoce mejor. Gracias a la auto-posesión se es más válido, se está más disponible, y uno puede
comprometerse con mayor libertad. Cuanto mayor es este auto-perfeccionamiento, con tanta mayor
facilidad y eficacia se sirve a los demás. Este modelo es una prolongación del modelo precedente: el
que trabaja se siente empujado a mejorar personalmente, ya que, con su perfeccionamiento personal,
contribuye inequívocamente a la felicidad de los otros.
2
MELENDO, Tomás. Artículo “Familia, empresa, trabajo”
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Igualdad y diferencias hombre-mujer
El ser humano, varón o mujer, es más que biología, es persona. Posee libertad y es capaz de actuar
de modo particular y de recibir el efecto de esos actos. Varón y mujer son personas humanas. La
persona humana tiene una corporeidad, pero su corporeidad no es algo accidental, la persona “es” su
cuerpo, y su cuerpo trasciende la dimensión biológica, pues es un cuerpo personal. De la misma
manera, la dimensión sexuada se comprende como dimensión de la persona humana en su integridad.
Varón y mujer son dos modos de “ser” persona humana. Cada persona lo es como varón o mujer. La
masculinidad y la feminidad se sustentan en la persona, y la modelan, desde lo más material hasta lo
más espiritual.
La afirmación de que el hombre es persona, “se aplica en la misma medida al varón y a la mujer,
porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal”3.
De todo esto se derivan dos afirmaciones: la primera, que varón y mujer son iguales en su naturaleza,
por lo que poseen la misma dignidad en cuanto al origen y el mismo fin como personas humanas. En
consecuencia, tienen los mismos derechos, y, más concretamente, el mismo derecho al trabajo; la
segunda, que la diversidad entre varón y mujer es un hecho, el sexo no es un mero atributo. La
condición sexuada de la persona aparece no como simple diversidad, sino como complementariedad,
que se asienta precisamente en su diferenciación. De aquí se deriva que varón y mujer tienen
diferentes necesidades, diferentes tareas, diferentes intereses laborales, sociales, familiares… y
diferentes modos de desarrollar el trabajo.
Hay tareas relacionadas con el ser que son exclusivas de cada sexo, concretamente, en el caso de la
mujer, la maternidad (concebir, gestar, alumbrar, amamantar). Esta tarea tiene unas características
especiales de inmediatez y necesidad, y le corresponde exclusivamente a la mujer el realizarla. Hay
otras tareas relacionadas con el hacer que son esporádicas o temporales (cuidado de los hijos, tareas
domésticas, trabajar o no fuera de casa…) y que pueden hacerlas indistintamente el hombre o la
mujer, incluso pueden ser intercambiables a lo largo de la vida.
Trabajo y familia
Familia y trabajo tienen el mismo fin: contribuir a la perfección personal y prestar un servicio a los
demás; en definitiva, responder a la finalidad última del ser humano: el amor. Tanto el trabajo como
la familia contribuyen a la propia realización, son maneras de desarrollarse personalmente sirviendo a
los demás y a la sociedad.
Si ambos tienen el mismo fin ¿cómo pueden entrar en pugna? Familia y trabajo no pueden ser dos
realidades que se interfieran negativamente, sino que se beneficien mutuamente. Es cuestión de
planteamiento. Hay que hablar de conciliación, como una labor que compete a muchas instancias. En
primer lugar a la persona, en segundo lugar al cónyuge y a los demás miembros de la familia, en
tercer lugar a las empresas y al Estado. Es necesario fomentar la conciliación y adaptar el mundo
laboral a las necesidades familiares.
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JUAN PABLO II, Mulieris dignitatem, 6, 15-VIII-1988; CEC. 2332
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En el caso de la mujer, para ser justos, el hombre y toda la sociedad tienen que reconocer el valor de
la maternidad como un bien social y atender a sus necesidades específicas, ayudándola a conciliar su
vida familiar y laboral. Y lo mismo cabría decir de la paternidad, a veces tan olvidada.
La mujer tiene que saber aprovechar esas cualidades que la hacen diferente y que sólo ella posee por
razón de su feminidad (intuición, sentido práctico, perseverancia, versatilidad cerebral, facilidad para
las relaciones sociales y para el trabajo en equipo, visión más humanista de la vida…), y que la
pueden hacer imprescindible para completar los modos de pensar y actuar de los hombres. Durante
años la mujer ha intentado incorporarse a la vida laboral como un hombre más, intentado imitarlo:
este ha sido el error, si la mujer no aporta nada distinto y además tiene limitaciones por razón de la
maternidad, las empresas acaban contratando solo hombres.
Conciliar es elegir en varios planos. En el plano personal: ¿Quién quiero ser? ¿Qué proyecto de vida
quiero tener? En el plano familiar: ¿Con quién elijo casarme? ¿Cuál es nuestro proyecto común? ¿Qué
tipo de familia quiero? En el plano social: ¿Dónde elijo vivir? ¿A qué distancia del resto de mi familia?
¿Y de mis amigos? En el plano laboral: ¿Qué tipo de trabajo elijo? ¿Qué tipo de empresa? Todos, al
elegir una profesión, y más concretamente nuestro puesto de trabajo, estamos eligiendo o aceptando
un determinado modo de vida.
Hay que saber muy bien qué queremos ser, y actuar conforme a ello. Cada persona tiene que diseñar
su propio proyecto, y ambos cónyuges deben compartirlo y defenderlo con valentía.
Elegir es aprender a priorizar, es saber distinguir lo importante de lo que no lo es; el orden correcto
de las cosas: persona, familia, trabajo; lo que me acerca a la felicidad de lo que me aleja. Tener muy
presente que éxito no es equivalente a prestigio social, que nada tiene que ver con el prestigio real,
profundo, humano, de una actividad profesional; y que este último prestigio supone una armonía de
todos los ámbitos.
Elegir es renunciar, una elección siempre supone prescindir de otras opciones por un bien mejor, que
es el elegido. Una vez hecha la elección es fundamental tener unidad de vida y, en la misma vida,
tener trabajo, familia y vida personal. Desarrollar la totalidad de la persona y desarrollar todos los
roles que hemos asumido, para conseguir ser personas equilibradas. La clave de la conciliación
familia-trabajo está en la armonía de todas las facetas. Es necesario mirar la realidad como es, no
como nos gustaría que fuera, esto es la madurez.
La conciliación requiere echar mano de recursos laborales como la flexibilidad en el tiempo (horarios
flexibles, empleos compartidos, reducción de jornada, excedencias…) y en el espacio (trabajo en casa,
video-conferencias…).
No menos importante es valorar la diversidad laboral: concebir distintas maneras de hacer las cosas,
distintas maneras de organizar el trabajo, en definitiva, adaptar los patrones laborales a la realidad
familiar y, especialmente, a la realidad femenina, con todo lo que conlleva.
En definitiva, no se trata de trabajar menos, sino de trabajar mejor: trabajar por objetivos, con
eficacia, gestionando un bien escaso como es el tiempo.
El trabajo dentro y fuera del hogar puede y debe contribuir a la compenetración matrimonial. El punto
de partida sería compartir un proyecto común de vida y tener acuerdos explícitos.
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El segundo paso, tener muy presente que las decisiones profesionales que afecten a la familia hay
que tomarlas entre ambos cónyuges y asumirlas como propias, sin olvidar que el hombre no está en
función del trabajo, sino éste en función del hombre.
El tercer paso sería el necesario reparto de tareas y responsabilidades domésticas entre todos los
miembros de la familia: organización y colaboración de todos, cónyuges e hijos, y recurso a ayudas
externas si fueran necesarias. Es necesario revalorizar el trabajo del hogar y reconocer la dignidad,
importancia y valor educativo que tiene. Dedicarse ambos a las tareas domésticas ayuda a la
compenetración matrimonial. Los hombres que se responsabilizan y colaboran en el hogar se vuelven
más maduros y ayudan a los hijos a sentirse más seguros, ya que estos captan que, para sus padres,
ellos son lo más importante, más que su trabajo profesional. Que ambos cónyuges puedan dedicarse
a la familia, al hogar y a los hijos es un privilegio que hay que descubrir y, como tal, una estupenda
oportunidad que no se le puede negar a nadie. Del mismo modo, la mujer que sabe renunciar a
trabajar fuera de casa el mismo tiempo que un hombre, o a un puesto de gran apariencia social, para
dedicarse más a la familia, se vuelve más madura, y colabora de forma eficaz a la paz y armonía en la
familia.
Trabajo y relaciones con los compañeros de trabajo
Si el trabajo es un medio de perfección y, a la vez, consiste en prestar un servicio a los demás, no
tendría ningún sentido que no pusiéramos en práctica con nuestros compañeros un compañerismo y
generosidad auténticos, en el sentido de ayudarles en lo laboral cuando tengan algún problema,
estando siempre alegres y disponibles, trabajando en equipo cuando sea necesario y hablando
siempre bien de los demás.
Nada más lejos de la finalidad del trabajo que intentar trepar profesionalmente a base de poner
zancadillas a nuestro alrededor, o de hablar mal de los demás, o simplemente de no ayudarles cuando
lo necesitan. Nada más lejos de un buen clima de trabajo que considerar las relaciones laborales como
relaciones de competitividad, donde cada uno es enemigo del otro y tiene que luchar exclusivamente
por su supervivencia.
En el otro extremo podemos destacar las situaciones en que las personas no saben distinguir el
ámbito profesional del personal o familiar, y mezclan la vida propia con la laboral. Esto es
especialmente difícil en personas casadas o con compromiso de casarse. Hoy en día las empresas
presentan, en ocasiones, un difícil marco de relaciones entre sexos. Es evidente que la convivencia
cada vez mayor de los dos sexos en el mundo laboral ha planteado nuevos problemas, que merecen,
por lo menos, ser tenidos en cuenta, y de los que hay que ser conscientes.
Muchas veces son situaciones inevitables, pues pertenecen ciertamente al estricto ámbito laboral,
pero otras muchas exceden este ámbito. Es un tema importante que debe ser explícitamente hablado
y tratado entre novios sin ingenuidades, teniendo en cuenta el riesgo de infidelidades que en muchos
casos se da en ciertas situaciones laborales. Hay veces que en lo laboral se establecen hábitos porque
nadie dice lo contrario, pero en ocasiones conviene decir lo contrario y convencer a otros,
argumentándoles y dándoles razones de que esa determinada situación o conducta no son lo mejor.
Nos llevaríamos muchas sorpresas al descubrir que no somos los únicos en pensar de determinada
manera.
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El tiempo dirá
En plena fiesta Sara se acerca a su amiga Rosa, le da un codazo señalando hacia un chico y le dice:
—¡Rosa! ¡Mira quién ha llegado! ¿No te parece ideal? Es muy amigo de Luis. Venga, ven, que te lo
presento, igual surge algo… Con lo mona que eres tú, sería tonto si no le gustaras. Yo dentro de un
ratito tengo que ir a buscar a Luis, que se ha quedado estudiando en casa hasta tarde.
—¿De qué le conoce Luis?
—Fueron juntos a la universidad. Al acabar, empezaron a preparar oposiciones juntos en la misma
academia, pero Eduardo lo dejó porque empezó a trabajar en la empresa familiar. —¡Es súper guapo,
Sara! Y por lo que dices, tiene dinero ¿no?
—Sí, sí, se gana muy bien la vida.
Al cabo de un mes las dos amigas quedan para tomar un café. Rosa y Eduardo han quedado varias
veces y se lo han pasado muy bien: algún cine, de copas, cenas por la cuidad... Rosa se ha unido al
grupo de Eduardo; son todos muy divertidos y siempre llevan mucha juerga encima.
—Eduardo me ha comentado que se van a esquiar la semana que viene, ya que es fiesta, y me ha
invitado a unirme. ¿Por qué no os venís Luis y tú?
—Luis está bastante agobiado con las oposiciones y no puede perder una semana entera. Además
no solemos irnos de vacaciones juntos. No nos va. Planes en grupo los hacemos muy de vez en
cuando y nunca pasamos la noche juntos fuera de casa.
—¡Pero, tía! ¡Os tenéis que divertir un poco, ya tendréis ocasión de pasar tiempo solos y con
vuestras familias! Que si oposiciones, trabajo, familia… ¡parecéis una pareja casada! ¡Me recordáis a
mis padres!; Oye, cuando dices que no pasáis la noche juntos, ¿quieres decir que aún no os habéis
acostado? Si lleváis ya dos años saliendo y, por lo que dices, vais muy en serio.
—Ya, pero preferimos tener este tiempo para conocernos bien. Comprometerse con una persona el
resto de la vida no es ninguna tontería. Si la base es buena todo es mucho más fácil. Cada cosa a su
tiempo. Es ahora cuando tengo que decidir si Luis es la persona con la que quiero casarme... Y no
quiero tomar esa decisión en la cama... ya me entiendes. Cuando estemos casados ya tendremos
oportunidad de acostarnos. Ahí sí que tiene sentido. Mi madre me ha dicho que la sexualidad cambia
mucho a lo largo de la vida de un matrimonio y que influyen muchísimos factores: el momento del
ciclo en el que está la mujer, las preocupaciones, la edad, el carácter. Tengo alguna amiga que me
dice que tengo que probar a acostarme con él porque es algo súper importante y que si no
funcionamos en la cama, vamos a ser unos infelices de casados. Yo creo que la relación sexual gusta
a todo el mundo, y si me acostara con él ahora tampoco sería garantía de que, sexualmente
hablando, las cosas nos fueran a ir bien en el futuro. En cambio, me quedaría con la sensación de
haber anticipado algo que exige unirse para siempre.
—No sé, os entiendo, pero me parece exagerado. Si Eduardo me lo pidiese… ni me lo pensaría. ¡Con
lo guapo que es! Aunque tiene pinta de ser un poco tradicional; ya sabes, trabaja para su padre y
eso de estar en la empresa familiar le encanta. Yo, es que ni loca acabo trabajando para mis padres;
bueno tú ya me conoces, ellos que estén bien lejos y que no se metan en mis cosas. Pero Eduardo
está todo el día hablando de su familia… es un poco plasta. Me invitó a comer a casa de una de sus
hermanas el domingo pasado, ¡¡¡y ni somos novios!!!
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—Yo estoy un poco preocupada: últimamente, Luis, con tanto estudio, parece otro, ya casi ni
hablamos, cuando no estudia estamos en su casa o en la mía, con la familia; a él le encanta estar en
su casita y a mí me encanta hacer planes diferentes. A veces con gente y a veces solos. Yo noto que
a él eso de quedar con gente le da bastante perecilla y lo de salir de casa, ni te cuento. Y el
carácter... es una persona maravillosa, la verdad, pero noto que somos radicalmente distintos. ¡Yo
no puedo estar enfadada más de una hora, y a él se le queda el “run run” de los enfados durante
días!
Tía, pues no sé. ¡Lo estoy empezando a ver un poco negro, ¿eh?! ¡¡¡Con lo importante que es tener
el mismo carácter y los mismos gustos!!!
- Bueno, yo creo que ambas cosas son superables. Todos tenemos defectos, pero lo que tenemos
que pensar es si los defectos que tiene nuestro novio (el que en algún momento será nuestro
marido), son defectos que nosotras podemos sobrellevar con gracia. Fíjate que lo que yo no podría
soportar es que Luis fuera de esos que bebe más de la cuenta de vez en cuando, o que tontea un
poco con las chicas de vez en cuando, o que tratara a su familia con desprecio.
- Pues a mí que Eduardo beba no me importa lo más mínimo. A mí me gusta ponerme “contentilla”
de vez en cuando, así que eso no sería un defecto de los que tú llamas insuperables para mí.
Ese mismo día coinciden en el autobús Eduardo y Luis:
—¡Hombre! ¿Qué tal, Luis? ¿Cómo vas con las oposiciones?
—¡¡Hola!! Bien, bien, ahora mismo vengo de ver al preparador y está bastante esperanzado… ¡Dice
que me ve bien preparado y seguro de mí mismo! La verdad es que media oposición se la debo a
Sara; no sabes todo lo que me apoya y lo que me anima, sobre todo cuando me entran las dudas o
pequeños cansancios con algún tema más complicado. Aunque a veces me agobia un poco que lo
tenga todo tan claro. De vez en cuando se pone a hablar de cuando tengamos hijos. Dice que ella
quiere tener varios hijos, que los niños le parecen una bendición. Yo pienso en niños y solo me viene
a la cabeza lo mucho que cuesta mantenerlos y las preocupaciones que dan. ¡¡¡Me atrae tanto su
manera tan positiva de enfrentarse con la vida!!! A ver si quedamos un día. Yo no tengo muy claro
qué hacer con Sara. De esto no puedo hablar con mis amigos porque a ellos sólo les interesan las
risas y los rollitos de fin de semana, pero de vez en cuando yo necesito hablar en serio y tú eres de
esos amigos con los que se puede hablar.
Pues mira, la semana que viene puedo tomarme un descansito de un par de horas. Quedamos en el
bar irlandés que está debajo de mi casa.
La semana siguiente, en el bar, una de las cosas que Eduardo le dice a Luis, después de un par de
cervezas, es:
Voy a ver qué tal me va con Sara. Tengo una dificultad con el noviazgo. Veo que no me cuesta
mucho echarme novias, pero me cuesta mantenerlas. Como tengo dinero y soy guapete (perdona la
inmodestia) nunca sé hasta qué punto las chicas están conmigo por estos dos “factores” y hasta qué
punto están conmigo porque les gusto por mi forma de ser.
—Bueno, alguna ventaja teníamos que tener los que no somos tan guapos ni tenemos tanta pasta,
je, je.
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Vida afectiva
Afectividad
La afectividad es todo aquello que conforma la situación anímica interior, es el modo que tiene una
persona de sentir lo que sucede a su alrededor, de reaccionar ante un acontecimiento. Junto con la
inteligencia, la afectividad es una de las funciones primordiales del comportamiento humano. Es el
estado de ánimo en el cual nos encontramos ante un hecho concreto. Es una experiencia
exclusivamente personal e íntima. Pero en muchos casos necesita de los órganos para expresarse.
También hay otros aspectos del ser humano que son inmateriales pero necesitan de los órganos para
expresarse: por ejemplo, el concepto de lo que vemos (una mesa) es inmaterial, y sin embargo
utilizamos elementos materiales y recuerdos procedentes del sentido de la vista (impresiones en
nuestra retina) para formarlo. Por tanto la afectividad es algo subjetivo, porque cada persona, siente
y reacciona de forma personal, pero se refiere a la misma esencia del hombre.
Los sentimientos son el modo más común por el que se manifiesta la afectividad. Siempre aprueban o
rechazan algo, no son neutros. Y son los que tienen mayor permanencia.
La vida afectiva de cada uno es el resultado de la influencia cultural y educativa recibida y de las
decisiones personales de cada uno. No podemos llegar a tener un control directo y pleno sobre
nuestros sentimientos, pero sí un cierto gobierno de ellos gracias a nuestra inteligencia. Todos
tenemos la experiencia de ser abordados o absorbidos por nuestros sentimientos y emociones, que
aparecen espontáneamente, pero que, gracias a nuestra inteligencia y voluntad, somos capaces de
gobernar.
El autor Enrique Rojas, en su libro El amor inteligente, nos explica que educar la afectividad es
“enseñar a expresar los propios sentimientos buscando lograr una armonía de la personalidad”.
Amistad
De todos los sentimientos que experimenta el ser humano, el más grande es el amor 1, y constituye
uno de los lazos afectivos que nos hace salir de nosotros mismos para acercarnos al otro. Pero a lo
largo de la vida esos lazos de amor, en su mayoría, nos vienen dados: los padres, los hermanos, los
hijos. La relación que realmente elegimos nosotros son los amigos, el novio o novia y el marido o la
mujer.
Pero, ¿qué es la amistad? Es una modalidad de amor ¿Y el amor? Amar es dar y recibir. O, como dice
Pieper: “amar quiere decir aprobar". Que es lo mismo que ponerse ante la persona amada y decirle:
"es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo".
1
Como se explica en la nota técnica relativa al amor matrimonial, el amor no es solo sentimiento. Aunque aquí, por razones
expositivas, destaquemos en especial esta faceta, el sentimiento, siendo un elemento muy importante en el amor, no es lo
esencial ni conclusivo en él.
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Se trataría, no obstante, de concretar el significado de la amistad, destacando sus caracteres propios
como modalidad de amor. Es una relación entre dos personas. Como es obvio, cada persona puede
tener varios amigos, pero la amistad con cada uno de ellos será siempre diferente. Cada relación
amistosa será única. Es dar y recibir, pero no es una contraprestación, sino una disponibilidad franca
de ambas personas amigas.
"La amistad exige una colaboración vital, que resulta ser necesaria para el desarrollo de la persona y
de la personalidad del amigo", dice García Morente.
Para que el encuentro amistoso se realice son necesarios algunos intereses, aficiones, gustos... en
común. Esto no quiere decir que se dé una total coincidencia en el pensar, querer y sentir de ambos,
pues, para que la amistad se fortalezca, también es necesaria una cierta dosis de divergencia en los
gustos y hasta en la manera de pensar.
En la amistad, se acepta al otro como es —no por lo que hace, sino por lo que es—. Pero aceptarlo
como es no significa conformarse con lo que es ahora, sino quererle mejor. Es verdadero amigo quien
presta al otro la ayuda necesaria para que vaya mejorando en todo aquello en que deba hacerlo, pero
aceptando la realidad del otro en cada momento. Sin esta aceptación no se puede hablar de amistad
en la relación de dos personas.
En síntesis, la relación de amistad exige:
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•
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•
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Amor desinteresado.
Aceptación del otro como es.
Respeto a la intimidad del otro.
Ayudar, en lo necesario, para contribuir a la mejora personal en el otro.
Intercambio de bienes espirituales.
Algunas virtudes humanas; sinceridad, generosidad, lealtad...
Saber sacrificarse, saber renunciar a algunos gustos...
Noviazgo
Una forma especial de amistad es el amor que surge entre un hombre y una mujer, que tiene su inicio
con el enamoramiento, que luego suele derivar en otra modalidad de amor que es la relación de
noviazgo. Es una relación distinta en la que no solo se le quiere a él o a ella como persona (amistad),
sino también por su complementaria modalización sexual, por su feminidad o por su virilidad.
El noviazgo suele iniciarse porque ha habido un enamoramiento previo, junto con una atracción física.
Los novios piensan frecuentemente en la persona amada, a la que durante bastante tiempo tienen
idealizada. El enamoramiento que se vive en el noviazgo hace que veamos solamente las virtudes, y
además aumentadas, del otro, sin embargo hay que ser conscientes de que también hay defectos, y
ambas cosas son parte integral de su personalidad.
El tiempo del noviazgo tiene que ser un tiempo de diálogo en el que cada uno vaya dando a conocer
al otro cómo es en realidad, sin ocultamientos, sin buscar solo agradar o complacer. En este proceso
es normal que se descubran diferencias que pueden provocar desilusiones, pero que son esenciales
en la biografía del noviazgo, porque para esto está, para dialogar, conocer, descubrir si el otro es la
persona con la que se quiere compartir la vida entera.
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En el noviazgo hay que aprender a amar a la otra persona, para ello hay que aprender a escuchar, a
dialogar, a comprender que la otra persona es diferente y que, para conocerla bien, tiene que pasar
algún tiempo. La persona de la cual uno se ha enamorado debe convertirse en aquella persona con
quien compartimos todos nuestros pensamientos, deseos, formas de ser, ilusiones… para así poder
conocernos en profundidad; para descubrir si es la persona con la que queremos emprender una
nueva etapa y formar una vida conjunta.
Es importante, no solo vivir situaciones románticas propias de una pareja enamorada, sino además
provocar situaciones cotidianas, para mostrarnos como somos y descubrir al otro.
En el noviazgo tiene que existir fidelidad, porque durante el noviazgo se crea la base para el
matrimonio. Si de novios uno de los dos, o ambos, son infieles, seguramente en el matrimonio será
peor, eso si se llega a esa etapa. La fidelidad es una exigencia del amor auténtico. Nadie que quiera
de verdad está dispuesto a compartir su amor con otro.
El noviazgo no es el momento adecuado para tener relaciones sexuales. La relación sexual no es solo
igual a una expresión de cariño, afecto o deseo... Sino que es la expresión de nuestra capacidad de
amar, es la expresión de una donación completa, en la que no se entrega solo el cuerpo, sino a la
persona entera (con su pasado, su presente, su futuro, su personalidad, sus preocupaciones, sus
ideales…) y se recibe a la otra por completo.
La dignidad del cuerpo humano exige que no sea objeto de uso o intercambio. El sentido de la
sexualidad humana adquiere su plenitud cuando se entrega dentro del marco de un compromiso total
como es el matrimonio, y el compromiso está para aprender a quererse cada día, para siempre y en
exclusiva… Una donación corporal transitoria rebaja la dignidad de la persona.
El noviazgo, en el que la esfera biológica y la sentimental juegan un papel especial, debe estar
también regido por la inteligencia y la voluntad si se quiere vivir con detenimiento y con la pretensión
de que sea duradero. Un buen noviazgo permite, claro que sí, besos y abrazos hechos con cariño y
respeto, siempre que no se busque ni se provoque una excitación sexual o, si esta se produce, se
pongan los medios para apaciguarla, o para que la cosa no vaya a más, si lo último resulta imposible.
El noviazgo es un periodo de tiempo importante, para crear un proyecto de futuro, donde se descubre
si estamos de acuerdo con respecto a las prioridades en la vida, los valores, la educación de los
futuros hijos, el papel de la sexualidad, el trabajo y el dinero, la colaboración en las tareas
domésticas, las aficiones y amistades, el sentido último de nuestras propias vidas y tantas cosas más.
Esto se descubre no solo a través de la comunicación, sino también pasando mucho tiempo juntos,
viendo cómo es realmente el otro como persona, como hijo, como amigo, como colega de trabajo...
Tenemos que conocer el mundo del otro: su familia, sus amores, sus pasiones, sus ambiciones…
Si después de analizarlo seriamente se llega a la conclusión de que hay diferencias importantes,
diferencias en las que no se puede llegar a un acuerdo mutuo a través de la comunicación o
diferencias graves en la personalidad, se debe terminar la relación. No se puede iniciar una vida
matrimonial si en los aspectos importantes, como son los mencionados anteriormente, hay
desacuerdo, porque si no la convivencia y la consolidación del amor será muy difícil, por no decir,
imposible. Es un gravísimo error pensar que podemos cambiar al otro una vez casados, ello
significaría que vamos a tratar de imponerle nuestra manera de ver las cosas, nuestros valores o
nuestras manías, violentando su libertad. Además, implica que no se le ama por quien es él o ella,
sino por el ideal que queremos que sea.
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La inteligencia emocional
1. Introducción
El concepto de inteligencia emocional de Daniel Goleman es aplicable a todas las realidades. Goleman
entiende la inteligencia emocional como “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los
sentimientos de los demás, motivarnos y manejar adecuadamente las relaciones que sostenemos con
los demás y con nosotros mismos”. La capacidad de ejercer la inteligencia emocional se llama
competencia emocional que el autor define como “una capacidad adquirida, basada en la inteligencia
emocional que da lugar a un rendimiento laboral sobresaliente”.
Goleman divide las competencias emocionales en competencia personal y competencia social, y
concluye que las personas emocionalmente inteligentes:
 Son capaces de reconocer los propios sentimientos.
 Son capaces de reconocer los sentimientos de los demás.
 Son capaces de motivarse.
 Son capaces de “conducir adecuadamente las relaciones con uno mismo y con los demás”.
Por eso podemos decir que la inteligencia emocional nos habla de felicidad, una felicidad que
podríamos concebir como una situación estable de la persona en la que se encuentra en paz consigo
misma y con los demás, de modo que puede efectivamente motivarse para alcanzar las metas que
sabe que pueden estar lejanas en el tiempo, pero también que son posibles en su vida. El
escepticismo es posible pero supondría la muerte de la felicidad. La felicidad está abierta a la
trascendencia, pues no podemos ser felices si no nos abrimos a la verdad y al bien, si no vemos a los
demás como otros-yo, en cuya afirmación encontramos la propia.
2. Inteligencia interpersonal e inteligencia intra-personal
En la definición de Goleman vemos dos vertientes, una inter-personal y otra intra-personal.
Gadner, autor de la teoría de las inteligencias múltiples, define cada una de ellas:
“La inteligencia inter-personal se construye a partir de una capacidad nuclear para sentir distinciones
entre los demás: en particular, contrastes en sus estados de ánimo, temperamentos, motivaciones e
intenciones. En formas más avanzadas, esta inteligencia permite a un adulto hábil leer las intenciones
y deseos de los demás, aunque se hayan ocultado”.
De la inteligencia intra-personal, es decir, de las relaciones que sostenemos con nosotros mismos,
dice que es “el acceso a la propia vida emocional, a la propia gama de sentimientos, la capacidad de
efectuar discriminaciones entre estas emociones y finalmente ponerles un nombre y recurrir a ellas
como medio de interpretar y orientar la propia conducta. Una persona con una buena inteligencia
intra-personal posee un modelo viable y eficaz de sí mismo. Puesto que esta inteligencia es la más
privada, precisa manifestarse en el lenguaje, la música u otras formas más expresivas de la
inteligencia, para poder ser observada en funcionamiento”.
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3. Las competencias emocionales
Decimos de alguien que es competente cuando sabe hacer eficazmente aquello que tiene
encomendado por su trabajo, por su situación social o familiar, etc. Emocionalmente alguien es
competente cuando “gestiona” eficazmente sus sentimientos y sus relaciones. Y estas competencias
son “capacidades adquiridas, basadas en la inteligencia emocional”. Al ser adquiridas están a nuestro
alcance, podemos dar pasos para su consecución.
a. Conciencia de uno mismo
Conciencia emocional. No pocas veces notamos en la vida personas que viven totalmente engañadas
sobre cuáles son sus sentimientos. Pocas veces también pensamos sobre ellos, en lo que los filósofos
llaman la reflexión. ¿Qué siento yo en este momento? Imaginémonos a alguien que grita: “no estoy
enfadado” o que llorando dice: “me da igual lo que digas”, o que con voz temblorosa asegure, “yo no
estoy nervioso”. Los sentimientos forman parte de nuestra manera de conocer y de conocernos; están
a un nivel tan íntimo que es tarea ardua conocerlos. ¿Qué siento yo ahora realmente? ¿Por qué siento
lo que siento? Todos tenemos un estilo sentimental. Un modo habitual de reaccionar ante lo que
sucede. Entre las creencias de la persona, hay una que influye especialmente en la génesis de los
sentimientos. Se trata de la idea que uno tiene de sí mismo y de su capacidad para enfrentarse a las
situaciones. La vida sentimental del hombre tiene dos centros de interés: el propio yo, al que
irremediablemente tiene que proteger, y los demás seres humanos, o al menos algunos de ellos, con
los que está relacionado por sentimientos exocéntricos, como son la compasión y el amor.
Idea y concepto son términos sinónimos a efectos prácticos. En realidad no existe un concepto
general sobre nosotros mismos sino más bien autoconceptos parciales. Por el mismo hecho de ser y
ser en sociedad vivimos en un entramado de relaciones que nos hace ciudadanos, hijos, padres,
amigos, nietos, abuelos, compañeros, profesores, alumnos, esposos, etc. El autoconcepto sólo es
referible a cada uno de esos aspectos: ¿Qué tal ciudadano soy? ¿Qué tal padre soy? ¿Qué tal hijo soy?
¿Qué tal amigo soy? ¿Qué tal profesional soy? Y así podríamos seguir.
Es un error hacer depender el concepto que tenemos de nosotros mismos solamente de la idea que
tengan los demás. La valoración que hagamos de nosotros mismos debe ser consecuencia del
contraste entre nuestras aspiraciones en cada uno de los aspectos y cómo pensamos que vamos
logrando dichas aspiraciones. Para hacer esa evaluación de modo eficaz hace falta una buena dosis de
valor.
La confianza en uno mismo es el otro punto que Goleman señala en la competencia emocional
denominada “conciencia de uno mismo”. Hoy en día el otro gran tema de la confianza en uno mismo
es la asertividad. Se la incluye como una de las habilidades sociales, pero el hecho de estar tan
vinculada a la autoestima hace que sea una competencia principalmente personal.
El doctor Enrique Rojas define la conducta asertiva como “aquella que hace y que dice lo que debe
hacer y decir en cada momento, procurando mostrarse sin inhibiciones y sin agresiones”, y continúa:
“La definición tiene, en sentido muy estricto, un cierto sabor utópico. La relación humana es tan
compleja, tiene tantos matices, registra tantos pliegues, que es difícil que sea lineal. De ahí que la
asertividad venga a ser como un proyecto personal de conducta”.
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b. Autorregulación
Afirma Goleman que la autorregulación tiene como finalidad “mantener bajo control las emociones e
impulsos conflictivos”. La mujer y el hombre son capaces de autorregular la propia conducta. Pueden
“gobernar adecuadamente sus sentimientos impulsivos y sus emociones conflictivas”. Un filósofo
griego lo comparaba a un auriga que debía conducir unos caballos salvajes. Se gobierna una nave, y
el piloto, dotado de razón y voluntad, es la propia persona humana.
Existen pensamientos que, por su intensidad, nos llevarán sin lugar a duda a la tristeza o al enfado.
Esos sentimientos son, en un principio, una cerilla encendida en el bosque: podemos apagarlos al
principio, pero no después, cuando ya se han convertido en un gran incendio. Si controlamos nuestros
pensamientos podemos controlar nuestros sentimientos y, con ellos, nuestras acciones primarias.
Es cuestión de práctica. La clave está en esperar unos segundos, unos días, unos meses o unos años.
El que espera no pierde el tiempo y además perfecciona su carácter.
¿Significa todo ello que no es humano sentir? Sí que lo es, y de tal modo que no podemos conocer y
querer sin sentir. Lo que hemos de precisar es que solo el fomento de los buenos sentimientos nos
lleva a actuar bien y que los malos sentimientos nos llevan a actuar mal. Prestigiar la ternura y la
compasión es tarea de todos. Como nos dice Javier Elzo en un reciente estudio sobre violencia
escolar: “La tolerancia activa presupone el respeto profundo a la diferencia, a los proyectos del otro.
Más aún, presupone una actitud de comprehensión del distinto, esto es, una actitud de comprender al
distinto desde dentro, desde sus propias ecuaciones personales”.
c. Motivación
La motivación no es cosa de niños. Parece que son los chicos los únicos que tienen que estar
motivados, pero… ¿y nosotros? Todos sabemos que cualquier actuación de una persona es educativa
o deseducativa. La motivación es el motor que empuja a la voluntad hacia la consecución de un acto.
Es la fuerza que nos lleva a actuar hacia una meta concreta.
Por ello, cualquier proceso de formación consiste en educar al sujeto para que sepa proponerse fines,
motivarse a sí mismo y aguantar el esfuerzo que supone. Las tres funciones aparecen en el ámbito de
la afectividad. La incapacidad de inventar fines se da en la depresión, la apatía, el aburrimiento, el
desánimo, que son, todos ellos, hábitos sentimentales.
Dentro de las motivaciones posibles, Goleman se fija en la motivación del logro. Se trata de alcanzar
metas difíciles. Son arduas porque cuestan esfuerzo y el camino es parecido a la travesía de un
desierto. Por ello hemos de inventar fines. La palabra inventar tiene que ver aquí mucho con su raíz
latina invenire, es decir hallar, encontrar, preguntarnos el porqué de lo que estamos haciendo.
Entendamos que nos referimos a la motivación del logro, es decir, a la que quiere alcanzar el éxito.
De hecho, como norma general, los hombres o buscamos el éxito o huimos del fracaso.
Resulta por tanto fundamental el conocimiento propio: si no reconocemos nuestros errores
difícilmente vamos a admitir que debemos mejorar. Sería equivocado plantearnos mejoras globales.
Estas pueden existir, pero son más convenientes los retos parciales.
Los grandes éxitos se logran con paciencia, dedicación, esfuerzo y tiempo, y los consiguen los
entusiastas.
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Nos vamos a vivir juntos
Jorge, con 25 años, está terminando un curso de especialización en derecho fiscal al tiempo que
trabaja por las mañanas en una asesoría, y Valentina, su novia, es periodista en un medio local. Son
novios desde hace tres años. Han sido años intensos en los que han podido conocerse, viajar juntos y
compartir muchos momentos fantásticos. Ahora se empiezan a plantear el futuro de su relación.
Cuando hablan de estos temas, reconocen que la idea de casarse y tener hijos les da un cierto
“vértigo”; tienen ganas de vivir juntos y piensan que lo de formar una familia puede esperar.
Jorge considera que esto de casarse es una obligación impuesta que ya no tiene sentido, pero si
Valentina o su familia insisten, está dispuesto a ceder, e incluso a casarse por la Iglesia, si hace falta.
En el fondo, piensa, nada cambiará.
Valentina dice que también le da igual, lo que le importa es compartir con Jorge su proyecto personal
y vivir juntos, aunque no le importaría casarse porque sabe que a sus padres les haría ilusión la
celebración; es hija única y ellos no tendrán otra oportunidad de ver a una hija ante el altar.
La idea de un compromiso total les asusta un poco. Los dos coinciden en que hay que vivir al día:
“estamos juntos y nos queremos mucho hoy, razonan, pero nadie puede saber qué pasará mañana”.
Eso sí, se han comprometido a dejarlo ‘por las buenas’ y no como muchas parejas, que se pelean en
caso de que la cosa no funcione.
Otra preocupación de Jorge son los amigos. Suele salir a menudo con su grupo y le fastidiaría mucho
que la relación con Valentina, casándose o no, suponga una pérdida de libertad. Sus amigos más
íntimos le han aconsejado, ‘por experiencia’, que eso tiene que hablarlo con ella y que conviene dejar
muy claro desde el principio en qué está dispuesto a ceder y en qué no, que luego vienen los
problemas, y los amigos son muy importantes.
A Valentina la insistencia de Jorge en ‘su’ tiempo y en ‘sus’ amigos le ha desconcertado un poco. Ha
comentado con su madre su proyecto de futuro con Jorge en busca de la fórmula mágica para la
convivencia y la felicidad en la pareja. Lo de amarse para siempre le parece un tarea muy ardua, casi
inalcanzable.
Su madre no le ha dado receta alguna. Más bien al contrario, le ha insistido en que se lo piense bien
antes de dar un paso que ella considera decisivo, que el matrimonio no siempre es un camino fácil,
hay muchas dificultades y muchos retos que superar. Además, le ha sugerido que se asegure de que
Jorge es la persona idónea y que cumple “los mínimos” que ella quisiera en su futuro marido.
Valentina no sabe muy bien cuáles habrían de ser esos ‘mínimos’, pero le ha tranquilizado la
propuesta de Jorge de probar la convivencia antes de casarse, para asegurar el tiro (si finalmente sus
padres se ponen muy pesados con el tema del matrimonio). “Eso es que me respeta y quiere lo mejor
para mí”, ha concluido.
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Proyecto Personal Sesión La gran aventura del matrimonio Caso
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......
Pasados unos cuantos meses, Valentina y Jorge lograron convencer a sus padres —no es que su
decisión dependiera de ellos, pero preferían tener su beneplácito— y se fueron a vivir juntos. Si la
experiencia iba bien, siempre estarían a tiempo de casarse.
Sin embargo, el día a día no fue exactamente como imaginaban.
—No sé si es lo normal —se sinceraba Jorge con Pablo, uno de sus mejores amigos—, pero Valentina
no para de pedirme cosas: que ayude más con la casa, la ropa, la mesa, la compra, que la llame más,
que esté más pendiente de ella. Estoy un poco harto…, porque a mí me gusta vivir con un cierto
desorden vital. Y no es que no la quiera, pero…
—¿Ves qué bien habéis hecho en iros a vivir juntos antes de casaros? Ahora es cuando la conoces de
verdad —le insistía Pablo.
Valentina, por su parte, considera a veces un descanso ir a casa de su madre. Y también se reafirma
en haber decidido probar la convivencia con Jorge antes de casarse.
—Esto de estar toda la vida con él, no lo veo claro… No siento lo que sentía antes. Me parece que ya
no estoy enamorada.
Su madre le aconseja que deje pasar el tiempo, que lo que le pasa es normal, hay épocas en que no
se ve claro, y es cuando hay que escribir la convivencia con “q” de querer y no con “s” de sentir.
......
Con un poco de esfuerzo por parte de los dos, han logrado, por fin, superar esa primera crisis. Siguen
teniendo sus diferencias, pero piensan que ha llegado el momento de afianzar su relación con un hijo.
Valentina se muere de ganas por ser madre. Jorge no siente una necesidad tan imperiosa, pero ya
tiene un trabajo más seguro y si ella quiere… Solo le ha puesto una condición: uno y basta. En lo que
sí están de acuerdo es en la conveniencia de casarse antes de ser padres. El hijo necesita un entorno
más estable, explican a sus padres al darles la noticia.
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Amor matrimonial
El amor nace, de ordinario, sin que nos apercibamos de su verdadera naturaleza. No siempre
profundizamos lo suficiente sobre la condición del amor. Muchas veces nos quedamos en lo más
epidérmico. Como la voluntad suele moverse hacia los bienes que la inteligencia le presenta como
tales, esta falta de comprensión de lo que verdaderamente es el amor hace que muchos no alcancen
a comprender su verdadera esencia y habiten en los primeros niveles del amor, claramente
insuficientes para colmar los anhelos más profundos del alma humana. Por eso, con la brevedad que
impone esta nota técnica, vamos a adentrarnos en la naturaleza del amor conyugal.
1. Los niveles del amor
Con mayor o menor intensidad, extensión y conciencia, todo amante podrá reconocer los siguientes
niveles en su amor:
a) Atracción física (me gusta). Suele ser el comienzo del amor. Siendo relevante (¡somos cuerpo y
alma!), es claramente insuficiente. Ha de enriquecerse con los niveles superiores, que le dan
sentido y profundidad. El peligro de detenerse en este nivel es la cosificación de la persona
amada: quien se instala en él desea sólo aquello que le causa placer y acaba por instrumentalizar
al otro, que solo le es útil cuando le proporciona el placer que busca. Si no lo obtiene, entonces,
como sucede con las cosas, hay que cambiarlo.
b) Enamoramiento (qué bien se está con ella). Va mucho más allá de lo corporal. Es, por
excelencia, el nivel del sentimiento, de la afectividad. Se empieza a descubrir a la persona
amada, se da la sintonía de caracteres. Sin embargo, tampoco es la meta. El enamorado se
encuentra camino del amor, pero si se detiene en el sentimiento, corre un peligro similar, aunque
más sofisticado, al que comentábamos en el nivel anterior. Quien no es capaz de ‘humanizar’ este
nivel con el apoyo de la voluntad y las demás facultades humanas (inteligencia, memoria,
imaginación), acaba enamorándose no de una persona sino de su propio enamoramiento, de la
sensación de estar enamorado, de modo que, igual que sucedía con la atracción física, cuando
deja de sentirse enamorado, piensa que el amor se ha extinguido y se ve impulsado a sustituir al
amado y cambiarlo por otro que le haga sentir lo que ya no siente. Su mayor peligro consiste,
pues, en confundir la persona amada con el sentimiento que provoca.
c) Voluntad (la quiero y quiero quererla). Los clásicos han afirmado que la esencia del amor radica
en la voluntad, en la determinación. Con ella el amor alcanza su plenitud. Solo ella es capaz de
unir sentimiento y decisión, de poner en juego la inteligencia, que sabrá encontrar los mejores
atajos para llegar a la persona amada; la memoria, que recordará sus gustos, anhelos, deseos y
desvelos; la imaginación, que inventará para ella los mejores escenarios. Este amor total, de la
entera persona, penetra en lo más hondo de la persona amada, la conoce con sus defectos y los
acepta, la quiere y quiere que sea y que sea más, lo mejor que pueda. Se entrega. Decide
comprometerse, no solo porque ama, sino, sobre todo, porque quiere amar.
“Cuando la voluntad quiere lo que el enamoramiento le propone, entonces nace el amor”, ha
afirmado José Pedro Manglano.
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Ahora bien, la primera exigencia de la voluntad es que sea libre. No hay amor sin libertad, y la
libertad es una conquista: “La persona que no ha hecho operativa su libertad, extendiendo el imperio
de la voluntad y del entendimiento al resto de sus facultades y potencias, la persona dominada por las
pasiones, por el ambiente, por los vaivenes de un humor incontrolado, esa persona, si no lucha por
dominarse, es incapaz de amar. Sólo quien ejerce el señorío de su propio ser puede, en un acto
soberano de libertad, entregarlo plenamente a los otros, al hombre o mujer elegidos, a quien haya
hecho objeto de sus amores” (Tomás Melendo).
En efecto, el primer paso para amar es tener señorío de sí, hacerse dueño de sí mismo, porque solo
quien se posee a sí mismo será capaz de darse a otro. El matrimonio es para personas libres, capaces
de poseerse a sí mismas y a su futuro y entregarse para siempre a otra persona. Una libertad que se
hace deuda, “deuda de amor” (Javier Hervada), “justicia enamorada” (Tomás Melendo), porque
quiere, porque le da la gana. Estamos hablando de una deuda ‘impropia’, que, más que una
obligación jurídica, es el instrumento a través del cual la entrega se hace efectiva. Al prometer amor
para siempre, hacemos entrega de todo lo que somos, pero como nos seguimos poseyendo a
nosotros mismos, la única manera de hacer operativa, real, esa entrega es hacerla realidad cada día,
lo que nos lleva a analizar uno de los rasgos del amor matrimonial: la fidelidad.
2. Amor fiel (unidad)
Lo constitutivo del amor es la entrega, la entrega cabal de la persona. Ahora bien, esa entrega se
realiza en distintos grados. Es cierto que debemos amar a todo el mundo. Y podemos hacerlo, porque
el amor como valor espiritual no desmerece ni disminuye, al contrario, se intensifica cuanta más gente
participa de él. Esto sucede con todos los bienes o realidades espirituales (alegría, emoción, tristeza…,
cuanta más gente participa de ellos, más intensos son). Sin embargo, con los bienes materiales ocurre
lo contrario: desmerecen y disminuyen cuanta más gente los posee (tocan a menos: cantidad: un
pastel, espacio: un salón de baile, o tiempo: un coche de alquiler).
Ahora bien, el hombre no es puro espíritu, sino cuerpo y alma, y expresa su amor a través del cuerpo,
y en distintos grados (no es lo mismo amar a un cliente que a un marido: al primero se le da la mano,
al segundo la intimidad corporal; el amor al primero exige sólo tratarle como persona y con justicia, el
amor al segundo exige la entrega plena).
El cuerpo expresa el grado de amor: un apretón de manos, un guiño, una caricia, un beso, una
relación sexual plena: ésta última es el corolario de un amor total. Por lo tanto, el amor corporal va
disminuyendo su ámbito de expansión a medida que la entrega crece en intensidad: cuanto más
entrego en el cuerpo, a menos personas lo entrego.
Cuando la entrega es total, cuando incluye la intimidad corporal, “la capacidad procreadora con todas
las dimensiones que la enriquecen” (es decir, afectos, confidencias, caricias, atenciones…), ha de ser
única y exclusiva, a una sola persona; si no, no es completa, pues lo determinado por la materia sólo
puede ser poseído plena y absolutamente por uno solo. Por eso, explica Tomás Melendo, la donación
parcial (reservándose el derecho de donar el cuerpo a otros, por ejemplo) es incompatible con la
dignidad de la persona humana y su carácter pleno e indivisible. La entrega implica dar la posesión de
nuestro cuerpo a nuestro cónyuge para que lo posea, no al modo en que se poseen las cosas, sino al
modo en que él posee su propio cuerpo. Desde el sí del consentimiento matrimonial somos servidores
de una posesión ajena y hemos de poseer nuestro cuerpo para su verdadero dueño, nuestro cónyuge.
Si logramos poseer nuestro cuerpo desde la perspectiva de nuestro cónyuge, la fidelidad está
garantizada: no lo pondremos en riesgo de ser poseído por otra persona, no jugaremos con él, lo
mantendremos en forma para ella, presto, atractivo, etc.
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3. Amor para siempre (irrevocabilidad)
La irrevocabilidad (indisolubilidad) no es sino la fidelidad en clave temporal, amar para siempre, lo
que, por otra parte, es propio del amor, de todo amor, con diferentes exigencias. El enamorado que
no alcanza el nivel de la voluntad y no es capaz de comprometer su amor para siempre sitúa el centro
de gravedad en sí mismo y no en la persona amada, explica Joan Costa. Él se convierte en el criterio
de valoración del otro: ‘tú vales solo en la medida en que colmas mis expectativas, en que satisfaces
mi interés, por elevado que este sea’. El amor auténtico y pleno ama al otro por lo que él es y no por
lo que aporta al amante. Entonces sí, el amor se convierte en don, en entrega, y se hace cabal. Esta
es la lógica del amor, una lógica del todo o nada, que no admite términos medios: o me entrego o le
uso. Es cierto que dos personas que se quieren pueden convenir en no comprometerse, pero esto no
soluciona el problema, más bien lo agrava, porque significa que los dos están de acuerdo no en
amarse, sino en utilizarse mutuamente, en ser uno y otro (al menos en parte) instrumentos, lo que
dañaría igualmente su dignidad de persona.
Gary Chapman recuerda tres razones por las que el enamoramiento que no ha sido elevado al nivel de
la voluntad no es aún verdadero amor:
 No es un acto de la voluntad ni una decisión consciente. Aunque queramos, no podemos
enamorarnos a la fuerza. El enamoramiento nos asalta. Sí podemos decidir llevar ese
enamoramiento a la plenitud del amor o no.
 No requiere esfuerzo. El tiempo, el dinero, los regalos, los proyectos…, nada cuesta esfuerzo en
este período.
 No está interesado en el auténtico crecimiento personal propio ni del otro, al contrario, genera la
falsa sensación de que ya hemos llegado, de que no puede haber nada mejor y de que nuestro
amado o amada es perfecto y siempre lo será, con lo que confunde el punto de partida con el
punto de llegada. El amor auténtico no quiere que el amado se estanque, sino que crezca como
persona.
El enamoramiento es parte importante del amor, pero no se puede confundir con el amor cabal; está
camino de serlo, pero es un amor incompleto. En cualquier caso, conviene no olvidar que el papel de
la voluntad no es amar “a pulso”, sino optimizar, re-crear los sentimientos, poniendo en ello todas las
facultades humanas (inteligencia, memoria, imaginación).
4. Amor solemne (consentimiento y publicidad)
La entrega de que venimos hablando se hace explícita mediante una declaración de voluntad
denominada consentimiento matrimonial. En la naturaleza y sociedad humanas, los actos de cierta
relevancia se suelen expresar de manera formal y revestidos de una solemnidad acorde a su
importancia.
“El consentimiento es un acto de voluntad por el que el hombre y la mujer se entregan y aceptan
mutuamente”, lo que significa mucho más que un mero intercambio de derechos, explica Juan
Carreras; son los mismos esposos quienes se entregan y se comprometen a dirigir su amor al otro, en
sí mismo considerado y no como instrumento para otros fines.
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Este consentimiento ha conocido distintas formas a lo largo de la historia, dando mayor o menor
importancia al asentimiento privado (en algunos momentos bastaba el intercambio sexual para
considerar prestado el consentimiento de forma tácita, lo que originó un grave problema de
inseguridad jurídica, al proliferar los matrimonios clandestinos) o a los formalismos jurídico-públicos
(de hecho, en la actualidad, el matrimonio civil es legalista y no espiritualista: lo único que importa
para estar casado es si se ha celebrado el rito conforme a la ley, con independencia de cuál sea el
contenido del consentimiento matrimonial).
Ahora bien, el matrimonio es, por un lado, un acto personal (que no privado), pertenece
exclusivamente a esa persona y le afecta en todas sus esferas, y, por otro lado y al mismo tiempo, es
una acto de evidente trascendencia social (no clandestino).
Así lo expresa Carreras: “el ‘acto personal’ tiene una dimensión privada —pues solo la persona puede
generar el vínculo que de ese acto deriva— y una dimensión pública, puesto que el bien común de la
sociedad está también en juego, de forma tal que esta debe intervenir ‘reconociendo’ su legitimidad
jurídica” . Cómo se articule este reconocimiento (autoridad estatal, eclesiástica, etc.) es otra cuestión
que aquí no podemos abordar.
5. Amor fecundo (apertura a la vida)
La fecundidad es un rasgo capital del amor. ¿Puede alguien sostener que una esterilidad buscada sea
atributo del amor? ¿Puede un amor construirse sobre un espíritu mezquino, cicatero, avaro,
calculador, que cuenta antes de dar, o que niega el don, el regalo, la entrega? San Agustín decía que
la medida del amor es amar sin medida.
El amor, cualquier amor, es siempre exuberante, fecundo; se desborda, invita a salir de uno mismo,
es rico en detalles, en atenciones, en tiempo, en dedicación, en ternura, en llamadas, en miradas, en
gestos.
Naturalmente, lo primero es la fecundidad espiritual. Esta fecundidad espiritual encuentra siempre
cauces por los que discurrir, y si la naturaleza le niega el despliegue más propio del amor matrimonial,
la transmisión de la vida, tomará la forma de hijos adoptivos, o acogidos, o simplemente se volcará en
los demás en las mil formas que el amor sabe modelar.
A esta fecundidad le seguirá la corporal, porque somos personas, y nuestro cuerpo expresa el amor
de mil maneras delicadas: mirando, abrazando, guiñando, acariciando o besando.
Pero no podemos olvidar que el cauce natural, específico, el más propio, el que distingue al
matrimonio de los demás amores humanos es, precisamente, la posibilidad de transmitir la vida: los
hijos. Esta apertura a la vida solo se da en el amor matrimonial, en el amor entre un hombre y una
mujer.
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¿Qué sería, pues, de un amor matrimonial que negara voluntariamente toda posibilidad de fecundidad
biológica, que se cerrara a la transmisión de la vida? Sería un amor… que no es amor, un amor que se
niega a sí mismo, que renuncia a la fecundidad que le es más propia, la que no comparte con los
demás amores, y dejaría de ser matrimonial (y, al cabo, amor mismo), porque la negación de las
fuentes de la vida mata el amor conyugal, le priva de un rasgo esencial y constitutivo sin el cual no es
tal amor.
Desgraciadamente, cuando se trata el tema de la fecundidad, mucha gente se encalla en el ‘problema’
del número. ‘¿Entonces, protestan, quieres decir que tú amas más que yo porque tienes más hijos?’
Las matemáticas casan mal con el amor: “la medida del amor está en amar sin medida”.
Y amar sin medida es no poner número al amor, ni por arriba ni por abajo. Las personas, los hijos, no
son un número ni una fracción, y se piensan uno a uno. Cualquier número en materia de amor es
imprudente, y más cuando está en juego la transmisión de la vida. Después de un hijo se piensa en el
siguiente, y tras éste en el que vendrá después, y así sucesivamente.
Nadie puede cifrar el amor de nadie en un número, porque nadie vive en la conciencia de otro; hay
que ser muy cauto y no juzgar nunca, pero esta verdad no ha de ofuscar el principio. El principio ha
de quedar claro: lo propio del amor es la fecundidad, no la esterilidad.
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¿Qué idioma hablamos?
Lucía tiene 27 años y es periodista. Al terminar en la Universidad comenzó a trabajar como becaria en
una cadena de televisión, y gracias a su esfuerzo y tesón consiguió continuar en la empresa y tiene
una gran proyección profesional. Hace dos años conoció a Luis en una cena de amigos, es un año
mayor que ella y trabaja en un despacho de abogados. Están muy enamorados el uno del otro y ya
empiezan a contemplar planes de boda.
Ambos viven con sus padres, aunque pasan poco tiempo en casa debido a sus intensos horarios
laborales; procuran verse cada día después del trabajo.
Hoy es viernes, y Lucía ha llegado muy nerviosa a la cafetería en la que suelen quedar:
—¡Menuda semana que he tenido! ¡Estaba deseando que llegara el fin de semana! ¡No aguantaba ni
un minuto más en ese ambiente de prisas, insultos y reproches! —dice Lucía— Hemos estado a tope
para sacar el programa especial que tiene que emitirse el domingo, y todo ha sido tensión. El
director no hace más que presionarnos con sarcasmos e ironías, diciéndonos que no seríamos
capaces de llegar a tiempo. Estoy segura de que él piensa que así consigue motivarnos, pero a
algunos nos cuesta mucho trabajar bajo presión, y, desde luego, los insultos no creo que hagan bien
a nadie. A mí, desde luego, me cuesta tratar bien a los demás y decirles las cosas de buenas
maneras, con espíritu constructivo, cuando tengo a un tiburón encima criticando cada cosa que
hago.
—¡Ay, pobre! Yo la verdad es que tengo mucha suerte con mi jefe. Ya sabes que le aprecio un
montón. Realmente sabe cómo sacarnos el mejor partido a todos. Nos conoce fenomenal. Sabe que
Marta se agobia con facilidad y que le paraliza trabajar bajo presión. Sabe que Juan es muy
perfeccionista y que, a veces, hay que darle un toque para que avance y no se quede atascado con
la misma tarea. A mí me mete mucha caña, con bromitas, je, je. Que él trate así a todos hace que
entre nosotros haya muy buen rollo. Aprendemos a conocernos y a tratarnos. Eso sí, no tolera una
falta de respeto entre nosotros ni una subida de tono. No me extraña que el despacho vaya tan bien.
Un buen jefe es una garantía de éxito.
—¡Qué envidia me das! Yo pienso que cuando a las personas se las respeta y aprecia, y hay
sinceridad en el trato, todos nos sentimos más a gusto y se evita que los roces se conviertan en
barreras infranqueables que hacen irrespirable el ambiente de trabajo. Trabajando a disgusto con los
compañeros es imposible centrarse bien en lo que tienes que hacer —añade Lucía—. Yo, desde
luego, hay veces que me paso una cuarta parte del tiempo pensando en lo mal que me han pedido
aquello, en lo mal que me han explicado esto otro… ¿Qué puedo hacer? ¿Me aguanto? ¿Me marcho?
¿Crees que puedo decirle algo a mi jefe para que cambie su actitud?
—No creo que tengas que irte, no. No puedes abandonar el barco sin luchar antes. Mira a ver si tú
puedes intentar tratar mejor a tus compañeros. Seguramente, si tú intentas mejorar, va a cambiar
algo el clima de trabajo. Lo de hablar con el jefe me parece más delicado. Yo, ya sabes, que soy de
los que me gusta llamar al pan, pan, y al vino, vino. Me gustaría que pudieras ir a hablar con él y
decirle: “Pero bueno, tú no te das cuenta de que, tratándonos así, sólo consigues machacarnos? ¿No
te das cuenta de que así no nos sacas partido?” Pero con los años me he dado cuenta de que en
muy pocas situaciones se pueden tratar los problemas “a las bravas”.
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—Mira lo que pasa con mi cuñada, por ejemplo —continúa diciendo Luis—. ¿Cuántas veces he estado
tentado de llamarla y decirle. “¿Pero qué problema tienes conmigo? ¡Si no me tragas, no me tragues,
pero haz un esfuerzo para que cada vez que nos veamos no sea un verdadero suplicio!” Siempre con
indirectas, con ironías… ¡Me saca de quicio! Pero el caso es que no puedo hacer eso. No puedo
llamarla y hablar a las claras. Una cosa es la sinceridad y otra, muy distinta, el “sincericidio”. Pues
nada, me toca callar. Poner siempre el chip de que la pobre es así y que seguramente no diga las
cosas con tanta mala idea como parece. Es duro, la verdad. Pero nadie dijo que las relaciones
humanas fueran fáciles. Con lo diferentes que somos… la sintonía no es nada fácil de alcanzar.
—Puff, sí que es complicado, sí. A mi hermana Eva le pasa lo contrario. Ella es incapaz de decir lo
que piensa a otra persona. En realidad creo que no es solo que le cueste decirlo, es que le cuesta
incluso saber qué le pasa. Me preocupa bastante, porque pienso que esto le va a dar muchos
quebraderos de cabeza en su vida. Fíjate lo que le pasó con su amiga Miriam. Llevaba tiempo algo
molesta con ella por no sé qué. El caso es que en vez de sentarse un día tranquilamente con ella y
comentárselo, se lo fue tragando y tragando. Hasta que al cabo de dos años (se dice pronto, ¡¡¡¡¡dos
años!!!!!) estalló y se lo echó en cara. Por supuesto cuando se lo soltó estaba ya tan enfadada que
no podía parar de decir barbaridades. Yo me la imagino como una apisonadora. Le dijo cosas que ni
siquiera pensaba, que había sacado de quicio. Tú imagínate la pobre Miriam cómo se quedó. Estaba
alucinada. A Miriam le va a costar perdonarla. Se quieren y seguro que las aguas vuelven a su cauce,
pero llevará su tiempo, desde luego.
—Pues a mí lo que me alucina es lo de mis padres. Hace unos años recuerdo que discutían bastante.
Pero últimamente les veo súper suaves, con mucho más sentido del humor, se ríen mucho y tienen
mucha complicidad. Yo noto que hay veces que mi padre llega a casa bastante cansado y le dice
alguna cosa a mi madre un poco brusca. Noto cómo mi madre se muerde la lengua, intenta poner
buena cara y hace como que no ha escuchado. Entonces veo cómo ella intenta ser más cariñosa con
él de lo normal, y las cosas fluyen mucho mejor de lo que en un primer momento se auguraba. Otras
veces veo que es mi padre el que se muerde la lengua. Qué importante es saber callar.
—Es verdad —dice Lucía, algo triste—. Yo veo que en casa hablan muchas veces más de lo que
deberían, ¡y en el peor momento! Noto que mi padre llega enfadado un día del trabajo, y me parece
increíble ver que es justo ese el momento el que elige mi madre para decirle a mi padre “cariño,
tenemos que ir a Ikea a comprar el sofá, de verdad, que no podemos seguir con ese sofá
“descuajeringado”. ¿Pero es que mi madre no tiene tacto alguno? ¡Por Dios! Por supuesto mi padre
contesta que el sofá no es que no lo vayamos a comprar hoy, sino que ni siquiera hace falta
cambiarlo ¡¡¡porque está perfectamente!!! ¡¡¡Lo uno lleva a lo otro y al final se monta una discusión
que parece una verdadera batalla campal!!!
—Bueno, pues a fijarnos en los que lo hacen bien y evitar hacer lo que hacen los tiburones, las
apisonadoras y las “faltas de tacto”, je, je. “Chupao”.
—¡A ver qué tal nos apañamos nosotros cuando estemos casados, que eso es otra historia también!
—Sí, pero ya tenemos medio camino hecho. ¡Sabemos que saber comunicarse es importante!
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La comunicación en las relaciones personales
La relaciones personales suponen un medio natural para que las personas descubran formas de
ayudarse y complementarse, satisfaciendo muchas de sus necesidades, especialmente las más
profundas y complejas, como las emocionales y afectivas.
Cuando aprendemos a comunicarnos identificando el cómo, cuándo, dónde y en qué tono hablarnos,
de tal forma que logramos construir una relación positiva y sólida, hemos dado un paso vital,
contribuyendo a que la relación cumpla con su misión al crear condiciones para que todos nos
sintamos queridos, apoyados, tomados en cuenta y con posibilidades reales de ser mejores personas.
Para aprender a comunicarse con efectividad se requiere: tener en cuenta las diferencias
interpersonales, adecuar las formas de comunicación de acuerdo a personas, edades y circunstancias,
emplear enfoques específicos para comunicarse con los demás en sus diferentes etapas de desarrollo,
tener conciencia de los errores y defectos que pueden afectar negativamente al proceso y saber
aprovechar la comunicación como medio para transmitir valores y dar dirección y rumbo a la vida
familiar y personal.
1. Elementos básicos para la comunicación interpersonal
La sabiduría popular utiliza ejemplos y expresiones muy ilustrativos para facilitar la comprensión de
situaciones complejas. Por ejemplo, se dice que se está llevando a cabo un “diálogo de sordos”,
cuando dos personas se tratan de comunicar, pero ninguna de ellas tiene la apertura suficiente para
ponerse en el lugar del otro y tratar de comprenderlo.
Con frecuencia se considera que hablar es sinónimo de comunicarse, sin embargo, el mero hecho de
pronunciar palabras y transmitir sonidos no cumple el verdadero propósito de la comunicación, que se
centra en establecer un lazo entre el que envía un mensaje y aquel que lo recibe.
Ese papel que juegan los mensajes entre las personas que se relacionan entre sí ha sido analizado con
mucha profundidad por expertos, que se han centrado en analizar cómo evolucionan los procesos de
integración en equipos de trabajo dentro de las empresas, llegando a la conclusión de que, cuando las
personas reciben mensajes que les hacen sentirse valiosas, importantes, respetadas y apreciadas,
tienden a tomar una actitud receptiva y abierta, facilitando la integración y el desarrollo de la relación.
Relación entre comunicación y relación interpersonal
Los estudios realizados en ese sentido han puesto en evidencia que la comunicación constituye un
elemento clave para el desarrollo de una relación, tanto en lo que se dice con palabras como en lo
que se transmite a través de comportamientos, actitudes y gestos.
La comunicación es esencial en las relaciones interpersonales, ya que constituye un medio
insustituible para entrar en contacto con las demás personas, conocer sus ideas y captar sus
intereses, preocupaciones y sentimientos.
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También es uno de los mejores recursos a nuestra disposición para lograr un mayor acercamiento,
desarrollar la intimidad, aclarar los hechos frente a malentendidos y ayudar a que las personas
comprendan los puntos de vista de quienes las rodean o se relacionan con ellas.
Una relación crece cuando los mensajes que se transmiten las personas que la viven manifiestan
aprecio, respeto y reconocimiento. Y en contrapartida, la relación se deteriora cuando se transmite
desinterés, sarcasmo, cinismo o desprecio.
La comunicación dentro de la familia
La relaciones familiares, debido a los lazos emocionales y psicológicos que logran desarrollar entre sus
integrantes, y al ambiente de seguridad y confianza que pueden llegar a generar, se convierten en un
medio cuyos integrantes, de forma natural y espontánea, pueden ayudarse y complementarse,
satisfaciendo muchas de sus necesidades, especialmente las más profundas y complejas, como las
emocionales y afectivas.
Hay estudios que ponen en evidencia que en la mayoría de las familias conflictivas existen serios
problemas de comunicación, sea debido a que no han desarrollado mecanismos para favorecer el
intercambio de ideas y puntos de vista, sea debido a que tienen muy poca habilidad para
comunicarse, con lo que los intentos que hacen para comunicarse, en lugar de convertirse en
mecanismos de ayuda, se transforman en fuentes de nuevos y mayores conflictos.
Para lograr que la comunicación se convierta en un recurso a favor de la familia, los integrantes del
núcleo familiar deben plantearse con cierta regularidad la siguiente pregunta: ¿La forma como nos
comunicamos nos está ayudando a lograr un mayor acercamiento y a desarrollar la intimidad, o es un
medio que utilizamos, consciente o inconscientemente, para manipular, ofendernos o agredir?
Si se responde con toda honestidad a esa pregunta, el análisis de las respuestas permitirá definir
hacia dónde se deben enfocar las acciones tendientes a lograr que la comunicación dentro de la
familia les ayude a lograr una dinámica familiar positiva.
Elementos que influyen en la comunicación intrafamiliar
No es fácil lograr el equilibrio necesario para que la convivencia y la comunicación entre los
integrantes de la familia mantengan un enfoque positivo y constructivo.
El proceso de convivir, compartir y desarrollarse a través del contacto intenso y diario con otras
personas es todo un arte, que requiere una actitud positiva y proactiva, y el desarrollo de habilidades
dirigidas a lograr que la convivencia produzca resultados positivos para todos.
El desarrollo de esa actitud y habilidades solo puede darse en plenitud cuando se fundamente en el
amor, es decir, en el verdadero propósito de aportar lo mejor de uno mismo para contribuir a la
felicidad y realización de la otra o las otras personas. El amor, pues, se convierte en el principal motor
y motivador para lograr armonía al convivir con aquellos con quienes se comparten las cualidades y
los defectos, los momentos alegres y los tristes, los estados de ánimo positivos y los depresivos.
Si se quiere asegurar que la comunicación trabaje a favor de la familia, es importante hacer lo
necesario para lograr que todo intercambio de palabras tenga un propósito positivo: ayudar, mejorar,
aclarar, acercar. Cuando la comunicación pierde ese propósito, fácilmente se distorsiona y se enfoca
a: molestar, castigar, maltratar o afectar, provocando un resultado destructivo, convirtiéndose en
elemento de distanciamiento y deterioro de las relaciones familiares.
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Al comunicar aspectos importantes, es necesario prever lo siguiente:
 Qué decir. Es necesario definir con claridad qué es lo que se quiere decir, para no confundir el
mensaje con los propios deseos, sentimientos, temores o necesidades, deformando su contenido.
 Cómo decirlo. Toda comunicación debe ser respetuosa, pero también tiene que ser adecuada a la
temática, a la persona a quien está dirigida y a la situación particular en la que esta se presenta.
 Cuándo decirlo. Siempre hay un mejor momento y un estado emocional adecuado para lograr
mayor receptividad. A veces es conveniente saber esperar hasta ese momento.
Y luego, ya durante el proceso mismo de comunicación, es importante poner en práctica lo siguiente:
 Escuchar con comprensión. Al ser un proceso de ida y vuelta, se requiere combinar el hablar
con el escuchar. Escuchar implica disposición a entrar en sintonía con los sentimientos del otro.
 Tomar en cuenta los aspectos no verbales. Se requiere receptividad para poder captar todo lo
que se transmite con miradas, gestos y posturas, con un contacto visual continuo.
 Verificar la recepción. Al parafrasear algunas de las ideas que ha expresado el otro y realizar
preguntas aclaratorias, se puede verificar si se está interpretando correctamente el mensaje.
2. La comunicación y el desarrollo de la relación
Toda relación humana es el resultado de una serie de acciones, situaciones, elementos y decisiones
que, al irse sumando, van llevando a un resultado. El resultado logrado conforme se avanza en ese
proceso puede ser favorable o destructivo.
Las acciones que se realizan en el día a día, en cualquier tipo de relación, llevan a los interesados a
una serie de resultados que les hace sentirse más humanos, comprendidos, apoyados, alegres y
satisfechos; o por el contrario, les lleva a experimentar frustración y vacío.
Las relaciones familiares no pueden dejarse al azar. Si los integrantes de una familia realmente
quieren lograr que la convivencia entre ellos sea un medio que les ayude a complementarse, apoyarse
y crecer como personas, deben actuar con vistas a un fin determinado, propiciando los aspectos que
nutren y refuerzan la relación y evitando las situaciones que la afectan negativamente, o la destruyen.
Para lograr ese enfoque positivo se pueden realizar numerosas acciones, de entre las cuales es
importante considerar aquellas que tienen particular importancia.
* Aceptación. Si se hace lo necesario para tener presente y aprovechar al máximo todas las
cualidades de una persona, la relación se reforzará y el trato será agradable y constructivo.
* Responsabilidad. Todos los integrantes de la familia deben asumir la responsabilidad de la
relación y hacer lo necesario para que avance hacia su verdadero propósito (la realización y felicidad
de todos los miembros de la familia).
* Manejo de problemas. Si en la relación familiar las cosas no están saliendo bien, hay que evitar la
búsqueda de culpables y esforzarse por encontrar las causas y aplicar soluciones adecuadas.
* Poner lo mejor. Lograr la felicidad de todos los integrantes de la familia requiere que cada uno de
los interesados ponga en ella lo mejor de sí mismo.
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3. Las diferencias interpersonales y su influencia en la comunicación
La realidad de las diferencias
Existen numerosos estudios dirigidos a detectar y explicar las diferencias existentes entre ambos
sexos, menos visibles que las físicas, pero no por eso menos reales. Hombres y mujeres tienen
distintas maneras de pensar y de sentir, hablan idiomas distintos y, si no se cae en la cuenta de esas
diferencias, se corre el riesgo de malinterpretar.
Además de las diferencias entre sexos, hay diferencias de edad, de personalidad, caracterológicas, de
intereses y habilidades, etc. Conviene dirigir la atención a algunas de ellas, por el impacto que tienen
en la dinámica de la vida familiar y personal.
* Diferencias de carácter. Hay personas decididas y seguras y personas que necesitan mucho
apoyo y a quienes les resulta muy difícil tomar una decisión sin tener la aprobación de otros.
* Manejo de sentimientos. Hay quienes demuestran una gran emotividad y quienes, ante una
situación complicada, se mantienen demasiado ecuánimes, dando la impresión de que no les importa.
* Formas de expresión: Hay quienes manifiestan lo que sienten por medio de palabras, les gusta
explayarse cuando hablan y les agrada que les escuchen. Hay otros que hablan tan poco, que parece
que tienen consigna de emplear el menor número posible de palabras para transmitir sus ideas.
* Formas de relación. A algunas personas les cuesta trabajo abrirse y expresar sus sentimientos,
por eso, cuando están molestos o enfadados, tienden a encerrarse en sí mismos y evitan hablar.
También hay quienes necesitan compartir lo que sienten o piensan, por eso aprovechan toda
oportunidad que se les presenta para hablar.
Cómo capitalizar las diferencias
Todos los seres humanos merecen el mismo respeto, tienen los mismos derechos y comparten la
misma dignidad, por el mero hecho de ser personas. Sin embargo, eso no quiere decir que todas las
personas sean iguales; afortunadamente existen diferencias, y esas diferencias son valiosas, porque
complementan y enriquecen.
Tomar conciencia de algunas de esas diferencias psicológicas, sociales, de comunicación y de relación,
resulta de gran utilidad en la vida, pues una mayor comprensión y aceptación de las diferencias,
ayuda a manejar la comunicación y las relaciones con mayor habilidad, evitando muchos
malentendidos y permitiendo aprovechar esas diferencias para nutrir la relación, incrementar el
respeto y desarrollar la aceptación, el cariño y el amor.
Querer que otra persona, sienta, razone y valore las cosas igual que lo hace uno mismo es un grave
error. Aceptar que los demás son diferentes, comprender las diferencias, respetarlas, aprovecharlas
como complemento, usarlas para construir puede ser una fuente enorme de riqueza dentro de las
relaciones personales, pues, cuando se piensa así y se actúa así, la relación se alimenta y se da el
acercamiento y la comprensión, que generan gran satisfacción en los interesados.
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4. Los retos de la comunicación en el noviazgo
Importancia de la comunicación con la pareja
La comunicación es uno de los mejores mecanismos con los que cuenta la pareja para desarrollar el
entendimiento mutuo; un combustible indispensable para impulsar, consolidar y acrecentar la relación,
y a la vez mantener viva la llama del amor; pero para que logre su cometido, es indispensable
aprender a dominar su arte, de la misma forma que el pintor experto sabe combinar los colores y
aplicar la pintura con trazos armónicos, en mayor o menor cantidad, para generar el efecto deseado.
Cuando los integrantes de una pareja se comunican de manera adecuada, se sienten bien consigo
mismos, porque logran hacer contacto positivo y real con la persona a quien aman, y ese contacto les
permite expresar sus deseos, preocupaciones y sentimientos, de tal forma que les es más fácil
sentirse comprendidos y resolver los problemas, normales en toda relación, sin necesidad de agredirse
ni ofenderse.
Una comunicación sana alimenta la autoestima, pues cualquier persona, al sentirse escuchada y
valorada, se siente bien consigo misma y ese sentimiento positivo hace que le resulte más fácil
expresarse, sabiendo que hay otra persona dispuesta a comprenderla y ayudarla a conseguir sus
objetivos. Si este proceso se da en ambos sentidos, el resultado será que los integrantes de la pareja
se apreciarán más a sí mismos y valorarán más a su pareja.
Cómo mejorar la comunicación con la pareja
Para lograr que la comunicación responda a las necesidades especiales de cada pareja, conviene
tomar en cuenta lo siguiente:
* Comunicarse con un enfoque positivo. Para ello se debe hacer lo necesario para lograr que
todo intercambio de palabras tenga un propósito positivo: ayudar, mejorar, lograr un mayor
acercamiento, desarrollar la intimidad, aclarar los hechos frente a malentendidos.
* Hablar con honestidad y con respeto. Cuando se tratan situaciones complicadas es
especialmente importante que la honestidad se vea acompañada de calma, prudencia y respeto.
* Buscar el momento, lugar y forma adecuados. Los miembros de la pareja deben desarrollar la
habilidad de decir las cosas de forma constructiva, en el momento y en el lugar oportunos.
* Hacer crecer la autoestima. Si las dos personas que forman la pareja se sienten escuchadas, si
sienten que se les tiene en cuenta, ambas se sentirán bien consigo mismas y les resultará más fácil
expresarse.
5. Recordando lo básico
La comunicación es la base de toda relación humana, por eso mismo, todos los seres humanos somos
capaces de comunicarnos, sin embargo, habrá que preguntarse: ¿de qué manera nos estamos
comunicando y cuáles son las consecuencias de esa comunicación?
Una verdadera comunicación implica diálogo, es decir, que se habla y se escucha, pero sobre todo
esto último: se escucha, no solamente se oye, sino que se ponen en juego los oídos y la mente. Se
busca captar, comprender, sintonizar con lo que la otra persona está queriendo decir, no solo a través
de sus palabras, sino también por medio de su cuerpo, sus actitudes, sus miradas, e incluso por
medio de sus silencios.
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Proyecto Personal Sesión Técnicas de comunicación y resolución de problemas NT
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Ir tirando
Javier y Paloma van a casarse. El noviazgo ha sido relativamente corto: 4 añitos. Mira que la vida da
vueltas, pero al final la parejita da un paso al frente y se casan: por la Iglesia. La verdad hay que
decirla, Paloma lo tenía muy claro que sería por la Iglesia, pero Javier siempre en sus eternas dudas.
Y es que le ha dado muchas vueltas a la vida eterna en los últimos meses.
Javier es católico, había ido a un colegio cristiano, pero no se dejó comer el coco, como decía él. Iba a
Misa cuando le venía bien, su misa era la de 8 o mejor de 9, siempre y cuando el partido del domingo
no fuese de su equipo, si no, pues sin misa.
La fe de Javier era de andar por casa, fervorosa en Semana Santa porque su ciudad era de muchas
procesiones, pero el resto del año pues de puro cumplimiento, es decir, en el fondo, de cumplo y
miento. Lo suyo era un ir tirando sin grandes preocupaciones.
Paloma sin embargo era más creyente, iba a Misa, se confesaba, ayudaba en un comedor de Cáritas.
Esto fue algo que a Javier le pareció una experiencia radical. Ella le dijo con toda naturalidad que le
invitaba, pero que hiciera lo que quisiera. Fueron juntos, son años de paro y hay mucha gente que no
tiene ni para comer. Vio cómo la gente agradecía muchísimo el cariño que le daban y se quedó muy
conmovido.
Desde aquel día habla con Paloma de cómo está el mundo, del consumismo, pero a Javier nunca le
falta su móvil último modelo, y piensa en ese coche que se van a comprar cuando estén casados o las
vacaciones que se van a pegar.
Javier y Paloma han conseguido trabajos relativamente pronto y también han logrado ascender.
Ganan dinero (con mucho esfuerzo, recalcan los dos) y pueden pedir hipotecas.
Javier se enteró un día de que un profesor de su colegio había muerto de cáncer. Le admiraba mucho,
era la persona a la que uno le pediría consejo siempre, pero Dios se lleva siempre a los mejores. No lo
lograba comprender, mejor un drogata que un bueno. No se quiere hacer muchas preguntas, es
comerse la cabeza demasiado, la vida es ir tirando, no hay que pedir muchas explicaciones, pero ¿por
qué el dolor? Y le vienen a la cabeza imágenes del comedor de Cáritas, padres de familia sin trabajo,
gente honrada. ¿Podría yo soportar eso?
Algunas veces se siente incómodo con Paloma, ella siempre tan segura de sus actos, de sus creencias.
Y además no le impone nada, libertad siempre. Pero su ejemplo le hace preguntarse todos los días
sobre el sentido de la vida. A Paloma le preocupa el ir tirando de Javier, esa vida tranquila y cómoda
que quiere llevar. Su madre le dice que lo importante es que se quieran, que el resto ya vendrá, pero
¿qué pasará si vienen vacas flacas? ¿Estarán preparados para eso? ¿De donde sacarán las fuerzas
para esos momentos?
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La boda está cercana, están haciendo los cursos de preparación al matrimonio y el cura que los
imparte es un genio. Javier sale entusiasmado de las sesiones, no sólo por cuestiones relativas al
matrimonio, sino por cómo habla de Dios y de Jesús, y ahí le toca la fibra sensible de sus Cristos de
Semana Santa, pero al día siguiente le entra la desazón: ¿qué quiero hacer con mi vida?
Y de buenas a primeras un amigo le pregunta si estaría dispuesto a pasar un mes en Uganda.
Necesitan un experto hombre de finanzas para acabar un negocio de explotación de maderas, sería de
gran ayuda para un poblado. Él puede hacerlo, sabe mucho, pero es perderse el último verano de
soltero y tenía pensado hacer alguna fiesta de despedida. Javier piensa: “Si yo solo quiero ir tirando…
cumplo las leyes, pago mis impuestos, soy fiel a Paloma, lo cual es un mérito enorme viendo como
están las cosas”, pero le da la sensación de que él no tiene un para qué que le ayude a soportar
cualquier cómo que la vida le ponga por delante, y eso es un problema.
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La dimensión trascendente del hombre
El hombre, ser trascendente
Después de haber analizado diversas facetas del hombre no podemos dejar de hacer referencia a su
dimensión espiritual. Si no tuviéramos en cuenta esta faceta estaríamos tratando al hombre de una
manera incompleta. El hombre es un ser espiritual por naturaleza. El hombre necesita trascenderse,
buscar algo, más allá de lo humano, que dé explicación a esos grandes interrogantes que se plantea y
que no puede comprender sólo desde la racionalidad: de dónde venimos, a dónde vamos, qué sentido
tiene la vida, qué hay más allá de la muerte… Si pensamos que la vida es solo un “ir tirando” ¿qué
sentido tiene “seguir tirando”? ¿Para qué seguir tirando? La vida solo cobra sentido desde una
perspectiva religiosa, trascendente. Esta inquietud del hombre se ve en todas las cosmogonías
religiosas a lo largo de la historia, ya sea en los libros sagrados de Israel, en los Veda, en Confucio o
en Lao Tse. El hombre viene de Dios y necesita a Dios, si bien en muchos casos lo busca en el lugar
equivocado, creándose falsos dioses que no le llenan y le llevan al vacío existencial, cuando no a la
autodestrucción.
Con el hecho religioso sucede lo mismo que Napoleón observaba respecto de la Iglesia Católica: "Los
pueblos pasan —observaba Napoléon—, los tronos y las dinastías se derrumban, pero la Iglesia
permanece". Algo que hace sospechar que el hecho religioso forma parte de la naturaleza del hombre,
y que la Iglesia está alentada por un espíritu que no es de origen humano.
Algunos piensan que es el hombre el que ha creado a Dios, una especie de sublimación del hombre,
como dijo Feuerbach. Así, la religión sería un invento humano, un agarradero al que aferrarse cuando
se viven situaciones de pobreza, de injusticia o de dolor. Si Dios sólo fuera eso, un consuelo a mis
penas, ¿no me habría hecho un Dios que no me exigiera tanto, en definitiva, un Dios más sencillo,
más “cómodo”, que se amoldara a mis cosas? «La palabra "Dios" no es una resonancia. La resonancia
es la prolongación de un sonido que se va degradando y llega a desaparecer por completo. Dios no
es una evocación esotérica, como pretenden muchos intelectuales que, al no poder negar su arraigo
en los hombres y la fuerza motriz de lo divino en la historia de la humanidad, evitan esta realidad
mediante definiciones extravagantes en las que se rebaja la creencia trascendente a una idolatría
puramente antropológica. Debe reconocerse sin embargo, que esta intensa y constante labor
intelectual —que parte de un racionalismo a ultranza y del más estricto historicismo moral— ha
creado un estado de opinión en el que resulta explicable la beligerancia laicista ».1
El hombre de hoy no quiere problemas, y Dios lo es. El hijo de la Ilustración quiere un mundo
manejable, a su medida, con muchas comodidades, donde el esfuerzo sea solo voluntad de poder. Si
vemos así el mundo, Dios no tiene cabida en él, sin embargo, la fe cristiana siempre ha estado
presente en la cultura occidental. Nuestra vida cultural, todo nuestro obrar, pensar y sentir arraiga en
el trasfondo espiritual de Occidente, que es de raíces cristianas.
1
José A. Zarzalejos. Editorial ABC, 20-6-2004
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Cuenta López Quintás en uno de sus libros cómo un día, al atardecer, después de visitar la catedral de
Notre-Dame, mientras callejeaba por el viejo París, se encontró sin querer con un pequeño edificio
abandonado, con sus sórdidas ventanas cruzadas por listones de madera. Aquella construcción medio
en ruinas resultó ser el famoso “Templo de la Nueva Religión de la Ciencia”, que hacía siglo y medio
había erigido el filósofo francés Augusto Comte. El contraste fue tan brusco como expresivo. El templo
con el que se pretendió dar culto al progreso científico se hallaba medio derruidos. La vieja catedral,
en cambio, lucía sus mejores galas, como en sus grandes tiempos medievales. La historia de aquel
templo olvidado está emparentada con la de aquella facción de la Ilustración que en su día se alzó
con la ilusión de "despojar al hombre de las irracionales cadenas de las creencias y saberes
supersticiosos basados en la autoridad y las costumbres". El pensamiento ilustrado de la Enciclopedia
consideraba los conocimientos religiosos como "simples e ingenuas explicaciones de la vida dadas por
el hombre no científico". Pensaban que buscar en Dios una razón de existir pertenecía a un estado
primitivo de la vida humana, que daría paso al pensamiento filosófico, y, más adelante, acabaría por
ceder su puesto al conocimiento científico, que otorgaría al hombre su primacía absoluta en el
universo2.
Fe y razón. Ciencia y fe
“Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan” (Blas
Pascal).
Hay dos caminos para acceder al conocimiento humano: uno, inmanente al propio individuo
(evidencia, discurso lógico) y otro que le transciende (creencia). El progreso de las ciencias humanas
se fundamenta en los dos. Esto no sólo no abre una escisión entre fe y razón, sino que, por el
contrario, viene a insistir en que ambas son compatibles y, más aún, se reclaman mutuamente.
La fe es razonable, pero al hombre le resulta difícil llegar a comprenderla con profundidad con la única
ayuda de la razón. Por eso la Revelación supone una gran ayuda en el laborioso camino de la
inteligencia humana. No se puede confundir racionalidad con racionalismo. La racionalidad —función
de la inteligencia humana— tiende a la búsqueda de la verdad. En la racionalidad caben realidades
que, sin dejar de ser razonables, van más allá de lo evidente y lo que es demostrable. El racionalismo,
por el contrario, solo considera razonable lo que es demostrable y calculable en el sector de las
ciencias, que se convierten así en la única expresión de racionalidad: lo demás es subjetivo.
La dimensión religiosa o trascendente de la persona no sólo aporta respuestas a los grandes
interrogantes del hombre, sino que aporta la clave que posibilita la observancia de la ley moral. La
diferencia no está tanto en las normas morales como en el origen de la autoridad de éstas: la ética
laica tiene su origen en el hombre, la moral cristiana en Dios. La moral cristiana no es un manojo de
preceptos. “¿Qué habéis venido a buscar aquí?”, preguntaba Juan Pablo II a los dos millones de
jóvenes congregados en Roma en agosto del año 2000, y él mismo se corregía sobre la marcha “¿A
quien habéis venido a buscar?”.
La ética laica cree que ella misma deriva automáticamente de la razón, pero este planteamiento ha
demostrado ser insuficiente (basta fijarse en los horribles crímenes cometidos por totalitarismos ateos
a lo largo del siglo XX: desde el genocidio nazi de Hitler hasta el de Pol Pot en Camboya, pasando por
los del leninismo, el estalinismo o el maoísmo). La razón no puede ser rescatada por la razón.
2
¿Son compatibles ciencia y fe? ¿Desaparecerá la fe al madurar la sociedad? Alfonso Aguiló Pastrana. Sitio Web:
interrogantes.net
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Esos crímenes son una prueba de lo que puede llegar a hacer el hombre. Y hemos visto cómo la razón
no ha logrado impedirlo. Los ilustrados creían que, mostrando al hombre lo razonable, este lo
adoptaría, y la razón sería suficiente para organizar la sociedad. Pero no ha sido así. No basta con
proclamar lo razonable para que los hombres lo practiquen. La ley moral debe surgir de algo impreso
en la naturaleza humana, que llamamos ley natural. Una ley que obliga a todos los hombres y que no
siempre coincide con las argumentaciones “racionales” del momento de cada gobernante, de cada
sociedad, de cada persona. No se trata de menospreciar la razón, que es una de las más nobles
capacidades que distinguen a la especie humana, sino de encontrarle un norte y un cauce por el que
discurrir, recordando siempre la limitación humana, así como el orden natural impuesto por Dios.
Ninguna persona piensa desde un vacío emocional, y el más abstracto de los pensamientos está
transido de afectividad. Las pasiones, los sentimientos, humanizan la razón, pero también tienen la
capacidad de enturbiarla, confundirla y apartarla del bien, incluso bajo el convencimiento íntimo de
que eso, el bien, es precisamente lo que se persigue.
Todo esto no significa que el que cree en Dios obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca;
pero está menos expuesto a engañarse, ya que tiene dentro una voz moral que, en determinado
momento, le advertirá. Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es
más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Hay quienes
piensan que ciencia y fe son incompatibles. Incluso algunos científicos piensan así. Sin embargo,
muchísimos otros –de indudable y reconocido prestigio– no dudan en declararse creyentes y no les
parece que la fe sea contraria en absoluto al ejercicio de su investigación, sino que afirman que la
verdadera ciencia, cuanto más progresa, más descubre a Dios. Los conflictos entre ciencia y fe han
sido siempre causados por la ignorancia de los defensores de una u otra parte. El mismo Albert
Einstein, por ejemplo, autor de la teoría de la relatividad, afirmaba que "la religión sin la ciencia
estaría ciega y la ciencia sin la religión estaría coja también".
El peligro no proviene de la ciencia en sí, sino de esa mentalidad que lleva a considerar que solo
puede conocerse aquello que es medible, controlable, verificable, y a despreciar todo lo demás. Esa
pretensión de dominio sin límites deja al hombre en una situación de desamparo. La ciencia no puede
llenar ella sola por completo la vida del hombre. La ciencia no habla de valores, de sentido de la vida,
de metas ni de fines, y de todo eso necesita el ser humano para preservar su dignidad y ser feliz.
Crecimiento espiritual
La madurez es realmente un proyecto personal que se desarrolla durante toda la vida. El ser humano
está llamado al crecimiento a lo largo de su existencia. Como el ser humano no puede permanecer
estable, sino que cambia constantemente a mejor o a peor, un estancamiento puede tener como
consecuencia la deriva hacia la mediocridad. Por eso es conveniente proponerse periódicamente, de
forma consciente y explícita, objetivos de crecimiento, que nos vayan ayudando a tener una
continuidad en esa hermosa y ardua tarea que es la construcción personal. Y esto en todas las facetas
de la persona, incluyendo naturalmente la dimensión espiritual.
Igual que se busca el desarrollo de la inteligencia y de la afectividad, a través del estudio y de la
amistad, la espiritualidad humana está también llamada a crecer y alcanzar su plenitud. Los rasgos
que caracterizan esta dimensión son fundamentalmente el bien y la verdad. Cuanto mayor sea el bien
que hay en una persona, cuanto más cerca esté de la verdad, tanto mayor será su desarrollo
espiritual, y, en consecuencia, tanto mayor será su capacidad de amar. Debemos crecer y llegar a ser
más, para poder amar más y darnos más a los demás.
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El bien y la verdad están íntimamente relacionados con la felicidad. En nuestro entorno social,
caracterizado por el relativismo, el término "verdad" puede tener un significado diverso o incluso
confuso. Aquí nos referimos a la verdad del ser humano, a sus raíces más hondas, a lo profundo de su
ser, a su intimidad más reservada. Cada uno de nosotros es capaz de discernir si su vida es conforme
a lo que debería ser o si se aleja de ese ideal que de alguna manera tenemos inscrito en el corazón.
Asimismo, el concepto de bien en ocasiones puede no estar suficientemente claro, o se pueden tener
dudas ante distintos bienes, que incluso pueden parecer contradictorios. Por todo esto, es
imprescindible formar la conciencia correctamente, a fin de superar la tendencia a la autojustificación. La conciencia es la voz interior que guía y orienta nuestras acciones. La persona adulta
se caracteriza, desde el punto de vista moral, por la autonomía, es decir, por la capacidad de juzgar
rectamente y de actuar en consecuencia.
Crecimiento en virtudes
Para obrar el bien es necesario un entrenamiento, ya que el hombre espontáneamente no siempre
tiende al bien y a la verdad. Por esto es importante emplear la voluntad en la realización de actos
buenos, en la búsqueda del bien verdadero, de manera continuada, hasta que estos actos se
conviertan en una costumbre. Esto son precisamente las virtudes, que, por oposición al vicio, llevan
hacia una libertad más plena, pues nos ayudan a buscar siempre el bien. La virtud es llevar al
heroísmo lo ordinario, la vida cotidiana, porque adquirir virtudes cuesta, y no poco. La virtud lo que
hace es perfeccionar el obrar a través del ejercicio de la voluntad, por lo tanto es un medio, es un
modo de abrir el futuro; con la virtud se gana tiempo, porque el hombre, al crecer, vive más, tiene
más vida, es más humano. La persona no nace, sino que se hace virtuosa. La repetición de actos
buenos nos convierte en mejores personas.
Solamente la persona virtuosa, o la que al menos se ha puesto en el camino hacia la virtud,
intentando superar sus propias limitaciones y tendencias, está en disposición de ver al otro como el
"prójimo" al que amar o ayudar. Nuestra vida moral es una lucha continua por adquirir virtudes que
nos hagan mejores. La dificultad para progresar en la virtud normalmente reside en que tenemos
otros hábitos negativos arraigados: los vicios. Las virtudes están unidas, si se mejora en una, también
se crece en las demás, son como vasos comunicantes. No estaría bien dar limosna y no ser casto.
Entre las virtudes distinguimos las humanas o naturales, siendo las principales las cuatro conocidas
como cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; y las sobrenaturales o teologales, que solo
se adquieren por mediación divina, que son la fe, la esperanza y la caridad.
Las virtudes cardinales se llaman así porque las demás, con excepción de las teologales, en cierta
medida derivan de ellas y las manifiestan, reflejando alguno de sus elementos; y cada una de las
restantes virtudes contiene algo de las primeras. Un acto virtuoso participa de las cuatro virtudes
cardinales, pues es prudente, al suponer el recto juicio sobre la acción debida; justo, por hacerse del
modo adecuado; templado, pues se emplea la justa medida de la pasión y energía; e incorpora la
fortaleza, porque no se detiene por el miedo ni las dificultades.
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Así como las virtudes humanas están al alcance de la persona por su propia operación, las virtudes
teologales tienen un origen trascendente. Solamente se pueden adquirir por iniciativa divina. Pero
esto no supone que unas personas las adquieran y otras no; en realidad, los dones de Dios se
derraman sobre todos y cada uno de los seres humanos. La diferencia reside en la acogida que de
esos dones hace cada persona. El cultivarlos, el disponerse a recibirlos en mayor medida, la apertura
a esos regalos, eso sí es responsabilidad del ser humano.
Relación con Dios y vida de piedad
Dios se revela primero como Creador. Pero la gran revelación, la gran novedad, consiste en que se
nos presenta también como Padre. Esto es lo exclusivo del cristianismo: el significado de la filiación
divina; Dios no es alguien lejano, distante, que está sólo para premiar y castigar, sino alguien
Bondadoso y Misericordioso, que perdona las ofensas. Dios es Padre que nos quiere y vela por
nosotros, por cada uno, de manera personal, y al que nos podemos dirigir como tal, con una relación
de padre-hijo. Igual que lo natural es que un hijo trate a sus padres por la sencilla razón de que le
han traído al mundo, lo natural en el hombre es mantener una relación con su Creador.
La manera de acercarse a Dios y tratarle es llevando una vida de piedad. No estamos hablando de
actos aislados que se realizan de un modo más o menos mecánico o repetitivo. El ideal de la persona
es alcanzar la "unidad de vida" o integración de las dimensiones personales, que consiste en una vida
orientada hacia el bien en todos sus aspectos. Es frecuente encontrar, incluso entre cristianos
practicantes, la convicción de que el aspecto espiritual es una parte de la persona que está aislada de
la vida ordinaria, la "vida real" que podamos desarrollar en el desempeño de nuestras tareas
profesionales o sociales. Semejante fractura no es propiamente humana. La persona es una, y no
puede vivir con un conjunto de principios diferentes en las distintas facetas de su vida. No se trata de
"cumplir", sino de "vivir".
La vida de piedad no tiene límites, pero no hay que olvidar lo que es fundamental en la vida de un
cristiano: la oración, los Sacramentos y la lectura de la Sagrada Escritura. Se trata de acercarse a Dios
y comprender qué quiere de mí, ahora, en mi vida y circunstancia particular.
La vocación. El matrimonio como vocación
Vocación significa "llamada". Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. La vocación supone una
respuesta de aceptación o de rechazo. Al crearnos libres, Dios ha preferido correr ese riesgo. Cuando
la respuesta es de aceptación, sigue como consecuencia el compromiso. La vocación es definitiva, es
para toda la vida. Y si aceptamos la voluntad de Dios como algo bueno para nosotros, la única salida
plausible es perseverar en esa vocación. Aunque en un momento determinado pueda resultar
inconveniente o incluso doloroso.
El matrimonio es verdaderamente una vocación. El sentido social de esta palabra, vocación,
actualmente se identifica con una profesión o un oficio, o con la vida consagrada. Sin embargo, la vida
conyugal es uno de los medios pensados por Dios para alcanzar la vida eterna. Este es precisamente
el significado que tiene el sacramento del matrimonio. ¿Qué supone esta particular vocación desde el
punto de vista espiritual? Los cónyuges están llamados a la inter-donación, a entregarse
recíprocamente. Pero no solo el día de su boda, sino cada día de su matrimonio, cada hora y cada
minuto.
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La vida conyugal supone la negación de uno mismo y la búsqueda del bien de la otra persona,
intentando hacerla feliz por encima de los propios deseos y ayudarla a acercarse más a la verdad. Es
esta una responsabilidad grave: la santificación recíproca. Es obligación de cada uno de los esposos
contribuir a la mejora del otro, a alcanzar su plenitud.
Desde el punto de vista religioso, los cónyuges pueden compartir una determinada visión, o, por el
contrario, tener diferentes planteamientos. En este segundo caso debe producirse un delicado proceso
de ajuste en el que intervienen simultáneamente el bien y la libertad. Es evidente que no puede
forzarse a nadie a asumir una determinada creencia o religión. Por otra parte, es también notorio que
en muchos matrimonios en los que uno de los dos no cree, se produce una evangelización. Para esto
hace falta vivir con fe y coherencia las propias creencias. La felicidad es atractiva. Si somos capaces
de transmitir el bien que nos reporta la vivencia de una fe, ese mensaje resulta atrayente y termina
por contagiar a la otra persona.
Un aspecto importante en los casos de divergencia espiritual es la decisión acerca de la formación de
los hijos. En principio debe respetarse una postura de comunicar la fe a los niños frente a transmitir
una increencia o un ateísmo. La razón estriba en que la persona que cree tiene unos motivos de
carácter trascendente, mientras que el ateo no tiene en cuenta esa trascendencia. En otras palabras,
la postura de la persona creyente se apoya en una visión que abarca una realidad superior a la que
podemos denominar natural, y por eso, y por encima de otras consideraciones, tiene unas
consecuencias cruciales (la salvación o la condenación eternas). Ante la simple posibilidad de que el
planteamiento sea verdadero, un ateo debería evitar privar a los hijos comunes de lo que puede ser —
y, ciertamente, es para su cónyuge— lo más importante en sus vidas. Este aspecto debe tratarse en
profundidad antes de casarse, durante el noviazgo, ya que es un aspecto que corresponde a las
necesarias áreas de unidad en el matrimonio
Como se ha comentado, ambos son responsables de la marcha hacia la plenitud del otro; por lo tanto,
ambos cónyuges deben favorecerse mutuamente el crecimiento espiritual y respetar el particular
carisma elegido por cada uno. No deberían plantearse conflictos entre la vida conyugal y el desarrollo
espiritual. Este aspecto corresponde a las necesarias áreas de autonomía del matrimonio y hay que
afrontarlo con especial delicadeza, pues las almas son personales y cada una tiene su propio
desarrollo espiritual.
Resumen
El crecimiento espiritual del ser humano es el progreso del "hombre interior" hacia el bien y la verdad,
enmarcado en la respuesta a una vocación, a una llamada de Dios. Una llamada a crecer en el amor,
a ser amigo personal de Él mismo, a parecerse a Él y amar a los demás como Él nos amó. La
construcción personal requiere empeñar la voluntad en la búsqueda del bien a través de las virtudes y
el desarrollo de una conciencia rectamente formada. Esta es tarea de toda una vida, en la que
podemos contar con los Sacramentos, con la oración y la dirección espiritual, que nos ayudarán a
alcanzar la plenitud a la que estamos llamados.
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Hoja de trabajo personal
Programa
Sesión
Relación de los hechos más significativos de los personajes del caso
Problemas que encuentro en este caso :
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Temas del caso que me
interesa discutir en la
reunión de equipo:
Criterios de la nota
técnica que me llaman la
atención:
Cuestiones que se han
discutido en la reunión de
equipo y me interesa
aplicar en mi familia:
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Hoja de trabajo personal
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Hoja de trabajo de la sesión general
Programa
Sesión
Hechos
Problemas
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Soluciones
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Conclusión personal
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