Capítulo Entero

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Napoleón
Capítulo 3
Joséphine
ÍNDICE:
Sección I. 1
Sección II. 5
Sección III. 6
Sección IV. 7
Sección V. 8
Sección VI. 10
SECCIÓN I
La Convención termidoriana ya tenía preparada una nueva constitución nacional.
El cuerpo legislativo se dividía en dos cámaras: el Consejo de los Quinientos y el
Consejo de los Ancianos.
En el proceso electoral solo podían participar los franceses mayores de veintiún
años que pagaran una contribución directa. Y partir del año XII, además debían acreditar
que sabían leer y escribir. Estos eran los ciudadanos activos. Se reunirían en asambleas
primarias que elegirían un número reducido de electores. Estos a su vez se reunirían para
elegir a los miembros del cuerpo legislativo. Solo podían ser electores aquellos ciudadanos
activos que pagaran una contribución aún mayor que la exigida para votar. Además,
debían tener al menos veinticinco años.
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Para ser elegido diputado en el Consejo de los Quinientos, se exigía también tener
veinticinco años, pero treinta a partir del año VII. Las propuestas de ley pertenecían
exclusivamente a este consejo. Pero la aprobación o rechazo definitivo correspondía sólo
al Consejo de los Ancianos. Esta cámara tenía la última palabra. Solo podían ser elegidos
diputados en el Consejo de los Ancianos los ciudadanos activos mayores de cuarenta
años, casados o viudos. La condición de diputado en el cuerpo legislativo duraba tres
años. Y ambas cámaras se renovarían anualmente por tercios.
El poder ejecutivo residía en un consejo de cinco directores. El mandato de director
duraba cinco años. El Directorio, como el cuerpo legislativo, también se renovaba
parcialmente. Lo hacía anualmente con la elección de un miembro nuevo. Elegidos los
cinco primeros directores, por sorteo se decidiría quien finalizaría su mandato el primer
año, quien el segundo, y así sucesivamente hasta el quinto año. Una vez salido el primer
director, después del primer año, se elegía un nuevo director que lo sustituyera. Su
mandato duraría cinco años. En el segundo año, con la salida del segundo director, se
elegiría a uno nuevo que duraría en el cargo otro mandato de cinco años. Y así, con el
paso del tiempo, se renovaría el directorio en su parcialidad, uno a uno anualmente. El
Consejo de los Quinientos elaboraba una lista de diez candidatos. Y el Consejo de los
Ancianos elegía a uno de ellos.
Con la nueva constitución, para ser ciudadano activo y elegir electores se exigía
veintiún años. Igual que en la revolución jacobina. Pero, como en la constitución de 1791 y
a diferencia de la de 1793, los ciudadanos activos debían pagar una contribución directa. Y
además, a diferencia incluso de constitución monárquica, debían saber leer y escribir. La
condición de ciudadano se volvió restrictiva. Es más, para ser nombrado elector, se pedía
más condiciones que las exigidas por la constitución de la Asamblea Nacional
Constituyente. Si la de 1791 exigía pagar una contribución directa y cumplir los veinticinco
años; y la de 1793, sin necesidad de pagar contribución, solo tener veintiún años; la nueva
pedía pagar una contribución, tener treinta años para el Consejo de los Quinientos, y
cuarenta para el de Ancianos. ¡Se acabó el sufragio universal y la república de los jóvenes
radicales! Incluso Tallien, el termidoriano que más hizo por el nuevo régimen, con solo
veintiocho años, tuvo que conformarse con ser elegido diputado en el Consejo de los
Quinientos. Todos los franceses tenían por igual garantizados los derechos a la libertad, a
tener propiedades y a la seguridad. Pero los termidorianos creían que solo los propietarios,
los contribuyentes, debían ser los que dirigieran la república, la empresa social en la que
sólo ellos contribuían. Se acabó el terror y la guillotina, las requisas y las
nacionalizaciones. Ahora solo habría un gobierno de paz y orden.
La Convención aprobó la nueva ley fundamental el 5 de fructidor del año III (22 de
agosto de 1795). Se sometió a referéndum. Fue aprobada por más del 95% de los
votantes. Pero apenas participaron una quinta parte de los llamados a votar. La nueva
constitución se adoptó el 1 de vendimiario del año IV (23 de septiembre). Entraba en vigor,
y era necesario elegir a los miembros del cuerpo legislativo. Después de estos, serían
electos los directores. El gobierno provisional se dio un margen de más de un mes. El 10
de brumario del año IV (1 de noviembre) nacería el Directorio y se pondría fin al gobierno
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provisional y a la Convención. Pero decidieron por decreto que solo fueran renovados un
tercio de la nueva asamblea legislativa. Los otros dos tercios serían los miembros de la
vieja convención termidoriana. Seguirían en el poder hasta su próxima renovación. Con la
libertad que proporcionaba el nuevo orden, los monárquicos y moderados se hacían
fuertes. Eran mayoría, pero esta solo se vería reflejada sobre un tercio del cuerpo
legislativo. Hasta que no se renovaran los otros dos tercios, serían minoría. La indignación
recorría las calles. Los realistas protestaban contra el decreto de los dos tercios. ¡Un
gobierno con apoyo minoritario se haría con todo el poder! ¡Abajo los dos tercios!
La noche del 12 de vendimiario (4 de octubre) era ventosa, húmeda y fría.
Napoleón salió de su hotel en dirección al teatro. Había quedado con amigos para ver una
obra sentimental. Durante el trayecto, comenzó a llover. Y Bonaparte se puso a correr en
dirección al teatro. Bajo la protección del pórtico, Napoleón oyó un redoble de tambores.
La Guardia Nacional, la milicia de Francia, los ciudadanos armados, marchaban por las
calles de París y llamaban a la rebelión del pueblo contra el gobierno de la república.
Napoleón tenía dudas de lo que pudiera hacer el gobierno. Aquel día le venía a la
mente el recuerdo del 10 de agosto de 1792, cuando la chusma y parte de la Guardia
Nacional asaltaron las Tullerías y atacaron a la guardia real. «De haber salido el rey al
frente montando a caballo —pensaba Bonaparte—, se hubiera salvado.» Pero Luis XVI no
quiso ejercer la fuerza. Al contrario, para evitar un baño de sangre, ordenó a la guardia
suiza la retirada. Sin plantar oposición, pronto fue masacrada; y el rey, sin guardia que lo
protegiera, huyó al edificio de la Asamblea Nacional. Estaba acabado, solo y sin fuerza
armada alguna. No supo defenderse como era debido. Y la Asamblea lo destituyó. Para
Napoleón, era necesario no mostrar debilidad: el enemigo vería en la debilidad la
oportunidad de atacar. Pensaba que era vital una representación de fuerza, mostrar al
mundo lo que era capaz de hacer la república por salvarse. ¡Los republicanos debían usar
la pólvora! El terror haría huir al enemigo.
La Convención estaba reunida en el Palacio de las Tullerías, y Bonaparte acudió
allí como público invitado. Stanislas Fréron, el jefe de la juventud dorada, daba un
discurso. Pedía defender la república frente a los enemigos. Parte del ejército se
encontraba en guerra contra las potencias de Europa. Pero la otra parte permanecía en
Francia. Se trataba del Ejército del Interior. La Convención eligió a Paul Barras
comandante en jefe de dicho ejército.
En cuanto terminó la sesión, Bonaparte acudió detrás de Fréron. El líder de la
juventud dorada lo conocía bien por sus logros en Tolón y su lucha contra los ingleses.
Barras era militar, pero el corso era uno aún mejor. Napoleón debía ayudar a Barras como
su segundo al mando.
Al salir del Palacio de las Tullerías, Bonaparte sintió cómo la lluvia caía con mayor
intensidad. Cientos de carruajes, cubiertos de oscura tela, se agolpaban en las
inmediaciones del palacio para recoger a los diputados. Nadie más había en las calles.
Nadie excepto los guardias que vigilaban el edificio que ocupaba Paul Barras. Lo había
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elegido como cuartel general, y desde él comandaría la represión contra los sediciosos. En
mitad de la oscuridad de las calles parisinas, todas las ventanas del cuartel permanecían
encendidas por la luz ámbar de candelabros y lámparas. Las plantas estaban a rebosar de
soldados y oficiales que recorrían los pasillos. Paul Barras estaba reunido con su equipo
en una habitación. Sobre una gran mesa, desplegaron el mapa de París. Napoleón entró y
presentó las instrucciones de Fréron. Por Tolón, Barras sabía que aquel joven corso
delgaducho era un ejemplar único en el ejército.
—¿Servirá a mis órdenes?... —preguntó Barras—. Tiene tres minutos para
decidirse.
Le sobraron los tres. Napoleón aceptó y se colocó frente al mapa de París. Ahí
estaba la capital. En el centro, el Palacio de las Tullerías, los edificios del gobierno. Una
columna de milicianos y ciudadanos realistas se dirigían hacia allí.
—¿Dónde están los cañones? —preguntó Bonaparte.
¿Cómo no?, ¡la artillería! Bonaparte siempre pensaba en ella. Pero los cañones se
encontraban en las llanuras de Sablons, a diez kilómetros de distancia. ¡Demasiado lejos!
La turba se agolpó en las calles colindantes, y siguió convocando a más ciudadanos.
Napoleón pensó en la caballería. Y propuso a Murat.
Joachim Murat tenía veintiocho años. Era hijo de un posadero, pero con la
revolución, inició una carrera militar. Fue un experto jinete. Era corpulento. Tenía una
melena oscura de cabellos rizados. Y dos patillas recorrían su cara. Bonaparte lo conocía
bien. Creía que era el mejor para comandar a la caballería. Y tenía un plan al respecto.
—Reúna doscientos jinetes —dijo Napoleón a Murat—. Galope hasta las llanuras
de Sablons, y traiga los cuarenta cañones que están allí y las municiones. Use los sables
si es necesario.
Las órdenes de Bonaparte fueron cumplidas de inmediato. Murat tuvo que emplear
a la caballería contra los rebeldes que se habían hecho con los cañones. No pudieron
defenderse frente a la fuerza y velocidad de doscientos jinetes armados. A la seis de la
mañana del 13 de vendimiario, Napoleón tuvo sus cuarenta cañones. Por suerte, había
dejado de llover. Solo una ligera bruma recorría la ciudad. Bajo ella, las calles de
adoquines estaban salpicadas de charcos. Nada más. Era el día perfecto.
Los rebeldes sumaban treinta y mil efectivos. Pero el gobierno solo disponía de
cinco mil soldados y tres mil milicianos. Bonaparte tenía razón, la artillería era vital en el
arte de la guerra. Napoleón apostó ocho cañones al norte de las Tullerías. Y dos en la
calle de la Iglesia de Saint-Roch. Barras permaneció a caballo. Mientras, Napoleón, a pie,
se situó al lado de los cañones de la Iglesia de Saint-Roch. Ordenó cargarlos de metralla y
esperar. Pronto, esa mañana, los realistas irían contra el Palacio de las Tullerías. Las
tropas republicanas estaban preparadas. Solo debían esperar la llegada de los enemigos.
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SECCIÓN II
Tardaron. El cielo era gris. Solo eran las tres de la tarde y parecía que iba a anochecer. Y
de repente, comenzó a llover en el momento justo de la acción. El suave repicar de la
lluvia se confundía con el redoble lejano de los tambores de los sediciosos.
Paul Barras levantó una barricada en la calle Saint-Honore. Los rebeldes se
apostaron frente a ella y comenzaron los disparos. Los hombres de Barras se encontraban
en inferioridad de número. Decenas de estallidos dejaron caer sobre los charcos a los
soldados republicanos. Bajo la lluvia, se empapaban y su sangre corría hacia los charcos.
A la altura de la barricada, los realistas calaron las bayonetas en los mosquetes y
comenzaron a acuchillar.
—¡Esto será como en Ajaccio!... —pensó Bonaparte escandalizado. Temía el
fracaso.
Barras se retiró a la calle de Saint-Roch. La turba lo seguía. La masa de
ciudadanos y guardias nacionales subían por la calle armados con las bayonetas caladas.
Se dirigían hacia los cañones de Napoleón. Los sediciosos los acuchillarían a todos en
cuanto los tuvieran a la altura. El joven general debía ser rápido, o de lo contrario, morirían
bajo el filo de las bayonetas enemigas. Los realistas no tardaron en reaccionar. Se
lanzaron a correr contra la artillería al grito de muerte. Su intención era apoderarse de ella
antes de que el joven corso ordenara disparar.
Bonaparte se puso al frente de los cañones. La lluvia no importaba. Desenvainó la
espada. La elevó en vertical hacia el cielo. Y ordenó a las tropas esperar. Hasta no ver el
blanco de los ojos del enemigo, no reaccionaría. Allí estaban, corriendo con furia hacia
Napoleón. Pero él no se impacientó ni un solo instante. Llegado el momento, bajó la
espada, y encendieron la mecha de uno de los cañones. Las chipas recorrieron la mecha
en muy pocos segundos. Un rugido, un fulgor fluorescente, una nube gris de pólvora, y la
bala salió proyectada contra la masa. Amputó cabezas, piernas y brazos. Otros cayeron al
suelo muertos por la fuerza de la metralla. Los cadáveres se amontonaron sobre la calle.
Los supervivientes comenzaron a huir. Los oídos de Napoleón pitaban. A lo lejos oía el
tibio griterío de los realistas en su huida. Bonaparte comenzó a andar por la calle. El olor a
pólvora era muy intenso. Una nube gris se levantaba. Y la lluvia hacía ríos de sangre entre
los adoquines.
Todo acabó con un solo cañonazo. Y Napoleón se convirtió en el héroe de las
calles de París. La guerra era el escenario; y los militares, los protagonistas. Sin ella,
Napoleón sería un oscuro y desconocido oficial más. Para conservar el poder, la nueva
república dependía de los generales: Hoche, Pichegru, Jourdan,… Bonaparte. La
Convención alabó su actuación en público. Al mes, el 10 de brumario comenzó el primer
Directorio. Paul Barras se convirtió en Director. Por sus logros, su rebelión contra
Robespierre, su participación en la elaboración de la nueva constitución, y su defensa de
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las Tullerías, era el hombre más poderoso de Francia. Su puesto en el ejército quedó
vacío. Bonaparte, su segundo al mando, fue elegido comandante en jefe del Ejército del
Interior. Ahora era respetado y admirado. ¡Por fin volvía su estrella!
SECCIÓN III
Había llevado el pelo desaliñado y el uniforme roído. Pero ahora eso era el pasado. Con el
reciente rango, llevaba un nuevo uniforme recamado en oro. Gracias a él, le asignaron una
casa en la Rué des Capucines. ¡Atrás quedaban las estrecheces del pasado! Joseph fue
elegido cónsul en Italia. Lucien, comisionado político. Louis se graduó como teniente. Un
mes más tarde comenzó a trabajar como ayudante de campo del propio Napoleón. Y
Jérôme fue enviado a un internado. En cuanto a Napoleón, no todo iba a ser milicia y
familia. Como oso que salía de la madriguera después de un largo invierno, la luz de la
nueva vida le deslumbraba, pero tenía curiosidad por conocer y disfrutar todas las
novedades del momento.
Veladas con la alta sociedad, espectáculos, cacerías, bailes, juegos y apuestas,
torneos y campeonatos. Napoleón era el protegido de Paul Barras. Ahora se mezclaba con
él y con sus amistades: Tallien, Récamier y Rose de Beauharnais, Joséphine como la
llamaba. Como comandante en jefe del Ejército del Interior, tenía cierta influencia. Ahora
casi todos invitaban a Napoleón. El joven general se unía a los gustos de los increíbles y
las maravillosas. La moda cambiaba por momentos, cada vez más rápido. Ellos vestían
fracs ceñidos, sin las bocamangas del pasado, y con cuellos aún más altos y rígidos. Los
fracs eran lisos o a rayas, de casi todos los colores pastel. Y llevaban grandes solapas
rectas con doble botonadura. Como antaño, por detrás, los fracs caían en dos faldones
discretos. Por delante solo llegaba a cubrir parte del chaleco. Dejaban al descubierto la
alargada franja inferior del chaleco. Este era blanco, o de color crema. En cuanto a la parte
inferior del cuerpo, comenzaron a llevarse pantalones ceñidos con botas. Solo de noche se
usaba zapatos de hebilla con medias calzón y medias de seda. Cierto estilo militar se
imponía en ellos. Ellas, en cambio, rompían aún más con el pasado. Los vestidos ya no
tenían estructura. Conforme pasaba el tiempo, cada vez más caían pegados al cuerpo de
la mujer, con naturalidad. El talle era alto. Las faldas perdían peso y se ceñían. Las telas
eran muselinas traslúcidas, vaporosas. Y el peinado se llevaba recogido. Se imitaba el
estilo de la antigua Roma y Grecia. Ahora se llamaba el estilo Directorio.
Aquello era una vida alejada de la disciplina militar. Madame Tallien había tenido
una hija. Joséphine fue su madrina. Pero eso no la iba a hacer parar, París era diversión.
El ciudadano Tallien solo era miembro del Consejo de los Quinientos, y Thérésa supo
cubrir las carencias del esposo con un nuevo amante: Paul Barras.
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A Napoleón le llegaron rumores de que el Director también era amante de
Joséphine. ¡Qué más daba!, ¡si iba a ser suya! Era una mujer cariñosa y con encanto.
Mayor que él, como a Napoleón le gustaba. Y su belleza era única. Nada que ver con el
pálido rostro de las mujeres de la nobleza. Su tez levemente morena y sus cabellos
oscuros le recordaban el mediterráneo. Todas las tardes iba a visitarla para descubrir
quién era Joséphine de Beauharnais.
SECCIÓN IV
En 1502, en mitad del caribe, Cristóbal Colón descubrió la isla de la Martinica. Una isla de
playas de arena blanca, palmeras y aguas color turquesa. No fue colonizada hasta el año
1635. En nombre del rey Luis XIII de Francia, Pierre Belein d’Esnambuc fundó la primera
colonia permanente. Se establecieron plantaciones de tabaco, añil, café, cacao y azúcar.
Mano de obra esclava, secuestrada de África, se encargaría de cuidar las explotaciones.
Una descendiente de Pierre Belein d’Esnambuc fue Marie Josèphe Rose Tascher de la
Pagerie.
Rose nació el 23 de junio de 1763 en la plantación de la familia. Se llamaba la
Pequeña Guinea. Y lo fue por los esclavos que trabajaban en ella, provenientes de esta
zona de África. Tenía una extensión de 500 hectáreas. Y cultivaban caña de azúcar. De
niña solía jugar entre las cañas. Cañas altas con alargadas hojas verdes bañadas por el
sol del caribe. Su gusto preferido era poder chupar caña de azúcar. Ya desde muy joven
comenzó a tener caries. Los dientes se le volvieron cada vez más grises. Sentía tanta
vergüenza por ellos, que sonreía sin despegar los labios. Y cuando reía, lo hacía con la
boca pegada, ahogando su risa en la garganta.
Así nació una niña de altura media, delgada y esbelta. Su tez era de un moreno
pálido. Los ojos, marrones. Y el cabello, largo, ondulado y sedoso, de un color castaño
muy oscuro. Rose siempre iba vestida a la moda, y perfumada de jazmín. Aunque de
provincias, era una dama de la nobleza terrateniente.
Pero no todo era prosperidad en la familia. En 1766 sufrieron la devastación de un
huracán. Y la afición por los juegos de azar de Joseph Tascher, padre de Rose, puso aún
más en apuros a la familia.
La tía paterna, Désirée, escribió desde Francia. Estaba casada con François de
Beauharnais, vizconde de Beauharnais. Y este tenía un hijo en edad de casar, Alejandro.
Los Beauharnais tenían dinero, y Alejandro era oficial de la armada francesa. Désirée
pensó en las hermanas de Rose. Pero al poco, estas enfermaron y murieron de
tuberculosis. Rose fue la elegida. Tenía dieciséis años, y abandonó la escuela de damas
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para viajar a Francia. Dos meses después de conocer al prometido, Rose se casó en
diciembre de 1779. Pronto se convertiría en vizcondesa de Beauharnais.
SECCIÓN V
Aunque educada en una escuela de señoritas, las costumbres de Rose eran provincianas.
Y su cultura, bastante limitada. El vizconde Beauharnais era un hombre refinado. Su
fortuna y posición social lo hacían codearse con la alta aristocracia francesa. No bastaba,
pues, una esposa que solo supiera coser y bordar. Necesitaba a su lado a una elegante
dama para los concurridos debates de los salones parisinos. La vizcondesa, a petición del
esposo, tomó clases de literatura, ética, escritura, protocolo y modales. Cambió la forma
de vestir. Y su tez morena comenzó a palidecer por la ausencia del sol del caribe. Rose se
transformó en una señora de la alta aristocracia francesa.
El 3 de septiembre de 1781 nació el primogénito del matrimonio: Eugène Rose.
Alejandro se marchó de viaje por Italia. Durante todo el matrimonio, permaneció ausente.
Rose le escribía al esposo cartas con una pésima ortografía. Alejandro no hacía más que
reprocharle su falta de cultura. Tiempo después, ella descubrió el romance del esposo con
una prima suya. Tan joven y tan sola, tenía el corazón destrozado. ¡Peor aún!, Alejandro
había tenido un hijo ilegítimo.
Pese a las desavenencias, el matrimonio se reconcilió. El 10 abril de 1783 nació
una niña: Hortense Eugénie Cécil. Fue prematura. Y el vizconde de Beauharnais creyó que
se trataba del fruto de una infidelidad de Rose. Él se encontraba en la isla de la Martinica.
Ofreció dinero a los esclavos para que testificaran contra ella. Solo se ofreció uno. Tenía
cinco años cuando la joven Tascher marchó a Francia. Y aún así, declaró que ella tuvo
una juventud promiscua.
En cuanto regresó Alejandro, el esposo ofendido, iracundo, expulsó a la esposa y a
los hijos de casa. Se tuvieron que refugiar en una abadía para familias en situación similar.
Era una abadía gótica, con arcos ojivales y bóvedas de crucería de fría piedra. Rose
solicitó la separación. Era una joven dama de veinte años. A los ojos del gran público, era
distinguida, elegante y con una voz dulce y bella. ¡No tenía que aguantar aquellos
embistes del esposo!... Alejandro secuestró a Eugéne. Creía que no debía ser educado
por mujeres. Y Rose lo denunció. Al final llegaron a un acuerdo: Alejandro se quedaría con
la custodia de Eugéne; y Rose, con la de Hortense más una pensión. Tras seis tortuosos
años de matrimonio, la separación definitiva se había consumado. Rose y su hija se
encontraban solas. Ya nada les quedaba en Francia, por lo que madre e hija se marcharon
a la isla de la Martinica.
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Pero la revolución también llegó a allí. Una rebelión de esclavos llevó consigo la
abolición de la esclavitud. La plantación de los Tascher se quedó sin mano de obra barata.
¡Era la ruina! Y Rose y su hija regresaron a la metrópoli, sin equipaje ni dinero. Fueron a
vivir a la mansión de una tía en Fontainebleu. Allí volvió a ver al esposo. Y después de
largos años, por fin tuvo entre los brazos a su hijo Eugéne. Los conflictos con Alejandro
habían desaparecido. Aunque siguieran separados, ahora ambos esposos mantenían una
fraternal amistad. Pesaba sobre sus conciencias el bienestar de los hijos. Alejandro
comenzó a hacer carrera política. Él y Rose celebraron juntos la nueva constitución
monárquica. Y con ella, Alejandro fue electo presidente de la Asamblea Nacional.
Con la huida de la aristocracia, la nueva república se quedó sin militares. El
vizconde de Beauharnais era uno de los pocos nobles que la apoyaban. Y lo que era más
importante, tenía una excelente formación militar. Llegó a comandante en jefe de la
Armada del Rin, y después, la Convención Nacional lo promovió a ministro de la guerra.
Rose acudía a diario a las sesiones de la Convención Nacional. La cámara se dividió
profundamente con la elección del esposo como ministro. ¡Era un aristócrata! La posición
de Alejandro era delicada. Pero eso no parecía importarle a ella. Rose tenía a varios
amigos y familiares encarcelados por motivos políticos. Uno de ellos había sido ministro de
asuntos exteriores. Empezó a abogar por ellos. Solicitaba su liberación. Y con sus
peticiones, levantaba una polvareda de rumores. Los más radicales partidarios del terror
creían que los Beauharnais eran contrarios al nuevo orden. En abril de 1794, el Comité
ordenó el arresto de Rose Tascher. Mientras, el ciudadano Beauharnais cosechó una
estrepitosa derrota frente a los ejércitos de Prusia y Austria. Perdieron Maguncia. Y él,
decepcionado, dimitió y abandonó el ejército. Un tribunal revolucionario se encargó de
Alejandro: fue juzgado por traidor y decapitado en la guillotina.
¡Suerte que la cabeza de Robespierre rodó en julio del ‘94! La reacción puso fin al
terror jacobino. Rose salió de prisión. Pero su liberación supuso vivir una vida pobre. Sin el
esposo, nada tenía la familia excepto deudas. Tallien y Barras, amantes de ella, la
ayudaron financieramente. Pero nada más que interés. Y uno sujeto con una crin de
caballo.
En aquella época conoció a un joven general. Era alto y musculado. Se trataba de
Lazare Hoche. Había nacido en 1768. Era hijo de un peón de las caballerizas reales. La
pobreza de la familia lo obligó a trabajar desde muy niño en las cuadras. Cuando quedó
huérfano, recibió el apoyo de una tía suya, frutera en Versalles. Con su ayuda, compró
libros y comenzó su educación. Dedicaba el día al trabajo; y la noche, al estudio. Con solo
dieciséis años, ingresó como fusilero en el ejército. Destacó, pero con la instrucción militar
superior y las promociones reservadas a la nobleza, ni la burguesía podía progresar en el
ejército, y aún menos un simple proletario como el joven Lazare. Solo consiguió ser
sargento. Aquello era mucho más de lo que cualquier miembro de su familia podía haber
conseguido. Pero era ambicioso. Suerte que la revolución brindaba el apoyo al mérito sin
distinción de origen. Hoche se hizo revolucionario. Aquello suponía la posibilidad de
ascender. Su mentor fue el general Leveneur. Con su instrucción, logró éxitos militares en
la guerra contra Austria. Fue elevado al rango de oficial. Su defensa de la plaza fuerte de
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Dunkerque lo promovió al rango de general en octubre de 1793. Solo tenía veinticinco
años. Dos meses después, y con un año menos de edad, Napoleón obtuvo el rango de
general de brigada. Pero Hoche se mantenía por encima. Él era la estrella militar del
momento. Bonaparte admiraba a Hoche. Pero Rose se había enamorado de él. ¡Con un
competidor así era imposible luchar!... Pero aún con ello, Napoleón no podía evitar
desearla. ¡Josèphine debía ser suya!
SECCIÓN VI
La noche del 19 de ventosos del año IV fue el día elegido. Los invitados esperaban en una
antigua residencia de un noble emigrado. Ahora era una casa de bodas civiles.
En el salón principal, los techos eran altos. Sobre un estuco blanco, había una
decoración geométrica con motivos vegetales en pan de oro. De aquel techo pendían
alargadas lámparas con brazos dorados y cristales engarzados en hilos. Decenas de velas
blancas proyectaban su luz amarilla sobre los cristales. Y provocaban en ellos destellos
con los colores del arcoíris.
Las paredes también eran de un pulido yeso blanco con una decoración
geométrica y dorada. Los ventanales de los balcones eran de madera pintada de níveo
color. De doble gajo, tenían cada uno dos columnas de siete cristales, más un cuadrado de
cuatro sobre un parteluz aún más ancho. Las cortinas eran de una tela blanca traslúcida.
La pálida luz de la luna y de las estrellas entraba al salón con tibieza, y se confundía con la
luz ámbar del interior. Las puertas, alargadas y de doble gajo, al igual que las ventanas,
eran blancas y tenían pomos dorados. La planta del salón era rectangular. Y había dos
puertas en cada uno de los extremos. Entra ambas puertas había chimeneas. Eran de
mármol lechoso con betas grisáceas. Dos pequeñas pilastras acanaladas sostenían un
dintel con hojas de acanto en oro. En el hogar, anchas y largas lenguas de fuego color
naranja quemaban troncos de madera de pino. El fuego proyectaba una vibrante luz sobre
las paredes. Y proporcionaba suficiente calidez al salón. Los troncos crujían, y
desprendían un suave aroma a savia. Se mezclaba con la fragancia almizcle de la cera
derretida de las velas.
El suelo del salón eran piezas cuadradas de mármol negro y blanco con betas
grises. Se disponían en diagonal, y formaban sobre el suelo un tablero de ajedrez. Pulido,
brillaba. Los candelabros de pie proyectaban su imagen sobre el suelo. Eran columnas
clásicas de oro, con brazos que sostenían en círculos concéntricos velas a distinta altura.
Pocos muebles había en aquel salón. Un escritorio de nogal lo presidía. Tenía patas
estrechas, rectas y alargadas, con pies de oro. Y el tablero tenía un rectángulo central de
cuero verde con ribetes dorados. Sobre él se disponían los papeles de boda, un tintero
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negro y una pluma color carmín. Detrás del escritorio estaba la chimenea. Y delante, una
media docena de sillones de madera oscura y tapicería color marfil.
Los invitados, de pie, no dejaban de hablar. Eran pocos: El matrimonio Tallien; el
abogado de Josèphine, Jerome Calmelet; Paul Barras; el notario, Raguideau; y un
funcionario público. El burócrata, un exmilitar con pata de palo, puso la silla entre el
escritorio y el fuego, y se sentó para dormitar. Era de noche, y Josèphine llegó tarde y
sola.
Llevaba un vestido de dos capas. La inferior era lisa y de seda blanca. Y la
superior, de transparente muselina del mismo tono. El vestido era vaporoso. La falda
parecía un cono estrecho. Era ceñido al cuerpo y tenía un poco de cola. Bajo ella,
escondía unas bailarinas de nívea tonalidad. El talle era alto, por debajo de los pechos. El
escote, ajustado, palpitaba con la respiración intensa de los nervios de boda. Las mangas
eran cortas. Había maquillado la piel para que pareciera más pálida y rosada. Llevaba una
pulsera y un collar, ambos de oro con gemas. Adorno diseñados al estilo griego. Y recogió
los negros y sedosos cabellos ondulados con más joyas y una diadema con florecillas
rojas, blancas y azules.
Napoleón llegaba tarde. Y Josèphine aprovechó el tiempo para conversar con sus
invitados. Amable, educada, atenta con todos ellos, como siempre había sido. El notario
consiguió apartarla a un lado, mientras el resto seguía con la conversación entre risas y
carcajadas. Él aprovechó para recordarle a ella su opinión sobre el matrimonio.
Raguideau redactó el contrato matrimonial. El notario era bajo, minúsculo, casi
enano. Tenía que elevar la vista para poder hablar con Josèphine. Y empinar los pies para
susurrarle al oído.
—Es un grave error —le dijo el notario a ella—, y usted lo lamentará.
Josèphine apartó el oído con una leve mueca de protesta.
—¡Insisto!... Está cometiendo una locura… ¡Casarse con un hombre que cuenta
solo con su capa militar y su espada!... ¡No tiene sentido!
Raguideau redactó un contrato privado especial para ella. No estableció la
comunidad de bienes. En caso de divorcio, Josèphine no tendría que compartir sus
propiedades con el ex. Es más, el contrato estipulaba una pensión vitalicia a favor de la
esposa. Con ella, podría ganar independencia económica del marido. Así, para el notario,
todo quedaba bien atado a favor de Josèphine.
Ella se acercó a Paul Barras y le preguntó por la tardanza de Napoleón.
—Supongo que se retrasa por los preparativos militares.
La guerra contra la I Coalición continuaba. Había caído Holanda. Prusia firmó la
paz. Y España cruzó las líneas enemigas para convertirse en aliada. Solo quedaba Gran
Bretaña, Italia y Austria. Tropas austríacas estaban en territorio italiano, y amenazaban
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con entrar y derrocar a la república. Austriacos e italianos debían ser vencidos. De caer los
enemigos, Francia aniquilaría los restos de la coalición y la paz estaría asegurada en
Europa. Napoleón solicitó a Barras el mando del Ejército de los Alpes. El director se negó.
Bonaparte era un magnífico comandante del Ejército del Interior. La república lo
necesitaba por el bien de la seguridad doméstica. Más aún, Barras no podía nombrarlo
arbitrariamente.
El directorio ejecutivo tomaba las decisiones en su conjunto y por mayoría de
votos. En principio, no se repartían entre sí las diferentes ramas de la administración. Los
cinco directores gobernaban como un consejo. Para ejecutar las leyes, el directorio se
hacía ayudar por siete ministros, cada uno especializado en una rama de la
administración: Asuntos Exteriores, Justicia, Finanzas, Policía, Interior, Ultramar y Guerra.
Aun con esto, aunque todos los directores debían participar sobre todas las ramas del
gobierno, se repartieron estas. Barras se centró en la seguridad interior. Y la defensa
nacional fue confiada al director Lazare Carnot. Sin su conformidad, la del ministro de
Guerra, y la aprobación final del directorio; Bonaparte no podía ser nombrado.
Carnot tenía más de cuarenta años. Era ingeniero y matemático. Con la revolución
entró en política, y fue el encargado de la defensa de Francia en los años más duros de la
guerra. Por ello fue apodado el «Organizador de la Victoria». Era un duro contrincante para
Barras. Él desconfiaba de sus compañeros de directorio. Deseaba el control absoluto del
poder. Y tenía un arma: Fouché.
Joseph Fouché había sido marginado de la vida política. Con la aprobación de la
decapitación del rey y la masacre que dirigió en provincias, traicionó a los moderados.
Después, con la reacción termidoriana, a Robespierre. Ya nadie confiaba en él, ¡un
traidor!, y aún menos la burguesía conservadora que dominaba el directorio. Vivía con la
familia en una buhardilla maltrecha. Sufría hambre, y su hija pequeña enfermó y murió.
Pero tenía sus virtudes: pasar desapercibido, ganarse la confianza de los sirvientes y
obtener información; en una sola palabra: ser espía. Paul Barras lo contrató para espiar a
sus compañeros y enemigos políticos, en especial a Lazare Carnot. Barras le ofrecería a
Napoleón el mando del Ejército de los Alpes si se casaba con Josèphine. Así se quitaba a
una amante. Sería su regalo de bodas. Solo faltaba que Lazare Carnot y el ministro de la
Guerra no se opusieran al plan. Por fortuna, dieron su aprobación.
Sonó el pomo de la puerta de manera brusca. Todos los invitados giraron la
cabeza. Y Bonaparte entró con fuerza al salón, con paso militar. Le acompaña su ayudante
de campo Lamerois. Napoleón pidió disculpas. Preparaba la invasión de Italia, y las
reuniones se alargaron más de lo debido. Llegaba tarde a la boda.
—¡Vamos —dijo Napoleón—, casémonos deprisa!
El funcionario despertó y se puso en pie como pudo. Los contrayentes se
colocaron frente al escritorio. Detrás, los invitados se sentaron en los sillones. El
funcionario se dirigió a Napoleón y dijo:
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—Ciudadano Bonaparte, ¿consiente en tomar por legítima esposa a madame
Beauharnais, aquí presente, y serle fiel?
—Consiento —contestó.
Entonces el funcionario se dirigió a Josèphine. Estaba pálida. No creía que fuera
posible que, después de tanta espera, fuera a casarse tan rápido.
—Ciudadana Beauharnais, ¿consiente en tomar por legítimo esposo al general
Bonaparte, aquí presente, y serle fiel?
—Consiento.
Y en el acto, Bonaparte hizo el gesto de acercarse al escritorio para firmar los
papeles.
—General Bonaparte y Madame de Beauharnais, la ley os une —dijo el
funcionario.
Napoleón ya había firmado.
Los invitados aplaudieron, se pusieron de pie, Josèphine firmó deprisa, y los
enamorados se besaron. Pronto, montaron en carruaje. El matrimonio Bonaparte solo
disponía de un par de días de luna de miel. De inmediato, Napoleón marcharía para
comandar el Ejército de los Alpes. Lucharía contra piamonteses y austriacos. Aún tenía la
cicatriz de Córcega. Había intentado atacar territorio piamontés; y traicionado por Paoli, la
misión fue un fracaso que no había curado. Marcharía pronto al norte de Italia. Su objetivo
era conquistarla. Josèphine debía esperar si quería una luna de miel más larga. ¡La guerra
estaba por encima del amor! Aquella noche, como obsequio de bodas, Napoleón le regaló
a la esposa un collar de oro. Tenía una placa. Sobre ella, una inscripción: Hacia el destino.
Continuará…
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