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EL DÍA, domingo, 4 de octubre de 2015
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EL BATALLÓN de Infantería
de Canarias del siglo XVIII. Así se
inició la presencia de un Ejército
regular en las islas. 6/7
del domingo
revista semanal de EL DÍA
LOS MUSEOS EN LA HISTORIA DEL PUERTO DE LA CRUZ:
ARTE MODERNO Y ARQUEOLOGÍA CANARIA (II)
Texto: Melecio Hernández
Fotos: Pérez Damián Marrero
S
iguiendo la línea trazada en
el anterior trabajo publicado el 19 de julio, hoy me ocuparé de las salas-museo de
Arte Contemporáneo Eduardo
Westerdahl y de Arqueología Canaria
Luis Diego Cuscoy –la estética modernista de una parte y, de otra, la prehistoria
canaria–, que se deben, entre otros promotores y colaboradores, a la acción
fundamental de quienes crearon y dirigieron los proyectos y dieron sus
nombres a los mismos, y, por supuesto,
al apoyo e interés de una nueva asociación cultural en la época, denominada Instituto de Estudios Hispánicos,
cuya fundación tuvo lugar en el Ayuntamiento el 12 de febrero de 1953 y el
28 de marzo del mismo año la inauguración oficial en el desaparecido teatro Topham.
Inicialmente, sendas colecciones
fueron alojadas en los locales bajos del
actual colegio Tomás de Iriarte, edificio entonces de reciente construcción
situado en la confluencia de las calles
Quintana y Agustín de Bethencourt,
próximo a los históricos hoteles Mar-
quesa y Monopol. El inmueble fue cedido en uso por el Ayuntamiento
presidido por Isidoro Luz Carpenter,
uno de los artífices creadores del
Instituto hace 62 años, quien “insistió
siempre en que la mirada isleña tenía
que estar puesta en el mundo europeo
y en el americano” (1).
De justicia es dejar constancia de que
para acondicionar los locales Germán
Máximo Reimers adelantó el dinero,
además de otras muestras altruistas en
pro del arte y la cultura, como la recordada tertulia en sus jardines.
Este emplazamiento de la sede,
por hallarse dentro del casco histórico,
posee la mejor ubicación, pero no es
el más idóneo por su limitado espacio
para el desarrollo de las actividades previstas en las bases constitutivas; de ahí
que se siga clamando por un nuevo inmueble para la mejor conservación y
exhibición de los fondos de la institución,
además de ofrecer más y mejores servicios a los ciudadanos e investigadores
(2). Sin embargo, es el centro cultural
por antonomasia de la ciudad portuense,
interrelacionado con Hispanoamérica
y la península Ibérica, referente pionero y vanguardista de Canarias, que
surge en un medio cosmopolita ante
la reactivación turística del Puerto de
la Cruz.
Sede del Museo de
Arte Contemporáneo
MACEW, en la Real
Aduana.
Este ambiente propicia que la joven
entidad, con vocación americanista,
pueda dar a conocer la esencia de la
cultura española a una gran cantidad
de pueblos no hispánicos. Un buen ejemplo de ello son los tradicionales cursos para extranjeros, desde 1952, pese
a unos años de inactividad, hasta su
reanudación en 1963, en un contexto
sociopolítico “marcado por el monolitismo ideológico y el más recio control
de todas las actividades e iniciativas”
(3). No obstante, en la década de los
cincuenta empezaba a remitir tímidamente en nuestro país el aislamiento
internacional; aún así, tiempos difíciles
y de pobreza, paro y emigración de los
isleños a Venezuela, a la par que el enclave norteño de antigua y dilatada historia se configuraba como principal destino turístico del archipiélago.
Desde la génesis del instituto cuenta
éste con la integración de relevantes
personajes intelectuales, artistas y científicos, entre otros particulares y entidades institucionales de fuera y de dentro: Alberto Sartoris, Eduardo Westerdahl, Luis Diego Cuscoy, Isidoro Luz,
Joaquín de Entrambasaguas, Antonio
Ruiz, por este orden, fueron pilares fundamentales en la consecución de la institución, referente regional de la cultura hispanoamericana, además de Ce-
lestino González, Telesforo Bravo,
Juan Felipe Machado y tantos otros nombres que, aún mereciendo ser citados,
resultaría engorroso reproducir aquí
y cuyas iniciativas, aportaciones y gestiones hicieron posible la constitución
del ente adscrito al Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, dependiente
del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Resulta extraordinario en tan crucial etapa del régimen franquista que,
previamente a la inauguración de
ese hito histórico –1953–, como se señala más arriba, la junta rectora del instituto, el 30 de septiembre de 1952, aún
en formación, celebrara actividades
como la conferencia del arquitecto Alberto Sartoris en el Casino Puerto Cruz
y creara los referidos espacios museísticos (4) que albergaron, respectivamente, valiosas piezas pictóricas y arqueológicas. El de arte moderno fue
“el primero que en España se constituyó
en la década de los cincuenta, anterior
al Museo Español de Arte Contemporáneo de Madrid, al Museo de Arte Abstracto de Cuenca, o al Museo Picasso de
Barcelona (5).
Los fondos pictóricos iniciales del
Museo de Arte Contemporáneo sumaban veintiséis obras de doce artistas
extranjeros, pero al término del primer
lustro 1953-58, ascendían a cuarenta
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domingo, 4 de octubre de 2015, EL DÍA
EN PORTADA
y tres de treinta y dos artistas, respectivamente, de la vanguardia internacional de entonces.
Wesderdahl, en sus viajes por Europa
y la Península, seguía recabando donaciones de piezas de notables pintores
vanguardistas para el museo. También
el salón de exposiciones del instituto
fue el escaparate transmisor de artistas visitantes y residentes extranjeros
del siglo XX, hasta la proliferación de
manifestaciones artísticas de un
número significativo de diversas tendencias y países, sin obviar a los canarios que, al igual que los anteriores, dejaban una muestra con que se fue
engrosando la colección de cuadros y
que fue la consecuencia de que no se
ajustara íntegramente al criterio estético preestablecido por Westerdahl.
“Figuraron obras de los artistas nórdicos Akervall y Gulde, donadas por Celestino González Padrón, además de piezas cedidas por Eduardo Westerdahl,
que cubrirían el vacío originado por el
retraso en el envío del legado de Alberto
Sartoris. Entre estas obras se encontraban
las de José Caballero, Manolo Millares
y Carla Prina, que posteriormente serían retiradas junto con otras obras exhibidas y que habían pertenecido a la colección de Gaceta de Arte –de la que era
depositario Eduardo Westerdahl–. Nos
referimos a las obras cedidas de Joan
Miró, Willi Baumeister y Hans Tombrock
[…]” (6), y otros artistas entre los que
se encuentran Óscar Domínguez,
Ángel Ferrant, Karl Drerup, Enrique Planasdurá, Eric Granfelt y Juan Ismael,
cuya relación, vicisitudes y corrientes
artísticas han sido ampliamente estudiadas por especialistas de las artes plásticas.
Decía Pérez Minik de nuestro crítico
de arte Eduardo Westerdahl que, con
su internacional mundo de relaciones
y su bien ganada fama, fue el escritor
canario que más había clamado por la
posesión de una sala permanente de
arte contemporáneo en Tenerife, así
como luchado año tras año por su instalación en el Puerto de la Cruz, lugar
de su predilección (7).
Westerdahl ocupó oficialmente la sección de arte desde la fecha fundacional hasta 1958 y fue el alma máter del
primer museo español de arte contemporáneo con obras expresionistas,
surrealistas, abstractas e informalistas
(8); sin embargo, dirigiría su programa de exposiciones hasta el año 1965
(9). A Westerdahl le sucedió en dicha
sección de arte Francisco Bonnín
Guerín, “representante de las tendencias más tradicionales del arte insular”.
(10).
Coincide la época con una desacertada
remodelación en el interior del inmueble
de la sede y obras en el edificio anejo
terminadas en 1960. Los museos se vieron aislados y postergados a espacios
inadecuados para el fin que fueron creados, pues sin personal de control y otras
condiciones adversas para su conservación y sostenimiento, pronto serían
condenados a la clausura con serios
daños de los fondos. En el periodo 195862 no hay referencia alguna al Museo
Eduardo Westerdahl ni a las obras que
lo componían (11), ya que por razones
técnicas y económicas el instituto se
vio obligado a cerrar la sala de arqueología y el museo de pintura contemporánea desde 1959 a 1969, pese al nuevo
intento de reapertura al público de los
mismos en 1965, sumiéndose en un
olvido casi absoluto (12).
Aunque se trata de una conjetura,
las incidencias que contribuyeron a provocar la crítica situación por la que atravesaban los museos –el Círculo Iriarte
cerró en 1958– pudieron ser en buena
parte al absorbente boom turístico que
entonces vivía el Puerto de la Cruz pues
el turismo acaparaba primordialmente
la atención, y los intereses de los entes
públicos e inversores privados, entregados al desarrollismo urbano y la construcción hotelera, resultaron inversos
a las aportaciones económicas por parte de los estamentos oficiales, que limitaron las acciones culturales y crearon
situaciones restrictivas durante décadas.
Clausurado el Museo de Arte Contemporáneo, la voluntad de Westerdahl por mantener vivo el espíritu del
arte vanguardista activa exposiciones
en la capital tinerfeña, en distintos centros, con piezas de su propia colección
y de otros artistas canarios entregados
a la tendencia modernista que habían
pertenecido o estuvieron vinculados
a los fondos del Museo Eduardo Westerdahl. Mientras, seguía siendo indispensable una nueva sede en la ciudad.
En los 70 la junta de gobierno, en colaboración con la sección de estudiantes, puso todo su empeño en la rehabilitación del museo de arte moderno.
Entre otras acciones que culminaron
en fructíferas actividades, así como en
la recuperación y limpieza del material pictórico almacenado, se planteó
la necesidad de vincular a la ciudadanía
en la imperiosa salvación del museo.
La corporación municipal traslada
y aloja parte de los fondos artísticos
del instituto en otras dependencias
Museo
Arqueológico
Municipal del Puerto
de la Cruz por la calle
de Las Longas.
municipales, fuera de su centro de actividades, en la cercana calle Agustín de
Betancourt. Pero no sería hasta 1981
cuando se suscita la necesidad de retornarlos a su punto de origen para su restauración y catalogación, tarea esta que
en 1983 realiza Ana Luisa González Reimers, logrando se inicie dicha labor en
muchas de las piezas almacenadas (13).
También en esa década, Ana Luisa y
Federico Castro Morales recogen en su
Catálogo Histórico (1953-84), editado
por el instituto en 1984, la historia y
contenido de la pinacoteca, cuyo trabajo marca un antes y un después por
el que han de regirse los sucesivos historiadores, sin desmerecimiento de otras
prestigiosas publicaciones de reconocidos y prestigiosos autores.
Se propuso instalar la colección de
arte en la capilla del antiguo colegio
de los padres agustinos, propiedad del
Obispado (14), al igual que otros destinos como el de los locales de la Cruz
Roja, calle Agustín de Bethencourt, en
el inmueble de Hernández Hermanos,
o casa de José Agustín Álvarez Rixo,
e incluso el castillo de San Felipe, o en
una nueva sede a construir junto a la
estación de guaguas, con acceso por
la avenida Hermanos Fernández Perdigón (15).
Un conjunto de instituciones oficiales
y privadas, así como un gran equipo
humano hicieron posible el rescate y
catalogación del tesoro artístico de 56
pinturas, de las que se exhibieron por
primera vez en 2001 un total de 52 en
tres instalaciones del Puerto: Casa de
la Real Aduana y las salas de exposiciones del Instituto y la de Arte de CajaCanarias. Obras de la época de Westerdahl como un paisaje de Gustavo
Gulde, que ya figuraba en el catálogo
de 1953, al igual que otras varias, no
se expusieron dado su deterioro. Para
tan excelsa exposición se editó en 2001,
coordinado por Celestino Hernández, el catálogo Colección de Arte del
IEHC Museo de Arte Contemporáneo
Sala Eduardo Westerdahl.
Esta muestra itinerante también fue
exhibida en los sucesivos años 2002
y 2003 en la sala La Granja, de Santa
Cruz de Tenerife, y en La Regenta, de
Las Palmas de Gran Canaria. Y como
no podía ser menos, este último año,
con motivo del cincuentenario de la
fundación del instituto, aparte de un
gran repertorio de actos culturales, se
brindó al público una magnífica selección de pinturas de autores internacionales, regionales y de la comarca
de Taoro.
En la actualidad se sigue esperando como sede definitiva la ejecución del proyecto del parque de San
Francisco, que va para largo, mientras
el instituto reactiva su labor expositiva, conservadora e investigadora desde
2007 en la legendaria casona de la Real
Aduana, bajo el anagrama MACEW
(Museo de Arte Contemporáneo
Eduardo Westerdahl), y con la dirección de Celestino Hernández Sánchez,
donde se van exponiendo cuadros de
los fondos de la desaparecida sala Westerdahl, al margen de otras significativas actividades culturales.
Museo Arqueológico Municipal
En cuanto al Museo de Arqueología
Canaria, ha tenido una trayectoria divergente al de Arte Contemporáneo,
aunque similar en avatares a lo largo
de su existencia, como ya he adelantado, al coincidir en fechas y demandas claves: carencia de espacios estructurales y expositivos así como de condiciones ambientales adecuadas de conservación y de orden económico. La
excepción esencial que lo diferencia
es que el actual Museo Arqueológico
Municipal del Puerto de la Cruz posee
sede permanente, mientras que el de
Arte Contemporáneo posee una sede
vulnerable y provisional al no ser de
propiedad municipal y estar a expensas del Cabildo Insular.
Se constituyó el Museo Arqueológico
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EL DÍA, domingo, 4 de octubre de 2015
EN PORTADA
como complemento de las actividades
culturales del Instituto de Estudios Hispánicos, y, en principio con materiales cedidos fundamentalmente por Telesforo Bravo, Celestino González y otros
coleccionistas particulares. En el primer lustro de su fundación, según la
memoria-resumen del instituto 19531958, ya contaba con una interesante
colección de cerámica y de otros
utensilios considerados de gran valor.
Estos consistían en piezas del pasado
aborigen –especialmente momias y otros
restos guanches–, mapas del siglo XVII,
colecciones de mariposas, armas y maderas de los montes públicos de Canarias, en parte correspondiente a las donaciones de Juan González Sanjuán y su
esposa Leticia Gómez, herederos de
Ramón Gómez, que contribuyeron a
engrosar los fondos al igual que ocurriera con el legado aportado por los
herederos de Luis Diego Cuscoy. Asimismo, adquirió el instituto en 1956
una colección de animales disecados
a los hermanos Arrocha, de La Palma.
También se enriquecerían estos fondos en 1991 con una importante colección documental de 1.300 libros, principalmente de temas etnográficos, arqueológicos y científicos, y diversos
materiales del recordado antropólogo tinerfeño donados por la familia
de Luis Diego Cuscoy (16). El principal objetivo desde su fundación era “convertirlo en una institución científica al
servicio de la sociedad canaria” (17).
Pero, a pesar de su prematuro cierre al público, 1958, y fallido intento
de permanencia en su reapertura de
1965, este centro museístico –el primero
de sus características establecido en
el norte– es un referente que ha cumplido, dentro de sus limitaciones,
con las demandas de los sectores sociales, culturales y científicos no sólo del
municipio, sino también de proyectos
individuales y de grupos expertos de
la investigación de la arqueología
canaria de ámbito regional y nacional.
“En 1980, el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, a través de su secretario D. Jesús Hernández Acosta, se puso
en contacto con Dª Matilde Arnay de
la Rosa, requiriendo su colaboración para
el tratamiento adecuado del material
arqueológico allí depositado, especialmente las momias, colecciones que organizaban, catalogaban y limpiaban por
aquel entonces D. Nicolás Barroso
Hernández; Dª Enma Calero Ruiz y Dª
Hilda Hernández Molina, contratados
por el Excmo. Ayuntamiento de Puerto
de la Cruz. Se encargaron entonces bajo
diseño de D. Emilio González Reimers
y Dª Matilde Arnay de la Rosa las urnas,
cuya actual colocación corrió a cargo
de estas personas, así como la limpieza
y restauración del material arqueológico que seguía siendo feudo de ratas,
polillas, cucarachas y otras faunas
[…]. Los dueños de importantes colecciones arqueológicas se dirigieron
[1990] al entonces alcalde del Excmo.
Ayuntamiento de Puerto de la Cruz, D.
Francisco Afonso Carrillo, proponiéndoles la creación de un Museo Municipal que agrupara dichas colecciones a
las que se podrían añadir el material
depositado en el Instituto de Estudios
Hispánicos de Canarias. Dicha idea fue
muy favorablemente acogida por el
Excmo. Ayuntamiento de Puerto de la
Cruz, accediendo asimismo la Junta Rectora del instituto de Estudios Hispánicos a aportar el material allí depositado
ofreciendo además su más entusiasta
colaboración a la consecución de dicho
proyecto”(18).
Hubieron de pasar 36 años de aquella última y breve reapertura para andar el largo y difícil camino de su reinauguración, basada en uno de los proyectos culturales del Ayuntamiento.
El proceso previo lo marcan los plenos municipales del 28 de julio de 1981
y 28 de septiembre de 1982, en los que
se acuerda adquirir la casona situada
entre las calles de San Felipe y El Lomo
por un importe de 18 millones de pesetas para la nueva ubicación del museo.
El edificio de los siglos XVIII-XIX de
dos plantas, patio y jardín de predominante estilo arquitectónico clásico,
fue restaurado y adecuado mediante
una inversión cercana a los veinte millones de pesetas. Estas obras de reforma,
Museo
Arqueológico
Municipal.
ejecutadas por la empresa Víctor
Rodríguez, S.A., culminaron en 1985
(19)(ED 18-8-1985), siguiendo el proyecto del arquitecto José Miguel Márquez Zárate (19). Concluidas las obras,
un fortuito accidente provocado por
un container que transitaba por la calle,
destruyó el magnífico balcón de
madera de la fachada exterior, reconstruyéndose en 1986. Por esa y otras razones, incluidas la desidia y el abandono,
demoraron considerablemente la definitiva reapertura de la casa-museo que
no se produjo hasta el 29 de mayo de
1991, al frente del cual figura la competente directora-conservadora Juana
Hernández Suárez. Previo a tan histórico
hito, se ejecutaron obras de acontecimiento y equipamiento general del
edificio y medidas de seguridad y conservación de los fondos, siendo destacable
el laboratorio de investigación, fotografía
y reproducción gráfica, con una aportación municipal de 7,5 millones de pesetas provenientes de una aportación
municipal, entre otros equipamientos
(20).
También existía un proyecto a rea-
NOTAS
(1)Testimonio de Jesús Hernández Acosta en el homenaje a Isidoro Luz
Carpenter celebrado en el Puerto de la Cruz en mayo de 1981.
(2) El Día, 1-10-2000.
(3) Hernández González, Manuel. Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias 1953-2002. Medio siglo de historia cultural. Edición IEHC, Puerto de la
Cruz, febrero 2003, página(11)
(4) González Reimers, Ana Luisa y Castro Morales, Federico. Fondos Pictóricos del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias. Catálogo Histórico
(1953-1984). Edición IEHC, Puerto de la Cruz, 1984, página (8)
(5) Ídem, página 1(8)
(6) Ídem, página 10.
(7) Pérez Minik, Domingo. “En el Instituto de Estudios Hispánicos: un museo
de arte moderno”. Programa de fiestas de julio. Puerto de la Cruz, julio 1955.
(8) González Reimers, Ana Luisa y Castro Morales, Federico. Íbidem, página
(8).
(9) Hernández, Celestino y otros. Colección de Arte del Instituto de Estu-
lizar en 1992 que consistía en ampliar
las instalaciones con la construcción
de un edificio anejo al actual, que dispondría de un salón de actos y dos plantas de exposiciones que, afortunadamente, no se llevó a cabo, ya que el resultado hubiera sido un pegote adherido
al bello edificio que fuera casa de
vivienda particular.
El propio instituto fue el administrador del museo hasta que, constituido
el patronato del Museo Arqueológico
en 1982, pasó a ser este órgano el depositario y administrador, presidido por
el alcalde de turno de entonces, Félix
Real, y demás integrantes: dos por la
corporación municipal, cuatro por el
Instituto de Estudios Hispánicos y dos
de los pioneros impulsores del museo,
Celestino Hernández y Telesforo Bravo
(21).
El Museo en La Ranilla atrajo a expertos arqueólogos, estudiosos, colegios, etc., además de ser un reclamo
turístico para nuestros visitantes.
Reclamos que cada vez son menos, ya
que el Puerto de la Cruz, si exceptuamos el buen clima, sus gentes y su bella
costa rocosa y atlántica, desde hace décadas viene perdiendo sus valores más
fundamentales con gravea perjuicios
de carácter laboral, turístico, económico y un largo etcétera para el municipio. Por ello, hay que reconocer que
aunque la ubicación del museo es inmejorable, el inmueble y sus instalaciones no reúnen todas las condiciones
necesarias para la total conservación,
protección y exhibición del patrimonio prehispánico e histórico albergado
entre sus paredes. De ahí que haya perdido interés público, dadas las precarias condiciones que hacen imposible
cumplir con los cánones que corresponden a una institución de esta
clase.
Y para terminar por hoy, una pregunta: ¿llegarán, en un futuro más próximo que lejano, a contar los museos
de Arte Contemporáneo y de Arqueología con instalaciones dignas, adecuadas
y seguras para evitar las reiteradas
mudanzas que conllevan riesgos de pérdida y deterioro del rico patrimonio que
conforman la colección pictórica y la
arqueológica procedentes del Instituto
de Estudios Hispánicos de Canarias?
¿Es que los inmuebles apropiados para
tal fin son todos de propiedad del Obispado y Cabildo, y el municipio no dispone de patrimonio inmobiliario que
se adapte a lo exigible para la instalación de los dos únicos museos existentes
en el Puerto de la Cruz?
dios Hispánicos de Canarias. Museo de Arte Contemporáneo Sala Eduardo
Westerdahl. Imprenta: Producciones Gráficas. 2001, página 6(9)
(10) Ídem. Pág. 31.
(11) (11) González Reimers, Ana Luisa y Castro Morales, Federico. Íbidem,
páginas 14/15.
(12) El Día, 31-05-1991.
(13) González Reimers, Ana Luisa y Castro Morales, Federico. Íbidem, páginas 1(6)
(14) El Día, 25-03-2003.
(15) Hernández, Celestino y otros. Íbidem, página 21.
(16) El Día, 23-O5-1991.
(17) Hernández González, Manuel. Íbidem, página 137.
(18) Revista local Puerto de la Cruz, nº 6 julio-agosto 1983, página 4(4)
(19) El Día, 21-6-198(4)
(20) El Día, 28-05-1991.
(21) Boletín Informativo Municipal del Ayuntamiento de Puerto de la Cruz
nº 1 época III , Julio 1990 , página (9)
p4
domingo, 4 de octubre de 2015, EL DÍA
NUESTRA SEÑORA DE GUÍA:
SU PRIMITIVA ERMITA
Texto: José María Mesa Martín
E
l culto a Nuestra Señora de
Guía es una de las devociones marianas de más
arraigo en la geografía
tinerfeña, tanto por su
antigüedad como por su extensión geográfica, máxime en unos tiempos
donde las comunicaciones eran arduas,
pues los serpenteantes caminos estaban condicionados por el accidentado
relieve, que confería a algunas zonas
una aislamiento forzoso, como era el
del alejado Malpaís de Isora, donde se
encontraba el santuario de Nuestra
Señora de Guía.
Sobre las fiestas celebradas a la Virgen se han publicado muchos datos
a lo largo del tiempo, referidos a los
más variados aspectos, dada la coexistencia de circunstancias variopintas, tanto de tipo social como etnográfico(1).
Nuestra señora de Guía fue protectora de las órdenes militares de caballería, de ahí que su fiesta se denominara
“Fiesta de los Caballeros” y que dentro de los exvotos de plata que aún conserva sean los caballos un tema predominante.
El estricto protocolo de nobleza establecido en torno a la imagen hizo que
los años pares la fiesta debiera ser asumida y priostada por un hijo amayorazgado de los principales linajes
insulares, o por dos segundones,
mientras que si el año era impar la fiesta
debería correr a cargo de cuatro vecinos de Garachico(2). Esto daría lugar
a que su fiesta recibiera el epíteto de
“Fiesta de la Nobleza”.
Junto a estos, hay otros aspectos notorios por el derroche y el desenfreno,
como: almuerzos pantagruélicos, juegos prohibidos, bebidas, danzas, bailes y zapateos al parecer de poca urbanidad, travestidos, actos y conducta
de mucha disipación, que se amparaban
a la sombra de la élite insular, lo que
dio en llamarla “Fiesta de los Borrachos”... Lo curiso es que todos estos
calificativos coincidieron en el tiempo,
según el contexto donde se usaran.
Sin embargo, el origen de su culto
es la parte que realmente permanece
ignota, y a lo largo del tiempo se han
dado muchas versiones. La más divulgada es la de un manuscrito conservado en el convento Concepcionista
de Garachico donde se narra el hallazgo
de la Virgen en presencia de miembros
de la nobleza y dándole un protagonismo relevante a la familia Ponte en
el culto y construcción de su ermita.
También es este cenobio de la Villa y
Puerto el recinto que alberga la que se
ha considerado primitiva imagen de
Nuestra Señora de Guía.
El manuscrito en cuestión aporta la
fecha de 1670 como referente cronológico de los hechos acaecidos. Sin
embargo, esto entra en contradicción
con las noticias aportadas por fray Alonso
de Espinosa, quien en 1594, en su obra
sobre la Virgen de Candelaria, nos dice:
“Nuestra Señora de Guía está en el Malpaís de Isora entre Sgo y Adeje que es
imagen de mucha devoción y de quien
se refieren milagros”(3). Por lo que algunos autores han pensado en un lapsus
o error de transcripción del citado texto
conservado en el monasterio referido,
rebajando la cronología a 1570, para no
entrar en contradicción con Espinosa(4).
Sin embargo, a través de algunos artículos publicados ya hemos aportado
alguna documentación referente al culto
a la Virgen de Guía a lo largo del siglo
XVI, lo que supone un culto mucho más
antiguo.
Desde el inicio de sus festividades,
todo lo concerniente a ellas debió de
estar anotado y registrado en un
libro de protocolos que se guardaba
en Garachico, y que debió de desaparecer en algunos de los luctuosos sucesos que ha padecido la Villa y Puerto.
Sin embargo, todos los aspectos concernientes a la fiesta deberían ser públicos y notorios, independientemente
de que estuvieran registrados y protocolizados, lo que hacía que los
aspectos más intrínsecos de las fiestas formaran parte del imaginario colectivo de los vecinos, para quienes era
pública voz y fama que sus antepasados
acudían desde principios del siglo XVI
al santuario isorano a rendir pleitesía
a la Señora de Guía.
Del momento en que el nuevo
orden establecido en la isla toma conocimiento de la presencia de esta imagen en tan apartado lugar nada sabemos. Es evidente que su localización
en una cueva tierra adentro, ubicada
en un contexto aborigen, en medio de
los auchones del canto del Malpaís, y
los de los márgenes del barranco, que
desde entonces pasó a denominarse
Barranco de Nuestra Señora de Guía,
y en medio de dos hitos de la cultura
guanche como eran el Chajajo y el
Tagoro, evidencian un culto ancestral
y desde luego diferente al de las
imágenes marianas halladas en las costas del sur de Tenerife.
Desde cuándo estaba la imagen en
poder de estas comunidades y del significado que podía tener para ellas este
objeto de culto no podemos aventu-
rarnos a sacar
conjeturas. Sin
embargo, con
el establecimiento de los
primeros colonos surge la
necesidad de
construirle una
ermita que la
dignificara, sirviera de acogida a sus devotos y romeros, y le redimiera del culto troglodita. Culto que,
por otra parte, le había conferido a la
imagen un pecunio particular, pues la
obra de su ermita se costearía con el
dinero de la misma, lo que evidencia
que ya debía de recibir mandas,
limosnas y ofrendas por parte de los
fieles y tener un mayordomo que las
gestionara.
Así, el 28 de agosto de 1536, se reúne
en San Pedro de Daute Fernán Gonsales, en calidad de mayordomo de la
ermita, con el cantero portugués
Duarte Gómez, para realizar el contrato
y terminar la construcción de ese primitivo recinto donde venerar a Nuestra Señora de Guía, que, al parecer, ya
estaba levantado y solo a falta de la
cubierta. El hecho de que se recurra
a un artífice portugués no nos debe
extrañar pues, por una parte, Duarte
Gómez fue un personaje relevante en
el panorama arquitectónico del
momento y, por otro lado, entre el contingente de nuevos colonos establecidos en las
inmediaciones del Malpaís
de Isora los portugueses ocuparon un lugar
i m p o r t a nt e ,
como lo deja
entrever el antiguo barrio de
Guicios. Sin embargo, al parecer y según el documento que transcribimos a continuación, el mayordomo de la ermita era oriundo de
Tenerife, cosa que no implica que no
tuviera ascendencia lusa: “Sepan
quantos esta carta vieren como yo duarte
gomez cantero vezino desta Ysla de tenerife otorgo e conozco por esta presente
carta q estoy concertado convenido e
igualado con vos fernan gonsales natural e vezino desta isla de tenerife
mayordomo de la yglesya de nra señora
NOTAS
(1) En “Historia de Nuestra Señora de Guía” [Textos y documentos], proyecto
coordinado por Cirilo VELÁZQUEZ RAMOS y recopilación de varios autores, se hace
una sinopsis de lo publicado referente al culto a la Virgen de Guía.
(2) MESA MARTÍN, José Mª. “Ycod y el Malpais de Isora: la Fiesta de San Agustín”. Ycoden. Revista de Ciencias y Humanidades. Asociación para la Defensa del
Patrimonio Histórico de Ycod. Nº 4. Año 2002. Pag. 172.
(3) ESPINOSA de, F.A: “Historia de Nuestra Señora de Candelaria”. Goya Ediciones,
Santa Cruz de Tenerife 1980. Pg. 80.
Iglesia parroquial
de Guía,
desaparecida a
principios del siglo
XX, e imagen de la
Virgen de Guía.
de Guya q es en el malpays de zora. en
esta manera q yo el dicho duarte
gomez me obligo a armar e maderar la
dicha yglesia q esta en el dicho malpays,
de madera perteneciente a ella labrada
[...] ponyendole tirantes flechales quadrados e tijeras e todo lo demás necesario a la dicha obra e de manera q a
de ser todo a my costa e mysyón e sin
que para ello me sea dado cosa alguna
por vos el dicho fernan gonsales e asy
mysmo yo el dicho duarte gomez me obligo
a poner toda la clavazon necesaria q
abaste pa la dicha obra [e me] obligo
e prometo de dar hecha e acabada la
dicha yglesia por todo el mes de mayo
primero q sea del año de myle e
quynientos treynta e syete. E asy
mysmo me obligo de tejar la dicha yglesia después de maderada dándome vos
el dicho fernan gonsales la teja [colocada] al pie de la obra a vuestra costa
e lo demás a my costa e mysyon e asy
mysmo tenerla tejada e acabada por todo
el dicho mes de mayo del dho año por
razón de lo qual vos el dicho fernan gonsales aveys de ser obligado e vos obligays de me dar veynte e syete doblas
de oro de la moneda de tenerife […] las
veynte doblas como fuere haciendo la
obra e las syete restantes a cumplimyento de las dichas veynte e syete
doblas por el dya de san Juan de junyo
luego syguyente del dicho año de myle
e quynyentos e treynta e syete e desta
manera e con todo quanto dicho tengo
prometido e me obligo de no mesalir ny
quitar afuera de lo susodicho”(5).
Fernán Gonsales se comprometería
con las cláusulas del contrato, asumiéndolo y aceptándolo, pero curiosamente ni éste ni Duarte Gómez sabían escribir ni firmar, por lo que actuó como
mediador, entre otros, Fabián Viña,
quien sería un personaje destacado de
la Villa y Puerto, construiría el castillo de San Miguel, del que sería
alcaide vitalicio, edificaría la ermita
de San Andrés en la Caleta, sería también alcalde de Garachico y regidor de
la isla(6), y sería documentalmente el
primer miembro de la élite garachiquense que encontramos vinculado al
culto de Nuestra Señora de Guía
desde los inicios de la construcción de
su ermita, y en la que al parecer no figura
la presencia ni la sombra de ningún
miembro de la familia Ponte, como tradicionalmente se ha creído por así recogerlo el manuscrito concepcionista que
ya hemos mencionado.
La primitiva ermita, construida en
1536, permaneció en pie hasta principio
del siglo XVIII, en que fue derribada
para ser ampliada. De nuevo estaría
abierta al culto en 1705(7) y, tras sucesivas reedificaciones y ampliaciones
a través del tiempo, sería el origen del
templo actual, edificado en 1902 y donde
se le sigue dando culto a la legendaria advocación Nuestra Señora de Guía.
(4) ACOSTA GARCÍA, Carlos. “Isora Garachico y la Virgen de La luz”. Excmos.
Ayuntamientos de Guía de Isora y de Garachico y Centro de la Cultura Popular Canaria. Abril 1991. Pg. 14.
(5) AHPSCT. Documento suelto y extraviado de su protocolo original, que en el
momento de consulta estaba catalogado como Doc. Sin Clasificar.
(6) ACOSTA GARCÍA, Carlos. “Apuntes generales sobre la historia de Garachico”.
AULA DE CULTURA DE TENERIFE. Cabildo de Tenerife 1994. Pg.569.
(7) MORÍN, Constanza. “Patrimonio Histórico Artístico de Guía de Isora”. Ayuntamiento de Guía de Isora 1990.Pg. 29.(4)(6)
p5
EL DÍA, domingo, 4 de octubre de 2015
INVESTIGACIÓN
EN PORTADA
TURISMO
Pepe Dámaso
José Dámaso Trujillo, conocido
popularmente como Pepe Dámaso, nace en Agaete el 9 de diciembre de 1933.
Pintor, escultor, muralista y grabador,
es uno de los artistas más prolíficos
que emergen en las Islas Canarias en
los últimos años.
Pinta desde los seis años y según
sus propias palabras “por necesidad
vital; vivir es pintar y pintar es vivir”.
En sus primeros años su formación
es autodidacta. Tienen gran influencia en él artistas de renombre como
César Manrique, con el cual trabará
una importante amistad. En 1954, cursa
estudios en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Madrid y en 1955,
es admitido en la Escuela Superior de
Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría (Sevilla).
También ha dirigido las películas
“La umbría” y “Réquiem para un absurdo” y el documental “La reina”.
Su primera exposición individual
tiene lugar el 4 de agosto de 1951 en
el Casino La Luz, de Agaete. Desde aquí
ha seguido exponiendo y exportando su arte desde Gran Canaria al resto
del Archipiélago, conquistando también la Península y finalmente, triunfando internacionalmente al exponer
en ciudades como Nueva York, París,
Oporto, Copenhague, y Belgrado,
además de otras de Cuba.
La obra de Pepe Dámaso parte de
la cultura vernácula que también inspiró al pintor modernista canario Néstor y se adscribe a una estética que
ahonda en la identidad canaria. La gran
capacidad imaginativa del artista le
ha llevado a producir una obra de gran
riqueza temática, dialogando muchas
veces con la literatura que más le entusiasma (Alonso Quesada, García Lorca, Fernando Pessoa, etc.) y con el
pasado histórico, botánico y geológico
de las Islas, o incluso con la piedad
que le inspiran seres populares de su
entorno. Así nos encontramos con una
producción de series pictóricas como
“La umbría”, “Sexo quemado”, “La
muerte puso huevos en la herida”,
“Héroes del Atlántico”, “Juanita”, “Dragos y Teides”, etc.
Es amplísima la bibliografía local,
nacional e internacional que la obra
de Dámaso ha generado. Puede verse
obra suya en diversos museos de prestigio, y especialmente adornando
las paredes y muros de distintas
instituciones públicas de nuestras islas,
como consejerías del Gobierno autónomo, cabildos y no pocos ayuntamientos.
Actualmente ha comunicado al
presidente del Gobierno de Canarias,
Fernando Clavijo, su decisión de
regalar al pueblo de Canarias su patrimonio artístico, que incluye unas
6.000 obras.
Serie “Pintores Canarios”, cuadro nº 28
(técnica mixta sobre papel de acuarela)
p6
domingo, 4 de octubre de 2015, EL DÍA
CLAVES DEL CAMINO
ALBORES DEL EJÉRCITO REGULAR EN LAS ISLAS
EL BATALLÓN DE INFANTERÍA
DE CANARIAS EN EL SIGLO XVIII
Texto: Amós Farrujia Coello
(Máster en Estudios Históricos
Avanzados y doctorando en Historia)
D
urante prácticamente
toda la Edad Moderna (ss.
XVI-XVIII), Canarias apenas tuvo tropas regulares,
es decir, de sueldo continuo, protegiendo y guarneciendo las
islas [1], por lo que la defensa de las
mismas recayó en sus habitantes a través del cuerpo de milicias. Dadas las
dimensiones del imperio español en
el siglo XVIII, era materialmente
imposible guarnecer todas las Canarias con tropas regulares, además de
ser muy costoso económicamente. Pero
bajo el reinado de Carlos III (1759-1788)
esta política empezó a cambiar de
manera progresiva, destinando grandes recursos a mejorar las defensas del
imperio, sobre todo tras el golpe
sufrido en la guerra de los Siete
Años, con la pérdida temporal de La
Habana en 1762. Las milicias en la Península y en América fueron reformadas
a través de nuevas ordenanzas de milicias, y poco después les tocó el turno
a las de Canarias. A estas últimas se
destinaron en 1768 como guarnición
tres compañías de infantería “fija” de
sueldo continuo, dos situadas en
Santa Cruz de Tenerife y una en Las
Palmas de Gran Canaria, con cien hombres cada una [2], que fueron la primera manifestación de tropas regulares establecidas en Canarias en
número significativo. Estas compañías
constituyeron el embrión del futuro
Batallón de Infantería de Canarias.
Además de estas unidades se formó
otra, la Compañía del Real Cuerpo de
Artillería Fija de Canarias [3], con plaza
en Santa Cruz de Tenerife y dotación
de 60 hombres. Es significativo que
las unidades regulares en Canarias, las
tres compañías fijas de infantería y la
de artillería, al menos en la década de
1770, formaron parte del llamado
Ejército de África [4], con un total de
360 hombres. En el estado de las compañías de infantería fija de Canarias
con plaza en Santa Cruz de Tenerife
que he consultado, de fecha 11 de febrero
de 1777, hallamos al futuro comandante
accidental del posterior Batallón de
Infantería de Canarias que participó
de forma decisiva en la defensa de Santa
Cruz de Tenerife los días 24 y 25 de
julio de 1797, Juan Guinther, teniente
de la primera compañía de infantería
fija de Canarias bajo el mando
del capitán José Llorac. En otro
estadillo de 17 de julio del
mismo año, encontramos a
Guinther sirviendo con el
mismo grado pero en la tercera compañía de infantería
fija, al mando del capitán
Pedro Higuera [5].
A raíz de la guerra de independencia de los Estados
Unidos (1775-1783), en la que
España participó a partir de
1779, fueron aumentadas las
compañías de sueldo continuo situadas en Canarias a
petición del capitán general
de las islas, marqués de La
Cañada. De tres compañías se
pasó a seis según la Real Orden
de 29 de julio de 1780 [6]; pero
todavía en 1784, terminado
ya el conflicto, se estaba
intentando formar esas tres
compañías de infantería extra
debido a la falta de individuos
jóvenes a causa de las reclutas con destino a Luisiana y
La Habana [7].
No fue hasta el estallido de la
Revolución Francesa, en 1789, cuando
de nuevo volvió a preocupar la seguridad en Canarias. La continua emigración de los naturales de las islas y
la escasez de jóvenes, que apenas bastaban para cubrir los puestos vacantes en las milicias, preocupó a las autoridades militares en Canarias. Por ello,
con fecha de 31 de diciembre de 1792
se promulgó la Real Orden por la que
se constituía el reglamento para el Batallón de Infantería de Canarias, que se
debía formar en la plaza de Santa Cruz
de Tenerife para su servicio en aquellas islas. Efectivamente, como dice
el artículo primero del citado reglamento, “el Batallón se establecerá en
la Plaza de Santa Cruz de Tenerife, y
tendrá el nombre de Batallón de Infantería de Canarias, siendo su Inspector
el Comandante General” [8]. El batallón se componía de cuatro compañías,
cada una con 154 individuos, haciendo
un total de 616 militares. Las tres compañías fijas de infantería que existían
con anterioridad en Canarias fueron
integradas en dicho batallón [9], no
así la compañía de artillería, que
continuó siendo una unidad independiente [10].
De esta forma, los comandantes generales destinados en Canarias lograron
lo que pedían con tanto ahínco: una
unidad militar del ejército regular para
Soldado del
Batallón de
Infantería de
Canarias (en,
González Yanes,
Emma: El
Prebendado Don
Antonio Pereira
Pacheco. Instituto de
Estudios Canarios. La
Laguna. 2002)
guarnecer las islas
y que tan famosa
se hará tras su
participación en la
Gesta del 25 de
julio de 1797. Pero
lo que no indicaba el citado
reglamento es que
el batallón se compusiese, en buena
medida, de militares presidiarios
encarcelados en
Ceuta y Cádiz. Por
una carta con
fecha de 4 de julio
de 1793, el ministro de la Guerra,
Campo Alange,
comunicaba al
capitán general
Antonio Gutiérrez
la Real Orden por
la cual el rey mandaba que, para
completar el batallón de Canarias a
la mayor brevedad
posible, autorizaba a escoger 300
“desterrados de condenas limpias”, es
decir, sin delitos de sangre, de la plaza
de Ceuta, a fin de no entorpecer la
recluta (”banderas”) de La Habana y
la de Cuba, que se estaba realizando
en esos momentos en Canarias [11];
extremo este que desconocemos si llegó
a producirse.
La siguiente noticia sobre nuevas
incorporaciones al batallón la hallamos en una carta de 2 de marzo de 1794,
localizada en el transcurso de mis investigaciones, por la cual sabemos que
el navío América, de la Real Armada,
fondeó en el puerto de Santa Cruz de
Tenerife el 28 de enero del mismo año,
“conduciendo los individuos que existían en Cádiz con destino a este batallón de Canarias...”[12]. La razón de que
se formara la unidad con condenados
era que, aduciendo la despoblación de
las Canarias a causa de la intensa emigración, se decidió no causar mayor
quebranto a la población de la isla, reuniendo a presidiarios para formar dicho
cuerpo.
Mientras se iba dotando de personal a la recién creada unidad, una nueva
Real Orden de 14 de diciembre de 1793,
casi un año posterior a la creación del
reglamento del batallón, declaraba que
el “Batallón de Infantería no debe reputarse ni llamarse fixo, sino batallón de
Canarias, y que por consiguiente sus indi-
viduos deben estar sujetos a la jurisdicción castrense y gozan de las exenciones y privilegios que la demás tropa
de infantería del Exercito” [13]. De esta
manera se le daba a la unidad un estatus de igualdad frente a otras unidades regulares del ejército.
En Tenerife existían muchos recelos hacia esta nueva formación. El Síndico Personero General de la isla, Bartolomé Agustín González, expuso en
una carta una lista de quejas [14]. En
este escrito, de indudable novedad para
el propósito de mis indagaciones, su
autor empezaba argumentando que
un batallón de seiscientos individuos, “o aunque fuese de doble número
de muy poco puede servir a la seguridad de un país dividido en siete porciones distantes, y que tienen tantos puntos de ataque. [...] Es innegable que los
mismos naturales son los que pueden
defenderlas [...]”. El síndico personero
continuaba explicando que “apenas
estos seiscientos soldados han puesto
el pie en un país [Tenerife] en el que
por fortuna eran hasta ahora desconocidos los extremos de la corrupción
y del crimen, cuando todo ha mudado
de semblantes. Los caminantes que antes
podían transitar a cualquier hora de
la noche, se han visto acometidos de salteadores que les roban amenazando quitarles la vida; las casas que nunca habían
sido forzadas por ladrones a mano
armada se han visto ya en la misma
plaza de Santa Cruz despojadas con violencia a presencia de sus mismos dueños, y las costumbres han sido ultrajadas de todas maneras, en público y
en particular. Actualmente hay un sin
número considerable de soldados del
Batallón presos por todos estos delitos.
[...] En fin, todos los habitantes de esta
isla se hallan atemorizados, horrorizados y evitan con más esmero el encuentro y la inmediación de estos presidiarios
que lo harían de sus más crueles enemigos”[15].
No cabe duda de que la relación entre
los miembros del batallón y los habitantes de Santa Cruz comenzó de la
peor manera posible. Al recelo de la
población local hacia el batallón se le
unieron el coste del mantenimiento
de dicha unidad y la desconfianza hacia
la misma por parte de las autoridades
civiles, que seguían apostando por las
milicias como verdaderos defensores
de la isla. Y todo ello en un momento
en el que España se encontraba de
nuevo en guerra, esta vez contra la Francia revolucionaria, en la llamada guerra de la Convención o del Rosellón
p7
EL DÍA, domingo, 4 de octubre de 2015
(1793-1795). En ella, el presidente de
la Real Audiencia de Canarias, situada
en Las Palmas de Gran Canaria, había
propuesto al ministro de la Guerra,
Campo Alange, el envío de tres regimientos de milicias provinciales canarios con destino al Rosellón. Esta idea
causó el total rechazo de las autoridades civiles dado el precario estado
de las milicias, agravado por la continua emigración de los varones jóvenes. En este contexto se enmarca una
interesante carta sin fecha ni firma,
pero que puedo datar en torno a 1794,
conservada en el Archivo Municipal
de La Laguna, en la que se dice que
los 600 hombres del batallón no
podrán rechazar al enemigo en un
supuesto desembarco si las milicias
son enviadas a combatir al Rosellón.
Se alegaba no sólo que estos soldados
del batallón eran menores en número
a unos milicianos que ya se encontraban
desplegados en todas las islas, sino que
además no estaban acostumbrados a
la aspereza del terreno, y no tenían el
estímulo para defender los hogares
como lo haría un miliciano del país.
Recordaba el escrito que las milicias
combatían sin causar gastos al Real Erario, a diferencia del batallón, y que las
Canarias se habían conservado bajo
el dominio del rey sin apoyo de ningún tipo de guarnición, presidio o tropa
del ejército, rechazando las milicias
a ingleses, holandeses, moros y piratas. La carta terminaba de la siguiente
manera: “[¿] Y qué auxilio pueden esperar de los 600 hombres del batallón [...]
compuesto de unos presidiarios por sus
maldades[?]”[16].
Finalmente, el comandante general Antonio Gutiérrez de Otero intervino en el asunto de la recluta para el
Rosellón. Dispuso que embarcaran sólo
los granaderos y cazadores de los regimientos de milicias provinciales canarios, más el recientemente constituido
Batallón de Infantería de Canarias. De
esta manera Gutiérrez enviaba a unos
individuos que consideraba mejor instruidos que los milicianos, y que serían
más convenientes para el combate, evitando así que saliera más gente para
el Rosellón, a la vez que aliviaba la Tesorería, pues no había suficiente dinero
para pagar a dicho batallón [17]. Tal
decisión por parte del capitán general, sancionada por el ministro de la
Guerra y el propio monarca, causó una
inmensa satisfacción al cabildo tinerfeño, que le envió una carta expresándole su “respeto, sumisión y gratitud, por la benéfica resolución de nuestro soberano”[18].
Una vez terminada la guerra con Francia, en 1795, el batallón fue restituido
de nuevo a Canarias justo a tiempo,
pues en 1796 España volvía a estar en
guerra, esta vez aliada con sus antiguos enemigos los franceses, para hacer
frente a los británicos. Es en estos
momentos cuando, recién arribado el
batallón y los granaderos provinciales a Tenerife tras la campaña del Rosellón, varios milicianos pidieron permiso a Juan Guinther para pasar a formar parte del batallón de Canarias, quien
escribió a su superior acerca de las ventajas que ello conllevaba, ya que los
reclutas “que hagan aquellas Yslas son
bien pocos”[19]. Ignoramos la respuesta,
pero sí sabemos que el batallón fue recibiendo cada vez más hombres procedentes de las milicias canarias con
el paso del tiempo.
Fue en el conflicto con Gran Bretaña
anteriormente citado en el que se insertó
el ataque del contraalmirante Horatio Nelson al puerto y plaza de Santa
Cruz de Tenerife, en julio de 1797, y
en el que participó de forma decisiva
el Batallón de Infantería de Canarias.
Es preciso señalar que dicho batallón
no se hallaba al completo, únicamente
disponía de 247 hombres (estando destinados 60 a Gran Canaria, y otros 40
a La Palma[20]). Al ser la única unidad de infantería veterana, su actuación fue decisiva al rechazar a los británicos junto con el concurso de los
milicianos y de los paisanos, a quienes daba soporte a costa de la fragmentación de la unidad en pequeños
destacamentos de apoyo para evitar
así, en la medida de lo posible, deserciones y flaquezas en la lucha por parte
de unas tropas poco disciplinadas.
Según el informe del general Gutiérrez de 3 de agosto de 1797, que obra
en el Archivo Histórico Nacional, los
muertos del batallón fueron seis, y otros
seis los heridos [21]. Pero lo más importante es el cambio de percepción de
las élites locales y de la población en
general hacia el Batallón de Infantería de Canarias gracias a su actuación
aquel 25 de julio de 1797. Como escribió Vicente María Patiño: “[...]Batallón de Infantería, cuerpo respetable que
NOTAS
[1] La excepción era el presidio situado en Las Palmas, con una
dotación de entre 40 y 60 soldados del ejército en el siglo XVI. SOLBES FERRI, Sergio. “La defensa de las Islas Canarias en el siglo XVIII:
modificaciones presupuestarias para su financiación”. Un Estado
Militar. España, 1650-1820. Agustín González Enciso (ed.), Actas,
Madrid, 2012, p. 90.
[2]DARIAS PADRÓN, Dacio Victoriano. “Sumaria historia orgánica de las milicias canarias”. El Museo Canario. Parte II. 1953, Las
Palmas de Gran Canaria. pp. 174 y 175.
[3] Archivo Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. Sin catalogar.
[4] Ibíd.
[5] Ibíd.
[6] Archivo Militar Intermedio (A.M.I.). Museo Militar de
Almeida. Caja 1092, carpeta 7. s/f.
[7] A.M.I. Museo Militar de Almeida. Caja 1092, carpeta 7. s/f.
[8]Archivo Histórico-Provincial de Santa Cruz de Tenerife.
(A.H.P.S.C.T.).Fondo Zárate-Cólogan. Caja 1120. “Reglamento
para el batallón del infantería de Canarias”. Artículo 1º. s/f.
[9] A.H.P.S.C.T. Fondo Zárate-Cólogan. Caja 1120. “Reglamento
para el batallón del infantería de Canarias”. Artículo 5º. s/f.
con razón se puede gloriar desde la memorable acción del 25 de julio pues que él
solo con su valor se opuso a que esos
mismos desertores [los milicianos]
fuesen víctimas de un orgulloso enemigo
que ya se gloriaba de una victoria fácil
[...]”[22].
Tras la batalla de Santa Cruz, el batallón lo siguió siendo de castigo. Obtenía sus reemplazos de dos maneras:
por un lado, los condenados, normalmente procedentes de la Península,
y por otro lado, los voluntarios, procedentes de Canarias, teniendo en
cuenta aquí los trasvases puntuales de
milicianos canarios a dicha unidad ordenados por las autoridades militares competentes, como ya apunté con anterioridad. Por ejemplo, y para el año de
1799, Francisco Navarro, José Manuel
Peña y Sebastián Pérez procedían de
la recluta voluntaria de Gran Canaria
(Vega y San Lázaro), mientras que los
sentenciados provenían de lugares tan
dispares como Cataluña, Granada,
Andújar, Antequera o Vizcaya[23]. Este
mismo año, con fecha de 4 de marzo,
se aprobaba que el batallón formara
su propia compañía de granaderos compuesta por 105 hombres[24]. Seis
años más tarde, en 1805, hallamos un
estado cuatrimestral del regimiento
de milicias provinciales de Garachico
en el que se informa del trasvase al bata-
[10] Por Real Orden el rey ordenó aumentar el número de artilleros de dicha compañía de 60 a 100 plazas, trayendo 52 artilleros desde la Península completando el resto de la dotación con
militares “que hubieren sido y sean ordenados a presidio”, es decir,
condenados. A.M.I. Caja 1092. Carpeta 19. 8 de abril de 1799. s/fº.
[11] A.M.I. Caja 1088. Carpeta 4. fº1rº.
[12] Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País
de Tenerife. (A.R.S.E.A.P.T.). Fondo Casa Tabares de Nava. Milicias Canarias. Papeles diversos. 1736-1800. Tomo IV. Signatura FTN
43. fº 125rº.
[13] A.M.I. Caja 1088. Carpeta 5. fº1rº.
[14] A.R.S.E.A.P.T. Fondo Casa de Nava. VI Marqués de Villanueva del Prado. Asuntos Políticos. Personería General. RM. 275
(4/556). 15. fº 135rº-136rº.
[15] Ibíd. fº135vº y 136rº.
[16] Archivo Municipal de La Laguna. (A.M.L.L.). Fondo
Ossuna. Caja 84. Carpeta 5. s/f.
[17] A.R.S.E.A.P.T. Fondo Casa de Nava. VI Marqués de Villanueva
del Prado. Asuntos Políticos. Personería General. RM. 275 (4/556).
15. fº 128 rº.
[18] A.M.L.L. Actas del Cabildo. Oficio 2º. Libro 29.Sesión de 24
de julio de 1794. fº88rº.
Informe sobre
Recluta al
Rosellón 1794
(Archivo Municipal
de La Laguna, I-VIII,
30. Sección I,
fº50rº).
llón de 36 fusileros[25].
El Batallón de Infantería de Canarias fue cada vez más apreciado, era
una unidad veterana tras la campaña
del Rosellón y la defensa de Santa Cruz,
y de nuevo se contó con ella cuando
en 1808 empezó la Guerra de la Independencia frente a la Francia napoleónica. Efectivamente, por Real
Orden de 25 de noviembre de 1808,
la Junta de Sevilla ordenó al comandante general de Canarias el envío a
la Península de las tropas veteranas,
incluyendo el aguerrido batallón. El
29 de marzo de 1809 salía la expedición desde el puerto de Santa Cruz de
Tenerife[26], llegaba el 9 de abril a Cádiz,
partiendo al día siguiente hacia Sevilla. Según el brigadier Armiaga,
segundo jefe de la división del marqués de Zayas, en el que estaba
incluido el batallón, la instrucción y
disciplina de la unidad canaria era la
mejor de toda la división[27]. En julio
de 1809 participó en la batalla de Talavera. En 1810 permanece en Andalucía, participando en numerosas acciones. En mayo de 1811 el batallón, que
formaba parte de la división de Lardizábal, tomó parte con 433 efectivos
en la batalla de La Albuera, la más sangrienta de la Guerra de la Independencia, y donde el batallón resistió un
fuerte ataque francés a costa de perder una quinta parte de sus efectivos[28]. Al año siguiente, la unidad,
que fue recompuesta con nuevos
reclutas peninsulares, estuvo presente en la batalla de Castalla,
sufriendo 106 bajas. En 1813 el batallón avanzó hacia Tarragona, para terminar la guerra en 1814 asediando
Sagunto[29].
Así pues, al Batallón de Infantería
de Canarias le tocó vivir una época convulsa, protegiendo primero las costas
y plazas canarias, y posteriormente a
la misma nación frente a la agresión
francesa. Pese al frío recibimiento de
los canarios a este batallón, su arrojo
en la defensa de Santa Cruz frente a
Nelson le granjeó el orgullo de la población local, combatiendo a los franceses
con el conjunto de las fuerzas españolas.
Estos son los antecedentes de la actual
unidad del ejército español, el Regimiento de Infantería Ligera Tenerife
Nº 49, sucesor del antiguo Batallón de
Infantería de Canarias.
[19] A.M.I. Caja 1092. Carpeta 14. fº2rº.
[20] COLA BENÍTEZ, Luis, y GARCÍA PULIDO, Daniel. La historia del 25 de julio de 1797 a la luz de las fuentes documentales.
Ediciones Umbral, Santa Cruz de Tenerife. 1999. pp. 42 y 43.
[21] Archivo Histórico Nacional. Estado. Sección III. Legajo 569
s/f.
[22] A.R.S.E.A.P.T. Casa Tabares de Nava. Milicias Canarias. Papeles diversos. 1736-1800. Tomo IV. Sig. FTN 43. fº85rº.
[23] A.R.S.E.A.P.T. Casa Tabares de Nava. Milicias Canarias. Papeles diversos. 1736-1800. Tomo IV. Sig. FTN 43. fº31rº y 33rº.
[24] A.M.I. Caja 1092. Carpeta 18. fº1rº.
[25] A.R.S.E.A.P.T. Fondo Rodríguez Moure. 111. fº 142 rº.
[26] BENITO SÁNCHEZ, Melquíades y LAFORET, Juan José. Unidades canarias en la Guerra de la Independencia. La Granadera
Canaria. R.S.E.A.P.G.C. Telde, Gran Canaria, 2009. pp. 16 y 26.
[27] Ibíd. p. 27.
[28] DEMPSEY, Guy. Albuera 1811. The bloodiest battle of the
Peninsular War. Frontline books. England, 2009. p. 277.
[29] Archivo Militar General de Madrid. Base de datos del Instituto de Historia y Cultura Militar. Guerra de la Independencia.
Historia de Unidades. Canarias, batallón fijo.
p8
domingo, 4 de octubre de 2015, EL DÍA
www.eldia.es/laprensa
Revista semanal de EL DÍA. Segunda época, número 1.000
El respeto hacia las
personas mayores:
¿una asignatura
pendiente?
Texto: Elena Lite
(Psicóloga del Grupo Las Mimosas
www.mimoonline.es)
E
s inevitable. Todos y cada uno de nosotros envejecemos. El ciclo de la vida así lo estima oportuno.
Aunque algunas personas
no quieran asumirlo, la vejez es otra
etapa de la vida, y como tal deberíamos aventurarnos a disfrutarla plenamente.
El pasado 1 de octubre se celebró
el Día Internacional de las Personas
Mayores, promovido por Naciones
Unidas y con el objetivo de prestar
atención a las necesidades y problemas particulares a los que se enfrenta este sector de la población.
Un día en el que se visibilizan a las
casi 700 millones de personas
mayores de 60 años, más del 20%
de la población mundial. Según La
Organización Mundial de la Salud
(OMS), en el año 2050 seremos
aproximadamente –y me incluyo–
2.000 millones. La población envejece a un ritmo vertiginoso y por ello
son las personas mayores las que
adquieren un papel fundamental en
esta sociedad. Mayormente jubilados, son actores esenciales en nuestro día a día. Apoyan a sus familias,
participan de su comunidad, tienen
proyectos de vida que quieren cumplir y cumplirán, se cuidan física y
socialmente, y buscan bienestar
para ellos y los suyos. Son solidarios, generosos, altruistas y empáticos. Se merecen no sólo un día de
reconocimiento, sino el agradecimiento continuo por parte del resto
de la sociedad.
Sin embargo, en la actualidad, la
vejez no se libra de falsas ideas, ideas
creadas desde erróneas interpretaciones, mitos que consiguen que valoremos esta etapa de la vida a través
de prejuicios y estereotipos. El
edadismo, “una actitud social en
forma de discriminación hacia las
personas por razón de su edad” (Dr.
Robert N. Butler, 1969) se demuestra en multitud de situaciones cotidianas. Son frágiles, dependen de
los otros, la mayoría tienen algún déficit cognitivo, se vuelven difíciles de
tratar... son algunos de los mitos asociados a la vejez, que por supuesto
no se ajustan a la realidad, pero influyen en nuestra relación con los mayores.
En el ámbito del lenguaje, con frecuencia se utiliza un registro que se
ha denominado Elderspeak o “habla
infantilizadora”. Una forma de maltrato emocional que se caracteriza
por “hablar a las personas mayores
como si fueran niños o tratarles de
una forma paternalista” y puede “favorecer de una manera evidentemente inconsciente el refuerzo de comportamientos o actitudes dependientes y fomentar el aislamiento y/o la
depresión de las personas, contribuyendo a la común espiral de declive en el estado físico, cognitivo
y funcional de las personas mayores” (Ryan, Giles, Bartolucci y Henwod, 1986). Diversos autores confirman que esta forma de comunicación refuerza los estereotipos
asociados a la vejez, disminuye la
autoestima, disminuye la confianza
respecto a sus habilidades y la
comprensión del mensaje (por ejemplo, una forma de hablar extremadamente lenta afecta a la habilidad
de focalizar la atención en lo esencial del mensaje y la retención posterior de la información).
A.D.A. (Adultos mayores demandan acción) es una campaña global
para la lucha contra la discriminación por razón de edad. Exige cambios a nivel internacional sobre
políticas sociales amigables con el
envejecimiento y promueve el cumplimiento de los derechos de las personas mayores. Desde ADA se insiste
en que la discriminación de la
vejez se agudiza por medio de la percepción negativa de la sociedad hacia
este sector tan amplio de la población mundial. Una percepción que
podría modificarse incluyendo activamente a personas mayores en polí-
ticas de desarrollo, y así, aunque a
largo plazo, lograr para todos ellos
una vida digna, segura, activa y saludable.
El respeto de los derechos de las
personas mayores y de su dignidad
es fundamental y prioritario para acabar con la discriminación. La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) sostiene que, como
resultado del cumplimiento de estos derechos, se hace visible el
buen trato a nuestros mayores,
que “consiste en establecer una relación satisfactoria entre personas. Dar
y recibir buen trato no tiene edad,
es una forma positiva de relación,
consideración, reconocimiento,
implica reconocer al otro de igual
a igual”. La SEGG ha elaborado un
decálogo en el que detallan una serie
de condiciones indispensables para
el éxito en el buen trato a la vejez.
Respetar por derecho y con deberes, cumplir con los principios
bioéticos (no maleficiencia, justicia,
autonomía...), garantizar el bienestar y la calidad de vida, preservar la identidad y dignidad personales, informar, comunicar y valorar son algunos de los elementos
incluidos en dicho decálogo.
Las personas mayores quieren ser
tratadas con respeto, con afecto y
comprensión. Quieren ser tenidas
en cuenta. Y ¿qué podemos hacer al
respecto? Partiendo de la idea de que
los adultos mayores son un grupo
heterogéneo de personas que envejecen con condiciones muy distintas desde un punto de vista biopsico-social, el trato que deben recibir es el mismo que el de otros sectores de la sociedad. Debemos tratarles sin paternalismos ni infantilismos, con educación, cordialidad
y sinceridad. Los profesionales dedicados a la vejez recomiendan
distintas pautas para lograr este trato
respetuoso. Para empezar, la escucha activa es fundamental y no sólo
en la relación con las personas ma-
yores. Es la habilidad de escuchar
y entender desde el punto de vista
del que habla, y comprender los sentimientos, ideas o pensamientos que
subyacen al mensaje. No debemos
distraernos de la conversación, interrumpir, juzgar u ofrecer soluciones
prematuras. De esta manera, crearemos un clima de confianza, cercanía, motivación y seguridad. Desmontar los mitos asociados a la vejez
es crucial para un trato respetuoso.
La mayoría de las personas mayores no son frágiles ni dependientes
y no viven aisladas. Mantienen el contacto con sus familiares y amigos,
viven de forma independiente, se
ajustan con éxito a los desafíos vitales y realizan actividades para mantenerse funcional y cognitivamente
activos. Además, es imprescindible
conocer y respetar sus costumbres
y hábitos, sus preferencias y sus deseos, así como fomentar la autonomía
valorando sus capacidades, haciéndoles partícipes del entorno como
ciudadanos que son, compartiendo
actividades con ellos e impulsando
las relaciones intergeneracionales.
Unas relaciones que favorecen el
conoc imiento mutuo, el envejecimiento activo y la solidaridad
entre distintas generaciones. Por último, facilitar el acceso a las nuevas tecnologías es esencial para prevenir situaciones de riesgo, dar
apoyo, relacionarse con profesionales,
familiares y amigos y no perder el
contacto con la realidad y así, mantener su sentido de pertenencia a la
sociedad.
Depende de nosotros promover la
lucha contra la discriminación hacia
las personas mayores, evitar su
aislamiento, acompañar, valorarlos
como se merecen, reconocer su
papel en la sociedad, promover su
participación social, cultural, política y económica y procurarles una
vida digna. Depende de nosotros, los
que envejecemos, los que en un futuro exigiremos respeto.
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