El precio de haber sido un justiciero

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La Nación Información General 12 12/10/1998
Viven armados y sufren pesadillas
El precio de haber sido un justiciero
Por Fernando Rodríguez
Tomaron un revólver y apretaron el gatillo. Terminaron con una vida humana. Pero, en
el inconsciente colectivo, no son considerados delincuentes. Están más allá de la letra
fría de los códigos de Justicia, de las normas sociales.
Cuando las políticas de Estado en materia de seguridad parecen naufragar en un mar
revuelto en el que la delincuencia acecha con métodos cada día más violentos, aquellos
que decidieron defender la vida y los bienes con sus propias armas se han convertido en
una legión de dudoso privilegio: sobrevivieron a un asalto, pero sus vidas cambiaron
para siempre.
Desde el 16 de junio de 1990, cuando el ingeniero Horacio Santos ultimó con dos
certeros disparos a los dos sujetos que habían robado el estéreo de su cupé Fuego en
Villa Devoto, hasta el domingo 4 del actual, cuando Ricardo Chávez mató a uno de los
tres sujetos que intentaba robar en la casa de su vecino y primo Roberto Lomónaco, en
la localidad de Ranelagh, unas 160 personas cruzaron la línea y pasaron de víctimas a
victimarios. Muy a su pesar, el imaginario social les colgó el cartel de vengadores o
justicieros, papel que insisten en despreciar.
Pero esa cifra se multiplica, si se toma en cuenta la incontable cantidad de casos de
hombres y mujeres que, meses y aun años después, descubrieron que la vez que
accionaron el gatillo contra alguien que les quiso robar y huyó habían firmado una
sentencia de muerte: la del ladrón.
La primera conclusión que saca la mayoría de los que hicieron justicia por mano propia
es que nada se les puede reprochar: "Eran ellos o yo", repiten casi como una letanía,
ante jueces, familiares y amigos. Pero el paso del tiempo hace que ese sentimiento
primario se diluya y sucumba ante el exorcismo del silencio, según pudo constatar La
Nación después de intentar comunicarse con muchos de ellos.
Algunos eligieron la salida rápida ("ya no vive acá", "mi esposo no habla", "ya dije todo
lo que tenía que decir", "está muy enfermo y recordar le puede hacer mal"). Otros
aceptaron un breve diálogo, bajo la condición de que no sea revelado su nombre y,
mucho menos, su actual domicilio.
El 28 de noviembre de 1995, una mujer y su marido -ella obstetra, él ginecólogo- se
resistieron a ser asaltados en su casa: atraparon a dos de los ladrones y a balazos
hicieron huir a otro. Tres meses después se enteraron de que el que había escapado fue
herido en el tiroteo y murió horas más tarde.
"Nunca más mi vida volvió a ser como antes. Ya no me asomo ni a la puerta. Las
imágenes de ese día vuelven como una pesadilla, es un recuerdo que no puedo borrar.
La psicosis de vivir lo mismo nunca se te pasa", juró la mujer, al borde del llanto.
Para muchos, la memoria les juega una mala pasada por las noches. Y aunque en
general lo rechazan, el tratamiento psicológico ingresa lentamente en sus vidas, sobre
todo en las personalidades superemotivas, con tendencia a la depresión.
El fantasma de la venganza de los familiares de las víctimas nunca se aleja de ellos. Los
peores momentos -admitieron quienes hablaron con La Nación - fueron los primeros
tiempos, cuando recibieron amenazas telefónicas anónimas y cuando cada movimiento
extraño y cada ruido desconocido los colocaba en guardia.
La mayoría admite que no abandonó la tenencia o la portación de armas: es más, la
mayoría convirtió su casa en un búnker, sale menos de noche y, si puede, evita volver a
los lugares donde pasaron de la dimensión doméstica a la trágica. Algunos no pueden
hacerlo. Como el señor José -así pidió ser llamado-, que cada fin de semana vuelve a
encarar la ruta a Marcos Paz donde, una tarde de abril de 1992 -víspera de Semana
Santa- mató a tiros a un motociclista que le disparó cuando viajaba en su auto junto con
su esposa e hijos.
Al igual que entonces, al señor José lo acompaña su Magnum 357.
Inseguridad y anomia
Cada nuevo caso de justicia por mano propia, sea en legítima defensa o en estado de
emoción violenta, reabre el debate sobre la inseguridad, y pone en tela de juicio el papel
de los tres poderes del Estado y de la policía en la tarea de garantizar la vida y los
bienes de las personas.
Mientras en el Congreso se debate el aumento de penas y el endurecimiento del régimen
de excarcelación, y en tanto las autoridades del área de seguridad proyectan
monumentales operativos y planes de prevención para poner límite a la delincuencia,
para el ciudadano común la posibilidad de ser víctima de un hecho de violencia es una
realidad.
Siete de cada diez porteños creen que serán víctimas de un ataque en la vía pública,
según una encuesta del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría. Tal sensación
se reproduce en el castigado conurbano bonaerense y en ciudades y zonas rurales del
interior del país. Ante esa situación, armarse en pos de defensa no es una locura.
Al ingeniero Santos -paradigma del "justiciero"- le tomó seis años liberarse
definitivamente de una eventual condena. La Justicia consideró que sobre él actuó un
"estrés psicosocial agudo, que produjo un estado afectivo (frenético) que determinó una
falta del control de sus impulsos"; por eso "no pudo comprender la criminalidad del acto
ni dirigir sus acciones".
El estrés psicosocial agudo al que hicieron referencia los médicos legistas Néstor Stingo
y Julio Ravioli que revisaron a Santos en 1990 tenía su correlato en una seguidilla de
robos sufridos por el ingeniero antes de que decidiera perseguir por quince cuadras a
dos ladrones de estéreos y, cuando estuvieron a su alcance, dispararles con precisión
mortal.
¿Estaban entonces las cosas peor que ahora? Para la psicóloga forense Ana María
Cabanillas, asesora de la Defensoría General de la Nación y perito de la defensa de
Santos, la respuesta es no: "Hay un cierto imaginario simbólico; la gente percibe un
aumento de la inseguridad general y un crecimiento de la prevalencia de los delitos
graves contra la propiedad y contra la vida de las personas. Tiene, además, un
descreimiento generalizado respecto de la Justicia y sobre la actuación de la policía.
"Y este contexto, en la actualidad, tiene que ver con la impunidad, por un lado, y con
una cierta corruptela general, por otro. Por cierto, estas cuestiones, en la época de
Santos, sólo comenzaban a insinuarse", explicó a La Nación .
Una muestra de esta situación se vislumbra en el sinceramiento de un veterano
investigador de homicidios: "Hace cuatro años, un comerciante de Palermo se tiroteó
con dos chorros en su negocio; le dio a uno, saltó el mostrador y le vació dos cargadores
de su Glock 45 (30 tiros). Literalmente, lo remachó al piso. Llevamos al hombre al
fondo del local y le dijimos: ÔCuando llegue el juez, diga que no se acuerda de nada´.
"¿Qué más podíamos hacer? El tipo se volvió loco cuando quisieron manosear a una de
sus hijas. Además, los ladrones estaban dispuestos a todo y la policía nunca llega a
tiempo para prevenir estos hechos", confesó.
Casi con la misma crudeza, un magistrado bonaerense coincidió con que la falta de
respuesta oficial contribuye a que los índices se crispen sobre los gatillos justicieros.
"Tengo un caso de justicia por mano propia, un padre que persiguió a los que días antes
le habían robado el auto a su hijo y, cuando los interceptó, los acribilló a balazos. Cada
vez que leo el expediente sé que tengo que firmar la preventiva por homicidio simple,
pero me paralizo cuando pienso que, durante seis meses o un año, con suerte, voy a
mandar a un laburante a una cárcel, con todo lo que eso significa."
Y hasta el ministro de Justicia y Seguridad bonaerense, León Arslanian, dijo en agosto
último, en el Congreso, que un desarme de la población sólo sería posible "cuando estén
dadas las condiciones psicosociales y se reinstale la sensación de seguridad en la gente".
He aquí, según Cabanillas, uno de los puntos neurálgicos de la cuestión: "Vivimos una
situación total de anomia; no hay internalización ni respeto por las normas. Y es un
problema estructural, que tiene que ver con cuestiones de poder, en las que se pone en el
tapete si se respetan o no los derechos de los otros, sean económicos, educacionales, de
salud y de vida".
Y concluyó: "La gente sabe que hay delitos de guante negro y delitos de guante blanco.
Sobre éstos no puede hacer nada, ya que existe una sospecha de que los que los cometen
son, justamente, quienes deben brindarle seguridad. Por eso, avanzan sobre el delito
negro con sus propias reglas".
Entre el poder y los afectos
La cuestión de la inseguridad como un statu quo , y el tiempo que transcurre entre la
amenaza y su represión son centrales a la hora de explicar las circunstancias que rodean
un caso de justicia por mano propia.
"El tiempo entre el ataque y la respuesta de la víctima -la inversión de papeles- es vital,
porque permite a una persona arrepentirse o no de lo que va a hacer", explicó
Cabanillas.
"Hay una diferencia decisiva -aclaró- entre la conducta de una persona que Ôexplota´
cuando siente que su vida, la de los suyos, o sus bienes más preciados están
amenazados, y la del que un mes después se acuerda de que otro le hizo algo y sale a
buscarlo."
- ¿Por qué una persona reacciona de esta manera?
-Descartando que hubiera agresividad de base, hay ciertos elementos predisponentes: o
se da la estructura psicopática en la que prima la cuestión del poder -"yo me escudo en
esto de la falta de justicia y de policía, entonces hago lo que se me da la gana"- o se trata
de personas superemotivas, que reaccionan de forma atípica y magnificada ante un
ataque.
Por ejemplo: hay personas que por sus principios éticos o morales saben que nunca van
a robar o a estafar. Pero, aun siendo pacíficos y no violentos, es como si dijeran: "No
toquen alguno de mis afectos porque, entonces, no respondo de mí".
- ¿Hay una preconducta común en los "justicieros"?
-En los cuadros de emoción violenta hemos visto mucha gente temerosa, no
necesariamente violenta, que enfrentó una situación que quebró su límite, la gota que
rebasó el vaso. Estas personas tienen descargas rápidas o faltas de límite sobre las
agresiones recibidas, aunque en otras circunstancias se paralizan.
-¿Y qué les ocurre después?
-Hay grandes arrepentimientos. En gente que tiene ciertas características neuróticas o
depresivas puede aparecer la culpa. Todo se desarrolla como un torbellino y las
reacciones se suceden en cascada.
La descarga de agresividad es masiva, sale sin control ni mediatización. El sujeto no
mide riesgos ni consecuencias. No piensa, simplemente actúa. El tiempo entre la
conducta y el hecho que la motiva desaparece; el control cortical, el control de las
funciones superiores (inteligencia, voluntad) está como anulado e impera lo afectivoemocional.
-¿Cómo se llega a ese estado?
-Tiene que ver con los propios límites. En el contexto actual hay una internalización de
acontecimientos previos -robos reiterados, la inseguridad en el barrio en que se vive, las
noticias. Y, de golpe, se da una reacción violenta, que es diferida. Hay quienes lo llaman
psicoanafilaxis, porque es como si fuera una reacción alérgica; "soportás, te
descapitalizás desde el punto de vista psicológico defensivo y se incorpora la falta de
respuesta a la agresión externa. Es, otra vez, la anomia".
Inseguridad. Miedo. Poder. Impunidad. Mora judicial. Por sobre estas cuestiones,
algunos apretaron el gatillo y su vida cambió para siempre.
Casos que fueron noticia
1998:
-El 4 del actual, en la localidad bonaerense de Ranelagh. Ricardo Chávez vio a tres
sujetos que intentaban robar en la casa de su vecino y primo Roberto Lomónaco. Sacó
su arma y disparó al bulto para forzar la retirada de los maleantes. Tres de sus disparos
alcanzaron en una pierna y en el tórax a José Aguirre, de 20 años, que cayó muerto en la
calle. Chávez continuaba detenido, y uno de los ladrones detenido aquel día recuperó su
libertad pocas horas después.
-El 30 de septiembre, Fernando Peglietero (53), dueño de una heladería en Mar del
Plata, abatió a uno de los tres sujetos armados que habían ingresado a robar en su
negocio.
-El 29, Julio Pueyrredón (79), fue detenido en su casa del barrio de Recoleta, acusado de
haber matado de un tiro, nueve días antes, a Osvaldo Rojas, de 26 años y con
antecedentes penales por robo. En su domicilio, la policía secuestró un verdadero
arsenal de armas.
-El 16, Gustavo Catanzaro, de 40 años, mató a uno de los tres sujetos que intentaron
asaltar a su vecino Dardo Marcilese, en Ensenada.
-El 19 de agosto, en pleno centro porteño, después de que su esposo dentista fuera
asesinado de un tiro en la cabeza por dos sujetos que lo asaltaron en su consultorio,
Herminia Saavedra, tomó un bisturí y mató de una puntada en el pecho a uno de los
ladrones e hirió al otro de gravedad.
-El 16, en González Catán, un joven mató a un menor de 16 años que acababa de robar
8 pesos en el comercio de su padre. El menor había intentado disparar con un revólver
calibre 32, pero el arma se atascó.
-El 6, tras ser asaltado en su farmacia de Laprida al 1600, Juan Carlos Benasi persiguió
a balazos a dos asaltantes; tras la intervención de un bombero, uno de los ladrones
murió.
-El 3, en Quilmes, el empresario Juan Pagano, de 46 años, baleó a dos delincuentes e
hirió a uno cuando intentaron robarle el dinero que había retirado de un banco.
El 30 de julio Mauricio Irigoyen, de 70 años, mató de un tiro en el rostro a un
malviviente que que quiso asaltarlo y lo amenazaba con un arma, en su almacén de
Ituzaingó.
-El 29, Guillermo Sznaper, de 42 años, propietario de una editorial, mató a dos
delincuentes e hirió a otro, que lo habían tomado como rehén en su propio auto, también
en Ituzaingó. Con horas de diferencia, ambos quedaron en libertad por falta de mérito,
según dispuso el juez de Morón Alfredo Meade.
-El 19 de enero, un repartidor de pan de Lomas de Zamora mató de un disparo a un
joven que, junto con otros dos, se acercó a su camioneta para robarle. Familiares de la
víctima, enfurecidos, balearon el frente de la panadería e hirieron a un menor de 16
años.
1997:
-El 21 de octubre, el médico Luis Borsella (43) mató de dos balazos en la espalda a un
menor de 16 años que, junto con otro, le acababa de robar el estéreo y un maletín del
interior de su auto, en Quilmes. Los persiguió casi 200 metros hasta el interior de una
villa. En el camino, una persona que había visto pasar a los precoces ladrones le puso el
arma homicida -un revólver calibre 38- en la mano. Nadie vio a los menores disparar.
-El 24 de agosto, en San Antonio de Padua, un comerciante mató a un menor que quiso
asaltarlo en su local. Días antes, una quiosquera mató a una ladrona en la localidad de
San José, al resistirse a un robo.
-El 31 de julio, Fernando Cioffi, dueño de una parrilla de Adrogué mató de un tiro por
la espalda a un joven de 25 años que escapaba a la carrera del local para no pagar el
almuerzo consumido.
1996:
-El 12 de mayo, Pedro Ruiz, un almacenero de Villa Pineral, en Caseros, de
nacionalidad boliviana, mató martillazos a Néstor "Sopapita" Merlo, un peligroso
delincuente que había intentado asaltarlo junto con su novia. Pidió protección policial
por las amenazas de los secuaces de Sopapita.
1995:
-El 10 de octubre, el dueño de un agencia de loterías de Floresta, Alberto Ferrara, mató
a un delincuente e hirió a otro que intentaron asaltarlo en su negocio.
-En julio, Juan Olmedo, de 47 años, mató a uno de los cuatro sujetos que quisieron
asaltar su agencia de quiniela, en Córdoba.
-En junio, José Solana, un sexagenario que sufría de hemiplejía, mató a balazos a un
sujeto que quiso asaltar su quiosco, en Villa Luro.
-En junio, en José C. Paz, Osvaldo Bogart, de 51 años, ultimó a balazos a un
delincuente que intentó asaltar su autoservicio de comestibles y, en el hecho, había
herido a su hijo.
-El 8 de mayo, Cristian y Santiago Ibarra fueron presos por perseguir y matar al ladrón
de su hermano Víctor, en La Matanza.
-El 31 de enero, Angel Scarfa (75) mató a Carlos y Walter Setta -de 21 y 19 años- por
haber golpeado a su hijo, en Lomas del Mirador.
-El 23, Orlando y Adrián Leguizamón, padre e hijo, persiguieron y mataron a Alejandro
Silva de 19 años, que les había robado el auto en Ezpeleta.
1994:
-El 2 de octubre, Carlos De Simone, un comerciante que ya había sido víctima de siete
robos, mató a un delincuente que quiso asaltarlo en su negocio de Villa Crespo, donde
trabajaba junto con sus dos hijas.
-El 2 de agosto, José Bordón, dueño de una farmacia de Munro, mató a un menor de 16
años que, junto con un cómplice, intentó a asaltar la botica. El 15, los familiares del
menor, enfurecidos, incendiaron la farmacia.
-El 3 de junio, Alberto Pérez, que alquilaba una película en un videoclub de Lanús
Oeste, sacó el revólver que llevaba en el bolsillo de su abrigo y mató a dos delincuentes
que habían entrado a robar.
-El 29 de mayo, Félix Norgeot (68) mató de un disparo a un menor de 16 años que
ingresó en su vivienda de José Ingenieros para robar.
-El 22, Hugo Marano, de 56 años, jubilado por invalidez, mató a Víctor Mariglia, de 25,
cuando éste intentaba entrar en su vivienda.
1990:
-El 16 de junio, al ingeniero Horacio Santos le bastaron dos disparos para ultimar a los
dos sujetos que le habían robado el estéreo de su cupé Renault Fuego. Los dos jóvenes
habían escapado en un Chevy tras el robo; a quince cuadras los interceptó Santos con su
vehículo. Tras idas y venidas, en las que fue sucesivamente sobreseído y reprocesado,
Santos fue exculpado en 1996.
También se modificaron ánimos en la Justicia
Antecedentes: "Queda tan mal la familia de quien muere como la de quien mata",
sostuvo un juez al evitar la pena de prisión.
Desde 1990 -cuando el caso Santos ganó las primeras planas- hasta hoy, la situación de
la seguridad cambió, y la respuesta de los encargados de administrar justicia y seguridad
parecieron evolucionar en el mismo sentido.
El general, el ánimo de los jueces a la hora de resolver los casos coincidió con una
mayor contemplación social hacia los "justicieros".
"Hoy se mata por un par de zapatillas, por una campera, por 100 pesos o por no tener
más que unas monedas en los bolsillos. Cómo se hace para decirle a la gente que no se
compre un arma y se defienda de esos hechos a los tiros", sostuvo un alto jefe policial
porteño.
Dos casos
El 29 y el 30 de julio últimos, el juez de Morón Alfredo Humberto Meade tuvo el raro
privilegio de instruir dos causas de justicia por mano propia.
Dijo entonces: "Es una desagradable coincidencia que me haya tocado intervenir en dos
casos de similares características, pero cada hecho tiene sus particularidades y debe ser
analizado por separado".
Pocas horas después, Meade dejó en libertad por falta de mérito -consideró que habían
actuado en legítima defensa- al editor Guillermo Sznaper y al almacenero Mauricio
Irigoyen.
Tras la absolución, el juez sostuvo -casi a modo de justificación salomónica- que "queda
tan mal la familia de quien muere como de quien mata".
Una balanza
Otro juez bonaerense con 25 años en los tribunales, consultado por La Nación ,
reconoció que se siente inclinado a admitir como legítima la conducta de los justicieros:
"Siento que cada nuevo caso de justicia por mano propia es un aviso de la falta de
respuesta de los que nos encargamos de aplicar la justicia, tanto magistrados como
efectivos policiales".
Aun cuando admitió que el paralelismo entre el inconsciente colectivo y la actitud de la
Justicia es un llamado de atención, el magistrado fue más allá.
"No puedo olvidarme, a la hora de resolver, de la precarización de la seguridad y la
paupérrima situación carcelaria. Uno duda hasta a la hora de resolver un caso tipificado
prima facie como exceso, o hasta como homicidio simple, porque sabe que la persona
que está por mandar a prisión quizá no tiene antecedentes y se excedió cuando persiguió
a un ladrón que le robó el auto, el televisor o la campera", se confesó el experimentado
juez.
Si bien en la Justicia parece notarse una mayor contemplación para este nuevo tipo de
hechos, los criterios distan mucho de ser uniformes.
Al ingeniero Santos le tomó seis años obtener un dictamen favorable de la Justicia. A
Sznaper y a Irigoyen -aun cuando sus casos fueron distintos-, sólo unas horas.
Otros, como al obrero paraguayo Edgar Remigio Medina, dos meses atrás, no tuvieron
la misma contemplación: en agosto último, un tribunal oral de Morón lo condenó a ocho
años de prisión por homicidio simple.
El caso resultó paradójico, pues Medina reconoció que el muerto lo había asaltado, pero
nunca aceptó ser el autor de los disparos y dijo no saber cómo llegó el arma homicida a
sus manos.
Tras el fallo, fuentes tribunalicias conjeturaron: "Si hubiera reconocido ser el autor,
podría haber alegado legítima defensa o emoción violenta y, casi con seguridad, habría
obtenido un dictamen favorable".
Gabriel Di Nicola
A un año del crimen de Bordón
Acto: los padres del joven encabezarán una marcha en San Rafael junto con familiares
de otras víctimas de la violencia institucional.
MENDOZA.- Al cumplirse hoy un año de la aparición del cadáver de Sebastián Bordón
se realizará un acto en San Rafael, a las 11, con la presencia de los padres del joven de
Moreno que fue asesinado cuando se encontraba de viaje de egresados en esta provincia.
Del encuentro participarán asimismo padres de cuyos hijos se sospecha que también han
sido víctimas de la violencia institucional, como los de María Soledad Morales y José
Luis Cabezas.
El juez de San Rafael Waldo Yacante procesó la semana última a un jefe policial, el
comisario Juan de Dios Atencio, como integrante de la red de encubrimiento montada
en la ocasión para desviar la investigación por el asesinato de Bordón.
Con Atencio suman siete los policías procesados por el homicidio; seis de ellos están
detenidos, al igual que la parapsicóloga Amanda Ledesma y el camionero Humberto
Vega Giménez.
Bordón desapareció el 3 de octubre de 1997, luego de huir del destacamento policial de
El Nihuil.
Estaba allí porque había pedido no continuar el viaje con sus compañeros. Luego de que
el chico fuera buscado por distintas provincias, su cadáver apareció en el fondo de un
barranco del cañón del Atuel, a dos kilómetros de la sede policial.
A 12 meses del hecho, persisten dudas sobre el móvil del homicidio, pero las líneas de
investigación estuvieron ligadas con un crimen tosco -una feroz paliza- en el cual se
vieron involucrados los policías que salieron a buscar al chico cuando se escapó del
destacamento.
El caso provocó en su momento la renuncia de altos jefes policiales de la provincia y del
ex ministro de Gobierno Angel Cirasino.
Viaje trágico
Bordón, de 18 años, había salido de Moreno el 26 de septiembre de 1997 junto con sus
compañeros.
El 2 de octubre decidió abandonar el ómnibus en el que viajaba y pidió ayuda a la
policía a la altura del paso de El Sosneado.
En el micro se lo había notado perturbado y gritaba que alguien lo quería matar.
Entonces se lo llevó a dormir en el destacamento de El Nihuil a la espera de que su
padre pasara a buscarlo al día siguiente. Pero poco antes de que éste llegara, el joven
golpeó al cabo Esteban Merello, que lo cuidaba, y escapó corriendo del lugar.
Durante más de una semana fue buscado intensamente por distintos puntos del país.
Para el padre de Bordón y sus representantes legales, Sebastián murió como
consecuencia de una golpiza. Los datos que figuran en el expediente revelan que habría
muerto de hambre y deshidratación, ya que ninguna de las heridas que tenía era mortal.
Se supone que al joven lo golpearon, luego lo escondieron en algún inmueble y más
tarde depositaron su cuerpo agonizante en el fondo del barranco.
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