leer trabajo - Asociación Psicoanalítica del Uruguay

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APU- CAPSA 2016
Un camino – personal - hacia la Interpretación Psicoanalítica
Clara Nemas
En estos últimos tiempos, ya con una historia en la que puedo tener una
mirada retrospectiva y sobre todo en mi creciente contacto con analistas
jóvenes y en formación, me encontré pensando en mi experiencia, en
los cambios que se produjeron en mi manera de entender y ejercer el
psicoanálisis a través de los años. Seguramente muy acompañada por
las ideas de Bion y Meltzer, me he ido acercando cada vez con más
fuerza a la concepción del psicoanálisis como arte y como ciencia. El
desafío con el que me encuentro al intentar transmitir esta concepción
es cómo sostener la tensión entre una imaginación que pueda
desarrollarse con libertad al mismo tiempo que anclar firmemente
nuestro trabajo en la teoría y técnica analítica básica. Diría sobre todo
un trabajo apoyado en un modelo de la mente del que podamos dar
cuenta y que de sentido a nuestra técnica.
Como psicoanalistas transitamos el camino entre el método y el arte,
pero como dice Walter Benjamin, las marcas del cuentista se pegan a la
historia del mismo modo que las huellas del alfarero se pegan a su
vasija. En cada teoría, en cada modelo, aun cuando se trate de una
descripción objetiva, encontramos las marcas personales del autor en el
producto final, sea un trabajo, una idea, un análisis o una
interpretación.
Algunas notas acerca del valor que le otorgo a la observación de
bebés en la formación del analista
Quisiera transmitirles porqué pongo este acento en la observación como
en camino hacia la interpretación. Parto de una premisa, y es que la
observación está en la base de la intuición y la segunda parte de esta
premisa es que considero que el psicoanálisis, como práctica, es
intuicionista (en sentido amplio se llama intuicionistas a aquellas
doctrinas o métodos filosóficos que admiten la intuición como forma
primaria de conocimiento)
Si consideramos las emociones en el vínculo (la pasión, como la define
Bion) como algo que intuimos –una realidad sobre la que tenemos
conocimiento directo o inmediato a través de nuestra capacidad
receptiva analítica o de reverie materna– en correlación con un
sentimiento de verdad relacionado con un momento de descubrimiento
de un hecho seleccionado, una momentánea integración, entonces
llamarnos intuicionistas no es equivocado. Por supuesto, que en un paso
siguiente debemos ser capaces de transformar lo intuido en una
formulación/ interpretación y es hacia allí que me dirijo.
La hipótesis de Bion de la identificación proyectiva realista (1962), se
encuentra en la base de lo que llamamos intuición: esta hipótesis
propone que realmente podemos captar las emociones de otro ser en
nuestra mente, como si se transmitieran desde la mente/cuerpo del
bebé a la mente de la madre, del aspecto bebé o primitivo del paciente
a la mente del analista, o del amigo/amiga al amigo/amiga en una
relación íntima. Las captamos, y luego tratamos de entenderlas. Desde
esta conjetura, a través de este mecanismo también el bebé puede
recibir y registrar las emociones primitivas de la madre o de otros
objetos primarios, aunque no pueda aún entenderlas. Todo lo dicho no
es científicamente demostrable, pero puede servirnos de conjetura, de
modelo.
El bebé humano al nacer tiene que afrontar la extraordinaria aventura
del conocimiento del mundo como parte de su proceso de adaptación y
supervivencia. Dadas las características de nuestra especie, la propia
personalidad forma parte del mundo por conocer.
La neotenia del ser humano, su prematurez biológica y psíquica, lleva
implícita la necesidad de desarrollar un equipamiento mental para
afrontar esta aventura. Las vicisitudes de este desarrollo van a estar
asociadas por largo tiempo a un vínculo con las capacidades y funciones
parentales de amparo, cuidado y reverie.
El problema de cuándo y cómo se origina la mente o la personalidad en
el bebé humano está en consonancia con la función vinculante que
relaciona a los seres humanos, básicamente a sus mentes y se
encuentra en la base de un modo de pensar, entender y trabajar con
nosotros mismos y con nuestros pacientes.
Por supuesto que reconocemos a Bion en estas ideas; él considera que
es el aspecto vincular de la mente de la madre, su función mental
continente, la que será introyectada. Una vez en marcha este proceso
introyectivo, esta función formará el núcleo del self del bebé,
otorgándole la posibilidad de contenerse y comprenderse a través de
una función que podríamos llamar simbolizante y a la que Bion le dio el
nombre de Función alfa.
La función reverie describe una capacidad, que en el mejor de los casos
es una capacidad natural de la mente de la madre, que le permite
aceptar, alojar y transformar la comunicación emocional primitiva preverbal del bebé en elementos mentales y luego discursivos, capaces de
pensar pensamientos y sentir sentimientos.
¿Por qué me extiendo en esta introducción? Porque pienso que son éstas
las bases que me hacen ubicar la observación de bebés en un lugar tan
central, relacionando ese método con la interpretación psicoanalítica.
Es una observación que requiere una disciplina rigurosa, pero a la vez es
un indicador de interés y por lo tanto de esperanza. Prestemos atención
a estos dos términos, ya que el interés y una actitud esperanzada son
quizás los dos requerimientos más esenciales para que un proceso
terapéutico tenga lugar. La observación de bebés en la formación del
psicoterapeuta y del psicoanalista ha tenido varios objetivos:
inicialmente el desarrollo de una capacidad de observación lo más libre
posible de prejuicios y teorías, el contacto y descripción con emociones
contra-transferenciales y como algo no menor, la confirmación o no de
la vocación para ser psicoanalista.
Como dije hace un momento, el bebé humano al nacer tiene que
afrontar la extraordinaria aventura del conocimiento del mundo y fue a
esta urgencia a lo que Klein se refirió cuando definió el instinto
epistemofílico. Bion desarrolló algo más, él pensaba que la necesidad
básica es la de conocer la verdad acerca de uno mismo, fomentada por
una madre capaz de descartar teorías preconcebidas acerca de los niños
y que es capaz de conocer y contener sus propias emociones infantiles y
responder a las comunicaciones y proyecciones de su bebé en su
contexto particular. ¿Podríamos reconocer éstas como algunas de las
cualidades necesarias de un psicoanalista para trabajar?
Parafraseando a Winnicott, el terapeuta suficientemente bueno puede
tolerar y explorar la realidad que observa con la aspiración de ser lo más
veraz y genuino que le sea posible.
Estas ideas apuntan a un psicoanálisis en que la observación, junto con
una actitud exploradora y descriptiva prevalezcan por sobre la
explicación, lo cual promueve interpretaciones más tentativas, más
desde el llano y no desde las alturas.
Vale la pena considerar que la interpretación psicoanalítica es sólo una
forma especializada de asignar significado a la experiencia y que
interpretar es algo intrínseco a la vida mental humana. Como lo ha
hecho notar Jon Tabakin en su trabajo titulado “El valor de la
interpretación; pensamientos acerca de una controversia”, “La
experiencia y la interpretación son socios interdependientes. Podríamos
decir que interpretar nos define como humanos” (2015)
En qué me apoyo
Para desarrollar las ideas que quiero compartir hoy aquí con ustedes me
voy a basar en dos pilares a los que considero, desde mi perspectiva,
dos poderosas herramientas psicoanalíticas. Me refiero a la
personificación en el juego de los niños descripta por Melanie Klein en el
año 1929 y a las conjeturas imaginativas acerca de los aspectos
prenatales de la mente propuestas por Bion. Entre ambos pilares hay un
puente: el conflicto estético propuesto por Meltzer, que describe el
problema que nos plantea el contraste entre el exterior del objeto que
puede ser aprehendido por los sentidos y su interior que es sólo
conjeturable.
Comenzaré cruzando el puente: Meltzer, a partir de su contacto con
procesos analíticos de niños autistas, que mostraban un fracaso en la
formación de un objeto continente para ser usado para el desarrollo,
propone un modelo a modo de conjetura para describir el desarrollo
psíquico temprano: el encuentro inicial, mítico, con el pecho de la madre
como representante de la belleza del mundo, expone al recién nacido a
un impacto emocional frente a la belleza que lo impacta y también
espanta. No existe percepción de la belleza sin conflicto, que queda
definido, como dije, por el contraste entre el exterior percibido y el
interior misterioso sólo conjeturable, fuente atormentante de ansiedad,
duda, incertidumbre y desconfianza.
A partir de este conflicto y de su tolerancia, no necesariamente
resolución, se genera una divisoria de caminos: uno hacia la
construcción de la noción de misterio acerca del interior de otra persona
y del mundo, otro el de un enigma que a toda costa debe ser develado,
aun utilizando mecanismos invasivos y certezas que no dejen lugar a
dudas.
Agregaría que otra enseñanza de Meltzer que considero una brújula en
mi trabajo es su idea de ayudar a crecer los brotes de pensamiento más
que a desbrozar la maleza. En otras palabras, seguir las potencialidades
de los pacientes, niños y adultos, para adentrarnos en el núcleo de sus
ansiedades y dolor mental.
El concepto de conjetura imaginativa fue acuñado por Bion; como
sucede con muchos conceptos, es un término muy usado y poco definido
que intenta describir un modo particular de conocer la realidad a partir
de pensamientos no domados por la memoria y el deseo. En mi manera
de entender estas ideas, creo que de lo que se trata no es tanto o no
sólo de generar conjeturas imaginativas sino de ampliar lo que yo
denomino conjeturas imaginables en la mente del analista, que se
crean al observar desde múltiples vértices lo que ocurre en una sesión.
Es también una invitación a que el paciente incluya diversos puntos de
vista y perspectivas que cuestionen teorías establecidas. Suelo jugar con
la idea de qué es lo que la mascota de la casa pensaría de una situación
que el paciente relata. No menos importante, creo que este juego
imaginativo enriquece el lenguaje con el que podemos describir las
fantasías relacionadas con estados mentales más primitivos o
experiencias tempranas.
La personificación descripta por Klein en el juego de los niños, extendida
a la escenificación de la transferencia, se basa en el pasaje desde la
fantasía inconciente hacia la formación de símbolos. En el camino, los
mecanismos de escisión y proyección proveen las herramientas para que
este proceso se produzca. Lo que Klein ha denominado esta irrealidad
real describe el inter-juego entre el mundo interno y el mundo externo,
en un constante movimiento de mareas entre la proyección y la
introyección, generando ese borde móvil de arena mojada en la playa
que se forma en ese vaivén entre la arena y las olas.
Esta visión del mundo infantil expresa un punto de vista dramático de la
metapsicología kleiniana en su concepción de la fantasía inconciente.
Como en toda representación teatral, hay un escenario con personajes;
el iluminador es quien elige qué escena es visible, pero el clima del
escenario en penumbras da el tono emocional a la obra. También hay
personajes en espera tras las bambalinas, pero es el director quien tiene
la función de elegir el elenco que llevará adelante el rol adjudicado de
cada personaje. Así entiendo la propuesta de Klein acerca del juego y la
transferencia. A diferencia del cuento de Pirandello, somos directores en
busca de actores para que jueguen el rol de los personajes que pueblan
nuestra fantasía.
Para volver a la observación de bebés y la interpretación, quiero
compartir con ustedes un recuerdo:
Hace muchos años, en la primera visita de Meltzer a Buenos Aires, una
colega le presentó el material de un niño de 3 años que había sido
diagnosticado, aunque con ciertas dudas, como autista. Presentaba
conductas repetitivas que estaban relacionadas sobre todo con el
encendido y apagado de la luz. La madre, una joven mujer, había
sufrido la muerte de su propia madre cuando estaba embarazada de
este hijo. El niño encontró una lámpara en la sesión de la que tirando
una cuerda se encendía y apagaba la luz. Meltzer describió la sesión al
modo de una observación de bebés, proponiendo una conjetura
imaginativa en la que los ojos de la madre y sus pezones se retiraban
del contacto con el bebé, probablemente debido a su duelo y el pequeño
paciente mostraba el impacto de esos ritmos de encuentros y
desencuentros que le habían provocado una perplejidad en la que seguía
inmerso.
Si cada uno de nosotros revisara la definición privada que tiene del
psicoanálisis, podría comprender cómo influye la misma en nuestro
método de trabajo en el consultorio. Pienso, sin embargo, que esto no
excluye reconocer que en esta definición está presente toda la historia
del psicoanálisis. En un brevísimo recorrido por esta historia, los
comienzos del trabajo de Freud se centraban en el esfuerzo intelectual
por recabar información. Sin embargo, un aporte fundamental de Freud
fue la creación de la situación y el encuadre analítico como campo
privilegiado de observación del paciente. En el momento en que Freud
comienza a observar a sus pacientes descubre la transferencia; el caso
paradigmático fue Dora, aunque ya había hablado de los falsos enlaces
en 1895. En este recorrido a vuelo de pájaro dejaremos pasar casi 50
años hasta que la contratransferencia fuera objeto también de
observación sistemática por parte de los analistas. Los trabajos de
Racker, Paula Heimann, Money-Kyrle, Bion y otros autores, plantearon
la base teórica para pensar en la observación conjunta de la interacción
entre transferencia y contratransferencia como fuente de la comprensión
del proceso analítico. Pero no creo equivocarme cuando propongo la
importancia de la influencia de Esther Bick y el método de observación
de bebés desarrollado por ella en la corriente psicoanalítica a la que me
refiero y en la que me apoyo. La inmersión en la situación emocional del
vínculo mamá-bebé en el seno de la familia, exponía al analista en
formación a la movilización de sus propias emociones ante lo observado,
deviniendo él mismo objeto de su propia observación.
El método de observación de bebés respondía ya a la expectativa de que
el analista fuera capaz de reconocer y pensar acerca de la
contratransferencia. Fue a partir de la influencia de la observación de las
reacciones emocionales del analista así como las del paciente, que el
método psicoanalítico se modificó de modo sustancial. Por otra parte, y
esto no es una detalle menor, expuso al observador al contacto con el
impulso al desarrollo del bebé, así como a la tragedia de su fracaso.
El objetivo del psicoanálisis en esta línea de trabajo que partiendo de las
ideas de Bion evolucionó desde un modelo médico - en el que alguien
ayudaba a otra persona que sufría de dificultades mentales y
emocionales a resolver un conflicto - a un modelo familiar en el que
paciente y analista experimentan en forma conjunta la transferencia y
contratransferencia, de modo análogo – aunque de ningún modo
idéntico- a la relación de los padres con los niños pequeños. Esta
manera de concebir el trabajo analítico es una marca en el orillo del
modo de pensar de Meltzer y creo que ha tenido una fuerte influencia en
aquellas personas que hemos estado en contacto con sus ideas.
Una viñeta de supervisión
Se trata de una paciente de 11 años que ha estado en análisis por 5
años. El tratamiento comenzó en un momento en el que los padres
estaban en el medio de un divorcio muy turbulento. La escuela sugirió la
consulta. Era una alumna excelente y se destacaba también en deportes
y en arte, pero su comunicación estaba obstaculizada por su persistente
succión del pulgar, que incluso había producido un grado de
malformación en su paladar y en sus dientes.
Desde la primera sesión su expresión facial no reflejaba emociones y
mantenía una sonrisa fija en su rostro. En su hora armaba
construcciones muy elaboradas, como pequeños modelos en escala que
mantenía bien organizados en su caja, junto con las tiras de papel que
usaba para hacerlos.
Pasaron años hasta que Ana comenzó a mostrar sus emociones en la
sesión; podía llorar y expresar sentimientos de enojo y frustración, pero
el dedo continuaba en su boca a pesar de todo el trabajo hecho para
intentar comprender este síntoma tan fijo.
En la supervisión le propuse comenzar a jugar con la idea de hablarle al
dedo en la boca como si fuera un personaje presente en la sesión.
¿Cómo se estaba sintiendo el dedo en la boca? ¿Cómo pensaba que se
sentiría afuera? ¿Tenía miedo de abandonar su refugio? ¿Sentía
curiosidad por lo que ocurría afuera? ¿Podría volver a entrar si se sentía
muy asustado? Todas estas preguntas comenzaron a surgir como un
juego en la supervisión junto con la idea de que podríamos empatizar
con el miedo del dedo de salir de su refugio como la personificación del
bebé aún no nacido que no se atreve a salir al mundo.
La analista comenzó a jugar este juego en las sesiones y llevó un tiempo
hasta que la niña se involucrara en el mismo. LA analista personificaba
la voz del dedo hablando en primera persona y Ana “hablaba” por los
otros personajes de la boca: la lengua, los dientes, los labios. A veces
cambiaban de roles. Comenzaron a armar historias en la sesión acerca
de un dedo que había sido adoptado por esta familia boca en la que se
sentía protegido pero a veces también amenazado por las cosas que
sucedían allí, los objetos extraños que entraban, la lengua movediza, los
dientes que mordían, etc.
El pulgar en la boca se trasformó en un tema interesante del que ambas
podían hablar en la sesión. Representaba una imagen invariante de la
personalidad en la manera que a veces ocurre en los sueños, como
Melanie Klein sugiere en su maravilloso texto Personification in the Play
of Children (1929), transformándose en una taquigrafía no sólo entre
analista y paciente sino también en la construcción de la historia de la
supervisión. Estos momentos únicos entre paciente y analista, pero
también entre supervisor y analista en el que se genera un lenguaje
común, símbolo que sólo tiene significado para esa pareja, delimitando
un espacio particular de intimidad.
Interpretación – más prestigio que definición
Vayamos ahora directamente a algunos desarrollos más recientes.
Comenzando por las ideas de Bion que han tenido tanta influencia en los
desarrollos kleinianos contemporáneos, diría que hay un corrimiento de
énfasis que tiene importantes consecuencias: desde una actividad
explicativa un tanto sentenciosa de la interpretación acerca de los
contenidos inconscientes, hacia una posición más descriptiva cercana a
la conjetura tentativa y al trabajo interpretativo. Este cambio de
posición del analista se acompaña de una preocupación, no tanto por la
corrección de la interpretación sino por el compromiso – contra
transferencial – que puede llevar a teñir el sentido de la interpretación.
Comenzaré por este último aspecto. En el estado óptimo de atención
flotante con el que escuchamos a nuestros pacientes en análisis, estado
que implica una no saturación por nuestros deseos, teorías y
ansiedades, tratamos de disponernos a entender el significado de lo que
está ocurriendo. En esos momentos nos encontramos con una variedad
de impresiones confusas que compiten por nuestra atención. La
incertidumbre resultante y hasta la confusión, son a veces difíciles de
tolerar, y la presión para reducir la incertidumbre puede influir tanto en
el paciente como en el analista para buscar hacer rápidamente
comprensible y aún explicable el material, ya sea por apelación a lo ya
sabido o por recurso a la teoría (vía de porre). En un momento, algo
cambia en la atmósfera del consultorio por la emergencia de una
observación que une hechos aparentemente dispares. Dicha observación
en general marca una conjunción constante – por ejemplo, que cada vez
que el analista hace una interpretación, el paciente se remite a una
experiencia de humillación. Esto en sí mismo deviene un hecho clínico.
Es a este tipo de observaciones a las que Bion se refiere con el concepto
de “hecho seleccionado”, tomado del proceso descripto por el
matemático Poincaré en Ciencia y Método.
Del material que el paciente produce emerge, como un patrón surge en
un caleidoscopio, una configuración que pareciera no pertenecer sólo a
esa situación, sino a un número de otras no vistas como conectadas
previamente y que no han sido diseñadas para conectar. (Bion, 1967,
p.127)
En circunstancias favorables, tanto el paciente como el analista habrán
desarrollado suficiente confianza en el setting para permitirse un cierto
grado de tolerancia de “incertidumbres, misterios y dudas” (Bion, 1970,
p. 125), y el hecho nuevo puede emerger como el centro de una
hipótesis que puede permitir que elementos dispares en el paciente sean
integrados en la mente del analista. Esta integración toma lugar en la
mente del analista, pero, si él puede formular sus pensamientos en una
interpretación, puede entonces testear hasta qué punto el paciente
siente que el analista lo entiende o al menos intenta entenderlo.
En un interesante trabajo, Britton y Steiner plantean que las
descripciones de Bion pueden dar una idea equivocada, a menos que se
reconozca que una observación que pudo en su momento ser
convincente para el analista y aún para el paciente, puede ser inexacta
y aún equivocada. “Entre esos errores – dicen los autores - algunos son
determinados por las necesidades defensivas del analista, y a este tipo
de insight falso lo denominamos idea sobrevalorada”. “La conciencia de
la posibilidad de que un insight pueda ser una idea sobrevalorada –
continúan - ayuda a alertar al analista acerca de la necesidad de
sostener la duda y examinar el material clínico subsecuente para evaluar
su comprensión”.
Al mismo tiempo, la interpretación implica un momento de decisión del
analista y es importante que el analista transmita este compromiso e
interprete con convicción, de modo que su capacidad para albergar la
duda debe coexistir con una voluntad de comprometerse con un punto
de vista que parece adecuado en ese momento, al mismo tiempo que
requiere estar dispuesto a renunciar al mismo si la evidencia lo
demanda. La experiencia de un momento de insight o descubrimiento
puede producir una sensación de excitación y logro en el analista,
emociones que si persisten, sobre todo terminada la sesión, son o
pueden ser indicadores de que algo de la idea sobrevalorada está
teniendo lugar. Por el contrario, una vez pronunciada la interpretación,
con frecuencia pierde algo de su convicción y la importancia de la duda,
la culpa y otros sentimientos asociados con la posición depresiva son
parte inevitable de la experiencia. En síntesis, tanto el sentimiento de
convicción como la puesta a prueba de esa convicción como hipótesis,
son parte del proceso de interpretación.
La evaluación y la formulación no pueden ser separadas de modo útil,
tanto por los efectos que la interpretación produce en el paciente - y
ésta es mi posición y la propuesta personal que hago en esta
participación - como los efectos emocionales que la formulación de la
interpretación producen en el mismo analista que emitió la
interpretación, que se expresan usualmente como complacencia y
triunfo.
Insisto, a pesar de que el analista puede sospechar de su propia
formulación, especialmente si reconoce que una idea sobrevalorada
surge con más facilidad cuando no se puede contener adecuadamente la
incertidumbre, usualmente no es posible distinguir entre las dos fuentes
de la interpretación, ya que ambos procesos pueden llevar a una
convicción acerca del significado. La distinción sólo puede hacerse a
través de una evaluación del valor de la interpretación a partir de la
respuesta del paciente en el curso de la sesión y en el estado emocional
que la interpretación deja en el analista como un estado residual,
incluso luego de la sesión, situación que con suerte puede ser
destrabada al discutir el material con un colega. Entonces, la distinción
entre el uso creativo del hecho seleccionado y el delirante sobre el que
se apoya la idea sobrevalorada puede ser pequeño en el momento de la
formulación, pero deviene crucial en los hechos que siguen a la
formulación de la interpretación.
Donald Meltzer, controvertido innovador en el campo kleiniano, se refirió
a la interpretación desde una perspectiva bastante innovadora, según mi
opinión. Me propongo rescatar aspectos menos conocidos de sus
aportes, relacionados a la interpretación como moduladora y/o
modificadora de la angustia propuesta en su libro El Proceso
Psicoanalítico (1967). Meltzer propone que es el ambiente, la atmósfera
creada por una persona que está realmente tratando de pensar, lo que
posibilita que a su vez funcione la mente del paciente. “Con respecto a
la interpretación – dice - pienso que es fundamental que el paciente
tenga la experiencia de una persona que está luchando por entender,
por ver el material y comprenderlo”. En la medida que el énfasis del
cambio está puesto en Meltzer en la rehabilitación y equipamiento de los
objetos internos, siendo el objeto interno la pareja combinada, ilustrar al
paciente acerca del modo en que piensa el analista propicia que eso sea
integrado en su propia forma de pensar y transferido a los objetos
internos, que adquieren entonces capacidad analítica para observar y
pensar. En sus palabras, “Cuando uno tiene que decidir si hacer un
interpretación o no, creo que el criterio nunca puede ser pensar si es
correcta o no, ya que jamás podríamos saberlo, dado que en cualquier
momento determinado, es posible que tengamos un amplio abanico de
cosas a decir acerca del material. Como no es posible verbalizar todo lo
que se nos ocurre, existen dos criterios para decidir que se va a decir.
Uno es que la interpretación cubra adecuadamente la mayor parte del
material, el otro es que resulte interesante”.
El balance que Meltzer propone, desde mi perspectiva, reside en un
trabajo interpretativo de tinte exploratorio, semejante a los primeros
momentos de trabajo con las asociaciones al sueño y otro momento de
toma de decisión en el que el analista toma un aspecto del material y
propone una conjetura lo más descriptiva posible, que si bien tiene el
carácter de tal, también es sostenida con fuerza y convicción y que
requiere de un cierto coraje para formularla, ya que enfrenta
resistencias, tanto del paciente como del analista.
Algunas reflexiones personales y otras generales para empezar a
dialogar
¿Cómo se traduce en mi trabajo esta perspectiva del psicoanálisis como
ciencia arte?
Pienso que aun cuando considero la interpretación como la herramienta
prínceps del psicoanálisis, otorgo un valor a todas las expresiones del
analista en la sesión. Creo que el paciente también “nos” interpreta no
sólo en lo que para nosotros es una interpretación definida desde la
técnica, sino que otorga un valor a toda nuestra comunicación,
consciente e inconciente y que es muy sensible a la música de nuestro
lenguaje, tanto como al significado de la palabra.
Creo que la experiencia de observación de bebés me ha hecho más
sensible a la receptividad del lenguaje pre y para verbal, algo que se
expresa no sólo en actitudes sino en la música de la comunicación. Sin
embargo, no jerarquizo sólo este aspecto y pienso que necesito tener en
cuenta todos los niveles del lenguaje, integrando el verbal y el para o
pre-verbal.
El material del análisis de niños presenta aún más complejidades, ya
que debemos tener en cuenta la naturaleza de la comunicación del niño,
con componentes de acción corporales, que comprometen el cuerpo del
analista de niños, al mismo tiempo que las identificaci0ones proyectivas
adquieren formas violentas que expresan fantasías inconscientes de
naturaleza primitiva.
Se agrega aun otra cuestión que gravita fuertemente en la contratransferencia: la relación directa del niño con sus padres tanto como la
de los padres con el analista. Esto último puede hacer emerger alianzas
inconscientes con el niño o los padres, identificaciones con el niño y
rivalidades con los padres o a la inversa, identificaciones con los padres
contra los pacientes.
Este mayor peso en la contratransferencia exige niveles de tolerancia
mayor a momentos de no comprensión y resistir situaciones que
parecen imponer la reacción a la reflexión. Ulises no dejó de escuchar el
canto de las sirenas, pero se ató al poste para no actuar.
La experiencia me ha llevado a interesarme en aquellos aspectos no
explicables de la relación transferencial/contra-transferencial, es decir el
aspecto misterioso no sólo de la mente sino también del vínculo que se
genera en un encuentro; aquello que Meltzer ha descripto como conflicto
estético y en el terror sin nombre de Winnicott.
Pienso que soy más sensible a las dificultades con las que atravesamos
las experiencias emocionales y al precio de los peajes que vamos
pagando en nuestro crecimiento mental, pero también tengo presente el
impulso al desarrollo, tan potente como pueden a veces serlo las fuerzas
que se le oponen.
Valoro la intuición pero no la idealizo. Pienso que es necesario que
usando la intuición como punto de partida, podamos dar cuenta de la
construcción de nuestro pensamiento y de la interpretación que
ofrecemos: qué hacemos y porqué lo hacemos.
Last but not least, me he sentido muy identificada con algunas ideas de
Ann Alvarez, sobre todo cuando incluye en la función reverie materna el
derecho a la reclamación de la vitalidad del hijo. Espero que no
relacionado con algún aspecto maníaco encubierto disfrazado de
responsabilidad; pienso que mi mayor confianza en el método y en mi
actitud analítica le han impreso una mayor vitalidad a mi trabajo como
analista.
Creo que he llegado al final de mi intervención; espero haber evocado
experiencias y que podamos iniciar un intercambio que nos permita
seguir abriendo interrogantes sobre este campo apasionante de nuestro
trabajo.
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