24 enero 1913 - Gobierno

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Año XIX
Pamplona 24 de Enero de 1913
Núm. 428
(S)Cou censura
eclesiástica
DIRECCIÓN V ADMINISTRACIÓN
Biblioteca Católico-Propagandista
TEJERÍA, 40, PAMPLONA
NOVEDADES Y MESCOLANZAS
L año que empieza tiene trazas de ser Fecundo
en novedades políticas, si los medios y los postres corresponden á los principios.
Refiriéndonos solamente á esta bendita tierra
española, nuestra patria amadísima, el día 1." de
Enero presentó la renuncia de su acta de diputado, y la
dimisión de la jefatura del partido liberal conservador, el
Sr. D. Antonio Maura, que dentro de ese turno ó juego
de los partidos (que en frase de D. Cándido Nocedal, debía incluirse entre los juegos prohibidos) representaba lo
más grave, lo más decentemente vestido del liberalismo
dinástico español.
Tal renuncia y dimisión no se fundaron en motivos
particulares, de salud ó de familia, sino en razones públicas que causaron saludable impresión en las gentes. Porque el jefe dimisionario del liberalismo conservador español acompañó á su dimisión una nota substanciosa donde
fustigaba la política seguida desde antes del actual reinado en provecho de aquellos mismos sobre quienes importaría más el efectivo imperio de las leyes, es decir,
de los revolucionarios fieros que quieren las cosas por la
tremenda. Con los cuales están á partir un piñón los liberales del otro partido: contemporizaciones y connivencias (continúa diciendo el Sr. Maura en su nota) que además de dar alientos postizos á la exigua minoría, difunden por el cuerpo social una impresión enervadora
de orfandad. Y es cierto que así es, aunque no son sólo
las connivencias y contemporizaciones entre monárquicos y republicanos lo que enerva el cuerpo social; otras
contemporizaciones más graves y más hondas le dejan
huérfano de santos ejemplos y de heroicas resoluciones,
causando mayores males que los que deplora el señor
Maura. El cual ahondó el bisturí y dejó al descubierto las
promiscuidades corruptoras entre monárquicos y republicanos, gobernantes y facciosos, que enervan la sanción penal, desprestigian y entumecen á la autoridad, y
ocasionan enormes sacrificios del bien público para captar colaboraciones de tribuna y de prensa, sin las cuales
la intriga se frustraría.
Y como consecuencia de todo ello, anunciaba el señor
Maura que se iba ú su casa por no colaborar en una política que reputa funesta.
Ocho días después se reunieron en el Senado las minorías de diputados y senadores liberales conservadores
para ver qué camino tomar en vista de la determinación
y nota del Sr. Maura, y cuando las gentes que discurren
por cuenta propia imaginaron que no podrían hacer más
que una de estas dos cosas, ó contradecir y triturar la nota del Sr. Maura, haciendo ver que el jefe saliente se había equivocado, ó seguirle en el camino de la peregrinación por el desierto y renuncia de sus armas políticas, he
aquí que á propuesta del Sr. Pidad (D. Alejandro) acordaron suscribir una carta pidiendo al S r Maura que dejara sin efecto su dimisión y retirada, que volviese otra
veza dirigir las huestes liberales conservadoras, y peor
es meneállo, borrón y cuenta nueva, aqui no ha pasado
nada, y vayamos todos, y usted el primero, por el camino de siempre.
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Y efectivamente, así ha ocurrido: á los dos días contestó el Sr. Maura diciendo que volvía á la jefatura, fundando su revotación en estas razones: "negándose el partido entero á aceptar mi renuncia, al frente de él permanezco, y todavía me reconforta y alienta más su declaración de solidaridad unánime y afectuosa; pero adviertan ustedes que el asunto substancial queda tal como lo expuse en mi nota del 31 de Diciembre». Es decir, que las acusaciones, protestas y agravios quedaban
en pie.
De modo que no habiendo cambiado nada ni al lado ni
por encima del Sr. Maura, quiere decir que el único que
cambiaba era él.
De modo que las gentes se preguntaban: ¿qué habrá
ocurrido? qué pasará de telón adentro en el escenario de
la política española, que haya inclinado el ánimo del señor Maura á una cosa tan impropia de su seriedad y tan
ajena á su altivez?
Y hasta periódicos encanecidos en la lucha contra el
liberalismo en todas sus formas, y especialmente contra
el liberalismo conservador, se mantuvieron en actitud expectante hasta ver lo que daba de suyo eso que el difunto Alonso Martínez apellidó con tanta propiedad la res
v
pública.
; .,
Y efectivamente, pronto vino la respuesta á la nota y
actitud del Sr. Maura contra las connivencias, contemporizaciones y promiscuidades corruptoras entre monárquicos y republicanos, que tantos y tan fieros males han
desencadenado sobre nuestra patria. La respuesta (hay
14
LA AVALANCHA
que decirlo en honor de los prestigios epistolares) es todavía más subida que la carta, y de ella dio noticia el diario anticatólico, revolucionario, condenado repetidas veces por los prelados, que se publica en Madrid con el titulo de El País, al cual ha correspondido esta vez dar las
notas de Palacio, anunciando con honores se mi oficia les
la conferencia que D. AlFonso XIII tuvo con D. Gumersindo de Azcáratc, presidente ó director de la conjunción
republicano-socialista é impío proFesional, viejo ya y relativamente sosegado. De la tal nota oficiosa copiamos los
siguientes elocuentísimos datos, que no requieren más
comentario que el de la saladísima cuartilla de Baltasar
de Alcázar:
Esto Inés ello se alaba,
no es menester alaballo;
", / .
-'^¿v- ' ,
sólo una falta le hallo,
.%....- : ...
que con la priesa se acaba.
"Pasóse después á hablar de la mediación del Poder moderador.
Azcárate dijo que creía que la intervención del poder del jefe del
Estado, fuese el Rey ó el presidente de la República
El Rey le
atajó diciendo: "Es igual.,, Tal intervención, continuó Azcárate, puede ejercerse, no en lo que divide profundamente á los españoles, sino
en los asuntos que afectan á Intereses generales del país.
Se hahlñ de la cuestión religiosa, y el Rey se mostró parlidario de
ampliar la tolerancia, pareciéndole bien las reformas en tal sentido.
Hablarun de las relaciones de intimidad hispano-americana, manifestando que está muy conforme con lo que hacen los republicanos
en este sentido.
Considera de gran transcendencia esta alianza intelectual entre España y América, llegando á decir que haría con gusto un viaje á
América.
Dijo Azcárate que el Rey gusta de relacionarse con todos los españoles, y por eso había tenido el gusto de hablar con él, como anteriormente con otros; pero que cada cual mantuviera sus ideas.
Azcárate le dijo que siempre sería republicano, contestándole el
Rey: "Eso me agrada,,, y añadiendo: "Quiero conocer la opinión de
personas solamente, y esto lo deseo porque amo á España y procuro
su bienestar.,,
Le consultó el Rey si, en caso de crisis, se debía llamar á b s jefes
antidinásticos.
Azcárate quedó perplejo, meditando la contestación, y diciendo al
fin que sí.
El Rey, conforme la opinión de Azcáratc, lo hará asi en lo Futuro.
Se ocuparon extensamente de los problemas de cultura y enseñanza.
El Rey está bien orientado en sentido liberal.,,
A propósito de estas y otras cuestiones y novedades
• políticas ha vuelto á correr por ahí una nueva edición
del cuento de las derechas españolas.
Sobre lo cual hemos visto en un diario católico de Madrid, benemérito de la patria, un cuadríto sinóptico que
vale por muchos argumentos.
He aquí la explicación:
Los españoles se dividen en católicos y liberales.
Los liberales, á su vez, se subdividen en derechas é
izquierdas.
De modo que sin dejar de interesarnos todo lo que
ocurra en el mundo, el primer interés de todo católico es
serlo, y por tanto, que no se le confunda y sume con ningún liberal: que ese sí que es el horror de los horrores,
la promiscuidad de las promiscuidades y el camino por
donde á la vuelta de unos años seamos todos unos, y no
precisamente unos santos ni unos héroes.
ESTANISLAO.
EL PEOR DE NUESTROS HALES
¿Cuál Berá, amigo lector, entre loa muchos que tiempo
há nos afligen? ¿Aca3O esta oposición sistemática coa
que los poderes del mundo se esfuerzan en contrarrestar
á la Iglesia de Dios, poniéndose ea todo de parte de su?
enemigos?
¿O por ventura la corrupción de costumbres, que amenaza couvertimos en sucio pueblo de bestias, haciendo
que ya «penas se halle niñez inocente, ui juventud sensata, ni anciauidad juiciosa?
¿O quizá esa universal vergüenza de practicar el bien,
ese necio qué dirán, que hace á los buenos aliados de los
ma'vados, eólo por el temor de desconceptuarse eu BU
opinión?
¿Tal vez el desenfreno de la prensa? ¿Tal vez el desbarujuBle escéptico de la enseñanza? ¿Tal vez el honible
poder de Uq sectas secretas?
¡Abl Todavía hay un mal sobre estos Diales, una calamidad peor que efetas calamidades, un enemigo más funesto que todos eatns enemigos.
Bajito, muy bajito lo diré tf mis amigos pata que no lo
oigan nuestros enemigos; lo diré con gran vergüenza eu
el rostro y con gran pena en el corazón. Es nuestra ignorancia, nuestra grosera y supina ignorancia en cosas de
g
Que un militar no sepa de cosas de gueira, ó un módico de casos de medicina, ó un a1 ogado de legislación ó
pleitos, no me asombra tanto como que un católico casi
nada sepa del catolicismo. Y, ¿para qué ocultarlo? Ei>
España muchos de los católicos nos hallamos en esta eituacón.
Y cuenta que no me refiero á aquellos infelices" que
conservan de nuestra santa religión únicamente el carácter indeleble del Bautismo, vivieuJo en lo deiuáa como
perfectos librepensadores, ó á lo menos como absolutamente indiferentes. Hablo sólo de los que uo han renegado todavía de su fe; de los que conservan aun amor á
las prácticas cristianas; de los que no permitirían por
uiugúu precio otra educación pura SUB hijos que la rigurosamente católica; para los que van á misa todoa los
días de guardar y cumplen puntualmente los demás preceptos de U Iglesia. Hablo, tu unu palabra, de la porción encogida, pusiltus grex, á quien puede y debe darse
con todfl justicia y exactitud el honorífico dictado de pue- blo fiel. Puea bien. Sí, señor; aun de estos afirmo que no
tienen por lo común la instrucción religiosa indispensable en nuestros tiempos, ni siquiera muchas veces la que
fuó necesaria en todos á todo cristiano.
Me ha movido á tratar este punto, al que dedicaré al-'
gunos artículos, una cartita de uno de nuestros suscritores, persona á quien supongo de excelentes intenciones,
mas para mí absolutamente desconocida, en la que quejándose de esta general iguoraucia me cita dos casos recientemente ocurridos, que darían mucho que reír si no
diesen tanto qu« llorar. No ciUró pormeuores, pero se reducen en sustancia á unu9 buenos católicos de dase ilustrada que pretendían de eu párroco nada menos que la
repetición del sacramento del Bautismo, á fiu de que pudiese servir de madrina una eeñora que nudaba quejosa
de que no se hubiese peusido en ella ó su hora. Y otro
de uaa familia también de clase acomodada que le pedia
á un buen sacerdote celebrase misa en su oratorio particular, no pareciéudole inconveniente para el caso el que
el tal sacerdote se hubiese ya desayuna lo. De estos dos
caaos BC nos citan nombres, fecha y localidad.
Abora bien; si ea lo más llano y vulgar hay tan crasa
ignorancia, ¿qué será en lo más elevado y menos conocido? Ya en otra ocasión decíamos acerca do esto: Preguntad á muchos hombres de carrera literaria y aun de título académico sobre el misterio de la Inmaculada Concepción de Marta, que ea el más popular en nuestra España,
y de cada cien de ellos más de los noventa os responderán confundiéndolo cou el de la perpetua virginidad de
la Madre de Dios. Hablo por experiencia. Pues, ¿qué será si preguntamos sobre misterios máa intrincados? Aun
las respuestas materiales del catecismo se olvidan á poco
de haber dejado la escuela, y no Be vuelven á recordar
en toda la juventud; y cuaudo ya eu edad madura se
oyen recitar á los niflos y á loa nietos, parócenles á ínuchoB cosa absolutamente desconocida de puro olvidada.
Hombres de inundo, ¿os pasa ó no os pasa así?
Y no obstante, ee cierto que hay una parte de la reli-
i
-*•
LA AVALANCHA.
15 ::.,•
queó en cLas santas misiones de El Imparcial*. Las degión tan esencia!, que sin el conocimiento de ella es immasíes de la vanidad gala son el blanco a! que tira «del
posible obtener la Balvación eterna; y que hay otra parte
por qué los franceses» etc. Composiciones que se endeque, aunque no indispensable para la salvación, debe BU
rezan á poner de bulto una idea moral son «La feliciberse porque está mandado que se sepa. Y no lo es medad» y «El ruiseñor de Errota-zuri», tendencia que tamnos que la mayor parte de las cuestiones que boy se tobién manifiestan los otros cuatro cuentos, pero con macan en público y se tratan eu periódicos y eu parlamenyor intensidad filosófica. «El telescopio» es una ingeniotos, y en clubs, y en tertulias, soa cuestiones religiosas; y
sa sátira del materialismo contemporáneo, pero le falta
que es laBtimoso y vergonzoso que un católico deba escuel final; y el cuerpo de ella no es otra cosa sino un bocechar mudo los ataques que sufre su fe, por la triste rato que aun no fue puesto por su autor en estado de puzón de que á penar de ser la suya el infeliz no sabe deblicarse.
fenderla. Decidme, lectores
imparcialee, ¿tío os habéis
«La ingratitud.»
NAVARRA
hallado más de una vez en
tLa Nochebuena.» (Incomesta bochornosa situación?
pleto.)
«El corazón y la inteligenVoy á hacer, pues, en es
cia.» (Id.)
tos sencillos artículos un lla«La Muerte.» (Id.)
mamiento á vuestro bueo
«La selva.» Recuerdos de
Bentido para que deis á la
Ira ti. (Id.) Iturralde conoció
instrucción religiosa de vosel incomparable bosque anotros y de vuestras familias
tes de que la odiosa industria
la importancia que realmen—1_
IEWÍÍÉI
se metiera, árboles adentro, á
te en sí tiene eetn urgente nehacer de las suyas. Pronto
cesidad de nuestra época. Ya
el artículo de Iturralde adlo veis, uo he vacilado en
quirirá carácter de histórico.
apellidarla el peor de núes
e) Leyendas y tradiciotros males. Quien ahora tennes religiosas, patrióticas y
ga por exagerada la exprefantásticas del país euskasión, tal vez la encuentre aun
riano, singular mente de Na
floja al acabar de leer los
baire:
presentes artículos. Porque
me propongo hacer ver la
«El puente He Miluze.»
gravedad de este mal, el pro(El País vasco-navarro, 23
vecho que saca de él el Inde Febrero de 1870.)
fierno, las mi! calamidades
«Salkindaria.»
(Revista
1
públicas y privadas á que da
EusJcara, 1.1.°, año 1878, páorigen y ocasión, y sobre toginas 106-109, 121-125.)
do la suma facilidad con que
«Los perros de Martin
pudiera remediarse, H los caAbade.» Dedicada á los setólicos quisiésemos. Nadie igñorea Oquendo y Medinabeinora el cuidado que ponemos
tia. (Revista Euskara, t. 5.",
en que nuestros escritos sean
afio 1882, págs. 15-22.)
siempre muy prácticos y muy
«La leprosa.» Balada de:
oportunos.
dicada á D. Antonio de ArPITILLAS.-—Inauguración de la iglesia parroquial
zac. (Revista Eushara, t. 6.°,
El asunto que hoy emprendespués de tas obras de reforma.
afio 1883, págs. 337-341.)
deu'.^e i tidru aun más que
1
*
(Fotografía de D. Saturnino Eguaras)
tLa batalla de los muertos.»
otros estas cualidades. |QuieDedicada á Arturo Campión.
ra Dios añadir á nuestras po«El organista loco de Iranzu.»
bres rtílexiones la eficacia y fecundidad de BU divino im«Las voceB de! viento en los Piiineos navarros.»
pulso!
«Las brisas de IOB montes euBkaros.»
.
F.S. y S.
«La selva.»
«La campana deNájera.»
«El viejo espíritu de Navarra.» (Publicado por mi en
el contesto del presente Estudio: LA AVALANCHA, 24 de
Mayo de 1910)
..
. . .
«El castillo de Tiebas.»
_
«El desolado de Rada.»
•
«La leyenda de San Virila de Leyre.» Dedicada á don
(Continuación.)
• "' • *
Claudio oe Otaegui. (Euskal-Erria, t 13, aüo 1885, páginas 257-263.)
d) Cuentos morales y satíricos:
«El Sautuario de San Juan del Ramo.» (Euskal-Erria,
cEl ruiseñor de Errota zuri.» Dedicarlo á D. Antonio
t. 15, año 1886, págs. 225-230.)
de Trueba. (Publicado en el Calendario vasco-navarro pa«Joan Fermín deLeguía.» Episodio histórico dedicara 188U. Bilbao.)
do á D. Antonio Bernal de O'Reilly. (Euskal Erria, to«Del por qué los franceses cuando se ocupan de las
mo 19, *flo 1888, págs. 129-141.)
cosas de tispeña carecen de sentido común.» (Le publi«Un rosario entre muertos.» (Incompleto.) \ ; .
.•
qué yo á guisa de ilustración de este Estudio, en LA
1
«Uua visión en las iuinos de Leyre.» (Id.) „
.
AVALANCHA, de Pamplona, 23 de Marzo de 1910.)
«Episodios de las Cruzadas navarras.»
/ *
«La ínsula de los Penelópidas.»
• \
«Uu episodio de la historia de Pamplona.» (EusháltEl triunfador de la Muerte.»
Erria, t. 21, aOo 1889, págs. 289-29y.)
«La paciencia y la limosna.»
«El castillo de Araayur.»
«Las lágrimas de la tribulación.» -;. .
«Una noche en Roncesvalles.»
«La felicidad.»
.
«Junto al hogar.»
«El Padre Saturnino.»
'
• ••
De la leyenda «El rastillo de Atoayur» sólo poseemos
«El telescopio.»
fragmentos. DH grou lástima, porque ellos, y el culto que
De estos nueve cuentos, dos de ellos, «El Padre Saá los últimos defensores de la indepeudencia del Reino
turnino» y «La Ínsula de los Penelópidas», pertenecen á
pirenaico rindió siempre Iturralde, nos prometían, eiu
la especie de lo sátira política que tan sonoramente chas-
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D. JUAN ITURRALDE Y SUIT
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LA AVALANCHA
quiebra posible de promesa, una joya litetaria. Bellísimo
boceto del impresionante cuadro <La batalla de toa
muertos» es la leyenda titulada cUna noche en Roncesvallesi: el mismo espíritu patriótico y fautáetico trepida
en las páginas de ambas composiciones. También Iturralde uos ha descrito «loa murmullos de la selva»; por
más de una composición suya se extiende la inmensa y
undívaga poesía del bosque, pero tres le nacen asunto
particular de ellas. «Juan Fermín de Leguia» y «Un episodio de la historia de Pamplona» podrían incluirse entre los trabajos históricos; mas por Ja forma del relato he
creído que no disonarían entre las leyendas y tradiciones. De estas, proveyendo rigorosamente, debería segregarse «Junto al hogar», que es á modo de meditación
llena de tristeza cuya tonalidad literaria, empero, es la
de la leyenda. cEl organista loco delranzu» futí condenado á mazmorra perpetua, y conn'ésome por quebrantador de grillos al incluirle en el catálogo de sus obras y al
resolver que le publique la imprenta. Después de haber
escrito esa leyenda, Iturralde adquirió las obras de Gustavo A. Béequer, de quien conocía algunas composiciones Bueltas. La colección de leyendas del poeta sevillano
continué una denominada «El Miserere.» Entre esta {cuyo héroe, asimismo, es un organista de cenobio uabarro,
del de Fitero) y la suya, Iturralde observó cierta seme
jauza y paridad de casos. Su eximia delicadeza se alarmó sobre manera, y temió que le acusaran de plagiario:
la presunción de originalidad verosímilmente antes favorecería al poeta de las Mimas que no al escritor de menos extendido renombre. Haeta tal extremo Be alarmó,
según digo, que «El organista loco de Iranzu» no fue
puesto en limpio ni acabado del todo siquiera, ni enumerado entrñ los traba JOB que un día ú otro habrían de publicarse. Yo salto por encima de tan excesivos esciúpulos en virtud de estas doB razones: 1.a, porque para mí
es hecho cierto que cuando escribió Irurralde «Él organista loco <le Iranzu» no conocía «El Miserere» de Bócquer; 2.a, porque el asunto de «El organista» forma parte del ciclo de ideas y sentimientos más vivos y pereunes
de Iturralde, enamorado cual pocos de las grandes ruinas
monásticas de Nabarra, á las que consagró muchos desvelos. Suprimir esa leyenda equivaldría á robarle una
cosa que le pertenece con la íntima adherencia de una
entraña til cuerpo. A la crítica le toca contar los grados
de semejanza de las dos leyenda^ con esa operación entiendo yo que disminuirá el número imaginado por la
honrosa suspicacia de Iturralde. La similitud que los críticos más severos declaren, será en todo caso nuevo y curiosísimo ejemplo de esas coincidencias observables en
autores que unos á otros no se conocen, y que aun mereciendo el epíteto de extrañes no enelen ser tan inexplicables como á primera vista patecen. De ellas da la razón
principal la psicología de loa autores, puesta en movimiento por algunas circunstancias fortuitas.
f) Necrologías:
«José Maiía de Iparragnirre.» (Eevista Euskara, tomo
4.°, aüo 18.81, págs. 122 y eigs.)
cEl Conde de Guenduláin.» (Lau-Buru, 26 y 28 de
Enero de 1882.)
«El Conde de Ezpeleta.» (Eushal-Erria, t. 13, año
1885. páge. 56 y BigB.)
«El Doctor Landa.» (El Eco de Navarra. 21 de Abril
de 1891.)
ARTURO OAMHÓN.
(Continuará.)
LA VUELTA DEL NÁUFRAGO
Lentamente, lentamente, tras los mares dilatados
va á ocultarse el aBtro hermoso de vivísimo esplendor;
ya tas nubes 86 engalanan can sus touoa violados
y los astros rutilantes culumbrean esmaltados
de su luz haciendo alarde:
son las horas de la tarde
predi.ectas de) amor.
Todo QB calina; sólo llega de la vega BOU tari a
enigmática y sonora la canción del esquilón,
resonando sus arpegios como queja funeraria;
es del ángel de la tarde, dulce y mística plegarla,
y el honrado caminante
ge descubre, y suplicante
mauda al cielo una oración.
Por el monta pizarroso los pastores van bajando,
conduclondo presurosos sus ganados al redil;
y al balar de las ovojaB, BUS amores van cantando,
el secreto casto y puro que hace tiempo están guardando,
el velar de sus desvelos,
el origen de sus celos
por la causa más íutíl.
*
i •
*
-
En el mar adormecido vagamente se divisa
el bracear de un marinero que la orilla va a tocar;
y en sus labios ya toatadua de los mares por la brisa,
al mirar la ansiada playa se dibuja la sonrisa;
que a lo IPJOS reverbera
la casuca dó le espera
las delicias do su hogar.
'
Acostándose en las olas dejó el barco muy lejano,
con las hélices doshechae, destruido ya el timón;
quedó herido por el beso de un gigante Boberano
que allí oculto en las entrañas de los marea, inhumano,
le estrechó con rudo abrazo,
y ftl marino su regazo
le sirvió de panteón.
Pisa el naufrago la arooa de la playa codiciada,
dirigiéndose cou pasos de giganta al punto aquel
dó divisa amante esposa tras peñón encaramada,
la que al verlo llegar solo, corro loca, alborozada,
y on sus brazos lloriquea
mientras ella bejuquea:
jijue felices ella y él!
—¿Qué fue, dime, de tu barco? ¿Dónde eBtan tus marineros?
Vienes trisio y «.batido, demudado tu color.
—Nuestro barco ea ha perdido, y on el mar mis compañeros
Be han hundido para siempre; j o luchando con los fieros
aquilones me he salvado.
Solo elempreya a tu lado,
(ayl gozando de tu amor.
Y abrazados se dirigen por abrupta senderltlo,
medio oculto bajo el palio que la adolfa entrelazó,
á la casa solitaria donde duerme el peqmñilto,
el que hechiza á los esporos con su üablar grato y sencillo,
cuando dicep ipay mama,
alentando aquella llama
que en sus pechos encendió.
v
«Salve—dice el marinero, — tú mi reina primorosa
—estrechándola eu sus brazos con un loco freueBl—
yo te traigo los encantos de una vida deliciosa,
desde hoy, luz de mi vida, serás siempre muy dichosa,
no habrá barco ni barquilla
que me aleje dosta orilla,
que me aparto ya de ti. >
«Por tu amor, mi buena esposa, recorrí extraños lugares
y en heroicos combates de la muerte me salvé;
yo he buscado el pan bendito para ti en lejanos mares,
y al recuerdo de tus penas se aumentaron mis peaareB,
Se acabó ya la amargura
:
'
sólo días de ventura
á tu lado aguardaré. >
«Para ti siempre afanoso trabajado hé noche y día,
y he gozado Bolamente cuando pude recoger
el sudor de mi trabajo, que en tus mauos, vida mía,
multiplicas y acreclentaB y hace9 doble su cuantía.
Ya desde hoy no habrá pesares,
ya no surcaré esos marea
pomo hacerte padecer.»
«Ven, acércate a mis brazo», tú mi reina primorosa»
y no pienses ya cou pena en mi barco volador.
Yo te guardo los encantos de una vida deliciosa,
para ti traigo en mis labios la miel ática y sabrosa.
Ya no hay barco ni barquilla
que me aleje desta orilla
que me aparte de tu amor.»
CIRO Boro. -
LA AVALANCHA
PÁGINAS DE LA VIDA
¡Bienaventurados los pobres de espíritu!
L señor, con ojos tristones y aburridos, contempla desde su magnífica galería de cristales el jardín.
Hay en ól plantas raras y árboles de todos los países, rosales
siempre en ñor y surtidores que
manan incesantes.
El jardín es un prodigio, como
un prodigio son tos salones inmensos de la casa.
Mas el señor se aburre en ellos, y ahora, con ojos tristones, contempla el jardín.
Los alza luego, y mira indiferente la hilera de ventanas,
humildes y pequeñas, que sobre el tejado se abren
allá arriba. Y una de ellas, una ventanita blanca y llena
de verdor, atrae cou insistencia sus miradas.
Es un diminuto jardín colgante, no tan maravilloso—
|claro estál—como aquellos famosos de Babilonia, pero
tal vez más alegre, más amado, más intimo.
¿Cómo podrán caber tantas macetas en tan poca
ventana?
Y por la costumbre de mirar hacia aquel sitio un día y
otro día, el aefíor pudo hacer el enorme esfuerzo de preguntarse quién podría vivir allí.
Bebía saberlo; eranínquilinns suyos. De aquellas alturas bajaba también un tenue y cnei despreciable hilillo
de renta, pero renta al fin.
—¿Quién vivirá?
Juan el cochero no será; SUB ventanas son esas del rincón
¿Aquella mujer coja que se
empeñó en esperarme en el patio para hablarme?
No;
me acuerdo que me dijo que su ventana no daba á este
lado
El administrador sabrá
Pero no se lo preguntó, no quiBo preguntárselo á nadie, sino que—joh inexplicables caprichos del tediol—ól
mismo, él mismo se fue á la escalera de loa desconocidos
y echó á subir por ella, venga á subir, venga á subir
• * #
Todo el tráfago de la pequeña habitación se condensaba en aquella hora del día.
Mientras su hombre, en el fondo de la alcoba, se lavaba y se limpiaba un poco antes
de Bentarse á comer; mientras
la gente menuda volvía de la
'
,
escuela, ella, diligente, afanosa,
"
•
iba del hogar á la mesa, de la
mesa al hogar
De pronto sintió llamar á la
puerta.
No, BUS pequeños no eran,
ellos no tenían aquel llamar tan
quedo.
Limpiándose las manos con
el delantal, salió á abrir
¡Cielo santol ¡Él amo por aquellas
altura B!
—¡Manuell ¡Manuell— gritó—
sal prouto.
Salió Manuel, joven, vigoroso, con su azul trajee i I lo de
obrero.
—Subía á ver vuestro jardín
—dijo el señor.
—¡Nuestro jardín!—exclamaron losdossincomprender.
—Sí,
las macetas.
Y aquel rico, que allá abajo poseía un grande y bien
cuidado parque, que tenía uua infinidad de plantas raras
bajo los cristales de sus invernaderos, que disponía de
los mil caprichos de la moda y el lujo, se acercaba ahora
anBiuso ó. uua ventana para mirar de cerca unas pobres
macetas, unas ñores que tan sólo se abren cuando los humildes las cuidan y las cuidan.
—Dile, Carmen, lo que son—dijo el obrero.
—No valen uada, señorito
¡Por Dios, que vergüenza me da que be fijen sus ojos en eso que no lo merecel
—exclamó Carmen.—Esto es geranio; eato una clavelina
que da claveles de tres colores; esto es zarza de 8. Francisco, da flores sin espinas, y ¿ve usted? ya casi ha rodeado en arco toda la ventana; en esta maceta tengo madreselva, y en esta albahaca, y en esa que está colgada
hay violetas y una enredadera
El señor contemplaba extasiado, contemplaba las flores
que allí parecían más brillantes, la luz que lo inundaba
todo más cegadora, el cielo que se abría más profundo y
azul; y si volvía sus ojos hacia adentro, veía la habitación
como él se la había imaginado, limpia, ordenada, riente,
inundada de sol
—Vivís muy altos —se le ocurrió decir.
—¿Qué quiere usted?—contestó Carmen.—Los pobres
somos como las hierbas que trepan. Necesitamos subir
para poder vivir
Sólo arriba encontramos el sol y el
aire que nos hacen felices
—¿Sois felices, pues?—preguntó timidaineute el amo.
Y se calló. No teuía que preguntarlo. Lo veía en aquellos rostros jóvenes y animosos, lo palpaba en aquel ambiente de honradez y de paz.
• • *
Y si ellos se hubiesen atrevido, le hubieran respondido así:
—¿Que si somos felices?
¿No ve usted el adorno de
nuestra casa? ¿no ve el'lujo de que gozamos, el lujo permitido á los más humildes?
Teueinoa el trabajo por
herencia: trabaja la mujer cuidando de la casa, trabajan
los niños en la escuela, trabaja el hombre en el taller
Tenemos el silencio, que ni las voces de los niños interrumpen, pues el charrar de ellos es silencio también
De él nace la calma íntima de la familia
Nada de fiestas derrochadoras que avienten en un día lo conseguido
en uu mes ó una semana
La dicha no está fuera, está
aquí dentro, y para gustarla tenemos que estar unidos
todos
Tenemos aleyría, vedla simbolizada en esas ñores, vedla convertida en luz para nuestros ojos y en esfuerzo para nuestros brazos
Tenemos religión ¿No
la veis en el crucifijo que preside nuestro lecho, en el ramo bendito que lo cobija, en la pililla de agua que cuelga de nuestra cabecera, en los mil recuerdos de Dios y de
la familia que penden de las blancas paredes?
No, no lo dijeron así; pero en au ademán, en su mirar,
en todo cuanto allí poseían, pudo leer eso y mucho más
el fastuoso señor, pudo conocer el manantial de donde
las aguas de la felicidad brotaban para aquella familia de
obrero tan puras y abundantes.
** •
Se oyeron risas por la escalera y luego junto á la puer,-r
LA
18
AVALANCHA
ta. Ahora eí que eran ellos, ahora sí que venían los .pequeños.
Eran una ñifla y dos ni&OB, tres pimpollos, el gozo
cumplido.
—Saludad al aefiqr—dijo la madre.
Y ellos, recelosos, le saludaron.
—¿Ya veuís á comer?-—lea preguntó el amo.
—Sí,
BeQor—contestaron, elevando hacia él aua ojos
ingenuos.
—Que no oa falte nunca el pan—murmuró el rico.
—Mientras haya salud y trabajo —dijo el obrero.
—Mieutras haya Dios—rectificó la madre—Él no de-
almas que parecía aumentar por momentos. La CRtimado n úe quo gozaba el Instituto, dirigido tan sabiamente,
atraía á el muchas jóvenes con dotes de. virtudes bastantes para ayudar eficazmente á la fundadora en su penosa
labor, y era gran consuelo el que experimentaba al enriquecer el jardín de su Esposo con las místicas íiores de
HIIUMS tuu diguas de Él. Complacíanla también las peticiones que de todas partea lecibía para que fundara nuevos colegios de sirvientas; pero ee retraía prudente, no
dejándose llevar do brillantes promesas, por no tener que
arrepentirse después.
Aumentaba en tanto el número de colegialas de tal
NAVARRA
PAMPLONA.—Palacio de la Diputación foral y provincial de Navarra y casa de D. Joaquín Baleztena
ja á los suyos
Y nuestras almas y nuestros cuerpos,
nuestra vida entera, están en sus manos
—Sí, sois felices—habló con voz velada el TICO.
Y luego se acercó de nuevo á la ventana, y desde las
alturas de aquel diminuto jardín de paz, cantemp'ó el
suyo grande, soberbio, allá ab-*jo, y colgando sobre él las
encristaladas y anchas galerías, su eaortue jiula de oro...
Y h acometió de nuevo la tristeza al pensar que tenía
que bajar hasta allí.
* **
Y mientras iba descendiendo por aquella escalera interminable, á medida que iba dejando atrás Ja luz se le
iban ofreciendo á la memoria unas misteriosas palabras
que aprendió de niño en el colegio, palabras que jamás
entendió y que ahora—jcosa más raral—se le ocurrían
sin saber cómo ni por qué.
Y eran éstas: «Bienaventurados los pobres
Bienaventurados los mansos
Bienaventurados los limpios
de corazón, los pacíficos >
J. LE BRUM.
BREVES APUNTES BIOGRÁFICOS
de la insigne navarra
Rda. M. Vicenta Haría López g Vicuña
XVIII
Restablecida lo suficiente para encargarse de nuevo
del Noviciado y de la dirección de la casa de Madrid,
entregóse á sus tareas con un celo de la salvación de las
modo, que con ser la casa de la callo de la Bola harto
amplia, vióse casi llena, y lo mejor de ello era que observaban las chicas con tan grande esmero el Reglamento, que hacían como un remedo del Noviciado, aunque
en orden distimo. Esto satisfacía mucho á la Rda. Madre;
pero como no puede haber en la turra alegría cumplida,
precisamente en época que podía considerarse todo favorable, experimentó la gravísima pena de serle preciso despedir de la Congregación (con aprobación de los directores) dos Religiosas de las primeras que con ella tomaron
el santo hábito. Seria imposihle explicar lo doloroso qne
ie fuó este paso, ni la profunda herida que sintió en el
corazón, ol que parecía que le arrancaban cuando Be veía
obligada á tomar semejantes determinaciones.
l'eio como el Sefior queiía probarla en todos sentidos,
aun no estaba repuesta del quebranto que le produjeron
aquellas indispensables despedidas, ocurrió la muerte de
su amadísima madre, con tal desgracia para la fundadora, que por mucho que aceleró la marcha al recibir el
aviso de haberse agravado en sus achaques, cuando llegó
á Cascanto bacía algunas horas que habla expirado en la
paz del Sefior. Abatidísimo D. José por la pérdida de eu
virtuosa compañera, fuó necesaria toda la influencia que
sobre ól tenía la autorizada voz de la Madre Vicenta para que el cristiano caballero dominara su angustia, rehiciera sus varoniles fuerzas, y con entera sumisión se resignara á la dura prueba que le ofrecía Dios Nuestro
Señor.
Solo, enfermo, sin la vigilante y previsora ternura que
veló por ól tanta parte de su vida, ¿qué iba á hacer en
adelante D. José en su pueblo natal? Las entrañas de la
piadosa hija se enternecieron al pensar en el abandono
tísico y moral que amenazaba al que sólo tenía á ella en
el mundo, y reflexionando profundamente en asunto de
I
LA AVALANCHA
tan vital interés, ocurriósele una idea que, consultada y
aprobada por el Prelado y el celoso director del Instituto,
dieron por resultado que se habilitaran algunas habitaciones independientes del resto de la casa donde se hallaba establecida la Congregación, y allí se trasladó el padre de la Madre Vicenta con dos antiguas sirvientas encargadas de su asistencia y cuidado.
Cuál fue desde entonces la vida del buen caballero, enteramente consagrada al servicio de Dios, puede considerarse por los frutos de perfecta piedad y grandes virtudes que la enaltecieron de continuo: pagábale su hija las
enseñanzas que de niña le diera, mostrándole con sus
ejemplos el recto camino que lleva á la gloria; y dócil el
padre como tierno infante, recibía y aprovechaba las lecciones de la que le aventajaba en celo por la gloria de
Dios, en inteligencia (con ser mucha la euya) y en cuantaB dotes pueden sublimar á una criatura.
Cuidado con exquisita delicadeza, pues la Madre Vicenta acudía á cuanto necesitaba, y sus hijas, solícitas
como ella y por amor á ella, se extremaban en halagar
al anciano, la única pena de éste era recordar el tiempo
«u que se opuso á la vocación religiosa de su hija, lo que
le hacía repetir muchas vecea con acentos de sincera
contrición:
—jQuó mal hice, Dios y Señor mío, y qué ignorante
me hallaba del bien que de su resolución había de reportarme! ¡Creía perder mi hija única, y el Seflor ha querido
darme tantas hijas como religioi-BB tiene el bendito Institutol
Como pronto hemos de volver a ocuparnos en asuntos
de grave interés, á fin de no interrumpir el relato de ellos,
vamos á terminar lo que Be refiere á D. José López, apuntando breves detalles de su muerte, que bien pudo calificarse de transito dichoso.
Después de cinco ó seis años, serenos como días de
primavera, llegó la hora en que el SeQor dispuso llamarlo á eí, á fin de premiar sus méritos y virtudes, y le envió una enfermedad que, ligera al principio, hasta el pun-
19
Majeetad soberana. Dispúsose, como es de suponer lo ha*
ría un alma tan llena de fe y religiosos sentimientos, y
fortalecido con todos los consuelos, perdones é indulgencias de su amorosa Madre la Iglesia, «sí como por el tierno amor y celosos cuidados de su piadosa hija, esperó
tranquilo la hora de cumplir la voluntad de Dios.
Era una mañana, cerca del mediodía; á cada ledo del
lecho del moribundo atendían á él, llorosas é inmóviles,
las criadas navarras que tan perfectamente habían cumplido su misión de asistirle á loe pies; vigilaba también
una Religiosa (la más anciana de la Congregación), y en
la pieza próxima, cuya puerta se hallaba completamente
abierta, oíase !a dulce voz de la Madre Vicenta responder
á las preguntas que le dirigían un Padre de la Compañía
y otro sacerdote amigo del enfermo. Aunque transida de
dolor, dábale el cielo fortaleza para mostrarse en apariencia tranquila,bagta el punto de admirar á los queconversában con ella y á las Religiosas y Hermanas que allí había.
Hacía pocos imtantea que el sacerdote á que antes aladimos había pulsado al moribundo y dicho á la Religiosa
que se hallaba á su lado:
—Creo que durará la agonía hasta la puesta del sol.
Inclinóse la anciana en teflal de respetuoso asentimiento (aunque su modo de pensar no tetaba conforme con lo
que oía), y continuó rezando mentalmente por el nlma
que tan próxima se hallaba á comparecer ante Dios,
mientras el sacerdote salía á la pieza inmediata para comunicar su opinión al Padre que allí estaba y á la Madre
Vicenta. La campana del colegin vibió en aquel instante
para dar el primer toque del Ángelus, y la voz de la anciana Religiosa se elevó al toiemo tiempo
—El ángel del S^fior anunció á María
Los ojos del.moribundo se entreabrieron, y un relámpago de vida iluminó su cadavérica faz; hubiérase dicho
que aunque no poseía ya el uso de la palabra, uníase de
corazón ¿ la plegaria que elevaban á au lado.
—He. aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu
palabra....
. - . - . . .
NAVARRA
PAMPLONA.—Capilla románica del Hospital de Barañáin, próxima á inaugurarse, propiedad del Ayuntamiento
1
•
(Fotografía de D. Aquilino Qarcía Deln)
to de no inspirar cuidado, revistió de pronto carácter de
suma gravedad. No se alarmó, ciertamente, el cristiano
caballero al comprender su estado; sabí» que era peregrino en este valle de lágrimas, y confiaba lo bástame en
la misericordia del Sefior para ver «cercarle «in temor
ni turbación alguna el momento de presentarse ante su
.
n
. . . . ' '
Segundo movimiento de adhesión, acaso más acentúa*
do que el primero
Indudablemente el seflor de López
conservfiba suficiente inteligencia para seguir fraEe ¿frase la salutación á la Virgen.
— ¡Yol Verbo de Dios se hizo hombre y habitó entre
nosotros!
r
20
LA AVALANCHA
Al levantarse de la genuflexión que acompaña esta última parte de la hermosísima plegaria, la anciana vio un
tercer movimiento acompañado de un profundo suspiro...
Era el último
Los ángeles que según cristianas tradiciones vuelan en torno de los campanarios para llevar
al cielo las avemarias de los fíeles, llevaron al par su piadosa alma á la presencia de Dios, pues á pesar de IOB
pronósticos de la ciencia y de las conjeturas que hiciera
la amistad acerca de su agonía, ésta había terminado al
perderse ea el aire la última vibración de la campana.
(Pobre Madre Vicental Por grande que fuera su resignación, aquella pérdida, cual la de su buena madre, le
hizo sufrir extraordinariamente, mas sin abatir ni por un
momento á la que era atleta de la Religión y la fe. Uníanse las penas como armas traidoras á los padecimientos
físicos, y asombrábanse todos, especialmente sus hijas,
que naturaleza tan delicada pudiera resistir las batallas
del espíritu, los trabajos del cuerpo y las contrariedades
que llovían de todas partes. Pero, ¿qué extraño que se
sostuviera si tenía por apoyo la fortaleza de Dios?
ISABEL CREÍ I .
(Continuará.j
PASIONARIA
Me cuentan cañuto lloraste
Tu tribulación, Rosarlo.
¿Con que viuda te quedaste?...
¡Viada y pobre! ¡Sin Balarlo!
Con tu boda (qué contráete!...
Mas... te vi al pie del sagrarlo.
¿No es cierto que allí gozaste
Un consuelo extraordinario?...
No hay eu la tierra consuelo
Para el intonso dolor:
Favor que viene del suelo...
[Corto, menguado favor!
61 el alma alzar quiere el vuelo,
Por emular al cóndor,
La fuerza hallará en el cielo:
Porque Dios es m Señor.
i
' ANASTASIO MUTUBBHRÍA.
HOJAS
LA LECCIÓN DEL V1EJEC1LL0
á aquel Jesús de Caballos, que cou su triste vida y dolorosas andanzas llena las páginas
de iCasta de Hidalgos» de Ricardo de León, Juime La peña era un
joven á quien las malsanas lecturas y las no muy recomendables
compañías bebían trastornado un
poco el juicio, haciéndole vacilar
en sus creencias religiosas, fruto
de la cristiana educación que de
sus padres y excelentes maestros
recibiera en sus primeros afioa.
Uu poco soñador y un mucho
desequilibrado y extravagante, vélasele muchas veces
vagar por los caminos solitarios, con un libro bajo el brazo, monologando en alta voz ó pasándose las horas muertas en seguir con la mirada el curso de las nubes, el vuelo de los pájaros ó la marcha bulliciosa de las aguas de
un riachuelo.
Así iba caminando al azar una tarde de otofio por las
lindes de un espeso bosque, cuando sus ojos vinieron á
EMBJANTE
fijarse en un pobre viejecillo que con lento paso y recio
haz de leña sobre la espalda marchaba penosamente en
dirección opuesta á la suya. Cruzáronse en el estrecho
sendero, y mirándose cara á cara un momento, se saludaron afectuosamente.
—Mucho pesa la carga, abuelo—dijo el joven con compasiva solicitud.
—Más pesan los años, señorito—respondió el anciano
con amable y dulce sonrisa.
—Pues de ese peso sí que no puedo aliviarle—añadió
Jaime.
—De tal alivio se encargará la muerte que, por la
cuenta, no puede estar ya lejos—contestó tranquilamente el viejo.
—¿Le asusta morir, abuelo?
—Ni miaja, señorito. ¿Por qué había de asustarme?
Temo á Dios, como buen cristiano, pero confío en su
misericordia, y sin pena veo acercarse para mí la hora
del eterno descanso que ha de ser el comienzo de una
vida mejor.
—¿Y si todo se acabase con la muerte?.,.—se atrevió
á deslizar el joven.
—Imposible, señorito. Nuestro cuerpo, como soldado
vencido en la batalla, cae en la hoya; pero el alma no
muere
el alma vuela á las alturas como esas alondras
que al nacer el día suben cantando hacia la luz, y aun
este mismo cuerpo, jirón que la muerte destroza y convierte en polvo, revivirá otra vez y volverá á unirse para
siempre con su propia alma.
£i joven soñador dejó asomar á BUB labios una son risilla excéptica y burlona.
—¿Lo duda usted, señorito?—añadió el viejo amablemente.
—Me parece un poco fantástico que lo que muerevuelva á cobrar vida y tornar á su mismo ser y eBtado
de antes—objetó el joven.
—Pues mire usted, á mí me parece la cosa más natural del mundo. Hablemos claro, señorito. ¿No ha reparado usted cómo el BOI, que alumbra y alegra el mundo,
muere todas las tardeB y renace y vuelve a brillar todas
las mañanas? ¿No ha visto cómo esos hermosos árboles
todos los años parecen morir, despojándose de aus hojas,
sus flores y sus frutos, y todos los años en la primavera
recobran su vida, juventud y lozanía? ¿No le llama la
atención lo que con el grano enterrado en el surco sucede? Sepúltase la simiente en la tierra, y allí duerme,
muerta al parecer, durante algún tiempo; pero un día, al
beso del sol y déla lluvia, aquel oscuro grano surge de
la tierra en verdes tallos y rientes hojas que luego suu
espigas y nos dan el rico pao que comemos.
—Bien, pero eses son fenómenos naturales que nada
tienen que ver con lo otro de que hablábamos—objetó
el mozo.
—¿No han de tener que ver? Si Dios puede hacer, y
todos los días lo hace, que el sol renazca, que el tronco
árido y seco se vista de espléndido ropaje, que la simiente depositada en la tierra se transforme, resucitada y viva, en espléndida miee, ¿por qué no ha de poder hacer
lo miBino con el cuerpo arrojado en la fosa ó hundido en
cualquier punto de la tierra ó del mar?
El joven poeta miraba al viejecillo, maravillándose de
su locuacidad ó ingenio y queriendo descubrir bajo sus
pobres y humildes apariencias todo un noble filósofo.
Porque, ¿qué erau BÍUO pura y hermosa filosofía aquellos
bien hilvanados pensamientos y aquellas graves palabras con que expresaba su íntima y firme convicción?
El viejecico había descargado de su espalda el grueso
haz do lefia recogido en el bosque, y sentándose sobre él
como sobre un trono, continuaba diciendo;
De que el alma ha de vivir vida inmortal para su justa
recompensa ó su justo castigo, según que hayan sido
buenas ó malas sus obras en este muudo, supongo que
ninguna duda tendrá usted, señorito. |Qué ha de dudar
usted, ni nadie, de esol Si aquí abajo reina la injusticia
ordinariamente; si casi siempre vemos al pillo glorificado, al vicio triunfante, á la virtud escarnecida y humillada, ¿cómo no ha de haber otro mundo y otra vida eu que>
LA AVALANCHA
la verdad sea una juaticia para todos y en que ee restablezca el desequilibrio y el deBorden que aquí lamentamos de continuo? Puea bien; si la voz de la justicia está
pidiendo á gritos la vi'i a inmortal del alma, ¿no le parece que también el cuerpo debe ser llamado á una vida
imperecedera después de haber pasado por el sepulcro?
¿No es el cuerpo el instrumento de que el alma se sirve
para realizar sus acciones? ¿No sufre él las penalidades y
sacrificios, loa ayunos y penitencias con que el alma abnegada y buena trata de ganar la eterna felicidad? ¿No
es él quien gozn de los regalos y deleites cuando el alma,
olvidada de sí misma y de sus deberes, convierte la existencia en un festín, en una orgía de placeres y escándalos? Pues si juntos gozaron en la vida del pecado, juntos
deben padecer el castigo de la culpa; y ei juntos sufrieron y penaron, juntos también deben gozar de la recompensa de !a eterna dicha. ¿No le parece?
— Es una buena lección la que acabáis de darme—exclamó el joven.—Para demostraros mi reconocimiento,
dejad que os lleve la carga. ¡Bastante pesan sobre usted
loe a Sos I
Y diciendo y haciendo, echó sobre BUS hombroa el haz
de lefia, y lentameDte se perdieron el viejo y el mozo allá
lejos, en la bruma de la tarde.
TEODOMIRO.
NUESTROS GRABADOS
Inauguración déla iglesia de Pitillas.—Por hallarse en muías coudiciones y eer insuficiente para el concurso de fióles á los actos religiosos fue grandemente reformada la iglesia de Pitillas, de nuestra provincia de
Navarra, á la sazón que era párroco de aquella feligresía
D. Emilio Arbeloa.
Una de las principales reformas fue la ampliación del
templo y la construcción de la sacristía, amén del entarimado y pintido, obras que dieron comienzo el 25 de
Agosto de 1906, hnbiéndose inaugurado la iglesia el 14
de Abril de 1907, á cuyo acto asistieron el Sr. Obispo de
Pamplona, Fr. José López de Mendoza, y el Sr. Obispo de
Vitoria é hijo ilustre de Pitillas, D. José Cadena y Éltla.
Palacio de la Diputación
foral de Navarra
y
casa del Sr, Baleztena.—Reproduce
nuestra fotografía el ángulo que forma el palacio de la Diputación
foral y provincial de Navarra cou la casa del rico propietario pamplonés D. Joaquín Baleztena y Mufiagorri, apareciendo al fondo la entrada á la plaza de la Constitución, que antes Be llamaba del Castillo.
El palacio provincial se construyó en 1847 por el arquitecto D. José de Nagusía, y su coete ascendió á pesetas 825.000.
Capilla del hospital de Barañáin, propiedad
del Ayuntamiento de Pamplona.— Eu nuestro úl
timo número dimus noticia de que el hospital de Barafiáin, levantado en las cercanías de Pamplona y dentro
de su término jurisdicción»!, á expensas de la distinguida señora D,& Slaría de la Concepción Ruiz de Beiztegui,
había pasado á ter propiedad del Ayuntamiento de otta
ciudad por donación de aquella virtuosa dama.
Nuestro grabado reproduce la capilla de ese grandioso
hospital y el ediñcio que se destinaba para la comunidad
de religiosas.
La iglesia, como se ve en la fotografía, es una severa
construcción en piedra, de estilo románico, cuyo coste ee
cálcala en 200.000 pesetas. El interior se halla completamente terminado. En el altar mayor aparece una grandiosa y bella imagen del Sagrado Corazón de Jesús, y á
ambos lados, la Purísima Concepción de María y San
José. En Isa naves laterales se encuentran las imágenes
de San Camilo de Lelis y San Antonio de Padua.
La inauguración de esta hermosa capilla tendrá lugar
21
el día 31 del presente mes de Enero, en cuyo acto oficiará el Sr. Obispo de la diócesis, y asistirán el Ayuntamiento de Pamplona y una representación de la señora
de Beiztegui.
CUENTOS DE COLOR DE ROSA
¡SANGRE Y EXTERMINIO!
I
se llamaba, y con esto ya queda hecha la presentación de la criatura; bautizado
civilmente por los desocupados del pueblo de
nuestro cuento, que en materia de apodar á
las gentes se pintaban solos.
Así á dos hermanas chiquirrititas y gorditas, que para disimular la estatura gastaban botas imposibles y tacones inverosímiles, les apellidaban los repollitos.
A un clérigo desmemoriado que haoía sido sucesivamente integrista, capellán ele un requeté, católico-social,
y ahora era romanonista, le apellidaban la parodia del
arco iris.
Y á Pedro Fernández, bebedor de oficio, mal hablado
de profesión, pendenciero porque se lo pedía el cuerpo,
y enemigo de curas y Frailes, le llamaban sencillamente
Barrabás. Para el cual todo era motivo de indignación y
causa y ocasión de que viniese pronto la gorda, á quien
él provocaba con su exclamación favorita: ¡Sangre y exterminio!
Que las señoras del Ropero habían dado á su mujer
un mantón por fiestas de Navidad.
—¡Sangre y exterminio! ¿Y has tenido tú vergüenza de
tomar esa porquería de manos de esas beatas?
— Pero Pedro, por Dios-decía la pobre mujer, que
pagaba bien caro el haberse dejado seducir del garbo y
salero de un buen mozo,—si ellas no tienen ninguna obligación con nosotros. Pues lo que me dan me encuentro,
ya que carecemos de tantas cosas.
—¿Con que no tienen ninguna obligación? ¡Sangre y
exterminio! ¿pues por qué D." Cotufa, la presidenta, va
en coche y en automóvil?
—Porque no puede ir á pie, y tiene dinero para esas
comodidades.
—¿Y por qué tiene dinero?
—Porque su marido, ó sus padres lo ganarían, y en
vez de gastarlo en taberna y juego, como algunos, lo ahorrarían.
—¡No señor, vieja chata, que te voy á romper las pocas narices que te quedan! Ya estás haciéndote un lío con
ese mantón, y se lo devuelves á esas tías y al trapalón
del cura que os engaña como á unos chinos, á ti y á tu
hijo.
—Tú si que eres chino y zulú y cafre, iba murmurando por lo bajóla pobre mujer, yendo á esconderé! mantón encasa de una vecina, hasta que á Barrabás se le
pasase la ventolera.
Que otro día volvía el chico, más contento que con zapatos nuevos, de la catequesis, enseñando un premio,
pues ya estaba su padre preguntándole:
—¿De dónde has sacado ese chisme?
—De la catequesis, y me lo han dado por cincuenta
vales: ¡mire usted qué bonito! Yo quería un aro con cascabeles; pero madre me dijo que más falta me hacía un
tapabocas, y por eso lo traje.
—¡Sangre y exterminiol--rugía Barrabás.—¿Pues no
te tengo dicho que no me pongas un pie en la condenada
iglesia? ¡El día que menos te lo figures te vas á encontrar con un disgusto gordo!
ARRARÁS
II
Y el disgusto gordo vino cuando menos se imaginaba.
Fue un día de gloria para la gente menuda.
K - *
22
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* V-faf rT* ,<- J•*••
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LA AVALANCHA
Los encargados de la catequesis habían dispuesto dos
magníficas fiestas: una para los niños, otra para el sexo
piadoso.
En la mañana de un domingo, radiante de luz, se trasladaron doscientos niños á un santuario próximo, donde
después de la misa de comunión hubo desayuno al aire
libre, y después fiesta mayor con sermón alusivo al acto,
bendición de estandartes, inauguración de un montepío
escolar, gritos, cohetes y alegría general. La doña Cotufa
del automóvil pagaba una comida de campo para todo
aquel ejército, que ya estaba dando fin de las últimas
provisiones y fue á presenciar la fiesta. Terminada la comida, un hijo de la caritativa señora, criatura delicada, especie de planta de estufa, quiso tomar parte en los juegos de los niños, y no hubo fuerzas humanas que le disuadiesen. A poco rato, todo era animación y contento
entre la grey infantil, y todo era maravillarse la gente
grave de la gloria y ventura de aquel día, cuando se vio
confusión entre un grupo de niños y se oyeron gritos y
lamentos, y empezaron á correr todos en aquella dirección.
Lo ocurrido fue sencillamente que Luis, el hijo de la
señora, se cayó en uno de aquellos juegos al fondo de un
ribazo, y que al intentar sacarle Perico, el hijo de BarrabáSj se cayó también, causándose una herida en la frente
y la rotura de un brazo. Los más atrevidos de ios niños
fueron flanqueando el ribazo y pudieron llegar hasta donde estaban los otros dos, el uno magullado y el otro herido; y á los pocos momentos subían ya, restañando con
pañuelos la sangre que brotaba de la frente de Perico, y
haciéndole más agudos los dolores del brazo con sus mo- vimientos y probaturas.
Todo en unos momentos fueron lamentos y confusiones; pero como los automóviles no sólo sirven para proclamar el lujo de sus dueños y para atropellar á la gente
de pie, sino que á veces sirven para ganar tiempo, el herido fue llevado como en volandas al pueblo, y en una
sección de la Cruz Roja le curaron de primera intención,
trasladándole después á su casa.
Entre tanto y como las malas noticias corren como un
rayo, no faltó quien fue á la taberna á decirle á Barrabás:
—A tu chico le han roto la cabeza y un brazo.
—¡Sangre y exterminiol ¿Quién?
—El hijo de D.« Cotufa, en una fiesta que tenían hoy.
—¡Me beberé su sangre!—saltó el padre, dejando el
vaso de vino y la baraja mugrienta para correr á su casa,
donde efectivamente llegó respirando venganza.
—¿Dónde está el chico?—gritó á su mujer.
—Aquí está, hombre—gritó la mujer;—pero no grites,
que está acompañado.
—¿Y quién le acompaña?
—Pues Luisito y su mamá, que te lo han traído curado.
—¡Luisito y su mamá! ¿Dónde están?
—Aquí estamos, amigo mío,—respondió la buena señora;—aquí estamos aguardando á usted para pedirle
permiso, á fin de llevarnos á Perico á casa hasta que se
restablezca, porque Luis no quiere separarse de él.
—¿Que no quiere separarse de él?—gritó Barrabás.
—No señor,—terció el niño delicadito;—porque Pedro
se cayó por salvarme á mí, y yo le he dicho á mamá que
no le deje hasta que esté bien del todo, y después, si usted quiere, tampoco.
—¿Por qué?
—Porque vivirá con nosotros, y será como mi hermano; yo no tengo hermanos.
Y rompió á llorar Luis, y comenzó á llorar su madre,
y empezó á enternecerse la mujer de Barrabás, y el mis. mo Barrabás en persona sentía que le subía una cosa
del pecho á la garganta.
—El caso es—dijo—que nosotros tampoco tenemos
otro hijo; y esta (dirigiéndose á su mujer) no querrá separarse de él.
—Pues to*5o se arreglará—dijo la señora,—si hay buena voluntad; yo les cedo á ustedes las habitaciones del
jardín, y todos viviremos en la misma casa.
—Sí, padre—gritó el enfermo desde la cama.
—Pues esto es cosa convenida; sólo pongo una condi-
ción—dijo la señora:—que usted no vuelva á la taberna,
y que cuando Perico esté bueno, vaya á confesar y comulgar en acción de gracias á Dios Nuestro Señor.
III
Barrabás ya no se llama Barrabás, ni su frase favorita es ¡Sangre y exterminio!
Ahora dice que hay ricos que merecen serlo, y sangre
como la de su Perico, que da la dicha en esta vida y prepara para la dicha de la otra.
Esto se lo ha enseñado 0. a Cotufa.
PEDRO CRESPO.
MESA REVUELTA
B u e n a lección.—Han embarcado en Bilbao, eu el
vapor «Ortega», doce religiosas paeionigtas.
Van á la República del Perú.
De allí los llama el Gobierno republicano.
Abona todoe loe gaBtos de viaje y satisfará los de su
estancia en dicho Estado.
Quieren esos republicanos que los sabios religiosos se
consagren eu aquellas tierras á la realización de obras de
enseñanza y caridad, eu las que son maestros.
¡Qué lección para los republicanos españolee!
Fara qué sirve la Confesión.—Dicen de Tuy:
cPor vía de restitución, le ha sido entregada por medio del confesor, con el correspondiente sigilo, á nnestro
distinguido amigo el magistrado jubilado D. José Rodríguez Viéitez, en calidad de universal heredero de su tinado tío D. Vicente, una cantidad de dinero cuya suma ignoramos. >
C o s a s de liberales.—Con motivo de haber el Supremo confirmado la sentenoia dictada contra el soldado
del Ferrol que se negó á arrodillarse durante la misa,
sentencia que no le fue impuesta por ser protestante, Bino por desobediencia, la prensa liberal llama «digno» al
susodicho soldado.
Si se tratara de un católico que se negara á ejecutar
un acto contrario á sus creencias, le llamarían «fanático»
estos libéralo tes.
Pero como se trata de uu protestante
Ignorancia clerical.—El Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural publica un interesante
trabajo del docto Padre Manuel María S. Navarro Neuman, de la Compañía de JesÚB.
Lleva por título «Enumeración de los terremotos sentidos en España en el año 1911», y es un completo estudio de los maeroaismos españoles.
El número de sacudidas comprobadas es de 179 en 78
días sísmicos, siendo la Huerta de Murcia la más castigada por los movimientos terrestres.
El trabajo de que nos ocupamos es una nueva prueba
de la «ignorancia clerical», que brindamos á los enemigos de la Iglesia.
No h a y q u e dormirse.—El Siglo Futuro da la voz
de alerta sobre un asunto de gravedad excepcional.
Se trata del congreso de educación popular que se celebrará en Marzo en Madrid. Y á eete propósito dice nuestro colega:
«Varios católicos belgas mandaron BUS memorias ó comunicaciones; pero, ao pretexto de que hablan llegado unos dlasmás tarde, y no sabemos quemas esenciales detalles, esos trabajos han sido desechados; pero, en realidad, !a verdadera causa, el motivo que en el fondo hay para no admitir esos trabajos de los congresistas belgas, es que son católicos, y como és*
LA AVALANCHA
toa vendrían A aumentar el número de los j a inscritos como católicos, y que va siendo también, como en la nonnata asamblea, el coco de las victorias propagandistas de la institución
libre, y temen que, como aquélla, ae les agüe.*
Parece que en todo esto anda la mano del ministro librepensador Sr. Alba, quien está fuera.de si al ver que el
congreso, que se figuraba sería una manifestación en pro
de la enseñanza neutra (léase laica), tendrá probablemente mayoría de católicos.
Ya por este motivo dejó de celebrarse la Asamblea general de Enseñanza, y ahora se apela al sistema sectario
de eliminar tanto como se pueda á IOB católicos.
Esperamos que loa maestros católicos españoles no se
dejarán dar gato por liebre.
E l b l a s f e m o d e l o s mares.—Los lectores recordarán la conmovedora relación de la catástrofe del «Titanic» que publicó la prensa e! afio último pasado. Todos veneramos en aquella horrible deegracia los ÍDtxcrutab'ea juicios de la Providencia divina. VéaBe ahora en
las siguientes líneas de una carta que interta un estimado colega de Barcelona, la triste historia del famoso
buque:
«En el colosal astillero de Bolford (Irlanda) estábase construyendo el glgaiite rey de los océanos, un titán marítimo para el
cual los bramidos del huracán serian suaves arrullos, é inocentes juegos de ii i ños loa ináu furiosos embates de las olas.
Entre loa centenares de obreros empleados en su construcción habla, por desgracia, un crecido número de protestantes,
impíos y blasfemos. Entro soeces chistes y necias risotadas se
entreteuiaii ¿ veces en escribir sobre las planchas que iban cubriendo el enorme costillaje del buque, blasfemias horribles
contra lo más sauto y sagrado. Y aun en uua de ellas tuvieron
la diabólica insolencia de retar el poder de Jesncr'sto, nuestro
Dios y Señor, con esas palabras: «Ni el miamo Criato podría hacerlo naufragar.»
Blasfemias como est»a, tan desvergonzadas y provocativas,
leíanse escritas en gran número a lo iargo de aquellos caat doscientos metros de quilla! «Muchas de estsu satauicas procacidades, dice la carta, parece quo so hablan escrito con cal, de modo que aunque después quedaron por algún tiempo ocultas bajo la pintura, corroída esta por la cal, reaparecieron mas tarde.
Ver¿ si puedo procurarte UD ejemplar de las fotografías que se
sacaron del buque antea de ser botado, y eu que pueden todavia
leerse aquellas letras do infierno. Un oficial católico del «Títanic», que lan habla visto cou sus propios OJOB, escribía ¿ sus padres con motivo de su viaje: «Yo estoy convencido de que este
vapur no llegará a América por causa do las horribles blasfemias que lleva estampadas en toda su quilla.» Los padres de
ese cfic'al, que viven en Dublin, couisorvan esta carta como un
último menerdo de au hijo.»
Todos sabemos cuau tremenda realidad tuvo el tríete presentimiento de aquel buen católico. Creyeron aquellos infelices y
descreídos obreros quo sus blaBfemi is recorrerlau triunfantes
años 6Ín cuento los marea, haciendo burla de Dios; pero cuando esperabnu recibir ln triuutantG noticia de que el coloso vapor habla llegado á su puerto de destino, se hallarou cou la
inesperada y iatal noticia... de BU naufragio. Aquel titán de los
mares que durante tanto tiempo habla estado concluyéndose
con la fatiga de tautoB hombres y con diBpendio de tautos millones, habla desaparecido en pocos instantes bajo las agua»
•del océano, sin que para ello le fuera necesario al poder de
Dios levantar las olas y hacer rugir el huracán. Sólo un pedazo de hleio habla bastado para destrozar las entrañas del coloso marítimo y borrar para siempre más sus satánicas inscripciones- Kl blasfemo de los mares quedaba para siempre sepultado en el océano.
Y ¿dónde serán sepultados los que las escribieron, si no se
arrepienten? ¡Cuándo.SB iierauadirán los hlaafernos que, tarde
ó temprano, en una ú otra forma, en esta vida Ó dospué» de
ella, « la blasfemia le sigue siempre un terrible castigo!»
E j e m p l o Á imitar.—El Juez de instrucción de
Castrojeriz, D. José de Solano y Polanco, ha dirigido á
loe jueces municipales de aquel partido la siguiente carta-orden circular, excitándoles a castigar el vicio de la
blasfemia:
tli* frecuencia con que se escuchan en la mayor parte de los términos municipales de eBte partido judicial
blaefemias y palabras ofenpivas contra Dios y Búa santos, vicio abominable que conculca el derecho divino y
la cultura y el buen guBto, y que tiene su sanción explícita en el artículo 586 del Código penal' vigente, según
declaraciones repetidas de la jurisprudencia, y teniendo
en cuenta por otra parte la impunidad que alrededor de
esta infracción de nuestra ley penal reina, por ignorancia ó inercia de lae personas llamadas & perseguirla,
aconsejan á eate Juzgado de instrucción librar eHta cartaorden circular á los jueces municipales que de él dependeD, ordenándoles que procedan con la actividad y el celo á que por eos funciones están obligados en la represión y castigo de tales hechos, procediendo de oficio si no
mediara denuncia gubernativa ó fiscal, y en consonancia
con el artículo 962 de la Ley de enjuiciamiento criminal, á la cual deben «justarse. Y al propio tiempo que
libro la presente carta-orden, de la que se servirá usted
acusar inmediato recibo, espero que se dirigirá usted á
los alcaldes, guardia civil y jurados, celadores y Berenos
para que, como individuos de la policía judicial á sus órdenes, denuncien en BU Juzgado, según están obligados,
loe referidos actoa de que queda hecha mención.»
Es nn ejemplo á imitar, qne merece todas nuestras
alabanzas.
L a R e l i g i ó n y loa obreros.—¿A quiénes escogió
Nuestro Señor Jesucristo para continuar su divina misión y transformar el mundo? Ni á políticos, ni á filósofos, ni á oradures, ni á jui inconsultos LÍ á rico alguno.
«Todo el edificio del Cristianismo, dice el franciscano
Fray Agustín de Mmtefeltro, descansa sobre dos obreros,
San Pedro, que era pescador de Galilea, y San Pablo,
que era tejedor de Tarso.» Este último trabaja para no
ser gravoso á nadie, hasta durante el ejercicio de su esplendente apostolado, según testimonio del mismo en su
Carta á los tesalonicenses (III 8). Loa rnonges primitivos
tedos fueron obreros. San Pablo, primer ermitaño; San
Antonio, Sao Hilarión, San Pacomio con sus discípulos,
emplean su tiempo tn la oración y el trabajo, y las Ordenes religiosas en Europa, África, Asia, América y Australia, levantan monasterios y hospederías, roturan tierras, abren caminoB, construyen puentes y enseñan todas
las artea útiles á las raz*B convertidas á Criato. Y no eólo
enseñaron con la religión las artes útiles á sus neófitos,
sino que contribuyemn ó poblar muchas regiones desiertas, como lo demuestran los nombres de millares de pueblos y ciudadeH erigidos alrededor de templos yconventoe.
L o s m a l o s periódicos.—He aquí una reseda de
actualidad elegida entre mil hechos de un mismo género,
que demuestra el mal que puede hacer a la familia la
prensa impla. Hace algunos meeea uua madre cristiana
ee apercibió del cambio que se habla verificado en su hijo; tanto más, cuanto que el año auterior el ilustrado párroco de la feligresía lu proponía á loa demás como modelo en la época de la primera comunión. Un día la madre sorprendió al hijo ocultando baju el tapete de la meea un periódico que BU padre dejaba diariamente Bobre
aquélla al volver del tiller. La madre quiso quitárselo; el
hijo ee mostró avergonzado á BU vez; y al fiu el hijo, toroaudolo á broma, ilijo: cCaando los papáa quieren que
loa hijos como yo sean obedientes y SULDÍBOS, no compran periódicos como éste, que ee burlau de los curaB y
de la Religión. Este periódico me ha enseñado que todas
esas cosas son tonterías.
TJn r a s g o d e l d u q u e de Norfolk.—El primer
lord de Inglaterra, el piadoso duque de Norfolk, ha dedicado al fomento de las eacuelea católicas de eu pala loa
siete millones de pesetas que ha obtenido con ln venta de
su célebre colección de cuadros de Holbein.
El duque de Norfolk ha cambiado la pequeña satisfacción de poseer y contemplar algunas obras de arte por la
inmenfla alegría y el mérito valiosísimo de grabar en el
alma de muchos niñoB, por medio de la educación católica, la imagen de Cristo.
Hermoso rasgo digno de tan católico duque.
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