El temblor de la carne

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El temblor de la carne
Carlos Marquerie
Para Javier, Juan y Manuel
Pequeño diálogo. El arte de la fuga
Mujer
El arte de la fuga. Juan Sebastián Bach. Contrapunto XIV. Grabación de Glend
Gould.
Me deposito con cada nota del piano y me estremezco en cada silencio.
Hombre
Qué pequeño el olor del deseo
y a su sombra me ensancho y me entierro.
Mujer
Tus lágrimas de plomo escurren por mi cuerpo
y se depositan en cada pliegue de mi piel.
Hombre
Geografía melancólica,
tras el calor de la pasión se solidificarán lentamente
como ríos de lava del volcán que se apaga.
Mujer
Estruja tu corazón sobre mi pesada piel.
Gozo y dolor del deseo.
Hombre
Ante ti un deseo dulce y sosegado invade mi cuerpo. Luego en el lago, que es tu
mirada, me ahogo.
Y la carne llora su deseo imposible.
Mujer
Quiero que este amor prevalezca a los cuerpos que lo alimentan.
Hombre
¡Cuánto miedo y cuánta confianza en ti!
Mujer
Como decía aquella vieja canción Japonesa:
“Los amantes se juran que en el más allá serán como árboles con las ramas
compartidas”.
………
Primavera 2006
10 de Abril
Mi hijo recoge las gotas de rocío depositadas en las flores cada mañana y las
guarda en un tarro de cristal.
………
14 de abril
El membrillero en flor, una vez más: el rosa más suave inunda a borbotones el
verde.
Recojo entre los olivos 52 espárragos.
Primavera… en silencio. Sin palabras.
Llueve de forma pausada y me dejo caer sobre la hierba mojada, el olor del
membrillero llena los poros de mi piel. Poco a poco nos humedecemos y pienso en
los colores del paisaje: armonía violenta.
Mi silencio canta el paisaje. y la tierra se une a mi cuerpo y yo me adhiero a ella.
Palpito con él y me cubre.
………
16 de abril
La flor de la encina es diminuta y forma una especie de pequeños racimos que
cuelgan de un color verde lechoso que varía al madurar hacia el dorado. Al alejarte
ves cómo esa diminuta flor cambia la fisonomía del árbol. Su sensual redondez,
antes rigidez punzante, llenaría de miedos a quien penetrase en sus profundidades
ocultas.
La flor amarilla de la retama es como mi sexo, pétalos que esconden su secreto
como los labios de mi vulva. Ambos guarecen el lugar que engendra la vida y así
originan la atracción, el deseo y la duda.
La amapola roja intocable y sutil nos descubre en su interior las entrañas más
oscuras de la naturaleza.
La belleza de los órganos sexuales es siempre igual, desprotegida y densa. El
ornamento va por fuera.
………
18 de abril. Noche
El sentido de la fiesta está en lo excepcional y la primavera, me invita con efusión a
romper con la rutina invernal. En ocasiones y de manera involuntaria hasta el
temible descontrol de las emociones.
La fiesta siempre tendrá un componente trágico e irremediable en su esencia.
………
19 de abril. Noche
Mi cuerpo vibra y me surge el miedo ante la posibilidad de no poder soportar estas
vibraciones.
………
20 de abril. Amanecer
Me invade una sensualidad tosca, imprescindible y sin adornos.
………
20 de abril. Atardecer en el olivar
El olivo abandonado crece como puede. Su belleza es diferente al cultivado; no está
dibujado en el aire y lucha por mantenerse.
Cómo me gustaría parecerme a estos olivos, asimilando la tierra y el aire sin fin
alguno, tan sólo dejar brillar los reflejos plata que produce el envés de sus hojas.
Entre olivos somos dioses y terrones de tierra, amalgamados en una tosquedad
espiritual sobria y vibrante.
……….
21 de abril. Amanecer
El color verde de la avena al espigar adquiere una sutil tonalidad blanquecina. En
las mañanas al cargarse de rocío las espigas aumentan su peso y su ondular se
hace más impetuoso. El amanecer gris me sorprendió y mi cuerpo se encrespó con
los vaivenes del campo de avena.
En mi cerebro latiendo tu piel blanca, tu mirada indagando mis entrañas y tu
respiración inyectándome aire fresco por cada poro.
Los árboles cargados de flor y mi cuerpo, cegado por el deseo de abrirse
para ti, los ve a través del reflejo punzante de tu sexo.
El paisaje agita mi deseo y acurrucada
deslizo mi cuerpo bajo su bóveda
y me disuelvo para así fundirme a él.
………
22 de abril. En la ribera del Guadarrama
Por muy dulce que sea el fluir de un río, las ruinas que acumula su lecho son el
recuerdo de su bravura.
Mismo río y en cada instante aguas distintas,
mi cuerpo, el de siempre, ahora también distinto
agitado por este torbellino de fluidos.
Me excito con tus aguas turbias
y mi cauce acoge todo tu caudal.
Al lugar de donde el río vino, allí tornará a volver.
……….
23 de abril. Amanecer
Mi sexo se abre,
sus jugos rebosan
y enjugan tu dolor.
Miel por tu cuerpo.
……….
24 de abril
Cuerpo surcado por el viento, erosionado como la tierra que piso
¿Dónde se deposita el amor en mi cuerpo?
¿Este dolor es fruto del desamor o sólo del miedo a él?
……….
25 de abril
Bochorno.
La calima cubre el cielo al caer la tarde, el sol golpeó hoy con fuerza.
Once
días
de
descomposición
plenitud
y
ya
implacable
cae
con
violencia.
Comienza
la
hasta convertir todo en un secarral. El frescor dará paso a ese
paisaje áspero e hiriente, de color oro y tierra, y me estremecerá su belleza triste y
retorcida; pero hoy me llena de decepción lo efímero del vigor en esta tierra, que
en tan poco tiempo me colma de este bienestar, suave y violento.
………
27 de Abril. Noche
Mi cuerpo penetrado por este silencio
concibe el palpitar de la vida.
Y un deseo animal de madre
se adhiere a mis entrañas.
………
29 de abril
Los cardos con sus violentas púas están jugosos y rodean mi corazón.
Un ejercicio de esperanza:
plantarme entre olivos y encinas.
Mi hijo me regaló el tarrito de cristal en el que guardaba el rocío recolectado cada
mañana del interior de las flores.
El paso del tiempo
Tuve un dibujo realizado en grafito muy duro. El sol lo borró, sólo quedó la incisión
del afilado lápiz sobre el grueso papel, sutil huella de lo que fue. Perdió su aspecto,
pero todavía se podía percibir a duras penas con el socorro de una luz sesgada y la
ayuda del tacto.
Cuántas incisiones albergan nuestros cuerpos, cicatrices invisibles pero apreciables
en el silencio de la noche.
Todo deja huella, no lo olvides.
El cuerpo no tiene piedad.
La cabeza olvida, el cuerpo no.
La auténtica memoria del hombre está grabada en su cuerpo, en él podemos leer o
palpar la vida, sus dolores y sus gozos; es un calendario emotivo lleno de pequeñas
incisiones que son testimonio del paso de cada día.
Perdido en mi propia huella trabada a mi cuerpo.
Memoria y huella.
El paso del tiempo.
Y la carne cede bajo la fuerza de la gravedad y con ella su vigor. Donde había
fuerza y determinación emerge el temblor y la duda.
Ahora el cuerpo se muestra transparente.
¿Acaso el vigor era una apariencia necesaria que ocultaba la debilidad y la duda?
Vanidad y poder.
Infatigable el tiempo nos enfrentará a nuestra esencia.
El dolor de espalda suplanta la vanagloria que generó el vigor, mi cuerpo instalado
en el comienzo de su decadencia cubre con su sombra alargada y azul su vanidad y
su pretendido poder.
¡Y qué lejos veo la caducidad definitiva del cuerpo. Y qué difícil me resulta admitir
la ausencia del vigor. Y qué arduo aceptar enfrentarme en cada instante con mi
deterioro!
Siempre la cabeza y la memoria podrán dar cuenta de esta decadencia.
La claridad de pensamiento adquirida con el paso del tiempo mitiga el dolor que el
paso del tiempo provoca, no lo excluye, sólo lo suaviza, y esa misma claridad de
pensamiento me enfrenta al destino: vivir en el pensamiento aquello que el cuerpo
no aguanta, lo que ya no soporta, y sin embargo no concibo la idea de vivir para
mantener el cuerpo. Qué contradicción, el cuerpo para quemarlo en vida y la
necesidad del cuerpo para vivir con intensidad.
El equilibrio si existe es siempre imperfecto.
Dejadme que os cuente……
Un día estando encerrado y ensimismado levanté la cabeza y vi la luz cálida del
atardecer reflejada sobre las manchas pardas, doradas y grasientas de la pared
blanca, y me invadió un placer conocido que me embarga cada comienzo de
primavera. Este placer reconocido me penetró como si fuera nuevo, y mis ojos
palpitaron ante esta nueva emoción revivida, y dotaron al pensamiento de la
esperanza que generaba aquel instante y de la cual carecía y tanto necesitaba.
Una luz sedosa y rosada, se reflejó en el interior desde aquel exterior vital y
exuberante. Inundó la habitación y con ella nació la duda en mí, entre la fuerza que
antes me hubiera lanzado a campo abierto, gozoso y ciego, sin miedo a la
disolución en el paisaje, y la observación tranquila y meditada, entre mis cuatro
paredes y el ventanal que me unía al atardecer.
Esta duda es el debate inevitable entre ser actor u observador de la vida, entre el
amor y la muerte. El amor es acción y la muerte en vida es espera.
El rosado reflejo poco a poco se fue trasformando en un gris luminoso y violáceo
que se plasmó en la pared hasta media altura, y cuando alcé la mirada y la
deposité en las cercanías del techo, vi cómo esa misma luz cogía allí unas
tonalidades azul-gris que me evocaron la confluencia del mar con el cielo. Primero
azul-gris, ligero y sutil; luego, cuando se hiciera la noche, denso y plomizo.
Rotas lágrimas de plomo
surcaron el horizonte,
lentas se camuflaron
en los mares azul gris
plomo de mi memoria.
Mi paisaje fuera y mi cuerpo fundido a aquel rincón de la habitación se teñía del
atardecer, mientras la duda se hacía materia en él.
Mi cerebro latió y el cuerpo se retorció presa del deseo por esa energía quizá
perdida.
Luz violeta-gris, araña que tejía y apresaba la vida.
Un deseo infatigable:
entender lo que ven mis ojos.
Sólo la mirada profunda y austera me permite
dudar de lo que ven mis ojos.
Ya el violeta se convirtió en un residuo, el frío sujetó mi cuerpo y las manos
sudaron agarrotadas, primavera envuelta en plomo, caricias que sesgan el cuerpo.
El dolor persistió en la espalda. Acoplado a una mesa había dejado pasar los rosas
y violáceos que en el exterior brillaron dorados. Me quemó la duda y me aferré a
ella desorientado, sentí su gozo angosto y ella iluminó con aquellos mismos colores
del atardecer mi interior en el anochecer.
El cuerpo se aja y la mente se llena de incertidumbre.
Cuanto más se deteriora y la duda más corroe el cerebro,
con más pasión me entrego a los placeres que uno y otro me proporcionan.
Los placeres del cuerpo y de la mente conllevan el dolor y el miedo por el vértigo
moral y los límites físicos.
Mas de la duda surge el saber
y qué difícil conjugar el placer y el saber con la certeza.
El paso del tiempo.
Vanidad y poder.
Todo estaba o parecía estar en la palma de mi mano, a mi alcance. Creía poder
conseguir todo lo que me planteaba, nunca me sentí perseverante, más bien me
creía poseedor de una especie de fuerza que me acompañaba y me hacía capaz de
conseguir lo que me proponía. Con los años entendí que esa fuerza no era tal y que
mi capacidad dependía de la constancia. Me creía brillante y ahora me veo sin brillo
pero con la certeza de saber obtener el fruto a la reflexión y de reconocer la duda.
Día a día perseverante en mi duda.
¿Qué diferencia hay entre lo que deseé para mi vida y lo que es mi vida?
A veces creo que soy lo que quise ser, pero sin el adorno con que de joven veía mi
futuro. De joven se intuye la vida como una cabalgada triunfal sin límites, y en la
madurez revisas el camino andado y ves cómo los objetivos que entonces eran
deseos fulgentes, hoy son palpables, pero en vez del destello soñado los ves
recubiertos de pérdidas.
Soy lo que quise ser más el dolor de serlo.
Hay un júbilo por la perseverancia de ser y una melancolía por el hecho de estar,
un júbilo por haber luchado e incluso por continuar luchando, pero como toda lucha
está rodeada de vacíos.
Las ausencias que acompañan y aumentan con el paso del tiempo, son el pago por
vivir.
Y el cuerpo tendido brama
un dolor acumulado,
un fluido gris y pesado
como el plomo lo penetra,
opaco hiere su sueño
brillante y cristalino.
La boca negra desgasta
el perfil del busto de oro,
y la encina silba rota,
cuando resbala el viento
entre sus hojas.
Como yo
cada madrugada, tenaz
y silencioso, teñido
color sombra, empañado
por este pasar del tiempo.
Hace una década el tiempo se me escapaba entre los dedos, hoy se me cae de las
manos. Entonces entablaba una pelea conmigo mismo para evitar esa fuga del
tiempo, una pelea enérgica hasta la violencia, incluso hasta la autodestrucción.
Quería impedir ese paso inevitable del tiempo, era mi rebelión contra mí mismo y
mi devenir, y la constante decepción su resultado, ante la imposibilidad de poseer
el tiempo.
Ahora observo cómo se me cae de entre las manos; no combato, sólo observo y
observo también el lastre pesado que deja en mi cuerpo, y así con maneras
detenidas me libero del absurdo combate.
Este cambio, como todo en la vida, no sucede de manera brusca: poco a poco la
acción va dejando paso a la reflexión.
Este drama…
Miento, al menos parcialmente, al decir que ha desaparecido este combate.
Manteniendo el lenguaje de la estrategia militar, diría que el combate se ha
convertido en resistencia. En el fragor de la batalla, entre las cargas de los
acontecimientos, en la espesura del humo producido por el desgaste, intento
resistir cada posición, afianzarla, observar y discernir el siguiente paso. No pensad
que esta actitud de resistente implica que la razón domina mis actos, sólo el
impulso ha perdido peso en mi vida, pero sigue emergiendo y la intuición continúa
siendo para mí un valor.
Dolor de espalda y el vértigo del vacío:
el vértigo ante la nada.
El esplendor se agosta pardo y azul,
y en la mirada vibra un deseo,
batalla a batalla busca hacerse carne:
carnal deseo, carnal tormento.
El tiempo madura todo hasta la descomposición. El amor, es lo único que me gusta
pensar que no tiene por qué someterse al tiempo, y así perdurare en él y
subsistiere incluso a la muerte de los amantes.
La belleza caduca con el paso del tiempo y el odio puede mantenerse generación
tras generación; al dolor el tiempo lo matiza, hasta lo suaviza, la melancolía crece,
las heridas cicatrizan y las cicatrices quedan.
El color se deteriora y el conocimiento vive en la memoria de los hombres, los libros
sólo lo testifican, no lo garantizan, pues sufren al acumular tiempo.
El horror perdura y se trasforma. La riqueza se hunde en el fango del tiempo. La
carne se pudre, el placer se acaba y la unión permanece en las sombras de lo
eterno.
La primavera irrumpe violenta. Los capullos se rasgan con dolor para convertirse en
flores y el color revienta el encinar. El cuerpo y la mente se colapsan ante la
energía incontrolada que fluye por nuestras venas.
A los amantes se les erizan las vísceras, vehementes demandan lo imposible, el
contacto eterno de sus cuerpos, pues el hombre en la unión de la carne es capaz de
intuir la eternidad, y ahí nace su deseo y reside su dolor. La mente no entiende y
hasta el anciano desea lo que ya no concibe desear.
La imposibilidad de colmar ese deseo oscuro y brillante, que recorre el cuerpo y
genera el movimiento de los seres humanos, recubre los amaneceres de melancolía
inmersa en el crepitar de la naturaleza.
Qué desolación nos produce este enfrentamiento violento que vivimos en el alma
con su deseo de reventar, mientras el cuerpo nos ata al paso de los días.
La batalla está planteada, y no entendemos, y al no entender nos arrastramos a la
búsqueda de una respuesta racional a este deseo imposible del gozo eterno de la
carne. Pero la razón no entiende a la hora de rebasar los límites. El alma suda, la
mano tiembla y el cuerpo quiere entregarse al ardor que no comprende; desea
deshacerse y busca las ranuras donde incorpóreo penetre en lo que arde, y así
fuere materia volátil y sólida al mismo tiempo.
El silencio es músculo en tensión.
La mano se tiende hacia donde no llega la luz, se posa en la penumbra e intenta
ampliar los límites de lo visible.
Tintinea la oscuridad.
El cuerpo pleno en su incertidumbre tiembla inconsolable y escucha el rumor de su
interior, siente cómo los huesos se vacían y anexionan a la tierra. Inevitable la
caducidad y el cuerpo bañado en lágrimas desespera y se sacude violento con la
fuerza que produce el dolor de los límites. Vulnerable se defiende y se eriza para
hacer surgir púas entre lágrimas por cada poro.
El silencio se acopla en cada miembro del cuerpo, insólito placer doloroso,
arrastrado por el miedo fruto
de esta dualidad, que nos da la conciencia de la
finitud y el deseo de prolongarnos en el tiempo.
Respira, respira.
La melancolía nace de la confrontación entre el poder y la resignación.
El equilibrio del desequilibrio.
La fuerza de la debilidad.
La vigilia del sueño.
Hasta que el cuerpo aguante. Decía.
Cuidé mi cuerpo instruyéndolo para adentrarse hacia los límites de su percepción,
y en sus turbios confines siempre hallé gozo y dolor.
Inseparables.
Incomprensible y oscura convivencia.
El cuerpo morada del espíritu. Decía.
Terrible contradicción.
Ese deseo de vida ilimitada en el tiempo y máxima intensidad en cada instante; y la
merma de posibilidades que da la sensatez, la moderación y la cautela que propone
el paso del tiempo.
¡Vaya mierda!
Batalla que libro cada mañana cuando entran las primeras brisas frescas dentro de
mi cuerpo y entre sueños noto cómo recorren su interior, y al mismo tiempo que lo
tonifica me hace sentir el hollín acumulado en cada articulación y víscera.
Como fénix o al menos con la aspiración del fénix me entrego a la noche con pasión
ciega y con la luz del amanecer descubro las plumas perdidas en el ardor del
intento de renacer. Pluma a pluma la pérdida conquista espacio en mí.
Acumulo pérdida y aumenta mi deseo.
Dolor y gozo.
El dolor de la carne, en su proceso de decrepitud, entregada al gozo,
osado naufragio de su esplendor.
El áspero deslizarse de la noche,
pesadumbre tras pesadumbre, gozo tras gozo.
Y la carne vibra en el dolor y en el placer. Cuánto se parecen, qué extraño
matrimonio.
Y las manos ya más tranquilas siguen sudando.
Pensamos la felicidad y la asociamos al equilibrio y el equilibrio es insípido.
El amor pende colgado en su inercia, como el péndulo, negándose en su equilibrio
los límites donde habita el gozo y el dolor. La pérdida de la órbita apacible es el
riesgo: el placer y el peligro, el vuelo y el desplome.
En el riesgo anida la esperanza, cada poro tiembla de miedo y al mismo tiempo se
nutre de ella.
Qué miedo perder el deseo.
Mariposas y amantes
Parecen las sombras lugares propicios para encontrar esas palabras incómodas y
difíciles de nombrar.
Y así la noche se puebla de voces esquivas revoloteando sobre la cabeza.
De la misma manera que observamos el vuelo del murciélago, creemos tenerlo
atado a nuestros ojos y en un instante quiebra su volada y desaparece entre las
sombras, igual, la palabra acechada se desvanece en el silencio.
Quiero contaros una historia.
Una mañana descubrí una mariposa en un ángulo de mi ventana,
golpeándose de manera incansable contra el cristal.
¿Qué creéis?
¿Intentaba salir ignorante de su existencia?
¿O buscaba un rincón tranquilo que la acogiera para mirar protegida la belleza que
se extendía ante ella y la deslumbraba?
Madrid Barcelona
Viajo a tu encuentro y al aterrizar no dejo de mirar al suelo, observo unas zapatillas
que me recuerdan al par que te regaló tu hermano.
Y anhelo tus labios oscurecidos por el color de la sangre que los habita,
transparente tu piel me muestra tu sabor,
cuanto más pálida más directo parece el acceso a tus entrañas.
Pasaron los días y apareció una nueva mariposa.
Ahora había dos.
¿Acaso mi ventana es un lugar donde las mariposas esperan a sus amantes?
La noche cubre la luz
como los amantes se cubren para engendrar el movimiento del alma que da sentido
a su existir.
Los poros de mi piel, como ojos nocturnos, se ciegan ante tu cuerpo
y en mi ceguera, me duermo junto a ti y busco desesperada la luz de tu interior
¡Tanto respeto acumulado!
Seguían las dos mariposas habitando el cristal. Todos los días las observaba y veía
como se iban librando de las telarañas que en mi desaliño llenaban el ventanal.
Sabéis, el placer hasta en el lecho más seguro conlleva el riesgo.
Mi mano inerte se abandona sobre tu plácido vientre, no acaricia, sólo se deposita y
tu vientre la acoge cediendo ligeramente su musculatura y formando una sutil
concavidad. Las dos pieles al juntarse aumentan de temperatura, se dan calor
mutuamente, y sudan, y sus sudores se unen celebrando esta pequeña unión.
El miedo al desamor.
Cuando aquello que me sujeta a la vida es el amor.
Un día el cristal amaneció bañado por el desamparo.
Encontré una de las mariposas tendida en el suelo bajo la esquina que convirtió en
su último refugio.
En silencio, ya rendida se debió dejar caer.
Esa esquina de mi ventana fue cobijo en su retiro y lecho en su unión.
La otra mariposa temblando recorría la superficie de cristal, parecía rastrear la
huella de su amante, zumbaba insistente en olor de ausencia.
Un instante de silencio y escucho el leve batir de las hojas del chopo.
Este rumor diminuto se basta para impulsar en mi interior, el deseo de estar en ti y
ser parte de esta tierra.
Unión parda de la que nace estremecido un fuego pardo.
De ardor el cuerpo parece desplomarse, para permanecer en ese irrepetible
silencio.
No sabía si pasaban los días. Otra mariposa del mismo dibujo y color volvió a sentir
la querencia por el mismo rincón de la ventana.
Ésta inmóvil permanecía, de vez en cuando aleteaba pero no parecía tener
intención de atravesar el cristal.
¿Se resignaba o había decidido morir en el mismo ángulo de la ventana?
¡Qué apego fatal encuentran a esta esquina!
La misma esquina y la misma situación. Parecía que no cambiaba nada.
Mi ventana lecho de amor y cementerio de mariposas,
mi mirada sobre las mariposas día tras día
y con la noche la duda común ante el próximo amanecer.
El aire que juntos producimos nos envuelve y envolverá más allá de nuestros
límites.
La prensa hablaba de plaga de algún tipo de mariposa africana.
(Los males siempre vienen del sur y la riqueza habita el norte.)
Las mariposas acudían a mi habitación
y en mi silencio escuchaba el palpitar de sus alas.
Canto de amor que vomitan los pliegues de tu cuerpo
Canto que nace entre las sombras por la fecundación de la luz en tu carne
Busco desesperadamente la pasión en tu mirada.
No hay resignación posible.
Morir si, pero con pasión.
Día tras día,
tal como se fue llenando mi ventanal de pequeñas historias,
la vida dejó paso a la muerte,
el suelo se cubrió de mariposas inertes
y a mi cabeza acudieron tantos cuerpos abatidos,
tantos osarios olvidados.
Cráneos vacíos y sus pensamientos ausentes
sobrevuelan nuestras cabezas sordas,
en su huída del dolor, ciegas ante el horror,
diluyen su cerebro
en las catedrales del culto a la riqueza, el poder y el ocio.
Cimentamos olvido y llenamos de ruido nuestras vidas.
A la sombra de una flor me protejo y en el silencio escucho tu cuerpo.
Me dijiste:
Miedo por el estruendo de los pájaros al amanecer.
Y en la noche
Una mano se introduce en una masa negra coronada por un cráneo.
Agostado, el viento ya no mece tu cuerpo.
(Agostar: la acción de sentir el peso de la vida sobre la espalda e irse dejando caer
con suavidad.)
Dos mariposas oscuras, con alguna mota de color brillante en sus alas, follaban
entre cardos y hierbajos secos, y en su apretón apasionado esparcieron por el
rastrojo su polvo de oro, ese que les permite volar y les es imprescindible para
vivir.
Amor. El paso del tiempo II
¿Qué es este movimiento que acontece dentro de mí, que aumenta o se define (no
lo sé con certeza) según mi cuerpo se aproxima al inevitable término, a esa parada
definitiva que siempre se ha entendido
como la imposibilidad de movimiento, la
quietud máxima, la negación del movimiento?
Tengo miedo al paso del tiempo,
deseo cada amanecer y me atrae
lo desconocido.
Siento como el paso del tiempo
corre veloz a mi lado y me deja
anclado en la bruma.
¿Por qué sentir miedo ante lo que se anhela?
Las lágrimas son un apunte del frío
¿Aprenderé a llorar con el paso del tiempo?
Duermo profundo pero con los ojos abiertos
¿Seré capaz con el paso del tiempo,
de resumir mi vida
a aquello imprescindible
de la vida para vivir?
¿Seré capaz de recoger cada mañana
las gotas de rocío de las flores
y guardarlas en un tarro de cristal
a la espera de la celebración ineludible?
Cómo pasa el tiempo tan callado.
¡Por qué me pesa tanto la espalda Santo Dios!
Una respiración leve arroja un suspiro más cálido de lo habitual.
Toda una vida, la mano junto a tu pecho
y el tiempo sigue pasando tan callado.
Comencé contándote que tengo un miedo,
cuando el miedo es la conclusión.
Después del miedo se acaba el cuento.
Aquello que habita más allá del temor,
es lo que el mismo temor nos impide conocer.
La conclusión es silencio.
Y cualquier silencio siempre inicia el movimiento hacia el abismo.
Ya sólo me excita el sentir tu deseo.
Acaricio tu sien y tu rostro presiona mi pecho con suavidad.
El tiempo corre tan callado
cuando esta caricia debiera ser eterna.
Creí hallar a Dios entre nuestras carnes húmedas.
Tiemblo,
pues no concibo otro lugar donde tenga sentido la eternidad.
Cuando todo termine léeme algo bello
¡Cómo se quiebra mi alma cuando salgo de ti!
Vanitas
En el vértigo de tantas palabras mudas
creemos desterrar el dolor de nuestras vidas,
y nos afanamos en poseer, creyendo
que vivimos cuando morimos.
Minuto a minuto
olvidamos que la palabra es acción política
y permitimos que sea portadora de mentiras.
Lloro por tantas palabras traicionadas.
Minuto a minuto
enterramos la palabra
y sin ella morimos en vida,
el tiempo pasa
y perdemos la esperanza que habita en las palabras.
Escupimos el contenido de aquello que poseemos
y así nos desprendemos de la vida,
minuto a minuto,
vanidad tras vanidad
la carne tiembla y somos incapaces de sentirla.
Llamamos comunicación a la manipulación
de nuestras opiniones e intenciones,
aceptamos el engaño de la política
cuando debiera ser el engranaje que nos relaciona.
La acción política por excelencia es provocar pensamiento.
Minuto a minuto
muere un hombre,
el poder de la riqueza lo mata
y el escepticismo lo silencia,
pero como dice el gran libro: Vanidad de vanidades:
todo vanidad....
… nada nuevo hay bajo el sol.
El paso del tiempo parece silenciar la mentira,
la camufla
y vive en el poder de la riqueza.
¡Sube a mi joroba y escupe!
Que la belleza reside en las sombras de mi cuerpo.
Los hombres duermen bajo el paraguas de las falsas verdades,
dictadas por pregoneros y agoreros,
y sus corazones revientan de insatisfacción.
La felicidad fruto del gozo y del dolor
es reemplazada por la falsa felicidad de la posesión:
tener para ser feliz y vivir para olvidar,
y el tiempo minuto a minuto nos devuelve
a la tierra desposeídos.
Matar para controlar la riqueza,
guerras para controlar la riqueza
y el hombre es incapaz de entender las muertes que provoca
en sus ansias de acumular y controlar la riqueza:
hoy la melancolía nace en el campo de batalla.
Minuto a minuto
el hombre se destierra de su propio cuerpo
y bañamos la tierra con lágrimas de plomo:
la esperanza necesita del dolor.
Minuto a minuto
el dolor del pensamiento alerta ante la mentira
y en la duda que provoca
es probable guía hacia la verdad.
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