pdf Estudios y discursos de crítica histórica y literaria. Escritores

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Estudios y discursos de crítica histórica y literaria.
Escritores montañeses
Índice:
PROSPECTO DE LA SOCIEDAD DE BIBLIÓFILOS CÁNTABROS
D. ANTONIO FERNÁNDEZ
MONTAÑÉS)
PALAZUELOS (JESUÍTA
EXPULSO
Y POETA
«DOS OPÚSCULOS INÉDITOS DE D. RAFAEL FLORANTES Y D. TOMÁS ANTONIO
SÁNCHEZ»
TRUEBA Y COSÍO (D. TELESFORO)
TRUEBA Y COSÍO (D. J. MARÍA)
DON FERNANDO VELARDE
DON CASIM IRO DEL COLLADO
D. CALIXTO FERNÁNDEZ CAM PORREDONDO
DON EVARISTO SILIÓ Y GUTIÉRREZ
DON AMÓS DE ESCALANTE (JUAN GARCÍA)
DON JOSÉ M ARÍA DE PEREDA (TIPOS TRASHUM ANTES)
DON JOSÉ M ARÍA DE PEREDA (BOCETOS AL TEM PLE)
DON JOSÉ M ARÍA DE PEREDA (PRÓLOGO A SUS OBRAS)
DON JOSÉ M ARÍA DE PEREDA (IN M EMORIAM)
DON JOSÉ M ARÍA DE PEREDA (INAUGURACIÓN DE SU ESTATUA)
BIBLIOGRAFÍAS BREVES
NOTICIAS PARA LA HISTORIA DE NUESTRA M ÉTRICA
PRELADOS ILUSTRES DE SANTANDER
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 3] PROSPECTO DE LA SOCIEDAD DE BIBLIÓFILOS CANTÁBROS [1]
El amor a las glorias del país natal, y la atención que de algunos años a esta parte, viene dedicándose
por propios y extraños a su historia, costumbres y tradiciones ha inducido a algunos curiosos y
aficionados a constituir un centro de actividad bibliográfica, que pueda reunir los esfuerzos parciales
de cada uno de los investigadores de nuestras antigüedades, y extender más y más el conocimiento y
estudio de las obras de autores montañeses, así como de las relativas a cosas de esta provincia,
siquiera hayan salido de extrañas plumas, siempre que por su mérito o rareza sean dignas de salvarse
de la oscuridad y del olvido.
Concebido en tan generales términos el proyecto, no deja ni debe dejar campo a exclusivismos,
particulares aficiones ni tendencias aisladas. Todos los libros de verdadera importancia, absoluta o
relativamente considerada, originales o traducidos, impresos o inéditos, versen o no sobre la historia
del país, son títulos de gloria para la comarca que contó a los autores entre sus hijos. No cumpliría la
sociedad su objeto limitándose a reproducir uno o dos [p. 4] nobiliarios, tal cual crónica, alguna
relación de monasterios o de iglesias. Darían a lo más tales libros la historia externa de esta región
pero la historia interna , la historia intelectual quedaría del todo ignorada. Y conviene alentar la
segunda, hoy la menos explorada, dado caso que la primera cuenta de tiempo atrás con cultivadores
inteligentes y entusiastas. Por eso en nuestra colección admitiremos de igual manera los libros de
erudición que los de amena literatura, y al lado de tomos de documentos, útiles para nuestra historia,
aparecerán obras de solaz y recreación, viniendo en pos del severo tratado teológico la regocijada
novela, tras los secos y descarnados anales las poesías, más o menos estimables, en que ejercitó su
ingenio algún autor montañés de los pasados tiempos. Ni excluiremos de nuestra biblioteca al
aventajado humanista que en el siglo XVI dedicó sus tareas a la versión de tal o cual autor de la
antigüedad clásica, no porque tales versiones deban dispensar a nadie de la lectura de los originales,
sino como muestra del cultivo de los estudios filológicos en nuestro suelo, objeto útil de
comparaciones para los doctos, y parte del general tesoro de nuestra historia literaria provincial. A
nadie extrañe, pues, que a vueltas de las obras originales se den en esta serie bibliográfica dos o tres
libros traducidos.
Quizá no agrade a todos la extensión dada al proyecto, quizá los especialistas se lamenten de que no
sea su sección la preferida, y aun se compadezcan de quien piensa en reimprimir libros, en su sentir,
inútiles y ligeros. Grande es la variedad de pareceres entre los hombres, e imposible parece
conciliarlos todos. Si de algún modo ha de conseguirse, más bien será por la inclusión que por la
exclusión, puesto que en una colección abundante y copiosa cada cual hallará algo que le aproveche,
y a unos agradará lo que para otros sea de interés menguado. Los verdaderos amantes de las glorias
del país gustarán de ver reunidas en sus estantes las obras selectas de sus conterráneos distinguidos,
en cualquier género de estudios, puesto que todos han contribuído a la gloria del país, mucho más no
siendo tan rica nuestra bibliografía provincial que podamos impunemente abandonar con desdén
ninguna de sus partes, por insignificante que a algunos parezca.
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Del catálogo a continuación inserto se deducirán fácilmente nuestros propósitos, reducidos a dos
puntos capitales: I.º, formar [p. 5] una biblioteca de autores montañeses; 2.º, coleccionar obras y
documentos útiles para la historia de nuestra provincia.
Aunque bibliófilos, no seremos bibliómanos, y nos guardaremos de estimar el mérito de los libros por
su escasez o abundancia en el mercado. Obras hay rarísimas y pagadas a muy alto precio, que son, no
obstante, inútiles y aun estúpidas: libros hay que sin trabajo se encuentran y son, a pesar de eso,
excelentes. Entre la abundancia extremada y la rareza sin mérito escogeremos un medio; no
reimprimiremos, sino en último caso, libros muy frecuentes, pero nunca la escasez de una obra será
para nosotros motivo que autorice su reproducción, si no llena las condiciones que la crítica exige de
todo linaje de trabajos.
CONDICIONES DE LA PUBLICACIÓN
El número de socios no excederá de 300.
Los ejemplares irán numerados, y con el nombre del suscriptor a la vuelta de la ante-portada. Cada
socio recibirá su ejemplar mediante el pago de una cantidad proporcional a los gastos de impresión.
Las tiradas se harán en Santander, imprenta de José María Martínez, y no pasarán de 300 ejemplares,
impresos en papel de hilo de fábrica española, con tipos elzevirianos.
Dirigirá los trabajos de la Sociedad una Junta compuesta de señores
D. Gumersindo Laverde Ruiz, Dr. en Filosofía y Letras, individuo correspondiente de las Academias
Española y de la Historia, Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Valladolid, etc.,
etc.
D. Angel de los Ríos y Ríos, individuo correspondiente de la Academia de la Historia.-Proaño
(Reinosa).
D. José María de Pereda, individuo correspondiente de la Academia Española.
D. Amós de Escalante, (Juan García), individuo correspondiente de la Academia de la Historia.
D. Marcelino Menéndez y Pelayo, Dr. en Filosofía y Letras.
La lista de los 100 suscriptores hasta hoy reunidos y de los que en adelante se agregaren, aparecerá en
los periódicos de esta [p. 6] capital, y en cada uno de los volúmenes que diere a la estampa la
Sociedad de Bibliófilos.
La Sociedad invita a los poseedores de obras raras, impresas o manuscritas, de autores montañeses, o
relativas a cosas del país, para que se sirvan dar noticia de ellas o facilitarlas para su publicación.
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OBRAS QUE ENTRE OTRAS SE PROPONE PUBLICAR LA SOCIEDAD DE BIBLIÓFILOS
Memorias antiguas y modernas de la iglesia y obispado de Santander, por don Joseph Martínez
Mazas. Ahora por primera vez impresas, con un prólogo de Juan García. Aparecerá dentro de
algunos meses.
Leyendas escogidas de don Telesforo Trueba y Cosío, traducidas del inglés nuevamente, con un
prólogo de don José María de Pereda.
Obras poéticas de don Antonio de Mendoza, edición más completa que las dos anteriores, así en la
parte lírica como en la dramática, con un prólogo de don M. Menéndez Pelayo.
Discurso de la figura cúbica.-Libro de diseños y estampas del Escorial y otros opúsculos del
arquitecto Juan de Herrera, con una colección de escritos relativos a su persona.
Memorias relativas a la situación y límites de Cantabria. (Zurita, Ohienart, Peralta Barnuevo, Flórez,
Risco, Floranes).
La Cantabria: colección de pasajes de autores griegos y latinos, relativos a la historia y geografía de
esta comarca, nuevamente traducidos según las ediciones más correctas y recientes, y ampliamente
ilustrados.
Diálogos de arte militar.-Discurso de la navegación de Oriente y noticias de la China, del
beneficiado de Laredo don Bernardino de Escalante.
Los Metamorfoseos de Ovidio, traducción de Jorge de Bustamante, con un discurso preliminar acerca
de las traducciones castellanas de aquel poema latino. Comedia Gaulana del mismo Bustamante.
La Historia de Justino, traducida por el mismo Bustamante con una introducción bio-bibliográfica
sobre este traductor montañés.
[p. 7] Libro de las bienandanzas e fortunas, de Lope García de Salazar (los cinco postreros libros).
Ms. del siglo XV.
Relaciones de varias iglesias. Ms. del siglo XVI.
Colección de documentos útiles para la historia del país.
Disquisiciones mágicas, del P. Martín del Río, por primera vez traducidas al castellano, descartadas
de mucho fárrago inútil, y precedidas de un discurso sobre la magia y las artes demonológicas en el
siglo XVI.
Syntagma tragediae latinae, del P. Martín del Río, extracto razonado, con una introducción sobre la
tragedia latina y sus ilustradores.
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Extracto razonado del Pleyto de los valles.
Obras inéditas del P. La Canal.
Obras inéditas de Floranes.
Antigüedades de la villa de Santander, por D. J. de Castañeda (Ms.).
Memorias a Santander y expresiones a Cantabria, por Fr. Ignacio de Bóo Hanero (Ms.)
Poesías líricas francesas de D. J. Trueba Cosío.
Con otras que se anunciarán oportunamente.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 3]. [1] Nota del Colector.- Se publicó en hoja suelta (Imp. J.M. Martínez. Santander) y se recogió
en las páginas de La Tertulia, Santander, 1876. Aunque va sin firma, consta que su redacción la hizo
Menéndez Pelayo.
Se colecciona por primera vez en Estudios de Crítica Literaria.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 9] D. ANTONIO FERNÁNDEZ PALAZUELOS (JESUÍTA EXPULSO Y POETA
MONTAÑÉS) [1]
No es tan grande el número de los poetas montañeses anteriores a nuestro siglo, ni tal el valer e
importancia de los más de ellos que pueda tenerse por cosa indiferente o excusada el hallazgo y
noticia de uno más, aunque no pase de cierta decorosa medianía. El que voy a dar a conocer a mis
lectores brilló fuera de España, por su copiosa doctrina y buen gusto literario, y nos ha dejado una
colección bastante numerosa y ya rarísima de traducciones poéticas, que atestiguan la familiaridad
que logró con los más excelentes modelos de la poesía hebraica, y de la italiana e inglesa. Pertenecía
a aquella brillante colonia jesuítica, que el absolutismo regalista de los ministros de Carlos III
desterró a Italia, donde tan alta muestra dieron de la cultura científica de la ingrata patria que los
lanzaba de su seno. Ya lo he dicho en otras partes [2] y aquí conviene repetirlo. En un solo día
arrojamos de España: [p. 10] al P. Andrés, creador de la historia literaria, el primero que intentó
trazar un cuadro fiel y cumplido de los progresos del espíritu humano; a Hervás y Panduro, padre de
la filología comparada y uno de los primeros cultivadores de la etnografía y de la antropología; al P.
Serrano, elegantísimo poeta latino, imitador y vindicador de Marcial; a Lampillas, el apologista de
nuestra literatura contra las detracciones de Tiraboschi y Bettinelli; a Nuix, que justificó contra las
declamaciones del Abate Raynal la conquista española en América; a Masdeu, que tanta luz derramó
sobre las primeras edades de nuestra historia, siempre que su crítica no se trocó en escepticismo
volteriano; hombre ciertamente doctísimo y a cuyo aparato de erudición muy pocos de nuestros
historiadores han llegado: a Eximeno, filósofo sensualista, matemático no vulgar, e ingenioso autor
de un nuevo sistema de estética musical; a Garcés, acérrino purista, enamorado del antiguo vigor y
elegancia de la lengua castellana, dique grande contra la incorrección y el galicismo; al P. Arévalo,
luz de nuestra historia eclesiástica y de las obras de nuestros Santos Padres y poetas cristianos, que
ilustró con prolegómenos tan inestimables como la Isidoriana o la Prudentiana , que Huet o
Montfaucon o Zaccaría no hubieran rechazado por suyos: al P. Arteaga, autor del mejor libro de
Estética que se publicó en aquel siglo (fuera del Laoconte ), fundador juntamente con Lessing de la
crítica de teatros, historiador de las revoluciones de la ópera italiana, hombre de gusto fino y
delicadísimo en toda materia de arte, sobre todo en la crítica dramática, como lo muestran sus juicios
acera de Metastasio y Alfieri, que Guillermo Schlegel adoptó íntegros; al P. Aymerich, que exornó
con las flores de la más pura latinidad un asunto tan árido como el episcopologio barcelonés, y que
luego en Italia se dió a conocer por paradojas filológicas entonces tan atrevidas, como la defensa del
latín eclesiástico, y el deslinde de la lengua rústica y la urbana; al P. Plá, uno de los más antiguos
provenzalistas, émulo de Bastero y precursor de Raynouard; al P. Gallisá, discípulo y digno biógrafo
del gran romanista y arqueólogo Finestres; a Requeno, el restaurador de la pintura pompeyana e
historiador de la música y de la pantomina entre los antiguos; a Colomés y Lassala, cuyas tragedias
admiraron a Italia, y fueron puestas en rango no inferior a la Mérope de Maffei; al P. Isla, [p. 11] para
cuya alabanza bastan su popularidad de satírico nunca marchita, y el recuerdo de su Fr. Gerundio; a
Montengón, casi el único novelista de entonces, imitador del Emilio de Rousseau en el Eusebio , e
iniciador de una especie de novela histórica en el Rodrigo; al P. Aponte, maravilloso helenista,
restaurador del gusto clásico en Bolonia, autor de un nuevo sistema gramatical muy próximo al que
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hoy usamos, maestro de Mezzofanti, e insuperable traductor de Homero, al decir de Moratín que
llegó a ver sus manuscritos, hoy lastimosamente perdidos; al P. Pou, por quien Herodoto habló en
lengua castellana; a los matemáticos Campserver y Ludeña; al P. Alegre, insigne por su virgiliana
traducción de Homero; al P. Landivar, cuya Rusticatio Mexicana recuerda algo de la hermosura de
estilo de las Geórgicas y anuncia en el poeta dotes descriptivas de naturaleza americana no inferiores
a las de Andrés Bello; a Clavigero, el historiador de la primitiva México; a Molina, el naturalista
chileno; al P. Lacunza, peregrino y arrojado comentador del Apocalipsis, acusado de renovar el
milenarismo; al Padre Gener, que proyectó y en gran parte realizó el plan de una vastísima
enciclopedia teológica, que implicaba una absoluta renovación de los estudios eclesiásticos, basada
en la alianza del método histórico y positivo con el escolástico; al P. Gustá, controversista incansable,
siempre envuelto en polémica con jansenistas y filosofantes, impugnador de Mesenghi y Tamburini,
y apasionado biógrafo de Pombal; al P. Pons, que cantó en versos latinos la atracción newtoniana; al
P. Prats, ilustrador de la inscripción de Rosetta y de la rítmica de los antiguos; a Prat de Saba,
bibliógrafo de la Compañía y fecundísimo versificador latino, autor de los tres poemas Pelagius,
Ramirus y Ferdinandus , ingeniosos remedos virgilianos; a Salazar, brillante imitador de la Estér de
Racine en su Mardoqueo, una de las tragedias del siglo pasado mejor escritas, y versificadas con más
elegancia; a Diosdado Caballero que echó las bases para la historia de la tipografía española; al Padre
Gil, vindicador y defensor de las teorías de Boscowich... ¿Quién podrá enumerarlos a todos ni a los
más insignes siquiera? Colocados nuestros jesuítas en la situación más ventajosa para aprovecharse
del saber de los extraños, cumplieron la noble tarea de traer a su patria los resultados más positivos de
la cultura de aquel siglo, siendo eficaces intermediarios entre las dos Penínsulas [p. 12] hespéricas,
unidas entonces casi tanto como en el siglo XVI por la comunidad de estudios y de gusto literario.
El modesto poeta de quien voy a tratar y que nos interesa por razón de paisanaje, no alcanza la
notoriedad ni el mérito de la mayor parte de éstos, pero a su modo trabajó dignamente en la misma
empresa civilizadora, y por merece el absoluto olvido que hoy pesa sobre su memoria. Por primera
vez vi citado su nombre en el insigne tratado De la Belleza Ideal, dado a luz por el P. Arteaga en
1789 (p.133). Allí se menciona la traducción del Paraíso perdido «que actualmente hace en Italia don
Antonio Palazuelos» y se copian incidentalmente unos versos del canto 5.º, traducidos con más
fidelidad que armonía. Más adelante vino a mis manos un tomo que contenía cinco distintas obras de
Palazuelos, para mí totalmente desconocidas, a pesar de haberme dedicado por mucho días a buscar
noticias de traductores españoles para cierta bibliografía que preparo. Estas obras eran:
1.ª Cánticos de Salomón. Versión poética en metro Metastasiano por el autor de la del «Salterio», de
la de Job, y de Milton. 8.º XL páginas, sin lugar ni año. Con una dedicatoria a la duquesa de Frías.
2.ª La Divina Providencia o Historia Sacra Poética de Job, versión de un Filópatro expatriado,
dedicada al Príncipe de la Paz. 8.º, 71 páginas de letra menudísima, sin lugar ni año. Con una
dedicatoria al Príncipe de la Paz y un Prólogo al cristiano lector. Al fin del libro hay un epigrama
latino del mismo autor.
3.ª Ensayo del hombre en cuatro epístolas, de Alexandro Pope, traducido por un Filópatro. En
Venecia, por Antonio Zatta, 1790 . XCIV pp. Con una dedicatoria en verso a la señora condesa Juana
de Onofri Fiorenzi Martorelli, Patrizia Espoletina.
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4.ª El Magisterio Irónico del Cortejo, o el chichisveo del célebre Abate Parini, versión de un
Filópatro expatriado. 8.º, 68 pp. Con una dedicatoria fecha en Venecia 14 de Junio de 1796 a la
Infanta de España, Princesa de Parma, Plasencia y Guastalla, doña María Luisa de Borbón. Firma don
Antonio Fernández Palazuelos. Bajo el extravagante título de El Magisterio Irónico se oculta nada
menos que el famoso poema del Abate Parini, intitulado Il Giorno. Al fin hay dos sonetos italianos,
uno de ellos indudablemente de Palazuelos, y otro de un amigo suyo, cuyo nombre no se expresa.
[p. 13] Tengo alguna sospecha de que estas versiones, aunque impresas, no llegaron a ser publicadas,
esto es, a circular. A excepción del Ensayo sobre el Hombre, ninguna de ellas tiene portada ni
indicios de haberla tenido jamás. En segundo lugar son tan raras, a pesar de su fecha no muy remota,
que nunca he visto de ellas más ejemplar que éste, el cual puede ser muy bien un ejemplar de capillas.
Pero a pesas de toda su rareza, no se ocultó este jesuíta a las asiduas investigaciones del más
profundo conocedor de nuestra historia literaria de la centuria pasada, el delicado crítico don
Leopoldo A. de Cueto, marqués de Valmar. Es cierto que no le menciona en su admirable y
copiosísimo Bosquejo histórico-crítico de la poesía castellana del siglo XVIII, publicado en la
Biblioteca de Rivadeneyra, donde naturalmente hubo de prescindir de muchos poetas de tercero o de
cuarto orden, pero en un Catálogo bibliográfico de dichos poetas, trabajo complementario que no
llegó a ver la luz, y que el señor Cueto nos ha regalado manuscrito con generosidad que no podemos
encarecer bastante, aparece, entre otros innumerables vates oscuros, el nombre de don Antonio
Fernández Palazuelos, con nota bibliográfica de tres traducciones suyas, el Ensayo sobre el hombre,
la Historia Sacro-Poética de Job, y una que no está en mi colección y jamás he visto:
- La Tertulia del Abate Bondi, traducción en verso suelto. En Venecia, por Antonio Zatta. 1795.
De la traducción de Il Giorno remití el año pasado algunos fragmentos a mi amigo y condiscípulo el
ingenioso literato mallorquín J. Luis Estelrich, para que los insertara, como lo hizo, en su rica
Antología de poetas líricos italianos traducidos en verso castellano. Pero no pude darle entonces
ninguna noticia biográfica del autor, porque ninguna tenía, y no sospechaba siquiera que fuese
paisano mío. Al cabo reparé en unos versos que muy inoportunamente intercala, como otros varios de
su cosecha, en la traducción de Il Giorno de Parini, y en los cuales hace la apología de sus propias
composiciones:
Sin gálicos resabios moduladas
Del montañés Besaya en rancio idioma.
[p. 14] Estos versos fueron para mí un rayo de luz. Abrí inmediatamente la Bibliothèque des
écrivains de la Compagnie de Jésus , monumental trabajo de los PP. Agustín y Luis de Backer,
publicado en Lieja desde 1853 a 1861, y en el tomo VI o sexta serie, pág. 414, leí con júbilo los
siguientes renglones:
«Antonio Fernández Palazuelos nacido en Santander (España) el 16 de julio de 1748, entró, en la
provincia de Chile, el 17 de julio de 1763. Después de la supresión de la Compañía, dirigió la
educación de muchos caballeros principales.»
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Y a renglón seguido, citan los bibliógrafos jesuítas, cuatro obras de Palazuelos, es a saber, el Ensayo
sobre el hombre, los Cánticos de Salomón, El Salterio Davídico profético de los sentimientos del
Pueblo de Dios en metro cantabile (Venecia, por Antonio Zatta) y La Tertulia del abate Bondi ...
Versión en verso suelto por el autor de la Job, de Pope, de Milton y de Parini en el mismo metro
(Venecia, por Antonio Zatta, 1795,12.º).
Resulta, pues, que son siete por lo menos, las obras impresas del P. Fernández Palazuelos, y que al
parecer nadie las ha visto juntas, puesto que Cueto vió tres, los PP. Backer cuatro, y yo cinco.
También podemos conjeturar, en vista de la indicación de Arteaga y del empeño con que Palazuelos
se titula al principio de sus libros «traductor de Milton», que logró llevar a bueno o mal término su
versión del Paraíso perdido y aún imprimirla. En este caso, un día u otro ha de parecer de fijo, y
como Palazuelos, a pesar de sus defectos de gusto que luego se indicarán, no carecía de condiciones
poéticas y sabía bien el inglés, es de presumir que su versión de Milton, citada con recomendación
por tan buen juez como el P. Arteaga, sea menos desmayada que la de don Benito Hermida, y sobre
todo que la del canónigo Escoiquiz, pésimo y arrastrado versificador, de tan mala memoria en las
letras como en la política.
Bien hubiera querido añadir algunos datos a los muy concisos, aunque sustanciales, que los PP.
Backer nos suministran, tomándolos sin duda de los registros y libros de profesiones de la Compañía.
Sabemos la patria de Palazuelos, la fecha de su nacimiento (que es fácil comprobar examinando los
libros parroquiales, lo cual no hago hoy por no dilatar más la publicación de este artículo). Sabemos
también que desde 1763 hasta 1767, fecha de la [p. 15] expulsión, residió en la provincia de Chile. Si
llegan estos renglones a manos de alguna de los muchos cultivadores de los estudios históricos, tan
florecientes hoy en aquella República, quizá le sea fácil descubrir alguna huella del paso de nuestro
poeta santanderino por las regiones del Sur de América. Sabemos, finalmente, que en Italia, después
de la extensión de la Compañía, se dedicó a la enseñanza privada como ayo o preceptor en casas
nobles, profesión que eligieron otros muchos jesuítas españoles, entre ellos el P. José Torres, que fué
maestro del gran Leopardi. Fáltame toda noticia relativa a los últimos años de Palazuelos, y hasta
ignoro si llegó volver a España o si murió en Italia, lo cual parece más creíble, puesto que su edad, ya
bastante avanzada al finar el siglo, no hace creer que pudiera alcanzar hasta 1815, fecha de la
restauración de la Compañía en los dominios españoles. [1]
Apenas nos ha dejado el P. Palazuelos versos originales en lengua castellana; yo a lo menos no
conozco otros que los de las infelicísimas dedicatorias de algunos de sus poemas y los de una sátira
todavía más infeliz, que va al fin del tomo que contiene su versión del Ensayo de Pope. Pero en latín
y en italiano los hacía con mucha elegancia y muy buen gusto. El siguiente epigrama (en el sentido
antiguo de la palabra, esto es, inscripción ), a una efigie de Nuestra Señora, que tenía el autor en su
cuarto, es (a pesar de lo sagrado del asunto) un primor de elegancia mimosa y de gracia mórbida,
semejante a la de Catulo hasta en la afectación de los diminutivos:
Nusquam ¡pol! magis emicant, nitentque
Venustasque, pudorque, gratiaeque.
Flavis caesaries comis renidet,
[p. 16] Frontem laetitia explicat serena;
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Pudor virgineus inest ocellis,
Genisque in rubeis ebur coruscat;
Rubent turgidulo labella in ore,
Surgit tornatilis, teresque cervix,
Lacteusque sinus utrimque turget,
Manusque, atque habitus perelegantes.
Tot dotes tibi sunt quot astra coelo.
Quam solo potis est beare visu!
Quo mihi liceat frui per aevum.
El epigrama es tan profano y riñe tanto con el título (Ad effigiem B. M. V. penes auctorem) que
cualquier malicioso pudiera pensar que el autor le tenía compuesto a menos santo propósito, y luego
con el título quiso cristianizarle. De su destreza como versificador italiano puede dar testimonio el
soneto que compuso a la muerte de su amiga la Condesa Juana de Onofri Fiorenzi Martorelli, patricia
de Spoletto, la misma ilustre señora a quien había dedicado en 1790 el Ensayo de Pope sobre el
Hombre, ponderando en la dedicatoria su «generosa prosapia y gran fortuna»,
La singular modestia en tal belleza.
La discreta cultura en tal talento.
Muerta ésta, que Palazuelos llama «gran Matrona», un amigo suyo le dirigió el siguiente sonetoconsolatorio:
Antonio, ahimé! mota è colei che avvinto
T´ebbe molti anni in amistá verace;
Fosti amator non di beltà fugace!,
Ma dell esempio di virtù non finto.
Giacque anzi tempo il nobil genio estinto,
E nell´egro tuo cor non hai più pace:
Ogni pensiero di letizia tace;
Tutto t´appare di mestizia cinto.
Che poss’io dir? ah si di sfera in sfera
Sai le vie di poggiar, all´alma bella
Volgi lo sguardo di tua mente altera;
Ivi vedrai per tuo conforto ch´ella
Ornata dell´immagine primiera
Ritorna a fiammeggiar su la sua stella.
Y nuestro poeta montañés respondió por los mismos consonantes, mostrando sus no vulgares
disposiciones para el cultivo de la poesía petrarquesca:
[p. 17] Paolo, quel duol, che ancor mi tiene avvinto
Fra catena infragibile verace,
Non piange, no, morta beltà fugace.
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Paragon di virtù bensì non finto.
Arde Fenice in rogo, ahi! non stinto,
E incombustibil giacque in alma pace:
Quel dolce accento, ahimé! in eterno tace,
E me sol lascia di amarezza cinto.
Por mi porta il desio su quella sfera,
Dove riposa l’alma pura e bella,
E più amabil la veggo, e meno altera,
E al volger d’occhi riconosco ch’ella
Serba per me la sua bontà primiera
Folgoreggiando in mezzo alla sua stella.
No ha sido rara entre los montañeses la aptitud para escribir versos y prosas en la lengua extraña,
como lo prueba el grande ejemplo de Trueba y Cosío, cuyos libros se reimprimen todavía en las
colecciones de clásicos ingleses, y el de La Serna Santander que escribió en francés la mayor parte de
sus grandes trabajos sobre la historia de la Imprenta. A estos nombres y a otros menos conocidos, es
justo añadir el de Fernández Palazuelos, versificador no vulgar en lengua toscana.
Pero también lo fué en castellano, aunque no nos haya dejado más que traducciones. Poeta sin duda
de corto vuelo, y de inspiración propia no bastante rica, buscó el calor de la inspiración ajena, y pidió
modelos a las literaturas más distintas, demostrando así su flexible capacidad para entender y sentir la
belleza bajo muy distintas formas. La poesía sublime y profética de los sagrados libros alternaba en
su estudio con el arte virgiliano de Parini, admirable cincelador del endecasílabo, y exquisito artífice
de una ironía amplia y majestuosa, que levantó la sátira a la altura de epopeya. Y de Parini pasaba sin
esfuerzo a la sentenciosa concisión del arte de Pope y a la volcánica región en que se mueve el
sombrío y terrible poeta puritano que grabó con buril de fuego los combates de los ángeles y las
desesperaciones de Satanás vencido.
Si al buen gusto en la elección de los textos poéticos que interpretó hubiese correspondido el arte de
estilo que no poseyó más que a medias, Palazuelos merecería ocupar un puesto muy distinguido en la
literatura nada original de su siglo. Pero las [p. 18] circunstancias de su vida, pasada la mayor parte
fuera de España, le hicieron, si no olvidar el uso de su lengua y el ritmo propio de ella, a lo menos
desatenderle en muchas ocasiones, plagando sus versos, no siempre eufónicos, de voces anticuadas,
de italianismos, de construcciones puramente latinas y lo que es peor, de neologismos bárbaros
caprichosamente inventados por él. Hay trozos de sus poemas que parecen escritos en una
inextricable jerigonza. Véase alguna muestra:
En llanto horrible resonar fué oída
La régia [1] del amor. El lento anciano
Con su encrespada cute , osó protervo
Contender con el nieto, en la presencia
Del monarca común, no sin ruidosa
Derision de los jóvenes mordaces.
...............................
Tú, pues, cuando rayare la mañana
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Con plácidos albores, al paseo
Jocundo y salutífero, pedestre
Te encamina, y conforta con el aura
Matutina, tu ajada, aunque celeste
Complexión: de badana la más fina
Purpureos botines te caucionen
Pulposas pantorrillas contra el lodo
O el polvo molestoso...
...............................
Entre banquetes vespertinos lautos
Avanzarme osaré cantor humilde
...............................
Sermocinar contigo si queremos...
Estos ejemplos están tomados al azar en la traducción de Il Giorno, última obra que conocemos de
Palazuelos, y en la cual, así como se encuentran sus mejores versos, así se encuentran también
llevado hasta la última exageración este singular estilo. Añádese a esto que tampoco suele respetar la
prosodia de las palabras, tomándose tan exorbitantes licencias como pronunciar constantemente
purpuréo, eburnéo, protótipo, y otros verdaderos [p. 19] barbarismos, inexplicables en un
versificador tan ejercitado y que no carecía de soltura. De inversiones no se hable: la sintaxis de
Palazuelos es poco menos que latina;
. . . . . . . . . . . . . . . . . . Con poniente
No te sentaste Sol a parca cena
.............................
Es uno de los casos de hipérbaton más leves que en él encontramos.
Pero en medio de este lenguaje estrafalario, que a primera impresión desagrada, tanto, centellean muy
de continuo en los desaliñados versos del jesuíta de Santander intenciones y rasgos verdaderamente
poéticos, y se advierte laudable esmero en huir de prosaísmo de dicción, verdadera calamidad de las
letras en aquel siglo, esforzándose el autor de mil maneras y con mil diversos artificios, de mejor o
pero gusto, en levantar el tono y acomodarle a la grandeza de los asuntos. Tres libros poéticos de la
Sagrada Escritura tradujo: los Salmos, el Cántico de los cánticos y el Libro de Job. No he visto el
Salterio, y sólo sé, porque el autor nos lo dice en uno de sus prólogos, que estaba en metro cantable ,
con la mira de «sustituirlo a tantas cantilenas populares, carros triunfales de nuestra vergonzosa
corrupción». Por tanto debía estar calcada sobre el modelo de la versión italiana, entonces
celebradísima, del canónigo napolitano Saverio Mattei, que tuvo la extraña ocurrencia de convertir
los salmos en arias de ópera metastasiana. La boga de los versos de Mattei, totalmente infieles al
espíritu y a la letra de la poesía hebrea, pero fáciles y melodiosos, fué tan grande como pasajera.
Todo el mundo sabía de memoria en Italia y en España algunas de estas versiones.
Dell´Eufrate sul barbaro lido
Rimembrando l´amata Sione,
Mesto, afflito, confuso m´assido,
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E frenarmi del pianto non so.
Lungi il canto: di lagrime amare
Sol si pasce l´afanno ch´io sento:
Ad un salcio, ludibrio del vento,
La mia cetra qui pender faró.
...............................
[p. 20] No se aventura mucho con creer que el P. Palazuelos imitaría los metros de Mattei, como lo
hizo en Portugal la marquesa de Alorna, y en Méjico el elegante y clásico Pesado.
Tentativa del mismo género es la paráfrasis de los Cánticos de Salomón hecha por nuestro jesuíta en
metro metastasiano. También aquí tuvo a la vista un modelo italiano muy conocido: la paráfrasis del
Padre Carmelita Evasio Leone, El mismo Palazuelos lo confiesa francamente. «Evasio Leone ha sido
mi luminoso dechado.» Aunque él no lo dijeran bastaría comparar ambas versiones, para convencerse
de que Palazuelos ha traducido el texto italiano de Evasio Leone más que el latín de la Vulgata, y más
que el hebreo del original, aunque no fuese totalmente forastero en la lengua santa. Así empieza la
versión del Carmelita:
Per te si strugge, il sai, prence adorato,
Quest´anima fedele. Un bacio solo
Del tuo porporeo labbro
Deh, non mi niega. ¡ Oh quanto
E´dolce l´amor tuo! non così dolce
Per le vene serpeggia el più soave
Generoso licor. Dovunque il passo
Movi, mio ben, di preziosi unguenti
Spira l´aura odorata. Ah! non a caso
Le più belle e ritrose
Donzellette vezzose
Allampano per te, se il tuo sol nome,
Se il tuo bel nome sol ne´ loro cuori
Desta, e mantiene i fortunati odori.
...............................
Y empieza la de Palazuelos:
Alámpase por ti príncipe amable,
Amante esta alma mía: Un solo, un solo
Osculo de tus labios
Imprímeme siquiera. ¡Oh quán suave,
Oh quán fuerte es tu amor! no hay vino alguno
Comparable con él. Tu dulce nombre
Articulado sólo
Efluvios odoríferos difunde
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De confección preciosa: sus destellos
De vírgenes inflaman pechos bellos.
[p. 21] Otras veces la semejanza es menos patente. Palazuelos sigue paso a paso las mismas
combinaciones de metros que usa Evasio Leone, pero en la parte cantable no suele ceñirse a las
mismas palabras ni siquiera a las del texto. En este mismo capítulo tenemos algún ejemplo de ello.
Dice Evasio Leone:
Ah non lasciarmi no,
Tu che mi struggi il cor
Col raggio feritor
Di que´ bei lumi.
A cosí cara guida
Io sempre unita, e fida
Dietro l´odor verró
De´ tuoi profumi.
Los versos de Palazuelos correspondientes a éstos en el metro, pero muy diversos en la sustancia, son
los siguientes:
De tu imán, caro esposo,
Mi corazón robado
Suspira por ti ansioso,
Derrítese, mi bien.
Ablándete mi ruego,
Sígote, dueño mío,
Mírame sin desvío,
Trátame sin desdén.
Pero a renglón seguido en el recitado vuelve a notarse la huella de Evasio Leone:
Che miro! Oh me felice! Ed è pur vero?
Dunque i miei voti a te non porsi in vano?
Tu stendi a me la man,-e tu non sdegni
Teco guidarmi ove più splende adorno
D´ostro e di gemme el tuo real soggiorno.
PALAZUELOS
Qué veo? soy feliz: no ha sido vana
Mi súplica amorosa; sí, la mano
Me extiendes adorable, y a tu regio
Tálamo me conduces. ¡Qué deleite,
Qué jubilo me espera en la memoria
De nuestra dilección más vehemente
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Que vinoso licor el más potente!
...............................
[p. 22] Cándida no es mi tez, soy bella empero,
Doncellas de Sión: ¿no son morenas
Las tiendas de los Arabes, y pardos
De Salomón los reales pabellones?
Ah! no miréis mi tórrido semblante
Alterado del sol, que mi belleza
Ofuscar no ha podido. A la custodia
De viñas me apremiaron inhumanos
Con daño de mi viña mis hermanos.
Estos últimos versos son ciertamente felices, pero gran parte de su mérito ha de atribuirse al carmelita
toscano:
Bianco non è questo sembiante, é vero,
O di Solima figlie: e pur son bella.
Bruni non son gli alberghi, ove dimora
L´arabo abitator? Brune non sono
Di Salomon le tende? Ah non mirate
Quel che mi tinge el volto
Fosco color: se il sole
Il candore oscurò del volto mio,
La beltà non gli tolse. I miei germani
M´astrinsero sdegnosi
A custodir le pampinose vigne.
No insistamos en este paralelo, ni recordemos tampoco la lindísima imitación que de la paráfrasis de
Evasio Leone hizo con evidente superioridad el mejicano Pesado mezclado en ella hábilmente
recuerdos del estilo de Fr. Luis de León, insuperable traductor y comentador del Cántico de los
cánticos. Pero creemos firmemente que si la traducción del P. Palazuelos no tuviera tantas
extravagancias de dicción y tanto latinismo inútil, competiría ventajosamente con la de González
Carvajal, que cuanto le vence en pureza de lengua, otro tanto le queda inferior en aliento y brío
poético. Citaremos algunos otros pasajes, único medio de dar a conocer una obra completamente
desconocida. Obsérvese con qué facilidad y armonía Palazuelos los versos cortos. Había adquirido en
Italia el sentido de la poesía musical, y hubiera sido excelente poeta de librettos o de oratorios.
Entre las sombras pálidas
De noche silenciosa
Ningún descanso plácido
Mi ánima amorosa
Permite al corazón.
[p. 23] Siempre palpita tímido,
Diciendo en sus latidos:
Por qué se tarda? Búsquese
Con todos los sentidos
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La sola, la adorable
Causa de mi pasión.
( Cántico IV)
........................
Venid, venid con júbilo
A contemplar glorioso
A vuestro augusto esposo,
Ornado con diadema,
Doncellas de Sión.
Ciñósela su madre
Como nupcial coyunda,
Cuando le dió fecunda
Gratísima consorte
En día de fruición.
( Cántico V)
........................
Mis pasos sigue, esposo: ven, conmigo
A vivir en la quinta: allí de acuerdo
A la risueña aurora
Iremos a mirar en nuestra viña
Los vástagos floridos con follajes
Y jugosos agraces: y veremos,
Con placer renaciente, si el ganado
Está ya repastado
De flores y de frutos.
Con requiebro amoroso
Haremos allí prueba
De conyugal caricia siempre nueva.
Allí entre blanda hierba
Expiran mil olores,
Mil apacibles flores,
Esposo, para ti.
Ya del pasado otoño,
Ya frutas del reciente,
Amante diligente,
Para mi amor cogí.
Además de los salmos y del Cántico de los Cánticos tradujo Palazuelos el libro de Job, tomando aquí
por modelo la versión italiana del abate Ceruti. «He procurado seguir sus huellas [p. 24] luminosas
(dice) especialmente en la majestuosa versificación dignísima de lo sublime de la materia, y del estilo
original, superior a cuanto se conoce en este género.» Hay trozos de noble estilo y de versificación
muy robusta, salvo la profusión de asonantes que el oído del P. Palazuelos, acostumbrado a la lengua
italiana, ya seguramente no percibía:
Mal haya, sí, mal haya el primer día
Que vi, y la noche que anunció primera
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Mi acerba concepción: nunca la lumbre
Su tiniebla ilumine: hórrida sombra
Le ofusque tenebrosa: negra nube
Para siempre le encubra: siempre el cielo
Le mire con desdén . . . . . . . . . . . . . . . . . .
..................................
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Oh noche, noche,
Criminal, malhadada. ¡ Envuelta seas
En lobreguez palpable: mes ninguno
Te cuente entre las suyas: ningún año
De júbilo resuene en ti desierta.
Quien mal augura el día te maldiga
O quien en vano al Leviathán acecha.
Su oscuridad profunda eclipse el brillo
Del lucero y estrellas, cuya lumbre
Espere y nunca vea; ni la aurora
La ilustre con su albor. . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿ Por qué la muerte
No sofocó mi hábito en el gremio
O no expiré a lo menos aun naciente?
..................................
Yaciendo en paz ahora, en grato sueño
Con reyes me estaría y con magnates
Árbitros de la tierra que palacios
Fabricaron magníficos y yermos,
Con príncipes que erarios de tesoros
Codiciosos hincheron de oro y plata.
La luz intempestiva no vería
Aborto y embrión: allí del impío
El estruendo enmudece: allí el reposo
El fatigado encuentra: en tregua y calma
Allí la voz no escucha del tirano
Imperioso, el cautivo: allí en confuso
Con el pequeño el grande está, y el siervo
Libre de su opresor. . . . . . . . . . . . . . . . . .
[p. 25] El que en pleno siglo de poesía prosaica acertaba a interpretar con tan viril crudeza las
amargas maldiciones del patriarca idumeo, podría ser en la lengua todo lo incorrecto que se quiera (ni
de ello es responsable apenas) pero tenía sin duda instinto de poeta.
Otro ingenio montañés, algo posterior, el muy docto Deán de Orense don Juan Manuel Bedoya
(natural de Serna en el Marquesado de Argüeso) llevó a término un completa versión de los libros
poéticos de la Escritura con el título de Los Poetas Inspirados. No sabemos que se haya impreso
entera, y quizá el autor desistió modestamente de ello, al parecer la de su amigo González Carvajal,
en quien reconocía muy superior estro. A juzgar pro los fragmentos que conocemos, la tradición de
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Bedoya, es más fiel y literal que la de Palazuelos, y arguye estudio más detenido de las sagradas
Escrituras, pero en energía y color poético me parece bastante inferior. Véanse, como curiosidad no
ajena de nuestro asunto, puesto que no salimos del campo de nuestra literatura provincial, la
traducción que hace Bedoya de los mismos versículos del cap. 3.º de Job, que antes hemos insertado
traducidos por Palazuelos:
¡ Ah día en que nací, si nunca fueras,
Ni noche en que varón fuí concebido!
Tornara a las tinieblas ese día,
Ni contara con él el alto cielo,
Ni de sobre él quitara el negro velo
El astro de la luz! No más le ocupen
Que densa oscuridad, sombras y luto:
En duelo y amargor envuelto sea.
¡ Y aquella noche fea
Aciaga y borrascosa
Y sola y temerosa
Dó de amor no se oyeran himnos castos,
Los venturados años y los meses
Por siempre la prescriban de sus fastos!
Con horrendos denuestos la maldigan
Los a imprecar azares avezados,
El mago que al dragón invoca fiero
Y la falsa endechera quejumbrosa.
Niéguenle las estrellas sus fulgores,
Ni le amanezca el sol, ni vea ufana
El grato pestañear de la mañana.
[p. 26] ¿Por qué el seno materno me dió albergue
Y no excusó a mis ojos cuitas tantas ?
¿ Por qué dentro del vientre
No perecí, o apenas de él salido ?
¿ Por qué la compasión en sus rodillas
Me franqueara el nacer el primer lecho ?
...................................
Ahora ya en el silencio
Pasara descansado
A par con el monarca y potentado
Que para sí labraron en los montes
Soberbios monumentos,
Y con los opulentos
Que el oro amontonaron y la plata.
No fuera más de mí ¡desventurado!
Que del feto abortivo que se esconde
Sin deber una ojeada cariñosa:
O, como el niño que en el claustro oscuro
Antes que de sus lazos se liberte,
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Sin la vida gustar, gustó la muerte.
Allí ya deja de turbar la tierra
El impío, el tirano, el belicoso:
Apurado su brío al fin sosiega.
Allí los otros tiempos encarcelados
Del molesto opresor la voz no escuchan.
...................................
No hallada hasta hoy la traducción de Milton que hizo Palazuelos, sólo podemos juzgarle como
traductor del inglés por la que publicó del Ensayo sobre el hombre de Pope. Y en verdad que
parecería extraño, si no tuviéramos tantas pruebas del espíritu amplio y sobre manera tolerante que
reinaba en la colonia jesuítica, el ver a un Padre de la Compañía entretener sus ocios con la versión
de aquel código poético del deísmo y del optimismo leibnitziano, que al mismo Voltaire
impacientaba, y que tan difícil de conciliar parece con el dogma del pecado original. Taine ha dicho
ingeniosamente que el Ensayo sobre el hombre es una especie de confesión del Vicario Saboyano ,
menos original y elocuente que la de Rousseau. Pero ninguno de estos escrúpulos detuvo al jesuíta de
Santander, enamorado sin duda del arte maravilloso con que Pope condensa en cada verso una idea.
La traducción, tomada en conjunto, es de las mejores suyas, y eso que [p. 27] desgraciadamente tiene
en castellano un rival que la hace muy mal tercio. El célebre poeta americano Olmedo tradujo las tres
primeras epístolas del Ensayo sobre el hombre , y esta versión, algo parafrástica, pasa con justicia por
una obra maestra. Palazuelos está lejos de tan sostenida perfección, pero a veces no remeda mal el
estilo ceñido y sentencioso de Pope. Cotéjense estos pocos versos con los del original inglés y con los
de la traducción de Olmedo, y se verá que no siempre está de parte del grandilocuente lírico de
Guayaquil la ventaja.
La deidad insondable, el gran misterio
Escudriñar no quieras temerario:
Dentro de ti desciende: es propio estudio
Del hombre el hombre mismo: colocado
Cual es istmo es comedio heterogéneo
De alteza, de vileza, de sapiencia,
De ignorancia en conjunto portentoso:
Como tan perspicaz no es susceptible
Del fatuo pirronismo: como frágil
No lo es del fausto estoico: entre uno y otro
Siempre yace perplexo, irresoluto.
Tampoco sabe bien si a la fatiga
O al ocio abandonarse puede o debe.
Ya nimio admirador de su persona
Algún numen se piensa: ya se abate
Víctima de las menguas corporales
A la par de cuadrúpedos soeces.
Para morir nació: casi un delirio
Es toda su razón: sino la escucha
Un enigma le es todo, y un problema
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Si la oye con exceso. Es caos profundo
De razón y de afectos que tan presto
Se engaña y desengaña; al mismo tiempo
Estólido, lunático, avisado,
Dotado de vigor y de flaqueza,
Ya se alza, ya recae, ya tropieza,
Señor de todo cual de todo esclavo:
De la verdad juez solo, y de continuo
Juguete del error, ya se contrista,
Ya se alegra sin causa: juntamente
Baldón de la natura y maravilla.
[p. 28] POPE
Know then thyself, presume not God to scan.
The proper study of mankind is man.
Plac´d on this isthmus of a middle state,
A being darkly wise, and rudely great:
With too much knolewdge for the sceptic side,
With too much weakness for the stoic’s pride,
He hangs between; in doubt to act or rest;
In doubt to deem himself a God or beast,
In doubt his mind or body to prefer.
Born but to die, and reas’ning but to err;
Alike in ignorance, his reason such,
Whether he thinks too little or too much;
Chaos of thougth and passion, all confus’d,
Still by himself abused or disabus’d,
Created half to rise, and half to fall;
Great Lord of all things, yet a prey to all.
Sole judge of truth, in endless error hurtl’d,
The glory, jest, and riddle of world.
OLMEDO
Conócete a ti mismo: no pretendas
De Dios la esencia penetrar, amigo.
Estúdiate a ti mismo, pues el hombre
Es el más propio estudio para el hombre.
Como en un istmo colocado él tiene
Índoles varias: ya se nos presenta
Cual un ser mixto, o cual compuesto raro
De calidades entre sí contrarias;
Tinieblas, luz, elevación, bajeza,
Todos los vicios, todas las virtudes.
Para dudar escéptico, es muy sabio,
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Y para alzarse ala fiereza estoica
Muy flaco en su virtud: incierto siempre
Si debe obrar o no: piensa, y osado
Ya se cree un Dios, o ya inferior al bruto
Si al error y al dolor vive sujeto.
Duda cuál de los dos si el cuerpo o alma
Es su parte más noble, crece, vive
Para morir, y para errar discurre.
Si no oye a su razón, todo es oscuro,
Si la oye demasiado, nada hay cierto:
[p. 29] Caos triste de pasiones y de ideas,
A sí mismo se engaña, y por sí mismo
Se desengaña sin quedar más cauto:
Cediendo a sus impulsos naturales,
Débil cae, y glorioso se levanta:
Señor y esclavo de las cosas todas;
Sólo de la verdad él juzgar puede,
Y a error perpetuo condenado vive.
Este es el hombre: enigma inexplicable,
La gloria y el baldón del Universo.
Pero entre todas las traducciones del P. Palazuelos, ninguna tan digna de atención por la extraña
mezcla de aciertos y de caídas como la que hizo de Il Giorno, admirable poema satírico-descriptivo
del milanés Parini, uno de los autores más cercanos a la perfección clásica, de que puede gloriarse
ninguna literatura moderna.
Cultivador Parini de la alta sátira, de la que en épocas críticas aparece para cumplir una noble misión
civilizadora, creó una verdadera epopeya irónica cuyo asunto fué la vida torpe y la vacía de los
degenerados retoños de la aristocracia lombarda. Vistió tal asunto, a primera vista árido, infecundo y
hasta pedagógico, con el velo de la más exquisita y gentil poesía, que siendo de artificio novísimo,
pareció, no obstante, antigua y virgiliana desde el primer día, como si los siglos hiciesen pasado sobre
ella dándole la consagración de lo universalmente admirado. Tal era la viveza y la eficacia de las
pinturas, tal el arte de los epítetos, tal la magia, por nadie excedida en el uso del verso suelto, tal la
majestad con que los detalles más ínfimos y triviales quedaban realzados y ennoblecidos al contacto
de las alas de la Musa inmaculada de Parini; tal la fuerza cáustica de aquellos dardos satíricos.
Che al Lombardo pungean Sardanapalo.
La traducción de tal poema, que sólo en castellano puede intentarse con fortuna, bastaría para honrar
a un hombre de letras. Es un vacío que falta llenar en nuestra literatura poética: sabemos de algún
ensayo manuscrito, y esperamos mucho bueno de la versión que nuestro amigo Estelrich prepara hace
años. Entre tanto, no debe menospreciarse la del P. Palazuelos. Es, como todas sus cosas, desigual,
llena de rarezas de lengua y de giros [p. 30] exóticos, pero algo deja vislumbrar, como entre nubes,
del arte soberano del original y de su elegancia refinadísima. Citaré sin particular elección algunos
versos del canto primero, Il Mattino:
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Oye, pues, cuál gustosa la mañana
Ocupación te impone: con la aurora
Levántase ente el Sol, cuando abrillanta
Con vistosos aljófares el aire
Con gozo universal de los vivientes
En este sublunar planeta vario.
Salta el agricultor del lecho entonces,
De la prole infeliz y de la esposa
Dormitorio común, y en sus fornidos
Hombros con instrumentos poderosos,
De Palas y de Ceres a los campos
Se encamina fructíferos: la yunta
Le precede de bueyes operosos,
Por angosta vereda, sacudiendo
Los rociados pimpollos que refrangen
Como perlas los rayos mitigados
Del renaciente sol. También regresa
A su forja el ministro de Vulcano
Para extremar ingenios fiadores
De opulento peculio: y el más noble
Artífice, a grabar vasos y joyas,
De las mesas riquísimo tesoro
Y de pomposas nupcias ornamento.
Pero ¿qué? ¿te horrorizas? ¿y tu augusta
Cabellera se eriza a tal modelo?
Ah! señor, no es aqueste tu dechado
Al tiempo matutino. A parca cena
No te sentaste con el sol poniente,
Ni a luz crepuscular incierta fuiste
Fatigado al descanso con el vulgo.
A vos, celeste estirpe, a vos, congreso
De humanos servidores, más propicio
Júpiter se mostró. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
..................................
Tú entre escenas, tertulias y corrillos
Sazonados con juegos, el nocturno
Término ultrapasaste, mas cansado
Al fin, en áureo coche, con estruendo
De sus rápidos círculos dorados
Y fogosos cuartagos, atronaste
Las silenciosas calles, y la noche
Lóbrega disipaste con antorchas,
[p. 31] al segundo Plutón, que con su carro
La sícula región de un mar al otro
De teas precedido y de Gorgonas
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Ruidoso extremeció. De esta manera
Tornaste a tu palacio, en donde nuevos
Estudios te aprestaba lauta mesa
De manjares colmada y deleitosos
Licores de la cepa ultramontana
En húngara botella, a quien corona
De verdeante yedra otorgó Baco.
Regalados altísimos colchones
Morfeo te mulló de propia mano,
En que supino blandamente yaces,
Corriendo las cortinas al entorno
Senosas, estofadas levemente,
El listo camarero. En esto el gallo
Canoro, melodioso a tus oídos,
Tus párpados cerró, cuando a los otros
Estila clamoroso abrirlos listo.
Razonable, es por tanto, que Morfeo
Tus sentidos exhaustos no defraude
De tenaz amapola, antes que el día
No intente penetrar por los resquicios
De doradas vidrieras y cortinas,
Las paredes del sol con sus matices
Vertical recamando. . . . . . . . . . . . . . .
...............................
Ya tus gallardos pajes al sonido
De vecino metal con recia mano
Señoril propagado, en un momento
Acudieron alígeros rivales
A remover los óbices en copia
Opuestos a la luz. . . . . . . . . . . . . . . . .
...............................
Álzate tú algún tanto, y acodado
Te apoya en las almohadas y tapetes
Que ordenados en gradas a tus hombros
Ofrecen muelle estrado: después desto
Con el índice diestro tus pestañas
Estrega levemente, y con suaves
Esperezos exhala los residuos
De la niebla somnífera, y tus labios
Arqueando con tácito donaire
Bosteza boquirrubio. ¡Oh si por suerte
En tal acto gracioso te mirase
El bronco capitán, cuando practica
[p. 32] Belicoso ejercicio, que sus labios
Ensancha con clamor inusitado
Que destempla la oreja delicada,
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Intimando a sus tercios la postura!
Si te observase encontes, tal vergüenza
De sí concebiría cual a diosa
Palas, sino mayor, cuando en la fuente
Hinchados sus carrillos vió de flauta
Con el soplo violento, bien que grato.
Mas ya el doncel peinado a maravilla
Se presenta ante ti, muy respetuoso,
A preguntarte por la que hoy prefieres
Regalada poción ultramarina
En chinesco tazón: el solo, el solo
Capricho consultar debes, amigo.
Si al estómago dar fomento entiendes
Con que el gástrico jugo exercer pueda
Su actividad sin merma, elegir debes
Del rojo chocolate la ambrosía
Que Méjico te ofrece, de tu gula
Tributario inexhausto, o el caribe
De vistoso penacho; si al contrario
Funesta hipocondria en tus humores
Predomina, o tus miembros abultados
De crasitud incómoda reciben
Excesivo incremento, a la bebida
Te debes atener de la eritrea
Confección olorosa de tostadas
Ardientes habas del Alepo y Moka
Que de soberbias naves se envanece.
Necesario era cierto que saltase
Un reino dislocado de su asiento,
Y con audaces velas, entre horribles
Peligros de huracanes y de monstruos
Y extremas carestías superase
Los límites intactos hasta entonces
Del hemisferio Atlántico, y tiranos
Corteses y Pizarros, ambiciosos
Fieros conquistadores, de la humana
Sangre indiana sedientos, los monarcas
Ingas y Mejicanos de su solio
Valientes arrojasen, y así un nuevo
Paladar saborease tu apetito,
¡Oh flor, oh nata de sublimes héroes!
.................................
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Mas tú en tanto
[p. 33] Con pausado talante la bebida
Saboreando a sorbos, gravemente
Interroga a cuál músico entre todos
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Los Eunucos daráse la gran palma
Del canto en el teatro: y si es probable
La vuelta deseada de la insigne
Encantadora Frine, que pelados
Dejó tantos magnates, y el regreso
De aquel Narciso, danzador brillante,
Asustador de tímidos consortes.
...................................
He aquí que de tus párpados pendientes
Acuden puntualísimos los siervos
Con calor a la empresa. De alto sayo
El uno te reviste con pinceles
Del Cathay floreado, o si lo pide
La rígida estación, blando ropaje
Talar de blanco armiño te circuye;
Aquél de bien labrado cristalino
Pico te vierte el agua, que recoge
Argentada bruñida oliente concha:
Quién te ofrece jabón mixto de almizcle,
Quién de cándida almendra la sustancia,
Quién enérgico extracto diestro embebe
En cerdosa escobilla, que relave
Nerviosísimos dientes en tu boca,
El otro licor raro te derrama
Que cual ampo blanquea tu mejilla.
...................................
Palazuelos no acabó la traducción de Il Giorno. Los graves acontecimientos políticos de 1798 le
obligaron a abandonar su apacible retiro de Venecia, y quizá a renunciar a toda empresa literaria. Su
versión no comprende más que los tres primeros cantos, Il Mattino, Il Meriggio, Il Vespro. Falta, por
consiguiente, lo que Parini dejó escrito del canto de La Notte. [1] Los versos que van copiados y que
no son acaso los mejores de El Magisterio Irónico, muestran en nuestro jesuíta (aun más que los del
Ensayo sobre el hombre ) aptitud no vulgar para el difícil manejo del endecasílabo suelto, en que por
aquel tiempo fueron grandes maestros [p. 34] dos imitadores españoles de Parini, Jovellanos en su
sátira 2.ª sobre la educación de la nobleza, y Moratín en sus epístolas y sátiras, donde también se
descubre la huella del poeta italiano, especialmente en la del Filosofastro.
Al renovar un nombre olvidado, no ha sido mi intento circundarle de una aureola de gloria que
legítimamente no le corresponde. No solicito para él estatuas, ni lápidas ni centenarios. Sólo pido a
mis paisanos que le concedan un lugar modesto en nuestra bibliografía provincial, no escasa en
excelentes prosistas (Fr. Antonio de Guevara, Bernardino de Escalante, Diego García de Palacio...,
para no hablar más que de los antiguos y remotos), y todavía más rica en investigadores, eruditos e
historiógrafos (don Tomás Antonio Sánchez, Floranes, Martínez Mazas, el P. La Canal, La Serna
Santander...), y en varones dados a muy graves estudios de teología, jurisprudencia o medicina, pero
extraordinariamente desfavorecida hasta nuestros tiempos en el capítulo de los poetas. No parece sino
que la arquitectura, el arte montañés por excelencia, el único en que hemos tenido verdadera escuela,
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confesada y reconocida por los extraños, absorbió por largo tiempo todas las energías artísticas de la
raza. Y sin embargo, la música misma anduvo entre los montañeses del siglo XVI más medrada que
la poesía, puesto que de la primera podemos citar con orgullo obras insignes, teóricas y prácticas, de
Diego del Puerto y de Antonio Cabezón, al paso que difícilmente podemos encontrar antes del siglo
XVII poeta alguno de cuyo nacimiento en la Montaña tengamos prueba directa y segura. Yo bien
quisiera tenerla respecto del cínico pero ingeniosísimo poeta popular Rodrigo de Reinosa, cuyos
pliegos sueltos góticos son buscados y pagados hoy por los bibliófilos a peso de oro, [1] porque este
maleante juglar no sólo trazó con desenfada pluma los cuadros aretinescos de las coplas [p. 35] de
las comadres, sino que es autor, según toda apariencia, o refundidor a lo menos, de dos de los más
agudos y picantes romances castellanos, el de la Infantina «( De Francia salió la niña) », y el de una
gentil dama y un rústico pastor « ( Estase la gentil dama)» , ante cuya sobriedad y fina malicia
parecen lánguidos y groseros todos los fabliaux franceses. Pero lo cierto es que de sus versos nada se
saca en limpio acerca de su patria, y para traerle hacia nuestra casa no tenemos más indicio que su
apellido, el cual tratándose de persona tan plebeya y humilde como parece haber sido, debe indicar el
pueblo natal y no otra cosa. Otros poetas populares y autores de pliegos sueltos están en el mismo
caso, v. g., el bachiller Juan de Trasmiera, residente en Salamanca, donde publicó el Triunfo
Raimundino y El Pleito de los judíos con el Perro de Alba, y que no debe de ser persona distinta del
Juan Augurio o Agüero de Trasmiera que puso versos latinos en algunas de las ediciones del
Palmerín de Oliva, y tradujo al italiano una colección de anécdotas y dichos agudos con el título de
Flores Romanas probadas, de famosos et doctos varones compuestas, para salud et reparo de los
cuerpos humanos, et gentilezas et burlas de hombres de palacio et de crianza (1545).
De Jorge de Bustamante consta, por declararlo él mismo, que nació en Silió (de Val de Iguña) pero
como no hemos alcanzado a ver su rarísima Comedia Gaulana en coplas, sólo podemos juzgarla por
su traducción en prosa de las Metamorfosis de Ovidio. Otros dramaturgos de los anteriores a Lope de
Vega tienen asimismo apellidos que denuncian su procedencia montañesa: así Antonio Ruiz de
Santillana que compuso la Tragedia de los [p. 36] amores de Guirol , Juan de Vedoya, autor de la
Comedia Flérida en coplas (1522) y Martín de Santander, de quien es la extraordinariamente rara
Comedia Rosabella. [1]
La poesía popular montañesa, parte importantísima de lo que llaman ahora Folk-Lore , está puede
decirse que intacta todavía. Pero quien examina las colecciones de romances formadas últimamente
en Asturias, en Galicia y en Portugal, regiones enlazadas con la nuestra por antiquísimo parentesco de
raza, encuentra allí muchos romances que hoy mismo son aquí populares con variantes todavía no
estudiadas, al paso que echa de menos otros del mismo género no coleccionados aún, y que han
encontrado refugio en aquellas comarcas de nuestra provincia menos abiertas al moderno contagio
nivelador y prosaico.
En el siglo XVII la oscuridad comienza a disiparse, y este humilde rincón del mundo está
representado en el gran concierto de la literatura nacional, no ya sólo por aquellos gigantes de
oriundez montañesa, Lope, Quevedo, Calderón, a quienes dió nuestra tierra lo más precioso de su
sangre y el escondido tesoro de su virtud genial y creadora, sino por un poeta nuestro propio, a la
verdad de mérito inferior, pero todavía de honroso recuerdo, especialmente para sus paisanos, porque
hasta en los asuntos de algunas de sus obras y en los tipos que llevó a la escena (el mayorazgo
montañés, el indiano) gustó de poner algún cariñoso reflejo de su tierra nativa. Hablo de don Antonio
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de Mendoza, uno de los ingenios favoritos de Felipe IV, por lo cual fué llamado el Discreto de
Palacio, colaborador de Quevedo en alguna ocasión, ingenioso autor de invenciones tales como Los
Empeños del Mentir (que Le Sage trasladó en cuerpo y alma al Gil-Blas) y El trato muda costumbre,
(de que el gran Molière se aprovechó [p. 37] grandemente para su Escuela de los Maridos). Algunos
rasgos líricos de Mendoza, como el bello soneto a la Soledad , tienen también muy singular mérito y
aún brillaría más si sus discreciones conceptuosas no enturbiasen el fácil raudal de su vena en sonetos
y romances.
Del siglo XVIII tenemos otro poeta dramático, don José Fernández de Bustamante, uno de los
últimos que siguieron la manera antigua, yendo a la zaga de Cañizares, a cuya escuela pertenece. Era
Bustamate un coplero famélico, de los que tanto pulularon en aquella centuria. El candor con que
relata sus desdichas comienza por hacerle simpático. «Cuidad de vosotros y dejadme a mí (les dice a
sus lectores) que bastante penalidad tengo en divertiros con comedias nuevas, cuando no es nuevo en
mí, ni en mi familia el que no se come muchos días: cláusula principal del poético mayorazgo.» El
hambre le condujo a abastecer el teatro con grandes comediones de magia y otros poéticos abortos,
especialmente vidas de Santos: «El sol de la fe en su oriente y Conversión de la Irlanda, El Azote de
la Herejía y Espejo de la Virtud San Yácome de María, Al poder la Ciencia vence, Los príncipes
encubiertos, Santa Catalina de Bolonia, Zelos aun imaginados conducen al precipicio y Mágico
Diego de Triana, El asombro de El Argel y mágico Mahomad, estos y otros tales títulos, por lo
común kilométricos, llevan las absurdas pero a veces interesantes y divertidas piezas de este autor,
cuyo repertorio, coleccionado en parte en 1759, todavía no ha sido estudiado. El que lo intente quizá
reconocerá como nosotros que en éste y otros ínfimos copleros de la era de Felipe V, y de Fernando
VI, en autores tan ridículos como el sastre Salvo y Vela, Lobera y Mendieta, Furmento y otros (de los
cuales no es el peor Bustamante) hay interés de enredo y algo que remeda o simula la vida, por lo
cual no iba tan fuera de camino el público de aquella era infelicísima, prefiriendo tales disparates a
los glaciales ensayos de tragedia clásica con que la adormecían Montiano y otros preceptistas de su
laya, en cuyas obras parece muerto todo: lengua, versificación y estilo.
Convendría averiguar la patria del vigoroso satírico que en el Diario de los Literatos se firmaba ya
Jorge Pitillas, ya D. Hugo Herrera de Jaspedós . Era su verdadero nombre don José Gerardo de
Hervás y Cobo de la Torre, y pertenecía a la antigua familia de su apellido en Esles, valle de Cayón.
Y no nos resultaría [p. 38] pequeña honra de agregarle al catálogo de nuestros escritores porque
versos clásicos más nutridos y jugosos que los suyos no se escribieron en los cincuenta primeros años
del siglo XVIII. Un poema de Hervás yace todavía inédito en el Museo Británico.
Otros egregios montañeses del siglo pasado no necesitan el lauro de la poesía para recomendación de
sus nombres, pero tampoco es inútil hacer constar que no la miraron con desvío ni tampoco la
encontraron esquiva. Bástale, por ejemplo, a don Tomás Antonio Sánchez, hijo ilustre de Ruiseñada,
el brío y decisión con que manejaba la prosa satírica, como lo manifiestan la Carta de Paracuellos y
la de un devoto de Miguel de Cervantes , verdaderos modelos de invectiva literaria, que el
descontentadizo Gallardo comparaba con la Perinola de Quevedo y con el Prete Jacopín del
Condestable. Bástale, sobre todo, la gloria de haber tejido antes que otro alguno los anales literarios
de los primeros siglos de nuestra lengua, no con noticias tomadas al vuelo no con temerarias
conjeturas, sino con la reproducción textual de los mismos monumentos poéticos, inéditos hasta
entonces y no sólo inéditos, sino olvidados y desconocidos, ya en librerías particulares, ya en los
rincones de oscuras bibliotecas monásticas. Fué Sánchez crítico y filólogo, en cuanto lo permitía el
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estado en que vivió hasta los tiempos de Raynouard la filología romance, que era entonces ciencia
adivinatoria más bien que positiva. Y siempre habrá que decir para gloria de nuestro bibliotecario
montañés que él fué en Europa el primer editor de una canción de Gesta , cuando todavía el primitivo
texto de los innumerables poemas franceses del mismo género dormía en el polvo de las bibliotecas.
Era imposible que en tan asiduo y familiar trato con los documentos poéticos de la Edad Media no
granjease don Tomás Antonio singular facilidad para imitarlos, y bien lo mostró en el ingenioso
pastiche intitulado Loor de Gonzalo de Berceo que añadió a su edición de las obras del clérigo
riojano, y que a críticos muy doctos ha engañado, a pesar del tono de burlas con que le anunció
Sánchez.
La memoria de tal hombre bastaría para honrar a la nación montañesa, como pomposamente la
llamaba nuestro célebre capuchino Fr. Miguel de Santander, un regionalista en profecía. El cual
también fué poeta a sus horas, y poeta no enteramente falto de donaire en lo jocoso ni de fervor en lo
sagrado, si bien sus versos [p. 39] son por todo extremo inferiores a su prosa abundante y animada
aunque incorrecta, y en la cual todavía quedan algunas chispas de aquel fuego que abrasaba al
elocuente compañero de las fatigas apostólicas de Fr. Diego de Cádiz.
Hemos llegado a las puertas de nuestro siglo, y es forzoso detenernos. Siempre fué cortesía literaria
nombrar sólo a los muertos. Nadie negará el título de poeta, y de no vulgares dotes, al autor de La
Renegada y de El Príncipe Negro en España, al que naturalizó en Inglaterra, y por Inglaterra en toda
Europa, la tradición épica española, al feliz imitador de Byron y de Walter-Scott en su lengua propia,
al santanderino Trueba y Cosío, creador de la novela histórica española en libros que toda Europa
leyó y que penetraron hasta el fondo de Rusia. Ni ha de olvidarse tampoco al laborioso y discreto
Campo-Redondo, que con trabas de escuela y rasgos no infrecuentes de prosaísmo, se levantó
bastante de la medianía en algunas de las rotundas y bien cinceladas octavas del canto de Las Armas
de Aragón en Oriente y en las clásica estrofas de la oda a los antiguos Cántabros; ni al melancólico y
delicado Silió, honra de Santa Cruz de Iguña; ni a aquel Velarde, de Hinojedo, que cantó los Andes
en versos que parecían masas ciclópeas, rudas y sin labrar pero grandes y majestuosas, y llevó
triunfante su desmandada inspiración por la América del Sur, como hoy lleva por Méjico la suya, tan
pura y tan armoniosa, el acicalado hablista, el espléndido poeta descriptivo, el tierno poeta elegíaco,
autor de la Oda a México y de Liendo o el valle paterno.
Pero he hecho firme propósito de no citar hoy a los vivos. El futuro Cancionero montañés les reserva
sus mejores páginas, pero como no se da árbol sin semilla, alguna cuenta hay que tener con los
precursores. Cuanto más modestos son los orígenes, más place al pecho bien nacido el recordarlos.
Por eso se ha escrito esta noticia bibliográfica, de ningún interés para los extraños y quizá para los
montañeses mismos, porque al fin son pláticas de familia de las cuales no suele hacerse mucho caso.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 9]. [1] Nota del Colector.- No recopilado hasta el presente en Estudios de Crítica Literaria. Se
publicó en el libro (colección de artículos de autores montañeses) que lleva por título: De Cantabria.
Santander. Imp. de «El Atlántico», 1890.
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[p. 9]. [2] Historia de los Heterodoxos españoles, tomo III, e Historia de las ideas estéticas, tomo III,
vol. 2.º
[p. 15]. [1] Escrito ya este artículo tropiezo en el Diccionario bibliográfico histórico de Muñoz
Romero con noticia de una obra en prosa del P. Palazuelos que existe manuscrita en la Biblioteca de
la Academia de la Historia. Su título es Demarcación geográfica de la España Romana y sus
provincias delineadas según los fragmentos coordinados de autores griegos y romanos, mayormente
para la ilustración de la antigua Cantabria, desde su conquista hasta la invasión de los moros, por
don Antonio Fernández Palazuelos. (Ms. en el tomo tercero de la colección de Vargas Ponce). «El
objeto de esta obra (dice Muñoz Romero) es impugnar La Cantabria Vindicada de Ozaeta, lo que
hace con acierto y copia de textos. Es sensible que el estilo del autor sea extremadamente incorrecto.»
[p. 18]. [1] Régia como sustantivo masculino, equivalente a palacio (domus regia) fué usado también
por Maury en su traducción del libro 4.º de la Eneida.
[p. 33]. [1] En su disposición exterior, aunque no en su objeto, la obra maestra de Parini recuerda un
poemita bastante fácil y gracioso de don Agustín de Salazar y Torres, ingenio del siglo XVII, titulado
Las Estaciones del día.
[p. 34]. [1] He aquí los títulos de los principales:
-Aquí comienzan unas coplas de las comadres, fechas a ciertas comadres, no tocando en las buenas,
salvo de las malas, y de sus lenguas y hablas malas; y de sus afeytes y aceytes y blanduras: et de sus
trajes, et otros sus tratos, fechas por Rodrigo de Reinosa
-Comienza un razonamiento por coplas en que se contrahaze la Germania y fieros de los Rufianes y
las mujeres del partido.
-Comienzan unas coplas a los negros y negras, y de cómo se motejaban en Sevilla un negro de
Gelofe Mandinga contra una negra de Guinea... Cántanse al tono de «la niña, cuando báyleis.» »»
-Comienzan unas coplas de un pastor que andaba enamorado de una pastorcica.
-Comienzan otras coplas pastoriles de como un pastor fué a la corte, et de como otro su compañero
le mandaba si iría también o no.
-Gracioso razonamiento en que se introducen dos Rufianes el uno preguntando, el otro respondiendo
en germania de sus vidas e arte de vivir (es una pieza semidramática).
En otro género muy diverso tiene :
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-Cancionero de Nuestra Señora. Para cantar en la Pascua de la Natividad. (No hemos visto más que
la reimpresión de Sevilla, 1612).
[p. 36]. [1] Un ejemplar de esta peregrina obra salió a la venta en Roma hace tres o cuatro años: se
ignora actualmente su paradero. Como curiosidad reproducimos la portada:
- Comedia llamada Rosabella. Nuevamente compuesta por Martín de Santander. En la qual se
introducen un cavallero, llamado Jasminio, y dos criados: es uno un Vizcaíno y es otro un negro, y
una dama llamada Rosabella y su padre llamado Libeo, un hijo suyo y un alguacil con sus criados, y
un pastor llamado Pabro. En la qual tracta de como el cavallero por amores se desposó con ella, y la
sacó de casa de su padre. Es muy graciosa y apacible. 1556.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 41] «DOS OPÚSCULOS INÉDITOS DE D. RAFAEL FLORANTES Y D. TOMÁS
ANTONIO SÁNCHEZ» [1]
Los dos opúsculos literarios que la Revue Hispanique publica por vez primera están copiados de un
manuscrito de 87 hojas útiles, en letra clara y buena de fines del siglo XVIII, que actualmente para en
mi biblioteca particular. No lleva título alguno: el que he puesto se deduce del contexto mismo de las
notas de Floranes y de la respuesta de Sánchez.
Aunque tengo por inéditos ambos opúsculos, el primero a lo menos es conocido de tiempo atrás entre
nuestros eruditos, y ha sido no sólo citado sino explotado en varias obras. Del segundo no quedaba
más que vaga memoria. Encuentro la primera noticia de uno y otro en carta escrita a D. Bartolomé
José Gallardo por el erudito bibliófilo D. Manuel de Acosta, relator de la Chancillería de Valladolid,
en 14 de noviembre de 1829:
«Muy sensible me es la pérdida que usted ha padecido de los más preciosos de sus libros y trabajos
literarios, y del escrito del señor Floranes sobre los orígenes de nuestra lengua y poesía , que dice
habérsele franqueado por mí, proponiéndome que le proporcione nueva copia. Jamás supe que aquel
caballero hubiese trabajado obra con tal título; y aunque tenía alguna especie de haber facilitado a
usted algún papel de lo poquísimo que conservo suyo, no pude venir en conocimiento de lo que
fuese... Al fin, a fuerza [p. 42] de meditar sobre ello, vine a apurar, no sin ayuda de tercero, haber
sido unas notas que mi difunto amigo puso a las márgenes del primer tomo de la colección de poesías
castellanas anteriores al siglo XV, que dió a luz el bibliotecario D. Tomás Antonio Sánchez, en
Madrid, año de 1779, en 8º mayor; las que, ampliadas después a instancia del mismo se las remitió; y
Sánchez respondió a ellas con razones muy sólidas, según me informó su compañero D. Juan Antonio
Pellicer; porque yo no he llegado a ver esta apología. Por satisfacer a usted y por consideración al
amigo común que me dirigió su carta, las hice copiar nuevamente, y las he remitido por persona de
toda confianza.» [1]
Como Floranes gustaba de hacer varias copias de sus escritos y solía repetir en todo o en parte su
contenido con títulos diversos, no es maravilla que algunas de las especies que estas notas encierran
se hallen también en uno de los tomos de su colección manuscrita existente en la biblioteca de la Real
Academia de la Historia (Est. 24, gr. I.ª, B. nº 17). De allí las extractaron los traductores castellanos
de Ticknor, [2] y también se refiere a ellas D. José Amador de los Ríos en varios lugares de su
Historia crítica de la literatura española.
Fué D. Rafael Floranes uno de los españoles más eruditos de su tiempo, aunque su método y estilo no
corriesen parejas con su erudición. La historia de Castilla y de las Provincias Vascongadas, y muy
especialmente la historia del derecho patrio le deben grandes servicios, que parecerían mucho
mayores si hubiese publicado a tiempo sus voluminosas obras. Pero escribía, como el P. Sarmiento,
más bien para estudio propio y para utilidad de sus amigos que para ganar nombre y crédito de
literato. Esta que no sabemos si llamar modestia o indiferencia fué causa de que ni un solo libro de
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tantos como compuso se imprimiese durante su vida. Sólo muy tardíamente y de mala manera lo han
sido algunos; pero entretanto las dos colecciones manuscritas de sus papeles fueron utilizadas
ampliamente por varios [p. 43] eruditos en obras tan importantes como las Noticias históricas de las
tres Provincias Vascongadas de Llorente, [1] el Diccionario Geográfico de la Academia de la
Historia, [2] y el Ensayo histórico-crítico sobre la antigua legislación castellana de Martínez Marina.
[3] Incorporado de este modo al caudal científico mucho de lo que Floranes descubrió o estudió antes
que nadie, han perdido alguna parte de su interés los trabajos de este infatigable historiógrafo y
jurisperito, pero todavía queda mucha materia útil en ellos, y de todos modos es justo concederle el
lauro de inventor primero que en muchas cosas divulgadas por otros le corresponde, y que no siempre
se le ha otorgado con entera equidad.
Su vida y escritos merecen una especial monografía, y quizá algún día pongamos mano en ella,
pagando a este conterráneo nuestro la deuda que con él tiene su provincia natal. La sucinta noticia,
escrita por algún pariente suyo, que se conserva entre sus papeles inéditos de la Academia de la
Historia, y fué publicada por Hidalgo en su reimpresión de la Tipografía del Padre [p. 44] Méndez,
[1] no toca más que algunos puntos de su vida, y no da idea, ni remota siquiera, de su portentosa
actividad literaria, pero es la que seguiremos con preferencia en la parte cronológica, porque sus
noticias son las más seguras. Todavía resultan más insuficientes otras biografías posteriores
publicadas en periódicos de Valladolid o de Santander, que no merecen recuerdo especial. [2]
Aquí baste recordar sucintamente que D. Rafael de Floranes Vélez de Robles y Encinas, señor del
despoblado de Tavaneros (título y apellidos que parecen de algún personaje novelesco de Pereda)
nació en 1743 (8 de mayo), en el lugar de Tanarrio, perteneciente a la antigua Liébana, territorio
incluído en la actual provincia de Santander (ayuntamiento de Camaleño, partido judicial de Potes,
valle de Valdevaró). Hizo en Valladolid sus estudios universitarios, que no pasaron del grado de
bachiller en leyes, porque este grande investigador de la historia del Derecho, en cuyo racional y
metódico examen quizá superaba a todos sus contemporáneos, jamás llegó a ejercer la abogacía, y fué
enteramente puro y desinteresado el culto que tributaba a la ciencia de las leyes. [3] Durante su
juventud residió bastante tiempo en las provincias vascas: contrajo matrimonio en Bilbao con Doña
[p. 45] María Ignacia de Goicoechea y Sagarmínaga, apellidos de los mejores de Vizcaya, y en 1768
fué nombrado procurador de número en el corregimiento de aquella villa, nombramiento que vino a
quedar sin efecto por no ser nacido Floranes en el territorio foral. En el memorial que con esta
ocasión presentó a la junta general del Señorío, alega su pericia paleográfica acreditada ya en los
tribunales de Valladolid: «que él era un perito singular en un arte tan útil y necesario como el de la
letra manuscrita, así latina como castellana, y tenido por persona necesaria en cualquiera tribunal de
justicia, como se experimentó en la Real Chancillería de Valladolid en el discurso de dos trienios de
práctica que tenía empleados en aquella autorizada curia». El corregidor D. Juan Domingo del Junco
estaba de parte de Floranes a quien había nombrado interinamente, pero la Junta anuló el
nombramiento mandando que «se guardase en todo la ley sexta, título primero, del Fuero de Vizcaya,
y la real cédula en que se previene y manda que los oficios y mercedes se den a los de este Señorío y
no a otro algún que sea de fuera.» [1] Hay quien atribuye, con más malicia que fundamento, a este
juvenil fracaso en la pretensión de oficio tan poco importante, el germen de la malquerencia contra
los vascongados que algunos creen vislumbrar en los escritos de Floranes, pero tal suposición me
parece de todo punto imaginaria, pues aunque Floranes no apadrinase las fantasías de algunos
escritores vascongados sobre su lengua y antigüedades jurídicas, dista mucho de ser un detractor de
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aquellas nobilísimas provincias ni de sus tradicionales instituciones. Sobre la historia de Alava, y
especialmente sobre la antigua sede episcopal de Armentia, trabajó mucho y con fruto, y los alaveses
mismos le califican de escritor docto y bien intencionado. [2]
[p. 46] Cuando en 1770 fijó su residencia en Vitoria, usaba ya el título de «señor de Tavaneros» que
heredó de un tío suyo, capitán de caballería del regimiento de Farnesio. Tavaneros es un despoblado
con iglesia, a seis leguas de León, y las rentas de tal Señorío, que tendría arrendado para pastos, no
debían de ser muy pingües, pero indudablemente la posición social de Floranes había mejorado
mucho, por herencias suyas o de su mujer, y no tenía que aspirar ya a plazas de procurador. En
Vitoria, y todavía más en Valladolid donde se estableció definitivamente, parece haber vivido con
holgura y bienestar, satisfaciendo ampliamente su afición a los libros, como lo prueban los restos de
su preciosa biblioteca que a nosotros han llegado y las continuas citas que en sus obras hace de los
códices y raras impresiones que poseía. Su casa de Valladolid era un centro de instrucción y de
cultura, una verdadera academia de Derecho español y antigüedades, a la cual concurrían los
abogados más célebres de aquella Chancillería y los principales profesores de la Universidad. Desde
1784 trabajó con mucho celo en la Sociedad Económica, y como su cultura era vasta y de carácter
algo [p. 47] enciclopédico según el gusto de aquel siglo, contribuyó también a la fundación de una
Academia de Cirujía, y leyó en ella interesantes disertaciones sobre varios puntos de erudición
médica. Llegó a ser consultor y oráculo de todos los aficionados a la Historia en Castilla la Vieja, y
como era generosísimo en comunicar sus noticias y papeles, tuvo larga correspondencia literaria con
los varones más doctos de su tiempo y trabajó para el mayor lucimiento de las obras de algunos de
ellos. Veneró siempre al P. Maestro Flórez como lumbrera de las ciencias históricas, [1] y ayudó a su
continuador el P. Risco en varios tomos de la España Sagrada. [2] La Tipografía Española del P.
Méndez está formada en buena parte con los apuntamientos que Floranes le facilitó, como reconoce
ingenuamente aquel humilde religioso. [3] Los doctores Asso y Manuel, ilustradores del Derecho
Español, se le confiesan [p. 48] obligados en sus ediciones del Fuero Viejo de Castilla y del
Ordenamiento de Alcalá, [1] y no menos el egregio numismático benedictino Fr. Liciniano Sáez, en
su Demostración del valor de las monedas del reinado de Enrique III. [2] Colaboró en la ilustración
de las [p. 49] Crónicas de Castilla que publicaron Llaguno y Cerdá a expensas del editor Sancha, con
algunos apéndices tan curiosos como la descripción del Cancionero de Fernán Martínez de Burgos,
que el mismo Floranes poseía y cuyo actual paradero se ignora. [1]
[p. 50] A la muerte de nuestro erudito, acaecida en Valladolid en 6 de septiembre de 1801, [1] hízose
almoneda de su biblioteca, adquiriendo los más selectos y raros libros el ya citado D. Manuel de
Acosta. Estos libros, de los cuales todavía existen algunos, suelen estar apostillados por Floranes, y
estas apostillas nunca son inútiles. ¡Lástima que no se conserve el ejemplar de Nicolás Antonio en
que había añadido más de trescientos autores!
De las obras inéditas de Floranes se formaron dos grandes colecciones, que fueron adquiridas al año
siguiente de su muerte por la Academia de la Historia y por el Duque del Infantado respectivamente.
Esta segunda colección, mucho menos conocida y manejada que la primera, pero todavía más
importante, se conserva hoy en la Biblioteca Nacional entre los manuscritos procedentes de la
biblioteca ducal de Osuna, que, a pesar de su nombre, debía a la incorporación de la casa del
Infantado sus principales riquezas literarias. [2]
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[p. 51] Son muy pocas las obras de Floranes que han logrado hasta ahora los honores de la impresión
póstuma. Las más importantes son sin duda las que ocupan los tomos XIX y XX de la vasta y
desordenadísima colección de Documentos inéditos para la historia de España comenzada por D.
Miguel Salvá y D. Pedro Sáinz de Baranda. Allí están la Vida literaria del Canciller Ayala , obra
farraginosa donde se intercalan materias tan inconexas como las vidas de los jurisconsultos españoles
anteriores al siglo XVI; la Vida del Dr. Lorenzo Galíndez de Carvajal, más ceñida a su asunto y no
menos importante para la historia del Derecho patrio; las Memorias históricas de las Universidades
de Castilla, en especial las de Valladolid y Palencia; algunos apuntamientos muy curiosos sobre las
behetrías , su condición, privilegios y modo de hacerse en ellas las filiaciones; notas a la Crónica de
D. Juan II, y algún otro papel de menos importancia. [1] En el Memorial Histórico Español, que
publica la Real Academia de la Historia, ha encontrado cabida otro importante trabajo de Floranes: la
Suma de las leyes de Maestre Jacobo, con notas y las memorias históricas de éste a quien llama
«primer jurisconsulto español». [2] El laborioso Hidalgo, al reimprimir la Tipografía de Méndez,
sacó del olvido los Apuntamientos de Floranes sobre el origen de la imprenta, su [p. 52]
introducción, propagación y primeras producciones en España. [1] Y finalmente, ya sueltos, ya en
varias publicaciones periódicas, han aparecido otros opúsculos, que no pretendo ahora catalogar. [2]
Lo inédito es mucho más, y de gran consideración. No puedo decir que lo conozco todo, pero de lo
que he leído hasta ahora lo más importante es, a mi juicio, « El Fuero de Sepúlveda, copiado del
original e ilustrado con notas y disertaciones». [3] Estas [p. 53] disertaciones que son de carácter
enciclopédico, revelan la portentosa lectura de Floranes; y la precisión y el rigor que pone en sus citas
nos le presentan familiarizado con los mejores métodos críticos del siglo XVIII, en que la erudición
española era tan respetable. Hay notas que son extensos tratados llenos de recóndita erudición sobre
materias incidentales: por ejemplo la relativa a las aves de caza y al ejercicio de la cetrería: único
fragmento de este comentario que ha visto hasta ahora la luz pública. [1] Floranes emprendió además
trabajos preparatorios para una edición del Fuero Juzgo, [2] copió e ilustró innumerables documentos
legales, Cortes, Fueros, Ordenamientos, Pragmáticas; disertó larga y [p. 54] eruditamente sobre la
época en que empezó a tener observancia el código de las Partidas y sobre la enumeración y
autoridad de los cuerpos legislativos de la Nación; adicionó con un curioso suplemento y una rica
colección diplomática el Tratado de la Regalía de Amortización de Campomanes, y dejó una masa
ingente de apuntamientos y memorias históricas sobre la legislación española desde los tiempos
primitivos hasta sus propios días y sobre las vidas y escritos de los jurisconsultos. [1]
Corresponden también a la erudición jurídica algunos de los numerosos escritos de Floranes relativos
al país vasco, especialmente el Discurso histórico legal sobre la esención y libertad de las tres
Nobles Provincias Vascongadas, trabajo de capital importancia omitido en la bibliografía de Muñoz
Romero. [2] Otros se contraen a la historia eclesiástica y civil de Alava, cuyos archivos tenía muy
explorados. Buena parte de estos opúsculos son [p. 55] alegatos a favor de la restauración de la
antigua Iglesia de Armentia, usurpada, según Floranes, por los obispos de Calahorra en 1089,
restablecida en 1181, nuevamente usurpada por el obispo calagurritano D. Rodrigo Cascante entre
1183 y 1189, y reclamada en varias ocasiones por las tres Provincias. Puede decirse que Floranes
ganó este gran litigio medio siglo después de su muerte, cuando por virtud del Concordato vigente
fué creada la nueva diócesis de Vitoria, única sede vascongada, y legítima sucesora de la de
Armentia. [1]
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Con el laborioso y nada crítico historiógrafo alavés D. Joaquín José de Landázuri, tuvo Floranes en
algún tiempo relaciones de amistad y buena correspondencia literaria, [2] trocadas luego en odio
furibundo, que se mostró primero con la sangrienta censura que nuestro D. Rafael hizo del proyecto
de Historia del ilustre país vascongado que Landázuri había presentado a la Junta general de Alava
en 8 de mayo de 1774, y más adelante con la gravísima acusación de haberle usurpado sus papeles,
dando a luz como propia la Historia de la ciudad de Vitoria , que Floranes tenía trabajada y le había
franqueado sin recelo. En caso tan grave suspendemos el juicio, no habiendo tenido ocasión de [p.
56] cotejar el texto impreso de Landázuri [1] con el de Floranes, manuscrito en la biblioteca del
Colegio de Sta. Cruz de Valladolid. [2] Persona fidedigna que examinó ambas historias afirma que no
son literalmente idénticas: verosímil es que Landázuri se aprovechase de los papeles de Floranes que
había trabajado más que nadie sobre la materia; pero algo pondría de su cosecha, para lo cual tenía
suficientes noticias y documentos, como lo acreditan otros libros suyos sobre los cuales no ha recaído
nunca la tacha de plagio. Floranes era acerbo en sus polémicas, como la mayor parte de los eruditos
de su tiempo, y no sólo maltrató [p. 57] horriblemente a Landázuri, sino también al ex-jesuíta Ibáñez
de Echavarri, autor de una Historia de San Prudencio, obispo de Tarazona [1] donde se embrollaba
sin ciencia ni conciencia, y con ayuda de falsos diplomas, la cuestión de Armentia. Pero fuese cual
fuese la acrimonia de nuestro crítico, no hay duda que el buen sentido y la probidad histórica
estuvieron casi siempre de su parte, y que trabajó valerosamente para desarraigar la cizaña que en el
campo de nuestras historias locales había sembrado una generación de falsarios.
Aunque Floranes, como todos los montañeses, era muy amante de su tierra natal, y no perdía ocasión
de ensalzarla, poco tiempo pudo residir en ella desde su primera juventud, y sin duda por eso no
dedicó atención especial a los anales oscuros y [p. 58] modestos de las Montañas de Burgos. [1] Pero
en la secular cuestión de los límites de la Cantabria romana sí intervino, prestando el apoyo de su
consumada erudición y pericia geográfica a la que podemos llamar solución clásica y definitiva del
problema; la que Zurita dió antes que nadie en uno de sus opúsculos historiales publicados por
Dormer: la que llevó a punto de evidencia el P. Flórez en una disertación magistral que nada pierde
de su mérito por algunos leves errores nacidos de imperfecto conocimiento del país, que aquel
clarísimo agustino sólo recorrió una vez y muy de paso. Floranes se propuso enmendarlos en su
Discurso crítico sobre la situación y límites de la antigua Cantabria, que quiso que se considerase
como un suplemento al tratado del P. Flórez, y que realmente debía imprimirse con él, porque no sólo
ilustra las memorias de los Cántabros, sino también las de sus vecinos los Várdulos, Autrigones y
Caristios. [2] Como las cosas de Cantabria, en su último estado, tienen relación bastante próxima con
las de la Rioja, y por otra parte sus trabajos sobre la [p. 59] sede episcopal de Alava le habían hecho
internarse en la historia eclesiástica de Calahorra, también recogió las primitivas memorias de aquella
ciudad vascona ( Calagurris Fibularia) distinguiéndola cuidadosamente de otra del mismo nombre
que hubo en la región de los Ilergetes y tuvo por sobrenombre Julia Nasica, [1] en lo cual sigue
opinión contraria a la de su amigo el P. Risco, que tan doctamente ilustró las antigüedades civiles y
eclesiásticas de aquel obispado. [2] En este libro, lleno de digresiones, como todos los de su autor,
hay dos importantes, una sobre la patria del poeta Prudencio que Floranes asigna a Calahorra y no a
Zaragoza; y otra sobre el hereje Vigilancio, a quien resueltamente excluye de las dos ciudades
españolas que llevaron el nombre de Calagurris, restituyéndole a la de Cahors en Francia.
Las antiguas poblaciones de Castilla la Vieja, especialmente Valladolid, segunda patria de Floranes
tuvieron en él un celosísimo investigador de sus antigüedades. Es lástima que no llegase a realizar,
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quizá por no haber encontrado bastante francos los archivos, el proyecto de escribir una historia
general de aquella ciudad, tan rica de grandezas y recuerdos como necesitada de [p. 60] cronista. [1]
Pero a lo menos depuró las memorias de su primer siglo y las de su fundador el Conde Ansúrez, [2]
vindicó la antigüedad de su estudio universitario, impugnando la supuesta traslación del de Palencia
[3] y trabajó otra particular de los concilios vallisoletanos, elevando su número hasta once y dado
mucha luz a los vestigios de sus actas. [4] Ni el adocenado Antolínez de Burgos ni su plagiario
Canesi ni otro ninguno de los predecesores [p. 61] de Floranes, pudieron servirle de nada en tan
difíciles indagaciones, y sin defraudar de su mérito a los posteriormente han escrito de historia de
Valladolid, justo es reconocer que deben a los manuscritos del erudito lebaniego buena parte de sus
aciertos.
De igual alabanza son dignas, por lo concienzudas y noticiosas, las Memorias Históricas de la ciudad
de Toro, [1] obra incompleta que alcanza hasta 1476, año memorable en la historia de aquella ciudad
por la sangrienta batalla reñida en sus cercanías entre castellanos y portugueses, vindicación, si
militarmente incompleta, políticamente decisiva, del desastre de Aljubarrota, como sintió bien el
autor de la Divina Retribución. [2]
[p. 62] A un género intermedio entre la curiosidad arqueológica y los estudios de economía social, en
que más de una vez se ejercitó la pluma de Floranes, siguiendo el impulso de las Sociedades
Económicas, tan activas y beneméritas en su tiempo, pertenece la extraña monografía sobre Tierra de
Campos que lleva por título Noticia de la antigua célebre alianza de las nueve villas de Campos,
Amusco, Ambas Amayuelas, Villa Onella, Piña, Támara, Forombrada y San Esteban, su política,
gobierno, leyes, [p. 63] promiscuidad y memorias, con las generales de los Vaceos que las habitaron.
Partiendo Floranes de aquel tan traído y llevado texto de Diodoro Sículo [1] sobre el comunismo de
los antiguos Vacceos, que todos los años hacían sorteo de sus tierras, y aportaban al fondo común los
frutos para repartirlos conforme a las necesidades de cada uno, expone con el mayor candor las más
radicales ideas colectivistas; se declara partidario del comunismo de Licurgo; maltrata reciamente a
Aristóteles por haber introducido en aquella [p. 64] especie de paraíso terrenal que él supone haber
existido en las riberas del Carrión y del Duero; y finalmente se desata contra la institución de los
tribunales de justicia, que llama odiosa y funesta. [1] Todo esto, por de contado, en la esfera más
ideal y platónica que puede imaginarse, porque el bueno de Floranes nada tenía de revolucionario,
siendo por el contrario uno de los legistas más apegados al antiguo régimen en un tiempo en que ya
empezaba a ser combatido. Pero esta declamación infantil, lo mismo que otros rasgos bien
inesperados que suelen encontrarse en sus escritos y riñen con la tendencia positiva y sólida de ellos,
prueba que su juicio sintético no siempre estuvo a la altura de su erudición verdaderamente
abrumadora, y lo que vale más, segura y precisa. Rara vez menciona libro alguno que no hubiera
leído, y entonces lo advierte expresamente, dejando la responsabilidad al primitivo autor de la noticia.
Sus citas se distinguen [p. 65] por la puntualidad rigurosa, y desafían toda compulsa. Transcribe los
documentos con todo el rigor paleográfico que podía exigirse en su tiempo, les aplica las reglas más
sólidas de la crítica diplomática, y procura ilustrar su sentido con todas las notas y concordancias que
su vasta lectura le sugiere. De este modo enseña hasta cuando yerra, y él mismo proporciona los
medios de contradecirle, exponiendo lealmente sus dudas y vacilaciones. Lo que domina en sus
escritos es la honradez profesional del paleógrafo experto, del archivero íntegro. [1] Participa del
espíritu crítico de su tiempo, pero en lo pequeño, más que en lo grande. A veces las digresiones [p.
66] valen en él más que el asunto principal. No es un historiado en el verdadero sentido de la palabra,
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porque le faltaban ideas generales, método y estilo, pero fué un gran trabajador histórico, que con el
fruto de su labor enriqueció a muchos, más hábiles que él o más afortunados. Su vida fué una labor
continua y oscura, en que no encontró las espinas de la censura y de la emulación, porque su
filosófico retiro le salvó de ellas, pero tampoco sintió ni una vez sola los halagos ni los estímulos del
aplauso. Para sus contemporáneos fué poco menos que un desconocido. Los mismos eruditos que tan
a menudo le consultaban, el ministro Llaguno, el consejero Cerdá, el omnipotente Campomanes, no
le ayudaron a salir de la situación subalterna y del apartamiento literario en que vivía, no le
protegieron oficialmente en ninguna de las grandes empresas de erudición jurídica que había
proyectado, no le abrieron el acceso que tantas veces solicitó a los grandes archivos de la Nación y le
dejaron envejecer en Valladolid, atenido a los recursos de su propia biblioteca, de las dos
universitarias y de las conventuales. Gracias que su mediana fortuna y la sobriedad casi estoica de su
vida le permitieron adquirir buenos instrumentos de trabajo, y satisfacer en cierto grado la pasión de
los libros que le dominó siempre. Asombroso es lo que llegó a realizar en tales condiciones. Escribía
mal, en lenguaje inculto y fragoso, lleno de latinismos y voces forenses. Cuando quiere levantar el
estilo, lo hace peor todavía. Hay que confesar que ni las Gracias ni las Musas visitaron jamás su dota
morada. Carecía, no sólo de estilo, sino de orden lúcido y ameno, prenda todavía más esencial en
obras didácticas. De estos defectos no pudo corregirse nunca, porque su condición de autor inédito le
impedía verlos. No hay hipérbole en decir que muchas de sus obras le tuvieron a él por lector único.
Su influencia ha sido póstuma, latente y rara vez confesada.
***
[p. 67] No sucede lo mismo con la de su conterráneo D. Tomás Antonio Sánchez, a quien todos,
propios y extraños, se ven obligados a citar a cada momento como editor de textos capitalísimos, y
respetable patriarca en una de las ramas más importantes y difíciles de nuestra historia literaria. La
erudición de Sánchez, que no era tan varia pero sí más profunda que la de Floranes, sus
conocimientos nada vulgares en las lenguas sabias, su buen instinto filológico y su agudeza crítica,
encontraron adecuado empleo en una obra sola, en vez de dispersarse en un laberinto de enmarañadas
disquisiciones y apuntamientos confusos. Era Floranes fecundísimo y fácil en producir, como quien
se cuidaba poco del plan y menos del estilo. Su verbosidad irrestañable y desaliñada contrasta con la
elegante sobriedad de los cortos escritos de Sánchez, hombre de educación clásica y de ingenio
festivo y ameno. Algunos de su opúsculos satíricos tienen tanto donaire como los del P. Isla, con
mejor gusto. Pero su verdadera gloria consiste en haber sido el primero que con espíritu crítico trató
de las antigüedades poéticas de nuestra lengua, asunto apenas desflorado por Velázquez y Sarmiento.
Ni los pobres e inconexos apuntes del primero, ni las Memorias tan eruditas como destartaladas del
segundo, en que hay de vez en cuando felices adivinaciones, marcan una dirección verdaderamente
científica. Tampoco Sánchez la tenía al principio, puesto que comenzó por agrupar sus notas en torno
de un documento del siglo XV: la célebre carta del Marqués de Santillana al Condestable de Portugal.
Pero pronto comprendió que la historia literaria exigía algo más que noticias tomadas al vuelo, y
emprendió la reproducción textual de los mismos poemas, inéditos hasta entonces, y no sólo inéditos,
sino olvidados y desconocidos, ya en librerías particulares, ya en los rincones de oscuras bibliotecas
monásticas. Y para realizar su empresa tuvo que ser, no sólo bibliógrafo erudito, como lo eran con
honra propia y notable utilidad de estos estudios un Pérez Bayer o un Rodríguez de Castro, sino
también crítico y filólogo en cuanto lo permitía el estado precientífico en que vivió hasta los tiempos
de Raynouard la filología romance que era entonces ciencia adivinatoria más bien que positiva. Sin
más guía que el Glosario de Ducange, se internó en las tinieblas de los tiempos medios. Los
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benedictinos franceses y Tiraboschi le aleccionaron, [p. 68] sobre los orígenes literarios de sus
respectivas naciones. Para el provenzal apenas tuvo más auxilio que la Crusca de Bastero y la
raquítica historia del abate Millot, torpemente entresacada de las colecciones de Sainte-Palaye. No
existía entonces la ciencia de las literaturas comparadas, y Sánchez tuvo que atenerse al fondo
nacional, poemas, crónicas, documentos diplomáticos, y a la literatura latino-eclesiástica que conocía
bastante bien. La dificultad de la empresa, y el escaso número de lectores que logró para sus Poesías
anteriores al siglo XV, no le consintieron publicar desde 1779 a 17790 más que cuatro volúmenes
( Poema del Cid, obras de Berceo, Poema de Alejandro y obras del Archipreste de Hita), aunque
mostró conocer más poemas que los que imprimía: casi todos los que hoy tenemos. Para el quinto,
que se quedó inédito por falta de suscripción, tenía dispuesto el Rimado de Palacio del canciller
Ayala. El mérito de estas ediciones es desigual. El tomo más imperfecto es sin duda el del Arcipreste
de Hita, que debe leerse sólo en la excelente edición de Ducamin. Sánchez no sólo formó un texto
ecléctico con los tres códices del Arcipreste, sino que mutiló trozos importantes por nimio escrúpulo
moral, a que dió suficiente respuesta el sabio y virtuoso Don Gaspar Melchor de Jovellanos en la
censura que redactó por encargo de la Academia de la Historia. La edición del Libro de Alexandre
debe rehacerse también, sobre todo después del hallazgo de otro códice que ha impreso con exactitud
paleográfica el señor Morel-Fatio. La de Berceo, que parece más esmerada que las otras, conserva su
valor por haberse perdido o estar ocultos la mayor parte de los códices que Sánchez disfrutó. No hay
que hablar del Poema del Cid, cuyo texto está en revisión perenne, aunque ya parece que se acerca al
estado definitivo. Pero siempre habrá que decir en honra de Sánchez que él fué en Europa el primer
editor de una Canción de Gesta, cuando todavía el primitivo texto de los innumerables poemas
franceses de este género dormía en el polvo de las bibliotecas. De 1779 es el primer tomo de
Sánchez: más de cincuenta años pasaron antes que Paulino París inaugurase este género de
publicaciones con el Roman de Berthe . La Chanson de Roland no fué publicada hasta 1873 por
Francisco Michel. En esto, como en otras cosas, nos adelantamos bastante los españoles, quedando
rezagados después. Y no sólo fué Sánchez el primer editor [p. 69] del Mio Cid, sino que acertó a
reconocer la importancia del monumento que publicaba, graduándole de «verdadero poema épico, así
por la calidad del metro, como por el héroe y demás personajes y hazañas que en él se tratan», y
dando muestras de complacerse con su venerable sencillez y rusticidad: cosa no poco digna de
alabanza en aquellos días en que un hombre del mérito de Forner no temía deshonrar su crédito
literario ante la posteridad, llamando a aquella gesta homérica «viejo cartapelón del siglo XIII en loor
de las bragas del Cid». [1] Verdad es que D. Tomás Antonio Sánchez estaba dotado de cierto
candoroso y poético instinto de las cosas primitivas, que los arqueólogos tuvieron mucho antes que
los puros humanistas y literatos sujetos a la férula retórica.
La vida de D. Tomás Antonio Sánchez no ha sido escrita todavía: acaso algún día pueda serlo con
ayuda de la extensa y donosa correspondencia familiar que sostuvo con sus parientes de la Montaña,
y que a lo menos en parte conservan sus herederos. Nació, no en 1732, ni en Burgos, como se
estampó por ignorancia geográfica en la Biografía Universal de Michaud [2] y en otros diccionarios y
enciclopedias posteriores, sino en 14 de marzo de 1725, en el pequeño lugar de Ruiseñada,
perteneciente a la provincia y diócesis de Santander, cuyo territorio solía designarse en lo antiguo con
el nombre de montañas de Burgos, porque de Burgos dependió en lo eclesiástico, hasta la erección
del nuevo Obispado cantábrico por bula de Benedicto XIV en 12 de diciembre de 1754. El mismo
Sánchez declara su patria en el glosario que puso a las Poesías de Gonzalo de Berceo, tratando de la
voz bren (salvado): «tiene uso en mi patria, Ruyseñada, pueblo del [p. 70] Obispado de Santander».
[1] También hizo honorífica mención de este pueblecillo el gran Jovellanos en su Diario inédito,
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describiendo su viaje a la Montaña en agosto de 1791: «pasamos a la vista de Ruiseñada, patria del
graciosísimo bachiller de Burlada». El Bachiller de Burlada, como diré más adelante, es seudónimo
adoptado por Sánchez en uno de sus más picantes opúsculos.
Abrazó Sánchez la carrera eclesiástica, pero no sabemos que llegase a obtener más beneficio ni
prebenda que la Magistral de la Colegiata de Santillana que renunció en 1761. Su vida estudiosa y
tranquila encontró cómodo y apacible albergue en la antigua Biblioteca Real, hoy Nacional, que
dirigía su paisano Don Juan de Santander y Zorrilla. Sánchez fué uno de los tres bibliotecarios (los
otros dos eran D. Juan Antonio Pellicer y Don Rafael Casalbón) que trabajaron en la nueva edición
de la Bibliotheca Hispana Nova , de D. Nicolás Antonio, dada a luz [p. 71] en 1788, corrigiendo
escrupulosamente las erratas de la de Roma, y mejorando en gran manera los índices. [1]
Perteneció D. Tomás a las principales corporaciones literarias de su tiempo, y en todas se distinguió
por su actividad y celo. En la Academia de la Historia ingresó como numerario en 24 de julio de
1757, antes de haber publicado escrito alguno, lo cual prueba la consideración de que ya gozaba en
los círculos eruditos. Llegó a ser director interino de aquella corporación desde 16 de mayo de 1794
hasta 30 de noviembre de 1795, y no lo fué en propiedad por haberle suplantado, como era natural, un
grande de España, un Duque de la Roca, personaje enteramente desconocido en la república de las
letras, pero de mucha más «categoría social» que el pobre bibliotecario Sánchez. En la colección
impresa de las Memorias de la Academia de la Historia no hay ninguna con el nombre de Sánchez,
pero tuvo parte muy principal en un informe que como trabajo colectivo de la Academia figura en el
tomo tercero, sobre la inscripción hebrea del Tránsito de Toledo y las falsificaciones introducidas en
ella por el judío converso D. Juan José Heydeck en 1795.
Ingresó Sánchez en la Academia Española como supernumerario en 3 de noviembre de 1763.
Ascendió a numerario en 7 de abril de 1767, y desde el año 1772 hasta su muerte estuvo encargado
de las correspondencias latinas del Diccionario.
[p. 72] La Real Academia Sevillana de Buenas Letras se había adelantado a las de Madrid, eligiendo
a Sánchez académico honorario en 24 de noviembre de 1752. Luego veremos la colaboración que
prestó a sus trabajos. La fecha de la muerte de Sánchez está equivocada, lo mismo que la de su
nacimiento, en la Biografía de Michaud y en todos los que la han seguido. Falleció en Madrid, no en
junio de 1798, sino en 12 de marzo de 1802, según consta en el Archivo de la Academia Española, y
en el de la Biblioteca Nacional.
Además de su colección famosa, [1] dejó Sánchez varias obrillas de curiosa erudición y sazonada
crítica, que convendría recoger en uno o dos volúmenes, porque todas ellas escasean bastante.
Conozco las siguientes:
[p. 73] Traducción y explicación del epitafio hebreo del sepulcro del Santo Rey Don Fernando III.
Por Don Thomas Antonio Sanchez. En la Academia de 12 de enero de 1753 ( pp. 96-104 del tomo Iº
de las Memorias Literarias de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras... En Sevilla. Por D.
Joseph Padrino y Solís, impresor de dicha Real Academia. Año de M.DCC.LXXIII). Sobre los cuatro
epitafios hebreo, arábigo, latino y castellano del sepulcro del Santo Rey, y sobre la cuestión
cronológica que implican, se publicaron varios opúsculos, [1] todos posteriores al de Sánchez,
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incluso el del P. Flórez, que es de 1754. Si la Academia de Buenas Letras no hubiese tardado veinte
años en imprimir la memoria de D. Tomás Antonio, nadie le hubiera quitado el mérito de ser el
primer editor e intérprete del epitafio hebreo.
[p. 74] -Elogio histórico de D. Vicente Gutiérrez de los Ríos, por Don Tomás Antonio Sanchez,
Bibliotecario de S. M. 1779 (Memorias literarias de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras.
Tomo II Publicado a expensas de su Director D. Francisco del Cerro. Sevilla: Establecimiento
tipográfico, plaza del Silencio, núm. 23. 1843. [p. 75] pp. 195-210). Es un bosquejo elegante, pero
demasiado rápido, de la vida literaria del cultísimo artillero, biógrafo de Cervantes y crítico del
Quijote. [1]
-Carta familiar al Dr. D. Joseph Berni y Catalá, Abogado de los Reales Consejos, sobre la
Disertación que escribió en defensa del Rey Don Pedro el Justiciero, publicada en la Gazeta de
Madrid, el Martes 26 de Mayo de 1778. Embiasela de Burlada, pueblo de Navarra, el Bachiller D.
Pedro Fernandez. En Madrid, por Don Antonio de Sancha. 8.º, 101 páginas.
Es una burla donosísima de la persona y escritos del Dr. Berni, farragoso leguleyo valenciano, y
especialmente de su Jurídica defensa del Rey Don Pedro. El principal argumento de Berni era una
copia legalizada de cierta revelación que en 1635 tuvo un monje cartujo del Paular, D. Sancho de
Noriega, en la cual le fué manifestado que el alma del rey D. Pedro estaba en el cielo, porque había
tenido contrición a la hora de la muerte. Imagínese el partido que de esto sacaría el ingenio zumbón y
maleante de Sánchez. En acaso el mejor de sus escritos satíricos.
-Carta publicada en el Correo de Madrid injuriosa a la buena memoria de Miguel de Cervantes.
Reimprímese con notas apologéticas fabricadas a expensas de un devoto que las dedica al autor del
D. Quixote de la Mancha. En Madrid por Don Antonio de Sancha. Año de M.DCC.LXXXVIII... 8.º,
XXXIV pp.
El autor de la Carta del Correo de Madrid era el escolapio Don Pedro Estala, que habiendo
encontrado anónima la novela de El Curioso Impertinente en la segunda edición de la Silva Curiosa,
de Julián de Medrano, hecha en 1608, dedujo con imperdonable ligereza que también estaría en la
primera de 1583, y echó a volar la especie de que Cervantes, la había tomado de [p. 76] allí «no
creyendo haber inconveniente o persuadido a que no se le descubriría el hurto, si así debe llamarse».
A esta calumniosa necedad divulgada en 1787, se opuso con la lógica del buen sentido, nuestro
Sánchez, aun sin haber visto la primera edición de la Silva , de la cual sólo tuvo conocimiento a
última hora por carta de un amigo suyo de París, que la reconoció en aquella Biblioteca, y
efectivamente no encontró la novela de El Curioso Impertinente, que fué añadida por César Oudin en
la edición de 1608, copiándola del Quijote . Gallardo exagera no poco el mérito de estas Notas de
Sánchez, «llenas de picante jocosidad y donaire... Son en mi dictamen de lo más feliz que en su línea
se ha escrito en castellano; aunque entren a la competencia Los Cata-riberas de Salazar, el Prete
Jacopin del condestable, La Perinola de Quevedo, y El Bodoque de Moret». [1] Sin admirar todas
estas sátiras (por lo menos el pesadísimo Bodoque ) tanto como las admiraba Gallardo, hay que
convenir en que cualquiera de ellas tiene más importancia que las ligeras notas que Sánchez puso a la
carta de Estala, mostrando más razón que chiste. Ni tampoco el caso requería más por tratarse de una
cuestión de hecho que estaba resuelta en dos palabras. Tales elogios cuadrarían mejor a la Carta al
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Doctor Berni , y a otra carta de que paso a tratar ahora.
- Carta de Paracuellos escrita por Don Fernando Perez a un sobrino que se hallaba en peligro de
ser autor de un libro. Publícala con notas un Bachiller en Artes. Madrid, MDCCLXXXIX. Por la
Viuda de Ibarra, calle de la Gorguera. Con licencia. 8.º. 129 páginas.
En esta serie de consejos irónicos dados a un aprendiz de literato, hace Sánchez festiva más que
punzante crítica de los principales vicios, pedanterías y extravagancias de la literatura de su tiempo, y
aun de tiempos anteriores. Los que gusten, como gustamos nosotros, del antiguo gracejo castellano,
algo frailuno, que suele haber en las polémicas del siglo XVIII, encontrarán mucho que aplaudir en la
Carta de Paracuellos , que es un repertorio de citas estupendas, cuentecillos, refranes, y castizos
idiotismos, traídos a cuento con mucha gracia y soltura. En su buen humor [p. 77] franco y continuo
Sánchez es un discípulo del P. Isla, pero no un copista servil como le echaron en cara sus adversarios.
Su vena cómica es menos abundante, pero fluye mucho más limpia. No lega a la perfección que en su
género tienen algunos opúsculos críticos de D. Tomás de Iriarte y de D. Leandro Moratín, porque el
gusto de Sánchez no era tan puro como el de aquellos insignes literatos, y además sus estudios y
predilecciones arqueológicas le tenían un poco rezagado dentro de la literatura de su tiempo. Pero en
su manera, medio erudita, medio familiar y algo pedestre, es un prosista digno de estudio, sin las
zafias chocarrerías en que suele caer el vigoroso ingenio del P. Alvarado, y sin el laborioso y violento
artificio de Gallardo.
El único punto endeble de la Carta de Paracuellos es una larga e impertinente nota (tan impertinente
como la censura del Barbadiño en el Fr. Gerundio de Campazas ), en el cual Sánchez, apegado con
exceso al verbalismo de la filosofía escolástica, manifiesta cierto mal fundado esceptismo respecto de
los métodos de las ciencias experimentales, que por otra parte él aplicaba de tan buena manera en la
investigación histórica.
De este desliz se prevalió un terrible polemista de entonces, más versados que Sánchez en los
estudios filosóficos y no inferior a él en dotes de estilo, aunque era el suyo más enérgico que
chistoso, y más bronco que limado. Fué D. Juan Pablo Forner quien con el transparente seudónimo de
Paulo Ipnocausto publicó el siguiente folleto, que es bastante raro:
-Carta de Bartolo el sobrino de Don Fernando Perez, tercianario de Paracuellos, al editor de la
carta de su tío. Publicala el Lic. Paulo Ipnocausto. Con licencia. Madrid en la Imprenta Real. 1790.
8.º, 110 pp.
Descartada la cuestión de la Física aristotélica, en que Forner tiene razón contra Sánchez, aunque no
sean óptimos todos los argumentos en que la funda, en el resto del discurso no hace más que
descargar palos de ciego contra los estudios de erudición que, tan dignamente y con tanta honra de
España, representaba Sánchez, a quien no se harta de llamar «editor de vejeces y coplillas de los
Cancioneros de la Era de Bernardo del Carpio», «tremendo glosador», «comentador de antiguallas»,
y otros dicterios semejantes. Estos dos grandes españoles del siglo XVIII eran dignos de [p. 78]
haberse entendido: los dos trabajaban, cada cual a su manera, en conservar y depurar la tradición
nacional, pero es lo cierto que no se entendieron en cosa alguna. Forner tenía a Sánchez por un
«erudito mondo y lirondo»: Sánchez da muestras de tener por un charlatán y un sofista al autor de las
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Reflexiones sobre la Historia, del Plan de las instituciones del Derecho, de las Exequias de la lengua
castellana , del informe sobre la enseñanza filosófica en la Universidad de Salamanca. De tales
injusticias y contrasentidos está llena la historia literaria. Ni a Forner se le debe juzgar por sus libelos,
ni a Sánchez por el desahogo, más o menos legítimo, de sus represalias, que así y todo quedaron
cortas respecto de la insolencia de su contradictor, en quien, por otra parte, reconoce «ingenio, un
poco de gracia, mucha pimienta negra, algo de erudición Bruckeriana» (es decir de Historia de la
Filosofía, recopilada entonces en la vasta obra de Brucker).
La réplica de Sánchez, tan extensa como la Carta de Paracuellos, y mucho menos conocida, se titula:
-Defensa de D. Fernando Pérez, autor de la Carta de Paracuellos impugnada por el Lic. Paulo
Ipnocausto. Escribíala un amigo de D. Fernando. Madrid MDCCLXXXX. En la imprenta de la Viuda
de Ibarra. Con licencia. 8.º, 153 pp.
Sánchez se defiende con garbo aun en la cuestión de física aristotélica y neutoniana en que se le
habían ido algo los pies al escribir su primera carta. Pero lo más interesante que tiene esta segunda es
la parte de vindicación personal, contenida siempre en los límites de la modestia y del decoro. Por lo
mismo que sabemos tan poco de la biografía de Don Tomás Antonio son interesantes estas
confidencias sobre sus estudios y trabajos: « Don Fernando Pérez, después de haber estudiado su
gramática, retórica y humanidades, se dedicó a las ciencias mayores, y al mismo tiempo a una de las
lenguas sabias [1] de que sólo ha dado algunas muestras quando le ha sido inevitable. En las ciencias
que profesó hizo varios exercicios de oposicion; y logró en tres de ellos lo [p. 79] que pretendia.
Sufrió en ellas muchos exámenes rigorosos para varios grados que se le concedieron nemine
discrepante » (p. 143). Y contestando a las insulsas burlas de Forner sobre su colección de poetas de
la Edad Media, exclama con digna altivez, como quien tiene conciencia del valor de su obra: «Si el
señor Licenciado desprecia aquella Coleccion de nuestras primeras Poesías castellanas por filoañejas
y filopodridas, sepa que otros muchos algo más altos y de más larga vista y más limpias narices que
su merced, las alaban y las protegen. Sepa que en Inglaterra las estiman, en Alemania y en Italia.
Sepa que aunque no es obra para el vulgo, la estiman los eruditos y buenos españoles que aman a su
nación, y desean saber y conocer su antigua poesía, su lengua y sus costumbres. Sepa que hay en
dicha Colección muchos descubrimientos, que antes de publicarse estaban sepultados: muchos Poetas
antiguos castellanos que eran desconocidos... Sepa que sin estas poesías no podía escribirse desde su
origen la Historia de la Poesía Castellana, por falta de su primera época anterior en más de dos siglos
a Juan de Mena, en quien se puede decir que empezó la segunda. Sepa que una gran parte de nuestra
lengua primitiva estaba escondida en aquellas poesías hasta que el Colector publicándolas, y
formando de las voces antiquadas índices alfabéticos, les dió toda claridad que le fué posible.»
Sánchez, que nunca olvidó que era de puertos allá , como dice en su controversia con Floranes,
dedicó a su tierra natal y al cabildo eclesiástico de que había formado parte, el último escrito suyo
que conocemos.
Catálogo de los abades de la insigne y Real iglesia Colegial de Santillana, por Don Tomás Antonio
Sanchez. Manuscrito original, firmado por el autor a 9 de febrero de 1793. Biblioteca de la Academia
de la Historia, E-136. fol. 250 (Muñoz Romero, p. 235).
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***
No pienso comentar prolijamente los dos opúsculos de Floranes y Sánchez que ahora se imprimen.
Publicados a tiempo hubieran sido muy útiles para el adelanto de nuestra primitiva historia literaria.
Hoy, después de un siglo bien cumplido, en [p. 80] que la erudición nacional y la extranjera han
renovado por completo esta materia, tienen sólo un interés de curiosidad, porque casi todo lo que en
ellos se apunta ha sido mejor y más extensamente tratado, y sobre algunos puntos que entonces eran
dudosos ha recaído sentencia definitiva. Pero no por eso ha de estimarse en menos el acierto y la
docta sagacidad de los primeros investigadores, que no por ser los primeros resultan siempre los más
atrasados. Cosas apuntan Floranes y Sánchez que hoy mismo no son vulgares: algunas que sólo en
estos últimos años han sido reconocidas y enseñadas por grandes maestros de la crítica. Nadie antes
que Floranes había dicho que la Crónica General mandada escribir por D. Alfonso el Sabio, se acabó
realmente en tiempo de D. Sancho el Bravo. Nadie había deslindado con tanta claridad como él los
dos capitales monumentos de la vieja historiografía castellana: la primitiva Crónica General y la
refundición de 1340. Nadie había probado antes que él que la Crónica particular del Cid había sido
desglosada de esta General segunda, o, para hablar con más propiedad, de una de sus derivaciones. Y
aunque no llegó a conocerlas y estudiarlas todas, porque éste era lauro reservado a la pasmosa
pericia, sagaz y adivinatoria, de nuestro contemporáneo D. Ramón Menéndez Pidal, todavía lo poco
que dijo Floranes en este manuscrito indica que marchaba por buen camino y que hubiera encontrado
la verdad entera si los medios con que contaba la ciencia de su tiempo hubiesen sido menos escasos.
De todos modos, esta breve digresión sobre las Crónicas enseña más y es más clara y segura que lo
que suele encontrarse sobre este particular en voluminosas historias literarias muy posteriores a
nuestro humilde erudito.
Acertó también Floranes cuando reconoció vestigios poéticos en la Crónica del Cid: cuando probó
con el testimonio de la General la existencia de los cantares de Bernardo; cuando defendió contra
Sánchez que los juglares no habían sido meros cantores, recitadores y tañedores de instrumentos, sino
verdaderos poetas populares, autores de los mismos poemas que recitaban. Y fué también Floranes el
primero que, adelantándose a Grimm, concibió el plan de una Silva de romances viejos, «una
completa colección individual y metódica, con notas críticas acerca del tiempo de la formación de
cada pieza».
[p. 81] Estos felices atisbos van mezclados, como no podía menos, con yerros casi inevitables
entonces. Tanto Floranes como Sánchez dan por auténtico, y califican de antigualla preciosa, un
romance genealógico, torpemente forjado en el siglo XVII, y que al parecer figuró como inscripción
en una ermita de Liébana. [1] Floranes se empeña en atribuir al abad de Santander Jofre de Loaisa la
redacción de la Crónica General , confundiéndola con la continuación que Loaisa hizo de la obra
histórica del arzobispo Don Rodrigo y tradujo al latín Arnaldo de Cremona; crónica que el erudito
montañés no pudo ver por hallarse fuera de España el único manuscrito que la contiene. [2] Uno y
otro contendiente parecen dar por genuina composición de Alfonso el Sabio el romance. «Yo salí de
la mi tierra-para ir a Dios servir». Y a este tenor hay otros descuidos que hoy enmendaría cualquier
principiante.
Por lo que hace a la controversia en sí misma, llevada por cierto con una templanza y serenidad que
es rara en las polémicas de entonces, ni Floranes tiene razón en todos sus reparos, ni Sánchez en
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todas sus respuestas, como sucede casi siempre. El primero rebaja demasiado la antigüedad de los
primeros documentos en lengua castellana; se empeña en considerar el Poema del Cid como
composición personal del copista Per Abbat a quien identifica con un Chantre de Sevilla; y quiere
retrasar su fecha hasta mediados del siglo XIII, fundándose en un interpretación demasiado literal del
verso
Hoy los Reyes de Espanna sos parientes son...
En todos estos puntos Sánchez le rebate muy bien. No así en lo que toca al oficio de juglar, ni en lo
relativo a la Crónica del Cid , cuyo origen es indisputablemente el que apuntó Floranes; sin que por
eso deba desdeñarse (antes tiene visos de plausible) la conjetura de Sánchez de haber existido otra
crónica particular [p. 82] de aquel héroe anterior a la General y hubo de ser utilizada por sus
compiladores. [1]
En resumen, Floranes se muestra más invento y original: Sánchez más cauto, y como él dice: «más
descontentadizo en sacar consecuencias». El primero abusa con intemperancia de su erudición: el
segundo maneja con sobriedad la suya, y pudo decir con cierta socarronería a su adversario:
«Tenemos diverso gusto. El del señor Floranes es mejor que el mío. Su merced gusta de decirlo todo:
yo me contento con lo preciso: sobre esta diferencia recaen muchas de sus advertencias.» Y así como
fueron diversos sus gustos, también ha sido diversa su fortuna en el mundo. Floranes yace enterrado
bajo la mole inédita de sus obras. Sánchez, merced a un libro solo, que es el supuesto necesario de
cuantos se han escrito y pueden escribirse sobre los orígenes de nuestra lengua y poesía, ha
conseguido perpetuar su nombre, y si hoy levantase la cabeza, le vería honrosamente repetido en
todas las cátedras de Filología y en todas las ediciones de textos críticos de nuestra Edad Media.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 41]. [1] Nota del Colector.- Se publicó en el tomo XVIII. de la «Revue Hispanique» 1908.
Se colecciona por primera vez en Estudios de Crítica Literaria.
[p. 42]. [1] Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, formada con los
apuntamientos de don Bartolomé J. Gallardo. Tom. I, col.19.
[p. 42]. [2] Historia de la literatura española por M. G. Ticknor, traducida al castellano con
adiciones y notas críticas por don Pascual de Gayangos y don Enrique de Vedia (Madrid, 1851)
Tomo I, pág. 494.
[p. 43]. [1] Madrid, 1806-1808. Cinco tomos. Tuvo la ingratitud de no citar a Floranes (a lo menos no
lo recuerdo), pero encontró buena mina en sus colecciones y disertaciones sobre Álava y Vizcaya.
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[p. 43]. [2] Diccionario Geográfico-Histórico de España... Sección I. Comprenhende el Reyno de
Navarra, Señorío de Vizcaya y Provincias de Alava y Guipúzcoa. Madrid, 1802. Dos tomos. Véanse
especialmente los artículos de Álava redactados por Martínez Marina.
[p. 43]. [3] Ensayo histórico-crítico sobre la legislación y principales cuerpos legales de los Reinos
de León y Castilla... Por el Doctor D. Francisco Martínez Marina, 2.ª edición. Madrid, 1834.
Tomo I, págs. 128 y 129. Cita y discute las opiniones de Floranes sobre el Fuero de Sepúlveda.
Páginas 369-373. Opinión del «curioso y erudito abogado don Rafael Floranes» sobre el título
verdadero del Código Alfonsino, que según él debió llamarse Libro de las Posturas.
Páginas 383. Opinión de Floranes sobre los compiladores de las Partidas, y el mérito de este cuerpo legal.
Tomo II, pág. 182. Sobre la autoridad legal del Ordenamiento de Montalvo.
Hay otras citas que por brevedad omito. Los Apuntamientos para la historia del derecho español, los
Apuntamientos sobre los autores de las célebres Leyes de Partida y la copia e ilustración del Fuero
de Sepúlveda, son los principales trabajos de Floranes a que Martínez Marina se refiere.
[p. 44]. [1] Madrid, 1861, págs. 267-268.
[p. 44]. [2] Don Ildefonso Llorente Fernández en su libro Recuerdos de Liébana (Madrid, 1882),
dedica dos páginas a Floranes (373-376). Puede verse también la compilación de don José Antonio
del Río, La Provincia de Santander considerada bajo todos sus aspectos (Santander, 1899), tomo II,
págs. 297-298.
[p. 44]. [3] Por eso le inspiraba tanto horror la ignorancia histórica de los abogados y juristas
españoles de su tiempo, contra los cuales fulminó una vehemente invectiva en su extensa carta al
célebre magistrado don Juan Pérez Villamil, firmada en 3 de julio de 1783. Todavía, pasados más de
cien años tienen triste oportunidad sus palabras, alegadas a este propósito por el señor don Rafael
Ureña en su magnífica oración inaugural de 1906: «La historia del Derecho de España, aun oy con
ser oy, yace como se estava descansadísimamente en su antiguo Reyno de las tinieblas. Ni yo sé
palabra de ella, ni sé quién la sepa, ni que aya disposición para saberse. ¿Cómo se ha de saber la
historia si el Derecho mismo español se ignora? En charcos le bebemos, en lagunas. Sus deseadas
fuentes aun no nos son comunes. Esas se esconden allá en varios depósitos, donde tienen sus
corrientes luchas con la polilla, con el polvo y con el olvido» (Ms. 10.499 de la Biblioteca Nacional,
Colección de cartas mss. de diferentes literatos, fol. 4-72).
[p. 45]. [1] Trueba (don Antonio de), Capítulos de un libro, Madrid, 1864, páginas 53-65. El Señor
de Tavaneros. Estos datos son lo único útil que contiene esta diatriba contra Floranes, tan endeble
como todo lo que de Historia escribió aquel ameno cuentista y popular poeta, que no había nacido
ciertamente para los severos trabajos de erudición.
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[p. 45]. [2] «Don Rafael Floranes, literato de inmensa lectura y hombre bien intencionado, oriundo de
la provincia de Álava(?) dispertó en 1771 la idea del obispado, escribiendo varias cartas y haciendo
una presentación a la provincia para animarla a pedir la reintegración de la diócesis, asunto, según él,
de reparación justa, porque era de los que opinaban que la posesión de las provincias vascongadas por
Calahorra debía su principio a una usurpación. Las noticias de estos antecedentes estaban casi
olvidadas, por falta de personas que se hubiesen dedicado en Álava al estudio de su historia
eclesiástica, y él las resucitó: merced a él, muchas que presenta como nuevas, nos son hoy familiares.
La Diputación alavesa no debió proveer nada, pues en 1774 hizo otra representación a la junta
general en que repetía las razones anteriormente manifestadas, mostrando lo fácil que era el buen
éxito de la pretensión, porque el Gobierno tenía empeño, por motivos políticos, en aumentar las
diócesis para evitar la desmesurada riqueza de los obispos y lograr que siendo menos numerosa la
grey estuviese mejor cuidada. En esta representación habla de una obra que estaba escribiendo al
intento, que según el carácter de Floranes y sus profundos estudios, debía encerrar curiosísimos datos,
y es muy tato que Landázuri, su contemporáneo, que dedicándose a las mismas tareas debía conocer
mejor que nadie el mérito de Floranes, no nos dé noticia de este escrito. La junta decretó dándole las
gracias y excitándole a continuar su obra; pero dió poco impulso al asunto principal de la restauración
de la diócesis.»
Reseña histórica del antiguo obispado Alavense... por don Eustaquio Fernández de Navarrete y don
Sotero Manteli. Vitoria, 1863, págs. 155-156.
Si los señores Navarrete y Manteli hubiesen conocido los manuscritos de Floranes sobre Álava
existentes en la Academia de la Historia, no les hubiese sido tan difícil explicar el silencio de
Landázuri.
[p. 47]. [1] De una interesante carta inédita de Floranes al P. Flórez, firmada en Vitoria, a 7 de
septiembre de 1771, guarda copia mi erudito amigo don Eduardo de la Pedraja en su curiosa
biblioteca de Santander, formada exclusivamente de autores montañeses y libros y documentos
relativos a la historia de Cantabria. El bueno de don Rafael empieza jugando del vocablo con su
propio apellido y el P. Flórez: «Floranes siempre ha deseado con ansia florezer en la expertísima
Escuela de V. Rma. pero siempre que ha deseado buscarle Maestro y consultarle oráculo, ha tenido la
desgracia pesarosa de hallar a V. Rma. fatigado en otras tantas tareas cuantas oy le estan acreditando
el mas prodigo y liberal bienhechor de la Grey literaria de España». Infiérese de aquí que el P. Flórez,
abrumado de consultas y ocupaciones literarias, no había hecho al principio bastante caso de
Floranes, pero debió de llamarle la atención esta carta en que hay muy juiciosas advertencias de
crítica histórica. De entonces datan las relaciones del Señor de Tavaneros con los eruditos de la
escuela augustiniana.
[p. 47]. [2] Especialmente en el 33 que contiene las Antigüedades civiles y eclesiásticas de Calahorra
y las Memorias concernientes a los obispados de Nájera y Álava (Madrid, 1781).
[p. 47]. [3] «El último en orden, aunque primero en mi reconocimiento, de los que han favorecido mi
idea, es el señor don Rafael Floranes Robles y Encinas, señor de Tavaneros, residente en Valladolid,
y allí individuo de mérito de la Real Sociedad y Academias de Jurisprudencia y Cirujía. No hallo
frases con que explicar lo mucho que ha trabajado en esta obra. Con sinceridad y verdad podré decir
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que tiene una gran parte en ella; pues habiéndole comunicado mi original, ha sido tanto lo que le ha
adicionado y pulido, que cuando volvió a mi poder quedé admirado. Su grande instrucción en nuestra
historia, esquisita librería y talento observador, le ha hecho reparar en lo que cuyo no pensaba, dando
no poca luz y hermosura a muchas especies menos bien dirigidas. No es nuevo en este laborioso
literato prestarse a los auxilios que otros han invocado de él, pues por este motivo suena en nuestros
libros con los elogios que es notorio, y todos justamente ofrecen a su mérito, desde los años 1772
hasta hoy: sus correcciones van adoptadas en esta edición. Por lo que es las adiciones me ha parecido
que merecen conservarse originales, marcadas con la F. inicial de su apellido. A mas de lo que ha
contribuido para el presente tomo, me consta tiene recogida una Memoria de todos los impresores de
Valladolid y obras más principales que han salido de sus oficinas, desde el primero de ellos Juan de
Francour en el 1493 hasta el presente: con lo cual y sus notas críticas con que la ilustras, e puede
formar un tomo de justo volumen, que irá viendo el público por partes, o por entero a su tiempo,
segun tengo entendido y parte visto.»
Typographia española o historia de la introduccion y progresos del arte de la Imprenta en España...
Tomo I. Su autor Fray Francisco Méndez... Madrid, Ibarra, 1796.- 2.ª ed. por don Dionisio Hidalgo,
1861, página IX, párrafo XXV del Prólogo.
La mayor parte de las noticias que Floranes comunicó al P. Méndez estaban tomadas de sus
Apuntamientos sobre la Imprenta , que citaré después. Pero de la Tipografía de Valladolid , que al
parecer tenía escrita, no queda rastro.
[p. 48]. [1] No tanto como hubieran debido. El mismo Floranes, en su Vida del Dr. Galíndez de
Carvajal (Documentos inéditos, tomo XX, pág. 299), declara haber contribuído con no pocas noticias
a la introducción histórica que pusieron Asso y Manuel a sus Instituciones del Derecho Civil de
Castilla (1771). No debió de quedar muy satisfecho con sus autores, puesto que en la misma
biografía de Galíndez (pág. 305) viene a llamarlos en buenos términos plagiarios del P. Burriel, «que
siempre hicieron profesión de seguirle, aunque las más veces callando su nombre». Y aun más
desenfadadamente en la carta a Villamil (folio 27): «En nuestros tiempos el P. Burriel y los Doctores
Asso y Rodríguez, que comunmente copiaron de este erudito (aun con sus palabras sin citarle) los
mejores periodos que introducen relativos a la historia de nuestras legislaciones». No es menos duro
el juicio que forma de las célebres Instituciones , primer libro didáctico de su clase, que tanto crédito
y provecho dió a sus autores: «Con tantas leyes aun no tenemos las suficientes para arrancar de ellas
los principios necesarios a unas medianas Instituciones de Derecho Español, si ya no pasamos por
tales las menos infelices de Asso y Manuel, que mas de quatro veces alegan mal las leyes y las
atribuyen o lo que no dicen o lo contrario» (fol. 23). En casi todos los trabajos jurídicos de Floranes
son frecuentes las rectificaciones a los doctores Asso y Manuel.
[p. 48]. [2] «Sabio de primer orden y igualmente generoso» llama a Floranes en la página 17 de la
referida Demostración, impresa en 1796. Y no menos expresivamente en la 66: «Un exemplar de las
Obras de Lope García de Salazar existe en la Biblioteca del Escorial, y dél se sacó la copia que posee
el Señor Don Rafael Floranes, insigne favorecedor de todos los Escritos de algun mérito de su
tiempo, de quien se puede decir sin lisonja que escribe con las plumas de todos, por las muchas y
especiales noticias que a todos comunica.» Vid., además, las págs. 136, 213, en que se refiere a
documentos enviados por Floranes, cuya mano me parece reconocer también en la interesante nota
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séptima De los juglares (págs. 335 a 341). Los elogios de Fr. Liciniano honran en gran manera a
Floranes, porque aquel docto religioso ha sido uno de los más profundos investigadores de nuestra
historia económica.
[p. 49]. [1] Memorias históricas de la vida y acciones del Rey D. Alfonso el Noble, octavo del
nombre, recogidas por el Marques de Mondexar, e ilustradas con notas y apéndices por D.
Francisco Cerdá y Rico... Madrid: en la imprenta de D. Antonio de Sancha. Año de M.DCC.LXXXIII.
Folio CXXIX del Apéndice: «Suma de la Crónica del Rey D. Alfonso VIII de Castilla, escrita por
Fernan Martinez de Burgos, Escribano público de la ciudad de Burgos en su Colección de poesias, el
dia de la Exaltacion de la Cruz XVI de Julio de M.CD.LXV.»
En la nota, dice Cerdá: «Esta Suma me la ha comunicado D. Rafael Floranes de Robles y Encinas,
Señor de Tavaneros, residente en Valladolid, persona muy instruida en la historia de nuestra Nacion,
y en las buenas letras: de quien son las notas con que va adornada, y las noticias que da del autor y de
sus poesías inéditas, aunque, por no dilatar mas, las hemos compendiado, reservando para otro lugar
ponerlas enteras.»
Folio CXXXIV: «Noticia del autor de esta Crónica y de su coleccion inedita de Poesías, por D.
Rafael Floranes.»
De este Cancionero , cuya pérdida nunca será bastante lamentada, formaban parte los Proverbios del
Marqués de Santillana con glosas más breves que las impresas con ellos en diferentes ediciones
antiguas. Floranes hizo sobre ellos un importante trabajo que anuncia en esta Noticia : «Tenemos
hecha una ilustracion y cotejo con varios Mss. de esta curiosa obra, para comunicarla al público,
quando Dios nos lo permita: en la qual después del cotejo del texto, que andaba muy pervertido, el
principal asunto es informar de los autores citados en las glosas, en aquel tiempo triviales, ahora raros
y poco conocidos; con la vida exacta del Doctor Pero Diaz de Toledo (que trabajó las glosas
mayores) y la razón de sus escritos, sobrino del célebre Relator Fernan Diaz de Toledo.»
Esta tentativa de edición crítica de los Proverbios existe en la Academia de la Historia (tomo XI de la
colección de Floranes), y tuvo presente Amador de los Ríos para su colección de las Obras del
Marqués de Santillana (Madrid, 1852). Vid. pág. CLXVIII de la introducción: «Esta copia que
remitió Floranes al docto académico don Francisco Cerdá, está hecha con el mayor esmero,
enmendando muchos y capitales errores de las quince ediciones del Centiloquio ... A las eruditas
observaciones con que Floranes dirigió a Cerdá los Proverbios , debemos tambien no poca ayuda en
las investigaciones que hemos hecho sobre las Glosas, restituyendo al Marqués las que escribió
realmente, y señalando como del doctor Pero Diaz las que sin razón se atribuian a don Iñigo.»
Llevan la firma de Floranes muchas importantes notas de las Crónicas de Enrique II y don Juan I en
la excelente edición de Llaguno (Madrid, Sancha, 1780), págs. 585 y ss.
En la Crónica de Don Pedro Niño, publicada por el mismo Llaguno en 1782, hay referencia también
al «infatigable estudio histórico y genealógico de D. Rafael Floranes de Robles» (pág. 223).
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[p. 50]. [1] Fué enterrado en la parroquia de la Antigua, al lado de su mujer, que había muerto dos
años antes, sin sucesión. Fueron herederos de don Rafael su hermana doña Micaela y dos sobrinos
que vivían en Liébana.
Según dice el señor Llorente ( Recuerdos de Liébana , pág. 376), la biblioteca de Floranes no produjo
en subasta más que 28.340 rs. ¡Baratos andaban entonces los libros raros y los manuscritos preciosos!
Floranes los tenía de primer orden.
[p. 50]. [2] El erudito profesor don Rafael de Ureña en su ya citado Discurso inaugural del curso
académico de 1906 a 1907 en la Universidad de Madrid, transcribe en una nota (pág. 76) las
asignaturas de los códices de la Biblioteca Nacional (más de cincuenta) que contienen opúsculos de
Floranes. La colección de la Academia de la Historia no pasa de veinte tomos (a los cuales hay que
añadir cinco cuadernos sueltos de varia procedencia), y uno de ellos (27, 3. E. n. 59, fols. 130- 135)
hay un índice de las obras manuscritas y colecciones de Floranes . Pero el verdadero índice completo
y razonado de todos los trabajos de este insigne polígrafo está por hacer todavía.
[p. 51]. [1] Colección de documentos inéditos para la Historia de España . Tomos XIX y XX.
Madrid, imprenta de la viuda de Calero, 1851 y 1852.
En el tomo XVIII de esta misma colección desordenadísima (págs. 227 a 422) se habían publicado
los Anales breves del reinado de los Reyes Católicos, D. Fernando y Dª Isabel... que dejó
manuscritos el Dr. Lorenzo Galíndez Carvajal... y una Continuación de la Crónica de aquellos reyes
que hasta ahora no se ha publicado: la confrontación y corrección de esta Crónica con un excelente
manuscrito coetáneo, y las variantes más sustanciales que resultan de este cotejo: dispuesto todo con
las correspondientes notas críticas y apéndices de documentos y piezas curiosas conducentes a la
ilustración de la historia de aquel tiempo. Por D. Rafael Floranes Robles y Encinas, Señor de
Tavaneros, Socio de mérito de la Real Sociedad patriótica de Valladolid y su provincia. Año 1787.
[p. 51]. [2] Memorial Histórico Español, colección de documentos, opúsculos y antigüedades, que
publica la Real Academia de la Historia. Tomo II. Madrid, 1851.
Páginas 136- 248. Flores de las Leyes: Suma Legal del Maestre Jacobo Ruiz, llamado de las Leyes,
jurisconsulto castellano de la época del Santo Rey D. Fernando y de su hijo D. Alfonso el Sabio.
Las notas e ilustraciones a la obra del Maestro Jácome Ruiz son de Floranes, pero la edición del texto
se hizo teniendo presentes tres códices de la Biblioteca del Escorial.
[p. 52]. [1] Páginas. 267 a 320 de la segunda edición ya citada. Madrid, imprenta de las Escuelas
Pías, 1861.
[p. 52]. [2] Mencionaré solamente algunos, para la comodidad de los estudiosos.
Historias más principales de España, puestas por clases y orden cronológico, para leerlas y
entenderlas con conocimiento e instrucción, por D. Rafael Floranes Robles y Encinas, Señor de
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Tavaneros, residiendo en Vitoria año de 1775. Madrid, 1837 . Imprenta de don Miguel de Burgos. 8.
º, 32 páginas. Es una mera lista de libros de historia, que no responde ni con mucho a las magníficas
promesas del título.
Noticia literaria sobre el Aojamiento o mal de ojo por D. Enrique de Villena. Floranes copió este
tratadillo de un códice bastante imperfecto y le ilustró con un breve prólogo. Su trabajo ha sido
impreso en la Revista Contemporánea, tomo IV, 1876, págs. 405 a 422. Ya el mismo Floranes había
dado noticia de su hallazgo en el Diario curioso, erudito &. de Madrid, del 30 de mayo de 1787.
Disertación filosófico-físico-curiosa sobre las superficies actual y primitiva del suelo de Valladolid,
su calidad y la concavidad que dió motivo a este nombre, Valle. Escrito por D. R. F. para instrucción
de la Real Sociedad Económico-patriótica de Valladolid. Valladolid, imprenta y librería de Hijos de
Rodríguez, 1889. 8.º, 56 páginas.
Disertación sobre el nombre de Valladolid, impugnando las opiniones vulgares... 8.º, 33 páginas. Sin
lugar ni año de impresión (es un folletín de La Crónica Mercantil de Valladolid, año 1890).
Disertación demostrando no ser Valladolid la antigua Pincia del tiempo de los romanos... 8.º, 33
páginas, sin año ni lugar. Publicado el mismo año y en el folletín del mismo periódico.
Origen y descendencia del conde D. Pedro Ansurez, sus memorias e ilustres acciones... Valladolid,
imprenta de Hijos de Rodríguez, 1890. 8.º, 64 páginas.
[p. 52]. [3] Hay que reconocer, sin embargo, que Floranes incurrió en un grave error, disculpable en
su tiempo, sobre la antigüedad del fuero romanceado de Sepúlveda, haciéndole remontar nada menos
que al tiempo de los Condes de Castilla, y contagiando con el mismo error a los doctores Asso y
Manuel, El primitivo y muy diminuto fuero latino es de Alfonso VI. El fuero en romance, que es muy
riquísimo cuaderno de leyes municipales, no pudo ser escrito, según Martínez Marina ( Ensayo, tomo
I, pág, 128), antes del reinado de don Sancho el Bravo o de Fernando IV, que es cuando empieza a
mencionarse.
El licenciado don Juan de la Reguera Valdelomar, de ominosa memoria en nuestros fastos jurídicos,
imprimió con su habitual desaliño este precioso monumento al fin de su Extracto de las leyes del
Fuero Viejo de Castilla (Madrid, 1798). Esta edición ni crítica ni paleográfica ni siquiera completa,
puesto que faltan varios capítulos, desnuda, además, de todo aparato de notas e ilustraciones, hizo
imposible la gran publicación que proyectaba Floranes: «copia sacada por mí (dice), no de algún
ejemplar vagante, de incierta fe, o mal extractado, como los que suelen circular de mano en mano, sin
saberse su arreglo ni principio, sino precisamente por el auténtico mismo, autorizado con las
confirmaciones y el sello de nuestros Reyes, y observado y guardado, que la propia villa de
Sepúlveda ha conservado en su archivo de casi quinientos años atrás, y por donde se ha regido».
[p. 53]. [1] Aves de caza (Anotaciones al Fuero de Sepúlveda) por D. Rafael Floranes y Robles.
Madrid, M.DCCC.XC. Colofón: «Imprimióse en Madrid. oficina tipográfica de don Ricardo Fe... a 17
días del mes de julio de 1890». 8.º, 57 páginas.
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Lindísima tirada de 21 ejemplares, a costa de don Francisco R. de Uhagón. Las notas fueron copiadas
por don Antonio Paz y Melia y la advertencia tiene las iniciales Z del V (Zarco del Valle).
[p. 53]. [2] Fuero Juzgo de los godos, cotejado con tres manuscritos antiguos, más completos que la
edición de Villadiego (Ms. 10.344 de la Biblioteca Nacional).
En la edición académica del Fuero Juzgo latino y castellano, publicada en 1815, no se hace mención
de este trabajo de Floranes, y en la lista de los códices que se tuvieron presentes tampoco veo citado
uno de respetable antigüedad (1289) que él poseyó en su librería de Valladolid y fué uno de los tres
que le sirvieron para el cotejo.
[p. 54]. [1] No es del caso apurar la lista de las obras jurídicas de Floranes. A las ya citadas o aludidas
en el texto pueden añadirse, entre otras, el Suco de las leyes del Reino o extracto metódico de ellas
(1780); la Disertación sobre la ley 22 de Toro, leída por su autor en la Academia de Valladolid el 29
de enero de 1788; la copia anotada del Becerro de las Behetrías, y el curioso papel Del juicio
summarissimo de interin: Respuesta fiscal que dió D. R. F., siéndolo de la Real Academia de
Jurisprudencia de S. Carlos de Valladolid el año 1789 en cierto expediente figurado en ella.
(Manuscrito de diez hojas numeradas, en la colección santanderina de don Eduardo de la Pedraja. Es
copia revista, corregida, enmendada y adicionada por el autor, fecha en Valladolid a 20 de febrero de
1795).
[p. 54]. [2] Además del manuscrito 10.601 de la Biblioteca Nacional, hay otra excelente copia de esta
disertación en la biblioteca del señor Pedraja: Discurso histórico y legal sobre la esencion y libertad
de las tres nobles Provincias Vascongadas, Origen del Derecho de Diezmos y el de las Aduanas de
Cantabria. Escriviale por su encargo D. Rafael Floranes oy Señor de Tavaneros, Socio y Academico
de Jurisprudenia y Cirujía de Valladolid, hallándose en la Ciudad de Vitoria el año 1776 ( 4.º, 156
hs. numeradas).
El señor Ureña, que califica de «magnífico» este Discurso (¡enteramente olvidado por el autor de la
deplorable Biblioteca del Bascófilo, impresa en 1887!), añade que «sin disputa ha sido utilizado en
gran parte por Marichalar y Manrique» en el tomo 8.º de su Historia de la legislación y recitaciones
del Derecho Civil de España, que comprende los fueros de Navarra y las tres provincias
Vascongadas. Este tomo, del cual existe edición separada hecha en 1868, es una de las partes más
instructivas del confuso y abigarrado centón de Marichalar y Manrique, en que andan revueltos
materiales preciosos con otros de ínfima ley.
[p. 55]. [1] Glorias selectas de la M. N. y M. L. provincia de Alava. Es una especie de plan para la
historia de aquella provincia.
Catálogo de los antiguos gobernadores de la provincia de Alava. Landázuri, a quien Floranes
comunicó este papel, convirtió a los gobernadores, en señores independientes.
Antigüedades y memorias de la provincia de Alava.
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Iglesia de Armentia y Catálogo de los obispos de Alava.
Usurpación de la sede de Armentia por los obispos de Calahorra en el año 1089.
Restauración de la villa de Armentia en 1181.
Nueva ocupación, que dura en el día, del obispado de Armentia por D. Rodrigo Cascante, obispo de
Calahorra, entre los años 1183 y 1189, y actos de resistencia en las provincias de Alava, Vizcaya y
Guipúzcoa contra los obispos de Calahorra por su intrusion en la silla alavense.
Todas estas memorias, por lo general de corta extensión, que pueden considerarse como fragmentos
de una misma obra, figuran en los tomos I y II de la colección de la Academia de la Historia. Cf.
Muñoz Romero, Diccionario bibliográfico-histórico de los antiguos reinos, provincias, ciudades &.
Madrid, 1858, pág. 5.
[p. 55]. [2] En algunos de los manuscritos antes citados se lee de letra de Floranes: «Remito copia
limpia al señor Landázuri para la historia de Álava.»
[p. 56]. [1] Historia civil, eclesiástica, política y legislativa de la M. N. y M. L. ciudad de Vitoria, sus
privilegios, esenciones, franquezas y libertades, deducidas de memorias y documentos auténticos,
por D. Joaquin Landázuri y Romarate, hijo de la misma ciudad. Madrid, en la imprenta de D. Pedro
Marin, 1780. 4.º
«En un papel que posee el Sr. D. Felipe Soto Posadas, escrito, al parecer, de mano del mismo
Floranes, se lee lo siguiente : «El verdadero autor de esta historia es el Señor Floranes, el cual
habiendo prestado a Landazuri el Ms. de dicha obra para leerle, se le copió inexactamente y le dió a
la prensa en su cabeza, sin haber siquiera la más leve mención del Sr. Floranes a quien se le había
hurtado.»
«Pero el mismo Sr. Soto Posadas, por encargo de Muñoz Romero, hizo el cotejo de ambas historias, y
resultó que eran distintas.» Vid. Diccionario bibliográfico, pág. 291.
Landázuri adolecía de los defectos comunes en los historiadores de pueblos: nimia credulidad,
excesivo celo de campanario, poca doctrina general, mala crítica y mal estilo, pero no se le puede
negar diligencia para resolver y trastear archivos, y por ningún concepto le creo capaz del abuso de
confianza que se le imputa.
[p. 56]. [2] Memorias y privilegios de la M. N. y M. L. ciudad de Vitoria. Por D. R. F. y E. estando en
ella. Año de 1775. En la hoja que sigue a la portada: «Coordinó estas memorias D. Rafael de
Floranes... que en presente año de 1780 se halla aquí (entiéndase en Valladolid) apoderado del Duque
de Verwick, Liria y Veragua» (Manuscrito original en Santa Cruz de Valladolid, y copia esmerada en
la biblioteca santanderina del señor Pedraja).
Ya antes de 1771 había recibido Floranes la comisión del Duque de Liria, que fué parte, sin duda, a
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que residiese tanto tiempo en Vitoria. Así consta en una carta inédita del mismo don Rafael a don
Francisco Antonio de Aguirre, fecha en Vitoria a 12 de septiembre de 1771.
«El Excmo. Sr. Duque de Berwick y de Liria, Conde y Señor del Estado de Ayala; y su hermano el
Excmo. Sr. Marqués de S. Leonardo, Caballerizo Mayor de S. M. haciendo el aprecio
correspondiente de sus ilustres antepasados, han querido que mi inutilidad (aunque tan desigual para
un asunto de esta magnitud) se dedique a escrivir la Historia Genealógica de su Inclita Casa y Linage
de Ayala, y que a fin de elevarla, no sobre falsos rumores, sino sobre cimientos macizos, verídicos y
de toda seguridad, haga primeramente colección literal de todos aquellos monumentos, papeles,
memorias y antigüedades, que pueden conducir para la perfección de este tan digno objeto, que es la
causa de hallarme en este país tanto tiempo há reconociendo los Archivos Patrios, y extractando de
ellos las noticias instrumentales que se han podido descubrir, a cuyo deseo, así la M. N. Provincial
como esta Ciudad, vistas las cartas de S. E. se han dignado contribuir liberalísimamente por su parte;
y en el día estoy disfrutando con toda plenitud las luces, aunque no muy abundantes, de sus
respectivas papeleras.»
Fruto de esta labor fueron, además de la Vida del Canciller Pedro López, la Historia genealógica de
la casa de Ayala que se conserva, según he oído, en alguna biblioteca particular del país vascongado;
y un tomo en folio que poseo, titulado Colección de Escrituras, Apuntamientos Memorias de los
Señores de la Casa de Ayala y otras.
[p. 57]. [1] Historia de S. Prudencio, obispo de Tarazona, patrono principal e hijo de la M. N. y M.
L. provincia de Alava, precedida de un comentario crítico en que se procura ilustrar el tiempo en que
floreció, distinguiéndose de los otros Prudencios con que hasta aquí estaba confundido. Su autor el
licenciado D. Bernardo Ibáñez de Echavarri, presbítero, natural de la ciudad de Vitoria. Vitoria, por
Floranes de Robles y Navarro. 4.º Sin año de impresión (la licencia es de 1754).
Echavarri era un exjesuíta, a quien don Diego de Torres llamaba expulso de la Compañía de Dios y
admitido en la del diablo. Floranes, en una extensa carta al P. Risco, fecha en Valladolid a 31 de
diciembre de 1780, le presenta como un segundo Lupián Zapata, y da curiosos detalles sobre sus
falsificaciones en que le ayudó un tal Gorostiza. Vid. Muñoz Romero, Diccionario bibliográfico, pág.
4.
[p. 58]. [1] Una sola excepción conozco, y muy curiosa por cierto.
Noticia genealógica de los ascendientes de la Casa de Floranes de Tanarrio venidos a este Lugar, de
la Casa-solar nativa y principal de Floranes, sita en el barrio de este nombre en el Consejo de
Santibáñez, y de sus enlaces matrimoniales, parentescos y conexiones con otras familias del pais.
Sacado todo de los papeles de la misma Casa de Tanarrio y otros que para este fin se vieron. Por D.
Rafael Floranes Encinas y Robles, hijo y poseedor de ella, Señor de Tavaneros, y primer socio de
merito de la Real Sociedad Patriotica de Valladolid y su Provincia &. el año 1785, aviendo venido a
este pais a recobrarse de un insulto de tercianas de que se halló molestado.
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Manuscrito en folio de 64 hs. sin paginación. En la biblioteca de don Eduardo de la Pedraja.
Al pie de la portada se halla esta nota: «Murió en la ciudad de Valladolid viudo y sin hijos dia
Domingo 6 de Diciembre de 1801, de edad de 58 años, 6 meses y 28 días.»
[p. 58]. [2] Floranes tenía ya bosquejado este trabajo en 1771, puesto que dice en una carta al P.
Flórez que ya hemos tenido ocasión de citar: «En la disertación y demarcación de la antigua
Cantabria (donde admiro el ingenio, celebro la imparcialidad y aplaudo la perspicacia) me parece
anduvo V. Rma. bastante liberal en estenderla hasta Portugalete, siendo evidente segun la contestura
de los Geógrafos coetáneos, que a todo rigor ni a Castro Urdiales pudo llegar: sobre cuya
comprobación tengo yo hecha una breve arenga, que por ocupaciones mas graves no he podido
perfeccionar. Y a este modo he ido observando algunos otros reparos aunque mui leves, en especial
contra la creencia comun de aver estado Cantabria sin conquistar asta el Imperio de Augusto.»
Pero creo que esta breve arenga no pudo ser más que el embrión del importante Discurso que está en
el tomo III de la colección de la Academia de la Historia. Floranes expone de esta manera el plan de
su Disertación: «Liquidarémos en el modo posible el extremo oriental y aun el occidental de la
Cantabria, como materia tan precisa para saber el terreno que nos queda libre, y para repartir entre las
otras regiones consecutivas hasta el Pirineo. En primer lugar apurarémos el ambito y extensión de los
Várdulos, tomando el rumbo desde Oriente a Poniente, para que así sepamos el terreno que queda
para los Autrigones sus vecinos occidentales. Luego examinarémos la situación de estos, para que su
confin hácia el mismo lado nos dé luz del punto ingresual de los Cántabros. Averiguarémos
inmediatamente si entre estos y aquellos mediaba alguna otra gente; y en fin, buscarémos el territorio
de los Caristios, que han sido la causa de la confusión que queremos enmendar, y se discurrirán
nuevas satisfacciones a los argumentos de los que han instado por la inclusión y libertad de Vizcaya y
de Guipúzcoa.»
[p. 59]. [1] Memorial de la ciudad de Calahorra y separación de otra de su nombre que hubo en el
mismo tiempo en la España Tarraconense, para ilustrar la España Sagrada del Mtro. Flórez, En el
tomo 5.º de la colección de la Academia de la Historia.
[p. 59]. [2] En el tomo 33 de la España Sagrada.
[p. 60]. [1] Escribiendo al P. maestro Risco, en 13 de abril de 1782, decía Floranes: «Confieso a V.
mi flaqueza, pero no debo ocultársela, teniendo yo a usted votado por mi director y mi oráculo. Es
una fuerte tentación, que hace ya dias (y aun noches) me ronda y atormenta, debilitándome, a mi ver,
el entendimiento, y engañándome, con la malvada sugestión de que yo sea capaz de escribir la
historia de Valladolid, no bien tratada por Antolinez de Búrgos, ni mejor despues por Canesi, que
embrolla en ella seis tomos gruesos sin ciencia de la antigüedad, ni la sal del buen gusto. En efecto,
yo desprendido de estos no fiables conductores, me he ingeniado con independencia por otros
rumbos; llevo recogido mucho, repaso templos y edificios, copio inscripciones, persigo papeles, y
ello es, por bien, que me siento con grandes ganas de guapear en este circo, y ver si a fuerza de tentar
mis flojas fuerzas, puedo hacerlas dar algo bueno, pues Valladolid no es digna de mantenerse en
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silencio, donde otras ciudades (ciudadillas en su comparacion) están hablando por los codos. Vea V.
dos cosas por su vida: la una, si yo seré capaz (la edad anda ya en cuarenta); otra, cómo me he de
ingeniar para lograr cédula del Rey o del Consejo para que, y donde se ofrezca, muestren nuestros
archivos, papeles literarios y demás auxilios conducentes, sin lo cual no es posible hacer cosa buena,
porque lo mejor se reserva de rejas adentro; y aunque con algunos podria solo, con todos no, sin
autoridad superior. Acaso V. con el conocimiento del Sr. Campomanes (que alguna poca noticia tiene
de mí, o por medio del Sr. D. Eugenio Llaguno, que la tiene mayor, pues le he servido desde aquí),
me podria facilitar dicha cédula. Y si para pedirla es del caso un memorial, con el acuerdo de V. y de
su aviso o de su desengaño lo enviaré como me diga» (Muñoz Romero, Diccionario bibliográfico,
pág.285).
[p. 60]. [2] Disertaciones sobre la historia de Valladolid. En el tomo 9.º de la colección de la
Academia de la Historia. Estas cuatro disertaciones son las mismas que modernamente han sido
impresas en Valladolid, según queda dicho en otra nota.
[p. 60]. [3] En el Origen de los estudios de Castilla (tomo XX de los Documentos Inéditos) .
[p. 60]. [4] Disertación histórica sobre los Concilios de Valladolid, justificada con los documentos
que quedan de su existencia (en el tomo 12.º de la colección de la Academia).
No fueron únicamente históricos los servicios que prestó Floranes a Valladolid. También demostró
activo celo como procurador síndico de su Concejo. En la biblioteca del señor Pedraja se conserva
manuscrita una «Exposición de D. Rafael de Floranes Procurador General segunda vez del Comun de
esta ciudad; a Su Il. Ayuntamiento celebrado en 9 de enero de 1797. Sobre la causa física de las
inundaciones producidas de parte del Pisuerga, y modo de libertar de ellas al pueblo.»
Véanse, además, las Reflexiones del Doctor D. Felix Martinez Lopez, Catedrático de Vísperas de
Medicina en la Real Universidad de Valladolid, sobre las enfermedades que se pueden originar de
resultas de la inundación que en el dia 25 de Febrero de este presente año se experimentó en dicha
Ciudad por la extraordinaria crecida del Rio Esgueva, y sobre los medios que pueden tomar para
precaverlas... En Valladolid. En casa de la Viuda e Hijos de Santander. Año 1788 .
«Haviendo remitido el Ilmo. Señor Presidente esta obrilla al Señor D. Rafael Floranes para que la
censurase, se sirvió este por un efecto de buena inclinación hacia mí hacer de ella el elogio que no
merece. Pero considerando que en su Censura establece máximas que la ilustran en gran manera,
solicité de S. I. licencia para que se imprimiese, y haviéndosela concedido, va dicha Censura al fin de
estas Reflexiones por la utilidad que de ella puede lograr el Público» (hoja V de las preliminares).
«Censura de Don Rafael Floranes, Señor de Tavaneros, Socio de mérito de la Real Sociedad de
Valladolid y su Provincia, Individuo y Fiscal de la Academia de Jurisprudencia de esta
Ciudad» (págs. 23 a 34 inclusive).
[p. 61]. [1] En el tomo 15 de la colección de la Academia. El autor había dividido su trabajo en tres
partes que llama estados: topográfico, histórico, político y económico. Faltan por completo los dos
últimos. Al fin hay unos Apuntamientos para la historia eclesiástica de Toro.
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[p. 61]. [2] En la Colección bibliográfico-biográfica de noticias referentes a la Provincia de Zamora,
de don Cesáreo Fernández Duro (Madrid, 1891), página 187, encontramos citado otro manuscrito de
Floranes, del cual hay copia en el Aparato histórico-geográfico de Zamora, obra inédita de don
Miguel José de Quirós.
Colección de algunas antiguas y curiosas memorias de la ciudad de Zamora por D. Rafael Floranes
Robles y Encinas, Señor de Tavaneros, vecino de la ciudad de Valladolid.
Floranes fué el primero que copió e ilustró el Fuero de Zamora, haciéndole preceder de esta
advertencia, por varias razones interesantes:
«Acabado de escribir en 27 de Marzo de 1289 por Pedro, de mandado de Gonzalo Rodriguez, me
hallo con un libro escrito en pergamino, que por la cuenta, comprende toda la legislacion con que a la
sazon se gobernaba Zamora. Y es el Fuero Juzgo de Leon en castellano al dialecto leonés, las sumas
legislativa y procesal de Maestre Jacobo de las Leyes, y por último, el Fuero de Zamora como se
hallaba ya entonces, muy aumentado y alterado de aquel primitivo estado en que le debió conceder D.
Fernando, el poblador, del cual ni la menor memoria se hace en todo él. Consiste en unos 77
capítulos; pero debieron ser más, porque, a lo menos, le falta una hoja. Está tambien en castellano al
dialecto leonés, que tiene mucha parte de gallego, pues es que entonces se hablaba en Zamora,
participante no poco de las costumbres y resabios por su inclusion y situacion en un ángulo entre los
dos. No todos los dichos capítulos provienen de concesiones regias; muchos de ellos se forman de
establecimientos, ordenanzas y acuerdos del mismo Concejo, porque a los concejos se les permitia
por entonces esta autoridad. Sin embargo, contiene este documento excelentes y raras especies, y no
sabemos exista de él por parte alguna más ejemplar que el presente, por diligencias que hayamos
practicado en el mismo Zamora con el deseo de cotejarle y completarle, con el objeto que tuvimos
siempre de darle a luz con otros. Y por lo tanto, por este nuestro y el traslado que tenemos a mano
para nuestro uso, se han derivado las copias que hoy existen, que serán una para el Colegio de Santa
Cruz de esta ciudad de Valladolid, y otras dos tomadas de ella, la primera para el Sr. Conde de
Campomanes, y la segunda para el Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos.»
Modernamente el señor Fernández Duro ha hecho la primera edición de este Fuero, teniendo
presentes, además de la copia de Floranes, un códice del Escorial, que parece casi idéntico al que
tuvo nuestro erudito, y otro más completo y con muchas variantes, de la Biblioteca Nacional. Vid.
Memorias históricas de la ciudad de Zamora, su provincia y obispado por el capitan de navío
Cesdreo Fernández Duro. Tomo III. Madrid, 1883, pág. 519 y ss.
La copia del Fuero de Zamora destinada por Floranes a Jove-Llanos no se encuentra actualmente
entre los manuscritos que, procedentes de la librería del grande asturiano, guarda el Instituto de
Gijón; pero sí algún otro obsequio literario del mismo origen, por ejemplo, el «Tratado del
Aojamiento o Fascinologia por D. Enrique de Aragon, Marqués de Villena, con prólogo de D. Rafael
Floranes». Vid. Catálogo de manuscritos e impresos notables del Instituto de Jove-Llanos en Gijón...
por D. Julio Somoza de Montsoriu (Oviedo, 1883), pág. 25.
Alguna mención hay de Floranes en los Diarios , todavía inéditos y tan deseados, de don Gaspar.
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«Mansion en Valladolid hasta el 30 inclusive (de septiembre de 1791). En este dia vi a don Rafael
Floranes; me regaló una descripcion historica de Oporto, recien impresa; vi sus Memorias de San
Fernando; el códice del fuero de Zamora; muchas expresiones a la despedida.» Páginas 38 del tomo
III de las Obras de Jovellanos, ed. Rivadeneyra, impreso en parte desde 1861, pero nunca publicado
ni terminado siquiera, por circunstancias que no son de este lugar y que altamente deploramos.
[p. 63]. [1] La traducción latina de que se valió Floranes en la ed. de Weseling, Amsterdam, 1746,
tomo I, libro V, capítulo 34, pág. 357, dice así: Inter finitimas illas gentes cultissima est Vaccaeorum
natio. Hi enim divisos quotannis agros colunt et communicatis inter se frugibus, suam cuique partem
attribuunt. Rusticis aliquid intervententibus supplicium capitis mulcta est. Lo cual Floranes interpreta
de esta suerte: «Que entre todas las naciones de esta parte de España, la más culta era la de los
vacceos; porque estos labraban de comun el campo sin tener ninguno propiedad; el cual dividian
entre sí por suertes todos los años, cuándo a una parte, cuándo a otra (que es lo que hoy se llama
labrar a dos hojas y aquiñonar las heredades), y luego por el agosto se traia toda la cosecha a una cilla
comun, de donde separado lo que habia de servir para la siguiente sementera, se proveia a cada
vecino lo necesario para el gasto de su casa entre año. Pero el labrador que defraudaba algo de los
frutos de su sementera, ocultando alguna porcion, o no presentándolo todo escrupulosamente en el
acervo público, ese tenia por sus leyes agrarias no menor pena que la de la cabeza...» El P. Flórez
interpretó mal el Rusticis aliquid intervertentibus.. ; «que tenian señalada pena de muerte contra los
que hicieren alguna injuria a los labradores»; porque el sentido no es sino el que aquí habemos dado.»
[p. 64]. [1] Véase a qué extremos de candidez llega el comunismo arqueológico de Floranes. «¡Qué
delicia no habria sido vivir en aquellos tiempos! Como hoy no conocemos estas ventajas, se arrebata
un hombre quando oye hablar de dias en que se gozaban y habia medios reales y verdaderos de
gozarse, a pesar de la opinión de Aristóteles y tantos falsos políticos como nos tienen engañados con
la aprehension de que si no hubiese propiedad y domino particular, tampoco habría codicia en los
hombres ni el apego necesario para aplicarse al trabajo y engrosar las haciendas a beneficio de las
familias. ¿Cómo le había, sin embargo, en nuestro Vacceos?... ¿Qué paz tan angelical no se gozaría
entre los individuos de una Nacion que así parten los bienes como hermanos; que no tienen idea de
ese provocativo derecho de propiedad, perturbador del mundo y origen de todos los males que le
afligen...» Invoca también el comunismo de los antiguos peruanos y el de algunas tribus germánicas:
«Estos exemplos prácticos convencen contra Aristóteles y sus sectarios, que es posible tal
comunidad, por más que a su teoría seca y abstracta haya querido resistirse el único dogma que podia
salvar a la humanidad de todos sus contrastes. En efecto, no hay otro por quien ella esté en continuo
choque que el meum et tuum. Quitado del medio este vecino alborotador (quando no en todo, en lo
que sea posible) el Género Humano queda en paz y ya no tiene le incomode» ( Novem Populania &.
fechada en Valladolid a 30 de Junio de 1797. En el tomo XV de la colección de la Academia de la
Historia).
Don Joaquín Costa, en su hermoso libro Colectivismo Agrario (Madrid, año 1898, págs. 192-196),
uno de los más trascendentes que en nuestros tiempos se han escrito en España, presenta un completo
análisis de la utopía de Floranes, contándola entre los precedentes doctrinales del socialismo
indígena.
[p. 65]. [1] Sus ideas sobre la Paleografía Crítica están condensadas en un notable libro que lleva por
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título:
Disertación remitida a la Ilustre Junta de la Real Sociedad Vascongada de los amigos del País por
D. Rafael Floranes residente en esta Ciudad de Vitoria en que recomienda el Estudio de la
Paleografía Española, y pretende se forme Arte de esta ciencia erudita, para que públicamente se
enseñe en las Escuelas; a cuyo fin ministra las noticias, reglas e instrucciones conducentes. Año
MDCCCLXXIV (Biblioteca de Santa Cruz de Valladolid. Hay otras dos copias en la Biblioteca
Nacional). Sirve de apéndice a esta Disertación, de más de 300 páginas, otra también extensa De la
escritura hebrea y toda literatura sagrada.
Apenas hay rama de las ciencias históricas en que Floranes no diese alguna muestra de su portentosa
laboriosidad. Como numismático dejó una Colección de apuntamientos y memorias sobre las
monedas antiguas de los Reyes de Castilla y León (tomo 19.º de la colección de la Academia), y una
extensa y eruditísima Consulta sobre el valor del ducado, que publicó en parte Fr. Liciniano Sáez en
su Demostración histórica del verdadero valor de todas las monedas que corrían en Castilla durante
el reinado de D. Enrique IV... (Madrid, imprenta de Sancha, 1805). Págs. 248 y ss.
«Lo que he dicho hasta aquí es cosecha de mi trabajo; lo que ahora diré, es parte del estudio de mi
íntimo amigo D. Rafael Floranes Robles y Encinas, señor de Tavaneros &. Consultado este erudito
por uno de los personajes más distinguidos del reyno sobre el valor que tuvo el ducado en el tiempo
de los Reyes Católicos, compuso un papel dividido en tres secciones, tratando en la primera de los
autores que han escrito de valor de las monedas de España, en la segunda de origen del ducado, sus
especies, diferencias y su valor en otras naciones hasta llegar al aúreo español del año de 1500; y en
la tercera satisfizo a la consulta. Como los escritos de dicho sabio se miraban con tanto aprecio,
anduvo su papel por manos de muchos curiosos, hasta que por dicha vino a parar a las mías. Leíle con
mucho cuidado, y prendado de su vasta y selecta erudición, me hice con copia de él. Reflexionando
ahora que este escrito por lo tocante a el origen del ducado de cámara, es muy propio de mi asunto, y
que al mismo tiempo es muy digno de que el público lo vea, a pesar de que su autor no le dió la
última mano de perfeccion por no haberle compuesto con ánimo de imprimirle, he resuelto publicarle
aquí, segun que el le escribió.»
El difunto profesor de la Universidad de Madrid don Manuel Rico y Sinobas, poseía un manuscrito
íntegro de esta Consulta , firmada por Floranes en Valladolid, a 21 de marzo de 1791.
[p. 69]. [1] En la Carta de Bartolo , que citaré más adelante.
[p. 69]. [2] Tomo 40. París, 1825. Este artículo, que tiene las iniciales de un Mr. Bocous; es un
conjunto de errores. Equivoca la patria, la fecha del nacimiento y la de la muerte. Le atribuye
ediciones de Boscán, Garcilaso, Quevedo, Cervantes, que no existen con su nombre, aunque en el
Quevedo de Sancha sospecho que tuvo alguna parte: a lo menos copió y cotejó varios manuscritos
inéditos del gran satírico. Omite todos las escritos de Sánchez posteriores a la publicación del Ensayo
de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, de Sempere y
Guarinos (1789) y ni siquiera interpreta bien las palabras de éste. Of. Sempere, t. V, páginas 99-102.
[p. 70]. [1] Tengo el gusto de publicar por primera vez la partida bautismal de don Tomás Antonio
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Sánchez, fineza que debo al señor don Ángel Menéndez, cura párroco de Ruiseñada.
«Don Angel Menéndez y Sánchez, Presbítero, Cura párroco de la de San Adrián de Ruiseñada,
diócesis y provincia de Santander.
Certifico: Que en el folio cincuenta y ocho del libro tercero de bautismo que comienza el año mil
setecientos tres, y se guarda en este archivo, se lee la partida siguiente: Al margen: Thomas Ant.º
Dentro lo que sigue: «En el lugar de Ruiseñada, a catorze dias del mes de Marzo de mill Setezientos
y Veinteyzinco Yo Dn Francº Joseph Lopez Cura benefiziado en dicho lugar Bautizé solemnemente
puse los Santos olios y crisma a un niño que se llamo Tomas Antonio es hijo legitimo de Adrian
Sanchez y Maria Anttonia Fernandez de la Cotera su legitima Muger: Abuelos paternos Adrian
Sanchez y Anttonia Gonzalez ansimismo Vecinos de dicho lugar y Maternos Juan Anttonio
Fernandez de la Cotera y Juliana del Tejo Vecinos de dicho lugar y Feligreses de Santa Maria del
Lugar del Tejo. Fueron sus padrinos el dcho Dn Joseph Lopez y Maria Fernandez Muger legitima de
Fernando perez de Zelis azbertiles el parentesco espiritual y obligazion de enseñarle la doctrina
Christiana segun lo dispuesto por el Santo Conzilio Siendo testigo D. Juan Alonso Bracho y
Fernando perez de Zelis y para que coste lo firmo junto con el padrino y un testigo en la Iglesia
parroquial del Señor San Adrian de dcho. lugar dia mes y año dhos ut supra. Franc.º Perez de la
Canal-Dn Joseph Lopez-Dn Juan Alonso Bracho-Hay una rúbrica.
«Es copia fiel y literal la anterior partida de su original. Para así hacerlo constar lo sello con el de esta
parroquia y firmo en Ruiseñada a 27 de diciembre de 1907.»
[p. 71]. [1] De los datos existentes en el Archivo de la Biblioteca Nacional (antes Real), resulta que
don Tomás Antonio Sánchez entró a servir, en 11 de diciembre de 1761, en una de las primeras
plazas de escribientes, dotadas con 7.500 reales. En el nombramiento se especifican sus méritos, a
saber «la más que regular instruccion en el idioma latino, sus buenos principios del hebreo, sus
progresos en la filosofia y en teologia en Salamanca, cátedra de regencia en aquella universidad,
aplicación en el Colegio Trilingüe de ella, el grado mayor, y principalmente el mérito de la oposicion
y servicio de la prebenda magistral de la Colegial de Santillana, que renunció por ser incompatible
con su destino en la Biblioteca.» No era poco, como se ve, lo que nuestros mayores exigían para una
plaza de escribiente.
En 1768 desempeñaba una plaza de bibliotecario con 15.000 reales. En 28 de agosto de 1796, siendo
Bibliotecario decano, se le concedió cédula de preeminencias «en atención a su dilatado mérito y
avanzada edad». La cédula le dispensaba de asistir a la Biblioteca y de tener en ella ningún particular
destino, salvo el de adicionar, y corregir, en compañía de don Juan Antonio Pellicer, la Bibliotheca
Nova, de Nicolás Antonio.
[p. 72]. [1] A pesar de ser tan conocida, no puedo omitirse su noticia en la biografía de Sánchez, por
ser su principal título de gloria.
Coleccion de Poesias Castellanas Anteriores al siglo XV. Preceden Noticias para la vida del primer
Marqués de Santillana: y la Carta que escribió al Condestable de Portugal sobre el origen de
nuestra poesía, ilustrada con notas por D. Thomas Antonio Sanchez Bibliotecario de S. M. Tomo I.
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Poema del Cid. Con licencia. En Madrid: por Don Antonio de Sancha. Año de M.DCC.LXXIX. Se
hallará en su Librería en la Aduana Vieja.
8.º, 10 hs. prls. sin foliar, LXII-404 de texto y una de erratas.
Prologo-Noticias para la vida de Dn Iñigo Lopez de Mendoza-Proemio al Condestable de PortugalNotas al Proemio o Carta precedente-Poema del Cid, con una advertencia-Indice de las voces
antiquadas y mas oscuras de este poema, que necesitan explicacion.
-Coleccion de Poesias Castellanas anteriores al siglo XV . Ilustradas con algunas notas e indice de
voces antiquadas... Tomo II. Poesias de D. Gonzalo de Berceo. Con licencia. En Madrid: por Don
Antonio de Sancha. Año de M.DCC.LXXX.
8.º, XXIV + 559 páginas.
Prologo-Texto de las poesias de Berceo-Loor de D. Gonzalo de Berceo (este poemita parece una
broma literaria del mismo Sánchez remendando el estilo y la versificación del antiguo poeta: los
términos socarrones en que se expresa lo dan a entender bastante)-Indice alfabético de las voces
antiquadas que se hallan en las poesias de D. Gonzalo de Berceo.
-Coleccion... &. Tomo III. Poema de Alexandro Magno. Con licencia. En Madrid: por Don Antonio
de Sancha. Año de MDCCLXXII.
8.º, LVI + 443 págs. y una de erratas.
Prologo-Advertencias sobre el tomo primero-Noticias de Gonzalo de Berceo, sacadas de sus obras, y
de diferentes escrituras, que originales se conservan en el archivo de San Millan de la CogollaPoema de Alexandro-Indice alfabetico de las voces y frases mas oscuras del Poema de Alexandro.
- Coleccion... Tomo IV. Poesías del Arcipreste de Hita. Con licencia. En Madrid: por Don Antonio
de Sancha. Año de M.DCC.XC.
8.º, XXXVIII + 333 págs. y una de erratas.
Prologo-Advertencia de D. Juan Antonio Pellicer sobre la comedia De Vetula imitada por el
Arcipreste-Censura de la Real Academia de la Historia-Indice de las poesías del Arcipreste-Indice
alfabético de las voces y frases mas oscuras que ocurren en las poesias del Arcipreste de Hita.
Advierto a los que no hayan manejado esta primera edición que en ella encontrarán muchas y
excelentes cosas, que faltan en las reimpresiones de Ochoa (París, Baudry, 1842) y Janer (Madrid,
Rivadeneyra, 1864). En una y otra se omiten la vida del Marqués de Santillana y las notas a su Carta:
además los prólogos están mutilados y los glosarios trabucados y confundidos.
[p. 73]. [1] Elogios del Santo Rey D. Fernando, puestos en el sepulcro de Sevilla en Hebreo, y
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Arabigo. Hasta hoy no publicados. Con las inscripciones latina, y castellana. Dedicados al Rey N.
Señor. Por el P. M. Fr. Henrique Florez, Cathedratico de Theología de la Universidad de Alcalá, y
Ex-Provincial de su Provincia de Castilla del gran Padre S. Agustin. En Madrid: por Antonio Marin:
año de M.DCC.LIV. 4.º, 25 páginas.
-Disertacion. Elogios de San Fernando Tercero, Rey de España, contenidos en las quatro
inscripciones de su sepulcro; mal entendidas por el Rmo. P. M. Fr. Henrique de Florez, Agustiniano,
en quanto a el dia del Transito del Santo Rey. Sostienese la inconcusa, y Constante tradicion general,
de haver fallecido el dia 30 de Mayo con las mismas inscripciones y con sentencias del mismo M.
Florez. Leida en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla en 19 de Diciembre de 1760. Por
Don Diego Alexandro de Galvez, Presbytero, Maestro Segundo de Ceremonias, y Bibliotecario de la
Santa Iglesia Patriarcal de dicha Ciudad, y Academico Numerario de dicha Real Academia. Con
licencia: En Sevilla, por Josepho Padrino, en calle Genova.
4.º, 10 hs. prls. sin foliar, y 138 páginas.
-Ave Maria. Crisis chronologica sobre los Elogios de San Fernando III, Rey de Castilla, contenidos
en las quatro inscripciones de su supulchro, explicadas por el Rmo. P. Mtro. Fr. Henrique Florez
Augustiniano, y contradichas por D. Diego Alexandro de Galvez, Prebendado de la Sta. Iglesia
Patriarcal de Sevilla, en quanto al dia del transito del Santo Rey. Su author el Rdo. P. Fr. Pedro de
San Martin Uribe, del Sagrado Orden de la SSma. Trinidad!, Redemptores Observantes de esta
Provincia de Andalucia, Jubilado en Sagrada Theologia, Correspondiente de la Real Academia de
Ciencias de Paris, y Cathedratico de Astronomia en la Universidad de Sevilla. Quien la dedica, y
consagra en nombre del afecto fervoroso de un devoto, a Maria SSma. de la Soledad. Con licencia:
en Cordoba en la Oficina de Dn Juan Medina, y SanTiago, Plazuela de los Caños, por Luis Ramos y
Coria. Año de 1765.
4.º, 6 hs. prls. sin foliar, 27 págs. y 2 hs. más de Apéndice.
-Carta, respuesta a un amigo, que desea saber el juicio formado sobre el papel nuevo impresso en
Cordova, cuyo título es Crisis Chronologica sobre los Elogios de San Fernando III... Por Don Diego
Alexandro de Galvez, Presbytero, Prebendado, y Bibliotecario Mayor de la Santa Iglesia Patriarcal
de Sevilla. Con licencia: En Sevilla, por Joseph Padrino... Sin año (1765).
4.º, 8 páginas.
-Disertación Chronologica, en la que se insinua el verdadero dia del Transito de S. Fernando
Tercero, Rey de España: su autor Don Fernando Joseph Lopez de Cardenas, Academico Honorario
de la Real Academia de buenas letras de Sevilla, y Cura de la Villa de Montoro: Quien la dedica al
mismo Santo Rey. En Cordoba, con las Licencias necesarias, en la Imprenta de Diego, y Juan
Rodriguez, Impressores del Santo Tribunal de la Inquisición, de la Dignidad Episcopal, y de dicha
Ciudad, por Antonio Serrano, y Juan Sanchez.
4.º, 28 páginas.
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-Disertacion II. Sobre el dia fixo del Glorioso Transito de San Fernando III Rey de España: Su autor
Don Fernando Lopez de Cardenas... (ut supra) Impresso en Cordoba en la Imprenta de Juan
Rodriguez; Calle de la Libreria, por Antonio Serrano, y Fernando Sanchez.
4.º Portada-Una hoja grabada con el escudo del mecenas Marqués de Cabriñana-8 hs. más sin foliar,
y 147 páginas.
Por ser bastante raros estos opúsculos y muy difícil encontrarlos juntos, he hecho por extenso su
descripción bibliográfica, aunque para mi objeto bastaba con lo que dice el P. Flórez (pág. 8 de sus
Elogios, donde pone en facsímile el epitafio hebreo): «Interpretaron este documento el Doctor don
Francisco Perez Bayer, Cathedratico de lengua santa en la Universidad de Salamanca ; D. Thomás
Antonio Sanchez, Colegial Theologo en el de S. Geronymo (vulgo Trilingue) de la misma
Universidad; y D. Juan Pastor Abalos y Mendoza, Cathedratico en la Universidad de Alcalá.»
[p. 75]. [1] Posteriormente se han publicado otras biografías más detalladas, especialmente la Vida y
escritos del teniente coronel capitan de artillería Don Vicente de los Rios por D. Luis Vidart, Madrid,
1889.
[p. 76]. [1] El Criticón, papel volante de literatura y Bellas-artes. Madrid, 1835. Número I, pág. 4.
[p. 78]. [1] Alude al hebreo, que había cursado en Salamanca, probablemente con Pérez Bayer. Entre
otros trabajos manuscritos dejó Sánchez una disertación sobre la palabra hebrea Sepharad , que se lee
en Habacuc, averiguando si debe entenderse por España (Expediente personal de don Tomás Antonio
Sánchez en la Biblioteca Nacional).
[p. 81]. [1] Vid. sobre esta falsificación el tomo X de mi Antología de poetas castellanos, págs. 365369.
[p. 81]. [2] Vid. Jofré de Loaisa. Chronique des Rois de Castille (1248-1305), publiée par Alfred
Morel-Fatio (Bibliothèque de l´École des chartes, tomo LIX, páginas 325-378).
[p. 82]. [1] No en estas notas, pero sí en las del Fuero de Sepúlveda y en algún otro lugar que no
recuerdo, sostuvo Floranes la atribución del Libro de Alexandre a Gonzalo de Berceo, opinión que
ahora vuelven a defender algunos con el apoyo (no suficiente a mi juicio) del códice de París.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 84] TRUEBA Y COSÍO (D. TELESFORO)
Nota del Colector.- Reproducimos a plana y renglón la portada de este primer libro que dió a la
estampa Menéndez Pelayo y que hoy se ha hecho ya rarísimo. Había de ser el primero de la
proyectada serie: Estudios críticos sobre Escritores Montañeses y por eso lleva el número I. Otros
trabajos más breves sobre Escritores Montañeses aparecieron después en La Tertulia y en la Revista
Cántabro-Asturiana y van también recogidos en este mismo volumen VI de Estudios y Discursos de
Crítica Literaria .
El presente estudio sobre don Telesforo Trueba y Cosío, lleva la siguiente dedicatoria: «Al Excmo.
Ayuntamiento de Santander, en testimonio de profundo respeto y gratitud eterna, dedica este
bosquejo consagrado a honrar la memoria de un hijo ilustre de nuestra ciudad. EL AUTOR.»
Se publica por primera vez en Estudios de Crítica Literaria .
[p. 85] ADVERTENCIAS PRELIMINARES
A. Escrita la mayor parte de esta memoria, llegó a mis manos el primer tomo de la excelente obrita
que con el título de Hijos ilustres de la Provincia de Santander publica el erudito señor don Enrique
de Leguina, tomo que contiene las biografías de don Luis Vicente de Velasco, don Ángel de Peredo y
Villa y Juan González de Barreda. A pesar del título de dicha obra, que a primera vista parece darse
la mano con la mía, no he desistido de mi propósito ni levantado mano de estas tareas, visto el muy
diverso fin a que los notables estudios del señor Leguina y los pobres ensayos míos se enderezan. El
señor Leguina, por lo que se infiere del volumen publicado, fíjase especialmente en los varones
ilustres en armas , yo en los escritores . El objeto del señor Leguina, conforme se anuncia en el
frontis, es biográfico; el mío, bibliográfico y de crítica literaria . Para el señor Leguina, lo
importante, es el hombre; para mí, es o debe serlo el libro , y el libro digno de mención y de análisis,
no el aborto infeliz de tal o cual ingenio menguado. Yo dejo aparte toda noticia genealógica y
heráldica , y aun en cuanto a los hechos no literarios del escritor seré muy sucinto. Por lo demás,
aplaudo de todas veras el utilísimo trabajo del señor Leguina, quien, sin ser hijo de esta provincia,
tanta afición muestra a nuestras cosas. Sírvanos a los montañeses su ejemplo de estímulo saludable, y
ojalá se multipliquen los trabajos sobre Cantabria, que campo hay para que no uno, sino muchos
escritores, hagan ostentación gallarda de sus fuerzas, cada cual según sus aficiones y estudios
particulares, sin que de ninguno pueda decirse que introduce la hoz en mies ajena.
[p. 86] B. Cumplo el deber para mí más grato, manifestando en este lugar mi profundo
reconocimiento a cuantos, directa o indirectamente, con noticias, indicaciones o consejos, me han
ayudado en esta labor difícil; en especial al ilustrado y respetable señor don Evaristo del Campo, que,
con generosidad digna de todo encomio y movido sólo por el amor a las letras, me ha comunicado
cuantos libros y papeles de Trueba poseía, entre ellos buen número de obras inéditas y de
apuntamientos, borradores y bosquejos sobremanera interesantes y del todo desconocidos. Gracias
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doy también a mi entrañable amigo el insigne escritor montañés don Gumersindo Laverde Ruiz, una
de las glorias del profesorado español de nuestros días, quien, con sus benévolas insinuaciones, me
hizo emprender el estudio que hoy publico, no sin comunicarme para él alguna noticia digna de todo
aprecio.
Santander, enero de 1876.
[p. 87] ESTUDIOS CRÍTICOS SOBRE ESCRITORES MONTAÑESES
DON TELESFORO TRUEBA Y COSÍO
I
EMPRESA meritoria se ha juzgado siempre la de formar catálogos y bibliotecas particulares de los
escritores insignes en letras divinas y humanas que han florecido en una comarca o en un tiempo
determinados. No es nuestra España la última en cuanto al número e importancia de estos trabajos,
pues cuentan ya muchas provincias con esmeradas bibliografías, modelos de erudición y conciencia
algunas de ellas. El Reino de Valencia puede ufanarse de ser el primero en este punto. Los trabajos
del Padre Rodríguez, de Jimeno y de Fuster, a los cuales pueden agregarse otras memorias
particulares, han ilustrado casi por entero la historia literaria de aquel país. No inferior gloria ha dado
a la erudición aragonesa la Biblioteca de Latassa, repertorio copiosísimo, aunque un tanto desaliñado
e indigesto. Las sucesivas tareas de Torres Amat, Corominas y Aguiló, han sacado del olvido a no
pocos catalanes ilustres, a la par que las Baleares poseen una bibliografía tan completa y notable
como la de Bover y estudios especiales tan curiosos como la Biblioteca Luliana , de Roselló. Sevilla
cuenta desde Rodrigo Caro y sus continuadores hasta el Padre Valderrama, Matute y algunos [p. 88]
contemporáneos nuestros, numerosa serie de infatigables exploradores de sus antigüedades literarias.
Sobre gaditanos insignes, poseemos el libro de Cambiaso, no despreciable, aunque sobremanera
incompleto, y no faltan catálogos (más o menos dignos de estima) de autores granadinos y
cordobeses. Las noticias de hijos ilustres de Madrid , fueron recopiladas por Álvarez Baena; y de
Conquenses célebres , lleva publicados cuatro admirables libros, no ya monografías, el excelentísimo
señor don Fermín Caballero. Otras provincias de ambas Castillas y del Reino de León han sido menos
afortunadas, sin que falten por eso memorias relativas a toledanos, salmantinos y vallisoletanos.
Mucho debe la bibliografía extremeña a los trabajos del señor Barrantes; sobre autores gallegos
publicó un tomo, ha pocos años, el señor Murguía, y sobre asturianos célebres otro el canónigo
González Posada, a fines del siglo pasado. Igual tarea ha traído a feliz término nuestro amigo el señor
Fuertes, catedrático de este Instituto provincial, en su Biblioteca Asturiana , inédita todavía. Para no
hacer interminable esta reseña, ni mencionaré otros estudios sobre escritores provinciales, ni hablaré
tampoco de las bibliotecas americanas, tan excelentes algunas como la de Beristain y Souza
consagrada a las vidas y escritos de los mejicanos egregios. El cúmulo de datos, noticias, extractos e
indicaciones esparcidos en tales libros han de ser el fundamento de la Bibliografía Nacional, cuando
haya erudito bastante osado para arrancar la clava a Hércules, o sea, para continuar y completar la
obra inmortal de Nicolás Antonio. Tomemos ejemplo de los portugueses, que no satisfechos con la
muy copiosa Biblioteca Lusitana , de Barbosa Machado, han logrado poseer el Diccionario
Bibliográfico , de Inocencio de Silva, trabajo esmerado y concienzudo que, con ser mera adición a los
cuatro tomos en folio del Barbosa, consta no menos que de ocho volúmenes en cuarto. Habiendo sido
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los primeros, no hemos de quedar los últimos en tal empresa. Entre tanto conviene que se
multipliquen los ensayos parciales en que fácilmente puede ser casi agotada la materia. Por eso juzgo
tarea de general interés y de honra provincial la formación no de una Biblioteca, porque no hay
materiales para tanto, sino de una serie de monografías crítico-bibliográficas de escritores
montañeses. Conozco que a no pocos ha de hacer sonreír esta idea, teniéndola [p. 89] por de
imposible o quizá inútil ejecución. Pues qué (dirán), ¿qué escritores insignes puede presentar la
modesta y hasta hace un siglo casi olvidada provincia de Santander, lejana siempre del movimiento
literario y privada de esos centros de actividad intelectual, que forzosamente despiertan y avivan el
talento, ofreciéndole ocasiones de brillar y de manifestarse? ¿Qué hijos había de dar a las letras la
Montaña que el rey Felipe IV, al pedir para ella un obispado, calificaba poco menos que de tierra
salvaje, bravía e inculta, cuyos habitantes estaban destituídos no ya de instrucción, sino de cultura y
humana policía? Envanézcase en buen hora esa provincia de haber dado cuna a indómitos guerreros,
prudentes capitanes, atrevidos navegantes y héroes de la nacional independencia, pero deje la gloria
de las letras para comarcas más favorecidas por sus condiciones naturales o por su buena estrella:
Tu regere imperio populos, Romane, memento.
No extrememos, sin embargo, estas consideraciones. Cierto que por causas de todos sabidas y que no
es preciso recordar ahora, ni los estudios florecieron nunca en la Montaña como en otras regiones de
España, ni nuestra provincia puede presentar un número de escritores comparable al de otras tierras
superiores a ella hasta en extensión material, si de esto se tratara. Pero fuera de que la provincia de
Santander debe reclamar su parte en las más altas glorias literarias nacionales, como engendradora de
las razas generosas de que procedieron el Marqués de Santillana, Garci-Lasso, Lope de Vega,
Calderón y Quevedo, tampoco es cierto que ande tan ayuna de títulos propios que le se aforzoso decir
con el Abad del romance: «Si no vencí reyes moros, engendré quien los venciera.» ¿Qué escritor del
siglo VIII puede compararse en mérito ni en influencia con el presbítero Beato de Liébana, gloria de
la Iglesia española, comentador del Apocalipsis y hábil contradictor de la herejía de Elipando,
metropolitano de Toledo? ¿No basta este recuerdo para colocar en alto punto nuestra cultura
intelectual durante los siglos medios? ¿No fué abad de Santander, en los reinados de Sancho IV y
Fernando IV el insigne canciller de doña María de Molina, don Nuño Pérez de Monroy, de quien
consta haber escrito unas memorias históricas [p. 90] de su tiempo, tal vez conservadas, en parte, en
la crónica del Rey Emplazado que ordenó Fernán Sánchez de Tovar? Y si venimos al siglo XVI,
tampoco faltan nombres dignos de honrosa recordación. El gran prosista Fray Antonio de Guevara,
cuyos libros recorrieron en triunfo la Europa, escritor tan notable por sus extravagancias como por su
méritos, tuvo su cuna en nuestra provincia, según asientan graves escritores y persuaden indicios de
no escasa fuerza. No podemos abrigar duda en cuanto a la patria del arquitecto Juan de Herrera, que
fué a la par notable filósofo luliano, como lo demuestra su inédito Discurso de la figura cúbica . En
Silió y no en Santo Domingo de Silos, como hasta ahora ha venido diciéndose, nació Jorge de
Bustamante, traductor de la Historia de Justino y de las Metamórfosis de Ovidio. [1] Distinguióse
como poeta latino, Juan Augur o Agüero de Trasmiera, de quien hay versos al frente del Palmerín de
Oliva , sin otros que recuerdo haber leído manuscritos. Prodigioso éxito obtuvieron los Diálogos de
arte militar y el Discurso de la navegación de Oriente y noticias de la China , obras del beneficiado
de Laredo don Bernardino de Escalante, y con aplauso corrió la Flor de Romances , recopilada por el
racionero de la Colegiata de Santander, Sebastián de Guevara. Y a todos estos nombres debemos
agregar el muy más notable del Padre Martín del Río, cuya gloria, si es española, ninguna provincia
puede reclamar con tanto derecho como la nuestra. Montañeses fueron sus padres, y si por casualidad
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nació en Amberes, no es éste un verdadero obstáculo para estimarle conterráneo nuestro. En Palermo
nació Masdeu, en Curaçao nació Semís y, sin embargo, como catalanes son y serán considerados. La
fama del Padre Martín del Río debe pertenecernos por entero, así en lo bueno como en lo malo.
Porque sabido es que aquel célebre jesuita, portento de erudición y de doctrina, además de haber
comentado con habilidad exquisita diversos libros de la Escritura y varios autores de la antigüedad
clásica, y sostenido acerbas polémicas con José Escalígero; además de ser autor del Syntagma
tragediae latinae, tratado el más completo que sobre la [p. 91] materia poseemos, lo fué también de
un famoso, raro y curiosísimo libro, muestra notable de todas las preocupaciones de su siglo, libro
que, según la exagerada expresión de un escritor ilustre, ha costado más sangre a la humanidad que
todas las invasiones de los bárbaros . Aludo a sus Disquisitiones Magicae , tratado de Demonología ,
el más copioso que apetecerse puede, obra que ejerció inmensa influencia en toda la Europa del siglo
XVI y hasta llegó a hacer fuerza de ley en muchos tribunales. Y adviértase que Martín del Río, lejos
de ser un espíritu vulgar y rastrero, puede estimarse como uno de los primeros humanistas de su
tiempo, acatado como maestro y consultado como oráculo no menos que por Justo Lipsio.
A principios del siglo XVII brillan con méritos muy diversos el jesuíta Juan Agüero, traductor al
tagalo de un Tratado de las almas del pugartorio; el heterodoxo Antonio del Corro, autor de varios
opúsculos e infatigable propagandista que imprimió secretamente la Biblia de Casiodoro de Reina en
un antiguo castillo de Navarra, según él propio nos informa en una larga carta dirigida al mismo
Casiodoro, y el nigromante don Juan de la Spina (montañés, según la irrecusable autoridad de
Quevedo) y, a mi entender, persona no distinta del Dr. Juan del Spino o Spina (que de ambos modos
se le llama), notable por la crudísima guerra que sostuvo con la Compañía de Jesús, publicando
contra ella numerosos tratados, que más tarde puso a contribución Pascal para sus celebradas
Provinciales . Por montañés tengo también al notable crítico don Francisco de la Barreda, traductor
del Panegírico de Plinio . En la misma época tenemos que registrar los nombres de dos poetas.
Fué el primero Félix de Vega, hidalgo del valle del Carriedo, padre del Fénix de los Ingenios , quien
en su Laurel de Apolo renueva con veneración y cariño su memoria, asegurando que entre sus papeles
halló algunos versos, de los cuales no duda en afirmar:
Mejores me parecen que los míos,
Yo no he tropezado con poesía alguna de este ingenio montañés, aunque, si es cierto que por los
frutos se conoce el árbol, debieron ser de mérito subido. No tenemos que lamentar igual pérdida en
cuanto a las composiciones líricas y dramáticas del [p. 92] famoso poeta don Antonio de Mendoza,
cuyas teatrales invenciones fueron puestas a contribución por grandes maestros extranjeros, y aun por
el mismo Molière en una ocasión memorable. Lope de Vega, que siempre recordó con orgullo su
oriundez montañesa, le celebra como hijo de la noble tierra.
en quien guardada
La fé, la sangre y la lealtad estuvo.
Que limpia y no manchada
Más blanca que la nieve mantuvo,
Primera patria mía . . . . . . . . . . . . . . .
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Aun, sin apurar mucho la materia, pueden encontrarse en los siglos XVI y XVII celosos
investigadores de antigüedades y diligentes cronistas de nuestra provincia, poco recomendables por la
crítica en su mayor parte. Entre ellos recordaremos a don Juan de Castañeda, don Fernando Guerra de
la Vega, don Álvaro Huerta de la Vega, don Pedro de Cosío y Celis y al benedictino Fray Francisco
Sota, el más conocido y no el peor seguramente de todos ellos. Y justo me parece advertir que en esta
enumeración rapidísima nombro sólo aquellos escritores por uno u otro concepto interesantes y
dignos de separarse de la masa común, reservando para ocasión más oportuna aquellos otros
laureados solo (como dice nuestro sabio maestro el Dr. Milá y Fontanals) con las modestas palmas
claustrales o académicas , [1] y que ni por lo bueno ni por lo malo traspasan la medida vulgar.
En el siglo XVIII aparecen, entre otros, don Francisco Manuel de la Huerta y Vega, autor de una
Historia de la España Antigua y colaborador del Diario de los Literatos ; don José Cobo de la Torre,
que escribió una obra de Jurisprudencia y ha pasado algún tiempo por autor de la célebre Sátira de
Jorge Pitillas , hoy reconocida por obra de don José Gerardo de Hervás, a quien tengo asimismo por
compatricio nuestro, atendiendo a su parentesco con el citado Cobo, y a otros indicios. Notable fué
como teólogo el Padre Rábago, confesor de Fernando VI y quizá el montañés a quien más debe su
provincia natal. A la Compañía de Jesús pertenecía también el Padre Esteban Terreros y Pando, uno
de [p. 93] los deportados a Italia en 1767, conocido por su traducción del Espectáculo de la
naturaleza del Abate Pluche y todavía más por su Diccionario Universal de ciencias y artes.
¡Cuánta luz comunicó a los puntos más oscuros de nuestra historia política, legislativa y literaria, el
infatigable y eruditísimo lebaniego don Rafael Floranes, Señor de Tavaneros! Las vidas del canciller
Pedro López de Ayala y del Dr. Galíndez de Carvajal, el Origen de las Universidades de León y de
Castilla, los Apuntamientos para la historia de la imprenta , las Memorias históricas de nuestra
legislación, las Vidas de los jurisconsultos españoles del siglo XV , las historias de diferentes
ciudades, las notas y variantes a los Cuerpos legales y a las Crónicas, las adiciones a Nicolás
Antonio..., obras todas de nuestro ilustre paisano, son, después de la España Sagrada , los trabajos
más notables de investigación y de análisis que en el siglo XVIII se realizan. Casi al mismo tiempo
que Floranes, trabajaba, aunque en menor escala, con notable diligencia y crítica en general acertada,
el Deán Martínez Mazas, de quien anda impreso un Retrato histórico de la ciudad de Jaén , y existen
manuscritos en esta Catedral, unas Memorias antiguas y modernas de la iglesia y obispado de
Santander .
La raza de nuestros eruditos no se extingue con Floranes y Martínez Mazas, ni muere en el siglo
XVIII; aparece en las primera décadas del presente, el sabio agustiniano Fray José de la Canal, último
eslabón de la cadena de obreros que trabajaron en la España Sagrada desde Flórez hasta Fray Antolín
Merino, inmediato predecesor de nuestro paisano; y suena a la par en extrañas tierras el nombre del
gran bibliófilo La Serna Santander, hoy enlazado a los de Maittaire, Gerardo Meerman, Schoeflin,
Hain y Brunet, por su copioso Diccionario de incunables , por el riquísimo Catálogo de su propia
biblioteca y por las monografías que versan sobre el papel, firmas y signaturas de los primeros
monumentos del arte tipográfico . [1] Y aquí conviene hacer mérito de un diligentísimo arqueólogo
montañés contemporáneo nuestro, que da, con sus trabajos, nuevo y fehaciente testimonio del grado
notable de cultivo que han alcanzado entre nosotros los estudios [p. 94] de antigüedades y erudición
varia, para los cuales parece que muestran especiales dotes los hijos de esta provincia.
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No prestaron tan favorable aspecto los de amena literatura en todo el siglo pasado y comienzos del
presente. Perversos modelos son las escasísimas poesías de autores montañeses de dicha época que
han llegado a nuestras manos, si bien nada tiene de extraña esta circunstancia, dado el intolerable
prosaísmo que con raras intermitencias dominó en aquel siglo a casi todos los escritores apartados de
aquellos dos focos de actividad literaria que se llamaron escuelas , la salmantina y la sevillana. Si,
como presumimos, era montañesa cierta doña María Camporredondo, autora de un tratado en
seguidillas sobre la filosofía de Escoto, júzguese por este singular trabajo del gusto de los escasos
vates que produjo en el siglo XVIII la patria de don Antonio de Mendoza, el solar de Lope, de
Calderón y de Quevedo. Léanse algunas relaciones de fiestas y de certámenes en que se intercalan
poesías castellanas o latinas, la Pública palestra literaria, Emulación Gloriosa, Academia GramáticoPoético-Oratoria en que con varonil denuedo ostentan los alumnos de las Escuelas Pías del
nobilísimo valle de Carriedo el aprovechado fervor de sus juveniles desvelos, impreso en 1757; la
Descripción de los festivos júbilos con que el Real Consulado de Santander celebró la pausible
exaltación del Excmo. Sr. Don Pedro Ceballos Guerra al Ministerio de Estado , poema heroico (así
le llama su autor) de don Pedro García Diego, secretario de la Sociedad Cantábrica; léase el Entremés
de la buena gloria o de las fiestas de Baco , obra, según entiendo, del mismo García Diego, y no
falto, a pesar de todo, de cierto olor y sabor locales; y se verán ejemplos de perversión literaria que
dejan muy atrás cuanto pudiéramos añadir sobre el asunto.
En los primeros años de este siglo distinguióse por su desdichada afición a la poesía, el Deán (y
Obispo electo) de Orense, don Juan Manuel Bedoya, hijo de esta provincia, a quien se deben una
traducción harto infeliz de los Salmos , y otras producciones de escaso valor literario. [1]
[p. 95] Muy diverso y por cierto más brillante es el cuadro de las letras montañesas en nuestra era.
Hónrase este país con el nombre de Trueba y Cosío, ilustre poeta lírico y dramático, eminente
novelista, enlazado con el universal movimiento literario de nuestro siglo como uno de los primeros y
más felices imitadores de Walter Scott. No ha olvidado Cataluña el brioso Canto de los
almogavares , que desde las montañas cántabras le dirigió el malogrado Camporredondo. Y en el
momento en que escribimos, ¿no posee la provincia de Santander tres escritores que sin recelo de
quedar vencida puede oponer a los más celebrados de otras comarcas españolas? Sus nombres son
harto conocidos en el mundo de las letras para que sea preciso repetirlos. Han adquirido al primero
altísima fama sus investigaciones crítico-bibliográficas sobre filósofos españoles , distinguiéndose a
la par como poeta de los más verdaderamente líricos y subjetivos de la generación actual. Es autor, el
segundo, de deliciosos cuadros de costumbres montañesas, ricos de espontaneidad y frescura,
animados por una poderosa e ingénita vis cómica y por un natural desembarazo que aveces faltan en
las descripciones del carácter de otras provincias trazadas por ilustres plumas contemporáneas. Como
modelo de discreción y atildamiento, y hábil maestro en el manejo de la lengua castellana; merece
señaladísimo puesto el tercero de los escritores a quienes nos venimos refiriendo. Y en vista de tales
datos, ¿puede afirmarse que la Montaña es tierra anti-literaria? ¿Puede considerársela como una
moderna Beocia? Aun limitándonos a la poesía y a las bellas letras, ¿puede aplicársela en particular
aquella absurda sentencia que, según refiere, fulminó Lista (cuéstame trabajo creerlo) contra las
provincias del Norte: Del lado allá del Duero no nacen poetas?
A desvanecer tal preocupación, por lo que a nosotros toca (Asturias y Galicia no necesitan defensa),
va enderezado el presente escrito, cuyo asunto será la noticia y apreciación crítica de las obras del
ilustre escritor santanderino don Telesforo de Trueba y Cosío, harto olvidado ya, no obstante haber
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vivido en tiempos a nosotros muy cercanos, y logrado el raro privilegio [p. 96] de ser estimados sus
libros como clásicos en una nación extraña, a cuya circunstancia se debe el alto concepto de que
siempre fuera de su patria ha disfrutado. No es una vanidad local la que a este trabajo me impulsa, no
es siquiera una vanidad nacional, si este nombre puede darse al santo amor de la patria; trátase de un
hombre que ejerció notable influjo en una literatura extranjera y hasta obró poderosamente en el
espíritu de una gran parte de la Europa culta. Voy hablar de un iniciador literario, de un revelador de
tesoros tradicionales y legendarios fuera de aquí desconocidos, del hombre que por primera vez
descubrió a la Inglaterra el rico manantial de poesía oculto en nuestras crónicas, romances y teatros.
El terreno estaba preparado por trabajos eruditos; a Trueba se debió la consagración novelesca y
popular que coronó aquel generoso movimiento continuado hoy mismo por notables historiadores,
elegantes poetas y bizarros novelistas, honra de la nación británica, que sólo a los alemanes cede en el
conocimiento y apreciación de nuestras glorias literarias.
Los libros de Trueba y Cosío, así por sus altas dotes narrativas como por la novedad siempre
halagüeña, alcanzaron un éxito portentoso. Escritos primitivamente en inglés, fueron muy pronto
traducidos al francés, al alemán, al holandés y hasta el ruso; sólo en parte, y muy tardíamente, al
español. Sus escritos castellanos son casi desconocidos. De unos y otros me propongo tratar en esta
monografía, a la cual seguirán, con ayuda de Dios, otras semejantes, si ésta obtuviere la indulgencia
de mis paisanos, no por el mérito de la ejecución, sino por el objeto a que se dedica.
II
Don Joaquín Telesforo Trueba y Cosío, nación el 5 de enero de 1799 en la ciudad de Santander,
siendo bautizado el mismo día en la parroquia de la Catedral. [1] Hijo de don Juan Trueba, [p. 97]
comerciante de esta plaza, y de doña María Pérez Cosío, perdió a su padre en edad temprana,
quedando su educación a cargo de la madre, mujer de claro entendimiento y varonil entereza,
manifestada después en ocasiones diferentes. A la edad de nueve años salió Trueba de Santander para
ser educado en el colegio inglés de Old Hall Green, en el cual recibieron asimismo la primera
instrucción sus hermanos. Por lo que a don Telesforo toca, continuó más tarde sus estudios en la
Sorbona de París, entrando luego en la carrera diplomática. Casi desde su infancia debieron
despertarse en él aficiones literarias, puesto que a los diez y siete años compuso dos largas obras
dramáticas (ambas en prosa), que existen entre sus papeles. Titúlase la primera, Anteojos para cortos
de vista o Casa de un Marqués de España y consta no menos que de cinco actos. Es la segunda, un
melodrama dividido en tres y rotulado El Precipicio o las Fraguas de Noruega . Ni una ni otra nos
parecen dignas de particular examen, dado caso que se resienten por extremo de la inexperiencia del
escritor. La primera, carece de unidad en el plan y está escrita con harto desaliño, siendo el lenguaje
sobremanera incorrecto y lleno de anglicismos. Superior en tal concepto la segunda, tampoco ofrece
materia a particular elogio, ni puede añadir nada a la gloria de Trueba. El argumento, además de
inverosímil, es trillado; débiles y mal sostenidos los caracteres, falto el estilo de vigor y de nervio.
Obras de adolescente al cabo, ensayos de colegial estudioso, sólo de pasada deben ser recordados. En
nada amenguan ni acrecen el mérito del escritor; representan sólo la gestación larga y difícil del
ingenio; sólo a título de datos pueden llamar la atención de la crítica. ¿Quién descubre en las primeras
obras de Corneille el gérmen del Cid , de los Horacios o del Polieucto ? ¿Quién vislumbra en los
Hermanos Enemigos al futuro autor de Ifigenia y de Atalía ? Y refiriéndonos a poetas españoles
contemporáneos o poco anteriores a Trueba, ¡cuán débil y arrastradamente versificaba Meléndez
Valdés a los veinte años!, ¡cuán prosaicos e infelices son los Ensayos Poéticos que en 1817 publicó el
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ilustre Aribau en Barcelona! No es extraño, pues, que hiciese Trueba malos dramas en sus juveniles
años. Sólo los mentamos aquí para advertir que anuncian ya ciertas dotes dramáticas y que
demuestran sobre todo notable estudio del teatro inglés, en especial de Shakespeare. [p. 98] Abundan
en el Precipicio los rasgos imitados o traducidos del Otelo y no faltan en los Anteojos ciertas
reminiscencias del Mercader de Venecia . La literatura británica fué la primera que tuvo ocasión de
conocer y admirar Trueba; las citas oportunamente esparcidas en sus obras posteriores y, sobre todo,
los largos epígrafes que a semejanza de Walter Scott, su maestro, coloca al frente de los capítulos de
sus novelas, indican bien a las claras que le eran igualmente familiares la latina, la española, la
toscana y la francesa.
Algún pariente o amigo de nuestro autor se encargó de corregir y hacer representar en Madrid su
melodrama El Precipicio , que fué estrenado en el teatro de la Cruz en 1817. Ignoramos qué exito
obtuvo en las tablas; es lo cierto que fué muy pronto olvidado, no llegó a imprimirse y ni aun figura
en el catálogo de piezas dramáticas del siglo XVIII , de Moratín, que alcanza hasta el año 25 del
presente. El mismo Trueba debió desestimar cuerdamente estas intentivas literarias de su mocedad y
tituló primer ensayo a la tragedia que pronto tendremos ocasión de analizar.
En París se hallaba nuestro autor al estallar la revolución española de 1820. Trueba la acogió con
entusiasmo, celebró a Riego en un soneto y entró de lleno en el movimiento político-literario de
aquella era todavía no bien apreciada en este concepto.
Pocos períodos conozco tan tristes para las letras patrias como el que se extiende desde el regreso del
Rey Deseado hasta la renovación del sistema constitucional. En aquella era fué universal y profundo
el silencio en los dominios del arte. Y no podía acontecer de otra manera cuando aquella brillante
pléyade de ingenios que apareció en tiempos de Carlos IV, concentrando en sí todas las fuerzas
intelectuales del siglo XVIII en España, había sido dispersada y aun aniquilada en parte, pereciendo
unos en el revuelto torbellino de acontecimientos posteriores a 1808, yaciendo otros en las cárceles y
en los presidios y vagando muchos por extrañas tierras perseguidos ora con la nota de liberales , ora
con la de afrancesados . El varonil y enérgico Cienfuegos había sellado con gloriosa muerte una vida
harto breve, muriendo en Ortez, a donde le condujeron los franceses en venganza cruel de su resuelta
entereza. Jovellanos, el más grande de los patricios y escritores de aquella era, no existía desde 1811.
Meléndez, a quien su carácter harto débil había puesto al lado de los servidores [p. 99] del Rey José;
Moratín, afiliado en la misma causa, y con él Estala, el primero de los críticos de su tiempo; Conde,
el insigne arabista; Hermosilla, preceptista rígido y atribiliario; Burgos y Pérez de Camino,
traductores ilustres de los clásicos latinos; el médico poeta García Suelto; el abate Marchena; el
canónigo volteriano Llorente; Ranz Romanillos, helenista egregio; Maury, Miñano y otros ciento que
más o menos habían incurrido en lo que entonces se llamó delito de infidelidad a la patria , le
purgaban harto caramente los más en el destierro; algunos en Madrid oprimidos de mil modos y
estrechamente vigilados. Víctimas de su entusiasmo por las reformas liberales del año 12, yacían
Quintana, en la ciudadela de Pamplona; don Juan Nicasio Gallego, en la cartuja de Jerez; Sánchez
Barbero, en el presidio de Melilla; Martínez de la Rosa, en el Peñón de la Gomera. Los hijos de la
escuela sevillana habían sido dispersados por el torbellino: Lista, en Francia; Blanco (White), en
Londres, donde había cambiado de religión y de patria; Arjona, cruda e injustamente perseguido, en
España; Reinoso, escribiendo en defensa propia y de sus compañeros su famoso Examen ; González
Carvajal, obligado a cambiar continuamente de asilo y consolándose con la traducción de los Salmos .
Navarrete, Martínez Marina, Canga-Argüelles, Vargas Ponce, Somoza, Tapia, Gallardo, Villanueva,
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Puigblanch..., todos los que en mayor o menor grado se habían señalado por su inclinación al
liberalismo, sufrieron los efectos de aquella reacción extremada. [1] El árbol que tan sabrosos frutos
prometía, fué secado en flor por el encendido viento de las turbulencias civiles. Callaron las prensas:
sólo, de tiempo en tiempo, aparecía tal cual trabajo poético de mediano mérito, las Rimas en loor de
España , de don Diego Colón; la traducción de las Sátiras de Juvenal, hecha por Folgueras, después
arzobispo de Granada; la de los Lusiadas de Camoens, trabajada por don Lamberto Gil; alguna
composición de Arriaza, una o dos obras dramáticas de don Dionisio Solís; a veces se publicaban
trabajos de erudición tan notables como la Vida de Cervantes , de Navarrete, pero eran esfuerzos
aislados; en general, la situación literaria puede calificarse de lastimosa. [p. 100] A duras penas logró
don José Joaquín de Mora sostener la Crónica científica y literaria , única revista crítica de aquella
era; en cambio, hormiguean en los periódicos de aquellas calendas los insípidos versos de don Lucas
Alemán o séase el doctor en Medicina don Manuel Casal, y las extravagancias inauditas de Rabaldán,
Scarlatti, Garnier, Govea, habituales exornadores del Diario de Madrid y de la Gaceta . El teatro no
daba señales de vida; predominaba el género comellesco a vueltas de execrables traducciones de
melodramas franceses.
La segunda época constitucional del 20 al 23 fué (justo es decirlo), muy superior bajo tal aspecto. Fué
aquélla una fiebre de entusiasmo patriótico, a veces degenerada en ridículas y extravagantes manías,
pero despertadora, en general, de nobles arranques y generosas inspiraciones. La libertad de imprenta
dió prodigioso desarrollo al periodismo político y literario que tuvo notables representantes en
aquellos tres años. Redactaban el Censor , excelente revista de templados principios y atinada crítica,
Lista, Miñano y Hermosilla, y dirigía la Miscelánea y después el Imparcial, Burgos, ya conocido por
su admirable traducción de Horacio. Gran parte de los escritores expatriados habían vuelto a Madrid;
los liberales del año 12 salían en triunfo de cárceles y presidios. La elocuencia política, que en esta
época pecó excesivamente de declamatoria, resonaba, acogida con frenético aplauso, en la Cámara y
en las sociedades patrióticas. El público releía las ediciones que de sus poesías anteriores publicaban
Quintana, Lista, Tapia, acrecentado el interés con las persecuciones de que los autores habían sido
víctimas. El teatro, sobre todo, era el reflejo de las pasiones contemporáneas. Dominaba, sin
oposición apenas, la tragedia neo-clásica, pero no ya a imitación de la francesa como en los últimos
años del siglo XVIII, sino a ejemplo de Alfieri, que era entonces el modelo, la autoridad, el ídolo. Las
tragedias republicanas del gran poeta piamontés, la Virginia , el Bruto Primo, el Bruto Secondo , el
Philippo , traducidas en robustos endecasílabos asonantados por Saviñon y por Solís, atraían un
público entusiasta a los teatros del Príncipe y de la Cruz. [1] [p. 101] De tiempo en tiempo aparecía
tal cual comedia de costumbres del género moratiniano , una de Martínez de la Rosa, dos o tres de
Gorostiza. Pero el público gustaba más del Cayo Graco o de Roma Libre , de la Viuda de Padilla , de
Lanuza , de la Vasconia Salvada y de algunas tragedias revolucionarias de José María Chenier, [1]
quien, de igual suerte que Alfieri, logró feliz y digno intérprete en don Dionisio Solís, modesto
apuntador del teatro del Príncipe y futuro autor de la Camila .
Para no olvidar ninguno de los elementos, a nuestro modo de ver predominantes en aquella era,
conviene advertir que a favor de la libertad casi ilimitada de imprenta, corrieron de mano en mano, no
sin harto peligro y daño, numerosas y en general bien hechas traducciones de los enciclopedistas
franceses, debidas en gran parte al famoso abate Marchena.
Aquella efervescencia literaria no se limitó a la capital de la monarquía. Barcelona, sobre todo,
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dotada siempre de vida propia, nos ofrece una circunstancia digna de notarse. Los primeros atisbos de
lo que después se llamó romanticismo , se encuentran en El Europeo , revista que, en 1822,
publicaban Aribau, autor más tarde de la admirable oda a la patria , y Lopez Soler, futuro imitador (y
algo más) de Walter Scott.
Trueba y Cosío no pudo menos de obedecer a las influencias literarias de su tiempo y tomar parte en
el movimiento. Empezó, como se empezaba entonces, componiendo una tragedia clásica (por lo
menos él así lo creía), con sus puntas y ribetes de liberal y revolucionaria. La Muerte de Caton,
primer ensayo del ciudadano Telesforo Trueba , lleva la fecha de París, marzo de 1821.
El asunto llevaba en sí radicales inconvenientes. La muerte de Caton no es argumento de tragedia,
¿qué lucha de pasiones [p. 102] cabe en un drama fundado en la estoica entereza del último romano?
En su pecho ni por un instante hallaron abrigo la duda y la vacilación; ¿dónde está, por tanto, el
interés de la tragedia? Y no es que yo juzgue el suicidio del héroe uticense con el criterio estrecho de
algunos historiadores modernos que a todas las épocas y situaciones quieren aplicar la medida de las
nuestras. Así mirada la cuestión, el suicidio catoniano fué un crimen y un crimen inútil, pero la
opinión de la antigüedad nunca fué esa. Caton, al poner término a su vida obró en perfecta
consonancia con los principios del sistema filosófico al cual en cuerpo y alma se había entregado: no
le juzguemos por los eternos principios de la moral, entonces harto oscurecidos. Caton era, ante todo,
el hombre de un sistema, y su grandiosa figura quedaría artísticamente amenguada sin el último acto
de su vida. Caton, humillado a Julio César, sobreviviendo a la caída de la libertad patricia, sería un
contrasentido y hasta un absurdo. Consúltese el juicio unánime de los antiguos en este punto. Caton
fué ensalzado en todos los tonos durante la dominación del dictador, lo fué aún en los días del
imperio. Cicerón hizo su eleogio, al cual no se desdeñó de contestar el mismo César; el favorito de
Mecenas y de Augusto habló de la gloriosa muerte, nobile letum y del alma indómita de Caton,
praeter atrocem animum Catonis , y Lucano esparció las más brillantes flores de su poderoso ingenio
sobre la tumba de aquel a quien agradó la causa combatida por los Dioses.
Victrix causa Diis placuit, sed victa Catoni
Pero repetimos que tal asunto, propio para interesar en la historia, en una oda o en un episodio de
poema, tiene malísimas condiciones dramáticas. El hombre exento de pasiones no puede ser héroe de
teatro, y Caton era incapaz, por carácter y por sistema, de obedecer a ninguna; hizo lo que creía justo
y conveniente, ni más ni menos. No intento hacer la apología de los estoicos, pero así como su moral
fué la más pura del mundo clásico, así la constancia y tenacidad en sus propósitos, la entereza, el
vigor de ánimo y la profunda convicción de la verdad de sus doctrinas exceden con mucho a todas las
prendas de carácter manifestadas por los filósofos de otras escuelas.
Pero una vez presentado en el teatro el asunto de Caton, [p. 103] ¿qué medios había para producir
una obra eminente, si bien antiescénica? Uno solo: convertir el drama en un estudio histórico,
presentar los personajes tales como fueron, ofrecer el cuadro vivo de la época, pintar con toda la
sublimidad real los últimos momentos del filósofo unidos a la agonía de la república, analizar cada
uno de los elementos combinados en el alma de Caton, el orgullo patricio, la severidad estoica, el
amor paternal y dar, sobre todo, a aquella memorable revolución su verdadero carácter tan
desemejante al de las nuestras, sin teñirla jamás con los colores de la pasión política contemporánea,
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para no incurrir en ridículos anacronismos. ¿Se han librado de este escollo los trágicos que han
tratado este argumento? Sólo hablaré de tres: Addison, Trueba y Cosío y Almeida Garrett.
El Catón de Addison, fué puesto en las nubes al tiempo de su aparición y aun en todo el siglo pasado.
Voltaire le elogió con exceso, si bien reconociendo, como crítico tan agudo y delicado, uno de sus
más imperdonables defectos. Conocida en Francia la tragedia y conocida por intermedio del maestro,
¿quién podrá referir las exageraciones y extravagancias de los discípulos? Los enciclopedistas
afirmaron por boca del caballero Jaucourt, en el artículo Addison , ser el Caton la obra más bella que
existía en teatro alguno . ¡Cómo se altera el gusto en poco tiempo! Hoy esa tragedia nos parece
correcta y escrita con talento, pero fría y desmayada. Nada hay en ella de romano; algo de inglés y de
contemporáneo. Fué una arma de partido, un manifiesto del partido wigh contra los torys a la sazón
en el Poder. Para colmo de desgracia hay en este Caton una intriga amorosa, sobremanera ridícula en
tal asunto. Sempronio y un príncipe de Mauritania, Juba, se disputan el amor de Marcia, hermana del
Uticense. Hay escenas de melodrama sobre toda ponderación impertinentes. Marcia se decide por
Juba, quien determina robarla (admirable recurso para introducido en un asunto romano), pero
Sempronio, verdadero traidor de comedia, disfrázase con el traje de su rival y logra suplantarle.
Sobreviene Juba y mata a Sempronio: huye Marica, pero no tarda en volver para declamar una
insípida lamentación sobre el cadáver que, engañada por los vestidos, pensaba ser el de su amante. El
verdadero Juba, que no estaba lejos, se enternece y viene a consolarla con palabras, no muy propias
que [p. 104] digamos de un príncipe númida y semi-bárbaro. Estas incongruencias llena gran parte de
la tragedia más admirable que existe , según afirma el caballero Jaucourt. Sin embargo, como
Addison era hombre de grandísimo entendimiento, aunque no poeta, acertó tal cual vez a inspirarse
en la historia y en las costumbres romanas, especialmente en dos pasajes famosos: en las palabras que
pronuncia Caton al contemplar muerto a uno de sus hijos, y en el soliloquio que precede al suicidio.
Esta tragedia, débil imitación de Corneille en la patria de Shakespeare, producción fría y elegante
como muchas del tiempo de la Reina Ana, tuvo una fama pasajera, hoy si no del todo extinguida, por
lo menos en grado notable menoscabada.
Trueba y Cosío y Almeida Garrett, que trataron simultáneamente el mismo asunto, no incurrieron en
el yerro de introducir amores de comedia en tal argumento, ora porque Voltaire y en coro otros ciento
lo habían ridiculizado, ora porque influyese en ellos el ejemplo y la doctrina de Alfieri que había
desterrado semejantes ornatos en asuntos de la antigüedad romana. Pero el mismo Alfieri había
incurrido en otro yerro en que con exceso le imitaron ambos poetas, el portugués y el castellano: la
confusión de la libertad moderna con la libertad romana y patricia que amaron los Brutos, los Catones
y los Casios. A este yerro se une, en las tragedias de Trueba y de Almeida Garret, la pesadez
inherente a la repetición de declamaciones patrióticas continuadas durante cinco actos eternos. Y
como estas declamaciones, lejos de ser romanas, son semejantes a las que resonaban en la Fontana de
Oro o en los clubs patrióticos de Oporto, calcúlese el efecto que producirán en el lector de nuestros
días curado ya de espantos , es decir, libre de las pasiones políticas que agitaron a la inexperta y
generosa juventud de aquellos días. En la tragedia del ciudadano Trueba, como en la del ciudadano
Almeida, no hay más argumento que éste:
Acto 1.º-Debates entre Caton, Fabio, Valerio y Sempronio sobre la conveniencia o desconveniencia
de entregarse a César.
Acto 2.º-Amor (no cómico ) de Marcia y Sempronio.
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Actos 3.º y 4.º-Tentativa de Sempronio para dar entrada en la ciudad a los soldados de César.
[p. 105] Acto 5.º-Suicidio de Caton
Actos 1.º y 2.º de Almeida Garrett.-Debates entre Caton, Manlio, Sempronio y Bruto.
Actos 3.º y 4.º-Traición de Sempronio.
Acto 5.º-Suicidio de Caton [1] .
¿Puede darse mayor conformidad? Y, sin embargo, es casi seguro que el uno no tuvo conocimiento
de la obra del otro: las dos se escribieron al mismo tiempo, las dos bajo la influencia de la misma
pasión política y obedeciendo al mismo sistema dramático; de aquí su semejanza. Las bellezas y los
defectos son casi los mismos en la una y en la otra. ¡Qué lejos estaba Almeida Garret de imaginar que
él, autor en 1821 del Caton , de la Mérope y del Retrato de Venus , había de ser, andando el tiempo,
el continuador de la obra de Gil Vicente, el renovador del teatro portugués en Fr. Luis da Sousa y el
colector e imitador felicísimo de la poesía popular en el Bernal-Francez y en la Adozinda! ¡Y cómo
había de pensar Trueba y Cosío que él, clásico e imitador de Addison y de Alfieri en 1820, había de
convertirse en poeta legendario e inspirarse en los romances de 1829!
La tragedia de Trueba está escrita en endecasílabos asonantados, en general fáciles y bien
construídos. El lenguaje se resiente de cierto extranjerismo. Vamos a presentar algunos trozos para
que puedan juzgar nuestros lectores con conocimiento de causa. Elegiré dos pasajes en que imita a
Addison, y que son a la par los mejores que en la obra de éste se hallan.
Palabras de Caton al encontrar el cadáver de su hijo muerto en un combate con los Cesarianos.
Dice Addison:
«Salud, hijo mío: venid, amigos, colocad el cadáver a mi vista. Vea yo ese cuerpo ensangrentado;
contemos sus gloriosas heridas. ¡Bella es la muerte cuando la obtiene el valor! ¿Quién no desearía la
suerte de este joven? ¡Lástima grande que muramos una vez sola por nuestro país! ¿Por qué esa
tristeza en vuestros ojos, amigos? Vergüenza me diera que la casa de Caton no sufriese alguna
pérdida en tiempo de guerra civil. Porcio, mira a tu hermano, [p. 106] acuérdate que la vida no es
tuya, que es de Roma, cuando la pida. ¡No lloréis, amigos! No se angustien vuestros corazones por
una pérdida particular, guardad vuestras lágrimas para las desdichas de Roma. ¡Roma, señora del
mundo, cuna de héroes, delicia de los dioses, Roma que humilló a los tiranos y libertó a las naciones,
ya no existe. ¡Oh libertad, oh virtud, oh patria mía! [1]
Veamos cómo parafraseó este trozo Trueba y Cosío:
CATON
¡Salve, frío cadáver, restos nobles
De un héroe verdadero, de un romano!
¡Mil veces salve, mártir de la patria!
¡Oh César, tus victorias y tus lauros
Que vanos son, qué humildes y pequeños
A esta muerte gloriosa comparados!
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Ciudadanos, dejadme que contemple
Los caros restos pálidos, helados
De un joven que el valor y el patriotismo
En sus divinos fuegos inflamaron!
¡Oh qué hermosa es la muerte, qué sublime
Si el amor de la patria la ha causado!
¡Desdicha es que a la patria los mortales
Solo una vida que ofrecer tengamos
Cuando este sacrificio de la muerte
Al varón justo debe ser tan grato!
Mira ese cuerpo, Porcio, oh hijo mío,
Con respeto contempla el triste cuadro,
Y aprende que la vida ya no es tuya
Cuando la necesite el suelo patrio.
PORCIO
Caro padre, el deber que me enseñaste
Nunca en mi pecho puede ser borrado.
CATON
Esta sola esperanza me consuela ...
¡Oh patria mía, oh libertad, oh Roma,
Vuestro poder y gloria se acabaron!
................................
Y tú, querido Porcio, cuando helado
Encuentres a tu padre por la muerte,
[p. 107] Con rectitud observa estos mandatos:
De Roma, de esa patria mancillada
Con la presencia y reino de un tirano
Aléjate, y cultiva aquellas tierras
Que tus pobres abuelos cultivaron,
Y vive virtuoso y sin grandeza
Del mundo y de los hombres olvidado.
Soliloquio de Caton (acto 5.º) [1]
¡Oh muerte pavorosa, triste muerte!
¿Por qué te pintan con terrible aspecto?
¡La Muerte!... ¿Qué es la muerte?... Sombra vana
Lúgubre, horrenda al flaco pensamiento
Del criminal, del siervo temeroso,
Inofensiva para el justo y bueno...
Platón, tú dices bien: el alma nuestra
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Es obra de un artífice supremo:
Si en altos tronos, de poder armado,
Un Dios domina, de este mundo dueño,
(Y su alto ser la creación proclama),
Este Dios bondadoso, justo, eterno
En los mortales la virtud infunde,
Y, si ama la virtud, los nobles hechos
De libertad, honor y patriotismo
Deben tener un infalible premio...
¡Idea de consuelo! El amor patrio
Siempre llenó mi libre pensamiento...
Pero esa eternidad inmensurable
Que de otros mundos cubre los secretos,
Ese golfo terrible... ¡Quién pudiera
Su fondo penetrar...! ¿Mas, qué? ¿yo temo?
¡Desdichado! ¿qué temes? ¿qué, no observas
Que de la tierra es ya César el dueño?...
Resuelta está mi suerte: triunfa César...
Morir debe Caton... ¿Qué horrible estruendo,
Qué horror es este que me oprime el alma?
Desfallecer mi fuerte pecho siento...
Naturaleza, en este amargo instante
¿Por qué me llamas con agudo acento?...
¡Oh Porcio, oh Marcia, oh hijos desdichados!
En un abismo de maldad os dejo.
¡Tremenda idea!... El padre se acobarda,
Pero la patria debe ser primero.
[p. 108] En estos trozos en que no escasean las inexperiencias de principiante así en el estilo como en
la versificación, [1] se habrá notado la inoportuna aplicación de la voz moderna patriotismo , tan en
boga el año 20, a un asunto de la clásica antigüedad. Estas inadvertencias y anacronismos de ideas y
de lenguaje abundan en el drama.
Pronto e instintivamente debió comprender Trueba y Cosío que no le llamaba Dios por el camino de
la tragedia clásica , pues en el mismo año compuso otro drama que en el espíritu y hasta cierto punto
en las formas es como un preludio de la escuela romántica. Titúlase Elvira y fué comenzado en 6 de
octubre, acabado en 10 de noviembre de 1821, hallándose el autor en Madrid, según conjeturamos.
El mérito dramático de este ensayo no es muy superior al del Canton , si bien la Elvira está libre de
pesadez y enfadosa monotonía, gracias al interés del asunto, a la belleza de algunas situaciones y aun
al calor de la pasión expresada a veces con desembarazo y gallardía. El argumento, en breves
términos, es el siguiente: Ámanse mutuamente Elvira y Miraldo, protagonistas del drama; parte a la
guerra el mancebo, no sin jurar eterna fe a su amada y recibir de ella igual juramento. Pero es hecho
cautivo por los mahometanos, y entre tanto cede Elvira a la voluntad de su padre, que le ordena
casarse con el noble Artelo. Pronto conoce éste el desdén de su esposa, y el drama principia con las
quejas y recriminaciones de suegro y yerno, con las reprensiones del padre a la hija y las amargas
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lamentaciones de ésta. Llega Miraldo, y aquí coloca el autor una brillante escena rica de pasión y
efectos dramáticos. Falta en el manuscrito el acto tercero y no es fácil adivinar parte de su desarrollo.
La tremenda escena de la despedida y el duelo de los dos rivales en que sucumbe Artelo, llenan el
cuarto, escrito con nerviosa y varonil elocuencia. Conócese que el autor está en su elemento,
vislúmbrase que ha estudiado el teatro antiguo y que no se inspira ya en el Caton de Addison, en el
Bruto de Alfieri o en el Cayo Graco de Chenier, sino en A secreto [p. 109] agravio y en El Médico de
su honra . Trueba se va transformando en poeta español y calderoniano: no había nacido para soldado
de fila en la legión neo-clásica . El lirismo en este drama es excesivo y desenfrenado, las escenas
interminables, el lenguaje se aparta de la estirada rigidez de la tragedia francesa y no teme descender
a ciertas llanezas pedestres que de seguro hubieran escandalizado a los críticos contemporáneos, caso
de haber sido representado o impreso este ensayo. En Elvira está en germen el futuro autor de Gómez
Arias y de El Castellano , el legendario poeta de la España Romántica .
Naturam expelles furca, tamen usque recurret .
El delirio de Elvira, la desesperación de Miraldo y la novelesca muerte de entrambos, coronan
dignamente este drama inspirado por la tradición de los Amantes de Teruel , como a primera vista
habrán advertido nuestros lectores. Hasta ofrece reminiscencias del drama que con aquel título y
plagiando casi la obra del maestro Tirso de Molina, compuso en el siglo XVII el Dr. Juan Pérez de
Montalbán.
Más que su valor intrínseco, no despreciable, sin embargo, abona a la tragedia de Trueba y Cosío la
circunstancia de haber sido escrita en 1821. Mucha parte ha de atribuirse, no obstante, a su educación
inglesa en la independencia literaria que a la sazón mostraba, tan lejana del gusto en aquella época
dominante. Tal vez por esta razón no fué representado su drama, ni sonó apenas el nombre del autor
en aquellos tres años. Vémosle sólo figurar entre los socios y fundadores de la Academia del Mirto ,
que dirigió don Alberto Lista.
En 1823 pasó a Cádiz nuestro autor, en seguimiento del gobierno constitucional. Allí, para distraer
las fatigas del servicio militar, al cual patrióticamente se había consagrado, escribió diferentes
comedias de costumbres, que con aplauso fueron representadas en el teatro gaditano. A la vista
tenemos una en tres actos, intitulada Los caballeros de industria o el Novio de repente , producción
de valer escaso, aunque escrita con facilidad y no sin chiste. El argumento no ofrece novedad; es el
de algunas comedias del siglo XVII ( Trampa Adelante de Moreto, y aún hasta cierto punto a Villana
de Vallecas del maestro Tirso): una usurpación de [p. 110] nombre, pero en Trueba está rebajado y
empequeñecido por la circunstancia de no ser el amor, sino el interés, la causa de la superchería. En
el desarrollo hay grandes reminiscencias de El Barón de Moratín, y en cuanto a la contextura
dramática, procuró ajustarse Trueba al dechado de Inarco. Clásico el poeta santanderino, aun después
de haber hecho la Elvira , observa escrupulosamente la ley de las unidades, teniendo buen cuidado de
advertir que la acción empieza por la tarde y acaba al mediodía siguiente : no se puede apetecer más
en este punto. Por desgracia, la trama es pobre, debilísimos los caracteres y casi nulo el interés
dramático. La comedia está en prosa bastante natural y animada. Compúsose en el mes de agosto de
1822, según nota que se lee al comienzo del manuscrito autógrafo de Trueba. [1]
III
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Trueba y Cosío emigró a Inglaterra en 1823, a consecuencia de la caída del sistema constitucional.
Entonces comienza la segunda y más gloriosa época de su vida literaria. El brillante estado de la
poesía inglesa en aquella era, hubo de ejercer en el escritor santanderino muy señalada influencia.
Rápido y fugaz había sido en la literatura británica el predominio de la escuela clásica francesa,
dechado a que procuraron ajustarse los ingenios del tiempo de la Reina Ana. Las heladas tragedias,
semejantes al Caton de Addison, no lograron desterrar del teatro las poderosas invenciones de
Shakespeare, ni aun las de Beaumont, Fletcher, Ben-Johnson y otros contemporáneos o poco
posteriores al insigne trágico. Más feliz éxito había obtenido Pope, ora remedando a Boileau en el
Ensayo sobre la crítica y en el Rizo robado , ora desfigurando en buenos versos la Ilíada, ora
resucitando con nuevas teorías y desemejantes principios, en el Ensayo sobre el hombre , la poesía
filosófica de Lupercio. En pos del autor del Spectator y del de la Dunciada , aparecieron y [p. 111]
lograron fama con méritos diversos, durante el siglo XVIII, Young, prolijo y afectadísimo cantor de
las Noches ; Thompson, pintor feliz de las Estaciones , no exento, sin embargo de los vicios
inherentes al género descriptivo; Gray, superior a los precedentes, poeta de acrisolado gusto, cuya
famosa Elegía en el cementerio de una aldea , tantas veces imitada, traducida y parafraseada en todas
lenguas, merece una gran parte del aplauso que obtuvo. [1] Pero el sistema a que más o menos
obedecían estos escritores, hubo de pasar como todo sistema de imitación, y abrir el campo a ingenios
atrevidos e innovadores, Algo influyó en este cambio de ideas la invención del falso Ossian por
Macpherson, aunque bien puede afirmarse que los cantos del bardo caledonio ejercieron más
duradero influjo en Francia y en Italia, donde los dieron a conocer, no sin infidelidad, Letourneur y
Cesarotti, que en Inglaterra, cuyos críticos los rechazaron enérgicamente, a pesar de las protestas de
los escoceses. Más que la superchería ossiánica obró el ejemplo de Cowper, el primero que osó
romper las ligaduras de escuela, poeta notable por la fuerza, la brillantez y la variedad; el del robusto,
suelto y desaliñado escocés Roberto Burns, y poco después el de la escuela lakista ( The Lake
School ), de la cual fueron espléndido ornamento el metafísico Coleridge, el tierno y aniñado
Wordsworth (blanco entrambos de las burlas de Byron) y el por excelencia erudito Southey, amigo
de raros argumentos y de costumbres peregrinas. Inmenso fué el campo abierto desde entonces a la
poesía inglesa. Crabbe, describiendo enérgicamente las costumbres de la ínfima sociedad de su patria;
Campbell, notable por la corrección y el sentimiento; Thomas Moore, dejando en todas partes el sello
de su variedad infinita, de su delicadeza y de su gracia, poeta anacreóntico al principio, cantor al fin
de los Amores de los Angeles , abrieron el camino a los dos grandes ingenios que por contrapuestos
rumbos realzaron en grado altísimo la gloria de las letras británicas. Cuando Trueba llegó a
Inglaterra, dominaban, sin oposición apenas, Byron [p. 112] y Walter Scott, el primero como poeta
subjetivo , como novelista el segundo.
Era nuestro ilustre paisano hombre de claro entendimiento y de fantasía escasa, poco inclinado a la
profundidad de la poesía metafísica y aun falto de toda condición para brillar entre los imitadores de
Byron. Comprendió, pues, que no le llamaba su ingenio a seguir el atrevido rumbo marcado por el
cantor de Childe-Harold y aunque le imitó en alguna poesía suelta y aun tradujo felizmente a nuestra
lengua el Sitio de Corinto , atúvose, por lo general, al ejemplo de Walter Scott, y quiso ensayar sus
fuerzas en la novela histórica . Este género, que no carecía de precedentes en las modernas
literaturas, puede considerarse, no obstante, como feliz creación del literato escocés, dada que sólo en
él alcanzó el grado de perfección artística y la dosis de verdad histórica compatibles con su índole. El
éxito inmenso que en Europa entera habían obtenido las historias y tradiciones escocesas e inglesas
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popularizadas por Walter Scott en libros brillantísimos, un tanto prolijos, sin embargo, cargados en
demasía de detalles arqueológicos, no inmunes de amaneramiento, débiles a veces en la parte de
caracteres y no exentos en la narración de los defectos de Richardson, fué poderoso estímulo en
Trueba y Cosío para inducirle a poner a contribución nuestras crónicas y leyendas populares y darlas
a conocer a los ingleses, revestidas con las formas novelescas del Ivanhoe y del Quentin Durward .
Por su educación, más británica que española, manejaba aquella lengua con la misma soltura y pureza
que los naturales del país, y podía, sin grave dificultad, escribir en ella sus novelas. Y corroborando
su excelente idea los consejos de amigos tan doctos como Alcalá Galiano, determinóse a realizarla,
publicando en 1828 su primer ensayo en el género de Walter Scott: Gómez Arias o los Moriscos de la
Alpujarra.
El asunto largamente desarrollado en los tres volúmenes de esta novela, no era nuevo en el arte: había
sido expuesto en forma dramática por dos poetas del siglo XVII. Tratóle primero Luis Vélez de
Guevara, cuya comedia La Niña de Gómez Arias fué refundida y mejorada por Calderón en la suya
del propio título, única que conoció Trueba y Cosío. De ella conviene dar sucinta idea, antes de entrar
en el examen de la novela de nuestro conterráneo.
[p. 113] Extraña es la tradición encarnada en La Niña de Gómez Arias , y de lleno parece romper con
el ideal de honor caballeresco, aliento y vida de nuestro teatro. Algún fundamento histórico ha de
tener, por más que nos haya sido imposible comprobarlo, pues de otra suerte ni Luis Vélez, ni menos
Calderón, hubieran osado suponer en un caballero la extraña villanía que sirve de nudo a sus
comedias. Gómez Arias, mancebo apuesto, y gentil, valiente y animoso, pero de perversas
costumbres, inconstante y tornadizo en sus apetitos, huye de Granada, dejando herido a un don Félix
por celos de cierta dama, y enamórase, en Guadix, de Dorotea, doncella pobre de hacienda, aunque
rica en hermosura y calificada nobleza. Engáñala y logra persuadirla a huir con él, ya perseguido de
nuevo por la venganza de sus enemigos. Intérnase en la Alpujarra y cansado de Dorotea, Gómez de
Arias abandónala dormida en el monte. Sobrevienen los moriscos y la hacen cautiva, mas no tardan
en dejar su presa, acosados por una hueste cristiana que regía don Diego, padre de Beatriz, la dama
por quien salió de Granada Gómez Arias y a quien de nuevo requebraba, vuelto a aquella ciudad y
libre de todo recelo. Intenta robarla una noche, pero engañado por la oscuridad, arrebata a Dorotea,
que se hallaba en casa de su libertador don Diego. Huye con ella a Sierra Bermeja, y, al despuntar el
día, advierte, con asombro, que no es Beatriz, sino Dorotea la que en sus manos ha caído. La
indignación del mal caballero no reconoce límites en ocasión semejante; insulta a la triste dama, y
véndela después al Cañerí, jefe de los moriscos rebeldes. Juzgándose entonces desasido de todo
empeño, vuelve a Granada y al amor de Beatriz. Allí encuentra el justo castigo de su monstruoso
crimen; el brazo de la venganza divina, siempre poderoso en nuestro teatro, el brazo que hirió al
forzador de la hija del Alcalde de Zalamea, cae pronto sobre Gómez Arias. Destruídas, en un
sangriento combate, las huestes del Cañerí, es rescatada Dorotea, que declara el nombre del autor de
su afrenta. La Reina Isabel, para soldar la quiebra de su honor, hácela dar mano de esposa a Gómez
Arias y sin dilación entrega al verdugo la cabeza de éste, mandando clavarla en una escarpia, en el
sitio mismo que presenció el escándalo de la venta. En vano interpone sus ruegos la afligida Dorotea,
amante siempre y ya reconciliada con Gómez Arias. La justicia de la Reina Católica permanece [p.
114] inexorable. En este terrible drama hállanse hábilmente intercalados varios cantarcillos que de
boca en boca corrían en el pueblo castellano sobre este tradicional suceso u otro semejante:
Señor Gómez Arias,
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Doléos de mí,
Que soy niña y sola
Y nunca en tal me vi...
..................
Señor Gómez Arias
Duélete de mí,
No me dejes presa
Benamejí...
El efecto que producen en las situaciones críticas, es decisivo. Sin ser La Niña de Gómez Arias una
de las obras maestras de Calderón, está tan bella y discretamente escrita en sus dos primeros actos,
tan llena de contrapuestas pasiones y trágicas tormentas en el tercero, que llegó a obtener una
popularidad notable, fué de un efecto dramático irresistible, y aun en el siglo pasado refiérese el caso
de un pobre alguacil que se hallaba de guardia en el teatro en ocasión de representarse esta comedia y
al llegar a la escena de la venta, lanzóse espada en mano a las tablas, intentando librar a la inocente
dama de manos de los moriscos. El drama, no obstante, tiene en su contextura graves defectos; hay
sobrada aglomeración de incidentes y de personajes; el dificilísimo carácter de Gómez Arias no está,
según entendemos, bastante desarrollado; y aun, en las escenas capitales, abundan los rasgos de mal
gusto y las extravagancias gongorinas.
Tal era el asunto que introducía Trueba en la literatura inglesa y tal había sido su realización artística
hasta aquel momento. Las bellas situaciones en que la obra abundaba, sedujeron a nuestro escritor y
comprendió bien que la riqueza de incidentes y de pormenores, excesiva en el drama, venía de perlas
en una novela. Pero aun así no bastaba para tejer la trama de ésta y Trueba buscó nuevos materiales
para su intento. Leyó las Guerras de Granada de Ginés Pérez de Hita, inspiróse en ellas, encontró allí
los moros y cristianos convencionales que para su narración eran precisos, recorrió varias historias de
los Reyes Católicos, tomó de ellas hechos particulares, descripciones, retratos de personajes, [p. 115]
introdujo en su libro la noble figura del martir de la patria don Alonso de Aguilar y combinó todos
estos elementos, entre sí afines, en una novela caballeresca, no falta de regularidad en el plan ni de
abundancia y variedad en los episodios. De Calderón tomó la historia entera de Gómez Arias y de
Dorotea, a quien él llamó Teodora; motivó la fuga de su heroína, no bien justificada en el drama;
extremó su pasión y sus celos hasta el punto de hacerla atentar en Granada contra la vida de su
amante; puso un grado más de maldad en el carácter de Gómez de Arias, que vende a sangre fría, y
con intención trazada muy de antemano, a Teodora, y varió, erradamente según pienso, el desenlace.
En la novela de Trueba y Cosío, los ruegos de Teodora consiguen el perdón de Gómez Arias pero al
arrodillarse éste a las plantas de la Reina, asesínale el renegado Bermudo, que toma gran parte en la
acción y endereza todos sus esfuerzos a tomar cruda venganza del pérfido caballero que deshonró y
dió muerte a su amada Anselma. Muere de sentimiento la infeliz Teodora: y este final, que por lo
romántico y apasionado, debió agradar a las young-ladies inglesas, empequeñece el asunto y debilita
la idea de justicia inexorable, que está en el fondo de la leyenda. La lección moral se desvanece desde
el punto en que hiere a Gómez Arias, no el hacha del verdugo, sino el puñal del asesino: así debieron
comprenderlo Calderón y Vélez de Guevara. Por lo demás, el renegado es carácter enérgicamente
descrito, comparable sólo al de Gómez Arias, y fué buen acuerdo en Trueba ofrecer dos tipos de
maldad contrapuestos, agitado el uno por el demonio de la venganza y súbdito el otro de las más viles
y rastreras pasiones. Bien trazados están asimismo los caracteres inferiores del criado de Gómez
Arias (ya en germen en el drama calderoniano), de la dueña de Teodora y de una renegada que
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protege su fuga del campamento de los moriscos. Contrastan entre los jefes del alzamiento, el débil y
liviano Cañerí y el feroz caudillo de Sierra Bermeja, a cuyas manos expira don Alonso de Aguilar. El
combate en que este héroe sucumbe, conserva, en la narración de Trueba, algo de la viril y robusta
energía que rebosa en las narraciones de los cronistas contemporáneos y en el célebre romance:
Río Verde, Rio Verde,
Tinto vas en sangre viva...
[p. 116] Don Alonso ocupa, aunque en segundo término, notable lugar en el cuadro de Trueba y
Cosío y guarda siempre su épica grandeza. Es padre de Leonor, la dama prometida de Gómez Arias,
en lo cual alteró el novelista la exposición calderoniana, esta vez con acierto y tendiendo a introducir
por tal camino nuevos elementos históricos en su obra. Y todo esto lo anima Trueba y Cosío con
multitud de escenas episódicas, con descripciones de torneos y zambras, con incidentes cómicos bien
imaginados y oportunos, graduando hábilmente el interés, entretejiendo no sin destreza la verdad con
la ficción y pintando costumbres que si no son del todo históricamente verdaderas, pasaban entonces
por tales y tienen aquella verosimilitud que basta en la novela. La narración es limpia, clara y
abundante; el estilo fácil, suelto y desembarazado; el lenguaje purísimo, al decir de muchos críticos
ingleses, y tales dotes literarias, unidas a la novedad e interés del asunto, dieron al Gómez Arias la
más halagüeña acogida. Justa fué en gran parte, y, sin embargo, leyendo hoy la novela con ojos
imparciales, ni agrada tanto ni parece de mérito tan subido como los contemporáneos imaginaron. No
ha de negarse que el libro es prolijo (en esto se asemeja a algunos del mismo Walter Scott), que
carece, como ya advertimos, de exactitud arqueológica y etopéica , que llega a cansar en la lectura
(menos por culpa del autor que del género) y que tiene, además, un no sé qué de frialdad y falta de
vida en asunto tan animado de suyo, que sobremanera contrastan con la vehemencia trágica y el
arranque lírico del drama de Calderón. Y es que Trueba y Cosío era un hombre de talento más que un
poeta inspirado, un literato ameno e ingenioso pero no con fuerzas para elevarse a las altas regiones
artísticas. Hoy el Gómez Arias ni en Inglaterra ni en España es muy leído, tal vez porque nos han
hastiado las aventuras de moros y de cristianos, los torneos, las batallas, los caballeros andantes, los
pendones y las cifras, y han pasado como todo pasa, la manía de la edad media , y el color local , más
o menos verdadero, con que fué moda representarla. Pero distinguiendo los tiempos para concordar
los derechos, reconocemos el mérito de Gómez Arias y nos explicamos bien el entusiasmo que
produjo su aparición en Inglaterra. Las obras maestras son de todos los tiempos y de todos los países,
pero en cuanto a las de segundo orden, cada nación y cada época [p. 117] tienen sus gustos. La
novela de Trueba y Cosío era interesante, estaba bien escrita y entraba de lleno en el sistema poético
dominante. Venía además a abrir un mundo nuevo y cuasi desconocido a los ojos de los ingleses. Los
moros granadinos, los caballeros castellanos, las luchas sangrientas de la Alpujarra, aquellos odios de
raza... todo aparecía por vez primera en el arte británico. Todo esto lo sabían los doctos, pero para la
sociedad que lee novelas y no libros eruditos, era un descubrimiento maravilloso. Desde entonces fué
moda hablar de España, de Granada, de la Alhambra, del Darro y del Genil... Washington Yrving,
con viveza de colorido superior a la de Trueba, vino, no mucho después, a dar nueva vida a tales
objetos en la literatura británica.
Conocido el Gómez Arias , deshízose en elogios la crítica inglesa: unos negaron que fuera producción
de un extranjero, otros osaron parangonarle con las obras maestras de Walter Scott. Pronto fué
vertido al francés, al alemán, al holandés y al ruso. Al castellano le tradujo, bastante mal, por cierto,
en 1831, don Mariano Torrente, autor de una Historia de la revolución hispano-americana . Su
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versión es muy infiel, suprime largos pasajes y adolece en el lenguaje de muchas e imperdonables
incorrecciones. Trueba y Cosío debió agradecer poco el servicio que le prestaba el traductor
castellano de su obra.
Animado Trueba por los aplausos tributados a su primer libro, tornó a hojear nuestros anales, y buscó
en ellos un asunto que, a la par que ofreciese dramático interés, estuviera enlazado con la historia
inglesa. Fijóse su elección en el reinado de don Pedro de Castilla, mas sólo desde el punto y hora en
que, fugitivo y destronado, imploró el auxilio del Príncipe Negro . Y un año después de la
publicación del Gómez Arias , en 1829, dábase a la estampa en Londres, una larga novela de Trueba y
Cosío intitulada El Castellano o el Príncipe Negro en España . De tres tomos consta esta obra, a mi
entender la primera entre cuantas salieron de la pluma de nuestro paisano.
El asunto era riquísimo y sobremanera adecuado para una novela walter-scottiana. Aquellas horribles
discordias, dignas de la familia de los Atridas, aquel rey execrado por la historia y divinizado por el
sentimiento popular, aquella trama de heroísmos y de crímenes, de lealtades y de felonías, aquella
confusión [p. 118] y desquiciamiento de todos los principios sociales, aquellas épicas grandezas y
aquellas trágicas catástrofes, propias eran para excitar la fantasía y herir el sentimiento, aunque no
fuesen muy rica la una ni muy profundo el otro. Un monarca, abatiendo con el hacha del verdugo las
más alzadas frentes, y ora excitando, ora reprimiendo con férrea mano los impulsos de la inquieta
plebe; una generación bastarda, intentando borrar la mengua de su cuna, y, en venganza de pasados
agravios, escalar un trono: sangre en los cadalsos, en las plazas y en los campos: extrañas gentes
hollando el suelo castellano y viniendo a continuar en él antiguas luchas: dos veces trocada la fortuna
de las armas: reproducidos en Montiel los horrores de Tebas, y una corona al fin en premio de un
fratricidio... No es extraño, pues, que desde la época de los romances hasta nuestros días, venga
siendo el ciclo de don Pedro materia fecunda a historiadores, poetas legendarios, novelistas y
dramaturgos. Desde la Crónica de Ayala, libro admirable, en cuyas páginas se respira, digámoslo así,
el aliento de aquella tormentosa era, hasta los modernos estudios de Merimée y de Tubino, objeto ha
sido de empeñada lid en las esferas históricas la apreciación justa de aquellos personajes y
acaecimientos. Pero al propio tiempo, y separada de esta corriente histórica, ha existido otra poética,
cuyos representantes, sin cuidarse de las controversias y disquisiciones eruditas, hánse convenido en
ensalzar a don Pedro y convertirle en una especie de personificación española de la fuerza, bien o mal
empleada, a veces conducida hasta el crimen por especiales circunstancias, enderezada siempre a
humillar el orgullo de la nobleza y robustecer el poder real con el popular apoyo, en lid perpetua con
todo linaje de elementos conjurados para su ruina y sucumbiendo al cabo víctima de infame alevosía.
Si fué éste el don Pedro de la historia, no pertenece a este lugar averiguarlo: eruditos hay que lo
afirman, otros eruditos que lo niegan; lo cierto y lo indudable es que así le pintaron muchos
romances, que así le describen con absoluta uniformidad nuestros dramáticos y que así le ha
imaginado e imagina nuestro pueblo, que, al nombrarle, no recuerda los actos de su crueldad, sino las
tradiciones de su eficaz y terrible justicia vindicativa. Si en este punto ha influído el sentimiento
popular en el arte, o el arte en el sentimiento popular, tampoco es fácil averiguarlo. Mas [p. 119] sí
puede afirmarse que la popularidad de don Pedro, no alcanzada por otros reyes más justos y
templados, tiene otra raíz y otro fundamento que la de Francisco Esteban o la de Jaime el Barbudo ,
por más que esto afirmara en cierta memoria, harto conocida, el señor Ferrer del Río. La época que
poetizó a don Pedro y le encarnó en el arte no hacía la apoteosis de bandidos y malhechores: esto
vino mucho más tarde. Nuestros poetas vieron en don Pedro una individualidad enérgica, animada
por una idea incontrastable, que para realizarla oprime y arrolla cuantos obstáculos se interponen en
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su camino; y esta creación podrá no ser históricamente verdadera , pero es artísticamente bella ,
como es bella la de Ayax y aun la de Mecencio o la de Capaneo; porque bello es todo carácter entero
y tenaz, si en él se mezcla, y sobrepone alguna vez, a los malos instintos un principio noble y
generoso.
Para formar Trueba y Cosío la trama de su The Castilian , atúvose a la Crónica de Ayala, dado caso
que sobre el período por él elegido no existían obras dramáticas del siglo XVII, sin duda porque los
poetas de aquella era gustaron más de representar a don Pedro triunfante en la lucha y ejerciendo a su
modo la justicia, que vencido y humillado. El don Pedro, de Trueba, no es precisamente el don Pedro
histórico: tampoco es el personaje poético: verifícase en él una amalgama de entrambos, tal vez no
desprovista de valor objetivo . Fiel al ejemplo de Walter-Scott, que casi nunca coloca a los grandes
personajes históricos en el primer término de sus cuadros, buscó para centro del suyo a un fiel vasallo
de don Pedro, a don Hernando de Castro, el don Ferrando de la Crónica de Ayala, uno de los pocos
que hasta el fin permanecieron leales a su señor. Complacióse Trueba en adornar a don Hernando (a
quien él llama siempre el castellano ) con todas las dotes de valor, de generosidad y de adhesión al
monarca, requeridos en un perfecto caballero; en torno suyo agrupó todos los acontecimiento de la
novela, e hizo marchar paralelas sus aventuras y las de don Pedro. El castellano es un reflejo de los
héroes de nuestro teatro y conserva bien hasta el término de la acción su peculiar carácter. Asunto
dan a los primeros capítulos de la novela los amores de don Hernando con la bella Constanza, hija de
don Egas y su rivalidad con don Álvaro de Lara, partidario de don Enrique. La acción comienza en el
momento de separarse [p. 120] el castellano de su amada, para seguir a don Pedro que abandonado ya
por los suyos, se disponía a alejarse de Sevilla. Preséntale Trueba refugiado en la cabaña de un
pescador, orillas del Guadalquivir; déjale luego proseguir su fuga y describe con energía y colorido
local los tumultos populares de Sevilla, la entrada triunfal de don Enrique, la pronta adhesión a él de
nobles y plebeyos y en especial la de don Egas. Condúcenos tras esto a Burdeos, corte del Príncipe
Negro, a quien llega como mensajero del rey caído y en demanda de auxilio don Ferrando de Castro,
por más que, según la Crónica , se hallase entonces defendiendo la causa de don Pedro en Galicia y
en tierras de León. La posterior entrevista del príncipe inglés y del rey castellano, cerca de Bayona,
su entrada hostil en el territorio español por los puertos de Roncesvalles, la heroica muerte de Sir
William Felton ( Guillen de Feleton en Ayala) cerca de Ariniz, la batalla de Nájera y sus inmediatas
consecuencias, cuadros son todos de histórica grandeza, que se contemplan en esta novela casi con el
mismo placer que en las narraciones de Pedro López, a las que se ajusta con escrupulosa exactitud
Trueba y Cosío. Los pormenores que añade están bien imaginados y no destruyen la armonía del
conjunto. Los dichos y proezas de los caballeros del Príncipe Negro, los súbitos arrebatos de don
Pedro, la prudencia de su aliado..., todo aparece lleno de vida y de animación en esta parte de la obra.
Inmensa es la distancia que separa al Gómez Arias de El Castellano; conócese que Trueba está
inspirado por la lectura de la Crónica y escribe con un brío y una penetración del espíritu de la época,
en él no muy frecuentes.
Algo se resfría la acción con los prolijos y no muy interesantes amores de doña Constanza, que por
otra parte apenas traspasan el límite de lo vulgar en tales novelas, pero sirven, no obstante, para
acrisolar la lealtad de don Hernando, ya rival de su rey, que le recibe con despego, le niega la mano
de su amada, llega a maltratarle de palabra y acaba por encerrarle en una prisión, sin que por eso
vacile fuera de un instante y en él sólo de pensamiento, la lealtad del caballero, héroe digno de un
drama calderoniano. Por desdicha no corresponde la ejecución al pensamiento de estos capítulos de
Trueba, pero, si decae en ellos visiblemente, torna a alzarse, apenas acude de nuevo a la [p. 121]
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Crónica y a las tradiciones populares, ora pintando las crudas venganzas de don Pedro después de la
victoria, el disgusto del Príncipe Negro y su separación final; ora narrando los incidentes de una
conspiración tramada por los partidarios de don Enrique, y a la cual se intenta atraer al castellano
aprovechando sus resentimientos; ora describiendo las fiestas celebradas con motivo de las bodas del
duque de Lancáster y de la Princesa doña Beatriz. Por un anacronismo, cometido en gracia de la
mayor concentración de interés, coloca en este lugar el hecho del legado pontificio que excomulga a
don Pedro desde una galera (Trueba le sustituye con un arcediano) y valiéndose hábilmente de los
recursos que encuentra a su paso, intercala aquí el célebre cuento del zapatero (atribuído a otros
reyes, y entre ellos a don Pedro de Portugal, contemporáneo del nuestro), y la consulta al astrólogo
que le aconseja guardarse del Aguila de Bretaña y de la Torre de la Estrella.
El carácter de don Hernando de Castro llega casi a la sublimidad heroica en sus diálogos con don
Juan de Silva y con el rey, cuya confianza recobra al cabo. No es ya un hombre, es la encarnación de
la lealtad: pocos tipos, quizá ninguno, acertó a describir Trueba con igual energía y viveza de
colorido. Su estilo, en ocasiones débil, va adquiriendo desusado nervio, al compás de los trágicos
acaecimientos que forman el último volumen de El Castellano . Sube de punto su simpatía por don
Pedro, cuya indomada altivez se enaltece con la desdicha. En vano son derrotadas sus huestes, y le
abandonan sus parciales, y funestos presagios le aterran; su valor permanece inalterable en medio de
tan desecha borrasca.
Antes de llegar a la catástrofe, intercala Trueba un episodio no sin interés, aunque harto traqueado
por los novelistas de su escuela, y, en el sitio en que se lee, propio sólo para amortiguar el interés que
excitan la situación del Rey y la fidelidad del Castellano . Hállanse entrambos en el castillo de don
Egas, padre de Constanza, la prometida esposa de don Ferrando; y sabedores de ello los de
Trastamara, asaltan la fortaleza guiados por don Álvaro, rival de Castro en el amor de Constanza. La
astucia y diligencia del Castellano y de su escudero salvan al rey, y en lugar suyo cae don Ferrando
en poder de su enemigo, que le encarcela [p. 122] y medita tomar de él sangrienta venganza. Suplica
Constanza en pro de su amante; ve el de Lara ocasión oportuna para lograr su deseo; ímponela el
sacrificio de su mano como precio de la vida y libertad de don Ferrando; resístese la enamorada
doncella, pero al sonar el primer tañido de la campana que anuncia el fin del tremendo plazo, ríndese
a la voluntad de don Alonso, y quebranta por sí misma las cadenas de su amante. Éste, lejos de
agradecer, maldice y abomina el medio empleado para su salvación, huye de la presencia de su
amada y vuela al campo del Rey.
No sabe libertarse Trueba y Cosío de la prolijidad ordinaria en los novelistas ingleses (insoportable
en Richardson) y que a nuestro escritor le hace emplear cuatro capítulos mortales en esta narración
(bien hecha, por otra parte), y uno para decirnos solamente que Ferrando de Castro y Men Rodríguez
de Sanabria llegaron al campamento de don Pedro. ¡Y esto cuando el lector inquieto y anhelante
espera la resolución de tales horrores! ¿Qué importan los amores de Constanza, ni los cálculos de don
Egas, ni la muerte misma (admirablemente descrita) del zapatero, en vísperas de la catástrofe de
Montiel? Y he aquí uno de los más graves inconvenientes con que tropieza el novelista histórico: las
aventuras de los hijos de su fantasía nunca o casi nunca llegan en interés a los sucesos reales, y unos
y otros se dañan y ofuscan mutuamente. El mérito de este género no está en la reproducción fiel de
las narraciones de los cronistas, sino en la adivinación intuitiva del espíritu de las edades pasadas,
adivinación a que pocas veces llega la historia.
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No alcanzan cualidad de tan alta valía, sino en ocasiones rarísimas, las obras de Trueba y Cosío, que,
si abundan en fidelidad externa , suelen carecer de la interna , siendo en ellas lo mejor la narración
histórica, y no muy importante, por lo común, la parte poética. La grandeza de don Pedro oscurece
cuanto le rodea, aún al mismo Castellano , que decae lastimosamente en estos capítulos.
Afortunadamente, vienen a cubrir estos defectos, y dejar una grata impresión final en el ánimo, los
cinco siguientes que describen la derrota de don Pedro en Montiel, el cerco de aquella fortaleza, los
tratos de los sitiadores para la rendición del castillo, el terrible sueño del Rey descrito con energía
shakespiriana e [p. 123] inspirado en el de Ricardo III, la traición de Duguesclín y el fratricidio de
don Enrique. En cuanto al Castellano, hace nuestro autor que por segunda vez le libre de la muerte
doña Constanza, ya viuda de don Álvaro de Lara. Andando el tiempo, contrae matrimonio con ella y
se retira a Inglaterra, para no vivir bajo el dominio del usurpador. Y según refiere Trueba y Cosío, es
tradición constante que allí moró el resto de sus días al amparo de Sir John Chandos, su amigo y que
en la losa de su sepulcro se grabó este epitafio: «Aquí yace Hernando de Castro, el único que en
Castilla fué fiel a su rey natural.»
Tal es el argumento y desarrollo, tales las principales bellezas y los lunares más notables de la
segunda novela de Trueba y Cosío. Resta advertir que contribuyen a darla variedad y halago escenas
de costumbres, cómicos episodios y ciertos personajes secundarios como el escudero Pimiento,
especie de don Quijote, entusiasta de la antigua caballería, que a cada paso recuerda las hazañas de
Bernardo, del Cid y de otros paladines. Sobre los caracteres principales queda ya indicado lo
suficiente; don Pedro y el Castellano son los únicos notables. Don Egas, Constanza, don Álvaro, etc.,
son figuras débiles que ni admiran ni conmueven. El libro está concienzudamente escrito, como todos
los de Trueba, y a todos supera en interés, animación y brío. Muy digno es de ser leído y muy de
sentir que no exista en castellano otra versión que la detestable publicada en Barcelona, 1845, a
nombre de don F. S. S. en el Tesoro de A. A. Ilustres de Oliveres. Esta traducción, como lo indican
sus frecuentes y escandalosos galicismos no está hecha del original, sino de la francesa de
Defaucoupret [1] que vertió igualmente a su lengua el Gómez Arias y las Leyendas , bajo el título
general de Novelas históricas españolas.
Innumerables son las producciones literarias posteriores al Castellano que han tomado por asunto el
reinado de don Pedro. Aquí basta recordar los admirables Romances históricos que a las escenas de
Montiel dedicó el Duque de Rivas, y los dos popularísimos dramas de El Zapatero y el Rey , obras de
don José Zorrilla, escasas de valer en el concepto dramático , pero ricas de poesía y maravillosas, si
las consideramos únicamente como leyendas.
[p. 124] Trueba y Cosío abrigó el pensamiento de escribir otra novela histórica, cuyo asunto fueran
los amores de doña María de Padilla y la muerte de la desdichada Blanca de Borbón, pero no
sabemos que llegase a realizarlo. Este asunto ha sido tratado en forma dramática por dos egregios
poetas contemporáneos, Espronceda y Gil y Zárate, en sendas tragedias tituladas del mismo modo:
Blanca de Borbón . [1]
El éxito del Castellano , superior al del Gómez Arias , alentó a Trueba y Cosío a proseguir el camino
con tan felices auspicios comenzado. Y abandonando la forma de exposición en largas novelas,
adoptó la de leyendas cortas (en prosa), en las cuales se limitó casi siempre a la tradición ya aceptada,
sin añadir incidentes de cosecha propia. En esta forma publicó hasta veinticuatro, distribuídas en tres
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volúmenes. Pero esto capítulo por sí merece.
IV
Romance of history of Spain , es el título que dió Trueba a su obra, título que puede traducirse por el
de Leyendas Históricas Españolas , más bien que por el de España Romántica , que se les aplicó en
una versión francesa y en otra castellana. Las leyendas están ordenadas cronológicamente, y a casa
una de ellas precede un resumen de los acaecimientos históricos del período en que está enclavada.
Propúsose nuestro novelista recorrer por entero la parte poética de nuestra historia, desde la caída del
imperio visigodo hasta los últimos reyes de la casa de Austria. Veamos cómo realizó su buen
propósito.
Don Rodrigo es la primera leyenda que hallamos en la colección truebina. Su asunto (excusado
parece advertirlo) son los amores de la Cava. Esta tradición de origen arábigo, que por primera vez se
encuentra en los libros de Ebn Abdol-Haquem , en el Ajbar-Machmua y en otros escritos
musulmanes, logra cabida en la crónica del Monje de Silos a principios del siglo XII, y en las obras,
también históricas, de don Lucas de Tuy y del [p. 125] arzobispo don Rodrigo en el siglo XIII. De
allí la tomó, con escasos aditamentos y variaciones, don Alonso el Sabio para la Crónica General
( Estoria de Espanna ), y de ella pasó a nuestros historiadores del siglo XVI. Pero en las narraciones
poéticas y en los romances influyó mucho más una especie de libro de caballerías, forjado en el siglo
XV por Pedro del Corral, con el título de Crónica de D. Rodrigo con la destruycion de España , más
conocida por Crónica Sarracina , que Fernán Pérez de Guzmán llama Trufa o mentira paladina .
Refiérense, en esta obra, estupendas y maravillosas aventuras, acaecidas a don Rodrigo antes y
después de la batalla, y en ella se fundaron la mayor parte de los escasos romances que pueden
considerarse antiguos entre los relativos a la pérdida de España. [1] A fines del siglo XVI, ya alterado
el gusto, sustituyó a la Crónica de Pedro del Corral la de Abulcacim-Tarif-Aben-tarique, torpe ficción
del morisco Miguel de Luna, que a su vez fué origen de posteriores romances artísticos. En el libro de
Miguel de Luna, dáse por primera vez a la Cava el nombre de Florida.
Para escribir Trueba su Don Rodrigo , sólo tuvo a la vista la Historia de Mariana y algunos romances.
Así que no encontramos en esta leyenda otros incidentes que los sabidos de la violación de la Cava, la
alevosía de don Julián y la cueva encantada de Toledo, comenzando el cuento con una conversación
de amor, harto anacrónica, y terminando con la derrota del Guadalete, después de la cual hace morir a
don Rodrigo a manos del irritado conde. Este final es de invención de Trueba, o por lo menos no
recuerdo haberle visto en parte alguna. No es el peor que pudo excogitar, dadas las dimensiones de su
leyenda. En ella (y lo mismo sucede en casi todas las restantes) la narración es buena, el diálogo
débil. ¡Lástima grande que no aprovechase nuestro paisano tantos hermosos rasgos esparcidos en los
romances! Más que las lamentaciones de Florinda sobre el cadáver de don Rodrigo, hubieran
interesado, parafraseadas en su elegante prosa inglesa, aquellas célebres antítesis:
[p. 126] Ayer era Rey de España,
Hoy no lo soy de una villa,
Ayer villas y castillos,
Hoy ninguno poseía,
Ayer tenía criados,
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Hoy ninguno me servía,
Hoy no tengo ni un almena
Que pueda decir que es mía...
Ni la descripción que hace Trueba del rey, fugitivo de la batalla, tinto en sangre y montado en su fiel
Orelia, se acerca en rapidez y energía a aquellos famosos versos:
Iba tan tinto de sangre
Que una brasa parecía,
La espada lleva hecha sierra
De los golpes que tenía,
El almete de abollado
En la cabeza se hundía...
Escrita sin pretensiones, aunque con ligereza y elegancia, la narración de Trueba, mal puede
parangonarse con el Roderik de Walter-Scott, ni con el de Southey (contemporáneos o poco
anteriores a él entrambos), ni con la Florinda del Duque de Rivas, escrita en rotundas y
numerosísimas octavas, ni con los fragmentos del Pelayo de Espronceda, relativos casi en su
totalidad a estos sucesos, ni con los dos dramas de Zorrilla que a don Rodrigo tienen por héroe, ni con
el delicioso poema Don Opas , que entre burlas y veras escribió el docto académico don José Joaquín
de Mora, ni con otras producciones sobre el mismo asunto, que de seguro no recordamos. [1] El
objeto de nuestro escritor fué distinto, y hubo de reducir a limitada escala el cuadro desarrollado en
toda su extensión por otros poetas. Añadiremos que, a nuestro juicio, el Don Rodrigo es de las
leyendas más flojas que salieron de su pluma.
Covadonga la sigue inmediatamente en la España Romántica . Cosa es, en verdad, tan extraña como
lamentable que el glorioso comienzo de nuestra reconquista apenas haya [p. 127] encontrado eco ni
en la antigua poesía popular, ni en la artística posterior; desdicha inherente, sin embargo, a casi todos
los asuntos históricos y tradicionales del ciclo de los príncipes asturianos. Indudable parece que
hubieron de celebrarse épicamente tales hazañas, pero ni restos ni indicios siquiera de la existencia de
estos cantos han llegado hasta nosotros. En los siglos XVI y XVII algunos poetas eruditos las
presentaron con escasa fortuna, ora en breves romances, ora en ensayos épicos, ora en forma
dramática. En cuanto a Pelayo, la tragedia neo-clásica del siglo XVIII apoderóse de la tradición de
los amores de su hermana con el gobernador de Gijón, impuesto por los musulmanes, a quien unos
suponen árabe y otros renegado, tradición consignada de tiempo atrás en nuestras historias. Dos
ensayos estimables y una obra por varios conceptos notabilísima aparecieron sucesivamente en las
tablas con el mismo argumento. Comenzó Moratín, el padre, con su Hormesinda , harto débil en el
plan e infelicísima en la contextura dramática, pero gallardamente versificada y llena de trozos líricos
estimables, entre ellos una excelente descripción de la batalla del Guadalete. Siguióle Jove-Llanos en
su Pelayo (titulado Munuza en ediciones incorrectas, contra la expresa voluntad de su autor ilustre),
tragedia que si cede a la de don Nicolás Moratín en galas poéticas y lírica bizarría, excédela de
mucho en lo bien ordenado del plan, en la trabazón y enlace de los incidentes y aún en la pintura de
los caracteres, por más que en esta parte ni uno ni otro anduvieran muy afortunados. A entrambos
superó Quintana en su famoso Pelayo , que si como obra dramática presta aún justo asidero a la
crítica por la lentitud y pobreza de la acción, por la escasa individualidad de los caracteres y por la
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declamación de que a cada paso se resiente, rebosa al cabo en alta y noble poesía (un tanto estirada y
académica) como hija del estro varonil de nuestro moderno Tirteo, y vivirá, aunque pertenece a un
teatro convencional y extraño, porque algo tiene de espíritu nacional, si bien no sea el de la época que
intenta describirse en ella. Los ensayos modernos de poemas heroicos sobre el vencedor de
Covadonga han fracasado todos, ora por su escaso mérito, como el de Ruiz de la Vega, ora por haber
quedado muy a los principios, como aconteció al Pelayo de Espronceda.
La leyenda de Trueba y Cosío llena perfectamente el [p. 128] objeto a que él la destinara. Aprovechó
la historia de la hermana de Pelayo, a quien se ha convenido en llamar Hormesinda, y para esta parte
inspiróse muy de cerca en la tragedia de Quintana, no sin tomar algunas circunstancias de las de JoveLlanos y Moratín. Alteró el final haciendo a Hormesinda envenenarse el día antes de su boda con
Munuza y expirar el pie de los altares, en el momento de llegar su irritado hermano. En cuanto a la
batalla de Covadonga, al alzamiento por rey de Pelayo, etc., siguió la tradición corriente, y, conforme
a ella, supuso godos a aquellos arriscados montañeses. Esta leyenda está muy bien escrita; las
costumbres son harto anacrónicas; en lo demás no ofrece materia a particulares observaciones.
Tras de Covadonga viene Roncesvalles , asunto favorito de la poesía popular y de la artística, contado
de cien modos en crónicas, romances, poemas y leyendas. La histórica derrota de los franceses por
los vascones, al repasar los primeros los puertos del Pirineo, fué alterada en contrapuesto sentido por
la poesía popular castellana y por la francesa. La Chanson de Roland y otros poemas semejantes,
supusieron moros a los vencedores, confesaron la derrota y acudieron a la alevosía de Guenes o
Galalon para explicarla, hicieron morir en aquel combate al paladían Rolando y presentaron después
al Emperador vengando su muerte en nueva batalla con los musulmanes, y al traidor Galalon
castigado por sus tratos de felonía con los enemigos del nombre cristiano. Quizá los vencedores
vascos celebrasen en cantos de triunfo la jornada de Roncesvalles, pero es lo cierto que el famoso
Altabiscar Cantúa , mal que les pese a los vascófilos , y a juzgar por las traducciones que de él se han
dado, parece de fábrica moderna y está lleno de reminiscencias ossiánicas , como docta y
discretamente ha advertido el señor Milá y Fontanals, a quien debemos un muy curioso estudio sobre
las tradiciones y romances relativos a aquella lid memorable. Tarde, muy tarde, encontraron eco en
Castilla las narraciones de Roncesvalles, célebres en Europa, gracias al Rolando y a la Crónica de
Turpin , compuesta, según parece, a principios del siglo XII. Pero entonces recibieron notables
modificaciones; el recuerdo de la embajada que en muestra de homenaje, como quieren algunos,
envió el Rey Casto a Carlomagno, y la vanidad nacional ofendida con este recuerdo [p. 129] dieron
lugar a la creación de un héroe leonés que oponer a los celebrados paladines franceses y mezclando y
confundiendo las hazañas de diversos Bernardos, unos legendarios y otros históricos como el conde
de Pallars y de Ribagorza, fuese formado con lentitud la tradición épica de Bernardo del Carpio,
apuntada en el Poema de Fernán González , celebrada en cantares de gesta que han perecido, pero
cuya existencia consta por las referencias de don Alonso el Sabio, e históricamente referida en el
Tudense, en el arzobispo don Rodrigo, y, con grande extensión y riqueza de pormenores, en la
Estoria de Espanna o Crónica General . Y de la Crónica General nacieron casi todos los romances
de Bernardo hoy conservados, exceptuando quizá el que comienza:
Las cartas y mensajeros
Del rey a Bernardo van...
A la Crónica siguieron también nuestros historiadores del siglo XVI, que dudaron ya de la exactitud
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de estas tradiciones, a la par que diversos poetas eruditos las convirtieron en tema de libros
caballerescos en verso, escritos a la manera del Ariosto , en los cuales procedieron con entera libertad
y respetando muy poco los pormenores de la antigua leyenda. A esta familia orlándica pertenecen las
obras de Espinosa, Garrido de Villena y Agustín Alonso, a todas las cuales superó el Bernardo del
valentísimo poeta y obispo de Puerto Rico, Bernardo de Valbuena, obra riquísima en lozanía, en
ingenio y en tesoros de versificación, aunque con escaso plan y concierto en todo. Más fieles fueron a
la tradición admitida los dramáticos, que, como Lope de Vega, Cubillo de Aragón y algún otro,
hicieron de los famosos hechos de Bernardo argumentos para sus comedias heroicas . Y aun
modernamente han sido explotadas las hazañas del héroe de Roncesvalles por poetas dramáticos y
novelistas.
Para su leyenda ajustóse Trueba a los romances fundados en la Crónica, especialmente a los muy
modernos, que comienzan:
Retirado en su palacio
Está con sus ricos omes...
Con tres mil y más leoneses
Pasa la raya Bernardo...
Con los mejores de Asturias
Sale de León Bernardo...
[p. 130] Hace que una dueña, llamada Aldonza, le revele el secreto de su nacimiento, siguiendo en
esto los romances, también modernos:
Contándole estaba un día...
En corte del Castro Alfonso...
Pide Bernardo al rey la libertad de su padre, y siéndole negada, retírase lleno de furor a su castillo del
Carpio y comienza a hacer estrago en tierras de León, tal como se refiere en el romance:
En gran pesar y tristeza...
El final de la historia está calcado en los tres que empiezan:
Antes que barbas tuviese
Rey Alfonso me juraste...
Mal mis servicios pagaste...
Al pie de un túmulo negro...
todos de fines del siglo XVI e incluídos en el Romancero General de 1604. Como bebida en tales
fuentes, la narración de Trueba conserva un sabor castizo muy agradable.
Acerca del Triunfo de las cien doncellas y la batalla de Clavijo, que dan materia a la leyenda
siguiente, no se conservan romances, ni tradiciones, ni poesía alguna popular ni artística antes de
siglo XVI. Tampoco ha obtenido posteriormente gran desarrollo artístico, si exceptuamos la oda a
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Santiago , de Fray Luis de León, algún canto épico, varias poesías líricas justamente olvidadas (una
de Montengón, entre ellas), diversas composiciones dramáticas del siglo XVII y un apreciable ensayo
de cierto malogrado poeta contemporáneo. Trueba, pues, no tuvo a la vista otra cosa que la narración
corriente entre crédulos historiadores. Exornóla con incidentes de cosecha propia, introduciendo al
amante de una de las doncellas, que la libra de manos de los sarracenos y da ocasión con este hecho
al rompimiento de las hostilidades (recuerdo, tal vez, lejano del cantar gallego, probablemente
apócrifo, de los Figueiredos ) y en cuanto a la batalla de Clavijo y a la aparición del Apóstol, atúvose
al elegante relato de Mariana.
Las tres leyendas siguientes versan sobre asuntos del ciclo de los Condes de Castilla . Y es la
primera, Fernán González , [p. 131] alrededor del cual, como en torno del Cid y de Bernardo,
agrúpanse numerosas tradiciones, restos, sin duda, de antiguos cantares de gesta . Por primera vez se
encuentran muchos pormenores poéticos relativos al primer conde soberano de Castilla, en la
Crónica Rimada , que llaman otros el Rodrigo , por tratar, en su mayor parte, de las mocedades del
Cid. La tradición de los votos de San Millán, aparece consignada por Berceo, y más adelante un poeta
de la propia escuela, cultivador asimismo del fermoso mester de clereçía y, según parece, monje de
San Pedro de Arlanza, escribió un largo poema sobre las hazañas de Fernán González, poema que, si
bien incompleto, ha llegado a nuestros días. Túvole a la vista la Crónica General de don Alonso,
manantial de casi todas las historias posteriores, de la cual se disgregó en el siglo XVI la parte de
Fernán González y de los Infantes de Lara, para imprimirse suelta a manera de libro de caballerías.
En el siglo XIV había sido Fernán González héroe de un segundo poema escrito en quintillas y
semejante, en el corte, al de Alfonso XI, de Rodrigo Yáñez. Mas ya para entonces numerosos
romances habían celebrado la independencia del condado castellano, la aventura del azor y del
caballo, las disensiones de Fernán González con el Rey de León, la prisión del conde y su libertad por
doña Sancha. Pocos, muy pocos, de los hoy existentes pueden considerarse como viejos , a tal punto
que sólo cuatro admitió Wolf en su Primavera y Flor de Romances . Sobre ellos y sobre el relato de
la General, unido a otras tradiciones de diversos orígenes, se forjaron numerosos romances artísticos
en el siglo XVI, algunos tan bellos y popularizados como el que comienza:
Juramento llevan hecho
Todos juntos a una voz
De no tornar a Castilla
Sin el Conde su señor...
Tampoco pusieron en olvido a Fernán González nuestros dramáticos, que apenas dejaron intacto
asunto alguno de los celebrados antes por la musa popular. Y en nuestra moderna literatura fuera fácil
empresa hallar numerosas obras inspiradas por este grupo de tradiciones castellanas. Trueba y Cosío,
según su costumbre, consultó únicamente la Historia General del Padre [p. 132] Mariana y los
romances, y dulcificando un tanto la aventura del arcipreste, siguió, en lo demás, a los que
comienzan:
Preso está Fernán González...
El buen conde Fernán González
En cruel prisión estaba...
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Refiere después la segunda prisión del conde, de la cual le libertó, en traje de romero, su mujer, y
añade en este relato novelescas circunstancias al romance de Sepúlveda:
El Rey D. Sancho Ordóñez
Que en León tiene el reinado...
El final de esta leyenda recuerda algo de otro romance así encabezado:
En los Reinos de León
D. Sancho el Gordo reinaba...
Alguna semejanza hay entre esta leyenda de Trueba y otra que pocos años después escribió José
Joaquín de Mora con el título de El Primer Conde de Castilla .
Con las aventuras de Fernán González se enlaza, en cierto modo, la trágica historia de los siete
infantes de Lara y de su venganza por el bastardo Mudarra. Por eso la incluyó Trueba a continuación
de la mencionada leyenda. Léese la tradición de los Infantes en la Estoria de Espanna del Rey Sabio,
que parece haber tenido a la vista algún cantar de gesta , como lo indican los asonantes que aún
quedan en la prosa. A muchos y bellísimos romances dió lugar antes y después de haberse redactado
la Crónica General , pues dos o tres de los conservados parecen más bien hermanos que hijos de ella.
Quizá ninguno pueda compararse en sencilla y épica grandeza con el que comienza:
Pártese el moro Alicante
Víspera de St. Cebriane,
Ocho cabezas llevaba
Todas de hombres de alta sangre...
Por lo demás, es tan grande el número de romances artísticos y semi-artísticos posteriores, que sólo
en la colección de Durán [p. 133] (donde faltan el citado y algún otro), se leen hasta treinta, que
podría formar un pequeño romancero. Existen, asimismo, antiguas redacciones populares en prosa, de
esta historia, y aun en el extranjero tuvo eco, como lo demuestra la Historia septem infantium de Lara
de Oton Vaenius. Nuestro teatro la explotó en repetidas ocasiones, y basta citar, a este propósito, los
Siete Infantes de Lara , de Juan de la Cueva; el Bastardo Mudarra , de Lope de Vega; los Infantes, de
Hurtado de Velarde, y el Traidor contra su sangre , de Matos Fragoso. En el modo clásico la trató, a
principios de este siglo, un mediano poeta catalán, don Francisco Altés y Gurena, en dos tragedias
intituladas Gonzalo Bustos y Mudarra González, y casi al mismo tiempo escribía otra el conde de
Noroña, con título igual al de la segunda de Altés mencionada. [1]
Trueba y Cosío siguió en todos sus pormenores la narración de los romances, teniendo el buen
acuerdo de no alterar la ferocidad y crudeza de las costumbres descritas en ellos. Hizo morir, en
Córdoba, a Gonzalo Gustios de Lara (en lo cual, únicamente, se apartó de la tradición admitida) y
conservó el suplicio de fuego para doña Lambra. En conjunto, la leyenda es de las mejores suyas, por
más que fuera insensatez parangonarla con el Moro Expósito , del duque de Rivas, verdadera joya
literaria, poema que tarde tendrá rival en nuestro Parnaso . [2] Por otra parte, no existe entre ambas
obras el menor punto de semejanza. [3]
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No utilizó Trueba y Cosío la historia del Conde Garci Fernández y de sus dos consortes francesas,
narrada en la Crónica General y puesta a contribución por Zorrilla en uno de los Cantos del Trovador
y en el Eco del Torrente , pero sí la de Sancho García y su madre, referida con brevedad en la misma
Crónica . No existen romances antiguos sobre este asunto; en el siglo XVI compuso uno bastante
malo, Juan de la Çueva, y otro algo mejor se lee en la colección de Sepúlveda. La celebridad de este
hecho se debe [p. 134] principalmente al teatro y no más que a partir del siglo pasado. Tratóle
Cadalso en una tragedia frigidísima, escrita en endecasílabos pareados a la francesa, tolerables sólo
para oídos más que bátavos. Muy preferible es la Condesa de Castilla , de Cienfuegos, notable por el
carácter de Rodrigo y por la elocuencia nerviosa y varonil con que toda la tragedia está escrita. Y
últimamente Zorrilla acabó de popularizar tal argumento, ya en su drama Sancho García , ya en la
leyenda del Montero de Espinosa, inserta en sus Horas del estío . No la iguala la Copa envenenada ,
de Trueba y Cosío, pero es menos episódica, está escrita con más esmero y no carece de lúgubre
solemnidad en el cuadro con que se termina.
De Sancho García pasa Trueba al Cid , pero sin comprender en su leyenda las hazañas todas del
héroe nacional por excelencia, sino limitándose a sus mocedades , no como tomadas en parte de la
Crónica Rimada , las expuso la Estoria de Espanna , sino como, alterando la tradición allí y en los
romances viejos consignada, y dándolas un colorido más galante que caballeresco, las cantaron los
romances artísticos de nuestro siglo de oro y las pusieron más tarde en la escena Guillén de Castro,
Corneille, Diamante y muchos otros. Y es muy de censurar en el escritor santanderino que no haya
respetado bastante la rudeza y sencillez de las costumbres heroicas, como hizo en otras leyendas, al
paso que en ésta sustituye una débil imitación de la ya fría escena de Corneille, «Rodrigue, as-tu du
coeur», a la prueba, verdaderamente épica, que se describe en el romance:
Cuidaba Diego Laynez
De la mengua de su casa...
Ni se atreve a presentar a Rodrigo trayendo a su padre la cabeza del conde Gormaz, y a Diego Laynez
haciéndole sentar a la cabecera de la mesa, por parecerle justo
Que quien tal cabeza trae
Sea en su casa cabeza...
En cambio, abundan los ridículos diálogos de amor entre Rodrigo y Jimena, en los cuales se habla de
sensibilidad, de sacrificios amorosos y se emplean otras expresiones de sarao que braman de verse en
boca de aquel infanzón de luenga y bellida barba , gran [p. 135] matador de moros, que nos
describen el Mío Cid , la gesta latina, la crónica castellana o el Rodrigo . También en este punto
extravió a Trueba la ponderada tragedia de Corneille. Para colmo de desdicha intercaló en su cuento
las impertinentes aventuras de un don Suero y de cierto García Gómez, personajes ridículos que
hacen bostezar al lector más alentado; a la par que dejaba en olvido los posteriores hechos del Cid, las
bellas tradiciones del cerco de Zamora, la jura de Santa Gadea, el odio del Rey Alfonso, los dos
destierros del Campeador, la derrota de Berenguer el fratricida, la conquista de Valencia, el
casamiento de las hijas del Cid, la maldad de los infantes de Carrión, su reto y vencimiento, etc., etc,
hechos unos históricos, otros legendarios, cuáles consignados en las dos Crónicas , cuáles en el
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poema , cuáles en los romances, pero todos en alto grado interesantes y característicos. En una obra
como la de Trueba y Cosío, encaminada a popularizar, en un pueblo extraño, toda la parte novelesca
de nuestra historia, son imperdonables estas omisiones.
Calla igualmente los sucesos de la conquista de Toledo, los hechos todos del tormentoso reinado de
doña Urraca, sus desavenencias con el Batallador, la historia del arzobispo Gelmírez, el glorioso
imperio de Alfonso VII y la conquista de Almería, en que dieron de sí tan gallarda muestra
castellanos, catalanes y genoveses. Y en verdad que la Historia Compostelana , la Crónica de
Alfonso VII y el Cantar latino de Almería, versos bárbaros y notables, como los califica Sandoval,
ofrecíanle copiosos materiales para animadas y bizarrísimas leyendas. [1] Pero es lo cierto, que
dejando aparte tales narraciones, salta del Cid a Alfonso VIII, cuya historia compendia en dos
leyendas. Versa la primera sobre los amores de la judía Raquel, tradición generalmente negada por
nuestros historiadores, aunque en sí misma no inverosímil, según opinión del erudito historiador de la
raza hebrea en España. Célebre es en nuestra literatura este asunto, gracias a un episodio de Lope en
su Jerusalém Conquistada , a un drama de Mirademescua, La Hermosa Raquel , muchas veces [p.
136] publicado a nombre de Diamante con el título de La Judía de Toledo , y sobre todo al poema de
Ulloa y a la tragedia de Huerta. En ambas obras está fundada la lindísima narración de Trueba y
Cosío, digna, en verdad, de estima y de estudio, por más que sus razonamientos no se acerquen, en
gala y lozanía, a los de Huerta, ni acierte a poner, como Ulloa, en boca de los nobles conspiradores,
sentencias tan profundas y tan inmejorablemente expresadas, como aquellas:
Que en la vida culpable de los reyes
No son vicios los vicios sino leyes.
.............................
Rayos que preste la virtud secreta
Del cielo a nuestra saña vengativa,
Cuando por nudos tan estrechos pasen,
Respeten el laurel, la yedra abrasen.
Ni al pintar la muerte de Raquel se acerca Trueba a la verdad y energía de aquellos versos
famosísimos, que tampoco logró igualar el mismo Huerta:
Traidores , fué a decir, pero turbada,
Viendo cerca del pecho las cuchillas,
Mudó la voz y dijo: caballeros,
¿Por qué infamáis los ínclitos aceros?
A la tragedia de Huerta se atuvo casi exclusivamente Trueba, en cuanto al desarrollo de la acción en
su leyenda.
Bajo el título de la Cruzada Española , refiere nuestro paisano aquella maravillosa jornada, de la cual
cantó un egregio poeta catalán contemporáneo:
Las Navas ¡ay! en s’ abrusada plana
Se resolgué, com’ en torneix ardent,
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Si ser debía Roma musulmana,
O algun día la Meca ser creyent.
No necesitaba, por cierto, el novelista, extraños arreos para que hiciera grande y poderosa impresión
en el ánimo de los lectores el recuerdo de aquel hecho gloriosísimo. Su simple narración bastaba,
pues aquí la historia es más elocuente que ficción alguna. Por eso leemos el libro 8.º de rebus
Hispaniae , del [p. 137] arzobispo don Rodrigo con doble placer que todos los poemas, leyendas y
odas inspiradas por la batalla de las Navas de Tolosa. De todos los cantos que más o menos se
enlazan con este acontecimiento, no conservará la posteridad más que el de Gavaudan el vidente ,
convocando los pueblos todos de Europa a la cruzada. Las exhortaciones del trovador provenzal
parece que nos traen un eco de las voces de entusiasmo que resonaron en el mundo cristiano al
aprestarse aquella expedición memorable. [1]
Trueba y Cosío narra bien todos sus incidentes: la llegada de los cruzados a Toledo, el tumulto contra
los judíos, la deserción de las huestes forasteras, la aparición del pastorcillo y los prodigios de valor
realizados en Muradal por castellanos, navarros y aragoneses. ¡Lástima que se omita el diálogo entre
don Alonso y el arzobispo de Toledo, privando a su cuadro de este elemento más de belleza!
Poco diré sobre la excelente narración de la Conquista de Sevilla , asunto en el siglo XVI de un
poema de Juan de la Cueva, [2] en el XVII de otro del conde de la Roca [3] y en el presente de unos
fragmentos de Tapia [4] y de una oda de Ventura de la Vega. Es, en la obra de Trueba el protagonista,
Garci Pérez de Vargas, cuyas hazañas y singulares combates ocupan en ella largo trecho. De sentir es
que haya olvidado tanto nuestro literato a sus conterráneos los marinos cántabros, a cuya pericia y
esfuerzo debióse principalmente aquella victoria. Algo más hubieran interesado sus hechos que los
amores de Alhamar y Moraima y la rivalidad de Ismael, por más que tales aventuras estén narradas
con discreción y halago.
Inferiores a esta leyenda nos parecen las de Guzmán el Bueno y los Hermanos Carvajales ,
argumentos repetidas veces tratados por nuestros poetas, en especial por los dramáticos. Ni la de
Guzmán es en nada comparable con la oda de Quintana o con [p. 138] el drama y Gil de Zárate, ni se
acerca siquiera a la verdad y colorido local que en muchas escenas ostenta la tragedia de Moratín, el
padre, no obstante su corte neo-clásico y los graves defectos de su estructura: [1] ni en los Carvajales
hallamos cosa alguna que recuerde ciertas situaciones de La Inocente Sangre , de Lope de Vega.
Entrambas leyendas de Trueba son frías y prolijas.
Al reinado de don Pedro se refieren las dos siguientes, y hubiera podido su autor añadir algunas más,
no haciéndolo, sin duda, por haber expuesto varias en su The Castilian y reservar otras para la
proyectada novela acerca doña María de Padilla. Las incluídas en la España Romántica llevan los
títulos de El Asistente de Sevilla y El Maestro de Santiago . Está inspirada, la primera, por una
antigua comedia de don Juan de la Hoz, El Labrador Juan Pascual y Asistente de Sevilla , de la cual
también se valió Zorrilla para ciertos incidentes de la segunda parte de su drama El Zapatero y el
Rey . En la leyenda del Maestre, adoptó Trueba, no más que hasta cierto punto, el antiguo y vago
rumor acogido por los defensores de don Pedro respecto a amorosas relaciones entre doña Blanca de
Borbón y don Fadrique, aunque dejando a salvo el honor de aquella reina desdichada. Entre las
mejores de la colección pueden contarse estas leyendas, y bien se trasluce que el novelista hallábase
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en su elemento al describir escenas del reinado de don Pedro, materia de sus estudios y aficiones
anteriores; pero decaen lastimosamente de su precio, si se leen después de los romances del Duque de
Rivas, dictados por aquella fantasía popular tan poderosa en el ilustre prócer y tan débil y escasa en
Trueba y Cosío. Ni en intuición histórica, ni en grandeza poética, ni en brío y rapidez narrativa sufren
punto de comparación entrambos autores.
La célebre anécdota de El Gabán de D. Enrique , igualmente tratado por don José J. de Mora en una
de sus Leyendas Españolas , [2] da asunto a la agradable narración siguiente. Y excusado [p. 139]
perece advertir que la ruidosa caída del favorito de don Juan II, objeto es de otra leyenda, que en
Trueba y Cosío se intitula El Condestable de Castilla y en la cual sigue perjudicándole la terrible,
pero naturalísima comparación con el Duque de Rivas. Sin embargo, la descripción del suplicio está
bien hecha y algo recuerda de la admirable carta penúltima, auténtica o apócrifa, del Centón
Epistolario.
Por ningún poeta notable dramático o legendario, exceptuando a nuestro Trueba, he visto tratada la
deposición en estatua del Rey don Enrique IV en Ávila, para cuya narración se inspiró en la de
Mariana. Por el contrario, la toma de Granada, materia de la leyenda siguiente, es, de antiguo, tema
favorito de épicos cantos, de líricas inspiraciones y de ensayos novelescos, felices algunos, los más
harto desdichados. El libro, con justicia famoso, de Ginés Pérez de Hita y los romances fronterizos en
él insertos o esparcidos en nuestros romanceros, crearon todo un ciclo de tradiciones granadinas,
cuyo núcleo fué la sangrienta discordia de Zegríes y Abencerrajes. De ella arranca la leyenda de
Trueba, cuyos héroes son Muza, Abenamar, Reduan, los mismos de Pérez de Hita, conservándose
igualmente la acusación de la Sultana y su defensa por cuatro caballeros castellanos. Por tal razón, la
leyenda es demasiado episódica, dadas sus dimensiones, y a la par pobre en asunto tan rico, pues un
hecho subalterno llena el fondo del cuadro, faltando otros más interesantes, así históricos como
novelescos. Ni del Ave María de Pulgar, ni de la hazaña de Garcilaso, ni de la fundación de la Santa
Fe, se dice una palabra, y ciertamente que tales aventuras venían de perlas al propósito romántico de
Trueba. Hace también caso omiso de los restantes acaecimientos de aquel gloriosísimo reinado, sin
duda por considerar, y con razón, imposible reducir a los breves límites de una leyenda las guerras de
Nápoles, ni el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Y entramos en la época de los reyes de la Casa de Austria, con Padilla y los Comuneros , único
asunto del tiempo de Carlos V que trató Trueba y Cosío. Ocasión había dado en 1813 a una tragedia
de Martínez de la Rosa, La Viuda de Padilla , imitación no desafortunada de Alfieri, llena, sin
embargo, de extraños anacronismos en los pensamientos, como influída por la pasión [p. 140]
política de aquel período. Cúmplenos advertir que su sano instinto salvó a Trueba de tal escollo, a
pesar de la generosa exaltación de sus ideas liberales. Limitóse a narrar sencillamente los hechos y no
puso en boca de Padilla y de sus secuaces arengas patrióticas doceañistas. El buen gusto literario del
ciudadano Trueba se había acrisolado mucho desde su Cantón de 1823 hasta su Romance of history
de 1830, por más que en nada hubiese cedido la inquebrantable consecuencia de sus opiniones. Algo
hay, no obstante, de patriotismo , de odio a los tiranos y otras huecas, en ciertos pasajes.
Del reinado de Felipe II no escogió Trueba los muy ricos argumentos de don Juan de Austria, del
príncipe don Carlos o de Lanuza, pero trató, sí, los de Aben-Humeya y el Secretario Antonio Pérez .
En el primero, a cuya elección naturalmente le condujo su Gómez Arias , puso en acción, no sin
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acierto, una parte de la Guerra de Granada , de don Diego Hurtado de Mendoza, como lo hacía, casi
al mismo tiempo, Martínez de la Rosa en su drama Aben-Humeya , escrita primero en francés y
traducido más tarde por su autor al castellano. Pero si tal asunto es propio de una leyenda, no así de
una obra destinada al teatro, y bien claro lo demuestra el ejemplo del insigne literato granadino, que
hubo de estrellarse en las invencibles dificultades de su argumento. En cuanto a Antonio Pérez ,
excede en interés y animación, a toda novela imaginable la histórica relación de sus aventuras, tal
como se lee en las modernas y eruditísimas obras de Mignet, Bermúdez de Castro y el marqués de
Pidal. La leyenda de Trueba es débil, e inferior de mucho a los romances del Duque de Rivas y a los
de Arolas.
Del todo novelesca, pero gallardamente narrada y llena del espíritu de la época, aparece la leyenda de
Don Rodrigo Calderón , a la cual sigue, cerrando la serie, el triste cuento de los hechizos de Carlos
II, narración no de gloriosos hechos ni de los hechizos de Carlos II, narración no de gloriosos hechos
ni de caballerescas aventuras, como casi todas las anteriores, sino de torpes amaños, de debilidad
caduca, de superstición y de fanatismo.
De pocos autores puede decirse con tanta exactitud como de Trueba y Cosío, que nacieron y
escribieron cuando y de la manera que debían nacer y escribir. Si hubiera vivido veinte años antes o
veinte años después, ni su mérito fuera tan levantado, [p. 141] ni sus obras hubieran obtenido la
aceptación inmensa que lograron al tiempo de su aparición. De haber escrito en castellano, su
influencia su hubiera limitado a un breve círculo. Pero escribió en inglés, y escribió a tiempo, y todas
las circunstancias le fueron favorables. Cayeron las Leyendas históricas españolas en medio de una
sociedad entusiasta de la Edad Media y devorada por la fiebre del romanticismo; por eso fué recibida
su publicación con extraordinario aplauso. Repitiéronse sus ediciones, tradújose muy pronto la obra
de Trueba a los principales idiomas europeos y hasta dió lugar a imitaciones varias. Pronto apareció,
dedicado al Rey de la Gran Bretaña, un Romance of history of England , ajustado en plan, método,
extensión y estilo a la colección de nuestro paisano. Y recordamos haber oído a un egregio literato
español contemporáneo, y asimismo distinguido diplomático, que, años después de la publicación de
la España Romántica , afirmóle una docta y discreta princesa alemana, que ninguna obra referente a
España había leído con tanto placer como las Leyendas , de don Telesforo Trueba. Esto por lo que
toca a su importancia y mérito relativo. En cuanto al absoluto, hemos indicado lo bastante en el curso
de este prolijo análisis. Trueba y Cosío era narrador eminente, pero carecía de esa imaginación
popular y fantástica que da cuerpo y nueva vida a las leyendas; no le había otorgado Dios esa
cualidad altísima y primordial en el poeta narrativo, en el mismo grado que la otorgó poco después al
Duque de Rivas y a Zorrilla. Por eso se resiente a veces de afectación y frialdad, y pocas veces nos
conmueve, aunque nos agrade casi siempre. Pero su libro vivirá, así por la facilidad y elegancia con
que está escrito, como por señalar un momento importantísimo en la evolución del arte literario. [1]
[p. 142] V
No fueron éstas las únicas, aunque sí las más importantes, obras que dió a luz el ilustre escritor
montañés, durante su residencia en Londres. Publicó asimismo una novela de costumbres titulada The
incognito ( El incógnito ), libro de mérito escaso; un ensayo descriptivo, Paris and London (Londres
y París) , [1] y otra novela en el género de Fenimore Cooper, Salvator the Guerrilla (Salvador el
Guerrillero), cuyo asunto está tomado de la guerra de la Independencia. [2] A estos trabajos deben
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agregarse una Vida de Hernán Cortés (Life of Hernan Cortés) y una breve Historia de la Conquista
del Perú (Conquest of Peru) , obras de limitada importancia histórica, cuyo mérito se reduce al de
compendios, en elegante prosa inglesa, de los libros de Solís y del Inca Garci-Lasso de la Vega. Pero
ni estas publicaciones, ni las tres arriba citadas ofrecen los caracteres distintivos de la individualidad
literaria de Trueba, ni se señalan por singulares excelencias, sirviendo sólo para acreditar, si necesario
fuese, el buen ingenio, elegante decir, soltura narrativa y limpieza de ejecución que, aun en sus más
imperfectos ensayos, ponía el autor de la Leyendas Españolas y de El Castellano.
También pensó imitar los poemas cortos de Walter-Scott, en nada inferiores a sus novelas, por más
que la fama no se haya mostrado con ellos bastante equitativa. Entre los papeles de Trueba se
conserva el primer canto de La Renegada, cuento poético que debió constar de tres libros. Aunque
incorrecto y en preparación, no carece de mérito este retazo. Su asunto son los amores de la renegada
doña Isabel de Solís, llamada por los moros Zoraida. [p. 143] Años después compuso Martínez de la
Rosa una novela sobre tal argumento.
Para el teatro inglés trabajó bastante y con desigual éxito nuestro Trueba, obteniendo, no obstante,
algunas producciones suyas los aplausos del público londinense. Tenemos noticia de las seis
siguientes, representadas, aunque no sabemos si impresas, todas:
«The Exquisites (Los Elegantes).- Estrenóse en el teatro de Covent-Garden y fué bien acogida por el
público, aunque algunos críticos la censuraron agriamente. Era comedia de costumbres inglesas
contemporáneas.
-»The Arrangemen (El arreglador) .- Farsa musical , como su autor la llama, o séase, zarzuela .
-»Call again to morrow (Vuelva usted mañana) .-Pieza de igual carácter que la anterior, representada,
como ella, en el Teatro Real de la Ópera Inglesa. Es un juguete cómico, no falto de ligereza y gracia
en el diálogo. El principal carácter es el de un joven calavera, deudor insolvente, que entretiene con el
call again to morrow a sus acreedores. La poesía de los cantables es fácil y animada.
-»The royal delinquent , drama histórico, según mis noticias.
-»Mr. and Mrs. Pringle (El señor y la señora Pringle) .- Interlude comic , o sea, entremés,
representado sesenta noches seguidas en el teatro de Drury-Lane. A las gracias del diálogo rápido y
chispeante, más que a la originalidad de su argumento, debió este juguete su éxito prodigioso. Es una
refundición mejorada de La Famille Jabutot , comedia francesa. Mr. Pringle, adverso siempre al
matrimonio por las molestias que los hijos ocasionan, enlázase, por fin, a los sesenta años, con una
viuda que en su primer casamiento había contravenido grandemente al principio de población de
Malthus , para valernos de la gráfica expresión de un discreto crítico inglés de esta comedia. [1] La
portentosa maternidad de Mrs. Pringle es, al comienzo, un secreto para su nuevo marido, que por una
serie de peregrinos acaecimientos, llega a descubrir el arcano y encuéntrase de improviso rodeado de
numerosa familia, que le hace sentir con creces los disgustos por él tan temidos. [p. 144] Los cómicos
incidentes a que da lugar la sucesiva presentación de los hijos y nietos de Mrs. Pringle, constituyen la
sencilla trama de esta pieza.
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-»The men of pleasure (Los Calaveras).»
Sólo dos de estas piezas, el Call again to morrow y el Mr. Pringle , han llegado a nuestras manos.
Las demás, ni existen en las bibliotecas que hemos recorrido, ni se conservan entre los papeles de la
familia de Trueba. Con harto pesar nuestro reservamos su análisis para uno de los tomos siguientes de
estos ensayos críticos, en el caso de que nuevas investigaciones nos suministren los datos para tal
estudio indispensables.
En alguna biografía de Trueba [1] hemos leído la noticia de haber publicado este fecundo escritor
numerosos artículos de crítica literaria en diversos periódicos ingleses y especialmente en la Revista
de Edimburgo . Pero por más que hayamos registrado con escrupulosa diligencia la colección de
dicha Revista desde 1823 a 1834, hános sido imposible atinar con los estudios de Trueba, sin duda
por ser anónimos todos, o la mayor parte, de los incluídos en aquella publicación famosísima, órgano
de la escuela escocesa. No podemos atribuirle los de literatura española, por pertenecer, en su mayor
número, a Richard Ford, autor de un muy conocido Manual del viajero en España (Hand-Book for
traveller in Spain) , diferentes veces impreso. Tal vez sean de la pluma de Trueba algunos juicios de
novelas y de novelistas.
En el Fraser’s Magazine for town and country , se lee una excelente biografía del conde de
Campomanes, que por ciertas semejanzas de estilo [2] y por lo enterado que el autor se muestra de las
cosas de España, creí en un principio obra de Trueba, si bien hoy [p. 145] lo dudo mucho, porque el
espíritu protestante con que está escrita y ciertas frases sacramentales entre los anti-papistas, me
inducen a ver en ella una pluma heterodoxa y probablemente extranjera, si ya no la de Blanco
(White) como también pudiera sospecharse.
Tales fueron los numerosos trabajos de Trueba en Inglaterra. No le faltaron detractores y en el citado
Fraser’s Magazine (número XVII, junio de 1831) puede verse un artículo satírico (acompañado de su
retrato), en que se le moteja por llamarse Don , se advierte que nada tiene de extraño el que escriba
con pureza el inglés, puesto que podía considerarle como su lengua nativa, y se añaden otras
impertinencias de la misma laya. [1] Gloria fué para Trueba figurar satirizado en la Galery of Literary
Characters que publicó el Fraser’s Magazine , al lado de Walter Scott, Thomas Campbell, Lockart,
Rogers, Thomas Moore, el profesor Wilson y otros varones eminentes.
Cuando la amnistía otorgada por la Reina Cristina abrió las puertas de España a los emigrados de
1823, Trueba y Cosío abandonó la Inglaterra, que le había dado generoso asilo y gloria literaria, y
pudo tornar al tan deseado suelo patrio. Promulgado el Estatuto Real de Martínez de la Rosa en 1834,
Trueba y Cosío fué elegido por la provincia de Santander para representarla en Cortes y ocupó el
puesto de secretario en el Estamento de Procuradores . Distinguióse en aquella Asamblea por su
palabra fácil y correcta, por lo avanzado de sus opiniones liberales y por sus hábitos parlamentarios a
la inglesa. Tomó parte no secundaria en interesantes discusiones; suscribió la famosa Tabla de
derechos en unión con López, Caballero, el conde de las Navas y otros constitucionales vehementes;
en un brillante discurso atacó ásperamente al Gobierno con ocasión del motín de la Casa de Correos ,
y señalóse sobre todo por la violencia y saña con que combatió el empréstito Guebhard, que en 1823
contratara, en nombre de la [p. 146] Regencia, don Javier de Burgos. [1] Pero los largos y fatigosos
trabajos de la prensa [2] y de la tribuna, quebrantaron la constitución de Trueba, ya harto débil, y
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tanto sus padecimientos físicos como graves disgustos políticos le indujeron, en 1835, a hacer un
viaje a París, donde residía, de años atrás, su madre. No mucho tiempo después de su llegada, falleció
don Telesforo en una quinta inmediata a aquella capital. Perdióle su patria en lo mejor de su edad (a
los treinta y seis años) y cuando más sazonados frutos podía esperar de su ingenio, si por ventura, el
demonio de la política no continuaba arrastrándole. [3]
En el año mismo de su muerte había publicado Trueba y Cosío en El Artista una esmerada traducción
de un largo fragmento de El Sitio de Corinto , de Lord Byron. [4] Ocupábase entonces en ordenar y
traducir sus propias obras, con intento de hacer una edición castellana de todos sus escritos. En ella
debía entrar un tomo de poesías castellanas debieron extraviarse; a lo menos no se conservan entre
sus papeles. Yo sólo conozco un soneto a Riego , la indicada versión de Byron y un himno a
Santander , que puesto en música, llegó a adquirir cierta popularidad en nuestro pueblo, y
comenzaba:
¡Santander, oh mi patria adorada,
Aunque lejos de ti yo me viera...
Aunque harto lejano de aquel sublime e incomparable amor de patria que anima la oda catalana a
Aribau:
A Deu siau, turons, per sempre á Deu siau...
distíngase el himno de Trueba por la sencilla y natural expresión del sentimiento, cual se observa en
la siguiente estrofa:
[p. 147] Los impulsos del tiempo y la ausencia
Tu memoria borrar no podían,
Pues al par que mis años crecían
El amor a mi pueblo creció... [1]
No fueron estas solas las obras que produjo la incansable actividad literaria de Trueba. En una
biografía suya, inserta en El Artista , vemos citadas cuatro comedias, que según advierte el articulista
(D. E. O. probablemente don Eugenio de Ochoa) «se representaron con aplauso en los teatros de
España y en los del extranjero».
Sus títulos son:
-El Seductor Moralista.
-Casarse con cincuenta mil duros.
-El Veleta.
-El Novio en mangas de camisa.
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No sé si estas obras llegaron a imprimirse, y por mi parte no he logrado adquirir otra noticia de ellas.
Pero a la vista tengo otras cinco, no mencionadas por el biógrafo, todas ellas de poca importancia:
- Entremés de Gil Pataca . Pésimamente versificado.
- El Abogado Sorna . Sainete en prosa, escrito con gracia, imitación de la célebre farsa francesa
L’Avocat Patelin , refundida en el siglo pasado por Brueys y Palaprat y diestramente arreglada a
nuestra escena por don Ramón de la Cruz.
- Capricho peligroso , ópera en un acto, de valer muy escaso.
- Libros Prohibidos , farsa. Sólo existe la primera hoja, y en verdad que es sensible. Este fragmento
promete escenas dignas de parangonarse con el célebre artículo de Larra, «Nadie pase sin hablar al
portero o los viajeros en Vitoria».
- Les Stratagémes de Perico on les sourds qui entendet ; juguete escrito en francés, circunstancia rara
en Trueba. No podemos dudar de que le pertenezca, porque el manuscrito es autógrafo. Consérvanse,
además, entre los papeles de Trueba, el acto tercero de una comedia que hubo de tener cinco y cuyo
título [p. 148] era Los Amores de Novela , y el primero de otra rotulada El loco de por fuerza . Es
imposible, por estos retazos, formar juicio de tales composiciones.
Condensando ahora en breves términos cuanto he expuesto en el curso de este prolijo estudio,
cúmpleme decir:
1.º Que Trueba, sin ser poeta inspirado, fué egregio literato, narrador amenísimo, hombre de gusto
severo y acendrado, de fantasía no muy alta ni muy fogosa, de entendimiento claro y flexible, de
incansable laboriosidad, de estilo limpio y correcto, falto a veces de fuerzas y de nervio en el decir,
más propio para deleitar que para conmover, prolijo en ocasiones por defecto de escuela, escritor, en
suma, en quien es más fácil señalar la ausencia de grandes bellezas que la presencia de defectos
notables.
2.º Que Trueba inició el género español en la literatura británica, y por la influencia de sus obras,
sentida desde Inglaterra hasta Rusia, extendió y popularizó más que nadie el conocimiento de nuestra
historia y tradiciones nacionales. Cierto es que los eruditos ingleses conocían y admiraban, de tiempo
atrás, muchas de nuestras joyas literarias; cierto que de Inglaterra salieron la primera edición
monumental [1] y el primer comentario digno del Quijote : [2] por demás es sabido que el estudio de
aquella fábula inmortal trajo consigo el de los libros de caballerías en ella proscritos, libros por nadie
tan sagazmente escudriñados como por muchos bibliófilos ingleses; nadie ignora que el teatro
español dió materia a las investigaciones de Lord Holland (amigo y protector de Trueba) y de otros
críticos no menos profundos y bien encaminados y verdad es, asimismo, que, aparte de otros trabajos
de menor importancia, había publicado Southey las Cartas sobre España , las versiones del Amadís y
del Palmerín, el poema de Rodrigo y la crónica de El Cid , a la par que Lockhart daba a conocer, en
elegantes traducciones poéticas, lo que juzgó mejor de nuestros Romanceros , [3] y Richard Ford
estampaba en la Revista de Edimburgo artículos tan ligeros como ingeniosos sobre nuestras [p. 149]
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cosas, [1] y John Frere, el que en Malta españolizó la poderosa vena de Ángel Saavedra, reproducía
con fidelidad admirable algunos fragmentos del Poema del Cid . [2] Pero ha de confesarse que la
mayor parte de estos trabajos tenían más de eruditos que de populares, y más se dirigían a un círculo
de iniciados hispanistas que a la totalidad del público leyente. Exceptuamos, empero, las versiones de
Lockhart que, como antes vimos, puso a contribución el mismo Trueba y Cosío.
3.º Que comparte éste con Blanco (White) la gloria, a ningún otro español (que sepamos) concedida,
de haber escrito con vigor, pureza y corrección el inglés en obras de extensión e importancia.
4.º Que gracias a su educación inglesa fué quizá, y sin quizá, Trueba y Cosío el primer escritor
español que abrazó de lleno el romanticismo , como lo demuestra su Elvira , escrita en 1823, cuando
solos Aribau y López Soler mostraban, en Barcelona, algunos conatos de independencia. La
publicación de sus obras inglesas, desde 1828 a 1832, precedió y sirvió de poderoso estímulo al
Duque de Rivas y a otros ingenios españoles, de temple superior al de Trueba, para lanzarse
resueltamente en el camino del romanticismo histórico , que recorrieron con tanta gloria. El Moro
Expósito vió la luz pública en 1834, cuando ya eran universalmente conocidas las novelas y leyendas
de Trueba y Cosío.
5.º Que puede y debe considerarse a éste como padre de la novela histórica entre nosotros, por más
que escribiera en una lengua extraña. Cuando sus libros penetraron en España, dos casas editoriales,
una de Barcelona, otra de Valencia, surtían de novelas a nuestros lectores; sus prensas se alimentaban
exclusivamente de traducciones, sólo López Soler había interrumpido la monotonía, lanzando al
mundo en cuerpo y alma el Ivanhoe disfrazado con el nombre de Caballero del Cisne y sin más
alteración que traer la escena al tiempo de don Juan II. Pero conocido [p. 150] por la versión de
Torrente el Gómez Arias de Trueba y popularizadas, casi al mismo tiempo, las obras maestras de
Walter Scott, hiciéronse en este género apreciables ensayos, entre los cuales merecen recordarse la
Doña Isabel de Solís , de Martínez de la Rosa; El Doncel de don Enrique el Doliente , de Larra;
Sancho Saldaña , de Espronceda; El Señor de Bembivre , de Enrique Gil, y si llegamos a los autores
que aún viven, La Campana de Huesca , del señor Cánovas del Castillo, y Blanca de Navarra , del
señor Villoslada, aparte de otras obras notables debidas a la pluma de los señores Escosura,
Fernández y González y algún otro que al presente no recordamos, por ser escasos nuestros
conocimientos en esta rama de la literatura contemporánea. Digno es, en verdad, de atención, este
movimiento, por más que no haya logrado (según entendemos) producir una obra comparable al
Ivanhoe , de Walter Scott; al Rienz í, de Bulwer, a I Promessi Sposi , de Manzoni; al Marcos
Visconti , de Tomás Grossi, o al Cinq-Mars , de Alfredo de Vigny. Y justo es decir que no sólo en
Castilla, sino en el resto de la península ibérica fué Trueba y Cosío el primero en dar el impulso
decisivo, pues tampoco en Portugal, hoy justamente ufana con el Monasticon y las Lendas e
Narrativas de Alejandro Herculano, que parecen inspiradas por las leyendas del escritor
santanderino, se había intentado nada en tal sentido.
Por todas las razones expuestas, merece nuestro ilustre conterráneo un puesto muy señalado entre los
primeros escritores de segundo orden de una época literaria a nosotros próxima, pero ya fenecida. El
lauro de iniciador debe ir unido a su nombre con plena y absoluta justicia. Y esta noble ciudad, en
que se mereció su cuna y a la cual conservó siempre amor encendido y entrañable, mientras vagaba
triste, aunque lleno de gloria, por las orillas del Támesis, justo es que honre la memoria de hijo suyo
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tan preclaro, ya que tanto la honraron los extraños, si no con estatuas ni monumentos, porque tal vez
no merece tanto, si no con una edición completa de sus obras, como pudiera y debiera hacerse, a lo
menos con una de esas demostraciones que tanto dicen y que nada cuestan, colocando su retrato en
las Casas Consistoriales, a la manera que Cataluña coloca los de sus ilustres hijos en el Salón de
Ciento , abriendo certamen para premiar memorias sobre su vida y escritos que hagan olvidar la
imperfecta y la desaliñada que hoy [p. 151] publico, o dando, por lo menos, a una de las calles su
nombre, popular un tiempo en Inglaterra, hoy un tanto oscurecido, pero no del todo menoscabado. No
olvidemos que la gloria de las letras es, después de la virtud, la más grande y pura de las glorias
humanas, y que poco valen, comparados con ella, la gloria militar ni el esplendor de la riqueza. Y
felices mil veces los escritores que, como Trueba y Cosío, jamás tiñeron su pluma con los colores de
la impureza, ni mancharon su boca con el aliento de la detracción, sino que consagraron sus esfuerzos
todos al enaltecimiento de las glorias de su patria y con el más ilustre de los poetas lemosines
contemporáneos, pudieron exclamar:
Y pus coneix los fets, fets d’alt’exemple,
Y ‘ls noms de tots tos héroes y tos reys,
Com’ heralt en las portas de ton temple,
Proclamaré llurs glorias y serveys. [1]
¿Qué mejor divisa para las Leyendas Españolas de Trueba y Cosío?
Si el modesto ensayo que publico despertase en alguno de los ingenios que hoy enaltecen el nombre
de Cantabria el deseo de conocer y estudiar más de cerca al compatricio insigne, de cuya vida
literaria he trazado breve compendio, tendría por fructuoso este libro y por muy perdonable el pecado
de haberle escrito. Desdicha ha sido para el autor de El Castellano alcanzar cronista de tan escasas
letras, de tan flaco y menguado entendimiento. Sirva a lo menos este volumen para renovar la
memoria de Trueba, y quiera Dios que cuando algún extraño nos repita en son de mofa lo que,
refiriéndose a otras tierras, dijo Pedro Alcocer a Esteban de Garibay: No pensé yo que en la Montaña
había letras, sino armas , sepamos responderle, con harta más razón de la que asistió al cronista
vascongado en aquel lance:
«Haylas, señor; húbolas siempre, y no fué Trueba y Cosío el mínimo de ellas.» [2]
[p. 152] APÉNDICES
I
PARTIDA DE BAUTISMO
†
«Al folio 280 del libro 26 de Bautizados de esta Parroquia de mi cargo se halla la partida que copio:
«Joaquín Telesforo Trueba Pérez.
En la ciudad de Santander, a cinco de enero de mil setecientos noventa y nueve, yo don Manuel de S.
Pedro, párroco más antiguo en la Sta. Iglesia de ella, bauticé solemnemente a Joaquín Telesforo, que
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nació en dicho día, hijo legítimo de don Juan de Trueba y de doña María Pérez Cosío, naturales del
lugar de Arredondo en el Valle de Ruesga, y de esta ciudad: abuelos paternos don Mateo de Trueba y
doña Escolástica Fernández Alonso, vecinos de dicho lugar: maternos don Joaquín Pérez Cosío,
natural de Santander, y doña Manuela de Olavarría, natural de la villa de Usurbil en la provincia de
Guipúzcoa, y vecinos de esta ciudad: fueron sus padrinos los expresados abuelos maternos, don
Joaquín y doña Manuela que tocó al niño. Advertí a ambos el parentesco espiritual y obligación de
instruirle en los Rudimentos de nuestra santa Fe, siendo testigos don Vicente Pérez Olavarría, don
Antonio Arango y Francisco Torcida San Miguel, naturales y vecinos de esta expresada ciudad. Por
verdad lo firmo.-Don Manuel de San Pedro Ordóñez».
Amalio Cereceda.»
(Sello de la Parroquia).
[p. 153]
II
CATÁLOGO DE LAS OBRAS DE TRUEBA Y NOTICIAS BIBLIOGRÁFICAS DE ALGUNAS
DE SUS EDICIONES
Harto breve e incompleto es el adjunto registro, hecho de prisa y sin el caudal de datos suficientes. La
escasez en España de algunos libros en él mencionados y las especiales circunstancias en que al
redactarle me hallo, impiden hoy darle el grado de extensión y exactitud que yo deseara. Supla la
diligencia de algún lector erudito mi falta de noticias. Recibiré gustoso cuantas enmiendas y
advertimientos se me dirijan y cuidaré de darlas cabida en los volúmenes sucesivos de estos Ensayos ,
para que por tal camino llegue a hacerse una completa y esmerada bibliografía de autor tan notable y
de tan señalado influjo en la historia literaria de nuestro siglo.
OBRAS CASTELLANAS
(1) Anteojos para cortos de vista o Casa de Marqués de España . Comedia de cinco actos, fecha en
Old Hall Green, 1817. Ms. autógrafo.
(2) El Precipicio o las fraguas de Noruega . Melodrama en tres actos. Ms en que falta el acto
segundo. Parece dispuesto para la representación y va acompañado de las licencias expedidas en 15 y
21 de septiembre de 1816.
(3) La muerte de Catón , tragedia en cinco actos. Existen de ella dos manuscritos entre los papeles de
Trueba. El primero es un borrador incorrecto y lleno de enmiendas; el segundo, copia hecha con
esmero, destinada tal vez al teatro, ofrece variantes notables.
(4) Elvira y Miraldo , tragedia en cinco actos. Falta el tercero y del quinto se conservan dos copias,
una de ellas no autógrafa y, al parecer, de letra femenina, acaso de una de las hermanas del poeta.
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[p. 154] (5) Los Caballeros de industria o el Novio de repente . Comedia en tres actos. Cádiz, 1823.
Manuscrito autógrafo. Conserva en Santander los originales de ésta y las cuatro piezas antes
mencionadas el señor Don Evaristo del Campo.
(6) El Seductor Moralista. Comedia.
(7) El Veleta . Comedia.
(8) Casarse por cincuenta mil duros . Comedia.
(9) El Novio en mangas de camisa .
Estas piezas fueron representadas, probablemente en Cádiz, en 1823. No he llegado a verlas impresas
ni manuscritas. Alguna de ellas se conservó en el teatro hasta tiempos muy posteriores. Persona que
nos merece entero crédito recuerda haber visto en las tablas El Novio en mangas de camisa . De sus
explicaciones deducimos que era un juguete por demás candoroso e inocente.
(10) Entremés de Gil Pataca.
(11) El Abogado Sorna . Sainete.
(12) Capricho Peligroso . Ópera (como su autor la llama) o más bien, zarzuela.
(13) Libros prohibidos (fragmento).
(14) Los Amores de Novela . Comedia en cinco actos; sólo se conserva el tercero.
(15) Dios nos libre de gallegos o el loco de por fuerza . Comedia en tres actos; no conocemos más
que el primero.
El anónimo crítico del Mr. and Mrs. Pringle , dice de Trueba: «He has also written some Spanish
dramas that are popular in his native country.» No sabemos a cuál de las quince obras dramáticas
mencionadas puede referirse este elogio.
(16) Poesías líricas . Trueba dejó un tomo dispuesto para la imprenta, pero han sido vanas nuestras
diligencias para indagar el paradero del manuscrito. Viviré agradecido a quien me depare ocasión de
examinarlo. Tal vez formaban parte de esa colección las dos composiciones siguientes:
Himno a Santander , compuesto con motivo de la acción de Vargas, una de las que dieron comienzo
a la triste guerra civil de los siete años. Cantóse el himno de Trueba en el Teatro entonces aquí
existente y dióse a la estampa en hoja suelta que no ha llegado a nuestras manos. Letra y música
viven en la memoria de no pocas personas de nuestra ciudad.
[p. 155] El Sitio de Corinto , poema traducido de Lord Byron. Un largo fragmento se insertó en El
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Artista (1835).
(17) Discursos Parlamentarios , pronunciados en la legislatura de 1834. Pueden verse en los diarios
de cortes de aquel período.
(18) Artículos políticos , publicados en El Eco del Comercio y otros periódicos liberales.
OBRAS INGLESAS
(19) Gómez Arias; or The Moors of the Alpujarras A Spanish Historical Romance. by don Telesforo
de Trueba y Cosío. In three volumes. London, Hurt, Chance and Co. 65 st Paul’s Church Yard. 1828.
Gunnell and Shearman Printers. Salisbury Square.
La dedicatoria, suscrita en Londres, 1.º de marzo de 1828, está dirigida a Lord Holland, ilustrado
hispanista , amigo de Jove-Llanos y Quintana, autor de la Vida de Lope de Vega y de otros escritos
notables.
Consta el Gómez Arias de tres tomos 8.º, el primero de XI-250 páginas, el 2.º de 260, el 3.º de 235.
Traducciones:
-Gómez Arias ou les Maures des Alpujarras , Roman Historique Espagnol par don Telesforo Trueba
y Cosío, traduit par l’auteur d’ Olesia ou la Pologne , d’ Edgar , et de Vanina d’ Ornano . París.
Charles Gosselin. Libraire de son Altese Royal Monseigneur le Duc de Bordeaux, Rue Saint-Germain
des Prés, núm. 9. MDCCCXXIX. De l’imprimerie de Lachevardiére. 5 tomos 12.º El traductor fué
Defoucaufret, que llevó a término su trabajo con buen acierto.
- Gómez Arias o los Moros de las Alpujarras . Novela histórica, escrita originalmente en inglés por el
español don Telesforo Trueba y Cosío, i traducida libremente al castellano por don Mariano Torrente.
Madrid, marzo y abril de 1831. Oficina de Moreno, Plazuela de Afligidos.
Tres tomos 12.º, el 1.º de 263 páginas, el 2.º de 283, el 3.º de 240 y dos hs. más, que contienen la Fe
de erratas de los tres volúmenes. Precede a la obra una advertencia del traductor con título de
Prospecto .
-De la existencia de una traducción alemana dan noticia las dos biografías de Trueba, en su lugar
mencionadas.
[p. 156] -Traducción rusa, citada allí mismo.
-Un bibliófilo, amigo nuestro, recuerda vagamente haber visto una versión holandesa.
(20) The Castilian . By don Telesforo de Trueba y Cosío, author of «Gómez Arias». Let’im call it
mischief wen ir it pas and prosper’d twill be virtue (Ben Johnson). In three volumens. London, Henry
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Colburn, New Burlington Street, 1829.
Firmado el prólogo en Richmond, 31 de septiembre de 1828.
Tres tomos. 1.º VIII-310 páginas, 2.º 367, 3.º 371.
London: Shackell and Baylis, Johnson’s Court, Fleet Street.
- Le Castillan ou le Prince Noir en Espagne . Roman Historique Espagnol por don Telesforo de
Trueba y Cosío, traduit par M. C.-A. Defoucaufret, traducteur de l’Histoire de Christophe Colomb,
etc. París. Charles Gosselin, Libraire de son Altesse Royal Monsegneur le Duc de Bordeaux, Rue St.
Germain des Prés, núm. 9. MDCCCXXIX. 8.º-De l’imprimerie de Lachevardiére.
- El Castellano o El Príncipe Negro en España . Novela Histórica Española por don Telesforo de
Trueba y Cosío. Traducción libre de D. J. S. S.-Barcelona. Imp. de don Juan Oliveres, Editor, calle de
Escudillers, núm. 53.-1845.
Dos tomos 8.º 1.º de 234 páginas, 2.º de 254.
-Versión Alemana.
-Ídem rusa. Citadas por D. E. O. y D. A. García Manglaez en los artículos biográficos de Trueba,
antes recordados.
(21) The Romance of History Spain . By don T. de Trueba. Truth is strange, stranger than fiction
(Lord Byron). In three volumes. London, Edward Bull, Holles Street. 1830.
Tres volúmenes 8.º El 1.º contiene las leyendas siguientes:
The Gothic King.
The Cavern of Covadonga.
The Pass of Roncesvalles.
The Maiden Tribute.
The Count of Castile.
The Infants of Lara.
The Poisoned Goblet.
The Knight of Bivar.
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Tiene VII-367 páginas.
[p. 157] El segundo abraza las narraciones tituladas:
The Fair Jewess.
The Spanish Crusade.
The Conquest of Sevile.
Guzman the Good.
The Brothers Carvajal.
A legend of Don Pedro.
The Master of Santiago.
The Retributive Banquet.
VI-354 páginas.
El tercero encierra las siguientes:
The Fate of Luna.
The Dethronement.
The Downfal of Granada.
Padilla and the Comuneros.
The Mountain King.
The Secretary Pérez.
The Fortunes of Calderon.
The Cardinal’s Plot.
VI-354 páginas.
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Los tomos 1.º y 3.º fueron impresos por Samuel Bentley, Dorset Street; el 2.º por Gunnell and
Shearman, Salisbury Court.
Con error afirmamos en el texto de la biografía de Trueba que el Romance of history of England ,
obra de John Neele, fué posterior a la de Trueba. Éralo en efecto la impresión que de ella
examinamos, pero en el número de la Revista de Edimburgo correspondiente al mes de mayo de
1828, vemos un artículo crítico sobre la primera edición de dicha obra, que apareció en aquel año.
- L’Espagne Romantique . Par don Telesforo de Trueba y Cosío, traduite per M. C.-A. Defoucaufret...
París, Charles Gosselin, Libraire de son Altesse Royale Monseigneur le Duc de Bordeaux, Rue St.
Germain des Prés, núm. 9. MDCCCXXX.
Cinco tomos 8.º Las traducciones de Defoucaufret llevan el título general de Romans Espagnols y
forman colección con las Novelas Escocesas de Walter Scott y de Edward Mac Kauley, con las
Suizas de Enrique Zschokke, con las Inglesas de Horacio Smith [p. 158] y las Americanas de
Fenimore Cooper, vertidas al francés por el mismo intérprete.
-Traducciones alemana y rusa mencionadas por diversos bibliógrafos, aunque sin las indicaciones
tipográficas necesarias.
- España Romántica . Colección de anécdotas y sucesos novelescos sacados de la Historia de España.
Obra escrita en inglés por don Telesforo Trueba y Cosío. Puesta en castellano por don Andrés T.
Manglaez. Barcelona: Librería de don J. A. Sellas y Oliva, editor del Diccionario Universal de
Mitología o de la Fábula , calle de la Platería, 1840.-(Imprenta de José Tauló, calle de la Tapinería.)
Cuatro volúmenes 8.º 251 páginas el 1.º (contiene siete leyendas), 227 el 2.º (cinco leyendas), 256 el
3.º (siete narraciones), 222 el 4.º (cinco leyendas y unas noticias biográficas de Trueba).
El editor barcelonés ofreció publicar traducida la obra de Neele, pero no sabemos que llegase a
realizar tal propósito. [1]
(22) The life of Hernan Cortes . By don Telesforo Trueba y Cosío.
(23) Conquest of Peru .
(24) The Incognito.
(25) Salvator the Guerrilla .
(26) Paris and London.
No habiendo podido completar las noticias bibliográficas de estos cinco libros, por haberse
extraviado algunas de las notas que sobre Trueba teníamos extendidas y no ser fácil rehacerlas, no
existiendo en Santander ejemplar alguno (que sepamos) de tales obras, reservamos éstas y otras
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adiciones al presente catálogo para el tomo siguiente de estos ensayos críticos . En el texto se ha
dicho lo suficiente acerca del mérito literario de estas obras que, según parece, fueron trasladadas al
francés y al alemán.
(27) Artículos en la Revista Metropolitana . Entre ellos unos estudios sobre las cárceles de Londres.
(28) Id. en la de Edimburgo.
Teatro.
(29) The Exquisites, comedy . Estrenada en Covent-Garden.
[p. 159] (30) «Duncombe’s Edition. Call again tomorrow. A musical farce in one act. By don T. de
Trueba y Cosío, Author of «The Exquisite»-«The Castilian», etc., etc. The only edition correctly
marked, by permission, from the prompter’s book: to wich is added, a description of the costume-cast
of the characters; the whole of the stage business-situations-entrances-exits-propertiers, and
directions. As now performed at the Theatre Royal English Opera. Embellished with a fine
engraving, by Mr. Jones, from a original Drawing taken in the Theatre. London: Printend and
published by J. Duncombre, 19. Little Queen Street, Holborn.
8.º, ocho páginas con un grabado en acero. Tiene el número 76 en la Galería dramática de
Duncombe.
(30) The Arrangemen. A musical farce.
(31) The Royal Delinquent.
(32) Mr. and Mrs. Pringle: A comic interlude, in one act.
By don T. de Trueba y Cosío, Author of The Castilian, The Exquisite, etc. Printed from the acting
copy, with remarks, biographical and critical by D. G. T. wich are added: A description of the
costume-cast of the Characters, entrances and exits-relative positions of the performers on the
Theatres Royal, London. Embellished with a fine engraving, by Mr. Bonner, from a Drawing taken in
the Theatre, by Mr. R. Cruikshank. London. John Cumberland, 2. Cumberland Terrace, Camden New
Town.
8.º, 27 páginas con un grabado. Tiene el núm. 230 en el Cumberland’s British Theatre.
(33) The men of pleasure . Pieza mal acogida en el teatro, según noticias.
(34) The Renegade. Tale Poetique in three cants. Cant First.
Manuscrito en poder del señor don Evaristo del Campo. Por estar incompleto este poema y por no
abultar en demasía el presente volúmen, no le incluímos a continuación.
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Confiamos en que la Sociedad de Bibliófilos cántabros , próxima ya a comenzar sus tareas, ha de
darnos una completa y correctísima edición de las obras castellanas e inglesas de Trueba, publicación
que, a no dudarlo, ha de ser bien acogida por los amantes de las letras españolas.
[p. 160] III
POESÍAS CASTELLANAS DE TRUEBA Y COSÍO
A falta de otras, sin duda más notables, reproducimos las dos composiciones siguientes, la primera
por ofrecer cierto interés local, a parte de su escaso mérito literario, achaque común a los versos de
circunstancias; la segunda por parecernos notable como versión y digna de ser conservada, no
obstante los grandes defectos de estilo y versificación que en parte la afean.
HIMNO
¡Santander! A la Iberia tú diste
De heroísmo un hermoso dechado,
En cada hijo encontraste un soldado,
Cuando el suelo natal peligró.
Tu falange, que pocos encierra,
Contra el fiero enemigo se lanza,
Que no sufre el valiente tardanza
Cuando al campo el deber le llamó.
Gente escasa y bisoña se apresta
Desprovista de tren belicioso;
Todo falta al patriota animoso,
Todo falta, mas sobra el valor.
Silba el plomo, el caballo relincha,
Ya los aires la trompa ensordece,
Ya de Vargas el campo estremece
De Mavorte el horrendo estridor.
Mas, propicia la suerte a su lado,
La victoria sus alas tendía,
Y un momento de noble osadía,
Con un siglo de gloria premió.
Santander, oh mi patria adorada,
Aunque lejos de ti yo viviera,
Ni un instante tu imagen perdiera
Aquel pecho do fiel se grabó.
Los impulsos del tiempo y la ausencia
Tu recuerdo borrar no podían,
[p. 161] Pues el par que mis años crecían
El amor a mi pueblo creció.
Santander, siempre fiel, siempre noble.
Si otra vez se la ve combatida,
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Podrá ser por la fuerza vencida
Pero falsa al deber, eso no.
1833.
FRAGMENTO TRADUCIDO DEL SITIO DE CORINTO
POEMA DE LOR BYRON
...................................
Erraba por la playa sin destino,
Hasta que a tiro vino
Del enemigo muro.
¿Mas cómo estar seguro
Pudiera de sus fuegos?... ¿No le vieron?...
¿Traidores los cristianos se volvieron?
¿O, cobardes al riesgo ya cercano,
Se heló su corazón, tembló su mano?...
No sé qué causa sea,
Que al pie del muro un infiel pasando,
Ni del cañón el rayo centellea,
Ni sale el plomo destructor silbando.
Ya tanto se acercaba
Que del alerta centinela oía
La bronca voz-y a par que Alpo movía
La planta incierta, el suelo resonaba.
Al foso llega y mira estremecido
De flacos perros un tropel hambrientos
Con funesto murmullo devorando
Los cuerpos que insepultos allí estaban.
Y al hórrido festín tan sólo atentos,
Entonces de ladrar no se curaban.
La greñuda cabeza de un soldado
De carne y pelo habían despojado,
Y los blancos colmillos rechinaban
Sobre el cráneo más blanco todavía,
Que al golpe de sus dientes no se hendía,
Resbalándose siempre a la quijada;
Y el hambre ya saciada,
Los huesos descarnados
Volteaban con holganza a todos lados;
[p. 162] Y ninguno pudiera
Alzarse del lugar donde yaciera.
Pues en pos de un ayuno riguroso
¡Tanto cebaron su apetito ansioso!
Alpo mira con pena
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Turbantes mil rodando por la arena,
Y de ellos los primeros
Fueran de sus más dignos compañeros;
De verde y carmesí los largos chales,
En sangre reteñidos,
Do quier se presentaban esparcidos,
¡De la lid anterior signos fatales!
...................................
Y allí cerca, del golfo en la ribera,
Un buitre con sus alas azotaba
A un lobo atroz que de los altos cerros
Al olor de la presa caminaba.
Y después a la playa se abalanza,
Y ceba su venganza
El resto de un frisón, que con graznidos,
Del eco tristemente repetidos,
Las aves de rapiña circundaban,
Y con sus corvos picos desgarraban.
Alpo torna la vista
Del horrible espectáculo al momento;
Jamás tembló en combate truculento:
Empero prefiriera
Mirar en medio de la lucha fiera
Los heridos, con sed y fiebre ardiendo,
Y entre agudos dolores perecieron,
Que ver los infelices que finaron,
Y aun en la muerte asilo no encontraron.
Al sublime estridor de la contienda,
¿cuál es el corazón que no se encienda?
Allí los ojos del honor glorioso
Ven con placer cada acto belicoso;
Mas cuando cesa de la lid furiosa
El hórrido fragor... y el aire puebla
Triste tranquilidad!-la voz piadosa
De compasión agita el noble pecho,
Al ver varones fuertes y marciales
Herencia de sangrientos animales,
Y luego en derredor del duro lecho
Aves, brutos, gusanos
Sobre el yerto cadáver agolparse,
[p. 163] Y todos, ¡ay, gozarse
En la disolución de los humanos!...
Allí de un templo ruinas venerables
Cubren desierto suelo;
Dos columnas de mármol destrozadas
Sólo quedan en pie, y algunas losas
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De infructífera yerba entrelazadas...
¡Vestigios de grandezas ya olvidadas!
...................................
Alpo mustio se sienta
Sobre la base de un pilar truncado,
Y pasa por su frente cuidadosa
La mano temblorosa,
Y de zozobra y confusiones lleno
Reclina la cabeza sobre el seno.
Mas pronto en su letargo fuera herido
De un blando, agudo y plácido sonido...
¿Será por dicha el viento
Que hiriendo la hendidura
De hueca piedra, silba con dulzura?
...................................
Alza la vista. El mar está en reposo,
Terso y unido de cristal parece.La flor en la pradera no se mece,
Ni suenan las banderas ondeantes
Que plegadas están. Ni el dulce aliento
Del céfiro las hojas adormidas
Del monte Cyteron ha sacudido.Ni menos Alpo siente
Bañado el rostro del nocturno ambiente.
El plácido sonido
¿De dónde pues naciera?...
Torna la vista y con asombro viera,
Sentada en las ruinas la figura
De una brillante y joven hermosura!
TELESFORO DE TRUEBA Y COSÍO.
(Publicada en El Artista , 1835)
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 90]. [1] Yo seguí el común error en el artículo Bustamante de la Biblioteca de traductores , que
tengo en preparación. Hízome reparar en él y atinar con lo cierto mi sabio y paisano don Gumersindo
Laverde Ruiz.
[p. 92]. [1] En la Historia del Colegio viejo de S. Bartolomé de Salamanca, por el Marqués de
Alventos, y en la Biblioteca de Rezabal y Ugarte se nombran varios montañeses teólogos y
jurisconsultos.
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[p. 93]. [1] Casi al mismo tiempo que florecían estos dos eruditos, hizo largas investigaciones sobre
puntos enlazados con la historia de esta provincia el señor don Blas Barreda y Horcasitas. Sus
trabajos permanecen manuscritos.
[p. 94]. [1] Omitimos varios escritores de principios de este siglo que trataron de cuestiones políticas,
económicas, administrativas, etc., etc., cuales son el abate Gángara, don Pedro Fernández Vallejo,
cura de Ijas, el ciudadano F. C. (Félix Cavada), don Pedro Ceballos, etc., etc., por ser sus obras,
aunque notables bajo otros aspectos, de poco interés literario.
[p. 96]. [1] Tal resulta de la partida bautismal que nos han facilitado el bondadoso párroco del Cristo
señor don Amalio Cereceda, después de examinar escrupulosamente los libros de su cargo desde
1789 hasta 1803. Véase íntegro dicho documento en el apéndice núm. 1.
[p. 99]. [1] Refiero aquí; no juzgo. Trátase de hechos pasados y a los cuales no el criterio político
sino el histórico debe aplicarse.
[p. 100]. [1] Saviñón puso en verso castellano el Polinice (los Hijos de Edipo ) y el Bruto Primero
(Roma Libre) . De don Dionisio Solís son las versiones del Orestes (el Hijo de Agamenón) el
Philippo (Felipe II) y la Virginia . De la Conjura dei Pazzi hizo una mala imitación (Lucrecia Pazzi)
don F. Rodríguez de Ledesma. A don José Joaquín Mazuelo (tal vez anagrama) debióse la traducción
de la Sofonisba . Aún hay otras que ahora no recuerdo. Posteriormente han sido admirablemente
vertidas a nuestra lengua otras dos tragedias de Alfieri, la Mirra por el eminente poeta catalán
(muerto en 1832) don Manuel Cabanyes y la Mérope por el señor Hartzenbusch.
[p. 101]. [1] El Juan Carlas y el Cayo Graco entre otras.
[p. 105]. [1] La tragedia de Almeida Garret imprimióse suelta en 1822. Forma el tomo segundo de la
colección de sus obras completas publicado en 1840.
[p. 106]. [1] Sigo la edición de la tragedia de Addison hecha en 1815 por C. Wattingam. El trozo en
cuestión hállase al fin del acto 4.º
[p. 107]. [1] No transcribiremos el texto de Addison por ser bien conocido.
[p. 108]. [1] Nótese el prosaísmo de algunas frases, la flojedad y desaliño de ciertos versos y la mala
elección del asonante en ao en el primero de los pasajes transcritos.
[p. 110]. [1] Existe de igual suerte que los del Canton y la Elvira en poder del señor don Evaristo
Campo-Serna, que ha tenido la bondad de facilitárnoslos.
[p. 111]. [1] Tengo noticia de seis traducciones en verso castellano de esta elegía, la de Pérez del
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Camino (imitación más bien), la de D. J. V. Alonso, la de Miralla, la de Hevia, la de don José
Fernández Guerra y la de don Enrique de Vedia.
[p. 123]. [1] El célebre traductor de Walter Scott, y autor del Masaniello.
[p. 124]. [1] Otra escribió don Dionisio Solís con título idéntico.
[p. 125]. [1] Véase tratado este punto, y otros que adelante tocaremos, en la excelente obra de nuestro
sabio maestro el Dr. Milá y Fontanals, La poesía heroico-popular castellana.
[p. 126]. [1] Sobre Rodrigo existe también una novela del siglo pasado, escrita por don Pedro
Montengón; no carece de mérito, dados el tiempo en que vió la luz pública, y las personales
condiciones de su autor.
[p. 133]. [1] Altés, al reimprimir estas tragedias en su colección dramática, años después de haber
sido representadas, las puso por nota gran parte de la leyenda de Trueba y Cosío traducida al
castellano.
[p. 133]. [2] Expresión atinadísima de Salvá.
[p. 133]. [3] Otra leyenda de Mudarra (en prosa) muy semejante a la de Trueba se halla en las obras
del notable escritor salmantino don José Somoza (Madrid, 1842).
[p. 135]. [1] Más tarde aprovecharon estas fuentes diversos novelistas y poetas, entre ellos el señor
don J. Joaquín de Mora en tres de sus leyendas españolas , publicadas en Londres, y el señor Navarro
Villoslada en Doña Urraca de Castilla.
[p. 137]. [1] Suponen Dieze y otros eruditos historiadores de la poesía provenzal que el canto de
Gavaudan se escribió para la cruzada de 1295, que terminó con el desastre de Alarcos, pero Fauriel y
Milá y Fontanals le juzgan, con más probabilidad, compuesto para la de 1212.
[p. 137]. [2] La conquista de la Bética.
[p. 137]. [3] El Fernando , especie de parodia de la Jerusalem del Taso.
[p. 137]. [4] Sevilla Restaurada.
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[p. 138]. [1] . Existen además sobre el asunto de Guzmán (entre otras producciones que al presente no
recordamos) una oda muy mediana de Montengón, un frío monólogo de Irirate, y una tragedia de D.
E. R. (don Enrique Ramos), escritores los tres del siglo pasado. A todos supera el hermoso drama del
siglo XVII, Más pesa el Rey que la sangre , obra de Luis Vélez de Guevara.
[p. 138]. [2] . Londres, 1838.
[p. 141]. [1] En sus leyendas intercala Trueba numerosos fragmentos de romances, tomados de las
traducciones inglesas de Lockart.
[p. 142]. [1] Alguna reminiscencia de este libro descubrimos en el titulado París, Londres y Madrid
de don Eugenio de Ochoa, biógrafo y admirador de Trueba y Cosío.
[p. 142]. [2] En tratar este linaje de asuntos precedió Trueba a un distinguido novelista
contemporáneo, que, con general aplauso, ha introducido entre nosotros el género episódico de
Erckman-Chatrian.
[p. 143]. [1] Véanse las Observaciones suscritas D-G , al frente de esta comedia de Trueba, impresa
en 1831.
[p. 144]. [1] Existen dos castellanas, ambas muy breves, publicada la una en El Artista (1835)
periódico dirigido por los señores Ochoa y Madrazo; inserta la otra (casi del todo fundada en la
anterior) al fin de la traducción castellana de sus Leyendas o España Romántica (Barcelona, 1840).
[p. 144]. [2] No obstante que, por confesión de muchos críticos ingleses, el lenguaje de Trueba y el
de Blanco (White) son dechados de pureza y corrección, es lo cierto que conservan siempre un sabor
neo-latino, muy marcado, y que el elemento sajón es en ellos poco dominante, como fácilmente
notarán aún los que (como de nosotros confesamos) no estén muy versados en las delicadezas
gramaticales de la lengua británica.
[p. 145]. [1] «Don T. de Trueba y Cosío was educated here, at some Roman Catholic college. Here
his spent his youth... English is his vernacular tongue, and he can no more write spanish than Lord
Palmerston or Dr. Bowring... Trueba, be he Spaniard or Briton by education, writes passable novels
in irreproachable English. His name is an injury to him» etc. La caricatura le representa danzando.
[p. 146]. [1] No insistimos aquí sobre la vida política de Trueba, por juzgarlo poco conducente a
nuestro propósito.
[p. 146]. [2] En el Eco del Comercio , periódico que dirigió por aquellos años nuestro sabio y
respetable amigo don Fermín Caballero, léense artículos políticos de Trueba y Cosío, que demuestran
en él dotes de polemista no vulgares.
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[p. 146]. [3] Muerto ya Trueba, publicóse de él una semblanza sangrienta entre las de los diputados
de 1834.
[p. 146]. [4] Apéndice núm. 3.
[p. 147]. [1] He recogido de la tradición oral ésta y las demás estrofas del himno que según noticias,
se imprimió en hoja suelta, y acompañado de la música, en 1833.
[p. 148]. [1] La publicada en Londres, 1738, bajo los auspicios de Lord Carteret.
[p. 148]. [2] El del Dr. Bowle impreso en 1781, en castellano.
[p. 148]. [3] Ancien spanisch ballads historical and romantic translated by C. Lockhart. La primera
edición es de 1823.
[p. 149]. [1] Véanse especialmente los titulados Sketch of Spanish Poetry antecedent to the age of
Charles the Fifth (Enero de 1824), Sketch of the Lyric Poetry of Spain during the age of Charles the
Fifth (julio del mismo año).
[p. 149]. [2] Tres de estos retazos se imprimieron como apéndices a la Crónica del Cid , de Southey,
los otros tres han permanecido inéditos hasta 1871 (Edimb. Rev. abril, 1872).
[p. 151]. [1] Rubió y Ors. Lo Gaytér del Llobregat .
[p. 151]. [2] Memorial histótico-español , tom. VII. «No pensé yo que en Guipúzcoa había letras sino
armas.»-«Háylas, señor, y yo soy el mínimo de ellas», contestó Garibay.
[p. 158]. [1] En El Museo de las familias publicóse una traducción de la leyenda de La Conquista de
Sevilla hecha por D. N. Iturralde.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 164] TRUEBA Y COSÍO (D. J. MARÍA)
IV
UN LÍRICO FRANCÉS DESCONOCIDO
Al recorrer los papeles de Trueba, que generosamente nos confió el señor Campo-Serna, tropezamos
con numerosas poesías escritas en lengua francesa, que ni por esta circunstancia, ni por las
condiciones de estilo, ni aun por la letra podíamos atribuir a nuestro héroe, al paso que no debíamos
dudar de que pertenecían a un individuo de la familia Trueba y Cosío , por encontrar estos apellidos
al pie de varias de estas composiciones. Con diligencia procuramos apurar la verdad en este punto y
pronto nos convencimos de que las indicadas poesías eran obra de un hermano de don Telesforo,
llamado Juan o José María , nacido, como él, en Santander, educado en Francia, emigrado más tarde
en la nación vecina donde murió en edad temprana, y no inferior en dotes y disposiciones literarias al
autor del Gómez Arias , de El Castellano o de las Leyendas Españolas . No pequeño fué nuestro
gozo, al descubrir esta nueva gloria literaria montañesa y, desde luego, resolvimos dedicarle un
apéndice en este volumen, sin perjuicio de insistir sobre el particular en sazón oportuna.
Los frutos de ingenio de don J. Trueba y Cosío, que a nosotros han llegado, pueden dividirse en
dramáticos y líricos . Los primeros son de escasa importancia. He aquí sus títulos:
- L’Oncle Mystifié (El tío engañado). Vaudeville de pobre y usada invención, pero no falto de gracia;
el diálogo es vivo, rápido y abunda en chistes de buena ley; los caracteres recargados; el artificio
dramático sencillísimo.
-Una refundición del vaudeville antecedente, de la cual sólo se conservan las siete primeras escenas.
- Le jour de l’an . Vaudeville incompleto muy semejante a los dos anteriores; tiene escenas idénticas.
- Le Chimiste , Vaudeville sin acabar como el anterior. Compúsole Trueba cuando estudiaba química
en París y está escrito en su cuaderno de apuntaciones de clase.
[p. 165] -Consecuencias de un engaño pudiéramos titular a otra pieza dividida en dos actos (más bien
partes ), que ofrece el carácter de comedia larmoyante o sentimental, nunca, sin embargo, ridícula ni
empalagosa. Demuestra grande instinto dramático; el diálogo es agradable y está lleno de ese dulce y
reposado sentimiento, que advertimos en no pocas de las poesías líricas de este segundo Trueba.
-Prólogo y primer acto de un melodrama, no falto de mérito, a juzgar por este retazo.
Las poesías líricas son en gran número y, a nuestro entender, muy notables. No pueden darse dos
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naturalezas poéticas más opuestas que las de los hermanos Trueba y Cosío, atento el uno al cultivo de
la novela histórica, por excelencia objetiva , y poeta subjetivo el otro, ingenio tierno y melancólico
como casi todos los líricos septentrionales. Alguna vez imita (no sin fortuna, según entendemos) las
canciones de Beranguer, pero su genialidad artística llévale de preferencia a remedar las Armonías
lamartinianas. Los recuerdos de la perdida patria, las meditaciones religiosas, el amor puro y casto
son los principales argumentos de sus poesías, de expresión triste y resignada, de apacible idealismo.
Con frecuencia aparece lánguido, y desaliñado e incorrecto, gusta sobre todo de amplificar y desleir
el pensamiento, se repite en los asuntos y aun en la expresión, que flaquea en punto a nervio y vigor
no raras veces, pero casi siempre agrada y hace perdonar sus defectos, disculpables en versos nunca
destinados a la estampa. Su personalidad poética es sobremanera simpática y juzgo que así ha de
parecerle a mis lectores, en vista de las muestras que sin particular elección ofrezco en este Apéndice:
[1]
L’ETRANGER
Sur le gazon la rosée étincelle,
Tout reverdit, le bosquet, le verger,
Flore soupire et si douce et si belle
Et sur ce sol qui m’accueille fidele
Tout dit «jouis»-mais je suis étranger.
[p. 166] Quand je revois le soleil à l’aurore,
Quand l’air s’emeut á l’hymne du berger,
Je dis tout bas «encore un jour, encore,
Un jour de deuil que mon oeil voit éclore
Soleil! Peut-il l’être pour l’étranger?
Quand au printems je revois l’hirondelle
A la féter rìen ne peut m’engager,
A son retour si l’espoir se revèle:
Quand elle fuit, il s’envole avec elle
Oh tendre espoir, je vous suis étranger.
Quand des oiseaux j’entends le doux ramage
De mon exil je crois me dégager
Et je pense voir les bois de mon rivage.
L’oiseau partout a la mème langage,
Illusion! je suis chez l’étranger.
Sur une mer unie et sans rivage
Je suis tout seul et je dois voyager
Sans voir la fin de mon pélerinage,
Ce n’est qu’au fond qu’on retrouve la plage
C’est là le sol commun à l’étranger.
En vain l’on veut prolonger ma carrière
Et de mes jours rendre le poids léger,
Pour le Proscrit ne luit pas la lumière.
Qu’espère-t-il? La tombe hospitalière
Seule patrie offerte à l’etranger.
Lorsque la voix de la reconnaissance
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Est un écho sterile et passager
Lorsque l’aumône ajoute á la souffrance
Il est bien lourd le poids de l’existence
Après la mort on n’est plus étranger?
Lorsque la mort fermera ma paupière
Qui sur ma tombe osera se ranger?
Ah! pas un pleur ne mouillera ma biére
Et ma depouille isolée et sans prière
Reposera sur le sol étranger.
LE DEPART DE L’ESPAGNOL
Il faut partir: l’Espagne nous appelle,
Bons Bayonnais, recevez nos adieux,
Nous allons vaincre ou morir dignes d’elle
En recitant vos succés glorieux.
L’Aurore a lui-la liberté s’avance,
De vos exploits admirateurs jaloux,
Nous redirons la gloire de la France,
Bons Bayonnais, nous penserons à vous.
[p. 167] Ce souvenir au jour de la bataille
Animera le coeur de nos soldats,
Nous braverons le fer et la mitraille,
La liberté nous conduit aux combats,
Et quelque soit le sort qui nous survienne
Même en mourant, nous penserons à vous,
Mais si vos voix chantent la parisienne
A votre tour souvenez vous de nous,
Tout au devoir de la reconnaissance,
Comment payer votre hospitalité?...
J’entends, je crois répondre ainsi la France:
«Pour me solder ayez la liberté».
Oui, nous l’aurons... oh, ma chère Ibérie,
L’oppression finirá sous nous coups.
En conquérant notre belle Patrie,
Bons Bayonnais, nous penserons a vous.
Brisant tout joug et tout ignoble entrave
Nous agirons comme le Parisien
Qui de bourgeois devint un soldat brave
Et de soldat en noble citoyen.
Quand comme vous nous exposons la vie
La liberté sera le lieu de tous:
si malgré nous l’Espagne est asservie,
Bons Bayonnais, souvenez vous de nous.
Bayonne, 1830. [1]
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L’ESPAGNOL EXILÉ (VIEILLARD)
¡Oh justice, quel fut mon crime
Et quelles furent mes fureurs,
Ai-je jamais d’une victime
Fait verser le sang ou les pleurs?
Ou contre la faible innocence
Mon fer jamais fut-il porté?
Je l’ai pris pour l’independance
Et brisé pour la liberté.
Il s’est brisé... de lá mes peines,
De lá mon exil, mes malheurs...
Mais ma Patrie est dans les chaînes,
Dois je penser á mes douleurs?
[p. 168] Non, point de larmes... la vengeance
Enflamme ce coeur irrité,
J’ai vaincu pour l’indépendance,
Ja vaincrai pour la liberté.
Non, il n’est plus le temps des larmes
Qui peut égaler notre ardeur...
La liberté nous crie aux armes ,
Aux armes répète nom coeur.
Qu’importe qu’á notre souffrance
Un autre échec soit ajouté
J’ai saigné pour l’indépendance,
Je mourrai pour la liberté.
A nos bras s’ouvre la conquête
Quand même il nous faudrait mourir,
Sur ton sein reposer ma tête,
O mon pays, s’est conquérir!
L’age me ravit l’espérance
Au bord de la tombe arrêté
J’attends pour prix d’indépendance
Un seul rayon de liberté.
L’ESPAGNOL EXILÉ (JEUNE)
Loin du soleil de l’Ibérie
L’infortune enchaine mes pas
Quand reverrai-je ma Patrie,
Ses doux vallons, ses beaux climats?
Chaque jour double ma souffrance,
Chaque jour que je passe en France
M’attache á ses nobles enfans,
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Ils me consolent, je partage
Leurs gouts, leurs projets, leur langage;
Mais suis plus vieux que mes ans.
Eux, quand l’Aurore vient de naître,
S’élancent joyeux et refaits,
Mais moi, j’apprends á me connaitre
Quand l’ombre étends son voile épais.
Le jour éclaire l’allegresse,
La nuit secondant la tristesse
L’infiltre partout dans nos sens
Et si je ferme la paupière,
Lorsque reparait la lumière,
Je suis plus vieux que mes ans.
Eux, dans leurs jeunes exercices
Ils peuvent chanter leurs combats
[p. 169] En préludant á leurs services
Entre les lois et les debatsMais moi, sorti d’une autre plage,
Dois-je comprendre leur langage,
Puis-je eprouver leurs sentimens?
Toujours á l’exotique plante
Est reservée une mort lente...
Et je suis plus vieux que mes ans.
Ah! jugez de ma destinée!
Le langage de mes aieux
Frappe mon oreille étonnèe
Souvent de sons mystériux.
Et lorsqu’on parle de victoire,
Belle France, c’est votre histoire
Qui s’offre á mes yeux inconstans,
Et traître envers mes capitaines
J’oublie aussi mes rois, mes reines.
Ah! je suis plus vieux que mes ans.
Objets vus dans le crépuscule
Sans forme nette et sans couleur
Chers bords, votre image recule,
De mon esprit á chaque jour
J’ignore votre sol fertile,
L’instinct chez moi reste inmobile
S’il faut deviner ses présens
E s’il faut voir naître l’orange...
Ah! je suis plus vieux que mes ans.
Quand á l’exil je me resigne
Oubliant les dons de mon sol,
Quel est l’indice ou quel le signe
Qui prouve mon titre d’Espagnol?
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Le signe est mon inquétude,
Ce besoin de la solitude,
Ce dégôut de tous les instans
Ce vague oú rien ne m’interresse,
Oú la pitié même m’oppresse,
Cette viellesse avant les ans.
Et pour consoler ma souffrance
Dois-je ici penser à l’amour?
Est ce d’une fille de la France
Que mon fils recevra le jour?
Un fils etranger à son Père!
Quand de mon sort je dèsespère
Se fachera de mes accès,
Accusera ma reverie,
[p. 170] Offensante pour sa patrie
Me rendra plus vieux que mes ans.
Rien ici ne me porte envie,
¿Quel est mon but dans l’univers
Et comment employer ma vie
Lorsque ma Patrie a des fers?
Sous la banière tricolore
Dont la liberté se decore
Irai-je finir mes tourmens?
¡Que ne vois-je ce jour propice
Oú sans bruit et sans sacrifice
Je tombe et meure avant les ans!
Oui, si la France me réclame
Je l’appellerai mon pays,
Sa flamme deviendra ma flamme,
Ses ennemis mes ennemis
Peut-être un jour dans ma patrie
Ceux qui souffrent la Tyrannie,
Contant vos exploits conquérants
Diront: «dans l’illustre campagne,
Entre français un fils d’Espagne
Succomba dans ses jeunes ans.
LE JEUNE PROSCRIT
Oh liberté! bonheur supréme,
Premier besoin, bienfait des cieux,
Idole que notre coeur aime
Comme le jour qu’aiment nos yeux...
Pour te chèrir, j’ai quitté ma Patrie,
Pour t’honorer je supporte mon sort,
Pour te revoir je m’attache á la vie,
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Entre tes bras que je trouve la mort!
Qui me rendra mon Ibérie,
Ses champs dorés, son ciel d’azur;
Pour moi plus de terre chèrie,
Plus de ciel doux et plus d’air pur;
Je suis perdu dans la foule étrangère
Que méconnait de mon coeur le transport
Et dans le bruit de leur gaité légère
Je porte seul la calme de la mort.
Je te cherche, oh belle Patrie,
Objet de tous mes tendres voeux,
Je cherche la rive chérie,
Je cherche les climats heureux
[p. 171] Oú j’entendais le nom touchant de pêre
Oú de ma femme en partageant la sort
J’etais heureux sans luxe et sans misére
Et rien, non, rien, me parlait de la mort.
Là, sur les bords fleuris du Tage [1]
S’éléve un modest reduit
Oú quand on entendait l’orage
L’Hirondelle habitait son nid.
Là, quelles mains ont depouillé ma vigne?
Pour qui fleurit mon arbre aux pommes d’or?
Je n’ai plus rien. Helas’je me resigne,
De mon pays je n’attends que la mort.
Je n’ai rien que mon existence
Objet de mepris et de pleurs
Je puis affronter l’indigence,
Je puis dèfier les malheurs.
Mais que je sois, pour des jours de souffrance
Dont la durée est mon plus grave tort,
Vraiment contraint á la reconnaissance
C’est un destin qui fait palir la mort.
Je n’ai rien qu’opprobre et misère,
Oh ciel, rien que la compassion,
Mais j’ai le souvenir d’un père
Et d’un père j’ai l’affliction.
En vain je prends conseil de l’espérance
Qui veut calmer mon malhereux transport.
Epouse et fils, j’ai votre souvenance,
Je sens vos pleurs quand je pense à la mort.
Plus pour moi les tendres bocages
Qu’embaume le riche oranger.
A l’air si pour de mes rivages
Desormais je suis étranger
Dans mon exil, je vois de ma Patrie
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Les dons vantés arrivés sur ce bord
A l’opulence offrir leur ambroisie...
J’en suis exclus-je n’attends que la mort.
Des jeux, des lieux de mon enfance
Je conserve un doux souvenir
Alors au nom d’indépendance
D’un fer mon bras sut se munir
Et losqu’on vit le grand aigle de France
Vers sa patrie emporté par le sort,
[p. 172] J’ai cru sentir l’air pur de délivrance,
J’ai respiré l’air pesant de la mort.
La liberté dans nos contrées
Vint admirer les nobles champs,
Hélas, nos cites delabrées
Ont meconnu ses braves accens
Pour l’adorer il nous fallut combattre,
Des ennemis le sang fumait encore,
Que la discorde introduite á notre àtre
De la Patrie a fait un champ de mort.
Horreur, horreur, vile infamie,
Peuple déchu, dégenerée.
LE PRINTEMPS
Zephyr reveille les fleurs,
L’air est serein et l’onde pure,
Le soleil luit, et la nature
Brille de ses mille couleurs.
L’hiver a fui. Dans la prairie
Allons profiter du beau temps
Peut-être y verrai-je Marie
Je dois la revoir au Printemps.
Plus belle que la fleur des champs
Je la vis au dernier Automne
M’offrir les prèsents de Pomone
Et m’y convaincre par ses chants.
Mais je la vois... Elle m’evite
Ses jeux joyeux, ses... [1] constans
Sont obliés helas! bien vite
Entre l’Automne et le Printemps.
Douce Marie, est-ce bien toi?
¿Qui peut te rendre si craintive?
Naguère folatre et naive
Tu courais au devant de moi.
Ah! bien súr tu n’est plus la même
Souviens toi des adieux touchans:
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A mon depart, tu pleuras même,
Et tu répetas: «au Printemps».
Oui c’est Marie en verité,
Si ce n’est qu’elle est plus jolie
Mais pourquoi cette modestie
Remplace ta naiveté?
[p. 173] Je me souviens, répond Marie,
De mes bouquets et de mes chants.
On peut avoir une folie
Comme l’année a son printemps.
Mais c’est la saison des plaisirs,
C’est la saison de l’espérance...
Dites plutôt de l’innocence
Et des légitimes desirs...
Tu n’as donc plus de confiance?...
J’ai cet hiber eu mes quinze ans,
Il faut chérir la méfiance,
Si l’ou veut garder son printemps.
L’ABSENCE OU L’OMBRE ETAIT LA REALITÉ
Je suis absent, mais son image
Autour de moi flotte toujours...
Dans le bosquet, sur le rivage
Qui vient surprendre mes discours.
Je l’ai vue au travers de l’onde
Courant d’un pas precipité,
Mais j’ai vu partout á la ronde
L’ombre et non la réalité.
Un jour sur la glace trompeuse
Je l’ai revue á mon reveil,
Un autre sa forme gazeuse
Vint me dérober au soleil...
Celle qui dans l’ombre se fane
Ou fuit de mon coeur agité
Dans un nuage diaphane
Et pourtant la réalité.
Trop tard j’ai su, forme chérie,
Comprendre tes touchans appels.
Qui pouvait tenir mon amie
Si longtemps loin des saint autels?
Je le sais et si son image
Poursuivrait l’amant attristé,
C’est que partout sur mon passage
L’ombre était la réalité.
Pour moi le bois se decolore,
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Pour moi le jour est sans splendeur,
Pour moi sans vermeil est l’aurore,
Pour moi l’hiver est sans rigueur
[p. 174] La nature a perdu sa vie
Et je vais d’un pas medité
Chercher, en cherchant mon amie,
Dans l’ombre la réalité.
MEME SUJET
Partout j’ai vu son image chérie,
Je l’ai vu fuir á travers la prairie,
Et se cacher dans des cieux transparens,
Sur l’eau du lac je l’ai vue á la brume
Et sur le mur plu tard la lune
Jette son ombre et la cèle á mes sens,
Dans le ruisseau j’ai trouvé et reflechie
Sa douce forme; et mon ame ravie
Questionne en vain les lieux environnans.
Comme un éclair elle perce l’espace,
Chez moi je la vois dans la glace,
C’est bien son ombre et j’ai foi dans mes sens.
Oui, c’est son ombre et ma voix attendrie
Plus ne dira «reviens, ma donce amie»,
Plus de sa voix ne vibront les accens
Et plus mes doigts entre sa chevelure
N’iront errer á l’aventure
Son ombre, helas! ne trompe plus mes sens.
De nos vallons l’email se decolore,
Plus mon esprit ne sourit á l’aurore
Et sans attraits, je trouve le printemps,
La clarté même a cessé d’être pure,
Il n’aime rien dans la nature,
Dans l’ombre en fin je vais chercher mes sens
LE CHOLERA
Toi, dont nous ignorons la cause, l’origine
Invisible Tyran qui regne parmi nous...
Qu’á tes effets de mort seulement on devine,
Choléra, qu’a bon droit je redoute tes coups...!
Ma mère sous le poids des malheurs accablée
N’a pour vivre qu’un souffle, il lui faut un air pur,
De son Pays natal proscrite, desolée,
Aux lieux que dans l’exil elle habite isolée
Ne jette pas les flots de ton venin impur.
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[p. 175] Ne touche pas de ma soeur, elle est si jeune encore!
Les ris et les plaisirs ne l’entourent jamais...
Elle voit se tenir l’éclat de son aurore,
Belle comme la fleur que l’orage devore
Elle sourit et pleure et vit dans les regrèts.
Que je te crains aussi pour toute ma famille,
Quand le nombre est si grand tu ne sais épargner...
Qui du père, des fils, de la mère ou la fille,
Affreuse condition, quand ta colère brille
Ton haleine fétide ira-t-il impregner?
Tombe, tombe sur moi, pardonne tout la reste...
Te parler de pardon, oú donc sont nos forfaits?
Es-tu fléau du ciel ou que l’enfer atteste?
N’importe, choisis-moi, si ta rage funeste
Sur eux que mon coeur aime a dirigé ses traits...
Tombe sur moi, surtout si la douce Clémence,
Condition de ma vie et charme de mon coeur,
Dont les yeus attendris me parlent d’espérance,
Doit de tes cruautés subir l’acre vengeance,
Frappe moi de la main qui detruit mon bonheur.
Ta présence, partout a fait couler des larmes...
La terreur t’environne et la mort suit tes pas...
Tu t’abreuves de sang et jouis des alarmes,
Le ciel pour te dompter nous a laissés sans armes
Un souffle de ta bouche améne le trépas.
De pays en pays tu portes tes ravages,
La nature sur toi n’exerce aucun pouvoir
Un ciel brillant d’azur ou bien couvert d’órages,
Les climats congelés ou les brulans rivages,
Rien n’arréte le cours de ton empire noir. [1]
AU SOLEIL
Lève-toi, mon esprit’et remonte vers le ciel,
A travers l’infini va chercher l’Eternel,
Perce les profondeurs de la nature entière,
Prends l’éternel pour but, pour char la lumiére,
Que de vastes secrets s’ouvrent devant tes yeux!
Que Dieu soit ton étude en mesurant les cieux!
A l’instar du soleil qui chèri des contrées
[p. 176] Embrassant dan son vol les voútes étherées
Traverse l’infini, poursuit l’inmensité,
Dans ton essor hardi sonde l’eternité.
O seleil souverain, a ton char je m’attache,
Prongé dans ta charté, je veux remplir ma tache,
¡Qu’il est dejà petit le monde des humains!
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Ce qu’à la terre sont les oeuvres de leur mains,
Telle auprès de l’espace est leur triste planête;
Dans ton cours, oh soleil, j’ai vu mainte comête,
Je te suis ébloui moins encor qu’étonné.
L’espace á ton empire est sans doute donné,
Ton cours est infini, ta rapide carrière
Ne connait de rivale, excepté ta lumière,
La terre est tout frimat auprès de ton ardeur,
Son mouvement repos, sa vitesse lenteur.
A peine sur la terre auront lieu deux rosées
Et les ombres deux fois se seront épuisees
Depuis que sur ton char, j’ai traversé le cours
Qu’en cent lustres entiers la terre ne parcourt:
Au delà de Venus ton vif foyer m’éclaire
Et jette un voil de feu sur la nature entière
En petits points brillants obscurèment luisants
Dans le cercle oú tes feux deviennent languissants.
A l’Horizon lontain que ta lumiére trace
Des astres par milliers se pressent dans l’espace
Et semblent par leur forme et leur place et leurs rangs
De ta belle couronne être les diamans.
De mon trajet bientôt je dois toucher le terme
Et même si l’espace en ton cercle se ferme
J’en aurai traversé, reconnu ta grandeur.
Ta vitesse est extreme, ansi que ta chaleur.
¿Mais quoi, je fuis encore, et toujours la vitesse
Sans me montrer la fin, m’en eloigne sans cesse?
¿Suis-je sur la comête au cours capricieux
Qui parait une fois et se perd dans les cieux?
¿Ou celle qui plus fixe en parcourant l’espace
D’un cercle abatardi decrit l’inmense trace?
Non, c’est l’astre qu’enfant on m’a dit d’adorer,
Qui ranime le monde et seul peut l’éclairer,
Cet astre qu’aux mortels doit sembler inmovile
Dans les champs de l’espace, est ici mon asile.
Quelle est donc son essence et quelle est sa grandeur,
Sa vitesse, son cours, sa forme et sa splendeur?
Qu’on aime notre esprit de plus vastes idées
De trop faibles raison nos àmes possedées
Ne peuvent concevoir ce noeud de l’univers,
[p. 177] Miroir de qui créa le ciel est les enfers,
Instrument de sa force et reflet de sa gloire,
Centre de son empire, autel de son histoire.
(Sin título en el original, es una oda a la Anunciación. )
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«Salut, salut, Marie, oh vierge de Judée,
Le roseau qui fleurit entre les mains d’Aron
Ni la loi par Dieu même á Moise accordée
Quand Sinai toucha son front,
N’avait rien d’aussi saint que l’elan de ton áme.
L’arche que Salomon enrichit d’un or pur,
N’etait pas plus sacrée, et ta divine flamme
Eclipse la splendeur de l’ange qui s’enflamme
Dans des flots de pourpre et d’azur.
Salut, salut encore, oh mère inmaculée
Plus pure que la manne envoyée aux hebreux,
La parole de Dieu pour être revelée
Se fait chair dans tes flancs heureux.
Beni soit le sejour, vierge, oú tu te retires,
Ni les soupirs d’amour, ni les chants de ferveur,
Ni le soufle enivrant qui fait vibrer les lyres
Ne sont plus doux que toi... Dans l’air que tu respires
Respire aussi l’Enfant Sauveur».
Marie objet d’amour pour les tribus celestes
Comme un lys de Sion fleurissait dans l’hort,
La fille de David passait des jours modestes,
Mais le contrat de Dieu devait être rempli.
Soudain le firmament s’ébranle involuntaire.
Un moment l’ange a tresailli,
Et le choeur des elus frappé du saint mystere
Vibre des sons sans fin pour exalter la terre,
Pour chanter l’homme retabli.
FRAGMENT [1]
Sous le joug de César la terre est asservie,
Les peuples ont croulé... les états son sans vie,
Rome seule a flechi l’univers sous ses pas,
Judée a disparu... son roi ne viendra pas.
Gethsemani, la nuit étends ses voiles,
A regret cette nuit brilleront les étoiles,
Le vent n’agite pas tes riches oliviers,
[p. 178] La brise ne fremit á travers tes palmiers,
Tout est, Gethsemani, ténèbres et silence...
Du fond de ce ciel calme une plainte s’elance,
Judée attend toujours son Pontife, son roi...
Judée attend encore, Israel est sans foi...
Gethsemani contemple étendu sur la terre
Un mortel que la peur, que la tristesse atterre,
Un mortel, c’est Jesus, le Christ, le fils de Dieu
C’est le Roi des Rois... qui pleure dans ce lieu.
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Israel, c’est le Roi, c’est Dieu même fait homme,
L’eclat des Cesars et les grandeurs de Rome
S’effacent devant lui... lui seul commande a touts
Lui que...
(Está incompleto).
Por falta de espacio no insertamos otras notables poesías del mismo desconocido escritor, entre ellas
varias odas y epístolas discreta y lozanamente escritas, fragmentos de un poema cuyo asunto es la
Virtud , etc., etc. Basta con las que hoy publicamos para colocar el nombre de nuestro santanderiense
al lado de los de Maury, Marchena y algún otro español que con fortuna cultivaron la poesía francesa,
como lo está el de su hermano don Telesforo cerca de los de Blanco-Withe y Villalta por el acierto
con que manejó la lengua inglesa. A la Sociedad de Bibliófilos Cántabros corresponde la publicación
de las poesías inéditas de este lírico francés por nadie, que sepamos, mencionado.
[p. 179] ADDENDA ET CORRIGENDA
Página 89. Don Nuño Pérez de Monroy no fué abad de Santander en tiempo de Sancho IV, sino en
los reinados de sus dos sucesores, desde 1304 en que por primera vez aparece su nombre en un
privilegio. No tengo prueba de que fuese montañés, y aun hay indicios de lo contrario, pero cité su
nombre por la influencia que su ejemplo debió ejercer en nuestra cultura. Por igual razón debemos
recordar aquí el de otro abad, Jofre de Loaisa, arcediano que fué de Toledo y no colaborador de la
Estoria de Espanna del Rey Sabio, como afirma un erudito y elegantísimo escritor montañés
contemporáneo, sino autor de una Crónica hoy desconocida que, según noticias, vertió al latín
Gerardo de Cremona. Nuestro sabio maestro don José Amador de los Ríos sospecha que esta Crónica
es la llamada de los Once Reyes .
Página 90. No cabe duda de que fué montañés Fray Antonio de Guevara. Las respetables autoridades
de Nicolás Antonio, Pedro Bayle, el Padre Flórez y tantos otros que le suponen nacido en Álava,
deben ceder ante la irrecusable autoridad del propio interesado, que en una de sus Epístolas
familiares dice ser natural de las Asturias de Santillana , lo cual confirma el Memorial presentado al
Rey por la condesa de Escalante en 1660, que afirma haber visto la primera luz el prelado
mindoniense en la casa solariega de los Guevaras de Treceño.
Página 90. Juan Augur, además de sus poesías latinas, escribió un Tratado de la conquista de las
Islas de Persia y Arabia, de las muchas tierras, diversas gentes y extrañas y grandes batallas [p.
180] que vió , impreso en Salamanca, por Lorenzo de León de Rey, 1512, 4.º (Tamayo de Vargas,
Junta de Libros , manuscrito en la Biblioteca Nacional).
Página 92. Don Francisco Manuel de la Huerta y Vega, autor de una fabulosa Historia de la España
Antigua , no fué montañés, como en el texto afirmamos, sino gallego, aunque oriundo de nuestro país.
Página 93. Después de Martínez Mazas conviene añadir el nombre de Fray Ignacio de Bóo Hanero,
autor del libro histórico Memorias a Santander y expresiones a Cantabria .
Página 93. Entre otros escritores de principios del siglo XIX por nosotros omitidos en la breve
introducción de este volumen, han de contarse el Padre Ajo Solórzano (El hombre en su estado
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natural ), el viajero don Fernando de la Serna, hombre de peregrina historia y el publicista Narganés,
de San Vicente de la Barquera.
Página 95. Entre los contemporáneos ya difuntos, merece distinguido recuerdo el malogrado poeta
don Evaristo Silió y en el número de los que aún viven para dicha de nuestras letras, a parte de los
tres ya aludidos en el texto y de otros que citaremos en sazón oportuna, los notables líricos don
Fernando Velarde y don Casimiro Collado, residentes en América.
[p. 181] NUEVO APÉNDICE
UNA COMEDIA INÉDITA DE TRUEBA Y COSÍO [1]
Cuando publiqué, meses ha, el tomo relativo a Trueba en mi colección de monografías de escritores
montañeses , tenía ya noticia de la existencia de esta comedia, representada en el teatro de Cádiz por
vez primera en 1823, pero habían sido vanas mis diligencias por hallarla impresa o manuscrita. Así lo
advertí en el catálogo bigliográfico que acompaña a aquel estudio crítico. Hoy puedo ofrecer a los
lectores de La Tertulia el texto de aquella comedia, de la cual se ha dignado remitirme esmerada
copia mi sabio amigo el eminente bibliófilo y literato gaditano excelentísimo señor don Adolfo de
Castro.
Pertenece este desenfado cómico a la primera época literaria de Trueba y Cosío, en que aún no se
había determinado claramente su dirección artística, y luchaban todavía en su ánimo encontradas
tendencias; época de tanteos y de ensayos más que de obras personales y vivideras. La novela
histórica que le contó luego entre sus más aventajados cultivadores, era casi desconocida en España,
y Trueba probaba las fuerzas de su vario, flexible y ameno ingenio, ya en tragedias, al modo neoclásico como el Caton , ya en dramas con barruntos románticos, como la Elvira , ya en breves
cuadros de costumbres como el presente, en que la fuerza cómica no es grande, ni la intención muy
profunda. Como se observará fácilmente, la trama no puede ser más sencilla, y hasta [p. 182] pudiera
calificarse de inocente; los caracteres están tocados con suma ligereza y las situaciones apuntadas
apenas, pero el efecto es agradable, el diálogo suelto y vivo por lo general y el buen gusto campea en
éste como en todos los demás escritos de su autor. [1] No faltan, en este modesto ensayo, algunas de
las dotes dramáticas que tan envidiable éxito granjearon en Drury-Lane y en Covent-Garden al Mr.
Primgle , al Call again to-morrow y otros juguetes de Trueba. La historia literaria tiene el deber de
conservar hasta los borradores de autor tan notable y señalado como el de Gómez Arias , El
Castellano y las Leyendas históricas españolas . Aparte de esta consideración, juzgo que Casarse
con sesenta mil duros reúne condiciones bastantes para deleitar a nuestro público, y por eso tengo
satisfacción verdadera en sacar del olvido esta comedia, muy popular en otro tiempo en Cádiz, según
me informa el docto señor Castro, a quien de nuevo doy gracias por éste y otros favores literarios
que, con más bondad de su parte que méritos míos, cada día me dispensa. Para terminar, y entre
paréntesis, ¿sería absurdo pretender que alguna vez viésemos en el teatro de Santander las más
estimables producciones dramáticas de don Antonio de Mendoza, Trueba y Cosío, Pereda y otros
ingenios montañeses, antiguos y modernos, muertos y vivos?
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
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[p. 165]. [1] Sigo en todas ellas la ortografía de los originales.
[p. 167]. [1] Este canto patriótico fué compuesto por Trueba y Cosío, momentos antes de entrar en
España con la expedición liberal de Mina, que tuvo éxito desdichado.
[p. 171]. [1] Fácil es comprender que aquí no habla Trueba de sí propio, pues él ni había nacido en las
márgenes del Tajo ni tenía en España padre ni esposa. Expresa los sentimientos comunes a sus
compañeros de destierro
[p. 172]. [1] Ilegible en el original esta palabra, pero puede sin dificultad suplirse.
[p. 175]. [1] Al mismo asunto y en el mismo año, compuso una elegante oda el insigne poeta catalán
don Manuel Cabanyes, no tan conocido en Castilla como por su mérito debiera.
[p. 177]. [1] La Oración del Huerto pudiéramos titular a esta poesía.
[p. 181]. [1] Nota del Colector.- Añadimos al estudio sobre Trueba y Cosío, como nuevo apéndice,
estas páginas que preceden a la comedia Casarse con sesenta mil duros , que Menéndez Pelayo
publicó en La Tertulia .
Se coleccionan por primera vez en Estudios de Crítica Literaria.
[p. 182]. [1] A ningún lector ha de ocultarse la semejanza entre esta comedia de Trueba y la Marcela
de Bretón, que es bastante posterior.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 185] DON FERNANDO VELARDE [1]
Vive en las Repúblicas Americanas un poeta español, casi desconocido en el antiguo continente y
sobre todo en la provincia que le diera cuna. Fantasía poderosa, un tanto irregular y desordenada,
talento descriptivo de primera fuerza, sensibilidad más enérgica que delicada y profunda exuberancia
de lozanía en la expresión, estilo propio, levantado y grandilocuente, aunque a veces peca de enfático,
ampuloso y declamatorio; y no libre de amaneramientos. Tales son las principales cualidades del vate
montañés, cuyo retrato literario intentamos colocar en esta galería. La lectura de sus composiciones
nos ha interesado en extremo y sentimos verdadero placer en dedicarle estas líneas, ya que hasta hoy
la crítica española, con una excepción no más (que sepamos) ha desconocido su nombre y sus
merecimientos.
Don Fernando Velarde nació en el lugar de Hinojedo, provincia de Santander, el 12 de diciembre de
1823. [2] En 1845 se trasladó a Cuba con el cargo de Secretario de la tenencia de gobierno de la villa
de Santa Clara. Sus primeros versos vieron la luz pública en los periódicos de la Habana. En 1847
pasó a Lima, donde [p. 186] estableció un periódico con título de El Talismán , y un colegio modelo
de primera y segunda enseñanza. Posteriormente ha residido en las repúblicas de Guatemala y San
Salvador, al frente de establecimientos de educación, mereciendo general aprecio entre nuestros
compatriotas del Nuevo Mundo por la excelencia de sus métodos pedagógicos y la extensión y
variedad de sus conocimientos.
Sabio institutor y literato fecundo, ha dado a la estampa diversos tratados didácticos, que cuentan ya
numerosas ediciones. Tenemos noticia de los siguientes:
Gramática de la lengua castellana, Métrica y Nociones de la filosofía del Lenguaje. Comprende,
además dos tratados, uno de Moral y otro de Urbanidad . Sexta edición. Nueva York, 1861. El autor
ha dado a la parte etimológica más extensión e importancia que la acostumbrada en los compendios.
Por esta y otras novedades es muy digno de aprecio su libro.
Compendio de Geografía Universal y Nociones de Cronología . Tercera edición. Nueva York.
Nuevo Curso de Retórica . Tercera edición, amplificada.
Compendio de Aritmética . Tercera edición.
Todos los libros han sido adoptados como textos únicos por el Gobierno del Perú y otras Repúblicas
Hispano-Americanas.
Ha dado además a la estampa el señor Velarde un opúsculo titulado: El Poeta y la Humanidad .
Madrid. Imprenta de Y. Limia y S. Urosa, 1868, 15 págs. 4.º Escrito en prosa un tanto declamatoria.
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Y ha publicado asimismo numerosos artículos de diversas materias en revistas y periódicos
americanos y franceses.
Pero la obra maestra de Velarde, la destinada (según entendemos) a vivir honrosamente en nuestra
literatura, es su colección de poesías, que vamos a analizar, y cuya nota bibliográfica estampamos al
pie [1] Las composiciones incluídas en el voluminoso tomo intitulado Cánticos del Nuevo Mundo ,
han obtenido en América una acogida entusiasta y a nuestro entender, con justicia. Velarde es un
verdadero poeta lírico, siente con fuerza, piensa con [p. 187] elevación y escribe en estilo propio,
brioso y desembarazado, aunque no muy correcto. Tiene una alta idea de su arte y lo cultiva con amor
y entusiasmo. No escribe sino bajo la inspiración de sentimiento generoso y grandes ideas; jamás se
detiene en los triviales asuntos, favoritos de la musa americana. No se tropieza en sus versos con el
sinsonte , ni con la guajirita del Yumurí . Para Velarde, el poeta debe sentir la atracción de lo
infinito ; la poesía es, en concepto del vate montañés, necesaria a los pueblos, como a los mares la sal,
como a los orbes celestes la armonía, como a la vida el movimiento... «Espíritu de existencia
universal, alma de la creación, partícipe de la infinitud divina, la poesía visible e invisible, real o
ideal, concreta o abstracta, está en todas partes, no tiene límites, no puede definirse. Ola de fuego,
ráfaga sonora y palpitante que viene de la eternidad, se manifiesta bajo formas infinitas, siempre varia
y siempre una en todas las edades, se desarrolla en todos los climas, resplandece en todas las alturas y
reverbera en todos los abismos.» Esta alta concepción de la poesía, al modo hegeliano, como idea
persistente y dominadora del mundo, encarnándose y reproduciéndose en todas formas, sirviendo de
lazo entre el mundo interno y el externo y de armonía sobre todas las discordancias y antinomias,
reaparece a cada paso, en ocasiones con sabor harto panteístico, en los escritos de nuestro paisano. El
poeta que sabe comprender e interpretar la armonía cósmica y transformarla y confundirla con los
ensueños de su mente es para Velarde
Pontífice augusto de estirpe inmortal
Que lleva en sus hombros, fortísimo Atlante,
La gran pesadumbre del mundo moral.
Antítesis viva, grandiosa existencia,
Es ángel y es genio, y es hombre también,
Sus ojos penetran el arte y la ciencia
Y alcanzan los polos del mal y del bien.
Penetrado el autor de los Cánticos del Nuevo Mundo , tal vez con exceso, de la grandeza de su
misión , mira siempre desde muy alto las cosas humanas y afecta despreciar soberanamente la
sociedad, a la cual no duda en lanzar piropos semejantes a estos, no en verdad del mejor gusto:
[p. 188] ¿Qué puede el genio, sociedad de cobre,
De tus aplausos sin pudor sacar,
Si eres amarga, como el mar salobre,
Si eres movible, como el turbio mar.
................................
................................
Reina del mundo, y del demonio sierva,
Y esclava humilde del bestial placer,
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Muy pronto debes, sociedad proterva,
En sepulcral putrefacción caer.
................................
................................
Yo confundido en la bestial caterva,
Yo que me abraso en generoso ardor,
Yo que indomable, en mi desgracia acerba,
Jamás mi frente doblegué al dolor.
Aunque formamos partes de la bestial caterva , y nos alcanzan por ende las maldiciones del valiente
poeta, tratemos de examinar los elementos constitutivos de su índole literaria y ante todo los
sentimientos que la han inspirado. Repetimos que Velarde es un lírico de veras , canta lo que siente, y
siente con brío. Han dado inspiraciones a sus cantos el amor a la patria, el amor a la naturaleza
externa, el amor a la mujer, ciertos anhelos místicos y algunas reminiscencias de sistemas filosóficos.
El amor a la nativa tierra es común a todos los hijos de Adán, pero aparece mucho más vivo y
enérgico que en los habitantes de las tierras llanas, en los de las comarcas montañosas. No son muy
fáciles de explicar las causas de este fenómeno, pero el hecho es indudable; las razas montañesas
conservan un apego al solar de sus padres rara vez observado de igual suerte en los moradores de la
llanura y, sobre todo, en los hijos de populosas capitales. De ellas procede el mayor número de
cosmopolitas; aún en los que no llegan a este lamentable extremo, el amor patrio es casi siempre
genérico y vago, no se enlaza con recuerdos, tradiciones, memorias ni ensueños de la infancia; más
que sentimiento, es casi una idea abstracta que pocas veces llega a formularse en términos claros y
precisos. Por lo que a nuestra España toca, nadie negará que la expresión más vida y apasionada de
este efecto sublime no se halla en los poetas meridionales, ni en los del centro, sino en los [p. 189]
del Norte y en los de la escuela catalana . Velarde, poeta septentrional , aunque modificado por
influencias americanas, obedece al mismo natural impulso y se acuerda de su patria y la canta, sino
en tan admirables himnos como los dedicados a la gloria laletana por Aribau y Rubió y Ors, ni en
páginas tan elocuentes como las escritas acerca de nuestra Montaña por Juan García , a lo menos con
efusión de sentimiento y grandeza de palabras en diversas composiciones.
Al salir por vez primera del puerto de Santander, improvisó Velarde la Despedida , segunda en orden
de las poesías insertas en el tomo que tengo a la vista, aunque en el mérito no de las primeras.
Carísimas montañas, recónditas mansiones,
Asilos ignorados de paz y de salud,
Guardadme cariñosas mis tiernas afecciones [1]
En tanto que, iracundo, me lanza a otras regiones
El genio que preside mi triste juventud.
¡Oh patria! si supiera que nunca volvería
Debajo de tus robles por fin a descansar,
En medio de esas ondas audaz me lanzaría,
Y al menos ¡ay! mis huesos llegaran algún día
En tus riberas, triste, por siempre a reposar.
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Fantasma de los sueños de mi confusa infancia,
Visión incomprensible de mi fugaz niñez
¡Oh! nunca, nunca dudes de mi eternal constancia:
Te llevo a todas partes cual mística fragancia,
¡Oh estrella de mi vida, jamás te olvidaré!
Persigue en efecto al poeta este recuerdo en su peregrinación por el mundo americano, inspírale
cantos levantados y tristes lamentaciones, y manifiéstase sobre todo en unas rotundas y briosas
octavas escritas y publicadas en Lima el año 1851, con ocasión de ultrajes inferidos en El Callo a la
bandera española. Transcribiré las que mejor me parecen:
¡Salve! glorioso pabellón de España,
¡Salve mis veces pabellón divino!
¡Con cuánto afán en la ribera extraña
Te saluda el cansado peregrino!
[p. 190] Llanto dichoso mi semblante baña
Porque te encuentro en mi fatal camino,
Y de rodillas ante ti me postro,
Y a ti levanto el corazón y el rostro.
¡Con cuánta pena a recordarme vienes
Mi infancia hermosa, mi niñez florida,
Músicas vagas, dolorosos bienes,
Misterios y tristezas de la vida!
Flota en silencio, pabellón divino,
Sobre esta imbécil vanidad presente,
Hasta que vuelva tu feliz destino
A circundarte de esplendor ardiente.
Sigue entretanto tu inmortal camino
Con fe invencible y ambición valiente.
Que ya las cumbres orientales dora
De un nuevo sol la suspirada aurora.
De sempiterna admiración trasunto
Y ejemplo heroico de viril constancia
Un portentoso y singular conjunto
Al mundo diste en tu azarosa infancia
El grande Aníbal te admiró en Sagunto,
Roma la eterna, se asombró en Numancia,
Y tembló en el soberbio Capitolio
Del pueblo rey el gigantesco solio.
¡Oh, sí! tus hijos esforzados fueron
Los que ocho siglos sin cesar lucharon,
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Los que al triunfante Solimán vencieron,
Los que en Italia y África triunfaron,
Los que de muerte al Islamismo hirieron
Y su potencia colosal postraron,
Cuando el alfanje ensangrentado alzaba
Y de terror la cristiandad temblaba.
Tú representas, pabellón hermoso,
De tantos triunfos la esplendente gloria,
Tuya es la pompa del laurel frondoso,
Tuyo el esfuerzo y tuya la victoria.
Eternamente vivirás glorioso,
Y eternamente vivirá tu historia,
Pues presidiste con audacia hispana
La más grandiosa evolución humana.
No ha de negarse que estas octavas, a pesar de su escasa novedad en los pensamientos, y algún
descuido en la estructura [p. 191] rítmica, son de las más acendradas y robustas de nuestra poesía
contemporánea.
La admiración a la naturaleza externa es en Velarde la fuente más copiosa de inspiración poética.
Como lírico-descriptivo tiene pocos rivales en nuestro Parnaso moderno. Como lírico-descriptivo
decimos, porque el vate montañés no cultiva ese género falso y artificial tan de moda en el siglo
pasado, género de Thompson, de Gessner y de St. Lambert, que muy rara vez compensan con rasgos
verdaderamente poéticos la monotonía prosaica y enfadosa de sus eternas descripciones. Describir
por describir no se concibe en poesía; tal descripción será siempre fría o inanimada; expresar en
breves y aladas estrofas la impresión que del espectáculo de la naturaleza recibe, es el único deber del
poeta. Sin un gran elemento lírico , o séase subjetivo , la poesía descriptiva desfallece, muere y no
interesa. Merced a la emoción individual , hase rejuvenecido en este siglo lo que parecía enterrado
bajo el fárrago de los poemas consagrados a las estaciones, a la luna, al sol y a otros temas eternos.
Los viajes han contribuído en gran manera a esta renovación; la naturaleza ha hablado más poderosa
y enérgicamente, a medida que más se la ha explorado, y el conocimiento cada día menos incompleto
de la tierra, y el creciente progreso de los estudios geográficos y de ciencias físicas, que parece
debieron sofocar el puro y sencillo sentimiento de la naturaleza, hanle sido en definitiva, favorables,
ofreciendo al poeta nuevos temas u ocasiones de remozar los ya gastados. Indudable parece que la
naturaleza americana ha de solicitar como ninguna el entusiasmo lírico-descriptivo y sin duda por
eso, la descripción domina en sus mejores poetas, que no son tan felices, ni con mucho, en asuntos
históricos ni en el análisis de psicológicos dolores.
Velarde ha sentido como pocos la acción cariñosa, a par que enérgica, de la naturaleza sobre el estro
poético; el libro de sus poesías es al propio tiempo el itinerario de sus viajes, como es la historia de
sus amores, de sus esperanzas y de sus desfallecimientos; está su vida entera en ese libro. En pos de
la Despedida ya citada, hallamos un excelente soneto: El nacimiento del sol en el Océano , escrito a
bordo del vapor Atlántico , y un levantado y robustísimo canto Al pico de Teide (islas Canarias)
compuesto al [p. 192] avistar aquel coloso: Velarde escribe siempre bajo la inspiración poderosa del
momento:
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¿Quién es aquel coloso, de cónica estructura,
Que arranca de las ondas del Sur al Septentrión?
¿Quién es aquel coloso, que cierra el horizonte,
Que choca con la curva del alto firmamento,
Que espléndido traspasa la esférica extensión?
¿Quién es aquel gigante,
Que en medio de los mares,
Encierra en sus entrañas
Las furias de un volcán
Que lanza por cien bocas
Rugidos tremebundos ,
Que férvido respira
Columnas de humo y fuego,
Rival del Océano,
Rival del Huracán?
Toda la composición está escrita en el mismo tono, cual puede juzgarse por la muestra siguiente:
Mas ved ese gigante
Que nunca se envejece,
Audaz antagonista
Del tiempo asolador.
Miradle entre las nubes,
Eternamente inmóvil,
En vano mil centurias
Se estrellan en su frente,
Con ímpetu iracundo,
Con hórrido fragor.
¡Se acerca velozmente! Mirad su inmensa mole,
Que expléndida traspasa la cóncava región!
¡Se acerca velozmente! Las ondas turbulentas
Se rompen a sus plantas y saltan y flanquean
En estruendosos tumbos y ruda confusión.
¡Salud! salud mil veces, gigante del abismo,
¡Magnífico fragmento del Atlas colosal!
De opuestos hemisferios los límites señalas
Y ves el gran desierto de Sahara abrasador,
En tanto que en tus flancos se estrellan las corrientes,
Que vienen de los polos y van al Ecuador.
[p. 193] No he de dejar esta composición sin citar dos octavas que hacia el fin de ella se leen, y son
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de lo más valiente, conciso y acabado que conozco en su género:
Aunque irritado el Hacedor divino
Te arrojó del Empíreo refulgente,
Aún cantas tu magnífico destino
Con la garganta del volcán tremente;
Y al estruendo del ronco torbellino,
Que en vano insulta tu indomada frente,
Pues los colosos que forjó el Eterno
Serán colosos en el mismo infierno,
Tu vasta mole al marinero asombra
Que te contempla, de terror perplejo,
Te presta el mar reverberante alfombra
y transparente y cristalino espejo,
La noche inmenso pabellón y sombra,
El sol hermoso y temblador reflejo,
Y tu volcán terrifica armonía,
Que allá retumba en la región vacía.
La fantasía descriptiva predomina en el poeta, y por eso no pierde él ocasión de ejercitarla. A la vista
de las costas de Cuba entona un himno tan brillante como patriótico, y a par que saluda a la hermosa
Antilla en estas y semejantes frases:
Con su estruendo te arrullan los mares,
Y la faz del Señor te ilumina,
Y a tu pompa grandiosa y divina
Cual de Oriente las fábulas son,
.............................
ensánchase su ánimo al recordar que aún es española aquella isla, y que aún duran en la mayor parte
del Nuevo Mundo los testimonios, de la grandeza y nunca igualado aliento civilizador de nuestra
raza:
Cien naciones al par eternizan,
Noble España, tu nombre y tu gloria,
Tus costumbres, tus leyes, tu historia,
Cien naciones conversan al par,
Porque tú prendiste en los siglos
El período más grande y fecundo
Cuando alzaste en tus brazos un mundo
Del abismo insondable del mar.
[p. 194] En la isla de Pinos se titula el fragmento siguiente, uno de los más estimables de la colección
que voy rápidamente recorriendo. En él aparecen diestramente enlazados el sentimiento de la
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naturaleza y el recuerdo de la patria, y tanto por el influjo del segundo como por lo más apacible del
cuadro descrito, la composición ofrece melancólicas, tersas y dulces estrofas en vez de esa profusión
de onomatopeyas, y esa armonía imitativa sobrado realista, a que nuestro poeta rinde tal vez
extremado culto:
Ya no me inspiran las llanuras bellas,
Engalanadas de verde eterno,
Do nunca heladas estampó sus huellas
Ceñido de tinieblas el invierno.
Ni la fragancia deleitosa y pura
De estos vergeles de esmeralda y oro,
Donde la brisa, lánguida murmura,
Donde vuela el pintado tocoloro.
.................................
Hija feliz del seno mejicano,
Tus ondas mansas te acarician ledas,
La hermosa luz del sol americano
Te envuelve en gasas y flotantes sedas.
Nunca tu pompa espléndida se pierde,
Virgen conservas tu caudal primero, etc...
Las reminiscencias de Cantabria, la pintura del caer de la tarde en nuestras costas,
Las vibraciones lejanas
De las fúnebres campanas
Del convento de Corbán,
y la valiente terminación de esta pieza, bastaría para conceder a Velarde el nombre de poeta, si su
libro no nos ofreciese en cada página pruebas más que abundantes de las raras dotes de imaginación y
sentimiento que le adornan.
Mas no ha de negarse que tiene una afición decidida a los sones más estridentes, a las notas más
agudas y a los colores más chillones: las tempestades y los volcanes son sus asuntos favoritos; para
describirlos jamás le faltan palabras, y el largo y pausado alejandrino , metro que emplea con
predilección, se convierte en sus manos en una especie de huracán, de ventisquero o de tromba
marina con la mayor facilidad del mundo:
[p. 195] ¡Rodad sobre mi frente, tormentas pavorosas,
Contrarios elementos, frenéticos chocad!
Mi espíritu se inflama rodando en las balumbas
Que cruzan turbulentas la oscura inmensidad.
¡Catástrofes inmensas, horribles desconciertos!
Mi ser se transfigura, revienta el corazón,
Al trueno repentino que rueda en los desiertos,
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Al soplo que trastorna la hermosa creación.
El vértigo infinito rozó con mis cabellos,
Mis ojos en los cielos inmóviles están,
También en mis entrañas retumba el torbellino,
También en mi cabeza rebrama el huracán.
Así exclama en El Poeta y la Tempestad .
No quiera Dios que neguemos cierto mérito a esta poesía sonora, explosiva y retumbante, que a
algunos se les antojará el summum de la perfección. Pero séanos lícito advertir que tal armonía
onomatopéyica, de suyo materialista, y no muy difícil de producir para diestros versificadores y
poetas de expresión robusta y briosa, por lo cual abunda en las composiciones americanas, tiende en
último caso a convertir la poesía en un mecanismo de sonidos que remedan todas las voces y
estruendos de la naturaleza animada e inanimada, mecanismo que es uno de los caracteres distintivos
de las literaturas en decadencia. Cierto es que aún en los más eminentes ingenios de las épocas
clásicas asoma ya el abuso de la onomatopeya, pero de seguro que en todos ellos juntos no hay tantas
como en los versos solos de nuestro poeta. Y fuera de esto la armonía íntima de la frase, con el
sentimiento que la inspira, es siempre muy preferible a esa profusión de erres , que al cabo sólo
imperfectamente imita lo que se propone reproducir. En verdad, yo no he gustado nunca gran cosa
del
Nimborumque facis tempestatumque potentem
ni del
Quadrupedante putrem sonitu quatit ungule campum
ni menos del
Extulit, et rauco strepuerunt cornua cantu
o del
Panditur interea domus omnipotentis Olympi , tan encomiados por los preceptistas, ni me ha sacado
jamás de juicio.
[p. 196] il rauco suon della tartarea tromba, o el pelas concavidades rutumbando ,
tan saqueados por los épicos de escuela. Ese arte puramente externo no me seduce, porque no veo
mérito grande en formar una combinación de sílabas que se parezca algo al son de una trompeta, al
ruido que hace una puerta al abrirse, o al relincho de un corcel de batalla. La palabra humana pierde
mucho de su valor cuando desciende a remedar materialmente ruidos y voces de especie harto
inferior a la suya. Por la misma razón que se imita el rugido del león y el relinchar del caballo,
pudiera reproducirse el rebuzno del borrico, y quién sabe a dónde iríamos a parar por esta escala
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descendente. Cuanto más valen que todas las ponderadas onomatopeyas estos versos dulcísimos de
Tibulo, ricos en otra especie de armonía que no halaga al oído sino al alma:
Abstineas, mors atra precor: non hic mihi mater
Quae legat in moestos ossa perusta sinus,
Non soror Assyrios cineri quae dedat odores
Et fleat effusis ante sepulchra comis!
y quien osará comparar el
Luctantes ventos tempestatesque sonoras
con el
Ter sese attollens, cubitoque adnisa levavit,
Ter revoluta toro est, oculisque errantibus alto
Quaesivit coelo lucem, ingemuitque repertam.
Tras esta disgresión no inútil para fijar ciertas ideas de alguna importancia, justo parece proseguir el
examen de las composiciones descriptivas de Velarde: De noche, en las playas de Chile es una de las
más estimables, de la cual citaré, pocos versos, porque uno de los mejores trozos, la evocación de la
sombra de Ercilla, fué transcrito ya y ensalzado como merece por un crítico que, antes de mí, se
ocupó en el examen de los Cánticos del Nuevo Mundo :
¡Ved la luna detrás de los Andes!
En su augusta ascensión cataratas
Y torrentes y mares argenta
Y la etérea región transparenta,
[p. 197] Y reviste las sombras de luz,
Y deshace en los montes la bruma,
Y las nubes errantes traspasa,
Las transforma en purísima gasa,
Las disuelve en fantástico tul.
Y la noche despierta y sonríe.
Y se viste de mágicas galas,
Y las brisas despliegan sus alas,
Y murmura en las playas el mar.
Y los ruidos errantes, los ecos,
Que en los báratros hondos se esconden,
En lejanos retumbos responden
De Aconcagua al fragor colosal.
Tampoco me detendré ahora en el hermoso canto compuesto En los Andes del Ecuador , por estar
reproducidas la mayor parte de sus bellezas en la obra maestra de Velarde, en lo que él llama
Fragmento y dedica A la cordillera de los Andes . Aquellos 284 alejandrinos, sin duda de los más
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valientes, robustos y levantados que existen en castellano, son una lucha perpetua con la pintura y
con la música, una sucesión de colores, de armonías, de discordancias, deslumbradora y estupenda,
un ejercicio gimnástico de la palabra y del ritmo, arrojado y habilísimo sobre toda ponderación, un
torrente, una catarata, un huracán poético... que sé yo; una poesía como la que pudieran entonar el
Chimborazo, el Cotopaxi o el Antisana, si tuviesen voz y hablaran en verso castellano. Ante un
esfuerzo semejante de fantasía descriptiva, la crítica tiene que rendirse y limitarse a reproducir
algunos pasajes de producción en su género tan extremada y terrorífica:
Dirígese el poeta a la Cordillera, y anuncia que viene:
Al oír de tus entrañas el ruido subitáneo,
La convulsión horrenda y el tremebundo hervir,
Y el súbito estampido, y el trueno subterráneo
Que agita de cien montes el áspero perfil.
A tal preludio corresponden estrofas como estas, que casi al azar escojo:
¡Qué grande, qué severa, qué augusta te levantas
Qué hermosas perspectivas ostentas por doquier,
Horribles tempestades se agitan a tus plantas
En tanto que tus cumbres reverberar se ven!
[p. 198] ¡Qué rocas, qué vertientes, qué arranques tan profundos
Qué trazos tan grandioso, qué inmensa profusión,
Parecen desgarrados fragmentos de otros mundos
Que aquí lanzado hubiera la cólera de Dios!
Del sol americano la luz resplandeciente,
Los montes y los ríos, las lluvias y la mar,
Derraman en tus valles la vida eternamente,
Soberbia potentísima, fantástica, ideal.
Y son allí las brisas suavísimos diluvios
Que embriagan los sentidos en piélagos de amor;
De esencias infinitas dulcísimos efluvios
Exhalan tus montañas eternamente en flor,
¡Qué selvas tan robustas, tan densas y sombrías!
Los seres a millones se ven brotar allí...
Qué sombras, qué colores, qué estruendos, qué armonías;
Se siente allí la vida del universo hervir.
¡Qué verso más admirable es el último! La fuerza descriptiva del poeta no mengua ni se agota en el
curso de tan larga composición, antes adquiere a cada paso nuevos bríos y cada estrofa supera a la
anterior en energía y arranque:
Y en lienzos colosales de refulgente plata
Bordados de cien iris que espléndidos se ven,
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Desciende a los abismos la hirviente catarata,
Soberbia en su caída, y hermosa, cual Luzbel.
Y el ronco, sempiterno, terrífico rimbombo
Del alto Tequendama y el túrbido Agoyán
Parece que conmueve del firmamento el dombo
Y paga el doble estruendo del trueno y del volcán.
............................................
De tus vertientes baja bramando el Amazonas
Y anima soledades magníficas, sin fin,
Y en la región más virgen de las terrestres zonas
Esperas los titanes del hondo porvenir,
Naciones opulentas sostienes en tus hombros,
Y lagos que se agitan terribles como el mar,
Y nuecas [1] colosales y fúnebres escombros
De razas que se hundieron allá en la eternidad,
Y ocultas en tus selvas cien tributos aborígenes,
Que viven indomables y nómadas aún,
Y arrojas al Atlántico de tus montañas vírgenes
Los tres mediterráneos de América del Sur.
[p. 199] ¡Quién ha de reparar el desliz métrico de la última estrofa, en que el autor inadvertidamente
consonó aborígenes y vírgenes , ni la repetición excusada de copulativas, que a veces huele a ripio,
en versos de esta especie! Lunares son que no destruyen ni empañan la singular excelencia del
conjunto. ¿Qué valen ni significan tales descuidos al lado de estrofas como esta, cuyo último verso se
impone a la admiración, no se analiza?
Jamás he contemplado tan grandes horizontes,
Jamás el firmamento tan rutilante vi,
¡Qué augusto es el silencio de tus eternos montes,
El alma siente el alma de lo infinito aquí!
Hállase al fin de esta pieza un trozo de poesía tassaresca de sobra enfático y retumbante, pero no
falto de grandeza. Imagina el cantor de los Andes ver vagar por aquellas cumbres numeroso tropel de
fantasmas y exclama:
Y pasan las escenas del Génesis divino,
Historias misteriosas y fábulas sin fin,
Que lloran los dolores del hombre peregrino
Después de las tragedias de Adán y de Caín,
Y pasa el ambicioso, doliente Prometeo,
Llevando en sus entrañas el buitre roedor,
Y pasan los Titanes candentes del deseo,
Amontonando airados el Ossa y el Pelión.
Y pasan las escenas que aborta el panteísmo
Del místico, grandioso, fantástico Indostán,
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Y pasan inflamadas las bestias del abismo
Que vió en sus grandes éxtasis proféticos San Juan.
Cual raídas balumbas, cual témpanos flotantes,
Que arrastran las corrientes del mar del Septentrión,
Se ven pasar las huestes, frenéticas y errantes
Que en Roma desbordaron las iras del Señor.
De triunfos y catástrofes y destrucción sedientas,
En grupos gigantescos se ven precipitar
Las hordas gengiskánidas cual rápidas tormentas
Tras el bridón salvaje del rudo Tamerlán.
Como el poeta, de igual suerte que el caballero andante, es in amor como árbol sin hojas , Velarde ha
dedicado muchos cantos al tema eterno; Cui non dictus Hylas puer? Pero el amor no ha sido en él
fantasía poética ni vano entretenimiento, sino una pasión [p. 200] verdadera, profunda y desgraciada,
cuyos progresos están marcados día por día en el tomo de sus versos, pasión que por lo demás tiene
un carácter del todo humano y se parece a tantas obras como han sido sentidas y cantadas en el
mundo, pero que interesa y conmueve gracias a la expresión arrebatada del poeta, que sabe imprimir
un sello de grandeza y misterio a lo que de otra suerte fuera trivial y ordinario. Velarde amó en los
primeros años de su adolescencia a una doncella, hija como él de las montañas cántabras. En una de
sus primeras composiciones, corregida posteriormente, hasta el punto de ser de las mejores de la
colección, y sin género de duda de las más amadas por el poeta, describe en estos términos la
vehemencia de este semi-infantil afecto:
Yo sueño contigo, contigo despierto.
Contigo levanto mi espíritu a Dios;
Tú llenas de magia la luz del Ocaso,
Tú animas la muerta beldad de la luna
Tú inflamas el ígneo diamante del sol.
Te he visto entre sueños purísima y blanca,
Cual ráfaga intensa de eléctrica luz,
Brillar en los cielos ceñida de gloria,
Cruzar del Empíreo las bóvedas aéreas
Con iris de estrellas, surtidas de luz.
............................................
Tú has visto esos hondos, cántabricos mares
Rugir bajo el ala del negro huracán,
Tú has visto esos tumbos que avanzan hirvientes,
Y chocan y saltan en blancas columnas
Y brillan y ruedan, y vienen y van,
Tú has visto esas rocas que el mar no carcome,
Que el sol no calcina ni abate el turbión;
Contémplalas firmes después de cien siglos;
Pues mira, cual ellas allá entre las olas
Del mar de los tiempos, será mi pasión.
La joven adorada por Velarde se trasladó muy luego a Andalucía, donde tal vez moraban sus
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parientes. Lo que sintió entonces nuestro poeta, gallardamente lo expresa en las estrofas siguientes:
En mi inquietud profunda corrí por la montaña
Como un alción viudo cruzé la soledad,
Y en un peñasco inmenso, del sol a la caída
Los montes y los mares me puse a contemplar.
[p. 201] La tarde estaba triste, fatídica y medrosa,
Como tenaz recuerdo de un ya imposible amor,
Los montes proyectaban su sombra silenciosa,
Las brisas murmuraban un himno de dolor.
En medio de las brumas que pálidas flotaban
Allá en los horizontes magníficos del mar,
Del sol a los reflejos las naves blanqueaban,
Cual cisnes que en Otoño se juntan y se van.
Yo contemplaba inmóvil aquellas playas solas
Como un emblema triste de mi doliente amor,
Y en los peñascos cóncavos los vientos y las olas
Bramando se estrellaban con lúgubre fragor.
La noche que llegaba, los mares que rugían,
Del sol agonizante la amarillenta luz,
Las aves que posaban, las hojas que caían,
De un templo ya ruinoso la solitaria cruz.
Mi espíritu llenaron de insólita grandeza
Y voces de otros mundos y músicas oí,
Y en un deliquio inmenso de júbilo y tristeza
Tu augusta apoteosis en el Empíreo oí:
Jamás será tu esposa , los ángeles dijeron,
La muerte sollozando besó mi corazón,
Y en todos los abismos los ecos repitieron
¡Oh sueño de mis sueños, adiós, adiós, adiós!
He aquí la poesía septentrional en toda su pureza. Estos bellísimos versos, escritos antes de su partida
para América, dan la medida de las facultades poéticas de Velarde, no contagiado aún por la manía
onomatopéyica . El diálogo que sigue entre el niño enamorado y su madre es un modelo de ternura y
sencillez.
Expuesto está en composiciones sucesivas el proceso de estos dolorosos amores. A través de los
mares, en medio de la tempestad acompaña al vate montañés la imagen y el recuerdo de la amorosa
visión de su infancia. Vuelto a España Velarde aunque por tiempo breve, en 1845, tornó a verla en
Cádiz y en Madrid y dedicóla nuevos cantos. En unos fragmentos muy posteriores laméntase con
apasionado acento, de su olvido e ingratitud y afirma que ella se enlazó con otro hombre y que él
asistió a las bodas, si ya lo último no es ficción poética, como pudiera sospecharse. Todo esto como
se ve es lo más natural del mundo y pasa cada día; pero referido por nuestro poeta, en tono
apasionado y grandilocuente, con mezcla de adoraciones y de invectivas, toma proporciones [p. 202]
colosales en un número considerable de poesías, inferiores casi todas en sencillez y pureza de
sentimiento a la que antes citamos, desiguales muchas veces e incorrectas, pero ricas de encendido
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afecto y expresión vehemente. [1]
De ellas nada citaré por no alargar en demasía este análisis y por dejar a mis lectores el placer de
saborearlas en el libro mismo de los Cánticos del Nuevo Mundo . Baste decir que en casi todas,
aunque sobrado difusas y no muy variadas, hay trozos hondamente sentidos y con lozanía y generosa
abundancia escritos.
Por igual razón no me detendré a examinar otras poesías de asuntos varios que, mezcladas con las
descriptivas y las eróticas, aunque en más corto número se leen en la colección de Velarde. Todas
ellas están vivamente marcadas con el sello de la individualidad del poeta, y entre todas se distingue
El cadáver de un niño , demasiado larga y no bien redondeada en todas sus partes La agonía y la
muerte y los Pensamientos Intimos , en que hay muchas cosas estimables mezcladas con otras que no
lo son tanto, según mi humilde entender, tres o cuatro composiciones dedicadas a poetisas y discretas
señoras americanas, y sobre todo unas octavas a Cádiz a las cuales el autor, según su costumbre,
llama Fragmentos . Del mérito de estas octavas júzguese por las dos siguientes que son primorosas, a
pesar del bergantín , voz prosaica:
Sobre las odas trémulas rayaba
Del alba tibia la sonrisa amena,
El cielo azul y transparente estaba,
Las brisas mansas y la mar serena.
Nuestro triunfante bergantín volaba
Hacia tus playas, en bonanza plena,
Y tú flotabas entre azules brumas
Cual blanco cisne de esponjadas plumas.
Abrióse luego el sol resplandeciente
Sobre tus altos gigantescos muros,
[p. 203] Cual inmenso diamante incandescente
De los abismos lóbregos y oscuros;
Y fulminando vívido torrente
De intensa luz en tus cristales puros,
Brillabas cual flotante meteoro,
Entre nubes de nácar y de oro.
Hemos indicado que en los versos de Velarde aparecen, de vez en cuando, ciertos anhelos místicos y
reminiscencias de determinados sistemas filosóficos. Por lo demás, el poeta no nos da bastantes
elementos para determinar su dirección en este punto, a ratos parece creyente, a ratos escéptico, como
todo lírico que escribe bajo impresiones súbitas y fugaces y da culto a la vez a diversos sentimientos.
Se explica siempre con vaguedad suma, y al paso que en Inspiraciones de la noche formula esta
valiente y extraña invocación:
Principios misteriosos, esencias primordiales,
Que en todo cuanto existe magnéticos ardéis,
Espíritus eternos, potencias celestiales.
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Que en grandes periferias con leyes eternales
En giros fulgurantes los orbes sostenéis.
Vosotros cuyo aliento los astros alimenta
y el flujo y el reflujo periódico del mar:
Vosotros cuyo acento retumba en la tormenta
y en rayos y en centellas sulfúricas revienta
Haciendo a entrambos polos trementes oscilar.
Venid con vuestro aliento, profético y divino,
Cruzad los grandes arcos del límpido zenit
Decidme los secretos del libro del destino
Rasgad, cual inflamado tronante torbellino,
El pavoroso velo del negro porvenir.
Decidme los arcanos de la infinita ciencia
Decidme si las almas también perecerán,
Decid qué significa la ruda efervescencia,
Que siento eternamente bullir en mi conciencia,
Terrible como el cráter del ignífero volcán.
dirígese en otro lugar a la Virgen e implora su protección en un himno de encantadora dulzura; por
más que alguna vez nos diga:
Y oí que se velaban en hórridas tinieblas
El sol de mi esperanza, la estrella de mi fe,
Y audaz analizando los más sublimes dogmas,
Del árbol de la ciencia la fruta devoré.
[p. 204] y parezca tender en ocasiones al panteísmo naturalista y a la deificación del alma del
mundo, ha de tenerse todo esto por exageraciones poéticas nacidas del vehemente amor y admiración
del vate cántabro a la naturaleza, que no bastan a oscurecer la luz de su creencia, claramente
manifestada en La última melodía romántica , composición no poco notable que cierra el tomo.
Velarde es por lo demás ardiente espiritualista y todas las bellezas de la tierra son para él sombras y
dejos de la perfecta y soberana hermosura. Por eso no se aquieta jamás su sed de amor, como jamás
se han calmado en la tierra los místicos anhelos de quien sienta arder en su alma la llama del poeta.
Los Cánticos del Nuevo Mundo han obtenido en América una acogida entusiasta de parte de los
críticos y del público. «A Velarde, dice el distinguido escritor ecuatoriano D. Numa P. Llona, no se le
puede negar ni una alta inspiración, ni gran fecundidad poética de ideas y de estilo, ni finalmente esa
efusión de ternura que a veces hace derramar lágrimas.» En concepto del literato peruano señor
Ríofrío, el canto a La Cordillera de los Andes es un esfuerzo portentoso, una hermosa poesía de
proporciones grandiosas, homéricas . Pocos años después de la publicación de las Flores del
desierto , el sabio filólogo y poeta don Andrés Bello, autor de la Oración por todos y de la Oda a la
agricultura en la zona tórrida , citaba con elogio en su tratado de Ortología y Métrica el nombre de
las poesías de Velarde. En El Americano , periódico de París, le ha puesto, no hace mucho, en las
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nubes, el señor Varela.
Pero si he de decir lo que siento, se me antoja que la mayor parte de estos elogios, por los vagos,
generales y acaso hiperbólicos, deben contentar poco a nuestro ilustre conterráneo, que acaso
estimaría más una apreciación exacta de sus cualidades poéticas y alguna advertencia acerca de los
defectos que amenguan su estimación y mérito indisputables. Noto ante todo que el número de las
composiciones incluídas en su colección es demasiado considerable; un volumen de 308 páginas es
una ración de versos líricos excesiva.
Del mismo capital pecado adolecen casi todos los ramilletes poéticos publicados en lo que va de
siglo, si exceptuamos los admirables y olvidados Preludios de mi lira de Cabanyes, las Poesías de
don Juan Nicasio Gallego, las de Espronceda, las del señor [p. 205] Varela y los Gritos del combate
del señor Núñez de Arce. Nunca he comprendido ese afán de hacer voluminosos los libros de poesías
y las novelas. ¿A qué conduce abultar enormemente libros destinados a la recreación y pasatiempos?
¿Ha ganado algo el mérito ni la fama de Zorrilla por tener sus versos veinte o veintidós volúmenes?
Yo creo que ha perdido mucho. En una colección extensa ni todas las poesías pueden ser iguales, ni
estar corregidas con igual esmero. Entre las de Velarde ninguna puede llamarse mala, cada cual se lee
con gusto separadamente, pero muchas son incorrectas y otras repiten los mismos pensamientos
amplificados y desleídos.
A pesar de lo legítimo de esta censura, me explico bien el que Velarde las haya conservado todas y
dudo de que en ediciones posteriores se resuelva a suprimir ninguna. Son pedazos de su alma,
testimonios de sus dolores y de sus alegrías, latidos de su corazón, arranques de su mente poderosa,
partes de su propio ser, una poesía tan íntima apenas sufre mutilaciones ni retoques.
Quede, pues tal como ha salido de manos del artista, aunque la variedad de tonos sea limitada,
aunque los cantos pequen de extensión excesiva y ofrezcan por ende tropiezos y desigualdades. El
poeta no siempre es dueño de sus asuntos: harto hace el que tañe dos o tres cuerdas de su lira;
¡cuántos se han inmortalizado con una sola! Velarde ha padecido mucho y no es de extrañar que
insista en la descripción de sus dolores. Arriba queda censurado el abuso de la onomatopeya.
Tampoco es muy de aplaudir el empleo de ciertas voces técnicas como periferia, parábola, elipse,
palingenesia, metempsícosis, sintética, hipogeo, que aunque no en absoluto reprensibles recuerdan
más al profesor que al poeta y hacen duras, escabrosas y extrañas las estrofas en que se mezclan. Tal
sucede con la siguiente y otras que pudieran citarse:
Sarcófago insondable de siglos ya olvidado
Necrópolis inmensa de un mundo que ya fué
En vano te apostrofan los genios inspirados.
Tus mudos habitantes están petrificados
Ni el choque de los astros les puede conmover.
Sería de desear asimismo que quien tan diestramente ha huído en otras cosas del mal gusto de los
poetas americanos, no les imitase en lo de prodigar esdrújulos a cada triquitraque y emplear [p. 206]
tanto las voces gigántico, estupendo, colosal, piramidal, fantástico, terrífico, subitáneo, vertiginoso y
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otras parecidas, que aquí, cuando se menudean, tachamos de afectación conocida y música celestial
cuando no huelan a ripio, que es cien veces peor.
Tampoco me agrada encontrar en un poeta de expresión tan alentada y robusta, giros y locuciones
prosaicas, v. gr.:
¡A Dios, hermosa Cuba, me voy, me voy a España! No es más que una parodia de aquella sinfonía ...
y otros que pudieran citarse. Y también es de sentir que de manos de un tan maravilloso versificador
hayan salido algunos versos duros o flojos, aunque en cortísimo número. Y si a esto agregamos la
falta de sobriedad en la expresión, o séase el anhelo de querer agotar la materia, escollo sobremanera
peligroso en cantos líricos, tendremos indicados los lunares de estas composiciones que he advertido
por amor al arte y al poeta, y para dar más fuerza a mis encomios, que de esta suerte no podrán
tildarse de indeterminados ni obedientes al ciego espíritu de localidad.
Y ahora que he cumplido la ingrata tarea de anotar defectos, séame permitido felicitar a Velarde en
nombre de la crítica española cuya voz ahora, aunque indignamente, llevo, [1] y enviar al eminente
poeta cántabro, separado de nosotros por los mares, el más cordial y cariñoso saludo de parte de sus
hermanos en letras del antiguo mundo y de los hijos todos de la noble tierra montañesa. [1]
Santander, 8 de junio de 1876.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 185]. [1] Nota del Colector.- El autógrafo de este estudio, que damos por primera vez a la
imprenta, se conserva en la Biblioteca de Menéndez Pelayo y estaba destinado a formar parte de la
colección «Estudios críticos sobre escritores Montañeses». Véase al final la fecha en que fué
compuesto.
[p. 185]. [2] Debemos las noticias biográficas de este poeta y la comunicación de sus obras a la
familia de Velarde residente en Santillana. Dámosle gracias por su amabilidad.
[p. 186]. [1] Cánticos / del Nuevo Mundo / por / don Fernando Velarde. / Al inmortal García
Tassara / ...New-York: / I. W. Orr. Grabador e Impresor Calle de Nassau, nº 75. 1860. 308 pp. 8.º
Con numerosas estampas y viñetas que representan paisajes americanos, etc., etc., y un retrato de
señora grabado en acero.
[p. 189]. [1] Voz poco poética y no muy castellana.
[p. 198]. [1] Sepulcros indios.
[p. 202]. [1] Pertenecen en todo o en parte muy notable a la historia de estos amores las
composiciones tituladas A la Srta. I. A. T., A un retrato (soneto), El Poeta y la Tempestad, A. I. A. T.
(soneto precedido de un retazo de prosa), Un recuerdo, A la niña R. C., Recuerdos, Pensamientos
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íntimos, Tres Despedidas, Lo presente y lo pasado, Fragmentos. (En otras muchas hay largos pasajes
sobre el mismo asunto).
[p. 206]. [1] Después de 1860 ha compuesto el señor Velarde diversas poesías, aún no coleccionadas.
De una de ellas, La Oración , leemos encarecidos elogios en El Americano , periódico de París
(1872).
[p. 206]. [2] Don Antonio de Trueba publicó en El Museo Universal (1865) dos artículos
encomiásticos de Velarde. En uno de ellos aventura ciertas frases denigrativas del buen nombre de la
Montaña, a la cual acusa de ingrata hacia sus hijos. Tal queja es sobre todo ponderación injusta. La
provincia de Santander ha honrado muy recientemente las letras en la persona del más humilde de sus
hijos, el autor de este bosquejo.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 207] DON CASIMIRO DEL COLLADO [1]
CUENTA Esteban de Garibay en sus Memorias , que hablando en cierta ocasión con el cronista
Pedro de Alcocer, díjole éste con orgullo toledano: «No pensé yo que en Vizcaya había letras, sino
armas», a lo cual, digna y reposadamente, contestó el historiador de Mondragón: «Háylas, señor:
húbolas siempre, y yo soy el mínimo de ellas.»
Si no fuera tan feo pecado la vanidad, aun la de patria y linaje, algo por el estilo, y quizá con mejor
razón, debiéramos contestar los montañeses a los que tienen a nuestra gente por ruda y de pocas
letras, aunque ladina y cautelosa. Decir, como cuentan que dijo Lista, que «del Duero allá no nacen
poetas», no pasa de ser injuria gratuita, y absoluto olvido de nuestra historia literaria. Dejemos que
asturianos, gallegos y vascongados se defiendan por sí: en cuanto a nosotros, ¿cómo olvidar que
montañés era el Pedro de Riaño, autor del Romance del Conde Alarcos , superior en bellezas de
sentimiento a todos los de nuestra poesía popular y semipopular y adorado y admirado por Madama
Stael: que Rodrigo de Reinosa se llamaba el maligno juglar que aderezó el Romance de la Infantina ,
tan agudo y picante como un fabliau francés y más sobrio que ninguno; y que desenfadadamente
trazó los cuadros [p. 208] casi aretinescos de las Coplas de las comadres y en infinitos pliegos
sueltos derramó los rasgos de su fecunda y maleante vena, no menos que los dos escolares Juan de
Trasmiera y Jorge de Bustamante, autor este último de la comedia Gaulana y traductor de Ovidio, ¿Y
nació, por ventura, a orillas del Tajo, del Betis o del Guadiana, el ingenioso autor de los Empeños del
mentir, de El trato muda costumbre y de El montañés indiano , comedias imitadas por Molière y por
Le Sage, don Antonio de Mendoza, a quien llamaron el Discreto de palacio y que en lo lírico brillaría
más si sus discreciones conceptuosas no enturbiasen el fácil raudal de su vena en sonetos y
romances?
Esto sin contar con que además de vencer reyes moros , engendramos quien los venciese, y del solar
de la Vega salió aquella fiera y alentada rica-hembra, madre del marqués de Santillana; y del valle de
Carriedo vinieron a Madrid, por cuestión de amor y celos, los padres de Lope; y del valle de Toranzo
los de Quevedo, que de montañés se jactó siempre.
Y viniendo a tiempos más cercanos, al siglo en que vivimos, nadie negará el título de poetas, y de no
vulgares dotes, al santanderino Trueba y Cosío, que manejó la lengua inglesa con mayor elegancia y
brío que la suya propia, y enarboló, antes que ninguno, la enseñanza romántica, alcanzando en la
novela histórica, al modo de Walter Scott, lauros todavía no marchitados; a Camporredondo, que, con
trabas de escuela y rasgos no infrecuentes de prosaísmo, se levantó a veces de la medianía, en algunas
de las rotundas y bien cinceladas octavas del canto de Las armas de Aragón, en Oriente y en la oda A
los antiguos cántabros ; al melancólico y delicado Silió, honra de Santa Cruz de Iguña; al incorrecto
y desmandado Velarde, de quien se ufana Hinojedo; al terso y clásico Laverde; al desenfadado y
gallardísimo narrador de las aventuras del Jándalo y donoso y realista parodiador de la poesía
bucólica en Los pastorcillos , don José María Pereda, poeta cómico asimismo de fácil y abundante
vena; a Juan García (Amós de Escalante), imcomparable maestro de lengua, así en prosa como en
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verso; a Adolfo de la Fuente, traductor dichoso de Víctor Hugo y a tantos más, de quienes fuera
prolijo hacer memoria.
Montañés es también, aunque no todos lo saben, el señor Collado (cuyos versos va a saborear el
lector), y paisano mío dos o tres [p. 209] veces, como nacido en mi provincia, en mi ciudad y hasta
en mi barrio y calle. ¡Imagínese el pío leyente si le tendré afición y cariño! Pero no han de ser éstos
parte a torcer lo recto y riguroso de mi justicia y pienso que mis elogios antes han de parecer fríos y
mezquinos que hiperbólicos o dictados por la amistad y el paisanaje. Tal y tal grande es el mérito de
los versos del señor Collado, de cuyas circunstancias voy a informar al público, ya que alejado casi
siempre de la Península mi amigo, su nombre no ha alcanzado hasta ahora en España toda la
notoriedad y fama que merece.
Nacido y educado en Santander el señor Collado, fué a demandar, como tanto y tantos otros
montañeses, el secreto de la tortura al Nuevo Mundo, y la fortuna se le mostró risueña y propicia;
pero nunca, auna en medio de los azares de la vida mercantil e industrial, le hizo olvidar el sereno
culto de las Gracias que por primera vez acariciaron su mente en el trasmerano valle de Liendo, al
sonar en sus oídos la voz
del docto sacerdote, a cuyo celo
debí entender los que el glorioso Lacio
dió a las humanas letras por modelo.
Marón y Livio, Cicerón y Horacio.
Quiere esto decir, que la educación literaria del señor Collado fué severa y rigurosamente clásica y
que en tal concepto se parece poco a otros poetas del Norte de España: a pesar de lo cual, hay en su
vida una larga época independiente y revolucionaria y aun puede decirse que fué en Méjico uno de
los corifeos del romanticismo. Nótese que hay versos entre los suyos, fechados en 1840 y 41: en el
período álgido de aquella calentura poética.
No condeno yo las tendencias que entonces siguió mi paisano, ni habrá quien tenga valor, si es
artista, para condenar aquel movimiento que devolvió a nuestra poesía su independencia, plenitud,
gala y generoso abandono, perdidos casi desde los tiempos de Calderón, y sembró como rastros de
luz a su paso, la amplia y vigorosa concepción de Don Alvaro , las pompas de la Inmortalidad , de
Espronceda, y los Romances Históricos , del duque de Rivas, y El Cristo de la Vega y El Capitán
Montoya , de Zorrilla. ¿Cómo resistir a tales esplendores un mozo de aquellas calendas, y más si
(como el señor Collado) era docto en lenguas extrañas [p. 210] y conocía otros romanticismos, y
podía embriagarse de color y de música en las Orientales y en las Hojas del Otoño , y escuchar
absorto las penetrantes y desusadas armonías de Childe-Harold , del Pirata, de Lara y de la Novia de
Abydos?
Pero no ha de negarse que lo que aquí llamábamos romanticismo, sirvió de pasaporte a una literatura
tan falsa, amanerada y convencional como las Arcadias y el bucolismo del siglo XVIII, y fué una
calamidad en manos de los poetas mediocres. El toque estuvo en prescindir de ciertas formas e
invocaciones mitológicas, en preferir asuntos de la Edad Media y en variar mucho de metros, en no
hacer anacreónticas o églogas, sino orientales, fantasías, pensamientos o fragmentos , donosa
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invención este última para disimular lo vacío o incoherente de la idea y del plan. Y a vueltas de todos,
siguió estudiándose la naturaleza no en sí misma, sino en los libros y la expresión de los afectos
continuó reducida a vana y ampulosa palabrería, ya la Edad Media diósele un colorido que nunca
tuvo, y el convencionalismo y los versos del troquel lo inundaron todo, y del Extremo Oriente, y de
los oasis y de los harenes, dijéronse tales cosas que la gente, hastiada de falsos idealismos, ya de
pastores, ya de moros y cristianos, acabó por echarse en brazos de un naturalismo más o menos sano
que, vario e inmenso como la naturaleza misma, abarca infinitos grados desde la candorosa
descripción de costumbres rústicas hasta las postreras heces de la realidad.
Fué el señor Collado poeta romántico, pero de los buenos e inspirados, y libre, generalmente, de los
vicios de la escuela. Bastante prueba dan de ello los pocos versos de su primera época, que ha
querido conservar en esta segunda edición. Porque es de saber que con exquisito gusto, y cual si no se
tratara de hijos propios, ha cercenado cuanto le pareció endeble, y aun las mismas composiciones
salvadas se presentan hoy muy otras de como en la impresión de Méjico se leían.
Estas primeras poesías, todas ellas agradables y amenas, están, con todo eso, muy lejanas de anunciar
al acicalado hablista, al maravilloso versificador, al espléndido poeta descriptivo que veremos
después. Siempre vienen las flores antes que el fruto, y no madurará éste en un momento. Antes de
volar el poeta con alas propias, antes de contemplar cara a cara aquella opulenta [p. 211] naturaleza
americana y hacer poesía de veras, hizo poesía de artificio: orientales y leyendas, géneros
radicalmente falsos, en que siguió las huellas de Zorrilla. Casos hay en que el imitador no se queda
muy a la zaga del modelo, superándole, por de contado, en limpieza y relativa correción de estilo y
lengua, cualidades de que nunca prescindió Collado; pero más que estos ensayos agradarán de fijo al
lector, por los espontáneos y bien sentidos, los versos de amores, tristezas y afectos personales, que
hacia el mismo tiempo compuso el poeta. Laura en el templo, El ave sola, En la iglesia de... y
algunas otras, tanto mejores cuanto más breves, porque el verdadero sentimiento lírico no se aviene
con amplificaciones y desleimientos, se apartan de las rutinas de escuela, y entran algo más en la
genialidad artística de nuestro poeta.
La cual se va acentuando más y más en los que pudiéramos llamar versos de su segunda manera : en
las octavas Al amor , v, g.; en la Indiferencia , donde ya la descripción es arrancada de la realidad y
no imitada de los autores favoritos; en la Meditación y en el Paisaje , donde además de la tersura de
estilo, asoma ya la tendencia meditabunda y moralizadora que domina sin rival en los últimos versos
de Collado. Indudablemente su estilo y gusto se iban modificando con los años: otros estudios, otras
costumbres, otro mundo pedían cantos nuevos. Collado lo entendió así, y tuvo el valor, si no de
quemar lo que había adorado (porque fuera excesiva crueldad pedir de un hombre que absolutamente
renunciara a las dulces memorias de la infancia y de la primera juventud), a lo menos el de arrojarse
resueltamente por nuevos derroteros, hacer con pensamientos nuevos versos de hermosura antigua,
expresar clara y sencillamente lo que sentía y lo que veía, y amamantar su musa en los pechos
inexhaustados de la madre común Naturaleza. Entonces brilló en su frente la luz de los elegidos, y
sonó en sus labios el único canto digno de estos tiempos:
El himno de la fuerza y de la vida.
Y desde entonces (no dudo en asegurarlo) púsose mi conterráneo al nivel de los primeros líricos
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españoles, y encontró acentos propios y vigorosos para toda idea y toda pasión, colores y formas para
todo espectáculo de la naturaleza. La lengua estudiada por él con amor más que filial, le abrió sus
más recónditos tesoros [p. 212] y camarines, y derramó sobre sus cantos lluvia de perlas y de flores,
no de las postizas y contrahechas, sino de las que reserva para sus vencedores. No encontró rima
indócil, ni estrofa reacia: el pensamiento y la palabra no fueron en él como el cuerpo y la vestidura,
sino como el cuerpo y el alma: la estrofa salió alada y vibrante del taller de la idea, y el estilo tuvo, en
los mejores momentos del poeta, una trasparencia y perfección, que hubieran enviado Pesado y
Carpio, lumbreras del clasicismo en Méjico. La poesía descriptiva fué para Collado el campo
predilecto. El mismo Andrés Bello, autor de la incomparable Silva a la agricultura en la zona
tórrida , miraría con celos la Oda a Méjico , donde, con más briosa y pujante entonación que en la
suya, hay el mismo amor y esmero en la descripción de pormenores y en lo peregrino y bien
adecuado de los epítetos: obra maestra, a la cual sólo daña el excesivo empleo de los recursos
onomatopéyicos.
Collado ha recorrido con igual fortuna todos los tonos de la lírica castellana, desde la entonación
cuasi épica de las octavas a Chapultepec y de la oda Al sabino de Popotla , hasta el hondo
sentimiento elegíaco, que palpita en Liendo o el valle paterno , más inspirada y no menos elegante
composición que la de Gray Al cementerio de mi aldea : desde la apacible serenidad, al modo de Fray
Luis de León, de las liras A la Primavera , hasta la acerada y juvenalesca indignación del Adiós a
España , modelo de sátira política.
La variedad de asuntos y la flexibilidad de ingenio, son dotes de las más características de Collado.
Pero el elemento descriptivo predomina en él sobre todo. Pocos, muy pocos vates castellanos han
poseído como él el sentimiento de la naturaleza, en todas sus variedades y matices. Así, la
contemplación reposada y la íntima fruición en la oda Desde el Retiro , contrastan con la brillante,
aunque un tanto didáctica, exposición de las evoluciones geológicas en Ciencia y creencia , donde (si
he de decir lo que siento) fuera de desear más claridad y menos dudas.
En el manejo de la lengua y en el arte de la versificación, ya he dicho que el señor Collado es
maestro: si de algo se le puede tachar es de exceso de artificio y de buscar dificultades por el placer
de superarlas. Numerosas, rotundas y llenas son sus estancias: felices sus inversiones y latinismos:
variadas y nunca [p. 213] vulgares sus rimas y aplicados con horaciana novedad sus epítetos. Véase
una ligera muestra de la manera cómo versifica y describe:
En las regiones donde eterno estío
el vigor de su aliento desparrama.
y apenas el ajófar del rocío
consiente el alba en la menuda grama,
con ardoroso arrullo
las auras lisonjeras
halagan el orgullo
de plátanos y cocos y palmeras:
allí por entre ovales
hojas, blanco algodón rompe el capullo
en copos desiguales:
encorvados nopales
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los insectos preciosos atesoran,
que de Tiro la púrpura mejoran;
del café más allá verdes arbustos
las habas insomníferas despliegan,
de copudos naranjos a la sombra
que en azahar y aroma el campo anegan;
y más lejos, más lejos los manglares
do alimañas innúmeras se esconden,
con solemne murmurio corresponden
al compasado estruendo de los mares.
(Oda a México.)
Y así está escrita toda esta inmensa silva, sin que se detenga un punto el raudal descriptivo, que ora
resbala entre flores, ora ruge con la voz de las tempestades y de los volcanes. El poeta lo recorre todo,
desde el inquieto hervor sañudo
del eléctrico incendio, que aún trabaja
las vísceras gigantes de la tierra,
hasta el diamante de los lagos, engarzado en cerco de verdura ,
donde Natura reservarse quiso
tálamo a sus deleites prodigioso,
cuyo cielo arrancó del Paraíso.
(Desde el Retiro.)
Mientras viva la lengua castellana han de vivir tales composiciones, y cuando apagados los
entusiasmos y odios [p. 214] contemporáneos, se juzguen las cosas por su valor absoluto y no por el
aplauso y boga de un día, aprenderán de memoria nuestros nietos en las antologías y ramilletes
poéticos, la pintura del camino de Puebla a Méjico.
Atrás fueron quedando
de Tepeyác el risco milagroso,
tanto al devoto pecho venerando:
las que erigió el Tolteca
pirámides egipcias, tumba o ara:
el hondo valle do el mayor caudillo
la rota de fatal noche repara
con victoria y laurel de eterno brillo:
Tlaxcala, que entre cerros el encono
y el probado ardimiento disimula:
al pie de informe, verdinegro cono,
la sagrada Cholula:
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granjas, aldeas, lomas y planicies,
en agave inebriante y miés opimas,
y en sucesión de extensos panoramas,
campos que el Cáncer agostara en llamas,
sin el frescor de las nevadas cimas.
Collado encuentra casi siempre la frase única y feliz, la que no se borra nunca de la memoria: v.g.:
En rudos tronos, cual dictando leyes,
rígidas momias de los indios reyes.
(A Chapultepec.)
Un Niágara de luz , la toga glacial de los volcanes, la Ilion de los lagos , son frases que bastan para
acreditar a un poeta.
Imposible parece que un vate de tan robusta entonación y arranque y de tanto lujo descriptivo, haya
conseguido asimilarse el espíritu de Fray Luis de León, hasta el grado de pureza y tersura, que se
admira, por ejemplo, en estas gallardas liras:
¡Beato el que se aleja
de las flores de abril, que el deleite abre,
y cual próbida abeja,
con las que el juicio entreabre,
panal de ciencia y de virtud se labre!
[p. 215] Tú que del alma mía
eres íntimo afán, ansia primera,
a quien prudente guía
materna consejera
por los pensiles de la edad ligera,
atenta sigue el blando
eco y ejemplo de la madre amada,
y en virtudes medrando,
y en buen saber lograda,
házte a la seria edad aparejada.
(La Primavera.)
Los afectos suaves, ya de familia, como en esta oda y en la verdaderamente conmovedora Elegía , de
la página 257, ya de patria, como en Liendo o el valle paterno (que es para mí las más simpática de
todas las joyas que van en este tomo, y tiene pasajes de una hermosura y sencillez homéricas), ya de
religión, como el hermoso himno
Rompa mi voz en cántico sonoro...
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encuentran en Collado un delicadísimo intérprete. El poeta de sentimiento vale en él tanto como el
poeta descriptivo. ¡Feliz quien sabe hermanar los afectos y las imágenes, porque ésta es la poesía! Y
feliz yo, que puedo revelar hoy a España un verdadero poeta, y decir con orgullo que es de mi tierra y
amigo mío.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 207]. [1] Nota del Colector .-Prólogo a la 2.ª edición del libro Poesías de don Casimiro del
Collado. Madrid, Fortanet, 1880.
Se colecciona por primera vez en Estudios de Crítica Literaria .
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 217] D. CALIXTO FERNÁNDEZ CAMPORREDONDO [1]
EL poeta, de quien voy a escribir brevemente, no pertenecía al reducido número de privilegiados
ingenios que dan tono y color a una época literaria; tampoco entraba en el grupo de los poetas de
segundo orden originales y espontáneos, ninguna de sus escasas producciones lleva el sello de una
fantasía original y poderosa. Camporredondo era un vate de imitación, de escuela, difícil y premioso
en la expresión de sus ideas, no muy rico de imágenes, pobre en los afectos, su horizonte poético era
escaso, los caminos que siguió su musa comunes y trillados, su fe literaria la del siglo XVIII en toda
su pureza. Y es digno, sin embargo, de estudio y de mención muy señalados, porque él cifra y
compendia, en cierto modo, la actividad literaria de esta provincia desde 1840 a 1857; porque cultivó
el arte con entusiasmo y con respeto, siempre merecederos de loa y más en nuestro pueblo tan
apegado a los intereses materiales y tan poco guardador (con excepciones honrosas) del culto estético
que sublima y enaltece el alma; porque fué un hablista castizo y un poeta lírico (aunque de escaso
vuelo y estro limitado) correcto, artificioso y elegante; porque representa entre nosotros el
predominio de la escuela salmantina en su segunda época, con sus formas prescritas y sus
convencionales atildamientos y porque obtuvo, en fin, justo aplauso y [p. 218] notable fama dentro y
fuera de Santander gracias al relativo valor de algunas composiciones suyas.
De perla de la Montaña calificóle el señor Cañete; entre los autores ilustres le colocó un editor
barcelonés y sus poesías impresas en los periódicos de esta ciudad corrieron en ella de boca en boca
con general aplauso, logrando por ende en su patria nuestro poeta una popularidad (si así cabe
decirlo) muy superior a la del eminente literato Trueba y Cosío y a la de algunos notabilísimos
escritores contemporáneos nuestros. Alcanzó Camporredondo tiempos relativamente felices, en que
Santander parecía despertar de su marasmo literario y derramaba los frutos de su actividad intelectual
en numerosos folletos, hojas sueltas y periódicos, creándose a la par, Liceos, Asociaciones y Centros
poéticos más o menos bien encaminados. Camporredondo que excedía de mucho a cuantos entonces
manejaban la pluma, y que en cualquier tiempo y en cualquiera circunstancia hubiera sido un poeta
estimable, atrájose naturalmente la aceptación y los aplausos primeros, acrecentada la estima que se
le tenía por el lauro que justamente otorgó a su canto épico de los Almugávares la Academia de
Buenas Letras de Barcelona. Brevísimas noticias daremos de la vida de nuestro poeta, para entrar con
más holgura en el examen de sus obras literarias.
Nació Camporredondo en Sobremazas, aldea de esta provincia, el 28 de julio de 1815. Cursó
latinidad y humanidades en el Colegio de Escuelas Pías de Villacarriedo. Entonces nació en él el
amor a las letras, nunca menoscabado, a pesar de los mil obstáculos que hubo de superar aquella
vocación enérgica. Imposible le fué continuar sus estudios, y al estallar la guerra civil hubo de acudir
al servicio de las armas en el batallón de Cántabros , sin que ni aun en los peligros y fatigas de la
guerra abandonase el dulce trato de las musas.
Vuelto a Santander, apartado casi de todo comercio literario, atenido a su modestísimo haber en este
Gobierno Civil, Camporredondo prosiguió luchando con energía creciente y casi heroica en
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ocasiones, contra los mil tropiezos y dificultades que al cultivo de su arte favorito oponían las
tendencias y preocupaciones de una sociedad mercantil. Y (justo es decirlo) a sus esfuerzos y a los de
otros amigos y contemporáneos suyos menos señalados que él, [p. 219] así como a la especie de
manía literaria que por aquel tiempo invadió todos los ámbitos de la península, debióse aquella
especie de movimiento a que antes aludíamos. Camporredondo fué en 1841 uno de los fundadores a
que antes aludíamos. Camporredondo fué en 1841 uno de los fundadores del Liceo Artístico y
Literario , en cuya inauguración leyó una de sus mejores odas, una de las más iguales y acabadas.
Camporredondo figuró en primer término en las redacciones de casi todos los periódicos que
sucesivamente vieron la luz pública; escribió en el Buzón de la Botica , en el Censor y en el
Despertador Montañés , especialmente en el tercero. Distinguióse en las campañas periodísticas no
sólo por trabajos de amena literatura, sino por artículos notables de interés material, siendo dignos de
especial elogio los que dedicó a la cuestión del Ferrocarril de Alar, proyecto que fomentó por cuantos
medios estuvieron a su alcance y que ya realizado cantó bizarramente en una oda. Apenas salió de su
provincia natal, y en Santander murió el 28 de diciembre de 1857.
Dos causas poderosas perjudicaron a Camporredondo e impidieron que llegase a completa sazón su
talento poético, dos causas que no hubieran logrado parar el desarrollo de un ingenio espontáneo y
poderoso, pero que debieron ser funestísimas para un poeta, todo imitación, todo artificio. Esta poesía
de segunda mano puede ser bellísima, puede competir a veces con las obras geniales de la inspiración
aunque revelando siempre el trabajo y el estudio, pero exige dos condiciones indispensables para su
grandeza, una cultura literaria rica y variadísima, que suministre a la fantasía sus tesoros y enriquezca
y acrisole el buen gusto, y una atmósfera literaria que sólo llega a formarse por el trato y
comunicación constante de hombres de los mismos estudios y aficiones, animados por las mismas
ideas y diversos no obstante en el modo de realizarlas, Facies non omnibus una, nec diversa tamen
quales decet esse sororum. Es preciso, no hay duda, respirar el ambiente de una escuela poética en
que se cultive el arte con la veneración debida a un sacerdocio, en que se preste verdadero culto a la
Venus Urania, en que se busque y se adore la divina armonía de la forma .
Ahora, bien, la instrucción literaria de Camporredondo, aunque sana, resentíase de escasa. Conocía
de nuestra literatura aquellos autores y aquellas obras encomiadas por los preceptistas con [p. 220]
fastidiosa uniformidad y monotonía, aunque con justicia sobrada. Y decimos esto porque en los libros
de preceptistas y críticos de principios de este siglo que principalmente leyó Camporredondo, échase
de menos con frecuencia la verdadera apreciación estética y dáse importancia sobrada a ciertos
primores de detalle, a ciertos atildamientos de la frase, a ciertas formas de escuela que impiden
conocer el intrínseco valor del conjunto y por consecuencia forzosa inducen a admirar más lo
artificioso que lo espontáneo, lo aliñado que lo sencillo, y a confundir en hartas ocasiones la
hinchazón con la magnificencia, las amplificaciones palabreras con la sublimidad real que reside
siempre más en el pensamiento que en los vocablos. ¡Qué poco sentían nuestros críticos de la época a
que me refiero el hechizo blando y halagador de la poesía de Fray Luis de León! Qué lejos estaban de
seguir el vuelo místico de las Odas Al Apartamiento, Noche Serena, a Felipe Ruiz, a La Vida del
Cielo . Calificaban de prosaico y desaliñado al divino cantor del Tormes, incurriendo en tal yerro
Lista de igual modo que Quintana y gustaban más de Herrera, movidos por su tono insólito y
sostenido, sin parar mientes en el amaneramiento y afectación que deslucen las grandes dotes del
ilustre lírico sevillano. Grandes poetas de nuestro siglo de oro estaban olvidados, a la par que recibían
aplausos otros no tan acreedores a ellos. Y aún en los muy justamente alabados dábase mayor
atención a la forma externa que a la grandeza de la idea.
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Más que a nuestros clásicos del siglo XVI estudió Camporredondo, según se infiere de sus obras, a
Quintana y a Gallego, egregios representantes de la escuela salmantina en su último y más glorioso
período. Las odas del primero A la Imprenta, A la Vacuna y Al armamento de las provincias
españolas contra los franceses, el canto famoso Al Dos de Mayo y las elegías áulicas del segundo,
dieron principal alimento a nuestro poeta, que bien a las claras las imita en cuantas ocasiones
oportunas se le ofrecen. Lejos de nosotros faltar ni por un instante a la veneración debida a los
nombres de aquellos dos ilustres líricos, pero séanos lícito echar de menos en sus composiciones la
austera sobriedad del verdadero gusto clásico y notar asimismo la redundancia de retóricos primores,
la amplificación a la continua dominante, la pobreza de medios artísticos en determinadas ocasiones y
el abuso de las grandes [p. 221] formas de escuela sustituído a la espontánea y sencilla traducción del
pensamiento.
La indignación y el dolor suelen parecerse en Quintana a las contorsiones, de un representante
artificialmente excitado, más bien que a las bellas y naturales actitudes de la estatuaria griega. Más
que irrita se descompone, en vez de sentir declama; suelen convertirse sus odas en arengas
tribunicias, cuando no en proclamas... y, sin embargo (justo es decirlo), no deja por tales defectos de
ser uno de los primeros líricos del mundo. Tienen sus cantos una viril y enérgica robustez que
infaliblemente obra en el ánimo del lector más preocupado. Yo lo confieso, gusto poco de esa poesía
grandilocuente y altisonante, me agrada más la sencillez helénica, pongo después de ésta a Horacio y
a sus verdaderos imitadores en las modernas literaturas, pero ¿cómo negar a Quintana un puesto entre
los más poderosos ingenios que han visto las edades? Sus defectos mismos son parte de su
individualidad poética y en ella encuentran explicación y excusa. Pero son defectos contagiosos y
llegaron a ser una plaga en sus imitadores. Gallego menos poeta que Quintana, es más correcto que
él, pero abusa aún más de los recursos convenidos, y es visible en sus cantos brillantísimos la
influencia de un sistema poético que lleva la inspiración por rumbos de antemanos trazados.
También estudió Camporredondo la literatura latina, pero ni toda, según entendemos, ni unida y
como dependiente de la griega, única manera de hacer del todo fructuoso tal estudio. Miróla por el
falso prisma de las ideas críticas del siglo XVIII y no logró acercarse a la pureza clásica, aunque lo
pretendió algunas veces.
Dañó también a nuestro vate el aislamiento casi absoluto en que transcurrió su vida literaria, la falta
de libros y de consejos. Impidiéronle tales obstáculos acrisolar su gusto y dar a sus composiciones
aquel grado de igualdad, corrección y acabamiento, indispensable en el género de poesía a que dedicó
sus principales vigilas e hiciéronle a la par consumir estérilmente buena parte de sus fuerzas en
asuntos triviales, domésticos y familiares poco dignos de ser encomiados por el vate que cantó la
Expedición de los catalanes a Oriente y El primer sitio de Zaragoza .
Y con tantas dificultades que vencer, con tan desfavorables elementos ¿no es de admirar que
Camporredondo hiciera ensayos [p. 222] relativamente tan felices y llegara al honroso puesto en que
merece estar colocado?
No se nos acuse de severidad en estas primeras consideraciones; crítica hemos de hacer, no
panegírico; dispensen los amigos y admiradores del poeta si involuntariamente hemos podido ofender
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su sombra respetable. Nadie nos excede en amor a las glorias de nuestra provincia y en aprecio hacia
el talento de Camporredondo, pero fuerza es que realicemos la penosa tarea que nos hemos impuesto.
Por fortuna tendremos que alabar, y no poco, en el curso de este ensayo. Tiempo es de entrar en el
examen de las obras de Camporredondo.
En 1862 apareció en Santander un elegante volumen de 281 páginas en 4.º, rotulado Ecos de la
Montaña .-Poesías de don Calixto Fernández Camporredondo. [1] Llevaba al frente un elegante y
muy discreto prólogo suscrito por J. Paredes, transparente pseudónimo de un escritor ilustre, entonces
conocido sólo en la prensa santanderina y hoy universalmente admirado en nuestra república de las
letras. El futuro autor de Escenas Montañesas y de Tipos y Paisajes , tributa merecidos elogios al
mérito de nuestro vate no sin indicar alguno de sus defectos. La edición se hizo siguiendo en todo la
copia que de sus poesías dejó Camporredondo. Y es de sentir que no anduviese el poeta más severo
en la elección de las composiciones que debían formarla; con acierto hubiera obrado sacrificando una
tercera parte del volumen; que no las colecciones poéticas voluminosas, sino las escogidas llegan a la
posteridad. ¡Qué escasos en número son los versos de Garcilaso, de Fr. Luis de León, de Francisco de
la Torre o de Rioja! [2] La buena poesía es como el oro que en pequeño volumen oculta inestimable
riqueza. Camporredondo debió haber excluído de su colección casi todas las poesías festivas y
jocosas. Faltábanle dotes para este género y para colmo de desdichas empleóle por lo común en
asuntos triviales y de interés local, oportunos para llenar las columnas del Buzón de la Botica o del
Despertador Montañés , mas no para entrar en un libro destinado a la posteridad.
[p. 223] Sepultados debieran quedar en el olvido con los grotescos personajes a que aluden las
composiciones en loor del tamborilero Juan Callejo y de la Sandalia , que si hicieron las delicias de
los contemporáneos son insulsas y hasta incompresibles para los que no conocieron a tales héroes. Ni
nos parecen dignos de conservarse los juicios o testamentos de los años 48, 49, 51 y 56; el Expediente
contra el cólera morbo y otras poesías de la misma laya, por su naturaleza ligeras, fugitivas y
descuidadas; corto es asimismo el mérito en el Bando sobre locución , remedo poco feliz de algunos
inimitables desenfados de Quevedo, el de las dos sátiras A ellos, versificados con soltura, pero
sobremanera inferiores a la Proclama del solterón , de Vargas Ponce, que en ellas visiblemente se
imita, y aún al de los Lamentos de una vieja , que si están escritos con mayor gracia y esmero que las
demás composiciones antes citadas, adolecen de excesiva libertad en la expresión y en el
pensamiento, sin abundar en perfecciones artísticas que basten a cubrir tanta desnudez y tanto
realismo . No merece tan severa censura el fácil y donairoso romance Contra los álbums y las cocas
y algún juguete de menor cuantía; mas en general puede afirmarse que la retozona musa de Alcázar,
de Góngora, de Quevedo y de Iglesias, favoreció poco con sus inspiraciones a Camporredondo. Y
aún pudiéramos añadir que las poesías suyas más dignas de conocerse en este género no entraron en
la colección, hallándose en tal número el poema burlesco Expedición de los Trasmeranos a Pando , y
diversas, macarrónicas, dignas de Merlín Concayo , en especial las égloglas compuestas con ocasión
de la famosa Fuente Monstruo , y los hexámetros en loor del Indiano de Bendejo . Y es en verdad
sensible la omisión de este último rasgo, porque preveemos que ha de llegar día en que no sólo las
producciones del egregio Conde Palatino , sino todo lo relativo a su persona ha de ser buscado
ansiosamente por los bibliófilos, y ¿quién sabe si reimpreso en papel de hilo, con tipos elzevirianos y
en limitado número de ejemplares a la manera que hoy se reimprimen el Enrique fi de Oliva o los
Sermones del Coco Amero ?
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En esta sección de las poesías de Camporredondo, que no juzgamos necesario analizar, brillan de vez
en cuando rasgos ingeniosos y muy notables o por el pensamiento o por la expresión. En el elogio de
Juan Callejo, escrito en octavas reales, encontramos [p. 224] como perdidos estos cuatro versos que
han llegado a ser y con justicia casi proverbiales:
Y daré la razón, a ver si acierto
Por qué los sabios mueren mendicantes...
Dios el dinero (perdonadme, oh ricos)
Como es paja se lo echa a los borricos.
Pero repetimos, que consideradas en general estas composiciones, son de ningún interés y mérito
escaso, por lo cual se nos dispensará que prescindamos de su estudio limitándonos a poner en nota
sus títulos.
Del resto de las poesías debiera hacerse aún un expurgo, suprimiendo hasta cinco o seis entre eróticas
y elegíacas. Reducida así la colección y adicionada con las obrillas excluídas que antes
mencionábamos formaría un tomito precioso. Y ahora que hemos separado cuidadosamente las
espinas, cojamos las flores, que hartas dejó Camporredondo ricas de aromas y de colores.
En 1841 la Academia de Buenas Letras de Barcelona abrió un certamen poético sobre el tema
Expedición de los catalanes y aragoneses al Oriente . Concedióse el premio al ilustre escritor
lemosín don Joaquín Rubió y Ors por su poema Roudor de Llobregat o sia los Catalans en Orient,
adjudicándose respectivamente el segundo y tercero accésit a don Calixto Fernández Camporredondo
y al distinguido vate mallorquín don Tomás Aguiló. Justo fué por extremo el fallo de la docta
Academia. El poema de Rubió y Ors supera tanto a los de sus competidores que ni por un momento
debieron dudar los jueces en adjudicarle el lauro primero. No nos ciega el cariño de amigo ni el
entusiasmo de discípulos: sin ser ni con mucho la primera entre las producciones del ilustre Gatyer
del Llobregat, sin poder parangonarse con las odas a Cataluña y a Barcelona, con Mos Cantars , con
la Nit de S. Joan, Romans, Postas del sol... y tantas otras delicadas inspiraciones de su casta,
melancólica y cristiana musa, es obra de valor tan grande que en vano pudieran aspirar a competir
con ella los ensayos de Aguiló y de Camporredondo.
No es un poema, es una leyenda caballeresca en que están diestramente entretejidos los hechos todos
de la expedición catalana. Bien comprendió Rubió que no debían ocupar ellos el primer [p. 225]
término del cuadro, so pena de escribir en vez de un canto épico una narración histórica rimada,
siempre inferior a la crónica admirable del viejo soldado Ramón Muntaner y al elegante y clásico
compendio de Moncada. Porque fuerza es confesar que para los grandes hechos históricos nada hay
tan elocuente, ni tan poético como la historia misma; la poesía será siempre más afortunada con un
héroe que a ella sola o a la tradición popular deba su nacimiento y su carácter. Pudiéramos decir,
parodiando las palabras de Boileau, que la poesía Se soutient par la fable et vit de la fiction.
Por eso el héroe del poema de Rubió no es Roger de Flor, ni Berenguer de Entenza, ni Rocafort, sino
Roudor de Llobregat , un hijo de la fantasía del poeta; sus hazañas, sus amores y sus trovas llaman
ante todo la atención de los lectores. Y sin embargo, tan grande ha sido el arte del poeta, que en una
leyenda de dimensiones breves ha logrado encerrar, sin esfuerzo, sin oscuridad y sin fatiga, todas las
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homéricas empresas de aquellos aventureros que inverosímiles parecieran a no verlas confirmadas
por la mayor evidencia histórica que puede apetecerse. Quien conozca a Rubió como poeta no ha de
extrañar el que, rompiendo la tradición escolástica de los cantos épicos vuele a su placer por los
campos de la leyenda, sin caer jamás en la fatigosa monotonía de asaltos, consejos de guerra, revistas
militares y lanzadas, ni el que vierta tesoros de imaginación y de lirismo donde otros se hubieran
contentado con describir armas y registrar tajos y mandobles. ¡Qué variedad de tonos, qué riqueza de
poesía, qué penetración de espíritu de la época, qué versificación tan numerosa, acendrada y brillante
en el poema todo! Obra al cabo de uno de los primeros líricos españoles, del más eminente de los
poetas catalanes contemporáneos. La introducción es ya muy bella; algo tiene de la de Zorrilla en los
Cantos del trovador , aunque visiblemente la supera:
Ninas dels cabells d’or, las qui en las gradas
De’ls torneigs, com á reynas, os sentareu,
Y l’elm del vencedor per mil vegadas
Ab corona de honor engalanareu:
Las qui en cent jochs florals foreu cantadas
Pe-ls gentils trobadors qu’ enamorareu,
Angel-ls humáns, que Deu posá en la terra
Per’ vence’ als invencibles en la guerra.
[p. 226] Veniu a mí, jo canto a la hermosura,
Los caballers, las damas, las batallas;
No sempre bat mon cor dins l’armadura,
Ni canto sempre al peu de altas murallas:
Paladí y trobador, cants de ternura
Trech de l’arpa ab la ma ab que rompo mallas;
Y combats canto als qui per ells suspiran
Y amors a las qui als braus amor inspiran.
Forts caballers, veniu: també en mas cobles
Parlaré de fets de armas glorïosos:
Jo se de la historia de cent reys que’ls pobles
Umpliren de llur gloria y noms famosos:
Jo he llegit en las tombas de cent nobles
De llurs escuts los lemas amorosos;
Y puig foren valents, plaume cantarlos,
Com vos plau a vosaltres imitarlos.
Patges y paladins, dramas y ninas,
Veniu; jo se conmoure las entrañas;
Jo he cantat prop dels reys, combats, ruïnas
Y amors entorn las llars de las cabanyas:
Fill de Favencia, gestas peregrinas
Aprenguí de ma patria en las montanyas...;
..............................................
Veniu a mi los qui teniu encara
Plors per ma patria, reyna sens corona:
Jo cantaré sas glorias, puig m’es cara
Com al infant lo pit que llet li dona:
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Jo de sos fills la fortalesa rara
Vos diré y llurs virtuts que’el mon pregona;
Y puig li dech mon ser, será per’ ella,
Si una corona alcans’, la flor més bella.
¡Con qué lozanía y con qué gala está escrito el poema entero!
Com reyna de sas damas rodejada,
Reyna entre reynas, bella entre las bellas,
Passejava la lluna platejada
Lo cel, fentli la cort millars d’estrellas,
Mentre’n la mar de Marmora encantada,
Hont galanas se miran totas ellas,
Nostra temuda esquadra, sense brega
Com vol de cisnes escampats navega.
Perdonen mis lectores si cito algo más de este poema. Sírvame de disculpa lo poco conocida que es
del lado acá del Segre la literatura catalana. Véase el canto nocturno de Roger:
[p. 227] «¿No es cert que allá en la platja serpentina
»Del mar que de Bizanci ’ls forts murs rega,
»Regant ab perlas la ona cristallina
»Haveu sorprés, oh estels, ma hermosa grega?
»¿No es cert qu’, enamorada, allí una nina
»Per un soldat al Deu dels valents prega?
»¡Oh! ¿no es cert qu’en vosaltres la mia aymada
»Busca, com jo la sua, ma mirada?
»Bella es la verge á qui mon cor adora,
»Més que ’I lliri argentat que l’ona cria;
»Més que ’Is brillants que la rosada plora;
»Més que al naixer del mar l’astre del dia;
»Tan bella, que per’ferla ma senyora
»La corona de un rey cenyir voldria;
»Tan, que crech jo que d’ella estan gelosas
»Las estrellas del cel, del mon las rosas.
»Recordar plaume la hora benaurada,
»Oh estels, en qu’entre mitj de cent princesas,
»De Andrónich es la cort la viu sentada
»D’ella eclipsant las més gentis bellesas:
»Jo la mirí ab amor, y á ma mirada
»Sas galtas pel rubor jo vegí ensecas:
»Dé llavors mon cor vola entorn la qui ama,
»Com papallona incauta entorn la flama.»
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No canta sólo amores la musa de Rubió, también sabe describir con acerado pincel sangrientas
escenas de combate y de muerte. Ayúdale entonces la enérgica robustez de la lengua catalana no
inferior en este punto a ninguna otra de las neolatinas:
Lo feréstech dringar de las espasas,
Com un tro prolongat pels monts ressona;
Com martell en la enclusa, en las corassas
Lo ferir de las massas axí sona:
Rojas de sanch las llansas semblan brasas
Que relliscan pel foch qu’el camp corona;
Ni’s dona colp allí que no fereixe,
O que’ls elms o’ls escuts no destruheixe.
No’s queda atras Roudor qu’en la batalla
Busca’ls blasóns que’l fat mesquí li nega;
Baix sa espasa tot cau, com baix la dalla
Cauhen espigas d’or en temps de sega;
Mes com lo vent que als roures avasalla
Y que la herba del camp tan sols doblega,
[p. 228] Als qui fugen cobarts fa pont de plata
Mentres que als més valents provoca y mata.
No tant al ferest tigre la sageta,
Ni tant al toro brau la pica irrita,
Com del turch la insolencia al jove atleta
La sanch abrusa, y lo coratje excita:
Fins arrancarse sanch las dents apreta,
Y de rabia en son pit lo cor palpita;
Y empunyant cada qual l’arma temuda,
Prest s’enrogeix del camp la herba menuda.
Hablemos ya de las Armas de Aragón en Oriente , que tal es el título del poema de Camporredondo
encerrado en un solo canto de 91 octavas. [1] Aparte del cotejo con el de Rubió, que no haremos
porque le perjudicaría casi siempre, el poema de Camporredondo es una imitación muy feliz del de
Las Naves de Cortés , de Moratín el padre. En tal concepto entra en la categoría de los cantos épicos
de escuela y no llega a igualar al brillante modelo que imita, pero está escrito con valentía, aparte de
tal cual prosaísmo e incorrección y briosamente versificado. La proposición y la invocación están
presentadas en la forma de costumbre:
Canto el arrojo de ínclitos guerreros,
Que domeñando reinos y naciones,
Llevaron victoriosos sus aceros
A remotas y bárbaras regiones,
Y en mil encuentros y combates fieros
Conquistaron católicos blasones,
Inmortales empresas acabando,
Y a su patria alta prez asegurando.
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Desde esta estrofa comienza a notarse la imitación del Canto de las Naves . Dice Moratín:
Canto el valor del capitán hispano
Que echó a fondo la armada y galeones
Poniendo en trance, sin auxilio humano,
De vencer o morir a sus legiones ,
El que deshizo el trono mejicano
A pesar de mil bárbaras naciones,
Empresa digna de tu aliento solo,
Si en verso cabe y si me inspira Apolo.
[p. 229] Tiene esta octava sobre la de Camporredondo la notable ventaja de encerrar con claridad y
distinción el asunto del poema, pues a la simple lectura de la de nuestro vate difícil, sino imposible,
es adivinar que se trata de la expedición de los catalanes a Oriente, pues todas las frases que emplea
son harto vagas, y sin mudanza alguna pudieran servir de introducción a infinitos poemas. La
invocación a San Jorge, que inmediatamente sigue, aclara más el objeto de la obra, y a ella sigue una
excelente pintura de la decadencia del imperio bizantino, trazada con sobriedad, exactitud y energía
dignas de toda loa.
No era ya esta nación la que formara
Para reina del orbe Constantino,
Ni la que el gran Teodosio gobernara,
Ni la heredera del poder latino:
La molicie sus fuerzas enervara
Y su bélico ardor, ley del destino,
En que el oro, por medios corruptores,
En esclavos convierte a los señores.
Del hipódromo y circo a las vistosas
Funciones asistir, cismas sin cuento
Promover, que a sus lenguas venenosas
E impiedad proporcionan alimento;
Y en torpezas nadar libidinosas:
Esta es la vida y este el ardimiento
De esos afeminados reformistas,
De esa turba de eunucos y sofistas.
Llegan los catalanes y Camporredondo describe con felicidad el aspecto y armas de los principales
héroes, imitando en esto muy de cerca las Naves moratinianas. El retrato de Roger de Flor es
excelente:
Miradle qué galán, rica armadura,
Por milanés artífice forjada,
Cubre su cuerpo, nieve en la blancura
Es el airón que ondea en su celada,
Roja la sobreveste, a la cintura
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La deslumbrante, cortadora espada,
De preciosos diamantes guarnecida,
De bordado tahalí lleva prendida.
Sujeta al pomo con dorada hebilla,
Y del mismo metal que la coraza,
Lleva también, pendiente de la silla,
Una fornida y ponderosa maza,
[p. 230] Gruesa lanza con roja banderilla
La diestra mano empuña, la otra embraza
Ancho escudo de acero tresdoblado
Con láminas de oro reforzado.
Grabado en él había, por blasones,
Con maestro buril mano divina,
En campo azul, los fuertes eslabones
De la cadena que cerró a Mesina:
Dos naves con forrados espolones
Del mar cortando el agua cristalina
La rompían y el puerto descercaban
Y enemigas galeras ahuyentaban.
Diósele el rey Fadrique agradecido
A su valor e intrépido ardimiento,
Cuando por él del yugo aborrecido
Libre se viera el mesinense hambriento.
Dióle también, entre otros escogido,
Un corcel de batalla corpulento,
A quien Roger con suma gallardía
Oprime los hijares este día.
Vedle piafar de acero encubertado,
Erguido el cuello, la mirada ardiente,
En su ademán feroz y arrebatado
De cruda lid mostrándose impaciente:
Inquieto y bullidor tasca el bocado
Que sus ímpetus doma, y del fluyente
Humor, en leve espuma convertido,
Copos arroja en cada resoplido.
Y no va en zaga a estas octavas la siguiente, que en breves y oportunos rasgos, inspirados en
Moncada, describe a los Almugávares:
Nacidos en batallas, es la guerra
Su profesión, sus galas burdas pieles,
Su lecho de placer la dura tierra
Y su cuna y su tumba los troqueles.
Son invencibles, nada los aterra
ni el frío, ni el calor, ni las crueles
Ansias del hambre que a otros atormentan. [1]
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Y es fama que con yerbas se sustentan.
Recibe Andrónico a los expedicionarios y éstos dan comienzo a sus épicas empresas. La descripción
del combate es buena; hay [p. 231] octavas dignas de Ercilla. Véanse las siguientes y perdonemos los
agudos en que acaba la primera:
Dijo, y a la manera que rodando
Peñasco enorme de encumbrada sierra,
Va los erguidos árboles tronchando,
Y fieras y aves tímidas aterra,
Su fragor por las quiebras retumbando.
Así furioso con los turcos cierra
El invicto católico escuadrón ,
San Jorge apellidando y Aragón.
¿Vióse tal vez del uno y otro polo
Lanzarse, quebrantadas sus cadenas,
Al Austro y Aquilón y opuesto Eolo
Remolinar las líbicas arenas?
No de otra suerte agrúpanse en un solo
Campo cristianas haces y agarenas,
Del rencor y la cólera azotadas,
Confundidos turbanes y celadas.
Jamás combate igual vió de la guerra
El Dios horrendo en siglos transcurridos,
Ni el huracán, que robles mil atierra,
Resonó más terrible en sus oídos.
Al rudo choque retembló la tierra
Fueron montes y valles confundidos.
Estremecióse el mar, y rebramando
Límites más extensos fué ganando.
......................................
Todo es muerte y horror, vénse hacinados
En torno suyo cuerpos espirantes
Cadáveres y miembros destroncados,
Rotas armas, caballos y turbantes:
Tal a sus pies derriba de ambos lados
En el estío mieses ondulantes
Robusto segador con su guadaña
Hidrópica, terror de la campaña. [1]
Con la misma gallarda entonación está escrito el poema entero, que demuestra en Camporredondo
altas dotes para ese género de poesía épica convencional y de escuela. Aún encierra otras octavas
notables el poema, pero no las citamos porque nos falta espacio y preferimos llenarle con la noticia y
apreciación de otras obras de Camporredondo. Por última observación diremos que [p. 232] falta en
las últimas estancias algo como vaticinio de la traición de Miguel Paleólogo y de la venganza
catalana, algo que se parezca al hermoso epílogo de Rubió:
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Y los venjaren... Gran fou la matansa
Ab que los camps del Assia embermelliren,
Y ’ls restos del festí de sa venjansa
Als voltors y á las hienas repartiren.
Llurs fers oscaren; llur temuda llansa
S’abeurá en sanch de grechs... tants ne moriren,
Que de llur carn las feras se atiparen,
Y ab llurs ossos las planas blanquejaren.
...................................
Mes ¡ah! que no als qui som toca jutjarlos;
Y puig de pedra en llits humits reposan
De llurs fatigas, ¡ay cels qui evocarlos
Y subjecta’ls á llurs judicis osan!
Sols toca en sa balansa á Deu pesarlos;
Y puig ja los pesá, y ó d’ell ja gosan
O’ls tencá’l paradís, ma harpa de plata,
Sants ó damnats, mon Deu, ta lley acata.
El poema de Aguiló en tercer lugar premiado, aunque superior al de Camporredondo en riqueza y
lozanía, queda inferio en igualdad, en robustez y en nervio.
Fueron las Armas de Aragón en Oriente el primer ensayo de alguna extensión e importancia que salió
de las manos de Camporredondo. Las mismas cualidades que le avaloran brillan, aunque afeadas con
cierta incorrección y desaliño, en sus Odas heroicas , género que cultivó siguiendo las huellas de
Quintana y de Gallego. En ellas están sus mejores títulos de gloria. ¡Qué solemnidad y plenitud
ostentan algunas estancias de la oda a España , brillante y majestuosa, a pesar del tono declamatorio
y rígido, pecado capital del género! Júzguese por el comienzo:
Vencer, rendir, aprisionar naciones
Y leyes darlas, y en su misma frente
Grabarlas con la espada victoriosa,
Para después rodar los escalones
Del regio trono excelso y esplendente,
Y volver a la nada;
O gemir a su vez entre cadenas
Mirar amancillada
La antigua majestad, verse escupido
[p. 233] Por los mismos que vió a sus pies un día
Como esclavos en venta,
Es rigor inhumano y desmedido;
Es baldón, es oprobio y es afrenta.
Tal destino a mi patria el hado impío
Reservaba implacable
Tras tanto poderío,
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Tanta gloria y afán. Ella dió leyes
Al asombrado mundo en cuantas zonas
Con sus fúlgidos rayos el sol baña;
Al nombre victorioso de la España,
Temblaban los imperios y los reyes,
El pendón de Pavía y de Lepanto
Infundía triunfante por do quiera
Veneración mezclada con espanto.
Todo a la gloria y al valor cediera
Del español, que al verse de laureles
Oprimido y del orbe altivo dueño,
Adurmióse después en torpe sueño.
Hubo sí un tiempo en que la patria mía,
La patria de Corteses y Toledos,
Ostentaba sus barras y leones
De donde nace a donde muere el día;
Entonces respetados sus blasones
Mirábanse do quier; sus dignos hijos,
Entre la extraña gente,
Alzar podían sin temor la frente,
Y de ser españoles se preciaban,
Era su nombre entonces glorïoso
Y las naciones todas le envidiaban...
Hoy llamarse español es afrentoso...
¿Quién no recuerda al leer estos grandílocuos períodos, aquellas soberbias introducciones de
Quintana?
Eterna ley del mundo aquesta sea:
En pueblos o cobardes o estragados
Que ruede a su placer la tiranía
.................................
No da con fácil mano
El destino a los héroes y naciones
Gloria y poder...
.................................
¿Qué era, decidme, la nación que un día
Reina del mundo proclamó el destino...
[p. 234] El mismo tono de amarga reprensión y estóica entereza conserva la oda entera de
Camporredondo:
Alzate ya: la trompa horrisonante
Llama otra vez con bélico gemido
Las vencedoras haces a las armas:
Ruja el león de la empinada sierra
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Con roca voz que al enemigo espante
Y en nuevo ardor los ánimos levante,
A cruda lid, a sanguinosa guerra.
El vate montañés recuerda en este pasaje el fin de la oda a Padilla , pero tiene el buen gusto de no
armar al león con espada , lapsus en que incurrió Quintana. La alteza del pensamiento y de la
decisión decaen poco en el resto de la Oda, el Camporredondo que ora imita la estancia en que cantó
el Divino Herrera la caída del cedro del Líbano, ora recuerda a Gallego en el Dos de Mayo , lo hace
siempre con vigor y alientos propios que le separan harto de la grey de los remedadores.
Hay ocasiones en que lucha con sus modelos. Tal acontece en la estancia que sigue:
¡Al arma, al arma! El grito sacrosanto
De libertad o muerte poderoso
Retumba por los ámbitos de España,
Desde las playas cántabras que baña
El Océano bravo y turbulento
Al manso Turia y Betis caudaloso,
Del raudo Llobregat al Miño undoso,
Guerra repiten llanos y montañas,
Guerra los bosques, guerra
Los palacios y míseras cabañas.
Por los sinuosos antros de la tierra
Los ecos se derramen,
Y con sonido horrendo
También respondan al marcial estruendo
Y muerte o libertad bramando clamen.
Al lado de la Oda a España pueden colocarse la dirigida A doña Isabel II, el día de su proclamación
y jura por reina constitucional de España , y la delicada a encomiar El primer sitio de Zaragoza. En
la segunda, no indigna de figurar al lado del poemita de Martínez de la Rosa, del del P. Báguena y de
alguna otra poesía sobre [p. 235] el mismo heroico acontecimiento, notamos sin embargo más
ampulosidad, más desaliño, más reminiscencias inoportunas y más imitaciones no felices que en las
anteriores. Dos odas escribió Camporredondo abandonando en parte la entonación quintanesca y
acercándose más bien a la elegancia y blando estilo y atildamiento académico de Lista. Fué leída la
primera en la inauguración del Liceo Artístico y Literario de Santander; va dedicada a la patria y
tiene estrofas tan lindas como la a continuación transcrita, no obstando algún lunarcillo que
subrayamos:
No temas, patria, no, días gloriosos
El destino te guarda todavía,
Y lugar superior entre las gentes
.................................
Y triunfos y laureles victoriosos
Como cuando tu cetro se extendía
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Por reinos y naciones diferentes.
De tus astros fulgentes,
Cervantes el divino,
Los Velázquez, Herreras, Calderones,
Murillos, Garcilassos y Leones,
Que con feliz ingenio peregrino
Acrecieron tus ínclitos blasones
Y sempiterna fama,
No se ha extinguido aún la viva llama,
Ni se podrá extinguir el sacro numen
Que presidió sus obras inmortales
E inspiró tan sublimes pensamientos
A sus pinceles y fecunda vena,
Y voló a las mansiones eternales
Al verla presa de servil cadena.
Ya los altos asientos
Deja, y en raudo vuelo
Presuroso desciende,
Ya otra vez las doradas alas tiende
Sobre el césped florido de tu suelo,
Y agrupándose en torno la ardorosa
Brillante juventud, con tierno anhelo
Te abraza y te bendice.
Y un porvenir dichoso te predice.
La oda A la inauguración del ferrocarril de Isabel II , fuera la mejor entre las de Camporredondo a
no afearla las cinco últimas estrofas sobre toda ponderación prosaicas y desaliñadas. En este [p. 236]
canto es visible el anhelo de imitar el de la imprenta ; pero yo le encuentro más semejanza con la
famosa oda de Lista A la beneficencia , y con alguna de las Reinoso. Dispensen mis lectores que
añada algunas citas del todo indispensables, cuando se trata de obras desconocidas fuera de una
localidad determinada. El comienzo de la oda de Camporredondo tiene un muy grato sabor
horaciano:
Cantar empero el brazo vigoroso
Yo no pretendo del ungido atleta,
Ni a quien primero acércase a la meta,
Ni al vencedor con disco poderoso...
Gallarda es sin duda la estrofa que sigue, ya oportunamente recordada por el delicado crítico que
escribió el prólogo a las poesías de nuestro vate:
¡Del belígero Dios, de Marte fiero
Pasó el imperio ya, pasó, dejando
Charcas sangrientas tras su carro infando,
Luto, desolación...! Roto el acero,
Que yermara inclemente
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Por tantos siglos la asombrada tierra
Con su carro crujiente,
Despéñase el tirano de la guerra,
Y al bajar al profundo
Torna la paz a repoblar el mundo.
Siguiendo el error común (hoy destruído gracias a los trabajos de Rubió y Ors), atribuye
Camporredondo a Blasco de Garay la aplicación del vapor a la navegación, pone en su boca acentos
dignos del autor de tan portentoso descubrimiento, y canta luego los triunfos de:
Esa fuerza motriz omnipotente
¿Quién sus glorias dirá? De los bretones
Ella el poder acrecentó, y ansiosa
De nuevos triunfos corre victoriosa
A transformar la faz de las naciones.
En vano la ignorancia
Quiso oponer su carcomida valla,
Y con fiera arrogancia
Ostentaron cual sólida muralla,
Intratables, enhiestas
Los altos montes sus nevadas crestas.
[p. 237] Todo a su marcha, todo a su triunfante
Paso cedió: las ásperas montañas,
Abrieron sus recónditas entrañas
O allanaron sus cimas. Tal, delante
Del Bóreas impetuoso
Denso escuadrón de nubes se presenta
Y con ceño medroso
Su raudo impulso detener intenta;
El Bóreas aparece
Y de un soplo las rompe o desvanece.
Aún en las estancias dignas de censura hay versos tan notables como los siguientes:
Santander, Santander, taza preciosa
Emporio del comercio de Castilla,
Por la que crece en la riscona orilla
Del piélago sonante...
Quién dijera que un período poético así encabezado había de terminar con este prosaísmo y esta
pobreza:
¡Con cuánto regocijo
Te miró inaugurar la férrea vía
Hasta el confín vacceo,
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Objeto perenal de tu deseo!
Pero repetimos que la oda en conjunto es digna de atención y abunda en rasgos tan felices como este
oportunamente aplicado a nuestra ciudad:
Perla del Septentrión, moderna Tiro...
El amor a la tierra natal que brilla en esta y otras composiciones de nuestro poeta le inspiró una larga
oda A los antiguos cántabros , oda que mereció los elogios del señor Cañete y que es de cierto
acreedora a ellos, por más que la deslustren prosaísmos, ripios, remedos harto potentes y aparatosas
formas de escuela. Están en liras, a la manera de los cantos sublimes de Fr. Luis de León, y tiende a
imitar, sobre todo en su segunda parte, una de las producciones relativamente menos felices del
divino poeta del Tormes, su Profecía del Tajo , que al cabo no pasa de una buena imitación de
Horacio. Lo mejor a mi entender en la oda de [p. 238] Camporredondo son algunas estrofas del
comienzo; desde la mitad empieza a decaer sensiblemente.
No pueblos extranjeros
Celebraría con sonoras voces;
No los Cimbrios guerreros,
Ni los Parthos veloces,
Los Escitas, los Gétulos feroces...
Horaciana es esta estrofa, lástima que venga después de otras dos débiles y prosaicas. La descripción
de los cántabros está hecha con facilidad y gallardía:
En vuestros ojos arde
Fuego de libertad, llama guerrera;
Aumenta el fiero alarde
De vuestra faz severa
Luenga barba, flotante cabellera.
De poderosa clava,
Y del hacha fatal os veo armados, (verso flojo)
Del arco y de la aljaba,
De bidentes ferrados,
De ancha espada pendiente a los costados.
.................................
Así cabe el Tirreno
Mar os vieron las gentes italianas
Cuando, guiados del Peno,
Desgarrasteis en Canas
Las vencedoras águilas romanas.
Del Trasimeno lago
Las odas, las del Trevia y el Tessino
Recuerdan el estrago
Del reino de Labino,
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Reteñidas con sangre del latino.
Al soberbio tirano
No le valieron víctimas ni ofertas
para triunfar; en vano
Del dios bifronte abiertas
Fueron las duras rechinantes puertas.
El hombre que con tan clásica sobriedad sabía expresarse a veces, digno era de haber alcanzado para
sus producciones aquel grado de corrección y pulimento que las hubiera dado lugar muy honroso
entre los tesoros de nuestra literatura. Una de las poesías [p. 239] en que esta desigualdad aparece
más notable es la Oda a Inglaterra , única que escribió en variedad de metros a la manera romántica.
Este singular ensayo, que tiene algo de invectiva, empieza bien y concluye fatalmente. La descripción
de la Gran Bretaña es buena, las maldiciones contra ella sobre toda ponderación prosaicas.
Dejó Camporredondo dos odas sáficas, una Al Sol y Al amor la otra, correctas ambas aunque difíciles
y premiosas, sin novedad en el pensamiento ni en la expresión. Falta además a algunos versos la
acentuación debida, y échase de menos en casi todas las estrofas el vuelo lírico de la alada estrofa de
Lesbos, mal cultivada generalmente por los poetas no helenistas.
Una sola poesía sagrada hallamos entre las de Camporredondo: es una breve oda A la entrada de
Cristo en Jerusalén . Bien escrita y acabada, tono y estilo los de la escuela sevillana del siglo pasado.
Dos himnos muy apreciables se registran en la colección de nuestro poeta, uno Al Dos de Mayo, otro
Al feliz restablecimiento de la Reina Ntra. Señora después del criminal atentado contra su vida. Para
su mayor elogio diremos que nos parecen dignos de Arriaza, consumado maestro en este género de
poesías de circunstancias destinadas al canto.
Escribió Camporredondo tres elegías, cada cual en diverso tono y con metro diferente. [1] Compuesta
la primera en coplas de pie quebrado resiéntese de debilidad y ripios; el instrumento no obedece bien
a la mano del poeta y, a pesar de su conato de imitar a Jorge Manrique, quédase a muchas leguas de
aquel admirable original.
Es la segunda una epístola en romance endecasílabo, bien sentida y bien versificada hasta la mitad
aproximadamente, harto prosaica de allí en adelante. Muy superior a entrambas es la tercera en que el
poeta llora la muerte de un amigo suyo muy querido. No importa que empiece invocando a las Musas
y caiga a veces en fórmulas retóricas; también sabe encontrar acentos que al alma va y brotan del
alma:
[p. 240] ¿Qué fué ¡ay de mí! del tálamo florido?
¿Las nupciales antorchas
Dónde están que tus bodas alumbraron?
Un lustro no ha pasado, y la tremenda
Tempestad se desata
Que hunde tu lecho y las antorchas mata.
¡Adiós Gerardo, adiós! Quizá no tarde
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El ángel de exterminio
En cerner sobre mí sus negras alas,
Mientras al cielo subo, donde habitas,
El adiós postrimero
Recibe en este canto lastimero.
¡Demasiado pronto se cumplió el vaticinio del poeta! Lástima que afeen esta tierra elegía pedantesca
alusiones a Pílades y Orestes y un nombre propio empalagosamente repetido hasta ocho veces.
Escasas en número, y no muy notables, son las poesías eróticas de Camporredondo. Entre ellas juzgo
preferible una especie de himno dirigido A mi amada, el día de su cumpleaños. Está escrito con
soltura y elegancia.
Los sonetos son poco afortunados; el prosaísmo, vicio capital del poeta, ofende más en tan breve
espacio que en sus largas odas. Hasta diez sonetos incluyó en su colección nuestro vate; pero ninguno
me parece digno de conservarse, a pesar de los buenos versos esparcidos en ellos. Hasta tuvo el mal
gusto de escribir uno de ellos en forma acróstica , extravagancia rítmica que en los tiempos que
alcanzamos parece relegada a los cisnes de la isla de Cuba.
Con acierto ensayó sus fuerzas Camporredondo en un romance morisco titulado Abenamar , que en
partes tiene algo de la gallarda entonación de Góngora. Algunos juguetes de sociedad, como las
donosas redondillas A una enlutada , diversas composiciones para album (una de ellas en versos
sueltos elegantes y bien construídos), y una desdichada y no directa traducción de la anacreóntica del
Amor Preso , completan el tomo de poesías de nuestro paisano.
De cuanto hemos indicado sobre Camporredondo, de cuantas citas hemos ofrecido tal vez con
profusión, puede deducirse nuestro juicio sobre este poeta. Sin encontrar semejanza alguna entre él y
Garcilasso, como la halló con sobra entusiasmo un distinguido escritor montañés en cierta necrología,
sin juzgar tampoco [p. 241] que rayó en lo poco que hizo a la altura de los primeros líricos y épicos
españoles, como afirma el discreto prologuista de sus poesías, amigo nuestro muy querido,
juzgámosle acreedor a un buen puesto entre los líricos de segundo orden. Es hasta cierto punto un
poeta anacrónico ; pertenece del todo a la escuela del siglo pasado y comienzos de éste, pero le falta
su corrección y su pureza en las formas. Tiene alientos líricos no despreciables, pero tropieza y cae en
el prosaísmo; ninguna de sus composiciones puede presentarse como dechado en el género a que
pertenece. Aún en las más correctas, en el canto de las Armas de Aragón , en la oda A España y A mi
patria , tropiézase con locuciones débiles y propias sólo de la conversación. Es un poeta erudito a
medias, y esto le daña; faltóle variedad y extensión en los estudios, faltóle dirección y consejo. En
más felices circunstancias quizá hubiera rayado a la altura de Gallego, de Lista o de Reinoso. El
trabajo perseverante y tenaz, el estímulo de la popularidad y el aplauso entre los doctos hubieran
purificado más su gusto, que era de los que se educan, no de los que nacen espontáneos e infalibles.
Una ventaja sola tuvo para él el aislamiento literario a que vivió condenado: jamás se enturbió la
pureza de su lenguaje, siempre castizo, aunque no siempre correcto y acendrado. Es hablista
estimable y por maravilla se encuentra en sus obras algún galicismo debido al trato, según
entendemos, y no a los libros. Sus no muy extensos conocimientos de lenguas y literaturas extranjeras
le salvaron de éste y otros peligros. Formó su estilo en los libros del buen tiempo y si no tomó de
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ellos la abundancia, la lozanía, la independencia en las construcciones y la riqueza, aprendió por lo
menos a formar y unir sus frases de un modo legítimo y verdaderamente castellano . Como
versificador presenta grandes desigualdades; en muchas poesías suyas son visibles la dificultad y el
trabajo, conócese que forjaba los versos a martillazos , para valernos de la gráfica expresión de Mor
de Fuentes. Sus rimas ofrecen poca variedad y aún degeneran a veces en participios, gerundios y
adverbios. Son más notables estos defectos en sus primeras producciones: más adelante fué
corrigiéndose y llegó a ser metrificador acendrado y robusto, aunque nunca suelto ni armonioso.
Empeñóse en cultivar todos los géneros y no todos con el mismo acierto, y esta división de fuerzas
perjudicó al éxito final de sus trabajos. Pero ¿qué extraño que [p. 242] incurriera en estos yerros
viviendo en una ciudad mercantil, sin universidad, sin bibliotecas, sin academias y que sólo al
individual talento de sus hijos ha debido siempre sus blasones científicos y literarios? Lo admirable
es que nuestro poeta se elevase tanto, tuviese tan altas aspiraciones y aún llegase a realizarlas en
parte. Digno es en tal concepto, aún quilatado con severidad absoluta el mérito de sus obras, de
ocupar un alto puesto entre los escritores montañeses y por eso abrimos con él este tomo dedicado a
los líricos contemporáneos .
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 217]. [1] Nota del Colector.- El original de este estudio se ha conservado autógrafo e inédito hasta
el presente entre los papeles de Menéndez Pelayo. Está fechado en 20 de Febrero de 1876.
Véanse las notas que van al comienzo del estudio sobre D. Evaristo Silió y Gutiérrez.
[p. 222]. [1] Imp. y Lit. de Hijo de Martínez, Plaza Vieja, 1862, XX, 281 pp.
[p. 222]. [2] Y aún hay que rebajar la Epístola Moral y la canción a las Ruinas , obras de Andrada y
de Rodrigo Caro.
[p. 228]. [1] En la edición de Santander. En las dos de Barcelona tiene seis octavas menos.
[p. 230]. [1] Nótese el prosaísmo de esta expresión que es ya verdadero ripio.
[p. 231]. [1] Esta imagen fué empleada también por Rubio en una de las octavas que citamos antes.
Véase cuán diverso colorido la dieron ambos poetas.
[p. 239]. [1] A la temprana y sentida muerte de la señorita doña Alejandra Huidobro-A la señora doña
Jesusa Mier y Terán de Carrias en la muerte de su hijo.-A la muerte de don Gerardo de la Pedraja y
Cuesta.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 243] DON EVARISTO SILIÓ Y GUTIÉRREZ [1]
VENGA a ocupar el puesto segundo en esta galería de líricos cántabros [2] el simpático y malogrado
cantor de Santa Teresa de Jesús y de la Magdalena , ya que fué el segundo en descender a la ciudad
de los muertos. Deber es imperioso de historia literaria salvar del olvido los nombres dignos de vivir
en la posteridad, entre tantos como han sonado y suenan, con efímero y pasajero aplauso, en esta era
de arrebatada y copiosa producción artística, en que pocos se cuidan de separar el oro de la escoria,
por la mucha escoria que encubre el oro. Entre tantos volúmenes de versos como desde 1835 han
aparecido, infinitos, hay poco dignos de recordación honrosa ni aun de registro bibliográfico, pero no
faltan algunos, y aún pudiéramos decir muchos , que ora por la pulcritud de la forma, ora por la alteza
de la imaginación y la intensidad de los afectos, son acreedores a puesto muy honroso en el tesoro de
nuestra literatura. No en vano derramó Dios a manos llenas el ingenio en esta nación privilegiada,
donde jamás han faltado [p. 244] ni faltarán poetas. La misma abundancia hace que miremos con
poca estima este género de producciones, siempre que no excedan en mucho la medida común, o
logren por excepcionales circunstancias muy subida fama.
A pocos asiste valor para engolfarse en ese piélago lírico y dramático que, a no dudarlo, ha de poner
espanto a los futuros bibliófilos e historiadores literarios. El público de ahora ve con absoluta
indiferencia la aparición de tomos y tomos de poesías líricas que sólo leen los amigos a quienes el
autor se los regala; las producciones dramáticas no sobresalientes y aun algunas muy estimables,
nacen y mueren en la misma noche. La falta de crítica formal contribuye al mismo resultado; todo se
abulta en los hiperbólicos párrafos de gacetilla y el hombre de buen gusto, hastiado de tan
empalagoso incienso y de tanta sátira insulsa, acaba por confundir a todos en idéntico menosprecio y
no cae en la tentación de abrir uno solo de esos volúmenes que se presentan arreados con los vistosos
títulos de Dolores, Quebrantos, Armonías, Pensamientos, Gemidos, Tristezas, Recuerdos y otros de
la misma laya, rótulos capaces de ahuyentar al más hidrópico leyente. Porque suelen tales colecciones
poéticas adolecer de uniformidad y amaneramiento tan extremados, suelen encerrar tan escaso interés
para quien no sea el autor o la dama de sus pensamientos, causa ocasional de sus tristezas y
lamentaciones, falsas y artificiales en sumo grado, que no hay paciencia que baste para leer cien,
doscientas, mil veces... idénticos conceptos, expresados de la misma manera. Y, sin embargo, no es
cosa infrecuente encontrar en ese maremagnum poético libros marcados con la huella indeleble del
talento, apartados de fastidiosas trivialidades y rutinas, robosando de verdadero sentimiento, atildados
y correctos de la forma, y que no obstante, por cierto sino fatal, no son conocidos ni apreciados sino
por aquel a quien lleva a su estudio necesidad ineludible. Uno de esos ingenios dignos de mejor
suerte, es Evaristo Silió y Gutiérrez, verdadero poeta, que sorprendido por la muerte en el comienzo
de su carrera, dejó, sin embargo, bastantes y muy sazonados frutos de su ingenio, para que su nombre
deba ser pronunciado con orgullo por los montañeses y con hondo respeto por todos los amantes de
las letras españolas.
Nació nuestro vate en Santa Cruz de Iguña, en 1841. Recibió [p. 245] en su pueblo natal la primera
educación y se dedicó en Santander por algunos años al comercio, del cual le apartaron muy en breve
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sus aficiones literarias. A los dieciséis años pasó a Valladolid, donde se dió por entero al cultivo de la
poesía y escribió, a los diecisiete, un drama, Fe, Esperanza y Caridad , que fué representado en una
sociedad decorada con el título de La Flor de Mayo . Los aplausos recibidos allí y en varias reuniones
literarias en que leyó sus primeras composiciones líricas, alentaron su naciente inspiración y le
movieron a trasladarse a Madrid, donde amplió sus primeros estudios, llegando a poseer las lenguas
italiana, francesa, inglesa y alemana, a cuyas literaturas se dedicó con especial ahínco. Laboriosa fué
su vida de escritor en la corte, pues además de dar a la estampa las obras que después analizaremos,
colaboró en diversos periódicos, como El Eco del País, La Constitución, La Voz del Siglo ,
ocupándose especialmente en críticas literarias y teatrales.
En los últimos años de su breve existencia hacía frecuentes excursiones a su valle natal, que le inspiró
sus más preciados cantos. Murió en Santa Cruz de Iguña en 1874. Era de complexión débil y
simpático carácter. [1] Y dadas estas breves noticias del hombre, hablemos del poeta.
Fué Silió lírico original y espontáneo y como nacido en la tierra de los montes y de las olas, llevóle su
instinto poético a la escuela septentrional , menos estudiada y conocida que la salmantina, la
sevillana, la catalana, la valentina o cualquiera otro de los grupos literarios ibéricos, pero de
existencia no menos real ni menos definidos caracteres. Tal vez ha sido fortuna para la escuela del
Norte no hallar aun un dogmatizador ni trazarse un código inflexible que a la corta o a la larga
hubiérala llevado al amaneramiento, en que aun sin esto cayeron algunos de sus representantes. Los
poetas salidos de esta agrupación que geográficamente podemos considerar extendida por Cantabria,
Asturias y Galicia y tierras de León (del lado allá del Duero , como decía Lista), ofrecen todos un
sello de familia, una similitud literaria que de igual suerte los aisla de la poesía castellana como de los
escasos vates que han florecido en las comarcas eúskaras. Soñadores y [p. 246] meditabundos los
septentrionales , distínguese por lo vago y aéreo del fondo de sus concepciones, por la melancolía
intensa y profunda que casi siempre les anima, por su afición extremada a la parte sombría, nebulosa
y triste de la naturaleza, que produce en ellos graves pensamientos y solemnes meditaciones. La
escuela del Norte es creyente como todas las escuelas peninsulares, pero la expresión del sentimiento
religioso no toma en sus cantos el vuelo místico de la escuela salmantina, ni la bíblica entonación
herreriana , ni se combina con recuerdos de la Edad Media cual acontece en los modernos poetas
catalanes, sino que propende a abstracciones y es siempre subjetiva , gustando sobre todo de cantar la
triste peregrinación del hombre por este valle de lágrimas, las agitaciones y tormentos de la
conciencia, el dolor y la resignación que expían y llegan a borrar el pecado. Las vagas inquietudes del
alma, el anhelo y la sed de lo infinito suelen ser, así mismo, asunto de esta poesía que da, no obstante,
a tales aspiraciones un tono muy diverso del vehemente, arrebatado y encendido de nuestros grandes
místicos. Rara vez escogen los vates del Norte asuntos históricos , cuya índole objetiva se presta poco
a su genialidad y cuando por excepción lo hacen, suelen acudir a los más tristes y meláncólicos,
llamándoles sobre todo la atención las ruinas de antiguos monumentos, los países desolados, los
grandes lutos de la humanidad y de la patria. Y cantan tales hechos, no con exactitud arqueológica ,
ni deteniéndose en los accesorios pintorescos, ni menos con expresión de arrebato e ira, sino con la
misma reposada melancolía que muestran en el análisis de los dolores íntimos de su alma. Tales
caracteres resultan en los cantos de Enrique Gil a Polonia, a los Templarios, al Dos de Mayo; en las
tristísimas meditaciones de Pastor Díaz sobre el Acueducto de Segovia y otras ruinas y vestigios de
pasadas grandezas; y en fragmentos históricos de otros poetas menos conocidos y celebrados. Canta
el amor la escuela septentrional, como todas las escuelas y todos los poetas del mundo, pero lo canta
a su manera , nunca como placer de los sentidos, a semejanza de los elegíacos latinos; ni aun como
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admiración contemplativa de la belleza física, cual a veces sucede en la poesía helénica; ni con el
místico arrobamiento y metafísicas cavilaciones de los petrarquistas ; ni arreado de pastoriles galas
cual aparece en los eróticos del Renacimiento; ni envuelto en los [p. 247] discretos y caballerescas
devociones de nuestro teatro; sino de una manera ideal, vaporosa, casi impalpable y, sin embargo,
humana , cuyo objeto no puede considerarse como un símbolo de altas ideas ni una encarnación de la
belleza, pero que suele ser una mujer soñada, una inmortal amiga , una sirena , una ondina , que ora
habita en las fuentes, ora baña sus trenzas en el río, ora se mece en las revueltas y bravías olas de
nuestra mar; y que interesa, en fuerza de su vaguedad misma, porque representa bien los sutiles y
vaporosos pensamientos enamorados de la juventud, en tierras de montaña, bajo un cielo de nieblas,
en costas escarpadas y bravías. El espíritu poético que tiende a animar la naturaleza, que es
eminentemente plástico y vivificador, diversifica sus creaciones según el país en que las produce y
engendra en toda comarca septentrional visiones pálidas y nebulosas, así como en las regiones del
Mediodía, donde todo es luz, calor y movimiento, donde hierve la vida, hace brotar ensueños
deliciosos hondamente marcados con el sello del país en que tal tipo estético se encarna y
desenvuelve con exclusivo e incontrastable predominio.
Al celebrar las maravillas de la naturaleza se apartan más y más entre ambas escuelas; la una canta el
sol en su oriente, la otra le llora en su ocaso: describe la primera al despertar de la Aurora, deléitase la
segunda en las sombras del crepúsculo de la tarde. La luna , el Sol de los tristes (expresión bellísima
de un gran poeta montañés) es tema favorito de sus inspiraciones; los escondidos valles iluminados
por su pura y melancólica lumbre, convidan a nuestros vates a la meditación y al canto; el seno
agitado y tormentoso del mar de Cantabria, indúceles a abismar en él el pensamiento y la mirada; la
nube blanca arrástrales en su curso a incógnitas regiones. Si de flores hablan, será de las modestas y
escondidas, como la violeta que cantó Enrique Gil:
Quizá al pasar la virgen de los valles
Enamorada y rica en juventud,
Por las umbrosas y desiertas calles
Do yacerá escondido mi ataúd,
Irá a cortar la humilde violeta,
Y la pondrá en su seno con dolor,
Y llorando dirá: «pobre poeta,
Ya está callada el arpa del amor»;
[p. 248] como el lirio , celebrado por Laverde en la más bella de sus composiciones:
Allá del mar en la desierta orilla,
Yace su cuerpo en escondida gruta,
Donde entre zarzas solitario vive
Lirio celeste,
Místico lirio a cuyo cáliz puro
Bajan los rayos de la luna leves,
Gime con ella cariñoso el viento,
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Gimen las ondas.
La poesía del Norte no tiene formas muy definidas, quizá por la escasa relación que siempre ha
existido entre sus poetas: pero los caracteres distintivos de la escuela literaria sobresalen de igual
manera en las composiciones generalizadoras y pesimistas de Pastor Díaz, que en las tiernas, pero
difusas e incorrectas, de Enrique Gil, en las del malogrado Aguirre Galarraga, en los cantares
gallegos de Rosalía de Castro, en las estrofas sáficas de Laverde en que se verifica una extraña, pero
bellísima unión de forma clásica y fondo septentrional y hasta en la elocuente prosa, muchas veces
lírica, de Juan García . Y no han de maravillarnos que en las comarcas donde esta poesía es fruto
natural del suelo, se observen, sin embargo, excepciones tan notables como la tendencia objetiva de
Trueba y Cosío, imitador de Walter Scott en novelas y poemas cortos, y el subjetivismo de
Campoamor que lo es de una especie muy distinta del de los demás líricos septentrionales. Pues
aparte de que estas mismas excepciones confirman la regla, y dado caso que ni las condiciones del
país ni el influjo de escuelas literarias pueden encerrar en un círculo estrecho el genio de todos y cada
uno de los escritores nacidos en una extensa comarca, ha de tenerse en cuenta que Trueba y Cosío por
su alejamiento del país en que vió la luz primera, por su educación inglesa y por ser ingenio más
imitador que espontáneo, entró de lleno en la corriente literaria de su época; y en cuanto a
Campoamor, con ser poeta tan original y sui generis , puede notarse en los detalles, además de la
influencia de sistemas filosóficos modernos por él asimilados y convertidos en sustancia propia,
ciertas reminiscencias de poesía septentrional , nunca borradas del todo en literarios que desde el
nacer respiraron aquellas auras.
[p. 249] Señalados ya con la posible claridad y distinción los caracteres de la escuela del Norte,
vamos a estudiarla en las poesías líricas de Silió encerradas casi todas ellas en un pequeño volumen
en 12.º, de 77 páginas, rotulado con mucha propiedad Desde el Valle . [1] Y empezaremos por
advertir que es ya buena señal el que redujese el modesto poeta su colección a 13 composiciones,
escritas y acabadas con esmero, en vez de publicar, como otros, enormes volúmenes en que lo bueno
aparece sepultado bajo la inmensa balumba de lo malo. Y también agrada verlas tan escuetas de todo
prólogo e introducción laudatoria, lo cual asimismo demuestra el buen gusto del malogrado vate
montañés.
No obstante la escasa variedad de asuntos y de tonos que en los versos de Silió se advierten, su
limitado número, la verdad del sentimiento en ellos expresado y la corrección y elegancia de la frase
bastan para salvarles del olvido en que caen tantas otras colecciones poéticas. Compúsolos su autor
en los postreros años de su vida, cuando dolores a la par morales y físicos habían caído sobre él,
templando su alma, naturalmente dispuesta a melancólicos pensamientos, como las de casi todos los
vates de su escuela. Él mismo expresa bien su genialidad lírica en las siguientes estrofas, escritas con
notable pureza y sobriedad:
En vano me finjo la dicha cercana,
Y alzar quiero un punto la voz del placer,
Pues voz más potente me grita inhumana
Que en triste recuerdo se torna mañana
La dicha de ayer!
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Y en vano buscando del gozo la idea,
Hoy vuela mi mente do un tiempo le vi,
Do gira la danza feliz de mi aldea,
Que hoy sólo el alarde risueño campea
De júbilo allí!
Allí de la bella que oyó sus clamores
Hoy orna el amante la agreste mansión
Con rústicos ramos y cintas y flores
Que emblema sencillo de dichas y amores
Pacíficos son.
[p. 250] La pura alegría que el alma recrea,
Los dulces placeres hoy reinan allí,
Mas hoy del mañana me finjo la idea,
Y en triste reposo contemplo la aldea
Do el júbilo vi!
Un sol que declina con tenues fulgores
Tras árida cumbre nublándose va,
Suspiran los tristes nocturnos rumores,
Y secos los ramos, y mustias las flores
Deshójanse ya.
Así lo que emblema de gozo es un día
Se nubla, a mis ojos, del tiempo al través,
Y así cuando quiero cantar la alegría
Mi mente contempla la pena sombría
Que viene después!
Análogas profesiones de tristeza encontramos en todos los líricos del Norte y no ha de atribuirse en
ellos a influjo de la moda sentimental y llorona, pues muchas veces, como aquí advertimos, la
expresión es natural, sencilla y sin rastro de amaneramiento, como que brota espontáneamente del
corazón.
Huellas de un sentimiento más amargo, un tanto escéptico y leopardino , vislumbramos en la
composición titulada Una fiesta en mi aldea , una de las más bellas que en esta colección figuran
Hoy en fiesta, hay romería
Delante de mi balcón...
Huya ante tanta alegría
La eterna melancolía
Que me oprime el corazón.
El poeta quiere aturdirse con el estruendo y el bullicio de la romería, pero va descendiendo la tarde y
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torna él a sus tristes meditaciones:
No bajéis mustias la frente
Mirando el placer huir;
No miréis al sol poniente
Que en las cumbres de occidente
Va ya trémulo a morir.
Suena la campana de la oración y Silió describe los efectos de su solemne tañido en la alborozada
multitud:
[p. 251] Cesó el alegre clamor
De las danzas bulliciosas;
Sólo suena en derredor
De mil preces misteriosas
El sordo y triste rumor.
Ya se alejan los que huyeron
Las montañas con afán
Y a la fiesta descendieron.
Pero ¡qué alegres vinieron
Y qué abatidos se van!
A esta antítesis de dolora campoamoriana sigue la cavilación nocturna, que presenta evidentes
analogías con la oda de Leopardi La Sera del di de festa:
Dolce e chiara é la notte e senza vento
E queta sovra i tetti, é in mezzo agli orti
Posa la luna, e di lontan rivela
Serena ogni montagna...
Así comienza el admirable y desesperado poeta recanatense. A imitación suya, pero convirtiendo en
triste la notte dolce y chiara cantada por el italiano (transformación natural en la poesía del Norte) y
alterando también la pura y clásica sencillez de su modelo, que tomó de Virgilio el fondo de su
descripción, dice el vate montañés:
Reina la noche triste: ni un acento
Turba su muda y pavorosa calma
Que espanto infunde al alma;
Calla dormida el ave, calla el viento
E invisible cruzando el valle umbrío,
Sume y ahoga su rumor profundo
Allá en la hondura de su cauce el río.
¡Tal debió ser antes que fuera el mundo
El eterno silencio del vacío!
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..................................
Oscuro está mi valle, el cielo oscuro
Y ay! oscura también el alma mía!
Mas a veces la luna entre el misterio
De las sombras riela en la montaña,
Y ahora del lejano cementerio
Sólo el recinto pavoroso baña!
[p. 252] Todo ello está discreta y poéticamente dicho, pero prefiero la concisión de Leopardi. El
fondo de la composición es tan lúgubre en el uno como en el otro; pero en Silió, escéptico sólo en
momentos dados, se vislumbra un rayo de esperanza que jamás ilumina los cantos del italiano. Saluda
Leopardi a
-l’antica natura omnipossente
che mi fece all’afanno...
Y advierte que ni aún le queda la esperanza:
A te la speme
Nego, mi disse, anche la speme; é d’altro
Non brillin gli occhi tuoi se non di pianto.
Silió, por el contrario, no con esta fría impasibilidad y horrible resignación, sino con el acento de
angustiosa duda, propio de tantos hijos de este siglo desventurado, exclama en voces dignas de un
gran poeta:
Espíritus errantes que en el fondo
Donde la humana voz jamás retumba
Dejásteis ya el mortal légamo hediondo,
Venid, y a solas reveladme el hondo
Misterio de la tumba!...
¡Llegad! la noche que adorais umbrosa
Reina lóbrega aquí; todo sumido
En su profunda oscuridad reposa:
Mi espíritu os llama desprendido
De la materia odiosa!
¡Llegad! decid a mi mortal anhelo
Si con vosotros vaga,
Donde tendéis el invisible vuelo,
La dulce virgen que mi amor halaga
Cuando mi mente se remonta al cielo!
¡Llegad! decidme si a su bien unida
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El alma, y desprendida
De la opresora terrenal corteza,
Verá que, al fin de la mundana vida,
La que en sus sueños imagina empieza!
Pero lo que sigue a esta magnífica invocación, bello también (no dudamos en afirmarlo), está
inspirado por tan desconsolador [p. 253] escepticismo como los versos más horribles de Leopardi.
Sin aprobar en nada el descaminado espíritu que los dictó, no puedo resistir a la tentación de
transcribirlos:
Mas inútil clamor! la queja ruda
Exhalo en vano y el mortal gemido:
Mudos los cielos y la tierra muda.
Cuanto al acento de la fe extinguido
Su voz levanta la angustiada duda,
Sólo responde a mi profunda pena,
Que alza su grito para el bien en vano,
La triste voz de la ansiedad ajena:
Que otra vez por mi mal allá lejano
El triste canto de la tarde suena:
Como esa flor que arrojas
Ya deshojada,
La flor se va quedando de mi esperanza;
Y es dulce prenda,
Que mi llanto de fuego
Su tallo quema.
También esta idea del canto lejano es de Leopardi:
Ed alla tarda notte
Un canto che s’udia per li sentieri
Lontanando morire a poco á poco
Già similmente me stringeva el core.
Acabemos con la inspiración de nuestro malogrado ingenio, que termina tan dignamente como
empezó, vislumbrándose de nuevo la esperanza:
Hórrido valle donde el duelo mora,
En medio de tu calma aterradora
Que el ánimo quebranta,
Hay un mortal que desvelado canta,
Pero es un triste que cantando llora!
¡Oh, tú que miras el anhelo mío
Volar del mundo a la región que adoro,
El ruego escucha que en mi afán te envío:
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Ve, que en la noche del dolor sombrío,
También, si canto, cuando canto lloro!
El alma de Silió era creyente y hasta fervor religioso se advierte en los poemas de que luego
hablaremos, pero en el tiempo que [p. 254] residió en Madrid no logró sobreponerse del todo a la
atmósfera de escepticismo y descreimiento que en algunos círculos se respiraba. Las conversaciones,
la lectura de libros de mala filosofía por quien no era filósofo ni estaba suficientemente preparado
para distinguir la ciencia y el sofisma, quebrantaron en ciertos instantes las creencias que en el hogar
montañés aprendiera, y engendraron en su ánimo acerbas dudas y tristes desalientos que tal vez
apresuraron su muerte y que repetidas veces asoman en sus últimas poesías. Mas no es esto decir que
cayera jamás en formal heterodoxia, porque su sano instinto le apartaba siempre del escollo y como
obraba y escribía más por sentimiento que por reflexión, su alma de poeta español y septentrional
acababa por sobreponerse a las heladas doctrinas que reciamente combatían su espíritu. Comprendía
que el artista no nace para sembrar dudas y dejarlas sin solución, sino para realizar el sublime fin, que
él mismo cumplió en Santa Teresa de Jesús y en la Magdalena , y que bellamente expresa en estos
versos de una de sus composiciones líricas:
¡Cuántas veces a tu acento,
De la inspiración al grito,
Habrá apagado el lamento
Algún corazón sediento
De adivinar lo infinito!
¡Cuántas veces de tu canto
Volando algún alma al par,
Sobre este valle de llanto
Se habrá remontado tanto
Que habrá gemido al bajar!
¡Cuántas invocando al Ser
Que tu acento diviniza
Habrás conseguido hacer
Sobre la tibia ceniza
La llama ferviente arder!
¡Canta, pues, artista, canta
Con ese sublime anhelo
Que el espíritu agiganta,
Fija en la tierra la planta
Y la mirada en el cielo!
¡Canta, y que el mundo se asombre
Al volar del genio en pos
[p. 255] A esos espacios sin nombre
Donde ya el alma del hombre
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Siente el aliento de Dios.
La terrible duda del destino humano aqueja siempre a Silió en sus momentos de escepticismo y le
inspira dos de sus más notables composiciones, la Nave y la Vida . En la primera con la usada
alegoría de la nave, por él diestramente rejuvenecida, describe la humanidad bogando sin norte ni
rumbo, entre peligros y borrascas:
Ya cruce las olas dormidas del lago,
Ya el ancha llanura del piélago vago
Que a veces en calma fatídica está,
Sin faro en la noche ni rumbo a lo cierto,
La nave en que el mundo se aleja del puerto
¿Quién sabe do boga? quién sabe do va?
Al soplo navega de varia fortuna
Por mar que el sepulcro separa y la cuna,
Y en su hórrido seno do imprenta el terror,
«Bogad» van clamando las almas a coro,
«Bogad do la dicha se compra con oro,
Do reina la gloria, do vive el amor».
En esta barca de los locos , como se decía en la Edad Media, navega también el poeta tan ciego y
desalumbrado como los demás:
Y yo también bogo sin faro ni guía,
Buscando en la extensa llanura sombría
El puerto que un día mi mente soñó,
Y en vano pregunto con pena tan grave
A dónde navego; que nadie aquí sabe
A dónde en mi nave mañana iré yo!
Viviente lumbrera que allá en las alturas
Con férvida llama perenne fulguras,
Y a playas oscuras nos miras bogar,
O inflama la nave, o ve la agonía
Del hombre que boga sin faro ni guía,
Del triste que fía del viento y la mar .
¡Triste influjo el de esta época descreída que así tiende a apagar en espíritus sanos y en corazones
rectos la luz de la verdad, para dejarles tinieblas, dudas, y a la postre, desesperación! Nunca llegó
nuestro poeta a tales extremos (lo repetimos), pero [p. 256] asediábanle sin cesar negros
presentimientos y la idea misma de los anteriores versos aparece, con mayor claridad aún, en la
segunda de las composiciones citadas, que es una joya poética. Las caravanas que marchan por el
desierto de la vida, engañadas por la esperanza, perdiendo a cada paso una ilusión, anhelantes de
dicha siempre y sin ver el fin de su camino, forman un cuadro descrito con la mayor sobriedad y
energía. No sobra una palabra en aquellas estrofas que hasta en un movimiento rítmico remedan el
doloroso viaje de la humanidad; júzguese por el final:
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Y aún avanza y aún lucha con su agonía,
Pero lejos, muy lejos trémula guía
La planta allí...
Seguirla ya no puede la vista humana...
Ya sólo Dios ve adonde la caravana
Marchando va!
Y así por el desierto yo peregrino
Apartar quiero en vano de su camino
Mis pasos hoy;
El mismo afán, las misma vereda tengo;
¡Y sólo el cielo sabe de dónde vengo
Y a dónde voy!
Y así generaciones sin cuento han ido
Perdiéndose a lo lejos, el pecho herido
Del mismo afán;
Así expiran las tristes glorias humanas
Y así por el desierto las caravanas
Pasando van!
Silió que, como casi todos los poetas de veras subjetivos tiene una sola cuerda en su lira, se repite
mucho en pensamientos y en imágenes. Así encontramos reproducida con leves variantes la anterior
en el lindo romance de los viajeros , que termina así:
Yo en el valle en vano ansío
Descubrir, tras nube tanta,
Si del sueño de la vida
Despiertan allí las almas
En las sombras de la noche
O a la luz de la alborada.
Sólo sé que al fin un día,
Tal vez hoy, quizá mañana,
La postrera voz que oímos
[p. 257] Me dirá: «despierta y anda»
Y me iré con los viajeros
Que trasponen la montaña.
Más apacible sentimiento se nota en las poesías tituladas: Meditación, A Esperanza, A una niña , de
exquisita sencillez y primor en la ejecución artística.
Dos composiciones en cierto modo eróticas encierra el tomo de Silió y en ambas se revela bien a las
claras el carácter idealista y soñador que antes asignábamos a la poesía del Norte. El amor de nuestro
vate se dirige a una sombra, a una creación de la fantasía, que no es una encarnación de la belleza
como la mujer que no se encuentra , cantada por Leopardi, sino que es un resumen de todas las
quimeras que agitan el alma y el pensamiento del poeta; y guarda, sobre todo, notable semejanza con
la inmortal amiga de Laverde Ruiz,
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Virgen etérea a consolar llamada
De un vate el perenal dolor
...............................
Angel sublime de mis sueños de oro
En forma de gentil mujer...
Algo parecido debía de ser el ideal que perseguía Silió y que le dictaba estrofas como las siguientes,
comparables a las más celebradas de otros líricos contemporáneos, superiores a él en fama más que
en merecimientos:
Yo te busqué en los campos del valle mío,
Por las montañas y el bosque umbrío,
Doquier que fuí;
Y al ver que tú encantabas otros lugares,
Mi amada aldea, mis dulces lares
Dejé por ti!
.......................................
Tal vez de los espacios del bien risueños,
En las quimeras de mis ensueños,
Bajar te vi;
Tal vez tendí los brazos, hallé el vacío
Y entre tinieblas el llanto mío
Brotó por ti!
[p. 258] Lamento misterioso de amor y pena,
Por ti doliente mi canto suena,
Por ti no más,
Por ti ferviente imploro los almos seres,
Y aun de ti lejos, ni sé quién eres
Ni dónde estás!
Viviente luz que ciego mi amor ansía,
Que triste llevas el alma mía
Del tuyo en pos;
Mujer a su tiempo y ángel sin par ni nombre
Que el bien me ofreces que puede el hombre
Lograr de Dios!
Virgen diosa del templo de mis placeres,
¿Cuándo, qué día sabré quién eres
Y dónde estás?...
Ay! en vano esta duda mi pecho afana;
Hoy mismo acaso!... tal vez mañana!...
Tal vez jamás!...
No era ingenio vulgar el que tan reconcentrado sentimiento y tanta pureza de expresión ponía en sus
cantos. No lo era el que escribió la bella canción La cita en el valle , modelo de intensa ternura y
suavidad rítmica. Por donde quiera que abramos la colección de Salió hemos de tropezar con rasgos
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notables en el pensamiento y en la forma que le separan en mucho de la grey de los cantores
adocenados.
Publicó Silió un poema titulado Santa Teresa de Jesús y dejó comenzado otro de La Magdalena .
¡Qué asunto el primero para un poeta español y cristiano! La extática doctora avilesa, serafín
abrasado en amor divino, heroica fundadora, nacida para revelar al mundo los más hondos misterios
del erotismo sagrado, los regalados favores del celestial Esposo y para penetrar, cuanto en existencia
terrena es dado, en el pielago de la bondad y hermosura divina, sin perderse en las torcidas corrientes
panteísticas; intérprete, como ningún otro mortal, de la sublime armonía y del lenguaje de los ángeles
que ella reprodujo con gracia de mujer, y de mujer castellana, en libros que (para valernos de la frase
discretísima de un sabio profesor catalán) con ser de los henchidos de más alta doctrina, más que
libros semejan candorosa plática familiar . Porque en la alteza de las cosas, añadiremos con Fray
Luis de León, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios, y en la
forma del decir y en la pureza y [p. 259] facilidad del estilo y en la grave y buena compostura de las
palabras y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua
escritura que con ellos se iguale. Y tan verdad es esto, que por una sola página de Santa Teresa
pueden darse infinitos celebrados libros de nuestra literatura y de las extrañas, y por la gloria que
nuestro país tiene en haberla producido, cambiaría yo de buen grado, si hubiésemos de perder una de
ambas cosas, toda la gloria militar que oprime y fatiga nuestros anales.
Los ingenios españoles profesaron siempre veneración grande al Ángel del Carmelo, y entre las
poesías a su loor consagradas en los siglos XVI y XVII las hay de Cervantes [1] de Bartolomé
Leonardo de Argensola, de Lope de Vega, pero a todas exceden los versos de doña Cristobalina
Fernández de Alarcón, [2] décima musa antequerana , que calificó de celestiales , y no sin razón, el
volteriano y descontentadizo Gallardo. De poemas más extensos dedicados al recuerdo de Santa
Teresa, los únicos que merecen especial alabanza son la Amazona cristiana , de Fray Bartolomé de
Segura (Valladolid, 1619) más apreciable que por el contexto de la obra, por ciertas composiciones
líricas que en ella se intercalan; y el notabilísimo ensayo de nuestro Silió.
Conveniente parece advertir que el asunto de Santa Teresa al par de grandes ventajas, ofrece no leves
dificultades, una de ellas insuperable. No hay en el mundo prosa ni verso que basten a igualar, ni aun
de lejos se acerquen, a cualquiera de los capítulos de la Vida que de sí propia escribió Santa Teresa,
por mandado de su confesor; autobiografía a ninguna semejante, en que con la más peregrina
modestia se narran las singulares mercedes que Dios la hizo , y se habla y discurre de las más altas
revelaciones místicas con una sencillez y un sublime descuido de frase que deleitan y enamoran. Y
como aquel estilo no se imita, y fuera vana presunción el intentarlo, y las más ricas preseas del tesoro
literario no son suficientes para compensar su falta, el que acerca de tan divina mujer escriba, ha de
quedar forzosamente inferior a ella [p. 260] con mucha distancia; y ésta es, si duda, la causa de que
los versos de Silió, que leídos por sí agradan y demuestran en su autor muy señaladas dotes poéticas,
pierdan la mayor parte de su precio, puestos en el cotejo con cualquiera de los capítulos de la sublime
reformadora carmelitana. No es culpa del vate montañés; es la distancia que separa el cielo de la
tierra y que todas las fuerzas humanas no traspasarán jamás.
La Santa Teresa de Jesús , de Silió, [1] no sigue la forma académica de los poemas heroicos , sino la
suelta y libre de las leyendas zorrilescas. No está escrita en compasadas octavas, sino en variedad de
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metros. En pos de una linda dedicatoria en alejandrinos viene una breve introducción en igual ritmo,
briosamente escrita y versificada con gallardía, cual puede juzgarse por la siguiente muestra:
Sufriendo los rigores de inevitable suerte
En cárcel que ceñida de eterna sombra está,
El mundo gira en torno del trono de la muerte
Sobre las huecas tumbas de los que fueron ya.
Cuando en ferviente anhelo levanta su querella,
Y un rayo le ilumina de la celeste luz,
Descubre entre las sombras la misteriosa huella
Que al pedestal conduce de la cristiana cruz.
...........................................
¿Qué voz mundana puede templar su amargo duelo
Cuando anhelante mira y el porvenir no ve?
¿Qué bienhechor espíritu mostrarle puede el cielo
Si lejos de ella vuela el ángel de la fe?
...........................................
Oíd: voy a cantaros la peregrina historia
De una mujer, de un ángel que en esta vida fué:
Tal vez mi fe vislumbre un rayo de su gloria,
Tal vez vuestra alma alumbre un rayo de mi fe.
El poemita se divide en cuatro partes y en diecinueve capítulos o cantos muy breves. La unidad
lógica de la composición, está [p. 261] en el carácter de la santa heroina, y en las sucesivas
transformaciones por que su espíritu va pasando hasta llegar al más puro misticismo. Los infantiles
juegos de la virgen de Ávila, las piadosas lecturas que hacía con su hermano, su tentativa de ir a
tierra de moros para que allí los descabezasen , la muerte de su madre, la tentación mundana que
llega a su alma en forma de libro de caballerías, las luchas internas en que triunfa al cabo el amor al
ideal celeste, la entrada de Teresa en Religión, las persecuciones de la Ira y de la Tibieza vencidas y
aniquiladas por el gigante espíritu de la doctora de Ávila, los tropiezos que opone el Mundo a los
altos propósitos de la reformadora del Carmelo, sus fundaciones, sus extáticos raptos y su muerte
constituyen el argumento y desarrollo de la piadosa leyenda de Silió. La narración está hecha con
delicadeza y sobriedad notables, el lenguaje es poético sin asomo ni afectación ni amaneramiento, y
la versificación se desliza flúida y fácil como brotando de un manantial puro y abundante. Y, sin
embargo, el poema no satisface a quien conoce los libros de Santa Teresa, ni nos parece digno de su
gloria, porque Silió no era bastante místico para identificarse con el misticismo de su heroína, ni
bastante filósofo para comprenderle y no sé si bastante poeta para encontrar palabras con que
expresarle. Adolece, además, el poema de Santa Teresa , aunque nacido de pura creencia y escrito
con ortodoxia sana, del defecto común a casi todos los cantos religiosos de nuestra época, en que si
sobra arte, falta unción y fervor, mal grado, en ocasiones, de los poetas mismos. Falta es ésta difícil
de remediar, porque la corrompida atmósfera que respiramos, influye más o menos aún en los
espíritus más apartados del contagio y si hoy todavía es frecuente por dicha encontrar hombres de fe
inquebrantable, no abunda la fe sencilla, abrasada y poderosa que levanta las montañas y produce
todas las grandes maravillas del mundo moral y de la poesía religiosa. Por eso en el poema de Silió,
aunque menos que en otros, desagrada a veces cierto tono de poesía profana, cierta profusión de
mundanos arreos, que contrastan con el fondo ascético del asunto.
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Aparte de este defecto muy disculpable, abunda la Santa Teresa de Silió en perfecciones literarias
dignas de alabanza y estudio. Véase qué pureza de sentimiento y de expresión muestra la [p. 262]
siguiente plegaria de la niña Teresa a la Virgen, después de la muerte de su madre:
Tú que nuestro duelo
Con amor consuelas,
Mira los pesares
Que lamento yo,
Tú que desde el cielo
Por el triste velas,
No me desampares,
Madre mía, no.
Ya que es mi destino
Que las penas mías
Llore en mis azares
Solitaria yo,
Tú que en el camino
De la fe me guías,
No me desampares,
Madre mía, no!
¿Qué pecho afligido,
Qué humana agonía
Paz sobre las aras
De tu altar no halló?
¡No, no has desoído
La plegaria mía!
No me desampares,
Madre mía, no!
El dulce y reposado tono de este fragmento y la exquisita sencillez de la forma le hacen digno de los
buenos tiempos de nuestra poesía sagrada semi-popular. Santa Teresa, en su Vida , sólo decía acerca
de la muerte de su madre lo que sigue: «Cuando yo comenzé a entender lo que había perdido, afligida
fuíme a una imagen de Nuestra Señora, y supliquéla fuése mi madre con muchas lágrimas.» La
oración que en su boca pone nuestro vate completa esta vez dignamente el texto de la autobiografía
teresiana.
Refiere la Santa, en el capítulo IX del mismo libro, que hallándose su alma cansada , esto es, fatigada
con tibiezas, acertó a ver una imagen de Cristo llagado, muy devota , y añade que «fué tanto lo que
sintió de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que le [p. 263] pareció que el corazón se le
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partía, y arrojóse cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole la fortaleciese ya
de una vez para no más ofenderles». He aquí cómo interpretó Silió esta situación capital en el espíritu
de la contemplativa religiosa:
-«Señor, bendito seas! que abrase eternamente
Mi seno por ti solo la llama del amor!
Como el sediento ciervo las aguas de la fuente,
Desea el alma mía tu celestial favor!
Que un rayo de tu gloria mi oscura senda alumbre,
Y en ella ya mi planta no detendré jamás,
Y avanzaré gozosa subiendo hasta la cumbre
Donde mejor te vea, donde te adore más!»
Así Teresa dijo, y enmudeció arrobada,
La imagen contemplando de su divino amor...
¿Quién sabe lo que entonces le dijo en su mirada
Resplandeciente y pura su angelical fervor!
Oportunísimo es aquí el recuerdo del Quemadmodum desiderat cervus fontes aquarum . No lo es
menos el de la antigua redondilla castellana en la descripción de la muerte de Santa Teresa, de la cual
sólo extractaremos algunas estrofas en obsequio de la brevedad:
«Ven, clamaba, dulce muerte
Pero ven tan escondida
De mi ser,
Que no te vea; que al verte
Temo recobrar la vida
De placer!»
Entre tanto un dulce coro
De enamoradas esposas
Del Señor,
Vertía a sus pies el lloro,
Las lágrimas fervorosas
Del amor
Y ella, que ya las dulzuras
Percibía en esperanza
Del Edén,
«Amad, suspiró, almas puras;
Que sólo amando se alcanza
Digno bien!
¡Amad, y al fin del divino
Amor la primer vislumbre
Viene ya,
[p. 264] Bendeciréis el camino
Que os ha acercado a la cumbre
Donde está!»
Dijo, y al seno oprimía
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Un trasunto que su encanto
Siempre fué,
Un crucifijo que había
Mil veces bañado en llanto
De su fe.
Cierra dignamente el poema un Epílogo escrito con alteza de pensamientos y robusta y acendrada
versificación:
Mas ah! mi oscura mente ¿qué sabe del mañana?
¿Qué puede en sus profundos arcanos descubrir?
Tú los destinos sabes de la familia humana,
Tú el límite conoces del vago porvenir.
Tú sabes dónde expira la llama creadora
Que la materia esclava fecundizando va;
Tú ves el fin del mundo que desterrado llora.
Tú aproximarle puedes su término quizá.
Tal vez del Dios que un día mostró en su amor profundo,
Al hombre esclavizado la redentora cruz,
Tú sola alcanzar puedes que el abatido mundo
Levante hoy a la esfera del bien y de la luz.
Si! tú que su almo trono mirabas dolorida
Desde esta oscura cárcel, asilo del pesar,
Inspírale, oh Teresa, oh mártir de la vida,
Que el ángel de la muerte nos venga a libertar.
Indudablemente ardía en Silió algo del estro de los grandes líricos; su temprana muerte le impidió
desarrollar las fuerzas de su ingenio y aun dar cima a varias de sus obras poéticas. Tal aconteció con
el poema La Magdalena , del cual sólo ha visto la luz pública el primer cuadro , [1] excelente
fragmento, comparable con los mejores de Santa Teresa , e inspirado por el mismo sentimiento
melancólico de sus últimas composiciones líricas.
Del vate de Santa Cruz de Iguña conocemos además una leyenda El Esclavo , impresa en 1868.
Escribióla Silió obedeciendo, según creemos, a un sentimiento noble y generoso, pero un tanto [p.
265] sacado de quicio por la exaltación poética, y en la expresión no poco violento, cual puede
juzgarse por estos versos de la invocación dirigida a América :
¿Qué mano misteriosa, qué potestad impía
De sirtes y de escollos, de abismos al través,
A tus ignotas playas llevó triunfante un día
La frágil carabela del náuta genovés?...
¿Qué fué ante ti la gloria del inmortal marino,
Cuando a la sombra inmensa de su triunfal pendón
Miraste que fraguaban tu mísero destino
El dolo y la codicia, la guerra y la opresión?
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Tú viste de tus razas, tras hórrida agonía,
Sumirse en hondo abismo la esclava multitud,
Tú viste a tus riberas llegar la tiranía,
Tú has visto ¡ay triste!, luego, llegar la esclavitud.
......................................
Mas cese tu agonía! La luz de la esperanza
Difunde ya en el cielo su dulce claridad,
Y ya tus nobles hijos han visto en lontananza
La nave que conduce tu virgen libertad.
Ya el mísero africano que entre tus brazos gime
Ha oído que a lo lejos responde a su clamor...
Ya el monstruo que esclaviza, y el ángel que redime
Para el postrer combate recobran su valor.
No es la oportunidad lo que más distingue a estos magníficos versos escritos y publicados cuando
ardía en Cuba una guerra cruel contra la madre patria, y dedicados, por añadidura, a un liberal
cubano . Aplaudimos la indignación del poeta contra la espantosa iniquidad de la esclavitud, pero en
cuanto a las mezquinas ideas históricas y aun errores de hecho que encierran los primeros versos, si
las consentimos de buen grado en poetas de fines del siglo XVIII, en Quintana, por ejemplo, o en el
portugués Filinto, no las aprobamos de igual manera en quien escribía cerca de un siglo después,
cuando tales declamaciones estaban gastadas y eran hasta de mal gusto literario. Aquello de
Virgen del mundo, américa inocente...
o aquello otro de
Geme América ao peso
Que insolente lhe agrava
[p. 266] Dos vicios a cohorte maculosa,
O veneno da Europa se derrama, etc.
agrada en las odas A la Vacuna o La esclavitud porque tiene allí el mérito de la novedad, sobre el de
la expresión elegante y briosa, pero en escritores más modernos son inocentadas verdaderamente
imperdonables.
Por lo demás, la leyenda [1] que consta de diez capitulitos o cuadros y se recomienda por la misma
pulcritud y esmero de ejecución que todos los trabajos de Silió, nos parece, a pesar de esto, inferior
en mucho al poema de Santa Teresa y a las composiciones líricas antes analizadas. La poesía pierde
mucho en cuanto se pone al servicio de intereses sociales, políticos o de cualquiera otra índole.
En el librito de Silió, que no es otra cosa que la triste historia de un pobre esclavo desde que se le
arranca de las costas africanas hasta su muerte, hay verdadero sentimiento en muchos pasajes,
sentimiento fácil de excitar por la condición del asunto; pero otras veces se entrega el vate a
declamaciones no muy poéticas, más propias de arenga tribunicia o de artículo de fondo que de una
leyenda. Tampoco vemos clara la necesidad de introducir en su cuadro la repugnante figura de un
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sacerdote comprador y tirano de esclavos:
Ministro sólo de nombre,
Que eleva en la propia mano
El látigo del tirano
Y la cruz del Redentor.
..........................
Un ministro del altar,
Un hipócrita inhumano
Que a Cristo en el templo adora
Y le vende en el hogar.
Todo esto puede disculparse en un libro de propaganda o en una novela del género progresista , pero
sentimos verlo escrito por Silió, poeta de tan altas dotes y de tan simpático ingenio.
[p. 267] Además de las tres obras citadas, publicó nuestro escritor, en el periódico La Voz del Siglo ,
una novela titulada El Amor y la Patria y dió al teatro dos piececitas, una loa a la Libertad , escrita
con motivo de la Revolución de septiembre y una zarzuela titulada El Bardo de la Montaña .
Tenemos entendido que dejó inéditos tres dramas: Elena, Las Apariciones y La Tradición de la
Aldea , pero ignoramos su paradero. La índole de Silió que era enteramente lírica, nos parece poco
adecuada a la poesía del teatro. [1]
En resumen, Evaristo Silió y Gutiérrez era lírico de egregias disposiciones, de profundo sentir y noble
pensamiento, elegante y atildado al par que sencillo en la forma, en el lenguaje castizo, con raras
excepciones, correcto y flúido en la versificación. A veces le falta nervio y robustez en el decir, suele
adolecer de monotonía en las ideas y aun en las frases; su caudal poético no era muy rico. Pero así y
todo ha dejado bastantes composiciones verdaderamente inspiradas que le alzan no poco sobre el
nivel de los líricos de segundo orden. Nuestros lectores han podido apreciarlo por las muestras arriba
transcritas. Sirva este ensayo para despertar su recuerdo en los amantes de las cosas de nuestra
provincia, que ni al poeta han de negar su estimación ni al crítico su indulgencia. [2]
Santander, 23 de abril de 1876.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 243]. [1] Nota del Colector.- Se publicó en la Revista Cántabro Asturiana (continuación de La
Tertulia ), 1877. El otro artículo o semblanza a que alude Menéndez Pelayo quedó inédito a pesar de
lo que él afirma en la nota que a ésta sigue. El original se conserva en el Centro de Estudios
Montañeses y hoy se inserta por primera vez en otro lugar de este volumen.
El presente estudio sobre Silió se publica por primera vez en Estudios de Crítica Literaria .
[p. 243]. [2] Alúdese aquí a una serie de artículos, que sobre esta materia empezó a publicar el autor
en La Tertulia , Revista que salía a luz en Santander por los años de 1875 a 1877. La semblanza que
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antecedió a ésta fué la de don Calixto Fernández Campo-Redondo.
[p. 245]. [1] En La Crónica Mercantil de Valladolid se publicó una biografía de nuestro poeta
suscrita por G. M. G. (¿Gregorio Martínez Gómez?)
[p. 249]. [1] Desde el Valle , (Poesías de Evaristo Silió y Gutiérrez).-Madrid, Imprenta de Manuel
Galiano, Plaza de los Ministerios, 21, 1868.-77 págs., una en blanco y otra de índices. Muy linda
edición, 12.º
[p. 259]. [1] Canción que comienza Vírgen fecunda, madre venturosa en la Relación de las fiestas
hechas en Madrid y en toda España a la beatificación de la beata madre Teresa de Jesús, por Fr.
Diego de S. Josef. Madrid, 1618.
[p. 259]. [2] Las quintillas: Engastada en rizos de oro (Relación de las fiestas de Córdoba a la
beatificación de Santa Teresa) .
[p. 260]. [1] Santa Teresa de Jesús. Poema por D. Evaristo Silió y Gutiérrez. Madrid: Imprenta de la
Compañía de impresores y libreros, a cargo de D. A. Avrial. 1867. 100 pp. 8.º.-Licencia del Vicario
eclesiástico de Madrid, precedida de una aprobación suscrita por el Dr. Felipe Vázquez y Arroyo, 11
de enero de 1867.
[p. 264]. [1] En el libro: Desde el Valle , págs. 65 a 77.
[p. 266]. [1] Biblioteca de la Voz del Siglo. El Esclavo, leyenda en verso, original de D. E. Silió y
Gutiérrez.-Madrid, Imprenta de Tomás Fortanet, calle de la Libertad, núm . 21. 1868, 62 págs., 8.º.
Dedicatoria al distinguido liberal cubano D. N. Azcárate .
[p. 267]. [1] Aprovechamos gustosos esta ocasión para dar gracias a la familia de Silió, por habernos
proporcionado noticias de este poeta.
[p. 267]. [2] Doblemente la necesito ahora por consentir en la reproducción de este ensayo infantil
(1897).
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 269] DON AMÓS DE ESCALANTE [1] (JUAN GARCÍA)
I
Si yo intentase trasladar a estas páginas la fisonomía moral y literaria de don Amós de Escalante, no
necesitaría buscar fuera de mi casa exacta y adecuada semblanza, a la cual forzosamente habrían de
ajustarse los trazos de la mía para ser fieles a las puras y correctas líneas del modelo. Alguien de mi
sangre, discípulo predilecto de Juan García , y digno heredero de algunas condiciones de su delicada
musa, me prestaría el retrato que hace años bosquejó con toques rápidos y seguros, propios de quien
estaba compenetrado con el alma de su poeta , que así le llama por antonomasia; poeta, no de los que
se leen por curiosidad y recreo de horas ociosas, sino de aquellos otros, muy raros, que se convierten
en guía espiritual de los que con ellos tienen afinidad innata o electiva. Justamente ensalza este
panegirista suyo a quien aludo lo que había de selecto y peregrino en aquella inteligencia tan culta y
refinada, en aquel carácter de tan varonil mansedumbre. El sutil y reflexivo artista, el intachable
caballero, salieron de su pluma caracterizados con cuatro rasgos de gráfica precisión [p. 270] que, yo
hago míos aquí por derecho familiar, como preámbulo necesario para lo que voy a discurrir sobre las
obras del gran escritor montañés; porque si en todos los casos el conocimiento del hombre debe
preceder al del escritor, todavía importa más cuando entre uno y otro hay tan perfecta, concordancia y
armonía como la hubo entre don Amós de Escalante y Juan García . [1] Y ojalá que de tal
pseudónimo no hubiese usado nunca, pues con él dañó a la popularidad de su nombre entre las
gentes, fuera de la comarca donde en todos tiempos sonó con honra su antiguo y verdadero apellido,
tan bien llevando por él; y donde se puso majestuosamente el sol de su vida, fecunda en buenas
acciones, en cristianos ejemplos, que bastarían para hacer venerada y venerable su memoria, aunque
no la enalteciesen los frutos de su ingenio, que son también obras buenas, como nacidas al calor de
un alma tan cristiana y hermosa.
« Juan García (escribía mi hermano en 1890) es un caballero antiguo, en todo cuanto este adjetivo
tenga de encomiástico. Español hasta el fondo de su alma, en ella guarda todas las [p. 271] energías y
respetos de los españoles de antes-de los españoles que se pudiera decir sin más aditamento-; su
piedad profunda, su moral austera, su hondo amor y nunca quebrantada obediencia del hogar, aquella
cortesía con los viejos y los sabios y rendimiento con las damas, rendimiento y cortesía llenos de
respeto y que no nacen en los labios, sino adentro, sin que hagan los labios otra cosa que vestirlos, al
pasar afuera, con dicción noble y correcta, tan lejana de la afectación cuanto de la vulgaridad.
»Tanto como español en montañés: apegado al solar como la idea al cerebro en que nace; pagado del
alto linaje de que viene, no para otra cosa que para no oscurecerle y para probar con obras y
pensamientos cómo se funda en algo el respeto de las gentes a un apellido, a un escudo, a una casa;
prendado de su tierra, no con amor irreflexivo y ciego, sino avivador del alma y los ojos, que no lleva
a escarnecer la ajena, sino sólo a elogiar la propia y poner en su servicio lo mejor del pensamiento y
del corazón.» [1]
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Cuantos conocieron a don Amós de Escalante, pueden responder de la exactitud de esta semblanza.
Todos le encontraron como su biógrafo: «cortés sin adulación, discreto sin igual, agudísimo y grave a
un tiempo, tan sutil en razones como claro y fácil en palabras». De su amenísimo trato guardan
muchos memoria en Madrid, donde pasó los años juveniles, brillando con propia luz en la sociedad
más distinguida. «Era el mejor educado de los hombres», me decía en cierta ocasión don Juan Valera.
Y entiéndase que el concepto de la educación no se aplica en este caso a apariencias que pueden ser
vanas y frívolas, tras de las cuales suele esconderse un corazón seco o un entendimiento vacío, sino a
una perpetua disciplina del carácter y de la mente, disciplina que participa tanto de ética como de
estética; a una generosa efusión de bondad nativa, que cuando se une al claro discernimiento de las
cosas del mundo, embellece y transforma la vida en una obra de arte. De este arte fué consumado
profesor aquel buen caballero en quien se encarnaba la hidalguía de la Montaña. Esta profesión de no
afectada cortesanía, este cuidadoso anhelo de lo noble y exquisito, se juntaban en él (caso menos
frecuente en hombres de [p. 272] mundo) con una rectitud de intención, con un sentido moral tan
elevado, que la elegancia parecía en él una segunda conciencia. Lo malo le repugnaba, no solamente
por malo, sino por feo, vil y deforme. Con el tesoro de bondad que tenía en su corazón, no podía
menos de inclinarse al optimismo; pero indulgente con la humana flaqueza en los demás, era
severísimo consigo mismo, aplicando este proceder a la literatura no menos que a la vida social.
Nunca el error festejado, la prevaricación triunfante, el mal gusto por deslumbrador que fuese,
encontraron gracia ante sus ojos ni complicidad en su alma. Impávido vió pasar los más opuestos
sistemas sin que flaqueasen un punto los fundamentos de su inquebrantable idealismo, de su
patriotismo ardiente y sincero, que crecía con las tributaciones de la patria, de su profunda fe
religiosa, alimentada por una instrucción dogmática que es hoy rarísima en los laicos.
A sus principios conformaba las prácticas de su vida y el cumplimiento de sus deberes de ciudadano,
siendo en lo pequeño y en lo grande uno de aquellos ejemplares varones cuyo prestigio de honradez y
buen consejo refluye sobre un pueblo entero. Nuestro Santander ha conocido algunos de estos
hombres: roguemos a Dios que hayan dejado descendencia, y que ella continúe labrando el edificio
de nuestra tranquila prosperidad, ni envidiada ni envidiosa, como cumple a la seriedad y prudencia
tradicionales en la gente cántabra.
Por acendrada modestia, que se compadecía muy bien con la justa estimación de sí propio; o si se
quiere, por cierto género de altivo y aristocrático pudor que acompañó siempre los paso de su musa,
puso empeño nuestro poeta en recatar a los ojos del vulgo todo lo exterior y circunstancial de su
persona, comenzando por su nombre, bien a sabiendas de que con esto se condenaba a oscuridad
relativa. Pero esto mismo le dió libertad para explayarse en confidencias íntimas, nebulosas,
discretas, rotas a trechos por inesperada luz; vagos anhelos de su mente juvenil; visiones del hombre
del Norte en tarde lluviosa y melancólica; conflictos de la pasión antes ahogados por nacidos; y por
término, la resignación suprema, la pía y serena tristeza, que no abate ni enerva el espíritu, pero le
acompaña siempre. Su alma de poeta lírico (hora es ya de darle tal dictado) quedó estampada en sus
versos y en su [p. 273] prosa, tan honda y eficazmente, que los relatos históricos, las descripciones de
paisajes, los cuadros de costumbres, la fábula novelesca, cuanto trazó su pluma, está envuelto en una
atmósfera lírica y líricamente interpretado, en la más alta acepción que puede tener esta palabra
lirismo . La observación es en él precisa y exacta, como de hombre graduado y experto en Ciencias
naturales; fidedigna la notación del detalle pintoresco; y, sin embargo, lo que en nuestro gran Pereda
es cuadro de género tocado con la franqueza y brío de los maestros holandeses y españoles, es en
Amós de Escalante vaga, misteriosa y melancólica sinfonía, que sugiere al alma mucho más de lo que
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con palabras expresa. Ambos han visto la Montaña como nunca ojos humanos la habían visto antes
que ellos; ambos la han amado con amor indómito y entrañable, y puede decirse que su obra se
completa para gloria de nuestra gente, que, después de haber guardado un silencio de siglos, habló al
fin por sus labios inmortales.
En su arte, era Juan García un anacoreta, un solitario. Muchos trataron familiarmente con él, sin
sospechar el gran escritor que en él había. Él, que nada tenía de huraño ni esquivo; él, dispuesto
siempre a interesarse por la producción ajena, cerraba con cien llaves la suya; a nadie hablaba de ella;
trabajaba a hurto de sus amigos; y sólo cuando sus obras habían llegado al punto de madurez que su
finísimo y severo gusto nunca aceleraba, las ponía con noble timidez en brazos de la imprenta,
recatadas todavía con el velo de un pseudónimo, que, por ser tan vulgar, parecía a muchos nombre
verdadero. Hubo quien tachase de afectación estas precauciones; hubo quien le tuviese por escritor
premioso y difícil, que suplía con artificios de estilo y erudición lo que le faltaba de espontaneidad
nativa.
Injustísimos eran ambos cargos, cuando no dictados por la malevolencia. Escalante no era un
principiante medroso; fué desde su primer libro un maestro, y tal pareció a los pocos que le leyeron:
tenía la conciencia de su fuerza; pero había puesto tan alto su ideal artístico, que siempre creía estar
muy remoto de la perfección, y todo esfuerzo le parecía pequeño para acercarse a ella. No pertenecía
a la raza de los escritores fecundos, ingeniosos y fáciles de contentar, que siempre han abundado en
España, sino a la de aquellos otros más raros, para quienes el Arte no ha sido [p. 274] un pasatiempo,
ni una vanidad, ni un oficio, sino culto perenne, laborioso afán de robusto y valiente artífice, siempre
inclinado sobre el mármol. Así se engendró en él aquella superstición de la forma, sin la cual no hay
poeta ni crítico perfecto. Esta dura labor ocupó los mejores años de su vida, y ¿quién dirá que fuese
estéril, cuando, además de las poesías que ahora se imprimen, debemos a ella cinco libros en prosa,
dos de los cuales habrán de ser textos clásicos el día en que los españoles vuelvan a aprender su
lengua? Cuando el cumplimiento de otros fines de la vida todavía más altos que el fin estético, se
impuso a Amós de Escalante con la imperiosa y categórica voz con siempre hablaban en él los
deberes, renunció a la literatura activa, porque era hombre incapaz de hacer las cosas a medias, y
comprendía que el Arte es deidad celosa que exige entera consagración y no se allana a compartir su
imperio con nadie. No tiene otra explicación el silencio que, para desconsuelo de sus admiradores,
guardó el autor de Ave Maris Stella después de la aparición de este libro, que es, como exactamente
se ha dicho, «el diamante negro de su corona de escritor».
Solía acusarse él mismo de perezoso, aplicándose aquella sentencia de los Proverbios: Desideria
occidunt pigrum . Y como avezado al análisis psicológico en la lectura y meditación frecuente de
místicos y moralistas, hizo anatomía de aquel su estado de alma, no por cierto con mucha blandura,
en el protagonista de su cuento A flor de agua , a quien pinta incansable e ilimitado en los propósitos
y desidioso en la ejecución, «flotando en vaguedad perpetua, disipado, oscuro, transido de recelos y
desconfianzas, falto de serenidad y resolución para fiar a nadie sus propias divagaciones, y las
visiones que eran su constante y única compañía». Pero lo que aquí describe con el nombre de pereza
o acidia espiritual, era, más bien que el taedium vitae , la generosa dolencia romántica, la fiebre del
ideal, que él hubo de atravesar como todos los grandes espíritus de su generación, y de la cual
siempre conservó reliquias, porque ningún poeta digno de este nombre convalece enteramente de ella.
Su pereza no era más que una forma de su ingénita melancolía, pero a diferencia de otros muchos
vates de su escuela (si es que tuvo escuela alguna), no la alimentaba con ensueños vanos de
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infecundo y enervador egoísmo, sino con fantasmas [p. 275] consoladores, que eran trasunto o
símbolo de realidades altísimas. La religión y la vida doméstica le habían enseñado el precio de las
virtudes sencillas. El trato familiar y cariñoso con la Naturaleza le había mantenido robusto y sano de
cuerpo como de alma; aventajado en todo género de ejercicios físicos; nadador de los más intrépidos
de la costa; andador incansable, a quien eran tan familiares nuestras montañas y nuestros valles, como
los de la Alta Italia, mucho antes de que se hubiese inventado el alpinismo . La contemplación de los
monumentos y maravillas de otras edades; el estudio de la Historia patria, en que sobresalió tanto; la
lectura de los grandes clásicos de todas las literaturas, eran para él fuentes inextinguibles de
entusiasmo y de consuelo. Con tales condiciones, además de las que debió al nacimiento y a la
fortuna, y, sobre todo, a su propia bellísima índole que le hacía grato a todo el mundo, alcanzó
aquella limitada suma de felicidad que cabe en lo humano, y jamás el pesimismo ni la misantropía
pudieron encontrar albergue en su alma. Pero como era cristiano y era poeta, y nació en una era
crítica y terrible para el pensamiento humano, tuvo que soportar, como todo hijo de Adán, grandes y
espirituales dolores, tanto más acerbos cuanto sea más delicado y magnánimo quien los sufre: tuvo
que luchar con las insidias del error y con las propensiones de nuestra naturaleza caída, saliendo
victorioso, pero desgarrado, de la lucha. No es maravilla, pues, que su voz tenga empapada en
lágrimas, y que haya más tormentas y brumas en su poesía que días serenos y auras bonancibles.
No fué ni pudo ser poeta popular, sino esencialmente aristocrático, como lo era su temperamento.
Cantó para pocas y selectas almas; pero en su apartamiento y soledad estética no hubo ficción, ni
alarde, ni impostura. Jamás afectó respecto de los triunfos ajenos la indiferencia desdeñosa con que
suele encubrirse la soberbia impotente. Pudo decir, como el gran poeta alemán, que había andado por
muchos caminos, pero que nadie le había encontrado en el de la envidia. Tenía la grande, la
envidiable cualidad de estar siempre descontento de sus obras, y de ver con rara perspicacia los
aciertos de las ajenas. Pero nunca la admiración le convirtió en secuaz de nadie; a nadie sacrificó la
integridad de su criterio ni la castidad de su musa. Con pocas [p. 276] concesiones que hubiera hecho
al gusto dominante, habría sido mucho más famoso y leído; pero tuvo suficiente valor para esquivar
aplausos que, por otra parte, no desdeñaba, y se retrajo en su mundo poético, que parecía tan pequeño
y era tan grande. Bajo la alegoría del Martín-pescador , dijo de sí mismo:
Yo nací para volar
En un cauce montañés,
De altos troncos a los pies,
Donde suene cerca el mar...
Tranquilo, casi feliz,
Me albergo en angosto nido,
Bien guardado y mal tejido
De un aliso en la raíz...
Nunca, aun oyéndolo hablar,
Fué gusto ni intento mío
Llegar por el cauce al río
Y por el río a la mar...
Nuevas del mundo me traen
Voces que las selvas tienen,
Flores que en las aguas vienen,
Hojas que del árbol caen...
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Odio el ruido, paces quiero,
Y por solo y por callado
De adusto y malhumorado
Me moteja el pasajero.
Mas ¿a quién pudo agraviar
Que el cauce su fondo esconda?
El agua, cuanto más honda,
Se deja menos mirar...
Si ofrece triunfos la tierra,
Y celebrados y nobles
Medran laureles y robles
En lo áspero de la sierra,
Brindan en aguas del cauce
A mi vivir lo preciso,
Las cortezas del aliso
Y los renuevos del sauce...
Pues negó a mi condición
Naturaleza discreta,
El pecho de la cerceta
Y las alas del halcón,
¿A qué buscar en los cielos,
A qué pedir a los mares
[p. 277] Aire más rico en azahares,
Vida más puesta a desvelos?
¡Tentación de muchos es,
Ancho mundo, en ti soñar!
Yo nací para morar
En mi cauce montañés.
Modesto era al hablar así. La Naturaleza no le había negado ninguna condición de escritor, salvo
acaso cierta desenvoltura, resolución y firmeza que impera y subyuga a todo género de lectores.
Pensaba y soñaba juntamente, y al velarse sus pensamientos con las sombras del ensueño, no podían
ser enteramente diáfanos. Impone saludable atención al que lee; pero nadie dirá que esto sea un
demérito. Puede serlo la falta de precisión, a veces, cierta especie de niebla que envuelve los
contornos de sus figuras. Era poeta lírico aun escribiendo en prosa, y lo era de especie muy sutil y
etérea, más musical que gráfico, a pesar de lo avezados que sus ojos estaban a la contemplación de
las maravillas del color y de la línea.
La densidad de su prosa, que no es defecto, sino exceso, tenía sus hondas raíces en una cultura de las
más vastas y más sólidas que en escritor español he visto; cultura de la que no hacía el más mínimo
alarde, pero que le proporcionaba continuos goces espirituales, y daba nervio a su entendimiento,
ritmo a su estilo, peregrina novedad y gallardía a sus sentencias y discursos. Consumado latinista,
éranle familiares en su original todos los clásicos de la antigua Roma y aun algunos Padres de la
Iglesia, y su lección y la de los españoles del buen tiempo, que diariamente refrescaba, le tenían como
embebido y hechizado. Él se describe admirablemente bajo este aspecto en aquel Juan de A flor de
agua , que tiene tantos rasgos suyos: «Lector desesperado, sin orden ni mesura, en cuanto al asunto
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de lo que leía; pero sibarita exquisito en cuanto al estilo, sin cuya precisa gala y ornamento no había
para su gusto libro tolerable ni escritura legible. Latín de San Jerónimo o latín de Lucrecio, éranle
iguales, puesto que la lengua en ellos era igualmente clara, sobria y enérgica. Jácara de Quevedo o
discurso del venerable Granada, le deleitaban de la misma manera, porque en ambos hallaba su habla
materna, su patrio castellano, rico, elegante, fluente y armonioso.»
[p. 278] No era bibliófilo, y en reducido estante cabían sus libros particulares y predilectos; pero rara
vez vieron las bibliotecas públicas lector más asiduo. La antigua del Ateneo de Madrid le debió en
gran parte su organización y catálogo; y allí, como en la Academia de la Historia, se pasaba las horas
muertas, atento unas veces a lo antiguo y otras a lo moderno, porque en sus preferencias nada había
de exclusivo, ni más ley y norma que el buen gusto estimulado por la curiosidad nunca satisfecha.
Las literaturas inglesa e italiana, tan desmejantes entre sí, compartían el dominio de su espíritu, que
recibió de una y otra muy provechosas influencias. Leía tan continuamente a Shakespeare como a
Dante, a Walter Scott y a Byron tanto como a Manzoni y Leopardi. Dado el temple de su alma, no
podían contagiarle ni la soberbia más teatral que satánica del autor de Childe-Harold , ni la
desesperada filosofía que en versos de inmortal y serena hermosura expresó el tétrico solitario de
Recanati. Por eso pudo frecuentarlos impunemente; y quien lea con atención sus versos líricos, no
dejará de reconocer de vez en cuando el misterioso influjo, no sólo formal, sino sentimental, del
mayor poeta romántico y del mayor poeta clásico del siglo XIX, absorbidos a pequeñas dosis y
contastados por una mente sana. De Byron llegó a poner en verso castellano trozos bastante
considerables que acaso se conserven entre las hojas del ejemplar inglés de su uso. De los grandes
maestros de la novela histórica, pero más del profundo italiano que del brillante escocés, recibió
dirección y ejemplo para la suya. Apenas hubo cumbre del arte que fuese para él inaccesible. Conocía
la Divina Comedia como un dantófilo de profesión, y salpicado está de reminiscencias de ella su viaje
a Italia. Los versos de Shakespeare eran para él tan sugestivos, que sin esfuerzo los aplicaba a estados
psicológicos suyos, para los cuales parecían nacidos, como es de ver en algunas páginas de En la
playa . Pero el culto de lo grande no le hacía olvidar la curiosidad de lo pequeño. Había penetrado en
todos los rincones de la literatura inglesa, cuyos libros le agradaban en extremo hasta por sus
condiciones tipográficas. Y era de ver cómo se enfrascaba, por ejemplo, en la lectura de los novelistas
del tiempo de la Reina Ana, tan poco familiares a los españoles, gustando mucho de Fielding y aun
de Smollett, sin duda por la patente analogía que Tom Jones y Roderick [p. 279] Random tiene con
los procedimientos de nuestras novelas picarescas. [1]
En Francia (donde tenía deudos), había recibido parte de su primera educación, [2] y hablaba el
francés con facilidad y pureza; pero como a la mayor parte de los españoles castizos (si han de
confesar lealmente lo que sienten), le dejaban algo frío las elegancias y esplendores del siglo de Luis
XIV, deleitándose mucho más en la literatura moderna (no precisamente en la contemporánea), y
también en la literatura arcaica de la Edad Media y del Renacimiento, más inventiva y fecunda, más
tumultosa y desordenada, más afín a la nuestra, en suma. Tratándose de cualquier época, aun del siglo
XVIII, que no era ciertamente el de su predilección, tenía gustos muy personales que no iban siempre
al hilo de la gente, y eran indicio de gran distinción intelectual. ¡Cuán pocos españoles habrán leído el
delicioso Viaje a Italia del Presidente De Brosses, cuyas amenas páginas tanto regocijaban a
Escalante! Recuerdo que nuestro don Amós fué el primero que llamó mi atención sobre la
importancia estética de los Salones , de Diderot, cuando yo tenía en poca estima a este corifeo de la
Enciclopedia, que hoy me parece el escritor más genial y menos anticuado de su tiempo, a pesar de
sus inmensas aberraciones de pensamiento y estilo.
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No llegó en un día mi amigo, ni esto lo consienten las leyes de la vida, a la tranquila ponderación, a la
curiosidad discreta, a la sabia ecuanimidad que realzaron las obras y las palabras de su madurez. Pero
si alguna ilusión juvenil pudo conducirle por senderos que parecen los de la belleza artística y no lo
son, su retorno a los eternos principios del buen gusto hubo de ser tan rápido, que ya en su primer
libro, escrito en 1860, [3] hablaba con [p. 280] remordimiento de aquellas horas de sus adolescencias
empleadas en «lecturas desordenas y mal escogidas»; y con una severidad que nadie esperaría de sus
años, se manifestaba enteramente desengañado de ciertos ídolos de la mocedad romántica,
reprobando «el artificioso plan, las filosóficas declamaciones, el espíritu mezquino de tantos libros,
cuya lectura enfría el corazón, fomentando en él el desprecio de los hombres y un desordenado amor
de sí mismo». En una nota del mismo libro, [1] no menos curiosa por su carácter autobiográfico,
habla de cierta bohemia , a la cual había pertenecido en sus años estudiantiles, y que tenía por ideal la
bohemia de los artistas y literatos parisienses, y por autores predilectos a Balzac, Karr y Murger;
extraña asociación de nombres por cierto. De estas sus admiraciones prematuras sólo quedó en pie,
andando el tiempo, la de Balzac, entendido, por supuesto, de muy diversa manera que antaño. Y en
cuanto al remedo de bohemia , no tengo la menor duda de que hubo de ser de los más platónico y
morigerado que entre mozos alegres, como lo pedía su edad, pero todavía más estudiosos que
regocijados, pudiera encontrarse. Quien haya conocido a algunos de los tales bohemios , entre los
cuales no es indiscreción recordar los nombres del delicadísimo escritor santanderino don Adolfo de
Aguirre (hermano espiritual de Amós de Escalante bajo todos aspectos) y del sabio cuanto
infortunado naturalista e investigador de la historia de América don Marcos Jiménez de la Espada, no
dejará de sonreírse un poco de las travesuras juveniles que pudieron cometer aquellos excelentes
varones, en quienes parecía innata la dignidad caballeresca, la cortesía y la modestia.
Había, no obstante, gérmenes de contagio en la atmósfera intelectual que entonces se respiraba,
aunque comparada con la anarquía de hoy parezca inofensiva. Otras bohemias , o círculos de literatos
jóvenes, más ardientes y tempetuosas que la de Amós y sus amigos, fueron avasallados teórica y
prácticamente por la mala cola del romanticismo francés degenerado, y grandes ingenios se
extraviaron algún tiempo por sendas de que casi todos llegaron a apartarse con gloria, bastando el
memorable ejemplo de Alarcón para probarlo. Nuestro Escalante no tuvo que [p. 281] atravesar, a lo
menos para el público, este terrible período de prueba y aprendizaje. Su holgada fortuna le ponía a
salvo de todos los riesgos de la industria literaria, y jamás se le ocurrió convertir la producción
poética en fuente de ingresos o en medio de vida. Podía sentir y soñar a sus anchas, preparase con
viajes y lecturas, cultivar asidua y celosamente en el huerto cerrado de su alma la flor del ideal, y ser
al propio tiempo espectador inteligente, pero nunca apasionado ni militante, del conflicto de ideas, no
sólo literarias, sino políticas, sociales, económicas, que agitaba a la juventud de su tiempo. Todo lo
probó; pero sólo retuvo lo que era bueno, lo que podía traer nuevas armonías a su alma, no
perturbarla con falsas visiones o halagüeños sofismas, ni enconarla en estériles controversias. En las
soledades a que su melancolía septentrional le llevaba con frecuencia, no eran los libros más ruidosos
y celebrados los que solían acompañarle, sino otros de modesta apariencia, pero de cristiano jugo, de
resignada y humilde poesía. Entre estos libros, recuerdo las Prisiones , de Silvio Pellico, y todavía
más El leproso de la ciudad de Aosta , de Javier de Maistre, obra que leía periódicamente, y que tenía
para él la unción de un libro devoto, estimando como providencial el día en que había caído en sus
manos.
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Entre los poetas mayores del coro romántico francés, Víctor Hugo le deslumbraba; pero no le
conmovía ni le llegaba a las entrañas. Por Alfredo de Musset sentía una inmensa y compasiva ternura,
admirando la sinceridad del sentimiento y el don de lágrimas que tuvo, y que hace inmortales las
suyas, hasta cuando brotan de fuente impura. La frialdad marmórea, el endiosamiento solitario, el
soberbio estoicismo de Alfredo de Vigny, le retrajeron de imitarle, aunque tenía con él cierta analogía
de temperamento sutil y refinado. El predilecto de su corazón fué Lamartine, alma tierna, elevada y
contemplativa como la suya. La vaguedad, el pudor, el misterio de las confidencias líricas de nuestro
autor, tienen, sin duda, algo de lamartiniano; pero no son derivación ni reflejo del gran poeta de las
Meditaciones , de quien en la técnica le separaban abismos. Lamartine era la espontaneidad misma;
era un raudal de elocuencia poética, excesivamente flúida, sinuosa y ondulante; Juan García era un
artífice laborioso, algo premioso si se quiere, que aspiraba al dibujo correcto y firme aunque no [p.
282] siempre lo lograse, y a quien no podía satisfacer del todo la manera regiamente despilfarrada de
Lamartine, lo flotante y vago de su dicción poética, la inmaculada, pero algo monótona blancura de
su estilo, que parece bañado siempre en cierta atmósfera láctea. Creo, sin embargo, que fué uno de los
poetas que más amó y admiró toda su vida. De otros franceses posteriores hablaba poco, aunque
siguió atentamente las evoluciones de la lírica entre nuestros vecinos. Hacía especial aprecio, y bien
lo conocerá quien lea sus obras, de los idilios bretones de Brizeux, y de los Poemas de la Mar , del
marsellés Autrán, a quien tradujo o imitó alguna vez en sus Marinas .
Al contrario de muchos ingenios nuestros que no conocen más lectura que la literatura, por lo cual
viene a malograrse su actividad en fruslerías y devaneos insustanciales, Amós de Escalante
alimentaba su inteligencia con los estudios más diversos. Sin presumir de erudito de profesión, podía
alternar decorosamente con los especialistas. Lo que sabía, lo sabía bien, metódicamente, y a
conciencia. No era licenciado en Derecho, como suelen serlo en España los hijos de familias
acomodadas, sin que los estudios jurídicos medren mucho con tan distinguida clientela. Era
licenciado, y aun creo que doctor, en Ciencias físicas, título mucho menos vulgar entre nosotros, y
que por sí solo prueba amor a la cultura desinteresada, la que principalmente debían adquirir y hacer
progresar los privilegiados de la fortuna. Pero el arte y la historia le atrajeron siempre más que la
ciencia pura. El romanticismo tradicional le llevó como por la mano a la arqueología; y quien haya
leído las páginas bellísimas que en Costas y Montañas dedica a la descripción de los monumentos de
nuestra provincia, reconocerá que, sin alarde de tecnicismo, sabía ver y juzgar, no sólo el alma
arquitectónica, sino los detalles de la construcción, y que esta pericia suya no era de las que se
improvisan a poca costa, hojeando el Abecedario de Caumont o los Diccionarios de Viollet-le-Duc.
Era fino conocedor de la teoría y de la historia de la pintura, y dudo que, fuera del inolvidable
Fernández Jiménez, le aventajase en este punto ninguno de los críticos y aficionados que por los años
de 1855 a 1860 solían concurrir a la famosa tertulia de su amigo de la infancia Cruzada Villaamil.
Hasta creo que sus primeros ensayos en prosa fueron trabajos de crítica pictórica, con motivo de [p.
283] algunas Exposiciones, y me consta que por ese mismo tiempo emprendió investigaciones sobre
la vida y obras del gran Ribera. El precioso capítulo sobre los cuadros de Murillo, que intercaló en su
viaje a Andalucía, y muchos rasgos sueltos del de Italia, revelan una intuición estética muy segura,
tan alejada de los lugares comunes del turista discípulo y esclavo de su Guía , como de las paradojas
funambulescas que, a modo de fuegos artificiales, suelen quemarse en los estudios y talleres de los
artistas y en los cenáculos literarios.
De los méritos de Escalante en la narración histórica, diré algo al tratar de la obra en que mejor
campean. De la excelencia de su prosa castellana, del profundo estudio que hizo de la lengua hasta
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lograr el prodigio de que su último libro (Ave Maris Stella) parezca, no una imitación sabia de los del
siglo de oro, sino un producto espontáneo de nuestra vieja literatura, una novela desenterrada que
viene a reclamar su puesto en la serie de nuestras novelas inmortales, es inútil decir mucho, porque
esta cualidad de su estilo es de las más que resaltan de tal modo, que no puede ocultarse a los más
profanos. De arcaísmo le tacharon algunos. Lo que empieza a ser arcaico en la incultura que tal
acusación envuelve. Hasta los literatos jóvenes, los llamados modernistas , sienten la necesidad de
romper con el estilo incoloro, con el vocabulario pobrísimo, con la amanerada sintaxis mal traducida
del francés con que escribieron la mayor parte de nuestros prosistas del siglo XIX, aun aquellos que
por otras razones merecen altísima loa. Entre los pocos que se salvaron de esta lepra galicana, hay
que poner en primera línea a Amós de Escalante, cuya producción literaria es de más vigor y
consistencia que la del Solitario (limitada a cuadros de género y fragmentos históricos), y menos
artificiosa y académica que la de los hermanos Fernández Guerra.
De intento he dejado para este lugar una que yo creo fuente principalísima, aunque oculta, de la
inspiración de Amós de Escalante. Bien pudiéramos decir de ella, sin sombra de profanación, lo que
en sus versos espirituales cantó San Juan de la Cruz:
¡Qué bien sé yo la fuente que mana y corre
Aunque es de noche!
De su piedad, tan ilustrada como fervorosa, son testigos cuantos le conocieron a fondo. Pocos libros
de imaginación se [p. 284] escriben ahorran tan empapados de espíritu evangélico como Ave Maris
Stella , ni que con tanta elocuencia inculquen las enseñanzas de aquella caridad activa que brota de la
fe, como la fuente de la roca. Algunas de las mejores páginas de esta novela parecen arrancadas de
cualquier tratado ascético del siglo XVI; reflejan altísimos conceptos de filosofía mística, y no es
hipérbole decir que están escritos en la soberana lengua de Estella, de Malon de Chaide, de Fray Juan
de los Ángeles. Pero lo que debo añadir, porque son pocos los que lo saben, es que no he conocido
ningún seglar tan dado como él a la lección y meditación de las Sagradas Escrituras. Caso rarísimo en
España, donde, aun los que pasan por devotos suelen contentarse con lecturas espirituales de segundo
orden, que, por excelentes que sean, son siempre indignas de compararse con la palabra divina. Juan
García no cayó nunca en este olvido de la Biblia, que es, sin duda, una de las principales causas de la
decadencia y empobrecimiento de nuestro espíritu religioso. Meditó atentamente las palabras de la
Ley, y nunca apartó su corazón de ella. «Solía leer a Salomón, y aun lo leía cotidianamente; mas
aprovechábase poco de sus sanos consejos», dice modestamente de aquel personaje novelesco en
quien se retrató a sí mismo, hasta cierto punto. Y yo puedo afirmar que, no sólo los libros
sapienciales, sino todos los del Viejo y Nuevo Testamento, eran pasto de su lectura diaria, unas veces
por el orden en que están en el canon, otras escogiendo el libro o el capítulo que cuadraban mejor a
las circunstancias del día o al estado de su alma. Para esta piadosa ocupación, de la cual no hablaba
nunca, pero que sus íntimos conocíamos, tenía siempre sobre la mesa un ejemplar de la Vulgata latina
en un solo tomo; y de tal suerte llegó a empaparse en el texto bíblico, que podía, sin auxilio de las
Concordancias, traer a la memoria cualquier versículo o sentencia, indicando puntualmente el lugar
en que se encontraba. Dudo que sean muchas las biografías de literatos modernos en que pueda
escribirse cosa semejante. Y nótese que Amós no se acercaba a los sagrados libros por curiosidad
profana, ni por resolver dificultades exegéticas que le preocupaban poco, aunque de ellas tuviese
nada vulgar conocimiento, sino que los leía como creyente y como artista, con religioso pavor y
reverencia, para mejorar su conciencia en cada lectura y engrandecer su fantasía y su [p. 285]
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pensamiento con la sobrehumana poesía que de aquellos libros brota a raudales.
Un ingenio educado de esta manera no podía ser frívolo nunca, aun en obras de pura imaginación, y
por eso las de Juan García tienen un sello de gravedad y madurez, que, naturalmente, es mayor en las
últimas, pero que no falta ni siquiera en los versos y en los libros de viajes que escribió cuando no
había traspasado aún los linderos de la juventud.
No es mi ánimo colocar estas producciones de su primera manera en la misma línea que las últimas,
aunque para el gusto común quizá resulten más fáciles, llanas y sabrosas. Detesto la indiscreción en
los elogios, y nada sería más indiscreto que confundir en una misma alabanza las flores de la
generosa mocedad y los frutos de la edad viril. En un ingenio aventurero, despilfarrado e
improvisador, pueden valer aquéllas más que éstos; pero caso contrario tiene que ser el de Amós de
Escalante cuya vida fué una perpetua y severa educación de sí mismo. Hay en su carrera literaria dos
períodos claramente separados hasta por el intervalo de ocho años de silencio que mediaron entre el
uno y el otro. Las ideas fundamentales del escritor no cambiaron nunca; pero en sus procedimientos
hubo un desarrollo gradual, y aun si se quiere un cambio.
[p. 286] II
Los dos libros titulados Del Manzanares al Darro (1863) y Del Ebro al Tíber (1864), están escritos
en un castellano moderno, aunque muy elegante, que no podía causar extrañeza a nadie; y pertenecen
a un género de literatura moderno también, que tiene en Francia modelos excelentes, no superados
quizá en ninguna otra parte. Juan García los tenía muy presentes; a pesar de lo cual su viaje no se
parece ni al del Presidente de Brosses, tan admirado por él, ni a la novela de Mme. de Stael, ni a los
Paseos de Stendhal, cuyo carácter le era profundamente antipático, aunque estimase en gran manera
su ingenio; ni mucho menos al de Taine, que no estaba escrito todavía cuando Amós hizo en 1860 su
excursión por Italia. Nuestro autor viaja por cuenta propia, y nos transmite sus propias impresiones,
no las ajenas, mérito que no siempre alcanzan otras relaciones de viajes más extensas y al parecer
más nutridas que las suyas: por ejemplo, el amenísimo viaje de Alarcón, De Madrid a Nápoles ,
hecho y escrito el mismo año que el de Juan García , de quien fué fraternal camarada en Roma.
Alarcón seduce, atrae, fascina con su elocuencia pintoresca; pero él, tan exuberante de personalidad
en sus relatos de África y de la Alpujarra, da de Italia una visión atropellada y fantasmagórica, en que
pone muy poco de su alma. Es libro que se lee con agrado, pero del cual muy pocas páginas quedan
en la memoria ni convidan a repetir la lectura. No intentaré, porque esto es cuestión de gusto
personal, sobreponer el libro de mi paisano, conocido de tan pocos, al libro de Alarcón, delicioso a
pesar de su ligereza o quizá por virtud de ella misma. Tampoco le compararé, porque desconfío
mucho del procedimiento crítico de las comparaciones, con ningún otro libro de los tres o cuatro
españoles sobre Italia que merecen leerse en la serie no muy numerosa de los que se han escrito
después de aquel viaje de Moratín, tan picante y divertido, tan curioso para la historia del teatro y de
las costumbres, y hasta como documento de la incapacidad de su [p. 287] autor para comprender y
sentir cualquier arte que no fuese el arte de la comedia, tal como él le profesaba. Ni negaré sus
peculiares méritos a la discreta lucidez de la Italia de Pacheco, a la sólida cuanto elegante labor de
don Severo Catalina en su libro sobre Roma, ni aun a la pompa retórica de Castelar en sus Recuerdos
de Italia , donde están las páginas menos oratorias y más literarias que escribió en su vida. Digo
únicamente que los recuerdos de Juan García son un libro aparte, que no desmerece de ninguno de
los citados, ni debe perderse en el montón anónimo de los libros de viajes que hoy se producen con
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tan estéril abundancia.
No es ni pretende ser descripción íntegra de Italia, ni siquiera de la parte de ella que el autor recorrió;
pero cumple con la promesa de su título, pues comienza en el puerto que hoy es cabeza de la región
donde el Ebro, nace y termina en las sagradas márgenes del Tíber. Falta casi enteramente la
descripción de Roma, acaso porque el autor temió emprenderla, abrumado por la grandeza del asunto,
o porque la reservada intacta para una segunda parte que no llegó a escribir. Intercalado
caprichosamente en el libro está el relato de una visita nocturna al Coliseo, que hace sentir que tal
propósito no se realizase.
El mayor escollo que este género de itinerarios tiene, el de ir pisando sobre las huellas ajenas, el de
admirar convencionalmente donde otros han admirado, el de caer en el ditirambo frío o en la
estadística prosaica, está perfectamente salvado en el viaje de Amós de Escalante, que no habla más
que de lo que vió, no se entusiasma por contagio romántico, y expresa su propia emoción sobria y
delicadamente, con aquel gentil y discreto señorío que le salvó siempre de la vulgaridad. Pero todavía
más que sus impresiones artísticas, que, aun siendo muy suyas, no podían ser muy nuevas en materia
tan agotada ( cui non dictus Hylas puer? ); todavía más que los dos excelentes capítulos sobre
Venecia y la descripción mucho más rápida de las ciudades de Toscana, interesa en este libro de
memorias lo que tiene de autobiográfico, aunque modestamente disimulado: la pintura animada de la
sociedad de Turín en los días inmediatos a la paz de Villafranca; las anécdotas relativas a Cavour; las
veladas del castillo de Valperga, donde el autor recibió cariñosa hospitalidad de los Condes de
Carpeneto; sus excursiones al Lago Mayor y a las islas [p. 288] Borromeas. Por su distinción social,
por sus conexiones diplomáticas, por su independencia política, se hallaba en mejores condiciones
que otros para estar bien informado y juzgar sanamente del complejo movimiento que iba labrando a
sus ojos la unidad de Italia; pero este juicio no pasa de insinuación que los lectores pueden completar
con los datos de primera mano que les ofrece. Algún detalle hay en estas páginas que quizá la historia
no ha recogido todavía; el relato interesante y conmovedor de la partida de la Duquesa de Parma para
el destierro en 10 de julio de 1859. Este relato emana de testigo presencial y fidedigno. Entre las
pocas personas que acompañaban a la desterrada Princesa, estaba «un español, Pedro Escalante»,
entonces joven agregado a nuestra Legación en Turín, hermano mayor de Amós, a quien ha
sobrevivido para honra de su casa y buen ejemplo de sus convecinos.
Más castizo que el viaje de Italia, más luminoso, más espléndido de color, sin tocar en la furia
colorista y sensual de Gartier, es el viaje de Andalucía ( Del Manzanares al Darro ), y es también lo
más regocijado, lo más risueño que salió de la pluma de Amós, tan propensa a la melancolía. Hubo
un momento feliz, acaso único en su vida, en que sintió plenamente la alegría del vivir; en que una
oleada la luz inundó su fantasía, herida por el sol triunfante y poderoso; en que le penetró y envolvió
la atmósfera regalada y dulcísima de la Bética, y quedó prisionero y esclavo de la gentil y hospitalaria
Sevilla. Algo faltaría en su arte si no hubiese tenido esta radiante visión y en el grado y manera en
que la tuvo. Ningún escritor moderno del Norte o del Centro de España, me atrevo a afirmarlo, ha
superado al nuestro en la evocación poética de Andalucía, salvo Zorrilla, cuya obra es más
peculiarmente granadina que andaluza. Nadie ha hablado con tanta efusión y cariño de una tierra tan
diversa de la suya. En esta penetración cariñosa, había, no sólo entusiasmo de artista, sino cierto
misterioso instinto de raza, que a los montañeses, más que a los otros castellanos, nos aclimata
fácilmente en Andalucía, y aun nos hace considerar como prolongación de nuestras ásperas breñas y
costa inclemente, los cálidos verjeles del valle del Guadalquivir, tantas veces regados con la sangre
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de nuestros padres, y los puertos de la feliz Tartesia, que ellos arrancaron a la morisma y donde
perpetuaron su sangre.
[p. 289] Vista está Andalucía con ojos de amor en este libro, que puede servir de antídoto a tantos
otros en que se la calumnia con apariencias de enaltecerla. De la Andalucía verdadera habla, no de la
Andalucía de pandereta, cuyos tópicos resobados debieran quedar ya para exclusivo solaz de los
viajeros comisionistas de ambos mundos. Aquel hombre tan aficionado a toros (doy esta mala noticia
a los enemigos de la fiesta nacional), apenas trata de ellos en su viaje: gustaba de las corridas en la
plaza, no en la literatura. El llamado flamenquismo no había llegado en 1863 al punto de degradación
en que hoy le vemos, y ni siquiera se le designaba con tal nombre. Pero las costumbres pintorescas de
gitanos y chalanes, bailadoras y cantadores, descritas ya con opulenta dicción y agudo gracejo por El
Solitario , tuvieron en Juan García observador inteligente y benévolo, que, en el primoroso capítulo
de la feria de Sevilla, llega a rivalizar, en su terreno propia, con aquel maestro de la lengua castellana.
Compárese este trozo con el ya citado estudio, tan fino y penetrante, sobre los cuadros de Murillo, o
con la poética y misteriosa descripción de los patios y cancelas de Sevilla, a varias horas del día y de
la noche, y se estimará en su justo precio la rica variedad de tonos y recursos que ya entonces tenía la
prosa de Juan García , que corre aquí más ágil y desenfadada que en ninguna parte. Un ambiente
diáfano y sutil orea las páginas de este libro, que por sí solo hubiera labrado la reputación de un
escritor si en España se leyese más y con mejor discernimiento, porque es de todos los suyos el más
acomodado al gusto y a la inteligencia común.
Ambos viajes fueron muy bien recibidos por la crítica, y recomendados por personas doctas y sesudas
como Mr. Latour, amable huésped del palacio de San Telmo durante muchos años, y uno de los
franceses que con más simpatía han tratado de nuestras cosas. En el círculo literario de Amós de
Escalante, estos libros no sólo fueron admirados, sino imitados con fortuna. Adolfo de Aguirre, en
sus Excursiones y Recuerdos , sin menoscabo de su originalidad, que principalmente brilla en el viaje
por la costa de Vizcaya, es, con menos amplitud, con talento más femenino, un segundo Juan
García , puro y exquisito como su modelo. Su literatura está tan íntimamente unida, como íntima fué
la comunicación de sus almas.
[p. 290] La segunda época de Amós, la que podemos llamar su época clásica, empieza en 1871 con la
publicación de Costas y Montañas , obra predilecta suya, a la cual consagró todos los esfuerzos de su
ingenio y que no se cansó de pulir y perfeccionar hasta sus últimos días, dejando preparada una
segunda edición que debe publicarse sin tardanza, porque de la primera son ya rarísimos los
ejemplares que salen a la venta, y ávidamente perseguidos por los coleccionistas de historias de
pueblos, llegan a alcanzar precios exorbitantes. Como libro descriptivo e histórico de la provincia de
Santander, tiene el defecto de no abarcarla toda, aunque sí lo más característico de ella: podrá venir
quien le complete en esta parte y rectifique algunos pormenores, además de los que el autor dejó
corregidos; pero como obra de arte, como geografía poética de un territorio, como epopeya en prosa
de una raza que la historia nacional había olvidado casi por completo después de su heroica aparición
en los anales del pueblo romano, ni ha sido superado ni probablemente lo será nunca. Otras regiones
de España habían tenido la suerte de encontrar arqueólogos artistas como Piferrer y Quadrado, que
interrrogasen sus monumentos y los presentasen enlazados con las vicisitudes de la historia y con los
efectos románticos del paisaje. Escalante pudo decir de su libro que no había tenido precursor, ni
ascendiente, ni contemporáneo. Las dificultades se acrecentaban por tratarse de una tierra pobre y mal
conocida «donde la historia política (son palabras suyas) yace entrañada y oscura en ciertas cartas de
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fuero, de donación o de privilegio; en tratados de paz y de alianza, de navegación y comercio con
aledaños o extranjeros; pergaminos yertos, texto escueto y desnudo, aún virgen de refinada crítica y
maduro fallo; donde la social se esconde en escrituras de fundaciones pías, en cláusulas de
testamentos, en perdurables litigios que guardan los archivos de las familias, rico e inexplorado
tesoro, auténtico padrón de usos públicos y costumbres privadas; cuya historia artística no pasa de
alguna piedra funeral o votiva del monumento anónimo, del indicio de los apellidos; cuya historia
militar se pierde en la de las empresas colectivas de la bandera madre».
Libros como Costas y Montañas no se conciben en una hora, no son un accidente en la vida de un
escritor. Puede decirse que [p. 291] a esta obra capital de Amós convergen todas las suyas anteriores
y posteriores. Los viajes por tierras extrañas, las más famosas que alumbra el sol, le hacen soñar con
la suya, tan modesta y olvidada, y prorrumpir, cuando menos se esperaría, en acentos de filial ternura.
Si cada día se perfecciona en el arte de la descripción, aplicándole por de pronto a escenas,
monumentos y reliquias históricas admiradas por todo el mundo, es para rendir finalmente todos los
tesoros de su estilo en aras de aquel soberano amor de su vida. Y cuando llega a la madurez y levanta
su monumento, no vuelve a salir de Cantabria ni con el pensamiento siquiera. En la playa es el
poema lírico de nuestro mar mudable y proceloso, «asilo de espíritus solitarios, centro de misteriosas
esperanzas». Ave Maris Stella es la resurrección histórica de la Montaña en el siglo XVII. Como obra
de arte supera a todas las de Juan García . Costas y Montañas es más desigual; quizá su misma
riqueza y exuberancia le daña; pero es, sin duda, la obra más representativa de su autor, y sólo por
ella se le puede conocer íntegramente.
Antes de llegar a la forma histórico-descriptiva, que finalmente adoptó, había ensayado repetidas
veces la forma poética. Su arqueología fué el desarrollo sabio de su poesía juvenil, enardecida por la
lectura de Walter Scott y de Zorrilla. Ya el Semanario Pintoresco de 1857 registra un magistral
romance de Amós: La Torre de Cacicedo , y son muy poco posteriores los entonados fragmentos del
poema de Cantabria , que acaso debían preceder a una colección de leyendas. Entre los recuerdos de
mi infancia, figuran estos versos, que no he olvidado nunca:
¿Por qué no suena en la arboleda umbría
El arpa fiel de los antiguos tiempos?
¿Por qué del hondo valle no despierta
Su poderosa vibración los ecos?...
¿No es ya la egregia prez de sus mayores
Al cauto de tus hijos digno empleo,
Cantabria generosa, o las memorias
En su cobarde espíritu murieron?
¡Ay! ¡para siempre en el ocaso hundióse
Tu claro sol! los pálidos destellos
Que tristes doran las sagradas cumbres
Son desmayada sombra de su fuego.
[p. 292] Crece el laurel altivo todavía
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En las sagradas márgenes del Ebro;
Mas no a que ciñan sienes victoriosas
En lozano verdor da sus renuevos.
Los años rinden su vigor: oprime
La madre tierra de su tronco el peso,
Y las hogueras rústicas consumen
El árbol noble que respeta el cielo.
Ya no en amor purísimo se inflama
¡Oh patria! de tus vírgenes el pecho,
Ni sed de gloria y libertad agita
El tibio corazón de tus mancebos;
Ansia de oro insaciable el noble germen
Secó fatal del heroísmo en ellos,
Y en tierra extraña a granjearle acuden
Y a derramarle en los placeres luego.
¡Y yacen ignorados tus anales!
¡Y mientras oro allega el avariento
En remota región, el patrio valle
Mira hundirse el solar de sus abuelos!
¡Oh! si al vibrar en la riscosa breña
El arpa de la gloria y los recuerdos,
La no vencida raza despertando
Alzárase en la tumba al son guerrero,
Huérfana de tus hijos te hallaría,
Rasgado el manto, desceñido el yelmo,
Rota entre el polvo la segur cansada,
Tu desventura y soledad gimiendo...
Tienen estos versos, ya tan elegantes, el generoso entusiasmo de la juventud; tienen también cierta
afluencia verbosa, que contrasta con la manera definitiva del poeta. Pero el numen que los había
dictado acompañó toda la vida a Amós de Escalante, y es el alma de sus arrogantes sonetos a la casa
solariega; al escudo; a la cruz terminal del Pisueña; a las armas de Velarde; a los robles de MonteCarceña, que dieron robusta quilla a las naos conquistadoras del Guadalquivir; al helecho que en
signo de posesión y dominio cortó en Ruiseñada el padre del Marqués de Santillana; al combate
singular del caudillo cántabro Larus con Publio Scipión en el sitio de Cartagena, parafraseando
bizarramente un trozo de Silio Itálico (libro XVI De bello Punico , v. 44 y ss.); a todo lo más oscuro
y recóndito de los anales cántabros; a todo lo que tiene [p. 293] aspecto de melancólica ruina; a todo
lugar donde vive, aunque destronado y mudo, el genio de las antiguas edades. Doy por muestra y
modelo de esta poesía histórica, y aun prehistórica, el soneto a un dolmen ( religiosa silex , de
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Claudiano):
Rústico altar que a un dios desconocido
El religioso cántabro erigía;
Sepulcro que los huesos escondía
Del muerto capitán y no vencido;
Silla de excelso juez, cadalso erguido
Donde la sangre criminal corría,
Donde el bígaro ronco repetía,
Llamando a guerra, su montés bramido;
Rayendo el musgo que tus lomos viste,
En vano el arte codicioso indaga
Señales que declaren lo que fuiste;
En ti la antorcha del saber se apaga,
Yerto gigante de la cumbre triste,
Envuelto en ondas de la niebla vaga.
«Nunca parecen monótonos los horizontes de la tierra nativa (decía Escalante); nunca fatiga la
mirada; sondéalos instintivamente el alma, y siempre halla en ellos algo que responde a su
sentimiento actual, y, según la índole de éste, le halaga, le templa o le gobierna.» Él no se cansaba de
interrogarlos, «corriendo la tierra como la corrieron tantas veces hidalgos y aventureros, aunque en
son más pacífico y recatado; llamando con el cuento del bordón, como ellos con el cuento de la lanza,
a la puerta del solar, de la ermita o del monasterio... echando el apellido (como decían los banderizos
de la Edad Media), no para homicidas empresas ni cruentas obras, sino para satisfacer la deuda
sagrada que al nacer contrajo todo hombre con el suelo que le dió cuna: la de emplear en su servicio
la mejor porción de su obra».
Palabras suyas son, y nadie sabría encontrarlas mejores para caracterizar su libro, que tanto tenía que
diferir en fondo y forma de los pocos ensayos de historiografía local con que hasta entonces
contábamos. Nunca faltaron en la Montaña asiduos investigadores, enamorados del país natal, que
con más o menos puntualidad y crítica consignasen algunos datos relativos a nuestras antigüedades.
Pero, ya fuese por falta de suficiente aparato [p. 294] histórico, ya por el aislamiento literario a que
los condenaba lo apartado del país y la poca cuenta que de él se hacía, considerándole como apéndice
de regiones limítrofes, sus libros no pasaron, las más veces, del estado de apuntamientos, y fué raro
entre ellos el que lograse los honores de la imprenta. Inédito quedó el breve, pero interesante,
Memorial de la villa de Santander y de los seis linajes de ella , que escribía por los años de 1592
Juan de Castañeda. Inéditos también los Elogios de Cantabria , por el capitán don Fernando Guerra
de la Vega, gobernador de sus armas y alcaide del castillo de Santa Cruz. Más afortunado, aunque
todavía lo merecieses menos, el licenciado don Pedro de Cosío y Celis llegó a ver en letra de molde
su enfático panegírico «de la muy valerosa provincia y jamás vencida Cantabria, nombrada hoy
Montañas Bajas de Burgos y Asturias de Santillana» (Madrid, 1688). Estos y otros autores del siglo
XVII, picados más o menos de la peste de los falsos cronicones, dejaban entretanto dormir en el
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olvido más profundo, de que sólo en nuestros tiempos y de una manera imperfecta han salido, los dos
textos capitales para el estudio de nuestra vida social en los siglos medios; el Becerro de las
Behetrías , ordenado en tiempo del Rey don Pedro de Castilla; y las Buenas andanzas e fortunas del
viejo banderizo Lope García de Salazar, que no era de la tierra, pero sí lo más vecino de ella que
cabe, tan conocedor de sus linajes como de los de Vizcaya, y el más abonado cronista de las feroces
discordias civiles que ensangrentaron la costa en el siglo XV, relatadas por él con sequedad bárbara y
a veces pintoresca, que cuadra bien con la índole del narrador, con la materia de sus postreros libros y
con el forzado retraimiento de su torre de Muñatones, en que la ingratitud filial le había encerrado.
Mientras yacían inéditas las fuentes de una tradición viva y no remota, encarnizábanse nuestros
incipientes cronistas en las épocas fabulosas, como si no les bastase la gloria inmarcesible de la
Cantabria romana. Un historiador tuvo la Montaña a fines del siglo XVII, digno de memoria y aun de
estudio y consulta en la segunda parte de su obra, que se apoya en un sólido aparato de privilegios y
escrituras, aunque sobre la autenticidad o la fecha de algunas pueda haber controversia. El
benedictino Fray Francisco de Sota, a quien aludo, cronista del infeliz Carlos II, y escritor de
decadencia bajo todos aspectos, no desmintió, sin embargo, [p. 295] las tradiciones de su orden en la
parte de erudición diplomática; y si no fué un Yepes, ni siquiera un Sandoval, puede prestar, leído
con cautela, el mismo género de servicios que prestan Bivar y Argáiz, con todas sus aberraciones. Ni
ellos ni Sota eran falsarios de profesión aunque diesen asenso por nimia credulidad o espíritu
novelero a grandísimas falsedades, cayendo incautamente en las redes de un Román de la Higuera o
de un Lupián Zapata. Tal exceso de candor ha desacreditado más de lo justo la Chronica de los
príncipes de Asturias y Cantabria (Madrid, 1691), título poco feliz además, porque no da idea del
contenido y plan de aquel voluminoso infolio. Los príncipes de Asturias a que se refiere no son los
trece reyes de la primitiva monarquía asturiana, ni menos los primogénitos de Castilla, llamados así
desde el tiempo de Enrique III; ni el libro trata directamente de las Asturias de Oviedo, sino que se
contrae a las de Santillana, [1] donde presenta, imperando desde los tiempos patriarcales, una dinastía
que comienza en Astur, hijo de Osiris, y termina en el siglo XII con el Conde Rodrigo González. De
todo ello infiere el autor (un regionalista en profecía) que «los Condes de Asturias de Santillana eran
soberanos propietarios de su estado, y no habido por merced de los Reyes, como también lo eran los
de Vizcaya sus vecinos». Tan peregrina tesis, sostenido con insensatas combinaciones mitológicas y
geográficas, vicia en gran manera el libro del benemérito hijo de Puente Arce; pero no llega a quitarle
su valor cuando prescinde de Hauberto Hispalense y otros monstruos de la fauna histórica, y deja
hablar a los documentos de Burgos, de Oña, de Santillana, o consigna curiosas especies y memorias
tradicionales que en vano se buscarían en otra parte.
En la atmósfera crítica del siglo XVIII no podían prosperar cronistas del género del P. Sota. La
renovación de los estudios históricos se debió aquí, como en todas partes, al benéfico impulso del P.
Flórez, con quien tenemos los montañeses una particular deuda de agradecimiento, aunque no
acertase en todas sus determinaciones geográficas, por haber visitado muy rápidamente [p. 296]
nuestra costa. La cuestión de los verdaderos límites de Cantabria, confundida por la mayor parte de
los antiguos historiadores con otras tierras aledañas, había sido resuelta a nuestro favor por el más
grande y juicioso de los analistas españoles, Jerónimo de Zurita, en una disertación que con otras
suyas publicó el Arcediano Dormer. Pero, ya por haberse divulgado poco los Discursos varios de
historia , donde está impresa, ya por lo difícil que es siempre desarraigar los errores envejecidos,
persistió la antigua confusión, especialmente entre los autores vascongados, y también el algunos
jesuítas que habían tomado muy a pechos, no sé por qué, el hacer cántabro a San Ignacio. Tal
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pretensión, sostenida con gran aparato de mañosa erudición por el P. Gabriel de Henao en sus
Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria (1689-1691), y con mucho ingenio y sutileza por el
P. Larramendi en su Discurso histórico sobre la antigua y famosa Cantabria (1736), sucumbió de
nuevo, y esta vez para siempre, bajo la acerada crítica del P. Flórez, en su Disertación famosa (1768),
vindicada luego por el P. Risco de los ataques de don Hipólito de Ozaeta (1779); telum imbelle sine
ictu .
El plan de la España Sagrada , con su división del estado antiguo y moderno de las iglesias, no
permitió al P. Flórez, ni ha permitido todavía a sus continuadores, tratar de la diócesis de Santander,
que es de las más recientes. No puede decirse que suplan esta falta las Memorias antiguas y
modernas de la Iglesia y Obispado de Santander , que por los años de 1762 a 1764 recogió el
entonces Doctoral de nuestro Cabildo y luego Penitenciario y Deán de Jaén don José Martínez de
Mazas. Estas Memorias , inéditas todavía, aunque bastante conocidas y aprovechadas, fueron el
primer ensayo histórico de su autor, que no llegó a terminarlas ni a limarlas. Pero tales como están,
incompletas en muchos puntos y pobremente documentadas en otros, constituyen nuestro único
tratado de antigüedades eclesiásticas, y anuncian ya la crítica severa y madura que aquel hijo de
Liérganes, trasplantado a Andalucía, había de mostrar en sus eruditos trabajos sobre Jaén y Cástulo.
Lástima fué que ninguno de los grandes eruditos con que podía ufanarse nuestra provincia a fines del
siglo XVIII dedicase, a no ser por excepción, sus tareas a la historia local, que en sus manos [p. 297]
no hubiera parecido pobre y estéril. Pero no debemos lamentarlo mucho, porque, ocupados en cosas
de mayor momento y más general interés, redundó su labor en beneficio de la patria común, como ha
redundado siempre el esfuerzo de nuestros mayores, ya en sus empresas bélicas y marítimas, ya en
las fábricas arquitectónicas de vario estilo que levantaron por todo el territorio castellano, reservando
muy humildes templos para el suyo. Así, viniendo al caso presente, absorbieron a don Tomás
Antonio Sánchez, [1] primer editor de una canción de gesta en Europa, sus estudios sobre la poesía
anterior al siglo XV, preámbulo de nuestra historia literaria, cuyos cimientos echó tan a nivel y
plomo, que no han sido conmovidos desde entonces; al P. Maestro La Canal, [2] la continuación de la
España Sagrada ; al fecundísimo don Rafael Floranes, [3] las investigaciones sobre la historia del
Derecho y las memorias de las viejas ciudades castellanas, donde residió más tiempo que en su nativa
Liébana; a don Carlos de la Serna Santander [4] (que constantemente escribió en francés o en latín),
la dirección de la Biblioteca de Bruselas, la historia de los orígenes de la imprenta y de las marcas del
papel. Las antiguallas de la tierra, pocas y oscuras, sólo interesaban a algunos curiosos coleccionistas
como el Consejero de Castilla don Fernando José de Velasco o el caballero de Santillana don Blas
Barreda, y ni aun éstos llegaron a publicar sus hallazgos, como tampoco los olvidados autores de los
Entretenimientos de un noble montañés amante de su patria (don Francisco X. de Bustamante) y del
libro gerundianamente rotulado Memorias a Santander y expresiones a Cantabria , que escribía en
1772 Fr. Ignacio de Bóo y Hanero, monje jerónimo de Monte-Corbán, y sólo se conoce en extracto.
A pesar de lo exiguo de su volumen y de lo insuficiente de sus noticias, parece que abre nuevo rumbo
a estos estudios la rarísima Memoria del ciudadano F.C. (Félix Cavada), leída en el Ateneo Español
en 23 de junio de 1820 e impresa al año siguiente; primer [p. 298] ensayo de una descripción física
de la provincia, enlazándola con sus vicisitudes históricas y con el carácter, costumbres e industrias
de sus moradores. El llamamiento que hacía Cavada a sus paisanos se perdió por entonces entre el
tumulto de la lucha política; pero cuando llegaron tiempos más bonancibles, hubo dos eruditos muy
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dignos de nota que hicieron del país cántabro materia especial de sus trabajos históricos. Fué el
primero don Manuel de Assas, antiguo profesor de la Escuela de Diplomática, arqueólogo de talento
y de iniciativa, con aficiones filológicas que le movieron a profesar en España por primera vez el
sánscrito y a emprender en Francia el estudio de los dialectos célticos, en los cuales esperaba
encontrar subsidio etimológico para la toponimia de Cantabria. Su Crónica de la provincia de
Santander , publicada en 1867, no es más que el preludio según unos, el resumen según otros, de una
historia mucho más vasta que tenía escrita o que pensó escribir. La que hoy leemos adolece de gran
desigualdad en sus partes, sin duda por haber tenido que acomodarse el autor a exigencias editoriales:
spatiis exclusus iniquis . Dilátase con vasta erudición sobre la antigua Cantabria, impugnando con
nuevas razones al P. Larramendi, rectificando como hijo de la tierra y tan práctico en ella algunos
errores de P. Flórez, y aprovechando la geografía de la Edad Media para ilustrar los textos clásicos.
Da entrada, antes que ningún otro historiador provincial que yo recuerde en España, a los
descubrimientos prehistóricos, que ya en 1857 había comenzado él mismo a divulgar en el Semanario
Pintoresco . Pero al llegar a la Edad Media, en que tanta novedad podía ofrecer su trabajo, puesto que
había recorrido varios archivos y examinado en ellos multitud de escrituras, la narración empieza a
ser extraordinariamente compendiosa y defrauda en buena parte las esperanzas del lector.
Con Assas compartía entonces el lauro modesto de la arqueología provincial el hidalgo campurriano
don Angel de los Ríos y Ríos, personaje de simpática extrañeza, que parecía arrancado de una novela
de Walter Scott, y que Pereda retrató con rasgos indelebles en la suya de Peñas arriba . Fué Ríos el
primer explorador del dolmen del Abra, o de Peña Labra, descubierto por él en la Sierra de
Brañosera, «región trágica y desierta, asombrada por frecuentes nubes, arrecida por tenaces nieves,
desvelada por [p. 299] el silbo agudo del viento en los páramos». [1] Con aquel descubrimiento nació
la prehistoria montañesa, que después del hallazgo de la cueva de Altamira y otras similares, en el
cual tuvo la parte principal un deudo de Juan García , atrae hacia este rincón del mundo la atención
de los sabios, y envuelve quizá el germen de fecundas indagaciones sobre los primeros vagidos del
arte. Pero la verdadera vocación de don Angel Ríos, aunque no llegó a desarrollarse plenamente por
la soledad literaria en que trabajaba y por ciertas preocupaciones muy arraigadas en su ánimo, fué la
de historiador de las instituciones de la Edad Media. Su Noticia histórica de las behetrías , publicada
en 1876, da la medida de lo que hubiera podido hacer en este punto el solitario de Proaño si la fortuna
no le hubiese mirado siempre con torvo ceño.
Como no presumo que estas páginas hayan de tener muchos más lectores que mis paisanos, de cuya
benevolencia estoy seguro, no he temido intercalar aquí tan larga digresión, que muchos graduarán de
impertinente, y no lo es, sin embargo, porque marca, mejor que lo harían elogios vagos, el puesto no
superior, sino único, que tiene Costas y Montañas entre cuantos libros se han dedicado a la historia y
descripción de esta vertiente septentrional de Castilla, Peñas al mar , que decían nuestros
antepasados. [2] Exige la historia, tal como hoy la entendemos, condiciones tales, que de ningún
modo podemos culpar a los eruditos antiguos por no haberlas atendido. Ni menos pudieron adivinar
este género mixto de historia, leyenda, álbum del viajero y fantasía lírica, que la pura ciencia puede, y
debe a veces, mirar con recelo; pero que tiene para las almas poéticas inefable encanto, cuando no cae
en manos de vulgares rapsodistas, sino de ingenios peregrinos como Escalante, que sobre una base
firme de cultura histórica, levantan, no el alcázar quimérico de los sueños, sino la regia y [p. 300]
señorial morada en que pueden albergarse dignamente las sombras de los antepasados, sin que ningún
pormenor anacrónico les ofenda, sin que ninguna voz discordante turbe su augusto sosiego. Con qué
delicadeza, con qué amor ha de ser hecha esta restauración, es inútil encarecerlo; pero cuando se
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logran con ella primores tales como el cuadro de Becedo en el siglo XV, o la biografía del último
señor de Cantabria, hay que dar las gracias al artista, que, sin menoscabo de la verdad, siente la
palpitación de la vida, y acierta a leer en los hechos algo que los simples eruditos no leerán jamás. A
tales artífices de historia pueden aplicarse aquellas palabras de la visión de Ezequiel : «Profetiza
sobre estos huesos».
No está en este libro, ni en otro alguno, la historia de la región, ni es muy hacedero escribirla, por
falta de unidad en su objeto, mal circunscrito en la geografía, incoherente y dislocado en su vida
social, puesto que nunca formó reino ni principado aparte, ni fué regido por una mismas instituciones,
aunque tuviese algunas muy interesantes y peculiares suyas. Oscilando entre Asturias y Burgos hasta
caer definitivamente en la órbita castellana, que tanto contribuyó a ensanchar con las empresas
marítimas de sus hijos, tuvo desde entonces dos géneros de historia: la de los montañeses, soldados,
navegantes, descubridores en todo clima y bajo todo cielo; y otra más familiar y doméstica, cuyo
rumor apenas traspasó los montes que nos sirven de antemural y escudo, y que guardan en sus
humildes manantiales la cuna del sagrado río que a toda la Península da nombre, simbolizando en su
triunfal curso el destino de la raza que mora junto a sus fuentes, pródiga siempre de su sangre para la
Patria común, como él derrama pródigamente a la Vasconia, a la Celtiberia, a la Edetania el tesoro de
sus aguas, y sólo se muestra pobre y esquivo en la tierra donde nace.
A esta segunda y menos ruidosa historia, que no es ya la de los montañeses, sino la de la Montaña,
atendió principalmente Juan García , realzándola y animándola con su emoción personal en cada
jornada de su viaje. Fundaciones de iglesias y abadías; organización de behetrías y concejos; fueros y
privilegios; armas y linajes; poderosa hermandad de las cuatro villas de la costa, que, ejerciendo
verdadera soberanía, trató de poder a poder con los ingleses; bandos feroces y dramática venganzas
en el siglo XV, [p. 301] trocados en interminables litigios en el XVI; extrañas tradiciones de doña
Urraca y de los templarios; visitas y embarques regios, llegando el autor a lo sublime de la visión
histórica cuando encuentra en su camino las sombras del grande Emperador o de su desventurada
madre; todo esto, y mucho más que ni enumerar puedo, va desfilando por las páginas de Costas y
Montañas , no con sequedad y aparato de monografías, sino como plática amena de viajero,
interpolada con paisajes risueños o terribles y con escenas de costumbres sólo rápidamente
bosquejadas, porque ya el gran maestro de la novela realista tenía acotado para sí este campo, y nunca
la emulación de sus laureles ni de los de nadie quitó el sueño a Amós de Escalante ni le empeñó en
desacordadas competencias. En el arte caben todos, y cada artista lleva dentro de sí su propio mundo.
[1]
Hay en la historia y en el carácter de los montañeses, aun en los más humildes, cierto sentimiento
nobiliario; un apego a la familia, al solar, al blasón, que persistiendo hasta los tiempos de la
decadencia, en contraste con la pobreza de la tierra y con el olvido en que nuestros monarcas la
tenían, vino a degenerar en superstición algo ridícula y nos valió de los poetas cómicos zumbas y
caricaturas, como aquel Dómine Lucas , de Cañizares, que sale a un desafío cargado con su
ejecutoria. Eran los montañeses los primeros en reírse con estas farsas, y ya en el siglo XVII, un
ingenioso poeta de Castro Urdiales, don Antonio Hurtado de [p. 302] Mendoza, en su comedia Cada
loco con su tema , rasguñó la figura del mocetón entre linajudo [1] y necio,
Que con su halcón y su perro
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Vive en el monte y no en casa,
Y a la noche vuelve y pasa
Todo el libro del Becerro...
Muy puesto en que su Montaña
Vale más que mil tesoros,
Y pensando que es de moros
Todo lo demás de España.
Estos sueños heráldicos tenían, sin embargo, muy noble y autorizado principio. El más grande de los
oriundos de nuestra comarca, y el más clásico de los escritores nacidos en ella van acordes en esta
parte con el sentir tradicional del vulgo. «En aquellos solares no reconocemos superior a nadie»,
decía don Francisco de Quevedo. [2] «A los que somos montañeses -escribe hiperbólicamente Fr.
Antonio de Guevara- no nos pueden negar los castellanos que, cuando España se perdió, no se hayan
salvado en solas las montañas todos los hombres buenos, y que después acá no hayan salido de allí
todos los nobles. Decía el buen Iñigo López de Santillana que en esta nuestra España, que era muy
peregrino o muy nuevo el linaje que en la Montaña no tenía solar conocido.» [3]
Es de ver el elocuente comentario que se hace de estas palabras, en el prólogo de Costas y Montañas ,
vindicando el verdadero [p. 303] sentido histórico de este culto de los mayores, de esta devoción a la
estirpe, tan natural en los descendientes de aquella brava y ruda aristocracia montaraz, que por sus
hábitos y su pobreza se confundía con los vasallos que guiaba al combate. Aristocracia que nunca fué
de títulos, sino de apellidos, porque títulos podía darlos el Rey, apellidos de solar no. Y por muy
demócratas que no sintamos y muy persuadidos que estemos de la verdad de aquella sentencia que ya
expresaba el prudente Ulises en su disputa con Ayax de Telamón:
Nam genus et proavos et quae non fecimus ipsi
Vix ea nostra voco. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
todavía es verdad (y ojalá continué siéndolo) que la hidalguía heredada y dignamente mantenida con
obras de virtud y de honor, vale más en la estimación de las gentes que la insolencia temeraria del
aventurero o la mal granjeada fortuna del advenedizo. De este sentimiento, tan arraigado en pechos
montañeses, fué digno intérprete Amós de Escalante, en las muchas páginas de su libro que
consignan leyendas heráldicas; y también en este sentencioso soneto, que parece dictado por el numer
del señor de la Torre de Juan Abad, en sus horas graves, y no parecería mal entre los de la musa
Polimnia :
EL ESCUDO
Cautela militar forjóte en hierro
Y vana ostentación te esculpe en piedra;
Sudario a tus blasones da la hiedra,
Y a tu virtud un pergamino encierro.
En sangre y gloria, de la playa al cerro,
Soldado ayer a quien morir no arredra,
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Sombra es tu luz con que el soberbio medra
Y en muro ocioso tu vivir destierro.
Si logran propios vicios mancillarte
Y rencorosa envidia escarnecerte,
Menos cuesta escupirte que ganarte;
Mas ¿cuándo negará la humana suerte,
Aunque presuman celos desdeñarte,
Guerra a fundirte, orgullo a mantenerte?
[p. 304] El estilo de Costas y Montañas , en que abundan los períodos amplios y rozagantes,
interpolados con otros de más sencilla estructura, opulentísimo de vocabulario, rico de luces y de
nieblas, de sonidos estridentes y de sonidos misteriosos y apagados, es un magnífico alarde de la
riqueza de ideas y de imágenes, que cabe en el molde de la sintaxis castellana cuando tan
ingeniosamente se la maneja. No llega todavía a la intachable pureza de Ave Maris Stella ; pero tiene
más movimiento, más arrogancia, más color y brío. Marca el punto culminante de la literatura y de la
edad viril de su autor. Bien se conocería, aunque él no lo dijese, que ese libro fué concebido y escrito,
no en melancólicas tardes de otoño, sino «en horas estivas, alto el sol, inundada de luz la ribera,
poblado de sonidos el aire, risueña la campiña, más risueña la aldea».
De la maestría de sus descripciones, que nunca se quedan en la superficie, sino que penetran hasta el
alma de las cosas, sólo citaré un ejemplo, escogiéndole brevísimo: un himno al agua, que podría
servir de comentario moderno al primer verso de la primera Olimpiada de Píndaro:
«Las aguas corrientes no son riqueza sólo; son vida del paisaje. Porque el agua posee los tres
accidentes del vivir: luz, voz y movimiento; luz reflejada, como la luz de la pupila; voz ligera y
amorosa, soñolienta y grave, como la voz de la garganta humana. No hay soledad donde el agua
corre; no hay tristeza donde el agua mana; no hay desierto donde el agua vive. Fecunda el suelo y
despierta el alma, arrulla el dolor, ensancha la alegría, es compañía y música, medicina y deleite;
sobre sus ondas van blandamente bañados los pensamientos, os los trae de donde vienen, lleva los
vuestros a donde van; en ellas refleja el cielo, y podéis contemplarle sin que os ofenda la viva luz del
sol, cuando ya la frente se inclina a tierra, o porque la tierra le atrae, o porque el peso de los años la
dobla.» Así escribía Juan García a cada momento, en cada página.
Cantor del agua en todas sus manifestaciones, fué sobre todo gran poeta de la mar. Bien pueden
aplicarse a su inspiración estos lindos versos de Metastasio, que ahora acuden a mi memoria:
L’onda dal mar divisa
Bagna la valle e’l monte:
Va passegiera in fiume,
Va prigioniera in fonte:
[p. 305] Mormora sempre e geme
Fin chè non torna al mar;
Al mar dov’ella nacque,
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Dove acquistó gli umori,
Dove da’lunghi errori
Spera di riposar. [1]
La onda de su ingenio, dividida del mar, podía bañar valles y montes; pero se encontraba aprisionada
en la fuente y en el río, y murmuraba siempre y gemía hasta volver al mar donde había nacido y
donde esperaba reposar. Había en este culto de nuestro poeta al mar cierto naturalismo grandioso y
confuso, que en varón menos cristiano hubiera tenido visos de idolatría. Él podía decir, como Byron
en el sublime apóstrofe final de la Peregrinación de Child Harold , que siempre había amado al
Océano, y que desde niño había sido su mayor placer jugar con sus ondas o flotar como una burbuja
en sus corrientes, entregarse a él como un hijo a su padre y acariciar con la mano sus espumosas
crines. [2]
Sin el negro humor que agriaba en el alma soberbia de Byron hasta el bálsamo de la contemplación
de la Naturaleza, sin la cavilación panteística de Shelley, sin la nota irónica que transportó Enrique
Heine a sus descripciones del Báltico glacial, tienen afinidades con el primero y con el último de
estos poetas, a quienes había estudiado mucho, no con el segundo a quien no conocía, algunas de las
marinas que en prosa y en verso compuso Amós de Escalante. En otras influyó sin exceso la prosa
grandilocuente y poética de Michelet. El libro titulado En la playa (1873) despierta y sugiere el
recuerdo de lecturas muy diversas. Pero todos los poetas y todos los libros del mundo no le hubiesen
enseñado a descifrar, con clave propia, algo de lo que dicen las ingentes voces [p. 306] y augusto
silencio del mar si no hubiese vivido en relación íntima y cotidiana con el fiero Titán a quien cantaba,
ya luchando a brazo partido con él, ya solicitando su confianza con sumiso y devoto requerimiento.
No de otro modo el pastor Aristeo de las Geórgicas llegó a aprisionar en su gruta marina al
multiforme Proteo, trocado ya en fuego, ya en horrible fiera, ya en río caudaloso, hasta que le arrancó
el secreto de su adivinación, que guardaba tan celosamente como los rebaños de focas que le había
confiado Neptuno:
. . . . . . . . . . . . . . . . . . immania cuius
Armenta pascit, et turpes sub gurgite phocas .
Y en verdad que nuestro poeta tuvo que habérselas con una deidad menos mansa y tratable que la que
aprisionó el hijo de Cirene, deidad al fin del Mediterráneo sonoro y luminoso. Este otro dios
tremendo, a quien cuadra mucho mejor el epíteto homérico de polífono , pero cuyas voces suenan, en
los oídos que no están avezados a escucharlas, como ecos del abismo que reclama su presa, tiene
también horas de calma excelsa y sublime, todavía más rebeldes al pincel y al ritmo que las tormentas
y borrascas. Y en esas horas iba a consultarle nuestro poeta, buscando la revelación de sus arcanos
«lejos de la tierra, solo y desnudo, como se llegaban al antro misteriosos los consultores de ciertos
oráculos antiguos». Así aprendió «sonidos que sólo dentro del agua llegan al oído, colores que sólo
de cerca muestran su rico matiz y su intensa belleza»; sintió «la vida pendiente de delgadísimos hilos,
en rededor de los cuales centellean filos agudos y sin número», y gustó a flor de agua «un
apartamiento singular, tan difícil de explicar y comprender como dulce de sentir». Y allí perseveraba,
«embebido en sus callados coloquios con la naturaleza... hasta tanto que, a manera de caricia más
bien que de reprensión, sentía la leve mano de la fatiga posarse blandamente en sus miembros».
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Así se engendraron sus Acuarelas , el mejor poema de la mar que tenemos en nuestra literatura. Pero
como Juan García , aunque tan amigo de la soledad, nada tenía de insocial ni de misántropo, y «tanto
vivía de ajenas vidas cuanto de la vida propia», jamás prescinde del elemento humano en el paisaje,
sino que hace vagar entre el caprichoso juego de las nieblas, «que a veces embozan, a veces velan
como transparente gasa la marina», sombras [p. 307] familiares de su juventud, apariciones ya
trágicas, ya risueñas, historias contadas a media voz, parte reales, parte soñadas o que del espíritu no
pasaron a la ejecución. Libro que con apariencias ligeras envuelve una psicología profunda y amarga
a veces, que no todos entenderán, que todos lamentarán entender demasiado, porque el fruto de la
experiencia suele tener un dejo más agrio que dulce, aun en los hombres buenos. Cinco son estas
narraciones, y todas ellas tienen por teatro la maravillosa playa del Sardinero, lugar predilecto de
Amós de Escalante ( Ille terrarum mihi praeter omnes - angulus ridet... ), donde «nunca encontraron
hastío sus ojos ni cansancio su alma», aunque la frecuentaba menos desde que el prosaico veraneo de
tierra adentro vino a quitarle mucho de su majestad y hermosura. Entre estos relatos descuellan dos:
Un cuento viejo y A flor de agua . Del primero es enteramente histórica la catástrofe, que todavía
recuerdan algunos en Santander. Impresa está la biografía del protagonista, a quien su mala suerte
trajo a ahogarse en nuestra playa. Era un alto oficial, creo que de Estado Mayor; su apellido Buenaga;
mozo bizarro, de hermosa postura y complexión atlética. Díjose ya entonces que una liviana voluntad
femenina le había movido a arrojarse a la temeraria aventura en que sucumbió. Este rumor fué
aprovechado artísticamente por Juan García , introduciendo en la más culminante y dramática
situación una linda paráfrasis del antiguo cuento de don Manuel de León y del guante arrojado por su
dama entre los leones; página que se lee con encanto aun después de conocida la balada de Schiller
( Der Handschuh ) sobre el mismo argumento. Ni el carácter de Vivero, ni el de la marmórea y
soberbia Laura, son tampoco creación arbitraria de la fantasía. El segundo, sobre todo, tiene tales
toques de verdad en su inhumano y feroz egoísmo, que no puede dudarse de la existencia de un
modelo vivo, acaso muy presente a los ojos o a la memoria del artista cuando trazó su vengador
perfil, trasladándole a época algo más lejana.
Distinto género de interés, pero acaso algún misterioso parentesco moral ofrece con esta narración la
titulada A flor de agua , donde casi todo pasa en el laboratorio de la conciencia; autopsia despiadada
de un alma en momentos de honda perturbación y hasta de vértigo; que llamaríamos el Werther o el
René de su autor, [p. 308] si pudiese ejercer nunca la tóxica influencia que aquellos libros ejercen en
espíritus jóvenes y desprevenidos, y si las sanas y piadosas máximas en que abunda no fuesen ya
bastante correctivo a lo que puede haber de excesivo o de peligroso en el devaneo o cavilación
melancólica del protagonista. Es el único escrito de Juan García en que pareció bordear la sima de la
desolación humana; no ciertamente para arrojarse a ella con desaliento cobarde, sino para
escudriñarla hasta el fondo; operación de moralista lícita y aun loable en sí; pero de la cual pueden
levantarse nieblas que ofusquen el ánimo mejor dispuesto para triunfar de las negras potencias del
abismo que inducen a la desesperación a los mortales. Aquella crisis espiritual fué la última en la vida
del poeta: la sombra maléfica, si es que la hubo, no hizo más que resbalar sobre el terso cristal de su
alma, tan versada en los misterios del dolor y tan sumisa finalmente a la voluntad divina.
Así llegó a la cristiana y serena elevación de Ave Maris Stella , historia montañesa publicada en
1877, una de las mejores novelas históricas que se han compuesto en España; para mi gusto la más
simpática, juntamente con El señor de Bambibre , de Enrique Gil, otro ingenio septentrional de la
misma familia de espíritus que Amós de Escalante; pero cuya voz melodiosa tiene un timbre más
apagado, así como los idílicos paisajes del Vierzo, descritos por él, difieren de la ceñuda y selvática
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majestad de nuestros montes.
Desde su primera juventud, casi diríamos desde su infancia, fué Escalante gran devoto de Walter
Scott, a quien leía con delicia, no sólo en sus novelas, sino en sus poemas, mucho menos conocidos
en España. En el presente tomo puede verse la gallarda traducción que hizo de El Palmero , dándole
el tono y sabor de un viejo romance castellano. Entre las novelas, gustaba con preferencia de
Waverley , de Old Mortality y de El Anticuario . A ellas y a todas alcanza esta brillante síntesis, que
trazó al correr de la pluma en un artículo crítico de que guardo indeleble memoria por haber servido
de cariñoso estímulo a mis primeros ensayos:
«Reinaba por entonces en los dominios de la imaginación, teniendo a su merced el universo leyente,
uno de los más hábiles y poderosos magos, a quienes enseñó naturaleza el arte de evocar y hacer vivir
generaciones muertas, levantar ruinas, poblar [p. 309] soledades, dar voz a lo mudo, voluntad a lo
inerte, interrogar a los despojos de remotos siglos y hacer que a su curiosidad respondieran;
aprendiendo de la espada rota en cuál batalla ganó sus mellas; del borrado libro, a cuál cerebro dió
luz y a cuál corazón inquietudes; de la herramienta desconocida, los usos e industrias en que sirvió al
hombre; del apolillado mueble, qué secretos encerró, qué vanidades lisonjeaba, qué necesidades
entretenía; de la deslucida y harapienta tela, las desnudeces que disimuló y las maldades o las
virtudes que vistiera; de la desbaratada joya, el lujo de que fué instrumento y cómplice; del cantar
antiguo, los miedos que logró ahuyentar, las cóleras que supo encender, y de las leyes escritas, de las
piedras labradas, del eco tenuísimo, sensible apenas, conservado en la memoria de la raza, los vicios
y virtudes, las necesidades, las costumbres, el culto, el arte, la lengua; adivinando el modo de vivir
del espíritu en la obra del entendimiento y el modo de vivir del cuerpo en la obra de las manos. Era
esta mago Walter Scott.» [1]
Cabalmente el primero en fecha de sus imitadores españoles, que fueron legión bizarra y animosa,
aunque todos más literatos que novelistas de vocación, había sido un ingenio santanderino, don
Telesforo de Trueba y Cosío, que arrojado por las tempestades políticas a Inglaterra, donde se había
educado, aprovechó su rara pericia en la lengua de aquella nación para escribir interesantes
narraciones de asunto español, entre las cuales sobresale la titulada El Príncipe Negro en Castilla .
Era Trueba ardiente patriota, y por puro patriotismo escribía en inglés, para que se difundieran más
rápidamente por el mundo los cuadros y tradiciones heroicas de nuestra historia, el tesoro poético de
nuestras crónicas y romanceros. Era escritor culto y discreto, y si le faltaban dotes de primer orden
tuvo las suficientes para ser leído con agrado y obtener un éxito lisonjero, aunque efímero, siendo
traducidas sus obras a las principales lenguas de Europa, incluso el ruso, y llevando a todas partes las
primeras nuevas del despertar romántico de España.
Juan García , que estimaba en su justo precio a este modesto y olvidado precursor del romanticismo
peninsular, encontraba entre [p. 310] el montañés de Escocia y el montañés de Cantabria afinidades
de origen, por las cuales había sido conducido naturalmente el segundo a la imitación del primero.
«Parécense las cunas de ambos poetas, regiones una y otra de montes y aguas, ásperas y sombrías, de
suelo pobre, desdeñoso cielo, angostas hoces, hondos bosques, inexploradas cimas, terror misteriosos,
padre de la superstición y la conseja, razas suspicaces y belicosas, fuente de tradiciones y leyendas.»
Pero a ingenios de otra valentía y de temple más castizo que el anglo-hispano Trueba y Cosío, estaba
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reservado el producir la genuina novela montañesa, descubriendo y aprovechando «la varia y
generosa poesía esparcida, manifiesta u oculta, en las antiguas leyes, en las costumbres, en las
memorias y el paisaje sublime de su nativa tierra». Bastóle a Pereda la observación de la siempre fiel
naturaleza para hacer entrar en los dominios de la inmortalidad a la Cantabria agreste y marinera.
Antes y después de este triunfo soberano de nuestra musa regional, buscaba Juan García en el
subsuelo histórico las hondas raíces de aquel árbol de ruda corteza y savia infatigable y rica, que tan
buena sombra había prestado siempre a los moradores de la llanura. Hubo un momento en que ambas
intuiciones poéticas se encontraron sin confundirse. Pereda, refractario por temperamento a la
curiosidad erudita, sentía vigorosamente la tradición como si de ella formase parte; no la aprendía,
sino que la veía, en sí mismo primeramente, y en todo el círculo de sus ideas y afectos. Era el fondo
de su vida psicológica, y dondequiera la encontraba reflejada: en las fiestas y regocijos populares; en
ferias, romerías, hilas y deshojas ; en la viril cristiana democracia del cabildo de mareantes; en la
benéfica tutela del patriarcado rural. De cómo habían vivido los montañeses de otras edades, nunca
pensó en informarse despacio; pero adivinaba lo pasado por los recuerdos de su niñez, y creía
vagamente en una edad de oro, tras de la cual había vendido la de plata, ya próxima a degenerar en la
de hierro, pero que todavía conservaba intacto algún filón de la riqueza antigua.
Este filón era el que tenazmente explotaba Amós de Escalante, cuya imaginación retrospectiva, no de
aquélla que suele descaminar como fuego fatuo a los eruditos livianos y presuntuosos, sino
imaginación de poeta encariñado con las ruinas, no por ser [p. 311] ruinas, sino por ser bellas,
completaba la visión de Cantabria, transportándola de las lejanías del ensueño al firme terreno de una
realidad histórica y poética a la vez: histórica por lo sólidamente documentada, poética por la verdad
eterna de los sentimientos.
Motivo de larga indecisión fué para Amós, no el escoger argumento para su novela, puesto que el
sencillísimo que tiene (una discordia y rivalidad amorosa entre hermanos) se le ocurrió casi de
improviso y es una situación de las más elementales, sino el fijar la época de la acción y el grupo de
acontecimientos históricos que habían de combinarse con los incidentes de la fábula. Otros ensayos
de novela histórica había hecho antes de éste; pero ninguno llegó a término, aunque de El Veredero ,
donde se proponía perpetuar algunos rasgos de la vida provincial en las postrimerías del siglo XVIII,
llegó a escribir bastantes capítulos. Menos avanzó en Giles y Negretes , crónica de los bandos de
Trasmiera en tiempo de Enrique IV, tema de su especial predilección, y sin duda el más novelesco y
pavoroso que ofrecen los anales de la provincia. Por fin recayó su elección en el siglo XVII, lo cual
ocasionalmente puede atribuirse a la lectura, atenta y meditada como todas las suyas, que por
aquellos días hizo de los tomos entonces recientes del Memorial Histórico Español , que contienen
las Memorias de don Diego Duque de Estrada, las cartas de los jesuítas y otros documentos relativos
a la historia anecdótica del reinado de Felipe IV. Le interesaba el contraste entre el hervir bullidor de
la vida militar, aventurera y cortesana, que en aquellos relatos se presenta, y la existencia quieta,
oscura, todavía de Edad Media, pero de Edad Media pacificada y sumisa, que adivinaba su espíritu
escudriñador en las crónicas monásticas, en los papeles de pleitos y linajes, en los cuadernos de
hermandades, único archivo montañés de aquella centuria en que la Montaña no tuvo historia para los
extraños.
Además, escribiendo de aquel período en que el arte español recogió su más alta corona como en
desquite de las que dejaban caer sus monarcas, llevaba vencida de antemano la mayor dificultad de la
novela histórica: la de dar al diálogo su propio y genuino sabor, sin esfuerzos de arcaísmo, sin taracea
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de vocablos viejos y nuevos, escollo inevitable en argumentos de la Edad Media, [p. 312] donde la
representación, si es nimiamente fiel, puede tornarse en incomprensible para el vulgo, y si se
moderniza demasiado, corre riesgo de hacerse trivial y desagradar a los entendidos. En el siglo XVII
encontraba Amós su verdadera patria espiritual. Si de algo pecan sus personajes es de hablar
demasiado bien, con una pureza de gusto más propia de los contemporáneos de Fr. Luis de Granada
que de los de Gracián. Pero recuérdese que a provincias las modas solían llegar tarde, y es natural que
en tierra tan fragosa como la que más de España y tan alejada del trato y comunicación forastera, no
hubiesen penetrado mucho las quintas esencias del gusto palaciego y se hablase todavía llana y
apaciblemente, aunque no de fijo con tanta sabiduría y discreción como la que muestran en sus
pláticas los hidalgos y religiosos que Amós introduce en su libro. Él por su gusto participaba de
ambos siglos, y era indulgente hasta con el abuso del ingenio; pero el sexcentismo , sólo por sus
partes mejores y más sanas, pudo tener acción sobre él. Nunca su pluma resbaló en el culteranismo;
pero como hombre de ingenio tan sutil fué alta y noblemente conceptuoso en prosa y en verso,
declarando las agudezas de su pensar, no con palabras forasteras y peregrinas, sino con suave y
graciosa elegancia que rodea amorosamente el concepto y en él se recrea hasta agotarle. Quevedo, tan
gran mina en lo serio como en lo jocoso, aunque menos trabajada por los imitadores, le cautivaba por
la valentía de las sentencias, y a veces le imitó en esto, pero no en su concisión áspera y ceñuda, que
es de muy peligrosa imitación para quien no tenga su propio genio colérico, impaciente y adusto, que
procede siempre como por saltos.
De las dos principales formas que la novela histórica tiene, ¿a cuál pertenece Ave Maris Stella ? Hay
entre las obras de Walter Scott, algunas de las más brillantes y famosas, no de las más espontáneas
( Ivanhoe, Quentin Durward ...), en que la historia da, como dice muy bien nuestro Amós, «el
esqueleto y trabazón del artificio literario, el color de los tiempos, el compás de la acción, la medida
de los caracteres y aventuras». Tienen estas novelas el inconveniente de que la Historia se desborda
en el campo de la poesía, con tan impetuoso raudal, que anula la acción del protagonista inventado y
convierte sus personales aventuras en una especie de máquina teatral puesta al servicio del gran [p.
313] drama de las ambiciones y las catástrofes humanas. Sobre esta manera de narraciones históricoanoveladas recaen principalmente las observaciones de Manzoni, que, después de haber compuesto
su áureo libro de I Promessi Sposi , entró en escrúpulos literarios sobre el libro y sobre el género, y
escribió su opúsculo De la novela histórica , en que expone largamente y con su ingenio y sagacidad
acostumbrados, los inconvenientes de aquella forma poética y de las que con ella tienen alguna
semejanza. En lo cual es de notar que Manzoni tildaba y corregía opiniones suyas anteriores, puesto
que en su admirable Carta sobre las unidades dramáticas , había hecho la más profunda apología del
drama histórico, tanto mejor, cuanto más fiel a la Historia; siendo doctrina de aquel sutil pensador y
gran poeta que «las causas históricas de una acción son esencialmente las más dramáticas y las más
interesantes, y que cuanto más conformes sean los hechos con la verdad material, tendrán en más alto
grado la verdad poética que buscamos en la tragedia».
Si esta doctrina puede parecer extremada por lo mucho que restringe los derechos de la fantasía,
todavía es más rígida la que luego sostuvo, condenando, como género contradictorio en sí mismo,
toda mezcla de historia y ficción. La humanidad continúa recreándose con este género híbrido, y en la
cúspide de él coloca precisamente un libro de Manzoni. Pero éste pertenece a la segunda categoría de
novelas históricas, al grupo en que debemos colocar también las obras más amables y espontáneas de
la primera manera de Walter Scott. En vano intentan hoy los críticos rebajar el mérito de este mago
de la Historia, Homero de una nueva poesía heroica, acomodada al gusto de generaciones más
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prosaicas, y, en suma, uno de los grandes bienhechores de la humanidad, a quien dejó en la serie de
sus libros una mina de honesto e inacabable deleite. La exactitud histórica completa es un sueño; y si
por medio de procedimientos científicos no podemos llegar más que a una aproximación, ¿quién va a
exigir más rigor en el arte? Walter Scott nunca tuvo la pretensión de que sus novelas sustituyesen a la
Historia, y, sin embargo, grandes historiadores fueron los que, guiados por su método, comenzaron a
resucitar la Edad Media con su genuino espíritu.
Para los grandes hechos históricos no hay como la historia; [p. 314] la fábula sirve sólo para
oscurecer su grandeza. El único medio artístico de celebrarlos con dignidad es la efusión lírica. Pero
ni la historia se compone tan sólo de peregrinos y encumbrados acaecimientos, ni sabe ni dice todo lo
que puede decirse y saberse de ciertos períodos, hombres y razas, que por no haber influído
eficazmente en el mundo, o porque de sus hechos no queda bastante memoria en papeles y libros,
permanecen olvidados y silenciosos aguardando el son de la trompeta que los levante del sepulcro. Y
entonces llega el arte, que entre sus excelencias tiene la de suplir con intuición potente las ignorancias
de la ciencia, los olvidos y desdenes de la historia; y resucita hombres y épocas, nos hace penetrar
hasta lo íntimo de la organización social, y nos da a conocer, no sólo la vida pública y ruidosa, sino la
familiar y doméstica de nuestros progenitores. Que tal oficio está expuesto a quiebras en modo tal,
que si esas generaciones despertasen, quizá no conocieran su propio retrato, puede ser cierto; pero
cuando faltan modos de averiguarlo, importa poco, si el novelista lo es de veras, que haya sustituído
la realidad histórica, mezquina y prosaica a veces, con otra realidad poética, dulce y halagadora, que,
en medio de todo, es tan real como cualquiera otra de la vida. Pero ni aun ese cargo puede hacerse a
los poetas eruditos que antes de escribir novelas se han internado en el laberinto de las pasadas
edades con el hilo de la crítica, y han reconstruído, no simplemente adivinado, la historia,
fundándola, antes que en vagas imaginaciones, en porfiada y diligente labor sobre antiguos
documentos, sin desdeñar tradiciones y usanzas añejas, donde la historia vive vida tan persistente y
tenaz como en los relatos de los cronistas. Tal hizo Walter Scott en aquellas novelas, para mí las
mejores de su colección, en que describe costumbres escocesas que él y muchos de sus lectores
habían alcanzado, odios de familia que aún duraban al tiempo de su infancia; tal realizó con suma
conciencia Manzoni para restaurar aquella Lombardía semiespañola del siglo XVII, y tal fué, en su
historia montañesa de la misma centuria, la empresa que acometió Juan García , discípulo de los
más hábiles que en España han tenido ambos maestros.
Discípulo de Manzoni más que de Walter Scott, si se atiende al espíritu, no sólo moral, sino
austeramente religioso, de positivo y práctico cristianismo, que se difunde por todas las venas de [p.
315] la obra; arte severo e inmaculado que no admite, ni a título de contraste, ninguna emoción
desordenada. Discípulo por la sencillez de la acción que no sale de los términos de la vida ordinaria,
ni ofrece complicación alguna de las que por excelencia se les llaman novelescas, ni busca tampoco
los aspectos más brillantes de la historia al injertarse en su tronco. Discípulo también, pero no
imitador ni copista servil, en los dos principales caracteres, don Diego Pérez de Ongayo y Fr.
Rodrigo. ¿Quién al contemplar el verdadero desenlace de nuestra novela en la cristiana y resignada
muerte de aquel desalmado solariego, Caín de sus hermanos, amansado ya y traído a penitencia por la
solemne, a par que cariñosa voz de su hermano el fraile, no se acuerda involuntariamente del
Innominato y de Fra Cristóforo ?
Otros caracteres entran más en el género de Walter Scott. Casto y gentilísimo, con delicados toques
de pasión, es el tipo de doña Mencía; grave y austeramente señoril el de su madre doña Brianda;
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arrebatado y generoso el del Capitán que vuelve de Flandes; noble y fiel el del Rebezo; iracundo y
pronto a la venganza el del catalán, como aquellos paisanos suyos cuyos hechos nos refirió en estilo
de Tácito don Francisco Manuel de Melo. Ninguno de estos personajes es convencional; todos tienen
rasgos de época finamente estudiados. Pero aunque entre ellos se teja principalmente la trama de la
novela, todavía valen más otros personajes episódicos: el hidalgo e Binueva, tan sano y entero de
alma como descompuesto, extraordinario y brusco en actos y modales; el ladino y cortesano abad de
Santillana, que tan discretamente camina al logro de sus ambiciones; el taimado político de
campanario Agustín Calderón; el licenciado de Ruiseñada, rico en argucias y pedanterías jurídicas;
los dos hermanos Gómez de la Torre, deliciosamente cómicos en su galantería infantil y trasnochada,
en la perpetua comunidad de sus pareceres y en la impertinencia de sus discursos. Y tras ellos todo el
coro de montañeses, que bien muestran ser abuelos genuinos de los de Pereda y parientes próximos
de los escoceses pintados por Walter Scott, sin que haya en esto imitación, sino absoluta y perfecta
coincidencia: económicos, pacientes, cautelosos, astutos, obligados a serlo por la pobreza de la tierra
y por el hábito de vivir en perpetua contienda forense.
[p. 316] El escenario histórico en que toda esta gente se mueve está admirablemente elegido.
Quedaba en las Asturias de Santillana, y persistió por lo menos hasta el tiempo de Carlos III, un resto
importante de las antiguas libertades comunales: las Juntas de los nueve valles, que se reunían en el
Puente de San Miguel, lugar del valle de Reocín. «Desde allí (como dice Escalante) fué largos años
gobernada y regida por sus procuradores, parte muy principal y considerable de aquella antigua tierra
en Castilla llamada de Peñas-al-mar, tierra tan fatigada por el ánimo inquieto de sus naturales, los
derechos encontrados, las jurisdicciones varias, las leyes muchas y confusas, mal obedecidas las
nuevas y olvidadas las antiguas.»
Hallábase aquel humilde Capitolio montañés, del cual no quedan ni ruinas, en la margen izquierda del
Saja. El archivo de las Juntas se guardaba y no sé si se guarda todavía en la vecina ermita románica
de San Miguel. Atentamente le había explorado Amós de Escalante, para quien eran tan conocidos
aquellos parajes como los rincones de su nativa casa. Cuanto en el libro se escribe de aquella rústica
congregación de los procuradores de los valles es historia pura fundada en el texto de las Ordenanzas
confirmadas en 1645 por Felipe IV, y en otros varios documentos que en los apéndices se mencionan.
Histórico es el orden de presidencia y asiento; históricos los nombres de los justicias, procuradores y
escribano que en la Junta figuran; histórico el mandamiento o convocatoria a los valles, y todos los
demás papeles que en el mismo texto de la novela se ponen íntegros o en extracto, como Manzoni
intercaló los bandos de los gobernadores de Milán. Este escrúpulo de nimia exactitud diplomática
contribuye al prestigio de la ilusión poética, haciendo al lector verdaderamente contemporáneo de los
sucesos que se narran. El cuadro de las Juntas es acaso el mejor de la novela, y la brava pendencia
con que terminan recuerda, con desenlace menos sangriento, la lucha de los dos clanes rivales en The
fair maid of Perth .
Reparos harto livianos han puesto a Ave Maris Stella los pocos críticos que se han fijado en ella.
Dicen que la acción, aunque dulce y simpática, es pobre y algo desleída. No puede llamarse pobre
una acción que tiene todo lo necesario para su integridad, y además en Ave Maris Stella , como en
todas las buenas novelas [p. 317] históricas, el interés es doble: uno el personal de los protagonistas;
otro el interés colectivo, el interés de la historia en que ellos van envueltos y que los arrastra en sus
tortuosos giros. Atender al primero y no al segundo, que en la intención del autor es casi siempre el
capital, equivale a desconocer la verdadera índole de este género narrativo, cuya mayor eficacia y
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virtud poética consiste precisamente en mostrar la acción del destino histórico sobre el destino
individual; empresa de mucha más consecuencia que las manifestaciones del puro realismo.
Entendida de este modo la novela histórica, viene a ser una transformación moderna de la epopeya.
Así en la novela única e insuperable de Manzoni, una inocente pareja de sencillos contadini , Renzo y
Lucía, pasea sus contrastados amores a través del hambre, del tumulto y de la peste, y viene a
reflejarse en aquellas humildes existencias todo el movimiento de la sociedad lombarda del siglo
XVII en todas sus clases y condiciones, desde los bravos asalariados y tiranuelos feudales, hasta el
santo Arzobispo Federico Borromeo. Así, en El Señor de Bembibre , novela dignísima de ser citada
en primera línea entre las nuestras, el gran drama de la caída de los Templarios y la visión imponente
del Castillo de Cornatel, se sobreponen en mucho al interés que, sin duda, despiertan las cuitas
amorosas de don Álvaro y doña Beatriz, tan delicadamente interpretadas por el alma ardiente y
soñadora del poeta.
No es pobre la acción de Ave Maris Stella , si se atiende a los dos elementos que en ella fundó sin
violencia Juan García ; pero es cierto que pudo desenlazarla por medios menos rápidos y bruscos que
aquella riada del Saja, por otra parte admirablemente descrita, y que parece luchar con estos
soberanos versos de Lucrecio (I, 286-290), que tan presentes tenía:
Nec validei possunt pontes venientis aquae
Vim subitam tolerare; ita magno turbidus imbri
Molibus incurrit, validis cum viribus, amnis;
Dat sonitu magno stragem; volvitque sub undis
Grandia saxa; ruit, qua quidquam fluctibus obstat.
Pero ya he dicho que para mí el verdadero desenlace no está en el accidente fortuito y material que
arrastra a don Álvaro, sino en la conversión moral de su hermano don Diego.
[p. 318] Con ligereza se ha dicho también que el novelista se desentiende de las situaciones más
culminantes para pintar un paisaje o una marina con verdadera delectación morosa. Precisamente
nuestro Amós conocía muy bien este punto flaco del arte de Walter Scott, «el cual, con tanto amor y
deleite se detiene a veces en detallar y pulir sus cuadros de la Naturaleza, en hacer correr sobre ellos,
ya la luz, ya la sombra, que parece olvidarse de que le aguardan sus héroes para hablar o moverse, y
con mayor impaciencia el lector, puesto en sus manos por la afición o el capricho». El capítulo
titulado Puerto Calderón con que empieza la novela montañesa, es el único que adolece de este
defecto, y hubiera ganado con ser más breve, aunque en ello se perdiesen algunos primores de forma;
pero no puede decirse que en él se distraiga el autor de nada, puesto que todavía no ha comenzado su
relato. Lo que sí puede y debe decirse es que tarda en entrar en materia, y que esta novela, al revés de
otras muchas, va ganando interés conforme avanza.
No necesito encarecer de nuevo las dotes de paisajista que Escalante tuvo y que no podían menos de
ser para él una tentación perpetua. Pero debo notar que, en este último libro, la Naturaleza visible está
sentida y representada de un modo muy diverso que en sus relaciones de viajes y en sus impresiones
de la playa. El paisaje de Ave Maris Stella está empapado de emoción moral, si vale la frase. Guarda
misteriosa consonancia con los estados de alma de los personajes y con las escenas en que
intervienen. Es, por decirlo así, un lenguaje simbólico en que la tierra madre habla a sus hijos. Fácil
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sería puntualizar esto, si los límites del presente estudio lo consintiesen. Tampoco responderé de
nuevo a las acusaciones de afectada cultura en el lenguaje. Suponiendo, lo cual estoy muy lejos de
conceder, que para los españoles sea arcaica la lengua que hablaron sus mayores prosistas y poetas,
siempre estaría legitimado su empleo en un argumento del siglo XVII y en la pluma de un escritor
que podía decir de sí mismo, como Tito Livio, que escribiendo de cosas antiguas sentía que su alma
se hacía antigua también: Vetustas res scribenti nescio quo pacto antiquus fit animus .
Legítimo poeta en prosa don Amós de Escalante, hizo también muchos y excelentes versos,
teniéndoles en tal predilección, que [p. 319] sólo en ellos estampó su nombre verdadero, reservando
el pseudónimo para las obras en prosa. Con algunos de los más selectos formó en 1890 un precioso
tomito, cuya edición privada, y de cortísimo número de ejemplares, apenas traspasó el círculo de su
familia y amigos. Hoy se reimprime acrecentado con otros de mérito no inferior que se han
encontrado entre sus papeles. Muchos más condenó a la oscuridad, y acaso a la destrucción, su
acendrado gusto, que tratándose de cosas propias se pasaba de nimio y meticuloso. Basta con los
coleccionados para que el tomo quede el más cabal que del poeta montañés tenemos, y uno de los
más personales y simpáticos de la lírica española de nuestros días.
Muchas veces se ha repetido, siempre con airada protesta de la gente del Norte, aquella sentencia
atribuída a don Alberto Lista: «Del Duero allá no nacen poetas.» Injusta era ya cuando dicen que se
pronunció, puesto que sin remontarnos a la antigua poesía épica y a los Santillanas y Manriques del
siglo XV, del lado acá del Duero había nacido Zorrilla, el mayor poeta narrativo y legendario de toda
la literatura romántica. Pero si en vez del Duero se hubiese dicho del Ebro allá , no hubiese sido tan
fácil impugnar la proposición. Asturias misma, fecunda en excelentes prosistas, apenas contaba, antes
de la aparición de Campoamor, más títulos de relativa gloria poética que las comedias de Bances
Candamo y las sátiras y epístolas de Jovellanos. La musa gallega, primogénita entre las peninsulares,
[1] no había reverdecido aún sus laureles de la Edad Media. Y nuestra comarca, que había dado a la
corte del Emperador Carlos V el más brillante e ingenioso de sus retóricos y moralistas, el de mayor
celebridad e influencia en Europa, sólo puede citar en el siglo XVII un poeta más conocido y más
digno de serlo como dramático que como lírico; dos o tres harto adocenados en el XVIII; cuatro o
cinco muy dignos de estima en el XIX, ninguno tan selecto en la dicción, tan rico de savia propia y de
intensa cultura como Escalante. Evaristo Silió, prematuramente malogrado, tuvo la inspiración
melancólica y gris de nuestro paisaje otoñal, pero algo monótona y enfermiza. Fernando Velarde,
mucho más conocido en América que en [p. 320] España, alma vehemente, apasionada y triste,
ingenio grande e indisciplinado, versificador grandilocuente y estrepitoso, semejaba un pájaro
tropical de vistoso y abigarrado plumaje. Casimiro Collado, espléndido poeta descriptivo en la oda a
México , hondamente elegíaco en Liendo o el valle paterno , era un diestro cincelador de versos
clásicos, que llegó a la perfección en dos o tres composiciones, sin desentonar en ninguna. [1]
Dos poetas idealistas y melancólicos nacidos en otra provincias del Norte de España tienen con
nuestro Amós más estrecho parentesco que los de su tierra. Uno es el tierno y melodioso cantor de La
Niebla , de La gota de rocío y de La violeta , Enrique Gil, a quien ya hemos recordado como
novelista. Otro es Pastor Díaz, más sombrío y nebuloso, más acerbamente triste, más gráfico en la
dicción, más vibrante y enérgico. En sus versos sonó por primera vez el arpa de nácar de la Sirena del
Norte . y las huellas de su radiante aparición no se han borrado todavía:
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No más oí de la gentil Sirena
El concierto divino,
Sino el tumbo del mar sobre la arena,
Y el bronco són del caracol marino.
Pero el numen que inspira a Escalante no es tan tétrico y gemebundo como el que dictó los versos a
la Luna y La Mariposa negra ; el que había susurrado al oído del poeta gallego cuando apenas tenía
diez y siete años:
De ébano y concha ese laúd te entrego
Que en las playas de Albión [2] hallé caído;
No empero de él recobrará su fuego
Tu espíritu abatido.
El rigor de la suerte
Cantarás sólo, inútiles ternuras,
La soledad, la noche y las dulzuras
De apetecida muerte.
[p. 321] También Escalante recibió de manos de la triste maga el laúd de ébano y concha, alto
consolador de sus melancolías. Pero atento a la voz del paisaje, atento a la voz de la historia, nunca
pudo contarle entre sus víctimas el subjetivismo romántico, ni cantó sólo estériles ternuras. Su alma
se difundía sobre las cosas exteriores, y después de abarcarlas con serena contemplación, parecíale
pequeña cosa su dolor comparado con el dolor universal. Y como la ley del dolor no estaba escrita
para él en las tablas de diamante de la fatalidad, sino que sentía en ella el gemido que lanzan las
criaturas violentamente apartadas del centro de su vida e inquietas y desasosegadas hasta que tornen a
él, pronto la paz de Señor tocaba su alma, ahuyentando los fantasmas del desaliento y de la duda. Su
pensamiento constante profundo, aun en las composiciones que parecen más frívolas, lanzaba
destellos de purísima luz en sus versos religiosos, que son de los más bellos que hay en nuestra
literatura moderna, poco fecunda en este género, que, por ser el más excelso de todos, no consiente
vulgaridad ni medianía.
Si poeta ha de llamarse al que ha tenido un modo propio de sentir, un modo personal de interpretar la
naturaleza y la vida, y ha encontrado para expresar este sentir y esta visión suya aquella forma íntima
y solitaria, ajena cuanto cabe del razonamiento prosaico, a la cual llamamos forma lírica, no hay duda
que Amós de Escalante es todavía más poeta en sus versos que en su prosa, porque su alma se pone
en más directa comunicación con sus lectores, y además la rapidez y concentración del estilo poético
le impide caer en el único defecto que puede notarse en su manera, algún exceso de amplificación,
cierta tendencia a desleir las ideas y a pararse cariñosamente en cada una. Él mismo decía que el
soneto le había «disciplinado», y los hizo primorosos de todos géneros. En verso propendió siempre a
la sobriedad, y quizá por exceso de ella parece alguna vez oscuro y premioso. Era robusto artífice de
endecasílabos: sus cláusulas rítmicas tienen gran sonoridad y empuje; pero todavía se [p. 322]
aventaja a sí mismo en el primor y ligereza de los versos cortos. No diré que, a pesar de todo su
estudio, llegase a vencer siempre las asperezas de la rima; descuidos técnicos podrá tener, que desde
luego entregamos a la voracidad de los pedantes, si es que son capaces de discernirlos, porque esa
crítica menuda suele dar palos de ciego.
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Para las almas dignas de comprender el alma de su autor, estas poesías no necesitan encarecimiento;
necesitaban, sí, un comentario, y he procurado ponérsele en todo lo que llevo escrito sobre la persona
de Juan García , tal como la veo reflejada en sus libros; tal como la vi, siempre fiel a sí misma, en
muchos años de constante y respetuosa comunicación. He procurado señalar las fuentes de su
inspiración; descubrir sus procedimientos artísticos; leer en su alma, tarea grata para mi corazón, que
durante largas horas ha creído escuchar su plática docta, insinuante y aguda. Ahora ya puede el lector,
libre del fárrago de mi prosa, espaciar la vista por sus marinas , perderse con él por los caminos de la
Montaña y aspirar el silvestre olor de las flores campesinas recogidas por él en búcaro gentil, digno
de albergar, no sólo las que cultivaba en su plácido huertecillo el injustamente olvidado Selgas, sino
las que dieron lecciones y documentos de moral sabiduría en las inmortales Silvas de Rioja.
No faltará quien tache o recuse por parcial y apasionada esta apología de un escritor tan poco sonado
en los papeles críticos, tan peregrino en los oídos de la generación presente. Mi entusiasmo por él es
grande, sin duda, pero razonado y reflexivo. Creo de todas veras que Amós de Escalante era un
clásico en vida, y que por clásico han de estimarle los venideros, a no ser que acaben de perderse en
España todas las buenas tradiciones de lengua y estilo. No soy de los que se entregan al fácil juego de
ensalzar autores de segundo orden con el secreto designio de abatir a los de primero. No soy
iconoclasta, ni trato de levantar altar contra altar. Lo que lleva el sello del asentimiento universal
tiene para mí grandes y serios motivos de creencia. Tengo horror invencible a la paradoja y a la
afectación de originalidad, que es las más veces impotencia disimulada. Afirmo, por consiguiente,
que la generación que admiró a Tamayo y Ayala, a Pereda y Alarcón, a Campoamor y Núñez de
Arce, al único e incomparable Valera, [p. 323] tuvo grandes razones para admirarlos, y que estas
razones se irán viendo más claras conforme pase el tiempo. Pero creo que estos nombres no están
solos, y que el campo de la literatura que para nosotros fué contemporánea y de la cual debemos
informar a los venideros para que no padezcan engaño, es mucho más vasto que lo que pudieran
hacer creer historias superficiales en que hombres como don José María Quadrado o don Amós de
Escalante no ocupan más que una sola y menguada página o no están mencionados siguiera. No
confío en que Escalante llegue a ser popular nunca: su amor grave y profundo a la belleza, su arte
complicado y laborioso, le apretarán siempre del vulgo; pero no dudo que si la juventud se fija en sus
obras, inéditas todavía para la mayor parte de los españoles, llegará a tener un grupo selecto de
admiradores, y triunfará después de muerto, como triunfaron otros espiritus suaves y distinguidos: el
solitario soñador Sénancour, el fino moralista Joubert [1] y los dos Guérin, nobile par fratrum . Y
espero también que esta rehabilitación ha de comenzar entre los jóvenes de su tierra natal, que tiene
una gran deuda de agradecimiento con este hijo suyo, que se lo sacrificó todo, hasta la esperanza de
la gloria, siempre tardía y perezosa para quien se aleja del centro donde la multitud reparte sus
favores.
Decía un amigo suyo que Amós tenía dos grandes devociones: el mar y los frailes de San Francisco.
Una y otra le acompañaron hasta la tumba. Puede decirse que murió asido al cordón franciscano de
que habla en un soneto. Desde las casas de Becedo, donde había nacido, levantadas por los de su
linaje junto al arroyo donde cayó herido de un ballestazo Fernando de Escalante en la victoriosa
resistencia que la villa de Santander opuso en 1466 a la gente de armas del segundo Marqués de
Santillana, pudo oír, hasta la hora en que acompañaron su tránsito, las campanas del convento [p.
324] de San Francisco, edificado en el solar de aquel otro cuya fundación había descrito en una
página digna de Ozanam. En aquella amplia y pobre iglesia, huérfana ya de sus antiguos moradores y
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amenazada de total ruina, que la Providencia quiso dilatar, sin duda, para que sus ojos entornados por
la muerte la pudiesen contemplar hasta el fin, sonaron por él las preces funerales; y si el ánimo de los
que las escuchábamos hubiese estado menos sobrecogido de religiosa emoción, y más libre para
recrearse con memorias viejas, quizá hubiéramos visto cruzar la sombra de aquel terrible Juan Ruiz
de Escalante, caudillo de los Giles, que sucumbió a manos de ingleses en la isla de Wight, y a quein
trajeron los de su nao a enterrar en San Francisco, guardando sus barbas en un pañizuelo . De tal
modo la historia doméstica de la familia de Amós estaba mezclada con la historia de la ciudad de que
él fué ornamento y gloria.
En las noches tormentosas del mes en que salió de esta vida, los roncos alaridos del mar, encrespado
y furioso como nunca, nos parecían formidables endechas con que plañía a su cantor excelso; pero en
su alma purificada por el dolor, limpia por la contrición, en paz con Dios y con los hombres, debieron
de sonar como clarines triunfales que festejaban su arribo a las playas de la eternidad. ¡Dichoso quien
así había vivido! ¡Dichoso quien moría así!
¡Dichoso tú que en la ganada cumbre,
Al derribar del hombro fatigado
La vida y su gloriosa pesadumbre,
Podrás decir: «A tu mandato llego:
Esto, Señor, me diste; esto he logrado:
Tuyos lucro y caudal, te los entrego!»
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 269]. [1] Nota del Colector.-Estudio Preliminar al libro: Poesías de don Amós de Escalonte.
Edición Póstuma. Madrid, Imp. Tello, 1907.
[p. 270]. [1] Don Amós de Escalante y Prieto nació en Santander el 31 de marzo de 1831, y murió en
la misma ciudad el 6 de enero de 1902.
Sus obras son:
- Del Manzanares al Darro. Relación de viaje por «Juan García» . Madrid, imprenta de C. González,
1863; 8.º, 321 págs. y dos hojas más sin foliar.
- Del Ebro al Tíber. Recuerdos por «Juan García» . Madrid, imp. de C. González, 1864; 8.º, 410
págs. y tres hojas sin foliar, con el índice y erratas.
- Costas y montañas. (Libro de un caminante), por «Juan García» . Madrid, imp. de M. Tello, 1871;
8.º, 719 págs., y dos hojas más sin foliar.
- En la playa (Acuarelas).-Marina.-Un cuento viejo.-Bromas y veras.-A flor de agua.-La Luciérnaga .
Madrid, imp. de M. Tello, 1873; 8.º, 306 págs.
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- Ave Maris Stella. Historia montañesa del siglo XVIII, por «Juan García» . Madrid. imp. de M.
Tello, 1877, 8.º, 497 págs.
- Amós de Escalante. (Poesías). Santander, imp. y litogr. de El Atlántico , 1890 (así en la portada
exterior; en la interior dice: Marinas.-Flores. En la Montaña ); 8.º, 214 págs. y dos hojas sin foliar de
índice. (Edición privada).
Quedan muchos artículos suyos, dignos de ser coleccionados, en El Día, La Epoca, La Ilustración
Española y Americana y otros periódicos de Madrid, y en casi todos los que en su tiempo se
publicaron en Santander, especialmente en el Boletín de Comercio, El Atlántico, La Tertulia y su
continuación la Revista Cántabro-Asturiana , etc.
[p. 271]. [1] Artículo de Enrique Menéndez y Pelayo, en el libro De Cantabria , Santander, 1890,
págs. 15-17.
[p. 279]. [1] Conoció bastante la lengua alemana y sus poetas para traducir con elegancia versos de
Koerner, de Rückert y de Uhland, que están en el tomo de sus Poesías . Pero otros estudios le
distrajeron de éste, en que perseveró más su íntimo amigo Adolfo de Aguirre.
[p. 279]. [2] Los estudios de latinidad y humanidades, que fueron capitales en su desarrollo como en
el de todo literato digno de este nombre, los había hecho en Santander, en el Instituto Cántabro, del
cual fué uno de los primeros y más aventajados alumnos. Véase el cariñoso recuerdo que le dedica en
Costas y Montañas , págs. 276-280.
[p. 279]. [3] Tal es la verdadera fecha de las cartas que forman el libro Del Ebro al Tíber, aunque no
se coleccionaron hasta 1864.
[p. 280]. [1] Del Ebro al Tíber, pág. 141.
[p. 295]. [1] Bajo este nombre se comprendía, no todo el territorio de la actual provincia de
Santander, como equivocadamente han creído algunos, sino sólo los nueve valles del Alfoz de
Lloredo, Reocín, Piélagos, Camargo, Villaescusa, Penagos, Cayón, Cabezón y Cabuérniga.
[p. 297]. [1] Natural de Ruiseñada.
[p. 297].[2] De Ucieda.
[p. 297].[3] De Tanarrio.
[p. 297].[4] De Colindres.
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[p. 299]. [1] Artículo de don Amós de Escalante sobre antigüedades montañesas, en el Homenaje a
M. y P. en el año vigésimo de su profesorado : Madrid, 1899, tomo 1, pág. 856.
[p. 299]. [2] Claro es que prescindo aquí de todos los trabajos posteriores al de Juan García , y aun
de los anteriores sólo he citado los que cuadran a mi intento. Quien desee lograr noticia cabal de
todos ellos, llame a las puertas del rico Archivo y Biblioteca montañesa que ha formado en Santander
el diligente coleccionista don Eduardo de la Pedraja.
[p. 301]. [1] Acrecen el valor de Costas y Montañas , como libro de erudición histórica, varios
documentos interesantes que se publican por apéndice: el Fuero de Santander , conforme al texto del
libro I.º de Privilegios y Donaciones de nuestra Iglesia, más correcto y cabal que la copia impresa por
Llorente; Una carta de los Reyes Católicos a la villa de Santander , sobre elecciones municipales; el
original del famoso Voto de San Matías , hecho por la misma villa con motivo de la pestilencia de
1503; Una relación inédita de Francisco Carreño, sobre el recibimiento y fiestas que se hicieron en
Santander a la Reina doña Ana, cuarta mujer de Felipe II, en 1570; las Cartas de desafío que
mediaron entre el Almirante don Lope de Hoces y el Arzobispo de Burdeos en 1639, y una detallada
relación, también inédita, de la expedición pirática de aquel Prelado francés contra las villas de
Laredo y Santoña; finalmente, catálogos de los abades de Santander y Santillana, que en la segunda
edición aparecerán muy corregidos.
[p. 302]. [1] Esta voz, inventada acaso por Quevedo, tiene en todos los autores del siglo XVII, no el
sentido honorífico que ahora disparatadamente le aplican muchos, sino el sentido despectivo de
«hombre fatuo y presumido de su alcurnia».
[p. 302]. [2] «Facilitó esta resolución y levantó esta cantera el presidente Acevedo, a quien yo era
desapacible, porque, siendo yo montañés, nunca le fuí a regalar la ambición que tenía de mostrarse,
por su calidad, superior a los que en aquellos solares no reconocemos a nadie.» ( Grandes Anales de
quince días , en las Obras de Quevedo , edición Rivadeneyra, tomo I, pág. 202).
Quevedo, aunque nacido en Madrid, gustó siempre de apellidarse montañés, y alguna vez añadió este
calificativo a su firma; por ejemplo, en el autógrafo de su traducción de Anacreonte.
[p. 302]. [3] Véase la letra al abad de San Pedro de Cardeña , que es la 34 de la primera serie de las
Epístolas familiares de Guevara.
[p. 305]. [1] Artaserse , att. III, sce. I.
[p. 305]. [2]
And I have loved thee, Ocean! and my joy
Of youthful sports was on thy breast to be
Borne, like thy bubbles, on ward: from a boy
I wantoned with thy breakers-they to me
Were a delight; and if the freshening sea
Made them a terror - twas a pleasing fear,
For I was as it were a Child of thee,
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And trusted to thy billows far and near,
And laid my hand upon thy mane - as I’do here
[p. 309]. [1] Artículo publicado en La Epoca sobre mi biografía de Trueba y Cosío en 1876.
[p. 319]. [1] Entiéndase de la poesía lírica, no de la épica, que es castellana desde sus orígenes, y el
mayor timbre poético de Castilla juntamente con el teatro.
[p. 320]. [1] Hablo sólo de los que han cultivado la poesía lírica exclusivamente o con preferencia, no
de los que, sin ser poetas de profesión, escribieron a veces elegantes y sentidos versos, como el docto
catedrático Laverde Ruiz y otros.
[p. 320]. [2] Es notable, en efecto, el parentesco moral de estos poetas del Septentrión de España con
algunos ingleses. Quizá Pastor Diaz, cuando escribió estos versos, no había pasado del falso Ossian.
Cuando aparecieron las primeras composiciones de Enrique Gil, algún crítico notó analogías, que no
encuentro fundadas, con las Irish Melodies , de Tomás Moore. En Amós la influencia inglesa fué
constante, y se ejercitó, no sólo por medio de Byron, sino también de los poetas lakistas .
[p. 323]. [1] A Amós de Escalante puede aplicarse punto por punto lo que el excelente crítico inglés
Matthew Arnold dice de Joubert:
«Vivió en los días de los filisteos, cuando toda idea corriente en literatura tenía el sello de Dagón, y
no el sello de los hijos de la luz... Pero hubo unos pocos que, aleccionados por alguna tradición
secreta, o iluminados quizá por divina inspiración, se libraron de las supersticiones reinantes, y no
doblaron la rodilla ante los ídolos de Canaán, y uno de estos pocos se llamaba Joubert.»
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 325] DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA (TIPOS TRASHUMANTES) [1]
HAY libros respecto a los cuales toda crítica, si no es pedantería, dista poco de serlo. Cuando el libro
ha nacido espontáneamente, sin esfuerzo, como por juego, entre risas y flores, es una verdadera
profanación el tocarle con manos de dómine . Si se buscara un tipo de la gracia, de la ligereza, del
desenfado literario, exento de toda afectación y ulterior propósito, seríalo el lindo volumen que entre
manos tengo. No le abran los que buscan en cada obra de imaginación grandes problemas sociales y
otras inocentadas por el mismo orden, materia luego de pesadas e impertinentísimas controversias en
Ateneos y corrillos. Ni venga nadie a disecarle anatómicamente ni a pronunciar graves sentencias
sobre realismo e idealismo , especie de comodín que ha sustituído a las viejas unidades dramáticas
con que se medía una comedia como una tierra de sembradura. Quien tales intentos traiga, retírese un
poco, que no se hizo la miel para su boca. Las rosas se marchitan en manos de quien rústicamente las
maneja.
Yo que he visto nacer los Tipos Trashumantes y conozco a su autor como a mi propia persona, sé que
no se propuso ningún fin recóndito ni ultra-trascendente, ni quiso reformar el mundo, ni [p. 326]
echarse a misionero, ni hacer novelas teológicas (una de las gracias que nos ha traído esta
bienaventurada época, con ser la más olvidadiza de tan graves materias y hasta del catecismo), ni
políticas , ni humanitarias , sino describir tipos y gracejar y divertirse. Con lo cual salió un libro
alegre y regocijado como unas castañuelas, y capaz de quitar el fastidio y la modorra al menos
benévolo leyente. Tan ligero y animado es que nadie le lee en dos veces, sino que le traga y devora
forzosamente en una sola, y quédase con despierto apetito; y lo mismo acontecería aunque los tipos,
en vez de ser diez y seis, fueran cuarenta y ocho.
El señor Pereda, en dos libros que corren por esos mundos, y que entre doctos e indoctos le han
granjeado peregrina fama, describió con soberano ingenio las costumbres de la gente cántabra y el
paisaje de la tierra. Ocurriósele ahora hacer un favor parecido (que fortuna y grande es andar entre los
puntos de tal pluma) a los personajes más señalados de los muchos que en verano se dignan
visitarnos. Diónos por tal manera a los montañeses grata lectura y esparcimiento, y a los
trashumantes el consuelo de ver retratado cada cual a su vecino, aun siendo topos para distinguir la
propia semblanza.
Los tipos están pareados con arte diabólico, para que se encuentren y den de codazos los que en el
mundo pocas veces se saludan. En pos de las encopetadas señoras de Cascajares , (nombre feliz si los
hay), vienen, Muelle adelante, los honrados vecinos de Becerril de Campos, con sus taleguillos
blancos y sus alforjas. El artista (vulgo barbero ) anda cerca del sabio , y son tal para cual. El joven
distinguido sigue, a pesar de su distinción, a las del año pasado , y el Excmo. señor a las
interesantísimas señoras . El barón de la Rescoldera (otro nombre digno de Cervantes) riñe con el
marqués de la Mansedumbre , y el aprensivo con el despreocupado . Hay más filosofía de la que
parece, en todos estos contrastes.
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El libro no tiene desperdicio. Hasta en la forma y disposición varían estos caprichosos desenfados.
Unas veces están en diálogo, como el del aprensivo y el del artista, hermanos no indignos de la
costurera de las Escenas y del Castellano Viejo de los Tipos . Otros tienen en microscópicas
proporciones acción y desenlace, no sin que en uno de ellos ( el joven distinguido ) se desarrolle la
fábula en los límites de un monólogo mental , si vale la frase. [p. 327] Otros son simples bocetos. En
los dos últimos, verdaderos dibujos al trasluz , los personajes pasan como sombras.
No han de buscarse en este libro, especie de mesa de trucos y sala de recreación en que el autor
descansa de otras tareas, cuadros acabados como el de la Leva , o el de Blasones y Talegas ,
caracteres de tal energía y vigor cual el Tuerto, Trementorio y el solariego don Robustiano. Nada de
esto quería hacer el autor, ni convenía a la índole de sus croquis . Los Trashumantes fueron para él un
juguete, y deben ser para sus lectores un entremés o entreplato , que entretenga y avive el gusto para
los sólidos y suculentos manjares que han de venir después. Dígalo si no cierto buey que pronto
andará suelto por los amenos prados y dehesas de la república literaria. Dígalo cierta novela cuyos
héroes comienzan ya a rondar por la mesa del autor y a trastornarle los papeles. Pero chito, que no se
ha de decir todo en un día.
Por de pronto, quien busque una galería de valientes esbozos trazados en cuatro rasguños, contemple
los Tipos Trashumantes . Todos ellos salieron armados de la cabeza de su padre, sin fatiga de éste en
la concepción ni dolor en el parto. Y de su padre heredaron la gracia y el brío, esa inagotable vena de
sales y donaires, que circula y rebosa en cada página del libro. Aun en el menor de sus juegos se
conoce al atleta. Para muestra del león basta la uña.
No importa que con aire de protección y consejo amonesten algunos a nuestro amigo para que se
abstenga de ciertos fines que no les parecen artísticos, es decir, para que no ponga a pública
vergüenza ridiculeces y miserias de lo que llaman ciencia y política contemporáneas, como si éstas
no cayesen, del mismo modo que sus análogas de todos tiempos, bajo el azote de la sátira. Por esta
regla no hubiera podido Luciano castigar en la escena de sus diálogos a los sofistas y filósofos de su
época, tan desdichada en esta parte como la nuestra. Y por si alguien tachare al señor Pereda (lo cual
no creemos) de trazar caricaturas sin verdad , advertiré, si bien para muchos no es necesario, que
cuantos desatinos pronuncia el sabio están puntualmente copiados no de conversaciones de idiotas
que se creen racionalistas, sino de libros de padres graves y maestros y corifeos y hierofantes, y no
son, ni con mucho, lo más grave que en ellos se encuentra. [p. 328] Ahí van, si no, otras muestras del
mismo paño:«Pues el fin propio de esta dirección en la educación queda cumplido cuando el
educando reconoce en plena conciencia la universalidad con que valen y se realizan por toda la
circunstancialidad concebible en las cosas, y en respecto, digamos, de supremidad , los conceptos
bajo que él, desde luego y por toda su vida, se entiende de ellas: el educante, en cuanto después de
guardadas las leyes precedentes le resta aún de libre concurso y dirección (eficacia). Debe ordenar
constantemente su intento (bien que sea cuestión del conocer de las cosas simple y genéricamente en
cuanto son: o ulterior y definidamente en cuanto son de Cuantidad, de Verdad, de Bondad...) a que lo
diferencial y contrastante, como que entrando en uso de la vida cognoscitiva, se muestra de primero
todo caso ocurrente al hombre (íntimo todavía sólo de la unidad inejercitada, inexperimentada, de sus
conceptos anteriores)». [1]
No crean mis lectores que esta es literatura de manicomio. El que tales cosas escribía fué nada menos
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que fundador de escuela . Sus discípulos lo han hecho todavía peor que él. Uno de ellos, persona de
muchas campanillas y cascabeles en la vida pública, nos habla en reciente escrito de la solidaria
continuidad y dependencia de unas determinaciones individuales con otras que permite inducir la
existencia de un todo y medio natural, que constituye interiores, particulares centros donde la
actividad se concreta en límite peculiar cuantitativo, y sustantiva cualidad, en íntima composición de
esencia factible o realidad formable y poder activo formador . [2]
Si estas cosas y otras muchas más, y repetidos libros y discursos en este tono, han sido escritos y
lanzados a los cuatro vientos de la fama: si la ridiculez parece inseparable de ciertos sistemas e ideas,
¿qué mucho que el escritor satírico enarbole el látigo y corrija con él lo que sólo con el látigo se cura?
Venere en hora buena a esos ídolos una facción, pandilla o secta. El escritor independiente y de buen
gusto, ¿por qué ha de respetarlos?
En resolución, el nuevo libro del señor Pereda es como suyo ; pero, lo repito, hay libros que se
saborean y no se analizan, como [p. 329] no se analiza una oda de Anacreonte, un diálogo de
Luciano, un Basium de Juan Segundo ni un capricho de Goya. ¡Felices las obras que caen fuera de la
jurisdicción de la entonada crítica, porque suelen ser las más geniales y espontáneas!
Para que todo corresponda intus et foris en los Tipos Trashumantes , la impresión es de una gala y un
primor tipográficos que honran en extremo la oficina de don José M.ª Martínez, y pueden dar celos a
cualquier impresor de España y de otras partes. Natural era que al florecimiento de nuestras letras
provinciales, respondiese un notable desarrollo en el arte de los Estéfanos, Plantinos, Bodonis e
Ibarras.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 325]. [1] Nota del Colector . Como se dice en la nota del prólogo de Menéndez Pelayo a las Obras
Completas de Pereda, Bocetos al Temple y Tipos Trashumantes son las únicas críticas literarias que
no están recogidas íntegramente en aquel prólogo. Por eso publicamos independientemente esta
bibliografía.
Se colecciona por primera vez en Estudios de Crítica Literaria .
[p. 328]. [1] Sanz del Río .-Cartas inéditas (Madrid, 1872.)
[p. 328]. [2] Salmerón .-Prólogo a los Conflictos de Draper (Madrid, 1876.)
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 331] DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA (BOCETOS AL TEMPLE) [1]
FAUSTO suceso es, sin duda, para las letras montañesas la aparición de este volumen, obra de uno de
sus más preclaros ingenios: venturoso es, asimismo, para la patria literatura, que gana una nueva joya
de inestimable valía, de subidísimo precio, digna de añadirse a las pocas que son gala y orgullo de los
propios, admiración y codicia de los extraños. Con sus dos primeros libros puso el señor Pereda muy
alto el punto de su fama; poco o nada podía esperarse en su género superior a los cuadros
montañeses, dechados de sano y hermoso realismo ; sólo era de desear que se mantuviese el escritor
en la altura dominada, que no enervase por la inacción sus fuerzas, que extendiese el campo de su
observación sin perder el sello local y personalísimo que le caracteriza, y que llegase a ser en todos
conceptos, y por todos reconocido, lo que para muchos fué desde su entrada en la república de las
letras, uno de los primeros novelistas españoles. El nuevo libro de nuestro ilustre coterráneo, no
superior a los primeros, porque fuera difícil esto, pero, igual a lo menos en el conjunto,
aventajándoles en ciertas dotes, ha venido a colmar nuestras esperanzas, haciéndonos desear tan sólo
que así como pasó el señor Pereda del breve [p. 332] cuadro de costumbres a la novela corta,
ascienda de ésta a la novela larga, y la haga suya por derecho de conquista, seguro de que no han de
flaquearle las fuerzas ni desfallecerle el ánimo para tamaña empresa necesarios.
Los Bocetos al temple son tres novelas tan breves en volumen como ricas en literarios primores. Su
autor permanece fiel al realismo , y esto que para muchos sonará a censura, es en boca nuestra su
mayor elogio, porque harto se nos alcanza que el género de costumbres ha de ser realista , so pena de
faltar a su índole y alterar torpemente sus condiciones artísticas esenciales.
Sabida cosa es que lo real y lo ideal se disputan el dominio del arte, inspirando alternativamente
creaciones, al parecer, opuestas, y es hoy lastimoso error, de sobra común, presentar como antitéticos
y repulsivos entrambos términos, y aun interpretarlos falsa e inadecuadamente. En esa eterna disputa
de realismo e idealismo que ha sustituído a la antigua (no menos impertinente) de clásicos y
románticos , se barajan las frases y se tuercen los conceptos, hasta el punto de llamarse realismo por
algunos a la seca, fría y grosera representación de los vicios y maldades humanas, siendo así que esta
reproducción, lejos de ser de lo real , peca de falsamente idealista , primero, porque presenta como
general lo que es aberración y accidente; segundo, porque envuelve las más veces en el pensamiento
de sus autores, una monstruosa idealización y apoteosis el perverso estado social que se describe. Lo
real es tan legítimo como lo ideal en el arte, pero ni uno ni otro caminan nunca, ni pueden caminar,
aisladamente. No se comprende realismo sin un ideal bueno o malo a que referirle, ni hay idealismo
que no tenga algún fundamento en la realidad . Sin llegar hasta la doctrina hegeliana que identifica la
idea con el fenómeno, considerando el segundo como simple manifestación de la primera, puede
afirmarse con seguridad absoluta y como principio de sentido común, que sólo en géneros falsos y
artificiales se concibe la separación de lo real y de la idealidad en el arte. El realismo puro nos
llevaría a la escuela prosaica del siglo pasado, a los poemas descriptivos a modo de inventario, al
Observatotio Rústico de Salas, o a los tratados de medicina en verso. El falso y necio idealismo tiene
por formas y tipos la poesía bucólica de pastorcitos atildados y discretas zagalas, o la tragedia
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francesa de alto [p. 333] coturno, estirada y rígida, sentenciosa y grave, cuyos personajes a ninguna
época ni estado social pertenecen, o la novela sentimental de que Dios por su infinita misericordia
nos libre, o aquella poesía feudal y andantesca, un tiempo en moda, o mil otras aberraciones que
pasan, sin dejar rastro, en época determinada. La distinción de realismo e idealismo debe conservarse
en la ciencia, porque es cómoda y fácil de aplicar a casos particulares, pero ni conviene abusar de
ella, ni darla más alcance del que tiene. El arte, para nosotros (como para el sabio estético Milá y
Fontanals, primero entre nuestros literatos contemporáneos), consiste en ver lo ideal en el seno de lo
real : es la realidad idealizada . El Sancho cervantesco es tan real que nos parece verle, y conversar
familiarmente con él, y es, sin embargo, la idealización poderosa y admirable de una fase del espíritu
humano.
Y decimos todo esto, que a algunos parecerá extemporáneo, porque nos han hastiado hasta lo sumo
las sabidas expresiones de realista, sarcástico, pesimista, pintor de género, gran fotógrafo, Teniers
cántabro , etc., etc., que unos en son de elogio y otros de censura han tributado al eminente escritor
de cuyo libro vamos a decir breves palabras. Los pintores de escenas idílicas, de empalagoso,
optimista y bonachón idealismo , han pecado sobremanera en este punto. Comenzando por el señor
Trueba, contagiado hasta el extremo de ese falso gusto, y, además, de la extraña manía de
presentarnos las Provincias Vascongadas como dechado de felicidad y de virtudes, ¡cuántas herejías
artísticas no se han dicho sobre las pobres Escenas Montañesas !
El señor Pereda es realista como debe serlo todo escritor de costumbres, y como en realidad lo es,
queriéndolo o no, todo artista, siempre que exprese ideas o sentimientos verdaderos y humanos,
porque tan real es la idea o el sentimiento como el hecho. El señor Pereda no es fotógrafo grande ni
chico, porque la fotografía no es arte, y el señor Pereda es un gran artista. La fotografía reproducirá
los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y curtida faz del viejo marinero santanderino, pero
sólo el señor Pereda sabe crear a Tremontorio , reuniendo en él los esparcidos rasgos, infundiéndole
con potente soplo, vida y alma, y dando un nuevo habitador al gran mundo de la fantasía. Esa
pretendida exactitud fotográfica es el grande engaño del arte, la gran prueba [p. 334] del poder
mágico del artista: sus personajes no están en la realidad , pero pueden estarlo, son humanos , nos
parece que viven y respiran, son la idealización de una clase entera, la realidad idealizada que Milá
recomienda.
Por su afición a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y colorido, hánle llamado algunos
Teniers cántabro . [1] Convenimos en que tal vez Cafetera y el Tuerto y Tremontorio , y El Tío
Geromo , y Juan de la Llosa , y el mayorazgo Seturas , y el jándalo Mazorcas y el erudito Cencio
sean de mal tono en un salón aristocrático; pero vayan a consolarse con sus hermanos mayores
Rinconete y Cortadillo , Lázaro de Tornes , Guzmán de Alfarache , y con los venteros, rufianes, y
mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los héroes del Rastro, eternizados por don
Ramón de la Cruz.
Y si a alguno desagradan los porrazos de la Robla , y las palizas sacudidas por su marido a la nuera
del tío Bolina , y las consecuencias de Arroz y gallo muerto , acuérdese de los molimientos de huesos
que sacó don Quijote de todas sus salidas, de las extraordinarias aventuras de la venta, de los apuros
de Sancho en la célebre noche de los batanes, y acuérdese (si es hombre erudito y sabe griego) de los
mojicones de Ulises a Iro en la Odisea , de los regüeldos de Polifemo en su caverna y de otras
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escenas semejantes, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y cualquiera puede
resignarse a ser Teniers en compañía de Homero y de Cervantes. Borrachos y mendigos, y bufones,
pintó Velázquez, el gran maestro del Realismo , y nadie le ha comparado con Teniers, a pesar de eso.
En nuestro entender, el señor Pereda es el primer escritor de costumbres que España ha producido en
el siglo XIX. Supera a Mesonero Romanos en la energía de los caracteres y de las situaciones, en
riqueza de fantasía, y en el arte del diálogo, del cual es nuestro literato acabadísimo modelo. Supera
en todo a Estébanez Calderón, que no es, propiamente hablando, escritor de costumbres, sino un
erudito de lenguaje trabajado y arcaico, grande artífice de palabras, y en tal artificio, excelente.
Aventaja a Fernán [p. 335] Caballero, en corrección, igualdad, nervio y gusto, sin que le afeen nunca
las prolijas reflexiones y jeremiadas de la célebre escritora, con ser el fondo de la doctrina y el fin
moral tan sanos en el uno como en la otra. Tiene, además, el señor Pereda, personalidad artística
incontestable, y estilo propio, suelto y vigoroso, que no se confunde con ninguno, ni aun en los
cuadros (muy escasos) de su primera época que recuerdan el género de Mesonero ( La primera
declaración, Las visitas , etc.), ni aun en Las Brujas , que tiene algo de Fernán Caballero. El carácter
local que aparece en todos sus escritos, contribuye a separar más y más a Pereda de la literatura
amanerada y trivial que tiene en Madrid su foco y residencia. Es un escritor por excelencia
montañés , es la Montaña personificada, y en esto consiste gran parte de su gloria. Se ha mantenido
libre de todo contagio extraño y ha descrito con ideas y sentimientos montañeses las costumbres y el
paisaje de su nativa tierra.
De más alcance y trascendencia quizá que los primeros cuadros de costumbres, son los Bocetos al
temple , en los cuales el autor no ha temido examinar tres de las más graves dolencias de la sociedad
actual, señalando a la par sus remedios con alto, generoso y sano espíritu, sin que la intención
filosófica perjudique nunca, cual en otros autores acontece, a la perfección estética del conjunto.
En La Mujer del César ha presentado el señor Pereda lo que con frase poco castellana (a Dios
gracias) se llama alta sociedad y gran mundo , centro de corrupción solapada, de ligeraza y de falsía,
mar en que peligra el honor, y la opinión suele anegarse. Cómo acontece esto, aun sin notoria caída,
muéstralo el señor Pereda en cabeza de Isabel, mujer de nobles instintos, descaminada por la
ostentación y el orgullo, a quien una fatal combinación de circunstancias hace aparecer culpada a los
ojos de ese mundo. Magistralmente retrata el novelista los tipos que la alta sociedad engendra y tiene
por ornamentos, la marquesa filantrópica, el marqués viejo y ridículo, el almibarado revistero Lucas
Gómez , y, sobre todos, el irresistible vizconde, Frasco Pérez , el hombre de moda , tan dañino como
mentecato y cobarde. Y en frente de todo este mundo artificial coloca el señor Pereda el buen sentido
y la sana razón de un mayorazgo montañés, que ni comprende la ley del duelo, ni se explica las
contradicciones y [p. 336] absurdos sociales, y que es, no obstante, el salvador de la honra, reposo y
tranquilidad de su hermano.
La acción de esta novela es interesante, y tan dramáticamente desarrollada que pudiera llevarse sin
dificultad a las tablas. Hay diálogos magistrales, escenas de seguro efecto, verdad y aun profundidad
psicológica en el carácter de Isabel, sátira punzante e incisiva de los yerros sociales, elevación y
nobleza en la parte seria, ática sal en la cómica y tales dotes, en fin, que demuestran en el Teniers
cántabro aptitud sobrada para algo más que la pintura de bodegones.
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Los Hombres de Pró es un delicioso cuadro de costumbres políticas, tan rico, animado y lleno de
movimiento y vida, que no lo hiciera mejor Çervantes, si volviese al mundo, y fuese elector, y
elegible, y candidato, y diputado a Cortes.
La biografía del héroe Simón Cerojo , tan semejante a la de muchos padres de la patria , está narrada
con tan gracioso desenfado, con tal copia de chistes de buena ley y cómicas situaciones, que para
amigos y enemigos de las doctrinas del autor ha de ser lectura agradabilísima. El viaje electoral del
Don Simón de los Peñascales (metamórfosis del antiguo Cerojo), los estrafalarios tipos de personajes
influyentes en el sufragio y en especial el originalísimo del hidalgo don Recaredo, la conversión
ministerial del candidato a última hora, la donosa caricatura del sistema parlamentario, las marañas
de cierto periodista diplomático, las conferencias con el ministro, los apuros oratorios de don Simón y
hasta la carta de doña Juana, curiosa parodia de las crónicas de salones, son, en su línea, de lo más
agradable que hemos saboreado. No oculta el autor su justa antipatía al parlamentarismo, farsa tan
cara como risible, ni el bien fundado menosprecio que le inspiran las movedizas y trasplantadas
instituciones, sin raíz en nuestra historia y costumbres, que han sustituído a las antiguas, venerandas
tradiciones, dignas de conservarse en lo que de bueno y útil tenían, modificadas al tenor de las
necesidades actuales, ni su incredulidad en cuanto a la eficacia de la discusión que da más humo que
luz en muchos casos, ni su amor a los principios absolutos y a las lógicas consecuencias, en oposición
a los subterfugios, logomaquias y distingos de los hombres de justo medio y ancha base , en este
siglo tan frecuentes.
[p. 337] Pero aparte de la doctrina política, que juzgamos atinada, ¿quién negará a Los Hombres de
Pró altísimo mérito literario? Sus descripciones y diálogos son inimitables, y aun en la parte
episódica hay un coloquio de niñas, que conceptuamos de primer orden, tan bueno, aunque no tan
cándido ni optimista, como los mejores de Fernán Caballero. Esmaltan esta novelita preciosos rasgos
locales, que no dejarán de advertir y apreciar ciertos lectores, por más que el autor haya querido
dejarlos indecisos acerca de la patria del personaje, abriendo este inagotable tema a la curiosidad de
futuros eruditos.
Algo de esto acontece también en el boceto rotulado Oros son triunfos , por más que la calamidad
social indicada en su título aparezca de igual modo en muy diversos tiempos y lugares. Para
describirla el señor Pereda ha aprovechado algunos incidentes de uno de sus Ensayos dramáticos
(peregrino libro que ha de despertar en alto grado la codicia de los bibliófilos) pero dando mayor
extensión y formas novelescas al cuadro. Más aun que el conjunto, nos agradan en él los pormenores.
El tipo del Indiano es excelentísimo, y uno de los mejores que ha trazado la pluma del señor Pereda:
algo conserva del de la antigua comedia, pero así en carácter como en lenguaje, muy modificado. La
debilidad de don Serapio y el sacrificio de Enriqueta, están hábil y gradualmente preparados. El
carácter de la madre es, de verdad, espantoso.
Este cuadro no está terminado y exige imperiosamente una continuación. El autor lo ha reconocido, y
hasta empeña su palabra de escribirlo. No dudamos que la cumplirá, como de él se espera, trazando
una novela que puede ser rica y variada en episodios, profunda en la intención moral y de grandes
enseñanzas. Hágalo como sabe y puede el señor Pereda, no sea que algún erudito estampe mañana el
título de la obra prometido y no vista en algún suplemento a la Bibliotheca promissa et latens de
Almeloveen.
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En resumen: los Bocetos al temple son un libro de oro, que es imposible dejar de la mano, una vez
comenzado. La frescura, espontaneidad y nervio del estilo, la individualidad y fuerza de los
caracteres, el interés no pequeño de la acción, el sentido moral, purísimo y claro, son tan admirables
en éste como en los dos anteriores libros del señor Pereda. El lenguajes es, sin la más leve afectación,
puro y castizo, como de quien tan dignamente lleva el [p. 338] honroso título de correspondiente de
la Academia Española. Sobresale el señor Pereda entre los que con más éxito han intentado reanimar
nuestra lengua marchita por los atildamientos cortesanos y las importaciones extranjeras, con la
vigorosa savia del provincialismo .
Aquí ponemos término a esta desmadejada revista, muy inferior, sin duda, a lo que libro tan excelente
merece, enviando nuestra cariñosa y leal felicitación al ingeniosísimo autor de La Mujer del César ,
Los Hombres de Pró y Oros son triunfos , luz y espejo de los escritores de Cantabria y orgullo de la
provincia que le cuenta entre sus más ilustres hijos.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 331]. [1] Nota del Colector .-Como se dice en la nota del prólogo de Menéndez Pelayo a las Obras
Completas de Pereda, Bocetos al Temple y Tipos Trashumantes son las únicas críticas literarias que
no están recogidas íntegramente en aquel prólogo. Por eso publicamos independientemente esta
bibliografía.
Se colecciona por primera vez en Estudios de Crítica Literaria.
[p. 334]. [1] El ilustre escritor montañés Juan García protesta como nosotros, contra este calificativo
en su bello artículo de La Montañesa , ( Las mujeres españolas , etc., etc.).
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 339] DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA [1] (PRÓLOGO A SUS OBRAS)
Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad crítica con que leo otros libros.
Para mí (y pienso que lo mismo sucede a todos los que hemos nacido de peñas al mar ), esos libros,
antes que juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra vida, como la brisa de
nuestras costas o el maíz de nuestras mieses. Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a
reducirse con tanta energía en forma de arte. Porque Pereda, el más montañés de todos los
montañeses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un punto y de cuyo contacto recibe
fuerzas, como el Anteo de la fábula; apacentando sin cesar sus ojos con el espectáculo de esta
naturaleza [p. 340] dulcemente melancólica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de poético en
nuestras costumbres rústicas, ha traído a sus libros la Montaña entera, no ya con su aspecto exterior,
sino con algo más profundo e íntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con eso que el
autor y sus paisanos llamamos el sabor de la tierruca , encanto misterioso, producidor de eterna
soledad ( saudade ) en los numerosos hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por
largo camino de montes y de mares.
Esta recóndita virtud es la primera que todo montañés, aun el más indocto, siente en los libros de
Pereda, y por la cual, no sólo los lee y relee, sino que se encariña con la persona del autor, y le
considera como de su casa. No sé si éste es el triunfo que más puede contentar la vanidad literaria. Sé
únicamente que al autor le agrada más que otro alguno. Y en verdad que puede andar orgulloso quien
ha logrado dar forma artística, y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta nuestra
raza septentrional, que con rebosar de poesía, no había encontrado hasta estos últimos tiempos su
poeta.
Le encontró al fin, y le reconoció al momento, cuando llegó a sus oídos el eco profundo y
melancólico de La Leva y de El Fin de una raza , o cuando vió desplegarse a sus ojos, en minucioso
lienzo holandés o flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de La Robla o de La
Romería del Carmen , el nocturno solaz de la Hila al amor de los tizones, o el viaje electoral de don
Simón de los Peñascales por la tremenda hoz de Potes. Miróse el pueblo montañés en tal espejo, y no
sólo vió admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y transfigurada por obra del
arte; y se encontró más poético de los que nunca había imaginado; y le pareció más hermosa y más
rica de armonías y de ocultos tesoros la naturaleza que cariñosamente le envolvía; y aprendió que en
sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en las arenas de su playa, había ignorados dramas,
los cuales sólo aguardaban que viniera tan soberano intérprete de la realidad humana a sacarlos a las
tablas y exponerlos a la contemplación de la muchedumbre.
Y eso que el artista no adulaba en modo alguno al personaje retratado, ni pretendía haber descubierto
ninguna Arcadia ignota; antes consistía gran parte de su fuerza en sacar oro de la escoria [p. 341] y
lágrimas del fango, haciendo que por la miseria atravesase un rayo de luz, que descubría en ella joyas
ignoradas.
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Estos primeros cuadros de Pereda, para mí los más admirables, no son ni los más conocidos de
lectores extraños, ni los que más han contribuído a extender su nombre fuera de Cantabria. Sólo así se
explica la necia porfía con que, a despecho de los datos cronológicos más evidentes, y cual si se
tratase de un principiante recién llegado, insiste el vulgo crítico en emparentarle con escuelas
francesas y con autores que aún no habían hecho sus primera armas cuando ya Pereda había dado la
más alta muestra de las suyas.
Pide una especie de lugar común en todo estudio acerca de Pereda que se discuta el más o el menos
de su realismo o naturalismo , tomada esta palabra en su sentido modernísimo. Que Pereda emplea
procedimientos naturalistas, es innegable; que se va siempre tras de lo individual y concreto, también
es exacto; que enamorado de los detalles, los persigue siempre, y los trata como lo principal de su
arte, a la vista está de cualquiera que abra sus libros; que en la descripción y en el diálogo se aventaja
más que en la invención y en la composición, es consecuencia forzosa de su temperamento artístico;
que no rehuye la pintura de nada verdadero y humano, y, finalmente, que ha vigorizado su lengua con
la lengua del pueblo, también es verdad y para honra suya debe decirse. Pero todo esto lo hace
Pereda, no por imitación, no por escuela (que en literatura siempre es dañosa), no por seguir las
huellas de tal o cual novelista más o menos soporífero de estos tiempos; que a buscar Pereda
modelos, más nobles los tendría dentro de su propia casa; sino porque es su índole, porque así fué
desde sus principios y porque no podía ser otras cosa sin condenarse a la vulgaridad y a la muerte.
No es el naturalismo cuestión de doctrina que, con visible exclusivismo y ciega intolerancia, quiera
imponerse o proscribirse, sino cuestión individual, genial y, por tanto, relativa. Unos ven primero lo
universal, y buscan luego una forma concreta en que expresarlo. Otros se van embelesados tras de lo
particular, que también, y a su modo, es revelación de lo universal. En los reinos del arte se
encuentran todos, y todo es legítimo como sea bello, sin pedantescas excomuniones, sin hablar de
ideales que mueren [p. 342] ni de ideales que viven, y sin mezclar a la serena contemplación estética
intereses ajenos y de ínfima valía, que sólo sirven para enturbiarla. Yo tengo en mis aficiones más de
idealista que de realista; pero ¿cómo he de negar al realismo el derecho de vivir y desarrollarse? Es
más: en cierto sentido amplio y generalísimo soy realista, y todo idealista debe serlo, puesto que lo
que él persigue no es otra cosa que la realidad realísima ; la verdad ideal, en una palabra, que es la
única verdad que se encuentra en este bajo mundo.
Desde este punto de vista, la poética de los románticos más exaltados era fundamentalmente realista,
mucho más realista que el grosero mecanismo que hoy usurpa ese nombre. En aquel célebre prefacio
de Alfredo de Vigny sobre la Verdad en el Arte , es cierto que se distingue cuidadosamente esta
verdad de la que el autor llama verdad de los hechos , y aun se afirma que en el espíritu humano
coexisten, con derecho igual, el amor de lo verdadero y el de lo fabuloso; pero también se enseña (y
es enseñanza más fundamental) que la verdad artística es la única que nos revela el oculto
encadenamiento y la lógica relación de los hechos, la única que conduce a la formación de grupos y
series, haciéndonos ver cada hecho como parte de un todo orgánico. De donde infería aquel ilustre
heraldo del romanticismo, y con frase elocuente proclamaba, que la verdad artística no era otra cosa
que el conjunto ideal de las principales formas de la naturaleza, una especie de tinta luminosa que
comprende sus más vivos colores, una manera de bálsamo, de elixir o de quintaesencia, extraída de
los jugos mejores de la realidad, una perfecta armonía de sus sonidos más melodiosos.
¿Entendía con esto Alfredo de Vigny, a quien tomo (y en tal concepto le tiene todo el mundo) como
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uno de los ingenios más radicalmente idealistas que han existido, entendía, digo, prescindir del
estudio de la realidad, o más bien la daba como supuesto y condición obligada de todo arte digno de
tal nombre? ¿Quién dudará que este último era su pensamiento, cuando le vea imponer, ante todo, al
artista dramático el estudio profundo de la verdad histórica de cada siglo, así en el conjunto como en
los detalles?
Adviértase que he escogido de intento el testimonio de uno de los románticos más intransigentes,
para que se vea cómo no existe [p. 343] y debe tenerse por un fantasma, creado por las necesidades
de la polémica, ese idealismo enemigo de la verdad humana, del cual triunfan tan fácilmente los
críticos naturalistas, como triunfaba el ingenioso hidalgo de los cueros que acuchilló en la venta. No
hay en el mundo escuela alguna poética ni de otro ningún género de arte que se haya atrevido nunca a
cargar con el sambenito de proclamar como dogma el desprecio del mundo objetivo, o exterior, o
real, o como quiera llamarse. Lo convencional, lo falso, lo amanerado no es doctrina de ninguna
escuela, sino práctica funesta y viciosa de muchos artistas, que pueden caer en ella hasta por el
camino del naturalismo.
La cuestión, evidentemente, no está puesta ni puede ponerse entre la verdad de un lado y la falsedad
de otro. Nadie que esté en su juicio puede declararse idealista, si el idealismo consiste en sustituir las
quimera y alucinaciones a las sanas y robustas realidades de la vida.
De aquí que muchos, con reprensible ligereza, hayan creído salir del paso negando que tal cuestión
exista, y que realismo e idealismo sean escuelas verdaderamente antitéticas, puesto que todo
productor de obras vivideras toma del natural sus elementos. A lo cual todavía puede añadirse que,
formulada en esos términos la cuestión, envuelve una verdadera logomaquia, a lo menos para las
gentes, todavía muy numerosas, que creemos en alguna metafísica, y afirmamos la existencia de algo
superior a lo fenomenal, relativo y transitorio. Admitido el mundo de las ideas, no hay sino declarar
que todo es a un tiempo real e ideal, según se mire, sin que para esto sea preciso ahondar mucho en el
sistema de Platón ni en el de Hegel.
Pero tal solución, en fuerza de ser sencilla y de ser generalísima, es nula, porque borra todas las
diferencias históricas, merced a las cuales viven cabalmente y medran, siendo igualmente necesarios
para el progreso del arte, el llamado idealismo y el llamado naturalismo o realismo.
Por sabido se calla que este realismo no es la misma cosa que en las escuelas de filosofía se llama así,
y que es precisamente el sistema más idealista de todos. No se dice, pues, realismo en contraposición
a nominalismo . El arte que hoy llamamos realista es precisamente un arte nominalista o
fenomenalista , si vale la frase: [p. 344] en una palabra, un arte experimental. Entiéndase, pues, que la
palabra realidad se toma aquí en su acepción vulgar de realidad del hecho. Luego veremos si en algún
caso puede, aun dentro de la ortodoxia de la escuela, detenerse en los hechos el arte.
Disputan algunos si hay o no verdadera diferencia entre los términos realismo y naturalismo. El
primero parece más comprensivo, pero el segundo lleva hoy consigo un carácter de literatura
militante, y aun de motín demagógico, que exige establecer algún matiz entre ambos vocablos, por
mucho que los identifique su origen; ya que en lo real entra la naturaleza y en ella el espíritu humano
con cuanto crea y concibe. Pero es evidente que en el uso común, y aun en el de las gentes doctas,
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una cosa es el realismo de Cervantes, de Shakespeare y de Velázquez, y otra muy diversa el
naturalismo francés, que, reconociendo por patriarca y maestro al gran Balzac (verdadero realista de
los de la primera clase, y que probablemente renegaría de los que se dan por descendientes suyos, si
hoy viviera), se autoriza luego con los nombres de Flaubet, de los Goncourt, de Zola, y de otros que
pudiéramos llamar minora sidera . [1]
A decir verdad, el calificativo de naturalistas , aplicado a la mayor parte de estos escritores, no tiene
explicación plausible, sobre todo si se los estudia en el conjunto de sus obras. Por otra parte, muchos
de ellos, aun aplicando los procedimientos naturalistas, eran casi idealistas en teoría, apareciendo sus
principios y aficiones estéticas en abierta contradicción con sus obras. Puede llamarse novela
naturalista a Madame Bovary ; pero no cabe duda de que Flaubert vivió y murió romántico
impenitente, y nadie negará, por de contado, que La Tentación de San Antonio es obra de un
desenfrenado idealismo, y que Salambo pinta un mundo tan convencional y tan falso como el de
cualquiera otra de las novelas con pretensión de históricas. De la misma manera, sin negar que
Germinia Lacerteux caiga bajo la jurisdicción de la escuela [p. 345] realista, puede dudarse y aun
negarse que la supersticiosa y enfermiza adoración que los Goncourt profesan al color (la cual
idolatría, ya por sí sola, constituye un verdadero elemento idealista), encaje plenamente en la
ortodoxia de los principios sostenidos con tanto aparato por Zola en sus libros de crítica. En cuanto a
Daudet, los mismos naturalistas no le cuentan entre los suyos, sino con muchas atenuaciones y
distingos, teniéndole más bien por un aliado útil que por un partidario fervoroso. Y realmente, en los
libros de Daudet no faltan figuras de convención, ni deja de respirarse cierta atmósfera poética, que
los intransigentes de la escuela condenan con los nombres de romanticismo y lirismo . De todo lo
cual resulta que el único naturalista acérrimo y consecuente es Emilio Zola, puesto que sus discípulos
apenas merecen ser nombrados. A la doctrina profesada y practicada en libros interminables por el
prolífico autor de los Rougon-Macquart es, pues, a lo que se llama hoy en Francia y en otras partes
(donde los libros y las clasificaciones de los franceses influyen más de lo que fuera justo) escuela
naturalista . Aceptemos el nombre, y distingámosle del eterno y vastísimo realismo, del cual ese
reducido grupo de novelas (no todas ellas maestras ni muchísimo menos) no es más que una de tantas
manifestaciones históricas. Todo naturalista es realista , si se mantiene fiel a los preceptos de su
escuela; pero no todo realista es naturalista. Y así, v. gr., tratando de Pereda, todos dirán unánimes
que es realista; pero muchos negarán, y yo con ellos, que deba contársele entre los naturalistas, por
más que algunos de sus procedimientos de trabajo se asemejen a los que emplea y preconiza la
novísima escuela.
Los dogmas de esta escuela andan escritos en muchos libros, conforme a la costumbre moderna de
escribir cada poeta y cada novelista su propia poética. Así, v. gr., Zola, en cinco o seis libros
sucesivos de crítica (entre los cuales los que importan más para el caso son Le Roman Experimental y
Les Romanciers Naturalistes ), ha aplicado sus principios a la novela y al teatro. Y entre nosotros los
ha expuesto recientemente, y aun defendido hasta cierto punto, una ingeniosísima escritora gallega,
mujer de muy brioso entendimiento y de varia y sólida ciencia, bastante superior a la del maestro
Zola, hombre inculto y de pocas letras, como sus libros preceptivos lo declaran.
[p. 346] Esta falta de cultura literaria y filosófica que en Zola se advierte, y de que tanto provecho
han sacado sus adversarios, sin llegar por eso a oscurecer la genial perspicacia con que juzga de las
obras en particular, explica la flaqueza de sus teorías, los pésimos argumentos con que las explana y
defiende, el aparato con que presenta como descubrimientos y novedades las máximas de crítica más
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triviales y manoseadas; y las fórmulas absurdas que da a algunos pensamientos, por otra parte muy
razonables. ¿Quién no ha de sonreírse del candor mezclado de soberbia con que confunde a cada paso
los términos de la ciencia y del arte? ¿Quién podrá sufrir que, por todo sistema de estética, se nos dé
un trozo de la Introducción de Claudio Bernard al estudio de la medicina experimental ? Ni ¿cómo
llevar con paciencia el que unas veces se asimile el arte con una estadística y otras con una clínica, y
se le dé, por única misión, el recoger y coordinar documentos humanos ?
Todo esto es, a la verdad, inaudito, y el aplauso y la boga que tales libros alcanzan en una nación tan
civilizada como Francia indican bien claro cuán aceleradamente van retrogradando los estudios
estéticos, que parecían llamados a tan gloriosos destinos después del impulso que les imprimió la
mano titánica de Hegel.
El que recorra atentamente esos libros de Zola advertirá, sin duda, cuán vagas y confusas nociones
tiene el autor de los que debe entenderse por verdad humana , y qué concepción tan torcida del arte
es la que se ha formado. Entendidos ambos conceptos en el sentido groserísimo en que él los
entiende, ni sus novelas, ni otras algunas, tendrían razón de existir. En la misma noción del arte va
envuelta la del ideal, siendo la una inseparable de la otra. El mismo Zola llega a reconocerlo así,
aunque con una frase de crudo materialismo, cuando declara que el arte no viene a ser otra cosa que
la naturaleza vista a través del temperamento del artista , es decir, modificada por eso que Zola
llama temperamento . Pues bien: esa modificación que el artista más apegado a lo real impone a los
objetos exteriores, por medio de los dos procedimientos que llamaré de intensidad y de extensión ,
arranca de la realidad material esos objetos, y les imprime el sello de otra realidad más alta, de otra
verdad más profunda; en una palabra: los vuelve a crear, los idealiza . De donde se deduce que el
idealismo es tan racional, tan real, tan lógico y tan indestructible como el realismo, puesto
[p. 347] que uno y otro van encerrados en el concepto de la forma artística, la cual no es otra cosa que
una interpretación (ideal como toda interpretación) de la verdad oculta bajo las formas reales .
Merced a esta verdad interior, que el arte extrae y quintesencia, todos los elementos de la realidad se
transforman, como tocados por una vara mágica, y hasta los personajes que en la vida real parecerían
más insignificantes, se engrandecen al pasar al arte, y por la concentración de sus rasgos esenciales,
adquieren valor de tipos (que es como adquirir carta de nobleza en la república de las letras) y sin
dejar de ser individuos, rara vez dejan de tener algo de simbólico. Y es que los ojos del artista en algo
han de distinguirse de los del hombre vulgar, y su distinción consiste en ver, como entre sombras y
figuras, lo mismo que el filósofo alcanza por procedimientos discursivos, es decir, la medula de las
cosas, y lo más esencial y recóndito de ellas. De donde procede que los grandes personajes creados
por el arte (que a su manera es creación, y perdonen Zola y sus secuaces) tienen una vida mucho más
palpitante y densa que la mayor parte de los seres pálidos y borrosos que vemos por el mundo.
Pero todo esto lo consigue el arte por medio de sus procedimientos, radicalmente contrarios a los de
la ciencia, con la cual nunca puede confundirse sino en un término supremo, que no ha de buscarse
ciertamente en los métodos experimentales, sino en la cima de la especulación ontológica, en aquella
cumbre sagrada, donde la verdad y la belleza son una misma cosa, aunque racionalmente todavía se
distingan.
Pero acá, en este bajo mundo, una cosa es el artista y otra cosa el filósofo, y con mucha más razón,
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una cosa es el artista y otra el autor de trabajos estadísticos, demográficos y sanitarios. En este punto,
el fanatismo de escuela mal entendida y peor profesada ha llevado a los naturalistas franceses a las
más ridículas exageraciones. Zola construye el árbol genealógico de su familia favorita, y explica en
una larga serie de tomos el desarrollo de una neurosis en los individuos de esa familia, y las formas
que sucesivamente reviste el mal. Y así, por este orden y con gran lujo de exactitud y de pormenores.
Todo este aparato científico, o más bien pedantesco, debe de ser sólo ad terrorem (puesto que no nos
consta que de tales [p. 348] lucubraciones novelísticas haya sacado fruto alguno la ciencia, ni siquiera
que los autores de novelas estén muy en disposición de entender y aprovechar los datos y documentos
que pretenden recoger); pero sea lo que fuere, envuelve una tendencia docente y utilitaria, que a todo
trance importa combatir y desarraigar, como dañosa por igual modo a la ciencia y al arte, y
engendradora de libros tan soporíferos como inútiles. Ya Flaubert (que no era, lo repito, naturalista
más que a medias) dió el perniciosísimo ejemplo (en Bouvard y Pecuchet ) de hacer leer a sus
personajes buen número de libros, y copiar largos trozos de ellos. Por fortuna, no dió a su obra todas
las proporciones que al principio había pensado; pero no faltará algún naturalista fervoroso que copie
al pie de la letra la Biblia, o la Suma de Santo Tomás, o el Código Penal, si a algún personaje de la
novela se le ocurre leer cualquiera de estas cosas.
Esta verdad grosera, esta acumulación de fárrago incongruente, unida a otro dogma de la escuela, es a
saber, al desprecio profundo por todo lo que huela a acción y a complicación de interés, va haciendo
tan fatigosa la lectura de novelas, que dentro de poco, y como las cosas continúen así, no van a tener
razón de ser los antiguos clamores de los moralistas contra este género literario, puesto que más
difícil se va haciendo la lectura de una novela (aun para gente avezada a lecturas largas y áridas) que
la de un Censo de población o la de unas tablas de logaritmos.
Es verdad que, temerosos de este daño han procurado con excesiva frecuencia Zola y los suyos,
cargar sus novelas de especias picantes, que estimulen los paladares estragados. Y es triste decirlo,
pero necesario: las únicas novelas de Zola que han alcanzado verdadero éxito de librería, así en
Francia como en España, son las que más o menos están cargadas de escenas libidinosas. Si
exceptuamos Nana , Pot-Bouille y el Assommoir , todas las demás novelas de la serie de los Rougon
duermen el sueño de los justos en los estantes de los libreros de acá y de allá.
Todo esto prueba, sin duda, lo soez y bestial del gusto del público; pero prueba también otra cosa
peor, es a saber, el poco o ningún respeto que los artistas tienen a la dignidad de su arte, y la facilidad
con que se dejan corromper y prostituir por su público. No entraré en la escabrosísima cuestión ética
de si puede o no tenerse por cosa inmoral la representación artística de vicios y [p. 349] torpezas
hediondas, cuando esto se hace, no con el fin de enaltecerlos, sino con el de clavarlos en la picota. La
intención social del autor puede ser sanísima, y de esto no disputo. El efecto que hagan en el lector
tales pinturas será un efecto individual y distinto, según la variedad de condiciones, temperamentos y
edades. Pero sea lo que quiera del resultado ético de tales novelas, y aunque se diga, quizá con razón,
que más que a malos pensamientos provocan a asco, siempre será verdad que el género es detestable,
no ya por inmoral, sino por feo, repugnante, tabernario y extraño a toda cultura, así mundana como
estética.
Cuando se hacen cargos a los naturalistas por tales obras, responden siempre que el naturalismo no es
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eso, y tienen razón, sin duda, y es una verdadera necedad de críticos adocenados el estribillo opuesto.
Pèro no es menos verdad que si la doctrina naturalista nada tiene que ver con semejantes horrores, la
práctica de los naturalistas, lejos de rehuirlos, los busca con fruición, habiendo llegado a crearse
dentro de la escuela una especie de derecho consuetudinario que los autoriza y recomienda, y que
hace creer a los mentecatos que la novela naturalista ha de ser forzosamente un arte de mancebía, de
letrina y de presidio, como si sólo de tales lugares se compusiese esta inmensa variedad de la
naturaleza y de la vida.
En obsequio a la verdad, debe decirse que algo más que esto hay en la obra del mismo Zola, aunque
mucho menos rica, interesante y variada que la inmortal Comedia Humana de Balzac. Por otra parte,
aun en sus obras más licenciosas de expresión, sería verdadero ultraje (en que yo, como adversario
leal, no quiero incurrir) confundir al autor de Nana con otros inmundos escritorzuelos franceses,
fabricantes de novelas afrodisíacas, cuyos título no deben manchar el papel.
Harto tiene Zola con otros pecados más graves aún, por referirse a tendencias sistemáticas y extrañas
al arte, cuya integridad corrompen, falseando la representación de la vida humana, que el autor dice
proponerse como único dechado. Salta a la vista de todo el que haya recorrido sus libros que el
patriarca de la nueva escuela, sectario fanático, no ya del positivismo científico, sino de cierto
materialismo de brocha gorda, del cual se deduce, como forzoso corolario, el determinismo , o sea la
negación pura y simple [p. 350] de la libertad humana, restringe deliberadamente su observación (y
aun de ello se jacta) al campo de los instintos y de los impulsos inferiores de nuestra naturaleza,
aspirando en todas ocasiones a poner de resalto la parte irracional, o como él dice, la bestia humana .
De donde resulta el que haga moverse a sus personajes como máquinas o como víctimas fatales de
dolencias hereditarias y de crisis nerviosas, con lo cual, además de decapitarse al ser humano, se
aniquila todo el interés dramático de la novela, que sólo puede resultar del conflicto de dos
voluntades libres, o de la lucha entre la libertad y la pasión.
Nace de aquí el escasísimo interés que la mayor parte de estas novelas despiertan, y el tedio que a la
larga causan, como que carecen, en realidad, de principio y de fin, y de medio también, reduciéndose
a una serie de escenas mejor o peor engarzadas, pero siempre de observación externa y superficial,
siendo para el autor un arca cerrada el mundo de los misterios psicológicos, ya que fuera demasiada
indulgencia aplicar tal nombre a los actos ciegos y bestiales de individuos en quienes la estupidez
ingénita o los hábitos viciosos llegados a la extrema depravación han borrado casi del todo el carácter
de seres racionales.
Mucho parece que nos vamos alejando de Pereda, y, sin embargo, esta que parece digresión era de
todo punto necesaria para entender cómo Pereda, que tiene a gala el ser realista, ha rechazado con
indignación en varios prólogos suyos toda complicidad con los naturalistas franceses. Pero si del
naturalismo se separa todo lo que contiene de elementos positivistas y fatalistas, y se separa también
la protesta y reacción violenta contra el idealismo mujeril y enteco de los Feuillets y de otros
novelistas de salón, a quienes Zola (y también Pereda) parece tener entre ceja y ceja, lo único que
queda de él es una afirmación realista incompleta, y una técnica minuciosa y detallista, que Pereda no
puede condenar puesto que la practica él mismo.
Y, sin embargo, Pereda hace bien en no llamarse, ni querer que le llamen, naturalista, no sólo porque
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él es realista a la buena de Dios, y reduce toda su estética a la proposición de sentido común de que el
arte es la verdad , sino porque cuando él empezó a escribir sus Escenas Montañesas , coleccionadas
ya en 1864, ni existía el naturalismo como escuela literaria, ni tal nombre se [p. 351] había
pronunciado en España, ni estaban siquiera escritas la mayor parte de las obras capitales del género,
en el cual yo no incluyo, sino con grandes limitaciones, las de Balzac, ni muchísimo menos los
caprichos psicológicos de Stendhal, que ni en su tiempo, ni ahora, ni nunca han podido formar
escuela, ni tienen cosa alguna que ver con las novelas de Zola, por más que éste, en su afán de buscar
progenitores, le incluya entre los suyos, con evidente falta de sentido crítico.
Pereda, pues, cuando es época ya muy lejana (hacia 1859) empezó a publicar sus cuadros de
costumbres en La Abeja Montañesa de Santander, no conocía ni aun de oídas a Flaubert, y no podía
adivinar a Zola, que no había escrito probablemente ni una línea de sus obras. De donde resulta, que
si a toda costa se quiere alistar a Pereda entre los naturalistas, habrá que declararle una naturalista
profético, y darle por antigüedad el decanato de la escuela.
La verdad es que Pereda, ni entonces ni ahora, hizo otra cosa que seguir los impulsos de su
peculiarísima complexión literaria, ni se mostró jamás ansioso de teorías y novedades, ni reconoció
nunca otros maestros que la hermosa naturaleza que tenía enfrente, y el estudio de nuestros clásicos,
de quienes heredó, sin afectación de arcaísmo, el buen sabor de su prosa, tan castiza y tan serrana. Y
tan cierto es esto, que casi me da vergüenza haberme detenido (siguiendo la corriente) en hablar tanto
de literatura extranjera, cuando me propongo hacer el debido encomio de uno de los escritores más
españoles que han florecido en el presente siglo. ¿Quién sabe si, dentro de cincuenta años, [1] todas
estas discusiones de naturalismo y realismo parecerán tan anticuadas e impertinentes como la antigua
cuestión de clásicos y románticos? ¿Quién sabe si entonces sus mismos admiradores de hoy se
acordarán de Zola ni de los Goncourt, y que si se acuerdan, dejarán de convenir con nosotros en que
tales autores y tales libros, como todo lo que es exagerado, monstruoso o violento, compraron, a costa
de las esperanzas de la inmortalidad, la boga pasajera del escándalo? [p. 352] ¿Quién sabe si en las
apologías que han hecho de tan pobre doctrina ingenios españoles muy dignos de profesar otra más
elevada, no ha entrado por mucho el anhelo de la singularidad, el odio a los lugares comunes y a las
opiniones recibidas? ¿Cómo se comprendería, si no, que tan de buen grado hubieran abierto las
puertas a una doctrina tan anticuada y vulgar como la de la imitación de la naturaleza , retrogradando
hasta el abate Batteux y su sistema de las Bellas Artes reducidas a un principio ? ¡Como si tal
principio pudiera aplicarse, aun con esfuerzos singulares de ingenio, a la música y a la arquitectura y
a la poesía lírica, y como si no quedasen también fuera de ese círculo vil todas las grandes
concepciones teogónicas y mitológicas, de las cuales vive la poesía épica, todas las grandes
construcciones del arte simbólico, todas las maravillas de la escultura y de la tragedia ateniense, artes
ideales por excelencia, y con ellas la comedia fantástica o aristofánica, y todo el mundo encantado de
los antojos humorísticos de Rabelais, de Quevedo, de Swift, de Sterne, de Juan Pablo, que acaban por
anular la realidad exterior, deprimiéndola o exaltándola, hasta reducirla a un capricho imaginativo, en
el cual se desborda sin diques la personalidad omnipotente del poeta! ¿Será malo todo esto porque es
idealismo? ¿O habremos más bien de confesar que es endeble y raquítica una teoría que procede
como si en el mundo no existieran ni hubieran existido más artes que el drama burgués y la novela de
costumbres domésticas y prosaicas, y como si no vivieran en el alma humana (pese a quien pese) mil
anhelos de belleza ideal, hambrientos e insaciables, que jamás encontrarán su satisfacción en la
pintura, por muy perfecta que la supongamos, de un lavadero, de una taberna o de un mercado? ¿Qué
estética es esa, dentro de la cual no son posibles ni Fidias, ni Sófocles, ni Dante? ¡Sobre qué cabezas
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van a parar los anatemas antiidealistas!
Verdad es que llegado el caso, y a trueque de aumentar con nombres ilustres el catálogo de los suyos,
no se paran en barras los naturalistas de aquende ni los de allende, llegando a enumerar en el recuento
de sus huestes (que debían componerse sólo de fieles observadores de la realidad) a los humoristas
más excéntricos y personales, sólo porque descubren en ellos groserías y pormenores crudos, como si
nada de esto tuviera que ver con el punto de la [p. 353] dificultad, y como si no fuera cosa muy
hacedera ser a un tiempo grosero e idealista. Y no reparan que si en el mundo no hay Amadises,
tampoco hay Gargantúas ni Pantagrueles, porque las caricaturas gigantescas no son más que
idealizaciones sui generis , siendo bajo este aspecto tan ideal un Sueño de Quevedo como una
tragedia de Esquilo o unos tercetos de Dante. A nadie se le persuadirá que don Francisco de Quevedo,
que era en prosa y en verso un poeta lírico antes que todo, idealizador de lo feo, como quien miraba
la miseria con vidrios de aumento, hizo la figura de ningún avaro real ni posible en su Licenciado
Cabra. El Euclión de Plauto o el Harpagón de Molière, tipos abstractos, creados para demostrar una
máxima ética, están, con todo eso, más cerca de la vida que el personaje quevedesco, lo cual no quita
nada a la excelencia de este último, antes, a mi entender, la aumenta.
Casi parece una perogrullada decir que por el camino idealista se pueden hacer obras maestras; pero
tal es la intolerancia de la crítica al uso, que nos obliga a reforzar esa verdad tan obvia. Es más: a
quien nació idealista, es decir, con un exceso de vida espiritual propia, que tiñe con su matices el
espectáculo de lo real, será siempre en vano predicarle que tome por otra senda, como será no menos
imposible empeño apartar de la suya al que, escaso de facultades imaginativas, ve las cosas como
son, y les aplica el menor grado de transformación artística posible.
Todo lo que va escrito (y que por lo mismo que es tan verdadero es poco nuevo) servirá, entre otras
cosas, para que los abogados oficiosos del naturalismo me apliquen de fijo los blandos calificativos
de ignorante y aun de idiota con que suelen favorecer a todos los que no confiesan paladinamente que
desde el padre Homero hasta nuestros días no se ha producido cosa más perfecta y admirable que La
Faute de l’abbé Mourt o cualquier otro mamotreto por el estilo. Pero yo, que tengo mejor idea del
gusto de esos señores que el que ellos tienen de los críticos idealistas, y sé, por otra parte, que esa
alharaca no ha de durar arriba de una docena de años, para entonces los emplazo (si es que para
entonces vivimos), apelando de su juicio de hoy al de aquel día venidero. Y vamos adelante.
Lo que importa dejar consignado es que si Pereda no debe ser tenido por naturalista en el sentido
francés de la palabra, quizá la [p. 354] principal razón de esto sea su propia naturalidad y el sano
temple de su espíritu. Porque lo cierto es, que no conozco escritores menos naturales y más
artificiosos que los que hoy pretenden copiar exclusiva y fielmente la naturaleza. Todo es en ellos
bizantinismo, todo artificios de decadencia y afeites de vieja, todo intemperancias coloristas y
estremecimientos nerviosos en la frase. Si ese estilo es natural, mucho debe de haber cambiado la
naturaleza al pasar por los boulevards de París. A la vista salta que la naturaleza y la realidad no son,
en el sistema de Zola y sus discípulos, más que un par de testaferros, tras de los cuales se oculta un
romanticismo enfermizo, caduco y de mala ley, donde, por sibaritismo de estilo, se rehuye la
expresión natural, que puede ser noble, y se persigue con pésima delectación y artificio visible la
expresión más violenta y torcida, por imaginar los autores que tiene más color . ¡Y cuánto suelen
engañarse!
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Precisamente uno de los méritos más señalados que para mí tiene Pereda consiste en haber huído de
esa búsqueda malsana. Por eso, sin duda, le han llamado algunos naturalista de la naturaleza . Y
tienen razón, si esto se entiende como en oposición a naturalista de escuela.
Bajo dos aspectos principales puede y debe considerarse a Pereda: como autor de artículos o cuadros
sueltos de costumbres, y como novelista. La segunda manera es un evolución natural de la primera, o
más bien no es otra cosa que la primera ampliada.
No hay género más difícil que el de costumbres, ni otro ninguno tampoco a que con más audacia se
lleguen todos los aventureros y escaramuzadores de la república de las letras. Aun en los críticos
reina extraña confusión sobre la índole y límites de este modo de escribir, relativamente moderno. Y
no porque hayan escaseado los pintores de costumbres desde los tiempos de la comedia griega hasta
nuestros días, sino porque la descripción de tipos y paisajes no era en ellos el principal asunto,
apareciendo sólo como accesorio de una fábula dramática o novelesca. Así, en España, no son,
hablando con todo rigor, cuadros de costumbres, ni las insuperables escenas de la Celestina y sus
continuaciones, ni las mismas novelas picarescas, aunque suelen no tener más unidad de acción que
la que les presta la vida del héroe. Sólo Cervantes, en Rinconete y Cortadillo , dió el primero y hasta
ahora no [p. 355] igualado modelo de cuadro de costumbres. Allí la acción es poca o nula, y todo el
exquisito primor de aquel rasgo se cifra en la acabada y realista pintura de los héroes de la cofradía de
Monipodio. Desde Cervantes existe, pues, el cuadro de costumbres, con jurisdicción independiente de
la novela, y con formas variadísimas. A veces conserva un resto de acción, no más que la suficiente
para mover los personajes; otras acude a invenciones fantástico-alegóricas; otras se limita a describir
con cuatro indelebles rasgos un carácter. En este sentido, La Bruyère es un grande escritor de
costumbres, aunque no hiciese verdaderos cuadros.
En España fué cultivado este género más o menos incidentalmente por Quevedo (prescindo de la
finalidad política de algunos de los Sueños ); por Liñán y Verdugo en su Guía y aviso de forasteros
(obra donosísima, que me duele ver olvidada en las reimpresiones que nuestros modernos bibliófilos
hacen de los libros antiguos; [1] por Luis Vélez de Guevara en El Diablo Cojuelo , y por Baltasar
Gracián en muchas partes de su Criticón , donde anda mucho oro de ley mezclado con escorias
infinitas. Pero más de propósito describieron tipos y costumbres Salas Barbadillo (feliz imitador de
Cervantes, hasta beberle los alientos) en varias obras suyas, especialmente en El Curioso y Sabio
Alejandro ; don Juan de Zavaleta en su Día de fiesta , más encomiado en nuestros días que lo que
merece su estilo afectado y tétrico, apenas realzado sino por dotes de observación superficial; y
Francisco Santos, que en su Día y noche de Madrid todavía se muestra más culterano y enigmático
que su modelo.
La pintura de costumbres, que pareció morir en el siglo XVIII con don Diego de Torres, imitador
poco dichoso del inimitable Quevedo, y con don Ramón de la Cruz, cuyos sainetes son, en su mayor
parte, cuadros en diálogo (¡tal es la sencillez de su fábula!), hase renovado en la edad presente, con
brillo no pequeño, aunándose a veces el influjo de extranjeros modelos con la tradición castiza. Así
don José Somoza, amigo de Quintana, y uno de los últimos escritores de la gloriosa escuela
salmantina, pero libre de los pecados de afectación que en sus poetas líricos a veces la desdoran,
mostró en sus cortos y delicados bosquejos alguna reminiscencia [p. 356] de los humoristas ingleses
(principalmente de Sterne), unida a exquisita sobriedad de estilo y a un sentimiento que no degenera
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en sentimentalismo. Así, el ejemplo del hoy tan olvidado Jouy en L’Ermite de la Chaussèe d’Antin ,
fué despertador para que Mesonero Romanos comenzara su Panorama Matritense ; a pesar de lo cual
su obra es muy española en pensamiento y aun en estilo, sin que falten cuadros, como el de Madre
Claudia , donde la inspiración está directamente bebida en nuestros clásicos del siglo XVI. Muy
superior a Mesonero en la pureza, abundancia y gallardía de la lengua, objeto para él de fervoroso
culto; y superior también en facultades descriptivas y en intensidad y viveza de rasgos típicos se
mostró don Serafín Estébanez Calderón ( El Solitario ), uno de los escritores más castellano de estos
tiempos, si no en la elección de cada palabra, a lo menos en el giro y rodar de la frase; cosa que vale
mucho más y es harto más rara, como discretamente ha hecho notar el moderno y elocuente
panegirista de las Escenas andaluzas , libro para el cual la posteridad ha llegado muy tarde, como si
las aficiones arcaicas del bibliófilo Estébanez hubiesen levantado un muro entre el escritor y su
público, que sólo a medias podía disfrutar de aquel primoroso engarce y taracea de piedrezuelas
antiguas de las fábricas de Mateo Alemán y de Quevedo, labor sabia y paciente más digna de
admiración que de ser propuesta por modelo.
No sabía tanto la hija de Böhl de Faber pero así en los que llama cuadros de costumbres , como en
muchas de sus novelas, donde la acción es escasa y los personajes y las escenas de familia lo son
todo, rayó tan alto como el que más en este linaje de escritos, aunque no estaba inmune de cierto
sentimentalismo a la alemana o a la inglesa, enteramente extraño a la índole de las escenas que
describe, ni tampoco se libraba del inmoderado afán de declamar a todo propósito, y de interrumpir
sus mejores cuentos con inoportunos, si bien encaminados, sermones. Gran cosa es el espíritu moral y
la pureza de ideas; pero no ha de mostrarlos el novelista por su cuenta y disertando (como no sea en
alguna breve sentencia), sino infundirlos calladamente en el total de la composición y hacerla
religiosa y moral, sin que la moral se anuncie ni inculque en cada página.
Así y todo, aun los más prevenidos contra aquella índole [p. 357] literaria tan angelical y tan
simpática, ante quien toda crítica enmudece, no podrán menos de reconocer a la insigne dama
andaluza autora de Clemencia y de La Gaviota , el mérito supremo de haber creado la novela
moderna de costumbres españolas, la novela de sabor local, siendo en este concepto discípulos suyos
cuantos hoy la cultivan, y entre ellos Pereda, que, afín además por sus ideas con las de Fernán
Caballero, se ha gloriado siempre de semejante filiación intelectual.
Nótase, pues, en los primeros cuadros de Pereda (salvas radicales diferencias de temperamento que
pueden reducirse a la sencilla fórmula de «más vigor y menos ternura») la influencia de Fernán
Caballero, y nótase también la de otro discípulo suyo (vecino de la Montaña por su nacimiento), el
cual, con cierta candidez de estilo, que al principio pareció graciosa y luego se convirtió en manera ,
vino a exagerar el optimismo de la célebre escritora, empeñado en ver las costumbres populares sólo
por su aspecto ideal y poético. Malos vientos corren hoy para esta literatura patriarcal; pero aún
conserva Trueba su público infantil, y además, ¿quién se atreverá a negar en todo el ámbito de las
Provincias Vascongadas la exactitud de sus pinturas, que nos muestran allí un terrestre paraíso?
Trueba, que por los años de 1864 se hallaba en el apogeo de su fama, fué el encargado de hacer el
prólogo de las Escenas Montañesas; tarea que llevó a cabo con buena voluntad, sin duda, a pesar de
la muy poca que él (como buen encartado) tiene a los montañeses, y aun con cierto entusiasmo por la
persona del autor; todo lo cual debe constar aquí en honra y alabanza del prologuista, a lo menos para
que los paisanos de Pereda le perdonemos de buen grado aquellas variaciones sentimentales sobre las
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vulgarísimas mujeres (vulgo pasiegas) que hacen granjería con el néctar de sus pechos , y sobre los
mendigos (montañeses, por supuesto) que explotan el carácter hospitalario y caritativo del pueblo
vascongado . ¡Y luego nos concede, como por misericordia, que formamos parte de la heroica
Cantabria, aunque de fijo fuimos los sometidos!
Pero dejando para mejor ocasión a las pasiegas y a los Cántabros y Autrigones, y aun al hospitalario
pueblo vascongado, no puedo dejar de hacerme cargo de la sinrazón artística con que el [p. 358]
señor Trueba en aquel prólogo acusa a Pereda de pesimista (aún no estaba inventado lo de
naturalista ), tildándole de fotografiar con marcada fruición lo mucho malo que la Montaña tiene
como todos los pueblos. Este cargo, repetido hasta la saciedad por otros críticos, dió ya motivo a una
vigorosa réplica de Pereda en el prólogo de sus Tipos y paisajes ; pero como todos los lugares
comunes, y más si son irracionales, traen aparejada larga vida, no es de temer que desaparezcan tan
pronto del vocabulario de los críticos de Pereda los términos de sarcástico y pesimista , como
tampoco aquellos otros de gran fotógrafo , ni siquiera el de Teniers cántabro . Ya he escrito en otras
ocasiones que Pereda aborrece de muerte los idilios y las fingidas Arcadias, y tiene horror instintivo a
los idealismos falsos, optimistas, bonachones y empalagosos; pero esto no quita que haya en sus
cuadros idealidad y pureza, toda la que en sí tienen las costumbres rústicas. No andan en sus cuadros
Melibeos y Tirsis, sino montañeses ladinos y litigantes a nativitate , entreverados de sencillez y
malicia, atentos a su interés y a las contingencias del papel sellado, y juntamente con esto cautelosos
y solapados en sus palabras, como suelen ser los rústicos, a lo menos en nuestra tierra, aunque no
sean así los que se pintan en las églogas y cuentos de color de rosa . Nada de patriarcas de la aldea, ni
de pastoras resabidas y sentimentales, ni de discretos y canoros zagales. Cada uno habla como quien
es, y el zafio como zafio se expresa. El señor Pereda, por lo mismo que siente mucho y bien, es
enemigo jurado de la sensiblería; pero cuando llega a situaciones patéticas, encuentra para el dolor o
la alegría la expresión natural y no rebuscada, y conmueve más que otros novelistas serios y
estirados, por lo mismo que no se esperan tales ternuras en un autor de continuo alegre y jacarandoso.
Hay, ciertamente, tesoros de sentimiento en el alma y en los escritos de Pereda; pero estos
sentimientos son siempre viriles, robustos y primitivos, como infundidos en hombres de tosca y ruda
corteza. Yo no conozco ni en la literatura antigua castellana, ni en la moderna, cuadro de tan honda y
conmovedora impresión como la que dejan en el ánimo las últimas páginas de La Leva y de El fin de
una raza . ¡Y de autor capaz de tal grandeza en los afectos han osado decir algunos que no sabe herir
las fibras del alma!
[p. 359] Es cierto que Pereda no rehuye jamás la expresión valiente y pintoresca, por áspera y
disonante que en un salón parezca, ni se asusta de la miseria material, ni teme penetrar en la taberna,
y palpar los andrajos y las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse de que
corre por su alma una vena inagotable de pasión fresca, espontánea y humana, y que sabe y siente
como pocos todo género de delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de
poesía hasta en lo que parece más miserable y abyecto. En este artículo de La Leva , que nunca me
cansaré de citar, porque desde Cervantes acá no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres
por el estilo (igualado, pero no superado por otros del autor), hay alcoholismo como en los libros más
repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y riñas conyugales, hay inmundicia y harapos y un
penetrante y subido olor a parrocha , y, sin embargo, ¡qué melancolía y ternura la del final! ¡Cómo
sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del Arrabal! ¿Qué héroe de salón interesará
nunca lo que el desdichado Tuerto lanzando en la escena del embarque aquel solemne larga ? Si esto
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es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir guerra al convencionalismo, a la falsa retórica y al
arte docente y sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien venido sea.
Así pintaba Velázquez.
El señor Pereda no es fotógrafo grande ni chico, porque la fotografía no es arte, y el señor Pereda es
un grande artista. La fotografía reproducirá los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada faz del
viejo marinero santanderino; pero sólo el señor Pereda sabe crear a Tremontorio, reuniendo en él los
esparcidos rasgos, infundiéndole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador al gran
mundo de la fantasía. Esta pretendida exactitud fotográfica es el grande engaño del arte, la gran
prueba del poder mágico del artista: sus personajes no están en la realidad, pero pueden estarlo, son
humanos; nos parece que viven y respiran; son la idealización de una clase entera, la realidad
idealizada .
Por su afición a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y colorido, hanle llamado algunos
Teniers cántabro . Convengamos en que tal vez Cafetera , y El Tuerto , y Tremontorio , y El tío
Jeromo , y Juan de la Llosa , y el mayorazgo Seturas , y el jándalo Mazorcas , y hasta el erudito
Cencio , serán de mal tono en un [p. 360] salón aristocrático; pero vayan a consolarse con sus
hermanos mayores Rinconete y Cortadillo , Lázaro de Tormes , Guzmán de Alfarache , y con los
venteros, rufianes y mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los héroes del Rastro,
eternizados por don Ramón de la Cruz. Y si a alguien desagradan los porrazos de La Robla , y las
palizas sacudidas por su marido a la nuera del tío Bolina, y las consecuencias de Arroz y gallo
muerto , acuérdese de los molimientos de huesos que sacó don Quijote de todas sus salidas, de las
extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de Sancho en la célebre noche de los batanes, y
acuérdese (si es hombre erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la Odisea , de los
regüeldos de Polifemo en su caverna, y de otros rasgos semejantes del padre Homero, que dan quince
y falta a todos los realistas modernos. Y cualquiera puede resignarse a ser Teniers en compañía de
Homero y de Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones.
Si yo dijera que para mí son las dos series de las Escenas Montañesas lo más selecto de la obra de
Pereda, no diría más que lo que siento; pero temo que muchos no sean de mi opinión, y que en ella
influyan demasiadamente, por un lado, el amor a las cosas de mi tierra, y por otro, recuerdos
infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendió a leer en las Escenas , y las conserva de
memoria con tal puntualidad, que a su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos
personales, todavía admiro más en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de género que al de
novelas largas, y entre las escenas cortas, todavía doy la preferencia a las de costumbres campesinas,
sintiendo que no sea mayor el número de las primeras, en las cuales logra el ingenio de su autor un
grado de vigor y de fuerza creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo así, le levanta sobre sí
mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de Santander, que la obra maestra de Pereda y el
monumento que mejor vinculará su nombre a las generaciones futuras ha de ser su proyectada novela
de pescadores: Sotileza . Aun sin esto, ya no morirá, gracias a Pereda, el tipo hoy casi perdido del
viejo marinero de la costa cantábrica, levantado por él a proporciones casi épicas, y digno de
hombrearse con los héroes de Fenimore Cooper.
Más serenos y apacibles, menos trágicos y apasionados son los [p. 361] cuadros rurales, en cuya
riquísima serie descuellan dos verdaderas novelas primorosas y acabadas, aunque de cortas
dimensiones: Suum cuique y Blasones y talegas . Entre los más breves no se sabe cuál escoger,
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porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos La Robla , El día 4 de Octubre y Al
amor de los tizones .
Entre la publicación de las dos series de Escenas Montañesas mediaron muchos años. Todavía
pasaron más antes que Pereda se decidiese a abandonar sus jándalos, sus mayorazgos y sus raqueros,
y a ensanchar el radio de sus empresas, imaginando fábulas de mayor complicación y cuadros más
amplios. Hizo, entretanto, algunos Ensayos dramáticos (verdaderos cuadros de costumbres en
diálogo y en verso), los cuales andan coleccionados en un libro ya rarísimo; [1] y para probar sus
fuerzas en trabajo de más empeño, compuso las tres narraciones que llenan el volumen de los Bocetos
al temple . Allí apareció por segunda vez la pintoresca, ingeniosísima y mordicante novela de
costumbres políticas, Los Hombres de pro , preludio de Don Gonzalo , y glorioso trofeo de la única
campaña electoral y de la única aventura política de Pereda. Publicada esta novela en días de
tremenda crisis y de universal exacerbación de los ánimos, y escrita, no ciertamente con parcial
injusticia, pero sí con calor generoso y comunicativo (hasta en los durísimos ataques que encierra
contra el sistema parlamentario), aparecía, en su primera edición, un tanto sobrecargada de
reflexiones en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta propia, como en
libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido en la edición presente, y así retocado el
libro, y convertido en obra de arte puro, no teme la comparación con ninguna otra del autor. ¡Qué
diálogo el de las niñas de la villa que no quiero nombrar! ¡Qué tipo el del hidalgo don Recaredo! Se
dirá que la novela sigue siendo política, y que esto la daña; pero aunque sea cierto que las ideas
políticas salen de los límites del arte, ¿quién duda que las extravagancias y ridiculeces de la vida
pública caen, como todas las demás rarezas humanas, bajo la jurisdicción del satírico y del pintor de
costumbres? ¿Por qué no ha de describirse una escena [p. 362] de club o de comicios electorales,
como se describe una escena de taberna o de mercado?
La segunda época de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y abarca cinco largas novelas: El
buey suelto , Don Gonzalo González de la Gonzalera , De tal palo tal astilla , El sabor de la tierruca
y Pedro Sánchez . De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y forzoso me será
repetir algunos de los conceptos que entonces expuse.
El asunto de El buey suelto es el más viejo y el más nuevo que puede imaginarse. Si hay cosa tratada
o discutida en el mundo, ya seriamente, ya en burla, es la cuestión del matrimonio, aunque sea cierto
que ni los razonamientos ni las burlas influyen mucho en la resolución que cada prójimo toma según
cuadra a su genialidad, temple y más o menos escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con
poca dificultad pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan mucho más las
invectivas que las defensas. Sería grave error, sin embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra
muchas de esas diatribas, dándoles una trascendencia y alcance que las más veces no tenían en el
ánimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las mujeres ha sido en manos de los satíricos
clásicos un lugar común, un motivo de chistes y amplificaciones, como podía serlo el elogio del
mosquito o de la pulga.
Observemos, no obstante, que nunca se multiplican ni recrudecen tanto las sátiras contra el
matrimonio como en los tiempos de decadencia y senectud moral. No suele empezar la corrupción
por las mujeres, pero el hombre les atribuye toda la culpa; y el vínculo natural y santo, que él huella y
profana el primero es, a sus ojos, la fuente y origen de todo mal. Hoc fonte derivata clades . En vez
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de acusarse a sí propio, acusa a la institución, acusa a la naturaleza; y entonces brotan, como indicios
del malestar social, ásperas y desolladoras sátiras, al modo de la 6.ª de Juvenal, o livianos cuentos
como los que manchan el Asno de Apuleyo, constituyen el fondo de los fabliaux de la Edad Media y
corren en inagotable vena a regar los huertos de Boccaccio y de todos los novellieri italianos,
torpemente remedados por los franceses.
Dicho se está que no había de faltar en nuestros tiempos semejante literatura, como no faltó en los de
la Roma imperial, ni en el [p. 363] siglo XIV (en que la barbarie no excluía la liviandad), ni el la
Italia del siglo XVI, ni en la Francia del XVIII. Pero al reaparecer (si alguna vez faltó) el género
antimatrimonial en la moderna Europa, vistióse de nuevos paños, adoptó más grave arreo, tono más
doctoral y circunspecto, propúsose dogmatizar y hacer análisis fisiológicos . Algo se corrigió en lo
desmandado de la forma (sabido es que somos más pudibundos, aunque no más honestos, que
nuestros abuelos); pero el veneno fué mayor; como destilado por alquitara. Más honda y
corrosivamente ha influído esta literatura que todos los sarcasmos y verduras de otras eras. Fría,
impasible, calculadora, como eco de una sociedad que era positivista antes que el positivismo tuviese
una fórmula científica, ha agotado el arsenal de los sofismas ligeros, parto de esa lógica sin entrañas,
con la cual el hombre pretende engañarse a sí mismo; pero sofismas de éxito seguro, porque hablan al
egoísmo, cifra y compendio de todos los malos instintos de nuestra caída y pecadora naturaleza.
Yo bien sé que los libros son la expresión de la sociedad, y que la sociedad sólo a medias es discípula
de los libros; pero ¿quién negará que cada uno de ellos es leña echada en el fuego de la
concupiscencia, incentivo del general descreimiento, piedra en que tropiezan las voluntades mal
inclinadas, ocasión nueva de desaliento para las voluntades marchitas? Por eso es obligación
ineludible en el escritor cristiano y de bien ordenado entendimiento aplicar su ingenio a la reparación
del edificio social, lidiando por la familia, que es su primera y necesaria base. Y cuando ese autor es
un novelista de primer orden, un pintor de costumbres, como ha visto pocos nuestra Península desde
Cervantes acá, un hombre de agudo ingenio, rico de observación, y en donaires y gracias de decir
excelente, natural es que emplee el método fisiológico contra los fisiólogos, y que, convirtiendo la
defensa en ataque, en vez de vindicar directamente el matrimonio, ponga y clave en la picota de la
sátira, a la cínica e infame soltería , que dice Jovellanos.
El libro que, como antídoto a los harto célebres de Balzac y de sus muchos y desafortunados
imitadores, ha escrito el señor Pereda, pudo parecer pálido en los caracteres y poco interesante o
animado en la acción. Quizá entraba esto en los propósitos del autor. Para personificar una plaga
social, buscó un tipo insignificante, un Gedeón , egoísta, vulgar, sin ninguna cualidad [p. 364]
dominante buena ni mala, que no es sabio ni tonto, ni hermoso ni feo, ni rico ni pobre, ni muy viejo ni
muy joven, sin aficiones políticas ni literarias; un ser por excelencia prosaico, envuelto en las más
ruines y mezquinas contradicciones de la vida. Todos sus desórdenes y malas andanzas son de
escalera abajo. Lo singular del tipo está en su absoluta carencia de idealismo. Todo es vulgar en torno
suyo: sus amigos, su criada, su manceba.
Y así debía ser para que el libro surtiese el efecto que el señor Pereda se propuso.
¿Qué solterón recalcitrante había de convencerse, en vista de las desdichas que sobre Gedeón
atrajeran sus personales manías y rarezas, o una serie de casualidades novelescas regidas por la mano
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del autor, y no por el curso ordinario de las cosas humanas? Gedeón tiene de hombre lo bastante para
no ser una idea pura ; en los demás puede pasar por el substratum de una clase entera, de las más
numerosas, por desgracia, entre los hijos de Adán. Es la encarnación del egoísmo, pero de un
egoísmo vulgar, que no ostenta proporciones titánicas ni colorido trágico.
La sobriedad de la acción sólo parecerá pobreza a quien considere El buey suelto , no como una
novela (que no pensó en tal cosa el autor), sino como una serie de cuadros en que externa e
internamente se va desarrollando la mala vida del héroe. Cada capítulo trae nuevos personajes y
escenas nuevas, reproducidas unas veces con el pincel de Stein y de Teniers, otras con el brioso toque
de la escuela española. ¡Lástima que en algunos pasajes la tendencia a la caricatura aparezca tan de
resalto, y convierta en falsos, tipos que, de cómicos, no debieran degenerar en bufos!
Como magistrales cuadros de costumbres, léanse sobre todo La primera catástrofe , No es casa de
huéspedes , Entre Venus y Marte , La tienda de la esquina , Los parientes de Gedeón , sin olvidar el
extraño y fantástico capricho de La gran batalla , cuya ejecución es maravillosa y digna de Goya.
Mas no se crea que sólo a lo cómico y alegre se inclina la musa del autor, aun en este libro, el mas
endeble de los suyos. Testimonio son de que sabe hablar en veras y herir el alma, además de alguno
de los capítulos antes citados, los que terminan la última jornada , sobre todo el titulado La
vanguardia de la muerte , donde lo fácil se hermana con lo bien y hondamente sentido.
[p. 365] Aun a los críticos más adustos que consideraron El buey suelto como una caída parecieron
admirables algunas porciones del Don Gonzalo , publicado al año siguiente. Si como novela se la
considera, puede tachársela de acción escasa, aunque tiene la que basta y sobra para mover unas
cuantas figuras, principal, si no único, propósito del libro. No es el fin de éste, como a algunos podrá
antojárseles, la sátira política, ni viene ésta más que como episodio, y sin salir de los límites del arte,
debiendo estimársela como un recurso para poner en juego a los personajes. Es cierto que hay en Don
Gonzalo algunos capítulos donde la revolución queda puesta en solfa. No falta un estudiante que en la
taberna de su pueblo haga discursos pomposos y altisonantes, remedando los que Madrid había oído.
Ni se echa de menos tampoco un pardillo montañés, albitrante y con otras industrias saludables , el
cual pesca a río revuelto, y en días de revolución echa al fuego, a impulsos de patriótico entusiasmo,
los papeles del Ayuntamiento, donde constaban sus trapisondas. Hay, finalmente, una parodia de
junta revolucionaria, y milicia ciudadana, y clubs y manifiestos electorales... No sé si en otras partes
será todo esto muy serio; pero en Coteruco, pueblo de 300 vecinos, se convierte por sí mismo en
caricatura. Yo no admito que el señor Pereda se haya propuesto en esta novela probar nada (es
demasiado artista para eso); pero si alguna enseñanza se deduce de su libro, es la demostración del
absurdo que se comete llevando a un pueblo rústico y laborioso las miserias políticas. El abandono
del trabajo, la taberna perpetua, los palos y asonadas, son la consecuencia primera y forzosa de tal
delirio.
Esto acontece en Coteruco, pueblo que llegan a corromper dos intrigantes y un mentecato, sin otro fin
que el de satisfacer ruines pasiones y venganzas. Y eso que Coteruco era antes el mejor pueblo del
valle, y aun el dechado de todos los pueblos de la Montaña, por la honradez y amor al trabajo de su
moradores. Debíase tal milagro a un don Román Pérez de la Llosía, señor rico, franco y campechano,
sin alardes de patriarca de la aldea, pero con muy buen sentido y recta intención en todo. Él era la
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Providencia del pueblo, y su cocina la tertulia de Coteruco.
Enfrente de don Román coloca el señor Pereda otro tipo, montañés de pura raza, y el mejor tipo de
Pereda, el arbitrante [p. 366] Patricio Rigüelta, Maquiavelo de Campanario , como dijo aguda y
felizmente un crítico. Patricio, personaje esbozado ya en ciertas sátiras políticas del autor, [1]
adquiere aquí proporciones extraordinarias y se convierte en verdadero héroe y rueda principal de la
novela, dejando muy en segundo término al indianete que la da nombre, figura simplemente
decorativa, aunque trazada de un modo admirable. Don Gonzalo es mero instrumento y juguete de la
omnipotente voluntad y de las negras tramas de Patricio, que le maneja como blanda cera y explota
sus rencores contra don Román por el desaire de las bodas. Únese Gonzalera con toda la gente
díscola y revoltosa del pueblo; hace propaganda el estudiante (que es cojo, por más señas); se juega
en la taberna una becerra a costa del indiano; los apóstoles de la nueva idea desacreditan al cura y a
don Román (el confesonario y el feudalismo , que dice el cojo, y aquello en pocos días muda de
aspecto.
Tal es la sencilla trama de Don Gonzalo , que comienza con una maravillosa descripción de la tertulia
de don Román (inferior, sin embargo, al antiguo cuadro de la hila , uno de los más exquisitos
primores de las Escenas ), y acaba con un crimen cometido en días electorales, y con la huída del
noble Pérez de la Llosía de aquel lugarejo mísero y pervertido. En ningún libro suyo ha congregado
Pereda igual número de tipos, tan vivos y tangibles. Queda dicha la excelencia satánica del carácter
de Patricio, tan complicado, tan difícil y de tan paciente estudio. Pero en torno de esta creación
singular se agrupan, como digno cortejo, todos con fisonomía propia y rebosando de vida, la vieja
Narda , sentenciosa consejera de Magdalena; el hidalgo don Lope, alma de oro con corteza de hierro,
tan breve en palabras como largo en hechos, último vástago de aquellos indomables banderizos del
siglo XV, y condenado en el nuestro a matar las solitarias horas sobre su potro de piedra; el
estudiante, el indiano, la solterona Osmunda, providencial castigo de don Gonzalo; Carpio y Gorio,
en quienes se cifra y compendia el carácter del campesino montañés con todos sus rodeos y
suspicacia, y hasta los personajes de segundo orden, Chisquín, Tozaños, Polinar, Barriluco... ¡Qué
plenitud de sangre [p. 367] española en todos ellos! ¡Y qué cuadros los que llevan los títulos de La
feria de Pedreguero , La romería de Verdellano y El festín! Este último es un cuadro de Teniers, con
toque más vigoroso y más caliente de entonación. Parece que sentimos el peso de la becerra sobre la
mesa, y el del vino tinto en las cabezas de los comensales. ¡Y qué diálogos los de Carpio y Gorio!
De tal palo, tal astilla es quizá el libro menos realista de Pereda, y no ya porque pinte costumbres
campesinas, fáciles y risueñas, que esto bien cabe en el realismo, ni menos porque en este libro, y
todavía más en El sabor de la tierruca , el tan decantado pesimismo de las Escenas Montañesas se
haya ido convirtiendo en simpática benevolencia, harto natural en quien, viviendo tantos años en la
quieta soledad de su Tusculano, se ha ido prendando cada vez más de las escenas rurales, y viéndolas
bajo un aspecto más poético y halagüeño. La única diferencia sustancial que encuentro entre esta
novela y las demás de Pereda, y lo que me hace declararla realista a medias, consiste en que es un
libro de tesis, donde abandonando el autor, hasta cierto punto, la observación desinteresada, principal
musa suya, trata de inculcar, aunque no directamente, no una, sino muchas y varias moralidades.
Plantea, pues, lo que llaman ahora conflicto o problema religioso , y le plantea por medio de una
fábula, que no deja de guardar cierta analogía lejana, con la de Sibila de Octavio Feuillet, y la de
Gloria de Galdós. Aunque esta semejanza no pasa de los datos fundamentales, y yo sé además que
Pereda no ha leído Sibila y que no gustaría de ella si la leyese, no ha de negarse que el conflicto
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(usemos la jerga corriente) viene a ser en las tres novelas el mismo. Pero Sibila (con ser libro
delicadamente escrito) tiene algo de enteco y enfermizo, respira falsedad en las ideas y en los afectos:
aquel cristianismo vaporoso es un cristianismo de salón, mundano y sentimental; se diría que la moda
y no la convicción dictaron aquellas páginas, donde falta de un cabo a otro la naturalidad, y no hay un
solo carácter acentuado y vigoroso. Es un libro sin unción, y sin nervio. Mayor talento y más firme
convicción, aunque extraviada, inspiraron a Galdós en Gloria ; pero sus declarados intentos de
propaganda anticatólica por una parte, y por otra el exceso del simbolismo y de las abstracciones
personificadas, la enturbian y oscurecen, y casi la sacan fuera de los límites del arte, convirtiéndola
en un [p. 368] alegato librecultista, y a la heroína en pedante e insufrible disputadora.
De fijo lo menos afortunado en la novela de Pereda es también el carácter de la heroína. Puede
decirse, sin agravio de él, que los tipos femeniles y los diálogos de amor han sido, son y serán
siempre la parte más endeble de su armadura de novelista. Y aun añadiré que los huye, o los trata con
frialdad y despego. Y, sin embargo, el carácter de Agueda estaba bien concebido, y ¡cuán hermosos y
trágicos efectos podía haber sacado el autor de la eterna lucha entre la pasión y la ley moral! Bien
está que Agueda, católica a la española y montañesa a toda ley, cumpla su deber sin aparato ni
estruendo, aunque su resolución le cause dolores mortales. Bien está que su fe acendrada y robusta,
su buen sentido natural, lo recto y nunca maleado de su razón la impidan transigir con la impiedad,
aunque vaya unida a toda la gallardía de la juventud, a todo el fuego de la pasión y a todo el poder y
alteza del ingenio. Pero ¿era preciso para esto hacerla tan impasible, estoica y marmórea, cuando al
fin era mujer y enamorada?
¡Pero cómo se venga Pereda de esta inferioridad suya en otros tipos más de su cuerda que la obra
tiene, y sobre todo, en los que forman el coro! Sólo el recuerdo, no fácilmente borrable, de Patricio
Rigüelta, puede perjudicar al malvado de esta otra novela, el don Sotero, abominable tartuffe , en
cuya negra alma no ha temido penetrar y ahondar hasta con encarnizamiento el señor Pereda, como si
quisiera dar hermosa muestra de que lo extremado de su ultramontanismo no corta las alas a su
ingenio ni le hace ñoño o meticuloso. Hasta puede añadirse que ha recargado las tinas más de lo que
suele, y ha hecho, contra su costumbre, y quizá contra la conveniencia artística, un carácter de una
sola pieza, porque entes tan completa y absolutamente perversos como don Sotero, sin ninguna
cualidad buena ni vislumbre de ella, son, por dicha, rarísimos, y aun pueden tenerse por aberraciones
de la humana naturaleza.
No así el cernícalo de su sobrino, dechado de barbarie y grosería, ni menos el espolique Macabeo,
admirable personaje, uno de los mejor trazados del libro, dentro del cual tiene él una novela propia y
especial suya. ¡Cuántas veces ha presentado el señor Pereda el tipo del campesino montañés, y sin
embargo, no se ha [p. 369] repetido nunca! Y ahora, cuando la materia parecía agotada, nos regala a
Macabeo, que vale él solo más que Carpio y Gorio y todos los anteriores juntos. Habla y discurre
como ellos, tiene aire de familia, y, no obstante, es distinto.
Así en lo serio como en lo jocoso, tiene el libro escenas de extraordinaria belleza, cuadros
insuperables de costumbres. Si yo hubiera de elegir entre los capítulos del libro, me fijaría sin duda
en La hoguera de San Juan . La luz de esa hoguera es luz de Rembrandt.
Y puesto ya a citar bellezas de pormenor, no olvidaré el paso de la hoz , donde el diálogo supera a la
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descripción, con ser la descripción tan buena; y los capítulos de presentación de los diversos
personajes, especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los Peñarrubias; el
maquiavélico diálogo en que don Sotero va persuadiendo a su sobrino a que intente la deshonra de
Agueda, y, finalmente, cuanto dice y hace Macabeo, a quien mi amigo Clarín ha llegado a comparar
nada menos que con el Renzo manzoniano.
El paisaje en que toda esta gente vive y se mueve es el paisaje montañés de siempre. A quien haya
leído otros libros de Pereda no es preciso decirle cómo están descritos Valdecines y Perojales, y
también es casi superfluo repetir que la obra es un tesoro de lengua, no con afectada y mecánica
corrección, sino con toda la riqueza, gala, armonía y color del habla de nuestra Montaña, pasada por
el tamiz de un gusto privilegiado, aunque amante siempre de lo más espontáneo y de lo más rústico.
De tal palo, tal astilla es, hasta el presente, la única tentativa de Pereda en el campo de la novela
dogmática. Como si hubiera querido desagraviar a los críticos amantes del arte puro y desinteresado,
escribió inmediatamente otro libro, de los que no prueban nada ni van a ninguna parte sino a hacer
sentir y gozar. Posible será que, apoyados en esto mismo, y volviendo por pasiva sus antiguas
censuras, le nieguen algunos trascendencia, y hasta le disputen el título de novela. Cuestión de
nombres, propia de retóricos ociosos. ¿A qué buscar más enseñanza ni más trascendencia en una
libro, que deja al fin la impresión de salud robusta, de frescura patriarcal y de primitivos afectos que
deja en el alma El sabor de la tierruca ? Y en cuanto al nombre, el autor no le ha dado [p. 370]
ninguno. Novela es, aunque sencilla, y llámese así o de otro modo, no dejará de ser un libro
excelente. Novelas muy celebradas hay que no tienen más acción; algunas, ni tanta.
Sea como quiera, la novela es aquí un pretexto para que aparezca en acción la vida rústica de nuestra
comarca. La obra es un poema idílico, género de literatura que puede decirse propio de nuestro siglo,
y que ha producido en Alemania, en América y en Provenza [1] tres obras superiores, del todo ajenas
al amanerado convencionalismo de la bucólica antigua. Pereda había ensayado este género, aunque
en prosa; pero siempre como episodio de sus novelas políticas o morales, o bien en cuadros cortos, v.
gr.; el del 4 de Octubre . Hoy le cultiva de frente, y hay trozos en su libro, como el de la lucha de los
dos pueblos rivales, o el de la entrada del ganado en las mieses, que parece que están reclamando el
antiguo y largo metro épico, solemne y familiar a la vez.
El interés, cualquiera que él sea, de las domésticas disensiones entre el irascible don Juan de Prezanes
y su vecino, pesa e importa poco ante el alarde de fuerza muscular de los nuevos Entellos y Dares,
ante el empuje del ábrego desatado, o ante la nube de polvo que levantan novillos y terneras.
No le pese al insigne novelista montañés ser más feliz en lo segundo que en lo primero. Lo uno es
más fácil, y es campo abierto a todos; lo otro es para pocos, y quien lo alcanza se acerca a las
primitivas y sagradas fuentes de la poesía humana, crecida y arrullada con los halagos de la madre
naturaleza; y con verlo todo más sencillo, lo ve más próximo a su raíz, más íntegro y más hermoso, y
se levanta enormemente sobre todo el conjunto de estériles complicaciones, de interiores ahumados,
de figuras lacias, de sentimientos retorcidos y de psicologías pueriles, de que vive en gran parte la
novela moderna. Confieso que en las novelas de Pereda, y sobre todo en ésta, que yo, apartándome de
la opinión general, pongo sobre todas (exceptuando, por de contado, los cuadros sueltos), llega a
desagradarme lo que no es rústico y agreste, y me impaciento hasta que tornan los Niscos y
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Chiscones, por muy [p. 371] bien y discretamente que haga hablar el autor a personajes de condición
superior y más altos propósitos. Y no es desventaja del autor, sino ventaja de los tipos. Que así como
(según el profundísimo parecer de los filósofos escolásticos) las inteligencias superiores, conforme
más altas están en la escala comprenden por menor número de ideas, así en el arte es lo más bello lo
menos complejo, y es lo más alto lo más próximo a la naturaleza simple y ruda.
¡Bendito sea, pues, este libro rústico y serrano, que viene cargado de perfumes agrestes, y no nos trae
ni problemas ni conflictos , ni tendencias ni sentidos , ni otra cosa ninguna sino lo que Dios puso en
el mundo para alegrar los ojos de los mortales: agua y aire, hierba y luz, fuerza y vida! ¿Quién se
acuerda de naturalismos ni de estéticas cuando lee la deshoja , o cuando oye las quejas de Catalina a
Nisco, o cuando asiste con la imaginación al mercado de la villa?
Por eso yo no leí El sabor de la tierruca , sino que le sentí, y por eso ahora no le juzgo, sino que
traslado al papel la impresión de placidez y de bienestar que me causó, sin ponerle peros, porque, a
mi entender, no los tienen ni aquel paisaje ni aquellas gentes.
Reciente está el éxito ruidoso de Pedro Sánchez . Aun los críticos que no hace mucho tiempo
hablaban de los verdores de Pereda, y como que se resistían a considerar sus obras perfectamente
maduras , se han rendido ante Pedro Sánchez , encontrando para ella un caudal de elogios que
ciertamente no habrían desperdiciado al juzgar Los hombres de pro o El sabor de la tierruca .
Confieso que la unánime y entusiasta aprobación, diré mejor, la alabanza sin restricciones que ha
coronado a Pedro Sánchez , ha sido para mí como para su autor una verdadera, aunque agradable
sorpresa.
Era la primera vez que Pereda abandonaba aquel su «huerto hermoso, bien regado, bien cultivado,
oreado por aromáticas y salubres auras campestres», como dijo de perlas doña Emilia Pardo Bazán.
Temíamos el autor y yo que pareciese esta novela conjunto de reminiscencias algo pálidas o de
adivinaciones remotas, y que la ausencia del modelo vivo le quitase frescura y animación. Temíamos
que pareciese lenta y perezosa en los primeros capítulos, y un tanto atropellada hacia el final.
Temíamos que, renunciando el pintor a casi todas sus ventajas indiscutibles, al paisaje, al diálogo, al
provincialismo, a lo más enérgico y [p. 372] característico de su manera, renunciase por el mismo
hecho a sus mayores triunfos. Temíamos que la forma autobiográfica, la forma de Memorias,
perjudicase al fácil caudal de un ingenio tan exterior y tan objetivo, y tan poco amigo de
refinamientos psicológicos. Temíamos que el mismo carácter del héroe, entidad algo pasiva, movida
por las circunstancias, mucho más que movedora de ellas, comunicase cierta languidez al conjunto de
la obra, impidiendo al lector interesarse sinceramente por el protagonista. Temíamos, finalmente, que
el carácter en gran manera prosaico de las escenas políticas, que son la mayor parte del libro, hubiese
influído en detrimento de su valor estético. Y esto lo temía yo más que nadie, viendo correr con
tibieza y desaliento la pluma del autor, por las descripciones de un club o de una redacción de
periódico, como si le aquejase la nostalgia de sus montes y de sus marinas.
Y, sin embargo, lo declaro ingenuamente, Pereda y yo nos hemos llevado en esta ocasión un
solemnísimo chasco. Pedro Sánchez ha parecido, no ya a la masa de los lectores, sino a los críticos
más agudos y perspicaces, la más novela entre las novelas de Pereda, la mejor compuesta y
aderezada, la más grave y madura en el pensamiento, la más apasionada en los momentos de pasión.
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Todos han ensalzado unánimes la serena melancolía que el libro revela, la mirada firme y
desengañada que el autor dirige sobre las cosas humanas, la amargura sin misantropía con que juzga
nuestro estado social, y la verdad poética con que le ennoblece.
Todo esto es verdad, y, sin embargo, estimando a Pedro Sánchez más que nadie, no acabo de
convencerme de que Pereda y yo nos equivocásemos tan de medio a medio: y sea montañesismo,
sean recuerdos infantiles, vuelvo siempre con amor los ojos hacia el poeta de La Robla y de La Leva ,
y por más esfuerzos que hago, no puedo simpatizar con Matica y sus amigos, ni con el señor de
Valenzuela, como simpatizo con don Silvestre Seturas o con don Robustiano Tres-Solares. Pedro
Sánchez me parece mucho mejor novela que El buey suelto ; pero me quedo con El sabor de la
tierruca y con Don Gonzalo .
Y, por otra parte, esta opinión mía nadie quiere imponerse. Yo, en este caso soy, ante todo, montañés,
y quizá me equivocaré y daré a Pereda un mal consejo excitándole, por su gloria misma, a no salir de
su huerto y a no hacer caso de los que encuentran [p. 373] limitados sus horizontes . Sin salir de
ellos, ha encontrado la novela política en Don Gonzalo y en Los hombres de pro ; la novela religiosa,
en De tal palo ...; la novela o más bien el poema idílico, en El sabor de la tierruca ; la novela social,
en Blasones y talegas , y hasta la más conmovedora tragedia, en La Leva . No hay pasión, no hay
afecto, no hay interés, no hay problema, que no pueda traerse a la Montaña como a cualquier otro
rincón del mundo. Sólo que en Pereda parecerá todo mejor si se viste y arrea con traje montañés. A
mí me ha encantado más que a nadie el éxito de Pedro Sánchez ; pero con este encanto iba mezclado
en cierta dosis el temor de una deserción. Me tacharán de crítico apocado; me dirán que esta es la
novela más trascendental y más universal de Pereda, la más comprensible para todos, la más
traducible... Todo esto es verdad; pero cada cual tiene sus manías: yo me vuelvo a La Robla y a La
Leva y a Suum cuique .
Y consiste todo en que los críticos madrileños y yo juzgaremos siempre a Pereda desde puntos de
vista muy distintos. Para ellos es un eminente novelista, a quien colocan entre Valera, Alarcón y
Galdós; pero, en suma, un novelista a quien tasan por su valor como tal, y cuyos triunfos literarios
empiezan a contar desde Don Gonzalo . Para mí, Pereda, es antes que ninguna otra cosa, el
compañero y el amigo de mi infancia; el Pereda de las Escenas ; el que en 1864 imprimía en La
Abeja Montañesa los diálogos del Raquero ; el Pereda sin trascendentalismos, ni filosofías, ni
políticas; pintor insuperable de las tejidas nieblas de nuestras costas; de la tormenta que se rompe en
las hoces ; del alborozo de los prados después de la lluvia; de la vuelta de las cabañas desde los
puertos; de la triste partida del mozo que va a Indias; de la entrada triunfal y ostentosa del jándalo ;
de la alegría del hogar en Nochebuena, amenizada por estudiante de Corbán; de los supersticiosos
terrores, que vagan en torno de la pobre Rámila , y la traen a miserable muerte; de la salvaje
independencia de los antiguos pobladores de la calle Alta y del Muelle de las Naos, últimos
degenerados retoños de los que en la Edad Media daban caza a los balleneros ingleses en los mares
del Norte y ajustaban tratados de paz y de comercio con sus reyes; y, finalmente, de la casa solariega
próxima a desplomarse, y apuntalada, si acaso, por los dineros del indiano; y del concejo de la aldea,
donde a duras penas vegeta [p. 374] algún rastro de las antiguas costumbres municipales. Y, para mí,
al nombre de Pereda van unidos inseparablemente, no Pedro Sánchez, en las barricadas ni en la
oficina de un gobierno político, sino don Silvestre Seturas, en su perpetua lucha con los curiales,
heredada de tres generaciones; Cafetera , trincando la estopa y sosteniendo batalla campal con Pipa y
los de su cuadrilla, a la sombra venerada del castillo de San Felipe; Juan de la Llosa , examinando
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gravemente la estampa de la Leona y de La Gallarda ; Tremontorio , tejiendo su red o consolando a
las mujeres en la rampa grande del Muelle; don Recaredo, marcados pechos y espalda por la garra de
los osos inmolados en sus cacerías... El otro Pereda será una de las esperanzas; o mejor dicho, una de
las realidades de la novela contemporánea española; tendrá algo de Balzac y algo de Dickens y algo
de Töpffer... Yo le reconozco, y le admiro más que nadie, y me alegro que haya demostrado esta vez
que sabe componer una novela en todo el rigor de la frase; en suma, que puede hacer cuanto hacen
otros. Pero, con todo eso, el Pereda de mi más íntima predilección y fervoroso cariño será siempre el
Pereda que veranea en Polanco, y que en invierno habita en el muelle de Santander, un poco antes de
llegar a la capitanía del puerto, en el teatro mismo de las hazañas de Cafetera y de la lúgubre partida
de El Tuerto , para morir en la fiera rompiente de las Quebrantas .
¿Se comprende ahora por qué al principio he confesado mi incompetencia para juzgar a Pereda?
Porque yo no admiro sólo en él lo que todo el mundo ve y admira: el extraordinario poder con que
asimila lo real y lo transforma; el buen sentido omnipotente y macizo; la maestría del diálogo, por
ningún otro alcanzada después de Cervantes; el poder de arrancar tipos humanos de la gran cantera de
la realidad; la frase viva, palpitante y densa; la singular energía y precisión en las descripciones; el
color y el relieve, los músculos y la sangre; el profundo sentido de las más ocultas armonías de la
naturaleza no reveladas al vulgo profano; la gravedad del magisterio moral; la vena cómica, tan
nacional y tan inagotable, y, por último, aquel torrente de lengua no aprendida en los libros, sino
sorprendida y arrancada de labios de las gentes; lengua verdaderamente patricia y de legítimo solar y
cepa castellana, que no es la lengua de segunda o de tercera conquista, [p. 375] la lengua de Toledo o
de Sevilla, sino otra de más intacta prosapia todavía, dura unas veces, como la indómita espalda de
nuestros montes, y otras veces húmeda y soledosa ; lengua que, educada en graves tristezas, conserva
cierta amargura y austeridad aun en las burlas.
Por todo esto amo a Pereda; pero le amo además como escritor de raza, como el poeta más original
que el Norte de España ha producido, y como uno de los vengadores de la gente cántabra, acusada
hasta nuestros días de menos insigne en letras que en armas. Y esto parecerá algo pueril a los que
miran la patria como una fórmula abstracta de Derecho público; pero como en este prólogo voy
dejando hablar al corazón tanto o más que a la cabeza, no quiero ocultar el íntimo regocijo con que
oigo sonar, cercado de alabanzas, el nombre de Pereda, unido al de su tierra, que es la mía. En otro
tiempo, los montañeses, cuando queríamos presumir de abolengo literario, teníamos que buscar entre
las nieblas del siglo VIII el nombre de San Beato de Liébana, o imaginarnos que el autor del romance
del Conde Alarcos era paisano nuestro, porque se llamaba Riaño; o desenterrar del fárrago del Reloj
de Principes la fábula del Villano del Danubio, principal fundamento del renombre de nuestro
invencionero Fray Antonio de Guevara; o rebuscar en algún olvidado códice de la Academia de la
Historia las fáciles quintillas con que Fr. Gonzalo de Arredondo celebró al conde Fernán González; y
a duras penas podíamos ufanarnos, en tiempos menos remotos, con las gongorinas poesías líricas y
las discretas comedias de don Antonio de Mendoza (imitado alguna vez por Molière y por Lesage), o
con las novelas inglesas de Trueba y Cosío, mediano iniciador del romanticismo. Algo consolaba
nuestra penuria la consideración de que, «si no vencimos reyes moros, engendramos quien los
vencieses», puesto que de nuestra sangre eran Lope y Quevedo.
Pero hoy ¡loado sea Dios! no tenemos ni que hacer sutiles razonamientos para apropiarnos lo que
sólo a medias nos pertenece, ni que recoger las migajas de los autores de segundo orden, puesto que
plugo a la Providencia concedernos simultáneamente dos ingenios peregrinos, bastante cualquiera de
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ellos para ilustrar una comarca menos reducida que la nuestra; montañeses ambos hasta los tuétanos,
pero diversísimos entre sí, a tal punto que puede [p. 376] decirse que se completan. Y no creería yo
cumplir con lo que pienso y con lo que siento, si no terminase este prólogo estampando, al lado del
nombre del gran pintor realista de las Escenas Montañesas , el nombre del pintor idealista, rico en
ternuras y delicadezas, que ha envuelto aquel paisaje en un velo de suave y gentil poesía. Unidos
quiero que queden en esta página el nombre de Pereda y el de Juan García , [1] como unidos están en
el recuerdo el montañesísimo crítico que esto escribe.
POSTDATA
En los años transcurridos desde la primera edición de este prólogo, el señor Pereda publicó seis
novelas más: Sotileza , La Montálvez , La Puchera , Nubes de Estío , Al primer vuelo y Peñas
Arriba . Como complemento de la historia de sus libros, reproduzco a continuación los tres artículos
que escribí sobre la primera, la tercera y la última de esas novelas al tiempo de su aparición.
SOTILEZA
Siempre fué la vida marítima asunto adecuado y nobilísimo para el arte. Dondequiera que el empuje
de la voluntad humana se muestra; dondequiera que la fuerza , principal elemento artístico y quizá
razón suprema de todos los grandes efectos de la poesía, llega a revestirse de la majestad solemne y
serena o del poder avasallador y turbulento, la emoción estética se engendra necesariamente y obra
con profundísima energía en el ánimo del contemplador, por avezado que esté a lo mórbido y a lo
tierno. Y si esta energía no se desenvuelve en el vacío de la contemplación, ni se apaga estéril en el
campo de las ideas y del pensamiento puro, región helada y poco accesible a la mayoría de los
humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tiránicas de la naturaleza física o con otras
voluntades personales tan imperiosas y tan férreas [p. 377] como la del héroe mismo, la emoción
llega a lo trágico, y en medio del conflicto se disfruta el espectáculo más digno de la contemplación
humana, el que más eleva y ennoblece el espíritu, el de un poder racional y consciente en el pleno uso
y ejercicio de su soberanía, que se reconoce y afirma más a sí propia cuando más braman en torno
suyo las tempestades y más amenazan vencerla y sumergirla.
Y cuando estas tempestades no son metafóricas; cuando real y verdaderamente desata el mar todas
sus furias, y no por excepción, sino constante y diariamente; va educando el mar en los pueblos que
le ciñen y sin cesar le hostigan y provocan a desafío, una raza tan entera, tan indomable y tan bravía
como los mismos huracanes, cuyo rugido acaricia su sueño; tan áspera como las puntas de la costa,
sin cesar invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y tan
acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la comunicaron su penetrante acritud
las ondas mismas; tan avezada a mirar la muerte de frente, que ni cabe en su ánimo el temor pueril, ni
la alegría insensata, ni el fácil y liviano contentamiento, sino una cierta melancolía resignada, un
cierto modo grave, llano y sereno de mirar las cosas de la vida como si fuese palestra continua, en
que el brazo se fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin provocarla
estérilmente.
Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su última novela, la mejor y más genial
de las suyas. No parece sino que el asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor
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a regiones que ni él mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le reconocía como insuperable
descriptor de costumbres populares, como maestro en el diálogo, como dechado en el idilio rústico.
De todas sus novelas podían citarse admirables páginas aisladas: algunos dudaban que hubiese
encontrado la novela perfecta. Los más amigos del novelista, todavía más conocedores que él de su
propia fuerza, murmuraban siempre en sus oídos un más allá , y no le dejaban adormecerse con los
halagos de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio estético se reduce a admirar lo que está más
cerca de sus gustos y propensiones. Por eso, después de Pedro Sánchez , como después de El sabor
de la tierruca y De tal palo ..., oyó siempre Pereda la voz de quien mejor [p. 378] le quería,
repitiéndole: «Tú eres ante todo el autor de El Raquero , de La Leva y de El fin de una raza . Si
quieres elevar un verdadero monumento a tu nombre y a tu gente, cuenta la epopeya marítima de tu
ciudad natal. Dios te hizo, aún más que para ser el cantor de las flores y de la primavera, para ser el
cantor de las olas y de las borrascas. Tú solo puedes traer a la literatura castellana ese mundo de
intensas melancolías y de rudos afectos. Hazte cada día más local , para ser cada día más universal;
ahonda en la contemplación del detalle; hazte cada día más íntimo con la realidad, y tus creaciones
engañarán los ojos y la mente hasta confundirse con las criaturas humanas.»
Todo esto lo ha hecho Pereda, mucho más porque su buen genio se lo decía que porque se lo dictasen
al oído sus paisanos y sus amigos. Y en Sotileza , aquella misma robusta inspiración que había dado
perpetua vida a Cafetera , al Tuerto y a Tremontorio , ha roto el estrecho marco del cuadro de género
y penetrado en el ancho y generoso cerco de la gran pintura, poniendo con entera franqueza a sus
héroes entre cielo y mar, y haciéndoles verdaderos protagonistas de una acción trágica, que llega y
toca a lo más alto de la pasión humana, acentuada aquí en vigoroso contraste con una naturaleza
bravía y rebelde. Porque lo primero que hay que admirar en Sotileza , y lo que desde luego la da
conocida ventaja sobre las novelas anteriores de su autor, es el tener verdadera acción, y acción tan
bien graduada, tan natural, tan sencilla, tan en línea recta, tan consonante con los datos psicológicos y
fisiológicos de los personajes, tan a tiempo ligada, tan a tiempo resuelta, tan ajena de todo lo que
parezca artificio, violencia o amaño, que el ánimo no puede menos de pararse gustosamente ante tan
severa estructura y trama tan bien concertada. Todo el libro parece concebido de un solo aliento; los
personajes han recibido al nacer tales bríos, que, semejantes a los dioses homéricos, alcanzan de un
solo salto cuanto espacio puede divisar el espectador colocado a orillas del mar sobre altísima roca.
Todo tiene en este libro un sello de fiereza titánica, de salvaje energía, de grandiosidad sublime: la
tierra, y el mar, y los hombres. Nada hay débil, enteco ni afeminado; recorriendo tales páginas se
respira un soplo de barbarie que hace bien , que templa los nervios y vigoriza la sangre. La expresión
es lo más libre y lo más suelta que puede [p. 379] darse; el autor ha agotado los infinitos recursos del
vocabulario callealtero , crudo, pintoresco, desgarrado, apestando a parrocha y a pescado podrido;
pero todo esto, ¡con qué arte y con qué soberano conocimiento de las condiciones de la lengua, a la
cual se puede vencer y domar por halagos, pero no forzar brutalmente como vil concubina!
Al fin del libro ya un glosario de los términos náuticos y de las frases populares empleadas en el
libro; pero ¡con qué habilidad están derramados por todo él, bien al contrario de la pedantesca
ostentación de ciertos novelistas franceses de escuelas modernísimas, que, haciendo gala de un
externo y superficial conocimiento del tecnicismo de tal o cual arte o ciencia, le derraman a
carretadas en todas las páginas de su libro, con la necia ostentación del aventurero llegado de
improviso a los honores y a la riqueza! No: Pereda no ha tenido necesidad de hacer estudio especial
de la lengua de los marineros de la calle Alta para escribir Sotileza . Esa lengua la tiene él aprendida
muchos años hace, no por dilettantismo erudito, sino porque ha vivido en perpetuo y desinteresado
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comercio con su pueblo.
Esa lengua tan palpitante y tan densa, que tan diversos matices adquiere, ya el de brusquedad
estúpida y semisalvaje en Muergo , ya el de dulcísima elegía amatoria en labios de Cleto , ya el de
patriarcal ternura en boca del tío Mechelín y de su mujer, ya el de reconcentrada soberbia femenina
en Silda , especie de Diana selvática y feroz de un barrio de pesca, presenta tales variedades y se
mueve con tal libertad en ondulaciones tan diversas, que nadie diría que por primera vez viene ahora
al arte, y que ninguno ha antecedido a Pereda en trabajarla y domeñarla.
Y para que mayor sea el contraste, suena de vez en cuando entre esas rudas voces, que traen la
impresión de resaca de la playa, la voz medio marítima, medio frailuna, del Padre Apolinar, el tipo de
fraile más asombroso que yo he visto en novelas, desde el Frá Cristóforo , de Manzoni, personaje de
más noble alcurnia que el de Pereda, pero no más rico de aquella elevación moral que, por lo mismo
que nace como fruto espontáneo y agreste, y se desarrolla sin más riego que el de los cielos, trae
estampado el sello de primitiva grandeza que acompaña a la fuerza del bien cuando se desenvuelve
sin conciencia de sí propia.
[p. 380] El pensamiento artístico de Sotileza , la idea primera es tan honda, que casi parece un
enigma. Pero entendamos bien: no es el enigma pueril en que se deleitan los forjadores de novelas
trascendentales. Sotileza es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intención ulterior, en las
profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en la conclusión le elude más
bien que le resuelve. Ha hecho bien, después de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos
personajes en quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crítica. De este modo quedan
como algo simbólico y misterioso, entrevisto en el crepúsculo de la poesía, que adivina tales
naturalezas más bien que las penetra.
Sotileza , con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor no ha hecho más que levantar
una punta del velo sagrado. Todos los instintos de su rebelde y altiva naturaleza han recibido desde el
principio una dirección extraña, merced a aquella vida errabunda de playa y de muelle de las Naos en
que gastó sus primeros años. Su corazón es recio y duro para amar. El mismo agradecimiento apenas
ha llegado a rayar aquella piedra tosquísima. Quizá duerman en su corazón escondidos deseos, tanto
más fogosos cuanto más contenidos; pero nunca asoman a la lengua. Lo mismo rechaza el amor
brutal de Muergo que el honrado y caballeroso de Andrés o el suave y delicadísimo de Cleto . Si
alguna inclinación muestra es aquella que Petronio atribuía con tan enérgicas palabras a las matronas
de su tiempo: « Quaedam faeminae sordibus calent ». A Sotileza , el oculto incentivo que la lleva
hacia Muergo , por extraña aberración fisiológica, es la suciedad, la barbarie, el desaseo, es la
ingénita grosería de aquel semibruto. Con todo eso, Pereda no ha traspasado la línea en materia en
que tan fácil era resbalar, siguiendo las huellas de otros naturalistas; y como su franco y bien nacido
ingenio no le lleva a pintar lo excepcional y monstruoso, sino a mirar con amplitud la vida, no insiste
en el imperceptible punto mórbido, y logra conservar a la heroína la más arrogante y señoril castidad
desde el principio hasta el fin de la obra.
Los pescadores que intervienen en la obra nada tienen del marinero idealista, del Gilliat de Víctor
Hugo (pongo por caso). Su horizonte es tan estrecho como su condición, sus propósitos tan [p. 381]
limitados como sus medios. El duelo continuo que sostienen con la mar influye en el temple de su
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voluntad mucho más que en el calor de su fantasía. Su vida y su muerte tienen una simplicidad
heroica, tanto más grande cuanto menos rebuscadora del efecto y menos sabedora de sí misma. El
mar interviene como tremendo coro de tal drama, levantando y agigantando los hombres y las cosas
con su presencia. Unas veces risueño, como en el día de pesca , acompaña el idilio amoroso de
Andrés; otras veces es campo de palestra virgiliana para las barcas del cabildo de Abajo y del de
Arriba; y en la prodigiosa galerna final parece que lleva consigo, al estrellarse contra las Quebrantas
y salpicarlas de rabiosa espuma, todas las iras, todos los odios y todas las venganzas de los
personajes. ¡Arte singular de Pereda: saber hacer paralelos de esta suerte los fenómenos de la
naturaleza y los del espíritu!
Todo esto y mucho más podrá admirar en Sotileza quien la mire solamente bajo la razón de arte. Pero
¿qué he de decir yo, que no solamente soy montañés, sino santanderino y callealtero ? ¿Qué he de
decir de un libro que es la epopeya de mi calle natal, libro que he visto nacer y que casi presentía y
soñaba yo antes de que naciese?
Nunca comprenderán los extraños de qué manera suenan para nosotros en el libro una porción de
nombres de lugares y de personas, y qué fuentes tan escondidas van a buscar en el alma de aquellos
para quienes el libro ha sido principalmente escrito, de aquellos cuyo aplauso desea Pereda más que
otro alguno. Ya no morirá la calle Alta, aunque acaben de caer las pocas casas viejas que le restan en
pie, porque consagrada queda en el arte hasta la menor de sus piedras. Y cuando se extinga hasta el
último resto de aquella raza marinera, de la cual en otra ocasión he escrito que «en la Edad Media
daba caza a los balleneros ingleses en los mares del Norte y ajustaba tratados de paz y de comercio
con sus reyes», todavía vivirán en un libro de sólida e indestructible fortaleza ciertos nombres y
reminiscencias que tienen virtud de conjuro, como todo lo que toca la vara mágica del arte. Otros
juzgarán el libro; que yo en esta ocasión me reconozco incompetente para todo lo que no sea saludar,
desde lo más íntimo de mi alma, la bandera que flota sobre el libro , la bandera blanca y roja de la
matrícula de Santander .
[p. 382] LA PUCHERA
Por primera vez he leído un libro de Pereda al mismo tiempo que el público y sin estar iniciado
previamente en el secreto del autor. Fué voluntad suya y mía, para que nada extraño a la obra misma
preocupase mi juicio, y no hablasen en favor de ella intimidades de las que forzosamente nacen entre
el crítico y el libro que va a juzgar, cuando él ha asistido a la elaboración de este libro,
embriagándose con el fervor de la producción ajena, y participando de ella en algún modo. He
querido por esta vez sola, no saber nada de lo que Pereda escribía en Polanco este verano, y tomar su
novela como obra de un extraño. He procurado olvidarme de que el autor era montañés, y entrañable
y fidelísimo amigo mío desde que tengo uso de razón, y amigo de los de mi casa antes que yo
naciera; y haciendo un esfuerzo, que me ha costado mucho, y que no pienso volver a repetir, he
detenido mi impaciencia, que me llevaba a leer con el pensamiento antes que con los ojos las páginas
de un libro, que más que libro parece fragmento de la realidad viva; y he tenido el valor de estarle
aplicando por días y días eso que llaman el escalpelo de la crítica .
Y el libro ha salido triunfante de la prueba. Yo soy quien me quedo con el sentimiento de no haberle
disfrutado con fruición espontánea y sincera, sin pensar ni en la crítica ni en el público, dejándome
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llevar sólo por la magia del relato, y por las dulces memorias que en mi espíritu evocaba. ¡Duro e
impertinente oficio el del que intenta razonar su propia impresión y la impresión ajena, para ahuecar
luego la voz y decir solemnemente al público, lo que mucho mejor sienten y mucho mejor
expresaran, si tal expresión cupiese en palabras, los críticos que no escriben, los espíritus delicados y
rectos a quienes no aqueja la comezón de hacer confidente suyo al público, y que por lo mismo
rinden al autor, a quien admiran con admiración silenciosa, tributo más de agradecer que el de vanos
artículos encomiásticos!
Pero los tiempos andan tales, y crece tanto la depravación del gusto, que empieza a ser ya deber de
conciencia en todo el que clara u oscuramente profesa algún género de magisterio literario, alzar la
voz cuando una obra maestra aparece, y llamar la atención [p. 383] del vulgo circunstante para que
no pase de largo por delante de ella, y se guarde de confundirla con el fárrago de producciones
insulsas y baladíes que son a la hora presente el oprobio de nuestras prensas.
Por eso escribo hoy acerca de La Puchera , no precisamente por ser obra montañesa, sino por ser el
mejor libro de amena literatura que en estos últimos tiempos ha aparecido en España.
Quién sea Pereda, y cuál el valor de sus escritos, no necesito yo declarárselo a un público que ya
comienza, aunque algo tardíamente, a hacerle justicia y a conocerle y admirarle. Su fama, modesta al
principio, y reducida al círculo de sus paisanos, es hoy universalmente española, y traspasa ya
nuestras fronteras, como lo prueban recientes traducciones de novelas suyas en francés y alemán. Su
carácter local le favorece mucho más que le perjudica, en el momento presente. De su aparente
limitación nace su fuerza positiva. El arte, como la historia, tiene algo de concreto, limitado y
relativo: lo abstracto y lo general le matan. Con razón, aunque en términos demasiado absolutos,
afirmaba Goethe que en la vida de las llamadas clases altas , que son en todo país las más semejantes
y las más descoloridas, no había encontrado ni un átomo de poesía. Poesía puede haber; pero anda
muy oculta bajo la dura ley social, que obliga a todos a decir la mitad, cuando mucho, de los que
piensan y de lo que sienten, y que al detener en los labios la expresión pintoresca y enérgica,
engendra hábitos de convención elegante y de disimulo académico, a los cuales difícilmente se
allana, ni siquiera para remedarlos, una naturaleza artística tan sana, robusta y viril como la de
Pereda.
Por eso, a mi juicio, erró en La Montálvez , no por culpa suya, sino por culpa del asunto. Por eso ha
acertado plenamente en las dos grandes formas del idilio rústico y del idilio marítimo, que son los
verdaderos timbres de su gloria. En ambos géneros, así como no ha tenido maestros, tampoco es fácil
que llegue a tener rivales, a lo menos en nuestra lengua castellana.
La Puchera (título que a los lectores melindrosos habrá parecido vulgar, pero que tiene sublime
explicación en uno de los capítulos de la novela) reúne ambos géneros de excelencia: es a un tiempo
novela campesina y novela costeña, respondiendo al modo de ser anfibio de los habitantes de aquel
rincón de nuestra [p. 384] provincia donde pasa la escena: el más amado del autor, aquel con quien
sus ojos están más encariñados. Los que hayan leído El sabor de la tierruca , Don Gonzalo , De tal
palo tal, astilla , y aquellos incomparables cuadros cortos de las dos series de las Escenas
Montañesas , entre los cuales sobresale el no bastante conocido de La hila , aquí encontrarán, sin que
el autor se repita, el mismo mundo de alegría franca, de plácida honradez, de salud rústica, con que
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ya están familiarizados. Los que han llegado a saborear otros rasgos de Pereda, todavía de más
singular y elevada literatura, de emoción trágica e intensa, de cruda expresión y ardiente colorido; los
que recuerdan, quizá con lágrimas, La leva , El fin de una raza y las mejores escenas de Sotileza ,
aquí hallarán la misma grandeza y el mismo brío, la misma arrogancia, casi épica, con que el autor
realza y ennoblece las catástrofes vulgares y los más desdeñados esfuerzos del trabajo humano, dando
nobilísimos ejemplos de una poesía verdaderamente cristiana y verdaderamente moderna.
No sé qué género de influencia poderosa y benéfica han ejercido siempre sobre Pereda, aldeano de
nacimiento, los tipos de gente de mar y las escenas de pesca. Pero lo cierto es que siempre que toca a
ellas se engrandece y resulta superior a sí mismo. Los personajes que entonces crea, exuberantes de
vida poética, con cierta poesía salina y acre, tienen no sé qué grandiosidad y fiereza primitiva, crecida
y educada con los arrullos y las tremendas caricias del mar resonante. Tremontorio y el Tuerto, el
Lebrato y el Josco, son figuras de tal potencia y resalto que en vano se les buscaría competidores aun
dentro de las obras mismas de Pereda. Sobre todos ellos corre un viento de tempestad heroicamente
resistida y sobrellevada con heroísmo silencioso y viril, tanto más admirable cuanto menos
consciente. Pereda sobresale en la descripción de estas naturalezas sencillas y rudas. Y lo mejor de La
Puchera , lo verdaderamente incomparable, está en aquellos capítulos donde el Lebrato y su hijo
intervienen, con su locuacidad el uno, con su timidez el otro, los dos con el mismo natural resignado
y austero, sacudido por bruscas impaciencias en el joven, acrisolado por divina serenidad en el viejo.
En tales cuadros la vida resulta amable y digna de ser vivida, por áspera y brava que parezca. Y el
mar, inmenso coro de esta humilde tragedia, parece asociarse al esfuerzo de sus domadores, [p. 385]
entonando con ritmo pausado y solemne el himno de la paz de la conciencia que huye del agosto del
Berrugo y calienta la puchera del Lebrato.
He nombrado intencionadamente los dos mejores capítulos del libro, los que por sí solos bastarían
para labrar la reputación de un artista que no tuviese tan hechas sus pruebas en este género de
cuadros. El del Agosto , que por la pureza clásica de sus líneas recuerda el famoso lienzo de Los
segadores de Leopoldo Robert, se aparta de él hondamente por el ardor del colorido y por la
embriaguez naturalista que le convierte en acabadísimo tipo de geórgica moderna. Nunca ha sido tan
intrépido el estilo de Pereda, tan grande la fuerza plástica de su lenguaje, y aquel raro poder de
asimilación que Dios le concedió para que se hiciera íntimo de todo hilo de luz, de toda hebra de
maíz, de todo zumbido de insecto, de todo rielar del agua. Hay que remontarse a Teócrito para
encontrar idilio tan bello y humano como el rústico idilio de Pedro Juan y de su amada. El final del
capítulo traspasa ya los lindes de lo bello, y empieza a rayar en lo sublime.
Lo más débil de La Puchera es, a mi juicio, la historia de Inés, del seminarista y del indiano. En la
transformación de los sentimientos de Inés, hay cierto alarde de psicología un poco infantil, que no va
bien con los hábitos literarios ni con las facultades dominantes de su autor, a quien le basta con su
psicología instintiva y adivinatoria para crear cuerpos y almas, sin necesidad de perderse en sutiles y
tortuosos análisis. El seminarista peca por otro concepto: es real, pero con realidad bestial y grosera,
que el autor marca y acentúa con verdadero encarnizamiento y saña. Su tía vale mucho más, y a veces
habla una lengua digna de la mismísima madre Celestina. El indiano, rara avis entre los indianos de
Pereda, por lo sentimental, romántico y atildado, aparece como caído de las nubes, y sirve sólo para
desenlazar la fábula.
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He dicho que todo esto era débil; pero sólo en comparación con otras bellezas más altas. Si
aisladamente se lo considera, todo está bien, todo en su punto. Pero en un libro como La Puchera ,
donde hay tanto oro de ley y capítulos que desde el día de su aparición deben pasar por clásicos, es
lícito ser exigente y posponer lo bueno a lo mejor y lo mejor a lo óptimo. Lo óptimo es el Lebrato y
su hijo, y Pilara y Quilino, y el médico don Elías, y el magnífico tipo [p. 386] del Berrugo, avaro
supersticioso, que Balzac adoptaría por suyo, y la fantástica historia del descubrimiento del tesoro,
que Walter Scott hubiera robado para su Anticuario .
Y ahora ya tiene el lector abierta la novela; no incurriré en la puerilidad de contar su argumento; me
basta con haber contado mi impresión.
( El Correo del 10 de febrero de 1889).
PEÑAS ARRIBA
El prodigioso éxito de esta novela, de la cual en pocos días se han agotado hasta cinco mil
ejemplares, basta para demostrar contra injustificados pesimismos que el espíritu nacional y castizo
vive aún en la gran masa de nuestro pueblo, y que el escritor que sincera y honradamente acierta a
herir esta fibra, está seguro de encontrar un eco simpático en todas las almas sanas. Este éxito de
Pereda no se funda ni en el interés de su fábula, que es exiguo; ni en sutilezas psicológicas que no van
bien con la índole de su talento, espontáneo y llano; ni en el planteamiento de arduas tesis morales; ni
mucho menos en el aliciente de la alusión y del escándalo, que suele dar efímera boga a obras muy
medianas. Nada de esto hay en Peñas Arriba , y, por el contrario, todos los motivos que han
contribuído a su triunfo pertenecen a la esfera más desinteresada y pura, y honran por igual al autor y
a sus lectores; porque gustar de este libro es ya indicio de buena y recta voluntad como la que le ha
inspirado. Bien puede decirse que la influencia purificadora del dolor ha engrandecido al artista, el
cual, al levantarse de un inmenso infortunio, ha encontrado duplicados los tesoros de poesía que
encerraba en su alma. Hay en este libro una inspiración solemne y casi religiosa que transfigura la
contemplación de la naturaleza, y se desborda en verdaderos himnos. Por lo demás, Pereda conserva
en este libro todas sus grandes y nativas cualidades, pero realzadas por una serenidad majestuosa y
resignada. Como paisajista, nunca ha rayado a mayor altura que en las descripciones de los puertos
altos de la cordillera cantábrica, que llenan en gran parte este libro, el cual, a la vez que como novela,
puede considerarse como un relato de viajes semejante a los [p. 387] de Töpffer por Suiza, o al de
Taine por los Pirineos; pero con una grandeza que no tiene el primero y con una sinceridad de
emoción que a veces se echa de menos en el segundo. Las riquezas de nuestra lengua, que el autor
habla con tanta gravedad y señorío, están prodigadas a manos llenas, como en los libros anteriores de
Pereda; pero en éste, además de las pompas descriptivas, se advierte un no sé qué de intimidad y
dulzura que le hace, para nuestro gusto, el más simpático, juntamente con otra novela suya, La
Puchera . Los personajes populares de Peñas Arriba son intachables de color y de relieve: la figura
del hidalgo de La Torre de Provedaño, aun con ser rigurosamente histórica, resulta admirable triunfo
del arte. Encuentro más débil la del protagonista narrador, por cuya boca habla excesivamente el
espíritu de Pereda: la del médico, que no justifica del todo en sus discursos la superior inteligencia de
que al autor plugo dotarle; y la de la muchacha Lituca , que no aventaja en nada a otros perfiles
femeninos trazados antes por Pereda. En conjunto, Peñas Arriba , si no es la primera de las obras de
su autor (porque es más novela Sotileza ), a lo menos no cede el paso a otra ninguna. Discúlpese que
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al hablar de ella hayamos salido un tanto del tono frío y severo que debe caracterizar a una revista de
erudición. Pero por lo mismo que la nuestra no tiene por objeto propio la amena literatura, ¿cómo
podía dejar de saludar con entusiasmo al más español de nuestros escritores, al que continúa y
enriquece la tradición no con vanas palabras, sino con obras vivas?
( Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas . 1893).
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[p. 339]. [1] Nota del autor .-El presente trabajo, escrito hace más de veinte años para servir de
prólogo a las obras completas de Pereda, adolece de incorrección y ligereza juvenil, pero no he
querido refundirlo para no quitarle su primitiva espontaneidad, único mérito que puede tener. En otra
ocasión, quizá no lejana, procuraré rendir más digno tributo a la memoria del gran novelista
montañés, con quien me unió tan cordial afecto.
Nota del Colector .-Casi todas las publicaciones de Pereda eran saludadas inmediatamente con
artículos elogiosos de Menéndez Pelayo. Este Prólogo a las Obras Completas del novelista montañés,
está tejido con aquellos artículos sin que ofrezca más novedad que otro orden de exposición para
evitar repeticiones.
Solamente los artículos sobre Tipos Trashumantes y Bocetos al Temple , pueden tener algún interés
para quien atentamente haya leído este Prólogo y por eso van delante de él ambas críticas literarias en
esta Colección de Obras Completas de Menéndez Pelayo . Las fechas de publicidad del Prólogo y las
adiciones que lleva van señaladas al final de cada uno de estos estudios.
[p. 344]. [1] En este pasaje y en otros varios del presente prólogo se ve lo mucho que entonces
preocupaba al autor (como a toda la juventud de su tiempo) la moderna literatura francesa, de la cual
vive ahora bastante alejado. Por eso daba desmedida importancia a escuelas y libros de efímera
celebridad, y a discusiones teóricas que hoy le parecen insulsos verbalismos. La sana disciplina del
método histórico le apartó pronto de tales caminos.
[p. 351]. [1] Muchos menos han bastado para que esta tímida profecía se cumpliese en todas sus
partes. Permítaseme la vanidad de consignarlo, y la interna satisfacción de haber resistido a una
corriente de mal gusto, cuando casi todos se dejaban arrastrar por ella.
[p. 355]. [1] Una edición de Barcelona en estos últimos años remedió esta falta.
[p. 361]. [1] De él se tiraron sólo 25 ejemplares. Aviso a los bibliófilos del porvenir.
[p. 366]. [1] Vid. El Tío Cayetano , periódico político que Pereda y algunos amigos suyos publicaron
en Santander en 1868.
[p. 370]. [1] Herman y Dorotea , Evangelina y Mireya . También Jorge Sand dejó preciosos
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ejemplares de este género, aunque excesivamente idealistas, en La Mare au Diable , La Petite
Fadette , etc., etc.
[p. 376]. [1] Amós Escalante, autor de Costas y Montañas y de Ave Maris Stella ; dos libros que
pasarán por clásicos cuando los españoles volvamos a aprender el castellano.
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ESTUDIOS Y DISCURSOS DE CRÍTICA HISTÓRICA Y LITERARIA — VI: ESCRITORES
MONTAÑESES
[p. 389] DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA (IN MEMORIAM [1] )
SEÑORES:
NI una palabra debiera yo añadir después de las elocuentísimas con que han celebrado la gloria de
Pereda dos de los más grandes oradores de nuestra Patria. El maestro de la novela de costumbres, el
cristiano ingenio que tanto bien hizo a las almas deleitándolas honestamente, el prototipo del realismo
sano y vigoroso, el mayor paisajista de nuestra literatura antigua y moderna, el que dió voz inmortal
al genio hasta entonces silencioso de los montes cántabros, y al mar que ruge tremendo a sus plantas,
el revelador de tantas armonías ignotas de la naturaleza, de tantos aspectos de la vida desdeñados
antes por familiares y humildes, el genial prosista que ennobl