- Instituto Sudcaliforniano de Cultura

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Con fragilidad de cacto
GOBIERNO DEL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR
MARCOS ALBERTO COVARRUBIAS VILLASEÑOR
Gobernador Constitucional
ARMANDO MARTÍNEZ VEGA
Secretario General de Gobierno
INSTITUTO SUDCALIFORNIANO DE CULTURA
Con fragilidad de cacto
CHRISTOPHER AMADOR CERVANTES
Director General
Rafaela Vizcaíno
JOSÉ GUADALUPE OJEDA AGUILAR
Subdirector General
SANDINO GÁMEZ VÁZQUEZ
Coordinador de Fomento Editorial
CONSEJO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES
Prólogo y compilación
Edith Villavicencio
RAFAEL TOVAR Y DE TERESA
Presidente
SAÚL JUÁREZ VEGA
Secretario Cultural y Artístico
MARCO ANTONIO CRESTANI
Director General de Vinculación Cultural
Instituto Sudcaliforniano de Cultura
Gobierno del Estado de Baja California Sur
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes
Tengo mi cabeza
llena de ideas
queriendo salir,
al escribirlas
se atropellan,
Primera edic ión, 2014
quieren ganar,
mas al escribirlas,
D.R. © 2014 Rafaela Vizcaíno Soto
D.R. © 2014 Edith Villavicencio por la presentación y compilación
D.R. © 2014 Instituto Sudcaliforniano de Cultura
mis pobres manos
escriben locuras
que leerás aquí.
Unidad Cultural Jesús Castro Agúndez
Antonio Navarro y Héroes de Independencia s/n,
La Paz, Baja California Sur, C.P. 23000,
tel. +52 612 122 91 01
culturabcs.gob.mx
Diseño de forros: Alejandra Barrera
Diseño de páginas interiores: Marisol Zárate,
Juan Ernesto Hernández Urusquieta
ISBN: 978-607-9314-38-5
IMPRESO Y HECHO EN MÉXICO
Rafaela Vizcaíno
Prólogo
Conversaciones con Rafaela Vizcaíno
Por Edith Villavicencio Garayzar
Algunas vidas por extraordinarias resultan inverosímiles,
así que debiera escribirse de ellas como si fueran relatos
fantásticos: “Había una vez una preciosa niña que nació en
el mismo sitio donde La Pastora gusta pasear y, para quienes no saben quién es una ni otra, me refiero a Rafaela
Vizcaíno y a una nube a la que siempre le fue fiel, ¡ah!, y
el sitio, Zapotlán el Grande, en los Altos de Jalisco. Esta
preciosa niña, montada en brioso corcel…” No obstante,
Rafaela es tan real como su vida y su obra.
En tierra sudcaliforniana, cuando conocemos a alguien
que pertenece a la familia Vizcaíno, la imaginación retoza
y surge la pregunta inevitable: ¿será descendiente del navegante, explorador y cartógrafo Sebastián Vizcaíno? En una
forma poco ortodoxa, alejada de los cánones de la genealogía, si se traza una línea retrospectiva a partir de Rafaela
Vizcaíno, nueve generaciones después se llega al nombre de
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Sebastián Vizcaíno: Rafaela Vizcaíno; sus padres, Mariano
Vizcaíno Flores y Rosa Soto. Luego, en línea descendente:
Juan Vizcaíno, José Félix de Jesús Vizcaíno, Sixto Vizcaíno,
Gregorio Manuel Vizcaíno, Nicolás Marcelino Vizcaíno Urrutia de Contreras, Nicolás Bravo Vizcaíno, Juan Vizcaíno,
Sebastián Vizcaíno. Si a esta estirpe pertenece Rafaela, resulta natural que de donde nació se lanzara a la aventura y,
en un arrebato romántico, decidiera vivir en la península que
siglos atrás su antepasado recorrió.
Después de largas conversaciones gozosas con Rafaela
Vizcaíno, hay tanto que compartir de su vida que me pareció
trivial hacerlo por medio de un texto biográfico cualquiera.
Con la certeza de que su voz es la mejor manera de liberar y
dar cauce al ritmo y la intensidad de sus recuerdos, que sea
ella quien narre su historia.
q
Mi familia vivió en Zapotlán hasta que cumplí los 12 años,
cuando terminé la primaria, porque en la única secundaria que ahí había sólo podían estudiar los hombres. Eran
tantos mis deseos de aprender que le pedí a mi papá me per-
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mitiera entrar de oyente, pero estuve sólo un año, mientras
me arreglaban los documentos que ocupaba para ser aceptada en la secundaria de Guadalajara. Había estudiado los
primeros cinco grados de primaria en el colegio América,
de las hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Esos estudios no tenían validez, porque persistían los resabios de la
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guerra cristera. En Guadalajara estudié la preparatoria e
Cuando era joven, la mayoría de las familias de Zapo-
inicié mis estudios universitarios en la facultad de Medi-
tlán les prohibían a sus hijas que platicaran conmigo, sobre
cina. Mi papá era muy estricto con nosotros: en la casa, el
todo a las menores de edad, porque decían que yo sabía
que no estudiaba, trabajaba. No había de otra: desde que
demasiado de la vida, ya que ayudaba a mi hermano a aten-
éramos pequeños lo escuchábamos decir que no iba a man-
der los partos. En ese entonces estaba prohibido que las
tener holgazanes. Creo que quise estudiar, porque tal vez no
muchachas conocieran sobre esos temas. Lo que poco me
me gustaba mucho el trabajo. A mi papá le hacía feliz que yo
preocupaba, además siempre fui metiche y observadora,
estudiara y que siempre tuviera buenas calificaciones. Eran
así que pronto me daba cuenta del disgusto de los parientes
otros tiempos, entonces a las mujeres nos cuidaban mucho,
en las ocasiones que íbamos a visitarlos: si empezaba a pla-
por eso me llevaban y traían a la escuela, sobre todo mi her-
ticar con las muchachas de mi edad o menores, las mujeres
mano mayor, Juan Soto Vizcaíno, que era el más méndigo.
mayores tosían y con un gesto discreto les indicaban que se
Dios lo tenga en su santa gloria. Él se cambió de orden los
alejaran de mí o se fueran a otra habitación, porque luego
apellidos con el argumento de que mi mamá lo había car-
luego en cuanto veían que llegábamos me preguntaban si
gado nueve meses en su vientre y amamantado durante tres
era cierto que dolía al parir, por ejemplo. Les respondía que
años y que mi papá no había puesto nada. Tal vez porque mi
a veces algunas mujeres mordían un trapo con todas sus
papá era un hombre muy duro Juan se fue de la casa cuando
fuerzas para que no se escucharan sus gritos. Y si yo quería
aún era muy joven. Años después regresó y le pidió que lo
seguirlas, muy “educadamente”, una de las mujeres mayo-
apoyara para estudiar. Como respuesta le dijo que debía apro-
res me decía que me quedara con ellas. Y, como desde que
vechar su apoyo y, cuando empezara a trabajar, esperaba que
nacíamos a las mujeres nos enseñaban a obedecer, pues me
le regresara el dinero que había invertido en sus estudios.
quedaba con ellas. Creo que decidí estudiar Medicina desde
Mi hermano aceptó la propuesta y años después, cuando mi
niña, porque ya entonces curaba a los pollitos y a los pajaritos
papá le recordó que ya era tiempo de que empezara a abo-
de mi casa, los que les arrebataba a los gatos cuando descu-
narle, porque así habían quedado, le dijo que podía pagarle
bría que andaban cazando o cuando casi estaban a punto
con una pintura de Murillo muy valiosa. A lo que mi papá le
de comérselos. También a las plantas: si se les desgajaba
respondió: “Esa virgen que según tú vale miles de pesos, me
alguna rama, las amarraba con trapitos. Mientras curaba
sirve para lo mismo que una de un centavo”. Por supuesto que
animales o plantas les hablaba mucho, asegurándoles que
nunca le pagó, pero ni falta le hizo: mi papá era muy trabaja-
pronto se sentirían bien. Siempre quise estudiar lo mismo
dor así que nunca necesitó del apoyo de sus hijos, ni siquiera
que mi hermano Juan, quien desde que cumplí doce años
en su vejez.
me llevaba con él cuando debía atender un parto. Entonces
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la mayoría de las mujeres parían en las casas y pocas en el
escotadas y utilizaban zapatillas doradas de tacones altos y
centro de salud, aunque Zapotlán (Ciudad Guzmán) era un
correas hasta las rodillas, como las que se ponen ahora las
pueblo grande. Esas experiencias me permitieron saber cómo
muchachas, pero antes sólo ellas las usaban. Varias veces al
ayudar a muchas parturientas del Valle de Santo Domingo,
mes tocaban con urgencia en mi casa y se escuchaban desde
más cuando mi marido estaba ocupado atendiendo a otros
la calle los gritos: “¡Dicen en La Colorada que quieren a la
pacientes. Todavía hoy me resulta difícil creer que mi con-
niña Rafaela!”. Antes de cruzar la puerta de los burdeles, mi
ducta fuera diferente al resto de las muchachas de mi edad,
mamá me tapaba los ojos con su mano para que no viera a las
como para que la sociedad jalisciense de entonces se escanda-
mujeres bailar con los hombres. No me dejaba ver ni cuando
lizara, pero así fue, porque viví en una época y una sociedad
subíamos las escaleras, por donde me guiaba escalón tras
en que hasta decir la palabra “amante” era tabú, como si se
escalón. A pesar de sus esfuerzos por cuidarme, yo me daba
estuviera cometiendo pecado capital. Mi hermano me enseñó
cuenta más o menos cómo eran esos lugares por los susurros
a inyectar cuando cumplí los nueve años y a los 16 empezó
que escuchaba a mi paso. De esa medida eran los prejuicios
a llevarme a los hospitales para que inyectara a los niños
de la sociedad en que me tocó vivir, por eso no me sorprende
prematuros en la vena, porque él y sus compañeros de tra-
que en mi generación sólo cuatro mujeres nos hubiéramos
bajo decían que mi mano era muy suave y certera. No había
inscrito en la Facultad de Medicina. No más. Como estaban
mucha gente que inyectara, por eso iba o me llevaban a todos
reconstruyendo el edificio en Tlaquepaque, estudiábamos
lados. Hasta a los burdeles que había en el barrio La Colorada,
en un hospital pequeño y antiguo que durante la Colonia
de Zapotlán, cuando las mujeres que ahí vivían agarraban
había sido un convento. De esa época aún se conservaban los
alguna infección de chancros, sífilis o gonorrea. A ellas les
reclinatorios en cada cuarto, donde teníamos las prácticas.
inyectaba cada tres horas penicilina G potásica cristalizada.
A pesar de los prejuicios sociales que menciono, no recuerdo
A veces inyectaba a varias de un jalón. Era menor de edad,
que los compañeros de la facultad o los maestros nos hubie-
así que mi mamá y un policía me acompañaban desde la casa
ran tratado mal por ser mujeres, o a la mejor yo era medio
hasta el burdel y de regreso. Al principio, si nos veían a mi
simple y no me daba cuenta de que hubiera un trato distinto.
mamá y a mí caminar con prisa por la calle, y acompañadas
Y qué bueno. Empecé mis estudios en 1950 y los suspendí en
por un policía, con sorpresa preguntaban: “¿Adónde llevan
1952, cuando me casé.
a la niña?” “A La Colorada”, les respondía mi mamá, como si
Cuando recién llegaron al Valle de Santo Domingo
llevarme a la zona de prostíbulos del lugar donde vivíamos
mi hermano José y su esposa tenían un rancho (que aún
fuera lo más natural y sin advertir las miradas escandali-
sigue en pie) en la colonia Teotlán (Tierra de Dios), por el
zadas de los vecinos. Las mujeres del burdel andaban muy
rumbo de Matancitas, entre Benito Juárez y Villa Hidalgo.
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Los dos eran tan tesoneros, por no decirles tercos, que no
para la jornada. En aquellos tiempos, los colonos se asigna-
pararon hasta concluir la construcción de un pozo a cielo
ban tareas para el día, para la semana, para el mes, para el
abierto con el que por fin tuvieron agua buena. Es curioso
año. Si no, ¿cómo podrían progresar y hacerse más lleva-
cómo algunas parejas se entienden, que ni hablar necesitan
dera la vida? Imposible. Una de las tareas más importantes
para ponerse de acuerdo y llevar la fiesta en paz: mientras
era aprovechar la época en que el monte estaba seco para
mi hermano cavaba, su mujer estaba en la parte de arriba,
cortarlo y quemarlo, sobre todo, porque la mayor parte de
jalando sin quejarse los baldes con la tierra que él sacaba.
la vegetación que había (y sigue habiendo) es muy pesada.
Así que él, para que ella no se desesperara por el calor que
Sacar un cardón era una tarea muy difícil, porque además
hacía, orinaba sobre la tierra recién removida para que
no había con qué; si acaso, picos, machetes, palas, hachas,
viera humedad en el fondo: “¿Ves, vieja?, ¡ya merito lle-
barras, azadones. Los hombres se valían hasta de las uñas
gamos al agua! Unas paladas más y ¡listo!” Eso hubiera
para hacer palanca en las raíces, porque los instrumen-
querido mi hermano, que con unas cuantas paladas más
tos de labranza eran de mano; después trajeron tractores
llegaran al agua y por fin terminar ese trabajo tan ingrato
para empujar los cardones y matorrales. Eran como bul-
pero necesario. También, porque el pozo se les derrum-
dózer. No más. Los cardones son pesadísimos: toneladas,
baba a cada rato. Creo que así hubieran estado hasta ahora,
tienen las raíces muy largas y, por si fuera poco, son espi-
si no es que uno de los vecinos le dice que debía echarle
nosos, lo que dificultaba aún más la tarea de cargarlos y
agua para que se fuera compactando. Le faltaba ademar el
arrastrarlos al sitio donde los “enchorizaban”, es decir, los
pozo, pues. En ese entonces eran tan escasos los materiales
amontonaban en un solo lado, donde a todos les diera el
de construcción y las herramientas, por lo que el pozo les
sol y se secaran más rápido para luego quemarlos. A esta
quedó rudimentario, compuesto por apenas unos horco-
actividad le decían enchorizar porque colocaban los car-
nes, un palo atravesado y un carrillo para jalar agua. Pero
dones como si fueran trozos gigantescos de chorizo, hasta
eran tantos los beneficios que daba, así que ni verlo feo.
que formaban una fila interminable de cardones puestos al
Para qué. Era hondo, como diez metros, según recuerdo,
sol. Vieran qué feo se escuchaban los diferentes sonidos de
pero no como los de ahora, porque el agua en el Valle se ha
los cardones, como si lloraran y gimieran al mismo tiempo.
ido bajando casi otros diez metros, tanto, que en la actua-
Soy loca, tal vez, pero el sonido que producían los cactos
lidad se requieren de equipos sofisticados de perforación,
cuando se quemaban era tan triste, que de sólo recordarlo
tuberías y bombas para llegarle. Mi hermano construyó el
me vuelvo a entristecer. Desde las llamaradas se escucha-
pozo de su rancho de a poquito, todos los días, después de
ban unos silbidos largos y entre el humo brincaban yescas
que hubieran terminado las labores que se habían asignado
y chispas de colores: rojas, azules, violetas, ámbar, como si
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fueran gemas preciosas. Este poema, “Quema de monte”, lo
¡vuelan! Pronto seré como ellos:
escribí en 1953, cuando recién llegamos al Valle.
me convertiré en cenizas.
El monte se está quemando:
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Cuando Guillermo advertía la tristeza que yo sentía
con rumores y con gritos,
por la quema del monte, me decía: “Sufres porque quieres”.
el humo se va llevando
Un día decidí llevarme un cardón para el jacal que teníamos
chispas de lentejuela.
en Teotlán: quería uno cerca de mí y de mi familia, así que
Convertidos en teas,
sin decirle nada a nadie tomé una pala y me fui al monte
los cardones se levantan,
a buscar el cardón más bonito, creyendo que sería fácil
pero vuelven a caer
arrancarlo de raíz, quizás porque nunca lo había hecho. Al
con un grito de protesta,
hacer palanca con la pala, ésta se me zafó, perdí el equili-
luego un rezo o no sé qué.
brio y sólo estaba el cardón para apoyarme. Las manos me
Después, Dios, escuché
quedaron espinadas: durante varios días hice tortillas con
las melodías del dolor.
una tablita y los codos, sin tiempo para lamentaciones, ni
Yo que los observaba,
personas que las escucharan. Ni modo, había que comer. En
sentada en un paredón,
fin, volviendo al pozo de mi hermano, en cuanto él termi-
grité pidiendo perdón.
naba sus actividades del día continuaba con la perforación,
Se fue cansando la lumbre
justo donde se había quedado el día anterior. Cuando por
de aventar su pedrería:
fin hubo agua, la tarea más importante fue construir
diamantes, zafiros,
canales de tierra, mismos que años después serían cambia-
rubíes y amatistas.
dos por estructuras de aluminio. Quién diría que en unas
El resonar de mil flautas,
décadas en los ranchos del Valle se instalarían modernos
luego un violín solista:
sistemas de riego por goteo, no que antes toda la noche se
esto oyeron mis oídos,
debía regar y vigilar el flujo de agua por los canales: si se
esto miraron mis ojos,
rompía un tramo, el tiradero de agua llegaba hasta no sé
luego pensé que la vida
dónde y, si ahora es un recurso valioso, para nosotros en
se consume a cada paso,
esos días lo era más, así que no había de otra más que cui-
horas, días y años vuelan,
darla. Sin embargo, no era tarea de una sola persona; entre
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los habitantes de un rancho se dividían el terreno, hombres,
Cuando mi papá, Mariano Vizcaíno Flores, vino por
mujeres y hasta niños, porque había que sembrar, además
primera vez a esta tierra, ya había agua en el rancho de
de dar de beber y alimentar a los animales que criaban. Este
José. Antes de partir de Guadalajara fue al mercado de flo-
pozo fue tan importante para nosotros hasta para realizar
res para comprarnos un costal de camotes de nardos, las
la más pequeña e insignificante de las actividades cotidia-
flores que más le gustaban a él. Es más, a mí me decía su
nas, porque hasta entonces habíamos recurrido al agua
“varita de nardo”, por lo delgada que era [de esa cosecha de
de los pocos pozos de María Auxiliadora, donde vivían los
flores son los nardos que rodean a Rafaela en la fotografía
sinarquistas que llegaron a esta tierra más o menos en el
que abre este libro]. Mi papá viajó en uno de los barcos de
48. El agua era distribuida en unos tanques sin galvanizar
Ruffo, pero no recuerdo si fue en el Araguán o en el Viosca.
que envió el gobierno como apoyo. Tal vez por eso estaba
Cuando los nardos florecieron, después de tres años de
tan mala. Al principio la bebíamos como llegaba, porque no
espera, llevábamos los más bonitos desde Teotlán al tem-
teníamos otra opción, incluso al hervirla se ponía amarilla
plo de la virgen de María Auxiliadora, el único que había
y sabía aún más mala. La necesidad nos hizo más cuerudos
en la zona. Éramos muy devotos a la virgen María, porque
de lo que en realidad éramos antes de llegar al Valle: nunca
sólo hay una virgen, la madre de Cristo. Creo que los pri-
nos enfermábamos, quizás porque era más fuerte la sed. En
meros colonos decidieron dedicarle el templo, pensando
esa época procuraba tomar poca agua. Afortunadamente,
que auxilio era lo que más necesitaban. Era gente de mucha
mi hermano y su esposa pronto tuvieron su pozo, a donde
fe. Si para nosotros fueron pesados los primeros años en el
empezamos a ir con un burro para sacar agua. Ésa no la
Valle, para ellos lo fue mucho más. Nosotros seguimos su
hervíamos de tan pura que era, no estaba contaminada. No
ejemplo, el camino que ya nos habían trazado. Para llegar
cabe duda que quienes más sufrieron fueron los primeros
hasta allá viajábamos por brechas de difícil acceso, apenas
colonos. Los agricultores que llegaron con hijos no tenían
dibujadas y en ocasiones casi imposibles de encontrar entre
que contratar trabajadores, porque entonces los hijos tra-
la vegetación, en un pick up más viejo que el atole blanco.
bajaban día y noche. Si hicieron dinero fue producto de su
En la cajuela colocábamos una sabanita blanca para acomo-
trabajo. Cuando el algodón trababa sus ramas, llenas de
dar las flores. Nos íbamos desde muy tempranito. Isidro, el
fruto o de bolas, ya no debía entrar un tractor, porque rom-
papá de mi compadre José fue de los primeros colonos que
pía las plantas, entonces se cultivaba con bestias y arado,
llegaron con los sinarquistas liderados por Salvador Abascal
y muchas mujeres, atrás de esas bestias, las sujetaban con
que venían de Michoacán, Guanajuato y el bajío de Jalisco.
una cuerda. Yo recuerdo haber visto trabajar así a mujeres
Cuando menos recuerdo que de ahí eran, porque hablaban
como Licha Polanco.
como los de allá: eran muchas las palabras y las frases que
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no entendía. Los sinarquistas fueron gente católica muy
Mi marido y yo éramos tan pobres que ni cámara tenía-
valiente que se atrevió a salir a las calles de Guanajuato
mos, por lo que pocas fotografías tengo para recordar esos
para protestar contra el gobierno. El nombre de Teresita
tiempos, pero hay recuerdos que nunca se me olvidarán
Bustos se me grabó mucho. Ella iba al frente de la manifes-
porque los tengo bien grabados en mí, como un hachazo
tación y fue una de las primeras personas que murió en la
en el pie derecho que me hice partiendo leña para cocinar.
lucha. Estaba muy chamaca entonces, pero recuerdo bien su
En la casa del rancho construimos un agujero por donde
muerte porque, poco después de la cristiada, en mi casa se
metíamos la leña para que la neblina no la mojara. De ahí la
platicaba mucho sobre los sucesos más importantes de esa
llevábamos hasta la cuna en que finalmente se depositaban
época en que por temor al gobierno debían esconderse para
las cacerolas. Cociné durante 19 años con leña, por eso en la
realizar las juntas. El templo se erigió gracias al esfuerzo
parte de arriba de los pulmones tengo enfisema. Los médi-
de los sinarquistas que llegaron en 1948, más o menos. Mi
cos me han dicho que se debe al humo de leña. Porque no
marido Guillermo y yo llegamos cuatro años después. Mis
creo que haya sido por fumar: cuando vivía en Jalisco fumé
vecinos me contaban que los mismos sinarquistas, hombres
a partir de los 16, pero sólo cuando iba de vacaciones con mi
y mujeres, fabricaron los ladrillos de barro que se utilizaron
familia al rancho “Los Pitillos” cerca de la costa. Fumábamos
en los cimientos. A cada uno de esos ladrillos le resacaron
para ahuyentar los enjambres de mosquitos que parecían
una cruz como bajorrelieve, para que los protegiera a ellos y
nos iban a devorar de un solo bocado, de tanto animalero
al templo. También construyeron hornos donde quemar los
que había. No sé bien si se llamaban jejenes o mosquitos,
ladrillos. No sé de qué lugar traían el barro, pero imagino
pero bien que fregaban. Fue mi papá quien me enseñó a
que hacían mezclas de diferentes tierras y luego la quema-
fumar a los 16, pero en cuanto regresábamos a Guadalajara
ban. Por ejemplo, en Jalisco a la arcilla le revuelven zacate,
me prohibía fumar.
ocochal, hoja de pino, paja y xal (piedra pómez) triturada.
El sinarquismo tomó fuerza en otros estados, como
Al quemarlo se vuelve poroso y muy liviano. Aunque no
Jalisco, donde también había mucha gente que creía en ellos.
sé exactamente en el Valle con qué mezcla amasaban los
Mi mamá se sentía orgullosa de ser sinarquista. Y cómo no,
ladrillos para que pudieran quemarse. También yo sé hacer
si ella y nosotros le teníamos pavor al gobierno por lo que le
ladrillos. Cuando construyeron los cimientos del colegio de
habían hecho cuando la aprehendieron y estuvo encarcelada
las monjas del Sagrado Corazón de Jesús, “Sor Juana Inés
durante meses con amenaza de fusilarla.
de la Cruz”, enterraron una lista con los nombres de todas
Recuerdo todos los cantos sinarquistas que se canta-
las personas que ayudaron y de los primeros alumnos.
ban en las juntas de Zapotlán, que se realizaban en el patio
Quién sabe si todos aún vivamos.
de mi casa, donde se hablaba mucho del grupo que se había
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ido a colonizar la península. Mi mamá colocaba una sábana
en los puestos de lucha siempre están
blanca en la pared más grande de la casa y en un carrusel
Nuestras almas, presentes…
nos proyectaban las transparencias que trajo el licenciado
Abascal para que los simpatizadores del sinarquismo vié-
Los sinarquistas eran tan combativos que el gobierno
ramos cómo vivía la gente de María Auxiliadora: imágenes
federal los echó para estos rumbos, dizque con la enco-
de las mujeres con vestidos largos y la cabeza tapada; de los
mienda de colonizar. Esto lo escuchaba desde que era niña:
campesinos labrando la tierra; del momento que sacaron el
como la península estaba en grave peligro de que los grin-
primer chorro de agua, de ocho pulgadas; de las calabazas y
gos se adueñaran de las tierras deshabitadas, invitaron a
las sandías que ahí cultivaban; de los jacales de varas tren-
mexicanos de otros estados para que la colonizaran. No sé
zadas. Aplaudíamos con alegría cuando veíamos a hombres,
si los obligaron o no pero de que se vinieron se vinieron. No
mujeres y niños salir del charco donde se metían a bañar o
recuerdo quién era el presidente entonces, pero sí que fue
de donde sacaban agua. Uno de los cantos que más me gus-
antes de Ávila Camacho. En ese tiempo ya habían terminado
taba era el “Himno de los sinarquistas”:
las matazones, pero la idea de salvar a México quedaba. Creo
que por eso prácticamente regalaron los terrenos, de tan
Grande, firme, violenta,
baratos que eran, además de las facilidades de pago que nos
nuestra fe nos alienta,
dieron, con la única consigna de que los pagáramos cuando
mil pasos adelante,
pudiéramos. No recuerdo cuánto costó el terreno de nuestro
ni uno atrás,
rancho. Como esos asuntos los atendía Guillermo, tampoco
el cielo lo ha dictado,
sé si lo pagó o no. Espero que sí lo haya hecho.
y ya lo hemos jurado,
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Las reuniones en Jalisco se organizaban para invi-
la Patria victoriosa surgirá,
tar a los asistentes a que se animaran a participar en la
los caídos presentes…
colonización del territorio de Baja California. Se rezaba el
Viva, México, viva,
rosario y se encomendaban mucho a Dios. A lo mejor, más
por Dios y por la Patria surgirá.
que nuestras oraciones, lo que ocupaban eran nuestros cen-
Patria, por tus honores cayeron los mejores.
tavos, aunque quién sabe, porque tampoco había mucho
Su sangre preciosa fue de libertad,
qué comprar en estas soledades. Lo que sí es cierto es que
sin despojos yacentes,
debían esconderse de las autoridades por el temor a las per-
mas sus almas presentes
secuciones y se avisaban en secreto del lugar, la fecha y la
hora de las reuniones. La propiedad de mis papás ocupaba
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una cuadra completa, por lo que era muy conveniente para
alcanzamos a saber si era rancho, pueblo o ciudad, por-
que nadie viera entrar ni salir a los asistentes, además de
que nunca fuimos, ni de visita. El papá de Guillermo había
que la casa estaba casi pegada a la calle y en la parte de atrás
muerto, por lo que me pidió el sacerdote Cruz, a quien yo
había corrales, caballerizas y daba a un arroyo. Los invita-
también conocía, y muy bien: durante varios años hice
dos celebraban el principio y el final de la reunión cantando
trabajo social para el templo de Lourdes, en la colonia El
el corrido del sinarquismo:
Fresno de Guadalajara donde él oficiaba (en recuerdo de
ese tiempo, apoyé la construcción del templo de Lourdes en
Al sur de California se lanza el sinarquismo
Ciudad Constitución, que inició en 1962). En 1952, cuando
a una gran aventura de colonización
nos casamos, de regalo de bodas le pedí a Guillermo que
con nuestro jefe al frente
antes de ir a Veracruz visitáramos a mi hermano, que para
que lucha por su patria en bien de la nación
entonces ya vivía en el valle de Santo Domingo. Estaba
nosotros no buscamos riquezas en los balcones
segura de que si me iba a vivir al otro lado del país jamás
ni cueva de ladrones en la administración
lo volvería a ver. Tenía muchos años sin verlo. Cuando deci-
buscamos tierra fértil donde cultive el indio
dimos quedarnos aquí sólo teníamos el equipaje para el
que lucha por su patria en bien de la nación.
que creíamos sería un viaje rápido. El menaje (los libros,
los muebles y los regalos de boda, de los cuales ni siquiera
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Mi hermano llegó con los segundos colonizadores
recuerdo qué eran porque iban envueltos) se quedó en
en 1950. Se había robado en Guadalajara a la que sería su
Veracruz. Mi marido había hecho el envío por correo una
mujer, María Luisa León. Los hermanos de ella lo quisieron
semana antes de partir a la península. De Guadalajara via-
matar en cuanto se enteraron de que el novio de su her-
jamos en autobús hasta Mazatlán, desde donde habíamos
mana menor era casado. No sólo era la menor de la familia,
planeado tomar el avión hacia La Paz, pero no contábamos
sino también menor de edad. Él fue parte del grupo de colo-
que en Mazatlán nos robarían todo el dinero que traíamos
nizadores que acompañaban a Salvador González, gracias a
para el viaje al valle de Santo Domingo y luego a Iyescas.
la invitación del general Agustín Olachea Avilés.
Guillermo acostumbraba colocar su cartera en el bolsillo
Tenía 21 años cuando llegué a La Paz y cuatro sin ver
interior del saco y yo por precaución le puse un alfiler, que
a mi hermano. En 1951, Guillermo Orendain y yo éramos
él se quitó. Cuando le reclamé por qué lo había hecho, me
novios. Nos conocimos en la facultad de Medicina de la
dijo que le resultaba muy incómodo y, despistado como
Universidad de Occidente. En cuanto egresó lo destinaron
era, se quitó el saco para refrescarse. Unas horas antes en
a trabajar en un lugar de Veracruz llamado Iyescas, que ni
el hotel habíamos encontrado un grupo de amigos que nos
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invitó a tomar una copa en el bar, y estos amigos a su vez
Desde el cielo miré una tierra seca y, por más que bus-
se encontraron con el capitán de un barco italiano, quien
caba algo de verde, sólo vi pocas parcelas salpicadas aquí y
nos invitó a todos a dar un recorrido por la bahía. Hasta
allá entre cerros pelones. A lo lejos se veía el mar. Cuando
hubo un divertido baile con el grupo musical del barco. El
alcancé a ver la primera población, le dije a mi marido: “Es
saco siempre estuvo en el respaldo de su silla o colgado en
un pueblito, Memo, ¿falta mucho para llegar a La Paz?”. Me
su hombro. Hasta el día siguiente se dio cuenta que ya no
avergonzó que un pasajero me sacara del error. En cuanto
tenía el dinero, cuando quiso pagar nuestro desayuno en el
llegamos a La Paz, el ingeniero Gallo, quien dirigía la topo-
restaurante del hotel. Para tranquilizar a mi marido, en ese
grafía sobre el valle para trazar las calles de lo que sería
momento le dije que mi papá me había regalado 800 pesos
Ciudad Constitución, llevó a Guillermo con el general
para que avitualláramos nuestra casa en Iyescas y le recordé
Olachea y de inmediato lo contrató para que atendiera el
que estaban pagados nuestros boletos de avión de la aerolí-
dispensario de Loreto, al norte del Territorio. Nosotros no
nea Transmar de Cortés (Mazatlán-La Paz). La disyuntiva
conocíamos al ingeniero Gallo, pero mi papá sí. Creo que él
en ese momento fue decidir entre regresar al barco o tomar
le envió un telegrama desde Guadalajara para avisarle que
el avión, porque si íbamos al barco a buscar el dinero, pro-
estábamos por llegar a la península, y a nosotros su direc-
bablemente no lo encontraríamos con tantos marineros que
ción y teléfono, con la recomendación de que lo buscáramos,
había, además de que no alcanzaríamos a regresar a tiempo
porque no sabíamos cómo encontrar a José. Por la situación
para tomar el avión. Por eso decidimos tomar el avión y aco-
en que llegamos a La Paz, sentí gusto que mi marido hubiera
gernos a la voluntad de Dios. Como mi ilusión era ver a mi
encontrado trabajo tan pronto. Tres meses en Loreto, seis
hermano, estábamos seguros que con él no nos faltarían
más en Mulegé, luego al Valle. Viajamos de La Paz a Loreto
casa y comida. Fue así que llegamos a La Paz sólo con las
en una avioneta que ya ni recuerdo si era del gobierno o
maletas y los 800 pesos de mi regalo. Después mi papá me
no, por eso no llegué a visitar a mi hermano como quería.
envió una vajilla de barro, a la que en mi tierra llaman de
Ni modo de pedirle al piloto que aterrizara en el llano por
petatillo, con dibujos de rayitas y venados en blanco y café.
un momento. Después de casi una hora de incertidumbre,
Eran tantas piezas que no sabía ni dónde colocarlas: pla-
aterrizamos en la pista de Loreto. Ahí nos esperaba Juan
tos, tazas, vasos y jarras de todos tamaños y formas. Hasta
Garayzar, el dueño de la casa de huéspedes donde nos hos-
tarros de cerveza tenía. Pero, entre tanto ir de aquí para
pedarían. En ese entonces el dispensario estaba en la planta
allá, con el paso de los años sólo me quedan una sopera,
baja del palacio de Gobierno y arriba se encontraban los
cinco platos planos, tres tarros de cerveza y cuatro platitos
cuartos que hacían de cárcel. Por falta de instalaciones ade-
que son mi tesoro más grande.
cuadas o inadecuadas, atendíamos los partos en las casas
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donde vivían las parturientas. Además, pronto empecé a dar
federal, mejor que el de mi marido, a quien le pagaba el
clases de danza a los soldados y a las muchachas del lugar en
Gobierno del Territorio; mientras Guillermo recibía seis-
uno de los corredores que daban al palco frente a la plaza de
cientos pesos, yo recibía poco más de mil doscientos.
Loreto. Para mí fue una bendición que me hubieran contra-
Entre los compañeros de trabajo en Mulegé que mejor
tado las Misiones Culturales. Aunque debo confesar que debí
recuerdo se encuentran el señor Green, que daba clases de
hacer un esfuerzo sobrehumano para convivir con los sol-
Agricultura, y Amadito Leyva, violinista encargado de las
dados que eran mis alumnos. Les tenía horror de tanto que
clases de música, quien para sorpresa mía poseía un Stradi-
habíamos sufrido por causa de la aprehensión de mi mamá
varius. Era su orgullo; lo cuidaba mucho y sólo en ocasiones
en el tiempo que la tuvieron encarcelada. Ni qué decir de la
especiales lo tocaba, además de que no dejaba que nadie se
amenaza de fusilamiento que pesó sobre ella durante ese
le acercara, ni siquiera su familia o sus amigos más cerca-
terrible tiempo de la cristiada.
nos. Años después me enteré que cuando Amadito murió
Fue bueno para nosotros que pronto nos relacionára-
sus familiares vendieron este violín en cinco mil pesos a un
mos con las personas de Loreto. Recién llegada, algunas de
profesor del colegio de monjas de Ciudad Constitución; si
las muchachas que eran mis alumnas de danza me invita-
hubiera sabido, yo se lo compro, pero nunca más volví a verlo.
ron para que las acompañara a arreglar a Zoila Salorio, que
Fue hasta después de siete meses de haber llegado a la
se casaría con Enoch Arias Gudiño, el médico que tenía a su
península que me reencontré con mi hermano, cuando ya
cargo el dispensario de Mulegé. Ahí comí por primera vez la
estaba embarazada de Guadalupe, mi hija mayor. En el Valle
sopa fresca, cocida en caldo de gallina. Deliciosa. Cómo será
no había telégrafo y mi papá le había pedido al ingeniero
extraña la vida: en Loreto estuvimos apenas tres meses,
Gallo que en cuanto llegara a La Paz me enviara un tele-
menos de lo que habíamos esperado. Enoch se peleó con los
grama, tan extenso que parecía carta: de ese tamaño era
muleginos al decirles que eran descendientes de piratas y
su preocupación por la gravedad de mi hermano José, que
éstos se enojaron tanto con él que en respuesta lo quisieron
estaba engarrotado de tanto trabajar en el rancho. Con sólo
apedrear y prácticamente lo corrieron. No le quedó de otra
el telegrama que recibí, Guillermo lo diagnosticó y me dio
más que pedir su cambio. Fue entonces que el general Ola-
unas inyecciones que debía aplicarle en la vena (mi marido
chea lo transfirió a Loreto, y Guillermo debió trasladarse a
era tan acertado en sus diagnósticos que al día siguiente
Mulegé para sustituirlo. Ahí también trabajé en las Misio-
mi hermano ya estaba moviendo las piernas y a la semana
nes Culturales, pero ahora dando clases de enfermería a
caminaba). Con sus indicaciones me dispuse a viajar para
todos los que querían, hombres y mujeres. Sin embargo,
reunirme con José, pero como el viaje por carretera era muy
estaba muy contenta por el buen salario de mi trabajo
largo, mi marido le pidió a “El Gringo” que en su siguiente
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vuelo a La Paz me dejara en el Valle. Nunca supe el nom-
había sido por el viaje. Astorga me llevó con mi hermano en
bre del piloto y creo que nadie en Mulegé lo sabía. Todos le
una pick up. Aunque no me conocía, fue muy amable, como
decían “El Gringo” y entre los pobladores circulaba el rumor
generalmente lo era la gente que vivía en estas soledades. Si
de que había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial,
él no me hubiera ayudado, pensaba contratar a la primera
motivo suficiente para estar tan loco. Muestra de que sí lo
persona que encontrara. Ni siquiera sabía dónde quedaba
estaba: cerca del ranchito que se encontraba por la salida
la colonia Teotlán, nomás que estaba en el valle de Santo
norte de Mulegé, bajaba la avioneta casi al ras del techo que
Domingo. Cuando por fin llegué al rancho de mi hermano,
parecía lo arrollaría y, desde esa altura, aventaba un hati-
lo primero que hice fue inyectarlo. Lloró mucho cuando des-
llo con su ropa para que una de las mujeres que ahí vivían
pués de unas horas pudo estirar las piernas. Estaba tan feliz
se la lavara. Nadie sabía cómo ni por qué llegó a Mulegé,
de verlo que permanecí quince días en el rancho; luego viajé
probablemente por la tranquilidad del lugar. Hablaba mal
a La Paz para que de ahí me llevaran a Mulegé. Jamás se me
el español y poco se le entendía, gesticulaba y hacía rui-
habría ocurrido volver a viajar con “El Gringo”.
dos extraños para darse a entender. Vaya que fue aventón
Poco después de ese viaje al Valle me enfermé de
el que me dio “El Gringo”, no sólo por el viento que hubo
paludismo, a pesar de que días antes de mi regreso habían
durante el vuelo sino por las cabriolas que hizo durante
echado petróleo a la presa de Mulegé, lo que hacían cada
todo el viaje, sólo para diversión suya. En ese entonces
verano o cuando llovía. Por mi embarazo no pude tomar
estaba embarazada de Lupita y, como me había comido
quinina, sustancia altamente abortiva. Ese fue el motivo de
unas pitahayas, casi al salir de Mulegé empecé a vomitar.
que le pidiéramos al general Olachea, en uno de sus viajes a
“El Gringo” quiso tranquilizarme y de vez en cuando vol-
Mulegé (poco antes habían ido a La Paz el ingeniero Gallo
teaba y se inclinaba hacia mí para darme golpecitos en la
y mi marido para presentarle al gobernador un proyecto
espalda. En Santo Domingo aterrizó en una laguneta seca,
con el que se pretendía modificar El Mogote y convertirlo
de tierra tan suelta que la avioneta se quedó atascada.
en lo que sería una Venecia sudcaliforniana, de tan her-
Varias personas acudieron a ayudarnos, entre ellas Cesáreo
moso que iba a quedar, hasta canales para la navegación
Astorga. Mientras unos la empujaban otros la levantaban,
de embarcaciones de calado pequeño pensaban construir),
sólo así pudieron llevarla a lo más durito. Me bajé trasta-
que cambiara a mi marido a donde fuera, para no estar en el
billando y apenas pude mascullarle un rápido gracias por
ambiente insalubre de Mulegé. Me puse como una hebrita,
el aventón. Por supuesto no me disculpé de pringarle todo
nomás la panza se me miraba. El general nos mandó al
el avión, quién le manda andar jugando. Después recorda-
Valle. Afortunadamente, con los sinarquistas de María
ría con pena que debido al malestar no le pregunté cuánto
Auxiliadora había llegado la señorita Nava, una partera que
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estudió en la Escuela de Medicina de la Universidad de Gua-
muerta. A mi mamá se le habían antojado los champiñones
najuato. Ella me atendió el parto de mi hijo José. Cuando
de la sierra y sólo con la compañía de nuestro viejo perro se
faltaba una semana para dar a luz, se vino a vivir a nues-
fue a buscarlos. Entre los encinos cercanos al rancho donde
tra casa en Allende, que estaba muy retirado de donde ella
vivíamos crecen unos hongos grandes como tortillas grue-
vivía. Le colocamos un catre en el campito que había entre
sas de colores diferentes: naranja, café, rojo, gris, blancos.
las jaulas de las gallinas.
Los más hermosos son los rojos con lunares negros, pero no
En esta tierra nacieron mis hijos. A los 22 me emba-
se comen, son venenosos. Mi mamá empezó su trabajo de
racé de Guadalupe en Loreto. En 1952 de José, en la colonia
parto sin que hubiera quien la ayudara, sola. Las contraccio-
Allende. A los 27 años nació en Teotlán mi tercer hijo, Ale-
nes y el dolor no la dejaron regresar al rancho. Cuando mi
jandro, al igual que Aurora, en 1958. Flor de Sol nació el
papá llegó al rancho se encontró con el perro, que le ladraba
día de san Rafael de 1961, por eso le decimos Rafi, aunque
y jalaba del pantalón, sin dejarlo hacer nada. Intrigado, lo
no se llama Rafaela. Nunca me gustó mi nombre y, para mi
siguió. Después me contó que cada tantos metros el perro
mala suerte, nació el mero día de mi santo. Aún recuerdo
se detenía y volteaba para atrás, como si quisiera asegurarse
cuando mi papá me dijo que dejaría de hablarme si no la
de que era seguido por mi papá, así hasta que llegaron al
llamaba Rafaela y por “contreras”, cuando me preguntó qué
lugar donde nos encontrábamos mi mamá y yo, que ya había
nombre iba a tener su nieta, le dije lo primero que se me
nacido. Desinfectó su navaja con el fuego de cerillos, arrancó
vino a la cabeza: Flor de Sol. Ese día me sorprendió ver en el
una tira a su camisa y la amarró en dos partes para cortar
campo una flor de calabaza enorme, la más grande que había
el cordón umbilical. Estaba muy triste porque creía que yo
visto en mi vida y, como siempre he sido una loca que ima-
había muerto y le suplicó a san Rafael: si me salvaba me iba
gina cosas, pensé que estaba así de grande porque se había
a llamar como él. Me colocó entre su chamarra de mezclilla
comido al sol. En ese momento llegó mi papá y recordé su
abrochada y se colgó las mangas amarradas en el hombro,
advertencia. Por la iglesia se llama Rafaela, pero cuando la
como si fuera una cuna. También cargó a mi mamá, que era
llevé a Santo Domingo para que el delegado Santos Castro
muy pequeña. No me revivieron, reviví sola. Cuando llega-
la registrara, no dudé en decirle que su nombre sería Flor de
mos al rancho mi papá llamó al que iba a ser su compadre,
Sol. “Estás más loca que una cabra”, dijo mi papá al enterarse
mi padrino Melesio (al que por cierto colgaron en la cris-
cuál era el nombre de su nieta. Pero mi papá no sólo dijo
tiada), para que hiciera una cajita de madera. No quería que
que estaba loca, sino que era muy malagradecida, porque él
me enterraran como a un perro. Entonces, cuando me iban
había decidido que me llamara Rafaela cuando san Rafael
a meter en la cajita, mi papá abrió la chamarra y vio que
escuchó sus plegarias de que me permitiera vivir. Nací
estaba con los ojos abiertos y mamándome un dedo. Desco-
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nozco si no lloré al nacer o por la tristeza no me escucharon
pagaran por un parto o una curación que hubiera hecho.
o, como para mi papá estaba muerta, me dejaron arrumbada
Muchas veces ni podíamos entrar a los ranchos en la pick up,
en un rincón y se dedicó a atender a mi mamá. Me llamó
de tan malos que estaban los caminos, llenos de pedrajos y
Guadalupe Rafaela porque ese año fue el aniversario cuatro-
hoyancos, así que trepaba a mis hijos en el tractor con tal
cientos de la virgen de Guadalupe y toda la gente que naciera
de no dejarlos solos en el rancho; para eso sí fui miedosa.
en México se iba a llamar como ella, hombre o mujer. Los
Más, porque en ocasiones iban a buscarme en la madru-
dos nombres son muy fuertes. Tuve una hija que nació el día
gada a pie o a caballo, cuando a las mujeres les comenzaban
de san Rafael, el 24 de octubre, pero como ahora juntaron a
las primeras contracciones. Aunque era una odisea llegar
todos los ángeles, ni sé cuándo se festeja a san Rafael.
hasta donde estaban las mujeres, me siento muy orgullosa
Regresé a Jalisco hasta 16 años después de haber
de que nunca se me hubiera muerto una parturienta. Tuve
llegado a la península, cuando a mi hija Aurora le diagnos-
pocos casos de presentación podálica y de cara, que son el
ticaron un granuloma en el oído y los médicos de La Paz me
“coco” de los médicos. También debo decir que sólo nos lla-
dijeron que no tenían el equipo ni los medicamentos que
maban cuando la partera ya no podía hacer nada y pensaba
se necesitaban para curarla. Tampoco lo pudieron hacer en
que estaba en peligro la vida de la mujer o del producto o de
Guadalajara, así que de ahí nos fuimos a México para que la
ambos. El equipo era rudimentario; por ejemplo, hervíamos
atendieran en el Hospital Infantil, donde por fin la curaron.
trapos viejos para que hubiera asepsia durante los partos. A
Cuando estudiaba en Guadalajara caminaba en
veces, en los primeros años de la colonización, las mujeres
pavimentos negros y después, en el Valle, era raro que
parían en el suelo, incluso a cielo abierto o en un cobertizo;
no anduviera con las piernas enterradas en el polvo o en
muchas personas ni muebles tenían. Fueron tiempos difí-
el lodo hasta las rodillas. A pesar de que mi más grande
ciles que me hicieron agradecer con el corazón las cátedras
anhelo desde niña era ser médico como mi hermano mayor,
del maestro Duriet, quien nos enseñó a hacer versiones o
sólo alcancé a concluir el cuarto semestre de mis estudios
modificaciones de la posición del recién nacido a la hora del
de Medicina, porque acepté la propuesta de matrimonio
parto, ya que si no se modificaba la postura, era inminente
de Guillermo, por supuesto, con el firme propósito de que
la cirugía. Y en el Valle, pues cómo.
los continuaría en cuanto llegáramos a Veracruz. La vida
Desde que llegué aquí se me agudizaron todos los
es extraña: no logré lo que más quería, ser médica, sin
sentidos para defenderme y defender a mi familia de la
embargo estaba feliz de vivir en el Valle y de que mis estu-
naturaleza, sobre todo de los animales ponzoñosos que
dios en la facultad de Medicina me hubieran sido útiles para
había en el monte. También me hice experta en cazar para
ayudar a mi familia y a los colonos. Nunca acepté que me
comer, ni los pájaros carpinteros se me iban vivos, aunque
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ahora no se me ocurriría volver a comer uno, de tan dura
llevaron un radio que siempre creí que había sido enviado
que tienen la carne. Si se les antoja comer una liebre, deben
por el tractorista para pagar la apuesta que perdió, aunque
remojarla en agua con sal y vinagre durante toda una noche
después mi hermano José dijo que él era quien lo envió
para que a la carne se le quite el olor tan fuerte que tiene. Y
como regalo para mí. Quién sabe, era tan hablador a veces.
si se animan a matar chachuacas o codornices del campo,
También aprendí herbolaria para suplir los medi-
siempre y cuando no se compadezcan de una familia que
camentos que casi siempre escaseaban en la región: la
marcha junta, como si fueran soldados, háganlo, son muy
gobernadora hervida, en cataplasmas o en alcohol, para
ricas. Ni modo, el hambre nos obligaba a ser insensibles.
curar las heridas; el cardón de cinco puntas o garambullo,
Mi marido sembró unas vides. Para evitar que los pájaros
cocido, como agua de uso, para la gastritis y las infecciones
carpinteros se comieran los retoños, mi marido compró un
gastrointestinales, dicen que hasta el cáncer cura; la borraja
rifle sin horqueta en la mirilla que le salió barato. Me hice
para mitigar la tos y bajar la temperatura; la golondrina
tan buena para tirar con ese rifle que ya sabía cómo calcu-
hervida y tomada como agua de uso o en cataplasma para
larle para no fallar los tiros, casi a una cuarta de mano de
hacer brotar las pústulas infecciosas de las enfermedades
la boca. Un día llegó un tractorista a la casa, presumiendo
contagiosas, como el sarampión y la viruela; la tuna de la
de ser buen tirador. Mi marido le propuso para bajarle los
choya en agua de uso, para aliviar las náuseas y el vómito
humos: “Le apuesto a que mi vieja le gana con eso de la
de las mujeres embarazadas. Cuando no estaba Guillermo
buena puntería”. La apuesta fue un radio. Me gusta mucho
lo esperaban en la casa, incluso se quedaban a dormir
la música y para escuchar el que entonces tenía le robaba
hasta que él llegaba. Por ejemplo, cuando hubo la epidemia
carga a la batería del tractor, luego al día siguiente estaba
del “abrazo chino”, que era una gripa que se complicaba por
tan baja que no podía arrancar y mi marido se enojaba. El
temperaturas muy altas, les dábamos mucha raíz de choya
recién llegado se creía muy fregón y aceptó pensando que
para bajarles la temperatura.
me iba a ganar fácilmente. Dicho y hecho, nos preparamos
Cada día en el Valle era de aprendizaje, de tantos retos
para tirar. Mi marido, riéndose para sí, puso unas latas
que había. Fui la más chica de mi casa y muy consentida, ni
sobre una piedra. En actitud caballerosa, mi contrincante
siquiera lavaba mi ropa, lo único que sabía hacer era cocinar
me cedió el primer turno, dizque por ser mujer. Un solo tiro,
y jugar y jugar. Siempre fui una niña muy inquieta: tomaba
la lata salió volando y aguantando una carcajada le pasé
clases de pintura y jugaba volibol, también escribía obras de
el rifle. Vaya que se enojó cuando descubrió que no tenía
teatro que luego representábamos mis amigos y yo. En una
mirilla y nos dijo que le habíamos hecho trampa. Como
ocasión, cuando era pequeña, mis amigas y yo cocinamos
esperábamos mi marido y yo, falló. Meses después, a la casa
enchiladas. Preparamos unas tortillitas de masa y fui a la
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tienda a comprar dos centavos de crema. El tendero me pre-
porque en Tapalpa, la tierra de mis padres, cuando no llo-
guntó: “¿De la cara?” Le respondí: “Pues yo no sé si es barata
vizna llueve; es un frío que se te mete hasta los huesos
o cara, pero quiero crema para mis enchiladas.” Cuando
despacito, despacito. En mi tierra hay mucha humedad y
tuve que lavar por primera vez los pantalones de mi marido,
por lo mismo crecen hongos de diferentes tipos. Es enton-
lavaba una pierna y luego la otra. No sabía lavar, pero bien
ces cuando La Pastora se coloca en la cima del volcán el
que dormía con un machete en la mano para defenderme de
Nevado de Colima, como si fuera un elegante sombrero de
los coyotes. Sólo así me sentía segura para proteger a mis
charro, lo que indica que hará mucho frío. Son casi cien
hijos en caso de que se metiera alguno a la ramada de palma
vueltas hacia lo más alto de la sierra. A lo largo del camino
en que vivíamos. Ni siquiera puedo decir que era de vara
ves a los borregos asándose sobre horquetas. En verano los
trenzada, porque en el rumbo no había quién la hiciera. Las
árboles se tupen de orquídeas, tantas que ni en Chiapas.
paredes eran unos petates de carrizo que hacían en La Purí-
Cuando cumplí sesenta años mi hermano Juan me envió un
sima. Después colocamos unas divisiones para separar a los
libro sobre la historia y las tradiciones de Ciudad Guzmán,
trabajadores. En los primeros años que vivimos en el Valle
donde una fotografía de la nube que llamamos La Pastora
era tanto el trabajo que en pocas ocasiones pensaba en mi
aparece en la portada y, como epígrafe del libro, se encuen-
familia. Afortunadamente pronto llegaron mis padres.
tra uno de los primeros poemas que escribí.
Aún con las dificultades y la pobreza en que vivimos
En medio de todo el sufrimiento, nos alegrábamos
durante los primeros años, mis hijos siempre andaban muy
cuando veíamos venir la polvareda del Jeep del gobernador.
arreglados gracias a Flora Peralta de Villavicencio, vecina
Al bajarse, hagan de cuenta que le habían echado un costal
de los Comondú, quien nos vendía ropa a crédito para pagar
de harina, que hasta las pestañas traía blancas. Nuestra
en seis meses, es decir, de cosecha a cosecha. Por ejemplo,
alegría en parte se debía a que siempre teníamos la espe-
si nos quedábamos con ropa para el invierno, ella regresaba
ranza de que en cualquier momento podría haber algo que
cuando estaba por iniciar el verano, le pagábamos la deuda
mejorara nuestra situación, sobre todo porque él era muy
y nos dejaba ropa para esa temporada, la que pagaríamos
bondadoso con los colonos, aunque otros decían que era un
hasta el invierno siguiente. Las familias que vivimos en
hijo de la chingada. Eso no nos constaba, a pesar de que no
Teotlán estamos muy agradecidas con ella, porque si no
quisiera a mi marido: cuando todavía vivíamos en Mulegé,
quién sabe cómo nos habríamos vestido.
el general le preguntó al ingeniero Gallo por nosotros y él le
Hacía tanto frío en el invierno en Teotlán que mi
dijo que yo estaba celosa. “¿Así que el doctor Orendain anda
marido y yo nos peleábamos por el único gato que tenía-
de picos pardos?”, quiso saber. Quién sabe de dónde sacó el
mos, para que nos calentara los pies. Y eso que sé de fríos
ingeniero el nombre de una muchacha (no diré el nombre
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porque pertenece a una familia conocida y respetada de
llegar con cara de malos amigos les dije que no estaba mi
Mulegé) y Olachea, atrabancado como era, se enojó mucho
marido, así que no podían llevársela. Ellos me respondie-
porque era la mujer que tenía en ese lugar. Desde ahí le
ron que debía respetar la orden del gobierno. Entonces, les
cambió el panorama a nuestra familia. Cuando mi marido,
pedí le dijeran al gobernador que si los tenía bien puestos,
ya viejo, le preguntó a Gallo cómo se le había ocurrido, le
él personalmente viniera por la tubería. Ignorando lo que
respondió que fue una mera puntada. Pero la mera pun-
les había dicho, insistieron en llevársela, por lo que agarré
tada tuvo como consecuencia que el gobernador le pusiera
el rifle y los amenacé diciéndole que al primero que agarrara
cruz negra a Guillermo, tan negra que hasta quiso sacarlo
un tubo le sorrajaría un plomazo. Dos de ellos se quedaron
del Territorio. Por eso, en cuanto llegamos a Teotlán, le
a un lado de la tubería y uno se acercó a mí para darme el
quitó el trabajo de médico para que se fuera. Pero no con-
recado de los otros, que sin esperar mi respuesta tomaron
taba con que Guillermo era tanto o más terco y orgulloso
un tubo de cada punta. Ni siquiera lo pensé y le disparé
que él: “¡Aquí también es México y nadie va a correrme!”
al tubo. Se oyó refeo. No se imaginaban que yo era buena
A lo mejor eso sirvió para que nos quedáramos. A partir
para la bala. Se asustaron tanto que salieron corriendo,
de ahí mi marido trabajó por su cuenta, pero como todos
ni voltearon a verme. Menos mal que no sabían que en el
estábamos tan pobres, no había forma de que pudiéramos
rifle me quedaba un solo tiro, si no, se ríen de mí y se lle-
tener lo necesario. Menos mal que los trámites para obte-
van toda la tubería con ellos. Enseguida, ese mismo día,
ner un terreno en el Valle no se hacían en La Paz, sino en
apenas pasado el altercado con los agricultores y todavía
México. Sin embargo, cuando fuimos a verlo no tuvo repa-
con las corvas temblándome por el miedo, llegó el ingeniero
ros en darnos toda la información que necesitábamos para
Francisco Carbalho (tenía rancho en el Valle así que iba y
hacer el trámite. También nos apoyó cuando el gobierno
venía a La Paz) y le platiqué lo que había pasado. Él me dijo:
nos dio el crédito para la compra y el envío de la tubería
“Súbase, comadre, con todo y sus hijos. Esto urge, les debe-
para nuestro pozo, pero en cuanto ésta llegó nos dimos
mos ganar a llegar a La Paz.” Preparé desayuno al ingeniero
cuenta que estaba sin ranurar, lo que entonces se hacía con
y a mis hijos, luego pasamos por el rancho de mi hermano
fuego soplete y costaba 700 pesos, mucho dinero y difícil
y les dejamos a mis hijos menores, sólo llevé conmigo a
de conseguir en esos tiempos, por lo que quedó sin instalar
Lupita, la mayor. Mi marido andaba en uno de los ranchos,
durante un buen tiempo. El gobernador sabía que nosotros
ni cómo ni con quién avisarle, así que esa misma mañana
la teníamos y le dio una orden escrita a tres agriculto-
salimos. Llegamos en la noche a la casa de mis compadres,
res hermanos para que la recogieran. A ellos ya les habían
cansados por tanto rebotar en la brecha. Antes de dormir
perforado el pozo y a nosotros todavía no. En cuanto los vi
me dijeron que muy temprano debíamos estar en palacio
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de gobierno, porque el gobernador era muy madrugador.
pedazo de vidrio a los luceros, así era la cuna de Alejandro, un
Dicho y hecho, a las 7:30 había llegado el gobernador y los
carapacho que recibió el nombre de “Violín de Yanco”. Pero
agricultores lo estaban esperando en la sala, pero les gané
más bonita que una cuna de caoba o de cedro, porque fue
la tirada. Conocía al secretario, suegro del general Valdivia,
un animal que matamos para que nos diera alimento y que
quien me saludó muy amable y aproveché la oportunidad
puse en movimiento después de limpiar el carapacho por
para decirle que tenía una urgencia. Me pasó de inmediato
dentro y por fuera con agua hirviendo y jabón Fab, el único
al despacho del gobernador y le conté lo que había pasado,
que había en la región, para según yo quitarle la peste, pero
tal cual, hasta con el recado que le había enviado. Se justi-
fue inútil. Tuve que forrarlo con una colchoneta gruesa
ficó diciéndome que los tres hermanos lo tenían harto con
para que Alejandro no apestara a caguama. Hasta holanes
sus peticiones y, como no tenía tubería disponible, se le
de encaje le puse, como si con eso pudiera alejar la peste.
hizo fácil entregarles la mía. “¡Total, qué bueno que no se la
En una ocasión, cuando ya vivía en Ciudad Constitución,
diste!”, me dijo y de paso me preguntó qué más necesitaba.
frente a la plaza, en 1969 (año que recuerdo bien: empezaba
Le respondí: “Alambre para cercar el lote, no quiero que se
a trabajar para que hubiera Cruz Roja en Ciudad Constitu-
meta cualquier gente”. Olachea entre risa y risa me dijo:
ción), mi marido llegó a la casa cargando una caguama que
“No, si estas méndigas viejas tapatías son bien güevonas.”
traía bocarriba y así la dejó en el suelo. Parecía que el ani-
Ese mismo día nos regresamos al Valle y llevábamos con
mal se esforzaba por enderezar el cuello y un perro con el
nosotros el alambre.
hocico le arrimaba lodo, como si quisiera hacerle una almo-
Alejandro era el único de mis hijos que tenía cabello
hada donde descansar la cabeza. Me dio tanta lástima que
cuando nació, por lo que debía abrazarlo para que no se le
la volteé. Al día siguiente, me di cuenta que la caguama
mojara con la neblina, que entraba de lleno entre los miles
no había amanecido en la casa y la busqué por las calles,
de agujeros del jacal. Un carapacho de caguama enorme
siguiendo las huellas en el polvo que se perdían al subir el
fue su cuna. En el día lo sentaba sobre dos leños para que
pavimento de la gasolinera. Le pregunté a uno de los despa-
no se moviera, pero en la noche le quitaba el leño cercano a
chadores si había visto una caguama y me respondió: “Uta
la cama y con un mecate amarrado a mi pierna y al carapa-
mano, se la llevó un compañero que dijo cuando la vio: qué
cho lo mecía para dormirlo. Como en el poema “El violín de
temprano me socorrió Dios”.
Yanco”, había que echar mano de la inventiva para sobrevi-
Extrañaba a mi familia, pero también las tiendas
vir. Yanco escuchaba un violín y quiso aprender a tocarlo,
de abarrotes que había en mi tierra, porque en esos días
por lo que fabricó uno con las ramas de un limón y las cri-
hasta para conseguir un huevo, fruta o verdura se sudaba:
nes de un caballo. Violín tan semejante a los violines, como un
teníamos que ir de rancho en rancho para conseguir los ali-
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mentos, sobre todo cuando un coyote se comió todas mis
leoninos y los intereses se transformaban en capital cuando
gallinas. Mi papá ya vivía en ese entonces cerca de noso-
las cosechas se perdían, por lo que no podíamos pagarlos
tros y le había comprado una vaca a Panchuela. A nosotros
nunca, más quienes no éramos amigos del gobernador, a los
nos prestó otra vaca, que se echó en cuanto la dejó en el
que favorecía y hasta invitaba a Las Vegas. Pero a los agricul-
rancho y ni Dios Padre la hacía levantarse de tan flaca y des-
tores que nos jodíamos trabajando, ni quién nos apoyara. Por
nutrida que estaba: debí alimentarla con atole crudo para
eso, con un guardaespaldas del Estado Mayor le envié una
que se parara. También me resultó difícil entender el len-
carta al presidente Zedillo, cuando éste visitó Ciudad Cons-
guaje del lugar, por tantos modismos que había y porque se
titución. Me valí del poema “Calafia”, de Fernando Jordán,
comían algunas letras o juntaban las palabras. Por ejemplo,
para solicitarle su apoyo.
cuando Guillermo empezó a trabajar en Loreto ya había una
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enfermera en el dispensario. Y como el gobernador había
En este amanecer habló la tierra misma.
anunciado que habría médico, los enfermos lo estaban
Ya no hay guaycura que tome la palabra
esperando. El primer día de trabajo de mi marido llegué al
(pues murió en la espera).
dispensario poco después que él y, al no verlo, le pregunté
Por ello habló la tierra.
a la enfermera si estaba atendiendo a un paciente. Ella me
Y dijo:
respondió: “¡Sí, murió!” “¿Cómo que se murió?”, le grité y,
yo sufro, hombre de México.
antes de que pudiera responder me acerqué a mi marido que
Sufro del abandono y la pobreza,
cruzaba la puerta. Preocupada de que se hubiera muerto
de un triste olvido secular,
su primer paciente, le pregunté por la causa. Él se río y en
de estar tan sola y lejos.
voz baja, para que no escuchara la enfermera, me dijo: “No
Hace mucho llegó el conquistador
se murió, así hablan aquí, el señor se apellida Murillo”. O
y más tarde la fe.
cuando Luis Lonjas, carnicero de Mulegé, decía lo “millo”, y
Uno me legó el nombre
yo creía que era el lomillo de la vaca. O “lojos”. Pero se les
y el hombre de la cruz, la tradición...
regresó, porque pronto empecé a hablar igual. De todas
mas luego solitaria me dejaron.
las palabras nuevas que escuché, la que más me gustó fue
“puchi”, porque según yo disimulaban su intención de decir
“puta”, lo que me parecía una picardía.
Como respuesta, Zedillo le envió una carta a Banrural, a la que anexó mi carta, para ordenarles que me dieran
Las dificultades para los agricultores del Valle no cesa-
el crédito flexible que necesitaba y no acepté porque había
ron con los años, sobre todo por las deudas: los créditos eran
hecho la petición en nombre de todos los agricultores, no
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para beneficio personal. Jaime López Villaseñor era el presidente de la asociación que los agricultores formamos para
pedir ayuda aparte del banco cuando nos amenazaron con
cárcel si vendíamos el algodón en forma independiente,
fuera de sus disposiciones, lo que en ocasiones de emergencia nos veíamos obligados a hacer, como me sucedió cuando
mi hija Aurora enfermó y debíamos llevarla al Hospital
Infantil. Nos habían dado la cita pero no teníamos dinero
suficiente para trasladarnos a México. En esa época yo
atendía el rancho porque mi marido trabajaba como médico
en la Pesquera Matancitas. Cuando le dije que iba a vender
un camión de algodón en greña se enojó y me prohibió que
lo hiciera, porque Banrural no se tentaría el corazón para
cumplir su amenaza. Como respuesta le dije: “Ya sabía yo,
que te conozco, cuánto te ibas a enojar, así que ya vendí
un camión completo de algodón”. Pero me fue muy mal,
porque el algodón que nosotros cultivábamos era calidad
string miller, de fibra larga, la mejor, y me pagaron todo el
cargamento como si fuera del algodón más barato; borra,
pues. Pero tuve que aguantarme, porque ni pelear podía,
ya que lo estaba vendiendo en forma ilegal. La salud de mi
hija valía el riesgo de cárcel y hasta más. Hace unos años,
reunida con las mujeres catrinas de Ciudad Constitución,
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llenas de joyas valiosas y con vestidos finos, pobrecitas, presumiendo quién tenía más dinero, me hicieron enojar tanto
sus ínfulas, que les dije a mí no podían engañarme, porque
bien conocía la forma en que se habían hecho esos capitales. Después de haberlas visto que llegaron al Valle con una
mano atrás y otra adelante y que debieron trabajar de sol a
sol para malcomer, igual que yo, me pregunté cómo se atre-
me importa, para mí es una gran felicidad ver que mi fami-
vían a presumir sus riquezas cuando eran obtenidas por
lia se come todo. Navidad es una fecha que a todos nos
comprar a los agricultores su producción a precios misera-
reúne, por lo que aprovechamos para tomar una fotografía
bles, misma que luego revendían con grandes ganancias.
a la familia completa. Antes era con mi marido y conmigo,
Desde hace muchos años, que ni recuerdo cuándo, el
Día de Muertos me visto de catrina para visitar las escuelas,
la plaza o la Casa Amarilla. Donde haya gente, ahí me bajo.
Siempre me ha gustado declamar en público, sobre todo
ahora sólo es conmigo. Que no venga Guillermo a retratarse
porque le corro.
q
para alegrar las fiestas de la comunidad. Me siento orgullosa de ser mexicana, así que celebro todos los días del año.
Rafaela Vizcaíno es una conversadora de aristas inespera-
Si es Día de Muertos, pongo altar en mi casa, donde está el
das que me ha llevado de la mano por un recorrido que va
espejo, con caña, limas, naranjas, comida en cazuela, chiles
más allá de la recreación cronológica de los sucesos de su
secos, agua, sal, un camino de flor de cempasúchil para que
vida: me acercó a ellos en un acto gentil que da cuenta de lo
mis muertos lleguen, una cruz de ceniza, veladoras. A mi
que hicieron en lo colectivo y en lo individual los hombres y
papá le gustaban mucho los tacos de camarón seco y a mi
las mujeres que vivieron en esta tierra. Le agradezco al Ins-
marido todo: mole, pipián, calabaza en tacha (cuando está
tituto Sudcaliforniano de Cultura la oportunidad que me
entera la calabaza le hago un hoyo y ahí le pongo el pilon-
dio en 2008 para que nuestros caminos coincidieran en el
cillo antes de meterla al horno, aunque luego es muy difícil
Taller Narrativa Joven. Desde entonces iniciamos una larga
de comerla), tequila, cerveza. En todas las fechas patrias
conversación que confío nunca termine. Que el caleidos-
preparo comidas mexicanas: mole hecho en casa, nunca
copio de esta vida extraordinaria valga como presentación
comprado. Y, para celebrar cuando Iturbide llegó triunfante
para Con fragilidad de cacto. Rafaela Vizcaíno.
a Puebla, además del mole preparo los deliciosos chiles en
nogada. Hasta el Día de las Madres celebro con una gran
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comilona. En Semana Santa, durante la vigilia sólo comemos pescado y no puede faltar la capirotada los viernes de
Cuaresma. Mi sobrina Cande me manda el bolillo desde
Guadalajara y, si un año por alguna circunstancia no puede,
entonces desde días antes empiezo a hornear. A veces se
enojan en mi casa porque a todos los pongo a trabajar. No
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Cabalgata
al horizonte
de arcilla y sal
La luna y el desierto
Abro mi ventana
y salta como un gato
la luz de la luna
que inunda mi cuarto.
En mi mente, mágica luz,
luna del desierto
nos cuenta Sabina
desde Veracruz.
Luz de luna
a cucharadas
a los niños dar,
pintar con gotas de luna
los ojos de ancianos
para bien morir.
¿Será que en su selva
sólo hay rayos de luna
al amanecer?
En el desierto,
lleno de magia lunar,
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neblinas y cactos,
arenas y mar.
Cómplice de la luna,
pienso que el sol
por ella sufre de amor.
Luceros, embrujos y ensueños
54
Aquí estoy, bahía.
Tiendo mis redes
para pescar paisajes.
Soy pescadora
de luceros,
de embrujos,
de ensueños.
Rafaela Vizcaíno Soto
nació en Jalisco,
alegre, dicharachera y franca.
En Zapotlán el Grande,
sus ojos de niña se llenaron
de bellos paisajes y verdor,
de volcanes majestuosos,
nieve y fuego.
¿Sería el impulso
para colonizar desiertos?
El paisaje agreste,
de espesa neblina
y candente sol.
55
Fue así que llegó
a la tierra mágica,
rara y singular
en la que fundió
sentimiento y mente.
A la que ama con profundidad,
a la que canta y escribe
con gratitud y amor.
Así nos lo dice:
“Pitahaya de mi tierra,
como ella, agreste y tierna,
iluminando la sobriedad del cardón,
el sol de verano te hincha de gozo.
Revientas y tu grito es ¡rojo!”
56
Canto al desierto
Con pétalos tan blancos como nieve,
doblados por el peso de neblinas,
un sol con sed no teme a las espinas,
se prende de la flor y la bebe.
El sol fue bebiendo rocíos,
a reclamar la flor del cacto se atreve.
¡Que regrese ya!, el agua que se bebe.
Llora el sol, ¡en el desierto llueve!
Y llueve tanto,
pero tanto,
tanto,
que crecen y corren los arroyos,
el desierto de tanto verde teje un manto,
retoña el orégano en macollos,
el canto del desierto es un arrullo,
que la lluvia llena de murmullos.
57
El desierto es así,
de mágicos paisajes.
El rocío, diamantes engarzados
en espinas, son al rayar el sol
luces divinas,
y beben las pupilas los paisajes.
En mi mente grabé instantes bellos,
regalarte deseo tanta belleza
mas… ¿cómo atrapar esos destellos?
Plasmo en un verso con destreza
lo que diera por lograr
en mis minutos de vida,
amar entre amarillas mariposas.
58
Primer canto al Valle
de Santo Domingo
Triste venía por el camino,
meditando mi futuro incierto.
Salté del mar y estoy contigo.
Inhóspita y rebelde dicen eres,
crees que con amor pueden vencerte
un puñado de hombres y mujeres.
El sol quema mi piel,
el polvo reseca mis pulmones
y la luz contrae mis pupilas.
Por tu luz te veo como Goliat, gigante de oro.
Yo, David sin piedras ni honda,
sólo mis brazos,
mi espíritu,
mi aliento.
Si bebiéndose mi sangre y mi sudor
has de aceptarme como hija,
tuya soy, toma mi cuerpo y mi alma,
marca con espinas
el hierro de tu forja,
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con tus soles mi alma funde
y, como Moisés, si es necesario,
te legaré mis hijos en sacrificio,
tierra de promisión.
No temo cansancios,
mis fuerzas tuyas son.
Mi espíritu rebelde domaré,
porque en ti mi mente
toma ritmo seguro.
Deja que mi fuerza penetre tus entrañas
para extraer vida que palpita
y cuando brote el líquido de plata
arañaremos nuestra piel.
Tú me verás como enjuto cardón,
yo te veré como bello vergel.
Nos fundiremos en fuerte abrazo:
tierra y hombre un solo ser.
60
Sacrificio
Bello atardecer
al salir el sol
en mi Baja California Sur.
Transparente y tibio,
el Mar de Cortés,
que sus aguas tiñen
de lila y de rosa.
Al amanecer,
todos los azules
gotean del cielo,
matizan el mar,
transparencia azul
que me hace soñar.
Se escucha en el monte
rojo grito agreste:
del viejo cardón,
fruto de sangre
es su corazón,
que en sacrificio
ofrece a su dios, el sol.
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Bello atardecer
al salir el sol
en mi Baja California Sur.
Pescadora de la bahía de La Paz
62
¡Aquí estoy, bahía!
Tiendo mis redes
para pescar paisajes.
Soy pescadora de atardeceres,
de embrujos y de ensueños.
Con mis redes atrapo luceros
que tornan tus aguas espejo.
Luceros que en mis redes
se transforman en peces.
Peces de plata
surcando las olas
tiemblan al compás
del arrullo del viento.
Las flores del cacto
roban a la brisa su aliento.
¡Dame una flor, desierto!,
para alegrar
los ojos de mi madre.
Y tú, bahía,
un lucero hecho pez
para su mesa.
63
Ciudad Constitución
64
Te miro pasar
en la madrugada,
mantilla y peinetas
lucías elegante.
¿Ibas a la misa,
a ver algún mozo,
en ajuar de coqueta?
Peinetón de espigas,
¡mantilla de brisa!
Mira que miré
que llevabas prisa.
Las campanas sonaron
y entre los trigales
te miré embelesada.
¿Qué gitana, dime,
te dio ese salero?
Porque entre tus faldas
de retacería
se ven mil parcelas,
en las que hay barajas
de gitanerías,
y entre los revuelos
de tu verde falda,
¿quién pintó
el caserío
de cardón labrado,
y quién entretejió
techos de palma,
donde quedó
enredada mi alma?
Coqueta y femenina
miras a San Carlos,
que con bruma marina
su sentir te envía.
Y tú, ¿recados le envías
con las palomitas?
Extiende tus brazos,
no puede alcanzarte,
sufre por celos
de verte tan guapa,
que sólo neblinas
se acercan a ti,
ciudad de etérea ilusión.
Su rocío te baña,
joven laboriosa,
comundeña hermosa,
mi Constitución.
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Agua
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Cae el agua repitiendo
un lánguido poema.
Adivino ondas
eléctricas,
magnéticas.
Mis oídos captan
vibraciones subterráneas,
otras vidas,
que viven y mueren
en oscuras cavernas,
pulidas por el eterno
paso del agua.
El agua canta.
Aun en la más terrible oscuridad,
sabe que un día
conocerá el sol,
otra vegetación, ¡al cielo!
Con sus soles lejanos,
mirará los árboles,
¡las flores y el lucero!
Y, si hay suerte,
jugará con los pies
de niños descalzos,
cantará con ellos,
se dará completa,
aunque quizá no sepa
que sin ella no hay vida.
Un día subirá tan alto,
en tenue neblina,
como la profundidad que conoció.
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