75 - Identidades

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IDENTIDADES
Dossier Primer Encuentro Patagónico de Teoría Política, 2013
pp. 75-82
ISSN 2250-5369
La justicia social en el discurso fundacional del Movimiento Popular Neuquino
Fernando Alberto Lizárraga (Cehepyc-CONICET)
Hasta octubre de 2011, la Norpatagonia (provincias de Neuquén y Río Negro)
representaba en los mapas electorales una especie de gran anomalía en la normalidad
bipartidista argentina: era la única región en la cual el Partido Justicialista no había
podido triunfar en elecciones para gobernador. La Unión Cívica Radical rionegrina y
el Movimiento Popular Neuquino (MPN) no conocían derrotas para la primera
magistratura provincial desde 1983. Sin embargo, las cosas cambiaron en Río Negro
con la victoria justicialista que llevó a la primera magistratura provincial a Carlos
Soria en diciembre de 2011. Así, Neuquén se convirtió en el único bastión
inexpugnable para cualquier fuerza política nacional, puesto que el MPN ratificó con
holgura su hegemonía, no sólo en tres décadas de democracia, sino en casi medio
siglo de historia. Neuquén es el único distrito en el cual un partido provincial (se)
mantiene (en) el poder -por voto popular o por cooperación con regímenes de factodesde 1963 hasta nuestros días.
Las explicaciones para este peculiar desempeño electoral del MPN son
múltiples: desde la presencia de un aceitado aparato electoral, pasando por la acción
de una formidable red clientelar, hasta la inexistencia de una oposición partidaria
con auténtica vocación de poder. A esto, -y sin pretensión alguna de exhaustividaddebe añadirse la exitosa estrategia emepenista de conciliar posiciones con los
gobiernos federales de turno y la cohesión interna lograda mediante el elaborado
culto a la “neuquinidad” (Lizárraga, 2010). Pero estos fenómenos que dan forma a las
preferencias electorales -y que convierten al MPN en partido culturalmente
hegemónico y electoralmente predominante- se erigen sobre un estilo de gestión que
es percibido como irreemplazable. En el trasfondo de un desempeño que recibe un
reconocimiento popular casi sin fisuras no puede sino haber al menos algunas
acciones eficaces. El MPN es populismo, es modelo (aunque no Estado) de bienestar,
es economía de enclave, es partido poli-clasista dirigido por la pequeña burguesía, es
desarrollismo y es capitalismo de amigos (crony capitalism); es pan, es circo y es
represión sobre la muy neuquina “contra-cultura de la protesta”.
Quizá la propia impronta justicialista -de la que el MPN jamás ha renegadosea una de las explicaciones del incesante éxito electoral del partido provincial. Y si
esto es así -demostración que aquí no emprenderemos-, tenemos una razón adicional
para que resulte interesante examinar la concepción de la justicia social que subyace
a las políticas emepenistas. Porque, debe decirse, es difícil que tenga apoyo popular
perdurable un gobierno que sea percibido como injusto durante mucho tiempo. Así
las cosas, en estas páginas nos proponemos identificar y analizar la concepción de
LIZÁRRAGA
LA JUSTICIA SOCIAL EN EL DISCURSO FUNDACIONAL
justicia social del Movimiento Popular Neuquino, tomando como punto de referencia
la Carta Orgánica Partidaria, cuyos principios y lineamientos de acción política no se
han modificado sustancialmente desde 1961 a la fecha.
Declaración de principios
La Carta Orgánica (CO) partidaria del MPN (2007) incluye una Declaración de
Principios (DP) que no ha sido modificada, en lo sustancial, desde su redacción
original en 1961, y que ofrece elementos clave para comprender la concepción de
justicia social del partido. En primer lugar, se enfatiza que esta organización se
constituye “respondiendo a las aspiraciones de amplios sectores populares de
nuestra Provincia”; aspiraciones que, traducidas en demandas, resultan constitutivas
del pueblo al que el MPN pretende representar. Asimismo, la DP alude a una
“esencia partidaria”, “profundamente democrática, inspirada en principios simples,
prácticos y populares, cristianos y humanistas, fundando su actuación en intergiversables
manifestaciones del Pueblo Neuquino, cuya voluntad consulta y aspira a
representar” (MPN, 2007; énfasis propio). En estos primeros tramos de la DP, no
puede dejar de observarse una tensión evidente: la esencia está formada por un
conjunto de principios, pero la acción está fundada no en los principios de esa esencia
sino en las “manifestaciones” de la “voluntad” del pueblo neuquino. Se prefiere aquí
el aspecto democrático puro por sobre la normatividad inherente a los principios,
puesto que la voluntad en acción puede, lógicamente, ser contraria a la esencia. La
tensión se resuelve, entonces, en virtud del predominio de los principios simples,
prácticos y populares de la esencia partidaria.
Pero así como en un determinado momento queda abierta la puerta a una
conducta democrática aparentemente radical -opuesta al clásico modelo
madisoniano- no tarda en emerger la contracara cuando, en la misma DP, se afirma
que la acción política se hará en función de las “expresiones puras” de la masa de
afiliados “sometiéndose únicamente a los dictados de la Ley, a las exigencias
igualitarias en el goce de los derechos y libertades que hacen a nuestro sistema de
vida establecido y amparado por la Constitución Nacional” (MPN, 2007). La
voluntad, que antes no estaba limitada por los principios, se ciñe ahora a las mandas
constitucionales. Y es aquí donde se observa una primera insinuación de la idea de
justicia social que, en términos teóricos, podría definirse como igualdad formal ante
la ley, en tanto igual goce de derechos y libertades. Rawls lo llamaría “libertad
natural” (Rawls, 2000: 78), Cohen lo llamaría “igualdad de oportunidades burguesa”
(Cohen, 2011: 17).
Ahora bien, apenas dicho lo anterior, la DP realiza un abrupto giro hacia la
filosofía predilecta de la pequeña burguesía, esto es, el utilitarismo. Dice el MPN:
dependen de la decisión y sacrificio de los Neuquinos de la
actual generación, asegurar para el futuro el progreso material de
la Provincia y la felicidad de sus habitantes [...]. De ahí la
creación del Movimiento Popular Neuquino que propone
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soluciones concretas fundamentales, y para obtenerlas quienes lo
constituyen están dispuestos a todos los sacrificios (MPN, 2007).
El utilitarismo, en sus diversas versiones, sostiene que la meta social preferida
es el bienestar agregado o, en términos más simples, la suma de la mayor felicidad
posible. La mayor felicidad del mayor número, sigue siendo una buena y simple
descripción de esta doctrina. El problema es que, como se ha señalado repetidamente
-en particular desde la demoledora crítica que lanzara John Rawls en los años 1970-,
el utilitarismo es crudamente consecuencialista, ignora la separabilidad de las
personas e introduce en el cálculo social cuestiones que sólo son legítimas en el
cálculo personal. Concretamente; ¿es justo que un gobierno imponga sacrificios
presentes en pos de la felicidad futura? ¿En qué medida los derechos individuales o
grupales habrán de ser respetados cuando el violarlos puede ser congruente con la
meta de la felicidad general presente o futura? El utilitarismo aprueba infringir
normas en obsequio a los fines (de allí su consecuencialismo); las concepciones no
teleológicas, en cambio, no permitirían que se realicen “todos los sacrificios” si estos
significaran la vulneración de derechos. La justicia emepenista, por lo visto, contiene
elementos de libertad natural y una densa vocación utilitarista que se expresa en la
idea de que la provincia es una “máquina de hacer felicidad”.
Con todo, un documento clave del neo-peronismo, como lo es la Carta
Orgánica del MPN, no podía dejar a la justicia sin una definición más precisa. Tras
los primeros escarceos, los redactores de la DP sentencian:
entendemos que lo justo es la medida del acierto en la
distribución de los bienes comunes a una colectividad,
enunciando como objetivo superior del Partido la implantación
de la Justicia Social, practicada como norma y más alta actividad
del Estado (MPN, 2007).
De repente, el lenguaje se desplaza desde el utilitarismo hacia una versión
tradicional y formal de la justicia, que recuerda a la clásica definición de Ulpiano: “La
justicia es la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo”. Para los
redactores de la DP, hay algo que está fuera de discusión: la Justicia Social es un
“objetivo superior” del partido, una norma práctica y la “más alta actividad del
Estado”. Pero el problema se suscita al momento de la definición misma, porque se
dice que “lo justo es la medida del acierto en la distribución de los bienes comunes a
una colectividad”, y esto equivale a afirmar que una distribución justa es aquella que
es acertada o, que una distribución acertada es, por ende, justa. No hay nada que
indique en qué consiste el acierto, cuál es la métrica o el criterio de distribución.
Tampoco se nos ofrece mucha claridad sobre qué se distribuye y entre quiénes. El
texto remite a los “bienes comunes a una colectividad”, pero sólo hay silencio sobre
qué tipo de bienes son éstos, en qué consiste la noción de bienes comunes, como
tampoco se aclara si la comunidad poseedora de los bienes coincide exactamente con
la comunidad receptora de los bienes a distribuir.
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A esta formal definición de la justicia social le sigue una declaración en la que
el MPN afirma respetar la libertad de conciencia, de expresión y las libertades
políticas, en tanto “normas primarias de convivencia política”. La exaltación de las
libertades básicas con posterioridad a haber definido, aunque precariamente, la
justicia distributiva de bienes comunes, parece indicar un ordenamiento que, en
principio, autorizaría trade offs entre bienestar y libertades. Y esto tiene asidero si se
recuerda que tales intercambios son permitidos por la regla utilitarista de buscar la
máxima felicidad del mayor número. El documento fundacional nos lleva en esta
dirección al señalar que el MPN se propone actuar “encuadrando su dinámica en la
filosofía justicialista para obtener la unidad que fomente y consolide la felicidad del
Pueblo y la grandeza de la Patria” (MPN, 2007). Y como remate de estas aserciones,
los fundadores del partido afirman “su insobornable decisión de servir
exclusivamente a los intereses del pueblo, teniendo como norma: „Primero la Patria,
después el Movimiento y luego los hombres‟”. Es muy difícil conciliar este orden de
prelación con el “humanismo” de la esencia emepenista. Uno se pregunta: ¿cómo se
concilia el declarado respeto por las libertades básicas con la simultánea afirmación
de que las personas importan, pero sólo en último lugar?
Programa de acción política
El programa de acción política del MPN, que se lee a continuación de la
Declaración de Principios, ofrece algunas precisiones sobre las vagas nociones de
justicia social que hemos identificado. En estos lineamientos de acción partidaria,
llama la atención, en primer término, la inscripción del MPN en un bien demarcado
campo cultural-ideológico, que es más elocuente por lo que excluye que por lo que
incluye. El MPN se propone “[p]reservar las bases de una cultura auténticamente
Nacional, con vocación de integración en lo espiritual con el mundo de occidente, al
cual pertenece por origen y elección del Pueblo que la sustenta” (MPN, 2007). En la
jerga política de la Guerra Fría, Occidente es sinónimo de capitalismo o, más
ampliamente, del bloque liderado por Estados Unidos. Occidente es anticomunismo.
Así, para el MPN, Occidente no es aquello distinto del Lejano Oriente, sino aquello
distinto del bloque soviético (y, valga subrayarlo, algo distinto de los pueblos
originarios, para los que reserva un lugar apenas folclórico).
La expresiva delimitación del MPN al mundo no-comunista fija los alcances
de las políticas sociales que se enuncian en los ítems siguientes del programa de
acción política. El MPN reconoce derechos amplios, incluso aquellos de segunda
generación (económicos y sociales), pero ese es su límite. Así, se compromete a
proveer “a la emancipación social del ciudadano [...] dentro de un sano ambiente
democrático asegurado por el pleno goce igualitario, de los derechos y garantías
individuales y sociales que establece la Constitución” (MPN, 2007). En este contexto,
el MPN arroja una definición que pretende especificar la vaga noción de justicia
enunciada en la DP. El ítem 9 del Programa de Acción Política propone:
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Afirmación de un estado de justicia que imponga la equidad y
las justas distribuciones de los frutos del trabajo, según la
capacidad y la necesidad (MPN, 2007).
Esta escueta formulación contiene una gran densidad teórica. Haya sido o no
la intención de los redactores de la Carta Orgánica, aquí hay elementos para
comprender la práctica política emepenista. Vale destacar, por supuesto, la idea de
equidad, que ya desde tiempos medievales se refería a un tipo específico de justicia:
la justicia distributiva. Por ello, el uso del concepto de equidad en el marco de una
idea de distribución de riqueza es totalmente acertado, en términos tradicionales y
también en términos contemporáneos, ya que, como se sabe, la teoría de la justicia
más influyente de los últimos años, elaborada por John Rawls, se denomina “justicia
como equidad” [justice as fairness]. Al hablar de equidad, los autores de la CO
parecen estar pensando en que no se trata de cualquier distribución -y ni siquiera de
una distribución crudamente igualitaria (a cada quien una parte igual)-, sino de una
distribución no igualitaria pero justa. En términos rawlsianos, podría decirse que la
equidad es una de las formas de la justicia distributiva, que supone el reparto de
porciones diferentes entre diferentes personas o grupos. Dada una hipotética
igualdad inicial, se asignan partes desiguales por motivos justificados. Si las
desigualdades resultantes están justificadas se convierten en diferencias, y esto es
equitativo.
En la definición que estamos analizando, se observan otros dos aspectos
relevantes. Por un lado, aparece un cambio en el universo de bienes a distribuir; por
otro, se especifican dos criterios distributivos distintos de la utilidad. A diferencia de
lo establecido en la DP, en la cual el objeto a distribuir es el conjunto de los “bienes
comunes a una colectividad”, ahora se distribuyen los “frutos del trabajo”. Y,
además, la justificación de las diferentes porciones distributivas ya no obedece a la
meta de la felicidad, sino que está dada por dos dimensiones, en principio,
contradictorias: las capacidades y las necesidades. (De algún modo, parece haberse
filtrado aquí algún vago conocimiento de ¡los principios de distribución socialista y
comunista!, que no son precisamente parte de ese mundo cultural Occidental al que
adhiere el MPN).
La distribución en función de la capacidad puede traducirse como el principio
según el cual cada persona recibe los frutos de su trabajo de manera proporcional a
su capacidad productiva. Ahora bien; el problema es que la “capacidad” no está
definida en este documento y, por ende, da lugar a un enorme abanico de
interpretaciones. La más simple, aplicando la famosa “navaja de Ockham”, es que la
capacidad se mide en productividad. Por consiguiente, quien más produce (porque
se esfuerza más o porque es más talentoso) debe recibir más; merece más. En la
tradición liberal esto se conoce como un “precepto de sentido común” que se traduce
en la fórmula “a cada quien según su esfuerzo” (Rawls, 2000: 282). En la tradición
socialista, se lo conoce como Principio de Contribución, esto es: en un marco de
socialización de los medios de producción cada quien debe recibir en forma
proporcional a su productividad pero sólo una vez que se han descontado algunas
partes para un fondo común. Es evidente que el MPN no está pensando en el
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Principio de Contribución Socialista, sino en el más meritocrático “precepto” liberal
según el cual cada quien debe recibir según su esfuerzo-capacidad-mérito.
Este precepto tiene problemas muy evidentes, incluso para los propios
liberales: premia los talentos y capacidades inmerecidas. Los que nacieron en mejores
circunstancias seguramente tendrán más capacidades que los menos afortunados y,
así, se cumplirá aquello que hasta el mismísimo John Stuart Mill -padre del
liberalismo político moderno- condenaba: que algunos sean doblemente favorecidos
o se dé más a quienes ya tienen más, sin mérito alguno de su parte. En palabras de
Mill, el principio de remuneración que otorga ingresos en función de fuerza o
capacidades diferentes “es una injusticia: es darle a los que ya tienen, asignando la
mayor parte a quienes ya han sido favorecidos por la naturaleza” (en Cohen, 2008:
85). Así las cosas, pareciera que la recompensa a la mayor contribución no tiene bases
morales muy sólidas, aunque sí está perfectamente instalada en sentido común del
capitalismo y es avalada sin reservas por las versiones más salvajes del libertarismo o
neoliberalismo. Y como el MPN es, sobre todo, un partido de principios “prácticos” o
de “preceptos del sentido común”, nada tiene de extraño su adhesión a las
“capacidades” como criterio distributivo.
En cuanto al criterio que hace eje en las necesidades, se tiene la impresión de
que, tal como aparecen en el programa de acción política, éstas operan como norma
independiente y yuxtapuesta a las capacidades y no como una limitación o condición
previa. Por ejemplo: podría decirse que la distribución se realiza según las
capacidades sólo luego de que se han satisfecho necesidades básicas universales (el
mínimo social o el criterio de lo suficiente) o que se distribuirá según las capacidades
siempre y cuando esto no afecte la satisfacción de las necesidades de todos. Sin
embargo, el MPN distribuye, en primer término, según las capacidades, beneficiando
a quienes pueden hacerlas valer y, en segundo término, distribuye entre quienes,
sólo pueden plantear necesidades. Meritocracia por un lado, y asistencialismo por el
otro. La equidad, en definitiva, se expresa en un doble estándar difícilmente
conciliable teóricamente pero que funciona sin problemas en la práctica política.
Este doble estándar cobra aún mayor entidad en los puntos siguientes del plan
de acción política. El punto 10 establece que el partido afirmará
los derechos humanos, tales como el derecho de una vida digna y
decorosa, a la instrucción y a la cultura, a la subsistencia, a la
seguridad social, en el paro y en el infortunio, al amparo a la
vejez, invalidez, niñez, juventud y maternidad, como garantías
constitucionales y las leyes que en consecuencia se dicten, que
hagan imposible su allanamiento por el poder público (MPN, 2007;
énfasis propio).
Los derechos y garantías aquí reconocidos configuran un mínimo social, un
umbral de “subsistencia”, que corresponde a la distribución según las necesidades. A
tono con la concepción clásica de los derechos humanos, no hay poder público ni
voluntad mayoritaria que pueda abrogarlos. No escapará al lector que, al menos en
este ámbito de la mera subsistencia, parecen estar primero las personas, luego
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Movimiento y por último la Patria. El punto onceavo de la acción política
emepenista, en cambio, apunta al
aseguramiento de una Justicia Social auténtica, salarios justos,
vitales y móviles. Participación de los beneficios y la dirección,
ocupación plena [...] Creación de Institutos que aseguren la
participación en las utilidades, el régimen de Justicia Social, a la
vez que repriman la irresponsabilidad en el cumplimiento de
función (MPN, 2007; énfasis propio).
Como se ve, ya no se trata de cualquier tipo de justicia social, sino de la
“auténtica” justicia social. Y esto sucede en referencia al mundo del trabajo
asalariado, que tiene como meta el pleno empleo, en sintonía con el
constitucionalismo social y el modelo benefactor de la segunda posguerra. Por lo
tanto, el criterio basado en las necesidades de subsistencia, satisfecho por el punto 10,
no se aplica a la “auténtica justicia social” del punto 11, que sí corresponde al mundo
en que se ponen en competencia las diversas capacidades. Si se quiere, la satisfacción
de necesidades es un criterio derivado o secundario ya que el criterio dominante -el
que hace que la justicia sea “auténtica”- es aquél que retribuye según las capacidades
productivas.
Tenemos, entonces, a grandes rasgos, un conjunto de enunciados que van
desde el utilitarismo bienestarista, cuya meta es la agregación de felicidad, pasando
por una definición puramente formal -y hasta circular de la justicia-, hasta llegar a
una concepción de la equidad especificada en la distribución según las capacidades
(criterio dominante) y según las necesidades (criterio subordinado). Podría decirse
que, en todo caso, estamos en presencia no sólo de un ideario heterogéneo -lo cual
sería no decir mucho-, sino que estamos en presencia de una doctrina intuicionista y
pluralista, con todos los problemas que esto importa, especialmente la
indeterminación del criterio que define lo justo y las reglas de prioridad.
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