el pueblo judío y sus escrituras sagradas en la biblia cristiana

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EL PUEBLO JUDÍO
Y SUS ESCRITURAS SAGRADAS
EN LA BIBLIA CRISTIANA
Documento Pontificia Comisión Bíblica
64. Los lectores cristianos están convencidos de que su hermenéutica del Antiguo Testamento,
ciertamente bastante distinta de la del judaísmo, corresponde sin embargo a una potencialidad de
sentido efectivamente presente en los textos. A la manera de un " revelador " en el procesamiento
de una película fotográfica, la persona de Jesús y los acontecimientos que se refieren a ella han
hecho aparecer en las Escrituras una plenitud de sentido que anteriormente no podía ser percibida.
Esta plenitud de sentido establece entre el Nuevo Testamento y el Antiguo, una triple relación: de
continuidad, de discontinuidad y de progreso.
1. Continuidad
Además de reconocer la autoridad de las Escrituras judías e intentar constantemente la
demostración de que los acontecimiento " nuevos " corresponden a lo que estaba anunciado (ver c.
I), el Nuevo Testamento asume plenamente todos los grandes temas de la teología de Israel, en su
triple referencia al presente, al pasado y al futuro.
En primer lugar aparece una perspectiva universal y siempre presente: Dios es uno; él es quien por
su palabra y su aliento ha creado y sostiene todo el universo, incluyendo al ser humano, grande y
noble a pesar de sus miserias.
Los demás temas se han desarrollado en el seno de una historia particular: Dios ha hablado, se ha
escogido un pueblo, lo ha liberado y salvado muchas veces, ha establecido una relación de alianza
con él, ofreciéndose a sí mismo (gracia) y ofreciéndole un camino de fidelidad (Ley). La persona
y la obra de Cristo así como la existencia de la Iglesia se sitúan en la prolongación de esta historia.
Esta historia abre al pueblo escogido horizontes de un futuro maravilloso: una posteridad (promesa
a Abrahán), un hábitat (una tierra), la perennidad más allá de las crisis y los momentos de prueba
(gracias a la fidelidad de Dios), la venida de un orden político ideal (el Reino de Dios, el
mesianismo). Desde el principio está prevista una irradiación universal de la bendición de Abrahán.
La salvación dada por Dios debe llegar a los extremos de la tierra. Efectivamente, Cristo Jesús
ofrece la salvación al mundo entero.
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No es posible negar, sin embargo, que el paso de un Testamento al otro implica rupturas. Éstas no
suprimen la continuidad. La presuponen en lo esencial. Afectan, de todos modos, a bloques enteros
de la Ley: instituciones como el sacerdocio levítico y el Templo de Jerusalén; formas del culto,
como las inmolaciones de animales; prácticas religiosas y rituales, como la circuncisión, las reglas
sobre lo puro y lo impuro, las prescripciones alimenticias; leyes imperfectas, como la del divorcio;
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2. Discontinuidad
interpretaciones legales restrictivas: por ejemplo, las referentes al sábado. Es evidente que desde
un cierto punto de vista, concretamente el del judaísmo, se abandonan elementos de gran
importancia. Pero no es menos evidente que el desplazamiento radical de acentos realizado por el
Nuevo Testamento había empezado ya en el Antiguo y constituye por ello una lectura potencial
legítima de él.
3. Progreso
65. La discontinuidad sobre algunos puntos no es más que la cara negativa de una realidad cuya
cara positiva se llama progreso. El Nuevo Testamento da testimonio de que Jesús, lejos de oponerse
a las Escrituras israelitas o de señalarles un término y revocarlas, las lleva a cumplimiento, en su
persona, en su misión, y especialmente en su misterio pascual. A decir verdad, ninguno de los
grandes temas de la teología del Antiguo Testamento escapa a la nueva irradiación de la luz
cristológica.
a) Dios. El Nuevo Testamento mantiene firmemente la fe monoteísta de Israel: Dios sigue siendo
el Unico; sin embargo, el Hijo participa de este misterio, que ya no se puede expresar más que en
un simbolismo ternario, ya preparado, aunque de lejos, en el Antiguo Testamento. Dios crea por
su palabra, ciertamente (Gn 1); pero esta Palabra preexiste " junto a Dios " y " es Dios " (Jn 1,1-5);
después de haberse expresado, a lo largo de la historia, a través de toda una serie de portavoces
auténticos (Moisés y los Profetas), terminó por encarnarse en Jesús de Nazaret. Dios crea al mismo
tiempo " por el aliento de su boca " (Sl 33,6). Este aliento es " el Espíritu Santo ", enviado desde el
Padre por Jesús resucitado (Hch 2,33).
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c) El pueblo. El Nuevo Testamento asume como una realidad irrevocable la elección de Israel,
pueblo de la alianza: éste conserva intactas sus prerrogativas (Rom 9,4) y su estatuto prioritario en
la historia en cuanto al ofrecimiento de la salvación (Hch 13,23) y de la Palabra de Dios (13,46).
Pero a Israel Dios le ha ofrecido una " nueva alianza " (Jr 31,31), la que fue fundada en la sangre
de Jesús. La Iglesia se compone de israelitas que han aceptado esta nueva alianza y de otros
creyentes que se han unido a ellos. Como pueblo de la nueva alianza, la Iglesia es consciente de no
existir más que gracias a su adhesión a Cristo Jesús, mesías de Israel, y gracias a su unión con los
apóstoles, israelitas todos ellos. Lejos pues de sustituir a Israel, la Iglesia sigue siendo solidaria con
él. A los cristianos venidos de las naciones, el apóstol Pablo les declara que han sido injertados en
el olivo sano que es Israel (Rom 11,16.17). Dicho lo cual, la Iglesia adquiere conciencia de que
Cristo le abre una apertura universal, conforme a la vocación de Abrahán, cuya descendencia se
amplía ahora en favor de una filiación fundada en la fe en Cristo (Rom 4,11-12). El Reino de Dios
ya no está vinculado sólo a Israel sino abierto a todos, incluyendo a los paganos, con un lugar
especial para los pobres y los proscritos. La esperanza unida a la casa real de David, aunque
defraudada durante seis siglos, se convierte en una clave de lectura esencial de la historia: ahora se
concentra en Jesucristo, un descendiente humilde y lejano. Finalmente, en cuanto a la tierra de
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b) El hombre. El ser humano fue creado grande, " a imagen de Dios " (Gn 1,26). Pero el más
perfecto " icono del Dios invisible ", es Cristo (Col 1,15). Y nosotros estamos llamados a
convertirnos en imágenes de Cristo, es decir, en " una nueva creación". Dios nos salva y nos libera
ciertamente de nuestras pobrezas y miserias, pero por la sola mediación de Jesucristo, muerto por
nuestros pecados y resucitado para darnos vida.
Israel (incluyendo su Templo y su Ciudad santa), el Nuevo Testamento lleva mucho más lejos un
proceso de simbolización ya iniciado en el Antiguo Testamento y en el judaísmo intertestamentario.
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Así pues, para los cristianos, con la venida de Cristo y de la Iglesia, el Dios de la revelación
pronuncia su última palabra. “Después de haber hablado muchas veces y de muchos modos en el
pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas, Dios, en el período final en que estamos, nos
ha hablado a través del Hijo " (Hb 1,1-2).
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