JO BEVERLEY Felicidad en Riesgo

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JO BEVERLEY
Felicidad en Riesgo
5º de la Serie Bribones
Traducido por ISABEL y JUANI — Corregido por Ana y Bárbara
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Felicidad en Riesgo
5º de la Serie Bribones
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Felicidad en Riesgo
5º de la Serie Bribones
Dangerous Joy (1995)
AARRG
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UM
MEEN
NTTO
O::
Irlanda, 1816
Impetuosa por naturaleza, Felicity Monahan, es una joven heredera rica y hermosa, pero
rebelde. Miles Cavanagh sabe que desempeñar el papel de tutor de esta mujer tan
temperamental será una ardua tarea. Ambos se conocen en una fría noche cubierta por la niebla,
en condiciones… digamos… no muy apropiadas. Lo que se inicia forma oscura, fruto de la
desesperación, se transforma en una pasión verdadera e indudablemente prohibida.
Cuando Miles y Felicity se atreven a entregarse en cuerpo y alma al amor, un hombre se
interpone entre ellos: un rival obsesionado, capaz de cualquier cosa para apoderarse de la fortuna
de Felicity. Su traicionero empeño obligará a la pareja de amantes a arriesgarlo todo para
mantener su preciosa pero peligrosa felicidad…
SSO
OBBRREE LLAA AAU
UTTO
ORRAA::
Mary Josephine Dunn Beverley, más conocida por las lectoras de
novela romántica como Jo Beverley, es una de las más afamadas
escritoras románticas de la última década. Aunque nacida y criada en
Inglaterra, ya adulta se fue a vivir a Canadá, donde actualmente reside
junto a su esposo y familia, se ha convertido en una de las más
reconocidas y premiadas autoras de novela romántica de la
actualidad.
Jo Beverly, es toda una especialista en retratar como nadie la época
medieval, la cual detalla con mimo preciosista en sus estupendos
libros ambientados en el medievo inglés. Ha sido honrada y
reconocida como una de las más importantes escritoras de los «Romance Writers of América Hall
of Fame». Cinco veces ganadora de los premios «RITA» en 1992 por Emily and the de Dark Ángel;
en 1993 por An Unwilling Bride; en 1994 por Deirdre and Don Juan y por My Lady Notorius y en
2001 por Devilish. Su serie sobre los hermanos Malloren y su serie medieval han gozado de una
excelente acogida por parte del público y de la crítica especializada.
Los lectores de habla hispana pudimos conocer su trabajo en el 2004, de la mano de Titania,
que publicó La Flor del Oeste. Esta misma editorial ha seguido publicando más libros de la autora y
tiene pendiente de programación varios títulos más, lo que significa que seguiremos disfrutando
de las historias de esta autora.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0011
Irlanda, Enero de 1816
Miles Cavanagh estrechó el ceño al mirar el documento.
—Tu padre debió perder el sentido común, Colum. Cómo puedo ser tutor de la chica.
Su reciente padrastro adoptó un aire respetuoso.
—Cuando un hombre está preparado para dejar el mundo terrenal, se le puede disculpar que lo
que primero abandone sea el sentido común.
— ¿Hasta el punto de ser engañado?
Colum Monahan, hombre de mediana edad, todavía con la ropa de viaje agitó su dedo.
—No intentes echarme la culpa, Miles. Mi padre había muerto y el documento se firmó horas
antes de que yo llegara a Foy.
Miles le creyó, pero era típico de Colum intentar escapar del incómodo deber. Era un hombre
encantador, afable e indolente que siempre esperaba lo mejor de la vida. Ella se lo ofreció
incluyendo a la hermosa madre de Miles. Y ahora estaba ante la eliminación de una tutela
problemática.
— ¿Entonces, qué diablos le pasó? Nadie en su sano juicio, nombraría a un hombre
desconocido de veinticinco años, como tutor de su nieta de veinte años — Miles argumentó.
— ¡Nada adelantas con quejarte ante mí! Y mi padre está fuera de tu alcance.
—Perdóname, pero es una imposición vergonzosa.
—Cálmate. Sufrirás un ataque si dejas que tu disposición a la ira te domine.
—No me dejo dominar.
Colum sirvió dos copas de coñac y le alcanzó una a Miles.
—Toda persona de pelo rojo es propensa a los accesos de ira.
—Mis cabellos no son rojos y estoy calmado. Solo que no quiero la carga de una joven que tú
describes como ‘’la endiablada Felicity ‘’— declaró Miles y tomó un trago de la bebida.
—La chica se ha vuelto más tranquila con la edad. Nada podía ser más ejemplar que su
comportamiento durante el funeral. Eso sin mencionar su belleza. Cabello y ojos oscuros, además
de una buena figura. Por otra parte, recuerda que es la heredera de una fortuna.
—Pero su padre no tenía mucho que dejarle.
—Te olvidas del abuelo materno, Miles.
Cierto. Él nunca había pensado que los parientes maternos de la sobrina de su padrastro
entraban en la lista.
El verano pasado cuando Colum se había casado con su madre, Miles había acompañado a la
pareja en una visita a Foy Hall, la casa de la familia de él. Pero, en esa ocasión, Felicity Monahan
estaba en Inglaterra visitando a la familia de su madre y tratando un legado que le dejó su abuelo
materno.
— ¿Pretendes decirme que vale la pena?
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— ¡Cuando pienso en la oposición feroz de mi padre al matrimonio de Patrick con la hija de
aquel minero de Cumberland! Un hombre que consiguió sus propias minas e hizo fortuna —
levantó la copa en un brindis — Veinte mil al año, muchacho.
— ¿Veinte mil?
—Quizás debas considerar a Felicity con fines matrimoniales.
—La endiablada — Miles comentó sorbiendo un buen trago de coñac.
Veinte mil libras. Más que sus propios ingresos. Maldición. ¡Cada cazador de dotes de Europa
estaría tras ella!
—Hijo mío, un hombre al que le gustan los caballos tendría que apreciar la vivacidad de una
potranca.
— ¡Ten paciencia Colum estamos hablando de una mujer, no de una yegua!
—Al final viene a ser lo mismo — su padrastro afirmó parpadeando.
Miles se sirvió otra copa. Todavía no aceptaba bien la idea de tener un padrastro. Y menos a
uno que apreciaba a su madre de una manera carnal tan obvia que era suficiente para poner a
prueba la paciencia de un santo. La pareja estaba siempre intercambiando miraditas. También
durante el día. Daban cualquier disculpa y desaparecían. No era decente.
Sin embargo, como su madre parecía feliz Miles fingía ignorar tal actitud. Pronto se iría a
Inglaterra y cuando volviera esperaba que los dos ya hubiesen dominado el ardor de los recién
casados y de paso se comportaran de acuerdo con su edad.
Esto, si se iba a Inglaterra. En octubre, al inicio de la época de caza, se le había dislocado la
clavícula. Ante la insistencia de su madre se había quedado en casa. Luego había llegado Navidad.
Como hacía años que no la pasaba allí decidió quedarse. Y ahora, se veía obligado a aceptar una
tarea exigente.
—Es una pena que no estés casado, hijo mío. Si tuvieses una esposa, ella cuidaría de la chica
por ti — Colum comentó.
—Pero no la tengo, ni tengo la intención de buscar una pronto.
—Eres el heredero de Kilgoran y tienes tus obligaciones.
Para Miles eso era una carga. Su padre, primo y heredero del conde de Kilgoran había fallecido.
Eso y la mala salud del viejo conde significaban una espada sobre su cabeza que podría caerle
poniendo fin a una vida placentera.
—Si mi primo hubiese asumido sus deberes y se hubiera casado, yo nunca necesitaría hacerlo.
—Es verdad, pero eso vuelve más urgente tu necesidad de casarte. Eres el último en la línea de
sucesión. Sería lamentable que un antiguo y respetado titulo irlandés desapareciera.
—Tengo un hermano.
—Oficial de la Marina. Es una profesión excelente y segura.
—No tienes por costumbre hablar de la importancia del deber, Colum.
—A tu madre le gustaría que te casaras y los deseos de Aideen pasan a ser los míos también.
— ¡Genial! Pero dudo que mi madre también quiera que sea el tutor de esa muchacha. Voy a
solicitar una declaración sobre la senilidad de Leonard en los últimos tiempos. Con eso el
documento perderá validez.
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—Lo dudo Miles, tanto el doctor como el criado de mi padre, atestiguaron que estaba lúcido
mientras firmaba tal declaración en el documento.
— ¡Maldita sea! Debe haber alguna solución.
—No una rápida. Ya tuve problemas en los tribunales de Dublín y mi consejo a cualquier
persona es que los evite a cualquier precio. Dentro de poco más de seis semanas, Felicity alcanzará
la mayoría de edad. El caso en los tribunales llevaría ese tiempo y al final, tú solo habrías perdido
dinero. Será más fácil aceptar tal imposición.
Miles no ocultó su mirada inquieta.
—Sospecho, Colum, que la tarea traerá problemas.
—De ninguna manera.
— Ya perdí dos meses de caza y este asunto me va a privar de otros tantos.
—No fue mi culpa que te dislocaras la clavícula. Hasta yo te aconseje que te deshicieras de ese
caballo.
—Banshee tiene cualidades que no quiero perder. Mis caballos están en Melton y yo,
prisionero aquí. Sé aceptar tal obligación, pero por lo menos tendré que ir a conocer a la chica.
—Estoy de acuerdo, pero no será necesario. Ella parece contenta de vivir en Foy y mi hermana
Annie es una buena compañía. Felicity tiene un abogado en Dublín y dos consejeros que cuidan de
su fortuna.
En ese momento, la madre de Miles, lady Aideen Monahan, entró con su habitual aura de
energía, con los ojos brillantes y una amplia sonrisa. Aunque pertenecía a la noble familia
Fitzgerald, no hacia ostentación. Sin embargo, mantenía el uso del título, pues pensaba que
“señora” era demasiado doméstico.
Hermosa, con un vestido de lana azul y los cabellos rubios bien peinados, saludó el regreso de
su marido a casa con un beso.
— ¿Quién tiene una fortuna que debe ser cuidada? — preguntó.
Era competencia de Aideen hacerse cargo de Clonnagh lo que garantizaría a Miles una vida sin
problemas.
—Felicity la sobrina de Colum — respondió Miles.
—Ah, sí, heredó de su abuelo materno. ¿Algún problema? ¿No eres tú su tutor, Colum?
—No, lo soy yo. El viejo Leonard Monahan cambió el testamento a las puertas de la muerte —
explicó Miles.
— ¡Que interesante! ¿Por qué? — indagó.
—Solo el diablo lo sabe…
—Las razones — Colum empezó a divagar — eran a causa de los comentarios de que Felicity
estaba en peligro y…
— ¡¿Peligro?! ¿De qué tipo? — Miles quiso saber.
—No lo dijo. Seguramente le preocupaban los caza-fortunas.
—Claro, pero la mención del peligro era una señal de que no estaba lúcido.
Aideen observó a su hijo.
— ¿Estás muy molesto, querido?
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— La señora puede calcularlo por la manera en cómo mis cabellos están tiesos — él respondió,
aunque sonriendo.
Ella lo acarició al tiempo que decía:
—No creo que sea un compromiso muy costoso. Colum y yo nos haremos cargo de todo
mientras estás afuera. La voluntad de un moribundo debe ser respetada, Miles.
Viniendo de su madre, eso equivalía a una orden.
—Muy bien. Mañana, cabalgaré hasta allí para presentarme ante la muchacha. Hasta me
quedaré unos días luego, me iré a Melton.
A la tarde siguiente, Miles galopaba por los campos el trote de Argonaut le llenaba de barro las
botas y los pantalones de cuero. Un agradable paseo.
Guió su montura por una larga cuesta. Incluso después de recorrer cincuenta kilómetros
Argonaut la subió sin disminuir la velocidad. Al alcanzar la cima, Miles golpeó el cuello del animal.
—Ah, eres magnífico, mucho más de lo que esperaba. Voy a sufrir cuando nos separemos, pero
no te preocupes. Solo te entregaré a alguien que te valore.
Mientras seguía adelante, Miles agradeció a los cielos el no criar caballos por dinero como
muchos irlandeses y poder escoger sus clientes. Acostumbraba a llevar caballos adiestrados para
la caza a Melton Mowbray donde negociaba las ventas. Los cazadores experimentados conocían la
reputación de los caballos de Clonnagh sin necesidad de verlos correr.
Miles comprobó el rumbo que seguía con el sol del atardecer. Estaba seguro de que faltaban
pocas millas hasta Foy.
Lamentaba no haber conocido a la chica en su única visita allí a fin de saber lo que le esperaba.
Los comentarios anteriores de Colum le habían dado la impresión de que era una persona de
malos modales, cabalgaba montada en una silla de hombre y hacía lo que le daba la gana.
Tal rebeldía no era de extrañar. Huérfana desde los nueve años, cuando sus padres habían
naufragado en una travesía a Inglaterra la niña quedó al cuidado del abuelo paterno. Miles tenía la
impresión de que Leonard Monahan era tan simpático e indolente como su hijo Colum.
Las tierras habían sido mal atendidas por un agente vago y la casa por su hija Annie, también
perezosa, cuyo único interés eran los gatos. Siendo así, Felicity debía de haber gozado de plena
libertad. Miles sin embargo, no estaba interesado en corregir tal negligencia. Solo rezaba para que
su indeseable pupila se comportase bien en las próximas dos semanas.
En una bifurcación en el camino, un cartel indicaba que Foy estaba a dos kilómetros de
distancia. Al girar a Argonaut en esa dirección, Miles vio a un caballero que se aproximaba para
intercambiar cumplidos.
—Rupert Dunsmore de Loughcarrick — el elegante hombre se presentó, tocándose el gorro de
piel de castor con el mango de plata del látigo.
Sin duda era un caballero, pero su apariencia y el vistoso corcel gris no lo impresionaron.
—Miles Cavanagh de Clonnagh.
Sin saber por qué sintió una inmediata antipatía por el señor Dunsmore. Tal vez fuese por la
expresión de desdén en su rostro delgado, o por su fuerte acento inglés. O era un inglés o solo un
irlandés que intentaba imitar al invasor.
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—Está muy lejos de su casa, señor Cavanagh — comentó Dunsmore mirándolo como si fuese un
vagabundo, o un ladrón de caballos.
Al haber estudiado en Inglaterra, Miles podría ser tan inglés como el Regente si quisiera, pero
de momento no se puso a hablar con un cerrado acento irlandés:
—Que yo sepa señor Dunsmore, los ingleses todavía no han promulgado una ley que lo
prohíba.
Siguieron andando uno al lado del otro pero al paso.
— ¿Voy a Foy y usted milord? — preguntó Miles.
—A Loughcarrick que está cerca de Foy.
La conversación se habría acabado, si Dunsmore de repente no hubiera girado hacia Miles y
exclamado:
— ¡Cavanagh! ¡Usted es el heredero de Kilgoran! — Observó las ropas sencillas de Miles con
incredulidad — Imagino que va a visitar a su pupila, la señorita Monahan.
Miles despreciaba a las personas que solo prestaban atención a las de posición social más alta,
pero no tenía motivos para pelearse con el sujeto.
—En efecto, allí voy. ¿Milord la conoce?
—Bastante. Somos vecinos. Ella y mi difunta esposa eran muy allegadas.
Un escalofrío en la nuca alertó a Miles de que había algo más en esas palabras.
—Yo todavía no conozco a la muchacha.
—Es una joven excelente. Por favor perdóneme por mencionarlo, pero me parece extraño que
un hombre tan joven sea su tutor. Ella también cuenta con una buena herencia. Los amigos de la
señorita Monahan deben estar preocupados.
¿Y tú se consideras uno de ellos, verdad? ¿O eres algo más? Miles conjeturó. Al parecer el
hombre era viudo. ¿Estaría buscando nueva esposa? ¿Preferiblemente rica?
—Los amigos de ella no tienen motivos para preocuparse, señor Dunsmore. Mientras que la
señorita Monahan no intente casarse con un cazador de fortunas antes de marzo, nosotros nos
conformaremos — Miles afirmó en tono bajo.
El rostro de Dunsmore palideció.
—No quise faltarle al respeto, señor Cavanagh, pero todo indica…
Antes de que pudiera completar la frase, fue arrancado de la silla por un gallo gigantesco. Un
grupo de animales surgió del bosque. Un ganso, un carnero, un caballo, un toro…
Miles recuperándose del susto se dio cuenta que se trataba de hombres con caretas y capas.
Uno de ellos, con una máscara de cerdo, otro saltó sobre su grupa maldiciendo en gaélico e
intentando desmontarlo de ella. A base de codazos consiguió derribarlo. Giró la montura viendo a
otros cuatro golpeando a Dunsmore sin piedad. Avanzó hacia ellos a fin de espantarlos, pero dos
asaltantes lo agarraron por las piernas. Asustado, Argonaut comenzó a girar encabritado, Miles
logró golpear a uno de los hombres, pero el otro consiguió sacarlo de la silla y derribarlo al suelo.
Dos más se pusieron encima de él y rápidamente lo dominaron.
Argonaut coceaba sin control y Miles vio como un hombre lo golpeaba con un palo.
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— ¡Te voy a sacar los ojos! — gritó volviendo a luchar. Sin embargo, fue amordazado y
amarrado de pies y manos. Vio a Argonaut huir al galope por el camino. Juró desollar vivos a cada
uno de esos malditos por golpear al caballo.
Los cuatro hombres corrieron para unirse a los otros tres que le pegaban a Dunsmore. ¿Sería
por motivos personales o políticos? Se preguntó Miles. En estos días, en Irlanda, podría ser uno u
otro motivo.
Dolorido y furioso vio al ganso azotar a Dunsmore. El ataque era claramente un aviso, pero
debían estar locos al hacerlo con un inglés. Al día siguiente, la región sería un hervidero de
militares.
Luego, Dunsmore fue colocado de nuevo en la silla. Abrazándose al cuello del caballo fue
instigado a correr por el camino.
Miles imagino cual sería su propio destino. Con excepción del caballo y el ganso, los animales
desaparecieron en las sombras del anochecer.
— ¿Qué diablos vamos a hacer con él? — masculló en gaélico.
—Déjalo aquí. Alguien lo encontrará.
—Está empezando a llover y la cabaña abandonada está por ahí.
— ¿Quieres que cargue con él? Es grande y si te da pena, ¿por qué no lo soltamos?
—Estos pelirrojos son tipos que luchan. Cuando se calme, después nos dará la razón.
No lo apuestes pensó Miles jurando venganza.
El caballo se aproximó.
—Voy a soltar sus pies para que pueda encontrar cobijo. Si crea problemas, le daré un porrazo
en la cabeza para poder arrastrarlo hasta allí.
Miles no lo dudaba. El caballo lo ayudó a ponerse en pie y retiró la cuerda de sus tobillos. La
lluvia arreciaba cuando llegaron a la decrépita choza. Lo empujaron al suelo, atándole los pies otra
vez.
—Alguien aparecerá después para soltarlo. Si es inteligente no creará problemas, ni ahora, ni
luego.
Mentalmente, Miles maldijo a los dos que lo habían tirado en ese lugar húmedo y oscuro. Con
dificultad se recostó contra las piedras de la chimenea vacía y repasó las contusiones. No eran
muchas. Dedujo que solo lo habían atacado por estar con Dunsmore.
Debían de pertenecer a esa organización que estaba operando en los condados del este en los
últimos años. Atacaban a ingleses e irlandeses que se aliaban con ellos. En verdad, el yugo inglés
en Irlanda era muy pesado, con leyes severas y veinte o veincinco mil soldados para reforzarlas. A
causa de ello, si Argonaut estaba bien, dejaría pasar el asunto.
Las sombras nocturnas se hicieron más profundas y la indulgencia de Miles se debilitó. Las
ataduras desollaban sus muñecas, algunas partes de su cuerpo le hormigueaban y otras sufrían
calambres. La mordaza le estiraba los labios y absorbía la saliva. Comenzó a temblar, puesto que
era una noche fría de enero.
A pesar del dolor intentó soltarse la atadura de las muñecas. Pero cuando escuchó un ruido
afuera se paró. ¡Maldita sea, ya era hora!
La puerta se abrió y apareció una silueta oscura. Casi sin hacer ruido se acercó.
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Algo fue puesto a un lado con un clic.
¿Un arma?
Miles se preparó para la lucha.
Era un farol colocado en un estante cuya luz formaba una aureola alrededor de la silueta
envuelta en una capa con capucha. Algo le decía que se trataba de una mujer.
Estaba seguro. Ella retiró la caperuza rebelando una bella cabellera pelirroja, un rostro delicado
y unos increíbles ojos oscuros llenos de compasión.
— ¡Ah, pobre criatura! — exclamó cruzando las manos sobre sus senos.
La voz era agradable. Si no estuviera amordazado, le habría dicho algo cortés. Ella continuó
mirándolo con lástima. Miles, entonces hizo unos ruidos de protesta.
— ¡Ah, su boca señor! En seguida le quito la mordaza. No se preocupe — prometió
apresurándose a hacerlo.
Pero en vez de intentarlo por detrás, se aproximó de frente con el busto casi rozándole la cara.
Si no fuera por la situación, Miles apreciaría esa suavidad con perfume a rosas.
—Oh, esos monstruos han apretado mucho el nudo. ¿Cómo pueden ser tan crueles? —
protestó acercándose más.
Que los santos lo protegieran era un pecho muy bien dotado. Llevaba un vestido que sostenía
la base de sus pechos empujándolos hacia arriba y solo una camisa vieja y gastada cubría la
generosa parte superior.
Miles no estaba en condiciones de alimentar ideas amorosas, pero su cuerpo reaccionó por
cuenta propia ante tal maravilla.
Su perfume era delicioso y su toque delicado como el de una flor, sin embargo le faltaba un
poco de perspicacia, pues continuaba con los brazos alrededor de su cabeza. Intentó decir alguna
cosa, pero se atragantó.
Sin soltar la mordaza lo miró. Sus hermosos ojos estaban muy cerca. Los rodeaban pestañas
largas y oscuras.
— ¡Oh, pobre hombre! ¿Está sufriendo terribles dolores? Ah, tengo una idea. Déjeme intentarlo
por detrás.
En cuestión de segundos lo separó de la chimenea soltándole la mordaza.
Miles movió la mandíbula y trató de encontrar algo de saliva para humedecer la boca.
— ¿Bebida? — balbuceó.
—Oh, claro señor — le acercó un frasco del bolsillo del vestido — esto le ayudará en un abrir y
cerrar de ojos — afirmó llevándoselo a los labios.
Miles le dio un gran trago y sin querer, se echó hacia atrás escupiendo la bebida de su boca.
— ¿No le gusta señor? Es el mejor whisky irlandés ¡Lo juro por el alma de mi madre!
Miles tosió antes de poder hablar:
—Le creo, pero no es lo que necesito para matar la terrible sed.
— ¡Que tonta soy! No tardo más de un minuto, señor.
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Corrió hacia la puerta donde se detuvo como si se enfrentase a un dilema. Luego abrió el frasco
y salió tirando afuera el contenido. Perplejo, Miles continuó sentado. Sin duda era muy simple.
¿Por qué no lo había desatado para que fuera hasta el riachuelo o la fuente?
Suspiró. No sería capaz de aprovecharse de una mujer tan ingenua, pero algunos hombres no
dudarían en conseguir esos senos.
¿Habrían pensado eso los asaltantes? Tal vez fuera parte del plan.
Su cuerpo volvió a reaccionar por cuenta propia.
Ella regresó acercándole el frasco a la boca. El agua fresca y deliciosa calmó su sed.
—Gracias, querida. Ahora quizá pueda desatarme.
Se agachó frunciendo el ceño.
—Bueno, me avisaron que tuviera cuidado porque el señor podría volverse violento.
—En ese caso, esos valientes debieron de acompañarla.
—Lo pensaron, pero aseguré que tendría cuidado. Sabe, no era su intención hacerle daño.
—Le creo y prometo no hacerle ningún daño. Pero por favor desáteme. Estas cuerdas me están
haciendo mucho daño.
Ella se levantó y comenzó a alzar la falda, dejando al descubierto unas medias blancas y
zapatos de buena calidad. ¿Qué estaba haciendo?
Poco a poco, la falda siguió subiendo, más allá de las piernas bien formadas, las ligas por
debajo de las rodillas y los muslos de piel sedosa. Miles imaginaba hasta donde llegaría, cuando la
falda se paró sobre una funda de cuero de donde la muchacha sacó una daga fina y larga. Sin
querer, se echó hacia atrás.
La hoja brillo a la luz del farol y al verla acercarse, Miles intentó levantarse en vano.
—Estese quieto — le recomendó al cortar la cuerda de los tobillos. Seguidamente se puso tras
él — Solo un momento más señor y estará libre.
De hecho pronto fue capaz de pasar las manos doloridas delante de su cuerpo. Con esfuerzo se
arrodilló apoyado en las piedras de la chimenea, después se puso de pie. Maldiciendo contra los
animales de tal organización, Miles arrastró los pies por la habitación, en un intento de aliviar
varias partes del cuerpo adormecidas.
— ¿Quiere que le dé un masaje en las piernas, señor? — ofreció la muchacha extendiéndole la
mano.
Era la que sujetaba la daga. Gritó echándose hacia atrás, pero una de las piernas se le dobló y
Miles cayó de culo al suelo.
— ¡Por Dios, guarde esa daga! — exclamó.
Ella se levantó la falda hasta los muslos de manera lenta y sugerente envainando la daga.
Parecía tener algo más en mente que dejarlo en libertad. Perspectiva que estimulaba ciertas
partes de su cuerpo sin embargo, él no estaba en condiciones de hacerle justicia.
Consiguió levantarse de nuevo notando que el adormecimiento y los dolores habían
disminuido.
— ¿Dónde está mi caballo, muchacha?
— ¿Ese precioso bayo? En Shamrock, la posada de la villa de Foy.
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— ¿Está bien?
—Sin duda, señor.
Aliviada su mayor preocupación, Miles se puso a observar a la chica con atención. Alta para ser
mujer, además de unos senos generosos, poseía unas facciones delicadas y unas piernas bonitas y
fuertes. Pero no era muy inteligente. La tocó el rostro.
— ¿Cuál es tu relación con esos extraños animales?
Ella bajó los ojos.
—Bueno, el señor no esperará que responda a eso — rozó la cara contra su mano y volvió a
mirarlo — ¿No va a presentar denuncia al magistrado, verdad?
¡Maldita sea! Ella no podía ser más clara si dijese con todas las letras, que ofrecía su cuerpo a
cambio de su silencio. Gran tentación. Rozó sus labios con el pulgar con la esperanza que los
abriese para él.
— ¿Entonces no quieres que presente una queja, corazón? Por ti, tal vez me muerda la lengua.
Pero el señor Dunsmore ya debe haber alertado a los militares. A menos que lo hayáis matado.
Ella lo encaró con expresión de la mayor inocencia.
— ¿Matado señor? Por San Patricio y Santa Brígida él está seguro en su casa. Y no va a morir, se
lo aseguro.
—En ese caso, mañana mandará al ejército tras tus amigos.
—Ah, lo dudo mucho señor. Aunque sea un inglés de corazón negro, el señor Dunsmore no va a
traer soldados a esta región. Así que, si el señor no causa problemas, nadie más lo hará.
—Pareces muy segura de su silencio, ¿Por qué? ¿Qué significa para ti y tus amigos que yo no dé
una queja?
—Nunca le arrancaríamos ni un pelo, a fin de cuentas es irlandés. ¡Y puedo ver en su amable
cara que el señor no es amigo del tirano inglés!
Fue entonces cuando Miles se dio cuenta que la chica estaba actuando de forma exagerada.
—No soy amigo de malhechores sean irlandeses o ingleses.
Ella le tocó el pecho.
— ¿Le gustaría que me desterraran? Vine a buscarlo sin máscara.
—Tal vez eso haya sido una tontería.
— ¿En serio? — preguntó tocándole el rostro y besándolo con los labios entreabiertos.
Cogió la mano de él poniéndosela sobre los pechos frotándola contra ellos, con una mirada y
una invitación explícita.
Ya libre del peligro, Miles se sintió preparado para poseer una mujer. Con la otra mano en su
cintura, la acercó más.
—Tienes una interesante manera de comprar tu seguridad, querida y estoy dispuesto a
aceptarla. Pero prefiero una amante con nombre. ¿Cuál es el tuyo?
—Decírselo no es buena idea. ¿No cree señor?
— Vamos, si quisiera encontrarte no sería difícil. Tras un momento, ella rozó sus labios contra
los de él y murmuró:
—Joy (alegría). Ese es mi nombre.
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—Lo dudo, pero me gusta. Y puede complacer a otros hombres también — dijo Miles, riendo.
De manera brusca, ella lo empujó.
— ¿Qué? Mire, señor…
— ¿No acabas de comprar a Dunsmore de la misma manera?
— ¡De ninguna manera, impertinente!
Él ignoró la protesta acercándola aun más.
—Supongo que todavía no está en condiciones para esto — murmuró antes de besarla con
suavidad.
Impulsado por la expectativa, exploró su cuerpo. Ella se relajó devolviendo el beso. Sin
embargo algo, tal vez un resto de tensión, le decía que eso no era un acto amoroso y sí un
sacrificio planeado.
Miles se apartó. Aunque la chica lo ignoraba era el tutor de Felicity Monahan y como tal,
ocupaba una posición en esa comunidad. Si hicieran el amor, podría crearse enemigos en todo el
pueblo. En Irlanda, esas cuestiones eran muy peligrosas.
Miles besó la mano de Joy, gesto que complacía a las mujeres. Si descubriese que ella era una
muchacha libre de la localidad, tal vez aceptase su oferta, pues la encontraba muy atractiva.
—Como Dunsmore temo no estar en condiciones de estar a la altura esta noche. Quién sabe si
en otra ocasión.
Ella no protestó, pero le sujetó la mano.
— ¿Y no va a presentar denuncia, señor?
—Si Dunsmore mantiene el secreto, no abriré la boca.
— ¡Muchas gracias, señor! ¡Que Jesús y María lo protejan! De nuevo ella actuaba.
—Jesús, María y José te protejan — respondió él de manera tradicional — Si fueras tan amable,
Joy de llevarme hasta mi caballo seguiré mi camino.
—Ya es tarde, señor. Será mejor que se quede en la posada hasta mañana. Allí está su caballo.
—No pensé que quisieras que me quedara por aquí.
—La ley de tierra no aprueba que las personas viajen de noche, señor.
Tal vez temiesen que se cruzara con soldados y les contase su historia. Pero, solo iba hasta Foy
Hall, cosa que ignoraban. Decidió aceptar y ver qué más podía descubrir.
—Muy bien, Joy querida llévame hasta la posada Shamrock.
Ella cogió la linterna y salieron. Cuando andaban por el camino, él indagó:
— ¿Por qué Dunsmore se merece que le den una paliza?
— ¿Y por qué no había de merecerla?
—Como no lo conozco, no puedo responder. Me pareció bastante amable como para ser un
tipo arrogante.
—Esa es una buena palabra para describirlo. Era un capitán inglés pobretón antes de casarse
con Kathleen Craig.
— ¿Se casó por dinero, verdad? Y encima inglés. Pecados graves, sin duda.
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—El hombre se gastó todo el dinero que pudo de su esposa. Luego cuando se quedó viudo, le
robó las propiedades al hijo. Además de exprimirles hasta el último centavo a los arrendatarios —
le contó indignada cuando llegaban a la villa.
—No es extraño que los dueños de las tierras extraigan hasta la última gota de sangre de sus
trabajadores. Pero me interesa saber por qué piensas que él no os denunciará.
Se pararon sobre el cartel de la posada que tenía las ventanas cerradas y no se veía ninguna luz.
—Tiene asuntos que no quiere que se remuevan.
Miles notó que ella se había cubierto la cabeza con la capucha. Ciertamente no era una
muchacha libre de la localidad.
—Si podéis impedir que presente la denuncia por asalto pienso que también podríais acabar
con sus extorsiones.
—Está desesperado. Es un jugador y muy malo señor. Lo de esta noche solo es un aviso. Por
favor no nos traicione.
—Tú me ofreciste antes pagarme por mi silencio, Joy querida — murmuró cogiendo su mano y
llevándose los dedos a la boca.
Ella intentó apartarlo.
—Ya es tarde señor. Tengo que volver a casa.
— ¿Tus padres no saben que estás por ahí? ¿O es que vives en casa de tus patrones? ¿Dónde
puedo encontrarte cuando recupere mi vigor?
— ¿El señor está insinuando que no mantendrá su silencio a menos que me lleve a la cama?
Su tono ofendido revelaba que nunca había tenido intención de pagarle con su cuerpo. Decidió
ver hasta donde llegaría y que más podría sonsacarle. Le pasó un brazo por la cintura juntándola
contra él.
—No pensaba llevarte a la cama, pues no quiero mantenerte toda la noche.
—Aquí no puedo, señor. Todos terminarían enterándose.
— ¿Todavía gozas de buena reputación? — Soltó su mano acariciándole un seno — ¡Magnifico!
Caliente. Firme — inclinó la cabeza y la besó — No voy a arruinártela Joy, te doy mi palabra. ¿Eres
la novia de alguno de esos animales? ¿Permite que pagues este precio, o vendrá tras de mí para
vengarse?
El pulgar encontró el pezón ya erecto y lo acarició. Ella se estremeció y retrocedió.
—No soy novia de nadie — declaró dejando de resistirse — Pero haré lo que sea necesario para
salvarlos.
Una fascinante mártir patriota. Pero la reacción de su cuerpo probaba que no sería ningún
sacrificio. Volvió a acariciarla el pezón.
—Señor, aquí en público, no.
Miles miró la calle oscura y desierta.
—Bueno, no se ve un alma. Podríamos unirnos aquí sin que nadie se diera cuenta. Un beso por
lo menos.
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Esta vez ella no se mostro dócil, pero él la besó igualmente usando su habilidad para vencer sus
escrúpulos. Ella acabó entreabriendo los labios lo que le llevó a profundizar el beso al mismo
tiempo que la acariciaba el cuerpo.
Miles no se dio cuenta de que había metido la mano por su escote hasta que ella lo empujó
gritando. Con rapidez la tapó la boca.
—Ah, Joy, éste no es el lugar ni el momento. Solo llévame hasta mi caballo. Luego verás que me
ocuparé de mis heridas solo — afirmó descubriéndole la boca.
—No tiene que preocuparse por él, señor. Michael Flaherty, el mejor caballerizo de esta zona
está cuidando de su caballo.
—No tengo por costumbre dejar mis caballos a cargo de otros y menos a uno tan valioso como
Argonaut. El establo debe de estar ahí detrás — supuso dando unos pasos, aunque ella le retuvo.
— ¡Por favor no me deje! No puede ser tan cruel, señor, después que me enloqueció — ella
confesó abrazándolo.
—Querida, jamás dejé a una dama desesperada. Solo dame un momento para ver a Argonaut y
luego aliviaré tu locura con mucho placer.
—No puedo esperar. Ya verá usted al caballo mañana.
—Cálmate, solo serán uno o dos minutos. Las dos primeras cuadras estaban ocupadas por
pesados caballos, en la tercera estaba Argonaut.
El animal relinchó tocando el pecho de Miles con la cabeza.
— ¿Te están cuidando bien, verdad? — dijo aliviado, pero entonces vio un vendaje en una de
sus patas traseras.
El deseo se evaporó. Entró en la cuadra, examinó la herida y sacó al caballo fuera. Mientras
observaba su cojera, gritó:
— ¡Ya puede el infierno ir preparándose para la llegada de esos desgraciados! — Miles salió al
patio y agarró a la chica.
— ¡Tú y tus bandidos habéis herido a mi caballo!
—No queríamos hacerle daño.
—¡¿No?! Si Argonaut se queda lisiado ¡Haré que todos seáis deportados a una colonia penal de
Australia!
Ella levantó los hombros sonriendo con sarcasmo.
—Entiendo. Las personas no importan, solo los caballos. Y solo cuando alcanzan un buen precio
en Inglaterra.
—La mayoría de los caballos valen más que las personas. Especialmente más que las
prostitutas.
— ¡Maldito sea su corazón negro! ¡No soy una ramera!
— ¿Te habrías abierto de piernas para mí solo para impedirme que descubriera esto, no es así?
En mi opinión, eso es ser una cualquiera.
—Usted no dudó en aceptar mi oferta. ¿Es eso más noble, milord?
—Reza para que mi caballo se cure, o alguien lo pagará muy caro.
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—Mick afirma que no es nada serio y que estará mejor mañana. Si usted hubiera esperado
hasta entonces, no se habría enfadado. ¿Por qué no aceptó mi oferta?
Miles la observó admirado por su magnificencia.
Los cabellos rojizos reflejaban la luz de la linterna y el orgullo herido la mantenía rígida.
Maldición, todavía la deseaba…
— ¿Te sientes ofendida? Ni aunque fueras Helena de Troya me habrías impedido ver a
Argonaut. Pero tienes razón. Me gustan más mis caballos que ciertas personas, especialmente más
que las que atacan a viajeros indefensos en los caminos.
Antes de que pudiese responder, la puerta de la posada se abrió, derramando la luz en el patio.
— ¿Quién anda ahí? Ah, es la señorita Felicity. ¿Dónde está el forastero?
—Está aquí — ella respondió.
Por un momento, Miles se quedó paralizado. Luego levantó el farol.
— ¡¿Felicity?! — preguntó asombrado.
Ella se encogió de hombros.
—A veces es sinónimo de alegría.
—Estoy seguro de que tú proporcionas mucha a quién te conoce. ¿Felicity Monahan, supongo?
Su mirada reveló inquietud sin embargo, ella no respondió.
—Qué joven tan interesante eres. Permíteme que me presente. Soy Miles Cavanagh, tu tutor
legal.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
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Poco después, Miles y su pupila entraban en Foy Hall. Además de fría, la casa olía a polvo y
gatos. Esperaba que Felicity Monahan se sintiera avergonzada, pero la única emoción que detectó
en su bonito rostro fue rabia. Ella no había dado una mínima explicación, ni se había disculpado.
Como Michael Flaherty parecía entender de caballos, cuidaría de Argonaut. Eso había dejado a
Miles libre para acompañar a su pupila a casa. A cambio solo había recibido silencio y miradas de
desdén. Maldición, sabía que era insubordinada pero no una rebelde irlandesa sin sentido.
— ¿Te mezclas habitualmente con esos alborotadores?
—No reconozco su derecho a meterse en mi vida. Buenas noches — Miles la cogió por la capa.
—Solo Dios sabe cómo me gustaría no tener ese deber, pero infelizmente soy tu tutor. Es obvio
que alguien tiene que ayudarte a recuperar el sentido común y todo indica que ése soy yo. ¿Te
haces una idea de lo serios que son los actos de hoy?
—Claro que sí. No soy imbécil.
— ¿Entonces por qué has tomado parte en ellos?
Como no obtuvo respuesta, Miles la sacudió.
— ¡Responde irresponsable! ¿Perteneces a aquel grupo de locos?
Al percibir su seriedad se mostró cautelosa.
—No, ellos solo me han pedido que los ayude. Necesitaban a alguien para soltarlo, alguien a
quién usted no atacara. Una persona que no tuviera problemas serios si la denunciara.
— ¿No los tendrías? ¿Y si llamara a los militares, contara la historia del ataque y te acusara de
cómplice?
—No me encontraría porque estaría buscando a una campesina rubia. Soy una dama de
cabellos oscuros – le explicó al sacarse la peluca y revelar su cabello natural recogido en un moño.
Miles sintió la tentación de abofetearla.
—Te habría encontrado. Un tipo como el tuyo no es común. Después de buscarte en las casas
más humildes iría a las mejores.
—Incluso aunque me encontrara, ¿Qué le harían los ingleses a la señorita Felicity Monahan de
Foy Hall?
El la cogió por los hombros y curvó la cabeza, poniendo su rostro muy cerca del de ella.
—Niña, tienes que enterarte de la realidad. Si los militares de la región fueran implacables y
quisieran coger a los miembros de esa organización, la señorita Felicity Monahan, tal vez
desapareciera de repente y…
— ¡No podrían!
—No para siempre. Pero una vez en sus manos te ofrecerían que eligieras. Contar todo o ser
violada.
Ella palideció y se encogió.
— ¡No se atreverían!
— ¿Quién lo impediría? ¿Obedecen la ley en Irlanda los ingleses? Incluso aunque se supiera la
historia, tú serías culpable y ellos tendrían derecho a castigarte. Podrían amarrarte a un árbol y
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sacarte la piel como ya han hecho con otras mujeres de las que pensaban que sabían algo.
—No se atreverían —repitió ella balbuceando.
Miles se retiró perturbado con lo que acababa de describir. Al fin era la realidad.
—No te dejes engañar, Felicity. Si alguien preguntara después, los militares alegarían que fue
un engaño. Aún más si te encontraran vestida de campesina. Las excusas serán muchas, pero
estarás marcada para el resto de tu vida.
La vio apretar los labios temblorosos. Por Dios, ¿Por qué su abuelo y su tía no le habían
explicado las realidades de la vida en la Irlanda de estos tiempos tumultuosos? Pero los Monahan
evitaban el trabajo.
—Lo mismo pasará con la violación. Dirán que fue un engaño. O que tú lo querías. ¿No hay
muchas personas por ahí que afirmarían que nunca has tenido mucho juicio?
—No hasta ese punto.
— ¿Y osarías quejarte contra eso? ¿Qué joven revelaría haber sido objeto de diversión en un
cuartel?
Felicity no disimuló su asco. Aunque detestase hacerlo, Miles quería verla amedrentada.
Sin embargo, con un brillo de rebeldía en los ojos, ella levantó los hombros.
—Preferiría ser rechazada por todos antes que acusarlos. Y ningún verdadero irlandés me daría
la espalda.
—No confíes demasiado en esa posibilidad.
—Llevaría mi caso a los tribunales hasta la más alta instancia – declaró.
—Alegarían que lo habías hecho voluntariamente y tu reputación lo confirmaría.
— ¿Qué reputación?
—De pícara y descerebrada.
Ella enrojeció y no consiguió ocultar el dolor.
— ¡Mi reputación es inmaculada! Y no contaría nada a los soldados, ni aunque me violaran.
—Entonces te torturarían. Hay varias maneras de no dejar marcas.
—Parece conocer bien ese tema. ¿Ya ha torturado a alguien?
Miles suspiró. ¿Qué pecado había cometido para merecer esto? Había sido capturado, su
mejor caballo podía estar arruinado y era responsable de esa inestable criatura. Y era imposible
desviar la atención de ella siquiera por un momento.
Y si todo eso no bastara él aún la deseaba. Le había gustado besarla y había pensado en la
posibilidad de llevar a “Joy” a la cama. Sin embargo, al ser su tutor era la única mujer en Irlanda a
la que no podía seducir. Al contrario, debía proteger su virtud durante varias semanas.
— ¿Dónde está tu tía? ¿Ella no se preocupa por ti? – preguntó irritado, pero no recibió
respuesta.
Miró hacia la rebelde y asustada chica dejaba bajo el cuidado de personas inútiles y sintió pena.
—Vamos a ser prácticos. ¿Tienes la certeza de que Dunsmore no va hacer ruido o solo es una
esperanza tuya?
Su expresión fue de pánico, pero pronto bajó la mirada.
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—No es un mal hombre y no va a querer causar problemas.
¿Qué nuevo absurdo era eso?
—Si no es malvado, ¿por qué fue golpeado? Y si no quiere causar problemas ¿Por qué diste a
entender que lo forzaste a no hablar?
—Ha entendido mal. Quise decir que el consideraría que sería un error traer aquí a los
militares, puesto que todos sufrirían.
Miles la encaró. Era la primera vez que ella mostraba agitación nerviosa y era a causa de Rupert
Dunsmore al que él creía el villano del lugar.
De repente Miles se sintió exhausto.
—Oh, que se vaya todo al infierno. Si crees que no se quejará el resto puede esperar hasta
mañana. ¿Hay comida en casa?
—Claro, pero como los criados se acuestan cuando tía Annie se recoge, tendrá que servirse
solo.
— ¿No vas a hacer los honores en esta casa?
—De ninguna manera. ¿Ahora puedo acostarme querido tutor?
El sintió la necesidad de sacudirla de nuevo, pero pelear con Felicity era cansador. Sin embargo
había una batalla que no podía evitar. La cogió del brazo y exigió:
—Quiero que me des tu palabra de que no saldrás de nuevo esta noche.
Ella permaneció callada mientras Miles permanecía cansado, con hambre y furioso.
—Tu palabra Felicity, o te ataré a mí esta noche. No te preocupes, no estoy amenazando tu
castidad, si es que existe, pero estás bajo mis cuidados. De una u otra forma tendrás que
comportarte de manera virtuosa como la joven más ejemplar del reino.
Sus lindos ojos soltaron chispas.
—No tiene derecho a gobernar mi vida — él la acercó.
—No solo tengo el derecho, sino también el deber y la voluntad. No me contraríes pues soy un
hombre peligroso cuando estoy irritado. Vamos, dame tu palabra.
— ¿Por qué, Dios, voy a confiar en ella?
—Pareces tener el honor retorcido de una joven patriota rebelde. Confiaré en tu palabra.
Finalmente Felicity declaró:
—Bien, le doy mi palabra. No saldré de casa esta noche.
Tan pronto como Miles la soltó, se dirigió a la escalera dejándolo solo.
Él calculaba que su criado había llegado más temprano con el equipaje, sin embargo no
adelantaría nada buscándolo pues Hennigan tampoco conocía la casa. Solo le quedaba descubrirla
solo.
Un chico dormía en un jergón cerca del fogón, pero Miles no lo despertó. En la despensa
encontró un pastel frío y un barril de cerveza. Se sirvió de los dos y se sentó para matar el hambre
con el escaso refrigerio y reflexionar sobre su futuro.
La situación le iba a perjudicar la estación de caza.
A la mañana siguiente, Miles desayunó con Annie Monahan en compañía de varios gatos.
Gordita, con el pelo gris y mal peinado, se mostraba satisfecha al contar con su presencia.
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—Felicity es rebelde, pero también encantadora y muy dulce. Su indisciplina ha puesto en su
contra a aquel Dunsmore.
Miles apartó una gatita negra que intentaba sentarse en su regazo.
— ¿Dunsmore? — preguntó curioso.
—Un vecino nuestro. Un desgraciado inglés, astuto y falso. Nunca voy a entender como
Kathleen Craig fue tan tonta para casarse con él.
Continuó contando historias sobre la juventud de ambas, dejando claro que eran de la misma
edad. En ese caso, la señorita Craig tendría que ser mucho mayor que su marido. Un caso típico
de caza fortunas, pero no era asunto suyo reflexionó Miles.
La gatita negra volvió y al intentar apartarla, el animal le clavó las garras en la ropa.
—Oh, es Gardeen parece que le gusta – comentó Annie sonriendo.
Miles le soltó las garras, rodeó la mesa y la puso junto a los otros en el regazo de Annie. Al
volver a sentarse la oyó decir.
—Pronto, pequeñita. Los hombres son criaturas impulsivas y él está medio enfadado. La
próxima vez te tratará mejor.
No lo apueste, pensó Miles.
Por el momento quería saber por qué a Felicity le había perturbado la mención de Dunsmore.
¿Sería posible que creyera estar enamorada de él? Hubiera jurado que “Joy” detestaba al tipo, sin
embargo las mujeres eran capaces de sentir atracción por los hombres aunque supieran que eran
canallas. Una cosa era verdad, Felicity Monahan no le daría su belleza y fortuna Rupert Dunsmore
mientras Miles Cavanagh fuese su tutor.
Annie continuó hablando cambiando de un asunto a otro dirigiéndose a Miles, a los gatos, o a sí
misma. Más tarde la interrumpió.
— ¿Y Dunsmore?
— ¡Qué hombre tan detestable! Inglés hasta la raíz de su cabello. Felicity, en la adolescencia,
imaginó estar enamorada de él que ya estaba casado con Kathleen. Mi padre espantó al tipo y
mandó a la chica a pasar una temporada afuera. Sin embargo, ella nunca volvió a ser la misma.
Ingeniosa y muy inquieta.
Miles se sintió decepcionado. A pesar de algunos defectos, Felicity le había dado la impresión
de ser valiente e idealista. No podía imaginarla sintiendo atracción por un sujeto como Dunsmore.
En ese momento, la indeseada pupila entró en la sala con un alegre buen día y se sentó a la
mesa. En contraste con su apariencia de la víspera era la imagen de la joven bien educada.
Usaba un elegante vestido de lana beis con un discreto dibujo de color verde. El escote
alcanzaba la línea del cuello y no disfrazaba su magnífico busto. Sin embargo ella no podía ser
culpable de la generosidad divina. Los cabellos oscuros y ondulados estaban firmemente sujetos
en un moño con una cinta verde.
—Estoy satisfecha de verlo en casa Miles. Espero que tenga a su disposición lo que necesite –
afirmó.
¿Cómo podía haber dudado de su capacidad teatral? Se preguntó. Debió dominar a su abuelo y
a su tía con facilidad.
—La hospitalidad de Foy Hall sigue siendo excelente, Felicity.
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Ella lo miró con desconfianza, pero volvió a sonreír. Entonces tocó la campanilla y cuando
apareció la criada pidió café caliente y huevos.
— ¿Desea algo más Miles? – ofreció.
—No, gracias.
Mientras esperaba le preguntó con tono amable:
— ¿Durante cuánto tiempo tendremos el placer de su compañía? Espero que sea el suficiente
para conocer a nuestros vecinos. Tal vez incluso podamos ofrecer una pequeña recepción para
presentarlo.
—Ah, eso sería muy agradable. Infelizmente no puedo quedarme muchos días, pues ya he
perdido una buena parte de la estación de caza.
— ¡No me diga! Sentiremos su falta. Y yo también envidia. He oído contar que las cacerías en
Melton son inigualables.
—Es verdad. Pero no necesitas sentir envidia. Vendrás conmigo.
Ella se estremeció y casi entró en pánico. Felizmente, la llegada del café y los huevos le
permitió disfrazar su reacción.
—Pensé que las damas no podían ir a Melton – comentó ella después de servirse y empezar a
comer.
—De hecho, eso no está aprobado, pero las señoras se hospedan en residencias particulares de
la región. Me quedaré en la de mi amigo lord Arden, cuya esposa estará allí. Siendo así, no será
impropio que me acompañes.
—No tengo necesidad de ir a los condados y quedar confinada en una casa – argumentó
Felicity.
Miles se sirvió más café, seguro de haber encontrado el plan perfecto. Convencería a Felicity
para que lo acompañase a Melton donde podría cazar, mostrarle sus caballos y al mismo tiempo
sacarla de las complicaciones. Se quedaría lejos de Dunsmore y de los miembros de la
organización.
Tendría otra ventaja. Beth Arden, gracias a su experiencia como profesora poseía un modo
especial de lidiar con las chicas y podría convencer a Felicity de llevar una vida más tranquila.
—No será aburrido. El marqués recibe muchos huéspedes y hay otros grupos en el área.
Tendrás la oportunidad de asistir a eventos en el castillo de Belvoir a los que podrían concurrir
miembros de la realeza.
Demasiado tarde el se dio cuenta de que esto no le interesaría a una rebelde irlandesa a menos
que estuviese armada.
— ¿El loco o el gordo? – preguntó – Si me ofreciese a un verdadero monarca como Stuart iría
con placer.
—La dinastía Stuart se acabó, Felicity. ¿No te gustan las fiestas?
— ¿Es eso lo que considera propio de las chicas, Miles? ¿O es lo que hace mientras espera
meterse en las botas de su tío el conde?
—No deseo la muerte de Kilgoran y sí que aún viva mucho tiempo. Me mantengo ocupado con
la cría de caballos.
—Pues yo también. Además cuido de esto hace tiempo y no me puedo ausentar de repente –
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argumentó Felicity.
—Es verdad. Mi padre perdió la energía años atrás y Felicity fue de gran ayuda – siguió Annie.
— ¿Y cómo los vendes? –quiso saber Miles.
—A través de un agente de Londres a principios de otoño.
—En la pre estación. Alcanzarías precios mejores en Melton mas tarde.
—Hay muchos interesados que conocen la calidad de los caballos de Foy y los compran solo por
el nombre. No necesitan ser tentados por las artimañas de profesionales pagados para ello.
—Yo mismo monto a los míos o se los presto a los amigos. No hay ninguna artimaña – antes de
perder el control se levantó – Hablando de caballos, necesito ver a Argonaut. Si ha sufrido daño
vas a tener que pagar al diablo.
Annie levantó la mirada.
— ¿Ha herido al suyo sr Cavanagh? Una lástima. Vaya a buscar a Mick Flaherty que tiene un
gran don para curar caballos.
—Gracias señorita Monahan, pero ya lo está cuidando.
—Entonces se pondrá bien –afirmó Annie al levantarse haciendo que los gatos cayeran de su
regazo al suelo.
Pero la gatita negra fascinada se quedó mirando a Miles. Felicity se levantó también.
—Lo siento por su caballo, pero no debía haberlo usado para defenderse.
—No sabía si el ataque era mortal o no. Me gustan mis caballos, pero no a costa de mi vida.
Con paso enérgico ella se dirigió a la puerta, su discreto vestido transformado en una pieza
excitante rodeando su lindo cuerpo. Antes de salir, se paró y giró.
—Hablemos las cosas claras, Miles. No voy a salir de Irlanda ni de esta región. Si insiste tendrá
que atarme como a un ganso.
—Si te comportas como uno, te trataré como tal.
—No intente mandar en mí, Miles Cavanagh. No soy una niña sino una adulta capaz de
defenderse.
Él no lo dudó al verla salir de la sala. Casi apostaba a que Felicity era el jefe de la organización.
Mientras se dirigía a Shamrock para ver a Argonaut, Miles se cruzaba con hombres que lo
saludaban amablemente. Dudaba que hubiesen tomado parte en el ataque de la víspera.
Aquellos debían venir de otras regiones para hacer “justicia”; después, desaparecían para que las
autoridades no los encontrasen.
Miles entendía el odio que inspiraba a tales organizaciones. Irlanda había sido cruelmente
maltratada durante siglos, pero un cambio solo ocurriría con acuerdos pacíficos y no con violencia.
En el establo de Shamrock se encontró con Mick Flaherty que lo saludó amablemente.
—Buenos días, señor. ¡Un bonito día!
—Sería mejor si mi caballo estuviese bien, Sr. Flaherty.
—El señor lo verá por sí mismo. Aún está un poco hinchado, pero nada serio – le informó el
caballerizo al llevarlo hasta la valla.
Miles examinó la herida y después llevó a Argonaut al patio para verlo moverse. Vaciló un
poco, pero nada grave. El caballerizo tenía razón. El animal pronto estaría bien.
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—Gracias, un trabajo excelente – dijo al darle unas guineas.
—No fue nada que otro no pudiera hacer –afirmó Flaherty al poner las monedas en el bolsillo.
—Espero que cuide de Argonaut mientras esté aquí. Y si necesita trabajo vaya a Clonnagh.
—Que Dios lo bendiga, señor, por este honor. Clonnagh es famoso en toda Irlanda. Pero como
mi padre y mi abuelo, nací en el pueblo de Foy. Y si el buen Dios y el diablo inglés me lo permiten
deseo continuar viviendo aquí.
—Pues le deseo buena suerte – dijo Miles al dejar a Argonaut bajo sus cuidados y dirigirse a la
posada.
Quería hablar un poco con la esperanza de descubrir algo que lo ayudase con su problema.
El gordo posadero se apresuró a recibirlo.
— ¿Su caballo está bien, señor?
—Lo está – dijo Miles sonriendo al notar su inquietud.
La gente del lugar debía pensar que les iba a traer problemas. Decidió hablar en gaélico.
Esperaba que eso y sus ropas sencillas los convenciese que era igual a ellos.
—Soy Miles Cavanagh de Clonnagh y por la segunda boda de mi madre, nieto político del
fallecido Leonard Monahan, de Foy Hall.
El posadero le dio la mano.
—Brian Rouke, señor, muy honrado de que esté aquí con nosotros.
—Gracias Sr Rouke. Argonaut está mejor. He arreglado que el caballerizo lo cuide durante mi
estancia aquí.
—Ha hecho bien. ¿Puedo servirle algo? Tengo cerveza muy buena y un excelente whisky.
—Prefiero la cerveza.
Cuando le pusieron la jarra adelante, Miles tomó un trago y la elogió. Por ser por la mañana
había allí solamente otra persona, un anciano encorvado al lado del fuego.
—Mi padre nunca abandona aquella esquina – le contó el señor Rouke.
—Tiene suerte de contar con su esquina en el lugar donde siempre ha vivido – comentó Miles
con una segura intuición.
—Es verdad, señor. Y me sentiré bendecido si tengo eso en mi vejez, si el buen Dios y el diablo
inglés me lo permiten.
La frase parecía común en esas zonas de Irlanda, pero el hecho de mencionarla delante de
Miles demostraba que confiaban en él.
— ¿Ha tenido muchos problemas con los ingleses aquí?
—No muchos, señor. Estamos tranquilos.
Miles tomó otro trago de cerveza.
—Una vida tranquila es una bendición. Si fuese el señor no permitiría a aquellos granujas de
ayer pasar por mi puerta.
—Claro, nadie quiere ese tipo de cosas señor. ¡Terrible! Ninguno es de aquí.
¿Cómo se había envuelto Felicity entonces en ello? Se preguntó Miles.
—Tengo la seguridad de que no. Pero debieran tener un motivo para atacar al Sr. Dunsmore.
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—La verdad es que eso ha pasado por sus maldades desde que ha vuelto de Dublín.
— ¿Hace poco de ello?
—Sí señor. Aún no se había asentado la tierra en la tumba de Kathleen Craig cuando el marido
se fue con todo el dinero que pudo. Ahora ha vuelto e intenta sacarles todo a los pobres
arrendatarios.
—Entonces el ataque ha sido un aviso.
—Supongo que sí, señor.
—Él parece inglés – comentó Miles.
—Inglés hasta la raíz del pelo. Pero espero que ningún irlandés sea tan anticristiano como para
atacar a un hombre solo por la tierra en la que ha nacido. Bien ¡El señor podría también ser
tomado por inglés!
Los ojos azules no exhibían malicia, pero las palabras podían ser un aviso o una amenaza.
—Tuve la desgracia de estudiar en Inglaterra, Sr Rouke. Allí ellos usan la vara para corregir el
acento y los hábitos. Pero no tengo ni una gota de sangre inglesa.
—Un hombre bendecido señor.
—El Sr. Dunsmore me pareció un hombre cortés – se aventuró a decir Miles.
—Tiene un cierto barniz, sí. Pero es como el brillo del sol en un agua estancada.
Miles casi se atragantó con la cerveza. En otras palabras, vegetación podrida en el fondo de
una charca.
—He sabido que hizo una buena boda aquí.
—Sin duda. El hombre tiene maña con las damas. Había algo entre Dunsmore y las mujeres.
Era lo que Miles temía. Intentó descubrir más.
—Si la Srta. Craig usó su dinero para comprar un marido fue feliz con ello.
— ¿Una buena propiedad por tan poco encanto?
No era la voz del señor Rouke y si la de una mujer hablando detrás en gaélico. Miles se volvió
para enfrentar a su pupila.
—Usted menosprecia a las mujeres ¿no es así? – lo acusó ella. Se había cambiado el vestido y
usaba uno de lana azul, también discreto y se mostraba inquieta. ¿Qué habría hecho? ¿Sería
necesario que la vigilara cada segundo, día y noche?
—De ninguna manera menosprecio a las mujeres. Pero una buena propiedad y la soledad no
son buenas compañeras.
—Nadie por aquí es solitario. Nos cuidamos unos a otros.
—Algunas personas necesitan más que la bondad de los vecinos. Y si son tan atentos… ¿por
qué ningún hombre se casó con la señorita Craig, ya que ella quería un marido? – indagó Miles,
seguro de poner fin a la conversación. El hombre viejo cerca del fuego soltó una risita seca.
— ¿Casarse con Kathleen Craig? Era tan fea que daba pena y con una lengua como una navaja
llena de óxido, además de orgullosa. Ninguno de los caballeros de aquí estaba dispuesto a
sacrificarse.
— ¡Muérdase la lengua Sr. Rouke! —protestó Felicity. Kathleen podía no ser simpática, pero era
bondadosa. Necesitaba cariño y no el tratamiento que recibía por ser un saco de huesos y tener
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un ojo medio caído.
Miles disfrazó la sonrisa con un último trago de cerveza. Sería necesario más que una buena
propiedad en Irlanda para tentarlo a unirse a una mujer como Kathleen Craig. Sin embargo lo que
lo intrigaba era si Felicity la defendía a ella o a Dunsmore.
—Bien, si el Sr. Dunsmore le ofreció amor y bondad, tal vez haya sido algo justo – comentó.
—Puede ser – dijo Felicity en tono de duda. El viejo Sr. Rouke volvió a hablar.
—El tal Dunsmore tenía tanta bondad como una roca dura en un día de frío. Hablaba mal de la
mujer a su espalda y no dudo de que en la cara también.
Miles recordó algo que “Joy” había dicho.
—Sin embargo ellos tuvieron un hijo.
—Es verdad señor. ¡Kieran es una criatura adorable!
—Para Kathleen, el hijo valía cualquier precio. Lo quería mucho. Los últimos tres años de su
vida fueron los más felices. A las puertas de la muerte lloró mucho por tener que dejar al niño –
murmuró Felicity.
— ¿Estabas a su lado? – indagó Felicity
—Claro, Kathleen era amiga mía.
Amistad improbable.
—En su final, ella me pidió que cuidase al niño. Como ve no puedo dejarlo para ir a Inglaterra.
Miles no tenía la intención de discutir sus planes delante de los habitantes de la villa. Se
levantó.
—El niño tiene padre y sin duda, una niñera o dos. Después conversaremos sobre eso. Ahora,
si fueses tan amable, me gustaría dar un paseo por el pueblo.
Con un suspiro irritado lo llevó a la salida.
El paseo fue interesante, no a causa del pueblo y sí por lo que descubrió sobre Felicity.
Hasta entonces Miles había pensado que era una joven ligera de cascos que fingía un buen
comportamiento. Pero su repertorio incluía también algo de encanto natural. Ella era tratada con
respeto y afecto por las personas del lugar. Todos los que encontraban le sonreían y le decían algo
amable. Los niños corrían para abrazarla y mostrarle pedazos de papel con algo escrito.
Miles descubrió que había organizado una pequeña escuela y la había provisto del material
necesario.
Aunque intentase mantener la expresión de indiferencia, no lo conseguía. A veces, al girar
alguien hacia él, no tenía tiempo de disfrazar su sonrisa. Su belleza le sacaba el aliento.
Por Dios, era una mujer peligrosa.
Dejaron el pueblo y siguieron rumbo al establo de Foy Hall. Pronto Felicity asumió un
antagonismo helado.
—Imagino lo que quieres que piense de ti y porqué – la provocó Miles.
— ¿Por qué me importaría su opinión sobre mí? –preguntó ella sin mirarlo.
—Eso son preguntas tontas – lo miró de soslayo.
— ¡Que confesión! Debiera sentirme halagada.
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—Excepto que fuese mentira.
Fueron interrumpidos por el ruido de ruedas en el camino y se apartaron a la orilla para que le
vehículo pasara. Sin embargo el cabriolé paró y un niño rubio, de unos cuatro años, gritó.
— ¡Sissity!
Miles no necesitaba ser un genio para adivinar que se trataba del hijo de Dunsmore, puesto que
la semejanza era grande. Fue como si una luz se encendiese dentro de Felicity.
— ¡Kieran, amiguito! Que alegría encontrarte inesperadamente.
Lo levantó por la cintura y le dio vueltas mientras una señora que dirigía el cabriolé sonreía.
Después de sentarlo de nuevo en el asiento, Felicity preguntó.
— ¿Cuál es la aventura de hoy Kieran?
—Ninguna, solo ciruelas – explicó la señora.
—La cocinera quería más conservas de ciruela y me ofrecí a ir a buscarlas. También para
distraer un poco al niño.
Las últimas palabras fueron dichas en un tono significativo. No fue preciso interpretarlas,
puesto que Kieran hizo una mueca y dijo:
—Papá está de mal humor.
Miles lo sospechaba. También comprendía la alegría de Kathleen Craig con el nacimiento del
hijo tardío, una criatura simpática. No era extraño que le gustase a Felicity.
Ella giró hacia Miles con expresión menos indiferente gracias al inesperado encuentro.
—Sr. Cavanagh, deje que le presente a dos de nuestros vecinos. Este niño es Kieran Dunsmore
de Loughcarrick y la dama es la señora Edey, su tutora. Este es el señor Miles Cavanagh de
Clonnagh que tiene el infortunio de ser mi tutor por algún tiempo.
La Sra. Edey saludó y Kieran, con un gesto educado, le apretó la mano mientras decía:
—Los padres de Sissity murieron.
—Lo sé – respondió Miles.
—Su abuelo también.
—Es verdad.
— ¿Entonces el señor va a cuidar bien de ella?
—Me voy a esforzar – respondió Miles.
—Mi madre también murió. – siguió el niño.
—Lo sé y lo siento mucho.
Con la mirada solemne y medio inseguro, Kieran confesó
—Siento añoranza de ella.
Miles sintió la fuerte necesidad de abrazarlo.
—Mi padre murió no hace mucho tiempo y siento su falta.
El niño no dijo nada más, pero por la manera en que apretaba los labios parecía pensar “no me
importaría que mi padre muriera”
Miles deseaba que la pobre criatura no fuese maltratada por Dunsmore. De ser así, nadie podía
hacer nada.
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Sonriendo, Felicity determinó.
—Basta de conversaciones tristes. Si tienen tiempo, Sra. Edey, pasen por casa al volver. A
Kieran le gustarán unos bollos y algo de leche.
— ¿Bollos con pasas? – preguntó el niño con los ojos brillando.
—No sé si los tenemos con pasas. Pero no existe ningún bollo que no te guste, jovencito – dijo
ella haciéndole cosquillas para oírlo reír.
La Sra. Edey sacudió las riendas y el cabriolé partió desapareciendo en una curva. Hasta
entonces Kieran saludaba girado hacia atrás. Felicity le retribuyó el gesto con una extraña
expresión de tristeza.
—Niño simpático – comentó Miles reprimiendo el deseo de aconsejarle no apegarse mucho al
hijo de otra persona.
—Sí, bien, ¿No quiere ver a los sementales? – preguntó al dirigirse deprisa al patio del establo.
– Aquel de allí es Finn.
El caballo era un bayo bonito y de formas perfecta. A Miles no le importaría cruzarlo con sus
yeguas.
—Éste de aquí es Brian.
Otro bonito caballo, nervioso se movió inquieto con su proximidad y tuvo que ser agarrado para
hacerlo dócil. A Miles le gustaban los caballos fogosos y lo acarició en el cuello.
— ¿Los dos son caballos de Foy? – preguntó.
—Fin lo es. El semental es Angus Og, el orgullo y la alegría de mi abuelo. Nació en Fionuala – le
explicó Felicity al llevarlo a la cerca de pasto para que viese a las yeguas.
Ella soltó un silbido. Una pesada yegua baya levantó la cabeza y vino trotando rumbo a ellos
seguida por las otras.
—Un bonito rebaño. ¿Cuántos animales vendes por año? – preguntó Miles.
—Unos diez de cinco años. Castrados y algunas yeguas.
— ¿Las que no quieres para la reproducción?
—Exacto. Esta de aquí es Eilin, ya dio crías dos veces y no vamos a cruzarla otra. Por eso irá a
Inglaterra el próximo año. Espero que no a las manos de un cazador. Me preocupa la manera en
que ciertos hombres cabalgan.
—Hasta hoy, solo he matado dos caballos por una pata rota. Y eso puede pasar en un trote
acelerado.
—Es una locura arriesgar la vida de un caballo solo para cazar zorros que no tienen utilidad
alguna.
—Tu sensibilidad me sorprende, Felicity.
—No soy tan sensible, pero después de ver nacer a un potro trabajar con él por unos años y
saber que murió por culpa de un caballero descuidado…
—Yo también me siento así – la interrumpió – es por eso que solo vendo mis caballos a
compradores que conozco bien. Ven conmigo a Melton y ve como es esto.
Ella giró para mirarlo.
—Sus argumentos no me convencen, Miles. ¡No me va a arrastrar a Melton Mowbray ni para
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aprender a negociar con caballos!
Miles siguió sus pasos rápidos en dirección a la casa. Imaginaba que tenía derecho a llevarla a
la fuerza a Inglaterra
— ¿Tienes prisa? – preguntó
—Sí, Kieran puede estar esperándome.
Él volvió a preocuparse por su afición al niño.
—Si te gustan tanto los niños, sería mejor que te casaras
Para su sorpresa, ella se paró con calma y respondió:
—Tal vez deba.
— ¿Qué mejor lugar para buscar un marido que Melton? Estará lleno de buenos partidos.
— ¿Qué? ¿Intentar conquistar a un hombre rodeado por excelentes caballos de caza? ¡Está
loco Miles! Además, ¿cómo voy a encontrar un marido irlandés allí?
—Hay algunos en Inglaterra.
—Pero más en Irlanda. Por eso voy a buscar un marido aquí. – declaró.
Al entrar en la casa, Miles tenía la sensación de haber perdido esa batalla.
Desafortunadamente para Felicity, Kieran aún no había llegado. Fue entonces a cambiarse el
vestido sucio como disculpa para escapar a la presencia de Miles.
Él le daba la impresión de vacilar a la orilla de un desastre. Mala suerte que su abuelo hubiese
cambiado su testamento. Ella podía manejar al tío Colum tan fácilmente como lo había hecho con
el resto de la familia de su padre. No tenía la certeza de conseguir controlar a Miles. Un tutor
inteligente y enérgico podría cambiarlo todo y las consecuencias serían terribles.
Admitía que podía haberle gustado si se hubiesen conocido en otra situación. Era un hombre
guapo, no con aquella atracción elaborada de la que Dunsmore se enorgullecía tanto, sino
vigorosa y práctica, lo que le encantaba. Ojos azules y risueños, cabello rubio rojizo y un mentón
revelador de firmeza. Sin embargo esa era la única cosa que no deseaba en un tutor.
Comenzó a peinar el cabello mientas reflexionaba. Miles era algo inglés para su gusto, pero el
corazón le decía que podía estar engañada. Él le recordaba la niebla suave del paisaje irlandés.
Reflexionó también sobre otro giro desastroso de la suerte. Dunsmore, Kathleen, Kieran, Miles…´
¿Por qué?
Sabía que no siempre había sido santa, pero nunca había hecho nada para merecer tanto
sufrimiento y los problemas de este momento.
Dejó el peine y suspiró. No ganaba nada pensando en el pasado. Los planes para asegurar su
futuro eran lo que importaba y Miles Cavanagh no iba a arruinarlos.
Cogió la campana para llamar a Peggy, su criada y se puso a andar por la habitación. Intentaba
encontrar una manera de forzar a su tutor a respetar su voluntad. Una idea se le ocurrió al
observarse en el espejo. Sabía que su cuerpo atraía a los hombres hasta el punto de volverlos
verdaderos idiotas. Sin embargo ella no había usado eso antes contra ellos. Hasta la noche
anterior.
Felicity enrojeció. Por Dios, ¿Qué habría pensado él al verla actuar como una ramera? Casi le
había puesto los pechos semidesnudos en el rostro del hombre y le había dejado…
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El recuerdo de sus manos en los pechos empezó a excitarla. Aprisa, se apartó del espejo.
¡No era una fulana! Había representado aquel papel como un favor a sus amigos. Y ni por un
instante le había gustado aquello. La verdad era que se había prestado a la farsa porque un
hombre inocente había caído en la red que ella había armado para coger a Dunsmore. Por eso se
había sentido en el deber de soltarlo con el fin de no exponer a los amigos al peligro. Le había
parecido una buena idea intentarlo con la lujuria, Denzil y los otros se habían quedado cerca por si
había problemas.
El día anterior por la noche estaba segura de que su posición social le garantizaba la seguridad
con los ingleses, pero admitía que las advertencias de Miles tenían sentido.
Muchos años atrás, cuando los irlandeses se habían aliado con los franceses en la guerra… ¿No
habían torturado los ingleses a personas inocentes, incluso mujeres, para arrancarle informaciones
que los llevasen a los rebeldes?
En ese momento llegó la criada con el agua caliente. La ayudó a sacarse el vestido y lavarse.
—El niño Kieran acaba de llegar, señorita.
Felicity recordó el motivo de persuadir a su tutor de dejarla allí en paz. Por Dios, quería que la
vida fuese tan simple como dos meses atrás. Antes de morir Kathleen, de la vuelta de Dunsmore y
atormentar la vida de todos y de que el abuelo cambiase el testamento.
Ella no podía salir de Irlanda dejando a Kieran a merced de la voluntad peligrosa de su padre.
¡Imposible!
Kieran Dunsmore era su hijo.
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En el espacioso vestíbulo, Miles lanzó la pelota a Kieran, sorprendido de que le agradara jugar
con el pequeño. Escuchó pasos en la escalera y se giró. Con una sonrisa luminosa Felicity
descendía rápidamente. Tanta alegría no debería ser inspirada por el hijo de otra mujer. Un
camino seguro hacia la tristeza.
Pocos días atrás, él todavía no conocía a Felicity. Ahora su bienestar le preocupaba.
Momentos después, disfrutaban del té con un pastel de jengibre y canela. Al observar el cariño
con que trataba a Kieran, su determinación de llevarla a Melton se afianzó.
A pesar de su promesa de cuidar del niño, Felicity no tenía porque dedicarle los mejores años
de su vida. Después de todo, si Dunsmore maltratase al niño, ella se vería impotente.
Reflexionó sobre el ataque en la carretera. ¿Habría sido la reacción de Felicity a alguna crueldad
de Dunsmore? En ese caso ella no era tan débil. Pero corría peligro.
Miles observó al niño. Estaba sonrojado, reía y hablaba mucho. Sin duda no había sido
maltratado.
Gardeen se había subido en su regazo, pero lo ahuyentó porque necesitaba pensar. Tenía que
alejar a Felicity de Foy, de Dunsmore y del peligro. Tal vez a la fuerza. Antes, sin embargo, usaría
argumentos convincentes, aunque eso lo detuviera en Foy más tiempo.
En los días siguientes, Miles no mencionó más el plan de llevar a Felicity a Inglaterra. Actuaba
como un huésped agradable, pero de manera que pasaran mucho tiempo juntos.
Cuando Felicity iba a tratar de negocios, él la acompañaba y si iba de compras acarreaba la
cesta.
Ambos sentían pasión por los caballos y pasaban mucho tiempo en el establo, inspeccionando
todo y formando parte del entrenamiento. Según había escuchado, Felicity usaba pantalones para
cabalgar, y que lo hacía a horcajadas y no de lado. Cuando Miles comentó eso, ella explicó:
—Da un trabajo de mil demonios entrenar estos animales montando como las damas. Y no es
por eso que Foy es conocido.
Con los pantalones de cuero Felicity se movía casi como un hombre. Eso agradaba a Miles, pues
le permitía admirar su cuerpo.
Por la noche, antes de cenar, se entretenían juntos. Como esperaba, ella jugaba muy bien al
ajedrez. Competían en igualdad de condiciones.
Les gustaba leer, y a veces se turnaban leyendo fragmentos en voz alta. También apreciaban la
música. Felicity era muy buena con el clavicordio y él no lo hacía mal con la flauta.
Sin embargo, esa proximidad era peligrosa. Como acompañante, Annie se adormecía cerca de
la chimenea o se retiraba después de cenar. Algunos gatos siempre se quedaban atrás y Gardeen
nunca se apartaba del lado de Miles. Sin embargo, no protegían la virtud de Felicity.
Se esperaba que su tutor hiciera eso, aunque, él era unos pocos años mayor que su pupila y se
sentía muy atraído por sus encantos.
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A Miles les gustaban las mujeres en todos sus aspectos, pero no recordaba haber reaccionado
ante una como lo hacía con Felicity. Le gustaba su compañía, y si ella estaba ausente, la echaba en
falta. Por otra parte, su presencia lo perturbaba.
Notó que a ella no le gustaban los corsés apretados. Cuando se inclinaba para mover una pieza
de ajedrez, sus senos, bien cubiertos, se movían un poco como si suplicasen ser tocados. Entonces,
él recordaba habérselos visto mal protegidos y sentido la suavidad y el calor al acariciarlos aquella
primera noche.
Maldición, deseaba que los cubriese con algo grueso.
Cuando iban de un lado a otro por el prado, hablando de caballos, él tenía la sensación de que
estaban desnudos. Si ella se giraba sonriente para hacer un comentario, Miles tenía que luchar
para no besarla en los tentadores labios.
Evitaba tocarla, pues temía que un simple roce llevara a algo más íntimo.
El impulso inicial de rechazar la tutela había sido por egoísmo. Pero ahora, pensaba que un
hombre honorable escaparía de esta situación antes de actuar de manera impropia. También
pensaba que si hiciera eso, sería libre para cortejar a su ex pupila. Podría besar esos labios y
acariciar su precioso cuerpo.
Sin embargo, cuando se hubiera resuelto el litigio, Felicity ya sería mayor de edad. Por lo tanto,
no podía abandonarla a su suerte, pues calculaba los peligros que la rodeaban.
Ahora entendía porque Leonard había cambiado la tutela a última hora. Colum no tendría la
firmeza necesaria.
En los momentos de buen juicio, Miles se decía que no deseaba cortejar a Felicity. Reconocía la
atracción por su belleza y su inteligencia, pero también el temperamento voluntarioso y su
inclinación para arrojarse al peligro.
Y, después del primer encuentro, dudaba que fuese pura e inocente como debía. La futura
condesa de Kilgoran tenía que estar libre de cualquier mancha.
Esos problemas, además de la posible implicación de Felicity en rebeliones, deberían obligar a
un hombre sensato a huir antes de dejarse seducir por ella.
Como si estuviera pisando huevos, Miles se pasó las dos semanas siguientes conquistando la
confianza y la amistad de Felicity.
Kieran aparecía casi todos los días, lo que provocaba una alegría casi maternal en ella. Por lo
menos no había señales de brutalidad cometida por su padre, aunque Miles había escuchado
rumores en la villa de que Dunsmore había vuelto a subir las rentas.
Tan pronto se corrió la noticia de la presencia de Miles en Foy, las visitas e invitaciones
comenzaron a llegar. Esas bucólicas fiestas no le agradaban mucho, pues siempre había mozas a la
espera de ser presentadas al heredero de Kilgoran.
Una noche, al regresar a casa, Miles comentó:
—Es increíble el número de jóvenes hermosas en esta zona. ¿Tiene que ver con el agua?
Felicity se rió.
—Con el agua no, pero si con Foy Hall. Cada familia de Irlanda con parientes en la región,
mandó a su candidata. Un día no muy lejano, encontrará un zapatito perdido en la escalera de la
entrada, Príncipe Encantado. Y tendrá que ir buscando el pie que entre en él.
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— ¡Dios me ayude! Solo espero que nadie se corte los dedos de los pies.
—Yo creía que los hombres apreciaban ver como las mujeres se torturan por su causa —afirmó
Felicity.
—Vaya. ¿Por qué piensas eso?
— ¿No es verdad?
—En tu caso, no. Eres la heredera de una gran fortuna. Los hombres se cortarán los dedos por
conquistarte.
— ¿Usted lo haría? — indagó ella.
— ¿Olvidas que soy tu tutor?
—No — susurró ella, y después añadió: — Me gustaría no ser tan rica.
—La riqueza no es una carga si es usada con sensatez. Puede ser beneficiosa para los demás.
—Es como planeo usar la mía — afirmó ella.
—No tendrás acceso a ella hasta cumplir los treinta.
—O si me caso.
—Pero eso será en los términos que tu abuelo dictaminó, tu marido como administrador. ¿Por
qué estas tan ansiosa por hacerlo? Estoy seguro que el dinero podría ser liberado ya.
—Esperaré.
Miles tuvo la clara impresión de que no aprobaría sus meritorias acciones. ¿Qué planeaba
Felicity? ¿La financiación de una rebelión armada?
—No soy intolerante, Felicity. ¿Por qué no me cuentas lo que quieres hacer? No te cases solo
para tener acceso al dinero. Un hombre que creyeses un marido maleable y honesto podría
sorprenderte.
—Nada que hagan los hombres me espantará.
No era un comentario apropiado para una joven correcta.
Felicity no podía aplazar más la fiesta que prometió ofrecer en honor a Miles.
—Debe ser magnifica, incluso con baile. A fin de cuentas, usted es el heredero de Kilgoran —
dijo ella una noche.
—Es una espada sobre mi cabeza, te lo garantizo. ¿Por qué no ofrecer solo una pequeña cena?
— sugirió él.
Era una de las ocasiones peligrosas. Annie se había retirado temprano y Felicity se acurrucaba
en un sillón, con los cabellos sueltos cayéndole sobre los hombros. Apenas había la luz de dos
velas y el fuego de la chimenea para amenizar la intimidad de la penumbra. Miles quería, con un
alarmante ardor, ponerla en su regazo y poseerla. La situación no parecía afectarla.
— ¿Una pequeña cena? Eso privaría a las jóvenes esperanzadas bailar con usted. El Príncipe
Encantado, vaciaremos el vestíbulo para el baile y pondré la casa patas arriba en su honor.
—No des a entender que fue mi idea. Como los gatos gobiernan esta casa, no quiero
despertarme mañana todo arañado.
—Ellos no la gobiernan exactamente, pero, en cierta forma, manifiestan sus opiniones. Usted
debería atraer a Gardeen a su lado. Ella lo protegería.
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Miles miró a la gatita negra acurrucada entre sus botas. Gardeen no se había subido a su
regazo, pero siempre lo seguía pacientemente.
—Los otros gatos la matarían — dijo él.
—Lo dudo, Gardeen es especial. Annie, que conoce el origen de cada gato, no está segura de
donde viene ella.
— ¿Estaba perdida? — indagó Miles al mirar para abajo y en un impulso coger a la gatita.
En ese mismo instante, los ojos plateados se abrieron y se escuchó un ronroneo triunfante. Él
no tuvo valor de bajarla al suelo y se la puso en el regazo, provocando la risa de Felicity.
—Una mujer persistente siempre gana ¿lo sabía?
Por primera vez Miles se preguntó si Felicity no lo estaría persiguiendo siguiendo el ejemplo de
Gardeen. Tal vez esas inocentes noches fueran deliberadas.
—No apuestes por ello. Solo seguí tu consejo y recluté esta aliada — afirmó él, disfrutando de
pasar la mano por aquel pelo suave.
Felicity sonrió de manera extraña. Se recordó que Miles la consideraba una mujer peligrosa.
Sería un terrible error olvidarse de eso.
A la mañana siguientes, para alarma de Miles, Felicity no estaba en la mesa. Aunque, se
tranquilizó al saber que ella ya había desayunado y se encontraba en la biblioteca. Después de
comer, fue a buscarla acompañado de Gardeen.
En la puerta observó a Felicity en el escritorio con aire agitado. Los cabellos tirantes se
soltaban del moño y tenía los dedos sucios de tinta.
Él cogió a la gatita y se aproximó.
—Me recuerdas a una estudiante, sufriendo con los deberes.
—Y la culpa es toda suya, Miles.
— ¿Cómo has llegado a esa conclusión? — preguntó al coger una hoja de papel.
Se trataba de una invitación escrita con una caligrafía horrible. El problema era el gran número
de hojas arrugadas en el suelo.
— ¿Por Dios, nunca has ido a la escuela?
—Tenía una preceptora.
—A quien tú engañabas como también a las otras personas a tu alrededor, imagino. Por eso ella
nunca te enseñó nada útil.
Felicity se puso en pie.
— ¿Engañaba? Vaya ¿Será arrogante? Si no le gusta mi letra ¿Por qué no escribe usted mismo
las invitaciones?
Él la apartó, se sentó y puso a Gardeen sobre el escritorio.
—Muy bien. Pero no pienses que eres tan astuta como esta gatita. No vas a escapar impune.
Toca para mí.
—Será un placer. Al final la señorita Herries me enseñó algo útil. Ella no daba apenas valor a la
escritura.
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Felicity se sentó ante el clavicordio y comenzó a tocar. El fuego crepitaba en la chimenea y la
música resonando en el aire volvía el ambiente peligroso. Instigaba a Miles a soñar con una
existencia muy placentera.
Él movió la cabeza a fin de despejarla, apartó la nostalgia y se puso a escribir las invitaciones.
Todo iba bien hasta que llegó a un nombre de la lista.
— ¿Vas a invitar a Dunsmore, Felicity?
Sus agiles dedos fallaron apenas una nota.
—Sería de descortés no hacerlo.
De hecho, Miles lo reconoció, pero se preguntó si no era su deseo. Admitió que había estado
evitando tocar el asunto.
— ¿Cómo es considerado Dunsmore por las personas de aquí? No lo he visto en ninguna casa
— comentó.
—Nadie escoge a sus vecinos. Por eso, todos aceptan la convivencia, lo que no quiere decir que
tengan que ser forzados a hacerlo todo el tiempo — respondió ella sin dejar de tocar.
— ¿Y Kathleen era más aceptada?
—Claro. Ella vivió aquí toda su vida.
— ¿Entonces, como su marido, Dunsmore también era aceptado?
—Él pasaba gran parte de su tiempo en Dublín o en Inglaterra.
Miles tenía la sensación de estar extrayendo clavos de un robe y desistió. Dudaba obtener
mucho con preguntas directas. Pero sería interesante ver como Dunsmore se comportaría y sería
tratado por los demás. Presentía que el padre de Kieran se convertiría en un obstáculo en su vida.
Sería una sorpresa si él, siendo extranjero, fuese bien recibido. Aunque, a menos que ya se
hubiese demostrado públicamente que era un canalla, las personas lo tratarían cortésmente.
Tal vez Dunsmore no apareciese. Debía saber que no era popular y todos los lugareños podían
estar divirtiéndose con el ataque que sufrió cometido por los miembros de tal organización.
Sin embargo, la noche del baile, Rupert Dunsmore apareció, exhibiendo una arrogancia gélida.
Miles notó que era ignorado por la mayoría de las personas, excepto por algunas jóvenes, tal vez
con expectativas matrimoniales. No le gustó ni un poco la mirada posesiva de él al saludar a
Felicity.
¡Oh no, no vas a poner la mano en otra heredera!
Miles no culpaba al hombre por sentirse atraído por Felicity esa noche. Él se había quedado
atontado al verla con un vestido precioso de tafetán color crema, cuya blusa no cubría
debidamente sus atributos.
Como si no notase el efecto, la endiablada había dicho:
—Sé que la muerte de mi abuelo es reciente, pero el odiaría las lamentaciones. Aun así, quité
los adornos del vestido para hacerlo más sencillo.
—Ah, ya veo — dijo Miles, seguro de que tales adornos cubrían el escote.
—Y llevo el collar de ámbar negro de mi madre.
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Lo llevaba en un “estilo griego” por el que las puntas del largo collar se sujetaban en los
bordes de las mangas cortas y el broche que lo cerraba se anidaba entre sus senos. El arreglo daba
la alarmante impresión de ser la única cosa que impedía que el vestido se cayera.
Annie había exclamado que Felicity estaba preciosa. Los cabellos exhibían un elaborado
recogido y las puntas de un chal de seda negra y plateada pendían de sus codos. Ella se mostraba a
la altura de un baile en Dublín. Miles, sin embargo, deseó mandarla de regreso a su habitación
para que cambiara el vestido por otro más adecuado.
Ella tiene veinte años y muchas jóvenes están casadas a esa edad, reflexionó. Y como iba a ser
su tutor por un periodo breve de tiempo, no necesitaba fiscalizar su vestuario. La cuestión quedó
decidida con la llegada de varios invitados. Ella debía de haber calculado su aparición para ese
momento.
¿Qué es lo que estaría planeando? ¿Seducir a Dunsmore? No, claro que no.
¿Eliminar la determinación de su tutor? Probablemente.
Felicity tenía un plan, que se veía amenazado por su intención de llevarla a Inglaterra. Tenía que
descubrirlo, ya que estaba decidido a llevarla, sin importar su seductora belleza.
Con cuidado para no pisar a los gatos que rodeaban a Annie, Miles fue a apartar a Dunsmore de
Felicity con la disculpa de servirle un ponche. Un suave roce en el talón le avisó de la presencia de
Gardeen. Diablos, la había encerrado en su cuarto.
—Cavanagh — Dunsmore lo reconoció. Mostró una sonrisa forzada y una expresión de desdén.
Miles mantuvo el buen humor y cogió a Gardeen antes de que la pisaran.
—Tuve el placer de conocer a su hijo, Dunsmore. Muy simpático.
—Fue una suerte mía y de Kathleen tener ese hijo.
Uno de los caballeros le pasó una taza de ponche a Dunsmore.
—Dios lo bendijo, milord. Sin el niño, Loughcarrick habría sido para Michael, primo de Kathleen.
—Es cierto — admitió Dunsmore con voz ronca. Todos parecían molestos por la presencia del
inglés que tenía la propiedad, tal vez temporal, de una gran hacienda del lugar.
—Todavía no conozco a Michael Craig. ¿Vive por esta zona? — preguntó Miles.
—No, en Liverpool — respondió Dunsmore lanzando una mirada hostil a todos — Por eso, no
importa lo que acontezca, Loughcarrick quedará en manos inglesas.
—Ah, pero la sangre es lo que cuenta — afirmó alguien.
—De hecho. Estoy orgulloso de ser inglés — admitió Dunsmore.
Miles le reconoció el coraje y la falta de discreción.
—En realidad la propiedad pertenece a Kieran que es irlandés por parte de madre y nacido
aquí. Siendo así, todo se arreglara al fin. Bueno, la música para el baile ya empezó. Calculo que
algunos de los señores desearan invitar a una dama. En caso de que prefieran jugar, las mesas
para ello están en la biblioteca— informó Miles.
Eso provocó la dispersión del grupo. Aunque vio la mirada de Dunsmore hacia la biblioteca,
aunque siguiese hacia el vestíbulo donde el baile comenzaba. Debía de ser un jugador
empedernido para sentirse tentado por un juego barato con personas que lo despreciaban.
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Aunque cuando Miles vio que Dunsmore invitaba a bailar a Felicity, deseó que el sujeto hubiese
preferido el juego.
Foy Hall no era una mansión muy grande, pero poseía un espacioso vestíbulo idóneo para el
baile. Cabían dos grupos bailando cuadrilla e incluso tres si era necesario. Además contaba con
una galería donde tocaban dos violinistas y un flautista.
Desgraciadamente había más damas que caballeros interesados en bailar.
Era obligación de Annie ocuparse de que todas fueran agasajadas, sin embargo, ella estaba en
la sala de estar con sus amigas.
Miles se puso sobre el hombro a la gatita y dijo:
—No puedo bailar contigo y tampoco dejar que te pisoteen en el suelo. Te voy a llevar a la
galería donde podrás observarlo todo. Quédate allí y pórtate bien.
Según la dejó, la gata se subió a la barandilla observándolo todo.
Miles regresó al vestíbulo diciéndose que Foy Hall lo estaba volviendo loco. Pero no hasta el
punto de invitar a su pupila a bailar. Por lo tanto, cumpliría con su deber invitando a jóvenes más
modestas.
A pesar de que hablaba poco, Nuala Yeates bailaba bien y con gusto. Cuando la música terminó,
Miles se detuvo cerca de otros jóvenes a fin de pedirle a otra joven la siguiente danza. Eso no dejó
elección a su compañero, excepto invitar a Nuala.
Miles continuó actuando de esa atenta manera hasta que avisaron que la cena estaba servida.
Buscó a Gardeen con la mirada observando que ella continuaba en el alfeizar de la galería.
Señal de que él no se había equivocado. Al darse cuenta de la tontería, balanceó la cabeza
yéndose a saborear las deliciosas viandas.
Tras la cena su ánimo de aplacó deteniendo a Felicity para bailar. Ella no lo eludió pero dijo:
— Sabe, creo que he comido demasiado y no puedo ni moverme. ¿Por qué no nos sentamos
para hablar un poco?
Como en el vestíbulo no había sitio, se dirigieron a la escalera donde muchas personas
ocupaban los escalones. Encontraron uno vacio y Felicity se sentó con el crujido del tafetán crema
y el perfume a rosas que Miles recordaba tan bien.
— ¿Usted no tiene fiestas como esta en su casa? — preguntó ella.
—Mis padres ofrecían cenas. Raramente un baile. ¿Por qué?
—Se está esforzando demasiado — comentó ella con aire malicioso.
— ¿Cómo?
— Piensa que tiene que dirigir a las personas. No sé como es Clonnagh, pero aquí con música,
comida y bebida es suficiente para que se diviertan por cuenta propia. Usted, querido tutor, está
entrometiéndose demasiado.
— ¿Crees que está mal ser amable? Si no hubiera invitado a la señorita Yates a bailar, se habría
pasado la noche sentada.
—Tonterías. Nuala estaba solo esperando un poco, pues todos le dedican su atención. Si usted
quería ser atento, podría haber buscado a la señorita Hill o a la señorita Manning.
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Para irritación de Miles, las dos bonitas jóvenes se habían pasado sentadas gran parte de la
noche. Le dirigió una mirada interrogante a Felicity.
—Ellas son de fuera y muy engreídas. Obligué a algunos hombres a que las invitaran y no fue
suficiente.
—Muy bien, bailaré con ellas, pero solo si tú bailas primero conmigo — le exigió.
Felicity abrió el abanico negro y miró por encima.
— ¿Será apropiado, milord?
— ¡Sin duda! Te estaré protegiendo de hombres indeseables.
—Pero estos son mis amigos desde que era una niña.
—Créeme Felicity, ese vestido tuyo podría transformar a tu mejor amigo en el villano más
indigno.
Ella apartó el abanico mirando hacia la parte expuesta del escote y fingió sorpresa. Sin querer,
Miles le siguió la mirada, pero la desvió rápidamente. Entonces vio su sonrisa.
—Maldición — murmuró — ¿Qué es lo que pretendes?
—Solo divertirme.
En ese momento, Gardeen apareció poniéndose en el regazo de Miles. ¿Vigilando? ¿Pero a
quien?
Felicity volvió a abrir el abanico y a mirar por encima.
—Tal vez yo esté a la caza de un marido. Si quiero tener acceso a mi dinero antes de los treinta
años, necesito uno.
—Pues deja que te lleve a Inglaterra donde hay más candidatos.
Ella lo miró con cautela.
—Deseo casarme con un hombre de aquí.
Miles observó a los que bailaban.
—Si eso es lo mejor que el lugar tiene para ofrecer, tienes poco donde escoger. Los pocos
solteros que hay no parecen muy animados.
Con un gesto brusco ella cerró el abanico.
— ¡Lo sé!
— Pues entonces Felicity, deja que te ayude a escoger.
—No creo. ¿No será que usted quiere casarse conmigo?
—No estoy loco.
— ¿Por qué no? — preguntó ella.
—Tal vez quiera un ama de casa mejor.
— ¡Pues contrate una! — le dijo con una mirada rabiosa. — Sería interesante verle mostrar
emociones más ardientes.
—Soy un tipo tacaño, querida, prefiero conseguir una mediante el matrimonio.
—En ese caso, ¿No sería bueno que ella fuese heredera de una fortuna?
Miles se dirigió a Gardeen:
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5º de la Serie Bribones
—Por Dios, la muchacha va tras de mí. Primero, exhibe la sedosa piel del pecho y luego alardea
de su fortuna — miró la cara ruborizada de su pupila — Cuando seas mayor de edad, inténtalo
otra vez. Tal vez considere tu oferta.
Ella le golpeó en la mano con el abanico.
— ¡Idiota! — exclamó, pero consiguió controlarse.
La música paró y ella se levantó.
—Me ha invitado a bailar, ¿lo recuerda? — dijo y sin mirar atrás descendió al vestíbulo.
Antes de seguirla y sin apresurarse llevó a la gata a la galería.
Impaciente Felicity lo esperaba.
La música comenzó y él la tomó en los brazos. Más de una vez Miles observó su belleza.
Además de guapa, fuerte, valiente, inteligente… deseable.
La danza contenía variados movimientos por lo que Miles se vio tocándola más de lo que había
hecho la primera noche. Luego, la sintió pegarse contra él. Si fuese otro tipo de mujer, pensaría
que lo estaban invitando a una noche de placer, pero Felicity era diferente.
¿O no? Se dijo recordando a “Joy”.
Irritado con su comportamiento, la estrechó contra su cuerpo mordisqueándole el lóbulo de la
oreja.
—No juegues con animales, pequeña. Tienen los dientes afilados.
Sorprendida, se enojó. Eso le convenció de su pureza.
La música terminó, Miles se la entregó a una nueva pareja, un hombre de mediana edad, e
invitó a la señorita Hill a bailar. A pesar de su belleza y su esfuerzo por agradar, no le despertó el
menor interés.
Miles miró a la galería donde estaba Gardeen, alisándose el pelo tranquilamente. Obviamente
él no corría peligro.
Si continuaba con esa tontería, acabaría creyendo en ella.
Poco después, vio que Felicity no estaba en el vestíbulo. Debía estar con sus obligaciones de
anfitriona. Aunque, él quería saber dónde.
No la encontró en ningún lugar allí abajo. Como ya había una gruesa capa de hielo, no debía de
estar en el jardín. Quedaban pocas posibilidades y una de ellas lo alarmó. Subió al segundo piso y
de paró ante la puerta de su cuarto.
Miles que nunca había estado allí dudó. Luego, sintió que Gardeen rozaba sus tobillos.
Tomando eso como una señal, golpeó la puerta. Al no obtener respuesta, la abrió y entró.
Felicity estaba allí, demasiado cerca de Dunsmore. Ambos se giraron y lo miraron con desdén.
— ¿Qué está haciendo aquí, Dunsmore? — le preguntó.
—La señorita Monahan me invitó.
— ¡¿Felicity?!
— ¿Por Dios, Miles, se va a comportar como un severo tutor? Solo quería hablar con el señor
Dunsmore sobre Kieran.
— ¡¿En tu habitación?!
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No había pruebas, pero Miles apostaría a Argonaut a que esos dos se habían besado. Además
de invitar al sujeto a entrar allí, ¿Ella le habría permitido otras intimidades? Se preguntó cerrando
los puños.
Impaciente ella suspiró.
—La casa está llena, y quería privacidad.
—Estoy seguro de que la conversación podría haber esperado hasta mañana — Miles se apartó
acercándose a la puerta — Creo que debería retirarse, Dunsmore.
Este le dirigió una mirada hostil.
—Pero eso, le dejaría a usted solo con la señorita Monahan.
—Soy su tutor.
—Ridículo concepto.
—De ninguna manera. Es totalmente legal. Como su tutor, puedo reconsiderar mi tolerancia
por su comportamiento impropio y resolver la cuestión con pistolas.
— ¡Bueno, sinceramente! — exclamó Felicity.
—Cállate — ordenó Miles.
—Tal vez acepte eso — dijo Dunsmore en tono gélido.
—Y yo, sin duda.
— ¡No me voy a callar! Les prohíbo a los dos que luchen por mí.
Sin desviar la mirada de Dunsmore, Miles la ignoró. El tipo tenía que tener la certeza absoluta
de que si daba un paso en falso en relación con Felicity, moriría.
Dunsmore entendió el mensaje y dijo:
—Como la señorita Monahan no quiere enfrentamientos, lo evitaré. Por ahora.
—Sensato.
Mientras Dunsmore se dirigía a la puerta, Gardeen se subió en el respaldo de una silla y bufó.
Asustado, el hombre dio un salto y maldijo al salir.
Miles cerró la puerta encarándose con su pupila. Ruborizada ella protestó:
—Es muy impropio estar aquí conmigo con la puerta cerrada.
—Pero menos que con Dunsmore.
— ¡Confío más en él que en usted!
— ¿Qué te he hecho para merecer eso?
—Usted me mordió.
—Fue un aviso, no un acto de seducción.
Ella lo miró con preocupación.
—Usted me desea. No lo niegue, lo noto, y me inquieta.
Maldición ella tenía razón.
—Dunsmore también te desea.
—No de la misma manera.
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—Felicity, eres atractiva y rica. Muchos hombres te querrán. En cierto sentido, yo te deseo, sí,
pero no te agrediré. Ni siquiera intentaré seducirte. No afirmaría eso de Dunsmore.
—Él tampoco me atacaría.
— ¿Será posible que seas tan ciega?
—No me agredirá porque no será necesario. Yo lo besaré cuando y donde quiera — declaró ella
en tono desafiante.
Miles tuvo la sensación de que le golpeaban.
— ¿Cómo os estabais besando antes de interrumpiros?
—Exactamente — afirmó, pero desvió la mirada.
—Felicity, Dunsmore no es un buen partido.
—No intente tomar decisiones por mí. Sé lo que quiero.
— ¡Tú no sabes nada! ¿Qué atractivo tiene el hombre? Es frio como un pez y no tiene un
centavo, excepto el dinero del niño — Miles se calló sorprendido. Luego aseguró: — ¿Es por eso,
verdad? Por Kieran.
—¿El qué es? — preguntó Felicity , pero seguía sin mirarlo.
—Estás intentando casarte con Dunsmore para poder cuidar de Kieran.
Su rubor la traicionó.
— ¿Qué hay de malo en ello?
— ¡Todo! ¡Que demonios, Felicity! Aunque te cases con él no podrás proteger al niño. Si
Dunsmore quiere golpear a su hijo todos los días, o mandarlo al colegio más duro del mundo, tú
no podrás impedírselo. Y si llevas la cuestión a los tribunales, tu posición de madrastra no te hará
ganar la causa. Durante ese tiempo, tú continuarás siendo la esposa de Dunsmore. ¡Reflexiona
sobre lo que eso supondría!
A pesar de que su rubor se acentuó, señal de su agitación, ella lo encaró:
— ¿Usted se refiere a los deberes conyugales? Estoy segura de que Dunsmore es un buen
amante.
—Lo dudo. No es del tipo que se comporte amorosamente después de asegurarse la conquista.
—Kathleen decía que era un hombre ardiente.
—Seguramente para conseguir dejarla embarazada a fin de tener acceso a sus propiedades.
—No importa el motivo. Ahora présteme atención. Pretendo casarme con Rupert Dunsmore y
pronto. Por lo tanto, se acabó esa historia de que me va a llevar a Inglaterra.
—Lo quieras o no, vendrás conmigo, Felicity. Necesitas conocer hombres de verdad.
—No se equivoque, le he conocido a usted, un buen ejemplo de uno, y no he cambiado de idea.
Ella iba a salir de la habitación, pero Miles la cogió del brazo acercándola a él.
—Tal vez necesites algo más, además de conocer algunos hombres, para que te des cuenta de
cómo es Rupert Dunsmore.
Furiosa, ella se retorció.
— ¿Y usted está dispuesto, a enseñarmelo para poder comparar? No claro, es mi tutor y se
enfrenta a su obligación con exagerada seriedad — ironizó ella.
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—Como no aceptas mi vigilancia, considero el caso perdido — declaró Miles.
La lanzó sobre la cama sujetándola contra su cuerpo. Felicity luchó, pero él la mantuvo
inmovilizada.
— ¡Salga de encima de mí, cerdo atrevido!
Él la silenció con los labios. Ella le mordió, obligándole a levantar la cabeza. Casi escapó, sin
embargo, no lo consiguió.
Entonces, un extraño dolor le hizo recuperar la razón.
Miles vio varios arañazos en su mano, de los cuales surgían gotas de sangre. Gardeen bufaba
cerca de su nariz. Horrorizado con su comportamiento, soltó a Felicity seguro de que ella lo
atacaría.
En vez de eso se masajeaba las muñecas doloridas apartándose al otro lado de la cama. Sus ojos
brillaban de rabia y su peinado estaba deshecho.
—Intente hacer eso de nuevo, Miles Cavanagh, y le meteré una bala donde más daño le haga.
Lo juro por San Patricio — le dijo al salir corriendo del cuarto.
Mirando a la inquieta gata, Miles se dejó caer en una silla.
—Y por San Patricio, Gardeen, me lo merezco. Gracias, pequeña guardiana.
Al otro lado del pasillo, Felicity esperó a que Miles saliera de la habitación. Luego, regresó y
cerró la puerta.
Sentada ante el espejo intentaba recomponer el peinado, sin embargo, las manos temblorosas
no se lo permitían.
La culpa había sido tanto de él como suya. No debió de excitarlo antes, pero estaba dominada
por una locura que la instigaba a obligarlo a actuar como un hombre.
Imaginó lo que podía haber pasado y sollozó. Él, el hijastro de su tío y ella una joven bien
educada. Luego, las conversaciones provocativas, la música, los momentos de entendimiento
habían sido muy valiosos. Si hubiese coqueteado con él y recibido aquella mirada ardiente,
podrían haberse besado, acariciado… Sin embargo, ella no era digna de un hombre tan honesto.
Ah, si nunca hubiese conocido a Rupert Dunsmore.
Se levantó y empezó a caminar por el cuarto.
¡Que el maldito Dunsmore ardiera en el fuego del infierno!
Pero estaba desesperado y la presionaba. Días atrás había prohibido las visitas de Kieran. Y esa
noche, le había contado que había golpeado al niño antes de salir de casa.
La visión de su querido hijo llorando la rompía el corazón. Rupert lo sabía, y por eso lo castigaba
a fin de forzarla a ceder.
Por milésima vez, Felicity intentó encontrar otra manera para librarse de ese horror que no
fuera el matrimonio con el hombre a quien despreciaba. Pero, por milésima vez, falló.
A los quince años, mal vigilada y sin una mínima orientación, se había dejado seducir por
Dunsmore. Había creído su historia sobre el matrimonio infeliz y también que no corría riesgo de
quedarse embarazada. Cuando comprendió que iba a tener un hijo, todavía creyó en sus ruegos
de perdón dejando que él y el abuelo la librasen de las consecuencias. Incluso se había sentido
agradecida en aquella época.
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Organizaron una visita a sus “parientes” en Inglaterra, acompañada por la señorita Herries. En
esa ocasión, Rupert había llevado a su esposa “embarazada” a Cheltenham. Pasado un tiempo, los
Dunsmore habían regresado a Loughcarrick con un bebé.
Tiempo después, Felicity también regresaba con un bello guardarropa e historias sobre los
viajes por Inglaterra. Sus amigos le comentaron que los aires no le habían sentado bien. El mal que
la aquejaba era haber tenido que dejar a su hijo.
Poco después, al quedar claro que ella no intentaba quitarle al niño, Kathleen le había
permitido frecuentar la casa. Como Rupert se pasaba mucho tiempo en Dublín o Londres y
Kathleen agradecía sus visitas, la vida se había hecho más tolerable. Unos años después, Felicity se
sentía bendecida por contar con el feliz resultado de su desliz.
Pero, Kathleen había fallecido.
Felicity no percibió en el momento como ese hecho había destrozado su vida.
¿La habría cortejado Rupert si no supiera de su fortuna?
El hecho de que él se volviera inflexible al enterarse de su herencia.
Al principio, había afirmado que siempre la había amado, pero su matrimonio le impedía
declararse. Ella ya no era una joven ingenua y había deducido que Rupert la había dejado
embarazada a propósito para conseguir el derecho a los bienes de Kathleen por medio del niño.
Además de codiciar su herencia, él la había seducido porque su familia de clase alta haría todo
lo que fuera para evitar escándalos.
El plan casi le había funcionado. Aunque ella no pretendía darle el control sobre su persona y la
herencia. Fue cuando Rupert le explicó las consecuencias de su rechazo.
—Soy un hombre vigoroso, Felicity. Si no te casas conmigo, tendré que buscar a otra.
—Pues cásate con mi bendición.
—Pero eso hará que otra mujer se convierta en la madre de Kieran. Ella no sabría la verdad y no
aceptaría tu presencia en Loughcarrick. Y yo no cuestionaría eso. O me llevaría a la familia lejos de
aquí — explicó él con una sonrisa irónica.
Fue un golpe tremendo para Felicity.
— ¡Eres un desgraciado! ¿No piensas en la felicidad de tu hijo?
—Para nada. Kieran podría morir mañana, que yo no derramaría siquiera una lágrima. Mis
derechos sobre las propiedades no se verían afectados.
Era una amenaza como una daga afilada en su cuello.
— ¿Qué es lo que quieres? — le preguntó.
—A ti en mi cama y tu fortuna en mis manos. Sé que está bajo custodia, pero pasara a tus
manos cuando te cases y pases al cuidado de tu marido. Una situación ideal, ¿No crees?
— ¿Qué harás cuando te lo hayas gastado todo? Dudo que dure una década — dijo enfadada
con la idea de casarse con ese canalla.
—Te enseñare a ahorrar, siempre que me satisfagas en la cama y en el resto — era una
invitación a la esclavitud, con la amenaza constante sobre Kieran para someterla — Los acreedores
me están amenazando. Necesitamos casarnos pronto. El viejo Leonard está de acuerdo si se
maneja la cuestión con cuidado.
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5º de la Serie Bribones
Sin embargo, el abuelo no había estado de acuerdo, y por primera vez, se mantuvo firme. Eso
tal vez había provocado el ataque que le había costado la vida. Una muerte que la dejó bajo la
autoridad de Miles Cavanagh que parecía empecinado en impedir su matrimonio con Rupert.
Felicity sabía tan bien como él, que sus poderes como esposa de Rupert serían limitados y los
deberes, desagradables. Pero para rechazar el matrimonio, necesitaría saber que la vida de Kieran
no correría peligro.
Rupert sería capaz de golpearlo todos los días para obligarla a ceder, aunque cuando dispusiera
de dinero, regresaría a pasar temporadas en Dublín y Londres, en una vida de orgias. Mientras el
dinero durase, ella y Kieran estarían seguros y ser su madre valdría cualquier sacrificio.
Si la situación se volvía insoportable, quien sabe, podría matar al canalla. Ya había intentado
una vez disparar sobre él, pero perdió el valor a la hora de apretar el gatillo.
Ahora se maldecía por ser incapaz de matar a alguien a sangre fría.
Solo le quedaba casarse.
Volvió a sentarse ante el espejo, con las manos más firmes, rehízo el peinado. Luego, se dirigió
a la planta baja para terminar una fiesta desastrosa.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0044
A la mañana siguiente, Felicity y Miles parecían haber abusado de la bebida. Pero la culpa de su
abatimiento les había dado una noche de insomnio.
Normalmente ella era dueña de un apetito saludable, pero apenas había mordisqueado una
tostada.
Annie, también en la mesa comentó:
—Están los dos muy callados. Acostumbran a hablar mucho. Deben de haber bailado mucho y
quedar exhaustos.
—Tienes razón tía. Creo que es mejor ir a descansar un poco – dijo Felicity al salir de la sala,
pero Miles la siguió deprisa.
—Felicity, necesitamos hablar – ella se inmovilizó al pie de la escalera.
—Se engaña – rebatió.
—Sí que lo necesitamos. Ya. En la biblioteca – insistió él autoritario.
—¿Cómo se atreve a darme órdenes?
—Soy tu tutor, ¿lo recuerda?
—Después de lo de ayer por la noche tiene audacia…
—En la biblioteca podrás recriminarme cuanto quieras.
En cuanto consiguió controlarse, obedeció. Miles dejó entrar a Gardeen y cerró la puerta. Su
intervención podría ser necesaria.
Felicity lo miró con expresión furiosa.
—Dudo que esté segura en su compañía.
—Pues entonces no abuses de mi paciencia – le avisó.
—¿Por qué no? Usted acabó con la mía. – Miles rezó para mantener el control.
—Felicity, me equivoqué al atacarte. Pido disculpas. No se volverá a repetir.
—Caro que no, le pegaré un tiro si lo hace.
—Felicity…
—Pare con eso. Pensó engatusarme para hacer su voluntad y falló. Entonces, al igual que
todos los hombres, empezó a intimidarme. Escuche bien. Mi intención de casarme con Rupert
Dunsmore viene desde el fallecimiento de Kathleen. No tengo ilusiones con respecto a él. Sé lo
que quiero y lo haré en cuanto alcance la mayoría de edad. Está creando dificultades por nada.
—¿Por qué esa prisa? ¿Estás embarazada?
—Lo estoy.
—No mientas.
—No miento. Estoy embarazada y me quiero casar con Rupert antes de que mi estado
provoque un escándalo en la región.
—Tu boda con él será un escándalo con o sin embarazo. Vamos a llamar al médico. Si él
confirma tu estado autorizaré tu boda.
Irritada, ella sacudió la cabeza.
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—Está bien, mentí. Pero fue una buena idea. No será necesario un gran esfuerzo para
transformar la mentira en verdad.
—Será necesario un poder mágico. Estás confinada en la casa y no saldrás a no ser acompañada
por mí.
—No tiene derecho a forzarme a eso. No sabe nada de mí, de mi vida y de lo que quiero – ella
se paró de repente y lo miró con honestidad – Con los ojos abiertos, y en plenas facultades
mentales, me quiero casar con Rupert Dunsmore.
—Es por causa de Kieran. Lo comprendo, pero no dejaré que estropees tu vida – le avisó Miles.
—Por favor — suplicó ella con los ojos llenos de lágrimas.
Por primera vez la veía llorar. Daría cualquier cosa para calmar su tristeza, excepto el permiso
para esa boda.
—No – dijo con voz firme.
—¡Pues va a arder en las llamas del infierno! — exclamó ella. Y salió.
Gardeen gruñó, pero Miles no sabía a cuál de los dos censuraba. Tal vez a ambos.
Sentía la desesperación de Felicity, pero no podía permitir que arruinase su vida. Dunsmore
debía estar amenazando a su hijo.
Le dio un día de sosiego, aunque la vigilase a distancia. Entonces, como primer paso para
apartarla de Dunsmore, sugirió una visita a su casa en Clonnagh. Fue durante la comida. Su
apetito había vuelto, pero no su buen humor.
—¿Por qué deberíamos hacer eso? – preguntó ella.
—Cuestión de sociabilidad. Mi padrastro es tu tío, lo que ha convertido a mi madre en tu tía.
—Una agradable idea, pero no me gusta viajar. Siento la falta de mis gatos – dijo Annie.
—Y yo no puedo viajar sin una acompañante. Una lástima – declaró Felicity.
—Tonterías. Iremos en un coche abierto. El viaje lleva menos de un día – argumentó Miles,
preparado para su siguiente objeción, sin embargo se sorprendió.
—Estaría bien si fuésemos a caballo.
—Es una larga cabalgata para una mujer.
—No soy una flor delicada y me gusta ser independiente – él prefirió no discutir.
—Está bien. Argonaut ya podrá hacer el trayecto. ¿Qué montura usarás?
—A Cresta, creo. Hemos hablado de cruzarla con su Midas en la primavera. Esa sería la manera
de llevarla allí.
Su tono cordial levantó las sospechas de Miles.
—¿Y cómo volverás?
—Me puede mandar en coche o, tal vez, tenga una buena yegua que quiera cruzar aquí a
cambio de la mía. Además de un caballerizo para acompañarme, claro.
—No te confundas, Felicity. Si cabalgas de vuelta será en mi compañía. En las próximas
semanas seremos inseparables.
Ella palideció.
—¿Va a vivir aquí?
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—No. Tú vas a ver más mundo. – Felicity iba a protestar, pero dijo apenas:
—¡Usted verá!
Una vez más Miles no discutió.
Aunque intentaba no perder a Felicity de vista era imposible vigilarla a cada segundo. Al ir a
buscar un libro a la biblioteca, ella aprovechó y se escabulló.
Mientras la buscaba sabía que no podía haber ido muy lejos con un vestido de andar por casa y
sin sombrero.
Los criados no la habían visto, sin embargo, en el establo un caballerizo le contó que la
irresponsable había salido a caballo, montada a pelo. Poco después y maldiciendo, Miles montó a
Argonaut y partió a galope, seguro de a dónde había ido Felicity. Pero cuando llegó a Loughcarrick
descubrió que no había estado allí. Peor. Dunsmore tampoco se encontraba en casa. Se había ido
una hora antes.
El miedo de que Felicity estuviese con él, intentando quedarse embarazada, lo corroyó. Incluso
aunque esto sucediese no permitiría la boda.
La Sra. Edey se quedó perpleja con sus indagaciones.
—La señorita Monahan no viene por aquí desde que falleció la señora Dunsmore, Sr. Cavanagh.
En ese momento apareció Kieran e indagó:
—¿Sissity también ha venido?
—No mi niño. Solo el señor Cavanagh. ¿Lo recuerdas? – indagó la Sra. Edey.
—Quiero ver a Sissity.
—Otro día querido.
A Miles se le ocurrió que Kieran no iba a Foy Hall desde hacía una semana.
—¿Por qué no vas a ver a Felicity esta tarde? Ella estará contenta, pues vamos a viajar por unos
días.
—Lo lamento pero no podemos señor. El padre de Kieran le prohibió salir de la propiedad – le
informó la Sra. Edey.
—Lo odio – declaró el niño.
—No hables así, querido, no está bien – lo advirtió ella. Kieran hizo una mueca y le dio un
puntapié a la puerta.
Miles sintió pena de él por verse envuelto en este sórdido conflicto.
—Tengo la certeza de que tu padre suspenderá el castigo cuando Felicity vuelva – dijo
pasándole la mano por la cabeza.
Al irse, pensó que el apego por Kieran era otro motivo para que Felicity se fuese a Inglaterra.
Sería bueno para los dos si la relación se debilitase.
Miles se dio cuenta de que nunca permitiría la boda de Felicity con Dunsmore. Solo que no
sabía como lo haría.
El primer paso era impedir que se quedase embarazada. Ya montado en Argonaut, miró el
paisaje de vuelta. ¿Ayudaría buscarla al azar? Se forzó en pensar dónde podrían encontrarse.
No a la intemperie en un gélido día de enero. Entonces en los establos y chozas abandonados.
Perdió una hora buscándolos entre Loughcarrick y Foy, sin encontrar señal de los amantes
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indiscretos.
Al llegar al establo de Foy, exhausto, furioso y muerto de miedo, encontró a Gardeen encima de
una cerca y a Felicity con aire presuntuoso.
Como sustituto de unos golpes en su hombro, Miles contó:
—Vi a Kieran. Él quiere verte. ¿Vamos allí ya que a él le han prohibido salir de casa?
Ella contuvo la respiración como si le hubiese dado una bofetada. Sin embargo disfrazó su
reacción encogiendo los hombros.
—No veo para qué. Lo veré cuando vuelva. Y después seremos una familia.
Se giró y se fue a la casa. Miles pensó si ella había cumplido la amenaza de intentar quedarse
embarazada. Después de coger a la gata, la siguió a la casa.
—No parece una mujer que acaba de mantener relaciones en una choza. Maldita criatura
astuta. Es capaz de cualquier cosa – comentó a Gardeen.
Y esto era, claro, lo que la volvía tan fascinante.
Miles observó a Felicity el resto del día. Quería no solo protegerla sino también descubrir
señales de la posible aventura.
Todo lo que veía era a una joven bien educada, preparándose para un viaje. Supervisó el
equipaje, que sería llevado a Clonnagh en carruaje al despuntar el siguiente día. En él también
irían las maletas y el criado de Miles. Envió mensajes a los amigos comunicando su ausencia.
Miles resistió la tentación de verificar los destinatarios. No le preocupaba Dunsmore, cualquier
mensaje para él sería entregado personalmente. Entonces concluyó que su cabalgata había sido
solo un medio de comunicarse con su admirador. Sería imposible que una mujer perdiese su
virginidad y siguiese imperturbable.
Siempre, claro, que ella fuese virgen. Naturalmente Felicity debía serlo. Su osadía no pasaba
de fingimiento. Estaría muy feliz de tenerla lejos de allí y bajo la mirada experimentada de su
madre.
A la mañana siguiente Miles la encontró en la mesa del café, llevando un elegante traje de
montar. Felicity no mostraba la menor señal de resentimiento o falta de apetito. Pronto se irían.
Ante su buen humor, era imposible para él mostrarse indiferente. Estaban relajados como si
fuesen viejos amigos. Miles, sin embargo, sabía que deseaba más que eso.
Después de recorrer un corto trecho, oyeron un maullido que los hizo mirar hacia atrás. Algo
negro se aproximaba aprisa.
—Increíble, ¡Es aquella diablilla! — exclamó.
—Ya que la adoptó, Gardeen no aceptaría quedar atrás.
—La dejé encerrada en mi habitación.
—Tal vez aún tenga algo que aprender sobre mantener “mujeres” cautivas – comentó Felicity.
Antes de que Miles respondiese, la gata los alcanzó y saltó. Como no conseguía alcanzar su
regazo, se agarró con las garras a la capa.
—¿No sabes el significado de “no”? – Gardeen gruñó y Felicity no pudo contener la risa.
—Ella tiene una lengua sucia. ¡Y va a castigarlo!
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Miles también rió y puso a la furiosa gata sobre la pierna. La acarició entre las orejas y dijo:
—Paz pequeña. Nunca volveré a dejarte atrás. ¿Pero cómo vas a viajar?
—Hace cincuenta años estaría usando una amplia chaqueta con enormes bolsillos – comentó
Felicity.
—Y ahora los únicos son los estrechos del pantalón. Ah, ¡las inconveniencias del mundo
moderno!
—Prefiero la ropa práctica a la que está de moda. Los bolsillos de mi vestido son espaciosos y
puedo llevarla si ella me lo permite.
Gardeen dejó que la acomodasen en el bolsillo de Felicity, sin embargo puso la cabeza fuera
para mirar a Miles.
—¿Qué tontería espera que cometa en una cabalgada de un día?
—De hecho, ¿Qué? –comentó Felicity mientras partían de nuevo.
Pararon para almorzar en una posada. Gardeen recibió un cuenco con leche y pedazos de
pollo. Felicity y Miles se contentaron con pastel de conejo y cerveza negra, comida de
trabajadores. Mientras comían conversaron sobre varios asuntos.
—¿Su madre es una Fitzgerald?— preguntó ella en un cierto momento.
—Sí, y se siente muy orgullosa de ello.
—Con razón, puesto que existe magia en la sangre de ese linaje.
—Cuando se habla de magia no te puedes olvidar de Foy. Existe algo en aquel lugar.
—Son los gatos. Están encantados.
Como si hubiese sido llamada, Gardeen saltó al regazo de Miles.
—Esta de aquí lo está, sin duda. ¿Quién le puso el nombre?
—Tía Annie escoge el de todos, aunque afirma que ellos se lo sugieren. Es difícil para un gato
salir de Foy.
—No puedo imaginar por qué fui agraciado con esta – dijo él.
—Es inútil querer entender a los gatos irlandeses.
—O cualquier otra cosa de esta tierra pienso a veces. – por la ventana, Felicity admiró la
ondulación de las colinas.
—Irlanda cambia tan poco… a veces pienso que el propio Finn MacCool podría venir a
salvarnos.
—Tendría que luchar contra Arturo. Los ingleses también tienen sus héroes mitológicos.
Sus ojos brillaron.
—Arturo era celta. Jamás se aliaría con los sajones y su rey germánico contra una verdadera
raza celta.
—El mito de Arturo era reconocido por los normandos, galeses y escoceses. No estaba preso
en una tierra o un monarca – dijo él.
—Sin duda, y los irlandeses no ambicionan la tierra inglesa. Solo queremos la nuestra – afirmó
ella.
—¿Te olvidas que soy irlandés, niña?
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—A veces se comporta como un maldito inglés.
—¡Supongo que Dunsmore no! — exclamó Miles dominado por la rabia porque prefiriese a
aquel hombre antes que a él.
Tanta rabia como había sentido en su habitación aquella noche. Felicity dio la impresión de
haberlo precibido. Se levantó y dijo:
—Mejor un inglés genuino que un irlandés-inglés que no sabe lo que es realmente.
Se apartó de Miles y siguió hasta la mesa para terminar la cerveza. El ataque había sido una
locura momentánea, reflexionó. Casi no contenía el deseo de retorcerle el cuello a Dunsmore. No
como castigo por sus pecados sino por puros celos.
Necesitaba controlarse. Era el tutor de Felicity y nada más. Y su interés por ella era solo para
divertirse.
Se levantó y fue a buscarla. Pronto emprenderían la última etapa del trayecto a Clonnagh.
Miles mantenía su mirada en Felicity. Aunque fuese una gran amazona, temía que una
cabalgada de un día entero la dejase exhausta.
Sin embargo ella no demostraba ningún cansancio.
Sería un desperdicio la boda de Dunsmore con esa fogosa guerrera irlandesa de piel blanca y
corazón impetuoso como una tempestad.
A cinco millas de Clonnagh pararon para dar agua a los caballos en un riachuelo, cerca de una
posada. Felicity sacó a Gardeen del bolsillo y la gatita saltó detrás del olor de lana de carnero.
Mientras llevaban las monturas al riachuelo, Miles notó que Felicity cojeaba.
—Estamos muy cerca, pero podemos alquilar un cabriolé si quieres – ofreció.
—¡No! Si lo quiere saber, estoy sufriendo por culpa de la vanidad. –levantó un poco la falda
para mostrar las botas nuevas.– Quería estar elegante y no imaginaba que me lastimasen. Maldito
zapatero y la calidad de su servicio. Cabalgando no me duele mucho, pero andar es terrible.
—Estoy viendo un banco allí. Voy a llevarte hasta él.
—Por Dios, ¡Se caería con el peso! no soy delgada Miles…
Él la llevaba ya al banco, pero siguió llevándola en sus brazos.
—¡Está bien!— exclamó riendo – Su vigor de Atlas me impresiona, pero póngame en el suelo
antes de que se muera. — ¿Dónde estaba Gardeen cuando más lo necesitaba?
—Miles, quería…
—¿Qué no fuese tu tutor? – murmuró él.
Pero el momento había pasado y Melody desvió la mirada.
—Sin duda. Está volviendo mi vida muy difícil. Vamos, póngame en el suelo.
Él lo hizo lentamente. Quería que el momento volviese para apreciarlo y explorarlo. Bien,
tendrían unos días en su casa sin Dunsmore y Kieran para enredarla. Quién sabe, quizás entonces
él podría reflexionar con claridad.
—Me gustaría tomar un té antes de seguir. Está refrescando.
Miles miró el cielo que se oscurecía.
—Aunque es tarde, podemos perder media hora.
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Eso significaba que sería de noche cuando se aproximasen a Clonnagh. Sin embargo, él conocía
la región tan bien que podría cabalgar con los ojos cerrados y Argonaut encontraría el camino al
establo. En verdad, parecía que disfrutaban de una jornada encantada, que la realidad se
desvanecía y lo imposible se volvía accesible.
Gentil, la señora del hospedaje les sirvió té y panecillos, además de darle un cuenco de leche
para Gardeen. La sala pequeña, de techo bajo y apenas iluminada por el fuego de la chimenea
también tenía una apariencia mágica. ¿No había historias de personas que se alimentaban de
pociones encantadas y se habían desvanecido para siempre?
—Cuénteme algo sobre su casa – le pidió Felicity. Miles movió la cabeza para librarse de
reflexiones absurdas. Entonces empezó una descripción de Clonnagh, su infancia, con muchas
referencias a sus hermanas y su hermano.
—¿Ellos ya no viven allí?
—No. Ellen y Moira están casadas y Declan es capitán de navío.
—¿Y su madre? ¿Qué tipo de mujer es?
—Excelente y enérgica. Ella nos educó con los más altos patrones y nunca tuve tiempo para ser
perezoso.
—No parece ser la mujer ideal para el tío Colum – Miles rió.
—Te engañas. Ella ha rejuvenecido y, con los hijos criados, aunque fuese viuda, necesitaba de
alguien de quien ocuparse.
—¡Pobre Colum!
—Otro engaño tuyo. La adora, se divierte con sus cuidados y acaba haciendo lo que quiere.
Obviamente ambos aprecian las intimidades del matrimonio – dijo, y se arrepintió.
—¡Pero son de la edad de Annie! — exclamó Felicity. Él casi rió ante su sorpresa e ingenuidad.
—Sabes, esas cuestiones no son solo para jóvenes.
—¡De ninguna manera deberían serlo! — afirmó ella con vehemencia y después se arrepintió
también de sus palabras.
Miles la miró alerta. ¿Qué habría tras su reacción?
—¿Qué entiendes por jóvenes?
Ella desvió la mirada, roja, pero no con vergüenza.
—Adolescentes. Más jóvenes que yo.
—Tú tienes veinte años. Muchas chicas ya están casadas con esa edad. Pero estoy de acuerdo.
El casamiento no es para adolescentes.
Felicity tomó el resto del té y dijo:
—Está casi oscuro. Debemos irnos.
Miles se levantó lentamente aunque estaba de acuerdo. Se habían quedado más de lo que
debían.
Además de oscurecer, hacía frío cuando salieron. Él se sentía extraño, como si huyese de un
lugar encantado. El camino delante tenía una tonalidad ceniza por causa de la humedad del mar,
que procedía de la costa próxima, y el olor de la sal estaba en el aire.
No podían ir más deprisa que al trote. Esto le daba tiempo a Miles para reflexionar.
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Comprendía el dilema de Felicity. Para ella negarse a sacrificarse por el niño sería egoísmo. Se
puso en su lugar. ¿Cómo podría no querer salvar al niño? Sin embargo, habría algún amigo para
impedirlo.
El problema era que Felicity, dentro de menos de un mes, podría entregarse, y a su fortuna, a
Dunsmore. A menos que pudiese convencerla de que era una locura.
La única solución sería que ella se enamorase de alguien. Miles pensó en los amigos que
encontrarían en Melton y que pudiesen conquistarla. Pero todos eran ingleses y nunca vivirían en
Irlanda, lo que les impediría interesarse. Solo quedaba él.
—¡Paren!
Distraído por sus reflexiones, Miles no lo creyó al ver a dos hombres con capas y pistolas
apuntadas hacia ellos. Jamás había oído hablar de salteadores en esta región.
—¿Qué diablos…?
—Ven aquí Felicity.
Entonces reconoció la voz de Dunsmore. Se giró hacia ella que, sin mirarlo, pero con los
hombros erguidos y tono de desafío avisó:
—Estoy huyendo.
—No. ¡De ninguna manera!
—No me lo puede impedir.
Él le dio una patada a su montura, que se puso en pie. En seguida, la agarró por la cintura y la
colocó con él.
—¡Desgraciado! — gritó ella luchando, lo que le enfureció.
Le apretó las costillas con tanta fuerza que casi la hizo perder el aliento. Entonces hizo que
Argonaut anduviese en círculos para que los hombres no supiesen dónde disparar. Intentó coger
la propia pistola en el lado derecho de la silla mientras controlaba al caballo y sujetaba a Felicity.
Cuando lo consiguió sintió algo apretar su ingle. Ella había cogido otra arma en el lado izquierdo
de la silla.
—Quédese quieto – le advirtió. Miles se inmovilizó.
—Basta. Aquí es donde su tiranía termina. ¿Denzil?
Dunsmore estaba atrás, pero el caballerizo se aproximó empujando a Cresta. Su pistola estaba
lo suficientemente cerca para acertar a Miles.
—Ya puede desmontar, señorita.
Felicity se bajó de la silla, levantó la mirada y ordenó:
—Desmonte.
—¡Vete al infierno!
—Desmonte o Denzil disparará a Argonaut.
Él tuvo el deseo de darle una patada en la boca, pero obedeció. Felicity llevó a Argonaut a un
árbol cercano y lo ató.
—No queremos que corra al estabalo y de la voz de alarma. – ella volvió al lado de Cresta y dio
una nueva orden.
—Venga a ayudarme a montar.
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Casi volvió a decirle que se fuese al infierno, pero Denzil continuaba apuntando a Argonaut. Se
dirigió a Felicity y buscó algo de vergüenza o remordimiento. No los encontró. Ella no se
escaparía con eso.
Entrelazó las manos y se curvó.
—No cometa ninguna locura – le advirtió al afirmar la bota en sus manos.
Fue difícil no ceder a la tentación de empujarla al otro lado de la silla. Felicity meneó la cabeza.
Miles pensó que era una señal de aprobación, pero entonces no percibió nada más.
Por Dios, ¡la cabeza le latía!
Al intentar palparla, Miles percibió que las manos estaban atadas a su espalda. Maldijo en el
camino lleno de barro y juró que Felicity pagaría con intereses todo el dolor sentido.
Estaba acostado de bruces y no conseguía girarse. Él intento, con todo, le mostró que las
manos habían sido mal amarradas. Incluso así fue terrible soltarlas, pues los movimientos
aumentaban el dolor de cabeza.
Con esfuerzo se arrodilló y, después, se puso en pie, lo que le nubló la visión. Vio a Argonaut y
se tambaleó hasta él. Suerte que no lo habían herido, se dijo. Después de respirar profundamente
y esperar unos minutos Miles se tocó la cabeza y notó un chichón grande y sangre pegajosa.
Como estaba vivo y despierto, suponía no haber sufrido heridas peores.
No gracias a Felicity Monahan.
Nunca había pensado que ella fuese capaz de tanta crueldad. Esto demostraba que no conocía
a la astuta criatura. Tal vez ella y Dunsmore se mereciesen el uno al otro, pero no tendrían éxito.
Pronto la visión se fue aclarando y Miles miró alrededor. Sabía dónde estaba. Tyfahan Cross, a
unas dos millas de Clonnagh. Se extrañó que hubiesen esperado hasta aquí para atacarlo.
Durante el trayecto había varios lugares solitarios. ¿Por qué en ese?
Estaba huyendo, había dicho Felicity. Pretendía irse a Escocia, claro. Tyfahan Cross estaba
apenas a media milla del pequeño puerto de Barragan. Dunsmore ya debía tener un barco
esperando.
Al esperar hasta esa hora, la pareja tenía la ventaja de la oscuridad y el hecho de que las
personas ya estaban cenando en su casa. Miles miró al cielo a fin de calcular cuánto tiempo había
pasado desde el ataque. No mucho. Había empezado a anochecer y ellos esperaban que las
cuerdas lo mantuviesen inmóvil por unas horas.
Buscó y encontró las pistolas en las vainas de la silla.
Desató a Argonaut, montó y partió a galope sin esperar a que la cabeza mejorase. Siguió por el
camino al oeste de la bifurcación, por ser más rápido.
El dolor de cabeza aumentaba a cada movimiento, pero eso hacía que la determinación por
impedir que Felicity embarcase fuese mayor.
Necesitaba engañarla. Después de golpearla y saber el porqué de su traición.
Pasó por el pueblo de Kilgloch y, poco después, avistó Barragan. Era un pueblo con casas de
pescadores a lo largo de la playa y sus barcos amarrados en tierra firme. Pero, por Dios, había un
velero amarrado en el puerto. Aún no se habían marchado.
Unas pocas personas conversaban cerca de algunos caballos. Al oír el galope giraron las
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cabezas y el grupo, alarmado, vaciló. Se inició la confusión.
Miles desbloqueó la pistola y tiró lo más cerca posible de las personas. Una de ellas levantó la
falda y corrió.
¡Felicity!
¿Qué diablos pretendía ahora?
Ella montó y partió al galope a lo largo de la playa.
Miles pensó un instante a quién perseguir. Entonces Dunsmore corrió a su propio caballo. Con
la pistola en la mano, Miles instigó a Argonaut y se posicionó entre él y Felicity.
Denzil y dos pescadores prefirieron quedarse fuera del problema.
Dunsmore aun intentó ir tras Felicity, sin embargo, al ver a Miles dispuesto a disparar, se paró a
unos pasos.
—Que tutor tan abnegado. No puede vigilarla día y noche – dijo con su habitual arrogancia.
—No será preciso con usted fuera de Irlanda.
—No tengo la intención de irme sin mi novia – Miles levantó la pistola.
—Lo desprecio a usted, Dunsmore, y a sus acciones. La cabeza me duele y estoy en el límite de
mi paciencia. Embarque en el velero o le dispararé.
—Denzil lo matará – afirmó Dunsmore.
—Lo dudo, pero de momento el riesgo parece merecer la pena. – Dunsmore lo miró como si
fuese un niño mimado.
—¡No puede hacer eso!
Miles no se dignó a responder. Hizo que Argonaut avanzase unos pasos. En lugar de disparar al
tipo, le parecía más interesante golpearlo. Dunsmore entendió el aviso. Giró el caballo y marchó
hacia el puerto.
—¡Volveré pronto! — amenazó. Miles lo siguió lentamente.
—No a Barragan. Está en tierras de Clonnagh y, tan pronto como yo dé una orden, no será
recibido aquí. Ned Toolely, ¿eres tú? – preguntó a un joven y robusto pescador.
—Sí señor, lo soy.
—Supongo que el caballero te contrató para llevarlo a Escocia.
—Sí, mi señor, pero no vi mal alguno en eso. Dios es mi testigo.
—Pues bien, llévalo a su destino, pero no lo traigas de vuelta.
—De acuerdo, mi señor.
Miles observó a Dunsmore. No entendía como Felicity aceptaba encadenarse de por vida a un
sujeto como este.
—No se va a casar con Felicity antes de que ella alcance la mayoría de edad. Lo juro Dunsmore.
A pesar de la derrota, el otro sonrió pretencioso.
—Si yo fuese usted, Cavanagh, no lo apostaría. Las mujeres desesperadas son capaces de
cualquier cosa. Y ella lo está.
Miles le disparó un tiro cerca de sus pies y lo dejó saltando a gritos mientras seguía por la playa
al encuentro de Felicity.
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El dolor de cabeza aún era fuerte, sin embargo no tanto como su furia.
No había señal de la traidora, excepto por las marcas de las patas de la montura. La siguió
lentamente a causa de la falta de luz de la luna, después montó a caballo y volvió al camino de
Kilgloch.
Allí golpeó en la puerta de una casucha.
—¡Abra Molan! Soy yo, Cavanagh. – un hombre de pelo gris miró hacia afuera.
—¡Es el señor! ¡El diablo anda suelto esta noche!
—Seguro. ¿Alguien cabalgó por aquí hace unos minutos?
—Sí, mi señor, una joven bonita que quería saber cómo se iba a Clonnagh.
¡Desgraciada! Se iba a su casa como si nada hubiese pasado.
—Gracias, Molan, y que tenga una buena noche.
—Usted también señor. Cuidado, ¡los demonios se despiertan por ahí!
Miles partió a medio galope, consciente de que nuevos mitos estaban apareciendo. ¿Todas las
historias de magia tenían un origen sórdido?
La oscuridad había aumentado puesto que las nubes cubrían la luna. A pesar del riesgo de
cabalgar deprisa, Miles lo hacía. Esperaba que Felicity, por no conocer la región, fuese
lentamente. Estaba en lo cierto, un poco más adelante la vio.
Con la cabeza latiendo e hirviendo de rabia, la alcanzó.
—Desmonta – ordenó con voz firme.
—¿Por qué? ¿Para que me pegue?
—¿No lo mereces?
—No reconozco su autoridad sobre mí.
—No es cuestión de autoridad. Me has atacado y voy a tomar represalias.
—No lo he tocado.
—Ni yo voy a tocarte. Desmonta. —Después de un instante, Felicity obedeció.
—¿Y ahora? – preguntó.
—Vas a andar. Son poco más de dos millas.
—Bien. Estoy temblando. ¿Es ese mi castigo? –ironizó.
—Es suficiente. Recuerdo que tus botas te lastiman.
—¡Desgraciado!
—Ser engañado, abofeteado y golpeado en la cabeza despierta mi lado salvaje – dijo al coger
las riendas de Cresta.
Lentamente siguió al frente sin esperar por Felicity. Un poco después oyó el sonido de sus
pasos atrás.
El trayecto de dos millas propiciaba la reflexión. Miles no podía conciliar la admiración por la
inteligencia y el coraje de Felicity con su conducta despreciable de ese día. El niño no era disculpa.
Ella sabía que el mundo estaba lleno de niños y que Kieran no caminaba por un arduo camino y
llevaba los pies bien calzados.
Faltaba un trozo del puzle.
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Miles se dio cuenta de que tenía un dolor más profundo que el de su cabeza. Era el dolor por
saber que Felicity no confiaba lo suficientemente en él para contarle toda la verdad.
Percibió que sus pasos eran irregulares y se paró con el fin de mirar hacia atrás. Irguiéndose,
ella se inmovilizó.
Maldita criatura obstinada y orgullosa.
Con los oídos atentos, continuó hacia delante. Si, ella cojeaba y aún faltaba más de media
milla.
¿Sería el orgullo la clave de todo? ¿Era ella del tipo que prefería destruirse antes de admitir su
locura? Era difícil de creer.
Poco después Miles volvió a parar. Otra vez ella se inmovilizó.
¡Infierno! Él se giró en la silla y ordenó.
—Vuelve a montar.
—No.
—Diablos, Felicity, por una vez haz lo que te digo.
—No. Merezco andar.
Él desmontó con la intención de llevarla a la silla si fuese necesario, pero la luna reflejó sus
lágrimas y reveló la tristeza de su mirada.
—Felicity, ¿por qué? Tienes que contármelo todo – dijo con suavidad.
—No serviría de nada. Voy a casarme con Rupert Dunsmore.
—¡No, no lo harás!
—Cuando cumpla los veintiún años no podrá impedírmelo.
—No lo apuestes.
—¿Por qué no? – murmuró ella tristísima.
Incapaz de contenerse, le secó las lágrimas con el pulgar y la besó. Indiferentes, sus labios
cedieron en una rendición provocada por el cansancio y el desánimo. Incluso así, la besó en un
intento de despertarle el amor propio.
—Felicity, eres un tesoro. Muchos hombres te querrán. Escoge sensatamente.
—Ya decidí tiempo atrás y no puedo cambiar. No insista, Miles, pues solo lo hará más difícil.
—Tú me importas y no quiero verte herida – temblando, Felicity se rio.
—¿Entonces por qué estoy andando con heridas en los pies? – ella no contuvo una risa amarga.
—Porque tu tozudez es enervante y mi cabeza aún me duele horriblemente.
Ella levantó la mano y tocó su herida.
—Que lástima…
—Es el resultado de un golpe con la culata de una pistola.
—Si al menos Denzil lo hubiese amarrado mejor…
Miles la apartó hacia atrás para ver si hablaba en serio. Su pesar porque él hubiese escapado e
impedido su fuga. En silencio volvió a montar y siguió a casa.
Cuando llegaron al establo de Clonnagh, Felicity casi no podía mover los pies y Miles fingió no
notarlo. Al dirigirse a la casa resistió la tentación de llevarla. Se acordó de cuando intentó
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hacerlo. Por un momento fugaz, la magia que los había envuelto y, como en las antiguas leyendas,
esto solo llevaba al sufrimiento.
Por Dios, eso no tenía sentido en su dolorida cabeza.
Entraron por una puerta lateral cerca de la cocina.
—Estamos atrasados para la cena – comentó Miles – supongo que querrás cambiarte.
—Sí, me gustaría – respondió ella con voz torpe.
La llevó a un espacioso vestíbulo. En ese momento se abrió una puerta y apareció su madre.
—¡Miles! Finalmente. Estábamos preocupados. Y Felicity, bienvenida a Clonnagh querida.
Felicity aceptó su abrazo, pero su abatimiento no pasó desapercibido para lady Aideen.
—¿Qué es lo que ha pasado? Pareces exhausta. Y tú Miles, no tienes mejor aspecto.
La seguían cinco perros, dos de los cuales pertenecían a Miles, por lo que le dieron un buen
recibimiento.
—Tuvimos un pequeño contratiempo, mamá, con unos salteadores. Intentaron raptar a
Felicity. Creo que esta noche ella prefiere cenar en su habitación y descansar.
—¿Raptar? ¡Dios Misericordioso! Sí, necesitas descansar niña. Vamos a subir.
En vez de seguirla, Felicity se giró hacia Miles.
—Lo siento – murmuró.
Él pensó que era un arrepentimiento general, pero entonces la vio sacar algo del bolsillo. Claro,
se había olvidado de Gardeen.
Al coger a la gatita, notó que era una forma flácida y fría.
—Él la mató – dijo Felicity. Miles la miró.
—¿Por qué? – preguntó atónito.
—Porque lo arañó – fue la respuesta simple antes de subir la escalera.
Él acarició el pelo negro sin creer que la gatita no reviviese.
Pobre Gardeen. Y pobre Dunsmore, pues ciertamente su acto sería vengado.
En ese instante su padrastro apareció.
—¿Un gato? Pobre. ¿Qué es lo que ha pasado?
—Como muchos guardianes, ella cayó en cumplimiento del deber.
—¿De dónde ha salido?
—Era parte de las crías de Annie.— Colum abrió los ojos.
—¡Santa Brígida nos proteja! A Annie no le va gustar esto ni un poco. El que ha causado esta
muerte que tenga cuidado.
Él cubrió a Gardeen con el paño que traía en la mano y, después tocó una campanilla. Cuando
llegó el criado le explicó:
—El señor quiere que la gatita sea enterrada.
Miles la enrolló bien en el paño y la pasó al criado.
—Encárguese que sea enterrada con cuidado, Gerald, cerca del reloj de sol, en un lecho de
hierba.
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—Sí señor.
El criado cargó el pequeño cuerpo con una actitud respetuosa que solo un irlandés podía
mostrar por un gato muerto. Miles acompañó a su padrastro al comedor.
—¿Has mencionado un rapto? ¿En esta región? – indagó Colum.
—Creo que eran de otro lugar. No te olvides que Felicity es heredera de una gran fortuna.
—¡Incluso así es terrible! ¿Y como se vio envuelta la gatita?
—Me adoptó.
—Annie va a quedar destrozada. Es curioso, es muy raro en ellos apegarse a un extraño.
—Creo que debo escribirle para informarla.— dijo Miles.
—Solo si quieres que ella caiga sobre el malhechor.
—No hay nada que desee más.
Miles creía que la ira de Annie Monahan no significaba nada. La suya, sin embargo, era
inmensa. Ahora tenía una queja personal contra Dunsmore y ya planeaba varias represalias para
hacer de su vida un infierno. Empezaría buscando a sus acreedores.
—Siéntate para cenar – dijo Colum – no te preocupes por no haber tomado un baño ni haberte
cambiado de ropa. A Aideen no le importará.
Miles sabía que a su madre no le gustaría nada que alguien sucio se sentase a su mesa.
—Prefiero lavarme primero, Colum. Bajaré luego. – sin embargo al salir del comedor no pudo
contener el deseo de ir a ver como su pequeña guardiana estaba siendo tratada. Acompañado por
Donn y Dubh, se dirigió al lecho de hierba.
Gerald ya había hecho un agujero en el que había colocado a Gardeen. Los perros se sentaron
a su lado como si fuesen la guardia de honor. Miles y Gerard taparon el agujero y lo decoraron
con piedras blancas.
Después de despedir al criado, continuó aún allí unos minutos lamentando la pérdida de su
amiga y protectora. Y jurando venganza.
Solo entonces subió a su habitación donde encontró a Henningan esperándolo. El criado no
disimuló una mirada de horror al ver el estado de sus ropas. Lo ayudó a sacárselas, pero, cuando
solo faltaban los calzones y la camisa, Miles se acordó de algo. Lavó las manos, mandó al criado a
preparar el baño y se puso una calza limpia. Después se dirigió a la mejor habitación de
huéspedes.
Golpeó la puerta y, como no tuvo respuesta, se alarmó y la abrió.
Felicity estaba sentada en la cama solamente con la camisa. Deprisa, se cubrió y gritó:
—¡Fuera de aquí!
Miles no obedeció y cerró la puerta.
—Si hubieses respondido a la llamada o me hubieses dicho que me fuera, no habría entrado.
—Pues salga de aquí ahora.
—Demasiado tarde. Me iré solamente después de que me des tu palabra de que no saldrás de
la propiedad sin mi permiso.
—¿Cuándo va a parar de maltratarme?
—Después de tu mayoría de edad. Créeme, Felicity, estoy cada vez más determinado a impedir
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tu boda con aquel villano. Si fuese preciso le contaré a todos en la casa lo que está pasando y te
mantendré encerrada con llave.
—Maldito – murmuró ella desanimada.
—Y en caso de que alimentes esperanzas, Dunsmore no aparecerá aquí para liberarte. Está de
camino a Escocia.
—¿Qué? ¿Sin mí? – preguntó ella entre asombrada y furiosa.
—Ten paciencia, Felicity. ¿Cómo puedes querer casarte con un hombre capaz de matar a un
gato indefenso?
—Tal vez porque él puede matar a un gato indefenso. – entonces Miles entendió un poco.
Implacable, explicó.
—No fuiste capaz de impedirlo. Casada o no con Dunsmore, no podrás evitar que dañe a
Kieran.
Felicity cerró los ojos por unos instante y no respondió. Miles se sentó a los pies de la cama y la
avisó:
—Dunsmore estará lejos una semana. Un día y medio para llegar a Escocia y lo mismo para la
vuelta, además de perder el tiempo en la búsqueda de otro velero. Le dije a Tooley que no lo
trajese de vuelta.
—Una semana – murmuró, como si dijese, “el oro de un loco”
Esto revelaba mucho de su sufrimiento, lo que le oprimió el corazón.
—Los dos necesitamos ese tiempo. Prométeme que no dejarás Clonnagh por una semana sin
mi permiso.
Ella estaba exhausta y daba la impresión de no poder pensar con coherencia, pero dijo:
—Lo prometo, Miles, solo por una semana. Ni un día más.
—En este momento una semana parece el séptimo cielo.— la rabia había pasado y a él le
gustaría estrecharla entre los brazos, sin embargo sabía que sería rechazado.
Felicity cumpliría la promesa. Miles tenía la seguridad. Por lo tanto no temió dejarla sola.
Cuando lady Aideen fue a avisarla de que su baño estaba preparado, Felicity dormía. El cuerpo
encogido recordaba el de una muñeca de trapo tirada por un niño. Le apartó los cabellos de la
frente y la observó. Desconfió que algo más que un ataque hubiera ocurrido en el camino.
Si fuesen otras personas, ella le echaría la culpa al hombre, pero había pocas personas en la
tierra menos inclinados a maltratar mujeres que Miles.
¿Tendría un interés amoroso por Felicity? Había algo entre ambos, podría jurarlo. Su hijo
debería estar en Melton y cualquier cosa era menos importante que cazar.
Y si era eso, ¿cómo reaccionaría Felicity?
Aideen sabía que la chica no era del tipo convencional y parecía que no se interesaba mucho
por los hombres. Por lo menos era lo que Colum decía, pero él no se lo había contado todo.
Aideen respetaba el derecho de su marido a mantener la discreción sobre los asuntos de su
familia, pero, si afectaban a la suya, la cosa cambiaba.
¿Y qué pasaba con la gata? Los únicos animales que le gustaban a Miles eran los caballos y los
perros. Sin embargo, había mirado para la gatita muerta como si fuese un niño.
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—“Él la mató” – había dicho Felicity – “Porque ella lo arañó”.
¿Quién sería ese desagradable “él”?
Previniendo la necesidad de esclarecer la confusión, Aideen llamó a una criada para que le
ayudase a acomodar mejor a Felicity.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0055
A la mañana siguiente, mientras Hennigan lo afeitaba, Miles reflexionó sobre los cambios
ocurridos últimamente.
Su vida tranquila, ahora era un torbellino. Tendría que enfrentarse a Dunsmore, lo que tal vez
terminase en un derramamiento de sangre.
Todavía le dolía la cabeza. Y el corazón.
Semanas atrás, la última cosa entre sus planes había sido el matrimonio. Solo quería, dentro de
algunos años, buscarse una joven sensata, bien educada y digna de ser la condesa de Kilgoran.
No había imaginado que le llegara a gustar una, que saltaba de cabeza de un desastre a otro, y
con una pésima educación. Peor aún, que se esforzaba al máximo en casarse con otro.
Felicity había invadido su corazón instalándose en él. En ciertos momentos, ella parecía
asequible, pero luego, recordaba su frustración por no estar en un barco rumbo a Escocia.
— ¡Perdón, señor!
El movimiento brusco de Miles, hizo que el criado le cortara la piel. Otra herida para poner en la
cuenta de Felicity.
Al principio solo pensaba que era peligrosa, pero ahora, tenía pruebas de sobra. Un hombre
sensato huiría, pero era prisionero de ella durante las próximas cuatro semanas.
Por lo menos la primera sería tranquila. Confiaba en la promesa de Felicity, y en estos días la
convencería de que el matrimonio con Dunsmore era imposible.
Miles casi se rió en voz alta. Que absurda pretensión querer convencerla de nada. Mas ahora
que Dunsmore había demostrado que sería capaz de romperle el cuello a Kieran con la misma
facilidad que lo hizo con Gardeen.
Miles decidió que necesitaba la ayuda de su madre.
Se vistió y fue a buscarla a su salita. La encontró revisando la correspondencia.
—Ah, querido, estoy escribiendo a Ellen. Puedes escribirle unas palabras. Se está volviendo una
madre demasiado afligida. Imagínate que se queja porque el pequeño Hugh ahora solo quiere
subirse a los árboles, parece que se olvida que ella misma intentó escalar la celosía de las
enredaderas.
Él se rió y la besó en la mejilla.
—No tienes que convencer a un criador de caballos, que características pasan de una
generación a otra.
—Felicity parece que ha heredado la amabilidad y la indolencia de los Monahan. Solo su madre
iba directa al grano.
—Si ella llegó aquí totalmente agotada, ¿cómo puedes saber si es indolente o no?
—No te hagas el tonto. La manera con que ella apretaba los dientes no era de una persona
indolente o amable. ¿Qué le has hecho a la pobre muchacha?
— ¿Me ha estado difamando? Solo intento salvarla de un desastre.
—Felicity no se ha quejado de nada, cariño. Ha sido una deducción mía. ¿Qué desastre la
amenaza?
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—Es complicado.
—Un hombre. ¿Hay alguna joven que en un momento dado, no entregue el corazón a un
sinvergüenza? Debes de haber actuado de manera equivocada.
Miles se dejó caer en una silla.
—No creas, mamá, que se trata de un capricho pasajero — dijo antes de contarle toda la
historia.
Pensativa Aideen movió la cabeza.
—Ves como el bienestar de un niño puede tocar el corazón de una persona bondadosa. Es una
pena que los hombres de esa organización no matasen a Dunsmore.
—Habría sido desastroso. Es inglés y los militares asolarían el lugar como una plaga.
—Es verdad. Sin embargo, Dunsmore regresará y será imposible mantener a Felicity aquí en
contra de su voluntad. ¿Y cómo sabremos que el villano no le hará ningún daño al niño en caso de
sentirse frustrado?
—Esa es la peor parte. Me gustaría creer que Dunsmore no maltrataría a su propio hijo, pero no
puedo. Por otro lado, creo que se contendría si no encuentra una finalidad en tal actitud.
— ¿Quieres decir que dejaría al niño en paz si Felicity estuviese fuera de su alcance?
—Es lo que pienso.
Pensativa, Aideen tamborileó con los dedos en la mesita.
—Sería mejor si el niño estuviera constantemente vigilado.
—Muchísimo mejor. ¿Pero cómo lo haríamos?
—Déjalo de mi cuenta. Tienes que convencer a esa obstinada de que abandone sus planes. Si
no lo consigues, habrá que llevarla a Melton a la fuerza.
—Dios del cielo, yo no hablaba en serio cuando mencioné eso.
— ¿Qué otra alternativa existe? Si continúa empeñada, escapará otra vez. Tú, me imagino que
deseas estar en Melton y no aquí, intentando impedir lo inevitable. Llévala contigo y a Dunsmore
le será más difícil comunicarse con ella. Será casi imposible si involucras a tus amigos en el caso. Ya
que el hombre está de deudas hasta el cuello y ya ha llegado al límite de lo que puede sacar de los
bienes de su hijo, existe la esperanza de que tenga un fin sombrío, Miles.
Él negó con la cabeza.
— ¿Quién dijo que erais el sexo débil?
—Siempre ha sido una disculpa conveniente, querido.
Felicity se despertó encontrándose en una cama extraña. Sin abrir los ojos, se concentró en los
aromas de rosa y lavanda. Notó la falta del olor a polvo y moho de Foy, recordándolo todo. Abrió
los ojos y admiró el buen gusto de Clonnagh.
La casa no era enorme, aunque era más grande y de construcción más moderna que Foy Hall.
Ventanas grandes e iluminación interna le daban la impresión de más amplitud. Y el cuidadoso
mantenimiento era visible. Felicity apostaba que no encontraría una mota de polvo en ningún
rincón.
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Suspiró, consciente de que pensaba en cosas triviales a fin de evitar asuntos más importantes.
Tales como el ruido seco de la empuñadura de la pistola que dejó a un hombre inconsciente. O
la visión de Miles caído en el barro. O la expresión de Rupert al romperle el cuello a Gardeen.
Felicity se cubrió los ojos con el brazo.
Los planes le habían parecido simples cuando se dio cuenta que no tenía elección a no ser
casarse con Rupert. Él había aumentado las amenazas contra Kieran. Con Miles vigilándola de
cerca, no había podido huir de Foy. Cuando él le propuso el viaje, surgió la oportunidad de
conseguirlo. En algún lugar del trayecto, lo inmovilizarían y una vez en el mar nadie podría
detenerlos.
Ella no había contado con la cariñosa intimidad durante el viaje ni con la dificultad de evitar que
la protegiera.
Se sentó en la cama y examinó las ampollas de los tobillos. En cierta manera estaba agradecida
por el castigo. Sin él, hoy no se atrevería a mirar a Miles.
Aun así, temía verlo. Estaría furioso por su actitud y las heridas que le había causado. Y además,
la culparía de la muerte de Gardeen. Con razón. Ella debería de haberse acordado de la gata y
haberla dejado a su lado en el suelo.
Si Miles la perdonase por todo eso, tal vez volviese a tratarla como a una amiga, aumentando la
unión entre ellos, pero debilitaría su resolución.
Felicity suspiró. Cada día se volvía más difícil dar la espalda a la acogedora amistad de Miles
para entregarse a la calculadora cordialidad de Rupert.
Miles la empujaba a cometer tonterías, como contarle la verdad. Saltó de la cama como si el
movimiento le impidiese reflexionar. Al comprobar el enredado cabello se lo peinó con un cepillo.
¿Qué ventaja podría ofrecerle a Miles la verdad si no podía cambiar los hechos? Nada anularía
que Kieran era el hijo de Rupert, lo que le daba todos los derechos legales.
Quedaba la opción de matar al individuo, sin embargo, había comprobado que era incapaz de
quitar una vida. Aunque, no descartó la idea. Si su sacrificio no conseguía la seguridad para su hijo,
ella encontraría el valor para dar el terrible paso.
Sin embargo, hacerlo antes de la boda no serviría de nada porque Kieran pasaría a la tutela del
primo de Kathleen.
¿Sería bueno contárselo todo a Miles, incluso la idea del asesinato?
Él la internaría en un manicomio.
Tocó la campanilla llamando a la criada, para agradar a Miles se comportaba como si fuera una
joven refinada. Descubrió con alivio que los zapatos no le hacían daño.
Llegó con retraso a la comida y el mayordomo le informó que lady Aideen y su marido ya
habían comido. Pero se aseguró de servirla bien. Felicity recordó la descortesía con que Miles fue
recibido en su ruinosa casa.
Entonces él entró en la sala. Tenía una expresión distante en los ojos azules.
—Buenos días, Felicity. Espero que estés bien atendida.
—Ah, sí. Hillsmore fue a buscar unos huevos cocidos — ante la actitud fría de él, decidió
parlotear — Me levanté muerta de hambre. La comida de ayer no fue adecuada para alguien que
no iba a cenar.
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Se mordió el labio al recordar porque no había cenado. Miles se mantuvo en silencio y comenzó
a servirse. Tras unos minutos, el silencio se volvió insoportable para ella.
—Me gusta tu casa. Es muy luminosa y bien aireada.
—Podrías conseguir un efecto similar en Foy si pintases las paredes de blanco.
—La casa es de Annie no mía. El abuelo se la dejó a ella que la prefiere como está.
—Ah, lo sé. Me di cuenta que los cuidados que recibe la casa son tuyos.
—Hago lo que es necesario para mi comodidad. No tengo habilidades domésticas.
Felicity suspiró. A pesar de sus buenas intenciones, volvía a provocarlo. Y se alarmaba porque él
no reaccionaba.
—Espero que no te falte nada para que te encuentres cómoda — dijo él.
—Todo está perfecto, como tú bien sabes. Me estremece el pensar lo mal que debes haberlo
pasado en Foy.
—No en absoluto, pues la compañía, en términos generales fue agradable.
Ella decidió comer en silencio. De vez en cuando miraba de reojo a Miles. Deseaba que volviera
a ser su alegre amigo, pero no se sorprendía de que no fuese así.
Cuando terminó la comida no sabía qué hacer. Algo sin complicaciones claro. Música, pensó de
repente. Durante años había sido su refugio y su consuelo.
— ¿Tenéis algún instrumento aquí? ¿Un clavicordio?
—Tenemos algo mejor, un piano — respondió Miles.
—Nunca he tocado uno.
— ¡¿No?! — exclamó él con sorpresa.
—Como sabes no teníamos uno.
—Colum me dijo que fuiste a Inglaterra hace unos años. ¿No estuviste en alguna casa que
tuviesen uno? Es la última moda en instrumentos, pero no es algo raro.
—No, pase la mayor parte del tiempo en el campo. —Por Dios ¿Por qué su tío le había contado
eso?
Miles frunció el ceño y tras unos momentos se levantó.
—Ven conmigo y te lo mostraré. — La llevó a la sala de música donde además del piano había
un arpa irlandesa. Felicity pasó los dedos por las cuerdas.
—Tampoco he tocado nunca una de estas.
—Puedes hacerlo si quieres, pero no creo que tu habilidad con el teclado ayude.
—Estoy segura. Las cuerdas estas demasiado tensas.
Felicity se sentó en la banqueta de satén acolchada y admiró el hermoso piano de caoba.
A su lado, Miles pulsó levemente una tecla.
—Piano — tocó otra con más firmeza— fuerte. Explora a voluntad.
Ella comenzó a tocar una pieza familiar, pero se detuvo, insatisfecha.
—Es difícil romper el hábito de golpear las teclas con fuerza. — Se giró hacia él diciendo— Vete.
No quiero exponerme al ridículo.
Por primera vez desde que lo había traicionado, Miles sonrió.
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—Estoy seguro de que tocarás una música hermosa. Pero voy a ausentarme durante un rato.
Su salida creó un vacio que Felicity llenó con música.
Miles, sentado en la biblioteca, oía a Bach cuando su madre entró.
—Felicity toca muy bien — la elogió.
—Su única virtud.
Aideen se echó a reír.
—Lo dudo. Ella me da la impresión de ser una joven que hace muy bien todo lo que toca con
sus manos.
—En ese caso, ella prefiere no ponerlas en nada útil como la caligrafía y las actividades
domésticas. No creo que sepa enhebrar una aguja.
—Entonces, cuéntame en que ha puesto sus manos además de la música. No vas a
convencerme de que es perezosa.
—Juega muy bien al ajedrez, cabalga como un soldado de caballería y maldice también como
uno, entiende de caballos casi tanto como yo y sabe manejar una pistola.
—Unos atributos muy útiles.
— ¿Para la condesa de Kilgoran? — preguntó, arrepintiéndose a continuación.
—No veo por qué no, Irlanda es lo que es. Pero vine a buscarte para decirte que ya arreglé la
salida segura de Kieran y del ama de llaves.
— ¿Tan rápido? ¿Cómo lo has conseguido?
—La escribí diciendo que el padre del niño tuvo que salir de viaje y desea que él visite a unos
primos.
— ¿Primos?
—Bueno, los irlandeses están todos emparentados.
—Lo que me recuerda haber sido castigado varias veces por enmascarar la verdad.
—Y en otras, no. Es necesario saber hasta qué punto se puede alargar sin que se resquebraje.
Bueno ¿Debo contárselo a Felicity?
—Cuanto menos mencionemos a Kieran, mejor.
—Eso no le impedirá pensar en él. Pero podría aumentar su ansiedad.
Miles detectó una cierta desesperación entremezclada en la música del piano.
—Tan pronto sepamos donde esta él, la avisaremos. En este momento, la cuestión no puede
empeorar más. Tarde o temprano, ella debe admitir que acabará separándose del niño.
—Estoy segura de que en alguna cosa acertarás —afirmó Aideen y sonriendo salió de la
biblioteca.
Diablos, ella ya hablaba como Colum.
Miles decidió que Felicity ya había dominado el nerviosismo de enfrentarse al piano y fue a
escucharla más de cerca. La encontró tan absorta en la música que pudo observarla a su voluntad.
Ella daba la impresión de tocar con todo el cuerpo. Su mirada, sin embargo, parecía fija en una
visión oscura. ¿Podrían Dunsmore y su hijo ensombrecer su vida? Miles ansiaba traer de regreso
su alegría.
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Hizo la única cosa que podía. La interrumpió con una invitación para visitar la casa. Ella aceptó
con un aire de indiferencia. Si llenaba su tiempo con actividades comunes, puede que volviera a
sonreír.
Debía saber que evitar algo desagradable no era propio de Felicity. La primera cosa que ella
quiso ver fue la sepultura de Gardeen. Y lo desafió al verlo vacilar.
— ¿La enterraste correctamente?
—Por supuesto — le respondió, consciente de que proporcionarle una alegría era una tarea
heróica.
Acompañados por los dos perros, se dirigieron al jardín de las hierbas.
Una vez más, Donn y Dubh asumieron la posición de honor a los lados de la pequeña elevación.
—Gardeen era tan feliz —comentó Felicity.
—Lo sé —asintió Miles preguntándose: — ¿Cómo puedo hacerla feliz? ¿Y por qué es tan
importante para mí?
Él la vio coger una rama de forsythia y agacharse para colocarla entre las piedras blancas. Sus
siguientes palabras las murmuró, y él casi no pudo escucharlas.
—Me habría ido con él y estaríamos navegando antes de que pudieses alcanzarnos si no fuese
por Gardeen. Discutimos si la llevaríamos o no.
— ¿Dunsmore no quería llevársela?
—Al contrario. A falta de Kieran, él la utilizaría para presionarme —explicó Felicity al levantarse.
Miles extendió los brazos para consolarla, sin embargo, ella lo esquivó.
—Yo quería que ella estuviera segura contigo. La saqué de la bolsa y la solté.
— ¿Y qué pasó entonces?
—Él intentó cogerla y Gardeen lo arañó — Se calló un instante y luego con lágrimas en los ojos,
prosiguió: — Le rompió el cuello. Fue tan rápido…
Una vez más, Miles quiso estrecharla entre sus brazos, pero era como si hubiera un muro entre
ellos.
—Una muerte rápida es una bendición. Y ésta hizo que huyeras de él.
—De lo que luego me arrepentí.
—Pero huiste. No me sorprendería descubrir que Gardeen sabía el resultado de su muerte y la
provocó.
—Vaya, ¡Qué tontería!
— ¿De verdad? ¿O será que no quieres admitir que nadie, ninguna criatura en la faz de la tierra
apoya tu matrimonio con Dunsmore?
Rápidamente, Felicity le dio la espalda.
—Haré lo que tenga que hacer. Pensar que existe una conspiración de gatos para impedir mi
casamiento con Rupert es idea de un loco, Miles Cavanagh.
Corrió hacia la casa seguida por él y los perros.
Sin duda él había fantaseado, pero imaginaba que no estaba muy desencaminado. A menudo
había sentido, como Hamlet, que existían más cosas entre el cielo y la tierra que las que soñaba
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nuestra vacía filosofía. En Irlanda, la creencia en la magia y los misterios estaba muy arraigada. Ya
no estaba seguro de lo que era racional.
¿En cuanto a Felicity? ¿La magia irlandesa también la influenciaba? Los sentimientos de él
crecían sin poder controlarlos. Por eso, su felicidad era fundamental para él, pero no tenía nada
que ver con su tutela.
Ella, sin embargo, continuaba con el firme propósito de casarse con Dunsmore.
Como solo le quedaba distraerla, insistió en que recorriesen la casa entera. Con esfuerzo logró
una cierta cordialidad y buen humor entre ambos.
Cuando le mostraba los retratos de sus antepasados, Felicity empezó a relajarse. Al admirar el
techo del comedor, comentó riendo, la semi desnudez de las divinidades. Mientras examinaban
las porcelanas de su padre, sus manos se tocaron. Ella se estremeció y la retiró rápidamente, lo
que le dio una esperanza.
Su actitud no era la de una mujer asustada o disgustada, sino la de estar perturbada por el
contacto y consciente de la vibración del aire entre los dos.
— ¿Tienes algo interesante que mostrarme? —preguntó ella.
—Una última cosa —respondió Miles llevándola al ala oeste.
Allí, abrió la puerta de la sala de billar, construida por su padre que adoraba dicho juego.
—Ah, siempre quise aprender, pero es considerado un juego de hombres —comentó Felicity.
Estaba en lo cierto. Por ser solo para hombres, el billar la entretendría.
—Será un placer para mí enseñarte a jugar.
Eso apartaría de su mente los problemas durante unas horas y la tendría a su lado como
deseaba. Esa necesidad lo perturbaba pero no tenía fuerzas para dominarla.
Vacilando, ella entró en la sala e inspeccionó los tacos.
Con un suspiro de alivio, Miles le enseñó las reglas del juego. Sin embargo, descubrió que la
intimidad de la situación aumentaba la vibración en el aire. Guiar su mano y corregirle la posición
exigían control, no podía transformar cada contacto en una caricia.
Cuando Colum apareció para hacerles compañía, Miles casi lo abrazó. Pero se quedó pasmado
al ver que su madre lo seguía y cogía un taco. Cuando su padre vivía, ella nunca había mostrado
ningún interés por el juego.
—Colum me está enseñando, creo que es un juego de gran habilidad y desafío — le contó ella.
Para horror de Miles, ella lo venció y Colum aplaudió, sonriendo.
— ¡Es la mujer más extraordinaria del mundo! Pero no necesito decírtelo, muchacho.
De hecho no lo necesitaba. Sin embargo, para Miles, le parecía ir contra las reglas que su madre
hubiera cambiado tanto a estas alturas de su vida. Y ahora, también se daba cuenta de su nueva
manera de vestir. Sospechaba que ella mandaba que le hicieran los vestidos más atrevidos.
Cuando la alegre pareja se marchó, Felicity se rió.
—Pareces asombrado. Me voy a ejercitar mucho para ganarte también.
No era eso lo que lo aturdía, y sí, su risa alegre.
—Muestras habilidad y dominarás el juego en poco tiempo.
Su sonrisa se desvaneció.
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—Mejor, pues solo tengo una semana.
Felicity golpeó la bola roja, deseando…
No sabía qué. Necesitaba desear el regreso de Rupert y su matrimonio. También como escapar
de las atenciones de Miles y de cualquier contacto físico entre ambos.
Él se esforzaba al máximo para amenizarle su día. Lo amaba y se disgustaba por eso.
¡Amarlo, no! ¡Jamás!
Los sentimientos luchaban en su interior hasta el punto de hacerla casi gritar. Como no tenía
donde refugiarse, intentó concentrarse en el juego. Una forma segura de pasar el tiempo.
¿Lo era?
Las instrucciones exigían que Miles sujetase su mano en el taco y posicionase bien el cuerpo.
No había nada sospechoso en sus gestos, pero cada uno de ellos le provocaba escalofríos en la piel
a pesar de las capas de ropa de invierno.
¿Podía ignorar él la tensión en el ambiente? Lo observó y le vio sonreír levemente.
Luego, la mirada de Miles cambió y se fijó en sus labios. Rápidamente, ella se concentró en la
bola blanca.
Si al menos no tuviera tanto calor. Debía ser el fuego de la chimenea, pues Miles se había
despojado de su chaqueta de lana. Ella, sin embargo, estaba sofocada. Falló su tirada que rebotó
por la mesa.
Felicity se apartó para dejarle jugar, aliviada por poder alejarse del fuego.
Eso no disminuyó su calor, pues le daba una mejor visión de Miles. ¿Cómo una camisa de lino y
un chaleco de brocado podían hacer sentir una provocativa intimidad?
Él se inclinó para golpear la bola. Sin la chaqueta, su cuerpo de hombros anchos, nalgas firmes y
unos muslos musculosos, casi le quitó el aliento, haciéndole sentir una orquesta de cientos de
tambores.
La bola roja entró en la tronera de la esquina.
Miles se enderezó y con un gesto casual, se quitó la corbata y se abrió el cuello de la camisa.
Mientras lo hacía, la miró, Felicity se dio cuenta de que él también escuchaba la música.
—Eso es injusto —murmuró ella.
—Bueno, juego al billar desde hace muchos años.
—Sabes que no me refiero a eso. No puedo pensar. ¡Hace tanto calor!
—Entonces, quizá, tendremos que encontrar una solución.
Él rodeó la mesa deteniéndose a su lado. Felicity dio un paso atrás.
— ¿Qué vas a hacer?
Él puso el taco en la mesa, le quitó el suyo poniéndolo al lado. Los dos juntos daban una
absurda idea de intimidad. Entonces, la abrazó.
— ¡Miles!
Él la silenció con un beso.
Los sonidos se ampliaron pero perdieron la amenazadora disonancia. A Felicity, solo le quedó
rendirse a la armonía pura y sensual.
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Con la pericia de un maestro, la besó, obligándola a unirse a la caricia. Lo que provocó que su
calor aumentara muchos grados, sin embargo, a ella no le importó.
Tal vez porque tenía el vestido abierto en la espalda.
— ¡Miles!
La mirada lánguida de él revelaba pasión. Le empujó el vestido por los hombros y le besó la piel.
— ¡Es pleno día! — protestó Felicity.
— No vendrá nadie.
—Tu madre…
—Me temo, que está recibiendo iguales atenciones de Colum.
—Miles, eres mi tutor —murmuró ella con voz débil.
—No veo ningún beneficio en ello. Tú tienes la belleza de Danaan, mi flor. Este es nuestro
destino — susurró al contemplarla mientras le soltaba los cabellos, que le cayeron por los
hombros.
Cada toque de sus dedos le provocaba una hermosa sensación en su interior. Le acunó los
senos con las manos levantados por el corsé.
—No es justo que las mujeres usen esta arma — protestó él.
— ¿El corsé es un arma?
Él se rió y desató la cinta del escote de su camisola deslizándola por los senos.
—Tu arma, belleza mía, es lo que hay debajo de él. Le rozó con los calientes labios la piel y
Felicity murmuró una frase incoherente, a pesar de que sabía que Dios no tenía parte en esto.
Al mismo tiempo que la besaba en el cuello, la oreja y la cara, Miles desató el corsé y se lo
quitó. Ella le acarició el cabello y lo acercó, a pesar del torbellino mental, sabiendo que eso no
formaba parte de sus planes.
Pero tenían una semana. ¿No se lo merecían?
Una onda de placer enloquecedor recorrió su cuerpo. Se le doblaron las rodillas y se habría
caído si Miles lo la hubiera levantado en brazos y colocado en el sofá. Luego, se arrodilló en el
suelo para liberarla de la camisola caída sobre su cintura. Ambos se miraron.
Miles nunca le había parecido tan guapo. Con los cabellos despeinados y las facciones tensas, el
corazón se le desbocó dando fin al resto de su cordura.
Como él se había sacado los faldones de la camisa por la cintura, Felicity metió el pie bajo ella
intentando levantarla para mostrar su cuerpo.
Riendo, Miles se sentó en el borde del sofá y ella, riendo también continuó con su exploración
— ¿Conseguirás desabotonarla así?
—No, pero puedo hacerte cosquillas — le respondió.
Los dos cayeron en el sofá, cada uno de ellos intentando despojar al otro del resto de sus ropas.
Luego se abrazaron y besaron con pasión.
Ella pensó que nunca había hecho eso con Rupert, pero, rápidamente lo apartó de su mente.
De repente, Miles interrumpió sus caricias y dijo:
—Estoy pensando, si no debo preguntarte si eres virgen.
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Felicity desvió la mirada. ¿Cómo podía haberse imaginado hacer el amor sin revelar la verdad?
—Me habría gustado serlo — murmuró.
Él la obligó a mirarlo.
—No tiene importancia. Soy feliz si me aceptas — afirmó poniéndola de espaldas.
Ella sonrió con lágrimas en los ojos, que Miles besó un instante antes de penetrar en su cuerpo.
Fue tan delicado que ella apenas notó la transformación de ambos en el ritmo que siguió.
Felicity gritó bajo el efecto de la perfección del acto y de la deliciosa sensualidad que le recorrió
todo el cuerpo. Le besó abrazándolo, impidiéndole retirarse.
Él es mío, una parte primitiva de ella le dijo a su fría lógica que no interfiriese.
Ella es mía, pensó Miles. Una cruda posesión como la de Diarmuid al robarle Grania al rey y
mantenerla cautiva contra cielo e infierno, por el bien de esa alucinante locura, ese éxtasis dorado
en el alma. Sin embargo, como el mismo mito, el éxtasis terminaba y los amantes volvían a la fría
realidad.
Indiferentes otra vez, desligados, cambiados.
Racionales.
¿Diarmuid y Grania se habían sentido así al recobrar el buen juicio y darse cuenta de lo que
habían hecho?
Felicity escondió el rostro en el hombro de Miles y no retuvo las lágrimas. Él la estrechó entre
los brazos y bromeó:
—No llores, mi cisne de plumaje negro. Volveremos a hacerlo.
—Pero solo durante una semana.
—Felicity…
Ella se soltó.
— ¿Pensaste que esto cambiaria algo? — al verle la expresión exclamó: — ¡Sí, lo pensaste! ¿Fue
por eso por lo que me poseíste? ¿Para hacerme cambiar de opinión?
Miles la atrajo hacia sí.
—No fue por ese motivo. ¿Crees que lo tenía planeado? Hace días que te deseo. ¡Dios me
ayude, te amo! Si hubieses mostrado la más mínima resistencia, habría parado.
—Ah, Miles, no me resistí. ¿Pero cómo puedes pensar que eso cambiará algo? Solo lo vuelve
más difícil.
—Creo que es difícil pero no imposible.
—Nunca lo será.
—Entonces, tendré simplemente que impedírtelo.
—No podrás hacerlo cuando tenga la mayoría de edad.
Felicity odiaba la discusión y la terminó con caricias. Le exploró el cuerpo con la boca y las
manos.
—Tenemos una semana, Miles. Disfrutemos de ella con alegría.
Él se rindió, las manos sobre su piel mostraban su debilidad.
—Ah, pero es una alegría peligrosa, como el amor loco de las leyendas que lleva a las lágrimas.
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Era atemorizante como él compartía sus pensamientos.
—Es preferible una alegría peligrosa a ninguna.
Y otra vez, ellos la encontraron, el hechizo conmovedor, aun sabiendo que la realidad les
robaría la magia.
Finalmente, a regañadientes volvieron a la realidad. Tenían que vestirse y asumir sus
obligaciones para el resto del día.
La sala estaba casi a oscuras, el fuego en la chimenea era solo unas brasas. Miles abotonó su
vestido, y Felicity el chaleco de él. Se arreglaron los cabellos el uno a otro sin necesitar un cepillo.
Incluso él le puso las horquillas. Se miraron y se echaron a reír.
—No somos exactamente la imagen de la perfección — comentó él.
—Ah, ¡el billar es un juego loco genial!
—Sin duda alguna. ¿Puedo ir a tu cuarto esta noche?
La excitante perspectiva provocó un pinchazo en su corazón.
—No deberíamos…
—Tendré cuidado. No habrá ningún escándalo — le prometió.
Con la sensatez recobrada, surgió un nuevo temor.
— ¿Oh, Dios mío, como pude volverme tan loca? ¿Y si me he quedado embarazada?
Él cogió sus manos y dijo:
—No puedo pensar en nada que desee más.
Felicity las apartó con rapidez.
— ¡No! Cómo podría…
— ¿Casarte con Dunsmore embarazada de mi hijo? ¡Nunca! — el brillo en los ojos de él fue
como una estocada en su corazón.
— ¿Por eso me sedujiste? ¡Desgraciado! ¿Y nuestra tregua?
—No hice ningún pacto contigo, Felicity. Pretendo impedir que te cases con Dunsmore, y haré
cualquier cosa…
—Entonces, retiro mi promesa. ¡Me marcharé de aquí cuando quiera!
—Entonces te vigilare noche y día, y daré ordenes a todos para que lo hagan. Mi voluntad en
este caso es irrevocable.
—Como la mía.
Se enfrentaban como enemigos aunque, momentos antes, habían sido amantes en la más
perfecta armonía. La animosidad los mantuvo en silencio por unos instantes que Felicity terminó
rompiendo:
—Ya que mi futuro marido no está todavía en Irlanda, reafirmo mi promesa, si ese es el precio
para que convivamos en paz.
— ¿No te iras de Connagh sin mi autorización?
—No, durante seis días, con una condición. No intentarás dejarme embarazada.
—Eso ya está en manos del destino, pero acepto tus términos.
—Un embarazo no me impedirá casarme con Rupert.
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—No permitiré ese matrimonio con o sin él.
Sonó la campanilla de la cena, un aviso de las trivialidades del día.
—Diablos, todavía tenemos que cambiarnos — protestó el, volviendo a ser el caballero
civilizado de 1816.
Con la apariencia de un jugador de billar que ha perdido la noción del tiempo, la acompañó
hasta la escalera.
Felicity hubiera preferido no encontrarse con Miles en la mesa. Temía que uno de los dos
revelase el éxtasis y el tormento vividos esa tarde.
Mientras se vestía para la cena, admitió la posibilidad de que sus tíos notaran que ellos habían
hecho el amor. Eso siempre dejaba señales. Si el abuelo y su tía hubiesen sido más perceptivos
hace cinco años, se habrían dado cuenta de su absurda pasión. Tal vez hasta hubiesen evitado la
tragedia que todavía marcaba su vida y arruinaba lo que podría ser un amor verdadero y mágico.
Que el amor hubiera llegado demasiado tarde dejaba un sabor amargo. Y el temor causado por
la posibilidad de haber concebido un hijo de Miles esa tarde, era una complicación más en su
infeliz situación.
Felicity se cubrió los hombros con un chal verde y dorado. Una última mirada al espejo le
garantizó que era la imagen de una joven sensata que nunca soñaría con una tarde de pasión y
sensualidad en una sala de billar.
Con esa convicción, descendió para ir a cenar con su amante y su familia.
Allí, descubrió que Miles y ella eran buenos actores. Con facilidad, tomaron parte en la
conversación sobre libros, poesía e incluso política. Llegó a pensar si la tarde no había sido un
sueño loco.
¿Había este caballero sereno, de sonrisa amable y narrador de historias de caza, estado
desnudo sobre su cuerpo llevándola al delirio?
Tuvo que quitarse el chal de los hombros, pues estaba empezando a tener mucho calor.
Colum y lady Aideen no parecían notar nada impropio y conversaban con naturalidad.
Felicity notó que Miles, con frecuencia, se refería a un grupo en particular.
— ¿Finalmente, quienes son? — pregunto curiosa.
Fue lady Aideen quien respondió sin contener la risa:
—Ah, unos juerguistas a los que les gustan buscar problemas. Por separado, son jóvenes
caballeros atentos, pero en grupo, que Dios nos proteja. Una vez, hospedamos aquí a algunos y el
guarda de caza de lord Whitmore casi dispara sobre ellos.
—El guarda había preparado trampas para coger a los ladrones y nosotros decidimos
desarmarlas — explicó Miles.
Su madre lo miró seria.
—Todavía me estremezco al pensar en ello. Podrías haberte roto una pierna, so irresponsable.
—Nosotros solo teníamos dieciséis años.
—Tuvisteis suerte de que tu padre pensara que todavía estabais en edad de recibir una
bofetada.
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—Fue mejor eso que tener que estar encerrado en casa, durante dos preciosos días, estudiando
los textos de Tácito.
—Por eso no quieres decirme quienes son ellos y por qué formas parte del grupo, Miles, algo
de lo que pareces enorgullecerte — dijo Felicity.
—Sin duda alguna. Sabes, mi tío Kilgoran insistió que fuese educado en Inglaterra, algo que no
me agradaba. Habiendo visto la crueldad de los soldados ingleses aquí, odiaba todo lo que fuera
inglés. Pero él no cedió, tal vez por esa razón.
—Exactamente, Miles. Al igual que tú, no estábamos contentos, pero entendíamos el punto de
vista de Kilgoran. Con el tiempo, serás alguien importante en Irlanda, y deberás lidiar con los
ingleses en igualdad de oportunidades —afirmó su madre.
Miles hizo un gesto.
—Siendo así, tan rebelde como los Fitzgerald y los Grattan juntos, fui despachado para Harrow
School, donde se reunía la flor y nata de los jóvenes ingleses, iba dispuesto a desafiarlos.
— ¿Y has sobrevivido para contar esta historia? —preguntó Felicity.
—Solo por culpa de ese grupo, alias, sociedad. Nicholas Delaney, un colega, decidió reunir a
doce chicos y hacerlos jurar que se mantendrían unidos contra la crueldad y la opresión. Un golpe
contra uno lo era contra todos. Eso desalentó a los matones.
En ese momento, trajeron el ganso a la mesa y Miles se levantó para trincharlo.
Felicity no entendía como alguien, al cortar lonchas tan finas del ave, exhibiese tal atracción
sensual.
— ¿Y qué hacían los miembros de grupo cuando no tenían que enfrentarse a los opresores o
desarmar trampas? — indagó.
—Me creas o no, nos ayudábamos los unos a los otros con las lecciones. En las fiestas,
pasábamos algunos días juntos, pero en pequeños grupos. Doce de nosotros era demasiado
incluso para los padres más tolerantes.
Dirigió una mirada divertida a su madre, y con un gesto hizo que el criado pasara la carne a los
comensales.
—No siempre estábamos de acuerdo con las vacaciones ideales. A algunos no les gustaban
tanto los caballos como a Lucien, Stephen a Hal y a mí. A Nicholas, Francis y Roger les interesaban
más las antigüedades.
—Parece haber sido muy divertido — comentó Felicity.
—Sin duda, y todavía lo es, pues continuamos unidos. Es una pena que no hubieses ido a una
escuela y hecho amigas.
Ella reprimió las lágrimas. A los dieciséis años, al contrario que Miles que se divertía con sus
colegas, ella había soportado un embarazo en el exilio. Y al final había tenido que abandonar a su
hijo.
Miles volvió a sentarse cuando las verduras fueron servidas.
— ¿Entonces, vosotros todavía os veis y os divertís juntos?
—No todos. Desgraciadamente, tres murieron en la guerra.
—Lo lamento mucho —dijo ella.
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—Sospecho que cuando estemos sin dientes y reumáticos, envidiaremos la eterna juventud de
ellos en la Happy Land of the Dead (Tierra de los Muertos Felices).
— ¡Eh, nada de conversaciones morbosas! —Intervino Colum — Tus amigos parecen ser unos
buenos muchachos. Me gustaría conocerlos.
—Planeo ir a los condados, donde algunos de ellos estarán. Si quieres me acompañas Colum,
serás bienvenido.
—No, no, hijo. No podría abandonar los placeres que disfruto aquí — levantó la copa en un
brindis a su esposa — Tal vez dentro de unos años.
— ¿Cuándo los placeres se estén desvaneciendo? —preguntó Aideen con un tono malicioso.
—Ah, mi amor, me has sorprendido en un momento de descuido. La verdad es que no pretendo
apartarme nunca de tu lado.
—Tonterías. Estoy segura de que, dentro de unos dos años, seremos capaces de separarnos por
poco tiempo. Eso dará un sabor mayor a nuestra felicidad.
Colum hizo otro brindis.
—Que mujer más sensata eres, preciosa mía.
—Y los recuerdos agradables, serán un consuelo para un viajero solitario —afirmó Miles al
brindar, pero mirando a Felicity que entendió el mensaje.
Él intentaba seducirla para hacer el amor nuevamente antes de que la semana terminase.
Debería de haber impuesto más condiciones. No era suficiente que él se esforzara para no
dejarla embarazada sin evitar toda o cualquier intimidad.
Después de la cena, Felicity tocó el piano durante un rato, luego Aideen y Colum cantaron a
dúo, sus voces en plena armonía.
Felicity miró a Miles que sonrió.
—Ni lo pienses. Desafino. Pero puedo tocar.
Para sorpresa suya, el cogió el arpa.
—No le mires tan sorprendida. Es un antiguo instrumento irlandés —rió Aideen.
—Creo que Miles decidió aprender a tocarla por pura maldad cuando supo que iba a ir a
estudiar a Inglaterra.
—Es posible. Luego, me divertía ante la sorpresa de todos. Nada le gusta tanto a un
adolescente como sorprender a los adultos.
Con destreza, comenzó a tocar una música alegre.
Felicity recordó aquellos dedos firmes produciendo otra melodía en su cuerpo. Recostó la
cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos buscando pensamientos agradables. Sin embargo,
los que surgieron eran deprimentes.
En casa de Rupert no había instrumentos musicales. Ella había sugerido a Kathleen que Kieran
aprendiese a tocar alguno, pero Rupert creía que era impropio para los niños. Asustaba pensar el
efecto que las ideas de Rupert tendrían en el futuro de Kieran. Ella necesitaba casarse pronto con
el hombre.
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Entonces, se dio cuenta, que sus manos estaban sobre el abdomen y su mente se dirigió a su
mayor temor. ¿Cómo podía haber sido tan alocada?
Abrió los ojos para observar a Miles. Él la había embrujado. Podría estar gestando un hijo.
En su interior, una parte se alegraba, pero, sería una tragedia si fuese un niño, pues sería el
heredero solo de él porque no estaban casados. Y con la posibilidad de un embarazo nunca la
dejaría ir.
Felicity percibió que la música había terminado.
—Pareces agotada. ¿Quieres irte a la cama? — preguntó Miles.
La mención de la palabra “cama” la hizo protestar:
—De ninguna manera. Me encuentro perfectamente.
—En ese caso, podemos jugar unas partidas de whist —sugirió él.
El matrimonio aceptó y la mesa fue preparada con Felicity y Miles como compañeros.
No había nada que ella desease menos que pasar una hora frente al hombre que conocía y
amaba, y al que tal vez, tuviese que robarle su hijo.
¿Cómo se había dejado hundir más en ese lio?
A las diez, lady Aideen comunicó que estaba demasiado cansada para continuar. Luego, el
matrimonio se dirigió a la escalera sin la más mínima señal de cansancio.
Rápidamente, Felicity cogió una vela, sin embargo, Miles la sujetó por el brazo, impidiendo que
saliera.
—Felicity, lo que pasó esta tarde no fue premeditado. Fue causado por el deseo y el amor. Yo te
amo.
—Por favor, no…
—Dudo que sea posible cambiar eso. Puedo no decir una palabra al respecto, pero, ¿Por qué?
¿De qué otra manera podré convencerte?
—No puedes hacerlo, Miles. Hazte a la idea.
—No soy un hombre que acepte la derrota con facilidad.
—Desde el principio, supiste que era peligrosa. Mira lo que ha pasado. Por favor, déjame en paz
y garantiza tu seguridad.
—La cuestión va más allá.
Ella se dirigió a la escalera, pero se detuvo al escucharle.
—Felicity, aunque no tengamos nada más en esta vida, nos queda esta semana. Mi puerta
estará abierta para ti esta noche.
—Pues dormirás en una habitación fría.
Sin decir nada más ni mirar atrás, ella subió las escaleras.
El cuarto de Felicity estaba caliente, gracias al fuego que crepitaba en la chimenea. En la cama,
el edredón de plumas prometía toda la comodidad. Aunque ella se friccionó los brazos como si
estuviese en una corriente de aire de Foy Hall.
Tiró del cordón de la campanilla para llamar a la criada a fin de que la ayudara a quitarse el
vestido. Recordó como Miles lo había desbrochado sin que ella lo notara.
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Eso la llevó a rememorar lo que siguió. Un acto de amor tan diferente al de Rupert como la
plata al latón.
Cuando estuvo solo con la camisa, Felicity despidió a la criada y terminó de desvestirse y
lavarse. Mientras se secaba, se miró al espejo viendo una marca en el hombro, el llamado
mordisco del amor.
Miles se la había hecho a propósito como si quisiera marcarla como suya. Temblando la tocó.
No dolía. Realmente era algo mágico.
Le gustaría haber marcado a Miles. La idea le provocó una sonrisa maliciosa lo que transformó a
la criatura desnuda ante el espejo en otra muy diferente de Felicity Monahan, a veces una joven
atrevida, y otras una dama refinada de Foy Hall.
Aquí, en una casa extraña, se estaba convirtiendo en una verdadera mujer, consciente de los
mágicos poderes femeninos para el Bien o el Mal.
Felicity sintió un escalofrío y se apartó del espejo a fin de cubrir su perturbadora desnudez con
un camisón de lino y los cabellos con una cofia de encaje. Luego, venciendo a la tentación de cierta
puerta abierta, se acostó con la esperanza de entregarse a un reparador sueño.
Después de más de una hora, lo consiguió.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0066
Felicity se despertó de un sueño extraño, con una gatita negra siempre a su lado. Miles no
estaba en él, a menos que fuese el guerrero que desafiaba o la silueta oscura que la llamaba
jugando con el peligro.
Prefirió tomar el café de la mañana en la habitación, pensando cómo cruzarse con su tutor.
Cuando bajó fue a buscar a la madre de Miles y le pidió que la enseñara algo sobre las actividades
domésticas.
Lady Aideen aceptó amablemente.
—Una joven que pretende casarse debe de interesarse por eso. Sin embargo, si quieres saber
cómo hacer conserva de legumbres o ahumar un jamón, no soy la persona indicada para
enseñarte. Nunca he tenido paciencia con esas tareas.
—Pero Clonnagh está tan bien administrada…
—El secreto está en contratar criados eficientes. Después, recompensar a los buenos y castigar
a los perezosos. – le dijo confidencialmente lady Aideen al llevarla a una salita. —Bien, como paso
la mayor parte de la mañana haciendo eso… ¿por qué no me observas?
Felicity aceptó y se sentó a su lado. Lady Aideen verificó unas cuentas y después los planes de
la cocinera para el día. Pronto la llevó al piso de abajo donde abrió los armarios a fin de
abastecerse de té y vino. Cuando volvían al piso superior, explicó:
—Esto no es una mezquindad sino lo mejor para todos. Si estas cosas no quedan bajo los
cuidados de la dueña de la casa, un criado se encargará de ellos. Pero siempre habrá el miedo de
que, en caso de robo, la culpa caiga en él. En una casa mayor, como Kilgoran, el mayordomo
puede asumir esa tarea.
—Me imagino que le gustaría administrar Kilgoran.
— ¡Por Dios, no! Es un monstruo demasiado grande. Incluso con los mejores criados es un
trabajo inmenso. Y claro, el conde de Kilgoran tiene que mantener las puertas abiertas para los
amigos y los políticos. Por eso allí no hay sosiego ni privacidad.
— ¡Sin duda terrible!
—Como tenía esa espada sobre la cabeza, al padre de Miles le costó convencerme de que me
casara con él. Pobre hombre.
— Pobre Miles.
—Ah, tengo la certeza de que encontrará a la joven dispuesta a compartir su cargo. Ofrece
muchas compensaciones. Es un hombre bueno, fuerte, pero amable.
Fue el vigor lo que provocó un escalofrío en la columna de Felicity.
Después, Lady Aideen la llevó a la habitación de huéspedes en la que una criada había notado
cortinas raídas.
—Polillas – declaró después de examinarlas todas.
En seguida tocó la campanilla para llamar al ama de llaves. Mandó que todas las cortinas
fuesen lavadas en agua con alcanfor y después, que toda la habitación pasara por una completa
limpieza.
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— ¿Ves? – dijo cuando llevaba a Felicity a la sala de estar — todo lo que he hecho fue ordenar
el trabajo de otras personas; será lo mismo para ti en el caso de que organices bien tu casa.
Felicity se imaginó cogiendo las riendas de esta casa tan bien cuidada. Pero salió de su
ensoñación al recordar que administraría Loughcarrick.
No tendría problemas, pues la casa siempre había estado en orden. Lo que acababa de
aprender allí la ayudaría a mantenerla y a ser una buena esposa para Rupert.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, aunque la sala de estar estuviese caliente y sin corrientes de
aire.
Miles notó que Felicity lo evitaba, pero no perdió la esperanza. Después de lo ocurrido la
víspera, no había más duda en cuanto a su indiferencia. Él sabía distinguir el sexo casual, de la
unión de cuerpos, mentes y corazones. Por Dios, debió haber sido lo mismo para ella, además de
tornado imposible la boda con otro.
Ansioso atendía sus negocios cuando fue interrumpido por el sonido de un carruaje en el
camino de piedras.
Dejó la mesa para ir a recibir a quien llegaba. Al abrir la puerta se quedó perpleja al ver a la
Sra. Edey bajar del vehículo y girar para ayudar a Kieran a hacer lo mismo.
¿Sería un plan maquiavélico de Dunsmore? Se preguntó. No podía pensar en nada más
perjudicial para los suyos.
Un sinfín de maletas estaba siendo sacado de un compartimento, señal de una larga estancia y
la señora Edey ya llevaba a Kieran de la mano rumbo a la entrada. Animado, éste levantó la
cabeza.
—Hola señor. ¿Está Sissity aquí?
—Lo está. Entra que voy a llamarla.
A pesar de mostrarse cortés, Miles debía revelar su sorpresa puesto que la señora Edey, aún
desde fuera, preguntó:
— ¿No nos esperaban tan pronto Sr. Cavanagh? La carta de lady Aideen decía que viniéramos lo
más deprisa posible.
¿Su madre era la autora de eso? Forzó una sonrisa y respondió:
—Solo estoy admirando su rapidez. Deben de haber partido a la salida del sol. Pero por favor,
entren.
Mientras los llevaba a la sala de estar, Felicity salió de ella. Su mirada, al fijarse en el niño, se
iluminó.
— ¡Kieran, amiguito! ¡Qué adorable sorpresa! – él corrió a sus brazos abiertos.
— ¿Sí? Vinimos muy deprisa. Cambiamos los caballos dos veces y vi un pájaro enorme.
El niño continuaba parloteando mientras Felicity le sacaba el abrigo y el sombrero.
—Parece que ha sido una aventura maravillosa, querido, pero debes de tener hambre. ¿Qué te
gustaría comer?
—Un momento. No debe mimarlo, Srta. Monahan. El niño Kieran comerá lo que le sirvan, pero
tendrá que lavarse las manos antes – determinó la Sra. Edey.
A disgusto, Felicity reconoció la autoridad de la otra.
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—Sí, claro. Voy a llevarlo al baño de abajo, donde hay agua.
Aideen apareció para recibir a la Sra. Edey y permitió que Felicity escapara con su tesoro.
Apenado, Miles la siguió con la mirada. Kieran podría ser un oponente mortal al que nadie
conseguiría derrotar.
Colum apareció y, mientras saludaba a la Sra. Edey, Miles llevó a su madre a un rincón.
— ¿De quién diablos fue la idea de traer el niño aquí?
—Tú lo querías seguro – respondió ella.
—Si lo quisiese aquí, yo mismo habría planeado su visita.
—Hay un número de cosas que podrías hacer por ti mismo pero prefieres que yo solucione,
como ordenar tus camisas. No sé el porqué de esa mirada furiosa. El niño no parece ser un
monstruo.
Miles no podía contradecirla, pues Kieran volvía con Felicity y hablaba como un hombrecito.
—Él está bien, pero a Felicity le gusta demasiado.
—Una buena cosa, ya que se va a casar con su padre.
— ¡De ninguna manera! Pero eso no será fácil en esta nueva situación – declaró Miles.
—Si quieres mi ayuda, querido, sólo tienes que pedírmela.
—Irlanda se volverá un desierto antes de que te pida ayuda de nuevo.
El desayuno fue anunciado y la madre, antes de verificar la mesa, le dirigió una mirada astuta.
Kieran se sentó sobre dos libros gruesos y Miles no encontró nada que criticar en sus modales.
Sin embargo no le gustó la atención que Felicity le prestaba. Era como si Kieran fuera el centro de
su mundo; posición que él ambicionaba. Sin duda le robaría eso si le impedía casarse con
Dunsmore.
Entonces recordó a Gardeen. ¿Cómo podía permitir que Felicity estuviese bajo su perverso
poder? A pesar de la rabia, consiguió reflexionar con claridad. Si quería salvar a Felicity tendría
que encontrar una manera de proteger a Kieran.
Era casi imposible separar a padre e hijo, excepto con el asesinato. Ésta era una idea, pero
pensaba que no se podía jugar con la vida humana. Tal vez los amigos consiguieran orquestar un
plan.
Después del desayuno, Miles llevó a Kieran y Felicity al jardín, le mostró su árbol predilecto al
niño y lo colocó en la rama más baja. También le enseñó a jugar con los perros. Mientras hablaba
sobre caballos, se terminaba el recelo de Felicity.
—Me gusta aquel acaballo blanco. Lo quiero de ese color – dijo Kieran sentado en la cerca
entre los dos.
—No te gustaría. Además de no ser blanco es la encarnación del demonio.
Kieran no entendió y terqueó.
—Sí que es blanco.
—Ceniza – corrigió Miles.
Felicity sonrió sobre la cabeza del niño y preguntó:
— ¿Por qué lo conservas si es tan ruin? Además de feo, si me lo permites.
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—Es feo como el pecado a pesar de su buena estirpe. ¿Tiene energía? Si pudiese ser montado
sería fantástico en una carrera de obstáculos. No soporta quedarse atrás.
— ¿No ha sido domado aún?
—Claro que sí. Tengo marcas en el cuerpo. Necesita de manos firmes y su trote es horrible.
Solo lo aguanto unas pocas millas.
—Nadie lo comprará, excepto como carne para perros.
— ¿Crees que no? ¿Quieres apostar?
— ¿Cuál es tu propuesta?
—Después de ver tu interés por las tareas domésticas, quiero que me hagas un pastel con tus
propias manos.
— ¿Pastel? ¿Quieres morir de dolor de estómago?
—Confío en ti. ¿Apostamos entonces? Si vendo a Banshee ¿me harás un pastel?
—Espera ¿y si fallas?
— ¿Qué quieres?
Él vislumbró cierta emoción en sus ojos.
—Creo que las apuestas deben de ser iguales. Si pierdes me harás tú el pastel.
—Sé tanto como tú sobre pasteles es decir, nada. Bien. La apuesta está hecha– declaró
riendo.
—Un instante, bribón. Vas a venderlo por un chelín al primero que pase.
Al oír eso, Kieran preguntó
— ¿El señor va a vender el caballo blanco por un chelín? Tengo uno.
—No chico, voy a venderlo por cincuenta guineas. – Felicity rió divertida, el sonido más
delicioso que había oído Miles en ese día.
— ¿Cincuenta guineas? ¡Miles Cavanagh, estás loco! Me va a gustar mucho el pastel que me
harás.
Como Kieran dormía la siesta y lady Aideen y Colum tenían que visitar a unos amigos, Felicity no
pudo esquivar a Miles.
—Puedes confiar en mí sin un acompañante de cuatro años, Felicity. Déjame que te muestre el
establo – dijo él.
Interés y cautela lucharon en su interior. El primero venció.
—Está bien. Espera hasta que yo me ponga el traje de montar, me gustaría una buena
cabalgada.
—Pídele un par de botas a la criada de mi madre.
Ella le ofreció una media sonrisa. Tal vez fuesen amigos otra vez.
Poco después se dirigían al inmenso establo.
— ¿Has construido esto solo? – quiso saber ella.
—Mi padre empezó y yo he contribuido con algunas ideas. – Felicity caminó por el lugar,
observando todo y haciendo preguntas. Después comentó:
— ¡Fantástico! No entiendo cómo te puedes marchar de aquí y perder el tiempo en Inglaterra.
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—Tienes una muy mala opinión del país – su sonrisa le calentó el corazón.
—No tengo nada contra la tierra y la vegetación, pero detesto a sus habitantes.
—Tu madre era inglesa – dijo Miles.
—Te equivocas. Mi abuelo materno era escocés y se mudó a Whitehaven. Mi abuela era
irlandesa, de Antrim.
—Eso explica muchas cosas.
—Por lo menos me libra de la mancha de tener sangre inglesa.
—Sabes muy poco de los ingleses para juzgarlos. Tienes que aprender más sobre ellos.
Ella se apartó hacia el compartimento de Horacio, el magnífico garañón de Miles.
—Debieras dar nombres ingleses a tus caballos – ironizó.
—Es mi madre quién los escoge.
— ¿Por qué tiene la descendiente de los Fitzgerald tal inspiración clásica?
—Tal vez cree que nosotros, los irlandeses, debemos mirar más allá de nuestras costas. Con
todo, mi madre, al igual que yo, no iríamos tan lejos como para casarnos con ingleses.
La flecha dio en la diana, sin embargo ella rebatió:
—Irlanda ya ha dominado invasores antes. Los propios Fitzgerald son descendientes de los
normandos.
— ¿Los Monahan tienen sangre más pura?
—La abuela decía que era capaz de trazar nuestra ascendencia hasta Miles.
— ¿El primer irlandés verdadero héroe de mitos y leyendas? ¿Del que he recibido el nombre?
Sin embargo, los Fitzgerald dicen tener sangre de hadas, adquirido por la boda del tercer conde
con Ainé de Danaan.
— ¿Estamos en una competición genealógica?
—Eso parece. Como criadores de caballos, entendemos del asunto. – Se aproximó al habitáculo
de Horacio — Este garañón tiene sangre de Darley Arabien y de Goldophin Barb. No lo cruzaría
con una yegua común.
—Puedes cruzarlo con Cresta sin problema. Su linaje es excelente.
—Tengo la seguridad. Eres una autoridad en esa cuestión – Felicity giró hacia él.
—Eres demasiado minucioso. Mira a Kieran. El es hijo de Rupert Dunsmore y Kathleen Craig,
pero es difícil imaginar un niño tan bueno y guapo.
—Sin duda su madre tenía cualidades excelentes.
—Era fea.
—Entonces el niño tiene suerte, aunque la fealdad no sea un defecto.
—Para ella lo era. Los hombres no la miraban dos veces.
— ¿Era entonces adorable, gentil?
—Tampoco. Supongo que lo habría sido en caso de haberla tratado con más bondad.
—Puede ser, puesto que la bondad atrae a la bondad. Es verdad, no obstante, que el caballo
más dócil puede ser estropeado por los malos tratos, – a posta, el tocó el fondo de la cuestión –
así como puede dar una gran crianza.
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Ella lo miró con firmeza.
— ¿Entonces por qué insistes en interferir en mis planes?
—Porque me importas. Si encuentro otra solución… ¿la aceptarás?
—No existe otra, Miles. Pero quiero agradecerte el haber traído aquí a Kieran. Para mí significa
mucho pensar que está seguro en estos momentos.
—En ese caso estoy contento. Voy a mandar que ensillen a Aquiles para ti. Sé que te gustará
su trote.
Y el resto de la tarde, no permitiría que los problemas se interpusiesen entre ambos.
Más tarde, Felicity y Miles volvieron al establo de buen humor. En el camino a la casa, él
preguntó:
— ¿Qué piensas de Aquiles?
— ¡Maravilloso! Pareces tener el don de encontrar oro.
—Pericia, chica, pericia.
Ella le dirigió una mirada de refilón.
—Pero está Banshee. Y acaba de ocurrírseme que es el único de aquí que no tiene nombre
clásico.
—Es verdad. Mi madre lo vio después de nacer y no quiso ponerle nombre – dijo Miles riendo.
— ¿Por qué te quedaste con él?
—No lo sé. En el fondo me daba pena por feo. Si hubiese sabido lo rebelde que sería hubiese
endurecido mi corazón. Más tarde, cuando quedó claro que ería difícil controlarlo, me había
esforzado tanto por descubrir algo bueno en él que no pude desistir.
—Entiendo, orgullo masculino.
— ¿Es que tú no eres orgullosa?
Sonrieron mientras rodeaban la casa y se encontraban con Annie Monahan. Ella usaba un
horrible abrigo marrón y tenía una mirada furiosa. Miles pensó que llevaba un gato, pero vio que
se trataba de un enorme manguito para las manos.
— ¡Riéndose, sin pensar en el sufrimiento de la pobre criatura! – acusó.
A Miles le costó entender a que se refería.
—Lamento mucho lo que le ha pasado a Gardeen.
— ¡Idiota! ¡Deberías haber cuidado mejor de ella!
—Fue culpa mía tiíta – Dijo Felicity.
—No lo dudo. Siempre has sido muy descuidada. – Annie se movió dentro de los manguitos y
le tiró otro a Miles. Entonces se dio cuenta de que era algo caliente, vivo, negro…
— ¿Gardeen? – exclamó, y se sintió un idiota.
— ¿Quién más podría ser? La pobre apareció en casa exhausta y tropezando. Debías haber
sabido que te seguiría – lo reprendió Annie.
Miles miró a Felicity, que tocó al animalito.
—No tengo ni idea – fue su respuesta a la pregunta silenciosa.
—Esta vez cuida bien de ella pues no tendrás otra oportunidad – vociferó Annie.
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—Pensé que los gatos tenían siete vidas – dijo Miles.
— ¿Qué te hace pensar que los humanos comparten más de una? – preguntó ella antes de
seguirla a la casa.
—Cielos, está en mal estado – dijo Felicity.
—Pues yo también. Qué diablos…
Miles levantó a la gatita y le miró los ojos plateados, que no se desviaron. En un acuerdo
silencioso, los dos se fueron hasta el lecho de hierba.
—Enterré a la gata aquí – dijo Miles mirando a Felicity.
— ¡Oh no! Si piensas que he tenido tiempo para buscar otra gatita negra idéntica… Dios… ¿por
qué haría eso?
—No lo sé. Sin embargo, no presté demasiada atención a aquel cuerpecito frío. Tal vez no
fuese el de Gardeen.
—Miles, la gata de mi bolsillo era la que murió y la que te di. ¿Pudimos haber encontrado una
perdida en el camino y pensar que era Gardeen?
—Puede ser – dijo él.
Volvió a mirar a la gata, sin embargo Gardeen o mejor dicho, Gardeen II apenas ronroneó
satisfecha.
Cuando entraron en la casa, Aideen frunció el ceño al ver a la gatita en brazos de Miles.
—Nunca he sabido que te gustasen estos animalitos
—Ni siquiera yo sé si me gustan. Parece que ésta me ha adoptado.
—Es muy parecida a la que murió – comentó su madre.
—Esto es Irlanda. Tal vez no debamos cuestionarnos mucho.
Subió a cambiarse para la cena y llevó a la gata. En cuanto entró en la habitación, Gardeen se
puso a revolverlo todo.
—No vas a encontrar ratones aquí – tocó la campanilla para llamar a Hennigan y empezó a
desnudarse — ¿A quién habrías protegido ayer, a mí o a Felicity? ¿De quién eres guardián?
Dejó de desabrocharse la camisa y miró a la gata pensando si no estaría volviéndose loco.
La gata muerta y enterrada era la que habían traído de Foy. Tal vez no fuese Gardeen y hubiese
dos idénticas en la misma camada.
No importaba. Miles pensaba que iba a necesitar una protectora en los próximos días.
Hennigan entró y torció la nariz al ver a la gatita rodando sobre la colcha de seda.
—Ha vuelto, Sil. Y para quedarse, espero – avisó Miles.
Al bajar al comedor, Miles dejó a la gata en la habitación con un plato de leche. Pensaba que
había cerrado la puerta, pero después de la cena, cuando empezaba la música, Gardeen apareció.
La cogió y la puso encima del piano. Ella, sin embargo, saltó a su hombro.
—La gata parece muy apegada a ti, Miles, – comentó su madre.
—Tiene miedo de perder de vista al ingrato – refunfuñó Annie.
—Señorita Monahan, prometo ser más cuidadoso de aquí en adelante.
—Mejor incluso, –dijo Colum con fingida seriedad –les pasan ciertas cosas a las personas que
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maltratan a los gatos de Annie. Recuerdo a un chico que amarró un trapo con fuego en la cola de
uno. Se rompió una pierna poco después.
— ¡No me digas! – exclamó Miles y miró a Annie — Haz lo peor que puedas – recomendó.
Pensaron que se refería a sí mismo, pero pensaba en Dunsmore.
—Es lo que pretendo, chico, sin duda alguna.
—Sabes; es raro conseguir uno de los gatos de Annie. Nunca he tenido uno. Ni Felicity –
comentó Colum.
—Ellos solo se apegan a quien necesita ayuda– dijo Annie
Miles observó a la gata por el rabillo del ojo. En un gesto posesivo, ella le enrolló la cola en el
cuello.
Miró a Felicity al piano y deseó que la caricia fuese suya. No lo sería. La había cogido por
sorpresa una vez y dudaba que lo consiguiera nuevamente.
¿Y si fuese a su habitación en lugar de dejar su puerta abierta? Tenía la certeza de seducirla.
Cuanto más hiciesen el amor, mayores serían los lazos entre ambos, pero también mayor el
peligro de un embarazo. Era eso lo que le impedía ceder.
Cuanto ansiaba acariciarla y sentir aquellos ágiles dedos en su cuerpo. Tales ideas estaban lejos
de su mente, pues ella se perdía en la música. No le robaría ese placer. Pocas veces parecía
sentirse tan a gusto. Casi siempre estaba angustiada.
¿Qué atormentaba a Felicity mucho más que el deseo de cuidar a un niño huérfano de madre?
Ella levantó la mirada de repente, como si hubiese oído la pregunta. Terminó deprisa lo que
tocaba y se levantó.
—Voy a ver si Kieran aún está despierto para leerle un poco.
Salió de la sala antes de que alguien dijese algo, aunque a nadie parecía importarle. Miles sabía
que Kieran no era una barrera entre él y Felicity y sí un escudo que ella podría usar cuando lo
necesitara.
Con Gardeen en el hombro Miles fue a mirar por la ventana. Era vergonzoso sentir celos de un
niño, pero los sentía. Kieran era su mayor rival allí, no Dunsmore. Sin el niño, Felicity estaría en
sus brazos al día siguiente.
¿Pero quién podría luchar contra el encanto de un niño de cuatro años que necesitaba afecto y
protección?
El día siguiente, el tercero de la semana de gracia, transcurría como el anterior. Miles y Felicity
pararon la mañana con Kieran. El niño vibró al dar vueltas en un poni por el campo. Pero,
ambicioso, insistía en montar a Banshee.
Inclinado en la cerca Miles dijo:
—Si supiera que sobrevivirá, lo dejaría, solo para enseñarle una lección.
—A veces Kieran es obstinado. No es importante – dijo ella.
—Como alguien que conozco. No has ido a mi habitación las dos últimas noches.
—No iré jamás – afirmó Felicity, pero sonrió.
— ¿Nunca? Eso es mucho tiempo.
—Es verdad.
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— ¿Si te prometiera que no hay peligro de embarazo irías?
—No.
—Nos quedan pocos días. Es una pena desperdiciarlos.
—No los estoy desperdiciando – dijo ella, y entreabrió los labios.
El no se resistió y los acarició con el pulgar mientras preguntaba:
— ¿No pasas la noche despierta, pensando?
— ¿Pensando en qué?
—En bolas, tacos… de billar.
Ella no pudo contener la risa. Después de un instante dijo:
—No creo que pierdas el sueño por mi causa.
—Pues verifícalo. Si me encuentras dormido sabrás que estás en lo cierto. Pero si estuviese
despierto…
— ¿Qué?
—Entonces podrías quedarte un poco conmigo.
Felicity se pasó la lengua por los labios y Miles casi cedió a la tentación de besarla.
—Tal vez – murmuró ella y fue deprisa, a bajar a Kieran del poni.
Por la noche ocurrió lo mismo que la anterior. Felicity fue a leer a Kieran y no volvió al salón.
Miles, ansioso la mayor parte de la noche, se vio forzado a pasar el tiempo jugando al whist con su
madre, su padrastro y Annie Monahan.
Temía que Annie quisiese observar su manera de tratar a Gardeen. La vigilancia de la gata ya
era suficiente.
Aún no había encontrado una explicación racional para la existencia de Gardeen y mucho
menos si tomaba parte en sus asuntos. Esperaba que no interfiriese en lo que, tal vez, ocurriese
más tarde.
Pensó que jugarían hasta la media noche, pero, a antes de eso Annie anunció que se iba a
acostar, pues quería volver a Foy al día siguiente.
—Mis pobres gatos deben estar desconsolados.
—Creo que sí. Admito que después de observar a Gardeen sentí el deseo de tener un gato –
confesó Aideen mientras Miles se esforzaba para no demostrar alivio.
—Una idea excelente – afirmó Aideen clavando su mirada en Miles – y tú trata de ser más
cuidadoso o no responderé de las consecuencias.
—Lo prometo – afirmó él al levantar la mano. Annie asintió con un gesto de la cabeza y se
retiró.
—Sin duda ella se enfurece al tratar el asunto – comentó Aideen mientras guardaba la baraja.
—Es la pura verdad – aceptó Colum — Miles, hijo, si aprecias tu piel, no dejes que le pase nada
a la gatita.
Miles observó a su padrastro.
—Bien Colum, da tu opinión sobre Gardeen y la gata que fue enterrada.
— ¿Opinión? ¿Por qué quieres una sobre ese asunto? Solo puedo decir que los gatos tienen
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siete vidas – respondió Colum asustado.
—Pero de acuerdo con Annie, una persona solo puede compartir una de ellas.
—Tal vez sea verdad. Al final siempre existen gatos que aparecen. Pero los gatos son eso,
gatos.
—No es eso lo que has insinuado hace un momento.
—Me refería a lo que ellos significan para Annie. –Por primera vez, Colum parecía agitado.
Interesante. Miles chasqueó los dedos. No tenía la certeza de que la gata le obedeciera. Después
de una leve vacilación, Garden saltó a su regazo.
—Entonces guardiana ¿cuántas vidas has agotado?
Ella, claro, no respondió, pero como su madre le lanzó una extraña mirada, Miles se llevó a la
misteriosa gata a su habitación.
—Ahora empieza al parte prometida –dijo él al entrar. Indiferente, Gardeen se acostó frente a
la chimenea.
— ¿Es ese un buen o mal presagio? – preguntó Miles mientras Hennigan entraba.
—Disculpe, señor, no le he oído bien.
—No es nada importante.
Por Dios, si esto continuaba, acabaría en el manicomio. Pronto estuvo preparado para
acostarse, despidió a Hennigan, entreabrió la puerta y se sentó en una silla a leer un libro.
Empezaba a sentir sueño. Bostezó al oír las campanadas de media noche. ¿Vendría? ¿Cuándo?
¿Sería seguro dormir un poco? ¡No!
Estiró el pie y acarició a la gata.
—Hey, Gardeen, ¿sabes la forma de mantenerme despierto?
Ella entreabrió los ojos, los cerró y volvió a dormir. Miles se preparó para leer a Edipo en
griego, con la esperanza de que el desafío lo mantuviese despierto.
Felicity le leyó a Kieran y, después, pasó algún tiempo hablando en la habitación de la Sra. Edey.
Sabía que llegaba la hora de acostarse y de enfrentarse a la tentación.
Sin embargo, en cierto momento tuvo que irse. Al seguir a su habitación oyó voces, señal de
que los demás aún estaban despiertos. Bien. Tal vez pudiese dormir antes de que le entraran las
dudas.
Con la ayuda de la criada, se preparó para acostarse, lo que hizo pronto. Una joven sensata se
quedaría segura en su cama.
Entonces, ¿por qué ese fuerte deseo de levantarse y seguir por el corredor hasta la segunda
puerta después de la suya?
Felicity ahuecó las almohadas e intentó relajarse. Pero el sueño no venía. Giró un sinfín de
veces antes de oír los pasos pesados de Annie en la escalera. Poco después se oyeron otros pasos.
Acostada de espaldas y con los ojos abiertos hacia las sombras del techo, tuvo la certeza de que ya
estaban todos acomodados para la noche y la hora de la decisión había llegado.
Ella no tenía recelos morales. El tiempo pasado en la sala de billar no le pesaba en la conciencia
y ninguna noción de pecado le impedía acostarse con Miles. Haber perdido la virtud tan joven le
impedía tener sentimientos fervientes sobre la cuestión.
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Vacilaba por el peligro de un embarazo. Puso las manos sobre el vientre y pensó si tal vez ya
crecía allí una criatura. Como Rupert la había convencido de que no se quedaría embarazada, a
ella le había llevado unos meses darse cuenta de su estado. Si había habido señales al comienzo,
ella no las había entendido.
Miles prometió que, si lo buscaba esta noche, no correría un riesgo adicional, pero Rupert
también había afirmado que no había peligro. Los hombres decían cualquier cosa para obtener lo
que deseaban. ¿Por qué habría de confiar en Miles? Sin embargo lo hacía, profunda y totalmente.
Recordó el placer que le había proporcionado. La verdad es que no ansiaba el loco delirio.
Quería la proximidad de dos cuerpos, piel con piel, palabras murmuradas en las sobras mientras
todas las barreras eran apartadas.
Sin pensar, Felicity se levantó de la cama y se puso a andar por la habitación dudando del paso
siguiente.
Ciertamente iría.
Cogió la bata crema de lana suave y, en un impulso se sacó la camisola antes de vestirla.
Después de soltar los cabellos y colocarlos sobre los hombros abrió la puerta.
La casa estaba en el mayor silencio, excepto por el tic tac del reloj. Una lámpara en un
candelabro apenas suavizaba la oscuridad. Felicity respiró profundamente y fue a la puerta de
Miles.
Por un momento pensó que estaba cerrada, pero entonces notó la luz que pasaba por un
estrecho hueco.
Vaciló. La prudencia le ordenaba que volviese a su cama, pero su corazón insistía en que ella
merecía esa breve alegría.
Con un toque leve abrió la puerta y entró.
Miles, sentado y con un dedo entre las páginas de un libro, miraba hacia el fuego. No la oyó
entrar, pero Gardeen abrió los ojos y maulló bajito.
El levantó la mirada aprisa. Al verla exhibió una sonrisa y extendió la mano. Felicity la juntó
con la suya.
—Esta no es una buena idea, Miles.
—Par mi es excelente, hermosa mía.
¿Cómo una mujer reaccionaba tan fuertemente al contacto de la mano de un hombre? Una de
las únicas partes que les permitían tocar en público, aunque siempre con guantes.
Miles rozó su pulgar con el de él.
— ¿Por qué has venido?
—Fui embrujada.
Él tocó a la gata negra con la punta del pie.
— ¿Trabajo tuyo Gardeen? – La gata corrió a la ventana y saltó a la ventana – pienso que ella no
me apartará de ti.
Una mezcla de alarma y deseo asaltó a Felicity
—Tú dijiste…
—…que no te expondría al riesgo de un embarazo. Hay muchas cosas que un hombre y una
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mujer pueden hacer sin ningún peligro – la empujó a su regazo – eres muy inocente.
Sentirse acurrucada contra él era lo más próximo al paraíso que Felicity podía imaginar, sin
embargo necesitaba desmentir su afirmación.
—Tú sabes que no lo soy – él le acarició los cabellos.
—Tú no eres ignorante ni pura, pero tienes mucha inocencia al igual que yo, gracias a Dios.
— ¿Inocencia?
—Estar libre del lado sombrío del sexo. Tengo un amigo que exploró esos parajes y aún tiene
cicatrices.
Ella no sabía de lo que estaba hablando Miles. Sin embargo admitía que, aunque la traición y la
pérdida le hubiesen dejado cicatrices, la actividad física con Rupert no la había marcado.
Ya era tarde y ella se sentía tan bien que cerró los ojos.
— ¿Has venido aquí para dormir? – preguntó al acariciarla.
—Tal vez. Esto es bueno y no hay mucho más que podamos hacer, ¿no es cierto?
—Podemos besarnos antes de dormir.
—Supongo que sí – murmuró ella, y le ofreció los labios. Sabía que la caricia no era el preludio
de la seducción, pero sí algo para ser apreciado. Unas dos veces, Rupert la había besado antes de
convencerla de hacer otras cosas. Cuando se volvieron amantes no lo había vuelto a hacer.
Desde entonces, ella no le había dado ese privilegio a ningún hombre hasta que Miles había
vencido su resistencia.
Perpleja por el intenso estímulo que le había provocado el beso, Felicity se puso a explorar el
cuerpo de Miles y a respirar con él como si fuesen uno solo.
Se asustó cuando él se levantó llevándola en sus brazos.
— ¿Qué estás haciendo?
—Estaremos más cómodos en la cama.
—Pero no podemos…
—Haremos mucho o poco tanto en la cama como en el sillón. Confía en mí. Es solo una
cuestión de comodidad.
Aunque desconfiada, le permitió a Miles acomodarla bajo las sábanas y, unos instantes
después, que se acostase a su lado. Lo tocó y vio que estaba desnudo. Se apartó deprisa.
—Tú no osarías…
Miles cogió su mano y le besó los dedos uno a uno
— ¿No osaría qué?
—Bien, engañarme, seducirme.
—Debería darte unas palmadas por pensar eso. ¿No te he dado mi palabra? – le preguntó serio.
—Pues dámela otra vez.
—Felicity, te prometo que no haré nada esta noche que te exponga al riesgo de un embarazo.
Al sentirla relajarse, se acercó, desató el cinturón de la bata. Bajo las mantas le acarició los
pechos, la cintura y la cadera.
Felicity estaba tan absorta que, cuando la mano bajó a sus muslos, estos se apartaron
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permitiendo que los dedos penetrasen en su cuerpo.
Asustada, intentó cerrarlos.
—Cálmate, mi cisne blanco. Mis dedos no pueden embarazarte. Pero harán casi todo lo demás
– murmuró él dispuesto a probárselo.
— ¡Oh, por favor!
Al sentirlo besar sus pechos, se rindió al creciente deseo. Intentaba acallar los ruidos, pues
temía una interrupción, sin embargo, al ver la inminencia de su clímax, él paró para oírla suplicar
que continuase. Solo entonces se entregó al éxtasis.
Cansada y saciada, Felicity se acercó a él.
—Es horrible que las personas se arriesguen a concebir hijos – Miles se rió.
—Tal vez no existan muchos hombres tan altruistas como yo – dijo volviendo a acariciarla, sin
embargo ella le cogió la mano.
—No queremos que estés muy convencido de tu nobleza, ¿no es cierto? – murmuró y vacilante
le envolvió el miembro erecto con la mano.
Un espasmo sacudió el cuerpo de él.
— ¿Eso duele?
—Yo no lo llamaría exactamente dolor.
Con una osadía de la que no se sabía capaz, Felicity se sentó sobre las caderas de él, con una
pierna a cada lado. Con ambas manos alrededor de su miembro, se puso a acariciarlo.
Miles dejó escapar un gemido.
— ¿Algo está mal? – preguntó ella.
—Gritaré cuando lo esté. Pero debes pensar en lo que vas a hacer cuando yo explote.
Por un instante ella se quedó confusa e inmovilizó las manos.
—¡Vas a ensuciar la cama!
—Y los criados pensarán que lo he hecho yo solo, un pecado terrible que puede dejar a un
hombre ciego.
—Ah, ¿es eso lo que los hombres no deben hacer?
—Eres tan inocente… bien, ¿me vas a dejar así, entre el cielo y el infierno?
Felicity volvió a iniciar los movimientos y notó que la respiración de él cambiaba. Afligida
preguntó:
— ¿Qué tengo que hacer?
-Intenta descubrirlo. Dejo la solución, literalmente, en tus manos.
Aunque no quisiera dejarlo, ella corrió hasta la palangana y volvió con una toalla. Observándole
el rostro, volvió a usar las manos.
Miles mantuvo la mirada en ella mientras pudo. Entonces arqueó su cuerpo, levantándola como
si ella lo estuviese cabalgando. Pero Felicity lo empujó hacia abajo.
Entonces se acordó que él había parado, y ella hizo lo mismo. Lo oyó gemir, apretar los dientes
y suplicar:
—Ahora… ahora…
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Casi olvidando la toalla, lo atendió. Poco después fue volviendo lentamente, con él, a la
normalidad. Cuando finalmente lo vio abrir los ojos, repitió:
—Sigo espantándome de que la gente se arriesgue a concebir hijos, esto es mucho más
interesante.
— ¿Crees? – la acostó de espaldas y apresó su cuerpo con el de él — Has olvidado demasiado
deprisa lo bueno que es compartir el placer. Y, por mis pecados, mi honor me impide
recordártelo.
Pero el beso de él lo hizo y su cuerpo empezó a decirle que los dedos no eran el sustituto ideal.
— ¡No! - exclamó empujándolo.
— ¿Qué pasa? – preguntó aprensivo.
—Mi cuerpo quiere más. – Miles se relajó y volvió a besarla.
—El mío también. Pero los cuerpos pueden obedecer. O ser calmados. Deja que destruya un
poco más tu inocencia.
Deslizó la boca por los pechos, la barriga y entre sus muslos.
— ¡Oh no!
— ¿No? – preguntó parando. Felicity respiró profundamente.
—No lo sé.
—Grita si quieres que pare.
El roce de la lengua en su parte más sensible la hizo gemir en alto.
— ¿Eso ha sido un grito?
—Sí. No. ¡No!
—Dos vencen a tres.
Algún tiempo después, nuevamente saciada, ella se enrolló en Miles como si fuese la hiedra de
un roble.
—Jamás imaginé…
— ¿Imaginaste qué? – preguntó él acariciando su espalda.
—Todo – tímida dijo – Miles, creo que no te puedo hacer eso.
Él la acercó más.
—No tienes que hacer nada que no quieras. Además, he oído al reloj dar las dos. ¿No crees que
necesitemos dormir?
—No puedo quedarme aquí.
—Ah, pero estamos tan bien abrazados. Solo un poco, amor. No dejaré que duermas mucho
tiempo.
Con sueño, Felicity bajó los pesados párpados y se durmió en los brazos de su amante.
Miles alisó los bonitos cabellos de su amada, le admiró las facciones dormidas y decidió amarla
para siempre. A pesar de su resistencia.
Sin embargo, ¿Cuántos días tendría antes de la vuelta de Dunsmore como la serpiente del Edén
para destruirlo todo?
Al pensar en él, Miles apretó a Felicity un poco en sus brazos. En un principio quería protegerla
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por generosidad. Ahora, el desvelo era provocado por una necesidad imperiosa de mantenerla
para sí mismo. Puro egoísmo. Necesitaba a Felicity como el aire que respiraba.
Esperó algún tiempo, pero al sentir al reloj dar las cuatro, se levantó despacio y vistió su camisa.
Pronto puso la toalla húmeda en la chimenea y esperó hasta verla quemarse y volverse ceniza.
Después la llevó a su habitación dónde la acostó en su fría cama.
Eso lo hizo acomodarse a su lado para ayudarla a calentarse y después volver a su propia
habitación. Infelizmente, cayó en un sueño profundo.
Se despertó, gracias al cielo, no por culpa de una criada con chocolate para despertar a Felicity,
sino por su madre. No fue una gran cosa.
Los ojos de Aideen soltaban fuego. Lo empujó de la cama, de la habitación y por el corredor
hasta la habitación de él. Allí, el desorden contaba la historia.
—Piensa en lo que pasaría si otra persona te hubiese descubierto.
—Me venció el sueño.
—Esa no es la cuestión, lo sabes bien. ¿Cómo has podido?
—Estoy haciendo lo posible para impedirle casarse con Dunsmore.
— ¿Dejándola embarazada?
—No con las actividades de esta noche.
—Para ya Miles. Soy responsable de la chica aquí.
—Bien, ya me he esforzado al máximo. – Aideen frunció el ceño.
— ¿Es una tentativa fría para apartarla de Dunsmore?
— ¡No! – afirmó él, lo que la hizo hablar con más moderación.
—Bien, si lo fuese no te ayudaría.
— ¿Ayudarme a qué?
—A sacar a Felicity de Irlanda. Mientras te distraías con tus actividades ilícitas, yo me mantenía
informada. Ned Tooley ha vuelto de Escocia y dice que Dunsmore consiguió un barco para llevarlo
a Larme. Acabo de recibir aviso de mi vigilante en Loughcarick de que el hombre ya ha llegado a
casa. Lo esperamos aquí hoy.
— ¡Maldición! Pensaba que le llevaría más tiempo.
—Pues calculaste mal. Solo nos queda actuar. Colum y yo vamos a visitar el castillo de Kilgoran
y llevar a la Sra. Edey y a Kieran con nosotros. Dunsmore podrá seguirnos hasta allí, pero no
conseguirá llevarse a su hijo sin ofender al tío.
—Tú detestas visitar el castillo.
—En medio de esta historia dramática puedo sacrificarme un poco. Lo más probable es que
Dunsmore persiga a la parte principal, Felicity. Llévala a Melton y él os seguirá. Lo que tú y tus
amigos de allá puedan hacer queda de tu cuenta. Trata de encontrar una solución definitiva y no
un remiendo. Mantendré al chico seguro por algún tiempo.
—Ella jamás aceptará irse.
—Eso no es una novedad. ¿Cómo pretendías llevarla? ¿No me digas que esperabas que se
sometiera? ¿Cuándo vas a aprender Miles? Cuando deciden algo, las mujeres tienen una voluntad
férrea y resisten los mayores encantos de un hombre. Dale un narcótico y llévala a la fuerza.
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— ¡No puedo hacer eso! – protestó Miles horrorizado.
—Entonces deja que huya con Dunsmore otra vez. – en ese momento Gardeen saltó a sus pues
y maulló.
— ¿Qué quiere decir eso? – preguntó Miles irritado. Aideen la cogió y la puso delante del
rostro de su hijo.
—Miles, esto es una gata y no puede orientarte. Yo, sin embargo, soy tu madre y puedo. Voy a
darle un chocolate a Felicity que la mantendrá durmiendo hasta la tarde. Lo que hagas es
problema tuyo.
Dejó a Gardeen en sus manos y salió de la habitación.
Miles acarició a la gata hasta darse cuenta de que esperaba una señal mística suya. Movió la
cabeza, la puso en el suelo y llamó a Hennigan.
Cuando el criado llegó le dijo que preparase las maletas para partir inmediatamente a
Inglaterra.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0077
Felicity se despertó con vagos sueños de intimidad. No se sorprendió de que el mundo
pareciese tan inestable. Y tampoco, que después de una noche maravillosa, los párpados le
pesaran tanto.
Se desperezó, disfrutando sentir su propio cuerpo. Luego, se dio cuenta del dolor de cabeza.
Aunque, era extraño.
En verdad, a pesar de los deliciosos recuerdos, no se sentía bien. Estaba cansada, apática y un
tanto mareada.
Entonces notó que el olor del aire era de su cuarto. ¿Sal, yodo, mar?
Se obligó a abrir los ojos y se vio en una cama estrecha de una cabina minúscula, a bordo de un
navío que se balanceaba. En pie y de espaldas, Miles miraba por la escotilla.
Felicity entrecerró los ojos ante la claridad, con voz ronca a causa de la garganta seca preguntó:
— ¿Dónde estamos? Por qué…
—En alta mar, rumbo a Inglaterra — respondió al volverse con mirada cautelosa — ¿Quieres un
poco de agua? — le ofreció dirigiéndose a la mesita donde había una jarra sujeta en una
estantería.
— ¡No! — ella rehusó, pero se arrepintió. Necesitaba aclarar la cabeza y reflexionar. A pesar de
su negativa, Miles puso agua en una copa y con cuidado, la levantó un poco ayudándola a beber.
Ella recobró algunas fuerzas, pero el dolor de cabeza aumentó con el movimiento.
Cuando él fue a tumbarla otra vez, Felicity se soltó.
— ¡Vamos, llévame de vuelta, ya!
—No.
—No puedes hacerme esto, Miles. La semana no ha terminado.
—En ese caso, tu promesa todavía es válida.
— ¿Mi promesa? ¡Te has vuelto loco! ¿Qué pasa con la tuya?
Él regresó a la escotilla.
—No te hice ninguna promesa al respecto. En realidad, no.
—Miles…
—No supliques, ni me amenaces Felicity. Te llevo a Melton Mowbray donde haré todo lo
posible para impedir que Dunsmore se acerque a ti. Si mantienes tu promesa, podrás viajar más
cómodamente. En caso contrario, irás de cualquier manera.
Ella se levantó y gimió poniéndose las manos en la cabeza.
— ¡Maldito sea tu corazón negro! ¿Qué me has dado de beber?
—Nada. Fue mi madre y yo no sé lo que ella usó.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Felicity.
— ¡Santo Dios! ¿Qué pasará con Kieran?
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—No podría estar mas seguro — Miles le garantizó con voz suave — Mi madre se lo llevó al
castillo de Kilgoran y hará todo para mantenerlo lejos de cualquier peligro.
—No podrá impedir que su padre vaya a buscarlo.
— ¿Dunsmore irá a Kilgoran a acusarla de raptar a su hijo? Lo dudo. Creo, sin embargo, que la
seguirá. Tooley dice que se marea en los barcos — dijo reprimiendo una sonrisa.
—Por lo que deduzco, Rupert regresó antes de lo que esperabas. ¿Cuándo te enteraste, Miles?
—Esta mañana.
—No te creo. Lo sabes, por lo menos desde ayer y me sedujiste otra vez para poder llevar a
cabo el engaño. Fue todo planeado.
—No. Te doy mi palabra.
—Nunca más voy a confiar en ti. Lo juro. Estamos en guerra. Jamás te daré mi cooperación —
ella declaró satisfecha, y lo vio estremecerse.
—Felicity…
Ella encaró aquellos ojos azules que aparentaban ternura.
—Ninguna. Ahora, quiero privacidad.
Pensó que él iba a discutir, pero se engañó. Miles apenas asintió con la cabeza y salió. Cuando
se estiraba en la dura cama escuchó la llave girar en la cerradura.
La dominó la tristeza provocándole nuevas lágrimas. Miles la había traicionado como el abuelo
y la había usado como Rupert. Había aprendido, años atrás, que ningún hombre era de fiar. ¿Por
qué se había olvidado de la lección aprendida tan duramente? Ellos engañaban, mentían y
consideraban Derecho Divino el poder de controlar la vida de una mujer.
Felicity se sentía aterrorizada por Kieran y devastada por la manera con que Miles le había
robado su libertad dejándola impotente ante su voluntad.
Su hijo debía ser su primera preocupación.
Se levantó, bebió mas agua y se obligó a analizar la situación. Admitía que los planes de Miles
podrían dar resultado durante un tiempo. Rupert dudaría en buscar al conde de Kilgoran. Por lo
tanto, Kieran estaba seguro de momento.
¿Cómo reaccionaría Rupert? Para empezar, tendría uno de sus arrebatos de furia
descontrolada. Acosado por los acreedores, humillado con la frustrada fuga, llevado a Escocia
contra su voluntad, mareado en las travesías de ida y vuelta descubriendo que Felicity y su hijo
estaban fuera de su alcance, estaría poseído.
En tales condiciones, Rupert sería capaz de cualquier cosa que no requiriera valor físico. A
Felicity le hubiera gustado avisar a los habitantes de la región. Pequeñas maldades ocurrirían a no
ser que estuviera ya en su persecución.
Esperaba que sí. Por lo menos ella y Miles estaban en guardia. Se estremeció al recordar la
manera como Rupert había matado a Gardeen. Casualmente y riéndose de su tristeza y pavor.
Felicity había entendido el aviso. Casada con él debería ser dócil a fin de recibir un tratamiento
razonable. Si lo contrariaba, él se vengaría en alguien, un animal o persona para presionarla.
Jamás olvidaría esas semanas entre la proposición de Rupert y la muerte de su abuelo que
había prohibido el matrimonio. Kieran había caído por las escaleras haciéndose bastante daño.
Desesperada, Felicity intentó en vano persuadir a su abuelo para que consintiera la unión.
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Falleció dejando su destino en manos de Miles. Ella no había imaginado lo que sería eso. Lo
poco que sabía al respecto de su tutor indicaba que era tan indolente como su tío Colum. Pensaba
que podría controlarlo.
— ¡Ah! — murmuró al recorrer con los ojos su prisión.
Hubiera sido mejor, por supuesto, si ella hubiese conocido a Miles como una joven irlandesa
recatada en vez de la frívola Joy. Hasta ahora, se estremecía al rememorar su representación.
Miles le había avisado de que era un hombre peligroso que no soportaba ser provocado. Al día
siguiente, ella había intentado demostrar que tampoco era la joven ideal.
Ambos habían sido sinceros, pero podrían haberse hecho mucho daño. Un movimiento súbito
la arrancó de sus meditaciones. Era Gardeen que la tocaba en el brazo. Ella la cogió acariciándola
el pelo.
—Ah, Gardeen, ¿eres la misma gata de Annie u otra? ¿Puedo ver esperanza en ti?
La gatita apenas ronroneó.
Felicity se levantó de la cama con ella en brazos. El dolor de cabeza había mejorado algo, luego
fue hacia la escotilla. Todo lo que vio fueron las olas grisáceas, aunque había gaviotas en los
aparejos señal de que no estaban lejos de la costa.
No podía impedir que Miles la llevase a Inglaterra, pero tan pronto desembarcaran huiría. Tenía
que volver con Rupert antes de que causase un mal irremediable.
Puso a la gata en el suelo y examinó la minúscula cabina. En un cajón bajo la cama encontró sus
ropas y se despojó del camisón.
Aunque, había ido sin él al cuarto de Miles. ¿La había vestido? La idea era perturbadora, pero
extrañamente excitante.
—Mujer débil — murmuró mientras empezaba a vestirse.
Afortunadamente el corsé y el vestido se abrochaban por delante, lo que evitaba la ayuda de
nadie. Eran piezas cómodas y le daban libertad de movimientos. Eso la ayudaría a la hora de huir.
En el cajón también encontró un peine y horquillas. Tras desenredarse los cabellos se hizo un
moño que sujetó en la nuca. Al hacerlo, pensó que las horquillas podrían usarse como un arma,
aunque casi inofensiva.
Ya vestida, volvió a examinar el cuarto en busca de armas y dinero. No los encontró.
Bueno, ¿Qué debía hacer cuando apareciese alguien? ¿Salir por la puerta corriendo y saltar por
la borda? Estaba deseando actuar, aunque no tenía sentido intentar nada antes de que atracaran.
Felicity se puso a andar, deseando que apareciese alguien, incluso el mismo Miles, para romper
la monotonía. Desanimada, se sentó en la cama.
Ya estaba oscuro cuando escuchó unos pasos y Miles entró. Traía una lámpara y una bandeja.
—Supongo que tienes hambre.
Felicity ignoró la atención. Debiera mostrar culpabilidad.
Inspeccionó la comida: pollo, jamón, batata, coles de Bruselas y pudin.
Comenzó a comer.
—Me alegro de que comas — dijo Miles.
—Voy a necesitar toda mi energía.
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—Felicity, no vas a huir de mí. ¿Por qué no lo aceptas?
Ella le dirigió una mirada mordaz y continuó comiendo. Sin embargo, comenzó a tener
dificultad para tragar. La presencia de él en la cabina la oprimía. Levantó la mirada y vio que la
observaba como si también estuviese perturbado.
—Te amo, Felicity.
Fue como una puñalada en su corazón. Ella se tomó el tiempo necesario para acumular saliva
en su boca, y luego, le escupió. No acertó, pues Miles de desvió a tiempo, pero palideció.
Felicity volvió a comer, aunque no conseguía tragar.
¿Por qué insistía en quedarse allí? Seguro que para vigilar los cubiertos. Cogió el cuchillo de
plata e imagino si sería capaz de atacarlo con él. Como no había conseguido disparar a Rupert, sin
duda no apuñalaría a Miles.
La reflexión la hizo marearse. O tal vez fuera la comida en su estómago indispuesto.
Miró al pudin y decidió no comerlo.
—He terminado — avisó al poner la bandeja en el suelo.
Él se aproximó una vez más, impasible. Pero en lugar de coger la bandeja, puso a Felicity boca
abajo en la cama inmovilizándola con la rodilla en la espalda y le ató las manos.
Incapaz de moverse intentó gritar, aunque con la cara contra la almohada no podía ni respirar.
Algo le sujetó las muñecas, seguidamente fue amordazada. También le ató las piernas, pero no en
los tobillos sino por debajo de las rodillas, sobre el vestido.
En vano intentó protestar contra la traición, pero sus palabras no pasaron de la mordaza.
Con voz insegura, Miles se explicó:
—Lo lamento mucho, Felicity. Me gustaría que viajásemos con comodidad, sin embargo noté
que pretendes luchar contra mí. Como no subestimo tu inteligencia y valor, no me queda otra
alternativa. Ya estamos en el río Mersey y llegaremos a Runcorn dentro de dos horas. Te llevaré
hasta el carruaje como si te encontraras indispuesta. Después, intentaré ofrecerte más confort.
Con delicadeza la puso de lado, pero con la cara contra la pared. No tuvo ni siquiera el consuelo
de dirigirle una mirada feroz.
Como había anochecido pocas personas vieron a Miles desembarcar del Ellen Jane cargando
con una persona envuelta en una capa y entrando en un carruaje.
Felicity se retorcía y gemía como él esperaba.
Había traído su propio coche en el navío y a sus hombres para dirigirlo. Estaban alquilados los
caballos y todo estaba listo para partir hasta Nantwich. Allí cogieron el camino de Holyhead, por
donde él acostumbraba a ir y donde era conocido en los hostales a lo largo del trayecto. No quería
que los extraños se dieran cuenta del secuestro.
Felicity se resistió tanto a entrar en el carruaje que Miles acabó dejando que se golpeara la
cabeza contra la puerta. Eso la aturdió lo suficiente para permitirle subir la escalerilla y ponerla en
el asiento. Cansado, despeinado y disgustado con lo que se veía obligado a hacer, entró dando una
orden a Hennigan. Luego partieron.
El criado, de mala gana, había cogido a Gardeen que saltó al regazo de Felicity. Las dos le
dirigieron a Miles miradas salvajes. Hennigan no disimulaba el aire de reprobación por el
comportamiento de su señor.
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Con dificultad, debido a las sacudidas del vehículo, Miles intentó desatar la mordaza, ella sin
embargo, lo rechazó.
—Diablos, Felicity, te voy a enganchar el pelo si sigues así.
Se aquietó pero su mirada seguía siendo feroz.
Tan pronto Miles retiró el paño húmedo fue insultado con expresiones terribles que incluso él
dudaría utilizar.
— ¡Para ya, o te pondré la mordaza otra vez!
Al ser obedecido, preguntó:
— ¿Quieres agua? En mi reciente experiencia con una mordaza, casi me morí de sed.
Se dio cuenta de que ella quería rechazar la oferta, pero hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Le puso el frasco de agua en la boca y la dejó beber cuanto deseara. Quería que recordara el
primer encuentro de ambos en circunstancia parecidas.
Seguidamente propuso:
—Si me das tu palabra, te soltaré.
Esta vez el gesto de ella fue negativo.
—A menos que te arrojes del carruaje, no podrás escapar durante un tiempo. Volveré a atarte
cuando paremos para cambiar de caballos.
No respondió.
Qué criatura más cabezota.
Miles jamás había hecho algo tan difícil en su vida. Pero su plan de casarse con Dunsmore lo
obligaba a actuar.
—Al menos, puedo atarte las manos por delante.
Un nuevo gesto negativo, pero él la giró y soltó la correa. Antes de que sus brazos dormidos
recuperasen el movimiento, se los puso por delante y volvió a atarlos.
Felicity no pudo reprimir un gemido. Tenía que ser el dolor en los brazos. Cuando se le
escaparon las lágrimas, Miles estuvo seguro. Cogió un pañuelo del bolsillo enjugándole las mejillas.
— ¡No me toques! — dijo entre dientes.
Como obedeciendo su deseo, le puso el pañuelo entre las manos. Con dificultad, se lo llevó a
los ojos al tiempo que murmuraba algo. Notó que estaba tan furiosa como triste.
¿Qué haría a continuación alguien experto? Cualquier cosa para conseguir la libertad.
El camino estaba en buen estado y el balanceo del coche le daba sueño. Miles no había
dormido más de dos horas la noche anterior. Aunque fácil, sería peligroso adormecerse. No
podía…
Estaba dormido cuando pararon en Nantwich. Con rapidez, tapó la boca a Felicity antes de que
pudiera gritar. La puso sobre su regazo y le cubrió la cabeza con la capucha de la capa como si
durmiera.
Ella pataleó acertando en la puerta.
Le sujetó las piernas entre las suyas y la abrazó más contra su pecho. Por Dios, inmovilizarla
exigía casi toda su energía.
— ¡Sinceramente, señor! — Hennigan protestó, pálido.
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—Cierra la boca.
Por suerte, el cambio de caballos fue rápido y se marcharon. Miles la sentó, esperando una
nueva explosión de insultos. Sin embargo, además de congestionada y jadeante, parecía aturdida y
apenas lo miraba.
—Perdóname, Felicity. Te amordazaré antes de que volvamos a parar para evitar este tipo de
acciones.
Comenzó a llorar. Su esfuerzo por contener las lágrimas era tan doloroso que Miles le extendió
la mano. Ella dio un respingo.
— ¡Te odio!
— ¡Y yo te amo!
Sollozando, Felicity volvió la cabeza. Él nunca había oído un llanto tan afligido. Miró a Hennigan,
pero el criado, con los labios apretados, fingía observar el paisaje.
Miles maldijo en voz baja y soltó las manos de Felicity, a pesar de su resistencia.
—No te engañes. Impediré tu fuga cueste lo que cueste.
Ella apretó el pañuelo en los ojos para retener las lágrimas. Momentos después, soltó sus
piernas tirando la correa contra el pecho de él.
Miles deseaba hacerle entender que no tenía elección, pero además de no saber cómo
decírselo, no podía tener esa conversación delante de un criado.
Diablos, ¿Cómo había acabado en esta difícil situación?
Cuando se aproximaron a la siguiente parada, le avisó:
—Voy a tener que atarte de nuevo, a menos que me prometas que no intentarás escapar.
Con expresión inflexible, ella extendió los brazos. Se los ató y recolocó la mordaza. A
continuación le cubrió la cabeza con la capucha, y con el brazo en su cintura, la atrajo hacia sí,
imaginando si una posible felicidad entre ambos sobreviviría a este viaje.
Ella se mantuvo rígida como una tabla. Sin duda intentaría huir. Miles casi sonrió, sabía que
gran parte de tal reacción era debida al orgullo. Felicity jamás se inclinaría ante la voluntad de un
hombre.
¿Cómo entonces pensaba soportar la vida de casada con Dunsmore?
Por primera vez sospechó si ella planearía matarlo. La consideraba capaz de ello, aunque la idea
fuese terrible. Cuando un hombre moría misteriosamente, las primeras sospechas caían sobre la
esposa todavía más si había la más leve señal de desavenencia conyugal. ¿Sabía ella que todavía
podía ir a la hoguera por haber matado a su marido?
Pequeña traición decían. Rebeldía contra el amo y señor de la casa.
Cuando ganaron velocidad con los nuevos caballos, Miles soltó a su amada. La primera cosa que
ella dijo fue:
—Tengo que atender una llamada de la naturaleza.
Él no había pensado en ese problema. Había planeado paradas esporádicas para ir a un
reservado y comer, pero, no había contado con la rebeldía de Felicity.
—Si me das tu palabra, pararemos en el próximo hostal.
— ¡No! Prefiero ensuciar el vestido.
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Maldición, ella lo haría. Era increíble cómo podía amar a esta criatura con locura y al mismo
tiempo desear retorcerle el cuello. Intentó persuadirla de ser razonable, pero fue lo mismo que
hablar con una estatua. Luego, en una recta desierta, mandó parar el coche.
Felicity lo observó y él vio esperanza en su mirada.
—No se te ocurra pensar en huir. Estamos a kilómetros de distancia de cualquier lugar. Pero,
como garantía, quiero tus zapatillas.
Ella metió los pies bajo el vestido.
— ¡De eso nada, desgraciado!
—Usaré la fuerza si es necesario.
—No será fácil dominarme, si no es por sorpresa.
—Puedo ser implacable. Tú no eres la única con una voluntad de hierro. O puedes ensuciar tu
vestido.
Aunque era un farol, funcionó.
Resentida, se desató las zapatillas y se las tiró. Luego, se levantó el vestido, se quitó las ligas y
las medias.
—No hay motivo para estropearlas — dijo, exhibiendo las piernas desnudas hasta los muslos.
Felicity Monahan conocía bien sus armas. Hennigan, miraba por la ventanilla, pero su cuello
estaba rojizo. Controlando tanto la irritación como el deseo, Miles abrió la puerta y bajó la
escalerilla.
—Puedes ir tras esos arbustos.
Al bajar, él comprobó que el camino estaba cubierto de hielo. Extendió los brazos y dijo:
—Te llevaré en brazos hasta la hierba.
Ella se detuvo y le dijo:
—No quiero que vuelvas a tocarme nunca más — Esperó a que bajase los brazos y se apartara
para descender los escalones. Con pasos inseguros fue hasta los arbustos.
Miles comprobó que el cochero y su ayudante miraran para otro lado. Él, entre tanto, debía
vigilar a su pupila, amante, tormento y alegría. Un momento de descuido, y ella desaparecería.
La vegetación y el solitario lugar daban alguna privacidad, pero no ocultaban totalmente a
Felicity. Imposible no desconfiar de sus artimañas, nada obstaculizaría su valor, ni siquiera el tener
que huir descalza.
Ah, pero Felicity era una reina entre las mujeres. Amargo el destino que los había convertido en
enemigos.
Gardeen apareció descendiendo la escalera para atender la misma necesidad, pero regresó
antes que Felicity. Su tardanza, pensaba él, era para irritarlo aun más cuando sus pies debían estar
congelándose.
Finalmente regresó al carruaje. Miles aprovechó para hacer sus necesidades. Hennigan
preguntó si podía seguir el viaje en el incómodo asiento en la parte trasera del vehículo. Miles
asintió, aunque pensaba que Felicity, la causante de todos sus problemas, merecía ser amarrada.
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Cuando entró en el vehículo se sentó de espaldas al asiento del cochero. Como eran solo ellos
dos, se mantendría lo mas apartado posible. Ella ya se había puesto las medias y los zapatos y
parecía no haber sufrido quemaduras por el frío.
¡Maldita situación ridícula!
En un momento dado, Miles decidió parar para comer. Miró a Felicity y preguntó:
— ¿Tienes hambre?
—No mucha.
Aunque se había dignado a responder, esta vez, volvió a parecer una estatua de mármol.
— ¿Has pensado ganarte la vida con tus admirables posturas, señorita Monahan? Podrías
mostrar muy bien el resentimiento.
Miles echaba de menos que ella le replicara.
—Felicity, no soy tu enemigo. Tienes que aprender a confiar…
Ella cobró vida.
— ¡¿En ti?! Me duermo en tus brazos y me despierto prisionera. ¿Te extrañas que no confíe en
ti?
—No fue planeado.
—Planeado o no, estoy aquí contra mi voluntad, soy tratada con violencia cuando protesto.
Diablos, si estuviese en su situación reaccionaría de la misma manera.
—Voy a advertirles que paren en la próxima posada para que los hombres coman. Tú puedes
hacerlo sentada cerca del fuego o encerrada aquí.
—Encerrada— respondió.
—Felicity, no es pecado someterse a una fuerza mayor.
Ella entonces, lo miró con expresión sincera.
—Para mí tú eres un tramposo. Pierde las esperanzas en cuanto a mí.
Miles reflexionó. Sería tan fácil para uno de ellos usar la atracción mutua como arma…
Con voz suave dijo:
—No hay trampa, Felicity. Te dije la verdad. Mi intención es llevarte a Melton y mantenerte allí,
nada más.
—No me importa lo que intentes hacer o lo que hagas. La trampa se reduce al hecho de que tú
eres tú.
— ¿Dices que me amas?
—No puedo amar a un hombre que ha traicionado mi confianza.
—Entonces, digamos, que te sientes atraída hacia mí.
Sarcástica, ella rió.
—Me exasperas y enfureces.
—Y que otras emociones además de ésas, Felicity. ¿No podemos, al menos, ser honestos?
—Te amaría si fuera posible — murmuró.
Miles casi la abrazó.
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— ¿El amor puede someterse a ese control?
—Pienso que sí. ¿Podrías amar a la mujer de un amigo?
—No. Nunca me permitiría amar a la mujer de ningún hombre.
Con una vivacidad sorprendente, ella dijo:
—Pues entonces, piensa en mí como la mujer de Rupert.
— ¡Jamás!
Un rayo de luna iluminó su rostro.
—Sabes, fue a él a quien entregue mi virginidad.
Miles ya lo había imaginado, pero la confirmación fue horrible.
—Dunsmore te la robó, quieres decir.
—De ninguna manera. Yo estaba bien dispuesta.
—No tenía derecho a aceptar tu ofrecimiento.
— ¿Estás a favor de la virtud, tanto en los hombres como en las mujeres?
Con rapidez, Miles volvió al asunto principal antes de que ella lo confundiera.
—Si Dunsmore fue tu primer amante no tuvo que ser bueno.
—Fue lo suficiente en esa época — afirmó desviando la mirada.
— ¿Hubo otros después?
—No tengo por qué responder a eso.
—De acuerdo. Pero no creo que los haya habido. Aunque tuvieras inclinación a la promiscuidad,
no existen muchos hombres adecuados en Foy. Los pocos que hay no se atreverían a aprovecharse
de ti.
—Nunca toqué un piano hasta que tú me mostraste uno — giró la cara hacia él — Un piano es
un amante maravilloso. ¿Debería se su esclava, o no?
—Nada de eso fue calculado.
—Tú no negaste que esperabas haberme embarazado.
—Después de nuestra unión. Debes creerme.
—No sé si puedo. Has roto mi confianza y no creo que puedas arreglarlo.
Miles maldijo los planes de su madre, aunque no tenía otra alternativa. Tal vez debiera de
haber despertado a Felicity y explicado la situación. Y luego, armado de una correa la habría
obligado a embarcar en el navío.
Pero sabía que fue la noche de placer antes del engaño para embarcarla lo que le había hecho
tanto daño. Él, sin embargo, no le había tendido una mano.
Siguieron en silencio hasta que el carruaje disminuyó la velocidad para entrar en la ciudad de
Leek.
— ¿Atada o no? — Miles preguntó, cansado.
— ¡Por Dios, eres tan terco como yo!
—Somos tal para cual ¿no?
— ¿Has visto a dos gallos de pelea enfrentarse hasta morir? — preguntó extendiendo las
manos.
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Aunque odiase cada vez que lo hacía, le sujetó las muñecas y la amordazó. Después abrió la
trampilla que daba al pescante para hablar con el cochero.
—Vosotros dos y Hennigan comeréis en el hostal. Nosotros nos quedamos aquí. Traed una
cesta con alimentos cuando regreséis.
Luego cerró las cortinas y cogió a Felicity entre sus brazos, preparado para cualquier reacción
suya.
Fue una media hora larga, Felicity no se movió y Miles se mantuvo callado, pues no creía justo
hablar si ella no podía responder.
Se preguntó si Felicity sentiría el mismo triste consuelo que él por estar abrazados. O la misma
frustración. Gracias a Dios, refrenó la tentación de cambiar el abrazo aprisionador por uno
cariñoso. Eso también sería un abuso grosero de la situación. Finalmente la puerta se abrió y
Hennigan, con el rostro ladeado, puso una canasta en el suelo con la comida y una garrafa de vino.
Miles conjeturó que el criado presentaría su dimisión después del viaje.
Cuando iban a una cierta velocidad, soltó a Felicity. Luego encendió las lamparillas para poder
ver lo que tenían para comer.
Gardeen maulló y le dio unos trozos de salmón. Luego, cuando abrió el vino, invitó a que
Felicity se sirviera. Pensó que ella, en un gesto de orgullo, se negaría a alimentarse, pero se puso
un buen plato para garantizarse la energía.
Miles sirvió dos copas con el borgoña y le pasó una. Ella le dio un sorbo y comentó:
—Excelente cosecha. Te tratan bien.
—Soy conocido en este camino.
—Entonces, si yo escapara y te acusase de haberme secuestrado ¿nadie me creería?
—Posiblemente, no. Y menos aun ahora que tengo el documento que me nombra tu tutor. Yo
explicaría que estaba impidiendo tu matrimonio con un indeseable, lo que es verdad.
— ¿Te haces una idea de lo penoso que es esto?
— Guardo el claro recuerdo de haber sido amarrado y amordazado.
Ella se ruborizó.
—Nosotros solo te mantuvimos preso hasta estar seguros de que no corrías peligro. ¿Te
hubiera gustado recibir una paliza como Dunsmore?
—No necesitas recordarme el ángel misericordioso que fuiste, mi amable Joy. Menos aun
después de haber exhibido tus preciosas piernas poco antes.
Felicity apretó los labios, pero no se apartó de su argumento.
—Nosotros te encerramos para garantizar tu seguridad. El objetivo de este secuestro es
doblegar mi voluntad.
—Tú doblegaste la mía y yo te hice prisionera para protegerte.
— ¡Tu no tienes ese derecho! Aunque mis planes sean un desastre, tengo el derecho a elegir.
—No mientras sea tu tutor. Una de mis atribuciones consiste en proteger a una joven ingenua
de su insensatez y la maldad de los demás.
— ¡Eso no tiene nada que ver con la tutela, sino con tu lujuria!
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— ¡No! Aunque estuviera tan desinteresado de ti como lo estoy por Nuala Yeates, me
esforzaría al máximo para impedir tu matrimonio con Dunsmore — afirmó Miles.
—Desgraciadamente ¿no es así?
—Diablos, Felicity, no mezcles tu sarcasmo con esto. Me has dado más placer y sufrimiento en
estas últimas semanas de lo que jamás esperé tener en toda mi vida.
—Al menos compartimos el sufrimiento.
—Y el placer. Tú fuiste a mi habitación. ¿Lo recuerdas?
— ¡Desgraciado! ¿Tienes que echarme en cara mi debilidad?
—Si es debilidad, también soy débil, pues te anhelo.
—La carne es débil. Si eres esclavo de la tuya estoy dispuesta a utilizarla contra ti.
— ¿Me harías el amor con pasión aquí si te dejo irte ahora?
—Sí — ella respondió.
—Y yo te amaré con pasión si me prometes quedarte.
Ella se puso colorada hasta la raíz de los cabellos.
— ¡Maldito!
—Felicity, si vamos a pelear con estas armas acabaremos matándonos, ya que somos dignos
adversarios el uno para el otro. Así que nuestro amor…
— ¡No es amor!
— ¡Sí lo es! La infelicidad nos puede destruir. Tenemos que ser muy cuidadosos hasta que
encontremos la solución para tu problema con Dunsmore.
— ¿Por qué no aceptas que no hay ninguna? No quiero mi seguridad a cambio de la de Kieran.
—Entonces, tendré que encontrar una solución para el problema de él.
—No existe una…
—… a no ser la muerte de Dunsmore. Eso podría arreglarse.
Ella palideció.
—Eso no solucionaría nada a no ser que me case con Rupert primero. En caso contrario, a su
muerte, Kieran quedaría al cuidado de Michael, el primo de Kathleen.
—El pequeño sin duda estaría seguro.
—Claro, pero…
Volvían a su enfermiza obsesión por el niño.
—Felicity, tú tendrás tus propios hijos. Guarda la devoción para ellos.
Confundida, desvió la mirada.
— ¿Cómo puedo estar segura de que serán buenos para él? Los huérfanos, en una familia
extraña, muchas veces son descuidados. Además de dejar Irlanda para irse a vivir con extraños, él
es la única cosa que se interpone entre Michael Craig y Loughcarrick. Prométeme que no
ordenarás matar a Dunsmore.
Su desesperación le arrancó la promesa antes de que pudiera pensárselo. De lo que se
arrepintió en el mismo momento.
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—Además, no se lo pedirás a tus amigos para que le provoquen la muerte — suplicó
extendiendo las manos a Miles, que se las cogió.
—Felicity, ese hombre merece morir mil veces.
—Nadie merece la muerte.
—Tonterías.
—Prométeme, Miles, por favor, que no le pedirás a nadie que lo mate.
Por ser un hombre honrado, le hizo también esa promesa.
Hacía buen tiempo y la luna permitió que viajaran de noche. Nuevamente pararon en el camino
a petición de Felicity, esa vez, Miles no le hizo quitarse las zapatillas. Aunque, cuando pararon en
Derby para hacerse con otra cesta de alimentos, la ató y amordazó.
Durante la mayor parte del tiempo, Felicity durmió. Miles a pesar de su extremo cansancio no
se atrevió a hacerlo. Cuando finalmente llegaron a Vauxhall, el pabellón de caza del duque de
Belcraven en Melion, tuvo la sensación de haber alcanzado el cielo.
Hacía un hermoso día y el sol le molestaba en los ojos. Con ese excelente tiempo, sus amigos
estarían cazando. Pero Beth Arden debería encontrarse allí, eso esperaba. No sabía cómo iba a
controlar la rebeldía de Felicity sin ayuda.
Ella permanecía inmóvil mirando con atención.
Con voz inflexible, él preguntó:
— ¿Atada o suelta?
—Me estas engañando.
—Pues compruébalo.
Hennigan abrió la puerta y bajó la escalerilla. De la puerta de Vauxhall surgió el personal de
servicio para darles la bienvenida.
— ¿Entonces? — Miles insistió sin revelar su fatiga.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0088
Felicity miró a Miles. La inmensa casa, moderna y rodeada por jardines bien cuidados imponía
respeto. ¿Por qué amenazaba con encerrarla y amordazarla en su interior?
Él no exhibía señales de vacilación. ¡Admirable! un adversario a su altura. Si la cuestión no
fuese tan seria apreciaría la lucha.
Pero, desconfiada, pensó que era mejor descansar e inspeccionar el lugar antes de continuar la
pelea.
—No prometo nada, pero entraré en la casa tranquilamente.
La expresión de alivio de Miles le mostró que estaba inseguro en cuanto a su actitud, pero eso
no cambiaba nada. Había conseguido traerla aquí. Había ganado la primera batalla. Sin embargo
solo la mantendría en esa casa si hubiese un calabozo para encerrarla.
Con Gardeen en los brazos, Felicity bajó ayudada por un criado. Caminó hasta la entrada de la
casa estudiando el área. El camino pasaba cerca y la propiedad no tenía vallas. ¡Bien!
Una joven y bonita señora apareció en la puerta. Usaba un vestido de lana azul y chal de la
India.
—¡Miles! ¡Qué maravilla! Ya pensábamos que no vendrías jamás. Lucien está montando uno de
tu caballos hoy. Dice que le escribiste pidiéndoselo.
—Es verdad, o acabarían engordando y volviéndose perezosos. Beth, deja que te presente a la
Srta. Felicity Monahan, de Foy, en Meath. Ella tiene la desgracia de estar bajo mi tutela. Felicity,
esta es Beth, nuestra anfitriona.
—Buenos días Lady Arden. Lamento aparecer así de repente y sin ser invitada.
—No pienses en eso. Nuestros amigos van y vienen cuando quieren – afirmó Beth al entrar en
el claro vestíbulo, en cuyas paredes había grabados de caza y dos cuadros al óleo de magníficos
caballos.
—Es muy conveniente tener una casa tan próxima a la región de caza – comentó Felicity.
Lady Arden sonrió.
—Con certeza que Nicholas pensó eso cuando escogió a Lucien para organizarse. Nicholas es
el rey del grupo. Bien, no debes oírme cotillear, pareces exhausta. Voy a llevarte a tu habitación.
—Gracias.
En cuanto subieron las escaleras seguidas por Miles, este preguntó:
—¿Quién está aquí Beth?
—Solo Lucien, yo, Hal y Blanche. Stephen y Con estuvieron hasta ayer. Con fue a ver su
propiedad y Stephen a tratar un asunto político en Belvoir. Volverá mañana.
—Bien, puesto que tengo un problema.
Habían llegado al piso superior y Beth indagó:
—¿Un problema?
—Felicity.
Con sorpresa la marquesa los miró a ambos.
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—Ella no me parece problemática.
—¡Ah! ¡Es un diablo!
—¡Miles! — protestó Beth. Mortificada, Felicity lo miró.
—No adelantas nada al dirigirme esa mirada furiosa. Te negaste a darme tu palabra y, por lo
tanto, tuve que tomar otras medidas – se giró hacia Beth – está plenamente decidida a casarse
con el tipo más abyecto que ha aparecido en Inglaterra, y yo tengo el propósito de impedirlo. Ella
huirá si tiene suerte y yo necesito dormir. ¿Existe un lugar para dejarla dónde esté segura?
Beth los observó con atención. Felicity pensó en defenderse, sin embargo Miles había dicho la
verdad. Además, ella también necesitaba dormir.
—Tenemos las habitaciones cerradas con llave, si ponemos a un hombre vigilando la ventana,
estará segura.
—Gracias – dijo Miles aliviado.
—¿El hombre no encontrará eso extraño? – indagó Felicity mientras seguían por el corredor.
—Se les paga para no pensar mucho – respondió Beth.
La habitación era luminosa y bien decorada. Al ver la cama, Felicity casi se tiró en ella.
—Tu maleta será traída dentro de un instante y una criada vendrá a ayudarte. Mandaré
encender el fuego de la chimenea – avisó Beth.
—Mejor no – dijo Miles.
—¡Por Dios!, ¿quieres que muera de frío? Estamos en enero.
—Nada de fuego a no ser que prometa no incendiar la casa.
—¿Crees que estoy loca? – preguntó Felicity enfadada.
—Te considero capaz de cualquier cosa.
En cierta manera era un elogio. Nunca se le había ocurrido incendiar una casa para huir. Jamás
expondría a las personas a tal peligro.
—Te doy mi palabra. No usaré el fuego de ninguna manera en esta lucha – garantizó en tono
gélido.
—Eso es suficiente – declaró Miles y, después, se dirigió a Beth — Puedes fiarte de su palabra
pero no de su sonrisa.
—Miles, ¡eso es injusto! — protestó Felicity.
—Estoy demasiado cansado para ser justo. No te olvides del agradable viaje que tuvimos hace
poco tiempo y de lo que pasó cuando me descuidé sobre lo peligrosa que eres.
—Hago lo que debo.
—Enteramente.
Un criado llegó con su maleta y otro con un leño para el fuego. Poco después, dos criadas
entraron, una con ladrillos calientes para calentar la cama y la otra con el fin de ayudarla.
Miles abrió una puerta en una de las paredes. Daba a una habitación.
—¿Está desocupada Beth? – preguntó.
—Sí, pero no es la que usas habitualmente.
—No importa – dijo al cruzar la puerta y cerrarla con llave por el otro lado.
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5º de la Serie Bribones
Lady Arden se encogió de hombros y se dirigió a Felicity.
—Tengo la seguridad de que todo se resolverá. Tus ropas estarán heladas. Te voy a mandar
una camisola caliente – dijo, y también salió.
Felicity aún tenía a Gardeen en los brazos. Se sorprendía de que no hubiese seguido a Miles.
Sin embargo no le había demostrado la misma devoción que su encarnación anterior, o su
hermana muerta.
Se sacó la capa, la puso en una silla y acomodó en ella a la gata.
Gardeen pronto se durmió. Su deseo también era dormirse y olvidar su vida.
La criada la ayudó a desvestirse para que pudiese lavarse. El fuego ya calentaba la habitación,
pero Felicity temblaba con una mezcla de frío y cansancio. Deprisa se puso la camisola de Beth.
La criada pasó los ladrillos calientes por la cama antes de retirarse. Cuando Felicity se acostó
consiguió, como Gardeen, quedarse pronto dormida.
Miles se despertó al ser sacudido.
—¡Despierta Miles! Has dormido seis horas. Suficiente. – aún con sueño, vio las facciones
atractivas y el cabello rubio de Lucien Vaux mal iluminados por la llama de una vela.
—Estoy despierto. No me tires cera.
El marqués se apartó para encender otras velas y avivar el fuego.
—La cena va a ser servida dentro de una hora y necesitamos conversar mientras te vistes.
Miles vio que Lucien vestía ya ropa formal.
—¿Por qué es tan esencial mi presencia en la mesa? Necesito afeitarme y tomar un baño, pero
no creo que tenga tiempo.
—Supongo que Hennigan está tan cansado como tú. Voy a llamar a mi criado. – Cuando
solucionó esto dijo – La cuestión, Miles, es que esa posición de tutor tuya dejó a Beth inquieta.
Sabes lo que piensa sobre la opresión sobre las mujeres y considera que, a veces, incluso la
protección oprime.
—Puedo explicarlo todo, Luce. En cuanto me des un momento para poner mis ideas en orden.
En ese momento el criado de Lucien llegó y Miles prefirió no explicar la situación.
—¿Quién más está aquí?
—Hal y Blanche.
—Es lo que nos dijo Beth.
—Eso supone un problema.
—¿Para ti y para Beth?
—No, pero tal vez lo sea para ti.
—¿Por qué? Tu puedes provocar un escándalo en Melton por estar con la amante y la esposa
en la misma casa, pero eso a mí no me perturba.
—Ex –amante – afirmó Lucién – Reflexiona un poco. Como tutor puedes tener problemas
cuando tu joven pupila conozca en la mesa a la Paloma Blanca de Drury Lane.
—Dios del Cielo – gimió Miles.
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5º de la Serie Bribones
A pesar de ser una actriz famosa, Blanche Hardcastle era conocida por haber ascendido de la
pobreza. Había sido amante de Lucien y, recientemente lo era de Hal Beaumont, otro amigo.
A pesar de que el inicio de su carrera no había sido ejemplar, su código moral había pasado a
ser severo. Había sido fiel a Lucien como si fuese su esposa y también le era fiel a Hal. Sin
embargo su presencia allí creaba un problema.
—¡Maldición! ¡Necesito que Felicity se quede aquí unos días! No es porque quiera cazar, Luce.
—En ese caso tal vez sea mejor que Blanche y Hal se vayan.
El criado terminó de afeitarlo y Miles pudo mover la cabeza.
—No. Creo que Blanche nos podrá ayudar. – mientras el criado sacaba los restos de espuma
con una toalla caliente y preparaba el baño, Lucien cambió de asunto.
—¿Sabes que Leander se ha casado hace unas semanas? Imagina, con una viuda con dos hijos.
Estamos cayendo como fruta madura de los árboles.
Había una insinuación en el comentario y Miles cambió de conversación.
—Es un infierno ser tutor, Luce.
El criado terminó todo y salió. Entonces Miles pudo explicar toda la situación mientras tomaba
un baño y se vestía. No mencionó, sin embargo, que Felicity no era inocente y que ellos se habían
convertido en amantes.
No se enorgullecía del hecho de que no se repetiría, por lo menos mientras fuese su tutor.
—¡Qué problema! Por lo menos eso justifica tu manera de tratar a la chica. Ese Dunsmore no
es del tipo que recibiría la aprobación de Beth. ¿Crees que seguirá a Felicity hasta aquí? Lo que
me viene a la mente es pegarle un tiro – afirmó Lucien.
—Felicity se opone a ello de manera absoluta. Y yo, en un momento de locura le prometí que
no mataría al sujeto ni permitiría que alguien lo hiciese.
Mientras salían de la habitación Lucien comentó.
—Es una mala señal, Miles, cuando un hombre comete locuras por culpa de una mujer.
—Sucede que Felicity Monahan es muy hábil confundiendo las ideas de un hombre.
Al llegar a la sala de estar, Miles le preguntó a Beth si la puerta de Felicity continuaba cerrada.
Ella aprobaba las opiniones de Mary Wollstonecraft, autora de Los derechos de la Mujer. Sin duda
sus ideas estaban siendo probadas.
—Sí lo está. Pero no continuará así a menos que haya una buena explicación.
—Piensa en esto como en un recurso para impedir que alguien se mate por una causa perdida.
—Eso nos lleva a la pregunta sobre quién decide lo que es una causa perdida y si la persona
tiene derecho a sacrificarse o no – dijo Beth, pero no insistió.
Miles se apartó para saludar a Hal y Blanche, consciente de que la tregua sería temporal.
Hal era un hombre atractivo, alto, de anchos hombros como él y el marqués. La manga
izquierda colgaba pues había perdido un brazo en una acción de guerra.
Blanche era una bonita mujer de mirada viva y trazos hermosos. Había encanecido pronto y
ella había transformado esto en una distinción al no usar nunca colores. Como siempre llevaba un
vestido blanco. Llevaba el pelo recogido con peinetas con incrustaciones de perlas y una
gargantilla de brillantes rodeaba su cuello.
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Ella lo besó en la cara y dijo:
—Tienes buen aspecto, Miles. ¿Aun te incomoda el hombro dislocado?
—No, me recuperé hace semanas. De momento solo sufro los efectos de un pésimo viaje –
respondió él.
Ah, era tan bueno estar allí otra vez entre amigos. Sin Felicity en su vida, podría haber llegado
semanas atrás. Sin embargo no podía imaginar la vida sin ella y detestaba pensar en lo que le
habría pasado sin su intervención.
A pesar de las ropas formales, el ambiente de la comida era familiar. La conversación giraba
casi en exclusiva sobre la caza.
—Hemos montado tus garañones, Miles, como me pediste – contó Lucien – Hay muchos
compradores interesados en ellos. Argonaut, el último que ha llegado, me interesa mucho.
—Es tuyo por un precio justo.
Ambos asintieron con un gesto de cabeza aceptando la venta.
Después del postre, Beth mandó salir a los criados. Ya libres de interrupciones, Lucien sugirió:
—Ahora, Miles, explica el problema para que podamos encontrar una solución.
Preferentemente sin encerrar a la chica.
Una vez más Miles lo hizo, subrayando el hecho de que Felicity se dedicaba al hijo de su amiga
fallecida y parecía estar dispuesta a casarse con el padre canalla con el fin de protegerlo.
—Pero solo eres su tutor hasta el 20 de febrero. Tengo la impresión de que olvidas lo
inevitable. Tal vez una persona tenga derecho a sacrificarse si sabe lo que está haciendo –
argumentó Beth.
—Ella lo sabe, sin embargo se engaña al imaginar que podrá controlar a Dunsmore. Por el
momento deseo mantenerla aquí segura mientras buscamos una solución – explicó Miles.
—En mi opinión, el problema no es que ella quiera proteger al niño, sino en que lo desea como
hijo – argumentó Hal.
—Es verdad. A veces pasa tanto tiempo con el niño que parece olvidar de quien es hijo. Eso no
es saludable. Pero creo que se recuperará cuando él esté feliz en el seno de una buena familia.
—Lo que no sucederá mientras viva el padre – afirmó Lucien.
—Miles, ya has pensado… — empezó Blanche, pero tan pálida que todos la miraron
preocupados.
Lentamente ella dobló la servilleta y la puso en la mesa.
—Dejen que les cuente una historia. Había una chiquilla llamada Maggie Duggins. El padre era
carnicero y, como bebía mucho, no había dinero para cuidar a sus siete hijos. La madre había
muerto cuando Maggie contaba cinco años, por lo tanto tampoco había afecto por ese lado. Ella
no era mala, pero si muy inquieta. Vivía buscando afecto y atención y, claro, cuando creció,
encontró hombres que le daban ambas cosas a cambio de tomarse libertades. – Hal cogió su
mano. Ella la apretó antes de proseguir – Acabó embarazada. No sabía cuál de los muchos
hombres sería el padre, pero no ignoraba que ninguno de ellos la ayudaría. Sabía también que
cuando empezase a mostrar su estado, el padre la expulsaría de casa. Huyó y una amiga la acogió
en su casa, donde se quedó hasta el nacimiento del bebé. Era una niña y muy bonita – la voz de
Blanche falló, sin embargo continuó – todo lo que quería era quedarse con la niña, pero sabía que
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no podía criarla. Cuando la amiga encontró una buena familia dispuesta a adoptar el bebé, ella lo
entregó. Al separarse de la hija juró que haría aquel sacrificio como incentivo para construir una
nueva vida. –Blanche miró a Miles – vacilo en sugerir que tu protegida… pero… — Miles estaba
casi tan pálido como ella.
—¡Dios misericordioso! — exclamó al levantarse y salir de la sala.
Preocupada Beth preguntó:
—¿Está enfadado con Felicity?
—No. Creo que consigo mismo. Si eso fuese verdad, será un problema bastante difícil –
declaró Lucien.
Miles se paró en la puerta de la habitación de Felicity. ¿Cómo no lo había adivinado? Ella le
había contado que Dunsmore había sido su amante. Culpa de su cabeza dura, se recriminó.
Y, este hecho, dificultaba la solución del problema. Felicity no se contentaría con sacar a Kieran
de las manos de Dunsmore. Ella quería a su hijo de vuelta. Suyo, entera y legalmente.
Y como la amaba, tendría que conseguirlo.
Abrió la puerta.
La habitación estaba en penumbra y caliente. Incluso así, puso un leño en el fuego, teniendo
cuidado de no pisar a Gardeen. Le habían llevado comida y un cuenco con leche.
Se giró hacia la cama en la que dormía Felicity. Lo había esperado, pero necesitaba quedarse a
su lado.
Con las facciones relajadas, ella parecía muy joven e inocente. Era una reina guerrera y luchaba
por su causa con todas sus fuerzas.
Con delicadeza apartó los cabellos de su frente y murmuró.
—Querría que hubieses tenido el valor para contármelo, pero también que yo hubiese sido
capaz de ver la verdad. Pobre, debías ser una niña cuando diste a luz a tu hijo. Nosotros lo
mantendremos seguro. Será el inicio de nuestra familia. No sé cómo, pero lo conseguiremos.
Miles puso una silla cerca de la cama, se sentó y, en una especie de vigilia, esperó a que su
amada se despertase.
Un reloj acababa de dar una hora cuando Felicity abrió los ojos. Miles sonrió y sirvió un vaso de
agua de una jarra de la mesa de noche.
—¡Por Dios! ¿Eres mi guardián día y noche a pesar de la puerta cerrada con llave y del vigilante
de la ventana?
—No, no lo soy. ¿Quieres agua?
Con la frente fruncida, se sentó y la bebió.
—¿Han traído comida también? – preguntó.
—Beth trajo una bandeja antes de acostarse – dijo él al colocarla en la cama a su lado.
Felicity levantó la servilleta y cogió un pedazo de pan y una loncha de jamón.
—¿No crees que es raro que te quedes en mi habitación?
—Beth está acostumbrada a actitudes extrañas. Necesitamos hablar, Felicity, pero después de
que comas.
Ella lo miró desconfiada y, después alarmada.
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—¿Le ha pasado algo a Kieran?
—Nada, lo juro.
Ella se calmó y volvió a desconfiar.
—¿De qué se trata entonces?
Como no sabía que decir, Miles fue franco
—¿Kieran es tu hijo? – Felicity abrió mucho los ojos.
—¿Quién te ha contado eso? ¿Está aquí Rupert?
—No, claro. Lo ha adivinado Blanche. Algo semejante le pasó a ella cuando era joven.
Él notó su esfuerzo para aparentar calma.
—Eso no cambia nada.
—Sí que lo cambia. Ahora lo entiendo mejor.
—Bien por tu parte. ¿Vas a dejarme ahora irme mañana para casarme con Rupert?
—¡Absolutamente no!
—En ese caso no cambia nada. Lo empeora todo, puesto que vas a vigilarme aún más. Por eso
no te conté nada.
—Felicity, no somos enemigos. Tenemos que unirnos para solucionar el problema.
—¿Una solución que me deje como madre de Kieran? ¿Cómo será eso posible si no me caso
con Rupert?
—Yo te amo. Ten eso en consideración.
—No puedo. Primero está Kieran.
Beth había traído también una jarra de vino. Miles sirvió dos copas y pasó una a la irritante
criatura.
—Por lo menos cuéntame la historia entera – le pidió.
Recostada en las almohadas, Felicity probó unos tragos de vino.
—Yo era joven y loca. Aunque ahora no me guste, admito que entonces pensaba que estaba
enamorada del malandrín.
—¿Cuántos años tenías? ¿Quince?
—Cierto, pero debería haber sido más lista.
—Como nadie me había explicado nada sobre la cuestión física entre un hombre y una mujer, lo
creí cuando Rupert me dijo que no podía quedarme embarazada. Según él, las mujeres solo eran
fértiles durante el ciclo. Bien, yo sabía que eso era verdad con las yeguas.
Miles consiguió reprimir la risa, pero no la voluntad de llegar más cerca. Se sentó en la cama a
su lado.
—Es razonable creerlo.
—No. Con un poco de reflexión me habría dado cuenta de que, aunque siempre hubiese bebés
en Foy, ninguna de las mujeres se comportaba como las yeguas. No corrían con los ojos muy
abiertos tras los hombres.
Miles le pasó un brazo por la cintura.
—En la adolescencia siempre buscamos explicaciones para todo lo que es confuso a nuestro
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alrededor. A falta de una buena orientación pueden darse conclusiones erróneas. Bien, ¿Qué
pasó cuando descubriste que estabas embarazada?
—Me llevó un tiempo darme cuenta. Mis reglas se habían parado, pero no lo noté. Fue Rupert
quien comentó el aumento de mi barriga. Ah, se mostró horrorizado y arrepentido. ¡Que se pudra
entero y deprisa!
—¿Fue idea suya que le dieses el bebé a su esposa?
—Claro. Mucho después me di cuenta de que todo fue planeado. Es muy deprimente para una
persona comprobar que fue utilizada con tanta facilidad – dijo ella y tomó el resto del vino.
—¿Cómo lo arreglasteis? No podías dar a luz en Foy. Ah, ¡tu viaje a Inglaterra! Annie me contó
que te marchaste de Foy a causa de tu enamoramiento de Dunsmore. ¿Sabe ella la verdad?
—No lo sé. Annie nunca me ha dicho nada. Pero tiene el hábito de ignorar lo que no quiere
ver.
Miles le sirvió más vino.
—¿Dónde te quedaste?
—Encerrada en una casa cerca de Cheltenhan dónde Kathleen se quedó para cuidar su
embarazo peligroso. Las aguas de allí tuvieron un efecto maravilloso.
—Debe de haber sido un periodo difícil.
—Y también triste. La Srta. Herries me hacía compañía y, finalmente fui una alumna aplicada.
No conseguí mejorar mucho mi caligrafía, pero me hizo leer buenos libros.
—¿Quién más estaba contigo?
—El granjero, su mujer, el hijo y la familia de este. Los Bitten eran muy callados. Tal vez habían
sido escogidos por eso. También porque la nuera era partera.
—¿Qué pasó cuando nació Kieran? – Felicity cerró los ojos por un instante.
—Era un bonito día de mayo, incluso propicio para que una “embarazada pesada” como
Kathleen pasease en carruaje. En medio del paseo llegó su hora y la llevaron a la única granja a la
vista. ¡Por suerte allí había una partera!
—Ella volvió a Cheltenhan para recuperarse. ¿Llegaste a coger al bebé?
—No me lo permitieron. Después me drogaron y, cuando desperté, todo había acabado y él se
había ido.
Sin saber que decir, Miles acercó su cabeza a la de ella.
—Entonces me subió la leche. Durante días, a pesar de las fajas, manaba. Me parecía tanto
desperdicio… pero él tuvo una excelente ama de cría. Kathleen siempre le dio los mejores
cuidados.
—¿Cuándo lo viste?
—Semanas después. Después de recuperarme, la Srta. Herries me llevó a Gloucester. Fuimos a
algunos conciertos y compré ropas para mostrar cuando volviese a Foy. Cuando llegué, todos
hablaban sobre el “milagro” de Kathleen. Como Rupert estaba en Londres con los bolsillos llenos,
fui a Loughcarrick con la esperanza de ver al bebé. – Felicity se había relajado entre sus brazos y
parecía perdida en el pasado. Con voz suave continuó – Estaban en el césped del jardín, Kathleen,
la ama de cría, la niñera y Kieran acostado en una manta. Tenía seis semanas. No puedo decir que
lo reconocí como a la criaturita que salió de mi cuerpo y vi de refilón. Kathleen, a pesar de tener
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una cierta cautela, permitió que lo cogiese. Fue así como lo conocí.
—¿No fue muy difícil dejar que otra mujer hiciese de madre.
—Yo ya había aprendido a vivir con la pena de perderlo. Y Kathleen, cuando tuvo la certeza de
que no daría problemas, pasó a tratarme como si fuese la mayor benefactora en la faz de la tierra.
Era bien recibida por allí, sin embargo, solo cuando Rupert estaba fuera. Fue así hasta que ella
murió. El resto ya lo sabes.
—Dunsmore descubrió que eras la heredera de una fortuna y resolvió usar a tu hijo para
forzarte a casarte con él, ¿no es cierto? Sería muy fácil arreglar su muerte.
—Eso no me daría a Kieran.
—Tal vez debemos robarlo.
—¿Y huir a América? Eres un soñador. Recuerda que eres el heredero de Kilgoran.
—Nunca me olvido. ¿Crees que valoro más eso que a ti?
—Deberías. No puedes huir de eso como yo no puedo hacerlo de mi hijo.
Miles la estrechó más entre sus brazos.
—Esto está empezando a parecer una trágica leyenda irlandesa.
—Deja que me vaya con Dunsmore. Será el fin del problema.
—Solo sería el comienzo, lo sabes. Prometo que no lo mataré. ¿Me harás la misma promesa?
Felicity se tensó.
—No puedo. Para proteger a mi hijo haré cualquier cosa – Tal declaración lo dejó aterrorizado.
—En ese caso, tenemos que encontrar una solución – insistió él.
De repente la gatita negra saltó a la cama y empezó a andar por la colcha, agarrando el tejido
con las garras.
—Cuidado Gardeen – dijo Felicity al cogerla en brazos.
—Debe de estar avisándome de que debo irme ahora. La única vez que dormí en tu cama no
salió muy bien. Dejarte ahora es un sacrificio amargo, pero estoy determinado a ser un buen tutor
de aquí en adelante – le dijo al levantarse.
—¿Tan bueno como firme?
—Sin duda – afirmó Miles, seguro de que ella entendía su propósito de abstinencia amorosa.
—Entonces estamos destinados a pelearnos. No me quedaré aquí para tu bienestar. Pretendo
huir.
—No arreglarías nada, Felicity. ¿A dónde irías? En caso de que nos esté siguiendo, Dunsmore
puede encontrarse en cualquier lugar entre aquí e Irlanda.
—¿Y si no me siguiese a mí y sí a Kieran y lo robase?
—Imposible. El castillo de Kilgoran es enorme, tiene un batallón de criados y está controlado
con rigidez. Nadie puede entrar allí a escondidas. Y mi madre prometió mandar pronto noticias.
La carta tiene que llegar en pocos días. ¿Por qué no declaras una tregua hasta que Dunsmore te
busque aquí?
—Las treguas no nos ayudarán más que las peleas.
—Esta ayudará, tengo la seguridad.
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—¿Cómo me va a encontrar Rupert si estoy prisionera?
—Si me das tu palabra, no será así. Cuando recibas un mensaje sabremos dónde está él y
cuáles son sus planes. ¿Por qué no relajarnos hasta entonces?
Felicity lo miró, revelando que aún no confiaba en él. No la culpaba y sí a las personas que la
habían maltratado y desatendido.
—¿Tus amigos lo saben todo? – pregunto ella.
—Les conté una parte y Blanche adivinó el resto.
—¿Ellos me condenaron?
—¡Por Dios, no! También son parte de la sociedad contra la opresión y la crueldad. ¿No ha
tenido Blanche una experiencia semejante? Además ella es actriz y fue amante de Lucien. Ahora
lo es de otro miembro de nuestra sociedad, Hal Beaumont. ¿Tú los condenas?
Espantada, ella sonrió.
—Veo que no necesito preocuparme más de mi reputación estando por aquí.
—La aristocracia tiene sus propias reglas. Sin embargo, hasta el 20 de febrero seremos el tutor
severo y la pupila inquieta. — dijo Miles al sacar la bandeja de la cama y arreglar la ropa de la
cama.
—Eso no está muy lejos de la verdad. Pero, ¿por qué si a tus amigos no les importa?
—En parte para mantener mi cordura. También para que Dunsmore, cuando aparezca por aquí
vea lo que imagina, a ti confinada contra tu voluntad.
—¡Es la verdad!
—No tanto como él piensa. Siempre ha sido útil darle al enemigo informaciones falsas. ¿Serás
capaz de eso? Ya has probado hace un tiempo ser una buena actriz, mi encantadora Joy.
—Tal vez hasta me guste. ¿Voy a poder besar a los caballerizos y tener accesos de rabia?
—Solo si pretendes que te de unos azotes.
Felicity le mostró la lengua y él salió de la habitación. Sin embargo no cerró la puerta con llave.
Aún exhausta, Felicity volvió a dormir y solo de despertó cuando una criada abrió las cortinas
de la habitación.
—Buenos días señorita. Soy Harriet y he recibido la orden de despertarla puesto que los
hombres van a salir pronto.
Felicity se sentó y se frotó los ojos.
—¿Debo saludarles y desearles buena suerte?
—Bien, Lady Arden y la Sra. Hardcastle generalmente lo hacen. Se trata del refrigerio matinal.
Si prefiere comer allí abajo tiene que ir pronto. O puedo traerle la bandeja aquí.
—Lo que ahora quiero es un baño.
—Voy a preparárselo señorita. ¿Quiere su refrigerio antes o después?
—Antes, una taza de chocolate. Después algo más sustancioso.
En cuanto la criada salió, Felicity se levantó. La noche anterior le vino a la mente como un
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sueño. Casi deseaba que lo hubiese sido, puesto que había perdido su último secreto y no sabía
cuál sería el resultado.
Era bueno que surgiese la verdad entre ella y Miles, y la delicadeza de él le contraía el corazón.
Sin embargo temía complicaciones.
Miles tenía razón en cuanto a la locura de huir de aquí ahora. Como él había dicho, Rupert la
encontraría. Entonces huiría con él, pues ni los amigos encontrarían una solución mejor.
Al ver a la gata, se bajó para cogerla. Cuencos vacíos y una caja con arena mostraban que
alguien había cuidado de ella.
—Gardeen, ¿Estás satisfecha con nuestra situación? ¿Significa esto algo?
Felicity la llevó hasta la ventana. Por la posición del sol calculó que estaban a media mañana de
un día claro.
La criada volvió trayendo una bandeja con una taza de porcelana y chocolate en un cuenco de
plata. Pronto se fue a preparar el baño en el vestidor.
Felicity se sentó en el borde de la ventana para tomar el chocolate. Lo saboreó sin permitir que
los temores sobre el futuro la invadiesen. Sin embargo el presente no debía ser ignorado.
Durante la última tregua entre ella y Miles, el deseo de ambos había triunfado sobre el buen
sentido. Él había dicho que, de aquí en adelante, sería un tutor bueno y firme. ¿Lo conseguiría? ¿Y
qué pasaba con ella?
La noche anterior había sido casi irresistible no besarlo, y estaba segura de que lo mismo le
había pasado a él. Sin embargo ambos sabían que no se contentarían solo con besos. Solo de
pensarlo el deseo se manifestaba.
Pero aumentar el riesgo de concebir al hijo de Miles sería una insensatez.
Por otro lado, ¿no era el amor siempre insensato? Y con la tentación aquí al lado…
Harriet interrumpió esa locura para avisar que el baño estaba preparado y Felicity fue a
tomarlo, decidida a salir de él, solamente, cuando los hombres hubiesen salido.
Habilidosa, Harriet transformó a Felicity en una joven elegante. Las ropas en su maleta habían
sido escogidas para la fuga por el camino de Clonnagh, por eso, había varios vestidos de invierno y
dos menos prácticos para la noche. Su traje de montar también estaba en ella, así como un par de
botas prestadas por lady Aideen.
Se acordó de otro par. Por Dios, ella y Miles eran peligrosos. ¿Cuántas mujeres habrían
planeado aquella fuga? ¿Y cuántos hombres tendrían el valor de raptar a su enamorada, incluso
siendo, supuestamente, para su bien? Esto podría acabar en tragedia.
No obstante, ella necesitaba ser firme. Su misión era cuidar del hijo inocente y vulnerable.
Miles, un hombre adulto, podría defenderse.
Poniéndose un vestido de lana suave, marrón claro sobre una enagua de franela y un chal,
Felicity se aventuró a salir de la habitación para evaluar la situación. Curiosa, la gata la siguió.
—Esta parece ser otra casa bien administrada, Gardeen. No encontrarás ratones por aquí.
Mientras bajaba la escalera, concluyó que la residencia solo podía ser de un duque, incluso
siendo un pabellón de caza. La decoración era de buen gusto y alta calidad. En el vestíbulo estaba
un lacayo con librea con el propósito de abrir y cerrar la puerta o dar información.
Al ser preguntado, le informó que lady Arden estaba en su salita y la llevó allí.
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Felicity se concentró en evaluar a su anfitriona. Sus impresiones de la víspera eran vagas.
¿Sería amiga o enemiga? El hecho de haberle llevado comida implicaba complicidad y simpatía.
A pesar de ser una aristócrata, Lady Arden parecía una mujer normal. Era bonita, con facciones
clásicas, y peinaba los cabellos castaños con simplicidad. La única señal de vanidad era el anillo de
bodas. Los ojos ceniza azulados revelaban sagacidad, señal de que no sería engañada fácilmente.
Sonriendo, lady Arden puso el libro a un lado y se levantó.
—Buenos días Felicity. ¿No te importa que te llame por tu nombre, verdad? No actuamos con
formalidad en Vauxhall. Tienes que llamarme Beth. Y esta es Blanche, Sra. Hardcastle. Es una de
las principales actrices en Drury Lane.
Felicity miró a la mujer de belleza etérea cuyo vestido blanco y cabellos plateados recordaban
tierras legendarias. Los únicos colores en ella eran el rosado de los labios y el azul de los ojos.
Ella sonrió pero no se levantó.
—Disculpa Felicity, pero las plumas se esparcirán si me levanto.
Tenía una toalla en el regazo llena de plumas y hacía algo con ellas.
—Aunque este trabajo me canse, estoy decidida a terminarlo – explicó Blanche.
—¿Qué estás haciendo? – quiso saber Felicity.
—Un adorno para mi pelo. No me preguntes por qué. Tal vez para distraerme en el campo.
Sabes, nací y fui criada en la ciudad; tengo mis raíces allí. Siéntate a mi lado y háblame de Irlanda –
pidió mientras enrollaba la toalla con las plumas dentro.
Después de algún tiempo, Felicity percibió que había hablado mucho de su país, estimulada por
dos excelentes oyentes.
—No deberíais haberme dejado hablar tanto.
—Bien, estamos fascinadas. Ninguna de las dos ha estado en Irlanda y tú das la impresión que
es una tierra encantada – dijo Beth.
—Hasta cierto punto, todo esto no pasa de ser tonterías. Tara no está lejos de Foy y, según la
leyenda fue el sitio del antiguo palacio del rey. Allí tenemos la sensación de volver al pasado.
—Lo mismo aquí. Si las personas confían en nosotros, hablan sobre leyendas y costumbres
antiguas. Me gusta. Antes de casarme fui profesora y soy muy curiosa — comentó Beth.
Cuando fueron a comer, Felicity se dio cuenta de que nunca le había gustado tanto conversar.
El abuelo y Annie hablaban poco y en las fiestas había más actividades que conversaciones.
Después del desayuno, Beth sugirió un paseo a pie. Felicity llevó a Gardeen a la habitación y
cogió la capa.
Allí afuera, se admiró del paso rápido de su anfitriona. Habían subido a la cima de una
elevación desde donde apreciaron buena parte de la región.
—Algunas veces hacemos cacerías allí. Pero como la de hoy está medio apartada, es difícil que
pasen por aquí. – dijo Beth – Bien, Felicity, es hora de hacer planes.
—¿Planes?
—No puedes ceder a la tiranía masculina. Necesitas luchar.
—¿Te estás refiriendo a Miles o a Rupert? – Beth se mostró confusa y Blanche rio.
—En el fondo todos los hombres son tiranos. No te asustes. Tanto Beth como yo creemos en
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los derechos de la mujer. Apoyaremos incluso tu derecho a sacrificarte si fuese necesario. Pero
sería mejor encontrar una manera de frustrar a tu opresor.
—Bien, si lo sabéis todo, no ignorareis que Kieran es hijo mío. ¿Miles os contó que Rupert es
capaz de grandes crueldades? Es verdad. Transformará la vida del niño en un infierno en caso de
que se sienta frustrado. Será incluso capaz de matarlo si consigue hacerlo sin que le cojan.
—¿No estás de acuerdo con el asesinato? – preguntó Beth.
—¿También tu? ¡Por Dios que sois sanguinarios! No es fácil matar. He intentado dispararle a
Rupert pero no conseguí apretar el gatillo.
—Eso es algo en lo que los hombres son útiles. Tal vez, por designio de la naturaleza son más
aptos para usar la violencia que nosotras –dijo Beth.
—Habla por ti – protestó Blanche – maté a un hombre no hace mucho tiempo. Por sus
acciones, mi víctima había perdido el derecho a vivir, pero dudo que hubiese actuado si él no
hubiese amenazado la vida de inocentes. Creo que tú, Beth, también lo habrías matado. Las
mujeres tienen fuerza de sobra cuando lo necesitan.
Felicity las miró a las dos.
—¡Tengo la sensación de estar delante de las Furias mitológicas! Sea como fuere, no me
arrepiento de no haberle disparado a Rupert, porque su muerte no me daría derecho a mi hijo.
—¿Y si él fuese a una buena familia? – preguntó Beth.
—Antes creía que bastaría saber que Kieran estaba con una buena familia. Ahora quiero más.
—En ese caso, no quieres ser juzgada por el asesinato de su padre, ¿verdad?
—¡Claro que no!
Mientras bajaban la cuesta, Beth sugirió.
—Vamos a definir nuestros propósitos. Tú quieres criar a Kieran. ¿No deseas ser reconocida
como su madre?
—Además del escándalo, eso le haría perder la herencia.
—Una a la que no tiene derecho, no te olvides – la alertó Beth.
—Los bienes eran de Kathleen y ella quería dejárselos a Kieran. Además, a ella no le gustaba su
primo.
—Entonces, ¿criar al niño te bastaría?
—Plenamente.
—¿Y también quieres a Miles?
Felicity enrojeció y permaneció en silencio.
—Vamos— insistió Beth – no está bien callar, y él te ama. ¿Tú lo amas?
—Sí. Pero no dejaré que eso entorpezca mis propósitos.
—No olvidaremos eso. Entonces ¿no te importa casarte con el Sr. Dunsmore por un corto
periodo y después enviudar y casarte con Miles?
—Ese es mi plan, sin embargo, si Rupert se comporta bien, será una verdadera boda. Tengo
ciertos escrúpulos, ¿sabéis?
—Eso no le agradará a Miles.
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—¡Pues que se vaya al infierno! — Beth le dirigió una mirada severa.
—¡No creo que él merezca eso!
—Si Miles no hubiese interferido, estaría todo resuelto.
—Quieres decir que ya estarías casada con Dunsmore, sujeta a sus crueldades, a sus invasiones
nocturnas en tu cuerpo…
Blanche interrumpió la confrontación.
—Felicity, tengo que decirte que cuando un hombre muere de manera extraña, la esposa es la
primera sospechosa. Ella tiene que convencer al mundo de su devoción para escapar de la
acusación. Los acontecimientos recientes sembrarán dudas en cuanto a tu devoción por el Sr.
Dunsmore.
—Exactamente ¡Y por culpa de Miles! Puedo soportar las caricias de Miles, incluso me
gustaban tiempo atrás. Mis vecinos saben que estuve loca por él y no se extrañarán de mi boda,
solo me llamarán loca.
—Lo que está hecho no tiene remedio y solo nos resta planear el futuro. Las muertes por
accidente son difíciles de amañar – afirmó Beth.
—Por Dios, ¡Hablas como si estuvieses planeando una comida!
Beth frunció el ceño y continuó:
—La caída de un peñasco por ejemplo. O que se ahogue. ¿El Sr. Dunsmore sabe nadar?
—No tengo ni idea.
—Si tienes la oportunidad descúbrelo. Ahora nuestro mayor problema es conseguir el control
legal de Kieran. No será fácil. El mayor oponente será el primo, Michael y no Dunsmore. Él estará
ansioso por quedarse con el niño a causa de la herencia.
—Eso sin mencionar a su esposa y sus cuatro hijos – refunfuñó Felicity.
—Tal vez sea posible persuadirlo de pasarse a nuestro lado. ¿Es ambicioso?
—No lo sé. Si no me equivoco es un negociante.
—¡Excelente! Es posible que podamos comprarlo – Blanche se rio.
—Sabes Beth, para una persona de principios igualitarios, estás empezando a hablar como
Lucien.
—¿Si? – exclamó Beth con sorpresa – Creo que sí, y pido disculpas al Sr. Michael por dudar de
su honor porque tiene negocios. Es posible que ponga los intereses del primo por encima de
cualquier mercancía.
—Lo dudo – dijo Blanche.
Felicity las llevó de vuelta al punto principal.
—Tal vez podamos sobornar a Michael para que no exija sus derechos sobre Kieran. Pero aún
no tenemos solución para Rupert.
—Esta noche tendremos consejo de guerra – dijo Beth sonriendo hacia Felicity — Has
conquistado a los miembros de esta sociedad contra la opresión y la crueldad. Y, por lo que he
entendido, el tío de Miles, el conde de Kilgoran, goza de gran prestigio en Irlanda.
—Y su madre es una Fitzgerald.
—Entonces debe de haber una manera de bordear la ley. Stephen Bali sabrá decírnosla.
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Llegará esta noche. Entiende de leyes y es miembro del Parlamento. Pero tenemos que tener
cuidado de no mencionar crímenes ante él. A Stephen no le gusta tener problemas de conciencia.
El resto de la tarde Blanche volvió a trabajar con las plumas, Beth a leer y Felicity encontró el
piano y tocó un tiempo, con Gardeen a su lado.
En cierto momento, Blanche apareció y sugirió un dueto. La voz desentrenada de Felicity no
estaba a la altura de la profesional de la actriz, pero ambas apreciaban el canto.
Entonces apareció Beth y dijo con una sonrisa:
—Bien, bien, Felicity, por lo que me han dicho, estás en estado de rebelión. La música no
combina con eso.
—No tengo contra quien rebelarme aquí.
—Puedo corregir eso – afirmó Beth dándole un libro – Ve a la biblioteca, niña, y lee.
Felicity cogió el fino volumen y dijo:
—Si es Sófocles, incluso traducido, será griego para mí.
—Fue escrito en inglés y tiene menos de treinta años. Es de Mary Wollstonecraft y se titula “En
defensa de los derechos de la mujer”. Cuando lo hayas leído podemos discutirlo.
—¿Ya te he mencionado que fui una pésima estudiante?
—¿Ya he mencionado que fui una excelente profesora? – fingiendo desdén, Felicity cogió el
libro y se fue a la biblioteca.
En cuanto empezó a leer se interesó. La argumentación era excelente casi siempre, pero, a
veces, ella no estaba de acuerdo con la autora. Marcó las páginas de interés anticipando la
discusión.
Se paró cuando oyó voces y vio que los hombres habían vuelto. Fue al vestíbulo y se encontró
con cuatro caballeros despeinados, sucios y sonrientes.
Por un instante observó a los tres que no conocía. Dos eran altos, con físicos magníficos. Uno
tenía los cabellos oscuros y otro rubio claros. El tercero, de un rubio oscuro, era más bajo y menos
fuerte, pero algo en su delgado rostro sugería inteligencia intimidadora.
Apostaba que era Stephen Bali, miembro del Parlamento y entendido en leyes.
Entonces Miles la vio. Él casi sonrió, pero se controló.
—¿Se ha comportado bien Felicity? — dijo representando su papel.
—¿Qué elección tengo, presa en este lugar del fin del mundo? – preguntó ella con insolencia y
mirando a los demás — ¿Y quiénes son tus simpáticos amigos querido tutor?
—El rubio claro es el marqués de Arden, tu anfitrión; el de cabello oscuro es el mayor Hal
Beaumont, héroe de guerra y el más bajo es uno de nuestros legisladores. Sin embargo, aunque
estén sonriendo, es bueno que sepas que tienen los dientes afilados. Por lo tanto no juegues con
ellos.
Felicity observó al grupo.
—Si insistes en mantenerme aquí aburrida, mi severo tutor, acepta las consecuencias – asumió
el papel de Joy, la frívola, y se aproximó al marqués – Lord Arden, tengo la seguridad de que tiene
algo más aquí para aliviar mi tedio – dijo al tocarlo en el pecho y mirar sus ojos azules.
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—Si no lo tuviese, Srta. Monahan, me quedaría muy triste. ¿Qué es lo que más la entretiene?
—Muchas cosas señor, pero especialmente cabalgar. He oído contar que el señor posee un
amplio equipamiento pare eso.
—¡Magnífico! — él cogió su mano y la besó de forma irreverente. Con una voz suave murmuró
– En cualquier momento, si es buena chica, tal vez la deje explorar mi establo.
Alguien bufó y la risa de Felicity le dio la razón a Miles. Ella no conseguiría controlar a esos
hombres, sin embargo no iba a abandonar la arena. Y había escogido al marqués como diana
porque su esposa estaba allí, lo que lo hacía seguro.
—Ah, pero tengo mucha experiencia en los establos mi señor. ¿Está insinuando que el suyo es
mejor que los que he visto?
—Eso depende de si ya vio los de Miles. El suyo tiene mayor tamaño y su experiencia y pericia
supera a las mías.
Ella no contuvo una exclamación. Alguien le cogía el brazo.
—Te avisé que no jugases con ellos – dijo Miles echando humo.
—¡Jugaré con quien quiera!— afirmó al soltarse aunque se sintiese bien por su intervención.
—¡De ninguna manera!
—E iré a dónde y cuando quiera. Además, como ya me he alimentado y he descansado, creo
que me voy ahora.
—¡Por todos los diablos, no! — seguido por todos, él la llevó de vuelta a la biblioteca — ¿Qué
hacías aquí? ¿Planear maldades?
—Bien, que sepas… ¿Qué diablos estás haciendo?
Él la había sentado en una silla de roble que exigía dos hombres para levantarla.
—Manteniéndote fuera de peligro mientras tomo un baño. Lucien, busca algo para amarrarla.
Felicity hervía de rabia.
—¡No se atrevan! ¡Los llevaré a la justicia! ¡Los acusaré de prisión ilegal!
El marqués se sacó la corbata y la cortó en tiras con el cuchillo y Miles amaró sus muñecas a los
brazos de la silla.
—Bien, estás prisionera. No es una ilegalidad puesto que soy tu tutor.
—Eso no te da derecho a ser mi carcelero.
—Me lo da cuando amenazas con huir, así como intentas seducir al marido de tu anfitriona.
—¿Tienes celos Miles? ¿A quién preferirías que sedujese?
Stephen Bali se interpuso entre ambos.
—Si quieres seducir, querida, inténtalo conmigo. Soy el único aquí sin compromisos.
—Prométame ayudarme a librarme de él, Sir Stephen, e iré a su habitación esta noche.
—Ah no. Nada de condiciones. No me gusta el sexo como mercancía.
En ese instante, Gardeen saltó al regazo de Felicty y Beth se aproximó para desatar los nudos.
—¡Basta de esta locura! No tienes intención de huir esta noche, ¿no es cierto Felicity?
—¿Cómo que no?
—Solo si hubieses enloquecido. Está oscureciendo, no tienes dinero y, si no me das tu palabra
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te dejaré prisionera.
A pesar de dirigirle una mirada furiosa, Felicity aceptó:
—Está bien. Y quiero decirte que no tenía intención de seducir a tu marido, lady Arden.
—Bien, o yo misma te hubiese atado. Quiero decir, si hubiese la más mínima posibilidad de que
tuvieses éxito. Blanche tiene interés en Hal y sabe defenderlo. Por lo tanto, si te quieres divertir
con amoríos, limítate a Stephen o a Miles.
—Pero uno no se vende y el otro tiene que protegerme de esas diversiones – dijo Felicity y se
giró hacia Miles — ¿Puedes distraerme querido tutor?
—Bien, aprende a pintar o algo parecido. Voy a subir a tomar un baño y te sugiero que también
tú te prepares para la cena.
Al ver que el grupo se dispersaba, Felicity obedeció, aun sorprendida con su representación.
Había encontrado fácil el papel de rebelde y el de seductora ya lo había hecho como Joy.
Ella era el tipo de mujer que podía imitar, tanto en terquedad como en maldad en una situación
adecuada.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0099
Durante la animada comida, Felicity asumió su papel, irritando a Miles con frecuencia. El
marqués planteó un problema.
—Invité a unos amigos a una fiesta aquí el domingo. Pero la presencia de Felicity será un tanto
embarazosa.
— ¿Por qué? No intentamos mantenerla escondida — dijo Miles.
—Yo estaba pensando en su reputación.
—Felicity representa tan bien a una joven audaz oprimida que nadie pensará que está aquí por
voluntad propia.
— ¡No, es interpretación, Miles! Solo soy atrevida en relación a los hombres que quieren
controlar mis pensamientos y mis acciones — rebatió ella.
—Si recibimos invitados, tendremos que buscar personal de servicio extra y no podemos
confiar en su discreción — dijo Beth.
—Es verdad, querida. Una inoportuna necesidad. Pero la mayoría de ellos trabajará fuera de la
casa — recordó Lucien.
Felicity reconoció que si ellos quisieran que su condición de prisionera rebelde fuese conocida
en la región, la recepción sería el mejor método. Y casi se echó a reír de esa conversación de doble
sentido. Consideró salir a pasear al aire libre para mostrar su insatisfacción. Para asegurarse, les
avisó:
— ¡Si piensan que pueden mantenerme encerrada aquí dentro, están muy equivocados!
—Tal vez te dejemos dar unas vueltas por el jardín. Acompañada por supuesto — Miles
prometió.
— ¿Por mi guardián? ¡Qué amargo cáliz!
Pensó si tendrían tal intercambio de pullas, si los dos pasaran algún tiempo a solas. Miles dio la
impresión de pensar lo mismo. Miró a los otros hombres y dijo:
—Confío en ustedes tres como guardias. Podrían turnarse.
—Blanche y yo también ofrecemos acompañarla — dijo Beth.
—Eso nos dará la oportunidad de informarle sobre sus derechos y deberes como mujer —
informó Blanche.
— ¡Dios nos ayude! — se quejó Miles.
Beth tamborileó con los dedos en la mesa.
—Atención, por favor. No analizamos los posibles peligros de esta fiesta. Algún día, Felicity
podría querer asumir una posición respetable en la sociedad. Sabemos que el hecho de que
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estando soltera y haya pasado unos días aquí podría empañar su reputación. Los invitados, sin
querer, pueden difundir la noticia.
Felicity se encogió de hombros.
—Cuando esté casada con Rupert, eso no importará.
—Pero como no se vas a casar con él… — Miles empezó a decir, pero Beth lo interrumpió:
—No tomes decisiones precipitadas, querida. Tal vez algún día, desees pertenecer a una familia
que valore la dignidad y el decoro.
—Bueno, no recuerdo haber conocido jamás a alguien que demostrase tener tales cualidades
— declaró Felicity con insolencia.
—En nombre de los futuros duque y duquesa de Belcraven, voy a ignorar tal comentario — dijo
Lucien.
—Mi querido marqués, cuando se tiene en cuenta la falta de decoro y dignidad de su casa debe
admitir que un mero duque no puede alegar superioridad sobre ella.
— La señorita Monahan, no parece estar preocupada por la posibilidad de manchar su
reputación — comentó Lucien.
En ese punto, Blanche intervino:
—El problema no es Felicity, sino yo. Sin mi presencia, esta casa sería respetable. Confieso que
no cabría un sacrificio en volver a la civilización.
—Usted no va a escapar a la vida campestre tan fácilmente. Si su presencia causara algún daño,
ya lo habría hecho — declaró Beth.
—Si te casaras conmigo, la cuestión no surgiría — argumentó Hal.
—Pasaría como con la cal, tú lo sabes, luego se descamaría — Blanche replicó.
—Volviendo a la fiesta. Estamos hablando de un grupo de meltonianos (habitantes de Melton—
Leicestershire) y no de defensores del comportamiento social — resaltó Lucien.
—Es cierto. A menos que haya invitado a alguna de las mujeres — dijo Beth.
— ¿Cómo Phoebe Higgs y Violet Vane? No me atrevería, aunque creo que a usted le agradaría
Phoebe. A Blanche le gusta — afirmó él.
—Phoebe tiene buen corazón — Blanche elogió — Ayuda a los pobres…
—… y recientemente exigió un aumento de la asignación que su protector le daba
amenazándolo con una pistola — intervino Stephen.
—Sí, creo que me gustaría — declaró Beth.
—De momento no. A pesar de sus virtudes, Phoebe no es compañía para una joven de buena
familia — dijo Blanche.
— ¿Qué joven de buena familia? — preguntó Miles.
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—No hay nada malo en la mía. El linaje de mi padre se remonta a Brian Boru — dijo Felicity.
—En ese caso, es la educación lo que te falta.
— ¿Acaso pretendes decir que todavía no estoy amaestrada ni preparada para ser ensillada?
— ¡Paz! — exclamó Beth riendo y dirigiéndose a su marido:
—Dado que será solo hombre y que no has invitado a ningún sinvergüenza, creo que podremos
mezclarnos. Nosotras las damas, estaremos en mi salita y los caballeros podrán visitarnos.
—Bien, son todos buenos tipos y si consigues aguantar conversaciones sobre caza, no causaran
problemas.
— ¿No es lo que estoy haciendo en las últimas semanas? Aunque tú nunca has mostrado
intereses tan limitados.
—Ah, ¿estás loca por un debate sobre Sófocles, verdad? — Lucien, la provocó sonriendo.
—No en la mesa comiendo — protestó Hal.
Al ver la mirada atónita de Felicity, Blanche explicó:
—Ellos solo estaban sugiriendo un debate filosófico en una o varias lenguas extranjeras. Un mal
que debe ser cortado de raíz.
—Quizás más tarde — dijo Lucien con una mirada sensual a Beth, que sonrió receptiva.
Felicity miró a Miles.
— ¿Ambos conversan de esas cosas por placer? ¿Increíble no? Pero Beth encontraría extraño el
interesarse en una conversación sobre enfermedades de los caballos y herraduras.
A pesar de su mal comportamiento, Beth y Blanche seguían siendo amables con Felicity.
Imaginaba lo bueno que sería sentirse segura del afecto de tu pareja. Sin embargo, eso es lo que le
ocurría con relación al amor de Miles. La tragedia era el no poder permitirse disfrutarlo.
Cuando le pidieron que tocara el piano, ella lo hizo de buena gana, pues siempre se perdía en la
música. A pesar de estar encerrada en un cuarto, Gardeen apareció al oírla tocar. Tal vez al entrar
o salir, las criadas no habían tenido el debido cuidado. Tenía que ser eso. Pero los gatos de Annie
eran muy raros y Gardeen II más que ningún otro.
Felicity tocó hasta que Miles dijo en una de las pausas:
—Es hora de nuestro consejo de Guerra. Tenemos que encontrar una solución para el problema
de Felicity antes de que ella con su buena interpretación provoque daños.
Ella se cambió a una silla y le hizo una mueca.
—Por lo menos reconoces que es una actuación.
—A veces. Ella no es inofensiva y sí peligrosa — les avisó.
— ¡Y orgullosa de ello!
Beth tocó una campanilla para llamar su atención.
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— ¡Muchachos! Aquí somos un equipo. Nada de peleas, por favor.
—Cierto. Quizá Felicity deba presentar el problema como ella lo ve — sugirió Lucien.
La tomó por sorpresa, pero aceptó la idea.
—Todos saben sobre mi hijo. Espero que comprendan mi ansiedad por tenerlo conmigo, así
como que se me reconozca como su madre. De joven, me persuadieron para que renunciara a él y
tuve suerte. Todo fue bien durante un tiempo. Pero ahora soy más mayor, lo conozco mejor y lo
amo más. No puedo abandonarlo con unos extraños, no importa lo bondadosos que sean.
Parezco ambiciosa, sin embargo, yo lo quiero.
—Nosotros la entendemos — dijo Beth.
Felicity miró a Miles que acariciaba a Gardeen sobre su regazo. No sabía si él comprendía
porque Kieran estaba por encima del amor entre ellos.
Le gustaría que él la estuviese acariciando, pero se concentró en el asunto en cuestión.
—Rupert es el padre de Kieran por la sangre y por la ley. Eso le da todos los derechos. El quiere
mi fortuna y ofrece a Kieran a cambio. Si yo me caso con él, tendré derechos legales sobre mi hijo.
Si lo rechazo, habrá represalias. El maltratará a Kieran.
—Lo hará de cualquier forma, lo sabes — afirmó Miles.
—No mucho, si estuviese allí, podría desviar su crueldad hacia mí.
— ¡Por el amor de Dios, Felicity! Aparta esa idea de tu cabeza y piensa en otras soluciones —
Miles le aconsejó con voz enérgica.
—Miles, la solución más obvia es eliminar ese mal — dijo Lucien.
Felicity luchó para expresarse con calma.
—Pero entonces perdería a Kieran para siempre.
Ella temía que esos hombres usaran el poder físico y legar para anular su voluntad. Como había
hecho Miles. Como si leyese su pensamiento, Stephen dijo:
—No puede culpar a Miles o a ninguno de nosotros por no querer verla bajo el dominio de
Dunsmore.
—Pero ustedes deben respetar mi derecho de disponer de mi misma como quiera en cuanto
alcance la mayoría de edad.
—Todos la respetaran — afirmó Beth.
—De mala gana — comentó Lucien.
—De acuerdo — dijo Hal.
Stephen también dijo lo mismo y todos miraron a Miles.
—Yo no estoy de acuerdo. No la dejaría arrojarse por un precipicio y tampoco hacer esto.
Se hizo un silencio tenso, roto por Stephen:
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—Entonces, será mejor que nosotros… — fue interrumpido por Blanche.
—Tampoco estoy de acuerdo, Felicity. Puedo incluso impedirlo, soy muy capaz, pero creo justo
avisarle.
— ¿Por qué me lo impediría?
—Porque tiene que haber una manera de ganar, si se esfuerza por encontrarla y es implacable.
No dejaré que se dé por vencida.
Felicity no supo que decir y Stephen retomó la palabra:
—Bien, primero sugiero que ocultemos los derechos de propiedad de Dunsmore.
— ¿Cómo es eso? — Preguntó Felicity.
—El no tiene derecho a tal propiedad. Es culpable de robo y probablemente de fraude y
perjurio.
— ¡No hay duda! — exclamó Miles.
—Bueno, la ley no es muy clara sobre la maternidad dudosa. De hecho, son casos muy raros. En
este sin embargo, tenemos un posible fraude.
— ¡Vamos a atraparlo! — dijo Miles.
—Todavía no. Es muy poco lo que tenemos contra él. Antes, necesitamos pruebas
documentadas de que la historia de Felicity es verdadera.
— ¡¿Qué?! — ella exclamó.
—Creo en ti, pero los tribunales exigen pruebas. Necesitamos el testimonio de la familia con la
que estuviste, y si es posible el del médico de la señora Dunsmore que debía conocer su falso
embarazo. Tal vez sea difícil, pero sospecho que él apoyó el fraude.
—Que quieres decir, Stephen ¿Qué sería capaz de mentir para salvar su propia piel? —
preguntó Miles.
—Exactamente.
— ¡Desgraciado! Y si es su palabra contra las de esos Bitten, podrían creerle a él.
—Aunque, plantearía dudas. Si obtuviéramos las suficientes evidencias para asustar a
Dunsmore, tal vez consigamos obligarlo a ceder sin iniciar un proceso.
— ¿Pero podemos asustarlo hasta el punto de que desista de cualquier contacto con Kieran? —
preguntó Felicity.
—Eso dependerá de lo desesperado que esté y de lo que entienda de leyes. Este caso no será
fácil. Y menos aun si el médico está dispuesto a mentir. El tribunal podría tardar años en decidir.
Costaría mucho dinero y los tutores del niño protestarían.
—Tengo mi fortuna y estoy dispuesta a asumir los gastos.
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—Corres el riesgo de quedarte sin nada. Tus administradores están obligados a evitar que
dilapides tu herencia hasta que cumplas treinta años, según entendí.
—A menos que me case. Entonces, mi marido será el administrador de los bienes — dijo ella
mirando de reojo a Miles.
Stephen se encogió de hombros.
—Hasta que cumplas treinta años o te cases, no puedes disponer del dinero para la causa.
—El problema de este plan es que Rupert nunca me entregará a Kieran. ¿Qué razones tendría?
— Felicity argumentó.
—Tal vez, si te marcharas, el dejaría al niño bajo sus cuidados — conjeturó Stephen.
—Los tutores del pequeño protestarían. Sin querer ofender, tengo que decir que Foy Hall no es
el lugar ideal para criar a un niño — informó Miles.
—Y Michael Craig se quejaría si los abogados no lo hicieran — añadió Felicity.
Blanche llamó su atención.
— ¿Recuerdas que te avisé que iba a impedir que te dieras por vencida? Los irlandeses parecéis
ver siempre finales trágicos en todo.
—Y que sugieres que haga — Felicity exigió.
—Cásate con Miles.
— ¡¿Qué?!
— Reflexiona. Al casarte con él, inutilizaras las armas de Dunsmore. Entonces, el niño dejará de
importarle. Aunque, en caso de que se encuentren pruebas que puedan meterle en prisión o
embarcarlo a Australia, él dudaría. Si te atreves a ofrecerle una pequeña pensión como soborno,
tal vez entre en razón.
—No veo como eso ayudaría a Kieran.
—Parte del precio por mantenerte callada y darle la pensión será que se marchara de Irlanda y
el que designara como tutor del niño, al hombre más respetado y poderoso de allí.
— ¡El conde de Kilgoran! ¡Brillante! — Exclamó Beth — Al hacer una buena elección el villano
aparentara haber ganado.
—Y será todavía más brillante si nos acordamos que Miles, un día, heredará el título de conde
— Stephen añadió.
—Según mi madre, cualquier irlandés puede alegar ser pariente de otro. El podrá afirmar que
Kilgoran es pariente lejano de su esposa. ¡Lo conseguimos! — Miles dijo sonriendo a Felicity.
— ¿En serio? Lo creeré cuando lo vea.
—Deberías llamarte Tomasina — dijo Miles — Bien, la primera cosa que hacer el buscar
pruebas. ¿Cómo se llama esa familia?
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—Bitten. Viven cerca de una villa llamada Long Upton.
—Voy a buscarlos — avisó Miles levantándose.
— ¡Detente! — Ordenó Stephen — Aparte de que es demasiado tarde para ir a ningún lado, no
puedes tomar parte en el asunto. Conozco un buen abogado en esa región, le escribiré solicitando
que prepare los documentos necesarios y que también busque al médico que atendió a la señora
Dunsmore. Ese punto me preocupa.
Nervioso, Miles se puso a andar por el aposento.
— ¿Quieres decir que no puedo hacer nada?
—Nada que parezca interferencia o intimidación.
— ¿Entonces, qué diablos voy a hacer?
—Cazar, “molestar” a Felicity y esperar a que Dunsmore aparezca. Espero que sea pronto,
porque así sabremos que no está en otro lugar.
— ¿Secuestrando a Kieran, quieres decir? — preguntó Felicity afligida.
—Reflexioné sobre si él habría calculado nuestros planes y hubiera intervenido en las pruebas.
Pero no parece ser muy sagaz.
Con el brazo, Miles acurrucó a Felicity contra él.
—No creo que Rupert haya sospechado nada. Ni siquiera yo pensé que habría hecho algo ilegal
— confesó Felicity.
Stephen dobló los papeles en los que había tomado nota y se levantó.
—Voy a escribir las cartas necesarias para enviarlas mañana temprano. Alguna idea de Felicity
sería útil.
—Puedo ayudar en algo — se ofreció Beth.
—Stephen, ¿Cuánto tiempo tardaremos? — preguntó Felicity.
—Como mínimo, una semana.
— ¿Tanto?
—Como a mí, no te gusta esperar, amor. Sin embargo, no tenemos elección — Miles la consoló.
—Cuando recibiremos noticias sobre la seguridad de Kieran.
—Pronto — luego sonrió — ¿puedo afirmar que nos comprometemos a casarnos tan pronto
termine mi tutela?
—No te prometí eso.
—Es parte del plan. Si conseguimos que Kilgoran sea tutor de Kieran ¿De qué otra forma
podrías cuidar de él?
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Era un sueño tan hermoso tener a Miles y Kieran que Felicity casi lloró. Sería peligroso
emocionarse demasiado.
Se separó de sus brazos.
—Con esa tentación, Miles, eres capaz de llevarme al altar en un día. Pero quiero ver la tutela
aceptada y sellada antes.
—Pienso que nos merecemos un descanso — dijo Beth abriendo un cajón y para espanto de
Felicity, cogió un grupo de varillas. Las esparció en la mesa y todos se acomodaron alrededor,
dispuestos a entretenerse con el juego infantil, estimulados por las altas apuestas.
Mucho tiempo después pararon, y Felicity relajada, se dio cuenta de lo mucho que se había
divertido. Fue una sorpresa. Dada la situación, no debiera sentirse tan bien. Disimuló su vergüenza
alegando cansancio.
—Es muy tarde, pero creo que conseguí algo aceptable que me gustaría mostrarte — dijo Beth.
Solo entonces, Felicity notó que tenía un cuaderno en las manos. Se aproximó para mirar y vio
varios esbozos de sí misma jugando, algunos de perfil y otros de frente.
—Son muy buenos — afirmó, aunque no se identificaba con la muchacha risueña.
—Van a servir para identificarte ante los Bitten. ¿Aceptas una cena ligera antes de retirarte? —
ofreció Beth.
Felicity se negó y los dejó preguntándose por qué se sentía preocupada. Solo después de llegar
al cuarto y llamar a Harriet, lo entendió. Sabía que el retrato de la chica risueña era una ilusión. La
realidad, representaba a Felicity enfrentándose a una vida de miedo y lucha con Rupert Dunsmore.
Al día siguiente, por ser domingo, no había cacerías. Sin embargo, gracias a la fiesta de Lucien,
nadie se aburriría. Como tampoco había servicio postal, las cartas de Stephen fueron llevadas por
un caballerizo.
En pie al lado de Miles, asistieron a la partida del hombre, Felicity murmuró:
—Me gustaría ir con él.
—Lo sé. Es enloquecedor no poder hacer nada más que distraernos con juegos infantiles.
— ¿Qué vamos a hacer ahora?
—No lo sé, dado que no quieres ir a la iglesia.
—No voy a dejar que el Día del Señor me ablande ni un poco — le provocó — Creo que a ti te
gustaría mantenerme encerrada.
—De ninguna manera. Tampoco me gusta verte exhibiéndote ante Lucien.
— ¿Exhibiéndome?
—Es una descripción delicada. Eres muy buena en ese papel.
Como estaban teniendo una buena pelea, Felicity alzó la voz:
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—Eso es envidia. Tutor o no, Miles, vas tras mi dinero. ¡Pues has de saber que habrá cobras en
Irlanda antes de que veas un níquel mío!
—Ya hay una allí. Lo has admitido. ¿Sabías que, como tu tutor, puedo cobrar honorarios? ¿Así
como los gastos por traerte aquí?
— ¿Los gastos? ¿Quieres que pague los gastos de mi secuestro? ¡Voy a escribir a mis
fideicomisarios ahora! — le amenazó apartándose, mientras un mozo de cuadras miraba
asombrado.
Sin embargo, Felicity no quería empezar una pelea en domingo. Por lo que se unió a los otros
en la caminata de dos millas hasta la iglesia de la villa Thorpe.
El sol de invierno los estimuló durante el trayecto, aun más al final, al unirse a otros fieles al
sonido de la campana. La iglesia tenía la belleza adquirida durante cientos de años de oración y el
culto fue simple y fervoroso. Cuando salieron y conversaron con las personas de la localidad, le fue
difícil a Felicity recordarse que debería fingirse oprimida.
Cuando regresaba del brazo de Miles, dijo:
—Me gustaría saber lo que está planeando Rupert.
—Relájate. Aparecerá cualquier día de estos y se pondrá en contacto contigo. Entonces,
sabremos cuáles son sus intenciones— respondió Miles cuando acariciaba su mano.
El contacto era agradable, aunque, la provocó una onda de deseo. Se soltó la mano
apartándose de Miles.
— ¿Relajarme? ¡Si al menos supiera que Kieran está seguro!
—Confía en mi madre.
—Lo intento.
Al llegar a casa, se acomodaron para disfrutar tranquilamente del almuerzo. Después,
comenzaron los preparativos de la fiesta. Como la tarde de los domingos era dedicada a los
negocios con caballos, Lucien, Stephen y Hall fueron a visitar otras propiedades. Miles, sin
embargo, se quedó porque varios hombres interesados en comprar sus caballos fueron hasta
Vauxhall.
—Imagino que yo debo quedarme en casa ayudando en el arreglo de las mesas y las flores — se
quejó Felicity, pues estaba ansiosa por ver los caballos. Miles la sorprendió.
— ¿Me crees tan cruel? Puedes venir conmigo si prometes comportarte. Como representante
de Foy, mereces estar allí.
Ella se sintió tentada de olvidar su papel y abrazarlo.
—Será una buena oportunidad para mostrar rebeldía y hacer contacto — agregó él.
Poco después atravesaron el jardín rumbo al establo. Aunque era excelente, no era tan grande
como el de Foy o el de Clonnagh.
Al aproximarse al edificio principal, Felicity no se contuvo.
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— ¡Increíble! ¡Alguien podría pensar que se trata de una mansión!
El elegante trazado de las largas ventanas daba esa impresión.
—Lucien lo construyó todo hace cinco años, cuando alcanzó la mayoría de edad. En mi opinión,
tanto en belleza como en eficiencia, es el mejor establo de Inglaterra — dijo Miles.
Entraron por una puerta de caoba y Felicity se encontró en un pasillo flanqueado por pilares y
sobre un techo abovedado.
— ¡Santo Dios! ¡Es una catedral!
—Inglaterra entera venera a los caballos. ¿Qué otra criatura merece ser adorada? — pregunto
Miles llevándola a la zona de las cuadras.
El jefe de caballerizas y otros estaban allí. Cualquiera de ellos podría comentar sobre la inquieta
irlandesa mantenida bajo vigilancia en la casa. Y tal vez tuvieran un mensaje para ella.
Felicity levantó la barbilla y comentó:
—Solo los ingleses construirían un palacio para sus caballos y permitirían que sus campesinos
mueran en sus chozas.
—Los de Irlanda, muchas veces, tienen peores viviendas que los de aquí.
— ¡Al final acabaras creyendo que los ingleses son el pueblo de Dios! — le acusó con una
mirada irritada.
— ¡Nunca! — afirmó Miles con voz de tutor irritado — ¿No te interesan los caballos, Felicity?
—Los únicos que merecen mi atención son los irlandeses.
—Tal vez tengas razón.
Allí había cuadras para veinte caballos. Otras tantas estaban a otro lado del edificio. La mayoría
de ellas pertenecían a Miles, y ella los inspeccionó con interés.
Como era de esperar eran todos excelentes animales. Al ver a Argonaut, el caballo que casi
había estado a punto de ser sacrificado dos veces por su culpa, Felicity preguntó:
— ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—Lo mandé para acá en cuanto llegamos a Clonnagh, pues siempre quise que fuese de Lucien.
Argonaut le traía recuerdos del primer encuentro con Miles y también de su frustrada fuga.
Observó a su tutor y sospechó que él igualmente recordaba esos percances.
—No pienses en ello. Tutor severo y pupila inquieta ¿recuerdas? — murmuró él.
La mayoría de los caballerizos se había ido a otro lugar y los pocos que estaban allí se
mantenían ocupados. Dudando si estaba actuando o no, Felicity le tocó en el brazo.
— ¿Qué debería hacer una pupila inquieta contra el dominio de un tutor tan atractivo?
—Comportarse bien por temor a las consecuencias.
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— ¿O atraerlo a su causa? Lo que podría provocar algo interesante — insinuó al acariciarle el
rostro.
Miles sujetó su mano, y en voz baja preguntó:
— ¿Cómo un embarazo? ¿Estás embarazada, Felicity?
—Hasta dentro de una semana no lo sabré.
— ¿Pero no querrás aumentar el riesgo, verdad? Por lo tanto, no intentes esto en un lugar más
solitario. No puedes esperar un control sobrehumano siempre.
La soltó tan bruscamente que ella estuvo segura de haberle provocado un deseo igual al suyo.
Podría reír de alegría al ver a Miles tan vulnerable como ella.
Se alejó un paso, pero no se resistió a confesar:
—También te echo de menos.
El giró para acariciar la cabeza de una yegua castaña y como se le hablase dijo:
—Recuerdo una gran cabalgada. Si este lugar fuese seguro, seríamos libres de repetirla.
Felicity entendió.
—Pero como no lo es, tendrás que dejarla ir con otro hombre.
— ¡Jamás! — protestó él.
—Eres un tonto romántico.
—Soy irlandés — como si hablase con la yegua, añadió: — Te mereces lo mejor, preciosa mía, y
yo haré que lo tengas. Te montaré una y otra vez, lo prometo. Sera una cabalgada con sol, lluvia, a
través de fuego…
— ¡Sin duda es una yegua milagrosa si puedes cabalgarla por el fuego! — Exclamó Felicity sin
poder evitar que le temblara la voz — Admito que no cabalgo hace tiempo. No según la Voluntad
Divina, con la fuerza del animal entre mis piernas.
La respiración de Miles se aceleró.
— ¡Dios mío, vamos a enloquecer! ¡Basta! — exclamó ella
—Pues yo creo que nunca tendré suficiente de ese tipo de cabalgada. Una pequeña sería un
bendito alivio — confesó él.
En un silencio cauteloso, fueron hasta la última cuadra con el tiempo suficiente para que la
respiración de Miles se regularizara.
— ¿No quieres ver dónde guardamos los arreos y las sillas? — preguntó al verla salir y seguirle.
—Estoy segura que son los mejores que el dinero inglés puede pagar. Odio esto — Felicity
admitió.
—Tampoco me siento muy bien — afirmó Miles.
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Ella lo entendió y casi rió. También sufría una presión similar y una profunda necesidad.
Necesitaba tener una seria conversación con él, pero el patio del establo no ofrecía privacidad.
Miro a su alrededor y se dirigió a la cerca de la pradera donde había unos caballos.
El la siguió, pero recomendó:
—Acuérdate de aparentar resentimiento.
—No será difícil, pues me resiento de la vida en este momento. ¿Qué he hecho para merecer
esto?
—Sexo con Dunsmore — él respondió categórico.
Ella lo miró; el resentimiento era real.
— ¡Apenas tenía quince años!
—Hay marineros y criados con esa edad. Y también muchachas que trabajan como adultas. Si tú
te hubieras comportado como debías, eso jamás habría pasado.
— ¡¿Entonces la culpa es mía?! — exclamó furiosa.
—Solo te digo que pudiste hacer algo. No fuiste violada. ¿Recuerdas a mi madre contar como
mis amigos y yo soltamos las trampas de lord Whitmore? También fue una decisión voluntaria.
Dijimos que luchábamos contra la crueldad, pero, en verdad, fue una aventura. Creímos que la
emoción valía cualquier riesgo.
— ¡No es lo mismo!
—Existen semejanzas. ¿Y si el guarda de caza hubiese disparado contra nosotros y uno se
hubiese quedado invalido para siempre? Todos nosotros podríamos hoy estar viviendo con las
consecuencias sin poder alegar que no habíamos hecho nada.
—Pero…
El se anticipó:
—Pero en tu caso, fuiste seducida y engañada. Por eso quiero disparar a Dunsmore cuando lo
encuentre.
— ¡Nunca! — ella protestó.
—Parte de nuestro plan se cumplirá con él muerto.
— ¡De ninguna manera! Con Rupert muerto, Michael Craig tendría poderes legales sobre
Kieran.
— ¡Maldición, es verdad!
Felicity respiró hondo para calmarse.
—Entonces ¿el discurso sobre sensatez fue interpretado para algún observador cercano?
—No.
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— ¿Has sido sincero? ¿Cómo puedes echarme la culpa?
— ¿Porque tú piensas que no tienes ninguna? Si te hubieses quedado en casa, aprendiendo a
bordar o mejorando tu caligrafía, Dunsmore nunca te hubiera seducido.
—Y tú, encerrado en casa, te morirías de aburrimiento.
—Pero fui a la escuela. Mi caligrafía es excelente y puedo leer en latín y griego. No tenía tiempo
para aventuras campestres.
—Encontraste alguna soltando trampas. Eras un muchacho libre para ir a donde quisieras. Si
una mujer de la región intentase seducirte, no encontraría resistencia. Demonios, tu primera
experiencia sexual tuvo que ser así.
—No lo fue. Pero si lo hubiera sido, yo no sería el perjudicado. Esa es la diferencia entre chicos
y chicas. Tú deberías saberlo.
—Pues no lo sabía. Nadie me lo contó.
— ¿Y lo necesitabas? ¿Ninguna joven del pueblo fue descubierta con la ropa demasiado
apretada?
Felicity retrocedió.
— ¿Por qué me atacas así?
—Porque tienes que dejar de culpar a todo el mundo y agredir a la gente. Tu vida no ha sido
justa, lo mismo que la mía tampoco lo sería si el guarda de caza de lord Whitmore hubiese
disparado sobre mí y nunca más hubiera podido cabalgar. Tú tuviste un papel en el origen de esta
situación como yo lo habría tenido. Necesitas superar todo eso.
— ¿Y quedarme en casa aprendiendo a bordar?
—Si hubieses sido bien educada, ya habrías pasado esa fase de aprendizaje.
Irritada Felicity suspiró.
—Lo que pretendes decirme, Miles, es que me encuentras demasiado problemática y te
gustaría que me mostrase sumisa ante cualquier orden. ¡Solo cuando los peces salten del río
Shannon a la red del pescador!
Felicity se dio la vuelta dirigiéndose a la casa. Miles no la siguió, porque los interesados en los
caballos comenzaban a llegar.
Todavía ofendida por la reprimenda, Felicity entró en la casa y casi chocó con Beth que
acarreaba un recipiente con naranjas.
— ¿Algo va mal? — preguntó esta.
—Solo un tutor de corazón negro — respondió Felicity.
Iba a continuar de frente, pero Beth le puso el recipiente en las manos.
—Lleva esto al comedor. Enseguida iré con las nueces.
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Aunque no quería, Felicity obedeció. El comedor estaba casi preparado. Cuando colocaba el
frutero sobre el mueble, escuchó a Beth llegar con las nueces.
—Ahora cuéntame lo que ese terrible hombre te hizo.
—Eres tan mala como él, Beth. ¡Apuesto que no te dejarías seducir a los quince años, incluso
aunque te sintieses muy sola! ¡Y si fueses del tipo inquieto y temerario, no tendrías oportunidad
de tanto, pues estarías en casa aprendiendo a bordar!
—Tuve ciertas desventajas. Me crie en una escuela de niñas — Beth contó con voz suave.
— ¡¿Criada?!
—Sí. Nunca fui a ningún sitio sin una acompañante hasta que me casé.
Felicity casi perdió el habla. Sabía que su crianza no había sido convencional, pero no había
imaginado tales restricciones. Por eso Miles se sorprendía de que ella se hubiera descarriado.
— ¿A ningún lado? ¿Eso es normal?
—No es extraño entre las clases altas y la escuela estaba en una ciudad, donde se debe tener
más cuidado. En el campo, las chicas tienen más libertad, pero, por lo que entendí, tú tuviste
demasiada.
— ¡Libertad! ¡Esa es la palabra! ¿Por qué todos no pueden disfrutarla?
—Tal vez porque sea peligrosa para personas que no están preparadas. ¿Tú dejas a los niños ir
a donde quieran?
—Yo no era una niña.
—Piensa que lo eras. ¿No es ese el punto? Eras una niña abandonada. Tu libertad no sería
peligrosa si tú no dieses valor a la atención de un hombre. Y, claro, si alguien te hubiese enseñado
la danza de los sexos.
— ¿Me estás diciendo que las mujeres no deberían ser libres? Entendí, en ciertos fragmentos,
que Mary Wollstonecraft las considera frágiles y que como los niños deben ser protegidas por su
propio bien. Encontré esa idea deprimente.
—Vamos a debatir ese asunto mientras tomamos el té — sugirió Beth llevándola a la biblioteca
— La autora quiso decir que muchas mujeres no están preparadas para apreciar la libertad, por
falta de orientación. No fueron enseñadas a asumir los derechos y deberes que implican.
— ¿Y de quien es la culpa? — Felicity preguntó al sentarse mientras Beth pedía el té a un
sirviente.
—De los padres. ¿Recuerdas a los tuyos?
Felicity hizo un resumen de los vagos recuerdos que tenia de ellos y Beth la escuchó con
atención. Al final dijo:
—Parece que ellos te habrían criado de manera más convencional.
—Probablemente.
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— ¿Lo hubieras preferido?
Felicity pensó en resistirse a esa sesión educativa. Sin embargo, desde la muerte de sus padres,
no había contado con una persona sensata con quien conversar. Recientemente, tenía a Miles,
pero la situación entre ellos sufría desastrosas interferencias. ¿Por qué no confiar en Beth?
—Me gustaría que mi vida familiar hubiese sido más normal. Tener a una persona que me
obligase a aprender las cosas que no me gustaban —sonrió — A pesar de eso, era una buena vida.
Podía cabalgar por los campos sobre caballos excelentes.
—Tenías más libertad que muchos niños, pero no necesitaban someterte a la disciplina de
preceptoras y escuelas. Tal vez más libertad de lo que era razonable. Podrías haberte encontrado
con muchos peligros.
—Mi abuelo me enseñó a disparar. Pero tienes razón. Yo creía que la gente era buena y amable
y que no me harían mal. ¿La mayoría lo es, sabes?
—Pero las pocas que no lo son, representan un peligro — la bandeja llegó y Beth sirvió el té.
—Como Rupert Dunsmore — dijo Felicity al sujetar la tetera — Miles y yo acabamos de tener
una pelea bien convincente.
— ¡Genial!
— ¿En serio? Fue basada en la verdad. ¿Cómo me puedo casar con un hombre que me
encuentra mimada y malcriada?
—Miles puede estar hablando por experiencia propia. En cierta forma, el está mimado.
— ¿Miles? Lady Aideen me pareció severa y él dijo que estudió en una escuela rígida.
—Ah, sí. Fue allí donde ellos formaron la sociedad para protegerse ellos y a otros contra las
injusticias. Sin duda la madre lo educó bien, pero lo mimó debido a su futuro.
— ¿Qué quieres decir?
—Miles y Lucien parecen ocupar posiciones sociales diferentes, sin embargo, en realidad, no es
así. Lucien será el duque de Belcraven, uno de los hombres más importantes de Inglaterra. Algún
día, tal vez pronto, Miles será el conde de Kilgoran. En Irlanda, según entendí su posición es casi
tan alta como la de Lucien.
—Es verdad. El condado, hace muchas generaciones, fue rico y poderoso. Y el actual conde goza
de la reputación de ser prudente en relación a la política irlandesa. Posición difícil de asumir.
—Miles teme eso. Además de la política, existe la administración de una enorme propiedad y
de un castillo lleno de gente a su cargo.
—Inclusive Kieran, espero.
—Por supuesto. En cuanto a Miles, habría sido mejor si lo hubieran preparado para tal posición
como lo fue Lucien. No te dejes engañar con sus actitudes frívolas. Que yo sepa, el tío de Miles
quería que recibiese similar atención y por lo tanto que fuese criado en el castillo de Kilgoran. Los
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padres se opusieron y la única concesión de ellos fue enviarlo a una escuela inglesa. Allí formo
parte de la sociedad de los justicieros.
—De acuerdo con Miles, eso le salvó la vida.
—Exagerado irlandés. Sin duda le salvó de golpes. Los padres le salvaron de las presiones de su
futura posición y la sociedad lo libró de la hostilidad inglesa. Como él es, por naturaleza, tranquilo
y prudente, difícilmente se mete en problemas. Tampoco tiene que administrar su propiedad.
Desde la muerte del padre, su madre lo hace, permitiendo que Miles cace seis meses al año y se
divierta los otros seis.
— ¡¿Tu lo desapruebas?!
—Pienso que los adultos deben tener una visión adulta de la vida. En relación contigo, Miles
está teniendo que enfrentarse a una situación adulta. Lo que le vendrá bien.
— ¿Entonces no se arregla con una dosis de medicina?
—De un estimulante, mejor. En verdad Miles y tú tenéis más en común de lo que pensáis. Tú
eres tan digna de ser condesa de Kilgoran como él el conde.
— ¡Que Dios proteja a Irlanda!
—Irlanda tendrá mucha suerte. Ahora, ¿puedo convencerte de que me ayudes con el arreglo de
las flores? — preguntó Beth.
—Solo apuntándome con una pistola. Prefiero luchar con esto — Felicity dijo al coger una copia
de Los Derechos de la Mujer — ¡Oh! Creo que di la respuesta equivocada.
—No. La condesa de Kilgoran puede mandar a otras personas arreglar las flores en su lugar. Sin
embargo, tendrá que pensar por sí misma.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1100
Felicity casi no leyó, pero reflexionó mucho sobre sí misma. Miles estaba seguro, reconoció.
Ella había dejado que el resentimiento la dominara.
Aunque amase a la familia, culpaba al abuelo de sus problemas, a Annie por ser una pésima
sustituta de madre e incluso a los padres por haber muerto.
Y odiaba a Rupert Dunsmore. Esto era razonable, pero la rabia contra el mundo no.
Miles la había avisado del peligro de encontrarse a sí mismo y el derecho a estar enojada.
Estaba en lo cierto.
Pero el consejo no había sido provocado por la censura de su comportamiento, sino también
por el juego peligroso, allá en el establo y la frustración por el fallo de ambos.
Temía que los dos corriesen el riesgo de destruirse y herir inocentes en el proceso.
Que Rupert Dunsmore apareciera pronto para que todo terminase.
Algún tiempo después, Miles se asomó en la biblioteca.
—Vamos a cabalgar por ahí. ¿Quieres venir?
— ¿Si quiero? ¿Puedo?
— ¿Por qué no? Serás la única mujer. Beth y Blanche no van.
Ella saltó y se puso en pie.
—Voy por el traje de montar y regreso en un instante – en la puerta se paró — supongo que no
puedo usar pantalones.
—De ninguna manera – respondió él sonriendo.
Casi corriendo, Felicity subió la escalera y tan pronto como entró a la habitación llamó a la
criada. Pronto estaba sin vestido y se ponía el traje de montar.
Cuando salió por la puerta principal vio unos treinta o más caballos, algunos ya montados, otros
sujetos por caballerizos.
Excitada por la perspectiva de cabalgar, Felicity se aproximó a Miles que revisaba un caballo
ceniza.
— ¿Es para mí? Soy capaz de hacerlo yo – afirmó al joven caballerizo de cabellos claros que
colocaba la brida.
—Como tutor tuyo, es mi deber velar por tu seguridad. Sería una vergüenza para mí que te
cayeras y te rompieras el cuello.
—Para que sepas, no he sufrido una caída desde hace cinco años.
—Ha llegado Banshee. Mañana te dejaré montar en él si quieres. Será una buena prueba.
— ¿Banshee? Ah, sí, hemos hecho una apuesta.
—Casi no puedo esperar para comer el pastel.
Felicity miró a los excelentes caballos de nuevo y rió.
—Nunca conseguirás que uno de los dueños de estos bellos animales compre aquel horror por
cincuenta guineas.
—Dices “nunca “con demasiada frecuencia. ¿Puedo ayudarte con la silla ahora? – ella dejó
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que la ayudara a montar y colocó la falda mientras el caballerizo le pasaba las riendas. Distraída,
las cogió y, solo después de acomodarse y sentir la montura, notó el papel en ellas. Disimuló,
puesto que Miles decía algo.
—Cuidado. La silla de mujer no es la mejor para los saltos.
—Es una cuestión de equilibrio. El mío es excelente. – estaba afligida por leer la nota lejos de
Miles.
Notó que el caballerizo había desaparecido y no había nadie cerca para ver lo que hacía.
—No me gusta que nadie me diga como cabalgar. Esta montura es buena y tú has examinado
todo. Vete ahora y déjame en paz.
Para su sorpresa, él se apartó para montar un bello animal castaño.
Sin embargo ella aún no se atrevía a leer la nota que solo podía ser de Rupert. ¿Y si marcara un
encuentro durante este paseo?
Metió el papel en el guante. Movió el caballo dándole una leve señal para andar. En ese
mismo instante, él siguió con paso suave.
—Ah, maravilloso.
Obedecía a las mínimas señales y estaba bien entrenado para la silla femenina.
No podría haber esperado menos, claro. Miles solo escogería lo mejor para ella. En caballos
por lo menos. Sabía que él quería hacerlo en todo, pero no veía el mundo con sus ojos.
Felicity no resistió el deseo de aproximarse a la montura de él.
— ¿Qué tal el caballo? – preguntó Miles.
— ¡Excelente! ¿Es uno de los tuyos?
— ¿Te confiaría a uno inferior? Se llama Adonis.
—Está bien entrenado para la silla femenina.
—Generalmente acostumbro a mis caballos a ella. Nunca se sabe cuando un idiota montará a
una dama sin considerar – Miles cerró los ojos y movió la cabeza. — ¿Será que nunca podremos
hablar sobre montar, sin pensamientos impuros?
Felicity no pudo contener la risa.
—Encontraremos una manera. Al final, cabalgar es uno de nuestros mayores placeres.
— ¡Bendita verdad! — afirmó ella sonriente.
Al galope, el grupo siguió en dirección a un campo lejano. Felicity se quedó atrás con la
esperanza de perder a Miles. Sabía que era difícil y pronto él emparejó su montura con la de ella.
— ¿Algún problema, Felicity?
— ¿Por qué lo preguntas?
—No estás al frente del grupo.
—Sería difícil con esta silla.
—Apostaría que vencerías a muchos a pesar de esa desventaja.
Como Miles no se convencía, ella aumentó el paso de la montura.
Estaban a poca distancia de los otros que se juntaban cerca de un patíbulo.
— ¿Qué es eso? – preguntó Felicity
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—Lo creas o no es un muñeco como los medievales en el que los caballeros se ejercitan con
golpes de lanza. Lucien mandó hacerlo hace algunos años y se convirtió en una diversión popular.
Ya más cerca, ella pudo ver que el muñeco tenía los brazos abiertos, de uno de los cuales
pendía un saco.
— ¿Cómo se juega? – quiso saber.
—Si el caballero acierta en el centro, el muñeco se aparte y lo deja pasar. En cualquier otro
punto se gira. Entonces el saco se gira y golpea al caballero.
—Parece divertido. Quiero experimentarlo.
Miles le dirigió una mirada severa, pero entonces rió.
—¡Endiablada! Si quieres hacerlo, antes observa a los demás. Existe una manera de hacerlo.
En uno de los lados había una pila de varas largas y lanzas. Lucien cogió una, pues sería el
primero en jugar a fin de mostrárselo a los principiantes. Hizo diana un poco lejos del centro, pero
consiguió desviarse del saco. Miles fue el siguiente y acertó en la diana. Felicity se juntó a las
aclamaciones.
Algunos hombres después de él también tuvieron éxito. Entonces uno atacó demasiado
deprisa y erró la diana. Fue golpeado por el saco que vació harina y paja sobre él.
Esta vez, Felicity acompañó a la risa general. Pero, mientras los criados buscaban un nuevo
saco, ella encontró el momento oportuno para leer la nota. Por suerte, Miles estaba lejos,
examinando la pata de un caballo. Medio vacilante murmuró “Kieran” como una fórmula mágica.
Sacó el papel del guante y lo abrió sobre el cuello del caballo, intentando mantenerlo lejos de
las miradas. Pronto reconoció la caligrafía de Rupert.
Mi querida Felicity
Lamento mucho haber tardado tanto en venir a salvarte. Me estremezco al pensar en tu
sufrimiento al verte tan lejos de quien amas tanto y retribuye tu afecto.
Él se refería a Kieran, pensó y entró en pánico.
He sabido que estás muy bien vigilada y fuiste maltratada cruelmente mientras intentabas
escapar. Tengo la certeza de que estás ansiosa de que eso no se repita.
Otra amenaza velada. Él era excelente en eso. El contenido, inteligentemente, llevaría al
caballerizo, si lo hubiese leído, a pensar que se trataba de un mensaje entre enamorados que
estaban separados.
Por lo que sé, lord Arden va a llevar a los invitados a cabalgar hoy. Tal vez eso nos proporcione
algún momento, pues sé que te gusta una buena cabalgada. Si consigues escapar sin ser
observada, sigue al este, lejos de la casa. Llegarás a la carretera de Garantan, donde estaré con un
carruaje. Si eso falla, huye de noche. Te esperaré cerca del parque de Vauxhall.
Sé lo ansiosa que estás por reencontrarte con el que tanto amas y que también te ama. Sabes
cuánto sufrirá esa persona si no pudiésemos reunirnos.
Tu devoto futuro marido.
Felicity se estremeció mientras doblaba el papel y lo metía en el bolsillo. La palabra “sufrirá”
había sido calculada para aterrorizarla. Lo había conseguido.
¿Rupert estaría con Kieran? Sabía lo que le haría al niño si estuviese frustrado.
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— ¿Por qué lady Aideen no mandaba noticias?
¿La estaría vigilando Rupert? En ese caso sabría que era imposible escapar de allí sin ser vista.
Aliviada, se dio cuenta de que aún contaba con unas pocas horas hasta la noche para huir.
Entonces nada podría impedírselo. Su puerta ya no estaba acerrada, puesto que le había
prometido a Miles que estaría allí dos semanas hasta recibir noticias de Rupert.
Pero si huía antes de que el plan de sus amigos tuviese alguna oportunidad, estaría desistiendo
antes de que fuese necesario. Blanche estaría decepcionada.
¿Y Miles? No podía imaginar lo que esto le haría. Con esa actitud lo estaría rechazando a él y su
protección. Sería lo mismo que confesar que no confiaba en que la ayudara a vencer.
Miró hacia dónde Miles examinaba la pierna herida del caballo. Incluso de lejos veía que era
cuidadoso. Sin duda merecía algo mejor que una criatura atrevida, mal educada y dispuesta a
cumplir una misión que podría terminar en tragedia.
El caballerizo llevó al caballo herido lejos y el caballero montó en uno extra. El ataque al
muñeco volvió a empezar y Felicity tomó una decisión.
Que Rupert esperase uno o dos días. Creía en la confianza que Miles tenía en su madre y que
Rupert no estaba con Kieran. Por lo tanto estaba desarmado. Más incluso, si llegaba una carta de
lady Aideen para tranquilizarla, ella mostraría la de Rupert a todos.
Lucien se aproximó en un magnífico caballo negro.
—Miles dice que quieres intentarlo con el muñeco.
— ¡Claro! Tengo justo el humor de clavar a alguien.
—Eres atrevida, ¿no es cierto? – dijo él, pero en un tono amigable y con un leve toque de
afecto.
Ella se emocionó y lo siguió hasta la pila de varas. Miles se les unió y preguntó al verla intentar
equilibrar la “lanza”
— ¿No vas a cambiar de idea?
—No, pero este juego no ha sido hecho para la silla femenina. Es difícil controlar la vara sin
que golpee la cabeza del caballo. Y si me inclino mucho al frente, perderé el equilibrio.
—Tal vez sea mejor desistir. Volveremos otro día que uses pantalones.
—¿Desistir? Jamás.
Sonriendo, Felicity cambió la posición de la mano en la pesada vara y la levantó encima de la
cabeza. Entonces, con un grito de guerra irlandés, instigó a la montura hacia el muñeco. Se
concentró en el equilibrio sin desviar la mirada de la diana.
La verdad es que pensaba en él como en el pecho de Rupert.
Triunfante, con la vara levantada en el aire y bajo los aplausos generales, cabalgó de vuelta.
Riendo, Miles fue a su encuentro.
— ¡Ah mi increíble reina guerrera, no debí haber dudado de ti!
Ella sonrió y le dejó la vara a un caballerizo.
—Recuerda eso la próxima vez que me pelee contigo, mi opresor sin corazón
—No recordaría nada, si estuviésemos luchando desnudos en una cama.
Se giró y cabalgó rumbo al muñeco usando la técnica de Felicity dejándola con un deseo
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ardiente y un corazón acelerado.
Era como si cabalgase desnudo, tal era la nitidez con la que le veía el cuerpo. En un equilibro
perfecto, él y el caballo eran uno solo. ¿Cómo podría dejar para siempre a este hombre?
¿Y cómo no si fuese necesario?
Se movió en la silla y miró alrededor. Estaba al aire libre, con un gran grupo de hombres.
Enrojeció, pues nunca había sentido una carencia tan profunda. ¿Y si se percibiesen?
En ese instante se dio cuenta de que necesitaba tener una noche más con Miles. Rupert había
llegado, podría vencerla y ella lo acompañaría, incluso si le costase a Miles.
Ellos se merecían una noche de amor.
Se habían amado locamente en la sala de billar y después, en la última noche en Clonnagh, pero
de manera incompleta.
Deseaba una noche de lento placer, un vaso lleno y bebido hasta la última gota. Y tendría que
ser esta noche, pues no sabía lo que traería el día siguiente.
Volvieron a casa casi al anochecer, animados y radiantes por el ejercicio. Fueron recibidos por
Beth y Blanche con ponche caliente. Los hombres las rodearon como agua en una inundación.
— ¡Increíble! Parece que no beben desde hace más de una semana – comentó Felicity.
—Los hombres tienen mucha sed – afirmó Blanche y Felicity no supo si lo decía con doble
intención o no.
—Tú has marcado un punto formidable para las mujeres – elogió sonriendo Beth
— ¿Estabais allí?
—No, Blanche y yo estuvimos en el vivero de allí arriba tomando té. Lo vimos todo con
prismáticos.
Alerta de repente, Felicity preguntó.
— ¿Podíais ver bien? ¿Puedo probarlo?
—Si quieres vamos. Blanche puede controlar a treinta hombres – dijo Beth.
—Sin levantar un dedo – afirmó su amiga.
Beth llevó a Felicity al vivero dos pisos más arriba. Allí le entregó los prismáticos
—Se ve todo muy bien – afirmó.
Felicity los focalizó en el campo con el muñeco que continuaba allí a la espera de nuevos
juegos. Después los dirigió a dónde debería ser el camino a Garantan. Vio la cima de un carruaje
detrás de una cerca. ¿Lo habría visto Beth? La miró interrogante.
—Sí, lo he visto. Has recibido una nota, ¿no es cierto? También he visto un carruaje parado en
el camino a Garanthan.
— ¿Qué vas a hacer Beth?
—Nada. Respeto el libre albedrío.
— ¿Incluso para los niños y las mujeres frágiles poco preparadas?
—Eso no fue una alusión hacia ti. Cuando salí de la escuela para casarme con Lucien no estaba
preparada para la vida. Casi fue un desastre. Si ambas estuviésemos perdidas en un lugar
desierto, ¿Cuál de las dos crees que sobreviviría?
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—Ambas, pues nos ayudaríamos la una a la otra –sonrió Beth.
—Espero que sea verdad. Deja que te ayudemos, Felicity. Por lo menos no huyas hasta el
último instante. Y éste aún no ha llegado, ¿no es cierto?
—Tal vez… No – dijo con firmeza — Si estuviese con Kieran lo habría mencionado.
De repente, Beth la abrazó.
—Imagino que esto está siendo difícil para ti. – aunque tensa, Felicity apreció el abrazo. Se lo
devolvió y dijo:
—Gracias por mantener esto en secreto. No debe ser fácil.
—No, puesto que no me gusta esconderle nada a Lucien. Puedes confiar en nosotros, aun con
todas nuestras diferencias.
Felicity se apartó con una sonrisa triste.
—Son esas diferencias lo que me preocupa.
—Hoy por lo menos aparta las inquietudes. Vamos a disfrutar esta fiesta medio loca que,
calculo, no va a acabar jamás.
Beth volvió a la planta baja y Felicity fue a la habitación a tomar un baño y cambiar la ropa.
Como esperaba seducir a Miles escogió su mejor vestido de seda. Al final, cuando lo había usado
la última vez se había vuelto impetuoso. A causa de los fríos corredores tendría que usar un chal,
pero se lo sacaría en el momento oportuno.
Cuando estuvo preparada e iba ya a bajar la escalera, el volumen de las voces había
aumentado. Dudando del exagerado escote se paró en el rellano.
Miles subía la escalera y al verla dijo:
—Estás ahí. ¿No conozco ese vestido? – preguntó y apartó el chal — ¿Estás loca? ¡Te estamos
presentando como una joven inocente y no como una prostituta!
— ¡Este vestido no causó problemas cuando estaba en compañía de personas decentes! –
afirmó ella al recuperar el chal.
— ¿No? Piensa en lo que me provocaste. Además, aunque sean dignos, estos hombres no son
tus vecinos y amigos. Vete a cambiar el vestido.
— ¡No! – Contradijo Felicity.
—Entonces te encerraré en la habitación.
—Gritaré hasta volverme ronca. ¿Qué pensarán los invitados?
—Si siguen bebiendo no oirán nada – Felicity golpeó el suelo con el pie.
— ¡Voy a usar este vestido Miles!
—No, no lo harás Felicity.
Él cogió un racimo de uvas de un plato en un rincón y se las frotó en el frente de su vestido de
seda crema.
— ¡Desgraciado! ¡Vete al infierno! – lo maldijo ella.
—¡Ya lo estoy siendo tu tutor! –Respondió Miles mientras la llevaba de vuelta a la habitación.
— ¿Y si hubiese una criada aquí para oírlo todo? – preguntó ella.
—Probablemente la había, pero no importa, puesto que no ha pasado nada.
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Aún jadeante, ella dijo:
— ¿Por tu parte? Más vale que sepas que no obedeceré tus órdenes.
La respiración de él tampoco era regular.
—Y yo no permitiré que te presentes vestida así.
—Bien, que le diablo te lleve. Estaba casi decidida a cambiar de vestido. Ahora me lo has
estropeado completamente – se quejó ella al mirar las manchas rojas.
—Te compraré uno nuevo. Ese no era decente – abrió su armario y encontró otro de seda, más
discreto, lo cogió y se lo tiró en la cama. — Usa éste si insistes en pasar frío. ¿Tienes perlas? En
caso de que las tengas úsalas. Simbolizan la pureza.
—Ah, ¿es ese el propósito? – preguntó Felicity en tono malicioso al darse cuenta, de repente,
de que estaban solos.
Él pareció haberlo notado también puesto que se dirigió a la puerta deprisa.
— ¿Necesitas una criada? – preguntó desde allí
—No si me ayudas.
—No puedo.
Ella corrió y se interpuso entre Miles y la puerta.
—Por favor, bésame.
—No
—Oh Miles, tal vez tengamos poco tiempo y, a veces no sé lo que es real y o que no – puso las
manos en sus hombros — ¿no podemos ser sinceros por un momento?
—La sinceridad es peligrosa. A veces habla con una voz enfadada – dijo él, pero la cogió por la
cintura.
—Pero es real. Como mi deseo. Necesito un beso. ¿Tú no?
—Lo necesito demasiado y tú lo sabes – murmuró él y juntó su boca con la de ella.
Felicity cerró los ojos y dejó que los labios acariciasen los de él suavemente, casi temerosa del
contacto. La pasión se extendió en ese instante, amenazadora, como fuego.
¿Ella se aproximó más, o él profundizó el beso? ¿Quién suspiró?
La prudencia la abandonó como seda escurridiza, dejándola deslumbrada y prisionera por un
beso interminable.
¿Cuál de los dos encontró la energía para terminarlo? ¿Quién gimió?
Tal vez en eso estuviesen en armonía, puesto que ambos se apartaron como si intentasen
romper lazos invisibles, aún unidos por la mirada y por el deseo que los hacía temblar.
Incapaz de mantenerse en pie, Felicity se recostó en la puerta y, después en la pared, con el fin
de dejarle paso. Después de un segundo lo oyó salir.
Harriet llegó pronto y no contuvo las exclamaciones al ver las manchas en el vestido. Pero algo
en su actitud mostraba que la historia de la pelea ya entretenía a los criados. Felicity esperaba
que su excitación pasase por mal humor.
Ahora, más que nunca estaba determinada a que ella y Miles pasaran la noche juntos.
El escote del otro vestido, cuya seda se había vuelto un poco amarilla, era mucho más discreto,
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acabado en encaje. En vez de destacar su silueta la disfrazaba. El adorno en la falda era de
capullitos rosa, con certeza otro símbolo de pureza.
Pidió a Harriet que le cambiase el peinado por uno más simple, también adornado con capullos.
El collar de perlas completó el efecto de pureza.
Los hombres la encontrarían tan seductora como una hermana. Sin embargo ella apostaría que
eso no se aplicaría a Miles.
Cuando Felicity salió al corredor, Miles la esperaba para acompañarla. Ella buscó señales de ira,
pero no las encontró.
El ruido abajo había aumentado.
—No necesito avisarte que no salgas con nadie, ¿no es cierto?
—Naturalmente. Debes haber notado que estoy vestida como una intocable.
Solo entonces Miles al observó.
—Es verdad. Los capullitos rosas dan un toque excelente.
—Fue lo que pensé.
—Y el tono amarillento de la seda te deja algo pálida.
—Puedes ver por qué este vestido no fue mi primera elección – dijo ella mientras bajaban la
escalera.
—Para que sepas eso me disgusta – confesó él. Sintiéndose segura de la victoria esa noche,
Felicity se dirigió al santuario de la salita de Beth. Una pena que tuviese que esperar unas horas.
Los hombres que aparecían para saludar a la anfitriona y a sus amigas no tardaban mucho.
Lucien tenía razón al afirmar que no se preocupaban con detalles como el comportamiento en
sociedad, reflexionó Felicity. Los pocos que expresaban curiosidad por su presencia encontraban
absurda la explicación de Miles por no haber tomado parte en las cacerías por algún tiempo. A
eso se unía el hecho de que fuese irlandesa y, por lo tanto, peculiar.
Cuando se sentaron para cenar, los invitados mostraron gran animación, pero ninguno aun
había enloquecido. Las tres damas ocupaban uno de los extremos de la mesa.
Miles se sentaba al lado de Felicity y al de Blanche estaba el corpulento Lord Greshinghan. Sin
duda ella apreciaba su compañía aunque cometiese el error de comentar las veces que la había
encontrado allí en el pasado.
Felicity pensó en lo que sentiría si conociese a una ex – amante de Miles. ¡Odio! Era increíble
que no existiese resentimiento entre Beth y Blanche. Ella no sería tan magnánima.
— ¿En qué piensas? – preguntó Miles.
—En quien fue tu primera.
— ¿Primera qué?
—Mujer.
Él casi se atragantó.
—Compórtate – dijo, aunque nadie les estuviese prestando atención.
—Tú preguntaste. No puedo evitar el sentirme curiosa. Y tú conoces mi vida íntima.
Él la miró de refilón y murmuró.
—Una prostituta de Dublín.
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—Gracias. Necesitaba saberlo.
— ¿El hecho de que estuviese con ella te molesta?
—Sí. Y necesitamos equilibrio – Lord Greshinghan la oyó y afirmó.
—Ese es el secreto. No se aprecia una buena cabalgada sin equilibrio.
—Sin duda, señor – aceptó Felicity intentando no pensar en otra conversación sobre cabalgar.
—La señorita cabalga bien para ser una mujer.
—Gracias, señor. Ese es mi mayor placer –afirmó sin malicia, pero miles le pisó el pie bajo la
mesa.
No fue suficiente para que ella pusiese freno a su boca.
—Sin embargo, tengo carencias, señor, puesto que no tengo a mi caballo preferido. Fui forzada
a dejar Irlanda cuando Miles me arrastró aquí. Y ahora, como mi tutor, casi no permite que
cabalgue.
—Lamentable. Tal vez no pueda dar un largo galope.
Felicity le sonrió a Miles.
—Tú debes ser el juez, querido tutor, puesto que ya has visto como cabalgo.
—Ella es una excelente amazona, Greshinghan. Diría que es capaz de extenuar a cualquier
caballero, además de tener mucha experiencia.
Felicity sintió enrojecer su cara.
—No más que tú a esa edad, Miles.
—Subestimas tu precocidad, niña – se giró a Greshinghan — debes saber que es de la familia
Monahan, de Foy. Vive entre caballos desde la infancia.
— ¿Foy? ¡Eso lo explica todo! Pero es difícil entender por qué tú no la dejas cabalgar,
Cavanagh.
—Miles teme que caiga y sufra serias consecuencias. Lleva muy en serio sus deberes de tutor.
Se preocupa tanto por mi bienestar que casi me mantiene prisionera.
— ¡Bien, Bien! Un verdadero castigo si eso la impide apreciar una buena cabalgada. ¿Qué dices
Cavanagh? – Greshinghan lo presionó.
Una mirada severa de Beth le dijo que ella seguía la conversación de doble sentido y Miles
exhibió una sonrisa peligrosa.
—Felicity podrá cabalgar cuando quiera, cuando se presente vestida adecuadamente. Y
después de que yo le busque acompañantes confiables.
— ¿Para qué? – preguntó ella.
—Con el fin de protegerte de peligros.
—No voy a montar bajo observación.
— ¿Llegamos a un acuerdo? – preguntó Miles
—Te has arrepentido del permiso e impones unas condiciones inaceptables. Eso es trampa
querido tutor.
— ¡Calma niña! – exclamó Greshinghan.
—Ella tiene la lengua afilada. Sin embargo es heredera de una fortuna considerable y tengo
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razones para sospechar que quieren raptarla. Por eso está aquí y no puede cabalgar sola.
— ¡No me digas! Pensaba que esas cosas eran cosa del pasado. Pero en ese caso, estás en lo
cierto al mantenerla segura, lo que no debe impedirle cabalgar. Propongo reunirnos el próximo
domingo unos treinta ingleses vigorosos. Ellos le proporcionarán una tarde entera de cabalgar en
caso de que esté dispuesta.
Felicity no osó mirar a nadie.
— ¿Entonces Felicity? – preguntó Miles con una voz baja.
Ella resistió la tentación de volverlo todo peor.
—Le agradezco la sugerencia, señor. Tal vez Beth y Blanche también quieran acompañarnos.
Deprisa Beth levantó la mano.
—A nosotras no nos gusta mucho – afirmó, y, por la mirada, le mostró que habían entendido el
doble sentido. Felicity le sonrió.
—Tengo la certeza de que estás aprendiendo mucho desde la boda.
Miles le pisó el pie de nuevo y con tanta fuerza que ella tuvo que ahogar un grito. Sin embargo,
Beth curvaba los labios.
—Es verdad. Lucien insiste, puesto que es una de sus actividades preferidas.
—Hombre sensato. Cabalgar es saludable y estimulante – afirmó Greshinghan —con
moderación para una dama – continuó deprisa.
—Ah, nosotras, las damas, podemos aguantar un poco de estímulo de vez en cuando –
garantizó Felicity.
— ¿Me vais a incluir en esta conversación? –preguntó Blanche mostrando que también
entendía el doble sentido.
Felicity le dirigió una mirada divertida.
—Tengo la certeza de que tienes un gran talento natural, Blanche.
—Es verdad. Sin embargo nunca me he sentado en un caballo – Greshinghan la miró
horrorizado.
— ¿Nunca Sra. Hardcastle? Será un honor enseñarle si desea aprender.
Felicity casi se descontroló, peo Blanche consiguió sonreír.
—Es una gentileza por su parte, señor, pero soy demasiado vieja para aprender algo nuevo.
Después de la comida, Felicity fue llevada a un cuarto discreto para ser amonestada.
—Sé que estuvo equivocado hacer aquel comentario sobre Beth, pero también divertido.
Pobre lord Greshinghan, no entendía lo que estaba pasando – explicó.
Miles movió la cabeza.
—Es lo mismo que intentar impedir la erupción de un volcán. Tú siempre encontrarás una
manera de provocar un desastre.
Felicity no lo había visto desde ese ángulo, pero tenía razón. Su energía había entrado en
ebullición, instigada por la falta de noticias de Kieran y por el deseo ardiente por Miles. Si no
pudiese encontrar una salida, explotaría.
—No lo puedo evitar. Nunca he tenido la paciencia de quedarme callada o esperar alguna cosa.
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—Todo eso es muy peligroso por el momento. Ve a la salita de Beth y quédate allí, por favor.
Felicity fue, puesto que la idea de gozar de la calma relativa de la salita y tomar el té con Beth y
Blanche le agradaba. También recibir la visita de pequeños grupos de hombres. Miles no
aparecería por allí.
Sospechaba que él se estaba emborrachando y le preocupaba el efecto que el alcohol
provocaría en su virilidad. No le gustaría encontrarlo apático, frío, cuando fuese a su habitación.
Esas horas constituían el preludio de la pasión y ella las pasaba medio distraída. Sonreía,
conversaba e incluso jugó a las cartas mientras el deseo latía en su cuerpo.
Pronto los invitados empezaron a irse. Las tres fueron al vestíbulo para la despedida. Ninguno
de ellos conseguía andar con firmeza y algunos tuvieron que ser ayudados a montar y se fueron
acompañados de sus caballerizos.
Cuando los últimos marcharon y no hubo señal de Miles, Felicity fue a buscarlo. Si lo
encontrase borracho, dormido en alguna habitación, lo despertaría con un balde de agua fría.
Lo encontró en la sala de billar, en mangas de camisa y jugando con la habilidad que quien no
estaba con la cabeza en ello. Al verla le preguntó:
— ¿Quieres jugar?
—Quiero – respondió ella, pero no cogió un taco. Cuando Miles entendió, enrojeció.
—No – dijo, y dio un golpe a la bola roja. No acertó.
Felicity se fue y, a pesar de querer ver la reacción de él, no se giró. Si estaba decidido a
demostrar nobleza con tozudez, no conseguiría nada enfrentándosele.
La casa empezaba a normalizarse, mientras ella subía a su habitación. El ruido distante decía
que los criados removían la vajilla y la cubertería. La animación de la fiesta parecía aún estar en el
aire.
Hal pasó a su lado con un sonriente “buenas noches” rumbo a la habitación que compartía con
Blanche.
Felicity llamó a Harriet para que le ayudase a prepararse para dormir. Pronto estuvo
preparada y a solas por lo que solo le restaba esperar. Pero, como había dicho, no tenía paciencia
para eso y su cuerpo inquieto tampoco. Se puso a andar por la habitación, observada por la gata.
La habitación contigua estaba en silencio. Hombre irritante. ¿Iba a pasar toda la noche
jugando al billar? Se puso la bata con la intención de ir a buscarlo, pero desistió. No era lo mejor.
Como estaba atenta oyó a Beth y a Lucien subir hablando bajo y riendo. Debía de ser
maravilloso ir a un nido de amor de manera calmada, con un acuerdo mutuo y una deliciosa
expectativa.
Entonces oyó la puerta de Miles abrir y cerrarse. Alguien había entrado en la habitación, pero
podía se Hennigan. Corrió hacia la puerta de comunicación con el fin de interpretar los débiles
sonidos.
La puerta se volvió a abrir y cerrar y oyó voces. Bien.
Ahora su paciencia sería recompensada. Estaban los dos allí. Continuó prestando atención
hasta oír que el criado se iba.
El momento había llegadlo, sin embargo, el miedo amenazaba al deseo. Excepto en aquella
noche en Clonnagh, cuando había sido invitada, ella nunca había buscado a un hombre.
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Bien, tal vez Joy, pero aquello había sido teatro. Esta noche solo habría lugar para el verdadero
placer.
Cuando entrase en la habitación la primera reacción de Miles sería el mismo “no” categórico.
¿Cómo debía actuar?
Se miró en el espejo. El camisón de franela y el escote alto y los cabellos en una redecilla no le
daban un aspecto seductor. Se libró de la redecilla y peinó bien los cabellos.
La duda siguiente era: ¿desnuda o no?
Se suponía que un cuerpo desnudo podría enloquecer a un hombre pero ¿destruiría su
resistencia? Miles estaba determinado a ser un tutor firme y protegerla incluso de sí misma.
Antes de que las dudas dominasen la fuerza de su deseo, Felicity abrió la puerta de
comunicación.
En pie cerca del fuego, Miles la encaró con severidad. La bata de terciopelo marrón, mal atada
por el cinturón, no dejaba dudas en cuanto a la desnudez bajo ella. No sabía si una mujer desnuda
enloquecía a un hombre o no, pero el pecho de Miles le estaba provocando un efecto poderoso.
Como si lo percibiese, la cerró mejor y apretó el cinturón.
— ¿Qué quieres?
—A ti – respondió Felicity.
— ¿Qué juego es éste? No te quieres arriesgar a un embarazo. ¿O será que quieres usar a otro
niño en esta lucha?
— ¡No estoy usando a Kieran!
—No es eso lo que quería decir. Pero Kieran está siendo usado. Sin duda no queremos al niño
corriendo riesgos. Como ya te dije antes, no puedo ser tan altruista como fui en Clonnagh.
—No importa.
Claro que sí, sin embargo el deseo la enloquecía.
—Para mí importa mucho. Si te tomo entre mis brazos, no conseguiré contenerme. Y no
quiero correr el riesgo de que lleves a mi hijo si te vas.
— ¿No podemos por lo menos acariciarnos, besarnos? Si supieses cuanto ansío…
—Lo sé. ¿Cómo puedes imaginar que yo no lo sepa?
—Por Dios, ¡te amo!
—Yo también te amo, pero no estamos hablando de amor que no morirá sino de deseo que
podrá esperar a una ocasión mejor que ésta.
—¿Y si no hubiese una?
Desesperada, Felicity empezó a desabotonar el escote del camisón.
Miles se aproximó y le cogió las manos con firmeza.
— ¡No seré seducido! es un insulto pensar que la visión de tus pechos me hará cambiar de idea.
¿Crees que eres la única con fuerza de voluntad?
Con un gesto brusco, ella soltó las manos.
— ¿Sabes lo cansada que estoy de las advertencias?
—Tal vez debieras, entonces cambiar tu comportamiento. – sin que pudiese impedirlo, Felicity
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metió la mano dentro de la bata para acariciarlo.
—Intenta convencerme de que no estás loco de deseo por mí.
Miles escapó fuera de su alcance.
—Ya he admitido que lo estoy. Diablo, Felicity, además del riesgo de un embarazo, soy tu tutor
y estoy intentando actuar de manera adecuada. Si me seduces y podrías, ¿piensas que nos
sentiríamos mejor?
—Por lo menos me daría algo. De repente, ella lo miró atenta.
— ¿Cuándo te vas? ¿Cuáles son tus planes? – deprisa, ella se controló.
—No esperas que te cuente mis planos, ¿no es cierto?
—Claro que sí. No somos enemigos.
Sintiendo culpa por la carta de Rupert, ella atacó:
—Podríamos serlo, ya que no obtengo nada.
Fue como si Felicity lo hubiese abofeteado. Con una voz inexpresiva dijo:
—Felicity, vuelve a tu habitación y deja la llave a este lado de la puerta. Obviamente lo
necesito más que tú.
Había perdido. Aún buscó otra manera de hacerlo ceder. Sin embargo percibió que algo
conseguido en este momento no pasaría de cenizas, no de llamas ardientes.
Ya en su habitación, Felicity oyó como la llave giraba en la cerradura. Poco después, oyó el
mismo ruido en su puerta del corredor. Estaba encerrada. Deprimida, concluyó que habían vuelto
a ponerse en pie de guerra. Por lo menos, si quisiese huir al encuentro de Rupert esa noche, no
podría.
Limpió un pedazo de cristal empañado y miró al oscuro parque, dónde sin duda, el carruaje, con
un Rupert cada vez más furioso, la esperaba. Si no tenía a Kieran con él, podía enfurecerse, pues
le daría una gran alegría.
Pero le haría pagar la rabia de esta noche si acababa bajo su dominio. A menos que el plan de
los amigos diese resultado. Rezó con fervor para obtener ese milagro.
Se sacó la bata y se acostó, consciente de lo que le costaría dormir.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1111
A La mañana siguiente todos sufrían los efectos de la fiesta; en el caso de Miles y Felicity,
también de otras cosas. A pesar de eso y de la llovizna, los hombres fueron a cazar.
Beth, Blanche y Felicity ya estaban a la mesa cuando llegó el correo. Como no había traído
carta de la madre de Miles, la melancolía dominó a Felicity. O mejor dicho, una tempestad se
formó en su interior.
—Sin duda debió haber llegado alguna noticia, Miles. – él levantó los ojos de la edición atrasada
del Times que acababa de llegar.
—Aquí dice que hubo una tempestad en el mar de Irlanda un día después de nuestra travesía.
Todos los barcos tuvieron que quedarse en puerto un día más, inclusive los del correo. Con
seguridad Dunsmore se quedó allí por eso. O aún mejor, lo cogió la fuerza de la naturaleza. –
sonrió – Tal vez te guste la idea de que esté dando cuentas de sus acciones en el otro mundo.
Felicity deseaba poder hacerlo.
— ¿Cuál es el problema? Pensé que te gustaría esa imagen.
—Por el momento no me importa mucho dónde está Dunsmore siempre que Kieran no esté
con él.
—Tengo la seguridad de que mañana tendremos noticias.
— ¿Y si no llega ninguna? ¿Por qué me has traído tan lejos? Incluso si supiese que Kieran corre
peligro, llevaría días para llegar hasta él.
Asustada, Felicity se cubrió el rostro con las manos. Sentada a su lado, Beth pasó el brazo por
sus hombros, pero la voz de Miles fue seria al decir:
—Si te hubieses quedado en Irlanda, te habrías casado con Dunsmore. Ni tú ni Kieran estaríais
seguros.
Felicity recuperó el control y descubrió su rostro.
—Estaría a su lado.
—Entiendo tus temores, pero tu hijo está seguro y recibiremos noticias. O tendremos carta de
mi madre o aparecerá Dunsmore – afirmó Miles con una voz más suave.
Felicity tuvo que esforzarse para no cambiar una mirada con Beth.
Un criado avisó que habían llegado los caballos. Los hombres se levantaron, Miles apartó el
periódico y preguntó:
— ¿Puedo irme tranquilo, con la seguridad de encontrarte aquí cuando vuelva?
Felicity cogió el periódico para disfrazar la indecisión. ¿Qué haría si llegase otro mensaje
exigiendo que cediese? Beth le apretó el hombro y dijo:
—En un día como éste solo los locos se exponen a la intemperie. Te garantizo Miles que no
vamos a ningún lado.
Felicity casi lloró de alivio. Si se quedara en casa, Rupert no podría entrar en contacto con ella.
Miró a Miles y hasta sonrió.
—Sí, estaré aquí cuando vuelvas.
Él cogió a Gardeen del suelo y lo levantó.
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—Asegúrate de que ella también se quede dentro.
— ¿Por qué? ¿Crees que corre algún peligro?
—Ya es tiempo de que Dunsmore aparezca y ya ha probado que le gusta maltratar gatos.
—Eso es porque les tiene miedo.
—Es un tipo despreciable.
— ¿Crees que no hay que temer a los gatos? – preguntó ella.
—No hay nada más que temer que unos arañazos.
—Es algo, Miles, que a veces me da que pensar. Ahora vete a cazar una inofensiva zorra.
Tan pronto como los hombres se fueron, Felicity buscó consuelo en el piano. Pasó la siguiente
hora perfeccionando escalas y haciendo ejercicios. Beth y Blanche fueron a leer allí.
Felicity levantó la mirada y preguntó:
— ¿No es más confortable la biblioteca o la sala de estar?
—No mucho y te estamos vigilando. Si sale una palabra de aquí para el sapo de Dunsmore, no
queremos que sea sobre que tú puedes andar por ahí como quieras. Eso sería estimular su malicia
– explicó Beth.
—No es exactamente tonto.
—Solo estoy siendo mala. Pero sí que es un sapo.
—No, una comadreja, pues es astuto y le gusta meter la nariz en todo. Los sapos son animales
útiles para el jardín.
—Las comadrejas también tienen sus cualidades. Pero vamos a llamarle comadreja y
protegerte de su nariz – prometió Beth.
—Gracias. Va a ser agotador.
—Solo si insistes en pasar la mañana haciendo escalas.
Felicity se rió y pasó a tocar algo de Bach. El ambiente se volvió más agradable. Sin embargo,
en su interior se sentía como el volcán con el que había sido comparada. Imaginaba lo que estaría
planeando Rupert. En caso de que creyese que ella estaba encerrada, incapaz de obedecer sus
instrucciones, no actuaría por algún tiempo. En un determinado momento Beth se aproximó al
piano.
— ¿Estás bien?
—Sí, ¿Por qué?
—Estás tocando la misma pieza hace ya media hora y cada vez más deprisa. ¿Cómo lo aguantan
tus dedos?
Un acorde disonante interrumpió el preludio de Bach. Felicity apartó las manos del teclado y
murmuró:
—Disculpa, pero detesto esperar.
—Necesitas una distracción. ¿No quieres jugar al billar?
—No sé jugar. Miles apenas me enseñó lo básico en Clonnagh – explicó mientras los recuerdos
de aquel día la invadían.
—Parece una enseñanza perturbadora. Bien, podemos jugar a la baraja – sugirió Beth.
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—No, prefiero el billar. ¿Blanche juega? – preguntó Felicity
—Muy bien. No dejes que ella sugiera las apuestas – la actriz les dirigió una mirada divertida.
— ¡Es una excelente idea! Este romance es muy cansador. Si a las personas les gusta dar
consejos, deberían escribir sermones – de camino a la sala de billar preguntó —¿Te ha avisado
Beth de que juego muy bien?
—Sí que me ha avisado. Y también que no deje que tu sugieras las apuestas.
—¡Qué pena! Esperaba ganar tus brotes rosados. – confesó Blanche.
— ¿Tienes derecho a usarlos? – preguntó Felicity sonriendo.
—No desde hace unos once años – respondió Blanche, y le guiñó un ojo. Cogió un taco, alineó
tres bolas y mandó una roja dentro — no combinan contigo.
—El propósito es alejar a los moscones. ¿No temes que hagan eso los tuyos?
—Actualmente solo tengo uno y lo acepto. Él es más que suficiente para cualquier mujer.
—Creo que él se quiere casar contigo.
—Ah, es un loco romántico y piensa que puede transformar el mundo de acuerdo con su visión
de color de rosa.
—Esa parece ser una tendencia en este grupo.
—No tengas eso en cuenta, Felicity. Como grupo, pueden mandar en el poder maligno de la
élite y el dinero – le advirtió Beth.
—Soy miembro de una de las familias más antiguas de Irlanda y heredera de una considerable
fortuna. No veo mal alguno en ser de la élite y tener dinero – se giró a Blanche — Apuesto los
brotes, claro, ¿Qué me ofreces contra ellos?
—Bien, no tengo nada que no sea blanco y ese no es tu color. Puedo apostar mi adorno
inacabado de plumas para la cabeza.
—Hecho – se dirigió a Beth — ¿vas a entrar en el juego? La vencedora se quedará con todo.
Por lo que hay apostado debe de ser algo de lo que quieras librarte.
— ¿Qué tal mi látigo color ámbar? No me gusta mucho montar. No de esa manera – continuó
Beth.
Felicity rio y las tres aceptaron las apuestas.
Como no le habían puesto límite a la competición, jugaron hasta que el hambre y la sed las
mandaron en busca de comida.
Cuando ya se habían servido el té y los sandwiches Beth comentó:
—Increíble, pero existe gran cantidad de ciencia en ese juego. ¿Continuamos? Creo que Felicity
está un poco cansada en este momento.
—Y yo estoy exhausta. No encontraría fuerzas para levantar el taco – confesó Blanche al
recostarse en el sillón.
—¿Estás diciendo que quieres verte libre de esas plumas? Pues me quedaré con ellas – dijo
Felicity.
Pasó el resto de la tarde terminando el adorno del pelo. Fue al espejo para ver el efecto.
Blanche levantó la mirada del libro que leía y exclamó:
— ¡Cielos! ¿Cómo has conseguido hacer esto tan deprisa?
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—Mi abuelo me enseñó a atar redes. ¿No crees que las plumas negras combinen muy bien con
tu pelo? Misteriosas y provocativas.
Felicity volvió al piano para tocar una pieza dramática de Beethoven.
Cuando llegaron los hombres, después de un insufrible día de caza, Miles notó el adorno y lo
elogió. Al oírla decir que lo había hecho, comentó:
—Otra habilidad femenina. No sé si puedo entender tales cambios.
—Bien, las mudanzas no siempre son para mejor – afirmó ella.
Se estaba terminado el día sin otro mensaje de Rupert.
A la mañana siguiente la tensión de Felicity disminuyó gracias a una carta del castillo de
Kilgoran.
Al cogerla de manos de Lucien, Miles se la ofreció.
—No, es de tu madre para ti. Por favor, lee deprisa. Él rompió el contacto de sus manos y
Miles se la ofreció.
—No, es de tu madre para ti. Por favor, lee deprisa. Él rompió el lacre y empezó a transmitir las
noticias:
—Está en el catillo y protesta por las actitudes dictatoriales del conde. Chocan como olas en
una playa. Kieran y la Sra. Edey están en el ala de los niños con una docena de criados para
servirles. Después cuenta de que Kilgoran ha mandado a un mozo fuerte y saludable ara ser el
criado personal del niño y acompañarlo a todos los lugares.
Felicity percibió que apretaba las manos y las relajó.
– ¡Gracias a Dios!
Aunque mantenía la sonrisa, la bola de alivio y alegría estalló. Se había prometido a si misma
que cuando tuviese una buena noticia le mostraría a Miles la carta de Rupert. Sin embargo, como
si fuese humillante confesar el error en público, decidió esperar por un momento en que
estuviesen a solas. Podía pedirle que la acompañase a otra habitación pero ganó la cobardía.
Felicity pasó otro día dentro de la casa, “vigilada” por Beth y Blanche. Intentaba convencerse
de que no había necesidad de contarle nada a Miles y a Beth.
Al día siguiente se desesperó hasta casi enloquecer. La víspera por la noche, Miles siempre
calmado, había empezado a extrañarse de la falta de noticias de Rupert. Necesitaba actuar.
No haberle dejado mostrar la carta a Miles solo serviría para volver eso más difícil.
Al tocar una suave nana, surgió la inspiración. Si recibiese otro mensaje podría contárselo a
Miles sin mencionar la anterior. No había motivo para esconderse temerosa. Si Kieran estaba
seguro, Rupert podría amenazarla pero no se asustaría.
Felicity se libró de la vigilancia de Beth y Blanche como ya había hecho con Miles, dando la
disculpa de ir al excusado de la planta baja. Cuando salió siguió por el corredor de los criados
hasta la puerta exterior. Al lado había un perchero con capas de lana. Cogió una, salió y respiró
profundamente.
Había aún algunas nubes, pero solo por la humedad del aire. No sería un mal día para los
cazadores. Sin embargo su mayor interés era que cierto caballerizo no estuviese con los
cazadores.
Deprisa se dirigió al patio del establo donde vio cinco hombres ocupados. Dos examinaban un
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caballo, pero ninguno era el mensajero. La curiosidad profesional la llevó cerca del caballo que
parecía enfermo.
— ¿Un cólico? – preguntó.
Uno de los hombres levantó la mirada y se tocó el sombrero.
—Lo es, señorita, pero no muy fuerte, creo. Ella notó su inseguridad y miró alrededor.
— ¿Dónde está el jefe de los caballerizos?
—Ha sido llamado a causa de un animal herido en la cacería, señorita.
Felicity se acercó y puso su oído al lado del caballo. Escuchó el típico ruido de exceso de gases,
pero no hasta el punto de provocar dolores tan agudos.
—De hecho no es muy fuerte. Debe pensar en darle salvado y hacerlo andar. El resultado será
bueno.
El hombre no disfrazó su alivio.
—Eso es lo que íbamos a hacer señorita.
¿Y ahora qué? ¿Debería de preguntar por el caballerizo de cabellos claros? No, pues Rupert
pensaría que ella estaba esperando otro mensaje.
Poco después Felicity vio un bello carruaje tirado por cuatro caballos negros que llegaba al
patio conducido por un criado.
Alguien acababa de llegar a Vauxhall. Sin duda otro justiciero.
El alivio sustituyó a la curiosidad cuando vio al caballerizo de cabellos claros salir del establo
para ayudar a desatar los caballos. Se aproximó, pero no mucho.
—Bonitos caballos, ¿de quién son?
—No lo sé. Ei, Harry ¿de quién es este carruaje?
—De lord Middlethorpe, un hombre muy generoso, Josh. – Entonces vio a Felicity —Perdón
señorita.
El de cabellos claros, Josh, le dirigió una rápida mirada asustada y volvió a trabajar.
—Tengo la seguridad de que es digno de confianza, Josh – dijo ella, y dirigió la mirada al otro
lado con el fin de darle tiempo de terminar el trabajo y, si lo necesitaba, entregarle algo.
¿Cuánto tiempo tardaría Beth en ir a buscarla?
Los hombres terminaron de desatar los caballos y empezaron a cepillarlos. Felicity vio a Josh
entrar en el establo. No tardó en volver con mantas para cubrir a los animales y le dirigió otra
mirada rápida.
Con el corazón disparado, ella se aproximó al caballo que cubría Josh. Un papel pasó a su
mano.
—Él dice que la señorita tiene que actuar esta vez – murmuró.
—Dígale que me vigilan día y noche. Solo he conseguido… Vea, allí viene mi vigilante.
Beth se aproximaba, acompañada de un hombre esbelto y de cabellos oscuros. Con voz severa
preguntó:
—Por Dios, Felicity, ¿Qué estás haciendo aquí?
Ella tuvo tiempo de meter el papel en el bolsillo y protestar:
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— ¿No tengo derecho a respirar aire fresco? – Miró al atrayente extraño, desde las botas de
cuero hasta el sofisticado sombrero alto — ¿Quien es el caballero?
—La mirada de Beth reveló irritación, pero la voz fue normal.
—Francis, esta es la Srta. Felicity Monahan, de Foy Hall, en el condado de Meath. Está bajo la
tutela de Miles y no le gusta la situación. Felicity, te presento a Francis, Lord Middlethorpe, otro
miembro de la sociedad contra la crueldad y la opresión. Ahora volveremos a casa. Debes de
estar helada. – con expresión amable, Felicity sonrió a Lord Middlethorpe.
—Beth lo ha traído por si fuese necesaria una fuerza extra ¿No es cierto?
El daba la impresión de ser delicado, pero no lo fue al hablar.
— ¿Y lo es? Me gusta que me avisen cuando tengo que usar la fuerza con una mujer.
Felicity ahogó una exclamación. El hombre no simpatizaba con ella. Eso no era extraño en esta
circunstancia y sin embargo, le extrañó. Durante toda su vida, la única persona que le había
mostrado aversión había sido Miles. Bien, en ambos casos ella representaba un papel
desagradable. Se rio con insolencia.
—Me gusta mantener el elemento sorpresa, señor, más aún cuando me encuentro entre
enemigos.
Apresuró el paso y siguió hacia la casa delante de los dos. Allí, provocó a Beth con
insinuaciones y fue encerrada en su habitación. Al verse a solas y segura, sacó la recompensa de la
expedición, la nota.
Mi querida Felicity:
No puedes calcular mi angustia porque aún no estemos juntos.
¿Ah no? Pensó ella. En su furia, debía de estar mordiendo madera…
Al pensar en tu situación de prisionera hiervo, se me revuelven las tripas. Mi paciencia se está
agotando. Solo Dios sabe lo que haré a continuación.
Bien, esto era una amenaza. Era lamentable que no tuviese el valor de ejecutarla…
¿Puedes imaginar mi sufrimiento al verte cabalgar, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo? ¿Y
otra vez en la noche viendo el resplandor de las velas detrás de tus cortinas con la esperanza de
que tuvieses la osadía de seguir mis instrucciones y huir?
Felicity se estremeció con la horrible sensación de estar siendo observada, aún más conociendo
el poder de los prismáticos de alcance. ¿En qué otras ocasiones Rupert la había espiado y qué
había visto? ¿Qué sospechaba?
Él no era idiota. ¿Sabía que si ella realmente quisiera huir de esa casa, ya habría encontrado el
medio de hacerlo? Felicity de pronto sintió alivio.
Era difícil que Rupert hubiera espiado allí dentro. Los criados debían comentar entre ellos,
razón por la cual ella y Miles escenificaban peleas. Pero ninguno de ellos comentaría los asuntos
de la casa con un extraño o un tipo de condición inferior como Josh. Por lo tanto Rupert no sabría
lo poco que era vigilada.
En ese caso, la escena del patio del establo había sido muy oportuna. La llegada de Beth
acompañada de un hombre dispuesto a ayudarla era lo que Josh, sin duda, contaría a Rupert.
¡Bien!
Así sería posible controlarlo hasta que llegasen noticias de Cheltenham.
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Leyó el resto de la nota y las instrucciones.
Puedes confiar en el criado que te entrega mis mensajes, es seguro, como cualquier otro
miembro de la clase baja.
Que idiota pretencioso…
Infórmalo sobre la mejor manera de huir y yo tomaré las medidas oportunas para garantizar el
éxito. Con los hombres cazando todos los días no será difícil escapar para ti.
Había una sospecha evidente en este punto.
Necesito recibir una palabra tuya, hablar contigo, besarte, querida. No me hagas esperar.
Recuerda siempre que, a quien amas también te ama y sufrirá por todos estos momentos de
espera.
Rabiosa, Felicity arrugó el papel. La amenaza era verdadera. Si engañase a Rupert y no
consiguiese mantener a Kieran lejos de su dominio, la venganza sería ejecutada en su hijo.
Y nada en este mundo cambiaría el hecho de que Rupert era el padre de Kieran.
Una vez más se sintió tentada a ceder y huir, pero se mantuvo firme. Había aceptado el plan
del grupo y esperaría hasta recibir noticias de Cheltenham.
Felicity alisó el papel. Por lo menos ahora tenía algo que mostrarle a Miles y librarse de su
sentimiento de culpa.
Pero entonces se estremeció. Esta nota dejaba clara la existencia de una anterior. ¿Qué hacer?
Se preguntó afligida.
Después de mucho reflexionar decidió que no le quedaba otra opción que la verdad.
Al mediodía Beth acompañó a una criada con una bandeja. Después de salir la puerta volvió a
cerrarse.
Felicity ignoró la bandeja con alimentos y se puso en la ventana. Quería ser vista. Cuando
Rupert supiese que estaba encerrada en su habitación quería que recordarse el verla en la ventana
soñando con la libertad.
Pero era terrorífico pensar que la estuviese observando.
Cuando finalmente se sentó a comer, vio que Beth le había traído también un libro para
entretenerse, o mejor, para instruirla. Las Cartas de Lord Chesterfield.
Después de leer un buen rato, reflexionó sobre la defensa de la verdad hecha por el autor.
Pensó en cuál de los motivos citados por él la había hecho mentir, pues el silencio había sido una
mentira.
La vanidad, la cobardía y el miedo a las consecuencias. Al saber que Rupert estaba cerca, Miles
podría romper la palabra dada y matarlo.
Lord Chesterfield se había olvidado de un factor, la desconfianza.
Miles iba a exaltarse con la novedad.
Más tarde, en la ventana vio llegar a los hombres. Esperaba que Miles fuese a hablarle, pero en
vez de él, apareció Harriet con el fin de prepararla para la cena.
Al llegar a la sala de estar, Felicity notó la mirada sombría de Miles. Intuyó que ya estaba
enterado de todo.
— ¿Por qué has ido al establo? ¿No calculaste el peligro? – preguntó.
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—El lugar estaba lleno de criados. – Miles movió la cabeza.
—He sabido que has conocido a Francis.
—No le he gustado.
—Seguramente lo habrás tratado con tu rebeldía habitual.
—No he tenido elección. Acompañó a Beth cuando estaba buscándome y había mucha gente
alrededor.
—Está bien, se lo explicaremos más tarde.
Sin embargo, después de la cena, cuando las damas estaban en la sala, Beth expresó una
opinión contraria.
—Si no te importa, Felicity, no vamos a explicar tu situación a Francis por el momento. Lucien
dice que tiene algún problema. Es tan bondadoso que tememos que no hable de ello por creer
que existe algo más importante. Ahora cuéntame porqué saliste.
— ¿Crees que he recibido un mensaje? Te equivocas.
—Bien. Supongo que tenías necesidad de actuar.
—Eso mismo. –Era verdad, pero no como Beth pensaba. Pero la falsedad no sería aprobada por
Lord Chesterfield – leí una parte del libro que me dejaste en la bandeja.
—Chesterfield me recuerda al duque de Belcraven, el padre de Lucien. Severo, pero sensato y
espiritual. Por otro lado, tiene una pésima opinión sobre las mujeres. ¿No dice que nunca ha
encontrado una con sentido común? – comentó Blanche.
—Es extraño como incluso los hombres inteligentes son ciegos. Afirmó que las mujeres
permiten que la pasión y la fantasía interfieran en sus acciones – continuó Beth.
— ¿Y por qué no? ¿No son la fantasía y la emoción lo que nos distinguen de los monstruos que
se parecen a los relojes? – cuestionó Felicity.
—¡Es verdad! Protege tu fantasía, Felicity, así como tus emociones – aconsejó Beth.
El apoyo hizo que Felicity se sintiese contenta mientras esperaba para confesar su error.
Cuando los hombres se unieron a las damas, Felicity se levantó.
—Miles, necesito hablar contigo. – sorprendido y desconfiado, él sugirió:
— ¿Por qué no vamos a la biblioteca?
Fueron allí, pero el coraje la abandonó.
—Lo siento mucho. – murmuró con las manos en la cintura.
— ¿Por qué? ¿Por ir al establo? Como has dicho…
—No por eso
— ¿De qué se trata? ¿Estás embarazada?
—No lo sé aún. Dame un momento, Miles, y te lo diré.
—Sea lo que será, no puede ser tan malo como piensas – afirmó Miles abrazándola.
Ella se había olvidado de lo bueno que era acurrucarse entre esos brazos. Esperó un instante
con el fin de absorber la energía del contacto.
—He recibido un mensaje de Rupert hoy –los brazos la apretaron un poco más.
—Finalmente. Entonces está en el área. ¿Te ha amenazado? ¿Qué es lo que has hecho?
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—Vine a casa y leí la nota, nada más. Pero recibí una el domingo también.
—Sería bueno que confiases en mí.
—Oh Miles…
—Lo comprendo. Siempre he contado con mi familia y amigos. Jamás he estado solo. Tú
nunca has tenido a nadie desde que tus padres murieron. Has necesitado aprender a defenderte.
Debe ser difícil ceder ante alguien.
—Pensé que me odiarías.
—Jamás. Esto me asusta porque puedes desaparecer en cualquier momento.
—Puedo, sí. Pero tengo la seguridad de que conseguiré cambiar eso.
—Haré que conste en los votos matrimoniales.
Como Felicity intentase protestar, Miles la besó. Cuando ambos tuvieron fuerzas para parar, el
sonrió.
—Veo que aun estas aquí para ser besada. Recuerdo tu promesa, la primera carta te haría libre
para ir.
— ¿En medio de una fiesta?
—Eso no te detendría.
Miles merecía su honestidad.
—Lo pensé, pero no quería ir. Y aún no quiero. Si me casara con Rupert haría mis votos
llorando.
— ¡Qué gran consuelo! - ironizó y la apartó – ahora déjame ver las notas.
Felicity las sacó de su escote.
—No sé cómo puedo merecerte.
—Ni yo si guardas cartas de otro hombre can cerca del corazón – dijo al cogerlas.
—Loco. Este vestido no tiene bolsillos.
—Eso es una mera disculpa – leyó las cartas aprisa y comentó — Dunsmore hace amenazas
veladas. ¿Te asustan?
—Las de la primera sí. Entonces reflexioné que si tuviese a Kieran en su poder lo usaría en vez
de amenazar. La de hoy no me perturbó hasta que me di cuenta de que tú, cuando la leyeras, te
enterarías de la primera. Oh Miles, te amo desesperadamente.
—Yo también. Tengo la esperanza de que un día sea todo menos penoso para los dos. Bien,
como Luce no quiere preocupar a Francis, vamos a tener el consejo de guerra a dos.
Felicity asintió con un gesto de cabeza y dijo:
—Bien, mientras Rupert crea que no puedo huir, estamos seguros. En cuanto tengamos
noticias de Cheltenham nos pondremos en contacto con él para comunicarle nuestros términos.
Mi miedo es que piense que vamos de farol y vaya a buscar a Kieran.
—Tal vez fuese mejor matarlo.
Ella lo miró. El hombre era encantador.
— ¿Serías capaz?
—Claro.
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Felicity lo creyó. Los hombres eran criaturas extrañas.
—Probaremos con la ponderación y el soborno primero. Eso quiere decir que tienes que
permanecer encerrada y vigilada en los próximos días.
—Bien, vamos a volver. Solo Dios sabe lo que Lord Middlethorpe está pensando.No que
estemos haciendo el amor. Lo convencí de que te considero una carga irritante.
Como no se resistió, ella se acurrucó contra Miles.
— ¿Lo soy o no?
Él le besó los cabellos.
—Lo eres, sí, pero una carga que me hará feliz por el resto de mi vida.
Los días siguientes pasaron como los anteriores. Los hombres iban a cazar y Felicity era bien
vigilada. Beth y Blanche no la dejaban a solas, excepto encerrada en su habitación.
Stephen tuvo que irse, pero garantizó que no lo necesitarían allí cuando llegasen las evidencias
de Cheltenham.
Aún no se había asentado el polvo después de su partida cuando Con Somerford, vizconde de
Arnleigh, otro justiciero, tomó su lugar. Allí estaba otro tipo atrayente. Tenía los cabellos oscuros
cortos, el mentón que indicaba firmeza y los ojos ceniza con motas de humor. Cuando sonreía
mostraba hoyuelos.
Cansada de causar mala impresión a los nuevos huéspedes, Felicity le contó la verdad.
—Veo que tenemos demasiados problemas en este momento – comentó él sonriendo — no
puedo olvidar que debo evitar a las mujeres como a la peste.
—En mi caso, estaría mejor sin interferencias masculinas – dijo Felicity pensando en Rupert —
sin embargo el problema de Francis partió de una amiga.
Según Lucien, una señora, de la que se había hecho amiga Francis, estaba siendo explotada por
sus hermanos que le habían robado sus bienes de viuda. El plan, sugerido por Miles para
conseguir parte de ese dinero consistía en una carrera de caballos que contaría con uno llamado
Banshee.
—A Tom y Will Allbright les gusta, por ese orden, jugar, los caballos y las mujeres, ¿Por qué no
intentarlo con dos de esos tres?
— ¿Cómo? – preguntó Francis.
— ¿Ya has visto a Banshee?
—Claro, respondió Francis con una mueca.
—En la carrera de este domingo no será difícil proponer una apuesta entre Banshee y uno de
los caballos de los Allbright. Ellos tienen dos de los que se enorgullecen. Los venceré.
—Los Allbright no son tan imbéciles para subestimar un caballo tuyo, Miles – afirmó Con.
—Eso es problema mío. Montaré a Banshee, además primero lo compraré para que no haya
sospechas. ¿Cuánto quieres por él? – le preguntó Francis.
—Cincuenta – respondió Miles, y le sonrió a Felicity. Francis hizo otra mueca, pero cogió la
cartera.
—Hecho.
—Bien niña. Me debes un pastel hecho por tus manos – dijo Miles con una nueva sonrisa.
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Felicity no pudo contener la risa.
—Miles Cavanagh, a veces me gustas. Pero tendrás que comer todo el pastel.
Por lo menos las horas gastadas en la cocina sirvieron para pasar el tiempo. Para entretener a
las criadas, Felicity escenificó su pena por el secuestro y el cruel tratamiento de su tutor. Protestó
por ser mantenida en casa, pues estaba acostumbrada a cabalgar libremente.
Eso escandalizó a las criadas como quería Felicity, con el fin de mantener la buena reputación
de Miles.
El resultado de sus esfuerzos fue un pastel un poco pesado, aunque la cocinera lo empapó en
coñac.
—Vamos a llamarlo borracho, señorita. Les va a gustar a todos si es servido con una cucharada
de crema.
Y lo fue, aunque Miles la provocase al proponer un brindis con los trozos.
Cuando el correo del sábado no llevó nada de Cheltenham, Felicity casi gritó.
—Necesito salir de aquí, Miles, y respirar aire fresco. Josh puede tener otro mensaje de Rupert.
Sabremos lo que está planeando.
—Si sales nuevamente, pensará sobre el porqué no huyes de una vez. Sin embargo no hay
motivo para que no tomes parte en la cabalgada de mañana.
— ¿Una mujer? ¡Sería el fin del mundo!
—Te engañas. Algunos hombres incluso preguntaron por qué tú, siendo Monahan de Foy, no
participabas en las cacerías. Mañana cabalgaremos un poco y veremos excelentes animales.
Entonces volveremos aquí con el fin de apreciar la proeza de Francis con los Allbright. Puede ser
que Josh te pase otra nota.
— ¿Entonces por qué no puedo ir a cazar?
—No he dicho que todos los hombres estén a favor. Algunos están en contra. Además existe el
riesgo de que Dunsmore intente un secuestro.
— ¿A pesar de que habrá unos cuarenta hombres para garantizar mi seguridad? – lo provocó
con una sonrisa maliciosa.
—Me acabarás matando, lo juro.
—Eso espero.
— ¡Para Felicity, o sufriré un accidente!
El domingo transcurrió según los planes y Felicity fue testigo de la fría manera en que Francis
provocaba a su adversario. Tom Allbright acabó apostando tres mil guineas a que su pura sangre
vencería al horroroso Banshee.
Ello no pudo acompañarlos en la carrera de Banshee, caballo de tremenda resistencia y que no
toleraba quedarse atrás. Venció, claro.
Y durante el día recibió un recado en vez de una carta de Rupert.
Mientras estaba en el establo de Vauxhall, Josh la miró fijamente. Con la máxima cautela, lo
siguió a un compartimento vacío.
— ¿Tiene una carta para mí?
—No. Él no está satisfecho. Piensa que la señorita podría huir si quisiese y la mandó escribirle.
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— ¿Cómo? Estoy siempre vigilada y a la menor sospecha me encierran en la habitación.
Cuéntele eso. Dígale también que tenemos que esperar algunas semanas hasta que yo alcance la
mayoría de edad. Entonces nadie podrá separarnos.
—Él está impaciente, señorita. En la taberna Three Hands se comenta que hay hombres tras él
para cobrarle dinero. Son del tipo de los que si no reciben dinero quieren sangre.
—Dígale que huiré si puedo, pero que no cuente con eso. Tal vez tenga que esperar.
—Disculpe señorita ¿Está segura de él? Dicen que engañó a esos hombres. Aunque sean
murmuraciones, no lo encuentro aceptable. No parece ser un buen hombre. Yo no querría ver a
mi hermana casada con un tipo como ese – afirmó Josh.
Agradecida por el interés del chico, Felicity declaró:
—Sé lo que estoy haciendo.
Resistió la tentación de irle a contar a Miles la última noticia.
Más tarde, sin embargo, después de que Francis se hubo retirado para descansar de la terrible
carrera con Banshee, los otros se reunieron para un nuevo consejo de guerra.
Después de oír la historia, Miles dijo:
—Entonces tiene problemas con los prestamistas. ¡Bien! Ahora creo que lo tenemos en
nuestras manos.
El lunes había otra carta de Kilgoran llena de noticias alegres. Dentro venía también un dibujo
colorido con letras que decía “Para Felicity de Kieran George Dunsmore”
Felicity le sonrió a Miles a través de las lágrimas.
—Nunca ha tenido ocasión de escribirme antes. Bendita lady Aideen.
Al día siguiente llegó un paquete de papeles de Cheltenham. Los hombres ya habían salido a
cazar, pero las mujeres no tuvieron escrúpulos en ver los documentos.
Para Felicity fue deprimente leer la declaración de los Bitten. Sí, una joven embarazada, muy
parecida a la del dibujo, pasó el invierno y el inicio de la primavera de 1811 con ellos. Dio a luz un
niño al que se llevaron pronto una mujer y su marido. Sí, la mujer también estaba embarazada,
pero no dio a luz allí. Sí, el matrimonio fue llamado por los Bitten en cuanto los dolores de la joven
empezaron. Esas habían sido sus instrucciones.
Una tal Sra. Stafford, de Cheltenham, también había hecho declaraciones sobre el tiempo en
que el sr y la Sra. Dunsmore, de Irlanda, se habían hospedado en su casa, con la señora recibiendo
cuidados médicos, pues estaba embarazada. La Sra. Dunsmore acostumbraba a pasear en su
carruaje. Un día volvió con una criatura recién nacida en brazos. Había dado a luz en una granja y
parecía muy saludable. No, ella no había amamantado al niño, sino un ama de leche que había
llegado con ellos. Con la frente fruncida, Felicity levantó la mirada del documento.
—Esto es circunstancial, pues cita hechos – Beth que leía la carta del investigador estuvo de
acuerdo.
—Sí. Y el Sr. Scrope dice que el médico de la Sra. Dunsmore era muy viejo y ya ha fallecido.
—Típico de una comadreja haberlo escondido. No pensaba que fuese tan inteligente – admitió
Felicity.
—Astuto, diría yo. Esto no es bueno. Dunsmore puede alegar que su esposa le ayudó a
solucionar su problema para encontrar una buena familia que adoptase a su hijo. Por pura
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coincidencia dio a luz el mismo día, en el carruaje, de camino a casa – dijo Beth, pero Felicity, a
pesar de una ola de pánico, dijo:
—No, ¡Esperen! El cochero debe de saber algo. Ella no podía, en medio del camino a casa
librarse de una criatura y dar a luz a otra sin que él se enterase.
—Es verdad. Pero debe de haber sido un coche de alquiler. ¿Cómo lo encontraremos?
—Tiene que haber una manera. He ido demasiado lejos para desistir.
—¡Bien! ¡Felicidades! — dijo Blanche sonriendo.
Pero Felicity continuaba inquieta. Sabía que había relajado sus defensas y se había vuelto
vulnerable a los sufrimientos. Si se tuviese que casar con Rupert sería mucho peor que antes,
pues había encontrado amigos y se había enamorado de Miles.
Por la noche, los hombres estuvieron de acuerdo con la opinión de las mujeres. Beth ya había
mandado otro mensajero a Cheltenham para descubrir quién sería el cochero.
— ¡Más esperas! Creo que voy a enloquecer – se quejó Felicity.
Dos días después Francis anunció su partida. Todos sospechaban que tenía algo que ver con su
afligida amiga, Serena Riverton.
—Claro que sí, pues ellos no se pueden casar. Parece que ella nunca le dará hijos – explicó
Lucien después de que el carruaje desapareciese.
—Si los hombres no fuesen tan obsesivos en cuanto a los hijos, el mundo sería mucho mejor –
comentó Felicity.
—Son las leyes sobre herencia que nos gobiernan y no lo que nosotros queremos.
—¿No es lo mismo? – preguntó ella, y todos rieron.
Sin embargo, al día siguiente, enrojeciendo, ella tuvo que contarle a Miles que no estaba
embarazada. El la abrazó y admitió.
—Siento un punto de tristeza, pero es mejor así. Quiero que nuestro primer hijo nazca nueve
meses después de nuestra boda y un poco más si tu pasado sale a la luz.
—Es extraño, yo también me siento un poco triste. El fruto de un amor tan ardiente sería una
criatura maravillosa.
—Entonces solo tenemos que ser ardientes cuando llegue la ocasión. Tengo la seguridad que
no será difícil.
Una ola de deseo la dominó, llevándola a acurrucarse más a él.
—¡Esa es la pura verdad!
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1122
Entonces los hechos se precipitaron. El mensajero enviado a Cheltenham estaba de vuelta y
traía noticias. El cochero, un tal Sam Greenwood, contratado había cuatro años, se había mudado
a Londres con el fin de trabajar en una cochera de vehículos de alquiler. La información había sido
dada por la Sra. Stafford, su prima, al Sr. Scrope. No, decía el nuevo informe solicitado, el cochero,
según la prima, no había notado nada aquel día. Sin embargo era un hombre taciturno y no se
metía en lo que no le importaba.
—Dunsmore debe de haberlo sobornado para garantizar su silencio – comentó Miles.
—No, debe de haber ignorado al hombre como si no existiese. Rupert siempre desdeñó a los
criados, lo que le ha causado problemas – contó Felicity.
—Para causarle algunos más, debemos ir a Londres para encontrar al cochero.
—¿Y qué pasa con Rupert?
—Cuando sepa que te has ido, irá detrás. No será fácil vigilarlo, pero él te encontrará.
—¿Por qué será que me siento como un cabrito encerrado para atraer al león? –preguntó
Felicity.
—Pobre león si te imagina como una presa fácil – dijo Miles.
Un poco más tarde llegó una carta de Francis comunicándoles su boda con Serena, Lady
Riverton, y su intención de pasar unas semanas en Londres con su esposa. Lucien silbó.
—¡Eso es lo que yo llamo una sorpresa! – giró hacia Beth —¿Sería un gran sacrificio para ti
pasar unos días en Londres?
—¿Ir a una ciudad en la que existen bibliotecas, teatros, museos…? ¿Dejar esta tierra de
caballos y cacerías? ¿Cómo puedes sugerir una cosa como esa? – ironizó Beth.
Ya en pie y con los ojos brillando, Blanche informó:
—Voy a mandar que preparen nuestras maletas.
Miles miró a Felicity
—¿Y para ti? ¿Será también un alivio?
—Será una bendición hacer algo.
Partieron en un desfile de vehículos. Lucien y Hal en uno, Con y Miles en otro, y las mujeres en
el carruaje de Miles. Un pequeño ejército de criados los seguía por si surgía alguna emergencia.
En contraste con su último viaje, Felicity gozaba de mayor comodidad, tanto en el coche como en
el hospedaje.
Antes de partir, había ido al establo y dejado un mensaje para que Josh le transmitiese a
Rupert. Le informaba a dónde era llevada y lo que debería hacer para salvarla. Creía que él ya los
estaba siguiendo. Tan pronto como el cochero le diese la información necesaria, todo terminaría.
El grupo llegó a Londres en la tarde del segundo día. Primero dejaron a Blanche y Hal en su
casa, y, después, siguieron a Belcraven House, la magnífica mansión del duque en Marlborough
Square, a la que Lucien se refería como “el palacio”.
En el ambiente informal de Vauxhall había sido fácil olvidar la alta posición social de Lucien.
Pero, al pasar por la inmensa puerta y entrar en el magnífico vestíbulo, Felicity lo recordó. Criados
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solícitos los rodearon. En pocos minutos se encontraba en una magnífica habitación, con papel
chino en la pared, cortinas de seda y todo lo necesario para su confort.
Se cambió para tomar el té con Beth en su salita, llena de estantes con libros.
—¿Los has leído todos? – preguntó Felicity leyendo los lomos.
—La mayoría. ¿Te gusta leer?
—No mucho. Prefiero las actividades físicas. Cuando esto termine volveré a Irlanda, me
pondré mis pantalones y cabalgaré desde la salida a la puesta del sol.
Felicity se dio cuenta de que era la primera declaración optimista que hacía. ¿Tendría
esperanza finalmente?
Beth sirvió el té y le ofreció un pastel.
—Miles y Lucien ya han salido a buscar el cochero. Tal vez esta noche la lucha haya terminado
y podamos celebrarlo.
—Espero que sí. Excepto claro, por el hecho de que debo asumir mi papel de cabrito
encerrado. Me gustaría no tener que ver nunca más a aquel hombre – confesó Felicity.
—El grupo cuidará de ti – afirmó Beth, y cambió de conversación hacia los efectos de la moda
sobre la posición de la mujer en la sociedad.
A pesar de la aprensión, Felicity se interesó y no vio pasar el tiempo hasta que Miles llegó con
novedades.
— ¡Lo hemos encontrado!
— ¡No me digas! — exclamó Felicity saltando.
—Cálmate y siéntate en el sofá a mi lado. No quise decir que tengamos a Dunsmore en
nuestras manos. Sam Greenwood nos contó la historia después de que lo convenciéramos que
haber testificado era una cosa ilegal. Puede ser taciturno, pero tiene carácter. — Beth le ofreció
un pastel de frutas, y Miles lo aceptó. – Afirmó que iría a cualquier tribunal para jurar que los
Dunsmore salieron de la casa del campesino con un bebé. Le contaron, y Sam lo creyó, que ella
había dado a luz inesperadamente. Y continuó diciendo que había encontrado extraño que ella se
mostrase tan bien después de ese evento.
La esperanza de Felicity floreció.
—Entonces, solo nos resta enfrentarnos a Rupert con las evidencias. Pero él nunca vendrá a
buscarme aquí. Tendré que salir…
—Oh, querida, descansa. Lo dejaremos que te encuentre, sí, pero cuando queramos, y con
precauciones.
Ella se acurrucó junto a Miles. Todo iba a salir bien y ellos podrían amarse para siempre.
—Espero que Rupert tenga el buen sentido de aceptar la derrota. Al igual que la comadreja, si
no tiene salida se volverá irracional y perverso.
—Lo vigilaremos hasta que le pase la rabia – garantizó Miles.
— ¿Dónde está Lucien? – preguntó Beth.
—Fue a casa de Francis con la esperanza de hablar con él.
—Bien. Le dije que averiguase si los novios podían cenar aquí esta noche. Creo que tendremos
que esforzarnos para que Serena tenga un lugar en la sociedad. Si necesitamos recorrer todo
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Londres, Felicity, con ese propósito, la comadreja tendrá la oportunidad de encontrarte.
Sintiéndose en verdad como un cabrito para el matadero, Felicity suspiró.
Como deseaban, los Middlethorpe fueron a cenar con ellos. A pesar de ser bonita, Serena tenía
los nervios a flor de piel. Temía ser rechazada en sociedad por el hecho de que su primer marido
hubiese causado tantos escándalos.
Beth podía tratar mejor esa cuestión a solas con Serena, reflexionó Felicity. Así que, después
de cenar, cuando las damas se retiraron para tomar el té, ella miró a Beth y se quedó atrás. A los
hombres no le importaba y media hora de conversación sobre caballos tuvo un efecto positivo en
los nervios de Felicity.
Cuando se reunieron más tarde en la salita, Serena estaba más calmada y Beth planeaba ya su
entrada en sociedad. El plan era usar la influencia del grupo para tapar los escándalos del primer e
infeliz casamiento de Serena.
—Contaremos con gran cooperación por parte de duques, marqueses, condes y sus mujeres –
explicó ella, y se dirigió a Felicity – Si en medio de todo esto, tu comadreja no consigue
encontrarte, no merece nuestro esfuerzo.
Al día siguiente, toda la vigilancia hacia Felicity fue descartada, aunque Miles no la perdiese
nunca de vista. Por la mañana salía acompañada de una criada y un caballerizo para ir de
compras. Compró dos pares de medias de seda y un broche de ámbar negro para combinar con el
adorno de plumas.
Nadie intentó abordarla.
Al llegar a casa despidió a sus acompañantes y fue a pasear por los jardines de la mansión.
Nuevamente nada.
Los viejos temores volvieron. ¿Y si Rupert había perdido la paciencia y había vuelto a Irlanda
con el fin de coger a Kieran? ¿Sería posible que Lady Aideen y el conde de Kilgoran se quedasen
con el niño en contra de la ley?
Por la tarde dio una vuelta de una hora por Marlborough Square, sola, con la esperanza de una
novedad. Nada.
Por la noche, una salida planeada al teatro para exhibir a Serena en compañía de nobles,
Felicity estaba desesperada.
Al verla agitada, Miles la llevó a una habitación cerrada.
— ¿Qué ha pasado?
— ¡Nada! ¡Una gran cantidad de “nada”! No lo soporto más.
Él la abrazó y murmuró:
—A Dunsmore le debe estar costando más tiempo llegar aquí.
— ¿Y si ha vuelto a Irlanda? Es lo que haría yo en su lugar. Cogería a Kieran y lo escondería a la
espera de mi mayoría de edad. Y tengo la seguridad de que los prestamistas también. Créelo, no
es lo bastante hombre para sacar a Kieran del castillo de Kilgoran.
—Él no es tan inteligente como tú. Y está impaciente. Tengo la seguridad de que no es lo
bastante hombre para sacar a Kieran del castillo de Kilgoran.
—Estoy intentando creerlo – miró sobre su hombro y preguntó — ¿Sabes en que habitación
estamos?
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—Miles se apartó un poco y gimió al ver la mesa de billar.
—Mi fuerza de voluntad debilitada no merece esto.
—Tal vez sea el olor a tiza o a otra cosa – le tocó el rostro – vamos a vencer. Lo crees, ¿no es
cierto? Dentro de pocas semanas podremos casarnos. Entonces por qué no…
Sin soltarla él la giró de espaldas.
—Deja de tentarme –murmuró, y le besó los cabellos.
—Miles, te necesito tanto…
—No más que yo a ti.
— ¿Quieres apostar?
Miles se apretó contra ella, que lo sintió largo y firme. Se rió.
—Tendrás que explorar un poco para encontrar evidencias en mí. Pero están ahí, créelo.
Ella sintió como temblaba contra su cuerpo.
—No. Vamos a esperar.
Felicity percibió, por la voz controlada, que él no cedería. Se giró sin soltarse y dijo:
—Sabes que no me gusta esperar.
—Y tú sabes que podrías tentarme a enfrentarme al fuego del infierno – apoyó la cabeza en la
suya – Pero no, Felicity. Tenemos la vida entera, estoy seguro. Si cedemos ahora me romperé y
me volveré un inútil para lo que tenemos que hacer.
Ella reconoció su sinceridad y la usó para fortalecerse. Se soltó de su abrazo y se ajustó el
vestido.
—Está todo bien. Ya me he enfriado – declaró.
—Ah, criatura afortunada.
—Creo en lo que dices de Kilgoran y la seguridad de Kieran y es la única cosa que importa. Oh,
no he querido decir eso.
—Quisiste, sí, pero está bien. Tu hijo debe ser lo primero pues es débil e indefenso y no tiene a
nadie más. Yo me siento igual. No porque mi afecto por Kieran sea igual al tuyo, sino porque mi
amor por ti es tan profundo como el tuyo por él.
—Felicity le apretó la mano mientras la alegría y la ternura inundaban su corazón.
—En cuanto estemos todos juntos seremos las personas más felices del mundo.
Miles no pudo contener una sonrisa.
—Salvo cuando nos peleemos de vez en cuando, mi reina guerrera. Pero tú serás una excelente
y severa madre para mis hijos. Tú me haces bailar alrededor, pero no pienses que te quiero
menos por eso. En caso de que te afligieses menos por tu hijo por amor a mí, ¿Cómo podría yo
confiar en que cuidarías de los nuestros?
Felicity le cogió las manos y se las besó.
—Y el cuidado que has tenido conmigo, a pesar de ser horrible a veces, me ha demostrado que
serás un padre maravilloso. Y sé que también lo eres como amante.
Miles levantó sus manos y le devolvió el beso con un amor tan sensual que casi la desarmó. Se
dio cuenta, pero se la llevó pronto de la tentadora sala.
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Después de cenar fueron todos juntos al Drury Lane. Allí se acomodaron en el palco del duque
de Belcraven, excepto Felicity y Miles que se sentaron entre la bulliciosa multitud, dónde le sería
más fácil a Dunsmore encontrarlos.
Durante el descanso, Miles y Felicity deambularon entre la gente. En un momento dado, a
propósito, Miles la dejó sola. Aunque supiese que él la vigilaba, Felicity detestó las miradas
atrevidas y los galanteos obscenos de los hombres a su alrededor. Uno, más atrevido, intentó
besarla. Furiosa, le iba a provocar un serio daño cuando Miles la empujó lejos.
—Por Dios, ¡Londres es un lugar horrible! Debías haberle dado a ese idiota.
—Eso causaría un tumulto. La masa está siempre dispuesta a pelear. Y, tal vez, estemos siendo
observados.
Mientras la llevaba de vuelta a su asiento, murmuró:
—Nada hasta ahora.
—Estoy convencida de que aún no ha llegado a Londres, aunque no me imagino lo que lo está
deteniendo. Oh Miles, no veo la hora en que esto se acabe.
—No tanto como yo.
A juzgar por los aplausos al final, la obra fue un éxito, pero Felicity no conseguía sonreír, casi no
contenía las lágrimas.
Con el brazo en su cintura, Miles la protegía contra los empujones. Sin embargo, una bota pisó
uno de sus pies cuando un grupo de chicos borrachos decidió alcanzar la puerta por la fuerza. En
la confusión que siguió, Miles y Felicity se separaron y ella acabó contra una pared.
La presión aumentaba y los gritos indicaban personas heridas. Al percibir el peligro ella intentó
deslizarse hacia un lado. Entonces un brazo la enlazó por la cintura y la ayudó.
—Gracias a Dios, Miles. — Sin embargo, al girarse, se vio atrapada por Rupert Dunsmore.
—Finalmente – gruñó al empujarla más lejos de la puerta bloqueada por la gente.
Ella no tuvo elección a no ser la de dejarse llevar y, además, había querido ese encuentro. Pero
pensaba que Miles estaría a su lado. En vano lo buscó con la mirada.
Rupert la empujó contra un rincón y la enfrentó.
—No has cooperado nada, Felicity. Necesito agradecértelo – afirmó apuntando a su rostro.
Ella no pudo contener una exclamación. Rupert tenía un ojo rojo, los labios hinchados y parecía
que también la nariz rota.
—¿Qué te ha pasado?
—Pensé que aquellos campesinos de Foy habían sido terribles, pero los prestamistas… — sonrió
retorciendo los labios hinchados. – Sin embargo todos esos problemas terminarán, ¿no es cierto?
Ven por aquí – ordenó forzándola a andar.
— ¿A dónde vamos? – preguntó ella.
—Detrás del escenario. He sobornado a dos criados. No pensé que fuese tan fácil separarte de
tu tutor. La suerte está de nuestro lado. Eso y unas monedas que les dio a aquellos chicos
borrachos.
En una puerta lateral del escenario, él se paró y dijo:
—Espero que no cometas una locura. No necesito recordarte lo que le pasará al chico. Se
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llevará una paliza peor que esta. El médico me dijo que casi perdí un ojo. Sería una lástima ver al
niño ciego, ¿no es cierto?
Felicity se quedó congelada. Si tuviese un arma, lo mataría allí mismo. Rupert golpeó la puerta
y un hombre le abrió.
—Deprisa, aquella gente no puede saber que hay otra salida.
Felicity miró hacia atrás y vio la aglomeración en la puerta principal. Miles había desaparecido y
el palco de los Belcraven ya estaba vacío.
Bonita ayuda la de sus amigos. Como siempre, estaba sola.
La puerta daba a un corredor que olía a moho y polvo. Los actores cruzaban de un lado a otro.
Empujando a Felicity, Rupert forzó el camino entre ellos.
— ¿A dónde vamos ahora?
—Fuera, claro. Como no me has mantenido informado, he tenido que improvisar un plan.
En un esfuerzo por impedirle ir rápido, Felicity se golpeó con un pilar.
— ¿Cómo podría mantenerte bien informado? En Vauxhall me vigilaban todo el tiempo, y aquí
en Londres he estado esperando que te pusieses en contacto conmigo.
Rupert se paró para observarla.
—Dudo que me estés diciendo la verdad, pero no importa porque no podrás escapar, lo sabes.
Valiéndose de su habilidad como actriz ella lo miró.
—Sí, lo sé. ¿No he planeado nuestra fuga? Habría sido posible si no te hubieses parado para
discutir por culpa de la gata.
—Habría sido posible si estuvieses de acuerdo en llevarla.
—O si tú la hubieses dejado volver.
— ¡O si tu hubieses corrido hacia el velero y no hacia los caballos cuando apareció Cavanagh! —
le apretó tanto las muñecas que ella gimió de dolor. – Maté a la maldita gata y mataré a mi lloroso
hijo si me da la gana. Sólo podrás impedirlo si eres una esposa dócil y obediente. ¡Recuérdalo!
Felicity sintió asco, pero no desvió la mirada de él.
—Entonces vamos a tratar esto antes de que Miles Cavanagh aparezca para protegerme
nuevamente.
Rupert torció los labios en una sonrisa horrorosa.
—Eso ha sido sincero. Si Cavanagh no fuese mi enemigo, lo admiraría. Él ha aprendido pronto
que necesitas una mano firme.
—Excepto que ahora lo hemos engañado.
—Realmente te quieres vengar de él, ¿no es cierto? Vamos entonces – dijo él riendo.
Volvió a empujarla, sin embargo no la apretaba con tanta fuerza y sospechaba menos.
Bien, ¿Y ahora? No podía dejarlo percibir que planeaba resistir.
Cuando una actriz se abrió camino a codazos, Felicity se aprovechó y escenificó una herida con
un grito de dolor. Rupert la forzó a levantarse. Nuevamente gritó.
—Oh. ¡Me he roto el pie!
— ¡Imposible! — afirmó él y se bajó para examinarla. Esta vez Felicity gritó a pleno pulmón.
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Rupert maldijo y la levantó en sus brazos, pero se tambaleó con su peso.
En esta cómica situación, Felicity perdió el control. Escondió el rostro en el cuello de él y rio
hasta que las lágrimas corrieron y le humedecieron la corbata.
— ¡Maldición, deja de mojarme! — gritó al dar unos pasos.
—Tal vez ella espera que tú crezcas – dijo una voz bienvenida con acento irlandés.
Miles arrancó a Felicity de los brazos de Dunsmore, a quien Lucien empujó contra la pared.
— ¡Por fin! — exclamó ella.
—Por Dios Felicity. No he tenido más elección que rodear el escenario. Lucien lo vio todo en el
palco y, gracias a las aventuras de juventud, conoce el Drury Lane más que Vauxhall. ¿Ese
desgraciado te ha herido? – le preguntó con mirada rabiosa.
—No. Puedes ponerme en el suelo.
Él le besó en la cara mientras Lucien les avisaba.
—Tenemos asuntos que tratar esta noche además de encontrar un lugar para dejar esta basura
hasta más tarde.
—Felicity, ¡idiota! Te vas a arrepentir de esto hasta la hora de tu muerte – gruñó Rupert con
una mirada furiosa.
Entonces gimió, porque Lucien le apretó la mano que lo mantenía sujeto.
— ¡Serás tú quien se arrepienta, Dunsmore! —Rupert palideció de miedo.
—Pueden matarme y no conseguirán nada. Felicity hizo una declaración completa a Michael
Craig de su impropio comportamiento y su obsesión por el niño. Si él se convierte en el tutor de
Kieran, nunca más verás al chico.
Su grito hizo que Miles saltase y Lucien lo soltase.
—Creo que he roto algo.
Lívido y sollozando, Rupert se cogía la muñeca. Nerviosa, Felicity giró el rostro. Miles la puso
en el suelo, pero continuó agarrándola.
—Para una reina guerrera irlandesa, mi amor, eres muy sensible. Deja que te lleve al coche.
Volveré con un caballerizo para ver lo que hacemos con esta basura.
Sin mirar atrás, Felicity lo acompañó hasta el coche que la llevó al Emile. Allí Beth presidia una
suntuosa cena para todos ellos. Algún tiempo después llegaban Lucien y Miles, amables y
encantadores como siempre.
Cuando esa parte de la noche terminó, los dos y Con se reunieron para tratar con Rupert.
Felicity se les unió.
—No me vas a dejar fuera de esto.
—No te gusta la violencia – argumentó Miles.
—Pero me gusta menos quedarme en casa aprendiendo a bordar.
—Veo que, si no te llevo, nos seguirás.
—Me conoces demasiado – dijo ella sonriendo.
—No lo suficiente, tentadora Joy – murmuró él en su oído.
Cuando subieron al coche, Felicity esperaba que pronto fuese posible santificar el derecho a
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explorarse mutuamente.
Una noche de amor. No solo una, una vida entera llena de ellas.
Eso parecía imposible. Cogió la mano de Miles, la acarició, asimilando, a su contacto, la
seguridad que su espíritu necesitaba.
Habían llevado a Rupert a la casa de Blanche y lo encontraron amarrado por el brazo derecho.
El izquierdo estaba vendado.
Él dirigió una mirada de odio a Felicity.
—Qué lástima para Kieran – dijo con una promesa malvada.
Ella se estremeció por dentro, pero no demostró su miedo. Con una voz calmada, Miles lo
avisó:
—Si quiere que el resto de sus huesos continúen intactos, tenga cuidado con sus palabras.
Cuando terminemos no tendrá derecho alguno sobre el niño.
—¿No? Ni el maldito heredero de Kilgoran puede robar los derechos de un padre.
—Pero puedo dejar los supuestos derechos de un padre en nada.
—¿Qué? – preguntó Rupert sin entender.
—Kieran no es hijo de Kathleen y, por lo tanto, no tiene derecho a Loughcarrick. Y usted mucho
menos. Puro robo. Además de otras acciones criminales.
Rupert miró a Felicity.
— ¿Has proclamado ante el mundo que eres una ramera?
Miles lo agarró por la camisa, pero lo dejó.
—No voy a aumentar sus heridas mientras esté amarrado, Dunsmore. Esperaré hasta el
momento oportuno.
Al darse cuenta de la situación, Rupert cambió de león desdentado a conejo en una trampa. O
comadreja, pues había astucia mezclada con miedo en su mirada.
—Está de farol, Cavanagh, puesto que nunca llevaría este asunto a un tribunal. Está loco por
Felicity y si esto se hiciese público, el heredero de Kilgoran no podría casarse con ella.
—Me casaría con Felicity aunque su pecado fuese mucho peor que el de ser inducida a dar un
mal paso en su adolescencia.
Rupert se giró hacia Felicity.
— ¿Marcarías a tu hijo como bastardo?
—Para mantenerlo fuera de tus manos sí. Mejor bastardo que ciego.
—No puedes estar hablando en serio.
— ¿Cómo que no? Has matado a Gardeen.
— ¿La gata? ¿Cómo puedes lamentarte a causa de un animal? – aliviada por no haberlo dejado
tocarla, ella se giró de espaldas y dijo:
—Explícale nuestros términos, Miles.
Él presentó una lista de las evidencias y las condiciones de no divulgarlo: Rupert le daría la
tutela de su hijo al conde de Kilgoran, jamás revelaría la verdad sobre el nacimiento del niño y no
pondría los pies en Irlanda. En compensación recibiría una pensión mensual el resto de su vida.
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—No pisar Irlanda será fácil. Un país atrasado, poblado de imbéciles – afirmó Rupert con burla,
y más astucia en la mirada que miedo – Pero, ¿cómo voy a explicar que he abandonado a mi hijo
en manos extrañas?
Felicity se giró y respondió:
—Por la razón que acaba de dar. Detesta Irlanda, pero sabe que su hijo tiene que ser criado
allí. En cuanto a Kilgoran, basta decir que es un pariente lejano de Kathleen y el irlandés más
honrado e ilustre.
—Bien, siempre que no estemos hablando del futuro conde.
Ella se aproximó a la cama.
—Confieso que soy un poco sensible, pero eso no me impide dejarte el otro ojo morado.
— ¡Maldición! lo que menos me gusta es no poder domarte, ramera…
Miles lo silenció con una bofetada.
Cuando Rupert los encaró, la mirada irradiaba una furia feroz.
—Está bien, acepto sus términos. ¡Iros todos al infierno! — maldijo.
—Está mintiendo y planeando algo – avisó Felicity. Miles se encogió de hombros.
—Él verá su situación cuando se le pase la furia. Sabe que de aquí en adelante, si solo respira
del lado equivocado, lo mataré sin dudarlo. Tengo ese derecho, no sólo por lo que te hizo a ti, mi
amor, sino también por lo que planeaba hacerte.
Desató al tipo y lo empujó hacia una mesa, dónde Lucien colocaba unos papeles. Miles puso
uno delante de Rupert.
—Esto es la custodia por la cual, el conde de Kilgoran es el responsable de Kieran George
Dunsmore y su propiedad, Loughcarrick en el condado de Meath. Firme todas las páginas.
Felicity pensó que Rupert rehusaría, pero lo hizo. Después que Lucien y Con firmasen como
testigos, Miles puso otros papeles delante de Rupert.
—Estas son las declaraciones sobre el nacimiento de su hijo. Puede leerlo todo si quiera, pues
tendrá que escribir lo siguiente en el final de cada página “Esta es la declaración completa del
nacimiento de Kieran George Dunsmore, hijo mío y de Felicity Monahan”. Y firmar, claro.
Rupert dirigió una mirada de odio a Felicity, pero obedeció.
—Bien, ahora deme una lista de sus deudas para pagarlas – dijo Miles.
— ¿Por qué vas a hacer eso? – preguntó Felicity.
—Mi corazón y mi cabeza no se han reblandecido, amor. No nos cuesta nada proporcionarle un
comienzo limpio. Una comadreja desesperada es más peligrosa que una capaz de llorar las penas.
Con la arrogancia ya un tanto recuperada, Rupert se encaró con Miles.
—La suma pasa un poco de cinco mil guineas que debo a David Saul, de Dublin. Si los albaceas
de Kieran hubiesen sido más flexibles en cuanto a su dinero, la suma sería menor.
—Eso habría acabado con los bienes del niño. Pagaré. Recuerde que, en el futuro, será mejor
no jugar más allá de sus posibilidades.
— ¿O? – preguntó Rupert al levantarse – No me puede matar, ¿no es cierto? Si lo hiciese
anularía la custodia y el chico quedaría bajo el cuidado de Michael Craig.
—Debería haberlo leído antes de firmar – dijo Miles – esto dice que es su voluntad que el actual
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conde de Kilgoran, y los futuros, sean tutores del niño, incluso si usted muere.
Rupert contrajo los labios en una mueca, pero se controló.
—Michael Craig aún podrá alegar algún derecho. Va a descubrir que está interesado en ello.
Miles cogió a Felicity de la mano.
—Vámonos, amor, antes de que haga algo de lo que me pueda arrepentir.
—Me gustaría que lo hicieses – dijo ella con una mirada de desprecio a Rupert.
La mirada rencorosa de él la hizo estremecer.
—No escaparás impune de esto. ¡Jamás tendrás a Kieran!
Aterrorizada con esa declaración, Felicity salió de la habitación. En el corredor, Miles la abrazó.
—Cálmate, amor. No dejes que Dunsmore te amedrente. No hay nada que pueda hacer.
—Lo sé. Incluso así, ¿Cuándo nos vamos a ver libres de él?
— ¡Si te molesta otra vez, lo mataré! Y no me lo impedirás. Sin embargo, no hay nada que
temer.
— ¿Y qué pasa con Michael Craig? Rupert está en lo cierto. Tenemos que tener en cuenta que
existe una propiedad en cuestión y puede interesarle.
—Trataremos eso a su debido tiempo. Vámonos a casa ahora. Merecemos descansar.
Después podremos volver a Irlanda.
Al oírlo, sintió como si saliese el sol después de una tempestad.
— ¿Lo haremos?
—Sin duda. Pero, mientras tanto, tienes que contentarte con la pobreza de Belcraven House –
bromeó haciéndola reír.
Cuando llegaron a la mansión, tuvieron que contarle todo a Beth, que acompañó a Felicity a su
habitación.
—No pareces contenta.
—Tengo miedo de que el odio de Rupert sea una espada de Damocles sobre nuestras cabezas.
¿Tendremos que mantener seguro a Kieran para siempre?
—Dunsmore verá que no tiene nada que hacer.
—Eso sería si él fuese un hombre sensato. Frustrado… — Gardeen rozó el tobillo de Felicity que
la cogió – Tal vez debiésemos haberte llevado al teatro, pequeñita. Nos habrías guiado.
—Confías mucho en los gatos – comentó Beth.
—Ella me salvó una vez, creo.
La criada llegó y Beth salió. Felicity se preparó para acostarse, reflexionando que debería
sentirse finalmente en paz. Sin embargo no olvidaba la mirada de Rupert al decir: “nunca tendrás
a Kieran”
A la mañana siguiente, a Felicity los temores le parecieron absurdos. Tocó el piano hasta que un
criado la avisó de que el Sr. Cavanagh pedía su presencia en la salita.
Ella lo acompañó pensando por qué Miles no la había buscado. Pero al entrar en la sala tuvo
que ahogar una exclamación de alarma al reconocer al primo de Kathleen, Michael Craig.
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Demasiado pronto, la predicción de Rupert era verdad.
Lo saludó y se sentó. Entonces Miles explicó:
—Felicity, el Sr. Craig vino a Londres para hablar de ciertos asuntos y quería que estuvieses
presente.
—Srta. Monahan, he recibido recientemente una carta del marido de Kathleen, hombre que
desprecio, no necesito decirlo. Sin embargo parecía sincero al mostrarse preocupado por su plan
de robarle a su hijo. Afirmaba que la señorita había incluso conseguido sacar al niño de su casa.
Felicity puso cara de sorpresa.
— ¿Robar? ¿Por qué querría robar a Kieran? — ¿Le habría contado la verdad Rupert?
—Dice que la señorita tiene una obsesión loca por el niño. Y, según Kathleen, pasaba mucho
tiempo con él.
Felicity se calmó un poco.
—Me gusta el niño y me gustaba Kathleen. Antes de morir, ella me pidió que no perdiese a su
hijo de vista. El señor estará de acuerdo en que el Sr. Dunsmore no es el padre ideal.
—Es verdad. Esa es mi preocupación. Sé muy bien que no se puede contar con él. Por eso
tengo que interesarme por el niño ¿Cuáles son sus planes?
¿Estaría siendo sincero o desearía una buena herencia?
—No tengo ningún plan, Sr. Craig. La verdad es que el Sr. Dunsmore acostumbraba a calmar su
malhumor con su hijo. Desde la muerte de Kathleen se llenó de deudas y se volvió muy cruel.
Cuando la madre del Sr. Cavanagh se ofreció a llevar al niño a un viaje para hacer una visita, creí
que sería bueno para él.
—Aunque el Sr. Dunsmore no sea un buen padre, el chico no puede ser alejado de él para
siempre. Me ofrecí a llevar el niño a mi casa pero el padre no aceptó.
—Bien, Sr. Craig, hay la posibilidad de que Kieran permanezca bajo la tutela del conde de
Kilgoran. El Sr. Dunsmore no se interesa por su hijo y encontró que tal solución era adecuada.
Michael Craig dirigió una mirada penetrante hacia los dos y le dijo Miles:
—Por lo que sé usted es el heredero de Kilgoran.
—Muy a mi pesar.
—Quiero creer que ambos desean hacer lo mejor por el niño. Mis hijos ya son mayores y a mí
no me gustaría tener a un niño en la casa otra vez. Sin embargo les aviso que me mantendré
informado de cómo está mi primo. Fui yo quien contrató a la Sra. Edey.
— ¡No me diga! Ella es una excelente persona.
—Sin duda. He verificado sus referencias. Espero que la conserven.
—Con seguridad.
—Díganle que me escriba regularmente. El niño no estará desamparado.
El interés del hombre parecía sincero y Felicity se avergonzó de haber dudado.
—Sr. Craig, Kieran tiene mucha suerte de ser su pariente.
—No lo sé. Imagino que debería haber hecho más. Sin embargo los derechos de un padre…
—Lo comprendo. Pero como el Sr. Dunsmore se desentendió de los suyos, todos podemos
estar tranquilos.
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—Espero que sí. Si Kieran necesita algo… Mis finanzas no van bien. Un navío naufragó y unos
agitadores dañaron mi fábrica. Incluso así, tengo aún lo suficiente para cuidar de la familia. Él no
puede ser deudor de extraños.
—Recordaremos eso.
Mientras Felicity se despedía de él sintió una punzada de aprensión. Después de su salida,
Miles comentó:
— ¡Increíble! Detrás de ese exterior severo late un corazón bondadoso.
—Kathleen también era así – dijo Felicity e imagino que debería hablar a Miles sobre su
aprensión, pero quería reflexionar primero.
Fue lo que hizo durante todo el día y por la noche durante la salida al teatro Astley. Por más
que reflexionase no conseguía cambiar de idea. Finalmente, ya preparada para acostarse, se puso
la bata y fue a la habitación de Miles por el corredor.
Lo encontró acostado leyendo.
— ¿Qué pasa? – preguntó él desconfiado – no estoy en condiciones de levantarme.
A Felicity le gustaría acostarse con él, pero se quedó lejos.
—No te asustes. No vine a atacar tu virtud. Necesito hablar sobre un asunto.
—Entonces tírame la bata. No quiero ofender tu modestia.
—No sería una ofensa y sí una tentación – dijo ella al hacerlo. Miles se levantó de espaldas, se
puso la bata y señaló dos sillas al lado de la chimenea. Sentados, la situación era la más segura
posible al estar solos en una habitación.
—Bien amor ¿de qué se trata?
—No puedo buscar la felicidad usando las mentiras y el robo.
—Hay mentiras justificables que hacen más bien que mal. Revelar la verdad de lo que pasó
hace unos años solo os perjudicaría a ti y a Kieran.
—Existe otro lado de la cuestión, Michael Craig.
—Pensé que su visita te había tranquilizado.
—En cierta forma, pero por otro lado me perturbó. ¿No lo ves? El podría tener Loughcarrick.
Eso es lo que quiero decir con robo. Con esta mentira lo estamos privando de la propiedad a la
que tiene derecho. No está bien.
Miles apoyó la cabeza en la silla y el reflejo del fuego en él casi la desvió de su propósito. Sin
embargo continuó:
—Creo que debemos contarle la verdad, pinchar esa herida para que el veneno salga. Esa es la
única manera de que empecemos nuestra vida juntos honestamente.
Él la miró con una leve sonrisa.
—Nuestra vida juntos. Me gusta eso. Pero no será fácil. Te volverás la diana de mucha
atención desagradable.
—Lo sé.
—Kieran será llamado bastardo. – ella apretó las manos y repitió:
—Lo sé.
Miles se levantó y la forzó a ella a hacerlo también.
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—Desde el principio sabía que me causarías problemas.
—Y estabas en lo cierto.
— ¡Fui ciego al no ver que me traerías tanta alegría!
La besó casi con reverencia, pero no sin pasión. Sin darse cuenta, Felicity metió las manos bajo
la bata. Además de desnudo, mostraba la falta de ella.
Medio jadeante, Miles la mantuvo junto a sí por un momento. Entonces se apartó y cerró bien
la bata.
—Faltan dos semanas para tu cumpleaños.
—Creo que voy a sentir la falta de un tutor firme – dijo ella.
—No lo harás. La verdad es que te estoy librando de mi autoridad. No fue fácil para mí
dominar tu voluntad y ya que no te vas a entregar a Dunsmore, no existe razón para eso. Si la
verdad es revelada o no es tu decisión. Te ayudaré y apoyaré, pero no te forzaré a nada —dijo
Miles mientras la llevaba hasta la puerta.
—Me siento extrañamente desnuda –murmuró Felicity.
—No pongas esas ideas en mi ya confusa cabeza – dijo Miles riendo. – Eres libre. Vamos a ver si
encontramos una solución que no implique una revelación pública.
Consciente de que no debería tocarlo, ella dijo:
—Te amo. Más de lo que jamás pensé que fuese posible amar a otro adulto. Es una emoción
desconcertante y debilitante, ¿no es cierto?
—Mucho. Y más el lado que te deja débil. ¿Te vas a casar conmigo el día de tu cumpleaños?
— ¿Insistes en casarte antes de ceder a la debilidad?
—Pronto estaré en un estado de no insistir en nada – dijo él con una mirada de deseo.
Ella giró de repente y escondió el rostro contra la puerta.
— ¡Estamos locos!
Miles la cogió con su cuerpo firme, fuerte, caliente, y las manos sobre las suyas.
—Nunca deberíamos haber dejado que la pasión nos dominase en la sala de billar. Hace que
tenga sentido la necesidad de acompañantes. Voy a recordar eso a Beth o acabaré cediendo sin
pensar.
Movió las caderas contra las suyas y, entonces, maldiciendo, se apartó al otro lado de la
habitación.
—Nada de quedarnos otra vez solos, Felicity. – A pesar de desearlo, ella le dio la razón.
—Nunca pensé que esperaría tanto por un cumpleaños — dijo, y lo dejó en paz.
Miles pasó fuera parte del día siguiente tratando el dinero para Dunsmore. Este estaba vigilado,
aunque estaba escondido y seguramente cuidando sus heridas.
Felicity se esforzaba por encontrar una solución para su dilema moral. Asumiría cualquier
precio si la verdad no afectase también a Miles y a Kieran. Por otro lado, sabía que nada
prosperaría si estaba basado en la deshonestidad de privar a Michael Craig de la propiedad que le
pertenecía legalmente.
Después de mucho reflexionar, finalmente encontró la solución.
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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 1133
Al día siguiente, Felicity invitó a Miles a dar un paseo por Marlborough Square, donde podrían
hablar con seguridad.
—No soy una gran moralista, pero es una injusticia muy grande que Michael Craig no tenga la
propiedad que le pertenece por derecho. Tal vez, como negociante en Liverpool, no quiera tener
trabajo en Irlanda. ¿Y si nosotros le ofreciésemos su valor para que él nunca la reivindicase y se la
sacase a Kieran? Legalmente no sería cierto, pero, moralmente, sí. – Miles la miró.
—Es un plan inteligente. Sin embargo no podrá ser ejecutado sin contárselo todo a Craig.
—Lo sé. Pero él es muy parecido a Kathleen, lo que me inspira confianza. Si me equivoco…
—Hará pública toda la historia.
—Eso querrá decir que tu tío prohibirá nuestra boda.
—Kilgoran no me puede prohibir nada.
—Pero surgirán dificultades.
—Contigo, amor, me he habituado a ellas.
— ¡Me gustaría que te tomases esto en serio! —dijo Felicity.
—Espero que Craig acepte tu plan, pues será lo mejor para ti y para Kieran. En cuanto a mí, no
hay diferencia.
—Lo sé, y tu sinceridad me da unos deseos locos de besarte.
—Estamos aquí con cientos de ventanas alrededor.
—Pero soy una irlandesa inquieta – dijo Felicity al echarse en sus brazos y besarlo.
Miles le devolvió el beso con tal pasión que haría abrir los ojos a quien los observase. Cuando
se separaron, ella dijo:
—Bien, me has comprometido. No puedes escapar.
—Bien, yo esperaba que tú me comprometieses – dijo él al sacar una cajita de su bolsillo. La
abrió, revelando un rubí en forma de corazón – Es el anillo de bodas de la familia. Como soy
presuntuoso, lo he traído de Irlanda cuando vinimos. Aún no puedes usarlo, pero quiero que te
quedes con él.
— ¿De Irlanda? ¿Cuándo me amordazabas? Eres muy optimista.
—Hasta el fondo de mi alma y, casi siempre, acierto. Vamos a ser muy felices, preciosa.
Entonces, ¿aceptas el anillo?
Ella se sacó el guante de la mano derecha y se la ofreció.
—Quiero usarlo unos momentos. —Miles le colocó el anillo y lo besó.
—Creo que estamos destinados el uno al otro. Este momento me hace sentir poderoso.
Felicity se acurrucó entre sus brazos.
—Y tienes razón. Cuando pienso en Gardeen…
—Si estamos envueltos en una historia de magia irlandesa, esperemos que ella cree una
historia feliz.
Ella se soltó de su abrazo y respiró profundamente.
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—Sería mejor si empezásemos con la verdad y la honestidad. Vamos a visitar a Michael Craig.
Todo transcurrió con más facilidad de lo que Felicity esperaba. El Sr. Craig se quedó perplejo,
pero le echó toda la culpa a Dunsmore. Aceptó el hecho de que Kathleen había querido al niño
como a un hijo y quería que heredase sus bienes. Aceptó aunque la propiedad le pertenecía
legalmente.
—Tengo que admitir que mi estado monetario es más precario de lo que les di a entender.
Infelizmente, no soy solo yo. Tengo a mi esposa, una hija aún soltera y dos hijos que dependen del
negocio para comer. No podría, en conciencia, privarlos de esta bendición caída del cielo.
—No lo necesitará, Sr. Craig. Este acuerdo me va a dejar dormir en paz. El señor tendrá lo que
es suyo y Kieran nunca sabrá la verdad sobre su nacimiento.
Él le cogió su mano y se la apretó.
—Por mí, nunca la sabrá, Srta. Monahan. Admiro su coraje y honestidad. Y, a pesar de que
Kieran no sea mi primo consanguíneo, siempre contará con mi aprecio, en memoria de Kathleen.
Felicity le besó el rostro, lo que lo hizo enrojecer.
—Haremos que él siempre esté en contacto con usted, señor. Muchas gracias, Sr. Craig.
Cuando salieron al sol de febrero, ella bailó.
— ¡Siento la primavera! Nueva, limpia, llena de esperanza. Aun existe Rupert, pero la
primavera ha vencido. Él no nos importunará nunca más.
Miles la cogió por la mano.
— ¡Yo lo impediré! ¿Quieres volver a casa mañana?
— ¿A Irlanda?
— ¿A dónde sino? No hay nada que nos retenga aquí y pienso que querrás ver a tu hijo.
Una vez más, Felicity se lanzó en sus brazos.
Viajaron nuevamente en el carruaje con Hennigan y Gardeen como acompañantes. El criado
subió enfadado, como si entrase en un cubil de serpientes, pero se relajó al constatar que no
habría más brutalidades.
Los momentos más peligrosos eran a la noche, cuando se sentaban en una sala privada, pues
Hennigan comía con los otros criados y Gardeen estaba dormida.
La travesía se realizó en calma y, después del desembarco del carruaje, ellos solo tuvieron un
día de viaje hacia el castillo de Kilgoran, al sur.
Cuando traspasaron el sólido portal, Felicity comentó:
—Ahora entiendo porqué me dijiste que este lugar era seguro.
—La muralla da la vuelta a la propiedad, con diez pies de altura y es casi insuperable – explicó
Miles haciendo una señal a los guardias.
Mientras seguían por un camino entre campos salpicados de ciervos y ganado, Felicity
preguntó:
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— ¿Dónde está la casa?
—A tres millas de distancia.
—Por Dios, es casi necesaria una parada entre ella y el portal.
— ¿Piensas desistir?
Ella tocó el anillo que estaba en una cadena alrededor de su cuello.
— ¡No seas loco! Si me aceptas después de todo lo que ha pasado, una propiedad intimidante
no impedirá nuestra felicidad.
Él se rio pero continuó.
—Espera a ver el castillo.
Después de pasar por campos sin fin, surgió el brillo del agua entre los árboles.
— ¿Ése es el lago para barcos? – preguntó ella.
—No, en un trecho largo del río. Mira el castillo allí delante. – En una elevación, al otro lado de
un lago se levantaba un templo griego y blanco.
— ¿Aquello es una casa?
—Es el hogar de los condes de Kilgoran. ¿Estás segura de no querer volver? – preguntó Miles
aprensivo.
Felicity no supo qué responder. Solo podía ver la fachada delantera del castillo de cuatro pisos.
Ocho columnas griegas se levantaban dividiendo filas de ventanas. Todo estaba coronado por un
frontón triangular.
—Que yo sepa, está basado en el Partenón – explicó él y desvió su atención a otro lado – aquel
es el lago para barcos.
Era pequeño y con una isla en el centro en la cual había una miniatura de la casa templo.
—Oh ¡Una caseta de barcos! ¡Encantadora!
Entonces apareció un bote desde detrás de la isla, con un chico fuerte remando. Un niño
estaba sentado en el otro banco.
—Kieran. — balbuceó Felicity.
Ni siquiera oyó a Miles mandar parar el carruaje. Bajó antes de que él pusiese la escalera y
salió corriendo hasta el margen del lago.
— ¡Kieran! —gritó moviéndose.
— ¡Sissity!
Como el bote se aproximaba al margen, ella ya se levantaba la falda para coger a Kieran, sin
embargo, Miles la cogió por el brazo.
—Espera aquí – dijo y, protegido por la botas, traspasó la franja de barro, cogió a Kieran y lo
llevó a la orilla.
Entonces Felicity estrechó a su hijo entre los brazos.
—Te he echado de menos Sissity – dijo al soltarse y hablar con Miles – Este es un lugar
maravilloso señor, y muy divertido también.
Felicity quería abrazarlo otra vez y nunca más separarse.
— ¿Quién es tu compañero?
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—Liam, mi mejor amigo aquí. ¡Liam! — Llamó – Esta es mi amiga Sissity, quiero decir, Felicity.
Aideen dice que debo decir su nombre verdadero.
—Cualquiera de ellos es música para mis oídos, amiguito querido. Buenas tardes Liam.
—Buenas tardes señorita y Sr. Cavanagh. Si cuidan del niño iré a guardar el bote.
Después de la larga separación, Felicity no quería dejar a Kieran allí. Sin embargo se forzó a
preguntar:
—¿Qué prefieres Kieran, ir a casa con nosotros en el carruaje o seguir aquí?
Era una elección difícil, pero después de pensar un rato respondió:
—Ir para casa en el carruaje. Mañana iré en bote otra vez.
Hizo un gesto a Liam y se fue con Felicity y Miles, hablando sin parar sobre personas, animales y
aventuras. Y también del tío Kilgoran.
Ya en el carruaje y mientras paraba para tomar aliento, Miles preguntó:
— ¿Ves mucho al tío Kilgoran?
—Todas las noches señor. Le gusta hacer muchas preguntas.
El castillo, cuando se fueron aproximando, pareció más intimidador. Grandes franjas de césped
iban hasta las paredes blancas, sin flores, arbustos o plantas trepadoras. Mediante escalones
bajos de mármol se subía hasta la inmensa puerta blanca que, a su vez, daba paso a un vestíbulo
inmenso y también blanco.
Al entrar y verse rodeada por un ejército de criados, Felicity notó que allí había color. En unas
hornacinas verde claro había estatuas de mármol blanco. Felizmente Kieran parecía muy a gusto
en aquel ambiente.
Entonces apareció la señora Edey.
—Kieran, no debes hablar tanto. La Srta. Monahan y el Sr. Cavanagh, con seguridad, están
cansados de su largo viaje.
— ¿Y el Sr. Dunsmore? – a pesar de su voz calmada la mirada revelaba preocupación.
—Parece que se va a quedar en Inglaterra – respondió Felicity y vio su expresión de alivio –
Creo que tiene la intención de dejar a Kieran al cuidado del conde.
— ¡Extraordinario! — exclamó ella – Bien es hora de que Kieran estudie un poco. Al conde le
gusta oírlo leer.
Aunque hiciese una mueca, el niño no protestó.
—Lo que necesita este lugar es un batallón de niños – comentó Miles.
—No sé si su presencia conseguiría suavizar esto. Pero si el castillo es nuestro único problema,
seremos bendecidos. – dijo Felicity mirando alrededor.
—Pues ya lo somos – dijo él besándole la mano.
En ese instante aparecieron Aideen y Colum. Después de los abrazos y saludos fueron a tomar
el té en una pequeña y acogedora sala de estar. Sin revelar la verdad sobre el nacimiento de
Kieran, Miles explicó que Dunsmore había sido persuadido de abrir su mando en cuanto al control
del niño a cambio de una pensión regular.
El hecho de que lady Aideen no los cuestionase hizo que Felicity pensase que ella sospechaba la
verdad. En caso de ser así, eso no afectaba a su actitud. Miles también contó que él y Felicity
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planeaban casarse el día veinte, lo que provocó sonrisas y felicitaciones.
—Tan vez debáis casaros aquí – sugirió Aideen.
— ¿Por qué? – preguntó Miles.
—Porque es vuestra futura casa. Felicity, ¿te importaría?
—No tengo interés en que sea en Foy, pero, ¿Por qué no en Clonnagh?
—El conde no puede viajar y le gustaría estar presente.
—En ese caso no tengo objeciones.
— ¡Excelente! Kilgoran va a usar esta oportunidad para dar una gran fiesta. Necesitamos ir a
Dublín mañana para buscar tu vestido y ajuar. A no ser que queráis esperar unas semanas.
— ¡No! — protestaron Miles y Felicity a la vez y, después, rieron.
Aideen y Colum también rieron y no se habló más de retrasar la ceremonia.
Poco después Aideen llevó a Felicity a conocer sus aposentos. Decorados al estilo francés, eran
bonitos.
—Son un poco lujosos para mi gusto – comentó Aideen.
—El castillo intimida desde afuera.
—Miles fue sensato en pedir tu mano antes de traerte aquí – la abrazó – Voy a adorar tenerte
como hija. Descansa hasta la hora de la cena. Después, Kilgoran va a querer interrogarte.
Era lo que Felicity temía. A pesar de la seguridad de Miles, el conde podía impedirles la boda.
Aunque ignorase la verdad sobre ella, no era la esposa ideal para un Kilgoran.
La cena fue agradable a pesar de contar con unas veinte personas, además de Miles, Felicity,
Aideen y Colum.
—Alianzas políticas – murmuró Miles.
En seguida él y Felicity fueron llamados a la presencia del conde.
La habitación estaba caliente, llena de muebles y libros. Pálido y delgado, Kilgoran casi
desaparecía en la inmensa cama con dosel de damasco rojo. Su única señal de vida era una
mirada penetrante.
—Acérquense para poder verlos.
El fuego quemaba leña aromática de manzano pero nada podía sacar la impresión de que era
una ruina humana. Pobre hombre, reflexionó Felicity. Triste fin para una vida poderosa.
— ¡Miles, hijo! — extendió la esquelética mano y Miles la cogió con firmeza. – He sabido que
has sufrido un accidente, pero tienes buen aspecto. Necesitas cuidarte, por lo menos hasta
producir uno o dos herederos.
—En referencia a ese asunto, quiero presentarte a mi novia, la Srta. Felicity Monahan, de Foy –
dijo Miles al poner su mano en la de su tío, que la apretó con debilidad.
Los ojos azules la observaron.
— ¿Foy? Entiendo la atracción. Él está detrás de tus sementales.
Felicity no pudo resistirse.
—Nos gusta mucho cabalgar, señor – Miles le dio un codazo leve.
—Bien. Los matrimonios necesitan tener algo en común. Cabalgar es un buen deporte. Él ha
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sido un buen tutor, ¿No es cierto? ¿Lo mantienes a tu alrededor?
— ¿Qué más podría hacer una joven en mi situación? – el rió y dijo:
—Vete Miles, quiero hablar con tu novia. – antes de salir él tocó con su cadera a Felicity y le
apretó el hombro, estímulo que ella necesitaba.
– He visto el gesto – dijo Kilgoran — ¿Cree que voy a devorarla? Solo puedo comer papillas. Y tú
no pareces amedrentada.
—No lo estoy, señor – mintió ella.
—No me trates así por Kilgoran. Sabes, me gusta mucho Miles. Estoy contento de dejarle todo
esto, pero sé que a él le gustaría que yo tuviese mis propios hijos.
—Será una gran responsabilidad.
—Es un mausoleo desgraciado. Parecía una buena idea en el pasado mostrar al mundo que no
éramos unos campesinos miserables en Irlanda. Pero basta de eso. Cuéntame por qué lo amas.
—No sé si puedo – respondió Felicity.
—Debe de haber alguna cosa en él que te guste.
—Todo.
—Está bien. Temía que estuvieses con él por interés.
—Ocurre que tengo una buena herencia.
— ¡No me digas! No me contaron eso. Bien para Miles. Podréis tener muchos hijos y darles
todo.
—Es verdad.
—Tú alegrarás este lugar. Existe un vínculo entre vosotros dos, lo he podido ver. Es como una
luz bailando. También amé a una mujer así. Ella murió.
Eso lo dijo de manera brusca. Otra tragedia irlandesa se escondía tras sus palabras.
—Tal vez hubiese sido bueno. No hubiera tenido tiempo para dedicarme a Irlanda si Mary
hubiese vivido.
—Espero que Irlanda no necesite de tal devoción de Miles. No tengo inclinaciones para ser una
mártir por la causa.
—Ah, me gusta una mujer que dice lo que piensa. Creían que mi deseo de criarlo aquí era una
estrategia, pero no pasaba de mero egoísmo. Me has dado un regalo precioso al mandarme al
niño aquí. He entendido que voy a ser su tutor.
De repente, él la miró de manera penetrante.
—Su madre tenía una cierta edad, ¿no es verdad?
—Supongo…
—Y él tiene tu mentón. ¿Miles lo sabe?
—Sí –balbuceó Felicity atónita.
—Bien, – un reloj dio la media – ahora vete. Él va a venir ahora a leer para mí.
Felicity salió y vio a Kieran inquieto y con la Sra. Edey, esperando para entrar en la habitación.
Al conde le gustaba y quedaba claro que el afecto era retribuido. Ella oyó a su hijo entrar
corriendo en la habitación y contar al “tío” la historia de un pato.
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Cuando vio a Miles un poco después le fue al encuentro.
— ¿No le has gustado?
—No. ¿Por qué?
—Tienes un aire triste.
—Me he dado cuenta de que, con la manera en que lo hemos solucionado todo, Kieran nunca
me llamará madre.
—Podrás contarle la verdad si quieres.
—No. Sería peor para Kieran. Pero gracias por darme la libertad de escoger.
—Entonces Kilgoran no te ha asustado. Estoy contento. No siempre es una persona fácil – dijo
Miles mientras seguían por el corredor.
—Es muy agudo.
—Sin ninguna duda.
—Miles, él lo sabe.
— ¿Lo de Kieran? – preguntó él al parar y mirarla.
—Sí. Kilgoran debe de haber conseguido informes. Sabe que Kathleen ya no tenía edad para
quedarse embarazada. Y ve semejanzas. Y si él…
—Deja de afligirte por cualquier cosa, amor. Mi tío te aprueba y no va a decir nada. Kieran está
seguro. Todos nuestros problemas han acabado y nosotros nos casaremos.
—Incluso así, no puedo creerlo.
—Tontuela. Confía en mí.
—Lo estoy intentado – dijo ella.
Miles la acompañó hasta la puerta de su habitación hablando de varios asuntos para distraerla.
Felicity entró, decidida a esforzarse más. Sin embargo le gustaría que el tiempo pasase en un
abrir y cerrar de ojos y el día siguiente ya fuese el de su boda.
Al día siguiente, lady Aideen llevó a Felicity a Dublín. Miles, sin embargo, se negó a
acompañarlas.
—Las mujeres deben de mostrar un poco de interés por la elegancia y la belleza – comentó
Aideen mientras estudiaban figurines en la modista.
—Aprecio un vestido bonito como cualquiera, pero detesto decidir sobre las ventajas de la seda
escocesa o la lana merino – admitió Felicity.
—Y estás ansiosa por volver a Kilgoran.
Por la sonrisa maliciosa, Aideen se refería a Miles, pero Felicity también quería estar con Kieran.
Reflexionó si no era eso lo que temía, los celos de Miles por su hijo. Sin embargo, a la vuelta,
cuando ya recorrían el trayecto del portón al castillo, se cruzaron con tres caballeros, Miles, Liam y
Kieran en un poni color ceniza.
Hubo cambio de saludos y Kieran no mostró interés en unirse a ella en el coche. Tal vez el
problema fuesen sus celos por el amor de su hijo a Miles.
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Felicity le había escrito a Annie para informarle de las novedades e invitarla a la boda. Sin
embargo la respuesta de la tía decía que no quería dejar a sus gatos, pero esperaba que Miles y
Felicity la visitasen antes de la boda. Al mostrarle la carta, Felicity comentó:
—Tal vez haya problemas en Foy que necesiten ser resueltos. No sé como tía Annie se va a
arreglar sola.
—Ella no está sola si sus gatos son como Gardeen…
—No seas loco. Sería mejor si le buscásemos una dama de compañía. ¿No te importa ir allí?
— ¿Pasar un día en un coche contigo? Nada – respondió él sonriendo.
— ¿Y qué pasa con nuestras resoluciones?
—Considera el viaje como una prueba de la fuerza de voluntad.
—Annie sugiere que llevemos a Kieran, por lo tanto él y la Sra. Edey serán nuestros
acompañantes.
—No te olvides de Gardeen – recomendó Miles.
—Ella está más apegada a Kieran que a ti o a mí. No entiendo el porqué. Al final de la carta,
Annie insiste en que llevemos a Kieran. Imagino que lo sabe. Generalmente no ignora las cosas
importantes.
—Entonces tal vez sepa que necesitamos acompañantes. Felicity se río aunque sintiese cierta
aprensión.
— ¿Es seguro sacar a Kieran de aquí?
—Deja de afligirte, amor. Dunsmore está lejos de Irlanda.
A pesar de que las previsiones optimistas de Miles fuesen ciertas, Felicity se sentía inquieta.
Partieron al día siguiente, acompañados por la Sra. Edey, Kieran y la gatita negra en su regazo.
—Una criatura voluble, ¿no crees? – comentó Miles.
—Tal vez ella se quede dónde sea más útil – respondió Felicity, pero apartó la idea de que
Kieran necesitase un cuidado especial.
Al final, Kilgoran había insistido que Liam y otro criado los acompañasen a caballo.
Naturalmente el viaje transcurrió sin incidente alguno. En Foy Annie los recibió un tanto
animada.
— ¡Bien! Ustedes pueden llevar los caballos.
— ¿Llevarlos? – exclamó Felicity sacándose los guantes.
—Los caballos de Foy. Un regalo de boda.
—Un gran regalo Srta. Monahan – afirmó Miles.
—No los quiero. Son unos brutos grandotes e irritantes. Todo bien – entonces fijó su atención
en Kieran. – Aquí está el niño.
Como era imposible saber cuánto sabía ella, Felicity dio una explicación rápida sobre su tutela.
—Un buen arreglo. Como también tu boda. Fitzgerald y Monahan. Una buena cepa
reproductora – afirmó Annie. Miró a Gardeen y dijo – Estás muy bien pequeñita.
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Entonces salió de la sala seguida por todos los gatos excepto Gardeen.
—Buena cepa de reproducción – repitió Miles – No quiero pensar…
—No puede haber sido todo planeado… — Miles se rió.
— ¿Cómo saberlo en Irlanda? Pero no tengo nada contra el plan si no terminamos encantados y
convertidos en cisnes o rocas.
— ¡Para! — dijo Felicity con un escalofrío.
Como contaban con la seguridad de acompañantes, él la tomó en los brazos y sonrió.
—No tomes nada de esto en serio. Ya hemos luchado con un villano. Cualquier otro problema
será de naturaleza terrenal.
Él parecía demasiado seguro.
— ¿Y qué pasa con una gatita enterrada cerca de un reloj de sol?
Miles se puso serio.
—Bien, voy a ser totalmente honesto. Cualquier magia que exista en esto parece estar a
nuestro favor. Vamos a confiar en ella.
Intentando compartir el pensamiento optimista, Felicity apartó las preocupaciones y se puso a
realizar trabajos prácticos.
Al día siguiente, un mensajero llegó con una carta para Miles. Al verlo romper el sello, Felicity
intentó dominar el pánico. Sin embargo él frunció el ceño, lo que casi la hizo gritar.
— ¿Qué pasa?
—Nada que deba preocuparte.
— ¡Miles!
—Dunsmore ha escapado de la vigilancia y Lucien no sabe dónde está. Pero no puede haber
venido a Irlanda. No le valdría…
— ¡Kieran! — gritó Felicity, y corrió a buscarlo. Lo encontró seguro estudiando los números al
lado de la Sra. Edey.
Felicity se controló. Naturalmente a Rupert no le gustaba ser vigilado, pero no tenía motivo
para venir a Irlanda.
Entonces recordó oírlo decir:
Jamás tendrás a Kieran.
Sin embargo su hijo no representaba más dinero para él. Incluso así, llamó a la Sra. Edey a un
rincón y le recomendó que no saliese nunca con Kieran sin la compañía de Liam.
Al dejar el aula temporal, Miles la aguardaba con el ceño fruncido.
—Voy a tener que matar al maldito para darte algo de paz. No puedes seguir así Felicity.
—No consigo dominar el miedo. Tal vez con el tiempo…
—Esperemos que sí.
Ella lo vio apartarse, consciente de que ese terror irracional podría destruir la felicidad de
ambos. A costa de un gran esfuerzo dejó de vigilar a Kieran. Contaba con la Sra. Edey y Liam. No
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podría pasarle nada aunque apareciese Rupert.
Incluso así, pidió a todos los vecinos que, en caso de ver a Rupert Dunsmore, la avisasen
rápidamente.
El peor momento fue cuando llevaron a Kieran a Loughcarrick para una visita, pero nadie de allí
había visto a Rupert. Incluso le dijeron que él les había escrito para que le mandasen sus
pertenencias a una dirección en Londres.
— ¿Lo ves? Escapó porque no le gusta ser vigilado. – dijo Miles.
—Sí claro, pero no veo el momento de volver a Kilgoran. — confesó Felicity. Miles rio y la besó.
—Creo que tengo una deuda de gratitud con Dunsmore. Nunca imaginé que una novia mía
dijese eso.
De vuelta a Foy, Kieran pidió ir a jugar fuera con Gardeen. Después de asegurarse de que Liam
y la Sra. Edey estarían con él, Felicity lo permitió.
—Mira como soy valiente – dijo a Miles rehusando vigilar al niño por la ventana.
—Nunca he dudado de tu coraje, pero si no aprendes a relajarte acabarás mal – dijo él al
hacerla sentar en el sofá para masajear su cuello desde atrás.
Después de algunos momentos, ella murmuró:
—Ah. Me estoy sintiendo mucho mejor.
— ¡Srta. Monahan!
Ella vio a la Sra. Edey con el rostro enrojecido entrar en la sala.
— ¡Kieran¡ ¡Ha desaparecido!
— ¿Qué?
—Estaba jugando con Gardeen y yo escribía una carta. La gata saltó sobre mí esparciendo los
papeles. Fui a recogerlos y cuando me volví los dos habían desaparecido.
— ¿Y Liam? – preguntó Miles.
—Oímos un grito agudo y fue a mirar. No volvió. – Felicity la cogió por los brazos.
— ¿Cuándo ha sido eso? Pronto va a oscurecer.
—Hace unos 15 minutos – afligida la pobre temblaba – fui a buscarlo, pero había niebla. ¿Cómo
pueden haber desaparecido?
Los criados se juntaron en la sala y Miles ordenó a uno que trajese coñac para las mujeres.
— ¿Dónde estaba señora? – le preguntó.
—Bajo una cubierta cerca del establo. Voy a buscarlo una vez más – respondió la Sra. Edey
—No, quédese aquí.
El coñac llegó y él le hizo tomar un trago antes de organizar a los criados para examinar toda la
casa, los jardines y mandar mensajes al pueblo.
Felicity lo dejó encargado de eso y corrió al establo. En el camino se encontró con Annie.
—Tita, Kieran ha desaparecido.
— ¿Gardeen estaba con él?
—Parece que sí.
—Entonces no corre peligro.
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—Ah tita, ¿Qué puede hacer la gatita? Rupert la mató una vez o por lo menos… — cogió la
cabeza entre las manos – Tengo que encontrarlo. ¿Has visto algo?
—Solo gatos y niebla. Voy a buscar. No te preocupes querida – continuó al apartarse.
Miles apareció y preguntó:
— ¿Qué ha dicho Annie?
—Que no me preocupase pues Gardeen cuidaría de él – le contó al girar donde la niebla
rodeaba a la tía.
— ¿Qué? – preguntó él.
—Es extraño. Ella no estaba con los gatos.
—Diablos, Felicity, eso no tiene nada que ver con el caso.
—Dios del cielo, estás en lo cierto – dijo ella, y volvió a correr al establo.
Los caballerizos ya examinaban el área.
—Nada señorita. —Pero uno de los hombres dijo que ha oído a un caballo relinchar en el cruce
hace un tiempo.
— ¡Rupert! —exclamó Felicity a Miles.
—No puede ser – sin embargo él ya hablaba al caballerizo – El mejor caballo ¡deprisa!
—Es Dana. Solo con la brida – continuó Felicity. Corrió al compartimento de arreos y sillas,
dónde rasgó la falda de su vestido de lana por delante y por detrás. Cuando salió al patio, Dana ya
la esperaba. Agarrada a la crin, montó y salió al galope acompañada por Miles.
Pronto encontraron un grupo de búsqueda. Nadie había encontrado al niño. Pero al momento
siguiente, alguien le informó haber visto a un caballero.
—Iba a Monagal.
— ¿Llevaba un niño?
—No puede verlo señorita – Miles y Felicity siguieron hacia allí.
— ¿Qué hay en ese lugar? – preguntó él.
—Un lago.
Continuaron al galope, pero pararon al encontrar a un grupo cuyas linternas esparcían su
lúgubre luz alrededor.
—No hemos visto a un caballero, solo una bandada de los endiablados gatos – informó uno.
— ¿Gatos?
—Cubriendo todo el lugar y yendo a Monagal.
— ¿Annie? – exclamaron Miles y Felicity juntos para, en seguida, quedarse atónitos.
Siguieron al galope y, poco después, la neblina se disipó, permitiendo que la luna iluminase el
camino. Aparecían luces ante ellos.
Por un momento Felicity pensó que eran más linternas, sin embargo se dio cuenta de que la
luna se reflejaba en los ojos de los gatos. Una bandada de ellos corrían en su dirección. Gatos
cazadores.
Cazaban a un hombre.
Un hombre que corría detrás de un niño pequeño.
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Felicity galopó hacia delante y, en unos instantes saltaba al suelo para coger a su lloroso hijo.
Quería una pistola para dispararle a Rupert.
Miles pasó junto a ella.
Un disparo, un relámpago. Un grito. Todo delante.
El caballo de Miles se levantó relinchando y lo tiró al suelo.
Con Kieran en los brazos, Felicity fue a dónde se había caído, lejos de las patas del caballo. Más
adelante Rupert parecía estar luchando pues agitaba los brazos en el aire.
Un gato debía haber saltado sobre él en el momento en que disparaba, desviando la bala de la
diana.
—Bien, ya ha pasado todo – dijo ella a su hijo y, entonces, preguntó a Miles — ¿Estás bien?
—Casi sin respiración – se levantó y miró al frente – Que diablos…
—Son los gatos – explicó Kieran – ellos me salvaron. Papá me pegó y los gatos hicieron que su
caballo le tirase.
Felicity lo abrazó con más fuerza. Rupert corría ahora lejos de ellos y de los gatos.
—Papá quería tirarme al lago. —Felicity y Miles cambiaron miradas.
—Era un juego – afirmó él.
Kieran intentó soltarse y Felicity lo puso en el suelo.
—No, no lo era. Dijo que nunca te quedarías conmigo, Sissity. Y me hizo daño. No puedo
honrar a mi padre. No importa lo que diga la biblia. ¡No puedo!
Miles lo levantó del suelo.
—No lo necesitas, Kieran. Y nunca voy a dejar que él te haga daño otra vez. Lo prometo.
Sollozando, el niño se abrazó a él.
Un grito de pánico cortó el aire. Felicity miró y vio a Rupert cambiar de dirección, pero fue
seguido por hileras sinuosas de predadores. Él gritaba socorro.
—Deberíamos hacer algo – murmuró ella.
—No – dijo Miles con firmeza al cargar a Kieran solo con un brazo y pasar el otro sobre sus
hombros.
Un gesto limitador y al mismo tiempo reconfortante.
— ¿Y mi libertad?
Él vaciló un poco, pero sacó el brazo.
—Bien. Estás libre. Sin embargo, si salvas a aquel desgraciado de su merecido destino dudaré
de tu salud mental.
Con gritos agudos y de pánico, Rupert maldecía y pedía socorro. Felicity apretó las manos y se
mantuvo inmóvil. Él merecía ese castigo y era de ley que los gatos fuesen su maldición.
Las nubes cubrieron la luna impidiéndoles ver la escena. Pero oyeron un grito horrible y un
golpe en el agua, lo que significaba que finalmente los gatos le habían forzado a caerse al lago.
— ¿Es profundo? – preguntó Miles.
—Mucho – respondió ella al mismo tiempo que sentía que algo rozaba su tobillo.
Miró a Gardeen y la cogió. La gata maulló y saltó hacia Kieran, en el regazo de Miles. Con esa
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guardia, el niño pidió que lo dejasen en el suelo. Parecía estarse librando una experiencia terrible.
Felicity miró hacia el campo de delante y vio a los gatos, como predadores nocturnos que eran,
esconderse en las sombras.
—Hay muchos más gatos aquí que los que tiene Annie – afirmó ella.
—Colum dijo que ella se vengaría de cualquier maldad hecha a uno de sus gatos. Pero ellos no
pueden…
—Te sorprenderías de lo que pueden o saben hacer.
—No más. Quedaos aquí – dijo él y fue a mirar al lago cercano.
Pronto volvió. Mientras ayudaba a Felicity a montar y poner a Kieran, con Gardeen en los
brazos frente a él, comentó:
—Vamos a necesitar dragar el lago para encontrar el cuerpo. —Montó enseguida y se
dirigieron a Foy.
Kieran no parecía muy triste, pero Felicity creyó que debía explicarle el desenlace.
—Creo que tu padre está muerto amiguito.
—Lo sé. Los gatos mataron a mi padre – afirmó esperando a Gardeen – Me gustan los gatos.
—No creo que ellos lo hayan matado. Solo lo asustaron y, para escapar, él saltó al lago.
—Apuesto a que los gatos mataron a mi padre. Una vez el ahorcó uno en casa porque el pobre
entró en una habitación.
Felicity desistió de darle un colorido falso al caso.
Cuando llegaron a Foy encontraron a Annie, otra vez rodeada por sus gatos cuidando a Liam en
la cocina. El chico había sido encontrado inconsciente en un rincón del jardín.
—Lo lamento muchísimo señor – dijo Liam – Oí un grito y vi a un gato herido. Cuando me bajé
para cogerlo alguien me golpeó en la cabeza.
Como no había señal de un cómplice de Rupert, Felicity miró a Annie, la persona más probable
para contar con la ayuda de un gato. Sin embargo, ¿qué resolvería con esclarecer la cuestión a
estas alturas?
Al día siguiente el cuerpo de Rupert fue sacado del lago y llevado a Loughcarrick. Sir Dennis
Yeats, el magistrado local, declaró que la muerte era un infeliz accidente. Los preparativos para el
funeral quedaron a cargo de los criados de Loughcarrick que no disfrazaban su alivio.
Felicity y Miles se prepararon para volver a Kilgoran.
Intentó hablar con Annie sobre lo que había pasado pero la anciana volvía a estar en su mundo.
La única cosa de alguna relevancia que dijo fue:
—La desaparición de ese hombre será un gran alivio para todos.
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Al aproximarse al castillo de Kilgoran por segunda vez, Felicity ya no lo encontró tan
intimidante. Podía imaginar excelentes caballos pastando en sus campos. El interior también
había mejorado. Como faltaban apenas tres días para la boda, algunos invitados ya habían
llegado. La simple presencia de más personas dejaba el ambiente casi agradable.
—Habrá un total de sesenta invitados – avisó Aideen con la mirada algo preocupada a su hijo –
Sé que te gustaría algo más sencillo, pero Kilgoran insistió.
—Puedo soportar cualquier cosa para que la boda se realice – afirmó Miles.
Mentalmente Felicity estuvo de acuerdo.
Percibió que Lady Aideen tenía todo bajo control, por eso pasaba el tiempo andando en barco
con Kieran o jugando al criquet con él, Miles y Liam.
Esperando.
Toda esa espera terminaría y, así, el día del cumpleaños y de la boda de Felicity llegó con un sol
radiante y las primeras señales verdes de la primavera.
El verde de la esperanza.
Hasta el castillo de Kilgoran vibraba de alegría gracias a la presencia de los huéspedes y sus
criados. La flor y nata de la aristocracia irlandesa se encontraba allí y Miles contaba con el apoyo
del marqués y la marquesa de Arden, de Sir Stephen Bali y de Lord Arnleigh.
El vestido de novia de Felicity era de un verde plateado, bordado con hilos de plata y perlas
minúsculas. Beth supervisó los arreglos finales del peinado o las joyas de perlas.
— ¿Estás nerviosa? Pareces tensa – comentó Beth.
— ¿Nerviosa? ¡Estoy desesperada!
Al ver a su amiga reír, Felicity enrojeció y se cubrió el rostro con las manos. Pero era verdad.
Los últimos días habían sido los más difíciles, pues no había nada que hacer a no ser esperar. Ni
siquiera tenía preocupaciones para retener su atención.
Rupert estaba muerto. El nacimiento de Kieran era un secreto que jamás sería revelado. Y ella
podía contar con la verdadera felicidad.
Y ese era el punto que volvía la espera tan difícil. Todos los obstáculos habían sido salvados, se
iban a casar y no había motivos para esperar.
Excepto por el hecho de haberse impuesto ellos mismos esta prueba. Siguiendo el ejemplo de
los grandes héroes del pasado, ellos serían dignos del mayor de los premios, mostrándose sinceros
y honrados a pesar de la tentación. No seguía el ejemplo de Diarmuid y Grania, robando la
felicidad a costa de otros y contra los códigos de la moral. Esperarían hasta el momento
permitido.
El deseo creciente había sido el precio pagado, pero había habido recompensas.
Los días de espera habían dado oportunidades para conversar, reflexionar y descubrir los
secretos del alma de cada uno.
Ahora, como había dicho, estaba desesperada con la aproximación del momento mágico.
¿Por qué tenían que haber aceptado esa loca e inmensa celebración? Podrían ir solamente a la
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capilla, hacer las promesas y ya está. En vez de eso tendrían que soportar una larga ceremonia,
con una coral y no se sabía que más, seguida de la recepción para los invitados. Además de otra
para los arrendatarios del pueblo.
Las personas habían venido desde millas de distancia para ver, de refilón, al futuro conde y a su
novia. Aunque se casasen a medio día, tendrían suerte si consiguiesen quedarse solos antes de la
media noche.
Cuando Felicity se miró al espejo antes de descender, se quedó satisfecha de estar a la altura de
ese día tan especial.
Por amor a Miles.
El color del vestido le sentaba bien, el modelo simple le daba dignidad y el velo de encaje
controlaba la rebeldía de los oscuros cabellos. En ese día no era una reina guerrera. Esperaba no
tener que luchar más. Ciertamente no contra Miles.
Como la capilla del castillo era pequeña para tantos invitados, la ceremonia sería en el salón de
baile. Al entrar, Felicity sonrió al ver a Kieran con una bonita ropa blanca, cogiendo una almohada
con el anillo. A su lado estaba Gardeen con un lazo blanco al cuello.
Y, cerca de ambos, Miles le sonreía como si ella fuese la criatura más maravillosa de la faz de la
tierra.
Ninguna mujer merecía ser tan amada. Excepto si ella amaba también de esa forma.
Aunque intentase ser muy recatada y andar con dignidad, su lado inquieto la dominó. Con
ímpetu, corrió a los brazos de él.
Mientras los invitados reían, Miles la levantó en brazos y dio vueltas con ella.
Cuando la puso en el suelo, Felicity escondió el rostro en el hombro de él.
—Jamás seré una buena condesa de Kilgoran – él le levantó el mentón y sonrió.
—Serás la perfecta condesa de Kilgoran. Vamos a dar el primer paso.
Felicity no pudo contener una sonrisa. Habían sufrido provocaciones, vencido batallas, y
merecían este momento de triunfo.
El dignísimo sacerdote ofició la ceremonia y la coral entonó cantos en una verdadera exaltación
del amor. Cuando el ministro dio su permiso para que Miles besase a la novia, lo hizo con el
mayor entusiasmo. Después de firmar en el registro, los novios encabezaron la fila para la
recepción en la sala de estar.
Aunque el conde no pudiese asistir a la ceremonia, se encontraba allí recostado en un sofá
cama. Después de bendecir la unión, se puso a conversar sobre política con los viejos
compañeros.
Animados, los tres amigos de Miles besaron a la novia. Entonces siguieron horas de sonrisas a
extraños hasta que Felicity y Miles pudieron estar solos.
Finalmente él era suyo para toda la eternidad.
Aún no era media noche, pero la oscuridad reinaba hacía horas cuando Felicity se pudo retirar a
su habitación con el fin de prepararse para acostarse. Eran otras habitaciones, contiguas a las de
Miles y decoradas en estilo chino. No le importaba nada de eso siempre que Miles viniese a
buscarla pronto. Apresuró a la criada para que la desvistiese, pero tuvo que esperar temblando de
ansiedad y vistiendo apenas una camisola de seda transparente.
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Reflexionó que tal vez Miles también esperase para darle tiempo a que se preparase. Ridículo.
Pensó en ir a buscarlo, sin embargo debía comportarse como una dama por lo menos una vez.
¿Cómo podría saber si él no estaba también envuelto en un extraño ritual masculino? Sería una
bonita escena encontrarlo con sus amigos vistiendo solo una camisola transparente.
Se miró en el espejo. Estaba seductora, admitió. La seda mal escondía su cuerpo y los cabellos
sueltos recordaban una nube oscura. Los ojos, también oscuros, y el rostro rosado mostraban su
excitación.
Sospechaba que una novia debía estar pálida de aprensión y no con esa apariencia de deseo
ardiente.
Cuando Miles apareció, le preguntó:
— ¿No te importa que no sea virgen?
— ¿Cómo castigo por mis pecados? – Con los dedos entre sus cabellos la forzó a mirarlo – Ah,
mi amor, estoy anticipando una noche de placeres que jamás tendría con una novia virgen.
Felicity se entregó a su beso ardiente. Mío.
Miles deslizó las manos por su espalda y la apretó contra su cuerpo. Mía.
—La seda es un tejido maravilloso – dijo él pasando al mano sobre su piel.
Ella le abrió la bata y pasó las manos por el pecho firme.
—Entonces vas a tenerte que vestir de seda para mí. – Miles rió y la besó en la curva del cuello.
—Para ti, mi amor, cualquier cosa.
Felicity le sacó la bata, se apartó un poco para admirarlo y lo acarició a lo largo del cuerpo hasta
tocar levemente su erección. Encantada al sentirlo estremecer bajo sus manos, murmuró:
—Es interesante que lo que estamos a punto de hacer esté bendecido por Dios y por los
hombres.
—Tal vez no todo –le avisó tocándole los sensibles pezones.
Ella también se estremeció y continuó medio apartada. Quería ver lo que él podía soportar
después de la penosa espera de los últimos días.
—Mío – repitió esta vez en voz alta.
—Mía – él también lo hizo.
—En esto soy virgen. En la conciencia de que tenemos una vida entera por delante.
—No tengas mucha seguridad en eso. En cualquier momento puedo explotar.
Riendo, Felicity le besó los hombros, a lo largo de las costillas y entonces se bajó abrazada a él.
—Si miras, verás que, finalmente, me has hecho arrodillar – Miles apartó sus brazos.
—Sí recuerdo bien, dulce Joy, es en esa posición en la que eres más peligrosa – la hizo levantar
y la acostó en la cama — ¿recuerdas este lugar? Puede ser increíblemente confortable.
En el auge de la excitación, estimulada por la de él, Felicity se sentó.
—Pareces tener más experiencia que yo en camas, marido. Voy a dejar todo de tu cuenta.
—Existen siempre nuevas sorpresas – afirmó Miles mientras sacaba la colcha y las mantas de
debajo de su cuerpo, lo que la hizo caer hacia atrás.
En una fracción de segundo, se acostó sobre ella y penetró su cuerpo.
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Felicity suspiró por la sorpresa y el placer de los sentidos. Lo abrazó con fuerza cuando los
movimientos empezaron.
—Tenemos prisa, ¿no es cierto? – balbuceó.
—Hemos tenido un mes entero de tentación y tú me has dejado casi loco de deseo.
Ella podía sentir que era la más pura y deliciosa verdad. Lo rodeó con las piernas, decidida a
perder el sentido.
Fue increíblemente fácil.
Más tarde, acariciándole el pecho, Felicity sugirió:
—Tal vez deberíamos pasar, alguna que otra vez, otro mes entero de tentación.
Riendo, él la abrazó.
—Ni para salvar tu preciosa vida, mi dulce Joy.
FFIIN
N
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