Mons. Jacinto Vera,primer Obispo uruguayo, camino hacia su

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Mons. Jacinto Vera, primer Obispo uruguayo, camino hacia
su beatificación y canonización
Esta tarde, en este sitio tan significativo y tan especial, vengo a
contarles la historia de Mons. Jacinto Vera, primer Obispo Uruguayo. Y
voy a hacerlo desde mi testimonio personal: el de una escritora
sudamericana, uruguaya, de novelas de vampiros, fuertemente
cuestionadora en su momento de la Iglesia Católica, y que por las épocas
en que conoció a don Jacinto, jamás se habría definido a sí misma como
católica.
Aunque muchos de los presentes no necesitan explicaciones al
respecto, comienzo por ubicar en su imaginario colectivo a mi país:
Uruguay es un pequeño Estado ubicado entre Brasil y Argentina. Con
poco más de tres millones de habitantes, es el país más secularizado de
América Latina. Según la Encuesta Religión y Religiosidad (proyecto de
colaboración conjunto entre las universidades de Pennsylvania, North
Texas y la red ISSP –Programa Internacional de Investigación Social-)
realizada entre los meses de octubre y diciembre de 2008, frente a la
pregunta “religión o iglesia a la que se siente más cercano”, el 51,9% de
los encuestados manifestó ser Católico Romano, seguido por un 29,4%
que se incluyó en la opción “no cree en Dios o agnóstico”. Estas cifras son
consistentes con las publicadas por el Instituto Nacional de Estadísticas
de Uruguay.
A su vez, el estudio “Laicidad en el Uruguay: mitos y
transformaciones de la religión civil uruguaya” elaborado por el Dr.
Nicolás Guigou, realizado en el año 2009 en el marco de la Universidad
de la República, expresa que cito “desde mediados del Siglo XIX hasta
las primeras décadas del Siglo XX, se presentan los momentos más
beligerantes en relación a los procesos de secularización y laicización en
el Uruguay en sus dos vertientes a saber: la gestación de una religión
civil principalmente por parte del Estado y la privatización de otras
manifestaciones religiosas.” Este trabajo concluye: “El proceso de
privatización de la religión católica tuvo su éxito.” Fin de cita También la
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implantación de esa peculiar religión civil a la que alude el informe fue
particularmente exitosa.
Continúa diciendo el Dr. Gigou: cito “Recordemos entonces, que en
este proceso de construcción de la nación laica tenemos, por una parte,
la expulsión de la Iglesia Católica de ámbitos públicos que pasan a ser
considerados público-estatales en tanto quedan bajo jurisdicción
directamente estatal”. Continúa diciendo: “Público y estatal, serán
categorías que a partir del período que exponemos quedarán fuertemente
unidas en el Uruguay mediante tres modalidades: público, en tanto
gestado directamente a partir del Estado; público en tanto aparente
‘espacio neutral’ que permite la coexistencia de los ‘diferentes’
(diferencias religiosas, culturales, etc.) a partir de las garantías legales y
de los valores presentes en la religión civil uruguaya (libertades
públicas)”; y “público en tanto espacio no solamente garantizado por el
Estado, sino también como espacio preferencial de las representaciones y
mitos otorgados por el Estado-Nación”. Fin de cita
Sin embargo, a pesar de años de políticas públicas destinadas a
desplazarla, la Iglesia Católica es en Uruguay por lejos la más grande y
prestigiosa organización no estatal; la que tiene las mejores
Universidades y los mejores Colegios. La que, contra toda la oposición
“laica” (entre comillas), logró mantener en el mejor lugar de Montevideo
el monumento a Juan Pablo II, y la cruz que recuerda la misa celebrada
por el Santo Padre en su primer visita a nuestro país.
En los albores de este entorno desarrolló su misión nuestro primer
Obispo Diocesano, un entorno muy similar, por otra parte, al cual hoy nos
enfrentamos los católicos. Quizá por eso la historia del Siervo de Dios
Jacinto Vera tiene tanto para decirnos e inspirarnos: se trata de vencer
las adversidades, las limitaciones del medio, para alcanzar resultados de
excelencia aún a pesar de ello. ¿En qué tarea? La de evangelizar. Don
Jacinto es ejemplo de la evangelización nueva a la cual invitaba Juan
Pablo II en 1983: en su ardor, en sus métodos, y en sus expresiones.
Nuestro Primer Obispo fue un experto en desarrollar estrategias creativas
a la hora de evangelizar. Y a esa tarea se entregó sin medir esfuerzos.
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Bajo su conducción, la Iglesia Católica en el Uruguay se formó, creció y
se proyectó hasta nuestros días.
Para contarles la historia de Jacinto, voy a referirme primero a su
dimensión de Hombre:
Quiero hablarles, les decía, desde mi testimonio personal. Con
Jacinto Vera descubrí un personaje inesperado para mí, de una manera
que ahora me lleva a hablar en términos de gracia y no de casualidad.
Asistí a una conferencia en la Parroquia del Cordón del entonces Párroco
y actual Obispo de Canelones Monseñor Alberto Sanguinetti, donde
descubrí una visión de la Historia Nacional desconocida para muchos
uruguayos, incluida quien les habla. A partir de ella, tomé la decisión de
escribir una biografía novelada de este gran hombre, protagonista
indiscutido de nuestra historia, al cual todos sus contemporáneos
llamaron santo, y dediqué más de tres años de mi vida a lo que fue un
increíble y transformador proceso de nacimiento a la fe.
El impacto que provocó en mí el encuentro con el Siervo de Dios
determinó que sintiera la necesidad de difundir su historia. Y lo hice, sin
faltar al rigor académico en cuanto al contenido de los hechos narrados,
no a través de un libro para lectores informados, sino en formato de
novela, como un recurso que a la vez permitiera transformar la
experiencia del lector en un encuentro personal, y lo invitara a
sumergirse en sus páginas, tomando como base un bagaje documental
casi inabarcable, que incluía miles de cartas. A partir de estos
documentos, me dediqué a reconstruir situaciones y diálogos, dándole
contexto y utilizando las mismas palabras con que los protagonistas
reales se comunicaban entre sí.
En la novela, el artificio o extrañamiento pasa por un personaje
actual, Mariana, que es quien nos va acompañando a lo largo de la
narración. En el universo diegético hay también una tía, Rosario,
recientemente fallecida. Mariana al desarmar la casa de su tía, se
encuentra de golpe con la documentación sobre la vida de Jacinto Vera
que su tía había compilado, y comienza a leerla. El libro va así
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acompasando una historia moderna con otra antigua, la cual a su vez va
influyendo en la vida de Mariana.
Un excelente periodista de mi país me preguntó en una entrevista si
existía una confusión entre Mariana, el personaje, y Laura, la escritora. Mi
respuesta fue la que generalmente va a darles un escritor: sí y no.
Truman Capote dijo una vez que el material con el cual el escritor trabaja
es su propia vida. El personaje, la trama, pasan por el tamiz de la vida
del autor; pero no necesariamente toda novela es autobiográfica. Y esto,
los escritores lo usamos como excusa, para relativizar el factor
autobiográfico. Lo particular en este caso es que en realidad sucedió
exactamente al revés. Para mí, como para Mariana, existió también un
encuentro con Jacinto. Pero el mío fue mucho más intenso. Mi visión
cambió radicalmente a través del contacto con nuestro Obispo Santo. Se
produjo en mí, en el transcurso de la escritura de la novela, una
conversión, una serie de procesos, de apertura a nuevos conocimientos,
que vivo también como un enriquecimiento intelectual.
¿Cómo callar lo que he aprendido a partir de la vida de Jacinto?
Nuestro primer Obispo era, como tantos antepasados nuestros, hijo de
emigrantes. Predestinado desde su nacimiento a ser misionero, fue
concebido en Europa, en las Islas Canarias, donde sus padres residían y
habían contraído matrimonio. Cuando, junto a sus hijos mayores, se
embarcaron en busca de un futuro prometedor hacia América, Jacinto
nació en el océano, a bordo del barco el 3 de julio de 1813, y fue
bautizado en Florianópolis, donde la familia debió hacer una escala en su
viaje debido a los conflictos armados que tenían lugar en su proyectado
puerto de destino: la que entonces era la Provincia Oriental, y es hoy la
República Oriental del Uruguay. Finalmente, firmada la paz, llegaron a
instalarse en un campo del departamento de Maldonado, donde tras
varios años de trabajo sacrificado, consiguieron ahorrar lo suficiente para
comprar su campo propio en la zona de Toledo, en el que luego sería
Departamento de Canelones. Creció como un niño gaucho, inmerso en las
costumbres locales, que mantendría incambiadas por el resto de su vida y
su ministerio: de niño usaba poncho, chiripá y botas de potro; tomaba
mate -es más hay testimonios de que, como buen Uruguayo traía su
mate a Roma y lo compartía con sus amigos Obispos Argentinos-; era un
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hábil jinete que se trasladaba a caballo con la destreza del baqueano, el
conocedor del medio rural donde transcurría su día a día. Campesino
laborioso, al mismo tiempo fue un excelente exponente de la llamada
“viveza criolla” y la “garra charrúa” en el buen sentido: fuerte, con gran
inteligencia práctica, bromista, famoso por el sentido del humor,
encantador al decir de quienes lo conocieron, de grandes amigos y
profundos lazos familiares.
Un hombre valiente que, y aquí quiero hacer una digresión, supo
llevar el solideo, y en cumplimiento de su misión, solamente quitárselo
ante Dios nuestro Señor. Así lo demostró cuando el 20 de setiembre de
1870, aquí, en Roma, las sesiones del Concilio Vaticano Primero fueron
suspendidas por la entrada de las tropas de Víctor Manuel. Eran
momentos muy difíciles para salir a la calle, y más todavía con atuendos
de Obispo. Don Jacinto, pálido y desmejorado luego de un quebranto
pasajero de salud, se vistió con sus hábitos episcopales y contra todos los
consejos de sus acompañantes salió a la calle y llegó al Vaticano a
ponerse, en un acto de bravura y lealtad propia de este Obispo gaucho, a
las órdenes del Pontífice Pio IX.
Retomando la historia: Jacinto creció en una familia católica,
devota, que vivía y disfrutaba de las “funciones religiosas” (como se
llamaban en su época) celebradas en la capilla de su zona rural. Esta
misma familia que no dudó en hipotecar su campo como garantía para
que el joven Jacinto pudiera ordenarse sacerdote.
El Uruguay de su época recibió importantísimas olas inmigratorias
provenientes principalmente de España e Italia, que multiplicaban la
población, conservando su fe e incorporando los valores de la cultura a la
que se integraban. Según trabajos de la Facultad de Ciencias Sociales de
la Universidad de la República, en 1829 vivían en Uruguay 74.000
habitantes, mientras que en 1882 la población ascendía a 505.207. Se
estima que el 6% de la emigración europea del Siglo XIX a América
Latina tuvo como destino Uruguay, donde eran recibidos por tierras casi
despobladas, marcadas por la devoción a la Virgen María, principalmente
en sus advocaciones de la Dolorosa y de la Virgen del Carmen.
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Estos hechos modelaron la personalidad de Mons. Vera, un
inmigrante nacido en el mar, que supo asumir totalmente los valores de
su patria. Un gaucho enamorado de Cristo que se entregó por completo a
su misión. Alguien que repetidamente escuchó frases del tipo: “Tú no
puedes, Jacinto.” No puedes desarrollar tu vocación de sacerdote porque
no hay dinero, porque debes ir la guerra, porque no hay donde estudiar,
porque las distancias son largas. No puedes ser Vicario Apostólico porque
no eres del agrado de la masonería, no puedes administrar tu Iglesia
porque el poder civil no te lo permite. No puedes con la pobreza, la
ignorancia, las carencias de tu pueblo, la dureza de los caminos, el frío.
Un hombre que enfrentó el “Tú no puedes” con la oración, la confianza en
la gracia de Dios, el amor a Jesús, el amor a la Virgen, el amor a su
pueblo. Que contestó al “Tú no puedes” con la Sabiduría, formando
colaboradores, trabajando con tesón, inteligencia, capacidad y fuerza.
Ese hombre era, además, un Sacerdote católico, y esta es la segunda
dimensión a la cual quiero referirme.
A los diecinueve años de edad, tras participar de una tanda de
Ejercicios Espirituales, Jacinto descubrió su vocación al sacerdocio. En esa
época, Uruguay no contaba con Seminario para la formación de
sacerdotes, por lo cual, para concretarla, debía trasladarse al extranjero:
Buenos Aires, lo más cercano. Su familia, gente de trabajo sin recursos
económicos, no estaba en condiciones de pagarle los estudios. Por
entonces, un amigo se acercó a ofrecerle la beca que una señora
adinerada estaba dispuesta a pagar a un joven que quisiera ser monje
franciscano. “Pero yo quiero ser sacerdote del clero secular” respondió
Jacinto. “Aceptás la beca”, le aconsejó su amigo, “te ordenás como
franciscano, y luego pedís que te secularicen”. Pero Jacinto no estaba
dispuesto a mentir para alcanzar su meta: “Dios me ayudará de otra
manera” respondió. Y le cedió la beca a un amigo de la vecindad, que
sentía vocación de franciscano.
Quien confió en Dios nunca fue defraudado, solía repetir, y tras
algunos años de ahorrar el dinero que su padre le pagaba por trabajar
como peón en el establecimiento familiar, al mismo tiempo que
adelantaba en los estudios de latín con un sacerdote local, contra todos
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los pronósticos pesimistas llegó a Buenos Aires e ingresó en el Colegio de
los Jesuitas. Allí se destacó como un estudiante brillante, por su
constricción al trabajo, su entrega, y su fervor en la oración. Inteligente,
descolló entre sus compañeros de estudios y se codeó con la
intelectualidad de su ambiente. En Buenos Aires, en medio de disturbios
que determinaron la expulsión de los Jesuitas, fue ordenado sacerdote en
1841, y de regreso a casa, destinado a Guadalupe, donde permanecería
con distintos títulos al frente de la Parroquia. En 1859 lo nombraron
cabeza de la Iglesia Uruguaya, que en esa época era un Vicariato
Apostólico que formaba parte de la diócesis de Buenos Aires, pero que
dada la independencia política, la Santa Sede hacía depender
directamente de sí misma.
Jacinto Vera, el Obispo misionero, antes de ser obispo, ya era
misionero. Recorría infatigable a caballo o en carro los vastos campos de
Canelones, siendo Párroco, con sus muchas capillas dispersas. Durante el
ministerio sacerdotal, se destacó también por la pobreza y el
desprendimiento material. Múltiples testimonios de sus contemporáneos
lo describen como a alguien a quien no se le podía dar nada para su uso
personal, porque todo lo regalaba a su vez a quienes lo necesitaban.
Cuentan que, al recibir la notificación de su nombramiento a la más alta
dignidad de la Iglesia Nacional, no tenía pantalones bajo la sotana,
porque el último par que le quedaba se lo había dado a un pobre. El
pueblo de Guadalupe, para la ocasión, hizo una colecta y le regaló un
traje talar.
Como cura, fue un modelo de fidelidad a Cristo, de amor al pueblo
confiado a su cuidado, y de respuesta amorosa de parte del pueblo.
Jacinto era el sacerdote católico en todas sus facetas: la defensa de la
verdad, del pobre, de la libertad, incluida la libertad religiosa. Aparece
nítidamente en la historia del Siervo de Dios el aspecto de sacerdote, con
unas características propias e inconfundibles, que en cierta manera
identifican el estilo de iglesia uruguayo. Todos los misioneros que llegan
del exterior, resaltan esa manera de ser Iglesia que tenemos en nuestro
país: esa cercanía, esa familiaridad, esa proximidad, que arranca desde
Jacinto Vera, un cura rural que, siendo Párroco en Canelones, o siendo
Obispo, no cambió nunca. Fue una persona, íntegra, sin dobleces, querido
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y admirado por todos por sus cualidades humanas. Nunca se vio un
obispo tan humilde, pero a su vez actuando de ese modo con tanta
naturalidad, sin demagogia y sin desmedro de la dignidad inherente a la
investidura. Una humildad que no se contraponía con la dignidad del
culto.
Jacinto no fue un gran místico, pero mostró a lo largo de su vida
una inconmensurable coherencia en el amor a su ministerio. Aunque llegó
a ocupar las más altas dignidades eclesiásticas, jamás buscó sobresalir, y
si en algo llegó a hacerlo fue en el celo de la caridad.
A partir del año 1859 estuvo al frente de la Iglesia nacional, primero
como Vicario Apostólico, luego en 1865 como Obispo de Mégara, y
finalmente como Primer Obispo de Montevideo en el año 1878. Cuando
asumió, Uruguay todavía estaba en camino de consolidarse como Estado
y como Nación. El Vicariato contaba con pocos templos, escasos
sacerdotes, casi todos extranjeros, y muy menguados recursos. No había
Seminario, ni Diócesis, ni dineros para solucionar ninguno de estos
problemas. Hombre de gran capacidad de mando y excelente conductor,
con visión de estadista don Jacinto armó la Iglesia Uruguaya en todos los
sentidos, en lo nacional y lo internacional.
Como cabeza de la Iglesia fundó el Seminario local, y se preocupó
por detectar vocaciones sacerdotales. Padre y patriarca, procuró formar
un clero nacional virtuoso, apostólico, e ilustrado. A sus sacerdotes
jóvenes más prometedores, les costeó estudios de doctorado en Roma.
Entre los tres primeros estuvieron Mons. Mariano Soler, primer Arzobispo
de Montevideo, y su sucesor (primero como Gobernador Eclesiástico y
luego como Administrador Apostólico) Mons. Ricardo Isasa.
También promovió a connotados laicos, cuyo legado hoy continúa
iluminando a todos los uruguayos, firmes defensores de la Iglesia frente a
los fuertes embates que tuvo que sufrir en los años venideros. Su vida
fue un continuo sembrar: decía que no hay nacimiento sin tiempo
propicio, y se preocupaba por preparar el tiempo propicio.
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Modelo de fidelidad al Papa, era conocido personalmente en Roma y
admirado por Su Santidad Pio IX. También muy querido por sus pares
latinoamericanos. El Obispo de Buenos Aires Mariano José de Escalada
quiso que fuera precisamente él quien le impusiera el palio arzobispal,
cuando bien podría haber elegido algún prelado de su país. Durante su
gestión, enfrentó con conciencia el relativismo, la intolerancia, el laicismo
de la sociedad, la persecución de lo católico y su intento de expulsión del
ámbito público. Lo hizo a través del discurso, creando las instituciones
necesarias, rodeándose de ilustrados consejeros y capacitando a la gente
para hacerlo. En Europa muchas veces se asociaba la defensa de la
Iglesia con la restauración de la monarquía; en cambio en Uruguay, un
régimen republicano, Mons. Jacinto Vera defendió a la Iglesia para
defender así las prerrogativas jurídicas del pueblo, mayoritariamente
católico, a quien se buscaba imponer la secularización: algo a la vez
histórico y de gran actualidad en estos tiempos que nos toca vivir.
Defendiendo la independencia de la Iglesia del poder civil, sufrió
oposición del gobierno, que desconoció su jurisdicción desde 1861 y lo
desterró entre 1862 y 1863.
Nuestro Obispo Santo era un hombre que conocía y amaba a su
pueblo. Dedicó su vida a dignificarlo; a llevarle el auxilio de los bienes
espirituales y materiales en todos los órdenes a su alcance. Por eso
recorrió el país en tres giras misionales completas, haciendo
aproximadamente 150.000 kilómetros en una época en que no había ni
caminos ni puentes. En cada pueblo que visitaba, colocaba una cruz, que
en muchos casos se conserva hasta el día de hoy. Se abrió camino
muchas veces a campo traviesa, para llevar el Evangelio a los rincones
más remotos del campo. El medio de transporte por entonces eran las
carretas tiradas por caballos o bueyes, que al decir de europeos que
visitaban nuestras tierras, eran demasiado precarias para cumplir bien
sus funciones. Y hablamos de un país con vastos espacios semisalvajes,
donde las jaurías de perros cimarrones, y los gauchos matreros
(personajes típicos de nuestra campaña que vagaban libremente por
campos ajenos y no reconocían ni la ley en general, ni el derecho de
propiedad en particular), constituían un peligro real para los viajeros. Un
Uruguay además sumido en permanentes guerras civiles, y con una casi
inexistente organización social.
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Al decir de Su Santidad Benedicto XVI: cito “…el encuentro con
Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de
convocación, de unificación, de responsabilidad del uno hacia el otro”. Fin
de cita Mons. Jacinto Vera dedicó su vida sacerdotal a propiciar ese
encuentro. El perfil de Jacinto sacerdote está marcado por la alegría del
padre al recibir al hijo que vuelve a casa. Procuró la integración del
pueblo cristiano, trayéndolo a los sacramentos: la acogida amorosa de la
Iglesia a los hijos dispersos. Y esto no en teoría. Para poner un ejemplo,
en su primera misión como Vicario Apostólico, las cifras son elocuentes:
al acabar la primera etapa, la caravana había visitado los pueblos de los
departamentos de Durazno, Florida, San José (incluida Trinidad que
entonces era Dpto. de San José), Colonia y Soriano. En dicho período los
misioneros habían regularizado la situación de setecientas parejas que
convivían, celebrando sus matrimonios, y habían confirmado a más de
veintitrés mil personas. El número de confesiones y comuniones resultaba
difícil de precisar, pero se estimaba en la cifra de veintiocho mil.
Partiendo de la base de que el total de los habitantes de los cinco
departamentos mencionados ascendía a unos sesenta y dos mil, más de
la mitad de la población hábil había cumplido con sus deberes religiosos.
Descontados los menores, los que sufrían impedimentos como la
distancia o la edad avanzada, el porcentaje resulta todavía más elevado.
Este denodado trabajo apostólico, así como sus copiosos frutos, mereció
el categórico elogio de Pío IX comunicado a Vera por el Cardenal
Antonelli.
Sacerdote abnegado y entregado a su misión, por esa fe y esa
entrega
Jacinto
trabajaba
jornadas
interminables.
Empezaba
normalmente a las cuatro de la mañana, porque nunca se perdía su
espacio de oración y meditación personal, y seguía confesando hasta las
once de la noche. El superior de los Salesianos, Mons. Lasagana, cuando
estaba en Montevideo, en una carta que escribió a Don Bosco le
comentaba acerca de Jacinto: cito “…su apostolado no lo ejerce en
salones cubiertos de tapices bordados de oro, ni desde un escritorio,
hundido en un suave sillón con posabrazos, sino en la cabecera de los
moribundos, en el tugurio maloliente del mendigo que visita y socorre en
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persona, en el confesionario dentro del cual se encierra durante largas,
larguísimas jornadas enteras, dispensando a sus hambrientas ovejas el
pan del consejo y del perdón”. Y concluía Lasagna: “Todos saben y dicen
que en la ciudad de Montevideo confiesa más el Obispo que todos los
sacerdotes juntos”. Fin de cita
A lo largo de su ministerio, Mons. Vera demostró una gran
dedicación a los niños: se preocupó por su bienestar, su educación, y le
concedió fundamental importancia a la catequesis. Quería mucho a los
niños, y múltiples cartas prueban que ellos también lo querían a él.
Por ese motivo y tomando los testimonios de los niños de su época,
yo decidí transformar ese material en siete cuentos, distribuir estos
cuentos antes de publicarlos entre los niños de mi país, y luego juntos,
los niños con sus dibujos y yo con mis narraciones, plasmar en un
segundo libro la historia de Monseñor Jacinto Vera. El concurso fue un
éxito tal que nos desbordó absolutamente: casi cuatro mil niños de todo
el país leyeron, interpretaron y dibujaron la vida de su Obispo en proceso
de canonización, entendiendo como nadie al personaje y sus
circunstancias.
Jacinto falleció misionando en el año 1881, como él quería, en una
pequeña localidad del interior del país llamada Pan de Azúcar. En una
época en que no había teléfonos celulares ni ningún otro medio de
comunicación que no fuera la palabra llevada de un lado a otro por un
jinete a caballo, la noticia corrió de punta a punta del país y sumió a sus
habitantes en un duelo nacional. Al trasladar el cuerpo en diligencia, por
campos despoblados, hasta la ciudad de Pando (a aproximadamente unos
20 km. de Montevideo), donde tomaría el ferrocarril, el cortejo fúnebre se
vio escoltado, todo a lo largo de su camino, por fieles que llegaban desde
los lugares más remotos (hombres y mujeres, pero también niños, y
hasta ancianos), para rendir un último homenaje a su querido pastor.
En vida, Jacinto se despojó absolutamente de todo por amor a
Jesús, sin buscar jamás su realización personal. Y en esa causa a la que
se entregó encontró la felicidad más plena, al punto que pudo decir en su
lecho de muerte “gracias a Dios está todo hecho”. No solo no murió en
soledad, sino que no debe haber en la historia uruguaya muchas
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personas que hayan muerto más acompañadas. Con todo el pueblo
uruguayo rezando por él, y rodeado por sacerdotes y allegados. Su
entierro fue el acto de masas más grande del Uruguay del S XIX. El día
de sus funerales, el pueblo todo salió a la calle a llorar la pérdida del
Obispo Santo. En palabras de quien luego sería Mons. Mariano Soler
(primer Arzobispo de Montevideo), a ningún otro héroe la patria rindió
mayor homenaje. Y don Juan Zorrilla de San Martín, prestigioso laico que
entre sus múltiples actividades desempeñó funciones diplomáticas ante la
Santa Sede y fue reconocido como el poeta de la patria, cerró el acto con
el célebre discurso recordado por la frase: “¡El Santo ha muerto!” De este
discurso, Uds. van a escuchar a continuación breves fragmentos
musicalizados. Ahora sólo quiero citarles el testimonio que el mismo
Zorrilla dio cuando se estaba por abrir el proceso de beatificación de don
Jacinto: cito “Me parece que, con Mons. Vera se santificará nuestro
Uruguay querido, a quien él amó tanto, y sirvió y evangelizó. Nadie lo ha
querido más que él, nadie lo ha servido más”. Fin de cita
En los obituarios, la santidad del Siervo de Dios fue resaltada con las
frases más sentidas. Lo que más destacaron los medios de prensa el día
de la muerte de Mons. Vera, tanto los anticlericales como los católicos,
fueron sus dotes como persona, y particularmente su condición de
hombre cabal. Como muestra, me gustaría leerles el editorial que ese día
publicó un diario fuertemente anticlerical llamado “La Razón”, cuyo
nombre pretendía poner de manifiesto su postura contraria a la fe:
Cito “Dolorosa impresión ha causado ayer en la población la
inesperada noticia del fallecimiento de Monseñor Jacinto Vera,
Obispo de Montevideo. Las generales simpatías con que
contaba en esta ciudad, sus bondades proverbiales, su
ilimitada generosidad para socorrer la desgracia, hacían de él
una persona respetabilísima y querida… Monseñor Vera muere
en la pobreza, lo que hace su mayor elogio, máxime teniendo
en cuenta que ha desempeñado los más elevados cargos de la
Jerarquía eclesiástica entre nosotros… Nos asociamos al dolor
público por la sensible muerte del bondadoso Prelado y
hacemos votos porque su sucesor se inspire en el ejemplo del
que fue Monseñor Vera. Ante la tumba del virtuoso anciano
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nos descubrimos reverentes, alejando de nuestra memoria
todo recuerdo de desavenencias pasadas, para rendir el último
tributo a aquel que por sus bondades y virtudes se hizo
acreedor. ¡Paz en la tumba de Monseñor Vera!” fin de cita
Los restos mortales del Siervo de Dios descansan en la Catedral de
Montevideo, bajo un hermoso monumento de mármol blanco que lo
representa de rodillas, en actitud de oración. Un monumento bellísimo y
muy costoso, obra de un reconocido artista italiano, que a pesar de los
ofrecimientos de varios feligreses adinerados, fue costeado a través de
una colecta que llevó adelante el Club Católico, bajo la consigna de que
nadie podía donar más de cincuenta centésimos. Era una suma irrisoria,
casi simbólica, pero sin embargo en pocos días se juntó el dinero para
pagarlo, convirtiéndolo así en el mejor testimonio del amor del pueblo
uruguayo por su misionero santo.
Por último, para quedarnos con un panorama abarcativo de la
personalidad de Mons. Jacinto Vera, es necesario mencionar la dimensión
de santidad. Su misión no terminó con su muerte. A pesar de la ausencia
de menciones en los textos oficiales de una enseñanza secularizante
como tenemos en nuestro país, Jacinto continúa presente en el pueblo
uruguayo, y no sólo entre los católicos: un barrio popular lleva su
nombre, también muchas calles en varios pueblos del país, instituciones
de distinto tipo y hasta un par de murgas (agrupaciones musicales
populares típicas del carnaval uruguayo). Con posterioridad a la
publicación de mi novela, me tocó recorrer el país para difundirla: en
cada sitio que visité, encontré huellas de su pasaje. La causa de
beatificación y canonización continúa viva en el corazón de los católicos
uruguayos. Ese sacerdote santo que tuvimos la gracia de recibir como
Padre de nuestra Iglesia nacional, estuvo allí en vida cuando su pueblo lo
necesitó, y continúa presente hoy, en las oraciones de muchísimos fieles
que a diario elevan plegarias pidiendo por su intercesión. También en la
vigencia de sus hechos y palabras.
Mis dos libros, son un testimonio de ello, así como los que otros
muchos autores han escrito, actualmente y a lo largo de los años.
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Y aquí quiero regresar al testimonio. Al inicio de esta conferencia
me definí como “escritora de vampiros”. Esto porque las dos primeras
novelas que escribí y publiqué eran historias de este subgénero de ficción
fantástica. Las editaron prestigiosos sellos editoriales, y fueron calificadas
como éxitos de ventas. Cuando terminé el manuscrito de “Don Jacinto
Vera. El misionero santo”, me llevé la gran sorpresa de descubrir que no
había el mismo interés en publicar una novela biográfica sobre la vida de
un santo, que una de vampiros. En mi contacto en una de las grandes
casas editoriales, llegaron a sugerirme que para hacer más verosímil al
protagonista, incluyera en la trama (cito palabras textuales) “algún tipo
de escándalo o enfrentamiento con la autocracia Romana”. En otra, al
mismo tiempo que me anunciaban que la novela no iba a publicarse, se
ofrecieron gentilmente a hacerme llegar el comentario del informante
externo. Al leerlo, comprobé que la crítica se explayaba en elogios
referidos a distintos aspectos de mi trabajo, a pesar de los cuales el
informe culminaba con una frase lapidaria: “No se recomienda su
publicación, por estar dirigida al público católico”.
Más de una vez sentí que me pasaba lo mismo que a Monseñor
Jacinto Vera con el “Tú no puedes”. Respecto a la novela: “Tú no puedes
publicar este libro”; y luego, cuando escribí los cuentos de niños: “Tú no
puedes hacer que un concurso de dibujos sea un éxito”. Desde distintos
ámbitos intentaron desanimarnos, con argumentos sólidos de
experiencias anteriores: los colegios tienen sus programas escolares muy
estructurados, sin espacio para otro tipo de actividades; las Parroquias no
van a interesarse, otros concursos han fracasado… Sin embargo, gracias
a Dios y a la intercesión de Mons. Jacinto Vera, no solamente pudimos
sino que estamos aquí para contarlo.
Un santo, en sus implicaciones sociológicas, es una persona que
apunta a la virtud heroica. Todo pueblo debe aspirar a producir un santo,
alguien que se salga de la medida. Conforme es imposible entender Italia
sin San Francisco de Asís, tampoco es posible entender nuestra identidad
nacional sin Jacinto. Monseñor Vera es el santo de nuestro país.
Esta dimensión de Santo a mí personalmente me interpeló, me
cuestionó, y me pareció un detonador para interpelar a todos los
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uruguayos que leyeran el libro. De descolgarnos de los lazos conceptuales
que traemos como cultura y como nación ya que, como lo decía al
principio, Uruguay es uno de los países más secularizados de
Latinoamérica. Uds. lo saben desde siempre, pero yo aprendí en este
proceso de conocer la Iglesia de la mano de Mons. Vera, que Santo
etimológicamente significa “separado”, “trascendente”. Que está aquella
santidad que aspiramos a vivir todos los cristianos, y está el santo
canonizable: el ejemplo, el modelo, la referencia. Jacinto, que era un
uruguayo inmerso en la cultura y valores de su pueblo, conjugaba ambas
dimensiones.
Relacionadas con nuestro Uruguay hay actualmente tres beatas:
Dolores y Consuelo Aguiar Mella Díaz, y la Madre María Francisca
Rubatto. El Obispo de Mercedes Mons. Carlos Collazzi, dirigiéndose a los
Sres. Obispos en la última conferencia del CELAM celebrada en Uruguay
en el año 2011, señalaba lo que no es una simple coincidencia: en una
tierra marcada por la migración y todo lo que ella significa, son tres
migrantes quienes encabezan el camino a los altares. Mons. Jacinto Vera
es un uruguayo que proviene de una familia de inmigrantes, y aporta un
perfil diferencial: el de la cultura uruguaya, el gaucho, el baqueano, que
dio su vida por la santificación del pueblo en la tierra que lo vio crecer.
Don Jacinto es un bien público; un testimonio fuerte de
humanidad y de santidad muy necesario para la sociedad uruguaya
actual, que puede ayudarnos a crecer como personas y como cristianos.
Este sacerdote santo del siglo XIX tiene mucho para enseñarnos a los
uruguayos del siglo XXI, enfrentados a problemas materiales e
ideológicos no muy diferentes de los que a él le tocó enfrentar. Su
inspiradora historia es acerca de escalar la montaña, de superarnos día a
día, de perseverar y confiar en la Providencia.
Su modelo de santidad está asociado a la misión. Orar y misionar;
misionar y celebrar los sacramentos. Como católico, abrazaba a todo y a
todos, como bien me recordaba el Dr. Guzmán Carriquiry cuando nos
mostraba, hace pocos días, las columnatas de la Plaza de San Pedro.
Frente a la ignorancia, frente al relativismo, frente al poder de un estado
que intentó avasallar a la Iglesia, las principales herramientas fueron orar
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y misionar. Y así la Iglesia que peregrina en Uruguay se multiplicó y
fortaleció. Y como premio, Jacinto fue digno de la gracia de morir
misionando.
Quiera Dios
suelos de nuestra
los cristianos, sino
uruguayos. Quiera
su causa.
que tan preciado modelo de santidad, que cruzó los
patria, sea difundido, apreciado, imitado, no solo por
también que lo entiendan y tomen en cuenta todos los
también el Señor que pronto surja el Milagro que selle
Muchas gracias.
Seguidamente los invitamos a escuchar la musicalización de
las palabras de Don Juan Zorrilla de San Martín referidas a Mons.
Jacinto Vera, pronunciadas con motivo de sus honores fúnebres y
luego como testimonio previo a la causa de canonización y
beatificación, con el fondo de algunas fotos de época, otras
actuales de distintos eventos de difusión, y algunos dibujos de los
niños que participaron en el concurso.
La música fue compuesta para el lanzamiento de Don Jacinto
Vera. El misionero santo, por el Maestro Martín García, director de
orquesta del Ballet Nacional del Sodre, y las voces corresponden a
la agrupación coral Jacinto Vera, dirigida por la profesora Ana
Laura Rey, directora a su vez del Coro de la Escuela Universitaria
de Música de Montevideo.
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