Epitafio - Universidad Pública de Navarra

Anuncio
Le gustaba despertarse temprano, y aún de rodillas
sobre la cama, abrir de par en par la ventana de la
habitación y contemplar las dos jardineras de barro
rebosantes de tulipanes y jacintos que la señora Van der
Rohe había atornillado con unos alambres en el alféizar de
madera apolillada. Le parecía un milagro que a finales de
septiembre no hubiesen perdido ya parte de su plumaje
multicolor. Cerraba sus ojos saltones y profundos y
aspiraba con deleite la primera bocanada del aire fresco y
a la vez enrarecido del extrarradio turbio de la ciudad.
Aquello le hacía sentirse extrañamente vivo. Era como un
tónico milagroso que le daba fuerzas para empezar una
nueva jornada. Contempló la calle en su perspectiva
panorámica. Una furgoneta de reparto traqueteaba
detenida ante el semáforo de la esquina. La portera de la
casa de enfrente fregaba los dos escalones del portal con
delicado esmero. No había más signos de vida
reconocibles. Miró de reojo el reloj despertador que
dormitaba aún sobre su mesilla de noche. Las siete menos
cuarto. Demasiado pronto. Sabía que algo no iba bien.
Cada vez dormía menos horas. Y sabía que eso no era
bueno. Y eso que era rara la noche en que se acostaba
antes de las dos de la madrugada. Y era rara la noche en
que conseguía dormirse antes de las cinco. Su
subconsciente se afanaba por encontrar excusas sencillas
ante aquella preocupante epidemia de insomnio. Los
muelles del colchón que se le clavaban en los intrincados
pliegues de su generosa anatomía y no le dejaban
1
revolverse con comodidad o el primer rayo de luz que se
filtraba a través de los resquicios de las contraventanas y
que parecía agredir directamente el epicentro de sus
retinas al amanecer.
Se incorporó despacio de la cama, acostumbrándose
poco a poco al peso de la gravedad sobre sus pies
embutidos ahora en unas zapatillas de cuadros
deshilachadas que dejaban entrever en uno de sus bordes
un rastro de calcetín negro. Se puso un viejo chaquetón
sobre el pijama de rayas azules e instintivamente se caló
hasta las orejas el sombrero de ala ancha que dormitaba
cada noche en la manilla del armario ropero. Era el
segundo gesto instintivo que realizaba cada mañana al
despertarse.
Al sentir sus pasos sobre el piso de tarima de madera,
la señora Van der Rohe golpeó despacio con los nudillos
en la puerta de su habitación. Señor Wensley, el desayuno
está preparado en la mesa de la cocina. Tengo que salir a
hacer unas compras a Albert Cuyp y quiero aprovechar
antes de que se llenen los puestos de gente. No tardaré en
volver. El señor Wensley le contestó con un lacónico ok
después de exhalar dos toses profundas y cavernosas,
como de otro mundo. Era la única palabra que era capaz
de pronunciar antes de hacer sus abluciones cotidianas.
Cinco gárgaras con agua y una pizca de sal antes de
lavarse los dientes con esmero.
No era un problema de comunicación. La señora Van
de Rohe hablaba un perfecto inglés. Lo había aprendido
en Londres donde había vivido quince años con su marido,
un gris funcionario de la embajada holandesa, hasta que se
2
quedó viuda a finales de los sesenta y decidió volver a
Amsterdam y habitar aquel caserón que había
permanecido semiabandonado y cubierto de sábanas por
todos los rincones durante casi una década. Se gastó
prácticamente todos sus ahorros en volver a acondicionar
aquella casa húmeda y solitaria para readaptarla a una vida
sencilla y sin lujos. Pero enseguida comprendió dos cosas:
una, que era demasiado mayor para volver a casarse; y
dos, que no soportaba la soledad. Una tarde ojeando las
páginas de anuncios del Volkskrant, encontró la solución.
Decidió transformar su hogar de cinco habitaciones vacías
en un proyecto de casa de huéspedes. Pero desde hacía tres
años, Ben Wensley era, de momento, su único inquilino.
Esperó a escuchar unos pies que descendían por la
escalera enmoquetada y se dirigían hacia la puerta de la
calle para recorrer el largo pasillo que conducía al baño
del piso superior. No era por pudor. Se sentía a gusto en su
compañía. De hecho la señora Van del Rohe le había visto
en ropa interior mil y una veces, a pesar de que aquella no
debía de ser una visión muy agradable, pensaba él. Pero
agradecía aquellos momentos de intimidad en que sabía
que aquel caserón le pertenecía por completo. Era como
estar en su propia casa. Contempló con parsimonia el
reflejo de su rostro ante el espejo del cuarto de baño. Un
rostro agrietado, curtido por la edad, como un campo de
labranza recién sembrado. Una calvicie cada vez más
pronunciada que ni siquiera su inseparable sombrero era
capaz de disimular. Se palmeó las mejillas sonrosadas a
las que hacía falta un rasurado en firme con la maquinilla
eléctrica. Hacía dos días que no se afeitaba. Aquella
desagradable punzada en el hombro izquierdo le impedía
mover el brazo con comodidad.
3
Sabía que algo no iba bien. Llevaba varios días con la
misma molestia. Eso y una cierta dificultad al respirar. Y
algún mareo pasajero. A veces tenía la visión borrosa en el
ojo izquierdo. Y del insomnio, para qué hablar. De hecho
hacía dos noches no había podido actuar en el club y había
tenido que decirles a los chicos que tocaran en trío sin él.
Al dueño del Bimhuis no le había hecho mucha gracia.
Era la semana final que cerraba el ciclo de actuaciones de
verano. Tenía el aforo completo asegurado durante todos
los días, y sin él la asistencia y la recaudación descendían
notablemente.
Pero estaba tranquilo. Teo Moll era un auténtico
cascarrabias -se conocían hacía ya bastante tiempo, desde
sus años de estancia en Londres-, y siempre se estaba
quejando de todo: de lo mal que iba el negocio, de la
crisis del petróleo y hasta de la guerra de Vietnam, pero
sabía que volvería a contratarlo en cuanto se lo propusiese.
Le profesaba una absoluta admiración, inmerecida según
pensaba el propio Ben.
Y es que últimamente, su imagen de santón venerable
le aburría hasta el hartazgo. Ese debía ser otro signo de
vejez. Siempre era la misma historia. Cuando le llamaban
para alguna entrevista en la radio o en la televisión o se le
acercaba algún admirador para que le firmase un autógrafo
mientras se tomaba, aún sudoroso, una copa sentado en su
habitual taburete al final de la barra del club, le abordaba
la misma sensación de encontrarse fuera del tiempo. De
ser una especie de reliquia a la que poder colocar con
mimo en un altar y llenar de flores y velas de colores.
Siempre le preguntaban por las mismas cosas. Nunca
4
cómo se encontraba o si era feliz o si había dormido bien
la noche anterior. No. Las preguntas siempre se referían a
lo que él consideraba la prehistoria de su historia, de la
que inevitablemente había sido juez y parte. Los años de
las grandes bandas anteriores a la segunda guerra mundial
en que se pasaba el día metido en un autobús recorriendo
el país de punta a punta. Horas interminables jugando a las
cartas, a los dados y bebiendo hasta la extenuación. Las
orquestas de Fletcher Henderson, de Count Basie o de
Duke Ellington. La excitación del mundo del jazz de
finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, hasta
que el macartismo envolvió de una era de oscuridad y
podredumbre la cultura americana. Para él todo aquello
quedaba casi fuera del tiempo. Demasiado lejano. Era
verdad aquella enrevesada teoría de que el tiempo es un
concepto relativo y no absoluto. El propio Einstein se la
había intentado explicar una noche en el Five Spot Cafe
después de una actuación. Debía ser el año cincuenta y
tres, no recordaba exactamente la fecha. Allí estaba él
junto con otros cuatro sabios atómicos encorbatados,
recién salidos todos ellos de un congreso de mecánica
cuántica. Apretujados en torno a una pequeña mesa
próxima al entarimado de madera del escenario. Pero
aquel día no tenía el cuerpo para asimilar el lenguaje
incomprensible que se escondía detrás de las gafas de
pasta negra de todos aquellos extraños personajes.
Tampoco entendía aquel principio de que un fenómeno
puede llegar a tener dos percepciones distintas. No
obstante, con el paso de los años asumió la verdad vital
que se escondía detrás de ambas ideas. Créanme, solía
repetir a quien quería escucharle, veinte años para un
músico de jazz son casi cincuenta para cualquier otro ser
humano. Se envejece mucho más deprisa soplando un
5
saxo tenor sobre un escenario que aporreando una
máquina de escribir en una oficina de seguros. Todo el
mundo le reía la gracia, pero en realidad nadie entendía su
auténtico significado existencial.
Estás viejo Ben. Viejo y achacoso, pero aquí sigues,
tuerto de un brazo y manco de un ojo... y sonreía en
silencio mientras tiraba de la cadena del inodoro después
de expulsar lo poco que sus artrósicos riñones eran
capaces de destilar. El médico del centro de salud no le
había dado demasiada importancia a su dolencia. Después
de realizarle un concienzudo reconocimiento, le había
recetado un relajante muscular y mucho reposo. Debía
intentar no mover el brazo más de lo necesario durante
unos días. Milagrosamente recordó que a primera hora
tenía que volver a pasarse por la consulta para una nueva
exploración.
Consiguió meterse en la bañera, no sin ciertas
dificultades. Y consiguió salir de ella, lo cual le resultó
sorprendente. Consiguió igualmente afeitarse, aunque
siendo zurdo aquella actividad le parecía un auténtico
suplicio. Pero debía estar presentable. Al fin y al cabo se
debía a su público, y el público había cambiado mucho
desde que había empezado a tocar en inmundos tugurios
de Kansas City. Se había refinado. Ahora, según se
sentaba en su silla en el escenario, y antes de empezar a
tocar, mientras marcaba el compás chasqueando los dedos
y la sección rítmica introducía invariablemente los
primeros compases de In a mellow tone, solía observar al
público que a su vez le miraba fijamente, con los ojos
atentos y dilatados hasta el infinito. Dispuestos a degustar
cada gesto, cada nota,
cada secuencia suya de
6
improvisación. Cuando empezó, en los cuarenta, se sentía
como una pieza más de una inmensa caja de música. Una
pequeña arandela oxidada sin importancia. Música de
baile. Música para soldados con permiso extenuados por la
sangre y para novias abandonadas que temen cada día la
llegada del cartero. Música para hijos de la gran depresión.
Sin embargo ahora se sentía como un dios a punto de
pronunciar cada noche el sermón de la montaña. Y no le
gustaba que le mirasen así. El no era nadie. Tan sólo una
prolongación de su instrumento. Su saxo tenor era quien lo
manipulaba, quien hablaba a través de él. Era como una
marioneta. Una especie de médium de un desconocido
más allá musical. Como un trozo de barro en manos de un
demiurgo creador. Tan solo debía dejar que aflorase toda
la música que se escondía en algún recóndito lugar dentro
de su instrumento.
La señora Van der Rohe se había esmerado con el
desayuno. Una variedad de galletas caseras y una gran
tarta de manzana aún sin empezar presidían el animado
mantel de cuadros azules y rojos. Aquello era una
tentación para el paladar pero un peligro para su generosa
humanidad. Otra de las cosas que le había dicho el médico
es que intentara realizar una dieta menos rica en grasas. Es
decir, que la tarta y las galletas recién horneadas, ni
probarlas. Mientras se servía un humeante café negro
salpicado con unas gotas de leche, repasaba mentalmente
cuál iba a ser el plan de la jornada, mientras ojeaba
distraídamente las páginas del periódico del día del que
sólo entendía algunas palabras sueltas.
En la calle se intuía el ruido de las primeras horas de
la mañana, más allá del ventanal de la cocina. Los coches
7
que atravesaban bailoteando el encrespado adoquinado de
la calle con dificultad. Un timbre de bicicleta que advertía
a algún peatón despistado que invadía somnoliento la
calzada. Dos niños que apresurados iban hacia la escuela
de la mano de sus madres. Veía toda aquella escena con
los ojos de la música. Con su imaginación desbordada
como la de un colegial cualquiera. Con esa mente
privilegiada que tenía un don. Que era capaz de articular e
improvisar escalas a una velocidad y agilidad inusitada.
Aunque notaba el paso del tiempo. Sus dedos ya no eran
tan ágiles y elásticos como solían. Ni sus ojos, ni su brazo
izquierdo. Pero su cerebro seguía funcionando a una
velocidad endiablada en los compases rápidos. Y con una
belleza desbordada en los tiempos lentos. Al menos eso
seguía diciendo la crítica especializada en las reseñas de
los periódicos cada vez que actuaba.
Acababa de dejar la taza y el plato en el fregadero y
de despejar la mesa de la cocina. Sabía que la señora Van
der Rohe se enfadaba si le veía trastear entre platos y
cacharros. Pero intentaba molestar lo menos posible, pasar
desapercibido, lo cual no era fácil cuando se convive con
un músico. Con un músico que tenía la mala costumbre,
por ejemplo, de abrir la caja de su instrumento y armar en
un instante las diferentes piezas de su saxo tenor, y
arrancarse con cualquier melodía a cualquier hora del día
o de la noche. A veces los vecinos se quejaban a la señora
van der Rohe. Y con razón. Pero sentía esa necesidad de
desahogo vital. A veces estaba leyendo en el salón, o
viendo la televisión, sin llegar a comprender del todo la
lengua holandesa, cuando de repente se levantaba y
comenzaba a tocar una melodía que se le había pasado por
la cabeza. Una melodía que tal vez había interpretado
8
cientos de veces con anterioridad. Sin embargo, cada vez
que lo hacía, parecía sonar de diferente manera. Son los
milagros de la improvisación, pensaba ensimismado. Y
volvía a sentarse con parsimonia.
Miraba nuevamente desde la amplia cristalera de la
habitación. El cielo seguía de un color azul intenso, apenas
tamizado por una leve neblina que no acababa de
desaparecer del todo. Los días comenzaban todos igual y a
media mañana terminaba por lucir un sol radiante. Era la
tónica de aquellas dos últimas semanas del verano. Un
gato negro se desplazaba sigiloso por la ventana del piso
de enfrente. Dos basureros rascaban con energía las
losetas de la acera con escobones de puntas de acero
mientras insuflaban agua a presión proveniente de un
compresor. Vio a la señora Van de Rohe que llegaba
arrastrando su carrito con ruedas cargado hasta los topes.
De un lateral del carrito asomaba un llamativo ramo de
margaritas amarillas. Esta mujer parece querer vivir en
una eterna primavera, pensó. Encendió el segundo
cigarrillo de la mañana mientras dejaba entrever una
tímida sonrisa entre sus labios.
Aquel era el único vicio del que no se había podido
liberar. Poco a poco había ido, si no dejando, al menos
limitando el consumo de alcohol. Algún wisky que otro a
deshoras o después de las actuaciones. Apenas nada. La
heroína y la cocaína no las probaba desde finales de los
cincuenta. Fue la última promesa que le hizo a su madre
poco antes de morir. Y aquel día, durante el funeral, con la
última lágrima aún caliente resbalando por el plano
inclinado de su mejilla izquierda, se hizo a si mismo otra
promesa. Cambiar de aires. La calle 52 languidecía a
9
principios de los sesenta. El bullicio en blanco y negro que
rodeaba ambos lados de la Calle, así escrito con
mayúsculas. El humo saliendo de los bajos fondos. La
humedad y el frío del invierno neoyorquino. El Onyx, el
Downbeat, el Spotline, el Birdland. Palabras mayores.
Muchos de ellos desaparecidos o transformados hacía
tiempo en garitos de mala muerte o en clubs de alterne con
prostitutas de mediana edad ya nada apetecibles para la
mayoría de los parroquianos.
Harto de toda aquella vida había decidido emigrar a
Europa. Allí el jazz todavía era una música de culto que
causaba respecto y admiración. Así había sucedido desde
el final de la segunda guerra mundial. No era el primero
que había hecho las maletas y había cruzado el charco.
Algunos como el viejo Don Byas o Dexter Gordon
llevaban media vida por estos lugares. Otros como Kenny
Drew, Chet Baker, o Johnny Griffin, pasaban más tiempo
en Europa que en América. Se había adaptado bastante
bien a la vida europea. Primero en Londres, después en
Copenhague y ahora, desde hacía tres años, en
Amsterdam. Había conseguido huir de la vorágine, del
ruido, de la vida acelerada y el desorden de la gran
manzana. No la cambiaba por su actual vida sencilla de
barrio obrero destartalado. De hecho no había vuelto a
Estados Unidos desde el sesenta y cuatro. Nueve años ya
de exilio voluntario, que al fin y al cabo, es el menos cruel
de los exilios.
Se vistió despacio. No lo entendía. Cada vez le
costaba más atarse el cinturón, aunque tenía la sensación
de comer menos que de costumbre. Debe de ser que el
fumar engorda, pensaba. Recogió su inseparable
10
gabardina, el tomavistas como siempre prendido al
hombro, y el pequeño tupperware de cristal que había
comprado el día anterior en un pintoresco almacén de
ferretería de Leidsestraat y que había dejado preparado
encima de la silla la noche anterior. Buscó por toda la
habitación su sombrero gris hasta que cayó en la cuenta
de que ya lo llevaba puesto.
Prefería no pensar en ello. Aprovechar cada
momento. Un músico de jazz con sesenta y cuatro años
debía aprovechar el momento. El médico le esperaba en la
consulta con una sonrisa artificiosa, distinta a la de la
primera vez, dejando entrever unos dientes blancos
inmaculados. Era el único médico del centro de salud que
hablaba inglés. La primera vez que había estado allí le
había tratado con aséptica profesionalidad. Ahora parecía
tratarle con una extraña benevolencia. Le hizo de nuevo un
reconocimiento a fondo. Sentía el contacto frío del
fonendoscopio recorriendo su pecho y cortándole el
aliento. Luego por su espalda. La opresión del manguito
del aparato de medir la tensión en su antebrazo. Los
movimientos rotatorios del hombro. Las consabidas
preguntas rutinarias. Se sentaron al fin ante la mesa. El
médico estudio el informe con los resultados de las
pruebas que le habían realizado la semana anterior. No
encontraba nada anormal. La tensión un poco alta, pero
no demasiado para un hombre de su edad con hábitos algo
sedentarios y una dieta demasiado rica en grasas. Debería
dejar de fumar le dijo. Como si no lo supiera. Créame
doctor que llevo veinticinco años intentándolo, pero el
cigarrillo es ya parte de mi anatomía. Lo sé, le dijo el
medico con una sonrisa. Se agacho y comenzó a rebuscar
en uno de los cajones inferiores de su mesa. Creía que iba
11
a sacar alguna muestra nueva de algún remedio infalible
para la hipertensión, pero sacó la carpeta de un disco
bastante desgastada por el uso. Lo reconoció enseguida.
Ben Wensley with strings en una edición europea del sello
Fontana. Efectivamente en ésta como en tantas otras
portadas de sus discos, aparecía con el cigarrillo entre los
labios y una atmósfera envolvente de humo alrededor. Lo
ve, le dijo, es una actitud mía de lo más natural. Es parte
de mi karma. De mi energía vital. Y es que últimamente
estaba muy influenciado por la espiritualidad y la
trascendencia del alma. Debía de ser la influencia de la
filosofía hindú en sus años de vida londinense. ¿Le
importaría firmármelo?, le preguntó el médico. Yo a
cambio le firmo otra receta de relajante muscular para ese
hombro. Y quiero volverlo a ver la semana que viene,
digamos el martes a eso de las diez. Si sigo vivo vendré a
verle doctor, no se preocupe, le dijo Ben.
A pesar de lo que le había dicho el médico y de los
resultados de las pruebas, seguía con la misma intuición de
que algo no iba bien. Eran muchos años ya conviviendo
con aquel organismo y ningún doctor ni ningún
electrocardiógrafo
iban a conocerlo mejor que él.
Demasiados años maltratándolo como para arrepentirse
ahora de lo vivido. Y por momentos se sentía cansado y
fatigado. Extenuado a veces. Como un motor al que ha
dejado de funcionar alguna pieza principal de su
engranaje. Pero sin embargo, no tenía miedo a la muerte.
Tal vez al intuirla tan próxima se le aparecía como una
inevitable compañera de viaje. Y a pesar de no haber
pensado demasiado en ella, sabía que en algún punto del
camino, inevitablemente, sus destinos debían de cruzarse.
Es ley de vida. El eterno retorno hacía la nada. Sólo quería
12
estar preparado para ese momento. Morir con la sensación
placentera de haber amado la vida.
Eso pensaba mientras recorría media ciudad en el
autobús 69 que le dejaría justo en la puerta del
Amstelpark. Le encantaba aquel lugar. La Señora Van der
Rohe le había prometido acompañarle el domingo con sus
sobrinos. Llevarían la cesta de picnic para almorzar en una
de las muchas mesas de madera situadas cerca del
minizoo. Le encantaban sus mil y un laberintos por los que
perderse era casi una obligación. Siempre miraba con
envidia a los niños que recorrían el parque montados en
los pequeños vagones del tren en miniatura y que le decían
adiós agitando las manos al pasar a su lado. Había grabado
varias cintas en super 8 en el Amstelpark y solía
proyectarlas en la soledad de su habitación en las noches
de lluvia y frío. Casi una generación entera de gente
anónima que discurría feliz ante sus ojos. Lo hacía porque
le daba miedo el invierno. Le parecía una época del año
gris y solitaria. Y últimamente le aquejaba el pensamiento
de que no volvería a ver otra primavera. El milagroso
momento del retorno a la vida de toda aquella flora que no
tardaría mucho en caer al suelo por instinto y pudrirse
formando un manto arcilloso que a su vez regeneraba la
vida.
Tenía prácticamente un banco reservado en el parque.
Un banco de color rojo con respaldo azul cerca de una
zona de columpios y toboganes. En los fines de semana la
vida bullía alrededor. Pero un jueves como aquel de
finales de septiembre apenas había unas cuantas personas
paseando por los caminos de arena o dando de comer a las
palomas. Alguna vez se había llevado el saxo tenor y se
13
había puesto a tocar por el puro placer de hacerlo, no por
obligación. Un concierto privado para las fieras del zoo.
Recordaba los días en Copenhague. Las interminables
noches en locales como el Montmartre. Y parecía mentira,
pero aún le quedaban fuerzas para bajar al puerto, y tocar
frente al mar hasta el amanecer. Habían pasado tan sólo
cuatro años, pero todo parecía ya demasiado lejano.
Estaba pensando en esa última noche que le quedaba
en el club. Luego descansaría un mes entero. No le
gustaba octubre. El tiempo se hacía insufrible con las
primeras nieblas que parecían no despejarse nunca. Había
pensado meterse en el estudio de grabación al menos diez
días antes. Esperaba convencer a Bill para que se uniese a
los chicos. Nunca había tocado con Bill Evans. Era una de
sus asignaturas pendientes. Bueno no era del todo
correcto. Habían coincidido en una jam en el Birdland a
altas horas de la madrugada hacia finales de los cincuenta
y Val Valentin, cuando supo que se mudaba a Europa, le
había regalado varios años después la cinta que habían
grabado aquella noche. Ya nadie se acordaba de su
existencia y no le había hablado nunca a nadie de ella. La
guardaba como un tesoro y algunas veces la escuchaba a
hurtadillas en su habitación. Como si cometiese un delito.
Durante todos estos años había sido una especie de
salvoconducto. Una especie de seguro de vida por si las
cosas iban mal dadas. Sabía que podía valer una pequeña
fortuna a pesar de que la calidad del sonido no era
demasiado buena. Pero ahora ya nada importaba. No la iba
a necesitar más. Lo presentía.
Sacó la caja de cristal con tapa metálica del bolsillo
interno de su gabardina e introdujo dentro la cinta de
14
bobina con la grabación. Esperó a que no hubiera nadie
alrededor. Era un día bastante tranquilo y apacible en el
parque. Sacó la pequeña paleta de jardinería que había
comprado en la misma ferretería el día anterior y comenzó
a cavar semiarrodillado un agujero lo más profundo que
pudo debajo de un sauce llorón. Una vez hecho el agujero,
depositó la caja dentro y volvió a taparlo disimuladamente
con tierra bien compactada.
Miró al cielo. Curiosamente amenazaba llovizna. Le
había fatigado terriblemente aquella pequeña labor
clandestina de jardinería. Pero se sentía satisfecho del
trabajo realizado. Algún día alguien con suerte y espíritu
explorador la desenterraría por casualidad y sabría
apreciar sin duda su valor. Ese era su testamento último
para la posteridad. Sit tibi terra levis, pronunció en voz
baja quitándose el sombrero y recordando aquel famoso
epitafio latino. Y por una vez se sintió importante. Y
recordó también una frase de Marco Aurelio que había
leído en cierta ocasión en el Reader’s Digest y que le
había impresionado profundamente. La vida es sólo agua
en tránsito. Se volvió a sentar despacio en su banco de
madera, sacó un gitanes de la pitillera del bolsillo interior
de la chaqueta y lo encendió, aspirando con vehemencia el
humo, como si aquel fuera el último cigarrillo que quedase
intacto y por fumar sobre la faz de la tierra.
15
Descargar