Negua 2005

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Negua 2005
FRANCISCO TURRILLAS BORDAGARAY
DE LA REDACCIÓN,
A LA TRINCHERA Y AL EXILIO
Alex TURRILLAS ARANZETA
a idea de redactar este artículo tuvo su origen en
Lekeitio. Por motivos profesionales me había reunido con alguien al que hasta entonces no conocía
y con el que desde ese día, por afinidades de tipo cultural
y humano, me considero amigo: José Luis de la Torre.
L
Me había presentado con mi nombre y apellido. Al no
ser el “Turrillas” un apellido muy común en los Territorios
Históricos Vascos, salvo en el navarro, de donde procede,
motivó un breve comentario tanto sobre su origen como el
de mi familia paterna.
Mis apellidos paternos, es decir, los heredados por vía
Turrillas, son además de éste, Bordagaray, Imirizaldu y
Ganboa. Todos ellos con más autentica denominación de
origen navarra que el espárrago o el pimiento de piquillo.
Buena prueba de ello es que la pequeña población de Turrillas, situada al pie de la carretera que conduce de Lumbier a Aoiz, se encuentra a muy pocos kilómetros de otra
cuyo nombre cuelga de las ramas más altas del árbol genealógico de mi familia: Imirizaldu.
No habían transcurrido quince días desde mi entrevista
en Lekeitio con José Luis de la Torre, cuando tuve la agradable sorpresa de su visita, esta vez en mi oficina, en
Deba.
Mientras estrechábamos nuestras manos saludándonos, su mano izquierda sujetaba un pequeño fajo de documentos fotocopiados hacia el cual se desviaron mis
ojos. Mientras me miraba sonriendo, lo alargó diciéndome:
¡A ver si conoces esto!
Sin detenerme a leerlo, dí un rápido repaso visual a la
primera hoja de aquel fajo, deteniéndome tan sólo en el
encabezamiento y firma de ésta. Estaba fechada en Lisboa el 12 de Marzo de 1942, tres años después de finalizada la guerra civil española. Terminaba con la firma:
Francisco Turrillas Bordagaray. Legación de México. Lisboa.
Junto a ésta, el sello registral de donde procedía el documento original: Fundación Sabino Arana. Kultur Elkargoa. Archivo del Nacionalismo.
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Rueda de prensa del famoso boxeador de la categoría de los “pesos-pesados” Isidoro Gaztañaga. La fotografía, deteriorada por el paso del tiempo, corresponde al
diario “La Voz de Guipúzcoa”, antes de la guerra civil. Sentado junto a éste, a la derecha de la imagen, el redactor deportivo Francisco Turrillas. Llama la atención el
que prácticamente todos los asistentes, incluido Turrillas, por aquel entonces también boxeador, están fumando unos hermosos cigarros puros y consumiendo sendas cervezas.
Fue el mejor regalo que he tenido en mi vida, o al
menos, uno de los más apreciados (en parte, porque soy
un apasionado de la historia de Euskal Herria). Aquellas
hojas eran un verdadero documento histórico sobre el exilio vasco. Por otra parte, se trataba de mi tío Paquito, nombre con el que era conocido entre sus más allegados.
Desde muy niño siempre había sido el tío más admirado,
porque además de ser escritor, algo que para mí representaba el sumun de las profesiones, era conocedor de
sus gestas, antes, durante y después de la guerra civil.
Sólo te pido que te acerques hasta aquel lugar para
rezar una oración por ellos.”...
“Mi querido sobrino Alejandro: he recibido con alegría tu carta, pero al leerla me ha dado un vuelco el corazón y me ha producido una enorme tristeza.
Fue allí, años antes de la guerra, donde comenzó a forjarse como periodista, profesión que ejercería hasta su
muerte. Su gran afición por el boxeo y la cesta punta hizo
que, como redactor deportivo, además de sus habituales
crónicas, se encargase también de cubrir las concernientes al mundo del ring y de la pelota.
Hijo de Carlos Turrillas Imirizaldu, un donostiarra de
origen navarro, y de María Bordagaray Ganboa, la historia de Paquito Turrillas comienza en Donostia, en su barrio
más auténtico y en la más auténtica de sus calles: la calle
31 de Agosto.
Huérfano de madre desde muy niño, su carácter inquieto, abierto, y con mucho nervio, hizo que, tras sus primeros estudios, ingresase muy joven en la plantilla del
entonces conocido periódico donostiarra: “La Voz de Guipúzcoa”. Tras la entrada de las tropas fascistas en la capital guipuzcoana, incautado este periódico, cambiaría su
nombre por el de “La Voz de España”.
Todavía recuerdo el día en que recibí una de sus cartas. Tenía yo dieciocho años y estaba a punto de ingresar
en el Seminario de San Pablo, en Cuenca. No conservo
aquella carta, pero recordaré hasta mi muerte el texto
prácticamente íntegro de aquélla.
Me dices que vas a Cuenca, a cursar estudios en el
seminario. No sé si sabrás que allí, junto a las tapias
del cementerio, fueron fusilados abrazados dos tíos
tuyos, hermanos míos y de tu padre. Uno de ellos dejó
a su familia en París, donde vivía, alistándose en las
Brigadas Internacionales. Ambos lo hicieron para defender a su patria y a los ideales que creyeron justos.
Muy grande debió ser su afición al boxeo, ya que además de ejercer como periodista, practicó este deporte, llegando en cierta ocasión a la final del campeonato de
Gipuzkoa de aficionados en la categoría de pesos gallos.
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Tras su regreso del frente asturiano continuó con su
labor periodística, pero ya como redactor del diario de
A.N.V. “Tierra Vasca”, del cual era director José Olivares,
“Tellagorri”. Su labor en la redacción de este diario la compaginaba con el de corresponsal de guerra, a veces en primera línea de fuego, otras desde el aire, como cuando con
el famoso aviador José Rivera, piloto del legendario “El
Abuelo”, sobrevolaba las líneas del frente escudriñando
los movimientos de las tropas enemigas.
En uno de sus artículos, dedicado a José Olivares “Tellagorri”, a quien siempre llamó “mi gran maestro”, Turrillas narraba un curioso hecho acaecido durante la época
en la que desarrollaba su labor como corresponsal de guerra.
Acababa de llegar del frente y todavía sucio y embarrado, se dirigió a la redacción del diario Tierra Vasca, periódico editado en Bilbao y dirigido por “Tellagorri”, un
hombre culto, de ademanes pausados y con un especial
sentido del humor, siempre cargado de sorna.
Debido a su diferencia de edad con Turrillas, el director, que veía en éste al joven reportero inquieto y lanzado,
le preguntó con toda la socarronería del mundo: ¿Y vosotros, además de comer buenas garbanzadas y de
beber el sabroso “saltaparapetos”, qué es lo que hacéis en el frente?. A lo que el donostiarra, rápido, con
desparpajo y con la misma ironía respondió: matar requetés, para que otros no pasen apuros en la retaguardia.
Francisco Turrillas, al poco tiempo de su llegada a Méjico. Posiblemente, la fotografía corresponda al año en que éste, siguiendo instrucciones del Gobierno
Vasco en el exilio, puso en marcha la edición del diario “Euzko Deya”, del cual
sería el primer director.
Tras la caída de Bilbao regresaría al “Euzko Indarra“,
donde lucharía con el rango de teniente, hasta el famoso
pacto o rendición de las tropas vascas al ejército italiano.
Declarada la guerra civil, desde el primer momento se
encuadró en las filas del “Euzko Indarra”, un batallón compuesto por jóvenes gudaris de “Acción Nacionalista
Vasca”, partido de carácter nacionalista y laico que, en
cierto modo, representaba el ala izquierda del abertzalismo de la época.
Debido a su interés, no quiero pasar por alto una interesante anécdota sucedida durante aquellas nefastas fechas. Una anécdota que, ahora fallecidos ya todos
quienes la vivieron, me atrevo a comentar. La fuente proviene de mi propio padre, uno de los protagonistas de ésta,
y hermano menor de Paquito.
Con este batallón, al mando del comandante Ramón
Laniella, además de luchar en Euskadi, marcharía al frente
de Asturias. Años más tarde, con el sentimiento aún sangrante, recordaría aquellas amargas fechas en uno de sus
artículos:
Había caído Bilbao y el avance fascista era ya imparable. A mi padre, José Turrillas, el “Alzamiento” del 18 de
Julio de 1936 le había cogido a bordo del crucero “Libertad” con base en el Ferrol, donde prestaba el servicio militar.
“Escarbando en la memoria, sí tengo grabada una,
muy señalada, que no fue en tierra de vascos precisamente: cuando grité con el alma y el corazón, espontáneamente, con todas las fibras de mi ser, un ¡¡Gora
Euzkadi!! que fue la más grande expansión de mi vida.
Ante el posicionamiento favorable de los jefes de la
base hacia los sublevados, la tripulación amotinada del citado crucero se hizo a la mar, tomando el gobierno de éste
y pasando por las armas a toda la oficialidad. Este hecho
supuso para mi padre un verdadero trauma, debido a sus
profundas creencias religiosas.
Ocurrió el suceso a orillas del Nalón, en Asturias.
Exactamente, en un pueblo llamado Areces y en una
atroz degollina, una orgía de sangre.
¿Te acuerdas Laniella? -cuando se trajeron los
moros con nosotros y donde, pudriéndose como vil
materia, quedaron al sol y a la luna cientos de gudaris,
compañeros míos todos, vascos todos...”.
Aquella religiosidad motivó que cierto día, el suboficial
que había tomado el mando del crucero, le pusiese una
pistola en la cabeza diciéndole: ¡Txo!, tú también hueles
a cirio. Buen olfato debía tener el anticlerical marino, pues
mi padre acababa de salir del seminario de Vitoria.
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Al poco tiempo de su ingreso en El Dueso, Francisco
Turrillas fue juzgado, y como tantos miles de vascos, condenado a muerte.
Sin detenerme en demasiados detalles, sí quiero comentar que este buque fue uno de los que participó en la
sonada e inútil expedición de la armada republicana hacia
aguas de Gipuzkoa. Curiosamente, lo más sobresaliente
de aquella expedición al Norte fue situarse a 3 millas frente
a Deba, el 28 de Septiembre de 1936, y lanzar una serie
de andanadas de grueso calibre, al parecer, con la intención de derribar el puente sobre el río Deba y hostigar así
el avance de las tropas franquistas. Ninguno de los proyectiles hizo blanco, y la operación fracasó.
En espera de ser ejecutado transcurrieron 26 largos
meses, un tiempo en el que tuvo la suerte de ser requerido
para dar clases de inglés y taquigrafía a varios oficiales
franquistas del centro penitenciario. Fue precisamente
este hecho el que salvó su vida, pues cierto día, un alférez le transmitió en secreto una información de vital trascendencia: “Paco, mañana te toca a tí”.
Al poco de aquella inútil expedición, mi padre fue destinado como amanuense al submarino C-4 . Al mando de
la nave se encontraba otro guipuzcoano: Jesús Lasheras.
Pero la desesperación de quien está en capilla, viendo
cómo día a día se suceden las sumarias ejecuciones,
había hecho que Paquito, junto a dos compañeros, tuviese
preparado un plan de fuga, una locura suicida casi imposible de ser llevada a cabo.
Es aquí donde retomo el hilo de la anécdota a la que
me refería.
O ahora o nunca, se dijeron. Y así, pocas horas antes de
su ejecución, durante una noche de intensa lluvia, lograron
materializar su plan tras saltar muros y alambradas.
En plena retirada, coincidió que el submarino C-4
atracó en el puerto de Santander para reparar una serie de
averías producidas por las cargas de profundidad lanzadas desde una nave franquista, y que a punto estuvieron
de hacer naufragar al submarino.
Aquella fuga era tan sólo el primer capítulo de una
larga aventura que acababa de comenzar. Perseguidos,
cansados, hambrientos y enfermos, Paquito y sus dos
compañeros sacaron fuerzas de donde no había para llegar, siempre a pie y por el monte, desde Santoña a Iparralde (País Vasco en territorio francés).
Su comandante, Jesús Lasheras, un hombre al que
nada entusiasmaba la causa republicana, viendo la caótica
situación, había tomado la decisión personal de abandonarlo todo y largarse a Francia con la nave. El pretexto:
realizar una profunda reparación de los daños. La realidad: una deserción en toda regla.
Pero cuando pensaban que su tortura había acabado,
fueron detenidos por la gendarmería francesa, que automáticamente los llevó hasta el puente de Behobia para entregarlos a las autoridades españolas, lo que significaba
su inmediato fusilamiento.
Conociendo que su hermano Paquito se hallaba en primera línea del frente, por la zona de Colindres, José Turrillas pidió permiso al comandante para visitar a éste y, al
mismo tiempo, intentar convencerle de que aceptase su
evacuación a Francia, a bordo del submarino.
Tras suplicar una y mil veces no ser entregados, la
gendarmería, como queriendo darles una oportunidad
entre un millón, desistió en la entrega, permitiéndoles lanzarse al agua y cruzar a nado el Bidasoa.
Concedido el permiso, metió en su petate un queso de
bola, varias latas de leche condensada y algo de tabaco,
dirigiéndose al frente en busca de su hermano.
Desgraciadamente, los dos compañeros de Paquito no
pudieron conseguirlo. Tiroteados por la guardia fronteriza,
sus vidas acabaron de forma tan ingrata como injusta. Él,
de momento, se había salvado, pero su persecución continuaba.
Tras los pertinentes fraternales abrazos, José intentó
convencerle de la inutilidad de la resistencia, informándole
de las masivas evacuaciones a Francia e Inglaterra. La
respuesta fue tajante: él no abandonaba. Su responsabilidad como teniente del “Euzko Indarra” le obligaba a quedarse para correr la misma suerte que sus compañeros.
De nuevo huyendo, siempre con la muerte en los talones, consiguió llegar hasta Donostia, donde fue escondido
por unos amigos durante 22 largos meses. Ni qué decir
que durante ese tiempo, uno de los reclamos publicitarios,
tanto en prensa como en radio, fue el de:
Y así sucedió, ya que al poco tiempo, tras el desgraciado “Pacto de Santoña” firmado con los mandos militares italianos, en el que se garantizaba la vida de todos los
gudaris vascos sin distinción de rango, Paquito fue hecho
prisionero y recluido en la prisión de El Dueso (Santoña).
SE BUSCA, Francisco Turrillas, vivo o muerto.
No queriendo comprometer a quienes le escondían,
abandonó su escondite, consiguiendo llegar a Madrid, y
desde allí a Lisboa, donde sus penalidades continuaron, al
mismo tiempo que se acrecentaba su desesperación.
En fechas anteriores recientes, según referencias orales, éste fue uno de los oficiales que participaron en las
negociaciones con el Alto Mando Italiano para establecer
el calendario y las modalidades de rendición. Por parte
vasca, la operación estaba dirigida por el conocido dirigente del Partido Nacionalista Vasco, Juan Ajuriaguerra,
con el que siempre le unió una gran amistad.
Fiel reflejo de ello es la carta que desde allí envía a la
Delegación del Gobierno de Euzkadi en Londres, cuyo texto
íntegro, debido a su interés, se reproduce a continuación.
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Carta enviada por Francisco Turrillas desde Lisboa a la “Delegación del Gobierno de Euzkadi” en Londres. El original se conserva en el Archivo del Nacionalismo (Fundación Sabino Arana).
En la página siguiente, transcripción mecanografiada de la misma.
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Lisboa 12-3-42
ducido a la colonia penitenciaria del Dueso,
donde nos juzgaron a todos. Ni qué decir que
me condenaron a muerte. Sin embargo no me
confirmaron la pena, según me dijeron con el fin
de realizar una más detenida investigación
sobre mi actuación en la guerra.
Delegación del Gobierno de Euzkadi en Londres
Muy Sres. míos: Cuando ya me creía completamente desamparado y sin más puertas que
golpear en procura de una solución a mi infortunio, hoy me he visto agradablemente sorprendido con la noticia de que en Inglaterra todavía
existe una representación de mi amada Euzkadi.
Como digo, me dirijo a aquellos compatriotas y
correligionarios míos de quienes, enterados de
mi personalidad e innumerables penalidades
que vengo soportando desde hace dos años y
medio, espero lo que por humanidad y compañerismo considérome merecedor.
Pasamos en estas condiciones 26 meses. A
diario, o casi a diario, veía ir a la “pared” a compañeros que llegaron hasta a forjarse la falsa ilusión de que el peligro había pasado para ellos,
¡pobrecillos! El fascismo español no tiene entrañas y desconoce la piedad.
Mató. Mató a cientos, a miles y sigue matando hombres con dos años y más de condena,
sin reparar que ya de por sí los había matado de
antemano.
Un día, un buen hombre me avisó clandestinamente que “yo estaba en la lista”.
Me encuentro en Lisboa. Para llegar hasta
aquí, jamás supuse que hombre alguno pudiera
correr tanto peligro y calamidad. Pero he llegado. Me llamo Francisco Turrillas Bordagaray,
soy natural de San Sebastián; mi profesión es
periodista; como partido político el mío era el de
Acción Nacionalista Vasca. Estos datos los facilito más que nada para que Uds. sepan a punto
fijo quién es el hombre que recurre a esa Delegación implorando el auxilio tan necesario en
estos momentos.
Iba a correr la misma suerte que tantos desgraciados asesinados por los bárbaros.
Me revolté contra la idea de morir como un
conejo y huí. Días antes hablé con otros dos presos que parecían dispuestos a realizar cualquier
cosa con tal de salvarse. El tiempo se puso de
nuestra parte y una noche de lluvia, recurriendo
a medios temerarios y a la astucia que puede adquirir quien no tiene más obsesión que la de salvarse, saltamos el muro y nos burlamos de la
centinela.
Creo que cualquiera de los vascos que en
ésa se encuentran me recordarán. Durante casi
toda la guerra desarrollada en Euzkadi actué de
periodista en el diario “Tierra Vasca”, en el cual
puedo decir que difícilmente podrá encontrarse
un solo número que no publique alguno de mis
artículos. Escribí mucho y por qué no decir,
hasta con excesiva exaltación.
Con el cuerpo destrozado, cubiertos de arañazos, ensangrentados y hambrientos, llegamos
a San Juan de Luz. Olvidamos el dolor sufrido,
nos creíamos salvados, pero los franceses no
comprendieron nuestro caso y nos volvieron a
España, esto ocurrió el 26 de noviembre de
1939. Imploramos, rogamos y ya en pleno
puente internacional de Behovia, al fin conseguimos que no nos entregaran a los españoles
y que nos permitieran correr la aventura de cruzar el Bidasoa y salvarnos como pudiéramos.
Nos descubrieron los centinelas.
Caí prisionero en Santoña, donde a la sazón
me encontraba, encuadrado como teniente en el
batallón “Euzko Indarra” desde la caída de Bilbao. Con cuatro o cinco mil vascos, entre ellos
Ajuriaguerra, Joseba Rezola y algunos dirigentes más del Partido Nacionalista Vasco, fui con-
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Dispararon sobre nosotros. Cada cual tiró
por donde pudo y yo me salvé por segunda o
tercera vez. Mis pobres amigos no tuvieron la
misma suerte.
Llevamos cuatro meses en Lisboa. La persecución contra los españoles es tan cruel, aquí
como en su tierra. Constantemente descubren a
alguno y, claro, lo mandan a la frontera.
Pude llegar a San Sebastián, donde me escondí en casa de gente nacionalista a quien
jamás podré pagar lo que por mí hicieron. La policía comenzó a dar batidas. Me buscaban como
a un perro rabioso. Encerraron a mi hermano.
Más de una vez estuve a punto de entregarme
para evitar que hicieran sufrir a los míos. Pero
siempre, aquellas buenas gentes me calmaron y
a fuerza de cariño y atenciones, me animaron a
seguir luchando por mi vida. Creí que me iba a
volver loco, más cuando en tales circunstancias,
me enteré que habían fusilado a dos de mis hermanos...
¿Su fin? Ustedes pueden figurárselo. Tanto
mi compañero como yo estamos soportando
una vida excesivamente ingrata. Ha habido días
que hemos dormido en la calle. Muchos los pasamos sin comer. La ropa la tenemos desecha.
No tenemos dinero. No podemos trabajar. No tenemos documentación. La policía nos busca.
¿Qué hacer? A veces nos dicen que el J.A.R.E.
nos va a llevar a México. Otros días nos lo desmienten. En concreto, no vemos un punto de escape.
Mis queridos compatriotas: es a vosotros a
quien recurro por última vez. Haced algo por
nosotros. Salvadnos. Sacadnos de aquí. Mandarnos algún dinero para reponernos un poco.
¿No nos lo merecemos? ¡Sí! Yo creo que todavía
existe un poco de humanidad en este mundo.
¿No sería lamentable para nuestro amor propio
que un día los verdugos se rieran de nosotros y
nos dijeran: ¡Habéis caído!? ¡De nosotros nadie
puede burlarse!
Los que me guardaban se las arreglaron para
entregar con unos contrabandistas una carta
mía a la Delegación de Euzkadi en Bayona. De
allí me contestaron con mucho entusiasmo, asegurándome que estaban preparando mi evasión
a Venezuela. Después he sabido que aquella
carta la redactó el señor De la Torre y estoy seguro que trabajaron mucho por mi salvación definitiva. Desgraciadamente, esto ocurría cuando
los alemanes iniciaron su ofensiva en Francia y
llegaron hasta Hendaya...
En fin, hagáis lo que hagáis por nosotros comunicárnoslo, podéis figuraros con qué anhelo
esperaremos vuestras noticias. Sea para bien o
para mal, hacedlo pronto que es muy triste la incertidumbre.
Metido en una habitación, sin tomar aire ni
sol, transcurrieron para mí 22 horribles meses,
al cabo de los cuales me enteré que este buen
amigo que me acompaña -Alberto Pautin Alvarez- era tan perseguido como yo. No lo dudé
más. Nos hicimos de unas pesetas y atravesamos toda España hasta Portugal. Si grandes fueron los peligros que pasé en mi primera fuga,
éstos casi podría decir que fueron mayores. En
fin, no es cosa de contarlos, pues haría esta
carta inacabable.
Un saludo de vuestro servidor y amigo.
Francisco Turrillas Bordagaray
Legación de México
Lisboa
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La imagen corresponde probablemente al año 1948. A la izquierda de la fotografía, el compositor mejicano Agustín Lara; en el centro, sentado al piano,
el pelotari Guillermo Amuchastegui; a la derecha, FranciscoTurrillas.
Después de su larga y penosa estancia en Lisboa, tras
realizar mil peticiones y gestiones a través de la Delegación mejicana en Portugal y de la Delegación del Gobierno
Vasco en Londres, consigue llegar a Méjico.
en la correspondencia mantenida entre ellos, sus cartas
comenzaban con el “Estimado compatriota y amigo”.
En 1945, Turrillas crea la revista quincenal “Cancha”,
una publicación sobre el mundo de la pelota, su gran afición, colaborando también con numerosos periódicos y revistas de la época.
Lo primero que hace al llegar es cumplir la promesa
hecha en Lisboa: acudir, caminando de rodillas, a dar las
gracias a la Virgen de Guadalupe.
Su círculo de amistades estaba formado por vascos
también exiliados, entre los que por citar algunos nombres,
se encontraban Isidro Langara, el gran futbolista de la Selección Nacional de Euzkadi, o el famoso puntista ondarrutarra Guillermo Amuchastegui. A pesar de ello, siempre
hubo sitio en la “cuadrilla” para mejicanos como el famoso
compositor Agustín Lara, autor de obras tan conocidas
como “Granada”, “Piensa en mí” o el mismísimo chotis
“Madrid, Madrid, Madrid”.
Como buen vasco cumplió su palabra, y al salir del
templo, sucedió algo digno de ser narrado.
Tras cumplir su voto, vio que en el exterior del templo
había un fotógrafo cuyo argumento de venta era fotografiar al personal sobre un caballo. Por supuesto, al auténtico estilo mejicano: con gorro, bigotes, cartucheras
cruzadas y dos pistolas. No se lo pensó dos veces y subido encima del caballo, se fotografió como si de Pancho
Villa se tratara, solicitando tres copias de la instantánea.
La primera se la envió “dedicada” al jefe de la prisión de El
Dueso, de donde había escapado. Las dos restantes las
envió a su familia y a un amigo de toda la vida.
Con mucha gracia, Turrillas contaba, cómo cierto día,
Lara le llamó a casa diciéndole:
Asentado ya en tierras mejicanas, en 1943 el Gobierno Vasco en el exilio le encomienda la publicación del periódico “Euzko Deya”, que ese año saldría de máquina con
una periodicidad quincenal y del que en su edición mejicana sería el primer director. Uno de los colaboradores
más habituales de este periódico fue el navarro Manuel de
Irujo, el cual, regularmente, le enviaba sus crónicas desde
Londres, y con el que Turrillas a veces tuvo sus desavenencias periodístico-políticas, pues según éste, a los dos
les salía la vena navarra. No obstante, como puede leerse
- Paco: estoy componiendo algo diferente, y quiero
que vengáis para ver qué os parece y darle carpetazo.
- ¿Y qué es?, preguntó Turrillas.
- Es un chotis al que voy a titular “Madrid, Madrid,
Madrid”.
- Agustín, déjate de milongas, que nosotros somos
vascos y no nos atrae mucho el tema, replicó Turrillas.
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Ante la insistencia de Lara, allí se presentó la cuadrilla,
según Turrillas porque en casa de Agustín siempre había
buenos wiskys. El caso es que el singular preestreno
acabó como el rosario de la aurora; es decir, con una
buena rociada de los más selectos brebajes escoceses y
con cánticos hasta altas horas de la madrugada.
Muchos años después, muerto ya Lara, Turrillas realizaría su único y último viaje desde Méjico a su querida Donostia. Pasó por Madrid, donde permaneció uno o dos
días. Y como queriendo visitar a un viejo amigo, se dirigió
al monumento que el pueblo de Madrid había levantado al
compositor. Situado frente a éste, alzó la voz, y sin ningún
complejo gritó: ¡Agustín! ¡Ya estoy aquí. Por fin he
vuelto!
Lógicamente, los transeúntes le miraron pensando que
se trataba de un demente.
Durante su vida mejicana, además de desarrollar una
intensa actividad periodística, en la que también colaboró
con el periódico “Tierra Vasca - Euzko Lurra”, editado en
Buenos Aires, Francisco Turrillas publicó varios libros:
“Neuk”, “Sirimiri”, “La pelota es redonda” o “Sobre el
mismo lodo”, son recordados todavía.
Fco. Turrillas en Donostia. Fue el único viaje que realizó a lo largo de su
prolongado exilio.
Informado Irujo de que Turrillas se encontraba allí, se
dirigió a él para saludarle, no siendo correspondido. Ante
el desprecio del donostiarra, Irujo insistió, rogándole que
olvidase viejos asuntos, pues por la edad de ambos, probablemente, aquélla sería la última vez que se viesen.
En este último plasmó su propia autobiografía, narrando sus vivencias durante la guerra civil y su fuga de la
prisión de El Dueso, hasta llegar a Méjico.
Fue tal el éxito de esta publicación en aquellos momentos, que hasta una importante productora cinematográfica norteamericana quiso hacerse con los derechos,
para realizar un largometraje sobre su vida.
Al final, pudo el sentimiento. Y los dos, ante el aplauso
general de los asistentes, se fundieron en un fuerte abrazo
llorando como niños.
Y es que la vida de Francisco Turrillas superó con creces a la mejor película de acción, con capítulos tan interesantes como el que en una reunión entre amigos se
comentaba:
Durante su prolongado exilio, Turrillas realizó tan sólo,
un viaje a su amada Euskal Herria. Fue poco antes de
morir. El tiempo que estuvo aquí se quedó corto debido a
los numerosos homenajes realizados por sus amigos de
siempre. Entre ellos se encontraba el ya mermado grupo
de boxeadores donostiarras de su juventud. Uno de ellos,
el recordado Paco Bueno.
- Cuéntales Paco, cuéntales la novia que tuviste durante varios años.
Paquito siempre se hacia el remolón como queriendo
ocultar lo que pertenecía a su vida privada. Y es que al
parecer, Turrillas, solterón empedernido, tuvo durante varios años un amor secreto o casi secreto. Se trataba de la
mismísima secretaria personal del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.
La vida de Turrillas, a quien Miguel Pelay Orozco definiría como “periodista de pluma muy suelta y galana”,
acabó en Méjico. Rodeado tan sólo por un puñado de incondicionales y verdaderos amigos.
En su entierro no se escucharon los sones de “México
Lindo” ni del “Eusko Gudariak”. Tan sólo el silencio acompañó al viejo exiliado.
Como puede desprenderse de sus cartas, con el transcurso de los años, su edad, sus negras experiencias y su
genético inconformismo hicieron que el carácter de éste
se rebelase contra todo sistema establecido, aislándose y
rompiendo muchos vínculos, dejando incluso de frecuentar el Centro Vasco; según él, porque por allí rondaban demasiados tiburones.
Durante su vida, hubo dos momentos que utilizó periodísticamente la frase de un salmo bíblico que, como epitafio, quedó grabada en la tumba del obispo San Antonio
María de Claret y que también podría haberse utilizado en
la suya. Una, le sirvió como titular de un artículo publicado
en los años 60 en el “Tierra Vasca”. La otra, la utilizó como
introito en su libro “Sobre el mismo lodo“:
Pocos años antes de su muerte, sucedió que Manuel
de Irujo realizó un viaje a Méjico, acudiendo al Centro
Vasco. Algo muy grave debió ocurrir años antes entre el
dirigente nacionalista, exministro de la República, y Fco.
Turrillas, pues ambos habían dejado de hablarse.
Amé la justicia y aborrecí la iniquidad,
“por eso muero en el destierro”.
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