Imprima este artículo - Revista Iberoamericana

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RESEÑAS
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Com Urban Voices, Ferreira-Pinto oferece ao público leitor a rara oportunidade de ter,
num único volume, narrativas brasileiras contemporâneas tanto de escritores bastante
conceituados como de escritores emergentes. Urban Voices contribui de muitas maneiras
para abrir espaço literário nos Estados Unidos para o conto brasileiro, pois enfoca assuntos
reunidos em torno da urbe e abrange um âmbito amplo, incluindo narrativas escritas por
homens e mulheres, de várias faixas etárias, de diferentes áreas geográficas do Brasil.
University of Iowa
MARIA JOSÉ SOMERLATE BARBOSA
MARÍA ELENA VALDÉS. The Shattered Mirror: Representations of Women in Mexican
Literature. Austin: University of Texas Press, 1999.
Aumenta en la academia norteamericana el número de investigadoras que —desde una
óptica feminista— ofrecen lecturas alternas a textos canónicos y revalorizan textos
marginales para exponer la representación que de la mujer ha creado la historia de la
literatura mexicana. En esta crítica se enfatizan particularidades del oficio creativo y
estrategias subversivas que diversas escritoras mexicanas han utilizado para lograr incursionar
en el espacio literario y ofrecer una representatividad más auténtica del sujeto femenino.
Partiendo de análisis que abordan aspectos políticos, históricos, estéticos o de género de la
narrativa mexicana, los textos de estas académicas invitan a repensar la aportación de
escritores y, sobre todo, de escritoras en el nuevo discurso en que la mujer pasa de reflejo
a entidad, y de objeto a sujeto de su entorno. Algunos de ellos son: Plotting Women. Gender
and Representation in Mexico (1989), de Jean Franco; Politics, Gender, and The Mexican
Novel, 1968-1988: Beyond the Pyramid (1992), de Cynthia Steele; Textured Lives: Women
Art, and Representation in Modern Mexico (1992), de Claudia Schaefer; Broken Bars: New
Perspectives From Mexican Women Writers (1994), de Kay García; The New Narrative of
Mexico: Sub-versions of History in Mexican Fiction (1994), de Kathy Taylor; Contemporary
Mexican Women Writers: Five Voices (1996), de Gabriella Beer y The Fragmented Novel
in Mexico: the Politics of Form (1997), de Carol Clark D’Lugo.
El reciente libro de María Elena Valdés no hace sino enriquecer la lista anterior. En
The Shattered Mirror: Representations of Women in Mexican Literature, Valdés hace un
trayecto a través del tiempo y el espacio de la narrativa mexicana que, a criterio de ella, es
representativo de la imagen/imaginario que de la mujer, mero objeto, ha forjado el
patriarcado mexicano para contrastarlo con la nueva escritura contestataria. Del siglo XVI
con Juana Inés de la Cruz, no será sino hasta la segunda mitad del siglo XX que se vuelva
a formar un discurso alterno femenino que cuestione la objetivización de la mujer. Así,
desde Yucatán al sur, con Rosario Castellanos, pasando por el centro con escritoras como
Cristina Pacheco, Elena Poniatowska y Maria Luisa Puga, Valdés nos traslada hasta la
comunidad mexicana al extremo más norte en Chicago, a la narrativa de Sandra Cisneros
para destacar el común que une a la narrativa de estas escritoras: crear una estética y narrativa
propias en que percibimos más que a un personaje ficticio a una “persona fictiva.” Esto
implica para Valdés que la mujer deja de estar predeterminada en la narrativa y en respuesta,
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actúa, discrepa, provoca, y nos hace copartícipes como conciencia centrífuga en relación al
texto que leemos, y desde el que nos confronta a revalorizar valores y convenciones de la
idiosincrasia mexicana.
El primer capítulo introductorio es un sondeo de la política de representación de la
mujer a lo largo de la literatura mexicana. En su postura ideológica y crítica, Valdés destaca
la importancia de una crítica feminista social que aborde la realidad de la mujer mexicana
y —haciendo eco a Spivak— minimice aquella que del “Primer Mundo” intenta agrupar a
toda mujer dentro de una categoría social. Hay afinidades, sí y más aún con Latinoamérica,
pero son otros los males que aquejan al promedio de la mujer en México, entre ellos: el
machismo (del que también el hombre es víctima), su perenne situación sumisa respecto del
hombre o su difícil aceptación al ámbito intelectual; también las misóginas prácticas del
clero que demarcan sus funciones sociales y el inescapable destino a las dualidades que la
sociedad mexicana asigna a lo femenino (la Guadalupe y la Malinche, madre y puta, esposa/
“mujer” y amante) dentro de una cultura de violencia en que el débil —la mujer, ancianos/
as y niños/as— son los más afectados.
El estudio crítico que aborda Valdés, continúa en los capítulos dos y tres analizando
la subversión sexista que se elabora en textos de Juan Rulfo (mujer como objeto del deseo)
y Carlos Fuentes (que expone los códigos sociales impuestos a la mujer). Para Valdés un
estudio feminista no sería tal si evitara la literatura que mejor represente los valores sociales
aunque ésta haya sido acaparada por los hombres. Ir a lo canónico resulta entonces
consecuencia lógica para contrastar representaciones sobre la mujer o, como en el capítulo
cuatro, particularmente cuando parte desde la mujer misma. En este cuarto capítulo se
considera la relación y contraste entre el ejercicio creativo e intelectual de los mayores
poetas de México, Juana Inés de la Cruz y Octavio Paz. En Sor Juana Inés de la Cruz o las
trampas de la fe, Paz hace una revisión histórica en que se revela el rígido sistema católico
patriarcal de la época que terminará por silenciar —a causa de la indiscreción del Obispo
de Puebla, la ira del Arzobispo Aguiar y Seijas, y la imposición de silencio del confesor
Nuñez de Miranda— la labor de inteligencia artística de la poeta. Más allá de la misoginia,
como apunta Valdés, se irá instaurando una ideología patriarcal que —si no única a
México— al institucionalizarse en la sociedad, se ha convertido de hecho en lo que ella
denomina “feminofobia” y que no es sino un estado psicopático generalizado que fomenta
la “objetivación irracional de la mujer en una no-persona” (74) porque atenta contra la
imperante representación simbólica e ideológica del macho. Prueba de ello: casi tres siglos
para que la mujer vuelva a ganar voz y representatividad propia a través de la escritura.
En los capítulos cinco a nueve, Valdés entra de lleno a reconocer la narrativa de
escritoras que, a través de géneros diversos, canónicos, marginales o híbridos (poesía,
cuento, novela, periodismo, testimonio y collages), irán mellando el sistema patriarcal al
exponer su realidad con auténtica voz femenina (no por ser mujeres sino por construir
verdaderas “personas fictivas” en oposición a personajes ficticios subordinados y
predeterminados al imaginario masculino).
En el capítulo cinco, Valdés ilustra la manera en que Rosario Castellanos, Luisa
Josefina Hernández y María Luisa Puga (a diferencia de Rulfo o Fuentes que exponen el
sistema patriarcal pero sin lograr crear una identidad y espacio auténticamente femeninos)
transgreden el orden masculino para abrir paso a un discurso femenino más representativo.
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Similar es el caso de Poniatowska y Pacheco que como periodistas y escritoras han
vivido más de cerca la realidad del pueblo. En los capítulos seis y siete a través de narrativas
ficticio-personales, de testimonio y de literatura documental, biográfica o novelística, se da
voz a uno de los sectores más marginales de la población, las mujeres: ancianas o niñas,
madres solteras o con hijos y dependientes del marido, empleadas domésticas o de
maquiladoras, analfabetas o con mínima preparación, o sea, a la mayoría de la población.
Jesusa Palancares, entrevistada por Poniatowka, es la fructífera colaboración que genera
uno de los tantos posibles testimonios de auténtica marginalidad femenina. Contraparte a
este texto, también de Poniatowska, es La flor de lis, de género mixto entre diario y
autobiografía novelada. Esta novela apuntará al proceso de toma de conciencia de una joven
—de la más selecta clase social mexicana— que tendrá que confrontar la realidad de la
pobreza y desigualdad social de la mayoría de la población pero, sobre todo, el papel
subordinado de la mujer sin importar su condición social. Las narradoras de las historias de
Pacheco y Poniatowska logran crear autenticidad en los sujetos femeninos porque ellas
mismas se muestran auténticas y es esto lo que parece indicar Valdés al señalar que la
libertad se logra por “lo que la mujer hace, lo que produce y lo que dice” (143).
De Poniatowska —que, como sus narradoras, asume su identidad (mexicana/femenina/
de escritora) como una toma de conciencia por “lo que hace, produce y dice” a través de su
extensa obra social, periodística y literaria— Valdés nos introduce, en el capítulo ocho, a
la obra narrativa de Sandra Cisneros. Esta escritora mexicoamericana también asume la
conciencia de su identidad (bicultural) y escribe para expresar y criticar la situación
doblemente marginal que vive la mujer (encasillada en la tradición mexicana a que
pertenece) en la sociedad estadounidense que la estigmatiza por las variantes de minoría
étnica, de género y “condición legal” cuestionable con que se la identifica. En The House
on Mango Street (heredera del “room of one’s own” de Virginia Woolf), como indica
Valdés, “la casa es ahora metáfora para el sujeto y, por tanto, para el espacio personal de su
identidad” (171) y alegoría para una casa abierta que toda/o crítica/o debe practicar si ha de
servir una función social. El trayecto del análisis literario-creativo y contestatario de la
narrativa mexicana de la segunda parte del siglo, cierra con Laura Esquivel y Como agua
para chocolate. En el capítulo nueve, se aborda la contribución celebratoria de Esquivel a
actividades asociadas al sexo femenino, como el alimento y la cocina, la costura, la tradición
y el cuidado de los “valores” familiares. En un género considerado menor, como la escritura
de recetas de cocina, Esquivel rescata rasgos sutiles y paródicos de expresión femenina para
subvertir el orden patriarcal incluso cuando pueda partir de una mujer que lo represente.
La conclusión de The Shattered Mirror: Representations of Women in Mexican
Literature es de censura y celebración. De censura contra la violencia institucionalizada
y enraizada en la cultura mexicana que perpetúa la objetivación de la mujer. Y, de
celebración por los espacios que la expresión de ésta va ganando para sí, para otras mujeres
y lectores que aceptan la apertura de diálogo que el discurso femenino suscita. El estudio
de Valdés, profundo (sin ser exhaustivo) en su sondeo sobre la representatividad de la mujer
es extenso y justo por su inclusividad de textos que dificilmente quedarían fuera de enfoques
similares. Añade al final tres apéndices en que se ofrece, 1) un comentario a la falta de acceso
a la educación de la mujer desde la época de la colonia; 2) una lista complementaria de otras
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escritoras y sus obras partícipes, por igual, del movimiento femenino por cambios sociales
y económicos para la mujer y 3) una aproximación a la crítica reciente (del ’75 a la fecha)
que la obra de Sor Juana ha suscitado.
En su crítica social feminista, Valdés no se conforma con la censura a la estructura
patriarcal ni en las aún mínimas ganancias del nuevo discurso femenino. Para que la mujer
mexicana logre la verdadera libertad e igualdad, dice Valdés, es preciso la liberación del
hombre y su participación. La lucidez con que este texto en inglés está escrito es prueba
fidedigna del compromiso de Valdés para dar a conocer a un público más amplio la realidad
de la mujer mexicana en la nueva escritura que le da voz. No basta con hacer añicos el espejo
de un falso reflejo, es preciso recrear una imagen auténtica a prueba de distorsiones. Esto
es lo que hace de Valdés en The Shattered Mirror: Representations of Women in Mexican
Literature como una invitación a reconstruir la auténtica imagen del otro en que veremos
de vuelta la totalidad de la propia.
Hanover College
EDUARDO SANTA CRUZ
SUSANA ROTKER. Cautivas. Olvidos y memoria en la Argentina. Buenos Aires: Ariel, 1999.
A mediados del siglo XIX, la organización del Estado nacional argentino aparece como
el enigma al que Sarmiento intenta responder evocando “la sombra terrible de Facundo”.
Desde entonces, su respuesta a ese enigma se constituye en “centro ordenador del
macrorrelato que hoy tenemos del siglo XIX en la Argentina y también, en buena medida, en
América Latina en general: la épica de la civilización contra la barbarie” (23). El libro de
Susana Rotker dialoga con la tradición crítica constituida en torno a ese macrorrelato, pero
dirigiéndose a sus omisiones, a sus silencios, a lo que podría denominarse “el enigma de la
desaparición” (53), expresión que la autora retoma del trabajo de George Reid Andrews, Los
Afroargentinos de Buenos Aires.1800-1900 (1980), y que junto con el ya clásico Indios,
ejércitos y frontera (1983) de David Viñas inician una línea de estudios sobre el discurso
del silencio, sobre la desaparición de franjas sociales que casi como sombras reaparecen en
los intersticios de un macrorrelato nacional. Si Viñas sostiene que los indios son “los
desaparecidos de 1870” (cit. en Rotker 54), Rotker se pregunta por qué las mujeres que,
contra su voluntad, trasponen la frontera interna de la nación y quedan cautivas de los indios
son abandonadas por la cultura de la cual provienen, que al relegarlas al olvido las expulsa
de la memoria colectiva. En este sentido, el concepto de desaparición no resulta aleatorio
sino constitutivo de la historia y la cultura argentinas; tal como lo demuestran los
“desaparecidos” durante la última dictadura militar (1976-1983), hecho que, en sí mismo,
resulta inadmisible: “¿cómo miles de personas pueden desaparecer para siempre, sin dejar
rastro, sin relato de lo que ocurrió con ellos?” (14). Del mismo modo, ante la desaparición
y el olvido de los cuerpos de las cautivas en la frontera, la pregunta que surge es qué pactos
tácitos de silencio fueron necesarios para suprimirlas de la memoria como si nunca hubieran
existido. Desde un enfoque deliberadamente ecléctico y sirviéndose de un sólido trabajo de
documentación, Rotker se propone leer una poética de la memoria desde la cual las cautivas
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