Temario completo - Grado de Historia del Arte UNED

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HISTORIA DEL MUNDO ACTUAL
TEMA 1. LOS ORÍGENES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.
CRISIS ECONÓMICA Y POLARIZACIÓN SOCIAL A MEDIADOS DE LOS AÑOS 30.
La crisis de 1929
Durante los “felices años 20” la economía mundial vive en un ambiente de optimismo,
apoyado, no obstante, sobre dos procesos que no podían mantenerse de manera indefinida: la
superproducción y la especulación.
La superproducción se considera unánimemente como la causante de la depresión que se
inicia en el año 29. Durante la guerra mundial los países de ultramar habían desarrollado ciertos
sectores industriales con el fin de suplir las importaciones europeas. Terminada la contienda, la
producción industrial europea y la extraeuropea se suman, sin que paralelamente aumente el
consumo; este estado de sobreproducción general provoca un aumento continuo de los stocks. En
1925 algunos productos básicos no son obtenidos en cantidad muy superior a la de preguerra, p. e,
el hierro y el carbón; en cambio otros, el petróleo, los instrumentos eléctricos, la seda artificial,
señalan unos índices mucho más elevados. De las estadísticas se deduce que el aumento de la
producción europea hasta 1925 mantiene un ritmo regular, pero no aumento en relación con sus
niveles de preguerra, son otros los continentes que se señalan por la incorporación creciente de sus
materias primas o de sus productos; desde 1925 Europa, ya recuperada, incrementa su producción
en una situación mundial de crecimiento continuo.
Al lado de la superproducción industrial debe tenerse en cuenta la agrícola, que viene
provocada por una serie de años de cosechas excepcionales, a partir de 1925. Según Nogaro, los
precios pudieron sostenerse por medio de acuerdos internacionales, pero al producirse la crisis
financiera se rompieron estos convenios y afluyeron súbitamente a los mercados los remanentes
acumulados, con lo que se produjo un hundimiento ruinoso de los precios. Jacques Neré no
comparte esta tesis; documenta que algunos stocks siguieron aumentando, como es el caso del
algodón, y que la crisis es más bien de subconsumo relativo que de superproducción, la origina la
mala distribución de la renta; sus orígenes serían sociales más que económicos. En cualquier caso,
sea que la producción agrícola mundial es excesiva, como sostiene Nogaro, sea que la capacidad
adquisitiva es débil y el consumo bajo, como explica Neré, los remanentes agrícolas vienen a
sumarse a los excedentes de productos industriales.
A pesar de este desfase entre producción y ventas las cotizaciones de los valores en bolsa no
dejan de subir. ¿Cómo puede explicarse esta anomalía? ¿Cómo ascienden las cotizaciones de
empresas que acumulan, sin vender una parte de su producción? Sólo existe una explicación: la
inflación del crédito. Se reparten altos beneficios porque los costos de la producción se afrontan a
base de préstamos bancarios; pero era una situación artificial que no podía mantenerse largo tiempo.
La ola de especulación se inició con terrenos que permitían plusvalías en zonas de disfrute de
vacaciones y sol; en Florida, el incremento de compra-venta de solares y edificios es notable en los
años 1925-1926. Los inversores, obsesionados por ganancias a corto plazo, colocan su dinero en
sectores antes deprimidos –ferrocarriles, servicios públicos–, de los que esperan en un periodo de
expansión beneficios elevados. Buena parte de las compras se efectúa a plazos, es decir, con el
equivalente de dinero prestado. Capitales flotantes, en busca de mayor lucro, pasan de Londres a
Nueva York. El interés, según Robbins, subió de 3,32 a 8,62 en el periodo 1925-1929. Esto hizo
difícil otros préstamos productivos; es un drenaje de capitales, no hacia inversiones sino hacia
préstamos especulativos. El dinero de los Bancos respalda preferentemente a los brokers, los
corredores de Bolsa. No es extraño que se culpe de la depresión a un sistema bancario que orientaba
sus fondos para respaldar a los especuladores en vez de invertir en sectores realmente productivos.
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Desde 1928 la industria de la construcción, en la que confluyeron diversas industrias
auxiliares, experimenta una cierta contracción, no alarmante, pero que supone ya el primer signo de
recesión. No obstante, la euforia alcista en la Bolsa continúa de manera general. En setiembre de
1929 la tendencia general de la Bolsa de Nueva York, orientada hasta entonces al alza, se estabiliza
e incluso parece amagar a la baja. No era otra cosa que el reflejo del descenso de algunos precios,
como los del acero y cobre, y la reducción de los beneficios en algunas empresas. Se procura vender
pero los especuladores todavía compran. En la última semana de octubre, inesperadamente, estalla
una verdadera explosión. Desde el día 21 la acumulación de órdenes de venta había hecho bajar los
valores, pero esta tendencia había sido detenida por las órdenes de compra de la Banca Morgan;
nada hacía sospechar que la Bolsa se iba a hundir. El 24 de octubre, “jueves negro”, 13 millones de
títulos son arrojados al mercado a bajo precio y no encuentran comprador; el 29 son 16 millones de
valores los que afluyen al mercado; el pánico ha provocado una fiebre de ventas; en pocos días,
según el índice de valores industriales del New York Times, las cotizaciones pierden 43 puntos,
anulando las ganancias de los dos meses precedentes. Pero no se trataba sólo de una semana crítica,
las cotizaciones continuaron bajando en los años siguientes. En principio no se pensó en una crisis
duradera, incluso en el invierno se percibe una pequeña mejora de la situación de la Bolsa, pero en
la primavera de 1930 la Banca Morgan decide vender las acciones que ha acumulado y se produce,
ante el exceso de oferta, un nuevo pánico. El hundimiento de la Bolsa provoca la ruina de millares
de accionistas modestos. Las grandes empresas contemplan impotentes como desciende de manera
continua la cotización de sus valores, hasta 1932 la United States Steel vio como sus índices
descendían de 250 a 22, la Chrysler de 135 a 5.
Para comprender lo sucedido es necesario analizar el sistema crediticio. Durante varios años
las empresas se habían expansionado, o simplemente sostenido, a base de fáciles créditos bancarios.
Al iniciarse el pánico, o el deseo de venta porque las acciones no producen beneficios, los Bancos
tienen que aumentar su liquidez, para lo cual han de vender sus títulos. La gente retira su dinero, los
Bancos precisan convertir sus acciones en líquido, y contribuyen con la venta de sus títulos a
acelerar el descenso; es una especie de círculo infernal cerrado. No sólo los Bancos son culpables
del terremoto, lo es también la misma dinámica de la Bolsa. Cuando los valores subían los
dividendos no seguían el ascenso; al alcanzar un cierto nivel de disparidad de la cotización con los
beneficios que producía la acción comprada tenía que producirse un proceso contrario, el de
desprenderse de las acciones poco rentables.
Se trata de una crisis de tipo nuevo. La de 1873 se había producido por la insuficiente
rentabilidad de los ferrocarriles y la siderurgia. En el S. XX los motores de la expansión económica
son el automóvil y el petróleo, pero no es una fiebre de inversión en estos sectores la que provoca el
caos. El “crack” del 29 parece ser un reflejo, y una demostración de que la economía no puede
apoyarse preferentemente en el dinero con olvido de los mecanismos de producción y consumo.
La crisis bursátil repercute enseguida en toda la economía norteamericana. Se arruinan las
empresas en situación frágil, por la restricción de créditos; el paro se convierte en angustia nacional.
La actitud del gobierno norteamericano fue contradictoria y, en el mejor de los casos, debe
calificarse como poco perspicaz. El presidente Hoover, en las semanas que siguieron al
hundimiento de la Bolsa neoyorkina, no dejó de hacer declaraciones optimistas, según él la
prosperidad estaba “a la vuelta de la esquina”. Más tarde, ante la prolongación de la depresión, se
reunió con los jefes de empresa, a los que pidió que mantuvieran los salarios y el empleo, pero era
más fácil desearlo que conseguirlo; las empresas en apuros no estaban en condiciones de mantener
un nivel de actividad normal. Hasta 1932 no se destinaron fondos federales de cierta cuantía para
socorrer a ferrocarriles y bancos; del problema no pareció hacerse una cuestión esencial en la Casa
Blanca. La política agrícola fue igualmente contradictoria. Primero el gobierno adquirió los
remanentes, pero esto produjo una situación extraña; el agrario era el único sector rentable, de venta
segura a precio sostenido; de esta manera la producción aumentó y a mediados de 1931 el gobierno,
incapaz de sostener este gasto inmenso, lanzó a la venta sus stocks, con lo que se hundieron los
precios y todo el sector del campo.
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Los Bancos fueron los más directamente afectados por la depresión; en 1929 se produjeron
642 quiebras; en 1930, 1945; en 1931, 2298. Como el 90 % de la circulación monetaria se efectuaba
en forma de cheques bancarios, la quiebra de un Banco provocaba la parálisis de la actividad de sus
clientes. Para afrontar la crisis los Bancos americanos repartieron capitales. De esta forma se
hundieron las instituciones de crédito austríacas y posteriormente muchas de las alemanas. Se
estaba produciendo la exportación de la crisis a los países europeos.
El retroceso de una economía que, como la norteamericana, tenía intereses mundiales, no se
reduce al ámbito bancario. La contracción del comercio norteamericano es evidente e intensa: las
exportaciones, entre 1929 y 1932, descienden de 5241 millones de dólares a 1611 millones; las
importaciones de 4300 a 1300. En 1930 el Congreso aprueba la tarifa Haeley-Smmot, que refuerza
la protección aduanera.
La crisis del comercio internacional contribuye a aumentar el caos, “la crisis alimenta la
crisis”. El volumen de los cambios baja de forma ostensible a partir de 1930 y alcanza su mínimo en
1932; en estos tres años se reducen en un tercio las mercancías intercambiadas y en dos tercios su
valor. Los remedios tradicionales, proteccionismo, devaluación, no parecen eficaces de manera
inmediata. Surge la desconfianza en las relaciones económicas internacionales. Se recurre a
acuerdos limitados entre dos países para equilibrar la balanza comercial y evitar el movimiento de
divisas. En algunos casos se recurre al dumping, a la conquista de mercados con precios de pérdida.
En 1939 todavía no habían encontrado los intercambios internacionales su ritmo de 1928.
La producción industrial se desfonda; en 1932 era un 38 % inferior a la de 1929. Ante las
dificultades de venta se produce el descenso drástico de los precios; las manufacturas bajan en un
30 %, las materias primas en un 50 %. El descenso de la producción es más fuerte en los países de
más amplia expansión de crédito, como Estados Unidos y Canadá, y en los que dependían de
capitales extranjeros, como Polonia y Alemania; y más débil en países de desarrollo lento, menos
enraizado en la Banca, como Francia e Inglaterra.
Las crisis comienza afectando a los países industrializados, pero pronto sacude también a los
países agrícolas. En primer lugar, no debemos olvidar que entre las raíces de la depresión ha de
contabilizarse la superproducción agraria. Pero además, por su misma estructura, el descenso de los
precios agrícolas es más rápido que el de los productos industriales. Las fábricas podían recurrir a
reducir la producción y a prescindir de mano de obra; en el campo, en cambio, al menos de manera
inmediata, no es posible la reducción de la producción y la eliminación de mano de obra. Al
descender más deprisa los precios agrícolas, el campo ve reducido su poder adquisitivo y los países
agrarios de América Latina y Europa sufren un deterioro de la relación de intercambio, reciben
menos dinero por sus productos del que han de pagar por los industriales. Así se produce una grave
crisis en la India, y en el Brasil, por el descenso de la cotización del café, y en Australia, por la baja
de la lana. La crisis es mundial, aunque afecta de manera más grave a los países de mayor desarrollo
industrial y a los agrícolas que basan su economía en un solo producto.
Alemania es, con Estados Unidos, el país más gravemente afectado por la depresión. El
índice de producción industrial desciende casi a la mitad desde 1929 a 1932. Todos los sectores son
afectados; la producción de acero se reduce un tercio, la de las industrias mecánicas en un 40 % en
dos años, los parados se cuentan por millones, hasta alcanzar la terrible cota de los seis millones en
1932. ¿Cuál es la causa de este cataclismo? Se pensó que eran las reparaciones las que mantenían en
precario la estabilidad de la economía alemana, y en julio de 1932 la conferencia de Lausana acordó
suspender los pagos y anular el 90 % de la deuda, más entonces se comprobó que el mal no residía
en las anualidades de las reparaciones ni, por tanto, en su suspensión la solución. El problema
estribaba en la dependencia de los capitales norteamericanos. Los Bancos alemanes se habían
habituado, ante la imposibilidad de encontrarlos en el mercado interior, a solicitar capitales a los
Bancos de Nueva York; se estima que en 1931 los créditos ascendían a la cifra de 20,6 billones de
marcos, otorgados a plazo corto y, por lo tanto, expuestos a los avatares de cualquier oscilación de
la coyuntura o del pánico de los inversores. Con la crisis de los Bancos norteamericanos,
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apremiados por sus accionistas y depositarios, se apresuraron a retirar fondos de Europa; esta acción
resulta demoledora para los Bancos alemanes. Cien millones de marcos abandonan Alemania a
mediados de julio de 1931, es una situación de desmantelamiento. Los Bancos privados no
disponían de cobertura en divisas, por lo cual cada retirada de fondos americana obligaba al
Reichsbank a alimentarlos a costa de sus reservas, lo que debilitaba el marco y hacía más costosa la
devolución de los créditos. Es otro de los infernales círculos cerrados que se produjeron durante la
depresión. Al rechazar el Reichstag las medidas económicas que el gobierno propuso, es disuelto y
se convoca consulta electoral, en la que se produce el ascenso del partido nacional-socialista de
Hitler.
En mayo de 1931 el Kredit Anstalt de Viena, cuyo balance representaba el 70 % de los
fondos bancarios austríacos, suspende pagos. Por estos meses se habla de la unión aduanera de
Austria y Alemania, pero los aliados veían en ella el primer paso para la unificación política
prohibida por el Tratado de Versalles. La retirada de fondos norteamericanos había sumido en una
grave situación las finanzas austriacas y alemanas.
De los grandes países europeos Francia es el menos sacudido por la depresión; no es tan
intensa la reducción de sus índices industriales ni alcanza las cotas de parados, que a su vez reflejan
las de quiebras de empresas, de otras potencias. Quizá su menor nivel de industrialización y su
agricultura diversificada le permitieron luchar con mayor eficacia. Sin embargo no deja de
experimentar dificultades especialmente tras la devaluación de la libra, que convierte a los
productos franceses en caros y escasamente competitivos. Aunque resiste los primeros meses luego
se producen quiebras bancarias y estallan escándalos que muestran la colusión entre políticos y
hombres de negocios, como la muerte misteriosa de Stawisky, director del Crédito Municipal de
Bayona.
El Reino Unido es el menos afectado por la depresión, constatación que convierte en
particularmente interesante el análisis de su situación. Sus ventajas son de diversa índole. En primer
lugar, no se encuentra sobreequipada, como Estados Unidos y Alemania; la larga crisis de
posguerra, de la que no había salido del todo, se vuelve en 1929 factor suavizador; en segundo
lugar, dispone de reservas de oro en sus dominios, con lo que evita el drenaje que tanto afectó a
Alemania; posee un imperio mundial que le permite un circuito comercial interior independiente de
la situación internacional. Pero su situación de privilegio depende, sobre todo, de la dinámica de
precios que se desata durante la crisis. La Gran Bretaña, exportadora de bienes de equipo e
importadora de alimentos, se encuentra con el descenso casi generalizado de los precios de sus
importaciones, lo que permite a los industriales británicos abaratar sus propios productos y
mantener su competitividad, y a los consumidores de la isla orientar su capacidad adquisitiva hacia
la compra de productos industriales ingleses en la medida que ahorran en gastos consuntivos. Las
exportaciones caen, pero esta caída no es paralela a la de la producción, porque se ha incrementado
la capacidad de colocación en el mercado interior. Si el descenso del consumo es un signo fatídico
del año 29, en el caso inglés la peculiaridad se refleja precisamente en mantenimiento de la
capacidad de consumo popular; cuatro de cada cinco ingleses conservan su nivel de rentas anterior
al año fatídico, los audaces programas sociales de apoyo a la construcción y subsidio al paro
permitieron que incluso el quinto restante gozara de una mínima capacidad de demanda. Un
gobierno de concentración, cuya formación significa que Gran Bretaña considera que vive en una
situación excepcional pareja a la de una guerra, afrontó con energía el envite de la grave coyuntura.
Los sectores industriales británicos antiguos son renovados aprovechando el desafío. La
Comisión de reorganización de minas de carbón, creada en 1930, centró en el trabajo minero una de
las formas de lucha contra el paro; la producción se mantuvo, aunque la exportación bajó
lentamente. En la siderurgia, tras una caída brusca de la producción de acero, de 9,2 millones de
toneladas en 1929 a 5,2 millones en 1931, se relanzó vigorosamente y consiguió alcanzar los 13
millones de toneladas en 1937. Ante el hundimiento de la construcción naval el gobierno propició la
concentración en un pequeño número de empresas y astilleros. El sector automovilístico no fue
prácticamente afectado, ni el eléctrico, ni el de la construcción. Pero para salir relativamente del
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gran desafío el gobierno hubo de renunciar a algunas de sus tradiciones. Tras muchos titubeos hubo
de abandonar el patrón oro y devaluar la libra. Y olvidando que durante un siglo había sido
Inglaterra la campeona del librecambismo tuvo que establecer una tarifa proteccionista, que gravaba
con un 50 % las importaciones de lujo, los instrumentos eléctricos y los productos textiles.
Derechos diferenciales dificultaron el acceso a la isla de productos extranjeros y se hizo más
ostentosa la situación de régimen cerrado en que Gran Bretaña vivió durante tres o cuatro años.
En 1933 se reúnen las grandes potencias en la conferencia de Londres para buscar
soluciones a la reducción del comercio internacional y a la crisis de los medios de pago, una vez
que Gran Bretaña ha abandonado el patrón oro; los países que se apoyaban en sus reservas de libras
se encontraban con divisas despreciadas. Los problemas eran internacionales, las soluciones
también tenían que serlo, puesto que una decisión de una potencia, como la de Gran Bretaña, y la
que se entreveía de devaluación del dólar, repercutía en todo el mundo. Washington accedió a
acudir a una conferencia internacional, advirtiendo que no consentiría que en ella se tratara la
revisión de las deudas de guerra. La conferencia se inauguró el 12 de junio; se aceptó una tregua
aduanera y pasó a discutirse una tregua monetaria; en este punto los norteamericanos, dispuestos a
devaluar su moneda y estimando que los ingleses defendían una postura egoísta, porque la libra ya
devaluada les había situado en un nivel fuertemente competitivo, adoptaron una negativa total. La
dura nota de Roosevelt hizo abandonar cualquier esperanza de acuerdo. A partir de entonces cada
nación iba a ocuparse exclusivamente de sí misma. Los políticos que postulaban la autarquía
económica, como los dirigentes nazis en Alemania, disponía ya de un argumento irrebatible.
En 1933 los demócratas sustituyen a la administración republicana de Hoover, tras el triunfo
electoral del presidente Franklin Delano Roosevelt. Su política económica, denominada del New
Deal, se centró en actuar de forma enérgica sobre lo que se consideraban causas de la depresión.
Sus primeras medidas fueron de orden financiero; era preciso salvar el sistema crediticio. La
Reconstruction Finance Corporation, creada por Hoover para conceder préstamos a los Bancos,
sólo había aumentado su endeudamiento; Roosevelt utiliza el mismo organismo para ayudar a los
Bancos mediante una participación en su capital. Luego procedió a la devaluación del dólar con el
objetivo de provocar un aumento de los precios interiores, ya que el descenso de los precios era una
de las vertientes de la catástrofe. Una ley autoriza al presidente a acuñar monedas de plata en
cantidades ilimitadas. Se produce con estas dos medidas una inflación, pero se acepta como medio
de estimular la economía.
En el orden agrícola, ante la acumulación de excedentes, Roosevelt se decide a actuar sobre
la producción; a los agricultores se les invita a que consientan en reducir voluntariamente sus
cosechas a cambio de una indemnización, que se pagaría con la recaudación de un impuesto
especial a los industriales que efectuaban las primeras transformaciones del producto agrícola. El
efecto inmediato de la reducción de las cosechas era la subida de los precios, con lo que se
contrarrestaba otro de los elementos depresivos. La reguladora legal de esta tarea fue la AAA
(Agricultural Adjustment Act). Los inconvenientes con que se encontró en su gestión no fueron
leves. Los agricultores que aceptaban cooperar recibían un doble beneficio: la indemnización y la
subida de los precios. Pero los que no aceptaban podían beneficiarse en mayor cuantía de la subida
incrementando su cosecha, con lo que se neutralizaría la política de freno de la superproducción. La
Ley Baukhead hizo obligatorias para los productores de algodón las restricciones establecidas por la
AAA, pero esto suponía un atentado contra la libertad empresarial. Por otra parte la carestía de los
alimentos agravaba los problemas sociales de las ciudades. La sequía y las malas cosechas de 1934
a 1936 ayudaron a la administración a mantener en dimensiones moderadas la producción agraria.
En el terreno industrial Roosevelt estableció medidas revolucionarias. Se buscaba,
asegurando un beneficio razonable a la industria, aumentar los salarios, reducir las horas de trabajo
y conseguir precios más altos, para corregir los descensos provocados por la depresión. Se
establecieron unos códigos para cada industria.
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Este intervensionismo estatal chocaba con la tradición americana de libre empresa, y en
1936 algunas de sus disposiciones, como la AAA, fueron invalidadas por el Tribunal Supremo; es el
final de lo que se ha llamad o el “primer New Deal”. Desde el punto de vista social la ayuda a los
parados, aparte de su humanitarismo, reforzó las medidas de subidas de salarios. Se creaba una
masa con un cierto nivel de compra, única salida de una etapa en la que por superproducción o por
subconsumo se había generalizado la ruina. La política rooseveltiana rompe con una tradición
norteamericana de inhibición estatal en cuestiones económicas y representa, por otra parte, uno de
los procedimientos –subidas de precios y salarios– con los que se luchó contra la depresión.
En un doble sentido repercute la gran depresión económica en el ámbito político: en el orden
internacional interrumpe la atmósfera de concordia abierta por Locarno, en las políticas nacionales
reafirma el intervensionismo estatal y los gobiernos de autoridad.
En la vida política internacional se recrudecen los nacionalismos. La vuelta al
proteccionismo, el resentimiento que provoca en algunos Estados la comprobación de que otros
salen con mayor facilidad del marasmo –es el caso de Inglaterra– sin que les preocupe ayudar a los
que se encuentran en peor situación, el fracaso de los intentos de colaboración, como la conferencia
de Londres de 1933, crean una atmósfera de hostilidad entre las grandes potencias, que es
aguijoneada por los movimientos nacionalistas, como el fascismo italiano y el nazismo alemán. La
depresión es el adiós a Locarno; comprobada la imposibilidad de instaurar una era de
entendimiento, cada potencia se desentenderá de los problemas colectivos. El camino hacia la
guerra comienza por una actitud de recelo e insolidaridad, esa actitud se adopta durante los tres años
de la gran depresión.
En el orden de la política interior se produce el descrédito de la democracia parlamentaria.
El liberalismo, que postulaba la inhibición del Estado en el campo económico, no puede defenderse,
arguyen sus críticos con la experiencia de los años de ruina. Al demostrarse la necesidad de la
intervención estatal se refuerzan los gobiernos autoritarios. En 1933, fuera de la América del Norte
y la Europa Occidental y del Norte, no existen regímenes liberales en el mundo. En contraposición
se produce el ascenso de los sistemas totalitarios; el caso del nazismo alemán puede considerarse
paradigmático. Hitler asciende al poder en enero de 1933 aupado por los seis millones de parados;
existe un paralelismo asombroso entre el incremento del paro y el de los votos nazis en las
elecciones, entre 1925 y 1932. Incluso en los países liberales se percibe un aumento de la influencia
de los partidos fascistas; nunca llega a ser fuerte el fascismo inglés, dirigido por Oswald Mosley,
pero sí adquiere importancia el belga, encabezado por León Degrelle. Grupos parafascistas obtienen
éxitos electorales relativos, que les permiten comparecer en el Parlamento, en Suiza, Dinamarca y
Noruega.
La crisis repercute en diversas esferas de la vida social. En primer lugar en la demografía. El
rápido desarrollo de la población, perfil de la civilización industrial, se detiene, y en algunos casos
se produce una regresión. En realidad en Europa la crisis demográfica se inicia con la Primera
Guerra Mundial, pero dentro de un periodo más amplio los tres años de depresión económica y los
años que la siguen destacan por una agudización de las tendencias contractivas. En Inglaterra,
donde en el último decenio del S. XIX el incremento demográfico había sido de un 13 %, en los
años 30 al 40 del S. XX es solamente de 4,5%; en Estados Unidos la población había aumentado en
17 millones de habitantes en los años 20 y lo hace en 9 millones en los años 30. El número de
matrimonios no disminuye pero sí la natalidad; esta diferencia entre natalidad y nupcialidad puede
imputarse a la crisis, estiman Reinhard y Armengaud. En bastante países la natalidad desciende por
debajo de las curvas de mortalidad, con lo que se produce un déficit en la renovación de la
población.
En Inglaterra, Keynes y otros economistas consideran que el impulso demográfico se ha
producido en la época de la expansión industrial y que, por tanto, habiéndose producido una
parálisis de esta expansión debe paralelamente frenarse el crecimiento de la población. En este
ambiente de pesimismo las autoridades religiosas se resignan al control de los nacimientos, como
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demuestra la conferencia anglicana de Lambeth (1930). Por el contrario, los países totalitarios,
temerosos de la repercusión que un descenso de la natalidad puede tener en su potencial militar,
estimulan los nacimientos. En Alemania se considera la restricción de la fecundidad un suicidio
nacional; en Italia, Mussolini inicia en 1927 la “batalla de los nacimientos”.
Los movimientos de población también son afectados. Se detiene la concentración urbana;
una industria en crisis no puede absorber más mano de obra. Se paraliza la emigración
intercontinental; los Estados se oponen a recibir bocas suplementarias de extranjeros. En este
ambiente comienza en 1933 la expulsión de judíos de Alemania.
No todos los grupos sociales son heridos con la misma intensidad por la crisis. Incluso hay
algunos sectores que se benefician; el descenso de precios aumenta la capacidad adquisitiva de los
grupos que mantienen su nivel de ingresos o sus salarios, como ocurre con los propietarios de
inmuebles, rentistas y funcionarios. Para la mayoría las posibilidades adquisitivas disminuyen de
manera inevitable. Las profesiones liberales se encuentran con una clientela empobrecida. Los
accionistas se arruinan. Los obreros viven la angustia del paro o, en el mejor de los casos, el
descenso drástico de los salarios. En algunos países, como Estados Unidos o Gran Bretaña,
instituciones asistenciales ponen remedios momentáneos a los problemas de los parados; en otros
no existen o son insuficientes las organizaciones de socorro, y la supervivencia es un milagro.
Crouzet calcula que en Budapest en 1932 sólo reciben asistencia un 18 % de los que la necesitan, y
en Varsovia el 8% de los parados, y añade: A menudo la familia ha subsistido gracias a la
solidaridad de sus miembros, alimentada por quienquiera que hubiese encontrado trabajo o bien por
los demás parientes que seguían en el campo. Sólo la vida en común, reuniendo las ganancias a
veces irrisorias de todos, les ha impedido morir de hambre.
Entre las masas proletarias la hostilidad al capitalismo es universal, con lo que el incremento
de los movimientos obreros es significativo. El socialismo se aleja y entra en el juego de la
democracia parlamentaria, para presionar desde dentro. En casi todos los países se fortalecen los
sindicatos y los partidos políticos de base proletaria.
En el orden internacional se produce una crisis de conciencia o de valores. Romaind Rolland
escribe a Gnadhi que es necesario un cambio profundo en la manera de vivir. La crítica de la ciencia
que aparece en la filosofía de Marcel es de este momento. Influencia directa de la depresión se
percibe en la literatura americana. La “generación perdida”, realista, negativa, descarnada, tiene una
influencia enorme sobre la sociedad americana y europea, a la vez que es reflejo de esa sociedad y
sus contradicciones. En esa atmósfera escribe Steinbeck sus novelas de protesta, que luego
abandonará, Erksine Caldwell sus cuentos negros sobre los poderes blancos, Hemingway sus relatos
sobre la derrota del esfuerzo humano, Faulkner sus violentos temas del Sur, Dos Passos sus amargas
críticas sociales.
La revisión del pensamiento económico se convierte en una necesidad. Keynes es el teórico
clásico de la crisis y sus remedios. En 1936 publica su Teoría general del empleo, interés y dinero.
Las teorías neoclásicas consideraban economía sana la de pleno empleo y equilibrio ofertademanda, pero la crisis es un impacto, la economía capitalista se encuentra con la ruina y el paro
como resultado de la prosperidad. Algunos economistas pensaron que con una reducción de los
salarios podrían las empresas aumentar el nivel de empleo. La importancia mayor de Keynes en este
momento fue demostrar la falacia de esta argumentación. Keynes alega que el nivel de empleo no
depende del nivel de los salarios, sino de otras variables, como la capacidad de consumo y la
inversión. Un descenso de los salarios tiende a deprimir el empleo y la actividad. El economista
inglés entiende que la depresión se ha producido por una disminución de la demanda, provocada
por múltiples causas –saturación del mercado, aumento mínimo del consumo de las clases ricas, una
vez cubiertas sus necesidades, etc. Ha de actuarse sobre la demanda. Ha de provocarse un aumento
del empleo provocando una demanda efectiva. ¿Cómo? Keynes sugiere una serie de remedios o
estímulos: en primer lugar, lanzamiento a la circulación de dinero abundante, renunciando al patrón
oro si es preciso; se le objetó la inflación inmediata, pero Keynes replicó que no se produciría
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mientras existiera paro. En segundo, aumento de la inversión pública, por medio de grandes obras,
que implican puestos de trabajo y aumento del poder de compra de los obreros. Posteriormente se
han criticado las doctrinas de Keynes, pero en aquel momento su aplicación se reveló eficaz en
algunos países.
La rapidez con que se ha propagado este cataclismo económico ha planteado numerosas
interrogantes, referidas en primer lugar al hundimiento de la economía americana y en segundo a su
difusión a escala mundial. Varios autores, y entre ellos relevantes especialistas de historia
económica, han dado versiones que en bastantes casos no pasan de ser hipótesis: Galbraith,
Schumpeter, Neré, Kindleberger, Schlesinger en su obra sobre Roosevelt, han aportado un
admirable esfuerzo intelectual para iluminar este extraño proceso de una economía de crecimiento
repentinamente hundida, pero la razón principal de la crisis, si es que existe una sola, no es
conocida todavía, y en los diversos trabajos se señala la superproducción o la especulación como
desencadenantes para rebajar en otros estudios su importancia. Aun sin coincidir totalmente en su
valoración, todos los especialistas señalan como una de las raíces de la crisis la afluencia de
capitales a los Estados Unidos y el desafortunado papel que desempeñó el Banco de Reserva
Federal al no adoptar medidas que frenaran este drenaje de capitales que infló la cartera de valores
estadounidenses y acumuló en Nueva York parte de las reservas bancarias londinenses; en 1929
asciende a 2.000 millones de dólares el total de capitales extranjeros que se cobijan en Estados
Unidos. Lord Robbins asegura que esta fue la causa única de la inflación de las cotizaciones; con
abundancia de dinero la especulación era inexorable. La razón principal de la afluencia fue la alta
tasa de interés ofrecida por Estados Unidos; hubiera sido suficiente su reducción para que los
capitales especulativos hubieran regresado a sus países de origen. En 1927 tres dirigentes europeos,
Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra; Charles Rist, delegado del Banco de
Francia, y el doctor Schacht, gobernador del Reichsbank, viajaron a Estados Unidos para obtener
una reducción de las tasas de descuento, pero el medio punto que se les concedió no fue suficiente
incentivo para la salida de capitales y se convirtió en otro factor de inflación al inyectar nuevas
masas líquidas en los mecanismos especulativos. No obstante, no explica la duración de la crisis la
dirección única de los movimientos de dinero. Schumpeter cree que coinciden con la crisis bursátil
oscilaciones más amplias de la coyuntura, un ciclo Kondratieff de 15 años, un ciclo Juglar de 9 y un
tercero más corto Kitchin, pero la regularidad de los ciclos, a partir de la Primera Guerra Mundial,
ha sido puesta en entredicho. Kindleberger, en una obra de 1973, distingue entre crisis y depresión;
esta segunda, de mayor duración y extensión geográfica, no puede explicarse por los mecanismos
de superproducción y bajada de precios; en su versión, la depresión internacional se debe a las
posiciones nacionalistas de los grandes Estados, que actúan como empresas rivales en un régimen
de oligopolio; las devaluaciones de las monedas claves son reacciones proteccionistas frente a las
agresiones externas. Para Kindleberger, por tanto, la magnitud de la depresión dependió
fundamentalmente de la estructura del comercio internacional en el que predominan
abrumadoramente las grandes potencias, y de la política económica, manifestación, en definitiva, de
la política general.
Niveau señala tres factores coyunturales, refiriéndose a la crisis en Estados Unidos, y
factores estructurales, que explicarían la internacionalización de la depresión. Los factores
coyunturales se resumen en una reacción en cadena: 1º., quiebras bancarias que comprometen la
capacidad de crédito y la confianza de los depositantes; 2º., se favorece el atesoramiento de oro y
billetes, y se paraliza la inversión; 3º., la bajada de precios reduce el poder de compra de los
productores; 4º., reacciones psicológicas de consumidores e inversores agravan la reducción de la
actividad. La inquietud y el pesimismo sustituyen a la euforia. Los factores estructurales se resumen
en las dimensiones mundiales de la economía americana y en sus exportaciones de capitales.
Alemania y algunos países de América Central y del Sur se vieron privados, con la repatriación de
los capitales norteamericanos, de sus medios de financiación y tuvieron que dejar de comprar las
mercancías americanas. Es el primer paso para una perturbación universal de los intercambios
comerciales. Niveau concluye que el periodo de entreguerras es de transición entre el final del
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capitalismo del S. XIX y el capitalismo moderno nacido de la Segunda Guerra Mundial, adaptación
que exige tiempo. 1929 señalaría un desajuste en esa transformación del capitalismo.
En esta posición coincide con Neré, que concluye su libro con la tesis de que un gran
acontecimiento histórico, la Primera Guerra Mundial, y sus repercusiones sobre los mecanismos de
producción y las corrientes comerciales difuminan los elementos constitutivos de las crisis
ordinarias, como los movimientos de larga duración de los precios o los ciclos Kondratieff
(comprobamos que también Neré minimiza los factores coyunturales que había señalado
Schumpeter).
Probablemente el cataclismo sólo puede entenderse si se atiende a procesos muy diversos,
de ahí que nos parezca interesante recoger lo que Galbraith llama “cinco causas íntimas o cinco
puntos débiles” del sistema económico vigente, en 1929, en Estados Unidos:
1º. Pésima distribución de la renta. El 5 % de los norteamericanos percibe la tercera parte de
la renta nacional, así se explica el elevado porcentaje de inversión en bienes suntuarios y la escasa
capacidad de consumo popular.
2º. Deficiente estructura de las sociedades anónimas. En las empresas se había abierto las
puertas a un número excepcionalmente alto de promotores, arribistas, sinvergüenzas, impostores.
Galbraith habla de latrocinios corporativos; cada trusts de inversión paga los dividendos de las
compañías recién creadas y, por tanto, ha de restringir su capacidad de inversión futura. Llega un
momento en que al reducirse los beneficios se viene abajo toda la pirámide de empresas creadas
irresponsablemente.
3º. Ineficacia en la estructura bancaria, con préstamos imprudentes, actitudes especulativas,
alegre multiplicación de entidades y unos mecanismos peligrosos; cuando un Banco quebraba, los
activos de los demás quedaban inmovilizados mientras los depositantes, de cualquier parte que
fuesen, sentían un irresistible deseo de retirar su dinero. Ya antes de la depresión las quiebras
bancarias constituían un espectáculo normal; en los seis primeros meses de 1929 quebraron 346
Bancos de distintas localidades.
4º. Inconveniente situación en la balanza de pagos. Durante la Primera Guerra Mundial
Estados Unidos se convierte en acreedor internacional; al mismo tiempo las exportaciones
norteamericanas crecen a rápido ritmo y muchas naciones han de remitir oro y divisas para saldar
deudas y pagar las mercancías. Era una situación insostenible, porque las otras naciones no podían
afrontar durante mucho tiempo los pagos en oro, y por lo tanto o aumentaban sus exportaciones a
Estados Unidos o reducían sus importaciones de artículos norteamericanos. Este desequilibrio y esta
prepotencia de Estados Unidos constituye un elemento clave en los orígenes de la depresión.
5º. Incapacidad conceptual de la teoría económica en aquella situación nueva, lo que
explica los remedios tardíos e incluso erróneos que se aplicaron. Para los economistas clásicos era
objetivo primordial el presupuesto equilibrado y el impedimento de cualquier manifestación
inflacionista. Tras la crisis Keynes propuso precisamente como salida una posición beligerante de
los gobiernos recurriendo a presupuestos deficitarios para estimular el relanzamiento.
No nos confunda la pluralidad de procesos, la diversidad de teorías. La Gran Guerra había
constituido un acontecimiento sin precedentes, y sus secuelas en el campo de la economía se
presentaron a los ojos de los hombres de los años veinte como algo desconocido; el capitalismo de
dimensiones ecuménicas y la prosperidad tenían fallos. La angustia de la crisis constituyó una
severa advertencia. Neré concluye que la lección se aprovechó tras la segunda contienda universal.
La nueva posguerra sería la que demostrase la capacidad de adaptación del mundo y de las
personas. Diez años después de la paz de 1919, la crisis se hacía presente. Diez años después de la
guerra de 1945, reinaba la prosperidad. Las lecciones de la experiencia no habían sido infructuosas.
Ascenso de los totalitarismos: estalinismo, fascismo, nazismo
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Durante el periodo de entreguerras la democracia se convirtió en un valor en baja en el
continente europeo. Si por falta de tradición se aclimató muy mal en Europa oriental, fue acusada en
Europa occidental de haber sido incapaz de detener la guerra, en el mejor de los casos, o de haberla
engendrado en otros. Fueron años de crisis económica, pero sobre todo de un profundo abatimiento
moral, en el que el mundo se arrojó en brazos de los “superhombres”, decididos a erradicar la
libertad.
Engrandecieron al Estado en detrimento de la persona. Aquel Estado que desde su origen se
empeñó en doblegar a la sociedad, se disponía a dar el asalto definitivo con soluciones sempiternas,
aplicables naturalmente por la fuerza y en definitiva por la muerte. Así pues, a una guerra sucedió
otra más cruel. O sí se prefiere, como algunos historiadores han querido ver, se produjo sólo una
pausa para proceder a dar remate a lo que algunos han dado en llamar la “nueva guerra de los
Treinta Años”.
El estallido del segundo conflicto universal no se puede explicar por una única causa. Se
trata más bien de todo un conjunto de fenómenos, localizados en el periodo de entreguerras, que
confluyen a desencadenarlo el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de Polonia. En
consecuencia, es de todo punto necesario estudiar con detenimiento el proceso histórico que se
desarrolla en la segunda y tercera décadas del S. XX, años en los que la democracia sufre una
quiebra profunda.
No es del todo desacertado clasificar con el único nombre de totalitarismos estos tres
ensayos políticos del periodo de entreguerras, puesto que en los tres se descubren toda una serie de
rasgos ideológicos comunes, tendentes a liquidar a la persona. Para dichas ideologías sólo es objeto
de consideración lo colectivo: la clase, la nación, la raza, el partido y en definitiva el Estado.
Asimismo, estos tres planteamientos, en cuanto que se proponen imponerse como soluciones
globales se desvelan con pretensiones filosóficas, que ofrecen una visión del hombre y del mundo
más allá de lo político. En este sentido, como todo sistema filosófico, ofrecen su peculiar método de
conocimiento, según el cual la verdad deja de ser la meta a la que se tiende mediante el esfuerzo
intelectual, para convertirse en una fórmula dictada oficialmente desde el poder, ante la que no cabe
otra actitud que el acatamiento. Se podría señalar, además, como otro de los rasgos comunes a los
tres sistemas, su entronque con los planteamientos evolucionistas decimonónicos, en los que
sustentan su concepción orgánica de la sociedad. Los totalitarismos, además, al asumir la tradición
ideológica del positivismo del S. XIX, construyen su edificio sobre los elementos de la
secularización y el cienticifismo.
Igualmente, los tres totalitarismos coinciden en determinadas prácticas políticas. Son
oportunistas y participan en el juego democrático hasta que se hacen con el poder; momento a partir
del cual erradican la libertad y el pluralismo, objetivo a su vez por el que justifican la violencia y el
terror del Estado, capaz no sólo de eliminar físicamente a personas o a grupos concretos, sino de
llegar incluso a la práctica del genocidio. Pura congruencia con su ideología, en suma, al convertir
al Estado en el fundamento y, en definitiva, en el único concesionario y dispensador absoluto de los
derechos que cada persona posee de un modo inalienable, conforme a su naturaleza. Desde esta
perspectiva hay que juzgar sus constituciones, sus declaraciones de derechos y sus parlamentos.
Poseen los elementos externos de la democracia, e incluso pueden incluir tal concepto en su
denominación oficial, pero prostituyen sus funciones, por lo que presentan una patología de
democracias gangrenadas.
Como derivación de todo lo dicho hasta ahora, los tres regímenes imponen el partido único,
al que despojan de cualquier vestigio de democracia interna, por el método expeditivo de la
eliminación de los disidentes o desviacionistas. Así las cosas, el partido no tiene otra razón de ser
que la conquista y el mantenimiento en el poder de quienes lo controlan, objetivo que se consigue
mediante el recurso al golpe y la exaltación de la violencia, acciones que se encubren por la
propaganda totalitaria con el eufemismo de la revolución.
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Ahora bien, si queremos conocer con precisión las tres manifestaciones del totalitarismo
debemos traspasar el análisis de sus rasgos comunes, pues tan importantes como las semejanzas son
las diferencias que esgrimen para enfrentarse entre ellos. Al carácter internacional del comunismo
se opone el racismo y el nacionalismo de los fascistas y los nazis, aunque también es verdad que
éstos últimos proponen una política exterior imperialista. Por otro lado, si bien es cierto que los
fascistas niegan la existencia de la lucha de clases, los comunistas por su parte prometen su
extinción en el futuro. Y, en fin, frente a la absolutización del Estado fascista se podría oponer la
provisional dictadura del proletariado como etapa previa y necesaria a la desaparición del Estado,
aunque al día de hoy ya sabemos que tal provisionalidad sólo concluye cuando desaparece el
régimen comunista.
En el verano de 1917 se presentía el final de la Primera Guerra Mundial. Al
desmoronamiento de los frentes de guerra, a la desmoralización del ejército ruso y a la intentona
fracasada del general Kornilov, vino a añadirse la incapacidad del gobierno de Kerenski, que no
contaba ya con el respaldo del ejército. La falta de disciplina, primero, y las numerosas deserciones,
después, hicieron mella en el ejército ruso, que favoreció el ascenso de los bolcheviques en los
soviets, por cuanto éstos prometían la retirada de Rusia de la guerra mundial y el reparto de la tierra
de los campesinos entre los soldados. Únicamente los cosacos, el batallón femenino y los cadetes
mantuvieron su lealtad a Kerenski y posteriormente al gobierno provisional, tras su dimisión.
Con el fondo de este decadente escenario se iban a desarrollar los primeros momentos del
protagonismo histórico de Lenin, cuyo verdadero nombre era Vladimir Ilitch Ulianov. A poco que
se repasen los libros se podrá observar en no pocos de ellos el maquillaje que oculta su verdadera
personalidad, pues Lenin es el fundamento del totalitarismo comunista. Su pensamiento se nutre en
la exaltación de la violencia y en la tiranía: La revolución –llegó a escribir– no puede hacerse sin
pelotones de ejecución, la revolución camina con lentitud porque se fusila muy poco. Paul Johnson
ha escrito que la diferencia entre Lenin y Stalin, radica en que éste último impulsó el terror hasta el
seno del partido, la vanguardia del proletariado, lo que no debe ocultar, como indica el autor de
Tiempos modernos, que el exterminio de los disidentes es pura y esencialmente marxismoleninismo. En la biogR.A.F.ía escrita por Héléne Carrére d´Encausse, esta autora concluye que fue
Lenin el fundador de un Estado totalitario, sustentado sobre el trípode del partido comunista, la
policía política y el ejército; según esta autora, Trotski actuó de ejecutor militar y Stalin prolongó
dicho Estado totalitario, diseñado por Lenin con una voluntad y ferocidad implacables, sin que sus
cimientos pudieran ser modificados por nadie hasta la caída del comunismo.
Lenin había nacido en Simbirsk, una perdida aldea a orillas del Volga, en 1870. Más tarde
dicha aldea pasó a llamarse Ulianovsk en su honor. Su padre era inspector de enseñanza y su madre
estaba entroncada con la pequeña nobleza alemana. Del matrimonio nacieron cinco hijos, de los que
el mayor fue condenado a muerte acusado de atentar contra el zar Alejandro II. Lenin, que vivió la
tragedia familiar con 17 años, nunca olvidaría este acontecimiento.
En principio comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Kazan, de la que fue
expulsado, por lo que acabaría la carrera de abogado en la Universidad de San Petersburgo. Desde
entonces era reconocido como la cabeza de un grupo de intelectuales marxistas, que en 1895 se
constituyó formalmente con el nombre de Unión de Combate de San Petersburgo para la libertad de
la clase obrera. Ese mismo año fue condenado a prisión y posteriormente fue desterrado a Siberia.
Tras cumplir su condena en 1900 realizó diversos viajes por Europa con el fin de aglutinar bajo la
ortodoxia marxista a los socialdemócratas rusos del exilio. Para este objetivo contó con la
colaboración de Plejanov, Zasulich, Axelrod, Protesov y Martov en la fundación del periódico Iskra
(“La Chispa”). En la primera nochebuena del S. XX salió a la luz Iskra, inaugurando toda una
producción periodística al servicio del partido, que los comunistas supieron utilizar como arma de
propaganda. No en vano se le atribuyen a Lenin 1.234 artículos en diferentes periódicos, así como
su participación directa en Vpariod, Proletari, Novaia, Zhizn, Sotsial-Demokrat y naturalmente
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Pravda. Además de estos trabajos, se deben destacar como sus obras más conocidas las siguientes:
¿Qué hacer? (1902), Materialismo y empirocriticismo (1909), El imperialismo, última fase del
capitalismo (1916) y El Estado y la Revolución (1917).
En 1903 puede situarse su primer despunte político al obtener sus partidarios la mayoría en
el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso; desde entonces fueron conocidos
como bolcheviques. Los minoritarios o mencheviques, defensores de las tesis revisionistas de
Bernstein, soportaron una incómoda relación con los vencedores, hasta que por fin fueron
expulsados del partido en 1912 en la reunión celebrada aquel año en Praga. Su segunda aparición
histórica importante se produjo en los momentos de desmoralización del ejército ruso al término de
la guerra mundial. Por entonces, cuando Rusia soportaba tan calamitosas condiciones económicas,
Lenin se trasladó desde Austria hasta su patria, con la colaboración de las autoridades alemanas que
le facilitaron su tránsito en el famoso vagón precintado. En la primavera de 1917 Lenin se
encontraba en la Rusia de los zares, dispuesto a transformarla en una república socialista soviética.
En el mes de julio fracasó un intento revolucionario, a consecuencia del cual Trotski, junto con
otros dirigentes, fue arrestado. Lenin consiguió refugiarse en Finlandia, donde escribió El Estado y
la Revolución, durante los meses de agosto y septiembre. En esta obra, Lenin interpretó la teoría del
Estado marxista en torno a la dictadura del proletariado, que en su pensamiento se convertía en la
maquinaria de la represión de la mayoría de los explotados frente a la dictadura burguesa de los
explotadores. En dicha obra se puede leer lo siguiente: La dictadura de una sola clase es necesaria
no sólo para las sociedades clasistas en general, no sólo para el proletariado después de haber
abatido a la burguesía, sino para todo el periodo histórico que separa el capitalismo de la sociedad
sin clases: el comunismo. Sólo con la instauración del comunismo se extingue el Estado y se llega a
la libertad.
En estos términos, Lenin reelaboraba las doctrinas de Marx, de modo que la ideología
marxista-leninista se mostraba en su plenitud totalitaria, erigida sobre dos pilares. De una parte,
Lenin elevó a categoría dogmática el marxismo, en cuanto quedaba erradicada la discusión
intelectual sobre la doctrina; sus postulados se enuncian para su aceptación y como justificación de
la praxis. Y, en segundo lugar, Lenin descubrió un nuevo agente encargado de transformar la teoría
en realidad histórica. Al margen de exposiciones teóricas, tal responsabilidad no se iba a
encomendar ni al proletariado, ni al partido, sino a los revolucionarios profesionales a los que el
Comité Central, y en definitiva su secretario, encomendaran esa misión.
Así las cosas, el 9 de octubre de 1917 Lenin creó un Buró Político con el fin de dirigir la
revolución, a la vez que había constituido un Comité Militar Revolucionario, controlado por el
presidente del Soviet de Petrogrado, Trotski, a quien se encomendó la ejecución del golpe que les
abriría las puertas del poder. Entre el 24 y el 25 del mismo mes los revolucionarios ocuparon los
núcleos estratégicos de la ciudad y pusieron sitio al Palacio de Invierno, donde se encontraba el
gobierno provisional, que se rindió en la madrugada del día 26. Sólo la propaganda oficial y el
“arte” elaborado desde el poder han conseguido encontrar gestos sublimes y acciones heroicas,
donde la historia se topa con un golpe de Estado a la vieja usanza. Y es el propio Stalin el que
reconoce que la toma del poder la realizó el Comité Militar Revolucionario, pues el Congreso de los
Soviets se limitó a recibir el poder de manos del Soviet de Petrogrado.
Al hilo de los acontecimientos cabe afirmar que la actuación de Lenin fue un mentís de las
pretensiones científicas del marxismo acerca de las leyes “históricas” y “necesarias”. Los sucesos
de octubre marcan el principio de una dictadura, y no precisamente la del proletariado, que ha
sometido durante décadas a buena parte de la humanidad y a eliminado físicamente a unos 100
millones de personas sacrificadas al comunismo. Lenin, erigido en el primer dictador comunista de
Rusia, planteó una estrategia encaminada a conseguir cuatro objetivos, que a la postre darían origen
a la U.R.S.S.. En principio la eliminación de la oposición, surgida fuera del partido; en segundo
lugar la concentración de todo el poder en el partido; a continuación, la erradicación de opositores
internos; y, por último, la concentración del poder del partido en su persona. Estos han sido los
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fundamentos del totalitarismo comunista establecidos por Lenin y continuados por sus sucesores
hasta que se iniciaron las reformas durante el mandato de Gorbachov.
Así pues, en paralelo con las acciones golpistas de octubre, el II Congreso de los Soviets
aprobó tres decretos, por los que Rusia anunciaba su retirada de los frentes de guerra, el Estado se
incautaba de la propiedad de la tierra y se creaba el primer gobierno de Comisarios del Pueblo
(Sovnarkom), como institución política y suprema de la revolución, presidida por Lenin e integrada
por quince personas, entre las que cabe citar a Stalin y Trotski. El Comité Ejecutivo Central,
surgido de ese mismo congreso, fue copado por los bolcheviques, que consiguieron introducir a 62
de ellos entre el total de 100 individuos que lo componían.
Inmediatamente después se publicaron toda una serie de decretos para afianzar el nuevo
régimen. El 29 de octubre, una disposición anunciaba la supresión de cualquier periódico que se
opusiera al Sovnarkom; el resultado fue espectacular, pues en pocos días desaparecieron todas las
redacciones, a excepción de las de Pravda e Isveztia. Sometida la prensa, durante los meses de
noviembre fueron abolidas las distinciones militares, se nacionalizaron los bancos, el Estado
incautó las escuelas de la Iglesia, se legalizó el allanamiento del domicilio, se prohibió el derecho a
la huelga, que pasó a ser calificada como un crimen contra el pueblo, se estatalizaron las fábricas y
se redactó un código para uso y guía de los establecidos tribunales revolucionarios.
Si todas estas medidas se pueden considerar como elementos de la maquinaria totalitaria, la
pieza clave del engranaje se colocó el 7 de diciembre. Fue entonces cuando se disolvió el Comité
Militar Revolucionario para ser sustituido por la policía política, la Cheka (GPU desde 1922,
NKGB desde 1943). A Lenin se debe el diseño, y él fue quien encargó a Dzerhinski su dirección.
Tan sólo tres años después de su fundación contaba con 250.000 agentes, con capacidad para
ejecutar a un promedio de 1.000 personas al mes, inculpadas sólo de delitos políticos, entre los años
1918 y 1919. De acuerdo con uno de los decretos redactados por Lenin, su cometido era la
eliminación de la tierra rusa de todos los tipos de insectos dañinos. El código de Lenin suprimía el
delito personal, para dejar sitio a la eliminación corporativa. Los ejecutados, al decir de
Solzhenitsyn, eran considerados como ex personas por pertenecer a un determinado grupo o clase,
idéntico fundamento jurídico que animó las leyes nazis para eliminar a millones de personas, en este
caso por pertenecer a un determinado grupo racial. Lenin, por tanto, puede ser considerado como el
primer promotor del genocidio del S. XX, sin que ello exima de responsabilidad a sus inmediatos
imitadores en el tiempo.
En el mes de noviembre se celebraron las elecciones para la Asamblea Constituyente, cuya
apertura se había anunciado para los primeros días de 1918. De los 36 millones de votos, los
bolcheviques sólo obtuvieron 9, resultado que les otorgaba 168 escaños de un total de 703. La
interpretación de los comicios la realizó Lenin en artículo, publicado en Pravda el 13 de diciembre,
titulado “Tesis acerca de la Asamblea Constituyente”. Según Lenin, el soviet era una forma superior
del principio democrático, respecto a los parlamentos de las repúblicas burguesas, por lo que
deducía que la Asamblea Constituyente debía pronunciarse por una declaración incondicional de
aceptación del poder soviético, si no quería traicionar al proletariado y embarrancar en una crisis, de
la que sólo se podría salir por medio de la revolución. Al menos, Lenin había avisado que no estaba
dispuesto a someterse a ningún control parlamentario. El día 5 de enero, pocas horas después de
comenzar la reunión de la Asamblea Constituyente, fue disuelta por los guardias rojos, de acuerdo
con las órdenes recibidas del Comité Ejecutivo Central. Tres días después y en el mismo edificio se
reunían los soviets, presididos por Sverlod, para ratificar las decisiones del Comité Ejecutivo
Central. Con este acto el golpe de octubre de Lenin daba remate a la liquidación de la democracia
en Rusia.
Los meses que transcurren entre los sucesos descritos y el verano de 1918 es la etapa
conocida como capitalismo de Estado. Desde 1918 a 1921 se desarrolló el periodo denominado
comunismo de guerra. Dos eufemismos con los que se encubre, en realidad, un régimen de terror
que hizo posible la construcción del Estado bolchevique. Lo cierto es que desde la disolución de la
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Asamblea Constituyente, el poder de Lenin era muy sólido en Rusia, y sólo la política exterior
podía amenazar al dictador. La paz de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) alejaba la amenaza de las
potencias europeas y a cambio hubo de ceder un tercio de la Rusia imperial, poblada por 56
millones de personas y con importantes recursos económicos. Y de acuerdo con el pensamiento de
Lenin, según el cual frente a la democracia “burguesa” se levantaba la democracia “proletaria” de
los territorios cedidos (Polonia, Ucrania, los Estados Bálticos, la Rusia Blanca, Georgia, Armenia y
Azerbaiyán) pasaron a denominarse oficialmente repúblicas burguesas, por la sencilla razón de que
el principio de autodeterminación correspondía en exclusiva a las repúblicas proletarias.
En el verano de 1918 se publicó la Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y
Explotado y la Constitución de la República Federal Socialista Rusa de los Soviets (RFSRS.) que
con el tiempo acabaría por transformarse en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En
verdad, la denominada federación era una palabra hueca, donde anida una Constitución gangrenada.
La única realidad política con entidad es el soviet, desde donde se potencia al partido comunista,
hasta convertirse en una gigantesca maquinaria burocrática, con capacidad no sólo de controlar la
sociedad, sino incluso de anularla y sustituirla. Todo ello explica que los 100.000 bolcheviques de
1917, según los cálculos más generosos, se multiplicaran por seis en tan sólo tres años.
Apuntalado el partido, aparece el ejército como firme cimiento sobre el que se asienta el
régimen comunista. Desde los comienzos de las acciones revolucionarias se encomendó a Trotski la
reorganización del ejército, para lo que se sirvió de oficiales zaristas, estrechamente controlados por
comisarios políticos. Y al igual que el partido, el ejército experimentó en muy poco tiempo un
crecimiento espectacular. Se calcula en medio millón de individuos los efectivos militares para el
año 1918. En 1920 formaban en filas tres millones de soldados, por lo que en tan sólo dos años se
habían multiplicado por seis los integrantes de las fuerzas armadas.
Tal situación permitió encarar a los bolcheviques la mal denominada guerra civil, ya que en
realidad durante estos años tienen lugar tres guerras distintas: una guerra civil propiamente dicha
(1918-1919), un segundo conflicto entablado con los países occidentales, y toda una nebulosa de
acciones militares tendentes a sofocar los alzamientos nacionales. La ausencia de un frente común
contra los bolcheviques, por más que la propaganda comunista les unificara a todos bajo la única
denominación de “blancos” hizo posible el triunfo de los ejércitos de Trotski, y la “transformación”
de algunas repúblicas burguesas en repúblicas proletarias. De este modo, y por la fuerza de las
armas, a principios de 1921 Lenin además de la RFSRS. controlaba los –en teoría– Estados
independientes de Ucrania, Bielorrusia, Azerbaiyán, Georgia, Armenia, la República del Lejano
Oriente, Jorezm y Bojara.
En cuanto a la organización económica propuesta por el comunismo de guerra, ésta se
reduce a un proceso de estabilización generalizada. Su resultado fue un estrepitoso fracaso, hasta el
punto de que el trueque se convirtió en el elemento definidor de la realidad económica. Así las
cosas, se optó por aplicar a la práctica las predicciones marxistas sobre la desaparición del dinero,
cuando en realidad la pobreza extrema y la práctica desaparición del intercambio de bienes habían
dejado al rublo sin razones que justificaran su existencia.
El comunismo comenzaba a dar pruebas palpables de que se asentaba en la cultura de la
muerte. Habían desaparecido la persona, la sociedad y el dinero, e igualmente se iban a eliminar los
más mínimos intentos de oposición. En marzo de 1921 fueron anulados los denominados
amotinados de Kronstadt, considerados como enemigos a abatir por pedir que las votaciones a los
soviets fueran secretas y no se realizaran a mano alzada, además de reclamar las libertades de
expresión y sindicación. Desde entonces dichas aspiraciones fueron calificadas de “desviacionismo
pequeñoburgués y anarquista”, por lo que los “extraviados” fueron reprimidos sangrientamente,
acusados del delito de “fraccionalismo”, en expresión genuina de Lenin. El ejemplo de Kronstadt
sirvió de escarmiento entre la población campesina. A su vez, los bolcheviques limpiaron los
máculas “fraccionalistas” en el X Congreso del Partido Comunista, celebrado por esas mismas
fechas, en el mes de marzo de 1921.
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Sin embargo, y a la vista de los resultados económicos, Lenin tuvo que reconocer en este
mismo congreso la necesidad de llegar a acuerdos con los campesinos. Sucedía que la producción
de 1921 tan sólo representaba un 12 % de lo producido en 1913; las minas y la siderurgia arrojaban
cotas aún más bajas: respecto a esas mismas fechas tan sólo representaba un 2,5 %; la agricultura se
derrumbó, el comercio tanto interior como exterior prácticamente dejó de existir; y hasta la
población disminuyó espectacularmente, hasta el punto de que en 1921 las ciudades tenían menos
habitantes que en 1900, y el sector de los obreros había descendido a cotas inferiores a las del año
1883. De 1920 a 1922 se desató en el territorio ruso un largo periodo de hambruna, que afectó a 30
millones de personas, por lo que fue necesario recurrir a la ayuda internacional; la hambruna de
estos años provocó 5 millones de muertos.
Así pues, las guerras, el hambre, las epidemias, el frío y sobre todo las estrategias
revolucionarias de Lenin, ayudan a comprender este retroceso demográfico. El golpe de Estado de
Lenin instaló como práctica del nuevo régimen el genocidio, que diezmó la población. Entre los
años 1918 a 1920 se calcula que fueron asesinados unos 3 millones de personas. Y en cuanto al
partido comunista, de los 600.000 integrantes de 1921, debido a las purgas de Lenin fueron
eliminados 100.000.
La NEP (Nueva Política Económica) sigue al comunismo de guerra como parte del proceso
histórico de la dictadura leninista. Más que como concesión de Lenin al pueblo, debe entenderse
como imposición a los bolcheviques, debido a toda una serie de circunstancias que ponían en
evidencia el fracaso del nuevo régimen totalitario, tales como la quiebra económica, la resistencia
generalizada y el ascenso que comenzaron a experimentar los mencheviques. Todas estas
manifestaciones obligaron a Lenin a cambiar el rumbo político con el fin de mantener el poder. En
efecto, se concedió una cierta libertad económica a los campesinos y se toleró la propiedad privada
en las pequeñas industrias y en los comercios. Se consintió una cierta economía de mercado como
solución transitoria, al mismo tiempo que se reconocía la exclusividad política del partido
comunista, en el que por supuesto no se admitían corrientes internas. En suma, se probaba la tesis
de Lenin según la cual se puede cambiar de táctica en veinticuatro horas, y en esta ocasión se
trataba de conjugar el socialismo y el capitalismo, sin que en semejante intento decayera la estrecha
vigilancia de Lenin sobre la nueva fórmula.
Los resultados, en principio, fueron positivos, pues la economía dejó de retroceder y hacia
1927 la producción comenzaba a igualar la del año 1914. Se frenó el hambre y hasta comenzó a
despuntar un incipiente mercado en el que se intercambiaban productos de uso y consumo. La
industria recuperó el pulso y se abrieron las puertas al capital extranjero, se acuñó un nuevo rublo y
comenzaron a funcionar algunos bancos. Según Sorlin, la NEP facilitó la reaparición de una
“semiburguesía” y de un campesinado acomodado (kulak), sin que todo ello hiciera perder la
atención de los comunistas sobre el proceso colectivista: en 1927 funcionaban 1.400 granjas
estatales (sovjos) y se calculan en unas 33.000 las cooperativas agrarias (koljos) para el año 1928.
Los cambios económicos, por otra parte, no paralizaron las transformaciones políticas. En el
mes de diciembre de 1922 se crea la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.), al
modificar la estructura federal precedente. El 6 de junio del año siguiente se aprobaba la
Constitución, cuya redacción se había encomendado a Stalin. Según este texto las funciones
legislativas se encomendaban al Soviet Supremo y las del poder ejecutivo al Presidium, pero en la
práctica el poder confluía en el partido y se concentraba en una sola persona. Por otra parte, la III
Internacional creada por Lenin prolongaba la actuación del partido comunista ruso en los países
occidentales, dado el control que Moscú ejerció en los partidos comunistas de los diferentes países
europeos.
Ahora bien, ni la apertura económica ni la Constitución iban a significar un retroceso en la
consolidación de la tiranía. La NEP –había afirmado Lenin– es retroceder lejos si es preciso, pero
de modo que se pueda retener la retirada cuando se desee y reemprender la ofensiva. Y para disipar
cualquier tipo de dudas al respecto, en 1923 se modificó la estructura de la policía política. La
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Checa cambió su nombre por el de OGPU, siglas que venían a significar algo así como
“administración política del Estado”. La policía conservó este nombre hasta 1934 y tras una nueva
variación nominal en 1943 adquirió el más conocido de NKGB. Sus funciones “administrativas”,
por lo demás, son de sobra conocidas, lo que hace innecesaria su descripción.
La vida del protagonista o del inspirador de todas estas reformas declinaba en la primavera
de 1922; fue entonces cuando Lenin sufrió el primer ataque de la enfermedad que le llevaría a la
muerte. De este primer ataque quedó semiparalítico. Cumplidos los 53 años, murió el 21 de enero
de 1924. Desde el mes de abril de 1922 Stalin era secretario general del Comité Central del partido,
nombramiento que Lenin promocionó directamente. Desde este cargo pudo controlar todos los
resortes del poder para asegurarse la sucesión, no sin antes vencer la resistencia de Trotski, que fue
expulsado del partido (1927), exiliado (1929) y asesinado (1940) en México por orden de Stalin.
Al morir Lenin ya se habían sentado las bases fundamentales del Estado totalitario, que su
sucesor Stalin desarrolló y consolidó. Stalin se mantuvo en el poder hasta su muerte, que se produjo
en 1953. Por lo tanto su mandato se extiende en tres periodos históricos bien distintos, como son la
época de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. Ahora nos referiremos sólo al
primero de ellos, etapa en la que cabe analizar los planes quinquenales, la Constitución de 1936 y la
represión tiránica ejercida durante estos años, de cuya magnitud Nikita Jruschov dio una versión
oficial en el XX Congreso del partido comunista, el primero celebrado tres años después de la
muerte de Stalin.
En cuanto a los planes quinquenales, cabe afirmar que a medida que se abren archivos y se
obtienen datos, hasta hace poco desconocidos, se van modificando los juicios sobre sus resultados.
Por todo ello habrá que aceptar con todas las reservas ciertas versiones, y limitarse a los datos
contrastados.
Durante el periodo que transcurre desde 1928 a 1941 se proyectaron tres planes
quinquenales. El primero (1928-1932) se anunció como el plan quinquenal de cuatro años y tenía
como objetivo la transformación de la economía rusa, fundamentalmente agraria, en otra más
industrializada. El segundo (1933-1937) trató de modificar la tecnología a un ritmo acelerado; estos
son los años en los que se impuso el estajanovismo a los trabajadores rusos, que ha quedado
convertido en uno de los paradigmas de la explotación de los obreros por parte del Estado. El tercer
plan, que dio comienzo en 1938, fue interrumpido por el estallido de la guerra.
De este modo se trataba de planificar la economía soviética, pero no para conseguir un
crecimiento equilibrado de los sectores, lo que era juzgado por Stalin como una desviación
burguesa, sino para conseguir en el mínimo tiempo posible la reconversión de la industria, que
debía ser sometida a los objetivos de la defensa militar del régimen comunista. El hecho de que la
disminución de los plazos previstos fuera considerada como un éxito y no como un elemento de
desestabilización económica, es la mejor prueba de que los planes quinquenales no tenían más
objetivos que los militares y propagandísticos, y a esta finalidad se subordinó el esfuerzo y el
bienestar de todo un pueblo.
En el aspecto político, la nueva Constitución de 1936 mantuvo el acentuado desequilibrio de
la estructura federal de la U.R.S.S., ya que de las once repúblicas que la integraban, una de ellas, la
Rusa, tenía 105 millones de habitantes, y la de Kirghiz tan sólo un millón y medio. En el texto
constitucional, por otra parte, los derechos individuales no existen como tales; se reconocen, eso sí,
una serie de derechos a los soviéticos en cuanto que pertenecen y se integran en organismos
colectivos. Por lo demás, todos estos derechos permanecen supeditados al poder, pues según el
texto constitucional se conceden conforme a los intereses de los trabajadores y a fin de fortalecer el
sistema socialista. Bajo estas coordenadas debe entenderse la Constitución soviética de 1936
cuando se refiere a la libertad de expresión, de prensa, manifestación, de asociación, a la
inviolabilidad personal, a la libertad de conciencia, al derecho de asilo y a la libertad de propaganda
antirreligiosa, concesión esta última que ha debido ser la única “libertad” que de verdad han
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ejercitado los comunistas en estos años, en los que promovieron sangrientas persecuciones
religiosas dentro y fuera de la U.R.S.S..
En cuanto a la represión de Stalin, los procesos más violentos se deben situar en el verano de
1936. Desde esta fecha hasta 1938 se pueden considerar cuatro procesos, cuyos resultados se
resumen en las siguientes cifras: cinco de los siete presidentes del Comité Ejecutivo central fueron
eliminados; lo mismo se puede decir de nueve de los once ministros centrales de la U.R.S.S., y otro
tanto de 43 secretarios de las organizaciones centrales del partido de un total de 53, además de la
desaparición de la mitad de los generales del ejército y de casi todos los altos cargos de la GPU. Y
todo lo anterior referido a personalidades de relieve. Lo que nunca se podrá saber con exactitud es
el elevado precio en sangre cobrado por el comunismo en personas desconocidas, que como ya se
dijo antes se estima en unos cien millones.
El periodo de entreguerras se caracteriza por el abatimiento moral y el abandono de la
sociedad europea en manos de los totalitarismos. Muy pocas voces se alzaron contra la tiranía; sin
duda, de entre esas pocas condenas, la más enérgica y relevante fue la del romano pontífice. Pío XI,
en su encíclica Divini Redemptoris (19 de marzo de 1937), condenó el ateísmo comunista, ideología
a la que se calificaba como “intrínsecamente perversa” por socavar los fundamentos mismos de la
civilización cristiana y proponer una falsa redención basada en un seudoideal de la justicia, la
igualdad y la fraternidad. En esta misma encíclica el Papa hacía referencia también a la persecución
comunista que padecía la Iglesia en México y España.
El papa, además, salía en dicha encíclica al paso de los errores antropológicos propuestos
por el materialismo histórico, cuya doctrina se había convertido en el molde con el que los
comunistas pretendían construir una nueva humanidad. En línea con las condenas lanzadas sobre el
comunismo, ya incluso desde el pontificado de Pío IX (1846-1878), cuando todavía no se había
publicado el Manifiesto comunista (1848), la encíclica advertía sobre las consecuencias
deshumanizadoras que podrían sobrevenir a la humanidad con el triunfo de la ideología comunista.
Lo cierto es que tampoco en esta ocasión se le prestó mucha atención a las advertencias del sucesor
de San Pedro. Es más, en algunos ambientes intelectuales de Occidente, deslumbrados por el
marxismo, las condenas del comunismo y muy particularmente la Divini Redemptoris fueron
descalificadas sistemáticamente y tachadas de retrógradas hasta hace bien poco tiempo. Y en honor
a la verdad se debe dejar constancia de que no han faltado católicos y hasta clérigos que, afectados
por un complejo de inferioridad, también se mostraron partidarios del comunismo. Sin embargo,
tras la caída de los regímenes comunistas en Europa, la historia ha venido a dar la razón al
magisterio de los romanos pontífices sobre el comunismo. Por otra parte, el tiempo ha demostrado
que esas denuncias además de evangélicas y pastorales –es decir, no políticas– eran plenamente
proféticas.
La segunda de las manifestaciones totalitarias que aparecen en el tiempo es el fascismo. El
30 de octubre de 1922, Víctor Manuel III encargaba la formación de un nuevo gobierno a Benito
Mussolini. Tal decisión no respondía a la práctica habitual, como consecuencia de unas elecciones,
sino que fue la marcha sobre Roma lo que acabó de empujar al monarca, presionado por militares y
nacionalistas.
Por entonces, Mussolini ya era un personaje conocido en Italia. Hijo de un herrero, se hizo
maestro, profesión que abandonó para dedicarse al periodismo político. En 1912 era director de
Avanti, órgano oficial del Partido Socialista Italiano. La Gran Guerra y las consecuencias que para
Italia tuvo la paz, le ofreció las posibilidades de la fuerza irracional de un nacionalismo herido. De
manera que en 1919, apoyado por los “futuristas” de Marinetti, excombatientes, sindicalistas y
estudiantes frustrados fundó los “fascios de combate” y las “escuadras de acción” para imponer la
violencia como medio de arreglo a la situación de inestabilidad por la que atravesaba Italia. Sin
duda, el más cruel de sus condottieri fue Italo Balbo, que muy pronto se convertiría en el jefe de las
milicias fascistas.
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En sentido propio no es posible encontrar en el fascismo un cuerpo doctrinal, a no ser que
éste se quiera descubrir en las negaciones que propone, como tal movimiento reaccionario que es.
En consecuencia, habría que afirmar que el fascismo proclama de un modo radical una serie de
“antis”, tales como un antiliberalismo, un antiparlamentarismo, un anticlericalismo y un
antimarxismo. Y justamente de sus negaciones surge su programa afirmativo, como la exaltación de
un nacionalismo y un pragmatismo político que los fascistas consideraban incompatible con la
democracia, argumento sobre el que los fascistas justifican el establecimiento de la dictadura. Mi
doctrina –resumía Mussolini– es la acción. El fascismo nace de una necesidad de acción,. y muere
con la acción. Y a la simpleza de la definición anterior, Mussolini ni agregó la extrema brutalidad
totalitaria, al proponer la fórmula de su régimen: Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada
contra él. Así pues, como en Rusia, la historia de Italia desde 1922 no iba a ser otra cosa más que un
proceso de personalización del poder.
El triunfo del fascismo resulta incomprensible si no se tiene en cuenta la débil resistencia
que encontró en la Europa de entreguerras. Bien es cierto que Mussolini no presentó con claridad
todas sus bazas políticas en un primer momento. Por esta razón, en el otoño de 1922 las propuestas
fascistas se presentaron como soluciones transitorias, más que definitivas. Y a reforzar esa aparente
transitoriedad contribuyó la formación del primer gobierno, en que de las dieciséis carteras sólo se
adjudicaron cuatro a los fascistas, diez recayeron en personajes independientes y las otras dos
tuvieron como titulares a dos militantes del Partito Popolare de don Sturzo. Mussolini llegó incluso
a prometer respeto a la Constitución y a las libertades políticas, para conseguir a cambio que el
Parlamento le concediera plenos poderes, con el fin de restaurar el orden público. Todas estas
actuaciones parecían ajustarse a los patrones de las dictaduras clásicas, que proliferaron con
profusión en la Europa de entreguerras.
No hizo falta que pasase mucho tiempo para comprobar la falsedad sobre la que se asentaba
la trama fascista. No habían transcurrido ni doce meses desde la concesión de plenos poderes,
cuando Mussolini logró que el Parlamento aprobara una ley según la cual al partido más votado se
le asignarían dos tercios de los escaños. No fue necesario aplicarla. En las primeras elecciones,
celebradas en la primavera de 1924, los métodos de los squadristi consiguieron 4,5 millones de
votos para los fascistas, lo que equivalía a 406 escaños, frente a los 129 que correspondieron a toda
la oposición, como resultado de los 2 millones de votos obtenidos. El mes de mayo, don Sturzo
abandonó la política, y pocos días después era asesinado el diputado socialista Giacomo Matteoti,
que había sobresalido por denunciar en la cámara el fraude electoral. Ante estas circunstancias, los
diputados adoptaron entonces una postura tan comprensible como inoportuna y se retiraron del
Parlamento. Este abandono allanaba de dificultades el tránsito que Mussolini iba a realizar de la
dictadura al régimen totalitario. Sus “fieles” aprobaron una disposición, la Ley del Jefe del
Gobierno, según la cual Mussolini fue desligado de responsabilidad ante la cámara, a la vez que se
le concedían facultades para modificar la Constitución.
Una vez que fue eliminado el régimen parlamentario, el fascismo dirigió sus esfuerzos hacia
el control pleno de la sociedad. En 1927 se publicó la Carta del Trabajo, por la qque quedaban
prohibidos todos los sindicatos, a excepción de los fascistas. Y como colofón, en diciembre de 1928
se creaba el Gran Consejo Fascista, a quien se encomendaba, fundamentalmente, la triple misión de
nombrar al sucesor de Mussolini, asesorar al Duce y designar los candidatos para las elecciones
que, según la nueva ley electoral de 1929, se presentarían en lista única. Todas estas disposiciones
completaban la construcción de un Estado orgánico, corporativo, en el que sólo se reconocía la
legalidad del partido fascista, dirigido y controlado por un “superhombre”, cuya misión no era otra
que conducir a Italia a los grandes destinos nacionales e internacionales, abandonados desde la
Antigüedad. Desgraciadamente, Mussolini no estaba solo en su empeño; muchos italianos le
creyeron, y no pocos europeos o le admiraron o trataron de seguir su ejemplo. Y es que por
entonces las teorías de Friedrich Nietzsche estaban en pleno apogeo. En 1933 Elisabeth FörsterNietzsche, hermana del filósofo alemán, como regalo de su cincuenta cumpleaños, envió a
Mussolini un telegrama en el que se podía leer lo siguiente: Al más admirable discípulo de
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Zaratustra que Nietzsche pudo soñar. Y no es una casualidad que un año después el propio Hitler
obsequiara al Duce con las obras completas del mismo autor.
Las posiciones de Mussolini en política exterior, durante los primeros años, estuvieron
orientadas por el pragmatismo y la prudencia, que le aconsejaban no dar pasos en falso en Europa
en tanto que no se consolidara el régimen fascista en Italia. La primera orientación de cómo debía
proceder la percibió en la protesta emitida por la Sociedad de Naciones, tras la ocupación de la isla
de Corfú en 1923. Al año siguiente, firmó un acuerdo amistoso con Yugoslavia, por el que Italia
renunciaba a sus reclamaciones sobre la costa dálmata, a cambio de la anexión de Fiume. Y en los
años siguientes se ocupó Somalia, y Albania se convirtió en protectorado italiano, hasta que fue
invadida por tropas italianas en 1939.
Esta actitud política inicial es la que explica que en 1925, Mussolini fuese uno de los
participantes de la Conferencia de Locarno, tras la cual Europa pudo disfrutar durante un lustro de
unas relaciones distendidas. Y aunque la distensión resulta más aparente que real, porque quedan
ocultas posturas interesadas por parte de todos, y además porque de hecho los propósitos de
Locarno son incumplidos o fracasan como fórmulas de paz, al menos durante este periodo se deben
apuntar los siguientes precedentes de integración europea: comisión preparatoria de la Conferencia
de Desarme (1926), Conferencia Económica Internacional (1927), pacto internacional de renuncia a
la guerra (1928), proyecto de Briand de una federación europea (1929).
Y al igual que sucedía en Europa, la distensión también afectó a la política italiana respecto
al ya largo contencioso con el Vaticano. En 1929, se firmó un tratado que regulaba la situación
jurídica de la Santa Sede con el Estado italiano. Dichos acuerdos son conocidos comúnmente como
los Pactos Lateranenses. Con la firma de los Pactos Lateranenses (11 de febrero de 1929) se zanjaba
un problema que duraba ya casi seis décadas, pues la ocupación de Roma (20 de noviembre de
1870) había liquidado en beneficio del nuevo Estado italiano los Estados Pontificios. Ya en el
pontificado anterior se habían emprendido movimientos de aproximación entre las dos partes, sin
que se consiguiera llegar a ningún acuerdo. Pero desde 1926 dieron comienzo unas largas u
delicadas negociaciones secretas, hoy conocidas tras la publicación del diario de unos de los
principales protagonistas por parte del Vaticano, como fue el abogado Francesco Pacelli, hermano
del futuro Pío XII, nuncio en Berlín por aquellas fechas.
Los Pactos Lateranenses, que permitieron la creación del minúsculo Estado del Vaticano,
estaban formados por un tratado entre la Santa Sede y el Estado italiano, un Concordato entre la
Iglesia e Italia y un convenio económico. El artículo 26 del tratado reconocía la existencia del
Estado de la Ciudad del Vaticano bajo la soberanía del romano pontífice; el territorio era
pequeñísimo, pero resultaba suficiente para facilitar la independencia de las actuaciones del sucesor
de San Pedro. En el Concordato, Pío XI conseguía frente al fascismo salvaguardar dos aspectos
fundamentales, como eran el derecho a la enseñanza religiosa en la instrucción pública y el
reconocimiento de los efectos civiles del sacramento del matrimonio, regulado por el Derecho
canónico. En cuanto al convenio económico, la indemnización solicitada en principio de 2.000
millones de liras fue sustancialmente rebajada.
Por su parte Mussolini, personaje agnóstico y pragmático, consciente de que en la Italia
católica tarde o temprano había que dar una solución a la “cuestión romana”, buscó un acuerdo por
el prestigio nacional e internacional que podía proporcionarle una solución, que los gobiernos
anteriores no habían sabido encontrar a lo largo de casi sesenta años. Pío XI, aunque se mantuvo
siempre firme y combativo frente a la ideología anticristiana del fascismo, a la que llegó a condenar
formalmente, manifestó su reconocimiento hacia la persona que hizo posible el acuerdo. Dicho
Concordato estuvo vigente en la República romana hasta el 18 de febrero de 1984.
Sin duda, la firma de los Pactos Lateranenses causó un gran impacto en la opinión pública
de entonces, no sólo en la de la nación italiana, sino en la de todo el mundo. Por lo que significaban
los acuerdos de Letrán, aquel acontecimiento histórico era desde luego bastante más importante
para la Iglesia que para el Estado italiano. Con la renuncia a los Estados Pontificios, la Iglesia ponía
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fin a la milenaria época constantiniana. De este modo, al abandonar sus reivindicaciones
temporales, la Iglesia se concentraba en su fin primordial y específico: el pueblo de Dios,
apoyándose exclusivamente en la fuerza del Espíritu Santo. Por lo demás, no deja de ser paradójico
que el pontificado recobre en esta nueva etapa un prestigio tal, sólo comparable al de los momentos
más brillantes de toda su historia. En efecto, desde 1929 hasta la actualidad, cada uno de los
sucesivos sumos pontífices ha visto aumentar su autoridad espiritual y moral dentro de la Iglesia y
también fuera de ella.
La realidad es que, de inmediato, los fascistas violaron los acuerdos de los concordatos que
habían firmado y desataron una implacable persecución contra la Iglesia. Demasiado temprano tuvo
que denunciar Pío XI los ataques del fascismo contra la Acción Católica de Italia, mediante la
encíclica Dobbiamo intrattenerla (25 de abril de 1931). En el mes de mayo de 1931, Mussolini
disolvió las asociaciones juveniles católicas. Al mes siguiente, la condena del fascismo era tajante
en la encíclica Non abbiamo bisogno (29 de junio de 1931), documento en el que se podían leer
párR.A.F.os como los siguientes: la batalla que hoy se libra no es política, sino moral y religiosa,
exclusivamente moral y religiosa [...]. Una concepción del Estado que obliga a que le pertenezcan
las generaciones juveniles, es inconciliable para un católico con la doctrina católica; y no es menos
inconciliable con el derecho natural de la familia.
La advertencia del Papa tampoco sirvió para detener a los dirigentes fascistas en su galope
hacia la barbarie, que a imitación de los nazis llegaron a promulgar leyes racistas. Ante estos
hechos, Pío XI preparó un nuevo texto durísimo que se proponía leer en el décimo aniversario (11
de febrero de 1939) de la firma de los Pactos Lateranenses, en presencia de todo el episcopado
italiano que había sido convocado en Roma. No se pudo celebrar ese acto, ya que Pío XI murió la
víspera de dicho aniversario; sin embargo, conocemos su contenido pues fue publicado
posteriormente por Juan XXIII. El texto, conocido como la alocución Nella luce, iba dirigido a los
obispos italianos y Pío XI ponía de manifiesto, una vez más, la incompatibilidad entre la ideología
fascista y la doctrina de Jesucristo que, como su vicario en la tierra, debía conservar y transmitir.
Las relaciones entre Italia e Inglaterra se pueden calificar como amistosas hasta que el
acercamiento entre Hitler y Mussolini se estrechó y las hizo cambiar de tono, en beneficio de los
intereses nazis. Y en cuanto a Francia, si no resulta adecuado hablar de relaciones amistosas, al
menos habrá que calificar la convivencia de estos dos países como de no beligerantes, en estos
primeros años. En esta ocasión, más que las afinidades de los distintos regímenes políticos, habrá
que analizar las peculiares posiciones internacionales de cada uno de ellos para entender el
desarrollo de estos acontecimientos. En efecto, no se puede entender la actitud condenatoria del
régimen fascista, dada la similitud de planteamientos que tiene con la política nazi, si no se tiene
que cuenta que dicha condena se refiere al expansionismo nazi, en cuanto que se proyecta en zonas
donde los intereses italianos habían fijado su atención, como es el caso de Austria y los Balcanes.
Pero en el otoño de 1935, tras pacificar los territorios de Libia, el fascismo decidió ampliar
su Imperio colonial en África Oriental a costa de Abisinia, que fue invadida sin previa declaración
de guerra. Sobre el papel se juzgaba como una “fácil” acción militar, en su puesta en práctica no lo
fue tanto, y la catástrofe de Adua de 1896 estuvo a punto de repetirse. Sin embargo, en mayo de
1936 las tropas italianas consiguieron entrar en Addis Abeba y derrotar a Haile Salassie, emperador
de Etiopía, cuyo título fue adjudicado a Víctor Manuel III. Gran Bretaña y Francia protestaron por
la invasión ante la Sociedad de Naciones, que puso de manifiesto su ineficacia represiva con los
países invasores. Tras largos debates se propuso un boicot internacional, por el que no se venderían
a Italia armas ni carburantes, además de negarle los créditos que solicitara. La medida fue
generalmente secundada, por lo que Hitler se apresuró a atemperar la soledad del Duce con su
apoyo internacional. Italia había caído definitivamente en la órbita alemana. El 1 de noviembre de
1936, Mussolini proclamó que el eje de Europa pasa por Roma y Berlín. Las pocas dudas que
pudiera encerrar esa frase quedaron totalmente despejadas el 22 de mayo de 1939, fecha en la que
se firma un tratado de amistad y alianza entre Italia y Alemania, conocido bajo el nombre de “Pacto
de Acero”.
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Hitler fue el dictador del tercer modelo totalitario del periodo de entreguerras. En Versalles,
Alemania fue declarada culpable de la guerra y tuvo que aceptar las condiciones de unos tratados
que pronto fueron denominados como el Diktat. Se vio obligada a ceder Alsacia y Lorena a Francia;
los distritos de Eupen, Melmédy y Moresnet a Bélgica; el norte de Schlewig a Dinamarca;
Posnania, la Alta Silesia y un corredor con salida al Báltico a Polonia. Dantzig y Memel fueron
declaradas ciudades libres. Asimismo se estableció que en su momento se celebrarían plebiscitos,
que aclarasen si el Sarre quería ser francés o alemán, y si las zonas de Silesia y el sur de Prusia
oriental se incorporarían a Polonia o a Alemania. Además, Alemania fue despojada de su Imperio
colonial. En estas condiciones los alemanes entraron en el periodo de entreguerras, en vísperas de
que el nazismo se hiciera con el poder. Sin embargo, la historia del nazismo no puede reducirse a la
reacción alemana a las condiciones impuestas en Versalles, por más que contribuya a la
comprensión del establecimiento de esta peculiar tiranía en Alemania. Así pues, es preciso recalcar
la biogR.A.F.ía del tirano.
Hitler nació en 1889 en Brunau-der-Inn, en la Alta Austria, y como fruto de sus lecturas de
Nietzsche creyó verse retratado en los libros del filósofo. Hitler se reconoció como el superhombre
y el conductor de los pueblos, destinado a imponer su voluntad a su nación. Que semejantes delirios
megalómanos se puedan reducir a la enajenación mental del dictador no parece concorde con la
verdad. La perversidad de Hitler fue compatible con su cordura mental, y así lo prueban los estudios
psiquiátricos sobre el personaje, en los que se afirma que tanta maldad no puede ser obra de un
demente. Sólo una mente cuerda y perversa a la vez pudo planear tal estado de cosas, que se
pusieron en práctica gracias a la multitud de admiradores y colaboradores que el tirano encontró en
Alemania y fuera de Alemania.
El comienzo de su actividad política puede situarse en el año 1919, cuando Hitler conecta
con el Partido Alemán de los Trabajadores, al que se le cambió el nombre por el de Partido
Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), vulgarmente conocido como partido
nazi. Cuando en 1921 fue elegido presidente del mismo, redactó su primer programa: una sola
patria para todos los alemanes, recuperación de las colonias perdidas, guerra al parlamentarismo,
transformación de la enseñanza, “germanización” de Alemania y control de la religión, por cuanto
podía acabar con la unidad de la patria por él concebida.
En la célula del partido de Munich conectó con los ex oficiales Röhm y Göring, con el
escritor racista Gottfried Feder y con los estudiantes Alfred Rosenberg y Rudolf Hess. En 1923, a la
vista de lo logrado por el líder fascista, quiso probar suerte, y fue entonces cuando proyectó el
putsch de la cervecería, para lo que contó con la colaboración del general Ludendorff. Tras su
fracaso, fue condenado a la prisión de Landsberg, en la que sólo permanecería unos meses ya que
muy pronto fue amnistiado de la condena de cinco años. Durante ese periodo redactó Mein Kampf,
libro que fue completado tres años después, y fue entonces cuando concibió la articulación del
partido en torno a su persona y fundamentado en las organizaciones paramilitares: las fuerzas de
combate (SA), su guardia personal (SS), el servicio de seguridad (SD) y las juventudes hitlerianas
(HJ).
El presidente Hindenburg encomendó la cancillería a Hitler el 30 de enero de 1933. Por
entonces el líder nazi había conseguido que un grupo de industriales y banqueros financiaran el
partido y los gastos electorales, a cambio de renunciar a las propuestas socialistas en su programa.
En su sustitución, Hitler propuso un relanzamiento industrial y una política de rearme. Así las
cosas, la maquinaria nazi se preparaba desde entonces para desplegar con energía toda la brutalidad
del Estado racista totalitario.
No había transcurrido ni un mes desde su nombramiento, cuando los nazis incendiaron el
Parlamento de Berlín, de lo que fueron inculpados los anarquistas y los comunistas. Esto sirvió de
excusa para suspender las garantías constitucionales y fortalecer su dictadura. En este ambiente es
en que hay que juzgar el triunfo electoral de los nazis del mes de marzo. En aquellos comicios
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consiguieron ocupar 288 escaños frente a los 289 de la oposición (120 socialistas, 88 del Zentrum y
81 comunistas). Y el “triunfo” fue posible porque los 52 diputados nacionalistas de Hugenberg se
uncieron al yugo nazi. Y fue ese Parlamento el que aprobó la ley de plenos poderes, disposición con
la que se iniciaba formalmente la dictadura de Hitler. En paralelo y por esas mismas fechas se
inauguraron los campos de concentración de Dachau y Oranienbur, que muy poco después se
convertirían en campos de exterminio.
En J. Goebbels encontró Hitler un eficaz colaborador, y fue a este personaje al que
encomendó el Ministerio de Propaganda, que en muy pocos meses dispuso de 14.000 funcionarios.
La concepción del Estado nazi no podía ser otra que la de la concentración de poder y de la
centralización, por lo que bien pronto suprimió la autonomía de los länder. En la primavera de 1933
los judíos sufrieron un primer boicot, como preludio de mayores calamidades. Días después, se
disolvieron las organizaciones obreras y fueron encarcelados sus dirigentes; más tarde los
trabajadores fueron encuadrados en el Frente Alemán del Trabajo, el sindicato único y obligatorio, y
al igual que en la U.R.S.S. la huelga fue prohibida. En el verano se declaró la ilegalidad del partido
socialista, como primer paso de un proceso que culminaría en la proclamación del partido único. Y
como remate y coronación de todas estas “reformas”, Hitler proclamó el III Reich en Nüremberg el
30 de agosto, el Imperio que se anunciaba con una vida de doce mil años.
Doce meses después de los fastos de Nüremberg el totalitarismo nazi se fortaleció aún más,
al compás de los siguientes acontecimientos. El 30 de junio se produjo la purga más importante en
el partido, que ha pasado a la historia como “la noche de los cuchillos largos”. Tal denominación no
significa otra cosa que el asesinato de numerosos militares, entre los que cabe mencionar a Von
Bedrov y Scheider. La misma suerte corrieron los nazis de las SA (“camisas pardas”) sospechosos
de desviacionismo político, entre otros su propio jefe, Röhm, que había jugado un papel decisivo
hasta entonces en la conquista del poder de los nazis.
Seguro de su fortaleza, el 1 de julio Hitler anunció su negativa a satisfacer las reparaciones
impuestas a Alemania con motivo de la Gran Guerra. Y un hecho más vino a reforzar su posición,
pues todo ello coincidió casi en el tiempo con la muerte del presidente Paul Von Hindenburg, lo que
aprovechó Hitler para apropiarse también de ese cargo. Su decisión fue ratificada en una farsa
plebiscitaria a la que fueron convocados los alemanes. Esto permitía que el ejército (Reichwehr)
prestara juramento al Führer y a la vez canciller del Reich, Adolf Hitler.
En pura congruencia con todos estos planteamientos la economía la economía fue sometida
también a un proceso de planificación, y a imitación de lo que sucedía en la Rusia de Stalin se
proyectaron unos planes, que en la versión nazi fueron cuatrienales. El primero comenzó en 1933 y
estuvo dirigido a absorber los 5,5 millones de parados. Las obras públicas y las industrias de
armamentos se convirtieron en las principales esponjas. El alistamiento en filas de cuantos no
encontraron ocupación acabó con el paro en la Alemania nazi. El segundo de los planes tendía a
conseguir la autarquía plena, por lo que se proyectaba sobre los principios de la concentración
industrial y el intervensionismo del Estado. Este segundo proyecto vio cortado su desarrollo por el
estallido de la guerra. El comercio exterior estuvo férreamente controlado, de manera que se
prohibió la importación y se adquirieron las materias primas imprescindibles con marcos
bloqueados, esto es, con moneda que a su vez sólo se podía utilizar en la compra de productos
alemanes.
Con estos materiales se iba dando remate al Estado proyectado en Mein Kampf, que como es
sabido estaba llamado a mostrar al pueblo alemán su destino histórico. Para conseguirlo tenía que
liberarse de todas las trabas; dicho destino no era otro que el de la dominación del mundo, una vez
conseguida la pureza racial. La raza aria, que según los nazis mantenía su integridad en Alemania,
era lógicamente la encargada de semejante misión. Una vez que Hitler se afianzó en el poder y antes
del holocausto, esto es, a partir del verano de 1933, las leyes racistas aprobaron la esterilización y el
asesinato de los deficientes mentales, se prohibió el matrimonio entre arios y no arios y se creó el
Rasse-Heirat Institut (Instituto de Matrimonio Racial), donde no pocas alemanas “puras” se
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prestaron a ser fecundadas artificialmente. Y el Estado, por fin, se apoderó de la institución natural,
la familia, que fue instrumentalizada por el régimen al tratar de someterla a las pautas racistas
trazadas por la barbarie nazi.
Para una mejor comprensión de la situación de los católicos en Alemania durante el periodo
nazi, conviene remontarse unos años atrás. La Constitución de la República de Weimar había
establecido una clara separación entre la Iglesia y el Estado. Desligadas las autoridades alemanas de
los grupos luteranos, la diplomacia de la Santa Sede pudo llegar a conseguir determinados acuerdos
paralelos en algunas regiones de Alemania. Así, en 1924 se firmó un Concordato con Baviera,
según el cual en esta zona se toleraba la práctica de la religión católica y, en contrapartida, los
nombramientos de los nuevos obispos debían ser presentados al gobierno por si en alguno de los
candidatos propuestos recaía algún impedimento político a juicio de las autoridades alemanas.
Mayores dificultades encontró el nuncio Pacelli hasta lograr la firma del Concordato con Prusia en
1929. La Liga Evangélica promovió una intensa campaña para impedirlo y llegó a recoger hasta 3
millones de firmas contra el Concordato, que a pesar de todo pudo ser ratificado el 13 de agosto de
1929.
El ascenso de los nazis al poder provocó la inmediata protesta de los obispos alemanes
contra el programa del nacionalsocialismo. Ante la crispación surgida entre los católicos alemanes,
los nuevos gobernantes trataron de pacificar los ánimos, con el fin de ganar un tiempo que les era
necesario hasta que se consolidasen en el poder. Poco después del nombramiento de Adolf Hitler
como canciller, el vicecanciller Franz von Papen iniciaba los contactos con el secretario de Estado,
Eugenio Pacelli. Se llegó con rapidez a la conclusión de las conversaciones, lo que permitió firmar
un Concordato (20 de julio de 1933). Había que remontarse hasta el año 1448 para encontrar un
convenio de validez unitaria para toda Alemania. Según el acuerdo, el Estado alemán permitía el
ejercicio público de la religión católica, se reconocía a la Iglesia independencia para dirigir y
administrar los asuntos de su competencia, se garantizaba a la Santa Sede la comunicación con sus
obispos y se le reconocía libertad en el nombramiento de cargos eclesiásticos, se daba entrada a la
enseñanza de la religión en la escuela primaria y se autorizaba a la Iglesia para establecer facultades
de Teología en todas las universidades alemanas. Por su parte, el Estado podría ejercer el veto sobre
el nombramiento de obispos por motivos políticos y los obispos ya electos debían prestar juramento
de fidelidad al Führer; además, ningún clérigo podría pertenecer a partidos políticos. Al término de
la Segunda Guerra Mundial, la República Federal aceptó el Concordato de 1933 sin apenas variarlo.
No ha faltado quien en la interpretación de estos acuerdos ha querido ver una aprobación
encubierta del nacionalsocialismo por parte de la Santa Sede, conclusión a la que sólo es posible
llegar desfigurando los hechos. Conviene recordar que fue el gobierno alemán quién tomó la
iniciativa; por lo tanto, y como manifestara públicamente el propio Pío XI, de haberse negado a
conversar hubiese recaído sobre la Santa Sede la responsabilidad de abandonar a los católicos
alemanes, pues al menos con las bases del Concordato, si bien era conocida la ideología nazi,
todavía no se había desarrollado su programa y por lo tanto no se podían conocer ni por
aproximación las verdaderas dimensiones de la barbarie que se avecinaba. Por el contrario, quienes
sí las conocían, años más tarde, fueron los dirigentes de Francia y Gran Bretaña, y a pesar de ello
pactaron en Munich con los nazis en 1938. Ya por entonces hacía tiempo que el Papa había
condenado el nazismo, por su ideología pagana y anticristiana, mediante la encíclica Mit
brennender Sorge (14 de marzo de 1937).
Al igual que en el caso de Mussolini, la causa por la que Hitler tomó la iniciativa para
redactar un Concordato con la Santa Sede fue su deseo de incrementar su prestigio internacional;
más todavía si se considera que anteriormente la República de Weimar no había conseguido firmar
un Concordato unitario, por lo que fue preciso llegar a acuerdos regionales. Y es que los esfuerzos
del pontífice anterior, Benedicto XV, reclamando una paz justa durante la Primera Guerra Mundial,
habían añadido al pontificado un enorme prestigio en los ámbitos internacionales, que todos estaban
dispuestos a lucrar en beneficio propio. Precisamente, esta situación de prestigio contribuyó, sin
duda, a que se pudiera firmar una larga serie de acuerdos bilaterales durante este pontificado hasta
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un total de 23. Hitler fue el penúltimo en conseguirlo, pues antes que Alemania Pío XI había
firmado ya 21 convenios, tratados o concordatos con otros Estados diferentes.
La reacción de la Santa Sede frente a los nazis fue inmediata y continua, pues entre 1933 y
1939 por medio del nuncio Pacelli, y apoyándose en el Concordato, envió a Berlín 55 notas
oficiales de protesta. De nada sirvieron, sino para que arreciara la persecución contra los obispos y
los católicos alemanes. Pío XI, mediante la encíclica Mit brennender Sorge condenó por
anticristianos los planteamientos ideológicos del régimen, por divinizar con culto idolátrico, la raza,
el pueblo, el Estado y los representantes del poder estatal. En ese documento, también se
especificaban los acuerdos pactados en el Concordato y se denunciaba a los dirigentes del III Reich
por sus reiteradas violaciones, calificadas en el encíclica de maquinaciones que ya desde el
principio no se propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento. En la encíclica se
condenaba igualmente el panteísmo, la falta de libertad religiosa, las desviaciones morales
intrínsecas a la ideología nacionalsocialista y la brutalidad con que eran arrollados los derechos en
la educación de los niños y los jóvenes.
La Mit brennender Sorge era, a la vez, respuesta y aliento para los obispos alemanes, que en
la reunión episcopal de Fulda (18 de agosto de 1936) habían solicitado de Pío XI la publicación de
una encíclica que encarase los acontecimientos que se venían sucediendo en Alemania. Entre los
obispos más combativos hay que destacar al arzobispo de Münster, el cardenal Clement August von
Galen; al arzobispo de Berlín, monseñor Konrad von Preysing, y al cardenal arzobispo de Munich,
Michael von Faulhaber. El secretario de Estado pidió al cardenal Faulhaber un primer borrador, que
completó el propio Pacelli, endureciendo el tono de las condenas contra el nacionalsocialismo. Con
este material trabajó Pío XI durante los primeros días de marzo; era la primera vez que se publicaba
una encíclica en Alemán. Fue fechada el día 14 de marzo y distribuida clandestinamente en
Alemania. De este modo, el Domingo de Ramos (21 de marzo de 1937) se pudo leer en todas las
iglesias católicas de Alemania.
La reacción por parte de los nazis no se hizo esperar; en las semanas siguientes fueron
encarcelados más de mil católicos, entre ellos numerosos sacerdotes y monjas y, en 1938, fueron
deportados a Dachau 304 sacerdotes. También fueron disueltas las organizaciones juveniles
católicas y, en 1939, se prohibió la enseñanza religiosa. Ante todos estos atropellos, Pío XI adoptó
una postura firmísima, de modo que durante la visita de Hitler a Roma (3 al 9 de mayo de 1938) el
Papa se recluyó en Castelgandolfo, se cerraron los museos del Vaticano, L´ Osservatore Romano
ignoró la presencia del Führer y el nuncio no acudió a ninguna de sus recepciones. Por si todo eso
no era lo suficientemente claro, en directa referencia a las grandes cruces gamadas que engalanaban
las calles de Roma, Pío XI en una audiencia con recién casados, pronunció las siguientes palabras el
4 de mayo: Ocurren cosas muy tristes, y entre éstas la de que no se estime inoportuno izar en Roma
el día de la Santa Cruz, una cruz que no es la de Cristo.
Al no ser la sutileza la característica más destacada del estilo literario de Hitler, no resulta
demasiado complicado descifrar los mensajes de Mein kampf. Hitler se proponía congregar a todos
los alemanes, para lo que creyó necesario encontrar el “espacio vital” en el que asentarse. Tal
objetivo sólo era la primera parte de un proyecto, que se remataba con la conquista del mundo. Y
tan evidente como el empeño que Hitler ponía en la consecución de sus propósitos, era que dichos
objetivos no podrían llevarse a cabo sin perturbar el orden internacional. La colaboración de Stalin
y la debilidad de las democracias occidentales facilitaron los planes del Führer, en la creación de la
Grosse Deutchsland, la Gran Alemania, en 1939, tras la anexión de Austria, Checoslovaquia y
Polonia. La expansión se llevó a cabo en sucesivas etapas o golpes de fuerza, a partir de 1935. El
empuje nazi sólo pudo ser frenado por el estallido de un nuevo conflicto mundial.
Asentado en Alemania el régimen totalitario, las apariencias parecían indicar, en el verano
de 1933, que Hitler se aproximaba a los planteamientos internacionales aceptados por Gran Bretaña,
Francia e Italia. Al amparo de la carta de la Sociedad de Naciones, los cuatro ratificaron el pacto de
Locarno y los acuerdos Briand-Kellog. Pero el buen entendimiento además de su escasa
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credibilidad fue muy efímero, pues en el mes de octubre de ese mismo año Alemania se retiró de la
Conferencia de Desarme y de la Sociedad de Naciones. Bien pudo considerarse este gesto como
todo un síntoma agresivo de la expansión nazi por el resto de Europa.
Por otra parte, la firma del pacto de no agresión germano-polaco, en enero de 1934, provocó
el reforzamiento de relaciones de Francia con Yugoslavia y Checoslovaquia, además de
aproximarse a la U.R.S.S., nación que ingresaría en la Sociedad de Naciones gracias al apoyo
francés. Y en marzo de ese mismo año, Mussolini formaba un bloque danubiano, al firmar los
Protocolos Romanos, junto con Austria y Hungría, con el fin de defender sus intereses en el centro
de Europa, tanto frente a la pequeña entente (Rumanía, Checoslovaquia y Yugoslavia), apoyada por
Francia, como frente a Hitler. Estos movimientos desataron la carrera armamentística en todos los
países, lo que a Hitler le sirvió para justificar su política económica de rearme.
La primera intentona, y fallida a la vez, se produjo en julio de 1934, al ordenar Hitler el
asesinato del canciller austriaco Engelbert Dolffus, para provocar el Anschluss. La actitud de
Mussolini, al montar guardia en el Brennero, impidió el despliegue del ejército nazi. Por lo tanto, el
primer triunfo anexionista no lo obtuvo Hitler hasta los primeros días de 1935. El Sarre,
administrada hasta entonces por la Sociedad de Naciones, celebró un plebiscito para decidir su
incorporación a Francia o a Alemania. El 90 % de los votantes quiso unir su suerte a la de Hitler.
Animado por la reincorporación del Sarre, Hitler anunció la creación de una poderosa Luftwaffe.
Francia respondió de inmediato y amplió a dos años el periodo del servicio militar. La decisión del
gobierno francés fue utilizada por Hitler como excusa para repudiar formalmente los acuerdos de
Versalles.
Tras la tensión provocada por los acontecimientos del Sarre, se produjo un momento de
calma, en el que hasta se puede vislumbrar un cierto clima de distensión en las relaciones
internacionales. En el mes de abril de 1935 Italia, Gran Bretaña y Francia se comprometieron en la
Conferencia de Stressa a garantizar la independencia de Austria. Este acuerdo se vio reforzado, un
mes después, por el pacto franco-ruso, y supuso un freno a la expansión nazi, si bien muy débil, y
produjo efectos de distensión en el ámbito internacional. Tanto fue así, que en el mes de julio Gran
Bretaña y Alemania firmaron un acuerdo por el que Alemania se comprometía a que su flota no
superaría el tercio del tonelaje de la Royal Navy. Sin duda que la imprudencia política de los
ingleses, al no consultar siquiera con sus aliados naturales las conversaciones mantenidas con
Alemania, no favorecieron en absoluto al clima de concordia tan necesaria entre ellos para frenar el
empuje nazi.
Bien pronto sobrevino una demostración de fuerza. El 7 de marzo de 1936 Hitler dispuso la
remilitarización de Renania. Por la vía de los hechos, en esta ocasión, Hitler se enfrentaba
resueltamente a los acuerdos tomados en Versalles, sobre la limitación del armamento alemán. A la
vez, su política expansiva ofrecía una prueba más de la consideración que le merecían a Hitler los
acuerdos internacionales. Y contra lo que hubiera sido más previsible, es decir, una respuesta
enérgica de las potencias democráticas frente a los planes nazis, Francia e Inglaterra permanecieron
pasivas, por temor “a provocar una guerra”. Tal estrategia de cesión de los pasivos fue interpretada
como un reconocimiento del fuerte, situación que facilitó un acercamiento diplomático hacia
Alemania de Bélgica, Polonia y sobre todo de Italia.
Las sombras de apariencia de buena voluntad se disipan totalmente en 1938, año en que la
diplomacia europea se rinde ante las pretensiones de Hitler. Concretamente el 12 de febrero el
Führer se entrevistó en Berchtesgaden con el canciller austriaco Kurt Von Schuschinigg. En dicha
reunión el gobernante austriaco cedió ante las pretensiones de Hitler, para que nombrase al jefe del
partido nazi austriaco, Seyss-Inquart, ministro del Interior de su país. De regreso a Viena trató de
incumplir lo que había prometido forzado por las exigencias del dictador, por lo que buscó
respaldos internacionales en apoyo de su decisión. Los resultados de esta tentativa fueron
desalentadores, pues tanto Italia –como era lógico –como Inglaterra y Francia– lo que ya no era tan
comprensible– le abandonaron en su intento de plantar cara al tirano nazi. Ante esta situación, el
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canciller austriaco convocó a principios de marzo un referéndum, para que sus connacionales
decidieran su destino. Los nazis se adueñaron de la calle y forzaron al presidente de Austria,
Miklas, para que nombrase canciller a Seyss-Inquart. El nombramiento se realizó el 11 de marzo, y
al día siguiente el nuevo canciller proclamó el Anschluss y solicitó a Hitler el envío de tropas
alemanas. Pocos días después, Hitler entraba en Viena, y Schuschinigg era enviado a Dachau.
Después de estos acontecimientos, se celebró el referéndum: el 99 % aprobó la anexión. Los
invasores se dieron al pillaje y los profesores universitarios fueron obligados a limpiar las calles con
las manos desnudas, una forma de “reeducación”, que más tarde imitaría Mao Tse-tung en la China
de los años sesenta. Italia, Francia y Gran Bretaña reconocieron la anexión muy pocos días después.
Justo por estas fechas, una región situada al oeste de Bohemia, los Sudetes, comenzó a vivir
un periodo de crispación social y política jalonada de serios conflictos. Vivían en los Sudetes 3,5
millones de habitantes, que hablaban alemán. Esta población, perteneciente a Checoslovaquia, había
sido discriminada por el nacionalismo checo. Y esta fue la ocasión que Hitler aprovechó para
presentarse como redentor de un nacionalismo oprimido. A mediados de septiembre, el Führer
volvió a ofrecer la “hospitalidad” de su villa montañesa de Berchtesgaden al premier británico
Chamberlain, quien convencido de la “moderación” de Hitler, pues sólo pretendía aplicar el
principio de las nacionalidades sobre los Sudetes, se ofreció incluso para convencer a Deladier. Sus
buenos servicios eran innecesarios con Mussolini, que ya estaba convencido. Las presiones de
Francia y Gran Bretaña sobre las autoridades checas, para que cedieran a los deseos de Hitler,
provocaron la dimisión del gobierno de Hodza. Hitler y Chamberlain volvieron a reunirse, esta vez
en Godesberg. Y aunque el político inglés comprendió con claridad que Hitler quería algo más que
los territorios de mayoría alemana, fue incapaz de frenar sus pretensiones anexionistas.
Así las cosas, el día 29 se reunieron los jefes de gobierno de Alemania, Italia, Francia, Gran
Bretaña en Munich. Allí reconocieron y aprobaron la incorporación de los Sudetes al territorio nazi.
A dicha reunión no fue convocada la parte más interesada, Checoslovaquia, que fue en definitiva la
más perjudicada, pues la anexión le privaba de un tercio de su población y de su superficie. El 14 de
marzo de 1939 las tropas nazis invadieron el territorio que aún le quedaba a Checoslovaquia, que
pasó a denominarse protectorado de Bohemia-Moravia. El golpe sacudió a las potencias que
decidieron abandonar su pacifismo, al comprender que su supervivencia dependía de su capacidad
para frenar el expansionismo nazi. Y vieron con nitidez que esa capacidad por entonces era
imposible demostrarla en una mesa de negociaciones.
Así pues, Checoslovaquia proclamó que una nueva provocación de los nazis desencadenaría
la guerra, por lo que tanto ingleses como franceses incrementaron sus arsenales de armas. Dantzig,
ciudad libre desde 1919, tenía una población de 300.000 habitantes, y junto con el corredor que
Polonia tenía libre para acceder al Báltico dividía el territorio alemán. Las peticiones de Hitler
fueron en aumento: primero, la unión de los territorios alemanes, después la unión y un “corredor”
dentro del corredor, más tarde el corredor... Las autoridades polacas, apoyadas por Francia y Gran
Bretaña, y según también creían también por la U.R.S.S., se negaron a atender los deseos del
Führer.
Muchos años después se ha sabido que en la noche del 23 al 24 de agosto, nazis y
comunistas celebraron una peculiar fiesta en el Kremlin, que la historia académica ha denominado
“pacto de no agresión”. Hoy ya sabemos más. Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores del
Reich, viajó a Moscú, desde donde informó: Me sentía como si hubiera estado entre los viejos
camaradas del partido. Stalin, al brindar, afirmó que sabía cuanto amaba a su Führer el pueblo
alemán. Se dijo que el pacto Antikomintern estaba dirigido sencillamente a impresionar a los
tenderos británicos. Stalin se mostró encantado, al descubrir las disposiciones de los nazis,. El 28 de
septiembre otro nuevo pacto, denominado Tratado germano-soviético de Fronteras y Amistad,
fijaba el reparto no sólo de Polonia, sino también de Europa Oriental. Los dos cómplices habían
llegado a un acuerdo: eran dos mundos con los mismos métodos, y lo que es más importante, con la
misma moral. El 1 de septiembre los nazis invadieron Polonia, y el día 17 hicieron otro tanto los
comunistas. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial.
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LA TENSIÓN INTERNACIONAL Y EL DESMORONAMIENTO DEL SISTEMA DE
VERSALLES
En el campo de las relaciones internacionales el nacimiento de la Sociedad de Naciones
constituye un ensayo imaginativo de orden mundial, ya que la Primera Guerra Mundial había
demostrado que los sistemas reguladores anteriores, el de Congresos propuesto en Viena en 1815,
luego el de bloques inspirado por Bismarck, no habían puesto fin al enfrentamiento armado entre
las naciones. Con la perfección técnica de las armas acuciaba encontrar un sistema arbitral. Algún
diplomático pensó en el regreso al sistema de la Santa Alianza, el orden internacional regulado por
las grandes potencias, pero su ideología reaccionaria resultaba inaplicable en un siglo de
democracia. La necesidad de una institución multinacional que salvaguardase la paz es anterior al
estallido de la contienda; el discurso de Theodore Roosevelt al Comité Nobel en 1910 prueba que se
había difundido la conciencia de que la felicidad del género humano se encontraba en peligro si no
se hallaba un método adecuado para alejar la guerra; el trabajo de Norman Angell La gran ilusión
causó impacto, especialmente en medios militares. Pero la guerra del 14, con sus inevitables
apelaciones a la defensa de la patria, sofocó inicialmente cualquier sentimiento pacifista o
ecumenista, aunque durante el primer invierno de la contienda puede vislumbrarse en la prensa un
cierto cansancio por lo que se preveía un conflicto de larga duración. La crisis de 1917 intensificó
los deseos de paz; en el verano de este año Benedicto XV dirige un mensaje a todas las potencias
beligerantes invitándolas a que procuren el armisticio y posteriormente procedan a la reducción
simultánea de sus fuerzas armadas. Más influjo ejercen las varias propuestas de Wilson sobre el
establecimiento de una Sociedad de Naciones, formuladas a partir de su entrada en la guerra en el
mes de abril de 1917, con lo que la paz no se reducía ya a sueño de neutrales sino que era fórmula
invocada por el más poderoso de los contendientes. Al firmarse el armisticio la aspiración vaga de
que fuera el de la última guerra cobró fuerza; en esa atmósfera, el general Smuts escribe que el
sacrificio de los pueblos no tenía otro sentido que la vaga esperanza de un mundo mejor y más
justo. Los escritos de ese tono demostraban que habían calado en la opinión las propuestas
realizadas a lo largo del año 1918 por el presidente norteamericano. Wilson presenta al Congreso el
8 de enero sus 14 puntos; en los cuatro primeros alude a la conveniencia de una Sociedad de
Naciones, en el último la propuesta se formula de manera explícita: Una asociación general de
naciones debe formarse bajo tratados especiales con objeto de suministrar garantías mutuas de
independencia política e integridad territorial a los Estados grandes y pequeños de la misma
manera. La respuesta popular norteamericana fue de solidaridad con su dirigente, como consigna al
día siguiente el New York Tribune: Hoy, como nunca anteriormente, la nación marcha con el
presidente. Faltaba, empero, concretar una propuesta tan general en algunos puntos; es lo que
afrontó el famoso escrito del general Smuts, La Liga de Naciones: una sugerencia práctica, que
supo unir el idealismo de la nueva era, la expectación con que se contemplaba por civiles y militares
y el sentido práctico que exigían los diplomáticos. Smuts concibe la Sociedad no sólo como un
medio posible de prevenir guerras futuras, sino aún más como un gran órgano de la vida pacífica de
la civilización, como el cimiento de un nuevo sistema internacional que será erigido sobre las ruinas
de esta guerra. Este planteamiento superaba el diseño de la futura Sociedad elaborado por los
Comités Phillimore y Bourgeois, formados por diplomáticos, juristas e historiadores, que tan sólo se
habían preocupado de la prevención de la guerra. Tomando como base de trabajo los 14 puntos de
Wilson, que nominalmente encabeza el presidente norteamericano, comienza a redactar el
articulado del pacto en febrero de 1919, mientras se discutían las restantes cuestiones de los tratados
de paz. En el Comité figuraba el francés Bourgeois, protagonista de las conferencias de La Haya y
luchador infatigable en pro de un nuevo espíritu internacional, el italiano Orlando, el japonés
Makino, el serbio Vesnic; tras la protesta de éste por el escaso papel de las pequeñas naciones, se
integraron el griego Venizelos y otros.
El Pacto de la Sociedad de Naciones se propone el mantenimiento de la paz y la seguridad
internacionales. Los siete primeros artículos atienden la estructura constitucional del nuevo sistema.
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Según el artículo 1º. son miembros los 32 Estados aliados que firmaron el Tratado de Versalles y
otros 13 neutrales; los nuevos requerirían mayoría de dos tercios; cualquier miembro podría
retirarse notificándolo con dos años de antelación. Los artículos 8º y 9º tratan del desarme, el nivel
de armamentos se situaría en el nivel más bajo posible y se limitaría su fabricación por entidades
privadas. Aunque no se prohíbe estrictamente el recurso a la guerra, todos los Estados miembros se
comprometen a agotar primero todos los procedimientos pacíficos de solución de los conflictos
(artículos 21 y siguientes). El artículo 22 instituye el sistema de mandatos, que transfirió la
responsabilidad de la administración de Irak, Transjordania, Siria y Palestina, liberados del Imperio
Turco, a potencias europeas (Inglaterra y Francia), las cuales asumirían una tarea civilizadora, si
bien en la letra de los pactos no se explicitaba el papel de la potencia mandataria. Dos artículos
ofrecen una especial dificultad interpretativa: el 10, que intenta definir la agresión, y el 16, que
establece sanciones económicas y militares contra el Estado agresor. Según el artículo 10, los
miembros de la Sociedad se comprometen a mantener la integridad territorial y la independencia
política contra cualquier agresión exterior. Para el presidente Wilson era la pieza clave del pacto; en
cambio, el británico Cecil consideraba tangible la integridad territorial cuando así se hubiera
acordado en un tratado, y sólo con reticencias aceptó la formulación que proponía Estados Unidos y
apoyaba Francia. El artículo 16 constituye la esencia del pacto, pero prueba de la casuística que
provocó son los intentos de revisión a partir de 1925:
1. Si un miembro de la Sociedad recurre a la guerra... se considerará ipso
facto como si hubiese cometido un acto de guerra contra todos los demás
miembros de la Sociedad. Éstos se comprometen a romper inmediatamente
toda relación comercial o financiera con él, a prohibir toda relación de sus
respectivos nacionales con los del Estado que haya quebrantado el Pacto y a
hacer que cesen todas las comunicaciones financieras, comerciales o
personales entre los nacionales de dicho Estado y los de cualquier otro
Estado, sea o no Miembro de la Sociedad.
2. En este caso el Consejo tendrá el deber de recomendar a los diversos
Gobiernos interesados de los efectivos militares, navales o aéreos con que
los Miembros de la Sociedad han de contribuir, respectivamente, a las
fuerzas armadas destinadas a hacer respetar los compromisos de la
Sociedad.
Como vemos, la palabra sanciones no se utiliza, aunque luego los diplomáticos evitaran las
frases eufemísticas y se hable de sanciones económicas, militares, etc. En los planes de formación
de la Sociedad se juzgaba imprescindible la previsión de medidas coercitivas, pero posteriormente
se consideró un error la imposición a los miembros de la utilización de su poder económico o
militar para poner fin a una guerra ilegal. Por otra parte, ante la retirada de los Estados Unidos de la
Sociedad quedó la flota británica como el único instrumento de actuación contra los agresores, y
Londres pronto demostró que no le agradaba el papel.
A pesar de que era propósito de los fundadores atender todas las funciones de una
comunidad de Estados, hubo propuestas no aprobadas, entre ellas la formación de una fuerza
internacional o alguna forma de organización militar de la Sociedad, cuyo principal valedor era
Francia, temerosa siempre de un nuevo ataque alemán por el Rhin. Aunque Clemenceau y
Bourgeois presionaron por la constitución de un Estado Mayor conjunto, la propuesta no salió
adelante. El rechazo de quien por su prestigio tendría que ser el generalísimo de la Sociedad, el
mariscal francés Foch, hostil a la idea de la Sociedad, fue determinante para frustrar el proyecto.
Más sorprendente resulta que se rechazara la propuesta japonesa de igualdad de todos los Estados,
pero tras ella se agazapaba la intención de suprimir las trabas que Estados Unidos, Australia y
Nueva Zelanda habían implantado para frenar la integración nipona, de ahí la negativa.
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Inicialmente, las reuniones se celebraron en Londres, finalmente Ginebra se convierte en
sede. La estructura orgánica se monta a través de los siguientes organismos: Asamblea General de
todos los Estados miembros, que se reúnen anualmente; Consejo de nueve miembros, más tarde de
trece, de las cuales cinco son permanentes, a la manera de un directorio similar al establecido en el
Congreso de Viena de 1815; Secretaría, que actúa de coordinador; Tribunal Internacional de
Justicia, con sede en La Haya; y Oficina Internacional del Trabajo (OIT.), con personalidad jurídica
independiente, encargada de defender los intereses de los trabajadores por medio de convenios
internacionales.
El funcionamiento dependía de la Secretaría, a cuyo frente se colocó el británico sir Eric
Drumond, que formó un equipo internacional, con diversas secciones: la de Finanzas, dirigida por el
inglés Salter; la Jurídica por el holandés Van Hamel; la Política, por el notable historiador francés
Paul Mantoux. En definitiva, la Sociedad convocó en un esfuerzo común a personalidades
procedentes de diferentes naciones, muchos de ellos especialistas eminentes en diversos campos.
Aunque se proponía ser una organización universal, su primera limitación fue su falta de
universalidad, y aunque el inspirador había sido el presidente norteamericano, su primera ausencia
trascendente fue la de Estados Unidos. Los aliados se opusieron al ingreso de Alemania hasta 1926,
y la U.R.S.S. no fue admitida hasta 1934. La cadena de agresiones-sanciones en los años 30 produjo
la retirada de sucesivas potencias: Alemania y Japón en 1933, Italia en 1937. La U.R.S.S. fue
expulsada por su ataque a Finlandia en 1939. efectivamente, nunca fue universal, ni consiguió evitar
las anexiones y tendencias expansivas de los Estados totalitarios. Ni, sobre todo, pudo impedir la
nueva conflagración mundial de 1939. Pero su balance no es negativo. No se limitó a ser la “Santa
Alianza de vencedores”, como la motejaron sus críticos. Solucionó algunos problemas
internacionales con la aplicación de los mecanismos arbitrales de su articulado, constituyó una
experiencia en la búsqueda de un nuevo orden mundial y algunas de sus instituciones han subsistido
en la ONU de la segunda posguerra.
Versalles no soluciona taumatúrgicamente los complejos problemas que la guerra ha dejado
como herencia en el campo de las relaciones entre los Estados, antes bien, el nuevo mapa europeo
dibujado en el Tratado provoca tensiones nuevas y la necesidad de reajustes que requieren tiempo.
En conjunto las relaciones internacionales del periodo de entreguerras pasan por cuatro fases: 1ª.
Tensiones derivadas de la aplicación de las cláusulas del Tratado (1919-1925). 2ª. Años de
concordia, con la incorporación de Alemania a la vida internacional; a partir del tratado de Locarno
Briand y Stresemann intentan conducir las naciones con programas de renuncia a la guerra (19251929). 3ª. La crisis económica deteriora la solidaridad y resurgen los recelos (1929-1933). 4ª.
Tensiones de los años 30 provocadas por la palingénesis de los nacionalismos y la política exterior
agresiva de los Estados fascistas (1933-1939); los bruscos cambios de alianzas han sido
denominados por el historiador español Jesús Pabón “virajes hacia la guerra” (ver el siguiente
epígR.A.F.e). Examinaremos ahora la primera fase.
Dos problemas ocuparon preferentemente la atención de los estadistas: el económico, con la
contabilidad de las indemnizaciones y las deudas, y el demográfico, al quedar incluidas minorías
étnicas en el seno de los Estados del mapa de Versalles; p. e., alrededor del 30 % de los ciudadanos
en Polonia y Checoslovaquia. Catorce Estados nuevos tuvieron que comprometerse, ante instancias
de la Sociedad de Naciones, a respetar la lengua, religión, escuelas y tradiciones de los pueblos
minoritarios que habían quedado integrados en sus solares nacionales, pero a pesar de las promesas
menudearon los incidentes, existían temas tabúes –para Gran Bretaña el de Irlanda–, en los que no
se admitía ninguna injerencia internacional, e incluso se procedió a intercambios de población,
como entre Grecia y Turquía en 1923. Veremos que el argumento étnico se convierte en la base del
expansionismo de los años 30.
A pesar de la filosofía ecuménica que inspira el nacimiento de la Sociedad ginebrina, las
tendencias nacionales continuaron impulsando los vectores de comunicación entre los Estados. En
la Alemania de Weimar predomina la política de resistencia ante Francia, aunque la necesidad de
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capitales para la reconstrucción hizo virar las relaciones bilaterales hacia posiciones de
entendimiento. En Francia subsiste el temor al peligro alemán y la convicción de que la resurrección
de su poderío constituiría una amenaza terrible, mas a partir de 1921 surgió al lado de la posición
revanchista encarnada por Poincaré la conciliatoria de Arístides Briand, a la que en 1928 se sumó
sorprendentemente aquél. Gran Bretaña comprende que su seguridad depende del equilibrio
continental y mira con suspicacia las ambiciones “napoleónicas” de Francia, su política de
hundimiento germano, su liderazgo sobre las jóvenes naciones centroeuropeas; a partir de 1925
Chamberlain cree encontrar el sentido de la política inglesa en el ofrecimiento de garantías a un
tiempo a Francia y Alemania. Italia, pilotada en los años veinte por Mussolini, sueña con convertir
el Mediterráneo en un mar italiano, como en tiempos de la antigua Roma. Fuera de Europa los
Estados Unidos se enclaustran en su aislacionismo, mientras en Japón se desatan las tendencias
expansionistas a costa de China e incluso de las colonias de las potencias occidentales (según
consigna el libro de Kita Ikki Las bases de la reconstrucción del Japón, 1919), aunque los grandes
trust, Mitsui y Mitsubishi preferirían una política más cauta, que promoviera las relaciones
comerciales pacíficas. A pesar del texto solemne de la Sociedad de Naciones, no es fácil encontrar
puntos comunes en la política de los grandes: deseo de equilibrio en Londres, revanchismo en París,
angustia en Berlín, apetitos imperialistas en Roma y Tokio, desentendimiento de Washington.
Otros dos problemas fundamentales han de solventarse en Europa al iniciarse la década de
los veinte: el alemán y el ruso. Aparte de la cuestión de las reparaciones, el problema alemán ofrece
un capítulo territorial; Berlín no reconoce de iure las fronteras impuestas en Versalles,
especialmente la pérdida del pasillo de Dantzig que aísla por tierra las regiones de la Prusia oriental,
ni el control franco de algunas comarcas occidentales del Rhin. La zona desmilitarizada entre
Francia y Alemania no dejó de suscitar tensiones. En marzo de 1920 un ultra nacionalista, Kapp,
promovió una huelga general en el Ruhr; para reprimirla el gobierno alemán necesitaba la
autorización de los aliados, pero París se opuso a cualquier movimiento de fuerzas armadas hacia el
oeste, a pesar de lo cual Berlín envió tropas. Los franceses, de acuerdo con los belgas, ocuparon las
ciudades de Francfort-sur-le-Main, Darmstad y Duisburgo, y sólo una conferencia internacional en
San Remo y la presión de Londres les obligó a evacuarlas. Con la convicción de que tal ocupación
había aislado internacionalmente a Francia, Briand efectuó algunos gestos de moderación, pero, sin
el apoyo del presidente Millerand, dimite y en 1922 Poincaré regresa a la política de ejecución
estricta de las cláusulas de Versalles, lo que ataba al gobierno de Berlín ante cualquier problema en
sus regiones del Oeste. Tras el fracaso de una conferencia en Ginebra en la primavera de 1922, se
produce la primera aproximación de los regímenes alemán y ruso, signada con la entrevista entre
Rathenau y Thitchérine. Se anticipa la situación de 1939. Este entendimiento provoca la alarma de
París y Poincaré decide la ocupación de los centros económicos de su peligroso vecino para
obligarle a pagar las deudas de guerra.
La ocupación del Ruhr en enero de 1923 señala uno de los momentos críticos de la Europa
de entreguerras. Se trataba de una decisión grave; se suponía la oposición de Inglaterra y quizá la
resistencia armada de Alemania; el mariscal Foch la consideraba una aventura insensata; no
obstante, Poincaré cedió a las presiones del círculo presidencial. De los grupos políticos franceses
sólo el ultraderechista Action Française solicitaba una medida tan enérgica; la derecha aprobó la
intervención armada después de realizada, y la izquierda –socialistas y un sector de los radicales– se
oponía a ella; los grupos de negocios, y en concreto la metalurgia francesa, que tenía un competidor
en los complejos siderúrgicos del Ruhr, no adoptaron una postura unánime. De ahí que concluya
Renovin: La ocupación del Ruhr no fue determinada, en consecuencia, por la presión de los
hombres de negocios, ni por el estado de ánimo de la opinión; fue fruto de la deliberación política,
que no tuvo en cuenta el consejo de los economistas. Los alemanes decidieron la resistencia pasiva,
paralizando minas y ferrocarriles. Las finanzas de Berlín se convirtieron en caja de resistencia al
subvencionar a los obreros en huelga. Para Alemania constituyó una sangría insostenible. Empero,
desde el punto de vista internacional, también lo era la posición del gobierno francés; tras muchos
titubeos, en agosto, es decir, con ocho meses de retraso, el gobierno inglés declaró que la
30
intervención era contraria a las disposiciones del tratado de Versalles. El despliegue de poder del
ejército galo ofrecía ribetes pírricos; la Alemania hundida no se encontraba en condiciones de saldar
sus deudas de guerra y la disminuida producción del Ruhr no significaba suficiente compensación.
A finales de 1923 Poincaré cambia de política y acepta la postura inglesa de respeto a la integridad
de Alemania; en este giro influye la nueva política germana de Stresemann –que postula la
aproximación entre los dos vecinos–, la presión de Londres, el hundimiento del franco y las
condiciones políticas que impone la banca norteamericana Morgan para conceder créditos a
Francia.
A lo largo del año 1924 crece el convencimiento de que es necesario implantar un nuevo
orden internacional, en el que Alemania encuentre su lugar; el gobierno Herriot en Francia y el
triunfo laborista en Gran Bretaña posibilitan la búsqueda de instrumentos no revanchistas o
coactivos.
Por otra parte comienza a atenuarse la cuarentena hacia la U.R.S.S., juzgada régimen
aberrante –Foch consideraba que Polonia y Rumanía constituían un cordón sanitario–. Primero
Gran Bretaña, y en 1924 Italia y Francia, reconocen diplomáticamente la República de los soviets;
esta integración paulatina no culmina hasta 1934, cuando la U.R.S.S. ingresa como miembro en la
Sociedad de Naciones.
En febrero de 1925 Stresemann comunica que Alemania está dispuesta a firmar un tratado
en el que se garantice el respeto a las fronteras dibujadas en Versalles; se trata de un giro radical,
puesto que hasta ese momento la repulsa del tratado había constituido un clamor nacional. Entre
otras cosas suponía la aceptación de la zona desmilitarizada y de la integración de Alsacia-Lorena
en el territorio nacional de Francia; pero ésta reclamaba la aceptación íntegra del tratado, con sus
cláusulas económicas y morales, y la inclusión del reconocimiento de las fronteras orientales con
Polonia y Checoslovaquia. Los alemanes consiguieron finalmente la promesa de que las fronteras
del este no se garantizarían con respaldo francés sino simplemente mediante acuerdos bilaterales, y
el 5 de octubre se reúnen en Locarno los representantes de Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia y
Bélgica. El tratado de Locarno, que lleva fecha de 16 de octubre, confirma el statu quo de Renania;
se respetan por Alemania, Francia y Bélgica, con garantía de Inglaterra e Italia, las fronteras fijadas
en Versalles y la zona desmilitarizada, y al mismo tiempo se promete la revisión de las deudas y la
plena incorporación de Alemania a los organismos internacionales. Para Alemania suponía que no
se requería una nueva ocupación del Ruhr; para Francia el respaldo británico en caso de una
resurrección del militarismo germano. Al no ser incluidas las fronteras del este, Francia firmó
tratados de garantía con Checoslovaquia y Polonia, pero quedaban al margen del nuevo orden; “no
hubo un Locarno oriental”, se ha dicho más de una vez; en los años 30 la política expansiva de
Hitler probaría la gravedad de esta imprevisión.
Desde finales del S. XIX Francia había frenado la presión alemana con la alianza rusa, pero
la situación creada por la revolución bolchevique le inclinó a sustituirla por un entramado de
alianzas en la Europa central. Por iniciativa yugoslava se había constituido en 1920 la Pequeña
Entente (Yugoslavia, Rumanía, Checoslovaquia), formada por los países satisfechos de los tratados
y que en consecuencia se opondrían a cualquier posición revisionista de Berlín. Después de
Locarno, Francia intentó suscitar la alianza de sus dos protegidos, Polonia y Checoslovaquia, pero
fracasó ante el problema de Teschen, reivindicado por las dos naciones. Un objetivo galo es, por
tanto, el bloque de alianzas en Europa central bajo patronazgo francés; otro el fortalecimiento de la
Sociedad de Naciones, de la que Briand intenta hacer un poder arbitral inapelable. En este segundo
quinquenio de los años veinte se sueña con un mundo en el que no vuelva a encenderse la tea de la
guerra; el francés Briand y el alemán Stresemann son los protagonistas de la búsqueda de este
nuevo rumbo que se intenta imprimir a la humanidad. En la denominada “era Briand- Stresemann”
el acontecimiento más destacable es la incorporación de los Estados Unidos, hasta entonces
encerrados en sí mismos, a la cruzada por la paz, a la que contribuyen sectores muy dispares de la
sociedad norteamericana:
31
a) algunos grandes del mundo de los negocios. Carneige se había incorporado a los
esfuerzos pacifistas ya antes de la conflagración del 14 y había fundado la Dotación para la Paz
Internacional y costeado el Palacio de la Paz en La Haya; Henry Ford y otros le siguieron.
b) organizaciones pacifistas que predican el aislamiento y desconfían de la Sociedad de
Naciones, prefiriendo el desarme y las resoluciones del Tribunal Internacional de Justicia; así la
Liga Internacional de las Mujeres para la Paz y la Libertad, fundada por la infatigable Jane Addams,
o el Comité organizado por Levinson, que intentaba poner fuera de la ley la guerra de la misma
manera que había sido abolida la esclavitud.
c) la receptividad de parte del pueblo americano a los requerimientos de Briand. En el
décimo aniversario de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial (6 de abril de
1927) se dirigió al pueblo norteamericano solicitando que las dos naciones renunciaran
definitivamente a la guerra. Un mes después el piloto Lindberg aterriza en Le Bourget tras realizar
la primera travesía del Atlántico y se intensifica el entusiasmo deportivo por la nueva era de la
concordia y la paz.
Así se gestó el apoyo al pacifismo del secretario de Estado Kellog, hasta entonces hombre
áspero y poco inclinado a formulaciones idealistas. El premio Nobel de la Paz, primero a Briand y
posteriormente a Kellog, terminó de reforzar la política de repulsa a la guerra. Finalmente el 27 de
agosto de 1928 quince naciones firman el denominado pacto Briand-Kellog, en el que condenan la
guerra como medio de resolución de los conflictos internacionales y asumen el compromiso de
renunciar a ella en sus relaciones mutuas; en enero de 1929 el Senado norteamericano lo confirma
por 85 votos contra 1. Pero antes, en septiembre de 1928, Briand pronuncia su famoso discurso ante
la Asamblea de la Sociedad de Naciones, en el que formula su proyecto de Unión Europea.
Estos años de ilusiones se vieron ensombrecidos inmediatamente por la crisis económica y
por la comprobación de que la revisión de Versalles por los alemanes no se detenía en las fronteras
y las deudas, sino que se ampliaba a la reivindicación del Sarre, al rechazo de la zona
desmilitarizada y a la necesidad del rearme, el cual, por otra parte, el Estado Mayor germano estaba
ensayando clandestinamente con nuevos artificios en territorio ruso. El nuevo jefe de gobierno
André Tardieu, uno de los testigos de la gestación de Versalles, declara que en lo sucesivo Francia
no confiará en tratados retóricos y se apoyará en la fuerza de las armas. Amanece la década de los
30 con un clima más enrarecido que el que hombres como Briand, Stresemann o el Kellog de la
última etapa habían soñado implantar en el mundo.
Con la crisis económica se ha roto la solidaridad entre los Estados, aunque todavía los
políticos confiaban en que el articulado de la Sociedad de Naciones constituyera un freno a las
hostilidades, un foro en el que se solventaran con medios racionales las divergencias. A partir del
otoño de 1931 incidentes aislados demuestran la inoperancia del organismo internacional. Sus
fracasos más resonantes se comprueban en la crisis de Manchuria y en la conferencia sobre desarme
del año 1933.
La ocupación japonesa de Manchuria ha sido considerada como el primer eslabón de la
política expansiva que desembocará en la guerra de 1939. Analicemos sus líneas principales. Para
Japón la necesidad de espacios se había convertido en imperiosa ante el crecimiento constante de su
población; hasta la crisis económica la fluidez del comercio internacional le había permitido atender
sus necesidades, pero la depresión la coloca en una situación límite, el ministerio del pacifista barón
Shidehara es desplazado y un gabinete belicista, controlado por militares, orienta su política exterior
a la adquisición de territorios. Un viejo tratado les va a servir de coartada. Desde la guerra rusojaponesa de 1904-1905 los nipones habían obtenido el derecho de controlar el ferrocarril
surmanchuriano y sus tropas se encontraban establecidas en puntos neurálgicos de la línea. En
septiembre de 1931 un sabotaje de algún grupo chino provocó la interrupción del tráfico durante
algunas horas; un acontecimiento tan banal fue suficiente para que el gobierno de Tokio ordenara la
ocupación total de Manchuria, lo que suponía el quebrantamiento de las disposiciones de la
Sociedad de Naciones, del tratado de garantía del territorio chino (1922) y del pacto Briand-Kellog.
32
China recurre a la Sociedad ginebrina y se niega a tratar con Tokio mientras no retire sus tropas,
pero el gobierno japonés hace caso omiso de todas las recomendaciones y aumenta sus exigencias,
hasta que en marzo de 1932 convoca un plebiscito, proclama el Estado del Manchukúo, a cuya
cabeza coloca al último emperador destronado de China, Pu-Yi, y lo convierte en protectorado
japonés. Se trata del primer capítulo en la expansión nipona en el continente, pero sobre todo
constituye un desafío al organismo ginebrino, es la primera de las violaciones del derecho
internacional. La resolución de la Sociedad de Naciones no pasó de ser una declaración platónica;
tras el informe de la comisión Lytton ordenó la retirada nipona excepto la guarnición de la vía
férrea; y tras su incumplimiento se limitó a aconsejar la no aceptación de la moneda del nuevo
Estado de Manchukúo en los pagos internacionales ni la validez de sus sellos postales, pero no
formuló ningún boicot económico contra Japón. La potencia que hubiera podido ejercer alguna
presión real, Inglaterra, recelaba de la suerte de sus líneas comerciales con Hong Kong, y ante el
escaso apoyo norteamericano, limitado a una declaración verbal del secretario de Estado sobre la no
aceptación del hecho consumado, se abstuvo de cualquier movimiento; el Almirantazgo hizo saber
que no se encontraba en disposición de trasladar las suficientes fuerzas navales a las aguas del
Pacífico. Todo se redujo a una condena verbal de Ginebra que provocó la salida de Japón de la
organización en marzo de 1933.¿Qué valor tendrían en lo sucesivo las resoluciones de la Sociedad
de Naciones? ¿Dependería de ellas la política internacional o de las ambiciones e intereses de las
grandes potencias? El primer conflicto parecía inclinar la contestación hacia la segunda alternativa.
El fracaso de la conferencia de desarme señala otra fisura en el ordenamiento que se
proponía Ginebra, quizá más onda porque tras él se regresa inexorablemente a la política de fuerza
como reguladora de la vida internacional. A lo largo de los años 1932 y 1933 se celebra la
conferencia sobre desarme. Únicamente Alemania tenía sus fuerzas limitadas; por razones
económicas y morales se imponía una limitación universal, pero reclamaba previamente el
funcionamiento eficaz del sistema de seguridad colectivo, la garantía para el agredido de que el
agresor sería sancionado por la sociedad de Estados. En la conferencia intervienen incluso las
potencias no integradas en el organismo ginebrino, como los Estados Unidos. Las propuestas fueron
de una admirable diversidad:
a) rusa: renuncia total a todo tipo de armamento, pero sin propuesta de ningún sistema de
control comprobatorio; b) americana: reducción en un tercio del nivel existente, con posibilidad de
reducciones posteriores; c) británica: fijación de un mismo nivel para las grandes potencias,
200.000 hombres. Más difícil resultaba cuantificar las máquinas, porque su potencia depende de su
perfección tecnológica. Y por otra parte Francia se negaba a contabilizar en los efectivos su cuerpo
colonial. Y Alemania, tras el acceso de Hitler al poder, a la SA y SS; Alemania solicitaba el mismo
poder que las otras potencias, lo que suponía su rearme mientras los otros iniciaban el desarme; el
plan francés, debido a Herriot, fue el más minuciosamente preparado; el armamento pesado
(tanques, cañones) se colocaría bajo el control de la Sociedad de Naciones y utilizado
conjuntamente por una fuerza internacional; cada Estado dispondría de una milicia dotada
exclusivamente de armamento ligero individual.
Entre propuestas diversas y utópicas, egoísmos sagrados y discusiones bizantinas, las
sesiones de la conferencia desembocaron en un sentimiento de desengaño general, y de la misma
manera que tras la crisis del 29 cada país tuvo que encontrar su solución nacional en el campo de la
economía, en el de las fuerzas militares tras el fracaso de la conferencia de desarme y la
comprobación de la ineficacia de la Sociedad de Naciones cada potencia se consideró con derecho a
volcarse en el rearme. La insolidaridad poseía ya otro argumento.
LOS VIRAJES HACIA LA GUERRA
La Historia europea desde 1933 tiene un eje y un nombre: Hitler. Al contemplar en conjunto
el panorama de la política exterior hitleriana sobresalen dos comprobaciones: 1ª., la propaganda y la
preparación de la nación se orientan hacia la guerra, y en la guerra efectivamente desemboca el
33
régimen. 2ª., la doctrina del espacio vital señalaba el Este como área de expansión del pueblo
alemán pero sólo en parte se mantiene este objetivo en 1939, cuando se invade Polonia pero se
firma un tratado con Rusia, hasta aquel momento considerada la gran reserva de tierras para la
implantación de los arios. En cuanto a la constante bélica, no parece que existan muchas dudas; de
manera tajante afirma el historiador Ramos Oliveira: Importa mucho saber esto: la guerra era para
el nacionalsocialismo un fin, un fin en sí misma. Ganarla o perderla tenía para Hitler menos interés
que empezarla. Quizás exista un punto de exageración en juicio tan enérgico, ya que bastantes
estudios muestran un error de cálculo de Hitler en septiembre de 1939, pero es indiscutible que su
agresividad en las relaciones internacionales implicaba, en el mejor de los casos, un riesgo bélico.
En cuanto a la segunda, la misión histórica de domeñar a la Rusia bolchevique, aparece varias veces
en las páginas de Mein Kampf: Nosotros no podemos olvidar que los bolcheviques tienen las manos
manchadas de sangre... No debemos olvidar que muchos de ellos pertenecen a una raza en la cual se
combina una mezcla de bestial crueldad y una insuperable habilidad para el embuste. Pero
Alemania es sólo una pieza del mosaico europeo, la pieza clave, quizá, más también otras potencias
contribuyen a incrementar la tensión continental, por lo que resulta imprescindible un enfoque de
conjunto.
Desde 1925 las cuatro grandes potencias europeas, Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia,
han firmado en la ciudad suiza de Locarno unos acuerdos que suponen el cierre de la etapa
revanchista de Versalles y la inauguración de un periodo de armonía y colaboración entre las
naciones. En 1940 esas cuatro potencias están en guerra. En esos años la política internacional ha
sido sacudida por acontecimientos cataclísmicos. El espíritu de concordia de Locarno ha sido herido
en primer lugar por la depresión económica. Luego es el rechazo hitleriano de todos los acuerdos de
Versalles el que provoca un clima de tensión. Pero no es sólo la política exterior alemana la que
conduce hacia la guerra: el cuadro es más complejo, con giros inesperados de la política tradicional
(virajes) de las potencias. Jesús Pabón ha hablado de cuatro virajes: francés, británico, italiano,
alemán. Su original enfoque permite entender con relativa claridad el curso, de apariencia caótica,
de los acontecimientos europeos entre 1934 y 1934. Sigamos ordenadamente las cuatro fases.
El viraje francés o aproximación de Francia a Rusia
Desde el estallido de la revolución rusa la política francesa se ha caracterizado por su
enemistad hacia el régimen soviético; la retirada unilateral de la contienda mundial con la Paz de
Brest-Litovsk influyó tanto como las diferencias ideológicas entre los regímenes políticos. Pero
desde la subida de Hitler al poder y el rearme del Reich los franceses vuelven a obsesionarse con el
problema alemán. El ministro de Asuntos Exteriores, Barthou, comienza a pensar en la
aproximación a Rusia y en el apoyo a las pequeñas naciones, Checoslovaquia, Yugoslavia,
constituidas en los acuerdos de paz. Al morir Barthou, Laval continúa la aproximación al régimen
soviético. El 2 de mayo de 1935 se firma el pacto franco-soviético, que es lo inverso de Locarno, ya
que en estos acuerdos la vida europea se había organizado con la exclusión de la U.R.S.S..
Alemania advierte esta incompatibilidad y se considera desligada de los convenios del año 25. Por
otra parte vuelve a sentirse en la población alemana la sensación de cerco, no aliviada con la
reincorporación del Sarre a Alemania, tras un plebiscito celebrado en los primeros días del año
1935.
Frente al expansionismo nazi Francia se esfuerza en forjar un frente común, y en efecto en
abril de 1935 se reúnen en la localidad italiana de Stresa los jefes de gobierno y ministros de
Asuntos Exteriores de Italia, Francia y Gran Bretaña. En el cónclave no está presente Alemania, es
la potencia ausente si cotejamos esta reunión de alto nivel de la diplomacia europea con la reunión
de Locarno. El encuentro de Stresa viene preparado por las conversaciones Laval-Mussolini del mes
de enero. Dos puntos se tratan en ellas: la seguridad de Austria y los intereses marítimos de Etiopía.
¿Otorgó Francia libertad de acción en África a Mussolini? Se trata de una cuestión debatida,
imposible de probar o refutar, al no consignarse por escrito los compromisos; probablemente Laval
34
ofreció respeto a las ventajas económicas que Roma pudiera conseguir en Etiopía, dejando en
términos ambiguos la eventualidad del dominio político. Pero la colaboración Francia-Italia no
tendría valor sin el respaldo inglés, y esto es Stresa, el entendimiento entre las tres naciones para
salvaguardar la paz de Europa amenazada por los gestos audaces de Berlín. Pero el acuerdo deja
una fisura: el equívoco africano. Mientras Inglaterra advierte que no tolerará que Italia obtenga
algo más que ventajas económicas en Etiopía, los discursos de Mussolini y los editoriales del
Popolo d´Italia advierten que el asunto etíope es la piedra de toque para distinguir entre amigos y
enemigos.
En 1936 tres crisis superpuestas vuelven a alterar el cuadro de alianzas: en marzo la
remilitarización de Renania, de octubre de 1935 a mayo de 1936 la guerra de Etiopía, a partir de
julio la guerra civil de España. El telón de fondo es el continuo incremento de la capacidad militar
de Alemania, y precisamente la remilitarización de Renania la primera señal de su trascendencia.
Según las cláusulas de Versalles, una zona desmilitarizada, que incluía la orilla izquierda del
Rhin y una franja de 50 Km en la orilla derecha, permanecería sin tropas. Hitler decidió por motivos
de seguridad nacional ocuparla militarmente; su argumentación se resumía en la réplica al pacto
franco-soviético. El gobierno francés de Sarraut era de transición, simple supervisor de las
elecciones legislativas de abril. El ejército de Hitler franqueó el Rhin el 7 de marzo; los franceses no
se atrevieron a dar el grave paso de la movilización general, pedida por el ministro de la Guerra,
general Maurin, y Serraut se limitó a advertencias difundidas por radio. Londres aceptó el hecho
consumado. Las democracias occidentales contemplaban casi impasibles la conculcación de los
acuerdos de Versalles, mientras que las tropas italianas se desplegaban por territorio etíope. No sólo
Versalles, incluso Stresa, se había convertido en un acuerdo muerto.
El viraje británico o ruptura entre Inglaterra e Italia (la guerra de Abisinia)
Diversos móviles impulsan a la Italia fascista a su aventura africana: su misma doctrina
imperialista, espoleada por la remembranza del fracaso de Crispi cuando había intentado ocupar
Etiopía a finales del S. XIX; los problemas demográficos, incrementados por la decisión de
Mussolini de cerrar el tradicional éxodo hacia América; las similitudes naturales de las extensas
mesetas africanas con algunas regiones de la península apenínica, que las convertían a los ojos de
los italianos en tierra de promisión; la dificultad de las comunicaciones de la metrópoli con sus
colonias de Eritrea y Somalia, al no poseer un pasillo hacia el Mediterráneo. Un incidente con una
patrulla etíope fue considerado como casus belli y la máquina italiana se movilizó. Las operaciones
militares, dirigidas por Badoglio, duraron más de siete meses, y a pesar de la supremacía
tecnológica del ejército fascista, cuya aviación podía actuar con impunidad, no se remataron sin
algunos reveses. Roma nada temía de París; solamente le preocupaba la reacción de Londres, pero
el gobierno británico se contentó con montar una espectacular concentración naval en el
Mediterráneo oriental, so pretexto de la protección de Egipto y Sudán, y al final del conflicto con
dar cobijo al emperador de Etiopía, Halle Selassie. La reacción de la Sociedad de Naciones una vez
más puede calificarse de tibia, de sanciones débilmente disuasorias, centradas en la prohibición del
comercio de productos estratégicos con el agresor. Pero el conflicto rompe el frágil frente de Stresa
y las repercusiones en la política internacional son intensas.
La diplomacia tradicional inglesa era la del equilibrio. P. e., ante el rearme alemán y su
abandono de la Sociedad de Naciones busca un contrapeso y procura fortalecer el entendimiento
con Italia y Francia, es el frente de Stresa, un pacto de seguridad occidental. La segunda diplomacia
es la de seguridad colectiva, el apoyo a la Sociedad ginebrina. Al estallar la guerra de Abisinia,
Baldwin titubea ¿debe continuar la diplomacia del equilibrio, y mantener la alianza italiana, o
preferir la diplomacia de la seguridad colectiva, representada por la Sociedad de Naciones, y apoyar
las sanciones? Un intento de mediación, Laval-Hoare, fracasa; los italianos continúan la guerra y el
Comité de los 18 decide decretar las sanciones. El viraje británico lo encarna Eden, es la victoria de
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la política antiitaliana y sancionista. Pabón cree que el abandono de la política de equilibrio lleva a
la guerra mundial.
El viraje consiste por tanto en el abandono de la política de la balanza para sustituirla por la
de la seguridad colectiva. Tras el fracaso de las sanciones, Inglaterra intenta soldar la rotura,
restablecer la amistad con Italia. Más tarde, en febrero de 1938, Lord Halifax entra en el Foreing
Office y estimula este restablecimiento. Incluso llega a firmarse un acuerdo anglo italiano y
Chamberlain acude a Roma. Pero la rotura no puede ser reparada.
El viraje italiano o alianza entre Italia y Alemania. Munich
El eje Roma-Berlín supone la ruptura de la amistad con Francia. Mussolini había enunciado
entre los principios de su política exterior el rechazo de la hegemonía de una nación en Europa: la
política internacional debía ser regulada por las cuatro grandes potencias en inteligencia y
equilibrio. La vieja enemiga de Italia, Austria, ha sido triturada en Versalles, ya no es un peligro.
Pero el equilibrio se rompería nuevamente si Alemania incorporara a Austria; en 1934 Italia,
Inglaterra y Francia publican una declaración sobre la necesidad de la independencia austriaca,
amenazada desde la subida de Hitler a la Cancillería. La simpatía de Mussolini por Austria se apoya
además en la amistad que el Duce siente por el canciller Dollfus y sus procedimientos políticos
expeditivos,. pero Dollfus es asesinado en julio de 1934 y a partir del magnicidio la situación
interna no vuelve a ser estable.
Otra crisis, la guerra civil española, propicia la aproximación definitiva entre Roma y Berlín.
En julio de 1936 no es sólo España la que se divide en dos bandos; la contienda fraterna se
convierte en un acontecimiento mundial y son razones de índole internacional las que impulsan la
intervención de las potencias fascistas en apoyo de los militares alzados contra el gobierno
republicano: para Hitler es conveniente iniciar el cerco a Francia con otro régimen hostil al otro
lado de los Pirineos (Viñas); para Mussolini, que sueña con convertir al Mediterráneo en un mar
italiano –así traduce la expresión Mare Nostrum–, es la ocasión de asentarse en las Baleares y cortar
las comunicaciones navales Norte-Sur de los franceses (Coverdale). Mientras Francia titubea, por
las disensiones entre socialistas y radicales, y Londres se convierte en campeón de la no
intervención. Hitler y Mussolini encuentran un interés común en la guerra española. La orientación
germanófila del Estado fascista había sido iniciada en junio de 1936 por el nuevo ministro de
Asuntos Exteriores Ciano, yerno del Duce, quien consigue el reconocimiento alemán de la
conquista de Etiopía. En octubre, Ciano se entrevista con el Führer en Berchtesgaden, en un
momento en que se considera que los “nacionales”, ya cerca de Madrid, se van a enfrentar a
momentos decisivos y es conveniente intensificar la ayuda. En esta visita Ciano enseña 32
documentos ultra secretos preparados por Anthony Eden para el gabinete británico, en los cuales se
tilda de pandilla de aventureros a los gobernantes germanos y se recomienda la aceleración del
rearme del Reino Unido. En una de sus impetuosas reacciones coléricas, Hitler propone pasar al
contraataque contra las democracias, y así se desemboca en el Eje, el entendimiento de Italia y
Alemania, un acuerdo verbal, sin compromiso escrito. Posteriormente Roma se suma al acuerdo
Antikomintern que habían firmado Alemania y Japón, con lo que puede hablarse de un eje BerlínTokyo-Roma. Este entendimiento es un paso hacia la formación de los bloques de la Segunda
Guerra Mundial. Pero el Eje tiene otra repercusión más inmediata en la política europea, deja las
manos libres a Hitler para intervenir en Austria.
Los cambios políticos que se producen en Berlín en febrero de 1938 van a acelerar el
proceso. Tres meses antes el Führer anuncia a sus colaboradores que el rearme alemán se ha
completa y Alemania se encuentra en condiciones de obtener más espacio en Europa. El 4 de
febrero Hitler desplaza a los mariscales que consideraban peligrosa y provocadora para Rusia la
intervención en España y asume directamente el puesto de comandante general de las fuerzas
armadas, con un Estado Mayor de simpatizantes del nazismo. Al mismo tiempo Schacht es
sustituido en el ministerio de Finanzas y Von Neurath. criticado por Göering y Goebbels por su
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pasividad, abandona el ministerio de Asuntos Exteriores, del que se hace cargo el embajador en
Londres Von Ribbentrop. Con la nazificación total del gobierno de Berlín el primer objetivo es la
conquista de Austria.
El paso tan grave que Hitler va a dar encuentra algunos apoyos internos en la propia Austria,
y no únicamente el del partido nazi. Tras la desmembración del Imperio austro-húngaro, para
muchos sectores la única solución estribaba en la unión con Alemania, que luego fue impedida por
los tratados y las potencias de la Entente. Entre los campesinos se había mantenido viva la nostalgia
del Imperio, y el nuevo Reich germánico podía ser el sustituto o aparecer con un rostro sacral de
tradición histórica más fuerte que la República vienesa. Los grupos militares denominados
Heimwerr eran hostiles a los socialdemócratas y a sus gobiernos y bastante sensibles a apelaciones
nacionalistas o imperialistas, y tras el éxito de los nazis en Alemania abogaban por los
procedimientos totalitarios. La Constitución dictatorial de Dollfus, con excepcionales poderes
presidenciales, fue mantenida por Von Schuschnigg, que intentó resistir la presión del
pangermanismo y en julio de 1936 consiguió de Hitler la promesa de respeto a la soberanía
austriaca, a cambio de declarar que Austria era un Estado alemán. Ante el crecimiento del partido
nazi y sus proyectos conspiratorios, Von Schuschnigg intenta en febrero obtener de Hitler la
confirmación del respeto a la independencia austriaca, pero el Führer apoya el que llama derecho de
conspiración de los nazis y exige una amnistía y el nombramiento como ministro del Interior del
jefe del nazismo austriaco, Seyss-Inquart. El final de la Austria libre es inminente. El 9 de marzo
Schuschnigg anuncia la convocatoria de un plebiscito para el día 13 sobre la independencia
austriaca; Seyss-Inquart le transmite la conminación de Hitler para que lo suspenda. Después de la
suspensión, Hitler exige que se coloque a Seyss-Inquart en la cancillería. El presidente Miklas y el
canciller han de inclinarse a la fuerza. Nombrado canciller, Seyss-Inquart llama a las tropas
alemanas, que en veinticuatro horas ocupan el país. El día 13 se proclama el Anschluss la unión de
Austria a Alemania. El 10 de abril el plebiscito que Hitler no había tolerado en marzo arroja un 99
% de votos favorables a la unión; los socialdemócratas rehúsan acudir a las urnas, a los judíos se les
deniega el derecho de voto, los procedimientos del Estado totalitario empiezan a adquirir los
mismos perfiles que antes en Alemania. El silencio italiano supone un viraje rotundo. Se quiebra la
amistad de Italia y Francia. El francés Briand dice que el Anschluss es la guerra.
A continuación estalla la crisis checa. En los sudetes vivían tres millones y medio de
alemanes, que se quejaban de las vejaciones a que eran sometidos. Después del Anschluss aumentan
las demandas sudetes y en Alemania se desata una campaña de prensa para incorporar una región
que se consideraba alemana. En septiembre acude Chamberlain, primer ministro inglés, a
Berchtesgaden, donde Hitler le manifiesta que la incorporación de la zona sudete al Reich es la
única salida honorable para Alemania. Para evitar una campaña militar, el gobierno británico aceptó
la fórmula de la anexión, sobre la base de que se incorporarían al Reich las zonas donde la mitad de
la población fuese alemana. El gobierno checo hubo de inclinarse. Pero en una nueva conferencia
en Godesberg, Hitler dice, con estupor del primer ministro inglés, que
Alemania
no
podía
conformarse con los sudetes, sino que pretendía además otras zonas. Para encontrar una solución, el
29 de septiembre se reúnen en Munich, Hitler, Mussolini, Chamberlain y Daladier. Prevalecen, algo
atenuadas, las exigencias de Hitler, que son aceptadas por los gobiernos inglés y francés, lo que
suscitó protestas y emoción en la opinión pública de los países democráticos. Munich fue el punto
de partida para nuevas exigencias e incorporaciones; en marzo de 1939 los alemanes ocupan Praga
y establecen el protectorado de Bohemia y Moravia; anteriormente los polacos habían ocupado
otras zonas checas. El golpe de fuerza alemán rompía los acuerdos de Munich; Hitler hacía caso
omiso de sus compromisos internacionales.
El viraje alemán o pacto germano-soviético
De Locarno sólo subsistía la relación anglo-alemana; el pacto germano-soviético de agosto
de 1939 la rompe. La política exterior alemana se encuentra desde el primer momento ante el viejo
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dilema de Bsimarck: ¿se efectuaría la expansión de Alemania hacia el este o hacia el sur? Hitler se
inclina por la primera disyuntiva; en las páginas de Mein Kampf se anticipa este propósito:
Debemos poner fin a la perpetua marcha germánica hacia el sur y hacia el oeste de Europa y volver
nuestros ojos a las tierras del este.. Pero cuando hablamos hoy de nuevos territorios en Europa,
debemos pensar principalmente en Rusia y en los Estados fronterizos sometidos a Rusia. El destino
mismo parece que desea señalarnos el camino ahí. Un paso en este expansionismo es la ocupación
de Polonia, empresa en la que influye el recuerdo de Versalles, el pasillo de Dantzig, que ha aislado
a la Prusia oriental, y la pérdida de varios territorios alemanes. Militarmente es el paso más fácil,
pero diplomáticamente ha de contarse con la neutralidad rusa. Aquí reside el viraje. Hitler se
aproxima al país que ha considerado en todo momento como enemigo. El 23 de agosto se firma el
pacto de no agresión germano-soviético, que quiebra definitivamente la relación anglo-alemana y
ofrece a Rusia como botín, además de las regiones orientales de Polonia, la apertura hacia el espacio
báltico, desde Lituania a Finlandia. La revisión del mapa político del Báltico suponía la
descalificación total de Versalles y reforzaba la postura nazi del rechazo del tratado.
La presión germana sobre Polonia se había iniciado en enero, cuando el ministro de Asuntos
Exteriores del gobierno de Varsovia, Beck, se entrevista, con Hitler en Berchtesgaden, y no había
dejado de incrementarse, hasta el punto que Ciano anota en su diario una frase de Von Ribbentrop
en abril: queremos la guerra. Pero sólo la firma del tratado con Rusia hizo desaparecer el temor a la
intervención inglesa, garante de la integridad de Polonia. El general Halder, ayudante de Hitler,
anota en su Diario el día 26 de agosto: 1. El ataque comienza el 1 de septiembre. Ese mismo día 26
Dahlerus, enviado del Führer a Londres, le advierte que Inglaterra no permanecerá pasiva, y Hitler
replica violentamente con amenazas contra los ingleses. Efectivamente, el día 1 de septiembre el
ejército alemán invade Polonia. Es la guerra. De la documentación se deduce que Hitler confiaba en
la pasividad inglesa.
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HISTORIA DEL MUNDO ACTUAL
TEMA 2. LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.
CAUSAS: el problema de los orígenes
Se puede plantear la cuestión sobre si la Segunda Guerra Mundial fue una continuación de la
Gran Guerra. Hoy parece abrirse paso la separación e independencia entre ambos conflictos. La
revisión de las causas de esta y otras guerras siempre se debe someter al paso del tiempo, ya que,
tras su finalización, los vencedores suelen cargar el mayor peso de las responsabilidades sobre los
vencidos, sin detenerse a reflexionar sobre el alcance general de muchas de ellas.
a) La responsabilidad nazi. La mayoría de los historiadores estima que la guerra se
desencadenó por voluntad de Adolf Hitler, debido a sus deseos de expansión territorial, dentro de
una clara mentalidad imperialista, tal y como se puede apreciar en su obra Mein Kamf, donde
expuso su concepción política. Por otra parte, las doctrinas nazi y fascista elevaron a virtudes los
valores de dominación, dividieron el mundo en razas superiores e inferiores, sobrevalorando el
militarismo y la agresividad, y alentaron la idea de la guerra como un instrumento más del
engrandecimiento del Estado totalitario.
b) Los factores económicos. El “milagro económico alemán” de los años treinta dependió
del rearme del Estado, de la apertura de grandes complejos industriales armamentísticos, de la
restauración del ejército, causantes del considerable aumento de la deuda pública. Al reducirse el
mercado interior y obturarse el exterior, sólo la conquista de nuevos territorios pudo ofrecer una
salida al régimen nazi, que observó como el paro que había anulado podía volver a la escena social
y económica de Alemania. Ello hubiera supuesto el fin de la imagen redentorista de Hitler.
c) La teoría del espacio vital. Algunos sociólogos han preferido explicar el conflicto como
una consecuencia, en principio, de la agresividad demográfica de Alemania, Italia y Japón,
presentando a Hitler como un líder de “hombres sobrantes”. Lo cierto es que la política pronatalista
de las tres naciones no tuvo ningún fin humanista, pues no defendía el derecho a la vida, sino la
multiplicación de hombres y mujeres para el bien del Estado totalitario. La propaganda oficial
insistió en la necesidad de conquistar un “espacio vital” para dar salida a una población
superabundante. Así, Mussolini trató de colonizar con italianos sus colonias africanas de Libia,
Eritrea, Somalia y Etiopía, reclamando Albania; el gobierno militarista nipón intentó hacer lo
mismo en el escenario territorial del Extremo Oriente y el Estado nazi reivindicó la “Gran
Alemania”.
d) La falta de respuesta de las democracias occidentales. Durante los años treinta, la
ausencia de una enérgica respuesta diplomática y económica de las potencias democráticas ante las
agresiones nazis, japonesas y fascistas envalentonó a sus respectivos gobiernos. La violación del
Tratado de Versalles por Hitler no fue contestada por Francia y Gran Bretaña, que también se
abstuvieron de protestar ante las continuas injerencias de Alemania en los asuntos internos de
Austria. La Sociedad de Naciones impuso sanciones a Italia por la conquista de Etiopía (1934),
pero, en realidad, las penalizaciones impuestas fracasaron, al no establecer el embargo del petróleo
por temor a extender más el conflicto, siendo retiradas en junio de 1936. En marzo de 1938, se
produjo la anexión de Austria al Reich (el Anschluss) y al mes siguiente se produjo la conquista de
los Sudetes checos. Ante el temor a una guerra, todos los gobiernos, incluido el norteamericano,
propiciaron una conferencia internacional en Munich (29 de septiembre), sin que estuvieran
presentes los checos. El acuerdo de Munich fue claramente favorable a Hitler, comenzando la
desmembración de Checoslovaquia. Entre los meses de septiembre de 1938 y marzo de 1939, los
alemanes invadieron Bohemia.
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e) La responsabilidad de las potencias extraeuropeas. La circunstancia de que Estados
Unidos y Japón fueran dos de las principales participantes de la guerra, llevó a historiadores, sobre
todo norteamericanos, a profundizar en la responsabilidad de estos países.
El Imperio japonés, envalentonado por las victoriosas campañas frente al Imperio ruso
(1904) y su participación en la Primera Guerra Mundial, comenzó a mantener una actitud
marcadamente agresiva a partir de 1931, conquistando una de las más antiguas regiones chinas,
Manchuria. Allí impuso un gobierno títere, al frente del cual situó al último emperador chino, PuYi, bajo protectorado japonés. La extensión de una mentalidad militarista con tintes de superioridad
racial en la sociedad y en las élites de poder, hizo que Japón practicara una política exterior
francamente agresiva contra China, a quién veía como una potencia enferma y decadente. En 1937,
el ejército imperial invadió la nación vecina sin que las potencias democráticas hicieran nada por
impedirlo. El gobierno militarista nipón, al frente del cual se encontraba Tojo, desbordó los poderes
del emperador Hiro-hito.
Estados Unidos, cuyos intereses económicos en el Extremo Oriente chocaban cada vez más
con Japón, su principal rival en esa zona, decidió no intervenir en la guerra hasta 1941. En este
sentido, el gobierno y la burguesía norteamericana hicieron excelentes negocios en la guerra
europea, calibrando su entrada en el conflicto hasta que sus créditos estuvieron amenazados de
impago por la victoria de las fuerzas del Eje.
f) La culpabilidad de la U.R.S.S.. Al principio de la década de los años treinta, el Estado
soviético, gobernado totalmente por el partido comunista y su líder, Stalin, se declaró enemigo
abierto de la expansión fascista en Europa, defendiendo la idea de los frentes populares, coaliciones
políticas electorales para evitar el triunfo popular de sus enemigos políticos. Sin embargo, las
diplomacias soviética y germana llegaron a un pacto de no agresión, refrendado por sus
responsables de Asuntos Exteriores, Molotov y Von Ribbentrop, en agosto de 1939. Este tratado –
casi una Entente Cordiale– supuso el reparto del Estado polaco. Desde este momento, Stalin
se hizo cómplice de la agresividad nazi y de la desaparición de Polonia. Además, la diplomacia y el
gobierno soviético observaron con agrado los apuros bélicos de las potencias democráticas
occidentales. Por otra parte, la policía y el ejército rojo fueron culpables de la durísima represión
que desataron contra los militares y la población civil polaca, llegando hasta el exterminio masivo,
como quedó demostrado al descubrirse las fosas de Katyn.
g) Ausencia de apoyos de las llamadas a la paz. Consciente de la crítica situación
internacional que atravesaba Europa, el Papa Pío XII, al día siguiente de su elección, pronunció un
mensaje en el que exhortó a buscar la paz a todos los gobiernos del mundo. De marzo a septiembre
de 1939, el sumo pontífice no regateó ningún esfuerzo para evitar la guerra, sin que recibiera
grandes apoyos diplomáticos. Escribió personalmente a Hitler e intentó un acercamiento entre los
gobiernos de Francia e Italia, con el fin de separar a esta última de la esfera de influencia nazi.
Ninguna de estas maniobras dio resultado, por lo que Pío XII encargó al padre Tachi Venturi, como
enviado oficioso, que promoviese contactos para celebrar una conferencia a cinco, con
representantes de Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia y Polonia, para resolver los problemas en
una mesa de negociaciones. Sus constantes llamadas a la paz resultaron infructuosas.
LAS CAMPAÑAS RELÁMPAGO
Polonia
En el verano de 1939, el gobierno alemán envió un ultimátum a Polonia, reclamando el
corredor de Dantzing, que no fue aceptado. En el último momento intervino Mussolini, para
proponer a la desesperada una conferencia internacional al más alto nivel. Pero el alto mando
alemán informó a Hitler que no podía garantizar el éxito de una rápida invasión de Polonia si ésta
comenzaba después del 1 de septiembre. Así el Führer decidió dar el último paso, confiando aún en
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que las potencias occidentales no intervendrían ante el hecho consumado, y ordenó la entrada de sus
tropas en territorio polaco ese mismo día. El mundo democrático se conmovió ante este hecho, y los
contactos franco-británicos se hicieron angustiosos. Por momentos, Francia, que era la que más
tenía que perder, pareció echarse atrás. El 3 de septiembre Gran Bretaña declaró la guerra a
Alemania. Francia demoró su entrada todavía una horas, esperando lo imposible. Al fin decidió
hacer frente a sus compromisos, cerró los ojos, y declaró la guerra.
Así, el conflicto se inició con la campaña de Polonia. En Polonia se pusieron a prueba dos
maneras de ver la guerra en el seno de la cúpula militar germana. El propio Hitler, inquieto al igual
que sus generales, se desplazó al frente del Este. Unos 600.000 polacos, agrupados en 40 divisiones
(10 de reserva), con 200 tanques, unos pocos centenares de cañones antitanque, 235 aviones algo
anticuados y una marina incipiente, estaban imbuidos de un valor y patriotismo cercano a la
heroicidad pero, en este ocasión, no estuvieron bien mandados. Los planes políticos y militares
atribuían al ejército polaco la posibilidad de resistir algunas semanas el ataque germano, tiempo
suficiente para que sus aliados occidentales abrieran un segundo frente por el Oeste, pero no fue así.
El plan del mariscal Rudz-Smyzli se concibió mal, ya que dispersaba sus tropas para cubrir
toda la frontera con Alemania, con una logística insuficiente y una desconexión entre los diferentes
cuerpos y armas. Pero además, este plan para proteger importantes centros económicos de Polonia,
traía consigo el desproteger grandes zonas de la retaguardia. El ataque germano llegó en 5 líneas
con 54 divisiones, 6 de ellas blindadas y más de un millón y medio de hombres, que enseguida
tuvieron éxito al embolsar grandes contingentes adversarios y al poner en práctica la
compenetración entre las panzerdivisionen y los stukas, que destruyeron en tierra a la aviación
enemiga. La población y el ejército polacos se vieron debilitados en su moral, pero además, los
alemanes emitieron falsas consignas radiofónicas, de manera que acabaron con la infraestructura
castrense y social polaca.
Dos grandes movimientos envolventes y una posterior operación de limpieza conforman la
primera campaña de la guerra relámpago (blitzkrieg).
El peso de la invasión recayó en el “Grupo de Ejércitos Sur”, al mando del coronel-general
Von Rundstedt, cuyo grupo más poderoso era el X Ejército de Von Reichenau, cuya avanzada cruzó
el Pilika, 80 Km frontera adentro, el 4 de septiembre, y el 6 se entregaba Cracovia. Con un
promedio de avance de 50 Km/día, las fuerzas motorizas de Von List llegaban al San. Al norte, el
grupo de ejércitos de Von Bock con las panzerdivisionen de Guderian, punta de lanza del III
Ejército, remontaban el Narev y, tras crear una línea fortificada, progresaban entre el Bug y
Varsovia. Los contraataques polacos, mal sincronizados, no pudieron frenar la avanzada de las
fuerzas alemanas, que se estaban exhibiendo en la llanura polaca, seca tras el verano.
Mientras Lvov era conquistada el día 12, se cerraba la tenaza al oeste del Vístula, las
unidades alemanas penetraban y cruzaban el Bug por el norte y el San por el sur (desde Prusia
Oriental) y Guderian se lanzaba hacia el mediodía describiendo un arco hasta Brest-Litovsk. En
Kutno capituló el ejército “Pomeralia” con 170.000 hombres, al mando del general Bortnowski, que
había incordiado al VIII y al X Ejércitos alemanes con combates en Lowicz y Sockatchew. El 17 de
septiembre, los soviéticos, que habían enviado un telegrama de felicitación al Führer, penetraron
por la retaguardia polaca y sus ejércitos se encontraron con los de Hitler, de manera que la rendición
de Polonia se produjo el 28 de septiembre.
Moscú intervino porque estaba nerviosa ante el paseo triunfal de la Wehrmacht aunque en el
pacto germano-soviético del 23 de agosto no se establecía, pero tomó una serie de medidas para no
ser considerada como agresor, lo que acercó aún más una posible alianza de los rusos con los
británicos.
Los aliados franco-británicos habían permanecido impasibles durante un mes viendo como
el pueblo polaco era aniquilado y sus tropas se lanzaban a la lucha sin posibilidad de vencer. Los
aliados estaban obligados por los acuerdos suscritos a lanzar un ataque con 35 ó 40 divisiones a las
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dos semanas de iniciada la contienda, pero no fue así. Los polacos lucharon hasta el último
momento y, al final, unos 80.000 hombres lograron pasar a Rumanía y de allí a Inglaterra, donde se
integraron en el ejército británico.
Los miembros del gobierno polaco se refugiaron primero en Rumanía y de allí pasaron a
Inglaterra, estableciendo su sede en Londres, e iniciando una práctica que sería habitual en otros
gobiernos expulsados. Polonia volvía a ser divida, Dantzig y la zona occidental fue anexionada al
III Reich, junto con la parte central a modo de protectorado. Las regiones orientales eran
incorporadas por los soviéticos, zonas donde ucranianos y bielorrusos eran mayoría, y los pocos
alemanes, 86.000, fueron repatriados a Alemania por orden del Führer. Hitler no quería tener
problemas con Stalin en este sentido, de manera que se avino a las exigencias de Stalin sobre los
pozos petrolíferos de Drohobycz y Boryslaw y permitía a la U.R.S.S. tener bases en Talinn, Riga y
Kaunas.
El siguiente paso de los nazis en Polonia fue la limpieza étnica, a niveles infrahumanos en el
caso de los polacos del “Gobierno General”, y al exterminio en el caso de los judíos, muy
numerosos en esta nación desgarrada de nuevo.
El total abandono de los aliados a Polonia era un signo de su moral y del espíritu reinante en
sus fuerzas armadas. Durante días las tropas alemanas, 4 divisiones de reserva, permanecieron en la
Línea Sigfrido esperando una ofensiva. Pero ésta no se produjo por la lentitud de las tropas
francesas y por el apego de los mandos a la doctrina defensiva, de manera que se produjeron débiles
ataque que se saldaron con grandes bajas, pero también con grandes logros que sorprendieron a los
propios atacantes, que enseguida recibieron la orden de retroceder.
La campaña de Polonia fue muy provechosa para el Alto Estado Mayor alemán, en ella se
comprobó la eficacia de sus unidades, pero también los errores de las máquinas, las tácticas etc.,
errores de funcionamiento que fueron subsanados para el enfrentamiento con el ejército francés.
Dinamarca, Noruega y Países Bajos
El optimismo del Führer era fulgurante después de la victoria en Polonia, de manera que se
decidió para el 12 de noviembre de 1939 la ofensiva contra Francia, que finalmente, que finalmente
se retrasó al 17 de enero de 1940, debido a la adversa climatología y al trabajo que costaba el
traslado de la unidades de élite desde Prusia y Polonia hasta el Rin. El proyecto de invasión se
basaba en el Plan Amarillo o Schlieffen, de la Primera Guerra Mundial, que consistía en conquistar
Bélgica como paso previo a la entrada en Francia y la ofensiva aérea en toda regla contra Inglaterra.
Los consejos de Von Manstein a Hitler de lanzar el peso de la ofensiva por el abrupto terreno de las
Ardenas, creído infranqueable por los franceses, hizo que se modificase la estrategia, retrasándose
para adaptarla a las nuevas directivas.
En un principio, los franceses sólo pudieron formar dos divisiones que enviaron al
continente para ponerlas a las órdenes de Gamelin, jefe del ejército de coalición franco-británico. La
drole guerre fue extraña y sorprendente. Los jefes aliados cedieron la iniciativa a los alemanes en
su estrategia defensiva a ultranza. Gamelin pensaba que los alemanes pondrían en práctica el Plan
Schlieffen, por lo que entraría en Bélgica al producirse la invasión para detenerla allí. El monarca
belga Leopoldo I solicitó alguna garantía de ello pero se mantuvo al margen a la espera de
acontecimientos.
En este momento de la guerra ambos bandos se vieron en la necesidad de controlar Noruega,
cuya importancia se acrecentaba por el control del puerto de Narvik, lugar de embarque del hierro
sueco de Lulea y Lallivare, indispensables para la industria bélica germana. Cuando comenzaron a
moverse los aliados, instigados por Churchill, y la Royal Navy procedía a anclar minas a lo largo de
las aguas territoriales noruegas, rompiendo su neutralidad. Hitler, encolerizado, hizo que sus tropas
tomaran la delantera. La detención por un destructor británico en un fiordo noruego del buque42
hospital Altmark, en el que los alemanes transportaban 300 ingleses prisioneros, impulsó a Hitler a
decretar la invasión de Noruega el 9 de abril de 1940. Pero, previamente, las tropas alemanas se
apoderaron de Dinamarca, con 13 bajas danesas, cuyo régimen político-social permaneció intacto.
La operación entrañó muchas dificultades por la escasez de tropas enviadas desde Alemania
y por la aventura de un desembarco a lo largo de 1.000 Km de costa sin tener el dominio del mar. El
Almirantazgo no se empleó a fondo a la hora de impedir el desembarco. Así, 7 cruceros y 14
destructores llevaron a Noruega el grueso de las tropas alemanas para su conquista, con el general
Von Falkenhorst a la cabeza. El mal planteamiento británico y el temor a la aviación enemiga, de
unos 800 aparatos y 250 de transporte, permitieron la toma de los puertos de Trondheim, Bergen y
Kristiansen sin tropezar con obstáculos. Pero en el norte y en el sur no sucedió lo mismo. En el
norte, aunque la Royal Navy no impidió el desembarco, las tropas que defendían Narvik fueron
destruidas por los ingleses. En el sur, aunque los paracaidistas alemanes tomaron los aeropuertos de
Oslo y Stavanger para tomar la capital, no pudieron impedir que el rey Haakon VII y el gobierno
huyesen al norte, a unirse con las tropas anglo-francesas que intentaban reconquistar Trondheim
desde sus posiciones al norte y al sur. Estos planes se desbarataron ante la presión de las unidades
germanas que, desde Oslo, por el valle del Gudbrand, venían barriendo los obstáculos que salían a
su encuentro. A principios de mayo, el sur y centro del país estaba en manos germanas.
Pero la contienda no estaba decidida en Narvik. A mediados de mayo, las cinco veces
superiores tropas de los aliados se impusieron a los paracaidistas austro-alemanes del general Dietl.
Pero los acontecimientos en Francia hicieron que se tuviera que abandonar el puerto el 7 de junio,
marchando con los aliados el rey y su gabinete.
Autoproclamado Vidkun Quisling como jefe de un gobierno provisional, el día 24 fue
sustituido por el comisario del Reich J. Terboven. Quisling sería más adelante primer ministro de un
gobierno satélite de Berlín, viviendo siempre con miedo a un desembarco aliado en Noruega. Hitler
mantuvo en ella un nutrido contingente de tropas de la Wehrmacht, y a partir de 1942 asentó allí a
las principales tropas de tierra de la marina. Aunque este asentamiento no tenía sentido, sin
embargo, le procuró el abastecimiento de hierro proveniente de Suecia.
Dentro de esta fase inicial de la guerra, figura un duelo entre Finlandia y la U.R.S.S. desde
fines de 1939 a comienzos de 1940. Tanto, por el deseo de reforzar sus posiciones estratégicas ante
un hipotético ataque alemán a Leningrado como por el irredentismo que ahora podía satisfacerse, la
U.R.S.S. presionó a Finlandia, al igual que a los otros países bálticos (Estonia, Lituania y Letonia),
para que firmasen con ella un tratado de ayuda mutua que equivaldrá a un protectorado sobre “el
país de los mil lagos”. Rechazado éste, la guerra estalló el 16 de noviembre de 1939 a consecuencia
de un incidente fronterizo considerado como agresión por la U.R.S.S.. No sospechaban los rusos el
calvario que sus tropas tendrían que pasar antes de vencer al pequeño pero bien equipado ejército
finlandés. La paz ruso-finesa (12 de marzo de 1940) fue el único acuerdo entre dos partes
beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial.
Francia
La campaña de Francia señaló el momento de mejor funcionamiento de la Wehrmacht. Es
ésta una campaña estudiada actualmente por todos los Estados mayores del mundo. Holanda y
Bélgica se batieron con denuedo, al igual que el cuerpo expedicionario inglés, formado por 158.000
hombres que más tarde serían 400.000, hasta su reembarco en Dunkerque.
En cuanto al ejército francés, presentaba al exterior una imponente figura. A pesar de la
obsolescencia de su artillería, la precariedad de su aviación y el escaso desarrollo de sus unidades
acorazadas, las fuerzas armadas francesas contaban con una marina de primer orden, que merced a
los esfuerzos del almirante Darlan se codeaba casi con la Royal Navy, pero además disponían de
unos recursos más considerables en materias primas que los germanos.
43
Pronto, el ejército francés se resquebrajó ante el ariete de las panzerdivisionen y de los
stukas. Propios y extraños cedieron ante la nítida evidencia de la superioridad germana, que se
demostró desde el primer instante. Los cinco lugares de despegue de la Wehrmacht apuntaron a la
rápida ocupación de Holanda, cuya neutralidad fue violada como la de Bélgica. La reina
Guillermina y el gobierno huyeron a Londres.
En Bélgica, las fuerzas aerotransportadas alemanas lograron el espectacular triunfo del
fuerte de Eben-Emael, que protegía el canal Alberto, punto de una posible contención del ataque
germano. La Wehrmacht no quedó aquí detenida. Tras reparar los puentes volados en Maastricht, la
III y IV divisiones panzers del VI Ejército de Von Reichenau se desplegaron en la llanura en la
tarde del 11 de mayo de 1940 y obligaron a retroceder a los belgas a su segunda línea, Amberes y
Lovaina, en ese momento se iban a fusionar con el ejército aliado venido en su ayuda, los mejores
cuerpos franceses, el XVI y el XVII y el cuerpo expedicionario británico. Franceses y alemanes se
enfrentaron en Genbloux. Los franceses lograron reparar la brecha abierta allí, frenando el avance
germano los días 15 y 16. Pero, desde Namours hasta Sedán, la penetración de las panzerdivisionen
era irrefrenable. El 18 de mayo Amberes y Bruselas caían en poder de la Wehrmacht. La nueva
línea aliada se fijó en Lys, donde se batieron los tres ejércitos aliados. Pero la línea se rompió en la
comarca de Thielt el día 26 y los aliados se retiraron hacia el mar. Los belgas se quedaron solos en
un territorio lleno de refugiados, de manera que su rey Leopoldo I creyó que lo mejor era firmar una
capitulación con los alemanes (28 de mayo).
Más difícil era penetrar en Francia por la abrupta geogR.A.F.ía de las Ardenas, principal
línea del ataque alemán, encargado a Von Rundstedt, a lo largo de 150 Km El avance de Von Kleist
por el norte de las Ardenas hasta el Mosa se realizó con el apoyo de los 1.000 stukas del general
Von Richthofen. En vanguardia iban las divisiones de Guderian (XIX Cuerpo Blindado), cuyo
ataque sería desde el Mosa al Oeste de Sedán. El día 13 lograron cruzar el Mosa en Glaire las
divisiones más rápidas de infantería y carros, y una de ellas (7ª), al mando de Rommel, se lanzó en
un ataque hacia el mar, para romper en dos el frente enemigo, lo que provocaría un embolsamiento
de las mejores tropas aliadas tanto en el norte como en el sur. El día 20 de mayo, Guderian
alcanzaba en Abbeville la costa atlántica, el 22 los alemanes estaban en Boulogne y Calais, al
mismo tiempo que el general Von Reinhardt se instalaba en el canal a 30 Km de Dunkerque, único
puerto a disposición de los aliados para embarcar sus ejércitos. La trampa se iba a cerrar por la
propuesta de un ataque masivo de Von Kleist en la región de Vinoy-Saint-Omer-Pravelinas, pero
fue rechaza por Hitler, permitiendo el reembarque de las fuerzas franco-británicas en Dunkerque.
La ruptura del frente francés, de la Línea Maginot y de la frontera belga son una muestra de
que los errores se acumularon en el ejército francés. La zona del Sedán se encomendó al noveno
ejército, el peor equipado, sin tener en cuenta las quejas de su jefe, el general Corap. La imprevisión
reinó en el ejército francés (fortificaciones de sacos de tierra, falta de minas anticarros, mal
abastecimiento de las divisiones, falta de cañones antitanque y tecnología antiaérea etc.), que no
supo aprovechar, además, las detenciones del avance alemán.
En Francia, Reynaud sustituyó a Daladier como primer ministro. El 16 de mayo de 1940 éste
decidió sustituir a Gamelin por el general Weygand, encargando la cartera de guerra al mariscal
Petain, el héroe de Verdun. Ambos vieron que la guerra estaba perdida pero retomaron los planes de
Gamelin para conectar con los ejércitos cercados e intentar frenar la cuña de las panzerdivisionen de
Guderian. Sería la primera fase de la Batalla de Francia. El plan de Weygand recibió el apoyo de
Reynaud el día 22.
Sin embargo, con la capitulación del ejército belga el 28 de mayo se disipó esta idea. Antes
fracasó el intento británico de romper el cerco con el ataque al flanco derecho de Von Rundstedt, ya
que no se coordinó con el ataque francés al flanco izquierdo. Los ingleses pusieron sus miras en
regresar a su patria, lo que supuso la caída de las tropas galas del frente del Norte. Churchill fue
nombrado premier británico tras derrotar a Chamberlain en las elecciones, e intentó galvanizar la
44
resistencia francesa, pero se opuso al envío de las reservas aéreas británicas, algo que sus aliados
creían que era el último recurso ante el desorden reinante en el ejército francés.
En Dunkerque embarcaron 338.000 soldados británicos, lo que ahondó la distancia entre
Francia y Gran Bretaña. Petain y Weygand consideraban que esta era una iniciativa hecha a
espaldas del mando francés y una traición encubierta a la causa aliada. Sólo una figura, el coronel
De Gaulle, nombrado general de forma provisional, se esforzaba por comprender a los británicos. El
“milagro” de Dunkerque marcó un punto de inflexión en la campaña de Francia. La detención de
Guderian evidenció una disfunción en el plan germano, y el empleo de la Luftwaffe para acabar con
la bolsa de Dunkerque se mostró como un error, al sobrestimarse la capacidad de la aviación
germana. El reembarque de tropas aliadas en Dunkerque favoreció, también, que las islas británicas
contaran con la cantidad de hombres necesaria para organizar la resistencia ante una posible
invasión, pero también se mostraron unidades y hombres muy capacitados, caso de Montgomery.
Pronto se produjo una nueva reconversión de la línea de ataque alemana, que provocó de
nuevo gran asombro. En respuesta, Weygand colocó la línea defensiva aliada en el Somme, el Aisne
y algunos canales fluviales, línea más larga que la anterior pero con menos tropas. En la Operación
Rat los alemanes emplearon 143 divisiones. Después de encontrar resistencia los dos primeros días,
5 y 6 de junio, las panzerdivisionen cortaron el camino a Rouen, tomándola el día 9, y cruzaban el
Sena. El movimiento que tenía que realizar Von Kleist encontró resistencia en Compiégne, lo que le
obligó a dirigirse al este para ahondar en la brecha que los alemanes habían logrado en Champagne.
La ofensiva del día 9 fue un éxito pues, a través de la brecha abierta por Von List al IV Ejército
francés, Guderian arrasó con sus tanques, llegando a Châlons-sur-Marne el 12 de junio, a Lampes el
15 y a Pontarlier el 17. Desde allí marchó a ocupar la línea Maginot.
La guerra estaba perdida, el ejército francés roto y los alemanes avanzaban sin cesar.
Rommel avanzó 240 Km en un día, dejando aisladas a 17 divisiones francesas. El 14 de junio el
XVIII Ejército alemán entraba en París, declarada ciudad abierta. El 16 los alemanes llegaban al
Ródano, cruzaba el Loira y avanzaban hacia Burdeos.
El gobierno francés, después de barajar la posibilidad de crear un “reducto bretón”,
abandonaría París camino de Burdeos. A lo largo del peregrinaje, sus componentes se enzarzaron en
violentas discusiones sobre que medidas tomar para paliar los efectos de la guerra. Reynaud incluso
pensaba en trasladar las instituciones al norte de África, mientras que los ministros militares veían
mejor firmar un armisticio. La derrota agudizó los problemas existentes dentro de la III República,
que se rompió por las divisiones internas y la amenaza externa.
Petain asumió la presidencia tras la dimisión de Reynaud el 18 de julio. También De Gaulle
abandonaba Burdeos de noche, mientras su madre agonizaba, para crear y presidir en Londres el
Comité de la Francia Libre. Petain entró en negociaciones con el enemigo, que se mostró bastante
benigno. Francia quedó dividida en dos zonas: atlántica, de ocupación alemana, y Mediterránea, la
Francia de Vichy (Francia central y oriental), que disponía de un ejército de 100.000 hombres y
125.000 en las colonias. El armisticio de Rotondes (22 de junio de 1940) es calificado por muchos
como un error. Francia cedía a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena, con lo que Hitler se
apuntaba un éxito simbólico. Por otro lado, gobierno italiano entró en la lucha (10 de junio de
1940), al lado de Alemania logrando entonces la anexión de Saboya.
Los triunfos del ejército alemán aplacaron la sed territorial de Hitler, que no esperaba el
desplome francés, y buscaba consolidarse en el continente. Hitler no olvidó el enfrentamiento con
Rusia y tampoco pensó nunca en aplicar el exterminio a Gran Bretaña, cuya tenacidad admiraba. En
este sentido, se dejaba influir por Rudolf Hess, que creía firmemente en la alianza natural y
espontánea con Gran Bretaña, las dos grandes potencias continentales. Sin una paz con Inglaterra,
los alemanes no podían hacer frente al comunismo, de manera que buscaban esa paz, que hubiera
dejado al Benelux y a Francia ocupados. Hitler llegó a hacer proposiciones de paz al Reino Unido
en su discurso ante el Reichstag el 19 de julio. Pero la voluntad de acero del premier británico
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Churchill, en su discurso Sangre, sudor y lágrimas, hizo que Hitler se embarcara en la invasión de
las islas, empresa que resultaría desastrosa.
LAS CAMPAÑAS EXCÉNTRICAS: LA BATALLA DE INGLATERRA Y EL DUELO NAVAL
EN EL ATLÁNTICO
Los planes para la invasión de Inglaterra
La invasión de Gran Bretaña (Operación León Marino) fue decretada por Hitler sin mucho
convencimiento, por inercia y por orgullo. Los preparativos de la invasión estuvieron marcados por
los problemas entre los estados mayores germanos de la Kriegsmarine, de la Luftwaffe y de la
Wehrmacht. La marina alemana no podía asegurar el control del Canal de la Mancha debido a sus
pocos submarinos, y sin ese control era imposible el desembarco de la Wehrmacht en las islas, de
manera que la Luftwaffe tenía la última palabra.
La Luftwaffe había nacido en 1935 al amparo de la reconstitución de la fuerza aérea
alemana, que se había hecho con apoyo de la Lufthansa, que había proporcionado aparatos,
hombres y experiencia. El aprendizaje de la Legión Cóndor en la Guerra Civil española dio el
espaldarazo definitivo a la Luftwaffe antes de la Segunda Guerra Mundial.
Estas armas iban a protagonizar la batalla de Inglaterra por parte germana. Desde el 13 de
agosto de 1940, 1.485 salidas de la Luftwaffe, 700 de la R.A.F., con 40 y 13 bajas respectivamente,
tres flotas alemanas (la II de Kesselring, la III de Sperrle y la V de Strimpff) centraron sus esfuerzos
en la destrucción de los 36 escuadrones de la Fighter Comand de la Royal Air Force británica, al
mando de Sir Hugh Downing. Éste organizó la defensa dividiendo su división en 4 grupos de cazas,
el X al sudoeste de Inglaterra y sur de Gales, el X al sudeste de Inglaterra y Londres, el XII en el
centro del país y el XIII en el norte de Inglaterra, Escocia e Irlanda. El XI y el XIII fueron los mejor
dotados (en ellos estaba el 92º escuadrón, con el mayor número de victorias al final de la guerra,
327 enemigos derribados). Los recursos humanos fueron bajos en todos lados, cada escuadrón
contaba con 150 hombres de personal técnico y de tierra para reparar los aviones. A pesar de la
ayuda de pilotos polacos, canadienses y franceses, la aviación británica llegó al límite de sus
fuerzas, con cinco o seis y hasta diez salidas diarias.
Desarrollo y desenlace de la batalla de Inglaterra
Pese a su superioridad material (2.669 aviones frente a 1.350), la Luftwaffe perdió la batalla
de Inglaterra. Los modelos que participaron en la contienda en muchos casos no eran adecuados y
eran excesivamente vulnerables, con poca potencia defensiva (una o dos toneladas de bombas) y
tampoco alcanzaban objetivos lejanos. Así el stuka debió ser retirado en plena contienda el 18 de
agosto. Sus adversarios poseían un armamento inferior, eran más lentos y ascendían a menos
velocidad, pero se movían y maniobraban con superior desenvoltura y facilidad.
La operación León Marino se saldó con un fracaso debido a la mejor táctica británica, la
mayor pericia de sus pilotos y la eficacia de su defensa antiaérea (1.700 cañones), pero también por
la aplicación del radar, que había sido puesto a punto por Gran Bretaña en 1935, por Robert
Watson-Watt. Las estaciones de radar de la costa detectaban a 100 Km la llegada de formaciones
enemigas, número de aparatos y su rumbo, de manera que la R.A.F. despegaba con los efectivos
suficientes en busca del punto donde interceptarlos.
Sin embargo, la victoria pudo cambiar de manos en varias ocasiones, sobre todo debido al
número de aparatos de la Luftwaffe, pero los errores de Göering y las intervenciones de Hitler en el
plan primitivo de atacar las estaciones de radar, campos de aterrizaje, refinerías de petróleo, fábricas
de aviones, aeródromos del Mando de Cazas XI y XII para atacar Londres y el interior industrial,
preservarían los centros del dispositivo aeronáutico británico facilitando su capacidad de respuesta.
En la noche del 24 al 25 de agosto un bombardeo por error y contra sus órdenes descargó sus
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bombas sobre Londres, que tuvo su replica en Berlin a las pocas horas por parte británica. La
destrucción de Londres fue un símbolo y, a primeros de septiembre, miles de bombas explosivas
destructoras e incendiarias atacaron Londres, sobre todo la noche del 7 de septiembre cuando el
fuego de las bombas sirvió de referencia para las diferentes oleadas.
El intento de doblegar a los británicos con el terror y la muerte no dio resultado frente a un
pueblo consciente de que resistir en retaguardia es tan importante como hacerlo en el frente. A
mediados de septiembre, Hitler ordenaba el término, aunque hubo más bombardeos, de forma
intermitente, sobre Bristol, Liverpool, Birmingham, Plymouth etc., hasta junio de 1941, sin
reanudarse más con regularidad. Aunque los bombardeos alemanes no alcanzaron las proporciones
de los sufridos por las ciudades alemanas al final de la guerra, algunos fueron especialmente duros
como el de Coventry el 14 de noviembre, y pusieron al descubierto el poder destructivo que
alcanzaba este conflicto, que sólo estaba entonces en su inicio, y donde la población civil era un
enemigo a batir por su integración en la maquinaria bélica y por sus labores de aprovisionamiento,
rearme etc.
El fracaso de la Operación León Marino no fue un gran problema para el Führer, más
preocupado por el tema de la U.R.S.S., de manera que desde la primavera de 1941 preparó la
Operación Barbarroja: La conquista de Rusia extendería el III Reich desde el Ártico a los Urales,
creando la “Gran Alemania” y oponiendo una muralla infranqueable a los hordas asiáticas. En este
momento, numerosos destacamentos que estaban en Francia marcharon hacia el Este para preparar
la ofensiva contra Rusia, que fue decretada para mayo, con el fin del deshielo.
La flota alemana en el Atlántico
La flota alemana antes de la Segunda Guerra Mundial había sido marginada por la
República de Weimar, pero también el Tratado de Versalles le había prohibido el uso de
submarinos. Dentro de la marina germana existía, también, una polémica entre innovadores y
tradicionalistas. Raeder y Döenitz pedían construir grandes unidades de superficie olvidando los
portaaviones, pero también había círculos que pensaban que el futuro estaba en la guerra submarina.
El Tratado de Londres (1935) era la piedra de toque en la evolución de la Marina germana,
que alcanza un 35 % de la flota en superficie y un 45 % de la submarina. Hitler ordenó el rearme
alemán con el Plan Z, cumplido a medias, pero que inauguró toda una carrera en los astilleros de
Hamburgo, Bremen y Kiel, de manera que a comienzos de 1939 la flota alemana estaba cerca de las
100.000 t. con 70.000 más en construcción. Entre los astilleros Deutsche Werke, Germania y
Deschinh se distribuirán las 32 quillas de los nuevos submarinos.
Al estallar la guerra, Alemania poseía 57 submarinos (los U-Boote), pero sólo 23 podían
operar en el océano abierto, Italia tenía 105, la U.R.S.S. 150, Estados Unidos 100, Francia 77 y el
Reino Unido 58. Los submarinos alemanes oscilaban entre 500 y 800 t., se sumergían a 200 m. con
autonomía para tres semanas, pero dos años más tarde su número había aumentado a 1.500, con un
radio de acción de 37.500 Km y una profundidad de inmersión de 250 m.
En 1939, Hitler aceptó la propuesta de Raeder tras romperse los acuerdos de 1935, que
consistía en la botadura diez años más tarde de 9 acorazados, 18 cruceros de batalla y 250
submarinos. El Führer acortaría los plazos de entrega, pero seguía notándose la falta de
portaaviones. El único fue el GR.A.F. Zeppelin, activo desde 1940, que no llegó nunca a acabarse y
fue barrenado al final de la guerra para que no lo tomaran los rusos. A mediados de la guerra se
pensó en convertir algunos cruceros y transatlánticos en portaaviones pero no se hizo,
La Kriegsmarine estuvo en un puesto secundario. Göering destinaba poco presupuesto para
la Marina, de manera que todo iba para la aviación. Pero tampoco la Kriegsmarine contó con una
aviación propia, lo que fue su Talón de Aquiles y sólo a través de los submarinos estuvo a punto de
provocar el colapso del enemigo.
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La invasión de Noruega fue el bautismo para la Kriegsmarine. Raeder veía en la conquista
de ese país la única forma de encontrar una salida al Atlántico, frente a la superior flota británica.
En Noruega, sólo los U-Boote y la Luftwaffe causaron pérdidas al enemigo. Pero también supuso
una carnicería la Operación Juno (8 de junio), donde diez destructores y tres cruceros fueron
hundidos y cinco cruceros inutilizados. Pero los alemanes también aprendieron que sin el control
del aire no controlarían las operaciones anfibias. Más adelante, en Países Bajos y Francia la Marina
no hizo nada importante, pero tampoco pudo impedir la unión de las flotas belga y holandesa a la
británica.
Las primeras acciones de la Kriegsmarine no empezaron mal. El acorazado Admiral
GR.A.F. von Spee persiguió presas por el Índico y el Atlántico Sur hasta que fue atacado el 13 de
diciembre de 1939 por las fuerzas de la R.A.F. cerca del Río de la Plata. Otra intrépida acción la
protagonizó el U-47 del teniente Günher Prien al penetrar en la bahía escocesa de Scapa Flow
hundiendo el acorazado Royal Oak. Otras hazañas marítimas fueron las del Oriol, el Penguin, el
Thor, el Atlante, el Kormoran, el Wideer etc. Debido a estas acciones, la Royal Navy tuvo que
escoltar a los convoyes aliados que cruzaban el Atlántico desde el inicio de la guerra.
La neutralidad de la Irlanda de Eamon De Valera y de España favoreció un radio de acción
desde el Atlántico en el golfo de Vizcaya hasta el Ártico. Esto era una plataforma para cortar el
tráfico comercial a Gran Bretaña. También ayudaron a este menester las posesiones alemanas en la
costa francesa, donde Döenitz estableció su cuartel general. Para reforzar estas operaciones contra
Gran Bretaña, un grupo de submarinos italianos llegaron a Burdeos, el destacamento Beta.
Alemania llegó a demostrar en el primer año de la guerra una gran efectividad en este terreno.
En este tipo de guerra se mostró un invento más que demostró el ritmo de los progresos
científicos alemanes, la mina magnética. Sin embargo, la Luftwaffe se negó a que los hidroaviones
Heinkel-105 cumplieran esa misión de minado magnético. También los británicos descubrieron los
efectos de tal arma, contrarrestándolos con un anillo desmagnetizador.
El siguiente paso en la guerra fue la, denominada por Churchill, Batalla del Atlántico. Esta
fase del conflicto duró más de tres años, con dos únicos combatientes, las fuerzas aeronavales
británicas y los submarinos de Döenitz. Los submarinos alemanes no contaban con el apoyo aéreo
de la Luftwaffe, al igual que las unidades de superficie (un ejemplo de ello había sido el
hundimiento del Bismarck). De forma esporádica los aparatos germanos respondieron en su ayuda.
Los ejemplos de ello son éxitos rotundos, como cuando a fines de 1940 la coordinación entre la
Luftwaffe y los U-Boote hizo que el tráfico de combustible hullero a Londres quedara cortado.
Debido a problemas en los torpedos hasta finales de 1940, los U-Boote no alcanzaron de
nuevo su ritmo. La Marina inglesa era incapaz de proteger sus barcos, de manera que hacía que las
embarcaciones se dispersaran para alcanzar individualmente la costa americana, siendo presa fácil
para los U-Boote.
La ruta entre el Reino Unido y sus colonias africanas también hubo de ser protegida, lo
mismo que en el Norte, con un especial cuidado sobre la zona de Escocia, lugar muy frecuentado
por los U-Boote. Pero los ingleses también tuvieron sus fallos y, así, los aviones del Coastal
Command se dedicaban a perseguir cualquier rastro de los U-Boote y a escoltar los convoyes. La
corrección de estos problemas hizo que se superaran las pruebas de los submarinos germanos. Al
cabo de año y medio todos los comandantes de los U-Boote habían muerto o eran prisioneros.
En los primeros años de la Batalla del Atlántico, los submarinos germanos actuaban en
superficie y operaban de noche o con tiempo encapotado para aprovechar su mayor velocidad (17
nudos / hora) y no ser localizados por los ASDIC (Allied Submarine Detection Investigation
Conmitee), ya que los U-Boote sumergidos rechazaban las ondas ultrasonoras y se sabía donde
estaban. Pero el éxito de los submarinos se debió al sistema de avituallamiento en alta mar, donde
había buques-cisternas (en plena batalla llegaron a ser 13 avitualladores). Pero también estos
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submarinos de aprovisionamiento, las vacas lecheras, fueron hundidos por portaaviones ingleses
como el Eagle o el Victorious.
Realmente fue la declaración de guerra entre Washington y Berlín la que frustró la victoria
alemana en la guerra. Los meses iniciales de 1942 fueron favorables a los U-Boote, llegando a las
costas orientales de los Estados Unidos, donde cobraron grandes triunfos. Así la Operación Música
de Timbales llegó a hundir 327.000 t. de barcos entre enero y febrero de 1942, y 2 millones en las
aguas comprendidas entre Groenlandia y el estuario de la Plata en el semestre siguiente. Döenitz
trasladó allí cinco submarinos tipo IX para iniciar la guerra en América, actuando en las Antillas
buscando cortar el tráfico de petroleros de Venezuela a Estados Unidos.
Esta acción fue el principio del fin, ya que el Coastal Command tenía ayuda de aviones
norteamericanos desde Islandia, Groenlandia, Terranova, las Antillas Británicas, las Azores etc.
también la cooperación de la aviación y la flota americanas empezó a rastrillar el Atlántico Norte
donde actuaban los U-Boote, que se batieron en retirada. Döenitz intentó un último esfuerzo en
1942 y alcanza un récord de 2,5 millones de t. hundidas, pero la tendencia se invirtió en 1943, con
236 submarinos germanos hundidos, frente a los 22, 33 y 84 de 1940 a 1942. Las pérdidas alemanas
seguían en continuo ascenso, y los astilleros aliados eran superiores; la Royal Navy contaba en 1943
con cerca de 3.000 buques de escolta.
La ayuda norteamericana para los aliados fue incalculable, echando una mano a Gran
Bretaña en los peores momentos de la Batalla del Atlántico, con la fórmula del Cash and Carry.
Los ingleses tuvieron acceso a todo el material de guerra que necesitaron. También desde
septiembre de 1940, tras la cesión de 50 destructores a cambio de bases, la actitud de la US Atlantic
Fleet fue más beligerante. A la vez, los acuerdos con el gobierno danés de los aliados para ocupar
Groenlandia e Islandia, cerraron el Atlántico Norte a la Kriegsmarine. Pero también los británicos
pusieron en funcionamiento el ingenio, haciendo frente a los grandes rotos de la Marina alemana y,
así, el perfeccionamiento del radar, el de la banda S y el gonio HF/DF, fueron una sorpresa contra la
invulnerabilidad de los U-Boote. Lo mismo sucedió con otros ingenios, los erizos, las grandes
MINOX, los CAS (cargas de profundidad antisubmarinas), el proyectil cohete (rocket) etc., aunque
el sonar (sound navigaton and ranging) se debió a los americanos. El Eje estaba entrando en la
decadencia.
Los anglosajones también pusieron en práctica los “grupos de apoyo” (Hunter Killer
Grouops), integrados cada uno por doce navíos especializados en la guerra antisubmarina, que
contaban con todos los ingenios anteriores, de manera que los U-Boote se marcharon hacia el Sur,
donde su verdugo fueron los norteamericanos. La guerra en el mar fue la guerra de la ciencia y la
economía, en ella se pusieron en práctica todo tipo de ingenios por parte de uno y otro bando,
destinados a destruir o anular los efectos de los artefactos del contrario.
Sin embargo, la victoria en la carrera armamentística en el mar fue para los aliados, salvo
algunos inventos germanos como el torpedo Murder o el tubo de ventilación Schnorkel, en el otoño
de 1944, ingenios que llegaron muy tarde para cambiar el rumbo de la guerra, y que serían
aprovechados por las marinas vencedoras.
En cuanto a la Marina de superficie, la superioridad británica era abrumadora y, salvo
excepciones como las victorias de los cruceros de combate Scharnhorst y Gneisenau en la
Operación Berlín, que tenía como objetivo dificultar el tráfico inglés en el Atlántico Norte entre
Islandia y Groenlandia en el primer trimestre de 1941, se puede calificar de discreto. Las unidades
de superficie fueron muy criticadas por Hitler, de manera que Raeder puso en marcha la Operación
Rheinüburg (20 de mayo) a cargo del Bismarck y el crucero Prinz Eugen. El Bismarck desilusionó
ampliamente pues, tras vencer al mayor buque de la Marina inglesa (el Hood), en el Estrecho de
Dinamarca, fue hundido en el golfo de Vizcaya por la Marina británica el 27 de mayo de 1941.
El resto de las grandes unidades de superficie germanas, situadas en Francia, comenzaron su
traslado a Noruega pese a la vigilancia inglesa del Canal, en febrero de 1942 y a pleno día,
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aprovechando el desconcierto creado por los bombardeos en Brest. Este fue uno de los éxitos de la
Kriegsmarine, ayudada por la III Luftflotte del mariscal Sperrle. Luego estuvo casi en el dique seco
casi todo el año y, tras la Operación Arco Iris, que provocó el hundimiento del destructor Friedrich
Eckoldt, Hitler perdió los nervios y acusó a Raeder de incompetente, de manera que la última acción
de éste antes de dimitir fue convencer al Führer de que no desguazara la flota y aprovechara su
artillería para el ejército de tierra.
El sustituto de Raeder fue Döenitz, que paralizó el programa constructivo de su antecesor,
ya que comprendió que la Marina no podía llevar a cabo ninguna operación de entidad. En este
momento se construyó el último monstruo de la escuadra alemana, el acorazado Tirpiz, que estuvo
poco tiempo en el mar, saliendo sólo dos veces, en enero y julio de 1942. Hitler lo quiso desarmar,
destinando su artillería a la costa noruega, pero Raeder lo disuadió, aunque ya no participó en
ninguna operación. El Tirpiz estuvo en los fiordos noruegos hasta su destrucción por la R.A.F. EL
12 de noviembre de 1944, pero su presencia allí entorpeció el avituallamiento a Rusia. Junto con la
ruta del Atlántico Norte, otra ruta importante para los aliados era la que iba al puerto de Murmanks
o Arcángel. El ejército alemán la tenía a su alcance por la proximidad de sus bases, de manera que
durante dos años fue un terreno de caza para los U-Boote, pero, desde el verano de 1943, cambió el
signo de los acontecimientos, con el portaaviones de escolta en los convoyes a Murmanks. La
Marina alemana puso fin así a su momento de gloria. En la Batalla del Cabo Norte (26 de diciembre
de 1943), el gran crucero Scharnhorst sería hundido después de una persecución y ataque de los
navíos y aviones de la Royal Navy. La batalla duró un poco más que la del Atlántico, pero demostró
lo encarnizada que era la lucha y la dureza de las condiciones en que se combatía.
A mediados de 1943, Alemania tenía perdida la guerra tanto en el mar como en tierra, el
bloqueo al Reino Unido había fracasado. Döenitz y la ciencia alemana hicieron algo por retrasar lo
obvio, se produjeron U-Boote en calidad y número asombrosos, pero la Kriegsmarine nada pudo
hacer sino reavivar con acciones aisladas las glorias pasadas. Así sucedió el 6 de junio de 1944,
cuando lanzó un ataque desde Cherburgo y El Havre a la flota anfibia aliada, pero la respuesta no se
hizo esperar. En un ataque aéreo a El Havre el 15 de junio, 30 buques y la base naval fueron
destruidos. El ataque de los submarinos llegados desde el Atlántico causó insignificantes pérdidas y
los aviones preparados para la lucha antisubmarina acabaron con más de la mitad de la flota
submarina germana.
A finales de 1944, los restos de la flota de superficie, que servían de buques-escuela,
sirvieron para evacuar a los heridos de la Wehrmacht y a la población civil, lo mismo que cubrían
su retirada. Así, los cruceros Prinz Eugen, Lützow y Admiral Scheer formaron el Segundo Grupo de
Combate, que actuó en la retirada alemana en el Este, aunque en abril éstos se hundieron por los
ataques de las aviaciones inglesa y soviética. Los pequeños barcos sustituyeron a estos en la
retirada, enfrentándose a los buques soviéticos en su marcha a Occidente y en la retirada de sus
tropas y de la población civil hacia Alemania.
Finalmente, en los Juicios de Nuremberg, se demostró que la Kriegsmarine actuó durante la
guerra de acuerdo a las normas del Derecho Internacional, salvo en casos extremos, y sólo un
capitán “corsario” fue condenado a prisión por no salvar a la marinería de dos buques y disparar,
tras haberse rendido, sobre un mercante.
El balance de la actuación de la Marina en la guerra resulta positivo para los británicos y los
norteamericanos, que jugaron mejor sus cartas en este tema, mientras Alemania apostó por la
aviación y no le salió bien la jugada. Tras el fracaso de la invasión a Inglaterra, Alemania no supo
ver que el grueso de la contienda se desarrollaría en el mar.
Las acciones en el Mediterráneo
Antes que en el Atlántico, en el Mediterráneo se desarrolló otro importante capítulo de la
guerra. Tanto en Alejandría como en Orán, la Armada inglesa se deshizo del peligro que supondría
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que los navíos franceses cayeran en manos de los alemanes. El 3 de julio de 1940, Churchill ordenó
que los barcos franceses se adentraran en territorio inglés o que fueran hundidos. En Mazalquivir,
salvo el Strasbourg, que huyó, los demás fueron torpedeados por el almirante Somerville y, en
Alejandría, el almirante Cunningham, al mando del Mediterranean Squadron, logró desarmar a los
navíos franceses. El impacto se produjo tanto en la Francia de Vichy como en la Francia Libre.
El resto de la escuadra francesa permaneció anclado en Toulon hasta su auto inmolación en
noviembre de 1942, pero también con la Kriegsmarine paralizada de momento por los fallos de su
artillería torpedera, Italia e Inglaterra quedarían frente a frente en el Mediterráneo. Italia era la
quinta potencia naval del planeta, y desde Abisinia había modernizado mucho su flota. Ésta contaba
con 2 acorazados (Littorio y Vitorio Veneto), 4 acorazados de 23.600 t. (Conti di Cavour, Duilio,
Giulio Cesare y Andrea Doria), 7 cruceros pesados, 59 destructores, 68 torpederos, 105
submarinos, 200 buques auxiliares, 70 lanchas torpederas, minadores, dragaminas, etc. Pero
también hay que destacar la posición central en el Mediterráneo de Italia. Pero la Regia Marina no
contaba con portaaviones y fuerzas aeronavales por rechazo del Duce, de manera que la Marina más
flamante era la más anticuada.
Enfrente tenía a la Marina que mejor había adaptado los ingenios tecnológicos y las nuevas
formas de guerra. Italia no tenía otro camino que el mar y, al olvidarlo, le llegaron grandes
desastres. El principal fue el ataque a Tarento en la noche del 11 al 12 de noviembre de 1940. Los
aviones torpederos británicos hundieron dos cruceros y alcanzaron al Cavour, al Duilio y al
Littorio, en un ataque que inspiraría a Yamamoto el suyo a Pearl Harbour.
La neutralización de Malta durante febrero-marzo de1941 por los bombardeos de la II
Luftflotte hizo pensar a los alemanes que podrían expulsar a la Royal Navy del Mediterráneo en una
gran batalla aeronaval. La Marina italiana, consciente de sus posibilidades, pensó en obstaculizar la
ruta entre Grecia y Alejandría. Aprovechando la mayor velocidad del Vitorio Veneto podría atacar a
los convoyes mediterráneos. Pero la falta de aviación fue fatal para la Regia Marina, y, así, en una
incursión de la flota fue avistada por una patrulla británica. Cuningham envió el grueso de la flota
inglesa y el combate tuvo lugar al sudeste del cabo Matapán el 27 y 28 de marzo de1941. El saldo
fue terrible para Italia, que redujo su flota desde entonces a misiones de escolta y protección, sin
ningún espíritu ofensivo. Mussolini se dio cuenta del error e intentó convertir en portaaviones a los
transatlánticos Roma y Augustus, pero con ello no pudo ni proteger el tráfico italiano con Libia.
Desde el otoño de 1941, los italianos recibieron el apoyo de los alemanes y, así, los U-Boote
intentaron dejar expedito el camino de Italia con África. Esta colaboración trajo algunos éxitos,
como el hundimiento del acorazado Barham (25 de noviembre de 1941), el del portaaviones Eagle
(12 de agosto de 1942) y la detención de la Operación Pedestal con un convoy aliado para socorrer
a Malta y Egipto y donde hundieron al Eagle. Sin embargo, en 1943 su actividad cesó, 50 de los 60
U-Boote estaban hundidos,
La Marina italiana estaba desarticulada y la falta de abastecimiento al norte de África hizo
que aquellos territorios fueran perdidos para las potencias del Eje. Los portaaviones ingleses y los
bombardeos desde Malta, que nunca pudo ser expugnada, destrozaron las comunicaciones de Italia
y su empeño de controlar, por lo menos, el Mediterráneo Occidental.
LA GUERRA EN EL DESIERTO
El teatro de operaciones en el Norte de África en 1940
Si en el mar Italia dio muestras de su impotencia, lo mismo sucedió en el desierto. Hitler
rechazó la expansión italiana tras el armisticio entre Alemania y la Francia de Vichy (10 de julio de
1940) a costa de los territorios fieles a Francia. Mussolini intentó una muestra de eficacia y atacó las
posesiones inglesas con el utópico objetivo de tomar Suez. El rey Víctor Manuel III se dio cuenta,
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tras la invasión de Abisinia de 1935, de que Italia no tenía un ejército poderoso y moderno. Así lo
manifestó para disuadir a Mussolini de la alianza con el III Reich.
En vísperas de la guerra, Italia contaba con 67 divisiones, además del cuerpo de ocupación
en Etiopía, pero estaba muy lejos del potencial del III Reich. El mariscal Badoglio criticó la
aventura de Mussolini. La aventura de Abisinia y la guerra de España habían puesto al descubierto
las deficiencias del ejército italiano (material anticuado, falta de pilotos, de vehículos etc.).
Este ejército desempeñaría un desastroso papel en la invasión de Grecia y en la cooperación
con la Wehrmacht en Rusia. Entre julio y agosto de 1940, 400.000 hombres avanzaron por Sudán,
Somalia, Egipto y el Norte de Kenia. El león del desierto, mariscal Grazziani, por Occidente (13 de
septiembre) y el duque de Aosta, virrey de Etiopía, encargado de llegar al Mediterráneo con 54.000
italianos y 270.000 indígenas, llevarían el ataque.
El mariscal Wavell, general en jefe de las fuerzas británicas en Oriente Medio, se concentró
en contrarrestar a Grazziani, llegando a Sidi Barrani (16 de septiembre), pero la otra punta de la
ofensiva se quebró por las divergencias estratégicas. Los 300.000 hombres del general O´Connors,
VII División Acorazada y IV División India que formaban la Western Desert Force, con carros
Matilde, derrotaron el 11 de diciembre de 1941 en Sidi Barrani al mariscal Grazziani, que contaba
con 80.000 hombres. O´Connors se adentró por la Cirenaica italiana tomando Sollum, Bardia (5 de
enero de 1941), Tobruk (22 de enero) y Bengasi (7 de febrero). En estos movimientos los ingleses
pusieron en práctica la táctica envolvente impidiendo la retirada del enemigo. Cuando las tropas de
O´Connors iban a dar el empujón final a Garibaldi, sustituto de Grazziani, recibieron la orden de
marchar a Grecia para ayudar a la resistencia de ese país contra Hitler y Mussolini.
Esta primera campaña inglesa en el desierto es admirable, ya que en dos meses se produjo
una cabalgada de 900 Km, y dos divisiones destruyeron un ejército, haciendo grandes capturas. Las
tropas italianas serán dispersadas con su derrota. Cuando los británicos acumulen fuerzas, desde
Kenia, el general Alan Cunningham penetrará en la Somalia italiana, para tomar más adelante
Etiopía, conquistando su capital el 6 de abril de 1941. En Eritrea el éxito sonrió a los británicos
pues, tras la batalla de Keren, tomaron la capital, Asmara (1 de abril de 1941), y en una semana la
base de Masawa. Al sur de Etiopía, el duque de Aosta se rendiría el 19 de mayo al frente del núcleo
italiano más importante aún combatiente.
La llegada del “Afrikakorps” y las primeras campañas
Italia se convirtió entonces en satélite de Alemania. El debilitamiento de las fuerzas de
Wavell, adscritas al ejército griego, favoreció que venciera Erwin Rommel, convirtiéndose en uno
de los generales más famosos de Hitler. Desembarcó en Trípoli el 12 de febrero de 1941, ayudando
a los italianos con dos divisiones blindadas, origen del Afrikakorps. Rommel, el zorro del desierto,
hará un uso muy importante de los instrumentos de batalla. Rommel utilizará sobre todo el Flak,
cañón terrestre por excelencia, contra tanques y artillería. Este era el principal elemento de combate
de Rommel, que raramente utilizaba los tanques, y sólo los más maniobrables y veloces.
Sin ningún tipo de adaptación, Rommel pasó enseguida a la acción. Atacó a un ejército
británico acostumbrado y complacido por las victorias que había logrado sobre el enemigo. La
reconquista de la Cirenaica parecía imposible, pero el momentáneo dominio del Mediterráneo por
Italia permitió la llegada de la XV División Panzer a Trípoli y de cerca de 450.000 t. de material
bélico. Los ataques sorpresa de Rommel causaron sorpresa en los británicos. El general Sir Richard
O´Connors fue hecho prisionero y los alemanes tomaron Bengasi, Mecheli, Derna y Bardia. Tras
esto la IX División australiana recibió la orden de defender Tobruk a cualquier precio. A finales de
abril las tropas germano-italianas redoblaron los intentos de tomar el puerto de Tobruk. Los
británicos crearon un perímetro defensivo, la Línea Roja y la Línea Azul, colocando en ellas piezas
de artillería antiaérea y de tierra. Los alemanes atacaron pero los australianos resistieron en el
saliente de Ras-el-Madauer.
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Rommel avanzó hacia el Este, camino de la frontera egipcia. La Operación Brevity (5 al 6
de mayo) reconquistó el paso de Halfalla, frontera con Egipto. Rommel empezó a utilizar la táctica
de atacar al enemigo por la espalda, para provocar pánico y que el enemigo se dispersara. Wavell
preparó la Operación Battleaxe (15-17 de junio), pero Rommel actuó con mayor rapidez, con lo que
el paso de Halfalla se hizo famoso por los ataques del Afrikakorps. Estableció un sistema de
fortificaciones y de campos minados que atraparon a la vanguardia británica, destruyendo sus
tanques Matilde y Crusaders a placer. Los británicos llevaron a cabo una ofensiva intentando
reconquistar sus posiciones, En ese momento la victoria parecía escapársele a Rommel, pero 30 de
sus 200 tanques atravesaron la cortina de fuego de los artilleros enemigos. Reorganizó el VIII
Regimiento y la V División ligera y lanzó un ataque frontal, aprovechando que los británicos habían
retirado a Egipto parte de sus tanques para repostar. Los panzer de la V División se enfrentaron a
los británicos, sin contar con el apoyo de los cañones de 88 mm, y tras seis horas, el Afrikakorps
logró su primera victoria en la tarde del día 17.
Churchill se dio cuenta de la importancia del control de África para los intereses británicos
en la primavera de 1941, frente al poder ofensivo de los alemanes, de manera que empezó a
concentrar materiales y hombres de las colonias asiáticas para ponerlos a las órdenes de
Auchinleck, sustituto de Wavell, y permitirle preparar una contraofensiva. En el bando germano,
desde el otoño de 1941, Rommel dejó de recibir una ayuda que le era indispensable, pues sus
enemigos de la OKW disuadían a Hitler de enviar a éste un material qué necesitaba más la
Wehrmacht, inmersa en Rusia. Por otro lado, en el Mediterráneo, el reforzamiento de Malta había
hecho que los convoyes italianos para Libia no alcanzasen las costas africanas, perdiéndose cerca de
200 barcos mercantes.
El 18 de noviembre Auchinleck lanzó una ofensiva con el VIII Ejército, al mando de
Cunningham, la Operación Crusader, en la que los tanques ingleses, peores que los del Eje, les
superaron. En un principio, ésta parecía que iba a romper el cerco de Tobruk, pero era más
ambiciosa, iba directamente a expulsar al Afrikakorps de la Cirenaica. El XIII Cuerpo de ejército
atacó por el sur con el objetivo de envolver o fijar las guarniciones ítalo alemanas. El XXX Cuerpo
al mando del general Norrie llevaba el ataque principal, pero fue frenado ante Sidi Resegh por los
germanos. Rommel decidió un ataque suicida sobre la frontera egipcia. Un malentendido con Von
Ravenstein evitó un desastre mayor, ya que muchos tanques estaban sin combustible y destruidos.
El día 27 los británicos ocupaban Sidi Resegh, pero sobre ella volvió Rommel con los restos de sus
divisiones panzer, logrando aislar Tobruk el 1 de diciembre. Sin embargo, tras ser derrotadas sus
columnas blindadas por la V Brigada neozelandesa y la V hindú, lanzaría una ofensiva contra
Tobruk (4 y 5 de diciembre). Sabiendo que Auchinleck preparaba una ofensiva, retrocedió, pero no
sin lanzar ofensivas como la de Heli Alyafer (27 de diciembre). A finales de 1941, la partida del
desierto estaba aún en el aire tras la reconquista por Auchinleck de Bardia, Sollum y Halfaya, la
toma de Bengasi (21 de enero de 1942) y rotura del cerco alemán de Tobruk.
Hitler, en plena batalla de Rusia, centró su mirada en el Mediterráneo. Para ello un grupo de
submarinos abandonaron el Atlántico y se adentraron en el Mediterráneo, donde se cobraron piezas
como el portaaviones Ark Royal, el acorazado Barham y el crucero Galatea. Además, Kesselring
era nombrado comandante superior de las tropas alemanas en el Mediterráneo, aunque sin autoridad
sobre los hombres de Rommel.
Una posible penetración de la flota japonesa en África Oriental, hizo que las acciones
británicas disminuyeran la capacidad de iniciativa y maniobra de la escuadra inglesa cara al
segundo enfrentamiento entre el VIII Ejército y el Panzer África.
Hitler y los estrategas alemanes comprendieron la importancia del envío de tropas para la
ofensiva de Rommel y su Afrikakorps. La Batalla del Desierto había sido hasta entonces una guerra
de desgaste en la que era imposible crear una línea consistente (sólo la vía Balbia de 1600 Km era
recorrida una y otra vez por los ejércitos). A principios de 1942, los planes del OKW se
modificaron para África: la conquista de Egipto supondría lograr petróleo para Italia, pero también
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el Medio Oriente quedaría bajo las tenazas de las tropas de Rommel y de Von Kleist, de manera que
la presión sobre Turquía haría que ésta entrara en la guerra, favoreciendo el control del
Mediterráneo y el desplome de la U.R.S.S..
Los éxitos de la marina y la aviación germanas y el mazazo japonés sobre las posesiones
inglesas de Asia e Indochina hizo que los soldados británicos del Mediterráneo no recibieran ningún
refuerzo, y además sufrirían la retirada de algunos efectivos destinados al Lejano y Próximo
Oriente. La flota de Cunningham demostró una vez más su pericia en ofensivas ocasionales contra
los italianos (20-21 de marzo), pero la R.A.F. no logró sus objetivos, y consecuencia de ello fue que,
en el mes de enero de 1942, todos los abastecimientos italianos llegaron a su destino.
Rommel llevaría a cabo a principios de enero su segunda ofensiva y, así, el día 21 el
Afrikakorps se lanzaba al ataque. El 7 de febrero en Atelat se producía el aplastamiento de la I
División Acorazada; más tarde, la IV División india abandonaba Bengasi y Dema, abriendo el
camino de Tobruk. Rommel fue nombrado coronel-general y se lanzó por tercera vez al ataque de
Tobruk. La línea defensiva Gazalah-Bir-Hacheim se alargaba a través de 100 Km (en ella estaba la
I Brigada de la Francia Libre). Cada punto de apoyo estaba rodeado de alambradas, minas y
artillería, impidiendo que el enemigo abriera una brecha, de manera que esta barrera defensiva
servía también como lugar desde donde lanzar un ataque y, al mismo tiempo, era una zona de
retirada si era necesario.
El ataque de Rommel dio lugar a una violenta y confusa batalla de tanques y, aunque los
tanques americanos General Grant habían sustituido al modelo Crusader, los del Afrikakorps
siguieron con superioridad de maniobra, lo que dio la victoria a Rommel. El Afrikakorps envolvió
Bir-Hacheim y avanzó hacia el centro del dispositivo de Ritchie, pero su intento de cortar la
retaguardia británica no resultó, y Rommel quedó cercado por los Grant y los campos de minas,
siendo bombardeado por la R.A.F.. Pero el Afrikakorps logró establecer un punto de apoyo donde
estaba la 150 Brigada inglesa. Ritchie cometió el error de lanzar sus carros de modo gradual sin
concentrar sus embestidas. La victoria tardó en decantarse por Rommel, que estuvo cercano a la
derrota.
El agotamiento del contrario y la habilidad de Rommel al copar cuatro regimientos de
artillería y abrirse paso a través de los campos de minas para recibir suministros y tanques (una vez
caído Got-el-ualeb y vencida la defensa de Bir-Hacheim el 10 de junio) le permitieron lanzar una
nueva contraofensiva hacia el mar por el Este, atrapando con sus divisiones panzer a las tropas
acorazadas contrarias.
El descalabro británico fue tremendo. Rommel logró abrirse un pasillo por el campo de
minas y llegar a Tobruk, que tras dos días de combate fue rendida por el general Klopper (21 de
junio). El día siguiente Rommel fue ascendido a mariscal, poniendo así orden en las relaciones con
sus teóricos superiores italianos. La persecución de Auchinleck siguió desde el 24 de junio. El VIII
Ejército escapó a la maniobra de Marsa-Matruh y tomó posiciones en la línea de El Alamein, donde
se entabló una dura y fluctuante batalla donde los soldados de Rommel no pudieron derrotar a un
enemigo superior en hombres, armamento y moral. Las tropas del Eje perdieron la inercia de sus
triunfos. El 4 de julio una contraofensiva de los ingleses provocó el pánico en las mejores tropas
italo-alemanas. Una semana más tarde Auchinleck atacaba las posiciones germanas, pero tras diez
días sería contenido, y el contraataque alemán haría que los ingleses se replegaran a su punto de
partida. Se imponía en los dos bandos una tregua, perjudicial para Rommel, alejado de sus
posiciones.
La derrota de los japoneses en Midway y el impacto de la pérdida de Tobruk hicieron que
los Estados Mayores volvieran sus miradas hacia el Norte de África, considerando que, de
momento, era imposible atacar a Alemania en su “muralla del Atlántico”. A Egipto empezaron a
llegar tropas de refuerzo, entre ellas estadounidenses, y los tanques tipo Sherman que invirtieron el
rumbo de la guerra de forma irreversible. A mediados de agosto, el Eje interceptó un convoy con
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destino a Malta, su última victoria, ya que unos días después eran echados a pique casi todos los
mercantes italianos que abastecían al Afrikakorps.
El Alamein
Rommel ordenará su última gran ofensiva para dominar las alturas de Alam-el-Halfa, llave
del desfiladero de El Alamein, que estaba minado y fortificado por Auchinleck y luego por
Montgomery, que colocó en ella a la 44 División recién llegada de Inglaterra y bien entrenada.
Rommel disponía de poca superioridad de hombres, no extensible a cañones, tanques y aviación.
Durante una semana (30 de agosto-4 de septiembre) se libraría una cruenta batalla, en la que la
táctica de Rommel de envolver al enemigo no funcionó debido a los ataques de la R.A.F. y de los
tanques y al encontrarse frente a Montgomery y al VIII Ejército que había previsto la maniobra de
Rommel. El 2 de septiembre el Afrikakorps se batía en retirada. La depresión de Al-Qatara se
convirtió en el segundo refugio de Rommel y allí tuvo que establecer una línea defensiva en contra
de su gusto, dividiendo sus panzers en grupos de combate. Rommel incurrió en un error ante la
dificultad de su posición y tampoco podía sorprender a un enemigo creciente conocedor de sus
estrategias. Cuando Rommel se retiró a Alemania, agotado, la victoria abandonó al Afrikakorps.
El triunfo estaba ya decidido cuando Estados Unidos preparó una flota de 500 navíos y 250
de transporte para desembarcar en el Norte de África. Este segundo frente fue lo que salvó a Japón,
al diversificar los esfuerzos de sus adversarios, pero además, en la guerra planetaria se había
decidido que Alemania fuera lo primero. El 23 octubre de 1943, momento de la ofensiva británica,
Montgomery era superior en fuerzas al Eje, 1.440 tanques de los modelos Grant y Sherman frente a
550 y 1.500 aviones frente a 350.
Rommel comprendió la superioridad material del enemigo y planteó una estrategia
defensiva, colocando los panzers en la retaguardia y también ordenó, antes de partir a Alemania, la
siembra de un número increíble de minas y trampas explosivas, los llamados jardines del diablo,
pero no pudo paliar la escasez de combustible y municiones de sus tropas. En este momento, el
Mediterráneo estaba en manos de la Royal Navy, la R.A.F. y los bombarderos estadounidenses, que
se cobraban numerosas piezas que impedían mantener las fuerzas del Eje en estado de combate.
La superioridad de medios y hombres (230.000 frente a 80.000), la ausencia de Rommel al
principio del ataque, el pésimo servicio de información alemán al que la R.A.F. no permitía realizar
vuelos de reconocimiento y el genio de Montgomery, que había estudiado profundamente las
tácticas de Rommel hicieron que, tras diez días de combate, la victoria se decantase de parte del
bando aliado. Perforada la línea del Eje, cuando Rommel se hizo cargo de las tropas el día 26
concentró sus fuerzas y lanzó un ataque con los restos de sus divisiones panzer para romper el
saliente inglés. Sus tanques fueron machacados por el fuego de artillería y los bombardeos
fracasando sus dos contraofensivas. El 2 de noviembre los británicos atacaron el punto de sutura
entre germanos e italianos (Operación Supercharge). Los ataques germanos fracasaron y los aliados
abrieron un corredor de 25 Km rompiendo en dos el frente del Eje. El 6 de noviembre el general
Alexander, comandante en jefe de Oriente Medio, envió un telegrama a Churchill anunciándole que
echara las campanas al vuelo, pues sólo había 13,650 bajas.
25.000 fueron las bajas de Rommel, en una retirada hecha de forma organizada, pero en la
que fueron hechos prisioneros 75.000 hombres por falta de vehículos, una retirada que se vio
favorecida por la lluvia torrencial que impidió el avance de los aliados, en la que se salvaba lo que
podía ser útil, pero en la que los aliados se cobraron 100.000 piezas de artillería y la práctica
totalidad de los tanques, dejados a lo largo de 1.300 Km Durante la persecución Montgomery
empleó la misma táctica de su adversario en 1942. A la permanente amenaza de envolvimiento por
su flanco izquierdo, Rommel respondió con trampas, retrocesos y huidas ingeniosas, logrando su
objetivo, poner a salvo las tropas del Afrikakorps (100.000 alemanes y 25.000 italianos), cuyos
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veteranos podían dar juego en Europa. El 23 de enero de 1943 Trípoli cayó en manos de los
ingleses.
La “Operación Torch”
El 8 de noviembre de 1942 comenzó la operación Torch: se produjo el desembarco del I
Ejército americano en Casablanca y en otros puntos de la costa mediterránea bajo la soberanía de la
Francia de Vichy, con el fin de coger por la espalda a los germano-italianos. Cuando Rommel se
enteró, comprendió que su ejército estaba encerrado en una trampa y solicitó a Hitler el reembarque
del Afrikakorps y de todos los soldados del Eje. Pero tanto Hitler como Mussolini tomaron una
decisión opuesta, ante el éxito de Rommel al establecer las defensas en Mareth. Aprovechando una
construcción francesa de los años treinta concibieron la posibilidad de vencer, de manera que
enviaron más tropas y reforzaron los efectivos aéreos y terrestres. En el mismo noviembre enviaron
dos regimientos aerotransportados y un batallón de ingenieros, constituyendo una división. En
diciembre entró en combate la I División panzer, un mes después la 344 de infantería, y luego,
junto al batallón de tanques pesados 501, la división acorazada Hermann Göering. El mando alemán
lo recibió el general Nehring, luego Von Arnim y al final Rommel.
Junto con la línea de Mareth, las montañas que rodean la llanura de Túnez serían el principal
objetivo germano. En los pasos de esas montañas se establecería la 334 División, siendo un lugar
bélico por excelencia hasta el fin del Eje en África, ya que aprovechando las defensas naturales se
excavaron pozos de ametralladoras y morteros. Esta zona es un lugar donde americanos, británicos
y alemanes combatieron con gran ardor.
El desembarco en los puertos de Marruecos y Argelia, dirigido por Eisenhower, cogió por
sorpresa al Eje, cuya marina y aviación no detectaron el convoy que transportaba desde las costas
estadounidenses, inglesas e irlandesas a las tropas angloamericanas. La operación tuvo éxito,
evidenciando el potencial de los americanos, pero el despliegue inicial cosechó varios fracasos que
estuvieron a punto de dar al traste con la operación.
En noviembre de 1942, la Francia norteafricana era un hervidero de tensiones, la causa
gaullista no contaba con simpatías ni de civiles ni de militares, y no se cuestionaba la legitimidad
del gobierno del mariscal Petain. Los primeros contactos políticos se efectuaron a través de los
consulados norteamericanos en el Magreb entre emisarios aliados y las esferas antigermanas de la
administración y el ejército, contactos llenos de malentendidos y en los que intervino una densa red
de espionaje, así como personajes poco definidos en sus posturas.
La primera postura de las autoridades galas fue la de resistir, sobre todo en Orán y Argel,
donde los soldados yanquis sufrieron reveses en sus desembarcos. La intervención del almirante
Darlan, que casualmente residía en Argel, decantó la causa a favor de los aliados. Darlan gestionó
con el representante norteamericano Murphy y el general Juin el paso de la administración y el
ejército a las nuevas banderas. Lo mismo sucedió con el general Nogués en Marruecos, el almirante
Esteva en Túnez y el gobernador de Senegal, Boisson.
La situación era especialmente confusa, pero comenzó a aclararse tras el asesinato del
almirante Darlan (24 de diciembre de 1942), a manos de Bonin de la Chapelle, un joven que lo
consideraba sospechoso de doble juego. La presencia de Churchill y Roosevelt en Casablanca, entre
el 14 y el 23 de enero de 1943 para trazar la política a seguir contra el Eje, logró enfriar las
pasiones. Finalmente, el ejército y la administración franceses acabarían por aceptar el gobierno del
Comité Francés de Liberación Nacional, presidido como un primus inter pares por De Gaulle que,
aunque no era bien visto por los norteamericanos, acabó por imponerse. En agosto, el Comité fue
reconocido por los Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Rusia, China y los estados de
Iberoamérica.
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Esta situación disminuyó la actividad de la operación Torch, dando lugar a que las tropas
del Eje se hicieran fuertes en las murallas que rodeaban Túnez, aprovechando las construcciones
francesas. Desde allí se lanzaron ataques contra el VIII Ejército de Montgomery, el XIX francés o el
I americano. Rommel lanzó ofensivas sobre el II Cuerpo de ejército americano, que guarnecía los
pasos de la cadena Dorsal, entre ellos Kaserina. Las divisiones panzer apenas contaban con 300
tanques, pero fueron arrollados los pasos de Faid, Maknassy, El Guettar y Sidi Bou Zid. Ello fue
posible gracias a los esfuerzos del Afrikakorps y a la brillante operación diversiva sobre Kairuán y
Fonduk por parte de Von Arnim.
El 14 de febrero de 1943 presenció la última genialidad de Rommel. Los Sherman
americanos persiguieron a la avanzada blindada de Rommel en su simulado repliegue hacia el punto
donde estaban los Flak, lo que provocó que 80 tanques fueran destruidos en Kaserina. Pero
Rommel, con sus fuerzas intactas, recibió la orden de no lanzarse en campo abierto como pretendía
atacando la retaguardia aliada en territorio argelino obligándoles a replegarse o envolviéndolos. Los
aliados se rehicieron y se atrincheraron en los pasos del Gran Dorsal o Djebel Tebessa.
Rommel no había abandonado sus planes, pero supo que Montgomery se había apostado en
la línea de Mareth el 20 de febrero. Su contraataque del 6 de marzo respondió una vez más a su
patrón. Montgomery lo intuyó y su ala izquierda situada entre Metamen y Medanina se cebó con los
tanques del Afrikakorps que no llegaron a ocupar sus posiciones. La marcha de Rommel el 9 de
marzo iniciaba el final de los italo-germanos en Túnez. Sin posibilidad de reembarque, debido al
control aliado del Mediterráneo, las tropas lucharon para capitular con dignidad. Los restos del
Afrikakorps y varias divisiones italianas combatieron con honor. Un ataque del VIII Ejército
británico el 20 de abril se estrelló contra el ala izquierda de Von Arnim, en un intento por abrirse
paso. Los británicos tomaron el Jebel Ang, pero no el Jebel Ahmera.
Quince días después, el general Alexander situaba las mejores divisiones británicas en el
centro del dispositivo enemigo. El asalto frontal de los británicos de la VII División acorazada y la
IV División hindú fue de extrema dureza. Los combates en torno a Jebel Ahmera revistieron
especial dureza. Los restos de la 334 división alemana se batieron con fuerza, con una adecuada
réplica del 11º de húsares de la VII División blindada. Roto el frente, el camino de Túnez quedaba
abierto y en él se adentraron 200 tanques y 2.000 aviones. El último acto fue el contraataque alemán
del 7 de mayo sobre los americanos en Jebel Anckel. Este mismo día, Túnez dejaba de pertenecer al
Eje, al igual que Bizerta, que pasaban a la 9ª División americana. Era el fin.
Cercados en tierra, tras el último combate en Enfidaville, el 12 de mayo, los generales Von
Arnim y Messe rindieron sus ejércitos. Entre los alemanes, un gran número de soldados, superior a
los de Stalingrado, depondría sus armas, privando a Hitler de muchos efectivos para la Wehrmacht.
LAS CAMPAÑAS DECISIVAS: RUSIA
La expansión del Eje en los Balcanes
Al igual que Hitler ocultó a Mussolini muchos de sus golpes, éste ocultaría a su socio la
invasión de Grecia (28 de octubre de 1940), con el fin de consolidar su posición y suprimir las bases
y los aliados de Inglaterra en la zona. Aunque las fuerzas italianas eran muy superiores, 27
divisiones frente a 16, el ejército heleno resistió muy bien, debido a que estaba acostumbrado a
combatir en lo escarpado del terreno y a la brillante dirección del general Metaxas, muerto el 28 de
enero de 1941, y del general Papagos, comandante en jefe. La moral italiana se resquebrajó muy
pronto y Hitler se vio obligado a intervenir para impedir el control de los británicos de Grecia, que
habían desembarcado el 7 de marzo tres divisiones al mando del general Wilson. Hitler se introdujo
en el agujero de los Balcanes, un lugar que no era de su agrado.
El temor al bombardeo de los yacimientos rumanos de petróleo y el que los británicos
controlaran una zona decisiva en el ataque de la Wehrmacht a Rusia, hicieron que se retrasara la
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ofensiva sobre Rusia, llevando a los ejércitos a los Balcanes, donde sufrirían los efectos de los
ataques de las guerrillas yugoslava y griega.
En los Balcanes, Alemania se había atraído a Bulgaria a su órbita gracias a la decisión de su
rey Boris I y de su ejército de adherirse al Pacto Tripartito. Lo mismo esperaba hacer en Rumanía,
donde estaba el mariscal Antonescu, pero no pudo impedir que Rusia se anexionara la Besarabia,
debido a la ofensiva en Francia. Hitler pretendía atraer a Yugoslavia, logrando que firmara el Pacto
Tripartito (25 de marzo), pero los sectores eslavófilos del ejército y anglófilos de la administración
y la diplomacia llevaron a cabo una conspiración que derrocó al regente Pablo y llevó al trono a su
sobrino Pedro II, quién nombraría primer ministro al general Simovich, jefe de los sublevados.
Hitler se sintió engañado y llevó a cabo intensos bombardeos sobre la capital (6-9 de abril)
que allanaron el camino de la invasión. Los germanos cruzaron a través de los territorios de sus
aliados húngaros y rumanos y, desde Austria, Bulgaria y Albania, Von Kleist cortó en dos el
sistema de sus enemigos y el 17 de abril el pueblo yugoslavo se vería cercado. A pesar del pacto
entre Pedro II y Stalin del 5 de abril, víspera de la Operación Castigo, la reacción del Kremlin fue
de pasividad y servilismo frente a Berlín.
Grecia fue invadida al mismo tiempo que Yugoslavia. Los alemanes irrumpieron en las
costas de Macedonia y Tracia, entrando en contacto con las tropas italianas de Albania, cortando la
retirada de los griegos y rodeando a Wilson. En el Norte la Línea Metaxas no pudo hacer nada ante
el rodillo alemán. La encarnizada resistencia de las tropas griegas ante la avanzada de la Wehrmacht
más las panzerdivionen ya que las maniobras envolventes de ésta le dieron el triunfo. La primera
derrota de Yugoslavia, la falta de entendimiento entre ingleses y helenos y las diferencias de sus
altos oficiales provocarían la capitulación del ejército griego en Salónica, antes de que Mussolini
pudiera exigir que la rendición fuera ante una delegación conjunta.
Tras capitular el 24 de abril, un segundo Dunkerque pudo suceder sobre los británicos.
Gracias a las consecuencias de la batalla de Matapán, 50.000 hombres pudieron reembarcarse pese
a la persecución de los paracaidistas alemanes y el hostigamiento de los stukas. Sobre estos
paracaidistas recaería la toma de Creta, la primera vez en la historia que se producía una conquista
desde el aire (26-27 de mayo), después de vencer la resistencia cretense a costa de 5.000 bajas. Suez
estaba al alcance de los bombardeos alemanes si se daba el segundo paso, la ocupación de Chipre.
Pero Hitler, aunque tenía un tratado de amistad con Turquía (18 de junio) se negó a repetir en
Chipre lo que había sucedido en Creta. Impresionado por el número de bajas, Hitler aseguró que la
época de los paracaidistas había terminado para siempre.
Hitler redistribuyó el mapa de la zona de los Balcanes, creó el reino de Croacia con
soberanía sobre Bosnia y Herzegovina, se lo dio al italiano duque de Spoleto, que nunca lo aceptó,
de manera que el cargo lo ocupó el siniestro doctor pronazi Aute Pavelic, jefe de la Ustache, que
cometió atrocidades con Serbios, ortodoxos, musulmanes, guerrilleros comunistas y monárquicos.
El resto de Yugoslavia quedó despedazada entre Bulgaria, Hungría, Alemania e Italia. Grecia
también fue desmembrada entre Bulgaria, Albania e Italia.
Hitler pensaba que con la desmembración de los Balcanes los condenaría a eterna
ingobernabilidad, pero este pensamiento se volvería en su contra. Las disputas entre Pavelic y
Mussolini harían que el primero ayuda a la guerrilla monárquica. En Grecia surgieron asperezas
entre Berlín y Roma, lo que junto al desgaste de la guerrilla provocó la definitiva conversión de
Italia en satélite de Alemania.
La “Operación Barbarroja”
Los hombres del OKW se dieron cuenta de que sólo una campaña fulminante podría
descoyuntar la osamenta del Ejército Rojo dando el triunfo a las tropas germanas. Pero la
conciencia de su superioridad hizo que los diseñadores de las campañas infravalorasen los efectivos
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rusos y su capacidad moral. Algunos de los cerebros del Estado Mayor alemán como el general
Halder, relevado en septiembre de 1942, se dieron cuenta del error de cálculo, cuando el rumbo de
la guerra estaba ya decidido.
Desde que Hitler llegó al poder quedó patente su lucha contra el bolchevismo, pero su
prioridad fue la revisión del Tratado de Versalles. Sin embargo, Hitler sería el hombre que en
extensas capas de la sociedad europea daría una respuesta a la amenaza comunista. Una prueba de
ello era el sorprendente aterrizaje de Rudolf Hess en Escocia (10 de mayo de 1941), aunque
desautorizado por el Führer, mostraba la idea alemana de buscar una unión frente al comunismo. El
pacto firmado entre ambas naciones era sólo un compás de espera. Hitler pensaba demoler el
Kremlin, símbolo de los males que azotaban a Europa. Él se presentaba, pese a su agnosticismo y su
desprecio al cristianismo, se presentaba como el líder de una nueva Cruzada, emulando las acciones
de los caballeros teutónicos, símbolos para la juventud del régimen nacionalsocialista.
Las unidades de las SS estaban completamente fanatizadas, se dejaban llevar por el
despliegue ideológico de Hitler. No tanto se puede decir del ejército regular, las tropas de la
Wehrmacht veían la campaña rusa como una forma de engrandecer sus laureles y poner fin a los
apetitos expansionistas del Führer.
Hitler alegó para declarar la guerra que Rusia se preparaba para combatir al III Reich. No
estaban faltos de razón ya que, desde el otoño de 1940, la expansión del Reich había hecho pensar a
los dirigentes soviéticos la posibilidad de una pronta ofensiva. Stalin era consciente del
enfrentamiento, pero sus temores a la mala elección del momento, que hubiera causado su caída y
una crisis en el propio régimen, le hicieron vacilar. Esa duda se tradujo en la forma de preparar los
efectivos por parte del Kremlin, sin cobertura logística, escalonando tropas y pertrechos. Algunos
generales alemanes como Rundstedt o Manstein mantenían que los rusos no habían proyectado la
ofensiva, mientras que otros pensaban que no era así. Las mejores y más nutridas tropas rusas se
colocaron en determinados puntos de la frontera occidental, como Bialistok y Lemberg, dejando
desguarnecidas a extensas regiones, pero además no prepararon una línea de cobertura en caso de
repliegue, con obstáculos anticarro. Sin embargo, la concentración de tropas favoreció los discursos
de Hitler ante sus generales.
Pero también los pasos en política internacional de la URRS, como la anexión de Finlandia,
se veían como un reforzamiento ruso ante un enfrentamiento con el III Reich. Los recelos alemanes
se fundamentaron cuando, a finales de junio de 1940, la U.R.S.S. dio un ultimátum a Bucarest para
evacuar en cuatro días la Besarabia y Bucovina. La Rumanía de Carol II, llena de escándalos
cortesanos, hubo de someterse al diktat de Rusia. Una vez que Berlín recuperó su capacidad
diplomática, forzó la abdicación de Carol II en septiembre. Antonescu y el nuevo rey Miguel I no
opusieron resistencia a que Alemania enviara tropas motorizadas a Rumanía, que se encargarían de
entrenar al ejército rumano. En ese momento, tanto rumanos como alemanes negaron estar
ejerciendo un protectorado.
Los rusos tomaron ese envío de tropas como una agresión al acuerdo que les unía a
Alemania, de manera que, en las conversaciones de noviembre de 1940, entre el ministro de
exteriores ruso Molotov y los jerarcas nazis sobre su alianza, Hitler intentó que Moscú se desviara
hacia el Medio Oriente donde le dejaría manos libres. Eso reavivaría la enemistad entre Londres y
Moscú pero Molotov no hizo caso a Hitler y pretendió garantías formales de la renuncia del III
Reich a un protectorado danubiano y su aceptación de las propuestas rusas de consolidar su
posición en el Báltico y en el Bósforo como en los Balcanes.
Ante el empecinamiento de Molotov, Hitler comprendió que sus aliados querían enfrentarse
con las armas, de manera que retomó su anticomunismo y se convenció de que la agresión a Rusia
era una justa guerra preventiva.
La invasión de Rusia se realizó a través de un frente de 1.500 Km, con un ejército que muy
pronto sería multilingüe y multirracial, con rumanos, italianos holandeses, eslovacos, españoles,
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belgas y franceses. Los preparativos habían sido menos meticulosos que en anteriores campañas, a
lo que se añadía la escasez de conocimientos sobre las infraestructuras de la U.R.S.S.. Durante la
República de Weimar, algunos jefes militares alemanes habían visitado la U.R.S.S. y conocían la
disposición del terreno para el empleo de la táctica de tierra quemada.
Los preparativos y comienzos de la invasión estuvieron en manos de generales y altos jefes,
Hitler también trazaría las líneas de su plan, tomando medidas como el fusilamiento de los
comisarios de guerra apresados en el momento, lo que desagrado a la Wehrmacht pero no a la SS,
encargada de la seguridad en la retaguardia. Las campañas de Rusia adolecieron de falta de
claridad, no fueron tan claras como las primeras campañas de 1940-41. Las injerencias y
vacilaciones de Hitler por un lado y las disputas entre los generales fueron principales factores de
ello. Al final las relaciones serían más tensas, ya que Hitler, Keitel y Jodl declinaron la
responsabilidad del fracaso en Brauchitsch y Halder. También las panzerdivisionen eran objeto de
discusiones entre los cuadros castrenses.
Había dos formas de atacar: entrar hasta los centros neurálgicos y destruir la capacidad de
respuesta del enemigo, o conquistar el terreno, embolsando al contrario, táctica en la que los
alemanes eran consumados maestros. Hitler se decantó por ésta. Pero la desigualdad demográfica
era muy grande, de manera que a Stalin nunca le faltaron combatientes pese a las pérdidas. La
táctica rusa era espacio y hombres a cambio de tiempo. Fue empleada hasta que la batalla de Moscú
le mostró la imposibilidad de mantenerla, ante el riesgo de desplome del Estado soviético. Hitler y
sus generales plantearon una estrategia que iba a destruir los puntos neurálgicos del ejército
enemigo, provocando su desplome en un tiempo muy corto, antes de la llegada del general
invierno.
Tres fueron las metas marcadas por la Wehrmacht al invadir la U.R.S.S. el 22 de junio de
1941 a las 5 h. 40´. El Grupo de Cuerpos del Ejército Norte, al mando de Von Leeb, tendría que
apoderarse de Leningrado, el Grupo de Cuerpos del Ejército Centro, dirigido por Von Bock, tendría
que penetrar hacia Moscú y, por último, el Grupo de Cuerpos del Ejército Sur, al mando de Von
Rundstedt, tendría que dominar el Bajo Dnieper y Ucrania. Se concentraron el 70 % de los
contingentes germanos (cerca de 4.000 aparatos) pero esta cantidad resultó escasa. Si en Francia,
diez aviones cubrían 1,5 Km/h, en Rusia sólo podían hacerlo dos. Los alemanes también tuvieron
escasez de vehículos, por lo que el 40 % de sus divisiones usaron vehículos capturados en Francia.
En un principio serían doce ejércitos rusos los que resistirían la embestida inicial de la
Wehrmacht, pronto reforzadas con más efectivos, con una potencia de fuego tal que harían de los
combates en Rusia los de mayor volumen e intensidad de la historia. Pese a los éxitos conseguidos
al principio, el verano transcurrió sin incidentes importantes. Con la aviación enemiga destruida, los
cálculos de Hitler no se cumplieron, elevándose el número de bajas al 10 %. Los ejércitos rusos se
batían al límite de sus fuerzas y pronto la geogR.A.F.ía del país jugó un papel determinante. El
otoño llegó pronto, con su mar de lodo, provocando que los vehículos ligeros alemanes,
desprovistos de orugas, quedasen atascados, perdiendo el factor sorpresa. Aunque la Wehrmacht
fue recibida bien en algunas poblaciones de la Rusia Blanca, no fueron vistos como libertadores y la
guerrilla pronto empezó a inquietarles.
Las torpezas de sus directrices colaborarían a su ralentización. Hitler intervendría situando
los nuevos objetivos. Así, colocará en Kiev el objetivo principal, pero también ordenará a las puntas
de flecha de la Wehrmacht que cambiaran el lugar de ataque, de Leningrado a Kiev o de Crimea en
ayuda de Von Bock hacia Moscú. Von Rundstedt franquearía los pantanos del Pripet, ampliando el
cerco de cierre, lo que permitió a las tropas rusas escapar (30 de junio). Después de vencer en
Besarabia y Bucovina, los soldados de Rundstedt rompieron la Línea Stalin obligando a capitular al
mariscal Budienng en Uma (10-12 de agosto). Llegando al Mar Negro el 18 de agosto una maniobra
envolvente le permitió apoderarse de Kiev el 19 de septiembre.
El Grupo de Cuerpos del Ejército Centro de Von Bock, donde estaban Guderian y Hoth
triunfaba en los choques de Bialistok y Minsk (29 de junio). Los rusos se retiraron hacia la Línea
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Stalin, que fue rota por los alemanes entre Vitelsk y Orcha, entrando en Smolensko el 16 de julio.
Allí permanecería Von Bock retenido durante dos meses por orden de Hitler, que enviaría a los
panzer de Guderian al Sur con Von Rundstedt.
En cuanto al Grupo de Cuerpos del Ejército Norte, los contraataques rusos no pudieron
impedir su establecimiento en Riga, llegando a Leningrado, que cercarían, y a las minas de
Petsamo. Pero las tropas del general Dietel no pudieron tomar el puerto y la base de Murmanks. Los
últimos avances alemanes fueron posibles al contar con los blindados del Ejército Centro. Sin
embargo, eran victorias que no ocultaban que, al cabo de cien días, los principales objetivos no se
habían alcanzado.
La llegada del invierno
A la llegada de las lluvias otoñales, el cerco de Leningrado esta lejos de provocar su caída.
Moscú era un objetivo lejano, pero los alemanes avanzaron en su afán de conquistarla en la
Operación Tifón (2 de octubre). Las tropas alemanas englobaban a un millón de hombres, 1.700
tanques y 1.900 piezas de artillería y morteros, junto con la Segunda Escuadra Aérea de Kesselring,
frente al 40 % de los contingentes terrestres soviéticos y el 30 % de sus carros y aviones y el 50 %
de su artillería.
Tres cuerpos de ejército y los panzer en las alas envolvieron a las tropas de los mariscales
Timoschenko y Vorochilov, encargadas de cerrarles el paso, haciendo 600.000 prisioneros. Los
alemanes tomaron las ciudades de Brianks, Viazma, Oirol, Kalinin y Kaluga. Las formaciones
germano-rumanas cruzaban el Bajo Dnieper y cercaban a los rusos en Bordiansk. Con esto,
tomaban los grandes centros fabriles de Bielgorod, Jarkov, Stalinin y la orilla occidental del Mar
Azov. Von Manstein avanzaba hacia Odessa, llegando a poner sitio a Sebastopol. En el Norte,
Leningrado quedaba aislado por los ataques de germanos y finlandeses. Sólo un estrecho pasillo por
el helado Ladoga comunicaba la ciudad con el resto del país.
1,5 millones de km2 estaban en poder del III Reich, al terminar el mes de octubre. Sólo 500
aviones alemanes podían volar, los tanques quedaban varados sin repuestos, los vehículos
motorizados se usaban en beneficio de los carro, pero la progresión no era normal. Otro factor del
debilitamiento germano fue el clima, especialmente duro a finales de 1941 (-20º el 30 de
noviembre, -40º el 4 de diciembre y – 45º el día 6). Frío soportado por las tropas de la Wehrmacht
que no contaban con un equipo adecuado para el invierno por culpa de Hitler, que les encomendó
una misión imposible de cumplir con sus medios.
La resistencia rusa es otro factor que explica la lentitud de la penúltima fase de la Batalla de
Moscú. Stalin y el general Zukov formaron un binomio perfectamente acoplado, que aplicó su
poder de decisión y energía a unas tropas a punto de quebrarse en octubre. Zukov pensaba que una
victoria rusa provocaría el fin de la Blitzkrieg e invertiría el duelo germano-soviético. Sus dotes
como estratega, el sacrificio del XVI Cuerpo de Ejército de Rokossovski y la resistencia en la línea
defensiva de Moscú, favoreció la llegada de tropas de refresco desde el interior del país. El
movimiento de cerco de Moscú, con las tomas de Klin e Istra, fracasó en el intento de cerrar la
tenaza, aunque la 258 División germana se adentró en los suburbios de Moscú (5 de diciembre). Un
ataque de Zukov disipó los flancos alemanes y acabó con las amenazas sobre la capital de la
U.R.S.S..
La Batalla de Moscú acabó con unas cifras aterradoras: 200.000 muertos y prisioneros,
1.000 tanques y 1.500 piezas de artillería cayeron en poder ruso. El descalabro alemán se debió
también a las victorias rusas en el Sur a finales de noviembre, que provocaron que los alemanes
rebajaran la presión sobre la capital. Von Rundstedt decidió una retirada hacia el río Minus frente al
avance ruso, pero Hitler no estaba de acuerdo y lo relevó.
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A comienzos de 1942, Stalin decidió lanzar una ofensiva en todos los frentes, a la que se
opuso Zukov que prefería centrar los ataques en el Grupo de Cuerpos del Ejército Centro, mandado
por Von Klugue, sustituto de Von Bock. A pesar de los éxitos del ataque no hubo ningún logro
resonante. Gracias a la debilidad germana, Hitler destituyó a los generales a los que consideraba
culpables de la detención de la Wehrmacht, de manera que lo que era un repliegue se convirtió en
una retirada.
La táctica erizo impuesta por Hitler lograría el hundimiento de todo el frente, mientras que
el Ejército Rojo había avanzado más de 250 Km en algunas zonas. La historia se había olvidado y
Rusia se convertía en una tumba para sus nuevos atacantes. Las pérdidas de la Wehrmacht en 1941
eran de 830.403 hombres.
La resistencia rusa fue una hazaña magistral. Al principio, Stalin se negaba a aceptar las
violaciones del tratado de 1939, pero una vez que entró en el conflicto convirtió la guerra en la
“gran guerra patriótica”. Stalin retomó todos los símbolos de la vieja Rusia, incluso de la época de
los Romanov y restableció la iglesia ortodoxa. En la propaganda, Stalin aparece como un guía
paternal y no como un dictador. En estos momentos era Rusia y no sólo el comunismo la
amenazada de muerte. La población rusa trabajó al límite de sus fuerzas para dotar a su ejército de
medios con los que poder hacer frente al enemigo. Aunque las industrias rusas cayeron en poder de
la Wehrmacht, algunas otras se salvaron en el último momento, trasladándose más allá de los
Urales, donde se creó todo un arsenal. Por otro lado, hubo jefes con gran pericia que salvaron el
vacío generacional de los generales sacrificados por Stalin.
Un elemento que sorprendió a los alemanes fueron los enormes recursos de los rusos,
incluso en el terreno del armamento, con armas muchas veces superiores a las propias, como era el
caso de la artillería, pero sobre todo los tanques y también la aviación. La U.R.S.S. había visto
descender su producción de forma alarmante, pero la recuperación rusa fue increíble. Un elemento a
destacar es la ayuda prestada a los rusos desde el exterior. La ayuda de las marinas inglesa y
norteamericana fue crucial abasteciendo a la U.R.S.S. de todo de pertrechos y alimentos a través de
las rutas del Ártico. En las ofensivas rusas eran surtidos de vehículos por parte de los americanos,
muy favorables al tío Joe (Stalin), al que pretendían arrastrar a la democracia cuando acabara el
conflicto.
El Pacto Antikomintern no preveía un enfrentamiento entre la U.R.S.S. y Japón en caso de
guerra entre Moscú y Berlín, de manera que Stalin se dio cuenta del momento crucial para trasladar
sus tropas de Manchuria al frente de Moscú, a comienzos de diciembre de 1941. La situación en
Asia se estableció tras el acuerdo entre el Kremlin y el Mikado en abril de 1941. Pero la situación
rusa seguía siendo igual de dura. En la campaña del invierno de 1941-1942, las bajas por
congelación en la Wehrmacht fueron superiores a las causadas por el enemigo. Aún así, los
soldados germanos se batieron con fuerza, pero la réplica rusa fue mejor, ya que los soldados rusos
tenían una capacidad de abnegación nunca vista hasta entonces. Las deserciones rusas fueron
escasas y, aunque se suprimieron temporalmente los comisarios políticos en 1940, no eran sus
amenazas las que hacían avanzar y resistir a los soldados rusos. Era el pueblo herido en su orgullo
nacional el que resistía en la guerra.
En el verano de1942, la Wehrmacht llevaría a cabo sus últimas operaciones. El 12 de mayo
de 1941 se iniciaba la ofensiva rusa, pero el mariscal Timoschenko se encontró con un contraataque
alemán y lo resistió hasta el final. Stalin estaba convencido de que el objetivo de Hitler era Moscú y
no estaba equivocado. Hitler pretendía romper Stalingrado para posteriormente, con el
abastecimiento roto, atacar a los ejércitos que defendían Moscú.
Después del éxito de mayo-junio, los germanos eligieron penetrar por la zona de KurksJarkov, más desprotegida por el traslado de tropas germanas al sector de Orel. Los alemanes
lograron al final establecer una cabeza de puente sobre el Don. Otra penetración se produjo por la
zona de Riej, estableciéndose allí un gran contingente ruso ante el temor de que la Wehrmacht
retomara el camino de Moscú. Sin embargo, los germanos intentaron una maniobra de cerco, desde
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la orilla derecha del Don, y avanzaron hacia el Sur para cercar a las tropas rusas al Oeste de
Stalingrado. En el último momento la maniobra no funcionó ya que el mariscal Timoschenko se
replegó con sus tropas. Aunque la Wehrmacht eliminó la cabeza de puente sobre el Don, la
operación había fracasado, ya que las tropas rusas habían conseguido escapar antes de cerrarse la
pinza.
Las tropas alemanas se dieron cuenta de la imposibilidad de acabar con las tropas rusas, que
eran mayores y mejor equipadas, de manera que Hitler decidió colapsarlas por la ruina económica.
Así ocupó las cuencas del Don y el Donetz, el trigo de Konbany y el petróleo caucasiano. En estos
momentos, Hitler ya no pensaba en hincar de rodillas a Stalin, y una paz era bien vista por
japoneses e italianos. También los ejércitos alemanes del Norte y del Centro no respondían, así que
no se produjo el ataque contra Leningrado que Hitler quería antes de otoño.
El VI Ejército mecanizado de Von Paulus, con unos 300.000 hombres, debería consolidar
las conquistas del I y IV Ejércitos panzer con la toma de Stalingrado, ciudad industrial en la orilla
derecha del Volga, desde donde los rusos podían entorpecer el avance alemán por el Don Inferior y
el Cáucaso. El mes de agosto volvió a ser clave, pero las conquistas de amplios territorios y los
éxitos resonantes alemanes no produjeron el colapso ruso. Los éxitos, e incluso la Operación Azul,
no habían logrado conseguir los objetivos, de manera que el temor y el pesimismo se adueñaron de
la máquina militar germana. Los embolsamientos se habían reducido en 1942. Por otro lado, el
general Von Kleist, sustituto de Von List, necesitado de carburante, se apoderaba de los campos
petrolíferos de Bakú. El frente meridional se extendía a más de 1.000 Km en una región más
desprovista de comunicaciones. Al igual que la ocupación de Stalingrado por el VI Ejército a
mediados de septiembre era casi imposible. En ella se combatía en las calles, los sótanos e incluso
en las alcantarillas y un edificio llegó a disputarse durante 58 días.
Stalingrado y sus consecuencias
La batalla de Stalingrado (23 de octubre-4 de noviembre de 1942) fue utilizada por la
propaganda de uno y otro bando, pero no tardó en convertirse en un holocausto para los
contendientes. Hartos de que Von Paulus la dominase, los rusos lanzaban el 29 de octubre un ataque
envolvente al sur y al norte de la ciudad contra los dos flancos del VI Ejército. La Stavka había
optado por reforzar los flancos más que por enviar refuerzos a la capital, ya que eran bombardeados
por los aviones alemanes. La Stavka acumuló más de un millón de hombres para su contraofensiva,
temida por el OKH desde agosto, y es que Stalingrado estaba más cerca del frente del Ejército Rojo.
Tras romper la línea protegida por el IV y V Ejércitos rumanos y ensanchar la brecha en un área
defendida por los italianos, una vez cortada la línea férrea al sur de Tikhoretsh y del Mar Negro, la
ofensiva cercó a las tropas de Von Paulus en dos bolsas. Todas las rutas de acceso estaban cortadas,
Von Paulus pidió ayuda a Von Manstein, y desde Kotelnikovo, a 125 Km de Stalingrado, partieron
la VI División panzer y la XVI y XVII Divisiones motorizadas, hacia el “caldero” entre el Don y el
Volga para abrir un pasillo a los sitiados alemanes.
Esta operación, llamada Tormenta de Invierno, fracasó a finales de diciembre y no pudo
romper el cerco. Por otro lado, el puente aéreo prometido por Göering no funcionó y el VI Ejército
quedó desabastecido, resistiendo heroicamente un mes, hasta su rendición el 31 de enero de 1943.
El 2 de febrero se entregaron 100.000 soldados, 24 generales y 21.500 oficiales al general Vasili
Chuikov, De ellos, sólo 5.000 regresarían. Stalingrado fue la batalla más sangrienta de toda la
Segunda Guerra Mundial, así como la más costosa en vidas humanas, cerca de 2 millones.
Las repercusiones de esta batalla fueron tan numerosas como importantes. Militarmente, las
medidas de Von Manstein como jefe del Cuerpo de Ejércitos del Sur y la retirada de Von Kleist
antes de cerrarse el cerco conseguían paliar las consecuencias de la batalla. Los rusos podían
derrumbar el frente meridional alemán embolsando a las mejores tropas, el kessel-super
Stalingrado, pero, con una sabia combinación de repliegues estratégicos, Manstein logró contener
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el avance ruso y conservar la península de Crimea, protegiendo las reservas rumanas de Ploesti,
único centro abastecedor del III Reich.
Pero la moral de la Wehrmacht se resintió y sus diferencias con la Luftwaffe se agravaron.
Por otro lado, la importancia de las Waffen-SS, abastecidas de forma preferencial y mimadas por los
jerarcas nazis, hizo que se dividieran las tropas del III Reich. También, las unidades actuaban ahora
de forma casi independiente, lo que causaba muchos perjuicios en la maquinaria castrense. En ésta,
la cadena de mandos ya no actuará como antes, aumentándose las desconfianzas entre Hitler y los
generales. Finalmente, la sangría producida al VI Ejército hará que la Wehrmacht acuse la llegada
de nuevas tropas. En este momento, Hitler movilizó a todos los varones alemanes entre 15 y 65
años y a las mujeres a partir de 25.
Por otro lado, los alemanes empezaron a reclutar trabajadores en las zonas ocupadas, como
era el caso de Francia, con un proletariado muy cualificado, lo que provocó tensas relaciones entre
Vichy y Berlín, todo ello para dar impulso a la industria bélica. Se llegará incluso al chantaje, a la
liberación de prisioneros a cambio de mano de obra para saciar la demanda de las fábricas
alemanas. Esto provocó una situación dramática, sobre todo por la suerte de los cerca de millón y
medio de prisioneros galos en Alemania.
La mano de obra alemana se incrementó tras Stalingrado, demandada por el Ministerio de
Armamento y Producción de la Guerra, así como por los grandes patrones de la industria. La
búsqueda de obreros extranjeros por medios casi siempre violentos, dirigida por Sauckel, llevó a
éste a confesar en Nuremberg que de 5 millones de obreros sólo 200.000 se enrolaron de forma
voluntaria, y muchos eran prisioneros en los campos de concentración adscritos a las industrias
estatales. La SS se convirtió con esa mano de obra en una potencia económica, de manera que el
sistema productivo alemán pasó a depender de Himmler. Se puede decir que todo el Estado
dependía de la producción de la SS.
Los movimientos clandestinos y de resistencia a la ocupación alemana vieron incrementarse
sus afiliados con desertores y huidos de las levas que se producían, incluso en los países más
respetados por los alemanes como Francia, Noruega y Bélgica.
Stalingrado puso de manifiesto las contradicciones de una Administración prisionera de su
propio mecanismo, que acabó siendo pánico del desorden y la ineficacia, y es que hasta entonces se
trabajaba como en tiempos de paz, en las fábricas hacía poco que se había implantado el sistema de
ocho horas. Stalingrado supuso también el despertar de una sociedad adormecida por sus
demagogos dirigentes y también puso a funcionar a una sociedad como la germana, que intentaba
dotar de mayor fuerza bélica a sus tropas en un conflicto que había cambiado de signo.
Stalingrado también tuvo unos efectos a escala internacional. Turquía se olvidó de cualquier
veleidad bélica, mientras que en Francia y Yugoslavia provocó un importante sentimiento al
observar que Alemania era vulnerable. Este hecho, junto con los desembarcos en el norte de África
(11 de noviembre de 1942), en posesión de Vichy, hicieron que Francia se convirtiera en un Estado
satélite y que su opinión pública abandonase el attentisme de Petain. En Rumanía se fortaleció la
Corona de Miguel I, mientras que en Bulgaria era Boris I el que reafirmaba su actitud hacia la
U.R.S.S.. En Hungría Horthy barajaba la derrota nazi y tomaba medidas en consecuencia,
concluyendo un acuerdo secreto con Gran Bretaña. Rumanía y Hungría entraron también en
negociaciones ante el temor de la marea eslava.
La diplomacia italiana también jugaba un papel importante, buscaba la presión de las
cancillerías danubianas sobre Berlín para que ésta firmara una paz con la U.R.S.S.. Pero Hitler hizo
ver a Mussolini lo imposible de esta paz, ya que la U.R.S.S. no descansaría hasta aniquilar al Eje.
Entonces, Mussolini inició una reforma del Estado fascista para poder salvarlo, ya que estaba
minado en su moral y en lo material. Así, cesó a 11 ministros el 8 de febrero de 1943. Fue éste uno
de los coletazos más fuertes de Stalingrado. En Japón surgió una corriente favorable a un nuevo
pacto germano-soviético, aunque Von Ribbentrop lo negara.
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La derrota también tuvo efectos en los países neutrales. El caso más claro fue España, donde
Franco le dirigió un mensaje al premier británico, pintando con tintes muy negros el futuro del
mundo. Franco pedía una paz negociada con las democracias, ya que temía que el avance ruso fuera
un peligro para Europa. Desde Inglaterra se le contestó que ella salvaguardaría a Europa. También
países como Bolivia, Colombia, México o Brasil declararon la guerra al III Reich, conscientes del
pronto triunfo de los aliados. Franco modificó su postura, pasó de la no-beligerancia a la neutralidad
y además disolvió la División Azul el 17 de noviembre de 1943.
La victoria de Stalingrado provocó en la U.R.S.S. la instauración de la orden militar de dicha
ciudad, también volvieron los galones dorados a los uniformes y algunas costumbres del ejército
zarista. Stalin hizo uso del nacionalismo a ultranza, asombrando incluso a los observadores
extranjeros, fomentó el racionalismo ruso frente a la barbarie germana. También reforzó sus
relaciones con los aliados y así declaró disuelta la III Internacional fundada por Lenin en 1919. En
las resistencias francesas e italianas, los comunistas tomaron la batuta dentro de una euforia,
conectada con la unión entre los católicos y liberales antifascistas.
El triunfo de Stalingrado reforzó a Stalin, que se había proclamado mariscal y jefe de unos
ejércitos que había llevado a la victoria. La lucha entre dos países, U.R.S.S.y Alemania, y dos
dictadores, dio como vencedor al comunismo, pero también el Partido Comunista y sus miembros
gozaron del triunfo. También en Occidente se produjo todo un impacto: el mundo occidental se
había visto superado por los rusos, con lo cual se cernía sobre Europa el peligro asiático. Sin
embargo, no puede pasarse por alto la ayuda prestada por británicos y americanos a la U.R.S.S.
Todos los estudiosos coinciden en afirmar que se observan dos momentos en el declive del
Eje: El Alamein y Stalingrado. En 1939 el ejército alemán era el más fuerte de Europa, pero tres
años después, la Blitzkrieg, el panzer y el stuka habían perdido su superioridad, no sólo frente a la
maquinaria americana, sino también frente a la rusa. Aunque los alemanes pusieron a funcionar su
maquinaria bélica, sus ingenios no superaban a los soviéticos. Incluso en la última ofensiva de la
Wehrmacht (Kursk), se vieron sorprendidos por los tanques soviéticos, como el Iosiv Stalin, o
aviones como el caza Yak. Otro elemento que llamó la atención fue la facilidad rusa para reconstruir
los daños en infraestructuras a para atravesar los accidentes geográficos.
La contraofensiva rusa: Kursk
Hitler y su Estado Mayor prepararon la campaña de verano en Rusia intentando detener la
iniciativa estratégica soviética. Pero el Führer y sobre todo sus generales sabían que sólo un golpe
de suerte podía obligar a la U.R.S.S. a firmar la paz. El saliente de Kursk, en poder soviético, era
una pieza tentadora y, así, los alemanes plantearon la Operación Ciudadela. Los soviéticos eran
conscientes de ello, de manera que reforzaron la zona con trincheras, campos de minas, 6.000
cañones antitanques y unidades de todo tipo. Zukov, recién nombrado mariscal tras la victoria de
Stalingrado, dirigió la batalla por parte rusa. La llamada “Batalla de los carros”, porque en ella
participaron 2.800 carros rusos y 1.800 alemanes, se dispuso con brutal violencia entre los días 4 y
13 de julio de 1943, aplazada varios días por el deseo de Hitler de hacer intervenir a los Phanter,
que darían muy poco juego y se mostrarían muy inferiores a sus adversarios.
Se planteó la operación como una ofensiva convergente contra dos de las posiciones más
débiles de los rusos. En las primeras horas la ofensiva estuvo a punto de decantarse a favor de los
alemanes, debido a las penetraciones en las líneas rusas, pero la resistencia de los rusos lo
impediría. La táctica de Zukov de dejar desgastarse a los alemanes para luego atacarlos con sus
reservas dio resultado. Este éxito funcionó, ya que Zukov se colocó a ambos lados de la línea de
ruptura de los alemanes, para luego envolverlos. La contraofensiva soviética se basaba en ataques
simultáneos y conectados a lo largo de toda la línea, impidiendo que se formaran salientes
expuestos a contraataques. Lograba con ello el agotamiento de las reservas, iniciando una carrera
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que sólo se frenaría en el corazón de Alemania. Berlín sería conquistada dos años más tarde por las
mismas tropas que se lanzaban en julio de 1943 a los territorios ocupados de su patria.
Tras dura batalla, los rusos recuperaron Orel y Belgorod (5 de agosto), Jarkov, Tangarov,
Briansk, Poltava, Smolensko y el territorio de Kulan. A comienzos de noviembre el Ejército Rojo
había llegado al Dnieper, tomando Kiev. En el Norte, pese a perder Smolensko, los alemanes
rechazaron en inferioridad cinco ofensivas del enemigo entre octubre y diciembre. Un retroceso de
500 Km y un millón de muertos, heridos y prisioneros fueron las pérdidas del ejército alemán en
cuatro meses de embate.
En su retirada, los ejércitos alemanes retrocedieron ordenadamente, sin temores. Pero las
órdenes de Hitler de resistir no permitieron en muchos casos que se desarrollaran los planes de la
Wehrmacht, que sacrificaba territorios para apuntalar sus líneas. Las bajas alemanas fueron terribles
y la U.R.S.S. se convirtió en un cementerio de la juventud germana. Casi toda la producción y
equipo bélicos alemanes se consumieron frente a los rusos con el único resultado de ralentizar su
irrefrenable avance.
La resistencia a ultranza de la Wehrmacht favoreció que Stalin insistiese a los aliados para
que abrieran un segundo frente en Europa, debilitando las defensas alemanas en la U.R.S.S.. Desde
el fracasado desembarco en Dieppe (agosto de 1942) los aliados sacrificaron a 10.000 hombres,
aplazando tal operación. Los británicos conocían la fuerza de la “muralla del Atlántico”, construida
por los alemanes desde el golfo de Vizcaya hasta el Mar del Norte, y desaconsejaban atacar al III
Reich hasta que estuviera realmente debilitado.
LA GUERRA EN EL PACÍFICO
El expansionismo japonés y la globalización del conflicto
A finales de noviembre de 1941 una escuadra japonesa partió de los puertos de su país
rumbo al Norte. El día 2 de diciembre el almirante Yamamoto pronunció la clave del ataque a los
americanos: Escalar el monte Mitaka. Al amanecer del domingo 7 de diciembre, el día de la
infamia, los 353 aviones torpederos y bombarderos con protección de cazas tardarían una hora en
llegar a su destino. En menos de dos horas, ocho acorazados, tres cruceros y más de un centenar de
aviones de la Pacific Fleet, junto con buques de distinta índole, habían sido destruidos en la base
naval de Pearl Harbour. Al día siguiente, con un voto en contra, quedó aprobada en el Congreso la
declaración de guerra a Japón. Horas después, Italia y Alemania declaraban la guerra a Estados
Unidos. La guerra era ya planetaria.
El ataque japonés se llevó a cabo a la manera nazi, sin previa declaración de guerra y sin
aviso, pero tiene sus orígenes en ciertas medidas que pueden explicarlo. Desde que en 1937, Japón
reanudase su conquista de China, Estados Unidos había iniciado una política diplomáticoeconómica encaminada a barrenar los afanes imperialistas de Japón, potencia que se estaba
convirtiendo en una amenaza para Estados Unidos en Asia y el Pacífico. Estados Unidos tenía allí
un buen mercado de materias primas, y fue debido a la incapacidad del ejército del Kuomintang del
mariscal Chang-Kai-Shek, por lo que Roosevelt decretó el boicot a las mercancías japonesas. En
octubre de 1940 se prohibió exportar maquinaria y productos metalúrgicos a Japón y, desde finales
de junio de 1941, se prohibió la exportación de petróleo.
Tras la capitulación de Francia, Japón logró, no sin amenazas, la ocupación temporal de los
territorios franceses del Norte de Indochina y las regiones septentrionales en julio de 1940. Después
los japoneses la ampliaron a todo el país en julio de 1941, sin suprimir la soberanía de Vichy,
aprovechando la invasión alemana de la U.R.S.S., que eliminaba el peligro de un segundo frente.
El ejército de tierra era su arma más influyente, tanto en el aparato del Estado como en los
estratos más populares de la opinión pública del Japón agrario y campesino. El general Hideki Tojo,
ministro de la guerra en el gabinete del príncipe Konoye (julio de 1940-16 de octubre de 1941), era
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el campeón de las tesis belicistas. Esto suponía una amenaza para los territorios anglosajones de
Filipinas, Malasia, India etc., sirviendo para allanar las dificultades para un entendimiento entre
Reino Unido y Estados Unidos. Inglaterra y Holanda actuaron como Estados Unidos, embargando
el petróleo y congelando los bienes japoneses a comienzos de agosto de 1941. En diciembre,
Roosevelt ampliaba a China los privilegios de la Ley de Préstamo y Arriendo.
Más importante que el frente económico fue el vínculo creado entre las democracias
anglosajonas tras la Conferencia de Terranova. Las conversaciones entre Churchill y Roosevelt
junto con sus estados mayores políticos y militares, dio lugar a un importante documento, la Carta
del Atlántico. En él se estipulaba como se regularía la seguridad mundial tras derrotar a la tiranía
nazi. También se trataban asuntos como el principio de la seguridad colectiva permanente, el
derecho de autodeterminación de los pueblos, la renuncia a expansiones territoriales, la
colaboración económica entre países y el libre acceso a las materias primas etc. La semilla de la
ONU estaba sembrada. Las declaraciones de Roosevelt contra el régimen hitleriano dejaban ver su
actitud frente a las potencias del Pacto Anti-Komintern.
Se pusieron en marcha los preparativos de una guerra naval contra el III Reich. Después de
algunos incidentes entre las marinas alemana y norteamericana, también el Congreso permitió a sus
barcos mercantes armarse y penetrar en puertos beligerantes. De otro lado, había reuniones secretas
entre británicos y norteamericanos para delimitar la estrategia a seguir por los Estados Unidos en el
conflicto. La posición cobeligerante de Roosevelt le afianzaba en su ofensiva táctica contra el
Japón. Sin combustible, la industria militar y civil del Tenno se agotaba. Aunque Japón había
acumulado petróleo, la ruina estaba a un paso, mientras que las negociaciones diplomáticas eran
mínimas. La guerra se aproximaba.
Roosevelt lo entendió así y, en la primavera de 1941, la escuadra norteamericana de
California fue enviada a las islas Hawai. La historiogR.A.F.ía apunta que Roosevelt estaba
provocando al Japón para que rompiera las hostilidades y, ante la política de hechos consumados,
que la opinión pública no tuviera que responder más que con la guerra. Pero no podemos olvidar la
fiebre belicista que invadía Japón. En el otoño de 1941, Koneye intentó negociar un acuerdo con
Washington que dilatara la ruptura de las hostilidades, pero fracaso, ya que lo único que encontró
fue un semi-ultimátum con respecto a la presencia nipona en China e Indochina, los llamados Diez
puntos del secretario de Estado norteamericano Cordell Hull. Esto desacreditó a los pacifistas
nipones y alentó las tesis más belicistas. Pero incluso los más favorables al expansionismo de su
país, lo veían desde un punto de vista defensivo. Sólo conquistando extensos y vitales territorios
cabría la posibilidad de obligar a Estados Unidos a una paz inducida por su opinión pública, reacia a
enfrascarse en aventuras bélicas de entidad. En esta coyuntura, la superioridad norteamericana
acabaría por imponerse.
Las conquistas niponas (1941-42)
Los hombres del Gran Cuartel Imperial acabaron por diseñar el mapa del Japón que
aspiraban a construir. La línea externa de la defensa nipona se extendería desde las Aleutianas hasta
el sudeste de Australia, dejando las islas Hawai como la máxima avanzada de Estados Unidos.
Desde Birmania a Mongolia se extendería el otro eje del perímetro. Otra línea defensiva iría desde
los archipiélagos alemanes en poder de Tokio hasta la China continental. La conquista de las Indias
Orientales holandesas proporcionaría al nuevo Estado los productos y materias primas necesarios.
En el plano militar, la marina de guerra japonesa era la más moderna y equilibrada y su
aviación tenía unas características similares de innovación y fuerza. En cuanto a sus fuerzas de
tierra, no eran muy numerosas pero estaban bien equipadas y entrenadas. Únicamente su deficiente
intendencia y su inexistente sanidad empobrecían un panorama muy brillante. Lo desigual del duelo
hacía que Japón se tuviera que lanzar a un Blitzkrieg asiática. En menos de un semestre, 400
millones de seres y un dilatado territorio continental e insular caían en sus manos, con un saldo de
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15.000 bajas. La conjunción de las tres fuerzas se realizó sin fisuras y con eficacia. Sobre la
aviación y la flota recayó el peso principal de las operaciones iniciales. En Filipinas, primer punto,
tras incorporarse Hong Kong (10-25 de diciembre), la ofensiva aérea tuvo lugar pocas horas
después de Pearl Harbour, con un éxito similar, pues los aviones enemigos fueron destruidos en
tierra tras los bombardeos de Filipinas y Cavite. También, los torpedos aéreos japoneses destruirían
al núcleo de la Marina inglesa, el acorazado Prince of Wales y el crucero Repulse, junto con cuatro
destructores. La Far Eastern Fleet había dejado de existir en unas horas.
El gobierno tailandés aceptó la petición de paso del ejército japonés para ocupar Birmania y
un protectorado nipón. En Birmania la lucha sería dura pero desigual y, tras la caída de Rangún,
puerto de entrada para el avituallamiento de la China nacionalista, los británicos tuvieron que
retirarse a las montañas que establecían la frontera con la India. Las tropas del Mikado no se
atrevieron a lanzarse al asalto de la India, aunque figuraba en los proyectos más ilusionados de los
círculos ultra nacionalistas y panasiáticos. Las fuerzas de Yamashita encargadas de apoderarse de la
península malaya y la plaza fuerte de Singapur demostraron en su avance su perfecta adaptación a la
lucha en la jungla y a la lucha nocturna, preferida en todo momento por el Mikado. La plaza fuerte
de Singapur cayó tras una penetración por tierra (15 de febrero de 1942). En palabras de Churchill,
era la mayor derrota militar inglesa de todos los tiempos, pues cayeron prisioneros 160.000
soldados.
Al mismo tiempo se consolidaba el dominio nipón sobre las posesiones holandesas de
Borneo y Célebes, tras caer en su poder Nueva Irlanda, Nueva Inglaterra y la base de Raboul en
Nueva Bretaña. Ante el inminente ataque a las Indias Orientales holandesas, el almirante holandés
Doorman, al mando de la flota aliada de los Mares del Sur, entablaría la batalla del Mar de Java. La
superioridad nipona fue abrumadora destruyendo toda la flota aliada. El siguiente paso fue destruir
todos los barcos que se acercaban a Austria en los estrechos de Sonda y Bali. Los japoneses
desembarcaron en Java por tres sitios diferentes, y el 8 de marzo de 1942, ésta había caído. A
últimos de mes, en Sumatra y las islas de su costa meridional sucedió lo mismo. En las horas
siguientes caerían las islas de Buka, Bougainville, en el archipiélago de las Salamón, Marcus en el
archipiélago del Almirantazgo y cerrando su anillo la base de Raboul.
En Filipinas también se impusieron. Desembarcados en tres puntos, al día siguiente de Pearl
Harbour, los japoneses superaron a las divisiones americanas y filipinas al mando del general Mac
Arthur, quién ordenaría la Operación Naranja 3, retirándose a la península de Bataán, protegida por
la isla fortaleza de Corregidor. El 3 de enero de 1942, Jolo cayó en poder de las tropas japonesas y
dos meses más tarde Cebú y Panay. A comienzo de mayo, el general Wainwright, sustituto de Mac
Arthur, se rindió después de agotar sus provisiones y pertrechos ante el desembarco de las tropas
japonesas en la isla de Corregidor. La rendición de la península de Bataán, seguida de la ocupación
de la isla de Palawan, supuso el final de las grandes acciones de la guerra relámpago japonesa.
Desde entonces, salvo tentativas de atacar la India, el ejército japonés se batiría a la defensiva.
La protección del aprovisionamiento a las fuerzas japonesas que luchaban contra los chinos
en el norte de Birmania determinaría el último enfrentamiento entre los británicos y los nipones. En
los primeros días de abril, la Far Eastern Fleet del almirante Somerville, enviada al Índico para
asegurar las comunicaciones en el golfo de Bengala, se enfrentaría con la escuadra de Malaca del
almirante Ozawa, reforzada por la escuadra del almirante Nagumo. Tras el bombardeo de Colombo
y el hundimiento de dos cruceros ingleses, Somerville se retiró a Bombay. Divergencias y tensiones
en el Gran Cuartel Imperial y la pretendida ocupación por mar de Port Moresby impidieron la
progresión de Ozawa y Nagumo por el Índico con destino al canal de Suez, donde se unirían con las
tropas del Afrikakorps, según las imaginaciones más calenturientas del OKW y del Gran Cuartel
Imperial.
200.000 toneladas de barcos mercantes, 300.000 prisioneros, 5 millones de km 2, 200
millones de habitantes, el 90 % de la producción mundial de caucho, el 100 % de la de quinina, el
50 % del estaño y tungsteno, algodón, cáñamo, fibras y otras materias primas de valor militar (té,
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arroz, maderas etc.) y el petróleo suficiente para Japón eran el resultado de la guerra relámpago
japonesa. El porvenir se contemplaba con tranquilidad.
En mayo de 1942, el expansionismo nipón estaba colmado, tras el abandono de la conquista
del Índico una vez arrebatada Madagascar a Vichy por británicos y franceses gaullistas y olvidado
el deseo de conquistar Australia, el principal objetivo era cortar las comunicaciones entre Asia y
Estados Unidos, punto clave para evitar la respuesta de éstos. La flota y la aviación naval nipona
debían de cumplir con sus últimos objetivos. Era la Operación MO, consistente en la conquista de
Nueva Guinea, el archipiélago de las Salomón, Nueva Caledonia, Nuevas Hébridas, Fidji y las
Samoa por la V Flota, al mando del almirante Inouye, cuyo dominio quebraría la ruta entre Hawai y
la costa sur del Pacífico norteamericano con Australia. Se restringían así las posibilidades de
convertir Australia en rampa de lanzamiento del ataque norteamericano al reconstruir su flota. La
invasión nipona de Nueva Guinea no alcanzó Port Moresby, defendido por australianos llegados del
desierto de Libia y norteamericanos al mando de Mac Arthur, nombrado por Roosevelt, que tenía en
él una confianza ilimitada, Comandante en jefe del Pacífico sudoccidental. El avance japonés, que
se preparaba para el desembarco, se vio frenado por la Carrier Task Force de Fletcher,
produciéndose la batalla de mar del Coral (8-9 de mayo de 1942).
Los almirantes jefes de ambos bandos, Tagaki y Fletcher, habían intuido que serían los cazas
y aviones torpederos de una y otra flota los actores del duelo naval, en el que ninguno de los barcos
enfrentados pudo disparar sus cañones. Aunque no existió ningún vencedor absoluto (se hundieron
dos portaaviones, el Shoo y el Lexington, 80 y 66 aviones respectivamente) la victoria, en esencia,
correspondió a los americanos, que vieron así cumplido su objetivo de evitar el desembarco de los
japoneses en Port Moresby.
El cambio de signo: Midway y sus consecuencias
Yamamoto olvidó en el Mar del Coral el principio de la concentración de fuerzas que le
había dado tan buen resultado. En la batalla de Midway (3-5 de junio de 1942) sucedió lo mismo.
Midway era el eje junto con Hawai de la ruta central del Pacífico, objetivo de la Operación MI de
Yamamoto. Este era un punto que por su valor estratégico los americanos no podían abandonar. La
operación tenía como objetivo ampliar la línea defensiva exterior del Mikado, tomando las
Aleutianas, Midway y el archipiélago de las Fidji. Abandonada la última fase del plan, era Midway
el objetivo de los japoneses. Desde allí podría atacarse o neutralizarse a las islas Hawai, corazón
yanqui en el Pacífico.
Sin embargo, Yamamoto, a juicio de los historiadores de las campañas en el Pacífico,
cometió varios errores. Un error inicial al desviar parte de sus fuerzas a la maniobra de distracción
en las Aleutianas. Así, dos portaaviones, tres cruceros y dos destructores ocupaban los días 7 y 8 las
islas de Kiska y Attu. El segundo y principal error fue pretender arrasar las defensas de Midway
antes de que sus aviones destrozaran a los del enemigo. Así, el feroz combate entre los días 4 y 6 de
junio ratificó la superioridad estratégica y táctica de la Marina norteamericana, que adivinó las
intenciones japonesas, y cuya flota aérea de los contralmirantes Fletcher y Spruance, con auxilio de
submarinos y bombarderos, consiguió destruir 275 aparatos adversarios, 4 portaaviones (tres de
ellos en cinco minutos) y 2 cruceros, mientras que ellos sólo perdían 2 portaaviones, 147 aparatos y
307 hombres frente a los 5.000 del enemigo.
La batalla ratificó algo puesto de relieve en Europa y el Mar del Coral, que el portaaviones
era el barco más importante. Con su superior alcance y velocidad podía ponerse fuera del campo de
tiro del enemigo. Otra consecuencia de Midway fue la de demostrar, también, la superioridad en
los duelos aeronavales de los bombarderos embarcados sobre las fuerzas volantes. Los bombarderos
en picado Helldiver en sus 338 salidas obtuvieron 32 impactos y hundieron 4 portaaviones
japoneses. Fruto de la experiencia de este decisivo duelo, la Carrier Task Force del almirante
Mistcher se ocupará de proteger a los portaaviones frente a las incursiones de las alas enemigas.
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Todo cambió para Japón. Sus seis meses de guerra no habían debilitado al enemigo más
importante, que pasó a la contraofensiva. Muchas veces se ha comparado la situación del ejército
japonés con la de la Wehrmacht en la U.R.S.S.. Sólo un duro golpe sobre la osamenta de su
enemigo podía darle la victoria frente a unos países con un potencial bélico muy superior, en el caso
de Estados Unidos. Nada más ocurrida la agresión a Pearl Harbour, se organizó la Joint Chiefs of
Staff (JCS), siguiendo la pauta inglesa del Comité de los Jefes de los Estados Mayores de las tres
armas (COS). También se estableció un combinado de los Jefes de Estados Mayores de las dos
grandes democracias anglosajonas, el Combined Chiefs of Staff Commitee, a fin de lograr una
estrecha cooperación en el planteamiento global de las concepciones estratégicas en los dos grandes
teatros de la guerra.
El JCS se puso manos a la obra para detener el ataque japonés. 7 portaaviones, 15
acorazados, 13 cruceros pesados, 49 ligeros, 97 destructores y 31 submarinos con capacidad
operativa real eran los medios con que se contaba en diciembre de 1941. En el cuatrienio siguiente
se construirían 4,5 millones de t. en buques de guerra, 10 acorazados, 24 portaaviones de combate,
9 ligeros, 115 de escolta, 2 grandes cruceros, 8 cruceros pesados, 30 ligeros, 10 antiaéreos, 198
destructores de escolta y 207 submarinos. En el bienio 1943-44 empezaron a construirse los
portaaviones Coral Sea, Midway y F. D. Roosevelt.
El inteligente uso de los medios coronó desde un primer momento el hercúleo esfuerzo de
toda la nación norteamericana. Así lo prueba que en los primeros días de la contienda se pusieran en
pie los Carrier Task Force, que eran agrupaciones al mando de un contralmirante con un
portaaviones y un número variable de cruceros y destructores, que vinieron a ser la respuesta más
adecuada a la superioridad inicial de los japoneses. En mayo de 1942 existían cuatro de estos
operativos, con innegable éxito: una al mando del contralmirante Halsey, con el portaaviones
Enterprise, otra al mando del contralmirante V. Brown con el Lexington, la tercera con Fletcher en
el Yorktown y la cuarta con Mistcher. Su capacidad de maniobra y su ligereza se revalidarían desde
el primer momento con ataques a las bases japonesas de los archipiélagos Gilbert y Marshall,
aprovechando el efecto sorpresa y minando la moral del enemigo en un momento en el que la causa
de las democracias estaba casi hundida.
EL CAMBIO DE SIGNO
El año del cambio de signo en la Segunda Guerra Mundial es 1942, la bisectriz de la guerra
según Henri Michel o la inversión de la marea para André Latreille, por la entrada en la guerra de
Estados Unidos en el bando aliado. La industria americana produjo en serie tanques Sherman,
aviones de mayor capacidad y gran radio de acción (fortalezas volantes), portaaviones, submarinos
etc., pero también situó el material en el lugar preciso. El Pacífico fue el área donde primero se
desplegó ese potencial, en la Batalla de Midway la aviación de los portaaviones norteamericanos
sorprendió a la flota japonesa y destruyó cuatro de sus portaaviones, lo que supuso la pérdida de la
ventaja que Japón había conseguido en Pearl Harbour. En agosto, los americanos efectuaron un
desembarco en Guadalcanal, que no se conquistó hasta seis meses después tras sangrientos
combates. Los submarinos estadounidenses se convirtieron en la consternación nipona, en
diciembre de 1942 habían hundido un millón de toneladas de navíos enemigos.
En el norte de África, Rommel concentró grandes efectivos e hizo del puerto de Tobruk su
base de operaciones. Sin embargo, dependía del material que le llegaba por el Mediterráneo,
cortado por los ingleses. Rommel lanzó una ofensiva en la primavera del 42 llegando a 60 Km de
Alejandría y la flota inglesa tuvo que retirarse del puerto. En la primera batalla de El Alamein los
alemanes son detenidos por la falta de combustible. En octubre de 1943 se inició la segunda batalla
del Alamein, una de las más famosas de la Segunda Guerra Mundial. La situación de Rommel era
mala, pues en julio se combinó el ataque británico desde El Cairo con el desembarco
norteamericano en el África del Norte francesa. La pinza se cierra y Rommel se ve cercado y se
queja de la inferioridad de sus tanques y de la falta de combustible. El VIII Ejército de Montgomery
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le aventaja en tanques y Rommel se prepara para una guerra de posiciones, llena de trampas los
campos, pero los ataques aéreos convierten las trincheras en cepos. Montgomery rompe las trampas
y, así, el 3 de noviembre las líneas de Rommel están rotas. La retirada es su única preocupación.
En la U.R.S.S., se estaba produciendo otra tragedia. Los rusos avanzan por el valle del Don
efectuando una maniobra de envolvimiento del ejército de Von Paulus, que intenta tomar
Stalingrado. Los rusos efectuaron tres maniobras, el reforzamiento de las tropas del interior de la
ciudad, la penetración del ejército del Don y la irrupción de un tercer ejército al oeste del Don. En el
sur de Rusia los alemanes contaban con un millón de hombres pero sus líneas estaban demasiado
extendidas. En noviembre era posible un repliegue, pero Hitler pensaba que el abastecimiento por
aire era posible, de manera que lo prohibió quedando atrapado un ejército de 200.000 hombres. En
enero de 1943 Von Paulus se rindió. Es un desastre para Alemania, se pierde el Ejército del Este, es
la resurrección del potencial soviético. En Stalingrado, la Wehrmacht perdió 100.000 soldados
supervivientes. El sueño de Hitler de conseguir el petróleo de Baku se disipó definitivamente. La
guerra había cambiado de signo.
LOS GRANDES DESEMBARCOS
Intentos de apertura de un “segundo frente” en Europa
Con la derrota de Stalingrado y el hundimiento del ejército alemán en África se inicia un
retroceso de la Wehrmacht. Nota predominante de este periodo son los planes estratégicos
elaborados por los Estados Mayores de las potencias aliadas. Los soviéticos inician la estrategia del
rodillo compresor y aprovechando su superioridad lanzan ataques frontales contra los alemanes,
obligándolos a retroceder. Los americanos deciden dar prioridad a la guerra en Europa y desean un
ataque concentrado decisivo, hundiendo al enemigo en una zona determinada. Fruto de ello será el
desembarco de Normandía. Los ingleses prefieren ataques limitados y dispersos en la periferia de
Alemania, en Noruega, Italia, Los Balcanes etc.
Los tres planteamientos se van a llevar a cabo según las zonas. La colaboración entre
británicos y norteamericanos es total. En enero de 1943, Roosevelt y Churchill acuerdan la invasión
de Italia y en julio se inicia la operación de desembarco en Sicilia. Al contrario que en Rusia, la
campaña de 1943 en el frente occidental no supuso el punto de inflexión definitivo entre el Eje y los
anglosajones.
La irrupción en el continente por una de las penínsulas mediterráneas respondía a la idea de
éstos de debilitar en todo lo posible la fuerza de Alemania antes de lanzarse a la guerra contra la
Wehrmacht en Francia y los Países Bajos. Frente a sus aliados, que pretendían enfrentarse a la
Wehrmacht y amenazar los puntos clave del dispositivo germano en Europa, los británicos
abogaban por llevar la guerra a Italia. Con ello el Mediterráneo caería en manos del bando aliado,
dando que pensar a los regímenes de Turquía y España. Los ingleses con ello barrían para casa, ya
que era una zona donde sus efectivos eran más numerosos y donde al final de la guerra podrían
lograr algún beneficio. Gran Bretaña mantendría su poder en el Mediterráneo asegurando el
petróleo y la ruta de la India con el fin de preservar la preponderancia de su país, la cual querían
debilitar o suprimir el Kremlin o la Casa Blanca.
La invasión de Sicilia e Italia
Después de tensas conversaciones en Washington entre los Estados Mayores conjuntos de
Gran Bretaña y Estados Unidos, se adoptó definitivamente la Operación Husky, o sea, la invasión
de Italia.
El asalto a Europa pareció confirmar en un primer momento la clarividencia del premier
británico. Después de desembarcar en Sicilia (10 de julio) sin encontrar obstáculos, más que el
opuesto por las tropas que defendían la isla, 3 divisiones germanas y 10 italianas. Los ejércitos
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italianos no opusieron resistencia ni a la preparación ni a la realización del desembarco. Los
italianos declinaron en sus aliados el desastre al no haberles proporcionado cobertura aérea. Los
italianos cayeron prisioneros y los alemanes trasladaron al Continente la mayor parte de sus
efectivos, preparándose para el envite de los aliados.
Pero antes de esto, el Gran Consejo Fascista había depuesto a Mussolini (25 de julio). El rey
Víctor Manuel III vio en ello la oportunidad para que su país abandonara la guerra, recuperó el
mando del ejército al obligar a Mussolini a dimitir y nombró al mariscal Badoglio como primer
ministro de un nuevo gobierno que, ante el temor a los alemanes, declaró que continuaría en la
guerra. Mussolini permaneció secuestrado mientras que se negociaba por separado un armisticio
con los aliados. Éstos exigían una rendición incondicional, aunque prestarían ayuda para que Roma
no cayese en poder de los alemanes. Sicilia pasaba a poder de los aliados con la ocupación de
Catania y Messina (15 y 17 de agosto). Mientras que se preparaba el armisticio con Italia, los
italianos reafirmaban su fidelidad a los alemanes. El 8 de septiembre de 1943 se firmaba en Bari el
armisticio secreto entre Italia y los aliados, pero a las pocas horas Kesselring, nombrado
Comandante en jefe de todas las fuerzas alemanas en Italia, ocupaba Roma y desarmaba sin
resistencia a los italianos. El rey y Badoglio marchaban a unirse con los aliados, que desembarcaron
en Salerno el 9 de septiembre y en Bari y Brindisi el 12 de septiembre.
Los alemanes no albergaban grandes esperanzas sobre dominio de la Península italiana. Sin
embargo, Kesselring preparó una defensa a base de líneas monolíticas al avance aliado, a través de
una línea que iba desde el río Sangro en el Adriático al Garellano en el golfo de Gaeta. Las fuerzas
angloamericanas, con aportaciones francesas, norteafricanas, polacas y judías estuvieron a punto de
ser lanzadas al mar por la contraofensiva de la Wehrmacht.
El 9 de septiembre comenzó la Operación Avalancha, que tenía como objetivo tomar
Nápoles, desembarcando en Salerno las fuerzas del general Clark. Al mismo tiempo se produjo un
desembarco en Reggio y al día siguiente el VIII Ejército inglés hacía lo propio en el golfo de
Tarento. Debido a la falta de coordinación entre ingleses y americanos, Kesselring pudo centrar su
contraataque en la bahía de Salerno. Pero los oportunos refuerzos ingleses desembarcados el día 14
en el cabo Licosa y el dominio del aire por los cazas de la Fuerza V y la artillería de los acorazados
Warspite y Malaya, asegurarían la cabeza de puente americana, desde la que empezaría una marcha
sobre Roma. Los norteamericanos avanzaban por Occidente y los británicos por la costa oriental.
Hay autores que piensan que un desembarco más al norte hubiera gozado de más éxito,
como el producido el 22 de enero de 1944 en Anzio (Operación Shingle) por los norteamericanos
del general Clark y terminada con 2.500 bajas y 2.000 prisioneros. Pero también está la postura
contraria que afirma que desembarcar cerca de las posiciones de la Wehrmacht hubiera sido un
fracaso.
Tras la liberación del Duce por los comandos del teniente coronel Skorzeny (12 de
septiembre), se reconstituyó un gobierno fascista en la zona norte, el Estado Republicano Fascista,
luego República Social Italiana. Los alemanes hacen casi imperceptibles los avances de los aliados,
después de la conquista de Nápoles y de las islas de Capri, Ischia y Prócida. El invierno y la
primavera fueron muy lluviosos, de manera que la aviación aliada no pudo desarrollar su actividad.
Los americanos y los británicos no llegaron a los 12 Km de avance.
La Línea Gustavo fue el principal dispositivo de defensa de la Wehrmacht en los Apeninos,
con su eje en Montecassino. Los paracaidistas de Von Arnim ocuparon la abadía tras su bombardeo
por los aliados. La defensa de tal abadía fue un símbolo mundial, al igual que los ataques de
neozelandeses y polacos, que acabaron tomándola. Los franceses del general Juin tomaron las cotas
más inaccesibles, pero que cercaban la abadía. Así, el ataque del general Alexander el 11 de mayo
romperá sin dificultad la Línea Hitler, a 20 Km de Roma. El 4 de junio de 1944 los aliados
ocupaban Roma, encontrándola intacta salvo por los daños del bombardeo del 5 de noviembre. El
16 de agosto los americanos ocupaban Pisa y el 19 Florencia. Kesselring agrupaba de nuevo a sus
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tropas, y se preparaba para defenderse en la Línea Gótica, que resistiría prácticamente hasta el final
guerra.
Los aliados reconocieron a la monarquía en Italia, pero el rey Víctor Manuel III tuvo que
abdicar en su hijo Humberto. El 13 de octubre de 1944 también Italia le declaraba la guerra al III
Reich. En el Norte, la fascista República de Saló tenía muchos problemas. Mussolini estaba muy
mermado en su capacidad, dependiendo de los alemanes, pero la situación de la zona en la
primavera de 1944 privó el proyecto de cualquier medida real y fecunda.
Todas las fuerzas de oposición al fascismo formaron un frente contra Mussolini y los
alemanes. Comarcas enteras acabarán en poder de los partisanos, sobre todo tras el nombramiento
del general Cardona, que puso en pie de guerra un auténtico ejército de partisanos. Mussolini dejó
actuar a sus más fanáticos colaboradores, lo que hizo que muchos fueran sentenciados a muerte
posteriormente. Las fuerzas de la República de Saló llevaron a cabo actividades policiales, sin
participar en la retención del ataque aliado, lo que era tarea de Kesselring.
El desembarco de Normandía
Los largos lamentos de los violines del otoño hieren mi corazón con languidez monótona.
Estos versos de Paul Valéry, transmitidos por la BBC, indicaban a la resistencia francesa que la
invasión de Francia era inminente. En un principio se fijó para el día 1 de mayo de 1944, para lo
que Eisenhower se trasladó a Inglaterra y el COSSAC (Chief of Staff the Supreme Allied
Commander), constituido en Londres en abril de 1943, fue sustituido por el SHAEF (Supreme
Headquarters Allied Expedicionary Force).
El lugar del desembarco se fijará en su agenda como un tema principal. El paso de Calais era
el más apto, pero también el mejor defendido por los alemanes, de manera que se sustituyó por la
gran ensenada entre el Estuario del Sena y la Península de Cotentin. Para llevar a cabo la operación
se fijó el ataque entre Cabourg y las Rocas de Grancamp, buscando establecer una cabeza de puente
entre Rouen, Caen y Saint Lô. Otro ataque sería a la Península de Cotentin para cortar ésta, aislar el
puerto de Cherburgo y apoderarse de sus instalaciones antes de que los alemanes las hundieran. Se
preveían también acciones en la bahía del Sena, entre Villerville y Cabourg.
El momento del desembarco también era algo prioritario, la aurora pondría el efecto
sorpresa y la bajamar descubriría la mayor parte de los obstáculos, por lo que la labor de los
hombres rana se vería facilitada. También el mar calmoso, la visibilidad y el viento del 1º y 4º
cuadrante impulsaría los humos del combate hacia el continente.
Punto esencial de la ación contra el III Reich era el descoyuntar su capacidad de respuesta.
La aviación tenía aquí la última palabra, empleando la técnica del tapiz, consistente en cubrir un
área clave con bombarderos y arrasar todo el perímetro que quedaba bajo toneladas de bombas.
Desde sus bases inglesas, la R.A.F. de noche y la U.S.A.F. de día martilleaban los centros de
comunicación, industrias e incluso barrios urbanos de toda la geografía alemana. Los bombarderos
B-17 Y B-19, denominados fortalezas volantes, formarían una cadena ininterrumpida de fuego. Los
ciudadanos alemanes respondieron con valor y disciplina a la prueba. Pero las heridas infligidas a la
población y al sistema productivo minaron su moral y medios. Desde la primavera de 1944 los
ataques aliados se centraron en el sur y el oeste de Alemania, los territorios holandeses, belgas y
franceses aledaños al mar. Al llegar el Día D, las infraestructuras de Francia estaban pulverizadas,
haciendo más difícil el tráfico de la Wehrmacht e impidiendo una contraofensiva. La Luftwaffe fue
barrida, así el OKW indicaría que todo avión en la zona era enemigo.
El desembarco puso en alerta a Hitler, pero su red de espionaje, que nunca fue buena,
mostró sus contradicciones sobre la fecha y el lugar del desembarco. La muralla del Atlántico
estaba llena de fisuras, de manera que hasta que Rommel no recibiera el mando directo sobre la
zona (noviembre de1943), no comenzaría la preparación intensiva del dispositivo. Los fracasados
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desembarcos en Saint-Nazaire (28-29 de marzo de 1942), Boulogne (21-22 de abril de 1942) y
Dieppe (19 de agosto de 1942), reforzaron la visión de la muralla del Atlántico. Sin embargo,
aquellos desembarcos fueron mal planteados por los aliados. Los alemanes sólo habían fortalecido
los puertos, puntos lógicos del desembarco, pero el resto de las fortificaciones dejaba mucho que
desear, de manera que Rommel inició un milagro en muchos sentidos, pero que no pudo impedir el
desembarco.
El equipamiento humano y material distaba de tener la potencia necesaria para hacer
retroceder al enemigo. La opinión sobre el lugar del desembarco variaba según los generales
alemanes. Algunos como Rommel o Von Rundstedt pensaban que la zona sería la más cercana a
Inglaterra, como el caso de las Penínsulas de Cotentin o de Bretaña. Lo mismo sucedía con la
estrategia a seguir en caso que se produjese el desembarco. Rommel se mostraba favorable al
rechazo en la misma playa, y Von Rundstedt se inclinaba a frenarlo más al interior concentrando las
fuerzas germanas, que no contaban con apoyo aéreo. Estas divergencias favorecieron el éxito del
desembarco, y así Rommel esperaba que éste se produjera en Calais.
El terreno elegido para el desembarco fue dividido en varios sectores, Omaha, Utah, Gold,
June y Swordomaha. Tres divisiones aerotransportadas recibieron la orden de apoderarse de los
focos de resistencia, siendo la VI División del general R. Gale la que recibiera el encargo más
difícil. En la madrugada del 6 de junio de 1944, aunque algunos exigían el aplazamiento de la
Operación Overlord, se dio la orden para que los 5.000 buques, que transportaban a 5 divisiones,
partiesen hacia las costas de Normandía. La tarea más difícil quedaba para la Marina, que debía
contrarrestar el fuego de la artillería costera alemana.
Se construyeron tres muelles artificiales para barcos pequeños, Goldberry, y dos mayores,
Mulberry, para garantizar el desembarco y el aprovisionamiento. Aunque la tormenta desbarató
algunos planes, en el norte de Francia se colocaron más de un millón de combatientes. Tras la
sorpresa inicial, la reacción germana fue rápida y contundente. Siete divisiones de infantería y una
de panzer entraron en acción, pero los aliados se atrincheraron en sus posiciones y no fueron
arrojados al mar en ningún punto. Pronto, los 90 Km iniciales se convirtieron en 120 Km de línea y
35 de profundidad. La unión de las cuatro cabezas de puente pudo lograrse en poco tiempo, tras la
toma de Bayeux (día 8) y de Ysinny (día 9), para establecer un frente continuo desde Montebourg
hasta el norte de Caen.
La conquista de Francia
Una semana después del desembarco de Normandía, los aliados habían colocado en Francia
a 16 divisiones, unos 326.000 hombres, 54.000 vehículos, y 104.000 toneladas de carga.
Responsabilizados del frente oriental, británicos y canadienses, al mando de Montgomery,
sostuvieron el esfuerzo en la zona de Caen a lo largo de dos duras batallas (11-16 de junio y 28 de
junio-8 de julio). El día 9 Caen pudo ser conquistada, Montgomery centró allí sus esfuerzos para
que se pudiera desplegar el otro ala de la invasión, doce Grupos de Ejércitos americanos al mando
de Omar N. Bradley e integrado por el I y III Ejércitos de Hodges y Patton, un millón de hombres.
Tras la ocupación de Lessay, el desembarco se consolidó en la línea Saint Lô-Caumont-Rouen.
Cherburgo había caído, aunque con sus instalaciones dañadas. Tras pasar Normandía, las fuerzas
mecanizadas americanas que avanzaban hacia el Sur y el Oeste decidirían la suerte de la batalla de
Normandía.
La lenta progresión aliada durante casi dos meses, fruto de la Ofensiva Cabra, provocaron la
ruptura de Avranches (31 de julio). Así, Patton penetró por el pasillo dejado por los alemanes. Pero
cuando se dirigía hacia Brest y Rennes, Patton cambió el rumbo de su ataque hacia el Este –Angers,
Laval, Le Mans, Chartres– aprovechando la debilidad del enemigo. Sin embargo, una maniobra más
ambiciosa se abrió en su mente: cercar a los ejércitos alemanes en Normandía, para lo que lanzará
sus tropas en abanico. Hitler pensaba en cerrar la brecha de Avranches, no consolidada por Bradley,
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de manera que Von Klugue ordenó avanzar hacia Mortain y dividir en dos a los americanos. Esto
podía provocar el pánico y la caída del frente, pero fracasó al no existir apoyo aéreo. Los aliados
tomaron la iniciativa para impedir una segunda ofensiva en Avranches y lograr el contacto con
Patton cercando al ejército alemán.
Falaise será el punto elegido por el II Ejército canadiense, cuyos iniciales progresos se
agotarán a escasos kilómetros de la meta. Pero el cerco se va cerrando, con un bombardeo sobre las
posiciones del VII y V Ejércitos blindados alemanes. Von Klugue ordenó la evacuación de Falaise
(16-17 de agosto), por lo que será destituido. Las mejores divisiones alemanas del frente occidental
son derrotadas, concluyendo la batalla de Normandía. Todo el sudoeste y centro de Francia se
liberaron acto seguido y más de 30 departamentos ven marcharse a sus ocupantes, ante la presión de
la aviación aliada y de la resistencia francesa. El 25 de agosto la 2ª División blindada del general Le
Clerc entró en París, donde De Gaulle al día siguiente formó un gobierno provisional.
Pocos días antes de la liberación de París, la Wehrmacht resistía en un cuarto frente. El 15 y
16 de agosto, los norteamericanos impusieron sus criterios y en unión de los franceses iniciaron la
Operación Aunville y después la Operación Dragón. Su objetivo era apoderarse de Toulon y
Marsella y avanzar hacia el norte por la frontera suiza. El general inglés H. Maitland Wilson, al
mando de 450.000 hombres, con apoyo naval y aéreo, formaría la fuerza de apoyo. El XIX Ejército
alemán no contaba con buques y sólo tenía 200 aparatos frente a 5.000. En Provenza, el VII Ejército
estadounidense ocuparía una cabeza de playa de 23 Km al sudoeste de Cannes. Comenzó así la
liberación y el ascenso por el valle del Ródano, cruzando el 31 por Arlés y Aviñón con intervención
de las Forces Françaises de l´Interieur (FFI), con más de 50.000 maquis. El general De Latre de
Tassigny dirigió el avance por el Sur, no bien visto por De Gaulle pero sí por los americanos. Así
ocupa Toulon (26 de agosto), Marsella (28 de agosto), Mintpellier y Narbona (29 de agosto), Lyon
(3 de septiembre), Besançon (8 de septiembre) y Dijon (11 de septiembre).
La retirada alemana estuvo manchada por las acciones de las SS, la matanza de Oradour-surGlane y de Luére, pero también Francia queda en un clima de casi guerra civil, algo que logró
frenar De Gaulle, aunque la represión contra petainistas y colaboracionistas arrojó un saldo de
100.00 víctimas.
Unidos los protagonistas de las invasiones en Châtille-sur-Seine (12 de septiembre), y tras la
caída en manos de los británicos de Bruselas, Amberes y Lieja en los días 3, 4 y 7 de septiembre, la
estrategia aliada no tenía más que un objetivo: la frontera alemana, donde les esperaba la Línea
Sigfrido. Pero hasta entonces, salvo Cherburgo y El Havre, los demás puertos estaban en manos de
guarniciones alemanas y lo seguirían estando hasta el final de la guerra, constituyendo tal hecho el
talón de Aquiles de la ofensiva aliada, ya que sólo llegaba petróleo a los alemanes a través del
famoso Red Ball Express y de algunos oleoductos. Eso frenaba el avance aliado, pues Patton
necesitaba 1,5 millones de litros diarios, de los que sólo lograba 120.000.
En el bando contrario la situación era crítica. La Wehrmacht conoció escenas de indisciplina
y derrotismo nunca visto, la moral estaba muy baja. En el bando aliado la euforia reinaba por
doquier. El día 4 de septiembre el I Ejército norteamericano ocupaba Namoins. Enfrente de los
británicos, detenidos en Amberes durante tres días, se abría una brecha de casi 170 Km que le
conducía al Ruhr. Pero pronto llegaría la desilusión, ya que la vanguardia aliada no podía
aprovisionarse del combustible necesario. Mientras, los alemanes reforzaron sus defensas cuando
Model fue sustituido por Von Rundstedt, y después de seis semanas de retroceso se reforzaron. La
Wehrmacht volvió a plantar cara, aunque sus altos jefes intuían la derrota. El ejercito alemán no
cedió ni se derrumbó en el camino de vuelta a su patria, estabilizando el frente en la línea BelfortLuneville-Metz-Thionville-Luxemburgo.
Los errores y flaquezas quedaron compensados en aquel otoño decisivo en el que muchos
generales aliados albergaban grandes esperanzas sobre el fin de la guerra. El antagonismo entre
americanos e ingleses, sobre todo entre Montgomery y Eisenhower, afloró a la más cruda realidad,
sobre todo después de que el 1 de septiembre, por orden del secretario de estado norteamericano
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Marshall, Eisenhower tomara el mando de todas las fuerzas terrestres aliadas, desposeyendo al
inglés de la jefatura que tenía desde el principio de la invasión. En privado y en público,
Montgomery y su superior Sir Allan Brooke, jefe del Estado Mayor británico, criticaban la teoría
del frente amplio, de llegar hasta las fronteras del Reich y subir por el Rin. Salvo victorias como
Aquisgrán (21 de octubre), Metz y Estrasburgo (20-23 de noviembre), este hecho implicó la
dispersión de los hombres y la organización de la defensa alemana.
El resultado de los errores de unos y de otros fue muy abundante en frutos para el futuro de
la Europa Occidental. El sueño de Churchill de alcanzar Viena y Praga antes que los rusos no se
hizo realidad, y toda Europa sufriría la herencia del desacierto estratégico de los jefes militares
aliados al prolongarse durante varios meses más el curso de una guerra auténticamente “total” entre
los pueblos y los hombres que en ella contendían.
LA CAÍDA DE ALEMANIA
La “Operación Vístula”
Hitler pronosticaba un cambio en el centro de gravedad del ataque ruso hacia el Danubio.
Pensaba que el Ejército Rojo quería conquistar Viena antes que Berlín. De ahí que, tras fracasada la
ofensiva de las Ardenas, centrase sus miras en defender el oeste de Hungría, sobre todo su capital.
Pero se equivocó de nuevo, pues Stalin adelantó en una semana la Operación Vístula, que tenía
proyectada para acabar la guerra en mes y medio. La Stukva ordenó dar golpes al enemigo en
Poznan y Breslau, dividiendo a las tropas germanas y destruirlas por separado. El frente avanzaría
del Vístula al Oder y luego a Berlín.
La concentración de tropas para esta operación fue la mayor de toda la contienda, pues los
dos grupos de ejércitos que en ella participaron sumaban 2.200.000 hombres. El I Ejército de
Bielorrusia, al mando de Zukov, era netamente superior. Lo mismo sucedía con el I de Ucrania
estacionado al Sur, que aventajaba en carros a los alemanes. La ventaja frente al adversario del
Grupo de Ejércitos A, al mando del general Harpe, era de 7 a 1 en carros y de 20 a 1 en cañones y
aviones. En el Norte también estaba el II Ejército de Bielorrusia, al que se le asignó el papel de fijar
a las tropas alemanas en el Norte y cubrir el flanco derecho del I Grupo de Ejércitos de Bielorrusia.
Stalin planeó minuciosamente esta operación, de manera que, caída Varsovia, la ocupación
de la región industrial de Silesia, la más importante tras la del Ruhr, y la penetración hacia Berlín
fueron los dos objetivos de la operación. Desde sus cuatro cabezas de puente en el Vístula, Warka,
Pulawy y Baranow, los soviéticos se lanzaron al ataque que, tras una preparación artillera, aniquiló
las reservas alemanas, situadas cerca de la primera línea por orden de Hitler. Mientras Koniev lo
hacía desde Baranow y destrozaba al IV Ejército Panzer, Zukov penetraba desde Pulawy y desde el
este de Cracovia hasta el oeste de Modlin. Después caerían Varsovia, Czestochotwa, Radomsko.
Sólo Poznan se resistió algunos días a las fuerzas de Zukov. La infantería de Koniev con apoyo
aéreo se dirigió hacia Silesia, región que según las conversaciones entre los tres grandes quedaría
para Polonia, de manera que, una vez evacuados los alemanes, la región fue ocupada, y enseguida
sus industrias fueron desmanteladas y llevadas a la U.R.S.S..
La ofensiva del Ejército Rojo se llevó a cabo a un ritmo desconocido hasta entonces, cerca
de 50 Km diarios. A fines de enero, los alemanes se reagruparon y presentaron una resistencia algo
más firme. El desgaste de su fuerza de ataque, junto con la ocupación de grandes territorios,
hicieron que el Ejército Rojo se detuviera a comienzos de febrero en el Neisse y en el Oder. En las
orillas del río Loetzen, en una cuña a 65 Km de Berlín, se detuvo la cabalgada de las tropas de
Zukov. En un semestre, el Ejército Rojo había avanzado 1.000 Km, la mitad de ellos en menos de
tres semanas. El balance de la ofensiva fue de 31 divisiones alemanas destruidas y 25 con pérdidas
sensibles y en el bando soviético unas pérdidas entre el 35 y el 45 % de sus efectivos.
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La pretensión de Hitler de convertir toda fortaleza y toda ciudad del norte de Alemania en
una plaza fuerte sin que pudiera rendirse hizo más penosos el conflicto para unas tropas y unos
ciudadanos que se aferraban a que un golpe final convirtiera la derrota en victoria. Tras la Batalla de
las Ardenas y la muy limitada ofensiva en Alsacia, el frente oeste fue desguarnecido de sus tropas,
enviadas al este para amortiguar el avance ruso. Hitler, en constante estado de demencia, sólo quería
que la Wehrmacht resistiera a toda costa, algo que no era posible. Pero la fortuna sacó a Hitler del
apuro en que se encontraba, ya que Stalin, preocupado por la situación del frente norte, ordenó a
Zukov detenerse y que esperase a las tropas de Rokossovski, retrasadas por la rapidez del avance
del primer frente de Bielorrusia. Mientras que se ampliaban las cabezas de puente sobre el Oder,
Guderian planeó la Operación Sonnenwende (“Solsticio”), un ataque que coparía las vanguardias
enemigas.
Sin embargo, este ataque fracasó debido a la rapidez de los preparativos y a la acción de un
Himmler que jugaba a ser comandante en jefe del Grupo de Ejércitos del Vístula. Tuvieron éxito en
los primeros momentos del ataque (15 de febrero), aunque muy pronto el temporal de lluvia y nieve
puso punto y final a la contraofensiva. Sin embargo Stalin y la Stukva se alarmaron ante la
capacidad de respuesta alemana, y opinaron que había que abrir un paréntesis para reagrupar a sus
fuerzas de cara al objetivo final de la guerra: Berlín.
Avance soviético sobre el Este de Europa
Aunque el potencial ruso era muy superior y no necesitaba ninguna solución de continuidad
entre sus diversas campañas, es normal que al llegar el verano se produjera un avance más fuerte en
las ofensivas. Tres eran las estrategias: cerrar los restos del frente del Báltico, continuar su
penetración por el frente del centro para llevar la guerra a los territorios alemanes de Prusia Oriental
y, finalmente, progresar en la conquista de los Balcanes, zona básica para la seguridad de la Unión
Soviética. En ella participaron 2,5 millones de hombres, 6.000 tanques y 7.000 aviones.
Hitler pensó que el ataque ruso se produciría por el sur, con el fin de apoderarse de la cuenca
danubiana y privar al Reich de materias primas indispensables. El mariscal Brush, comandante en
jefe del grupo de Ejércitos del Centro cuyas tropas habían mantenido casi intactas sus posiciones
desde dos años atrás, le disuadió de reforzar su dispositivo y de quejarse por el envío de algunas de
sus unidades al sur. Todos querían pensar que el enemigo era inferior, cuando era superior y quería
atacar directamente el corazón del III Reich. El Grupo de Ejércitos Mitte, a 100 Km de Smolensko,
contaba apenas con 40 cazas frente a miles de los soviéticos cuando comenzó el ataque el 22 de
junio de 1944, El combate fue muy desigual y muy sangriento, de manera que Vitebsk volvió
pronto a manos de los rusos el 26 de junio. Igual sucedió antes de acabar junio con la cuenca del
Dnieper, tras la caída de Bobruisk.
Después de la toma de Moguilev (29 de junio), los alemanes retrocedieron en todo el frente.
Los tres Grupos de Ejército de Bielorrusia recibieron la orden de converger sobre Minsk y expulsar
de la capital de Bielorrusia al IV Ejército alemán, que cayó en una bolsa y no pudo evitar su
destrucción. A mediados de julio, el Primer Grupo de Ejército de Ucrania al mando de Koniev lanzó
un ataque, y antes de agosto el Ejército Rojo había conquistado la mayor ciudad de Ucrania
Occidental, Lvov, continuando hasta más allá de la frontera polaca mientras que los enemigos se
retiraban a los Cárpatos.
El fulminante avance soviético, 500 Km en un mes, despertó las esperanzas de Polonia, una
vez reconquistada la zona tomada como botín por los alemanes en 1939. Los rusos se plantaron
cerca de Varsovia deteniendo su galopada hasta enero siguiente. Más al norte, el Ejército Rojo
descoyuntaba a los germanos, avanzando hacia Prusia Oriental una división que entró entre los
dispositivos de los Ejércitos Norte y Centro. Esta maniobra envolvió a los germanos, que sólo
podían aprovisionarse por mar, pero, como sucedió en Varsovia, se frenó el avance soviético. El
Ejército Rojo no explotó el éxito y Berlín quedó a sólo 500 Km Al detenerse la ofensiva, y ante la
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llegada rusa, Varsovia se alzó en armas el 2 de agosto. La lucha fue implacable, pero más lo fue la
represión. En octubre volvía el orden, tras haberse destruido la mayoría de los barrios de Varsovia,
incluso hasta los cimientos.
La pasividad ante los hechos de las tropas del mariscal Kososlimov fue censurada en la
prensa del mundo libre. Los generales soviéticos argumentaron que su ejército estaba cansado. La
postura de Stalin envenenó las relaciones entre el Kremlin y el gabinete provisional polaco residente
en Londres. En marzo de 1943, los alemanes excavaron unas fosas en Katyn donde se encontraron a
7.000 oficiales polacos. Después de un estudio de la Cruz Roja Internacional que identificó al 70 %
de los cadáveres, se concluyó que fueron asesinados de un tiro en la nuca entre marzo y abril de
1940. El hecho ahondó la ira entre polacos y rusos, rompiendo Moscú las relaciones con el gobierno
provisional del general Bilovki. Sin embargo, los gobiernos británico y americano difundieron la
tesis de que era culpa de los alemanes, intentando llegar a un entendimiento con los rusos para tratar
el tema de Polonia como nación libre. Stalin estaba de acuerdo, pero según él los límites de Polonia
debían ser los de 1919. Tras los sucesos del verano de 1944, media Polonia en manos de los
soviéticos y la otra media a punto de caer, la visión rusa empezó a cambiar, viendo a los polacos
expatriados como traidores, pero Churchill pensaba en mantener a Polonia como nación libre,
aunque no encontró en la Casa Blanca los apoyos que esperaba.
La fuerza rusa en 1944 era tal que se permitió lanzar una tercera ofensiva para expulsar a
los alemanes de los territorios soviéticos del sur. La reanexión de Besarabia era objetivo primordial.
La defensa de esta región estaba encomendada al general rumano Dimitrescu y la de Moldavia al
alemán Wöhler. Avanzado agosto, Malinovski, al mando del Segundo Frente de Ucrania, se dirigía
contra Moldavia, en dirección sur, mientras que Tolbujin, comandante del Tercer Frente de Ucrania,
se dirigirá a Besarabia en marcha al Oeste con el fin de converger con Malinovski en Galatz. La
maniobra triunfó en 48 horas derrotando a 16 divisiones germanas.
En Bucarest, una revolución depuso a Antonescu y repuso en todas sus atribuciones al joven
rey Miguel I. Esta tentativa para amortiguar las represalias rusas hacia Rumanía por haberse
vinculado al Eje logró parcialmente su objetivo. Los rumanos declararon la guerra a Alemania pero
los rusos tardaron en aceptar esto, firmándose un armisticio que fue una rendición pues las tropas
rumanas cooperarían con las rusas en contra de la Wehrmacht. La dependencia de Rumanía con
respecto a la U.R.S.S. era total, pues los delegados del Kremlin controlaban la administración y el
ejército rumanos.
Bulgaria, aunque estaba aliada con el III Reich, no había declarado la guerra a la U.R.S.S.,
pero ésta rompió las hostilidades con ella el 5 de septiembre de 1944. Como Rumanía se vio
forzada a estar bajo la tutela soviética, Stalin se avino a firmar un armisticio después de que
Bulgaria declarase la guerra a Rumanía el 9 de septiembre.
La llegada del otoño supuso el desbordamiento de la línea defensiva alemana de los
Cárpatos, entrando el Ejército Rojo en la llanura húngara. Budapest parecía que iba a caer pronto
pero los alemanes la convirtieron en un bastión, con luchas callejeras durante tres meses (diciembre
de 1944-marzo de 1945). Durante el verano, el almirante Horthy intentó crear una conjunción
antialemana, pero la Gestapo lo descubrió y fue internado en un campo de concentración. La
Wehrmacht mantuvo el territorio para que las tropas de Grecia pudieran alcanzar Alemania en una
penosa retirada.
En Grecia, Stalin respetaría los acuerdos de Teherán, ratificados en Moscú. Los británicos,
tras la retirada de los alemanes, se empeñaron en restaurar la monarquía en la persona de Jorge II,
en una guerra sin cuartel contra la guerrilla comunista antifascista. La neutralidad del Ejército Rojo,
situado en las fronteras del país, fue casi total, pues no modificó la relación de fuerzas a favor de los
partidarios de un régimen comunista. La prensa occidental censuró la actitud promonárquica de
Churchill y su gabinete, que acabó imponiéndose en un país como Grecia muy vinculado por los
intereses e influencias del Reino Unido.
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En Yugoslavia la situación era diferente, sobre todo en las últimas horas del dominio
alemán. De todos los países ocupados, éste fue el que presentó un espíritu independiente más
indomable, tanto por parte de los monárquicos como de las guerrillas comunistas, al mando de un
ex obrero metalúrgico croata exiliado durante veinte años en la U.R.S.S. y antiguo brigadista en
España, Joseph Broz, conocido como Tito. Los restos del ejército regular se pusieron al mando del
general Mijailovich, partidario de la restauración de Pedro II. Sin embargo, el conglomerado de
etnias y religiones que había en Yugoslavia hacían de ella un territorio especialmente conflictivo,
donde las mismas fuerzas que luchaban contra los alemanes se peleaban entre ellas cuando podían.
Los servicios de inteligencia británicos apoyaron al mando monárquico, pero después, por la
connivencia con los italianos, Churchill apoyaría a Tito, ante quién sería representado por su propio
hijo.
El 20 de octubre de 1944, Tito y sus seguidores se apoderaban de Belgrado. Un elemento
más de complejidad y confusión fue que los rusos entraron en contacto con el general Mijailovich
ante la independencia de Tito. Pero pronto, este general, refugiado en Bosnia, fue capturado y
ejecutado. Antes de acabar la guerra, todo el poder militar y civil estaba en manos de Tito. Aunque
había un gobierno provisional en Belgrado desde noviembre de 1944, los órganos de gobierno
estaban en manos de los guerrilleros, investidos de todas las funciones y cargos en el ejército. El
comunismo nacional de Tito y su régimen encontraría un poderoso elemento aglutinador al
desentenderse la U.R.S.S. de sus reivindicaciones sobre la zona, por temor a enemistarse con el
poderoso partido comunista italiano, llamado a gobernar en la Italia de posguerra.
La victoria de Tito hizo que sus guerrilleros avanzaran hasta entrar en Austria tomando
Klaguenfurt y Villach, reclamados al final de la Gran Guerra y devueltos ante el ultimátum de los
americanos. La eliminación de cualquier opción para restablecer la monarquía produjo la
eliminación de los acuerdos entre Stalin y Churchill sobre Yugoslavia, que preveían un control del
país al 50 % entre ingleses y rusos. La política personal de Tito sustrajo a su país de toda influencia
y abrió las puertas a su particular forma de hacer política.
La batalla de las Ardenas
Llegado el otoño, el Rin no había sido alcanzado en ningún punto del frente entre Alsacia y
Lorena. Montgomery intentó demostrar que podía adentrarse en el corazón de Alemania a través de
Holanda. Se inició así la Operación Market Garden, desplegada en la zona de Arnhem, pero
culminó en fracaso. En la fase aérea (Market) participaron casi 5.000 cazas, bombarderos y
transportes y más de 2.500 planeadores. Con el apelativo de Garden se denominaba a las unidades
de carros del II Ejército británico situado en la frontera entre Bélgica y Holanda. Entre el 17 y el 25
de septiembre los paracaidistas lucharon contra dos divisiones blindadas SS por capturar y mantener
la ruta hacia el puente de Arnhem, a 96 Km de la retaguardia alemana. Casi diez días se prolongó la
lucha terminando en un fracaso aliado. Las unidades aerotransportadas no tuvieron apoyo terrestre,
de manera que tuvieron que batirse teniendo muchas bajas. Lo cierto es que tras el ataque,
Montgomery quedó desacreditado, teniendo que retirarse al Rin Inferior, para desde allí con el I
Ejército canadiense expulsar a los alemanes de las bocas del Escalda.
La ofensiva aliada se desinfló a las puertas de Alemania a la espera del buen tiempo. El
malestar y la confusión calaron entre los jefes y la tropa aliada a fines de 1944. Los ejércitos al
mando de Eisenhower tenían gran cantidad de bajas por lo descoordinado de sus acciones. En ese
momento, Hitler decidió lanzar una ofensiva en el frente oeste. Rechazando las presiones para
canalizar sus últimas energías al frente oriental, el dictador nazi encomendó la labor al triunfador de
la campaña de Las Ardenas de 1940, el mariscal Von Rundstedt, para que formara tres ejércitos de
tropas veteranas con las que lanzarse por los mismos escenarios de 1940 a una ofensiva relámpago
para romper el cerco que poco a poco estrangulaba a Alemania. Su meta era dividir en dos a las
tropas aliadas establecidas en Las Ardenas, cruzar el Mosa y seguir hacia el norte para arrojar al
agua a los aliados.
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Fuerzas aguerridas y experimentadas del ejército regular y de las Waffen-SS en número de
250.000 hombres, con el apoyo de 2.000 tanques y 300 aviones, se lanzaron a un ataque en la
madrugada del 16 de diciembre a lo largo de un frente de 75 Km El Mosa fue cruzado y algunas
divisiones americanas se rindieron, en especial en torno a Bastogne, importante nudo viario en el
centro de la batalla. El mal tiempo había favorecido el avance germano ya que la aviación aliada no
pudo realizar su labor. Sin embargo, una tregua en la adversa meteorología, la falta de carburantes
alemana y la enérgica acción del general Patton al Frente del III Ejército por el sur y de
Montgomery por el norte, cerraron la brecha y pulverizaron el canto del cisne guerrero del III
Reich. Cerca de 100.000 hombres fueron sacrificados frente a 77.000 del enemigo, en el ultimo
destello de esperanza de la Alemania hitleriana.
El sitio de Berlín y el final de la guerra en Europa
La capacidad de recuperación de la Wehrmacht provocó recelos. Eso hizo que hasta febrero
de 1945, los aliados no lanzaran un contraataque contra la Línea Sigfrido alcanzando la región de
Düsseldorf, las márgenes del Rin, cruzado con el episodio del puente de Remagen, y así, el 7 de
marzo se establecía una cabeza de puente. Montgomery ocupó Colonia y más tarde Bonn, Patton
avanzaba sobre el Mosela y conquistaba Coblenza, y el general Patch se apoderaba de la Baja
Alsacia. Alemania perdía su única vía de comunicación.
Las unidades de la Luftwaffe desaparecieron, concentradas en el frente oriental, de manera
que los bombardeos aliados pudieron actuar a sus anchas atacando las industrias armamentísticas
del enemigo sin llegar a eliminar su producción. La población civil también fue mermada en un
intento de minar su moral. El ataque a Dresde es un ejemplo de ello, saldado con entre 100.000 y
200.000 víctimas. La respuesta fue más propagandística que militar. Aunque desde algunas
instancias del gobierno y del ejército se pedían unos preliminares de paz, Hitler se aferró a la táctica
de tierra calcinada y de disciplina inflexible en el ejército y en la población como único recurso.
Los ingenios alemanes, como las bombas volantes V-1, V-2 y V-3, habían sido los últimos
inventos alemanes en industria armamentística, sin que sus efectos sobre Londres y otras ciudades
inglesas a fines de 1943 y en 1944 hicieran cambiar de actitud a los aliados frente a los nazis. Se ha
discutido si el bombardeo de la estación experimental de Peenemünde en la costa báltica retrasó los
experimentos con la energía nuclear, y no se sabe si en los últimos meses del conflicto en algún
fiordo noruego se experimentó con ella.
Pese a la respuesta dada por los ingenieros y científicos alemanes, la batalla de la
producción la ganó la industria norteamericana, que muchas veces tuvo que reducirla para evitar la
superproducción. Prueba de ello es que en el bienio 1943-44, la aviación británica lanzó un tonelaje
de bombas diez veces superior al de las arrojadas sobre Inglaterra en 1940. En julio de 1943,
cayeron sobre Hamburgo más de 9.000 toneladas de bombas. Del 1 de febrero al 21 de abril de
1945, Berlín sufrió 85 bombardeos intensivos. Salvo la víspera de Pascua, ninguna noche quedó sin
ser visitada por la aviación inglesa.
Una vez evacuadas las márgenes del Rin, los alemanes retrocedieron sobre el Ruhr
intentando resistir desesperadamente. Allí el mariscal Model, que gozaba de la confianza de Hitler,
se suicidó al ver cercados sus efectivos, 300.000 hombres que capitularon el 13 de abril. Al mismo
tiempo, el mariscal ruso Malinovski ocupaba Viena. También los aliados habían entrado en
territorios encomendados en Yalta a los rusos, y tanto Berlín como Praga estaban cerca de sus
avanzadas.
El 11 de abril la vanguardia del IX Ejército americano entró en Magdeburgo y cruzó el Elba,
pero Eisenhower ordenó que se detuvieran allí ya que no merecía la pena, según él, ocupar un país
que luego habría de ser devuelto al ocupar la zona de los Alpes austriacos y de Baviera, donde se
creía que Hitler iba a refugiarse para resistir hasta el final con sus tropas más fanatizadas. El día 25
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los franceses cruzaron el Danubio por Mühlheim y arrollaron las defensas germanas al norte del
lago Costanza.
El avance de los aliados va a ser sorprendente sobre todo durante ese mes de marzo,
entrando en demarcaciones acotadas para los rusos. La historiografía soviética apunta que, tras la
fracasada ofensiva en Las Ardenas, Hitler jugó su última baza en intentar frenar a los soviéticos,
pero también en su delirio en llegar a una paz de compromiso con los aliados o a la ruptura de éstos
con Moscú.
Aprovechando la detención de las tropas de Zukov y Koniev en el Oder, Hitler intentó la
última ofensiva de su ejército desplegada sobre el lago Balatón durante los días 6 al 16 de marzo.
Los errores soviéticos y el ardor de las últimas tropas alemanas, sobre todo de las Waffen-SS,
hicieron creer a Hitler que podría seguir dominando el petróleo húngaro indispensable para su
industria. Al fin se impuso la superioridad rusa, y el VI Ejército alemán escapó del cerco en que
pretendía envolverle el enemigo y siguió avanzando hacia el corazón de Europa.
Espoleado por el avance aliado y deseoso de que sus tropas conquistasen Berlín, que en ese
momento carecía de interés para los americanos que habían visto morir a su presidente Roosevelt el
12 de abril, Stalin ordenó a Zukov y Koniev que lanzaran la ofensiva definitiva. Stalin se dio cuenta
de la propaganda que podía darle al Ejército Rojo si éste tomaba Berlín y lo mismo sucedería con su
propia persona.
Esta ofensiva fue superior a la del Vístula, pero tuvo una estrategia peor diseñada y se
encontró con un enemigo más resistente. Stalin tuvo la culpa en ciertos aspectos, ya que no delimitó
los campos de acción de Zukov y Koniev, indicando que el que llegase primero a las orillas del
Spree se llevaría la gloria del ataque. Las tropas de Zukov se enzarzaron en la fortaleza de Küstrin,
abandonada el 30 de marzo por el gruppenführer de las SS Reinefasth. Ante la imposibilidad de un
ataque por el flanco derecho de las tropas germanas, mantenidas a raya por el mariscal
Rokossovski, sólo una circunstancia le cupo en suerte a Zukov: consagrar gran parte de sus energías
en conquistar la única gran capital de la zona, Breslau, que no llegaría a caer en su poder hasta
horas antes de la capitulación de toda la Wehrmacht.
Las tropas del general Heinrici se retiraron a kilómetro y medio hacia Berlín. La defensa de
ésta quedó establecida en tres anillos, el primero a 30 Km de la ciudad, el segundo a 15 y el tercero
discurría por el trazado del metro berlinés, el Sector Z. Esto era una imagen de propaganda, ya que
el verdadero frente eran las tropas de Heinrici en el Oder. Vencidas éstas, el resto fue una operación
de limpieza para los rusos. Tras un pequeño adelanto de Koniev, que rompió el anillo defensivo de
la capital, serían los cañones de Zukov los que abrieron fuego sobre los suburbios de Berlín el 20 de
abril. Las fuerzas de Koniev conocieron una nueva detención. La orden de Stalin del 23 de abril
atribuía a Zukov la victoria en el frente de Berlín. Este era quizás el premio para el salvador de
Moscú y el inteligente estratega de Stalingrado y Leningrado.
Desde enero, Hitler había trasladado su cuartel general al búnker de la Cancillería alemana
como símbolo de resistencia. Allí pensó en juntar los restos del XII Ejército al mando del general
Wenck, que luchaba en el Elba contra los norteamericanos, con los restos del IX Ejército para venir
en ayuda de la capital. Hitler deliraba más pensando que podía envolver a la vanguardia de Koniev.
El asalto a la ciudad dio lugar a un desigual combate entre las fuerzas de la U.R.S.S. y la
Hitlerjugend (unos 5.000 chiquillos), junto a los sexagenarios de la Volkssturm. Ningún refuerzo
había aparecido y Berlín era una ciudad desguarnecida. Cayó barrio a barrio y calle a calle en poder
del Ejército Rojo. Adolescentes de 15 y 16 años derribaban con sus panzerfaust decenas de tanques
soviéticos, mientras que fanáticos miembros de las SS y la Gestapo ahorcaban en los árboles de la
ciudad a centenares de sospechosos de traición o debilidad. Hitler, enloquecido, ordenaba inundar
las estaciones de metro donde se refugiaban ancianos, mujeres y niños.
La resistencia se centro en el Reichstag, donde tres tenientes lograron colocar en la cúpula la
bandera soviética, tras un combate con sus valerosos defensores. Antes de suicidarse el 1 de mayo,
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el 30 de abril Hitler traspasó sus poderes a Döenitz, una vez destituidos por traidores Göering y
Himmler, éste último por haber intentado negociaciones de paz a través del consulado sueco en
Lübeck.
Berlín era destruido pero en el resto de Alemania se asistía a las mismas escenas de
sufrimiento y caos. Los generales aliados, como era el caso de Eisenhower, pensaban que el final
del nazismo era un tema militar sin atender a connotaciones político-sociales.
En Italia, las posiciones de la Línea Gótica se mantendrían hasta el final de la guerra, a
pesar de los ataques del XIV Grupo de Ejército dirigido por el general Alexander en agosto de
1944. No sería hasta abril de 1945, cuando Kesselring fue sustituido por el general Von
Veitinghoff-Scheel, cuando el Grupo de Ejército C se desmoronara lentamente ante la nueva y
última ofensiva aliada, en la que participaron incluso divisiones brasileñas. Cuando Alemania había
casi caído, cortadas las líneas de comunicación y abastecimiento, las tropas alemanas tuvieron que
capitular en Caserta, sin previo aviso a Mussolini, el 29 de abril de 1945.
Mussolini intentó alcanzar la frontera suiza, pero fue reconocido y capturado en Dongo el
día 27. Al día siguiente fue fusilado por partisanos izquierdistas junto a su amante Clara Petacci, y
sus cuerpos fueron colgados en la milanesa plaza de la Señora de Loreto. Después de ser pisoteados
y troceados, sus restos fueron enterados el 1 de mayo en la zona de los pobres del cementerio
municipal.
Alemania había quedado en manos de Döenitz, quién resistió hasta el fin para mantener el
honor nacional. Sin embargo, el miedo a los soviéticos se apoderó de toda Alemania, de manera que
Döenitz intentó llegar a acuerdos con Montgomery trasladando población de las zonas ocupadas por
los rusos a zonas donde el control de los aliados era efectivo. Con esto, Montgomery lograba la
rendición de tropas alemanas desde Holanda hasta Dinamarca. También logró Döenitz un territorio
cerca de Flensburgo para establecer el Gobierno del Reich, desde donde pidió a los aliados la firma
de capitulaciones en el Oeste. Eisenhower se mostró contrariado al enterarse de esto, de manera que
exigió a Döenitz la rendición de Alemania y de su ejército. El intento de firmar una paz separada se
estrelló contra la voluntad de este general.
En el cuartel general de Eisenhower en Reims, el día 8 de mayo, el mariscal Keitel firmó
capitulación sin condiciones. A petición rusa, ésta fue ratificada a la 1,00 horas del día siguiente.
Todos los efectivos alemanes, situados en fortalezas cercadas, depusieron sus armas y se entregaron
a las fuerzas interaliadas. Horas después, Koniev entraba en Praga y la guerra terminaba en Europa
después de seis años.
LAS OPERACIONES CONTRA EL JAPÓN
De Guadalcanal a Tarawa
Los Estados Unidos pasaron a la contraofensiva en Nueva Guinea, ocupada por los
japoneses, quienes dirigían su ataque hacia Fidji, Samoa y Nueva Caledonia, con la idea de aislar a
Australia de Estados Unidos. Port Moresby volvía a ser así el punto de atracción para el Mikado,
pues su dominio suponía controlar la entrada al mar del Coral, clave para poseer el noroeste de
Australia y la isla de Nueva Guinea. Pero también su control se cifraba en ésta y en la próxima isla
de Guadalcanal, pues su posesión les permitía amenazar la bahía de Raboul en la cercana Nueva
Bretaña, convertida en base del dispositivo aeronaval japonés en la zona. Se creó la VIII flota para
ir al Pacífico sudoriental y el almirante japonés Mikava recibió la orden de reanudar la ofensiva,
tomando la isla de Santa Cruz, las Hébridas y Nueva Caledonia, estrechando el cerco a Australia.
Tanto la ofensiva americana como la japonesa se planearon al mismo tiempo. Una era el
inicio del camino triunfal y la otra el canto del cisne. La iniciativa correspondió a los americanos,
preocupados por las acciones aéreas desde Guadalcanal, que podían llevar a los japoneses a atacar
las bases navales de Efata y Espíritu Santo en las Nuevas Hébridas. Cuando los japoneses ultimaban
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los detalles de la instalación aérea de Guadalcanal, se produjo la Operación Watchtower, un
desembarco de 20.000 marines norteamericanos en la porción septentrional de la isla y en los
islotes de Florida en las bahías de Tulagi (base de hidroaviones) y Gavute (8 de agosto de 1942).
La flota aliada sufría importantes pérdidas (4 cruceros) en la batalla nocturna de la isla de
Sava. Dentro de la isla también se produjeron combates entre los norteamericanos, que lucharon sin
refuerzos durante un tiempo, y los japoneses indefinidamente, tras la derrota de sus convoyes en
Cabo Esperanza, Santa Cruz y Tassaforonga. A fines de noviembre, tras unas batallas marinas, la
batalla terrestre se inclinó a favor de los norteamericanos, aunque la victoria no llegó hasta febrero
de 1943. Tras este “Stalingrado del Pacífico”, los Estados Unidos llevarían la iniciativa bélica.
El peligro sobre Port Moresby quedó controlado tras la derrota de Horly, a mediados de
diciembre. Una vez más la falta de aprovisionamiento y la alta moral del enemigo hicieron que se
derrumbara el frente nipón, aunque los japoneses no serían barridos de Nueva Guinea.
Semanas más tarde de la victoria de Guadalcanal se inició el avance aliado hacia el norte, en
el que las islas-fortaleza de los japoneses fueron cayendo poco a poco bajo los ataques aéreos y
anfibios llevados a cabo por Nimitz. La V Flota al mando del almirante Spruence será protagonista
de la ofensiva en la que algunas plazas fuertes se rindieron, como los atolones de Tarawa y Makón,
los más septentrionales de las islas Gilbert.
Después las islas Salomón centrales, Nueva Guinea oriental y las citadas Gilbert quedaron
en poder de los estadounidenses en el verano y el otoño de 1943. La superioridad americana era tan
aplastante que cada una de las divisiones comprometidas en los desembarcos dispondrá de un total
de 120 cazas, y un avión por cada 200 soldados. Ante el peligro de los submarinos japoneses,
funcionará en cada zona un Hunter Killer Group, integrado por un portaaviones y 25 destructores.
De Birmania a Malaya
Las islas Marshall y las Marianas serán el próximo objetivo aliado para la campaña de 1944.
Las primeras caerían en febrero, las segundas entre mayo y junio. Ésta fue de las batallas más
sangrientas de toda la campaña del Pacífico. Tras los ataques a Truk, donde se destruirán 213
aviones y 23 buques, se abandonará tras un ataque en mayo, y desde entonces los aliados planearán
el asalto a las Marianas, defendidas por 50.000 soldados atrincherados en fortificaciones.
La conquista de la isla de Saipang, donde había 27.000 japoneses que no se rindieron, llevó
a que los bombarderos B-29 pudieran alcanzar directamente Tokio. Tras esto se produjo la Batalla
del mar de las Filipinas o Combate de las Marianas. Allí se aniquiló la fuerza aérea enemiga con
base de portaaviones reconstruida tras la derrota de Midway. Tres buques aliados también serán
hundidos por submarinos junto a 757 aviones. El 10 de agosto Guam pasaba a manos
estadounidenses y dos días después Timian. En Guam cayeron 12.000 prisioneros, algo nunca visto.
Esto provocaba la dimisión del gabinete presidido por Tojo.
Caída la línea de defensa exterior, el Gran Cuartel Imperial estableció otra más al interior,
cuya caída implicará la derrota. La línea Ryukyu-Formosa-Filipinas estaba abierta a un doble
ataque, por el norte de Nimitz y por el mediodía Mac Arthur. El Plan Victoria elaborado por Shogo
se dividía en Sho-Icni-Go, o defensa de las Filipinas, y Sho-Ni-Go, o defensa de Formosa y Ryukyu.
Con el fin de dotarlo de efectividad, se reorganizó la aviación naval japonesa, cuyos pilotos apenas
tenían experiencia debido a las numerosas bajas sufridas en los elementos de la llamada Fuerza
Tifón. La superioridad americana era abrumadora. Las escuelas niponas no podían preparar pilotos
de forma solvente, justo lo contrario de lo que sucedía en América, donde en 1943 eran 26,650
pilotos los puestos a disposición de las flotas de Asia y Europa.
Pronto se producirá el ataque. En Formosa, entre los días 12 y 15 de octubre de 1944, se
librará un combarte aeronaval de gran amplitud entre los japoneses y la Task Force 58, agregada a
la III Flota al mando de Mac Arthur en fase de aproximación a Filipinas. A pesar de intervenir la
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Fuerza Tifón y de producirse combates por la noche, preferidos por los japoneses, cayeron 329 de
sus aviones frente a 60 de los enemigos. La caída de las Marianas dejó libre el camino hacia
Filipinas. Tras ocupar la isla Blak (27 de mayo de 1944) y la península de Vogerkops, en el extremo
occidental de Nueva Guinea, australianos y americanos desembarcaron en las Carolinas
occidentales, suprimiendo cualquier obstáculo para la empresa. Mac Arthur se preparaba en Morotai
en las Molucas y en Peleliu a cumplir con su promesa: Volveré, había dicho.
Mac Arthur era el mayor partidario de conquistar las Filipinas, algo puesto en entredicho por
sus allegados y por los historiadores de la guerra en el Pacífico, pero éste la defendería cara a
factores políticos con los habitantes de Filipinas y el sudeste asiático. La entrevista entre Nimitz y
Roosevelt en Honolulu no aportó soluciones. Nimitz era partidario de tomar Formosa, lo que
aislaría a Japón de Birmania, Malasia y Filipinas y del sudoeste asiático, mientras que el almirante
Halsey propugnaba el abandono de las estrategia de Nimitz y Mac Arthur para tomar la isla de
Leyte, entre Mindanao y Samar, llave real de Filipinas.
A finales de octubre, Mac Arthur, al frente del VI Ejército, desembarcaba en Leyte a
150.000 hombres. Sería en este momento cuando los japoneses lanzarían un ataque. Entre el 23 y el
27 de octubre se libraba una batalla naval que se puede considerar un combate marítimo de las
Ardenas, con alternancias, y en la que entraron en acción aviones suicidas japoneses (los
kamikazes), pero que al final se decantó a favor de los Estados Unidos. Los japoneses esperaban,
como los alemanes, una victoria que obligara a Estados Unidos a llegar a acuerdos de paz. La
iniciativa correspondió a los japoneses, quienes no aprovecharon el factor sorpresa frente a un
enemigo que pasó momentos de agobio. La maniobra descansaba sobre el lazo tendido por la
escuadra de portaaviones de Ozawa a los portaaviones de Halsey para que éstos desguarnecieran el
golfo de Leyte y el almirante Kurite atravesase el estrecho de San Bernardino convergiendo con la
fuerza de choque de Nishimura. La maniobra estuvo a punto de funcionar pero la timidez de los
almirantes, la descoordinación entre ellos, su carencia de reflejos, la capacidad de respuesta del
adversario y la superioridad aérea de éste, terminaron con las últimas esperanzas del Imperio del Sol
Naciente. Las Filipinas estaban perdidas y con ellas Japón que, privado de sus líneas de
comunicación y abastecimiento, quedaba herido de muerte.
Japón vendería muy cara su derrota. Así, Yamashita, traído de Manchuria, mantendría en su
poder hasta el fin de la guerra el norte de Luzón, invadida desde el 9 de enero de 1945. Por decisión
del almirante Okini, Manila resistiría en el mes siguiente un asedio de tres semanas, para ser
incendiada y su población víctima de las tropelías de los japoneses.
En este momento (finales de 1944-comienzos de 1945), la ofensiva de los aliados en
Birmania, iniciada a finales de 1943, cobraba toda su fuerza. Tras la derrota de los japoneses en
Assam (primavera de 1944), el XIV Ejército aliado recibió la orden de apoderarse de Meiktila,
centro estratégico del enemigo, que fue asegurado a finales de marzo por los aliados, después de
rechazar dos contraataques. Posteriormente, se recuperó Rangún el 3 de mayo.
Una prueba de la resistencia de los japoneses se iba a ver en Iwo-Jima, donde éstos no
dieron ni pidieron cuartel, dispuestos a inmolarse. Esta isla a 1.200 Km del Japón constituía una de
las claves de la defensa del territorio metropolitano. A la aviación allí establecida le correspondía
interceptar y derribar a los bombarderos americanos que venían de Las Marianas. La ocupación de
la isla fue dura, pues de 24.000 defensores sólo 1.038 cayeron prisioneros. Con el fin de dividir a
los estrategas japoneses sobre la continuidad de la guerra, se produjo un bombardeo sobre Tokio el
día 10 de mayo. De las bombas lanzadas por 323 B-29, las de 279 dieron en el blanco (unas 2.000
toneladas de bombas incendiarias).
En la defensa de Okinawa morirían 100.000 japoneses frente a 12.000 enemigos. El 1 de
abril de 1945, 500.000 hombres se lanzaban a la conquista de este territorio, ya en suelo japonés.
Muy fortificado, el territorio cayó en manos de los americanos tras una cruenta lucha, donde los
pilotos kamikazes sólo pudieron poner fuera de combate a 34 navíos de la flota invasora, que cubrió
el desembarco de los marines con una pantalla de fuego. Yamato fue enviado allí sólo con
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combustible para la ida, para entorpecer la maniobra, pero la aviación de la Task Force 58 puso
fuera de combate a los últimos navíos de la flota japonesa.
La pérdida de Okinawa repercutió en las opiniones públicas nipona y estadounidense. La
rendición incondicional exigida al Mikado por los anglosajones fue instrumentalizada por los
defensores de la guerra a ultranza. Además, la exigencia de Roosevelt brindó las bazas a los
sectores intransigentes japoneses, opuestos a las pretensiones de algunos círculos diplomáticos y
navales que, con el apoyo del emperador Hiro-hito, querían llegar a una paz honorable con Estados
Unidos, y en Estados Unidos cundió el pánico ante el coste humano que comportaría el ataque a
Japón.
Los americanos hicieron muchas concesiones a Stalin para que éste declarara la guerra al
Japón. La respuesta afirmativa de Stalin embargó de alegría a los políticos y diplomáticos
norteamericanos. La capitulación de las tropas japonesas se veía muy difícil, tanto en el continente
como en las islas. Sólo un gigantesco esfuerzo de tropas norteamericanas, británicas y del
generalísimo Chiang-Kai-Shek haría que, tras dos años de lucha, la célebre ruta de Birmania
quedara abierta en 1945. Pero, pese al cambio de situación que ello comportaba para las tropas de la
China nacionalista, el ejército nipón seguía disponiendo de un contingente de cuatro millones de
hombres en los archipiélagos del Pacífico y en el continente, muchos de ellos abandonados a su
suerte. En China y sobre todo en Manchuria las fuerzas niponas estaban intactas e integradas por
unidades de primer orden y jefes muy capaces y dispuestos a la inmolación.
Filipinas, Iwo-Jima y Okinawa
Las altas esferas estadounidenses temían el acto final de la guerra en el Pacífico. Sus
temores no eran imaginarios, prueba de ello era el final de la batalla de Okinawa iniciada tres meses
atrás. Poco antes de terminar mayo, Tokio estaba casi destruida por los bombardeos. Lo mismo
sucedía en otras importantes ciudades industriales niponas, como Osaka, Nagoya o Kobe. El cielo
se enrojecía y se alcanzaban temperaturas de 2000º, pero ni aún así la población civil daba muestras
de derrotismo o crítica a sus dirigentes. Aislados por la destrucción de la marina de guerra y
mercante japonesa, aún se resistía, conservando el espíritu de combate, en territorios como las islas
Palau, Yap, Bonin, Indochina, Borneo, Sumatra, norte de Luzón, China o Manchuria.
Mac Arthur fue nombrado jefe de las tropas aliadas que operaban en el Pacífico, presentando
el plan para apoderarse de la isla de Kiu-Siu, llave de la fortaleza nipona. En el otoño, el VI Ejército
debía tomarla en la Operación Olympic para que, en abril del año siguiente, la principal isla del
Japón, Hondo, centrara los esfuerzos de los ejércitos I, VIII y X hasta ocupar el territorio enemigo
en la Operación Coronet.
El concurso de la U.R.S.S. era imprescindible, para ahorrar bajas a Estados Unidos y al
Reino Unido que, de no ser así, deberían llevar el peso de la ofensiva en Japón. Esta actitud
condicionó la política americana en los últimos meses del conflicto. La bomba atómica en la que se
habían empleado más de 2.000 millones de dólares, recibía sus últimos toques, pero todavía durante
las primeras semanas del mandato del presidente Truman, sucesor de Roosevelt, no se sabía cuando
estaría lista. Sin embargo, los americanos sabían que había fisuras dentro del Japón desde finales de
1944, y éstas se convirtieron en realidad cuando los aliados atacaron a la 32 División que defendía
Okinawa.
El primer ministro japonés Koizo se vio obligado a dimitir (5 de abril) por la presión del
Yushin (especie de Senado imperial compuesto por ex primeros ministros), instado por el más
íntimo confidente del emperador, el marqués Koishi Kido. El nuevo jefe del gobierno, el anciano
almirante y héroe de Thusima (1904) Kantaro Suzuki, y su ministro de Asuntos Exteriores instaron
a su embajador en Moscú para que el Kremlin buscara una solución de compromiso con sus aliados
occidentales. Sin embargo, la exigencia de rendición incondicional de Roosevelt atentaba contra el
pueblo y el ejército japoneses, suponiendo un desafío a la continuidad de la institución imperial.
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Con Truman en la Casa Blanca, éste pareció avenirse a posiciones distintas a las de
Roosevelt. Truman no hizo ascos a una propuesta de paz que continuase con la permanencia de la
Casa Imperial. Aunque en la declaración del 26 de julio en la que se exigía la rendición
incondicional se suprimía el punto sobre el mantenimiento de Hiro-hito en el poder, Tokio la
rechazó.
La bomba atómica y el final de la guerra en el Pacífico
El día 17 se anunció a Truman el éxito de la explosión de la bomba atómica en el desierto de
Álamo Gordo, en el Estado de Nuevo Méjico. El presidente ordenaría que el Pequeño muchacho
fuera arrojado desde el B-29 El gran artista, el 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima y sus 255.000
habitantes. Al estallar la bomba a las 8 horas, 15 minutos y 16 segundos de aquel amanecer
provocó la muerte a 64.000 personas.
Mientras que el gabinete japonés seguía debatiendo sobre la aceptación o no de la
declaración de Potsdam, en la tarde del 8 de agosto, la U.R.S.S. declaró la guerra a Japón, de
acuerdo con la promesa hecha por Stalin a Roosevelt en Yalta. El ejército japonés de Manchuria no
presentó ninguna resistencia a la U.R.S.S., de manera que el Ejército Rojo se apoderó del territorio
de Manchu-Kuo y de Corea hasta el paralelo 38. En China, se volvía a recuperar Formosa
entregándose los japoneses a las tropas de Chang-Kai-Shek.
El 9 de agosto de 1945 tendría lugar el lanzamiento desde el B-29 Hombre grueso de la
segunda bomba atómica sobre Nagasaki, con consecuencias tan devastadoras como en la de
Hiroshima. Tras esto, aunque la Marina y el Ejército no querían rendirse, las disensiones en el
gobierno de Suzuki favorecieron que el emperador Hiro-hito interviniera, manifestando el 14 de
agosto su aceptación de la declaración de Potsdam y resignarse a lo inevitable.
En Tokio se produjeron enfrentamientos entre altos oficiales del Ejército japonés y otros
muchos se suicidaban, como el ministro de la guerra, el general Anami. Los japoneses eran
recibidos en Manila por Mac Arthur para acordar la rendición y ultimar sus detalles. A finales de
agosto, el 4º Regimiento de marines norteamericano llegaba como avanzada a Tokio. La firma de
la rendición de Japón tuvo lugar el 2 septiembre a bordo del acorazado Missouri, uno de los
hundidos en Pearl Harbour, a las 9 horas, en un documento signado por la delegación del Gobierno
Imperial y por los representantes militares de todas las naciones aliadas. La Segunda Guerra
Mundial había concluido. Es curioso subrayar que, en su momento, ningún órgano de prensa
progresista protestó en el mundo por el lanzamiento de la bomba atómica, a excepción del
Vaticano. L´Osservatore Romano, periódico oficioso de la Santa Sede, escribió el 7 de agosto: Esta
guerra lleva a una conclusión catastrófica. Increíblemente esta arma destructora se convierte en
una tentación para la posteridad que, como sabemos por amarga experiencia, aprende muy poco
de la historia.
LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA
Consecuencias políticas: el nuevo orden mundial
La corriente socializadora que se abrió paso una vez concluido el conflicto va mucho más
allá de una tendencia “anti” o meramente reactiva. La participación de todos los sectores de la
población en las tareas bélicas fomentó entre los menos favorecidos un fuerte sentimiento de
justicia social, compartido por pensadores y gobernantes. Quizá fuera Gran Bretaña la nación donde
fuese más patente este fenómeno, como lo demuestra el éxito del Informe de Sir William Beveridge
(diciembre de 1942), del que se venderán 256.000 ejemplares en un año, 369.000 de su resumen y
40.000 de su versión norteamericana. El público hará colas para adquirirlo.
Tal avidez demuestra que la guerra había desencadenado fenómenos imprevistos en el
ordenamiento social. El “Estado del Bienestar” (Welfare State) adquiría en el mencionado Informe
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su Carta Magna. La lucha contra la pobreza en todas sus manifestaciones adquiría forma de justicia
y no de caridad social. En su texto se afirma el reconocimiento del derecho a la seguridad por
encima de las condiciones económicas del individuo. En adelante, el Estado garantizaría un mínimo
vital a todas las clases sociales. Pero la aplicación de esto llevaría al Reino Unido a un callejón sin
salida. Sólo salvando su balanza de pagos conservar Gran Bretaña su antiguo esplendor. El aumento
de la fiscalidad impuesto por el Welfare State reduciría el ahorro y la inversión, fundamental para
acrecentar las exportaciones, y aumentaría la inflación. Con grandes esfuerzos, el gobierno de Attle
maniobraría con fortuna según la receta de Keynes.
También Gran Bretaña abriría la marcha de la revolución educativa. En julio de 1943, el
gobierno publicó el libro blanco titulado Educational Reconstruction. Su premisa era la Education
Act. La igualdad de oportunidades por la democratización de la enseñanza comenzaría a ser una
realidad terminado el conflicto.
También Francia dictó una serie de medidas económicas y sociales orientadas a una más
justa redistribución de la riqueza y de las rentas. La nacionalización de las principales industrias
energéticas, hulleras, y de transportes, como Renault, de los grandes bancos y compañías de seguros
y de la casi totalidad de los servicios públicos, además de una cogestión, satisfizo los deseos y
reivindicaciones de la Resistencia francesa, pero sin lograr un acuerdo entre comunistas, socialistas
y demócratas cristianos. Por otro lado, la actuación de la Seguridad Social en el trienio 1944-1946
será larga y provechosa para los más desfavorecidos. La política social compensó a los franceses de
la prolongada espera de los ansiados puntos de la nueva política económica.
Sin abandonar el modelo capitalista, los pueblos del occidente europeo dieron entrada en sus
decisiones políticas y en sus corpus legislativos a las ideas divulgadas tiempo atrás por las
corrientes socialdemócratas y algunas de las corrientes más avanzadas del catolicismo social. Con
las normales dificultades, los diferentes actores sociales y políticos lograron un consenso en tales
ideas, en el que se fundamentaría el Estado imperante hasta final de siglo. En los países del Este, el
proceso de socialización se empantanó en un burocratismo esterilizante, con una acción estatal
insuficiente y un olvido de los derechos humanos.
Pérdidas humanas: los campos de concentración
Siempre dentro de datos aproximados, la guerra supuso la pérdida de 50 millones de vidas,
en contraposición con la Primera Guerra Mundial, que doblará con creces el número de muertos de
la población civil, un 50 % frente a un 20 %. Cerca de 70 millones de heridos y más de 40 millones
de desplazados o sin hogar, entre los que se encuentran todos los afectados por los campos de
exterminio hitleriano. Participaron en ella 60 países de los cinco continentes, de los que 24 fueron
invadidos; 800 millones de seres humanos sufrieron sus consecuencias directas, de los cuales
murieron 73 millones: por primera vez, más de la mitad fueron civiles. Ciento cincuenta millones
fueron hechos o quedaron mutilados. Entre 40 y 50 millones de hombres, mujeres y niños quedaron
desplazados de sus hogares. Veinte millones de toneladas de buques fueron a parar al fondo de los
mares. Tres millones de edificios fueron destruidos. Los daños morales fueron también numerosos,
pero no caben en cifras.
En Polonia fueron más de 5,5 millones de muertos, judíos en su inmensa mayoría, un 15 %
de su población total. Las bajas británicas fueron de 300.000 soldados y aviadores, 30.000 marinos,
60.000 civiles más 120.000 procedentes del resto del Imperio. Uno de cada 100 británicos había
dejado su vida en el conflicto, frente a 1 de cada 25 alemanes. En Alemania, hubo más de 3,5
millones de muertos en cifras globales, donde se hicieron sentir los efectos del bombardeo de los
aliados sobre sus ciudades. Todas las familias germanas perdieron un miembro o dos, las víctimas
militares fueron dos veces superiores a las de la Gran Guerra. De todos los participantes de la
contienda, fue la U.R.S.S. el país más perjudicado, en una proporción equivalente al 10 % del total
de sus habitantes (1 de cada 22). De 17 a 20 millones de sus habitantes murieron en los campos de
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batalla, a los que hay que sumar las consecuencias de la represión nazi, japonesa y soviética. Se
calcula en 8 millones el déficit de nacimientos.
La reducción demográfica afectó desigualmente, al menos en Europa, a las dos zonas,
pudiendo establecerse una relación de 1/10 entre Europa occidental y oriental; motivo que justificó,
en parte, la reacción antialemana latente en los países del Este. Yugoslavia tuvo 1,5 millones de
muertos (300.000 soldados y 1.200.000 civiles), más del 10 % del total de sus habitantes. En
Checoslovaquia serán 415.000 las víctimas, 430.000 en Hungría y 460.000 en Rumanía. En Grecia
murió el 7 % de la población. En Italia hubo 410.000 muertos entre soldados y civiles. Los Países
Bajos y Bélgica experimentaron una elevada sangría demográfica, el 2,3 y el 1,5 del total de su
población, destacando el caso de Holanda, donde las pérdidas civiles fueron las más altas de toda
Europa Occidental salvo Alemania
En el caso de China, las cifras oscilan entre 3 y 15b millones de muertos, mientras que según
algunos estudios se apunta a 7 millones de soldados y 2.5 millones de civiles. En Japón serán 2
millones de muertos. La represión japonesa sobre el sudeste asiático y China fue de tales
proporciones que las relaciones entre estos dos países, tras la guerra, estuvieron marcadas por el
recuerdo de las masacres que había realizado el ejército nipón. La respuesta norteamericana durante
el conflicto fue la creación de campos de concentración en California donde reunieron a la
población japonesa emigrante.
Mientras, Estados Unidos sólo perdió 300.000 hombres. En el caso de Francia, la mortalidad
representa 1/3 de la de la Primera Guerra Mundial, pero 74 departamentos se vieron afectados frente
a 13. Será aquí donde las cifras de bajas sean más fiables, hubo 170.000 fallecidos en batalla
(92.000 en la campaña de 1939-40, 58.000 entre 1940-45 y 20.000 de las Fuerzas Francesas del
Interior. Entre los 150.000 civiles, 60.000 perecieron en los bombardeos, un número semejante en
operaciones bélicas terrestres y 30.000 fueron fusilados. Cerca de 300.000 fueron hechos
prisioneros, deportados políticos y raciales obligados a trabajar y a luchar con el III Reich, como
40.000 alsacianos y loreneses.
En todo estudio sobre la Segunda Guerra Mundial es necesario aludir al genocidio de los
campos de concentración. Hay visiones que afirman que la población alemana no conocía la
existencia de los campos de concentración. En el juicio de Nüremberg se afirmaba que no se
juzgaba al pueblo alemán, sino a sus gobernantes. Desde entonces ha habido visiones contrapuestas
sobre el conocimiento o desconocimiento de la existencia de los campos de exterminio. Pero lo
cierto es que había unas normativas, leyes antijudías de Nüremberg de 1935, completadas con los
decretos de 1937 y 1938. Tampoco se puede afirmar desde el punto de vista del antisemitismo, ya
que era algo propio de otras poblaciones como rumanos, ucranianos, polacos etc. El pueblo alemán
también puede quedar exculpado por la escasa capilaridad informativa de los regímenes totalitarios
y la compartimentación social que provocan.
Desde 1936 y 1937, las SS instalaron, próximos a las grandes ciudades alemanas, los
primeros campos de concentración: Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen. Poco después se
instalan los campos de Gros, Rosenh, Neuengamme, Hamburgo, Ravensbrück, Oranieuburg,
Natzweiler, Mecklenburgo y Mauthausen. Ya en la guerra aparecen Stunhof, Bergen-Belsen, Neu
Bremm, y así hasta 900. Entre ellos destaca el campo de Auschwitz-Birkenau, creado el 14 de julio
de 1940. Estos campos tenían cámaras de gas y hornos crematorios que podían albergar a 2.000
seres humanos, aunque luego se hicieron otras para 6.000 personas. Se ha calculado que desde 1933
a 1939 sólo pasaron por ellos unas 100.000 personas, pero durante la guerra fueron de 11 a 12
millones, aunque algunos campos tuvieron una vida muy breve, como el de Treblinka.
Quizá su enmascaramiento como simples instituciones penitenciarias sustrajo su existencia a
la mirada de los habitantes alemanes. En ellos, los nazis encerraron, aplicando teorías racistas, a
judíos, cíngaros, gitanos, eslavos, homosexuales, opositores políticos etc. Sin embargo, cuando se
decretó la persecución de judíos en toda regla resulta casi imposible creer que había un telón de
silencio en torno a esos campos que estaban en pleno territorio alemán. En las tres semanas que
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duró la invasión de Polonia fueron asesinados 250.000 judíos polacos. Más adelante, en el ghetto de
Varsovia, se calcula que fueron masacrados unos 400.000. Desechada la idea de concentrar la
población judía en Madagascar, Göring envió a Heydrich, el 31 de julio de 1941, la famosa orden
de la solución final. Ésta se aplicó desde junio de 1942. 90.000 judíos holandeses fueron deportados
de los cuales sólo sobrevivieron 500. 110.000 judíos franceses fueron deportados, de los que sólo
regresó el 2,5 %. En Ucrania y Besarabia se calcula que fueron asesinados más de dos millones de
judíos. En las cámaras de gas aproximadamente unos dos millones y medio. Las cifras totales del
genocidio de la Segunda Guerra Mundial son desconocidas, aunque se calculan entre cinco y seis
millones tan sólo la población judía.
Y también encerraron a numerosos católicos y representantes de otras ramas del
cristianismo, no por motivos racistas, sino por considerarlos incompatibles con su concepción
totalitaria y laica de la vida. La aberrante política racial llevada a cabo hizo que dos millones de
gitanos, polacos, rusos y otros pueblos perdieran la vida.
La realidad de estos lugares no salió a la luz hasta el final de la guerra. El hecho de que se
empleara a niños, mujeres y ancianos como cobayas de laboratorio desposeía a las víctimas de sus
más elementales derechos, degradándolos a un nivel de bestialidad. Algunos mariscales y generales
destacados por ir contra el nacionalsocialismo alegaron posteriormente no conocer lo que sucedía
en la retaguardia. El desconocimiento de los campos de concentración por el pueblo germano hace
que se entienda mal la adopción de una actitud rebelde hacia unos dirigentes que guiaban a los
alemanes al fracaso, sobre todo desde 1942.
Pero todo esto no eliminó la conciencia de expiación, de manera que el primer acuerdo
internacional que firmara la República Federal Alemana como Estado soberano fue rubricado en
septiembre de 1952 con el Estado de Israel y las organizaciones particulares herederas de las
víctimas del nazismo, comprometiéndose a la puesta en práctica de una legislación reparadora. El
primer regreso del pueblo alemán a la Comunidad de Naciones se convertiría en un ejemplarizador
acto de justicia, guiado por el canciller Adenauer, que había conocido los horrores del infierno
hitleriano.
Durante el conflicto y en los años posteriores al mismo fue unánime el reconocimiento sobre
la actuación del Papa Pío XII a favor de los judíos. Por medio de su iniciativa personal,
universidades, ateneos y cuantos edificios pontificios gozaban de derecho de extraterritorialidad
otorgaron asilo y protección a los miembros de la comunidad judía, en un número que se calcula en
5.000 personas. Asimismo, fueron numerosas las actuaciones diplomáticas de la Santa Sede que
evitaron deportaciones de judíos; principalmente decisivas resultaron las que se ejercieron sobre
Mussolini para que no enviase ningún judío a los campos de exterminio. Por su voluntad a favor de
la paz, por su defensa de los débiles y su valiente denuncia de las persecuciones nazis, Pío XII fue
reconocido como uno de los personajes de la época que más luchó a favor de los derechos humanos.
Con el fin de evitar represalias mayores se vio obligado a guardar un silencio oficial en
determinadas ocasiones, pero ni siquiera en estas criticas circunstancias dejó de hacer cuanto estuvo
en su mano. Las enseñanzas de Pío XII durante este tiempo no se limitaron a denunciar las
calamidades de la guerra, sino que además ofrecieron soluciones para un futuro, ya que en buena
medida se adelantaron a la doctrina de la Carta de las Naciones Unidas, al señalar los fundamentos
de una justa convivencia. Y así el tema central de su encíclica inaugural –la Summi pontificatus (20
de octubre de 1939)– se refirió a la construcción de un orden social justo como fundamento de la
democracia.
Como contraste, tras la guerra, los principales dirigentes nazis se enfrentaron, como
criminales de guerra y genocidas, al tribunal internacional de Nüremberg. Doce fueron condenados
a muerte –aunque el mariscal Göering se suicidó–, cuatro a prisión perpetua, tres a penas más cortas
y tres fueron absueltos. En Japón se realizó un proceso semejante con la élite del gobierno y del
ejército imperial.
89
Consecuencias económicas, materiales y culturales
Pese a la victoria sobre los nazis y los fascistas, buena parte de la población europea y
asiática sufrió una dura crisis espiritual, material y cultural. La hemorragia afectó principalmente a
la población activa, cuya sangría hipotecó la recuperación económica y social del periodo de
posguerra. Gran parte de los heridos quedaron dañados en su psicología profunda por el impacto de
las calamidades y los sufrimientos de la guerra, cuando no mutilados o privados de algún órgano
corporal. También naciones de existencia ideológica muy encalmada como Noruega, Dinamarca o
los Países Bajos conocerán represalias, depuraciones y castigos contra los colaboracionistas con el
III Reich. Lo mismo sucedió en la U.R.S.S., Francia, Italia y otros países del llamado Telón de
acero.
El sistema viario, el parque automovilístico y ferroviario de todos ellos, con la excepción del
norteamericano cuyo territorio no sufrió las consecuencias de la guerra, se vieron mermados en
cifras alarmantes. En Düsseldorf el 95 % de las casas eran inhabitables al final de la guerra y en
Berlín el 75 %. En Rusia 1.700 ciudades y 17.000 aldeas habían desaparecido. En Francia un millón
de familias estaban sin techo. El 70 % de las instalaciones industriales rusas en territorio ocupado y
el 60 % de sus medios de transporte estaban fuera de uso. Minas, vías de navegación, escuelas y
demás bienes sociales y de equipo de los pueblos contendientes se incendiaron y paralizaron por
obra del enemigo, a veces, por los propios gobiernos temerosos de que pasaran al enemigo.
Salvo oasis como Suecia y Suiza, la producción industrial y agrícola descendieron a más de
la mitad al final de la guerra. Las rentas “invisibles” de los capitales británicos en el extranjero
disminuyeron, mientras que su flota mercante representaba sólo un tercio de la poseída en la
Primera Guerra Mundial. El consumo de bienes y servicios había disminuido en un 16 %, el
porcentaje en el que aumentó el de Estados Unidos. En 1946 el déficit en su balanza de pagos se
aproximaba a los 400 millones de libras. Un año más tarde estaba prácticamente agotado el
préstamo norteamericano concedido en 1945, que debía cubrir las necesidades británicas durante un
lustro. Mientras que no existiese carbón la reactivación industrial era imposible por las restricciones
del consumo eléctrico.
En Francia la situación durante la posguerra era más dramática. Su índice de producción
había bajado a 44 en relación con el índice 100 de 1938, mientras que los precios se multiplicaron al
3,5 %. La inflación se convirtió en un problema para los gobiernos. Los sueldos se congelaron, con
lo que se produjeron problemas, también en Alemania donde se inició el año cero. La inflación se
alimenta con un mercado negro en expansión, sin que la entrega de víveres a la población por parte
de los aliados calme la situación. En la U.R.S.S. la situación era desesperada, pues las destrucciones
padecidas equivalían a cinco o seis veces su renta nacional. La guerra hizo disminuir en un 42 % la
producción nacional soviética, interrumpiendo el Tercer Plan Quinquenal (1938-1942). El Cuarto se
puso en marcha en la posguerra (1946-1950). La recuperación se basó en una reforma monetaria y
en la reactivación de los sectores energéticos y ferroviarios. Desprovista de capitales e inversiones
extranjeras, la recuperación soviética será espectacular, aunque muy limitada.
En los países del mundo capitalista, el dirigismo estatal se impuso con el control de precios
y materias primas, así como con medidas para dificultar la huida de los capitales. Hasta 1950 se
mantendrán las cartillas de racionamiento en Francia. En otros países, no sometidos a la U.R.S.S.,
los desastres comenzaron a paliarse con ayuda de Estados Unidos. En contra de sus aliados
occidentales, arruinados por el esfuerzo bélico, Estados Unidos se vio favorecida, aumentando su
potencial económico debido al rearme. Mejoró toda s industria y lo mismo sucedió con su
producción agrícola, que aumentó en un 25 %. Al final del conflicto, la mayor de las democracias
del mundo producía la mitad del carbón de éste y su electricidad, así como 2/3 partes del petróleo
mundial.
90
La economía del Viejo Mundo estuvo abocada a una crisis en los meses siguientes al verano
de 1945. El célebre Plan Marshall evitó el desastre con subvenciones y donaciones a largo plazo
con un interés muy bajo o incluso sin él y pagaderos en dólares, o sea, en compras a Estados
Unidos. Estados Unidos gastó 15.000 millones de dólares en recuperar a las democracias liberales:
Gran Bretaña recibió 6.000, Francia 5.000 y Alemania e Italia 3.500. Para reactivar el comercio, el
Export-Import Bank concedió numerosos préstamos.
Con estas medidas se acentuó la política de bloques, pero también el declive del Imperio
Británico será un hecho en los primeros años de la guerra con la independencia de la India,
Palestina, Egipto etc. El vasto proceso descolonizador fue a la vez la expresión y el detonante de la
pérdida de los territorios asiáticos y africanos de Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Italia u Holanda,
anulando la influencia de estos países en la política mundial.
En el terreno cultural, pese a la “americanización” de las modas y costumbres y a la
audiencia universal lograda por el American Way Life, consecuencia de su poderío económico y
político, la corriente filosófica dominante en el Viejo Continente, el existencialismo, traduce el
estado en el que se encontraba Europa, impactada por el horror de la guerra, tiroteada por el
nihilismo y el irracionalismo, deprimida por un mundo absurdo y desenganchada de las corrientes
históricas tan fuertes en su cultura de las etapas precedentes. Se produjo un aumento de la
prostitución, del alcoholismo, se desarraigaron familias, se elevó el número de enfermos mentales
desatendidos y de niños sin hogar, la droga aumentó su circulación entre la población civil y la
militar (aquejada de fuertes dolores corporales), la mortalidad infantil y las enfermedades venéreas
llegaron a alcanzar cifras impensables antes de la guerra, el hambre se hizo dueña de extensas
regiones del mundo.
El final del conflicto haría descender en picado los nacimientos y aceptar la recepción por el
cuerpo social del mal llamado neomaltusianismo, que no amenguaría la capacidad inventiva, el
genio creador que había legitimado la hegemonía de la civilización occidental. Los progresos de la
ciencia experimental y de la técnica debidos al conflicto fueron de gran calado en el ámbito de la
economía y la medicina, como lo serían igualmente en el área química industrial y alimentaria, en la
cibernética o la agronomía. Ramas como la traumatología, la electrónica o la radiotelegrafía
experimentaron un crecimiento espectacular, con los consiguientes beneficios para la calidad de
vida y el progreso de la especie humana.
En cuanto al espíritu, aunque la guerra abrió recelos y nacionalismos entre los pueblos,
también se echaron semillas de concordia. Una sociedad abierta, pluralista y solidaria eran los
objetivos de la sociedad y de sus mentores, pero el primer obstáculo para conseguirla se alzaba en la
superación de los prejuicios nacionalistas, muy vivos y pujantes en 1945 y posteriormente, con las
reticencias galas ante la nueva Alemania o la rivalidad entre Italia y Yugoslavia por Trieste.
Firmadas las paces de los vencedores con los antiguos aliados de Alemania, y comprobada por
Estados Unidos la buena voluntad del Japón para conseguir un futuro dialogante y antimilitarista,
comenzaron a curar las heridas pasadas. En Japón, la Constitución de 1946 implicaría el nacimiento
de un Estado Nuevo, en el que los vestigios del imperialismo se combatían con el antimilitarismo.
El propio emperador Hiro-hito ratificó en un escrito el error de atribuir a la monarquía orígenes
divinos.
Espíritus clarividentes como Jean Monnet, De Gasperi, Madariaga o Churchill se empeñaron
en desarmar fronteras y almas y empezó a recorrerse el camino hacia la unidad europea y la
superación efectiva de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. El clima de la guerra fría
estimularía su labor, pero también la dificultaría. También se producirá un mayor contacto entre las
diferentes concepciones religiosas, que desembocará en un incremento del diálogo entre religiones e
ideologías.
La búsqueda de nuevos lenguajes literarios y estéticos se inscribió igualmente en los afanes
que alimentaron el quehacer cultural de los hombres que protagonizaron la guerra. Artistas y
escritores de todo el mundo, desesperanzados u optimistas, propondrían en la pintura, en la novela o
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en la música un discurso renovador para las inquietudes y proyectos del hombre de su tiempo, tras
un drama nunca conocido en la Historia.
HISTORIA DEL MUNDO ACTUAL.
TEMA 5. LA GUERRA FRÍA.
LAS CONFERENCIAS DE YALTA Y POTSDAM
La guerra era desfavorable para las potencias del Eje y el Imperio Nipón. Por ello sus
dirigentes habían mentalizado a sus pueblos para perecer en un holocausto sin ofrecer mucha
resistencia, antes de que sus ejércitos se rindieran. Desde 1941, los responsables de las fuerzas
aliadas estudiaron la táctica las operaciones y planificaron el futuro con la esperanza de conseguir
la victoria. El primer ensayo, en forma de conferencia bipartita, reunió a Roosevelt y Churchill.
Antes de ingresar Estados Unidos en la contienda, el premier británico y el presidente
norteamericano cambiaron impresiones en la bahía de Argentia, en la Conferencia del Atlántico
(agosto de 1941). Ambos estadistas ratificaron un conjunto de principios organizadores del mundo
de posguerra, en caso de vencer. Las dos potencias renunciaron a nuevas expansiones, defendieron
el derecho de los pueblos a elegir su forma de gobierno y propusieron la colaboración de todas las
naciones en el terreno económico. Asimismo, garantizaron la libertad de los mares, exigiendo el
futuro desarme de los países agresores.
Los tres grandes, Roosevelt, Stalin y Churchill, tratarían en Yalta la futura suerte de
Alemania con arreglo al esquema trazado en la Conferencia de Teherán (noviembre 1943). Fue la
primera vez en que Stalin fue invitado a una reunión estratégica, cuyo fin era preparar el asalto
sobre Alemania. Stalin prefirió la apertura de un frente occidental, Churchill prefirió uno
mediterráneo, para alejar la contienda de Gran Bretaña y evitar un fuerte expansionismo ruso por
los Balcanes, como así sucedió. Ni siquiera los acuerdos de Viena han tenido tanta vigencia como
los acordados en esa localidad al sur de Crimea. Esta antigua residencia de reposo zarista, mostraba
los daños de la guerra, de manera que presentaba un aire fantasmagórico, pero era el comienzo de
un nuevo camino.
Roosevelt volvería a ser en ella un elemento arbitral. Reelegido presidente por cuarta vez el
7 de noviembre del año anterior, hecho sin precedentes en Estados Unidos, abrigaba una
indisimulada prevención hacia los planes de Churchill, de mantener intacto el Imperio Británico y
de cerrar el paso en la Europa oriental a una U.R.S.S. que había soportado el peso del zarpazo
alemán y convertida en la potencia militar del viejo continente.
Los mismos mandatarios se volvieron a reunir en Casablanca (Marruecos) los días 14 al 23
de enero de 1943. Los motivos del encuentro fueron diferentes. Estados Unidos, ya beligerante,
acordó alargar la guerra hasta lograr la rendición incondicional de Japón y Alemania. Por otra parte,
decidieron abrir un frente en Sicilia, como maniobra de distracción. Asimismo, intentaron
reconciliar a los dos líderes de la resistencia francesa De Gaulle y Giraud.
Posteriormente, se reunirían de nuevo en Quebec (agosto 1943) las cuestiones tratadas
fueron, de modo exclusivo, el reparto entre las dos democracias anglosajonas de las zonas de
ocupación de Alemania, sin que se hablase de una postura conjunta o de una acción conjunta ante la
Unión Soviética. El Plan Morgenthau contemplaba la desindustrialización alemana y se pensaba
que el Kremlin la aceptaría de buen grado ya que supondría la proletarización de extensos sectores
urbanos proclives al comunismo.
A gran parte de los asistentes en segundo plano a la llamada conferencia “Octógona” les
sorprendió que en sus deliberaciones no se tratase el tema del libre acceso a Berlín de las dos
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potencias occidentales, ya que Francia había sido omitida. Desde que se creara en Londres el
Consejo Consultivo Europeo (enero de 1944), este era el asunto más importante. Después de
inacabables discusiones entre ingleses y norteamericanos sobre la rendición alemana se llegó a un
acuerdo a instancias de los soviéticos. Así, Alemania se dividiría en dos zonas occidentales y una
zona oriental. Berlín sería ocupado por las tres potencias y parcelado en sectores, con una
administración conjunta. En noviembre, un acuerdo sobre maquinaria de control comprometía a los
tres grandes a crear una administración municipal para Berlín y un Consejo de Control. Pero este
asunto significaba un problema, pues no se regulaba la forma de acceder a Berlín de los
anglosajones, de manera que esto provocaría una de las crisis de la posguerra. Tanto en Yalta como
en Potsdam fue algo evitado por los diplomáticos de uno y otro lado.
Ante la rusofilia de Roosevelt, Churchill intentó llegar a un acuerdo directo con Stalin en
temas que le preocupaban muy especialmente. Ambos no tardaron en llegar a un acuerdo en la
Conferencia de Moscú (9-19 de octubre de 1944), en torno al reparto de influencias en dicha zona
del viejo continente. Mientras Roosevelt estaba enfrascado en asuntos electorales, siendo
representado por su embajador ante la U.R.S.S., A. Harriman, a título de observador, Churchill
lograba que Stalin le confirmase la influencia británica sobre Grecia, en tanto que aceptaba la de la
U.R.S.S. en Rumanía y Bulgaria y el reparto entre las dos naciones de Yugoslavia y Hungría. El
premier británico estaba comprometido con las monarquías helena y Yugoslavia para ser
restablecidas al final del conflicto. Lo mismo sucedía con Polonia, de manera que fue a visitarle el
presidente del gabinete polaco en el exilio, S. Mikolajczik, para obligarle a aceptar la Línea Curzon
como frontera polaca con la U.R.S.S.. En el terreno militar, se trató lo que quería Washington, la
intervención soviética en Manchuria.
Como Roosevelt no pudo intervenir en esta conferencia, no pudo participar en los
compromisos a los que llegaron Churchill y Stalin en relación con la influencia de las democracias
anglosajonas y la U.R.S.S. en la Europa central y oriental, algo opuesto al espíritu de la Conferencia
de Teherán. Roosevelt se enfadó, de manera que mostró reservas a entrevistarse con Churchill
previamente. Poco después, a pesar de las embestidas dialécticas de Churchill a Roosevelt, cuando
se encontró con él en Malta camino de Yalta se olvidaría de los convenios del octubre anterior, y no
ocultó la necesidad de contentar a Stalin para ganarlo a la causa de la democracia y la lucha final
contra Japón. Roosevelt quería conciliar su actuación de gran estadista para lo que atraería al
comunismo soviético, convirtiendo a la U.R.S.S. en gran potencia que delimitara su hegemonía con
Estados Unidos. En noviembre de 1943, se sumó Chang-kai-Shek, líder de la resistencia
nacionalista china frente al expansionismo nipón, a los dos líderes anteriores en El Cairo.
Estudiaron los problemas relativos a la guerra y al porvenir de China.
Los tres dirigentes volvieron a reunirse en Yalta (febrero de 1945), comenzando un
vergonzoso reparto del mundo por influencias. Se fijaron las fronteras de Europa entre los tres
piases y se jugaron el bienestar de millones de personas en beneficio de sus menudos intereses.
Stalin logró engañar a sus aliados políticos tras la guerra, prometiendo respetar la independencia
política de varios países balcánicos.
En Potsdam (julio-agosto de 1945) las escenas se repitieron, aunque el dirigente ruso tuvo
frente a sí a Truman y Attlee, pues el presidente norteamericano había fallecido y Churchill había
dimitido, al perder las elecciones en Gran Bretaña. La conferencia se limitó a concretar las
vaguedades de Yalta. Alemania quedó dividida en cuatro zonas de ocupación. Berlín, situado en
zona rusa, dependió de un comité de ocupación conjunta, que respondió a una bizona: rusa y anglofranconorteamericana, germen de las dos futuras Alemanias, la República Democrática Alemana y
la República Federal de Alemania. Desde Yalta la diplomacia norteamericana se dio cuenta de las
intenciones de Stalin de hacerse con el control de media Europa y el norte de Asia, pero no existía a
los ojos de Truman otro camino que el de llevar a término el programa trazado en esta conferencia.
El giro de los asuntos polacos en marzo y abril no era del agrado de Truman, pero envió al
Kremlin a Henry Hopkins para negociar. Este llevaba la misión de limar fricciones y asentar sobre
93
el terreno de la mutua confianza la nueva conferencia de paz. Hopkins volvió con la convicción de
que Stalin era todo menos imperialista, y con la promesa de éste de que el comunismo no era algo
exportable, menos a Polonia. Churchill era pesimista, no le gustaba la política de los últimos meses
de Roosevelt, pero aún así veía la necesidad de negociar con la U.R.S.S.. Aunque muy pronto tuvo
que hacer frente a unas elecciones generales en Gran Bretaña, la política internacional minaba las
fuerzas de Churchill, pues debía sostener la permanencia de los ejércitos aliados en las zonas
alcanzadas por éstos en sus rápidos avances de abril de 1945 y pertenecientes al territorio de
ocupación soviético como medida de presión ante el tema de Polonia. Sin embargo, en Estados
Unidos la actitud era distinta pues, aunque los progresos en la bomba atómica eran rápidos, se
buscaba la participación de la U.R.S.S. en la guerra contra Japón, de manera que tal presupuesto
condicionaría la actitud norteamericana en la conferencia de paz que había de celebrarse por última
vez entre los tres grandes.
Según estaba previsto en la Conferencia de Casablanca, la capitulación de Alemania y Japón
fue incondicional. Ambas capitulaciones se produjeron el 9 de mayo y el 2 de septiembre de 1945
respectivamente. De ahí que fueran estos países los más afectados por la reducción de sus
territorios. A pesar del gran impacto que causó en el mundo la Segunda Guerra Mundial, la firma de
los tratados de paz fue menos solemne de lo que parecían pensar los contemporáneos, aunque su
elaboración fue mucho más complicada. Esta complicación se pudo apreciar no sólo por la división
de los tratados a firmar en dos grupos (“tratados menores” y “tratados mayores”), sino también
porque las discusiones se vieron afectadas por la creciente tensión entre aliados occidentales y
soviéticos, que culminará en el estallido de la Guerra Fría. El proceso se fue complicando de tal
manera que aún hoy todavía no se ha cerrado el ciclo de discusiones en torno a los tratados de paz
que debían dar por finalizada la guerra mundial.
El punto de partida en las negociaciones sobre los tratados de paz se encuentra en la serie de
conferencias que se fueron desarrollando entre los aliados desde 1941, y más concretamente desde
1944. Los denominados “tratados menores”, son aquellos que se firmaron en París el 10 de febrero
de 1947 con Bulgaria, Finlandia, Hungría, Italia y Rumanía. En esos tratados se recogieron los
cambios fronterizos que se consideraron básicos en cada uno de los Estados y la cuestión de las
reparaciones, como aspectos más significativos.
Italia se benefició del hecho de haber capitulado antes del fin de la guerra y haber
participado junto a los aliados en su última etapa. Perdido su Imperio colonial, debió entregar a
Grecia las islas del Dodecaneso, la Venecia Julia a Yugoslavia y Trieste a un sistema de control
internacional. Finlandia, Bulgaria, Hungría y Rumanía, aliados del III Reich, firmaron tratados de
paz y confirmaron las bases ya aprobadas en los respectivos armisticios.
Polonia recibió nuevas fronteras, llevadas a la línea Oder-Neisse. No extraña, por lo mismo,
que fueran muchas las personalidades que recriminaran al presidente Roosevelt el sacrificio de
Polonia y el abandono de Europa oriental en manos de la Rusia de Stalin.
Los mayores cambios correspondieron a la anexión de territorios a la U.R.S.S.; istmo de
Carelia y otras pequeñas zonas cedidas por Finlandia; Besarabia y Bucovina, cedidas por Rumanía.
Los Estados bálticos, Ucrania y Bielorrusia, volvieron a ser dominados por la U.R.S.S..
Si bien no hubo grandes problemas en las negociaciones de paz con estos cinco Estados, la
firma de los tratados con Japón, Austria y Alemania, los “tratados mayores”, fue mucho más
complicada de lo que se esperaba. Se impusieron las condiciones propuestas por la U.R.S.S., cuyos
ejércitos dominaban la zona.
Con Japón, y tras el armisticio y la ocupación del archipiélago por las fuerzas
norteamericanas, el tema del tratado quedó aplazado hasta que hubo una coyuntura más favorable.
No obstante, la proclamación de la República Popular China (1949) y el inicio de la guerra de Corea
(1950), impulsaron a los dirigentes norteamericanos a firmar el tratado. Este se firmó el 8 de
septiembre de 1951 en San Francisco; sin embargo, no fue aceptado por la República Popular
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China, la India y la U.R.S.S.. Por ese tratado, Japón se perdía todos los territorios conquistados
desde 1854, además de renunciar a sus derechos sobre el Sajalín meridional y las islas Kuriles, que
habían sido cedidas a la U.R.S.S. en Yalta (febrero 1945). Desde ese momento, el “contencioso de
las Kuriles” se convirtió en un elemento condicionante en las relaciones soviético-japonesas, que no
se resolvió con el acuerdo de 1956 por el que se reanudaban las relaciones entre los dos Estados. A
partir de esa fecha, el debate entre japoneses y soviéticos / rusos ha estado centrado en una simple
pero difícil cuestión: restauración de la soberanía japonesa sobre las Kuriles a cambio de paz y
ayuda económica a Rusia. Mientras esa cuestión no se resuelva, el problema de los tratados de paz
no quedará cerrado y, por consiguiente, la Segunda Guerra Mundial no se podrá dar por finalizada.
El territorio austriaco fue ocupado por las cuatro potencias aliadas, creándose a continuación
una comisión aliada para Austria, con sede en Viena. Tras un periodo de dificultades en el proceso
negociador, el 15 de junio de 1955 se firmaba el Tratado de Estado sobre la reconstrucción de
Austria soberana y democrática. Entre sus disposiciones destacaban las referidas a la prohibición de
Austria a entrar o formar coaliciones o alianzas políticas y económicas con Alemania, al tiempo que
se imponía al Estado austriaco un estatus de neutralidad “rigurosa y perpetua”. ¿Qué trascendencia
a tenido en este tratado la incorporación de Austria a la Unión Europea?. Aunque a priori no parece
haber sido mucha, lo que es indudable es que Austria ha perdido su estatus de neutralidad al aceptar
todo el acervo comunitario desde su integración en la Unión Europea, en el que se incluyen, entre
otros, los planteamientos de la llamada Política Exterior y de Seguridad Común, y se ha unido a
Alemania, lo que se prohibía claramente en el Tratado de Estado.
La cuestión alemana adquirió desde 1945 un nuevo protagonismo, aunque pareció quedar
cerrada con la firma el 12 de septiembre de 1990 del Tratado sobre un arreglo definitivo de la
cuestión alemana, entre los dos Estados alemanes y las cuatro potencias que habían ocupado el
territorio alemán al final de la guerra. Desde mayo de 1945, Alemania fue dividida en cuatro
sectores, al igual que Berlín, fijándose la frontera oriental en la línea Oder-Neisse. Esta
demarcación fronteriza fue considerada como definitiva por los polacos y con un carácter
provisional por los alemanes hasta la firma de un tratado de paz. El Tratado de Paz de 1970
confirmó el carácter definitivo de esta frontera, pero aún en 1990 el canciller Khol siguió
manteniendo una ambigüedad sobre el tema, vista con enorme temor en Polonia. La firma del
Tratado de Paz de 1990 disipó estas dudas y confirmó los límites fronterizos de Alemania.
Por otro lado, desde 1946 las dificultades para poner de acuerdo a las cuatro potencias
ocupantes sobre la firma del tratado, se fueron incrementando desde el inicio de la guerra fría y
culminaron en la división alemana en dos Estados: la República Federal de Alemania (23 de mayo
de 1949) y la República Democrática Alemana (7 de octubre de 1949). El desarrollo político,
económico y social tan diferente de los dos Estados alemanes, y la actuación de la U.R.S.S. en el
este y de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña en el oeste, impidieron cualquier posibilidad de
cerrar la cuestión alemana. Solamente por los cambios habidos en la Europa central y oriental desde
1989 y la actitud del dirigente soviético Gorbachov, posibilitaron en 1990 la firma del definitivo
Tratado de Paz con Alemania, posibilitando también con ello la reunificación alemana, que se
produjo el 3 de octubre de 1990.
Si en 1918 pudo hablarse del hundimiento de los grandes Imperios (Alemania, AustriaHungría, Turquía y Rusia), en 1945 asistimos a la reducción de las monarquías europeas. Como
consecuencia de la implantación del totalitarismo comunista, fueron depuestos violentamente
Simeón II de Bulgaria, tras el asesinato del regente, y Miguel I de Rumanía, declarándose finalizado
el régimen regencialista en Hungría. El dictador comunista Tito logró imponerse sobre los
monárquicos en Yugoslavia, iniciando una terrible represión, de manera que Pedro II jamás pudo
volver al trono de Belgrado. En Albania, el líder bolchevique Hoxa proclamó la república popular,
impidiendo el retorno del rey Zog I y su familia. En Italia, un referéndum cambió el régimen
político, por lo que Umberto II tuvo que abandonar el trono de los Saboya. Mejor suerte tuvieron
Jorge II de Grecia y Leopoldo III de Bélgica en las respectivas consultas electorales, aunque el
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segundo pronto tuvo que abdicar en su hijo Balduino I. Japón conservó el régimen imperial, de
enorme popularidad, en adelante limitado por una nueva Constitución democrática.
Por otra parte, como consecuencia del antifascismo imperante en el bando de los aliados, los
partidos socialistas y socialdemócratas resurgieron con fuerza en casi toda Europa. Incluso en Gran
Bretaña, Churchill y el partido conservador perdieron las elecciones, por lo que el partido laborista
volvió a formar gobierno. En la mayor parte de países europeos, los socialistas ocuparon varias
carteras ministeriales tras la guerra. Los votos de derecha y centro se agruparon en los partidos
democristianos, auspiciados por la jerarquía de la Iglesia católica, logrando alzarse como la fuerza
hegemónica en la República Federal de Alemania, Italia y Bélgica, mientras el MRP francés, sin
referencias confesionales, trataba de representar los intereses de este sector del electorado. Los
partidos comunistas, con fidelidad absoluta a la Unión Soviética, se desarrollaron en Italia y
Francia, participando en el gobierno hasta que el comienzo de la “guerra fría” hizo que pasaran a la
oposición parlamentaria.
No obstante, la distinta ocupación de Europa por los ejércitos aliados dividió el continente
en dos zonas. En la zona occidental, liberada por las fuerzas angloamericanas, se impuso y se
restauró la democracia parlamentaria y el sistema económico capitalista, donde –paradójicamente–
los partidos comunistas fueron muy fuertes. Frente a ésta, se alzó la zona oriental, al este europeo,
ocupado por el ejército rojo, que implantó dictaduras comunistas a la fuerza en Polonia, República
Democrática Alemana, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria, países donde, en cambio, los
bolcheviques apenas habían contado con apoyo popular anteriormente. Albania y Yugoslavia
también tuvieron regímenes comunistas, aunque independientes de la esfera de influencia de la
U.R.S.S..
SAN FRANCISCO: LA CREACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS
La Carta de San Francisco y sus antecedentes
Ante la ineficacia manifiesta de la Sociedad de Naciones, y dado que los Estados Unidos no
pertenecen y que la U.R.S.S. ha sido expulsada, como salida al dilema de reformarla o sustituirla
por otra, en diferentes reuniones habidas en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, se va
afianzando progresivamente el proyecto de crear una organización nueva, aunque en los inicios no
se alude expresamente a ella. En la Declaración Interaliada (12 de junio de 1941), catorce países –
nueve de ellos ocupados– al tiempo que manifiestan su compromiso de continuar la lucha y no
firmar la paz por separado, expresan la idea de que la base de una paz duradera es la voluntaria
cooperación de todos los pueblos libres. Por su parte, en la Carta del Atlántico (14 de agosto de
1941), suscrita bilateralmente en Terranova por Roosevelt y Churchill, y que desempeña un papel
similar a los Catorce Puntos del Presidente Wilson, se habla de los principios fundamentales de
organización internacional en el futuro (respeto a la integridad territorial, cooperación económica
internacional, libertad de mares, desarme, seguridad colectiva.
La Declaración de las Naciones Unidas (1 de enero de 1942), suscrita por veintiséis países y
que, posteriormente, se adhirieron otros tantos, supone un hito clave en esta marcha, agrupando, al
igual que en 1919, a las potencias que luchaban contra Alemania; de hecho, la Carta de Naciones
Unidas considera como miembros fundadores a aquellos países, que, aún sin participar en la
Conferencia de San Francisco, anteriormente habían ratificado esta declaración; y, concretamente,
esta es la primera vez que se emplea el término Naciones Unidas. Pero es en la Declaración de
Moscú sobre Seguridad General (30 de octubre de 1943) –firmada por Estados Unidos, Gran
Bretaña, la U.R.S.S. y China– , y en la Conferencia de Teherán (1 de diciembre de 1943) cuando se
establece el compromiso de crear una organización internacional y cuando se fijaron más
concretamente sus principios y objetivos.
En Dumbarton Oaks (agosto-octubre 1944) las cuatro grandes potencias (Estados Unidos,
Gran Bretaña, la U.R.S.S. y China) redactaron un anteproyecto con doce capítulos, donde aparece
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su concepción sobre la nueva organización, el cual, con algunas adiciones fijadas el 11 de febrero
de 1945 en la conferencia de Yalta –v. gr., el otorgar a los futuros miembros permanentes del
Consejo de Seguridad el derecho de veto–, constituye el texto base que se debate en San Francisco
en la primavera siguiente. En líneas generales, pues, y si se exceptúan algunos enfrentamientos
producidos entre las grandes y las pequeñas potencias, deseosas estas últimas de democratizar la
organización, limitando las funciones y poderes del Consejo de Seguridad, así como su estructura
aristocrática, las disposiciones esenciales de Dumbarton Oaks se mantienen, siendo aprobadas por
delegaciones de 51 países tanto la Carta de las Naciones Unidas como el Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia, en San Francisco (California), el 26 de junio de 1945.
Propósitos y principios de la organización
Los propósitos para los que se establece la ONU vienen reflejados tanto en el preámbulo
inicial como en el artículo primero:
1. Mantener la paz y la seguridad internacionales y, con tal fin, tomar medidas colectivas
eficaces para prevenir y eliminar las amenazas de la paz, al igual que lograr por medios pacíficos el
ajuste o arreglo de cualquier situación susceptible de conducir a quebrantamientos de la paz.
2. Fomentar entre las naciones relaciones de amistad, basadas en el libre respeto al principio
de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos.
3. Promover la cooperación internacional en el terreno económico, social, cultural y
humanitario.
4. Desarrollar y estimular los derechos humanos y las libertades fundamentales del hombre,
sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión.
5. Servir de centro que armonice los esfuerzos de las naciones para alcanzar estos
propósitos.
A su vez, algunos de estos fines o propósitos vienen explicitados en artículos subsiguientes;
incluso, en ocasiones, el devenir de la Organización ha ido más allá de los horizontes inicialmente
previstos. Concretamente, mediante la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (10 de
diciembre de 1948), donde se explicitan exhaustivamente los derechos y libertades, o con la
resolución 1514/XV de la Asamblea General (14 de diciembre de 1960). En ella declaraba la ONU
el derecho inalienable de todos los países todavía colonizados a “ejercer pacífica y libremente su
derecho a la independencia, por lo que debían traspasarse todos los poderes a los pueblos de esos
territorios, sin condiciones ni reservas, en conformidad con su voluntad y sus deseos libremente
expresados, y sin distinción de raza, credo ni color, para permitirles gozar de una libertad y de una
independencia absolutas.”
El capítulo 1º se completa con un segundo artículo donde se expresan los principios con
arreglo a los cuales procederán la Organización y sus miembros para alcanzar los antedichos
propósitos. Estos principios son siete, siendo algunos de ellos análogos, e incluso idénticos a los
propósitos:
1. Igualdad soberana de todos los miembros.
2. Obligación de cumplir de buena fe las obligaciones, contraídas de acuerdo con la Carta.
3. Obligación de solucionar pacíficamente los conflictos internacionales.
4. Compromiso de abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza tanto contra la
integridad territorial, como respecto a la independencia política de cualquier Estado.
5. Apoyo a la Organización en cualquier acción que ejerza de acuerdo con la Carta.
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6. Extensión de las obligaciones de la Carta, en lo relativo a la paz y seguridad
internacionales a los no miembros.
7. La Carta no autoriza a la Organización a intervenir en los asuntos internos de cada Estado.
El principio de igualdad soberana se hace, sin embargo, compatible con una situación de
privilegio para ciertos Estados, los cuales son miembros permanentes del Consejo de Seguridad, y
disfrutan del derecho de veto. La prohibición del empleo de la fuerza admite, como excepción, el
caso de la legítima defensa ante ataque armado externo (art. 51). Y la extensión de las obligaciones
a los no miembros, en lo relativo al mantenimiento de la paz y seguridad internacionales, se apoya
en el carácter universal de la organización, que permite considerar las disposiciones de la Carta
como parte del derecho internacional universal; de hecho, a diferencia de lo que ocurre en la
Sociedad de Naciones, donde numerosos países se retiran, aquí esta posibilidad se aleja, pues las
obligaciones serían similares fuera, no pudiéndose entonces participar en el debate de los asuntos
que a un país directamente le conciernen.
Composición y estructura
Los miembros fundadores son cincuenta y uno, aunque cabe señalar que algunos de ellos no
son Estados (v. gr., Ucrania o Bielorusia, aceptadas por Roosevelt tras ser convencido por Stalin,
justificándose la inclusión por las penalidades que estos pueblos habían sufrido por la invasión
alemana). Los restantes han sido admitidos en virtud del art. 4º, por decisión de la Asamblea
(mayoría de dos tercios) y previa recomendación del Consejo de Seguridad (donde puede ejercerse
el derecho a veto); todo ello, por supuesto, tras el compromiso de acatamiento de la Carta.
De hecho la trayectoria de admisión ha experimentado diferentes vicisitudes. En los
primeros años no hay problema especial, siendo aceptados Afganistán, Islandia, Tailandia y Suecia
(1946), Pakistán y Yemen (1947), Birmania (1948), Israel (1949) e Indonesia (1950).
Posteriormente, las tensiones de la guerra fría se reflejan en la admisión, ya que cada bloque intenta
disponer de mayoría en la Asamblea, por lo que el procedimiento se bloquea. En 1955 se produce el
desbloqueo entrando al tiempo dieciséis países, entre ellos España (de ellos 6 europeoccidentales, 4
democracias populares y 6 afroasiáticos). La descolonización supone una afluencia masiva
(diecisiete países en 1960), alcanzándose la cifra de 126 en 1969. En las dos últimas décadas el
mecanismo ha funcionado con normalidad, aceptándose a cualquier país en el momento de solicitud
o de alcanzar la independencia. El último admitido, a principios de 1990, fue Namibia, que hace el
número 160, con lo que sen satisface la pretensión de universalidad.
No obstante, nos encontramos con situaciones especiales. Suiza no forma parte, por entender
que la pertenencia en algún modo puede afectar a su profesada neutralidad (aunque no parecen tener
problemas en idéntica línea, Austria, Finlandia y Suecia). Por otro lado, hay diferentes Estados
minúsculos que no participan (Andorra, Mónaco, Liechtenstein, San Marino, el Vaticano –siendo
reseñable en este último caso su carácter de Estado atípico–), aunque otros varios, que no parecen
estar sobrados de extensión o de población, son miembros activos (Dominica, Granada, Seychelles,
Maldivas, Antigua y Barbuda, Vanatu). Las dos Alemanias acaban entrando en 1973, y en 1977 lo
hace el Vietnam unificado. Ambas Coreas permanecen, sin embargo, fuera de la ONU
constituyendo el único caso entre los países divididos. Israel, por su parte, es uno de los miembros
no originarios que ingresa más tempranamente, en el momento de obtener la independencia (1949),
y también pertenece la República Sudafricana (que, incluso, es miembro fundador).
El caso de China es un tanto atípico. Por un lado, es miembro fundador, aunque, por otro,
desde el momento en que se crea la República Popular China, la representación en la ONU
corresponde al gobierno de Chang Kai Shek, instalado en Formosa. A partir de 1950 la cuestión se
plantea reiteradamente ante la Asamblea General, siendo rechazada en todo momento. Por fin, en
1971 por 76 votos a favor, 35 en contra y 17 abstenciones, se reconoce la representatividad del
gobierno de Pekín, ocupando éste un lugar permanente en el Consejo de Seguridad. Formosa es
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excluida de la ONU, entendiéndose que como parte indisoluble de China no cabe doble
representación. Las ternas se invierten como parece lógico, ya que resultaba una anomalía histórica
mantener excluido al país más poblado de la Tierra, con gran peso específico en el Tercer Mundo, y
que, además, era fundador.
En la estructura administrativa de las Naciones Unidas se encuentran, como organismos más
relevantes, la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, la Secretaria General, el Consejo de
Administración Fiduciaria, el Consejo Económico y Social y el Tribunal Internacional de Justicia.
La Asamblea General (capítulo IV de la Carta) es decir, el foro que acoge a los pueblos
amantes de la paz que aceptan la Carta de San Francisco y están dispuestos a cumplir las
obligaciones que comporta. Es el órgano plenario donde se toman deliberaciones, pero sin que éstas
sean vinculantes para los Estados miembros, ya que sólo se limita a formular recomendaciones
(arts. 10, 11, 13 y 14). Cada miembro dispone de un voto, siendo suficiente la mayoría simple para
decidir sobre los asuntos ordinarios, pero necesitándose la mayoría de dos tercios para los “asuntos
importantes”, entre los que cabe destacar: las recomendaciones relativas al mantenimiento de la paz
y de la seguridad internacionales, la admisión de algún miembro –sin ninguna expulsión hasta la
fecha–, los asuntos presupuestarios, así como cualquier otro que la Asamblea determine como
importante en un momento concreto. Si bien éste ha sido el foro elegido por los miembros más
débiles para formular sus exigencias a la sociedad internacional, en la práctica los asuntos más
conflictivos acaba monopolizándolos el Consejo de Seguridad.
El Consejo de Seguridad (capítulo V) inicialmente estaba formado por once miembros, seis
de ellos no permanentes. Al aumentar, con la descolonización, el número de países que signan la
Carta, el Consejo aumentó su número de miembros hasta quince (art. 23), de los que cinco son
permanentes (Estados Unidos, U.R.S.S./ Rusia, Francia, Gran Bretaña y la República Popular
China) y diez no permanentes, que se reparten del siguiente modo: cinco en representación de Asia
y África, dos por América Latina, dos por Europa Occidental y los países asimilados (Australia,
Nueva Zelanda, Canadá etc.) y uno por los países de Europa Oriental, elegidos por periodo bianual,
aunque, para dar una cierta continuidad, cada año se renueva sólo la mitad.
La función más importante del Consejo es mantener la paz y la seguridad internacional
(art.24), para lo cual debe proceder al arreglo pacífico de las disputas entre pueblos o bien, si
fracasan los anteriores intentos, puede optar por medidas de acción. Lo que es poco efectivo por la
utilización del sistema de veto por alguna gran potencia, cuando entendía lesionados sus intereses o
los de algún país aliado, tanto en lo relativo a sanciones económicas como al envío de fuerzas de
seguridad, ya que, mientras que para las cuestiones de procedimiento basta con el voto afirmativo
de nueve miembros cualesquiera, para el resto de las cuestiones se necesitan nueve votos
afirmativos, pero que incluyan los de los cinco miembros permanentes (art. 27). Este hecho
confirma una característica polémica de la estructura de la ONU que la ha definido, como es la del
déficit democrático.
La Secretaría (capítulo XV) se compone de un secretario general y del personal que requiere
la Organización. El Secretario General es el funcionario más importante así como el representante
de la Organización en el exterior, y tiene definidas algunas funciones administrativas y ejecutivas,
aunque en la práctica es su capacidad política y sus dotes negociadores los que marcan el éxito de
su acción, dado que sus facultades están muy limitadas. Es nombrado por la Asamblea General
previa recomendación por el Consejo (art. 97), y en la práctica sólo han sido elegidos para el cargo
diplomáticos o políticos de países neutrales: el noruego Trigve Halvdan Lie, 1946-1953; el sueco
Dag Hammarskjöld, 1953-1961; el birmano U. Thant, 1961-1971; el austríaco Kurt Waldheim,
1972-1981; el peruano Javier Pérez de Cuellar, 1982-1991; el egipcio Butros-Ghali, 1992-1996; y
el ghanés Koffi A. Annam, 1997-. Y si la actividad del Secretario General debe estar presidida por
la imparcialidad y tener como mira el interés internacional, la selección del funcionariado debe
hacerse en función de su eficiencia, competencia e integridad, pero de modo que exista la más
amplia representación geográfica posible (art. 101).
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El Consejo de Administración Fiduciaria (capítulos XI-XIII) es el heredero de la Comisión
de Mandatos de la Sociedad de Naciones. Su función estriba en supervisar la administración de los
territorios en fideicomiso tutelados por algún Estado miembro de la Organización, con el fin de que
estos territorios se desarrollen económica y socialmente hasta adquirir su independencia. Hoy día
es un organismo a extinguir, pues, de los once territorios en fideicomiso iniciales, sólo queda uno
(el territorio de las islas del Pacífico, administrado por Estados Unidos).
El Consejo Económico y Social (CES, capítulo X) es el principal órgano coordinador de la
labor económica y social; sin facultades decisorias, prácticamente se limita a formular
recomendaciones (adoptadas por mayoría simple) y, de hecho, puede considerarse como un
organismo residual, ya que sus atribuciones han pasado a los organismos especializados. Aunque
sus 54 miembros son elegidos por la Asamblea General (art. 61), los cinco grandes han sido
elegidos en todo momento (salvo China, sólo con relativa regularidad).
El Tribunal Internacional de Justicia (capítulo XIV), sucesor del Tribunal Permanente de
Justicia Internacional de la Sociedad de Naciones (ocupa su misma sede en La Haya), es el principal
órgano judicial de la ONU, del que todos sus miembros forman parte ipso facto (art. 93). Los
Estados miembros pueden someter cuestiones a su consideración, resultando entonces obligatoria la
sentencia para las partes: a su vez, la Asamblea y el Consejo pueden formular consultas sobre
cualquier cuestión jurídica, y los dictámenes, aunque no vinculantes, suelen tener gran influencia
sobre la decisión posterior que se adopte. Integrado por 15 magistrados, elegidos por la Asamblea,
y, en principio, en función de sus méritos profesionales –aunque procurando que representen los
principales sistemas jurídicos del mundo–,en la práctica, en ocasiones, los criterios de honorabilidad
y profesionalidad han cedido a los políticos.
Actuación de la ONU
El mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales ha exigido en distintos momentos
la intervención de la Organización, bien para resolver pacíficamente los conflictos, bien, en último
extremo, para adoptar medidas coercitivas. En lo relativo al arreglo pacífico de controversias, la
Organización ha intentado en diferentes ocasiones mediar entre los Estados, favoreciendo la
negociación, la investigación, la mediación, la conciliación y el arbitraje (art. 33), aunque en
conjunto, su intervención puede juzgarse de decepcionante, ya que la solución sólo ha venido
cuando las partes han llegado a acuerdos entre sí.
Y en lo que respecta a medidas coercitivas, el balance no resulta más halagüeño. En el
capítulo VII se prevé la acción del Consejo en los casos de amenaza a la paz o actos de agresión, en
los que cabe adoptar dos tipos de medidas, según excluyan o impliquen el uso de fuerza armada.
Las primeras, que suponen la interrupción total o parcial de las relaciones económicas (art. 41) (v.
gr., contra Rhodesia, –actual Zimbabwe–, o Sudáfrica), o la ruptura de las relaciones diplomáticas
(cual ocurre frente a España en 1946), no han sido muy decisivas, ya que los países objeto de
sanción han encontrado los oportunos subterfugios, ya porque las medidas lo han sido sólo por
tiempo limitado.
Las que implican el recurso a la fuerza (art. 42), en diferentes ocasiones han tenido que ser
adoptadas por la Asamblea o el Secretario General, en vez de por el Consejo de Seguridad, como
sería lo lógico, y ello en virtud de la resolución 377 Unión pro paz, que faculta a la Asamblea para
adoptar medidas cuando el Consejo se ha bloqueado en algún momento clave, por la utilización del
veto por parte de algún miembro permanente. De hecho, en el contexto de la guerra fría –y ello es
aplicable hasta estos momentos– resulta difícil imaginar que luchasen conjuntamente soldados de
ambos bloques; por eso Colliard llega a afirmar que el capítulo VII es una pieza de museo de las
instituciones internacionales. Así, en el caso de Corea, las tropas pudieron ser enviadas por la
ausencia del representante ruso, y en los conflictos de Suez y el Congo (1956 y 1960-63) hubo que
apelar a la resolución 377. No obstante lo antedicho, y sobre todo en conflictos menores, la ONU ha
100
resuelto algunos, o quitado virulencia a otros, al tiempo que siempre ha constituido un foro
permanente de diálogo e intercambio de posturas.
En lo relativo al desarme, a pesar de que se ha llegado a algún interesante acuerdo (Antártida
y América Latina como zonas desnuclearizadas (1959 y 1967, Tratado de Tlatelolco), prohibición
de ensayos nucleares en la atmósfera, espacio extraterrestre y debajo del agua (1963), Tratado sobre
la no Proliferación de Armas Nucleares (1968), Convención sobre la prohibición de usar técnicas de
modificación ambiental con fines militares u otros fines hostiles (1976), Conferencia de Desarme),
los resultados globales no pueden considerarse esperanzadores ya que los gastos armamentísticos
crecen progresivamente día a día, y no sólo en los países más desarrollados.
Su balance es más positivo en otros apartados. Ha jugado un papel clave en la
descolonización ya que, por un lado, de los territorios fideicomitidos, diez de ellos han accedido a la
independencia; en estos momentos, tras la emancipación de Nueva Guinea en 1975, sólo uno
permanece bajo administración (norteamericana), el de las islas del Pacífico (Marianas –excepto
Guam– Carolinas y Marshall) que es un fideicomiso estratégico; por otro lado, la ONU ha tenido
una postura beligerante frente a las antiguas potencias colonizadoras, en pro de la independencia de
los países afroasiáticos, a lo que no resulta ajena la acción interna de los países descolonizados, que
prontamente son acogidos en su seno.
Y su actuación no es menos encomiable en lo relativo a formulación, promoción y defensa
de los derechos humanos, adoptando tempranamente la Declaración Universal de Derechos del
Hombre (10 de diciembre de 1948), o luchando contra el apartheid (Comité Especial contra el
apartheid (1974), Fondo Fiduciario de las Naciones Unidas para Sudáfrica (1965), Año
Internacional contra el apartheid (1978) y, sobre todo, a través de sus organismos especializados, en
la búsqueda de cooperación social, económica, técnica, así como en el plano de las comunicaciones,
entre los pueblos.
Organismos especializados de la ONU
Los organismos especializados de la ONU tienen diversos orígenes: algunos son más
antiguos que la misma organización, a la que posteriormente se han incorporado, cambiando en
ocasiones de nombre. Así, la Unión Postal Universal, la Organización Meteorológica Internacional,
el Instituto Internacional de Agricultura, la Oficina Internacional de la Salud, la Organización
Internacional del Trabajo, o la misma Comisión Internacional de Navegación Aérea – cuyos
organismos sucesores pueden obviamente inferirse; otros surgen en las conferencias internacionales
que tienen lugar al final de la posguerra (Fondo Monetario Internacional, Banco Internacional para
la Reconstrucción y el Desarrollo, Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, Organización de
las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura; otros, finalmente, aparecen en las
últimas décadas como respuestas a necesidades nuevas: v. gr., el Organismo Internacional de
Energía Atómica y la Corporación Financiera Internacional (ambos de 1956), la Asociación
Internacional de Fomento (1960), la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo
Industrial (1966), o el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (1976). En conjunto, dieciséis de
estos organismos son considerados como especializados –dieciocho si se incluye la OIEA y el
GATT–, atendiendo a los ámbitos de cooperación económica, técnica, social, cultural, sanitaria y de
comunicaciones.
OIT. La Organización Internacional del Trabajo, que en la Conferencia Internacional de
Montreal (1946) pasa a convertirse en el primer organismo especializado de la ONU, es creada en
1919, estando entonces vinculada a la Sociedad de Naciones, y teniendo desde sus orígenes la sede
en Ginebra. Su primer director general fue el conocido sindicalista francés Albert Thomas (19191932), el cual, gracias a su incansable actividad, consigue un prestigio para la OIT muy por encima
de cualquier otro organismo internacional de por entonces. Sus objetivos son: conseguir el pleno
empleo y mejorar la calidad de vida del trabajador, facilitar la formación profesional, fomentar
101
políticas que favorezcan un reparto justo de la renta, luchar por la libertad sindical y la seguridad
social, atender a la elevación del nivel cultural del trabajador y vigilar las legislaciones laborales
nacionales. Aunque se trata de una organización gubernamental, lo cual ha dificultado la
ratificación de algún convenio (p. e., el de libertad sindical), la representación es un tanto atípica
(dos miembros por el gobierno respectivo, uno por los empresarios y otro por los trabajadores).
Desde su fundación ha aprobado más de 300 convenciones (de obligado cumplimiento) y
recomendaciones, atendiendo también al estudio e investigación de los problemas laborales,
mediante el Instituto Internacional de Estudios Laborales (con sede en Ginebra) y el Centro
Internacional de Formación Técnica y Vocacional Avanzada (con sede en Turín).
OMS. La Organización Mundial de la Salud, con sede en Ginebra, inicia su actividad en
1948, teniendo como finalidad no sólo conseguir la erradicación de toda enfermedad sino también
lograr un estado completo de bienestar físico, mental y social. Para ello, ayuda a los países, –en
especial a los subdesarrollados– a fortalecer sus sistemas sanitarios mediante la creación de
infraestructuras, coordinaciones internacionales contra el paludismo, malaria, lepra, ceguera en
África occidental, el SIDA; fomenta las investigaciones necesarias en diferentes sectores (nutrición,
atención materno-infantil, seguridad medioambiental, rehabilitación), y establece y colabora en
programas y acciones específicos (Decenio Internacional del Agua Potable y del Saneamiento
Medioambiental, 1981-1990). Desde 1977, fijó el objetivo salud para todos en el año 2000,
elaborando estrategias en combinación con pueblos y gobiernos para lograr dicho objetivo.
FAO. La Organización para la Agricultura y la Alimentación, heredera del Instituto
Internacional de Agricultura, se estableció en la Conferencia de Québec (16 de octubre de 1945) y
tiene su sede en Roma. Sus objetivos consisten en mejorar la alimentación y aumentar los
rendimientos de la tierra, la ganadería, la pesca así como de las explotaciones forestales. Para
conseguir una mayor eficacia en la producción se vale de la investigación e información técnica,
modernizando los métodos de cultivo, de la lucha contra las plagas y el empobrecimiento del suelo,
de las transferencias de tecnología hacia los países en vías de desarrollo, mejorando al tiempo la
distribución de los alimentos, en especial los excedentarios. Entre sus actividades destacan el
Programa Mundial de Alimentos y la Campaña contra el Hambre, ayudando mediante programas
especiales a que los países más desfavorecidos se preparen para situaciones de emergencia y
proporcionarles socorro, si por desgracia las crisis agrarias o plagas los dejan sumidos en la miseria.
UNESCO. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la
Cultura, queda constituida el 4 de noviembre de 1946 (tras la reunión de Londres del año anterior),
fijando su sede en París. Su finalidad se encamina a contribuir a la paz y seguridad internacionales
promoviendo la colaboración entre las naciones en los ámbitos de la educación, ciencia, cultura y
comunicaciones de masas. Entre sus objetivos y actividades destacan: la elaboración de programas
para conseguir una educación primaria universal que elimine el analfabetismo, el estímulo de las
culturas nacionales y la conservación del patrimonio de la humanidad, la promoción de la
utilización de la ciencia en beneficio de todos los seres humanos, el trabajo para un mejor
entendimiento y cooperación entre los pueblos, la utilización de los medios de comunicación de
masas en pro de las causas de la verdad, la justicia y la paz a escala universal,... Asimismo ha
realizado programas concretos de gran eco mundial: campaña para salvar los monumentos egipcios
de la Nubia, amenazados por la presa de Assuam, campañas de alfabetización y educación integral
en América Latina, y declaraciones varias sobre el patrimonio histórico-artístico de la humanidad.
Durante el mandato del español Federico Mayor Zaragoza volvieron a su seno los Estados Unidos,
el Reino Unido y Singapur, que habían abandonado la organización por entender que se seguía una
línea filocultural de sesgo antioccidental, desmesuradamente favorecedora de los Países del Tercer
Mundo.
El Banco Mundial comprende tres instituciones: el Banco Internacional para la
Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD), creado el 27 de diciembre de 1945, la Corporación
Financiera Internacional (CFI), nacida en 1956, y la Asociación Internacional de Fomento (AIF),
establecida en 1960, todos ellos con sede en Washington. Su finalidad consiste en aportar recursos
102
a los países en vías de desarrollo, provenientes de los países industrializados. Ahora bien, mientras
los créditos del BIRD se prestan en condiciones normales, para fines productivos, y teniendo en
cuenta las posibilidades de amortización (siendo garante el gobierno del país respectivo), los
préstamos de la AIF sólo se conceden a los países más pobres y en condiciones más accesibles,
aunque siempre se exige tener suficiente estabilidad económica, financiera y política para los
préstamos a largo plazo. La CFI completa su acción fomentando el establecimiento y la expansión
de las empresas privadas de cualquier país miembro, en especial en los que están en vías de
desarrollo.
FMI. El Fondo Monetario Internacional, diseñado junto con el BIRD en la Conferencia de
Bretton Woods (1944), inicia su andadura el 27 de diciembre de 1945, siendo reforzado
posteriormente en 1969 y 1978; tiene también su sede en Washington. Su finalidad estriba en
asegurar la estabilidad de los cambios, fomentando la cooperación económica internacional y
facilitando la expansión del comercio mundial, de modo que se consiga una mejora en las
condiciones económicas de los países miembros. Para ello, concede ayudas a los países con
dificultades en su balanza de pagos, los apoya técnicamente para mejorar la gestión y realizar
programas de reforma económica que contribuyan a sanear sus balanzas de pagos. Se trata de un
organismo que ha funcionado aceptablemente bien, aunque tal vez sería mejor aumentar sus
recursos y democratizarlo (ya que el voto guarda relación con la contribución de cada país) y, en
última instancia, convertirlo en un banco central mundial.
GATT. El Acuerdo General de Aranceles y Comercio (1 de enero de 1948), con sede en
Ginebra. es un conjunto de normas para eliminar los obstáculos que puedan entorpecer el comercio
internacional. Los Estados firmantes del acuerdo se conceden recíprocamente la cláusula de nación
más favorecida y se comprometen a proteger su producción apelando sólo al arancel, excluyendo
todo tipo de contigentación de mercancías (salvo casos excepcionales, o cuando sufren graves
desequilibrios en su comercio exterior). El balance es positivo, a pesar de la aparición de
agrupaciones económicas y comerciales diversas, tales como las zonas de libre cambio, las uniones
aduaneras y los mercados comunes muy activos, que en algún modo y grado, invalidan el
significado reflejado en lo de “nación más favorecida”. Los países subdesarrollados, por su parte,
por considerar que el Acuerdo no atiende oportunamente a sus intereses, fundaron en 1963 el Grupo
de los 77, logrando que la ONU pusiera en marcha la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el
Comercio y el Desarrollo (CNUCED-UNCTAD) (1962), para atender a la problemática específica
del comercio internacional de los países subdesarrollados.
LA DISPUTA DE LAS ZONAS DE INFLUENCIA Y LA DIVISIÓN BIPOLAR
El destino de Europa oriental
Terminada la Segunda Guerra Mundial la coalición triunfante debía hacer frente a la
necesidad de creación de un nuevo orden en Europa. Un hecho resultaba obvio y era que, con
excepción de la U.R.S.S., todas las demás potencias, grandes o pequeñas, vencedoras o vencidas,
eran capitalistas. Su interés, por tanto, una vez desaparecida la amenaza nacionalsocialista, era
reconstruir algún tipo de equilibrio político europeo que garantizara la paz al estilo del Tratado de
Versalles y en el que, por supuesto, no hubiera ninguna alteración esencial del orden
socioeconómico previo. La Unión Soviética era, desde luego, la menos interesada en que esto
sucediera.
Desde 1917 la política exterior soviética venía sosteniéndose sobre la difícil combinación de
dos elementos básicos, ideología y seguridad, con una prioridad suprema, ante todo preservar la
existencia de la Patria de la Revolución. La muerte de Lenin había abierto un agrio debate entre sus
sucesores liquidado con el triunfo de las tesis de Stalin en el sentido de aplazar la revolución
mundial que propugnaba Trotsky. En cualquier caso, bajo el punto de vista ideológico, el triunfo
bolchevique implicó desde el principio una evidente amenaza para Occidente. Los dirigentes de la
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Unión Soviética vivían en la creencia de que se hallaban cercados por un mundo capitalista hostil
contra en el que tarde o temprano tendrían que luchar. Asimismo pensaban que, de forma inevitable,
las contradicciones del sistema llevarían a los capitalistas a enfrentarse entre sí, lo que abriría
entonces posibilidades al progreso universal del socialismo. La agresión occidental en el contexto
de la guerra civil rusa no había hecho más que confirmar los peores temores de los dirigentes de la
Revolución. En el verano de 1939 Stalin no vaciló en estrechar la mano de Adolf Hitler si con ello
se garantizaba participar en el reparto del botín de la Europa Oriental, además de incentivar el
enfrentamiento del nazismo con las democracias.
Tras la agresión alemana de 1941, las apelaciones de Stalin al patriotismo tradicional ruso,
la desaparición del Komintern y el abandono de la Internacional como himno oficial soviético
produjeron en Occidente, ahora aliado, la sensación de que la U.R.S.S. abandonaba definitivamente
sus designios de revolución mundial. Nada más lejos de la realidad. Terminada la contienda
mundial se presentaba a la U.R.S.S. una oportunidad histórica de extender el comunismo y a la vez
asegurar para siempre la seguridad de sus fronteras. Fue extraño que su actitud provocara sorpresa.
Después de todo, el Stalin de 1945 no era muy diferente de aquel de 1939 que había pactado con
Hitler para repartirse Polonia, que se había anexionado los Estados bálticos o que había hecho la
guerra a Finlandia. Ahora que sus tropas habían liberado todo el Este europeo de la dominación
nazi, era natural que pretendiera obtener ventaja de ello para extender la Revolución y el dominio
del Imperio Soviético en una forma tan espectacular que nadie habría imaginado desde 1917.
Contaba para ello con tres instrumentos privilegiados: la fuerza del Ejército Rojo, la diplomacia
soviética apoyada en un potente servicio secreto, y los partidos comunistas de toda Europa, fieles a
la disciplina internacionalista. En carta al mariscal Tito, Stalin manifestaba sin ambages que esta
guerra no es como las del pasado; aquél que ocupe un territorio, impone en él su propio sistema
social. Todo el mundo impone su sistema tan lejos como su ejército puede avanzar. No podría ser
de otro modo...
La clave para la seguridad futura de la U.R.S.S. estaba en Alemania. Tras dos invasiones en
veinticinco años, Stalin quería dar por zanjada la cuestión para lo sucesivo con su definitiva
neutralización. De momento, y en virtud de los acuerdos de Yalta, los soviéticos se habían
garantizado de forma provisional la ocupación de la zona oriental alemana. Estrechamente ligado al
problema alemán estaba Polonia, obligado territorio de paso en el camino hacia Rusia. El cambio de
las fronteras polacas con su movimiento hacia el Oeste decidido en la Conferencia de Potsdam tenía
una doble virtualidad. Por un lado alejar a la nueva Alemania de las fronteras rusas y, por otro,
hacer de Polonia la principal interesada en mantener el nuevo estado de cosas. Checoslovaquia,
Hungría y Rumanía, países todos con los que la nueva U.R.S.S. de posguerra se había garantizado
frontera común, debían ser otros eslabones de esa misma política. Bulgaria unía a su rusofilia
tradicional una larga frontera con Grecia, baluarte del capitalismo en el Mediterráneo Oriental.
Yugoslavia y Albania que, aunque no habían sido liberadas por el Ejército Rojo, estaban bajo el
control de los comunistas locales, parecían de momento sumisas a los dictados de Moscú. Un
conjunto de un millón de Km2 y cien millones de habitantes estaban destinados a convertirse en
glacis defensivo de la Unión Soviética.
Así, entre 1945 y 1948, a la espera de encontrar una solución satisfactoria y permanente para
el problema alemán, la U.R.S.S. culminó el proceso de satelización de la Europa Oriental. En estos
países los gobiernos de coalición antifascista de primera hora fueron progresivamente dominados
por los partidos comunistas, que se habían reservado en ellos los puestos clave. Primero se mantuvo
la ficción del pluralismo político, luego se fue eliminando no sólo a los representantes de los
partidos no comunistas sino incluso a los propios comunistas que se mostraban más nacionalistas
que pro soviéticos. De forma paralela los servicios secretos soviéticos extendían sus tentáculos por
toda la zona. La progresiva instalación de regímenes títeres soviéticos en toda esta parte de Europa
terminó en febrero de 1948 con el llamado golpe de Praga. Ese mismo año estalló la ruptura con
Yugoslavia que prefería buscar su vía nacional hacia el comunismo. Por toda la Europa soviética se
extendió la represión estalinista, el titismo era buena excusa para las purgas. En enero de 1949 se
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creaba el COMECON, organismo de integración económica de todos los países del bloque. Por lo
visto, Stalin nunca había tomado demasiado en cuenta aquellas palabras contenidas en la
Declaración de la Europa liberada, aprobada en Yalta acerca de “el derecho de todos los pueblos a
elegir la forma de gobierno bajo la cual quisieran vivir.“
El 22 de septiembre de 1947 se reunían en Polonia los representantes de los ocho partidos
comunistas europeos para crear la Kominform, Oficina de Información Comunista en sustitución de
la desaparecida Komintern. En esa reunión el teórico soviético Andrei Jdánov, auténtico ideólogo
del régimen, presentó un informe en el que ofrecía una visión decididamente antagónica del
escenario mundial: “En el mundo se han formado dos campos: por un lado el campo imperialista y
antidemocrático que tiene como objetivo la dominación mundial por parte del imperialismo
norteamericano, así como el aplastamiento de la democracia; por el otro lado, el campo
antiimperialista y democrático, cuyo fin esencial consiste en minar el imperialismo, fortalecer la
democracia y liquidar los restos de fascismo.”
Estados Unidos, potencia europea
La política soviética en Europa Oriental despertó creciente preocupación en Occidente. Para
los británicos el destino de Polonia encerraba una dolorosa paradoja, ya que, después de todo, el
Reino Unido había ido a la guerra en septiembre de 1939 precisamente en defensa de la libertad
polaca amenaza por Hitler y Stalin. Entre 1945 y 1947 a muchos europeos les parecía algo más que
una simple posibilidad la amenaza del comunismo sobre Europa Occidental. Países como Francia,
Bélgica o Italia se encontraban en pleno caos económico y político. En ellos, además, los partidos
comunistas –siempre fieles a los dictados de Moscú– tenían responsabilidades de gobierno, fruto de
su actividad y prestigio en la Resistencia. En estas circunstancias, el golpe de Praga adquiría aires
casi premonitorios. A corto plazo toda Europa podía ser comunista, incluso sin que mediase una
agresión militar soviética.
La precaria situación británica resultó decisiva para terminar de definir la nueva política
norteamericana. Fue precisamente la voz de Winston Churchill la que primero denunció el
expansionismo soviético y propugnó un cambio en Washington respecto a Europa. En su famoso
discurso del 5 de marzo de 1946 en Fulton (Missouri) las palabras de Churchill fueron contundentes
y su resonancia enorme: Desde Sttetin en el Báltico a Trieste en el Adriático, ha caído sobre el
continente un telón de acero (...) es preciso que los pueblos de lengua inglesa se unan con urgencia
para impedir a los rusos toda tentativa de codicia o aventura. A su dramática llamada de atención
se unía ese mismo año la de George F. Kennan, el embajador estadounidense en Moscú, a través de
un informe al presidente sobre Los orígenes del comportamiento soviético. La preocupación de
ambos era similar, conseguir que Estados Unidos no desmantelase tan rápidamente la gigantesca
maquinaria militar que se encontraba aún en Europa y Asia ya que el estallido de un nuevo conflicto
en Europa podía estar cerca. Y, ciertamente, la negativa soviética a participar en el Fondo
Monetario Internacional y el Banco Mundial, su actitud en Europa Oriental, su comportamiento
provocativo en Irán o sus presiones sobre Turquía para conseguir el control de los Estrechos, no
eran muy tranquilizadores. A comienzos de 1947 el gobierno británico, acosado por las dificultades
económicas, anunciaba al presidente Truman su incapacidad para seguir manteniendo la ayuda a
Turquía y Grecia, ésta última en plena contienda civil contra la guerrilla comunista del ELAS. Ante
la decadencia del Imperio Británico, tradicional potencia periférica equilibradora del concierto
continental, Estados Unidos debía tomar una decisión que iba a determinar su lugar en el mundo
para los siguientes cincuenta años. Como afirma Truman en sus Memorias, fue entonces cuando
decidió “alinear decididamente a los EEUU de América en el campo y a la cabeza del mundo
libre”. Y lo hizo a través de dos iniciativas, las dos con nombre propio.
El 12 de marzo de 1947 Truman se dirigía al Congreso para anunciar un giro fundamental en
la política exterior de su país. El presidente manifestaba su voluntad de sostener económica, política
y militarmente a Grecia y Turquía y, por añadidura, a todos aquellos pueblos libres que estaban
105
resistiendo a la presión soviética. Su visión de la situación mundial coincidía con la que meses
después expondría Jdánov ante el Kominform, si bien obviamente con diferente reparto de papeles:
En la fase actual de la historia del mundo, cada país debe elegir entre dos modos
fundamentalmente opuestos de encauzar su vida oficial y privada. Una de estas formas se basa en
la voluntad de la mayoría, y se distingue por sus instituciones y garantías personales de libertad de
expresión y religiosa. La otra se basa en el poder de una minoría que domina por la fuerza a la
mayoría. Para ello se apoya en el terror y en la opresión (...) Estoy convencido de que los pueblos
libres debemos acudir en ayuda de los sojuzgados, a fin de que ellos puedan ejercer su derecho
soberano de elegir su propia forma de gobierno. Entre marzo y mayo de 1947 los gobiernos belga,
francés e italiano excluyeron a los partidos comunistas. Quedaba definida la Doctrina Truman.
De forma complementaria a lo anunciado por el presidente, el 5 de junio de 1947 el
secretario de estado, George Marshall, hizo público en la Universidad de Harvard el programa de
ayuda a Europa para evitar el colapso económico que se creía precursor de la acción comunista.
Aunque el Plan, según su autor, iba dirigido únicamente contra el hambre y la miseria su
trascendencia era evidente: El objetivo de nuestra política es el restablecimiento de una economía
mundial sana, de manera que aparezcan las condiciones políticas y sociales en las cuales las
instituciones libres puedan existir. Al recoger simbólicamente el relevo británico, Estados Unidos
definía para el futuro su política de contención frente al comunismo. Stalin declaró que el Plan
Marshall no tenía otra finalidad que aislar a la U.R.S.S. y, casi de inmediato, anunciaba su
autoexclusión de las ayudas americanas y obligaba a hacer lo mismo a sus futuros satélites. A partir
del verano de 1947 el clima de las relaciones internacionales se enfriaba irreversiblemente.
La cuestión más espinosa era el futuro de Alemania. En febrero de 1947 se firmaban en
París los Tratados de Paz con Italia, Rumanía, Hungría, Bulgaria y Finlandia. Sin embargo, el
problema alemán quedaba sin resolver. Ninguna de las dos conferencias de ministros de Asuntos
Exteriores celebradas en 1947, en Moscú y Londres, proporcionaron soluciones. Apenas dos años
después de la derrota de Hitler, y ante el cariz que iban tomando los acontecimientos en Europa
Oriental, la política occidental iba consistiendo progresivamente en insistir menos en la
desnazificación todavía pendiente y más en la reconstrucción de la potencia germana. Pronto, los
tres aliados occidentales decidieron utilizar el territorio bajo su control. Primero económicamente,
luego políticamente, en un proceso creciente de crear una Alemania pro occidental, baluarte y
escaparate a la vez de cara al Este. Esto era inaceptable para los soviéticos que deseaban una
Alemania unida y comunista o, en su defecto, una Alemania unida pero neutralizada. El bastión
alemán era clave para la seguridad futura de la U.R.S.S. que había venido desarrollando en su zona
de ocupación una política similar a la que practicaba sobre toda Europa Oriental, absorción por
parte comunista del poderoso Partido Socialista, nacionalizaciones, colectivización de la agricultura
y represión. Todo parecía indicar que nunca habría Tratado de Paz, y que los límites provisionales
trazados por los ocupantes tendrían el carácter de frontera entre dos mundos.
Sin embargo, antes de aceptar como definitivo este hecho, los soviéticos decidieron poner a
prueba la determinación de los occidentales por mantener una Alemania no comunista. El escenario
más adecuado para tal intento era Berlín, dividida en cuatro sectores. El bloqueo de los accesos
terrestres a la ciudad el 24 de junio de 1948 obligó a los occidentales a abastecer Berlín Oeste
exclusivamente por aire durante casi un año, en una operación sin precedentes y en medio de una
tensión mundial que preludiaba una nueva guerra. El pulso por la vieja capital del Reich marcó el
techo de las aspiraciones soviéticas en el continente. Del mismo modo que era ya imposible soñar
con la unidad de Europa, fracturada por el Telón de Acero, habría que acostumbrarse en lo sucesivo
a una nueva idea, habría dos Alemanias. El bloqueo de Berlín aceleró el proceso. En 1949, con una
diferencia de pocos meses, nacían la República Federal (RFA) y la República Democrática
Alemana (RDA). La división del suelo germano iba a ser durante cuarenta años el símbolo más vivo
y sangrante del nuevo orden internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos había decidido no permanecer indiferente al futuro de Europa Occidental.
Faltaba poco para definir el status de esa presencia. El Plan Marshall era, por definición, un
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programa de acción transitorio. Dada la inmensa superioridad soviética en armamento convencional
y que por entonces los americanos eran los únicos dotados con el arma atómica, era necesario que la
defensa europea se anclase en un pilar norteamericano, la única manera de hacerla convincente. En
1947 Francia y el Reino Unido habían firmado el Pacto de Dunkerque, ampliado al año siguiente al
Benelux por el de Bruselas. En marzo de 1949, y a propuesta europea en vista de los sucesos
berlineses, se firmaba en Washington el Pacto del Atlántico, carta de nacimiento de la OTAN, una
organización militar permanente en tiempos de paz que asociaba, como dijo el analista
norteamericano Walter Lippman, a los pueblos europeos de ambos lados del Atlántico. Doce países
la integraban: Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo,
Países Bajos, Noruega, Portugal y el Reino Unido. Estados Unidos abandonaba así el aislacionismo
que había caracterizado su política exterior desde que en 1796 George Washington terminara su
mandato con una pregunta que era también una admonición ¿por qué entretejer nuestro destino con
el de cualquier parte de Europa y comprometer nuestra paz y nuestra prosperidad en los afanes de la
ambición, la rivalidad, el interés, el humor o el capricho de los europeos?.
Planteado en términos geoestratégicos, el hecho clave de la posguerra era que la U.R.S.S.
había desplazado a la presencia dominante alemana sobre Centroeuropa y que ni Francia ni Gran
Bretaña estaban en condiciones de reponer el equilibrio alterado. Sólo una decidida presencia
económica y militar de los Estados Unidos que compensase los avances soviéticos podía evitarlo.
Estados Unidos debería ahora convertirse en “potencia europea” con carácter permanente para hacer
frente a las veleidades expansionistas soviéticas.
Antes de finalizar el año 1949 un bombardero estadounidense que patrullaba el Pacífico
Norte aportó pruebas concretas de que los rusos habían experimentado con éxito el arma atómica.
El monopolio americano había concluido. Si bien la tensión entre los dos nacientes bloques era
extrema, la posibilidad de una hecatombe nuclear obligaba a plantear el enfrentamiento en términos
históricamente nuevos. La debilidad europea, junto con la posesión de nuevas armas de destrucción
masiva, conducían inexorablemente a lo que Lippman popularizó bajo el término de Guerra Fría, es
decir al estado de tensión permanente, excluyendo el enfrentamiento armado directo, entre
soviéticos y norteamericanos. Raymond Aaron lo sintetizó perfectamente: guerra improbable, paz
imposible. El político belga Henry Spaak lo resumió en una sola palabra miedo. Era la herencia que
Hitler dejaba a Europa.
Concepto y características de la Guerra Fría
La definición clásica viene a decir que la Guerra Fría fue un Estado de tensión permanente,
primero entre las dos superpotencias y luego entre los dos bloques liderados por ellas, que no
provocó un conflicto directo ante el peligro de destrucción mutua y asegurada por la utilización de
las armas nucleares. No obstante, hoy hay que ampliar esta definición a la luz de los
acontecimientos que la caracterizaron y las nuevas fuentes primarias a disposición de los
historiadores.
A la luz de estos hechos la Guerra Fría puede caracterizarse por estas notas:
a) La Guerra Fría fue un enfrentamiento directo y no bélico, primero entre EE.UU y la
U.R.S.S., después entre los dos bloques liderados por estas potencias.
b) Un enfrentamiento que se inició en 1947 entre los dos Estados con mayor poder e
influencia en el mundo, que adquirieron un nuevo status en la política internacional: el de
“superpotencias”.
c) Esta nueva relación de poder dio lugar a un sistema internacional bipolar y flexible, en el
que junto a las dos superpotencias y los bloques que estaban bajo su influencia, se encontraban
actores no alineados y un actor universal, la ONU, que trató de jugar un papel atenuador de la
tensión internacional.
d) En este sistema bipolar ambas superpotencias trataron de distinguir entre aliados y
enemigos, delimitaron sus zonas de influencia o glacis de seguridad y trataron de ampliarlas a costa
del bloque contrario, impidiendo cualquier desviacionismo político o ideológico en sus respectivas
107
zonas. No hubo posibilidad de que un Estado se declarase neutral sin el consentimiento de las dos
superpotencias.
e) Ocupada, controlada y delimitada una zona de influencia, su respeto por la otra
superpotencia fue una regla básica. Cuando esta regla se incumplió y muy especialmente cuando
este incumplimiento afectó a territorios incluidos en el perímetro de seguridad establecido por las
dos superpotencias, el peligro de enfrentamiento directo surgió y la tensión se agravó.
f) En este sistema ambas superpotencias y los bloques que lideraron, a pesar de las
incompatibilidades de objetivos y fines, reconocieron ciertos valores o principios comunes que
tendieron a trasladar al actor universal. A pesar de lo cual, ambos bloque utilizaron las Naciones
Unidas para sus intereses y ello impidió que la Organización alcanzase los objetivos para los que se
creó en 1945.
g) El enfrentamiento entre los dos bloques se fue mundializando paulatinamente a partir de
los primeros choques en Europa. De forma progresiva el antagonismo ideológico y dialéctico se
amplió y en él se integraron factores políticos, psicológicos, sociales, militares y económicos,
convirtiéndose de este modo en un enfrentamiento global.
h) La tensión impulsó la elaboración de una política de riesgos calculados, con la disuasión
nuclear como eje básico, que adoptó una estrategia diplomática-militar cuyas bases fueron: la
contención del enemigo y su expansión; la disuasión de cualquier acto hostil ante la amenaza de
recurrir al enfrentamiento bélico y provocar cuantiosos daños; la persuasión en tanto en cuanto los
factores ideológicos y psicológicos tuvieron un papel clave; la subversión como medio de eliminar
a las autoridades políticas o militares que no aceptaron los valores o las reglas del bloque en el que
estaban integrados; el espionaje ante la necesidad de conocer rápida y verazmente las actividades y
decisiones del enemigo.
i) El desarrollo de la Guerra Fría estuvo condicionado, principalmente, por tres factores: los
cambios en la cúpula del poder de las dos superpotencias; el control que sobre la misma tuvieron
siempre los políticos frente a los militares; y las percepciones que desde Washington y Moscú se
tuvieron de la política enemiga y de su expansión regional o mundial.
La polémica sobre los límites cronológicos
Caracterizada la Guerra Fría, es necesario abordar otra de las cuestiones polémicas sobre
este trascendental hecho: los límites cronológicos. Éste fue uno de los debates historiográficos más
intensos durante los años en los que se mantuvo ese estado de tensión. Hoy, finalizada la Guerra
Fría, ya se puede afirmar que existe un consenso generalizado en cuanto a la duración de este
peculiar conflicto.
En relación con el origen, tres han sido las fechas más repetidas: la primera, 1917, fue
defendida por Fleming, Fontaine o Parsons y venía a decir que, tras el triunfo de la Revolución
bolchevique, comenzó el enfrentamiento entre dos sistemas antagónicos, que alcanzó su punto
culminante después de 1945. La segunda, 1939-1945, fue utilizada por Rostow, Schlesinger o
Gaddis en sus respectivos trabajos, poniendo de manifiesto que Stalingrado, Yalta y Potsdam
pusieron las bases de la expansión ideológica y territorial de la U.R.S.S., que hubo de ser
respondida por los norteamericanos provocando el enfrentamiento directo. Por último, 1947, es la
fecha que hoy tiene mayor consenso entre los especialistas.
Si polémico fue el tema de los orígenes, más aún lo ha sido el de la terminación del
conflicto. Una fecha que se mantuvo durante un largo periodo de tiempo fue la de 1962, a raíz de la
tensión que vivió el mundo durante la crisis de los misiles en Cuba; se decía, por sus partidarios,
que tras este momento comenzó una larga etapa de coexistencia pacífica entre los dos bloques.
Posteriormente, se indicó por parte de algunos autores que el periodo comprendido entre 1973-1975
supuso el final de una larga era de conflictos y enfrentamientos entre las dos superpotencias: la
firma del Tratado de Paz en Vietnam, el Acuerdo soviético-norteamericano sobre Prevención de la
Guerra y, sobre todo, la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, que culminó en
Helsinki, constituyeron los hechos claves que permitieron afirmar que la Guerra Fría había
terminado. La invasión soviética de Afganistán en diciembre de 1979, y la elección del republicano
108
Ronald Reagan como presidente de los EE.UU. en 1980, dieron paso a un nuevo periodo de tensión
internacional. Para algunos autores (F. Halliday, N. Chomsky o J. Gittings) se iniciaba una Segunda
Guerra Fría, para otros era una nueva crisis en el desarrollo de la misma. Hoy, ante la evolución de
los acontecimientos, cabe afirmar con rotundidad que la Guerra Fría terminó entre 1989 y 1990.
No solamente los hechos que se produjeron después de esa fecha así lo confirman, sino que
aceptado así lo confirman sino que así fue aceptado por los principales protagonistas de la histórica
tensión. En primer lugar, los dirigentes de las dos superpotencias, Bush y Gorbachov, así lo
acordaron en la cumbre de Malta celebrada en diciembre de 1989. Un año después la cumbre de la
CSCE en París terminaba con la firma de la Carta para una nueva Europa, en la que establecía
oficialmente por los 34 Estados miembros el fin de la Guerra Fría y de la división Este-Oeste en
Europa. Entre una y otra fecha habían desaparecido los signos más representativos de este conflicto:
el muro de Berlín, el Telón de acero, la división de Alemania y se iniciaba también el final del
comunismo que culminaría en 1991 con la desaparición de la U.R.S.S.. Uno de los más destacados
artífices de la política exterior y de seguridad norteamericana, Kennan, anunció en el Senado en
abril de 1989: La Guerra Fría ha terminado, la U.R.S.S. ha dejado de ser una amenaza.
En definitiva, la Guerra Fría se extendió entre 1947 y 1989-1990, pero ¿cómo evolucionaron
los acontecimientos a lo largo de estos cuarenta y tres años? Es indudable que no de una forma
lineal. Se podría hablar de una evolución cíclica de la Guerra Fría, dividida en cuatro fases, en cada
una de las cuales se sucederían una serie de características comunes.
Cada fase cíclica se iniciaría con un primer periodo de distensión, moderación en el
enfrentamiento, disminución de los conflictos y utilización de un lenguaje sereno y constructivo. En
un segundo momento irán apareciendo signos de tensión que se apreciarán, en primer lugar, en el
lenguaje que utilizan los líderes y representantes políticos y militares de ambos bloques, a
continuación se incrementarán los conflictos y los presupuestos militares e incluso se romperán
negociaciones o acuerdos. La tensión culminará con el estallido de un “conflicto-tipo”, de un
momento de máximo enfrentamiento bélico o de la quiebra absoluta del sistema bipolar.
En función de estos caracteres podemos hablar de cuatro fases: a) 1947-1948 / 1950-1953,
cuyo conflicto-tipo será la Guerra de Corea; b) 1953-1962, cuyo conflicto-tipo será la crisis de los
misiles en Cuba; c) 1962 /1973-1975, cuyo conflicto-tipo será la Guerra de Vietnam; d) 1973 /
1988-1989, cuyo conflicto-tipo será la Guerra de Afganistán.
La Guerra Fría así definida y caracterizada dio lugar a un nuevo sistema de relaciones
internacionales que estuvo vigente hasta 1991. ¿Cuáles son las características de este nuevo
sistema?
a) El sistema creado vino a poner fin al fracasado sistema de seguridad colectiva vigente
durante el periodo de entreguerras y supuso también la alteración, que no la quiebra, del orden
internacional establecido por la U.R.S.S. y EE.UU a lo largo de las conferencias aliadas que se
desarrollaron durante la Segunda Guerra Mundial.
b) Este nuevo sistema vino en denominarse Sistema Bipolar y puede definirse como aquel
sistema en el que se mantuvo un equilibrio entre las dos superpotencias, que gozaban de
capacidades de poder y destrucción equivalentes y superiores a las de cualquier otro Estado y que
establecieron un mecanismo para consolidar ese equilibrado reparto bipolar, la disuasión nuclear
mutua. El sistema así creado dio lugar a una tensión Este-Oeste.
c) Este sistema bipolar se inserta en un contexto internacional heterogéneo, en el que ambas
superpotencias trataron de representar, defender e imponer un conjunto de valores antagónicos y
permanentes. EE.UU se presentó como un Estado que defendía el “mundo libre” y sus valores más
representativos: la democracia, los derechos de los ciudadanos, el libre mercado y la libertad;
valores amenazados por la U.R.S.S. y el comunismo, por lo que el anticomunismo (presente en el
interior de EE.UU a través del maccartismo) será el principio clave en el conjunto del bloque. La
Unión Soviética se presentó como el primer Estado socialista del mundo, amenazado y cercado
permanentemente por el imperialismo agresivo que el capitalismo y la burguesía internacional
trataban de derribar, y por lo tanto, al que había que defender a través de instrumentos que
paulatinamente se fueron estableciendo y utilizando.
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d) El sistema bipolar así establecido creó dos subsistemas. El subsistema atlánticooccidental, liderado por EE.UU, que contaba con un conjunto de instrumentos para defender sus
valores y extender su influencia: la OTAN, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial,
las alianzas militares periféricas ANZUS, 1951; SEATO, 1954; CENTO, 1959), los acuerdos
bilaterales y la ayuda económica. El subsistema socialista mundial, al que se incorporaron 16
Estados en todo el mundo y estuvo liderado por la U.R.S.S., que disponía también de sus
instrumentos: la Kominform, el CAME, el Pacto de Varsovia, los tratados bilaterales de Amistad y
Cooperación y los partidos comunistas. Uno y otro utilizarían la carrera armamentística, tanto de
armamentos convencionales como nucleares, y la carrera espacial como instrumentos de amenaza,
competencia, confrontación y desarrollo económico-ideológico.
El reparto del mundo (1949-1962)
La Guerra Fría llega a Asia
La debilidad europea tras la Segunda Guerra Mundial estaba destinada a provocar nuevos
efectos en todo el planeta. En 1945 las potencias europeas dominaban aún unos imperios coloniales
de enormes dimensiones. Sólo el Imperio Británico tenía bajo su control más de un cuarto de la
superficie y de la población del planeta. Sin embargo, la guerra había provocado en el mundo
colonial una revolución de las ideas que ya se venía prefigurando desde los Catorce Puntos de
Wilson, tras la Gran Guerra. Las derrotas de los occidentales a manos de los japoneses en Asia
habían demostrado que la superioridad europea era un mito. Estaba además la contradicción
flagrante de defender en Europa y contra Hitler principios de libertad y democracia que luego no
eran aplicados en las colonias. Además, la ONU establecía claramente en su Carta fundacional el
derecho de autodeterminación de los pueblos: Los franceses en Indochina, los holandeses en las
Indias Orientales y los británicos en Malasia tuvieron pronto que emplear la fuerza para imponer de
nuevo su presencia tras la derrota del Mikado. Las guerrillas antijaponesas alentadas por los aliados
en tiempo de guerra, y ahora con fuerte componente comunista, se resistían a abandonar las armas
condescendiendo al regreso de la potencia colonial. Consciente de su debilidad, el Reino Unido
concedía en 1947 la independencia a la India, auténtica perla de su Imperio y, ese mismo año, se
deshacía de su engorroso problema palestino, dando vía libre a la creación del Estado de Israel. Era
una premonición de lo que se avecinaba.
Así, en 1945 existía un enorme grado de turbulencia en la situación mundial que, como
apunta Paul Kennedy, si bien resultaba peligrosa para las viejas potencias que querían restablecer el
orden colonial antiguo, resultaba toda una oportunidad de expansión para las superpotencias. Los
principios que defendían soviéticos y estadounidenses eran de aplicación universal: liberalismo
económico frente a planificación socialista, parlamentarismo frente a partido único, etc. Y ambos
eran anticolonialistas; los estadounidenses por historia y por el obstáculo que los imperios
representaban al libre comercio mundial; los soviéticos por su visión revolucionaria del mundo.
Cada nuevo país independiente era su socio en potencia. Para la Unión Soviética no había duda, el
apoyo a los movimientos de liberación nacional contra las potencias coloniales era un factor más de
debilitamiento del capitalismo, en la línea que ya apuntara en su día Lenin. Los Estados Unidos, sin
embargo, se hallaban envueltos en la contradicción. De entrada les repugnaba comprometerse en
defensa de los imperios coloniales de viejo cuño. Sin embargo, no hacerlo significaría franquear
definitivamente las puertas al comunismo.
La guerra había elevado a los Estados Unidos también a categoría de potencia asiática. Ya
desde 1898, con la ocupación de Filipinas y su política de puertas abiertas respecto de China, la
presencia norteamericana se había hecho sentir en aquella parte del mundo. Sin embargo, fue el
desafío japonés el que finalmente obligó a Estados Unidos a asumir nuevas responsabilidades. Tras
la derrota del Imperio del Sol Naciente, el general Mac Arthur ejercía un auténtico proconsulado
sobre las islas con la histórica misión de conducir al país al seno de las naciones democráticas. La
negativa de Washington a las pretensiones soviéticas de reproducir en Japón el modelo de
110
ocupación compartida de Alemania había generado ya ciertas tensiones diplomáticas entre las
superpotencias. Stalin, satisfecho por sus adquisiciones territoriales en Extremo Oriente, fruto de
una declaración de guerra de última hora, y realmente mucho más preocupado por asegurar su
dominio en la Europa Oriental, no había insistido demasiado. Cabía pensar que en Asia el
enfrentamiento entre los grandes no llegaría a producirse.
Sin embargo, en octubre de 1949, mientras el enfrentamiento entre soviéticos y
estadounidenses en Europa tendía a la estabilización, ya que cualquier intento de alterar el precario
equilibrio provocaría un conflicto general de consecuencias funestas, un acontecimiento desviaba la
atención mundial hacia Asia. Tras años de guerra civil los comunistas de Mao Zedong convertían a
la milenaria China en República Popular mientras los nacionalistas seguidores de Chiang Kai-Shek
buscaban refugio en la isla de Formosa. A comienzos de 1950, el Secretario de Estado
norteamericano, Dean Acheson, definía el perímetro defensivo de Estados Unidos en el pacífico
desde las Aleutianas al Japón, y desde allí a las Filipinas. En esos límites no se incluía Corea,
dividida en dos zonas de ocupación desde 1946, tras la expulsión de los japoneses, y en dos
Estados, uno comunista y otro no, desde 1948. El 25 de junio de 1950 las tropas de la República
Democrática Popular de Corea del Norte, con armamento soviético, cruzaban la frontera con su
vecina del Sur por el paralelo 38. De inmediato Washington consiguió un mandato de las Naciones
Unidas para hacer frente a la agresión. Por esas fechas la U.R.S.S. no asistía a las deliberaciones del
Consejo de Seguridad en protesta por la no aceptación en la ONU de la China comunista, por lo que
no pudo usar su derecho de veto. La fuerza multinacional integrada por catorce países bajo las
órdenes del general Mac Arthur –que se desplazó con las primeras tropas norteamericanas desde
Japón– rechazó pronto a los invasores hasta la frontera norte de Corea, lindando con China. Quizá
Mao pensara entonces que Estados Unidos pretendía aprovechar la ocasión para derribarle. En
noviembre de 1950 medio millón de “voluntarios” chinos cruzaban el río Yalu haciendo retroceder
a los aliados. Mac Arthur solicitó el empleo del arma atómica y fue destituido por Truman. Los
soviéticos por su parte presionaron a China. Nadie quería un conflicto total. Finalmente la guerra se
estabilizó en torno a la antigua frontera y allí permanecería transformada en guerra de posiciones
hasta la firma del armisticio de Punmunjon, cinco millones de muertos más tarde, en 1953.
La lección que de la Guerra de Corea extrajo la administración norteamericana fue clara, era
necesario redefinir una nueva política de contención también en Asia. Sus anteriores reparos fueron
olvidados. Estados Unidos se comprometía en el sostenimiento del régimen de Corea del Sur y del
de los exiliados chinos de Taiwán con sendos pactos firmados en 1954. También había que
proporcionar ayuda a los viejos imperios, a Francia en Indochina –a la que posteriormente incluso
sustituiría con sus propias tropas– y a los británicos en Malasia. En 1951 se firmaba un pacto de
alianza con Filipinas. De forma paralela a lo ocurrido en Europa con Alemania, el planteamiento de
la guerra fría en Asia hizo a los Estados Unidos reconsiderar su política con el vencido Japón. Era
necesario confirmar la inclusión de Japón en el sistema capitalista, haciéndola capaz de competir
con el incipiente comunismo asiático y, a la vez, iniciar el proceso de remilitarización de la
industria japonesa. El 8 de septiembre de 1951 se firmaba en San Francisco el Tratado de Paz con el
Japón, que incluía un pacto de alianza con los Estados Unidos.
El mundo había estado muy cerca de la catástrofe, pero lo más positivo fue comprobar como
ni soviéticos ni norteamericanos estaban interesados en llevar su hostilidad hasta las últimas
consecuencias. Corea marcaba una pauta. Como señala Lozano Bartolozzi, tras la guerra coreana
los objetivos de las superpotencias fueron localizar los conflictos, aislarlos, no perder posiciones ni
prestigio y mantener las relaciones. Corea significó también que el desafío entre la Unión Soviética
y los Estados Unidos desbordaba el escenario europeo. El tablero del enfrentamiento sería, desde
entonces, el mundo.
Viejos y nuevos imperios
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A partir de la década de los cincuenta, pero sobre todo a comienzos de la siguiente, los
imperios coloniales europeos se fueron viniendo abajo sucesivamente. Entre 1945 y 1960 cuarenta
nuevos países y una cuarta parte de los habitantes del planeta alcanzaron la independencia. Era una
revolución sin precedentes en la historia de las relaciones internacionales. Los últimos intentos de
las potencias tradicionales para mantener su prestigio internacional estaban condenados al fracaso.
Así sucedió en 1956, cuando la intervención franco-británica en Suez contra la nacionalización del
canal por Nasser, terminó por convertirse en el auténtico canto de cisne del colonialismo. El enorme
vacío de poder que dejaban los viejos provocó la movilización de las superpotencias. Se podría
decir que en cierto sentido, la guerra fría fue principalmente un complejo enfrentamiento a la vez
ideológico, estratégico, económico y político por lo que Sauvy pronto denominará Tercer Mundo.
No es que la tensión hubiera abandonado la vieja Europa, donde las superpotencias admitían
tácitamente ya como definitivas las fronteras del Telón de Acero, sino que era fuera de Europa
donde los contendientes podrían conseguir victorias de envergadura tal que llegaran a desestabilizar
y aislar de forma definitiva al contrario, propiciando, tal vez, su derrota.
La iniciativa estaba indudablemente en manos de los soviéticos que esgrimían el argumento
propagandístico de la lucha contra el imperialismo para ganar adeptos entre los países recién
independizados que deseaban escapar del neocolonialismo e instituir una economía planificada.
Tras la muerte de Stalin en 1953, Kruschov se volvió hacia el Tercer Mundo para apoyar por todos
los medios a los pueblos que se sacudían el yugo extranjero en todas sus formas. Kruschov supuso
también un cambio respecto a la concepción de la política exterior soviética al desempolvar el viejo
concepto leninista de la coexistencia pacífica. La posibilidad del holocausto nuclear aconsejaba
aparcar la tesis estalinista sobre la inevitabilidad del enfrentamiento con el capitalismo,
sustituyéndola por la idea de la competencia pacífica entre ambos mundos, que iba a desembocar en
el triunfo final del comunismo. Se hizo necesario un “deshielo”. En 1955 tuvo lugar en Ginebra la
primera cumbre entre los grandes posterior a la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año se
firmaba el Tratado de Estado con Austria, por medio del cual se restablecía su soberanía a cambio
de su neutralidad política. Hubo otro encuentro en Viena en 1961. En 1959 el mismo Kruschov
visitó Estados Unidos.
Convencido de la superioridad de la U.R.S.S., Kruschov proporcionó un gran empuje a la
política exterior soviética. Los años cincuenta registraron grandes éxitos para su país. En 1953
estalló la primera bomba de hidrógeno de fabricación soviética, apenas nueve meses después de la
norteamericana. Los avances en misiles, gracias sobre todo a la ayuda proporcionada por los
técnicos alemanes, provocaron la alarma en Washington. En 1957 la U.R.S.S. sorprendía al mundo
con el primer satélite artificial de la historia, el Sputnik. Aún por detrás de los Estados Unidos en la
carrera de armamento, indudablemente los soviéticos estaban realizando progresos. En el plano
estratégico, aunque podía considerarse a la U.R.S.S. como una superpotencia encerrada en tierra,
los progresos de su flota, sobre todo submarina, pero también de superficie, le permitían comenzar a
proyectar su poder por todo el mundo. En 1953 se concedió ayuda a la India; en 1955-56 la
U.R.S.S. sustituyó a Occidente en la financiación de la prensa de Assuán en Egipto, con lo cual
inició su penetración en esa área sensible, contribuyendo a transformar la hostilidad árabe-israelí en
un episodio más de la guerra fría. En esos años se concertaron ayudas para Irak, Afganistán, Yemen
del Sur, Argelia, Siria, Vietnam, Mongolia, Ghana, Mali o Guinea, En 1960 se firmó un acuerdo
comercial con Cuba. El apoyo a los movimientos de independencia afroasiáticos aseguró el
continuo crecimiento del número de aliados o satélites. En un discurso del 6 de enero de 1961
Kruschov expresaba su convencimiento de que la victoria comunista no llegaría mediante la guerra
nuclear, que destruiría a la humanidad, sino gracias a las guerras de liberación nacional que
minarían al imperialismo. Su destitución en 1964 no alteró estos planteamientos.
Junto a su creciente presencia extraeuropea, la Unión Soviética tuvo también que hacer
frente a nuevos problemas en el Este de Europa, como se demostró en 1953 con su intervención en
Berlín Oriental. En mayo de 1955, como respuesta a la entrada de Alemania Federal en la OTAN,
se creó el Pacto de Varsovia, integrado por la U.R.S.S., RDA, Polonia, Hungría, Checoslovaquia,
112
Bulgaria, Rumanía y Albania. Parecía claro que su función para más la de justificar la continuada
presencia de las tropas soviéticas en el Este europeo que la de hacer frente a la Alianza Atlántica. El
sentido real del Pacto se puso de manifiesto en 1956 con la entrada de sus tropas en Hungría,
segando la posibilidad de una vía nacional húngara hacia el socialismo. La edificación en 1961 de
un muro en la vieja capital alemana para poner freno a la sangría de deserciones hacia Occidente
(tres millones en diez años) recordaba la verdadera naturaleza de la presencia soviética en
Centroeuropa.
La guerra fría era un tipo de conflicto que resultaba incomprensible y extraño a los Estados
Unidos, acostumbrados a guerras habitualmente cortas y victoriosas. Eisenhower la definió como la
paz incómoda. América tenía que hacer frente a sus responsabilidades como líder de una parte del
mundo. Sin embargo, no había un plan preconcebido. Como apunta Jonson, el Imperio Americano
se fue formando al estilo del Imperio Británico, sin una lógica o coherencia global, puede hablarse
más bien de una serie de expedientes prácticos, con enormes fallas y huecos y muchas
contradicciones, respondiendo de forma desordenada en función de los retos que el rival fuera
presentando. En cierto sentido, al igual que Estados Unidos había sustituido al Reino Unido en
Europa como contrapeso al poder continental soviético, también a escala internacional los
norteamericanos desplazaban al de la Gran Bretaña. La ONU condenó la invasión de Hungría y se
exige la retirada soviética. Se vuelve al Imperio Británico en su papel de policía mundial, como
factor de equilibrio.
Estados Unidos se decantaba finalmente por la estabilidad y el interés estratégico en
detrimento de los principios. La libertad de los pueblos colonizados se convirtió pronto en algo
secundario. Los norteamericanos daban su apoyo sin prejuicios a las viejas potencias coloniales en
su lucha contra las guerrillas comunistas, y en los casos en que la independencia era irreversible,
concedía su ayuda a los nuevos gobiernos, con tal de que garantizaran su anticomunismo. El
Secretario de Estado de Eisenhower, el inflexible Foster Dulles, sintetizó en la llamada teoría del
dominó la principal preocupación de su país frente al emergente Tercer Mundo. Según esta doctrina
la caída de un país en manos del comunismo arrastraría inexorablemente a sus vecinos y
desestabilizaría todo un área del globo. Para evitarlo, su Departamento desarrolló una extensa
política de alianzas regionales, lo que en su tiempo fue conocido por la pactomanía. En 1951 se
firmaba el ANZUS con Australia y Nueva Zelanda. En 1954 nacía la SEATO que vinculaba a
Estados Unidos con Australia, Gran Bretaña, Francia, Nueva Zelanda, Pakistán, Filipinas y
Tailandia. En 1959 se creaba el CENTO, formado con Irak, Turquía, Pakistán y Gran Bretaña. En
1957 se definía la Doctrina Eisenhower por la que se garantizaba a los Estados de Oriente Medio
ayuda militar contra los ataques comunistas. Dulles complementaba la política exterior americana
con la aplicación de su doctrina de represalias masivas –llamada gráficamente al borde del
abismo– según la cual todo desafío soviético debería ser respondido con la amenaza de la guerra
nuclear total.
Sin embargo, la política de los Estados Unidos no se hizo realmente mundial hasta
principios de los años sesenta, ante la sensación generalizada de que el mundo libre estaba en franco
retroceso frente al comunismo en todos los ámbitos, ya fuera en la carrera de armamentos, ya en la
competencia desatada en el Tercer Mundo. Bastaba un somero vistazo al mapa del mundo y
compararlo con el previo a la Segunda Guerra Mundial. Se hablaba incluso de un vacío de misiles.
En su famoso discurso de toma de posesión en enero de 1961 John F. Kennedy se comprometía
como ningún presidente antes había hecho, con aquellos pueblos que en chozas y aldeas en la mitad
del Globo, luchan por romper con la miseria. A ellos ofrecía nuestros mejores esfuerzos para
ayudarles a que se ayuden a sí mismos durante todo el tiempo que sea necesario (...) no porque los
comunistas lo estén haciendo, no porque busquemos sus votos, sino porque es justo. Estaba
naciendo la Presidencia Imperial. En 1970 Estados Unidos tenía un millón de soldados en treinta
países, tratados de defensa mutua con cuarenta y dos naciones y proporcionaba ayuda militar o
económica a casi cien Estados. El planeta se ha vuelto muy pequeño argumentaba el Secretario de
113
Estado Dean Rusk en 1965. Efectivamente, como señala Paul Kennedy, era una red de
compromisos que habría puesto un poco nerviosos a Luis XIV o Palmerston.
El proceso de mundialización de la guerra fría colocó de nuevo al planeta al borde de la
catástrofe en 1962. En 1959 Fidel Castro había tomado el poder en La Habana, liquidando a la
corrupta dictadura de Batista. Castro había topado con la hostilidad norteamericana, lo que le
inclinó a firmar un pacto de colaboración con la U.R.S.S. en 1960. La guerra fría llegaba al
continente americano, considerado como coto privado por los Estados Unidos desde la Doctrina
Monroe. En 1947 se había creado el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) y en
1948 la OEA (organización de Estados Americanos), organismos ambos controlados por
Washington, destinados a imposibilitar la entrada del comunismo en el hemisferio occidental. La
violación de esta frontera psicológica era inaceptable para los norteamericanos que ya en 1961
intentaron la ocupación de Cuba mediante un fallido intento de desembarco en Bahía de Cochinos.
La decisión de Kruschov en 1962 de instalar misiles de largo medio en la isla antillana, como forma
de garantizar su seguridad, era inaceptable para el presidente Kennedy. Durante una semana, en
octubre de 1962, el mundo vivió al borde de la Tercera Guerra Mundial. Sólo la retirada soviética,
con el acuerdo tácito de Kennedy de no invadir la isla como contrapartida, evitaron la catástrofe.
Si en 1945 componían la ONU 51 países, en 1975 eran ya 144. La descolonización se
presenta como uno de los acontecimientos más importantes del S. XX. Quizá el cambio en el
equilibrio estratégico a nivel mundial más importante desde la Edad Moderna, cuando la Historia se
hizo auténticamente universal con el descubrimiento de América. El retroceso de la presencia
europea en el mundo fue acompañada por la proyección general de la guerra fría. La misma
expresión Tercer Mundo hace referencia a la existencia de otros dos, diferentes y antagónicos.
Hubo, sin embargo, un intento por parte de los pueblos descolonizados de permanecer al margen del
conflicto abierto entre capitalismo y comunismo. En 1955 se reunieron en Bandung (Indonesia)
representantes de veintinueve países de Asia y África que aspiraban a crear una tercera vía, lo que
tras la conferencia de Belgrado de 1961 sería conocido como Movimiento de los No Alineados.
Tito, Nasser o Nehru lo personificaron. En realidad, su opinión era en general fuertemente
antioccidental, y la mayor parte de estas naciones se acabaron comprometiendo de una manera u
otra con alguno de los bloques. Su valor consistió, sobre todo, en hacer llegar a la escena política
internacional la voz de los más desfavorecidos y hacer ver que, junto a la maniquea dialéctica EsteOeste, existía otra Norte-Sur no menos importante.
En general las relaciones de soviéticos y norteamericanos con los países del Tercer Mundo
fueron cambiantes y complejas. Se producían frecuentes revoluciones, cambios de regímenes,
guerras civiles que a menudo sorprendían a las superpotencias. El mensaje universalista de
capitalistas y comunistas no siempre era automáticamente aceptado –y, menos, comprendido– por
otras sociedades y culturas. El mundo no era tan sencillo como se pretendía desde Washington y
Moscú.
Límites y contradicciones de las superpotencias (1962-1979)
En 1962 Cuba colocó al mundo en el umbral de la guerra nuclear. Soviéticos y
norteamericanos comprendieron que, quizá, habían llegado demasiado lejos. Se imponía la
distensión, y tal vez, la coexistencia pacífica. La instalación del llamado teléfono rojo, en realidad
un telex, para facilitar un contacto fluido entre el Kremlin y la Casa Blanca en caso de crisis, era un
buen paso en este sentido. En 1972 Richard Nixon visitaba la U.R.S.S. y al año siguiente Leonidas
Breznev le devolvía la visita. En este ambiente fue posible adoptar los primeros acuerdos concretos
en materia de limitación de armamentos, especialmente nucleares. En 1968 se firmó el Tratado de
No Proliferación de Armas Nucleares, en 1972 se alcanzó el mayor logro en ese terreno con los
acuerdos SALT 1 para limitar las armas estratégicas y en 1973 se adoptaba el Acuerdo sobre la
Prevención de la Guerra Nuclear.
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Muchos autores creyeron ver el final de la guerra fría en la distensión posterior a 1962 pero,
como explica Juan Carlos Pereira, se trataba simplemente de la apertura de un nuevo ciclo en un
conflicto que adoptaba grados de tensión variables. Lo cierto era que los presupuestos militares
seguían creciendo en el mundo, pasando de 100.000 millones de dólares en 1950 a 210.000 en
1970. Los acuerdos para limitar un tipo de arma sencillamente llevaban a transferir los recursos a
otra. Las guerras localizadas continuaban, preferentemente en el Tercer Mundo, totalizando hasta
1976 la cifra de ciento veinte conflictos armados en los territorios de setenta y un países, con una
pérdida de veinticinco millones de vidas. Y la carrera espacial llevaba la rivalidad de los bloques a
la estratosfera, desviando fondos que tal vez hubieran podido emplearse de mejor manera. La ONU
no se había mostrado precisamente como esa suerte de idílico gobierno mundial que algunos habían
esperado sino que, más bien, se había convertido en un foro donde las superpotencias escenificaban
sus disputas con fines puramente propagandísticos. Después de veinte años del final de la Segunda
.Guerra Mundial el mundo se preguntaba si esto no era lo más parecido a la paz que las
generaciones futuras podrían llegar a conocer. La prolongación sine die del enfrentamiento
provocaba también las primeras dudas y fisuras en el interior de los bloques, a la vez que sus
contradicciones internas quedaban cada vez más al descubierto.
Grietas en el Imperio del proletariado
Tras la abrupta caída en desgracia de Kruschov en 1964, Breznev heredaba el poder en un
país cuyo poderío alcanzaba cotas impresionantes. Nunca desde 1917 había sido la U.R.S.S. tan
importante en el mundo. Como afirmó el casi eterno ministro de exteriores Andrei Gromiko: Hoy
ningún problema de importancia puede ser solventado sin contar con la U.R.S.S. o en oposición a
ella. A comienzos de los años 70 la Unión Soviética alcanzaba la paridad atómica con los Estados
Unidos. La expansión de la flota rusa no era sólo un hecho numérico, sino también geográfico.
Cada vez con más frecuencia escuadras rusas dejaban sentir su presencia en los puertos de todo el
mundo, y sus salidas al Mediterráneo Oriental empezaban a ser preocupantes para la VI Flota de los
Estados Unidos. Su dotación de submarinos era superior a la occidental y comenzaban los trabajos
para proveer a la Armada soviética de los primeros portaviones. Finalmente, la crisis económica
occidental de 1973 llevó a muchos entusiastas a percibir que el capitalismo agonizaba.
El reforzamiento militar acelerado en todos los campos en la época de Breznev hizo posible
una política soviética más agresiva en el Tercer Mundo. En los años setenta y tras guerras civiles
muy prolongadas, acabaron por imponerse diversos movimientos revolucionarios que mostraron
distintos grados de proximidad con la U.R.S.S.. Fueron los casos de Angola, Mozambique, Somalia
o Etiopía. Se consolidaron también regímenes aliados en Vietnam, Camboya y Laos. Libia, Irak o
Argelia podían considerarse como Estados amigos. Se demostraba así la mayor facilidad para
engrosar el bloque socialista por parte de aquellos países con independencias traumáticas; mientras
que, en general, en los casos de descolonización pacífica y rápida, Occidente había sido capaz de
mantener los lazos con sus antiguos súbditos imperiales. Sin embargo, a pesar de estos éxitos en
apariencia espectaculares, eran numerosos los claroscuros que podían detectarse en la política
exterior soviética.
El acontecimiento esencial, por lo negativo, de la década de los sesenta para la U.R.S.S. fue
la ruptura del monolitismo en el bloque socialista mundial derivada del enfrentamiento con China.
Entre 1959 y 1963 se había producido un paulatino alejamiento de posturas en relación con la
interpretación general del socialismo, pero también por la definición de esferas de influencia, algo
sorprendente en el contexto de la solidaridad del proletariado universal. La suspensión por los
soviéticos de la ayuda al programa nuclear chino y su anuncio de apoyo económico a la India,
fueron seguidas de la denuncia de Mao del entreguismo de Kruschov en la cuestión cubana. En
1963 se produjo el primer choque fronterizo entre tropas rusas y chinas. La tensión fue en aumento
hasta los graves incidentes de la isla de Damansky (o Chenpao) en 1969. Desde 1964 China estaba
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en posesión de la bomba atómica con lo que la tensión entre ambos países alcanzó una temperatura
elevadísima.
Estratégicamente, esta división del mundo socialista era el acontecimiento más importante
desde 1945. Esto no quería decir que China hubiera accedido súbitamente al rango de
superpotencia, ya que a su enorme debilidad económica sumaba su atraso tecnológico y militar.
Pero sí significaba que las relaciones internacionales se estaban diversificando y que el eje de
enfrentamiento Washington-Moscú dejaba de ser el único. La existencia de un franco enemigo en
retaguardia obligó a la U.R.S.S. a replantearse su política de defensa, lo cual se tradujo en que, a
finales de los sesenta, se daba la circunstancia de que mantenía más tropas en la frontera china que
en Europa Oriental. La idea de tener que luchar con otro Estado marxista además de contra los
Estados Unidos, acentuada tras el viaje de Nixon a Pekín en 1972, era realmente una hipótesis
preocupante para el Kremlin. La secesión china obligaba a Moscú a potenciar las conversaciones de
desarme y a mejorar sus relaciones con Occidente. A partir de estos momentos comenzó en el
Tercer Mundo una extraña rivalidad entre las dos potencias socialistas por ganarse el favor de los
pueblos. Así, Pekín apoyó a Pakistán en sus choques con la India, condenó la invasión de
Afganistán y se enfrentó con el Vietnam aliado de Rusia.
Era cierto que las heterodoxias respecto a Moscú habían sido relativamente frecuentes desde
el cisma yugoslavo de 1948, pero jamás habían alcanzado este nivel. Otros intentos similares habían
sido abortados en Polonia y en Hungría o, simplemente, ignorados, como en Albania. En previsión
de nuevos problemas Breznev definió como doctrina de la soberanía limitada, es decir, que los
pueblos socialistas, sobre todo los que configuraban su baluarte defensivo en Europa Oriental,
tenían su independencia condicionada a sus buenas relaciones con la U.R.S.S.. Su aplicación
práctica se plasmó pronto en el aplastamiento de la primavera de Praga de 1968 y su intento por
crear un socialismo de rostro humano. Este nuevo uso de la violencia para imponer el dogmatismo
moscovita dañó seriamente la posición de privilegio de la Unión Soviética en el movimiento
comunista internacional. El monopolio del camino hacia el socialismo quedaba en entredicho; los
líderes comunistas nacionales empezaron a buscar otras vías para la política proletaria. Así surgió
el eurocomunismo, teoría que preconizaba la aceptación del parlamentarismo para alcanzar el poder
en Occidente.
Paralelamente a estas disensiones “familiares” la política imperial en el Tercer Mundo
pasaba su factura. El grado de control que la U.R.S.S. conseguía sobre sus aliados era muy alto,
mientras que el costo económico de sus relaciones con esos países resultaba desproporcionado. El
gasto militar soviético, entre tanto, alcanzaba niveles claramente desmesurados para una economía
en pleno estancamiento a la vez que su relativa inferioridad tecnológica se hacía notar cada vez
más. Las relaciones con sus aliados tercermundistas no eran precisamente fáciles y en 1972, p. e.,
Moscú tuvo que soportar la expulsión por Sadat de sus 20.000 consejeros en Egipto. A pesar de que
en aquellos momentos podía resultar difícil de detectar, lo cierto era que, en materia de relaciones
exteriores, la U.R.S.S. se había embarcado en una política de exportar las dificultades. Una huída
hacia delante que podía ofrecer a veces resultados espectaculares, como lo fueron la cadena de
éxitos en el Tercer Mundo en la década de los 70. Pero estos beneficios propagandísticos a corto
plazo ocultaban una dramática realidad interna que no tardaría en emerger en los 80.
Bajo el síndrome de Vietnam
El crecimiento económico, unido a la relajación de la tensión mundial que se vivió tras
1962, propició que en los años sesenta comenzaran a surgir en el mundo occidental algunas
matizaciones al liderazgo, hasta entonces raramente discutido, de los Estados Unidos. Europa, tras
veinte años de penitencia por su pecado de soberbia de 1939, estaba otra vez en condiciones de
hacer sentir su presencia en el concierto mundial. Una voz muy tímida todavía, pero diferenciada.
La confianza europea en sus propias posibilidades había ido creciendo al compás de su recuperación
de posguerra. La creación de la Comunidad Económica Europea en 1957 significó un paso en la
116
construcción de un proyecto de futuro, en principio sólo económico, aunque con pretensiones de
llegar más lejos. Los dos países más importantes de Europa volvían a ser Francia y la nueva
República Federal de Alemania. Gran Bretaña parecía ausente, inmersa en sí misma, entregada a su
proceso de desmantelamiento imperial, basculando entre la dependencia de Washington y el
acercamiento a la CEE. Sobre el entendimiento franco-alemán descansaba la construcción europea.
Tras enterrar antiguas rencillas, ambos países parecían vivir un apasionado idilio. Su voz volvió a
sonar con personalidad propia en estos años.
En Francia, el general De Gaulle, tras su vuelta al poder, criticaba severamente lo que él
consideraba como el sometimiento de Europa Occidental a los intereses norteamericanos. Como los
ingleses una década antes, vio en las armas nucleares la posibilidad de conservar la condición de
gran potencia. En 1960 Francia realizaba su primer experimento atómico con éxito. Desde entonces
los desvelos de Charles De Gaulle se centraron en la constitución de una fuerza de disuasión nuclear
gala. Además, en un gesto teatral, decidió la salida de Francia de la estructura militar de la OTAN y
de ésta de su territorio en 1966. Cerró las bases norteamericanas en suelo francés y se decidió a
mejorar las relaciones con la U.R.S.S. y a proclamar la necesidad de que Europa se valiera por sí
misma. Eso sí, sin los británicos –cuyo ingreso en la CEE vetó sin contemplaciones por dos veces–
y con la guía inestimable de Francia. En realidad, aunque contribuyó a acentuar la sensación de que
el mundo bipolar se estaba rompiendo, la actitud de De Gaulle tuvo más de forma que de fondo. Sus
tropas abandonaron la estructura de la OTAN, pero nadie en Francia dudó nunca de la utilización
que de ellas se haría en caso de un ataque soviético. En 1962, en plena crisis de los misiles, De
Gaulle comunicó a Kennedy su plena disposición. Francia podía ser un aliado incómodo pero nunca
desagradecido.
Menos espectacular que la escenificación francesa, pero probablemente más importante para
el futuro de la paz y la seguridad en las relaciones internacionales, fue la política llevada a cabo por
su socio alemán a partir de 1969. Alemania –que estaba en el centro y origen de la guerra fría–
continuaba siendo un peligroso foco de tensión mundial. Entre 1969 y 1973 el canciller
socialdemócrata, Willy Brandt, puso en marcha una nueva e imaginativa política, la Ostpolitik (o
política hacia el Este) que suponía el inicio del proceso de normalización de relaciones entre la
República Federal y los países del bloque comunista. El 12 de agosto de 1970 se firmaba un tratado
germano-soviético que declaraba la inviolabilidad de las fronteras europeas y confirmaba el derecho
de ocupación de Berlín por las cuatro potencias. Una vez conseguida la aquiescencia de la U.R.S.S.,
sin la cual obviamente nada podría moverse en Europa Oriental, Brandt dio el paso decisivo de
firmar el 21 de diciembre de 1972 un Tratado entre las dos Alemanias. La idea del canciller
germano occidental era que, en vez de continuar en la ignorancia mutua, sería mucho más positivo
para una futura y siempre hipotética unidad alemana, ir estableciendo la más vasta gama posible de
relaciones humanas, políticas y económicas entre los dos Estados hermanos. Algunos meses más
tarde la RDA era reconocida por numerosos países occidentales y el 18 de septiembre de 1973
ambos Estados germanos fueron admitidos en la ONU.
Consecuencia directa de la Ostpolitik fue la convocatoria de la Conferencia sobre Seguridad
y Cooperación en Europa que tuvo lugar en Helsinki entre 1972 y 1975. En ella, entre otras cosas,
se reconocían como definitivas las fronteras surgidas de la Segunda Guerra Mundial en toda
Europa. Era el mayor logro en las relaciones internacionales después de 1945. La aceptación por los
soviéticos de la Ostpolitik había coincidido sospechosamente con el acercamiento chinonorteamericano pero, después de todo, era una buena noticia. Tras treinta años de guerra fría los
bloques, al fin, se aceptaban mutuamente en Europa.
Las iniciativas francesas y alemanas indicaban que algo estaba cambiando en Occidente.
Pero no tanto como para poner en cuestión el liderazgo estadounidense. Los auténticos problemas
de Washington no habían de venir precisamente de Europa. Ya desde los comienzos de la guerra
fría se habían detectado algunas contradicciones en la política de los Estados Unidos. La histeria
anticomunista en los años de guerra coreana provocó una caza de brujas que en cierta medida
relativizaba esos ideales de libertad y democracia que los americanos aseguraban defender por todo
117
el mundo. La Casa Blanca tuvo que aprender a convivir con la idea de que numerosos sectores
intelectuales, en su país y en todo el mundo occidental, simpatizaban con las ideas izquierdistas o
claramente comunistas, y de que los universitarios de los años sesenta parecían seducidos por
ideologías, a primera vista tan excéntricas, como el maoísmo. Kissinger llegaría a afirmar que
ningún país importante se ha sentido tan incómodo en el ejercicio del poder como los Estados
Unidos. A pesar de todo, su papel en el mundo nunca fue seriamente cuestionado por el pueblo
estadounidense, convencido de que su país tenía realmente una misión poco menos que
providencial. Esto cambio de raíz en los años sesenta, y la razón de ese cambio tuvo un nombre:
Vietnam.
Ante la virtual amenaza comunista, Estados Unidos se había visto obligado a sostener
económica, política y militarmente a una cadena de países llamados amigos –en realidad
marionetas– más caracterizados por su feroz anticomunismo que por su respeto a los derechos
humanos o su amor a la democracia. El gravísimo error de cálculo en Vietnam fue llevar esa
política hasta sus últimas consecuencias comprometiendo tropas sobre el terreno en una guerra que
nunca se podría ganar. Indochina era una preocupación para Washington desde los tiempos finales
de la dominación francesa, pero hasta Kennedy nunca se habían mandado unidades de combate.
Con Eisenhower había en Vietnam unos 700 asesores, con Kennedy eran ya 15.000 incluido
personal combatiente. En 1968, bajo la presidencia de Lindón B. Johnson, medio millón de
soldados norteamericanos sostenían al corrupto régimen de Vietnam del Sur. Las indefiniciones en
la dirección de la guerra, su costo creciente en vidas humanas y la repercusión que tuvo el conflicto
en los medios de comunicación convirtieron Vietnam en un auténtico calvario nacional. En 1973 el
último soldado americano salía de Saigón y dos años más tarde Vietnam del Norte ocupaba
militarmente a su vecino del Sur. La guerra se saldaba con un doloroso fracaso que obligaba a
Estados Unidos a replantearse profundamente sus prioridades políticas y estratégicas. Vietnam
mostraba también cuales eran los límites del poder americano. De nada valía todo su arsenal nuclear
si no podía ser utilizado porque, después de todo, aquél pequeño país del sudeste asiático nunca
podría haber sido considerado como una amenaza realmente vital para sus intereses. La guerra
demostraba por añadidura que, a pesar de la imagen de infinita opulencia americana, los gastos
militares excesivos podían conducir a un recorte de los presupuestos sociales, algo que el presidente
Johnson, al presentar su programa Great Society, había predicho que nunca ocurriría.
Otros hechos contribuyeron a crear la sensación de que se asistía a una auténtica crisis
terminal del siglo americano inaugurado en 1945. La recesión económica de los primeros setenta
puso en crisis el sistema monetario internacional creado en Bretón Woods, que colocaba al dólar
como punto de referencia de la economía mundial. La crisis del petróleo recordó de pronto que la
llave del bienestar podía encontrarse en manos de un grupo de Estados árabes simplemente
interesados en hostilizar al Estado de Israel. En 1974 el caso Watergate obligaba a dimitir al
presidente Richard Nixon, abriendo una crisis constitucional inédita. Nunca fue tan alta la
impopularidad de los Estados Unidos en el mundo, ni nunca su representante en la ONU pareció tan
aislado y asediado. Las alianzas se debilitaron ante la duda de que Estados Unidos fuera capaz de
cumplir con sus compromisos. La patria de Washington atravesaba una crisis de identidad sin
precedentes. Todo un conjunto de desgraciadas circunstancias calificado expresivamente por Paul
Johnson como el intento de suicidio de los Estados Unidos.
A comienzos de los años setenta pareció que algo estaba cambiando en el mundo heredado
de 1945. Henry Kissinger, Secretario de Estado con Nixon y su sucesor Gerald Ford, fue quien
mejor sintonizó con los nuevos tiempos. Kissinger se dio cuenta de que el mundo ya no era bipolar
en términos económicos aunque siguiera siéndolo en términos estrictamente militares. Su visión de
las relaciones internacionales era historicista y relativista. No se podía aspirar a la seguridad
absoluta porque eso equivaldría a la inseguridad de los demás. Identificaba en el mundo cinco
grandes potencias: Estados Unidos, Unión Soviética, China, Japón y Europa Occidental. El mundo
sería más seguro y mejor si era dirigido por el concierto de estas naciones, equilibrándose entre sí.
118
Fue esta visión la que le aconsejó el acercamiento a China en 1972, provocando una auténtica
revolución diplomática y anunciando el fin de la guerra fría en Asia.
Sin embargo, nuevas tensiones mundiales en la segunda mitad de los setenta eclipsaron
temporalmente las acertadas predicciones de Kissinger. La debilidad de la presidencia de James
Carter, imbuido de principios wilsonianos que ofrecían recetas sencillas para un mundo demasiado
complejo, fue acompañada de un recrudecimiento de la hostilidad soviética. El año 1979 marcaba el
comienzo de una nueva etapa que algunos autores como Chomsky calificaron como de segunda
guerra fría, cuando, en realidad, seguía obedeciendo a las mismas reglas que imperaban en el
mundo desde 1945. La intervención en Afganistán, la primera acción militar directa de los
soviéticos fuera de su reconocida esfera de influencia desde la Segunda Guerra Mundial, puso al
mundo en grave tensión. Las conversaciones de desarme SALT II finalizadas ese año quedaban en
suspenso. Carter se veía obligado a endurecer su política, embargaba las ventas de cereal a la
U.R.S.S. y anunciaba un aumento en los presupuestos de defensa, que en 1978 habían sido los más
bajos de los últimos treinta años.
Volvía a planear sobre América el fantasma de Castro con el triunfo de la revolución
sandinista en Nicaragua y el prestigio estadounidense quedaba, una vez más, bajo mínimos a
consecuencia del derrocamiento del Sha de Persia y la subsiguiente crisis de los rehenes. Los
sucesos iraníes repercutieron en el seno de la OPEP provocando el aumento de los precios
petrolíferos lo que daba lugar a una segunda crisis económica mundial en seis años. La OTAN
decidía la instalación de los euromisiles en Europa Occidental para hacer frente a los SS-20
soviéticos. Vietnam invadía Camboya y China, a su vez, atacaba a Vietnam. La noria de la guerra
fría iniciaba pesadamente un nuevo giro. Sin embargo, nadie sospechaba que sería el último.
Hacia un nuevo equilibrio (1979-1995)
Del “declive” americano al final de la guerra fría (1979-1989)
A comienzos de los años ochenta los Estados Unidos atravesaban su peor momento desde el
final de la Segunda Guerra Mundial. Su declive parecía visible en todos los órdenes y, lo que era
peor aún, psicológicamente el pueblo americano parecía aceptarlo con una mezcla de fatalismo y
resignación. El capitalismo estadounidense atravesaba una crisis sin precedentes, la sociedad seguía
traumatizada por las nefastas consecuencias de Vietnam y en el exterior Estados Unidos estaba en
fase de franco retroceso ante la política agresiva de la U.R.S.S.. A finales del año 1980, el
republicano Ronald Reagan resultaba elegido presidente de los Estados Unidos. Su presencia en la
Casa Blanca se hizo notar en seguida. Su política económica neoliberal, que prometía un nuevo
milagro económico americano, pronto fue tomada como modelo por la mayor parte del mundo
desarrollado. En el plano exterior su pensamiento se resumía en una mezcla de nacionalismo
sublimado y anticomunismo beligerante, enérgico en la condena de la pasividad estratégica de la
política exterior de los Estados Unidos frente a los males que acechan al mundo. Su acción exterior
se basaría en tres pilares básicos.
En primer lugar, su aportación más novedosa quedaba plasmada en la llamada Doctrina
Reagan, que defendía la necesidad de plantear guerras de baja intensidad en aquellos escenarios en
los que un triunfo soviético amenazara con provocar un desequilibrio regional. Su aplicación tendría
lugar principalmente en Centroamérica. Estados Unidos consideraba que en esa área tenía que hacer
frente a un enemigo ya instalado al que había que desalojar o cuando menos bloquear su expansión.
El centro de experimentación fue Nicaragua, mediante el apoyo a la guerrilla antisandinista, la
contra. Si en Nicaragua se trataba de desalojar a un gobierno revolucionario apoyado por Cuba, en
Honduras, Guatemala o El Salvador, Estados Unidos se comprometía en el sostenimiento de
gobiernos acosados por guerrillas de izquierda. Sólo El Salvador recibiría entre 1982 y 1983, la
cifra de 700 millones de dólares, es decir, casi un millón diario. La complicidad gubernamental con
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las extendidas prácticas de guerra sucia ponía en tela de juicio ante la opinión pública la moralidad
de la actuación norteamericana.
Pero, cuando la acción mediante intermediarios no era posible, la Administración Reagan
era partidaria de las demostraciones de fuerza, mediante una política de intervención directa. Así, el
25 de octubre de 1983, los marines invadían Granada ante el temor de radicalización del régimen
socialista de la isla caribeña. Era la lección que Reagan había extraído de Vietnam: si se decidía la
intervención, había que emplear con decisión todos los medios para obtener la victoria de la manera
más rápida posible. Esa misma política fue empleada en varias ocasiones en el Mediterráneo contra
el régimen libio del coronel Ghadafi, ese nido comunista en gran parte responsable del terrorismo
internacional. En 1981 cazas de la VI Flota derribaban dos aviones libios sobre el golfo de Sidra. En
1986 Trípoli y Bengasi eran bombardeadas por la aviación norteamericana. De todo el mundo
llovieron las condenas sobre Reagan.
Junto a la Doctrina Reagan y la política de fuerza, el tercer elemento configurador de la
acción exterior norteamericana en esos años fue el espectacular incremento de los presupuestos de
defensa. Entre 1980 y 1985 los gastos mundiales en armamento se triplicaron, pero no era sólo
cuestión de cantidad. Con Ronald Reagan en la Casa Blanca se produjo un salto cualitativo sin
precedentes en el proceso armamentístico con la llamada guerra de las galaxias (Iniciativa de
Defensa Estratégica). La creación de un escudo espacial que hiciera invulnerables a los Estados
Unidos suponía romper con el principio de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD) aceptado por
las superpotencias desde los años sesenta. Sin embargo, el desafío de fondo que Reagan planteaba a
los soviéticos, no residía simplemente en la construcción de un nuevo tipo de arma que, por
revolucionario que fuese, no dejaba de ser un jalón más en la carrera emprendida desde 1945. La
importancia del envite norteamericano estribaba en que la guerra de las galaxias exigía un volumen
de inversiones y unos niveles de innovación tecnológica que podían suponer un reto inalcanzable
para los soviéticos.
Todo parecía indicar que los ochenta iban a ser los años de Reagan, pero la década contenía
aún grandes sorpresas. Paralelamente a su primer mandato presidencial, la situación de la Unión
Soviética se agravó en todos los terrenos. En el orden interno, el país vivía en pleno estancamiento
industrial. Un aparato productivo centrado en la industria pesada –militar y espacial,
principalmente– se traducía en un bajo nivel de bienestar de la población, mientras que una
agricultura ineficaz necesitaba sistemáticamente de las importaciones desde Occidente. En lo social,
cada vez era más escandalosa la profundización de las desigualdades: la diferencia entre el
trabajador de base y el gran dirigente soviético era al menos igual, si no superior, a la existente en el
sistema capitalista. En el plano político, la U.R.S.S. padecía desde 1982 un vacío de poder con dos
presidencias fugaces: Andropov y Chernenko. En el orden externo se acumulaban también las
dificultades. Los años de Breznev pasaban factura con un rosario de aliados que sostener por todo
el mundo. Desde 1979, además, el país se hallaba comprometido en una complicada guerra en
Afganistán. Por si fuera poco, el bloque de satélites en Europa Oriental hacía crisis desde la
rebelión polaca de 1980-81. Sólo la Ley Marcial había evitado entonces la intervención rusa. Junto
a todo esto, el rearme impulsado por el comunismo, y con él el sistema que se creó en torno a esta
ideología, colocaba a la U.R.S.S. en una situación imposible. Los soviéticos venían manteniendo su
política exterior con un PIB equivalente a un tercio del de Estados Unidos.
El 11 de marzo de 1985 Mijail Gorbachov resultó elegido Secretario General del PCUS, el
primero que no había vivido la revolución de 1917. Consciente de las hondas dificultades de su país
anunció un programa de perestroika (reestructuración) definida según sus propias palabras como
una vuelta a Lenin, un recuperar todo el aliento democrático del partido, y todo el dinamismo
económico de la revolución. Mediante una parcial liberalización del sistema socialista se pretendía
aumentar la producción para mejorar el nivel de vida la población, la competitividad y la
productividad. También pretendía reformar la administración para disminuir la burocracia. Pero este
plan de reformas no era posible sin un cambio radical en la política exterior imperial que hipotecaba
la economía de la U.R.S.S.. Se imponía terminar con las intervenciones exteriores y reducir
120
drásticamente el presupuesto de defensa. Así, Gorbachov formuló su denominado nuevo
pensamiento en política internacional, consistente en una apuesta por la sana rivalidad entre los
bloques que sustituyera al anterior antagonismo aniquilador. Se trataba en apariencia de una nueva
definición de la coexistencia pacífica. Con una sutil diferencia; y es que, mientras Kruschov
proponía la competencia con Occidente convencido de la superioridad del modelo comunista,
Gorbachov lo hacía desde el reconocimiento implícito de su inferioridad. Era la crítica situación
interna, agravada por la agresiva política de Reagan, la que obligaba a establecer negociaciones de
desarme con Estados Unidos.
Gorbachov se aplicó a ello con dedicación, todo el plan de reformas dependía de su éxito.
Ya en 1985, tuvieron lugar dos reuniones en la cumbre con el presidente americano, en Ginebra y
Reykiavik. Tras conversaciones insólitamente sencillas, el 8 de diciembre de 1987 se llegaba al
histórico Tratado de Washington que, por primera vez, establecía una reducción, no sólo detención,
en el terreno de los misiles de corto y medio alcance. Un nuevo clima de paz se adueñó rápidamente
de las relaciones internacionales, un auténtico “deshielo”. En 1989 Gorbachov se entrevistaba con
el nuevo presidente George Bush en la isla de Malta. En 1991 se llegaba al acuerdo START sobre
reducción de armas estratégicas. Esta nueva temperatura posibilitó que algunos conflictos en las
más remotas partes del globo, enquistados durante años y sin aparente relación entre sí, iniciaran
entonces sus vías de solución. Entre 1988 y 1990 los cubanos salieron de Angola, los vietnamitas de
Camboya, hubo elecciones libres en Nicaragua con derrota sandinista, terminó la guerra entre Irán e
Irak y los soviéticos evacuaron Afganistán. Era la herencia de Reagan.
Pero los aires de libertad en la U.R.S.S. y el nuevo clima Este-Oeste tuvieron unas
consecuencias inesperadas y no deseadas por Gorbachov. La más leve esperanza de apertura en
Moscú bastaba para ocasionar una tormenta en los países satélites. En mayo de 1989 Hungría
comenzó la apertura del telón de acero franqueando su frontera con Austria. En junio el sindicato
libre Solidaridad obtuvo un éxito resonante en las primeras elecciones parcialmente libres
celebradas en Polonia. Al finalizar el año el desmantelamiento del bloque era un hecho. La U.R.S.S.
no intervino como hiciera en 1956 ó 1968. Simplemente, no podía volver a la guerra fría. En 1990
se produjeron elecciones libres que dieron paso a gobiernos no comunistas en Europa Oriental por
primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En octubre de 1990 reunidos en París, los
antiguos adversarios sellaban oficialmente el final del conflicto abierto en 1945. En 1991 se
disolvían el Pacto de Varsovia y el COMECON.
Las consecuencias de estos revolucionarios hechos no se hicieron esperar en Alemania. En
octubre de 1989, Gorbachov visitaba la RDA para celebrar el 40º aniversario del nacimiento del
Primer Estado Alemán de Obreros y Campesinos. El 9 de noviembre las autoridades germanas
ordenaban abrir el muro de Berlín. En marzo de 1990 se celebraban elecciones generales. El
programa de los ganadores era culminar la unión entre las dos Alemanias lo antes posible. La
Guerra Fría se había gestado en Alemania, ante la incapacidad de los vencedores en la Segunda
Guerra Mundial de llegar a un acuerdo sobre su futuro. Alemania fue el eje de la confrontación
entre los bloques, su división en dos Estados y la partición en dos de su capital por 40 Km de muro
de cemento y alambradas representaban mejor que otra cosa el símbolo de la división del mundo.
Pues bien, allí mismo, en Berlín, en Alemania, quedó definitivamente enterrada la guerra fría. Con
los acuerdos entre los dos Estados germanos y las cuatro potencias vencedoras de la guerra en
septiembre de 1990 cesaba la ocupación de Alemania que recuperaba su plena soberanía e
independencia. Desaparecida la voluntad política rusa de mantener a su satélite, el 3 de octubre de
1990, tras un rápido proceso, nacía la nueva Alemania unificada. La U.R.S.S. aceptaba lo
impensable, una Alemania unida dentro de la OTAN y de la CEE. Al fin, se cerraba el capítulo de la
posguerra en Europa. La Unión Soviética, después de largos años y duros sacrificios para forjar un
inmenso imperio y una formidable máquina de guerra, estaba derrotada, irónicamente sin disparar
un solo tiro.
121
Un mundo más libre, pero menos estable (1989-1995)
Entre 1989 y 1991 el mundo asistió a una extraña reedición de aquella Gran Alianza que
derrotara al nazismo. Después de la solución de la cuestión alemana, Estados Unidos y la Unión
Soviética habían recuperado el consenso perdido desde 1945. La nueva situación se tradujo en una
aparente revitalización de la ONU, desbloqueada por fin después de tantas décadas de vetos
indiscriminados. En realidad, era el imparable declive soviético lo que determinaba el nuevo
panorama internacional.
Estados Unidos, bajo la recién estrenada presidencia de George Bush, experimentaba lo que
podríamos denominar “complejo de hiperliderazgo, es decir, la natural necesidad de subrayar su
condición de virtual “vencedor” en la competencia de la guerra fría. Así, cuando en agosto de 1990
Irak invadía Kuwait, amenazando con hacerse con el control de las principales reservas petrolíferas
del planeta, Estados Unidos reaccionó de inmediato. A comienzos de 1991 una coalición
internacional de veintitrés países liderada por Washington y amparada por la ONU –con la obligada
aquiescencia de una moribunda Unión Soviética– machacaba literalmente a Irak y reestablecía el
orden internacional alterado. La consecuencia más positiva de la guerra, ya que no se conseguía la
caída del dictador iraquí, fue permitir el desbloqueo de las negociaciones entre árabes e israelíes,
como pudo verse en la Conferencia de Madrid abierta el 30 de octubre de 1991.
La breve era de entendimiento entre los bloques inspirada por Gorbachov terminó
súbitamente a finales de 1991. Las contradicciones eran demasiadas para que fructificase. Si Mijail
Gorbachov se convertía en Secretario General en marzo de 1985, la Unión Soviética, la patria del
socialismo, desaparecía antes de que concluyera 1991. La pésima situación interna de la U.R.S.S.
que había sido decisivo motor de la perestroika, fue, de nuevo, factor determinante. A pesar de su
enorme popularidad en Occidente, el líder soviético se enfrentaba en su país con una creciente
oposición y descontento ante el evidente estancamiento de sus reformas políticas y económicas. El
intento involucionista de agosto de 1991 selló definitivamente la suerte de la perestroika. A partir
de ese momento las diferentes repúblicas integrantes de la U.R.S.S. dieron la espalda al presidente
Gorbachov y al poder central constituyendo una nueva realidad geopolítica, la CEI (Comunidad de
Estados Independientes). El 24 de diciembre de 1991, Gorbachov presentaba su dimisión. El día de
Navidad la bandera roja se arriaba definitivamente en el Kremlin.
La desaparición de la Unión Soviética revolucionaba la sociedad internacional. Su sucesora,
la CEI, carecía de personalidad jurídica y estaba concebida como paso intermedio hacia la definitiva
desintegración del conjunto exsoviético. Nacían nuevos Estados independientes con armamento
nuclear, las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán. La Federación Rusa, bajo el mando de
Boris Yeltsin, heredaba el sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, si bien, el alud
de problemas internos que la acosaban aconsejaban su retraimiento, siquiera momentáneo, del
panorama internacional. Con la eficacia de la ONU puesta nuevamente en cuestión por el conflicto
yugoslavo, se hacía urgente la reconstrucción de algún tipo de nuevo equilibrio planetario. Mientras
el tantas veces anunciado nuevo orden se concretaba, el mundo se preguntaba por la actitud que
adoptarían los Estados Unidos.
En el discurso de 1991 sobre el Estado de la Unión el presidente Bush apuntaba: somos la
única nación con la fuerza moral y material para acaudillar al mundo, lo cual ciertamente recordaba
bastante las palabras de Truman en 1947. Sin embargo, la ecuación no era tan sencilla ahora como
podía haberlo sido hace treinta o cuarenta años. Como anunciara Kissinger, desde los años setenta
en el mundo se había venido registrando la crisis o, cuando menos, matización del modelo bipolar.
Nuevos centros de decisión habían emergido con fuerza: Japón, la Comunidad Europea. La Guerra
del Golfo pareció diseñar el nuevo modelo de relaciones internacionales, unos Estados Unidos
superpotencia militar, pero necesitados del aporte económico germano y japonés. La debilidad de la
economía americana se manifestaba en la herencia de Reagan que dejaba al país convertido en el
mayor deudor del mundo. Por otra parte, los productos europeos y japoneses hacían la competencia
122
cada vez de forma más eficaz a los americanos en su propio mercado. No eran éstos sólidos
cimientos desde los cuales ejercer la hegemonía.
De forma sorprendente, en las elecciones presidenciales de 1992, el victorioso presidente
Bush que había exorcizado el fantasma de Vietnam con su avasalladora victoria sobre Saddam
Hussein y asistido a la desaparición de la Unión Soviética, era derrotado en las urnas. Después de
tres mandatos republicanos consecutivos, que tan decisivos habían resultado para el mundo, llegaba
a la Casa Blanca el demócrata William J. Clinton, que había basado su campaña electoral
precisamente en la necesidad de que América volviera a pensar en sí misma. La delicada situación
interna unida al final de la guerra fría hacían que el tradicional aislacionismo americano cobrara
fuerza.
Durante la primera mitad de su mandato la “ausencia” norteamericana se dejó sentir en el
panorama internacional. La tan esperada, por algunos, democratización de las relaciones
internacionales basada en un mayor papel de la ONU, que alcanzaba en 1994 la cifra record de 185
miembros, no terminaba de cuajar después de las ilusiones iniciales. Tras la euforia de los primeros
tiempos de posguerra fría, la realidad de un mundo en proceso de transformación se dejaba sentir, a
veces con perfiles siniestros. Desde 1991 una sucesión de guerras civiles sacudía la antigua
Yugoslavia. Los Estados sucesores de la U.R.S.S. se hallaban envueltos en un complejo e
históricamente inédito proceso de tránsito hacia el capitalismo, sazonado por conflictos étnicos y
amenazas de involución. En Argelia, desde la frustrada victoria islámica en las elecciones de 1991,
la guerra civil larvada amenazaba la estabilidad de todo el Norte de África. Hambrunas en un
contexto de guerra tribal conducían a países como Somalia al caos con un sonoro fracaso de la
intervención de la ONU en 1992. Odios atávicos llevaban el genocidio a Ruanda en 1994. China
avanzaba en la apertura de su economía, pero su fruto político continuaba planteando serias
incógnitas. El régimen de Corea del Norte, convertido tras la muerte de Kim Il-Sung en 1994, en el
primer caso conocido de “comunismo hereditario”, alarmaba al mundo con su agresiva política
nuclear. La Unión Europea, nacida del Tratado de Maastricht el 1 de noviembre de 1993,
proclamaba la necesidad de contar con una política internacional única y más activa, pero fracasaba
estrepitosamente a la hora de imponer la cordura en Bosnia. El mundo, como reconocía el mismo
Clinton en su toma de posesión como 42º presidente de La Unión Americana era sin duda más libre,
pero menos estable.
Los sonoros fracasos de su política interior unidos a la necesidad objetiva de recomponer el
escenario internacional condujeron al presidente Clinton a un progresivo giro en su política exterior,
visible desde 1994 y acentuado en 1995. Si bien, según sus propias palabras, Estados Unidos no
puede ni debe ser el gendarme del planeta, (...) existen momentos y lugares en los que nuestro
liderazgo puede representar la diferencia entre la paz y la guerra, (...) defender los valores
fundamentales de nuestro pueblo y servir a los intereses estratégicos de Estados Unidos. Clinton
apostaba así por un liderazgo selectivo que ya se hizo sentir desde 1993 en el impulso de la solución
al conflicto de Oriente Medio apadrinando la paz entre Israel y sus vecinos. En enero de 1994, a
instancias del Secretario de Estado, Warren Christopher, nacía en Europa la Asociación para la Paz,
una plataforma de cooperación entre la OTAN y veintiséis Estados europeos, antiguos adversarios y
neutrales. Era una respuesta a la inestable situación rusa que mantenía en estado de permanente
inquietud a la mayor parte de sus exsatélites, temerosos del renacimiento de la agresividad
paneslava de Moscú. Washington también conseguía de Ucrania y Kazajstán el desmantelamiento
de sus arsenales nucleares. Pero, cuando el liderazgo americano se hizo sentir de nuevo con fuerza
fue a finales de 1995. Tras años de exasperante impotencia europea, Clinton, por medio de una
insólita diplomacia de fuerza, arrancaba a los líderes de Serbia, Croacia y Bosnia, recluidos en la
base norteamericana de Dayton (Ohio), un acuerdo sobre la pacificación de Bosnia que era
ratificado en París el 14 de diciembre. Con la misma energía se impulsaban también las
negociaciones pendientes entre Siria e Israel para lograr la pacificación completa del Oriente
Medio. A la espera de un hipotético y futuro gobierno mundial, la presencia norteamericana, con
123
todas sus fallas y contradicciones, volvía a ser un factor estabilizador en un panorama internacional
de una complejidad probablemente sin precedentes en la Historia.
HACIA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL
El término Nuevo Orden, Nouvel Ordre o New Order tiene su origen en los movimientos
totalitarios del periodo de entreguerras. Será en Japón, en diciembre de 1938, donde se hable por
primera vez de un Nuevo Orden al elaborar el programa de conquista en Asia Oriental.
Posteriormente, en junio de 1940, Hitler lo utilizará también al elaborar los planes de conquista en
Europa: el Nuevo Orden Europeo tendrá unos fundamentos teóricos y pragmáticos más elaborados
que el propugnado por los japoneses. El Pacto Tripartito, firmado en Berlín en 27 de septiembre de
1940, entre Alemania, Italia y Japón, confirmará documentalmente los objetivos de las tres
potencias totalitarias en relación con ese Nuevo Orden Mundial.
A lo largo de la evolución de la sociedad internacional moderna y contemporánea, y tras
algún evento significativo y condicionante –por lo general una gran guerra, por el número de
beligerantes y su extensión geográfica–, las grandes potencias que salieron victoriosas, y a través de
sus principales representantes, se dedicaron a formular el Nuevo Orden que habría de estar vigente
en el sistema internacional que desde ese momento se estaba iniciando. Westfalia, Viena, París,
Yalta y Potsdam son lugares o puntos de encuentro básicos en la discusión y formulación del
conjunto de normas y reglas a través de las cuales se trata de buscar y alcanzar una estabilidad
internacional, un equilibrio entre las potencias, en el sistema internacional; definición clásica de lo
que se entiende como Orden Internacional. No obstante, éste es un concepto rico y complejo que
los politólogos y juristas han estudiado con algún detenimiento, y que se compone, al menos, de tres
elementos: el diplomático, el estratégico y el simbólico.
Desde 1989 comienzan a producirse en el centro de Europa un conjunto de acontecimientos
que van a culminar con la desaparición de los símbolos más destacados del sistema internacional
bipolar: la cortina de hierro o telón de acero, el muro de Berlín, el comunismo. El 2 de agosto de
1990, el líder de Irak, Saddam Hussein decidió invadir el pequeño territorio, pero rico en recursos,
de Kuwait; se iniciaba desde ese momento una guerra en una zona geoestratégica vital para los
intereses de Occidente, que provocaría la mayor movilización bélica desde la Segunda Guerra
Mundial., liderada por EE.UU y con una directa participación de la ONU. La Guerra del Golfo, que
terminó el 28 de febrero de 1991, fue considerada ya desde su inicio como el primer conflicto de la
postguerra fría. El 3 de octubre de 1990 se producía de nuevo en Europa otro acontecimiento clave:
la reunificación alemana, algo contra lo que habían luchado las potencias vencedoras de la Segunda
Guerra Mundial, que habían decidido la existencia de dos Alemanias, convertidas en Estados
independientes pero no soberanos y que ahora se presentaba como una gran potencia económica y
un Estado poblado por más de 80 millones de habitantes. Por fin, el día de Navidad de 1991, el
presidente soviético Mijail Gorbachov anunciaba a través de la televisión la desaparición de la
U.R.S.S., segunda superpotencia mundial durante cincuenta años y pilar de una bipolaridad,
fundamento básico del sistema internacional que desaparecía con esa decisión pública.
Todo este conjunto de acontecimientos, que se enmarcan entre dos términos ya históricos
como son la revolución y la guerra, van a marcar, efectivamente, el final del sistema surgido en
Yalta y Potsdam. Con todo ello terminaba una era –no la Historia–, pero también comenzaba una
nueva fase en la evolución de la Humanidad. Quizá más incierta, más segura pero más inestable,
con nuevos retos, pero también más apasionante de vivir y estudiar por parte de los historiadores,
uno de los colectivos con más responsabilidades en esta coyuntura.
En este contexto es cuando ha surgido de nuevo la necesidad de formular un Nuevo Orden
Mundial, que vamos a delinear a través de tres niveles de análisis: la estructura en la que se inserta
esa nueva configuración del poder; los actores principales que pueden tener un papel relevante en el
124
nuevo sistema internacional y los procesos de cooperación y enfrentamiento que en él se pueden
desarrollar.
La transición del Viejo al Nuevo Orden Mundial
En 1989 el mundo se disponía a celebrar el bicentenario de una revolución tan importante
como decisiva para el mundo como la francesa de 1789. Sin embargo, los periódicos y otros medios
de comunicación informaban de una aceleración histórica desconocida desde hacía muchos años, de
una nueva revolución que se estaba desarrollando en Polonia, Hungría, Checoslovaquia, etc.; es
decir, en el seno de uno de los dos bloques creados entre 1945 y 1949, el soviético-socialista. La
U.R.S.S., la potencia hegemónica en el mismo, sumida en un proceso de cambio a través de la
Perestroika no estaba actuando sobre esta revolución como lo había hecho en 1948, 1956, 1968 ó
1980/81, y parecía permitir que de forma paulatina se fueran desmontando las estructuras políticas,
ideológicas y económicas de las llamadas irónicamente democracias populares. ¿Qué estaba
ocurriendo realmente? ¿Era el presagio de un nuevo conflicto en Europa tras una calma tensa?
¿Estábamos asistiendo realmente al final del comunismo?
Desde la perspectiva que nos proporciona hoy la lejanía de los acontecimientos, se puede
afirmar que los temores eran infundados, y que las esperanzas renacieron entre muchos hombres y
mujeres. No estábamos como dijo F. Fukuyama, un oscuro funcionario del Departamento de Estado
norteamericano, ante el fin de la historia; sí era, sin duda, el fin de una era, pero también el punto
de partida de una etapa de transición que finalizó en diciembre de 1991, con la desaparición del
primer Estado socialista del mundo, la U.R.S.S., tras 74 años de existencia. Por lo tanto, entre 1989
y 1991, se produce la transición entre el viejo orden internacional y el nuevo orden mundial. Es el
momento de las valoraciones desde la perspectiva histórica.
En efecto, podemos preguntarnos: ¿Qué significado tienen todos los acontecimientos que se
produjeron en este periodo? ¿Qué importancia han tenido para la Historia del Mundo Actual?
En primer lugar, estos eventos han producido una ruptura en la Historia y muy
especialmente en la Historia Contemporánea. Una ruptura que supone el fin de una época, pero ¿de
qué época? Aquí el debate sigue abierto: ¿del moderno sistema mundial, 1450-1989?, ¿de la
contemporaneidad, 1789-1989?, ¿de la era comunista, 1917-1989?, ¿de la Historia del Mundo
Actual, 1945-1989? Se apoye una u otra alternativa lo que ha ocurrido, sin duda, es que el siglo XX
ha terminado y que en 1991 ha comenzado el siglo XXI.
En este periodo el comunismo y con él el sistema que se creó en torno a esta ideología y se
extendió por 16 Estados en todo el mundo, ha fracasado. Un fracaso que cabe entenderlo de tres
formas: caída o ruina de algo con estrépito; suceso lastimoso, inopinado y funesto, o como resultado
adverso de una empresa. Desde marzo de 1985 Gorbachov intentó reconstruir el sistema, primero
económicamente, luego políticamente y, después, globalmente, pero no lo consiguió. La
descomposición territorial de la U.R.S.S. en 15 repúblicas soberanas e independientes, 12 de las
cuales se han integrado en la Comunidad de Estados Independientes (CEI), así como su
transformación paulatina, con mayor o menor fortuna, en Estados con un sistema económico de
mercado, unas estructuras políticas democráticas y un desigual respeto de los derechos y libertades
de los ciudadanos, hacen que, por vez primera en la historia, principios tales como los de la libertad,
Estado de derecho, mercado, derechos humanos, etc., se extiendan tanto por Europa como por el
resto de los continentes, tras más de 200 años desde su formulación y aplicación en un territorio
concreto.
Parece importante destacar también que, con el fracaso del comunismo, ha desaparecido uno
de los dos grandes ejes de tensión y confrontación desde 1947; para algunos, desde 1917, para
otros, la tensión Este-Oeste, de características político-ideológicas. En efecto, durante más de
setenta años, los gobiernos occidentales y las clases dirigentes estuvieron obsesionados y
perseguidos por el espectro de la revolución social y el comunismo. Durante esos años, y
125
especialmente tras el inicio de la Guerra Fría, la política internacional de Occidente estuvo
concebida como una cruzada contra el comunismo y, en sólo tres años, el comunismo, sus
principales instrumentos e incluso la U.R.S.S., habían desaparecido. De esta forma se ponía fin a
uno de los grandes condicionantes de la evolución histórica del mundo, desde aquel octubre de
1917, y con ello se dejaba patente la necesidad de buscar nuevas alternativas y formas de actuación
frente al nuevo reto que tiene la sociedad internacional: la tensión Norte-Sur, de características
económicas, sociales y medioambientales.
En cuarto lugar, la desaparición del orden internacional vigente desde la Segunda Guerra
Mundial ha provocado un retorno a la historia. Los sucesos que se produjeron entre 1989 y 1991
no sólo han puesto en cuestión Yalta y Potsdam, sino también los Tratados de paz firmados en la
Conferencia de Paz de París de 1919. Versalles, Trianón, Sevres, Neuilly y Saint Germain, dieron
paso, entre otras consecuencias, a una importante redistribución del espacio territorial europeo, a un
amplio desplazamiento de población siguiendo el tradicional eje Este-Oeste o el establecimiento de
un cordón sanitario que aislara a Europa Occidental y al mundo del contagio revolucionario
soviético. Gran parte de lo allí acordado se ha puesto en cuestión desde 1991, renaciendo con fuerza
en Europa conflictos fronterizos o enfrentamientos nacionales; reclamaciones históricas, en
definitiva, que se han extendido a otros continentes: en América los litigios fronterizos, en África
los conflictos étnicos y religiosos, en Asia los problemas territoriales y la soberanía. Muchos de
estos enfrentamientos no hubieran sido posibles bajo el orden bipolar; desparecido éste, vuelven a
resurgir y la historia, para bien o para mal, vuelve a ser recordada y utilizada, como se ha visto en el
conflicto en el que mejor se refleja la historia y el nuevo orden (¿desorden?) mundial: la guerra en
la ex Yugoslavia.
Por último, si la interdependencia y la globalidad fueron dos de las notas más determinantes
del sistema internacional bipolar, con la desaparición de uno de los bloques esos caracteres
acrecientan su importancia. Hablar ya de una aldea global en el campo de las comunicaciones; de
una economía de mercado globalizada; de una revolución científico-técnica mundial; de un campo
estratégico unificado; de una multilateralización definitiva de las relaciones internacionales; de un
sistema planetario, es, en definitiva, definir al nuevo sistema internacional que se está formando
desde 1991. El informe del Club de Roma presentado a finales de ese año llevaba por expresivo el
título siguiente: La primera revolución global, y en él se decía, entre otras cosas, que esta nueva
revolución carece de base ideológica: la conforman factores sociales, económicos, tecnológicos y
éticos. Más recientemente, el director del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, al
referirse al impacto internacional que tuvo la crisis monetaria mexicana a finales de 1994, la
caracterizó como la primera crisis de un mundo nuevo con mercados financieros globalizados.
De una u otra manera estamos en presencia de una nueva etapa, cuyas características a
cualquier nivel se están aún formando, al igual que las respuestas a los retos planteados. Ahora bien,
si la Guerra Fría había terminado, ¿cuál habría de ser el nuevo orden que configurase las normas y
reglas de conducta para los diferentes actores en el nuevo sistema?
El primero de los estadistas que formuló las primeras alternativas al sistema bipolar fue
Mijail Gorbachov, en el discurso pronunciado en la ONU el 7 de diciembre de 1988. En él hacía un
análisis de las características que definían la situación internacional en ese momento, y planteaba
sus propuestas para sanear la situación internacional, el modo de construir un mundo nuevo. Los
fundamentos básicos eran: el desarme, la no politización y la democratización de las relaciones
internacionales, la internacionalización del diálogo, la revitalización del papel de la ONU, la
actuación inmediata sobre el deterioro del medio ambiente y la defensa del principio de la libre
elección.
Los acontecimientos en Europa a las pocas semanas de este discurso, más los problemas a
los que tuvo que hacer frente Gorbachov, hicieron olvidar por algún tiempo sus propuestas. Sin
embargo, otro acontecimiento destacado de esta fase de transición, la Guerra del Golfo, fue el
marco adecuado para que otro líder político, en este caso el presidente norteamericano George
126
Bush, pronunciara un discurso en el Congreso el 11 de septiembre de 1990, en el que anunció la
redefinición del sistema internacional, describiéndolo como un Nuevo Orden Mundial, en el cual la
acción de la comunidad internacional, representada por la ONU, debería basarse en el derecho
internacional y en criterios objetivos y precisos. La operación Tormenta del Desierto contra Irak fue
el primer ejemplo de una efectiva aplicación del sistema de seguridad colectiva de Naciones
Unidas.
Desde ese momento, estrategas, diplomáticos, líderes políticos e intelectuales, comenzaron a
intervenir en el debate sobre ese orden que a todos concernía e interesaba formular. También
algunas instituciones plantearon sus propuestas. La ONU, a través de su secretario general, Butros
Butros-Gali, presentó su Programa de Paz, o el Pentágono, en su Directiva para la planificación de
la Defensa, hizo públicas las directrices que debían establecerse en el mundo en materia de
seguridad y defensa, y en función del mantenimiento del liderazgo de EE.UU. y la cooperación
sostenida entre las mayores potencias democráticas.
La estructura del nuevo sistema internacional en formación
1. En el Nuevo Orden Mundial (NOM), ninguna potencia puede garantizar por sí sola la
estabilidad y el equilibrio internacional. Los Estados Unidos bajo Clinton siguen buscando su papel
en el mundo y parece que no pueden ejercer un papel planetario de guardián del orden
internacional, por cuanto que no disponen de los recursos suficientes, se ha producido un
replegamiento hacia el interior, tal y como demandaba la opinión pública tras el gran peso que
adquirió la política exterior en detrimento de la interior durante el mandato de Bush, y el dilema
tradicional de la acción exterior norteamericana –el idealismo o el pragmatismo– parece que
continúa sin resolverse. Esta vuelta a un aislacionismo moderado, por otra parte, ha ido acompañada
de un interés por los asuntos regionales tras la firma del NAFTA (North American Free Trade
Association) en 1992, y el apoyo al proyecto de creación de un Área de Libre Comercio en América
(ALCA) que debe conseguirse en el 2005; unido a una mayor valoración de las relaciones con Asia,
como se ha demostrado con el reforzamiento del Foro de Cooperación Económico Asia-Pacífico
(APEC), impulsado desde 1993 por los dirigentes norteamericanos. Todo ello, sin duda, en
detrimento del interés que tradicionalmente han tenido las diversas Administraciones
norteamericanas por Europa. El desinterés por la guerra en la antigua Yugoslavia ha sido
interrumpido el 14 de diciembre de 1995 tras la firma en París del Acuerdo-marco que ha impulsado
el proceso de paz en Bosnia –iniciado en Dayton (Ohio)– tras más de 250.000 muertos y casi 3
millones de refugiados o desplazados, pesando, sin duda, en este cambio de actitud, las elecciones
presidenciales de 1996.
La Rusia de Yeltsin permanece en una situación de crisis interna permanente, debilidad
exterior, fuertes debates internos entre los eslavófilos y los occidentalistas, y falta de concreción en
sus complejos y amplios objetivos externos. Sin duda, los dirigentes de la Federación rusa insisten
una y otra vez en una vieja idea de la política exterior soviética: nada puede hacerse en el mundo sin
el conocimiento y el consentimiento de la U.R.S.S./Rusia. A partir de este planteamiento los
dirigentes rusos tratan de ser considerados por los norteamericanos en pie de igualdad, ha vuelto a
renacer un discurso imperial sobre lo que Taibo denomina el extranjero cercano (ex repúblicas
soviéticas) y recurren a la amenaza cuando se sienten cercados ante la posibilidad de que las
fronteras de la OTAN lleguen hasta el territorio de Rusia. Un renacimiento imperial y un lenguaje
amenazador que no ocultan la dependencia económica de Rusia del G-7 o de la Unión Europea, las
imposibilidad de triunfar sobre los rebeldes chechenos desde 1991 y la falta de alternativas para
conservar la integridad de la Federación Rusa, una amalgama de pueblos que han sobrevivido a la
caída de dos imperios pero que, de no hallarse los mecanismos que sustenten ese mal construido
federalismo, puede verse muy afectado por una nueva implosión autodestructora.
En Europa Occidental no existe ninguna potencia con la influencia y los recursos necesarios
para ejercer ese papel de liderazgo; la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea
127
sigue teniendo un sentido provisional y genérico. En Asia, ni la República Popular China, que desea
actuar de forma más independiente y con un sentido más regional que mundial, ni Japón, que sigue
siendo un gigante económico y un enano político, pueden ocupar ese vacío de liderazgo.
2. Ante la situación creada han de ser las principales organizaciones internacionales las que
en su seno han de adoptar las decisiones permanentes para hacer frente a los cambios y retos de la
sociedad internacional. Aparecerá, de este modo, un predominante sistema de relaciones
internacionales en vertical tanto a nivel mundial como regional, consolidándose con fuerza la
diplomacia multilateral que surgió desde 1945. ¿Qué organizaciones internacionales pueden tener
un papel relevante en el proceso de toma de decisiones?
A) A nivel mundial, la Organización de las Naciones Unidas. Durante más de cuarenta años,
la ONU ha estado bloqueada, utilizada y condicionada por las decisiones y los vetos de las cinco
grandes potencias permanentes del Consejo de Seguridad, y más específicamente por la
confrontación política e ideológica entre EE.UU. y la U.R.S.S.. Por otro lado, la confrontación
Norte-Sur, a raíz del incremento del número de Estados miembros pertenecientes al Tercer Mundo,
fue utilizada también por los dos bloques, y los países no alineados, produciéndose un nuevo
enfrentamiento que afectó a la credibilidad de la Organización. Los cambios que se han producido
en el mundo desde 1989 y el final de la Guerra Fría han provocado que esta crisis de la ONU se
haya transformado en una revitalización permanente, aunque aún en proceso de discusión,
provocando que hayan aumentado enormemente las exigencias que se hacen a las Naciones Unidas,
según el Secretario General.
El proceso puede darse por iniciado desde el momento en el que el entonces Secretario
General, Javier Pérez de Cuellar, alentó una diplomacia discreta pero eficaz entre los miembros
permanentes del Consejo de Seguridad. Los resultados fueron inmediatos: la intervención de
Naciones Unidas fue clara y efectiva en los conflictos entre Irán-Irak, Namibia, Nicaragua,
Camboya, El Salvador y Afganistán. El 31 de enero de 1992, el Consejo de Seguridad se reunió por
primera vez en la historia, contando con la presencia de todos los Jefes de Estado y de Gobierno. En
esa cumbre, se invitó al nuevo Secretario General, Butros-Gali, a que presentara un conjunto de
recomendaciones que fortalecieran la Organización. El resultado fue la presentación de un amplio
informe titulado Un programa de paz.
Los objetivos eran claros: a) tratar de poner fin a las causas más profundas de los conflictos
y actuar diplomáticamente para evitarlos; b) en los casos en los que estallen conflictos, tomar
medidas para el establecimiento de la paz; c) mediante actividades de mantenimiento de paz tratar
de preservar la paz por frágil que sea, poniendo en práctica los acuerdos a los que lleguen las partes
enfrentadas; d) estar dispuestos a ayudar para consolidar la paz en sus distintos contextos,
restableciendo las instituciones y la infraestructura de las naciones devastadas; e) tratar de poner fin
a las causas más profundas de los conflictos: desesperación económica, injusticia social y opresión
política. Todo ello debía contar con el apoyo de los Estados, las organizaciones regionales y no
gubernamentales.
En un Suplemento a “un programa de paz“ de principios de enero de 1995, Butros-Gali, aún
reconociendo los importantes logros que se habían conseguido hasta el momento –Conferencia de
Río sobre el medio ambiente y desarrollo (1992); Conferencia de Viena sobre los derechos
humanos (1993); Conferencia sobre el desarrollo y el cambio demográfico (1994); fuerte
incremento de las operaciones de mantenimiento de paz (de 13, entre 1947 y 1987 a 21 desde 1988)
y, por último, la incorporación a la Organización de 185 Estados–, ponía de manifiesto las
dificultades para ejercer el papel que correspondía a Naciones Unidas. La imposibilidad de llevar a
cabo acciones coercitivas, la crisis económica (sólo EE.UU. debía 1.400 millones de dólares, Rusia,
unos 500 y Ucrania unos 238 millones) y la necesidad de reforzar las estructuras organizativas,
podían destacarse como las más importantes.
Durante la Sesión Especial Conmemorativa del cincuenta aniversario de la ONU, que tuvo
lugar en Nueva York del 22 al 24 de octubre de 1995, los más de los 150 máximos representantes
128
de los Estados miembros pusieron de manifiesto la necesidad de reforzar al máximo la
Organización, como institución clave del NOM. Las bases de este reforzamiento se recogieron en la
Declaración Final: a) Revitalización de la Asamblea General; b) Ampliación del Consejo de
Seguridad y revisión de sus métodos de trabajo; c) Fortalecimiento del papel del Consejo
Económico y Social; d) Robustecimiento de la base financiera de la Organización; e) Incremento de
la eficiencia y eficacia de la Secretaría en la administración y gestión de los recursos que se le
confían. Esos, pues, serán los retos para el inmediato futuro de una Organización, que si no hubiera
existido habría que haberla creado, pero que seguirá siendo clave en el Nuevo Orden Mundial.
B) A nivel regional destacarán las instituciones político-defensivas y económicas. En
relación con el proceso de regionalización de los espacios al que se asiste en el NOM, ciertas
organizaciones regionales irán incrementando el número de sus miembros, sus competencias y los
medios de actuación en el ámbito propio de actuación territorial. Con ello se irán creando una
cohesión y una solidaridad que permitirá a la institución que representa a la región poder competir
en la sociedad global en la que se insertan y solucionan los conflictos latentes.
En Europa, el pilar de seguridad y defensa de la Nueva Arquitectura Europea estará
representado por la OTAN; reformada con la nueva estrategia adoptada en 1991 y abierta a la
cooperación con los Estados no integrados a través de dos iniciativas: el Consejo de Cooperación
del Atlántico Norte (al que pertenecen 38 Estados más Finlandia como observador) y la Asociación
para la Paz (hasta mayo de 1995 han sido 26 los Estados que forman parte de la misma). Desde un
punto de vista político y cultural, la institución clave será el Consejo de Europa, en especial para la
definición de una identidad europea; a esta institución se ha incorporado recientemente Rusia, con
lo que el número de miembros se ha incrementado a 38. El pilar económico y monetario lo
constituye la Unión Europea, hoy integrada por 25 Estados; tras alcanzar los retos planteados para
el 2002, convirtiéndose progresivamente en el núcleo central del proceso de regionalización
europeo. Estos tres pilares sostienen un amplio frontón paneuropeo que viene representado por la
Organización para la Seguridad y Cooperación Europea, en la que están integrados 53 Estados, es
decir, todos los Estados Europeos que se extienden geográficamente del Atlántico a Vladivostok.
En América, la Organización de Estados Americanos, integrada por 35 Estados (Cuba fue
suspendida en 1962), sigue dedicada a reforzar la colaboración, proteger la independencia de los
miembros, favorecer la integración económica y social y, de una forma especial en el NOM,
consolidar la democratización del continente.
En África-Oriente Próximo son importantes la Organización para la Unidad Africana, en la
que se integran 51 Estados y la Liga de Estados Árabes, con 22 miembros. En Asia la organización
que va incrementando su papel regional es la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático,
integrada por 7 Estados, que ha fortalecido sus lazos económicos y políticos con EE.UU. en el seno
de la APEP (1994) y con la Unión Europea (1996).
3. La falta de un liderazgo internacional y el impulso que se está produciendo en el proceso
de cooperación regional, impulsarán una importante reorganización del espacio, incrementándose
la tendencia hacia la regionalización del mundo que impulsa a la integración pero también a la
confrontación. En efecto, en el NOM parece alejarse el peligro de una destrucción mutua y global
del planeta a través de la utilización de las armas nucleares; la confrontación mundial entre las
grandes potencias parece que ha desaparecido. Este es un primer factor que aliente el reforzamiento
de la cohesión regional. Junto a él, está el hecho contrastado de que los conflictos han sido y serán
en este nuevo periodo localizados y de un carácter regional, lo que de nuevo impulsa a la búsqueda
de fórmulas de cooperación y de seguridad comunes en un ámbito territorial más limitado. La
competencia económica internacional ya no puede resolverse con fórmulas elaboradas a nivel
estatal o bilateral; la exigencia de una diplomacia macroeconómica internacional es una realidad
indiscutible, así como la creación de mercados regionales que bajo las reglas de una unión
aduanera, un área de libre comercio o de un mercado común, vayan conduciendo a un proceso cada
129
vez más fortalecido en esta nueva era: la integración económica. Por último, las amenazas o
desafíos que han surgido en el NOM exigen la unión y la cooperación.
Ante esta nueva situación, la regionalización de los espacios está siendo un proceso muy
significativo. En esa regionalización destacarán tres hechos: por un lado, se tratará de establecer una
jerarquización estatal, una relación de poder, bien definida y no siempre respetada por todos, lo que
alentará, a su vez, la lucha por el poder entre las grandes potencias de cada área; por otro lado, se
producirá una competencia pacífica entre las diversas áreas regionales, especialmente de contenido
económico o geoeconómico, que sólo puede verse alterada si irrumpe un fenómeno que siempre ha
resultado peligroso como es el de la amenaza a la seguridad mundial. Por último, se irá
consolidando un nuevo concepto, como es el del orden regional, propugnado por las organizaciones
regionales de seguridad y defensa o las grandes potencias regionales.
¿Cuáles serán las principales áreas regionales que fortalecerán su unión? Sin duda alguna,
las más importantes serán Europa Occidental a través de la Unión Europea, la OTAN/ UEO y el
Consejo de Europa, aunque en éste área la occidentalización se irá llenando de contenido y se irá
ampliando el número de Estados que la integrarán; América del Sur, a través del MERCOSUR o
Mercado Común del Sur (1991), integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, más Chile,
que se ha asociado en 1996; su consolidación como Unión Aduanera desde el 1 de enero de 1995,
más el acuerdo con la Unión Europea de 1992 confirman a esta organización como la más sólida
frente a otras agrupaciones regionales; en América del Norte, el Tratado de Libre Comercio o
NAFTA, entre Canadá, Estados Unidos y México, puede ser el embrión de una integración
continental dado el peso de las tres economías y la influencia de EE.UU., que se ha convertido en
un impulsor decidido de la integración económica regional, tras superar los recelos que sobre estos
proyectos tenía anteriormente; en Asia los siete Estados integrantes de la Asociación de Naciones
del Sudeste Asiático o ASEAN se van configurando como los impulsores de un área de libre
comercio y de cooperación regional, complementada con una política de acercamiento a otros
bloques como se ha podido apreciar tras la reunión de Foro de Cooperación Económica AsiaPacífico (APEC) creado en 1990 y la Cumbre Asia-Europa (ASEM), celebrada en marzo de 1996.
Si la cooperación regional se verá consolidada en esta nueva estructura internacional, es
cierto también que surgirán o resurgirán con fuerza áreas regionales conflictivas, que exigirán una
intervención directa de la ONU o de las organizaciones regionales. ¿Cuáles serán esas regiones?
a) La región de Oriente Próximo seguirá siendo el centro de crisis permanentes, endémicas,
en las que confluyen factores económicos, religiosos, nacionalistas y estratégicos. El enfrentamiento
entre Irak y el mundo árabe seguirá condicionando la evolución de la zona a pesar de los esfuerzos
de pacificación que se desarrollan desde 1991.
b) la región Mediterránea, dividida en cuatro “Mediterráneos”: el Noroeste, el más rico y
desarrollado; el Sudoeste, el espacio magrebí, fuertemente ligado económicamente al anterior y
sometido a una presión demográfica elevada; el Sudeste, integrado por un conjunto de Estados
heterogéneos sometidos a la influencia del conflicto árabe-israelí; el Nordeste, o entramado político
complejo que bascula entre el occidentalismo y el fundamentalismo religioso. Los 15 Estados que
integran esta área han tratado de resolver sus diferencias y buscar fórmulas adecuadas de
cooperación desde la Conferencia Euromediterránea de Barcelona de 1995, pero la aplicación de las
decisiones adoptadas o la asignación de recursos financieros por parte de la Unión Europea siguen
estando obstaculizados por las rivalidades entre algunos de los integrantes de esta área.
c) La región Balcánica seguirá, por desgracia, identificada como lo ha sido a lo largo de la
historia por una serie de palabras como polvorín, embrollo o conflicto. La cadena montañosa de
menos de 500 Km con que se identifica la zona separa ríos, religiones, pueblos y lenguas. La unidad
de hombres y culturas se consiguió siempre por la fuerza de un Imperio, de una dictadura o de un
ejército. Desaparecidos estos factores integradores, el conflicto surgió pronto. Primero en la antigua
Yugoslavia, con el alto coste humano que ha supuesto, pero puede volver a estallar entre los
130
Estados que la integran por los diferentes enfrentamientos latentes: minorías nacionales, conflictos
fronterizos o choques religiosos.
d) La región del Cáucaso ha sido una zona estratégica fundamental para Rusia, que comenzó
su colonización en el S. XVIII. Tras más de dos siglos no han podido ser resueltos los conflictos
interétnicos, territoriales y económicos en el área. Desde la desaparición de la U.R.S.S. en 1991, la
conflictividad ha ido creciendo: en la Federación Rusa el conflicto osetio-ingush de 1992 constituyó
la primera explosión sangrienta de este polvorín que ha tenido su continuidad entre otros, en
Chechenia en Azerbaiján, el conflicto del alto Karabaj, iniciado en 1988, abrió una era de
inestabilidad en la zona; en Georgia, las guerras con Osetia del Sur y Abjazia han provocado su
independencia de facto. La presencia de Turquía, Irán o Arabia Saudí en la zona está incrementando
la tensión.
e) La región del Caribe, en la que la cuestión cubana sigue constituyendo un contencioso
abierto entre EE.UU. y el régimen de Fidel Castro, cuyas repercusiones se trasladan al continente
americano, vía OEA, o a Europa, a través de las relaciones entre los miembros de la Unión Europa
y La Habana. Cuba constituye hoy una isla no sólo geográficamente hablando sino también política
y económicamente, en un océano continental que ha visto consolidados sus regímenes democráticos
y sus estructuras económicas capitalistas. La falta de una solución a corto plazo impulsará al
gobierno de Washington a seguir utilizando la estaca o la zanahoria en su política hacia el régimen
castrista.
f) La región de los mares chino-japonés han sido tradicionalmente una zona de gran interés
geoestratégico, acrecentada desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Tanto la U.R.S.S., con sus
posesiones territoriales, sus alianzas y la Flota del Pacífico, como EE.UU., con sus bases militares,
su VII Flota y sus aliados, mantenían una presencia activa en la zona, alentadas por los conflictos
que surgieron en la misma durante la Guerra Fría. Desde 1991, el valor de esta zona ha aumentado
especialmente por el desarrollo económico de los llamados Nuevos Países Industrializados. No
obstante, la consideración de esta región como área conflictiva no puede dejarse de lado por las
siguientes razones: la irresolución del conflicto entre las dos Coreas; el contencioso por las islas
Kuriles entre Japón y Rusia; las fricciones entre seis Estados por el archipiélago de las Spratly en el
mar de China; el enfrentamiento entre Corea del Sur y Japón por las islas de Takashima / Tokdi, de
gran valor económico; las disputas entre la República Popular China y Taiwán.
g) La región del África Central es un amplio espacio geográfico que abarca desde el Senegal
y Gambia hasta Somalia. Desde el final de la Guerra Fría, el continente africano dejó de ser un
punto de fricción entre los dos bloques, provocando un cierto vacío que pronto fue ocupado por
EE.UU. y Francia, principalmente. En 1992, los representantes de los 42 Estados africanos que se
reunieron en Dakar y se comprometieron a desarrollar la democracia y el multipartidismo. Las
instituciones financieras internacionales prometieron ayudas a aquellos países que demostraran una
verdadera voluntad democratizadora. Las intenciones allí manifestadas no se han cumplido, y tan
sólo en unos pocos Estados africanos se puede hablar de democracia. Esta situación general, a la
que se han añadido los conflictos interétnicos, el hambre, las epidemias y los desastres naturales,
han convertido al África Central en un verdadero polvorín: Somalia, Sudán, Liberia, Sierra Leona,
Ruanda, etc., han sido protagonistas de intensas guerras civiles, importantes movimientos de
población y, entre otras cosas, la matanza humana desde la Segunda Guerra Mundial –más de un
millón de muertos– centrada en Ruanda. Y todo ello ante la pasividad del mundo o la retirada
vergonzosa de EE.UU., tras la intervención televisada en Somalia, todo lo cual alentará la
conflictividad en esta región.
4. Esta nueva configuración del poder mundial va a provocar que los principales actores
internacionales deban actuar permanentemente para mantener el orden internacional frente a las
nuevas amenazas y desafíos para la paz y la seguridad internacional. Amenazas y desafíos que
pueden ser sintetizados de esta manera: el terrorismo internacional; el integrismo religioso, los
fanatismos ideológicos y políticos; la violación de los derechos fundamentales del hombre y los
131
En el NOM, podemos definir una nueva jerarquización del poder y la participación, junto
con los actores internacionales clásicos, de un conjunto de nuevas unidades del sistema
internacional, utilizando la terminología de Barbé, que van a competir en influencia y capacidad de
actuación con ellos.
La jerarquización del sistema internacional puede establecerse de este modo:
a) Una potencia hegemónica mundial representada por EE.UU. Sigue teniendo una
influencia económica internacional destacada, dispone de un amplio arsenal de armas
convencionales y nucleares más unas fuerzas armadas desplegadas por la mayor parte del mundo,
así como de una influencia político-ideológica nada desdeñable. Aún y así, EE.UU. ha estado
sumido en una profunda crisis económica que hace, según Robert Slow, que el país se encuentre
con la primera generación en la historia norteamericana cuyos hijos son más pobres que los padres.
A su vez, y a pesar de sus recursos, dice Inmanuel Wallerstein, EE.UU. conserva aún un cierto
poder sobre sus aliados europeos y japonés, pero ser líder significa algo más y es que los otros le
sigan de forma automática, y a EE.UU. ya nadie le sigue de una forma tan fiel como durante la
Guerra Fría. Dominique Mise llegará a decir que, para que una potencia garantice el equilibrio
mundial, es necesario que sea amoral y, sin embargo, EE.UU. quiere ser más moral que los demás,
y eso le impedirá desempeñar ese papel de liderazgo.
b) Una potencia hegemónica intercontinental representada por Rusia. Una potencia cuyos
problemas internos condicionan permanentemente su política exterior. Las dificultades económicas,
la difícil articulación de la estructura federal, los problemas políticos e institucionales permanentes
y la insatisfacción de la sociedad, marcan el rumbo de la acción exterior. Una acción que bascula
entre Europa y Asia, entre Occidente y el Mundo Eslavo, entre la Confederación de Estados
Independientes, la resurrección de la U.R.S.S. y el deseo de integración en el grupo de las 7
potencias más ricas del mundo. Rusia, por lo tanto, desea ejercer una política de supervivencia y
como tal quiere que se la reconozca, pero su dependencia de otros Estados y su debilidad interna es
una realidad incuestionable que no parece ser compensada, a pesar de las amenazas, con el temor
que causa por el número de armas convencionales y nucleares de que Rusia aún dispone y que se
duda que controle.
c) Cinco grandes potencias, representadas por la República Popular China, Francia, Gran
Bretaña, Japón y Alemania. Las tres primeras basan su posición destacada en su papel en el Consejo
de Seguridad como miembros permanentes, integran el Club Nuclear, disponen de recursos
económicos y tienen una cierta capacidad de influencia en el mundo. Las dos últimas disponen de
recursos financieros y comerciales suficientes para que sus intereses y opiniones sean tenidas en
cuenta en la configuración del NOM.
d) Un conjunto de potencias medias que disponen de recursos materiales, influencia,
voluntad y capacidad de asumir responsabilidades que les permiten participar también en la
configuración del NOM, desde su posición de potencias regionales. En este grupo integraríamos
principalmente a España, Italia, México, Brasil, Argentina, Israel, Turquía, Irán, Arabia Saudí,
Egipto, India e Indonesia.
e) El resto de los Estados y territorios del mundo, 210 en 1996, se integrarían en dos grupos.
Estados con influencia regional, es decir, con alguna capacidad para movilizar recursos y ejercer
una influencia localizada y Estados sin influencia internacional.
La estatalización de la vida internacional en ese proceso jerárquico no excluye la presencia
de otros actores internacionales que compiten, e incluso ocultan y suplen la labor de los Estados en
el NOM.
Esos otros actores pueden ser clasificados de la siguiente manera:
a) Las Organizaciones Internacionales Gubernamentales, entre las que destaca la ONU, y el
propio sistema de Naciones Unidas, junto a las Organizaciones regionales tales como la de OCDE,
132
OTAN, UEO, Liga de Estados Árabes, etc. También se integrarían las agrupaciones de Estados con
fines específicos como la Unión Europea, la Confederación de Estados Independientes, Unión
Euroasiática, Grupo de Río, etc.
b) Las Organizaciones Internacionales No Gubernamentales. El fenómeno de las ONG´s se
remonta a la Edad Media, según el Yearbook of International Organizations, aunque cuando
adquiere un verdadero auge es desde los años sesenta del S. XX y, más concretamente, desde el
final de la Guerra Fría. En la actualidad hay casi 5.000 ONG´s cuyas sedes se reparten
principalmente entre Bruselas, París, Londres y Ginebra. De las más conocidas, como Amnistía
Internacional (1960) Greenpeace (1971), Médicos sin Fronteras (1971) o, al Comité Internacional
de la Cruz Roja, la Unión Interparlamentaria o el Club de Roma, todas han protagonizado el interés
creciente de los medios de comunicación, y algunas de ellas, especialmente las dedicadas a
actividades humanitarias y a la protección del medio ambiente, han aumentado fuertemente en los
últimos años el número de sus socios, sus recursos financieros y el apoyo de la opinión pública
internacional. El fenómeno de las ONG´s es uno de los hechos más relevantes del NOM.
c) Las empresas multinacionales o transnacionales han adquirido también un protagonismo
destacado en esta nueva era. Definidas por M. Merle como los movimientos y corrientes de
solidaridad de origen privado que tratan de establecerse a través de las fronteras y que tienden a
hacer valer o imponer sus puntos de vista en el sistema internacional, integran un número muy
heterogéneo de miembros. En primer lugar, por el aumento de las mismas: de 7.000 en 1970, a más
de 37.000 en 1992. En segundo lugar, por su importancia económica: controlan los 2/3 del
comercio mundial, por su posición en el PNB. mundial, por el control de los sectores claves de la
economía internacional, etc. En tercer lugar, por su influencia política, como grupo de presión, tanto
sobre el Estado en el que se asienta la empresa matriz como en todos aquellos en los que invierten y
construyen sus instalaciones. De este modo, algunos autores han hablado de la cosmocorp para
enfatizar su poder, y otros prevén que, en el S. XXI, la economía mundial estará controlada por
unas pocas decenas de empresas multinacionales.
d) Por último, los Grupos religiosos, en especial los de tipo fundamentalista, que se aferran
a los valores primordiales propios, que adquieren un papel preponderante desde la revolución iraní
de 1979. El ayatolá Jomeini dirá: Nuestra consigna: “Ni Este ni Oeste” es el lema fundamental de la
Revolución Islámica en el mundo de los hambrientos y de los oprimidos. Sitúa a la verdadera
política de no alineamiento de los países islámicos y de los países que acepten el Islam como la
única escuela para salvar a la humanidad, con la ayuda de Dios, en un futuro próximo. El mensaje
fundamentalista islámico se ha extendido por el Norte de África, Oriente Próximo, y los Balcanes,
constituyendo un foco de inestabilidad, una nueva amenaza, pero también convirtiéndose en un
protagonista internacional, de acuerdo con la definición que hemos utilizado. Un fundamentalismo
islámico que está comenzando a influir en otros fundamentalismos religiosos.
Los procesos de cooperación y enfrentamiento
Definida la estructura internacional y los actores del NOM, estamos en condiciones de
estudiar las formas en que se relacionan los actores, atendiendo a los factores condicionantes del
entono en el que se desenvuelven y al orden internacional vigente.
La reflexión sobre estos procesos ha sido quizá la tarea a la que se están dedicando con más
entusiasmo intelectuales, economistas, politólogos o periodistas, pero también instituciones
dedicadas a los estudios estratégicos o al análisis de la sociedad internacional, desde que terminó la
Guerra Fría. Por ello, sería conveniente comenzar por presentar algunas de estas propuestas.
El profesor Lester Thurow, en su trabajo La guerra del siglo XXI, señala que la característica
principal del NOM será una guerra económica entre los tres bloques estratégicos: el europeo,
liderado por Alemania, el oriental, dirigido por Japón, y el norteamericano. Para este autor el
sistema económico mundial, desde 1945, se caracterizaba por una complementariedad entre un
133
centro de gran magnitud y elevada tecnología, que actuaba como autoridad monetaria y mercado de
demanda universal, y una serie de satélites clientes (Europa Occidental y Japón más el Tercer
Mundo exportador), que se beneficiaban del papel de la locomotora norteamericana. Pero el éxito
del modelo provocó el avance de las economía satélites desarrolladas, que incluso han superado al
centro, dando lugar a un equilibrio multipolar de poderes. Por ello, de unas relaciones de
cooperativa complementariedad asimétrica, se ha pasado a unas relaciones de competencia
simétrica no cooperativa y el proteccionismo acelerado de los bloques comerciales se ha acelerado.
Esta modificación de las reglas de juego de la competencia internacional obliga a una nueva
competencia basada en la eficacia (productividad) y no de la eficiencia (rentabilidad). Con el
mercado mundial dividido en bloques comerciales y en ausencia de una superpotencia económica
que actúe de locomotora central, las nuevas condiciones de la competencia internacional sólo
pueden basarse en unas nuevas reglas de juego, compartidas por todos, que exige la coordinación
internacional de las políticas fiscales y monetarias, si se quiere evitar esa guerra económica que no
será beneficiosa para nadie.
Otra de las propuestas que más polémica ha causado ha sido la del profesor de la
Universidad de Harvard, Samuel P. Huttington, recogida en la revista Foreing Affairs. En este
artículo, plantea que el conflicto más característico del NOM no será el ideológico o el económico,
sino el conflicto entre civilizaciones. Este choque entre naciones y grupos de civilizaciones
diferentes representará la última fase de la evolución de los conflictos en el mundo, desarrollados
principalmente dentro de la civilización occidental. Tras el final de la Guerra Fría el conflicto será
global y se desarrollará entre las ocho grandes civilizaciones: occidental, confuciana, japonesa,
islámica, hindú, eslavo-ortodoxa, iberoamericana y africana. Las razones de este conflicto son las
siguientes: a) las fuertes diferencias entre las civilizaciones; b) el empequeñecimiento del mundo
hace que las interacciones entre las diferentes culturas vayan aumentando, lo que intensifica la
conciencia civilizatoria y la percepción de las diferencias, que se van haciendo más intensas; c) el
desigual proceso de modernización económica y social está disociando a los pueblos de sus
antiguas identidades regionales y la religión va ocupando un hueco entre ellos; d) la conciencia de
civilización se va creando también frente a la hegemonía del occidentalismo; e) frente a la
adaptación de los pueblos a los cambios políticos y económicos es difícil alterar o transformar las
características y diferencias culturales y adaptarlas a la nueva situación internacional; f) la
conciencia civilizatoria ha aumentado fuertemente en relación con el regionalismo económico.
En una interesante obra colectiva, titulada El Orden Mundial tras la crisis de la Guerra del
Golfo, los profesores Brucan, Gunder Frank, Galtung y Wallerstein exponen sus respectivas
propuestas. De ellas vamos a destacar, en primer lugar, la del profesor rumano Silviu Brucan para el
que el NOM se basará más en la importancia que adquieren los factores económico-tecnológicos
frente al poderío militar o armamentístico, por ello el principal campo de batalla es ahora el
mercado mundial y los enfrentamientos entre los bloques o áreas económicas que irán sustituyendo
a las alianzas militares; el nuevo juego del poder se organizará en torno a EE.UU., la Unión
Europea y Japón, que desarrollarán un conjunto de acuerdos comerciales de carácter regional, antes
que de orden mundial, lo que conducirá a un crecimiento de las desigualdades económicas que en el
año 2000 hace que el PIB mundial se reparta entre el 74 % que les corresponderá a los países más
desarrollados y un 26 % a los países del Sur. Para J. Galtung el NOM puede ser considerado como
un intento de institucionalizar el statu quo en forma de una estructura sin posible cambio; una
estructura que él define como multipolar en un sistema hegemónico unipolar en el que se producirá
un reparto del mundo de este modo: EE.UU. tratará de dominar el hemisferio occidental y Oriente
Medio; la Unión Europea tratará de dominar los países del Centro y el Este de Europa y los 68
países del conjunto ACP; Japón tratará de dominar el Este y el Sudeste de Asia; y Rusia tratará de
dominar el espacio de la ex U.R.S.S.; en un ámbito periférico estará China que intentará mandar
sobre sí misma, la India sobre el Sur de Asia y aparecerá un superpoder árabe-islámico; las
implicaciones políticas y militares de esta estructura serán enormes y ello alentará el conflicto, y
hará el mundo aún más peligroso.
134
El Informe del Club de Roma titulado La primera revolución mundial, publicado en 1991,
caracterizaba el NOM por las siguientes notas: a) un fuerte crecimiento urbano; b) una explosión
demográfica en los países del Sur; c) un despertar de las minorías y el nacionalismo, como reacción
a un proceso uniformizador; d) una interdependencia más intensa de las naciones; e) una extensión
de la economía de mercado a través de tres grandes bloques económicos liderados por EE.UU.,
Unión Europea y Japón; f) un desigual crecimiento económico; g) una mundialización de las
finanzas con tendencia a lo especulativo; h) profundos cambios en el medio ambiente; i) grandes
avances en las altas tecnologías; j) pérdida de valores éticos, que conducen a la indisciplina y la
violencia, k) extensión de nuevas plagas tales como la mafia, el narcotráfico o el SIDA.
A este conjunto de reflexiones se han unido también los historiadores. Por nuestra
formación, conocimiento del pasado y vivencia del presente, estamos en condiciones para poder
juzgar el presente en función del pasado. Un presente que ha conducido a la subespecialidad dentro
de la contemporaneidad que venimos en denominar en España Historia del Mundo Actual. Nada
mejor, pues, que terminar presentando tres propuestas que desde la Historia presentamos para el
debate final.
En primer lugar, la realizada por el historiador británico Eric J. Hobsbawm en su libro
Historia del siglo XX y en algunos artículos publicados recientemente. Su propuesta parte del
principio de que por primera vez en dos siglos el mundo carece de cualquier sistema o estructura
internacional. También están bien definidos la naturaleza de los peligros a que se enfrenta el
mundo, aunque ya se considera improbable una tercera guerra mundial. No obstante, la
conflictividad del mundo parece aumentar cuantitativa y cualitativamente, por cuanto las
perspectivas de conflicto y violencia se extienden a cualquier parte del mundo. Las tendencias del
NOM apuntan, según Hobsbawm, en este sentido: a) la brecha entre ricos y pobres se ampliará; b) el
crecimiento demográfico se acelerará en el mundo y sólo los países que consigan estabilizar su
población serán los que afronten en mejores condiciones los retos del futuro; c) la crisis ecológica
del globo nos afectará a todos y exigirá medidas radicales y realistas; d) hay un debilitamiento del
Estado-Nación, que ha visto erosionar su poder por la pérdida de competencias en favor de
instituciones supranacionales y por la disminución de su fuerza y privilegios históricos dentro del
marco de sus fronteras. En definitiva, nos dirá, si la humanidad ha de tener un futuro, no será
prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases,
fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es, la alternativa a una sociedad transformada, es la
oscuridad.
El catedrático de la Universidad de Yale, Paul Kennedy, ha realizado también su aportación
en su libro Hacia el Siglo XXI, sobre las tendencias que marcan este nuevo periodo intersecular.
Para él, los retos serán los siguientes: a) el problema demográfico y medioambiental, con especial
referencia a las migraciones y el efecto invernadero; b) el avance tecnológico, especialmente en el
ámbito de la robotización, que provocará una selección entre los países que estarán en cabeza en el
desarrollo tecnológico; c) los avances en biotecnología provocarán una menor demanda de
productos agrícolas tradicionales del Tercer Mundo; d) el papel de las multinacionales será clave en
la creación de un mercado global de bienes y servicios y en la generación de un capitalismo
monopolista que trascenderá las fronteras para optimizar sus beneficios, gracias al control
informático que le permitirá operar las 24 horas al día en los mercados internacionales de finanzas;
e) la relativización, que no la desaparición, del papel del Estado como órgano de gestión
administrativa de supuestas entidades soberanas.
Como conclusión, para el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Juan Carlos
Pereira Castañares, el NOM podría caracterizarse por las siguientes notas:
a) Desaparecida la tensión Este-Oeste, se incrementará hasta cotas desconocidas la tensión
Norte-Sur, que se manifestará principalmente a través del aumento de los desplazamiento humanos
del Sur al Norte, tal y como se indica en un reciente informe de la Trilateral, confirmado por
ACNUR; el incremento de las desigualdades sociales y económicas entre los dos mundos; el
135
deterioro del medio ambiente en el Sur, que afectará a las condiciones climáticas globales; la
desesperación y frustración en el Sur conducirán a la inestabilidad política, el narcotráfico, el
terrorismo y la violencia; la competencia por el espacio vital será permanente y el desigual poder
mundial basado en el control por el Norte de la información, la electrónica y la informática, será
también fuente de conflictos y desigualdades.
b) El mundo será más seguro, en el sentido de que la posibilidad de una guerra mundial
desaparecerá, pero más inestable. Una inestabilidad que se manifestará a través de un aumento de
los conflictos localizados, calificados por la OTAN como riesgos de naturaleza polifacética y
multidireccional, de difícil predicción y valoración. Estos conflictos serán peculiares por cuanto se
desarrollarán, por lo general, en el interior de los Estados, sin una clara distinción entre guerra civil
o conflicto regional; las armas utilizadas se limitarán tecnológicamente a las armas convencionales
o de corto alcance; el número de bajas será mayor entre la población civil que entre los integrantes
de las fuerzas armadas; la paz se logrará con un mayor esfuerzo o con más dificultades y será más
inestable.
c) La catástrofe de Chernobil, en abril de 1986, dio paso a una tercera característica del
NOM: la preocupación por el medio ambiente y los cambios climáticos. Durante la Guerra Fría
estas cuestiones pasaron a un segundo plano, e incluso se cometieron verdaderas atrocidades como
en la actualidad se está poniendo de manifiesto. No obstante, la explosión de Chernobil, que según
la OMS desprendió radiactividad equivalente a 200 veces las emisiones conjuntas de las bombas
nucleares arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, alentó un debate más serio y amplio sobre las
cuestiones medioambientales, al constituir la peor catástrofe nuclear civil de la historia de la
Humanidad. La posible repetición de una catástrofe en los 432 reactores que hoy siguen activos
repartidos en 31 naciones y su reducida participación en la producción energética mundial, tan sólo
el 6 %, ha abierto la era del declive de esta fuente de energía. No obstante, el accidente de la central
ucraniana puso de manifiesto el deterioro del medio ambiente en el mundo, que muy bien reflejaba
el Informe del Worldwatch Institute: desde 1970, el mundo ha perdido 200 millones de hectáreas de
árboles, los desiertos han aumentado 120 millones de hectáreas y se han perdido 480.000 Tm. de
capa vegetal, entre otros datos. Todo ello ha hecho que se hable de la necesidad de crear un Nuevo
Orden Ecológico, cuyas bases se pusieron en la Conferencia de Río, celebrada en junio de 1992, en
donde se firmó el Convenio sobre la Diversidad Biológica. A partir de entonces, se ha impulsado a
los Estados a que cumplan tres reglas si desean sentirse seguros y mantenerse en una posición
privilegiada en el NOM: sustituir el crecimiento por la protección del medio ambiente en las
políticas económicas nacional y de desarrollo internacional; el liderazgo internacional se basará en
fundamentos económicos y ecológicos, más que en los militares; los Estados deben ir reduciendo
drásticamente el consumo de combustibles sólidos (petróleo y carbón), principales causantes del
efecto invernadero, además de no derrochar la energía si quieren seguir teniendo un crecimiento
económico y un desarrollo sostenible.
d) El Estado-Nación deberá adaptarse a las nuevas circunstancias internacionales. En el
orden interno deberá hacer frente al nacionalismo de carácter territorial, en demanda del derecho de
la libre autodeterminación de los pueblos (sólo en Europa hay 123 etnias diferentes), pero también
el nacionalismo de carácter racial y xenófobo que es más peligroso, porque es excluyente y es la
base de los movimientos neofascistas; junto a este proceso se desarrollará otro paralelo como será el
que conduzca a una pérdida de las competencias nacionales y soberanas, para cerrar el proceso hay
que destacar la ofensiva lanzada por los gobiernos, empresarios y ciertos partidos políticos contra el
Estado del Bienestar, lo que creará problemas sociales y económicos, aún difícil de valorar. En el
ámbito internacional la reaparición de las divisiones históricas y territoriales, que el sistema bipolar
había controlado u oscurecido, ha incrementado la tensión regional; por otro lado, los Estados, ante
la falta de liderazgo internacional y la regionalización del espacio, buscarán un nuevo acomodo en
el NOM, confirmando su posición internacional pero también extendiendo su influencia sobre áreas
de influencia anteriormente ocupadas por las superpotencias.
136
e) Por último, la inseguridad, la falta de valores o la preocupación por el deterioro del medio
ambiente y el aumento de la pobreza, que todos conocemos a través de la aldea global de las
comunicaciones en la que estamos insertos, ha conducido a un aumento de los movimientos sociales
que pueden definirse según Arturo García en la revista Documentación Social, como: un intento
colectivo de promover un interés común, o de asegurar un objetivo compartido, mediante la acción
colectiva en el exterior de la esfera de las instituciones establecidas. Se tratará, en definitiva, de
impulsar a la sociedad civil en los Estados y a nivel internacional para que intervenga ante el vacío
que ha dejado el orden de la Guerra Fría, para que presione a las autoridades y organismos
gubernamentales y que actúe allí donde sea necesario en pro de la supervivencia de la humanidad.
Estos movimientos han impulsado, principalmente, el ecologismo, el derecho humanitario, el
pacifismo y la ayuda humanitaria, en la que están fuertemente comprometidos los jóvenes, sin cuya
ayuda el mundo del S. XXI no podrá superar los errores del pasado.
HISTORIA DEL MUNDO ACTUAL
TEMA 6. LA DESCOLONIZACIÓN Y EL DESARROLLO DE LAS NACIONES
EXTRAEUROPEAS.
EL MOVIMIENTO DESCOLONIZADOR
Concepto de descolonización y sus orígenes.
El mundo de hoy no puede comprenderse sin la atención a la descolonización, proceso que
ha modificado las relaciones entre los continentes, cuya importancia ha sido resaltada por René
Remond: Si se quiere reducir la historia política del mundo de los dos últimos siglos a algunos
elementos constitutivos, habría que retener la revolución de 1789, la Revolución rusa de 1917 y la
emancipación de los continentes sometidos desde hace siglos a la dominación de Europa y del
hombre blanco. El término descolonización es utilizado por vez primera por el periodista francés
Henri Fronfrede en un manifiesto “De la descolonización de Argelia”, incluido en el Memorial
Bordelés (1837). Durante el S. XIX el término se olvidó para ser recuperado por el comunista indio
Roy en una obra de 1927. Después de la Segunda Guerra Mundial se multiplican los libros y
ensayos que analizan el proceso de disolución de los imperios coloniales. Siguiendo a E. J.
Osruñczyk, pude definirse la descolonización como el proceso de liquidación del sistema colonial
en el mundo y la creación de Estados independientes en los antiguos territorios dependientes. La
descolonización es, pues, la lucha de los pueblos asiáticos y africanos contra el predominio europeo
que hace desaparecer así, en treinta años, (1945-1975), los poderosos imperios coloniales creados a
fines del S. XIX.
En un sentido amplio, no sólo a partir de la Segunda Guerra Mundial los territorios
dependientes de las naciones europeas logran su independencia, pues ya durante los S. XVIII y XIX
las colonias americanas habían conseguido separarse de las metrópolis: los EE.UU. (1776), de
Inglaterra, las repúblicas hispanoamericanas (1820-21 y 1898) de España, y el Brasil de Portugal
(1822). No obstante, en todos estos casos no existe descolonización sino secesión, protagonizada
por los descendientes de los colonos de estos países.
La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias sobre los imperios coloniales europeos.
Los orígenes inmediatos de la descolonización se encuentran realmente entre las dos guerras
mundiales, y es a partir de 1945 cuando aparecen los elementos favorables que aceleran este
proceso. Los más importantes son los siguientes:
137
a) Las consecuencias de las dos guerras mundiales.
Los dos grandes conflictos bélicos que tienen su centro en Europa principalmente, y el
segundo también en Asia, durante la primera mitad del S. XX –la “era de la violencia” entre 1914 y
1945– tienen unas inmediatas consecuencias en las relaciones entonces existentes entre las
metrópolis y sus respectivas colonias, creando una nueva situación en sus vínculos de intercambio y
dependencia. Las repercusiones de ambas guerras en la alteración y transformación de tales
relaciones se producen no sólo por el progresivo debilitamiento del poder europeo, sino también, y
principalmente, por la propia evolución y situación de los Imperios coloniales durante los conflictos
y por algunas de las medidas y actitudes internacionales adoptadas por los países vencedores en las
respectivas posguerras.
Las consecuencias en la situación y evolución de los Imperios coloniales fueron
principalmente de cuatro tipos, siendo más acusadas con ocasión de la Segunda Guerra Mundial que
en la Primera: 1º. Territoriales, al realizarse una redistribución colonial tras la Primera Gran
Guerra, y transformarse amplias regiones geográficas, tanto de Asia como de África, en escenarios
de combates y frentes de batallas durante la Segunda Guerra Mundial; 2º. Económicas, ya que las
colonias contribuyen de manera decisiva al esfuerzo bélico con la aportación de sus materias primas
y la creación de industrias complementarias al servicio de la metrópoli; 3º. Sociales, por la
utilización de contingentes humanos coloniales que, integrados en los ejércitos europeos
victoriosos, experimentan un profundo cambio, tanto individual como colectivo, en sus actitudes
mentales y sociales ante los europeos; y 4º. Políticas, principalmente en el caso de Asia durante la
Segunda Guerra Mundial por la actitud de Japón que, al expandirse y ocupar los países orientales,
representa un auténtico poder asiático que va logrando la victoria sobre el colonialismo occidental,
fomentando los nacionalismos asiáticos latentes en las colonias frente al poder europeo.
Las actitudes internacionales adoptadas por los países vencedores en las respectivas
posguerras van a tener inmediatas repercusiones sobre el mundo colonial, favoreciendo su
transformación, lo que se aprecia, en primer lugar, en las orientaciones políticas seguidas al término
de la Primera Guerra Mundial en el marco de la Sociedad de Naciones, y sobre todo durante el
transcurso de la Segunda Guerra Mundial, cuando, desde algunos sectores entre los aliados, va
surgiendo la idea de la internacionalización y la autodeterminación y soberanía de los territorios
dependientes, que tiene una primera formulación en la Carta del Atlántico firmada por el presidente
norteamericano Roosevelt y el primer ministro británico Churchill en agosto de 1941, y que dio
lugar a diversas interpretaciones; al terminar el conflicto bélico, las nuevas circunstancias
mundiales hacen que esta inicial y moderada política sea proseguida e intensificada por la ONU.
b) La evolución de los pueblos afroasiáticos colonizados.
Un factor de importancia fundamental para la eclosión del proceso descolonizador fue la
propia evolución en el sentido de progreso y desarrollo de los pueblos afroasiáticos colonizados,
que ha llevado a algunos autores a hablar del “ascenso de los pueblos de color”; estos pueblos han
ido adquiriendo, con el transcurso de los años, conciencia de su situación y han organizado su
resistencia contra la dependencia colonia, manifestada desde la hostilidad de las poblaciones hacia
el predominio europeo hasta la organización de movimientos nacionalistas de lucha
antioccidentales; esta evolución puede apreciarse en una serie de aspectos y actividades.
En primer lugar, las sociedades afroasiáticas han experimentado un continuo proceso de
transformaciones y crecimiento interno en sus diversos planos económico-sociales, tanto en relación
con lo que los autores llaman “el impacto de Occidente”, por la acción del colonialismo, como por
la dinámica propia de estas sociedades, actuando así y siendo muestra de tal evolución los
siguientes factores: 1º. Las transformaciones económicas operadas por la vinculación al desarrollo
económico colonial y que se manifiestan en el crecimiento demográfico, los nuevos puestos de
trabajo, la expansión de las comunicaciones, la producción de los sectores económicos, y el
aumento del nivel de vida y el bienestar; 2º. Los cambios sociales motivados por la alteración, al
sufrir el contacto con el colonialismo, de las estructuras sociales indígenas, que si mantienen la base
138
social de las oligarquías tradicionales, que se someten y se adaptan al hecho colonial, provocan la
aparición y formación de las nuevas clases sociales de las burguesías nacionales y los grupos
medios, así como la configuración como masas sometidas de obreros y campesinos; y 3º. Los
movimientos culturales e ideológicos a partir de la extensión de la enseñanza y formación
intelectual: por un lado, por la asimilación de los sistemas ideológicos occidentales, como el
cristianismo, la democracia, el liberalismo y el socialismo, y, por otro, por la reacción
antioccidental y la búsqueda y la renovación de las propias ideas y valores tradicionales, con la
afirmación de las identidades históricas propias frente al colonialismo occidental.
Unido a los indicados factores de crecimiento y transformación económico-social y cultural
se ha producido, también como factor de evolución de tales pueblos, el despertar de estas
sociedades colonizadas basando en unos sistemas de valores propios la afirmación de su
personalidad histórica que será el soporte ideológico de los movimientos nacionalistas, de la lucha
contra el imperialismo y el fundamento de sus independencias; estos movimientos de renovación
ideológica y de afirmación antioccidental son, principalmente: 1º. El Asiatismo, tal como lo define
H. Grimal; 2º. El Arabismo, entre los pueblos árabes, y el Islamismo, entre los árabes y los
musulmanes no árabes, a través de las distintas tendencias de renovación y modernización, en cada
caso, como las representadas por la Universidad de El-Azarh en El Cairo, de carácter reformador
puritano, y la de los reformadores modernistas, asimilando aspectos occidentales, como la
experimentada en Turquía, quedando para más adelante los intentos de ensamblar islamismo y
socialismo; y 3º. La Negritud como exaltación de los valores tradicionales negroafricanos, que fue
un concepto elaborado por L. S. Senghor, A. Césaire y L. Damas cuando, en 1934, fundan la revista
El estudiante negro en París, siendo después extendido y ampliado por Senghor y vinculado al
concepto de africanidad, mientras que más adelante se intentará también elaborar unas afinidades
entre africanismo y socialismo por otros dirigentes africanos que dan como resultado las llamadas
“vías del socialismo africano”.
Un tercer conjunto de factores que actúan a favor de la descolonización de los pueblos
afroasiáticos y que son muestra en este caso de su evolución y madurez política está representado
por el desarrollo del nacionalismo, y se concreta en la formación de los movimientos y partidos
nacionalistas que surgen entre estos pueblos y que si, por un lado, tienen como base unas realidades
previas de carácter económico, social e ideológico, por otro, se proyectan en un nacionalismo
político que se manifiesta rápidamente a través de los partidos que actúan a favor de la
independencia. Para G. Barraclough, que ha tratado sobre los diversos tipos de nacionalismos
afroasiáticos, se pueden distinguir tres tendencias: los nacionalismos conservadores y oligárquicos
de base y expresión cultural e ideológica; los nacionalismos liberales con proyección política
moderada, y los nacionalismos populares de carácter revolucionario. Al mismo tiempo, hay que
señalar que los nacionalismos afroasiáticos se expresan y desarrollan a partir de un doble marco:
por un lado, sobre la base de la tradición y la historia del propio pueblo como herencia de una
identidad y comunidad nacionales, y, por otro, a través de las coordenadas creadas por el
colonialismo como configuradoras de la nueva nación.
Los movimientos y partidos nacionalistas más activos políticamente a favor de la
independencia de sus respectivos países han sido: 1º. En Asia, el Partido del Congreso fundado en
1885 en la India Británica, la Liga Musulmana creada en 1906 para los musulmanes de la India y
que dará nacimiento a Pakistán, el Kuomintang en la China republicana de 1911, el Viet-Minh en
1941 en la Indochina francesa, y en Indonesia encuentra su cauce en los cinco principios del
Pantjasila del Partido Nacional Indonesio; 2º. En los países árabes se desarrollan los nacionalismos
entre los pueblos del Próximo Oriente y los norteafricanos, como son, en este último caso, en
Marruecos el movimiento de Abd-el-Krim en 1923-1925 con la República del Rift, y después el
partido nacionalista conservador del Istiqlal fundado en 1937, en Argelia se expresa en la
organización de varios grupos y a través del “Manifiesto del Pueblo Argelino” en 1943, en Túnez
esta representado por los partidos Destur en 1920 y Neo-Destur en 1934, y en Egipto en la
organización de los Hermanos Musulmanes, fundada en 1928, y después en torno a los Jóvenes
139
Egipcios; y 3º. En África subsahariana, los movimientos nacionalistas tienen unos caracteres
peculiares: son más tardíos en su formación y menos radicales en su origen, se encuentran más
apegados a los marcos administrativos coloniales, oscilan en sus comienzos entre unas bases
regionales amplias y tribales más que estrictamente nacionales, y si bien se orientan pronto hacia la
acción política, en algunos casos se afirman y radicalizan como movimientos guerrilleros de lucha
anticolonialista. En el África británica, las primeras organizaciones políticas de tipo nacionalista se
encuentran en Costa de Oro, donde hacia 1920 se creó el National Congress of British West África,
y en 1949 el Convention People´s Party por K. Nkrumah, mientras en Nigeria se manifiesta en la
“Carta del Atlántico y el África Occidental Británica”, de N. Azikiwe en 1943; en el África francesa
se registran, más limitados e imprecisos, en Senegal, en torno a las actividades de L. S. Senghor,
quien en 1948 fundó el Bloque Democrático Senegalés, y en Costa de Marfil, donde F. HouphouetBoigny creó en 1946 la Unión Democrática Africana, que se propagó por África Occidental y
Ecuatorial francesas.
Por último, en el conjunto de la evolución de los pueblos colonizados, son también factores
de singular relieve los movimientos de solidaridad entre los pueblos afroasiáticos, que fomentan
sobre la base de una identidad racial, cultural o continental, las relaciones y la unidad entre ellos, así
como la acción común, tanto sociopolíticas como ideológicoculturales, en su enfrentamiento global
contra el colonialismo europeo, y que se concreta en una serie de tendencias y corrientes que
celebran reuniones y organizan asociaciones a nivel internacional de creciente talante
antioccidental. Los principales movimientos de solidaridad afroasiáticos, según expone Butros Gali,
son: 1º. El Panasiatismo entre los pueblos de Asia, que celebran reuniones desde 1926 y que
desemboca, tras distintas fases, en la Conferencia de Bandung en 1955, cuna del afroasiatismo no
alineado; 2º. El Panislamismo como movimiento de unión entre los pueblos islámicos de Asia y de
África, que celebra diversas conferencias desde 1902 con predominio de los aspectos religiosos y
socioculturales sobre los políticos; 3º. El Panarabismo que es la corriente favorable a la unión de
los pueblos árabes, iniciado en Egipto, y que desembocará en la constitución en la Liga de Estados
Árabes en 1945; y 4 º. El Panafricanismo o movimiento de unión y solidaridad entre los pueblos
africanos, cuyo desarrollo se inicia en 1919 por el negro norteamericano W. E. B. Du Bois y, tras la
celebración de cinco Congresos internacionales entre 1919 y 1945, desembocará, tras la
independencia de Ghana en 1957 y la actividad de su presidente K. Nkrumah en la constitución de
la OUA en 1963.
c) La acción de las fuerzas internacionales.
La evolución de las ideas y de la conciencia internacional, tanto en lo que respeta a la
posición de la Iglesia como de las fuerzas ideológicas y políticas mundiales, que se fueron
mostrando opuestos a los abusos del colonialismo expresando una crítica anticolonialista y
defendiendo las ventajas de la descolonización, contribuyó también de manera decisiva en la
iniciación de este proceso. Existe en el pensamiento occidental una tradición anticolonialista, con
base histórica de siglos, desde Las Casas a Marx –como han estudiado M. Merlé y R. Mesa– y que
se han continuado hasta nuestro tiempo a través de diversas tendencias y corrientes, manteniendo
una común actitud crítica hacia el colonialismo en amplios sectores públicos, tanto nacionales como
internacionales.
Entre los sectores intelectuales y religiosos es muestra de tal actitud, entre los primeros, la
fundación en Bruselas, en 1927, de la Liga contra el Imperialismo, integrada por intelectuales y
políticos que proclaman la necesidad de la independencia de las colonias, coordinando su acción en
este sentido con otras fuerzas y corrientes anticolonialistas. Y entre los sectores religiosos toman
igualmente posturas las Iglesias cristiana y católica a favor de la descolonización, en especial desde
1942, con ocasión de la Conferencia de las Iglesias reformistas americanas, y con la declaración de
1946 de las Iglesias protestantes.
La orientación política de Estados Unidos ha sido también claramente favorable a la
descolonización, manifestada en declaraciones y actitudes políticas que aunque en ocasiones van a
140
incurrir en contradicciones prácticas, desean mantener la posición tradicional norteamericana,
iniciada en su propia historia, de ayuda a los pueblos sometidos para la obtención de su
independencia. Antecedente claro, en este sentido, es la Doctrina Monroe en 1823, y en esta
tendencia contra el colonialismo se expresa modernamente el presidente W. Wilson en su mensaje
de 1913 sobre Filipinas y en su programa de Catorce Puntos en 1918; más adelante mantuvo esta
misma línea el presidente F. D. Roosevelt, manifestada en la Carta del Atlántico de 1941 y en sus
declaraciones de 1942, así como en la Declaración de las Naciones Unidas sobre la independencia
nacional del Departamento de Estado en 1943. Desde 1945, con la nueva situación internacional
creada al final de la guerra, se aprecian matizaciones correctoras en esta política, si bien mantiene
vigente la teoría, suponen modificaciones en su aplicación práctica –de ahí las contradicciones en
ocasiones– y que, ya expresadas en la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, se continúan
durante los tiempos de la Guerra Fría.
El socialismo marxista ha sido siempre, desde sus comienzos, claramente anticolonialista
habiendo realizado en todo momento una fuerte crítica del colonialismo y manifestándose a favor
de la libertad y contra la explotación de los pueblos oprimidos. La acción de la ideología marxista
contra el colonialismo se puede seguir en sus distintos momentos y manifestaciones: 1º. La postura
del socialismo como ideología y actitud política fue claramente anticolonialista: la II Internacional
se planteó, en sus Congresos celebrados con anterioridad a la Primera Guerra Mundial, la cuestión
colonial expresando una condena de la explotación colonialista, como en el de Stuttgart en 1907; 2º.
La política de la Unión Soviética, como socialismo marxista estatal tras el triunfo de la revolución
bolchevique en Rusia, fue favorable a la independencia de las colonias: expresiones de esta política
fueron la declaración del Segundo Congreso de los Soviets, y el plan de emancipación de los
pueblos de la Unión Soviética en 1921, para las propias colonias rusas, y, en el plano internacional,
las declaraciones contra el imperialismo de los Congresos de la Internacional Comunista, como las
tesis sobre las cuestiones coloniales y nacionales, expuestas en 1920, en el II Congreso por
iniciativa de Lenin, que ya se había manifestado sobre este asunto en 1916; la actitud de Lenin fue
continuada como política oficial de la U.R.S.S., que apoyó en todo momento las independencias de
las colonias frente a su explotación por los países capitalistas occidentales; 3º. El marxismo actuó
también al ser la ideología aceptada y seguida por diversos movimientos y partidos nacionalistas y
revolucionarios de las propias colonias, que realizan su lucha por la independencia siguiendo los
principios de la revolución marxista, y que llegan a constituir los nuevos países independientes,
donde triunfan, sobre la base del socialismo, con varios matices y tendencias; y 4º. El marxismo
actúa, igualmente, a favor de la descolonización en el plano de los partidos socialistas y comunistas
de los países europeos colonialistas, al hacer una crítica de la situación y la política nacionales de
los partidos capitalistas burgueses y mostrase en general a favor de la concesión de la
independencia, y otros beneficios a las colonias, aunque prestándose en ocasiones a interpretaciones
y matices.
d) La actitud de las potencias colonialistas.
La actitud política seguida por las potencias europeas poseedoras de Imperios coloniales
respecto a sus colonias, en sus intentos de adaptarse a las realidades del mundo al término de la
Segunda Guerra Mundial, va a tener el doble carácter, por un lado, de ser consecuente con la
tendencia general a favor de la descolonización, y, por otro, de actuar como causa y favorecedora de
las independencias coloniales. Al final de la Primera Guerra Mundial la posición política europea
era todavía sólidamente partidaria del mantenimiento del sistema colonial en todo su vigor,
convencidos aún los gobiernos metropolitanos de la conveniencia y beneficios del colonialismo.
Durante los años de entreguerras, y en especial desde la Segunda Guerra Mundial, las
potencias europeas van tomando conciencia del cambio que se ha ido operando, tanto en las
colonias afroasiáticas a nivel nacional de cada colectividad, como en relación con el nuevo talante
internacional. Con la finalidad de adaptarse a las nuevas realidades de posguerra, se adoptaron y
establecieron por los gobiernos europeos una serie de normas y medidas sobre la administración
colonial, que aunque inicialmente estuvieron motivadas por el deseo de continuar manteniendo el
141
control sobre las colonias, modificando de alguna manera y formalmente el régimen colonial,
fueron estableciendo unas nuevas relaciones entre las metrópolis y las colonias y preparando la
marcha de éstas hacia la independencia política.
Entre las potencias colonialistas fueron especialmente Gran Bretaña y Francia las que
llevaron la iniciativa en este sentido, consiguiendo la primera crear un modelo nuevo de estructura
imperial, con originales y perdurables relaciones entre la metrópoli y los territorios coloniales
cuando éstos acceden a la independencia. En segundo lugar, Holanda y Bélgica intentaron
tardíamente establecer esas nuevas relaciones, pero no acertaron en la consecución de ese nuevo y
necesario modelo. Por último, Portugal y España ni siquiera se lo propusieron mostrándose
opuestos a la descolonización, y desplegaron una errónea política de “provincialización” de sus
colonias que desembocó en la ruptura y el conflicto coloniales. Los modelos, por tanto, de una
acertada y programada política descolonizadora son los realizados, sobre todo, por Gran Bretaña, y
en segundo lugar por Francia.
Gran Bretaña inició una política de transformación en sus colonias de poblamiento de origen
británico que marcó la evolución del Imperio a la Comunidad Británica, y que como modelo de
descolonización sirvió para ser aplicado a todas sus colonias. En esta evolución del Imperio a la
Comunidad se distinguen varias fases, señaladas por H. Grimal: 1ª. Desde el S. XVII hasta 1919 se
registra la formación, expansión y desarrollo del gran Imperio colonial británico que llega a
alcanzar la plenitud de su poder político y economía imperialista, al tiempo que en su último
periodo comienzan a concederse Constituciones de federación y autonomía a las colonias de
poblamiento británico transformándose en Dominios: Canadá en 1867, Australia en 1901, Nueva
Zelanda en 1907 y la Unión Sudafricana en 1909; 2ª. Entre 1919 y 1945 se da el paso definitivo y
jurídico del Imperio a la Commonwealth, al promulgarse en 1931 Estatuto de Westminster que es la
carta constitucional del nacimiento de la Comunidad Británica, integrada por los Dominios
independientes; 3º. De 1945 a 1965 se registra la transformación de la Comunidad al irse integrando
en ella las antiguas colonias de Asia y África que van accediendo a la independencia; y 4ª. Desde
1966, tras unos años de crisis y conflictos internos, la Comunidad se renueva y se adapta con su
nuevo carácter a los nuevos tiempos, con la integración de las últimas colonias de Oceanía y el
caribe, recuperando en nuestro tiempo su papel internacional y sustituyendo al viejo Imperio, del
que sólo quedan residuos aislados. De esta manera, la Comunidad Británica es muestra de lo
acertado de la política descolonizadora seguida por Gran Bretaña.
La política francesa de descolonización fue más tardía que la británica, no siguió unas líneas
tan coherentes de actuación, estuvo más vinculada al proceso político nacional francés, y no llegó a
consolidar un marco constitucional como la Commonwealth; pero a pesar de todo ello hubo, en
determinados momentos, conciencia de la nueva realidad colonial, de la necesidad de los cambios y
adaptaciones, y de la realización de rectificaciones y ajustes a tiempo, y los sucesivos gobiernos
franceses fueron estableciendo las disposiciones administrativas y jurídicas convenientes para
realizar una determinada política descolonizadora. En el proceso descolonizador francés se
observan varias fases, señaladas por X. Yacono: 1ª. Entre 1919 y 1939, en la época de plenitud del
poder imperialista francés bajo la III República, se aprecian ya los primeros síntomas de cambio con
la evolución hacia la autonomía de los Mandatos del Próximo Oriente; 2ª. Durante la Segunda
Guerra Mundial, con la metrópoli ocupada y dividida, el Imperio queda también fraccionado,
apreciándose los rasgos de la crisis colonial en Indochina y en el Magreb, y siendo exponente de la
necesidad de nuevas medidas la Conferencia de Brazzaville, con asistencia de De Gaulle, en 1944;
3º. Desde 1946 hasta 1958 son los años de la Unión Francesa como institución que enmarca las
relaciones metrópoli-colonias, contenida en la Constitución de la IV República, hasta que los
conflictos y las rupturas coloniales en Vietnam y en el Magreb determinaron la promulgación de la
Ley-marco en 1956; y 4ª. Por último, entre 1958 y 1960, con la Constitución de la V República se
da nacimiento a la Comunidad Francesa como nuevo organismo que sustituye las viejas estructuras
coloniales en las relaciones entre la metrópoli y los territorios dependientes del África subsahariana
que evolucionan ya decididamente hacia la independencia, rompiendo cualquier superado
142
condicionamiento colonial, y provocando seguidamente la disolución de tal Comunidad al crearse
nuevas vinculaciones entre la metrópoli y las nuevas Repúblicas africanas independientes.
e) La política de los organismos mundiales.
Otro factor que ha actuado en el plano internacional a favor de la descolonización ha sido la
política seguida en relación con los territorios coloniales por las dos más importantes
organizaciones mundiales creadas en ambas posguerras: la Sociedad de Naciones y las Naciones
Unidas.
La Sociedad de Naciones al término de la Primera Guerra Mundial, se ocupó de regular la
situación en que habían de quedar los territorios dependientes de los países derrotados en el
conflicto: Alemania y Turquía, y se creó el sistema de Mandatos internacionales, establecido por el
artículo 22 del Tratado de Versalles de 1919 que afectó a los países árabes del Próximo Oriente –
Mandatos A–, las colonias africanas, excepto África del SO. –Mandatos B–, y las islas y
archipiélagos alemanes del Pacífico –Mandatos C–.
Tras la Segunda Guerra Mundial, fue la ONU la que asumiendo la herencia de la Sociedad
de Naciones y recogiendo los principios contenidos en la Carta del Atlántico y en otros documentos
análogos, sostuvo la política de internacionalización de las colonias y planteó la cuestión colonial
en términos favorables a la progresiva autodeterminación de todos los territorios dependientes y el
acceso a la independencia de la totalidad de las colonias. La ONU se comprometió así desde sus
comienzos en una política descolonizadora que evolucionó desde unas primeras formulaciones de
compromiso a favor del proceso autonómico, ante las rivalidades en su seno entre los partidarios del
viejo colonialismo y los defensores de la descolonización, hasta la expresión de un radical
anticolonialismo con la condena del colonialismo y el apoyo decidido a la independencia y la
descolonización de todas las colonias.
La ONU realiza, así, en el marco de sus diversas instituciones y organismos, una activa
política de descolonización, en cuya evolución hay que señalar varios momentos: 1º. La Carta de las
Naciones Unidas, firmada en la Conferencia de San Francisco en junio de 1945, contiene una
declaración relativa a territorios no autónomos –capítulo XI– y otros sendos capítulos –XII y XIII–
sobre Régimen internacional de Administración fiduciaria y el Consejo de Administración
fiduciaria; 2º. La Declaración sobre la independencia de los países y pueblos coloniales, aprobada
por la Asamblea General en diciembre de 1960, creándose seguidamente, en 1961, el Comité de
Descolonización; y 3º. En noviembre de 1972 la Asamblea General aprobó una resolución en la que
se hacía constar que el mantenimiento del colonialismo constituía una amenaza para la paz y la
seguridad internacionales. Pero para estas fechas, la descolonización, o al menos la independencia
política , se había conseguido ya prácticamente en todo el mundo.
Los movimientos de emancipación de posguerra: tipologías y consecuencias.
Barrraclough distingue tres vías distintas que va a seguir el movimiento descolonizador: la
vía pacífica es aquella en que la independencia se adquiere sin derramamiento de sangre, bien por la
concesión de plenos derechos a los ciudadanos de las colonias (asimilación), o bien mediante pasos
graduales hasta la definitiva independencia (vía pactada). Ésta fue propugnada fundamentalmente
por Inglaterra (el ex gobernador Robert Delavignette), y en menor medida por Francia, supuso la
preparación de la emancipación de los pueblos afroasiáticos mediante la asunción progresiva de
mayores cotas de autogobierno y la implantación de instituciones políticas a imagen y semejanza de
las europeas, hasta que, de común acuerdo metrópoli y colonia, se proclaman la independencia y
soberanía de esta última.
Aunque este procedimiento descolonizador no está exento, a veces, de tensiones, e incluso
disturbios, la violencia incontrolada por ambas partes es característica de la vía revolucionaria
(Franz Fanon sostiene que la descolonización es siempre un fenómeno violento). . En ella, la
143
Comentario [.1]:
resistencia de la metrópoli a conceder la independencia genera un malestar entre la población
colonial, que se organiza en movimientos clandestinos, frecuentemente guerrilleros, capaces de
provocar una guerra colonial de desgaste que obliga, por fin, a la opinión pública de la potencia
colonial a conceder la independencia y transferir el gobierno a grupos políticos radicalizados
En determinados casos, fases de negociación y etapas caracterizadas por el uso de la fuerza
se entrelazan por los más variados motivos en el desarrollo del proceso descolonizador, en lo que se
llama vía mixta.
Fases y características comunes.
El proceso descolonizador casi completo a niveles formales en nuestros días ha traído una
secuela de inadaptaciones, zozobras e incertidumbres sobre los nuevos países y los pueblos que
accedieron a la independencia. Los fenómenos internos observables en las sociedades afroasiáticas
pueden sintetizarse en los siguientes puntos:
a) Neocolonialismo. Supone el acceso a la independencia política, mientras que el control
económico y la explotación de las riquezas continúa en manos de la antigua nación colonizadora o
de las nuevas potencias económicas capitalistas (EE.UU., Alemania, Japón). Así se perpetúa la
dependencia colonial, se impide el desarrollo de una industria y una agricultura que responda a las
necesidades nacionales, y se mantiene la injerencia foránea en los problemas internos de los nuevos
países.
b) Subdesarrollo económico. Caracterizado por la influencia de una serie de elementos: baja
renta per cápita, hambre generalizada, enfermedades infecciosas crónicas, alto crecimiento
demográfico, atraso de la agricultura, insuficiente infraestructura de comunicaciones,
industrialización escasa, mayoritario analfabetismo y ausencia de suficientes cuadros técnicos
preparados. Como causas desencadenantes de esta situación se han apuntado tanto el bajo nivel de
desarrollo de estas sociedades antes de la colonización, como los efectos de la explotación colonial
que se perpetúan a través del neocolonialismo.
c) Ausencia de una estructura social estable. Perviven arcaicas estructuras tribales o de
castas junto a oligarquías dominantes y nuevas clases sociales surgidas en los últimos años:
burguesías comerciales conservadoras o avanzadas y grupos populares con tendencia revolucionaria
formados por obreros y campesinos.
d) Multiplicidad de sistemas políticos. A pesar de la influencia de las potencias coloniales,
los nuevos países raramente han logrado establecer y mantener unos sistemas de democracia liberal
representativa según los modelos europeos. La carencia en su estructura social de clases medias o
burguesías e incluso la inarticulación de cada país, que se adapta en su configuración territorial a las
fronteras coloniales y no a las culturales o naturales son los elementos que han impedido este logro,
Por el contrario, se han buscado otras fórmulas que intentan modelos originales basados en la
tradición de estos pueblos o bien soluciones autoritarias o revolucionarias más o menos radicales.
En la práctica, los modelos más seguidos son: las dictaduras militares bajo protección de los países
occidentales (Zaire); las dictaduras de partido único de contenido vagamente socialista y
nacionalista (Irak); las monarquías tradicionales y feudales aliadas de EE.UU. (Arabia Saudí); los
regímenes comunistas llegados al poder tras una revolución o guerra civil (Vietnam, Cuba) y
regímenes populistas autoritarios (Perú). Sólo en pocos países perviven, al menos formalmente,
sistema de democracia parlamentaria (India).
Este proceso tiene sus antecedentes históricos en las independencias americanas, entre
finales del S. XVIII y comienzos del XIX, y en su desarrollo durante la época actual ofrece diversas
fases y caracteres, a partir de sus orígenes en el periodo de entreguerras, que son:
1ª. Entre 1945-1955, en la inmediata posguerra, que constituye la primera fase de la
descolonización, se extienden los movimientos nacionalistas principalmente por Asia, y se
144
registran revoluciones e independencias de la casi totalidad de los países de Asia Oriental,
Meridional y del Sudeste, así como del Próximo Oriente, culminando este proceso en la
Conferencia de Bandung (1955), que reúne por primera vez a los países afroasiáticos
independientes y los configura como una nueva fuerza internacional.
2ª. De 1955-1975 es la fase central de la descolonización en la que toma carácter toma
carácter formal el llamado Tercer Mundo, y a través de varios movimientos, que tienen como
antecedente inmediato la revolución egipcia de 1952, se propagan los movimientos nacionales y de
liberación africanos, y se producen igualmente las revoluciones e independencias de los países de
África que se constituyen como Estados independientes. También durante esta fase se completan y
culminan las independencias y revoluciones de los países árabes y asiáticos.
3ª. Entre 1975-1995 se extiende la última fase de la descolonización en la que se registran
las independencias de los países de África Austral, foco de resistencia blanca, que completan el
proceso junto con las últimas revoluciones africanas. Igualmente a lo largo de esta fase culminan las
independencias de los países y territorios de Oceanía y el Caribe, y finalmente la obtienen los países
de Asia Central. Se cierra así el proceso de descolonización, y al final del mismo no existen ya
prácticamente territorios dependientes en el mundo, excepto algún residuo colonial diferenciado y
singular en su problemática precisa, de los viejos y superados imperialismos, como resto aislado de
la época colonial.
EL LEJANO ORIENTE ASIÁTICO
La “rebelión de Asia”, concepto utilizado por R. Levy y otros autores, contra el colonialismo
occidental que dominaba el continente, puede precisarse en torno a unos rasgos y caracteres
concretos, que también recoge Lenin cuando escribió sobre “el despertar de Asia”. En primer lugar,
es expresión de un sentimiento colectivo antioccidental que se manifestó a través de un largo
proceso de sucesivos levantamientos asiáticos contra los europeos durante la misma época colonial,
que van configurando el despertar de la conciencia asiática, y consolidando su afirmación de
libertad frente al poder occidental. Los momentos claves de la rebelión de Asia están señalados por
una serie de acontecimientos: la revolución Meijí en Japón en 1868, la victoria japonesa sobre
Rusia en 1905, las repercusiones de la revolución soviética de 1917 en Mongolia y en las colonias
rusas de Asia Central, que se transforman en Estados autónomos de la U.R.S.S., el largo proceso de
la revolución china iniciado en 1911, el resurgimiento de los nacionalismos árabes, la resistencia y
la perseverante lucha en la India, y los comienzos de la revolución Indochina, todo lo cual cristaliza
en las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial sobre el mundo asiático, y lleva a escribir sobre
“la reacción asiática contra Europa”.
En segundo lugar, la rebelión de Asia contra Occidente va a tener una doble formulación:
por un lado, va a tomar la forma de lucha por parte de los nacionalismos a favor de la independencia
contra el régimen colonial europeo, y, por otro, va a consistir en una revolución nacional, de
carácter socialista y popular en ocasiones, contra las estructuras hasta entonces dominantes,
favorecedoras del poder y la dependencia colonial europeas; resultado de ambos hechos, la
independencia y la revolución será la descolonización de Asia.
Y en tercer lugar, como indica R. Levy, son un amplio conjunto de pueblos y naciones los
que se rebelan contra Occidente: pueblos y naciones cuyo nacionalismo, por un lado, se afirma en
una tradición y una historia que han sido alteradas por el dominio occidental y que desean
recuperar, y que, por otro, se basan en unas nuevas realidades con nuevas ideas y nuevos medios
que han de renovar esa historia recuperada. Expresión de tales pueblos y sus nacionalismos son sus
dirigentes respectivos, que han llegado a ser los símbolos de la lucha contra Occidente y de las
nuevas naciones independientes: son los casos de M. Gandhi y J. Nehru en India, de Sun Yat-Sen y
Mao Tse-Tung en China, de Ho Chi Minh en Indochina, y de Sukarno en Indonesia, entre otros.
145
Esta descolonización de Asia cubre principalmente tres fases: 1ª. El periodo de entreguerras
se caracteriza por el comienzo de la revolución china y el desarrollo de los nacionalismos asiáticos;
2ª. Entre 1945 y 1955 se registran la mayoría de las independencias asiáticas, que llevan a la
Conferencia de Bandung; y 3ª. Desde 1955 hasta nuestros días se completan las últimas
independencias asiáticas y se configura la definitiva Asia de las naciones. Además, en el mundo
asiático hay que distinguir entre sus distintas regiones geohistóricas: Asia Oriental, Meridional del
Sureste, Suroccidental (árabe-islámica), y Central, a las que puede añadirse Australasia-Oceanía.
Los factores y componentes que animan la rebelión de Asia contra Europa son diversos y
complejos y se encuentran íntimamente unidos entre sí, actuando a lo largo del S. XX,
principalmente durante el periodo de entreguerras.
La formación y el desarrollo de los nacionalismos asiáticos que surgieron entre estos
pueblos son un factor clave que actuó de manera decisiva en esa rebelión de Asia, y que es a la vez
expresión y medio de lucha por parte de los pueblos asiáticos; por un lado, tienen como base unas
realidades previas de carácter económico, social e ideológico, y, por otro, son la manifestación de la
formación de una nueva conciencia nacional, al principio difusa, que por último se proyecta en unos
movimientos nacionalistas de carácter político que se pronuncia en fecha temprana a favor de la
revolución y la independencia.
Los nacionalismos asiáticos se expresan y desarrollan a partir de un doble marco: por un
lado, sobre la base de la tradición y la historia del propio pueblo como herencia de una identidad y
comunidad nacional que hunde sus raíces en el pasado histórico precolonial, y, por otro, a través de
las coordenadas creadas por el colonialismo, como configuradoras de la nueva nación, por medio de
cuyas nuevas realidades actúan y se expresan. Los principales y más activos movimientos
nacionalistas asiáticos a favor de la independencia de sus respectivos países fueron, entre otros, en
la India, el Partido del Congreso fundado en 1885 y la Liga Musulmana creada en 1906 que dará
nacimiento a Pakistán; el Kuomintang, en la China republicana en 1911; el Partido Nacional
Indonesio en 1927 en Indonesia, y en 1930 se funda en la Indochina francesa el Partido Comunista
que dará origen a la Liga Viet-Minh.
En cuanto a la dinámica interna de tales movimientos nacionalistas, G. Barraclough señala
que su desarrollo se verificó en tres etapas: la primera puede identificarse con el
“protonacionalismo”, que se esforzaba por salvar lo que se pudiera de la vieja herencia, y una de sus
principales características era su propósito de revisar y rehacer la cultura autóctona a la luz de las
innovaciones occidentales; la segunda fase consistió en la aparición de un nuevo grupo dirigente de
tendencias liberales, generalmente con la participación de la clase media y las burguesías
nacionales, y con un cambio de mandos y de objetivos; y la tercera etapa está representada por la
ampliación de la base de resistencia contra las potencias coloniales mediante la organización de una
masa de afiliados entre los campesinos y los obreros, y el establecimiento de vínculos entre los
dirigentes y el pueblo. Este proceso se desarrolla a distinto ritmo en los diferentes países. Y resulta
evidente que se han de buscar en el interior de Asia los resortes de su dinamismo y evolución
encontrándose entre sus rasgos básicos una evolución política complicada por el juego recíproco de
los problemas de modernización, liberación nacional y lucha social, y que se encarna a través de
tales nacionalismos asiáticos.
El Asiatismo o Panasiatismo como movimiento de solidaridad y cooperación que sobrepasa
el marco nacional influye en las resistencias nacionales antioccidentales de los pueblos asiáticos. Se
trata de un movimiento de naturaleza histórica que tiende a lograr la aproximación y la colaboración
entre los pueblos de Asia en su actitud común contra Europa. El Panasiatismo, en el marco de un
continente tan complejo, tiene en sus comienzos y contenido difuso, y un desarrollo irregular,
como un viejo sueño de fraternidad continental entre los pueblos asiáticos frente al generalizado
dominio europeo, y es expresión de una vaga conciencia continental común. Pero consigue su
desarrollo desde sus orígenes en los comienzos del S. XX, concretándose en la celebración de
Congresos continentales desde 1936 bajo la influencia de Japón, y desde 1947 de la India, y alcanza
146
su importancia histórica en la formulación de esa conciencia y en la expresión de la lucha
antioccidental que desemboca y se materializa en la Conferencia afroasiática de Bandung en 1955.
Este renovado Panasiatismo se presenta así como un fundamental movimiento de emancipación de
los pueblos asiáticos.
El marxismo, en su expresión como marxismo-leninismo o comunismo, ocupa un lugar
destacado entre las fuerzas de Asia Oriental, Central y del Sudeste desde el término de la Segunda
Guerra Mundial y es otro factor fundamental en la rebelión de Asia. Ante todo, con la elaboración
del plan de emancipación de los pueblos de la Unión Soviética en 1921, para las propias colonias
rusas de Asia Central, que se transforman en Estados autónomos dentro de la U.R.S.S., y con su
influencia inmediata en Mongolia. Sobre la existencia del comunismo asiático, escribe J. Chesneaux
que durante el periodo de entreguerras, y en especial inmediatamente después de la Segunda Guerra
Mundial, se implantó sólidamente tal comunismo en Asia y se convirtió rápidamente en una fuerza
político-social, haciendo así el continente asiático que el marxismo fuera mucho más que una
corriente política occidental. Para explicar este hecho se han de tener en cuenta tres factores
básicos: las condiciones sociales, el momento histórico y el aspecto cultural.
El comunismo asiático nació de la conjunción entre la acción de un proceso interno –la
evolución del ala radical de los movimientos nacionales–, y otro proceso externo –la extensión a
Asia del campo de actividad del Komintern–, existiendo una íntima interdependencia entre ambos
procesos. La historia de los Partidos Comunistas de Asia se subdivide en dos amplias fases: la
primera, durante el periodo de entreguerras, en la que fueron sólo secciones locales de un aparato
internacional de acción revolucionaria, como era el Komintern; y la segunda, desde la Segunda
Guerra Mundial, tras la disolución de aquel organismo en 1943, se constituyeron en organizaciones
políticas nacionales autónomas. Una de las cuestiones fundamentales de la historia de estos Partidos
Comunistas asiáticos es la de las relaciones entre tales Partidos y los movimientos nacionales de sus
respectivos países; y otra cuestión también es la de las alianzas tácticas entre el movimiento
comunista y las burguesías en las luchas de liberación nacional.
Las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en Asia fueron igualmente decisivas.
Japón se afirmó como un temible adversario de los países occidentales, y con sus victorias a lo
largo de la primera fase del conflicto barrió todo el sistema colonial europeo en Asia Oriental,
Meridional y del Sureste, precipitando la guerra, por todas partes, la caída del poderío occidental en
Asia. La guerra cambió completamente el equilibrio de fuerzas en el orden diplomático y militar de
esas regiones, y al mismo tiempo provocó hondas transformaciones económicas y sociales al
constituir Japón la “esfera de coprosperidad extremo-oriental”, teniendo también amplias
repercusiones políticas.
El poderío japonés, intacto hasta 1944, se hundió en 1945, y cuando con la capitulación
japonesa se derrumbaron los gobiernos que había establecido en los países invadidos, los
movimientos nacionales representaron, en cada uno de tales países, la principal, si no la única,
fuerza política organizada que se dispuso a controlar el poder antes del regreso de los occidentales y
del restablecimiento de sus regímenes coloniales. Así, destruido y derrotado el Imperio Japonés, y
extinguidos y desarbolados los Imperios occidentales, quedó en estos países asiáticos un vacío de
poder que sólo las organizaciones nacionalistas podían cubrir, consiguiéndose en los inmediatos
años de posguerra las sucesivas e incontenibles independencias nacionales de los países asiáticos.
Malasia, independiente desde 1957, se unió seis años después a los territorios de Sarawak,
Singapur y el norte de Borneo para formar la Federación de la Gran Malasia. En 1965 se volvió a
separar Singapur (transformándose en República un año después), aunque se mantendría una
estrecha relación por la dependencia económica que tienen entre sí ambos Estados. En aquellos
años prácticamente el 40 % del comercio malasio pasaba por Singapur a la vez que la
infraestructura industrial de este último necesitaba de las materias primas malayas para su
subsistencia.
147
La evolución de ambos Estados ha estado marcada por un gran desarrollo económico que les
ha hecho convertirse en dos de los dragones asiáticos con unas tasas de crecimiento industrial y
volumen de inversión muy notables: en 1989 el PNB malayo rebasaba los 2.000 dólares por año y
habitante mientras Singapur, p. e., mantenía una reserva de divisas más alta que la de Suiza en ese
mismo año. El Partido de Acción del Pueblo en Malasia y el Frente Nacional, amplia coalición
electoral, en Singapur, ostentan desde hace muchos años el poder y han sido capaces de mantener la
estabilidad institucional, tan necesaria para el despegue económico.
Indonesia, la antigua Insulindia, colonia de explotación holandesa desde el S. XVIII, es un
numeroso conjunto de islas densamente pobladas y con una gran diversidad cultural y étnica. Las
aspiraciones independentistas que surgieron tras la Primera Guerra Mundial fueron pronto
capitalizadas por el Partido Nacional Indonesio y su líder Sukarno desde 1927, quién no dudará en
colaborar con los ocupantes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial para lograr un alto grado
de autogobierno interno. Al finalizar el conflicto, se proclamó en agosto de 1945 la independencia
del país, aunque sin la aceptación holandesa, lo que originó un agitado periodo de enfrentamiento
bélico, represión e intento de crear una Unión Holando-Indonesia (1946-1949) hasta llegar a la
independencia total (1950).
Desde entonces el país emprende el camino de su propia construcción como nación sobre la
base de la peculiar ideología, mezcla de elementos religiosos, nacionalistas y socialistas de su líder
Sukarno: la Pantjasila: soberanía popular, justicia social, creencia en Dios y no alineación
internacional, que convirtió a Sukarno en uno de los principales líderes del movimiento de países no
alineados (convocatoria de la conferencia de Bandung). Desde 1966, se produjo un importante giro
en esta política con la caída de Sukarno y el establecimiento de la dictadura militar del general
Suharto. Los problemas derivados de la estricta dependencia económica – ingresos basados en la
explotación de petróleo y caucho– y el aumento continuo y desmesurado de la población no han
podido ser solventados ni siquiera con la estrecha alianza de Suharto con Estados Unidos. No
obstante, la contundente posición anticomunista de Suharto le sirvió para legitimar su poder y
obtener recursos económicos del gobierno estadounidense útiles para la mejora de la red viaria y un
primer despegue industrial. Lo que no han sido capaces de solucionar los mandatarios indonesios
han sido los enfrentamientos entre confesiones religiosas y los sentimientos nacionalistas en
algunas regiones donde incluso se produjeron golpes de mano a mediados de la década de los
cincuenta, caso de Sumatra o Kalimanten.
En definitiva, el proceso seguido desde 1967 ha supuesto, por un lado, un continuado
esfuerzo de mejorar las estructuras económicas potenciando la liberalización a todos los niveles. En
el sistema bancario esta práctica aperturista fomentó, ya en los años ochenta, las inversiones de
capital extranjero que trataron de conjugarse con una lucha contra la especulación muy extendida en
el país. Por otra parte, la gravedad de los problemas secesionistas sigue presente, en especial en
Timor Oriental y la antigua Nueva Guinea Occidental portuguesa. Suharto, el Padre del desarrollo,
y la cúpula militar en el poder no aceptaron el derecho de autodeterminación de Timor como lo
había reconocido en 1983 la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, con lo que se
endurecieron las luchas entre el Ejército regular y la guerrilla del FRETLIN. La situación era cada
vez más grave para el presidente, al que discutían tanto sectores de la oficialidad, como algunos
sectores de su propio partido, el Golkar, único autorizado, hasta que Suharto fue sustituido en 1998
por su vicepresidente Yusuf Habibie.
Filipinas ha intentado desarrollar un sistema político institucional semejante al de Estados
Unidos, país con quién tiene firmes lazos de amistad. El periodo que nos ocupa ha estado
profundamente influido por la dictadura de Ferdinand Marcos quién, desde 1972 hasta comienzos
de 1986, se mantuvo en el poder gracias a la extensión del sistema oligárquico y la amplitud de la
corrupción a todos los niveles. Las prebendas otorgadas a los grandes latifundistas tabaqueros y
arroceros –especialmente de Luzón– llegaron incluso a obstaculizar el proceso industrializador
porque podía ir en detrimento de sus intereses. El irresoluble problema étnico empezó cuando los
musulmanes de Mindanao, integrados en el Ejército Moro de Liberación, hicieron frente al Ejército
148
regular, impidiendo una normalización de la vida política tras iniciar Corazón Aquino el proceso de
democratización posterior a la caída de Marcos. La deuda exterior continúa aumentando y el
desequilibrado presupuesto estatal amenaza al gobierno Aquino, aún cuando el reconocimiento
internacional de su posición ha sido unánime.
El vacío de poder producido en Indochina en un primer momento por la defección francesa y
después por la derrota del ejército de ocupación japonés, fue aprovechado por los movimientos
revolucionarios y nacionalistas de la zona para intentar hacer valer sus derechos irrenunciables a la
soberanía y a la independencia, tal como proclamaron entre agosto y septiembre de 1945 N.
Sihanuk en Camboya, Ho Chi Minh en Vietnam y Pathet Lao en Laos. Sin embargo, en octubre de
1945, las autoridades de la metrópoli gala volvieron a hacerse con el control del poder en el
territorio durante casi una década. Tras la derrota francesa de Dien Bien Phu en 1954 y el
consiguiente reconocimiento de la independencia de Vietnam, Laos y Camboya, la evolución de la
antigua Indochina colonial ha mostrado hasta hace bien poco los efectos más dramáticos de la
guerra fría.
El escenario de los trágicos acontecimientos de la historia reciente de Indochina ha sido
Vietnam, territorio partido en dos según las áreas de influencia de las superpotencias. En el Norte,
la edificación del Estado socialista trató de conjugarse, a partir de la nueva Constitución de 1960,
con un teórico respeto a los derechos y libertades formales. No obstante, la nacionalización de los
medios de producción y la colectivización forzosa siguió su rumbo, mientras el plan quinquenal de
1961-65 intentaba hacer despertar la lánguida industria del país, tanto en el subsector textil o
maderero como en la producción de bienes de equipo. Pero la vida cotidiana estaba marcada por la
guerra. Las fuerzas comunistas, apoyadas por el Norte, no aceptaron en ningún momento la división
del país y se agruparon en un autodenominado Frente de Liberación Nacional para hostigar con
insistencia al régimen anticomunista de Saigón. Para resistir los embates, las autoridades sur
vietnamitas entraron en un proceso de dependencia cada vez mayor respecto a Estados Unidos,
quién ya en 1962 había creado un Mando de Asistencia Militar con apoyo material y humano.
Desde 1965 la actuación bélica del Ejército norteamericano contra posiciones del Vietnam del
Norte se hicieron constantes sin que la guerrilla comunista del Viet Cong fuera eliminada o el
gobierno surcoreano de Nguyen Van Thien ganara popularidad entre las masas campesinas de su
país. El enfrentamiento abierto y continuado mermaba el prestigio y las arcas del gobierno
estadounidense, el cual aceptó en 1968 el inicio de conversaciones con todas las partes implicadas si
bien la guerra continuó e incluso alcanzó sus cotas más destructivas entre 1969 y 1972.
En Vietnam del Sur, los años posteriores a la independencia había visto consolidarse al
régimen de Ngô Dinh Diem, sostenido gracias a la ayuda estadounidense, y que había derivado en
una dictadura anticomunista y profundamente corrompida conocida como de las tres D, ya que
todos los cargos importantes de la administración y el ejército provenían del Dao (vietnamitas de
religión católica a la cual pertenecía el presidente), Dang (miembros del partido del dictador) y Diaphuong (normalmente eran personas nacidas en las áreas norteñas del país de donde procedía
Diem). La oposición creciente de los sectores religiosos budistas, el auge de los comunistas y la
pérdida de confianza de Estados Unidos, determinaron el fin del sistema en noviembre de 1963. Un
golpe de Estado bajo la supervisión norteamericana trató de cambiar las formas sin conseguirlo,
pues la única legitimidad residía en el anticomunismo de los dirigentes survietnamitas.
Después de la gran ofensiva del Norte de enero de 1968, los Estados Unidos se avinieron a
negociar y un acuerdo de paz ponía fin a la guerra el 27 de enero de 1973 y creaba un Consejo
Nacional de Reconciliación y Concordia. No obstante, Vietnam del Norte, apoyado por la Unión
Soviética y China, continuó el enfrentamiento bélico hasta el 30 de abril de 1975, fecha en que las
tropas comunistas entraron en Saigón, rebautizada como Ciudad de Ho Chi Minh. Desprovista del
apoyo norteamericano, las autoridades del Sur no pudieron en ningún momento hacer frente al
embate de las fuerzas del Viet Cong y del ejército regular del Norte.
149
La unificación del país a través de la vía socialista era ya un hecho en 1976, cuando se
proclamó la República Popular Democrática de Vietnam, con predominio de los comunistas, la cual
se convirtió en una potencia importante en el área, tras la caída de Laos y Camboya en manos de los
partidos comunistas respectivos. Vietnam, sin embargo, mantuvo su contencioso particular en
China e hipotecó en buena medida su economía por los gastos militares derivados de su presencia
ampliamente extendida en todo el área, como se pudo comprobar en 1979 al invadir Camboya para
terminar con el régimen revolucionario del khmer rojo prochino. Los cambios generados por la
aplicación de la perestroika en la U.R.S.S. y el bloque comunista del Este de Europa no fueron bien
recibidos por los mandatarios vietnamitas que, a pesar de aceptar ciertas reformas económicas
(sobre todo con el paulatino abandono de la colectivización), mantuvieron en el VII Congreso del
Partido Comunista celebrado en 1991 su lealtad al legado de Ho Chi Minh y a los principios
inspiradores del marxismo-leninismo.
Finalmente, Corea fue ocupada por los aliados tras la derrota japonesa en la segunda
contienda mundial entre 1945 y 1948 quedando después dividida en dos Estados, separados por el
paralelo 38, con las proclamaciones de sus respectivas independencias: en agosto de 1948 la
República de Corea del Sur bajo influencia de EE.UU, y en septiembre del mismo año la República
Democrática Popular de Corea del Norte con apoyo soviético.
En el Sur, la República de Corea, la transformación socioeconómica del país llevó aparejada
una evolución política convulsa por las dictaduras más o menos enmascaradas que han jalonado su
historia desde la independencia. Syngman Rhe, el hombre fuerte del país tras la guerra con la
República Popular norcoreana, resultó incapaz de armonizar la vida del país y el corolario fue el
aumento de los conflictos sociales, el recrudecimiento de las acciones opositoras contra su gestión y
la paulatina pérdida del apoyo militar. En una atmósfera cada vez más enrarecida abandonó el poder
en abril de 1960 y, después de un brevísimo lapso de tiempo que apuntaba un proceso de
democratización, un golpe de Estado en mayo de 1961 lanzó a la presidencia al general Park Chung
Hee, puesto desempeñado hasta su muerte en atentado en octubre de 1979. Sus objetivos
prioritarios fueron pacificar la levantisca situación interna dentro de una línea anticomunista y
pronorteamericana, ya que Estados Unidos facilitaba recursos económicos para potenciar la
industria nacional. En este sector se logró un rápido y creciente aumento de la producción oficial y
la productividad, gracias a los bajos salarios y reducidos costos de explotación conseguidos gracias
a las facilidades otorgadas a las empresas. La textil algodonera y la electrónica constituyen dos de
las ramas más avanzadas.
El sucesor de Hee, el general Chun Doo Hwan, protagonizó un intento de profundizar en el
camino hacia la democratización, consciente del ambiente social tan desencantado existente en el
país. Se propuso transformar las anquilosadas estructuras educativas, ampliar la legislación social y
emprender una vasta campaña en contra de la corrupción administrativa y económica, fruto de la
cual fue el encarcelamiento de algunos militares y altos cargos de las instituciones del Estado con
responsabilidades en el régimen anterior. En febrero de 1988, a la llegada a la presidencia de Roh
Tae Woo se entendió como una afirmación de los principios del gobierno liberal frente a la
tendencia fuertemente autoritaria que, pese a todo, mostró su antecesor. Sin embargo, una vez en el
poder, Roh, que controlaba la Asamblea legislativa y tenía la legitimación de su partido, el
Demócrata liberal, abandonó parte de su discurso propio previo a la elección. Incluso la economía
se ha resentido en los últimos años. La infraestructura industrial no se ha modernizado al ritmo
requerido, la inflación alcanzó cifras muy preocupantes en 1990 y la política gubernamental de
apoyo a las empresas no ha servido de acicate para relanzar la productividad.
Después del conflicto bélico entre las dos naciones coreanas, la Guerra de Corea, entre junio
de 1950 y julio de 1953, en el norte, la autodenominada República Popular Democrática de Corea
afianzó las bases de poder propias de un Estado socialista. Una vez completada la colectivización de
la tierra y la socialización de los medios de producción, el V Congreso del Partido de los
Trabajadores, celebrado en noviembre de 1970, definió las pautas del que se entendía que debía ser
un desarrollo institucional y económico definitivo. Esto se logró con la aprobación dos años
150
después de la Constitución, cuyo órgano máximo de poder era en teoría la Asamblea Suprema
Popular, de la cual saldrían nombrados el presidente del gobierno y el jefe del Estado. En la
vertiente económica, el plan de 1971-76 implicaba la aplicación de los recursos disponibles
fundamentalmente en la potenciación de las industrias de bienes de producción, sobre todo
químicas y metalúrgicas, aunque no se lograron los resultados apetecidos y, sí, en cambio, un
aumento de la deuda pública y los débitos a la U.R.S.S. y Japón.
La centralización del poder en la figura de Kim Il Sung, presidente vitalicio en la práctica y
mito de la lucha antiimperialista por la independencia, fue un hecho evidente. Sus ideas sobre las
particularidades de cada país en cuanto a las posibles vías de acceso al socialismo y sobre su
postura neutral ante el contencioso chino-soviético en los setenta, fueron aceptadas sin problemas y
dieron lugar a una teoría política propia, el Juche, que también legitimaba su dominio absoluto
sobre los resortes del poder. Incluso la convocatoria del VI Congreso del Partido en 1980 reforzó su
posición si bien no fue aceptado de buen grado entre algunos sectores el nombramiento de su hijo,
Kim Il Chong Il como miembro del Buró político y del Presidium, a la vez que como Secretario del
Comité Central. Pero, a la muerte de su padre en 1994, Kim Chong Il se convirtió en el máximo
dirigente del país. La profunda crisis económica en la que se encuentra inmersa Corea del Norte,
con graves disfunciones en el sistema productivo y con desequilibrios estructurales y regionales, se
ve agravada en los últimos años por el déficit de la balanza de pagos, los excesivos gastos militares
y la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este. Sin embargo, el Partido de los
Trabajadores ha preferido mantener la ortodoxia comunista, lo cual continúa obstaculizando
cualquier intento de unificación con el Sur.
LA EMERGENCIA DE CHINA ( y la “cuestión” de Taiwán).
China, el mayor y más poblado país de Asia, vivía desde 1911 un proceso revolucionario
complejo, cuyos hitos fundamentales habían sido la abolición de la monarquía ese mismo año, la
fundación del Partido Comunista chino por Mao Tse-tung (1921) y el enfrentamiento y permanente
guerra civil que se mantuvo entre los comunistas y los nacionalistas del Kuomintang, fundado por
Sun Yat-Sen, durante los años veinte y treinta.
Concluida la Segunda Guerra Mundial, que había supuesto al principio una tregua, el país se
encontraba destrozada pero, en vez de iniciarse la reconstrucción, se reanudó la guerra civil. Hay
dos bandos, con situaciones diferentes: por un lado, el Kuomintang lejos de ser un bloque estaba
dividido, a la derecha por la facción liderada por los hermanos Chen, que creen que la vuelta a las
tradiciones de Confucio es la salvación; en el centro, están los generales de la academia militar de
Whampoa leales a Chang Kai-Shek; a la izquierda, un grupo de financieros y técnicos liberales. Por
otro lado, el bando comunista también está dividido en el grupo liderado por Mao Tse-tung en la
dirección del partido, el grupo de Lin Piao vinculado al ejército y el tercero es un grupo de
oportunistas con Chu En-Lai a la cabeza que mantiene una estricta neutralidad.
Los nacionalistas del Kuomintang se limitaron a decretar una ley que situaba las tarifas de
arriendo de tierras en un nivel razonable. Los comunistas procedieron a repartos de tierras y a
campañas de alfabetización. En el campo económico el problema más grave para los nacionalistas
fue la inflación, pues trataron de basar su economía en una industria precaria y arruinada por la
guerra. Los comunistas podían prescindir del dinero, apoyándose en una economía rural. Aunque el
poder político y la potencia militar parecían estar en manos de los nacionalistas, las bases
socioeconómicas de los comunistas eran más auténticas. A pesar de que Chang Kai-Shek disponía
de un ejército de tierra de dos millones y medio de soldados, además de tropas provinciales al
servicio de los señores de la guerra, y de marina y los comunistas no poseían otra fuerza armada
que 300.000 soldados, los nacionalistas no conseguían victorias decisivas.
Fitzgerald ha señalado una constante de la historia militar de China, la existencia de dos
planteamientos estratégicos: el horizontal, consistente en ocupar una zona paralela al río Amarillo
151
desde el Shenshi a la costa, y el vertical, conquistando una franja norte-sur para expulsar a los
enemigos hacia el interior, hacia el oeste. Conocedor de ello, Mao intentó por sorpresa el
planteamiento horizontal en 1945, pero la ayuda norteamericana al Kuomintang le impidió
realizarlo. El general Marshall intentó que los dos bandos llegaran a una tregua, pero ésta fue
violada.
Las operaciones de 1946 demuestran que la superioridad militar nacionalista era inoperante
debido a la hostilidad de los campesinos. Entonces se produjo la bancarrota del bando nacionalista y
la indisciplina cundió entre los soldados. La corrupción del gobierno del Kuomintang inutilizaba la
ayuda norteamericana, las medicinas eran vendidas, se especulaba con alimentos y se vendían las
armas al ejército enemigo. Esto explica la ofensiva comunista en Manchuria en 1947, y las
continuas derrotas nacionalistas en Hopel, Shansi, Shantung etc., hasta que pierden el norte del país.
Incluso Mao indica en un discurso que en el bando comunista no se lucha y sólo hay guerra entre
los nacionalistas. El apoyo popular va a inclinar la balanza. El año 1948 es decisivo: en mayo los
comunistas llegan a las puertas de Shangai y Nanking, controlan la mitad norte del país y empiezan
a tener superioridad militar, dirigidos por Chu Teh.
De marzo a abril de 1949 se abrió un periodo de negociaciones que terminó en fracaso. La
gran ofensiva final se inició el 20 de abril. En el desmoronamiento nacionalista influyeron los
grupos de guerrillas, que controlan áreas extensas y estratégicas del sur. Shangai fue cercado el 16
de mayo, y el 25 los comunistas entraron en la ciudad, haciendo más de 100.000 prisioneros. En
octubre tomaron Cantón, en cinco meses ocuparon casi la mitad de la China litoral, luego Amoi, el
oeste del país y Hainan.
La guerra terminó con la victoria definitiva del Partido Comunista y la huida del
Kuomintang a la isla de Formosa. A partir de esta fecha (1949), al proclamarse la República
Popular China, se inicia una etapa nueva en la historia de este país, en la que se inició la
construcción del socialismo marxista en Asia. Todo el proceso está presidido por la compleja y
atractiva figura de Mao Tse-tung en China.
La historia de China pasó desde ese momento por seis grandes fases. La primera se
desarrolló entre 1949 y 1957. En ella, desde el punto de vista social, el Partido Comunista logró
hacerse con todo el poder en China, en dos momentos: en primer lugar, a través de la práctica del
terror indiscriminado contra los sectores considerados como contrarrevolucionarios y de las
campañas de los tres anti (depuración de los cuadros del Partido acusados de corruptos,
derrochadores y burócratas) y de los cinco anti (depuración de las élites sociales y económicas
acusadas de cohecho, fraude fiscal, apropiación indebida, fraude comercial y especulación) con la
finalidad de reeducar y reformar sus ideas y pensamientos; en segundo lugar, por la campaña
conocida como las Cien Flores, dirigida entre 1956-57 a captar a los intelectuales no adictos y que
terminó en una persecución contra ellos que fueron deportados y obligados a realizar trabajos
físicos en los confines del país.
Desde el punto de vista político-institucional, en 1954 se promulgaba la Constitución de la
República Popular, cuya entrada en vigor no redujo el ejercicio del poder real por parte del
Politburó del PC chino. La Constitución organizaba el ejercicio de la soberanía sobre asambleas de
base (cantón, provincia, Estado). El sistema político se articuló según el modelo soviético, aunque
con las modificaciones propias de otra sociedad. El órgano legislativo y constituyente es la
Asamblea Nacional Popular, de 1.226 miembros elegidos por sufragio universal cada cuatro años,
pero la mayoría de las atribuciones de la Asamblea están delegadas en el Comité Permanente,
formado por 65 miembros. El Consejo de Estado, liderado por el primer ministro Chu En Lai, está
formado por ministros, viceministros, pero el poder absoluto está en manos del Presidente de la
República, Mao Tse Tung. Una Corte Suprema, Asambleas Provinciales, Gobiernos locales,
Consejos municipales complementan el sistema. En otras dos instituciones, el Consejo Nacional de
Defensa, formado por 100 militares, y la Conferencia Consultiva del Pueblo Chino, se incluyen a
personalidades no comunistas, entre ellas al último emperador chino. En teoría se acepta el
152
pluripartidismo, reconociendo partidos como el Kuomintang o la Liga Democrática, pero sus
candidatos van en listas conjuntas con los comunistas, no pudiendo difundir sus programas en las
campañas. La U.R.S.S. consideraba que China es el ejemplo del triunfo del comunismo, que se
puede exportar al tercer mundo, de manera que le proporcionó ayuda en todos los órdenes. Esta
ayuda hace que en los medios de comunicación chinos se exalte lo soviético (Diario del Pueblo
como órgano oficial del Partido y Bandera Roja como revista del ejército y el partido consagrarán
muchas páginas a hablar de la experiencia soviética) y en la erección de gigantescos retratos de
Stalin en la plaza de Pekín.
En relación con la economía, la entrada en vigor del primer plan quinquenal (1953-1957)
supuso el punto de arranque del proceso de estatalización de la economía en todos los aspectos, con
lo que se acabó con las prácticas económicas anteriores. Teniendo en cuenta el caos imperante al
triunfar la revolución, durante esta primera fase la economía china se reanimó y logró crecer de
manera óptima para las circunstancias del país, aunque esto no significa que lo hiciera
uniformemente; se potenció la industria pesada en detrimento del sector agrícola –un 90 % del
mismo ya estaba organizado en régimen de cooperativas en 1956–. En las relaciones exteriores,
estos años estuvieron marcados por la firma del tratado de “amistad, alianza y asistencia mutua” con
la U.R.S.S., por la ayuda prestada a los norcoreanos durante la Guerra de Corea, o por el
“restablecimiento” de la soberanía china en el Tíbet, así como por un apoyo del proceso
descolonizador a través de la Conferencia de Bandung.
La segunda fase, entre 1958 y 1962, se definió como el Gran Salto Adelante. El experimento
pretendió cubrir todo un plan quinquenal en sólo dos años para paliar el atraso industrial de China
sin reparar en costes. El resultado no pudo ser más desastroso desde el punto de vista económico,
sobre todo en la agricultura, lo que supuso un freno al desarrollo general del país. El momento del
Gran Salto Adelante se aprovechó para reestructurar en profundidad las formas de vida del
campesinado chino con la creación de las comunas populares –26.000 durante 1958–, en las que se
reagrupó al 90 % de la población rural china. Esta experiencia radicalizó todavía más si cabe la
construcción del socialismo chino, pero marcó indeleblemente al Partido Comunista con el estigma
de la división. En el campo internacional supuso el distanciamiento de la U.R.S.S. y posterior
ruptura ideológica del mundo socialista.
Los años comprendidos entre 1963 y 1965 corresponden a la tercera fase en la evolución del
socialismo en China. Después del desbarajuste económico anterior se impuso el pragmatismo
económico que inició la recuperación. La nueva política económica prestó especial atención al
sector agrícola y cambió las prioridades industriales para potenciar la industria ligera y, en general,
la relacionada con la agricultura, con lo que dejó en segundo lugar la industria pesada; todas estas
medidas contribuyeron a lograr el equilibrio económico necesario, así como el crecimiento de las
tasas económicas. En la política interior continuaban las divisiones en el seno del PC chino, que
preludiaban un cambio radical en el mismo. En cuanto a la política exterior por una parte se
recrudeció el eterno conflicto con la China nacionalista de Taiwán y, por otra, terminó el secular
aislamiento del país (su gran aliado era Albania) con el reconocimiento de la República Popular por
parte del gobierno de Francia
La cuarta fase fue la de la Revolución Cultural, entre 1966 y 1969. En esencia se trató de
una lucha encarnizada por el poder en China, aprovechada por Mao para purgar y depurar por
completo el Partido (Deng Xiaoping, Liu-Chao-Chi), el gobierno y la Administración. Al mismo
tiempo, el máximo líder comunista chino, por medio de la organización de los Jóvenes Guardias
Rojos desde mayo de 1966 potenció el culto a su personalidad y a su pensamiento para terminar la
construcción del socialismo chino en un ambiente de revolución permanente. Estos años de histeria
y de miedo colectivo supusieron el momento más turbio y caótico de China a todos los niveles. El
final de esta dramática fase coincidió con la celebración del IX Congreso del PC chino, en abril de
1969, que confirmó el triunfo –más aparente que real– de las tesis de Mao, convertido en el Gran
Timonel.
153
La quinta fase corresponde a los últimos años de Mao, de 1970 a 1976. En este periodo, y a
pesar del mantenimiento de las formas radicales que había puesto de moda la Revolución Cultural,
se produjo un nuevo intento de reconstrucción nacional, sobre todo en la economía. Se prestó
especial atención a la agricultura, al permitir a los campesinos el acceso a parcelas de tierras
individuales; en todos los sectores se empezaron a pagar salarios en función las aptitudes,
conocimientos y productividad de los trabajadores. En la política exterior, la República Popular de
China consiguió en estos años un gran éxito en las relaciones internacionales: el 26 de febrero de
1971 ingresó en la ONU, pasando a formar parte como miembro permanente de su Consejo de
Seguridad; y en febrero de 1972 visitaba China el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.
Los buenos oficios de Chu En-Lai abrieron las puertas del mundo a la República Popular y
clausuraron la doctrina de las dos Chinas con la expulsión de Taiwán de la ONU (sin que por ello se
produjera la reunificación nacional: al finalizar el S. XX la cuestión de Taiwán sigue sin resolverse;
al contrario tanto Hong Kong en 1997 como Macao en 1999 se incorporarán a la República
Popular).
El final de la época de poder personal de Mao coincidió con la revitalización del principio
de la lucha de clases, que ahondó la división del Partido e hizo posible que el control político en
China lo detentase la llamada Banda de los Cuatro con la viuda de Mao, Chiang Ching, a la cabeza.
En el mencionado 1975 se reelaboró la Constitución “marxista”. Poco tiempo después, el 9 de
septiembre de 1976, moría Mao. A partir de ese momento los acontecimientos evolucionaron
vertiginosamente: con Hua Quo Feng al frente de los destinos de China, el grupo de la señora de
Mao era encarcelado y, en julio de 1977, Deng Xiaoping era rehabilitado. A renglón seguido
comenzó la “desmaoización” del país, proceso que debía suponer el comienzo de una nueva época
en China.
El comienzo de la sexta fase coincidió con el momento inicial de las reformas puestas en
marcha con la celebración del III Pleno del XI Comité Central del PC chino a finales de 1978. A
partir de ese instante, los cambios que anunciaban el comienzo de una primera transición en China
se hicieron efectivos a todos los niveles, con Deng Xiaoping como hombre fuerte del país. Desde el
punto de vista político institucional dichos cambios no fueron excesivamente importantes: la
Constitución se reformó por dos veces, en 1978 y en 1982 – en esta última ocasión se anotó
fehacientemente lo que concierne a los derechos fundamentales de la persona – pero el dominio
político continuaba exclusivamente en manos del PC chino. En esencia, el sistema seguía siendo
totalitario. Mucha mayor trascendencia tuvieron los cambios en materia económica: de manera
gradual se abrió la puerta a la inversión extranjera, así como a la instalación de empresas
multinacionales o foráneas; y en cuanto a la agricultura se desmanteló en la práctica el régimen de
comunas, reconociéndose de manera inmediata la tendencia, uso y usufructo de parcelas de tierra y
cuantas actividades económicas realizaba el campesinado. Los dirigentes chinos se decidieron por
la vía del desarrollo económico (una economía socialista de mercado, tal como se definió el sistema
en 1993) para impulsar la ineludible modernización de China.
En lo que no cambió China fue en la identificación de la marcha de la revolución con una
personalidad emblemática, Deng Xiaoping. En julio de 1983 una edición de 12 millones de
ejemplares de los Escritos Escogidos del nuevo Timonel se repartió por bibliotecas y centros de
enseñanzas, mientras pasaban a lugares de más difícil consulta los escritos y el Libro Rojo de Mao.
Las transformaciones económicas no iban a tardar en crear la necesidad de los cambios
políticos. A finales de 1986, éstos empezaron a ser reclamados por distintos sectores de la población
–en primer lugar por los universitarios, que no aceptaban las rigideces del sistema político– y, al
mismo tiempo, rechazados tajantemente por los dirigentes del país, que en el XIII Congreso del
Partido donde fue elegido Secretario General Zhao Ziyang, (25 de octubre al 1 de noviembre de
1987) recordaron a los sectores más inquietos de la ciudadanía china que no debían poner en
cuestión las cuatro reglas de oro del sistema: el pensamiento marxista-leninista, el socialismo como
práctica política, la dictadura del proletariado y el papel dirigente del Partido.
154
En la primavera de Pekín, de 1989 se produjo la reacción gubernamental ante la situación de
protestas permanente que vivían la capital y otros núcleos importantes del país. En un ambiente
crispado por la crisis económica que ponía en tela de juicio todo el proceso de reformas, al amparo
de la ley marcial decretada el 3 de junio de 1989, la intervención del Ejército Popular en la plaza de
Tiannanmen terminaba a sangre y fuego con la protesta ciudadana ante el asombro del mundo
entero. Se impuso el sector más inmovilista del partido y Zhao Ziyang fue la primera víctima
política, perdiendo la Secretaría. Las protestas internacionales no rebasaron la línea de la condena
verbal de la represión y China no ha perdido el status que le otorgó Occidente en materia económica
tal como se demostró cuando Estados Unidos le renovó la cláusula de nación más favorecida. Al
comenzar la década de los noventa la tranquilidad volvía a reinar en China por la fuerza de la
represión, pero los hechos conocidos como la primavera de Pekín y, más en general, el proceso de
reforma económica y “desmaoización” pueden representar el principio del fin del sistema comunista
y el comienzo de una nueva era en China.
Una vez normalizadas en mayo de 1989 las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética,
de las demás cuestiones de índole internacional que afectaban directamente a la política exterior de
la Republica Popular de China –la crisis camboyana, las disputas fronterizas con la India, el
problema tibetano o la reunificación con Taiwán–, era ésta última la que mayor interés y
preocupación suscitaban en el gobierno de Pekín. En la isla de Taiwán –Formosa– se instalaron, tras
perder la guerra civil con los comunistas en 1949, la administración y las tropas del Kuomintang
con Chang Kai-Shek a la cabeza.
A partir de ese momento, la Republica Nacionalista de Taiwán contó con el apoyo de la
comunidad internacional (formó parte de la ONU hasta octubre de 1971) y continuó oficialmente en
guerra con la Republica Popular. Con la apertura de la China de Mao en política exterior, que
supuso su ingreso en la ONU y la posterior visita del presidente Nixon, el futuro de Taiwán como
país independiente se hizo problemático. Sin embargo, como tal Estado soberano ha llegado hasta
nuestros días y sólo el avance hacia la normalidad política y económica de la Republica Popular
harán posible la reunificación. Teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos más
recientes en el continente –y como gesto de buena voluntad– el 1 de mayo de 1991 el presidente de
Taiwán, Lee Teng Hui, ponía fin a cuarenta y tres años de conflicto entre ambas partes de China al
clausurar oficialmente el periodo de movilización nacional para la supresión de la rebelión
comunista. Años más tarde, en marzo de 1996, Taiwán ponía en marcha nuevas reformas
democráticas que, entre otras cosas, posibilitaron la elección por sufragio universal del máximo
representante del país.
EL SUBCONTINENTE INDIO
La India ya conocía con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial unos movimientos
nacionalistas, el hindú y el musulmán, que actuaban a favor de la descolonización y que la estaban
preparando para la independencia de acuerdo con la administración británica. Tanto el Partido del
Congreso (fundado en 1885 y dirigido por M. Gandhi y J. Nehru) como la Liga Musulmana,
representante de esta importante minoría religiosa (fundada en 1906 y dirigida por Alí Jinnah), se
inclinaban decididamente por independizarse de Gran Bretaña, y así lo hacían también los
sindicatos indios que congregaban un importante movimiento de masas. Pese a la diversidad racial
y religiosa se había conformado en el país una auténtica conciencia nacional, y el gobierno
británico, oscilando entre la represión y los intentos negociadores, concedió la Ley de Gobierno de
la India (1935), que tendía a crear un gobierno interno autónomo basado en el federalismo de las
regiones y en la implantación del modelo parlamentario, que no llegó a aplicarse totalmente por el
estallido de la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, Inglaterra pretendía controlar el proceso que
llevara a la independencia: las negociaciones y consultas se extendieron durante estos años, como
fue la misión Cripps en 1942, con el fondo de la Segunda Guerra Mundial, votando el Partido del
155
Congreso la “campaña de desobediencia cívica”, con la moción Quit India – fuera los ingleses de la
India – lo que motivó una dura represión por parte británica.
Con el final del conflicto mundial, la llegada al poder de los laboristas en Inglaterra en 1945
precipitó el proceso de la independencia. Al no poder lograr el mantenimiento de la unidad del país
con una estructura federal, el gobierno presidido por Attlee preparó entre 1945-1947, con el acuerdo
de musulmanes, hindúes y británicos, al Plan de Independencia y Partición de la India, de cuya
realización se encargó el último virrey británico del país, Lord Mountbatten. Su resultado fue la
constitución de dos Estados independientes: la Unión India, de mayoría hindú, y el Pakistán
musulmán. Ello no impidió la proliferación inmediata de otros conflictos permanentes entre
comunidades, especialmente virulentos en las regiones del Punjab, Bengala o Cachemira, repartidas
entre la India y Pakistán.
La Unión India se articuló como un Estado democrático, recogiendo en la Constitución de
1950 la idea de la unidad en la diversidad sobre la base de la democracia, la libertad, el laicismo y la
igualdad. Desde la independencia india, y concretamente desde las primeras elecciones de 1952, el
Partido del Congreso capitaneado por Nehru, y después de su muerte en 1964 por su hija, Indira
Ghandi, había impulsado un cierto despegue económico y una estabilidad institucional, dentro de un
sistema parlamentario que solía ponerse como ejemplo de la validez de las fórmulas democráticooccidentales en países descolonizados donde la pobreza tan extendida, los altos índices de
analfabetismo y una masa poblacional abrumadora y poco uniforme en cuanto a la tradición cultural
no favorecían en principio la aplicación de dichas fórmulas. Sin embargo, los largos años en el
poder y las características peculiares del propio Partido del Congreso –organización heterogénea
donde tenían cabida desde liberales radicales a partidarios de una planificación estricta del
desarrollo económico– comenzaron a generar un desgaste cada vez más palpable en los escándalos
por corrupción e incluso, ya en 1967, cuando su control del Parlamento de la Unión estuvo a punto
de ser eliminado. El conflicto latente alcanzó su máxima expresión en 1975, año en el que Indira
Ghandi declaró el estado de excepción y procedió al encarcelamiento de grupos opositores,
impidiendo la celebración de nuevas elecciones hasta 1977. Parecía evidente el declive del Partido
fundado por Nehru y, efectivamente, por primera vez desde la independencia, triunfó una coalición
de organizaciones conservadoras, el Janata o Partido del Pueblo. Su debilidad interna y el fracaso en
algunas medidas modernizadoras de la economía llegaron nuevamente al poder al Congreso en las
elecciones de 1980.
Los graves problemas estructurales se han mantenido y agravado. La de por sí lamentable
situación de los sectores económicos ha empeorado en un proceso paralelo a los enfrentamientos
sociales, en muchas ocasiones de cariz religioso o nacionalista. En el caso del conflicto en Assam,
cuyos hechos más luctuosos tuvieron lugar en febrero de 1983, las acciones del ejército regular
provocaron numerosísimos muertos en aquella región; o las reivindicaciones de los sijs en 1984 que
culminaron trágicamente con la ocupación por las fuerzas armadas indias del Templo Dorado de
Amritsar. Las violentas luchas entre hinduistas y sijs, desencadenadas a partir de aquel momento,
desestabilizaron la vida política india, como se demostró con el asesinato de Indira Ghandi en 1983
por miembros sijs de su escolta. El Partido del Congreso, presidido desde entonces por el hijo de
Indira, Rajiv, que ostentaba ya la Secretaría General de la formación política, obtuvo una aplastante
victoria electoral en 1984.
El programa de actuación política de Rajiv Ghandi centraba su foco de atención en las
prácticas liberalizadoras de la economía, a la par que fomentaba las transformaciones
modernizadoras en la infraestructura. El problema era la financiación del proceso que iba a
repercutir muy negativamente en el presupuesto y la deuda externa, hipotecando en buena medida
los recursos del país. La coalición de partidos políticos dispares agrupados en el Frente Nacional
lograba apartar del poder a la saga Gandhi en las elecciones de 1989. Hacer frente a las necesidades
de una población estimada en 830 millones de habitantes en 1990 no parecía labor fácil para el
Frente, más aún cuando con el único objetivo claro de arrebatar el control institucional al Partido
del Congreso, habían aceptado formar parte de él, tanto el partido comunista como los
156
conservadores Janata. La crisis profunda de la economía no recupera su rumbo, la herida abierta
décadas atrás en Cachemira o las tensiones con los sijs, son cuestiones las cuales la Guerra del
Golfo y el enfrentamiento latente con Pakistán en los primeros meses de 1990, o hicieron sino
agravar. La vida política se ha conducido con una estabilidad cada vez más precaria, como lo
demuestra la sucesión de primeros ministros y el asesinato del propio Rajiv Ghandi (22 de mayo de
1991) dentro de una crisis generalizada de los partidos políticos indios que deben plantearse nuevas
estrategias para el futuro próximo.
La evolución de Pakistán se ha caracterizado por la ausencia de instituciones democráticas
firmes, lo que ha facilitado desde muy pronto el recurso al golpe de Estado y el establecimiento de
dictaduras militares. La corrupción política, muy extendida desde los primeros momentos de la
independencia, favoreció también la tendencia antes indicada e incluso es útil para explicar el hecho
de que el golpe de mano de Ayub Khan en 1958 fuese aplaudido por sectores amplios de la
población. Su gobierno impulsó la aprobación de un texto constitucional en 1962 que consagraba u
sistema de tipo presidencialista para el país al considerar prioritaria la consolidación de un poder
fuerte. Favorecía la liberalización de la economía, lo cual produjo una cierta mejora en los sectores
primario y secundario. Cuando, en 1969, Ayub Khan era relevado en la cúspide del poder efectivo
por Yahya Khan, jefe supremo de las fuerzas armadas, y éste daba paso a la celebración de
elecciones para diciembre de 1970, el principal problema político de los años posteriores a la
independencia se hacía notar con toda su fuerza: la “cuestión bengalí”.
Pakistán estaba formado por dos grandes territorios separados por una amplia franja de tierra
perteneciente a la Unión India, fruto del proceso descolonizador. Muy pronto desde la parte oriental
del Estado pakistaní –el que fuera antiguo Estado indio de Bengala durante el Imperio británico–,
con una economía en precario y una abrumadora superpoblación, se comenzó a criticar al gobierno
por su trato desigual a cada parte del país. El agravamiento de las diferencias culturales a pesar de la
común tradición musulmana, y la negativa a aceptar una autonomía real con amplias prerrogativas,
enconaron las actitudes de los dirigentes orientales, agrupados en la Liga Awani, la cual fue el
partido vencedor de las elecciones de 1970 en Bengala: Poco después, ya en 1971, y arropados por
el pueblo, los independentistas de la Liga proclamaron la plena soberanía del Pakistán oriental o
Bangla-Desh. Pakistán no reconoció la independencia y se lanzó ese mismo año a una guerra que
terminó en derrota debido a la ayuda que La India otorgó a Bangla-Desh.
Pakistán concentró entonces sus esfuerzos en la puesta en marcha de un proceso
constituyente que terminara con la omnipresencia militar en el gobierno y en la Administración:
para ello, el Partido del Pueblo de Bhutto, que había salido victorioso de las elecciones de 1970,
elaboró una carta magna finalmente aprobada en 1973. El descontento generado por la penuria
económica y la influencia militar en todos los estamentos político-institucionales, creció
desmesuradamente con la ley marcial impuesta para todo el país en 1977, a la vez que las voces
discrepantes se canalizaban a través de las organizaciones políticas ilegales, cuyo objetivo era lograr
auténticas garantías constitucionales en un Estado donde prevaleciera el poder civil. En buena
medida, y como se vio en el llamamiento a la desobediencia civil que estas fuerzas hicieron en
agosto de 1983, lo que pretendían era el respeto a la Constitución de 1973, y la puesta en práctica de
todo su articulado.
A pesar de la ayuda norteamericana al gobierno de Pakistán –siempre fiel aliado suyo– la
situación se degradaba por momentos y los militares aceptaron ciertas licencias como la
convocatoria de elecciones para finales de 1988 de las que saldría ganador el tradicional Partido del
Pueblo Pakistaní encabezado por Benazir Bhutto. Su gobierno, hasta octubre de 1990, cuando fue
ampliamente derrotado por la Alianza Democrática Islámica, se caracterizó por una confrontación
constante con el Presidente de la República, Ghulam Isaac Khan, que gozaba de amplios poderes;
como con el Ejército, que después de 1988 no controlaba teóricamente el poder aunque seguía
siendo pieza clave en la evolución política del país. De hecho en los años Bhutto, con una población
analfabeta de más del 65 %, todavía el sector militar acaparaba cerca del 40 % de los gastos
presupuestarios. El resultado fue el freno, cuando no paralización absoluta, de las reformas
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prometidas por el Partido del Pueblo, lo que minó la confianza de sus votantes. La Alianza
Democrática Islámica de Nawaz Sharif fue la gran beneficiada del descontento y, desde finales de
1990 su líder pasó a ser primer ministro en un momento especialmente crítico por la inmediata
repercusión de la crisis del Golfo y la alarmante situación de la hacienda pública. En el campo
económico, sin embargo, su acción liberalizadora para atraer capital extranjero y mejorar la
infraestructura industrial y de servicios públicos parecía ofrecer posibilidades al desarrollo con el
objetivo de resolver el hasta ahora problema del reparto equitativo de las rentas, aunque permanece
presente el temor al golpe militar.
En cuanto a Bangla-Desh, el poder estuvo en manos del jeque Mujibur Rahman líder de la
Liga Awani, organización ganadora de las primeras elecciones del nuevo Estado en 1973. La Liga
era un complejo entramado de intereses e ideologías aunadas por el afán independentista en torno a
un abstracto lema: nacionalismo, democracia, socialismo y secularismo. La tendencia hacia el
autoritarismo de Arman quedó patente cuando en diciembre de 1974 instauraba un régimen de
partido único a la vez que suspendía las garantías constitucionales; sin embargo, en el año siguiente,
un grupo de oficiales dio un golpe de mano que acabó con la propia vida del líder de la
independencia.
Después de unos años de inestabilidad provocada por la sucesión de ejecutivos efímeros, el
general Ziaur Rahman se hacía con el poder en 1977 y legitimaba su posición apoyando la
formación de un nuevo partido, el Yagodal. Sin embargo, la carrera política del general Rahman fue
truncada al ser asesinado en otro golpe de Estado, realizado en mayo de 1987. Precisamente, fue el
general Ershad, aquel con cuya rápida actuación se frenó el golpe, quién un año después
protagonizó la toma incruenta del poder y logró reforzar su situación hasta 1990, cuando dimitió
ante la incapacidad de sacar al país de la profunda crisis en la que estaba sumido: las catástrofes
naturales golpean sin cesar a una población cada vez más empobrecida, dentro de la cual sólo una
exigua minoría se beneficia de la explotación agraria a gran escala y de la industria textil. En las
elecciones celebradas a comienzos de 1991, el Partido Nacional de la begun Ziá, viuda del
presidente asesinado Ziaur Rahman, alcanzó la mayoría con un programa basado en la
liberalización de la economía, y la consolidación de los amplios poderes presidenciales para
manejar con firmaza los destinos del país. Sin embargo, la presión demográfica, la intransigencia
islámica, el atraso estructural de todos los sectores económicos y la constante amenaza de la
intervención militar, son todo un reto para el gobierno Ziá y no presagian un futuro fácil para el
país.
Camboya, que había sido reconocida como Estado independiente en la Conferencia de
Ginebra en 1954, llevó durante los primeros años una vida política muy normalizada con ausencia
de problemas graves en el abastecimiento alimenticio, inexistencia de conflictos sociales y
religiosos de importancia y la política de no alineación seguida por Norodom Sihanuk. Pronto, sin
embargo, el conflicto vietnamita le afectaría de forma nítida. En 1970, el general Lon Nol daba un
golpe de Estado y establecía un régimen republicano que pedía ayuda rápidamente a Estados
Unidos con el objetivo de atajar la amenaza comunista. Desde ese momento, los levantamientos
militares, exitosos o no, fueron moneda corriente mientras la situación socioeconómica se
degradaba. Por su parte, Sihanuk concertó una alianza con los comunistas vietnamitas y laosianos,
y desde Pekín formó el Frente Unido Nacional, cuyas fuerzas armadas llegaron a controlar los dos
tercios del territorio nacional en 1973.
Sin embargo, la guerrilla del khmer rojo no dejó de avanzar desde el norte hacia la capital y,
en diciembre de 1975, proclamó el Estado Democrático de Camboya-Kampuchea, procediendo a la
eliminación de todo enemigo e instaurando un régimen de terror, que produjo en los cuatro años de
vigencia del régimen entre uno y dos millones de muertos. La economía salió muy mal parada en
este panorama de conflictividad permanente. El desarrollo industrial fue muy irregular y de escasa
entidad si consideramos que todavía en 1975 sólo constituía el 17 % del PNB. Las lacras derivadas
del analfabetismo y de algunas formas de vida tradicionales siguen siendo también una rémora para
el progreso camboyano.
158
En Camboya, el apoyo de la República Popular China fue relevado a partir de 1980 por la
U.R.S.S. que, tras la intervención armada vietnamita, se convirtió en su más firme garante. El
cambio reconstructor por Gorbachov obligó a las autoridades camboyanas a iniciar una apertura
económica mientras su ejército, después de la retirada de las fuerzas vietnamitas en 1986, era
incapaz de derrotar a las distintas facciones guerrilleras, desde los khmer rojos al Movimiento de
Liberación Nacional de Kampuchea de Norodom Sihanuk. La imposibilidad de obtener una victoria
clara para ninguna de las partes impulsó las conversaciones de paz y el alto el fuego provisional se
alcanzó en mayo de 1991. Tres meses después la guerra finalizaba con un acuerdo auspiciado por
las Naciones Unidas. Un Consejo Supremo Nacional en el que estaban representadas todas las
fuerzas implicadas era el encargado de promover elecciones libres e intentar poner orden en el
devastado país.
Laos era ya independiente desde 1945. No obstante, la influencia de Estados Unidos fue
ampliándose desde los años cincuenta ante el temor de que el país cayera en manos de los
comunistas del Pathet Lao, como finalmente sucedió tras la práctica retirada norteamericana de
Indochina y el apoyo de Hanoi a la proclamación de la República Democrática Popular de Laos a
comienzos de 1973. En este país, uno de los Estados más pobres de la tierra, la liberalización de la
economía y la tolerancia para con la iniciativa privada dieron sus primeros pasos en 1980 ante la
desastrosa situación económica, si bien su firme alianza con Vietnam le ha llevado a rechazar
posibles reformas del sistema al modo de la perestroika soviética y el V Congreso del Partido
Revolucionario del Pueblo Lao, reunido en marzo de 1991, rechazó el pluripartidismo y afirmó su
ideología comunista.
Reacción diferente ante la caída de los regímenes socialistas en Europa fue la adoptada por
Birmania (la actual Unión de Myanmar). Independiente desde 1948, su evolución política fue
común a la de otros países del sudeste asiático. La larga dictadura militar prohibió los partidos
políticos a favor del Partido del Programa Socialista de Birmania del general Ne Win. Un Consejo
Revolucionario formado por militares detentaba el poder efectivo y fue el que desarrolló la política
socializadora sin obtener una mejora de las condiciones económicas del país. Por otro lado, los
problemas étnicos derivados de la amplia población no birmana fueron insolubles a pesar de la
apelación constante a la solidaridad entre los pueblos hermanos.
Fue en agosto de 1981 cuando Win anunció su dimisión, relavándole otro general, San Yu,
que no varió ostensiblemente la línea marcada por su predecesor, si bien aumentó la inestabilidad
del país desgarrado por luchas intestinas entre facciones guerrilleras de distintas etnias e
inclinaciones políticas. Aun cuando en los años finales de la década de los ochenta el gobierno de
otro militar, Saw Mawng, acabó con los enfrentamientos armados y prometió una liberalización
política (cambiando incluso el nombre del país que pasó a denominarse Unión de Myanmar, para
evitar el predominio del pueblo birmano sobre los demás), la brutal represión contra los opositores
ha continuado y no se han resuelto los problemas económicos, cerrando además el país a las
influencias extranjeras.
Tailandia representa un modelo ejemplar en este sentido. Desde 1947 los golpes de Estado
se han sucedido impidiendo un desarrollo armónico de las instituciones políticas. Tampoco sirvió la
ayuda material constante de Washington a partir de 1950 para dotar al país de una infraestructura
industrial suficiente. El aumento poblacional y las cíclicas crisis agrarias contribuyeron a empeorar
la situación hasta la década de los setenta, cuando inversiones crecientes de capital japonés y de
Taiwán produjeron primero un paulatino y luego un rápido crecimiento económico del que se ha
beneficiado sólo una parte exigua de la población. El control militar de la vida política ha variado
muy poco. En febrero de 1991 otro golpe de Estado abolía de nuevo el ordenamiento constitucional
vigente y prometía, una vez saneada la situación, elecciones libres.
La evolución de Ceilán, independiente desde 1948, y convertida en 1972 en República de
Sri Lanka, ha estado también caracterizada por la conflictividad permanente y el desastre
económico que han sido incapaces de superar desde gobiernos de tipo marxista hasta liberales. La
159
violencia desatada entre tamiles (minoría de origen indio) y cingaleses ha degenerado en una
auténtica guerra civil de enormes dimensiones de la que todavía hoy en día no se ve una salida
negociada. Las Islas Maldivas son independientes desde 1965, transformándose en República 1968.
Por último, el Sultanato de Brunei obtiene la independencia de Gran Bretaña en enero de 1984.
EL PANARABISMO Y LOS CONFLICTOS ÁRABE-ISRAELÍES
La descolonización en el S. XX tiene una primera fase en su desarrollo al iniciarse el
proceso, casi paralelo y en los mismos años, que se registra en Asia Oriental, por un lado, y en el
Próximo Oriente, por otro, que lleva en esta última región hacia las independencias de los países
árabes administrados desde el término de la Primera Guerra Mundial bajo el sistema de Mandatos
por Gran Bretaña. Así el mundo árabe del Próximo Oriente es el primero en ser descolonizado en su
conjunto, en un proceso en el que se distinguen varias fases: 1º. El periodo de entreguerras se
caracteriza por el desarrollo del nacionalismo en los Mandatos y la obtención de las primeras
independencias; 2º. De 1945 a 1952 es la fase de las independencias árabes y la creación de la Liga
Árabe; 3º. Entre 1952 y mediados de los años setenta es el periodo de las revoluciones árabes, de la
consecución de todas las independencias y del agravamiento del conflicto con Israel; y 4º. Desde la
segunda mitad de los años setenta hasta nuestros días es la fase, por un lado, del surgimiento de
nuevos conflictos, y por otro, de los comienzos de las negociaciones en la búsqueda de la
pacificación de la región.
Además, dentro del mundo árabe-islámico hay que distinguir tres regiones geohistóricas: 1ª.
Los países árabes del Próximo Oriente; 2ª. Los países musulmanes no árabes de Oriente Medio; y
3ª. Los países árabes del norte de África.
Durante el periodo de entreguerras el pueblo árabe desarrolla su conciencia nacional o
arabidad, iniciada en la fase anterior, y va a dando nacimiento a los nuevos Estados árabe-islámicos
de Asia Sudoccidental, al mismo tiempo que mantienen vivo el ideal de la unidad árabe. Este
proceso descolonizador del “despertar árabe”, históricamente paralelo al de la “rebelión de Asia”,
tiene sus propios factores y componentes históricos.
El nacionalismo árabe se fue configurando progresivamente desde mediados del S. XIX al
reencontrarse en la ideología colectiva social elementos étnicos –el pueblo árabe–, y religiosos –el
Islam–, con una cultura y expresión común: la lengua árabe, así como la conciencia de una gloriosa
historia de unidad y esplendor, que constituyen el andamiaje del nuevo nacionalismo árabe. Las
manifestaciones iniciales de este movimiento están representadas por la fase denominada por M.
Rodinson como de “protonacionalismo árabe”, que corresponde a la segunda mitad del S. XIX y
que tiene un doble carácter: de renacimiento cultural y de concienciación política contra el poder
turco dominante.
A comienzos del S. XX se produce una reactivación cultural, ideológica y política del
nacionalismo árabe que da nueva animación y talante al movimiento, quedando debilitado y
dividido durante la Primera Guerra Mundial. Tras este conflicto, a lo largo del periodo de
entreguerras, se reactiva y renueva el nacionalismo árabe registrándose el desarrollo de la
conciencia nacional en un proceso de rebelión y lucha en favor de una auténtica independencia y
unidad frente al poder y la presencia franco-británica, hasta la Segunda Guerra Mundial. Al término
de esta contienda, en la posguerra, el nacionalismo árabe ha alcanzado alguno de sus objetivos,
aunque de forma limitada, con la obtención de la plena independencia política, pero no de la unidad.
El Panarabismo, o movimiento de unidad árabe, se ha manifestado de forma paralela e
íntimamente unido al nacionalismo árabe: independencia y unidad árabes han sido aspiraciones
históricas comunes, que se han mantenido durante un tiempo esencialmente interrelacionadas,
incluso en nuestros días. El Panarabismo se define como el movimiento de carácter histórico que
tiende a la unión y la cooperación de todos los pueblos y Estados árabes de Asia y de África para la
formación de una única y gran nación árabe, durante la segunda mitad del S. XIX. Ya en el S. XX el
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Panarabismo vive su replanteamiento en los años de la Primera Guerra Mundial, al mismo tiempo
que las aspiraciones a la independencia en un esfuerzo de acción común. A lo largo del periodo de
entreguerras y al término de la Segunda Guerra Mundial, el Panarabismo, como ideal de esa unidad
se mantiene y llega a expresarse en algunos proyectos de unión y en declaraciones de sus dirigentes
y organismos, así como llega a contar con el apoyo formal británico, desembocando en la
constitución en El Cairo de la Liga de Estados Árabes en 1945 que, si por un lado es la expresión de
esa vieja aspiración a la unidad, por otro, se encuentra muy lejos de la misma tal como se concebía
en sus orígenes ideológicos, decepcionando a amplios sectores del pueblo árabe.
El Panislamismo, como movimiento de más amplitud y mayores pretensiones formales que
el Panarabismo, pero por ello también menos concreto y de menor conciencia y coherencia
políticas, pretende la colaboración y unificación ideológica de todo el mundo islámico, no limitado
sólo a los árabes. El movimiento panislámico surgió como ideología a lo largo de la segunda mitad
del S. XIX, tras la crisis del Sultanato turco, con la celebración de una serie de congresos
internacionales en un contexto que intentaba ensamblar esta corriente islámica con los pueblos
árabes, y con la formulación de un islamismo modernizado. Tras la Segunda Guerra Mundial
resurgió una vez más el movimiento panislámico, ya con renovadas orientaciones y características.
Durante y desde los momentos finales de la Primera Guerra Mundial se inician en el
Próximo Oriente los cambios que conllevan la descolonización del Islam árabe asiático y la
organización de los pueblos árabes en un conjunto de Estados independientes, a lo largo de un
proceso constituido por una serie de fases con unas especiales características, entre la Primera y la
Segunda Guerra Mundial, la obtención de las independencias en torno a la Segunda Gran Guerra, y
el estallido de las revoluciones desde 1952.
Durante el periodo de entreguerras (1919-1945), el Próximo Oriente quedó organizado por
la Sociedad de Naciones bajo el sistema de Mandatos con la tutela de Gran Bretaña y Francia. Gran
Bretaña administró sus territorios como monarquías árabes, que evolucionan pronto hacia una
independencia controlada. en primer lugar, y vecino e integrado en esta región, puso fin a su
Protectorado sobre Egipto, al que concedió una independencia formal en 1922, organizando el
Estado como monarquía bajo la soberanía del rey Fuad hasta 1936, y luego sucedido por su hijo el
rey Faruk hasta 1952, promulgándose una Constitución en 1923 y firmándose en 1936 un tratado de
alianza con Gran Bretaña. En el Próximo Oriente, el mandato de Irak, regido por el hachemita
Feysal, es independiente desde 1932; el mandato de Transjordania fue organizado por Inglaterra
como Emirato en 1923, siendo gobernado por el también hachemita Abdullah; y el mandato de
Palestina quedó bajo administración directa británica al registrarse el choque entre las promesas y
los intereses de los árabes, por un lado, y de los judíos sionístas, por otro. Los Mandatos franceses
se organizan como Repúblicas, y tanto Siria como Líbano acceden a una autonomía controlada en
1936.
En la Península Arábiga, mientras tanto, se registra de 1919 a 1932 el enfrentamiento entre
el reino hachemita de Hedjaz y el saudita de Nejd, que al terminar con la victoria de Ibn Saud,
sometiendo a su poder a los pequeños reinos peninsulares, expulsó a los hachemitas de la Península
y consagró la unidad de toda Arabia bajo la monarquía feudal de los sauditas, excepto las regiones
costeras del sur y del este donde se mantuvieron algunos soberanos árabes menores bajo la
protección británica, proclamando en 1932 la creación del reino unificado de Arabia Saudí. Entre
1919 y 1937,Yemen se organizó también como reino independiente. De esta manera queda
completado el mapa de las modernas naciones árabes del Próximo Oriente, y este panorama general
se mantiene sin grandes cambios a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual los
árabes permanecen unidos a los aliados.
Entre 1945 y 1952 se extiende la fase en la que al término de la Segunda Guerra Mundial se
consolidan e incrementan las independencias de los países árabes del Próximo Oriente, aunque en
unas condiciones y circunstancias muy determinadas. Estas independencias fueron la fórmula
política que representa los deseos de las respectivas oligarquías nacionales árabes, vinculadas con
161
los intereses económicos occidentales y que se combinan en la expresión de un nacionalismo
conservador aliado con Occidente: en 1945 Irak es ya un reino plenamente independiente, y en 1946
lo son las Repúblicas de Siria y Líbano, y también Transjordania, que en 1949 se convierte en el
reino de Jordania; así como la monarquía de Omán en 1951, con lo que todos los países árabes del
Próximo Oriente son ya independientes.
El ideal de la unidad árabe se materializa, si bien de forma limitada, en la constitución de la
Liga de Estados Árabes que nace en El Cairo en marzo de 1945, que si, por un lado, venía a hacer
realidad la vieja aspiración de unidad del nacionalismo árabe, por otro, debido a sus propias
características y a la influencia y protección británicas en su creación, no llegó a satisfacer
plenamente las aspiraciones de los pueblos árabes, que quedaron en parte defraudados. El Pacto de
constitución de la Liga Árabe se firmó en El Cairo por Egipto, Arabia Saudí, Yemen, Irak,
Transjordania, Siria y Líbano. A estos países fundadores se fueron uniendo sucesivamente: Libia en
1953, Sudán en 1956, Marruecos y Túnez en 1958, Kuwait en 1961, Argelia en 1962, Yemen del
Sur en 1967, Qatar, Bahrein, Omán y Emiratos Árabes Unidos en 1971, Mauritania en 1973,
Somalia en 1974 y Yibuti en 1977, también se integró en la Liga desde 1964 la OLP.
Los objetivos de la Liga Árabe, cuya sede se fijó en El Cairo, son los de estrechar las
relaciones entre los Estados miembros, coordinar su política y preservar su independencia. La
organización posee un Secretariado General, un Comité político y Comités encargados de los
asuntos económicos y financieros, de las comunicaciones de los asuntos culturales, de las
cuestiones de nacionalidad, de la salud y de asuntos sociales. Pero la Liga Árabe va a ser sometida
muy pronto a una dura prueba: el nacimiento del Estado de Israel y la primera guerra árabe-israelí
consiguiente.
Como ha señalado J. Chesneaux, la historia de Asia en la época contemporánea no es
monolítica: su herencia tradicional era budista, confucionana o musulmana; los sistemas de
dominación colonial ligaron los países asiáticos a Inglaterra, Francia, Holanda, España, Portugal y
Estados Unidos; y las opciones políticas seguidas desde las independencias han sido también muy
diversas. Estos países de Asia ocupan una posición original en el mundo contemporáneo, y la
historia de Asia no se ha desarrollado en un compartimento estanco, sino que ha tenido una
dinámica propia.
A mediados del S. XX, al cumplirse el proceso de descolonización asiático, ha surgido así lo
que F. Doré define como el “Asia de las naciones”, un Asia independiente que se ha edificado sobre
el desorden y la confusión, un Asia que libre del dominio de Occidente se ha construido en gran
parte contra éste, que ha pensado hallar su fuerza en el nacionalismo, en un nacionalismo agresivo.
En todos los casos, el nacionalismo es la levadura necesaria de las nuevas sociedades estatales, ya
que la independencia de éstas es quizás demasiado reciente para que la búsqueda de su identidad no
sea la preocupación dominante, y a veces exclusiva, de los gobernantes. La afirmación de la
supremacía y la permanencia del Estado resultan entonces la característica principal de los
diferentes regímenes políticos a través de la singularidad de los perfiles nacionales.
La mayor parte de los Estados asiáticos han adoptado una estructura unitaria con un grado
más o menos acentuado de descentralización: la imposición de estas estructuras resultó, no obstante,
imposible cuando la diversidad de tradiciones y culturas era demasiado grande, los factores
históricos de la unidad política demasiado inmediatos o la voluntad de los gobernantes
insuficientemente compartida por los gobernados. Pero sigue habiendo tendencia a imponer nuevos
modelos constitucionales a los Estados, y a instaurar relaciones de desigualdad interna entre las
distintas regiones y el poder central, por una suerte de neoimperialismo interno que asemeja a los
Estados federales con los Estados unitarios: la índole política de los regímenes es, en estas
condiciones, el elemento esencial de la diferenciación entre los Estados.
Como escribe H. Deschamps, la historia es movimiento. Europa, que ayer era reina del
planeta, conoce como, después de América, Asia ha repudiado el colonialismo, el Islam se levanta,
y África lentamente despierta, dando nacimiento a un mundo nuevo. En definitiva, como señala G.
162
Barraclough, la historia del S. XX es en gran parte la historia del cambio de condiciones y de la
situación en Asia y en África. Su resultado ha sido una revolución en la posición relativa que han
venido a ocupar Asia, y después también África, en la escena mundial y que representa casi de
seguro la revolución más sintomática de nuestro tiempo actual.
El resurgimiento de estos continentes ha impreso a la historia de la época actual un carácter
diferente a cuanto se había conocido hasta ahora: el hundimiento de los Imperios coloniales es uno
de sus aspectos, pero el otro, el más significativo, es el progreso que han realizado los pueblos de
Asia y de África en nuestro tiempo por conquistar un nuevo puesto de honor entre los Estados del
mundo, y un protagonismo de primer plano en la historia contemporánea.
En cuanto a la orientación política de los nuevos Estados independientes asiáticos, en el
orden nacional, la democracia parlamentaria de tipo occidental ha sufrido muchas vicisitudes en
estos países desde 1947; entre los Estados sucesores del orden colonial sólo India, Ceilán, Malasia y
Singapur la han mantenido, entre tensiones y problemas. Los restantes países han conocido
conflictos y regímenes autoritarios, salidos de golpes de Estado militares, de distinto contenido y
expresión: así, inestabilidad y régimen militar popular en Birmania; oligarquías y militarismo en
Filipinas, Tailandia, Pakistán, Corea del Sur y Taiwán; Indonesia evoluciona del autoritarismo
popular al militar y oligárquico, mientras que el sistema comunista se impuso en China, Mongolia,
Corea del Norte y Vietnam, y regímenes populares de corte marxista han dominado Camboya y
Laos.
En el plano internacional hay que tener en cuenta que el acceso a la independencia de estos
nuevos Estados ha coincidido con la iniciación y el desarrollo de la Guerra Fría, lo que dificultó su
orientación política internacional, además de la elección de un determinado régimen político y la
vía de su desarrollo económico, agrupándose en el sistema mundial de acuerdo con sus tendencias.
Por un lado, están los que se integraron en el bloque comunista. China, Mongolia, Corea del Norte y
Vietnam del Norte –tras la unificación en 1975, todo Vietnam–; por otro, están los aliados de
EEUU: Filipinas, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y Pakistán, a los que se unió más tarde
Indonesia. Entre ambas tendencias se encuentra el grupo de los cinco países de Colombo: India,
Birmania, Ceilán, Indonesia y Pakistán –estos dos últimos unidos después al bloque
pronorteamericano– que iniciaron y desarrollaron el movimiento de no alineación o neutralismo
activo entre ambos bloques, que tuvo su primera manifestación en la Conferencia afroasiática de
Bandung.
La evolución de los acontecimientos en Turquía resultó mucho menos traumática que en el
resto de los Estados de la zona. Este país, heredero del antiguo Imperio Otomano –aunque
circunscrito casi exclusivamente a la península de Anatolia– es el que, de la mano de Mustafá
Kemal Attaturk y sus seguidores durante los años de entreguerras, inició y consolidó con más éxito
el proceso de modernización política, social y económica de corte occidental, aunque ha preservado
la religión islámica como seña de identidad más importante. A pesar de la muerte de Kemal en
1938, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Turquía, dirigida por el general I. Onönü, logró
mantenerse neutral prácticamente hasta el final del conflicto momento en el cual (febrero de 1945)
declaró la guerra a las potencias del Eje; así pudo vincularse más estrechamente a las potencias
aliadas, en especial a Estados Unidos.
Mirando más a Europa que a Asia, y teniendo en cuenta su situación estratégica (auténtica
encrucijada entre Oriente y Occidente), en 1952 formalizó su adhesión a la OTAN. No obstante
tampoco le han faltado problemas a Turquía. En política interna, las épocas de poder personal o de
dictaduras civiles encubiertas, caso de Menderes en los años cincuenta, así como golpes de Estado
de las fuerzas armadas en 1960 y en 1980 –con las consiguientes reformas del ordenamiento
constitucional– han mediatizado el funcionamiento de la democracia parlamentaria; en los últimos
años, sin embargo, la principal preocupación de las autoridades turcas no es otra que evitar el
avance del fundamentalismo islámico en el país. En otro orden de cosas, la “cuestión del
Kurdistán”, que también afecta a otros países de la zona, sigue sin resolverse, lo que ha obligado al
163
gobierno de Ankara a vivir en una permanente vigilia armada para evitar los golpes de mano de la
guerrilla kurda.
Al mismo tiempo, la evolución de la “cuestión de Chipre”, especialmente desde la crisis de
los años cincuenta entre las comunidades griego-chipriota y turco-chipriota (que llevó a la
independencia de la isla en agosto de 1960), y, sobre todo, de los años sesenta (teniendo que actuar
la ONU en 1963) ha preocupado permanentemente a la diplomacia turca. Ante los sucesos
ocurridos con motivo de un golpe de Estado en Chipre, inspirado en julio de 1974 por el régimen de
Atenas, el Ejército turco se vio en la necesidad de intervenir ocupando el noroeste de la isla,
forzando de hecho la partición de la misma con la creación en dicho sector de un Estado Autónomo
Federado Turcochipriota (febrero de 1975), situación que fue consolidándose a medida que
avanzaba el proceso de “turquificación” en la zona norte; los acontecimientos de Chipre enfrentaron
diplomáticamente al gobierno de Turquía con la ONU al no facilitarse las negociaciones que
hicieran posible el establecimiento en la isla de un Estado federal bizonal, e incluso con Estados
Unidos (la crisis de las bases), resolviéndose este último ante la escalada del fundamentalismo en
Irán. En 1983 era proclamada la República Turca de Chipre del Norte, sin que haya sido posible
hasta el momento resolver el contencioso de manera favorable para ambas partes conforme a las
directrices de la ONU.
El problema del Kurdistán está enraizado con la desaparición del Imperio Otomano tras la
Primera Guerra Mundial. En el Tratado de Lausana de 1923 no se estipuló ninguna cláusula
respecto a una posible autonomía ni tampoco creó la Sociedad de Naciones un Mandato sobre el
Kurdistán (en los años cincuenta se fundó en el Kurdistán iraní la República Kurda de Mahabad
que, sin embargo, no pudo subsistir). En la actualidad su territorio y población se encuentran
divididos entre Turquía (el 50 % de ambos), Irak e Irán (casi el otro 50 %) y, en mucho menor
grado, Siria y algunos países de la Comunidad de Estados Independientes (CEI). A tal problema no
se le ha dado todavía solución ya que los países a los que les afecta lo consideran como algo
meramente interno. Todo el Kurdistán ha vivido en una permanente inestabilidad política debido a
su fuerte sentimiento nacionalista que ha afectado en primer lugar a Turquía durante los últimos
años tras las acciones emprendidas en 1985 por el Partido de los Trabajadores Kurdos, marxistaleninista (PKK), a través de la guerrilla armada o por el Frente de Liberación Nacional del
Kurdistán (ERNK), brazo político del anterior. Especialmente conflictiva ha sido también la vida
del pueblo kurdo en Irak, país que en los años sesenta y setenta tuvo que actuar militarmente contra
la comunidad kurda. El último brote de la permanente rebelión de esta comunidad se produjo al
finalizar la invasión de Kuwait.
Para evitar la extensión del “virus kemalista” en Irán y seguir controlando la vida del país,
los clérigos chiítas apoyaron en los años de entreguerras la instauración de un régimen monárquico
con el general Pahleví al frente que se proclamó Sha. Sin embargo, en un ambiente de insatisfacción
general por parte de la población y ante la cada vez más estrecha vinculación a Occidente por parte
de la monarquía, los clérigos chiítas comenzaron a actuar a partir de la década de los cincuenta en
abierta oposición al régimen. En estos años Irán –con el Sha Mohamed Reza Pahleví– era la
potencia hegemónica del Medio Oriente desde el punto de vista económico y militar. Socialmente,
sin embargo, el país sufría un trauma debido a las pretensiones oficiales de transformación radical
de la sociedad –la llamada “revolución blanca”–, proyectada sobre el modelo de desarrollo
occidental– que para nada tenía en cuenta las tradiciones seculares del país, de raíz musulmana.
El proceso se complicó a partir de la década de los setenta, sobre todo, por motivos
económicos, lo que produjo la recesión de los sectores productivos y un gran descontento popular
en todo el país. La situación fue aprovechada por toda la oposición religiosa y política (Frente
Nacional) al régimen del Sha para desestabilizar Irán. A partir de 1978, la Universidad de Teherán y
las mezquitas cobraron un protagonismo inusitado y, reafirmando los valores del Islam –el
fundamentalismo– contra todo lo ateo y extranjerizante, se hicieron con las riendas del país bajo la
dirección del imán Jomeini, que se encontraba en el exilio. La revuelta popular –auténtico
movimiento social– hizo suya la principal consigna de los clérigos de derribar la monarquía de los
164
Sha Pahleví e instaurar la República, que también aceptó la oposición política. El resultado de la
movilización no se hizo esperar: el 16 de enero de 1979 el Sha salía del país; el 1 de febrero el
ayatola Jomeini regresaba a Irán y el 11 de febrero de 1979 el Consejo Revolucionario Islámico se
hizo con todos los resortes del poder. Finalmente, el 1 de abril de 1979 era proclamada oficialmente
la República Islámica de Irán, apoyada en baluartes como las masas enfervorizadas por la fe
musulmana radical, los guardias de la revolución, los clérigos chiítas como últimos garantes de la
ortodoxia y de la legalidad islámica o el culto a la personalidad encarnado en Jomeini. La oposición,
a derecha e izquierda, y las restantes minorías religiosas fueron depuradas sin contemplaciones.
Como ha escrito J. P. Derrienic la revolución fundamentalista iraní es el más grande movimiento
popular que ha conocido Oriente Medio en el siglo XX.
La irrupción y triunfo del fundamentalismo islámico en Irán trastocó las conciencias de
numerosos musulmanes y añadió un nuevo motivo de conflicto en el Próximo y Medio Oriente. Los
aires de renovación del Islam comenzaron a expandirse desde las mezquitas de Teherán a todos los
países de la zona gracias al entusiasmo de los chiítas y al descontento de las masas ante una
situación de crisis permanente. El fundamentalismo jomeinista prometía un nuevo paraíso y
reclamaba para sí la exclusiva dirección de la vida de los creyentes en Alá desde todos los puntos de
vista: ideológico, político, social y cultural. En esencia se trataba de instaurar un absolutismo
político-religioso según los postulados coránicos, ya que la religión del Islam tiene preceptos para
todo cuanto incumbe al hombre y a la sociedad. Este nuevo totalitarismo de tipo teocrático basado
en el igualitarismo, la nomocracia y el republicanismo –que pretendía llevar la revolución iraní a
todos los países islámicos– fijó su primer objetivo en Irak. Ante las pretensiones panislamistas del
régimen fundamentalista iraní, países como Arabia Saudí, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Omán,
Qatar o Kuwait crearon el 26 de junio de 1981 el Consejo de Cooperación del Golfo con el objetivo
de actuar preventivamente contra todo intento desestabilizador en la zona, aunque la evolución de
los acontecimientos demostró la imposibilidad de preservar la paz en el Próximo Oriente.
La proclama de Jomeini para que los chiítas de Irak –el 60 % de la población, la comunidad
más numerosa– se sublevaran contra el régimen “baazista”, ateo, enemigo del Islam y del pueblo
iraquí puso en pie de guerra al Ejército de Saddam Hussein, que desde julio de 1979 era el hombre
fuerte del país. Para R. King y E. Karsk la guerra Irán-Irak fue una consecuencia directa de la
revolución iraní. Los objetivos bélicos fueron frenar el fundamentalismo chiíta, salvar el régimen
baazista y hacer de Irak la primera potencia de la zona. El pretexto para iniciar las hostilidades lo
encontró el líder iraquí en el humillante tratado de Argel de 1975 que su país se vio obligado a
firmar con Irán para que éste dejara de apoyar la sublevación kurda, y según el cual Irán pasaba a
controlar la vía de agua de Chatt-el-Arab de vital importancia para Irak. El momento escogido para
el ataque por sorpresa –el inicio de la guerra preventiva– fue el 23 de septiembre de 1980. Después
de los primeros triunfos iraquíes, el ejército de Irán logró recomponer sus posiciones y resistir la
invasión de Irak. Había comenzado una larga y terrible guerra de posiciones y de desgaste total. En
1986, el ejército del de Irán revolucionario pasó a la iniciativa, tomando posiciones en el país rival,
hasta que las partes en conflicto se vieron obligadas, el 20 de agosto de 1988, a aceptar el alto el
fuego impuesto por la ONU. Paradójicamente, los ocho años de guerra sin victoria para ningún
contendiente supusieron el fortalecimiento del régimen del ayatola Jomeini, mientras que, por el
contrario, la firma del armisticio supuso un duro golpe para el régimen de Saddam HusseinAfganistán, antiguo Estado “tapón” del Medio Oriente, adquirió un valor estratégico de
primer orden durante los años de la Guerra Fría. Teniendo en cuenta que Irán era un firme aliado de
Estados Unidos, la Unión Soviética prestó gran atención a la evolución interna del Estado afgano
durante la época actual. Afganistán no encontró la necesaria estabilidad política con la monarquía
constitucional de 1953, que fracasó a la hora de modernizar al país social y económicamente. En
1973 cayó la monarquía y en su lugar se constituyó una república tradicional con Mohammed Daud
al frente.
En 1978, el Partido Democrático del Pueblo –inspirado en el comunismo soviético y con
apoyo de la U.R.S.S.– derrocó al presidente Daud e instituyó una república de tipo soviético con
165
Hafizallah Amin como máximo dirigente. Los comunistas afganos comenzaron la transformación
del país conforme al modelo imperante en la Unión Soviética con Amin como dictador único. El
proyecto de cambio maximalista (la revolución roja) de Amin chocó frontalmente con la oposición
armada de los muyahidines musulmanes, conflicto que alcanzó su momento más intenso en 1979.
Ante la extensión del levantamiento de los guerrilleros afganos, los acontecimientos adquirieron
una nueva dimensión de carácter internacional. Amin solicitó la intervención de la U.R.S.S. para
sofocar la rebelión armada. Los motivos de la Unión Soviética estaban claros: en primer lugar, por
solidaridad internacionalista; en segundo lugar, para evitar que Estados Unidos adquiriera un
recambio en su política de alianzas una vez que había perdido Irán tras la revolución
fundamentalista.
A partir de septiembre de 1979, entraban en Afganistán las primeras unidades militares del
Ejército Rojo. La U.R.S.S. había decidido actuar abiertamente y, al mismo tiempo, propiciaba un
cambio en la cúspide del Estado afgano: Kamal sucedía a Amin. La intervención soviética movilizó
a los países musulmanes, los cuales promovieron rápidamente una Conferencia Islámica, en la que
los 35 Estados asistentes condenaron dicha invasión de forma tajante. Ante el apoyo diplomático
recibido por sus hermanos de religión, y la ayuda militar que les suministraron (fundamentalmente
Estados Unidos, China, Pakistán e Irán), los muyahidines afganos declararon la guerra abierta al
régimen comunista de Kabul, en la que se vio envuelta la propia U.R.S.S.. El conflicto alcanzó
proporciones de guerra civil – que aún dura en nuestros días – y amenazó con extenderse a otros
países de la zona; especialmente tirantes fueron las relaciones del régimen de Afganistán con
Pakistán.
A mediados de los años ochenta, Mohamed Najibulá sustituyó a Kamal al mando del
Estado, pero este cambio no contribuyó a parar la guerra, la cual en 1986 ya se había demostrado
desastrosa para los intereses soviéticos. A partir de ese momento, sobre todo teniendo en cuenta el
nuevo pensamiento de la U.R.S.S. en política exterior, las diplomacias soviética y estadounidense
comenzaron a buscar para el conflicto una salida pactada, y con ella el fin del Ejército Rojo en
Afganistán. El 14 de abril de 1988 los ministros de Asuntos Exteriores de la U.R.S.S., Estados
Unidos, Afganistán, Pakistán y el Secretario General de la ONU, llegaron a un acuerdo sobre la
evacuación soviética de Afganistán: ésta comenzó el 15 de mayo de 1988 y finalizó el 15 de marzo
de 1989.
La repatriación del Ejército Rojo no significó el comienzo de la paz en Afganistán. Después
de tantos años de lucha, las posiciones eran irreconciliables. Los muyahidines siguieron
combatiendo hasta la caída del gobierno comunista de Najibulá. Una vez que esto ocurrió, en abril
de 1992, la Gran Asamblea de Afganistán (la Loya Jirga) proclamaba en diciembre a entró etapa
convulsa favorecida por enfrentamiento contra tropas que a Burhanundin Rabani presidente de la
República. Este, no obstante, no fue aceptado por la guerrilla radical de Hekmatyar, quién a su vez
se consideraba como la única persona legitimada para el cargo. Después de 14 años de conflicto, en
Afganistán (un país absolutamente destruido y con más de un millón de muertos en combate) no ha
terminado aún la guerra, convertida ahora en una lucha fratricida de carácter étnico y tribal entre las
diferentes facciones de muyahidines, cada cual más radical y fundamentalista.
La evolución del Próximo Oriente ha estado marcada de forma indeleble por el conflicto
árabe-judío a propósito de Palestina. La idea de un Estado judío en Palestina fue tomando cuerpo a
lo largo de la segunda mitad del S. XIX. El primer Congreso Sionista (1897) reivindicaba el
derecho de todos los judíos dispersos por el mundo a reagruparse en la “tierra de sus antepasados”.
En 1901 se instauró un Fondo Nacional Judío para la compra de tierras en Palestina, un territorio
que formalmente pertenecía al Imperio Turco. Gracias a este organismo se creó Tel Aviv (“La
colina de la primavera”), donde, poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, únicamente se
alzaba una cincuentena de casas. El inicio de la Primera Guerra Mundial favoreció la expansión
británica en la región del Próximo Oriente, aprovechando que el Imperio Turco se alineó con
Alemania. Así, las tropas británicas se asentaron en el sur de Palestina desde 1915, actuando
coordinadamente con los líderes árabes, deseosos de librarse de la ocupación turca. Al mismo
166
tiempo, Londres buscó el apoyo sionista a su expansión por la región. En este sentido hay que citar
la llamada Declaración Balfour, realizada por el ministro de Asuntos Exteriores británico el 2 de
noviembre de 1917: El Gobierno de Su Majestad tiene bajo su consideración y patrocinio el
establecimiento en Palestina de un Hogar Nacional Judío, en el bien entendido de que nada se hará
que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías de Palestina.
Tras el fin de la Primera Guerra Mundial y la derrota de Alemania y de su aliado turco, Gran
Bretaña obtiene los frutos de su política en el Oriente Próximo. Confirmando los Acuerdos SykesPicot, firmados en Londres y París para el reparto de la región, Gran Bretaña obtuvo el Mandato de
la Sociedad de Naciones sobre Palestina en la Conferencia de San Remo, en abril de 1920.
Bajo control británico hay tres organismos que defienden los intereses de la población de la
zona: El Consejo Nacional Judío (Vaad Leumi), que representa a la comunidad judía de Palestina; el
Ejecutivo Árabe y el Consejo Supremo Musulmán (donde domina el muftí de Jerusalén, Hadj Amil
al-Husaymi). Además, la Organización Sionista Internacional, con sede en Londres, tenía
numerosos representantes en Palestina. Esta organización es la que dirigió la lucha para la creación
de un Estado judío y la que favoreció, con el inicial beneplácito británico, la emigración hacia
Palestina de los judíos de Europa y América: en 1939 había en Palestina alrededor de 445.000
judíos frente a un millón de árabes.
Mejor organizados que los musulmanes, más dinámicos y sostenidos financieramente por el
Fondo Nacional Judío, los judíos crearon cooperativas locales (moshav ovdim) y aldeas colectivas
(kibbutzim) en Palestina, defendidas por una milicia creada en tiempos de la dominación turca: la
Haganah (“defensa”), una organización paramilitar que será el embrión del futuro ejército del
Estado de Israel. De esta forma Tel Aviv pasó de 2.000 habitantes en 1919 a 150.000 en 1939, casi
todos judíos. La mayor parte de las organizaciones judías se fusionaron en la Agencia Judía (1922)
en la que se perfilaron dos tendencias: la sionista y la no sionista. Existían también grupos llamados
revisionistas, partidarios de la creación inmediata de un Estado judío teocrático, que consideran
traidores a los judíos no sionistas.
La revitalización de la inmigración judía durante los años veinte, así como una creciente y
desconocida prosperidad, actuaron de fomento para el nacimiento de la conciencia nacional de los
árabes palestinos, los cuales tomaron posiciones cada vez más radicales en contra de los judíos (a
los acusaban de expoliar sus tierras) y, por extensión, contra la Administración británica. Los
judíos, por su parte (y más especialmente los judíos) se consideraban víctimas de un timo, la
Declaración Balfour. Deseoso de mantener el orden y de permanecer en Palestina, el gobernador de
Su Graciosa Majestad se vio obligado a emplear la fuerza contra unos y otros.
A partir de 1936 Gran Bretaña optó por oponerse al sionismo, lo que puso en peligro el
equilibrio económico del Próximo Oriente, especialmente a causa de sus conexiones con las
finanzas estadounidenses. Los británicos estimularon de nuevo el nacionalismo árabe y provocaron
con ello el recrudecimiento de la revuelta violenta, preconizada sobre todo por el muftí de Jerusalén,
que encontró un apoyo formal en la Alemania antisemita hitleriana y en Italia, países ambos con
intereses estratégicos en la región.
La situación se hizo insostenible cuando ese año estalló una insurrección generalizada de los
árabes contra los judíos y los británicos. La revuelta duró tres años y obligó a Londres a recortar
drásticamente el cupo de inmigrantes judíos en un momento especialmente difícil para la
comunidad hebrea, ya que se estaba acentuando la persecución antisemita en Europa Central y
Oriental. Ante las posiciones irreconciliables de judíos y árabes, Gran Bretaña o vio otra solución
que proponer la partición de Palestina en 1937 y establecer un periodo de diez años para conceder la
independencia, pero el plan no fue aceptado por los judíos, situación que se repetiría en 1947,
momento en el cual la ONU acordó la partición de Palestina entre árabes y judíos: a los primeros les
correspondería el 45 % del territorio que albergaba prácticamente en su totalidad a población árabe;
los hebreos, por su parte, contarían con 55 % restante, con una población formada en su mitad por
judíos.
167
La resolución de la ONU no fue aceptada por los representantes de los árabes de Palestina ni
tampoco por las demás naciones árabes de la zona, pero sí fue aprobada mayoritariamente por las
autoridades judías. Aprovechando el vacío de poder creado al retirarse las tropas británicas de
Palestina, David Ben Gurión proclamó unilateralmente la independencia del Estado de Israel el 14
de mayo de 1948, con Chaim Weizmann como presidente a partir de 1949. Al día siguiente, los
ejércitos de Siria, Jordania, Irak y Egipto invadían Israel, tras dar garantías a los palestinos de una
inmediata recuperación de toda Palestina y la total expulsión de los judíos. El desenlace de la
primera guerra árabe-israelí fue totalmente negativo para las aspiraciones árabes: al decretarse el
armisticio (8 de enero de 1949) el nuevo Estado israelita dominaba el 78 % del territorio de
Palestina, mientras que Cisjordania y Gaza pasaron a ser controladas por Jordania (emirato
convertido en 1949 en reino de la casa hachemita) y Egipto; países estos últimos que no
consideraban oportuno impulsar en dichas zonas la creación del Estado árabe-palestino.
Inmediatamente, en el mismo año, las autoridades judías lograron que la ONU reconociese el
Estado de Israel.
Sin embargo, dicho reconocimiento internacional no fue secundado por los países árabes que
obligaron a Israel a vivir en permanente vigilia armada. Los aires de guerra abierta llegaron de
nuevo a la zona en 1956 con motivo de la crisis del Canal de Suez, ante el anuncio de su
nacionalización y cierre con el objetivo de asegurar su supervivencia. Años más tarde, en junio de
1967, Israel lanzó un ataque preventivo –la guerra de los Seis Días– contra los países árabes de la
zona, logrando el control de los altos del Golán, Cisjordania, Gaza y la península del Sinaí, con el
objetivo de formar unos cordones de seguridad.
En octubre de 1973, precisamente el día del Yom Kippur, los países árabes lanzaron una
ofensiva militar contra Israel, pero no consiguieron sus objetivos y el ejército judío conservó las
zonas de seguridad tal como habían quedado después de la Guerra de los Seis Días. A lo largo de
todo el conflicto, la actitud de algunos Estados árabes varió ostensiblemente. Si en la cumbre de jefe
de Estado árabes celebrada en Jartum (Sudán) en agosto de 1967 se llegó al acuerdo de mantener el
rechazo a la existencia del Estado de Israel, la unanimidad no se consolidó al negociar Egipto
directamente con el Estado judío para resolver su conflicto bilateral. Sólo con los acuerdos de Camp
David de 1978 se hicieron posibles la firma de la paz definitiva entre Israel y Egipto en 1979 y la
restitución total de la península del Sinaí en 1982: por primera vez se ponía en práctica la fórmula
paz por territorios.
Sin embargo, las guerras de Palestina han dejado una huella imborrable en los países
desarrollados; ante el apoyo a Israel de Estados Unidos y sus aliados occidentales, los miembros
árabes de la OPEP decidían en 1973 –después de la cuarta guerra árabe-israelí– la reducción de la
producción y exportación de crudo, así como la subida de los precios del mismo. Esta decisión
arrastró a las economías de los países más industrializados del mundo a una crisis de larga duración.
Quince años más tarde de la proclamación del Estado de Israel, la Liga de Estados Árabes
aspiró a lavar su error histórico de antaño (dejar pasar la ocasión de crear el Estado de Palestina) al
auspiciar la creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1964. Sin
embargo, la evolución de los acontecimientos no se mostró nada favorable con el destino del pueblo
palestino. La Guerra de los Seis Días de 1967 terminó por convertirlo en dramático al multiplicar
las calamidades de la población de los territorios ocupados e incrementar el éxodo de la misma a
los países circundantes, fundamentalmente a Jordania, Líbano, Kuwait y Siria.
La negativa de los Estados árabes a reconocer la existencia del Estado de Israel –lo que
exigían las resoluciones 242 y 388 de Naciones Unidas– tampoco contribuyó al éxito de la causa
árabe en Palestina, sobre todo después de la decisión de Egipto de negociar por su cuenta y riesgo.
lo hizo. La situación de virtual desamparo internacional que sufría la OLP se quebró cuando la
ONU le concedió la condición de “Movimiento Nacional” y, en 1974, la de miembro “Observador”
de Naciones Unidas. Este primer reconocimiento, la perseverancia de Yaser AR.A.F.at (líder de la
OLP desde 1969), la lucha de los feyadines o guerrilleros palestinos, la resistencia pasiva y puntual
168
de la población a partir de 1976 con la celebración del día de la tierra –desde 1976– y la intifada o
revuelta permanente de las nuevas generaciones de palestinos en los territorios ocupados a partir del
9 de diciembre de 1987, contribuyeron a mantener viva la aspiración nacional de este pueblo. Todo
ello desembocó en la proclamación de la independencia de Palestina en 1988, tal como había
acordado un año antes el Consejo Nacional Palestino. Esta decisión llevaba implícita el
reconocimiento de todos los Estados de la zona, incluido el Estado de Israel: cuarenta años después
se daba el visto bueno a la partición de Palestina.
El siguiente paso para zanjar el secular conflicto consistió en reunir una magna Conferencia
de Paz para la zona en virtud de la conocida fórmula de paz por territorios. Los buenos oficios de la
diplomacia internacional, con Estados Unidos y la Unión Soviética al frente, dieron finalmente sus
frutos. El 30 de octubre de 1991 comenzaba en Madrid la Conferencia de paz para Oriente Próximo.
Participaban en la misma delegaciones de Israel, Líbano, Siria, Egipto y una conjunta jordanopalestina. Dicha Conferencia –cuya primera fase se celebró en Madrid durante cinco días– tenía su
fundamento en las celebérrimas resoluciones 242 y 338 de la ONU, que databan de 1967 y 1973
respectivamente. La segunda remitía a la primera, en la cual se exhortaba a Israel a retirarse de los
territorios ocupados y consagraba el derecho de todos los Estados de la zona a vivir en paz y con
fronteras seguras; en todo momento se insistía para que ambas partes entablaran negociaciones de
paz.
De todo ello se comenzó a hablar en Madrid y, posteriormente, en diciembre de 1991, en
Washington. Finalmente, se llegó a un acuerdo sobre concesión de autonomía para la Franja de
Gaza y Cisjordania, que abría el camino para una futura devolución de territorios y que fue firmado
en Washington el 13 de septiembre de 1993; días antes, el 9 de septiembre, se había dado otro paso
importante hacia la paz en la zona con el reconocimiento mutuo y explícito entre el gobierno de
Israel y la OLP, proceso al que se adhirió seguidamente la Jordania del rey Hussein. Posteriores
contactos bilaterales hicieron posible el llamado Compromiso de Oslo entre ambas partes, del cual
salió un nuevo acuerdo, firmado en Washington en 1995, que establecía la retirada del ejército
israelí de los territorios autónomos, ampliaba la autonomía a otros siete municipios de los antiguos
territorios ocupados –además de Gaza y Jericó–, y disponía la celebración de elecciones para elegir
al Consejo Nacional Palestino y al presidente de los territorios autónomos, proceso que consolidó a
AR.A.F.at como máximo dirigente. Sin embargo, los acontecimientos vividos en Israel a partir del
otoño de 1995 (empezando por el asesinato de Isacc Rabin) demuestran el equilibrio inestable en el
que descansa el inacabado proceso de paz entre árabes e israelitas en relación con Palestina.
Una consecuencia directa del conflicto árabe-israelí fue la guerra civil que comenzó en
Líbano en 1975. A ella se llegó por un doble motivo de carácter externo e interno. En primer lugar,
por la ruptura del Pacto Nacional entre comunidades que regía en el país desde 1943, un año antes
de su independencia. El movimiento panarabista nasserista estuvo en el origen de la inestabilidad
que sufrió el Líbano desde 1958: la división de las comunidades cristiana y musulmana. En segundo
término, porque, debido al conflicto árabe-israelí, el país se convirtió en destino obligado de una
parte del éxodo palestino (400.000 en 1970, el 15 % de la población total de Líbano).
La “palestinización” de Líbano coadyuvó radicalmente a enturbiar la ya de por sí dificil
convivencia de comunidades desde la crisis de los años cincuenta. El creciente protagonismo de los
feyadines palestinos fue la chispa que encendió la guerra civil. Entre abril de 1975 y octubre de
1976 se desataron las hostilidades entre cristianos y musulmanes libaneses por controlar un país
que, en la práctica, había dejado de ser suyo. En el sur imperaban los guerrilleros de la OLP y
demás facciones propalestinas; y en el norte, desde mayo de 1976, actuaba el ejército sirio. Ante la
gravedad de la situación, la Conferencia Árabe, reunida en Ryad, intentó imponer el orden y creó
una Fuerza Árabe de Disuasión que adscribió a Siria. Los acuerdos de la Conferencia no hicieron
sino refrendar lo que era una realidad: la división total del Líbano. Los problemas a finales de 1976
no habían sido resueltos, pero la guerra había destrozado el país.
169
La presencia beligerante de palestinos y sirios en suelo libanés terminó por complicar las
cosas. Los campamentos de feyadines palestinos en el sur era en la práctica bases de operaciones
militares contra los territorios del norte de Israel. Ante el hostigamiento continuo de los grupos
guerrilleros, el ejército judío, en 1978, entró en Líbano y creó al sur del país un “cinturón de
seguridad”. En 1978, Líbano estaba dividido militarmente de la siguiente manera: en el sur los
israelitas habían dado el control de la situación al comandante libanés Hadad (que proclamó en abril
de 1979 el Estado de Líbano Libre) –aunque no se había terminado con la presencia palestina–; en
tono al río Litum, como tierra de nadie, se encontraban las fuerzas de interposición –FINUL–
(“cascos azules”) de la ONU; y desde esta posición hasta la frontera norte estaba el ejército de Siria.
Para terminar con la acción palestina en Líbano, Israel invadió de nuevo el país con la justificación
de una acción militar, Paz en Galilea, el 6 de junio de 1982. El combate fue resuelto rápidamente a
favor del ejército hebreo, que llegó hasta las mismas puertas de Beirut. Los judíos forzaron entonces
el cumplimiento del plan especial del enviado de Estados Unidos a la zona, Aviv, según el cual los
feyadines de la OLP y demás grupos paramilitares de los palestinos debían salir de Líbano.
Comenzada la evacuación forzosa hacia Túnez, Israel mantuvo su ocupación del sur hasta febrero
de 1985 con la finalidad de reducir a la mínima expresión la capacidad operativa de las milicias
fundamentalistas como las chiítas de Hezbolá y Amal.
Sólo a partir del 25 de noviembre de 1989 entró la cuestión libanesa en vías de solución con
la elección de Elías Haraui –cristiano maronita– como presidente del país. Éste nombraba primer
ministro a Selim Hoss, y más tarde a Omar Karame (musulmanes). En septiembre de 1990 una
nueva Constitución, pensada para lograr la reconciliación y la reconstrucción nacional, se convertía
en la gran esperanza de la “nueva” República de Líbano.
Los intentos modernizadores en el Próximo Oriente –la llamada vía árabe– protagonizados
por el baazismo y el nasserismo –movimientos de masas configurados en los años cuarenta y
cincuenta–, produjeron también una gran inestabilidad en toda la zona. Ambos pretendían la
recuperación de la identidad nacional erosionada por el neocolonialismo y se apoyaban en un
nacionalismo a ultranza aderezado de un “socialismo árabe”. Su objetivo común era la construcción
de la gran nación árabe. El panarabismo fracasó por la competencia de ambos movimientos, pero en
Egipto, Siria e Irak se intentó edificar el arabismo en un solo país.
El triunfo del movimiento nasserista en Egipto en 1954 le otorgó a este país – y a su líder
Nasser – el máximo prestigio en todo el mundo árabe, pero no pudo ser exportado en su totalidad a
ningún otro Estado (aunque tuvo gran influencia en la zona, caso de Líbano). La República Árabe
Unida –unión de Egipto, de Siria (independiente desde 1946) y de Yemen– tan querida por Nasser,
sólo fue realidad por un corto periodo de tiempo, desde comienzos de 1958 hasta finales de 1961. El
movimiento baazista, por su parte, estuvo en el origen del Partido Bazz Árabe Socialista. Éste se
hizo con el poder en Siria en 1963 y en Irak en 1968 a través de sendos golpes de Estado y repitió
en su seno las disputas por la hegemonía política, lo que le privó de un apoyo más generalizado
entre los demás países árabes.
Tras el final de la Gran Guerra y la subsiguiente desaparición del Imperio Otomano, Yemen
del Norte alcanzó la independencia. La dependencia de Gran Bretaña de los territorios del sur duró
hasta 1967 en que Yemen del Sur logró la independencia; en 1968 se convirtió en República
Democrática Popular del Yemen. Desde ese momento las relaciones entre ambos Estados pasaron
por diversas fases, que fueron de clara hostilidad, incluso conflictos fronterizos, como en los años
1972 o 1979; pero también de buena vecindad en aras de la futura unión tan largamente esperada.
Los esfuerzos en pro de la unidad terminaron por fructificar. Ambos gobiernos decidieron la
unificación del Yemen, lo que fue ratificado por las respectivas asambleas nacionales, el 21 de
mayo de 1990. Un día más tarde se anunciaba oficialmente el nacimiento de un nuevo estado: la
República del Yemen. A partir de 1993 se producía la fusión definitiva de las más altas
instituciones de ambas Estados y comenzaba a funcionar una única administración. Sin embargo,
todavía un año más tarde se producía un intento de secesión que finalmente fue abortado.
170
Desde 1930, momento de la independencia de Irak, la monarquía hachemita instaurada en el
país padeció una permanente inestabilidad política, debiendo soportar numerosas intentonas
golpistas. En 1958, un golpe de Estado militar derrocaba a la monarquía e instauraba la república en
Irak. Sin embargo, el nuevo régimen debió soportar la oposición frontal de los nasseristas iraquíes
así como de los nacionalistas del partido baazista; hasta que en 1963 ambos movimientos
protagonizaron un golpe de mano. Finalmente, en 1968, triunfaba en Irak un nuevo golpe de Estado
dirigido por el general Al-Bakr (con Saddam Hussein como lugarteniente) y apoyado por el partido
Baaz. En 1979, Saddam Hussein lograba hacerse con el poder, instaurando de hecho una dictadura
personal, gracias al control ejercido a todos los niveles por el partido Baaz y a la lealtad de la
cúspide militar. En esta situación, y ante el desenlace negativo del conflicto con Irán, el dictador no
tardó en generar uno nuevo: la invasión y guerra de Kuwait.
Desde el mismo momento de su independencia, Irak ha mantenido un contencioso
internacional sobre el derecho a la existencia misma de Kuwait como país independiente y soberano
(situación a la que accedió el emirato desde 1961), lo cual nunca fue aceptado de buen grado por los
dignatarios iraquíes al considerar que Kuwait era parte irrenunciable de su territorio: en esta postura
maximalista encontramos las causas remotas de este segundo conflicto del Golfo. Las causas
inmediatas del mismo no son otras que la actitud belicista de Saddam Hussein ante una situación
límite en el interior de su propio país tras el largo e inútil conflicto con Irán. El 2 de agosto de 1990,
las unidades de vanguardia del ejército iraquí invadieron el pequeño emirato kuwaití, llevando de
nuevo la inestabilidad al Próximo Oriente. Era la primera vez después de la Segunda Guerra
Mundial que un país miembro de la ONU (como lo era Kuwait desde 1963) era invadido y
anexionado por otro país. Dicha conculcación del derecho internacional pareció a los ojos de los
países occidentales –incluso en el mundo árabe moderado– especialmente grave teniendo en cuenta
la importancia geoestratégica de la zona en conflicto y la ruptura del statu quo en la misma con el
ascenso político de una potencia hostil a sus intereses que, además, pasaba a controlar
automáticamente las mayores reservas de petróleo y a convertirse en el segundo productor mundial,
con las consecuencias económicas que ello podía suponer.
Una vez consumada la agresión a Kuwait, el Consejo de Seguridad de la ONU –a instancia
de Estados Unidos y sus aliados – estudiaba la crisis planteada en la zona del Golfo y condenaba
sin reservas la invasión instando a Irak a retirarse inmediatamente de Kuwait. Durante cinco meses
las recomendaciones y resoluciones de Naciones Unidas –doce comenzando con la 660 y 670– no
amedrentaron al dictador iraquí, quién siguió firme en sus pretensiones. Finalmente, el Consejo de
Seguridad –sin veto alguno, lo que no debió advertir Saddam, como tampoco advirtió que la Guerra
Fría había terminado– autorizó, el 17 de enero de 1991, a la coalición militar formada contra Irak
(Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Arabia Saudí y los restantes países del golfo, Egipto, Siria
y Marruecos) el uso de la fuerza bélica para acabar con la invasión. La operación militar aliada dio
por concluidas sus operaciones el 28 de febrero de 1991 al liberarse a Kuwait. Pocos días más tarde,
el 3 de marzo, Irak aceptaba todas las condiciones impuestas por los vencedores, conforme a la
resolución 686 de la ONU (la “resolución de rendición”, que incluía las doce anteriores).
Indirectamente, los aliados, una vez derrotado Saddam Hussein en Kuwait, alentaron al
pueblo de Irak a rebelarse contra el dictador iraquí con el propósito de propiciar su caída a manos de
la oposición a su régimen. Rápidamente, los chiítas del sur y los kurdos del norte (el 20 % de la
población) se levantaron contra Hussein, pero éste y su Guardia Republicana lograron sofocar el
conato de guerra civil a sangre y fuego ante la pasividad del mundo occidental y de la ONU, con la
secuela de un nuevo éxodo de estas poblaciones a los países limítrofes de Turquía e Irán.
NACIONALISMO Y SOLIDARIDAD AFRICANAS
La descolonización de África, proceso que lleva a la independencia política y a la
configuración de los nuevos Estados africanos tiene, obviamente, los mismos caracteres generales y
factores, orígenes y causas que el proceso general de la descolonización que se ha experimentado en
171
primer lugar en el mundo árabe y después en Asia, actuando igualmente en África, aunque con
todas las peculiaridades y elementos diferenciadores propios de este continente, para llevar a sus
pueblos a alcanzar la independencia política y se constituyen como nuevos Estados soberanos.
Desde la Segunda Guerra Mundial, y especialmente en torno a finales de los años cincuenta y la
primera mitad de los sesenta, tanto los factores internacionales como los continentales y nacionales
africanos actúan sobre estas complejas sociedades generando un vasto proceso de descolonización e
independencia que se estaba perfilando desde algún tiempo atrás, durante la primera mitad del S.
XX, y que se manifestaba en los iniciales movimientos nacionalistas y revolucionarios. Se produce,
como escribe J. KI-Zerbo “el despertar de África”, o “la historia comienza de nuevo”.
Nació así, a lo largo de los años sesenta, una nueva África independiente, configurada
políticamente en una gran diversidad de nuevos Estados. El cambio registrado en África por la
descolonización, durante los cuarenta años centrales del S. XX, ha sido históricamente
trascendental. Al término de la Segunda Guerra Mundial, sólo existían en África tres estados
formalmente independientes: Etiopía, Liberia y Egipto, a los que puede añadirse la Unión
Sudafricana. En 1990, prácticamente toda África es independiente, ofreciéndose la totalidad del
continente como un gran mosaico de naciones soberanas. Entre ambos momentos se desarrolla el
proceso de las independencias africanas sobre el que es preciso tener en consideración, en cuanto a
su planteamiento, orígenes y causas, que el estudio de la historia del África desde una perspectiva
actual exige la confrontación permanente y global, de los estratos precolonial, colonial y
descolonizador, como ha señalado C. Coquery-Vidrovitch.
La descolonización de África puede dividirse en tres fases: 1ª. De 1945 a 1956 son los años
del desarrollo y consolidación de los nacionalismos africanos, y de la revolución y las luchas por las
independencias, que comienzan a ser alcanzadas en 1952 por Egipto y en 1956 en el Magreb; 2ª.
Entre 1957 y 1975 se extiende la fase central en la que se va consiguiendo la descolonización
política al acceder a la independencia la gran mayoría de los países del África subsahariana, y,
además, se consolida el ideal panafricanista al constituirse en 1963 la OUA; y 3ª. Desde 1975 hasta
1994 se prolonga la última fase del proceso al registrarse la descolonización de los países de África
Austral, hasta entonces foco de resistencia blanca, que completan las independencias, se registran
sendas revoluciones en Etiopía y en Liberia, y, por último, tienden a desaparecer los regímenes
dictatoriales y afrocomunistas que son paulatinamente sustituidos por sistemas democráticos y
multipartidistas, así como se liquida el régimen racista de Sudáfrica que, al adoptar reformas
básicas, da paso a la nueva República democrática y multirracial.
Además, el proceso descolonizador africano se produce en el marco determinado de unas
determinadas áreas geohistóricas, que influyen decisivamente en la configuración política del África
independiente y que, de norte a sur, son: el África septentrional, caracterizada por su pertenencia a
la civilización árabe y mayoritariamente islámica; el África subsahariana, verdadero mosaico de
tribus y culturas organizadas políticamente en Estados, de manera muy arbitraria en la mayor parte
de las ocasiones y que, con unos elevados índices de analfabetismo y de conflictividad social y un
escaso desarrollo económico, la convierten en una de las regiones más pobres del planeta; y el
África austral, mediatizada en su evolución después de 1945 por una importante presencia del
hombre blanco y por la influencia que ejerce en toda el área la República Sudafricana.
En el proceso histórico de la descolonización de África actúan un conjunto de factores y
componentes que con las peculiaridades propias de este continente tienen un especial significado, y
que son exponentes de una serie de transformaciones profundas acaecidas en el seno de las
sociedades africanas, que se han ido gestando a lo largo de una evolución de años, durante la fase
anterior y en el mismo S. XX, y que se han ido incubando a lo largo del periodo colonial, para
desembocar como fuerzas activas en el momento de las independencias.
Las transformaciones económico-sociales constituyen un primer factor básico. Junto a la
continuidad de las tradiciones africanas, hay que destacar la gran amplitud de los cambios, tanto
económico-sociales como ideológico-culturales, operadas en África durante la primera mitad del S.
172
XX, con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial y a lo largo del transcurso de ésta, así como en
la posguerra, que constituyen los fundamentos del nacimiento del nacionalismo africano y de su
lucha revolucionaria por la independencia política. Los pueblos africanos han experimentado, en
este sentido, un continuo proceso de transformación y crecimiento internos en los distintos aspectos
y actividades económico-sociales, tanto en relación con la acción del colonialismo como por la
dinámica interna propia de tales sociedades. Actúan así y son muestra de tal evolución los
siguientes factores: las transformaciones económicas, los cambios sociales, el crecimiento
demográfico y los progresos culturales e ideológicos entre los que se encuentra la formulación de
los conceptos de negritud como exaltación de los valores tradicionales africanos por L. S. Senghor,
A. Césaire y L. Damas en 1934, y años más tarde el de africanidad por el mismo L. S. Senghor.
Todo este entramado de transformaciones económico-sociales e ideológico-culturales
experimentan un giro decisivo por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, cuya
trascendencia tiene repercusiones decisivas en el destino de África, y cuyo antecedente se encuentra
en la ocupación de Etiopía por la Italia fascista en 1935. Estas consecuencias se manifiestan y
afectan a distintos planos de la vida africana: en el orden económico, en el social por sus
repercusiones entre las poblaciones africanas, y en el ámbito militar y territorial. De esta manera,
como se recoge en el volumen 8 de The Cambridge History of África, la Segunda Guerra Mundial
rompió la paz colonial en África, y por muchas razones y en todos los aspectos el conflicto mundial
representa un momento decisivo en la historia colonial del continente africano, lo que ha sido
señalado unánimemente por los autores, como B. Davidson cuando escribe que la Segunda Guerra
Mundial fue el acontecimiento más importante de los que llevaron al cambio político en África.
Las transformaciones económicas, los cambios sociales y los progresos ideológicos y
culturales constituyen los fundamentos sobre los que se va a producir el desarrollo de los
nacionalismos africanos, que son expresión de la madurez de una nueva conciencia nacional, se
orientan hacia la acción política organizándose como partidos, y se manifiestan rápidamente a favor
de la pronta independencia. Para B. Davidson la historia de África contemporánea es, ante todo, la
historia del desarrollo del nacionalismo a lo largo del siglo XX. Los nacionalismos africanos se
expresan y desarrollan a partir de un doble marco: por un lado, sobre la base de la tradición y la
historia del propio pueblo como herencia de su identidad y comunidad nacionales, y, por otro, a
través de las coordenadas creadas por el colonialismo como configuradoras de algunos de los
elementos componentes de la nueva nación. En opinión de F. Morán, el nacionalismo africano, a
pesar de su ambigüedad esencial, es un impulso para la vida política y social del continente.
También escribe J. Ki-Zerbo, en este sentido, que el nacionalismo africano se trata de un
verdadero despertar nacional, del risorgimento de una personalidad que intenta formarse
oponiéndose al poder establecido. El movimiento nacionalista va a ser orquestado por diferentes
organismos, pero el instrumento específico en este campo va a ser el partido político. Los grupos
motores del nacionalismo africano son: los sindicatos, la actividad de los intelectuales, los
movimientos estudiantiles, las Iglesias y, sobre todo, los partidos políticos. Para R. Bureau, entre
los objetivos de los movimientos nacionales africanos se distinguen principalmente tres: un
movimiento de reforma social, el deseo de unificación del país, y un movimiento hacia la
independencia nacional.
Cada movimiento nacional por la independencia en una situación colonial, según escribe K.
Nkrumah, contiene dos elementos: la exigencia de libertad política y la revolución contra la pobreza
y la explotación. Estos movimientos nacionales fueron surgiendo y organizándose como
asociaciones y partidos políticos entre 1920 y 1950 por todos los países colonizados de África,
teniendo todos en común la determinación de luchar por el fin del dominio colonial y la
consecución de la independencia, así como el mejoramiento de las condiciones económicas y
sociales de los pueblos africanos. Desde ese momento nada puede detener la impetuosa marea del
nacionalismo en favor de las independencias africanas.
173
Otro factor decisivo de concienciación y de impulso hacia la independencia entre los
dirigentes y los pueblos africanos está representado por el Panafricanismo. El movimiento
panafricano constituye la expresión de la solidaridad y unión entre los pueblos de África en su lucha
contra la opresión colonial europea y a favor de la independencia y la unidad de todo el continente
africano. La historia del Panafricanismo se extiende a lo largo de un proceso en una serie de
factores: los antecedentes y las primeras y ambiguas formulaciones se encuentran entre 1881 y
1914; desde 1919 hasta 1937 es la fase de fundación y organización del Movimiento Panafricano en
torno a la figura central del negro norteamericano Du Bois y a través de la celebración sucesiva de
cuatro Congresos Panafricanos; en 1945 se recupera el movimiento con mayor fuerza y sentido
político con la celebración del V Congreso en Manchester y que llega en su empuje e influencia
hasta 1957; y de 1957 a 1963 se extiende la fase más activa bajo el impulso de K. Nkrumah,
presidente de Ghana, cristalizando en la creación en 1963 de la OUA en la nueva África
independiente.
El África septentrional y el mundo árabigo-islámico
Si bien estos países están inmersos en el área cultural arábigo-islámica, las diferencias
internas entre sus Estados son más llamativas que las similitudes. Desde el punto de vista
económico – y en función del PIB– tenemos países ricos –Libia–, menos ricos –Argelia y Túnez– y
pobres –Mauritania, Marruecos, Egipto o Sudán–. Y lo mismo sucede respecto a los regímenes
políticos; tenemos una monarquía tradicional, marcadamente autoritaria, –Marruecos–, y seis
repúblicas de los más variados colores políticos, desde las que se denominan islámicas –Mauritania
o Sudán– a las populares –Libia– pasando por las presidencialistas –Egipto Argelia o Túnez–. Sin
embargo, los actuales jefes de Estado son militares con la excepción de Marruecos, donde el rey lo
es por derecho divino. Esta última circunstancia – la militarización de los Estados- tiene un origen
común que determinó la vida de estos países durante los años sesenta: el nasserismo.
Con la toma del poder en Egipto por el coronel Gamal Abdel Nasser en 1954, una vez
depuesta la monarquía por el golpe de Estado de los Oficiales Libres, se reavivó la llama del
nacionalismo árabe y entre estos años y 1967 se forjó el nasserismo como forma de gobierno y
modelo para todos los demás países árabes de la zona. El nasserismo fue una extraña mezcla de
nacionalismo, islamismo y socialismo con la pretensión de convertirse en la base ideológica de un
régimen político de partido único. La fórmula, que funcionó mientras vivió Nasser y que transformó
las estructuras políticas del mundo árabe, se caracterizó por su pretensión panarabista (la creación
de una gran nación árabe); en lo sociocultural, la búsqueda de un renacimiento árabe gracias a la
tradición del Islam; y en lo económico, el intento de llevar a buen puerto una vía árabe al socialismo
a través de la dirección centralizada de la economía y el control y la nacionalización de los sectores
básicos de la misma. Todo ello apareció pergeñado en la célebre Carta de Acción Nacional, en
1962.
El nasserismo tuvo una gran influencia en todos los países del Magreb, a los que sirvió de
modelo para conseguir la modernización una vez conquistada la independencia. En Túnez y Libia,
donde se derrocaron las respectivas monarquías; en Argelia, donde alimentó la resistencia contra
Francia así como la posterior evolución del país bajo el Frente de Liberación Nacional. Sin
embargo, donde el nasserismo fracasó de manera más ostensible fue en su intento de unidad árabe.
No logró hacerlo por la vía de la Liga Árabe (fundada en el Cairo en 1945), aunque entre 1953 y
1962 todos los países del Magreb –excepto Mauritania– se adhirieron a la misma, la cual a partir de
la desaparición de Nasser cifró todos sus esfuerzos en la lucha contra Israel. Tampoco lo pudo
conseguir por la vía de las uniones nacionales: el proyecto de República Árabe Unida sólo contó
con la anuencia de Siria y Yemen y eso durante 1958 y 1961. Después de algunos años de proyectos
fallidos capitaneados sobre todo por Libia, que a este respecto se pretendió heredera del nasserismo,
el vacío dejado por este movimiento en su pretensión unionista será llenado una década más tarde
por el panislamismo fundamentalista.
174
El nasserismo influyó como ningún otro movimiento en el mundo árabe de los años sesenta.
En el Magreb se inauguró toda una época de golpes de Estado protagonizados por militares para
forzar el cambio de las élites gobernantes, tildadas todas ellas de ineficaces y corruptas: los
ejemplos de Túnez, Libia e incluso Argelia son suficientemente ilustrativos. A partir de este
momento, la forma de gobierno de Nasser –dictadura personal, nacionalismo arabista, populismo,
islamismo y control de la economía socializada– se aplicó a todos estos países de la zona teniendo
en cuenta las diferentes realidades nacionales. Sudán, Túnez Argelia y Libia siguieron la estela del
nasserismo. En todos estos países se instauró un régimen surgido de un golpe de Estado, cuyas
señas de identidad eran el socialismo árabe y el islamismo, salvo en el caso de Túnez, que apoyó su
modernización en el laicismo de corte kemalista. En todos ellos se vive en la actualidad un rebrote
del fundamentalismo islámico que, sobre todo en el caso de Argelia, está poniendo en cuestión las
bases de los sistemas políticos impuestos tras el proceso descolonizador.
Sin embargo, ya en el tercer milenio, el panislamismo radical o fundamentalismo islámico se
está convirtiendo en un elemento característico del mundo árabe e islámico y en la gran fuerza
transformadora de las sociedad existentes en la actualidad. Los intentos acometidos desde los años
veinte o cincuenta de este siglo por los nuevos países del Oriente Medio y Próximo y del Norte de
África para crear Estados laicos o, en todo caso, deslindar los campos de la política –vida pública–
y de la religión –vida privada– no han dado por lo general (con las posibles excepciones por el
momento de Turquía y Túnez) los resultados esperados. Dicho movimiento panislamista, por lo que
al Magreb y a Egipto se refiere, se basa en el wahhabismo saudí (recuérdese que el de tipo iraní,
imperante en Sudán, es chiíta), en el que Estado y religión constituyen una unidad según los
postulados de la charia o ley islámica, de ahí que la pretensión de este movimiento sea la
instauración en todo el mundo árabe del Estado islámico a imagen y semejanza de Arabia Saudí,
país considerado el Estado islámico por excelencia.
La secta wahhabista más antigua en el Norte de África es la de los Hermanos Musulmanes
en Egipto. La influencia de los postulados islámicos creció considerable en Egipto tras la muerte de
Nasser y surgieron nuevos grupos cada vez más radicales. Los islamistas egipcios y su consigna –El
Corán es nuestra única Constitución– han gozado de un gran predicamento sobre todo en Argelia,
donde ha aparecido el Frente Islámico de Salvación (FIS). La actuación del movimiento islamista
en el valle del Nilo y en el Magreb consiste en la llamada revolución desde abajo, es decir, en
ganarse a los sectores más activos de la sociedad –los universitarios– y a los desheredados –los
grupos populares de las grandes ciudades– a través de la labor de la clerecía en las mezquitas
predicando la instauración de la charia en contra de los valores occidentales. Esta labor cotidiana ha
tenido sus mejores frutos en Argelia, un país dominado durante treinta años por un partido único –el
Frente de Liberación Nacional (FLN)– de corte occidental.
Los revolucionarios egipcios del movimiento de los Oficiales Libres tenían dos grandes
objetivos cuando en 1952 decidieron dar un golpe de Estado para derrocar al rey Faruq y abolir la
monarquía: en primer lugar, recuperar el prestigio y la dignidad nacional perdidos después de la
guerra de 1948 contra el ejército judío; y en segundo término, modernizar el país. Pero la evolución
de los acontecimientos facilitó la toma del poder por Nasser, que en 1954 se convirtió en el hombre
fuerte del nuevo régimen republicano instaurado un año antes en Egipto. Sin embargo, el esfuerzo
de Nasser no se dedicó a la política interior sino al prestigio internacional y, por ende, a su
exaltación a la jefatura del movimiento panarabista, e incluso, de los No Alineados.
Para poder consagrarse a esta forma de hacer política, el líder egipcio terminó con las
disidencias internas protagonizadas, sobre todo, por los Hermanos Musulmanes –que tan útiles
habían resultado para la toma del poder– y la oposición de ultraizquierda –el Partido Comunista–.
Acallada la oposición, prometió al pueblo egipcio la consecución de la justicia social y, por ende, la
mejora de las condiciones de vida y trabajo, a través del control y nacionalización de la economía,
especialmente encaminada a la mejora de la agricultura, aunque para ello dependió en exceso de la
tutela soviética; El hito más espectacular de esta política nasserista fue la nacionalización en 1956
del canal de Suez. Precisamente la defensa que el político egipcio hizo de los intereses de su país en
175
la “cuestión del canal” frente a Israel y frente a la coalición internacional formada por Francia y
Gran Bretaña, le valió el respeto del mundo entero y un carisma sin discusión entre sus
compatriotas y en la comunidad árabe durante más de diez años. Así pudo intentar la unidad árabe a
través del control de la Liga Árabe o bien de uniones con terceros países, como fue el intento de la
República Árabe Unida con Siria y Yemen; ninguna de estas vías hacia el panarabismo fructificó,
dando al traste con uno de los proyectos básicos de Nasser.
Cuando el líder egipcio murió el 28 de septiembre de 1970, la modernización de Egipto, la
transformación de su sociedad, estaba pendiente de lograrse; se habían dilapidado los recursos
necesarios para elevar el nivel de vida de los egipcios en apuntalar la “revolución nasserista“ y en
una política exterior de prestigio personal que, a la postre, no logró ninguno de sus objetivos
básicos: ni la unidad árabe ni la derrota del Estado de Israel.
La muerte de Nasser propició un giro radical en la política de Egipto en la década de los
setenta que, básicamente, llega hasta nuestros días. Con Sadat al frente de los destinos del país, los
objetivos en lo que a las relaciones exteriores se refiere tendieron a estrechar los lazos con los
países árabes moderados (lo que supuso el enfrentamiento, p. e., con Libia), a terminar con la tutela
de la U.R.S.S. y procurar el acercamiento con Estados Unidos, así como lograr la recuperación de
los territorios ocupados por Israel en 1967. La mayor parte de los esfuerzos del Estado se dedicaron
a la acción exterior, por lo que en el interior poco variaron las condiciones económicas o sociales,
aunque Sadat procuró y logró unas mejores relaciones con los Hermanos Musulmanes, que fueron
legalizados y pudieron reemprender su actividad siempre y cuando ésta no supusiera un peligro para
el poder constituido; al calor de la permisividad islámica que propició Sadat, surgieron grupos cada
vez más radicales que, con el tiempo, se convirtieron en los peores enemigos de su política de
apertura social –nuevo papel de la mujer– y económica –potenciación del turismo– además de
jurarle odio eterno tras la firma de la paz con Israel en 1978, lo que consumó la facción
fundamentalista yihad con su asesinato el 6 de octubre de 1981.
Con Hosni Mubarak como nuevo jefe de Estado, la actuación de Egipto no varió
ostensiblemente. No obstante, el nuevo presidente logró en 1990 el restablecimiento de la unidad
árabe en torno a la Liga que había decidido el rehermanamiento con Egipto y la vuelta de sus
instituciones a El Cairo. La actuación de Egipto durante la invasión de Kuwait por Irak no supuso
una nueva perturbación de estas relaciones y en el plano interior contó también con el apoyo de la
mayoría de la sociedad egipcia. Sin embargo, los grupos radicales islámicos siguieron en su
oposición al régimen, lo que ha supuesto el restablecimiento de la ley de excepción o emergencia
decretada en el país tras el asesinato de Sadat, y que es renovada cada tres años. Ello ha significado
la desnaturalización de la vida política –ya de por sí desvirtuada por la práctica del presidencialismo
a ultranza– con anulación de elecciones, boicot de las mismas por la oposición y control sistemático
de las instituciones del Estado por el gubernamental Partido Nacional Democrático.
Sudán siempre estuvo vinculado a Egipto, aunque este último país fracasó en su empeño de
crear una unión egipcio-sudanesa nada más llegar Nasser al poder. Salvado el momento de
absorción, Sudán siguió su andadura como país independiente el 1 de enero de 1956. El nuevo
régimen republicano sudanés se enfrentó rápidamente con un intento de secesión de las provincias
del sur, y que de una u otra forma ha llegado hasta nuestros días. Esta circunstancia motivó una
serie de golpes de Estado (1958, 1969 y 1971) que finalmente instaló al general El-Numeiry en el
poder apoyado por la Unión Socialista Sudanesa como partido único. Esta situación política se
mantuvo inalterable hasta la década de los ochenta, en que afloraron todos los problemas que el país
arrastraba desde hacía años: sociales y económicos –colapso de los servicios y crisis económica que
estaba produciendo la miseria y la protesta generalizada de la población– y también políticos con la
vuelta a las armas en el sur. En 1985 se produjo un golpe de Estado que se repitió en 1989 con
Omar al-Bachir al frente. Con un nuevo hombre fuerte en Jartum, Sudán pasaba a convertirse en un
Estado islámico, cuya ley máxima era la charia, apoyado en el exterior por Irán. Este cambio de
rumbo, sin embargo, no contribuía al apaciguamiento interno, especialmente en el sur, donde el
Ejército Popular de Liberación de Sudán (MLL-APLS) de John Garong (vinculado a la tradición
176
africana y animista) protagonizó un nuevo golpe de Estado fallido, en abril de 1991, contra el
régimen fundamentalista proiraní de al-Bachir.
El caso de Túnez guarda una gran similitud con el primer intento modernizador laicista en el
mundo islámico: la Turquía de Kemal Attaturk. En Túnez, tras la abolición de la monarquía, en
1957, se proclamó la República con Burguiba a su frente. Este nuevo régimen, fuertemente
presidencialista según la Carta Nacional de 1959, autodefinido también como socialista árabe, no
era otra cosa que un sistema de partido único con un programa radical de modernización económica
y social, sin interferencias islamistas y con reconocimiento expreso de los derechos de la mujer.
Estos postulados de Burguiba –su Código de status personal– fueron combatidos sin éxito por el
islamismo militante, fuertemente reprimido por el régimen. Con una política económica más
acertada que la de sus vecinos magrebíes, unas relaciones exteriores prooccidentales, y el interior
del país controlado política y socialmente por el partido Neo-Destur, de corte socialista en el poder,
Burguiba se convirtió en 1975 en presidente vitalicio del país.
Fue también en la década de los ochenta cuando comenzaron los problemas más graves en
Túnez por la acción del Movimiento de Tendencias Islámicas, que aún ilegalizado conseguía
movilizar a los descontentos del régimen, en especial a la juventud universitaria. Esta situación se
mantuvo durante toda la década y en 1987, tras unas fuertes protestas populares, logró la caída en
desgracia y posterior alejamiento del poder de Burguiba y su sustitución por el nuevo hombre fuerte
del régimen, Zine el Abidine Ben Alí. Este cambio en la cúspide del poder no ha variado
sustancialmente la política tradicional de Túnez, que en la actualidad se afana por proseguir en el
camino de la recuperación económica, así como por la marginación política y social de los
fundamentalistas islámicos, aspectos ambos en los que parece salir airoso por el momento.
La peculiaridad del proceso descolonizador argelino arranca de la consideración que Francia
tenía del país como colonia de poblamiento (más de un millón de franceses) y su deseo de que se
aceptara internacionalmente al territorio como francés. Tras la Segunda Guerra Mundial el
movimiento nacionalista se agrupó en tono a Ferhat Abbas y su Manifiesto del Pueblo Argelino
(1943) cuyas reivindicaciones fueron desoídas por el gobierno francés ante la presión de sus
colonos. La concesión de un Estatuto de Autonomía (1947) con asamblea paritaria (mitad franceses,
mitad argelinos) abrió un periodo de enfrentamientos entre ambas comunidades, que desembocaron
en una guerra a la vez civil y colonial (1954-1962). El Frente de Liberación Nacional (FLN),
dirigido por Ben Bella, inmovilizó durante años a un numeroso ejército francés y provocó,
finalmente, la caída de la IV República (1958) y un intento de golpe de Estado por el general Salán
(1961); sin embargo, la habilidad de De Gaulle y el apoyo internacional a los independentistas
facilitaron la retirada francesa tras los acuerdos de Evian (1962) y la proclamación de la
independencia el 2 de junio de 1962. Argelia desde un primer momento se constituyó como una
república democrática, popular y socialista árabe, que en la práctica era un régimen de partido
único. La institucionalización definitiva del nuevo Estado se produjo tras el golpe de Estado de H.
Bumedian, que en 1965 derrocó al presidente Ben Bella.
Los postulados que habían definido al régimen desde su fundación se plasmaron en la Carta
Nacional de 1976, que afirmaba textualmente: la opción irreversible del pueblo soberanamente
expresada en la Constitución es el socialismo. La esencia del régimen se extraía del islamismo y del
socialismo. Un islamismo con rango oficial y amordazado por el poder; y un socialismo de tipo
soviético con la nacionalización y el control planificado de la economía, basada en el petróleo (lo
que resultó fatal en la década de los ochenta ante el descenso del precio del crudo), así como con
escaso acierto en la agricultura. Por tanto, desde los años sesenta parecía no tener límite el dominio
del FLN sobre la vida argelina, hasta que las revueltas populares del 5 de octubre de 1988, lo
pusieron en entredicho.
Cuando estalló la crisis antes mencionada, el poder dictatorial del FLN empezó su caída en
picado: a los ojos de los opositores al mismo –en especial el movimiento fundamentalista– y de la
población en general no podía esgrimir ni parapetarse por más tiempo en la conocida trilogía
177
legitimista: legitimidad revolucionaria, legitimidad desarrollista y legitimidad independentista.
Además, los esfuerzos liberalizadores del presidente Benyedid chocaron con el núcleo duro del
régimen, los militares del FLN. Éstos, ante el ascenso electoral del Frente Islámico de Salvación
(FIS) en las elecciones municipales del 12 de junio de 1990 y, sobre todo en las legislativas del 26
de diciembre de 1991 –en cuya primera vuelta se afirmaba como la fuerza política victoriosa–
,indujeron el 3 de enero de 1992 un golpe de Estado ”institucional” que interrumpía el proceso
electoral ante la amenaza que, según los militares en el poder, suponía para el país el FIS, que,
ciertamente, había abogado por la instauración de un régimen islámico, inspirados en la revolución
desde abajo para terminar con el régimen ateo y de partido único del FLN.
Dicho golpe ponía fin al mandato del presidente Benyedid, y creaba el Alto Comité de
Estado (ACE), no previsto en la Carta Nacional, con el objetivo de terminar con el
fundamentalismo islamista; lo cual, sin embargo, no se ha cumplido sino que ha provocado aún
mayor inestabilidad con un corolario de atentados terroristas a gran escala que la ilegalización del
FIS y la represión subsiguiente no han logrado mitigar.
En cuanto a Libia, independiente desde 1951, Libia estuvo de hecho bajo el control de países
occidentales interesados en su riqueza petrolera, en especial Estados Unidos. Esta situación provocó
el descontento del ejército, protagonista del golpe de Estado de 1969 que terminó con la monarquía
del rey Idriss. A partir de ese momento, el régimen impuesto por el coronel Ghadafi se basó en los
mismos supuestos ya conocidos de islamismo y socialismo. La “revolución” libia se institucionalizó
en 1977 con la entrada en vigor de la nueva Carta Nacional basada en el célebre Libro Verde de
Ghadafi (publicado en 1973), según el cual la articulación democrática se conseguía con el ejercicio
del poder del pueblo (de ahí el nuevo nombre del país: Jamahiriya o “gobierno por las masas”) y el
desarrollo económico con la vía árabe al socialismo, es decir, la tercera teoría universal. Ghadafi
también pretendió erigirse en el sucesor de Nasser por lo que a la unidad árabe se refiere: entre 1969
y 1986 los intentos sucesivos fracasaron en crear la unión con Egipto, Sudán, Siria, Túnez, Chad y
Marruecos. Igual de errática ha sido la política exterior de Libia tanto en la zona del Sahara, donde
sus apetencias imperiales provocaron la animadversión de los Estados vecinos, como por sus
injerencias continuas en asuntos de otros gobiernos soberanos, siendo acusado de potenciar y
amparar el terrorismo internacional, lo que le valió la condena de Occidente y el bombardeo de sus
ciudades de Trípoli y Benghazi por la fuerza aérea de Estados Unidos en 1986.
En la parte más occidental del Magreb, nos encontramos con el reino de Marruecos y la
república de Mauritania. El reino de Marruecos se ha caracterizado por su estabilidad política: la
monarquía alauí se ha mantenido en el trono desde el mismo momento de la independencia (1956)
cuando el rey Mohamed V lograba además la unificación del reino tras los acuerdos firmados con
los gobiernos de Francia y España. La historia reciente de Marruecos corresponde, sobre todo, al
reinado de Hassan II (1961-2000), quién ha tenido que afrontar graves problemas sociales (revueltas
periódicas de la población en demanda de mayor justicia) e institucionales (periodos de suspensión
de la carta fundamental e, incluso, sustitución de la de 1962 por la de 1972, que instituía por
primera vez un régimen de “monarquía constitucional”). El último exponente de la crisis social se
vivió en 1990 fruto de la pervivencia de enormes desigualdades todavía por corregir, las cuales no
ha logrado capitalizar el clandestino movimiento fundamentalista.
En cuanto a los problemas exteriores, éstos han servido de válvulas de escape para los
conflictos interiores. Así ocurrió en los años sesenta con Mauritania a propósito de su
independencia (1960), en principio no aceptada por Marruecos al considerar a aquel país como
parte de su territorio nacional; con Argelia (1963) a propósito de problemas fronterizos; con España
hasta la devolución en 1969 de Sidi Ifni y también en 1975 por la cuestión del Sahara Occidental.
La reivindicación del antiguo Sahara español ha modelado la política exterior de Marruecos desde
los Acuerdos de Madrid de 1975 –que convirtieron al reino alauí y a Mauritania en administradores
del territorio– hasta nuestros días. En la práctica estos dos países se repartieron el Sahara Occidental
en 1976, lo que provocó un conflicto armado con el Frente Polisario, el cual además de no aceptar
el Tratado de Madrid, proclamaba unilateralmente la independencia del territorio y la creación de la
178
República Árabe Saharaui Democrática. Ante la extensión del conflicto y el apoyo argelino a la
causa saharaui, Mauritania renunció a sus pretensiones sobre el Sahara en 1979, lo que supuso la
virtual ocupación del mismo por Marruecos. En 1984 la República Saharaui (en el exilio de
Tindouf, Argelia) fue admitida en la OUA –con el consiguiente abandono de dicha organización por
parte de Marruecos– y la ONU proclamó el derecho del Sahara Occidental a la autodeterminación a
través del correspondiente referéndum. En 1991 se alcanzó un alto el fuego entre las partes en
conflicto, aunque Marruecos continuó obstaculizando el cumplimiento de la resolución de la ONU
sobre la consulta popular en el Sahara.
Por lo que respecta a la República Islámica de Mauritania, la guerra contra el Frente
Polisario le costó el cargo al presidente Daddah (en el poder desde el momento de la
independencia), depuesto en 1978 por un Comité Militar de Recuperación Nacional, inaugurándose
una época de golpes de Estado hasta la llegada al poder en 1984 del coronel Taya; el nuevo
dirigente iniciaba la transición hacia un Estado de derecho con la celebración de elecciones
presidenciales en 1992, las cuales le otorgaron el poder durante seis años más.
Estos países del Magreb han protagonizado a finales de los años ochenta un nuevo intento de
unidad. El 17 de febrero de 1989 los máximos dirigentes de Argelia, Marruecos, Libia, Túnez y
Mauritania refrendaban en la ciudad de Marrakech el tratado de la Unión del Magreb Árabe (UMA)
con el objetivo de favorecer la libre circulación de capitales, bienes y personas. Sin embargo, para
que este proyecto embrionario de una futura comunidad económica árabe pueda consolidarse, los
países de la UMA deberán superar la heterogeneidad de sistemas políticos hoy imperante en el
Magreb, solucionar la cuestión del Sahara y encauzar la corriente fundamentalista que amenaza con
desbordarse y propiciar una nueva realidad socio-política en la zona. Todo ello sin olvidar el
crecimiento demográfico, problema que preocupa en ambas orillas del Mediterráneo, tal como lo
puso de manifiesto la Conferencia sobre la Población y el Desarrollo de los países del Magreb,
celebrada en Túnez del 7 al 10 de julio de 1993, cuyas conclusiones alertaban a los responsables
con un triple reto: poblaciones en aumento, necesidades crecientes y recursos escasos.
El África subsahariana: miseria e inestabilidad sociopolítica
El África subsahariana occidental representa todo un cuadro de situaciones políticas y
sociales muy variadas. En la zona saheliana –Malí, Níger, Burkina Fasso y Chad–, la región más
frágil desde el punto de vista económico, el golpismo ha marcado la vida política de todos estos
países, desde el golpe de 1966 en Burkina Fasso (antiguo Alto Volta, independiente desde 1960) –
que se convertía en 1983 en República popular e instituía el afrocomunismo– hasta el golpe
ejecutado en Malí en 1991 – donde dicha práctica comenzó en 1968 con la instauración de un
régimen de partido único de inspiración afrohumanista y que deponía al presidente Keita, en el
cargo desde 1960 cuando Malí se convirtió en República independiente al romperse la Federación
formada entre este país y Senegal–.
Tampoco Níger, independiente desde 1960, quedó al margen del golpismo (el último golpe
militar se ha producido en enero de 1996), aunque su principal problema radica en la comunidad de
los tuaregs, lo mismo que en Malí, donde recientemente se ha podido poner fin después de dos años
a una rebelión armada de dicha comunidad marginal. Más problemática ha sido la evolución
política en el Chad, donde han sido constantes los golpes de Estado y conflictos civiles desde el
mismo momento de la independencia en 1960, cuando el Frente de Liberación Nacional
(FROLINAT) planteó, apoyado por Libia, la secesión del norte del país; la situación degeneró en
guerra civil y en la práctica división del país durante la década de los ochenta, lográndose la
pacificación en 1986. En estos países entre 1991 y 1992 se han iniciado procesos de transición
política a regímenes democráticos, que en Malí y Níger han supuesto la celebración de elecciones
179
presidenciales y legislativas plurales, mientras que en Burkina Fasso dicho proceso no ha sido tan
abierto, y en el Chad una Conferencia nacional puso en marcha el proceso de cambio político y
económico.
El África Extremo-Oriental (Cabo Verde, Senegal, Gambia, Guinea-Bissau, Guinea, Sierra
Leona y Liberia), por su parte, representa todo un variado mosaico de situaciones políticas. Gambia
es un ejemplo de estabilidad desde el momento de la independencia en 1965, al ser uno de los pocos
países donde el golpismo no ha logrado triunfar. En 1979 el país se transformaba en República, y a
partir de la década de los ochenta estrechó sus vínculos con Senegal, hasta que en febrero de 1982
uno y otro constituyeron la Confederación de Senegambia, aunque ambos continúan siendo Estados
plenamente soberanos. Senegal, país donde se aplicó el afrohumanismo de Sedar Senghor –en
realidad régimen de partido único–, se ha convertido en un modelo para los demás países de la zona
por la limpieza y transparencia de su proceso de transición a la democracia iniciado con las
elecciones presidenciales; sin embargo, este país debe hacer frente al problema secesionista
planteado en la provincia de Casamance.
En Guinea, donde la vida política estuvo dominada desde 1958 –momento de la
independencia– hasta los años ochenta por el presidente S. Touré, también el sistema político estaba
basado en el socialismo afrohumanista. El proceso subsiguiente tuvo su origen en el golpe de
Estado de 1984 y llega hasta nuestros días; el proceso de reformas democráticas iniciado en 1992 –
contestado masivamente por la oposición– ha sido paralizado por el poder militar que gobierna el
país. La transición democrática no ha podido ni tan siquiera iniciarse en Sierra Leona, que desde los
días de la independencia sufre permanentes problemas tribales, óptimo caldo de cultivo para la
práctica del golpismo como lo ponen de manifiesto el golpe de abril de 1992 y un contragolpe
abortado en diciembre del mismo año.
En cuanto a Guinea-Bissau y Cabo Verde, cada uno de ellos ha seguido su propio camino,
una vez fracasado el intento de unificación tras la independencia de Portugal (en 1974 y 1975
respectivamente) que había auspiciado el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo
Verde (PAIGCV). En Cabo Verde se ha podido iniciar la transición a la democracia: elecciones de
enero de 1991 y triunfo del Movimiento por la Democracia. En Guinea-Bissau, tras renunciar al
régimen de partido único de inspiración afrocomunista, se considera primordial consolidar las
reformas económicas antes de acometer la democratización pluripartidista.
Un caso especial lo constituye Liberia, país independiente desde el S. XIX. Inopinadamente,
la “tranquilidad y la estabilidad” de Liberia (en realidad un régimen oligárquico dominado por los
colonos llegados de Estados Unidos) se truncó tras el triunfo del golpe de Estado –el primero que
sufría– del sargento Doe en abril de 1980. A partir de este momento, el nuevo hombre fuerte del
país, rápidamente convertido en general, instauraba un régimen de poder personal y anunciaba el
comienzo del proceso revolucionario liberiano. Sin embargo, lo que de hecho tuvo lugar en el país
fueron la división del mismo y los posteriores enfrentamientos guerrilleros con el gobierno hasta
desembocar en 1990 en una guerra civil que ha terminado con la vida de Doe y ha arrastrado al país
a la catástrofe con un interminable conflicto entre las fuerzas gubernamentales y las guerrillas, entre
las cuales destaca el Frente Nacional Patriótico de Liberia (NPFL). Sólo a partir de los primeros
meses de 1993, con la actuación decidida contra el NPFL de la Fuerza de Interposición del Oeste
Africano –dirigida por Nigeria– se ha podido comenzar a pensar en la paz y posterior
reconstrucción del país.
Por lo que respecta a los países del golfo de Guinea (Costa de Marfil, Ghana, Togo, Benín y
Nigeria) su evolución política, social y económica ilustra a la perfección la tendencia de todo el
África subsahariana. Así se ve, p. e., en Nigeria (en donde la contestación al dominio británico data
de los años cuarenta, y logró la independencia en 1960, transformándose tres años más tarde en
República), con una economía maltrecha e ineficaz a pesar de la enorme riqueza del país, y un
sistema social desarticulado y generador de múltiples conflictos étnicos y tribales: las matanzas de
los ibos, causa en mayo de 1967 de la secesión de la provincia oriental –que se convirtió en el
180
Estado de Biafra, con Ochumegwu, Ojukwu al frente– y la guerra civil a continuación. El conflicto
de Biafra –país independiente entre 1967 y 1970– conmovió al mundo por su violencia y crueldad;
el ejército federal nigeriano –con el apoyo de Gran Bretaña y la U.R.S.S.– se empleó sin
contemplaciones contra los secesionistas –reconocidos por Costa de Marfil, Gabón, Zambia y
Tanzania– que, apoyados por Francia, capitularon en enero de 1970 y renunciaron a su
independencia.
Nos encontramos aquí con unos regímenes políticos autoritarios de todas los colores, desde
la dictadura paternalista de Costa de Marfil (con el presidente Houphouet-Boigny desde 1960),
hasta el afrocomunismo marxista-leninista instaurado en Dahomey en 1975, que pasó a
denominarse República Popular de Benín, pasando por el socialismo afrohumanista de Ghana
(antigua Costa de Oro, independiente desde 1957) durante el mandato de Nkrumah, considerado el
padre del panafricanismo, quién no consiguió ninguno de sus sueños políticos ya que un golpe de
Estado terminó en 1966 con su régimen de partido único en medio de una gran crisis económica.
Especialmente terrible ha sido la dictadura de Togo (independiente desde 1960) durante los últimos
veinticinco años, con Eyademá en el poder y mantenida todavía al comienzo de la década de los
noventa, como ponen de manifiesto los cientos de miles de togoleños exiliados desde 1993 en
Benín y Ghana. Así las cosas, las transiciones a la democracia no se presentan fáciles en esta parte
de África, como ha puesto de manifiesto la evolución de estos países en los años noventa.
Por último, vamos a ocuparnos de la zona centro-occidental (Santo Tomé y Príncipe, Guinea
Ecuatorial, Camerún, Gabón, Congo, República Centroafricana y Zaire), que guarda grandes
similitudes con las otras áreas ya estudiadas. También aquí han proliferado los problemas étnicos y
tribales con secesiones y conflictos civiles, como demuestra la historia reciente del Zaire. El antiguo
Congo Belga, que contaba con grandes riquezas mineras (cobre, uranio, carbón), mantenía a su
población autóctona en un grado de subdesarrolla cultural y económico, que propició que en los
años cincuenta se multiplicaran los partidos independentistas (ABAKO, dirigido por Kasavubu;
Movimiento Nacional Congolés de P. Lumumba) y también las revueltas sociales y los
enfrentamientos, Ante una situación insostenible se precipitó e improvisó, en 1960, un proceso de
independencia que dejó al país sumido en el caos de una guerra civil y tribal. La rica provincia
minera de Katanga, liderada por M. Tshombé, se proclamó independiente inducida y apoyada por
las multinacionales, lo que provocó la intervención de la ONU, hasta que en 1965 una dictadura
militar prooccidental (Mobutu) restableció la paz del país, que tomó el nombre de Zaire,
ensayándose en el país a partir de 1971 un proceso de africanización a ultranza.
Al mismo tiempo, y en medio del caos económico, los regímenes de partido único, desde el
afrocomunismo del Congo –cuyo régimen revolucionario proclamó en 1968 la República Popular–
o de Santo Tomé y Príncipe (independiente desde 1975) hasta las dictaduras personales de los
demás países, han dominado las escenas políticas, resaltando el caso de la República
Centroafricana, donde en tiempos del dictador Bokassa (en el poder desde 1966 a 1979) se llegó a
proclamar incluso el Imperio. Por todo ello, los cambios democráticos no terminaron de cuajar por
oponerse los antiguos dictadores a poner en marcha auténticos procesos de transición que faciliten
la normalización política de sus respectivos países –tal es el caso de Camerún, República
Centroafricana o del Gabón– llegándose al paroxismo en Zaire, donde coexisten varios poderes al
mismo tiempo, con la “fantasmal” figura de Mobutu Sese Seko como árbitro político.
Constituyen las únicas excepciones en cuanto a transiciones democráticas se refiere Santo
Tomé y Príncipe, precursor de los cambios en la zona con las elecciones presidenciales de 1991; y,
en menor medida, el Congo –donde también se han celebrado en 1992 elecciones generales y
presidenciales, con el triunfo en las primeras del Partido Congolés para la Democracia y el
Desarrollo y con el de a Unión Panafricana para el Desarrollo Social en las segundas– ello ante la
actitud desestabilizadora que está protagonizando después de las consultas electorales el Partido
Congolés del Trabajo, antiguo partido marxista-leninista de la época afrocomunista.
181
El mismo patrón sirve a la hora de referirnos a Guinea Ecuatorial, antigua colonia española
en la zona. Una vez consumada la independencia (octubre de 1968) se consolidó en Guinea un
gobierno dictatorial con el propio Macías Nguema a la cabeza, y con el apoyo del Partido Único
Nacional de los Trabajadores, creado en 1970. La evolución de los acontecimientos, determinada
por la crítica situación de la economía, la represión y el subsiguiente exilio de guineanos, y el
descontento generalizado de la población coadyuvaron al golpe de Estado –golpe de libertad– de
agosto de 1979 protagonizado por Teodoro Obiang Nguema, que se convertía a renglón seguido en
Presidente de la República. Sin embargo, el cambio de régimen ha sido puramente nominal, ya que
Obiang se ha hecho con todo el poder gracias a prácticas dictatoriales y a la creación de su partido –
único– el Partido Democrático de Guinea Ecuatorial. Para no ser menos que los demás países de la
región, también se anunció en Guinea Ecuatorial la puesta en marcha de reformas democráticas, con
un nuevo texto constitucional (octubre de 1991) y posterior legalización del pluripartidismo
(octubre de 1992). No obstante, el proceso de transición está lejos de poder darse por terminado, tal
y como se han desarrollado las cosas a partir de 1993.
La independencia de África Oriental tuvo lugar entre 1961 y 1963. Aunque durante el
dominio británico todos estos territorios habían compartido algunos servicios comunes, las
discrepancias tribales y las nuevas formas de organización estatal surgidas hicieron impensable la
continuidad de la cooperación. De hecho, a finales de 1968 se firmó un tratado de colaboración
entre Kenia, Uganda y Tanzania que, aun cuando no se derogó hasta 1977, careció de toda
efectividad.
El protectorado de Uganda alcanzó la independencia en octubre de 1962 gracias al apoyo
prestado por los británicos al partido interétnico de Milton Obote, el Congreso del Pueblo de
Uganda. Los diversos territorios integrantes del país, gobernados por monarcas tribales, vivían de la
agricultura de auto subsistencia y de algunos productos de exportación como el algodón o la caña de
azúcar. Entre ellos destacaba Buganda, con cuyo concurso tuvo que contar Obote para formar el
primer gobierno, por ser allí más fuertes los sentimientos nacionalistas. No obstante, la cada vez
más sólida posición del líder de la independencia dentro de las estructuras de poder le permitió
inspirar la redacción de un texto constitucional favorable a sus intereses centralizadores, para lo
cual suprimía los cuatro reinos antiguos a la vez que le convertía en Presidente de la República.
Los abundantes casos de corrupción, el escaso desarrollo económico y las tensiones ínter
territoriales fueron agravándose en Uganda sin que el presidente ofreciera otra solución que la
proclamación del Estado de emergencia. En enero de 1971, el comandante en jefe del ejército, Idi
Amín Dadá, protagonizó un golpe de Estado que dio paso a una sangrienta dictadura, hasta que
tropas tanzanas lo derrocaron en 1979. El regreso al poder de Obote al año siguiente, el golpe de
mano del general Okello y la caída de su régimen entre 1985 y 1986, una vez derrotado con las
armas por el Ejército de Resistencia Nacional de Musevini, y la consiguiente reconstrucción del
Estado pretendida por este último, han supuesto hasta ahora años de desastre generalizado en todos
los sectores económicos, un desarrollo mínimo si no nulo de la cultura democrática y el
agudizamiento de las rivalidades étnicas todavía no superadas.
En Kenia también existen problemas similares entre las tribus, así como serias discrepancias
sobre la forma constitucional que debía adoptar el país. La Unión Nacional Africana de Kenia
(KANU), presidida por Jomo Kenyatta, supo imponerse a las demás tendencias políticas, y su líder,
después de que se lograse la independencia en diciembre de 1963, ocupó la presidencia del Estado.
Inmediatamente procedió a instaurar un sistema monopartidista, fuertemente centralizado en torno a
su persona gracias al apoyo de la tribu mayoritaria en el país, los kikuyus, lo que le permitió
mantener el control de la situación hasta su muerte en 1978. El traspaso de poderes al
vicepresidente, Daniel Arap Moi, no generó ningún desorden especial, como tampoco su reelección
en el verano de 1983. Sin embargo, la endémica crisis económica por la mala gestión y las prácticas
de corrupción –característica común a toda la región– han radicalizado progresivamente la actitud
de los grupos sociales que más directamente la sufren –campesinos y funcionarios–, quienes acuden
182
con frecuencia a huelgas y manifestaciones violentamente reprimidas por la férrea dictadura de
Moi.
Tanzania nació en abril de 1964, fruto de lo que había sido el Fideicomiso de Tanganica y el
Protectorado de Zanzíbar. Tanganica, independiente desde 1961 estaba controlada por la Unión
Nacional Africana de Tanzania (TANU), fundada por Julius Nyerere, el TANU se convirtió en
partido único de carácter socialista después de la conocida Declaración de Arusha en 1967. Nyerere
fue reelegido en sucesivos ocasiones como presidente del nuevo país hasta 1980, aunque fracasó
estrepitosamente en la aplicación del programa de Uljamaas, “socialismo africano o de aldea”, que
obligaba a la población a volver al campo, donde se establecían granjas colectivizadas: a finales de
los años setenta sólo el 5,5 % de las tierras estaban colectivizadas aún cuando más del 80 % de la
población trabajaba en el sector primario.
Las relaciones de Tanzania con sus vecinos no fueron tampoco ejemplares. Su definición
como Estado socialista le acarreó el rechazo de la prooccidental Kenia, y con Uganda ha mantenido
querellas territoriales que estallaron en octubre de 1978 cuando el régimen de Idi Amín se anexionó
el “saliente de Kagera”, unos 1.840 km2 de territorio tanzano. El despliegue de tropas de este último
país puso las cosas en su sitio y, a la postre, terminó con la dictadura del propio Amín. En mayo de
1990, sin el apoyo del bloque soviético y con una deuda que rebasaba los 5.000 millones de dólares,
Nyerere comunicaba su decisión de apartarse de la vida pública de forma definitiva al abandonar la
presidencia del partido, abriendo la transición hacia un régimen pluripartidista –en 1992 fue
legalizada la existencia de otras organizaciones–, hasta ahora más teórica que real, pues el partido
de Nyerere, fiel al programa Uljamaas, controla las instituciones así como la mayor parte de los
medios de comunicación.
Los pequeños Estados de Ruanda y Burundi, administrados por Bélgica antes de su
independencia en los primeros años sesenta, han seguido una trayectoria parecida. La precariedad
de su estructura económica y los constantes enfrentamientos entre etnias son características que han
llegado hasta nuestros días impidiendo una mínima estabilidad institucional. El asesinato del
presidente rwandés en abril de 1994 desató una violencia inusitada entre hutus y tutsis que degeneró
en un genocidio étnico cuyas dramáticas consecuencias convulsionaron las conciencias de todo el
mundo.
El cuerno de África por su situación geoestratégica y su naturaleza peculiar al ser cruce de
culturas muy distintas enraizadas en tradiciones religiosas diversas, ha sido y continúa siendo una
zona enormemente conflictiva, característica acentuada en las últimas décadas por la intervención
en toda el área de las grandes potencias en apoyo de uno u otro régimen. En Etiopía, el vetusto
imperio de Haile Selassie, el Negus, fue inflexible ante los cambios y las transformaciones
experimentadas en el mundo después de 1945. Trató de perpetuar una anacrónica forma de
dominación mediante una compleja red jerárquica de señores casi feudales, cuyo vértice era la
figura del emperador, al mismo tiempo que se abría a los Estados africanos de reciente creación
(Addis Abeba fue elegida sede de la OUA en 1963).
El obsoleto sistema político dio lugar a unas abismales diferencias socioeconómicas entre la
exigua élite aristocrática y una población mayoritaria casi indigente sometida en muchos casos al
hambre. Selassie fue depuesto en 1974 mediante un alzamiento militar que provocó violentas luchas
entre las facciones que deseaban hacerse cargo de la situación. Por fin, en 1977 logró imponerse el
general Mengistu Haile Mariam, quién pronto buscaría el amparo soviético para llevar a cabo la
transformación socialista del país. El tratado de cooperación con la U.R.S.S. firmado en 1978 ponía
las bases para este entendimiento. Un año después comenzaba a organizarse el Partido de los
Trabajadores de Etiopía, cuya constitución formal no llegó hasta 1984, si bien la formación política
estaba en la práctica completamente dominada por los cuadros del Ejército. La socialización de la
agricultura y la creación de granjas colectivas con ayuda de la República Democrática de Alemania
no dio los frutos esperados y la gravedad del estado general de la economía empeoró debido a los
183
crecientes gastos militares (hasta un 75 % del presupuesto nacional) del régimen de Mariam para
hacer frente a los independentistas eritreos y otros grupos guerrilleros.
El final de la guerra fría y el hundimiento de los regímenes comunistas en Europa pusieron
en evidencia a Mariam, quién en marzo de 1990 proclamaba el abandono del socialismo, dejando la
vía expedita al pluripartidismo y a la economía de mercado. Mientras tanto, la guerrilla golpeaba
cada vez con más dureza. A mediados del año siguiente, fuerzas del Frente Democrático
Revolucionario del Pueblo Etíope, que coordinaba la actuación de los diferentes grupos armados
contra el régimen de Addis Abeba, entraron en esta capital después de huir Mariam a Zimbawe.
Meles Zenawi, líder del Frente, se convertía en jefe provisional del Estado, iniciándose un proceso
de transición a la democracia bajo los auspicios de Estados Unidos.
Por su parte, en Eritrea, incorporada a Etiopía en 1952 y convertida en provincia etíope en
1962, se había mantenido una guerrilla nacionalista durante más de treinta años –el Frente de
Liberación de Eritrea, rebautizado posteriormente como Popular– que aprovechó la caída de
Mariam para convocar un referéndum sobre la independencia del país en abril de 1993. Con más del
99 % de votos afirmativos, conseguía su separación total de Etiopía y lograba al mismo tiempo su
reconocimiento internacional.
Los primeros años de Somalia a partir de su independencia en julio de 1960 fueron
relativamente sosegados y estuvieron muy marcados por la personalidad del presidente Osman, El
golpe de mano del coronel Siad Barré en 1969 empujó a la política somalí hacia la órbita soviética,
y la ayuda material y militar de este país fue fundamental para la ruptura de hostilidades con
Etiopía, enemigo territorial a causa de antiguas reivindicaciones territoriales. La guerra del Ogadén
entre 1977 y 1978 provocó la derrota somalí y el alejamiento paulatino de la U.R.S.S. al descubrir
Barré el fortalecimiento de los lazos etíope-soviéticos. El que se mantuviera la centralización del
poder en el Partido Revolucionario Socialista de Somalia no impidió la mejora de relaciones con
Estados Unidos y la firma de tratados comerciales con este país, aún cuando la economía somalí
estaba devastada y crecía la oposición a la dictadura. La tibia apertura puesta en marcha a finales de
1990 con la aprobación de una nueva Carta Magna que incluía expresamente el pluripartidismo no
frenó las rebeliones generalizadas hasta el derrocamiento de Siad Barré en enero de 1991. Después
de esta fecha ninguna de las facciones en lucha ha podido controlar la situación y el conflicto civil,
que ha degenerado en vandalismo, está asolando todo el país sin que las conferencias de paz ni la
intervención directa de los cascos azules hayan podido mejorar el panorama.
Finalmente, el pequeño territorio de los Afars y los Issas, abandonado por la metrópoli
francesa en 1975, se convirtió en la República de Djibuti en 1977. Desde entones el presidente Asan
Guled Aptidon –reelegido a los 87 años en 1993 –gobierna con la ayuda económica y militar
francesa en una situación cada vez más inestable por las tensiones étnicas.
La influencia de la República Sudafricana en el África austral
La trayectoria histórica del sur continental ha estado marcada desde los años sesenta por los
procesos descolonizadores que, con mayor o menor fortuna, salieron adelante hasta que los
territorios alcanzaron su independencia, al menos política. Además, en este ámbito geográfico
concreto, el desarrollo de los acontecimientos ha estado y continúa estando condicionado por el
papel del gobierno de la República Sudafricana y la propia evolución interna de dicho país, que ha
intervenido con constancia en los asuntos de los territorios vecinos con la finalidad de mantener su
peculiar dominio sobre la zona. En el resto de los países africanos del sur, la mayoría abrumadora
de población autóctona acabaría por imponerse a los colonos europeos, ya fuera por una vía
negociada o por la lucha armada, puesto que aquellos no dejaban de ser en la mayoría de los casos
una exigua élite económica y política vinculada a la explotación de los recursos más lucrativos del
territorio en común, capaces de detentar su posición dominante gracias al poder de la metrópoli.
184
En el caso de la República Sudafricana, la presencia de los habitantes blancos, aunque
siempre en franca minoría (a finales de los años ochenta suponían, más o menos, un 25 % de la
población total, fundamentalmente descendientes de holandeses y británicos), no había sido
meramente accidental o transitoria, sino permanente a lo largo de varias generaciones.
Representantes de un poder económico notable y un nivel cultural alto, sentían el país como algo
propio, unidos por lazos de solidaridad sobre la base de la preeminencia blanca, Más de 1,2
millones de km2 de superficie estaban muy bien dotados de yacimientos ricos en diamantes, oro y
numerosos minerales básicos para la industria, caso del manganeso, necesario para las acerías, o
estratégicos, como el vanadio y el uranio. Por si fuera poco, no hay que olvidar la enorme riqueza
carbonífera, ya que Sudáfrica tiene en su suelo el 40 % de los recursos mundiales. Por otro lado, la
población blanca, fruto del asentamiento ya antiguo, no está concentrada únicamente en las grandes
ciudades sino que los descendientes de los bóers –quienes todavía mantienen con orgullo el
afrikaner como lengua– se hallan repartidos en granjas por las regiones del Transvaal u Orange,
donde preservan sus formas de vida propia. A tenor de estas características, Sudáfrica progresó
económicamente durante el siglo pasado gracias a sus riquezas naturales y a la oferta muy amplia de
mano de obra barata proporcionada por la población negra, que dio estabilidad a la población blanca
descendiente de europeos. El problema principal para esta última iba a venir del hecho de que pese
a su posición privilegiada continuaba siendo numéricamente minoritaria, no sólo dentro del Estado
sudafricano, sino también en los países de su entorno.
El final de la Segunda Guerra Mundial desencadenó los procesos descolonizadores allí
donde no se habían iniciado, en el caso sudafricano, la toma de conciencia de la población negra de
su sometimiento absoluto y de la necesidad de organizarse para reivindicar sus derechos. La actitud
de la población blanca quedó expuesta con contundencia en los sucesivos mandatos del Partido
Nacional que, interrumpidamente desde 1948, ha mantenido el gobierno de la nación, y que
podemos sintetizar en la puesta en marcha y perfeccionamiento paulatino de la política de apartheid
o “desarrollo separado”, cuyo objetivo último era perpetuar el dominio blanco. Como en 1948 dejó
entender el primer formulador de esta teoría, el senador Hendrik Verwoerd, quién alcanzó la
presidencia del gobierno diez años después, la única forma de mantener el control del país estaba en
diferenciar tajantemente los derechos y la forma de vida de los distintos grupos sociales,
proporcionando incluso gobiernos aparte para cada uno de ellos, eso sí, siempre bajo la supervisión
blanca.
La independencia definitiva de la metrópoli en agosto de 1961 y la consiguiente retirada de
la Commonwealth facilitaron el desarrollo del programa segregacionista a lo largo de los años
sesenta y setenta. La legislación aprobada durante esas décadas separaba en todos los ámbitos de la
esfera pública y privada a las dos comunidades raciales, e incluía desde la prohibición de
matrimonios mixtos a la existencia de áreas de residencia distintas en las ciudades, o la
participación política restringida a la minoría blanca, quién elegía con exclusividad a los
representantes en el Parlamento. La discriminación económica constituía un hecho palmario: a
mediados de la década de los sesenta, la cuarta parte de la población del Estado (blancos) obtenía
cerca del 68 % de la renta nacional, mientras que el 72 % (la mayoría negra) únicamente recibía el
27 %.
En este mismo orden de cosas, y como desarrollo explícito del apartheid, los territorios
mayoritariamente habitados por negros recibían a partir de 1959 una suerte de autogobierno basado
en formas de autoridad tradicionales, e incluso una independencia ficticia, que en realidad no era
otra cosa sino reservas de obra barata: los bantustanes. Eran éstos siete territorios divididos según
las divisiones étnicas con una extensión global del 13 % del territorio nacional si bien debían
agrupar al 70 % de la población. Al proporcionarles la carta de independencia se les privaba del
derecho de ciudadanía sudafricana con el objeto de evitar peticiones o reivindicaciones de derecho
al voto, asociación etc. El primer bantustán “independiente” fue Transkei, del grupo racial sosa, en
1976, al que siguieron Bophuthtswana en 1977 y Venda en 1979. Por supuesto no fueron
reconocidos por ningún otro Estado.
185
En esta gravosa situación no era extraño que, a pesar de las reiteradas prohibiciones, fueran
surgiendo organizaciones opositoras con el fin primordial de acabar con la política de apartheid,
objetivo frente al cual las discrepancias ideológicas se convertían en cuestiones menores. En 1955,
una serie de movimientos políticos, entre los cuales destacaba el Congreso Nacional Africano,
fundaron la Alianza del Congreso, e hicieron pública una denominada Carta de la Libertad en
solicitud de una democracia igualitaria y representativa para Sudáfrica. La Carta no suscitó sino el
rechazo completo de los gobernantes blancos, los cuales incluso procedieron a la prohibición del
Congreso Nacional Africano en 1961, con la consiguiente radicalización y el nacimiento de su
brazo armado.
Sin embargo, a pesar del apartheid, de la consolidación de los grupos negros de oposición y
del rechazo internacional generalizado al gobierno de Pretoria, la economía sudafricana no sufrió
quebrantos en la década de los sesenta, antes bien todo lo contrario. El crecimiento fue tan intenso
como extenso, aún cuando las diferencias de ingresos entre las comunidades raciales aumentaran,
calculándose que el 40 % de la población sobrevivía en precario con una economía de auto
subsistencia, sobre todo en los bantustanes.
Los años setenta sirvieron para fortalecer la política de apartheid y, al margen de la teórica
firmeza de las relaciones internacionales contra ella, en el terreno económico hubo una mejora
ostensible, una vez superadas las consecuencias más negativas de la crisis del petróleo. En gran
parte la causa fue la elevación del precio del oro, tan beneficiosa para las arcas estatales de
Sudáfrica. De hecho, la deuda externa pudo ser enjugada y la balanza de pagos no sólo se equilibró
sino que conoció un crecimiento positivo. En esta situación tan paradójica, los resultados de las
elecciones de 1978 no supusieron ninguna sorpresa. El electorado blanco sudafricano siguió
apoyando mayoritariamente al Partido Nacional y su dirigente Pieter Botha fue nombrado primer
ministro. Cualquier amaga aperturista que pudiera haberse pensado a tenor de la remodelación del
gabinete desapareció cuando Botha, asesorado por los órganos de su partido y por los mandos del
Ejército, insistió en mantener y perfeccionar el apartheid y en proclamar la política de estrategia
total. El sentido de ésta era poner a disposición del Estado todos los recursos necesarios para sacara
el país adelante y preservar el dominio blanco. En esta línea de actuación, la nueva Constitución
aprobada en 1983 consagraba el segregacionismo con leves matizaciones. Al lado de la Cámara de
Representantes, elegida por la población blanca, configuraba otras dos para las minorías asiáticas y
mestizas, con un poder ficticio, lo que enojó aún más a una oposición negra cada vez más
radicalizada.
Las elecciones de septiembre de 1989 confirmaron la victoria, una vez más, del Partido
Nacional, Sin embargo, el nuevo primer ministro, Frederik W. De Klerk, y su equipo dieron un giro
sorprendente a los planteamientos tradicionales de su partido. En un discurso, ya histórico,
pronunciado por De Klerk el 2 de febrero de 1990 afirmaba con rotundidad la legalización de la
oposición sindical y política y la puesta en libertad de presos de conciencia y el inicio del diálogo
con el Congreso Nacional Africano. Nueve días después abandonaba la cárcel el líder indiscutible
del Congreso, Nelson Mandela, tras 27 años de privación de libertad. A partir de ese momento las
conversaciones entre el gobierno y la oposición encabezada por el Congreso comenzaron a dar sus
primeros frutos: en agosto de 1990, por los Acuerdos de Pretoria, el Congreso renunciaba a la lucha
armada; las leyes anti-apartheid comenzaron a ser aprobadas en el Parlamento blanco mientras la
tensión crecía ahora entre la propia comunidad negra, muy especialmente entre los zulúes
agrupados en la organización Inkhata y los partidarios del Congreso que, sobre todo en el Natal,
provocaron numerosas muertes. Pero el proceso abierto siguió su curso: en abril de 1994 se
celebraron elecciones multirraciales que dieron el triunfo al Congreso Nacional Africano, con más
del 62 % de los votos, seguido por el Partido Nacional, con un 26,5 %. Nelson Mandela fue así
elegido el primer Presidente negro de la República Sudafricana, si bien integró en su gobierno a De
Klerk como vicepresidente con el objetivo de consolidar la transición en marcha, lograr la
integración racial e incorporar a todos los sectores sociales en la tarea de reconstrucción nacional.
186
La hegemonía blanca daba a Sudáfrica unas características muy especiales dentro del
panorama del África austral, generadoras de su actitud recelosa y defensiva, no sólo frente a la
oposición interna sino ante sus vecinos más cercanos. De hecho, el proceso descolonizador en estos
territorios australes hizo sentir al gobierno de Pretoria la necesidad de intervenir en los asuntos
internos de los nuevos países, cuyos gobernantes negros no veían con buenos ojos las prácticas
segregacionistas. Por otro lado, la presencia de las compañías sudafricanas y, en general de los
intereses económicos de Pretoria en todo el sur del continente, venía además de lejos, y el
advenimiento de regímenes proclives al socialismo representaba también un peligro real al que se
debía poner coto. De ahí la intervención solapada o directa, pero constante, del régimen sudafricano
en el proceso descolonizador de los Estados limítrofes:
África del Sudoeste –denominada Namibia– amplia y estéril área geográfica rica en
yacimientos minerales y colindante con la República de Sudáfrica, estuvo sometida a ésta en
calidad de mandato. Había sido estipulado por la ONU que dicho mandato terminaría en octubre de
1969. Pretoria no tomó en consideración la resolución de las Naciones Unidas y organizó una
elecciones restringidas a la población blanca en 1970, de las que el Partido Nacional resultó
vencedor absoluto al copar los 18 escaños en juego. A partir de entonces la situación creció en
tensión, por un lado, debido a las presiones internacionales sobre Sudáfrica para obligarla a retirarse
pacíficamente del territorio y, por otro, a la inestabilidad provocada por la guerrilla independiente
del SWAPO, aceptada por la ONU como el representante auténtico del pueblo de Namibia. Las
innumerables conversaciones que hubo bajo los auspicios de la ONU para llegar a un acuerdo
pacífico entre el SWAPO y Sudáfrica no condujeron a nada concreto. En enero de 1983, y ante el
cariz que tomaban los acontecimientos por el recrudecimiento de la lucha armada guerrillera, el
territorio pasó otra vez al control total del gobierno de Pretoria, con lo que éste anulaba la
autonomía teórica de Namibia.
La independencia de Namibia también sirvió para mejorar las relaciones exteriores del
régimen de Pretoria y liquidar un espinoso asunto que le generaba cuantiosos gastos militares. Por
fin, en abril de 1989, y con la supervisión de fuerzas de la ONU, se iniciaba el proceso de
independencia, cuyo hito principal fueron los comicios celebrados en el mes de noviembre. El
SWAPO venció con holgura y tres meses después el nuevo Estado aprobaba un texto constitucional,
si bien la presencia sudafricana se mantenía en el sector económico, ya que la mayor parte de las
compañías de explotación minera son todavía de aquel país.
No menos importante fue la influencia de Sudáfrica en la evolución de las colonias
británicas en el África central, las dos Rhodesias y Nyassalandia. En 1953, después de algún intento
fallido y del rechazo de la mayoría negra, había surgido una Federación de dichos territorios con el
objetivo de otorgar a la minoría un cierto autogobierno y consolidar la cooperación entre ellos,
bastantes de cuyos servicios sociales e infraestructuras mantenían en común. Sin embargo, después
de varios años de incertidumbre, acabó por disolverse en enero de 1963.
En Rhodesia del Sur, rica en minerales –sobre todo en carbón–, la población europea, con
ser reducida, era mucho más importante que en los otros dos territorios y se hizo rápidamente con el
control de la situación con el objetivo de crear un Estado a imagen y semejanza de su poderoso
vecino del sur, a quién apelaría en cuanto surgieran las primeras dificultades. En las elecciones
celebradas en diciembre de 1962 (tenían derecho al voto 63.000 blancos y 2.500 negros), el Frente
Rodhesiano ganaba por mayoría abrumadora y, al poco tiempo, las principales organizaciones
nacionalistas negras –la Unión del Pueblo Africano de Zimbawe (ZAPU) de Josué Nkomo, y la
Unión Nacional Africana de Zimbawe (ZANU) de Sithole– fueron puestas fuera de la ley. La
minoría blanca elaboró a renglón seguido una Constitución, que pretendía ser aceptada por Londres,
cuya finalidad era la obtención inmediata de la independencia y la consagración del predominio
blanco en el legislativo y, por ende, en todas las altas instituciones. Tras un forcejeo diplomático, y
tan sólo con los significativos apoyos de Sudáfrica y Portugal, el gobierno rodhesiano de Ian Smith
proclamaba la independencia unilateral el 11 de noviembre de 1965.
187
La comunidad internacional y sus organizaciones representativas condenaron esta
declaración, lo que se tradujo en una amplia serie de sanciones, fundamentalmente económicas
(recortes en el suministro de petróleo, supresión de todo tipo de créditos etc.), cuyo colofón fue la
imposición en 1967 de un boicot comercial por parte del Consejo de Seguridad de la ONU. La
situación extremadamente dificil que comenzó a atravesar Rhodesia sólo pudo salvarse gracias al
soporte de Sudáfrica, de la que pasó a depender en la práctica la casi totalidad de la economía
rodhesiana. No obstante, y aparte de los problemas económicos, la crisis generalizada aumentó de
tono a partir de 1967 cuando los partidos ilegales negros pasaron a la acción armada. La emigración
progresiva de ciudadanos blancos a Europa ante el empeoramiento del ambiente en el país y el
fortalecimiento de la guerrilla fueron mermando las posibilidades de un Estado regido por los
descendientes de colonos, mientras el propio gobierno sudafricano comenzaba a poner en duda su
estrategia de apoyo incondicional al régimen de Smith. Con el final del colonialismo portugués en
el continente y el inmediato surgimiento de dos Estados socialistas, la llegada de un gobierno negro
a Rhodesia-Zimbabwe y el empeoramiento de la situación en Namibia, acentuaron cada vez más la
sensación de aislamiento de la República Sudafricana, que a mediados de la década de los setenta
perdió su cordón sanitario frente a los sistemas de mayoría negra, poco proclives a entenderse con
el régimen de Pretoria.
En Rhodesia-Zimbawe el robustecimiento de las guerrillas dio un salto cualitativo con el
acuerdo alcanzado por sus líderes –en especial el ZANU y el ZAPU– para formar en 1976 un
denominado Frente Patriótico de Zimbawe. Ante lo comprometido de la situación, Ian Smith
comenzó a abrirse a los sectores nacionalistas negros menos radicales. Así, el dirigente moderado
del Congreso Nacional Africano de Rhodesia, Abel Muzorewa, fue designado en 1979 primer
ministro de un gobierno en el que Smith desempeñaba un papel preponderante. El intento de
ganarse las simpatías de Occidente y reducir la operatividad del Frente Patriótico no dio los frutos
esperados y poco después se iniciaba un proceso de discusiones entre todas las organizaciones
políticas – incluidas el ZANU y el ZAPU– con el fin de convocar elecciones generales, cuya
limpieza estarían encargados de velar observadores de la Commonwealth.
Los comicios, celebrados en febrero de 1980, dieron la victoria al ZANU de Robert Mugabe.
Convertido en jefe de un gobierno en el que entraron también el resto de fuerzas, incluida la minoría
blanca, las diferencias empezarían pronto. Las inclinaciones autoritarias de Mugabe provocaron el
abandono de Nkomo, el líder del ZAPU, en 1982; el apartamiento del poder de los blancos e,
incluso, el encarcelamiento de Muzorewa. Mientras el líder del ZANU trataba de poner los primeros
jalones en la consecución de un partido único y el establecimiento de un régimen socialista, el clima
social se degradaba. La intolerancia y la represión ejercida antes por la población blanca se trasladó
ahora a las distintas etnias africanas del territorio.
Las pretensiones monopolistas de Mugabe no pudieron ponerse en práctica por la pérdida de
prestigio del ZANU y por la necesaria liberalización de la economía a la que accedió el presidente a
comienzos de 1990. Gracias a todo ello, las inversiones de capital extranjero han aumentado y ha
mermado el déficit de la balanza de pagos.
Malawi (la ex Rhodesia del Norte) consiguió la independencia en 1963, y el líder de ésta
pasó a ser el primer presidente de la República: Hastings K. Banda. Éste no tuvo reservas en llegar a
un importante tratado comercial y diplomático con Sudáfrica en 1967, el cual favoreció el
desarrollo de la agricultura del país, sector en donde trabajaba el 90 % de la población. De igual
forma, la colaboración sostenida por Banda con el Mozambique portugués y la Rodhesia de Smith
le acarrearon el desprestigio y un cierto aislamiento entre sus colegas africanos. No se arredró el
líder malawita, fiel a su postura prooccidental y anticomunista y, en 1971, Banda convirtió en
vitalicia su presidencia.
La invariable postura prooccidental del gobierno de Malawi, en manos todavía del
octogenario Banda, y la política económica liberal han conseguido crear algunas grandes fortunas,
sobre todo favorecidas por el comercio del maíz. No obstante, la mayor parte de la población sigue
188
viviendo en condiciones míseras en uno de los países más pobres no sólo de África sino de todo el
mundo.
Zambia (la antigua Nyassalandia consiguió la independencia en 1963, y el líder de la
independencia pasó a ser el primer presidente de la República: Kenneth Kaunda. En Zambia, mucho
más rica en minerales, en especial cobre, y con mejores condiciones para la explotación agrícola (si
bien estaba fundamentada, al igual que en Malawi, en cultivos de autoconsumo como el maíz y la
mandioca) el negocio del cobre reportó importantes beneficios a las arcas estatales en los años
sesenta. Este hecho fortaleció el prestigio y la posición dentro del país de su presidente Kaunda; sin
embargo, tuvo su reverso negativo en la década siguiente con la pérdida de valor del cobre en los
mercados internacionales (a principios de los setenta este mineral aportaba cerca del 60 % de los
ingresos del Estado) y con la degradación de las relaciones con Rhodesia del Sur, país del que
dependía en buena medida su estructura comercial al necesitar de los ferrocarriles rodhesianos para
importar carbón y para exportar cobre hacia el sur.
La oposición interna a Kaunda se fortaleció en los ochenta en un proceso paralelo al fracaso
de la puesta en práctica de un ambicioso programa económico que contaba con ayuda foránea.
Aunque el presidente continuó siendo elegido por abrumadora mayoría hasta octubre de 1991, la
corrupción generalizada, la deuda externa cifrada en 7.000 millones de dólares y la pérdida de
confianza de los países inversores le impelieron a convocar elecciones pluripartidistas, en las cuales
ganó Frederik Chiluba, líder de una coalición de los principales grupos opositores.
La evolución de Basuto y Swazilandia, países incrustados en la República de Sudáfrica y
que alcanzaron la independencia en 1966 y 1968 respectivamente, se ha caracterizado por la
sucesión de gobiernos autoritarios y la supeditación económica al gobierno de Pretoria. Al acceder a
la independencia fueron transformados, respectivamente, en los reinos de Lesotho y Ngwame.
Botswana (el antiguo protectorado británico de Bechuana), ha sido gobernado desde su
independencia en 1966 por el Partido Democrático de Seretste Khama, presidente del país hasta su
fallecimiento en 1980. Botswana ha logrado un crecimiento sostenido de su economía, en buena
medida por su estrecha vinculación con Sudáfrica.
La República Malgache mantuvo buenas relaciones con su antigua metrópoli –Francia– y
con la potencia regional –Sudáfrica–, una vez obtenida la soberanía nacional en julio de 1960.
Después de 1975, el nuevo presidente, Didier Ratsiraka, dio un giro a las relaciones exteriores y
comenzó a edificar un Estado socialista inspirado en El Libro Rojo Malgache. El país se encuentra
actualmente en transición al pluripartidismo y a la economía de mercado.
El desplome del sistema colonial portugués en esta parte del mundo a mediados de la década
de los setenta fue, con todo, más determinante en el cambio de la correlación de fuerzas en el sur
del continente africano. Mozambique, por su posición estratégica y por sus puertos en Beira y
Lourenço Marques, representaba un bastión muy necesario para la seguridad de Sudáfrica, cuyas
relaciones con Lisboa eran de buen entendimiento. Desde 1952 la colonia había pasado a ser
“provincia de ultramar” y como tal mandaba sus representantes al Parlamento portugués. En
realidad, no había cambiado nada más que la dominación, puesto que quien enviaba sus diputados a
Lisboa era la élite económica asentada en Mozambique, sin que se diera en la práctica posibilidad
alguna para la participación política a la población autóctona, salvo a un exiguo grupo cuyos
intereses estaban más cercanos a los de los colonos portugueses.
Durante los años sesenta hizo su aparición con especial virulencia la guerrilla nacionalista.
El Frente para la Liberación de Mozambique (FRELIMO) agrupaba a las fuerzas más vivas de la
oposición y su importancia creciente había provocado un auténtico estado de guerra en todo el
territorio. A la altura de 1970 el 6 % del PNB portugués se consumía en los gastos bélicos
derivados del conflicto en sus colonias africanas. Este grave problema afectaba hasta tal punto al
futuro de la metrópoli que estuvo en la base del golpe de Estado de corte izquierdista producido en
Portugal en 1974, cuyos protagonistas prometieron la soberanía plena a sus territorios de ultramar.
El FRELIMO se hizo con el poder, mientras que el gobierno sudafricano, atónito ante el desarrollo
189
tan precipitado de los acontecimientos, no pudo reaccionar en un primer momento y aceptó la nueva
situación. El 25 de junio de 1975, Mozambique se convirtió en un Estado independiente. El
gobierno del país, en manos de Samora Machel establecía un régimen monopartidista, convocaba
una Asamblea popular con representantes únicamente del FRELIMO y adoptaba el marxismoleninismo como doctrina oficial del Estado; en 1977 firmaba un tratado de colaboración con la
U.R.S.S..
Desde 1981 Sudáfrica armaba y asesoraba a la Resistencia Nacional Mozambiqueña
(RENAMO) en su lucha contra el Estado socialista instaurado en el país. El objetivo perseguido era
debilitar el afianzamiento del régimen, golpeando con insistencia los centros económicos más
importantes de Mozambique, donde la confusión y el caos generalizado fueron un hecho a lo largo
de toda la década. En marzo de 1984, Botha y Machel llegaban a un acuerdo en Nkomati que
obligaba a las autoridades de Maputo a negar el asilo y expulsar de su territorio a los opositores al
régimen sudafricano, mientras que el gobierno de Sudáfrica se comprometía a abandonar la ayuda
prestada a RENAMO. Los años de guerrilla constante, el fracaso de las medidas socializadoras y las
consecuencias dramáticas de las sequías impidieron una mejora de los índices económicos e incluso
se extendió el hambre.
Tras morir Machel en 1988, su sucesor Joaquím Chissau mantuvo los principios de la
ortodoxia comunista hasta que, con el fin de la Guerra Fría y la disolución del bloque comunista en
Europa, una nueva Constitución votada en noviembre de 1990 reconocía el pluripartidismo y la
economía de mercado. El 4 de octubre de 1992, el presidente Chissau y el jefe guerrillero de la
RENAMO llegaban a un acuerdo de paz, que puede dar paso a la reconciliación y la reconstrucción
económica.
En Angola el panorama previo a la independencia resultaba mucho más complicado porque
eran varias las organizaciones nacionalistas en pugna por hacerse con el control, lo que
posteriormente favorecería una intervención directa de Sudáfrica. La lucha contra la metrópoli era a
la vez una guerra sorda entre el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA), el
Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), capitaneado por Agostinho Neto y la Unión
Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA) de Jonás Savimbi.
Tras el golpe de 1974, las autoridades portuguesas apostaron por el MPLA, de filiación
marxista, y el 3 de septiembre, por boca del almirante Rosa Coutinho, anunciaban la formación de
un gabinete controlado por Neto como paso previo para preparar la independencia final. La
inestable situación permitió a Pretoria llevar a cabo una acción armada rápida, invadiendo el sur del
país en apoyo de UNITA, un movimiento minoritario fundado en 1966 y caracterizado por su
militante anticomunismo. A pesar de las múltiples conversaciones y acuerdos teóricos de alto el
fuego entre los grupos nacionalistas, el clima sociopolítico continuó deteriorándose hasta que, en
noviembre de 1975, el MPLA declaró la independencia del país en Luanda, la capital angoleña; por
su parte, UNITA y el FLNA hicieron lo propio en Nova Lisboa, si bien estas dos organizaciones no
terminaron por entenderse. UNITA, con la ayuda militar y material de la República Sudafricana,
aseguró sus posiciones en el sur, mientras el FLNA se replegó a algunas áreas norteñas, donde fue
perdiendo eficacia combativa e influencia política hasta que desapareció en 1984. La guerra siguió
adelante en Angola. UNITA aumentó su ámbito de actuación a las regiones del norte del país y,
como había ocurrido en la otra ex colonia portuguesa, las conversaciones de paz sirvieron de muy
poco.
Los violentos enfrentamientos en territorio angoleño continuaron hasta el Acuerdo de
Londres de mayo de 1988, en el que quedaba estipulada la retirada de fuerzas armadas extranjeras
del país (unos 3.000 sudafricanos y más de 35.000 cubanos), cuyo plazo final de salida expiraba en
el verano de 1991. Se celebraron elecciones legislativas y presidenciales en septiembre de 1992, con
participación de todas las organizaciones políticas, y de ellas salió triunfador el MPLA frente a
UNITA. Jonás Savimbi no lo aceptó y volvió a la acción guerrillera, ya sin la ayuda de Estados
Unidos ni de la República de Sudáfrica.
190
EL MOVIMIENTO DE LOS NO-ALINEADOS
El sociólogo francés Alfred Sauvy adjudicó en 1956 a los pueblos colonizados la
denominación de Tercer Mundo, a partir de una transposición del término Tercer Estado, empleado
durante la Revolución Francesa. Este concepto se difundió pronto, imponiéndose al de naciones
proletarias, que propugnaba el historiador Arnold Toynbee, pero, en cualquier caso, ambas
denominaciones sirven para designar a los nuevos países que intentan mantenerse alejados de los
otros dos mundos: el bloque capitalista y el bloque comunista.
Desde su acceso a la independencia surgió entre los distintos Estados afroasiáticos la
necesidad de constituir un grupo de presión coherente en un mundo bipolar (EE.UU., U.R.S.S..),
que evitara el enfrentamiento directo entre las dos superpotencias y propiciara un cambio radical en
las relaciones internacionales mediante el reconocimiento de la igualdad de derechos de todos los
Estados del mundo. El camino no resultó en absoluto fácil, pues era preciso poner de acuerdo en
unas líneas comunes de acción internacional a países con sistemas políticos diversos e incluso
enfrentados.
El primer jalón en de la articulación de un movimiento político del Tercer Mundo
independiente de las grandes potencias se produjo en la Conferencia Afroasiática de Bandung
(Indochina, 17 al 24 de abril de 1955), y promovida por Nehru y Sukarno. A ella asistieron 29
países afroasiáticos, incluida la República Popular China, representada por Chu En-Lai, y aunque
las discusiones de los delegados revelaron la oposición entre países moderados o prooccidentales y
los radicales, se llegó a un fructífero comunicado final en el que se aunaban las aspiraciones de las
jóvenes naciones: respeto a los derechos humanos según los postulados de la ONU, respeto a la
soberanía e integridad territorial de todos los países, igualdad internacional entre todas las razas y
naciones, no intervención extranjera en los asuntos internos de los países, rechazo de la intervención
o de la presión militar para subordinar la trayectoria de cualquier Estado, solución de los conflictos
internacionales por medios pacíficos y promoción de la cooperación económica internacional en
base al interés y al respeto mutuo. Quizá la mayor concordancia y la mayor dureza se vertió sobre la
aún importante pervivencia del colonialismo.
Con todas sus limitaciones, la Conferencia de Bandung supuso el final de la preponderancia
europea en Asia y África y la necesidad de mantener los contactos, la solidaridad y la cooperación
entre los antiguos pueblos colonizados.
Apareció así, en 1960, recogiendo la herencia de Bandung, el Movimiento de los Países No
Alineados, cuyos líderes naturales fueron Nehru de la India y Sukarno de Indonesia, a los que se
unieron Nasser de Egipto y Tito de Yugoslavia, tras su ruptura con la U.R.S.S..
Este numeroso grupo de países que hoy alcanza la cifra de 97, ha celebrado toda una serie
de conferencias: La I, en Belgrado (1961) como continuación y ampliación de Bandung, y con
asistencia de 25 países miembros, hizo un llamamiento a la paz mundial y un ofrecimiento de la no
alineación para conseguirla. La II, en el Cairo (1964) un programa de no alineación por la paz y la
colaboración internacional, y los principios de la coexistencia pacífica, con acusaciones contra el
colonialismo, el imperialismo y el neocolonialismo. La III, en Lusaka (1970), formuló una
declaración sobre la paz, la independencia, el desarrollo, la cooperación y la democratización de las
relaciones internacionales, y otra sobre la no alineación y el progreso. a IV, en Argel en 1973,
realizó una declaración política y otra económica con el programa de un nuevo orden económico
mundial; la V, en Colombo en 1976, hizo una declaración política y otra económica. La VI, en La
Habana (1979) contó con 96 países miembros y con la asistencia, por última vez, de Joseph Broz
Tito, pasando a ser su dirigente Fidel Castro y elaboró una declaración política y otra económica. La
VII, en Nueva Delhi en 1983, con asistencia de 97 países miembros, elaboró una declaración
política y otra económica, el llamado “Mensaje de Nueva Delhi” un programa de acción para la
cooperación económica y una declaración sobre “una acción colectiva a favor de una prosperidad
191
mundial”. La VIII, en Harare (Zimbabwe) en 1986 con la participación de 101 países, donde se hizo
especial hincapié en la desaparición del apartheid en Sudáfrica y en el desarme. La IX, en Belgrado
en 1989, donde el entonces primer ministro indio Rajiv Gandhi propugnó la necesidad de crear un
Fondo Mundial para el Medio Ambiente. La X, en Yakarta (1992): crisis de identidad del
movimiento. La XI, en Cartagena de Indias (1995), intentó revitalizar la organización.
A lo largo de estos años, el Movimiento de Países No Alineados ha adoptado los siguientes
principios de política internacional común:
Seguir una política independiente fundada sobre la
coexistencia y el no alineamiento o mostrar su inclinación hacia
esta política.
Apoyar los movimientos de liberación nacional.
No pertenecer a ningún pacto militar colectivo que pueda
implicar al país en un conflicto entre las grandes potencias.
No formar parte de ninguna alianza multilateral con una gran
potencia.
No aceptar el establecimiento sobre su territorio de bases
militares pertenecientes a una potencia extranjera.
La muerte de los líderes históricos del Movimiento de los Países No Alineados, la
desintegración de la U.R.S.S. y del bloque comunista y las enormes contradicciones y diferencias
políticas dentro de este grupo de países ha conducido a su languidecimiento y práctica disolución a
lo largo de la década de los noventa.
Perdida su coordinación internacional, los países del Tercer Mundo siguen expuestos a
estallidos de violencia interna con guerras civiles de carácter tribal en el caso de África. En Ruanda,
p. e., donde el enfrentamiento entre hutus y tutsis a lo largo de 1994 se ha saldado con más de
500.000 muertes y tres millones de refugiados, es sintomático del escaso arraigo de las estructuras
políticas de tipo europeo allí implantadas y de la inoperancia de la ONU y de la comunidad
internacional para evitar estos horrores.
Desde su acceso a la independencia, y por encima incluso de la preocupación compartida
por hallar sistemas de organización política estables y adaptados a sus necesidades y de coordinar
sus esfuerzos como grupo de presión internacional, los nuevos países se encuentran ante el
tremendo desafío de superar su crónico subdesarrollo económico y lograr cubrir las necesidades
básicas de su población.
Aunque economistas como W. W. Rostow articularon ya hace años la teoría de las etapas
del crecimiento y del despegue (take off) para llegar al estadio de sociedad industrial, lo cierto es
que la evolución económica del Tercer Mundo ha sido, en los últimos años, decepcionante,
manteniéndose e incluso incrementándose la distancia que les separa de los países ricos. Esta cruda
realidad, que autores como Josué de Castro o Boyd-Orr han señalado hace años en el sentido de que
dos terceras partes de la Humanidad no come lo suficiente para calmar el hambre, está condicionada
por una serie de factores:
a) La diversa evolución económica de los nuevos países, que ha creado, desde un inicial
estado de subdesarrollo, dependencia y neocolonialismo, cuatro grupos: 1º) países productores de
petróleo, que aún con deficiencias han mejorado su nivel de actividad económica (Arabia Saudí,
Irán, Kuwait etc.); 2º) países en vías de desarrollo, que a través del colectivismo o de un capitalismo
agresivo han logrado un inicio de industrialización y bienestar (R. P. China, Corea del Sur,
Singapur, Sudáfrica etc.); 3º) países dependientes que han entrado en un proceso acelerado de
192
deterioro económico con paralización de la producción, inflación galopante y abultada deuda
externa (Argentina, Méjico, Perú etc.); 4º) países auténticamente subdesarrollados, que viven de la
caridad internacional, padecen hambre crónica y constituyen el denominado Cuarto Mundo
(Etiopía, Chad, Sudán etc.).
b) Crecimiento galopante de la población, en torno al 2 % anual, lo que supone la
multiplicación por 13 de los habitantes de cada país en un siglo. Esta circunstancia, producida por la
mejora de la sanidad con la erradicación de muchas enfermedades infecciosas (viruela, paludismo)
y disminución de la mortalidad, hace que sea preciso mantener un alto índice de crecimiento
económico (12% anual) sólo para mantener el nivel de vida de esta creciente población.
c) Alta tecnificación de la agricultura y la industria actuales. Mientras que los países que
llevaron a cabo su revolución industrial en el S. XIX partieron de una tecnología simple, cuya
progresiva complejidad fue, por lo paulatino, fácilmente absorbible, a los países del Tercer Mundo
los separa un abismo, por su carencia de preparación técnica, de los complejos equipos industriales
o agrícolas actuales, que deben importar y aprender a utilizar, lo que aumenta su dependencia y
endeudamiento con el mundo industrializado.
d) Deficiencias en su estructura agrícola industrial y de transportes. Tanto los medios de
transporte como la navegación, así como las escasas industrias o plantaciones altamente
tecnificadas, se encuentran en manos de los países industriales, que explotan los recursos
económicos, los elaboran y los transportan sin que la riqueza generada permanezca dentro del
Tercer Mundo. De este modo los salarios son pocos y bajos, no existe demanda interna y no se
articula un mercado nacional.
e) Expansión del armamentismo. Paradójicamente, los países subdesarrollados, carentes de
recursos, gastan cantidades ingentes en sofisticado armamento, que proporciona pingües beneficios
a los países fabricantes (las potencias capitalistas y comunistas) pero sumerge al Tercer Mundo en
interminables guerras que agravan aún más su desesperada situación económica, y constituye un
poderoso instrumento del neocolonialismo.
f) El problema de la deuda exterior. Durante años, gran parte de las ayudas económicas en
forma de créditos internacionales (FMI, Banco Mundial) y bancos privados supuso una inyección
de recursos al Tercer Mundo, pero, al mismo tiempo, significó también una mayor dependencia de
éste, que debía devolver lo recibido más los intereses. Esta hipoteca ha impedido, sobre todo en
Sudamérica, cualquier expectativa de desarrollo. Actualmente, tras varias crisis e impagos, los
deudores exigen una negociación política del problema (el Plan Baker).
En definitiva, el final de siglo deja un planeta dividido por la falla horizontal que no deja de
agrandarse y que está haciendo posible la conformación de un sur (casi 4.000 millones de personas)
sumido en la pobreza ante la falta de desarrollo autosostenido, sin derechos sociales, con sistemas
educativos y sanitarios muy endebles, sin trabajo permanente y unas condiciones laborales
degradadas que hacen posible la explotación de mano de obra, en especial de mujeres y niños, y con
sistemas políticos corruptos e ineficaces. Al menos así lo demuestran las cifras: según un informe
elaborado en 1994 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los diez países más
pobres del mundo eran los siguientes: India, China, Bangladesh, Brasil, Indonesia, Nigeria,
Vietnam, Filipinas, Pakistán y Etiopía. De igual manera, según el Banco Mundial (Informe del
desarrollo mundial, 1990) en el África subsahariana se contabilizaban 180 millones de pobres (120
de los cuales eran pobres extremos o absolutos); en Asia del este, 280 (120 de pobres extremos); en
China, 210 y 80, respectivamente; y en Asia del sur, 520 (300 de pobres extremos); 420 y 250,
respectivamente en la India. De hecho, el 90 % de los pobres del mundo están distribuidos en cuatro
zonas: el 40 % de los mismos en el sur de Asia, el 13 % en el Asia sudoriental, el 23 % en el África
subsahariana y el 14 % restante en Iberoamérica. De ahí que, en general, los países no occidentales
se opongan a que las decisiones tomadas por, los países occidentales, aunque lleven el sello de las
grandes organizaciones supranacionales –ya sea la ONU o el FMI–, se presenten como emanación
de los deseos de la comunidad internacional, cuando en realidad sólo obedecen a los intereses
193
particulares de Occidente, a su afán de preservar el dominio político, económico y militar, además
de a su deseo de fomentar sus propios valores culturales e intentar ampliar su influencia en todo el
mundo.
Reducir las diferencias existentes no es, por tanto, tarea fácil. Buen ejemplo de lo anterior lo
constituyen las resoluciones de la última Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social (Copenhague,
del 6 al 12 de marzo de 1995), que pueden resumirse en los siguientes aspectos:
Se ha acordado que hay que erradicar la pobreza, pero no se
ha dicho como. Se ha fijado como objetivo de “máxima
prioridad” la lucha contra el desempleo; se ha ratificado la
prohibición del trabajo infantil; la extensión de la educación
universal primaria en todos los países “antes del 2015” [...]. Pero
todo aquello que implicara desembolso económico ha sido
relegado al olvido. Así, no se ha aprobado el Principio 20/20; la
cancelación de la deuda externa a los países pobres se estudiara
“cada caso”, y la propuesta de creación de un “fondo social”,
hecha por los países en desarrollo, ha sido pospuesta para una
mejor ocasión.
Es evidente que para evitar el conflicto entre el norte y el sur en sus distintas variantes de
choque de civilizaciones o crisis socioeconómica, Occidente debe, dada su situación de
preeminencia actual, impulsar con decisión y generosidad la colaboración y participación de todos
los Estados del mundo en los foros económicos y en las organizaciones supranacionales,
especialmente en la ONU. Al mismo tiempo debe buscar la cooperación entre todos los pueblos,
con el objetivo primordial de frenar toda posible confrontación que ponga en peligro la paz, la
estabilidad y el desarrollo integral de la humanidad.
LA RECUPERACIÓN JAPONESA
Con la capitulación ante los aliados el 2 de septiembre de 1945 comenzaba para Japón una
nueva etapa. Ante la magnitud del desastre postbélico, las autoridades de ocupación, a través del
Mando Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Pacífico (SCAP), pergeñaron todo un programa de
reconstrucción político, social y económico, encargando su puesta en marcha a Estados Unidos.
Sobre la base del triple principio de la desmilitarización, democratización y descentralización
debía apoyarse la transformación de las instituciones y de la propia sociedad japonesa. Una vez que
el emperador Hiro-hito renunció, el 1 de enero de 1946, al atributo de divinidad, los cambios
comenzaron a hacerse efectivos. Después de los aspectos militares, el principal objetivo de los
aliados era la reforma institucional basada en la elaboración de una Carta Magna. La Constitución
de 1947, elaborada por los expertos del SCAP, que fue aprobada por el pueblo japonés y refrendada
por el emperador, entraba en vigor el 3 de mayo de 1947. El texto constitucional indicaba, entre
otras cosas, que la soberanía nacional radicaba en el pueblo japonés, quedando el emperador como
símbolo del Estado y de la unidad de la Patria, y que todos los japoneses eran iguales ante la ley y
tenían los mismos deberes y derechos; al mismo tiempo establecía como norma de buen gobierno la
democracia parlamentaria como garantía del Estado de derecho y la división de poderes, con un
sistema bicameral para el legislativo: la Cámara de Representantes o baja y la Cámara del Consejo.
En cuanto a las reformas socioeconómicas, en el sector primario se acometió en octubre de
1946 una reforma agraria que derogó el tradicional sistema de arrendamientos rústicos y facilitó el
reparto de tierras. También la normativa de los sectores industrial y terciario fue ampliamente
reformada (los trust fueron abolidos); en el terreno laboral se reguló la participación sindical de las
194
organizaciones de trabajadores. Al mismo tiempo, se potenció la educación y la cultura. Como ha
señalado Richard Storry, con estas y otras reformas Japón se convirtió en una sociedad libre, casi de
la noche a la mañana. El individualismo empezó a desplazar a la comunidad y a los lazos familiares.
El pacifismo desbancó a la beligerancia. Los ideales “samurai”de autosacrificio cedieron paso al
hedonismo. Una escritura completa de ideas tradicionales acerca del emperador, el Japón y la raza
japonesa, acerca de las obligaciones del individuo para con la sociedad, se derrumbó. En su lugar se
asentaron dos modestos, pero satisfactorios, ideales: el trabajo duro y la búsqueda de la felicidad
personal. Sólo faltaba para lograr la plena normalidad en el país la firma del tratado de paz. Ante la
escalada de la crisis de Corea, en el verano de 1951, después de seis años de ocupación militar, el
tratado de paz era una realidad, y el 28 de abril de 1952 entraba en vigor junto a un acuerdo bilateral
de seguridad firmado con Estados Unidos; el 20 de diciembre de 1956 Japón ingresaba en la ONU.
Todo lo anterior corroboraba el informe presentado por D. MacArthur al Congreso estadounidense
el 19 de abril de 1951: No conozco nación más serena, ordenada e industriosa ni en la que pueden
estar puestas esperanzas más altas para el futuro servicio constructivo en el avance de la raza
humana.
La característica de la vida después de la Segunda Guerra Mundial ha sido su estabilidad
socio política basada en la Constitución de 1947, que ha podido mantenerse, entre otras cosas, por
el alto grado de participación de la población en los procesos electorales. La solidez del aparato del
Estado se ha favorecido, además, por la práctica del bipartidismo entre el Partido Liberal
Democrático (PLD) y el Partido Socialista. Ya desde antes de promulgarse la Carta Magna, el PLD,
de talante conservador, se había hecho con el control del ejecutivo y ha continuado ganando las
elecciones generales hasta 1993 frente a su eterno rival, el también moderado Partido Socialista.
El PLD había basado su éxito político en el mantenimiento de la unidad de su organización
–a pesar de la existencia de múltiples facciones internas y de las acusaciones de corrupción y
financiación ilícita que recayeron sobre él– y, sin que los numerosos cambios gubernamentales
hubieran puesto en peligro su dominio de la vida parlamentaria. Sólo a partir de los años noventa la
unidad monolítica del PLD se resquebrajó al no poder resistir el empuje de fuerzas centrífugas
generadas en su seno, las cuales propiciaron la escisión de aquél y la formación de nuevos partidos
independientes del PLD.
Sin duda, el hecho que suscita más admiración cuando no perplejidad en la historia reciente
del Japón es el impresionante poderío económico alcanzado por un país devastado por la guerra
mundial, que a finales de los años setenta era ya una potencia económica. Las razones explicativas
son múltiples y están estrechamente relacionadas; dejando de lado la ayuda financiera y técnica de
Estados Unidos en los momentos iniciales de la reconstrucción, entre las de índole interno podemos
resaltar las siguientes: la gran disponibilidad de mano de obra barata y eficaz (sobre la base de un
crecimiento considerable de la población); las enormes posibilidades de movilidad social en una
sociedad abierta en función de la labor bien hecha; un mundo empresarial sentido como algo propio
tanto por directivos como por trabajadores, aceptando todo tipo de ideas pensadas para mejorar el
sistema productivo; una estructura económica dual, con la convivencia armoniosa de un sector
tradicional –vinculado sobre todo al primario y terciario– con otro moderno e integrado en los
sectores punta con una elevada concentración industrial y que cuenta con el apoyo de toda la
estructura económica del país de cara a la exportación para ganar permanentemente mercados
extranjeros; y, por último, una gran capacidad de ahorro de todos los sectores sociales con el
objetivo de coadyuvar a un mejor desarrollo socioeconómico. En la evolución económica del Japón
pueden establecerse dos etapas: en primer lugar, la que va de 1952 a 1973, denominada las décadas
doradas o el milagro japonés; en segundo lugar, la comprendida entre 1973 y principios de la
década de los noventa, definida como los años de madurez económica.
En las décadas de los cincuenta y sesenta, una potente industria de bienes de equipo, sobre
todo la de construcción naval, la siderurgia y la química, tiró de todos los sectores productivos
gracias a la aportación de capitales privados –en donde la capacidad ahorrativa del japonés con
constantes inyecciones de capital a bancos y entidades financieras ha desempeñado un importante
195
papel–, los bajos costes salariales, la disciplina estricta en el trabajo y la aplicación exitosa de
tecnologías de importación muy avanzadas. A partir de los sectores básicos, la producción se
extendió a los bienes de consumo, con igual fortuna desde los automóviles hasta los
electrodomésticos. Así, entre 1952 y 1971, la economía japonesa crecía con una tasa media anual
del 15 % y quintuplicaba su PNB, mientras que de 1955 a 1965 se triplicaba el volumen de
manufacturas industriales, y en la misma proporción la extracción minera y las exportaciones
alcanzaban en 1967 el 10 % del PNB.
Su mayor problema ha sido la casi absoluta dependencia energética del exterior cuya
constatación negativa pudo observarse al desencadenarse la crisis del petróleo en 1973, que generó
reacciones rápidas ante las posibles repercusiones. A finales de 1974, en uno de los momentos más
difíciles, T. Miki asumió el gobierno tras la dimisión de Tanaka, y adoptó una serie de medidas para
superar la crisis mediante ayudas de los presupuestos estatales a la industria nacional y un aumento
de los gastos de infraestructura viaria y obras públicas en general. El sector empresarial también
reaccionó, potenciando nuevos sectores necesitados de menor gasto energético pero muy rentables
como la informática, electrónica etc. El corolario de todo este proceso había sido positivo y Japón
superó la crisis en mejor situación que el resto de los países desarrollados para así encarar con
optimismo los años de la madurez económica.
A partir de los años ochenta la economía nipona alcanzaba la consideración de segunda
potencia mundial, superando ampliamente a países como Alemania o Francia, convirtiéndose en el
primer productor de numerosas manufacturas tanto tradicionales como ultramodernas y en el más
importante acreedor mundial. No obstante, las dificultades le vienen a Japón de su comprometida
posición en el equilibrio mundial de los intercambios comerciales, puesto que su sólida y saneada
economía provoca reticencias cuando no rechazos en el intento de acapara mercados. Según K.
Tokado, la clave para que Japón superara con éxito la difícil coyuntura de los años setenta estuvo en
la interrelación de varios factores que hicieron posible poner en marcha un importante cambio
estructural en el proceso productivo y ocupacional (la terciarización de la economía) para adaptarlo
a las nuevas exigencias tecnológicas, sin que ello deteriorara el tejido económico del país.
Por su solidez política, a pesar de algunas tensiones sociales por parte de sectores de
oposición, y por su gran poderío económico de alcance mundial, Japón es en la actualidad una
potencia capitalista que ha generado su propio neoimperialismo (Halliday, Mac Cormack). En enero
de 1989, con la muerte del emperador Hirohito, finaliza la “era Showa”, y se inicia la nueva “era
Heisei” del emperador Akihito.
HISTORIA DEL MUNDO ACTUAL
TEMA 7. LA EVOLUCIÓN DE ESTADOS UNIDOS EN LA SEGUNDA MITAD DEL
SIGLO XX.
El final de la Segunda Guerra Mundial marcó el inicio de una clara hegemonía de los
Estados Unidos en el mundo. Frente a una Europa que sufría las graves secuelas del enfrentamiento
bélico, comenzó a sobresalir un país que cambiaba su anterior tendencia aislacionista por un papel
protagonista en el nuevo orden mundial. Los años de la guerra significaron para la población
estadounidense un auténtico cambio social, sólo comparable al que años atrás había representado el
New Deal del presidente Roosevelt (1933-1945), consistente en la aplicación de un ambicioso
programa legislativo dirigido a paliar las consecuencias de la Depresión de 1929.
LA ESTADOS UNIDOS DE LA POSGUERRA
196
La participación de los Estados Unidos en la contienda mundial implicó la movilización de
once millones de habitantes, hombres y mujeres que sirvieron directamente en las fuerzas armadas,
de los cuales murieron cerca de 250.000. Sin embargo, a diferencia de lo que sucedió en Europa en
la posguerra, en Estados Unidos el paso de la época de guerra a los tiempos de paz fue realizado sin
traumas. Diversas medidas legislativas, entre las que cabe destacar la Ley sobre reincorporación de
veteranos de guerra de 1944 o la Ley de empleo de 1946, sirvieron para recompensar tanto a la
población civil como a aquellos que habían participado de forma directa en el conflicto.
Asignaciones económicas destinadas a los veteranos, préstamos a bajo interés para la compra de
viviendas y granjas, bolsas de estudio y pensiones alimenticias dieron como resultado un
relanzamiento económico hasta entonces desconocido. Rápidamente, la gran demanda de artículos
por parte de la población, impulsó la transformación de la industria militar en fábricas de bienes de
consumo. La adquisición de electrodomésticos y automóviles o el empuje dado a la construcción
provocaron que el principal problema de la época de posguerra en Estados Unidos fuera, frente a la
depresión que sufría el Viejo Continente, la aparición de una acusada inflación.
El artífice de la floreciente situación económica que vivió en esos años fue el presidente
demócrata Harry S. Truman (1945-1953), que había accedido al cargo tras el fallecimiento del
carismático Franklin Delano Roosevelt. Su mandato significó un intento de dar continuidad a la
labor llevada a cabo durante cuatro legislaturas por Roosevelt y estuvo marcado por
acontecimientos tales como los lanzamientos de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki
los días 6 y 9 de agosto de 1945, cuyo resultado fue la rendición japonesa que puso fin a la Segunda
Guerra Mundial, el Plan Marshall de ayuda a Europa, el nacimiento de la Guerra Fría, la Caza de
Brujas o el conflicto bélico de Corea que, en última instancia, sería el causante del debilitamiento
de la hegemonía del Partido Demócrata al frente de la Casa Blanca, detentada durante una larga
etapa.
En el terreno económico, la inflación que causó el fuerte incremento de la demanda provocó
agudas tensiones entre los empresarios, que aspiraban a una elevación substancial de los precios
para obtener mayores beneficios, y también entre los trabajadores, que a su vez ansiaban un
aumento de salarios a cambio del sacrificio que habían realizado durante los años de guerra. La
difícil situación originó que, en 1946, se sucedieran diversas huelgas en los sectores industriales
más importantes del país como las fábricas de automóviles, acero, minería y ferrocarril, siendo
necesaria incluso la intervención del gobierno federal en algunas de ellas. A pesar de todo, la
economía de estos años siguió un imparable crecimiento acompañado de un óptimo nivel de
empleo.
En cuanto a la actividad política, el enrarecido clima social que provocaron las huelgas de
1946 y el crecimiento de las corrientes conservadoras fueron determinantes para que ese mismo año
se produjera un grave quebranto para la presidencia Truman. Fue entonces cuando los republicanos,
después de una larga etapa en minoría, alcanzaron el dominio de ambas Cámaras y lograron aprobar
la norma que prohibía la elección de un presidente por tiempo superior a dos mandatos. Así mismo,
se adoptaron inmediatamente las primeras medidas destinadas a conseguir un descenso del poder de
los sindicatos. De este modo, y a pesar del veto presidencial, se aprobó la Ley Taft-Harley que,
entre otras cosas, imponía el transcurso de un periodo de treinta días entre la convocatoria y la
realización de la huelga, declaraba ilegal la obligatoriedad de afiliación sindical y las contribuciones
económicas de los sindicatos a las campañas políticas.
En 1947 se produjeron dos importantes acontecimientos íntimamente relacionados: en
política exterior, el nacimiento de la Guerra Fría y en el interior, la manifestación social conocida
como Caza de Brujas, que provocó la acusación pública, exclusión social y persecución de gran
parte de la intelectualidad norteamericana.
El final de la Segunda Guerra Mundial, junto al hecho de que Estados Unidos asumiera el
papel de líder del mundo occidental, significó también el nacimiento de la Unión Soviética como
gran potencia. Aunque arruinada económicamente, el conflicto bélico había servido a la U.R.S.S.
197
para llevar a cabo una política de expansión tanto territorial, mediante la anexión de 684.000 km 2 de
territorio, como de población, lo que la convertía en un poderoso enemigo. Así, la existencia de dos
superpotencias que tratan de representar papeles protagonistas en el escenario internacional provocó
que se iniciara lo que se ha denominado Guerra Fría.
El concepto de Guerra Fría ha sido analizado desde diferentes puntos de vista y su
valoración es muy diversa para cada una de las corrientes surgidas en torno a este tema. Por un lado,
se encuentra la postura ortodoxa que defiende la actitud de los Estados Unidos como la respuesta
del hombre libre ante la expansión y agresión del comunismo, y, por otro, la posición más
revisionista estima que los norteamericanos, gracias al poder nuclear demostrado al final de la
guerra, abandonaron conscientemente la política de colaboración con la U.R.S.S., iniciada entre
Roosevelt y Stalin durante el conflicto, y trataron de imponerse al resto del mundo como únicos
valedores de la democracia, con el velado propósito de aumentar su poder político y económico.
Puede ser que la explicación de este fenómeno se encuentre en el conjunto de ambas teorías y la
Guerra Fría fuera el resultado de una errónea interpretación de intenciones por parte de las dos
potencias. Así, la Unión Soviética, tras el desgaste sufrido en la conflagración, en la época de
posguerra se encontró ocupada en la defensa de su propia seguridad, al tiempo que se mostraba
temerosa y vigilante de que Estados Unidos, en su nuevo papel de líder occidental, se volcara en
una labor de dominación tanto ideológica como militar sobre el mundo. Por su parte, Estados
Unidos se sintió a su vez amenaza por una U.R.S.S. ansiosa por imponer el comunismo en Europa y
conseguir la ruina del sistema capitalista. El temor mutuo sirvió de sustento a la Guerra Fría y a su
permanencia durante décadas en el panorama de unas relaciones internacionales que se distinguirán
por cuatro notas significativas: estructuración de un sistema bipolar rígido en el que no tenían
cabida las posiciones intermedias, tensión permanente entre las potencias, política de riesgo
calculado y utilización de la ONU como lugar de discusión y negociación.
En directa relación con la Guerra Fría se halla la Teoría de la Contención (containment),
que guió las relaciones exteriores de la época Truman. Estuvo inspirada por el embajador
norteamericano ante la Unión Soviética George Kennan, y fue incorporada a la Doctrina Truman
formulada en el mes de marzo de 1947. La Teoría de la Contención planteaba que, aceptada como
estaba la exclusión de los Estados Unidos de los territorios de la Europa Central y Oriental
dominados por la U.R.S.S., era prioritario consolidar posiciones en la Europa Occidental, los
Balcanes y Oriente Medio, para evitar, entre otras circunstancias, que surgieran nuevas fricciones
como las que habían tenido lugar en Irán (1946) y Grecia (1947).
Consecuentemente, el temor a las posibles intenciones expansionistas de la Unión Soviética
y al poder de los partidos comunistas europeos, llevó a la administración Truman a poner en marcha
el Plan Marshall, un proyecto de colaboración económica presentado al Congreso en 1947 y
aprobado en 1948, cuyo objetivo fue el impulso de la recuperación económica de Europa. Para su
formulación se partía de la base de que uno de los principales obstáculos para la consolidación de la
democracia en aquellas naciones y la contención de la propagación de las ideas comunistas, era la
difícil situación económica por la atravesaban tras la guerra, por lo que se hacía necesario apoyar la
reconstrucción de las economías europeas. Con ello, los Estados Unidos, además de congraciarse
alianzas en su política anticomunista, lograban la creación de mercados en el exterior para la
exportación de los productos norteamericanos, lo que, al incidir en el desarrollo de la propia
industria, aseguraba la prosperidad durante la posguerra. En la misma línea, un año después la
administración Truman puso en funcionamiento el Programa de Cuatro Puntos de ayuda financiera,
técnica y militar hacia los países del Tercer Mundo, extendiéndose a otras áreas el mismo principio
que había inspirado el apoyo a la reconstrucción europea. Por otro lado, las sucesivas incursiones
soviéticas en territorios de Europa oriental –corte de accesos a Berlín en 1948 para forzar la salida
de los aliados y golpe comunista en Checoslovaquia– convencieron a Truman de la necesidad de
crear un sistema de seguridad colectiva, que se plasmó en la creación de la Organización del
Tratado del Atlántico Norte (OTAN) el 4 de abril de 1949.
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Como un reflejo de la Guerra Fría en la vida interior de los Estados Unidos hay que ver la
aparición del fenómeno de la Caza de Brujas, que trató de eliminar dentro de la nación cualquier
vestigio “comunista”, entendiendo como tal toda idea de matiz progresista o incluso liberal. Con
ello se trataba de impedir que en la sociedad estadounidense surgieran actitudes no coincidentes con
una visión radical y ultra conservadora de lo que en la historia habían representado los Estados
Unidos y de su actual protagonismo en defensa de los principios democráticos frente a la amenaza
totalitaria de la U.R.S.S..
El mayor representante de la defensa de los principios que guiaron la Caza de Brujas fue sin
duda el senador republicano de Wisconsin Joseph McCarthy, que actuaba convencido de que sobre
Estados Unidos había recaído el designio divino de cumplir la misión anticomunista. McCarthy, que
alcanzó su momento de máxima actividad entre 1950 y 1954 a través de una sabia utilización de los
medios de comunicación, fue el principal inspirador del Comité de Actividades Antiamericanas del
Senado, el cual, en el periodo 1947-1954, investigó las posibles desviaciones ideológicas de
personajes tan significativos como Bertold Brecht, Arthur Miller, Charles Chaplin, Elia Kazan,
Hemingway, Orson Welles o el matrimonio Rosemberg. La presión ejercida en todos los
estamentos sociales fue desde el principio tan intensa que Truman se vio forzado a aplicar el
Decreto de Verificación de Lealtad de 1947, con el que se pretendía realizar una investigación sobre
la actitud de los funcionarios federales. Nunca se obtuvo un resultado con respecto a ello, pero
sirvió, junto con el posterior conflicto bélico de Corea, como decisivo argumento para debilitar a los
demócratas en las elecciones de 1953 y facilitar el triunfo del republicano Eisenhower.
Por otro lado, la Caza de Brujas tuvo una proyección en el desarrollo de medidas
legislativas de carácter ultra conservador. Ejemplo de ello fueron la aprobación de las Leyes
McCarran, aprobadas en 1950 y 1951 respectivamente, que significaron un recorte en los derechos
civiles reconocidos en la Constitución, la creación del Comité de Actividades Antiamericanas,
destinado a investigar las acciones comunistas dentro del país, y dos años después, la promulgación
de la Ley de Inmigración y Nacionalización, orientada a exigir pruebas de lealtad a los extranjeros
de paso en Estados Unidos.
Sin embargo, a pesar del cúmulo de problemas internos que surgieron en aquella época, la
administración Truman no abandonó su talante progresista y trató de adoptar medidas importantes
en defensa de los derechos civiles. No obstante, el crecimiento de las corrientes ultra conservadoras
comenzó a reflejarse en los comportamientos sociales y durante los años 1946 y 1947 los veteranos
de guerra negros de diversos estados fueron objeto de continuas agresiones. Ante tales hechos,
Truman decidió la creación de un Comité de Derechos Civiles desde el cual se trabajó en principio
para implantar medidas antidiscriminatorias en las fuerzas armadas. La creación del comité causó
una severa crisis política en los estados del Sur, provocando la escisión del partido demócrata y el
nacimiento de dos nuevos grupos políticos: el Partido de los Derechos de los Estados, de clara
inspiración sudista y contrario a la introducción de medidas que condujeran a la integración racial, y
el Partido Progresista, liderado por H. Wallace.
El desarrollo que alcanzó la sociedad norteamericana en la época de posguerra y la evidente
defensa de los derechos civiles sirvieron a Truman para conseguir la reelección y obtener
nuevamente la mayoría demócrata de ambas cámaras en las elecciones de 1948.
Durante el segundo mandato, Truman presentó al Congreso un programa legislativo
progresista, el Fair Deal, que pretendía convertirse en una prolongación del New Deal. El proyecto
se apoyaba fundamentalmente en seis puntos básicos: desarrollo de una legislación sanitaria de
alcance nacional, ley de defensa de los derechos civiles, construcción de viviendas, concesión de
subsidios agrícolas, control de precios y salarios y derogación de la Ley Taft-Harley. El Fair Deal
contó con la oposición tanto de los republicanos como del ala conservadora del Partido Demócrata
por lo que, rechazado su ambicioso proyecto, el presidente tuvo que conformarse con obtener la
subida del salario mínimo, el aumento del número de población acogida al sistema de la Seguridad
Social y una ley de vivienda que aspiraba a la abolición del chabolismo.
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En 1949 apareció la primera recesión grave de esta etapa. El desempleo afectó a 4.500.000
trabajadores –el 7,5 % de la población activa–, y el PNB disminuyó de forma alarmante. Ante esta
situación, que pareció poner fin a la época de desarrollo, se adoptaron una serie de medidas que
sirvieron de freno a la caída, de las que la más significativa fue la reducción de los impuestos,
seguida rápidamente por un alza del consumo de bienes. Sin embargo, el factor más influyente en
la recuperación lo constituyó el incremento del gasto estatal como resultado del inicio de la Guerra
de Corea en 1950.
El episodio de la invasión de Corea del Sur por el ejército de Corea del Norte en junio de
1950, sirvió a Truman de excusa para poner en práctica la política de contención y decidir el envío
de tropas estadounidenses hacia aquella zona al mando del general Mac Arthur. A ellas se unirán
inmediatamente fuerzas de la ONU. El contingente militar tenía como objetivo defender las
posiciones surcoreanas y reponer la frontera en el paralelo 38. La participación de los Estados
Unidos en el nuevo conflicto bélico estuvo guiada por la pretensión de lograr diversas metas:
mantener las bases americanas en Japón, proteger el régimen de Formosa, donde se había refugiado
el líder nacionalista Chang-Kai-Shek tras ser derrotado por Mao-Tse-tung, y ante todo tuvo que
demostrar que, a pesar de que la U.R.S.S. también contaba con armas nucleares (en el mes de
agosto de 1949 la U.R.S.S. realizó con éxito su primer experimento atómico), Estados Unidos,
como baluarte del mundo occidental, estaba en condiciones de dar respuesta al comunismo. Todo
ello contó inicialmente con el apoyo generalizado de la sociedad estadounidense, fundamentalmente
porque la contienda obró en la economía de la nación efectos similares a los que causó la
intervención en la Segunda Guerra Mundial: aumento del gasto militar, crecimiento del PNB y
disminución de la tasa de desempleo, lo que desvanecía el terror de una nueva depresión.
En el aspecto militar, la intervención en Corea, que en un principio pretendió ser un paseo
triunfal de las tropas norteamericanas y de la ONU, se convirtió para la administración Truman en
una fuente inagotable de problemas. Las primeras actuaciones bélicas realizadas por Mac Arthur
permitieron liberar Seúl, entrar en territorio de Corea del Norte en octubre de 1950 y llegar casi a la
frontera con China. Pero la firma de un acuerdo entre la República Popular China y la U.R.S.S. para
apoyar a los norcoreanos significó la participación del ejército chino en la guerra, dando
rápidamente al traste con los éxitos obtenidos por las fuerzas internacionales. Tanto es así que el 4
de diciembre de ese mismo año las tropas de Corea del Norte y sus aliados ocupaban nuevamente la
capital surcoreana.
A la complicada situación se unieron los desacuerdos entre Truman y Mac Arthur sobre la
trayectoria de la intervención bélica en Corea, mostrándose este último veladamente partidario de
una internacionalización del conflicto y de la necesidad de bombardear China utilizando incluso
armas nucleares. Por otro lado, la propuesta del primer ministro británico; Attlee, de una paz
negociada como salida más ventajosa fue rechazada por Truman, con lo cual el conflicto, ya
totalmente estancado, se prolongó durante dos años más. Finalmente, la Guerra de Corea, que se
cerró con un saldo de 33.000 víctimas norteamericanas, concluyó con la firma del armisticio de
Panmunjon el 27 de junio de 1953.
Este conflicto tan poco esperanzador, simultáneo con la etapa de mayor eco de la corriente
ultra conservadora plasmada en la Caza de Brujas señaló el hundimiento demócrata y el alza del
Partido Republicano.
EISENHOWER. LA CONSOLIDACIÓN DE LA PROSPERIDAD
Cuando tuvieron lugar las elecciones de 1952, la población estadounidense, más
preocupada por consolidar el bienestar obtenido durante la época de posguerra que tentada por
nuevos programas de reforma, se inclinó a favor del Partido Republicano, poniendo fin a 24 años de
hegemonía demócrata. Se hacía evidente que tanto la sociedad como los partidos se orientaban
hacia posiciones más conservadoras. Al hilo de esta tendencia surgió la corriente ideológica del
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New Conservatism defensora de los valores liberales del S. XIX, que caracterizaría buena parte de
la década de los cincuenta.
El candidato republicano era un símbolo nacional más que un líder político, Dwight D.
Eisenhower (1953-1960), héroe de la Segunda Guerra Mundial, Jefe del Estado Mayor y mando
supremo de la OTAN en Europa, resultó ser el modelo presidencial ansiado por la generalizada
tendencia conservadora y obtuvo 34 millones de votos a la vez que recuperaba de nuevo la mayoría
republicana en ambas Cámaras.
Eisenhower personificaba la tranquilidad anhelada por el electorado, lo que se reflejó
inmediatamente en la política interna. Sus objetivos prioritarios se centraron en obtener la paz, la
prosperidad y configurar un moderno republicanismo. Así, pocos meses después de su toma de
posesión, se puso fin a la Guerra de Corea, al tiempo que se trataba de afianzar el auge económico
poniendo en marcha los resortes oportunos para consolidar y aumentar los logros ya obtenidos.
Sobre el moderno republicanismo, basado principalmente en una reducción de la actividad federal,
no fue nunca bien entendido por los republicanos más conservadores que hubieran deseado liquidar
todo rastro tanto de New Deal como de Fair Deal.
En el terreno económico, la nueva administración republicana se presentó como defensora
de la iniciativa privada y desde el primer momento se dispusieron reformas fiscales favorables a las
grandes empresas y se entregó a manos privadas la gestión y producción de importantes sectores
económicos como el de la energía, canalizando su obtención en centrales nucleares.
Sin embargo, durante la presidencia de la política de aumento y conservación de la
prosperidad se vio frenada por recesiones de los años 1953-54 y 1957-59, que obligaron a
abandonar las tendencias no intervensionistas del Estado y pusieron en evidencia las
contradicciones entre las propuestas de la política conservadora y la aceptación del nuevo papel y
posición del gobierno federal como responsable del bienestar de los ciudadanos. Para afrontar la
recesión fue necesario disminuir la presión fiscal, incrementar los subsidios de desempleo y
aumentar las asignaciones destinadas a la seguridad social. En la misma línea, al comienzo de su
segundo mandato, Eisenhower sometió al Congreso un programa conteniendo subvenciones a la
agricultura, mayor inversión en la red de carreteras, fondos federales para la educación y vivienda,
la ampliación de la legislación sobre seguridad social y el perfeccionamiento de la laboral. Gran
parte del proyecto no pudo ponerse en práctica debido al enfrentamiento entre el presidente y el
Congreso, dominado entonces por los demócratas que exigían reformas más amplias. A pesar de
ello, el rechazo no fue obstáculo para la aprobación de nuevas enmiendas a la ley de seguridad
social y la elevación de las prestaciones a los ancianos.
Frente a la óptima situación de los obreros industriales, cuyas rentas crecían paulatinamente,
el panorama para los agricultores era mucho más pesimista, lo que obligó al gobierno a tomar
medidas proteccionistas. El desarrollo de nuevos métodos de cultivo provocaba un exceso de
producción que, lógicamente, repercutía en el descenso de los precios. La administración
republicana, en un principio partidaria de imponer una solución a través de una escala móvil de
precios, en 1956 tuvo que aceptar la propuesta demócrata de primar a los agricultores para que
dejaran sin cultivar las tierras. Como resultado, en 1958 el gasto federal en agricultura fue seis
veces mayor que el que se efectuó en 1952.
Pese a las etapas de recesión, el panorama económico fue optimista. El pleno empleo, el
ascenso del PNB, el incremento de la renta y de los salarios colocaron a la población
estadounidense en lo que se ha venido llamando la sociedad de la abundancia. El clima de
prosperidad y estabilidad fue favorecido también por la existencia de unos sindicatos igualmente
proclives al conservadurismo, que abandonaron la combatividad para convertirse en una pieza más
del engranaje económico. En 1955 las dos grandes centrales sindicales, American Federation of
Labour (AFL) y Congress of Industrial Organizations (CIO), se fusionaron y fijaron unos nuevos
objetivos, más limitados, dirigidos a obtener un salario mínimo anual garantizado, acuerdos sobre
productividad, participación en beneficios e intervención en la gestión de las empresas. Pero el
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desarrollo económico causó, asimismo, agudos problemas, ya que la automatización del trabajo
desplazó de la industria a muchos obreros que, sin la adecuada preparación, tuvieron dificultades
para encontrar nuevo empleo. Entre los años 1955 y 1961 más de un millón de trabajadores
perdieron su puesto en la industria y el 5,6 % de la población activa, cerca de 4 millones de
norteamericanos, carecía de trabajo.
Por otra parte, durante la presidencia de Eisenhower la vida interna de los Estados Unidos
sufrió cambios substanciales. El 17 de mayo 1954 una sentencia del Tribunal Supremo (caso Brown
versus Topeka Board of Education) proclamaba la anticonstitucionalidad de la segregación racial en
las escuelas públicas, lo que no fue aceptado por algunas ciudades del sur que retardaron hasta seis
años la puesta en práctica de las medidas antidiscriminatorias y levantó las iras tanto de la población
blanca partidaria de la no integración como de una parte de los miembros de las Cámaras que
hicieron llamamientos a la resistencia. Como respuesta, el Ku Klux Klan reanudó sus actividades
intimidatorias, proliferaron las protestas racistas a través de los White Citizen´s Councils (grupos de
presión que operaban desde la legalidad) y se produjo gran número de incidentes violentos. La
tensión alcanzó el punto máximo cuando el gobernador de Arkansas, Orval Faubus, recurrió a la
guardia nacional, respaldada por una multitud vociferante, para impedir el acceso de un puñado de
niños negros a la escuela pública de Little Rock (1957). Aunque Eisenhower hizo cumplir la ley
enviando quinientos paracaidistas a la ciudad, en general las autoridades del sur se las arreglaron
bastante bien durante los siguientes años para obstruir el proceso de integración escolar. De hecho,
Faubus fue reelegido en su cargo, lo que resulta sintomático sobre la mentalidad predominante entre
los blancos sureños.
La intolerancia de la población a la política de integración comenzó a obtener respuesta en la
resistencia pasiva contra el racismo y la discriminación. En este sentido, uno de los hechos más
significativos tuvo lugar en 1955 en la ciudad de Montgomery (Alabama), lugar en el que comenzó
a practicarse el sistema del boicot. Allí, la población negra, dirigida por el reverendo Martín Luther
King, se negó a utilizar los autobuses que sólo admitían que los negros viajaran en la parte trasera.
El que durante un año este grupo racial no empleara medio de transporte forzó a la compañía a
poner fin a las medidas segregacionistas. El éxito de la campaña lanzó a la fama a Martín Luther
King, que creó la Southern Christian Leadership Conference (SCLC) con el objetivo de organizar
acciones similares en otras partes de la nación. El fuere movimiento reivindicativo obligó a aprobar
en 1957 la Ley de Derechos Civiles de carácter moderado que garantizaba el derecho de sufragio de
los negros a través de mandamientos judiciales.
Sin embargo, la circunstancia que en mayor proporción impulsó la movilización de la
población negra fue el deterioro de su situación económica. Las recesiones de los años 1953-54 y
1957-59 significaron para este sector una elevación muy considerable de los índices de desempleo:
en 1954 pasó del 4,5 % al 9,9 % y en 1958 llegó al 12, 6 %. El clima de tensión se agudizó en 1960
y las reivindicaciones de la población negra se hicieron generales en todos los Estados. Comenzaba
así la revuelta negra que trató de frenarse por la administración Eisenhower a través de la
aprobación de una nueva ley de derechos civiles.
Además del problema racial la evolución de la vida interior de los Estados Unidos durante la
década de los cincuenta se vio condicionada por el espectacular crecimiento de la población: el
número de habitantes en 1940 era de 123 millones, que pasaron a ser 151 en 1951 y 179 millones en
1960. Se asistió entonces a un considerable aumento del índice de natalidad, el 25 por mil anual, y a
la disminución del de mortalidad a causa de la aparición de nuevos productos farmacéuticos como
la penicilina, las sulfamidas o las vacunas. Con ello, la esperanza de vida, que en 1940 se situaba en
64,2 años, llegó a ser en 1960 de 70,6 años.
Igualmente, se produjeron en esta etapa importantes movimientos de la población: del
Noroeste hacia el Sudoeste, del campo a la ciudad y de los centros urbanos a las áreas residenciales.
La población de California aumentó en un 50 %, mientras que los Estados del Este crecían
únicamente el 12 %. Por otro lado, el abandono de los centros urbanos, donde tradicionalmente
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habitaban las clases acomodadas, en beneficio de las zonas residenciales, planteó serios problemas a
las administraciones municipales, ya que ello privó a las ciudades de una parte importante de sus
ingresos. Como resultado, los servicios públicos de tales áreas fueron deteriorándose, al tiempo que
eran ocupados por grupos de población económicamente más desfavorecidos.
En cuanto a las relaciones internacionales, la administración Eisenhower se caracterizó por
la continuidad de la política de contención dentro del clima de la Guerra Fría. Pero, contrariamente
a lo que había sucedido en épocas pasadas, la diplomacia se movió guiada por el convencimiento,
alentado por el presidente, de que la guerra fría nunca se solucionaría por medios militares. De
acuerdo con este criterio, Eisenhower limitó la carrera armamentística y frenó los intentos ofensivos
del Secretario de Estado John Foster Dulles. Así, con el fin de la Guerra de Corea en 1953 se abrió
una etapa de intervenciones exteriores que no supusieron el inicio de nuevos conflictos bélicos. Fue
entonces cuando se firmaron con España los acuerdos de ayuda militar y económica que sirvieron
para el establecimiento de las bases militares.
En el mismo marco hay que situar el acuerdo al que llegaron en 1954 Francia, Estados
Unidos y Gran Bretaña con la U.R.S.S. en Berlín para celebrar la conferencia de Ginebra contando
con la participación de la República Popular China, en la que se trataría el restablecimiento de la
paz en Corea e Indochina. A pesar de las intensas negociaciones no se consiguió el abandono del
apoyo chino-soviético al líder vietnamita Ho Chi Minh, por lo que en septiembre de ese año,
Francia y Estados Unidos firmaron en Washington un acuerdo para sustentar un régimen fuerte y
anticomunista en Vietnam del Sur, delegando el gobierno francés en el estadounidense su
compromiso de responsabilidad sobre la zona. Se sembraba de esta forma la semilla de la posterior
Guerra del Vietnam. Fue entonces también cuando la CIA intervino activa y triunfalmente en
Guatemala para evitar la implantación del programa de reformas iniciado por el presidente Jacobo
Arbenz, que era visto como una amenaza para los considerables intereses estadounidenses en aquel
país centroamericano.
De igual manera, es de destacar la participación de la administración Eisenhower en Egipto,
concretamente en la Crisis de Suez de 1956. Tras la nacionalización del canal por el líder egipcio
Gamal Abdel Nasser el presidente norteamericano tuvo que poner freno a las iniciativas de
intervención militar que estaban manifestando Gran Bretaña, Francia e Israel, al tiempo que
solicitaba al Congreso el aumento de la presencia del ejército estadounidense en el Medio Oriente
para proteger a los países democráticos de las agresiones externas. En realidad, el desarrollo de los
acontecimientos vino a suponer la extensión hacia aquella zona de la Guerra Fría debido al
ofrecimiento de apoyo que hizo la U.R.S.S. a los gobiernos de Egipto y Siria.
Dentro del clima de tensión que definía las relaciones con la Unión Soviética, fue muy
llamativo el suceso que tuvo lugar en 1957, que conmocionó tanto a la clase política como a la
opinión pública estadounidense. El 4 de octubre la U.R.S.S. lanzaba al espacio el primer satélite
artificial de la historia, el Sputnik, y ponía en evidencia no sólo el equilibrio de fuerzas entre las dos
superpotencias sino incluso que los Estados Unidos, ocupados en mantenerse como primera
potencia nuclear, se veían sobrepasados por el avance tecnológico soviético. Ello motivó serias
acusaciones del partido demócrata al presidente de descuidar la seguridad nacional por su negativa a
aumentar los presupuestos de defensa.
El final del mandato de Eisenhower estuvo marcado por el triunfo de la Revolución Cubana
en diciembre de 1959, que incidirá decisivamente en la evolución de la política exterior
norteamericana, por cuanto suponía una grave ruptura del orden existente en Iberoamérica al haber
logrado implantar un régimen comunista en el propio continente.
Durante esta etapa se consolidaron los avances obtenidos en la posguerra. La paz y la
prosperidad fueron las características más notables de los ocho años de gobierno de Eisenhower al
frente de la Casa Blanca. Sin embargo, también se evidenció entonces la existencia de graves
desequilibrios que caracterizarían la década de los sesenta: empobrecimiento de amplias capas de la
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población, –más de 20 millones de estadounidenses–, desempleo, inflación, deterioro de las
condiciones de vida de las ciudades y, sobre todo, la extensión del problema racial.
LA ERA KENNEDY
En 1960, la hegemonía norteamericana en el mundo se había debilitado y la nación acusaba
los efectos de serios problemas sociales y económicos generados en periodos anteriores. La
abundancia que, en todos los órdenes, caracterizó los años pasados, en realidad había servido para
enmascarar las graves dificultades que rápidamente van a salir a la luz.
En la campaña a las elecciones de 1960 se produjo la confrontación entre dos jóvenes
candidatos: John Fitzgerald Kennedy, representante del Partido Demócrata y miembro del Senado
desde la época maccarthysta, y Richard Nixon del Republicano, que contaba con la experiencia de
haber ocupado la vicepresidencia durante el gobierno de Eisenhower. El resultado no pudo ser más
equilibrado: con la mayor participación de la historia de los Estados Unidos –68 millones de
votantes–, Kennedy obtuvo el 49,7 % frente al 49,6 % de Nixon. Los demócratas conseguían la
presidencia por tan sólo 112.881 votos, aunque el candidato republicano obtenía mayoría en 27 de
los 50 Estados. Así, las tradicionales tendencias en cuanto al reparto del voto por Estados se
truncaban por primera vez. Un reflejo de esa circunstancia será el comportamiento de las Cámaras,
donde surgió una compleja situación que entorpecerá la labor legislativa del nuevo Ejecutivo
demócrata, ya que el también tradicional comportamiento de rivalidad entre los partidos fue
sustituido por la coalición de los representantes demócratas del Sur con los republicanos.
En enero de 1961, J. F. Kennedy se convertía en el presidente más joven –47 años– de la
historia de la nación y también en el primer presidente católico. Su campaña, argumentada
básicamente en la necesidad de lograr el compromiso por parte de todos los ciudadanos para
enfrentar de forma renovada el futuro, interesó a una sociedad hasta entonces apática ante la vida
política y ante una clase dirigente anclada en el pasado. Conjuntamente con la exigencia de
sacrificio, esfuerzo y participación, Kennedy presentó sus medidas reformistas a través del
programa The New Frontier. Inspirado en los planteamientos realizados en la década de los
cincuenta por Arthur Schlesinger, Joseph Schumpeter y John K. Galbraith la Nueva Frontera se
convirtió en un ambicioso programa de política interior y exterior que trató de convertirse en el New
Deal de los sesenta. Sin embargo, la nueva formación de fuerzas en el Congreso hizo que la gran
mayoría de las propuestas fueran sistemáticamente rechazadas.
Ante los preocupantes problemas interiores, como el descenso del PNB, el desempleo, que
se situaba en torno al 8 % de la población activa, lo que suponían cinco millones de parados, o las
escalofriantes cifras de pobreza, parea obtener resultados positivos la administración Kennedy puso
inmediatamente en funcionamiento instrumentos de la política económica tradicional. El
incremento de prestaciones por parte de la Seguridad Social, el aumento del salario mínimo y del
subsidio de desempleo, la reducción de los tipos de interés hipotecarios, el mayor gasto militar, la
construcción de obras publicas y proyectos legislativos como el Area Development Act destinado a
prestar ayuda a las zonas menos desarrolladas de la nación, concretamente los once Estados de los
territorios de los Apalaches, fueron decisivos para que un año después los Estados Unidos entraran
en una vía de franca recuperación. En 1962 Kennedy logró la aprobación de la Ley de Expansión
Comercial que permitió reducir los derechos de importación y, consecuentemente, impulsar la
exportación, reducir la inflación y disminuir los costes empresariales. Además, en 1963 se
presentaron otras propuestas más radicales que planteaban la reducción impositiva y medidas de
apoyo tanto a las clases menos favorecidas como a los mayores de 65 años, que no fueron aceptadas
por el Congreso.
Fiel a las promesas electorales, la administración Kennedy afrontó de manera decidida el
grave problema racial. Un gesto inicial importante pero insuficiente para poner freno a la ola de
movimientos antirracistas que se extendían por el país, fue la incorporación de negros en puestos de
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responsabilidad. No obstante, las marchas pacíficas, las sentadas y los boicots de los grupos
antisegregacionistas siguieron produciéndose y la violencia ocasionada requirió incluso la
intervención de la Guardia Nacional para proteger el normal desarrollo de las acciones
reivindicativas y de la aplicación de la política de integración. Esto fue lo que sucedió en la
Universidad de Missisipi cuando fue preciso defender la entrada en el recinto universitario del
primer alumno negro, James Meredith, o en Birmingham, Alabama, para controlar las continuas
manifestaciones de la población de color en apoyo de las medidas del presidente tendentes a
garantizar el derecho de sufragio de los negros y los derechos civiles que finalizaran con la
discriminación racial en los estamentos públicos, que, a pesar de las presiones, no fueron aceptadas
por el Congreso.
En cuanto a la política exterior, durante la presidencia de Kennedy se llegó al momento
culminante de la Guerra Fría, en un intento de recuperar el debilitado prestigio de los Estados
Unidos. El Ejecutivo demócrata aspiraba a conseguir la unidad del mundo occidental frente al
bloque comunista encabezado por la U.R.S.S. y la República Popular China, y delimitar las
respectivas áreas de influencia. Para ello, se aumentó de forma substancial el presupuesto militar y
sobre todo las partidas destinadas a la fabricación de armamento nuclear, con el objetivo de
reafirmar la superioridad estratégica norteamericana ante la U.R.S.S., que, a su vez, también
incrementó el arsenal de armas disuasorias y agudizó la tensión en Alemania Oriental hasta llegar a
la instalación del Muro de Berlín (1961).
Uno de los primeros incidentes de esta etapa se produjo en un territorio al que los Estados
Unidos prestaban especial atención: la isla de Cuba, ya que la existencia del régimen castrista
significaba una seria amenaza de injerencia soviética en el continente americano. Nada más llegar a
la presidencia, Kennedy se vio obligado a respaldar un plan gestado por la administración
republicana anterior consistente en la invasión de la isla por tropas anticastristas entrenadas por la
CIA, que, saliendo desde Puerto Cabezas (Nicaragua), tenían intención de desembarcar en la bahía
de Cochinos e iniciar las operaciones oportunas para acabar con la Revolución Cubana. La empresa
resultó un rotundo fracaso pero sirvió a Castro para justificarse internacionalmente y a la U.R.S.S.
para iniciar una política más agresiva dentro del marco de la Guerra Fría.
Por otra parte, el convencimiento de que la inestable situación económica, política y social
de Iberoamérica era la causa fundamental que alentaba la expansión del comunismo en los
territorios del sur del Río Bravo llevó a Kennedy a proponer en la Conferencia de Punta del Este
de agosto de 1961 la llamada Alianza para el Progreso, que con una dotación de 100.000 millones
de dólares durante diez años tenía el objetivo de fomentar el crecimiento y desarrollo económico y
social de aquellas naciones para crear las condiciones precisas que frenaran cualquier iniciativa
revolucionaria como la cubana.
La aguda tensión entre las dos superpotencias que caracterizó estos años, tuvo una de sus
mejores manifestaciones en el episodio denominado la “crisis de los misiles”, que surgió cuando en
1962 pareció quedar claro que los soviéticos, además de respaldar económica y militarmente al
régimen de Fidel Castro, estaban instalando en suelo cubano misiles nucleares de medio y largo
alcance con los que se podía atacar a las ciudades norteamericanas. La postura de fuerza adoptada
por Kennedy, llevó a pensar entre el 14 y el 28 de octubre que podía estallar una nueva guerra
mundial. El bloqueo naval de la isla por parte de la armada estadounidense impulsó a Kruschev a
retirar los misiles con la condición de que Estados Unidos hiciera lo propio en Turquía. Contra lo
esperado, el grave incidente, que evidenció la posibilidad de que las dos superpotencias pudieran
destruirse mutuamente, sirvió para iniciar un periodo de distensión entre ellas que tuvo su
plasmación en la forma en 1963 del Tratado de prohibición de pruebas nucleares no subterráneas.
Otra de las zonas objeto de una especial atención por parte de Kennedy fue Vietnam, donde
se actuó siguiendo el convencimiento de que si se retiraba el apoyo al régimen de Ngo Dinh Diem
en Vietnam del Sur y se perdía ese territorio, se produciría un efecto dominó y tras Vietnam del Sur
caerían el resto de los países del Sureste asiático, máxime cuando la China de Mao aparecía ya
205
como un nuevo enemigo comunista. En consecuencia, Kennedy adoptó la misma postura de su
antecesor y procedió al envío de los primeros soldados americanos, aunque de momento no se
iniciaron operaciones militares de la importancia de las que tendrían lugar después.
También durante esta etapa se impulsó la carrera espacial y en 1961 se puso en marcha, a
través del proyecto Apolo, el nuevo y ambicioso objetivo de llevar al hombre a la Luna. El país
quedó conmocionado cuando el 22 de noviembre de 1963 se produjo el magnicidio de Dallas, que
terminó con la vida de un presidente que había impuesto un nuevo estilo elegante y juvenil en la
Casa Blanca, al tiempo que su inesperada desaparición truncaba una etapa de esperanza y confianza
en el futuro. Con la muerte de John F. Kennedy llegó a la presidencia el hasta entonces
vicepresidente Lyndon B. Johnson (1963-1968), quién, a pesar de no tener el carisma de su
antecesor, pudo desde el primer momento recoger y poner en práctica gran parte de las iniciativas
antes paralizadas. Quizá por ello en las elecciones de 1964 Lyndon B. Jonson, obtuvo 27 millones
de votos más que su rival republicano Barry Goldwater. La substancial diferencia ayudó también a
obtener la mayoría demócrata en las Cámaras. Asimismo, la coalición del ala conservadora del
Partido Demócrata quedó interrumpida hasta 1966, cuando, tras la celebración de elecciones al
Congreso, reapareció para oponerse a los proyectos del presidente en materia de bienestar.
Si bien durante los meses de su primer mandato Johnson se manifestó continuador del
programa The New Frontier, tras el triunfo de 1964 propuso su propio programa político que, bajo
el lema de The Great Society, aspiraba a conseguir la prosperidad y la libertad para todos los
norteamericanos. Así, contando con el total respaldo del Congreso, abordó diversas medidas para
atajar los principales problemas sociales. La reducción de impuestos unida a otros proyectos
legislativos como el incidente con la instalación de (algo inaceptable para la seguridad territorial)
sobre. Durante la inevitable prueba que siguió, conocida como la Ley de Igualdad de Oportunidades
Económicas (20 de agosto de 1964), o la de Desarrollo Regional de los Apalaches de 1965, trataron
de reducir la pobreza y prestar ayuda a las zonas más debilitadas de la nación como Virginia
Occidental, Kentucky, Tenesse, Alabama o Georgia. Otro importante apoyo a las áreas donde el
número de desempleados alcanzaba cifras preocupantes y las rentas familiares eran bajas, llegó con
la aprobación de la Ley de Trabajo Público y Desarrollo Económico. Asimismo, entre 1964 y 1968,
se pusieron en marcha las normativas de transportes públicos, la Medical-Social Security Act, la Ley
de Educación Elemental y Secundaria o las de vivienda de 1965 y 1968, todas ellas destinadas a
suplir las carencias de los menos favorecidos en aspectos como el transporte, la asistencia sanitaria,
la educación y la vivienda.
La administración Johnson tuvo también que afrontar el grave problema racial. Aunque en
1964 se aprobó el proyecto de ley de derechos civiles, completado por la Voting Rights Act de
agosto de 1965, que aseguraba el derecho de los negros al voto, el descontento continuaba en
ascenso. La resistencia pasiva y pacífica propugnada por Martín Luther King perdió terreno ante los
movimientos radicales que aparecieron principalmente en 1966 bajo la denominación de Black
Power, que aspiraba a obtener la igualdad con los blancos. Al unísono emergían posturas aún más
extremistas como el “nacionalismo” negro inspirado por Malcom X o el “nacionalismo
revolucionario” de los Black Panthers, partidarios de la autodefensa armada. Alentado todo ello,
además, por las desastrosas consecuencias que para este sector estaba teniendo la guerra de
Vietnam, en la que los negros llevaron sin ninguna duda la peor parte por su obligada participación
masiva y el riesgo en que, en mayor medida que a los blancos, se ponían sus vidas. El 4 de abril de
1968 el movimiento pro derechos civiles sufrió un duro golpe con el asesinato en Memphis de
Martín L. King, premio Nóbel de la paz y su líder más carismático. El suceso ocasionó un brutal
aumento de la violencia en toda la nación, siendo necesaria en muchas ciudades la intervención del
ejército para restablecer el orden.
En cuanto a las relaciones exteriores, la presidencia de Lyndon B. Johnson fue continuadora
de la corta etapa Kennedy. Con la U.R.S.S. se mantuvo la política de distensión dentro del marco de
la Guerra Fría aunque salpicada por dos graves hechos como el Conflicto de Oriente medio en 1967
y la invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas en 1968.
206
Una excepción a la regla de continuidad fue el abandono de los proyectos de colaboración
con el Sur, la Alianza para el Progreso, y la inclinación a lograr una mayor estabilidad del mapa
político del continente americano, aunque para ello fuera preciso prestar apoyo a las dictaduras
militares. Reflejo de esta nueva circunstancia fue la intervención en Santo Domingo en 1965 para
evitar la vuelta al gobierno del anterior presidente, Juan Bosch, y facilitar la llegada al mismo de
Joaquín Balaguer, antiguo colaborador del dictador R.A.F.ael Leonidas Trujillo.
Sin embargo, el problema exterior más acuciante lo constituyó la intervención
norteamericana en Vietnam. La decisión de Johnson de participar activamente en un conflicto que
la sociedad estadounidense nunca comprendió muy bien, igual que las razones que movían al envío
masivo de tropas estuvo guiada por el convencimiento de que era posible ganar una guerra de
liberación con bajo coste, desoyendo incluso el mandato de la ONU de no interferir en los asuntos
internos de otras naciones. El apoyo al gobierno de Vietnam del Sur obligó a trasladar hacia aquella
zona numerosos contingentes militares –en 1968 superaban los 500.000 soldados– que se
enfrentaron con las guerrillas del Vietkong y el ejército de Vietnam del Norte sin obtener apenas
éxitos militares y provocando la destrucción del país. Lógicamente, el coste en vidas humanas y el
gasto económico de la intervención alcanzó tal cuantía que incluso fue ocultada a la opinión
pública. En 1968 el gasto militar supuso el 56 %del presupuesto total e implicó recortes importantes
en los proyectos y programas dedicados a los problemas internos.
El desastroso panorama bélico se manifestó tanto en un sentimiento de frustración de la
población estadounidense como en la reacción de los movimientos de protesta –especialmente
violentes entre los universitarios y los negros– ante una guerra no deseada. La insostenible situación
en Vietnam también provocó la división en el seno del Partido Demócrata a través del
enfrentamiento entre el senador Robert Kennedy, partidario de finalizar de inmediato el conflicto,
con el presidente, que estaba convencido de poder lograr la victoria. Las presiones recibidas
obligaron a detener los bombardeos sobre Vietnam del Norte y emprender el proceso de la
negociación de paz, que se inició en mayo de 1968 en París. Asimismo, las consecuencias de la
guerra forzaron a Johnson a desistir de presentarse a la reelección. Con ello, tras el asesinato de
Robert Kennedy, la candidatura del Partido Demócrata estuvo encabezada por el vicepresidente
Hubert Humphrey que tendría como rival en el Partido Republicano a Richard Nixon.
LA CRISIS DE LOS AÑOS SETENTA
La muerte de Robert Kennedy y los negativos resultados de la guerra de Vietnam fueron
decisivos para que en las elecciones de 1968 se inclinara la balanza electoral a favor del candidato
republicano.
Con la llegada Richard Nixon a la Casa Blanca (1969.1974) se iniciaba uno de los periodos
más conflictivos de la historia reciente de Estados Unidos. El estilo de gobierno se caracterizó
durante estos años tanto por el aislamiento frente al propio Partido Republicano como por el control
personal exhaustivo del presidente de los resortes del gobierno. Muestra de ello fue la creación en
1971 en la Casa Blanca del denominado Domestic Council que, con la única excepción de la
política económica, diseñaría las diferentes actuaciones y proyectos legislativos, menospreciando
así la labor de los diversos departamentos de la Administración. Se provocó de esta manera una
tensa relación y confrontaciones continuas entre el Congreso y la Presidencia, que utilizó
sistemáticamente el veto en contra de las medidas legislativas y la congelación de los fondos
presupuestarios de los departamentos.
Sin embargo, la etapa Nixon no supuso, en lo que a circunstancias económicas y sociales se
refiere, grandes diferencias con respecto a las presidencias anteriores. Así y a pesar de las tensiones
entre el Ejecutivo y las Cámaras, se elaboraron legislaciones favorables a la integración racial, la
igualdad de la mujer, y se dieron los primeros pasos en cuanto a la protección del medio ambiente.
207
El conflicto racial, que durante los años sesenta mostró su cara más violenta, se volcó ahora
en las reivindicaciones a favor del ascenso de la población negra a las escuelas y universidades.
Buena prueba fue la medida adoptada por el Tribunal Supremo para conseguir terminar con la
segregación en los centros educativos utilizando medios de transporte que facilitaran la enseñanza
en las escuelas más elitistas, situadas en los extrarradios de las grandes poblaciones, a los alumnos
residentes en los centros de las ciudades. Sin embargo, los tribunales fueron incapaces de poner en
marcha las disposiciones del Supremo ante el temor de que nuevamente surgiera la violencia.
Otro fenómeno social que recuperó toda su importancia durante la década de los setenta fue
el movimiento feminista. En sintonía con él y para conseguir eliminar las desigualdades entre
ambos sexos, en 1972 el Congreso dirigió a los Estados un proyecto de enmienda al texto
constitucional que prohibía la adopción de medidas discriminatorias. Asimismo, la preocupación
por la creciente y peligrosa agresión a la naturaleza impulsó a adoptar, en los primeros años de la
década, medidas legislativas dirigidas a la protección del medio ambiente. La asunción de este tema
como competencia exclusiva del gobierno federal, dio como resultado la Ley Nacional de
Vigilancia Medioambiental de 1970 así como la creación de la Agencia de Protección del Medio
Ambiente, además de la aplicación de normas sobre la purificación del aire y de las aguas, y
medidas más drásticas como la Ley sobre insecticidas de 1972 que serviría para prohibir el uso del
DDT en Estados Unidos.
Quizá el problema de mayor gravedad y trascendencia para la primera administración Nixon
lo constituyó la crisis monetaria, que afectó tanto a la economía estadounidense como a la del resto
del mundo. Durante la década de los sesenta, el dólar había inundado todos los mercados a través
del disparatado gasto militar, de préstamos a otros países o de las inversiones externas de empresas
norteamericanas. Esta circunstancia actuaba negativamente en la cada vez más desequilibrada
balanza de pagos de Estados Unidos, al tiempo que se iniciaban en el exterior movimientos
especulativos en torno al dólar. Para superar el incierto panorama económico fueron aprobadas en
agosto de 1971 una serie de medidas internas como la congelación de precios y salarios, la
reducción del gasto federal y la aplicación de incentivos a la inversión, que se alternaron con otras
extremas como la supresión de la convertibilidad de la moneda en oro, el incremento de tasas sobre
la importación y la reducción de la ayuda exterior, que rápidamente repercutieron en las economías
más débiles de los países en vías de desarrollo. Finalmente, en diciembre de 1971 Nixon se vio
obligado a llevar a cabo la devaluación del dólar y procedió al aumento substancial del ya
desmesurado gasto militar como base de un plan encaminado a un relanzamiento de la economía.
Por lo que se refiere a la política exterior, esta época se caracterizó por actitudes
aparentemente contradictorias. Así, mientras el presidente proclamaba sus intenciones de iniciar
negociaciones con los gobiernos de la U.R.S.S. y la República Popular China, con el propósito de
obtener un equilibrio de poder global entre las potencias, se producía el recrudecimiento del
conflicto vietnamita.
Para favorecer las relaciones con la U.R.S.S., en 1969 Nixon promovió conversaciones en
Helsinki y Viena encaminadas a concretar los acuerdos sobre limitación de armas estratégicas.
Guiado por este objetivo, incluso viajó a Moscú para firmar los acuerdos SALT 1 con Leonidas
Breznev.
De acuerdo con los principios que guiaron la nueva época de distensión, en junio de 1972
tuvo lugar la firma del acuerdo cuatripartito de Berlín entre los representantes de asuntos exteriores
de la U.R.S.S., Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, en el que se reconoció la vinculación de la
parte occidental de la ciudad con la República Federal Alemana y a la República Democrática
Alemana como un Estado de pleno derecho. A partir de entonces, Berlín dejó de ser definitivamente
un foco de tensión.
Asimismo, las relaciones con la República Popular China también se sumergieron en el
panorama de la distensión, abriendo para ello el aislamiento político en que se tenía al régimen de
Mao. Demostración del interés por afianzar los vínculos con China y gesto de captación de
208
simpatías de cara a la campaña electoral de 1972 fue el viaje de Nixon a Pekín ese mismo año,
perfectamente diseñado por el consejero en política exterior, Henry Kissinger, quien fue realmente
el artífice de los éxitos logrados en ese terreno. La otra cara de las relaciones internacionales se
encuentra tanto en el apoyo a los regímenes dictatoriales de España e Iberoamérica –España,
Portugal, Grecia o Brasil–, como de manera más patente y cruenta con el conflicto de Indochina.
En la campaña de 1969, Nixon había encontrado su mejor reclamo electoral en la promesa
de poner un rápido final al conflicto de Vietnam. Ello implicaba la retirada progresiva de las tropas
estadounidenses y su sustitución por las fuerzas vietnamitas, produciéndose, así, la llamada
“vietnamización” del conflicto, favorecida por un mayor apoyo aéreo y naval de Estados Unidos y
un reforzamiento de las ayudas económicas para el sostenimiento del régimen de Nguyen Van
Thieu. La “vietnamización” supuso el recrudecimiento de las intervenciones y la expansión del
conflicto a los países vecinos, Laos y Camboya, donde se creía que se hallaba el centro neurálgico
del enemigo, al tiempo que los bombardeos sobre Vietnam del Norte alcanzaron cotas
estremecedoras durante el mes de abril de 1972.
A pesar de la promesa incumplida de poner fin al conflicto de Vietnam, suavizada en parte
con los proyectos de obtener una paz con honor, que se plasmaron en las conversaciones de París
iniciada en octubre de 1972, los éxitos en política exterior, la eficacia frente al escaso carisma
personal del presidente y una nueva campaña electoral basada en el lema Ley y Orden y en el
llamamiento a las clases medias, así como la utilización de sistemas más o menos lícitos para
perseguir y sabotear a sus rivales demócratas, sirvieron a Nixon para obtener la reelección en 1972
con una victoria aplastante: 47 millones de votos a favor frente a los 29 millones del candidato
demócrata McGovern que fracasaba, así, en su intento de construir una nueva mayoría. Sin
embargo, el triunfo republicano en la presidencia no se correspondió a las votaciones en las
votaciones del Congreso y en las elecciones de los gobernadores de los Estados puesto que el
electorado se inclinó a favor del Partido Demócrata.
Las expectativas creadas en la población estadounidense con la promesa de paz se vieron
nuevamente frustradas con la ruptura de las conversaciones de París. En respuesta, el reelegido
presidente ordenó el 17 de diciembre de 1972 los mayores bombardeos de toda la guerra contra las
ciudades norvietnamitas de Hanoi y Haiphong. Pocas semanas después, el 23 de enero de 1973, se
iniciaron nuevas conversaciones de paz en París en un esfuerzo por conseguir la finalización
definitiva del conflicto. Se llegó entonces a la firma de un acuerdo entre Le Duc Tho, por parte del
gobierno de Vietnam del Norte, y el representante estadounidense Henry Kissinger, que les valdría
a ambos la concesión del premio Novel de la Paz. En marzo de ese mismo año se retiraron de
Vietnam del Sur las últimas tropas estadounidenses. Sin embargo, el conflicto, aparentemente
resuelto, se prorrogó hasta 1975, cuando se produjo la ocupación del Sur por Vietnam del Norte.
La época de distensión iniciada durante el primer mandato encontró algún grave escollo
durante la segunda y breve presidencia de Nixon, tal como sucedió a raíz del apoyo que los Estados
Unidos prestaron a Israel en el conflicto árabe-israelí de octubre de 1973 frente a Egipto, apoyado a
su vez por la U.R.S.S.. La guerra de Yom Kippur tuvo una trascendencia más allá del plano político
y provocó una crisis energética de alcance mundial. La ayuda a Israel implicó que los países árabes
exportadores de petróleo impusieran el embargo de sus productos a Estados Unidos y a Europa, a la
vez que aumentaban cuatro veces el precio del barril, encareciéndose de esta manera todos los
costes de producción y transporte.
Por otro lado, una evidencia más de la importancia que se dio a la política de intereses frente
a la de principios durante estos años, fue la intervención de la CIA. en Chile en 1973 para derrocar
al gobierno de Salvador Allende.
Pero, sin duda alguna, el acontecimiento que marcó la presidencia de Nixon fue el haberse
convertido en el primer mandatario de los Estados Unidos obligado a dimitir por su intervención en
una operación delictiva como fue el escándalo Watergate.
209
Durante la precampaña a las elecciones de 1972 se produjo el asalto a la sede del Partido
Demócrata situada en el hotel Watergate de Washington el 17 de junio. La profunda investigación
llevada a cabo sobre el asunto por periodistas del diario The Washington Post, a quienes informaba
un confidente situado en el equipo presidencial (“Garganta Profunda”), convirtió aquel episodio en
un escándalo de trascendencias insospechadas, al confirmarse que la acción provino del Partido
Republicano y en ella habían intervenido la CIA y colaboradores directos del presidente.
A lo largo de 1973, las declaraciones de los implicados comenzaron a desvelar la situación
y, mientras Nixon negaba su participación en ello, se produjeron las renuncias de un miembro del
gabinete y de varios asesores presidenciales. La crisis abierta forzó también la dimisión del
vicepresidente Spiro Agnew, tras la cual la investigación se trasladó al Comité de justicia de la
Cámara de Representantes iniciándose el proceso para la destitución del presidente. Finalmente, el 9
de agosto de 1974, Nixon se vio obligado a presentar su dimisión para evitar que se realizara el
juicio de destitución (impeachment).
La salida forzada de Nixon llevó a la presidencia al hasta entonces vicepresidente Gerald
Ford (1974-1976). Su breve periodo al frente de la Casa Blanca se caracterizó por la continuidad de
la labor emprendida por la administración anterior.
En política exterior, Ford siguió las negociaciones con la U.R.S.S., que dieron como
resultado la firma en el mes de noviembre de 1974 del acuerdo de Vladivostok sobre limitación de
sistemas de cohetes y bombarderos.
En política interna, el mandato de Ford estuvo determinado por sus varios intentos de hacer
olvidar el resultado de la guerra de Vietnam y el escándalo Watergate. Además, se enfrentó a una
grave recesión que situó los resultados económicos de su etapa como los peores de las últimas
décadas, lo que trató de superarse aplicando fórmulas de la economía liberal clásica. Aunque el
PNB alcanzaba cifras altas, muy por encima de los resultados de la CEE. y Japón, en los Estados
Unidos comenzó a surgir un nuevo fenómeno económico, la staflagtion, provocado por la
combinación de unas altas tasas de inflación y la caída de los índices de producción. En 1975, el
desempleo afectaba a 7.800.000 personas, el 8,5 % de la población activa, alcanzándose las cotas
más elevadas desde 1941. A pesar de todo, en 1976 se asistió a una disminución tanto de la
inflación como del paro y a un incremento de la producción industrial.
En cuanto al problema racial, comenzó entonces a tomar otros matices debido a la
importancia que empezó a adquirir la llegada de población procedente de los países
iberoamericanos. Así, en 1974 de un total de 395.000 inmigrantes que entraron legalmente en los
Estados Unidos, un 42 % procedía de las naciones del sur y de éstos un 18 % provenía de Méjico.
Se iniciaba de esta forma la masiva corriente de emigración del sur hacia el norte que provocó el
aumento de la población de origen hispano residente en Estados Unidos de 9,1 millones en 1970 a
14,6 en 1980, anunciando la tendencia que hará que en nuestros días los “latinos” disputen a los
negros el lugar de mayor grupo minoritario.
Ante un panorama poco o nada atractivo para el electorado, que motivó una baja
participación, en las elecciones de 1976 el voto popular se inclinó hacia el candidato del Partido
Demócrata James Earl Carter (1977-1980). La elección de Carter como trigésimo noveno presidente
de los Estados Unidos respondía, más que a un rechazo a la política del candidato republicano
Gerald Ford, al deseo de olvidar el gran fracaso de la guerra de Vietnam y el escándalo político del
Watergate.
En política interna, Carter abrió varios frentes dirigidos a dar un nuevo estilo a la
Administración. Con tal motivo, se inició una reforma que se tradujo en el nombramiento de
mujeres y miembros de las minorías étnicas para ocupar cargos de responsabilidad. Asimismo, la
presidencia inició una depuración de la CIA con el propósito de recortar lo que se consideraba eran
excesivas atribuciones.
210
Los problemas interiores de mayor importancia se hallaban centrados en las pesimistas
cifras económicas y en la agudización de los males heredados de etapas anteriores. El aumento de la
inflación, que alcanzó en 1980 el 14 % anual, forzaba a tomar medidas para “enfriar” la economía,
que a su vez causaron un inevitable crecimiento del número de desempleados, hasta alcanzar el 8 %
de la población activa. Íntimamente relacionado con los escasamente óptimos resultados
económicos estaba el problema energético que los Estados Unidos padecían desde 1973, ya que, al
no poder abastecerse con su propia producción petrolífera, dependían de los países productores a los
que importaba el 43 % del crudo necesario.
A pesar de que en esta etapa los problemas económicos no encontraron soluciones
satisfactorias, en cambio provocaron la protección y apoyo del gobierno federal a las iniciativas
encaminadas al desarrollo de industrias productoras de alta tecnología. Esta nueva actividad además
conllevó el desplazamiento geogR.A.F.ía industrial de los Estados Unidos hacia los Estados del Sur
y del Oeste.
Será en política exterior donde la presidencia de Carter imponga los cambios más radicales
con respecto a sus antecesores, caracterizándose por el intento de establecer un nuevo orden
mundial. Desde su discurso inaugural, el presidente demócrata se comprometía a anteponer la
defensa de los derechos humanos sobre cualquier otro criterio. Prueba de ello fue la negativa a
prestar ayuda a los regímenes de Vietnam, Camboya, Nicaragua, Chile, Argentina, Cuba, Uganda,
Mozambique, Etiopía o Sudáfrica. El celo con que se cuidaron las acciones exteriores a través de la
Oficina de Derechos Humanos del Departamento de Estado, serviría para terminar con la imagen de
enemigo de la libertad que tenían los Estados Unidos en aquellos países que sufrían los regímenes
dictatoriales respaldados antes por Estados Unidos.
Una de las mejores manifestaciones del cambio de actitud fue la firma del Tratado sobre el
Canal de Panamá. El acuerdo suscrito por Carter y el líder nacionalista Omar Torrijos en 1977
reconociendo la soberanía panameña sobre el canal y situando en el año 2000 la fecha de la cesión
de los derechos sobre esa zona, aunque con la oposición mayoritaria de los miembros del Senado,
evidenciaba una distinta consideración hacia los países iberoamericanos. En la misma línea hay que
situar la retirada del apoyo al régimen de Anastasio Somoza en Nicaragua, que propició el triunfo
del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1979.
Ese mismo año se establecieron definitivamente relaciones diplomáticas con la República
Popular China tras siete años de amistosas conversaciones iniciadas durante la presidencia de
Richard Nixon. En cambio se rompieron con el régimen de Taiwán, antigua Formosa, a quien los
Estados Unidos habían prestado apoyo durante décadas.
Asimismo de máximo interés y uno de los más importantes éxitos de la diplomacia de Carter
fue la mediación entre Egipto e Israel para lograr la paz entre ambos, lo que se trató en las
conversaciones celebradas en Camp David durante 1979.Finalmente, se llegó a la firma de un
acuerdo que implicaba la devolución del Sinaí a Egipto y el compromiso de negociar una futura
patria para el pueblo palestino.
En el Medio Oriente tuvo lugar uno de los hechos más significativos de la etapa de Carter.
Desde la crisis de 1973, los Estados Unidos sólo contaban con Irán como aliado entre el conjunto de
los países árabes. Sin embargo, circunstancias entonces aparentemente revolucionarias, propiciaron
en 1979 el exilio del Sha y su sustitución por un régimen asentado en el fundamentalismo islámico.
Poco después, el hecho de que el Sha fuera recibido en Estados Unidos para recibir ayuda médica,
provocó la ocupación de la embajada estadounidense de Teherán por parte de estudiantes iraníes
armados y el secuestro de todo el personal durante un largo año y medio. Medidas como la
expulsión de 183 diplomáticos iraníes de los Estados Unidos en diciembre de 1979 o las sanciones
económicas impuestas en 1980, no sirvieron para poner fin a la crítica situación, que se prolongó
hasta enero de 1981, coincidiendo con la toma de posesión de Ronald Reagan.
211
También en 1979 se firmaron en Helsinki los acuerdos SALT II con la U.R.S.S., orientados
a establecer la limitación de armas de largo alcance. Sin embargo, la invasión de Afganistán por el
ejército soviético paralizó su ratificación en el Senado. De nuevo el clima de la Guerra Fría hizo su
aparición y Carter, ante el sorpresivo desafío lanzado por la U.R.S.S., dio un giro total a su política
de distensión y propuso al Congreso la aprobación del proyecto sobre la fabricación de nuevos
misiles de alcance intercontinental, al tiempo que se ordenaba la congelación de las ventas de cereal
y tecnología a la U.R.S.S. así como el boicot a los Juegos Olímpicos que en 1980 tendrían como
sede la capital soviética.
La falta de acierto en política exterior de Carter, debido fundamentalmente a la incapacidad
para combinar de manera adecuada distensión y contención, dieron como resultado una aparente
debilidad de los Estados Unidos que la U.R.S.S. aprovechó para practicar la política de expansión
tanto en Afganistán como en el continente africano con la intervención en la antigua colonia
portuguesa de Angola.
EL CONSERVADURISMO DE REAGAN Y BUSH
Los problemas económicos por los que atravesaba la nación al finalizar el mandato de
Carter y las dificultades de la política exterior, decidieron el triunfo del partido republicano en las
elecciones de 1980. Con el llegó a la presidencia Ronald Reagan (1981-1988), antiguo actor de cine
y el mandatario elegido con mayor edad en la historia de Estados Unidos. La Administración
Reagan se caracterizó por haber emprendido una línea política diferente a la de sus inmediatos
antecesores, retornando a la puesta en práctica de una fórmula más clásica de entender y practicar la
acción política, definida por la defensa de los principios abiertamente conservadores en el interior y
por una vuelta a la agresividad en sus relaciones con el exterior. Lo cual ha provocado una gran
polémica en torno a sus actuaciones.
Fiel a las promesas realizadas en su programa electoral, que está considerado como el punto
de partida de la revolución conservadora, Reagan se propuso devolver a los Estados Unidos su
tradicional pujanza económica que había sido seriamente reducida en los años anteriores. Para el
nuevo presidente, la excesiva intervención gubernamental en el desarrollo económico suponía un
freno para la evolución del país y, consecuentemente, era necesario reducir el papel
intervencionismo estatal. Así, las bases en las que sentó su política económica –conocida como la
reaganomics– fueron el recorte del gasto federal, la reducción de la presión fiscal y también la
regulación empresarial, con lo que pretendía favorecer la iniciativa privada, promover la inversión y
conseguir un crecimiento económico general.
Para compensar la disminución de los ingresos del Estado que provocó el descenso
impositivo, se facilitaron los créditos de apoyo a la inversión –aumentando así el gasto público– y
sobre todo se recortaron las partidas destinadas a prestaciones sociales, lo que se realizó no sin una
gran oposición del Congreso, sobre todo en la segunda legislatura cuando los demócratas tenían
mayoría en la Cámara. Al mismo tiempo, se multiplicaron los gastos de defensa, por considerarlos
prioritarios para mantener la hegemonía estadounidense. Todo ello generó un cuantioso déficit
presupuestario y la necesidad de solicitar abultados préstamos que hasta 1984 elevaron
considerablemente los tipos de interés. Sin embargo, la inflación fue descendiendo paulatinamente y
tras el periodo de recesión que se vivió en 1981 y 1982, la economía norteamericana conoció hasta
el final del mandato de Reagan una etapa de despegue sumamente llamativo, con un crecimiento de
un tercio y la creación continuada de puestos de trabajo.
Pero el crecimiento económico no afectó a todos los sectores por igual, ya que la fuerte
subida del dólar provocó el incremento del déficit de la balanza comercial al perder competitividad
las empresas norteamericanas por el encarecimiento en el exterior de los productos estadounidenses.
Se produjo, de esta manera, una considerable baja en la rentabilidad de la industria –salvo la
armamentística que consiguió substanciosos beneficios–, influyendo decisivamente en la crispación
212
del clima social, agudizado si cabe por el arrinconamiento de que fueron objeto las organizaciones
laborales. Consecuentemente, la industria norteamericana conoció durante el mandato de Reagan el
mayor pasivo de su historia. En realidad, puede decirse que durante esta etapa se ampliaron
enormemente las diferencias entre la población, tanto en ingresos como en disponibilidad
económica, al tiempo que la disminución de las partidas dedicadas a gastos sociales incrementó
notablemente las bolsas de pobreza.
En cuanto a la política exterior, estuvo guiada básicamente por el objetivo de hacer
prevalecer la hegemonía estadounidense frente al bloque soviético, hacia el que el presidente
manifestó siempre una abierta hostilidad, y frenar lo que consideraba que había sido una continua
expansión de éste en la década anterior por el Tercer Mundo, Centroamérica, África y Asia. Para
lograr ese fin, la Doctrina Reagan planteaba la necesidad de apoyar a las fuerzas antimarxistas en
las naciones en las que se consideraba que el poder soviético estaba ejerciendo su influencia, y
defendía la posibilidad de llevar a cabo guerras de baja intensidad en las zonas en las que la
presencia marxista supusiera un peligro para su estabilidad.
Con tales presupuestos y llevado por el deseo de lograr un tratado de control de armas cuya
negociación sólo sería posible si los Estados Unidos conseguían la superioridad militar, Reagan
emprendió un considerable desarrollo militar que supuso el aumento de los gastos de defensa hasta
en un 40 % en los primeros años de su gobierno. En este marco se encuadra la continua producción
de bombas de neutrones y sobre todo la costosísima Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI), más
conocida como Guerra de las Galaxias, iniciada en 1983 y consistente en un programa de
investigación cuyo objetivo era neutralizar los misiles antibalísticos destruyéndolos en el aire. Así,
frente a los intentos de negociación llevados a cabo en los años anteriores entre Estados Unidos y la
U.R.S.S. sobre la limitación de armas nucleares dentro de los acuerdos SALT II, cuyo principal
escenario había sido la ciudad de Ginebra, se inició en 1982 la carrera armamentística entre las dos
superpotencias, plasmada sobre todo en el despliegue soviético de misiles nucleares de alcance
medio en Europa Occidental y la correspondiente instalación norteamericana de misiles de crucero
en Gran Bretaña, Italia y Alemania Occidental. Todo ello implicó el deterioro de las relaciones
entre ambas naciones, que intentó suavizarse estableciendo un diálogo entre sus mandatarios, tal
como se plasmó en 1987 a raíz de la primera visita de Gorbachov a los Estados Unidos y se
confirmó con la de Reagan a Moscú en 1988.
La política exterior de Reagan estuvo movida más por criterios de fuerza que por una
intención negociadora y pretendía lograr una contestación militar y estratégica de la U.R.S.S., por lo
que intervino activamente en todos aquellos países amenazados por la presencia marxista, como
Libia, a quien se acusaba de ser un refugio del terrorismo internacional. El enfrentamiento con esta
nación pasó por el embargo de los bienes libios en Estados Unidos. En abril de 1986, aviones de la
VI flota bombardearon diversos objetivos en Trípoli y Bengasi, como represalia contra la ayuda
prestada por el coronel Ghadafi al terrorismo internacional. Y lo mismo puede decirse de la
invasión militar de Granada, una diminuta isla del Caribe en la que había triunfado un golpe de
Estado filosoviético, el 25 de octubre de 1983.
Por otro lado, las acciones norteamericanas se centraron también en Oriente Medio y
Centroamérica, donde, a pesar de los esfuerzos para conseguir los objetivos pretendidos, la política
estadounidense no tuvo excesivo éxito.
En Medio Oriente la diplomacia norteamericana tuvo como meta prioritaria obtener el apoyo
de Israel para frenar la influencia soviética en la zona y el expansionismo de Siria, aliada de la
U.R.S.S.. En 1982, y con el apoyo de los Estados Unidos, se produjo la invasión israelita del
Líbano, lo que desencadenó en este país una guerra civil entre cristianos y musulmanes y entre las
tropas israelitas y las sirias. La fuerza de pacificación enviada por el presidente Reagan apoyaba
abiertamente al minoritario gobierno cristiano, contribuyendo así a agravar la magnitud del
conflicto. Pronto fue evidente la imposibilidad de reconducir los acontecimientos y, finalmente, en
1984 la incapacidad de la fuerza extranjera para poner fin a la contienda del Líbano y su alto coste
213
humano y económico obligaron a abandonar aquel país, a pesar de la oposición del presidente que
consideraba esta medida como una pérdida de prestigio para Estados Unidos.
Por otro lado, también se intentó mediar en el conflicto que existía entre Irán e Irak, en lo
cual no sólo se obtuvieron grandes logros sino que incluso se provocó en 1987 el escándalo llamado
Irangate cuando se comprobó que, con la aquiescencia del gobierno, el denostado régimen del
Imám Jomeini estaba recibiendo ilegalmente armas norteamericanas a cambio de la liberación de
los rehenes estadounidenses retenidos por los terroristas iraníes y el producto de la venta se
canalizaba hacia Centroamérica para apoyar a la contra, la guerrilla anticomunista que luchaba para
derrocar al gobierno sandinista. El propio presidente se vio implicado en este asunto que provocó
un gran debate político, alentado por el fracaso de las acciones en Irán y porque la venta de armas
tampoco evitó la toma de rehenes.
Con todo, el principal escenario donde se aplicó la Doctrina Reagan en política exterior fue
Centroamérica, una zona en la que se consideraba que había aumentado el poder soviético desde
que en 1979 los sandinistas se instalaron en el poder en Nicaragua, al tiempo que los conflictos de
Guatemala y el Salvador ponían en peligro los intereses estratégicos de los Estados Unidos. Para
frenar el avance del comunismo, se apoyó militar y económicamente a los regímenes militares que
gobernaban en estos países y en Hondura, convirtiéndose este último en la base desde la que los
grupos paramilitares financiados por Estados Unidos, la contra, lanzaba continuos ataques a
Nicaragua. En esta pugna se llegó incluso a minar los puertos nicaragüenses del pacífico. Para
evitar que llegaran los suministros de la U.R.S.S., lo que motivó que en 1984 el Congreso
prohibiera la continuación de los envíos de ayuda militar a la contra. Ni las contribuciones
financieras ni el despliegue militar que se llevó a cabo en Centroamérica, fueron capaces de
terminar con el régimen sandinista y con las guerrillas de izquierda existentes en el resto de los
países. Habrá que esperar a 1989 para que los sandinistas abandonen el poder.
El resultado de la política exterior desarrollada a lo largo de los años ochenta fue más bien
irregular. Se logró un acercamiento a la U.R.S.S., movido también indudablemente por las
especiales características del interlocutor de Reagan, ya que Gorbachov poseía mayor flexibilidad
que sus antecesores a la hora de tratar los puntos de fricción y se mostraba crítico en la valoración
del fracaso del sistema soviético. Al tiempo, el apoyo a los movimientos anticomunistas y la crisis
que se anunciaba en el bloque soviético propiciaron que al final de la etapa de Reagan los rusos
comenzaron a retirarse de Afganistán, los vietnamitas de Camboya y los cubanos de Angola. En
contrapartida, las intervenciones en Oriente Próximo constituyeron un auténtico fracaso. Sin
embargo, ello no impidió que al concluir el mandato de Reagan su popularidad casi la misma que al
inicio y que los norteamericanos continuaran apoyándole a pesar de las controvertidas decisiones
que tomó. No en vano es considerado el presidente que devolvió al país el orgullo y la confianza en
sí mismo y restauró a la presidencia el prestigio que había perdido.
Como consecuencia de la favorable acogida que tuvo entre la población la gestión de
Reagan, las elecciones de 1988 dieron un fácil triunfo a George Bush (1988-1992), que durante
ocho años había sido su vicepresidente. En un principio Bush contó con las mismas adhesiones y
apoyo popular que su antecesor, debido sobre todo a los éxitos alcanzados en las relaciones
exteriores. Pero el constante deterioro de la economía de la nación durante su periodo de gobierno
produjo ya en 1990 una seria oposición a su política, de manera que al final del mandato la
popularidad del presidente se encontraba bajo mínimos.
Debido al déficit público generado en la etapa anterior y a la baja productividad de la
industria norteamericana en un momento de gran competitividad entre las grandes potencias –
Europa, Japón y países de Extremo Oriente–, Bush heredó una nación con serias dificultades
económicas que se fueron agudizando paulatinamente. En estos años el desempleo creció en
proporciones inusuales, alcanzando a diez millones la población activa en 1992, se sucedieron las
bancarrotas, tanto empresariales como personales, y descendieron progresivamente los valores de la
propiedad. Además, frente a lo que había sucedido en anteriores ocasiones de estancamiento
214
económico cuyas víctimas fueron sobre todo los trabajadores industriales y los agricultores, a
quienes afectó fundamentalmente la recesión de comienzos de los noventa fue a los profesionales y
directivos empresariales: abogados, banqueros, ejecutivos, periodistas y técnicos en general. Ni
siquiera las grandes empresas como la telefónica ATT o IBM se vieron libres de tener que aplicar
recortes a sus efectivos laborales.
Por otro lado, el descenso de la popularidad de Bush fue debido también a un cambio de
actitud con respecto a la política impositiva. Uno de los puntos básicos de la campaña electoral
había sido la promesa de no elevar los impuestos, pero el déficit que padecía la tesorería federal
evidenció en 1990 la necesidad de aumentar los impuestos fiscales y subir las tasas tributarias, al
tiempo que desaparecieron un gran número de exenciones y se incrementaron los impuestos
indirectos. Lógicamente, tales medidas mermaron la credibilidad del presidente ante los votantes.
Sin olvidar las críticas que su gestión sufrió, así mismo, por lo que se consideraba incapacidad para
terminar con los disturbios raciales que en aquella etapa se sucedieron en las principales ciudades,
de lo que es una buena muestra el grado de violencia que se alcanzó en Los Ángeles en 1992 a raíz
de la sentencia absolutoria de cuatro policías blancos acusados de golpear brutalmente a un
ciudadano negro, que terminó con un saldo de 58 muertos.
En política exterior, los años de la presidencia de Bush fueron testigos de los mayores
cambios del escenario internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que requirió
prestar una viva atención a los asuntos diplomáticos. La caída del imperio soviético en 1989
significó el fin de la guerra fría, concluyendo así la pugna de las dos superpotencias en los asuntos
mundiales, al tiempo que desaparecía el factor –el anticomunismo– que había movido la política
externa norteamericana en las últimas décadas.
Con respecto a los cambios que estaban teniendo lugar en la Europa del Este, Bush se
mostró sumamente prudente y, lejos de actuar guiado por el triunfalismo, trató de facilitar el
proceso de reforma iniciado por Gorbachov y contribuir para que los acontecimientos discurrieran
en un clima exento de violencia, sobre todo en relación con la oposición de los Estados bálticos y la
aceptación del líder soviético a la reunificación alemana. En este sentido fue muy valiosa la actitud
personal del presidente norteamericano, que estableció con Mijail Gorbachov unos estrechos
vínculos capaces de modificar las relaciones Este-Oeste. Su mejor resultado fue la forma en 1991
del Tratado sobre Reducción de Armas Estratégicas (START), que preveía el recorte en un 30 % de
las armas nucleares de largo alcance durante siete años, y que fue seguido por otros acuerdos de
limitación armamentística.
Sin embargo, aún siendo Europa uno de los principales lugares de atención mundial en esos
momentos, la diplomacia estadounidense no desatendió la vigilancia de los acontecimientos que se
estaban desarrollando en otras partes del globo, fundamentalmente en Centroamérica, donde la
presidencia de Daniel Ortega en Nicaragua al frente del gobierno sandinista seguía siendo vista
como una amenaza y un claro ejemplo del poder soviético y cubano. En consecuencia, Bush
continuó enviando ayuda a la contra y manteniendo el bloqueo económico sobre el pequeño país, no
aceptando incluso el plan de paz para la zona propuesto por el presidente costarriqueño Oscar Arias
(Tratados de Esquípulas). La situación se mantuvo hasta que, sorprendentemente, en 1990 Ortega
fue derrotado en las elecciones por Violeta Barrios y se inició el proceso de transición democrática.
También durante la presidencia de Bush, otra nación centroamericana, Panamá, requirió la
especial atención de los Estados Unidos para derrocar al dictador Manuel Antonio Noriega, quién,
después de haber colaborado estrechamente con Estados Unidos, comenzó a manifestar un
nacionalismo que puso en entredicho los derechos de la potencia del norte sobre la Zona del Canal.
En un principio se intentó desestabilizar al régimen panameño mediante el bloqueo económico y la
acusación a Noriega de tráfico de drogas y blanqueo de dinero, con el fin de privarle del apoyo
popular con que contaba. Pero la ineficacia de tales medidas decidieron la intervención militar de
diciembre de 1989 que tuvo el efecto de provocar la huída de Noriega, quién se refugió en la misión
del Vaticano en del planeta. También, podría añadirse, a la defensa de los intereses vitales de
215
Estados Unidos en Panamá hasta que en enero de 1990 se entregó a las tropas invasoras y fue
conducido a Miami para ser juzgado. Parece claro que la acción estuvo encaminada a defender los
cuantiosos intereses económicos estadounidenses en Panamá y crear las condiciones internas
necesarias para que la Zona del Canal siga estando en poder de Estados Unidos después del año
2000, que es cuando según los Tratados Torrijos-Carter deben ceder a la República de Panamá la
soberanía sobre ese territorio.
Igualmente, los factores económicos fueron determinantes en lo que sin duda puede
considerarse la más llamativa de las intervenciones norteamericanas en el exterior durante el
gobierno de Bush, como fue la Guerra del Golfo de 1991, promovida por el deseo de frenar el
expansionismo del dictador iraquí, Saddam Hussein, que en agosto de 1990 invadió el emirato de
Kuwait y amenazaba con controlar gran parte de las reservas petrolíferas mundiales. A los pocos
días de producirse la invasión y con el respaldo internacional, el presidente estadounidense envió al
Golfo Pérsico los primeros contingentes militares, cuyo número fue creciendo paulatinamente,
máxime cuando la ONU autorizó el uso de la fuerza si Irak no abandonaba Kuwait en unas pocas
fechas. Al mismo tiempo, otras naciones como Gran Bretaña, Francia, Egipto, Siria y Arabia Saudí
remitieron a la zona un gran número de soldados –250.000– que, junto a los estadounidenses
formaron un considerable ejército aliado integrado por más de 700.000 hombres.
La guerra entre Irak y las tropas internacionales comenzó el 17 de enero de 1991 (Operación
Tormenta del Desierto), y puede decirse que, en realidad, fue un conflicto norteamericano, ya que
superioridad en el conjunto de la fuerza aliada era evidente e incluso uno de los generales –H.
Norman Schwarzkopf– dirigió las operaciones. La desigualdad que existía entre los contendientes,
fue decisiva en la rápida solución del conflicto, que concluyó el 27 de febrero con un saldo de más
de 100.000 muertos iraquíes y 137 estadounidenses además de cuantiosos daños al medio ambiente
debido a la quema de los pozos de petróleo. Sin embargo, no se logró terminar con el régimen de
Saddam.
En el interior de la nación, la decisión de Bush de intervenir activamente en esta crisis contó
en un principio con fuerte respaldo popular, pero, según fueron produciéndose los acontecimientos,
el apoyo a la medida del presidente fue siendo más tibio. La guerra fue calificada de moralmente
injustificable, se temía que se produjera un gran número de bajas norteamericanas y no se
auguraban favorables consecuencias de la explosión islámica que se podía provocar. Ni siquiera la
victoria se celebró con manifestaciones de júbilo por estimarse que el conflicto no fue decisivo en la
estabilización de la zona y que la participación de los Estados Unidos fue precipitada y
excesivamente costosa para la recesiva economía interior.
LOS PROBLEMAS ACTUALES Y DEL FUTURO
Igual que había sucedido en anteriores ocasiones, la agudización de los problemas internos
impulsó a que en 1992 se produjera el cambio político. Así, el demócrata William Jefferson Clinton
se convirtió en el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 1993,
tras haber triunfado en las elecciones con el 43 % del voto popular, frente al 38 % obtenido por el
candidato republicano, el mandatario George Bush. El independiente Ross Perot consiguió el 19 %
de los votos emitidos. Los resultados y la misma campaña electoral habían dejado claro que los
éxitos internacionales de Bush eran insuficientes. Los norteamericanos estaban preocupados por
problemas interiores, de los cuales el más ascendente era el estancamiento de la economía.
En consecuencia, desde su llegada a la Casa Blanca, el gobierno demócrata dio prioridad a la
recuperación de los indicadores económicos nacionales, cuya solidez garantizaría, en opinión de
Clinton, la hegemonía internacional del país. para lograr su objetivo, cuando todavía era candidato a
la presidencia anunció la reducción del déficit público en un 50 %; prometió un sistema fiscal más
equitativo, aunque semanas después de su toma de posesión tuvo que reconocer la necesidad de
subir los impuestos; planeó la reducción del gasto militar, limitándolo a unas cifras –11.500
216
millones de dólares frente a los 289.000 fijados por la anterior administración –que serían
suficientes para mantener el poder y prestigio de las fuerzas armadas y avanzó su deseo de fomentar
la inversión, pública y privada, como modo de asegurar la creación de empleo y el aumento de la
competitividad de la industria norteamericana en los mercados internacionales. En consonancia con
esta política, es preciso destacar la fundación del Consejo Económico Nacional, creado como un
organismo encargado de coordinar las directrices económicas internacionales del gobierno, siempre
teniendo en cuanta las políticas de seguridad.
Por otro lado, el presidente emprendió su mandato como un consciente emulador del
compromiso social y el estilo de J. F. Kennedy, lo que entre otras cosas se manifestaría en el
reconocimiento de la influencia ejercida por la primera dama (la enérgica abogada Hillary Rodham
Clinton) en la Casa Blanca. Así pues, junto a las mejoras en las áreas de bienestar, sanidad y medio
ambiente, era razonable esperar un nuevo impulso a las causas predilectas –y más polémicas– de la
izquierda liberal: promoción legal de los colectivos marginados, plena laicización de la enseñanza,
más facilidad para abortar, control a la posesión de armas de fuego. Sin embargo, cualquier
tentación extremista se vería frenada por los republicanos que, por primera vez en cuatro décadas,
pasaron a controlar en 1994 las dos cámaras, y proclamaron su intención de realizar la revolución
conservadora. En esquema, ésta insistía en la defensa de los valores tradicionales (como eran
familia, trabajo, moral y religión); la lucha contra el crimen, la droga y la inmigración ilegal; la
reducción de los impuestos, del aparato burocrático y del déficit presupuestario. En el curso de los
inevitables choques con el legislativo, Clinton demostró su talento táctico al apropiarse de las ideas
más razonables del programa conservador (Reagan afirmó haberse sentido robado), y aún de su
discurso: Está gobernando como Lyndon Johnson y hablando como Ronald Reagan, denunció Newt
Gingrich, presidente del Congreso, tras oír el informe sobre el estado de la Unión en enero de 1996.
Así planteado, el debate político se centró más en el alcance que en la orientación de las reformas.
Entre otras cosas, el presidente aceptó el fin del big goverment y se resignó a reequilibrar el
presupuesto, pero sin ceñirse a los plazos exigidos por la oposición, y más bien prolongándolos
hasta el año 2002. Defensa fue el principal departamento afectado por los recortes, mientras que se
preservaban las prestaciones de Medicare (seguro médico a los ancianos), Medicaid (atención a los
más desprotegidos) y otros servicios sociales, ya considerados como derechos adquiridos por la
mayoría de los ciudadanos. Frente a la intransigencia republicana, el presidente supo proyectar una
imagen de responsabilidad en la batalla del presupuesto de 1996, cuando numerosas oficinas del
gobierno, incluidas embajadas, tuvieron que cerrar por falta de fondos.
La política exterior de Clinton inicialmente se basó en los mismos postulados que
defendieron anteriores gobernantes: promoción de la democracia en el mundo, control de armas de
destrucción masiva (renovación del Tratado de No Proliferación en 1995) y fidelidad a los tratados
y organismos internacionales en que participaran los Estados Unidos. Todo ello se ha puesto de
manifiesto en su decisiva intervención en los actuales problemas europeos. La administración
Clinton ha recurrido alternativamente al embargo comercial, a la acción diplomática, al despliegue
de tropas y aún al bombardeo estratégico para forzar el logro de sus objetivos. Con éxito desigual,
su atención se ha centrado en nuevas presiones sobre Cuba; en la pacificación –fallida– de Somalia
(1993), y en la de Bosnia, que culminó en los acuerdos de Dayton (1995); en la mediación entre
Israel y Palestina y en la “contención” del militarismo iraquí en el Próximo Oriente. Sin embargo, la
evolución de este último escenario, donde las crisis se han venido repitiendo cíclicamente hasta
nuestros días, expresan tanto las limitaciones del país más poderoso del mundo, como la extendida
convicción sobre la necesidad de un tipo de acción más bien multilateral.
Por lo que se refiere a Iberoamérica, el presidente se ha adherido a las ideas de Bush sobre la
creación de un área regional de libre comercio –Iniciativa para las Américas de 1990 y Tratado de
Libre Comercio con Canadá y Méjico (NAFTA), en noviembre de 1993–. Al mismo tiempo,
mantiene la tendencia a restringir la entrada de haitianos refugiados tras el derrocamiento de
Aristide, incumpliendo con ello las promesas electorales.
217
Precisamente, el problema de la inmigración constituye uno de los asuntos más preocupantes
para la clase política y la opinión pública norteamericanas. Según el censo de 1990, la nación
contaba con más de 248 millones de habitantes. A esa cifra han contribuido indudablemente los
inmigrantes, cuyo volumen más importante –45 %– , bien sea de forma legal o ilegal, procede desde
la década de los ochenta del resto del continente americano. Entre ellos destacan fundamentalmente
los mejicanos con 1.665.000 llegadas legales en los últimos años, a los que siguen salvadoreños,
dominicanos y jamaicanos, que superaron la cantidad de 200.000 inmigrantes respectivamente. Los
problemas derivados de las condiciones socioeconómicas de los países de origen actúan
decisivamente para que se produzca tal movimiento de población, lo que actualmente se ha
convertido en una preocupación ligada a la seguridad nacional norteamericana, una vez que el fin de
la guerra fría ha puesto término a la amenaza ideológica y militar del comunismo.
Su mensaje de moderación en la campaña de 1996, unido a sus extraordinarias dotes de
comunicador –en la tradición de Roosevelt, Kennedy o Reagan–, convirtieron a Clinton en el
primer presidente demócrata reelegido desde 1944. No sin contratiempos, ha mantenido ante la
opinión pública su prestigio como líder (aunque no como persona privada) a pesar de las cacicadas
y escándalos, tanto de índole financiera como sexual, que periodistas y magistrados
sospechosamente celosos han rastreado desde los tiempos en que fue gobernador de Arkansas. Sin
embargo, el síndrome de Watergate se ha abatido sobre Clinton, que a principios de 1999 hubo de
afrontar la apertura de un proceso de impeachment, acusado de perjurio y obstrucción a la justicia.
HISTORIA DEL MUNDO ACTUAL
TEMA 8. LA U.R.S.S. DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX.
LOS ÚLTIMOS AÑOS DE STALIN: LA U.R.S.S. COMO POTENCIA MUNDIAL
La Segunda Guerra Mundial sirvió a los objetivos de Stalin en tanto en cuanto unió a la
población bajo el manto protector del Partido Comunista y del Estado soviético en contra del
enemigo alemán. Se produjo en palabras de Martín Malia la fusión entre el régimen estalinista y el
nacionalismo ruso, más aún desde que los progresivos avances soviéticos en el frente de guerra
fueron sabiamente interpretados por la máquina propagandística oficial como una victoria de todo el
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pueblo, encabezado por el Partido como su legítimo y único valedor; Interpretación que, en efecto,
tuvo al menos su reflejo en el índice de militancia de la organización comunista, el cual pasó de los
dos millones de afiliados en 1941 a siete al finalizar la contienda mundial.
El sistema de dominación socialista estaba bien implantado en la U.R.S.S. ya desde 1939. La
agricultura colectivizada, la planificación de la producción y distribución de la industria se
conjugaban con el control que las estructuras del Partido ejercían sobre todos los resortes de la
administración y el Estado. La guerra no hizo sino apuntalar ese predominio.
Sin embargo el afianzamiento de la política diseñada por Stalin y la cohesión interior no lo
eran todo. El líder soviético debía enfrentarse a una tarea ingente después de 1945: la
reconstrucción material del país. Las estimaciones más fidedignas nos hablan de veinte millones de
muertos, la destrucción de la práctica totalidad de la infraestructura de transporte y de más del 25 %
del capital industrial, sin contar la devastación sufrida por los campos y el ganado. Ante este
panorama, Stalin mantuvo la validez de los principios planificadores. El IV y el V Planes
Quinquenales, puestos en marcha entre 1946 y 1955, respondieron a la necesidad de dotar a la
Unión Soviética posbélica de una estructura industrial básica, en especial en los sectores pesados,
como primer paso para la conversión del país en la primera potencia económica mundial. El IV Plan
plasmaba a la perfección estas inquietudes y anhelos de grandeza estalinistas. A la prioridad más
absoluta otorgada a las industrias pesadas se unía un programa urgente de transformación de los
sectores bélicos en industrias civiles como elemento potenciador del desarrollo industrial apetecido,
sin olvidar las inversiones en la mejora y modernización del material del ejército soviético. Con una
regulación espartana del trabajo que presentaba muy pocas variaciones con respecto a la de guerra,
el esfuerzo de la población resultó exitoso. El crecimiento industrial fue innegable: las fábricas
reconvertidas, las inversiones en regiones hasta hacía poco sometidas al poder alemán, gracias al
pago de reparaciones de guerra y a la llegada de material de todo tipo, la mejora de cualificación
personal en sectores clave y una enorme riqueza de yacimientos mineros y fuentes energéticas, cada
vez mejor utilizadas, contribuyeron a un incremento productivo sobresaliente. En el año 1950 se
alcanzaron e incluso superaron las cotas prebélicas de producción (hierro, acero, petróleo, carbón).
Sin embargo, este proceso tan espectacular llevó aparejado un exceso de burocracia que
terminaría por asfixiarlo. La puesta en funcionamiento de un sistema de planificación rígido y
centralizado en un país tan extenso como la Unión Soviética generó un número paulatinamente más
amplio de ministerios, oficinas y funcionarios con cometidos a veces duplicados o triplicados,
interferencias entre unos niveles de decisión y otros o falta de coordinación entre ellos. Según la
mayor parte de los analistas los problemas provocados por la desconexión o desconocimiento entre
los distintos ámbitos de poder económico, la dejación de las funciones y la corrupción generalizada,
detectados ya en los años estalinistas, estarían en la raíz del fiasco posterior.
Por otra parte, la conversión de la Unión Soviética en una máquina de producir bienes de
equipo e industrias básicas –necesidad sentida como tal por Stalin– tenía una finalidad que rebasaba
la propia conformación de la U.R.S.S. como potencia económica. Así, la idea del líder soviético era
poder medir fuerzas con el bloque occidental si en algún momento la situación lo reclamaba y
preservar la integridad de lo que él entendía como logros revolucionarios, tanto dentro del país
como, muy pronto, en lo que iban a ser sus países satélites. Con ello cargaba sobre los recursos y la
potencialidad económica soviética la reconstrucción no sólo de la U.R.S.S. sino también de los
Estados del Este de Europa controlados indirectamente desde Moscú.
En definitiva, la economía estalinista se sustentaba sobre el fomento de la industria pesada a
costa de una extraordinaria reducción de la de bienes de consumo dentro de prolijos programas de
planificación obligatoria. En este misma línea resultó muy empobrecedora la política agrícola,
fundamentada en la imposición de los koljoses o granjas colectivas estatales a lo largo y ancho del
país. Esta política colectivista a ultranza actuaba sobre una base muy poco estable por las
destructivas consecuencias del desarrollo de la contienda mundial en suelo soviético. No debemos
olvidar que en los últimos meses de 1942 el ejército alemán tenía bajo su control cerca del 45 % de
219
las zonas cerealísticas y que, con su retirada hacia el oeste, procedió a la eliminación de ganados,
cosechas y aldeas. Con la paz, no sólo se esfumó la esperanza de que Stalin aceptara un sistema
mixto de propiedad privada y pública de la tierra, sino que se reforzó la colectivización en todo el
país e, incluso, a partir de mayo de 1947 se extendió a los Estados bálticos donde no había tenido
casi presencia.
Las condiciones de vida del campesinado, con salarios, viviendas y posibilidades de
promoción muy inferiores a las de los trabajadores industriales, generaron un sentimiento de apatía
entre la población que tuvo su reflejo en la baja productividad. Al mismo tiempo la obsesión por
rentabilizar la agricultura mediante la creación de inmensos koljoses que agrupaban varias aldeas no
dio los frutos apetecidos: Por el contrario, las dificultades día a día en el campo impulsaron un
éxodo masivo de jóvenes hacia los centros urbanos, donde pensaban que encontrarían con mayor
facilidad una mejora de su estatus socioeconómico. Todos estos problemas trajeron consecuencias
graves para el desarrollo posterior del agro soviético. Si entre 1948 y 1951 la recogida de cereal
alcanzó unos niveles muy aceptables, en 1954, p. e., la sequía generalizada en las regiones
productoras de trigo hizo muy presente la amenaza del hambre; el racionamiento alimenticio había
sido un hecho hasta diciembre de 1947.
El proceso descrito hasta ahora (potenciación de las industrias pesadas, extensión de los
koljoses, emigración campo-ciudad) contribuyó a crear un urbanismo peculiar después de la guerra
estrechamente vinculado a las necesidades del crecimiento industrial tal como lo entendía Stalin.
Pierre Sorlin nos ofrece un caso paradigmático del diseño estalinista de grandes centros fabriles en
ciudades adecuadas a la actividad manufacturera más que a la vida de las personas: Sverdlovsk,
centro comercial en medio de la inmensa llanura, nudo ferroviario importante, ofrecía un aspecto
imponente con sus fábricas siderúrgicas y construcciones metálicas. En 1939 contaba con 400.000
almas. De 1940 a 1955 la población urbana aumentó en 300.000 personas; la población de la región
se elevó en un 1.000.000, el 80 % de los cuales se concentró en la capital o en las ciudades satélites
industriales o mineras como Revda o Polevskoj. A pesar de que los terrenos eran fértiles la
agricultura se desarrolló poco. Sverdlovsk era sólo un centro manufacturero que se había
desarrollado en función de sus solas posibilidades industriales. Un fenómeno parecido se produjo en
Siberia occidental, en particular en torno a Kemenovo y Novosibirsk.
El centralismo como principio rector de la economía soviética se siguió también en el
terreno de las decisiones políticas. La acumulación de poderes en la persona de Stalin y la
desvirtuación del sentido de los órganos colegiados corrieron paralelas –todavía más después de
finalizada la Segunda Guerra Mundial– aún cuando fuera la constatación de un proceso que venía
de antes. Entre 1939 y 1952, el pleno del Comité Central se reunió en contadas ocasiones y fue
Stalin quién, en su nombre, dictaba qué líneas maestras seguir. El Politburó, si bien mantenía
reuniones con mayor asiduidad, fue en la práctica un órgano asesor más que ejecutor. En 1952,
trece años después que el anterior, tuvo lugar un Congreso del Partido Comunista (en el que
precisamente esta organización pasó a denominarse Partido Comunista de la Unión Soviética)
donde se reafirmó la autoridad estalinista en la teoría y en la práctica.
El hecho de que todas las decisiones importantes, e incluso muchas secundarias, tuvieran
que pasar indefectiblemente por el criterio de Stalin acentuó el culto a la personalidad del líder
soviético. En realidad, el proceso venía de lejos y, al menos desde 1934, estaba claramente definido.
Con motivo de la clausura del XVII Congreso del Partido Comunista celebrado en dicho año, a la
hora de las conclusiones, no hubo resoluciones que tomar ni acuerdos que aprobar. Se proclamó
que, desde entonces, sería un honor para todos cuantos figuraban en las distintas organizaciones del
Partido seguir las directrices emanadas del discurso pronunciado por Stalin en tan magna asamblea.
La evolución de la centralización de poderes en su persona aumentó con la guerra y paralelamente a
las manifestaciones que supravaloraban su persona: Stalin se había convertido en la única persona
imprescindible del régimen soviético.
220
Muy relacionados con el culto al líder, las líneas maestras de lo que en Occidente se
denominó realismo socialista, es decir, los fundamentos de la cultura oficial soviética, estuvieron
vinculadas a la obra de Andrei Zidanov entre 1946 y 1948. La críticas severas a cualquier elemento
artístico o cultural innovador proveniente del bloque capitalista, el uniformismo del método de
creación materialista dialéctico (tal y como lo había asumido en 1934 la Asociación de Escritores
Proletarios), un nacionalismo ruso a ultranza, la imposibilidad de plantearse críticamente cualquier
aspecto de la sociedad soviética y una censura rígida de los medios de comunicación asfixiaron las
manifestaciones culturales soviéticas hasta reducirlas en la mayoría de los casos a la reiteración de
mensajes estereotipados, de lemas y slogans extraídos de las obras teóricas de Stalin. Este marxismo
de analfabetos –como Isaac Deutscher denominó a la visión estalinista de la cultura– consolidado
por Zidanov, fue continuado por Malenkov después de que, a la muerte del primero en 1948, éste se
hiciera con las riendas de la depuración ideológica para neutralizar a todos los sospechosos de
connivencia con Occidente o de titoísmo.
Stalin falleció el 5 de marzo de 1953, al parecer por una hemorragia cerebral. El legado que
dejaba era un país convertido en potencia ideológica y económica mundial, capaz de mantener bajo
su hegemonía a las denominadas democracias populares del Este de Europa y con un claro
reconocimiento entre la clase intelectual occidental que veía en la consolidación del país de los
soviets una alternativa válida al mundo capitalista dominado por los Estados Unidos. Para llegar al
estadio de evolucionen el que se encontraba la U.R.S.S., Stalin había implantado un sistema de
organización basado en la dictadura personal y en la aplicación del terror para todos aquellos
considerados enemigos del régimen, potenciando el nacionalismo ruso y el culto a la personalidad
hasta límites desconocidos (la celebración del cumpleaños de Stalin en 1949 fue festejada por
Pravda, p. e., al dedicar las tres cuartas partes de la superficie del periódico a lo largo de nueve
meses para recoger las felicitaciones que el líder soviético tuvo por dicho motivo).
Por su parte el Partido Comunista había devenido en una compleja y extensa maquinaria
burocrática al servicio del poder de Stalin y de una élite de colaboradores muy reducida. Poco o
nada quedaba ya del dinamismo y de los afanes movilizadores propios de una organización que no
se cansaba de repetir su esencia revolucionaria. Con todo, continuó sirviendo de manera muy
notable a la difusión e inculcación de los valores definidos por el régimen. Como sarcásticamente
ha subrayado Alfred Meyer, la organización administrativa dedicada a manejar el Estado, la
economía, el ejército y el aparato represivo condujo a la burocratización de la lucha de clases.
En cualquier caso, la Unión Soviética de 1945 aparecía ante los ojos del mundo como un
ejemplo de país atrasado económica y socialmente que había sido capaz en muy pocos años de dejar
atrás esa herencia gravosa hasta convertirse en una de los dos superpotencias que se perfilaban en el
horizonte del nuevo orden internacional surgido de la guerra. Pero, además, para conseguir llegar a
esta situación, había tenido que luchar contra enemigos internos y externos, superar una invasión y
una devastadora guerra y, por si fuera poco, erigirse en guía del socialismo mundial. El prestigio del
país como alternativa factible a la concepción capitalista ampliaba los apoyos soviéticos entre los
partidos comunistas y en general entre la izquierda de la Europa Occidental, y sobre todo, entre las
fuerzas revolucionarias de algunos países asiáticos y africanos. Estos veían en el proceso soviético
una forma de entrar en la contemporaneidad, una vez finalizado el control colonial, al margen de las
vías que ofrecían sus antiguas potencias imperialistas.
LA DIFÍCIL SUCESIÓN DE STALIN. KRUSCHOV Y EL FALLIDO PROCESO DE
“DESESTALINIZACIÓN”
La sucesión de Stalin recayó en un poder colegiado para evitar las disensiones internas ante
los varios grupos que, dentro del Partido, pugnaban por hacerse con el poder. Nikita Kruschev
asumió la secretaría general del PCUS mientras Malenkov pasaba a ostentar la presidencia del
Consejo de Ministros, rodeado de Beria, Bulganin, Kuganovich y Molotov como vicepresidentes.
De alguna forma, los nuevos dirigentes máximos representaban las distintas tendencias presentes en
221
la élite de la organización comunista. Una vez eliminado Beria en diciembre de 1953 (hombre
demasiado peligroso para el equilibrio entre facciones al haber sido quien dirigía la policía secreta
con Stalin), Malenkov aparecía como el baluarte de una cierta liberalización del sistema, partidario
de fomentar la producción de bienes de consumo para atenuar la dureza de las condiciones de vida
de la posguerra y ganarse así la anuencia de la población. Molotov adoptó una posición más
continuista, mientras Kruschev, por su parte, trataba de mantenerse en una línea intermedia: si bien
aceptaba la necesidad de mejorar los contactos con el bloque occidental para serenar las tensas
relaciones internacionales, lo hacía sin poner en entredicho las estructuras fundamentales del Estado
soviético. Kruschev fue poco a poco ganándose los apoyos del Comité Central –Malenkov,
presionado por todos los frentes y con un grupo de acólitos cada vez más reducido, dimitió de su
cargo, que fue ocupado por Bulganin– y, desde 1956, una vez desterrado el peligro de purgas dentro
del Partido, se hizo con las riendas de la organización y, por ende, del país. Por un lado, y aún
cuando oficialmente fue aceptada la acumulación progresiva de poderes en la persona de Kruschev,
se quiso evitar a toda costa el surgimiento de un autócrata del estilo estalinista con quien ni sus
colaboradores más directos estaban seguros de mantener su privilegiada situación de un día a otro;
las nuevas autoridades pretendían desmontar el engranaje estalinista para dar un salto adelante, sin
que este cambio hiciera mella en el Estado soviético.
A la voluntad renovadora de Kruschev y su equipo se unió la desaparición de Beria del
panorama político, y la reestructuración de los organismos de seguridad nacional al darse luz verde
en 1954 a un nuevo Comité de Seguridad del Estado (KGB), más fácilmente controlado por los
nuevos líderes. Precisamente este cambio propició una de las medidas cuyas repercusiones sociales,
tanto en el interior como en el exterior del país, más impacto causaron: la eliminación casi total del
gulag de los campos de prisioneros, entre 1954 y 1956. Como era lógico, el retorno de éstos a sus
regiones de origen fue muy bien recibido entre la población afectada, pero el conocimiento en el
Occidente –ya más generalizado a partir de este momento– de que existía una disidencia interior
nada desdeñable en el país de los soviets, junto a la constatación de lo que habían sido las prácticas
brutales del estalinismo respecto a esta disidencia, comenzaron a poner en entredicho las bondades
del régimen. Abierta la espita, Kruschev se vio de alguna forma impelido a continuar su programa
reformista si deseaba mantener el prestigio del país en todos los órdenes. La cuestión era que, como
ha escrito Martín Malia, el Secretario General del PCUS era incapaz de comprender que el diluvio
controlado no existe. La celebración del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética
iba a ser la constatación de este hecho.
Dicho Congreso tuvo dos partes bien diferenciadas. Entre el 14 y el 24 de febrero de 1956 se
desarrollaron las sesiones ordinarias con la retórica habitual en este tipo de acontecimientos. Pero la
sorpresa fue mayúscula el día 25 cuando Kruschev, en su cargo de Secretario General del Partido y
como representante máximo de éste, leyó una declaración extensa en la que, sin ningún rubor, hacía
un repaso enormemente crítico de la política estalinista.
El Informe secreto aludía al triunfo final del socialismo en el mundo, pero no se mostraba
tan beligerante con el Occidente capitalista al afirmar que dicha victoria podría producirse no sólo a
través de una confrontación directa con el otro bloque, sino gracias a un proceso paulatino durante
el cual la superioridad en todos los órdenes del comunismo acabara por imponerse a los caducos y
degenerados valores de las plutocracias capitalistas. En realidad, abría las puertas a lo que poco
después se denominaría coexistencia pacífica. Pero el centro de atención prioritario fue la denuncia
explícita de las prácticas estalinistas en materia represiva así como del culto a la personalidad de
Stalin. Para muchos estudiosos de la realidad soviética, el proceso iniciado a instancias de Kruschev
no fue ni mucho menos todo lo completo y definido que en principio pudiera parecer. El problema
del sistema soviético no consistía en exclusividad en la persona de Stalin, sino en el régimen por él
consolidado. Al no criticarse ni ponerse en cuestión con la misma fuerza los distintos fundamentos
de la organización del país, la burocracia del Partido y del Estado mantuvo su preeminencia en
todos los órdenes de la vida, lo cual resultaría fatal incluso para la propia carrera política de
Kruschev.
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En cualquier caso, la convulsión provocada por la lectura del Informe secreto sacudió a
todos los sectores del PCUS. Si bien la apuesta de Kruschev había sido fuerte, éste calculó bien las
posibilidades de sus adversarios, y el apoyo del Comité Central fue definitivo para asentarse en el
poder y postergara los viejos colaboradores de Stalin, que fueron pronto juzgados como grupo
antipartido. Kruschev logró superar la resistencia de esta vieja guardia que, en un último y
desesperado intento de desbancar a aquél de la Secretaría General del Partido en junio de 1957,
trataron de aislarle en el Presidium del Comité Central. La operación no prosperó, y quienes sí
tuvieron que dimitir fueron Molotov y sus acólitos, acusados también de formar una facción
antisocialita dentro de la organización comunista. La consecuencia más destacada del polémico
Informe fue el triunfo de Kruschev como mandatario máximo de la U.R.S.S. y, con ello, la
esperanza e que una vía renovadora de las estructuras políticas y económicas tuviera cabida en el
monolitismo heredado de la era estalinista.
Si el Informe secreto y la práctica desestalinizadora tuvieron un eco propagandístico amplio
tanto en el interior como en el exterior de la U.R.S.S., que resultó muy beneficioso para el
afianzamiento de Kruschev en el poder, las necesidades de regeneración del sistema debían ir más
allá si el Secretario General del PCUS quería realmente dar un impulso a la economía del país. En
relación con la agricultura, el talón de Aquiles más desprotegido del engranaje productivo, los
ensayos propuestos no alcanzaron sus objetivos. Ciertamente la descapitalización en el sector,
postergado por las inversiones masivas en industria pesada durante los años estalinistas, fue un
factor muy decisivo. Pero el estupor de los dirigentes soviéticos fue mayúsculo cuando, a pesar del
aumento significativo de las partidas dedicadas a reanimar el primario –las inversiones en
maquinaria agrícola y en modernización de las explotaciones–, los resultados anuales no mejoraron.
La ausencia prácticamente total de incentivos al campesinado y la organización colectivista del
trabajo no variaban, y ahí residían dos grandes fallos del sistema. Uno de los fracasos más sonados
en este ámbito lo constituyó la roturación de tierras sin trabajar en Kazajstán cuya finalidad era
implantar un sistema estatal de explotaciones extensivas. Aun cuando se abrió una amplia y nueva
zona cerealística de casi 35 millones de hectáreas, algo de lo que estaba muy necesitada la Unión
Soviética para cubrir los déficits de grano en años de malas cosechas, la operación Tierras vírgenes
reprodujo los fallos del régimen general de explotación del agro: realización de cuantiosas
inversiones que no se correspondían con los crecimientos productivos esperados. Tampoco los
esfuerzos para mejorar la producción sectorial de maíz, cárnicas y derivados de la leche obtuvieron
resultados apreciables.
El programa reformista en agricultura debía complementarse con la mayor libertad de acción
para los koljoses al definir éstos sus propias necesidades y estrategias productivas. Esto estaba
dentro de los planteamientos diseñados en el Plan Septenal (1959-1965), el cual había sustituido en
su aplicación al VI Plan Quinquenal, iniciado en 1956. Dentro del mismo, y aparte de considerar
prioritarias a ramas industriales como la química y la aeronáutica, el plan pretendía reducir la
burocracia centralizada de la economía, que había mostrado su ineficacia en aplicar criterios de
mayor rentabilidad, ahorro de recursos y crecimiento de la productividad. La meta del equipo
reformista de Kruschev era neutralizar el poder de la dirección económica moscovita dando entrada
a unos Consejos Económicos Regionales, más cercanos a los problemas reales en las principales
zonas industriales del país y capaces de poner más fácilmente remedio a los males de los distintos
sectores del secundario. Sin embargo, al igual de lo acontecido en agricultura, no se atacaban de
raíz las deficiencias del sistema. Al no dar iniciativa a la base, ni tampoco una autonomía real a las
factorías, no se consiguieron los objetivos de racionalización económica y la reforma generó un
creciente malestar entre los dirigentes locales y los funcionarios del Partido: la fuerza de la herencia
estalinista era mayor que la imaginada por Kruschev, pues las recomendaciones hechas por Stalin
en su última obra, Problemas económicos del socialismo en la U.R.S.S., acerca de la necesidad de
perseverar en el sistema jerárquico y centralista en la toma de las decisiones económicas, parecían
imponerse con tesón ante cualquier amago liberalizador.
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La precariedad de la vida cotidiana en las aldeas colectivizadas siguió impulsando una
emigración campo-ciudad cuya consecuencia fue el desequilibrio funcional de ciudades que no
estaban preparadas para recibir esa marea poblacional. Casi trece millones de personas se instalaron
en los centros urbanos soviéticos entre 1956 y 1959; años durante los cuales hubo que construir
cinco millones de pisos. El resultado fue un crecimiento anormal de las ciudades mediante largas
calles con monótonos bloques de hormigón, elevados con materiales de muy poca calidad, para
aliviar, al menos en un primer momento, las necesidades de la población emigrada.
Para tratar de obviar los fracasos de la vía reformista en economía y mantener la adhesión de
la mayor parte del Partido, Kruschev profundizó a partir de 1961 en la labor desestalinizadora. No
sólo se difundieron con amplitud los crímenes de Stalin, sino que continuó desapareciendo la
simbología vinculada a su persona y se acentuó la lucha contra las situaciones privilegiadas de una
nomenclatura encastillada desde los años estalinistas que seguía sirviéndose de su posición en
beneficio propio. También el sistema toleró una cierta apertura cultural, cuyo ejemplo más
espectacular sería la publicación de Un día en la vida de Iván Denisovich, de Alexander
Solzhenitsyn en Novy Mir –una revista de tirada amplia–, obra en la que la crítica social y política
del sistema comunista era muy explícita.
De igual forma en 1961, y durante las sesiones del XXII Congreso del PCUS, Kruschev
propuso un nuevo programa para la organización, el tercero en la historia del Partido. Según la
teoría del Secretario General, los niveles económicos y la cohesión social logrados en el país de los
soviets hacían presumible el fin de la fase de dictadura del proletariado y el paso inmediato a la
sociedad comunista, con lo cual había que adecuar las estructuras existentes para iniciar el periodo
de transición. Pero si el cálculo de probabilidades había sido muy acertado al programar años atrás
la desestalinización, ahora Kruschev iba demasiado lejos. Al poner en tela de juicio el sentido de
una parte de la nomenklatura, se enfrentaba ante una élite cada vez más preocupada por perder lo
que era su esencia: la seguridad y estabilidad de sus posiciones de privilegio. Estando en juego la
supervivencia de estos sectores o la política, inquietante para muchos, de Kruschev, la balanza se
inclinó por el continuismo. El Secretario General fue destituido en octubre de 1964. Por supuesto no
fue sólo este último hecho lo que determinó la sustitución de Kruschev al frente del Partido. Las
reticencias que había suscitado en la nomenklatura venían de mucho atrás, al menos desde que en
1957, en plena vorágine reformista, intentó desvincular a la élite funcionarial del Estado de sus
puestos en Moscú y proceder a enviarla a otros destinos con el fin de disolver el poder de la misma.
El fracaso fue ya entonces absoluto. La inercia de la administración se resintió y no logró regenerar
la nomenklatura: un lustro después hubo que dar por finalizado el ensayo. En otro orden de cosas, la
subida substancial de precios –entre el 20 y el 30 % para la carne y los productos lácteos– decretada
por el gobierno en junio de 1962, resultó, aún cuando tuvo que ser revisada, muy negativa para las
posibilidades de los trabajadores más modestos, y le granjeó la enemistad de estos grupos. A ello
hay que unir el hecho de que el programa de colonización agraria en las estepas de Kazajstán no
cumplió las expectativas previstas, como tampoco las cumplió el Plan Septenal.
La espinosa cuestión de las nacionalidades tampoco obró a favor de Kruschev. Aunque en el
Informe secreto había incidido en la falta de sensibilidad de Stalin para con los diferentes pueblos
que formaban la Unión Soviética, condenando sin paliativos las deportaciones de chechenos,
alemanes del Volga o tártaros de Crimea (Los ucranianos se salvaron de este destino sólo porque
eran demasiados y no había lugar donde deportarlos, reconoció en el XX Congreso), la puesta en
práctica de medidas encaminadas al reconocimiento de peculiaridades culturales, religiosas e
incluso sociopolíticas fue muy difícil. Kruschev abogó por el fortalecimiento de las culturas no
rusas como propias también de la U.R.S.S. y devolvió sus derechos como territorios autónomos a
chechenos, calmucos o balkares. Pero la agitación producida en los países centroeuropeos
sometidos al control indirecto de Moscú llegó hasta las regiones más problemáticas del Imperio
soviético (las repúblicas bálticas e incluso Ucrania) e hizo reflexionar a la dirección del PCUS, el
cual paralizó cualquier intento liberalizador al respecto. Curiosamente, en el XXII Congreso del
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Partido se destacaba el paso hacia un nuevo estado en el desarrollo de las relaciones nacionales en
la Unión Soviética, en el cual las naciones se irían acercando hasta alcanzar una completa unidad.
Tras su destitución, Kruschev vivió sin pena ni gloria en la capital rusa hasta su
fallecimiento en 1971. Desde luego, el año antes de su muerte estaba muy lejos de cumplirse uno de
sus más conocidos deseos, expresado en numerosas ocasiones: alcanzar en 1970 la producción per
cápita de los Estados Unidos de Estados Unidos.
EL “ESTANCAMIENTO” DE LA ÉPOCA DE BREZNEV
Era evidente que los afanes renovadores de Kruschev habían conseguido la aquiescencia de
los grupos de poder hasta que la función de éstos dentro del sistema fue replanteada de forma
crítica. A la altura de 1964, el peso de las contradicciones, fruto de una política errática en todos los
órdenes de la vida soviética, incluido el peso de la balanza a favor de los opositores a la política de
Kruschev. Con la victoria de éstos últimos, el nuevo hombre fuerte y Secretario General, Leonidas
Breznev, se impuso como objetivo salvaguardar las estructuras del Partido manteniendo invariada la
esencia del sistema de dominación, e intentar a la vez mejorar la calidad de vida del ciudadano
como modo de no perder por completo su apoyo. No obstante, el aparato del PCUS optó una vez
más desde la muerte de Stalin, por la dirección colegiada. En el XXIII Congreso del Partido (marzoabril de 1966), Breznev. asumía la Secretaría General; Aleksei Kosiguin, el cargo de Primer
Ministro y Nicolai Podgorni, el más honorífico de Jefe de Estado. Pero, en la práctica, al menos
desde 1966, fue Breznev, y a su sombra una nomenklatura. que con el tiempo se convirtió en
gerontocracia, quién dirigió los destinos de la U.R.S.S..
La economía soviética a partir de los años sesenta
Con todo el poder para era Breznev y su equipo, las primeras actuaciones del nuevo líder
estuvieron destinadas a apaciguar a la nomenklatura y a acabar con todos los experimentos de su
antecesor. Sin embargo, consciente de que el panorama económico del país estaba clamando por un
cambio revitalizador, Breznev insistió en las reformas periódicas para mejorar la estructura
productiva, reformas que nacieron muertas ante la oposición, ya activa, ya pasiva, de los grandes
ministerios sectoriales.
La agricultura continuó su trayectoria decadente. Todavía en 1970, más de las tres cuartas
partes del campesinado soviético todavía trabajaba con útiles manuales y, si fueron ciertas las
inversiones en maquinaria y en la modernización de las explotaciones, la negativa a crear incentivos
al trabajo agrícola actuó como un freno ante las expectativas de mejora (sólo hubo algunos éxitos en
determinados cultivos extensivos como el del algodón, gracias al riego artificial y al uso de
fertilizantes industriales y al riego artificial. De hecho, la producción de pequeñas tierras de
propiedad privada (unas 20 áreas por familia) permitidas a los trabajadores de las granjas estatales
ofrecía unos rendimientos mucho mayores que los de las tierras colectivizadas. Únicamente por esta
cerrazón del sistema puede explicarse que, siendo las extensiones de cereal tan importantes en la
U.R.S.S., las cosechas fueran en ocasiones tan desastrosas que el Estado hubo de importar
masivamente grano –canadiense o estadounidense– para evitar la escasez, como ocurrió en 1972 o
en 1975.
Sin embargo, la preocupación por el sector primario fue una constante de la era Breznev.
Éste se prodigó en reuniones con expertos y técnicos, realizó numerosos viajes para comprobar la
situación sobre el terreno y, fruto de ello, impulsó algunas medidas liberalizadoras. En 1969 las
granjas colectivas de tipo koljós recibieron un nuevo estatuto jurídico para dotarlas de una cierta
autonomía financiera y de libertad de movimiento para entablar relaciones más estrechas con otros
koljoses, garantizando una mayor estabilidad. De todas formas, el índice del fracaso colectivizador
se reflejaba una vez más en el papel asumido por las parcelas privadas dentro de la economía
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agraria. Al aumentar éstas en la década de los setenta, llegaron a proporcionar el 25 % de la
producción total del primario, contando tan sólo con el 3 % de la superficie cultivable. Por otro
lado, la dirección de la economía agraria asignó partidas mucho mayores para abonos artificiales,
extensión de nuevas plantas y mejora de la capacitación del campesino a través del estudio en
granjas-piloto. La operación Tierras vírgenes de Kazajstán volvió a recuperarse tanto para los
cultivos agrícolas como para la ganadería extensiva. Incluso en el verano de 1970 el Partido adoptó
un programa de actuación para el primario con el fin de que alcanzase el puesto que, desde la
potencialidad de los territorios soviéticos, debía tener la U.R.S.S..
El tejido industrial seguía siendo, a pesar de lo dicho hasta ahora, la mayor preocupación de
los dirigentes comunistas. Ya en mayo de 1965, el Jefe del Estado, Podgorny, declaró en Bakú que
el pueblo soviético había aceptado conscientemente ciertas restricciones materiales que
proporcionarían el desarrollo prioritario de la industria pesada para reforzar la capacidad defensiva
del país, y añadió que esta época de privaciones había acabado; por tanto, los trabajadores pronto
verían recompensado su esfuerzo con la mejora generalizada de sus condiciones de vida.
Ciertamente, y aunque el periodo de Breznev acabó caracterizándose por un estancamiento
económico, cuando no por la recesión, los planes de renovación para el secundario estuvieron muy
presentes en aquellos años. Los problemas a los que debía enfrentarse el plan habían variado poco
desde 1945. En primer lugar, estaba la rigidez de la planificación centralizada que imponía el
control y la ineficacia de la burocracia a la racionalidad productiva. En segundo, la hipertrofia de la
industria pesada, muchos de cuyos sectores habían mostrado ya una rentabilidad nula, pero que
seguían considerándose necesarios, sobre todo por su vinculación a los intereses militares. El
despilfarro de recursos y la asignación de éstos según criterios políticos más que estrictamente
económicos hipotecaba además la inversión en tecnología punta de la que el país adolecía,
excepción hecha de algunas industrias estratégicas. Todo ello se sumaba a los bajos índices de
productividad y al desinterés del mundo obrero a tenor de los escasísimos estímulos al trabajo que
proporcionaba el sistema. Se trataba de deficiencias estructurales que, como no se les ponía coto,
contribuían paulatinamente a degradar la economía industrial. Con todo, el crecimiento extensivo y
la explotación de los ingentes recursos naturales de la Unión Soviética hacían aparecer al país
como el primer productor mundial de algodón, carbón o petróleo. Además, el periodo brezneviano
coincidió con una gran expansión en el exterior: la carrera nuclear y armamentística, aunque
dilapidaba una parte amplia de los beneficios obtenidos, favorecía la presencia de los intereses
estratégicos soviéticos en África (Angola, Etiopía), América (Cuba) y Asia (sobre todo en
Vietnam), lugares donde mantenía su estatus de superpotencia.
Pero esta visión grandilocuente chocaba con los informes reservados de los economistas,
nada esperanzados sobre el futuro de la economía soviética. Se sentía la necesidad de una reforma
incluso entre los dirigentes del Estado, quienes espoleados por Kosiguin, aprobaron la ejecución de
un plan renovador pergeñado por uno de los economistas soviéticos más relevantes. Sin embargo, el
programa de Liberman, puesto en práctica en algunas factorías rusas en 1966, no atacaba al núcleo
del problema económico (planificación obligatoria, rigidez de las decisiones centralizadas), sino
que venía a racionalizar el proceso productivo socialista, suprimiendo ministerios y organismos
planificadores para agilizar y modernizar la gestión del aparato productivo y la importación por
todos los medios posibles de tecnología japonesa, norteamericana o europea.
Por otra parte, las autoridades estimaron necesario dar ciertas satisfacciones a la clase
trabajadora, toda vez que parecía consolidarse una importante industria pesada. Así, a finales de los
años sesenta, el octavo plan quinquenal llegó a plantearse el aumento de los bienes de consumo
pero, como en otras ocasiones, la deteriorada situación económica obligó a corregir y paralizar el
proyecto inicial. Los planes siguientes incidían otra vez en los sectores pesados, p. e., a través de la
mejora de la calidad o de la aplicación de técnicas innovadoras. A partir del noveno plan (1971-75),
las previsiones sobre crecimiento se redujeron constantemente hasta colocarse en índices muy
modestos. El tejido industrial no parecía dar más de sí
226
El corolario del defectuoso desarrollo económico fue la repercusión negativa que tuvo en la
vida del ciudadano soviético. En la década de los años setenta, los fundamentos sociales eran
todavía un reflejo fiel de la sociedad edificada en su momento por Stalin: todo funcionaba de
acuerdo con los valores de jerarquía, estabilidad y conservadurismo.
En cuanto a la estructura ocupacional, entre 1959 y 1979, sobresale la reducción – casi a la
mitad – de los campesinos que trabajaban en sovjoses y koljoses y que continuaban emigrando a los
centros fabriles o a engrosar las filas del funcionariado. En lo relativo a los indicadores sociales, el
aumento espectacular de los divorcios (a partir de 1965 afectaba al 34 % de las parejas) indicaba
claramente la desintegración de la célula familiar. El crecimiento de la mortalidad entre los varones
de edades comprendidas entre 25 y 44 años, entre cuyas causas estaban el abuso del alcohol y la
precariedad del sistema sanitario, o la reducción de la esperanza de vida y una elevada tasa de
mortalidad infantil, ponían en evidencia un panorama social nada halagüeño. A ello se unía la
degradación del nivel de vida, puesto que las promesas de mejora que se venían haciendo desde la
etapa de Kruschev eran sistemáticamente incumplidas. Carlos Taibo nos recuerda que todo ello
originó en el país de los soviets una cierta respuesta obrera: la falta de vivienda y las malas
condiciones de las existentes motivaron protestas en Kiev (1969); la carestía y falta de alimentos de
primera necesidad provocaron agitaciones populares en Sverdlovk (1969) o Gorki (1980); la
reivindicación de mejoras salariales hizo reaccionar a los trabajadores de Dnepropetrovsk (1972); y
lo mismo sucedió con el fin de lograr la dignificación del reglamento de trabajo en Kiev (1981).
Si en algún momento la educación (altas cifras de escolarización de estudiantes
universitarios) o la sanidad (aumento del número de médicos y de camas hospitalarias) parecían ser
la otra cara de la situación social, lo cierto es que, una vez alcanzados ciertos mínimos, estos
servicios sociales básicos se fueron deteriorando al ritmo de la evolución económica al no poderse
mantener las partidas presupuestarias.
La política en la época de Breznev
Breznev había aprendido del fracaso de su antecesor en la Secretaría General del PCUS. Si
moderadas fueron las reformas en el terreno económico, ni siquiera existieron –al menos con un
calado profundo– en las estructuras políticas. La Constitución aprobada en 1977 venía a dejar las
cosas como estaban. El Partido continuaba siendo el centro neurálgico de todo el sistema y a él se
reservaba el papel de dirigente último del país. El texto especificaba con claridad que por encima de
todo derecho o libertad individual estaban los intereses del pueblo y del Estado soviéticos.
La división teórica de poderes era también la misma. El Soviet Supremo, constituido por el
Soviet de la Unión y el Soviet de las Nacionalidades, era elegido cada cinco años entre los
candidatos propuestos por el Partido y sus diferentes organizaciones. Dado que el Soviet Supremo
se reunía en sesión plenaria en contadas ocasiones, el poder supremo recaía en el Presidium,
formado por unos cuarenta miembros del Soviet siempre adictos al Secretario General del PCUS. El
propio Soviet Supremo elegía a los miembros del Consejo de Ministros, órgano muy amplio por la
cantidad de ministerios sectoriales y porque en él figuraban también los presidentes de los Comités
de Estado. Aunque mantenía funciones ejecutivas, el Consejo era responsable ante el Soviet que lo
había elegido, y cada ministerio ponía en práctica las directrices marcadas por el Partido.
El organigrama, tanto del PCUS como del Estado, se repetía prácticamente igual en las
repúblicas federadas y en las autónomas, reduciendo su complejidad en las entidades territoriales de
menor envergadura. La configuración del sistema propiciaba la continuidad en el poder de la élite
cercana a los postulados de Breznev y, en general, de la nomenklatura y del funcionariado del
Partido, con tal de que no se pusiera en entredicho la distribución de tareas y poderes en el Estado.
Seweryn Bialer ha demostrado la permanencia de esta élite en sus puestos de responsabilidad
durante los cuatro Congresos del PCUS celebrados durante la era Breznev. La renovación de los
227
dirigentes del Comité Central, p. e., fue meramente testimonial: un 20,6 % en el XXIII (1966), el
23,5 % en el XXIV (1971), 16,6 % en el XXV (1976), y el 11 % en el XXVI (1981).
La estabilidad política a lo largo de estos años –uno de los objetivos perseguidos por Breznev desde
su acceso a la Secretaría General– fue indudable, pero a cambio de ello se perpetuó en la dirección
del país un grupo monolítico, ajeno cada vez más la situación real de la U.R.S.S. y sólo preocupado
por mantener sus privilegios. De hecho, algunas cuestiones derivadas del sentimiento nacionalista,
resurgido con fuerza ante la dejadez del centro moscovita respecto a los problemas de algunos de
sus territorios más alejados, comenzaban a poner en peligro la tan ansiada estabilidad. Para la
mayoría de los especialistas era patente que el fundamento federalista soviético se tambaleaba. Si la
doctrina oficial explicaba que las transformaciones económicas del socialismo producirían un
crecimiento armónico de todas las repúblicas soviéticas, el proceso parecía ser el contrario:
aumentaban las diferencias, sobre todo entre las regiones rusas y las no rusas. Nadie podía negar, p.
e., que los territorios centroasiáticos seguían siendo predominantemente agrarios y tenían unos
ingresos per cápita mucho menores: marginados de los principales centros de decisión –la presencia
de no eslavos en puestos de dirección era mínima–, refugiados en sus tradiciones religiosas y
culturales, el sentimiento de supeditación a Rusia estaba más generalizado que el de acercamiento a
ella o el de solidaridad entre los pueblos soviéticos. Sin embargo, en 1971, cuando todas estas
contradicciones afloraban a la vida del país, Breznev proclamó el nacimiento de una nueva
comunidad histórica de pueblos: el pueblo soviético, afirmación difícil de creer cuando las
estadísticas de todo tipo indicaban que las diferencias entre, p. e., las tres repúblicas bálticas y
Armenia o Kazajstán, eran tan acusadas que los ingresos por habitante en estas últimas eran menos
de un tercio que los de las primeras. Sin embargo, esta realidad contrastaba con el hecho de que las
repúblicas asiáticas eran las productoras, p. e., de más del 50 % del hierro, del acero o de la energía
hidroeléctrica de la Unión.
Desde la muerte de Breznev en noviembre de 1982 hasta la llegada de Gorbachov al poder
en marzo de 1985, la U.R.S.S. pasó por un interregno durante el cual dos ancianos Secretarios
Generales, Yuri Andropov (noviembre de 1982 a febrero de 1984) y Konstantin Chernienko
(febrero de 1984 a marzo de 1985), hicieron frente a uno de los periodos más delicados de la
historia soviética. Sin duda alguna, Yuri Andropov, quien a lo largo de catorce años había ostentado
el cargo de jefe del KGB conocía mejor que nadie la auténtica situación socioeconómica del país,
así como los entresijos de la vida política. No es extraño, pues, que ante el panorama que tenía
delante, comenzara su andadura como dirigente máximo del país atacando dos de los cánceres más
extendidos y perniciosos: la corrupción administrativa y el deterioro económico. Todos los autores
coinciden en señalar que la sustitución paulatina de los viejos cuadros del Partido por personas más
jóvenes, mejor preparadas y, en principio, al margen de las corruptelas, fue una política diseñada
por Andropov y luego seguida por Gorbachov en sus afanes reformistas.
Tampoco Andropov desdeñó el denominado Informe de Novosibirsk, redactado por expertos
soviéticos y puesto a la consideración del partido en 1983, en donde se analizaba de forma muy
negativa el desenvolvimiento de la economía soviética: a la altura de los años ochenta, la
planificación centralizada, aún cuando se tuvieran en cuenta los distintos intentos de reajuste, no
resultaba en modo alguno efectiva. El informe iba todavía más allá al proponer a la dirección
comunista que tuviera en cuenta la posibilidad de dar entrada a mecanismos propios de la economía
de mercado –al menos como factores complementarios– si se quería salir de la aguda crisis. En la
práctica, el equipo de Andropov auspició una autonomía en la gestión y en los objetivos de
producción de algunas factorías industriales, atenuando las imposiciones de los planes obligatorios,
a la vez que puso en marcha extensas campañas para mejorar la disciplina en el trabajo, todo ello en
aras de conseguir una mayor eficacia y rentabilidad. En esta ocasión, la enfermedad renal del
veterano líder soviético le impidió perseverar en su política: falleció en febrero de 1984, poco
después de cumplido el año en la Secretaría General del PCUS.
En cuanto a Chernienko, lo que parecía una vuelta a los fundamentos de la era Breznev, era
en realidad su apuesta por una reforma política y económica matizada pero continuadora a grandes
228
rasgos de la trazada por Andropov. Una rápida muerte, once meses después de ser designado para el
cargo de más responsabilidad del Partido, le impidió concretar su reforma en algo significativo.
Por razones de tiempo ni Andropov ni Chernienko pudieron consolidar grandes proyectos de
transformación para la U.R.S.S.. Sin embargo, su corta estancia en el poder sí sirvió para que
comenzaran a despuntar dentro del panorama político algunos personajes que muy pronto tendrían
altas responsabilidades: Ligachov, Románov y el propio Gorbachov.
LA ÉPOCA GORBACHOV: DE LA PERESTROIKA A LA DESINTEGRACIÓN
Ante la sucesión de hechos luctuosos, y para preservar la imagen del régimen, los jerarcas de
la nomenklatura, con Gromiko, –el “vitalicio” ministro de Asuntos Exteriores– a la cabeza,
apostaron para el cargo de Secretario General por un hombre de otra generación y, por lo tanto,
joven en relación con la clásica gerontocracia: Mijail Gorbachov. El 11 de marzo de 1985 el Comité
Central nombraba a Gorbachov Secretario General del PCUS. El nuevo líder soviético, formado en
las filas del Partido conforme a los más estrictos cánones comunistas, reclamó para sí la legitimidad
que dimanaba exclusivamente de V. I. Lenin para investirse de toda la autoridad moral y política
que requerían los nuevos tiempos de reforma en profundidad del sistema soviético.
Dentro de la tradición política soviética, la perestroika supuso un cambio de suficiente
envergadura como para requerir legitimidad ante el pueblo y, sobre todo, ante las instituciones
estatales y el aparato del Partido Comunista. En primer lugar, el programa renovador no debía
ofrecer ni en su forma ni en su contenido dudas que lo alejaran de la trayectoria marcada por el
socialismo avanzado. En segundo término, debía mostrar una identidad propia, distinta de algunas
prácticas del pasado y capaz de asumir en sus principios informantes las peculiaridades regionales,
culturales o religiosas de la Unión, así como la necesidad de cambios sustanciales en la
planificación económica y en gestión político-administrativa. El objetivo era claro: demostrar la
perfecta acomodación de la perestroika a los criterios objetivos del espíritu socialista, sin olvidar la
necesidad de introducir modificaciones para regenerar el sistema y avanzar por la senda del
marxismo-leninismo. No había, por tanto, contradicción ni aparente ni real entre el programa
“reconstructor” y la vía socialista.
Cuando, en 1986, el Secretario General del PCUS, Mijail Gorbachov pergeñaba lo que
pretendía ser ese cambio reconstructor del sistema soviético, inauguraba al mismo tiempo un nuevo
modo de actuación en todos los órdenes cuyo objetivo era la transparencia informativa o glasnost.
Según su inspirador, por medio de la glasnost
el gobierno de la U.R.S.S. debería actuar con total transparencia de cara a la ciudadanía, y
ésta a su vez, en justa correspondencia, debería denunciar de forma inmediata cuantos abusos de
autoridad o negligencia percibiese por parte de las autoridades, así como cuantas críticas
considerase oportunas en relación a todos los órganos de poder y funcionarios del Estado. En
palabras de Gorbachov: Quizá sea la “glasnost” donde más vividamente se manifiesta la nueva
atmósfera. Queremos mayor apertura en todo lo tocante a cuestiones públicas, en todas las esferas
de la vida.
Gorbachov entendió siempre la glasnost como un medio privilegiado para llevar a cabo su
programa reformista, es decir, para poder beneficiarse de esta apertura como punto de apoyo a su
actividad política. Necesitaba informaciones veraces, cierto debate y crítica sobre las actitudes de
funcionarios y burócratas para que éstos no se sintieran arropados por la manta de silencio que
existía sobre ellos. Además, Gorbachov apostaba por mejorar la circulación de noticias dentro del
engranaje de toma de decisiones para hacer efectivas las reformas político-económicas. Pero
estaban lejos de su pensamiento unos medios de comunicación libres, al margen de la autoridad del
Partido y, en última instancia, de sí mismo. Lo expresó claramente el mandatario soviético en enero
de 1988: Estamos por la “glasnost” sin reservas ni límites, pero estamos por la “glasnost” en interés
del socialismo. A la cuestión de si la “glasnost”, la crítica y la democracia tienen límites
229
contestamos con firmeza: si la “glasnost”, la crítica y la democracia están en interés del socialismo
y las necesidades de la población, ¡no tienen límites¡. Este es nuestro criterio.
La apertura informativa trajo aparejada una libertad mayor a la hora de expresarse en todos
los ámbitos culturales. El realismo socialista dejó de inspirar por obligación a los artistas plásticos
y poetas, y de la misma forma comenzaron a permitirse ediciones de libros prohibidos, los poemas
del monárquico Gumilov en abril de 1986 o las obras malditas de Ajmatova – autora del conocido
Réquiem, publicado en la U.R.S.S. en marzo de 1987–; el Doctor Zhivago de Boris Pasternak o la
muy notable Vida y Destino de Vassili Grossman, ambos en enero de 1988, aunque esta última
todavía amputada. Especialmente sangrante fue, sin embargo, el caso del disidente Alexander
Solzhenitsyn que todavía en 1987 era vetado por la censura soviética.
Las transformaciones económicas de la Perestroika
El peso específico de la U.R.S.S. en la política y economía mundiales ponía de manifiesto
que el sistema consolidado por Stalin, a pesar de sus numerosas carencias, había sido
suficientemente estable hasta la década de los ochenta como para garantizar los mínimos
indispensables a la población soviética y, en el exterior, convertirse en el gran abastecedor de los
países socialistas. Pero los costes habían sido muy elevados. La planificación y la centralización de
la economía introducida de forma rígida por Stalin desde finales de la década de los años veinte
había sido continuada por sus sucesores y había conducido progresivamente a un desorden
generalizado de la economía, a la hipertrofia de algunos sectores en detrimento de otros, el más
absoluto desprecio del medio ambiente, a un caos en el sistema de distribución y al desarrollo
inusitado de la economía sumergida y del mercado negro.
Ante el desolador panorama que mostraba el resultado del balance económico efectuado por
Gorbachov y sus colaboradores nada más hacerse cargo de la más alta magistratura del Estado, el
nuevo Secretario General del PCUS decidió impulsar la reforma de la economía que inició en su día
Andropov –su padrino político y antecesor en la dirección del Partido–. Los nuevos bríos se
fundamentaron en la necesidad de la uskoreniye (aceleración) de todo el proceso económico, y que
hizo suyos el Partido Comunista en el Pleno del Comité Central celebrado en abril de 1985.
Las medidas adoptadas por Gorbachov y su equipo entre 1985 y 1987 no suponían un
cambio radical en la política económica soviética. Es cierto que pretendían atajar algunos de los
problemas más gravosos que aquejaban desde tiempo atrás a la estructura productiva, para dar paso
a una mejora acelerada de la economía, ya comentada. Así, era absolutamente necesario recobrar el
dinamismo industrial perdido en los últimos años, pues la tasa de crecimiento alcanzada en 1986
estaba en un 3,6 %, en la práctica igual a la ya existente al final de la era Breznev.
La uskoreniye se concibió con un doble objetivo que en su conjunto debía incidir en los
fines previstos –una mejor calidad de vida– y en los medios para lograrlo –el funcionamiento
equilibrado de la economía desde el punto de vista de los recursos, de las empresas, de la
productividad y la responsabilidad–; en resumidas cuentas, todo aquello que posibilitara una
economía más eficaz.
El primer tipo de medidas para lograr los objetivos ya descritos se refería a la morigeración
general de la sociedad soviética. En este sentido pretendía reducir el absentismo laboral de la
población trabajadora, así como lograr incentivarla para alcanzar una mayor productividad.
Paralelamente se intentó arrancar de raíz el florecimiento de la economía sumergida y el mercado
negro que habían demostrado ser capaces de saltarse las estrictas reglamentaciones del Estado. En
mayo de 1986 fue puesta en vigor una Ley contra los ingresos encubiertos que, en última instancia,
pretendía liquidar los beneficios de estos grupos que funcionaban al margen de la ley, encauzando
hacia los canales estatales todas esas ganancias. Como complemento de ésta, en noviembre de 1986
eran legalizadas las actividades profesionales individuales a la vez que se aprobaba una ley de
cooperativas.
230
Si hemos comentado con anterioridad los enormes perjuicios causados por la
burocratización de la economía soviética, parecía lógico que el nuevo Secretario General del PCUS
fomentara una reducción del aparato administrativo que llegaba a asfixiar al propio proceso
productivo. Por ello el equipo de Gorbachov optó por reducir el número de ministerios así como por
crear algunos nuevos –“súper ministerios”– con el objetivo de agrupar muchos de los existentes
cuyas competencias acababan por solaparse, así como aminorar las plantillas. Especial relevancia
tuvo la fusión, en noviembre de 1985, de cuatro Ministerios Agro-industriales y un Comité Estatal
que se fundieron en el Gosagroprom, a la vez que reducían sus efectivos humanos en un 47 %: Con
la misma finalidad de mejorar la investigación científico-técnica, evitar duplicaciones y confusión
de funciones, mejorar la gestión, calidad y productividad, en octubre del mismo año nacía la Oficina
para la Construcción de Maquinaria; en marzo de 1986 la Oficina para el Complejo Energético y de
Combustible; y en septiembre, el Comité Estatal para la Construcción.
Si algo ponían de manifiesto estas medidas reformistas era, en primer lugar, que, en estos
años, Gorvachov y su equipo no trataban de transformar sino de hacer más eficaz la máquina
planificadora estatal; y, en segundo lugar, que su proyecto había fracasado. El viejo sistema
funcionaba muy mal, pero funcionaba. La introducción de cambios condujo a una confusión mayor
en los resortes de la burocracia y, por ende, en una distorsión también mayor en los eslabones del
proceso de toma de decisiones. Con lo cual no existía una estructura nueva –era imposible pues no
se habían puesto las bases– pero además se habían comenzado a desencajar las piezas del
descomunal sistema heredado, y todo él se resentía.
Ante la evidencia de que las primeras medidas contra la crisis no habían logrado la
reactivación de la economía, que se degradaba a pasos agigantados, en la primavera de 1987,
Gorbachov llegó a la conclusión de que era necesario un nuevo impulso reformista, todo un cambio
reconstructor o perestroika de la economía, que en junio de 1987 aprobaba el Comité Central del
PCUS.
El intento de reestructuración económica que se abordó entre 1988 y 1989 se dirigió a la
reforma de la empresa, de las cooperativas y de la agricultura. La Ley de Empresas del Estado, de
30 de junio de 1987, y que entraba en vigor el 1 de enero de 1988 con el propósito de conseguir
autonomía financiera y una mayor descentralización, no consiguió dinamizar la economía soviética
puesto que el todopoderoso Plan no fue recortado, ni se llevó a cabo la imprescindible eliminación
de los ministerios sectoriales, ni se pudo crear el mercado libre al por mayor de bienes del que se
nutrirían las empresas estatales en paralelo a la reforma de la empresa.
También en 1988 se decidió potenciar la actividad cooperativa, tal como se había previsto en
1986. La Ley de 26 de mayo de 1988 sobre “actividades industriales en el cuadro cooperativo”, que
entró en vigor el 1 de julio incrementó de forma muy notable este tipo de empresas. En un primer
momento la Ley produjo unos resultados aceptables. Después de un año habían surgido unas
133.000 cooperativas que producían bienes y servicios por un valor cercano al 2 % del PNB.
Aunque fueron bien recibidas por la población, acostumbrada a adquirir antes estos productos en el
mercado negro, los precios podían llegar a ser 3 ó 4 veces superiores a los de las tiendas oficiales.
No obstante, este tipo de empresas continuaba siendo una mera anécdota dentro de una economía
estrechamente vinculada al aparato estatal del que, en última instancia, seguía dependiendo.
Por lo que se refiere a la agricultura, se intentó su reactivación, algo fundamental para la
subsistencia de la población, en un doble sentido. Para empezar, se pretendió que los ingresos de los
agricultores crecieran por el procedimiento de abonarles una parte de la producción en divisas, y al
mismo tiempo que aumentara la productividad del agro. Sin embargo, este esbozo de “reforma
agraria” contó, desde un primer momento, con la oposición frontal de los responsables de las
granjas colectivas, que no podían permitir que el entusiasmo y el trabajo bien hecho de los
agricultores espoleados ante la perspectiva de ver aumentar sus rentas pusieran en cuestión sus
privilegios y el de la propia organización colectivista soviética.
231
Por último, debemos citar también otras medidas reformistas. Era imprescindible abordar la
reforma de precios y salarios, tal como había anunciado Gorbachov en la Conferencia del Partido de
1988, con la finalidad de ahorrar recursos, especialmente, a través de la reducción de subvenciones,
cuyos gastos eran ya desmesurados y estarían fuera de lugar en el nuevo régimen económico que se
pretendía instaurar. No debemos olvidar que, p. e., el alquiler de las viviendas se había fijado en
1928; el precio de productos básicos, como el pan, el azúcar y los huevos, venía de 1954 y el de la
carne, de 1962. En este último caso, el Estado subvencionaba con 3 rublos en los establecimientos
estatales cada kilo de carne que se vendía a 1,80 rublos. Aunque quizá el caso más espectacular, por
conocido en Occidente, era el de los 5 kopecks del Metro moscovita, tarifa fijada en 1935. En
cuanto a los salarios, y a la vez que la reforma de precios, el Estado pretendió subir el nivel
adquisitivo de los trabajadores con un aumento de las remuneraciones nominales aunque el proceso
inflacionista fuera un obstáculo, en la práctica insalvable para el crecimiento de los salarios reales.
En cualquier caso, entre 1986 y 1990 los sueldos de profesores ascendieron en un 30 %, el de
ingenieros y técnicos en general entre un 30 y un 35 %, los de médicos en un 40 %, y los de
trabajadores manuales únicamente entre un 20 y un 25 %. De cara a potenciar la inversión
extranjera y las exportaciones, el 1 de enero de 1990 se procedía a devaluar el rublo en un 50 %, lo
que se tendría que repetir cada año hasta conseguir la paridad de la moneda.
Todas estas medias, sin embargo, tampoco lograron “reconstruir” la economía: las
ambigüedades y contradicciones habían conducido al fracaso de la reforma. Gorbachov y sus
asesores económicos lograron que se aprobara a finales de 1990 el denominado Plan Chatalin. Éste
dejaba patente que una economía de mercado sólo podía existir gracias al libre juego de la oferta y
la demanda, amparado por unas instituciones democráticas que sirvieran de garante al mismo. Pero
ello, era una ruptura clara, sin falsos maridajes con el aparato comunista del Estado y debido a esto,
se frustró. La pugna entre el viejo sistema y el transformador plan se descartó por la pervivencia de
las viejas estructuras, e incluso supuso el final del proceso privatizador puesto en marcha a finales
de 1986.
Los cambios político-institucionales
Al comienzo de su mandato, Gorbachov sólo hizo referencias a la mejora necesaria en el
funcionamiento del sistema político así como al excesivo protagonismo del Partido en el aparato
estatal. Bastante tenía con afianzar su puesto de Secretario General, desplazando de los cargos de
alta responsabilidad a los herederos de la era Breznev para colocar a hombres de confianza: según
Richard Sawka, ya a lo largo de 1985, el nuevo líder soviético había logrado desbancar a cerca de
los dos tercios de los puestos claves del Estado.
Una vez obtenido el apoyo de los dirigentes del Partido, Gorbachov decidió poner en marcha
el programa renovador que había diseñado para transformar las estructuras políticas. Durante el
primer periodo de la reforma, el 1 de diciembre de 1988 el Soviet Supremo de la Unión aprobaba
una Ley “sobre modificaciones y adiciones a la Constitución de la U.R.S.S.” que afectaba a una
tercera parte de la Ley Fundamental soviética, sobre todo en lo concerniente al sistema electoral, a
partir de la cual se elegiría un Congreso de Diputados populares, institución a su vez novedosa, que
elegiría al Soviet Supremo. De otra parte, el equilibrio y la separación entre los poderes ejecutivo,
legislativo y judicial, de los cuales desaparecería el control del Partido, deberían ser garantizados.
La Ley electoral vigente a partir de diciembre de 1988 extendía el derecho de nominación hasta un
número ilimitado de candidatos a quienes se requería que presentaran programas propios ante el
cuerpo electoral. Los diputados electos no podían desempeñar puestos gubernamentales al mismo
tiempo que ejercían sus labores de representación y debían vivir o trabajar en el distrito por el cual
habían sido designados. Con todo, conviene no olvidar que, aún garantizándose el sufragio secreto,
las elecciones futuras no serían unas elecciones democráticas ya que el Partido Comunista
continuaba siendo el único legalizado. Además, las Comisiones electorales locales, garantes del
232
buen desarrollo de los comicios, estaban manejados por el aparato del Partido que, a su vez,
mantenía un notable poder en la nominación de candidatos.
A pesar de todas las limitaciones, los resultados de las elecciones celebradas el 1 de
diciembre de 1988 fueron relevantes si consideramos los nuevos derroteros por los que iba a
moverse la política soviética. Aunque curiosamente el 87 % de los miembros del nuevo Congreso
eran militantes del Partido –proporción mayor a la que había en 1984 (71 %)– fueron mucho más
significativas algunas de las derrotas sufridas por dirigentes comunistas en distintos territorios del
país. Los alcaldes de Moscú y Kiev, los primeros secretarios del PCUS en Kiev, Minsk y Alma-Ata,
el primer ministro de Letonia y el presidente de Lituania no obtuvieron su escaño. La victoria del
reformista Yeltsin en Moscú con un 89,4 % de los sufragios t la abrumadora derrota en Leningrado
del primer secretario regional (candidato del Politburó), eran más que una seria advertencia a la
nomenklatura, así como la evidencia de una hostilidad creciente contra el propio Partido
Comunista, manifiesta en el apoyo a los candidatos independientes sobre todo en los grandes
núcleos de población.
Precisamente estos acontecimientos favorecieron la posición de Gorbachov en relación con
la necesidad de variar la estructura de la organización comunista, así como de replantear su función
dentro del sistema. Los cambios sustanciales que afectaron de lleno al Partido Comunista, y que
pretendían terminar con su predominio secular en el gobierno de la Unión Soviética, se produjeron
entre febrero y marzo de 1990. El 12 de febrero el Comité Central del PCUS rechazaba como eje
central de su actuación el principio de la dictadura del proletariado, y diez días después, el Comité
Central debatía y aprobaba, a propuesta de su Secretario General, la supresión del importantísimo
artículo 6º, según el cual el papel dirigente de la sociedad soviética lo ejercía en solitario el PCUS.
Al afectar esta última medida al corazón de la Constitución soviética, dicho acuerdo lo refrendó el
Congreso de los Diputados populares el 14 de marzo de 1990, poniendo fin a toda una era de
dominio ideológico del PCUS, y abriendo paso de esta manera al pluripartidismo en la U.R.S.S..
En efecto, aunque la aprobación de la Ley de asociaciones políticas, dentro de la cual se
moverían los nuevos partidos políticos, no tuvo lugar hasta octubre de 1990, distintas fuerzas
políticas fueron toleradas a partir de la reforma constitucional de marzo. Así, a mediados de 1990 se
calcula que existían unas 20 organizaciones con un campo de actuación a lo largo y ancho de toda la
Unión, y otras 500 que operaban a nivel independiente. Incluso en el seno del PCUS las diferencias
entre facciones eran cada día más insalvables, agravando la ya de por sí deteriorada situación dentro
del Partido.
Por si fuera poco y debido a la nueva situación política, las elecciones que se desarrollaron
desde finales de 1989 hasta bien avanzado 1990 a los parlamentos republicanos y a los soviets
locales, supusieron un serio revés para las aspiraciones hegemónicas del Partido Comunista, . En las
grandes ciudades de Rusia, entre ellas Moscú y Leningrado, triunfó la candidatura no oficialista
del Partido, y la oposición de los Frentes Populares se hizo con un número variable de escaños en
las distintas asambleas republicanas, consiguiendo, incluso, la mayoría en dichas cámaras los
candidatos independentistas de Lituania, Letonia, Estonia, Georgia, Armenia y Moldavia.
La posición de Gorbachov se hizo cada vez más difícil dentro del Partido y de las
instituciones estatales, pues tanto los comunistas más ortodoxos como los renovadores le acusaban
de no saber hacer frente a los males del país e incluso de contribuir a agravarlos. Ante las crecientes
dificultades Gorbachov perdió el norte en su actuación política. Si durante los meses estivales de
1990 había apoyado –parecía que sin reservas– a las fuerzas proclives a una reforma democrática
más rápida y profunda simbolizada en el Plan Chatalin, en otoño del mismo año –y ante el rechazo
de dicho plan por parte del Soviet Supremo– trató de encontrar aliados en el sector antirreformador
del Partido, al designar para puestos claves a conocidos comunistas del sector ortodoxo: Valentín
Paulov como primer ministro, Gennadi Yanaev como vicepresidente y Boris Pugo como ministro
del interior. Por otro lado, Yeltsin y los presidentes de otras ocho Repúblicas presionaban sobre el
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mandatario soviético para que iniciara una ronda de conversaciones para establecer en un futuro
próximo un nuevo Tratado de la Unión, que se iniciarían en abril de 1991.
La situación terminó por hacerse insostenible. La confusión de poderes llegó al paroxismo
entre la práctica desarticulación del Partido y la nula coordinación entre las instituciones del Estado,
tanto nuevas como antiguas, sin que Gorbachov fuera capaz de reconducir el marasmo político –y
económico– existente. Ello benefició que la vieja guardia del Partido Comunista intentara frenar
manu militari el proceso reformista que, a su juicio, estaba acabando con las conquistas de la
revolución de octubre, protagonizando un fallido golpe de Estado en agosto de 1991.
El problema nacional
La exacerbación del problema nacional en la U.R.S.S. que se vivió entre 1986 y 1991 hunde
sus raíces en la falsedad de los principios federalistas e igualitarios entre las Repúblicas, que había
conducido a la primacía rusa sobre el resto de los pueblos soviéticos. Según la tipología del
problema nacional de la Unión Soviética –territorial, étnico, religioso, cultural, colonial o
puramente independentista– se puede hacer un seguimiento a través de las siguientes áreas en
conflicto: Transcaucasia, Asia Central y las Repúblicas bálticas.
La crisis en el Cáucaso asoló a las tres Repúblicas de la zona –Armenia, Azerbaiyán y
Georgia–, dando lugar a situaciones de auténtica guerra civil, como la que protagonizan armenios y
azeríes por el control del enclave armenio de Nagorno-Karabaj en Azerbaiyán. El conflicto entre
armenios y azeríes viene marcado por la pugna que ambos pueblos sostienen por Nagorno-Karabaj,
aunque sus causas no sólo se encuentran en la nueva reivindicación territorial, sino que hunden sus
raíces en aspectos tales como la religión –armenios, cristianos; y azeríes, musulmanes– o la
ecología, pasando por la propia crisis económica. Ante el fracaso de todas las soluciones de
compromiso que arbitró Moscú, las hostilidades se recrudecieron hasta degenerar prácticamente en
guerra civil, que Gorbachov y su gobierno trataron de frenar a través de la intervención directa del
Ejército soviético en Bakú el 20 de enero de 1990. La medida de fuerza contra Azerbaiyán no puso
fin al conflicto. Sin embargo, Moscú fue perdiendo protagonismo por la súbita descomposición del
sistema para cederlo a las partes beligerantes, sin que éstas hayan logrado solventar la crisis de
ninguna de las maneras.
En las repúblicas asiáticas (Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenia, Tajikistán y Kirguizia) dos
factores importantes han determinado la evolución del nacionalismo. Por un lado, la deplorable
situación socioeconómica de las mismas, en general alejadas del proceso industrializador y
sometidas a una sobreexplotación de la tierra que las ha convertido en abastecedoras masivas de
productos agrarios sin transformar. En segundo lugar, el peso que el Islam ha tenido y tiene en
todos estos territorios como articulador y unificador de los pueblos que allí viven. La perestroika,
con su tolerancia hacia los cultos religiosos, permitió un florecimiento del islamismo en estas
Repúblicas que viven a las puertas de Irán. Así, a partir de 1985 y hasta 1992, se calcula que el
número de mezquitas con culto se ha multiplicado por cinco, aparte de la paulatina apertura de
escuelas inspiradas y dirigidas por los principios islámicos.
El poder central soviético achacó el estallido de las crisis interétnicas en Asia Central a .las
acción interesada de políticos corruptos capaces de manipular a grupos de población marginada –
quienes en última instancia habrían provocado los incidentes– para hacer ver a Moscú que las
reformas sólo podrían ponerse en práctica siempre y cuando pasaran por el filtro de las autoridades
republicanas. Este hecho, junto al efecto del fundamentalismo islámico sobre una población sin
demasiadas esperanzas, habría producido la eclosión de la violencia. Sin embargo, los mandatarios
soviéticos obviaban de forma interesada la dejadez sufrida por la economía tradicionalmente en
estos territorios, la escasa, por no decir nula, modernización social, así como los odios latentes entre
algunas de las etnias allí residentes.
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Un carácter muy distinto presentó el conflicto surgido en las tres repúblicas bálticas:
Estonia, Lituania y Letonia. Aquí, soñando a partir de junio de 1988 con la identidad perdida, la
crisis se convirtió en una auténtica revolución democrática que, con el tiempo, al reivindicar la
independencia política, supondría el jaque mate al antiguo imperio de los zares. Por otra parte, el
hecho de que este conflicto se diera en estos territorios de la U.R.S.S. no debe sorprendernos si
consideramos que estas repúblicas tenían un desarrollo económico mayor en general que el resto de
la Unión, unas relaciones tradicionalmente más fuertes con Occidente y una sociedad civil que
había tomado conciencia de sus derechos históricos, sabedores de que habían sido países
independientes entre 1918 y 1939, cuando se produjo la incorporación de la Unión Soviética fruto
del pacto Molotov-Ribbentropp. Así, la aparición de los Frentes Populares en estas Repúblicas a lo
largo de 1988 respondió, más que un apoyo formal a la perestroika, a la necesidad sentida por la
mayor parte de los ciudadanos de recuperar su soberanía nacional.
Así, y después de haber tenido numerosísimos incidentes con la autoridad de Moscú, un
paso fundamental –cualitativamente hablando– para el triunfo de las tesis bálticas en convertirse en
Estados libres se produjo cuando, tras las elecciones de 1990, los dirigentes de las repúblicas de
Georgia, Bielorrusia y Moldavia reconocieron el derecho inalienable de las Repúblicas de Lituania,
Estonia y Letonia a la secesión toda vez que esto era proclamado conforme a los procedimientos
democráticos al uso, lo que, además, suponía la reparación de una injusticia histórica.
La fuerza de los acontecimientos hizo comprender a los dirigentes soviéticos, y en especial a
Gorbachov, que de todos los problemas planteados en la U.R.S.S., el principal de ellos en 1985 no
era otro que el problema nacional. La falta de perspectiva política, así como la impericia en el
tratamiento de las sucesivas crisis nacionalistas, que se fueron planteando en el país de los soviets
desde 1986 le llevaron a un callejón sin salida. Si al principio de la era Gorbachov todavía hubiera
sido posible preservar la U.R.S.S. a través de la puesta en marcha de una Confederación de Estados
Soberanos, a finales de 1990 o a principios de 1991 esta aspiración ya no tenía sentido. Así,
fracasaron los primeros conatos de negociación en el mes de julio del 90 sobre el futuro tratado de
la Unión, pues las Repúblicas Bálticas, que iban ya por otros derroteros, ni siquiera participaron, y
pronto se descolgaron Armenia, Georgia y Moldavia. Las nueve restantes, encabezadas por la
República Rusa, obligaron a Gorbachov a negociar durante abril y hasta julio (el 9 + 1) en la ciudad
de Novo Ogarievo. El texto aceptado por todas las partes que suponía la base de un nuevo Tratado
de la Unión, debería ser firmado solemnemente el día 20 de agosto de 1991.
El Tratado de la Unión fijaba una Unión de Repúblicas Soviéticas que eludía cualquier
llamada al socialismo. La Unión tenía derechos exclusivos en materias como la dirección del
ejército, declaración de guerra y firma de la paz, policía, aprobación y puesta en marcha del
presupuesto federal y de las grandes líneas de política económica interna y externa, reserva de
divisas y emisión de monedas, investigación espacial y militar o regulación y control de la energía
nuclear. Sin embargo, y como era lógico a tenor de la estructura federal que se intentaba implantar,
los poderes debían en su mayor parte ser desempeñados conjuntamente por las Repúblicas y los
órganos centrales: política impositiva, sistemas de créditos y financiación, gestión de recursos y
protección del medio ambiente, transporte, comunicaciones, política de bienestar social, educación,
promoción de la actividad científica y tecnológica o puesta en práctica del programa de la Unión
para los desarrollos regionales.
Los desequilibrios sociales
En un país con tan acusadas diferencias étnicas, comportamientos sociales y formas de
entender la vida, la propaganda oficial se empecinaba en tratar de demostrar lo imposible, negando
evidencias como el hecho de que en las Repúblicas Asiáticas, abrumadoramente volcadas a la
agricultura, las infraestructuras sanitarias o de transportes eran, por poner dos ejemplos, más que
precarias. En Tajikistán la mayor parte de la población continuaba viviendo en clanes, como en las
épocas ancestrales, en cabañas sin saneamientos, agua corriente o electricidad; mientras que las
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ciudades de las repúblicas del Báltico o de la Federación Rusa contaban con un desarrollo
económico basado en la industria o en el terciario que les permitía contar con una serie de
comodidades muy superiores a los territorios de la periferia.
No eran sólo las abismales diferencias regionales. La rígida política planificadora,
obsesionada desde el periodo estalinista por crear una potente red de industrias de bienes de equipo,
había generado un proceso de modernización rápido que indujo la aparición de fuertes
desequilibrios sociales por las inevitables disparidades salariales. No era lo mismo ser un obrero no
cualificado, un ingeniero que ocupara un puesto clave en el proceso de producción o un técnico
intermedio. Además, la complejidad creciente del aparato funcionarial del Estado y del Partido
generó el surgimiento de grupos con intereses parecidos según el nivel de decisión política en el
cual actuaran. La nomenklatura, como élite político-económica, recibía un salario mucho más
elevado que el resto de la población y gozaba de una serie de privilegios al margen de cualquier otro
grupo social.
Para ilustrar todo lo anterior nada mejor que acercarnos a la estructura ocupacional: bien por
sectores de actividad (Sector Primario, 18 %; Secundario, 39 %; y Terciario –transportes y
comunicaciones, comercio, servicios y otros– 43 %), bien por la categoría social de ocupados
activos (el 62 % de obreros, el 29 % de empleados y el 9 % de campesinos koljosianos), la
considerada segunda potencia mundial (el 71 % de los activos desempeñaba en 1989 tareas
manuales) no había alcanzado todavía a finales de la década de los 80 la etapa “posindustrial”. Si
nos fijamos a continuación en la percepción salarial de los trabajadores soviéticos, tenemos que
distinguir una doble vía de ingresos: los dinerarios y los llamados “no salariales”. En cuanto a los
primeros, en 1988 el jornal mensual medio de obreros y empleados se estimaba en 220 rublos,
aunque con grandes diferencias regionales (249 rublos en Estonia y sólo 171 en Azerbaiyán);
mientras que los ingresos medios mensuales de los campesinos koljosianos no pasaban de 182
rublos (305 en Estonia y 145 en Georgia). El 82,8 % de los trabajadores soviéticos recibía en 1988
un salario medio mensual de 200 rublos o por debajo de dicha cantidad.
Sin embargo, al menos en teoría, el sistema dotaba de seguridad a la población, al dotar a
éstos de unos mínimos indispensables proporcionados por el Estado y su política de pleno empleo y
subvenciones, tradicional en la historia de la U.R.S.S.. Esta situación estacionaria,. generadora de
apatía entre la mayor parte del pueblo que veía prácticamente el cambio de status a lo largo de su
vida, se consolidó en esa alianza de despotismo y parasitismo, como un periodista, Karpinskii,
definió la sociedad soviética durante la era de Breznev y sus sucesores, que provocó un deterioro
evidente en el espíritu de trabajo de la población.
La relajación de las normas sociales afectaba también a la institución familiar. Las consignas
gubernamentales para fomentar la natalidad no eran cumplidas por los matrimonios soviéticos, que
estaban siendo víctimas de la propia crisis degenerativa del sistema. Todo ello incidió claramente en
el aumento del número de los divorcios o de los abortos. En una situación de crisis económica sin
solución, donde la caída del nivel de vida demostraba su gravedad, no es de extrañar que se hubiera
enseñoreado de la sociedad la corrupción, el alcoholismo, la drogadicción, la delincuencia
organizada, los suicidios o la prostitución. En resumidas cuentas, un estado de descomposición
moral absoluto, que, entre otras cosas, ponía en entredicho el sistema educativo soviético, por ser la
juventud la primera víctima de todo ello. Además de convivir penosamente con las lacras sociales
anteriormente citadas, la sociedad soviética en general, y los poderes públicos en particular,
terminaron por aceptar la existencia de otros tres grandes problemas, aunque de diverso signo. Nos
estamos refiriendo al problema medioambiental, a los conflictos laborales y al renacimiento
religioso.
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El intento de golpe de Estado
El descontento generalizado de la población ante las fracasadas reformas pudo constatarse a
lo largo de 1990 y 1991; la crisis económica era absoluta y no se veía salida a corto o medio plazo;
la desintegración de las instituciones, la degradación moral y la escasa fe en los dirigentes políticos
quedaban plasmadas en las encuestas de opinión. Por si fuera poco, el nuevo Tratado de la Unión
venía a refrendar los temores de los sectores comunistas más ortodoxos ante una posible
desaparición de la U.R.S.S. a tenor de los poderes que se concedían a las Repúblicas en detrimento
del tradicional centralismo. Los crecientes titubeos de la política desarrollada por Gorbachov, cuyo
predicamento dentro de la Unión Soviética menguaba día a día, parecían conducir a un callejón sin
salida. La situación era propicia para maquinaciones entre quienes nunca habían comulgado con los
cambios democratizadores y, más aún, cuando algunos de sus más conspicuos elementos ostentaban
cargos de responsabilidad en el Partido y en el Estado.
Con este difícil panorama político, y a partir de septiembre de 1990, el mandatario soviético
optó por un acercamiento a los sectores comunistas ortodoxos, lo que provocó un aumento de poder
del KGB a cuya cabeza se puso a Kriuchkov, futuro golpista, y del Ministerio del Interior donde el
exjefe de la KGB en Letonia, Pugo, sustituyó al reformista Bakatin en la gestación política
nacional. En diciembre, otro reformista que había desempeñado un papel importante para lograr el
apoyo y el reconocimiento internacional de la perestroika, el ministro de Asuntos Exteriores
Shevardnadze, dimitía al no estar de acuerdo con los nuevos derroteros que atravesaba el país.
Estos nuevos responsables de la política soviética pensaron que el desbarajuste económico,
la pérdida de prerrogativas constitucionales del Partido Comunista, la falta de liderazgo
internacional de la U.R.S.S. y la desesperación de la población ante el deterioro de su calidad de
vida actuarían como caldo de cultivo para el triunfo del golpe de Estado que pretendían dar. A pesar
de no tener las ideas claras sobre la forma actuar, ni una estructura organizativa suficiente, los
futuros golpistas habían comenzado a hablar sobre la posibilidad de una solución de fuerza desde el
invierno anterior y estimaron como buenas las fechas previas a la firma final del nuevo Tratado de
la Unión. En estas circunstancias, los objetivos de los golpistas estaban muy claros: regresar a la
senda del marxismo-leninismo; preservar la unidad del Estado soviético; dar por concluidas las
desastrosas reformas de la perestroika; apartar a Gorbachov de la Secretaría General del PCUS, y
por ende de la presidencia de la U.R.S.S.; y volver al statu quo de guerra fría salvando al país del
enemigo de siempre.
Con Gorbachov de vacaciones en Crimea, desde primeros de agosto, los partidarios de la
solución de fuerza para terminar con la crisis generalizada que padecía la U.R.S.S. decidieron poner
en marcha sus planes sin más dilación. Según los indicios, el 16 de agosto, los dirigentes principales
del golpe de Estado constituyeron el autodenominado Comité de Emergencia. Así, conforme al plan
previsto, el 18 de agosto, se desplazó a Crimea una comisión de conspiradores enviada por el
Comité que no logró persuadir a Gorbachov de que se sumara a las propuestas del Comité,
declarara el Estado de emergencia, presentara la dimisión de sus cargos y firmara el traspaso de
poderes pertinente. Ante esta negativa, lo aislaron del mundo exterior y se hizo “oficial” su estado
de incapacidad por enfermedad. Ante tal evidencia el Comité tenía la obligación patriótica de
reclamar para sí todos los poderes y hacerse con las riendas de la situación. El 19 de agosto se
informaba a la población sobre la incapacidad del presidente de la U.R.S.S. y se establecía el estado
de excepción. Sin embargo, ante las presiones internacionales y el escaso apoyo en el interior, el
golpe fracasó. En la madrugada del día 22, Gorbachov llegaba por fin a Moscú. Una vez instalado
en el Kremlin y en el uso de sus prerrogativas como Secretario General del PCUS y de presidente
de la U.R.S.S., procedía a anular todos los decretos y demás órdenes de rango inferior emitidos por
el extinto Comité de Emergencia y ordenaba sin dilación la detención de todos los conspiradores
que todavía se encontraban en libertad.
Definitivamente se podía dar por terminado el intento de golpe de Estado del 19 de agosto.
La falta de respaldo y la clara incompetencia de los golpistas, incapaces de articular en torno suyo
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una red jerarquizada y compacta, susceptible de tomar decisiones rápidas, debido a la falta de
previsión e ineficacia a la hora de llevarlo a cabo, dieron al traste con la conspiración. Yakovlev
comentó posteriormente a James Baker, Secretario de Estado Norteamericano, que los golpistas
hicieron por nosotros en tres días lo que hubiéramos tardado en conseguir quince años. Las
consecuencias inmediatas del estrepitoso fracaso de la conspiración fue, por un lado, la liquidación
casi definitiva de las instituciones comunistas y, por otro, la desintegración de la U.R.S.S..
En el camino de la desintegración
El 24 de agosto Gorbachov renunciaba a la Secretaría General del PCUS y exigía la
disolución de su Comité Central y de las células existentes en el Ejército, la policía y la KGB.
Cinco días más tarde el Soviet Supremo de la Unión suspendía las actividades del Partido, esto es,
firmaba prácticamente su carta de defunción. El 2 de septiembre se disolvía el Congreso de los
Diputados Populares y, con él, el Soviet Supremo y el gobierno de la U.R.S.S..
El día 27 las tres Repúblicas Bálticas lograban por fin el tan deseado reconocimiento de la
Comunidad Económica Europea y el 6 de septiembre el nuevo Consejo de Estado de la U.R.S.S.
aceptaba su independencia: una serie de decretos traspasaban el control de los ministerios y el
Banco Estatal soviético a manos de la Federación. El 29 de agosto se daba el golpe de gracia a los
futuros planes de Gorbachov para preservar la Unión: Rusia y Ucrania firmaban un tratado bilateral
de cooperación económica y seguridad que, al día siguiente, repetiría la Federación Rusa con
Kazajstán.
Dentro de este proceso de extinción del antiguo sistema, la figura protagonista de los últimos
tiempos no podía quedar a salvo. Gorbachov, que a su vuelta de Crimea todavía insistía en la vía
reformista de la perestroika –aunque se había demostrado a todas luces frustrada– si bien ya no se
sabía a que idea socialista se refería– había sido ampliamente desbordado por los acontecimientos.
El agotamiento de su carrera política estaba fuera de toda duda mientras la estrella de su gran rival,
Boris Yeltsin, alcanzaba su apogeo. La inequívoca posición de este último en contra del conato
golpista, el amplio apoyo popular, el vacío de poder creado y su rápida intervención, propiciaron
una serie de decretos firmados por el Presidente de la Federación Rusa que, a pesar de su dudosa
constitucionalidad, no fueron rebatidos. De este modo, el día 20 de agosto, transfería por decreto las
instituciones centrales soviéticas a la jurisdicción de Rusia, colocando en puestos claves a gentes de
su confianza y acaparando las competencias y funciones del viejo aparato gubernamental soviético.
El día anterior había asumido personalmente –aunque fuera retórico– el mando de todo el Ejército
diseminado en el territorio de Rusia. Gorbachov, a su regreso a Moscú, y en la práctica sin que
nadie la avalase dentro de la U.R.S.S., se plegó a las imposiciones de Yeltsin en la sesión
extraordinaria del Soviet Supremo el 23 de agosto. Quizá también era el momento adecuado para
dimitir como presidente de la U.R.S.S., pero no lo hizo.
Este giro radical en los acontecimientos abortó el último intento de unidad política
auspiciado por Gorbachov. El golpe de gracia definitivo a lo que quedaba de Unión Soviética se lo
dieron los presidentes de las tres Repúblicas eslavas –Rusia, Ucrania y Bielorrusia– con la forma de
un tratado en Minsk por el cual se creaba una nueva Comunidad de Estados Independientes (CEI),
el 8 de diciembre. El día 21 se cerró este proceso en Alma-Ata con la vinculación a la de ocho
Estados más, quedando Georgia al margen. Ante la marcha de los acontecimientos, y abandonado a
su suerte, Gorbachov renunció a su cargo en un mensaje retransmitido a su país y al mundo entero
por televisión el 25 de diciembre.
La CEI se constituyó sin pretensiones de carácter confederal y menos aún federal, que
siempre rechazaron de manera expresa Ucrania y más solapadamente los Estados de Asia Central,
escarmentadas de la experiencia soviética. Su estructura interna –Consejo de Jefes de Estado,
Consejo de Jefes de Gobierno y Comités Ministeriales– era meramente nominalista, y sus objetivos,
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por el momento, no iban más allá de potenciar en la medida de lo posible los acuerdos bilaterales y
multilaterales entre los Estados miembros.
Los problemas económicos de los Estados surgidos de la antigua Unión Soviética se han
agravado con el tiempo. La mayor parte de sus dirigentes pensaba en la economía libre de mercado
como en la panacea, pero la realidad se mostró mucho más compleja, y la vía privatizadora no ha
hecho sino comenzar. Desde el punto de vista político, los problemas eran igualmente acuciantes.
En general, ha existido una falta de entendimiento entre el legislativo, cuyos miembros fueron
elegidos en la última época de la U.R.S.S., y el ejecutivo, con mayo
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