Jesucristo, sumo y eternos acerdote

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HOMILIA CON MOTIVO DE LAS BODAS DE ORO Y
PLATA SACERDOTALES (Catedral, 28-5-2015)
Querido hermano obispo, D. José; queridos hermanos
sacerdotes, especialmente quienes celebráis las bodas de oro
y plata; queridos seminaristas; queridas consagradas,
queridos todos.
Estamos celebrando la fiesta de Jesucristo, Sumo y
Eterno sacerdote. Aquel que un día nos llamó por nuestro
nombre y, como hemos leído en la primera lectura, del
profeta Isaías, “fue traspasado por nuestras rebeliones y
pecados”. Como Jesucristo, nuestras vidas y ministerio sólo
tendrán sentido, si, con el Salmo 39, respondemos “aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Sólo así, haciendo de
nuestra vida un verdadero sacerdocio existencial, se cumplirá
el relato del evangelio de San Lucas: “Esto es mi cuerpo y mi
sangre entregados por vosotros”. El Cuerpo y la Sangre de
Cristo encarnados en nuestro propio cuerpo y en nuestra
propia sangre.
Con este mensaje tan entrañable de las lecturas de hoy,
y junto a mi sincera felicitación, pido al Espíritu que penetre
en el corazón de quienes hoy celebráis vuestras bodas de oro
sacerdotales para que podáis cantar el Magnificat por tantas
obras admirables como Dios ha hecho y sigue haciendo en
vuestras vidas: D. Bernardino San Nicasio Rubio, D. José
Durán González, D. Antonio García Arroyo, y D. Agustín
Gutiérrez Pino. Y quien, juntamente, festeja sus bodas de
plata sacerdotales: D. Juan Carlos Sánchez Gómez.
A todos os dirijo unas breves palabras. Comienzo con
una anécdota que vengo repitiendo durante estos días: en los
recientes ejercicios, dirigidos a 52 sacerdotes en Santiago de
Compostela, en la última noche, vi una luz encendida en la
capilla a altas horas de la noche. Bajé a comprobar que no se
había quedado dada. Mi sorpresa fue la de encontrar, orando,
al sacerdote de mayor edad. Le pregunté si sucedía algo. Y me
respondió, con los ojos llorosos, “estoy preguntando a Jesús,
si después de tantos años de ministerio, sigue estando
contento conmigo”. Me permito devolverlo, en este día, a todos
los hermanos del presbiterio: “Jesús, ¿sigue estando contento
conmigo?”…
Durante el mes de abril y mayo, he mantenido
encuentros personales con cada uno de vosotros. Sin desvelar
ningún secreto, os puedo decir que este obispo sí está
contento con sus presbíteros. En cuanto a la salud, en lo
físico, hacéis lo posible por cuidaros, con los achaques
propios de la edad. En lo psíquico, denoto alegría y sano
bienestar. En lo espiritual, aunque se puede ganar más en
cantidad y calidad en relación a la oración “de alcoba y a la
litúrgica”, la tónica es buena. Os pido que no descuidéis el
sacramento de la Reconciliación y de la Penitencia,
protagonista, sin duda, en el anunciado año jubilar de la
Misericordia y en el presente año jubilar teresiano. Y que la
celebración de la Eucaristía sea el centro de vuestras vidas.
En cuanto al ejercicio concreto del ministerio, me habéis
hablado de la despoblación, del envejecimiento y del
empobrecimiento de nuestra realidad social. A pesar de todo,
seguís practicando la espiritualidad “de los ojos abiertos y del
corazón compasivo”, junto a la fidelidad a las comunidades,
más bien pequeñas, que atendéis. Todo ello, con una visión
de eternidad, capaz de valorar cada momento como un
verdadero “kairós”, una gracia. Lo que supone que nada, ni
el tiempo ni la salud, se desgastan en balde o en inútiles
trabajos. ¡Muchas gracias y muchas felicidades! Que la
fidelidad, como sueña el Papa Francisco, no esté reñida con
la creatividad pastoral y con la conversión misionera.
En cuanto a los arciprestazgos, constatáis la
importancia de los mismos para una pastoral de conjunto y
para vivir la fraternidad sacerdotal. ¡Gracias por quereros y
ayudaros! ¡Gracias también por el esfuerzo de integrar a los
laicos y religiosas, en los llamados equipos apostólicos! Y,
¡gracias, por sentir la necesidad de complementar mucho más
la pastoral territorial con la sectorial y de ambientes!…
A nivel diocesano, habéis manifestado vuestra
preocupación por la alta edad de nuestro presbiterio
años de media) y la urgencia del necesario
generacional. Pero, al mismo tiempo, este dato
sinónimo de derrotismo ni de miedo al futuro.
lógica
(69,41
relevo
no es
Os preguntáis si el Seminario Menor, con el enorme
esfuerzo que esto supone, está cumpliendo su cometido; y os
conforta la alegría de los seminaristas mayores. Y, ¡cómo no!,
la feliz y reciente noticia de la ordenación de D. Anselmo.
También, en lo Diocesano, estáis contentos de los frutos
de la Asamblea, particularmente por haber despertado más a
los laicos en su corresponsabilidad eclesial, fruto de creer en
la sinodalidad. Pero pedís que los sacerdotes nos
impliquemos todavía más en la post-asamblea. ¡Apruebo y
bendigo este deseo tan necesario!
Quiero finalizar, con dos sugerencias: la primera,
recordando lo que tiene que ser un sacerdote de hoy: Dios, en
el corazón; la cabeza, en la eternidad; las manos, en la
Eucaristía y en la ayuda de los más pobres; y los pies,
pisando tierra, pero “por encima de la tierra”, para no
convertirnos en “mundanos”. ¡Estamos en el mundo, sin ser
mundanos!
La otra sugerencia, me viene del Papa Francisco. El día
2 de abril de 2015, en la Misa Crismal, habló de los
cansancios de los sacerdotes y de los sacerdotes cansados. Lo
resumimos: estaría, en primer lugar, «el cansancio bueno y
normal de la gente; el cansancio de las multitudes»: para el
Señor, como para nosotros, era agotador – lo dice el evangelio
–, pero es un sano cansancio lleno de frutos y de alegría.
También se da «el cansancio de los enemigos». El
demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no
soportan la Palabra, trabajan incansablemente para acallarla
o tergiversarla. Aquí el cansancio de tener que enfrentarlos es
más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la
fatiga que conlleva, sino que incluso hay que defender al
rebaño y defenderse uno mismo contra el mal. El maligno es
más astuto que nosotros y es capaz de destruir en un
momento lo que construimos con paciencia durante largo
tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de aprender a
neutralizar el mal; que no es lo mismo que arrancar la cizaña
o el pretender defender, como superhombres, lo que sólo el
Señor tiene que defender. La palabra confortadora para estas
situaciones de cansancio es: «No temáis, yo he vencido al
mundo» (Jn 16,33). Esto nos da fuerza y nos conforta.
Y por último, «el cansancio de uno mismo». Es quizás el
más peligroso. Este cansancio, es auto-referencial; se traduce
en la desilusión de uno mismo no contemplada con la serena
alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón o
de ayuda para seguir adelante (como en el contraste entre
Pedro y Judas). Se trata del cansancio que da el «querer y no
querer», el añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar
con la ilusión de ser otra cosa. Este cansancio se llama
«coquetear con la mundanidad espiritual». ¡Pidamos la gracia
de aprender a estar cansados, pero ¡bien cansados y
cansados bien!
Nada más, ¡gracias sinceras, hermanos presbíteros que
festejáis las bodas de oro y de plata: gracias por vuestra
entrega y fidelidad demostradas! Pidamos unos por otros.
Sintamos, en nuestro presbiterio, la fuerza de la comunión de
los santos. Que el Espíritu nos conceda la alegría en nuestro
ministerio, y que la Buena Madre de los Sacerdotes, y tantos
sacerdotes santos que nos han precedido, nos acompañen y
alienten en nuestro caminar, para hace realidad lo mejor de
lo que nuestra Iglesia nos pidió en la Asamblea Sinodal.
Un recuerdo especial y cercano para nuestros hermanos
enfermos, misioneros y residentes en otras diócesis; una
oración de sufragio por nuestros presbíteros difuntos y la
petición, renovada, por nuevas y santas vocaciones.
Felicidades sinceras, finalmente, a los familiares de los
sacerdotes aquí presentes. ¡Gracias por vuestro cariño y
dedicación! Ojalá todos – sacerdotes, consagradas y laicos –
podamos repetir en este día la oración secreta antes de la
comunión: “Libera me per hoc sacrosanctum Corpus
et
Sanguinem tuum ab omnibus iniquitatibus meis, et universis
malis: et fac me tuis semper inhaerere mandatis, et te
numquam separari permittas” (Por tu Sacrosanto Cuerpo y
Sangre líbrame de todas mis iniquidades y de todos los otros
males, y
haz
que
esté siempre adherido a tus
mandamientos y no permitas que me separe nunca de Ti).
Amén.
+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo
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