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¿DESCENTRALIZANDO A LAMPEDUSA?
El discurso público y la inflación lingüística
Palabra sin respaldo
Eduardo Zapata Saldaña
“Los dioses pueden cambiar de nombre y sin embargo seguir siendo
semejantes a sí mismos, es decir, asegurar la misma función.” (Dumezil, G.
La Herencia Indoeuropea)
La noticia puntual nos sitúa ahora ante el tema de las elecciones regionales y
municipales. Asistiremos una vez más ante el viejo y no resuelto problema del
centralismo y el descentralismo. De acuerdo a sus intereses, algunos
proclamarán el triunfo de las voces regionales y locales, el fin de la voz
central y –cómo no– subrayarán el advenimiento de nuevos tiempos políticos,
sociales y culturales.
Muchos de los que fuman, lo saben. Aquellos que tienen algún sobrepeso,
también. Cualquier persona con alguna conciencia de culpa, también lo sabe.
Cada 31 de diciembre prometemos cabalísticamente cambiar algo que
consideramos negativo y nos entregamos a una fe calendaria que por arte de
magia suprimirá nuestros males.
Y entonces aparecen los consejos de los especialistas, amigos o vecinos.
Parches milagrosos, caramelos (amigos finales de las caries), alguna pastilla.
Igual ocurre con la ingesta de sopas, ejercicios imposibles y dietas
vegetarianas que terminan siendo la entrada de una buena hamburguesa. Y
obviamente las conciencias de culpa mayores obligarán al desarrollo de
estrategias acaso más complicadas. Y tal vez lo que es más interesante, con
prescindencia de los resultados: muchos se sentirán contentos con las
ritualidades desplegadas y hasta las recomendarán a sus semejantes.
Lo mismo ocurre cuando estamos frente a elecciones. Primero, promesas.
Luego, seguramente despliegue de estrategias y ritualidades. Y quién sabe –si
el operador político es hábil y tiene prensa favorable– habrá hasta aliento,
mucho aliento. Sensación misma de transitoria felicidad. Pero, ¿algo estará
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cambiando en realidad? ¿Estaremos convencidos de que realmente queremos
el cambio y de que estamos dispuestos –en aras de él– a realizar sacrificios y
no circunscribirnos a las ritualidades?
Comparto con ustedes una anécdota. Un destacado sociólogo –tres meses
antes de las últimas elecciones presidenciales– me decía que él prefería el
triunfo de Unidad Nacional o de Unión por el Perú. Inicialmente, me quedé un
poco sorprendido porque conocía el discurso externo “progresista” de esta
persona. Al preguntarle el porqué de su preferencia, me respondió muy
seriamente que era porque Unidad Nacional y UPP carecían de intelectuales y
que –por lo tanto– gente como él estaba apostando a gobiernos que, con
prescindencia de su signo político y estrategias o ritualidades públicas, le (les)
permitiesen continuar en el poder.
La expresión del príncipe de Salina en El Gatopardo de Lampedusa es
necesario que todo cambie para que todo permanezca igual ha sido usada
con mucha frecuencia. Diría yo que hasta se ha convertido en un ícono del
cinismo. Y esta expresión vino a mi mente porque hay fundadas y lamentables
razones para sospechar que el triunfo de todas las voces y “todas las sangres”
significará –parafraseando a Dumezil– el cambio de dioses y la permanencia
de las mismas funciones. ¿No estaremos simplemente diseminando en las
regiones los viejos males de la llamada metrópoli? Con palacios, cortes y
privilegios.
¿Cómo combatir las palabras del príncipe de Salina? Combatiendo
frontalmente la inflación lingüística que signa el discurso político, social y
cultural del país y tratando de devolverles a las palabras un referente debido.
Esta especie de lingua franca (lengua que se usa en los puertos únicamente
para asegurar el contacto y comercio entre los hablantes) en la que hemos
caído para asegurar acuerdos con mayúscula y minúscula, requiere ser
sacudida por un shock de sinceramiento lingüístico y cultural. Ya sabemos de
las bondades del sinceramiento económico; entendamos que este sin el
sinceramiento cultural debido –que devuelva a las palabras sus referentes– nos
sitúa ante las alegres promesas de año nuevo.
Decía Hernando de Soto –hombre también y fundamentalmente preocupado
por la precisión en el uso del lenguaje– en la Introducción a Democracia y
Economía de Mercado (Lima, Instituto Libertad y Democracia) que “nuestro
lenguaje ha sido distorsionado”. Para añadir a continuación: “tal proceso fue
conducido por intelectuales que durante años nos enseñaron un lenguaje
político y un mensaje moral”. Y añadía: “las ideologías, aunque originalmente
son concebidas para ser atractivas a la razón, tienden a tomar el carácter
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popular de creencias y se deslizan imperceptiblemente en las convicciones que
adoptamos. Entonces ya no son convicciones deductivas o inductivas, sino que
se convierten en dogmas o verdades comúnmente aceptados, respecto de los
cuales los creyentes no hacen cuestión” (de Soto, Democracia ..., pp. XXII –
XXIII).
¿No es acaso cierto que en aras de la lingua franca a la que hacíamos alusión
hemos llegado supuestamente a acuerdos y Acuerdos que cuando se inquiere
sobre el significado preciso de sus palabras, la mayoría de estas resultan
aplicables a todo y a nada a la vez?
Situados ante un hecho político, social, económico o cultural, los lingüistas –
por formación (o deformación) profesional– estamos habituados a hacernos
siempre la simple pregunta ¿quién dice qué para qué? ¿Cómo, cuándo, dónde?
Y a propósito del tema de la educación –también presente en estas elecciones
regionales– lo único que se ha hecho es, en el mejor de los casos, rozar el
quién, esbozar unos circunstanciales que carecen de valor (cuándo, dónde,
cómo) si no se refieren a un núcleo, y presentar un gran vacío: dice qué para
qué. Ese es el tema ausente. Esa es la educación. Y ese tema ha sido el gran
ausente. En qué vamos a educar a nuestros estudiantes y para qué. Ni el
dogma, ni mucho menos el re-uso o el slogan publicitario contribuirán a
esclarecer estos conceptos.
Retomando la Retórica. Discursos de re-uso y discursos de consumo
La ignorancia y los prejuicios nos han hecho olvidar que la Retórica fue en sus
inicios la disciplina de la argumentación. Hoy la palabra retórica nos suena
más bien a un adjetivo que sirve para calificar lo innecesario. Calificamos
como retórico, en efecto, a un discurso con palabras vacías. Pero la verdadera
retórica fue un sistema no sólo de formas lingüísticas para persuadir, sino un
sistema de conceptos que contribuyeron a dar sentido a una cultura oral –
como la griega– que vivía momentos de cambio. Esa sociedad educaba a sus
miembros en aspirar a la verdad a través de la argumentación.
De la retórica clásica y para nuestros tiempos convendría rescatar una
distinción básica. Los retóricos proponían la distinción de dos tipos de
discurso fundamentales: los discursos de consumo y los discursos de re-uso.
Los discursos de consumo son aquellos discursos que se formulan en una
situación concreta, en un aquí y un ahora, para cambiar una situación
determinada. La situación, demás está decirlo, puede ser simple o compleja y
pertenecer a la esfera de la vida privada o de la vida pública.
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Los discursos de re-uso son discursos formulados, más bien, para el
mantenimiento del orden social. Atienden estos discursos, entonces, a
situaciones socialmente concebidas como típicas. En este sentido, constituyen
discursos de re-uso la legislación, la liturgia sagrada y profana, las
conmemoraciones, las celebraciones.
A propósito de estos tipos de discurso conviene que retengamos una diferencia
fundamental entre uno y otro. Mientras los discursos de consumo apuntan al
cambio de una situación, los discursos de re-uso se orientan al
mantenimiento del orden establecido.
Es claro que un colectivo social cuando está enfrentado a situaciones de
cambio requiere de un impulso oficial hacia la formulación de discursos de
consumo. Es necesario hacer frente a situaciones inéditas para las cuales los
discursos de re uso resultan insuficientes. Ello no significa el abandono de los
discursos de re-uso, pero sí implica conferirles también a estos una dimensión
de consumo. Restituirles, entonces, sentido
En orden a la reconstrucción del sentido para la cotidianeidad de nuestras
aulas, convendría que hiciésemos un recuento de cuántos discursos de
consumo y de re uso propiciamos en nuestra vida política y social. Aun en la
misma vida académica. Y es indispensable que frente al cambio y las
exigencias de sentido por parte de la población cada agente político – que, en
definitiva, somos todos – revise, y si es posible cuantifique, el número de
horas que estamos dedicando al re uso y al consumo. O lo que es lo mismo
decir, el número de horas dedicadas a celebraciones muchas veces
intrascendentes o repeticiones innecesarias frente a un número de horas
dedicadas a propiciar que la gente se forme y entrene en enfrentar y solucionar
situaciones - problema.
¿País que lee, país que cambia?
Ya a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX Europa occidental y los
Estados Unidos habían adherido fundamentalmente a un código cultural: aquel
de la escritura. La escuela pública impulsada en el siglo XIX y la
obligatoriedad de la alfabetización para toda la población lo hicieron posible.
La producción en masa derivada de la industrialización requería de un
mercado uniforme de consumo. Los sistemas políticos requerían personas
instruidas capaces de aglutinarse modernamente en proyectos comunes.
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Poco ha sido subrayado en el Perú. Pero la comprensión de la democracia
representativa requiere de la inmersión del individuo en el sistema de la
escritura alfabético fonética, donde al sonido /a/ corresponde la grafía /a/. El
concepto de representación objetivada. Como poco hemos reflexionado entre
nosotros en que la familiarización con la economía monetaria supone también
una familiarización con una cultura de la representación que fue aparejada en
Occidente con los procesos masivos de alfabetización. Sin embargo este es un
tema cuyos alcances exceden este artículo, pero creo que debería
preocuparnos con mucha seriedad, y por eso lo menciono.
Regresemos a lo nuestro inmediato. Si se revisan los planes escolares de
estudio de los diferentes países en aquellas épocas, encontraremos que –más
allá del diverso énfasis puesto en diferentes materias– existe lo que algunos
autores han denominado el sistema oculto de la educación. Con prescindencia
de las asignaturas o más bien a través de ellas –y sin explicitarlo– la escuela
se proponía que los alumnos fueran obedientes, repetitivos y puntuales. Es
decir, se trataba de preparar a las personas para vivir en un mundo
industrializado cuyo eje eran las fábricas.
Se necesitaba educar a los jóvenes en la obediencia porque el mundo del
trabajo suponía obedecer órdenes de supervisores o jefes. Había que
acostumbrar a los alumnos a la repetición para que fuesen capaces de tolerar
trabajos basados en la producción en serie que requerían un obrero que realiza
mecánicamente la misma actividad durante largas horas en el día. Y,
finalmente, todos debían acostumbrarse a ser puntuales porque los tiempos de
producción exigen comienzos y finales marcados, tanto en el ingreso y salida
de la fábrica como en el cumplimiento de tareas.
Por eso este sistema educativo convierte a la copia y a la repetición en
instrumento masivo. Los alumnos copian escrupulosamente lo que dice el
maestro y lo repiten, copian y repiten lo que dicen los libros y la propia tarea
de iniciación en la escritura consiste en la repetición de interminables planas.
Hasta el trazo de las letras debe ser uniforme y de acuerdo a modelos
establecidos.
Todo esto abonó la construcción de un mundo uniforme, basado en la lectura y
escritura, en el consumo de libros y periódicos, bajo el supuesto internalizado
de que todo conocimiento valedero se encontraba en los textos escritos. Estos
eran las únicas fuentes y los únicos medios de conocimiento.
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En este contexto, se plantean hoy campañas para el aliento de la lectura. Lo
que, en principio, es saludable. Lo que no es saludable es que estas campañas
sobredimensionen el poder de la lectura y la reduzcan al simple consumo de
significado y no a la producción de él.
El tan repetido slogan país que lee, país que cambia por momentos parece
alentado por la nada seria idea de que la lectura es una suerte de maravilla
curativa de Humphreys, ese tónico milagroso que servía para todo. Tal vez
esto sea válido en el razonamiento del publicista que acuñó el slogan, pero no
debería serlo en quien seriamente está pensando en el cultivo de la lectura
debida.
Primero, porque no es necesariamente cierto que país que lee es país que
cambia. Si la lectura es entendida bajo la categoría de discurso de re-uso (que
reduce lectura a desciframiento mecánico de signos), más bien leer se
convierte en perpetuación de lo establecido.
Segundo –y como ocurre con la utilización de cualquier tecnología (y el libro
lo es) – hay lecturas y lecturas, como hay programas de televisión y hay
programas de televisión. Lo repetimos, la lectura no es la maravilla curativa de
Humphreys.
Tercero, si el punto de partida para propiciar la lectura es otorgar herramientas
a los estudiantes para ayudar a elucidar la verdad, no empecemos por mentir.
Muchos horrores que muestra la Historia han sido cometidos en nombre
precisamente del libro (o la negación de él) por actores que leían. Y mucho.
Y cuarto –y también con cargo a conversarlo en otro momento – quienes hoy
propugnan la lectura deberían preguntarse científica y racionalmente si la
metodología de impulso a la lectura en las escuelas de hoy está transitando –
como lo está – por los caminos de la des-alfabetización en vez de la
alfabetización. Asociar figuritas a palabras es un indicador.
Observemos cómo las supuestas preocupaciones por el dominio del código
escrito se reducen a campañas por la lectura. Y sintomáticamente se neutraliza
el término escritura. Leyendo entre líneas es preocupante que se esté
propiciando sólo la recepción y no la producción de significado. Queriendo
perpetuar en niños y jóvenes – inconscientemente – una docilidad para la
instrucción.
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Idéntica preocupación nos debe asaltar cuando las mediciones de
competencias y habilidades de los estudiantes – incluso las internacionales –
se circunscriben a la lectura. ¿Por qué no se mide la escritura?
Aprender a escribir y ejercitarse en este acto significa simultáneamente
disciplinarse en la lectura. Propiciar la lectura no significa necesariamente
propiciar la escritura.
De modo que no es inexorablemente cierto que país que lee, país que cambia.
Mejor sería que nos grabemos en la mente la idea que país que escribe, país
que cambia. Porque son pocos los que entienden que una buena lectura pasa
por la participación activa del receptor que, al leer, re escribe lo dicho.
Todos estos comentarios y necesarias precisiones nos son sugeridos cuando
comprobamos que muchos de los neo cruzados de la lectura visiblemente
jamás leyeron un libro. O son simples lectores que los griegos llamarían de reuso. O, tal vez a pesar de sus buenas intenciones, caen en el totalitarismo, al
pretender que los otros lean exclusivamente para que aprendan a valorar el
género que cultivan o hacer caso a las instrucciones que sus textos –hoy ya
poco leídos – prescriben.
Como lo señala Sloterdijk en sus Normas para el parque humano (Madrid,
ediciones Siruela, segunda edición, 2003) “...la cuestión del humanismo es de
mucho mayor alcance que la bucólica suposición de que leer educa.”
(Sloterdjik, Normas...., p. 35).
El clima ético y mi mamá me mima.
Hace casi veinte años realizamos un exhaustivo análisis de los textos escolares
de mayor uso en la educación primaria en el Perú. Si la subversión –política,
militar, económica o social – se define en la lucha por las mentes, nos
interesaba constatar cómo se objetivaba en los textos escolares la propuesta
educativa de la sociedad peruana y contrastarla con la propuesta de Sendero
Luminoso.
De esa investigación nació el libro El Discurso de Sendero Luminoso:
Contratexto Educativo. Y nació el horror no ante el terror esperado del
enemigo declarado, sino el horror ante el terror del amigo supuesto. De un
Estado que convalidaba una propuesta educativa de espanto.
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En primer lugar, los alumnos no eran tratados como niños, sino como
subnormales. Ellos eran obligados a leer, copiar y repetir ilogicidades,
irrealidades y falsos valores.
Aparte del clásico mi mamá me mima, los textos proponían que La mona lame
mi mano, El nene no fuma, tiene su osito, La nena no toma café, tiene su
pelotita, así como que mamá usa mapa. Y se proponía también que El Imperio
Incaico estaba muy bien organizado, El Inca mandaba y los súbditos
obedecían con alegría y felicidad, recordando la abundancia de un país y sus
gentes, al decir Soy tu casa: en mis armarios yo guardo bizcochos y
mermeladas, juguetes, vestidos, cintas y ropa recién planchada; en mis
habitaciones hay muebles, en mis ollas hay comida y en tu cuarto para ti, una
camita tendida; o al decir José está ordenando sus juguetes, se queda con uno
de cada clase y regala los repetidos; o Todas las casas en el Perú tienen agua
corriente, electricidad, muebles.
¿Educación en valores? ¡Cómo no! Aparte de los disvalores de la ilogicidad y
la irrealidad, los textos hasta incentivaban el robo: La ratita roba tocino, su
hijito come tocino toda la noche, alentaban el no trabajo: Qué linda en la
rama la fruta se ve, si espero unos días tendrá que caer; y alentaban,
finalmente la pasividad: A mi patria la quiero porque ella me da todo.
Produce la lana con que me visto, la leche que tomo. Me da la casa en la que
vivo. En fin, satisface todas mis necesidades.
Por supuesto había Dios, Patria, banderas y escudos, familia y –sobre todo–
mucho, mucho amor. Mucha alegría y felicidad como propuesta de vida.
¿Ha mirado usted los textos que leen sus hijos? ¿Se ha detenido ligeramente
en ellos? Lea más allá de lo evidente. Observará que, en casi veinte años, los
textos escolares poco han cambiado. Tienen más color y más bonitos dibujos.
De hecho, son más caros ahora. Pero – por ejemplo y a pesar de que todos
hablan de la importancia de alentar la educación técnica – los textos siguen
empujando a niños y jóvenes a la Universidad y enfrentarse a inútiles
razonamientos verbales y matemáticos planteados como amaestramiento de
ratas, que son lo que las universidades suelen pedir en la prueba de ingreso. Y
seguro aquel niño que logra ingresar a la Universidad va a repetir con cariño el
poema que aprendió en su texto de sexto grado de primaria: Te lo debo a ti
maestra, Dios te dé su bendición. Ya sé leer, y muy pronto me graduaré de
Doctor.
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Claro está que con el tiempo y las modas se han ido añadiendo nuevos tópicos.
A los Derechos Humanos, se han sumado las discapacidades, la ecología, la
equidad de género, la anticorrupción y algunos otros temas que los gobiernos
de turno desean incorporar. Como los tratados internacionales o
Constituciones que nadie lee, por ejemplo. Y claro está que el Ministerio de
Educación ha gastado (no invertido) millones de soles en capacitar a los
maestros en esta yuxtaposición sin fin en la que hemos convertido la propuesta
oficial educativa.
Ahora que parece que todo el mundo vuelve los ojos a la educación y que se
habla de la necesidad de concebirla como inversión y no como gasto, debemos
tomar las providencias para que ello ocurra. Y tenemos que admitir que la
objetivación en los textos de la propuesta educativa peruana sigue estando
signada por la ausencia de valores básicos para la convivencia civilizada:
propiedad (del propio cuerpo y de bienes materiales o espirituales), trabajo,
dinero y libertad. Y no hay Derecho, ni Economía, ni organización social
sustentables sin esos principios.
Está claro que enunciar estos valores fundamentales puede resultar
“políticamente incorrecto” en sociedades que, explotando la ignorancia,
pretenden aún elevar la hipocresía como valor fundamental. Pero, sin duda, se
trata de valores social y pedagógicamente relevantes.
Faltan claras precisiones y límites entre lo que es mío, tuyo y nuestro; el
alumno no recibe instrucción sobre la necesidad del esfuerzo para lograr
resultados; el dinero sigue siendo una mala palabra, pues lo que importa es el
cultivo del espíritu; y la libertad es sepultada por una escuela que cual
cancerbero estimula y premia orden, copia y repetición.
Sin la interiorización de estos valores, no hay convivencia civilizada posible.
Sin la interiorización de estos valores las llamadas Cruzadas de Valores que
alientan lo correcto, el amor, la justicia, la solidaridad, el respeto y demás,
quedan sólo como coloridos pasacalles. Sin la interiorización de los valores
fundamentales a los que hemos aludido, la educación seguirá siendo gasto y
no inversión.
¿Se anima la gente que dice estar preocupada por la educación y los valores a
plantearse en serio este asunto?
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Para qué leer.
A propósito de los orígenes de la Retórica, recordemos cómo esta nace en
oposición a la tiranía. Del lado, entonces, de la democracia y como
instrumento de reivindicación de la propiedad privada que había caído en
manos de los tiranos.
Los primeros retóricos ponen al alcance del demos técnicas de argumentación
para sostener la causa de los expropiados frente al tirano de Siracusa. Hay en
esos acontecimientos muchos aspectos sociales, políticos y culturales
involucrados. Lo que interesa que retengamos es que esta retórica da una voz
poderosa a los que no la poseían en ese momento, protege la propiedad,
propicia la atención a la diversidad de voces y favorece así la construcción de
un orden basado en la libertad y la democracia.
A partir de los sucesos de Siracusa, el cultivo de la lengua oral – bajo la forma
de aprender a argumentar y a sostener posiciones, entonces, razonadamente –
se convierte en consubstancial al concepto de ciudadanía y en seguro eficaz
para la construcción de un orden civilizado.
Un ciudadano es un propietario de su vida personal y económica y, por lo
tanto, no es un simple engranaje de un sistema político o social ajeno. La
propiedad material y simbólica le garantiza la capacidad de ser productor, en
el sentido amplio del término, y por ende co-constructor del sistema.
Corresponde a la sociedad toda dotar a sus miembros de los instrumentos
necesarios que garanticen la capacidad de apropiación simbólica y por lo tanto
de la propiedad. Corresponde particularmente a la escuela no restringir el
papel del estudiante a un mero consumidor de signos o símbolos, sino más
bien poner énfasis en que el ciudadano esté en las mejores condiciones de ser
un productor de estos elementos significativos.
Cuando en nuestras instituciones alentamos unilateralmente las charlas
magistrales o el dictado de cursos de comunicación vertical, ponemos a los
participantes únicamente en el papel de receptores y por lo tanto de
consumidores de signos. Cuando, en cambio, propiciamos la participación de
todos y la libre expresión de sus argumentos, apelamos a su condición de
productores de signos a la vez que de consumidores. Oír los argumentos del
otro enriquece los argumentos propios y enriquece así la capacidad de
producir. De modo que no es simplemente por una cuestión metodológica que
debemos alentar la participación argumentada y razonada en nuestras
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instituciones. Se trata de que cuando fomentamos esta participación estamos
construyendo ciudadanía y democracia.
En este orden de razonamiento, es claro también que el aliento de las simples
opiniones sin fundamentación propia ni argumentación, constituye un
obstáculo para la formación del ciudadano en democracia. Los me parece o a
mí no me parece sin el sustento de argumentos pueden conducir fácilmente a
la intolerancia. Y la intolerancia –en instituciones grandes o pequeñas– genera
violencia.
Los actores del proceso educativo deben tener claro que la intolerancia
propicia la cerrazón política, social y cultural de las sociedades. La misma
democracia puede ser concebida como un sistema cerrado. Y esto, como es
obvio, implica la negación del concepto mismo de ciudadanía, lo que significa
la abdicación del hombre de su capacidad de productor de signos.
La plenitud de la ciudadanía depende de que conciba la democracia y su
gestión como un sistema cerrado o como un sistema abierto. Pensar la
democracia como un sistema cerrado, y para hacer una analogía, significaría
concebirla como un circuito electrónico en el cual sus piezas y las funciones
que estas desempeñan están predeterminadas, configuradas y soldadas en un
tablero. Que de preferencia debe ser sellado, precisamente para excluir
cualquier manipulación humana. Un sistema así permitiría que la información
fluyese libre y transparentemente, sin ruidos ni interferencias y posibilitaría
que la información sea decodificada de manera muy precisa y eficiente porque
cada elemento del sistema sabe de antemano lo que tiene que hacer y se
autorregula automáticamente.
Hablar de la democracia como sistema abierto significa hablar de elementos,
funciones y símbolos que se construyen e institucionalizan en el cotidiano.
Aquí el sistema no es ajeno al individuo y, entonces, no ha sido creado por
alguien para que el individuo simplemente opere dentro de él y sea sólo un
receptor o consumidor. El ciudadano es en un sistema abierto hacedor de
ciudadanía y en tanto hacedor de ciudadanía, hacedor del sistema. Sistema
que, como es obvio, debe estar abierto al cambio.
La concepción del ciudadano como productor de signos y símbolos y no como
mero consumidor y la concepción de la democracia como un sistema abierto
en construcción hacen necesario que todas las instituciones alienten
competencias y habilidades en orden a estos objetivos. En la medida en que la
apropiación simbólica se hace precisamente con símbolos, la escuela debe
comprometerse seria y profundamente en el cultivo eficiente y competente de
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estos. En ese sentido, debe quedar claro una y otra vez que el papel de la
escuela no es simplemente de repetición, reproducción y copia, sino de aliento
a la producción.
Es claro que esta concepción de los colectivos como sociedades abiertas la
podemos y debemos extender a todas las instituciones. Asegurar en las
empresas, por ejemplo, estrategias de comunicación que estimulen en el
trabajador su rol como productor de signos –y no sólo consumidor–
contribuye a crear un medio ambiente decisional signado por la tolerancia, la
identidad institucional y, finalmente, la producción.
El compromiso de la escuela con la adquisición y fortalecimiento de códigos o
sistemas de signos debe ser total. Significa lograr excelencias en el dominio de
la lengua oral, la escritura y la electrónica. Particular atención debe otorgar la
escuela a la lengua oral porque es en esta donde el niño se siente más seguro,
porque esta, con más facilidad que los otros códigos, lo pone en una mayor
capacidad de ser productor con la consecuente autoestima que ello significa y,
finalmente, porque se trata de un código homogéneamente socializado en la
escuela. La seguridad en el dominio de la lengua oral, por otra parte, permitirá
al niño acceder con mayor facilidad y competencia al dominio de la escritura y
de la electrónica.
Establecidas las relaciones entre propiedad, capacidad de producción de
signos, libertad, ciudadanía y democracia, es indispensable que nuestras
instituciones abandonen la simplista y peregrina idea de que no se piensa para
hablar; es indispensable también que la escuela no reduzca el cultivo de la
lengua oral a hablar bonito, es decir al aprendizaje memorístico de palabras y
técnicas de oratoria vacía; y también es indispensable, finalmente, que
dejemos de alentar –bajo el solo pretexto de metodologías participativas y
modernas – la expresión de opiniones no fundamentadas. No olvidemos jamás
que la libertad sin orden es estéril.
Todas las instituciones y la escuela en particular deben cultivar la lengua oral.
Eso significa cultivar capacidades y técnicas para desarrollar la
argumentación. Que las personas aprendan a tener claridad en sus ideas, a
sustentarlas, a expresarlas debidamente y a escuchar al otro. La expresión de
argumentos, el intercambio de estos y el acuerdo, deben convertirse en un
insumo fundamental para el ejercicio ciudadano y la construcción
democrática.
A modo de conclusiones
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1. Debo decir que mi intención al escribir estas líneas ha sido –en primer
lugar– persistir en la denuncia de la inflación lingüística que está
signando nuestro discurso público. Así como la moneda requiere
respaldo (y ese ha sido un aprendizaje doloroso entre nosotros), también
las palabras lo requieren. El valor de uso y cambio de las palabras
depende de que estas posean referentes precisos. ¿Podemos hacer el
esfuerzo de llenar de contenido la expresión educación de calidad para
que deje de ser el simple slogan publicitario que ahora es?
2. Creo que es importante que todos tomemos conciencia y estemos
advertidos respecto a los riesgos de quienes anuncian (o ejecutan)
cambios al estilo del príncipe de Salina. Ya hay demasiados (y costosos)
papeles anunciando y proponiendo cambios y reformas que –si no
precisan referentes culturales ciertos– carecen de sentido.
3. Ahora que, por fortuna, está de moda hablar de la educación, exijamos
claridad en las propuestas en torno al qué y para qué de la educación.
Sin ello, el quién podrá ser la Madre Teresa de Calcuta, los
circunstanciales (dónde, cuándo, cómo) resultarán irrelevantes y la
educación continuará igual. Aun cuando los cuantifiquemos y hagamos
matrices: seguiremos en la educación – gasto y eludiremos la educación
– inversión.
4. Desde una perspectiva muy personal, comparto con Sloterdijk lo
siguiente: “...hay en el mundo discursos que hablan de la comunidad
humana como si se tratara de un parque zoológico que al mismo tiempo
fuese un parque temático. A partir de entonces, el sostenimiento de
hombres en parques o en ciudades se revela como una tarea zoopolítica.
Aquello que se presenta como una reflexión política es, en realidad, una
declaración de principios sobre las normas para la gestión empresarial
de parques humanos.” (Sloterjik, Normas..., p.75). Me preocupa que a
pesar de declaraciones “constructivistas” nuestra visión de la escuela
sea la de un parque zoológico, que la tarea del maestro se entienda
como una acción zoopolítica y que el privilegiamiento excluyente de la
lectura sobre la escritura signifique concebir el acto de leer como
consumo de instrucciones.
5. Para terminar, me reafirmo en que resulta sospechoso que estemos
presentando la lectura como la maravilla curativa de Humphreys. Sin
distinguir que una cosa es leer produciendo significado y otra cosa es
leer como simple consumidor de él. Como también me preocupa,
entonces, la falsedad de la expresión país que lee, país que cambia.
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6. Y, finalmente –como viejo maestro universitario–, pido a los profesores
en general que no denigren a sus estudiantes al obligarlos a leer autores
que sostienen que las escrituras de los jóvenes –y su recurrencia a
íconos, por ejemplo– constituyen muestras de deficiencia mental e
incapacidad de abstracción. Eso no sólo es una falsedad, sino significa
no respetar al alumno que tenemos en aula.
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