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1938, año cero de la “Edad de oro de la edición argentina”.
Política y cultura en la gestación de las editoriales Losada y Sudamericana
Fernando Larraz
Con este trabajo quiero llamar la atención sobre un capítulo especialmente complejo de las
relaciones editoriales entre España y América Latina, en el que coinciden dos factores
fundamentales: la guerra civil de 1936-1939 y la subsiguiente posguerra y el comienzo de una de las
épocas más fértiles de la historia de la edición argentina. Casi todos los historiadores han
establecido una relación causal entre ambos hechos: las penurias de la guerra y la posguerra habrían
arruinado la industria editorial española, que se había expandido por casi toda América Latina. Este
hecho y otros como la estabilidad económica, los procesos previos de profesionalización de los
editores, el desarrollo de las artes gráficas, el bajo precio del papel y la afluencia de profesionales del
libro españoles ―traductores, editores, autores, ilustradores…― hicieron que comenzara esa
llamada “edad de oro” de la edición argentina.
En este contexto, me gustaría llamar la atención sobre las tensiones ideológicas importadas
desde España a través de esos agentes que participaron de la fundación de casas editoriales que
caracterizaron el inicio de esta etapa. De hecho, uno de los focos de competencia más agresiva que
se percibe en los discursos de los contendientes de España tuvo lugar en la esfera del americanismo.
Aun antes de que acabara la guerra, los franquistas expresaron su preocupación por la actividad
cultural de los republicanos en América. La empresa imperialista del fascismo español tenía un
carácter eminentemente simbólico: pretendía fundar el nuevo imperio sobre las bases de una
influencia cultural o espiritual sobre las antiguas repúblicas de tintes católicos, considerando anti
español y por tanto anti natural cualquier manifestación cultural de origen distinto. En 1940, por
ejemplo, Gonzalo Torrente Ballester advertía en un artículo del espíritu de competencia por liderar
las relaciones culturales con América Latina entre los intelectuales de dentro y de fuera de la
Península con estas palabras: “la España peregrina pretende arrebatarnos la capitanía cultural del
mundo hispano, ganado para la Patria por nuestros mayores” (Torrente Ballester, 1940, 5). Perdido
México en este sentido, con un gobierno y una opinión pública mayoritariamente proclives a los
republicanos, Buenos Aires fue el centro de operaciones de ese “hispanoamericanismo”
imperialista. Falange, de hecho, desplegó una intensa actividad de propaganda que incluyó el mundo
del libro, como se ve en la revista Orientación Española, que se publicaba en Buenos Aires, mientras
en las revistas de los exiliados, como España Republicana, se hace hincapié en las diferencias entre el
modo de relación cultural patrocinada por el régimen y el de los exiliados y se es consciente de la
necesidad de evitar cualquier indicio de paternalismo neocolonial.
Para comprender todo ello, debemos tener en cuenta los tópicos ideológico-comerciales –si
se me permite el adjetivo– con que los editores españoles habían justificado su expansión por
América Latina casi desde sus orígenes. El mundo de la edición española estaba asociado desde
finales del siglo XIX con un discurso nacionalista que servía de coartada ideológica al imperativo
expansionista por América. Según aquellos argumentos, la proliferación de libros alemanes o
franceses en lengua española por toda América Latina era un desdoro para España e incluso una
desnaturalización cultural de las antiguas colonias. El mismo Instituto Nacional del Libro Español,
instaurado por el gobierno franquista en 1942, se convertía en heredero de aquel imperativo
neocolonizador al constituirse como un instrumento de la “revolución de tipo preeminentemente
espiritual, que pone principal acento en restablecer el imperio moral de España en el mundo”,
empresa que “necesita por exigencias de su misma naturaleza, controlar la producción editorial,
vehículo del pensamiento, y encauzarla en derechura a su finalidad”1.
Así pues, la rivalidad entre los exiliados y los franquistas por proponer, entre otras cosas,
modelos de hispanidad diversos fue manifiesta en suelo argentino y tuvo un reflejo muy claro en los
catálogos de las editoriales que se fundaron bajo su influencia a partir de 1938. Esta aportación de
los españoles desterrados en América no fue indemne a la fractura ideológica que sufría el país,
como se ve en la fundación de cuatro casas en estos años 1937-1939: Espasa-Calpe Argentina,
Emecé y las dos editoriales a las que dedico esta intervención: Losada y Sudamericana.
El origen de Espasa-Calpe está en 1937, cuando las comunicaciones entre Espasa-Calpe y su
sucursal en Argentina se interrumpieron a causa de la guerra en España. El consejo de EspasaCalpe, reunido en zona franquista, dio poderes al director de la sucursal argentina, Gonzalo
Losada, para establecer su propio sello independiente. Lo primero que este hizo fue crear un
ambicioso plan de ediciones, comenzando por la institución de la colección Austral, bajo dirección
de Guillermo de Torre, que acababa de llegar de París huyendo de la guerra. Sin embargo, las
crecientes injerencias de la casa matriz en España más la intromisión que supuso la llegada de
Manuel Olarra como nuevo director con expresas instrucciones de la dirección malbarató aquel
plan de publicaciones. Así relataba lo sucedido Pedro Henríquez Ureña: “No recuerdo si en
diciembre o en enero cayó aquí Olarra enviado por los gerentes-dueños de Espasa-Calpe en la
España de Franco. […] Este Olarra, que además venía ligado a Lojendio, el representante que fue y
es Franco en Buenos Aires, trajo la noticia de que no se podía publicar nada que no fuese
estrictamente de derechas y además sin posible censura del criterio eclesiástico” (Henriquez Ureña,
1976, p. 303)
Véase al respecto, mi trabajo Una historia transatlántica del libro. Relaciones editoriales entre
España y América latina (1936-1950), Gijón, Trea, 2011, y el trabajo de Ana María Rodrigo Echalecu,
“Los organismos del libro y el corporativismo editorial. El Instituto Nacional del Libro Español”,
en Jesús A. Martínez Martín (ed.), Historia de la edición en España (1939-1975). Madrid, Marcial Pons,
2015, pp. 97-120.
1
En el catálogo de Espasa-Calpe Argentina de diciembre de 1938, destaca la preponderancia de
la colección Austral. Para entonces, se habían editado 52 títulos, políticamente bastante neutros,
aunque más de uno no habría pasado la censura franquista, como Del sentimiento trágico de la vida, de
Unamuno (que fue el número 4), La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell (número 23) o un
Jacinto Benavente, por entonces comprometido con la causa legal en España. Se publicó, además a
Cendrars, Morand, Galdós, Simmel… Pero lo que más llama la atención es la abundancia de
autores americanos en estos primeros años, lo que demuestra la capacidad de adaptación de Losada
al público autóctono: Palma, Darío, Rivera, Nervo, Lynch, José Hernández, Sor Juana…2 Para la
fecha de publicación de este catálogo, hacía ya cuatro meses que Gonzalo Losada estaba fuera de
Espasa-Calpe Argentina, y la mayoría de títulos que se anunciaban eran de autores españoles
contemporáneos afines a la causa franquista: Jardiel Poncela, Manuel Machado y García Mercadal.
La editorial había lanzado además, bajo la dirección de Losada y De Torre una colección de
Autores Argentinos, en la que figuraban Alfonsina Storni, Fernández Moreno, Arturo Capdevila,
Güiraldes, Sarmiento, Carlos Octavo Bunge, Benito Lynch… además de una Biblioteca Filosófica y
de Medicina. “Además, o ellos en España no querían, o en particular Olarra no quería, en realidad,
que aquí se hiciesen libros: no querían que la rama argentina adquiriese una independencia peligrosa
para la española en el futuro”, explica Henríquez Ureña. (1976, p. 303)
Losada de ideas liberales y republicanas repudió la nueva situación en que lo ponía la
orientación política que había adoptado Espasa-Calpe, para quien la sucursal americana era la
manera de proseguir un plan posible de publicaciones para la España franquista. Por eso, decidió
iniciar su aventura editorial en solitario. Así lo explica nuevamente uno de los fundadores, Pedro
Henríquez Ureña a su corresponsal, Alfonso Reyes:
Espasa-Calpe Argentina, bajo la presión del franquismo, se ha reducido a poca
cosa. No puede publicar sino libros de ultraderecha o libros antiguos inofensivos. Los
que allí estábamos —Guillermo de Torre, el pintor Atillo Rossi y yo; medio afuera y
medio adentro, Romero y Amado— nos hemos ido con Gonzalo Losada, ex gerente
de Calpe, que ha fundado una casa editorial. (Henriquez Ureña; Reyes, 1981, 444)
El 18 de agosto de 1938 quedaba constituida en Buenos Aires la editorial Losada como
Sociedad Anónima pero los trabajos habían empezado el día 1. El diario Crítica del 21 de agosto
explicaba así la causa de que Losada formara la nueva editorial: “Hace algún tiempo comenzó a
trascender en los ambientes literarios y editoriales ciertas alusiones a dificultades con que tropezaba
una importante casa editorial española no obstante haberse transformado en empresa argentina
Véase mi trabajo “Biblioteca Contemporánea y Colección Austral, dos modelos de
difusión cultural”, en Orbis Tertius, vol. 14, n.º 15, 2009.
2
para continuar sus actividades, debido a las cortapisas que pretendían imponerte algunos elementos
extranjeros que nunca se han caracterizado precisamente por su amor a la cultura y a la libertad de
pensamiento”.
El plantel que forma Losada, proveniente en su mayoría de Espasa Calpe, es excepcional: el
filósofo argentino Francisco Romero, el filólogo Amado Alonso, director del Instituto de Filología
de la Universidad de Buenos Aires, el historiador y ensayista dominicano Pedro Henríquez Ureña,
el escritor y crítico Guillermo de Torre y el dibujante y diseñador italiano Attilio Rossi, a los que se
sumaron pronto Felipe Jiménez de Asúa, antiguo discípulo de Ramón y Cajal, su hermano, el
prestigioso jurista socialista Luis Jiménez de Asúa, el pedagogo Lorenzo Luzuriaga, uno de los más
sobresalientes discípulos de Giner de los Ríos…
Losada fue identificada desde el principio como una editorial republicana y de izquierdas, lo
cual suscitó adhesiones y rechazos. Ortega y Gasset, entonces en París, recibe noticias diversas
sobre estos movimientos editoriales. Por una parte, de María de Maeztu, que le confirma lo
siguiente: “Me permito, Ortega, prevenirle para que no se sorprenda su buena fe, pues el señor que
se separa de Espasa Calpe debe hacerlo —no lo sé— por razones políticas y se teme que reciban
fondos de esa turbia fuente que prolonga la tragedia de España”(Campomar, Marta María, 1999,
99-116). Maeztu incluso enuncia sus sospechas de que la embajada republicana en Buenos Aires
sustenta económicamente la empresa de Losada. Por otra, recibe noticias de Luzuriaga, que se ha
unido a la empresa de Losada. La conclusión a la que llega Ortega la expresa por carta a su amigo
Gregorio Marañón: “Losada se ha separado con algunos muchachos de la izquierda y ha creado una
editorial cuyo capital, de cuantía desconocida, no tiene un origen todavía notorio. Es resueltamente
una editorial roja. Yo no sé esto por Olarra que aún no me ha escrito allí, sino por otras personas”
(Lopez Vega, 2008, 196)
El primer título publicado por la Editorial Losada fue La Metamorfosis, de Kafka, en la colección
“La Pajarita de Papel”, que se terminó de imprimir en agosto de 1938. La producción editorial: en
los cuatro meses que restaban hasta el final de ese año, Losada consiguió sacar un total de sesenta
títulos que sentaron las bases de su política editorial. Destacaron entre estos primeros empeños del
grupo editorial la edición de las Obras Completas de Federico García Lorca, y de otros autores
fuertemente identificados con la cultura liberal republicana. El catálogo más antiguo de Losada que
hemos encontrado es de agosto de 1939, cuando la editorial cumple su primer aniversario. Se
presenta con un texto que explica que “la Editorial Losada es una empresa argentina, fundada y
dirigida por verdaderos técnicos de la edición, con el propósito de servir los intereses culturales de
los lectores sudamericanos, y que en pocos meses ha logrado ponerse a la cabeza de las editoriales
sudamericanas”.
Al poco tiempo de iniciar Losada sus actividades editoriales, en diciembre de 1938, nacía la
editorial Sudamericana. La iniciativa había partido de Victoria Ocampo, cuya revista y editorial Sur,
por entonces, crecía en prestigio entre las élites intelectuales, al tiempo que, financieramente, era
cada vez más ruinosa. En 1937, asesorada por María de Maeztu, que acababa de llegar a Buenos
Aires y vivía en su propia casa, había iniciado las gestiones para dar comienzo a una empresa
editorial con fundamentos empresariales más sólidos que los de Sur (Lojo Rodriguez, 2002, 239). Si
unos años antes Ortega le había sugerido que publicara libros bajo el mismo sello de Sur ―al igual
que hacía su Revista de Occidente―, ahora Maeztu, que antes de la guerra había servido de nexo de
unión entre Espasa-Calpe y Sur, le sugería que delegara la parte económica en profesionales.
Henríquez Ureña contaba a Alfonso Reyes la poca pericia comercial de Victoria: “Victoria hace
años, viene tratando de injertar capitales en SUR. […] Pero no creo que se haga nada que pueda ir
muy lejos. Con Victoria no era posible hacer nada: ella no tiene idea de que una empresa editorial y
una revista deben costear sus gastos. […] Los libros nunca se han hecho con plan. […] Todo se
improvisa. No hay técnica” (Henriquez Ureña, 1976, 306)
Para resolver estas cuestiones, Maeztu la puso en contacto con Rafael Vehils, de quien
recordaba Ocampo en 1966 que era “un financista catalán interesado en organizar una editorial”
(Ocampo, 1966-1967, 17). Con aquel financiero fue necesario llegar a determinadas concesiones,
pues, recuerda Ocampo, “era la época de la guerra civil española. De inmediato ―debido al
antitotalitarismo franquista de Sur― surgieron dificultades políticas. Sur tenía fama de comunistoide
entre los conservadores (entre la oligarquía) y de fascista entre las izquierdas. Tratamos de llegar a
una
convivencia pacífica con el financista catalán”(Ocampo, 1966-1967, 17). Parte de estas
negociaciones atañeron a la misma denominación de la nueva empresa. El cambio de nombre que
va de Sur a Sudamericana se debió, según el testimonio de la propia Ocampo a que la primera
“tenía un dejo revolucionario e iconoclasta” (Ocampo, 1966-1967, 17) que era preciso evitar. De
hecho, parece que, según la propia Ocampo, una de las claves más importantes en la fundación de
Sudamericana era distinguirse políticamente tanto del izquierdismo de Losada como del
derechismo de Espasa-Calpe.
Ocampo reunió en su torno un nutrido grupo de intelectuales, políticos y financieros con
los que compuso el directorio. Tomaban las decisiones, aparte de la propia Ocampo, el ya
mencionado Rafael Vehils y Andrés Bausili Sanromá, ex diputado a Cortes por la Lliga Regionalista
de Cambó el primero y ex teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona el segundo, que
residían en América desde 1924 y 1938 respectivamente y eran por entonces directivos de la
Compañía Hispano Argentina de Electricidad (CHADE). Ambos presidieron, sucesivamente, poco
después, la Cámara Española de Comercio en Buenos Aires, dependiente del Estado Franquista. La
presencia de Vehils en el núcleo duro de la editorial provocó fuertes disensiones. Henríquez Ureña,
en la misma carta mencionada anteriormente, de septiembre de 1938, informaba a Reyes de que “a
través de Vehils, parece que se ha filtrado el franquismo; ya empieza el veto para determinados
autores. Eso no lo previó la muy diletante de Victoria, que en estos momentos críticos se va a
Europa probablemente con la idea de traer muchos derechos sobre libros. Aquí se quedan gentes
que pueden alterar todos sus planes”(Herniquez Ureña, 1976, 307)
Las discrepancias provocaron que un año después de su fundación, cuando los
tradicionales suministradores de libros de América seguían colapsados a causa de la guerra mundial,
la editorial fuera relativamente pobre. Otra carta de Henríquez Ureña a Alfonso Reyes, de
diciembre de 1939, decía lo siguiente:
A propósito de fascismo: no es inexacto decir que la Editorial Sudamericana estuvo
dominada algún tiempo por los intereses o por lo menos los temores fascistas (fascismo,
género; franquismo, especie). […] La causa: el interés dominante es el de Rafael Vehils, el de
la Chade. Él no es fascista: tiene mentalidad de gran industrial, y por lo tanto sin afición a la
definición política; aparte de su mentalidad de industrial, como persona, lo que le queda de
persona, es de tendencia amplia. Pero como español tenía que cuidarse ―por sus intereses
en España― de hacer nada que pudiera ofender la mentalidad cavernaria. Y eso se reflejó en
la editorial. La cual, además, no es DE Victoria: ella es uno de los accionistas, pero no el
principal; la Sudamericana se ha hecho cargo de los libros que tenía publicados SUR, pero
Sur, como revista, queda fuera de la editorial, sigue siendo obra personal de Victoria, y,
como ves, antifascista. Victoria recomienda a la Editorial los libros que le gustan, pero creo
que cuando se encuentre con algún libro avanzado que quiera publicar lo hará imprimir por
su cuenta. Otro de los socios es Oliverio: aunque es de los que han puesto más, ha tomado
la empresa como su asunto personal y trabaja todo el día en ella: ha encontrado al fin un
quehacer en su vida. Ahora han hecho cuatro libros para niños, a seis pesos, y han hecho en
Amigos del Arte exposición de los dibujos y cartones que sirvieron para
ilustrarlos.”(Herniquez Ureña, 1976, 310)
En septiembre de 1939, Vehils decidió buscar un editor profesional para que asumiera la
dirección del proyecto. Ofreció primero el puesto a Gustavo Gili Esteve, cuyo padre era uno de los
principales editores españoles, fundador de la Cámara del Libro de Barcelona y militante también
de la Lliga Regionalista de Cambó, con quien estaba emparentado. Ante su negativa, fue llamado
Antonio López Llausás para ocupar la gerencia ejecutiva, mientras Julián Urgoiti, que había sido
editor de Espasa-Calpe Argentina hasta julio de 1938, ocupaba el puesto de director editorial. Es de
suponer que las políticas de la editorial fueron comunicadas con claridad a López Llausás, quien ya
antes de la guerra había tenido tratos con Cambó, pues este patrocinó algunas de las publicaciones
de la editorial Catalonia, que él dirigía en Barcelona. En realidad, la postura ambivalente en política
caracterizaba tanto a la Ocampo como a Vehils y, cabe suponer, también a López Llausás. Casi
cuarenta años después, Llausás recordaba que “un amigo mío me ofreció la dirección de la editorial
Sudamericana. Esta gente que había constituido la editorial ―un grupo de argentinos y algún
español― tenían una idea un poco falsa de lo que era una editorial, creían que era un negocio en el
que al cabo de pocos meses se podía comenzar a ganar dinero. […] Entre la gente que fundó la
editorial estaban Carlos Mayer, Oliverio Girondo, Alfredo González Garaño, Victoria Ocampo, en
fin, lo mejor de la Argentina” (López Llausás, 1976, 14).
Las capacidades intelectuales y empresariales de López Llausás le granjearon la confianza
de algunos miembros del directorio de Sudamericana, en especial de Victoria Ocampo y Tito Arata.
Cuando Llausás llegó a la editorial, de acuerdo con su propio testimonio, “yo no proponía los
libros al principio, esto lo hacía un comité lector formado por Victoria Ocampo, Oliverio Girondo
y Rafael Vehils”(López Llausás, 1976, 14).. El resultado fue un catálogo muy ecléctico, en el que
predominan, durante los primeros años sobre todo, las traducciones. Por entonces, Sudamericana
estrenó sede en Venezuela 1259, en el centro de Buenos Aires, y diseñó un ambicioso programa
editorial que incluía, sobre todo, textos literarios y académicos. Las cosas comenzaron a cambiar a
partir de la compra de la Librería del Colegio, en 1940, solo unos meses después de su llegada a
Buenos Aires. Casi simultáneamente, el sector intelectual del accionariado ―Ocampo, Oliverio
Girondo, Tito Arata, Alfredo González Garaño― vendieron sus acciones al nuevo director, ante el
gran número de disputas que mantenían con otros socios, sobre todo con Vehils. El fondo
editorial de Sur había pasado a Sudamericana tras su fundación, como “Colección Sur”, en la que
aparecieron tres o cuatro títulos anteriores a López Llausás, pero Ocampo volvió a publicar, a
partir de su separación sus propios libros, si bien posteriormente la amistad con López Llausás la
llevó a firmar un convenio con Sudamericana para la distribución de los libros de Sur.
Con este recorrido hemos querido ilustrar otra historia de la edad de oro de la edición
argentina, originada no por el mero desarrollo accidental de una industria en el momento de su
oportunidad histórica, sino como consecuencia de tensiones ideológicas surgidas en contextos
ajenos al argentino que iban a marcar sus primeros años. Con el tiempo, tanto Losada como
Sudamericana ―y también Emecé, nacida un poco después― se convertirían en empresas
eminentemente nacionales. Las dificultades que iban a encontrar para exportar sus libros a España
ayudó a crear un catálogo libre de pruritos nacionalistas, entre cuyos libros se establecen dialécticas
muy ricas entre tradiciones culturales, propuestas estéticas y culturas políticas de las que se
beneficiaron varias generaciones de lectores argentinos y latinoamericanos. Pero su genealogía, aquí
sucintamente trazada, nos recuerda otra vez más lo que José Luis de Diego (2015) ha expresado a
través del mito de la doble cara de Jano del editor: un empresario que mira por un lado a la
sostenibilidad financiera de su empresa y al beneficio que le reporta, pero que, por el otro, no
ignora que pertenece a una especie de casta empresarial porque manufactura objetos que no son
neutrales e inofensivos.
Bibliografia
de Diego, José Luis. 2015. La otra cara de Jano. Una mirada crítica sobre el libro y la edición. Buenos Aires:
Ampersand.
Campomar, Marta María. 1999. “Ortega y Gasset y el proyecto editorial de Espasa-Calpe
Argentina”. Revista de Occidente, 216: 99-116.
Henríquez Ureña, Pedro. 1976. Obras completas, tomo 8. Santo Domingo: Universidad Nacional
Pedro Henríquez Ureña
Herníquez Ureña, Pedro y Reyes, Alfonso. 1981. Epistolario íntimo (Tomo III), recopilación de Juan
Jacobo de Lara, Santo Domingo: Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña.
Lopez Llausás, Antonio. 1976.“López Llausás: una familia fiel”. La Opinión Cultural, 4 de abril de
1976: 14.
López Vega, Antonio (ed.). 2008. Epistolario inédito: Marañón, Ortega, Unamuno. Madrid: Espasa Calpe.
Torrente
Ballester,
Gonzalo.1940.
“Presencia
española
en
América”.
Tajo,
10:
5.
“
Victoria Ocampo: “Vida de la revista Sur. 35 años de una labor”. Sur, 305-306-307 (1966-1967), p. 17
Lojo Rodríguez, Laura María, “'Gaping mouth, but no words' : Virginia Woolf enters the land of
butterflies” Mary Ann Caws, Nicola Luckhurst (eds.), 2002. The Reception of Virginia Woolf in Europe,
Londres, Continuum, , p. 239.
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