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ANTOLOGÍA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL DE BOLIVIA
Antología de literatura infantil y
juvenil de Bolivia
Isabel Mesa Gisbert
(Antologadora)
Mesa Gisbert, Isabel
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
1ra. edición, La Paz, Bolivia: Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, 2015
496 p.; 23 x 15 cm. (narrativa, poesía, teatro)
isbn: 978 - 99974 - 847 - 5 - 8
Diseño de línea gráfica: Laboratorio de diseño de la BBB
Edición: Fernando Barrientos, Isabel Mesa
Corrección: Coordinación de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia
Diagramación: Sergio Vega, José Manuel Zuleta
Ilustración de tapa: Paola Guardia
Ilustraciones interiores: Jorge Dávalos, Paola Guardia y Romanet Zárate
Derechos de la presente edición, noviembre de 2015
© Isabel Mesa Gisbert (antologadora)
© Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia
Calle Ayacucho Nº 308
La Paz, Bolivia
(591 2) 2142000
Casilla Nº 7056, Correo Central, La Paz
Los derechos morales de las obras contenidas en la presente antología pertenecen a los
autores, herederos, causahabientes y/o cesionarios, según sea el caso.
© Del Estudio introductorio, Isabel Mesa Gisbert, 2015
Primera edición: noviembre de 2015
4.000 ejemplares
dl: 4 - 1 - 2699 - 14
isbn: 978 - 99974 - 847 - 5 - 8
Imprenta: Artes Gráficas Sagitario S.A.
Impreso en Bolivia
Índice
Presentación [9]
Estudio introductorio [15]
I. Pioneros de la literatura infantil y juvenil
(1920 - 1979)
Antonio Díaz Villamil
[47]
[49]
Teatro escolar (1939)
Retamita [49]
Muñecas de bazar [60]
Óscar Alfaro
[71]
Alfabeto de estrellas (1950)
Vendedora de Kantutas [71]
Las bolitas de cristal [73]
Cuentos Fascículo no.1 Colección Alfaro (1962)
El pájaro de fuego [74]
Colección Alfaro Cuentos para niños tomo no.2 (1982)
El cuento del hilo de agua [78]
Beatriz Schulze Arana
[83]
Pompas de jabón (1963)
Nostalgia marina [83]
Disidencia [85]
La princesita Calipso y el Fauno-Ruiseñor [88]
Hugo Molina Viaña
[93]
Vicuncela (1977)
Canción para una vicuña [93]
José Camarlinghi
[107]
Cuando yo era trencito (1978) [107]
Yolanda Bedregal
[113]
El cántaro del angelito (1979)
El cántaro del angelito [113]
Baladita de la araña fea [116]
¿De qué estará hecha la luna? [119]
[5]
6
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Por qué será? [120]
La polilla [121]
Rosa y niña [122]
Imilla [124]
El libro de Juanito (2009) [125]
Rosa Fernández de Carrasco
[133]
Teatro infantil (1992)
Noche de luciérnagas [133]
Elda Alarcón de Cárdenas
[141]
Manuelito de la Candelaria (2002)
Manuelito entre los pastores [141]
II. Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
Carlos Vera Vargas
[145]
[147]
Mi burrito se llama Carmelo (1982) [147]
El vuelo del murciélago barba de pétalo (2009) [152]
Gaby Vallejo Canedo
[201]
Detrás de los sueños (1986)
Wara y el sudor del sol [201]
Gigia Talarico
[205]
Comiendo estrellas (1987)
Comiendo estrellas [205]
Los tres deseos (1993)
La flauta [209]
Manuel Vargas
[213]
Cuentos tristes (1987)
Jacinta [213]
Los descubrimientos de Domingo Segundo (1998) [220]
Giancarla de Quiroga
[251]
De angustias e ilusiones (1989)
Se llamará Cristóbal [251]
Rosalba Guzmán Soriano
La revobulliprotesta (1991) [255]
Conquistando a Lindolfo (2008) [264]
[255]
7
Índice
Aida Soria Galvarro
[323]
Phushka (1994)
Phushka [323]
David Acebey
[325]
Romances de Tobiano y Florlinda (1997)
Romances de Tobiano y Florlinda [325]
Claudia Adriázola Arze
[331]
Ángeles, abuelas y lunas (1998)
Los botones [331]
III. Literatura infantil y juvenil contemporánea
(2000 - 2015)
Liliana De la Quintana
[337]
[339]
La abuela grillo (2000) [339]
Rosario Quiroga de Urquieta
[345]
En las pupilas de porcelana (2003) [345]
Isabel Mesa Gisbert
[353]
La flauta de plata (2005)
El cuarto oscuro [353]
Luz Cejas de Aracena
[359]
La gruta embrujada (2006) [359]
Verónica Linares Perou
[367]
Zacarías (2007) [367]
En busca de un caballito de mar (2011) [376]
Mariana Ruiz Romero
[413]
Uma y el tren a las estrellas (2012) [413]
Anexos
[431]
Reseñas de las mejores novelas de la
literatura infantil y juvenil de Bolivia
(1962 – 2015)
José Camarlinghi, Cara sucia (1962) [435]
Gastón Suárez, Mallko (1974) [438]
[433]
8
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Gladys Dávalos Arze, Ururi y los
sin chapa (1998) [441]
Isabel Mesa Gisbert, La pluma
de miguel: una aventura en los
andes (1998) [445]
Stefan Gurtner, El grano verde (2004) [448]
Rosalba Guzmán Soriano, Conquistando
a Lindolfo (2008) [450]
Carlos Vera Vargas, El vuelo del
murciélago barba de pétalo (2009) [453]
Verónica Linares Perou, En busca de
un caballito de mar (2010) [457]
Brayan Mamani, Academia europa (2010) [459]
Roger Otero Lorent, Lo bonito de
ser feos (2011) [462]
César Herrera, El día mas triste de la
soberana más bella (2013) [464]
Gaby Vallejo Canedo, Tatuaje mayor (2009) [467]
Escritores bolivianos de literatura
infantil y juvenil
[469]
Bibliografía
[477]
Biografías
[483]
Acta del Comité Asesor [489]
Lista de las 200 obras de la BBB [491]
Información institucional [495]
La Biblioteca del Bicentenario
de Bolivia
Álvaro García Linera
U
no de los principales problemas en la formación educativa
de los estudiantes tanto de nivel secundario como universitario es, por decirlo de alguna manera, su relacionamiento conflictivo con los libros; es decir, la dificultad que tienen
para apropiarse de la información y el conocimiento universal
depositado en el soporte material de los textos impresos.
A lo largo de mi trabajo académico universitario, he podido
detectar diversos componentes de esta relación conflictiva. Uno de
ellos, el débil hábito de la lectura o, en otras palabras, el rechazo,
la negativa o resistencia del estudiante para dedicarle tiempo, esfuerzo, horas y disciplina a su acercamiento con el conocimiento de
manera sistemática, rigurosa y planificada. La tendencia a buscar el
resumen rápido en vez de esforzarse por sumergirse en la narrativa
del texto, a copiar del compañero en vez de escudriñar la estructura
lógica o los detalles de la argumentación de la obra, es mayoritaria.
Se trata de una ausencia de paciencia y disciplina mental, y, a la
larga, de una falta de aprecio por el trabajo intelectual, que hace que
el estudiante se aproxime al conocimiento universal en distintas
áreas –ciencias naturales, ciencias exactas y ciencias sociales– de
manera superficial, mediocre y poco rigurosa.
Un segundo problema es la falta de comprensión de lo que se
lee, la carencia de métodos para una lectura que posibilite encon[9]
10
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
trar el núcleo argumental y sedimentar en el cerebro el conjunto
de información, procedimientos y resultados que están presentes
en los libros e investigaciones. Por lo general, la capacidad de
comprensión y retención de lo leído es bajísima. Eso significa que,
además del ya reducido esfuerzo que el estudiante promedio despliega en la lectura, gran parte del mismo resulta inútil porque ni
siquiera consigue aprehender el núcleo argumental de lo planteado
y escrito por el autor.
Estos son problemas estructurales que se arrastran desde la
formación educativa escolar y que requieren de una transformación igualmente estructural de la formación educativa básica, de la
disciplina educativa, de la facultad para construir lógicamente los
conceptos y de la inculcación de hábitos duraderos de investigación
y métodos de estudio.
Otro problema que se presenta en la formación educativa de
los colegiales y de los universitarios, en particular, es el acceso a la
información y documentación, a la disponibilidad de publicaciones
y su acceso a los conocimientos que nos brindan.
Ciertamente, existen libros útiles y libros irrelevantes. Sin
embargo, no cabe duda que el texto escrito –ya sea bajo el soporte
material de impresión (libro impreso) o de información digitalizada
(libro digital)– representa, en la actualidad, el lugar fundamental
de preservación del conocimiento que los seres humanos han sido
capaces de producir en los últimos 5.000 años de vida social. En
todo caso, esto no niega la presencia de otros soportes de información como el que se encuentra, por ejemplo, en el cuerpo, en
la experiencia; mas, aun así, la única manera de universalizar y
socializar ese conocimiento e información sigue siendo el texto
escrito: el libro.
El conocimiento, en calidad de bien común universal y no
únicamente como sabiduría local, tiene su base material en los
libros. Desafortunadamente, el acceso a ellos no es siempre universal. Por ejemplo, en nuestro país, dado que generalmente los
textos de mayor referencia en el campo académico son de edición
extranjera, gran parte de ellos tienen costos elevados o son de difícil
acceso para los estudiantes. Adicionalmente, nuestras bibliotecas
poseen obras editadas décadas atrás, de relevancia relativa para la
formación académica. Por otro lado, nuestras librerías presentan
una limitada disponibilidad de obras producidas en el extranjero
Presentación
11
(no más de 20 ejemplares por cada título), cuyos únicos destinatarios se convierten en un grupo de expertos; mientras que, en el
caso de las obras editadas en Bolivia, aquellas a las que se tiene
acceso no siempre son las más adecuadas o necesarias para la formación educativa estudiantil. Entonces, las dificultades que tienen
los alumnos para acceder de manera directa a las publicaciones e
investigaciones más relevantes, recientes, sólidas y mejor elaboradas, que les permitan potenciar su formación académica en las
diferentes áreas de estudio, son notorias.
Con tristeza he podido atestiguar en la universidad que parte
de la autoridad académica de algunos profesores, lejos de sostenerse en su capacidad intelectual o didáctica –y mucho menos en su
capacidad de síntesis o investigación–, se sustenta en la mezquindad o el monopolio del acceso a ciertos libros necesarios para su
materia. He visto a profesores facilitar a sus alumnos simplemente
algunos capítulos de una obra importante, preservando para sí el
resto a fin de poder contar con un mayor conocimiento que ellos.
De hecho, algunos profesores conservan su autoridad académica
y su puesto no –como se podría esperar– gracias a su mayor capacidad de conocimiento e investigación, sino porque básicamente
restringen o conservan el monopolio de tal o cual investigación y/o
publicación, que difunden a sus estudiantes de manera selectiva
y a cuenta gotas.
¿Cómo ayudar a superar estos límites en la formación académica estudiantil y universitaria? ¿Cómo facilitar el acceso de los
estudiantes a las publicaciones más importantes, de manera rápida,
fácil y barata, para que coadyuven con su formación intelectual y
académica? ¿Cómo inculcarles la idea de que un buen alumno no
depende de su capacidad adquisitiva para la compra de determinados libros o de la buena voluntad del profesor para proporcionarle
las respectivas fotocopias, sino de su formación en la construcción
de esquemas lógicos, de su capacidad de análisis, síntesis e investigación, y de su capacidad de sedimentación e innovación de las
investigaciones y/o aportes realizados en diferentes latitudes del
país o del mundo?
Esta preocupación constituye, pues, el punto de partida del
nacimiento de este destacable proyecto. Lejos de pretender la mera
publicación de 200 obras relucientes para ser guardadas en los
rincones o anaqueles de algunas bibliotecas (particulares o perte-
12
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
necientes a instituciones públicas o privadas), sin utilidad alguna,
la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (bbb) nace con una función
práctica muy clara: apoyar a ese trabajo de acercamiento profundo
a la lectura por parte de estudiantes, investigadores y ciudadanía,
en general, facilitándoles el acceso a las 200 publicaciones más importantes y necesarias para la comprensión de la realidad boliviana
en los últimos siglos y preparando para ello planes de distribución
nacional y fomento a lectura de los mismos.
¿Por qué 200 libros o publicaciones? En reconocimiento a los
200 años de independencia y fundación de Bolivia, cuya celebración
tendrá lugar el año 2025.
Nuestro deseo habría sido que ese objetivo (de acceso fácil,
rápido y barato de los lectores bolivianos y bolivianas a las 200
investigaciones más importantes del país) abarcara todas las áreas
de la formación académica (desde las ciencias exactas y naturales
hasta las ciencias sociales), pero queda claro que, en las circunstancias actuales, esto resulta imposible.
Por ello, el trabajo de selección tuvo que enmarcarse a un conjunto de estudios referidos a Bolivia a lo largo de los últimos 400 o
500 años que, en su mayoría, abarcan la historia social, económica
y política boliviana, aunque también contemplan la literatura, la
cultura y las artes, entre otras áreas.
Se trata de textos –muchos de ellos de difícil acceso– publicados
años atrás, pero nunca más reeditados; o publicados en otras partes
del mundo, pero de difícil acceso para el estudiante; o publicados
recientemente, pero con costos elevados y excluyentes. Nuestra
tarea consistió en juntarlos e incorporarlos en una biblioteca a la
que estudiosos e investigadores del país entero, pero, en particular,
jóvenes escolares, colegiales y universitarios, puedan acceder de
manera sencilla.
Para llevar adelante el proyecto con éxito, se tomó la decisión
de reunir a importantes –si no es que a los mejores– investigadores
y estudiosos de las distintas áreas de las ciencias sociales, artes y
letras para que, en un largo debate conjunto, ordenado a través de
comisiones temáticas, fueran seleccionando, a partir de cientos de
títulos disponibles, los 200 más importantes para la comprensión
de la historia y el pensamiento de nuestro país.
Para nosotros fue determinante que este proceso de selección
fuese realizado con la mayor pluralidad posible. Por ello, los más
Presentación
13
de 30 notables estudiosos de la realidad boliviana (la mayor parte
de ellos residentes en territorio nacional y otros en el extranjero)
invitados a conformar el Comité Editorial de la Biblioteca del
Bicentenario de Bolivia, trabajaron en base a un amplio catálogo,
que superó los 1.000 títulos, elaborado gracias a sus sugerencias,
las de decenas de especialistas invitados y la participación directa de la ciudadanía, a través de la web del proyecto y mediante
formularios en físicos recabados en ferias del libro a lo largo y
ancho del país.
Este gran esfuerzo colectivo y estatal por brindar a la juventud
estudiosa un material de calidad, decisivo para la comprensión de
la formación de la sociedad, el Estado, la economía y la estructura
social boliviana en los últimos siglos, queda sintetizado en cuatro
colecciones que engloban las 200 obras seleccionadas: 1. Historias
y Geografías (69 textos), 2. Letras y Artes (72 textos), 3) Sociedades
(49 textos) y 4) Diccionarios (10 textos).
La Biblioteca del Bicentenario de Bolivia no habría sido posible sin la participación comprometida de todas las personas que
apoyaron a su realización. Un agradecimiento especial al Director
del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia (CIS),
Amaru Villanueva; a la Coordinadora Académica del CIS, Ximena Soruco; al equipo de la Coordinación General del Proyecto;
y, por supuesto, a todos los miembros del Comité Editorial que
trabajaron de manera gratuita en largas y apasionantes reuniones, durante más de seis meses, en procura de seleccionar esas
200 obras imprescindibles para la comprensión de la historia de
nuestro país. Nuestros mayores reconocimientos para: Adolfo
Cáceres Romero, Alba María Paz Soldán, Ana María Lema, Beatriz Rossell, Carlos Mesa, Claudia Rivera, Eduardo Trigo, Elías
Blanco Mamani, Esteban Ticona, Fernando Barrientos, Fernando
Mayorga, Germán Choquehuanca, Godofredo Sandoval, Gustavo
Rodríguez, Hans van den Berg, Isaac Sandoval, José Antonio Quiroga, José Roberto Arze, Juan Carlos Fernández, Jürgen Riester,
Luis Oporto, María Luisa Soux, Mariano Baptista Gumucio, Pablo
Quisbert, Pedro Querejazu, Pilar Gamarra, Ramón Rocha Monrroy, Roberto Choque, Rubén Vargas, Verónica Cereceda, Xavier
Albó y Ximena Soruco.
Es indudable que toda formación pasa por el tamiz de la lectura, estudio y abordaje del conocimiento depositado en los libros.
14
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
La bbb ha sido imaginada como una herramienta de estudio y
formación para los ciudadanos de nuestro país.
Nuestro mayor deseo es que estos 200 libros no queden inmaculados y sin uso en el rincón de alguna biblioteca, sino que sean
leídos, debatidos y comentados por estudiantes e investigadores
que se sumerjan en sus páginas y líneas marcándolas, subrayándolas; tomando notas en sus bordes y márgenes procesas, transformar
y utilizar su conocimiento e información.
Si en los siguientes meses o años vemos a jóvenes estudiantes
con una obra de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia en la mano,
debatiendo o reflexionando acerca de tal o cual idea o tal o cual
capítulo; entonces, el objetivo y la misión de nuestra Biblioteca se
habrá cumplido: ayudar a la formación de una nueva generación de
estudiantes con una mejor capacidad intelectiva, de estudio, análisis
e investigación en el ámbito de la realidad social boliviana.
Estudio introductorio
Isabel Mesa Gisbert
E
s importante para la literatura infantil boliviana contar con
una antología que permita tener un panorama general de
escritores, obras, corrientes y géneros dirigidos al público
infantil y juvenil. Si bien existen en el país algunas antologías de
literatura infantil, la mayoría se avoca a un solo género: el cuento. Por lo tanto, se hace necesaria una recopilación que ofrezca
una variedad de géneros literarios en el marco de una propuesta
nacional, en la que escritores de distintas partes de Bolivia estén
presentes con obras de calidad, trascendencia e impacto en el
público lector.
Es cierto que una antología es siempre subjetiva y que plantea
el punto de vista del antologador; por lo tanto, es probable que
se dejen afuera algunos autores y de pronto también algunos escritos. Sin embargo, de lo que se trata es de mostrar aquello que
ejemplifica, lo que ha marcado un hito, lo que ha trascendido, lo
que en su individualidad es de gran calidad pero que, como pieza
que forma parte de un enorme rompecabezas, sea capaz de aportar
a aquel corpus que nos habla del inicio, de las tendencias, de las
influencias, de los estancamientos y de los cambios en la literatura
infantil y juvenil boliviana.
Esta selección de obras tiene como primer criterio valorar la
calidad literaria de cada uno de los escritos. En segundo lugar, se
ha considerado el impacto que cada obra tuvo en los lectores y, por
[15]
16
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
ende, su trascendencia en el tiempo. Finalmente, y no ha sido menos
importante, la reunión en una sola obra de autores de distintas partes del país con un talento especial para contar a los niños y niñas
bolivianas sobre la diversidad cultural de Bolivia y del mundo sin
subestimar a su destinatario.
Organización de la obra
Tomando en cuenta los criterios anteriores, la antología se ha dividido de manera cronológica en tres partes, en las que se pueden
distinguir una primera generación de pioneros, que en primera
instancia se destacó en poesía y teatro (1920 - 1979); una segunda
generación que desarrolla el cuento regionalizado, costumbrista
y tradicional (1980 - 1999); y una tercera generación que rompe
con los esquemas tradicionales, que se abre a temáticas distintas a
lo exclusivamente nacional, pero que también mira la diversidad
cultural como una riqueza y un aporte al país (2000 - 2015).
La antología se complementa con algunos anexos. El primero
se refiere exclusivamente a la novela, quizás el género más importante en la literatura infantil de las últimas décadas, por su
aporte en cuanto a novedad temática y estructura literaria. Esta
parte se compone de 12 reseñas sobre las novelas más importantes de la literatura infantil y juvenil boliviana; aquellas que, por
su calidad literaria, impacto en los lectores, trascendencia en el
tiempo y difusión cultural, marcan un hito fundamental en la
narrativa infantil (1962 - 2015).
Si bien forman parte de esta antología 29 autores, se adjunta
también, en un segundo anexo, un cuadro esquemático con una
exhaustiva información de referencia sobre otras obras de estos
autores y, además, con textos de otros escritores que no son parte
de esta selección.
Siendo esta una antología en la que las obras son el referente más importante, se ha seguido un orden cronológico que
respeta la fecha de publicación de cada una de ellas. Cuando el
autor tiene mas de un escrito seleccionado, ambos se han puesto
juntos respetando la fecha de publicación del más antiguo; de esa
manera, el lector puede relacionar ambas obras con el mismo
escritor. Cada uno de los autores que forman parte de este libro
cuenta, además, con una pequeña biografía de referencia que
Estudio introductorio
17
ubica al lector en el espacio y en el tiempo al que pertenece. Las
biografías están al final de la antología y van de acuerdo al orden
cronológico de las obras.
Muchos de los textos seleccionados en la antología, sobre todo
cuentos, poemas y obras de teatro, son parte de una publicación
con varios escritos del mismo autor. Por eso, tanto en el índice
como en el interior de la antología, primero se menciona el título
de la publicación y, debajo, el título de la obra seleccionada.
Sobre las ilustraciones
La ilustración es, sin duda, un aspecto fundamental para toda obra
de literatura infantil o juvenil. Elemento complementario al texto,
plasma en una página imágenes que el niño construye de manera
paralela en su mente al leer la historia, permitiéndole otro tipo
de interpretación: la visual. La lectura de imagen desarrolla una
capacidad distinta a la lectura literal, es aquella que se realiza a lo
largo y ancho de una página siguiendo cualquier dirección, muy
al contrario del texto cuya lectura es exclusivamente lineal.
A lo largo de la historia de la literatura infantil en nuestro
país existen muchas obras ilustradas, la mayoría realizadas por
los mismos autores o por amigos que realizaban el trabajo más
como un favor que como una profesión, pues era impensable un
trabajo dedicado solamente a la ilustración infantil como ocurre
en nuestros días. En casi un siglo de literatura infantil boliviana
podemos apreciar el gran contraste que existe entre las primeras
ilustraciones y las actuales. Las primeras eran sencillas, a un solo
color y con un estilo estrictamente local y tradicional. En contraposición, hoy podemos encontrar propuestas creativas e innovadoras de una generación de ilustradores que surgen en la última
década del siglo xx gracias al crecimiento y difusión de la literatura
infantil, no solamente en Latinoamérica sino también en Bolivia.
Muchos de estos ilustradores empiezan a dedicar su trayectoria
artística exclusivamente a la literatura infantil, a partir de una gran
demanda de textos escolares y obras infantiles debido al impulso
que da la Reforma Educativa de 1994 a las bibliotecas de aula.
Esta antología estaría inconclusa si no contara con ilustraciones, en este caso realizadas con exclusividad por reconocidos artistas que tienen una larga trayectoria en el campo de la ilustración
18
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
infantil. Un reconocimiento y agradecimiento especial a Romanet
Zárate, Paola Guardia y Jorge Dávalos cuyas ilustraciones darán
vida a los personajes de cada una de las obras.
Breve panorama histórico
de la literatura infantil
La literatura infantil, conocida como aquella producción de textos
que tiene un toque artístico, pero sobre todo creativo, y cuyo destinatario es el público infantil, surge como una rama independiente
de la literatura recién en la segunda mitad del siglo xviii; entendida
como la producción editorial pensada exclusivamente para niños.
Durante la Edad Media y la Edad Moderna no existía una literatura
destinada a los niños. Las lecturas de esa época tenían el objetivo
de enseñar valores y difundir dogmas. La única lectura para niños
eran los bestiarios, silabarios y abecedarios. Durante los siglos xvii,
xviii y xix Charles Perrault, los hermanos Grimm y Hans Christian
Andersen comparten una literatura de características comunes.
Sus cuentos son todos de origen popular, historias que llegan a
ellos gracias a la tradición oral, con un toque de fantasía y sucesos
moralistas que estos autores recopilan y expresan por escrito.
Pese a que estos cuentos tuvieron una gran difusión en Europa,
el concepto de infancia como una etapa en la vida del ser humano,
recién se establece a fines del siglo xix. En la segunda mitad del
xix, estos cuentos empiezan a compartir su espacio literario con
narraciones más largas que se transforman en novelas de aventuras
con diversidad de personajes y una estructura más compleja. Autores como Daniel Defoe, R. L. Stevenson, Jack London, Julio Verne,
Lewis Carrol y J. M. Barrie publican obras que no fueron concebidas
pensando en niños o en jóvenes como destinatario final; sin embargo, fueron los propios lectores quienes, en sus distintas etapas de
crecimiento, fueron apropiándose de estas lecturas creando ellos
mismos un nuevo concepto: el de la infancia.
Latinoamérica tiene su propia historia de la literatura infantil.
La gran variedad de cuentos de la tradición oral provienen de dos
fuentes. La primera, expresada por las comunidades indígenas
que habitan el continente y que, carentes de un alfabeto escrito
convencional, es recopilada en primera instancia por los cronis-
Estudio introductorio
19
tas españoles que llegan en la primera mitad del siglo xvi. Y la
segunda, se refiere a las historias orales que llegan de España
con los conquistadores y que, una vez conocidas en América,
fueron adaptadas al ambiente y personajes locales adquiriendo
versiones propias.
Las órdenes religiosas dedican gran parte de su tiempo a la
alfabetización de los indígenas mediante catecismos y abecedarios,
y otros libros exclusivamente didácticos y educativos. El especialista
Manuel Peña afirma que estos libros
presentan a niños modelos y tienen casi siempre un ideal moralista,
religioso y patriótico. [Por otro lado] La editorial española Calleja,
de don Saturnino Calleja, difunde los cuentos clásicos en versiones
adaptadas para los niños de habla hispana, tanto en España como
en Latinoamérica. Son libros muy bellos que a menudo venían en
cajitas de lata o pequeños estuches para estimular el disfrute y el
coleccionismo. (Peña Muñoz, 2013)
Con el fin del periodo colonial, los escritores latinoamericanos se
desligan poco a poco de la influencia europea para caminar por
cuenta propia. Entonces surge una literatura que va más allá de las
fronteras de cada país, impacta a muchos lectores del continente,
permanece vigente por años hasta convertirse en clásica. Esto
ocurre también con la literatura infantil y juvenil.
De esa manera surgen figuras importantes que publican una
literatura de calidad dedicada a los niños, como el colombiano
Rafael Pombo, desde 1867. Otros escritores clásicos de fines del
siglo xix son el cubano José Martí, con su famosa Edad de oro, y
Rubén Darío en Nicaragua. A principios del siglo xx destacan los
uruguayos Constancio Vigil, que fundó Billiken, una de las revistas
infantiles más importantes, y Horacio Quiroga con sus Cuentos de
la selva. En los años 30 y 40 aparecen el brasilero José Monteiro
Lobato y la chilena Marcela Paz con Papelucho.
A mediados del siglo xx, ya con una literatura infantil constituida, surgen los estudiosos que emprenden el camino de la
reflexión crítica y el interés por el estudio de este campo literario.
Todo esto conduce, en un proceso lento pero serio, a una toma de
conciencia universal sobre la importancia de la literatura infantil
y la demanda de tomarla en cuenta con respeto como otra rama
de la literatura.
20
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Pioneros de la literatura infantil
boliviana (1920 - 1979)
La literatura infantil aparece tardíamente en Bolivia en relación
a muchos países latinoamericanos que publican sus primeros
libros en la segunda mitad del siglo xix. El inicio se da gracias
a dos factores fundamentales. Los primeros autores eran en su
mayoría maestros y poetas, con una gran cercanía y relación
con los niños, vieron la necesidad de contar con publicaciones
infantiles apropiadas en un mundo diseñado solo para adultos.
Posteriormente, estos autores, ligados por el ámbito profesional
en el que se desenvolvían se unieron con el objetivo de escribir
también para niños.
Es muy importante resaltar que todos estos autores pertenecían a la zona andina del país; eran paceños, orureños y potosinos.
Con tres excepciones: Joaquín Gantier, que publicó dos obras
importantes de teatro infantil y juvenil –una de 1940 y otra de
1962– en Sucre1; Óscar Alfaro, que también realizó una carrera
solitaria en Tarija; y Rosa Fernández que, siendo cochabambina,
vivió desde muy joven en La Paz. Los primeros autores vallunos
y de la zona oriental surgieron a partir de los años 80.
A principios del siglo xx son dos o tres los autores bolivianos
que, de manera aislada, publican obras destinadas exclusivamente
para los niños. Antonio Díaz Villamil es el primero que en su libro
Leyendas de mi tierra (1922) cuenta las historias de la tradición oral
manteniendo un diálogo personal con los niños y dirigiéndose
a ellos con un aire de complicidad que se da por primera vez en
un libro escolar.
La lucha por la libertad había sido iniciada por nuestros mayores,
sin más base que su fervor patriótico…”; “Ese pueblo es, queridos
lectorcitos, nuestra amada patria”; “Al fin, nuestro héroe, en quién
mis simpáticos lectorcitos habrán, sin duda, reconocido al dios Pachacamaj en figura de hombre, había logrado congregar al pueblo
sobre la misión que traía… ( Diaz Villamil, 1995: 46)
Esta forma de escribir confirma que Díaz Villamil, a pesar de un vocabulario muy de la época, ya pensaba en un destinatario infantil.
1
Joaquín Gantier escribió Teatro. Piezas breves (1940) y Teatro Boliviano para
Escuelas, Colegios y Conjuntos de Aficionados (1962)
Estudio introductorio
21
Este primer periodo, arranca precisamente en 1922 con dos
géneros: la leyenda y el teatro. Posteriormente, recién hacia 1948,
se unirán la poesía y el cuento. La novela, en cambio, surge por
primera vez en los años 60 con un solo libro, Cara sucia, reaparece
tímidamente en los años 80 y toma mayor fuerza a partir de los 90.
Lamentablemente, el teatro y la poesía, que tienen su auge entre
los años 50 y 80, desaparecen hasta casi extinguirse.
El siglo xx en Bolivia comienza con la Guerra Federal (1899). Es
el momento en el que los liberales toman las riendas del país. Tras
una cruenta guerra civil se traslada la sede de gobierno de Sucre a
La Paz, coincidiendo con un desplazamiento económico de la minería de la plata a la del estaño y un dominio de los terratenientes
del altiplano. Es también el momento del mayor levantamiento
indígena desde la creación de la república como producto de la
efímera alianza entre José Manuel Pando, caudillo liberal, y Pablo
Zárate Wilka, jefe indígena aymara.
Entre 1900 y 1920, el liberalismo, en función de gobierno,
enfrenta la guerra de la goma, conocida como Guerra del Acre
(1899 - 1903) y asume el desastroso Tratado de Paz con Chile en
1904. Se desarrolla también un proceso de modernización traducido en la apertura económica y el mejoramiento urbano de La
Paz y Cochabamba.
El entorno social y político que vive el país a principios del
siglo xx hace que la literatura busque una identidad nacional que
se manifiesta junto a una fuerte corriente indigenista basada en
la tierra y en la minería. Es el momento de los latifundistas que ya
desde el siglo xix sustentan su poder gracias a su estrato social y
origen de clase, por lo tanto con gran influencia en la política.
La imagen que se tiene del protagonista niño en estos primeros años es, por lo general, la del niño de origen indígena que es
pobre, miserable, explotado o abandonado. Hay una gran tendencia a marcar fuertemente las diferencias entre las distintas clases
sociales, señalando a los ricos como explotadores y despectivos y
a los pobres como sumisos y obedientes.
Destacable es la obra del paceño Díaz Villamil entre 1920 y 1950
cuyas publicaciones infantiles están comprometidas precisamente
con esa problemática. Su literatura valora las culturas andinas y
rescata tradiciones utilizando protagonistas niños o adolescentes
con quienes los lectores pueden identificarse. Destaca las virtudes
22
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
del indígena, así como hace énfasis en las desventajas que tienen
al vivir en el ambiente rural de las haciendas, pues sus vidas están
en manos de los patrones. Es el caso de la obra Retamita (1939) que
se desarrolla en un paisaje altiplánico donde está la hacienda del
patrón. Allí vive Retamita, una pastora de ovejas, con su hermano
Pascual que ha quedado ciego, pero que ha sabido desarrollar un
gran talento musical y poético. El patrón decide llevarse a Retamita
a la ciudad para que trabaje como niñera de sus hijas y Pascual sabe
que tiene que quedarse a cuidar de sí mismo. La obra hace énfasis
en la posición de los indígenas ante la figura de los hacendados
cuya palabra se debe obedecer.
De la misma época es Muñecas de bazar (1940) que el autor describe como una fantasía escénica musical. Es una obra ambientada
en una tienda de juguetes de la ciudad en la que las muñecas tienen
trajes de distintos países y las protagonistas son de raza distinta: la
muñeca morena, la negra y la blanca de cabello rubio. Las muñecas
no quieren separarse, pues son muy amigas y sufren cuando algún
cliente se acerca y compra a una de ellas; sin embargo, Muñeca
Morena, les recuerda que ese es precisamente su destino “ir al
palacio o al tugurio a distraer a los niños. Para recibir, un rato sus
caricias y sus alborozados besos y, más tarde, sufrir su ingratitud
y sus veleidades” (Díaz Villamil, 1997: 25). La obra es una crítica
a la alta sociedad y marca estereotipos muy propios de una época
en la que existía una fuerte diferencia entre los estratos sociales.
Por eso, en el diálogo entre las muñecas el lector se encuentra con
afirmaciones tan severas como ésta: “las niñas ricas son la que
tratan con mayor crueldad a sus juguetes. ¡Como tienen tantos!
No les importa destruirlos puesto que saben que sus papás, para
mimarlas, les comprarán otros enseguida”.
Curiosamente, un episodio desgarrador de nuestra historia
como la Guerra del Chaco (1932 - 1935), que enfrentó Bolivia con
Paraguay, no tuvo ninguna repercusión en la literatura infantil
boliviana con la excepción de El pequeño estafeta del Chaco y Crisol,
de Antonio Díaz Villamil, quien en su calidad de maestro siente la
necesidad de inculcar el patriotismo y civismo en los bolivianos.
Ambas obras fueron escritas en plena campaña y escenificadas de
manera paralela a la guerra.
Entre la década de los 40 y 60, Bolivia vive una época convulsionada en lo histórico político y social. Los esfuerzos aislados de
Estudio introductorio
23
algunos partidos políticos de insertar al indígena a la vida ciudadana
no dan resultados. En el área rural, los indios todavía dependen
de los latifundistas.
En 1952 estalla la Revolución Nacional, uno de los acontecimientos fundamentales de la historia contemporánea de Bolivia. El
Movimiento Nacionalista Revolucionario sube al poder planteando
soluciones nuevas y radicales como la Reforma Agraria, el Voto
Universal, la Nacionalización de las Minas y la Reforma Educativa.
Desde el punto de vista de la cultura, los gobiernos del mnr proponen el mestizaje como referente fundamental de la identidad
boliviana: un país, una lengua, una religión. En esa visión, los indígenas son categorizados como campesinos. Se necesitarían tres
décadas para reformular ese paradigma en la lógica de la “unidad
en la diversidad”.
En este escenario, surge el autor más reconocido de la literatura infantil boliviana: el tarijeño Óscar Alfaro, quien asume
una clara posición política. Se convierte en militante del Partido
de la Izquierda Revolucionaria, que sería el germen del Partido
Comunista de Bolivia al que Alfaro se adscribió desde sus inicios,
y escribe los primeros poemas infantiles que ven la luz a finales
de los 40, época en que los partidos de extrema izquierda izan la
bandera del proletariado en contra de los hacendados y empresarios
mineros. Al igual que José Martí, “sabía que ni siquiera la literatura
infantil es neutra e inocente. Sabía que toda expresión humana,
y sobre todo la artística, transmite ideología. Era consciente de
que la literatura fue siempre y es instrumento de transmisión de
valores, actitudes, ideologías” (Vallejo Canedo, 2000: 36). Por eso,
no duda en compartir con los niños esa lucha social a través de la
denuncia de las injusticias, los himnos al proletariado, la explotación de los niños y la sátira a los poderosos, mostrando una gran
sensibilidad por los más débiles y desposeídos; elementos que
caracterizan toda la literatura del poeta. Es el primer escritor para
niños que no subestima a su lector, sino que entrega su protesta
de una manera impactante en libros específicamente dedicados
al público infantil.
Es de su primer libro Alfabeto de estrellas el poema Vendedora de
kantutas (1950), una desgarradora historia de una mujer indígena
que vende flores de puerta en puerta para lograr el sustento que
calme “el grito del niño hambriento”. Posteriormente, e influen-
24
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
ciado por la Revolución del 52, Óscar Alfaro escribirá otra serie
de poemas que hacen referencia a esa integración del indígena a
la educación, ya sea como el alumno de piel cobriza que tiene el
ansia de aprender, o como la nueva maestra de trenzas y pollera
que por primera vez es parte del plantel escolar.
Pero Alfaro no es solo un poeta de denuncia, pues también
tiene poemas llenos de una gran belleza literaria en los que recrea
situaciones cotidianas importantes para los niños; poemas que detrás de los objetos inanimados conciben al juego como elemento
fundamental de la infancia. Es el caso de Las bolitas de cristal (1955)
entre otros muchos.
Además de su aporte poético, el autor deja una cantidad significativa de cuentos, sin duda de los primeros escritos narrativos
de la literatura infantil boliviana; tres de ellos habían ganado
un concurso infantil el año 1956 (Vallejo Canedo, 2000: 34). Su
narrativa no coincide en todo con los cánones que caracterizan a
la literatura infantil tradicional y de esa manera se convierte, en
algunos aspectos, en una literatura de avanzada con relación a su
época. El autor sigue los patrones de la fábula, muy en boga por
esos años, con la particularidad de que la moraleja está sutilmente
implícita. Uno de sus mejores cuentos es El pájaro de fuego (1962).
En esta historia, el pájaro aparenta de lejos ser una llamarada de
fuego y, al verlo, todos huyen de él; por eso, el protagonista no se
acepta en su naturaleza de pájaro y decide que es más hermoso
ser una flor. Pero en su afán por intentar parecerse a una flor, es
descubierto y casi linchado por varios insectos que saben que los
pájaros son sus depredadores. Sin embargo, gracias a su perseverancia, le da vida al árbol seco donde se posa. En una época en la
que no existe opción alguna a ser de una naturaleza distinta a la
propia, Alfaro se lanza con un cuento revolucionario que tiene
un final feliz de poder ser lo que uno quiere ser, pero sobre todo
aceptado, no en su aspecto físico que revela su esencia verdadera,
si no en la bondad interior.
Muchos de los cuentos de Alfaro fueron recopilados y publicados por la familia después de la muerte del autor. Es el caso de
El cuento del hilo de agua (1978), una obra de corte tradicional en el
que un hilo de agua decide llegar hasta el mar. Pese a que algunos
animales con los que se encuentra se burlan de él, consigue su
propósito e invita a otros hilos de agua a unírsele. Es un cuento
Estudio introductorio
25
que expresa el lema de “la unión hace la fuerza” y exalta el trabajo
en equipo.
Es importante señalar que la literatura de Alfaro es controversial. Muchas veces expone temas inadecuados al destinatario, en
ocasiones fuera de vigencia debido a la época y al contexto en la
que fue creada, con desenlaces negativos y poco humor. Incluso,
propone situaciones sociales y políticas extraídas de la realidad que
rodea al autor que los pequeños no llegan a comprender. Pero, por
otro lado, rescata valores como la defensa de los derechos humanos,
la diversidad cultural, racial y especialmente expone al niño a la
reflexión y lo invita a una mejor convivencia.
Además del compromiso social y político que asumen los pioneros de esta época, la temática del momento también impone el
civismo y el patriotismo. Muchos de los autores de este periodo
escriben poemas relacionados con la pérdida del litoral. Algunos
tienen libros enteros con poesías al maestro, a la madre, a la bandera, a los héroes y a cada uno de los departamentos de Bolivia.
En ese sentido, el libro Pompas de jabón de la autora Beatriz Schulze
reúne varios poemas de carácter cívico, entre ellos su famoso Nostalgias marinas (1963) que escribió cuando apenas tenía diez años,
es un precioso diálogo entre una niña y su padre que muestra la
añoranza y el dolor que causa la carencia del mar.
La autora potosina es una mujer comprometida con la naturaleza y muchos de sus escritos, tanto poéticos como narrativos,
tienen descripciones que reflejan ese sentir. Es el caso de Disidencias, en el que su imaginación y creatividad la impulsan a contar,
a modo de fábula y en un hermoso diálogo que da lugar a diversas
reflexiones, una discusión entre tres animales. Se trata de un pájaro, una mariposa y un sapo que conversan sobre su vestimenta.
El poema aborda el tema del orgullo, la vanidad, la presunción
y por otro lado la modestia, el servicio al otro y la ilusión.
La princesita Calipso y el Fauno-Ruiseñor es un poema que no
está publicado en ninguno de los libros de Schulze, pero que
fue inspiración para su puesta en escena en ballet en 19802. Esta
fantasía en verso, como la denomina la autora, es una hermosa
2
No existen referencias sobre la fecha en que se escribió el poema, pues este se
encontró entre los documentos que guarda la familia, en un recorte de periódico
que no tiene ni fecha ni fuente. Sin embargo, la fecha de la puesta en escena
en ballet se encuentra citada en la contratapa de su libro Luces mágicas.
26
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
historia muy al estilo de A Margarita de Rubén Darío en la que,
curiosamente intervienen personajes de la mitología griega mezclados con los seres mágicos de los cuentos de hadas. La princesita
Calipso abandona el palacio de sus padres después de escuchar
las maliciosas palabras de un fauno convertido en ruiseñor que le
ofrece “un mundo nuevo y mejor… un horizonte más amplio y un
futuro embriagador”. Diana la cazadora descubre en el bosque al
pérfido fauno y de un certero disparo de flecha lo mata y logra que
Calipso retorne a su hogar. El poema termina con una moraleja de
advertencia a los niños para que estos nunca se dejen llevar por
la primera impresión. Es un poema bellamente escrito en el que
imágenes sencillas se convierten en mágicas, acompañadas por
delicadas metáforas que transforman al poema en un verdadero
cuento de hadas.
Además de Pompas de jabón y Burbujas de color, ambos de poesía,
Beatriz Schulze también tiene un libro de cuentos; sin embargo,
es importante destacar su antología Semillero de luces (1981), una
recopilación de poesía, cuento y fragmentos de novela infantil que
reúne cerca de 40 autores de literatura infantil.
El golpe de estado de 1964 marca un giro dramático en nuestra
historia. En los 18 años siguientes Bolivia vivirá una época protagonizada por el Ejército. En toda América Latina se respira la fiebre
de la revolución cubana y surgen ideas radicales de inspiración
marxista. El Che Guevara muere en Bolivia en 1967. Como respuesta
a estos movimientos, aparece la llamada “doctrina de seguridad
nacional” muy influida por Estados Unidos, que busca bloquear el
ascenso de propuestas de izquierda en la política latinoamericana.
Esta estrategia solo fue posible con la toma del poder por las Fuerzas Armadas en casi toda América Latina. La mayoría de nuestros
países pasan de gobiernos democráticos a gobiernos autoritarios
que vulneran los derechos humanos. El exilio, las desapariciones
y los asesinatos llevan a Bolivia a una permanente confrontación
y polarización entre 1964 y 1982.
La literatura infantil de esta época, al igual que otras artes,
no puede hablar en voz alta y mantiene una escritura tradicional;
pero eso no significa que no guarde ideas para darlas a conocer en
el retorno a la democracia.
En 1964, poco después de la muerte de Óscar Alfaro, se reúne
por primera vez, en casa de Beatriz Schulze, un grupo de escri-
Estudio introductorio
27
tores, la mayoría poetas, que sienten la necesidad de contar con
una literatura que llegue a todos los niños bolivianos. Yolanda
Bedregal, Hugo Molina Viaña, Elda Alarcón de Cárdenas, Alberto
Gutiérrez Guerra, Rosa Fernández de Carrasco y Paz Nery Nava,
forman, junto a Schulze, el grupo denominado “Unión de Poetas
para Niños” que sin duda da un gran impulso para que la literatura
infantil encuentre un espacio en el quehacer cultural boliviano, y
que más tarde dará lugar a los Comités de Literatura Infantil aún
vigentes. Es a partir de este importante encuentro que estos autores
cumplen con el compromiso de contar entre sus obras también
con escritos exclusivamente dirigidos a los niños.
Uno de los pocos escritores que desarrolla la prosa lírica en el
campo infantil es el orureño Hugo Molina Viaña quien, además,
es el primero en insertar la magia y la fantasía como elementos
únicos y alejados de toda realidad en una obra poética. Uno de los
ejemplos palpables de este tipo de literatura es su obra El duende y la
marioneta (1970), ambientada en el castillo de La Glorieta de Sucre.
Además de la prosa lírica el autor incursiona en la poesía, el cuento
y el ensayo. Sin embargo, la obra maestra de Molina Viaña es Vicuncela (1977), la historia de una pequeña vicuña que queda huérfana,
pues los cazadores han matado a su madre. Se siente desorientada
y emprende camino por el altiplano. Al descubrir la vida, observa
asombrada lo que está a su alrededor: las mariposas, el viento, las
kantutas, los flamencos, la chinchilla, la perdiz y el cóndor. En su
caminar el cazador la persigue mas Vicuncela está protegida por
los dioses. Se trata de una historia maravillosa, emotiva y musical
con una prosa bien concebida que ensambla la vida silvestre con las
leyendas andinas en las que dioses y animales viven en completa
armonía. Este canto hermoso de protección a las vicuñas, defiende
en su protagonista a otros animales que están en extinción y, junto
a las poéticas descripciones de la naturaleza, hacen que el texto se
convierta en un discurso ecológico mucho antes de que la defensa
de la ecología apareciera como una necesidad mundial.
Siguiendo la línea de la magia y la fantasía, José Camarlinghi,
autor de únicamente dos obras infantiles, escribe Cuando yo era
trencito, un cuento con una gran imaginación creativa. La historia
se inicia cuando un niño le dice a su padre que quiere ser un tren.
El padre se ríe ante la idea absurda de su hijo. Sin embargo, tales
eran sus ganas de convertirse en un tren, y no quiere hacerlo
28
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
sin el consentimiento de sus padres, que la madre aboga por él
y logra el permiso del padre. Una vez transformado en tren, el
niño deja su casa para irse a vivir a la estación. La creatividad y
la idea de que un niño quiera experimentar ser un tren y la felicidad que siente al lograr su deseo, es involucrarse dentro del
mundo infantil y dentro de los sueños de los pequeños que viven
realidades cotidianas mezcladas con fantasía. Camarlinghi se sitúa enteramente en el deseo e imaginación del infante, recuerda
a aquellos niños que quieren ser superhéroes o extraterrestres
o que se identifican con algún animal y viven en su mente una
historia mágica. El autor conoce el alma del niño y sin mayores
moralejas describe el mundo de un tren. Una narrativa que de
alguna manera es diferente para la época y, sin duda, precursora
de una nueva literatura infantil.
Yolanda Bedregal, una de las poetas más admiradas en Bolivia,
publica en 1979 la única obra que en vida dedica a los niños. El
cántaro del angelito es uno de los volúmenes más bellos de la poesía
infantil boliviana. El libro se divide en ocho partes. La primera es
la explicación del título. En rica prosa poética cuenta que cuando
ella era niña, su ángel de la guarda llegaba acompañado de otro
más pequeño llamado Querubín, poseedor de un cántaro. El ángel
se desplaza por todos los lugares sin que nadie note su presencia.
Deja caer una gota del cántaro sobre una flor o un árbol, y todo se
llena de belleza y brillante color. El contenido del cántaro es mágico,
pero un día, al llamado de Dios, Querubín se va y le deja el cántaro a
Yolanda; por eso pone al libro el nombre de El cántaro del angelito.
Las otras seis partes son de una hermosa poesía con extraordinario ritmo y cadencia. La imaginación, creatividad y fantasía
están presentes en todo el texto. La obra es una verdadera oda a
la naturaleza, una observación de la sociedad y un análisis de los
acontecimientos cotidianos en los que su autora, a través de un
lenguaje expresionista de gran sencillez y sensibilidad, pero sobre
todo coloquial, hace poesía con las montañas, el agua, el rocío y el
arroyo en poemas gráficos que dan la imagen de lo descrito. También se inspira en seres diminutos como la polilla, el escarabajo, las
luciérnagas y las arañas. De pronto, también está presente la vena
andina de nuestro país con el lago Titicaca, los barcos de totora,
la imilla que baila, la navidad andina y la flor de puna. Nada está
fuera de este concierto poético.
Estudio introductorio
29
Quedan algunos textos de Bedregal que nunca publicó en vida
y que hoy se recogen en la Obra Completa que salió a la luz en 2009.
Es el caso de El libro de Juanito que fue finalista en el concurso enka
de Literatura Infantil de Colombia (1994), y que, de acuerdo a los
manuscritos encontrados y que no tienen fecha de elaboración, se
piensa que fue escrito a principios de los 60 (Prada, 2009: 38-39).
El libro de Juanito (2009) es una autobiografía de Yolanda Bedregal
en las voces de sus dos hijos que son los narradores. Utilizando la
primera persona, los niños cuentan sus experiencias en relación a
las vivencias cotidianas con sus padres, abuelos y otros parientes
en el ambiente íntimo del hogar. Así, hay retratos de familia que
describen a los padres, los abuelos o la nana; también se habla de la
biblioteca, la casa, los juguetes, las fiestas, el colegio y las vacaciones. La obra nos recuerda a aquellos libros de memorias de infancia
que escribieran en los años 40 los uruguayos Juana Ibarbourou y
Juan José Morosoli: Chico Carlo y Perico respectivamente; y, la voz
de Juanito nos trae a la memoria al famoso Papelucho, de la chilena
Marcela Paz. Sin duda, El libro de Juanito es una de las obras narrativas
de este estilo más valiosas dentro de la literatura infantil boliviana
y de la que se han seleccionado cinco de sus mejores páginas.
La obra inicia con Libros y la voz de la hermana de Juanito que con
mucho humor, comenta que la biblioteca del colegio no la sorprende,
pues ella vive entre libros; en su casa los libros están en todas partes.
Es en esta primera página que confiesa que ella quiere escribir sobre
su hermano, porque escribir sobre ella misma es para que la tilden
de orgullosa. En ¿Cómo se escribirá un libro?, la hermana de Juanito
afirma que no sabe cómo hacerlo, pero que no tiene miedo pues
todos en su familia son escritores; además se prestará la máquina
de escribir Royal de su padre para comenzar. Luego empieza con
las descripciones de los personajes de la familia. En este recorrido,
uno de ellos llama la atención: ¿Cómo es por dentro y, de yapa, mama
Petra? En esta página, la niña hace una descripción maravillosa de la
mujer de pollera que ha cuidado durante una vida a todos los niños
de la familia comenzando por el abuelo. Es una figura muy común
durante los siglos xix y xx que hoy ya no existe. Mujeres de origen
indígena que llegaban chiquillas a la ciudad se empleaban como
niñeras en las casas de la gente acomodada y criaban a los niños. En
muchos casos, como en el de Mama Petra, estas mujeres se integran
tanto a la familia que inspiran en los niños el mismo amor que el
30
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
que se puede sentir por una madre. En Nombre, la pequeña escritora
inicia la historia del hermano. Empieza por hacer una relación de su
nombre: Juan. Y hace una crítica muy divertida por los muchos nombres con que se bautizaba a los hijos en esa época. La última página
seleccionada es Otro día de la madre, tomada de la segunda parte del
libro en la que ya es Juan el que escribe porque los padres envían a
la hermana a un internado. Él cuenta que en Bolivia no solamente
se festeja el Día de la Madre, sino muchos otros días más y escribe
una composición para su madre que es la típica tarea que daban los
profesores a los niños cuando se recordaba un día como éste.
Hay pocos escritos infantiles en nuestra literatura a la manera
de un diario. El libro de Juanito de Yolanda Bedregal no solamente
es un testimonio de la vida cotidiana de los niños durante la primera mitad del siglo xx, sino que fue escrito acorde a la edad de
los narradores, escudriñando su psicología infantil y utilizando el
pensamiento y la elocuencia de los pequeños escritores.
Si bien la obra de teatro de Rosa Fernández de Carrasco que
se ha elegido para esta antología data del año 1992, la autora está
considerada dentro de la época de los pioneros, pues comienza a
escribir el año 1956, aunque su literatura se extiende hasta los años
90. Fernández escribe poesía y cuento, pero dedica una vida entera
a la dramaturgia infantil, primero en instituciones gubernamentales y luego de manera privada. Su especialización es la creación
y adaptación de guiones teatrales para luego escribirlos en verso.
Noche de luciérnagas (1992) es una de las obras de teatro infantil
mejor logradas, en la que los animales del bosque son protagonistas. Se trata de una obra en tres actos, sencilla de comprender y
actuar, que mantiene el suspenso y utiliza elementos nuevos en
su puesta en escena. En ella, tres luciérnagas se quejan de que al
ser negras, de día vuelan sin distintivo alguno, y de noche, como
si fueran invisibles, no hay quién las distinga. Entonces el búho
decide ayudarlas y las manda hasta una estrella de la que roban
un trozo de luz para convertirse en aquellos insectos luminosos
tan distintos a los demás.
Elda Alarcón de Cárdenas también pertenece al grupo de los
pioneros porque compartió los mismos ideales y fundó junto a
ellos la “Unión de Poetas para Niños”; sin embargo, sus escritos
infantiles son muy posteriores. La línea a la que se dedica Elda es
primordialmente la de la investigación de la literatura infantil –en
Estudio introductorio
31
la que es pionera– y la docencia en el Instituto Normal Superior
Simón Bolívar de La Paz. Entre su producción para niños tiene un
conjunto de cuentos que combinan el aspecto religioso junto a un
cotidiano infantil de los niños aymaras que habitan en los alrededores del lago Titicaca. Manuelito y los pastores (2002) es la historia
del hijo de la Virgen de Copacabana que, aburrido del templo, sale
al campo. Allí se encuentra con niños y niñas pastores con quienes
juega y se entretiene, hasta que descubre algo mucho más divertido.
Reúne a todos los rebaños e intercambia cabezas y patas alterando
la apariencia de todas las ovejas. El problema es que Manuelito
no sabe cómo volverlas a su color original. Este es un cuento que
humaniza a Jesús, convirtiéndolo en un niño con ganas de jugar,
de hacer travesuras y de estar con otros niños. La autora utiliza la
figura de Jesús para rescatar la costumbre de los niños aymaras de
ayudar a la familia con el cuidado de los rebaños.
La nueva literatura infantil (1980 - 1999)
A finales de los 70 y principios de los 80, se produce la difícil
transición de dictadura a democracia reflejada en los movimientos
populares que luchan por la recuperación de la libertad. Durante
estos años, la producción literaria infantil es mínima. Concluye
la era de los pioneros con pocos seguidores que, de manera solitaria, alzan su voz para continuar con ese sueño de escribir para
los niños.
En 1982 Bolivia conquista la democracia y recupera las libertades de los ciudadanos. Entre 1982 y 1985 se vive el difícil momento
de la hiperinflación y el gigantesco esfuerzo por consolidar los
principios democráticos. Entre 1985 y 2003, el país apuesta por
un modelo de economía abierta. Las reformas estructurales más
importantes de ese periodo son la capitalización (una forma de
privatización de las principales empresas estatales), la Participación
Popular, la nueva Ley de Reforma Agraria y la Reforma Educativa de
1994. Una reforma constitucional (1994) establece por primera vez
que Bolivia es una nación pluricultural y multilingüe. La Reforma
Educativa es la que impulsa de manera pujante a la literatura infantil gracias a las convocatorias literarias cuya selección de libros
estaba destinada a las bibliotecas de aula de las escuelas. Por otro
lado, la Reforma propone una educación intercultural y bilingüe
32
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
que fomenta que la producción y lectura de los textos escolares sea
también en lenguas originarias: aymara, quechua y guaraní.
En la década de los 80 surge un numeroso grupo de maestras
cochabambinas que toma a su cargo la producción de la literatura
infantil boliviana. Son las únicas que durante un largo periodo de
tiempo llenan el vacío que habían dejado los pioneros; sin quitar
valor, ciertamente, a autores que de manera solitaria también escriben para niños en otros departamentos. La labor de este grupo
valluno no se refleja solamente en la producción, sino que también
inicia talleres de escritura y se dedica con esfuerzo y perseverancia
a la promoción de la lectura, creación de bibliotecas itinerantes y
la difusión de sus obras.
El año 1983 surge en Bolivia la revista infantil Chaski, que si
bien no es la primera revista infantil boliviana, ha sido la de mejor difusión nacional y con mayor duración (1983-1996). Apareció
como una experiencia literaria y pedagógica de gran nivel. Con 143
números, la revista contemplaba, además de una gran variedad de
temas escolares, novelas cortas, cuentos, poesías, canciones, adivinanzas y refranes de la pluma de muchos de los autores que hoy
tienen un sitial en la literatura infantil nacional, y que vieron en
la revista el primer medio de difusión de sus obras. Chaski también
promocionó literatura infantil extranjera, especialmente latinoamericana, y dio un espacio a varios ilustradores bolivianos. Obtuvo
dos premios importantes La Gran Orden Boliviana de la Educación en
el Grado de Comendador (1990) y el Premio United Nations Environment
Program (unep 1993).
Este es un periodo en el que el cuento tiene un gran auge y
en el que los autores se identifican con las raíces, costumbres y
tradiciones de sus regiones. La mayoría de las historias están ambientadas en el área rural y los protagonistas son niños y jóvenes
de comunidades indígenas; imágenes literarias que nos dan un
panorama de la diversidad cultural que compone nuestro país.
Gaby Vallejo debe ser ponderada no solamente como escritora,
sino como promotora de la literatura infantil boliviana, tanto dentro como fuera de Bolivia. Está vinculada a varias organizaciones
dedicadas al apoyo de los libros para niños y ha dedicado toda una
vida a la creación y funcionamiento de la Biblioteca T’huruchapitas
que fundó en 1991. Es la biblioteca de literatura infantil más importante del país, actualmente con más de 7.000 ejemplares.
Estudio introductorio
33
Vallejo tiene una prolífica obra literaria dedicada a niños y
jóvenes; una veintena de libros que muestran su compromiso con
el país y sus problemas. Varias de sus historias rescatan las raíces de
los pueblos indígenas y sus protagonistas son niños valientes que
dan a conocer a los lectores sus saberes. La más conocida y todavía
de lectura vigente, es su novela infantil Juvenal Nina (1981) en la que
un niño viaja al pasado junto al dios Wiracocha para conocer la
cultura aymara. Wara y el sudor del sol (1986) sigue esta línea pues es
también un cuento basado en una leyenda que afirma que el lago
Titicaca resguarda el tesoro de los incas. Wara, una niña aymara,
cae en las profundidades del lago donde se encuentra con un yatiri
que es el guardián de este tesoro y que espera al pueblo elegido
para entregárselo. Es un cuento que anticipa el sentir de lo que más
tarde será la bandera de las dos reformas educativas próximas: el
rescate de las lenguas y de la raza indígena.
—¿Es difícil pronunciar mi nombre?
—Ya no quieren los niños de mi pueblo hablar la lengua de sus
padres.
—Lo sé, pero te voy a decir un signo para conocer al destinado,
hombre, mujer o pueblo que recogerá este tesoro. Esa persona estará orgullosa de su idioma y de su raza. Así será”. (Vallejo Canedo,
1987: 42)
Con el mismo tema, y también mostrando costumbres de culturas andinas, la autora Aida Soria Galvarro, especializada en una
literatura para los más pequeños, nos cuenta en su bello poema
Phushka (1994) sobre una práctica aymara y quechua muy arraigada
en las comunidades. Los niños y niñas son los encargados de hacer
pastar a los animales que pertenecen a la familia, pero a la vez,
mientras cuidan el rebaño, también hilan en la rueca danzarina
que convierte el vellón de lana en hilo para tejer. En ese sentido,
Phushka es un poema que canta y danza por sí mismo. Tiene un
ritmo musical que contagia en el que la niña pastora baila e hila
al son de cada estrofa.
También hay voces que dan a conocer formas de vida en el
oriente del país. Probablemente Manuel Vargas y Gigia Talarico
son los primeros autores del oriente que dedican su obra al público infantil. Manuel Vargas vuelca en sus obras las vivencias de
infancia y adolescencia en su tierra vallegrandina, tema con el
que obtiene el Premio Franz Tamayo con su novela para jóvenes
34
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Rastrojos (1980)3. Gigia Talarico, en cambio, juega con la fantasía
y el surrealismo, y se inicia en la literatura infantil en 1987 con
Comiendo estrellas.
Jacinta (1987), del autor vallegrandino Manuel Vargas, es un
cuento juvenil muy bien escrito que muestra la idiosincrasia de la
llanura. El vaquero, de poncho rojo y alforja, llega a Tierras Amarillas a buscar trabajo. Jacinta, la hija de la dueña de la hacienda,
no lo deja quedarse, pero la tormenta y un golpe en la rodilla lo
obligan a permanecer en aquel rancho que muestra el descuido
y abandono de sus habitantes. El diálogo entre ambos personajes
huele a campo y está rodeado de palabras oriundas para convertirse
en el marco que develará el misterio que encierra esta hacienda.
Vargas es el escritor de la minucia y el detalle, la lectura de este
cuento le permite al lector involucrarse en los paisajes húmedos
y lluviosos del oriente, en el olor de la tierra, en la textura de los
objetos y en lo insólito de la situación. Va despacio, calmado y, de
pronto, revela un final sorpresivo que se convierte precisamente
en la exquisitez del cuento.
Una de sus mejores novelas titula Los descubrimientos de Domingo Segundo (2003), una obra costumbrista que, al mismo estilo
de Jacinta, utiliza un lenguaje lleno de sabores, olores y colores
que reviven los recuerdos de infancia del mismo autor a través
de los ojos del niño protagonista. La casa en Laguna Seca tiene
mucho que contar: los primeros temores de niño, el banquito con
el que sigue a la madre para que le dé leche, la chacra con olor
a mote y choclo, los animales, los vecinos y los alrededores. No
son menos importantes las descripciones de las fiestas del lugar:
la de la Virgen de la Candelaria, la de San Juan, la Navidad y el
Carnaval. El panorama se va ampliando a medida que Domingo
Segundo va creciendo y el niño descubre un mundo en el que la
magia de las creencias y leyendas inunda el diario vivir de aquel
paraje oriental.
La zona rural chaqueña también está muy bien descrita por
David Acebey en Romances de Tobiano y Florlinda (1997). Una simpática historia de un potrillo que se enamora de una burrita, relación
3
Rastrojos es una novela que tiene tres partes: Rastrojos, Otros ámbitos y Callejones.
Estas tres partes se publicaron en 2009 bajo el título Pilares en la niebla con Ed.
Santillana, bajo el sello Alfaguara.
Estudio introductorio
35
que va contra natura porque pertenecen a especies distintas. Sin
embargo, no pierden la esperanza y llegan hasta la Asamblea de
Animales exponiendo su caso para obtener finalmente el permiso
de matrimonio que traerá como consecuencia el nacimiento de
muletos y mulas en el campo. Este es un cuento muy bien escrito,
lleno de ternura y determinación que describe una curiosa faceta
de la vida en el campo poco conocida por los pequeños lectores.
Los temas prohibidos en las dictaduras militares salen a la luz
en la literatura infantil a través de Rosalba Guzmán, escritora cuya
calidad es regular en toda su trayectoria. Contestataria y crítica
de los regímenes autoritarios, nos regala una obra maravillosa: La
revobulliprotesta (1991). Es una novela corta que refleja la violación
de los derechos humanos en la vida de los animales salvajes que
viven encerrados en un zoológico. El maltrato, la violencia, la
tortura y la muerte están presentes, así como la defensa de la vida
a través de la huelga, la protesta y el trabajo en conjunto. Es una
historia tan bien lograda que los niños son capaces de comprender de manera sencilla una situación realmente compleja para la
edad. A principios de los 90, Rosalba cambia la manera tradicional
de hacer literatura infantil porque cree en la capacidad lectora de
sus destinatarios y no los subestima. Se anima a tocar un tema
político de alta sensibilidad que combina magistralmente con un
toque de humor y un simpático juego de lenguaje que utiliza para
caracterizar a cada uno de sus personajes. Posteriormente, el año
2005, publica El planeta multilenguado, una sátira a los gobiernos
dictatoriales.
La realidad infantil es un tema muy recurrente en esta época.
El niño es el protagonista de estas historias y, por lo general, éstas
se escriben en primera persona de manera que el lector recibe la
percepción y opinión del propio niño. Leer estos cuentos invita a
revivir la niñez y comprender la psicología infantil que muchos
adultos olvidan.
Carlos Vera es un autor consagrado dentro de la literatura
infantil boliviana, dedicado más a la novela que al cuento, ha
mostrado una gran calidad literaria en cada una de sus obras. Mi
burrito se llama Carmelo (1982) es un maravilloso texto en el que un
niño cuenta a su amigo espantapájaros que debe partir a la ciudad
dejándolos a él y a su burro Carmelo. A lo largo del cuento, el niño
va recordando todas las travesuras y aventuras que vivió junto a
36
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
ellos, y las comparte en voz alta con el espantapájaros seguro de
que éste le escucha y de que también es capaz de revivirlas, tal
y como hacen los amigos de verdad. Es un cuento que, sin duda,
refleja ese cotidiano de los niños más pequeños cuando durante
horas juegan y hablan solos, a veces en un diálogo con un amigo
imaginario o con ellos mismos.
Del mismo estilo es Se llamará Cristóbal (1987) de Giancarla de
Quiroga. Escrito en primera persona es la queja de un niño cuya
madre lo obliga a limpiar y ordenar su cuarto; por ende, a tirar
cosas a la basura. Para el niño, la madre es un ser avasallador que
no tiene respeto por lo que él guarda en sus cajones. Cada objeto es
precioso por sí mismo porque cada uno tiene su historia: un lugar, un
momento, un encuentro. Pero a las madres esto no les importa y el
protagonista así nos lo hace saber. Esta es, precisamente, la realidad
de un niño en la que las cosas más insignificantes cobran una gran
importancia y que, por supuesto, él quiere y necesita conservar.
Una autora que rompe con los esquemas de la época y ensaya
una literatura de avanzada es Gigia Talarico. Trabaja de manera
minuciosa cada uno de sus cuentos a los que siempre les pone un
maravilloso toque surrealista que los convierte en mágicos, increíbles, fascinantes y oníricos. Gigia tiene el talento de despertar la
capacidad de asombro en los niños, porque sus cuentos tienen la
magia de la fantasía y el surrealismo en las cantidades precisas
para atravesar sus historias con la calidad de un tejido perfecto.
Con estos dos elementos atrapa a sus lectores en mundos idílicos
que parecen cercanos, en los que sus personajes realizan cosas
impensables, como si lo cotidiano estuviera sumergido dentro
de un sueño.
Uno de estos cuentos es La flauta (1993). David no puede dormir
porque escucha una melodía que acompaña a la lluvia y que cae
sobre el techo. Decidido a averiguar de dónde proviene este sonido se sube al tejado, donde para sorpresa ve caer notas musicales
como si fueran gotas de lluvia. Andrea, su vecina, le explica que
también está allí porque el trueno le robó su flauta y por tanto
las notas musicales caen una a una sobre el tejado de su casa.
Otra idea fascinante de la misma autora se desarrolla en Comiendo estrellas (1987). Un cuento en el que Olivia le enseña a su hermano
Esteban que es posible comer estrellas, que hay momentos en la
vida en los que la tibieza de una noche, la tranquilidad del alma y
Estudio introductorio
37
la mirada hacia los demás, ponen al ser humano tan cerca de las
estrellas que estas se ofrecen para comerlas.
Los botones (1998), cuento juvenil de Claudia Adriázola está
inserto en la corriente del realismo mágico. Es una historia que
nos transporta a la época de las abuelas de principios del siglo
xx, años de las vitrinas de miniaturas en porcelana, de encajes y
manteles bordados, de viejos baúles y olor a pan recién horneado.
La abuela Mara acaba de morir y su nieta Alba Mora encuentra
una caja de botones cada uno de los cuales revive la historia de su
dueña. Botón por botón, recorre las historias de su madre y las de
sus tías, historias de amor, escuela y rebeldía que la impregnan
con un sentido de identidad. Ella también quiere permanecer en
el tiempo para que un día su nieta encuentre un botón suyo que
le cuente su propia historia.
Literatura infantil y juvenil contemporánea
(2000 - 2015)
En el periodo 2000-2003 se produce una grave crisis social y política.
El pacto entre el Estado y la sociedad se quiebra y los movimientos
sociales que no se sienten representados por el modelo imperante
se rebelan contra el sistema. Entre 2003 y 2006 esas tensiones se
resuelven a favor de un cambio estructural. El nuevo gobierno
instaurado en 2006 propugna una mirada distinta del desarrollo
de la sociedad boliviana. En 2009 se aprueba la nueva Constitución
que rebautiza la República de Bolivia como Estado Plurinacional
de Bolivia. Los indígenas llegan al centro de las decisiones y se
convierten también en protagonistas del desarrollo político, social
y económico del país. Paralelamente, las regiones conquistan su
histórica reivindicación por las autonomías estableciendo el fortalecimiento de la participación popular a través de la creación de
gobiernos departamentales electos por el voto popular.
A partir del año 2000, la literatura infantil toma otro rumbo.
Las nuevas tecnologías ayudan a que exista una mirada más amplia
hacia el exterior y las nuevas tendencias literarias no tardan en
conocerse. Páginas web, revistas virtuales y cursos a través de la
red son componentes que ayudan a una nueva visión de la literatura infantil fuera de Bolivia. La nueva Ley de Educación, Avelino
Siñani - Elizardo Pérez imprime a la literatura infantil un sello
38
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
propio que lleva a los autores a indagar aún más sobre nuestra
diversidad como país.
El teatro y la poesía prácticamente han desaparecido de la oferta literaria infantil y juvenil, con contadas excepciones. El cuento
y los libros de mitos y leyendas perseveran, pero, en definitiva,
es la novela la que surge con gran fuerza y manifiesta un giro en
cuanto a la temática y estructura literaria.
Liliana De la Quintana, conocedora del mundo mítico de
nuestros pueblos, inicia una hermosa colección de mitología cuyo
valor cultural está en haber visitado en persona las comunidades
indígenas y extraído los textos orales de los mismos comunarios.
De la Quintana ha viajado por gran parte del país recopilando
historias de la tradición oral y ha creado cuentos en base a estos
conocimientos. Uno de estos cuentos relata la historia de la dueña
del agua, mitad humana y mitad animal, que vive con los ayoreos.
La abuela grillo (2000) es expulsada de su pueblo porque al producir
tanta agua ocasiona muchas inundaciones, pero los habitantes
del lugar se arrepienten y van a buscarla. Sin embargo, ella no
se siente bien hasta que encuentra el lugar perfecto desde donde
enviar agua a su pueblo. Este es un recorrido por las creencias de
la comunidad ayorea que de alguna manera explican la existencia
de los fenómenos naturales.
Un rescate muy peculiar de varias costumbres andinas es el que
realiza Mariana Ruiz en su novela corta Uma y el tren a las estrellas
(2012). Con un toque surrealista y una forma distinta de contar las
cosas, el lector viaja en un tren del nonsense hacia donde lo lleve. Al
igual que el conejo de Alicia, un quirquincho con casco de minero
pasa delante de Uma, un muchacho que es ayudante de un chofer,
y se introduce en un tren, Uma lo sigue y también lo aborda. Es
un tren extraño, los pasajeros son todos animales andinos y el
pasaje se paga con lo que uno tiene en el bolsillo: canicas, tapacoronas, piedras… Cada uno de los vagones de este tren encierra
una fiesta, una superstición o una costumbre como un rescate del
comportamiento y pensamiento del mundo andino. El Carnaval,
Todos Santos y el aphtaphi están en cada uno de los vagones que
se distinguen por el color del coche y los personajes que lo ocupan. Así aparece el pepino bromista e insolente del carnaval o los
dolientes de Todos Santos. Los yatiris, amuletos y dioses también
están involucrados en esta aventura y se presentan en cada una
Estudio introductorio
39
de las estaciones que tienen nombres peculiares como la Estación
de la Lluvia, la del Arco Iris y la de las Estrellas. En cada una de
ellas ocurre una historia fantástica que involucra a los fenómenos
naturales. El quirquincho minero es el guía de Uma en toda esta
peripecia sin sentido, supuestamente en un mundo onírico que
queda en cuestionamiento porque Uma despierta con una piedra
negra que le entrega el quirquincho.
Muy frecuente en la literatura infantil es la estrategia del
protagonista niño que cuenta su historia en primera persona, sin
embargo, la propuesta de esta época trae una temática novedosa.
Temas como el tránsito de la infancia a la adolescencia, el miedo a
la oscuridad y el miedo a no tener amigos no se habían abordado
antes en la literatura infantil boliviana. Estas historias indagan el
sentir de la mente infantil cuando esta se encuentra ante obstáculos terribles, verdaderamente invencibles e incontrolables, que los
protagonistas tienen que superar. Muchas veces los niños recurren
a la mentira para que el mundo que los rodea no perciba el temor
que ellos sienten.
Rosario Quiroga tiene un cuento juvenil sobre el cambio que
experimentan los niños al iniciar la adolescencia y el encuentro
con el primer amor. La literatura infantil y juvenil se anima, poco
a poco, a tocar temas prohibidos. En las pupilas de porcelana (2003),
Camila comparte sus miedos y alegrías con Bubú, su muñeca de
porcelana hasta que conoce a un joven que es el jardinero del
vecindario. A partir de ese momento, Camila siente un aroma de
libertad que la envuelve, padece la espera de largas horas para
verlo, percibe la ansiedad del próximo encuentro; cambia, crece y
deja de ser niña. Ya no juega, la muñeca ha quedado olvidada en la
silla de mimbre. La autora le hace vivir al lector esa nueva emoción
que siente Camila por primera vez, pero también la desilusión y
tristeza que la embarga cuando se da cuenta de que así como el
amor llega, también se va.
El cuento El cuarto oscuro (2005) de mi autoría, refleja el miedo
que la mayoría de los niños experimentan cuando tienen que entrar
a un cuarto por la noche. La historia se sitúa en el universo simbólico de una familia de clase media. La madre que está trabajando
en la computadora, le pide a su hijo que vaya al cuarto de trabajo
de su padre para traerle unas cuantas hojas para la impresora. Juan
Pablo siente que no podrá hacer lo que la madre le pide porque
40
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
tiene terror a entrar en los cuartos oscuros; por lo tanto, la trama
se desarrolla en la interioridad de Juan Pablo que debe vencer a los
monstruos que habitan el cuarto de trabajo de su padre. Entonces,
inventa para sí mismo una y mil excusas para no hacerlo y le echa
la culpa a su madre por no tener todo el material que necesita
cuando se dispone a trabajar. Cuando ve que es inminente que
debe hacer lo que la madre le pide, empieza a crear estrategias en
su mente para superar su miedo y lograr su objetivo. La intensidad
de este relato logra atrapar al lector en la maraña subjetiva que el
niño teje desde sus percepciones fantasmáticas.
En el caso de Zacarías (2007), cuento de Verónica Linares, el
protagonista inventa una serie de historias para atraer a varios
amigos a su casa, porque, simplemente, no tiene con quién jugar.
La aventura se desarrolla en una semana intensa. Cada día Zacarías
inventa una historia fantástica para atraer a uno de sus amigos. Así,
a uno le cuenta que tiene un cocodrilo con ojos rojizos, a otro que
la luna ha entrado a su casa y se ha quedado, al tercero, que tiene
unos girasoles que cantan ópera y a otro que tiene un animal pegajoso que ha denominado azulapio. El fin de semana, y con mucho
ingenio, Zacarías arma toda una tramoya en casa para cubrir de
la mejor manera posible todas las mentiras que les ha contado a
sus amigos y de esa manera quedar bien con ellos, pero al mismo
tiempo, tener con quien jugar. La autora se ubica en la edad en la
que los niños crean amigos imaginarios y situaciones fantásticas
muy difíciles de creer, pero sobre todo de resolver. Sin embargo,
Verónica Linares va más allá de la fantasía del niño y logra que su
protagonista resuelva toda la situación que ha creado y que como
una bola de nieve ha ido creciendo sin medida. Los amigos y la
familia están invitados el fin de semana para verificar la realidad
de esta farsa, pero Zacarías logra soluciones geniales que nadie se
atreve a discutir.
A lo largo de esta historia de la literatura infantil nunca dejaron de escribirse cuentos tradicionales con personajes fantásticos y
mágicos como aquellos que encontramos en los cuentos de hadas:
brujas, gnomos, duendes, príncipes y princesas. La literatura infantil en todas partes del mundo siempre ha tenido un lugar especial
para este tipo de historias y Bolivia no es una excepción.
Luz Cejas de Aracena tiene un cuento de hadas que, si bien no
es novedoso en su temática, está curiosamente escrito en verso;
Estudio introductorio
41
modalidad que muy pocas veces se ha visto a lo largo de nuestra
literatura. La gruta embrujada (2006) es la historia de un príncipe que
no encuentra a su princesa, pues ésta ha sido hechizada y convertida en piedra. La hazaña del príncipe es encontrar el remedio para
desencantar a la princesa y, para eso, como en todo cuento de hadas, tiene que pasar por una serie de pruebas que comprometen su
vida. Utilizando estrofas de cuatro versos cortos, con una rima muy
bien hecha y pensada en los niños de corta edad, Luz Cejas elabora
una simpática prosa poética, género en riesgo de extinción.
La novela, consolidación de la literatura infantojuvenil (1962 - 2015)
La novela es un género tardío dentro de la literatura infantil y
juvenil en Bolivia. La primera novela surge el año 1962 y durante
las décadas de los 70, 80 e incluso 90, este género desaparece para
resurgir con mucha fuerza entre el 2000 y el 2015. En primera
instancia aparece la novela corta infantil, y recién a partir del
año 2000 se manifiesta la novela juvenil. Es una etapa en la que
la estructura literaria y la temática cambian. Se utilizan distintos
narradores, se introducen elementos tecnológicos que contrastan
con lo tradicional y se tocan temas complejos de los que nunca
antes se había hablado en la literatura infantil. Además, se juega
con el lenguaje, se combinan los capítulos creando historias paralelas y, por supuesto, se rescatan las características de las culturas
indígenas.
Siendo este género uno de los más importantes dentro de la
literatura infantil boliviana actual, es imprescindible conocer la
novela infanto-juvenil en toda su extensión. La limitación del número de páginas de esta obra recopiladora ha permitido publicar
in extenso las 12 novelas elegidas como las mejores de nuestra
literatura. Apenas se han seleccionado tres sin que esto signifique
jerarquizarlas dentro de la lista: Conquistando a Lindolfo (2008) de
Rosalba Guzmán, El vuelo del murciélago Barba de Pétalo (2009) de
Carlos Vera y En busca de un caballito de mar (2010) de Verónica Linares. Sin embargo, la antología cuenta con un anexo de reseñas
literarias de estas 12 novelas (que incluyen las tres anteriores) que
servirán como referencia para el lector que quiera ahondar sobre
ellas. Además de estas tres novelas, la antología ha seleccionado
42
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
las novelas cortas infantiles La Revobulliprotesta (1991) de Rosalba
Guzmán y Uma y el tren a las estrellas (2012) de Mariana Ruiz; la novela
costumbrista juvenil Los descubrimientos de Domingo Segundo (1998)
de Manuel Vargas y la prosa lírica juvenil, a modo de novela corta,
Vicuncela (1977) de Hugo Molina Viaña.
La nueva propuesta en relación a la temática de la novela infantil y juvenil boliviana toca varios ámbitos en los que el niño y
joven son protagonistas y con los que se pensaba que no deberían
verse involucrados. Uno de los temas que más ha calado en nuestros escritores es la historia del niño huérfano, del niño trabajador,
del niño que vive en la calle como en el caso de Cara sucia (1962)
de José Camarlinghi, El secreto de El Carcaña (1988) de Rosa Melgar,
Los Anónimos (1995) de Lydia Parada, Ururi y los sin chapa (1998) de
Gladys Dávalos y Pata Chueca (1998) de Stephan Gurtner. La adopción es también un tópico del que nunca antes se había hablado
y está presente en El sombrero blanco del señor que no era mi tío (2003)
de Carlos Vera y La bruja de los cuentos (1997) de Rosalba Guzmán.
Gaby Vallejo, en su libro Castigado, muestra un núcleo familiar distinto en el cual, paradigmáticamente, presenta el lazo social entre
hermanastros, padrastros e hijastros, madre e hijos. También es
nuevo el tema de los emigrantes en la novela El grano verde (2004)
de Stefan Gurtner, en El murciélago Barba de Pétalo (2009) de Carlos
Vera; y el de las pandillas juveniles en la novela Tatuaje mayor (2009)
de Gaby Vallejo, Amaru Mara de Rosario Quiroga (2011), y Bullying
de Roger Otero (2012).
Otra temática interesante, en un país donde la lucha por la
democracia ha sido muy dura, es la novela que involucra matices
políticos. Es el caso de dos relatos de Rosalba Guzmán en los que
con mucho tino muestra a los niños lo que es la participación, la
tolerancia, el respeto y la lucha por los derechos: La revobulliprotesta
(1991) y El planeta multilenguado (2005). Con la misma temática,
una novela juvenil muy bien lograda es La sonrisa cortada (2008)
de Gigia Talarico en el que el régimen de la dictadura es el tópico
central.
Novelas que rescatan el patrimonio histórico y cultural (historia de los incas, pintura y arquitectura colonial, música barroca)
son Juvenal Nina (1981) de Gaby Vallejo; La pluma de Miguel (1998),
La portada mágica (2001) y La Turquesa y el Sol (2003) de Isabel Mesa;
la saga de Benjamín, de Sarah Mansilla y la serie de Uma, de Mariana
Estudio introductorio
43
Ruiz. En contraposición, también están las novelas que representan
el lenguaje de la postmodernidad a través del uso de la tecnología.
Es el caso de Trapizonda (2006), El revés del cuento (2008) y Fábula verde
(2015) de Isabel Mesa.
Pero no es solamente el planteamiento de temáticas de actualidad lo que hace que la novela le haya dado un giro importante
a la literatura infantil boliviana, sino también la forma de escribirlas. Las innovaciones en la estructura literaria marcan un gran
desafío para el lector de hoy en día que busca algo más que una
lectura lineal.
Pensando en los lectores del siglo xxi es que nuestros autores
han creado novelas con universos paralelos en los que los capítulos
impares hablan de una historia y los pares de otra; han añadido
narradores que tienen puntos de vista distintos sobre la trama;
han incluido textos adyacentes a la historia para lograr nuevas
conexiones; han dejado que el lector elija por dónde continuar
la novela; han escrito una historia que va y viene en el tiempo,
echando mano de los recuerdos de los protagonistas; han jugado
con el lenguaje dándole una mayor personalidad a los personajes.
Es decir, que se han utilizado muchas y distintas estrategias para
atrapar a un lector distinto, a un lector infantil y juvenil que ya
no quiere ser un lector pasivo, si no más bien alguien que es parte
de la acción de la obra.
Esta recopilación de escritos en casi cien años de literatura
infanto-juvenil es protagonizada por muchos autores, hombres y
mujeres a quienes les tocó vivir momentos históricos fundamentales
para el país. Es una travesía que contempla una selección de obras
dirigidas a niños y jóvenes pensando en sus intereses y afectos, y
que ofrece una variedad de géneros literarios en el marco de una
amplia propuesta nacional. Es la manifestación de narradores que
creen en el niño y en el joven como un lector crítico capaz de disfrutar de una obra literaria, de juzgarla, de pronunciar una opinión,
de analizarla y valorarla. Estas apreciaciones son precisamente las
que construyeron esta antología, constituida por aquella literatura
infantil y juvenil que marca hitos y que trasciende en el tiempo.
44
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Obras citadas:
Peña Muñoz, Manuel
2013
“Historia de la Literatura Infantil en América Latina. Brevísimo
acercamiento”. Otro Lunes Revista Hispanoamericana de Cultura No.
26. Año 7. WEB. Junio de 2015.
Díaz Villamil, Antonio
1995
Leyendas de mi tierra. La Paz: Editorial Juventud.
Díaz Villamil, Antonio
1997
Retamita. La Paz: Editorial Juventud.
Vallejo Canedo, Gaby
2000
“Alfaro, un concierto viviente que viaja por los caminos”. Revista Relalij No. 11. Bogotá.
Vallejo Canedo, Gaby
1987
Detrás de los sueños. [sin datos de la editorial]
Prada, Ana Rebeca.
2009
Introducción. “Palabras sin orillas que es el mar de mi misma:
la narrativa de Yolanda Bedregal” en la Introducción de Obra
Completa. Yolanda Bedregal. Narrativa. La Paz: Plural Editores.
Agradecimientos
Agradecimientos especiales a Liliana de la Quintana, Verónica Linares, Jeannette Medrano y Mariana Ruiz, miembros de número
de la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, por las
ideas y sugerencias en la recopilación de los textos. De la misma
manera, a Raquel Montenegro por todos sus aportes en el ámbito
literario y a mi hermano Carlos D. Mesa por el tiempo que dedicó
a la lectura de este libro para la revisión de la parte histórica.
Sobre esta edición
La Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia, es el libro número
135 de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), que consta
de 200 títulos seleccionados por un Comité Editorial de más de 30
expertos: historiadores, literatos, bibliógrafos y cientistas sociales
de nuestro país, entre julio y diciembre de 2014.
En cumplimiento a las normas de gestión editorial de la BBB,
la presente edición, encargada a la escritora y educadora Isabel
Mesa Gisbert, fue confeccionada a partir de su propuesta inicial y
a los aportes y sugerencias de los miembros del Comité Asesor de
la Antología, conformado por Rosalba Guzmán, Mariana Ruiz y
Manuel Vargas, escritores de reconocida trayectoria en literatura
infantil y juvenil.
Los textos que componen este libro se publican una vez
culminados todos los trámites y gestiones que garantizan el cumplimiento de los derechos de autor y el respeto a la propiedad
intelectual y una vez superadas las etapas de edición, corrección
de estilo y diagramación estipuladas por el Manual de Edición y Estilo
de la Biblioteca.
El presente volumen cuenta con una bibliografía general,
perfiles biográficos de los autores antologados, una selección de
reseñas críticas de las mejores novelas para niños y jóvenes escritas
en el país, y un listado referencial de otros autores y libros sobre
la temática.
I
Pioneros de la literatura infantil y juvenil
(1920 - 1979)
Antonio Díaz Villamil4
Teatro escolar (1939)
retamita
Personajes
Retamita
Pascual
Alejo
(14 años. Muchacha indígena hermana de Pascual)
(15 años. Cieguito indígena)
(15 años. Pastorcillo indígena, amigo de los anteriores)
Cuerpo de canto y baile, formado por diez varones y diez muchachas de
unos 10 a 16 años.
Vestidos indígenas como los que usan los llocallas e imillas en las haciendas
del país.
Época actual. La acción en cualquier parte del país.
Derecha e izquierda, las del actor.
Cuadro primero
La escena presenta una chocita indígena con rústico techo de paja, que se
alza en el centro, en medio de un desolado paisaje.
A la puerta de la choza se halla sentado un indiecito ciego, Pascualito,
quien al levantarse el telón, ensaya en su quena una melancólica melodía
indígena.
Escena I
Pascual y después Alejo
Después de unos momentos en que toca Pascual su pinquillo, se le
aproxima Alejo.
4
La Paz (1896-1948). Ver biografía en p. 483.
[49]
50
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Pascual: (Al sentir la aproximación de una persona, interrumpe su melodía) ¿Eres tú, Retamita?
Alejo: Pascucho, no soy tu hermana. Soy Alejo el llocalla de la
hacienda.
Pascual: ¿Ya te vienes del pastoreo?
Alejo: Sí. Hoy hemos terminado muy tarde.
Pascual: ¿Han estado acaso jugando entre los pastores?
Alejo: No. Ese zorro feroz, enemigo de nuestras manadas ha
hecho un nuevo asalto.
Pascual: ¿Y se ha llevado algún animal?
Alejo: Sí, se ha llevado una oveja madre a la que entre todos los
pastores no hemos podido rescatar.
Pascual: ¿De cuál de las manadas?
Alejo: Yo no quisiera decírtelo.
Pascual: ¿Por qué?
Alejo: Porque no te ha de gustar la noticia.
Pascual: Entonces… ya lo sospecho (con tristeza). De la manada
que cuida mi hermanita, ¿no es cierto?
Alejo: Sí. De la manada que cuida Retamita.
Pascual: ¡Pobres de nosotros! La desgracia sigue acosándonos
sin piedad.
Alejo: No es tanto, Pascucho. Ya sabes que cada vez este terrible
animal arrebata una oveja. Esta vez le ha tocado a tu hermana.
Pascual: Puede ser así. Pero no es solo esto que nosotros sufrimos. La desgracia se ha venido a aposentar desde hace mucho en
nuestra choza y no quiere irse. No quiere irse por nada… Primero
se llevó a nuestra madre y nos hizo crecer huérfanos. Luego, la
viruela me dejó ciego. Hace un mes la muerte se llevó también
a nuestro padre. Y, ahora, que Retamita y yo hemos quedado sin
apoyo en el mundo, sin poder yo trabajar, atenido al trabajo de
pastora de mi pobre hermanita, el zorro elige precisamente una
oveja de Retamita: ¿no es esto ser muy desgraciados?
Alejo: No te aflijas Pascucho.
Pascual: Y, ahora, todavía el patrón se ha de enojar y es capaz de
arrojarnos de la hacienda, puesto que pensará ¡que no servimos
para nada!
Alejo: En eso tienes razón. Porque el amo no quiere gente inútil
en su hacienda.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
51
“La música es lo único a lo que puedo
consagrarme. Es la única distracción que tengo,
la única luz para mi noche interminable…”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
52
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Pascual: Y yo, ¡un pobre ciego, que ni siquiera puedo ayudar a mi
hermana para cuidar el rebaño…!
Alejo: Pero tú no eres tan inútil como lo dices. Eres un músico muy
hábil y todos en la hacienda te queremos y admiramos por las bonitas
canciones y danzas que sacas en tu pinquillo. A propósito, dicen que
para la fiesta de San Juan estás preparando una nueva canción.
Pascual: La música es lo único a lo que puedo consagrarme. Es la
única distracción que tengo, la única luz para mi noche interminable. Con ella vivo y con ella procuro interpretar mis penas.
Alejo: ¿Y la nueva pieza que vas a interpretar es muy triste?
Pascual: No. He procurado que sea la menos plañidera. Está dedicada a mi hermana Retamita y quiero que como ella sea dulce
y tierna.
Alejo: Muy bien. Me alegro y te felicito. Nadie mejor que Retamita
se merece una canción. Es la muchacha más bella y gentil de la
hacienda. Bueno, ahora sigo camino a mi casa. Voy a darles la noticia de tu nueva canción. Adiós, Pascucho (sale por la izquierda).
Pascual: Adiós, Alejo (al quedarse solo toma nuevamente su instrumento
y sigue tocando la melodía del comienzo de la acción).
Escena II
Pascual y Retamita
Retamita: (Entra lentamente por derecha, denota tristeza en el rostro y
lleva en sus brazos un corderillo de pocos días). Pascucho, ¡hermanito!
Pascual: (Interrumpiendo su melodía). Retamita, ¿ya estás de regreso?
Retamita: Sí, hermanito. Esta vez he llegado tarde. Lo he sentido
mucho porque comerás más tarde de lo acostumbrado. Pero, verás
como voy a apurarme, (se dirige a la choza).
Pascual: No. Ven un momento.
Retamita: Primero tu alimento, querido hermano. Debes estar
con apetito.
Pascual: No hace falta. He perdido el apetito con una mala noticia
que me han dado.
Retamita: (Con sobresalto) ¿Ha estado ya por acá el Alejo?
Pascual: Sí. Y me lo ha contado todo ¡Pobre hermanita! ¡Pobrecitos
de nosotros, huérfanos! Pobrecito de mí, ¡ciego e incapaz de poder
ayudarte en los trabajos de la hacienda!
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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Retamita: No te aflijas tanto, hermanito mío. Después de todo
hay que consolarse. Nosotros no somos ya los únicos huérfanos y
desdichados. (Muestra la ovejita que tiene en sus brazos, de tal manera
que pueda tocarla el cieguito) Toca. ¿Sabes lo que es?
Pascual: (Examina con el tacto al animal) Oh, un corderito ¡Qué suave
su lana! Debe ser muy tierno.
Retamita: Sí, es una chichita y tiene apenas una semana.
Pascual: ¿Y por qué la has traído contigo?
Retamita: Es que, la pobre es también una huerfanita como nosotros. Es de la manada que está a mi cuidado. Hoy se ha llevado
y devorado el zorro a su madre. Me la he traído a casa porque
se moriría estando solita. Ya ves, hermanito, cómo desde ahora
nuestra miserable orfandad ha de ser apoyo y cariño para este
animalito.
Pascual: Dámela. (La acaricia y estrecha con ternura). ¡Pobrecita! ¡Huerfanita y sola como nosotros!
Retamita: Tenemos que quererla mucho. Sobre todo tú. Va a ser
tu compañera mientras yo esté ausente. Ya tendrás con quién
hablar. Además, ¿sabes?, se me ocurre una idea. Le vamos a poner
mi mismo nombre: Retamita. Puesto que es como mi hijita…
Pascual: ¡Retamita! ¡Qué dulce va a ser su nombre! Cuando yo le
hable y la llame en tu ausencia me haré de cuenta que estoy hablando contigo. (Al corderillo). Retamita. Ven, Retamita. ¿Te gusta el
nombre? Claro, que te gusta. ¡Si es tan lindo! ¡Cómo mi hermanita!
¡Retamita!
Retamita: Ya ves cómo la desgracia de hoy nos ha traído también
una pequeña alegría.
Pascual: Sí. Ya no somos dos huerfanitos inútiles. Ahora tenemos a
alguien a quien querer y a quien proteger. Sí. Ahora puedes hacer
la comida. Ya tengo apetito. Mientras tú enciendes el fuego, voy a
ensayar la canción que estoy componiendo para la noche de San
Juan.
Retamita: (Entrando por la puerta de la choza). Te dejo a la guagua.
Voy a hacer la comida.
Pascual: (A la ovejita). Guagua. Te han arrebatado a tu mamacita.
Pero no tengas pena. No tengas pena. Tienes ahora otra más linda
y más buena.
Telón rápido
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Cuadro segundo
La misma decoración del cuadro anterior.
Pascual: (Sentado en la puerta de su choza, tiene entre sus brazos a la ovejilla, con la que mantiene el siguiente coloquio). ¿Ya estás inquieta, verdad?
Claro. Es la hora en que debe volver la mamacita. Sí. Pronto ha de
llegar y, como todos los días, te ha de traer la lechecita. ¿Te gusta la
leche, no? ¿Mucho? Ah, pues claro. ¿Y sabes cómo consigue leche
tu buena mamacita? ¿No? ¿No lo sabes? Pues yo te lo voy a decir.
Se lleva todos los días un tachito escondido en el seno y ordeña un
poco a las ovejas que están criando a sus hijitos, y luego te la trae a
ti guagüita. Ya ves cómo por este sencillo procedimiento todos los
corderitos de la manada te ceden un poquito de su leche para que
vivas tú. Ya ves que tu nueva mamacita es buena y sabe hallar el
modo de hacerte feliz. Ahora ya sientes hambre, ¿verdad? Ten paciencia, Retamita. Ya va a llegar tu mamá con la lechecita para ti y en
seguida me va a hacer a mí la comida. ¿Qué buena es, no es cierto?
Ah, ¡que Dios la proteja y la bendiga! Sin ella ni tú ni yo podríamos
vivir. Por eso tenemos que ser muy agradecidos para con ella. ¿Sabes
cómo vamos a agradecerle por ahora? Pues, le vamos a hacer una
canción que ya la tengo aquí en la memoria. Es la canción que van
a cantar los llocallas y las imillas de la hacienda en la noche de San
Juan que está próxima. Esta canción está dedicada a ella. ¿Quieres
oírla tú primero? Bueno, escucha. Dice así:
Retamita, Retamita,
flor de oro como el sol
Retamita, Retamita,
dame un poco de tu olor.
Retamita, Retamita,
no te llenes de rubor
Retamita, Retamita,
dame un poco de tu amor.
Retamita, Retamita,
es tan dulce tu canción
Retamita, Retamita,
que me baila el corazón.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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¿Qué te parece? ¿Te gusta? ¿No es verdad que es como para tu
mamacita...?
Retamita: (Apareciendo por la izquierda; lleva un cántaro indígena en la
mano). ¿Qué estás hablando tanto, Pascucho? Desde lejos he estado escuchándote. Te parecías al tata cuando viene a predicar a la
iglesia el día de la fiesta. Y hablabas cosas muy bonitas. ¿Dónde
has aprendido todo eso?
Pascual: Ah, es que es la compensación a la desgracia de ser ciego.
Yo tengo aquí dentro (señala el pecho), unas cosas que me hablan y
que me hacen sentir el mundo y la vida, mejor quien sabe que
con los ojos. Por eso hablo, pienso y compongo eso que a ti tanto
te sorprende.
Retamita: (Con pena). Ay, Pascucho. Esta tarde he regresado muy
triste. He pasado por la casa de la anciana Tomasa. Me ha llamado
y me ha dicho: ¿Quién como vos, imillla Retamita? Vas a tener
mucha suerte. Mi hijo acaba de volver de hacer su pongueaje en
la ciudad y me ha dicho que ha oído decir en la casa del patrón
que te han de llevar para que seas sirvienta de las niñitas y para
que juegues con ellas.
Pascual: (Con alarma) ¿Cómo? ¿Qué te van a arrancar de mi lado?
Retamita: (Abrazándose a Pascual y con voz entrecortada y sollozante).
Sí. Eso me ha dicho la awicha Tomasa. ¡Hermano! ¡Pascucho! ¿Qué
vamos a hacer?
Pascual: (Con sollozo intenso). ¡Ay, Retamita! ¡Yo voy a morir de pena
si tu te vas!
Retamita: ¡Y no ha de ser por mi querer, hermanito! Si él se empeña ¿cómo vamos a poder nosotros pobres huérfanos burlar la
orden del patrón?
Pascual: Pues yo iré a decirle que eso es imposible. Que tú no
puedes dejarme. ¡Que voy a perecer si me quitan a ti!
Retamita: (Sollozando). ¡Ay, Pascucho, hermanito! ¿Qué es lo que
vamos a hacer? ¡Yo no sé cómo evitar esta nueva desgracia!
Pascual: (Con grave tristeza). Sí. ¡Otra nueva desgracia! (después de una
pausa y con transición de tono y acento resignado). Pero… ni tú puedes
evitarla ni yo puedo hacer nada que no sea llorar con el corazón
puesto que con estos mis ojos ciegos no puedo derramar lágrimas.
Pero… después de todo, tú debes ir.
Retamita: ¿Ir? ¿Dejarte? ¿Entonces (con amargura) tú lo aceptarías?
Pascual: (Con calma y solemnidad). Escúchame Retamita y mira la
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
forma que tengo de quererte. Si por compasión a mí te quedaras,
no harías sino vivir miserablemente junto a un pobre inválido que
es una terrible carga para ti y para tu porvenir, con peligro de que
el patrón nos eche de la hacienda. Además, ya no podemos tener
sayaña porque yo no puedo trabajar como nuestro padre. Con tu
trabajo de pastora no podremos vivir los dos por mucho tiempo y
tarde o temprano nos tendremos que convertir en dos mendigos.
Mientras que ahora, yéndote a la ciudad con los patrones, tú has
de progresar. Te van a vestir bien; vas a usar zapatos, te van a
enseñar a leer y vas a ser una cholita, en lugar de seguir como
una pobre imilla. Junto a los patrones has de llegar a tener alguna
influencia y puede que algún día logres hacer algo por mí.
Retamita: Todo eso que dices es muy lindo. ¿Pero, qué va a ser de
ti? ¿Quién te va a dar la comida? ¿Quién va a cuidar de tu ropa?
Pascual: Yo no soy más que un estorbo a tu lado. Pero ya sabrás
cómo cuando tú te vayas me las he de arreglar para vivir. Para un
cieguito digno de lástima, no ha de faltar un techo ni un plato de
comida en cualesquiera de las chozas de los peones. He de ser el
cieguito ambulante y músico y me he de ir de casa en casa, a pagar
mi pan con mis cantos y mis versos. ¡Ya lo vas a ver, hermanita!
Y ahora que quién sabe son los últimos días que cuidas de mí,
apúrate en preparar nuestra comida.
Retamita: Ay, Pascucho, desde ahora voy a prepararte con todo mi
cariño. Vas a probar cómo te lo he de cocinar. (Entra en la choza).
Pascual: (Al corderillo). Guagua. Retamita. ¿Qué te parece? Otra vez
te vas a quedar huérfana. Otra vez muy solos. ¡Tú y yo sin más
cariño en la vida…! ¡Pobrecita Retamita! ¿Quién te dará lechecita? Ya no tendrás más cuidados que los de este pobre ciego… Y
yo… yo no he de poder decir hermanita, Retamita más que a ti.
¡A ti que serás todo lo que me queda en el mundo! (Sollozando).
¡Retamita! ¡Retamita...!
Cae lentamente el
Telón
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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Cuadro tercero
El mismo escenario de los cuadros anteriores. Es la hora del atardecer. El
paisaje va esfumándose entre las sombras de la noche. Hacia el fondo, las
fogatas de San Juan brillan con luz rojiza en la lejanía de los cerros que
cierra el horizonte.
Delante de la choza de Pascual arde una hoguera de palo de haba que
atiza Alejo, mientras Pascual permanece sentado junto al fuego, abrazado
de su ovejilla.
Escena I
Pascual y Alejo
Alejo: Es muy raro, Pascucho lo que me han dicho.
Pascual: ¿Qué te han dicho?
Alejo: Que tú la has convencido a tu hermana para que se vaya
con el patrón.
Pascual: ¡Qué saben ustedes de mi pensamiento!
Alejo: Pero, entonces ¿para qué te lamentas ahora? Ella no quería
dejarte. Tú la has obligado. A mí me consta que se ha ido llorando
por ti.
Pascual: Tú, como todos en la hacienda, saben que las órdenes del
patrón hay que cumplirlas. No hay remedio. Además si nosotros
nos hubiéramos opuesto, nos despedían al momento.
Alejo: En eso tienes razón completa.
Pascual: Pero en lo que creo tener más razón es en que o no tenía
ningún derecho en retenerla para que sea desgraciada a mi lado.
Ella ha dejado de vivir en esta choza que parece que tuviera algún
maleficio para todo el que la habita. Se ha salvado de la fatalidad.
Es bastante que yo me quede para pasto de la desdicha.
Alejo: Pero tú también puedes abandonarla. Muchos peones quieren acogerte en sus casas.
Pascual: Sí. Y les agradezco. Pero no puedo ni quiero dejar esta
choza. Aquí he nacido. Aquí he conocido la luz y la naturaleza en
los días felices en que vivía mi padre y tenía vista. Aquí la he perdido y su última visión se me ha quedado grabada en el alma. En
esta choza han muerto mis padres. Pero sus almas en las noches
58
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
me hablan y me acompañan y me acarician y me consuelan. No
puedo irme de aquí.
Alejo: Pero, ¡tan solo! Si te pasara alguna desgracia.
Pascual: Mayores desgracias no las espero ya. ¿Qué más puede
ocurrirme? Además, mis padres, desde el cielo han de velar por
mí, así como velarán por mi hermana en la ciudad.
Alejo: Pero es que tú no puedes caminar. Si al menos tuvieras un
perrito.
Pascual: Qué mejor lazarillo que esta mi ovejita. Ella mejor que
nadie me comprende y parece que sabe lo que deseo. Me conduce
a la aguada, vuelve a la choza. Cuando la nombro, qué dulce y
melancólico me sabe ese nombre, (acaricia a la ovejita) ¿No es cierto
Retamita? ¡Retamita...! Nadie llegará a comprender lo que tiene ese
nombre para mi.
Alejo: A propósito de Retamita. Esta noche los muchachos de la hacienda van a cantar tu canción, bailando en torno de las hogueras de
San Juan. ¿Quisieras oírles? Creo que te van a dar una sorpresa.
Pascual: Quisiera y no quisiera.
Alejo: No te entiendo.
Pascual: Quisiera escucharles, porque esa canción está dedicada a
mi hermana y en ella he volcado toda mi ternura. Es el testimonio
de mi gratitud por sus cuidados.
Alejo: ¿Y por qué no quisieras?
Pascual: Porque esa canción, ahora, estando ella lejos de mí, ha
de ser una voz amarga que me dirá lo mucho que he perdido perdiéndola a ella. No sé si podría escucharla así nomás ¡mi corazón
tan estrujado!
Alejo: Tienes razón, tu dolor es respetable. Pero, ellos vendrán. Así
lo han dicho. Piensan que viniendo a cantar en torno de tu hoguera
te hacen una manifestación de simpatía. (Escuchando a la distancia).
¿Oyes...? Ya vienen. (Señala a la lejanía).
(Se escucha lejano el coro de Retamita, entonado por una veintena de
muchachos y muchachas. La canción va haciéndose cada vez más clara
como si se fueran aproximando los cantores).
Pascual: (Después de una pausa). Sí. Ya la escucho.
Alejo: Es muy linda. Debes estar orgulloso de haberla hecho.
Pascual: En efecto. Nunca creí que me saliera tan bella. Tiene la
tristeza de mi presentimiento. Parece que la hubiera hecho como
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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una canción de eterna despedida; como un grito ahogado por la
nostalgia.
(Los cantores y bailarines, aparecen tomados por parejas cogidos por la
mano. Cuando llegan al escenario hacen un círculo al cual se adjunta
Alejo como impulsado por el entusiasmo. La rueda que deja al centro a
Pascual y la hoguera, da una vuelta bailando y luego cantan otra estrofa;
dan otra vuelta y cantan otra estrofa, así sucesivamente hasta terminar el
verso. La letra es la misma que recitó Pascual: “Retamita, Retamita, etc.
Luego de dar una última vuelta de danza, comienzan a salir por parejas y
a perderse, cantando nuevamente la letra de la canción que va haciéndose
cada vez más débil como si se hubieran alejado.
La escena queda inmóvil y desierta. Solo se escucha apenas el eco de la
canción. Solo Pascual queda en el mismo sitio e inmóvil junto a su ovejita
como si estuviera bajo el peso de una inmensa tristeza).
Pascual: (Repitiendo con profunda amargura) ¡Retamita! ¡Ya no existes
para mí! (Sollozando). ¡Se fue la luz de mis ojos...! ¡Mi alegría! ¡Mi
protección! (Toma la ovejita) ¡Retamita...! ¡Retamita...! Solo me has
quedado tú… ¡Pobrecita...! ¡Sola y huérfana como yo...! ¡Retamita...!
¡Retamita...! (Se arrodilla sollozando y estrechamente abrázase a la ovejita,
con voz desfalleciente). ¡Retamita...! ¡Retamita...!
Telón
60
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
muñecas de bazar
Personajes
Muñequita Morena
Muñequita Rubia
Muñequita Negra
Marilú
Niña
Otras niñas que hacen de distintas muñecas (piel
roja, japone sa, tirolesa, turca, rusa, esquimal, cruz
roja, etc.
Todas las niñas que interpretan los roles de muñecas deben estar vestidas
como si fuesen realmente muñecas con el traje caracterísitico de cada país
y con la cara maquillada de forma adecuada.
Además sus movimientos, tanto de mímica como de baile, deben
caracterizarse por la dureza de movimientos que tienen las muñecas dada
la imperfección de sus articulaciones.
Cuadro primero
La escena representa un compartimiento de un bazar o almacén en que
se venden juguetes. En el fondo de la escena una fila de grandes cajones
de cartón tales como los que sirven para guardar muñecas. Estos cajones
deben ser de tamaño suficiente para contener a las pequeñas actrices.
Al levantarse el telón las muñecas están inmoviles dentro de sus cajas,
como si lo fueran realmente.
Se siente cerrar puertas desde afuera y apagar la luz de la escena
quedando ésta a media luz.
Muñ. Morena: (Saliendo sigilosamente de su caja y examinando alrededor).
Amiguitas, ya se fueron los dueños. Han cerrado el almacén.
Muñ. Rubia: Oye Marilú, tú que estás cerca del botón, enciende
la luz.
Marilú: (Haciendo lo pedido). Ya está. Luz para vernos las lindas caritas
que nos ha dado el fabricante.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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“Algún día todas seremos vendidas. Porque ese
es nuestro destino. Para eso nos han hecho
muñecas…”
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Muñ. Morena: Vengan chicas queridas.
(Todas las muñecas salen de sus respectivas cajas y moviéndose
como muñecas comienzan a estirar sus miembros como si estuvieran
entumecidas por larga inmovilidad; bostezan y se refriegan los ojos como
si volvieran de un letargo).
Muñ. Morena: A ver. Primero el recuento de las que quedamos. Ponerse en fila. (Todas obedecen). (Muñeca Morena las cuenta mentalmente).
Ah. Hoy día parece que ha habido mucha venta de nosotras en el
bazar. Faltan muchas compañeras… ¡Qué pena!
Muñ. Negra: Ay muñequitas lindas. A mí me han dejado solita.
¡Han vendido al negrito que era mi pareja y mi paisano! (Llorando)
¡Ay, me han dejado solita!
Muñ. Morena: No llores negrita. Yo te voy a querer.
Muñ. Negra: Ay, señorita. Pero usted es muy linda para quererme
a mí.
Muñ. Rubia: Sí. No te aflijas. Además todas te vamos a querer
también. Y a todas nos quiere la Muñeca Morena que es nuestra
reina.
Marilú: Y también la que nos distrae de nuestras penas con sus
lindos cuentos y sus canciones.
Muñ. Morena: ¡Muchas gracias, amiguitas!
Muñ. Negra: (Suspirando) ¿Y cuando algún día la vendan también
a ella y se la lleven del bazar...? ¿Qué haremos?
Muñ. Rubia: (Con energía) Pues no lo vamos a permitir. Ya saben
ustedes que hasta ahora no la han vendido a pesar de ser la más
linda de nosotras, porque su caja está en el rincón oscuro y parece
que felizmente los dueños se han olvidado de ella.
Muñ. Morena: Si ocurriera la desgracia de que me encontraran…
Qué dolor para mí, amigas mías. Me moriría de pena, tanto
por mí como por ustedes. ¡Estoy tan acostumbrada aquí! ¡Tanto
tiempo vivimos como hermanas...! Ah, no. No debemos pensarlo
siquiera.
Muñ. Rubia: Además, irías tal vez con alguna niña caprichosa que
te golpee, te arrastre y te arranque los brazos.
Muñ. Negra: Y que te haga morder con los perros o arañar con
los gatos.
Marilú: No. Jamás. Eso no harán contigo. Porque si a ti te compran,
te ha de comprar una niña rica.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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Muñ. Negra: Entonces, peor. Porque a mí me han dicho que las
niñas ricas son las que tratan con mayor crueldad a sus juguetes.
¡Como tienen tantos...! no les importa destruirlos, puesto que saben
que sus papás, para mimarlas, les comprarán otros enseguida.
Muñ. Morena: Agradezco tan cariñoso deseo. Pero… (con pena).
Algún día todas seremos vendidas. Porque ese es nuestro destino.
Para eso nos han hecho muñecas. Para ir al palacio o al tugurio a
distraer a los niños. Para recibir, un rato sus caricias y sus alborozados besos y, más tarde, sufrir su ingratitud y sus veleidades. ¡Pobrecitas muñecas...! Somos, en manos de los niños, el instrumento
en que ensayan los pequeños sus pasiones, sus amores, sus odios y
sus traiciones, para cuando sean mayores. Nuestro destino es ese.
Pero, felizmente para que no suframos tanto, tanto, los fabricantes nos han dado corazón de madera y sangre de aserrín. Solo así
podemos soportar a nuestros pequeños tiranos.
Muñ. Negra: ¡Ay muñequita morena! Lo que dices es verdad. Pero,
no negarás que, estando tanto tiempo juntas parece que hubiéramos empezado a tener sangre y corazón que sufre y palpita por
nuestro destino. Y, yo. Yo, por ejemplo, ahora sufro y lloro porque
vendieron a mi compañero negro y pienso con inquietud en las
manos a las que haya ido a dar.
Muñ. Rubia: No llores más negrita. Ya lo ha dicho nuestra linda
Muñequita Morena, nuestro destino es ese. Por eso mismo no
vale la pena llorar, más bien disimular nuestras inquietudes. Ea,
y ahora como todas las noches, a distraernos y a ser muñecas de
verdad. Vamos, Muñequita Morena, cuéntanos el cuento que nos
ofreciste anoche.
Todas las muñecas saltan y agitan las manos exclamando: —¡Sí!¡Sí! ¡El
cuento!
Muñ. Morena: Bueno. Escuchen.
Todas se sientan en torno formando un bello círculo, mientras Muñequita
Morena toma colocación central sobre un cajón del depósito.
Muñ. Rubia: Te escuchamos.
Muñ. Morena: Dice que había una vez, en una tienda de un pueblito
tan solo un par de muñecas que estuvieron juntas durante varios
años. Nadie las compraba. En ese transcurso del tiempo llegaron
a quererse tanto que creyeron que la felicidad era eterna, puesto
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
que tenían la seguridad de vivir eternamente juntas. Pero alguna
vez tenían momentos de terror. Era cuando llegaba alguna persona
en busca de juguetes. Se estremecían de miedo en el fondo de sus
cajitas. Fue pasando mucho tiempo, sin embargo, ellas siguieron
creyendo en su felicidad. Pero un día llegó lo inevitable. Una de
ellas fue comprada y llevada lejos para juguete de una niña cruel
y caprichosa que unos días la pegaba y otros la tenía abandonada
por los jardines, expuesta al viento, al agua y al sol. Un pajarito
compasivo fue a llevar la noticia de tanta desdicha a la muñequita
que quedó en el almacén. Entonces, la pobrecita, consumida por
la nostalgia, se enfermó y se murió.
Muñ. Negra: ¡Yo también creo que voy a morir así!
Muñ. Rubia: Pero tú nos tienes todavía a nosotras para acompañarte y consolarte.
Muñ. Morena: Y ahora, como siempre, vamos a cantar y bailar
nuestra ronda.
Ronda de muñecas
Muñequitas somos
de aserrín y palo
que esperando estamos
un día muy malo
en que de la tienda
nos vayan sacando
por distinta senda.
Unas nos iremos
con niñas buenitas
que sabrán mimarnos
como a sus hijitas
y nos dormiremos
en lindas camitas
bien arropaditas.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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Otras, por desgracia,
seremos compradas
por crueles muchachas
que a las dos jornadas
en trajes de hilachas
y los brazos rotos
nos han de arrojar.
Muñequitas somos
de aserrín y trapo
pero, el fabricante
guiado por los gnomos
nos hizo con alma
que sufra y que cante
en secreta calma.
Telón
Cuadro segundo
La escena representa el dormitorio de una niña rica. Ella duerme en una
elegante camita. Su rostro dormido se deja ver al reflejo de una lámpara
tenuamente velada por una gran pantalla de raso. Al pie de la camita
yace en una posición completamente incómoda, como arrojada con
violencia, la Muñequita Morena.
Al levantarse el telón, en medio del solemne silencio de la noche, se escucha
como un suave murmullo la ronda de las muñecas cantada en el primer
cuadro, pero simplemente tarareada a boca cerrada por el mismo coro.
La niña despierta y se incorpora como alucinada. Luego de mirar con
vaguedad en torno de sí, vuelve a caer dormida.
Muñ. Negra: (Entra sigilosamente en la estancia y examina a la niña
dormida, luego se detiene ante la Muñeca Morena a la que contempla con
profundo pesar) ¡Sí! ¡Era cierto nuestro temor! (acaricia a la muñeca)
¡Linda Muñequita Morena! ¡Tú que eras la reina del Bazar...! ¡Tratada
así, como una cualquiera...! ¡Qué cruel y caprichosa es la niña que
te ha comprado! ¡Arrancarte de nosotras, de nuestro cariño, para
tenerte así, como un trapo sin valor!
66
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Muñ. Morena: (Como despertando de un letargo) ¿Quién es? ¿Quién
me habla?
Muñ. Negra: Soy yo, amita preciosa. Es tu negrita, Muñequita
Morena, que ha venido a verte por encargo de todas nosotras
que hemos quedado en el bazar. A decirte que desde el día que
te compraron por el desdichado capricho de esta niña, estamos
sufriendo mucho. Ya sabes como cada una de nosotros quiso hacerse comprar en lugar tuyo. Cada una arregló lo mejor que pudo
su traje, hizo el gesto más atractivo en su carita pintada a fin de
atraer la codicia de la compradora. Pero esa caprichosa chiquilla te
quiso a ti, a la Muñeca Morena, a la reina del bazar y… ¡te compró
sin remedio! Desde entonces estamos llorando por ti sin consuelo
(haciéndose escuchar el coro que se escucha desde el fondo) ¿Escuchas?
Son las compañeras que han venido a demostrarte su pena.
Muñ. Morena: Ah, es verdad. Sí, ya me acuerdo. Me compraron
del bazar… Sí, una niña engreída y mala… Sí, me arrancaron del
lado de ustedes, y ahora estoy aquí, tratada con desdén… Ahora
lo recuerdo… Esta noche, mi tirana dueña se enfureció porque
quisieron obligarle a tomar la sopa y se vengó conmigo…! ¡Qué
jalones! ¿Qué golpes tremendos...! Hasta ahora me duelen mis
débiles articulaciones.
Muñ. Negra: Y esa niña cruel ha debido arrojarte así sin compasión… ¡Qué crueldad muñequita linda! (La toma en brazos).
Levántate. (Le arregla los cabellos). Mira tus lindos bucles! ¡Qué
deshechos!
Muñ. Morena: Sí querida negrita. Estoy un desastre. Yo, la que
ustedes llamaban la “Reina del Bazar”.
Muñ. Negra: Ah, pero esto no debe seguir. He venido a llevarte
nuevamente con nosotras. Ven. Huyamos.
Muñ. Morena: (Con pena) No, negrita de mi alma. Eso es imposible.
Eso no lo puedo hacer. Tengo, como toda muñeca, que soportar mi
destino. El capricho de un fabricante nos hizo nacer; el capricho
de los niños tiene que hacernos morir.
Muñ. Negra: No. Tú eres nuestra reina. Tú nos haces falta. ¡No
eres como las demás muñecas! Que nos compren a todas nosotras,
menos a ti.
Muñ. Morena: Imposible es volver con ustedes. A menos… que mi
dueña me devolviera antes de que me estropee más…
Muñ. Negra: ¡Oh, si esta chiquilla caprichosa tuviera la idea de que
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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ya no le gustas! ¿Quién podría decírselo? ¿Yo, acaso...? (Se aproxima
a la camita) Oye, niña orgullosa, tú que tienes tantos juguetes…
Muñ. Morena: (interrumpiéndola vivamente). No. No digas nada. Vas
a revelar nuestra alma a los mortales.
Muñ. Negra: Entonces vámonos sin decirle una palabra. No. ¡Sería
un sacrilegio! (La toma del brazo). Antes de que despierte.
(En ese momento la niña se incorpora como sobresaltada y presa de una
fuerte pesadilla)
Niña: ¡Mamá! ¡Mamá!
Muñ. Morena: (En voz baja y angustiada). Huye. Huye por Dios. Que no
te encuentren aquí. (Empujándola hacia la salida). ¡Pronto! ¡Pronto!
Muñ. Negra: Al menos dame un besito de despedida.
Muñ. Morena: Tómalo (La besa) ¡Adiós!
Muñ. Negra: (Con pesar). Adiós. ¡Adiós Muñequita Morena! (Sale).
(Muñeca Morena se tiende en la misma posición incómoda en que estuvo
al comenzar el cuadro y queda inmóvil)
Niña: ¡Mamá! ¡Mamá! (Saltando de la cama y mirando con terror a la
muñeca) ¡Mamá! ¿No quiero esta muñeca. No la quiero. ¡Que la lleven
al bazar! ¡Mamá! (sollozando) ¡Mamacita!
Cuadro tercero
La misma decoración que en el Cuadro Primero, o sea una repartición del
bazar. Esta vez la escena está casi a oscuras. Apenas se notan las siluetas
de las muñecas.
Muñ. Negra: (Levantándose con lentitud) ¡Qué noches y días tan largos y tan tristes! (enciende la luz dando vuelta a un interruptor. Mira en
torno con aire triste y contempla a las muñecas inmóviles). Levántense
compañeras.
Muñ. Rubia: (Desde su sitio). Déjanos, Negrita. ¿A qué hacer la ficción
de vivir? ¿Si ello no ha de ser más que para recordar con dolor a
nuestra pobre Muñequita Morena?
Muñ. Negra: Pero, hablando, al menos se hace menos insoportable
nuestra desdicha.
Marilú: Mejor es seguir siendo palo y aserrín. Así sentimos menos
su ausencia.
68
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Muñ. Negra: Pero, es que recién me acuerdo de una gran noticia,
que con la pena de anoche se me olvidó contarles. Oh, sí. Es una
gran noticia. (Todas las muñecas se incorporan y salen de sus cajas rápidamente).
Todas: ¿Qué noticia? ¿Cuál es? ¡Dínosla pronto!
Muñ. Negra: Escuchen. En el momento en que yo escapaba de la
casa, casi empujada por nuestra Muñequita Morena, la niña que la
posee, empezó a gritar ¡Mamá! ¡Yo no quiero esta muñeca! ¡Mamá,
que la devuelvan al bazar!
Muñ. Rubia: ¿De veras?
Muñ. Negra: Sí. Lo he oído muy claro. La niña gritaba como alocada
y parecía que hubiera entendido todo lo que decíamos junto a su
cama.
Muñ. Rubia: ¿Pero, acaso las personas pueden comprender nuestro
lenguaje?
Muñ. Negra: Y, entonces, ¿por qué exclamaba así? Yo estoy segura que nos entendió. Al fin y al cabo era un chiquilla, muñequita
también como nosotras para sus papás.
Muñ. Rubia: Puede ser. Entonces, ¿la devolverán?
Muñ. Negra: Como es una chica muy engreída, sus papás harán
lo que ella quiera.
Todas: (Saltando de alegría) Ah, sí ¡que nos la devuelvan! ¡Que nos
la traigan!
Muñ. Rubia: (Con tristeza). Pero… hay una cosa difícil.
Todas: ¿Qué cosa?
Muñ. Rubia: Nuestro amo, el dueño del bazar ¿La aceptará después
de haberla vendido?
Todas (Con pena) ¡Ah...!
Muñ. Negra: (Escuchando hacia fuera) ¡Chist! Silencio. Alguien viene.
Muñ. Rubia: ¡Pronto! ¡A nuestros sitios! (Todas las muñecas van apresuradamente a ocupar sus antiguos lugares y permanecen en silencio).
Voz de hombre: Pero señora, nunca acostumbro yo recibir la mercadería vendida.
Voz de mujer: Pues, yo se lo ruego señor. Mi hija ha amanecido
hoy enfermita y afiebrada. Quiere a toda costa que devuelva esta
muñeca. No quiere verla. Le causa espanto. Tal vez ha sufrido alguna alucinación.
Voz de hombre: Es raro, señora. Pero si no quiere la muñeca, nada
más fácil que esconderla o regalarla a alguna niña pobre.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
69
Voz de mujer: Y lo habría hecho, ¡pero se empeña en que la devuelva al mismo bazar! ¡Si la oyera usted señor! ¡Le causaría pena
su excitación nerviosa, su angustia...!
Voz de hombre: Pero, señora, yo no puedo devolverle el dinero.
Mis libros…
Voz de mujer: (Interrumpiendo). Si no es más que eso. Yo renuncio
a que me devuelva el valor.
Voz de hombre: Si es así señora… No tengo más que aceptarle.
Voz de mujer: Oh, muchas gracias. Aquí se la dejo y adiós.
Se sienten unos pasos, la escena queda nuevamente a oscuras. Se nota un
ruido de alguien que entra y deposita un gran paquete en el centro, luego
se sienten unos pasos que se alejan hasta que reina completo silencio.
Muñ. Negra: (Levantándose sigilosamente, se acerca al bulto y lo descubre
con cuidado). ¡Compañeras, enciendan la luz y vengan!
Todas: (Una de ellas enciende la luz y luego bajan apresuradamente a
rodear el bulto). ¿Qué es?
Muñ. Negra: (Alegremente) ¡Nos la han devuelto!
Muñ. Rubia: ¡Muñequita linda! (Se aproxima a besarla) ¡Oh, que
alegría!
Todas: (Saltan y palmotean de alegría). ¡Ah, nuestra Muñeca Morena!
¡Nuestra linda Reina!
Muñ. Morena: (Levantándose lentamente, como si volviera de un letargo)
¿Dónde estoy?
Muñ. Negra: Con nosotros otra vez. ¡Estás entre tus compañeras!
(La besa)
Muñ. Morena: Pero, ¿es cierto? ¡Ah, qué dichosa vuelvo a ser! Otra
vez al lado de ustedes. (A ellas) ¡Pobrecitas mías, ya no pensaba
volverlas a ver!
Todas: (Con gran algaraza). ¡Viva nuestra Reina! ¡Viva nuestra Muñeca Morena!
Muñ. Morena: (A Muñeca Negra) Ven Negrita. A ti te debo mi felicidad. (La abraza y besa) Tu visita me ha devuelto la libertad. ¡Te voy
a querer mucho! ¡Pero mucho, mucho!
Muñ. Negra: ¡Gracias linda muñequita! ¡Qué feliz voy a ser con tu
cariño! Creo que ya no voy a extrañar a mi compañera Morena.
Muñ. Rubia: Y, ahora, compañeras, en señal de regocijo por la feliz
restitución de nuestra reina, a cantar y bailar en torno de ella.
70
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Todas las muñecas hacen círculo y bailan al mismo tiempo que cantan
la primera estrofa de la Ronda de las Muñecas. Al terminar, Muñequita
Morena, se adelante al público, mientras las demás forman detrás de ella
un semicírculo.
Muñ. Morena: (Hacia el público). Y aquí termina esta fantasía encantadoras niñitas.
Telón
Óscar Alfaro5
Alfabeto de estrellas (1950)
Vendedora de kantutas
Tras la luna de esmeralda
por el camino va sola
la silueta de la chola
con su guagüita a la espalda.
En su florida pollera
color de cielo estrellado
lleva a vender al mercado
kantutas de primavera.
El niño que quiere tanto
y no comió todo el día,
va empapando con su llanto
las flores de la agonía.
Con toda el alma partida
ofrece de casa en casa
las flores de nuestra raza
para salvar una vida.
Pero no vende ninguna
y el grito del niño hambriento
hiere su pecho sangriento
como una astilla de luna.
5
Tarija (1921-1963). Ver biografía en p. 483.
[71]
72
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Y bajo el cielo incendiario
pintado de rubias frutas,
¡se va llorando kantutas
su corazón proletario!
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Las bolitas de cristal
Por el patio del colegio
van saltando de alegría
y arrancando mil arpegios
de las piedras cristalinas.
En algunas pasa ardiendo
una estrella fugitiva…
se deslizan alumbrando
cual granitos de luz viva.
Y las aves y las flores
y los niños y las niñas
se reflejan dentro de ellas
en figuras pequeñitas…
Son granizos de colores
que una lluvia cantarina
ha soltado como notas
de su fresca melodía
Y en el patio del colegio
van saltando de alegría.
73
74
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Cuentos
Fascículo núm. 1
Colección Alfaro (1962)6
El pájaro de fuego
Era un pájaro bellísimo, de color tan rojo que parecía una llamarada volando por el aire. Si se paraba en un alero, el dueño de la
morada inmediatamente salía gritando:
—¡Auxilio! ¡Hay fuego en el techo de mi casa...! –Y al punto le
arrojaban chorros de agua, con lo cual aquella llama viva se lanzaba
otra vez al cielo.
Si se paraba sobre un granero, los ratones se llevaban el susto
más grande de su vida.
—¡Sálvese quien pueda! ¡Ha caído una brasa en el granero!
¡Pronto comenzará el incendio...! –Y escapaban despavoridos.
Una vez se lo vio bajar hasta el borde del río, tocar el agua y
levantarse de nuevo. Entonces se lo creyó una brasa encantada,
pues tocaba el agua y no se apagaba, además de tener la virtud
de volar.
Pero aquel pájaro maravilloso no creía ni remotamente estar
hecho de fuego y más bien él soñaba con parecerse a una flor, que
él conceptuaba como la encarnación de la belleza.
—Yo soy la flor del aire. Mi tallo es tan largo como el hilo de
un volador y me permite ir adonde quiero –decía alegremente.
Pero los demás pájaros no creían en su tallo imaginario, además de que sus formas no tenían nada de común con la flor.
—¿Dónde se ha visto una flor con pico? –decían.
—¿Y una flor que cante...?
El pájaro encendido escapaba entonces de tantos incrédulos y
se daba a vagar, ardiendo, por los aires.
6
Según varias bibliografías de Óscar Alfaro, la fecha de publicación de este
libro es 1960. Sin embargo, la casa impresora del mismo es “Printer Industria
Gráfica S.A”. de San Vicente dels Horts en Barcelona. Dicha casa editora fue
fundada recién en 1º de diciembre de 1962. Por lo tanto, este libro fue publicado posiblemente entre 1962 y 1965.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
75
“Era un pájaro bellísimo, de color tan rojo que
parecía una llamarada volando por el aire…”
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
76
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Un día se dijo:
“Me posaré sobre un árbol seco y lo alegraré con mis colores.
Él sí creerá que soy una flor”. Y se sentó sobre un ceibo partido
por un rayo.
Allí, rojo y vistoso, parecía una extraordinaria flor encarnada.
Abrió las dos alas radiantes y las elevó a los cielos semejando entonces una flor bipétala.
Su identidad era perfecta, pero le faltaba una cosa: el perfume.
Se dejó caer entonces sobre unas flores silvestres que crecían al pie
del árbol y aleteó sobre ellas un largo rato. Cuando se consideró
suficientemente perfumado, voló de nuevo a la punta del ceibo y
adoptó la posición anterior, mejorándola todavía, pues se paró sobre
una sola patita, que semejaba muy bien el tallo de una flor.
Estuvo así muchas horas seguidas y empezó a sentir hambre.
En esto se presentó una mariposa, dispuesta a libar la miel de
la supuesta flor. El pájaro se la tragó en un santiamén y volvió a
quedar inmóvil.
—¿Qué flor tan extraña es ésa, que se traga a nuestra hermana?
–dijeron las demás mariposas, asombradas.
Vamos a averiguar lo que pasa. –Una tras otra volaron hacia
el pájaro y corrieron la misma suerte.
Todos los insectos se alarmaron ante aquella flor carnicera
que se alimentaba de mariposas, pero el pájaro estaba radiante.
Y después de saciar su apetito cogió a una mariposa azul y se la
colocó al cuello de collar. Luego se puso a cantar alegremente,
olvidándose de su oficio de flor.
—¡Pero qué raro! ¡Es una flor musical! –dijo una avispa.
—No es ella la que canta. Tiene un grillo en el corazón –contestó la libélula.
—Eso es absurdo –dijo la langosta.
—¡Y qué perfume tan exquisito...! –siguió diciendo la
libélula.
—¡Y qué color...! ¡Si parece un lucero...!
—Bueno, esta flor se parece a muchas cosas. Iremos a examinarla… –dijeron las avispas desconfiadas.
Volaron sobre “la flor” y la rodearon.
—Libaremos su miel, que debe ser deliciosa…
Pero apenas se acercó la primera avispa, el pájaro levantó el
pico y ésta retrocedió asombrada.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
77
—¡Vengan todas! ¡No es una flor, sino un pájaro disfrazado...!
—¡Hay que matarlo a flechazos! ¡Es un peligroso impostor!
Y las avispas desenvainaron sus espadas y se lanzaron sobre el
ave. En ese momento el ceibo se estremeció, como volviendo de
otra vida, y habló así:
—¡Hermanas avispas, no sacrifiquen a esa flor bellísima...!
Las atacantes pararon el asalto y se miraron unas a otras,
llenas de sorpresa.
—¡El árbol muerto ha revivido! –exclamaron a coro.
—¡Y esa flor extraordinaria fue quien hizo el milagro de
resucitarme! –confesó el ceibo viejo.
—¡Pero si no es una flor sino un pájaro disfrazado...!
—Aunque así sea. Él me revivió con una mentira piadosa. Al
sentirlo en mis ramas creía que era una flor mía y me dije jubiloso:
“Aún puedo florecer”. Entonces la vida comenzó a circular otra vez
por mis gajos muertos. Y aquí me tienen nuevamente, cubierto
de flores…
Y en efecto, el ceibo repentinamente se había llenado de grandes flores rojas, tan grandes como el pájaro.
—¡Te perdonamos todo por haber resucitado una vida con solo
una hermosa mentira! –dijeron entonces las avispas guardando
sus aguijones, y se dedicaron a libar la miel de las nuevas flores
del ceibo.
78
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Colección Alfaro
Cuentos para niños tomo núm. 2
(1982)
El cuento del hilo de agua
Era un hilo de agua que saltó de la roca y comenzó a corretear
cuesta abajo. Un pájaro bajó a bebérselo y él le dijo:
—No me tomes todavía, soy muy pequeño y me consumirás
todo.
—¿Pero qué más quieres? Así te llevaré volando por el aire,
mientras que arrastrándote como gusanillo, nunca llegarás a
ninguna parte.
—Llegaré. Ahora mismo estoy camino hacia el mar.
—¡Pero qué optimismo! ¿No comprendes que el mar está a
miles de kilómetros de aquí, que hay que atravesar montañas,
desiertos, en fin, casi toda la tierra?
—No importa, ya llegaré.
—El pájaro no quiso escuchar más y echó a volar.
El hilo de agua siguió arrastrándose centímetro a centímetro.
En todo el día solo logró avanzar unos metros y luego la tierra se
lo chupó.
Sin embargo, él siguió tironeando hacia arriba para salir a
la superficie. Tuvo que humedecer el camino, que era el tributo
pagado a la tierra, para que lo dejara seguir adelante.
Así fue hilvanando el camino con reflejos plateados. Una puntada aquí y otra más allá. Tenía que aprovechar las noches para
caminar con mayor soltura.
Ya pasaba un mes que andaba por el camino, ya había crecido
bastante, aunque estaba tan delgado por el esfuerzo, que en algunas partes se cortaba. Un día encontró en el campo a otro hilo de
agua, que se detuvo a preguntarle:
—¿A dónde vas tan apurado?
—Voy al mar.
—¿Cómo te atreves a pensarlo siquiera? Si eres tan pequeño…
—Llegaré.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
79
“Y el arroyo juguetón no se hizo de rogar para
unirse a los viajeros. Y después del arroyo vino un
pequeño río. Luego otro más grande y otro más...”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
80
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Por qué no me acompañas tú? Unidos seremos más fuertes
y llegaremos más pronto.
El nuevo hilito, después de unas cuantas vacilaciones, se unió.
Y los dos continuaron el camino. De pronto, retrocedieron espantados, al borde de un precipicio.
—¡Cuidado, que nos desbarrancamos...!
—¡Adelante, que no hay otro camino!
—¡Entonces no voy contigo…!
—Ya es tarde… ¡Salta!
En efecto, ya era tarde. Y los dos hilos de agua, abrazados y
temblando de susto, cayeron barranco abajo, hasta tocar fondo.
Allá se quedaron toda la tarde, tratando de encontrar una salida.
Por fin la hallaron y se lanzaron al campo abierto.
Caminaron un día más y de pronto, vieron un nuevo hilo que
se adelantaba tímidamente hacia ellos.
—¿A dónde es el viaje? –le dijeron.
—Vengo de la hacienda, perseguido por las ovejas, que me
beben y no me dejan seguir adelante.
—¿Te hemos preguntado a dónde te diriges?
—A cualquier parte, pero quiero viajar…
—Pues no lo pienses dos veces y vente con nosotros.
Ahora eran tres y formaban una pequeña corriente. Más allá
encontraron a una ciénaga negra.
—¿Qué haces aquí, perezosa?
—Me eché a descansar hace algunos años y ya no tengo deseos
de ir a ninguna parte.
—Mira que por falta de actividad te estás quedando paralítica.
—Y te estás pudriendo en vida. Ven con nosotros que la vida
no es estancamiento, sino lucha y actividad.
Después de mucho esfuerzo, por fin movieron al agua estancada, que se puso en camino lentamente.
—¡Pero qué sucia estás y qué mal oliente…! –le dijeron al
poco de andar.
—Eso es por haber estado tanto tiempo ociosa.
Pero a medida que caminaban, el agua estancada se iba poniendo más ligera y pura, pues dejaba todas las suciedades en el
camino.
—Ahora veo que el trabajo purifica el espíritu –admitió ella.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
81
Al otro día hallaron a todo un arroyo, que se dedicaba a saltar
por entre las peñas.
—Si convencemos a este de que nos acompañe, seremos invencibles.
Y el arroyo juguetón no se hizo de rogar para unirse a los
viajeros. Y después del arroyo vino un pequeño río. Luego otro
más grande y otro más. Ahora formaban una corriente colosal
que pasaba rugiendo por los campos. De pronto todos los viajeros
lanzaron un grito:
—¡El mar...!
Y era el mar soberbio y majestuoso.
—¡Este es el triunfo soñado! –dijo el hilito inicial–. ¿Dónde
estará ahora el pájaro que se me burló, cuando aprendía a
caminar?
—Estoy aquí y confieso mi error –dijo el ave, apareciendo en el
cielo–. Pero tienes que reconocer, que sin unirte a los otros, jamás
hubieras llegado.
—Claro que no. Solo la unión hace las grandes cosas. Esto lo
saben los hombres más que yo –dijo el hilo de agua y se lanzó al
mar.
Beatriz Schulze Arana7
Pompas de jabón (1963)
Nostalgia marina
—¿Por qué tienes la mirada
perdida en la inmensidad
y ese aire de tristeza
y ese gesto de ansiedad...?
—Cuánto dolor, siento padre.
El corazón llevo henchido,
del más hondo desencanto
y está del todo vacío
de ilusiones y esperanzas.
Cuando jugaba en la playa
con barquitos de papel
o intrépida me lanzaba
a los brazos de las olas,
era feliz como el ave,
como la flor, como el agua…
Y cuando al llegar la noche,
ya cansada de jugar,
dejaba que mis quimeras
anclaran en las pupilas
7
Potosí (1920) - La Paz (2000). Ver biografía en p. 483.
[83]
84
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
de algún rubio marinero,
sus olas hinchaba el mar,
desgranaba una tonada
y el cascabel de la dicha
se alborotaba en mi pecho…
Ahora, padre, llevo impreso
el beso tibio del mar
en el cuerpo y en las venas,
y en el corazón clavados
el dolor y la nostalgia
como un agudo puñal.
Cuando izaba esta querida
banderita de la Patria
en mi barco de papel,
alguien me dijo de pronto:
—pon otra enseña a tu barco,
Bolivia no tiene mar.
Vámonos, padre, al momento,
huyamos a otro lugar,
que tengo impreso en el alma,
en el cuerpo y en las venas
el beso tibio del mar,
y en el corazón clavados
el dolor y la nostalgia
como un agudo puñal!
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Disidencia
¡Ese pajarito
que está en el ramaje
se ve muy bonito
con su claro traje!
Y esa mariposa
de tono amarillo
también es hermosa
como el pajarillo.
Del huerto callado
son ambos los dueños,
del alegre prado
la luz, en ensueño.
Pero estos amigos
son algo envidiosos,
bastante enemigos
y un tanto orgullosos.
¡Venid! Que ya empiezan
con su discusión
¡Oid! Ya comienzan
su eterna canción…
—¿Viste pajarillo
mi vestido nuevo?
Hoy es amarillo
¡Yo siempre renuevo!
Al sol le robé
tres hebras de oro,
con ellas bordé
mi ajuar, mi tesoro…
85
86
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Verdad mariposa,
estás un encanto,
estás primorosa,
mas… no es para tanto.
Este mi atavío
también es muy bello,
es cual el rocío,
es como un destello.
Mis brillantes galas
contempla despacio,
que llevo en las alas
del sol sus topacios.
Soy la flor del aire
más linda y discreta;
¡no me hagas desaires
pequeña coqueta...!
Y mientras prosiguen
en su discusión
porque no consiguen
entrar en razón,
un deforme sapo
que más se asemeja
a un negruzco harapo,
de escuchar no deja
y piensa: —soy feo,
mi piel es muy rara,
si voy de paseo
nadie en mi repara,
mas yo no conozco
que es la presuncióm
con mi sayal tosco
vivo de ilusión.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Además trabajo
para mis hermanos,
de huertos y atajos
soy el hortelano,
yo limpio de insectos
los frutos, las flores,
amigo dilecto
soy de esos señores…
Mi vida modesta
yo no cambiaría
por esas que ostentan
vana pedrería.
Y así la pareja
discutiendo sigue
y el sapo sin quejas
soñando prosigue…
87
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
La princesita Calipso y el Fauno-Ruiseñor8
La princesita Calipso
del palacio se fugó
¡Cuánta tristeza en el reino
ay! ¡Cuánta desolación!
Un audaz y horrible fauno
que se trocó en ruiseñor
debido a un secreto mágico,
de súbito se posó
junto a la niña quien era
dulce brisa, grácil flor.
En su oreja pequeñita
–sonrosado caracol–
le desgranó despacito
su más sentida canción;
luego calló zalamero
de esta manera le habló:
—¿No te hastía tu palacio?
¿No te abruma esta prisión?
¿No persiguen tus quimeras
un mundo nuevo y mejor?
¿Un horizonte más amplio,
un futuro embriagador…?
De inmediato a la princesa
aguijoneó la ambición
y deshojando un suspiro
al ruiseñor respondió:
8
No existen referencias sobre la fecha en que se escribió el poema, pues éste
se encontró entre los documentos que guarda la familia, en un recorte de
periódico que no tiene ni fecha ni fuente. Sin embargo, la fecha de la puesta
en escena en ballet, 1980, se encuentra citada en la contratapa del libro de
Beatriz Schulze Luces mágicas.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Impresionada y vencida
por el metal de tu voz
y por las hondas palabras
que tu saber te dictó,
quiero, amigo, que me lleves
a esos mundos de esplendor.
El ruiseñor ¡con qué gozo
aceptó la invitación!
La sentó sobre sus alas
y raudo se la llevó.
Muy pronto la mala nueva
por el reino se extendió,
el viento lo fue anunciando
con lenta y lúgubre voz.
Al acercarse la noche
de ese día de dolor,
hicieron duendes y brujas
su triunfal aparición.
Aquellos seres diabólicos
metían un ruido atroz
celebrando la conquista
del pérfido ruiseñor.
Mas, con la firme esperanza
y la risueña ilusión
de que la niña aparezca,
sus padres, sin dilación
le han adornado su alcoba
con objetos de valor
tan pulidos, que la pieza
resplandece como el sol.
Un collar de nuevos chistes
ya le termina el bufón.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Ocho ninfas y seis hadas
con febril animación
le bordan trajes con brillos
y cintitas de color.
Los pajes han conseguido
un éxito halagador
transmitiendo vida eterna
a las pompas de jabón,
esferitas delicadas,
gotas de sol tornasol
por las cuales la princesa sentía
predilección.
Los gnomos y duendecillos
le guardan todo bombón
y toda fruta que ofrece
un exquisito sabor.
Y hasta las feas arañas
con infinita emoción,
con las perlas del rocío
le engastan un prendedor.
Arranca Pan a su flauta
sublimes notas de amor
para que en sus bellos ojos
reflorezca la ilusión.
En el jardín del palacio
cuidando con gran primor,
a las flores viste Flora
con su ropaje mejor.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Bajo el farol de la luna
y al compás de un son dulzón,
ensayan danzas alegres
el alegre moscardón,
los grillos y las luciérnagas,
las ranas, el caracol
y los niños y las niñas
que viven en rededor.
Tanta fe, tanta esperanza
y fervorosa oración,
tuvo al fin una radiante
y triunfal culminación:
¡La hechicera princesita
de pronto reapareció!
Unos dicen que fue Céfiro
quien llorando la encontró.
Otros dicen que fue un Silfo.
Otros, su propio bufón.
Y los más, que ella sola
quien pesarosa tornó,
mas lo cierto es que la niña
—¡Dios sea loado!– apareció.
Verdaderas maravillas
a su llegada encontró
que turbaron sus sentidos,
pero solo recobró,
en el amado regazo
de sus padres, el corazón!
¿Por qué iría la princesa
en pos de un mundo mejor,
si su hogar que era su mundo
dicha solo le brindó?
91
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¡Cuánto cielo sin luceros
en su viaje cosechó!
Y he aquí lo que cuentan
del astuto ruiseñor:
Dicen que Diana en el bosque
al ir de caza lo vio;
pues como es Diana una diosa
en el acto descubrió
al feo y perverso fauno
en el bello ruiseñor,
y de un certero flechazo
fríamente lo mató.
***
Esta historieta, amiguitos
que nos sirva de lección,
siempre obremos en la vida
con serena reflexión,
no guiados solamente
por la primera impresión.
Que las alitas ligeras
de la azul ensoñación
no nos conduzcan muy lejos…
puede herirlas el halcón
o empañarlas la neblina
o achicharrarlas el sol.
Hugo Molina Viaña9
Vicuncela10 (1977)
Canción para una vicuña
(Novela juvenil)
I
El cielo derramó las últimas lágrimas del verano.
El cazador furtivo disparó el arma hiriendo el silencio de la
pampa, la silueta de la vicuña, que decoraba el horizonte, recibió el impacto fratricida, herida de muerte la camélida imploró
perdón para el malvado, que arrebató su maternal ensueño.
El cuerpo martirizado se desangró con los pinceles del crepúsculo, aquel impío cazador la despojó de su túnica marrón.
La vicuña lanzó un estertor lacerante, y expiró bajo el celaje
de la tarde.
La piedad huyó de los predios del sol.
La sangre mártir preguntaba al cielo:
—¿Por qué mueren las madres, Señor?
II
En la solfa del viento, kollavina, recorrió la soledad de la puna para
abrevar su sed de ausencia en las pupilas gélidas de la difunta.
El alma de la ñusta se estremeció con los arpegios de un canto funeral, que penetró en el misterioso reino de las penumbras, mientras
el piano de los nevados irrumpió en una sinfonía de torrentes.
III
La luna llena asomó besando su perfil de ñusta cautiva, cerca
de ella una bestezuela se incorporó, y consternada, miraba la
sangre congelada. La criatura se acurrucó junto al cuerpo inerte
9
Oruro (1931) - La Paz (1988). Ver biografía en p. 484.
10
Vicuncela figura en la Lista de Honor del Premio Internacional “Hans Christian
Andersen” de ibby (1978).
[93]
94
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
de la camélida degollada. Era tierno vellón de sus entrañas que
sollozaba solo e inerme ante la tragedia.
¿La vicuñita era hija de una lágrima ensangrentada?
El dolor la buscó en su senda de luciérnaga.
IV
La vicuñita enmudecida de pavor huyó por entre los pajonales
sin norte ni guía, miraba la azul inmensidad interrogando por su
madre ausente; dos lágrimas gotearon del cielo, confundiéndose
en las ondas de un manantial, aquellos reflejos fueron los últimos
hálitos de estrella de la vicuña desaparecida. Las fibras de su ser
se estremecieron de dolor.
Huérfana, y de hinojos se arrodilló ante un mundo en tinieblas, que no supo de misericordia. Apenas, si caminaba la soledad
la consumía.
V
Era un copo de luna tembloroso. Tenía la barriguilla acariciada
por una nívea pelusa. El dorso parecía iluminado por un lampo
de luz, casi amarillento.
El hociquillo tornábase de crema, a marrón claro. Sus ojillos,
húmedos de tristeza, revelaban el encanto de su pequeñez. Tamborileaba con las débiles varillas de sus patas, y cuando quería afianzarse, zapateaba sobre los tacos plomos de sus pezuñas. Entonces,
se insinuaba breve la colita, como mínimo vellón dorado.
¡Era una nubecilla acariciada por alas de un celaje!
VI
La vicuñita temblaba como un lucero.
El sueño de sus primeros días, era un dormitar muy leve.
Un moscardón cruzó zumbando, luego, se posó sobre el hociquillo, despertó sobresaltada, se levantó temblorosa, dirigiéndose
detrás del vuelo del roncador. Tropezó y cayó contra la yareta,
trató de ensayar el alfabeto esmeralda de los camélidos, ejercitaba
a rumiar y solo hacía castañetear los dientes, a veces solamente,
masticaba en el vacío.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
95
“La criatura se acurrucó junto al cuerpo inerte de la
camélida degollada. Era tierno vellón de sus entrañas
que sollozaba solo e inerme ante la tragedia…”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
96
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
VII
Dando brincos de un lado a otro, dibujó cabriolas de luz en el
aire. Cansada de adiestrase en sus primeras acrobacias se recostó,
apoyando la cabeza sobre el suelo.
De pronto, una mariposa iba y venía de su cola a su cabeza,
llamando su atención. La mariposa se detuvo en la cola y aleteaba
como una rosa de luz. Sus hermosas pupilas la miraban, y no sabía
si tenía dos colas; otra vez la mariposa revoloteó y se fue en pos
de una flor. Admirada la vicuñita creía que una de sus colas se fue
volando al cielo, como vellón de luz.
VIII
Vicuñita, contemplaba el arco iris con una mirada tierna e interrogante, como si intuyera, que sería el refugio de su orfandad.
En aquél regazo de luces, Cuurmi bordaba un ajuar de guedejas
transparentes para cubrir de ternura a la indefensa bestezuela, que
mustia vagaba entre la desolación y la intemperie.
Cuurmi, lanzó la honda maravillosa, como un orvallo húmedo de colores por donde bajó a la pampa infinita, se hincó ante la
solitaria bellota, besó devotamente, a la criatura abandonada. La
levantó entre sus brazos de luz, recorrió el horizonte, llegando hasta
el lago lustral, en cuyas orillas, la kantuta pintaba una diadema
tricolor y arrullaba una canción de cuna.
Las kantutas, parecían adivinar la intención de Cuurmi. Abrieron sus ramas para recibir a Vicuñita, la acariciaron con todos los
colores de su esencia vegetal: besándola como a una niña recién
nacida.
Mínimo vellón de nostalgia, mecido entre las ñustas de imperial heredad.
IX
Fue su primer juguete el viento, movió la cabeza hacia atrás, en
las orejas enveladas sintió unas cosquillas.
Se deleitaba con la brisas y el relente. Lanzó una carcajada,
como juguetona chiquilla.
Sobre la mínima hierba que la rodeaba, buscaba el rocío, tropezó y cayó de bruces, la escarcha se prendió en su hocico, como
un helado de cristales.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
97
X
Nube rosa, roza tu cerviz.
Es la nube de flamencos sobre el lago.
Volandera nube rosa bajo el cielo fuego y rosa de la tarde.
Es la vía de alas rosa que señalaban el camino encendido de
claveles.
Y tus ojos se deleitaban con la nube volandera de quimeras.
Nube rosa de flamencos. Y en el cielo de celajes se reflejan
sonrientes dalias célicas y ondas rosa en el lago.
Vicuncela, tus pupilas candorosas son camelias florecidas en
el mundo encendido de arrebol.
XI
Vicuñita se acercó a las orillas del lago, cuando vio en las ondas
una imagen idéntica a ella. Levantó la cabeza, y del hocico derramó varias gotas de agua.
Estaba frente a frente otro animalito, que tenía el color leonado y rojizo, en el cuello llevaba una especie de bufanda blanca. Era
un guanaco, luego los dos inclinándose hasta el suelo arrancaron
la hierba, que ambos compartían como delicioso bocado.
Eran dos criaturas preciadas de un mismo manjar; de pronto
escucharon un estampido, corrieron, velozmente, no tenían patas;
sino alas, volaban en rauda competencia.
Cuurmi, sonriente los protegió con su mirada de luz.
XII
Tarde melancólica con barajas de otoño, el vendaval azota con
su tos cavernosa.
Desde el cristal de la infancia contemplo a Vicuncela, sus ojos
elevan al cielo una plegaria de trébol por la trémula paja brava,
que hirsuta permanece entre las piedras y decora la palidez de
pampa.
¡Esta soledad y este miedo!
¡Mi corazón deshoja sus ausencias!
Una plegaria agobiada de tormentas y una criatura frente a
la soledad y el silencio.
98
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
XIII
Vicuñita caminó descubriendo sendas de estrellas que la acercarán
al cielo, como si en las alturas intuyera la presencia de Cuurmi,
su diáfano protector, como si las nubes fueran las manos, que la
protegerían de la crueldad.
En noches de luna, la vicuñita elevaba los ojos al cielo e indagaba las estrellas una a una, como si buscase los ojos de su madre
ausente.
XIV
Era una mañana singular. Hubo más rocío de madrugada.
El cielo sonreía en los caminos evanescentes. La ilusión flotaba entre las kantutas, que brillaban coronadas de diamantes
líquidos.
Vicuñita despertó muy temprano, estaba rodeada de kantutas.
Se acercaron a saludarla dos vivaces criaturas. La una tenía una
hermosa cola. Era la chinchilla; la otra inquieta y presurosa. Era
una vizcacha.
La chinchilla atusándose los bigotes, dijo:
—¿Quién es la criatura que amaneció entre las kantutas?
La otra que hacía gala de su conocimiento respondió:
—¡Es una flor de kantuta!
La chinchilla, inquirió nuevamente:
—¿Una flor de kantuta? ¿Con ojos de rocío?
Vicuñita al escuchar la charla de las vivarachas visitantes,
dijo:
—¿Yo, una flor de kantutas? ¡Soy una kantuta!
Las inquietas amigas movían la cola como péndulo de reloj y
pensaban.
—¿Cómo llamarla, ahora? –preguntó la chinchilla.
—¿Cómo reconocerla entre corolas de su floral sendero? –dijo
la chinchilla.
“¡Qué nombre de mariposa acariciará su hociquillo para que
ella nos responda!”, pensaban las kantutas.
XV
El lago de cristal dialogaba con el cielo y la ilusión se iba, se iba
con el celaje humedecido, como hoja amarillenta desprendida del
otoño.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
99
“Cuando la tarde se va
algo gime sin voz,
un hondo adiós de lo que no volverá
cual la ilusión, ilusión”.
En tanto, la luna sumerge sus destellos, el piano de Viscarra
Monje, persigue “sombras de ilusión”.
—¿Sabes tú, Vicuncela, que eres sombra de una fugaz ilusión?
XVI
Vicuñita amaba la kantuta, evocaba arrullos y caricias, cuando en
su desolada orfandad escuchó el susurro que la invitaba al sueño.
En íntima confidencia le brindaba su ternura, y le sonreía con la
gracia de sus rubores. Del corazón de la kantuta voló la mariposa
cual abanico de luces.
Mágica flor del aire.
Oro, fuego, y esperanza.
La vicuñita contemplaba su vuelo, sus pupilas copiaban los
colores del iris en la tarde dormida. Era el instante en que la paz
reinaba en los corazones.
Vicuñita sabe que el alma de la kantuta es una mariposa de
color.
XVII
Yo leía Sol y Horizontes. Abriendo la página de la flor sentí el
alma del poeta enamorado de la flor, y florecía en el poema del
amor:
“Cuando uno tiene besos en el alma y palabras en el corazón,
puede unirse a la armonía, a la estrella o a la flor”.
¡Qué diáfana nostalgia!
¡Qué floreal confidencia!
Hay almas que aman a la flor, como aquel hortelano de suspiros, Man Césped, el bardo.
—¿A ti, quien te ama, Vicuncela?
—Me miras, como si acaso supiera tu secreto.
—Sí, Vicuncela, yo sé de tus confidencias con Cuurmi.
—Mi corazón de niño quiere humedecerse en el candor de tus
pupilas de niña esquiva.
100
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
XVIII
El cielo diáfano, ni el alma de la nube asoma.
La perdiz redoma en el pajonal y el sol acaricia el dorado
horizonte.
La hermosa cría, pasaba sus días rumiando silencios y coleccionando auroras.
Una libélula interrumpió la meditación de la pampa, sus élitros
eran vidrios de colores.
Vicuñita que escrutaba el vuelo de cristal, trató de seguirla, galopaba como iluminada en pos de aquel derroche de reflejos.
Sus ojos estaban colmados con los destellos del rubor, pirueta
y más pirueta, la libélula se perdió en un temblor de luces.
XIX
El lenguaje de los dioses de la montaña reveló nostálgicas confidencias. Los nevados saben que un día retornará el cóndor Inca,
que por los arcabuces se fue al sueño del olvido.
Un cóndor surcó el cielo. El viento rasgaba el violín en las
fibras aserradas de la paja brava.
En el horizonte apareció vicuñita como signo de interrogación, que escribió con sus cabriolas una pregunta al infinito. La
interrogante, flota en el silencio.
—¡Qué preguntará vicuña!
—¿El cóndor pasa?
—¿El cóndor vuelve?
En el cielo un punto alado describió parábolas concéntricas.
—¡Es Mallku, el cóndor blanco! –murmuró la kantuta.
El cóndor blanco que volaba cerca de vicuñita la miró con
terneza, y rozándola con sus alas, entre sus graznidos parecía
repetir un nombre:
—Vicuña célica.
Y el eco de la montaña, al verla con la gracia y la heredad de
la flor imperial respondía con un apócope:
—Vicun… célica.
—Vicuncela… Vicuncela… desde aquel día se la conoció con
ese nombre.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
101
XX
La pampa percibió la caricia de un sueño. Un claro de luna quedó
petrificado por la helada, como una isla de cristal sobre el pardo
horizonte.
Vicuñita se acercó, miró dos luceros en el espejo del salar.
Eran su inocencia y su candor, que copiaban en la tarde glacial
su sorprendida imagen.
XXI
En noches de plata, las dunas son inmensas liras que pulsan el
rapto dorado de los sueños. Extendidas hacia el infinito, parecen
arrodillados: gigantes camellos y gibosos dromedarios.
Vicuñita contemplaba extasiada, las formas doradas que recorrían un horizonte perdido cerca de las estrellas, como:
“Lánguidos camellos de elásticas cervices”.
“Vagando taciturnos por la dormida alfombra cuando cierra
los ojos el moribundo día”.11
La luna extendió su rebozo de plata sobre los dormidos camélidos de arena acariciando sus lomos de felpa.
En alas de los reflejos del véspero, Cuurmi, sonreía evanescente.
XXII
Cóndor blanco, con alas al viento. Solitario heraldo de las tempestades. Vigila la sombra, la niebla y el milenio. Su hálito de altura
suspira al Mar del Sur tu cetro de monarca eterno, convirtiendo en
trenza de agua cantarina, que corre salpicando un manto blanco
para llegar a la humildad de la yareta.
Vicuncela, se acercó, y en el agua clara de su cetro de cristal
humedeció su hociquillo que olía a hierbas, a jichu y a sillu sillu.
El cóndor blanco acarició su imagen con sus alas nevadas.
XXIII
Nubes negras se arremolinaban en torno a la cumbre, parece que
el mundo se acercaba a las tinieblas.
11
Este fragmento está tomado del poema Los camellos de Guillermo Valencia.
102
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Por entre la senda de los sueños petrificados de hielo del Illimani, manadas de llamas se agrupan de trecho en trecho cerca
de las manchas esmeralda.
Una llamita recién nacida miraba el paisaje con asombro.
Vicuncela, la vio tan mínima y tan mimosa, como plumón de
nube.
Vicuncela, imploró, entonces, piedad, piedad para los huérfanos, que como a ella, les falta el regazo maternal, mientras se
recostó temerosa con las orejas en vilo.
El negro nubarrón se deshizo en copos y cubrió a la vicuñita
de un manto armiño.
Mustia, quieta y solitaria contempló a la llamita que huyó
del fragor del trueno.
La diminuta camélida corrió despavorida en busca de la madre
que no la esperaba.
XXIV
Las manos del cielo bordaban un manto de pétalos.
Vicuñita saltaba de un lado a otro para coger un copo de
nieve en su hociquillo.
Copos en el aire.
Copos en la tierra.
Vicuñita, recibió la caricia de Kjunu con mansedumbre, devotamente blanca como un vellón de luna en los páramos.
Entonces, la sonrisa transparente de Cuurmi encendió un
halo de luz en el hociquillo de la criatura, que brillaba de frío.
La nieve sollozó en el barro como un copo moribundo.
XXV
Los pinos yacían heridos de muerte, sus ramas destrozadas. Eran
cruces abiertas que imploraban piedad a un Cristo vegetal que
no escucha.
¡No ha bajado el rocío! ¡Cómo iba a bajar! Todo tenía el alma
marchita, transida de escarcha y de carámbanos.
Aquellos pinos no hicieron daño a ningún pajarito ni espantaron a mariposas; no sabían el por qué de tanto martirio.
Vicuncela vio aquel cuadro y de sus ojos parecían brotar
lágrimas de desolación y desconsuelo.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
103
XXVI
En la hora de la desolación, los senderos de tu vida están desgarrados de impiedad.
El poeta implora piedad para tus predios; y enciende luciérnagas en tus juegos de niña inquieta. Su voz desvelada eleva al
cielo el verso:
“En la alegría su presencia
embestida de ritmo,
sobre la piel y el aire
originando sendas…”12
Vicuñita, el poeta quiere verte pacer campos de estrellas y
bebiendo celajes en los níveos campanarios de las montañas.
XXVII
La canción del estío asomaba al pastizal.
La vicuña acariciaba el musgo húmedo de una gruta.
El cazador la perseguía, sigilosamente, escrutaba sus huellas
y seguía la senda por donde ella se dirigía a las alturas. Su olfato
era tan fino, que la brisa le reveló la presencia de la crueldad. Se
encaminó presurosa hacia los riscos de los escarpados parajes.
Temblaba de miedo el airampo, las oladas sollozaban; hasta las
piedras crujían de miedo, como si los dioses tutelares repitieran el
agorero de sus oráculos. Como si llegara la noche glacial de la muerte, el resuello de la vicuña se helaba ante la codicia del hombre.
Un vientecillo enjugó el llanto de la kantuta, que invocaba a
Cuurmi por la salvación de la vicuña.
XVIII
Vicuncela a medida que subió por las laderas, sintió miedo en el
corazón, era un presagio de duelo, al llegar al barranco, se encontraba frente al furtivo cazador. Saltar al barranco significaba
su muerte. Quedar frente al cazador era, también, la muerte y el
despojo de su túnica marrón.
¡Qué dolorosa muerte esperaba a Vicuncela! De hinojos invocó
a Cuurmi, piedad y misericordia.
12
Fragmento tomado del poema La vicuña de Julio De la Vega.
104
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
XXIX
Entre la hierba temblaban las lágrimas del verano, el sol abría una
pequeña rendija entre las nubes para mirar lo que ocurría allí en
la cumbre.
La humedad del cielo extendió un poncho de colores bordado
de luces. Era la sonrisa de Cuurmi.
El cazador disparó el fusil al aire y una bala se perdió en el
infinito. Aquella furtiva escopeta se transformó en una espiga de
luz.
El cazador quedó deslumbrado ante la magnificencia de los
colores, corría despavorido.
Vicuncela, ascendió por la estela de colores de Cuurmi, custodiada por ñustas transparentes.
Esbelta como una espiga diseñaba en la altura el perfil de la
flor inca.
Princesa núbil como sorprendida de un lienzo de Guzmán de
Rojas.
XXX
El amor acarició la kantuta de su corazón que latía en alas del ensueño. Habían florecido los diamantes de su inquietud, se encaminó
hacia los cielos de libertad.
El Sarejo, señor y guía de la manada, la esperaba en la noche
alumbrada por la luna de estaño, para vivir en el reino de esmeralda, donde el cielo adivinaba un eglógico idilio.
XXXI
Era el tiempo de la ternura, cuando conjugó el ensueño maternal
y nació otra vicuñita, como un ángel de greda amanecido entre las
manos blancas del Illimani. Su cuna era una estampa de luces en
un cielo de amor y poesía.
Capullo pintado por un pincel de espuma.
Tenía el pelaje sedeño y la mirada sorprendida, ante las mariposas de las pupilas de su madre. Era una lágrima trémula de los
nevados nutrida con la savia de la flor imperial.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Saeta en página de un claro de luna:
Cristal diáfano.
Perfil de sombra.
Creación de un sueño.
Mariposa marrón en el alero de nevada cumbre.
Vicuña mía.
Glosario
Cuurmi
Jichu
Kantuta
Kjunu
Mallcu
Ñusta
Sarejo
Sillu sillu
Yareta
Arco Iris
Paja
Flor simbólica nacional
Nieve
Cóndor
Doncella
Guía de la manada
Hierba
Género de plantas umbilíferas
105
José Camarlinghi13
Cuando yo era trencito (1978)
I
Cuando era más pequeño, hace ya mucho tiempo, fui un trencito
de verdad, como el que tengo en un libro; papá dice que es modelo
de 1890. Lo guardo como un recuerdo muy preciado porque él me
dio las alegrías más grandes de esa época. El trencito tenía todo:
su locomotora pequeña, donde casi no entraba el maquinista don
Santiago y su ayudante Onofrio.
¡Uff…! Hacía mucho calor y apenas se podían mover para echar
carbón al fogón que parecía un infierno. Tenía coches de primera
y segunda, un coche comedor hermoso y, a veces, llevaba coches
dormitorios. Nunca más seré tan feliz como en aquellos días.
II
Un día dije a papá que quería ser un trencito. Se burló con muchas
carcajadas porque le parecía que tenía gracia. Muy chistoso. Me
dolió bastante. No le dije nada, porque un hijo no debe lastimar
nunca a papá. Molesté todos los días; muchas veces lloré porque
era injusto, sin embargo yo traté de ser lo más bueno posible.
Cuando llegaba de su trabajo, mi tema era el tren. Los niños somos
molestosos si no nos satisfacen, y somos tenaces para conseguir
lo que deseamos, sobre todo, cuando nuestros deseos son justos,
pero también los padres son como nosotros, ellos quieren que
hagamos cosas que a nosotros no nos gustan. Cada vez volvía a
solicitar con más decisión, entonces, papá se molestaba y me
dirigía unas miradas, que cualquiera se iba directo a la cama a
llorar su desencanto. Pasaba días y días entristecido, hasta que
me enfermé y toda la culpa la tenía papá por no conceder mi
deseo de ser un tren.
13
La Paz (1928 - 2013). Ver biografía en p. 484.
[107]
108
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Por supuesto que estaba a un paso de transformarme en cualquier momento que lo deseara, pero no quería sin la autorización
de papá. Toda la vida había sido un niño obediente, y estaba muy
agradecido a mis padres que siempre me quisieron y me dieron
muchas cosas lindas. Papá era muy bueno, pero, no sé por qué no
quería que yo fuera un tren.
III
Un día mamá se puso de mi parte, y muy molesta dijo a papá:
—¡Ya! ¡Concédele su deseo! No se puede disgustar a un niño
con esta terquedad tan absurda.
—¡Sí! Es un absurdo –contestó papá, porque es hacerle perder
la realidad de la vida.
Me miró y regañándome, dijo:
—Un tren está hecho de fierro, de engranajes y pernos; un tren
no tiene ojos ni boca, no tiene inteligencia ni corazón; tampoco va
a la escuela ni al cine; un tren no tiene ni su papá ni su mamá.
Luego de un silencio largo…
—¡Ya! ¡Vuélvete un tren si quieres!
Sentí alrededor de mi cabeza las campanadas de San Francisco;
risas y gritos de los recreos. Como una mañana de carnaval con el
corso de niños disfrazados de pepinos y kusillos, que brincaban,
como si fueran de goma, al son de los pinquillos chillones. Qué sería
de los niños si no tuvieran mamá; la mía es muy, muy buena.
IV
Me gusta vivir en la estación. Oír el sonido de los pitos, el traqueteo, el bullicio, las despedidas, la alegría de la gente que viaja.
Corríamos sobre rieles muy brillantes y ¡qué sé yo! por qué
caminos desconocidos que se pierden en el horizonte del altiplano; subíamos cerros con muchas curvas, bordeando precipicios
profundos, hasta llegar a las montañas cubiertas de nieve y el
pito como una pelota roja rebotando de un cerro a otro. Y chas…
chas… chassss, la locomotora cansada y apenas chass… chasss…
chasss hasta llegar a la cumbre. El descenso era hasta llegar a la
otra pampa y correr y correr siempre.
Como yo era un tren, ya no podía ir a casa. Papá y mamá se
quedaron muy tristes; las veces que venían a visitarme a la estación
se les saltaban las lágrimas. Mamá no podía contener su llanto. Me
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
109
“Subíamos cerros con muchas curvas, bordeando
precipicios profundos, hasta llegar a las montañas
cubiertas de nieve y el pito como una pelota roja
rebotando de un cerro a otro…”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
110
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
sentía muy dolorido en esta situación, pero qué podía hacer si yo
era un tren. Papá y mamá tenían que comprender que yo era más
grande y que algún día tendría que irme de casa, como todos lo hijos
que se casan y se van con sus esposas. Yo era un tren y tenía que
correr los caminos; además, un tren no puede ser a la vez un niño
y volver a ser, otra vez un tren. Mamá algún día me comprendería.
¡Yo no los olvidaré nunca! En la vida de trencito pasé mucho tiempo
y así como cuando era más pequeño, no comprendía si los años
eran días y los días, meses; así mismo, a un tren no le interesa el
tiempo que pasa. Yo solo recordaba el domingo porque todos íbamos
a la iglesia, pero aprovechaba para escaparme a la estación, porque
creo que es ilógico que un niño, en proceso de volverse tren, vaya
a una iglesia. Recordaba también que ese día me llevaban al circo
a ver a los payasos, a los leones y a los trapecistas que me gustan
mucho. Ahora viajo con ellos y son mi amigos.
V
Una noche viajábamos por la pampa a mucha velocidad; la noche
estaba tan oscura que parecía un terciopelo y solo se oía el ruido
del traqueteo monótono. Estuvimos con retraso en nuestro horario y teníamos que ganar el tiempo perdido. Un tren tiene que
ser cumplido con su itinerario sino la gente se molesta, por eso
corríamos mucho.
Repentinamente vi –a los lejos–, en la oscuridad, una luz del
tamaño de una cabeza de alfiler que crecía aceleradamente sin
darnos tiempo a pensar lo que podría ser.
—Es un platillo volador –dijo Onofrio.
—Déjate de boberías –le contestó el maestro Santiago–, no
creo en esas fantasías.
A cada instante era más grande, hasta que parecía que nos
hubieran echado el sol sobre la cara. ¡Su luz encandilaba...!
—¡Es un pla…!
—¡Cuidado nos metimos en el carril del tren grande...!
—¡Es el expreso que se nos viene encima!
Sentimos el pitazo agudo y ensordecedor. Todo sucedió en
segundos. Un ruido atronador. Todo crujía, parecía el fin del mundo; nos sentimos expulsados a un lado de la vía y pasó la enorme
locomotora diesel y sus coches que parecían de nunca terminar con
su pito largo y agudo. Cuando nos recuperamos de la confusión,
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
111
vimos fierros retorcidos, carros inclinados fuera del carril, el agua
de la locomotora desparramada, el vapor quemante que se iba al
cielo; más allá estaba el humo como gelatina negra que se escurría
entre las piedras. ¡Todo destruido!
Recogimos el agua, el humo y las ruedas retorcidas, los fierros
que habían perdido sus formas. Y nos fuimos a buscar un mecánico.
Ya era media noche y apenas pudimos llegar a donde don Panchito. Su casa estaba sin luz; pensamos que ya estaba durmiendo.
No había más solución que despertarlo; llamamos varias veces ¡y
nada! Volvimos a llamar, y nos contestó que no podía atendernos.
Tanto le rogamos que tuvo que salir. Don Panchito es un excelente
mecánico. Al fin, apareció frente a nosotros, bien abrigado con una
manta y una vela en la mano. Don Panchito es muy viejo y tiene
que cuidarse de los resfríos. Le contamos el trágico accidente y
que no podíamos explicarnos cómo nos habíamos metido en la
vía del gran tren expreso que parece un monstruo. Miró los fierros
retorcidos, y muy incrédulo nos dijo:
—Trataremos de repararlo; haré lo posible.
En seguida se metió entre los fierros. Hora tras hora esperamos hasta el amanecer. Así don Panchito salió cuando cantaban
los gallos, con la vela en su mano. La luz alumbraba sus grandes
bigotes grises, sus ojos cansados y las manchas de grasa y hollín
en su rostro. Nos dijo tristemente:
—Me rindo; no se puede reparar. Está todo destruido.
VI
Nos quedamos vacilantes, con un largo silencio; nadie nos dijo nada.
Yo solo sentí que, por mis mejillas, corrían lágrimas y tenía ganas
de llorar a gritos. Recién comprendí que todo había terminado.
No me quedaba más que volver a casa. Cuando toqué la puerta,
mamá me abrió, y sorprendida no pudo aguantarse y dio un grito
de alegría, hasta asustar a papá el cual salió y me levantó en sus
brazos, haciéndome dar varias vueltas en el aire. Lo importante
para ellos era que yo hubiera vuelto a casa.
Ahora, todas las tardes, cuando vuelvo de la escuela, me siento
en las gradas de la estación a mirar pasar los trenes, recordando
los buenos tiempos. ¡El corazón se me encoge!
Dicen que soy un niño triste. No. Yo pienso que no. Lo que
pasa es que quiero ser un tren.
Yolanda Bedregal14
El cántaro del angelito (1979)
El cántaro del angelito
Ale, Cristian, Bibí, Ariel, Valentina. Juan, Rosángela, Lupe, Pablo,
Gabriel. Beatriz. Carmen, Marisol, Rafael, Jaime, Javier, Amparo,
María, Natalia, Rocío, Nadir y todos mis amigos grandes y chicos
en todas partes:
Quiero contaros por qué se llama así este librito, recogido
hoja por hoja con mucho amor para vosotros. Cuando yo era chica,
mi Ángel de la Guarda –más grande que yo– solía llegar con otro
ángel –más pequeño que él–. Lo llamaremos Querubín para no
confundirlo con el mío.
Además de ser encantador, pequeñín Querubín tenía algo
especial: llevaba siempre un cantarito. Nunca supe si de cristal,
plata, nácar o bien pulida greda. Lo traía colgado en el cordón de
su túnica de tul, que era azul.
Tampoco sé si Querubín era un ángel sin niño porque no le
confiaron uno, o porque lo prestó o perdió. Podría ser también que
prefería ser libre y no cuidar a nadie. A lo mejor era un juguete
de mi Ángel. (¿Por qué no van a tener juguetes los ángeles niños?
Cada ángel tiene la edad de su dueño y como yo era chica...) ¿O
sería ángel custodia de las muñecas? ¡Cómo saber estas cosas tan
sencillas para Dios y tan complicadas para la gente!
Lo cierto es que Querubín chiquitín llegaba como ocultándose
bajo las alas del grande. Y después se iba por su cuenta a todos lados.
Le gustaba llegar los domingos, día del Señor o los sábados cuando
hacía sol, o los lunes cuando hacía luna. En verdad ni conocía el
calendario. Todos los días eran buenos para él.
Andaba despacito, callandito de aquí para allá. A nadie molestaba. Ni nadie notaba siquiera su presencia. Cuando en casa los
grandes veían de repente moverse una cortina, pensaban que era
14
La Paz (1913-1999). Ver biografía en p. 484.
[113]
114
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
el aire; si sentían un aleteo, pensaban que el jilguero; si un ruidito
en el cajón, creían que era un ratón.
Y así. Los grandes creen saber lo que no saben. Yo sí; yo sabía
que era Querubín en la ventana, en la cornisa, en el marco de
un cuadro o paseando dentro y retocando los colores. Querubín
en el telar de mi mamá jugando con las lanas, en la máquina de
escribir de mi papá saltando sobre las teclas. Querubín en la falda
de nuestra viejita Mamá-Petra dándole un beso; en el caballo de
madera jalándole las crines o con el oso de trapo de mis hermanos.
Yo sabía muy bien por dónde andaba chiquitín Querubín, que al fin
y al cabo, era mi compañero, mi propio ángel. Pero me callaba. A
los chicos nos gusta tener nuestros secretitos bien en secreto. No
avisaba a nadie las andanzas del angelín.
Resulta que despacito, callandito ya volaba hasta un árbol lejos, lejos. Una vez en las ramas, separaba los pliegues de su túnica
de tul que era azul. Tiraba el cordón de su cintura, levantaba con
cuidado la vasijita, la destapaba y... dejaba caer una gotita de lo
que en ella guardaba. Entonces el árbol se transformaba, se ponía
más hermoso. Si era verde, se volvía más verde; si era dorado, más
dorado. Y uno lo veía como si fuera el primer árbol del mundo.
Otra vez flufluflú rondaba una maceta del tamaño de él. Abría
el cantarito, dejaba caer una gota y brotaba una flor. Todos decían
entonces, miren esa violeta tan linda ¡Dónde estaría escondida
tanto tiempo! Querubín vertía una gota sobre una piedra gris
y fría, y la piedra se alegraba y, aunque había estado siempre,
aparecía recién colocada en ese sitio.
Echaba al agua una gota de poesía y el agua empezaba a cantar.
No era que empezaba sino que solo ese momento la gente escuchaba su canto. Y lo mismo pasaba con los animalitos y las cosas;
cuando el angelín les echaba la esencia de la botellita, aparecían
de otra manera; más lindas, más verdaderas, únicas, como recién
nacidas, y como si ya nunca tuvieran que morir.
Hacía tantas maravillas, que mejor ya ni las cuento (Pero os imagináis,
¡seguro que sí!).
Parece que, un día de esos, llamó Dios a Querubín para cuidar a
un niño porfiado que insistía en venir al mundo.
Despacito, calladito me dio un beso y, como recuerdo me dejó el cantarito que conservo como tesoro de mis amaneceres, le tomé mucho cariño
y por eso el nombre de este libro que os entrego con el mismo cariño.
Vuestra Yolanda
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
115
“Querubín tenía algo especial: llevaba siempre
un cantarito. Nunca supe si de cristal, plata,
nácar o bien pulida greda. Lo traía colgado en el
cordón de su túnica de tul, que era azul…”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
116
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Baladita de la araña fea
La joven araña
díjole esta queja
a su madre un día:
—¿Por qué soy tan fea,
dime, madrecita?
Hilando la rueca
tu pareces de oro
sobre fina seda.
Mi padre es moreno,
mas si te contempla,
lo cubre la gracia
que el nardo quisiera.
Yo, madre, tan flaca,
tan peluda y negra...
Jamás un piropo
me zumbó una abeja...
Cuando las guitarras
de los grillos suenan
es la serenata
bajo de otra reja...
La araña ese día,
sin mostrar tristeza,
preguntó al esposo
si la hija era fea.
—¡Cómo dices eso!
Es como una perla
suave y transparente
la dulce pequeña!
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
Durmió aquella noche
la madre serena.
Al día siguiente
se fue por las huertas
a recoger todas
las plateadas telas
que, en vida afanosa,
de araña, tejiera.
Y cuando el ovillo,
más grande que ella,
creció como el símbolo
de su vida austera,
hizo con los hilos
una bata fúlgida
con vuelos y encajes
fingiendo la espuma.
La joven araña
con su nueva túnica
era una movible
gotita de luna.
Y llegó el domingo.
A misa de fiesta
se fueron los padres
y la araña nuestra.
Todos los insectos,
al verla tan bella,
en musical ronda
se fueron siguiéndola.
Pero esta mañana...
—(¿por qué oculta pena?)
flotaba en el agua
la arañita muerta.
117
118
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
(Tal vez el estanque
que un cielo le ofrenda
la tentó a entregarle
su fugaz belleza).
Flota el cuerpecito
de la araña fea
con vaga ternura
de apagada estrella.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
¿De qué estará hecha la luna?
La luna
está amasada
con leche y harina,
un poco de azúcar
y pizca de sal
y un huevo
sin romper.
Como no hay horno tan grande
en que se pueda cocer,
la luna se queda cruda.
¡Eso no es verdad!
La luna
no es de leche
ni de harina
ni de azúcar
ni de sal
ni de huevo, ni de nada.
La luna es de luna
y es luna la luna.
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120
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Por qué será?
—Mira, mamá, que en mi taza
la leche es blanca
y en tu taza
la leche es negra.
—Es que tu taza es del Día
y mi taza es de la Noche.
—No. Porque ahora es de mañana;
no es de día ni es de noche.
—Entonces, sé lo que pasa:
tu leche es de vaca blanca;
la mía, de vaca negra.
—Tampoco es verdad; la leche
estaba en la misma olla
y es de la misma cantina
en que trajo la lechera.
—¿Qué será...? ¿Qué no será?
que en tu taza hay leche blanca
y en la mía leche negra.
—¡Ya lo sé! No soy un tonto:
es que mi taza es de leche
y la tuya es de café...
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
La polilla
—¡Sal de este cuarto! ¡Ya no te aguanto!
Todo destrozas y mordisqueas
cuando te metes
en los baúles, en los roperos.
¡No hay una manta sin agujeros!
¡Vete a otro lado!
¡Por molestosa no te soporto!
Salió del cuarto muy resentida
y, pizpireta, se fue a trotar.
Al otro día
volvió a la casa muy orgullosa.
—Mire señora, Ud. me dijo que soy molesta,
soy antipática y destructora;
¡de aquí me echó!
Pero ¡le cuento!
En otros sitios ¡tuve gran éxito!
Por mi talle ágil, mi grácil vuelo
me perseguían batiendo palmas...
como a una artista de Disneylandia.
—¡Te felicito si en tus andanzas,
sin conocerte, te fue tan bien...!
Y, si te pescan con un aplauso,
pobre polilla, ¿qué pasará...?
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122
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Rosa y niña
Rosa de la ventana,
ayer nomás te vi
capullo en camisón.
Hoy has crecido un poco;
tiene formas de niña
tu corpiño rosado.
Interrumpo mis juegos
y vengo a contemplarte:
tu vida se va abriendo
y creces...¡desde adentro!
Vestida de hermosura,
tan sola, tan callada,
estás como esperándome.
Yo te saludo, rosa.
Buenos días, hermana,
te digo dulcemente.
Tú me respondes solo
con tu forma y fragancia.
(Si se mira una rosa se la tiene por siempre).
Yo quiero ser tu amiga.
No voy a desprenderte
de tu padre rosal.
Te llevaré en mis ojos,
jugarás con mis manos,
dormirás en mi frente
y juntas soñaremos...
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
En sueños, tu silencio
me contará el milagro
de haber sido de sombra
y, subiendo de adentro,
abrirse fuera en luz.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Imilla
Bailando la imilla
carita de arcilla
kantuta parece
que, al aire, se mece.
Su mantita linda
color de la guinda,
su faja amarilla
como el sol que brilla.
Su pollera verde
bailando se pierde...
Baila, baila, imilla
carita de arcilla.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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El libro de Juanito (2009)15
Libros
(Escrito por la hermana de Juanito)
Hoy nos llevaron a la biblioteca de la escuela para ver los libros:
grandes, chicos, duros, blandos, flacos, gordos; cada uno en su
asiento como nosotros en el curso. ¡Para qué tanto libro! En casa
los estantes están llenos; también hay libros en mesas, el costurero, el aparador, la despensa, hasta en bolsas y canastas. Si no me
creen, vengan a verlos.
Cualquiera puede entrar. No hay puertas cerradas en nuestra
casa.
Yo miro, los toco, por fuera son todos parecidos. Los hojeo y
me parece que solo me interesan los de mi cuarto. Son cuentos,
recitaciones, o para colorear o recortar. Valen la pena y no son
estiraditos, para que le digan a uno:
—No hurgues, no escribas en las tapas, no los abras tanto;
¡cuidado! ¡deja, deja!, ¡¡es ajeno!!–. Cosas así, antipáticas.
Lo que hasta ahora no he visto es el que hable de un niño solo,
solito y no de todos porque entonces, seguro, es para educarnos,
qué castigos darnos, qué debemos comer…
Yo también soy niña. Voy a escribir este libro no sobre mí misma para que no me achaquen de orgullosa, sino acerca de Juanito,
menor que yo. Nadie tendrá que criticar, ni él reclamar. Saldrá un
libro no tan aburrido como los que escriben los grandes.
Por y para darme gusto…
¿Cómo se escribirá un libro?
(Escrito por la hermana de Juanito)
La verdad… no sé.
15
El libro de Juanito permaneció inédito hasta ser incluido en el tercer tomo de
las Obras Completas de Yolanda Bedregal, publicadas por Rosángela Conitzer y
Plural Editores el año 2009.
126
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
No debe ser tan difícil. Si, haciendo las tareas cada día, a fin de
año se llega con un montón de cuadernos. Poniéndoles una tapa
dura y bonita, ¡listo!
Suerte que no se escriben a mano. ¡Y con mi mala letra! Me
he fijado bien en los misterios de la Royal16 de papá. Cuando no
haya gente, subo al escritorio, saco la máquina y, cuando termine,
la vuelvo a su sitio… ¡Voy a escribir un libro!
Todavía no sé qué decir. Hasta mientras puedo ir copiando lo
que dicen otros chicos o, por último, saco de las libretas en que
mis padres anotan nuestros “progresos”, esas cosas y dichos que,
no entiendo por qué, les parecen interesantes.
Ya no tengo miedo. Casi todos en la familia han escrito libros,
el padre de mi madre, mi padre y madre, unos tíos y primos por
monos, por imitar y, aunque no crean, la mamá de mi papá llamada
Ena. Ese de ella, sí, es con buena letra, forrado en tela verde con
florcitas. Son para recitar en los cumpleaños y días feriados.
Esa abuela nos da cosas ricas y regalitos cuando vamos a visitarla en su lindo departamento, frente a la universidad, que es
cerquita de esta casa.
¿Cómo es por dentro y, de yapa, Mamá Petra?
(Escrito por la hermana de Juanito)
Me imagino que las personas tienen que ser miradas también por
dentro. Sería necesario colgarlas contra el sol, como cuando queremos mirar lo que hay dentro de un sobre. Pero ¡horrible!, verle
las costillas, la calavera, los intestinos y todo eso a un chico que
estaba bien forradito en su piel… ¡Uf!
Lo que quiero decir es que muchas veces la gente no es igual
por fuera que por dentro… Difícil de explicar… Por ejemplo:
cuando yo era chica había en casa una sirviente arrugada como
pepa de durazno, Mamá Petra, tan milenaria que había criado a
mi abuelo. Allí, en la gradita del jardín, la pasaba sentada al sol
envuelta en una manta de vicuña. Sobre su falda solía estar un
pollito que después se volvió gallina. Los hermanos de mi mamá
le alcanzaban sus comidas, le llevaban la fruta pelada, café con
16
Marca de la máquina de escribir que utilizaba el padre de la autora. Las máquinas
Royal entraron al mercado el año 1906 y estuvieron vigentes hasta 1970.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
127
leche, la peinaban. Al oscurecer, con todo cuidadito, la llevaban
del brazo hasta su cuarto.
Cuando murió, como un pajarito, ellos lloraban como chicos,
le besaban las manos, le pusieron flores, velas, ahí en la sala del
piano, sala de honor.
Ahora su retrato está, así acurrucadita, con el pollito en la
falda, en un marco de plata.
Ese día del entierro, cuando estaban por sacar el cajón a una
carroza con faroles, mi tío Álvaro, medio llorando, dijo una alegoría
o letanía para muertos, algo así:
…Un auto te ha pisado…
¡como a una hoja!
Eras tú, flor del campo, toronjil, yerbabuena.
Hay duelo en nuestra casa.
India de nuestra raza aymara,
endulzabas la vida de grandes y chicos.
Parecías la imagen
de la Mamita de Copacabana…
Debajo de tu manta de vicuña
siempre traías
frutas, empanadas o rosquetes.
¡Ay, dulce abuela nuestra
de las macetas y del canario!
Que ahora bajen rubios y negros angelitos
para besar tus manos,
que parecían avergonzadas de estar quietas.
Tú llenabas la olla de cada día,
y con agua y con sol dabas celajes
a cortinas, sábanas, manteles.
Tú prendías el fuego del hogar.
128
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¡Un auto te ha matado! ¡Ay Señor!
Tu frente estaba herida
y tu cuerpo salpicado de barro,
tus pies con un solo zapato.
Cuando llegues al Cielo
con tu mantón raído
te abrazará la Virgen
y cantarán los ángeles.
Con inocencia humilde debes creeer;
viendo aquí tantas flores,
que es día de fiesta para nosotros.
¡Para ti el aleluya!
¡Para ti nuestras lágrimas!
Por ti, Mamá Petra,
el canario, el patio, las macetas, el agua,
se ponen de rodillas.
¡Danos tu bendición!
Si preguntamos por qué tanto amor, contestan que ella valía mucho
por dentro. Su hermosura no estaba en su cara cobriza, sino en su
corazón y no hay que buscar lo bueno por encima.
Ahora entiendo que la vieja Mamá era como si la pepita y
la cáscara de un durazno estuvieran fuera y el jugo y la pulpa
rica, adentro.
Es seguro que hay personas que son al revés: lo bonito por
fuera y vacías adentro, como es Beatriz que aborrece a las personas que le hacen un favor.
Decir que los niños no entendemos nada es falso. Sabemos
muchas cosas mejor que los grandes. Conocemos a la gente y decimos cómo son, aunque nos llamen maleducados, malcriados.
¿Cómo es Juanito por dentro? ¿Lo sé yo? ¿Lo sabrá mamá?
No es que quiera hacerme la “gran”, pero si yo he estado en el
estómago o por ahí, dentro de mi madre, tengo más derecho a
saber cómo es ella, que ella a saber cómo soy yo. Ella no podía
mirarme. Yo sí. Y desde adentro.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
129
“Cuando yo era chica había en casa una sirvienta
arrugada como pepa de durazno, Mamá Petra, tan
milenaria que había criado a mi abuelo…”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
130
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Lo mejor será que siga escribiendo qué hace, qué dice Juanito. Quizá unos piensen: “Yo también soy así”. Y otros: “¡Yo nunca
haría eso!
Nombre
(Escrito por la hermana de Juanito)
El chico del que hablo es mi hermano. Su nombre entero es
Juan-Alfredo-Gerardo-Maximiliano-Roberto. ¿A quién se le ocurre
poner nombre tan largo a un chico? Seguro que al cura porque
esos nombres estaban ese día en el libro de los santos; así que
solo vale el primero: Juan. Por suerte.
Claro, él era chico cuando lo bautizaron, no se le podía consultar. Tampoco los padres nos consultan estas cosas importantes.
Y es grave: uno está toda la vida atado a su nombre como a un
perrito que nos tironea.
No me parece justo que los padrinos nos chanten nombres según su antojo, por héroes, parientes, amigos… ¡Qué tenemos que
ver con gente desconocida! No les resultó: todos lo llaman Juan,
o más todavía, Cony. Otro rato voy a hablar de los padrinos.
Menos mal. A mí me inventaron un nombre presioso que
nadie más que yo tiene. Han debido ser papá y mamá en consulta
porque es nombre lindo y poético.
“Juan” tiene una ventaja (esta no es mi idea, pero tanto la
he oído repetir que ahora es mi idea): se puede traducir a varios
idiomas y en todos es bonito.
Es corto, sus letras anchas. Puede ser coloreado porque es blanco. Se parece a “pan” en lo suave y comestible. No empalaga.
A ver: si lo pinto en inglés, John es amarillo;
en francés, Jean, celeste;
en italiano, Giovanni, rosado;
en ruso, Iván, rojo;
en hebreo, Yojanán, azul;
en alemán, Hans, café.
En otros idiomas ¿qué color será?
Reconozco que no siempre dan nombres por divertirse; nos bautizan para adornarnos. Y que, en vez de un perrito nos jalonee, nuestros nombres son como pájaros o ángeles que nos acompañan.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
131
Otro día de la madre
(Escrito por Juanito)
En mi país hay el Día de la Patria (el más importante, según los
profesores de Instrucción Cívica), del Pueblo, de la Ciudad, del
Departamento, del Himno, de la Bandera (creo que no del Himno).
El más esperado es el Día del Trabajo, en que nadie trabaja, con
excepción de mi papá y de mi profesora de piano, que no disculpan
fechas. No crean que el Día de la Madre es tan importante porque
también hay del Varita, del Niño, del Estudiante, del Panadero,
del Chofer, del Carnicero, del Indio, del Periodista (ese día no hay
periódicos), del Padre, del Maestro y de Todos los Santos, de Muertos y de Vivos. También el de los Perros en que les ponen capitas
y cintas.
En algunas de estas fechas hay desfile escolar o vacación; en el
de la Madre hay que hacer una composición. Ya no es obligatorio
escribir sobre “madre hay una” porque se han aburrido del tema.
Mejor sería decir cosas que uno ya sabe, pero más difíciles porque
uno cree que, teniéndolas en el corazón, tardan en salir.
Este año también era tarea en mi curso. Yo la he escrito con
mi mejor letra y titulado:
TODAS LAS PREPOSICIONES PARA MI MADRE
Desde un 15 de abril de un año ya lejano, me cuidaste e impides que
me agarre de las mechas con mi hermana.
Si estás de buen humor, firmas mis exámenes con 2, y cuando
estás de mal humor me echas un sermón de quince minutos, eres la
persona más buena.
Tu soportas que juegue fútbol en los cuartos y desparrame la
tierra jugando a los camioncitos, permites que saque tus pañuelos
más finos para hacer magias.
Tú me inventas juegos. En fin, tantas cosas que te hacen una
gran persona a pesar de ser tú tan chiquita. ¡Gracias por todo eso!
Todo lo que digo es por mi mamá, a mi mamá y para mi mamá.
Rosa Fernández de Carrasco17
Teatro infantil (1992)
Noche de luciérnagas
Personajes
Jorge
Antonio
Pablo
César
Árbol 1
Árbol 2
Señor Búho
Otros niños que hacen de luciérnagas
Acto primero
Escenario: Un pedazo de jardín, con rompimientos de árboles frondosos de
tronco grueso.
Escena I
(Jorge, Antonio y Pablo conversan en el jardín vestidos de luciérnagas)
Jorge: Otra noche oscura que nos espera. No hay luna ni estrellas.
La noche está tan negra como nosotras. ¿A dónde iremos huyendo
de esta triste soledad?
Pablo: Volaremos sin rumbo de aquí para allá sin que nadie note
nuestra presencia. ¿No es ese nuestro destino?
Antonio: Es nuestro destino, sí, ¿pero acaso no podríamos cambiarlo de algún modo?
17
Cochabamba (1918) - La Paz (2000). Ver biografía en p. 485.
[133]
134
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Pablo: ¡Cambiarlo! Eso sería lo ideal, ¿pero cómo? Hace tanto tiempo
que vivimos así. Fantasmas negros deambulando entre las sombras
sin que podamos hacer sentir nuestra presencia. De día, sin atractivo
alguno, y de noche, invisibles.
Jorge: Cada uno ha nacido como es. ¿Qué sacan ustedes con lamentarse?
Antonio: Hay algunos conformistas como tú, que se contentan con
lo que son, y que no tratan de buscar soluciones. ¿Qué les parece si
llamáramos a una reunión de luciérnagas y hablásemos del asunto
que nos aflige? Tal vez alguien tenga una idea sobre lo que se puede
hacer para conseguir un cambio en nuestras vidas.
Jorge: ¡Eso es! ¡Una reunión de alto nivel! Yo me comprometo a
convocarla. Para esta noche, ¿les parece bien?
Antonio: Pero, ¡claro! Para esta noche misma, sin pérdida de
tiempo.
Pablo: (Con desgano) Como ustedes quieran.
(Salen los tres de escena)
Escena II
(Tras de los rompimientos de árboles, se han escondido dos niños que hablan
por los árboles)
Árbol 1: ¿Oíste lo que dijeron las luciérnagas?
Árbol 2: Sí, estuve escuchando atento. ¿Qué querrán esos
insectos?
Árbol 1: Entrar en nuestra intimidad; saber qué hay en la impenetrable sombra de la noche.
Árbol 2: O simplemente lucirse con algún distintivo que las adorne,
por lo menos, creí entender así.
Árbol 1: Son vanidosas como los grillos que con su canto, rompieron
el silencio de la noche. Antes de ellos, la soledad era perfecta; quien
penetraba en la oscuridad no escuchaba más que el leve rumor de
la brisa en nuestra fronda.
Árbol 2: ¡Cállate, que ya vienen!
Escena III
(Van llegando luciérnagas con Jorge y Antonio. Saludos informales entre
todas las luciérnagas que vienen a la reunión)
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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Buena noche… buena noche… buena noche…
Antonio: Bien, amigas y amigos luciérnagas. Ustedes saben que desde
la creación del universo nosotros sufrimos la injusticia de ser los únicos insectos sin atractivo alguno. Durante el día, no nos ve nadie, y de
noche, nuestra vestimenta negra se confunde con las sombras…
Los grillos y su canción cautivan a quien la escucha en la soledad. ¡Los
grillos cantan!, dicen quienes los oyen, y su canto los emociona. En
cambio, nosotras no nos distinguimos en forma alguna, nadie nos
ve; nadie nos siente llegar, como si no existiésemos. ¿No es esta una
tragedia horrible…?
Anoche estuvimos charlando de esto con Jorge y Pablo, y pensamos
que reunidos podríamos tal vez hallar alguna forma de variar esta
lúgubre y monótona existencia. ¿Sabe alguno de ustedes cómo se
podría conseguir este objetivo?
César: La palabra…
Antonio: ¿Si?
César: Nosotros solos no conseguiremos nada, pero he oído decir que
el Gran Sabio de las Sombras de la Noche, brujo conocido entre los
personajes nocturnos –el señor Búho– ha hecho cambios sorprendentes en quienes no estaban contentos con su vida. Yo sugiero que
una comisión que aquí nombremos, entre los voluntarios que estén
dispuestos a hacerlo, busque a este Gran Sabio y le exponga nuestro
problema y le pida un consejo.
Todos: ¡Aprobado! ¡Aprobado!
Antonio: Pues, entonces, nombremos ahora mismo esa comisión
para entrevistar al Sabio de las Sombras. Yo me ofrezco como el
primer voluntario. ¿Quién más?
Jorge: Yo también, y sugiero que integre la comisión César que es
el que nos dio la idea.
Todos: ¡Aprobado!
Pablo: Dicen que esa ave agorera es muy trágica, yo tengo mis temores.
César: Yo creo que con los tres tenemos suficiente. ¿Hay alguna
objeción?
Todos: No, está aprobado. ¿Cuándo irán?
Antonio: Esta misma noche iremos hasta el campanario de la iglesia
de San Braulio, que es donde vive el brujo Búho, y hablaremos con
él en nombre de todos.
Todos: ¡Bravo! ¡Bravo!
136
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Acto segundo
(El decorado lleva dibujada en plano inferior la ciudad, dando la impresión
de la altura en que se encuentra el campanario. Adentro, al medio de un
estrecho recinto, una mesita central vieja, con dos cirios gruesos apagados.
Oscuridad en el lugar donde se lleva a cabo la entrevista).
Escena i
(Entra la comisión de luciérnagas, tímidamente a esperar al Búho)
Jorge: De aquí debe vislumbrarse todo cuanto ocurre abajo.
César: Acaso antes de que le hablemos, él ya sepa a qué vinimos.
Antonio: Es posible, y así sería mejor.
Escena ii
(Entra en el recinto imponente el señor Búho. Viste un traje de alas
doradas, una careta de búho impresionante, y causa pavor al entrar)
Búho: ¿A quién buscan?
Luciérnagas: A usted, señor Sabio de las Sombras.
Búho: (Con voz tenebrosa). ¿Quiénes son ustedes que se han atrevido
a venir en la lobreguez de la noche?
Jorge: Somos una comisión de luciérnagas que venimos en busca
de su sabiduría a pedirle un consejo.
Búho: ¿Y qué es lo que quieren averiguar, miserables insectos?
Antonio: No venimos a averiguar nada, venimos a pedirle ayuda.
Somos, como usted acaba de llamarnos, unos miserables insectos
a los cuales nadie conoce, nadie sabe que existimos aun si estamos volando encima de la gente, porque nos confundimos con las
sombras de la noche. ¿No es ésta una lúgubre y tétrica vida?
Búho: ¿No gustan entonces ustedes de la belleza de la oscuridad?
La oscuridad invita a la meditación. Las sombras de la noche son
hermosas porque son impenetrables. Están viendo cómo yo también vivo como ustedes en la oscuridad de la noche, y me siento
bien porque nadie puede penetrar en mis pensamientos ni en mis
recuerdos que reviven a su conjuro. Hay muchos que aman y buscan
la oscuridad.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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“Están viendo cómo yo también vivo como ustedes
en la oscuridad de la noche, y me siento bien porque
nadie puede penetrar en mis pensamientos ni en
mis recuerdos que reviven a su conjuro…”.
Collage manual y digital de Jorge Dávalos.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
César: Todo eso que usted dice es verdad, señor Búho, pero quien
entra en el misterio de la noche, escucha de usted un graznido
que anuncia su presencia. Un graznido que estremece a quien lo
escucha. Todos saben de su existencia en las torres y campanarios
y también de la existencia de grillos que cantan con su voz compañera de soledades. En cambio, nadie sospecha siquiera de la
existencia nuestra que se pierde en la oscuridad. Si por lo menos
pudiésemos alumbrar el espacio donde volamos aunque fuese solo
por un segundo para que quien ama la noche diga: “ahí está una
luciérnaga que alumbra nuestra soledad”.
Búho: Tienen ustedes razón pequeños insectos y yo, como protector de las sombras, debo resolver esto. ¡Escuchen! Volarán espacio
arriba hasta llegar a una estrella…
Luciérnagas: ¡Imposible hacerlo! Nuestras pequeñas alas no podrían resistir un vuelo tan largo…
Búho: ¡Esperen! ¡No interrumpan! Tengo en este campanario un cofre
donde guardo un pedazo de cebo de la vela que la Virgen María usó
para buscar a Jesús la noche de las tinieblas. Frotarán con ese cebo
sus alas y ellas se pondrán tan fuertes que podrán resistir volando
hasta alcanzar la última estrella.
Una vez en la estrella, robarán ustedes un trozo de luz y bajarán
aprisionándolo contra su pecho junto al primer rayo de luz que
llegue a la tierra. Al caer a la tierra, el trozo de luz se les romperá
en mil pedazos relucientes y cada uno de ustedes lo recogerá y lo
guardará consigo para toda su vida.
En las noches lóbregas como ésta, volarán entre las sombras encendiendo y apagando en forma intermitente su diamante de luz.
Quien haya entrado en el misterio de la noche, dirá: “¿Has visto
esa estrella?” Y le respoderán “Es una luciérnaga que acompaña
nuestra soledad”.
Luciérnagas: Gracias señor Sabio de las Sombras.
(Salen)
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
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ACTO TERCERO
(Los niños vestidos de malla negra y con una capucha negra en la cabeza
deben tener preparada una pequeña linterna que forrarán con papel
celofán azul o verde en la parte de la luz. En el entreacto, se habrán
estado colocando diseminados en uno y otro lugar de la platea, detrás
de los árboles y detrás de bambalinas. Se escuchará solamente una voz
y hablarán desde donde se encuentran. Este acto es con efectos escénicos
que deberán estar muy sin sincronizados. Se abrirá el telón, y habrá una
pausa de silencio en la cual el escenario irá amortiguando su luz hasta
apagarse y quedar oscuro. La platea y todo el teatro donde está el público
se apagará también. Entonces, un niño, desde un lugar estratégico de la
platea, encenderá su linterna haciéndola alumbrar por uno y otro lado.
Otro niño dirá con voz de alarma: “Mamá, ¡mira una luciérnaga! ¡Llegó
desde la estrella! Todos los niños escondidos en la platea encenderán sus
luces por uno y otro lado. Niños desde la platea: “¡Ahí va otra luciérnaga!
¡Y otra…! ¡Y otra…! ¡Y otra…!)
Jorge: (Escondido detrás de las bambalinas) ¡La luciérnaga es la estrella
de la noche!
Antonio: (Desde el otro extremo del escenario) ¡La luciérnaga es la
palabra del silencio!
César: (Escondido también en el escenario) La luciérnaga es el alma de
las sombras.
Jorge: La luciérnaga es la emoción de los recuerdos…
Todos: La luciérnaga es la compañera de la soledad. ¡Es la noche
de las luciérnagas!
TELÓN
Elda Alarcón de Cárdenas18
Manuelito de la Candelaria (2002)
Manuelito entre los pastores
¡Qué aburridos eran los días de Manuelito! Siempre junto a su madre,
escuchando las quejas atribuladas de cientos de gentes que acudían a
ella en busca de consuelo, jugando a hurtadillas con el único juguete a su alcance, la palomita albergada en un canastillo que pendía
habitualmente de la mano derecha de la buena señora.
Alguna que otra vez, cuando disminuían las visitas se permitía
asomarse al amplio ventanal de la casa que habitaba. Desde allí
podía seguir la huella de las balsas que se deslizaban sin prisa por
el azul intenso del Titicaca, y dejaba volar su imaginación pensando
cuán interesante podría ser una caminata por las calles de la aldea
que en el horizonte lejano dejaba adivinar sus casas sumergidas
entre celajes de oro y rosa.
Pero su corazón latía con ritmo más acelarado, cuando sus ojos
divisaban rebaños de ovejas y vacas paciendo en anchos pajonales, o,
recuas de llamas adelantando el paso por senderos bordeados de kullis19
y kantutas.
Cierta mañana, por una razón desconocida, las puertas de la
casona no se abrieron y, en la soledad de la estancia, su madre se
entregó a la meditación. Entonces… el deseo de sentir junto a sí la
presencia de aquel mudo que lo atraía con sus colores y el eterno
movimiento de sus seres, le obligó a calzar con premura sus pequeñas abarcas y salvando de dos en dos las escaleras ganó el muro
posterior para correr calle arriba sin llevar un rumbo fijo.
De pronto se encontró en medio de un grupo sorprendido de
imillas y llocallas que apacentaban sus ovejas entre los riscos y
matorrales de un cerro de tortuosas formas.
Jugó con ellos. Trepó y bajó infinidad de veces las escarpadas
pendientes de aquel cerro. Ejercitó peligrosos saltos sobre pedro18
La Paz (1928). Ver biografía en p. 485.
19
Variedad de maíz.
[141]
142
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
nes monumentales con la agilidad de los cabritos retozones. Unió
su voz a la de los chiquillos que cantaron alegres canciones de
tiempos ya perdidos.
Y, al medio día, saboreó la frugal merienda de esos campesinitos de tez curtida y alma ingenua.
Al atardecer, fatigado por tantas y novedosas experiencias,
se sentó junto a un rebaño de ovejas blancas como la nieve y las
abrazó, y las acarició, y ensayó a imitar sus balidos.
A pocos pasos descubrió otro rebaño, esta vez, de ovejas negritas como la noche, y, en menos de lo que cuesta el decir, su cabecita
urdió una inocente travesura… ¿Qué tal se verían las ovejitas si
tuvieran la lana de colores combinados, negras y blancas como las
flores de los habales en primavera?
En el acto, Manuelito reunió los rebaños, y cambiando cabezas y patas sin són ni tón, festejó con risas y palmoteos la nueva
apariencia de las ovejas; unas, con la cabeza blanca y el cuerpo
negro; otras, a la inversa y… las patitas en una mescolanza indescriptible.
Los pequeños pastores le siguieron la corriente admitiendo que
las ovejitas lucían más lindas que antes con el cuerpo manchado
en blanco y negro.
Entre tanta algarabía, los chiquillos no repararon en el paso
de las horas, y solo cuando la tarde iba a precipitarse irremediablemente en distantes abismos de carmín y violeta, decidieron reunir
sus corderos y emprender el regreso a los apriscos.
Manuelito sintió un nudo en la garganta pensando en la angustia de su madre al advertir su ausencia y se propuso exigir a
sus pies la máxima velocidad para llegar en el más breve tiempo a
la casona; empero, dándose cuenta de que antes debía devolver a
los animalitos su color original, ensayó a colocar las cabezas y las
patitas en su respectivo lugar.
¡Imposible conseguirlo…!
El pequeño no atinaba a encontrar solución para tan enredado problema, y aunque los demás muchachitos se sumaron a sus
esfuerzos, no logró nada satisfactorio, ni siquiera pudo ayudarles
a verificar el número de ovejas de cada rebañito.
En situación tan conflictiva, los pastorcitos vieron que lo mejor era retornar a casa cuanto antes, con aquellas vistosas ovejitas
manchadas, y enfrentar con resginación el enojo de sus padres.
Pioneros de la literatura infantil y juvenil (1920 - 1979)
143
“Manuelito reunió los rebaños, y cambiando
cabezas y patas sin són ni tón, festejó con risas y
palmoteos la nueva apariencia de las ovejas…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
144
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Mientras, la noche había borrado por completo el perfil de las
casas y los cerros.
Arrepentido y lloroso, Manuelito optó por apartarse de sus
amiguitos y enderezar el paso hacia la calle que conducía a su
morada.
No había terminado de insinuarse el alba y los corrillos menudeaban en la plaza principal. El tema era lo acontecido el día
anterior. Unos, afirmaban haber seguido paso a paso las travesuras
del desconocido niño de cabellos dorados y ojos con el color del lago
en calma; otros, decían que vista de cerca la carita de aquel niño
tenía la apariencia de un capullo de rosa silvestre pos su tersura
y su belleza; los demás, sostenían que el discutido personaje era
dueño de una piel trigueñita como la de cualquier otro rapazuelo
del pueblo.
Las mujeres formaron cordones a la vera de la calle,
para observar de cerca el paso de las ovejas jawas panqaritas20
con rumbo a los pastizales y muchas de ellas pretendieron haber
reconocido los fragmentos separados y estar dispuestas a reconstituir los animalitos con su verdadero color.
Por su parte, los fieles que salían de haber asistido a la “misa
de aurora”, aseguraron haber visto las abarquitas del niñito que
sostenía la “mamita” tan sucias y maltratadas, que bien pudiera pensarse que sirvieron para recorrer largos y polvorientos caminos.
Los pobladores del lugar no pudieron olvidar estos sucesos y
se dice que, a partir de entonces, el altiplano se fue poblando de
ovejitas grises, testimonio de la inocente travesura de Manuelito…
de la Candelaria.
20
Flores de haba.
II
Nueva literatura infantil y juvenil
(1980 - 1999)
Carlos Vera Vargas21
Mi burrito se llama Carmelo (1982)22
Mi querido espantapájaros, ahora que tú y yo estamos juntitos,
abrazados y con los pies dentro del agua que corre por los surcos,
esperando que este fresquísimo riego nos ayude a crecer tan alto
como los maíces, quiero contarte que desde hoy, este mi lindo burrito que siempre lleva puesto su sombrero se va a llamar Carmelo.
Sí, Carmelo, igual que yo.
¿Sabes?, le regalé mi nombre porque cuando uno quiere a
los amigos, tiene que regalarles aquello que más quiere, ¡y lo más
bonito que yo tengo es mi nombre! Yo estoy seguro que para ti lo
más hermoso es esa tu risa de latita sonora que se va por los aires
como si fuera el trino de varios pajaritos.
¿Qué es lo que más le gusta a Carmelo?, ah, bueno, ¿tú no lo
sabes? Hummm, ¡en cambio yo sí lo sé! Lo que más le agrada a
Carmelo son sus grandes ojos negros que ahora él mismo puede
verlos en mi rostro. Sí, de veras, porque él me los regaló hace
tiempo.
Recuerdo que bajábamos del huerto de La Rinconada cuando
empezaron a caer unos granizos tan grandes como los duraznos
que llevábamos cargados en los aguayos. Después fue una lluvia
intensa la que empezó a tocar su música en todo el valle, ¡y todavía
más fuerte en la laguna de La Angostura! Carmelo y yo nos mojamos completamente y, a medida que avanzábamos, mi ropa y el
tosco pelaje de mi burrito empezaron a oler a ulincates maduros.
Esa fragancia de fruta madura nos provocó una alegría tan grande
que Carmelo empezó a rebuznar mientras yo silbaba; sin embargo,
cuando cayó el primer rayo, no pude ocultar mi miedo, fue entonces
que Carmelo, esmerándose en un rebuzno consolador, me regaló
21
Cochabamba (1953). Ver biografía en p. 485.
22
Primer premio en el Concurso Nacional de Literatura Infantil, auspiciado por
el Comité de literatura infantil y el Centro Pedagógico y Cultural Portales
(1982).
[147]
148
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
sus hermosos ojos. Gracias a ellos pude ver el sendero que, como
un río caudaloso, bajaba hasta Tolata.
Pero hoy mi querido cuidasurcos Carmelo está muy tiste y
aunque él trata de disimular su pena tapando su cara con su ancho y blanco sombrero, no puede engañarnos porque su cola se
ha quedado muy quietita. ¡Claro!, cómo no va estar melancólico si
hoy, justo el día que le hago tan lindo regalo, yo tengo que irme a
la ciudad… Sí, a Cochabamba. Tú no conoces la ciudad, ¿verdad?,
¡pues Carmelo tampoco!
El otro día cuando sacábamos agua del pozo, me preguntó
dónde quedaba la ciudad, si allí había árboles y huertos, acequias y
lagunas, si había burritos como él, niños como yo y espantapájaros
como tú. Le dije que yo tampoco conocía la ciudad y que solo sabía
que allí se iba en camión.
Al entender que yo debía viajar en algo muy distinto a su
amable lomo, Carmelo abrió su bocaza y el balde que subía lleno
de agua, ¡plaasssss!, ¡cayó nuevamente al fondo del pozo! ¡Ay, mi
Carmelo!, tuve que acariciarlo largo rato para que otra vez me
hablara y me ayudara a sacar agua.
En serio que yo hubiese querido llevarlos conmigo, ¡claro, a
Carmelo y a ti!, pero mi papá Rosendo me ha dicho que es mejor
que ustedes se queden aquí en Tolata porque la gente de la ciudad
se extrañaría de ver un burrito en las calles y que, además, ellos sí
que te espantarían a ti, mi querido y lindo espantapajaritos. ¡Qué
triste debe ser un lugar donde no hay Carmelos!, ¿verdad? ¡Con
quiénes charlarán si allí no hay espantapájaros como tú!
Yo me pregunto cómo serán los niños de ese sitio tan lejano,
porque cuando vienen por estos lugares apenas se quedan un ratito y después se van como golondrinas, ¡nunca se quedan a vivir
aquí! En cambio, cuántas ovejitas y cuántas vaquitas ya no tienen
llocallas que las pasteen porque ellos se han ido para siempre a la
ciudad. Como horneritos se habrán hecho sus casitas porque nunca
más han regresado.
¡Ahhh!, pero aunque mi mamá Emilia dice que la ciudad está
lejos, yo sí he de volver, ¡justito para la fiesta de San Juan! El día
de mi regreso he de pintarle a Carmelo una laaaaaarga raya roja,
¡desde su cabeza hasta su cola! Y he de adornar sus orejas con esos
caitos que mi mamá sabe teñir con los colores tan lindos que a mí
me gustan porque se le quedan en sus manos y no se le pierden
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
149
nunca, es por eso que cuando mi mamá me acaricia siempre pinta
mi cara con el color del trigo y del airampo.
¿Y qué haré contigo cuando regrese?, ¡ah bandido reilón!, ese
día vamos a correr tras el agua que entra en los surcos y nos vamos
a mojar mucho, mucho; solo cuando te hayas cansado de jugar
te dejaré dormido en medio de los alfalfares. Seguro que hasta el
Carmelo te va a tapar con su sombrero para que duermas tranquilo
hasta que amanezca.
¡Ay!, ¡el sombrero!, ¡por haber hablado de su sombrero mira
la cara tristona que ha puesto Carmelo! Claro que yo lo entiendo
porque seguro que él ahorita está viendo en su sombrero el triste
anuncio de mi partida, seguro está pensando que mi adiós va a ser
igualito al del Isidro. Dime, ¿recuerdas a Isidro?, ¿y su carita risueña
cuando se iba a la ciudad?, ¡como saltaba de alegría en el camión!
Recuerdo que, cada vez que brincaba en la carrocería, aparecían sus
manos que nos decían adiós y en sus ojos se podía adivinar algunas
lágrimas. Isidro saltaba como cuando los sapitos sacan su musgosa
cabecita de algún charquito de aguas verdes.
¿Y recuerdas que en uno de esos saltos se le cayó el sombrero
a Isidro?, ¿y que mientras yo corría a recogerlo ya había partido
el camión y lentamente se perdía por la carretera? Entonces el
sombrerito se me quedó en las manos y, como si fuera un pañuelo
empecé a agitarlo diciéndole adiós a Isidro. Cuando mis ojos se
encontraron con los de Carmelo, vi que en ellos había lágrimas
apenas contenidas. En mi afán de consolarlo, sin doblar sus grandes orejas, puse sobre su cabeza el sombrero de Isidro. Carmelo,
con un melancólico rebuzno lloroso, me dijo que él nunca se lo
iba a quitar. ¿Ahora te das cuenta por qué se conmueve cuando
hablamos del sombrero?
Tú, en cambio, siempre estás alegre mi amado espantapájaros,
¡claro!, cómo no vas a estar así, dichoso, ¿acaso alguien ha visto un
espantapájaros triste? Nadie. Es por eso que todos quisieran tener
tu corazón y esa tu alborotada latita llena de risas, es tan contagiosa
que ahora mi corazón ya está más contento y hasta tengo ganas de
reír. ¿Sabes por qué estoy tan feliz? Porque ya sé qué debo hacer
para nunca separarme de ustedes, de ti y de mi burrito Carmelo,
¡es lo más fácil! Primero los dibujaré a los dos en una hoja de mi
cuaderno y luego los guardaré dentro del cántaro que llevaremos
a la ciudad, allí estarán junto a los pajaritos que hoy he descolgado
150
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
de la jarca, ¡qué lindo va a ser oírlos a ustedes cantando la misma
canción!, los pajarillos con sus trinos bien amarillitos, Carmelo
con sus rebuznos ensombrerados y tú ¡con tu tililín, talalac, tililín,
talalac…! ¡Seguro que el cerro del Ticti va a ser tan sonoro como
el cántaro! Claro que también ese lugar va a ser un cerro con olor
a naranjas porque mi mamá, además de venderlas en La Cancha,
también las va a ofrecer en la puerta de nuestra casa. ¿Y qué voy
a hacer yo? Bueno, además de ayudarle a mi mamá, voy a cavar
un pozo hondo para que el Carmelo, como siempre, me ayude a
sacar agua. ¿Y tú qué vas a hacer?, no creas que me he olvidado
de ti… Pero tal vez me desanime y no te dibuje, no porque yo no
quiera llevarte a la ciudad sino porque si tú también te vas mi
querido cuidahuertas, quién, dime quién va a cuidar los surcos
del campo, quién va a defender los granos del choclo, quién va
a espantar los pajaritos cuando ellos, disimulando, disimulando,
empiecen a picotear los duraznos y los ciruelos, dime ¿quién va a
hacer todo eso?
No tienes que ponerte triste porque yo sé que igual nos encontraremos. Ahora, si tú quieres, podrás ir alguna vez a la ciudad,
directamente a La Cancha, yo estaré allí junto a mi mamá. Cuando
me veas llámame por mi nombre, dime: “Carmelo, Carmelo, véndeme naranjas”. Entonces segurito que te voy a reconocer ese rato
porque vas a tener mis ojos y mi sonrisa, ¿sabes por qué?, porque
hoy quiero regalarte mi cara, sí, mi cara. ¿Te gusta no es cierto?,
¡es la cara que tú siempre hubieses querido tener!
En cambio ye te voy a pedir que me regales esa tu linda risita
del tililín, talalac, esa tu risita de latita llena de cuculurus. Si me la
regalas voy a poder espantar todas las penas cuando ellas quieran
picotear mi corazón…, tililín… talalac… tililín… talalac… tililín…
talalac…
¿Estás de acuerdo?, ¿me estás diciendo que sí mi espantapájaros
amado? Entonces, cuando vayas a la ciudad nos vamos a abrazar
como ahora y después vamos a sacar del cántaro al Carmelo y a
los pajaritos; luego vamos a coger las naranjas más dulces y junto
a nuestro burrito regresaremos aquí y nos quedaremos felices,
para siempre.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
151
“Le dije que yo tampoco conocía la ciudad y
que solo sabía que allí se iba en camión…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
152
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
El vuelo del murciélago barba de pétalo (2009)
(Novela juvenil)
A la memoria de Max Singer,
el inmigrante austriaco.
COTIDIANIDADES
CONVERSANDO CON UN FRUGÍVORO
POR RAMONROY
¿Quién es Camilo Aldriazábal? Si bien en el ámbito de la investigación
zoológica este distinguido académico es muy conocido, es probable que
muchos lectores de cotidiana respiración desconozcan a alguien que
durante muchos años se ha esmerado en indagar sobre el fascinante
mundo de los murciélagos.
Es por esta razón que quise conversar con él. Apenas regresó
de uno de sus viajes (últimamente estuvo con las redes de niebla y
los sofisticados radares, allí en las Sabanas del Gran Moxos y en los
bosque húmedos próximos al río Mamoré) pude entrevistar a este
investigador que de manera sencilla y alejada de toda petulancia enciclopédica, me habló apasionadamente de la importancia que reviste
la conservación de los murciélagos para garantizar el mantenimiento
de aquellos procesos ecológicos con los que, de manera sorprendentemente natural, están comprometidos estos magníficos guardianes
de la biodiversidad.
Seguro que los lectores recordarán que durante mucho tiempo estos incomparables voladores nocturnos fueron víctimas de
aquella nefasta leyenda negra por la que quedaron estigmatizados
con la despectiva fama de monstruosos chupadores de sangre
(¿todavía recuerda usted a los insaciables vampiros?, ¿perdura
en su memoria la imagen del Conde Drácula conquistando a sus
hermosas víctimas?, ¿cree que sus dolores de cabeza se deben a
que sobrevoló encima suyo?). Por cierto que fueron las zagas de
la fantasía terrorífica y el cine vampiresco los que influyeron para
que estas estigmatizaciones terminen haciendo daño a estos nobles
dispersores de semillas.
Menos mal que, a partir de los trabajos de Camilo Aldriazábal y
otros investigadores que trabajan junto a él, ahora es posible que los
murciélagos desplieguen esas sus alas que de tan finas parecen una
delicada, noble y sedosa capa de gamuza confeccionada con incomparable esmero, no solo porque su biológico diseño se ajusta perfectamente a las particularidades de su original anatomía sino también
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
153
porque en toda su superficie no cabe la más imperceptible pelusa que,
a la hora de lucirse en la prima noche o en la oscuridad más profunda,
siempre resultan incómodos en ese atuendo perfecto de responsable
nocherniego que disfruta de las horas nacidas de la oscuridad.
Claro que yo, como la mayor parte de los mortales, tenía noticias
de los murciélagos noctívagos gracias a fuentes divulgadoras que, promovidas por los amigos y amigas de este mundo, me habían llegado
a través de magníficas revistas ilustradas como Vértigo del Vespertilio, El
Pipistrelo Noctámbulo, o gracias a la información contenida en algunos
blogs (uso ese término aunque no les guste a algunos lectores que,
seguramente en este preciso momento, ya estarán consultando las
páginas de Español Urgente) tales como Chiróptera del Achiote, RataPenyada, Emperadores de la Noche, Bat Weblog, Alados Insomnes, Chauve
Souris, Patagónicos Patagios) y otros que se los puede ubicar en la red a
sola condición de tener la paciencia y perseverancia características
de los cibernautas trasnochadores.
Por cierto que esta amena conversación tuvo su ritmo. El inicio
tuvo un carácter frutal porque, al empezar la tertulia, lo primero que
hizo Camilo Aldriazábal fue traer una bandeja colmada de suculentos
higos negros, suaves chirimoyas y fragantes guayabas, todos provocadores del paladar más exigente. Acto seguido empezó a explicarme
los sorprendentes e increíbles hábitos de los murciélagos frugívoros.
La degustación del primer higo melar tuvo su correspondencia con la
minuciosa descripción del incomparable Murciélago Frutero Grande
que habita en zonas tropicales cercanas a los trópicos de Cáncer y
Capricornio. El segundo fruto armonizó con la caracterización del
apuesto Murciélago de Charreteras Amarillas que, siempre alejado
de toda banal chatarrería, merodea por sobre los árboles frutales
que existen tanto en el bosque alto como en los llanos fecundos. La
verdad es que hasta antes de esta conversación, nunca había pensado
que el sabor de cada fruto podía quedar asociado a la sorprendente
tipología de los inquietos voladores. Aquella conversación causó tal
impacto en mi emotividad que llegué a la incuestionable conclusión
de que Camilo Aldriazábal era un verdadero frugívoro humano.
Entre saborear y paladear los néctares frutales, me explicó que los
murciélagos frugívoros se alimentaban de moras, brevas, guayabas y
redrojos, además de otras frutas silvestres. Hablaba con tanta emoción
que me parecía que a medida que iba abundando en explicaciones se
elevaba y se quedaba sostenido en el aire. Y yo junto a él, permanecía
escuchándole con toda atención, sorprendido por sus magistrales
enseñanzas, convencido de que yo, que desde siempre he gustado de
las carnes y los condimentos (carnívoro y condimentívoro al fin), tenía
en las frutas una fuente alimentaria muy adecuada para cambiar esa
mi pesada dieta que, en definitiva, es la responsable de acentuar mi
peso gravitacional, impidiendo así mis pretensiones de lograr, si no
el vuelo ligero, cuando menos un leve e imperceptible alejamiento
de la superficie terrestre.
154
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
A continuación, este analista de los únicos mamíferos voladores,
acucioso observador y cautivante conversador, me habló durante dos
horas continuas de las particularidades del aleteo de los murciélagos,
de sus hábitos nocturnales, del maravilloso y sorprendente significado de las llamadas de ecolocalización, de su teúrgica anatomía y
también de la manera de acomodarse con la cabeza hacia abajo para
percheary de paso sostener interminables reflexiones. Con toda esa
información, pienso que si se tratara de elegir posturas para descansar
y conversar –sobre todo lo segundo–, optaría por la del murciélago
porque me impresiona como una forma distinta y original de buscar
la sabiduría que emana de la naturaleza.
Camilo Aldriazábal también se refirió a sus innumerables viajes, a los sacrificios que supone el anillamiento individual para
identificarlos y así poder conocer los aspectos más notables de su
comportamiento, sus preferencias alimentarias, sus particularidades
reproductivas y también, los padecimientos que debe encarar ante la
cruel persecución de la que son objeto, además de las penurias que
les causan los agresivos y destructivos aerosoles y las desventuras
ecológicas provocadas por temibles y dañinos compuestos químicos
que terminan afectando la delicada cadena ecológica en la que ellos
participan responsablemente.
También comentó acerca del estremecimiento migratorio que
padecen los murciélagos cuando indefectiblemente tiene que ir de un
lugar a otro; de sus patrones de desplazamiento longitudinal, latitudinal, altitudinal y hasta de los caprichosos recorridos de vagabundeo
nocturno. Mapa en mano, me detalló sus futuros e inéditos itinerarios, los recorridos casi imposibles que piensa realizar para localizar
algunos murciélagos que podrían estar en peligro de extinción.
Un anuncio importante fue que en breve estará presentando un
libro en el que exclusivamente se referirá a los murciélagos. Con
seguridad que la entrega de ese volumen será muy importante para
que los lectores puedan comprender no solo la importancia de estos
quirópteros, sino también puedan apreciar y valorar el esforzado
trabajo investigativo de estos estudiosos que no solamente persisten
en el desarrollo de la ciencia biológica sino que insisten en la divulgación de aquellos conocimientos que pueden ayudarnos a mejorar
el mundo en el que vivimos.
Seguramente que en esa oportunidad, quienes vivimos en este
terruño, tendremos la ocasión de compartir una singular fiesta
bibliográfica.
Luego vinieron las fotos. Le tomé varias con mi infaltable cámara.
Como él quiso tener otras en las que estuviéramos juntos, llamó a una
sobrina suya (me dijo que se llamaba Ernestina) para que fuera ella quien
nos tomara las fotos. Como la sobrina también quiso posar, Camilo tuvo
que ir en busca de la mamá de la sobrina, a quien menos mal no le apasionaban las fotos porque de lo contrario todavía estaríamos buscando
a alguien que pudiera enfocarnos para luego apretar el disparador.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
155
Y si el recibimiento fue amable, la despedida fue todo un despliegue de cortesías y promesas. Camilo Aldriazábal me invitó a que
ingresara a su blog (www.mundoquiróptero.org.bo) y yo le solicité
una segunda entrevista para que él continúe refiriéndose a los murciélagos. Aceptó mi pedido y me aseguró que, el mismo día de la
presentación de su libro, tendríamos la oportunidad de conversar
nuevamente. En tanto espero ese momento, sospecho que los murciélagos se constituirán en motivo de prolongadas, interesantes e
inquietantes reflexiones.
Después de aquel inolvidable encuentro, me queda la certeza
de que si todavía queremos ser herederos de este planeta, debemos
asumir el compromiso de cuidar a estos voladores que todas las
noches, cuando las sombras se han extendido en toda su amplitud,
levantan vuelo para cumplir con su noble misión de protectores de
la naturaleza.
Ernestina, la sobrina de tío Camilo
Apenas llegué a la esquina, crucé hacia la vereda del frente y di
vuelta para seguir por la calle que llevaba directamente al Parque
de los Álamos. Entonces me encontré con Ernestina. Ella salía de
la tienda del señor Singerman, con una bolsa de medio kilo de café
entre las manos. Por algún motivo, estaba muy contenta y tenía
una sonrisa que parecía dedicada al mundo entero. En cuanto me
aproximé a ella, mostrándome lo que llevaba en las manos, me
dijo que a su tío Camilo le gustaba mucho el café.
Oye Mauri, ¿conoces a mi tío?, me preguntó. Le dije que no.
Muy animosa empezó a explicarme que él, aunque todavía era
muy joven ya tenía algunos cabellos blancos, usaba lentes que
tenían una montura anaranjada, medía un metro con setenta y
ocho centímetros, le gustaban las astromelias rojas y estaba escribiendo un libro sobre murciélagos. ¿Un libro sobre murciélagos?,
le pregunté sorprendido. Sí, me respondió ella e inmediatamente
empezó a explicarme con lujo de detalles que los murciélagos
eran quirópteros que tenían unas alas que parecían hechas de seda
oscura, volaban durante la noche y descansaban de día mientras
el mundo daba una media vuelta. Me quedé callado por algunos
instantes, sin saber qué decir porque nunca había sospechado que
ella, que siempre me había hablado de los programas de la tele,
ahora solamente tenía palabras para hablarme de los murciélagos.
Y también de su tío.
156
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Sabes qué me dijo Xavier esta mañana cuando le hable de
los murciélagos?, me preguntó. Ni se me ocurre, le respondí.
Imagínate que me aseguró que los murciélagos no eran otra cosa
que ratones ciegos a los que, de un momento a otro, sin que ellos
mismos se den cuenta, les brotaban alas y preferían volar por las
noches antes que buscar el queso durante el día. Y por favor no
me digas que no es un ignorante, me dijo en un tono que no me
daba oportunidad para opinar. Me quedé callado porque Xavi podía
ser lo que ella decía y quién sabe qué cosas más, pero para mí era
sobre todo mi amigo.
Después de caminar una media cuadra, Ernestina me pidió
que le ayudara llevando el paquete de café y entonces sacó de
uno de los bolsillos de su pantalón una barra de chicle. Me invitó
y yo le dije gracias. Gracias sí o gracias no, me preguntó. Gracias
no, le respondí. No sabes lo que te pierdes, me dijo y se llevó la
barra completa a la boca y empezó a masticar ese chicle que a
los pocos segundos se convirtió en un enorme globo rosado que a
cada instante se ponía más y más grande. Mirándola de reojo me
parecía que en cualquier momento Ernestina iba a elevarse hasta
desaparecer en lo alto del cielo. Pero finalmente el globo reventó
y ella tuvo que soportar un estremecimiento que le despeinó los
cabellos.
Tío Camilo es una persona muy interesante, me dijo y empezó a contarme que él, todos los días, después de ir a pasear en su
bicicleta amarilla, regresaba a casa, tomaba una taza de café, se
afeitaba y luego se ponía a escribir en la computadora para seguir
trabajando en la preparación de su libro, que seguramente iba a
tener muchísimas páginas porque, como en el mundo existían
muchas especies de murciélagos, él iba a necesitar muchas hojas
para decir algo de cada uno de ellos. Dijo también que su tío era
muy conocido en todas partes y que por ese motivo le entrevistaban en los canales de televisión y en los periódicos siempre decían
algo sobre él.
Te cuento que el otro día fue a mi casa un periodista que se
llama Ramonroy, entrevistó a tío Camilo y ¿sabes qué hizo antes
de irse?, pues le tomó varias fotos y también yo salí con ellos.
¿Conoces al señor Ramonroy?, me preguntó. No, le respondí muy
serio. Pues es el señor que trabaja en el periódico y escribe artículos todos los días, dijo con un aire de sabiduría. ¿Y tú leíste lo que
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
157
él escribió?, le pregunté esperando que me dijera que no. Pero me
dijo que sí, que al día siguiente, muy temprano, ella había ido a
comprar el periódico en el kiosco de la esquina y que en la página
cuatro estaba lo que había escrito el señor Ramonroy. Y también
la foto en la que estaba ella. ¿Quieres que te diga una cosa?, para
que no me saquen de la foto yo me puse al medio de los dos, así
no podían dejarme fuera. En cuanto tenga las fotos te las mostraré
para que los conozcas, me dijo y seguimos caminando en medio
de la gente que a esa hora salía apresurada de las oficinas.
¿Tú viste alguna vez un murciélago?, me preguntó Ernestina
tomándome del brazo. Verlos así, como quien dice cara a cara, pues
nunca. ¿Y tú llegaste a verlos?, le pregunté, feliz de haber podido
responder con otra pregunta. De verlos así, volando en la noche,
la verdad es que no, no sé en qué momento podría ubicarlos, y
como yo no soy de esas chicas que pueden quedarse en el balcón,
entonces sencillamente resulta imposible. Eso sí, los he visto en la
computadora y alguna vez en una de esas películas que pasan por
la tele, me explicó muy convincente.
¿Y tu tío dónde tiene a los murciélagos?, le pregunté. Bueno,
de tenerlos no los tiene. El nunca los lleva a casa, más bien va a
buscarlos en distintos lugares, en los bosques, en las montañas y
hasta en los pantanales, me dijo. ¿Allí donde están los cocodrilos?,
le pregunté y ella me dijo que sí y que su tío tenía que hacer viajes
largos hasta llegar a lugares casi deshabitados. Después que logra
ubicarlos, coloca las redes para atraparlos y luego los observa, los
pesa, los mide, les pone anillos de identificación, escribe todos
los detalles en su cuaderno, les saca fotografías y después esa
información la archiva en su computadora. El tiene un sitio en
internet, explicó gesticulando como si ella misma hiciera todo lo
que había descrito.
Sabes muchas cosas de los murciélagos, le dije. Es porque tío
Camilo me comenta todo lo que hace y a mi me gusta escucharle.
Te cuento que él quisiera que yo sea sea bióloga. ¿Y tú, Mauri, qué
quisieras ser?, me preguntó con gran interés. Yo creo que músico, le
respondí. ¿Músico?, me dijo mirándome sorprendida por lo que yo
había dicho. Seguro que ya te convenció Xavi, me dijo y su mirada
empezó a seguir ese trayecto longitudinal que empezaba en mis
pies y terminaba en mi cabeza. Sin que ella y yo nos animáramos
a decir algo, seguimos caminando hasta llegar a la Plaza del Puen-
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
te Blanco. Nos quedamos allí por algunos minutos disfrutando la
humedad de las fuentes.
Lo que más quiere tío Camilo es encontrar a los murciélagos
que están en peligro de extinción, quiere seguir sus rastros para
saber dónde se guarecen. Tío Camilo dice que un investigador es
en realidad un detective, me dijo. Como el papá de Tacho Limón,
le dije. ¿Cómo sabes que el papá de él es detective?, me preguntó.
Porque me lo dijo Tacho, le respondí. Quedó conforme con mi
explicación y se animó a inflar otro globo rosado.
¿Sabías que, después de los ratones, los murciélagos son
los más numerosos en el mundo? Dicen que hay tantos que,
según cálculos de los científicos, por cada habitante de la tierra
existen dos murciélagos, o sea que si habría que repartirlos, así
imaginariamente, a ti te tocarían dos y a mi otros dos, me dijo.
Quedé sorprendido, porque hasta ese momento, yo nunca había
pensado en tener dos murciélagos. Y que también Adriana pudiera
tener otros dos y mamá los suyos. En ese momento pensé en papá.
La verdad es que con él habíamos hablado de muchas cosas, pero de
murciélagos nunca. Entonces me di cuenta de que yo no sabía si a
papá le iba a agradar tener murciélagos. Además, con el problema
de la migraña, resultaba más complicado. En ese momento decidí
que iba a preguntárselo cuando hablara con él.
Dime, ¿qué harías tú con los dos murciélagos si ya los tuvieras?, me preguntó Ernestina. Uno lo tendría en casa, le dije. ¿Y
el otro?, insistió ella. Lo regalaría, le respondí. ¿A quién?, volvió
a preguntarme y, sin pestañar, me miró a los ojos esperando la
respuesta. A mi papá, le dije. ¿A tu papá?, preguntó sorprendida.
Sí, le respondí. Pero tu papá está muy lejos, me recordó ella. Eso
no importa. En todo caso tendría que enviárselos desde aquí. Claro que, cuando lleguen donde él está, seguramente les afectará
la migraña, le dije. ¿Por qué dices eso? Porque los que emigran
siempre tienen migraña, afirmé. Ernestina, que sabía mucho de
murciélagos pero no de los dolores de cabeza, se quedó callada y
prefirió seguir comentando.
No te olvides que tu papá ya tendría dos murciélagos, me dijo.
De todos modos se lo regalaría y así él ya tendría tres, le respondí
muy convencido. ¿Sabes qué a mi también me corresponderían
dos murciélagos?, me preguntó Ernestina. Como a todos, le contesté. Pues yo quisiera regalarte uno de ellos, me dijo. ¿Y por qué
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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tendrías que regalármelo?, le pregunté queriendo mostrarme muy
sereno para que ella no se diese cuenta que las piernas empezaban
a temblarme. Voy a ser sincera contigo. Te lo regalaría para que
siempre te acuerdes de mí, me dijo con una voz muy serena. En
ese momento sentí que las orejas empezaban a arderme y que
todos los que pasaban por la calle me miraban espantados, pero
nadie se apiadaba de mí. Para disimular mi sorpresa empecé a
mirar hacia el cielo como si buscara a los murciélagos que me
correspondían. Apenas en un instante había olvidado que ellos
solo volaban de noche.
Voy a regalártelo cuando tío Camilo entregue el libro que está
escribiendo, me dijo. No sé si podré ir, le comenté. ¿Por qué no
podrías ir?, preguntó sorprendida. Porque tal vez esté enfermo, respondí y Ernestina se rió. Como si quisiera evitar mi huida, empezó
a decirme que ese día, seguramente su tío iba a ponerse un traje
oscuro y ella iba a regalarle un ramo de astromelias porque esas
eran las flores que más le gustaban. ¿A ti te gustan las astromelias?,
me preguntó y yo, aunque no sabía cómo eran esas flores, no sé por
qué, le dije que a mí también me gustaban, especialmente por el
aroma que desprendían sus pétalos. Nunca pensé que podríamos
tener los mismos gustos, me dijo y a partir de ese momento dejó
de masticar su chicle.
Seguro que irán los de la televisión y también estará el señor
Ramonroy, me dijo. ¿Tú crees?, le pregunté. Estoy segura, porque
tío Camilo acordó con él que entonces podrían conversar otra vez.
Seguro que le sacarán muchas fotos, afirmé. Y nosotros podremos
salir en ellas. Pero eso sí nos ponemos al medio, dijo convincente.
Tal vez Ernestina me hubiese dicho algunas cosas más, pero en
ese preciso momento apareció la señorita Vertrudiz, caminando
dichosa con sus tacones altos y llevando de la mano a Adriana, mi
hermana. Cuando estuvimos juntos, mientras la señorita Vertrudiz
le decía algo a Ernestina, Adriana me dijo que habían ido a buscar
el vestido para su primera comunión. Luego se fueron las tres y yo
me quedé en una esquina esperando a que abrieran la publicitaria
y pensando en las astromelias.
Cuando apenas alcanzaba a verlas, recién me di cuenta que yo
apretaba con fuerza, como si fuera mi tabla de salvación, el paquete
de medio kilo de café.
160
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Xavier, el saxofonista
En cuanto me vio, Xavier se aproximó hasta donde estaba yo,
repartiendo los papeles de la publicidad. Colgando de uno de sus
hombros, llevaba el estuche rojo del saxofón y con una mano
sostenía la carpeta de las partituras. Como siempre, me alegré
de verlo.
¿Qué dice mi gran amigo?, me preguntó y me saludó con ese
golpe de manos que él me había enseñado. Hola Xavi, seguro que
vienes de la academia, afirmé muy seguro. Realmente eres todo un
adivino, me contestó irónico. Por tu tono, me parece que alguien
te molestó, le dije. ¡Bah!, a mí nadie me enoja; te cuento que cada
día estoy tocando mejor, no existe una sola nota musical que se
atreva a humillarme. Si me vieras tocar no creerías cómo muevo los
dedos, soy un maestro de la digitación y te juro que soy más diestro
con los ojos vendados. Y si escucharas lo que toco, te quedarías
con la boca abierta porque toco como los dioses y retoco como los
redioses. Realmente tienes mucha habilidad, le dije animándole
con una palmada en la espalda. Habilidad y buen oído me sobran,
Mauri, lo que ahora me falta son diez pesos para recoger las seis
fotos que necesito para tramitar el pasaporte. Pues yo te los presto,
le dije y en ese mismo momento saqué de mi bolsillo el dinero que
necesitaba. Para eso uno tiene amigos, me dijo e hizo un gracioso
gesto de agradecimiento. Como queríamos seguir conversando
fuimos a sentarnos en uno de los bancos de la plaza. Xavi sacó el
saxo del estuche y entre los dos empezamos a sacarle brillo con
una franela que él partió en dos. Tan reluciente quedó el saxo que
parecía que los destellos incomodaban a quienes estaban sentados
en los bancos de la plaza.
¿Dime, la viste a Ernestina?, me preguntó. Yo le dije que sí,
que el día anterior me encontré con ella justo cuando salía de la
tienda del señor Singerman. ¿Está muy linda, verdad?, me preguntó
mirándome fijamente. La verdad es que sí, respondí tímidamente.
Bueno, ya te dije que Ernestina es un chupete que se derrite por ti
y, si no le dices nada, pronto pues podrías llevarte una sorpresota,
de esas que te tiran a la cama por todo un año. ¿Cuál podría ser esa
sorpresa?, le pregunté. Que los dos murciélagos que le corresponden se los regale a algún muchacho que ella conoce, me dijo y yo
solo me atrevía a sonreír. ¿Entendiste lo que quise decirte, verdad?,
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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me preguntó. Le dije tímidamente que sí. Porque seguramente
ella te habló de los murciélagos, ¿no es cierto?, preguntó Xavi. Sí,
respondí. Bueno, entonces puedo suponer que entendiste lo que
quise decirte. Claro, le dije para que se tranquilizara. A mi también
estuvo hablándome como media hora y menos mal tenía que ir
a la academia para mis clases de música, porque de lo contrario,
ella todavía estaría lavándome el cerebro para que en medio de los
hemisferios armen su guarida los murciélagos. Te cuento que ella
se rió de mí cuando le dije que los murciélagos eran en realidad
unos desahuciados ratones viejos; eso sí que me dolió porque con
su risa me decía que yo era un soberano ignorante, un tipo de esos
que pueden confundir un camello con un mochilero. Pero preferí
cerrar mi boca porque, tú sabes que yo no podría enojarme con
ella, dijo Xavi, frunció el seño y, después de ponerse cómodo en la
banca, empezó a tocar suavemente el saxo.
Y ya debes saber eso de las estadísticas y los murciélagos,
porque seguro que a ti también te dijo que a todos nos tocaba,
nada más y nada menos, que un par de esos voladores nocturnos.
O sea que yo tengo dos, tú tienes dos, ella tiene dos, todos tienen
dos, alguien podría tener cuatro… ¡eso sí que es saber conjugar un
verbo con dos murciélagos adentro!, me dijo y yo no pude hacer
otra cosa que reír. ¿Y qué vas a hacer tú con tus murciélagos?, me
preguntó. Se los regalaré a papá. Bueno me parece de buen gusto; lo
cierto es que uno siempre tiene sus preferidos, comentó Xavi.
¿Sabes que Ernestina me dijo que pensaba regalarte un
murciélago?, me preguntó Xavi mientras deslizaba rápidamente los
dedos por el teclado del saxo. Me lo dijo ella misma. No lo sabía, le
respondí. Eso sí que me gusta, porque si te dijera que quiere regalarte
un osito de peluche sería algo decepcionante. Si a mí me ofrecieran
ese regalo, aceptaría gustoso y los tendría ahí en el cielorraso,
dispuestos a salir conmigo todas las noches para ir a sobrevolar la
casa de todas las amigas, dijo Xavi y luego se puso de pie para tocar
algunas notas. Es para que siempre esté afinado, me explicó.
Y pasando a otro tema, ¿tu papá no te dijo que te iba a llevar
para que estés con él?, porque si te vas, tú mismo puedes llevarle
los murciélagos. Por el momento no sería conveniente; ahora
mismo él todavía no ha logrado conseguir un buen trabajo, el
dinero que gana apenas le alcanza y además que tiene problemas
con los papeles. Ya te dije que él es un ilegal, un indocumentado
162
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
y eso le causa tantos dolores de cabeza que hasta tiene migraña
con aura, le dije. ¿Migraña con aura? Y ¡qué es eso!, me preguntó.
Un dolor de cabeza que está lleno de luces, expliqué. En ese caso
y si tú quieres, yo mismo llevo tu encargo hasta donde él está y
le entrego los murciélagos en la misma puerta de su casa o en la
puerta de su trabajo. En todo caso tú decides mi querido Mauri,
me dijo y dejó de tocar.
Si los llevo yo, ten la seguridad de que no los pondría en esas
jaulas plásticas en las que meten a los gatos y a los perros regalones para trasportarlos de un lugar a otro. No, yo los llevaría junto
a mí, volando libres y contentos, aunque se mueran de susto esas
azafatas que, de tan lindas que están, uno quisiera ser el mismísimo Conde Drácula para quitarles delicadamente la pañoleta esa
que llevan en el cuello y darles una mordidita ahí, en el mismo
cuello alto de jirafa respingada, con doble perforación pero con
tanto cariño que al bajar por las escaleras ellas mismas te digan
que les gustó tu compañía y que estaban muy contentas de haber
podido atenderte. ¿Te imaginas Mauri?, me preguntó Xavi. Lo que
me imagino es que si tú fueras Drácula seguro que mancharías de
sangre la boquilla de tu saxo, le dije y Xavi se rió con todas las ganas. ¿Sabes una cosa?, me gusta que ya estés aprendiendo a hacer
chistes, cuando uno ya tiene imaginación para los chistes y ya no
guarda monedas en la alcancía, entonces deja de ser un niño para
convertirse en un muchacho que es capaz de provocar insomnios
a algunas chicas, y esto que te digo no está escrito en ningún libro,
sino que te lo digo yo que ya tengo mucha experiencia en esta
vida y acumulando más para mi reencarnación, me dijo y luego de
guardar el saxo en el estuche, fue a comprar una bolsa de granos
de maíz para dárselos a las palomas.
¿Entonces estás decidido a irte?, le pregunté. Te cuento que ya
empecé a tramitar mi pasaporte y, apenas me lo den, me subo al
primer avión y me voy latitud norte con toda la inquietud del sur.
¿Sabes?, quiero ser un músico sin fronteras, no para tocar en algún
conservatorio o en una filarmónica donde los músicos son una serie
de tipos serios que visten de manera idéntica, como las figuritas
de papel cortado; no, yo quiero ser un saxofonista de aquellos que
van tocando por las calles tan solamente esperando que la gente
abra las ventanas para saludarme y me tire alguna moneda. Te juro
que yo no podría quedarme aquí, antes creo que me moriría. Como
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
163
“[...] entonces estás perdido porque tienes que caminar
por las calles como si fueras el mismo hombre
invisible, como si fueras nadie, procurando que no te
identifiquen, que no sepan quién eres…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
164
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
dicen en casa, yo soy nomás un nómada de nacimiento. Por eso es
que estoy decidido a viajar. Si Ernestina dice que los murciélagos
son migrantes, pues hasta puedo convertirme en uno de ellos,
qué te parece, dijo. Pero cómo es que tú quieres viajar justamente
ahora, cuando dicen que los inmigrantes tendrán que retornar a
sus países. Yo no tengo miedo a volver, tengo miedo a no poder
partir, Mauri, eso sí que no me deja dormir. Estoy preparado para
irme, para emigrar no a un emirato árabe o a un califato, sino ir
por el mundo entero. Siempre ha habido inmigrantes, en todos los
tiempos; te digo que es una simple pamplina eso de la iniciativa
para el retorno de los inmigrantes, me dijo muy eufórico. Está
bien Xavi, entonces serás tú quien lleve los dos murciélagos para
mi papá, le dije. Qué bueno que confíes en mí, ahora sí estoy más
que seguro que, aunque yo ya me afeito y tú todavía no has botado
los pelitos por las mejillas, somos amigos, me dijo mostrándome la
palma de su mano. Somos amigos para siempre, respondí y golpeé
su mano tal como él me había enseñado.
¿Quieres que te diga una cosa?, si tu papá no te lleva con él, tal
vez yo pueda ayudarte para que te vayas, dijo. Yo me quedé callado
sin saber qué decir en ese momento. Lo importante es lanzarse a
la vida. Mira que estuve revisando por internet el Catálogo de los
Oficios No Clasificables, el Ecumémico Vademécum, el Index Discreto
para Inmigrantes Indiscretos, el Regio Registro de los Desempeños Regionales y te digo que hay trabajo, si bien es cierto que allí
se demanda con preferencia el trabajo de las mujeres, para los
hombres como nosotros también existen muchas ofertas. Ellos
necesitan deshollinadores de chimenea, limpiadores de anclas de
portaviones, expertos en demoliciones con dinamita, reparadores
de redes de pesca, maquinistas de tractores, albañiles, cocineros
para plataforma petrolera, recolectores de remolacha, sexadores
de pollos… ¿sabes lo que es un sexador de pollos, Mauri?, me
preguntó haciendo un alto en su enumeración. Le dije que no. Te
aseguro que no hay trabajo más fácil; ¿te imaginas amigo?: pollos
allí, pollitas aquí, Xavisax oficiando de Xavisex, comentó y luego
continuó hablando mientras yo reía de sus ocurrencias. También
requieren pintores de brocha gorda, granjeros hidropónicos, helicicultores, constructores de pianos y músicos, eso sí, muchos
músicos, no precisamente para que toquen tambores, timbales,
platillos o bongoes, sino saxofonistas, trombonistas, pianistas.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
165
¿Y todo esa información la conseguiste en internet?, le pregunté. Exactamente, tú sabes que en este mundo lo que cuenta es la información; es por eso precisamente que decidí ser saxofonista. ¿Por
qué crees tú que me inscribí en la academia del maestro Milanés?,
me preguntó. Porque quieres ir por el mundo, afirmé. Claro, pero
sobre todo porque él es un verdadero maestro que no solamente
te enseña a tocar taquiraris, sino también te hace un diestro en tocar todos los ritmos: el pasodoble, el charlestón, el cha cha chá, la
cumbia, jazz y música de todas partes. Con toda esa música pronto
estaré tocando en cualquier lugar del mundo, dijo emocionado.
Realmente eres un soñador, le dije. Te cuento que justamente por
medio de mi correo electrónico establecí contacto con un músico
que se llama Josce Ballcestrel, con él y otros músicos más nos reuniremos dentro de diez días en la plaza de Gaudí, en Barcelona, y
entonces conformaremos nuestra banda que se llamará Ensamble
Camaleónico. Después empezaremos nuestra historia, ¿te imaginas?,
dijo y yo lo miré contento de saber que Xavi estaba feliz.
Estoy tan emocionado que ahora, mi querido Mauri, te invito a tomar un refresco, me dijo y colgó el estuche del saxo en el
hombro. ¿Y las fotos del pasaporte?, le pregunté. Puedo recogerlas
mañana, en tanto que tus diez pesos sirvan para otra cosa, dijo y
sin mayor demora nos fuimos caminando bajo el sol reverberante
del medio día.
La migraña de los inmigrantes
Como era domingo fui con Adriana hasta las cabinas telefónicas
para hablar con papá. Allí, como siempre, nos atendió Tacho Limón,
el hijo del señor César, el detective privado. Adriana me tomó de
la mano y me llevó hasta la cabina que estaba al fondo. Tenemos
que llamar desde aquí, así estamos seguros de que Tacho Limón
no escucha nada de lo que decimos, me dijo y yo tuve que acompañarla sin contradecirle.
Como siempre, Adriana quiso ser la primera en hablar. Y papá
primero habló con ella. Mientras conversaba, me quedé fuera de la
cabina y ella me hacía señas a cada momento para que me tapara
los oídos. Por sus gestos yo me di cuenta que ella le decía dos veces
chau a papá y besaba el auricular haciendo muecas como si la barba
de papá le hiciera cosquillas.
166
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Escuchaste lo que le dije?, me preguntó Adriana una vez que
salió de la cabina y, como siempre, yo le dije que no, que yo nunca
escuchaba lo que ella le decía a papá. Si escuchas lo que yo le digo
a papá me enojo contigo y la próxima vez vengo con Ana Lucía
que es mi amiga y ella sí que sabe taparse los oídos para no oír lo
que los otros dicen, me dijo ella.
Hola hijo mío, me dijo él. Hola papá, le respondí, contento de
volver a escuchar su voz. Tu hermana está que salta de contento
porque la señorita Vertrudiz será su madrina de primera comunión
y además le regalará un vestido blanco, como quiere ella. También
me dijo que le enseñó un trabalenguas de trece palabras y hasta
me lo repitió, pero la verdad es que ahora ya no podría recordarlo,
me dijo. ¿Por los dolores de cabeza?, le pregunté. No creo, un trabalenguas te traba la lengua, no te hace doler la cabeza, comentó. ¿Y
entonces por qué te ocurre eso?, le pregunté. Me duele la cabeza por
otros motivos; te digo que aquí casi todos los inmigrantes tenemos
migraña, unos tienen migraña con aura y otros sin aura, respondió
y empezó a explicarme la diferencia que había entre esos dolores
que de todos modos se les prolongaba por varias horas.
Te cuento que la otra noche soñé contigo, tenías la cabeza
vendada y me decías que tenías mucha sed. Claro que no le dije
nada a mamá y tampoco a Adriana. Tú sabes que ellas se afligen
por todo y por nada, le comenté. No tienes que preocuparte hijo,
tú ya sabes que en la vida siempre hay problemas, pero también
sabes que siempre hay solución para todos ellos. Procura no comer
muy tarde porque la mala digestión nos provoca esos sueños feos,
me dijo y, ansioso de saber muchas cosas empezó a preguntarme.
A cada pregunta que me hacía papá yo le respondía diciéndole las
cosas tal como estaban, tal como habían pasado o tal como yo quería
que él se enterara. Le repetía que todos estábamos bien, que mamá
seguía trabajando en casa haciendo los peinados de las señoras.
¿Y tú, cómo estás?, me preguntó. Le respondí contándole que
yo seguía trabajando en la publicitaria, repartiendo los volantes con
la propaganda y que con lo que me pagaban yo compraba algunas
cosas para mamá y Adriana; que me iba bien en el colegio y que
ayudaba a mamá en todo lo que ella me pedía. ¿Y cómo está tu
mamá?, ¿todavía le duelen los pies?, me preguntó. Le dije que ya
no, porque ahora ya no usaba los zapatos con tacones altos, que
ella siempre estaba pendiente de nosotros dos y que, especialmente
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
167
yo, le contaba todo. Claro que en eso yo le mentía porque a mamá
no le contaba muchas cosas y en cambio prefería hablar con Xavi
que era alguien que siempre me decía qué cosas le pasaban a uno
cuando iba haciéndose mayor.
Me parece que tu voz está cambiando, la noto diferente, me
dijo papá. ¿Cuál es la diferencia?, le pregunté y me dijo que la notaba más gruesa y le parecía que hablaba con alguien que parecía
que estaba engrosando la voz porque fumaba, cuando menos, dos
cigarrillos por día. Espero que no hayas aprendido a fumar, como
Xavier, tu amigo, dijo. Xavi no fuma desde hace mucho tiempo,
desde que aprendió a tocar el saxo nunca más lo vi fumando, le
expliqué. ¿Ahora se le ocurrió ser saxofonista?, me preguntó en ese
tono que le salía de la garganta cuando no estaba conforme. No te
cae bien Xavi, ¿verdad?, le pregunté. Yo no te dije eso, respondió.
¿Por qué crees que él es un mal amigo?, volví a preguntarle.
Es mucho mayor que tú para ser tu amigo. No es que sea malo,
pero es un muchacho que tiene ideas muy raras y, además, todas
sus ocurrencias son las de una persona mayor. Tú también tienes
más años que yo, le respondí. Sí, pero yo no tengo las ideas locas
que tiene él, me dijo sin disimular su molestia. Me callé y mis
manos empezaron a traspirar. Fuera de la cabina, Adriana miraba
de reojo a Tacho Limón.
¿Te enojaste conmigo?, me preguntó papá. No, le dije. Yo te
quiero mucho Mauri y discúlpame si te dije algo que no te gustó.
Lo que pasa es que me preocupo por todos ustedes y me siento mal
porque no puedo estar con ustedes, explicó. Y entonces te viene la
migraña, le dije. No, me contestó riendo y a mi me gustó escucharle
su risa. Tampoco es así, lo que me preocupa es no tener los papeles
en regla, es decir que el problema es ser un inmigrante ilegal. ¿Y
a un inmigrante ilegal le viene la migraña?, le pregunté. Seguro
que sí, porque aquí es muy difícil conseguir trabajo, al menos si
uno no tiene los papeles en orden; si todo está en regla seguro
que te dan todas las autorizaciones y entonces ya puedes trabajar
y caminar por las calles sin ningún temor, como mi amigo Khatib
que durante el día trabaja como mesero en un restaurant francés
y en la noche vende turrones árabes en las plazas. ¿Y sabes quiénes
hacen los turrones? Pues nosotros, ¡qué tal! Pero si te falta algún
papel, entonces estás perdido porque tienes que caminar por las
calles como si fueras el mismo hombre invisible, como si fueras
168
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
nadie, procurando que no te identifiquen, que no sepan quién eres;
como Felipe, mi amigo que, apenas oscurece, se transforma en una
estatua y se va a instalar en la esquina de alguna plaza. Entonces
ya no es Felipe, sino El Hombre de Hojalata. Si tú lo vieras seguramente que te quedarías con la duda de saber si es una persona o
una estatua. Te aseguro que cuando está actuando no se le mueve
un solo pelo, si hasta parece que no respira ni suspira y solo guiña
un ojo cuando alguien le suelta alguna moneda dentro de ese su
gorro que yo vacío de rato en rato.
Felipe fue quien me ayudó los primeros días. Claro que cuando
voy con él para ayudarle a instalar su pedestal de madera, no nos
quedamos mucho tiempo en esos lugares porque si aparecen los
de la policía y nos pillan, entonces sí que estamos refritos porque
seguro que nos detienen y nos dejan en una celda y luego nos
obligan a retornar sin darnos tiempo ni siquiera para despedirnos
de los amigos. ¿Te imaginas eso? Dime si no hay motivo para que
la migraña se nos manifieste en cualquier momento.
Me quedé en silencio. En ese momento pensé que papá tenía
los ojos llenos de lágrimas. ¿Papá, estás llorando?, le pregunté.
No, yo no puedo llorar, dijo y como yo no quería que él se pusiera
triste, decidí hablarle de los murciélagos.
Oye papá, ¿te gustan los murciélagos?, le pregunté. Seguramente la pregunta lo sorprendió porque tardó en responderme. Yo creo
que sí, la verdad es que nunca me había puesto a pensar en eso, me
respondió. Y para que me entendiera de qué le estaba hablando,
tuve que contarle lo que me había dicho Ernestina respecto de los
murciélagos. ¿Así que me tocan dos?, me preguntó sorprendido.
Pero además quiero regalarte uno de los míos, le dije. Seguro que
me va a encantar mi querido hijo, dijo y en su voz noté que ya
no estaba triste. Cuando me los regales los dejaré en el lugar más
alto de mi habitación y en las noches, cuando vuelva después de
trabajar, los dejaré libres hasta que amanezca, me dijo. ¿Dónde
estás trabajando ahora?, le pregunté. En una empresa de mudanzas
y, aunque no pagan bien, por lo menos cumplen. Con el ánimo
repuesto, me explicó que él estaba en eso de embalar y llevar las
cosas de casa de un lugar a otro, que ya estaba diestro en empacar
y cerrar cajas de cartón, que lo único que le provocaba fatigas era
trasladar pianos de cola porque, aunque tuviera los tirantes puestos
para sostenerlos por las patas, era más fatigoso que llevar de paseo
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
169
a un dinosaurio cansado. Pero que estaba pendiente de encontrar
otro trabajo y que justamente la siguiente semana iba a probar
fortuna para trabajar en oficios de fontanería.
¿Fontanería?, le pregunté. Sí, instalando y arreglando cañerías;
o tal vez cosechando lechugas o criando caracoles, me dijo. Para
criar caracoles tendrías que dejar de fumar, dije. Fumaría al regresar
a casa, me respondió bromeando. ¿Entonces sigues fumando? La
verdad es que sí. ¿Cuántos cigarrillos fumas cada día?, pregunté.
No muchos, respondió. ¿Estás fumando ahorita? Si, me dijo. ¿Es
por la pena? No, respondió. Mamá dice que tú fumas cuando te
viene la pena y que por eso mismo te viene la migraña, afirmé.
No es por eso, ya te dije que es por los papeles. No te creo. Bueno,
quedemos en que es por ambas cosas, por los papeles y por los
cigarrillos, dijo, nervioso por las preguntas que le hacía. Está bien,
respondí y me quedé en silencio esperando que él me dijera algo.
Pero como parecía que pensaba lo mismo que yo, entonces tenía
que decirle algo.
¿Oye papá no te enojas si Xavi te lleva los murciélagos?, le
pregunté cautelosamente. No, no me enojaría, me respondió.
Entonces, cuando él viaje te los llevará, dije muy animoso. Está
muy bien, ¿y cuándo vendrá Xavi por estos lados?, preguntó. Muy
pronto, apenas tenga los documentos necesarios, él estará viajando,
comenté. Yo estaré esperándole.
¿Cuándo hablaremos nuevamente?, le pregunté. La próxima
semana, a esta misma hora, me dijo. Te quiero mucho papá. Yo
también te quiero mucho y los quiero a todos. Diles a quienes
pregunten por mí, que les mando saludos y los abrazo a la distancia.
A tu mamá dile que la quiero mucho y que estoy contento de saber
que ya no le duelen los pies, me dijo muy emocionado. Está bien,
contesté. Te mando un beso. Yo también. Chau mi hijo amado. Chau
papá, le dije y colgué el auricular. Me quedé parado y en silencio por
unos instantes. No sabía qué hacer y, de no haber sido por Adriana
que abrió la puerta para decirme que saliera, no sé cuánto tiempo
me hubiese quedado en la cabina.
Ahora que terminaste de hablar, quiero que me compres
un chocolate, me dijo. Yo la miré y le sonreí. ¿Tú crees que Tacho
Limón estuvo escuchando todo lo que le dijiste a papá?, me preguntó. No creo, le dije. Yo escuché un poquito, no porque quería
oír lo que le decías, sino porque hablabas muy fuerte, me dijo ella.
170
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Qué oíste?, le pregunté. Lo de los murciélagos, me respondió y
me tomó de la mano. Luego salimos de allí.
Xavi de Xamelin
Xavi, venía apresurado y estaba acompañado de Tacho Limón. Silbé
como él me había enseñado y rápidamente supo dónde me encontraba. Mientras venían a mi encuentro yo continuaba repartiendo
los papeles de la publicitaria.
Sabía que tú estabas por aquí, me dijo una vez que nos encontramos. Tú sabes que a esta hora yo siempre estoy aquí, le recordé.
Y bueno, tal como me había comprometido, querido Mauri, ahora
te devuelvo los diez pesos y delante de un testigo, dijo mientras
sacaba de un bolsillo un billete nuevo. Tacho Limón, hacía girar una
cadena entre sus dedos y no dejaba advertir en su rostro ningún
gesto que permitiera adivinar qué pensaba.
Qué tal si me acompañas al correo, debo mandar este sobre,
me dijo y yo acepté. Los tres fuimos caminando rumbo al edificio
de correos que estaba cerca de la telefónica. Tacho Limón, inmutable dentro su chamarra negra, parecía votar un vapor sulfuroso
bajo el sol intenso. ¿Cuándo volverás por las cabinas?, me preguntó
Tacho. Pasado mañana, le dije y en ese mismo momento me arrepentí de darle el dato. Qué bueno, entonces te reservo la cabina,
dijo. Después de caminar tres cuadras, Tacho Limón se despidió de
nosotros y yo me sentí más tranquilo.
El papá de Tacho Limón es detective, le dije. Sí, es una persona muy seria, más seria que tú y yo juntos, me dijo Xavi. Tú no
eres serio, le dije. Entonces más serio que tú y Ernestina juntos,
respondió mirándome de reojo. ¿Tú crees que Tacho escucha lo
que la gente habla en las cabinas?, le pregunté. Yo creo que escucha algo de las conversaciones porque es difícil no oír cuando la
gente grita para que le oigan al otro lado y como él sabe quiénes
frecuentan por allí, entonces conoce muchas historias. No en vano
es el hijo de un detective, dijo concluyente. Entonces escucha,
afirmé. Yo no haría tal afirmación, dije. Lo que pasa es que tú todo
lo tomas a broma, yo te pregunto en serio y tú me dices cualquier
cosa, le reclamé. Es que no sé si él escucha, pero no exagero si
te digo que él sabe quiénes envían besos y quiénes solo mandan
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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abrazos. No me extrañaría que en el caso de los besos sea él quien
personalmente los entregue, dijo riendo.
¿A qué vamos al correo?, le pregunté. Tengo que enviar este
pedido a Josce Balcells, respondió mostrándome un sobre bastante grande. Le estoy mandando partituras de algunas canciones
que compuse para que él las pueda oír y darme sus sugerencias,
me explicó. ¿Y cuándo te vas?, le pregunté. Dentro de tres días.
Seguro que estás contento. Más contento que un perro con dos
colas, dijo Xavi.
¿Le dijiste a tu papá que yo le llevaré los murciélagos?, me
preguntó. Claro que sí, me dijo que estaba de acuerdo. Adriana
también quiere que tú le lleves un presente a papá. ¿Y cual es ese
presente?, preguntó. Otro murciélago, respondí. Con el mayor de
los gustos, yo puedo llevar todos los murciélagos de este mundo
hasta el lugar que quieran, te aseguro que no habrá sitio al que yo
no pueda llegar, me dijo convencido.
Cuando llegamos a Correos, nos dirigimos directamente a la
mesa de despachos. Allí estaba la señorita Vertrudiz. La saludamos
y ella nos atendió amablemente. ¿Cuándo cree usted que llegará el
sobre a destino?, preguntó Xavi. En tres o cuatro días, respondió
ella mientras pegaba las estampillas en el sobre. Tarda bastante,
¿verdad?, comentó Xavi. Pero llega, eso te lo puedo asegurar, respondió. Entonces, tal vez yo llegue antes que la carta, comentó Xavi.
Depende de cuánto tiempo tardes en llegar, comentó ella riendo.
Lo único que me interesa es no quedar perjudicado, dijo Xavi. La
señorita Vertrudiz dejó el matasellos, se arregló los cabellos y se
aproximó a Xavi. Mi corazón empezó a palpitar rápidamente al ver
que ella dejó de sonreír.
Dijiste perjudicado, ¿verdad?, preguntó ella. Sí, dijo Xavi. Y
sabes cuántas vocales tiene esa palabra, ¿no es cierto?, volvió a
preguntarle. Xavi no supo qué responder, me miró y por primera
vez vi en sus ojos un llamado de auxilio. Tiene las cinco vocales,
perjudicado es una palabra de cinco vocales, a mí se me pueden
pasar muchas cosas, pero en cuestión de palabras y estampillas,
eso sí que no, nos dijo. Usted es una persona muy observadora, dije
yo. La verdad es que yo tengo mis obsesiones y por eso mismo me
gusta analizar, repetir, invocar al espíritu de las palabras, comentó
emocionada la señorita Vertrudiz. Xavi y yo nos miramos sin atinar
a comentario alguno.
172
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Ahora me voy porque tengo que depositar todas estas cartas
en el buzón. Te encargo saludos para tu mamá y Adriana, dijo ella
y se despidió tan amable como al principio. Está bien, gracias, respondí. Y a ti que te vaya bien en el viaje, dijo dirigiéndose a Xavi.
Muchas gracias, respondió él.
Todavía sorprendidos, salimos de allí. Ya afuera, Xavi compró
una bolsita de maní y nos quedamos parados, comiendo los maníes
sin hacer ningún comentario. Xavi me hizo una seña con la mirada
y yo giré la cabeza hacia donde miraba él. Era Ernestina que se
aproximaba hacia nosotros.
Seguro que están hablando de la redondez de la tierra, afirmó
ella en tono irónico. Seguro que no, le dijo él. ¿Ya no estás enojado
conmigo?, le preguntó. Yo nunca me enojo con las personas que
quiero, respondió Xavi. Qué bueno, entonces en señal de paz, ahora
quiero mostrarles la foto que salió en el periódico, dijo y nos mostró
una fotografía que llevaba dentro un cuaderno.
Este es tío Camilo, nos dijo y señaló al hombre que tenía
puestos unos lentes que se los advertía rápidamente por el color
de la montura. Tenía puesta una camisa blanca con rayas azules.
Este es el señor Ramonroy, dijo indicando con el índice a quien
estaba sonriente y lucía una gorra verde de visera redonda. También
estaba Ernestina, parada en medio de los dos. Sonreía y tenía las
manos entrelazadas y con las palmas hacia abajo. Xavi dijo que él
si conocía al tío Camilo, que alguna vez le había visto paseando en
algún parque y en otra ocasión en la televisión.
Te la regalo, me dijo Ernestina y me alcanzó la foto. ¡Tendrías
que dedicársela!, exclamó Xavi y rápidamente le alcanzó un lapicero. Ernestina escribió algo en la parte posterior de la foto y luego
me la dio. Yo sentía que la tierra se hacía más suave a cada instante
y que en cualquier momento iba a desaparecer como si me tragara.
Cuando le dije gracias sentí que el sudor corría por mi frente y los
ojos me ardían como si fuera a llorar.
Tío Camilo llegará dentro de una semana, así que muy pronto
entregará el libro de los murciélagos, aseguró ella. Cuando me vaya
él estará llegando. De todos modos y respetando las estadísticas,
llevaré conmigo los murciélagos que me corresponden y además
los que me encarguen los amigos. A este paso yo creo que necesitaré toda una semana para entregar los encargos, dijo Xavi. ¿Estás
burlándote de nosotros?, preguntó Ernestina. Yo nunca me burlaría
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
173
de ustedes, y si digo todo esto es porque más bien quiero incluirme
en sus fantasías, dijo Xavi muy serio. Y mientras comíamos los
maníes fuimos caminando calle arriba.
Así que pronto estarás viajando, le dijo Ernestina a Xavi. Así
es, quiero ir por el mundo, dijo él. Tú sabes que allí hay problemas,
dije yo. Siempre hubo problemas. Y si no creen en lo que les digo,
simplemente recuerden al Flautista de Hamelin, ese ingenuo y
honesto flautista que fue engañado por quienes lo necesitaban.
El liberó de los ratones a todo un pueblo pero luego sus habitantes fueron ingratos con él. Y lo que pasa actualmente es que a
los inmigrantes los tratan como trataron a ese músico, los adulan
mientras les sirven, pero después se niegan a reconocer su trabajo
y les dan con las puertas en las narices. Ahora, después de tantos
años, después que la gente contribuyó de alguna manera en su
desarrollo, dicen que son inútiles, que son peligrosos…..que son
la miseria del mundo.
¿Se imaginan qué pasaría si yo, Xavi extraño, tocando el saxo
me llevara por un día, solo por un día a las miles de mujeres trabajadoras, a las que cuidan a los niños y ancianos, a los cocineros,
cosechadores de naranjas, a los criadores de caracoles, a los limpiavidrios, a los mozos, los fontaneros, pintores, en fin, a todos los
que hacen los trabajos más duros y peor pagados?, sencillamente
se quedarían solos y tristes. Entonces sí irían a buscarme para que
regrese con todas y todos y hasta harían la promesa de ser justos
con todas las mujeres y hombres de la tierra. Yo regresaría con todos
los inmigrantes, con la misma alegría de siempre, dijo Xavi. Eres
un soñador, afirmó Ernestina. Sí, pero soy un soñador que quiere
vivir en un mundo mejor, Xavi de Xamelin, dijo él. Eres un saxofonista soñador, dije yo. Un saxofonista luchador, dijo Ernestina.
Simplemente soy Xavisax, dijo él.
Cuando se escucharon las tres campanadas del mediodía, nos
despedimos los tres y cada uno siguió su camino.
COTIDIANIDADES
A PROPÓSITO DE UNA CARTA
POR RAMONROY
En uno de mis anteriores artículos, publicado por cierto en esta misma
columna, hice referencia a una larga conversación sostenida con el
destacado investigador Camilo Aldriazábal, un experto biólogo que
174
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
ha dedicado gran parte de su vida a la investigación de los murciélagos, esos geniales mamíferos noctámbulos que, desde hace miles de
años, han participado activa y responsablemente en la conservación
de la biodiversidad.
Lo cierto es que quedé gratamente sorprendido al comprobar
que el referido artículo provocó muchas y positivas reacciones entre
los lectores, pues llegaron hasta mi casilla de correo y a las oficinas
de redacción de este periódico, varias cartas y notas en las que los
remitentes hacían algún comentario, solicitud o sugerencia. En ellas
destacaban varias e interesantes propuestas para impulsar actividades educativas orientadas a la necesidad de encarar la conservación
y defensa de los murciélagos en nuestro país; hubo alguna en la que
su autor enfatizaba en la necesidad de recordar la importancia del
programa El hombre y la biósfera, en el cual se insiste en la necesidad de
crear reservas donde puedan vivir los murciélagos; así como también
consideraba que era urgente reflexionar sobre las ideas expuestas en
el documento de la Convención para la herencia mundial, en la cual se
alude a la importancia de cuidar la naturaleza para que en ella vivan
las futuras generaciones.
En todo caso, también hubo una singular, testimonial y expresiva
misiva que fue depositada en mi casilla de correo. A fin de que los fieles
lectores de esta columna tomen referencia directa de sus observaciones
y reflexiones, qué mejor que reproducir aquella carta. Estoy seguro
que al dar referencia directa de esta nota, no caigo en ningún tipo de
infidencia y más bien aliento a que las lectoras y lectores vean en el
periodismo una oportunidad más para expresar sus observaciones y
sus inquietudes expresivas. La carta en su parte sustancial dice:
Estimado señor Ramonroy:
Si algo cultivo yo es la fidelidad y por ello mismo soy lectora de sus
artículos desde hace ya muchos años. Usted debe recordar todavía
que, en anteriores ocasiones, también le hice llegar algunos comentarios y consideraciones sobre lo que expresaba en su columna.
Debo reconocer que me encantó que usted, de manera periodística,
hiciera alusión a mis misivas; esté usted seguro que la sensibilidad
femenina tienes sus ángulos (disculpe si este término no es el más
apropiado) más sorprendentes, máxime cuando una ya ha entrado
en ese tiempo en el que las cosas ya no conservan esa lozanía que se
pensaba era eterna.
Déjeme decirle que soy una persona que ha vencido todos los miedos (bueno,
casi todos). Y esto viene a propósito de la referencia que hizo a la leyenda negra
en la que involucraron a los murciélagos. A veces se piensa que eso solamente
cuenta para otras personas, pero a la hora de la verdad resulta que tal leyenda termina afectándola a una de manera directa y por eso mismo se asumen
comportamientos nunca antes sospechados.
Debo confesarle, pues no podría ser falsa (la falsedad me queda tan mal
como las faldas anchas) que los murciélagos siempre me han provocado cierto
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
175
temor, un indescriptible estremecimiento, especialmente cuando llega la noche y
tengo que ir por los pasillos oscuros, ya sea en mi propio hogar o en los espacios
del lugar en el que trabajo. Por eso mismo y aunque usted no lo crea, solo una
vez, en toda mi vida, fui al cine ver una película de vampiros y lo hice obligada
por las circunstancias (aunque usted no crea, se dan esas situaciones) y lo peor
era que me pasé la función entera repitiendo un trabalenguas que compuse
para la ocasión a fin de espantar esos voladores que, aunque solamente batían
sus alas en la pantalla grande, yo sentía que volaban por sobre mi cabeza, y
repetía una y otra vez ojalá con ajos en el ojal que no con jengibre, ni ajenjo ni
ajonjolí. Y ese era un verdadero problema porque entonces la gente que estaba en
la platea y en los mismos palcos, terminó molestándose y hasta quiso ubicarme
para hacerme solo Dios sabe qué cosas horribles. Asustada como estaba, más
tardé en despedirme de mi acompañante que en salir de allí. Pero bueno, las
cosas pasan y una aprende de todo.
Pero ahora, ocurrió que el otro día, viendo un programa de televisión por
cable, pude escuchar a una presentadora que decía que la palabra murciélago
era la única que tenía las cinco vocales. Eso sí que me cayó, no digo que como
una bomba porque eso huele a terrorismo puro, pero sí como un poste de
alumbrado público o, si prefiere, como un pastelazo de esos que iban y venían
en las películas de cine mudo.
Lo cierto es que, se puede elogiar a los murciélagos (yo misma acabo de
comprender mejor sus naturales atributos biológicos) pero de ahí a decir que
la palabra que los designa es la única pentavocálica ya es toda una exagerada
equivocación. Reconozco que los murciélagos pueden ponerme los nervios de
punta, pero le confieso que las distorsionadas apreciaciones sobre nuestro
idioma terminan provocándome serias alteraciones sinápticas.
Para que su ilustre persona, tome referencia de una de mis humildes inquietudes, le envío esta composición que no tiene pretensiones, digamos poéticas,
pero si tiene la clara y definida intención de decir no, rotundamente no, a las
apreciaciones que pueden dar lugar a errores casi fatales (perdone usted si
exagero). Alguien tenía que corregir y, bueno, aquí estoy yo.
Usted convendrá conmigo que nuestra lengua es rica en posibilidades
expresivas y por eso mismo hay que seguir estudiándola, así sea en los exiguos
diccionarios liliputienses.
Espero que usted diga algo respecto de mi carta; ¿sabe?, sería lo justo ya
que yo no soy una persona que pueda acceder a la televisión para decir lo que
pienso, siento y sé que habita en lo más profundo de mi ser. La composición de
mi autoría es la que sigue:
Eulogia, bribonzuela picapuercos, auténtica degustadora del ajicuervo,
inocultable sugeridora del gatuperio, sucesoria de la buhonería, perdida en
su turbamiento exclamó: no alucinemos con murciélagos ultraligeros, ¡¡a esos
descuidados, solo el cautiverio!!
Gaudencio, el escuálido y reumático bisabuelo que estaba cerca del eucalipto
depurativo, el desfigurado y cuellilargo patimuleño, dijo: destruidora, neurótica impetuosa, irresoluta progenitura, escupidora de ferruginosa eructación,
inocultable enturbiadora del entusiasmo, encubridora de toda ulceración,
duodécima fecundación del pandemónium, indigna de toda exculpación, vete
176
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
al humilladero funerario. Desde aquí disfrutaremos la contundencia de tu
juzgamiento.
Como podrá darse cuenta, y ahí está la inocultable prueba, existen muchas
palabras que tienen las cinco vocales. Sepa usted que sigo buscándolas y apenas encuentre otra tenga la seguridad que usted será la primera persona en saberlo.
PD: Acabo de darme cuenta que líneas arriba hay una pentavocálica que
intentaba escurrírseme pero le resultó imposible. Si no fuese una precavida,
observadora y descubridora, las cosas que podrían pasarme.
Le saluda con toda atención: Vertrudiz Carvajal L.
Palabras de diccionario
Parece que va a llover, dijo Adriana. No creo, le dije y terminé de
cerrar la puerta. Guardé la llave en mi bolsillo y tomé a Adriana
de la mano. Cuando empezamos a caminar, una suave llovizna
empezó a caer desde lo alto del cielo.
¿Cuánto te pagan por repartir los volantes de la publicidad?,
me preguntó ella. Cada día me dan diez pesos, le respondí. Y
eso es mucho o es poco, dijo. Pues eso es lo que me pagan en la
publicitaria, comenté levantando los hombros. Deberían pagarte
más, ya oíste lo que dicen en la televisión, que a los chicos no se los
puede explotar. Ya no soy un chico, le aclaré a Adriana. Eso andas
diciendo a todos y sin embargo solo te pagan diez pesos; si fueras
mayor seguro que te pagarían mucho más, como a papá, que seguro
gana mucho dinero, comentó ella. ¿Cuánto crees que le pagan a
Tacho Limón por atender las cabinas?, preguntó muy interesada.
Cómo podría saber yo cuánto le pagan a él, le respondí. Tal vez
podrías preguntárselo. Para qué. Para saber si gana más que tú.
Además tú también podrías trabajar allí, dijo. Es que yo no quiero
trabajar allí. Y ahora apurémonos porque no tardará en llegar el
bus a la esquina, le dije. Lo que pasa es que caminas más rápido que
yo, y yo no quiero correr, respondió enfadada. No estoy corriendo,
estoy caminando como siempre. Es que tú quieres caminar como
caminan los mayores, dijo y se detuvo. Cruzó los brazos y me miró
enojada. Me paré a su lado y tomé su mochila para ayudarla.
No quiero ir al colegio, dijo. ¿Por qué no quieres ir?, le pregunté. Porque siempre me llevas tú y yo quisiera que papá me
llevara hasta allí para que Verónica, Andrés y Fabiola vean que
yo también tengo papá, me explicó. Bueno, tal vez papá regrese
pronto y entonces estoy seguro que él te llevará todos los días, dije
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
177
para consolarla. ¿Cuándo volverá el?, preguntó. No lo sé, respondí.
La próxima vez que vayamos a la telefónica le pregunto yo porque
tú no quieres preguntarle nada, expresó molesta. Bueno, ahora
vayamos a tomar el bus porque si demoramos no podremos subir,
dije queriendo apresurarla, pero ella no quiso seguir adelante. ¿Sí
voy, qué me das?, me preguntó. Si vas te muestro una foto donde
están Ernestina, su tío Camilo y también Ramonroy que es un
periodista, le dije y ella aceptó.
Cuando llegamos a la parada empezó a llover. Adriana se cubrió la cabeza con la capucha de su chamarra. ¿Viste?, te dije que
iba a llover, si me hubieras hecho caso no estarías mojándote y
temblando de frío, dijo. Es que yo no siento frío, le aclaré. Lo que
pasa es que tú sabes disimular, dijo ella y se cubrió la cabeza con
la capucha de su sacón.
Menos mal no tardó en llegar el bus y entonces abordamos. Pudimos acomodarnos en un asiento que estaba cerca del conductor.
¿Le dijiste a Xavi que yo también quiero regalarle un murciélago
a papá?, me preguntó. Sí, y me dijo que, con todo gusto, podía
llevarlo, comenté. Xavi es un buen amigo, ¿y cuándo viajará él?,
preguntó. Se va la siguiente semana. En todo caso él me dijo que
en cuanto llegue allí, irá a buscarlo a papá para entregarle nuestros
regalos, expliqué. Yo voy a escribirle una carta. La señorita Vertrudiz
me dijo el otro día que es muy bueno escribir cartas, dijo Adriana
y se acomodó en el asiento para ver caer la lluvia. ¿Te dará pena
cuando él se vaya?, me preguntó. Sí, porque Xavi es mi amigo y a
un amigo siempre se lo extraña, dije.
Me dijiste que ibas a mostrarme una foto, me reclamó después
de algunos minutos. Claro que sí, lo que pasa es que primero tengo
que encontrarla. Si no la encuentras me enojo contigo, me dijo
inquieta por la curiosidad. Busqué la foto que había guardado en
medio de uno de mis cuadernos y apenas la encontré se la di para
que ella pudiera mirarla. ¿Cuál de ellos es el tío de Ernestina?,
preguntó. Es él, le dije y le señalé al señor que llevaba los lentes
de color naranja. ¿Y el que está a su lado? Es el señor Ramonroy,
el periodista, dije. Al que le mandó una carta la señorita Vertrudiz, comentó ella. ¿Cómo sabes tú que le mandó una carta? Me
lo contó cuando salimos la otra tarde, me explicó Adriana. Qué
interesante, dije sin mayor entusiasmo y me quedé contemplando la lluvia.
178
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Ramonroy también se dedica a los murciélagos?, preguntó.
No, él es una persona que trabaja en el periódico y entonces tiene
que escribir sobre las cosas que pasan aquí y en todo el mundo, para
que la gente sepa de lo que ocurre en la vida. Es él que entrevistó al
tío de Ernestina, le expliqué. Adriana se quedó observando la foto.
Papá es más bueno que el tío de Ernestina y seguro que mucho
más que el periodista, afirmó. ¿Por qué dices eso?, le pregunté.
Porque él es el más bueno y eso solo yo lo sé, me respondió. Yo
no le quise decir nada y prefería que ella siguiera mirando la foto
una y otra vez.
¿Si te digo que mañana también iré al colegio, me prestas la
foto para que se la muestre a la señorita Vertrudiz?, me preguntó.
¿Y por qué quieres mostrársela a ella?, le pregunté. Porque va a
ser mi madrina y yo quiero que ella los conozca, respondió. Bueno, te la presto, pero eso sí la cuidas, le dije y ella volvió a sonreír
y hasta me dio un beso en la mejilla. Guardó la foto entre sus
cuadernos y se puso a mirar por la ventanilla. Afuera llovía casi
torrencialmente.
Aunque todavía no es mi madrina, quiero mostrarle la foto y
decirle que a ella también le corresponden dos murciélagos, me dijo
Adriana. Me parece muy bien, le dije. ¿Tú crees que ella podría asustarse?, preguntó Adriana. No creo, le respondí. Si se asusta, podría
trabarse su lengua y entonces ya no podría repetir los trabalenguas
que me enseñó el otro día, dijo. Entonces no le digas nada de los
murciélagos, le sugerí. Adriana cerró los ojos y se quedó pensativa.
¿Tú crees que si no le hablo de los murciélagos ella siga prestándome
su diccionario?, me preguntó muy preocupada. Claro que sí; pero
¿para qué quieres que te preste el diccionario?, le pregunté. Para
saber más de las palabras y enterarme qué significa “madrina”. Y
también saber qué clase de hija soy yo, porque en los diccionarios
dicen todo. Claro que allí hay que buscar la palabra “hijo” para saber
lo que es una hija. Lo que pasa es que los diccionarios primero se
refieren a los hombres y después a nosotras, me dijo y yo me reí.
Adriana me miró seria y me dijo que en el diccionario las palabras
estaban ordenadas por orden alfabético y que cada palabra tenía
su explicación, que cuando encontró la palabra hijo, vio que en el
número 1 decía que, un hijo o una hija, era alguien que descendía
de los padres; que en el número 2, una hija de la caridad, era una
monjita que todos los días elevaba sus plegarias para que a nadie
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
179
le pasara algo malo y que seguramente también rezaba para que a
papá no le pase nada malo, para que consiga trabajo y no lo detengan
los policías. Que en el número 3 el Hijo del Hombre era Jesucristo
y que eso ya lo sabía porque se lo había oído al padre Arturo, que
era italiano y siempre caminaba con sandalias; que en el 4 estaba el
hijo pródigo, que era ese hijo que se fue de la casa, pero que volvió
allí y entonces se alegraron todos y hasta hicieron una fiesta y el
hermano menor se puso rojo de envidia, y que ella lo sabía porque
se lo había escuchado al mismo padre Arturo.
Oye Mauri, ¿no te enojas si te digo una cosa?, me preguntó. Te
prometo que no me enojo, le dije. ¿Sabes que también hay hijos
que son de una mala palabra?, me preguntó Adriana. ¿Cómo es eso
del hijo de la mala palabra?, le pregunté mientras la miraba sorprendido. Te digo al oído si es que no se lo cuentas a papá cuando
hables con él, me conminó. Le dije que yo iba a cumplir mi promesa. ¿Me lo juras?, me preguntó y yo se lo juré sin importarme
para nada que el chofer me estuviera mirando por el retrovisor.
Adriana se acercó al oído y, uniendo las dos manos para guardar
el secreto, me dijo quién era el hijo de la mala palabra. No le dije
nada, pero seguramente algo debió pasarme porque el chofer entonces sí que me miraba con más curiosidad. Nunca se lo digas a
nadie, me pidió ella.
¿Tú dices esas malas palabras?, me preguntó. Yo no digo esas
palabras, le aclaré. Pero cuando estás con tus amigos seguro que las
dices, además me dijiste que ya eras mayor y los mayores siempre
dicen esas palabras, me increpó. No le respondí. Cuando llegamos
hasta la esquina del colegio bajamos del bus y nos dirigimos hasta
el colegio. ¿Oye Mauri, por qué en el diccionario no se dice nada
de la hija o el hijo de un inmigrante?, me preguntó mirándome
fijamente a los ojos. Es que en los diccionarios faltan muchas
palabras, le respondí. Cuando paró el bus bajamos rápidamente y
fuimos corriendo hasta llegar al colegio.
La señorita Vertrudiz
Estaba yo en la sala, ordenando las cosas que había puesto sobre
la mesa, cuando alguien llamó a la puerta. Dejé todo como estaba
y me apresuré en abrirla. Era la señorita Vertrudiz quien al verme
sonrió con mucho esfuerzo.
180
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Disculpa que venga así de tempranito pero es que quiero
adelantar la hora de mi peinado, me dijo. La hice pasar y llamé
inmediatamente a mamá que, de todos modos, ya estaba de pie
y en ese momento empezaba a quitarse los ruleros de la cabeza.
La señorita Vertrudiz tenía la cara de quien no había dormido
toda la noche, se la notaba nerviosa y su fatigada respiración
producía un ruido tan extraño que me hizo recordar a Olvis, el
gato preferido de Adriana. Aunque ella trataba de disimular su
inquietud, le resultaba imposible ya que, al mismo tiempo que
hablaba sola, batía con más prisa su delicado abanico de seda.
No me hagas caso, hablo para que no se me trabe la lengua,
comentó. ¿Quiere un vaso de agua?, le pregunté. No por el momento, dime ¿ya viene tu mamá?, impaciente, me preguntó. Le dije que
si, que en un minuto más ella iba a atenderla.
Papá le manda saludos, le dije queriendo distraerla. Gracias, él
siempre tan gentil, ¿y cómo está?, me preguntó. Le dije que estaba
bien. ¿Siempre hablas con él? Todos los fines de semana, le dije.
Cuando le hables, le dices que le mando muchos saludos y que
siempre lo recuerdo, me encargó ella. Gracias, le dije.
Ahora, de todos modos, te sugiero que de vez en cuando le
envíes una carta, no te digo que no le hables, pero escríbele; te
aseguro que tendrás una experiencia diferente. Cometerías un
grave error si no te animas a escribirle. Tú ya sabes que ahora la
mayor parte de la gente solo recurre a los teléfonos, a la computadora, al internet para poder chatear con personas a las que a
veces ni siquiera se las conoce, pero eso es limitarse. Te lo digo yo,
que vengo trabajando en la oficina de correos desde hace más de
veinte y tres años y entonces sé lo que es comunicarse por cartas.
Si hubieras visto cómo era antes, cuando la gente se esmeraba
hasta en la caligrafía, te aseguro que si tú te animaras a escribir
terminarías gustando y disfrutando hasta de la simple rotulación de
un sobre terrestre o aéreo. De los sobre marítimos no te digo nada
porque ya sabes que somos mediterráneos. Te digo en serio que, el
hecho de que yo sea locuaz no quiere decir que yo sea una persona
conservadora, una tradicionalista de antaño, una funcionaria de
hogaño; nada tengo en contra del correo electrónico, o como dicen
el e-mail, pero escribir cartas es otra cosa.
Deberías decirle a tu papá que alguna vez te escriba, porque
otra cosa es que te digan algo de puño y letra y otra que te pongan
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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algo en la computadora y todavía con tremendas faltas gramaticales. Qué agradable es sentir el olor de la tinta y también advertir
el pulso de quien escribe; te digo que hasta se puede descifrar la
presión sanguínea en cada línea, en cada palabra; aprendes a darte
cuenta si la persona que escribió la carta estaba tranquila o estaba
nerviosa, me dijo. Me imagino que también se podría saber si está
con migraña o no, comenté. Yo creo que sí. Y no solo se puede saber
si padece migraña, sino también muchas cosas más. Imagínate, si
en este momento yo me pusiera a escribir una carta, seguro que
te darías cuenta de que estoy al borde de un ataque de nervios,
como quien dice estoy caminando por una cornisa y con los ojos
vendados; no exagero si te digo que hasta podría caer en cama y
no levantarme nunca más. Es cuestión de saber descifrar, como lo
hacen los grafógolos, dijo……pero apenas terminó de decir esta
palabra se quedó como si se le hubiera detenido la circulación de
la sangre. Seguramente la señorita Vertrudiz vio mi cara de desconcierto porque me dijo que le estaba faltando aire y se aproximó a
la ventana que daba a la calle.
En ese momento sentí que las palmas de mis manos empezaron a humedecerse y sentí un extraño frío en todo el cuerpo.
Creo que se me trabó la lengua nuevamente, me explicó y
retomó el hilo de la conversación anterior. Como te decía hay que
practicar la escritura, por eso es que admiro tanto al señor Ramonroy, el que escribe en el periódico. Seguro que tú también lo conoces
porque está en la foto que me mostró Adriana, afirmó ella.
Sí, lo conozco por la foto, dije. Y seguro que también conociste
al tío de Ernestina, el señor Camilo, me preguntó. Solo por la foto,
agregué. Entonces tú ya sabes toda esa historia de los murciégalos,
me dijo. Murciélagos, son murciélagos, le corregí. La señorita Vertrudiz puso la cara roja y empezó a respirar con tal desesperación
que pensé que iba a caer desmayada. Menos mal mamá salió en
ese momento y pudo auxiliarla poniéndole en las narices un frasco
de perfume.
Ahora sí que estoy peor, dijo la señorita Vertrudiz y yo tuve
miedo de que me acusara con la mirada. Parece que durmió mal, le
dijo mamá. Dormí mal y desperté peor, le respondió ella y le pidió
que le peinara algo que disimulara esas tremendas ojeras que le
espantaron cuando se miró al espejo. Mamá preparó los peines y
las toallas; queriendo distraerla, le pasó varias revistas. La verdad
182
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
es que en este momento no estoy con la más mínima gana de leer,
le dijo y siguió inhalando profundamente el perfume. Yo, asustado
como estaba, me puse a guardar las cosas que mamá había dejado
fuera del pequeño armario que tenía en la sala.
Pero, ¿qué siempre pudo pasarle para que se ponga así?, le
preguntó mamá. Mire, usted sabe que le tengo mucha confianza,
entonces le cuento que ayer, después de terminar el trabajo me fui
a casa y entre hacer una cosa y otra, porque usted sabe cómo somos
las mujeres, decidí inventar algunos trabalenguas haciendo referencia a esos seres que solo vuelan por la noche. Entonces me puse a
componer con las palabras y ¿qué cree que me pasó?, le preguntó
a mamá que en ese momento empezaba a lavarle los cabellos. La
verdad es que ni me lo imagino, le respondió mamá. Pues me dije
que lo mejor era empezar preparando uno que hiciera referencia a
aquel que vuela preferentemente en las ciénagas. Ahora usted me
preguntará cómo es que yo llegué a conocer a este noctámbulo. La
respuesta es sencilla porque sencillamente, usted perdone señora
Sonia por ser tan redundante, pero es que otra vez estoy poniéndome
nerviosa y las palabras me atropellan o soy yo quien las atropella, no
sé. Pero volvamos al asunto del meollo, ¿o al meollo del asunto?; vaya,
me parece que otra vez se me está yendo la serenidad porque hasta
siento un ligero temblor en las manos y en los pies. Deje que respire
solo unos segundos, pidió ella, se quitó las toallas y fue a pararse en
el vano de la puerta y empezó a aspirar cerrando los ojos. Mamá y
yo nos quedamos quietos, a la expectativa de lo que podía pasarle a
la señorita Vertrudiz. Después de algunos minutos ella volvió otra
vez a sentarse en el sillón de la peluquería.
¿En qué estaba yo?, le preguntó la señorita, animándose a
continuar con la charla. En aquello de la ciénaga, le dijo ella. El
asunto es que, de pronto, cuando ya tenía casi listas las ideas para
el trabalenguas, me pregunté: ¿se dice ciénaga o ciénega? Y empecé
a sentir que se me venía encima todo un edificio y hasta casi una
montaña. Usted dirá que me hice un problema sin motivo, que
estaba ahogándome en un vaso de agua, pero para mi se volvió
una cosa de terror, fue algo así como una flecha en pleno talón
de Aquiles, dijo en tono dramático. ¿Usted se hizo problema por
aquello?, le preguntó mamá sorprendida. Y todavía viene lo peor
porque después, no solamente estaba temblando sino que sentía
que la sístole y la diástole de mi corazón se habían acelerado
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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demasiado y se me presentó la pregunta fatal: se dice murciélago
o murciégalo. Entonces se acabó el mundo. Se me trabó la lengua,
empecé a respirar frío, el sueño se me fue, como quien dice volando
y me llegó el insomnio. Y aquí me tiene, con esta cara que ojalá
salga disimulada con el peinado que usted, mi futura comadre,
me lo dejará sobre esta cabeza que parece que me va a estallar
en cualquier momento. ¿Y ahora qué piensa hacer?, le preguntó
mamá muy preocupada. No lo sé, en este momento la verdad es
que todavía me siento confundida, dijo ella. Quizás sea mejor que
cierre los ojos, deje de hablar y piense en el peinado que usted me
hará, respondió ella. De hecho su cabello quedará bonito si no le
pongo los ruleros y se lo cepillo para dejarlo lacio, sugirió mamá.
Está bien, pero primero masajéeme la cabeza haber si así me
tranquilizo, dijo ella y se acomodó en el sillón. La señorita Vertrudiz
pareció relajarse mientras mama peinaba sus cabellos. Yo casi de
puntillas, salí de allí haciendo esfuerzos para que no advirtieran
mi silenciosa retirada.
El criador de caracoles
Mejor te devuelvo la foto, me dijo Adriana y, sosteniéndola apenas
con la punta de los dedos, me la puso en el bolsillo de la camisa.
Yo no le hice ningún comentario y seguí sin distraerme. ¿Tú crees
que la señorita Vertrudiz se enfermó porque le hablé de los murciélagos?, me preguntó. No, seguro que no, le dije. ¿Me lo dices en
serio?, volvió a preguntarme. Claro que sí, afirmé. Adriana se puso
contenta y me abrazó por la cintura.
Yo creo que Ernestina está enamorada de ti, comentó. ¿Por
qué dices eso?, le pregunté. Porque te dio una foto en la que está
ella y porque además en la foto dice: para Mauricio. Ella solamente
es mi amiga, le dije. ¿Piensas contarle a papá que Ernestina está
enamorada de ti? No, y creo que tampoco tú le dirás algo de eso,
le dije mirándole fijamente a los ojos. No, yo solamente te preguntaba, dijo ella. Cruzamos en silencio la plaza que a esa hora
todavía estaba vacía. Cuando llegamos a la telefónica vimos que
las cabinas estaban ocupadas y Tacho Limón estaba limpiando los
vidrios de las cabinas.
¿Quieres hablar tú primero?, me preguntó Adriana. Por qué,
le dije. Quiero pensar en qué le diré a papá. Tú hablas con toda
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
confianza que yo no te escucho, me dijo. Yo fui hasta la cabina del
fondo y Adriana se quedó cerca del mostrador en el que estaba
Tacho Limón controlando la duración de las llamadas. Disqué y
después de unos segundos me contestó papá.
¿Por qué no me habló Adriana?, me preguntó. Ella quiere
hablar después, le explique a papá. Ah, bueno, dijo. ¿Cómo estuviste
estos días?, le pregunté. De hecho estoy más sosegado, además
el escucharte me tranquiliza mucho más, dijo. A mi también me
gusta escucharte y por eso siempre estoy pensando en venir aquí,
comenté. Te cuento que ya no trabajo en mudanzas, ahora estoy en
un criadero de caracoles y, por si eso fuera poco, Kathib también
trabaja en el mismo lugar. La empresa en la que trabajamos se llama El Caracol Cantábrico. Así que, desde esta semana, soy criador
de caracoles, qué te parece, dijo papá. ¿Criador de caracoles?, le
pregunté sorprendido. Exactamente, criador de caracoles, repitió.
¿Y qué haces en el criadero?, pregunté. Pues crío caracoles, ¡estoy
entre dos mil quinientos caracoles!, me dijo emocionado y empezó
a decirme detalladamente todo lo que hacía.
Cada día tengo que limpiar las caracoleras, tengo que humedecer todo el lugar con unos aspersores largos, debo controlar la
temperatura y además picar lechugas, acelgas, zanahorias, hojas
de diente de león y dar un beso a cada uno de los caracoles, me
dijo riendo. Me llevo tan bien con los caracoles que hasta tengo
uno que se pasea por mis brazos todos los días. ¿Sabes qué nombre le puse?, me preguntó. Dímelo tú. Se llama Helixberto, dijo.
¿Y trabajas todo el día?, le pregunté. Sí, de todos modos por las
noches sigo acompañando a Felipe. Te cuento que todos estos días
él estuvo trabajando como una estatua viviente, estaba pintado de
color marrón, personificaba al Inmigrante de la Valija de Madera. ¡Si
hubieses visto la cantidad de gente que se reunió allí seguro que te
hubieras quedado mudo! Cuando le dejaban alguna moneda en el
sombrero que tenía delante o le sacaban una fotografía, él sacaba
su pañuelo y se despedía. Ganó tanto que hasta nos alcanzó para
regresar a casa en taxi.
¿Entonces ahora ya no tienes problemas?, le pregunté. Las
preocupaciones nunca se acaban hijo, respondió y su respuesta
me dejó desanimado. ¿Y entonces vuelven a aparecer los destellos
de la migraña?, le pregunté. Sí, pero como te dije el otro día, aquí
todo tenemos dolores debido a la migraña. Imagínate que el otro
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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día, el doctor Achoteba, ese médico que se presenta en la televisión
todas las madrugadas, en el programa de Vida y Salud, dijo que
nosotros, los que venimos de otros países, padecemos el Síndrome
de Ulises, comentó papá. ¿Y quién es Ulises?, pregunté. Parece que
fue un viajero, pero además de viajero seguramente también era un
extranjero, como nosotros, dijo dudando. ¿Tú llegaste a conocerlo?,
pregunté. La verdad es que no, nunca lo vi. Pero de todos modos
nosotros no nos quedamos con los brazos cruzados porque además
de ser solidarios con los que siguen llegando, también decimos
lo que pensamos y sentimos. Te cuento que el otro día, apareció
Kathib, muy emocionado y nos dijo que se estaba preparando una
acto de protesta y que él había registrado nuestros nombres y por
lo tanto al día siguiente debíamos madrugar para que nos saquen
una foto, formando una multitud, pero no una multitud cualquiera sino multitud de personas desnudas, dijo papá. ¿Desnudos?, le
pregunté sorprendido. Así es, desnudos como llegamos al mundo,
¡sin ropa y sin papeles!, mostrando la piel nuestra de cada día,
para decir: aquí estamos, somos iguales a ustedes, papá gritaba
eufórico desde el otro lado del mundo y seguramente yo también
me emocioné porque, sin moverse del mostrador, Tacho Limón
me miraba insistentemente como si sospechara que algo estaba
pasando dentro la cabina.
El que nos iba a tomar la foto era alguien que ya había estado
fotografiando inmigrantes en muchos lugares del mundo. Iba a
sacarnos una foto, pero no una foto como cualquier otra sino una
en la cual estábamos todos unidos, sin importarnos el color de la
piel, sin tener temor a las miradas de las otras personas, sin ocultarse de nadie. Así que el domingo madrugamos y nos fuimos en el
primer bus rumbo a la Plaza de las Tres Gracias. Cuando llegamos a
destino, nos reunieron y por un altavoz nos dijeron que debíamos
desnudarnos allí mismo y que no debíamos dejar nuestras prendas
en otro sitio que no fuera ese en el que estábamos parados. Y nos
desvestimos y quedamos como llegamos al mundo. Al principio estábamos todos callados, tímidos, nadie se atrevía a conversar con el
que estaba a su lado y mucho menos mirar a quiénes estaban cerca
de uno. Así que si ves la foto en algún sitio y logras identificarme,
soy el que esta al lado de un señor que tiene lentes y cejas negras
que parecen pintadas. Y al otro lado una señora que, así desnuda
como estaba, cantaba una canción que me parecía conocida y mo-
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
vía las manos de tal manera que parecía que estaba tejiendo una
mantilla de color celeste, dijo. ¿Por qué pensaste que la mantilla
era de ese color?, le pregunté. Tal vez porque tu mamá siempre
tejía mantillas de ese color, me explicó. Después ya nos relajamos
y entonces empezamos a conversar, toda la plaza era un solo vocerío. Yo me puse a conversar con los que estaban cerca de mí y
entonces, en pocos minutos estaba pronunciando los nombres de
María, Bernardo, Esnilda, Harry, Karen, Mahmet, Leopoldo, Max,
Albrahim, Otué, Yorsof, Samuel, Juana y tantos otros nombres
que seguro llenarían muchas guías telefónicas. Después ya nos
tomaron las fotos, salimos tendidos en la plaza, tomados de las
manos, con la mirada hacia el cielo. Alguien desde el altavoz decía
a momentos que todos éramos iguales, que la diferencia no era un
obstáculo sino una oportunidad. Lo interesante era que la foto no
era únicamente mía, yo era esa multitud, ese gentío que gritaba:
mírennos, todos somos iguales. Te digo que saltaba de alegría y
creo que me emocioné más que nunca y quería correr por la plaza y gritar como lo hacía cuando era chico, pero pidieron que me
calmara y que siguiera las instrucciones. Pero, gracias a mis gritos
de euforia, Felipe me reconoció y así, desnuditos y casi llorando,
nos abrazamos felices de encontrarnos nuevamente. ¿Sabes?, fue
un momento inolvidable. Algún día comprenderás todo esto, dijo
en un tono melancólico.
Oye papá, le dije. Dime Mauri, me contestó. ¿Tú tienes alguna
foto nuestra?, le pregunté. Tengo una en la que estamos todos
juntos. ¿Siempre piensas en nosotros?, pregunté. Todos los días,
respondió. ¿Sigues queriéndonos como antes?, pregunté. Más que
antes, los extraño mucho, dijo. ¿Nunca te olvidarás de nosotros?
Nunca hijo, nunca, insistió. ¿Estás triste?, me preguntó. No estoy
triste. Adriana ya quiere hablar contigo, le expliqué. Está bien,
quiero escucharle. Antes de despedirnos, quiero decirte que Xavi
viaja mañana; así que pronto estará buscándote, le dije. Está bien,
no te olvides darle la dirección. Te mando un beso, le dije. Y yo
otro, me respondió.
Cuando salí de la cabina le dije a Adriana que papá estaba
esperándola.
¿Puedo hablarle de la foto?, me preguntó ella. Sí, respondí.
Entonces tienes que volver a prestármela para decirle quiénes están,
me dijo y sin esperar tomó la foto que ella misma había puesto en
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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mi bolsillo. Cuando ella entró a la cabina, yo salí hasta la puerta
que daba a la calle.
Tío Camilo
Bueno mi querido amigo Mauri, ahora debo ir a recoger mi maleta
y después me voy hasta el aeropuerto, me dijo Xavi. Que te vaya
bien, te cuidas Xavi, le dije. Apenas llegue allí, iré a buscar a tu
papá y le diré que tú le mandas los murciélagos, dijo. Gracias Xavi.
Dile que todos los días lo recordamos, le encargué. Está bien, dijo
y me puso el gorro azul que llevaba puesto. Esto es para ti, quiero
dejártelo como un recuerdo. Le estreché con todas mis fuerzas y
pude sentir que mi corazón latía apresuradamente. Ya verás que
pronto también estarás hablando conmigo por el teléfono, dijo
riendo. Seguro que sí, dije. Xavi hizo parar un taxi y subió. Y de mi
parte dale un beso a Ernestina, me dijo desde la ventanilla. Luego se
fue. Cuando el taxi dio vuelta la esquina, fui caminando en silencio
hasta la Plaza de los Álamos. Quería estar solo.
Me senté en el banco que estaba cerca del árbol más alto, quería
que su sombra me protegiera del viento que empezaba a soplar.
Estaba sin ánimos para distribuir los papeles que entregaba todos
los días a quienes transitaban por allí. Pensaba en Xavi. Lo iba a
extrañar. Indudablemente iba a sentir su ausencia. Pero eso lo sabía
solamente yo, porque nadie más podía entender que él había sido
un amigo entrañable para mí. Puse los papeles sobre el asiento y me
quité la chompa para sentir el fresco de la mañana. Desde donde
estaba veía a mucha gente que caminaba apresurada para llegar a
algún lugar. Ernestina pasó por la galería más alejada de la plaza,
cubriéndose los cabellos para que el viento no la despeinara. Un
fuerte ventarrón levantó los papeles y yo me quedé mirándolos
sin la menor intención de recuperarlos. Se elevaron formando un
remolino y se perdieron el lo alto del cielo. Otros simplemente se
quedaron en el piso y también entre las plantas de los jardines.
Alguien que venía desde la otra esquina detuvo su bicicleta
amarilla y levantó uno de los papeles de la publicidad y se quedó
leyendo con toda atención. Luego continuó avanzando y llegó hasta
la esquina donde se levantaban las palmeras de los dátiles. Allí se
bajó de la bicicleta y el ciclista empezó a recoger algunos frutos
que habían caído durante la mañana. Después reanudó la marcha y
188
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
lentamente siguió avanzando para pasar de largo por donde estaba
yo y nuevamente se dirigió a la esquina. Movía los pies sin prisa
alguna, mientras miraba a todos lados como si quisiera divisar a
alguien. Cuando pasó nuevamente cerca de mí, me llamó la atención el color anaranjado de la montura de sus lentes. Era alto, y
tenía puestos los auriculares de una radio que llevaba prendida a
la cintura. Vestía un traje deportivo y sus zapatillas eran de color
plomo. Me quedé mirándolo, haciendo un esfuerzo para recordar
esa mirada tan directa y tranquila. Entonces mi memoria me ayudó
a identificarle. No, no estaba equivocado yo. Sin lugar a dudas, era
el tío de Ernestina. El tío Camilo, el que estaba escribiendo el libro
sobre los murciélagos. Me quedé observándole. Cuando parecía
que se iba a dirigir hacia la esquina de los portones, se detuvo, dio
media vuelta y se dirigió hasta donde estaba yo, sentado sin querer
moverme. Bajó de la bicicleta y se sentó en la misma banca en la
que estaba yo. Se amarró los cordones de los zapatos y se puso a
escribir en una pequeña libreta que sacó de su bolsillo. Yo puse la
cara de quien no le miraba.
¿Qué día es hoy?, me preguntó. Jueves, respondí y él se puso a
escribir. Bueno, algunas veces me olvido hasta de los días. En cambio
seguramente tú te acuerdas de todo, afirmó. No siempre, dije. ¿Te
gusta mi bicicleta?, preguntó. Es bonita, dije. La tengo desde hace
cinco años y te cuento que está muy bien. Solo tengo que quitarle
el polvo para que no parezca que la tengo abandonada. ¿Te gustan
los dátiles?, me preguntó. Sí, respondí y me invitó dos de las que
llevaba en las manos. Te cuento que a mí me agrada su dulzor y
me encanta esa aspereza que se me queda en la lengua. Siempre
que vengo por esta plaza recojo algunos y hasta me los llevo a casa.
Me parece que a muchos no les gusta o no saben que están allí en
lo alto de la palmera de la esquina, se caen de maduras y tú no
tienes que hacer otra cosa que levantarlos, comentó y se empezó
a comer los dátiles que todavía tenía en las manos.
Usted se llama Camilo, ¿verdad?, le pregunté. Sí, me respondió
sorprendido. Entonces no me equivoqué. ¿Y tú cómo te llamas? Me
llamo Mauricio, ése es mi nombre. ¿Y cómo sabes que me llamo
Camilo? Lo vi en una foto, expliqué.
¿En una foto? Sí, en una que le sacaron junto a Ernestina. Mira
cómo será el mundo de pequeño, comentó. Ella también me dijo
que usted está escribiendo un libro sobre los murciélagos, dije.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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Estoy seguro que hasta te dijo que me gustan las astromelias y
mido un metro con setenta y ocho centímetros, me dijo sonriente.
Y también me explicó que hay tantos murciélagos en el mundo
que a cada uno le corresponden dos de ellos. En todo caso esa es
una forma de decir las cosas, comentó. A mí me gusta esa forma
de decir porque puedo imaginar muchas cosas, agregué. A mí
también, apoyó lo que le dije. Me imagino que todos tienen dos
murciélagos y que los tienen en algún lugar de su casa o del lugar
en el que están, comenté. Me parece estupendo. Yo por ejemplo, los
tendría en la biblioteca, cerca del lugar en el que estoy trabajando,
¿y tú dónde los tendrías?, me preguntó. En el cielorraso, junto a
la ventana de mi cuarto, dije. Me parece un lugar estupendo para
que se guarezcan luego de volar toda la noche. Y se me ocurre
que uno de ellos podría ser un Murciélago de la Macaronesia y el
otro un Murciélago Mariposa, me dijo. Y cómo podría llamarse
el murciélago que le mandé a papá, le pregunté. ¿Tú papá no
está aquí?, me preguntó, No le dije, él esta muy lejos, y allí es un
inmigrante con migraña, le respondí. Me miró y se quedó pensativo
por unos segundos. ¿Tiene barba tu papá?, me preguntó. Sí, le
dije. Entonces, podría ser un Murciélago Barba de Pétalo, dijo. Es
un nombre muy bonito. A mi también me gusta, comentó el tío
de Ernestina. Y cómo es ese murciélago, pregunté. Es pequeño, le
agrada volar suavemente y tiene una pequeña barba en forma de
un pétalo, dijo. ¿Como si hubiera salido desde el fondo de una flor?,
pregunté y el tío de Ernestina se quedó pensativo. Acabas de decir
algo que me parece fantástico y hermoso. La verdad es que nunca
se me habría ocurrido decir eso: como si saliera desde el fondo de
una flor, dijo y nuevamente sacó su libreta para escribir allí.
¿Cuándo presentará el libro?, pregunté. La siguiente semana.
Quiero invitarte para que vayas allí. Gracias, le dije. Gracias sí o
gracias no, me dijo. Ernestina habla igual que usted, le comenté
muy serio y él se puso a reír. Entonces, gracias sí o gracias no, volvió
a reiterar. Gracias sí, dije. Créeme que me gustará que vayas, me
dijo mientras montaba en su bicicleta. Seguro que habrá mucha
gente y también le sacarán fotos para el periódico, comenté. Yo
creo que sí, pero de todos modos no saldré yo solo; es más me
gustaría que me tomaran una en la que estuvieras tú, dijo. ¿Y
estará también el señor Ramonroy?, le pregunté. ¿Lo conoces?,
me preguntó. Solo por la foto que me mostró Ernestina. Seguro
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
que estará allí, es más, hace rato estaba buscando su teléfono en
mi libreta. Hoy mismo lo llamaré para decirle que ya llegué y que
tendrá que estar en la presentación del libro y entonces podremos
conversar nuevamente.
¿Y qué murciélagos quisiera usted para Ernestina?, le pregunté.
Mira que no me había puesto a pensar en eso, pero ahora que me
lo preguntas pienso que le agradaría un Murciélago Mariposa y un
Murciélago de Jamaica, me dijo y se despidió. Se dio un pequeño
impulso y se fue pedaleando lentamente. Todavía dio algunas
vueltas por medio de la plaza y luego se perdió por la esquina
donde estaba la palmera datilera cuyas altas ramas se elevaban
por encima de los tejados de las casa más altas. Cuando vi que su
figura se perdía, nuevamente recordé a Xavi.
COTIDIANIDADES
ULISES SIGUE VIAJANDO
POR RAMONROY
Las migraciones humanas se han constituido en uno de los hechos sociales de mayor trascendencia e impacto en el mundo contemporáneo.
Las crecientes diferencias de desarrollo entre los diferentes países, el
aumento de la interdependencia económica global, la revolución de
las nuevas tecnologías y de los medios de comunicación, así como la
creciente conflictividad mundial, contribuyen al desarrollo de este
fenómeno de movilidad humana.
Cuando uno se pone a pensar en los motivos que explican los
procesos migratorios a lo largo y ancho del mundo, no se puede
imaginar otra cosa que no sea una inacabable red de argumentos
colectivos, familiares y personales que van desde los más simples y
cotidianos hasta los más inverosímiles y conmovedores. Y si se tratara de identificar las rutas que siguen los migrantes, se concluiría
esbozando una nueva cartografía en la que los infinitos trayectos se
definen en función de las diversas realidades económicas, sociales,
políticas y culturales.
Aunque sabemos que las migraciones se produjeron desde que el
hombre apareció sobre la faz de la tierra, es necesario puntualizar
que las migraciones del nuevo milenio resultan conmovedoras por
su dramatismo ya que las complejas contradicciones planetarias
hacen que los desplazamientos humanos tengan que realizarse en
condiciones sumamente críticas. Esta realidad, que afecta directamente a la persona del inmigrante ha dado lugar al denominado
Síndrome de Ulises.
Al presente, el Síndrome de Ulises (conocido también como el
Síndrome del Inmigrante) se está convirtiendo, para millones de
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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personas, en un proceso bastante complejo que compromete niveles
de estrés tan intensos que llegan a superar la capacidad de adaptación
de los seres humanos y, por eso mismo, se constituye en un problema
de salud mental que cada vez se hace más notorio en los países que
acogen a los inmigrantes. La separación de los seres queridos, los
riesgos vividos durante el viaje, las condiciones en que son recibidos,
la precariedad laboral, las deficitarias condiciones de vivienda y hacinamiento y, sobre todo, la situación de privación social y aislamiento,
junto a la desigualdad de derechos y la discriminación social a la
que se ven expuestos, provocan en la persona una situación de alto
nivel de desequilibrio psicológico e incluso de indefensión, todo esto
debido a que los inmigrantes tienen que soportar esa condición de
seres humanos invisibles que deambulan en sociedades prósperas que
los ignoran o los rechazan.
Quienes padecen este síndrome, se ven afectados por la depresión
y la pérdida de la autoestima debido a que están lejos de aquello
que contiene y sostiene a las personas: su familia, sus afectos y su
cultura.
El Síndrome de Ulises es un concepto creado en consideración de
aquel legendario viajero que durante muchos años estuvo lejos de su
hogar y de su país, afrontando las situaciones más difíciles y superándolas de manera por demás valiente e ingeniosa, no solamente para
poder sobrevivir sino salir victorioso y volver al hogar y a su tierra
la inolvidable Ítaca para reunirse con Penélope, su amada esposa y
su hijo Telémaco.
Los viajes de Ulises y sus aventuras y desventuras, son una metáfora de los problemas que deben enfrentar quienes dejan su hogar de
manera forzada y sobreviven en un medio hostil y en circunstancias
difíciles de soportar. Es la historia de todos los que añoran su patria,
esperando ansiosos de emprender un regreso que no siempre es
posible. Al leer La Odisea, en realidad leemos la historia de millones
de inmigrantes que se ven obligados a salir de su tierra en busca de
una vida mejor, en ocasiones con la esperanza de volver, otras con
el deseo de olvidar su lugar de origen, pero todos con la certeza de
seguir luchando. Por todo ello es que la historia de Ulises se reitera
en las historias de los migrantes del nuevo milenio.
El Ulises contemporáneo es el inmigrante que hoy se expone a una
enorme cantidad de peligros, que hace grandes sacrificios por seguir
adelante, que se arriesga a seguir adelante, luchando incansablemente
para que el barco en el que va no naufrague durante los amenazantes
vendavales. El espíritu del Ulises de hoy, es un espíritu que, pese a las
dificultades y adversidades, resiste y persiste en mantener sus más
altas convicciones. Si bien Ulises era un semidiós que esforzadamente
logró sobrevivir, quienes en la actualidad van por rutas que los llevan
a extraños lugares, tendrán que comportarse como verdaderos héroes
para salir adelante. En todo caso, ya la historia contiene pruebas de
que aquello es posible.
192
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Cuántas familias tienen en este momento a alguien en el exterior?
Si revisamos las estadísticas sabremos que millones de personas están
en países distintos al de su origen, realizando tareas de todo tipo y
todo por el sencillo hecho de que en este nuestro país no encontraron
las condiciones más adecuadas para trabajar y vivir de manera digna,
confiados en que el futuro es posible para ellos y los suyos. Miles de
mujeres y hombres hoy están lejos de su tierra y de los seres que
más quieren, esperanzados en el retorno y en que su futuro tenga
señales de esperanza.
La información económica nos dice que los inmigrantes aportan
a través de las remesas, muchos millones de dólares a nuestra economía. No interesa tanto entrar en el detalle de este impacto monetario.
Que seguramente eso contribuye al mejoramiento de la calidad de
vida de quienes se quedaron por estos lados, no cabe duda, pero
aquello tiene un costo muy alto porque la familia corre el riesgo de
desintegrarse ya que los hijos se quedaron solos o bajo el cuidado de
algunos allegados que, con la mejor voluntad, quieren llenar el vacío
que dejaron los padres.
Vistas así las cosas, si bien es cierto que el Síndrome de Ulises
afecta directamente a los que se fueron, también es verdad que su
impacto toca a quienes se quedaron. Ulises es un ausente que nos
compromete socialmente.
Debemos estar seguros que esta situación se irá repitiendo en el
trascurso de la historia porque el hombre ha encontrado que en la
vastedad de la tierra está siempre su patria. Está en el hombre la decisión de ir siempre en busca, no le retiene el miedo a lo desconocido
porque lo desconocido es más bien un motivo para seguir adelante.
Los viajeros son los de siempre y por eso mismo podemos decir que
Ulises sigue y seguirá viajando.
Metátesis
Cuando mamá dijo que iríamos a casa de la señorita Vertrudiz,
Adriana se puso nerviosa. ¿Tú crees que ella se enfermó porque yo
le hablé de los murciélagos?, me preguntó inquieta. No creo que
sea eso, lo que pasa es que ya empezó con los achaques, la consolé.
Bueno, me dijo y dio un suspiro. ¿Tú crees que ella todavía quiera
ser mi madrina?, dijo. Seguro que sí, ella te quiere mucho y con
seguridad que se puso mal por otros motivos y no por lo que tú le
dijiste, le expliqué y recobró el ánimo.
Mamá nos llamó y entonces fuimos hasta la casa de la señorita
Vertrudiz. En el camino compramos un paquete de galletas de agua
y le dijo a Adriana que se lo entregara en cuanto llegáramos. ¿Cómo
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se lo entrego?, preguntó Adriana. Le dices que las galletas están
muy ricas y que seguramente le gustarán a ella. Bueno, entonces
le digo eso, dijo Adriana en tono resignado.
En cuanto llegamos a la casa de la señorita Vertrudiz, yo toqué
el timbre y tuvimos que esperar muy poco porque ella abrió la puerta casi inmediatamente. Estaba contenta y su rostro irradiaba una
inmensa alegría. La saludamos y ella nos invitó a que pasáramos a
la sala. Mamá se acomodó en uno de los sillones y Adriana y yo nos
sentamos en un sofá que tenía un tapiz floreado. Estas galletas son
para usted, le dijo Adriana y le entregó el paquete. La señorita Vertrudiz le agradeció y la besó en las mejillas. Adriana se puso nerviosa y
solo atinó a mirar hacia la ventana que daba al patio de la casa.
Qué alegría la que me dan, dijo entusiasmada. Y bueno, ustedes ya estaban enteradas de que yo estaba muy nerviosa, pero
ahora quiero contarles cómo pude salir de esta preocupación que
me tuvo tan inquieta, dijo y se levantó para traer un platillo en el
que puso las galletas. Después nos sirvió refresco y se acomodó en
una mecedora que estaba frente a mamá.
¿Ya se siente mejor?, preguntó mamá. Mejor ya no podría
estar. Ya vio usted el estado lamentable en el que me encontraba;
pero menos mal supe encarar y superar mis malestares. Como no
quería seguir con esa situación que me ponía los pelos de punta,
me fui a la casa de Mercedes, que así se llama la mamá de Ernestina
y ella me acompañó al consultorio del doctor Eróstegui, que es
un especialista otorrinolaringólogo, ¿escucharon cómo me salió
fluidamente esa palabra?, preguntó la señorita Vertrudiz. Nosotros
nos miramos sin entender a qué se refería ella. Es que pronuncié
otorrinolaringólogo sin mayor problema; pero vamos, estaba en
que el doctor Eróstegui me atendió en su consultorio y luego que
me hizo sentar en la camilla, me dijo que sacara la lengua y que
respirara como si estuviera cansada. Me revisó los oídos, me bajó
la lengua con una paleta y se quedó pensativo. ¿Saben qué me dijo
él?, sorpresivamente le preguntó a mamá. Ni lo sospecho, respondió
mamá sin atinar a decir algo que quizás estaba esperando la señorita
Vertrudiz. Me dijo que yo no tenía ningún problema serio, que no
era una parálisis lingual, sino que ese músculo móvil, imagínense,
se me adormecía, se inmovilizaba parcialmente y eso me producía
un aletargamiento de los movimientos linguales; en síntesis, me
dijo que yo estaba sintiendo los efectos de un simple trabado
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
de la lengua. Me explicó que lo más conveniente era visitar a la
señora Belinda que era experta en eso del órgano muscular que no
solamente sirve para la degustación y la deglución, sino también
para modular los sonidos. Apenas terminó de decirme todo eso,
salimos volando del consultorio del doctor Eróstegui y nos fuimos
hasta donde estaba ella.
¿Y saben donde vive la señora Belinda?, nos preguntó a
quemarropa. Menos mal no esperó respuesta alguna para seguir
contando su historia. Pues vive a media cuadra de aquí, frente a las
cabinas telefónicas. En cuanto me recibió, me hizo sentar frente a
ella y me dio a tomar un vaso de agua, ¿se imaginan?, un vaso de
agua. Tengo mis sospechas, me dijo y entonces me pidió que me
pusiera los lentes y leyera en voz alta lo que estaba escrito en una
tarjeta de cartulina. Apenas empecé con la primera palabra, sentí que
se me trababa la lengua y decía que en un catágolo, en el que figuraba
el decágolo del grafógolo, se recomendaba cuidar el cartígalo para evitar un
mal epígolo. Y así estuve, sin poder leer correctamente lo que estaba
escrito; algo pasaba conmigo. ¿Se imaginan mi angustia?, preguntó en tono dramático. Mamá dijo algo que le agradó escuchar a la
señorita. Luego siguió contando. Pero además de hacerme leer, me
pidió que pronunciara la palabra murciélago y yo dije murciégalo; y
cuando me pidió que dijese murciégalo, yo pronuncié murciélago y
empecé a transpirar como si estuviera en el mismo desierto. En esas
circunstancias la señorita Belinda me dijo que yo tenía problemas
de metátesis. Y cuando oí aquello, ¡qué creen que me pasó!, me
quedé paralizada sin atinar a decir nada. ¿Metátesis, usted padecía
de metátesis?, le preguntó mamá. Bueno, la verdad es que no sabría
decirle si padecía precisamente, pero lo cierto es que me quedé
fría. Imagínese que el impacto no fue poco, pero menos mal supe
reaccionar. Experta como es ella, se dio cuenta de mi problema y,
no me va a creer, pero me explicó muy didácticamente que decir
murciélago era tan correcto como decir murciégalo y que, en todo
caso se trataba de una metátesis simple. Eso sí, me aclaró que lo
que estaba escrito en la cartulina no entraba en esa consideración.
Después de escucharle se me volvió el alma al cuerpo. Y ustedes no
me van a creer pero, cuando volví a leer lo que estaba escrito en la
cartulina, comprendí que en un catálogo, en el que figuraba el decálogo
del grafólogo, se recomendaba cuidar el cartílago para evitar un mal epílogo.
Y aquí me ven, tan tranquila como antes.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
195
¿Entonces ya no tiene problemas en la lengua?, le preguntó
mamá. Ya estoy bien, tan bien que hasta llegué a componer algunos trabalenguas que ahora mismo yo se los digo, a ver si no se
les traba la lengua a ustedes, dijo ella y nos pidió que nos sirviéramos el refresco. Se levantó de la mecedora y empezó a recitar las
palabras que le salían de la boca como si todas estuviesen unidas
por un hilo imperceptible. Mirándola a mamá, señorita Vertrudiz
empezó a repetir: ¿puede pasar el Murciélago Rojo por el ojo del
cerrojo? Con arrojo, pasa el Murciélago Rojo, pero se queda el rojo
en el ojo del cerrojo. Mamá se ruborizó y apenas pudo decir algunas
palabras antes de acabar el vaso de refresco que le había servido
la señorita Vertrudiz.
Después de tomar aire y mirándome fijamente a los ojos empezó a repetir si se desembozan quienes lo emboscaron en el desbosque,
¿puede quedar desemboscado el murciélago de Bosque? La pregunta me
dejó callado y ella empezó a sonreír. No tienen que ponerse serios,
nos dijo y como si quisiera prepararnos para que escucháramos lo
que ella decía, tomó dos sorbos grandes de refresco. Mirándola a
Adriana, empezó a repetir: Si se casara el murciélago Ala de Saco, ¿sacaría el ala del saco o sacaría el saco del ala? Adriana tomó aire y repitió
exactamente el trabalenguas. La señorita Vertrudiz se alegró y la
abrazó orgullosa a Adriana. Pueden arrugarse y desarrugarse las arrugas, pero no pueden desverrugar sus verrugas los Murciélagos Verrugosos,
pronunció señorita Vertrudiz y yo intenté decir lo mismo, pero se
me trabó la lengua. No te preocupes, que a ti se te pasará en un
minuto, dijo ella. Y todavía tengo muchos más trabalenguas, pero
como yo sé que ustedes tienen muchas cosas que hacer solamente
les diré tres más dijo y empezó a pronunciar mientras nosotros
nos esmerábamos en recordar y repetir las palabras dichas por
ella: En toledana toldería entoldaban y desentoldaban al tolerante Murciélago Toldero….., Desde antaño, el Murciélago Castaño, tañe las castellanas
castañuelas de Maricastaña en el castañar…,¿Quién respalda la duda del
Murciélago de Espalda Desnuda?
Adriana tomo aire y recitó sin equivocarse los trabalenguas.
Solo después que la señorita Vertridiz terminó de festejar la habilidad de Adriana, nos despedimos y emprendimos el retorno
rumbo a casa.
196
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
El murciélago Barba de Pétalo
Cuando todavía faltaba media cuadra para llegar a las cabinas telefónicas, le dije a Adriana que primero quería hablar yo. ¿Por qué
quieres ser el primero?, me preguntó. Porque quiero saber si Xavi
ya se encontró con él, pero la explicación pareció no convencerla.
No es porque eres mayor que yo, ¿verdad?, me preguntó. No, ya
te dije por qué es, le respondí. Bueno, pero después hablo yo largo
tiempo y tú me esperas, me pidió ella. Está bien, acepté y luego
apresuramos el paso.
Entré a la cabina, revisé el número y llamé. Hola papá, dije.
Hola Mauri, contestó. Esta vez me sorprendiste porque no es
domingo, me dijo. Quería hablar contigo porque quería saber si
Xavi ya te buscó, pregunté. Justamente ayer por la tarde pudimos
encontrarnos, dijo. Qué bien, le respondí. Estuvo aquí y además
tocó el saxófono; claro que yo no estaba precisamente alegre porque me dolía la cabeza, dijo. ¿Te volvió la migraña?, le pregunté.
Un poco, dijo. ¿Pero ahora estás bien?, le pregunté con insistencia.
Bueno, ya tomé unas tabletas. La verdad es que tuve un sobresalto.
Anteanoche detuvieron a Felipe y ahora está preso, explicó. ¿Por
qué lo detuvieron?, pregunté. Nos sorprendieron con una redada.
Es que, luego que salimos de la casa, nos fuimos a una plaza para
que él trabajara como la estatua del Inmigrante de la Valija de
Madera; estaba en una esquina donde se reúne bastante gente,
quieto, sin molestar a nadie, y algunas personas se deleitaban
mirándole y hasta le dejaban alguna que otra moneda y entonces,
en ese momento, apareció un carro de la policía y de allí bajaron
muchos guardias. La gente empezó a gritar y todos empezamos
a correr; no sé de dónde saqué tanto valor y fuerza para poder
escapar, corrí con tanta desesperación que, aunque me dolían los
pies, no me detuve y ni siquiera miré atrás; atravesé callejones que
nunca había conocido y caminé casi toda la noche hasta alejarme
de aquella zona. Al amanecer llegué hasta el metro y como estaba
atemorizado entré al baño, aseguré la puerta y no salí de allí hasta
que llegué a la estación de las Magnolias. Pero claro, Felipe y otras
personas más ya estaban detenidos. Algunos amigos que ya tienen
los papeles fueron a la comisaría para reclamar por él, pero fue en
vano y allí se enteraron que lo devolverán mañana. No sé si pueda
verlo antes que parta, la verdad es que tengo miedo a que también me
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
197
detengan, me dijo muy afectado. ¿Ya no podrás verlo?, le pregunté.
No, porque podrían arrestarme ese mismo momento. Me da tanta
pena todo esto, me dijo y se quedó callado. Me quedé en silencio,
sintiendo que en mi garganta también se quedaban las palabras.
¿Quieres que siga hablándote?, le pregunté. Sí, quiero
escucharte, es más, quisiera que me hablaras todo el tiempo, dijo.
¿Xavi te habló de los murciélagos que te mandamos?, le pregunté.
Sí, me dijo ya más animado. Qué bueno, le dije contento por la
noticia. Lo que más me emociona es que ustedes siempre piensen
en mí, que me den un espacio en sus ilusiones y sus fantasías. Te
digo francamente que eso es lo que me sostiene; si no los tuviera a
ustedes, mi mundo ya se habría derrumbado, dijo conmovido.
Debes estar extrañando a Xavi, me dijo. Sí, le respondí. ¿Tanto
como a mí?, me preguntó. A ti te extraño más, le dije y me quedé
callado por unos instantes, sintiendo que las lágrimas nublaban
mis ojos.
¿Sigues trabajando con los caracoles?, le pregunté para no
quedarme callado. Sí, te cuento que ya me habitué al trabajo y por
el momento por lo menos no me falta trabajo; cada día aprendo
más cosas sobre los caracoles y eso me ayuda porque los dueños
me aceptan y consideran que mi trabajo es bueno. Creo que les
caí tan bien que hasta me dijeron que podía usar el teléfono para
llamar a casa. ¿Y Helixberto?, le pregunté. Sigue tan lento como
siempre, viéndolo pienso en que debo tener paciencia, que el
tiempo pasará y entonces podré volver a estar con ustedes. Aunque
no creas, así mayor como soy, todavía tengo esas fantasías que
me ayudan a sobreponerme a las situaciones difíciles por las que
tengo que atravesar algunas veces. Ya pasará todo esto, hijo, ya
pasará, me dijo.
Ayer conocí al tío de Ernestina, el que está escribiendo un libro
de murciélagos, le dije. Qué bien, contestó. Sabe mucho de los murciélagos y entonces quiero decirte que el murciélago que te envié
es un Murciélago Barba de Pétalo, le expliqué. Es un nombre muy
bonito, comentó. Es un murciélago pequeño al que apenas se lo ve
entre las sombras, es tan pequeño que hasta podría dormir dentro
una flor, comenté. Ahora mismo está en un lugar secreto que
solo yo sé donde está. Todas las noches, antes de dormir, abro la
ventana para que salga a volar libremente. Y al amanecer, cuando
ya tengo que salir, lo dejo en casa esperando mi regreso, dijo.
198
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Nos quedamos en silencio por algunos instantes. Me pareció
que papá suspiraba. ¿Suspiraste?, le pregunté. No, pero tú sí, respondió. El que suspiró fuiste tú, afirmé. Es por la vida, dijo.
Ayer conocí al tío de Ernestina, el que estudia a los murciélagos. Aunque no creas, me invitó a la presentación del libro
que escribió, le dije. Tienes que ir, llévala a tu mamá y también
a Adriana, me pidió. Seguro que habrá mucha gente porque el
tío de Ernestina es muy conocido y hasta le sacarán muchas fotos
para el periódico. Ernestina, la sobrina del señor Camilo, me dijo
que quiere entregarle un ramo de astromelias. Si tú estuvieras aquí
seguro que también irías a la presentación del libro y entonces
saldrías en las fotos que salen en los periódicos, claro que ya no estarías desnudo como el otro día, le dije. Quién sabe, dijo riendo.
Mauri, ¿puedo hacerte una pregunta?, dijo. Cuál, respondí.
¿Me prometes que no le dirás nada a Adriana? Te lo prometo.
¿Estás enamorado de Ernestina?, me preguntó. Me quedé en
silencio. Las mejillas empezaron a arderme y los pies me temblaban. Cuando miré afuera, me pareció advertir que Tacho Limón y
Adriana no me quitaban la mirada por un solo segundo. Sí, estoy
enamorado de ella, respondí pegándome a uno de los vidrios de
la cabina.. ¿Sabes una cosa?, solo el amor sostiene el mundo; el
día que ya no podamos amar, el mundo se quebrará y nosotros
ya no sabremos dónde cobijarnos. Gracias por tu confianza, me
dijo. ¿Puedo pedirte un favor?, le dije. Cuál. No se lo cuentes a
nadie, quiero que sea un secreto, le dije. Está bien, te prometo
que nadie sabrá de eso, aseguró él y yo me sentí más tranquilo.
Me gusta conversar contigo, me dijo. A mí también, le respondí.
Cuando hablo contigo se me va la migraña. ¿Ya no te duele la cabeza? Me duele muy poco. Volverás a encontrarte con Xavi. Espero
que sí, dijo. Cuando lo veas dile que lo recuerdo siempre. Se lo
diré. Chau papá. Chau hijo. Te mando un beso, le dije. Y yo a tí
otro, me respondió. Enseguida te hablará Adriana. Está bien.
Apenas salí de la cabina, Adriana se aproximó rápidamente.
Tienes que cuidar que Tacho Limón no escuche nada de lo que yo
le diga a papá, me pidió ella. Está bien, le dije y me quedé parado
en la puerta. Mientras la esperaba pensaba en el vuelo del Murciélago Barba de Pétalo.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
199
COTIDIANIDADES
UN LIBRO SOBRE MURCIÉLAGOS
POR RAMONROY
Camilo Aldriazábal, el investigador de los gustos frugívoros, con esa
gentileza que es propia de los espíritus amistosos, me hizo llegar un
ejemplar autografiado de un magnífico libro del cual es editor y que
lleva por título El fascinante mundo de los murciélagos.
Debo confesar que, bibliómano como soy, el solo hecho de tener
entre mis manos esa singular publicación me produjo una emoción
tan grande que, cuando abrí sus páginas, me quedé durante varios
minutos disfrutando de esa incomparable sensación que deja el
papel impreso.
Es necesario destacar que se trata de un trabajo fundamentalmente colectivo ya que, como explica el propio Camilo Aldriazábal
en el prólogo, si bien él es autor de varios de los trabajos inéditos
que se presentan en el libro, también se presentan otros que fueron
elaborados por otros destacados investigadores e investigadoras que,
como él, han hecho del estudio de los quirópteros toda una vocación
por desarrollar el conocimiento de la biología.
En los distintos capítulos que contiene el libro se hace referencia
a los aspectos generales de la ecología y biología de los murciélagos
a fin de introducir al lector en el sorprendente mundo de estos
quirópteros. De manera muy clara y comprensible, se presenta una
vasta información sobre el origen y desarrollo de los murciélagos
a lo largo de los siglos y se describe sus singularidades anatómicas
y biológicas. Además se da referencias sobre los mitos, leyendas y
versiones que se han producido en torno a su figura. Consecuentes
con la orientación educativa del libro, sin caer en un anquilosado
didactismo, se explica acerca de las distintas iniciativas que se han
desarrollado para impulsar campañas educativas que pretenden
generar conciencia ecológica entre los lectores, a fin de precautelar
el cuidado y la conservación de los murciélagos.
Merece especial atención la presentación de las distintas familias
en las que se agrupan los murciélagos, así como también la caracterización de las especies que corresponden a cada una de ellas. Cada
una de estas especies es presentada de manera detallada tomando
en cuenta sus particularidades anatómicas, su dieta alimentaria, el
modo de reproducción y su demografía.
Referencia específica merece la fascinante compilación de fotografías de los diferentes tipos de murciélagos. En este aspecto es
importante relevar el hecho de que las tomas son el resultado del
seguimiento fotográfico que hicieron varios investigadores a fin de
dar evidencia objetiva de la imagen de estos noctámbulos inquietos.
Cada una de estas fotos no solamente tiene la virtud de mostrar
los aspectos más notorios de la anatomía de los murciélagos, sino
también destacar su sorprendente, maravillosa y natural fisonomía.
200
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Es un acierto editorial porque no se percibe la simple intención
ilustradora sino que se advierte la pericia fotográfica para resaltar,
digámoslo así, la natural belleza de estos animales fantásticos.
Por otra parte, resulta importante (considero que emocionante
también) saber que en el libro se presenta importante información
acerca del redescubrimiento de algunas especies de las cuales no se
tenía información desde hace mucho tiempo atrás. Tal el caso del
Murciélago Nariz de Lanza de Thomas, un espécimen que después
de varias décadas y después de un seguimiento cuidadoso, últimamente fue localizado en una escondida cueva en San Matías, en la
parte oriental del país. Su nombre científico es Lonchorhina aurita.
El haber encontrado nuevamente al Murciélago Nariz de Lanza de
Thomas, como es también conocido, no fue casualidad sino el resultado de más de un año de arduos trabajos de investigación por
parte de los investigadores.
Seguramente será una inolvidable oportunidad para escuchar a los
autores referirse a la maravillosa experiencia que supone presentar
un libro en el que se da una fehaciente información que demandó
mucho tiempo y esfuerzo.
Se me ocurre pensar que en tanto se desarrolle el acto, emergiendo de las sombras más profundas, se harán presentes en la oscura
biósfera, el singular Murciélago de Garganta Amarilla, el Rayado de
Nariz Peluda, el Murciélago de Rostro Pálido, el de Labio Verrugoso,
el Murciélago de Lengua Larga Común, el de Cola Corta Sedosa, el
Peludo de Hombros Amarillos, el Murciélago Frutero Enano, el Cara de
Perro Canela, el Cara de Perro Menor, el Zorro Volador, el Murciélago
de Nariz Amplia de Ipanema, el Bigotón de Wagner, el Murciélago
Peludo de Ojos Grandes, el de los Sacos Alares Castaño, el Murciélago
Negro de Líneas Blancas, el Pescador Mayor, el de Nariz Ancha de
Listas Tenues, el Grande de Espalda desnuda, el Rubiginoso Mayor,
el Murciélago Lanudo Orejón, El Pigmeo de Orejas Redondas, el Murciélago de Bonete de Sanborn, el Rinolofo, el Orejirroto, el Grande
de Herradura, el Murciélago Barba de Pétalo, todos ellos formando
un torbellino inquieto que se mueve rápidamente entre las sombras
con la intención de ampliar los límites de la noche.
He asistido a muchas presentaciones, pero estoy seguro que ésta
será una ocasión inolvidable. Este libro contribuirá a conocer a este
noctámbulo volador que ayuda a conservar la naturaleza y, de ese
modo, se podrá defenderlo de mejor manera ante quienes todavía lo
desprestigian y lo condenan a un cautiverio reforzado por el prejuicio
y la ignorancia.
Bienvenido sea este libro al mundo del conocimiento y que su
presencia sea pródiga para bien de la subsistencia del hombre en
este mundo.
La presentación del libro se llevará a cabo en el salón principal
del Espacio para las Artes y Ciencias de nuestra ciudad. Será a las
19:30.
Gaby Vallejo Canedo23
Detrás de los sueños (1986)
Wara y el sudor del sol
Wara tenía los ojos fijos en una piedra dorada que relucía entre las
aguas de la orilla. El Lago Sagrado estaba tan azul y transparente
que la piedra parecía estar muy cerca, al alcance de su mano. Pero
cuando su pequeña mano rompió el cristal y penetró en el agua
helada, Wara comprendió que se había engañado. La piedra estaba
lejos todavía. Entonces una morena sonrisa floreció en su cara. Se
quedó agitando el agua con su mano. Miles de espejitos de agua
formaban ruedas de brillos y se volvían a formar. Un agradable calorcillo entibiaba su espalda. Miró hacia el Sol, estaba alto todavía
y sus ovejas comían tranquilas en los pastizales de la orilla.
De pronto sintió que se resbalaba de la orilla y se hundía
entre las aguas. Siguió sumergiéndose sin poder detenerse. Y con
sorpresa comprendió que nadaba como un pez. No se ahogaba.
El transparente azul-verdoso de las aguas le ofrecía miles de
caminos a seguir. Los peces y las verdes ranas no se asustaban
al encontrarla allí. Más bien, parecían indicarle por dónde tenía
que ir, formando uno tras otro, una hilera, como guía. Y por allí
se deslizó su pequeño cuerpo. Era como estar en un laberinto y
como en un juego, ya bajaba, ya subía. A la izquierda, una gran
vuelta; a la derecha, una picada.
Hasta que… al fondo del Lago Sagrado, muy al fondo, vio al
hombre. Estaba sentado sobre un pequeño promontorio. Era viejo,
moreno, con blancos pelos en la cabeza. Su cuerpo estaba cubierto
de un manto de algas. Tenía mirada triste.
—Por fin alguien llega –dijo el hombre en aymara.
—Entonces Wara, que comprendió las palabras, se quedó
sorprendida, sin saber qué contestar.
—He esperado siglos que alguien viniera. Yo soy el guardián
de los tesoros del Inca Atahuallpa y de lo que mandó a recoger del
23
Cochabamba (1941). Ver biografía en p. 485.
[201]
202
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Imperio Incaico. A mí me destinó el monarca para huir con los
ornamentos de los templos y los vasos de oro que codiciaban los
conquistadores. Soy Kjana-Chuima, el yatiri de la “Leyenda de la
coca”. Cuando los vi llegar con sus cuerpos cubiertos de fierros y sus
monstruos de cuatro patas, cargué el tesoro hasta la balsa y avancé
hacia el centro del Lago Sagrado y vine, hasta allá arriba. Mira, es
el centro mismo del Titicaca –dijo esto señalando a lo alto.
Wara solo veía toneladas de agua verde sobre ella, pero entendió, aún así fascinada como estaba.
El yatiri continuó:
—Y derramé los adornos de las paredes del Templo del Sol,
los vasos de oro del Inca, todo nuestro esplendor sagrado que ellos
buscaban para convertirlo en dinero, en poder. Todo lo arrojé. Todo.
Y está aquí. ¿Quieres verlo?
Más fascinada aún Wara dijo que sí.
—No en vano he esperado tantos siglos –señaló hacia arriba
y se incorporó.
Parecía ser dueño de las aguas y los peces. A un gesto de él, los
peces limpiaron con sus colas el promontorio cubierto de algas y
barro sobre el que antes estaba sentado Kjana-Chuima y aparecieron
esplendorosos los brazaletes de las Ñustas del Sol, las varias caras
talladas del Inti y de Killa en oro y plata.
—No sé quién merecerá recogerlo. Si un hombre, una mujer
o un pueblo –dijo el yatiri.
—¿No podré llevarlo yo? –preguntó Wara.
—Sé que no. Aunque eres la única persona que me ha visitado,
sé que no eres tú.
—¿Por qué?
—Porque habrán más signos todavía. Las aguas se alborotarán
o se teñirán de sangre, o los peces me dirán en su lenguaje o el
espíritu de Atahuallpa bajará hasta el laberinto de agua en que
está su tesoro.
—¿Yatiri, puedes regalarme un pequeño prendedor del
Inca?
El yatiri pareció sonreír y dijo –este es el sudor del Sol, una
pequeña gota solidificada en donde aparece su rostro. Cuélgalo en
tu frente para que brillen más tus ojos negros.
—Gracias yatiri Kjana… Kjana…
—¿Es difícil pronunciar mi nombre?
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
203
“El yatiri pareció sonreír y dijo: –este es el
sudor del Sol, una pequeña gota solidificada en
donde aparece su rostro. Cuélgalo en tu frente
para que brillen más tus ojos negros…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
204
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Ya no quieren los niños de mi pueblo hablar la lengua de
sus padres.
—Lo sé, pero te voy a decir un signo para conocer al destinado,
hombre, mujer o pueblo que recogerá este tesoro. Esa persona estará
orgullosa de su idioma y de su raza. Así será… ¡Y ahora vete ya!
—¡No por favor! Esto es maravilloso. Quiero quedarme un
tiempo más. ¡Nunca volveré a este lugar! ¡Tampoco te veré más!
—¡Vete! Ya va a caer el sol y la noche aquí es profunda, terrible.
Los peces volvieron a formar una hilera con sus cuerpos hacia
arriba, a la derecha. Wara sintió como si la aspiraran. Una extraña
fuerza la hacía navegar entre las aguas hacia afuera.
De pronto, estaba allí en la orilla del Lago Sagrado, con su mano
entre las aguas heladas, mirando la piedra amarilla, fijamente. Se
estremeció. Tuvo miedo de lo que había… o no había pasado. El sol
se retiraba de la tierra con sus últimos fuegos. Wara tenía agitado
el corazón. Un hermoso sueño le había perturbado. Pero al ir a
tocarse la frente, sus dedos tropezaron con una gota de Sol hecha
de oro colgando desde sus cabellos. La desprendió. Temblaba. Era el
mismo rostro del Sol que Kjana-Chuima le había dado en el fondo
del Lago Sagrado y de sus sueños.
Gigia Talarico24
Comiendo estrellas (1987)
Comiendo estrellas
A veces, en las noches, Esteban y Olivia miran juntos el cielo antes de irse a dormir. Ese manto de estrellas lejanas e intocables.
Cuando hay un buen tiempo y las estrellas brillan mucho, Esteban
se imagina navegando en ese mar brillante. Tiene un globo transparente como nave, y desde allí contempla el firmamento. Varias
veces le comentó a Olivia que sentía no poder tomar una estrella
con la mano, sacarle un pedacito, y metérselo en la boca como si
fuese chocolate. Una vez, Olivia le respondió que para comerlas,
solo se necesitaban alcanzarlas con las manos y ponérselas en la
boca. Según Esteban, Olivia es muy chica y hay que explicarle todo.
Eso fue lo que le comentó al gato Lucero, quien no pareció nada de
acuerdo con él, tal como se lo demostró, negándole con la cabeza
mientras se rascaba el bigote.
Hace unos días, Olivia estaba sentada cerca de la verja con los
codos apoyados en las rodillas y el gato sentado en sus pies. Esteban
se acordó y le preguntó:
—¿Qué estás haciendo Olivia?
Ella siguió mirando en la misma dirección y respondió:
—Estoy comiendo estrellas.
El día anterior había pasado exactamente lo mismo, y Esteban
había tratado de explicarle que las estrellas no se comen en la realidad, que solo en sueños, pero ella ni siquiera le había escuchado.
Durante dos días la observó; apenas el sol empezaba a esconderse,
Olivia se sentaba en el mismo lugar seguida de Lucero su gato. El,
discretamente y a distancia, seguia sus movimientos, Olivia tenía
la absoluta complicidad de Lucero. Esto lo intrigaba y le daba un
malestar extraño. Lucero, de costumbre, repartía muy bien su
compañía con él y con su hermana, pero esta vez las cosas estaban
demasiado oscuras.
24
Santiago, Chile (1953). Ver biografía en p. 486.
[205]
206
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Al tercer día, estaba muy preocupado. Ahora sí estaba convencido de que su hermana realmente comía estrellas, y le preguntó a
su mamá si no podía darle un empacho. La mamá lo miró, primero
con sorpresa y después sonriendo, le dijo que no se preocupara.
Esteban sintió que su mamá le respondía como cuando le hablaba a Lucero, risueña y amable, pero sin darle importancia. Decidió
no insistir, tal como hacía el gato. No entendió su madre que cuatro
días comiendo estrellas podría ser algo importante, ¿acaso peligroso? Secretamente, tenía unas ganas enormes de participar con su
hermana del banquete.
Decidió sentarse junto a ella a esperar que algo pasara y así lo
hizo.Vio pasar un camión, varios autos, un vendedor de escobas,
uno de empanadas, algunas personas adultas y muchos niños.
También pasaron dos vacas, cinco caballos en tropa, por lo menos tres lagartijas, varios perros y todos los gatos del barrio. Lucero
no movía ni la cola, seguía ahí, tirado. También pasó un carretón
vendiendo plátanos. El carretón avanzaba despacio, haciendo un
ruido especial con las ruedas. Esteban olvidó a su hermana, subió
al carretón y, tirado encima de los plátanos que quedaban, empezó
a disfrutar del viaje.
La noche caía, y los bueyes, que tenían un color platinado
bajo la luna, avanzaban lentos en el estrecho camino. Los árboles
ofrecían extrañas sombras dibujando formas increíbles. Esteban
estaba asombrado en esa fiesta de quietud ruidosa y solitaria; solo
un puercoespín lo miraba callado y cómplice, y una niña con traje
verde, que cruzó el camino, le tiró una flor. Se alejó dejando lucesitas verdes esparcidas, Esteban hubiera querido tomarlas con la
mano pero eran luciérnagas que se alejaban fugaces. Una de ellas
se le posó en el pecho. Tres luciérnagas siguieron su camino. El
sombrero del carretero brillaba aún más cuando decía “soh-soh”
a los bueyes. Las ruedas se hundían en la arena y Esteban pensó:
“Ahora vamos a cruzar el río”. El escuchaba satisfecho el chirriar
de las ruedas, el torrente del agua, y tenía ganas de cantar, el corazón le latía con fuerza, pensaba en su hermana, en Lucero, en
la cabellera tejida de luciérnagas. La tibieza de la noche lo hacía
feliz y las estrellas se le ofrecían generosas y cerca, bastaba con
levantar la mano…
De pronto, escuchó la voz de Olivia que le decía:
—Ya está oscuro, tenemos que entrar. ¿En qué piensas?
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
207
“Una niña con traje verde, que cruzó el camino, le tiró
una flor. Se alejó dejando lucesitas verdes esparcidas,
Esteban hubiera querido tomarlas con la mano pero
eran luciérnagas que se alejaban fugaces…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
208
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Esteban se sobresaltó. Seguía sentado al lado de su hermana
y Lucero, y de la llave de agua caían gotitas. Esteban respondió,
mirando la luciérnaga pegada a su pecho y la flor que sostenía en
la mano:
—Hermanita... ¡¡Qué lindo es comer estrellas!!
Olivia sonrió y Lucero se rascó los bigotes satisfecho.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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Los tres deseos (1993)
La flauta
David descubrió la trompeta desde su cama. ¿Qué podría ser? –se
preguntó–. La lluvia caía torrencialmente golpeando sobre techos
y baldosas; eso lo había despertado. Pero cosa extraña, a sus oídos
también llegaba una melodía discorde mezclada con el ruido de
la lluvia. Se levantó de la cama y abrió la ventana para escuchar
mejor. Sonaban la lluvia, los truenos y ese ruido, que quizás era
música, ¿de dónde podría venir?
Tenía ganas de salir corriendo a jugar, pero, ¿qué pasaría si se
enteraba su mamá? Ella siempre dice que puede resfriarse, que le
puede dar neumonía, que se puede caer del árbol, que se puede
quebrar algo y que patatín y que patatán.
Llovía tanto, que el agua alcanzaba el marco de la ventana y
le mojaba los codos. Estiró los brazos para mojarlos a gusto. Así
se quedó, con los brazos extendidos, pensando en lo bonito que
sería salir a jugar con Andrea. ¡Tiene unos ojos tan lindos...! ¿Por
qué le gustará tanto tocar la flauta? ¿Por qué siempre la lleva en
la mano...? Ese ruido entremezclado con la lluvia... ¿No parecía el
de su flauta…? Todo esto le pasaba por la cabeza cuando... ¡zas...!
Un fuerte pinchazo en una mano lo sacó de sus pensamientos y
rápidamente la retiró de la ventana. Entonces vio que en ella, tenía
clavada una nota musical.
Llovía con menos intensidad y David miraba emocionado. Con
cuidado se sacó la nota y la apretó en la mano. Tenía que descubrir
de dónde había caído.
Si se la quedaba, ¿no rompería acaso alguna melodía? ¿Si se lo
contaba a su profesor de música, le diría que lo estaba inventando...?
Podría llevarle la nota como prueba... No, lo mejor era salir
por la ventana y buscar a su dueño. Así lo hizo. El gato, desde el
marco, parecía dudoso de acompañarlo. David saltó, dio la vuelta
al jardín y por la parte más baja subió al techo mientras el perro
le movía la cola.
Todo el techo estaba regado de notas musicales que brillaban
en la oscuridad sobre las tejas húmedas. David caminaba despacio,
estaba resbaloso y no quería pisar las notas ni romper las tejas.
¿De dónde vendrían tantas? –pensó– ¿Y por qué?
210
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
De pronto, en el techo de al lado vio a alguien tratando de
trepar por la chimenea. Se notaba que le costaba mucho esfuerzo,
pasó al otro techo y se dio cuenta que era una niña en camisa de
dormir; se tropezó con un piano minúsculo y con un inmenso
ratón blanco. Ya no llovía y el gato avanzaba detrás de él; estaba
asustado, solo escuchaba el pum pum de su corazón como un
tambor. ¡Pero si aquella niña era Andrea! Ahora, unida al miedo,
tenía esa gran ansiedad que le producía estar cerca de ella.
—¿Qué estás haciendo? –le preguntó.
—Tratando de recuperar mi flauta –respondió Andrea–. Un
trueno la recogió de mi mesa de noche y no para de esparcir las
notas; la cosa es que no sé cómo alcanzarla. De aquí a unas horas,
la casa estará hundida en una inmensa montaña de notas y lo que
es peor, me quitarán mi flauta.
—No te preocupes –dijo David tratando de disimular su propio
temor–, te ayudaré y entre los dos la alcanzaremos.
El viento, ahora que ya no llovía, silbaba frío, y el trueno burlesco dio un fuerte rugido. Al gato se le paró la cola, David temblaba
y sentía sus pies resbalarse en las tejas, pero estaba decidido.
¿Cómo podría Andrea pasar las tardes sin su flauta? Tratando
de no pensar en el inmenso ratón en el techo, en los ojos redondos
de Andrea, ni en lo resbaloso del suelo, sugirió con coraje...
—Súbete a mis espaldas y la recoges.
—Ya probé con el piano y no alcanzo, –dijo Andrea casi gimiendo–. ¿Tú crees que podrías sostenerme en tus hombros?
David no sabía si podría resistir el peso de Andrea. ¡Debía
tener dos kilos solo de cabellos crespos! Aun así, dijo que sí. Seguramente ella estaba tan asustada como él –pensaba–, pero no
se le notaba. Los dos trabajaban silenciosamente. El gato se lamía
la pata sobre el piano y el ratón blanco lo miraba con curiosidad,
a David le sonaban los dientes. Cuando Andrea alcanzó la flauta,
el trueno rugió cariñoso, pero David casi se cae.
—No te preocupes –dijo ella–, parece que él está mas bien
contento.
Bajó con cuidado. Tan feliz, se sentía Andrea, que casi saltaba.
—Ten cuidado Andrea, que te puedes caer al suelo –dijo y tomando aire serio, siguió: –Me gustaría que me digas qué haces tú,
en la noche, con un piano de juguete, un ratón de peluche y una
flauta, subida en el techo.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
211
“Yo vine porque escuché la flauta, y ahora me
dices que te la robó el trueno... después de todo,
que más da, seguramente es verdad… con todas
esas notas regadas por el techo...”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
212
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Pues ya vez; lo mismo que tú –le respondió burlona Andrea.
—Yo vine porque escuché la flauta, y ahora me dices que te
la robó el trueno... después de todo, que más da, seguramente es
verdad… con todas esas notas regadas por el techo...
—Gracias por tu ayuda David. Ahora será mejor que vuelvas
rápidamente a tu cama, está por amanecer, no vaya a ser que te
despiertes. Dicen que despertar de los sueños sobre los tejados
puede quebrarlos.
Manuel Vargas25
Cuentos tristes (1987)
Jacinta
(Cuento juvenil)
En los últimos tiempos casi nadie las había visto salir. Jacinta consumía sus años entre la cocina y la oscura habitación donde descansaba su madre. Muchos las criticaban por haberse encerrado y alejado
como si ya no fueran del pueblo. Pero más hablaban de la joven,
tan callada, tan hermosa, la hembra que no sería para nadie.
Una tarde lluviosa, un vaquero llegó a Tierras Amarillas en
busca de trabajo y fue a parar a la tranca de esa casa que parecía
abandonada. Llamó una y otra vez, cuando estaba por retirarse vio
que al fin alguien abría la puerta, sin animarse a salir al corredor.
Sujetando las riendas de su caballo, siguió llamando. La mujer espiaba al hombre de poncho rojo y alforja, pareció volver la cabeza
como si consultara en la oscuridad, miró otra vez al hombre y le
hizo señas para que esperara.
La puerta se abrió al fin cuando dejó de llover; el vaquero entró
al patio y una voz cantarina dijo:
—¿Por qué no entraba si tanto lo estaba llamando?
—Disculpe usté, señorita –repuso él como si le hubieran dado
un golpe en la cara–. La tormenta no me dejó escuchar. Yo pensé
que antes usté le preguntaba a su mamita...
La joven contuvo un respingo y dijo:
—Sí, claro. Mi mami dijo que lo haga pasar.
—¿Podría hablar con ella? Me llamo Ovidio Luna y ando buscando trabajo.
La joven respondió con una sonrisa. El vaquero sintió el barro
en sus pies, aflojando la cincha del caballo siguió:
—Digo, si tal vez les interesara un peón pa que siembre o
desyerbe las chacras. La tierra está en su punto.
—Mi mami está pues medio delicada –dijo ella–. Tal vez si
25
Vallegrande (1952). Ver biografía en p. 486.
[213]
214
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
pudiera volver otro día...
—Cómo no, pero de repente... ¿por qué no le pregunta?
Ella iba a negarse, de pronto se oyó un trueno y volvió la lluvia
con más fuerza, Ovidio se sujetó el sombrero y el caballo retrocedió hasta chocar con el horcón. Jacinta gritó y cayó sentada sobre
el maíz del troje en la esquina del corredor. Ovidio se acercó para
ayudarla a levantarse. Los ojos asustados miraban hacia la puerta.
¿Venía la madre? No, la puerta seguía quieta.
—Allá, allá –dijo al fin la joven–, su caballo en las flores; ahora
sí mi mami me da una cuera...
Ovidio salió al patio, tropezó con una piedra y se agarró del
palo de la tranca. Agua y sombras grises, tocó un cuerpo peludo y
recibió una patada en la rodilla, al caer al barro tuvo la suerte de
apoyar la mano en el extremo de las riendas y condujo al caballo
hacia el corredor, en cuyo horcón lo amarró. Se sacó el sombrero
y el poncho y los colgó en un listón del techo. Entretanto Jacinta
había desaparecido; el vaquero se limpió la cara y se sentó en el
banco de adobes.
A la tormenta siguió el surazo, cuyo viento parecía atacar
solamente la rodilla de Ovidio. Se arremangó los pantalones y los
exprimió como pudo. Se levantó; necesitaba lumbre y el calor de
unas brasas. Tendré que llamarlas, tendré que tocar la puerta. ¡Ay,
mi rodilla! Ningún sonido venía de la puerta entornada. Volvió a
sentarse sobre los adobes, mirando los árboles del callejón y la falda del cerro. En el patio el caballo temblaba, con la montura y los
sobrepelos chorreando. Bueno, ya es hora de que aparezcan.
Al intentar levantarse sintió una punzada en su rodilla.
¡Caballo bruto! Apoyándose con las manos fue recorriendo en
el asiento hasta la puerta. Ya iba a golpear cuando escuchó a las
dos mujeres, como si hablaran dentro de su boca. ¿Qué decían?
¿Saldrá la vieja al fin? “Ya”, “ya”, la voz dulce de Jacinta cerca de
la puerta. Si no aparece la vieja, mejor. Escuchó pasos y la vio de
pie en el umbral, sonriendo, con las manos juntas a la altura de
su pecho.
—Me estoy helando –sonrió Ovidio–, ¿habrá fuego en la
cocina?
Ella sin decir nada se alejó hasta el otro extremo del corredor,
apartando unos cueros y correas que no dejaban ver el fogón. Se
sentó en la penumbra, renació el humo. El vaquero se acercó aga-
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
215
chándose y se sintió algo más tranquilo.
—¿Y qué dice su mami? –preguntó mirándola.
—¿Mi mami? –colocó un tarro con agua sobre el fuego–. No,
dice que no.
—Bueno, no importa; mañana sigo viaje.
Jacinta pareció haber reprimido una palabra, siguió atizando el
fuego. Alistó vira-vira y azúcar en un jarro y esperó a que hirviera
el agua. Entonces llenó el jarro y se lo llevó a su madre.
El dolor de la rodilla era más soportable. Acercó los pies al
fuego hasta que los pantalones comenzaron a quemarle. Quiso ver
la herida. No había sangre, la rodilla parecía una pelota brillante.
Jacinta volvió.
—Parece que no me voy a poder ir –dijo él mostrándole la
rodilla–. Si no es molestia, ¿podría hacérmelo una salmuera?
La noche había llegado sin hacerse notar. Ella atizaba el fuego
y se quedaba mirando las brasas.
—¿No se enojará su madre si yo me quedo? –dijo él. Ella le
alcanzó el jarro con salmuera y comenzó a curarse–. Podría pasar
la noche junto a esta cocina. Solo que, los sobrepelos de mi caballo
no van a servir pa taparme... ¿Qué diría su madre si ... ?
—Ya debe estar durmiendo –le cortó Jacinta. Se levantó y dejó
otra vez solo a Ovidio.
Él siguió curándose. El patio se volvió un negro muro. Solo
escuchaba el crepitar de las brasas, los pasos adentro, una tos.
—¿Ya se durmió? –preguntó Ovidio cuando ella volvió a sentarse junto al fogón. Ella no respondió, o tal vez dijo “sí” al suspirar–.
Que bien se está aquí –siguió él–. Yo le agradezco por todo, espero
que no sea ninguna molestia.
—¿Y no tiene hambre? –volvió a levantarse ella–. Cocinaremos
algo.
Cuando ya se servían el caldo con papas y fideo ella dijo:
—De harto tiempo estoy comiendo un plato así. ¿Sabe?, mi
mami es pues medio aburrida; rara vez duerme a estas horas. Tengo que pasarme las noches cuidándola. De día es peor, cuando ya
me estoy cayendo de sueño ella me llama por cualquier zoncera, y
camino y hago las cosas entre sueños. Nunca descanso.
—¿Pero, ella siempre está enferma?
216
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Enferma? Ella está pero pues grave –se puso a sorber ruidosamente del plato asentado sobre sus rodillas.
¿Qué habrá querido decir?, pensó Ovidio. ¿Que su madre está
loca?, ¿o será una opa? Pobre Jacinta, y comenzó a quererla.
—Le aumentaré –dijo ella, él le alcanzó el plato vacío–. Hace
hartillos años tuvo una enfermedad –dijo–. Desde entonces me
tiene… Si ella pudiera, hasta me amarraría con cadenas –dio un
largo suspiro y se acabó la tranquilidad.
—¿Y su papá?
—Ni lo conocí. Dizque era comerciante, arriero, hacía largos
viajes. Yo tenía también dos hermanos, murieron ahogados al querer
cruzar el Río Grande. Entonces mi papá se fue a la guerra y no volvió.
—Y su mami se quedó solita con usté.
—Así es, pero desde su enfermedad, ya no hay descanso pa
mí. Quiere que esté todo el tiempo a su lado.
Ovidio notó que lloraba y temió hablar o moverse. Los minutos
pasaban sin apuro. Se acercó a ella para avivar las brasas. Tal vez
ya sería medianoche, quién sabe si se acercaba el amanecer, tan
rápido se van los momentos felices.
—Jacinta –dijo poniéndose derecho–, quién iba a pensar que...
Jacintita... Yo… Yo me casara con usté.
—¿Casarse? –gritó ella–, y luego, como si recordara a su madre
y temiera despertarla, dijo a media voz–: Usté está loco. Mi mami
no quiere. Mire el patio, ya va a ser de día y usté ni siquiera me
ha dejado dormir –ladeó el cuerpo cubriéndose con su manta y
apoyó la cabeza en la pared. Ovidio hizo que se acomodara entre
los adobes y la ceniza.
Ande habré venido a parar, pensó, descubriendo la tenue silueta de las montañas. No era el amanecer, sino la luna en el cielo
despejado. Volvió al dulce sueño de Jacinta. A ratos parecía una
niña… ¿Qué vida llevaría, encerrada con una vieja loca? ¿Cuántas
veces la pegaría, qué costumbres le enseñaría? Toda una vida de
luto, como encerradas en un cajón, como muertas. Pero esta noche
ha llorado delante de mí. Cuando amanezca me enfrentaré a la
loca, a la enferma o lo que sea, y me iré con su hija.
El temblor del cuerpo dormido le sobresaltó. Jacinta siguió
agitándose y gimiendo en sueños. ¿Soñaba con su madre? ¡La está
llamando!, se ha escuchado una voz adentro. ¿La despierto? No, se
vuelve a tranquilizar. Que descanse.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
217
El caballo comenzó a sacudirse, había entrado al corredor.
Ovidio sintió un escalofrío, las brasas agonizaban, no valía la pena
avivarlas, se acercaba el día. “Jacinta”, “hija”. Ahora sí, esa es la
voz demente. ¿Cómo está mi rodilla? Se levantó despacio, ¡podía
estirar ambas piernas! Jacinta se agitaba, despertó, sentándose de
inmediato.
—Creo que la llaman –Ovidio se inclinó hacia ella–; si quiere
vamos juntos.
Sin responder se levantó y fue hacia la puerta sacudiéndose
el luto sucio de ceniza.
Los objetos del patio se coloreaban, el tiempo prometía un
día de sol. Con energía, casi ya sin renguear, Ovidio se acercó a la
puerta y entró a ese ambiente donde aún no había llegado el día.
Sintió un olor a comida descompuesta, no podía distinguir nada con
la vista. Al escuchar una respiración agitada, se animó a decir:
—Señora, buenos días.
Le respondieron con monosílabos, luego una leve risa seca y,
al final, como si la voz resonara en su cabeza, escuchó:
—¿Qué quiere?
—Yo he venido ayer, señora, a proponerle un trato –sintió a su
lado la presencia de Jacinta, se sentó junto a ella y siguió hablando
a la oscuridad–: Anoche hemos conversado con su hija...
—¿Y quién es usté?
—Me llamo Ovidio Luna, vaquero de Salsipuedes. Últimamente
andé por estos lados de Mataral, y estaba de vuelta a mis pagos...
El cuerpo del lado se contraía y temblaba, distinguió el rostro.
Volvió la vista a la esquina donde se suponía estaba la cama, pudo
apreciar una forma alargada, como si la enferma estuviera recostada en un cajón. A duras penas se acercaba la claridad. No estaba
loca sino enferma y postrada, quién sabe si a punto de morir.
—Señora, yo quiero casarme con su hija.
Jacinta saltó hacia la puerta, abriéndola de par en par.
—¡No! ¡No! –dijo acezando.
Los gritos parecían golpear el ya débil entendimiento de Ovidio.
Volvió la vista al rincón y los ojos se le nublaron al tiempo que,
desde el cuero cabelludo, bañándole la frente y las sienes, bajó un
frío de piedra hasta cubrir todo su cuerpo.
Primero como a través de una niebla y luego con la limpidez
de los primeros rayos del sol, vio que Jacinta metía los pies en el
218
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
ataúd, se acurrucó empujando los huesos cubiertos de trapos y
acercó las manos infantiles a la mata de cabellos que cubría a medias el cráneo. Luego de un momento, la loca estaba plácidamente
dormida junto a los viejos restos de su madre.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
219
“Volvió la vista a la esquina donde se suponía estaba
la cama, pudo apreciar una forma alargada, como si la
enferma estuviera recostada en un cajón…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Los descubrimientos de Domingo Segundo (1998)
(Novela juvenil)
Laguna Seca
Laguna Seca es un pequeño rancherío donde no hay lagunas
secas ni mojadas. Pero sí tiene su río, su cerro, su pampa, su
sol, sus huertas. En ese tibio revoltijo, nació y creció Domingo
Segundo.
Al principio, cuando estaba en el vientre de su madre, ya daba
qué hablar a sus padres. Y su hermana Enriqueta estaba loca por
conocerlo. De pronto, la semilla se desprendió de su vaina y... el
niño nació.
Ni bien se enteró de la novedad, se puso a llorar. Y como vieron
que tenía huevos y pajarito, le pusieron nombre de varón: Domingo
Segundo, como su padre.
***
Mírenlo, ya de año: no es más que un bicho oscuro y lloroso,
gateando encima de la cuja... Los ponchos ásperos tienen siete
colores, visibles en la penumbra. Se acerca a la orilla y ¡pum!, al
suelo.
No importa caerse, la cosa es saber levantarse. ¿Pero por qué
está todo oscuro? Se vuelve gateando hasta chocar con la pata de
la cuja. Viento afuera, se queja la puerta, entra luz y el niño puede
mirar su cuerpo: está lleno de manchas rosadas. Quiere asirse del
aire y ¡pum!, el suelo se acerca a su frente. Entonces dice: “Leche,
leche. Mami, mami”, y sale gateando al patio.
Orines, tierra, hojas secas bailando. Logra pararse, pero pronto
vuelve a apoyarse en el suelo. Hasta que viene su hermana Enriqueta y lo levanta.
Al ver las manchas en el cuerpo de la guagua, dice:
—¿Qué tendrá éste? ¿Será el tabardillo? ¿Picau de pulgas?
¿Susto? ¡Vamos, a tu cajón!
No, ella no le entiende. Domingo Segundo solo quería tomar
leche de la teta de su madre. Escucharla, sentir sus manos. Abajo
paja y trapos mojados, arriba las cañahuecas del techo. Quería
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
221
gatear por el patio, quería ser libre y volar como los patos de la
huerta... Vuelve su hermana y le dice:
—Nos vamos pal pueblo, nos vamos pal pueblo
—¡Puebo! ¡Puebo! –repite él mientras ella lo levanta y lo envuelve en su manta.
Enriqueta lanza una carcajada; esta vez parece que le entendió.
—Sí, vamos a encontrarla.
De manera que su madre ha ido al pueblo. Olor de hojas secas,
viento en los árboles y ella no aparece. “Chucho, mami”.
—Ya, ya, por allá viene, ya, ya –le consuela su hermana.
Pero no era su madre sino una prima con guagua chiquita.
—Yo tengo harta leche, ¿le doy?
—Qué va a querer.
—A ver ma prestámelo.
Domingo Segundo siente otros brazos y otro olor, se abalanza
a las tetas y toma leche con risas, hasta quedar dormido.
***
Muchas veces se quedaba solo. En la cama, en el corredor, en el
patio. Un día, como borracho avanzaba sin saber adónde, miraba a
todos lados y no veía pies ni piernas. Ya estaba por llorar, se volvió,
tomó otra dirección, ¿quién lo llamaba?, ya no podía más, ¿adónde
ir?, estaba por caer... Entonces vio, olió a pocos pasos, las rodillas de
su papá. Llegó a sus brazos y saltaron dos lágrimas como chispas de
luz. Cubierto por el saco que él levantó a manera de cueva, movía
la cabeza y refregaba su rostro en el chaleco.
—¿Nos vamos? –preguntaba el padre.
—¡Nos vamos!
—¿A caballo?
—¡A caballo!
Y se levantaba y lo colocaba a horcajadas en una de sus rodillas.
Adiós frío, adiós silencio, adiós penas.
***
—Mami, ¿dónde estoy? ¿Quién soy yo, mami?, ¿cómo me llamo?
—Domingo Segundo.
—¿Y mi hermana cómo se llama?
—Enriqueta.
222
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Y usté, mami?
—Marina.
—¿Y mi papá?
—Domingo Segundo.
—¿Y aquí, cómo se llama, mami?
—La casa, aquí es la casa.
—¿Todo esto es la casa? ¿Y dónde está la casa?
—Junto a la chacra, junto al corral, al lau del callejón.
—¿Y dónde está el callejón?
—En Laguna Seca. Aquí es Laguna Seca.
—¿Por qué?
Doña Marina suspiraba.
—¿Y yo, dónde estoy yo, mami?
—Aquí.
—¿Y mi papá? ¿Y mis otros hermanos, dónde están?
—Aquí. Aquí –suspiraba su madre.
El diablo y otros seres
A Domingo Segundo le ocurrían cosas... Como el caso del asientito
y el pantalón celeste. Pero antes, fue el caso del diablo.
Estaba recostado en su cajón del corredor, cuando un ala oscura
le tapó la vista. Su respiración se detuvo, salió el grito y el mundo
se volvió rojo. Se acercaron las risas de Enriqueta:
—¡El gallo lo ha asustau a la guagua! ¿Quién dejó abierta la
puerta de la huerta pa que se entren las gallinas al patio? –y siguieron las risas.
Ella creía que era el gallo, Domingo Segundo sabía que era el
diablo escondido en su ala. Y entonces sí, entonces se puso a llorar.
Pero había objetos amables, como el asientito. Madera oscura,
patas con barro y polvo, liviano y fácil de cargar. ¡Dónde no andaba!,
en el corredor, en la sombra de los árboles del patio, en la cocina o
en la casa grande. Y hasta en el corral o a la orilla de la chacra. Lo
fabricó un tal Segundo Villagómez, padre de la madre del último
Domingo Segundo.
—¡Andá traeme el asientito! –le decían a cada rato.
Estaba junto al batán donde su madre molía el ají colorado.
Estaba en el corredor donde su padre arreglaba abarcas o fabricaba
sogas con barba de palmera.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—Quiero chucho, mami.
—¡Andá traeme el asientito!
Y caminaba tras ella por el patio, la huerta o la cocina. O por
la orilla de la chacra, una mano prendida de su mano y la otra
arrastrando el asientito. Porque cuando ella al fin se sentaba, ah,
se acababan los miedos y las desdichas.
En cambio, el pantalón celeste... ¡cosa del diablo! Tirado en el
suelo, parecía moverse solito con reverbero de víbora. Le recordaba
a los fustanes y camisas que usaban las mujeres. ¡Claro! La tela de
ese pantalón fue primero un fustán de su madre. Y ella se lo cosió
solo por aprovechar una tela. Seguro lo hizo en un rato de pena
o de rabia... Si no quería comer, si hacía alguna travesura, si se
empacaba, oía a su papá o a sus hermanos:
—¡El pantalón celeste! ¡Pónganle!
Y gritaba y pataleaba, mientras se lo ponían a la fuerza.
Después, a escondidas, se lo sacaba. Creció, y el pantalón, aunque no del todo viejo, ya le quedaba chuto. Sin embargo, todavía
escuchaba: ¡El pantalón celeste!, y temblaba y le daban ganas de llorar. Las palabras de burla eran peor castigo que el mismo pantalón.
En una de las esquinas de la cocina estaba el batán: una piedra
grande y lisa sobre otras chicas cubiertas de barro, ahumadas, húmedas, sucias de restos de comida. Buscó una que estuviera suelta
y la removió, levantó la vista hacia la tranca del corral, luego hacia
la puerta de la huerta, nadie... ¡Eso es!, aquí lo meteré pa comida
de los ratones. Y acabó la historia del pantalón celeste.
Lindo tiempo, el de las chinas
Cada año, a fines de abril o principios de mayo, salía temprano
con su hermana a buscar chinas. Estaban ocultas detrás del corral,
en la orilla de los cercos y entre los cimientos de las pircas. Eran
blancas y tenían figuras indelebles, cuyos colores más comunes
eran el rosado y el cañaverde, a veces el café y el azul. Un azul que
en nada se parecía al cielo. Un cañaverde que no era el de la caña.
Un rosado tal vez existente en los sueños. El blanco de las chinas
tampoco era un blanco cualquiera. Frotándolas o lavándolas, brillaban, lisas, a veces planas, o algo curvadas y de diferentes tamaños.
Aunque nunca más grandes que las palmas de sus manos ni más
chicas que sus dedos. Eran su riqueza.
224
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Si alguna vez encontraban una demasiado grande, la partían a
golpes. Debían tener cuidado al partirlas; los pedazos muy pequeños
no valían. En la superficie se veían flores o fragmentos de figuras
geométricas. Pero el tipo de figuras no aumentaba el valor. Podían
tener cinco, diez, veinte chinas. En su origen, fueron viejos platos
de china que se rompieron. ¿Por eso se llamarían “chinas”? Aunque
a veces también pasaban por “chinas” fragmentos de vidrios de colores –azules o verdes. Las buscaban y juntaban con pasión, durante
días, hasta que llegaba la celebración del Calvario, en Guadalupe.
Iban con los bolsillos llenos para comprar huertas, una yunta de
bueyes o una parrilla –media carguilla– de empanizado.
El Calvario se realizaba en el patio de alguna casa. Las vendedoras eran mujeres mayores. Todo el patio era un mundo en
miniatura; cada cosa –huertas, animales de barro, productos–
valía una, dos, cinco chinas. A Domingo Segundo más le gustaba
comprar parrillas de empanizado para comérselas ese rato –eran
de la especie de las “tablillas”, con maní o con hilitos de lacayote.
Pero les gustaba recorrer todos los puestos admirando el mundo
a su medida. Y las dueñas de tanta maravilla, serias, amables, se
esforzaban por vender igual que las vendedoras del mercado en el
pueblo. Y las chinas iban pasando poco a poco a las manos de ellas
al tiempo que los bolsillos de los niños se vaciaban. Pero gozaban
de un momento de placer en la boca. O en el pecho, al sentirse
dueños de tierras, de animales, de huertas.
De pronto, solo quedaban una o dos chinas en sus bolsillos.
—¿Qué más me compro?
—No, mejor guardátelas pal año.
—¡Un empanizado más! Hasta el año ya encontraré más chinas.
¿Cuál me ha quedado? Una blanca, ¿por qué no me guardé la
que tenía esa flor rosada? ¡Era una flor enterita!
—Señora, ¿a cómo es su chacra?
—Dos chinas.
—Ay, no puedo comprar, solo me queda una china.
—El maíz ya está grande y en cabello; cuesta dos chinas. Helay
este pancito cuesta una china, llevate.
—¡Démelo!
Los bolsillos quedaban vacíos y el cuerpo lleno de emociones.
¿Y de cómo volvían a aparecer las chinas al año siguiente? En la
casa no había platos de china y menos podían romperlos y botarlos
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
225
detrás de la casa. ¿Era que la china «daba» como el maíz, como la
papa que al sembrarla producía papas nuevas? ¿Y qué harán las
vendedoras con tanta china recibida...? Cada fiesta del Calvario, se
repetía esta historia.
Una casa para Domingo Segundo
¿Cómo es la casa de Domingo Segundo? Ni le pregunten, porque
cuando se pone a hablar, no hay quién lo pare:
Mi casa es grande. Y mi familia también es grande. Mis papás,
la Enriqueta, mi hermano mayor, gallinas, perros, vacas, pájaros.
Cerros, cielo, árboles, callejones, caminos, chacras... Todo eso es
mi casa y mi familia.
Cuando digo chacra quiero decir choclos y mote. Cuando digo
huertas digo duraznos, manzanas y membrillos. Pero si quiero
hablar de papas, camotes y yacones, diré papales, camotales y
yaconales... Repite conmigo: papales, camotales, yaconales...
¿Hueles? ¿Sientes su sabor? El yacón da en la orilla de la huerta,
en tierra arenosa. Se parece al camote pero solo en su forma. Mi
papá cava una planta madura de donde salen cinco yacones, yo
agarro y los llevo a la acequia. Los lavo y le alcanzo uno medianito
a mi papá: ¿Pélemelo?, le digo. El saca su cortaplumas y se me
hace agua la boca. Cáscara oscura, y más adentro morado, blanco,
jugoso, brillante al sol. Y mientras me lo alcanza, dice: “El yacón
quita el hambre y la sed”. Y no solo eso, digo yo, porque cuando
como yacones, parece que hasta la sombra de los durazneros
es más fresca. Me acordé de una copla: Cavando camotes, cavando
valucias...
¿De qué les estaba hablando, ando, ando? Cuando no ando
descalzo uso ojotas, mi hermana Enriqueta usa sandalias. Pero eso
sí, siempre llevo chulo pa que el sol no me haga hervir la cabeza.
El chulo es un sombrero viejo, cuando sea más grande, usaré uno
nuevo... ¿Qué haría ahora con un sombrero nuevo si apenas voy al
pueblo una o dos veces al año? Tampoco uso cinturón porque mis
pantalones se sujetan con tiros cruzados en mis hombros. Cuando
crezca, usaré cinturón y sombrero nuevo y hasta me compraré un
peine y un pañuelo que he visto en el pueblo y me haré la barba.
Pañuelito blanco, de orillita lacre... Ay, cómo me gusta cantar. Y comer,
ni qué se diga.
226
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Yo sé comer camotes, valucias y k’echentillas. En mi casa hay de
todo, de tomar y de comer y de jugar. También hay comida que no
se come, porque es del zorro. En las orillas de los cercos hay papa de
zorro –amargas, siguas hasta al mirarlas–, cebolla de zorro –sin sabor
ni color– y naranja de zorro –verdes y chiquitas como pa los duendes.
Y así, como hay todo de la gente, hay su par que es del zorro. Eso
dice mi papá, y yo digo que eso ni el mismo zorro come porque a él
solo le gustan las gallinas. Pero es de él, dice mi papá. El zorro tiene
cebollares, papales, naranjales y cuantosedijo, igual que la gente.
Nosotros los chiquitos tenemos nuestra propia comida: Salimos
al callejón y en unos árboles hay yana-yanas como ojitos negros,
pero si comes mucho tus labios se vuelven negros y mi mami dice:
¡Mirá tu boca!, parece el culo del perro. Y hay otros árboles con
tomates en racimos, del tamaño de las yana-yanas, pero rojos. Eso
sí se come y tiene gusto a tomate con empanizado. De ahí viene el
mote-mote, más dulce que el mote y da en las pampas a la orilla
de las chacras. Hay que saberlo recoger, grano por grano, de sus
ramitas como guirnaldas. Y qué diremos del cojón de gallo, fruto
de una planta guiadora de los cercos, dulce, harinoso, casi transparente de tan blanco...
Ahora si vamos a las chacras de la toma, lo que más hay son
zarzamoras con gusto a sangre, guayavillas amarillas, y margaritas.
Esas sí ya no son dulces, saben a verdura fresca, aunque sean blancas
y hasta les salga leche. También hay chicha. Con mi hermana y con
mi prima, nos gusta tomar chicha de sepe. Las sepes son hormigas
grandes, tienen sus hormigueros de hojas y ramas, fáciles de hurgar
y deshacer porque no tienen barro por encima.
¿Cómo se prepara la chicha de sepe? Digamos que estoy con
la Enriqueta y ambos cortamos dos palitos secos de romerillo, los
mojamos con nuestra saliva, hurgamos el hormiguero y tiramos
ahí los palos. Las hormigas alborotadas se llenan a picar los palos,
hasta que se cansan... Entonces cada uno levanta su palito, lo
sacude de hormigas y lo chupa hasta que queda seco. Agridulce,
¡chicha de sepe!
También tomamos miel de abeja. Eso toman grandes y chicos;
hay miel de “burro” (abejita ploma), de “señorita” (abeja de cintura
delgada y labios pintados), de lachiguana o de yajo, que me gustan
puras o con agua. También sé comer las guaguas del yajo, que es la
miel de los perros; a mí no me gusta mucho porque parece pus. Mi
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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papá dice que es como tomar leche espesa, y además de ser alimento,
es buena pal reumatismo... ¿Qué pasó, oiga? ¿No le gustó mi charla...?
Hay días en que todo sale al revés...
Un día a Domingo Segundo le entraron deseos locos de comer
p’iri de maíz, de sentir los hilos de queso blando y caliente en la
harina... Cuando Enriqueta al fin puso la olla, el día ya se estaba
acabando y Domingo Segundo temía dormirse sin haber comido.
Y se durmió.
Despertó al día siguiente casi llorando. Pero luego supo que
había comido el p’iri de dormido. Su boca y su estómago no sentían
nada, en vano chupó su lengua, apretó su estómago, y se quedó
sin ese recuerdo.
Pero podían ocurrir peores cosas, como cuando un día... El caso
es que cada año, para escapar del frío, la familia iba a las moliendas de caña en Los Citanos. Allá todo era verde... Mientras que en
Laguna Seca solo había viento y pampas amarillas.
Pues, ese día habían llegado de los montes verdes. Un día y
medio de viaje a pie y a burro. Domingo Segundo entró al patio
de su casa y lo primero que vio fue a una mujer con su hija.
—¿Quiénes son ésas? –le preguntó a Enriqueta.
—Son las caseras –le dijo ella.
Entró a la casa grande y miró la mesa sucia de polvo y le
dieron ganas de llorar. El aire estaba lleno de nada y sintió un
nudo en su pecho. Quería p’iri con leche, quería humintas, café
con pan... Enriqueta hizo café, pero no había pan. Sintió el humo
caliente en su cara y el aroma de la gloria en todo su cuerpo,
tomó un trago y apenas se quemó... Salió al patio, el día ya se
estaba acabando.
En esos casos, es fácil cocinar un huevo, pero tampoco había
huevos. La casera estaba en medio patio. Faldas remendadas,
vestido sucio, boca sin dientes sonriendo bajo el sombrero de ala
caída. “Esta mujer ha vendido los huevos que pusieron las gallinas”, pensó.
—Ta cansau el muchachito –sonrió ella–; largo ‘bra siu el viaje.
Subió un bulto a su cabeza y agarró la mano de su hija. A Domingo Segundo se le ocurrió que en ese bulto también se llevaba
su casa, la que dejó un mes atrás. Y que su hija era el duende.
228
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Hasta luego pues, doña Marina, hasta luego don Domingo,
que Dios se los pague...
Desaparecieron por la tranca, se volvió, vio la noche en la
puerta de la casa grande, se acercó al jardín arrinconado en la pirca
de la huerta. Plumas y caca de gallina, piedras derrumbadas. Salió
a la chacra y comenzó a correr. Cruzó el cerco de ramas secas y
chirimolles y llegó al potrero de don finado Jacinto. Ramas negras
rasguñando su cara, callejones negros bajo los k’iñes, pasto muerto.
Se dio campo al lado de una piedra blanda, donde apoyó sus manos.
Comenzó el canto de las estrellas.
“¿A qué horas me echarán de menos?”, suspiró Domingo Segundo. Aumentó el canto de las estrellas. “En las noches sin nubes
cantan las estrellas”, pensó. “A veces alguna cae a la tierra y se la
escucha cantar, debajo de las piedras. Pero si uno levanta la piedra,
la estrella se vuelve grillo y escapa”.
—¡Domingo! ¡Segundo! –escuchó al fin.
Qué bien se siente uno cuando lo llaman. ¿Cuántas horas habían pasado? Escuchó otra vez su nombre. Había que mantenerse
escondido un poco más. Siguieron los gritos...
San Juan, fiesta del agua
En esos tiempos se veía poca gente en Laguna Seca. Los callejones
parecían más limpios y tranquilos, el río no se secaba ni se ensuciaba y la gente podía lavar ahí su trigo. Había un lugar donde
el río y el callejón se juntaban formando una cruz, protegido del
viento del invierno.
Invierno, San Juan, agua... Pureza de cristal reflejando el cielo
y los árboles. La familia de Domingo Segundo escogía esos días y
ese lugar para lavar el trigo. No una arroba ni un costal, sino cinco
y más costales de siete arrobas cada uno. Y ese trigo era sembrado y cosechado por ellos, traído en recuas de Paja Colorada. Allá
las cosechas eran verdaderas cosechas y las siembras verdaderas
siembras. Todo era de verdad.
Papás, hermanos y hermanas trabajaban en tropa, cargando
y descargando, costurando o descosturando los costales, atajando
a los burros, enrollando las coyundas, hablando, riendo, gritando.
Chicos y chicas se sacaban las abarcas o las sandalias, se arremangaban los pantalones o las faldas y se metían al agua. Los pies sen-
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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tían las piedras resbalosas y las cosquillas del agua y de la arena y
nadie decía “¡Salí de ahi, carajo, andá a hacer oficio!” o cosas por
el estilo.
En la corriente del río, aprovechando el declive de su cauce, ya
está listo el lavadero. Piedras, palos, canales, divisiones y un pozo
redondo, cubiertos de ponchos y chuses de k’aito para que no se
pierda ni un grano de trigo. Todo está colocado de tal manera que
se puede echar el trigo en el primer compartimiento, se le hace
una primera batida y pasa al siguiente y luego al pozo.
En el fondo se asientan las piedritas, en la superficie flotan las
pajas y alpistes y se van con el agua. Si arriba se remueve el trigo
con las manos, en el pozo hondo se lo hace con los pies, que quedan
blancos y arrugados de tanto permanecer en el agua. Finalmente
se saca el trigo para llevarlo a los toldos o carpas tendidos en la
pampa, en la orilla de la chacra, donde comienza a secar.
Poco a poco se van vaciando los costales y aumentan los
ponchos de trigo húmedo y desparramado, brillante, oloroso a
limpio. ¿Cuánto duraba el proceso del lavado? ¿Cuatro, cinco o
más horas? Para Domingo Segundo que el día no acabe nunca. ¡Si
recién comenzaba!
La alegría del agua era además compartida con los vecinos que
pasaban por el callejón... El padre enseñaba a los hermanos mayores
a fabricar unos chisguetes de cañahueca, parecidos a un inflador
de bicicleta. Él mismo los hacía para los que aún no agarraban
el cuchillo. Pasaba un vecino y se le chisgueteaba con el grito de
¡San Juan!, y había que ver los gritos y las risas. ¡San Juan! por cada
chisgueteada, ¡San Juan!, ¡San Juan! por cada pasajero que intentaba cubrirse la cara o tal vez se agachaba para responder también
mojando. Entonces se armaba la guerra. ¡San Juan!, ¡San Juan...!
Para que el trigo seque parejo, los niños debían removerlo con
los pies: dos rejas de arado que abrían pequeños surcos. A la media
hora volvían a la misma operación “volteando” –es decir, abriendo
nuevos surcos que borraban a los anteriores. Entre las removidas, la
madre les hacía escoger el alpiste y las piedritas que aún quedaban
en el trigo. No faltaba una torpeza y el trigo caía al pasto; había
que recogerlo hasta el último grano. El trigo era “El pan nuestro de
cada día”. Y ni hablar de lo que costaba producir cada grano, desde
la preparación de la siembra hasta cuando se volvía pan, fresco o
duro, blanco o moreno, y era besado por los labios.
230
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Un día era poco para que el trigo seque del todo. Al día siguiente
había que seguir en la pampa desde temprano. ¡Qué hermoso era
el sol sobre el pasto aún con rocío! ¡Y las flores diminutas que solo
los niños veían por estar más cerca de la tierra! Pero ahí estaba
otra vez el trigo y Domingo Segundo subía, bien arremangado, a
medio poncho para desparramarlo con brazos y pies, parejo, parejo
como una chacra bien aireada y fresca. Se paraba, se refregaba las
rodillas y miraba las señales de los granos, y sus pies volvían a las
abarcas aún sin el polvo de los callejones.
Cada año, en tiempo seco, había un San Juan con diez cargas
de trigo por lavar y cada año la misma ceremonia del agua.
Lo que vio Domingo Segundo montado en su burro
El sol está en medio cielo y yo montado en mi burro. Estamos de
vuelta del Alto a Laguna Seca y por eso estoy contento. Atrás vienen
conversando mi hermano y mi papá, también montados. Pero todo
queda lejos, recién estamos en la abra de Santana. Viento, polvo, y
hasta chispas que salen de las patas de los burros. Me acuerdo que,
cuando salimos de Laguna Seca, mami me dijo:
—¿Vas a ir montau?
—Sí.
—¿Solito?
—Sí.
—¿No te vas a caer?
—No.
—Bueno, lo vas a cuidar, Domingo.
Y ahora ya estamos de vuelta y yo soy un viajero. El camino
es pedregoso, me da sed. Cielo azul, nubes blancas, piedras con
musgo, pajas amarillas y por allá una cañada con arbolitos verdes.
Si no me equivoco, ahí es la pascana donde nos sentaremos a comer
el avío. Llegamos... y todavía no es la pascana.
Aunque no hemos madrugado, venimos viajando toda la mañana y yo soy chiquito. Tengo siete años y ya sé contar, uno, dos,
tres... Mi papá anda por los caminos. Días y días, con hambre y
con sed, a burro o a caballo. Sillar, Agua de Vélis, Tazajos. Bitrona,
Trancamayo, La Tigra.
—Papá, me hace calor.
—Ponete pues tu poncho.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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Yuruma, Vilcar, Comerloma. Guantas, Guariconga, Jagüé...
Llorente, Lambrán, Uyacas.
—Papá, me hace friu.
—Sacate pues tu poncho.
Los Rasos, Ariruma, Ramadillas. Pajcha, El Ojito, El Palo,
Llulluch’a... Allá un zorro, aquí una perdiz, por más allá tal vez una
víbora “chuta” que cruza la senda. La casa de Laguna Seca tiene un
patio limpio con flores en el rincón y en las paredes. En la cocina
hay ollas, platos, baldes. Y en la casa grande, cujas y timones de
arado y papas. Pero llegamos a Paja Colorada y ya no hay cujas.
Hay que dormir en el suelo y alistar la cama con los sobrepelos,
los capachos, los costales, los ponchos. Y dormir en el corredor,
entre la pared y el cielo. Los platos son más viejos y no estamos
rodeados de callejones sino de quebradas, laderas, pajonales. Entonces me acuerdo de Laguna Seca. Al otro día seguimos andando
camino del monte, esta vez a pie, por sendas de vacas y de guasos.
Ahí pasaremos la noche, pero ya no hay techo ni paredes. Tenemos
que remover piedras bajo el tronco de un gran árbol o al lado de
una peña, pa dormir y preparar la comida. La leña está por todas
partes, el viento por todas partes. No hay corredor ni techo que
nos proteja. Entonces me acuerdo de la casa de Paja Colorada. La
casa de Paja Colorada es un palacio al lado de la cueva del monte.
La casa de Laguna Seca es un palacio al lado de la de Paja Colorada. ¿Y qué es Montes Claros? No me hallo capaz de pensar en esas
maravillas. Allá hay luz hasta de noche.
—¡Ahora sí! Por allá se ve Santana –dice mi papá.
Yo miro allá abajo y qué lindo, Santana es un pueblo como en
la punta de un cerro sin punta, rodeado de la Loma de Pucará y de
otros cerros con punta. Se ven sus calles y sus corrales y hasta sus
patios con horno.
—Parece que los Sandovales están haciendo pan –dice mi
papá.
—No es pan, son puras roscas –le digo yo–; hasta aquí llega el
olor de las hojas de higuera —y me largo una carcajada.
Lo único que se ve desde la abra es el humo que sale de un
horno y solo podemos oler el sudor y los pedos de nuestros burros.
Nunca estuve en las calles de Santana, pero cada año lo miro desde
esta abra, cuando vamos o volvemos de Paja Colorada.
—Bueno, che, ya me da hambre.
232
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Qué hablás con tu burro si no te contesta? –dice mi hermano.
—¡No estoy hablando con mi burro!
...Entonces, ¿con quién estoy hablando? Me rasco la cabeza
sudada por debajo de mi chulo y allá adelante veo otra cañada. ¡Ahí
sí que es la pascana! Llegamos a la sombra de los pinos y nos apeamos. Me saco mi chulo y mi hermano abre las alforjas donde está el
avío. Qué bueno es el mote con queso, y las papas con ají en chala,
aunque medio heladas, en medio de esta sombra y de los burros que
descansan. Ya estoy por acabar cuando mi hermano se levanta.
—Iré a buscar agua –dice y se va quebrada abajo.
—¿Yo más iré? –digo.
—Esperá a que halle y vuelva –dice mi papá.
Me echo de espaldas en la mala hoja, las pajas me hacen cosquillas y el sol me mira por entre las hojas del pino. En Montes Claros
tenemos un primo que vive con su mamá en una casa rodeada de
pinos y rosales en flor. Claro que estos pinos no son como los del
pueblo. El caso es que a ese mi primo le gustan los cuentos. Él
nos prestó, a mí y a mi hermana, un montón de libritos amarillos
con un cuento en cada uno. Los hemos leído todos y los sabemos
de memoria. Claro que ya antes sabíamos de los cuentos que nos
contaban. Yo sé veinticinco cuentos, yo sé treinta y cuatro cuentos.
Con los libros que nos prestó ese primo del pueblo, ya sabemos
más del doble.
Mi hermana mayor dizque se casó por ir al pueblo. Un hombre
se aficionó de ella cuando la vio en el mercado. Pero ella le escapaba.
Los papás nunca quieren que las hijas se casen. Y pa hacer el trato
del casorio, el hombre les dijo a sus hermanos:
—Ella pasa por la calle Malta con sus papás los días domingos.
Vamos y los rodeamos y les hacemos el trato.
Y así lo hicieron.
—Don Domingo, queremos que nos dé el sí.
—Yo no sé, ella pues qué dirá.
“Ella” no era mi hermana sino mi mami. Estaba asustada
porque no los dejaban pasar. Seguro el novio le hablaría bonito
a la suegra, ¡y cómo sabría temblar mi hermana, de miedo y de
emoción! Y todos a rogar y a rogar, hasta que les sacaron el sí.
Entonces mi hermana mayor se fue de mi casa. Yo no lo vi, me
lo contaron.
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“Escucho la voz de mi papá y nos levantamos,
salgo corriendo, feliz; ya están listos
los burros pa seguir viaje…”.
Ilustración a témpera de Paola Guardia.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Escucho los pasos de mi hermano, me levanto y lo veo: cabello
mojado, sonriendo y con su ch’ulo lleno de agua que le alcanza a
mi papá pa que tome.
—Andá vos al pozo, es aquí cerquita —me dice y yo me voy
saltando por entre las piedras.
Lo hallo rápido y me pongo de cuatro pies. Le echo unos buenos tragos y de ahí me saco el chulo, lo lleno y zas, a la cabeza. Me
siento y me quedo mirando el agua estancada...
Entonces te veo.
Veo tu cara blanca en medio del agua y te quiero hablar, pero
no me sale nada y con señas me dices: Schhhh. Y seguimos con
señas: ¿Sos vos? Soy yo. ¿Vas a ir conmigo? Sí. ¿A mi casa? Sí...
Escucho la voz de mi papá y nos levantamos, salgo corriendo,
feliz; ya están listos los burros pa seguir viaje.
Bueno, yo voy adelante y vos en las ancas, te digo. Cuando ya
no se puede ver Santana y siguen las curvas del camino, yo me
adelanto en mi burro y podemos charlar tranquilos. ¿Quién sos
vos? Tu amigo. ¿De ande sos? De lejos. ¿Cómo has venido al pozo
de la quebrada? Tú me llamaste. Pero... pero... Bueno, por lo menos
sabes montar a burro. No, no sé, tengo miedo caerme. Tienes que
ayudarme. ¡No faltaba más! Claro que te ayudaré, te enseñaré, te
llevaré a mi casa y... Ah, qué contento estoy de haberte hallado...
¿Tienes casa? ¿Dónde es tu casa? ¿Quién eres tú? Ajá. Ahora sí oigo
que no sos de por acá. ¿Serás puebleño? ¿Qué es “puebleño”? No
entiendo. ¿Es una ciudad? ¡Ahora soy yo el que no entiende!
Y seguimos viaje, en silencio, con el corazón contento y mi
cabeza un revoltijo. Llegamos a Quebrada Honda y vos te prendes
de mi cintura. Aquí se llama Quebrada Honda, te digo. Tenemos que
apearnos del burro. No tengás miedo. Todos nos apeamos y qué lindo
es sentir otra vez las piernas rectas y los pies pisando la tierra. ¿Y no
nos caeremos? Pues, si nos rodamos, nos agarramos del suelo. ¿Ande
más nos vamos a caer? ¿Y ese abismo? ¿Abismo? No te entiendo. Eso
de abajo es una quebrada y por aquí va la senda. Claro que cuando
llueve es otra cosa, y de noche andan por aquí los cometortillas,
digo, los ladrones de vacas. Pero de día y con este lindo tiempo, no
hay pena. ¿Qué pasa cuando llueve? Pues, hay agua y hay barro. ¡Ja,
ja!, cuando le cuente esto a mi hermana Enriqueta sí que no me la
va a creer. ¿Qué has dicho? Ah, ¿así que oyes mi pensamiento? No,
lo que tú piensas, yo también pienso. Pero... ¿Y el miedo que tenías?
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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¿Y lo que no conocías? Mejor no quiero pensar. Estoy desvariando.
Más bien ya está cerca la apartana pa entrar a Laguna Seca. Cuando
la vea a mi hermana Enriqueta, quedaré sanito.
—¿Con quién hablás? —me dice mi hermano, y yo le digo:
—Con nadie —y me río de mis ocurrencias.
Siembras en Paja Colorada
Cada día Domingo Segundo volvía a descubrir a su papá. En silencio,
camino de la huerta o de la chacra, miraba su andar. El movimiento de sus pantalones a cada paso que daba: pliegue a la derecha,
pliegue a la izquierda, sin cambiar nunca de ritmo. En viajes más
largos, si iba en las ancas del caballo colorado, se abrazaba de su
cintura y quedaba pegado a su olor agridulce: era igual que si fuera
mirando todos los paisajes. Cuando había burros con poca carga,
el niño montaba solo en uno de ellos y el padre lo seguía en el
caballo, arreando y cuidándolo. En silencio.
¿Qué pensaban? ¿Qué sentían? Y seguían caminando por
callejones y sendas. O montados, perdiéndose en las vueltas del
camino, comidos por la tierra y el reverbero del sol de la tarde. O
en las noches junto con el viento, el ruido de las chicharras y de
tantos animales invisibles. Siempre sin palabras.
Otra cosa era cuando andaban en tropa. O por lo menos el
padre, la hermana y el niño. Entonces les contaba historias o
les hacía chistes. O con el hijo mayor, cuando hablaban de cosas
de grandes. No se cansaba de hablar sobre la vida de cientos de
gentes: los dueños de terrenos, casas, estancias que iban viendo
al pasar. Si veían una vaquilla, por la marca el padre sabía quién
era el dueño, cuántas vacas tenía y a qué estancias las llevaba. Al
norte, al sur, a dos o más días de camino. Y cuáles eran sus papás
y sus abuelos y dónde trabajaban. Si sus terrenos estaban de venta,
en litigio, cuándo y de quién fueron comprados y a qué precio...
Pero ya estaban en otro lugar del camino, que tenía otro nombre,
cuyos terrenos eran de los Jiménez y el año pasado les fue bien en
la cosecha, en cambio este año...
A veces hablaba de su vida de muchacho, cuando sus papás
–los abuelos– lo llevaron a la escuela de Montes Claros. Hizo su
servicio militar en Sucre. Después fue comerciante, viajó a pie
con su frazada al hombro, o a mula, por Cochabamba y Santa
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Cruz. De pronto en la voz de él y en la mente de los oyentes
aparecían caballos blancos, barcos, Antofagasta y viajes “por
mar y tierra...”.
Un día estaban los dos solos en Paja Colorada. Ya era época de
siembras, pero no llovía. Tierra seca y solazos. El padre con la yunta
rasguñando la tierra, el hijo con su azadón desterronando en medio
del polvo, espineándose al cortar y arrastrar los retoños de los k’iñes.
El día no tenía miras de acabar, del viento no parecían ni sus astas.
El padre se detuvo en el canto de un surco y dijo:
—Hijo, andá a traer guarapo.
Domingo Segundo corrió a la casa y trajo el tarro con guarapo. Él ya estaba sentado en una piedra, a la sombra de una
gargatea. Tomó una tutumada, el niño otra y comenzó a contarle
de sus años de escuela en Montes Claros. Se acordó del doctor
Rosado, del abogado Peña, del cura Melgar, que escribió varios
libros...
—Sí, él fue mi compañero de curso. Lo conocí también a su
papá, el doctor Mengano que estudió en Sucre...
Entonces su voz cambió, como si perdiera el entusiasmo.
—Pero la de ellos era una vida fácil —dijo—. Otra historia es
sudar como aquí, todos los días y los años, pa poder comer.
Cerros y sombras, mugidos, mosquitos, arroyos secos... Y junto
con el tono de su voz, mirando su cara y sus manos, junto con su
silencio, esas palabras fueron también sembradas en el cuerpo de
Domingo Segundo.
Cuando las piedras crecen
En Laguna Seca había un callejón. En el callejón, una casa. En la
casa, un cuarto llamado “la cuadra”. Y en la cuadra, encima de una
cacha de madera pegada a la pared sin ventanas, un baúl lleno de
tesoros. Su dueña y señora: doña Marina.
Era de madera blanca, oscurecida por los años. Lo reforzaban
bandas de metal, brillantes en los bordes y oscuras al medio, y
una chapa que se abría con una llave chata en forma de tubo. El
mismo baúl ya era un tesoro, y abrirlo, una ceremonia.
Para comenzar, la madre sacaba una bolsita guardada en
un bolsillo del saco guindo que colgaba de la cañahueca de la
esquina. Ahí estaba el llavero. Desechaba la chapa y el llavero
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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quedaba colgando y tintineando. Levantaba la tapa lentamente
hasta que se detenía, recta, sujeta por un dispositivo de hierro.
Las blancas manos entraban como acariciando el aire y lo primero
que sacaban era una especie de medallón con patas, firmes las
de adelante, plegables las de atrás. Tras el redondo vidrio del
medallón estaba la Virgen María: azul, amarillo, negro y plata.
La paraba sobre la parte interior de la tapa del baúl y la Virgen
quedaba como cuidando su recién abierto reino.
Las manos se disponían a remover los otros tesoros: una
larga y aplanada cartera donde estaban las escrituras de la casa,
un mazo de billetes antiguos, envueltos y amarrados con un
pañuelo, libros de oraciones, rosarios, cadenas, estampas, cajas
de todo tamaño con viejas monedas, con medallas, con botones
redondos como perlas y planos como platos. Más adentro retazos
de telas, papeles de colores, frascos, y en la esquina de la derecha,
envuelta en papeles arrugados y amarillentos, un águila de piedra,
brillante, negra y con pequeños canales que se abrían como rayos,
de la boca a las alas. A diferencia de los otros tesoros, éste crecía.
La primera vez que Domingo Segundo vio al águila aparecer de
entre los papeles, su corazón dio un salto y gritó:
—¡Mami!, ¿qué es eso?
Ella la acarició con ambas manos; era más pequeña que su
palma.
—Es una piedra-águila –dijo.
—¡Oohhh!, ¿y es de piedra?
—Sí, y crece.
—¿Cómo crece?
Sin hablar tentó con la mano libre entre los papeles arrugados
del fondo hasta que encontró lo que buscaba. Un pedazo de cebo,
amarillo y seco, casi ya sin olor.
—Come –dijo al fin–, ésta es su comida, por eso crece.
Comenzó a frotar el cebo en la boca del águila hasta que la
dejó brillante. Luego fue apretando la boca de piedra de modo que
el cebo quedó bien prendido. Tuvo al águila un rato más entre sus
manos y la guardó otra vez en su nido.
—Ahí es su camita –dijo–; tiene que estar con cebo y bien
envuelta pa que siga creciendo.
—¡Oohhh! –volvió a decir Domingo Segundo–. O sea que,
cuando era chiquita...
238
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Era de mi mamá. Yo la conocí casi del tamaño de tu manito.
—¿Y cada día hay que darle cebo?
—No, las piedras no comen tanto. Solamente hay que alimentarla cuando se abre el baúl.
—Pero, pero... –comenzó a preocuparse el niño–, y si se olvida
de abrir el baúl, se puede morir de hambre.
Sintió la mano de ella por sus cabellos y olió el cebo y un
perfume de flores azules.
—Es de piedra –dijo–, esta piedra aguanta meses sin comer.
Se puso a revisar otros objetos dentro del baúl, al último tomó
el medallón de la Virgen y lo puso plegado y recostado en su lugar,
accionó el dispositivo de hierro y fue cayendo la tapa. La chapa fue
vuelta a cerrar.
Desde entonces, cada semana, generalmente los domingos, con
toda clase de pretextos, Domingo Segundo se ocupaba de molestar
a su madre para que abra el baúl. Pero ella sabía que lo que más
le interesaba, aparte de observar la ceremonia de la bolsa, la llave
y el medallón con patas, era ver y oler la piedra-águila y la puesta
del cebo en su boca. Ella no siempre le hacía caso.
Una vez, hasta creyó que su hijo se había olvidado del asunto.
Domingo Segundo había ido contando los días, ya hacía un mes
que el baúl no se abría. Un domingo al fin ella hizo caso a sus
ruegos. Pronto estuvo abierto. Las manos avanzaron, llegaron al
nido del águila...
—¡Hijo, mirá cómo ha crecido!
—¡Oohhh! ¿La agarraré yo, mami?
Se la pasó y él la sostuvo en sus manos.
—Mami, mami, ¡qué grande y pesante está! ¿Seguirá creciendo
siempre?
Sintió otra vez las manos por sus cabellos y la oyó suspirar:
—Sí, hijo, ojalá que siga –y comenzó la ceremonia de alimentarla con sus manos blancas, como si alimentara a un niño.
Un día en la vida
El gallo canta, las gallinas se alborotan, el sol pronto asomará por
las lomas negras. Ruido de leñas al quebrarse y del agua en los
baldes y las ollas. El humo corretea de la cocina a la huerta.
—Buen día, buen día.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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Ruido de tazas y pavas, olor a café y a pan viejo. Domingo
Segundo se acomoda en la mesa refregándose los ojos.
—¿Ya está el café?
Y después de una eternidad, se agarra del vaso.
—¡Cuidau, te vas a quemar!
Enriqueta se pone a reír.
—Imilla chijchilla. Imilla k’antinuda.
Se acaba el pan y Marina dice:
—Andá a traer mote.
Hermano y hermana van por el callejón, de pronto ella grita
de dolor y se mira el pie sin sandalia.
—¡La espina, la espina en mi talón!
Él no le hace caso y comienzan a pelear.
—¿Qué?
—¡So!, el burro te besó, y con su cola te abrazó, y con su miau
te bautizó...
—¡Imilla come semilla!
—Llocalla come lo que jalla; si te hallás un trozo igual te lo
comís.
Un trozo es caca de gente.
—Le voy a avisar a mi papá, vas a saber lo que es canela.
A la entrada del potrero hay una pampita.
—Mirá la cruz de güeso... –le dice ella y él mira a sus pies–.
¡Ch’anka pescuezo! –y le golpea el pescuezo.
—Mirá la cruz de mote... –dice él y ella levanta la vista–. ¡Ch’anka
cogote! –y le da un golpe fuerte en el cogote.
—¡Ay!
—Pior es cuando no hay.
—Ya vas a ver, ya vas a ver, le gua avisar a mi papá.
Llegan a la chacra y mientras escogen zapallos maduros, él se
pone a cantar, mejor dicho a gritar: La vidita llora...
***
Por los callejones anda la gente.
—Imainallaá.
—Wallejlla, ¿y a usté cómo le baila?
—Buen día, che, ¿cuyo hijo sos?
—Soy hijo de mi tata.
—¿Cómo te llamás?
240
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Llama-llama.
—¿Y tu apellido?
—Sapo encogido.
—¿Ande vivís?
—Lejos de aquí, cerca de allá.
Y se van saltando y pateando como burros, cargados de sus
costales. En un recodo se encuentran con otros muchachos.
—¿Jugamos a los chuises?
—Yo tengo habillas y tengo un coral.
—José.
—¿Qué?
—Alzá la cola y tosé.
—Y una rueda de goma con su manejador de palo.
—K’asa, vende grasa, en la esquina de la plaza, con su cuchara
k’asa llenita de grasa.
—¡Cuidau con esa pirca. ¿No ves que las piedras están bailando? “Mirame, no me atoqués”, dice. “Si me atocás, te k’utús”.
—La víbora dice: “Si me encuentro con picha-picha, no tengo
miedo; si me encuentro con p’alka-p’alka, me escapo”.
Picha-picha es la mujer, porque tiene falda; p’alka-p’alka es el
hombre, porque tiene pantalones.
—Por allá viene mi tata que pela.
—Chau, culo empachau.
—Que te vaya bien, que te pise el tren.
Llegan a la casa y tiran sus costales en el corredor.
—¿Ya está la comida?
—Ya está, falta parar la olla.
—¿Qué horas son?
—Las mismas de ayer.
—Ya es hora, que la guagua llora.
—A comer y a misa, a nadie se avisa.
—Sírvanse, sírvanse, antes que se hele.
—¿Más mote?
—No soy loro pa comer mote.
—¿Más papa?
—No soy waik’o pa comer papa.
—¿Arrocito?
—No soy camba pa comer arroz.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—Bendizcamos, bendizcamos, que no vengan más de los que
estamos; y si vienen, que traigan más pa que comamos.
—Cabalito el cincho con la cuajada.
—Comí pa un mes –dice mi papá–. ¡Empachera segura!
—Yo comí como pal joyo de mi muela.
—¡A la siesta, doña Coca!
—¿Y vos ande vas?
—A cagar montones pa los preguntones.
Tarde de sol, tarde de agua. La lluvia viene por el sur.
—La lluvia viene con astas y cola.
—Viene, viene...
—¿Quién?
—El burro que te mantiene.
Ladran los perros, sale Enriqueta.
—Boinas tardes, ñiña, ¿estará la siñora?
—Sí, ¿como para qué será?
—Tengo máquenas, caldiras, águjas, blosas, calzones, cocharas
para vender.
—¿K’ocha es usté? ¡Mami, mami!, ha veniu un k’ocha.
El padre cuenta:
—Si mal no me acuerdo... Un día dizque se apareció un k’ocha
ande doña Dolores. Entonces el agüelo vivía, aunque paraba echau,
enfermo. Entón dizque le dice: “¿Conocís este priñán?” ¡Era un
crucifijo! “No, pues, señor”, le dice doña Dolores, “háblele palabras
dulces”. Y el k’ocha le dice: “Azucares, chancacares, melares, cañaverales...”. Tal como lo oyen. Dios en el cielo y yo en la tierra.
—¿Qué horas son?
—Las horas de mi corazón.
—Campo y anchura, para que pase la hermosura.
“Campo y anchura para que pase la rajadura”, piensa Domingo Segundo. “¿Qué será la rajadura?”. Otra vez gente en la tranca,
sale el niño y mira a la mujer: Chiquita, sin cuello, joroba en la
espalda... Vuelve corriendo al patio:
—¡Mamita! ¡Doña María K’epe!
—Llokalla malcriau, ¿quién te ha enseñau eso? Pase, pase,
comadre.
—Güen día doña Marina, ¿estará el compadre?
—Ya va a llegar, ha ido a ver los animales.
—¡Ma ve! Así hay ser, cómo no.
242
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
“Y además tiene k’oto”, mira Domingo Segundo.
—Ay, comadre, qué largos son sus cabellos.
“K’epes por aquí, k’epes por allá”.
—¡Por vida santa! ¿Y no le dará deseu al compadre de tocárselos?
“Boca dulce, tripas amargas”, recuerda el niño.
—Lo mus dejau a la voluntá de Dios nomás pues –la oye decir,
y luego–: Somos sombras mal paradas.
—Helay, sírvase siquiera estito, va a dispensar.
—¿Pa qué alma se lo gua rezar?
“Pal alma de K’uto Correa”, piensa Domingo Segundo.
—Ay, que me k’ute la sé.
—Un mate de agua en este sol –se oye ahora a la mujer–: Como
subir al cielo, charlar con Dios y volverse ese rato.
“Ave María Purísima. Sin pescado la comida”.
—¡Decí Jesús!
—¿No sabe, doña María, qué será güeno pal corazón?
“Padre nuestro que estás en los cerros, cazando corderos pa
los perros”.
—El corazón de piedra. ¿Ha visto usté esas piedras bolas? Pues,
adentro hay una bolita. Se raspa unas tres cucharillas y se le echa
a la agua de margarita, de toronjil o de perejil. Se bate y se lo deja
asentar.
Sale a la esquina, por el callejón se acerca su padre.
—¿Quién ha veniu?
—Doña María K’epe.
—¿Y qué velas benditas carga?
—¿Podría fletarme unos güeyes, don éste?
—Helay ma ve, ¿cómo fuera, no?
Ya es de noche, no se van las visitas y él tiene hambre.
—Bueno pues, que sea hasta luego, comadre, hasta luego
compadre.
—Papá, me duele mi espina.
—¡Será pues tu pata! ¿Ande está la espina?
—Helay... no parece. Solo está su joyito; ¡pero me duele,
pues!
—¡Comida de arroz! ¡Comida de arroz! ¿No me hará mal en
ayunas?
—No quiero, no quiero, y estoy que me muero.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
243
—¡Perro dañino, qué horas salís! Oyí, sacá afuera a tu hermano.
El patio está lleno de curicuses; el niño lleva uno en su mano
a la cocina, lo vuelca y le dice:
—¡Qué tamaño está tu máiz!
El curicuse salta.
—¡Su máiz ya está de un jeme!
—¿Vamos a hacer chis?
—¡Traigan la mecha!
—Qué será y qué será: una vieja k’ala con su camisa en su seno.
—¡Y a dormir se ha dicho!
—De que se vaya la luna, contaremos las estrellas.
Habilidades de un azadón
Una vez don Domingo Segundo le regaló un azadón a su hijo
Domingo Segundo. Era marca “loro”, una maravilla para carpir.
Cuando los azadones están nuevos, son grandes y pesados; con el
uso se van achicando, pierden las aristas y se vuelven livianos y
brillantes. Uno de éstos, arrinconado y sin cabo, recuperó el padre
para su hijo.
Primero buscó un palo recto y seco, lo labró con la azuela, lo
raspó con el machete y ya estuvo el cabo. Metió el pequeño azadón
por el extremo más delgado y lo ajustó con una cuña en el otro
extremo. ¡Listo! Se lo dio y le dijo que vaya a probarlo a la chacra.
Cuando volvió de la prueba, el padre le preguntó:
—¿Qué tal, guapo tu azadón?
—¡Guapísimo! —le respondió Domingo Segundo.
Al otro día el padre y todos los hijos fueron a carpir. El hermano mayor iba adelante y Domingo Segundo al último, detrás de su
padre. Su azadón avanzaba por el surco sin dejar yerbas ni terrones, sacaba chispas a las piedras, levantaba polvo y de pronto, ¡ay!,
cortó un arbolito de maíz. ¡Se pasó de guapo el azadón! Se agachó
disimuladamente, lo paró y lo fijó en la tierra.
Avanzaba el sol, aumentaba el calor y llegó el hambre. Su padre y sus hermanos se alejaron cada uno por su surco y Domingo
Segundo se apartó y se sentó a la sombra de un duraznero. Las
yerbas le rodeaban, ¡cuánta mala yerba! Hojas grandes y pequeñas,
flores de distintos colores, tallos duros, tallos blandos, raíces cortas
y débiles, raíces duras y profundas. “¿Por qué tengo que matar
244
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
plantas tan bonitas?”, pensaba. “¿No servirán pa algo, aparte de
estorbar a los maicitos?”. Tendido de bruces en la tierra caliente,
comenzó a soñar...
—¡Llocalla panza verde! ¡Levantá de ahi, te va a coger la tierra!
Era su padre, que ya volvía con sus hermanos para comenzar
un nuevo surco. Se levantó pensando: “La tierra me puede coger.
La tierra coge a los flojos...”. Tomó su azadón y siguió carpiendo
hasta salir al canto con su surco. Después ya no pudo más. Le
dolía la cintura, casi se cortó un dedo del pie y en un tropiezo
se le hundió el cabo del azadón en la boca de su estómago. Sudaba, tenía sed, su cabeza daba vueltas. “¿O me habrá cogido la
tierra?”, pensó.
—Papá, ya estoy cansau –dijo.
Su padre lo miró y supo que ya había llegado al límite. Dejó el
azadón y se fue a mirar bichos y pájaros por las orillas de la huerta.
Acabó la mañana y volvieron todos, cansados, pero orgullosos de
haber trabajado, a la casa a almorzar.
Por la tarde, otra vez a la chacra. Pero el sol no era ningún
chiste y el padre le dio a escoger una entre varias tareas: carpir una
punta de la chacra, preparar un almácigo de tomates, o limpiar un
chaquito para sembrar zapallos. Escogió la última. El día ya estaba
a punto de acabar y su tarea apenas comenzaba.
—¿Ya has acabau?
—Ya mismo, ya mismo.
—Bueno, dejalo a tu azadón trabajando esta noche. Ya verás
que pa mañana el chaco va a quedar como una mesa de planito.
—¿Cierto?
—¡Pero claro! Por algo es un azadoncito guapo.
Sonriendo el padre echó su azadón al hombro y el niño sonriendo fue a la orilla del chaco, pegó un fuerte azadonazo y media
hoja del “loro” entró a la tierra cenicienta.
—Ahora sí, aquí lo dejo y pa mañana ¡lista mi tarea!
Se volvió corriendo a alcanzar a los demás y siguieron en las
chanzas sobre las cualidades del pequeño azadón. Llegaron a la
casa. Después de comer, Domingo Segundo se acostó cansado y
feliz.
Soñó con callejones y avenidas de yerbas, él era el jardinero
del mundo y andaba con su azadón controlando los surcos y los
camellones, las melgas, las manchas, los cuadros, cada uno de dis-
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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tintos colores y texturas, de acuerdo al tipo, tamaño y forma de las
yerbas, los arbustos, los árboles. Llegó al chaco de los zapallos. Ya
no estaba en la ladera, era una mesa plana y llena de hoyos listos
para recibir las semillas. Desde el otro canto el azadón le sonreía
moviendo el cabo como si fuera la cola de un perro. Caían las semillas de zapallo, planas, amarillas, e inmediatamente eran tapadas
con tierra por su azadón. Venían las lluvias, nacían las plantitas,
dos hojas redondeadas como las esquinas del azadón, más hojas,
guías, guías, flores, frutos, verdes bolas, amarillos zapallos bajo el
sol. Adivinanza: Siembro tablas, nacen lazos, de los lazos nacen
bolas, de las bolas carambolas...
—¡El zapallo! –despertó diciendo.
Se asustó un poco y después rió en silencio. No, nadie lo había
escuchado, todos dormían, a pesar de que ya se sentía la primera
claridad del día. Sueños, gritos, adivinanzas, eso y más era capaz de
crear ese azadón, fabricado, inventado por el amor de su padre.
La Candelaria, los nacimientos...
De repente chicas y chicos escuchaban –¿por el mogote o por la
pampa?– camaretas, voces, tropel de caballos.
—¿Ande es?
—¿De ande vienen?
—¡Vamos al callejón!
—¿Por ande van?
Corrían a la pampa y veían la procesión avanzando por el
camino carretero. Era en honor de la Virgen de la Candelaria. En
su día había que llevarla en procesión a la casa del alférez donde
la Virgen se quedaba durante un año, para salir otra vez donde un
nuevo alférez, y así todos los años. Más, los chicos no sabían.
Mientras la Virgen avanzaba en andas, rodeada de sus fieles a
pie, había otros fieles adelante, que iban y volvían en sus caballos.
¿Cuántos serían? ¿Diez, veinte? Se adelantaban los caballos a todo
galope, se detenían y volvían hacia la procesión –tropel, polvo,
chicotes– para detenerse en seco ante la Virgen y levantar las patas delanteras mientras los jinetes se sacaban el sombrero. Daban
otra vez la vuelta, y el galope, el regreso y el saludo se repetían
durante todo el trayecto de la pampa y los callejones. Y los chicos
y las chicas mirando, felices, asustados, con un nudo en la garganta,
246
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
tratando de reconocer a los jinetes por el color del caballo, por el
tipo de sombrero, por los atavíos. No todos los caballos podían
pararse en dos patas con finura y elegancia. Buscaban al que más
se destacaba, lo seguían con la vista, se perdía o se confundía con
los otros... Después de todo, lo emocionante era ver y escuchar el
tropel en sus idas y venidas, cientos de patas ablandando la tierra,
y la Virgen elevándose por sobre las cabezas –mantas y cabellos–
feliz en el balanceo de su cuerpo ceñido por la brisa.
Acababa el espectáculo y volvían a sus juegos habituales, o a
casa. Quedaban los comentarios, que duraban unos días, y luego
acababan. Había que esperar al año siguiente para que la Virgen
dé otro paseo y ellos vuelvan a correr dejando patios y chacras
y pregunten:
—¿Ande es?
—¿De ande vienen?
—¿Pande se van ahora?
Hasta que el celeste manto de la Virgen –¿o del cielo?– se gane
un campito en los ojos de tantos niños, y el tropel de los caballos
quede grabado en sus corazones para siempre.
***
Primeros días de diciembre, tiempo de aguas. Las chacras ya estaban de carpir, no como el año pasado que por ahora recién estaban
sembrando, y esas siembras fueron, como decía el mayor de los
hermanos, “pa comer humintas por atrasito”. Pero llueva o no
llueva, los menores tenían que alistar los nacimientos.
En primer lugar había que buscar –en la huerta o en los rincones del patio– latas viejas de sardina, ollas y fuentes agujereadas...
Doña Marina sacaba las macetas del Niño, más pequeñas que los
vasos de tomar café. Recogían y cernían tierra, la rociaban con
agua del pozo, la echaban a las latas y a las macetas de barro cocido. Luego a sembrar: en unas maíz, en otras cebada o trigo, en las
más grandes arveja. Una regadita y chau. (Días antes habían puesto
esas semillas en agua para que broten más pronto). A la semana
comenzaban a verdear sus chacras, cebadales, arvejales...
El día antes de Navidad las siembras ya estaban de cuatro dedos de altura y preparaban los nacimientos. Por la mañana iban al
mogote con un machete y cortaban una o varias ramas de pino de
castilla y las llevaban a la casa, tratando de no arrastrarlas por los
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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callejones para que las hojas no se embarren, ni se empolven, ni
se lastimen. Las colocaban en una esquina de la casa grande, detrás
de una mesa baja que cubrían con musgo, salvajinas y nacimientos.
Sobre el musgo, en el rincón más alto y abrigado, la madre colocaba
al Niño Jesús, cubierto de sedas, satenes, holanes.
En la caja donde se guardaba al Niño había además juguetes, que
eran colocados alrededor de la cuna: animales y una mesa larga con
seis sillas rojas, iguales a la mesa y las sillas de verdad que tenían.
Las macetas de barro cocido quedaban en el mejor lugar: más cerca
del Niño. De ahí venían las de latas de sardina, y las de baldes viejos
podían quedar en el suelo, para ocultar, junto con el musgo y la
salvajina, las patas de la mesa. Completaban los adornos animales
de plástico, estrellas de papel, estampas de la Virgen y San José y
alguna que otra cosa rara y menuda que buscaban con ansias por la
casa y sus alrededores: alguna medalla, un botón chueco, un muñeco
en bulto o en figura, y hasta un juguete de verdad encontrado por
milagro en los hoyos de las paredes o debajo de la tierra.
Pasaban los días; llegaba enero, los nacimientos comenzaban
a amarillearse y agacharse; ya era tiempo de guardar al Niño hasta
el próximo año. Las ramas de pino iban a parar al corral: leña para
la cocina. Las macetas se vaciaban en la chacra. Las agarraban de
los cabellos-tallos y descubrían las raíces-cabezas casi ya sin tierra.
Las plantaban por entre los surcos y al otro día se olvidaban. Servían de abono de los maíces grandes, que por lo menos ya estaban
de aporcar. Seguían las lluvias, buen año, a esperar el tiempo de
choclos y de humintas.
Domingo Segundo y los puebleños
A veces el mundo de afuera invadía la casa de Domingo Segundo.
En la época de carnavales había choclos y duraznos. Y confites. Y
fiesteros desconocidos y gente de todas partes que venía, según él,
por los choclos y los duraznos.
A doña Marina le gustaba el carnaval; mirar y hablar del carnaval. En medio de los caballos y los disfraces, de la mixtura y las
serpentinas, se ponía alegre como una niña, sonreía y convidaba
chicha. Pero un día llegó una mujer del pueblo en su caballo, cantando y gritando... Domingo Segundo la vio abriendo la tranca sin
248
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
desmontar de su caballo y arrojar mixtura mezclada con confites.
Uno de esos confites era grande, hizo un arco por el cielo y le llegó
justo al ojo de su madre. Ella se entró al cuarto agarrándose el ojo
y limpiándose las lágrimas. Todo el día lloró de un ojo, que quedó
rojo por más de una semana. Entonces dijo:
—No, no me hablen más del carnaval.
“Los puebleños”, pensó Domingo Segundo. “Del pueblo vienen
los guineos y las pastillas, y también mujeres alegres de a caballo y
hombres de voces como truenos”. Domingo Segundo desconfiaba
de toda raza de extraños.
Un día, con su hermano y su papá estaban cavando papas en
el potrero. No era tiempo de aguas, sino de la “siembra dulce” del
medio año. Acabó el trabajo, sus manos quedaron embarradas y
sus dedos pelados y doloridos.
—Voy al estanque a lavarme las manos –dijo y se alejó a la
carrera.
Para llegar al estanque había que pasar un cerco, el callejón,
otro cerco y cruzar la huerta. Ya desde media huerta escuchó risas
y voces y se escondió tras unos árboles de membrillo. En vano. Una
niña subió a la orilla del estanque y lo vio. Cara blanca y cabellos
rojos brillando al sol; todo lo contrario de las manos, del pantalón,
de los pies de Domingo Segundo.
—¡Hola! –dijo ella, y otra vez–: ¡Hola!
Él comenzó a romper ramas secas, una cáscara, un palito.
—¡Hola! ¡Hola!
Siguió rompiendo ramas, apareció más gente, pantalones
blancos, faldas a cuadros. “¿Qué harán aquí?, si ahora no es tiempo
de frutas”.
—¡Hola! ¡Hola!
Se volvió corriendo hacia el cerco, con las manos sin lavar. Su
hermano y su papá ya estaban cargando los burros y no les quiso
avisar lo que vio. Aunque seguían presentes los golpes de su pecho,
las risas y los chillidos de los puebleños que se alejaban hacia otras
huertas. Pero lo que más le inquietaba, era el rostro de esa niña
como un sol. Eso también era el pueblo. La raza de lo extraño e
inalcanzable.
En otro carnaval llegó de Santa Cruz su tío Segundo. “Santa
Cruz”, escuchaba, e imaginaba un mundo de maravilla, más allá
de los cerros azules, en el mismo abismo del cielo. Don Segundo
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
249
vino con su hija, una niña del tamaño de Domingo Segundo. Él
estaba en la chacra y escuchó sus voces, después no los escuchó y
se sintió aliviado. Enriqueta se le acercó y le dijo:
—Han ido a la huerta a los duraznos. ¿No querís ir a alcanzarlos?
—¡No! –le respondió–. ¡No quiero!
Una hora más tarde volvieron y ya no le dieron tiempo para
escapar. Ronca garganta de hombre en el patio, agudos chillidos
de niña. Tuvo que esconderse tras los costales de la casa grande. En
la misma esquina había un hueco donde cupo su cuerpo delgado
y se tapó con la batea de amasar pan. Desde ahí escuchó que él
hablaba con su mamá, mientras la voz de su prima revoloteaba
alrededor. ¿Sería ella como la niña del pueblo? Pero era su prima
y vivía en Santa Cruz... Levantó la batea de su cabeza hasta que
pudo verlos.
Su tío –terno negro, zapatos brillantes– comía duraznos y
arrojaba las pepas al suelo. Su prima –flores en los cabellos y en las
manos– movía las piernas que colgaban de la silla donde se había
sentado. Ni blanca ni negra, más bien canela pálida: rostro, brazos
y canillas. Sus zapatos rojos brillaban, y sus ojos y sus cabellos negros. Cantaba y reía mientras doña Marina espantaba a los perros.
“Quisiera irme a Santa Cruz”, pensó de pronto Domingo Segundo.
Y al mismo tiempo tuvo un temblor de espanto. Miró el rostro de
la niña y pensó, casi con alivio: “No, nunca voy a poder”.
Al fin las visitas decidieron despedirse, salieron, se alejaron...
Domingo Segundo salió de su escondite. Desde el horcón del corredor, los vio cruzar la tranca y desaparecer. Saltó a medio patio
y se puso a cantar.
—¿Qué te pasa?, ¿te has vuelto loco? –le decía su madre.
Pero él no la oía. Tampoco escuchó el rechinar de la tranca
ni vio quién se acercaba. Su tío estaba delante de él, encima de él,
con su sonrisa blanca y su dedo apuntándole:
—¿Así que estito se llama Segundo también? ¿Como yo y como
su papá? ¿Qué tal?, ¿nos vamos a la ciudad?
Y se volvió a su madre:
—Ya te dije, Marina, pal año vengo y me lo llevo a Santa Cruz.
¿Sería verdad lo que acababa de escuchar Domingo Segundo?
¿Ocurrirían cosas tan imposibles, precisamente con él? ¿Podían
cambiar de pronto los tiempos y darse vuelta la rueda del mun-
250
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
do? ¡A Santa Cruz! ¡A Santa Cruz! Al encuentro de espacios nunca
soñados, de la luz y la aventura interminable...
Giancarla de Quiroga26
De angustias e ilusiones (1989)27
Se llamará Cristóbal
Cuando a mamá se le ocurre ordenar mi cuarto ¡me muero de
rabia! Revuelve todo y al final la habitación queda como si fuera
de una persona desconocida, limpia y ordenada, de alguien que no
soy yo. Ni siquiera respeta el cajón de mi escritorio, lo malo es que
perdí la llave en el jardín. Tendré que buscarla, ojalá la encuentre,
mientras tanto he puesto un chicle para sellarlo y he pegado un
letrero que dice:
—“¡Privado! ¡No tocar! ¡Peligro!”
Y abajo he dibujado una calavera cruzada por huesos, pero ni
así… no ha servido de nada, igual lo ha abierto y ha sacado todo.
Hasta encontrar la llave, tendría que clavarlo o pegarlo con La
Gotita, pero después, ¿cómo lo abro?
¿Para qué guardas tantos disparates? Papeles pegajosos, cajetillas de chicle vacías, botones, clavos… ¡hasta una mosca muerta!
¡Ya es el colmo del desorden! –protesta mamá.
Quisiera poder explicarle que esos papeles son de los dulces
que Corina me invitó un día al salir de la escuela, y que ese botón
dorado lo encontramos juntos, creímos que era de oro, pero no es,
sus dos agujeritos parecen ojitos, dijo ella. La mosca la cacé al vuelo,
¡qué puntería! El tornillo es de mi primer reloj, ya he desarmado
cinco, la galleta a medio mascar, la mordió ella.
—¿Y este pedazo de queso? ¡Qué espanto! Van a aparecer ratones en este cuarto, te aseguro… –dice mamá mientras lo tira al
basurero con un gesto de asco.
Cada vez dice lo mismo, pero hasta ahora… ¡nada! Porque el
queso lo pongo en mi cajón para eso, para que venga un ratón y se
26
Roma, Italia (1940). Ver biografía en p. 486.
27
El libro De angustias e Ilusiones de Giancarla de Quiroga, dentro del cual se
encuentra el cuento Se llamará Cristóbal, obtuvo el Premio Nacional de cuento
auspiciado por la H. Alcaldía Municipal de Cochabamba (1989).
[251]
252
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
quede a vivir en mi cuarto. Ya que no quiere comprarme un perro,
tendría un lindo ratoncito que, en todo caso hace pis y caca más
chiquitos que un perro.
—Y estas piedras, ¿para qué sirven? Hojas secas, resortes,
fósforos quemados, pepas de durazno… ¡todo a la basura! –dice
mamá mientras bota todo al basurero.
No me atrevo a protestar, sería inútil porque ella no entiende
que aunque no sirvan para nada, a mí me gustan. Las piedras las
recojo en mis paseos al río, una parece una cara, tiene nariz y boca;
la hoja que acaba de destrozar era un pez perfecto, el hueso de pollo
que tiene forma de Y, es de la suerte, y si uno mira bien esa corteza
de árbol, descubre un cuerpo de hombre con pito y todo. Ella en
la sala tiene sus adornos que no sirven para nada, pero le gustan y
no hay que tocarlos… A mí me gustan mis treinta y siete piedras,
mis hojas, mi pluma de pato, mis cosas, pero ella las bota…
Si por lo menos tuviese un hermano con quien jugar… o un
perro, un gato, o un loro con quién hablar…
—¿Y este caballito roto? ¿Y este tren sin ruedas? Tienes tantos
juguetes nuevos, ¿para qué guardas estos que ya no sirven? Ahora
que me acuerdo… ¡ya los boté la semana pasada! No se te ocurra
recoger nada de la basura… ¡Qué manía la que tienes de guardar
cosas inservibles!
No digo nada porque no entendería… sería muy largo explicarle que el caballito lo quiero justamente porque es cojo y me da
pena, y que cuando juego, lo hago correr más rápido que los otros
caballos y gana todas las carreras. En cuanto al tren, no necesita
ruedas para flotar en el agua, es un tren-barco.
Mientras mamá sigue protestando y asegurando que a este paso
mi cuarto se convertirá en un criadero de ratones, recojo el caballito
cojo del basurero, ¡le salvé la vida tantas veces! Con disimulo rescato
también la cabeza de un títere, es un payaso con la nariz desportillada,
pero lo quiero mucho. Sin que mami se dé cuenta, voy recuperando
casi todos mis tesoros: mis piedras, mi imán, mi trenbarco, no encuentro mi mosca… ¡Qué pena! Mis hojas están todas destrozadas, pero
consigo salvar el corazón amarillo de mi margarita, yo le arranqué
los pétalos, me quiere, no me quiere, poco, mucho, nada, ¡me quiere!
¡Corina me quiere! Cuando sea grande seré astronauta o tractorista,
tendré mucha plata y me casaré con ella, tendremos muchos perros
de todas las razas, un monito, una tortuga y un león.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
253
Lleno mis bolsillos y me escapo al jardín antes de que mamá
se dé cuenta. Es preciso que encuentre la llave de mi cajón para
que no hurgue mis cosas, luego voy a la cocina a sacar un pedacito
de queso y pienso con ilusión que cuando aparezca el ratón en mi
cuarto, se llamará Cristóbal y podré contarle todas mis penas.
Rosalba Guzmán Soriano28
La revobulliprotesta (1991)
I
¡Estánapresandoalosanimaaaales! ¡Estánapresandoalosanimaaaales
¡Cuidaaaaaaado! ¡Huyan! –gritó la cotorra parlotera y se armó un
revuelo en las montañas, en los valles, en la selva. El eco asustado
no se cansaba de repetir el mensaje y así voló por todas partes.
—¿Apresar? –se preguntó el rey de la selva–. ¡Qué locura! A mí
nadie me pone un solo dedo encima, yo soy el rey.
—¡Jua jua jua jua jua! –se rió la hiena con ese su acento tan
particular. Eso es lo que tú crees, espera a que vengan los hombres
y verás quien es rey.
—¡Haz algo, rey! –suplicó una ardillita.
—¡Bah! –el león hizo brillar sus garras a la luz del sol. Conmigo
nadie se atreve.
—Contigo –dijo la ardilla– pero... ¿Y con nosotros?
—¡Ya llegan! ¡Ya llegan! –nuevamente el grito de la cotorra y...
¡Brummm!
Cayó una red encima del león, en la cual quedaron enredadas
sus filas garras y apareció colgado patas arriba.
Rugió, lloró, pidió ayuda, se enfureció, pero no pudo hacer
nada. Lo metieron dentro de una jaula y se lo llevaron para la
ciudad en un ruidoso camión.
Por la noche se reunieron los animales.
—¿Por qué se llevaron preso al león? –se preguntaron.
—Debe ser por haberse comido tantos conejos –dijo el conejo
más viejo, ocultando una sonrisa de satisfacción.
—¡No! No fue por eso –dijo el zorro–, él come conejos porque
de algo hay que vivir. Fue porque es el jefe de todos nosotros, nuestro rey. Los humanos suelen hacer esas cosas para desmoralizar a
cualquier grupo.
28
Cochabamba (?). Ver biografía en p. 486.
[255]
256
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Peeero nosootroos no lo heeemos nooombrado nueeestro
jeeefe –dijo la tortuga parsimoniosamente, frotándose la nariz.
—¿Nooo? –surgió la pregunta y todos se miraron unos a otros
desconcertados.
—¡Noooo! –afirmó la tortuga– eeesas son cooosas de hooombres.
—Así es –habló la hormiga con su voz pequeñita y todos se
tuvieron que quedar muy calladitos para escucharla –aquí no hay
rey, cada uno vale por lo que es. Nunca hubo elecciones.
—Claro –dijo el conejo– y yo que me había tragado ese cuento
del rey de la selva.
—Ciertamente –repuso la ardillita– tenemos que aprender a
defendemos solas cuando hay peligro. Además, es bello no tener
jefes, ni reyes, ni esas cosas tan humanas.
—Verdad –repuso la mona– pobre león, estaba tan seguro
de ser el rey, el más fuerte, que se dejó meter en una cárcel por
vanidoso y por responsable.
—¿Pooor reeesponsaaable? –preguntó la tortuga parsimoniosamente frotándose la nariz.
—Sí, por responsable –afirmó la mona. El pensaba que debía
cuidarnos, protegernos, ordenarnos, castigarnos, premiarnos, y
eso es mucho para un solo animal. Con todas esas cosas andaba
totalmente distraído y ahora el pobre está preso.
II
Mientras tanto el león llegó a una horrible ciudad de calles pavimentadas, altos edificios y uno que otro arbolito creciendo como hongo
solitario en medio del ruido: pitos, luces prendiéndose y apagándose
y gente deliciosa pero fuera de su alcance. Solo le aumentaba el
apetito que creció en su estómago debido a la ansiedad.
Lo cierto es que lo llevaron a un lugar donde se leía: ZOOLÓGICO.
El león era bastante instruido y pensó “Zoo viene del griego
zoos que significa animal. ¡Animales! ¡Qué bien! ¡Voy a estar con
amigos!”
Pero ni bien atravesaron la puerta se quedó pálido, la melena se
le alació del todo y le cayó sobre los ojos. En un hilo de voz, dijo:
—Lógico, quiere decir lógico y esto no tiene nada de lógico.
¡Horror! Cóndores encerrados en jaulas, con las alas cortadas;
monos atrapados en árboles raquíticos, también dentro de jaulas;
patos encerrados en lagos artificiales, aislados, tristes, solitarios,
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enrejados, malhumorados, medio locos, melancólicos, afligidos,
idiotizados. Ante tal espectáculo, fue la primera vez que el león
tuvo certeza de que no tenía nada de rey y se arrepintió en el alma
de no haberse cuidado a tiempo.
III
Día a día, a partir de entonces, le llevaban a la jaula su comida.
No faltaban niños que iban a molestar y le tiraban tostado, maní
y otras cosas que le ocasionaban dolores de barriga y gente que lo
acosaba para obligarlo a rugir.
El tiempo fue pasando. Aprendió a comer maní y p’asankallas29;
a mirar el cielo cuadriculado a través de su reja; a recibir cachitos
de sol sobre su pelaje opaco y triste.
Algo horrible pasaba en aquel lugar. “¿Por qué? ¿Por qué me
apresaron?” se preguntaba.
Un día escuchó una conversación y en la noche la comentó
con sus amigos.
—Oye, gato montés, me enteré de que los hombres no solo
tienen cárcel para los animales. Imagínate que tienen un hombrelógico donde encierran a las personas que no se portan bien.
—¡Qué hombres! –dijo el gato montes–. Para vivir haciendo
esas cosas solo se puede ser un perfecto hombre.
—Verdad –dijo el cóndor– no hay ser más peligroso sobre el
planeta que el hombre. Se los digo yo que veo las cosas desde arriba.
Ellos son capaces de dañar a sus semejantes y a otros seres de la
naturaleza; por eso crearon cárceles y rejas.
—¡Qué grave! –dijo la lechuza–. ¡Dónde hemos venido a parar!
–y eso que a ella recién la llevaron hacía menos de una semana.
—Hay que hacer algo –dijo el mono café– tenemos que salir
de aquí, romper nuestras cadenas, lo que sea.
—Pero cómo. ¡Cómo! –se desesperó el león y volvió a ponérsele
lacia la melena y a caer sobre sus ojos llorosos.
—¡Tengo una idea brillante! –dijo la lechuza, que además
siempre tenía ideas brillantes.
—¡Hagamos una revobulliprotesta!
—¿Una quéee? –le preguntaron todos los animales desde sus
celdas.
29
Tostado de maiz.
258
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Una re-vo-bu-lli-protesta –repitió la lechuza.
—¿Y qué es una revobullabi... eso? –preguntó el mono
café.
—¡Bulla! Bulla incesante –respondió la lechuza y se avivaron
sus grandes ojos inteligentes –todo el mundo ruja, grite, llore,
grazne, aúlle, chille, maúlle, golpee sus rejas y no cese hasta el
alba.
—¡Muy bien! –dijo el cóndor–. ¡Qué superinteligente la lechuza!
—De acuerdo –dijo el mono café.
—¡Estupendo! –dijo el león.
—¡Perfecto! –dijo el gato montés.
Y así todos, todos, todos, todos los animales del zoológico
estuvieron de acuerdo.
IV
A la hora fijada comenzaron a golpear sus rejas y a rugir, gritar,
llorar, graznar, aullar, chillar, maullar. Era tan grande la bulla que
toda la gente de la ciudad se despertó. Empezaron a prenderse las
luces cuadradas de los altos edificios. La gente salió de sus casas
para pedir que por favor hagan algo con el zoológico.
Los canales de televisión fueron a filmar, pero les fue imposible hacer la más mínima entrevista porque ni los loros quisieron
hablar, solo chillaban enloquecidos y decían en coro:
—¡Vivalarevobulliprotesta, vivalarevobulliprotesta, vivalarevobulliprotesta!
Los niños salieron también y fueron al zoológico. Casi se mueren de susto porque los gritos y la bulla eran escalofriantes.
Los psicólogos se reunieron y diagnosticaron “Psicosis Colectiva”. Según el profesor Sergio, astrólogo profesional, aquel
fenómeno se debía a la influencia de la luna y al predominio de
las constelaciones de Leo y Escorpión.
Los miembros del Colegio Médico también se reunieron y
según las especialidades, analizaron el caso: El gastroenterólogo
dijo que era un problema de pesadilla por indigestión. El otorrinolaringólogo opinó que posiblemente estaban con angina y
al no poder respirar gritaban de desesperación. El geriatra dijo
que los animales más viejos estaban chochos. El pediatra veía
que los animalitos chicos a lo mejor tenían cólico. Pero nadie
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
259
podía jurar que tenía la razón porque los animales no se dejaban
auscultar.
Hasta el Alcalde fue a verlos y creyó que era cosa de la oposición.
Lo cierto es que los animales solo se callaron al amanecer tal
como habían acordado y volvió el silencio a la ciudad. A esa hora
todo el mundo tenía los ojos como platos y fue recién a dormir;
antes de ir al trabajo, a la escuela o al mercado.
Al medio día el jefe del zoológico fue severamente amonestado.
El Alcalde amenazó con despedirlo si volvía a ocurrir semejante
desastre.
V
El jefe, entonces, entró al zoológico con una vara y castigó muy
duramente a todos los animales. Ese día no se repartió comida ni
se limpiaron las jaulas. Las puertas del zoológico permanecieron
cerradas para todo público.
—Es inútil –dijo el león al anochecer–. No han entendido
nuestro mensaje.
—¡Pero cómo es posible! ¡Cómo es posible! –se enfadó la lechuza que, como ustedes ya saben, era la más inteligente–. Es ahora
cuando comienza nuestra lucha compañeros.
—¡Verdad! –dijo decidido el mono café–, finalmente es preferible morir antes que presos vivir.
Pero ya no más gritos por favor –dijo una lora a la cual apenas
se le oía.
Estamos roncos, hambrientos, sordos, sucios y muertos de
sueño.
—Es que no existe otra manera –dijo el mono café–, si ahora
no reforzamos nuestra protesta, estamos perdidos.
—¡Tengo otra idea! –dijo la lechuza y sus ojos grandes y redondos volvieron a brillar como dos estrellas–. Qué tal si ahora
hacemos una revomutisprotesta.
—¿Una revomumame............ quéeee? –preguntó el cóndor.
—Les explicó –dijo la lechuza, y bajo la luz de la luna les explicó su magnífico plan.
VI
Aquella noche hubo paz y durmieron todos tranquilitos. A la
mañana siguiente, el jefe del zoológico pasó jaula por jaula, para
260
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
reflexionarlos una vez más y al mismo tiempo, para felicitarlos por
haber mejorado su comportamiento. Les hizo dar el doble de comida e hizo limpiar sus jaulas hasta que quedaran como nuevas.
A media mañana, se abrieron las puertas del zoológico para
todo público y entraron los niños con sus bolsas de tostados y maníes. Se acercaron a las jaulas, pero algo espantoso ocurría. Algo
tanto o tal vez más desesperante que la revobulliprotesta. Los animales estaban en absoluto silencio, inertes, con los ojos cerrados,
como muertos en un rincón de sus jaulas.
Los visitantes les gritaron, les botaron maníes, tostados, galletas, dulces y finalmente, piedras; pero nada. Los niños lloraron
desesperados y la voz corrió por toda la ciudad. Nuevamente las
cámaras de tv frente a las jaulas, los psicólogos, los médicos, los
astrólogos y hasta los curas, que creyeron que era obra del demonio
e intentaron hacerles tomar agua bendita.
Nada. Los animales se negaban rotundamente a dar muestras
de vida. Respiraban, porque no había más remedio, pero nada más
que eso y no salieron de su mutismo hasta el siguiente día.
VII
Al día siguiente las autoridades se reunieron a pensar en alguna
medida. Sin duda los animales les estaban queriendo decir algo.
—¡Están bien alimentados, están limpios, tienen todo! –explicaba el jefe del zoológico jalándose los pelos con la desesperación.
—Entonces habrá que redoblar el castigo o tomar cualquier
otra medida mayor –dijo el Alcalde–. De alguna manera tendrán que
aprender a comportarse –e ipso facto despidió al jefe del zoológico.
Luego de pensarlo mucho, dio con la mejor solución. Puso en lugar
del jefe del zoológico, al exdomador del circo. Era un hombre grande,
fornido, de gesto agrio y ojos malvados, a quien le faltaba el brazo
derecho puesto que un león se lo había comido, y la pierna izquierda
que se la había zampado una pantera. Después de escuchar todo el
relato del Alcalde, el hombre con una malévola sonrisa dijo:
—Déjemelos a mí, señor Alcalde, yo me encargo. ¡Jo jo jo!
VIII
Cuando los animales lo vieron llegar, un escalofrío colectivo les
recorrió todo el cuerpo. Estaba claro que no habían logrado su
objetivo y que los hombres que se creían tan inteligentes eran
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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incapaces de comprender sus ansias de libertad, su derecho a vivir
entre los suyos, en su propio ambiente que nada tenía que ver con
ciudad, jaulas y prisiones.
Esa noche el nuevo jefe del zoológico se quedó a observar a
los animales. Como ya dije, era un hombre lleno de odio y feos
sentimientos, pero conocía muy bien la manera en que éstos se
comunicaban puesto que toda su vida había sido domador.
Aquella noche la lechuza llamó a todos para comentar el
cambio del jefe del zoológico y estuvo diciendo algunas cosas superimportantes. Cuando de pronto, desde la oscuridad surgió el
hombre. La luna proyectó su negra sombra. El domador se acercó
lentamente a la lechuza y le clavó los ojos encima. La lechuza se
quedó helada, en silencio y ni siquiera se le ocurrió la más mínima
idea para poder defenderse y eso que como ustedes deben saber
de memoria era la más inteligente.
El domador abrió la jaula y la agarró firmemente por las patas.
—¡Aja! –dijo–. De modo que ésta es la habladora que los está
confundiendo.
Los animales asustados asomaban sus cabezas por las rejas.
—Bien –continuó el hombre–, a ésta, me la llevo yo.
Y luego, levantándola, la sacudió haciéndola gritar más de
rabia que de dolor, ya que no existe mayor humillación para una
lechuza, que la de agarrarla por las patas y sacudirla.
Pero a pesar de todo la lechucita gritó:
—¡No se den por vencidos, compañeros! ¡Aunque yo muera,
no se den por vencidos!
El hombre salió del zoológico. Los animales escucharon el grito
de la lechuza hasta perderse. A la luz de la luna, la nefasta sombra
proyectada de aquel hombre se balanceaba por el vaivén desigual
de su andar, hasta unirse a la oscuridad total del horizonte.
—¿Y ahora? –dijo el mono café–. ¡Qué hacemos!
No podemos quedarnos así –dijo el león–. Nuestra compañera
desaparecida no ha dado en vano su vida por nosotros.
Todos aplaudieron al león y muchos animales enjugaron una
lágrima emocionados por el heroico acto de la lechuza, tan chiquita
y tan valiente. Luego hicieron un minuto de silencio en honor a
su compañera mártir.
—Pensar que estamos tan desamparados –dijo un loro– y en
el mundo existen miles de animales.
262
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¡Eso! –dijo el cóndor–. ¡Hay que pedir ayuda! Esta noche
volvamos a la lucha con otra revomutisprotesta y otra revobulliprotesta al mismo tiempo.
—¿Pero cómo las dos cosas a la vez? –preguntó el león.
—Lo haremos de la siguiente manera –dijo el cóndor y explico
su plan.
IX
Tal como habían acordado, el cóndor y los demás animales pidieron
ayuda a los pájaros, a los insectos, a las ranitas, a los sapos para que
fueran sus emisarios y les dieran su mensaje a los animales de las
montañas, los valles y los llanos.
A media noche, justo en el momento en que el domador estaba a punto de torcer el cuello de la lechuza, empezaron a ladrar
todos los perros de la ciudad, a maullar todos los gatos; a cantar
todos los grillos; a croar todas las ranas y los sapos. Desde las más
remotas distancias se escuchó el aullido de los lobos, el rugido de
los tigres, el grito de los pájaros y hasta las hormigas, todas juntas,
hicieron oír sus voces de protesta. Parecía que estuvieran a punto
de invadir la ciudad.
Sobrecogidos los habitantes acudieron al zoológico que era el
único lugar de silencio, donde los animales aguardaban en el más
absoluto mutismo. Pero esta vez, despiertos, alertas, con los ojos
bien abiertos.
Con el susto el domador dejó escapar a la lechuza que era muy
ágil y pudo volar al lado de sus amigos.
Al día siguiente el Alcalde, muy temprano hizo sacar a los animales de sus jaulas y los devolvió a sus selvas, a sus montes, a sus
cielos, a sus lugares de origen, mientras que miles de pájaros multicolores surcaron el infinito festejando así el día de la libertad.
Desde entonces el león no quiere saber nada de ser el rey de
nadie y aprendió a cuidarse mejor, gracias a los sabios consejos
que no deja de darle su amiga, la lechuza.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
263
“Hizo sacar a los animales de sus jaulas y los devolvió
a sus selvas, a sus montes, a sus cielos, a sus lugares de
origen, [...] miles de pájaros multicolores surcaron el
infinito festejando así el día de la libertad…”
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
264
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Conquistando a Lindolfo (2008)
Capítulo I
Un Lindolfo
Ella, metida entre los libros, tiene la manía de sentir el olor de las
hojas, impregnándose del aroma a tinta y papel. Así es Julia; por
eso está siempre contando historias y citando autores. Ella sabe de
todos los sabores. Los de enciclopedia, los de Biblia, los de cuento
infantil, los de diccionario y hasta los de revista de mala calidad
que tiene un gusto excelente. Lo único que le molesta es que en las
ferias de libros que se hacen en la escuela a las que por supuesto
ella no falta, existen torpes personas que desconsideradamente le
pisan la cola. Pero no solo eso pasa, sino que además al verla se
ponen a gritar las muy estúpidas.
—¡Un ratóoooon!, ¡un ratóooooonnnnnn!
—Tienen el cinismo de asustarse en lugar de que me asuste
yo –protesta Julia mientras corre como una loca por todas partes
sin ton ni son.
Lo que más le irrita no es el miedo que le tiene esa gente tan
grande a ella que es tan chiquita, sino que griten ¡un ratóoooon!
como si no estuviese claro para todo el mundo que ella es una
RATONA y no un ratón. ¡Qué gente inculta!
Felizmente no todo el mundo hace alboroto y se asusta con su
presencia. “No todo el mundo” es Ernestina, la bibliotecaria de la
escuela que es una chica linda: bajita, gordita, de cabellos crespos
y pelirrojos, siempre despeinados, lentes cuadrados que le cubren
la mitad de la cara y frenillos en los dientes.
Ella conoce a Julia e incluso le invita migajas de las galletas
dulces que come a media mañana. Se agacha mirándole por debajo
de uno de los gruesos estantes y le dice:
—No de vaz a moved, ni de vaz a dejad ved con ed zeñod
Domínguez podque zi te dezcubde tdae a Dindodfo que ez feo y
mado. Quédate nomaz ahí quietita, datonita.
Dice así porque con los frenillos se habla de esa manera, pero Julia le comprende perfectamente. ¿Cómo no comprender a alguien que
con solo mirarte sabe que no eres un ratón, sino una “ratonita”?
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
265
Es buena onda, Ernestina. Solo que cuando habla del tal Lindolfo provoca un vuelco en el corazón de Julia.
—¿Quién o qué será el tal Lindolfo? –se pregunta.
Ningún dios del Olimpo, ningún personaje de tragedia griega,
ningún órgano importante del cuerpo animal y menos del cuerpo
humano se llama Lindolfo. Jamás había leído algo así como:
“Los Lindolfos son órganos excretores de los vertebrados. En
el ser humano cada Lindolfo tiene, aproximadamente, el tamaño
de un puño cerrado”.
Los riñones son riñones y su nombre suena bien. Lindolfos no
le vendría al caso.
Podría tratarse de algún objeto y entonces podríamos decir:
“Un lindolfo, también llamado lindolfo óptico, es un dispositivo
capaz de medir la temperatura de una sustancia, sin necesidad de
estar en contacto con ella”.
Pero eso es el pirómetro y suena mejor así que de cualquier
otra manera.
Lindolfo podría ser entonces un planeta:
“Lindolfo es el sexto planeta del Sistema Solar; es el segundo en
tamaño después de Júpiter y es el único con un sistema de anillos
visible desde nuestro planeta”.
—Suena bonito –pensó Julia, pero Saturno suena mejor que
Lindolfo.
Tal vez una fruta exótica podría llamarse Lindolfo, pensó mientras se comía la esquina de la hoja de papel couché
de la Enciclopedia Espasa Calpe.30
“El Lindolfo habita alrededor de la región mediterránea y en
la parte oeste de Europa. Produce frutos globosos rojos que son
bayas31. Tarda un año en madurar, es dulce y comestible, pero en
grandes cantidades es indigesto”.
No sonaba bien porque esa fruta se llama madroño, y madroño
suena bonito para una fruta con tantas botellitas de jugo. Lindolfo
era para otra cosa.
30
Enciclopedia de papel lustroso, muy rico para el gusto ratuno y agradable al
tacto de quién lo hojea.
31
Bayas son esas bolsitas chiquititas que tienen las mandarinas, como gotitas
o botellitas de jugo.
266
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿Qué tal si fuera un filósofo? –pensó Julia, dirigiéndose al estante de esa especialidad. Buscó el Diccionario filosófico de J. Ferrater
Mora y leyó así:
“Lindolfo (en griego Πλάτων) (ca. 427 adC/428 adC - 347 adC)
fue un filósofo griego, alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles,
de familia nobilísima y de la más alta aristocracia. Los diálogos de
Lindolfo tienen mucha vitalidad y frecuentemente incluyen humor e ironía. Se considera que Lindolfo es el filósofo más ameno
de todos”.
—Sí, perfecto, –se emocionó Julia– podría haber sido Lindolfo este personaje siempre y cuando en realidad no se llamara
Platón.
A Julia le encantó pensar que Lindolfo podría ser un filósofo
de la categoría de Platón a quién admiraba muchísimo; solo que
había un gran inconveniente para soñar con él. Platón era un ser
humano; defecto lamentable para poder ser el dueño de los pensamientos de una ratona.
Leyó Julia un nuevo libro; el libro de libros que era la Biblia y
volvió a poner a prueba el nombre del tal Lindolfo:
“En el principio Lindolfo creó el Cielo y la Tierra. Y la Tierra
no tenía forma. Estaba vacía, cubierta de oscuridad y de agua. Entonces el Espíritu de Lindolfo se movía sobre las aguas y Lindolfo
dijo: Sea la luz, y fue la luz. Y vio Lindolfo que la luz era buena, y
apartó Lindolfo la luz de las tinieblas”.
Pero ese era Dios y Dios es una palabra majestuosa, bella.
Imposible de suplir Dios por Lindolfo.
—¿Y por qué no un ratón? –pensó Julia. Voy a investigar –se
dijo– y fue en busca de los libros de zoología que estaban en la
parte de arriba.
Tuvo que trepar por la escalera para llegar hasta la repisa superior. Allí encontró el libro sobre roedores; un único libro antiguo y
olvidado que por cierto nadie había pedido para leer ya que estaba
lleno de tierra. Buscó en el índice “ratón de biblioteca”. Decía:
Ratón de Biblioteca: “Roedor de pequeño tamaño que no
supera los treinta y cinco gramos de peso. De hábitos esencialmente nocturnos, cuenta con una cabeza voluminosa, dotada
con unos ojos negros, grandes y prominentes que sobresalen del
rostro, adaptados a la visión de noche, en la que se desenvuelve
con soltura.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
267
Tiene unas orejas bien desarrolladas, por lo tanto el oído fino,
su cola es larga y poblada de pelo corto”.
—No es muy guapo, –pensó Julia– Ernestina dice que ese
Lindolfo es feo.
Y continuó leyendo.
“Antes era conocido como ratón a secas, pero al haber incursionado en bibliotecas, desarrolló grandemente sus capacidades de
comprensión lectora, incrementándose a partir de esta actividad
de manera significativa sus neuro-roedor-finas, que son sustancias
químicas que se desarrollan en el organismo del roedor, y que
provocan el placer por la lectura, la pasión por el saber y la sensibilidad artística. No existen ratones de biblioteca que no hayan
desarrollado significativamente sus neuro-roedor-finas.
Los ratones de biblioteca son los únicos que tienen la capacidad
de mantenerse despiertos también durante algunas horas del día,
siempre y cuando haya algo muy emocionante que los mantenga
con los ojos abiertos”.
Era todo lo que Julia necesitaba saber. De pronto sintió una gran
satisfacción al enterarse de las neuro-roedor-finas. Científicamente
quedaba explicado su amor por los libros.
Pensó entonces que Lindolfo era… tenía que ser un ratón de
biblioteca. Ese con el cual soñó hacía tanto tiempo, cuando se imaginaba que ella era la princesa que se atragantó con la manzana
de la discordia, y que llegó un príncipe con un hermoso libro y
leyéndole una bella historia la hizo despertar de la muerte. Claro
que también le dio un besito.
Julia pensaba que ese era solo un sueño y que el amor ratonil
no existía, que solo era un sentimiento que pertenecía de los humanos. Ahora intuía que su Lindolfo podía ser real. Sin embargo
pensaba:
—Que sea feo, no importa, pero no me gustaría que sea malo.
¿Por qué habría dicho Ernestina que Lindolfo era feo y malo? Seguro
es feo, pero, un ratón que hace lo que le gusta y que lo que le gusta
es leer, no puede ser malo. Debe ser un error de Ernestina –se dijo,
aunque la idea de la maldad de Lindolfo la siguió inquietando.
—¿Malo para qué? ¿Para pelear?
Si era malo para pelear, mejor, porque a Julia no le gustaba
pelar. ¿Malo para leer? Ese sí sería un gran problema porque un
ratón de biblioteca que fuese malo para leer sería nada más que
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
un ratón. Quizá era malo para comer, y malo para comer no era
tan malo, porque los ratones que comen mucho, huelen mal y son
torpes de pensamiento. Finalmente, logró quedarse dormida en el
rincón de los libros de historia soñando ya saben con quién.
Capítulo II
La hija del padre de familia
Una voz distinta la despertó. Alguien hablaba con Ernestina. Asomó
el hocico y sintió un olor a chocolate quemado que le provocó un
escozor en la garganta y ardor en los ojos. Ese señor que hablaba
con Ernestina sujetando con los dientes una pipa.
—Ernestina –le decía– ya te dije que debes revisar bien la
biblioteca. Un padre de familia hizo una denuncia en la dirección.
El director está preocupado y me dijo que me ocupara del asunto
hablando contigo. Si tú no haces algo al respecto, lo haré yo.
—¿Denunzia, zeñod Domínguez? ¡Qué denunzia habdá sido
eza, zeñod! –preguntó Ernestina abriendo los ojos que se veían
inmensamente grandes detrás de sus lentes gruesos como dos
lupas.
El señor Domínguez hablaba caminando de acá para allá botando grandes bocanadas de humo chocolatado.
—Diiiiiice el señorrr director que aquí vino a leer un cuento la
hija del padre de famiiiiiiiiilia y que en medio de los liiiiibros de lite-ra-tuuuuuuuura in-fan-tiiiiiiil, vio… ¿Imagiiiiinas lo que una niña
tuvo que ver en la bi-blio-teeeeeeca de su escueeeeeela, Ernestina?
A Ernestina no se le ocurría nada, así que se puso a pensar.
—¿Un ddagón vede? –preguntó.
—No. Qué dragón verde ni qué ocho cuartos.
—¿Ad jinete zin cabeza?
—Por favor. Ernestina, por favoooooooor –se molestó el señor
Domínguez.
Por cierto, el señor Domínguez era el regente de la escuela y el
dueño del tal Lindolfo. Un hombre de aproximadamente cincuenta
años, con bigotes gruesos, ojos verdes, grandes y redondos, un poco
petiso y panzón.
—¿Ed minotaudo? –preguntó Ernestina.
—¿De qué minotauro hablas? –respondió más enojado el señor
Domínguez.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—Ed que eda mitad humano mitad beztia. Tad vez da hija ded
padde de famidia penzó que ze da iba a comed ed mintoaudo... Azí
zon doz niñoz, zeñod Domínguez, leen cozaz y ze azuztan. –Quiso
convencerlo Ernestina.
—Noooo Ernestiiiiiina, no. –Respondió el Señor Domínguez
que cuando quería advertir a alguien sobre las posibles consecuencias de sus errores, estiraba las palabras como para remarcarlas.
—La niña nooooo vio una figura de cuento, ni leyó algo sobre
mitología grieeeega, la hija del padre de familia vio con sus prooopios ojos… –y los ojos verdes del señor Domínguez brillaron como
dos antorchas –¡VIÓOOO UN RATÓN!
—Un dattt… –a la pobre Ernestina se le trabó la lengua y se le
rajó la voz. Tarde o temprano sabía que llegaría el chisme a oídos
del señor Domínguez.
—Sí, un RATÓN.
A Ernestina no le gustaba mentir así que respondió seria y
muy firmemente.
—No zeñod Domínguez, debió zed adgún dibujo del dibdo
que deía da hijita ded padde de famiddia, podque aquí no hay
¡ningún datón!
Claro, en la biblioteca de la escuela solo estaba Julia, y ella era una
ratona, no había ningún ratón; ni siquiera su Lindolfo soñando.
—Ya vereeeemos, Ernestina, ya vereeemos –dijo el señor Domínguez mientras salían aritos de humo de su pipa. A Julia le dio
un acceso de tos, pero se aguantó para no llamar la atención.
Cuando se fue el señor Domínguez, la linda Ernestina levantó
el libro de tragedias griegas detrás del cual estaba Julia y le dijo.
—¿Vez, datonita? Uno no ze puede confiad con eza gente. Zi te
ve ed didectod me pone patitaz a da cadde. Y ahí zí que te zacan de
aquí a ti también a ezcobazos. Tenemoz que tened muto cuidado.
—Mucho cuidado –repitió Julia– mucho cuidado. ¿Qué sería
de mí si me sacaran de la biblioteca? Me moriría de tristeza; y más
que seguro que de tristeza, me moriría de aburrimiento. Además
no me gustaría cambiar de dieta. La biblioteca es mi medio de
subsistencia. No hay otra, tengo que tener mucho cuidado.
De pronto se escuchó la voz de la niña; ésa: la hija del padre
de familia; la que la había visto en medio de los libros de literatura
infantil.
—Quiero un libro sobre… ese de ahí.
270
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¡Eze de ahí! –repitió alarmada la linda Ernestina, porque
ése de ahí era el libro grueso de tragedias griegas; justo detrás del
cual estaba Julia acurrucadita y asustada intentando tener mucho
cuidado.
—Ese –dijo terminantemente la niña señalando el libro con
su delgado dedo blancuzco de uña comida.
Julia, intentando no moverse mucho miró para delante y para
atrás. Estaba atrapada. Los demás libros del estante estaban contra
la pared y ella no podía escapar a menos que se hiciera ver o los
recorriera con sus patitas provocando de igual modo la atención
de la hija del padre de familia.
Como Ernestina sabía lo que le estaba pasando intentó ayudarla y ayudarse a sí misma, ya que como ya sabemos el que Julia
apareciera en escena podría ser la catástrofe para las dos. Ernestina
tampoco sabía cómo sobrevivir fuera de la biblioteca, ya que los
libros le alimentaban el alma, pero obviamente no el cuerpo como
a la ratonita.
—Ezte no ez un dibdo como pada una niña de tu edad –le
dijo– a ved voy a vedtedo adgo como pada voz.
Y disimuladamente recorrió los libros que estaban al lado del
de tragedias griegas, a fin de que Julia pudiera transitar por detrás
sin causar ningún desbarajuste ni hacerse notar.
—Quiero ese, –dijo la niña sin dejar de señalar el famoso
libro.
Ernestina tuvo que confiar en la inteligencia de Julia y sacó el
libro de tragedias griegas para dárselo a la hija del padre de familia.
Lo sacó de un tirón y se fue hacia el mesón de entrega de libros que
estaba frente a su escritorio sin darle tiempo a que se detuviese
mirando el hueco que quedó en el estante.
La hija del padre de familia, tenía la nariz muy respingada, los
ojos rasgados color miel y las pestañas rectas como paja de techo
a medio hacer.
Su pequeña boca estaba siempre haciendo muecas y cuando la
abría aparecían sus blanquísimos dientes ordenados como perlas
cultivadas y pulidas con cuidado. Era delgada y recogía su cabello
para atrás en una apretada cola lacia y brillante.
La hija del padre de familia hojeó algunas páginas, observó las
ilustraciones sin sentarse en ninguna de las mesas de la biblioteca
y luego dijo:
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
271
—No hay nada que aquí me interese, mi papá ya me contó
todas estas historias.
—Bueno, entonzez do ponddé en zu dugad.
Y Ernestina colocó el libro donde estaba. Lastimosamente, no
se dio cuenta que la cola de Julia sobresalía un poco.
—¿Qué es eso? –dijo la hija del padre de familia.
Ernestina se sonrojó y Julia retiró su cola inmediatamente.
—¡El ratóooon! –gritó la hija del padre de familia.
Luego corrió en busca de su padre para contarle que por segunda vez había visto al ratón de la biblioteca.
Ernestina que era muy inteligente salió tras ella y la detuvo.
—No, no, no. No ez un datón –le dijo– ez ezte pedazo de coddón
que puze yo detdáz de doz dibdoz, nada máz.
Inmediatamente le mostró un cordón de zapato café claro que
tenía dentro de su bolsillo.
—No fue eso lo que ví –dijo la hija del padre de familia muy
enfadada.
—Zí eda ezto –le dijo Ernestina mirándola a los ojos sin
pestañar y con gran firmeza.
Los grandes ojos de Ernestina detrás de los cristales de lupa
de sus lentes tenían una expresión desesperada más que convincente.
—No es eso lo que yo vi, pero… –dudó la hija del padre de
familia.
Mientras todo esto sucedía Julia había logrado bajar por el estante sin ser vista, correr apresuradamente hacia el último rincón
de la biblioteca y esconderse de la mejor manera detrás del gran
macetero de madera.
—Ven vaz a ved, –le dijo Ernestina a la hija del padre de familia– aquí no hay datonez –y retiró toda la fila de libros uno por
uno para que se convenciera.
La niña la miró con desconfianza, pero no dijo más nada.
—Voy a ir a revisar los libros de literatura infantil y espero no
volver a encontrarme con eeel ratón.
—Con “da…” –corrigió Ernestina sin saber lo que estaba diciendo.
—¿Qué? ¿Con “la”? –preguntó extrañada la niña– ¿con la… qué?
272
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Co… con… daaa… ezteee, quize decid que “Con da Midada
en ed Horizonte” ez un cuento bonito que puedes deed –dijo Ernestina mientras disimulaba el color púrpura de sus mejillas con
una falsa sonrisa.
La hija del padre de familia sacó de su bolsa un redondo chicle
de globo se lo metió entero en la boca, luego se dirigió al basurero
que estaba al lado del gran macetero debajo del cual se encontraba
Julia, para botar el papel.
Sus grandes zapatotes rosados con rosones blancos aparecían
ante la vista de la temblorosa ratonita.
—¡HM! –dijo la niña con displicencia–. Esta Ernestina a mí
no me engaña. Nadie me quita de la cabeza la idea de que en esta
biblioteca hay un maldito ratón.
Entonces pasó lo inesperado, el papel cayó justo al lado del
gran macetero en vez de caer dentro del basurero que estaba al lado
mismo. La hija del padre de familia se agachó para recogerlo.
La pobre Julia no tenía dónde esconderse ya. Felizmente al
meter a ciegas la mano bajo el macetero, encontró el papel de
chicle, lo recogió y botó. Nunca supo que la ratonita se encontraba
tan cerca de su mano.
La hija del padre de familia recorrió los estantes, uno por uno,
pasó y repasó por el gran macetero, mientras Julia permanecía paralizada mirando los zapatos rosados que daban pasos firmes.
La hija del padre de familia pasó el dedo por los estantes
descubriendo el polvo que se quedó en sus yemas. Evidentemente
no estaba interesada en el polvo acumulado sino en descubrir el
paradero de lo que ella inapropiadamente llamaba “un ratón”. Al
no encontrar nada se acercó al mesón y dirigiéndose a Ernestina,
le dijo.
—Desempolva al menos los estantes, ¿no? –y se fue con su
aire de hija de padre de familia con poder para mandonear a la
bibliotecaria.
Ernestina miró al rededor suyo, esperó que se fueran dos niños
que estaban leyendo unos cuentos, y luego buscó a Julia.
—Ya puedez zadid datonita –le dijo. Ya ze fue da hija ded padde
de famidia. Pero ni Julia ni Ernestina se quedaron tranquilas, ambas
sabían que esa niña, les podría traer problemas.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
273
Capítulo III
Una noche de terror
Ya es sabido por nosotros y nosotras, que los ratones y las ratonas de biblioteca tienen habilidad para mantenerse despiertos y
despiertas por la noche, pero aquél día había sido muy agitado y
Julia, al anochecer, ya se sentía cansada; fuera del susto que no se
le terminaba de pasar.
Ernestina se fue a casa, cerró con llave la biblioteca y entonces, cuando la ratonita se quedó sola fue al estante de libros de
zoología. No quería saber más nada del libro de tragedias griegas
puesto que al fin y al cabo lo que estaba viviendo era algo parecido
a una tragedia griega.
Cerca de los libros de felinos se acurrucó, sintió el olor de las
hojas y de la tinta, y entonces ocurrió lo inesperado. Escuchó un
quejido como de niño un:
—Aaaaaaaayyyyyyyyy, aaaayayayayayayayayayyyyy.
Se atrevió a abrirlo. ¿Quizás era un niño recién nacido que su
madre había abandonado entre los libros? ¿Algo así como lo que
hizo la mamá de Moisés salvado de las aguas?
—Esa es una historia muy bonita que está nada más y nada
menos que en la Biblia –pensó Julia, mientras hojeaba el libro.
Qué tontería, un niño no cabría entre las páginas de un libro por
más pequeño que fuera; además quedaría aplanado como una hoja
disecada, y entonces ya no lloraría.
Sumergida en estos pensamientos abrió una de las páginas.
Allí vio la fotografía de un gatito muy pequeño que se volvió para
mirarla llorando como un bebé.
—Ayyyyyyy aaaaaaayyyy aaaayy aay ay ay aaayyy miauuu.
¡Qué susto para Julia! La fotografía viviente era por lo menos
tres veces más grande que ella. Pese a que el bebé de gato era bebé,
Julia sintió miedo.
No supo qué hacer. No le pareció cerrar el libro nuevamente. Finalmente ella era una ratona grande y el otro era un gatito bebé.
Pensó qué hacer y se fue en busca de los libros de recetas
para conseguir un vaso de leche. Entonces se percató por primera vez que por la noche las figuras y las fotografías de los libros
cobraban vida.
274
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Ubicó el libro de cocina de una famosa chef boliviana que se
llamaba Doña Nelly de Jordán y abrió la solapa donde la señora
estaba esperando su llegada con una gran sonrisa.
—Doña Nelly –le dijo– hay un gatito bebé, llorando en el libro de felinos del estante de zoología. ¿Usted me podría ayudar a
conseguir un poquito de leche?
—No es muy aconsejable que una ratona socorra a un gato –dijo
doña Nelly– pero ya que es eso lo que quieres, hojea la página 68
de mi libro Nuestras Comidas.
—Páginacincuentaicuatro,cincuentaicincocuencietaochentss
sstresssss, mmmsiete, sesenta y ocho.
Allí estaba la receta de los panqueques con el dibujo de una
taza de leche. Julia la arrastró con cuidado por el suelo sin dejar
caer su contenido. Por suerte los dibujos que eran vivos tenían el
peso del papel y no de objetos reales.
Llevó la taza de leche hasta el libro de felinos y se la ofreció al
gatito que se puso de pié para beberla, Julia dejó la taza al borde de
la página y el pequeño tomó la leche con mucho placer. En ningún
momento se sintió en peligro.
Como el gatito bebía con avidez, la tasa se volcó y se convirtió
en un río de leche atravesando toda la página. Esto entusiasmó
mucho al pequeño y a pesar de que a los gatos no les gusta bañarse,
al gatito le pareció muy divertido meterse en aquel río delicioso
y chapalear en él. Julia se quedó muy complacida mirándolo.
Contenta de haber colmado tanta hambre, confiada dio vuelta
la hoja. Y entonces pasó…
—Gruaaaaaaaaammmmm!
Un inmenso gato negro saltó sobre ella y la atrapó entre sus
garras dejándola inmóvil, mirándola con fijeza. Nunca había visto
un ser tan agresivo, tan grande, tan peludo, de ojos tan azules
y de dientes tan filudos, iguales a los del lobo de la Caperucita
Roja.
—¿No habrá sido un gato el que se comió a la abuelita? –pensó
Julia.
Pronto se dio cuenta de que solo hubiese podido ser un gato
si la abuelita hubiera sido una ratona como ella. Recordó entonces
el libro de lógica y se dijo:
—Un lobo es para una caperucita lo mismo que un gato es
para una ratona.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
275
Él era un gato y ella una ratona, es decir, fácilmente se la podía
devorar como el lobo a la abuelita de la Caperuza.
Julia se dio cuenta que estaba en un grave problema. El gato
negro la tenía atrapada y la manoteaba entre sus garras como a
una pelota.
Ya estaba mareándose pero entonces, recordó algo que había
leído en un libro de teatro-danza contemporánea en el cual conoció
el talento de Pina Bausch, una bailarina y actriz alemana de fama
mundial.
El libro decía que la tal Pina Bausch inventaba movimientos
que realizaba con su cuerpo y gestos en su rostro, a partir de sus
propios miedos o de sus deseos y hasta de sus complejos. Es decir,
que con su arte también expresaba sus debilidades.
Así Julia había comprendido que uno no solo se expresa hablando o llorando o temblando, o quedándose quieta, sino moviéndose,
bailando que era algo que a ella siempre le había fascinado. Era
posible expresarse entonces, dejando al cuerpo que diga lo que
está pasándole.
Era un poco complicado esto para una ratonita; sin embargo
recordó una frase de Pina Bausch que en las actuales circunstancias
en que se encontraba resultó ser muy útil:
No me interesa
cómo se mueve el ser humano,
sino aquello que lo conmueve.
A ella la movía y conmovía el ser devorada por un gato, tenía tanto miedo que sentía que se estaba paralizando. Las ideas de Pina
Bausch le dieron poder para utilizar ese mismo miedo que tenía y
convertirlo en movimiento.
Pese a no ser humana, sino ratuna, dio un giro desesperado,
violento, veloz, y de este modo logró zafarse y correr por el bosque de
eucaliptos dibujado en la siguiente página. En esta oportunidad pensó
que debía ir a buscar a Pina para que la entrenara un poco mejor.
El inmenso gato negro corría tras ella, Julia sentía su respiración a pocos centímetros de sus orejas, encogía la cola lo más
que podía para que las patotas pesadas y peludas del felino no la
pisaran y lograra atraparla de nuevo.
Como ella era más ágil y más viva hacía saetas entre los árboles dibujados y el gato de rato en rato se chocaba contra las ramas
276
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
verdes azules y amarillas que ella lograba lanzarle a la cara, lo cual
lo enfurecía todavía más.
Al borde de la página se terminó el bosque. Justo cuando el
gato la iba a atrapar de nuevo, Julia dio un salto sobre el borde
del estante de los libros de zoología. Entonces se le reveló una
verdad; fuera de las páginas de los libros estaba el abismo para
los dibujos.
El gato dio un maullido estridente y quedó colgando del vértice
de la página. La madera en que Julia se sostenía, solo existía para
ella, para los dibujos era abismo, el final de su mundo era el borde
de la página. El vacío.
—¡Se va a matar y va a desaparecer! –pensó Julia y sin el menor sentido de autoprotección, saltó de nuevo a la página sujetó
la garra temblorosa del gato negro y logró recuperarlo dejándolo
en la orilla sin ninguna dificultad.
¡Oh sorpresa! El gato negro pesaba apenas como una hoja de
papel.
Cuando el gato negro estuvo a salvo se puso rojo. Fue la primera
vez que Julia vio un gato negro rojo, y de vergüenza. El corazón del
gato negro sonaba como un tambor que retumbaba en el bosque
de eucaliptos. Además de eso comenzó a salir de su garganta una
especie de sonido como el del motor de un camión.
—¿Qué es eso? –se preguntó Julia, ¿se estará muriendo? ¿Se
habrá comido una moto?
De pronto recordó algo que había leído hacía tiempo sobre los
gatos en un libro que se llamaba: Todo lo que usted quiere saber sobre
los gatos y no se atrevió a preguntar, en épocas en las cuales se había
enterado de que estos animales comían ratones. A ella le gustaba
saber qué hacer en situaciones difíciles y consideraba mejor informarse sobre quién era el enemigo a no saber nada sobre él. En
aquella época se había enterado que:
“Los felinos, vale decir los gatos, emiten un sonido parecido al
del motor descompuesto de un camión, cuando experimentan felicidad, alegría, y sienten que todo lo que les rodea está tranquilo, o
también cuando se encuentran gravemente enfermos o débiles”.
Ese sonido, según el libro, se llamaba ronroneo.
Se preguntó entonces mientras lo observaba minuciosamente:
—¿Será que está feliz?, podría ser, ya que sus redondos ojos
verdes están chinos; además está sonriendo y los bigotes se le han
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
277
puesto lacios. Ese puede ser un signo de felicidad. Acaba de pasar
por una situación de mucho peligro y por tanto está débil de
carácter. Este gatote, no me va a atacar.
Y entonces, conmovida, aunque todavía con un poquititititíto
de temor, le acarició la pata. El gato sacó su inmensa lengua y Julia
pensó que ya era el fin, pero el rostro del felino tenía más expresión
de ternura que de ferocidad. Pasó su lengua un tanto áspera como
es la lengua de los gatos por el cuerpo entero de la ratonita dejándola mojada, despeinada, atolondrada y un poco rasmillada.
No le gustó el chiste a Julia, pero se aguantó el malestar porque
comprendió que a veces los gatos acarician a su estilo, exageran
un poco, no calculan el tamaño del otro al que dan amor y no lo
hacen con mala intención.
Valoró el gesto porque se había enterado en el libro Todo lo que
usted quiere saber sobre los gatos y no se atrevió a preguntar que los gatos
además de ratonívoros, eran independientes, orgullosos, pero detrás de esa máscara ocultaban un noble corazón fiel a sus amos.
Por supuesto que ella no era la ama del gato negro, pero a lo
mejor, salvándole la vida, se había convertido en su amiga.
Julia pensó:
La palabra amiga debe venir de ama, ama quiere decir que uno
ama, pero ¿cómo un gato puede amar a una ratona y que la ratona
a quien ama sea su ama? Por otra parte, si los gatos son ratonívoros
deberían ser los enemigos de los ratones, entonces, ¿un gato y un
ratón, será que no pueden ser amigos?
Y como a la ratonita no le gustaba quedarse con la duda, fue a
buscar el diccionario Larousse. Abrió la tapa roja con letras doradas
del diccionario y buscó en la “a” ammigggggggg… Ahí estaba. ¡Oh
sorpresa! El diccionario decía:
“Esta palabra la hemos heredado de los romanos. En realidad
la palabra amigo en la época de los romanos no existía, lo que
existía era la palabra In-amicus, que significa no-amigo. Así es como
nació esta palabra, ese es su origen. Para un romano un no amigo
era alguien que no era de los suyos”.
Por tanto podía conquistar su territorio, es decir robárselo y
luego hacer del conquistado su esclavo aunque no lo odiara, al contrario no tenía contra él nada personal; en realidad ni lo conocía.
El libro decía que lo que hizo posible que Roma se convirtiera en un imperio, fue que los no amigos quedaran sometidos
278
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
por los conquistadores que eran los que ganaban y sometían a los
no amigos.
—Algo así debe suceder con los gatos que se comen a sus no amigos ratones. Nada personal, pero se los comen –pensó la ratona.
No le pareció para nada que eso justificara abusar del otro más
débil, más miedoso y con menos recursos para defenderse.
Mucho menos le pareció bien a Julia que quitarle su territorio
a un no amigo y encima esclavizarlo se llamara “conquistar”.
Conquistar para ella era una palabra bonita que tenía que ver
con el amor. Así como ella había conquistado el corazón del gato
negro salvándole la vida y así como el gato negro la había conquistado cuando la bañó entera con su lamida y su ronroneo. De ese
modo se habían convertido de in amicus en amicus porque los amigos
no son desconocidos. Tienen un rostro, una historia compartida
que te hace saber que puedes contar con ellos y ellos contigo.
Julia pensó que un amigo es aquel que te respeta, que no se
aprovecha de tu debilidad, que en vez de maltratarte y quitarte lo
que tienes, comparte y te ayuda. Entonces comprendió que el gato
negro, sí podía ser su amigo. Pues ella tuvo el poder de soltarlo al
vacío o de salvarlo, y ella lo salvó como hacen los amigos verdaderos, en este caso las amigas verdaderas. El gato negro tampoco
olvidaría este encuentro.
Capítulo IV
Visita del señor Director
—Buenos días los dé Dios.
El Director entró muy temprano en la mañana a la biblioteca.
El corazón de Ernestina dio un vuelco. En ese preciso momento se
encontraba desempolvando los estantes con el plumero de colores.
No le dio un vuelco el corazón porque el director entrara en la
biblioteca. De hecho muchas veces lo hacía y conversaba con ella
sobre cosas como que faltaban almohadones donde los chicos se
pudiesen sentar en el suelo a leer, o sobre cómo adquirir los últimos
libros de literatura infantil publicados en Bolivia, América Latina
y en el mundo, o sobre la necesidad de poner marcos a los nuevos
cuadros que había comprado, o comprar otro plumero de colores
porque éste ya estaba viejito. Le dio un vuelco el corazón al ver lo
que llevaba consigo el Director.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
279
Lo que llevaba consigo el director era la mano blancuzca de
uñas comidas de la antipática hija del padre del familia. Parecía un
papá de esos detestables que dan gusto en todo a sus caprichosos
hijitos; lo cual era grave si el capricho de los hijitos era meterse en
la vida de la bibliotecaria y de su ratona de biblioteca.
—Cómo eztá señod didectod –saludó Ernestina acercándose y
extendiéndole la mano, no sin antes limpiarla en su mandil.
—¿Que tal, Ernestina? –saludó el Director. Ayer recibí la llamada de un ¡Padre de Familia!, el papá de esta niña. ¿Y sabes para
qué me llamó el padre de esta niña?
—No zeñod didectod –dijo Ernestina sin poder ocultar la turbación. Claro que sabía por qué.
—Porque la niña… dice haber visto un roedor en la biblioteca.
—¿Qué es roedor? –preguntó la pequeña.
—Un ratón –aclaró el director, y luego dirigiéndose a Ernestina
con una mirada inquisidora preguntó: –¿Es acaso que aquí hay un
ratón, Ernestina?
—Sí, señor director –dijo la hija del padre de familia sin esperar
a que Ernestina contestara, y hablando atropelladamente quiso
explicar lo que había visto.
—EstabaentreloslibrosdeliteraturainfantilytambienestabadetrásdellibrodetragediasgriegasyestabasucolayErnestinamequisomostraruncordóndezapatoyyonosoytantontaparatragarmeelcuentodeErnestinadequeesoestabaentreloslibrosporqueyoconozcolacoladeunratónyesoeraeraeraeraeraeradeunratónqueestaaquíestáaquí…
—Calma, pequeña –le dijo el Director– respira para hablar,
te escuché en la dirección, escuché a tu papá y ahora también te
estoy escuchando una vez más decir exactamente lo mismo. No
necesitas atropellarte. Tú sabes que este es un centro educativo y
aquí, en este santuario del saber…
—¿Qué es santuario? –preguntó la niña.
—Templo –aclaró el Director y siguió hablando– en este templo
del saber, decía, yo tengo que garantizar que los niños y jóvenes
se sientan seguros física y psicológicamente, y no permitiría que
haya un ratón en el recinto de la biblioteca…
—¿Qué es recinto? –preguntó la hija del padre de familia
—Un cuarto, una habitación, un lugar de respeto –aclaró el
Director y siguió– decía que no permitiría que en la biblioteca hu-
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
biese un ratón que te asuste ni a ti ni a nadie. No lo permitiré. Si lo
compruebo, tomaré las decisiones que sean pertinentes.
—¿Qué es pertinentes? –preguntó la hija del padre de
familia.
—Las que deban ser –respondió el Director ya un poco impaciente– las medidas que un director deba tomar según cada falta
y cada caso, ¿entendiste, niñita?
—Sí. Tome las medidas esas, señor Director –dijo la hija del
padre de familia– porqueErnestinametratacomoaunatonta –se
puso a llorar– ymedarabiaquequieraqueustedpiensequenoesverdadqueaquíhayunratón.
Con tanto atropellamiento de la pequeña y tanto sermón del
Director, Ernestina tuvo tiempo para tranquilizarse y pensar en
dar una respuesta.
—Udted me pdeguntó zi aquí hay un datón. ¿veddad? –dijo:
—Sí –respondió el Director– eso es lo que te pregunté.
Y antes de que la niña volviese a entrometerse dijo:
—Zi zeñod didectod, ez veddad.
Hubo un silencio. La hija del padre de familia y el director
quedaron desconcertados y en coro respondieron:
—¿Es verdaaaaaaaad?
—Zí, cdado, que ez veddad –siguió hablando Ernestina mientras se dirigía al estante de los libros de zoología, seguida por el
Director y la hija del padre del familia. No zodo hay datones, zino,
datos.
—¿Gatos? –preguntó el director sin entender.
—Datoz, y pedoz,
—¿Y peeeeeerros? –preguntó la niña poniéndose roja de rabia, sospechando que una vez más Ernestina estaba burlándose
de ella.
—Pedoz, gatoz, datones –y sacó varios libros sobre caninos,
mamíferos y fieras salvajes. Y budoz y cabadoz y yenaz y pezez y
de todo, señod didectod. Eztoz zon doz únicoz animadez que hay
en ezta bibdioteca.
—¡Mentiraaaaaa! –la hija del padre de familia comenzó a
gritar y a patalear tan fuerte y con tanta rabia, que los vidrios
comenzaron a temblar, la lámpara se balanceó en el techo y los
estantes se sacudieron dejando caer algunos libros. El Director
se asustó.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—Calma, calma, tranquila niña, tranquila, tranquiiiiila tranquiiiiila. No te pongas así.
—¡Ustedlevaacreeraellaynoamíporqueyosoysolounaniña!
¡BUUUUAAAAA!
Como la cosa se ponía más fea y Ernestina ya no sabía cómo
detener el temblor, el director decidió tapar la boca de la hija del
padre de familia mientras le decía.
—Sí niña, sí, sí, sí, te creo, te creo, cálmate.
Luego se dirigió a Ernestina y le dijo con voz de mando y con
el ceño fruncido:
—Ernestina, esta niña no es la hija de cualquier padre de
familia, es hija de un padre de familia del directorio de padres de
familia, es más; es la hija del presidente del directorio de padres
de familia, por tanto todo lo que esta niña dice, se debe comprobar
y yo llegaré hasta el final en esta pesquiza.
La niña entonces, bruscamente se quedó callada y tranquila
preguntó:
—¿Qué es pesquiza?
Es una investigación. Haré una investigación para ver si Ernestina dice la verdad y si no dice la verdad, la voy a botar, la voy
a poner patitas a la calle.
La hija del padre de familia sonrió satisfecha.
—Pero, si no –dijo el Director después de una pausa– si no hay
aquí un MALDITO ratón, entonces así seas la hija del presidente
del directorio de padres de familia, tú tendrás una sanción.
La hija del padre de familia dejó de sonreír y preguntó un
tanto preocupada.
—¿Qué es sanción?
El Director que en realidad había estado ya harto de la niña,
respondió:
Sanción es normareglamentodecretoordenazaleyestatutoprecepto...
Sin duda alguna la hija del padre familia no solo hacía perder
la calma a Ernestina y a Julia, sino también al señor Director.
—Bueno, niña –le dijo. Tengo otras cosas que hacer. Mañana
vendrá el escuadrón de limpieza para una inspección minuciosa
en la biblioteca.
—¿Qué es inspección, qué es minuciosa? –preguntó la hija del
padre de familia y ambos salieron de la biblioteca tomados de la
282
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
mano como habían llegado, mientras el Director le explicaba qué
era “minuciosa” y qué era “inspección” mordiendo las palabras
por la poca paciencia que le quedaba.
Capítulo V
El escuadrón de limpieza
Al llegar a su despacho, el Director llamó al escuadrón de limpieza
compuesto por un joven alto y muy delgado de cabellos parados
al centro de su cabeza, manos huesudas de finos y largos dedos,
llamado el Chicle. Otro de mayor edad, pequeño, gordito cachetón
y de mejillas rosadas, llamado el Chato. Una mujer de aproximadamente treinta años, muy nerviosa e inquieta, flaca, de ojos, orejas
y boca grandes que todo el tiempo estaba haciendo gestos, llamada
la Flaquis y una muchacha más joven, muy corpulenta, de fuertes
músculos, mandíbula cuadrada, un poco bigotuda, ojos redondos
y vivaces, y dientes desiguales, llamada la Malona.
Los cuatro acudieron al despacho del señor director provistos de
escobillones, baldes, guantes de goma, aspiradoras, lustradoras, cera
para el piso, trapos para desempolvar para trapear y para limpiar
vidrios, esponjas, plumeros de todos los tamaños y sprays ambientadores, mata pulgas, piojos, chinches, moscas y mosquitos.
—A sorden shempre señor drector –se plantó el Chato poniendo la mano en la sien como hacen los soldados en el cuartel frente
a su comandante.
—Se… se… señor drector… aquí estamos, ¿qué quiere que
ha… ha… hagamos?, vamos a… a… hacerlo biencito –dijo la Flaquis, a quién a veces se le daba por tartamudear.
—Jellou, missster manayer –dijo el chicle, que desde que se
compró un CD para aprender inglés se andaba jactando de hablar
en esa lengua.
—¿Qué? –preguntó algo molesto el Director.
—Perdón, buenos días señor Drector…, en español. ¿no? –dijo
el Chicle. El Director se le quedó mirando, entonces el Chicle quiso
aclarar – “jellou missster manayer” quiere decir…
—Ya ya ya –se impacientó el Director. Ya sé lo que quiere decir,
solo que se dice hellow y no jellou, mister y no mister, manager y
no manager. Bueno, pero no los llamé para hablar tonteras ni para
corregir su inglés… Los llamé para darles una misión.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
283
Hubo un momento de silencio porque la última frase del
Director fue dicha solemnemente, así que el escuadrón de limpieza respondió a ese llamado con verdadera nerviosidad pero
también con orgullo. Todos contestaron en coro alistando sus
implementos de limpieza.
—Asorrrrden señor Drectorrrr.
—A-su-or-den–señor-di-rec-tor. ¡Pronuncien! –ordenó el señor
Director a quién le gustaba enseñar todo el tiempo a todo el mundo y decirle lo que debía hacer. No se dice Drector, sino Diiirector.
—Assssssssss-orrrrrrrrr-den- se-ñorrrr-dreeeeeccccccc-tooorrr
–repitió el escuadrón de limpieza.
El Director se dio cuenta de que no era momento para enseñarles a pronunciar bien, así que decidió ir al grano.
—Necesito que cada uno de ustedes ponga la mayor dedicación en esta misión que voy a encomendarles.
—La mayor dedicación, señor Drector –dijeron en coro.
—Y que sean muy pero muy, pero muuuuuy minuciosos.
—Muuuuuuy minuciosos, señor Drector.
—¡Flaquis! –llamó el señor Director–. La Flaquis dio un salto
más de susto que de otra cosa.
—Aquís..totoy se… se… se… señor… drrrr…
—Ya sé Flaquis que estás aquí. Ven.
Y se acercó para hablar muy bajito. Todos se aproximaron
para escuchar como cuando un director técnico les dice qué deben
hacer a los jugadores de su equipo.
—Tú vas a mirar por todos los rincones de la biblioteca. Que
no se te escape nada, Flaquis, ¿entendiste? ningún ruido, ningún
movimiento extraño, donde haya algo raro, tú lo observas, lo
escuchas, lo persigues y lo descubres.
La Flaquis asintió con la cabeza haciendo diez muecas con la boca
al mismo tiempo y parpadeando como cincuenta veces por minuto.
—Tú, Chicle, vas a meter tus dedos hasta el úuuuuuultimo
rincón de los vértices de los cajones, de los estantes, de los mesones, del escritorio de la Biblioteca.
—Oquei missstercito, ai am veri efichent con mai dedos larchis32
–dijo, y se frotó las manos y los dedos largos, haciéndolos sonar
32
Quiso decir: Bien, señor, yo soy muy eficiente con mis dedos largos. En inglés
está dicho todo mal.
284
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
uno por uno como si los estuviese preparando ya para la misión.
—Mientras que tú, mi estimado Chato, no vas a dejar de observar debajo de todos los muebles, de los maceteros, del basurero,
de los estantes, del escritorio, de los mesones, de ¡TODO!, Que no
se te escape ¡NADA! Tú puedes hacer eso.
—Sherto, eso puedo hacer siempre, a sorden mi jefe, digo… mi
Drector –dijo el Chato medio asustado mirando de reojo el papel
de chocolote que había debajo de la mesa del señor Director.
—Y yo, para qué soy buena, mi Drectorrrr –preguntó la
Malona intimidante, ya un poco molesta de no haber sido convocada.
—Tú… Tú…
—Yo qué, YO QUÉ –se impacientó.
—Calma, calma –dijo un tanto asustado el director, ya que la
Malona lo llevaba por lo menos con cabeza y media.
—Tú Malona, si vez que algo se mueve bajo tus pies, lo pisas,
lo APLAAAAAssssstas, lo REVIENTAS… ¿Me entiendes?
—Sí. ¿A quién hay que reventarrrr, pisarrrrrrrr, aplastarrrrrr,
Señor Drectorrrrrrrrrr? –preguntó con las manos de puños cerrados en la cintura.
—Bueno, la misión consiste en encontrar un ratón que la hija
del presidente del directorio de padres de familia jura que está en la
biblioteca. Si ese ratón existe como la niña afirma y si ustedes lo encuentran, todos seremos premiados, ¿entienden...? Yo seré premiaaaaado, y cada uno de mis servidores más fieles, será premiaaado.
Todos sonrieron con ternura y respondieron a coro.
—Nosotros seremos premiados, señor Drectorrrrrr?
—Sí mis queridos, ustedes…
Luego hizo una pausa y continuó mientras paseaba por el
despacho.
—Peeero, si no encuentran al ratón porque no existe, voy a
sancionar a la antipática niña para que me deje de molestar y de
preguntar todo el tiempo.
Y el señor director comenzó a imitar a la niña con una voz
muy delgada:
—¿Qué es esto? ¿Qué quiere decir lo otro? La verdad es que la
detesto, no la soporto. En realidad no la soporto a ella ni a su papá
que anda molestando todo el tiempo…
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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De súbito se dirigió al escuadrón de limpieza y muy serio
repuso.
—Esta es una información confidencial que ustedes deberán
guardar fielmente. Jamás escucharon lo que acaban de escuchar
en este despacho. ¡Júrenlo!
—Se lo juramos señor Drector –dijeron los cuatro poniendo
su mano al pecho.
—No, no, no, cada uno jure –repuso con firmeza.
—Ju… ju… ju… ro, señor drec… to… tor… –dijo la Flaquis
besando la señal de la cruz en sus temblorosos dedos.
—Yo también juro siempre que ni he escuchado que usted no
le quiere a la chica ni a su papá, señor Drector. Nada siempre sé
de eso –dijo el Chato.
—Juro –dijo la Malona y le dio un apretón de manos que dejó
al señor Director con los dedos estrujados y doloridos.
—Yes, juro por mai got –dijo el Chicle, señor Drectorcito.
—Ahora –siguió el Director– si ustedes no encuentran al ratón
y resulta que sí había existido, y la hija del padre de familia lo
llegara a descubrir, rueda mi cabeza.
—¡Auch! –dijo la flaquis agarrándose el largo pescuezo.
—Pero –continuó el director–, también LAS SUYAS, así que
más les vale cumplir bien con la misión.
Los cuatro se pusieron a temblar, muy asustados y juraron.
—Juramos cumplir bien la misión señor Drectorrr.
—Se pueden retirar.
Y los cuatro, conversando bajito se alejaron del despacho cargando su artillería de limpieza.
Capítulo VI
Misión cumplida
Ernestina, enterada de los planes del Director, pidió al mismo que
se hiciera el trabajo de limpieza de su biblioteca muy temprano
al día siguiente que era sábado, para no perjudicar a los niños que
esa tarde habían ido a leer cuentos, o investigar en los libros para
hacer sus tareas.
Al Director le pareció un buen argumento.
Cuando Ernestina se quedó sola, sacó de la parte baja del gran
macetero una cajita de tierra que servía de inodoro de Julia, y vació
286
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
el contenido en una bolsa negra de basura. Es verdad que los que
hacen sus necesidades en cajitas de tierra son los gatos, pero Julia
encontró ese lugar privado y cómodo bajo el gran macetero para
hacer sus necesidades. Cuando Ernestina lo descubrió le puso ahí
la cajita de arena y ella entendió perfectamente el mensaje. De ese
modo no habían caquitas de ratona por ninguna otra parte.
Por ese lado no había peligro de que el escuadrón de limpieza
hallara señales de la existencia de Julia. Entre las dos buscaron
en todos los lugares algún pelito suelto que a Julia se le hubiese
caído, alguna señal de su existencia, y cuando estuvieron bien
seguras de que no dejaron ningún rastro ratuno por ningún lugar,
recién se quedaron tranquilas.
Al día siguiente a primera hora llegaron a limpiar todo el lugar, la Flaquis, el Chato, el Chicle y la Malona. Ernestina no pudo
controlar su turbación al verlos pero los recibió cordialmente.
Unos minutos antes la bibliotecaria había metido a la ratonita
dentro del bolsillo de su mandil. Ese era el lugar donde Julia
estaría más segura, al menos mientras el escuadrón de limpieza
diera fin con toda la mugre.
—Buenoz díaz señodez, ze que vidiedon a dimpiad da bibdioteca pada buzcad un datón.
—Síiiiiiiiiii, –respondieron en coro.
—Y si existe un ratón aquí, lo vamos a encontrar siempre –
dijo el Chato mirando a sus compañeros que afirmaron al mismo
tiempo con la cabeza.
—Lo vamos a pulverizar –dijo la Malona.
—Y… y… y… no se nos… nos… va… a… a… es… ca… ca…
ca… par –dijo la Flaquis haciendo cincuentaicinco muecas y parpadeando cincuenta y tres veces.
Por alguna razón el Chicle no dijo absolutamente nada ni
en castellano ni en inglés. Solo se quedó sonriente mirando a
Ernestina.
—Me padece buy bien –repuso Ernestina haciéndose la tranquila– bueden comenzad cuando quiedan.
—Oquey33 –repuso el Chicle y coqueteando preguntó– Juat is
yur neim?
33
Oquey en ingles quiere decir Okay, y en castellano significa algo así como
“aprobado”, “sí”, “así es”.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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Como Ernestina sabía un poco de inglés le corrigió –ze dize
“¿what is your name?”
—Suena igual –dijo el Chicle
—Tienez dazón –dijo Ernestina sonriéndole con sus brakets.34
Al Chicle le cayó bien Ernestina. Le pareció simpática y le gustó
cómo hablaba. Casi igual que él en inglés. Al final de cuentas él
entendía todo lo que ella decía en castellano con frenillos, y ella
entendía todo lo que él decía en inglés sin ortografía.
El Chicle se quedó mirándola por un momento sin que se le
borrara de la cara la sonrisa. La Malona que se había dado cuenta le
dio un caderazo con el cual lo hizo volar hasta media biblioteca.
—¡Ya! –le dijo. Vamos de una vez a cumplir la misión del señor
drector. Esto es serio así que pónganse atentos y concéntrense en
la misión.
La Flaquis movió la cabeza en signo de aprobación, hizo venticuatro muecas diferentes y parpadeó catorce veces, mientras el
Chato ya estaba inspeccionando el lugar. Luego dijo:
—Ya… ya… ya… estoy… lis… ta.
Cada cual cumplió su trabajo con la mayor eficiencia: El Chato
aspiró las alfombras, los muebles, debajo de las macetas, bajo los
estantes; la Flaquis aspiró encima de los estantes, las esquinas de la
biblioteca, los rincones de la sala, los armarios; luego el Chicle que
era muy alto, se ocupó de limpiar el techo, los focos, las ventanas,
las puertas hasta que no quedo una sola brizna de polvo. Entre los
cuatro sacudieron hasta el último de los libros, las revistas y las enciclopedias. Hojearon todo para buscar cualquier indicio de ratón.
Ernestina, con el pretexto de dejarlos trabajar con comodidad,
había salido al patio desde donde escuchaba el motor incesante de
las aspiradoras y las lustradoras.
Cuando paró, pensó ella que todo había terminado y se acercó
a mirar. Vio entonces cómo la misión recién estaba comenzando.
El Chicle sacó todos los cajones del escritorio y con sus largos
dedos raspó el polvo de los vértices más escondidos en los cuales
todavía quedaban restos de crema de sus galletas merengadas.
Hizo lo mismo en los armarios y en los ficheros. Hasta desman34
Brakets son esos frenillos o fierritos molestosos que te ponen en los dientes
cuando te hacen ortodoncia.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
teló la computadora, aspiró todo por dentro y luego la volvió a
armar.
Cuando terminó lo escuchó decir —Mai got, ahora yes que
todo está veri veri clin.35
El Chato, aunque petiso, era muy fuerte, así que juntamente
con la Malona se ocupó de levantar en el aire cada uno de los
estantes de 843 libros, los de 4500 revistas, los de las 279 enciclopedias empastadas, los cinco armarios, los dos escritorios y las
mesas, las sillas, los sillones, los dos grandes maceteros, los cuatro
pequeños, y todo lo que allí había para ver si debajo encontraban
al ratón. Todo quedó en orden, limpísimo, no había el tal ratón.
Ni siquiera algo sospechoso.
Los ojos de farol que tenía la Flaquis se movían de un lado
para otro, incluso vio si había algo dentro de la lámpara de vidrio. Nada, excepto unas cuantas moscas muertas. Sus grandes
ojos lo observaban todo, cualquier movimiento que no fuera el
de ella misma o de sus compañeros, la hacía volverse. Con un
trapo de desempolvar terminaba de hacer brillar los muebles,
frotándolos.
Mientras la Malona caminaba atenta buscando indicios, una
mosquita se atrevió a entrar a la biblioteca. En el acto la Malona
la aplasto contra el vidrio. La Flaquis inmediatamente limpió el
cristal sacando los restos que quedaron allí pegados.
La biblioteca brillaba como nunca jamás. Ni siquiera estuvo
tan limpia el día de la inauguración. El Chicle, hasta había salido
un momento para colocar cuatro margaritas sobre el escritorio
de Ernestina.
De la ratonita no había ni sospechas, y eso que temblaba
dentro el mandil de Ernestina, de tal modo que ésta decidió meter las manos en los bolsillos y hacer como si estuviese jugando
agitándolas a propósito.
El momento que la Flaquis observó el movimiento, le preguntó:
—¿Qué ha… ha… ha… ces mo… mo… viendo tus ma… ma…
manos dentro de tu… tu… tus bol… si… si… si… sillos?
—¿No zabez acazo que mobed das manoz dentdo de dos
35
En castellano: “Mi Dios”, ahora sí que todo está muy pero muy limpio. En
ingles todo está mal escrito.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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bodziyoz de yena de enedgía dodo ed cuedpo y de cadma ed fdío
y dos nedvioz?
La Flaquis miró al techo, parpadeó dieciseis veces, hizo quince
muecas con la boca y sacudió la cabeza en señal de “no”. Luego
miró a Ernestina fijamente con sus grandes ojos y rebuscando en
los ella hasta el fondo de su alma le preguntó:
—¿Te ca… ca… calma los ner… vios mo… mo… mo… ver
los de… de… dos y las ma… ma… manos dentro de los bol…
bo… sillos?
—¡Cdado!, ¡pod supueeeezto!, ¡oooobvdio que te cadma doz
nedvioz! –respondió Erenestina con total certeza. Ezo do dijo un
gdan maeztdo ded odiente yamado Tung-Shan.
La Flaquis volvió a hacer 12 muecas con la boca y a parpadear
ocho veces. Se quedó pensativa por un minuto y luego continuó
haciendo su trabajo sin prestar más atención a las manos de Ernestina, que apenas la dejó de mirar entró al baño para calmar
los latidos de su corazón descontrolado y la tembladera que le
entró en todo el cuerpo.
Después salió tranquila como si nada hubiese pasado y se
fue a mirar las fotos de los cuadros de los alumnos que habían
salido bachilleres los años pasados y que adornaban las paredes
del largo pasillo anterior a la biblioteca.
Cuando el olor a detergente de limón se hizo más fuerte y la
biblioteca cobró un brillo extraordinario, Ernestina pensó que la
misión del escuadrón de limpieza ahora sí, había terminado.
Entonces, se acercó nuevamente a ellos y tomando distancia,
por supuesto, les dijo:
—¿Zeda pozibde que llame al zeñod didectod pada que vea
ed excedente tdabajo que hiziedon?
El Chicle muy alagado, respondió por todos
—Oquey, mai darlin.36
La Malona lo miró furiosa y él se moderó pese a que casi no
podía dejar de sonreír frente a Ernestina.
El señor Director fue al encuentro del escuadrón de limpieza
con el corazón alborotado pensando que al fin había terminado
la pesadilla y que habían encontrado al tal ratón.
36
Que quiere decir, en inglés okay my darling, y en español “De acuerdo, mi
querida”.
290
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Buenos tardes las dé Dios –saludó.
—Muy buenas tardes señor Drector –respondieron en coro y bien
plantados los cuatro componentes del escuadrón de limpieza.
—¿Encontraron al ratón? –preguntó ansioso.
—No, señor Drector –respondieron en coro.
—Pu… pu… pusimos pa… pa… patas arriba de pe… pe…
a pa… pa la biblioteca… yyyyy… yy… no hay ra… ra… ratones
–dijo la Flaquis haciendo cuarenta y cinco muecas y parpadeando
veintisiete veces.
—Sherto –dijo el Chato– no hay nadddda señor Drector. Todo
hemos limpiado biencito siempre.
—Todo limmmmpio –dijo la Malona con su voz de trueno.
Solo quedó pulverizada una mosca.
—Yes37 –dijo el Chicle, un poco ausente, porque sentía la
mirada de Ernestina detrás de sus gruesos lentes y eso lo ponía
medio raro.
—¿Están seguros, bien seguros de que no encontraron ningún
rastro? –preguntó el Director.
—Sí, señor Drector – repuso la Malona. Lo hubiéramos notado.
No había nada, no había ni cuarta caquita de ratón. Usted sabe
que los ratones no se pueden aguantar…. No había ni un pelito de
bigote siquiera y a los ratones se les cae el pelo, no había ni una
huella, y a los ratones les gusta dejar huellas.
—Sherto señor drector –dijo el Chato– lo único que encontramos fueron algunos pelos verdes, azules, amarillos y rosados de
los peluches que traen los niños, una liga de cabello, once chicles
mascados pegados bajo de las mesas, una orquilla, una caracha
de herida infantil humana, tres pestañas de niños, dos puntas de
lápices, un palito de chupete, ocho papeles de dulce en el basurero y varias migajas de galleta en el cajón de Ernestina. Nada más
shempre. ¡Ah! Y un cordón de zapatos color café.
—¿Están seguros, mis queridos? –preguntó el Señor Director.
—Sí, señor drectorrr –respondieron en coro.
Entonces el director salió a paso firme de la biblioteca seguido
por su eficiente escuadrón de limpieza. Tomó el teléfono, llamó al
presidente del directorio de padres de familia que como ya saben era
el padre de la hija del padre de familia y con voz muy firme le dijo:
37
Yes, en inglés quiere decir “sí”.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—Señor presiente del directorio de Padres de familia… hágame
el favor de venir INMEDIATAMENTE para que usted vea con sus
propios ojos la biblioteca de la escuela… Sí, señor presidente del
directorio de padres de familia… tal como usted me dijo, me ocupé del asunto. Mis eficientes empleados limpiaron hasta el último
rincón de la bilioteca… Sí, si, señor presidente del directorio de
padres de familia… todo, todo y ¡NO HAY NINGÚN RATÓN!
Como había subido la voz, el director se moderó un poco y
repuso:
—Quiero decir que la niña, su dulce hijita, debió haberse
confundido o tal vez tiene un exceso de imaginación, jajajaja… así
eeees… no, no se encontró absolutamente nada… sí señor presidente del directorio de padres de familia… eso dije… ningún ratón…
Gracias, muchas gracias… usted también salúdela a su esposa… y
la niñita, claro… Hasta luego, señor presidente del directorio de
padres de familia.
El lunes por la mañana en formación, el padre de familia
llamó a Ernestina, tomó el micrófono y delante de todo el colegio
la felicitó por su orden, limpieza, creatividad y por ser tan responsable en el trabajo de la biblioteca. Todos la aplaudieron, incluso
Julia que escuchó el discurso desde el estante más alto del cual se
veía el patio.
También el Director pidió un aplauso para el escuadrón de
limpieza que estaba presente junto a él. Algo había cambiado por lo
menos en dos de sus miembros, el Chicle sonreía incesantemente
y la Flaquis movía sus manos y sus dedos dentro de los bolsillos de
su mandil, sin hacer tantos gestos ni parpadeos.
Emocionada, la bibliotecaria repuso:
—Gdaziaz, señod Didectod.
En primera fila vio los ojitos malvados de la hija del padre de
familia llenos de lágrimas de odio y rojos de rabia.
—Bien niños y niñas –ordenó el señor Director– pasen a sus
cursos –y dirigiéndose a la hija del padre de Familia, repuso: Y tú,
niña, ven conmigo a mi oficina.
Cuando estuvo a solas con ella le dijo: –¿Ves esta tarjeta
amarilla? Bien, vas a llevarte esta tarjeta amarilla como signo de
llamada de atención por atormentar tanto a la pobre Ernestina
y a mí también con el famoso ratón que solo existe en tu imaginación.
292
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Puedo hablar? –preguntó la niña.
—Habla, pero se breve –respondió el director dándole la espalda.
—Yonocreoqueseajustoqueustedmedeunatarjetaamarillaporquelastarjetasamarillassonparalasniñasqueseportanmalyyonomeportemalporqueyoviaeseratónenlabibliotecaaunqueustedloniegueynomecrea.
—¿Qué? –el Director se puso rojo de rabia. ¿Pretendes decir,
niña, que yo miento?
—NosesimienteperocreoqueErnestinaesunamentirosayqueseestáburlandodetodosustedesyalomejorsusempleadostambienseestanburlandodeustedytodosseestanburlasdodeusted…..
—¡Cállate, ya! –ordenó el Director. No soporto escuchar tu vocecita. Si no te callas te daré una tarjeta roja, entiendes? ¡Sal de aquí!.
La niña salió hasta la puerta y antes de cerrarla a sus espaldas
repuso.
—Ustedsevaaarrepentirdeloquemeestádiciendocuandocompruebequeelratónestáahí. Y luego dio un portazo desapareciendo
en el pasillo.
Al Director le quedó una sensación de malestar en el estómago.
Estaba casi seguro de que en la biblioteca no había ningún ratón
y que Ernestina y su escuadrón de limpieza no serían capaces de
burlarse de él de esa manera, pero la hija del padre de familia le
dejó una espinita en el corazón.
Capítulo VII
Las enseñanzas de Pina Bausch
A la hija del padre de familia no le gustó nada perder. Mucho más
cuando sabía que lo del ratón en la biblioteca no era un invento
suyo. De ese modo se propuso salvar su honor y demostrarle al
director que había cometido una injusticia imperdonable con
ella que era la hija del padre de familia más importante de la
escuela.
Estaba dispuesta a hacerle tragar su tarjeta amarilla y a que su
papi lo eche de la escuela por dejarse engañar con sus empleados
y empleadas, y por ser tan estúpido en no haberle creído desde la
primera vez.
De ese modo se apareció en la biblioteca con su mismo peinado
de cola estirada para atrás.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—Hola Ernestina –saludó hipócritamente fingiendo una sonrisa con sus labios delgados. Vine para hacerte compañía.
—E….ezte… Ernestina no supo qué decir. Julia, que ya conocía
la voz de la niña estaba observándolas por encima de uno de los
armarios. Bueno, zi quiedez puedez quedadte. ¿Quiedez deed adgo?
—No, repuso la niña, no quiero leer, solo quiero pasear –y se
puso a caminar por los estantes observándolo todo.
Habían pasado ya muchos días después de que el escuadrón de
limpieza visitara la biblioteca. La hija del padre de familia vio unas
miguitas en el estante de ciencias naturales, y unos pelitos en la
esquina del macetero. Supo al instante que esas eran las evidencias
de la presencia del ratón de la biblioteca.
Asustada, desde arriba del armario, Julia temía ser descubierta. La niña era muy astuta y ella no sabía por qué la había
convertido en su no amiga. Tenía de amigo un gato negro, pero
no se explicaba por qué una niña podía perseguir tanto a una
ratona de biblioteca.
De pronto, la hija del padre de familia sacó un libro del estante que estaba frente al armario y se puso a leerlo. Julia no le
quitaba los ojos de encima, de pronto la niña metió bruscamente
la mano en el hueco que había dejado el libro al ser retirado y
allí encontró un pedacito de papel comido. Lo observó bien y lo
guardó en su bolsillo.
Julia supo que esa era una evidencia. Nadie que conociera
cómo comía un ratón, podría dudar de que ese papel había sido
su cena.
La hija del padre de familia salió triunfante de la biblioteca.
Al despedirse de Ernestina le dijo.
—Mira, Ernestina, un papel comido por un ratón –y se lo
mostró sacudiéndolo con la mano.
Ernestina respondió sin perder el control.
—Eze ez un pedazo de paped que dejadon doz ticoz cuando
vidiedon a hazed banuadidades.
—¿Seguro? –replicó la niña– ¿y cómo es que los chicos que
vinieron a hacer manualidades dejaron este trozo de papel al fondo de uno de los estantes? –y salió triunfante de la biblioteca.
Ernestina se quedó muy preocupada. Desde que la hija del
padre de familia perseguía a Julia, la vida de ambas se estaba convirtiendo en un infierno.
294
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
La niña llegaba todos los días a “visitar” a Ernestina y se pasaba
el rato buscando huellas de Julia. Ya tenía cuatro pelos, tres pedacitos de hojas comidas, y por suerte no metió la mano debajo del
macetero porque ahí sí que se hubiera encontrado con la evidencia
mayor: la cajita de arena con caquitas de ratona.
De cualquier modo la cosa se ponía peligrosa. Cuando llegaba
lo hacía de sorpresa y entraba corriendo a mirar los estantes, se
subía a las sillas para ver por encima de los armarios, abría y cerraba
las cajas del escritorio, miraba debajo de los mesones y las pobres
Ernestina y Julia estaban a punto de enloquecer.
Julia había decidido ir a buscar el libro de arte escénico y danza
contemporánea en la sección de arte, para pedirle a la propia Pina
Bausch que le enseñara algo más de lo que sabía. De ese modo
se pasaba con ella horas de horas, noches enteras, descubriendo
los poderes de la danza. Así aprendió que con el cuerpo se podían
expresar sentimientos como los de ser perseguida por una niña
extraña siendo una simple ratona de biblioteca que no dañaba a
nadie. Le enseñó a usar los pies sobre el piso y sentir su peso para
elevarse, para dar volteos, para volar en el aire, para instalarse
firme. Le enseñó que su cuerpo podía vibrar y fluir, desplazarse,
caer y levantarse, le enseñó Pina, que esas cosas le pasan a uno
todo el tiempo en la vida y que expresarlas con el cuerpo ayuda a
liberarlas y conocerse mejor.
Estaba enflaqueciendo mucho ya que horas de horas noches
enteras, para una ratonita es mucho tiempo, pero solo de ese modo
aprendió a tener confianza y a descubrir movimientos originales
que transmitían sus emociones de bailarina.
Aprendió con Pina que el cuerpo te sirve a veces más que las palabras, y que si sabes hablar con él, puedes encontrar el equilibrio,
la facilidad para moverlo como tú quieras y la energía suficiente
para comunicarte con los otros.
Un día pasó lo irremediable. La hija del padre de familia llegó
justo a la hora del almuerzo, cuando Ernestina estaba a punto de
salir y le dejaba a la ratonita las últimas migajas de galleta.
—¿Qué haces? –preguntó.
Julia apenas tuvo tiempo de trepar sobre el segundo nivel del estante con la agilidad y la gracia de una experimentada bailarina.
—Eztoy devantando eztas miguitaz que hiziedon caed unoz
niños –dijo.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—¡Qué bien! –respondió la niña poniendo las manos en la cintura– ¡Qué bien!. Yo no he visto a ningún niño entrar a la biblioteca
–y se dio bruscamente la vuelta para mirar el estante.
Por algún motivo, Julia no huyó, y por un instante sus miradas
se cruzaron. La niña abrió los ojos llena de júbilo y sorpresa. Julia
le sostuvo la mirada con valentía.
—¡El ratóooooooonnnnn! –gritó señalándola con el delgado
dedo blancuzco de uña comida.
Era más de las 12:30. Los maestros y los niños se habían ido
ya a almorzar, así que a esa hora nadie la escuchó.
Julia pensó que no podía seguir sosteniéndole la mirada. Entonces usó toda su energía y saltó sobre ella sorprendiéndola, al
punto que la hija del padre de familia dio tres pasos de espalda,
se golpeó con el estante de enfrente y cayó al suelo sin aliento.
Sobre ella se precipitaron varios libros. Julia trepó por el mandil
de la niña, subió a su cabeza y se detuvo frente a su cara, la volvió
a mirar fijamente con valentía, como al decirle
—¿Querías verme? Aquí estoy.
Ernestina se quedó helada sin saber qué hacer. Jamás se imaginó que su amiguita sería capaz de semejante cosa. Julia, una vez
más recordó lo aprendido con Pina Bausch “Uno pude expresar
con el cuerpo lo que le siente”. Ya no era miedo lo que sentía la
ratonita, era libertad y una sensación increíblemente placentera
de triunfo. La niña tenía los ojos abiertos, la boca cerrada, la cara
transparente y estaba a punto de desmayarse. Entonces Julia elegantemente, resbaló por la cola lacia de la pequeña, dio un salto,
hizo una venia y desapareció dando giros por debajo del estante
de enfrente.
La hija del padre de familia se quedó un largo rato sin poder
reaccionar. Ernestina la ayudó a levantarse.
—Un… –murmuró la niña entre dientes y se puso a llorar de
la impresión.
Ernestina tenía agua en su botellón así que le sirvió un poco
para que se calmara. La hija del padre de familia se puso de pie y
con mucha rabia le dijo.
—¿Ahora me vas a decir que no tienes aquí un maldito ratón?
Ernestina puso cara de tonta
—¿Un daton? –preguntó.
296
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Capítulo VIII
Consejos para no morir
Después de aquel encuentro, Julia supo que las cosas no se iban a
quedar así, de tal modo que por la noche, a la hora en que los dibujos
cobraban vida, fue al libro de los felinos y le contó a su amigo, el gato
negro, lo que estaba ocurriendo. Este le dijo que tuviera cuidado ya
que la hija del padre de familia ya no era una no amiga.
—¿No? –preguntó extrañada Julia.
—Ya no –respondió el gato– ahora sí, es tu enemiga. Siendo
tan chiquita y estando en desventaja con ella la has mirado cara
a cara, la has desafiado, la has asustado, la has hecho sentir una
tonta y la has vencido. Ella va querer vengarse de ti y de Ernestina.
Ya no eres cualquier ratona, Julia; eres tú. Aunque ella no sepa tu
nombre, sabe que es a ti a quién quiere hacer desaparecer.
—¿Cómo? –preguntó Julia.
El gato negro sabía que los ratones eran los animales más inteligentes y capaces de sacar conclusiones sobre lo que iría a pasar.
Por eso es que cuando a los ratones se les pone trampas con quesos,
ellos saben cómo comerse los quesitos sin dejarse atrapar. Eso le
dijo el gato negro y Julia cobró valor y confianza en sí misma. Era
verdad que además de inteligente sabía leer y aplicar las sabias
enseñanzas de los libros a su vida.
—Piensa –le dijo el gato negro. La hija del padre de familia
ya no puede contar con el Director porque no le hace caso y está
casi convencido de que aquí no hay ratones; no puede contar con
Ernestina porque así como a ti, a ella la considera su enemiga.
También Ernestina la hizo quedar en ridículo frente al director
y la niña, seguramente cree que por culpa suya él la castigó. Piensa
qué haría una niña como ella para liquidarte.
Entonces Julia tuvo la evidencia de lo que estaba por pasar.
—Si los humanos no le hacen caso, quizás la niña busque un
¡animal! –dijo Julia con los ojos muy abiertos y llenos de pánico.
—Es posible –dijo el gato negro relamiéndose los bigotes.
—Claro –dijo Julia. Y ese animal por supuesto, podría ser un
gato.
—Y un gato de verdad –dijo el gato negro– no de papel como
soy yo.
—Y lo peor de todo, un gato no amigo –dijo Julia.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
297
Eso es lo peor –respondió el gato negro. Creo que lo mejor
que puedes hacer es enterarte un poco de cómo somos los gatos.
Yo puedo decirte algunas cosas.
Y el gato negro, para sorpresa suya se puso a cantar y a bailar
con mucho ritmo:
Los gatos somos muy especiales,
somos sensibles, poco amigables;
nos gusta mucho comer ratones
y los cazamos por los rincones.
Tenemos oído muy refinado
el menor ruido es escuchado
entonces vamos a ver qué pasa
y estamos listos para la caza.
El gato negro mostró a Julia las largas garras que salían de sus
almohadonadas patitas.
Finas pezuñas de largas uñas
nos sirven para atrapar
lo que se mueve, lo que se mece
eso nos gusta rasgar.
Dientes filudos muy puntiagudos
nos sirven para mascar.
Lo que atrapamos nos lo morfamos
nadie nos puede igualar,
nadie nos puede igualar,
nadie no puede igualaaaaaaaaar.
A Julia le pareció horrorosa la canción. No la consoló para
nada a pesar de haber descubierto la maravillosa voz de tenor que
tenía el gato negro. Se despidió de él agradeciendo que fuera su
amigo para que no la morfe, es decir que no se la devore, y se fue
a buscar el libro Todo lo que usted quiere saber sobre los gatos y no se
atrevió a preguntar..
Felizmente el libro no tenía muchos dibujos vivos, y los gatos que
allí se mostraban eran muy tiernos y estaban dormidos, así que como
Julia ya sabía por el gato negro, que tienen ellos un extraordinario
oído, trató de hacer el menor ruido y concentrarse en la lectura.
El libro decía que cuando Noe se había enterado por Dios de
que habría un diluvio, por orden suya había hecho un arca y en
298
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
ella había puesto una pareja de cada especie de todos los animales
para que cuando las aguas bajaran y la tierra reapareciera, estos se
multiplicaran y volvieran a poblarla.
La leyenda decía que en aquel tiempo no existían gatos, pero
sí ratones y el ratón y la ratona entraron en el arca, juntamente
con la alondra y el alondro, la leona y el león, la zorra y el zorro, el
cocodrilo y la cocodrila, la jirafa y el jirafo, el elefante y la elefanta,
la garrapata y el garrapato, entre otros.
Llegó el diluvio y las aguas crecieron tanto que casi llegaban
al cielo. El arca de Noé permanecía sobre ellas y los animales estaban a salvo.
Solo que tuvieron un inconveniente. Noé, al entrar les había
hecho firmar a los animales un compromiso de abstinencia. Eso
quería decir que se comprometían a no aparearse hasta que no
estuviesen nuevamente en tierra. No aparearse quiere decir renunciar a tener hijitos mientras estuviesen dentro del arca. Eso
por razones obvias ya que el arca era cabalita para las parejas,
pero sin hijitos.
Como hacía mucho frío afuera y caía la lluvia incesantemente, los animales estaban medio aburridos y bastante tranquilos,
sin ganas de traer hijos al arca, y de ese modo evitar que se
hundiera.
Pero, cuando al fin dejó de llover, el ratón y la ratona olvidaron
su compromiso de abstinencia, y como estaban muy enamorados
decidieron esa noche de luna llena, aparearse bajo la luz de las estrellas. Pensaron que un ratoncito tan chiquito que sería su hijito,
no llenaría mucho espacio.
Eso pensaron; pero no sospecharon jamás que de la barriguita
de la ratona que al instante quedó embarazada, saldrían un tiempo
después 30 ratoncitos y 30 ratonitas que además se aparearían
rápidamente dando lugar a 60 ratoncitos y 60 ratonitas que darían lugar a 90 ratoncitos y 90 ratonitas y así sucesivamente. De
ese modo era imposible sostenerse y el arca estaba a apunto de
hundirse.
Desesperado Noé pidió ayuda a Dios y Dios le dijo que hablara con el león. Noé lo hizo, y de las orejeas del león salieron
unas criaturas que le solucionaron el problema. Eran cuatro
gatos y cuatro gatas que fueron detrás de los ratones y dieron
fin con ellos.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
299
No era la intención de Noé hacer eso. Realmente fue un plan
de emergencia. Lo malo fue que los gatos se tomaron la cosa muy
en serio. Creyeron que su misión divina era comer ratones por
los siglos de los siglos, amen.
Julia estaba completamente segura de que la maldad de la hija
del padre de familia era extrema; por tanto era seguro que habría
tramado algo tan definitivo y catastrófico como llevar un gato a
la biblioteca. Su pregunta era ¿qué podía hacer ella, una ratonita
tan pequeña frente a un gran gato de verdad, que se sintiera con
la obligación y el deseo de comerla?
—¡Qué horror! –pensó Julia. Alguien me tiene que ayudar.
Y entonces se le ocurrió ir al estante de los libros de sabiduría
para ver si encontraba a la Bruja Brie en el libro de los encantamientos.
La Bruja Brie era un dibujo de bruja con la nariz respingada,
largos cabellos grises, ojos rasgados, manos huesudas, de uñas
encorvadas y bien arregladas, un vestido negro con capa morada
y unos zapatotes con grandes hebillas cuadradas.
La Bruja Brie abrió la tapa del libro apenas Julia se acercó.
Sabía que vendrías, ratonita –le dijo.Te estaba esperando.
Entonces, Bruja Brie, sabes por qué he venido –dijo Julia con
respeto y cierto miedo.
Sí querida, entra en el libro y ven al lado mío –invitó la bruja
Brie.
Julia saltó dentro del libro y sintió el frío de la noche mágica
donde la Bruja Brie estaba dibujada. Una gata negra con graciosas
manchas blancas de ojos brillantes la miró fijo. Julia hizo el intento
de salir al instante, pero la Bruja Brie la calmó.
—Nada te hará Ítaca –le dijo. Así se llamaba la gata, igual que
la patria de Odiseo.38 Puedes quedarte tranquila. ¿Acaso no tienes
ya un gato negro como amigo?
Julia se tranquilizó, era verdad. El gato negro era uno de los
pocos amigos que tenía y el mejor de todos. ¿Por qué Ítaca la iba
a asustar?
—Dime por tu boca qué quieres de mí, le dijo la Bruja Brie.
—Tengo miedo de la hija del padre de familia. Me gustaría que
38
Odiseo, rey de Ítaca, llamado también Ulises es un héroe legendario protegido
por la diosa Atenea.
300
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
me ayudes a pensar qué hacer. Estoy casi segura de que ella traerá
un gato a la biblioteca para que me devore. Entonces, Bruja Brie,
necesito que me ayudes a hacer algo.
—¿Algo como qué? Dijo la Bruja Brie observándola a la luz de
una fogata sobre la cual hervía un inmenso caldero del que salía
un extraño humo color azul olor a menta y romero.
—Algo como una magia. Algo que me de poder para desaparecer de la vista del gato. Algo que me haga transparente y silenciosa;
algo que me permita moverme de aquí para allá sin que él sienta
mis pisadas.
—Eso ya sabes hacer –le dijo la Bruja Brie y Julia tomó conciencia de que en verdad con la danza, lo podría lograr perfectamente.
—Sí –respondió– pero necesito algo que haga que la nariz del
gato no sienta el olor a ratona que debo tener. Dame algún poder
para convertir al gato en piedra, o en algodón, o en esponja. Dame
el poder de volverlo un gatito de peluche.
—Eso no va a servir –dijo la Bruja Brie.
—Entonces, hazme tan poderosa, pero tan poderosa que cuando venga a mi encuentro le pueda morder del cuello, dejarlo sin
una gota de sangre y pueda agarrarlo de la cola y lanzarlo hasta el
techo 30 veces y pueda exprimirlo rompiéndole todos los huesos
y las costillas hasta que se quede como un saco o pueda sacarle
todos los bigotes uno por uno, y los dientes… y…
Julia se quedó callada ya que el gran caldero comenzó a hervir
y el humo azul y transparente se volvió denso y rojo además de
hediondo, como el de un volcán a punto de entrar en erupción.
Olía a huevo podrido mezclado con vómito de araña.
—Eso no va a servir –dijo la Bruja Brie, mezclando el caldero
para que se calmara.
En la medida en que Julia apaciguó el odio en su corazón, el
humo volvió a hacerse claro, azul y fragante.
—No llenes tu corazón de odio, ni de miedo –le dijo
—Entonces, ¡qué hago! –suplicó Julia. Si no me ayudas, Bruja
Brie, el gato me va a comer. Yo no tengo magia propia.
—Eso sí te va a servir –dijo la Bruja Brie y el humo del caldero
se hizo luminoso y dulce.
—¿Cómo…? –preguntó la ratonita sin entender.
—Sí, claro que tienes magia propia, la magia está en ti, Julia,
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
301
no necesitas ser feroz, ni desaparecer, ni dejar a tu adversario
convertido en peluche. Necesitas descubrir tu propia magia.
—¿Y… cuál es? –preguntó Julia, sorprendida.
—Esa que te hace poderosa y que te hace ganar y no perder
–dijo la Bruja Brie, que siempre hablaba en enigmas.
Los enigmas son palabras que uno no sabe qué quieren decir,
pero que deben ser descifradas porque aunque no parece, tienen
un gran significado y esconden una revelación, una verdad.
La luz del amanecer comenzó a filtrarse por los ventanales de
la biblioteca, y la Bruja Brie se convertió poco a poco en dibujo.
Julia se quedó sola sobre la página de papel lustroso, el humo del
caldero ya no se movía pero mantenía su brillo y un poquito de
su olor.
Esa mañana, Ernestina llegó particularmente nerviosa. A pesar de que la comunicación entre ambas no era verbal porque las
ratonas no hablan con las humanas, sí era de pensamiento y hasta
de sentimiento. Julia sabía que estaba presintiendo lo mismo que
ella, solo que no podía decirle lo que realmente sospechaba.
Capítulo XI
La visita del señor Domínguez
Olor a chocolate quemado. Solo podía ser el señor Domínguez
pensó Ernestina y así fue, con sus gruesos bigotes y su pipa de
delicioso humo apareció el señor Domínguez juntamente con la
hija del padre de familia, para decir que se iba una semanita de
viaje y que no tenía con quién dejar a Lindolfo.
—Así que mi querida Ernestina, vine a decirte que esta pequeña, me dio la buenísima idea de dejarlo contigo para que te
acompañe en la biblioteca.
—Sí, Ernestina –dijo la niña con tono de inocencia–, yo le dije
al Señor Domínguez lo que tú me dijiste.
—¿Do que yo de… de… dije? –preguntó Ernestina sintiendo
que se le secaba la garganta.
—Sí –dijo la niña con tono inocente. ¿No es verdad que me
dijiste que querías un gatito para que te acompañe acá en la
biblioteca, Er-nes-ti-ni-ta? Quizás hasta te ayude a cazar ratones,
¿no? Mejor tener un gatito cerca, por sí las moscas, o mejor dicho,
por sí los ratones… jajajaja.
302
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Pedo, no zedía mejod que me do yeve a mi caza? –preguntó
Ernestina.
—Noooo, dijo el señor Domínguez enroscando sus bigotes.
Esta niña tiene razón. Incluuuuuso hablaaaaaamos con el señor
director y a él le pareció muy bieeeeen que Lindolfito se quede en
la bi-blio-te-ca. De hecho lo autorizó. Es bueno tener un gatito.
—¿Un dato…? –repitió Ernestina sin saber más qué decir.
El señor Domínguez que no tenía idea de las maldades de la
hija del padre de familia, finalmente se despidió.
—Ya me voy Ernestina –le dijo–, esta noche antes de partir
vendré a dejar a mi Lindolfo con su comidita para gato y su cajita
de arena. No te va a dar ningún trabajo, te hará buena compañía
en el día y por la noche te cuidará la biblioteca.
La hija del padre de familia se fue muy feliz con el señor
Domínguez y al salir miró a Ernestina y le sacó la lengua triunfalmente.
Apenas salieron Ernestina buscó a Julia que estaba en el borde
de la ventana.
—¿Ya vez datonita? –le dijo–, eza bduja de da hija ded padde
de famidia tdaerá ad dato ded zeñod Domínguez. ¿Te acueddaz que
ya te abdé de Dindodfo? Do van a traed ezta tadde.
A Julia, que todavía pensaba que Lindolfo era un ratón de biblioteca, la noticia de que en realidad era nada más y nada menos que
un gato la llenó de desconcierto, depresión y especialmente pánico,
mucho más cuando Ernestina le dijo que se trataba de un gato de
ojos tan verdes, tan verdes como los del señor Domínguez y de bigotes tan gruesos, tan gruesos como los del señor Domínguez y de
barriga tan grande, tan grande, como la del señor Domínguez.
—¡Qué horror! –pensó la ratonita sin saber cuál era el mayor
dolor: que Lindolfo no fuera un ratón de biblioteca, o que fuera
un gato.
—¿Que haré ahora? –dijo, acurrucándose en la palma de la
mano de su amiga. No hay forma de librarme de Lindolfo a menos
que me vaya de aquí. Afuera hay tantos peligros… No puedo irme.
Me voy a quedar.
Esta vez su amiga bibliotecaria no la iba a poder proteger.
Las lágrimas de Ernestina cayeron sobre la cabeza de la ratona de
biblioteca. Ella le acarició la mano con la cola y después se fue a
esconder, esperando su destino.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
303
—Otro no amigo que llega –pensó.
Antes de que anocheciera, cuando Ernestina ya iba a cerrar la
biblioteca apareció la hija del padre de familia juntamente con su
papá el presidente del directorio de padres de familia, con el señor
Domínguez y con el director de la escuela. La niña llevaba en sus
manos un gordo gato de ojos verdes, pelaje amarillo brillante y
enormes bigotes sobre su hocico de filos dientes.
—¡Miauuuuu! –dijo Lindolfo y de un salto entró en la biblioteca.
Ernestina no supo qué hacer ante todos ellos.
—Cierra la puerta y ve a casa tranquila –le dijo el Director.
—Ez que cdeo que… me voy a quedad un poquito máz a…
—No, no no no, de ninguna manera –respondió el Director
tomándola del brazo y sacándola de la biblioteca– vete a casa a descansar. Todo estará bien, El gatito no se escapará. Las ventanas están
cerradas y los gatos son independientes. Ni siquiera va a llorar.
—Chau Lindolfiiiiito –se despidió el señor Domínguez.
—Caza muchos ratones, Lindolfo –dijo la niña mirando fijamente a la pobre Ernestina.
El director cerró la puerta, esperó a que Ernestina la asegurara
y luego la acompañó hasta que tomara el bus para su casa.
Ya oscureció. Julia temblaba mientras los ojos de Lindolfo
recorrían la biblioteca como dos potentes faroles de camión con
luz alta. De pronto, sintió esa mirada iluminándola entera, como
cuando se alumbra a la actriz principal en un escenario para que
sea la única absolutamente visible en medio de la oscuridad.
Lindolfo sin dudar se acercó a ella a tal velocidad que la ratonita apenas atinó a escapar metiéndose debajo y al centro del gran
macetero. Lindolfo metía el brazo entero tratando de alcanzarla
de un lado y del otro y de un lado y del otro la ratonita evitaba las
garras que quedaban marcadas en la madera del piso.
No se le venía ni una sola idea a la cabeza. Esa tortura duró
por algunos minutos que a ella le parecieron horas y supo que el
gato no se rendiría hasta atraparla. De pronto recordó las palabras
de la Bruja Brie que le decía “la magia está en ti”.
Claro, ella era quién tenía que descubrir su propio poder.
Algo con lo que Lindolfo no podría luchar. Su amiga Pina Bausch
le había dicho que cuando actuaba en el escenario experimentaba en su ser grandes olas de sentimientos, con emociones
cambiantes.
304
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Así era como Julia se estaba sintiendo. Armada de valor imaginó qué haría Pina, una de las más grandes coreógrafas y actriz
de teatro del mundo. Y llena de valor, gritó.
—¡Gatito, no tengas miedo!
Lindolfo se quedó paralizado, como si de verdad lo hubiesen
convertido en piedra. Esa voz que salía de debajo del gran macetero no podía ser de una ratona a punto de ser devorada por él. Era
ilógico que le dijera nada menos que una ra-to-na, ni siquiera un
ratón, “Gatito, no tengas miedo”.
Y Julia salió del escondite y se puso a bailar todavía iluminada
por los ojos de Lindolfo.
Lindolfo desconcertado por un momento olvidó que esa que
ante sus ojos daba saltos y volteretas tan raras y con tanta gracia,
era una ratona comestible. Luego recuperó la compostura y volvió
perseguirla. Esta vez ella fue directo hasta lo más alto del estante,
lo cual en ningún caso era un impedimento para Lindolfo que hizo
lo propio con la misma o mayor agilidad.
La ratonita saltó entonces a la pita de la cortina y se deslizó
graciosamente por ella. Algo de este desparpajo de Julia dejaba fascinado a Lindolfo, pero era un gato respetable y no iba a permitir
que una ratona lo dejase en ridículo.
—¿Cómo te llamas? –le preguntó en tono amigable mientras
bajaba velozmente por la pita de la cortina.
—Lindolfo –respondió el gato sin dejar de perseguirla.
—Es bonito jugar al gato y a la ratona, ¿no? –dijo ella escondiéndose dentro del cajón del escritorio que Ernestina había dejado
semiabierto. La verdad es que Julia sabía que en este “juego” podía
perder la vida.
A Lindolfo le pareció rarísima la pregunta, pero respondió al
instante mientras manoteaba en el aire dentro del cajón.
—Sí, para mí es divertido, pero para ti que pronto vas a ser
comida, ¿es bonito?
—Mmmmm, psí –respondió Julia desde dentro del cajón evitando que las garras de Lindolfo le rasgaran la pancita. En ese intento,
Lindolfo con todo su peso y el esfuerzo por meter el brazo entero,
logró abrir de golpe el cajón, pero con tan mala suerte para él y tan
buena suerte para ella, que el cajón cayó al suelo estrepitosamente
botando por los aires cuatro galletas de dulce, dos lapiceros, una
libreta y por supuesto a Lindolfo.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
305
—Miauuuuu –maulló un tanto asustado. Como los gatos siempre caen parados no se lastimó.
Julia aprovechó para huir una vez más, pero la verdad es que
se estaba cansando de tanto escapar. Algo tenía que hacer con este
gato que la perseguía a gran velocidad.
Hizo entonces lo que sintió que debería hacer. Se paró en seco
y se hizo a un lado. Con la velocidad, y la sorpresa el pobre Lindolfo
no pudo frenar el impulso y fue a darse de bruces contra la pared.
Los cuantos segundos de atontamiento de Lindolfo le sirvieron a
Julia para tomar otra sabia decisión.
—Bueno, basta de jueguitos –dijo con tono autoritario. ¿Cuántos ratones has comido tú? –preguntó mirándolo de frente a los
ojos verdes desconcertados.
—Esteeee… ¿yo? –pensó Lindolfo. Creo que ninguno.
—¡Ninguno! –repitió ella– entonces, se puede saber ¿qué haces
correteando y persiguiéndome?
—Se supone que tú eres una ratona y yo un gato y se supone
que los gatos que se respetan cazan ratones, y yo soy un gato que
me respeto –dijo Lindolfo disponiéndose a volver a la cacería.
—Un momentito, momentiiiiito –lo frenó Julia levantando la
mano en signo de ¡alto! Si nunca has cazado ratones, no tienes por
qué hacerlo ahora. Comer ratones, y peor ratonas, no te hace más
gato ni menos gato.
—Pero quiero cazar ratones –respondió molesto Lindolfo ante
el atrevimiento de la pequeña y con más furia se abalanzó sobre
ella.
Siempre con la gracia de una bailarina Julia se hizo el quite
una vez más, pero esta vez sintió el aliento caliente del gato en
su espalda y le dio un escalofrío que la hizo tomar conciencia del
verdadero peligro. Era urgente cambiar de táctica.
—Déjame decirte algo que te va a interesar, y después, si quieres, me comes –le dijo.
El gato nuevamente se paró en seco y ella aprovechó para
hablar.
—Mira Lindolfo –le dijo– tú eres nada más que parte de un
macabro plan. Estás siendo utilizado miserablemente por una
insignificante niña; la hija del padre de familia.
—¿Yoooooo? –se admiró Lindolfo– estás loca. ¿De qué estás
hablando?
306
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Te explico –siguió Julia– pero siéntate ahí para que me escuches sin hacerme correr por toda la biblioteca, y pon atención
a lo que te digo.
A Lindolfo no le terminaba de convencer esta situación, pero
tenía tanta curiosidad de saber si realmente era cierto lo que le
decía la ratonita, que él que era un gato como todos los gatos, con
un alto sentido de la dignidad gatuna, quiso saber si en verdad
estaba siendo usado como parte de un macabro plan en el cual no
había participado.
—Soy Julia, –se presentó ella– una ratona de biblioteca que
tiene como amiga a una bibliotecaria que se llama Ernestina, y
como enemiga a una niña que es la hija del presidente del directorio
de padres de familia. ¿La ubicas? La de la cola estirada. Esa que te
trajo en brazos para que te quedaras aquí.
—¡Ah! –dijo Lindolfo –esa niña.
—Esa niña, convenció al señor Domínguez para que te trajera
aquí, para que tú, que eres un gato civilizado, un gato doméstico,
hiciera la barbaridad que hacían tus antepasados salvajes: comer
ratones.
Lindolfo se quedó un tanto desconfiado escuchando a Julia.
—Oye, Julia –le dijo– no me vengas a decir tonterías. Los gatos
comen ratones, yo vi eso en la tele con el señor Domínguez ene
veces. Así que no creas que te vas a librar. Eres tú la que me quiere
engañar y no esa simpática niña.
—¿Ah síiiiiii? –preguntó autosuficiente la ratonita– eso que
viste son dibujos animados. No son gatos verdaderos ni ratones
verdaderos. ¿Y te diste cuenta, además que esos gatos y esos ratones
de dibujo nunca se hacen daño? ¿Nunca mueren? ¿No te fijaste que
al final siempre terminan juntos?
—No sé, no sé –dijo Lindolfo, molesto. Quizás esos sean dibujos como tú dices, pero tú eres una ratona de verdad y yo soy un
gato de verdad.
Y Lindolfo hizo brillar sus garras, sus ojos y sus dientes filudos.
—Yo te voy a demostrar cómo los gatos se comen a los ratones,
y de manera especial a las ratonas habladoras y farsantes como tú.
Y se volvió a incorporar.
—No, no lo hagas –le dijo Julia cambiando de tono. Mejor quédate tranquilo porque aunque me veas tan chiquita, tengo quién
me defienda. Mi mejor amigo es un gato negro.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
307
Lindolfo se rió en la misma cara de Julia.
—¿Ah sí? !Cómo no! Ya quisiera ver al tal gato negro amigo tuyo.
—Perfecto, entonces, si yo te demuestro que un gato negro es
mi amigo, ¿tú desistes de perseguirme y de comerme?
—Tal vez, lo podría pensar. Aunque hacerlo sería antinatural.
Lo lógico es que te coma. Ya dije, los gatos se alimentan de ratones;
tú eres una ratona, y punto.
—No es cierto –dijo Julia.
—Demuéstrame que no es cierto, y entonces tal vez deje de
perseguirte –dijo Lindolfo, seguro de que al fin la había vencido.
—Está bien –respondió Julia. Dime, ¿el señor Domínguez te
alimenta con ratones?
—¡Nooo! –dijo Lindolfo– yo como comida balanceada, rica en
vitaminas y proteínas con sabor a trucha.
—¡Ajá! ¿viste? Eres un gato sin malas costumbres.
—No me convences –respondió Lindolfo aunque en verdad se
acababa de dar cuenta de que los ratones le resultaban repulsivos
para comerlos. Solo de imaginar un ratón vivo o muerto en su platito,
le revolvió el estómago; pero por supuesto no se lo dijo a Julia.
—Tú no eres un “cattus” –le dijo ella– eres un “felis”.
—¿Qué es eso? –preguntó Lindolfo– ¿una enfermedad?
—No, respondió Julia –y aunque todavía se moría de miedo,
tomó de la pata a Lindolfo que esta vez no desenvainó sus feroces
garras, y lo llevó al estante de libros de los felinos.
De pasadita llamó al gato negro y este salió al instante. Lindolfo
se asustó porque el gato negro era más grande que él.
—Hola, Julia –la saludó– ¿este es el famoso gato del que me
hablaste?
—Sí, dijo Julia y los presentó. Lindolfo, el gato del señor Dominguez, y el gato negro, mi mejor amigo. Ambos se miraron con
detenimiento y cierta desconfianza. Julia y el gato negro también
cruzaron una mirada de complicidad. Luego, el gato negro muy
orgulloso mirándolo de reojo y sin contestar, se volvió a meter en
el bosque de eucaliptos de su libro y no dio más muestras de vida.
Lindolfo se quedó muy asombrado al comprobar que la ratonita
no le había mentido.
—Este es el libro que te quería mostrar –le dijo Julia, abriendo
uno grande de tapa dura, titulado Todo lo que usted quiso saber sobre ratones y nunca se atrevió a preguntar, y se puso a hojearlo rápidamente.
308
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Mmmmm… aquí está, lee –Lindolfo leyó:
—Los ga… ga..tos son fel… fel… feli… nos cacacacarrrrr nnivor… os
Y Julia que se acababa de dar cuenta de que Lindolfo tenía
problemas para leer en voz alta, siguió la lectura.
—…cuyos nombres actuales más generalizados son cat, chat,
gatto, etcétera. Su nombre deriva del bajo latín cattus, palabra que
alude especialmente a los gatos salvajes, en contraposición a los gatos
domésticos, que en latín, son llamados felis. El gato felis, es decir el
gato doméstico, está en convivencia cercana al hombre desde hace
unos 9.500 años, por ello asume costumbres diferentes a las de los
gatos salvajes, que se alimentaban de ratones y otras alimañas. Los
Felis, es decir, los gatos domésticos, son caseros, domestican a sus
dueños y les enseñan a mimarlos y a jugar con ellos cuando así lo
desean. Son muy independientes, limpios y muy orgullosos. Es característico del gato felis, saber escuchar y comprender razones cuando
alguien se las da. No actúan sin pensar como lo hacen los gatos
salvajes y por el contrario suelen no ser violentos ni tan impulsivos.
—Ves? –le dijo Julia después de haber leído remarcando las
partes más importantes del texto. No me estoy inventando nada,
tú eres un gato doméstico y no tienes por qué comer ratones.
—Pero el libro dice que los gatos somos carnívoros –respondió Lindolfo que no era nada tonto, y por un instante volvieron a
aparecer sus filudas uñas.
—Los hombres también –dijo rápidamente Julia– y no ves
a ningún hombre persiguiendo a un gato, o a un perro, o a una
gallina, o a un cerdo para mascarle el pescuezo y comérselo a
pedazos… A Lindolfo le dio un escalofrío de impresión de solo
imaginar. La ratonita rápidamente supo que debía decir algo para
convencerlo y continuó
—A menos que sean hombres caníbales y salvajes, claro.
—¡No me vengas! –le dijo Lindolfo. Los hombres domesticados,
o sea “civilizados” también comen animales. Al señor Domínguez,
por ejemplo le gustan las parrilladas y cuando hace parrilladas a
mí me invita un pedacito de carne asada desmenuzada –y Lindolfo
se relamió los bigotes.
—Es verdad que los hombres civilizados comen animales –
repuso Julia– pero los cocinan y los elaboran. Por eso tú, querido
Lindolfo, también comes trucha en galletas. ¿no es verdad?
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
309
—Otra vez Lindolfo no supo qué contestar. Se sentía un poco
turbado. Era la primera vez que una ratonita le decía “querido”
Lindolfo, en realidad era la primera vez en su vida que estaba
hablando con una ratona. La primera vez que alguien lo aturdía
con tanta palabrería y con tantas razones valederas. Una nueva
experiencia muy extraña.
—¿Sabías que la diosa egipcia Bastet, tenía cuerpo de mujer y
cabeza de gato? –le dijo la ratonita. Pero es ya tarde y te ves muy
cansado. Mañana voy a contarte algo más sobre Bastet si es que
quieres saber.
—Lindolfo necesitaba pensar, le picaba la curiosidad de
aquello que Julia quería contarle al día siguiente, así que dejó de
interesarle perseguir a esta ratona llena de tantos argumentos y conocimientos y se fue a un rincón de la biblioteca para dormir.
Julia se sintió aliviada, pero no tenía aún seguridad alguna de
lo que iría a pasar. ¿Qué tal si al tal Lindolfo le venía nuevamente
la ventolera de querérsela comer?
Capítulo XII
Bastet, la diosa de los gatos domesticados
Por la mañana llegó muy temprano la dulce Ernestina llena de
angustia con el corazón apretado. Muy temprano también llegó la
hija del padre de familia y entró curiosa a ver lo que había pasado
en la biblioteca la noche anterior.
El cajón del escritorio estaba en el suelo y desparramadas las
cuatro galletas.
Ernestina recorrió los pasillos revisando los lugares donde
Julia solía esperarla, pero no estaba. Disimuló un poco para que la
niña que le seguía los pasos no se diera cuenta de su aflicción.
¿Qué estás buscando, Ernestina? –preguntó la hija del padre
de familia.
—Ad dato –respondió Ernestina secamente.
Allí en el rincón donde Lindolfo se había quedado, en ese
mismo lugar estaba estirándose y relamiéndose los bigotes.
—¿Estás satisfecho con tu cena, Lindolfito? –dijo la niña mirando de reojo a Ernestina que no respondió a la provocación.
Luego la hija del padre de familia tomó a Lindolfo entre sus
brazos y acariciándole le dijo:
310
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Gatito lindo, ¿estás feliz? ¿Te has comido un ratón, mi gatito? ¿estaba rico? Los gatitos lindos se comen ratones ¿no, gatito?
Si no se comieran ratones, no fueran gatiiiiiiitos. ¡Qué vergüenza
si no te comiste al ratón, gatito lindo! ¡El señor Domínguez se va a
poner muy triste si sabe que no lo hiciste, pero si lo hiciste, se va
a sentir muuuy orgulloso de su gatito Lindolfo!
Lindolfo se sintió picado por las palabras de la hija del padre
de familia, se contorsionó maullando y de ese modo se liberó de
esos brazos delgados, huesudos y blancuzcos llenos de pecas.
—Muy bien mi gatito liiiiindo, aquí hay lechecita para vos –le
dijo la niña sacando de su mochila una pequeña botella con leche
que vació en el recipiente de agua que había dejado para su gato
el señor Domínguez antes de irse.
Lindolfo se puso a beberla mientras que una especie de rabia
le carcomía el corazón. En verdad pensó que la hija del padre de
familia tenía razón. La que lo había engatuzado o más bien enratuzado, la noche anterior había sido Julia. El debía, tenía, era
parte de su naturaleza, comer ratones. Doméstico o no, esa era su
responsabilidad, y sin falta se propuso devorarla.
Claro que mientras pensaba en estas cosas, Julia apareció por
debajo del gran macetero y Ernestina la rescató en su bolsillo como
otras veces. Ambas estaban concientes del peligro y seguras de que
la noche anterior la ratona se había librado solo de milagro.
Lindolfo estiraba la nariz y tenía los bigotes parados para detectar cualquier olor o movimiento que le delatara dónde estaba
Julia. Se había propuesto devorarla antes de dejarla decir una sola
palabra, porque sabía que si ella abría la boca, él ya no sabría más
qué hacer.
Pronto llegaron los niños para pedir libros y a todos les encantó
el nuevo gatito de la biblioteca, así que el pobre Lindolfo pasó de
mano en mano durante toda la mañana. A medio día, a la hora del
almuerzo, Ernestina hizo algo desesperado. Dejó a Julia sobre la
maceta de geranios y levantó a Lindolfo llevándoselo con ella.
La hija del padre de familia la vio salir, e inmediatamente sospechó que a pesar de haber pasado la noche entera en la biblioteca,
Lindolfo posiblemente no se había comido al ratón y fue corriendo
a buscar al señor Director.
—SeñorDirectorErnestinasestállevandoaLindolfoasucasayustedledijoquenolosacaradelabibliotecaporquesiErnestinapierdeaLin-
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dolfoentonceselseñorDomingueznuncanuncanuncaselovaaperdonarseñordirectorporfadígaleaErenestinaquedejeaLindolfitoenlabi
blioteca.¿Porquéellanolorespetaseñordirector?Siempreestáhacien
doloqueledalaganaasusespaldasyseguroseloquierellevaraLindolfoporqueenlabibliotecahayunratón.
Muy molesto el señor Director que en ese momento estaba
ocupado, llamó inmediatamente al primer empleado que pasaba
por su puerta para que fuera a detener a Ernestina en nombre suyo,
y la obligara a llevar a Lindolfo de vuelta a la biblioteca. El primer
empleado que pasaba por su puerta era nada más y nada menos
que el Chicle.
—¡Chicle! –lo llamó el señor director.
—Yes, mister drectorrrr –dijo el chicle plantándose frente a
él como un soldado.
—Vaya INMEDIATAMENTE a la parada del bus y DETENGA A
LA BIBLIOTECARIA. Dígale de parte mía que devuelva al gato a la
biblioteca inmediatamente y que NO SE LO PUEDE LLEVAR A SU
CASA, ¿entendió?
—¿A la bibliotecarita? ¿A Ernestinita? Que no se puede… El cat?39
—¡Sí!
—Enseguida señor drectorr!, asorden –dijo el Chicle.
—ENTONCESANDADEUNAVEZ ¡YAAAA! –ordenó el señor
director hablando casi igual que la hija del padre de familia.
Veloz como una flecha el Chicle fue al encuentro de Ernestina,
que ya había puesto el pie en la grada del bus para subir. Se estiró
como un verdadero chicle y la jaló para que se quedara. Ernestina lo miró espantada, pero él le dijo mirándola con los ojos más
brillantes que los de Lindolfo y con esa sonrisa que al verla no se
le podía borrar.
—Ernestinita, no te lleves al gato, no lo hagas mai darlin.40
Ernestina bajó del bus y le rogó al Chicle:
—Pod favod dejame id con Dindodfo. Zi do dejo en da Bibdioteca ¡adgo ezpantozo puede zuceded!
39
Cat significa “gato” en castellano.
40
Mai Darlin en inglés quiere decir my darling y en castellano algo así como
“cariño mío”.
312
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Algo espantoso? –repitió el Chicle– mai got,41 ¿por juat…?42
Ernestina tomó conciencia de que no tenía un solo amigo a
quién confesar el secreto de su ratona de biblioteca a la cual consideraba su mascota predilecta. Miró al Chicle y supo que podía
confiar en él.
Cuando le reveló esa verdad, el Chicle se puso furioso porque
consideró que ambas, la bibliotecaria y su ratona, habían burlado
el honor del Escuadrón de Limpieza, de la manera más cínica.
Ernestina lo escuchó con la cabeza baja. Sabía que ahora estaba
en manos del Chicle. Él la podía delatar con el señor Director, o la
podía ayudar para que no ocurriera el desastre de que Lindolfo se
comiera a su ratona.
El Chicle se quedó largo tiempo callado, la miró por un
momento, y sin poder aguantar más el verla tan triste y tan
desamparada, rodeó con sus brazos largos los hombros caídos de
Ernestina, y le dijo.
—Te perdono. Te perdono solo porque no conozco a nadie
más que tenga una ratona de biblioteca como mascota. ¿Oquei?43
No te voy a delatar con el señor drector… y te perdono también
porque… esteeee… me… gustas.
De mucho tiempo Ernestina sonrió tan ampliamente que todos
los fierritos de su ortodoncia brillaron al sol.
El Chicle que se había convertido ahora en su cómplice y
amigo, así que tomó en sus brazos a Lindolfo y se lo llevó al colegio, pero no a la biblioteca, sino a la sala donde estaban los implementos de limpieza. Como era amplia y muy limpia, Lindolfo
se sintió bien.
Ya por la tarde, cuando Ernestina volvió después de almorzar,
el Chicle le devolvió al gato. Ernestina había llevado una canasta
pequeña con varios agujeritos por donde se filtraba el aire y la luz
para poner dentro a Julia y protegerla de las fauces de Lindolfo.
Por la tarde nada ocurrió porque los niños nuevamente lo
tuvieron fastidiado llevándolo de acá para allá. Pero, por la noche,
Ernestina dejó a Julia en la canastita con la esperanza de que Lindolfo no lograra abrirla.
41
Mai got es my God en inglés y en castellano, “mi Dios”.
42
Juat es what en inglés y en castellano, “qué”.
43
Oquei es Okay en inglés y en castellano, “sí”.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
313
Apenas se fue y se quedaron solos, Lindolfo que tenía la dignidad herida después de haber escuchado lo que dijo la hija del
padre de familia, se abalanzó a la canasta, la zarandeó un momento
entre sus patas y finalmente logró abrirla dejando a la intemperie
a la pobre Julia que volvía a correr despavorida.
No pudo llegar muy lejos porque Lindolfo había tomado confianza y parecía que se había olvidado por completo todo lo que
hablaron la noche anterior. La pobre Julia bajo la mirada feroz de
Lindolfo, estaba de nuevo contra la pared sin posibilidad de huir
ni para acá ni para allá.
Julia sabía que sus únicos poderes eran la danza, la palabra y
las cosas que había leído en los libros, así que dominando la tembladera que le tomó todo el cuerpo, dijo:
—Ba… Ba… Ba… Bastet…
—¡Cállate ya! No me dejas concentrarme cuando hablas –le
dijo el gato a tiempo de zarandearla. Julia sacó valor y gritó:
—Bastet, Bastet, era una diosa egipcia que tenía cuerpo de
mujer y cabeza de gato…
Lindolfo se detuvo y nuevamente comenzó a sentirse intrigado
por esa historia.
—Bueno –le dijo– termina de una vez ese cuento de la tal
Bastet y después te como.
—Bueeeeeno –respondió Julia recuperando ese aire de sabelotodo que irritaba y a la vez fascinaba a Lindolfo.
—Bastet tenía una misión en la Tierra: proteger el hogar. Era
la diosa del hogar. Era TÚ diosa, Lindolfo. Una gata doméstica.
Bastet era el símbolo de la alegría de vivir, y hasta los humanos la
consideraban la diosa de la armonía y de la felicidad. Bastet llevaba
siempre con ella un instrumento musical y los humanos le rendían
culto cantando y bailando.
Bastet era generosa y amaba a su padre el sol poniente que se
llamaba Atum.
—¿Atun? –preguntó Lindolfo relamiéndose los bigotes.
—Atummmm –corrigió Julia, quiere decir “Aquel que existe
por sí mismo” era el Dios primordial y creador. Bastet amaba a su
padre y lo protegía de Apofis.
—Y quién era Apofis –preguntó Lindolfo picado por el deseo
de saber.
314
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Apofis era una serpiente venenosa y malvada, sin ojos ni oídos,
cuya misión era evitar que el barco del sol hiciera su recorrido durante
el día. Como Atum era el Dios sol del poniente, estaba siempre en peligro de ser atacado por Apofis. Por eso, su fiel hija Bastet se mantenía
siempre atenta, dispuesta a defenderlo… ¿Ya ves? Los gatos son fieles
como su diosa, y tú te estás portando como un salvaje conmigo.
—¿Contigo? –preguntó extrañado Lindolfo– ¿Yo qué tengo
que ver contigo? Tú eres una ratona cualquiera y aunque me hayas
contado algunas historias, que no voy a negar, sí, son interesantes,
igual sigo creyendo que te debería comer. Eso lo dijo ya sin mucha
convicción.
—No es así –le dijo Julia. Yo no soy una ratona cualquiera.
—¿Qué tienes de especial? –preguntó Lindolfo.
—Tengo algo muy especial. Yo no soy cualquier ratona, yo soy
Julia. Esa Julia que te ha contado la historia de tus ancestros. Esa
Julia que te a ofrecido su amistad. La bailarina, la cuentacuentos, la
lectora. Soy Julia, no soy cualquier ratona y tú tampoco eres para
mí cualquier gato ya. Eres Lindolfo. Entonces, no importa si yo soy
una ratona y tú eres un gato, importa que podemos ser amigos,
porque estoy casi segura, que no hay ninguna Julia y ningún Lindolfo en el mundo, gato y ratona, que se hayan encontrado para
compartir una biblioteca.
Lindolfo por alguna razón se sintió alagado. No abrió más la
boca para decir sandeces como “te tengo que comer” o “te voy a
devorar”. De pronto se dio cuenta que Julia podría contarle muchas
otras historias, le podría enseñar a leer un poco mejor, sería capaz
de escucharlo y darle consejos y resolver algunas preguntas nuevas
que tuviese, que por supuesto el señor Domínguez y la hija del
padre de familia nunca podrían comprender.
También pensó que si ella era amiga de un gato negro, ¿por qué
no podría ser él, amigo de una ratona gris con manchas blancas?
Así era Julia. Gris, con una especie de antifaz de pelitos blancos
que le cubrían la cabeza.
—¿Qué es un amigo, Julia? –le preguntó.
—Eso te puede explicar el zorro, mejor que yo, le dijo.
—¿Un zorro? –se asustó Lindolfo. El perro de don José, cada que
me ve me quiere atrapar. Si me llevas con un zorro, seguramente
me va a devorar. ¿Es ese tu plan? –preguntó con la desconfianza
renovada.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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—No seas bobo, Lindolfo –le dijo Julia– iremos donde un zorro
domesticado por un principito. Yo jamás te pondría en peligro.
Eres mi amigo.
—Está bien –dijo Lindolfo. De ese modo voy a darte una prueba
de mi confianza. Espero que no me decepciones.
—Sin decir más Julia lo llevó al estante de los libros de cuentos y poesías. Allí estaba el libro El Principito de Antoine de Saint
Exupery.
Abrió la página en la que estaba el zorro y el zorro estaba allí
esperándolos. Le dijo entonces:
—Zorro, él es Lindolfo. ¿Puedes explicarle lo que es la amistad?
—Claro que sí –dijo el zorro. La amistad es dejarse domesticar.
—¿Cómo es eso? –preguntó Lindolfo.
—Te dejas domesticar cuando no te resistes a crear vínculos.
Es decir a tender lazos de cariño, de reconocimiento, de afecto.
Dejarse domesticar y dejarse conquistar, es lo mismo.
—¿Ves? –dijo Julia– es lo que acabo de decirte.
—Cuando tú te dejas domesticar o domesticas como lo haces
con el señor Domínguez –continuó el zorro– entonces nadie más
es igual a quién se ha convertido en tu amigo. A mí me domesticó
un principito. Vino a jugar conmigo día a día, me llamó por mi
nombre y yo también lo llamé por su nombre y desde entonces
ya no estoy solo.
Después de unos minutos de silencio, conmovido por lo que
había escuchado, Lindolfo se acabó de convencer de que su naturaleza de gato domesticado no daba para despanzurrar ratonas.
—Voy a tener que renunciar a comerte definitivamente –le
dijo a Julia.
—Así está mejor –respondió ella– entonces, ya puedes visitar conmigo cada noche un libro, y juntos podremos disfrutarlo.
Cuando nos separemos yo te contaré las cosas que lea y tú las que
tú hayas leído. ¿Qué te parece?
A Lindolfo le gustó la idea y aunque le costó un buen rato
convencerse de que ese era su verdadero deseo, se comprometió
con Julia a cumplir su palabra de no agresión y le pidió que le enseñara todos los libros en los cuales pudiese aprender cosas nuevas,
divertidas y diferentes.
Ya no más las telenovelas que veía el señor Domínguez, ni los
dibujos animados del gato correteando eternamente al ratón.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Inmediatamente, para festejar su pacto de amistad, Julia y
Lindolfo se fueron al libro de Las mil y una noches y se pasaron juntos
escuchando los cuentos que Scherezada le contaba al sultán, hasta
que les dio sueño.
Capítulo XIII
Un Gato de Biblioteca
Por la mañana, otra vez la atormentada Ernestina fue en busca de
su ratonita. Al ver la canasta abierta y botada por el suelo, se pegó
un gran susto, pero al acercarse al rincón donde noche antes había
encontrado a Lindolfo, grande fue su sorpresa al verlo plácidamente
durmiendo.
Sobre su barriga dorada durmiendo también plácidamente
estaba Julia. Los dos bostezaron se estiraron y se pusieron de pie al
ver a Ernestina, Lindolfo se le acercó y rozó su lomo en el pantalón
celeste que traía, mientras que Julia de un salto trepó hasta llegar
a la palma de su mano.
Mas tarde los dos tomaban leche tibia del mismo platito que
el señor Domínguez había dejado, ya saben para quién.
La semana transcurrió sin mayor novedad. Cada que la hija del
padre de familia entraba a la biblioteca, Lindolfo se erizaba sacando
a la luz sus filosas uñas, encorvando el lomo y parando sus pelos
como si estuviese recibiendo una descarga de electricidad. De ese
modo la niña no se atrevió más a levantarlo ni a decirle intrigas
horrorosas contra Julia como antes lo había echo con su boca de
Apofis, es decir, de serpiente del mal.
Ernestina aumentó su ración de galletas de manera considerable. Ahora tenía que invitar además de Julia, a Lindolfo y por
supuesto a su amigo Chicle que no perdía oportunidad para darse
una vueltita por la biblioteca y desempolvar los mesones; especialmente los que estaban frente al escritorio de Ernestina.
El Chicle fue el primero en enterarse de que Julia había logrado
conquistar al gato del señor Domínguez. Y como ya saben todos
ustedes el único capaz de ser miembro del escuadrón de limpieza
y sin embargo guardar ese secreto como hacen los amigos verdaderos, era el Chicle.
Desde que el Chicle se hizo tan amigo de Ernestina, esta se
vestía más bonito y cambiaba de peinados y de colores de cintas
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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“Lindolfo y Julia se pasaban contándose
distintas historias que leían
en diferentes estantes…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
318
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
en su cabello rojizo y ensortijado. Además sonreía todo el tiempo
con sus dientes de perlas igualitas, ya que al fin había terminado
su tratamiento de ortodoncia y de ese modo no solo podía sonreír
bonito, sino también hablar claro.
Lindolfo y Julia se pasaban contándose distintas historias que
leían en diferentes estantes.
Los niños que llegaban a la biblioteca también compartían su
amistad. Nadie sabía de la existencia de Julia, aunque algunos, uno
que otro, la había encontrado y pensando que era el único, no se
lo decía a nadie.
Ernestina ayudaba a los niños a buscar lecturas que necesitaban
para hacer sus tareas y compartían ideas, sentimientos y recreo.
La única que estaba siempre sola en un rincón, era la hija del
padre de familia. Eso, porque no le gustaba compartir nada con nadie. Al final no solo a Lindolfo se le erizaba el cuerpo cuando la veía,
sino también a Ernestina, al Chicle y hasta al señor Director.
Como no volvió a ver a Ernestina desesperarse por sacar de
en medio al gato, la hija del padre de familia se convenció de que
Lindolfo se había comido al ratón de la biblioteca. Eso la hizo sentir
muy bien en un primer momento, pero después, cuando se dio
cuenta de que nadie se le acercaba, se sintió muy mal.
Por supuesto todos tenían el cuidado, cuando ella entraba,
de proteger a Julia para que no fuera vista, a pesar de que la niña
había perdido el interés en molestar.
Una tarde la hija del padre de familia, se quedó en el rincón
de los cuentos infantiles leyendo uno, que sacó al azar del estante
amarillo. Ernestina la observaba de reojo mientras coqueteaba con
el Chicle que había ido por tercera vez a sacar brillo al mesón y a
llevar diez margaritas para la bibliotecaria.
Pasó un largo rato y Ernestina se percató que el libro que leía
la hija del padre de familia, era El Ratón Pérez se cayó a la olla de una
gran escritora boliviana, llamada Rosa Fernández de Carrasco.
Increíblemente la antipática y altanera hija del padre de familia estaba llorando amargamente. Ernestina que tenía muy buen
corazón se acercó a hablarle.
—¿Por qué estás triste? –le preguntó.
—Porque esta historia es muy triste –dijo la niña.
—¿De qué se trata? –le preguntó Ernestina.
—Me vas a odiar más de lo que me odias –le dijo la hija del
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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padre de familia. Acabo de leer la historia deunaratonitaqueseenamoradeunratón Pérezqueundíacuandosequedaenlacasa,almove
rlaolladelacomida…..¡se caeenlaolla y se mueeeeeeeere!. Y la hija
del padre de familia se puso a llorar desconsoladamente mojando
el hombro de Ernestina.
El Chicle al verlas se acercó también para consolarla.
—Ya no llores, jani44, le dijo y le prestó su trapo de desempolvar
para que se sonara la nariz.
—Tal vez ese ratoncito que se comió Lindolfo por culpa mía,
era un amigo del ratón Pérez, y además yo sabía que tú lo querías
y que lo dejabas estar aquí, Ernestina.
—Sí, pero no era un ratón –dijo Ernestina– sino una ratona.
—La hija del padre de familia se puso a llorar todavía más –a
lo mejor entonces es la ratonita que se quedó sin su ratón Pérez,
y yo la hice comer con Lindolfo.
—No, no es así –la consoló Ernestina– pero la hija del padre
de familia no quería escuchar nada más.
—Soy mala, soy muy mala, por eso nadie quiere estar conmigo, no tengo ni un solo amigo, nadie me quiere, nadie me invita a
su cumpleaños, nadie se me acerca. Ya ni siquiera Lindolfo quiere
saber nada de mi –y la niña no paraba de llorar.
Lindolfo y Julia que habían escuchado toda la conversación
salieron entonces de debajo del mesón del fondo. Julia con miedo
todavía subió sobre la palma de la mano de la hija del padre de
familia, y le hizo una caricia con su cola. La niña al darse cuenta, se
asustó primero y después todavía entre lágrimas sonrió. No podía
creer que allí estaba la ratonita y Lindolfo juntos.
—¿Ves que no ha pasado nada malo? –le dijo Ernestina. Ella se
llama Julia y es mi compañera aquí en la biblioteca, es amiga mía
y hasta de Lindolfo. No hace daño a nadie.
—Sí, lo sé –dijo la niña avergonzada secándose las lágrimas y
le acarició la cabeza. Eres muy bonita le dijo. ¿Me perdonas?
—Julia asintió con la cabeza y todos rieron, incluso Lindolfo
y eso que todavía no quería acercarse mucho a la hija del padre
de familia.
—¿Ya ves, que no es difícil tener amigos? –repuso Ernestina.
Tantas veces has venido y no recuerdo tu nombre.
44
Honey es “cariño” en inglés.
320
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Me llamo Lucrecia –dijo la niña– pero me pueden decir Luky.
—Luky –le dijo el Chicle– a partir de ahora eres parte de este
grupo secreto de amigos. ¿Juras jamás revelar la verdad sobre la
existencia de Julia en la biblioteca, ni a tu papá, ni al señor drector,
ni a nadie?
—Sí, juro –dijo la hija del padre de familia besando la señal de
la cruz. Desde entonces, para todos dejó de ser “la hija del padre
de familia” para convertirse en Luky, solamente.
El lunes por la mañana apareció en la biblioteca el señor Director juntamente con el Señor Domínguez.
—Buenos días los dé Dios –saludó como siempre.
Ernestina salió a su encuentro.
—Buenos días, señor Director –saludó. Buenos días señor Domínguez, ¿cómo le fue en su viaje?
—El señor Director y el señor Domínguez se quedaron un
momento mirando a Ernestina que en verdad estaba muy cambiada con sus rosones de colores en el pelo y sus dientes sin
ferretería.
—Este… eee… me fue muy bien –dijo el señor Domínguez.
Y a ti cómo te fue con mi Lindolfo.
—Excelentemente bien –respondió Ernestina– es un gatito
limpio, bien educado, y tal como usted dijo, me hizo compañía.
—Venga mi Lindolfo –lo llamó el señor Domínguez alzándolo
en sus brazos fuertes y haciéndole cosquillas con sus bigotes.
—Miau –dijo Lindolfo en señal de bienvenida, pero un poco
triste porque ya se tenía que ir.
—Gracias por todo, señor Director, y gracias a ti también,
Ernestina.
—No hay por qué –dijo el señor Director, mirando por los rincones la biblioteca con mucho placer, ya que la vio muy limpia, especialmente el mesón del frente del escritorio de la bibliotecaria.
—Señor Domínguez –dijo Ernestina– si desea yo puedo quedarme con Lindolfo mientras usted está aquí en la escuela. Sé que
el gatito se queda solo mientras usted viene a trabajar. Además
los niños ya se acostumbraron a verlo. Es bueno tener un gatito
aquí.
—Esteeee, no había pensado en eso –dijo el señor Domínguez– en realidad… bueno… ¿quieres quedarte aquí con Ernestina,
Lindolfo? –preguntó el señor Domínguez.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
321
—Miauuuuu –dijo Lindolfo– y el señor Domínguez que conocía
todos los significados de sus miaus, supo que ese era un sí y que
su gato estaba feliz.
—Si no es abusar de tu confianza, Ernestina –le dijo el señor
Domínguez– podría dejarlo incluso durante toda la semana. Lo
que pasa es que saliendo de la escuela no siempre me voy a casa
porque es muy lejos. Muchas veces me quedo a dormir en casa de
mi mamá, y el gatito se queda muy solo.
—Perfecto –dijo Ernestina, y Julia, que estaba oculta debajo
de la maceta, dio un giro elegante de felicidad y varias volteretas.
También la alegría se podía expresar con el cuerpo, y no solo el
miedo.
—De ese modo Julia y Lindolfo, se quedaron juntos y felices
leyendo libro tras libro y viviendo aventura tras aventura.
Lindolfo se había convertido en un gato de biblioteca.
FIN
Nota: El señor Director, también se quedó complacido con la certeza
de que en su biblioteca, no había absolutamente, ningún ratón.
Aida Soria Galvarro45
Phushka (1994)
Phushka
Tras las ovejitas
de vellones claros
corre la imillita
de los pies descalzos.
Sube por el cerro
baja a las quebradas
arreando el rebaño
de nubes robadas.
En sus ojos negros
brillan las estrellas
en sus manos tibias
la phushka más bella.
La luna redonda
se quedó en sus manos
a dormir la ronda
de sueños dorados.
45
Cochabamba (1942). Ver biografía en p. 487.
[323]
David Acebey46
Romances de Tobiano y Florlinda (1997)
Romances de Tobiano y Florlinda
La yegua Lobuna tuvo un potrillo en el primer cambio de luna de
un verano. Heredó la estampa y el color del padre. Era tobiano:
Negro con grandes manchas blancas.
Paukar y Luís estaban encantados con el potrillo Tobiano.
Lo separaban de su madre para jugar, peinar sus crines y darle
chancaca. Con el pasar del tiempo la yegua Lobuna no se extrañaba cuando su hijo desaparecía de las praderas de Sipoperenda,
donde pastaba la tropa. Sabía donde encontrarlo.
Un día de esos, luego de jugar con los niños, Tobianito simuló
retornar donde su madre; pero el muy picarón se fue al Cañón
del Algarrobal, donde vivía una pareja de burros, con una tierna
burrita negra.
Caminó por medio de unos arbustos hasta que escuchó un
rebuzcanto. Estiró el cuello… Y grande fue su sorpresa al ver, por
primera vez, a los burros.
—Ji, ji, ji, ji –relinchó a modo de presentación.
La burrita respondió el saludo moviendo sus grandes pestañas
y enmudeció.
En realidad ambos enmudecieron. Estuvieron como hipnotizados
hasta que el señor Burro rompió el hechizo con un ronco rebuzno.
—Sabíamos que naciste porque doña Lora difundió la noticia
–dijo la señora Burra señalando el hueco de un tronco, desde donde
un pichón saludó al potrillo. Este respondió el saludo esforzándose
para no reír, porque a esa edad, estas aves tienen cara de tortuga.
Se despidieron con el compromiso de nuevos encuentros y
todos los días, luego de jugar con sus amos, el potrillo tobiano iba
en busca de su amiga.
Pero un domingo de esos se negó a jugar con Paukar y Luís.
Daba brincos en su sitio, relinchaba como queriendo decir algo
46
Chuquisaca (1945). Ver biografía en p. 487.
[325]
326
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
y luego corrió en dirección al Cañón del Algarrobal. Sus amos lo
siguieron y, tras ellos, fue el Tigrero, el perro que los protegía.
Como los burros solo eran animales de carga, los humanos
no les daban la misma importancia que a los caballos; por eso los
niños no se habían enterado del nacimiento de la burrita negra.
Pero al verla quedaron encantados y decidieron llamarla Florlinda,
por el parecido de sus ojos a la flor de murucuya.
Los niños jugaron al oculta-oculta con los pequeños cuadrúpedos y luego llenaron sus morrales con frutos de sagüinto para
llevar a don Ernesto, su padre. A media mañana la señora Burra
llamó al potrillo y a su hija:
—Es hora de tomar leche –dijo.
Los pequeños chuparon de a un pezón hasta secarlo, mientras
el Tigrero ladraba para que los niños comprendieran que era hora
de retornar.
La yegua Lobuna estaba muy preocupada.
En cuanto vio a su hijo corrió donde éste y le llamó la atención, con relinchos tan expresivos, que sus amos comprendieron
su enojo. Su rabia fue mayor cuando se enteró, por el olfato, que
Tobianito tomó leche de burra.
En la noche llovió con truenos. Los árboles parecían fantasmas
por los destellos, pero el potrillo parecía no ver ni escuchar por
pensar en la que rato antes le declarara su amor.
Amaneció caliente.
El vapor subía pesado para formar otras nubes. También
subían al cielo millares de reinas, de una vareidad muy voraz de
hormigas. Los potrillos miraban enbobados los vuelos nupciales y
a los pajaritos que las cazaban en el aire.
—Se comerían el mundo si todas vivieran –explicó el semental
a sus hijos.
Tobianito continuaba pensando en la burrita negra que, por
decisión de sus padres, no podrá verla hasta cumplir tres años.
Los tiernos enamorados enfermaron de tristeza y hubiesen
muerto de amor si los niños no inventaban un lenguaje basado
en gestos, rebuznos y relinchos, para mantenerlos comunicados.
Las cartas eran una mezcla de sonidos labiales y nasales que los
niños declamaban al potrillo y a la burrita, con la complicidad de
las aves del monte, para que los mensajes tengan el fondo musical
de trinos y cotorreos…
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327
“Vuestros hijos se llamarán mulos y tendrán la
resistencia del padre y la madre, juntos. Serán el vínculo
entre caballo y asnos, pero ustedes no tendrán nietos…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
328
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Y pasaron los días…
Los meses…
Y los años…
Los novios cumplieron la mayoría de edad y festejaron el
encuentro con sus vecinos. Eran libres en sus decisiones; pero no
podían contraer matrimonio porque pertenecían a diferentes especies. Nadie podía apoyarlos y, para mal de males, Paukar y Luís
viajaron a la escuela de Sapaurope.
Semanas después un sapo liberal les informó del Espejo de los
Enamorados. Era un pozo de agua clara. Allí vieron el difícil camino
que tendrían que recorrer para que el Iya, el Dueño y Protector de
los Animales, les permita contraer matrimonio. Ambos manotearon
el aire para manifestar la decisión de luchar juntos por aquel amor
imposible y galoparon en dirección al naciente.
Cruzaron espinales…
Cayeron en las rocas de jabón…
Pasaron ríos caudalosos…
Soportaron lluvias, ventorrales, solazos y, pese a ellos, llegaron a
la Casa del Iya sonrientes. Llegaron cuando la Asamblea de Animales
había aprobado el decreto que prohibía la caza de corzuelas durante
un año, para que esta variedad de ciervos no desaparezca.
Cuando Tobiano y Florlinda expusieron su problema, todos
los asambleistas –incluido el Iya– se rascaron la cabeza por la
complejidad del caso.
Se escucharon opiniones de lo más dispares. Si la Asamblea
les negaba el permiso había el riesgo de que los novios mueran de
amor y, en caso contrario, temían que otros animales de diferente
especie quieran imitarlos.
—¿Qué pasaría si luego se enamoran un caimán y un picaflor?
–preguntó un león anciano.
Habló despacio, para que su flamante dentadura postiza no
escape, como sucedió rato antes.
—No hay cerco que aprisione el querer –dijo una monita gris,
mirando de reojo a un monito negro.
—Sugiero que se permitan algunos matrimonios entre animales de la misma familia –dijo la sabia lechuza y señaló los límites
para que no aparezcan nuevas especies.
La Asamblea en pleno apoyó su moción y los novios brincaron
de alegría. Urracas y loros difundieron la notica y en menos de dos
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
329
horas se juntaron centenares de animales con sus trajes de fiesta.
Los jucumaris trajeron comida para el banquete y las cotorras
organizaron el coro.
Era un bullicio…
Cuando el Iya amarró a los novios con bejucos para que nunca
se divorcien, los picaflores hicieron llover pétalos. Bailaron toda la
noche y al día siguiente los novios viajaron al Cañón de Miel.
Al despedirlos el Iya de los Animales les dijo:
Vuestros hijos se llamarán mulos y tendrán la resistencia del
padre y la madre, juntos. Serán el vínculo entre caballo y asnos,
pero ustedes no tendrán nietos.
Por eso las mulas no paren.
Doce meses después nació, en las praderas de Sipoperenda, el
primer muleto en la historia de la humanidad.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
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Claudia Adriázola Arze47
Ángeles, abuelas y lunas (1998)
Los botones
(Cuento juvenil)
La cajita estaba allí. Perdida entre la ropa y la platería antigua de la
abuela Mara. Las mujeres de la familia, vestidas de negro, se arremolinaban en torno a la mesa. Con las lágrimas firmemente contenidas
al fondo de sus recuerdos, sacaban de las alacenas y de las vitrinas
algunos objetos que se acomodaban con un orden incongruente allí.
Muñequitas de porcelana y piezas de relojería, un pajarito cucú, las
primeras esculturas en plastilina de Cristóbal, un pedazo disecado
del pastel de bodas de Canela y un angelito de yeso, con las alas extraviadas, pero con la seguridad de estar a punto de alzar vuelo.
Reunidas en la salita de la casa, ahora plenamente habitada
por el alma de Mara, estaban sus hijas Menta, Canela y Almendra,
y su nieta Alba Mora.
Juntas recordaron la vez en que Mara se había levantado a media noche muerta de sed y se había tomado sin querer, y atontada
por la somnolencia, todo el frasco del agua bendita traída desde
el más famoso santuario de Yugoslavia. Al día siguiente, Mara no
paraba de afirmar que veía la casa inundada de ángeles. Había ángeles azules en la sala; ángeles blancos en la cocina; ángeles volando
desde la terraza hasta la puerta de entrada; ángeles sentados en los
bordes de las puertas; ángeles dorados echados en los sillones de la
sala, contemplando a los humanos como los humanos contemplan,
sin saberlo, a los ángeles cada hora en punto. En fin, ángeles por
todas partes. A partir de entonces, su ángel de la guarda la guiaba
de la mano, mientras algunos querubines le acariciaban el pelo
desordenado. “Tienes un ángel en la espalda”, solía decirles, lo que
sonaba casi como decir “tienes una mosca”. Semejantes visiones
produjeron en Mara ese estado de gracia, como ella lo denominó,
que le duró hasta el momento mismo de su muerte.
47
La Paz (1971). Ver biografía en p. 487.
332
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Las mujeres recordaron también la vez en que Mara había demostrado a todos, al perseguir a su gato por encima del delgado muro
que los separaba de la casa de los vecinos, que no en vano desde niña
había deseado tanto ser trapecista. Y recordaron también el sábado
en que Mara les había organizado un té de muñecas, con todo y gelatinas hechas en moldes minúsculos. La recordaron, como muchas
veces, echada boca abajo sobre la hierba, buscando afanada tréboles
de cuatro hojas. Y no pudieron aguantar la risa cuando recordaron el
día en que Mara, agotada por la reciente maternidad, se había lavado
los dientes con la pomada de escaldaduras del pequeño Cristóbal.
La recordaron hasta que anocheció, y la siguieron recordando
hasta que amaneció. La recordaron hasta que no quedaron palabras,
ni historias ni risas para acompañar sus recuerdos. La recordaron
con los ojos secos de lágrimas y el corazón rebosante de amor. Entonces, las hijas se retiraron silenciosas y cada una con la sensación
de que un pedazo del fantasma de su madre se le había quedado
instalado en el alma. La única que quedó en el lugar fue la nieta
de Mara, Alba Mora.
Todavía sentada, con la imagen transparente y borrosa de la
abuela Mara al otro lado de la mesa mirándola directo a los ojos,
Alba Mora comenzó a hurgar entre las cosas esparcidas. En medio
de los turrones de España, encajes de Indonesia, migas de la Última Cena, varios animalitos tallados en madera y algunos papeles
con aroma imborrable de rosas, estaba la cajita. Alba Mora la abrió
cuidadosamente y adentro encontró algunos botones desordenados,
como cubiertos con la fina película de color sepia que el tiempo se
encarga de dar a las cosas viejas. Varios tenían todavía el hilo que
alguna vez los había unido a algún vestido; otros estaban partidos
por la mitad y a uno le faltaba un pedazo de su capa de carey; pero
lo cierto es que se habían conservado en ese lugar como pruebas
de fragmentos de vidas pasadas.
De pronto, Alba Mora notó que al rozar los botones, lejanos
pasajes ubicados en algún lugar de la vida de su abuela Mara
inundaban la sala, volviéndola algo así como un escenario etéreo.
Entonces, la muchacha comenzó a ver vidas y sucesos proyectados
en imágenes de humo que emergían frente a sus propios ojos.
Alba Mora agarró con delicadeza entre los dedos un botón
plateado. Su filigrana estaba formada por pequeñísimas flores y
enredaderas de plata. Apareció de pronto Canela, su madre, como
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
333
quince años más joven y vistiendo un abrigo más parecido a una
bata que a cualquier otra cosa. Los botones plateados de filigrana
se distinguían sobre el gris opaco de la tela y cerraban el gabán
mostrando apenas la delicada y cérea piel del pecho de la mujer.
Solo entonces Alba Mora pudo comprobar que ella y su madre, de
haber sido contemporáneas, habrían podido ser hasta hermanas
gemelas; tan parecidas eran la una a la otra.
Canela, con su abrigo de botones de filigrana, se veía inalcanzable como una escultura. Se podría creer, por sus maneras calculadas
y sus gestos impenetrables, que procedía de otro linaje, diferente
al del resto de sus hermanos. Canela era la mayor, la más elegante,
la que parecía levitar por sobre un elemento vaporoso y etéreo, un
poquito más arriba del piso que el resto de los mortales recorría.
Canela sabía tocar piano, se sabía hacer el moño de memoria y
era capaz de mantener el gesto amable y hermético hasta en las
situaciones más extremas. Y, por supuesto, había aprendido desde
chica a bordar estrellitas y flores en servilletas y sábanas interminables de algodón.
Pero nunca nadie se enteró que si andaba con el cuello como almidonado y mirando siempre por encima de su horizonte, era porque
tenía miedo de ver sus ojos reflejados en los de otra persona, que si
prefería pasarse horas horneando galletitas y queques de chocolate,
era porque no conocía otra forma de pasar sus horas solitarias.
Y nadie se habría enterado de que Canela mantenía largas conversaciones con las plantas de sus macetas y de que bordaba con la
secreta intención de utilizar, algún día, los manteles en su propia
casa, si no hubiera aparecido un día en su vida Rosendo Corzón, un
hombre que, a juzgar por la forma en que iba por la vida, se creía
inmortal.
Rosendo andaba por las calles sin mirar más allá de sus narices.
Cientos de veces lo habían tenido que rescatar de huecos del suelo,
de pozos y de alcantarillas. Le habían tenido que sacar astillas con
pinzas porque se iba de cara contra los troncos de los árboles y le
habían tenido que hacer lavados de estómago varias veces porque
se comía porquerías. Y fue precisamente este hombre despistado
quien logró bajar los ojos de Canela hasta sus propios ojos. Fue él
quien ocupó el lugar de las plantas de maceta. Y fue él con quien
Canela compartió los cientos de metros de tela bordados durante
toda una vida.
334
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Durante mucho tiempo, las personas del pueblo se preguntaron
cómo era posible que dos personas tan distintas encajaran la una
con la otra. Y es que simplemente ignoraban que, desde su distracción, Rosendo había logrado abrirse paso entre los complicadísimos
recovecos del corazón de Canela, suficiente razón para que ella
comenzara a usar el cabello suelto, a incluir pedazos de mango y
plátano en sus queques de chocolate y a colocar las plantas de las
macetas en el jardín.
Alba Mora sonrió y entendió en un minuto mucho más de lo
que había sabido de su madre durante toda su vida.
La tía Almendra apareció envuelta en su historia celeste el momento en que Alba Mora rozó un botón con forma de flor. Apareció
con las trenzas cobrizas y jóvenes. Y con toda la desgracia encima
de haber nacido zurda. Tan zurda, que en el colegio habían tratado
de todo para quitarle lo que pensaban era una extravagancia. Pero
por más que le ataban la mano izquierda tras la espalda, que se la
habían inutilizado poniéndole guantes sin deditos, y que la castigaban cuando sacaba a relucir su zurdería, Almendra siguió siniestra,
incluso cuando al director se le ocurrió la brillante idea de coserle
la manga al costado izquierdo.
Y si Mara no se daba cuenta de que algo raro le estaba pasando a
su hija, porque estaba empezando a contar hasta los granos de arroz
y las arvejas que se comía, los experimentos para volverla diestra
habrían seguido quién sabe hasta la amputación. Entonces puso en
libertad a su hija y la dejó ser la hermosa pintora y arpista que más
tarde llenaría de orgullo a su pueblo.
El último botón que Alba Mora agarró no tenía forma determinada. Parecía un hongo forrado con un pedazo de cuero café. De
pronto, y como una ilusión, emergió en el centro mismo de la sala
su tía Menta, con una chaqueta de cuero revuelto castaño y con
el cabello en estado auténticamente calamitoso. De haber podido,
Menta seguramente seguiría lavándose los dientes con la mezcla de
ceniza y limón que su abuela Violeta había usado hasta vieja. Hubiera,
también seguramente, continuado jugando a ver quién escupía más
lejos con los chicos del pueblo, y hubiera seguido tallando animales
en pedazos de madera con la navaja de su abuelo, de no haber sido
porque un día apareció en el pueblo un comerciante de nombre
Rubén Donaire, el único hombre capaz de doblegar la rebeldía de
la tía Menta.
Nueva literatura infantil y juvenil (1980 - 1999)
335
“De pronto, Alba Mora notó que al rozar los
botones, lejanos pasajes ubicados en algún lugar
de la vida de su abuela Mara inundaban la sala,
volviéndola algo así como un escenario etéreo...”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
336
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Todo entre ellos hubiera terminado bien, de no haber sido por
la sensación que Rubén tenía de estar compartiendo su vida con otro
hombre, más que con una mujer. Y así como había aparecido por el
camino, Rubén también se fue, un día común y corriente, dejando
a Menta tan sola como la había encontrado al llegar.
Después de mucho tiempo, llegó una carta al pueblo a nombre
de Menta Arcani. La mandaba Rubén Donaire, diciendo que si lo
quería volver a ver, tenía que jurar cambiar ese talante suyo que
más parecía el de un camionero. Lo tenía que jurar por el alma de
su padre, por San Judas Tadeo y por Santa Catalina.
Menta, que no creía en su padre ni en todos los Santos, de todas
maneras juró. Preparó un pequeño paquete en el que metió una
estrella tallada por ella y una nota que simplemente decía “lo juro”,
y se la envió de vuelta al comerciante.
Pero Rubén Donaire nunca más dio señales de vida. Muchos
años más tarde llegó al pueblo la noticia de que en un pozo cercano
habían encontrado el esqueleto de un hombre. Llevaba en el bolsillo
raído del pantalón una estrella de madera tallada a mano.
Alba Mora vio a todas las mujeres de su familia. Todas ellas con
ropas con botones y nombres fragantes. Con la mano torpe arrancó
un botón de su propia blusa y lo guardó con los demás botones de la
cajita. Luego la cerró cuidadosamente y con la certeza de que algún
día su nieta –¿Rosa? ¿Lavanda?– conocería más de ella cuando hallara
ese legado familiar.
Y ahí mismo se puso a llorar todas las lágrimas que se le habían
juntado en la vida. Lloró por los pedazos de madera tallados, por los
granos de arroz y las arvejas. Por el agua bendita y por los cumpleaños de las muñecas. Lloró porque alguna vez la había rechazado en
el coro del pueblo y por el pez que se le murió cuando niña. Lloró,
en fin, porque se lo venía aguantando desde sus tatarabuelas.
Luego vio pasar por última vez a Mara, como un suspiro de
espuma y encajes. La vio como una trapecista flotando entre cuerdas invisibles colgadas del techo. Acompañada de querubines y
serafines. Y con el ángel de la guarda guiando sus pasos hasta el
infinito.
III
Literatura infantil y juvenil
contemporánea
(2000 - 2015)
Liliana De la Quintana48
La abuela grillo (2000)
En el mundo de los ayoreode49, en la época de los antepasados,
casi todos los seres que conocemos no habían decidido aún ser
animales o humanos.
En esos primeros tiempos, cuando todos estos seres vivían
juntos, llamaban abuela al grillo más grande, a Direjná, que también tenia partes del cuerpo humano. Esta señora grillo habitaba
en lugares húmedos. Era la dueña del agua y no resistía el calor.
Por eso donde ella estuviera no había sequía, pues atraía la lluvia
y mantenía verdes los chacos o terrenos de cultivo y se producía
comida en abundancia. Los nietos llevaban una vida tranquila
porque el agua nunca se secaba.
Cierta vez, la abuela grillo exageró con el agua. Llovía todos
los días y los chacos y las casas se inundaron. Sus nietos, todos los
de la comunidad, se enojaron con ella y le dijeron:
—¿Acaso nos está castigando? ¿No ve que no podemos vivir con
tanta agua? Usted estará muy contenta pero nosotros sufrimos.
La abuela escuchaba con paciencia, mientras los nietos se
enojaban más aún porque el agua aumentaba y aumentaba. Hasta
que en el colmo de la furia le pidieron que se fuera de la comunidad. La abuela grillo se puso muy triste pero obedeció a sus nietos
y se fue.
Direjná emprendió el viaje y en el largo recorrido dejó sus
huellas en todas partes: al caminar sobre la tierra creó ríos y arroyos, donde descansó se formaron lagos y lagunas y las cañadas y
cañadones son los viejos caminos por los que pasó.
Mientras tanto, en la comunidad de los ayoreode el cielo empezó a ponerse rojo y los días tremendamente calurosos. La gente
48
Sucre (1959). Ver biografía en p. 487.
49
El pueblo indígena Ayoreode vive en Bolivia y Paraguay en el Chaco Boreal.
Ayoreode significa “gente verdadera”.
[339]
340
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
iba de un lugar a otro. Se trasladaban en grupo con todas sus pertenencias, buscando agua y alimento, la mayoría de las veces con
poca suerte. Algunos troncos conservaban agua de lluvia y todos se
empujaban para tomar con canutos las gotas que quedaban.
Pasaba el tiempo y el cielo permanecía rojo. Los nietos, viendo que la tierra se moría de sequía, recordaron a la abuela grillo
y dijeron:
—¿Por qué no nos organizamos para buscar a Direjná?
Como la abuela siempre iba por los caminos del agua, decidieron seguir el rastro donde la tierra estuviera fresca y húmeda.
Cada nieto llevaba un bastón para escarbar el suelo.
Sabían que Direjná estaba cerca, en algún lugar tranquilo. Comentaban que quizá la abuela grillo había encontrado otra gente,
otra familia que la defendería y no la dejaría regresar con ellos
porque la querían de verdad.
Continuaron andando y andando. Cuando estuvieron cerca de
la pampa grande tocaron el agua fresca y escucharon los sonidos
propios del lugar. Las aves, que aún tenían algo de personas, se
detuvieron para identificar la cara de la abuela. ¡Sí, era ella! Pero
todos se escondieron porque les faltaba valor para presentarse
ante ella.
Desde su escondite la vieron en el centro del pantano, rodeada
de agua. Nadie se animaba a acercarse.
De pronto habló Gatía la grulla colorada y dijo:
—Ustedes que son menores que yo síganme. Iré adelante.
Se formo una algarabía ya que muchas de las aves querían
ser portavoces para convencer a la abuela grillo que volviera.
Todos se animaron y se presentaron ante Direjná, pero finalmente fue el bato50 quien habló:
—Llegamos ante usted este día y le declaramos estar arrepentidos. Estamos cansados de pedir lluvia y agua para nuestros
cultivos, que cada vez están más secos por los fuertes rayos del
sol. No entendemos por qué la mandamos fuera de nuestro
territorio. Ahora el mismo pueblo nos ha encargado buscarla y
pedirle con respeto que vuelva. Necesitamos de su presencia y
de su ayuda.
50
Bato: Ave de la familia de las cigüeñas, alta, esbelta y de pico bastante desarrollado. Abunda en las lagunas.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
341
“Estamos cansados de pedir lluvia y agua para
nuestros cultivos, que cada vez están más secos por
los fuertes rayos del sol. No entendemos por qué la
mandamos fuera de nuestro territorio…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
342
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Después se presento Jachobi la garza blanca y agregó:
—Soy su nieta a quien ama, recuerde aquella vez cuando vivió
entre nosotros. La estamos buscando porque la amamos. La comunidad nos envía para decirle que regrese pronto.
Otras aves también hablaron y con cariño le rogaron regresar.
Entre tanto, la abuela gemía por el ardor de fuego que emanaban las aves. Cuando todos terminaron de hablar respondió:
—Bueno. Haré caso a sus llamados. Volveré junto a ustedes.
Pero el calor del fuego y el humo que traen me lastiman. Quiero
que se bañen en mi río y entonces iré al pueblo.
Chacutú, un pequeño pájaro acuático, fue el primero en decidirse a nadar. Se metió al río y salió rápidamente con un pez en el pico.
Las garzas blancas y otras de cuello largo, después de sumergirse
comieron peces crudos y se transformaron totalmente en aves. Así
volaron sobre el río y se asentaron en un palo sobre las aguas.
Cuando los nietos terminaron de bañarse prometieron no
quejarse jamás por abundancia de agua y así emprendieron el viaje
de regreso. Llegando al pueblo, todas las aves que tenían todavía
algo de humanas se transformaron totalmente en animales y quedaron tal como las conocemos hoy. Las que se encontraban junto
a Direjná gritaron contentas:
—¡Estamos llegando con nuestra abuela!
Entonces los nietos decidieron traer el agua que quedaba en sus
vasijas y vaciarla sobre la abuela grillo para que dejara de gemir.
Toda la población se alegró de recuperarla y de saber que ya
no les faltaría riego para sus cultivos. Cada año tendrían una buena
cosecha y por tanto alimentos para toda la comunidad.
Pero estando en la comunidad la abuela se sentía nuevamente
agobiada por el calor. Sentía el ardor que los nietos y el pueblo
tenían por haber hecho fogatas para calentarse y por las cocinas
que ardían en todas las casas.
El lugar era extremadamente caluroso para Direjná, quien
decidió emprender un viaje más largo a los diferentes cielos.
Empezó por conocer el Tercer Cielo, el más elevado. Allí
vivía Dupade, el sol, creador del mundo y que en un principio
fue persona. Era varonil, valiente y de gran autoridad. Sus lentes
cristalinos eran brillantes como rayos de luz. Con él, compartían
el Tercer Cielo, la luna y las estrellas, donde cada cual hacía su
recorrido.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
343
Direjná vio cómo los primeros hombres que vivían en la oscuridad llamaron al sol y cuando Dupade apareció incendiaba bosques
y prados y pintaba con su luz a los animales con todos los colores.
La abuela grillo se sintió sofocada, ya no podía mas. Lentamente se
transformó aún mas en grillo y continúo sus andanzas.
Rapidito se fue saltando al Segundo Cielo, donde vivían sus
amigas las lluvias que también tenían apariencia de personas. Vivían en cuevas y las calles nunca se secaban. Las lluvias desataron
sus largas cabelleras y se exprimieron el agua para que la abuela
grillo disfrutara. Ella estaba realmente encantada.
Allí conoció algunas nubes masculinas de barba larga, las más
jóvenes tenían una larga cabellera negra y las más viejas se reconocían por el cabello blanco.
Apareció Getongai, el jefe de las lluvias, y se desató la tempestad. Muchos seres con forma humana, de diferente tamaño, edad y
sexo, aparecieron en medio de la gran luminosidad: eran los rayos,
que a tiempo de recorrer el espacio herían con sus puños o sus
hachas. De pronto retumbaron los truenos, que eran las palabras
de la lluvia.
Finalmente apareció una mujer muy bella adornada con
collares blancos. Se acomodó en el medio de todos y empezó a
arrancar uno a uno sus collares. Entonces cayó un fuerte granizo
sobre la tierra, anunciando un año próspero. La abuela grillo estaba
fascinada con el espectáculo pero debía continuar su camino.
Así llegó al Primer Cielo, el más cercano a la tierra, y se sintió
pequeña en medio de los grandes bosques cubiertos de árboles y
plantas majestuosas. Los animales que allí vivían eran gigantescos
y Direjná tenía que andar con cuidado para no ser aplastada.
Al poco tiempo, el agua proveniente del Segundo Cielo se regó
por los bosques que sirvieron para que la lluvia caiga suavemente
sobre la tierra. Junto con las gotas llegaron también a la tierra
ranas y mosquitos.
Después de estas visitas, la abuela adquirió definitivamente la
figura de grillo, abandonando cualquier forma humana y decidió
vivir en el Segundo Cielo. Desde allí podría enviar la lluvia a sus
nietos, quienes podrán gozar del agua prometida por la abuela.
La lluvia llegará con esta historia de Direjná, la abuela grillo,
y solo será contada cuando necesitemos lluvia y agua, que es la
vida misma.
Rosario Quiroga de Urquieta51
En las pupilas de porcelana (2003)
(Cuento juvenil)
Amaneció radiante. Desde temprano el sol fue calentando la casa.
Entró por la ventana, paseó por el patio, el jardín, las calles. Vestía
a la gente y a las cosas de una especie de claridad transparente. Se
veía todo como si no fuese de este mundo. Era un tiempo indefinido. Un estado maravilloso.
Todos: personas, animales y plantas parecían vivir en una
armonía única.
En ese marco anidó el tiempo de la fantasía dando alas al
primer amor y a la libertad.
Entre claridad y paz algún pájaro alegre cruzó airoso el cielo.
Volaba, casi danzaba en círculos. Alzando un poco el pico, parecía
que quería cantar. Siempre rondando por los aires, agitando sus
alas, haciendo malabarismos. Cuanto más se alejaba, más volátil
se volvía, hasta que desapareció en el azul infinito del cielo; en el
azul de los ojos fijos de una muñeca de porcelana.
Sin embargo de haberse ido, de haberse alejado este pájaro de
ensueño y vuelo alto, se percibe en el aire que envuelve la casa, la
ventana, el patio, el jardín, las calles, aquel aroma de libertad del
primer sueño de amor.
***
Sentada en un sillón de mimbre de un dormitorio rosado, cuya
ventana amplia da al patio y al jardín de la casa, Camila conversa
con Bubú, su muñeca de porcelana. Entre ellas el diálogo parece
ser muy íntimo pues, a momentos, ella aprieta a Bubú contra su
pecho como si quisiera protegerla del miedo que cree que siente
su pequeña. Le habla, la convence, casi le murmura al oído que
no tenga miedo, que los cocos, mientras esté a su lado, no le harán daño, no se la llevarán. En su fuero interno Camila sabe que
51
Cochabamba (1948). Ver biografía en p. 488.
[345]
346
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
los temores de su pequeña tienen sentido, pues ayer en la tarde
le pareció ver que ellos (los cocos) merodeaban. ¿Los habría visto
Bubú, también?
Con el movimiento mecánico de su rostro de porcelana, la muñeca hace un ademán de compartir la preocupación de Camila. Las
dos se quedan calladas, mutis, porque afuera empieza la ronda. De
un tiempo a esta parte, ambas siempre la escuchan como cortina
de la atmósfera de incertidumbre que las envuelve:
Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de San Nicolás
Durante algunos instantes Camila se queda pensativa, absorta; hasta dejar caer al suelo a su pequeña Bubú. Se siente sola,
pequeña, tonta, muy tonta. Entonces, se hunde todo lo que puede
entre los almohadones del sillón de mimbre. Cierra los ojos. Todo a
su alrededor gira, gira hasta que su mente ingresa en una estación
intermedia donde ella es la muñeca de porcelana, ella es la que
quiere, la que busca protección y cariño porque sí, ahora, el coco
es real y quiere llevársela, quiere alejarla de su pequeña Bubú.
Muy cerca de la ventana está el árbol de gomero, cuya copa se
pierde allá arriba entre las nubes. Cuando era más chica, Camila
pensaba que el coco vivía ahí, en la copa del árbol de gomero. Por
eso en las noches bajaba, sin falta, las cortinas de su ventana. Así
se sentía protegida. Para su tranquilidad, por un buen tiempo logró
de esta manera dominar sus temores.
Ahí están sus sueños y las estrellas para protegerla. No debía
temer.
El dormitorio de Camila constituía ese espacio, ese reducto de
imaginación y fantasía. Dentro de él creaba su mundo donde ella
era la dueña y señora. Ahí era Camila-mamá. Arreglaba la casa,
limpiaba los muebles, colocaba flores en los floreros. Preparaba
la merienda para su Bubú, murmurando para si: “¡Ah, Señor, qué
trabajos dan los hijos! Si te portas bien te daré el postre. Estese
quieta, mi hijita. ¿No ve que aún no termino de cocinar?”
Ella iba y venía afanosa por toda la estancia. De rato en rato
se dirigía con autoridad y seriedad a la muñeca: –Cuidado, no te
muevas tanto, no vayas a lastimarte.
Cierta tarde mientras estaba apoyada en el marco de la ventana, su mirada se detuvo en la figura agachada de un joven que,
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
347
“Sentada en un sillón de mimbre de un
dormitorio rosado, cuya ventana amplia da al
patio y al jardín de la casa, Camila conversa con
Bubú, su muñeca de porcelana…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
348
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
debajo del árbol de gomero, recogía algunas yerbas u hojas secas
que fueron desparramadas por el viento de la noche anterior.
Bastante tiempo transcurrió. Él, agachado, y ella, mirándolo sin
levantar la vista a ningún otro lado. Hasta que como por efecto de
un imán, él levantó la cabeza y su mirada fue a encontrarse con la
de Camila. Ese instante el tiempo empezó a correr su carrera, no
por rutas despejadas sino por laberintos.
La muñeca yacía olvidada. Hundida en el sillón de mimbre,
tenía la mirada hacia la ventana. Desde sus pupilas azules de porcelana, ella vio venir al coco que se llevaría a su mamá.
Por mucho tiempo Camila se mantuvo con la mirada fija en la
ventana. Un ruido en la puerta la sacó de su concentración. Era su
hermana que venía a buscarla para que bajara a comer. Con aire
juguetón le preguntó a quien miraba con tanta atención. A Paolo,
¿quizá? Y ella le contestó que tal vez, mientras salían juntas hacia
el comedor.
***
Hermosos ojos verdes en un rostro moreno llamaban la atención
en el aspecto físico de Paolo. Quince años habían transcurrido
en ese cuerpo y en esa mente. Callado, casi tímido, amaba la
naturaleza. Era el jardinero de la casa de Camila. Ella piensa que
en dos años más será independiente como él para poder moverse sola sin que nadie la vigile ni regañe. En las alas de estos
pensamientos vuelan sus fantasías, se van lejos del color azul de
las pupilas de porcelana. Y todo vuelve a ser real. El cuarto es de
veras, los muebles y todo lo que hay dentro. También Bubú es
una muñeca de ojos azules y cara de porcelana. Sin embargo su
familia le habla como si ella siguiera siendo la pequeña que aún
juega a la casita, casita. Le preguntan si no se ha resfriado su pequeña Bubú, si tiene apetito y si ella le está dando sus comidas
a la hora debida. Esto la motiva y espontáneamente entra en el
juego y nuevamente asume su mundo de fantasía. Entonces corre
y alza a la muñeca y en un ademán maternal la acuna en su seno
mientras canturrea despacito: Duérmete mi nena, duérmete mi sol,
duérmete pedazo de mi corazón.
En tanto cae la noche sobre el patio de la casa. El gomero, el
hermoso árbol, se hace gigante y su sombra lo abarca todo, hasta
los sueños infantiles de Camila.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
349
Para Camila el día transcurre sin alteración alguna. Llega el
atardecer, entra con desgano en su recámara, como quien no quiere
nada. Automáticamente da un vistazo a la ventana. Nada. No ve
nada. No hay nadie. Se dirige a la cama, ahí está Bubú, la muñeca
indiferente como el cielo azul de sus pupilas estáticas. Le acaricia
la cabeza con recorrido mecánico. En ese momento un ruido la
detiene en seco. Algo afuera se mueve. Se aproxima nuevamente a
la ventana y el ruido se hace más claro, más nítido: tras, tras, trac,
clac, tris. Camila agudiza el oído y la vista y, una silueta de mediana estatura empieza a dibujarse con precisión. La figura avanza,
avanza sin prisa. Un chispazo de emoción enciende el rostro de
ella y el cuerpo de Paolo se pone al descubierto. Ella lo observa,
saca medio cuerpo fuera de la ventana. Junto al gomero, él parece
un Adonis en el jardín del ensueño. Un súbito rubor le enciende el
rostro, el cuerpo casi le tiembla y como si respondiera al llamado
de un mensaje, Camila empieza a cantar:
Arroz con leche me quiero casar
con una señorita de San Nicolás
que sepa tejer
que sepa bordar
Afuera él la oye y se acerca más a la ventana. Se detiene a contemplarla con aire divertido. Una canción, entre tierna y juguetona,
sale de sus labios como respuesta.
A esta escojo por bonita
por graciosa y por mujer
que su madre es una rosa
y su padre es un clavel
Camila asiente moviendo ligeramente la mano. Los dedos
temblorosos se detienen en los labios y sopla una cadena de besos
que vuelan impulsados por una sonrisa. Desde la distancia que los
separa, él contesta con otra sonrisa. Así pasa el tiempo.
Han caído, ya, las sombras de la noche. Ambos se dan la espalda. Él se interna en el jardín y ella se retira al interior de su recámara
y se dirige a la puerta, que por alguna razón extraña permanecía
abierta, desciende las gradas y camina hacia la salida principal.
Cierra la puerta con cuidado y precisión como si temiera que alguien la pudiera seguir. Pasa el umbral y resuelta decide atravesar
el patio. Afuera solo se escuchan sus pasos sobre las hojas secas
350
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
del suelo. Sus ojos buscan ansiosos, inquietos rodeando el entorno
del jardín sin encontrar nada. Él se ha ido. Él no está. Encoge los
hombros. Desganada vuelve los pasos al inicio del camino a su
cuarto. Junto a su almohada le espera la muñeca… ¿Qué haría ella
sin su pequeña? La levanta y la arrulla. ¡Qué rico olía su pequeña!
Sí, sí, era el mismo aroma que trae el viento suave del jardín y que
entra por la ventana cuando se asoma, a través de las ramas del
gomero, la figura de Paolo. Aspirando profundo ese olor, ella le
promete a su muñeca que tal vez mañana, ellos, los tres, saldrán
juntos a recorrer el jardín y vería que no exagera nada sobre la
belleza de Paolo.
Cuando Camila termina el juego se dirige a la ventana de su
dormitorio y descorre las cortinas. Ya no había necesidad de ellas
porque afuera él estaba para protegerlas del coco. Camila cierra la
puerta, apaga la luz y se prepara para desvestirse a oscuras (nunca
antes lo había hecho). Así callada, en silencio, recuerda y revive
las escenas de los besos voladores, de las sonrisas y los saludos a
la distancia. Allí en su intimidad, al compás del viento que afuera juega con las hojas del árbol de gomero, se desviste dejando
una prenda allá, otra más acá en una especie de danza ritual. En
medio de sus movimientos cadenciosos y hasta sensuales, ella
repite: ¡Mañana! Hasta que al fin se mete a la cama, junta sus
manos sobre su pecho, cierra los ojos y el sueño triunfa. Sueña, ya
no con su Bubú de cara y ojos de porcelana. Los ojos con los que
sueña ya no son azules sino verdes en un rostro moreno. Sueña
que hoy es mañana.
Cuando despierta el sol ya está muy alto, casi a la altura de
la copa del árbol de gomero. Ese día cambia su rutina. Ya no es
el juego a la mamá. Ese día se baña sola. Se detiene como nunca
frente al espejo y tiene cuidado en elegir la ropa que se pondrá
para ese día especial. Con ansiedad espera la tarde. Baja al jardín.
Se sienta debajo del gomero. Él no ha llegado aún. Una rama cruje
y se espanta. Se pone de pie y ve cómo la figura adolescente va
apareciendo, limpia, clara, risueña. Se acerca a ella. Camila no
puede creerlo, ella está cerca de su Adonis. Al fin podrán hablar
sin señas ni gestos, sin ayes y suspiros a distancia. Ahora será en
vivo y en directo. Sin embargo… ¡Qué decepción! Ninguno de los
dos logra emitir ni una sola palabra. Los labios de Camila y los de
Paolo están mutis. Simplemente se miran. Pero de repente, por
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
351
esa extraña magia que envuelve a los enamorados, al unísono
repiten: ¡Mañana!
Al día siguiente se ven, al otro día y al otro. Poco a poco se van
acostumbrando a verse cada día. Entre suspiros y silencios prolongados, ambos viven la ansiosa espera del momento del próximo
encuentro. Viven la emoción en la que se combina el deseo y el
temor. Ambos se preguntan: ¿Estará hoy? Y, sí, están.
Ella ya no logra dormir. Ya no juega. La muñeca ha quedado olvidada ahí en el asiento de mimbre en medio de almohadones, está
con las pupilas azules fijas buscando, sabe Dios qué respuestas.
Cuando Camila, ¡ay! divisa a su amor desde la ventana siente
unos golpes en la cabeza como si fuesen de martillo, golpes que
terminan por quitarle la respiración y hacerle sentir frío y luego
mucho calor. Vive la sensación de no estar pisando el suelo. Sentirse como un algodón. Volar por el aire como las hojas del gomero
cuando el viento las mueve a su capricho.
A la gente de su casa le ha dado por vigilarla. Todos la observan. Ha cambiado el color de su cara, está un tanto pálida. Eso les
preocupa. Sus cachetes ya no tienen el rosa encendido que los hacía
brillar. Ha dejado de comer. Ya no le gustan los dulces, menos los
chocolates que antes le fascinaban. No juega con Bubú. Realmente
parece estar enferma. Ella quiere estar sola, tal vez llorar o suspirar
sin que nadie le pregunté el porqué.
Domingo, lunes, miércoles, qué importa. Todos los días son
iguales en aquel esfuerzo por superar esa sensación tan incómoda. Ella trata de volver a jugar con la muñeca. Mientras las frases,
entre burlonas y severas, van y vienen de la boca de sus padres
y hermana. Empiezan los vacíos en la conversación con los de su
casa. Aquel medir el tiempo para que acabe el suplicio de seguir
oyéndolos. Ese deseo de huir a lo suyo, la inquieta.
Para Camila, íntimamente, un nuevo amanecer es la presencia
de un nuevo deseo. Ya no quiere solo verlo, necesita olerlo, tocarlo. Esto le produce confusión y rabia porque no puede explicarse
claramente estas necesidades que siente.
Son dos, tres, ocho días que ella sale en vano al jardín. Él no
vino. Él no viene. ¿Estará enfermo? Habrá que tener paciencia,
pero ésta tiene un límite cuando se trata de un amor urgente.
Han transcurrido tres semanas. Él no aparece más. Es como
si el diablo se lo hubiera llevado o la tierra se lo hubiera tragado.
352
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
En tanto, ella transita por la casa como autómata o como zombi.
Siente como si el corazón se le encogiese. Le sube la temperatura.
Son delirios prolongados. Son incoherencias lo que dice la enferma.
Solo una palabra repite con claridad: vendrá, vendrá, vendrá. Es un
estado febril que no tiene explicación fisiológica, afirma el médico.
No nos queda más que esperar hasta que la mente reaccione, insiste
el galeno.
***
Desde el jardín sopla un viento que asciende por la ventana y entra
al cuarto de Camila, le revuelve el cabello y le recuerda momentos
de alegría. Ella, que ha crecido y está aún pálida, piensa en voz
bajita: “si vuelve a venir algún día trataré de no ser tan tonta, en
lugar de suspiros y silencios; reiremos juntos y hablaremos mucho.
Será interesante”. Trata de convencerse, mientras no puede evitar
que ese famoso nudo que aprisiona la garganta en las grandes
emociones de la vida deje libre una lágrima que acompaña a un
susurro que repite: “Él se ha ido. No volveré a verlo nunca más”.
Aunque Camila se sabe cansada, siente la necesidad de acercarse a su muñeca Bubú para decirle al oído que por nada más que
esa noche le preste sus ojos azules que no saben llorar.
Isabel Mesa Gisbert52
La flauta de plata (2005)
El cuarto oscuro
—¡Juan Pablo! Ya que no estás haciendo nada, ¿me haces un favor, mi vida? ¿Me traes unas cuantas hojas tamaño carta para la
impresora?
Cuando las mamás utilizan las expresiones “mi vida”, “corazón”, “mi amor”, “mi cielo” y otras palabras por el estilo, acarameladas y sumamente tiernas, es porque necesitan que los hijos
estemos a su servicio sin protestar. Y eso de “Ya que no estás
haciendo nada” es un simple pretexto para usarnos de mensajeros, de correo electrónico doméstico o de teléfono inalámbrico.
Los hijos somos para las mamás lo que los chasquis eran para los
incas: un corredor de caminos que lleva y trae cosas sin descansar. Es como apretar un botón y obtener las cosas al instante…
bueno, casi al instante.
Lo que mamá no sabe es que estoy sumamente ocupado. Mi
mente está preparando un ataque mortal. Estoy explorando la tercera galaxia para vencer al enemigo con mis naves espaciales. Mamá
no se imagina que la tercera galaxia se encuentra en el escritorio
donde está trabajando y que el comandante de los Yuriax W42
es ella en persona. Los planes para el ataque ya están casi listos,
pero parece que tendré que abandonarlos hasta nuevo aviso. Las
madres no solo tienen el grado de comandantes, sino también el
de sargentos, capitanes, mayores, generales y mariscales. Por eso
no me queda otro remedio que interrumpir el juego galáctico y
hacer lo que me pide; caso contrario, el tono de voz irá en aumento
y poco a poco las palabras dulces y tiernas se irán convirtiendo en
estrictas y desagradables órdenes.
—¡Juan Paablooo! ¿Qué pasó con las hojas que te pedí?
—¡Ya voy, mami! ¡Ya voy! ¿Dónde están?
—Están arriba. En el cuarto de trabajo de papá.
52
La Paz (1960). Ver biografía en p. 488.
[353]
354
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
¿En el cuarto de trabajo de papá? No sé por qué las madres
tienen que pedir cosas cuando empieza a oscurecer. Si mamá ha
estado en casa toda la tarde, ¿por qué se le ocurre usar la computadora justamente ahora? Cuántas veces me ha dicho: “Juan Pablo,
la noche se hizo para dormir y no para hacer tareas”. ¿Y ella qué?
Como es la mamá, nadie le puede decir que haga sus tareas cuando
es de día. Si me hubiera pedido esas hojas una hora antes, cuando
el sol aún estaba brillando, yo se las hubiera traído “de mil amores”, como le gusta decir a ella. Pero ahora, ¿quién puede subir al
cuarto de trabajo de papá? ¿Quién? Estoy seguro de que ni siquiera
el comandante de los Yuriax W42 se animaría a hacerlo.
El cuarto de trabajo de papá es tétrico y a esta hora es el más
oscuro del mundo. En realidad, es el más oscuro del universo y el
más negro de todas las galaxias. Allí dentro hay unos muebles viejos
y pesados. Colgados de las paredes se ven unos cuadros inmensos
que mi padre dice que valen mucho, pero hay que ver lo feos que
son. Mamá me dijo un día que eran los cuatro evangelistas, pero
para mí que la engañaron. Son unos monstruos que a uno lo siguen
con la mirada y son tan flacos y cadavéricos que si uno se descuida
estoy seguro que no tardan en devorarlo. Las cortinas guindas, de
esa tela tan gruesa y pesada, sirven para esconder a los murciélagos
y a las arañas. Yo lo sé, porque Pascuala, la lavandera, me ha dicho
que si me porto mal unos bichos horribles saldrán de ese cuarto
y vendrán a buscarme. Durante el día no pasa nada, porque los
monstruos son muy astutos. Duermen de día y salen de noche a
buscar su alimento. Yo no los he visto nunca, pero por las noches,
cuando tengo que cruzar delante de ese cuarto para ir al baño, por
supuesto que a la velocidad de un rayo, escucho ruidos y voces.
Parece que caminan toda la noche, porque siento sus pasos. Para
mí que hay fantasmas, de seguro una bruja de magia negra y hasta
unos cadáveres vivientes.
—¡Juan Paablooo! ¿Vas a traerme las hojas o no?
—Ya te las llevo, mami.
Estoy cerca de la puerta. Será mejor que piense cómo llegar
hasta las hojas. Lo primero que tengo que hacer es encender la
luz. Cuando la habitación se ilumina todos los monstruos desaparecen. No pueden ver la luz. Hace poco vi una película donde los
vampiros se escondían de la luz del sol, porque si les llega un solo
rayo solar se mueren. Ya sé. Voy a deslizar mi mano lentamente
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
355
“El cuarto de trabajo de papá es tétrico y a esta hora es
el más oscuro del mundo. En realidad, es el más oscuro
del universo y el más negro de todas las galaxias…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
356
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
hasta encontrar el interruptor. ¿Y si una de esas tarántulas negras
y peludas se posa sobre mis dedos? ¡Tal vez una mano huesuda y
fría agarre la mía con fuerza, como para no soltarla nunca! ¿Qué
hago? A lo mejor, si enciendo la luz con un palito no me pase
nada. ¿Pero si alguno de los monstruos divisa el palito, lo sujeta
con ambas manos y con una llave de yudo me mete dentro del
cuarto de un solo jalón? Creo que la idea de encender la luz no
es muy buena.
Entraré con los ojos cerrados y de espaldas. Así no veré a
ninguno de esos horrendos seres y no me asustaré. Conozco el
camino hacia las hojas de papel. Retrocederé rápidamente desde
la puerta hasta el escritorio de papá y luego saldré corriendo
de escapada. Incluso, aguantaré la respiración para que no me
sientan. Pascuala dice que los fantasmas deambulan de un lado
a otro de la habitación como si fueran telas transparentes. ¿Y si
en el intento de sacar las hojas me choco espalda con espalda
contra uno de ellos? ¡Seguro que entre todos me atrapan!
—¡Juan Paablooo! Este trabajo es para hoy, no para mañana,
¿entiendes? ¡Trae de una vez esas hojas!
¿Y qué culpa tengo de que se terminen las hojas de la
impresora de mamá? Creo que debió haber pensado antes de
sentarse a trabajar si necesitaba mucho o poco papel. Ella siempre
me recomienda: “Juan Pablo, ¿por qué no piensas en lo que vas
a necesitar antes de sentarte a hacer tus tareas?”. ¿Y quién le
reclama a ella?
Ya sé. Llamaré a Pecas para que entre delante mío y distraiga
a los fantasmas mientras yo saco las hojas del cajón. ¿No será
peligroso? ¿Y si a los monstruos les da lo mismo comerse a un
humano que a un perro? Eso no sería nada. Carlitos, el chico
gordo del 2º A, dice que las brujas usan ojos de perro para sus
pociones mágicas. ¡Pobre Pecas! Moriría por mi culpa.
—Es una barbaridad, Juan Pablo Rada Suárez, que seas incapaz de ayudar a tu madre cuando tanto lo necesito. ¡Tendré que
hablar seriamente con tu padre!
Tengo que hacer algo pronto. El tono de voz de mamá ya
está subiendo vertiginosamente.
¡Tengo que vencer este miedo! Ya soy grande y estoy seguro
de que si le cuento esto a mi hermana Rita se morirá de risa y
lo divulgará a gritos por el colegio. A ver… Entro de puntas, me
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
357
dirijo suavemente hacia el escritorio, abro el cajón, tomo el papel
y salgo a toda velocidad. Ya di los primeros pasos. Estoy dentro
y no pasa nada. No sé por qué mi corazón late con tanta fuerza.
Parece un tambor. ¡Ojalá que no lo escuchen! Estoy por llegar al
escritorio. Mis pies parecen de plomo. Apenas los puedo mover.
¡Dios mío! A través de la cortina veo brazos que se mueven.
Deben ser los monstruos que me buscan. Siento un aire helado.
La cortina se mueve. Tal vez los murciélagos no pueden dormir.
Estoy abriendo el cajón y puedo tocar las hojas de papel. ¿Carta
u oficio? ¡Qué más da! Una, dos, tres… con estas diez mamá
terminará todo su trabajo.
¡Siento pasos! ¡Alguien sube la escalera! ¡Estoy petrificado! Mis
manos están sudando y las hojas de papel quedarán empapadas…
¿Y esa imagen en el espejo? Una sombra está en el umbral de la
puerta. ¡Es uno de ellos! Tiene un palo en la mano derecha y una
pala en la otra mano. Me golpeará la cabeza y luego enterrará mi
cuerpo en el jardín. ¡Nadie sabrá lo que ocurrió! Quisiera gritarle
a mamá, pero no me sale la voz. Cierro los ojos. ¡Se acerca! ¡El
monstruo enorme está cada vez más cerca! Puedo sentir sus
pisadas, su respiración…
—Juan Pablo, ¿hijo, qué haces aquí? ¿Por qué no encendiste
la luz?
—¿Eres tú, papá?
—¿Y quién pensabas que podría ser? Será mejor que cerremos la ventana de este cuarto. El aire está muy frío y el viento
está moviendo las ramas de los árboles con mucha fuerza. Parece
que va a llover.
—¿Papi, que traes en la mano?
—Es un tubo con los planos del nuevo edificio que va a construir la empresa. ¡Ah! ¿Te refieres a esta pala? La compré para el
jardinero. Todos los martes reclama que no tiene cómo remover
la tierra. Bajemos, Juan Pablo. Ya es hora de cenar.
—Papá, ¿Le tienes miedo a alguna cosa?
—¡Claro que sí, Juan Pablo! Todos sentimos miedo alguna
vez en nuestra vida.
—¿A qué le tienes miedo?
—Tengo miedo a quedarme encerrado dentro de un ascensor.
¿Y tú, hijo? ¿A qué le tienes miedo?
—¿Yo? ¿Sentir miedo? No, papá. Nunca tuve miedo a nada.
358
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Qué ha pasado con estas hojas, Juan Pablo? ¡Están todas
húmedas!
—No sé, mami. En ese cuarto de papá puede ocurrir cualquier
cosa… ¿No viste mi nave espacial?
—No, Juan Pablo. Seguro que la dejaste en el cuarto de trabajo
de papá. ¡Ve a traerla!
Luz Cejas de Aracena53
La gruta embrujada (2006)
Caminando por el bosque,
iba una y otra vez,
buscando a su bien amada,
la llamaba por doquier.
Los cerros le respondieron:
“por aquí nadie pasó”.
“Solo el rey de las alturas”,
otra voz le contestó.
Camuflada en una piedra
su imagen se reflejó.
Era presa de un hechizo
que en piedra la convirtió.
El príncipe muy afligido
a la imagen se acercó,
y le dijo: “amada mía,
¿qué fue lo que te pasó?”
La princesa estaba muda,
esa vez no respondió.
mas de sus ojos brotaba
agua clara que él bebió.
53
Vallegrande (?). Ver biografía en p. 488.
[359]
360
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
En la imagen de su amada
un gran fénix se posó,
y levantando las alas
de esta manera le habló:
“Si tu quieres rescatarla
debes traer una flor
y ponerla aquí en la roca
donde me encuentro yo.
Esa flor es muy hermosa,
tiene un aroma especial.
Ella tiene que ser pura,
excenta de todo mal.
Habita en medio del bosque
en un jardín encantado.
Para llegar a la flor
debes pasar siete lagos.
En barquitos de totora
que ya te están esperando”.
El príncipe le preguntó:
“¿De qué color es la flor?”
“En cuanto ella te haya visto,
tomará un bello color,
unos pétalos dorados
y un aroma embriagador.
Pero debes acercarte
con mucho, mucho cuidado,
y caminar con sigilo
pues se encuentra en un pántano”.
El príncipe en ese instante
tomó el camino del bosque,
que se tornó muy hostil
y pronto se hizo de noche.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
Caminando por el bosque,
una fuerte voz oyó.
Era la del ogro malo
que dijo a todo pulmón:
“Si algún intruso se atreve
a pasar por mis dominios,
lo convertiré en un árbol
para cambiar su destino”.
El príncipe encontró a un mago
que en viento lo convirtió.
Así pasó por su lado,
y el ogro no lo notó.
Cuando llegó al primer lago,
el barco estaba esperando.
De inmediato se subió
y se fue casi volando.
Al pasar el primer lago
el barco se destruyó,
porque estaba destinado
solo para esa ocasión.
Mas él siguió caminando
entre abrojos y escorpiones.
Con susto y con valentía
al otro lado llegó.
Igual que el anterior barco,
éste rápido arrancó.
Lo llevó con toda prisa,
después se desintegró.
Luego pasó unos arbustos
que estaban llenos de espinas,
pero con mucha paciencia
el príncipe logró pasar.
361
362
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Al tercer día de su viaje
al otro lado llegó.
Un hombre negro esperaba
agarrado del timón.
Con una capa de seda,
vestido todo de azul,
el hombre estaba esperando
y ese momento arrancó.
Al pasar al cuarto lago
el buen hombre le advirtió:
“Tienes que tener cuidado
porque te espera lo peor.
El quinto bosque está lleno
de serpientes de coral.
Debes andar con cuidado,
porque te pueden picar”.
El príncipe preparó
un par de zancos muy altos,
pasó con mucho cuidado
y así no las molestó.
Las corales murmuraron
viendo al príncipe pasar:
“Este hombre no tiene miedo
es valiente de verdad”.
Al pasar el quinto lago
un monstruo lo persiguió.
Este tenía dos cabezas
y un grito ensordecedor.
Echó fuego por sus fauces
y el barquito se incendió.
El príncipe se tiró al agua
y por poco se salvó.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
Nadando llegó a la orilla
y desde allí pudo ver
que el barco ya no existía
y le dio gracias a Dios.
Luego llegó al sexto bosque
y con un león se encontró.
Este enojado le dijo:
“¿Cómo te atreves a perturbar
la paz de mi reino?”.
El príncipe muy cansado
le dijo: “Rey, por favor,
deja seguir mi camino
voy en busca de una flor”.
El rey en ese momento
se puso de buen humor.
Le dijo: “Que tengas suerte”.
Y la vida le perdonó.
Al cruzar el sexto lago
en otro barco montó.
Cuando llegaba a la orilla
de pronto el agua creció.
El dragón abrió sus fauces
y al barco se lo tragó,
en pleno día se hizo noche
en el vientre del dragón.
Parecía una galería
llena de objetos muy raros,
piezas de alfarería,
y también muchos pescados.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
El príncipe desesperado
pensaba cómo salir.
En el fondo del túnel
brillaba una luz azul.
Él se sintió remolcado
por una corriente hostil
con un olor nauseabundo
que no podía resistir.
Se preguntó en ese instante:
“¿Podré yo salir de aquí?”
Pero él lo siguió intentando
en dirección a la luz.
Cuando llegó se dio cuenta
que era la otra cabeza,
y se encontraba durmiendo
el muy malvado dragón.
Entonces con gran cuidado
con su barquito pasó
la fiera estaba dormida,
por eso no se enteró.
Este era el séptimo bosque
lleno de árboles extraños.
Se mecían con el viento
murmurando, murmurando.
Cuando llegó al pantano
allí estaba una mujer.
Un velo cubría su rostro,
y nadie la podía ver.
“Si tú me llevas contigo
con gusto te ayudaré.
Debo pasar el pantano
y es que yo, no puedo ver”.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
Al tomarla de la mano
el príncipe se estremeció,
porque en ese mismo instante
en boa se convirtió.
Le dijo: “No tengas miedo.
Yo te llevaré a la flor.
Agárrate fuertemente,
yo cumpliré mi labor”.
El príncipe muy asustado
a su lomo se subió.
La boa se fue deslizando
con paciencia y buen humor.
El príncipe pisó tierra,
la boa desapareció.
Pasó el arco de la puerta
Y el sitió se iluminó.
En el fondo del jardín
una flor bella se abrió.
El príncipe con cuidado
del tallo la separó.
Cuando la tuvo en sus manos
un cóndor apareció.
“Sube a mi espalda”, le dijo,
“antes que se ponga el sol”.
Puso la flor en su pecho,
en el cóndor se montó.
Luego tomaron altura,
su amigo voló y voló.
Cuando el sol ya se ocultaba
justo a la gruta llegó,
puso la flor en la roca
y el hechizo se rompió.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Cantaron sus corazones
y la vida renació.
Se miraron tiernamente
y lloraron de emoción.
El príncipe y la princesa
encontraron el amor,
y así queridos amigos
este cuento se acabó.
Verónica Linares Perou54
Zacarías (2007)
Lunes
Aquel día, cuando se sentaron a comer la merienda en la gran
cancha de pasto del colegio, Zacarías le preguntó a Lucas:
—¿Quieres que te cuente lo que hice el domingo?
—Bueno –respondió Lucas comiendo una galleta de chocolate
y avena que le había enviado mamá.
Zacarías se paró, miró el cielo, respiró profundamente y dijo:
—Pues bien, ayer que era domingo, fuimos con mis papás
al lago Loga Loga. ¡No te puedes imaginar lo enorme y turquesa
que es ese lago! ¡Es más grande que esta cancha, y que el colegio,
y que todo el barrio, y más turquesa que el cielo, que las ranas
verdes del Amazonas y que el collar de turquesas de mi mami y
que la...!
—¿Y qué hicieron en el lago, Zaqui? –preguntó Lucas con curiosidad y migas de galletas por toda su cara.
—Pescamos –respondió Zacarías.
—¿Sí? ¿Muchos peces? –se interesó Lucas.
—No, un cocodrilo –dijo Zaqui. Un cocodrilo de ojos rojizos
y dientes filosos.
—¿Y cómo lo pescaron? ¿Quién lo hizo, tu papi o tu mami?
¿No se los comió?
—No, y ahora el cocodrilo está en mi casa.
—¿De veras amigo? ¡Yo quiero ir a verlo! –exclamó Lucas con
gran entusiasmo.
—Claro que puedes venir a casa, el cocodrilo está en mi jardín.
Ven cuando quieras. ¡Uy! ¡Ya tenemos que ir a la clase! –dijo Zacarías
ordenando su mochila.
54
La Paz (1970). Ver biografía en p. 488.
[367]
368
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Martes
Media hora antes de que suene el tiembre, mientras estaban en la
biblioteca del curso, Zacarías se acercó a Matilde y le preguntó:
—Matilde ¿quieres que te cuente lo que hice anoche?
—Bueno –respondió la niña, hojeando unos libros de cuentos.
Zacarías se paró, miró el cielo a través de la ventana, respiró
tres veces y dijo:
—Anoche, cuando estaba por dormirme, escuché unos ruidos
raros, me levanté, y... ¡Ahí estaba!
—¿Y qué estaba ahí, Zaqui? –quiso saber Matilde, dejando los
libros de un lado.
—Bueno, realmente al comienzo no supe, yo estaba asustadísimo. ¡Era tan destellante, tan resplandeciente, tan blanca, tan...!
—¿Qué fue lo que viste Zacarías? –preguntó Matilde ansiosa,
con sus ojos redondos como dos lunas llenas.
Era la mismísima luna –dijo Zacarías sacando un libro.
Eso no es posible ¡La luna no puede venir hasta aquí!
Era la luna, Matilde y si quieres venir a verla a mi casa, puedes
hacerlo. Incluso pude guardarla en el armario.
¡Qué impresionante! ¡Yo quiero ver tu luna! –exclamó Matilde–.
¿Será que es fría? ¿Tendrá sabor a coco o a chocolate blanco?
Mira, ven cuando quieras, y la puedes tocar y probar. Bueno,
ya es hora de ir al recreo, ¡adiós! –se despidió Zacarías.
Miércoles
En la segunda hora después del recreo, mientras hacían pintura
en la clase de arte, Zacarías le dijo a Mili:
—¿Quieres que te cuente un secreto?
—Bueno –respondió Mili mezclando varios colores.
Zacarías se paró, miró el cielo que se veía por un tragaluz,
respiró profundo y dijo:
—El otro día, mientras yo estaba sentado en un banco mirando el horizonte, me pasó algo extraño: me di cuenta que no muy
lejos se movían unas flores muy, muy grandes. Claro, yo pensé
que se movían por el viento, pero luego cuando me fijé mejor, me
di cuenta que las flores eran girasoles y que se iban moviendo al
compás del sol. Me quedé impresionado, mirando un buen rato
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
369
cómo giraban estas margaritas gigantes, ¡parecía un baile! Pero
esto no es nada Mili, no me vas a creer, estos girasoles, ¡ja, ja, ja!
No solo bailaban siguiendo al sol, sino que, ¡qué increíble!, eran
tan armoniosos, tan melodiosos, tan afinados, tan…
—¿Y qué más hacían estos girasoles? –murmuró Mili inquieta.
—¡Ah, sí!, te cuento que estaban cantando una ópera.
—Zaqui, ¡las flores no hablan y mucho menos cantan óperas!
–respondió Mili asombrada.
—Era una ópera Mili, y ¡qué hermosa ópera!, estoy casi seguro
de que era “Carmen”. Bueno, ahora los tengo en casa, girando en
un florero de mi mami, y de rato en rato, empiezan a tararear
óperas de nuevo –dijo Zaqui sonriendo.
—¡Ay Zaqui!, a mí me encantan las óperas, ¿tú crees que
yo pueda ir a escuchar cantar a tus girasoles? –preguntó Mili
pintando girasoles en su hoja.
—Ven el rato que quieras, ¡te encantará verlos girar y cantar! Bueno, tengo que irme a la sala de computación, ¡te espero
pronto! –alcanzó a decir Zacarías y se fue.
Jueves
Durante el primer recreo, mientras jugaban fútbol en el patio de
la escuela, Zacarías le dijo a Juancho:
—¿Sabes Juancho? Esta pelota me hace recordar lo que hallé
el otro día en el parque.
—¿Y qué hallaste en el parque? –preguntó Juancho pateando
la pelota.
Zacarías dejó de jugar, miró hacia el horizonte, respiró como
de costumbre y dijo:
—¡Uy Juancho! Ni te imaginas lo que encontré. ¡Era inmensa!
¡No! ¡Era gigante!, muy redonda, color naranja, y...
—¡Dímelo de una vez! –gritó Juancho.
—Pues bien, era una naranja gigante –respondió Zacarías
tranquilamente.
—¡Qué increíble! ¿Crees que se caería de algún árbol gigante?
–preguntó Juancho.
—No tengo idea Juancho, pero allí estaba, brillante y con un
olor a naranja que ni te imaginas.
370
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Y tú crees que podamos jugar con esa naranja en vez de
esta pelota? –preguntó Juancho con cara de curiosidad.
—¡Por supuesto! Ven a mi casa y jugaremos con mi naranjota.
Está oculta debajo de mi cama.
—¡Mira! Ya es hora de ir a clases amigo, ¡iré a tu casa uno de
estos días! ¡Adiós! –dijo Juancho, y se fue.
Viernes
A la hora de salida, en el bus de regreso a casa, Zacarías le dijo a Viviana:
—¿Sabes con quién jugaré ahora que llegue a mi casa?
— ¿Con tus hermanos? –preguntó Viviana.
—No, no tengo hermanos.
—¿Con tu perro?
—No, no tengo perro.
—Mmm, ¿con algún amigo? –volvió a preguntar la niña.
—Bueno, sí, es un amigo, pero uno muy diferente, ¡Es tan
divertido, tan chistoso, tan gelatinoso, tan…
—¡Dime con quién jugarás Zacarías! –exclamó Viviana.
Zacarías se dio la vuelta para ver por la ventana del bus, tomó
bastante aire y luego de un momento dijo:
—Pues bien, jugaré con mi Azulapio.
—¿Con tu Azulapio? ¿Y qué es eso? –preguntó Viviana con
curiosidad–. ¿Es algo azul?
—Claro, es azul, tiene antenas, es pegajoso, se arrastra y va
dejando restos de un líquido viscoso y azulino por todas partes. ¡El
otro día me dejó todo el pelo azul! ¡Nos divertimos mucho juntos!
–dijo Zaqui riendo.
—¡Yo quiero ver ese Azulapio! ¡Yo también quisiera jugar con
ustedes y teñir mi pelo de azul! –rogó Viviana.
—Pues ven a casa amiga, mi Azulapio está escondido en el
baño, te encantará conocerlo, bueno ahora tengo que bajarme
justo aquí, ¡adiós Viviana! –se despidió Zacarías.
Sábado
Muy temprano, al amanecer, Zacarías se levantó eufórico, y decidió
quedarse encerrado en su habitación.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
371
“A través de las rendijas de su puerta, empezó a salir
un humo verde, y luego amarillo, luego naranja, azul
y morado. Todos los colores se mezclaban y salían
alborotados desde el cuarto de Zacarías…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
372
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¡Zacarías, sal de tu cuarto! –gritó su mamá golpeando la
puerta.
—No mamá, estoy ocupado –contestó el niño.
—Zaqui, ¿por qué no vienes a almorzar? –le preguntó su
papá.
—¡No tengo hambre, y tengo mucho qué hacer! –exclamó
Zacarías desde su pieza.
Pasaron las horas y Zacarías no salía…
De pronto, a través de las rendijas de su puerta, empezó a salir
un humo verde, y luego amarillo, luego naranja, azul y morado.
Todos los colores se mezclaban y salían alborotados desde el cuarto
de Zacarías.
—¡Papá, mamá, estoy bien! ¡Mañana les tendré una sorpresa!
–gritó finalmente Zaqui a sus preocupados papás. ¡Buenas noches!
Durante esa noche, Zacarías soñó con cocodrilos tornasoles,
naranjas violetas, girasoles girando, lunas locas y grandes Azulapios.
Domingo
Al día siguiente, desde muy temprano, empezaron a llegar muchas
personas a la casa de Zacarías.
Y los primeros en llegar alborotados y curiosos fueron sus
amigos: Lucas insistió en ver al cocodrilo, Matilde preguntó por la
luna, Mili, algo tímida, quiso saber si estaban los girasoles cantores,
Juancho llegó apresurado buscando la naranja gigante y Viviana
corrió para ver al azul Azulapio.
También llegaron la tía Fresia y el tío Jacinto, la abuela María,
dos vecinos y un perro callejero, que aumentaron el grupo de
curiosos.
—Queremos ver los humos de colores! –exclamaron a coro.
—¡No entendemos nada! –gritaron los alarmados y confundidos
papás de Zacarías.
En eso, finalmente salió Zacarías de su cuarto, todavía con
su pijama de dinosaurios, arrugado y manchado de colores.
—¡Hola a todos! –saludó amablemente. Yo sé por qué están
aquí. Ha habido algunos cambios. No sé si mis experimentos han
funcionado… Vengan conmigo –dijo, dirigiéndose nuevamente a
su habitación.
Todos lo siguieron haciendo una larga fila.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
373
Al abrir su pieza, algo de humo violeta salió y la fila de curiosos
entró. Entonces, Zaqui muy sereno dijo:
—Vengan, asómense por la ventana, el cocodrilo está justo
ahí, en el charco de barro que le hice.
Entonces, súbitamente, todos al mismo tiempo se abalanzaron
hacia la ventana, quedando como un racimo de uvas.
—¡No! no hagan tanto alboroto, si el cocodrilo se asusta, se
esca… ¿Ven? ¡Ya no está! –gritó Zacarías desconcertado.
—Creo que ví su cola –dijo Lucas.
—¡A mí me pareció ver una lagartija! –exclamó Juancho.
Inmediatamente Zacarías se dio la vuelta y gritó:
—¡Rápido! ¡Ahora vamos a buscar a la luna en mi armario!
Cuando todos como una estampida de toros salvajes se amontonaron
a tropezones frente al armario.
—¡Cuidado! –exclamó Zaqui, ¿No saben que la luna es hipersensible? Si siente tanto ruido se derreti...
Y al abrir el armario, un líquido translúcido y blanquecino
empezó a salir.
—¡Creo que esa era la luna! –dijo Matilde impresionada, tratando de retener algo del líquido opalescente.
—A los girasoles cantores los dejé sobre mi mesa de noche,
justo allí –alcanzó a señalar Zacarías cuando se produjo como un
viento huracanado, y entonces, todos literalmente volaron sobre
la mesa de noche, ocasionando un tremendo estruendo.
—¡Así no! ¡El florero de mi mami se puede romper y
seguramente los girasoles se despedaza…
—¡Miren! Hay pétalos gigantes y amarillos por todas partes
–murmuró Mili asombrada. ¡Pobres girasoles! ¡Hasta me parece
haber escuchado una ópera!
Luego, Zacarías preocupado exclamó:
—¡Veamos si la naranja gigante sigue debajo de mi cama, por allá!
En ese instante un remolino de brazos, cabezas, piernas y pies
se dirigió debajo de la cama de Zaqui.
—¡La naranja es muy gorda y jugosa y si la aplastan puede
explo…! –gritó Zacarías cuando un fuerte olor a naranja inundó
todo el cuarto.
—¡Está saliendo un jugo naranja de debajo de la cama! –dijo
asombrado Juancho. ¡Qué lástima! Ya no podremos jugar al fútbol
con la naranjota.
374
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Bueno, solo me queda el Azulapio –se lamentó Zacarías–,
espero que siga en la tina de mi baño, no vaya a ser que con tanto
ruido se haya asustado.
Inmediatamente se sintió como un terremoto en la pieza y en
el baño, donde todos entraron de sopetón.
¡Azulapio, no tengas miedo, no te vayas a asus...! –vociferó
Zacarías abriéndose espacio entre todos.
—¡Allá en la tina veo un líquido viscoso y azul! –manifestó
Viviana.
—Sí, es el líquido que va dejando el Azulapio a su paso, pero él
ya no está aquí… ¿Dónde se metería mi azul amigo? –se preguntó
Zacarías agarrándose la cabeza.
—No lo veo por ninguna parte –murmuró Viviana–, pero
¿serías tan amable de regalarme algo de ese líquido azulino?
—¿Y a mí unos pétalos de girasol?
—¿Y a mí un poco de agua de luna?
—¿Y a mí el jugo de naranja?
—¿Y a mí…?
—¡Ya es suficiente! –gritó Zacarías apenado–. ¡Si todos mis
amigos desaparecieron, fue por su culpa!
Por unos instantes nadie supo qué hacer ni qué decir, todos
parecían congelados.
Entonces Zacarías se volteó hacia la ventana, respiró
profundamente unas tres veces y ya más calmado dijo:
—Bueno, no es tan grave, mi cocodrilo va a regresar, y también
la luna, y los girasoles y la naranjota y mi Azulapio. Si quieren
pueden quedarse a jugar.
Fue así que poco a poco, los niños empezaron a jugar con una
largartija que extrañamente apareció en la pieza, con el agua de
luna, con los pétalos de girasol, los restos de naranja y con aquel
líquido gelatinoso y azulado.
La abuela María, la tía Fresia, el tío Jacinto, los vecinos y el
perro se sentaron a ver y a conversar. La mamá de Zacarías invitó
sus galletas de avena y chocolate y Zacarías se dedicó a sacar fotos,
muchas fotos.
¿Cuánto tiempo pasó? Mucho, pues el sol ya estaba de color
berenjena y el aire fresco de las estrellas se empezaba a sentir.
Entonces Zacarías, completamente exhausto dijo:
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
375
—Amigos, ya casi es de noche, fue un día muy largo y tengo
que descansar: es hora de que se vayan.
Todos se despidieron con besos, lágrimas y abrazos, prometiendo volver a verse.
Lo único que nadie nunca entendió fue ni cómo ni por qué
en las fotos reveladas, entre humos multicolores, aparece una
lagartija con cara de cocodrilo, los girasoles parecen cantando y
una especie de masa gelatinosa y azul con antenas va dejando un
líquido viscoso a su paso.
376
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
En busca de un caballito de mar (2011)
Un cuarto con olor a campo y a calor
Eran las seis y la mañana aún estaba oscura, brumosa y fría. La
mamá de Salomé se disponía a salir con su carrito de naranjas
de los Yungas, de manzanas color verde manzana, de plátanos a
lunares y de uvas del Luribay, las cuales inundaban el pequeño y
ófrico cuarto con un olor a campo y a calor.
Al darse cuenta de que su mamá ya se iba a la calle a vender
las frutas, Salomé se levantó de un brinco, se lavó la cara con el
agua de una batea de barro, mojó sus cabellos tiesos, se los peinó
con fuerza y se colocó la cinta violeta que había encontrado hace
unos días en el Escondite. Luego se puso su falda, sus medias, sus
zapatos y terminó de vestirse. Se miró en un pequeño espejo, se
volvió a pasar el peine y luego de un momento sonrió:
—Las princesas usan cintas y se ponen falda, pensó. Luego
abrió el cuento, se sentó y lo observó por un largo rato. Entonces
volvió a sonreír pensando en su cinta violeta, y en su falda, en sus
cabellos al viento, en su capa, en su caballo…
Listo. Ahora había que despertar a Sabina y a Simón que aún
dormían en el colchón, calientes y profundos.
—¡Ya me voy, Salomé! Dales desayuno a tus hermanitos y
después se quedan por aquí, ¡no se vayan lejos! Yo voy a llegar
temprano para cocinarles, y después te vas a la escuela –gritó la
mamá de Salomé envuelta en una gruesa manta de alpaca. Luego
cerró la puerta, llevándose el carrito, las naranjas de los Yungas, las
manzanas color verde manzana, los plátanos a lunares, las uvas, y
el olor a campo y a calor.
—¡Sí, mami, no te preocupes, yo los alisto! –alcanzó a decir
Salomé con un poco de dolor de corazón, el mismo que sentía todos
los días cuando se iba su mamá.
Entonces, Salomé extendió un mantel sobre la mesa, preparó dos vasos de leche tibia con azúcar y despertó a Sabina y a
Simón.
—¡Despierten, chicos! ¡Vayan a tomar toda su leche, y luego
nos vamos rápido al Escondite!
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
377
Los pequeños rápidamente y con entusiasmo tomaron sus
leches, se lavaron la cara y las manos, se vistieron; y pronto todos
estuvieron listos para salir.
—¡Ya, ahora vámonos! –exclamó Sabina con entusiasmo.
—¡Un rato! –dijo Salomé. A ver, Sabina, ¿dónde están tu manta
y tu aguayo55 ? Simón, ¡te estás olvidando tu lata y tu gorro! ¡Creo
que todavía están medio dormidos! –exclamó algo enojada.
—Bueno, ahora en fila, detrás de mí, pero sin colgarse de
mi falda, ¡está recién lavadita! –advirtió la niña admirando su
resplandeciente falda.
El escondite
Y así partieron los tres niños, cargados de palos, latas, mantas,
escobas y trapos.
Marcharon dos cuadras, tres y hasta cuatro. Marcharon silbando y silbaron marchando.
Salomé iba primera con su cinta violeta, su falda, una escoba
y un aguayo; Sabina, la segunda, miraba al cielo con una bandera
hecha de retazos de tela y pintado en ella un escudo incomprensible, ¿un pez?, ¿un caballo?, ¿un sapo? Finalmente, Simón, con
un viejo gorro que parecía de soldado, un tambor de lata y un
enorme palo que lo hacía parar cada diez pasos.
Después de subir y bajar, de correr y trotar, de marchar hacia atrás y hacia adelante, Salomé se detuvo en seco y gritó:
—¡Alto! Ya nos acercamos al Escondite. Esta vez tenemos que
encontrar más cosas para la Princesa, o sea para mí. Ya tengo un
cuento, una cinta y una falda. Sabina, ¿qué podrías encontrar
esta vez? –preguntó entusiasmada.
Sabina, que estaba un poco distraída desenredando los trapos
de su palo, puso cara de seriedad, reflexionó unos instantes y con
una sonrisa de media luna respondió:
—¡Ya sé! Voy a buscar una muñeca que no esté rota.
—¡No, Sabi! ¿De qué le sirve una muñeca a una princesa? ¡Tú
también escucha Simón! Pueden buscar una corona, carteras, zapatos, pulseras, collares, cosas doradas…
55
Aguayo: Manta de varios colores y diseños, generalmente tejida en
telar, usada en la región andina.
378
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Pero yo quisiera una muñeca –interrumpió tímidamente
su hermana.
—¡Entonces no vamos al Escondite y punto!
—Y yo quiero un trompo –murmuró Simón jalando la falda
de Salomé.
—A ver, niños, yo sé que ustedes quieren muchas cosas, pero
hay que obedecer a la Princesa. ¡No queda otra! –respondió Salomé
con voz firme.
Entonces, el pequeño Simón que aún no entendía por qué no
podía buscar un trompo para él, comenzó a hacer un berrinche de
terror: se lanzó de cabeza al suelo y empezó a patalear y chillar como
un animal salvaje. El tambor de lata había rodado por la vereda y
el palo fue a dar a la cabeza de una viejita que por ahí pasaba.
Salomé no sabía qué hacer: si dejar a su hermanito en el suelo
y escapar, si agarrar el tambor y lanzárselo o bien explicarle a la
viejita lo que había sucedido. Como quedó paralizada, fue Sabina
la que tuvo que ir a pedir disculpas a la anciana que vociferaba
insultos y luego tuvo que ir a abrazar a Simón que aún estaba
enajenado, tirado en el suelo llorando.
Cuando por fin la Princesa reaccionó, se dio cuenta de que la
anciana ya se había alejado, aunque todavía se la veía amenazando y frotándose la cabeza. Simón, en las faldas de Sabina, ya se
había calmado bastante, solo suspiraba profundamente y sacudía
su cabecita haciendo chujchus56 como lo hacen los que han llorado
con toda su alma.
—Bueno, bueno, ya pasó Simón –le dijo acariciando sus cabellos. ¡Pero es la última vez que tolero esto, malcriado! ¡Casi matas a
una vieja, tu tambor se ha abollado y hemos perdido tanto tiempo!
Empezó a gritar, queriendo pegar a su hermano.
—¡Salomé, ya no le hagas nada al Simón! ¡Vámonos nomás al
Escondite! Yo voy a arreglar su tambor.
Y así los niños, algo desganados y ya medio sucios, continuaron
con su marcha. Salomé, quien había sacado ventaja, decidió que
era mejor cantar para que se le pasara la rabia. Y con gran fuerza
y entusiasmo, entonó un himno que ella misma en sus noches de
inspiración había inventado:
56
Chujchu: Tiritón, suspiro (lengua aymara).
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
379
A través de los campos
o tal vez del mar
cruzando azules montañas
infinitos lagos y hasta un salar
va valiente la Princesa
¡qué valiente va!
La siguen marcoando sus soldados,
banderas al viento,
tambores al compás
van de prisa al Escondite
¿quién sabe qué sueños encontrarán?
Va valiente la princesa
¡qué valiente va!
Luego de unas cuadras, Salomé paró en seco y gritó:
—¡Alto, soldados! Hemos llegado al Escondite. Instalen sus armas, palos y banderas, haremos el saludo y luego a buscar tesoros.
Sabina y Simón instalaron todo lo que habían traído, mientras
Salomé concentrada, arreglaba cuidadosamente su cinta violeta y
sacudía su falda recién lavada.
—¡Simón, tú te pones aquí! ¡Y tú Sabina por acá! Hagan muy bien
el saludo y así podremos encontrar muchas cosas para la Princesa
–ordenó de pronto Salomé–. Y, tal vez, si tenemos suerte, podríamos
hallar el caballo de mar, el minúsculo, el de los siete colores…
Sabina y Simón se miraron extrañados. Ellos podían encontrar
carteras, pulseras, collares, pero ¿un caballo de mar, minúsculo y
de siete colores? ¡Si ellos solo conocían la mula gris de don Filomeno!
—¿Eso también lo viste en el cuento? –preguntó Sabina con
curiosidad y desconcierto. Yo no sé cómo es un minúsculo caballo
de mar.
—¡Cómo no saber lo que es un caballo de mar! –suspiró Salomé
agarrándose la cabeza. No, eso no está en el cuento, eso lo soñé.
Bueno, estamos tardando mucho. ¡Comencemos el saludo!
Y entonces, los tres niños, con mucha fuerza, iniciaron un
zapateo feroz, cuyo estruendo y polvo llegó hasta varias cuadras
a la redonda.
Cuando hubo terminado el ritual, los tres niños, que en realidad parecían tres fantasmas por el polvo que llevaban encima,
se metieron en el Escondite y con afán y emoción empezaron a
buscar, a revolver y a escoger.
380
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Ese día el Escondite estaba repleto de bolsas que no eran solo de
comida desechada o papeles inservibles. Parecía que había habido
una mudanza y se visualizaba muchos tesoros.
La Princesa suspiró de la emoción, pero como ella dominaba
el arte de la recolección de objetos preciosos y no tan preciosos
dentro de los basurales, sin perder la concentración, les indicó a
sus hermanos:
—Sabina y Simón: no se olviden que puede haber cosas que
los lastimen como vidrio, astillas, clavos. Además puede haber
mucha mugre, traten de no ensuciarse mucho. La última vez tuve
que lavar tres días seguidos sus camisas que se mancharon con
salsa de tomate. Sean cuidadosos.
En esto estaban concentrados, cuando dos niños desconocidos
empezaron a observar el barullo y también quisieron husmear en
el Escondite.
Inmediatamente, Simón se lo informó a la Princesa quien
agarrando el palo gigante dijo con voz segura:
—Solo entran aquí los que buscan tesoros para mí, o sea para
la Princesa. Si no, mis soldados les darán una tremenda paliza.
Los dos desconocidos al ver a estos fantasmas con voces y ojos
de niños quedaron intimidados por un rato, pero como se dieron
cuenta de que eran más chicos que ellos, decidieron enfrentarse.
—Nosotros no le obedecemos a los t’ilis 57 con pinta de fantasmas, ni a la tal Princesa, que además, es bien fea.
—¡Nadie me puede decir fea! Así que, ¡A pelear! –gritó Salomé,
roja de la ira, lanzándose sobre el más grandecito, que tenía el pelo
tieso como paja y las mejillas coloradas y ajadas por el sol.
Inmediatamente, Sabina y Simón se abalanzaron sobre el
otro niño, un poco más chico pero más gordo. Este tenía la ropa
totalmente descolorida, remendada y llevaba un sombrerito tipo
vaquero que le daba algo de pinta.
Entonces comenzó una soberana golpiza: Salomé que realmente parecía el Hombre de las Nieves debido a la rabia, no dejó
de jalarle el cabello al que lo tenía tieso y encima le daba patadas
donde podía. Un poco más allá, Sabina y Simón le daban tales
tamborzazos y palazos al gordo con sombrero de vaquero, que éste
solo atinaba a llorar y a querer morder.
57
T’ili: Menudo; el más pequeño (lengua aymara).
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
381
Luego de unos minutos en que quedó bastante claro quiénes
dominaban el Escondite, los dos intrusos optaron por huir. Jamás
unos niños más pequeños, les habían propinado semejante paliza.
Obviamente no tenían idea de que la Princesa y sus hermanos eran
expertos en peleas callejeras. Desde hacía mucho tiempo ellos
habían aprendido a defenderse y a luchar por sus pocas cosas.
Salomé, Sabina y Simón, levantaron sus palos, banderas y
aguayos, sintiéndose vencedores y riéndose a carcajadas.
—¡Esto es para que no se metan con la Princesa, y para que
aprendan a que NUNCA se le puede decir “fea”! –gritó Salomé victoriosa, aunque algo preocupada por lo de “fea”. Ella se consideraba
linda y esto era un golpe a su vanidad.
Entonces, luego de sacudirse un poco los niños comenzaron
su tarea en el Escondite.
Luego de una búsqueda minuciosa y ordenada, Salomé dijo
algo cansada:
—Bueno soldados, ya es suficiente, pongan todo lo que encontraron en el aguayo, ya es hora de irse. Mamá debe estar por llegar.
Todos colocaron sus objetos en el aguayo, lo envolvieron con
cuidado, le hicieron un nudo y Salomé lo cargó en la espalda, tal
como lo hacía su mamá cuando llevaba algo pesado, incluyendo
a Simón.
Los tres niños saltaron del Escondite como pudieron, volvieron
a recoger la artillería que habían traído y al trote, desanduvieron
lo andado.
Como siempre, Salomé iba primera, esta vez con el aguayo en
la espalda y Simón en los brazos. Sabina iba segunda, con la mirada
al cielo y arrastrando sus palos, trapos y banderas enredadas.
El cuento
En cuanto Salomé abrió la puerta de su casa, sintió un vaho a fruta
dulce y una sonrisa le llenó la cara.
—¡Mamita! ¡Ya estás aquí!
—¿Salomé, qué es esto? ¡Están mugrientos! ¡Mira tu falda recién lavadita! Ahora tendrás que bañar a tus hermanos mientras
cocino el almuerzo.
—¡Sí, mamá, es que no sé dónde se metieron estos niños
cochinos!
382
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Entonces, con sumo cuidado, Salomé llenó de agua caliente
la batea de barro, y con una destreza impresionante jabonó, lavó,
enjuagó y secó a Sabina y a Simón. Luego, ella misma se lavó, devolviendo el brillo a su piel canela.
—¿Y qué fue lo que hicieron para ensuciarse tanto? –preguntó
la mamá de los niños mientras almorzaban.
—Fuimos al Es…
—Nada, solo dimos un paseíto por aquí cerca –interrumpió
Salomé bizqueando sus ojos a Sabina.
—¿Sí? –preguntó Simón con cara de confusión.
—¡Claro! Ida y vuelta como siempre –aclaró Salomé.
—Me lo imagino –respondió mamá–. Bueno Salomé, ya es hora
de que te vayas a la escuela. No te desvíes y no te portes mal –imploró su mamá mientras le arreglaba un poco el pelo.
—Sí, mamita –respondió Salomé volcando sus ojos hacia quien
sabe dónde.
Antes de salir, Salomé sacó su cuento, lo desempolvó y lo puso
en su mochila. Ya de ida a la escuela, ella empezó a tararear su
himno y a imaginarse con su cinta, su falda, sus cabellos al viento
y su caballo de mar, el minúsculo, el de los siete colores, el que le
recordaba a su papá.
Y como no aguantó las ganas, se sentó en la vereda, abrió su
mochila, y con mucho cuidado abrió el cuento. Lo miró varias veces, hoja por hoja, hacia atrás y hacia delante; observó los dibujos,
hacia arriba y hacia abajo, los acarició; leyó lo que pudo y el resto
se lo imaginó.
En eso cayó en cuenta que su clase de ciencias naturales comenzaría en exactamente cuarenta y cinco segundos y como un
verdadero bólido llegó a la escuela.
La tarde en la escuela transcurrió lenta y aburrida, y Salomé
solo podía pensar en lo que habían hallado por la mañana en el
Escondite. Ella había encontrado unas monedas en el bolsillo de una
vieja chaqueta, una pequeña botella de vidrio azul y unos calcetines
floreados. Todo le servía. Ojalá Sabina y Simón hubieran encontrado
algo más… ¿O sería que hallaron el caballo de mar? ¿el minúsculo?
¿el de los siete colores? ¿el que le hacía pensar en su papá?
En estos profundos pensamientos estaba Salomé, cuando
empezó a sonar la campana de la escuela, anunciando la hora de
salida.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
383
¡Cuánto le gustaba a Salomé escuchar la campana!, le recordaba
la de la iglesia, los domingos, cuando su mamá preparaba avena
con leche y canela para el desayuno, sin prisa, tarareando una
cueca o un taquirari.
De regreso a su casa, Salomé vio nubes que formaban caballos
de mar, los vio esculpidos en las montañas, grabados en los nevados
y pintados en las paredes.
Buscando tesoros en el aguayo
—¡Ya llegué, mamá! –anunció Salomé extendiéndose en el colchón,
abrazada de su cuento.
De pronto apareció Sabina gritando:
—¡Salomé, Salomé, ven a ver lo que encontramos en el Escondite!
Las dos hermanas salieron de la casa y encontraron a Simón
muy concentrado mirando el aguayo de las cosas halladas.
—A ver, ¡den espacio a la Princesa! Tengo que ver todo, y espero que no se hayan guardado nada. Por si acaso, muéstrenme
sus bolsillos.
Ambos niños mostraron sus bolsillos, abriéndolos al máximo.
—Mmm, bueno, te puedes quedar con ese carrito Simón, ¡eres
un bandido! ¡Muy bien Sabina!, ¡esta vez no te quedaste con nada!
–exclamó Salomé aplaudiendo. Bueno, ahora sí, abramos el aguayo.
Y con mucho cuidado los tres hermanos abrieron la tela a
rayas, observando y palpando cada objeto. Habían unos diez en
total: una cuerda para saltar, un pedazo de alfombra persa, unas
exóticas plantas de plástico, un extraterrestre de goma, un tractor de juguete, unos anteojos con un solo lente, un charango sin
cuerdas, otras cosas irreconocibles, pero ni un caballo, ni marino,
ni minúsculo ni de siete colores.
—Salomé, mañana encontraremos ese bicho, ya vas a ver, no
te pongas triste –dijo tímidamente Simón, dándole un beso a su
hermana.
—Sí, Salomé, acuérdate de que la Princesa siempre está feliz
–añadió Sabina abrazándola.
Salomé también abrazó a sus hermanos pequeños y les dijo:
—Mañana, en cuanto despertemos volveremos al Escondite,
ahora vamos a dormir, mamá parece cansada. Primero, ayudémosla
384
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
a escoger y a lavar las frutas y luego les podré leer algunas partes
del cuento.
Salomé, Sabina y Simón se apresuraron a ayudar a su mamá
quien entre mandarinas, uvas de Luribay, plátanos a lunares, toronjas rosadas y chirimoyas de Yungas parecía un hada, el Hada de
las Frutas.
Los tres niños se durmieron mirando varias páginas del cuento.
Salomé narraba con voz profunda sus partes favoritas y sus hermanos observaban atónitos cada dibujo: cuando la princesa se puso
su corona por primera vez, cuando aprendió a galopar, cuando iba
de paseo por azules montañas, cuando se ponía su cinta y su falda,
cuando se vistió de sol en el desierto del Sahara…
Aquella noche, Salomé soñó con el Hada de las Frutas. Soñó
que ella, con aroma a manzanas y voz de piel de durazno, le susurraba al oído:
“Salomé, tienes que encontrar el caballo de mar, el minúsculo,
el de los siete colores, el que te hace pensar en tu papá. No tengas
miedo: atraviesa campos, búscalo por la ciudad, intérnate en grandes lagos o incluso en el mar… Solo así podrás ser una princesa,
una de verdad”.
La coronación de la Princesa
Por supuesto, en cuanto amaneció, Salomé se vistió de princesa,
despertó, aseó a sus hermanos y bastante agitada les dijo:
—Iremos al Escondite, como siempre, y buscaremos mi caballito de mar, aunque no creo que lo encontremos ahí… Pero antes
tenemos que hacer algo muy importante.
Y como siempre, Sabina y Simón estuvieron dispuestos a seguir
las ideas de su hermana mayor.
—¿Qué tenemos que hacer, Salomé? –preguntó el pequeño
Simón bostezando
—Bueno –respondió Salomé con una brillante sonrisa–, como
ustedes ya saben yo soy una princesa, la Princesa. ¡Pero me falta
algo re importante!
—¿Qué, ese caballito de mar? –quiso saber Sabina.
—Sí, sí, pero antes, a nadie se le ha ocurrido que las princesas
tienen que coronarse, ¿o no sabían eso? –preguntó Salomé con las
manos en la cintura.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
385
Los hermanitos, por supuesto, no tenían ni idea y quedaron
mudos y sorprendidos ante la pregunta.
—¡Pobrecitos! –exclamó Salomé, agarrándose la cabeza–. Ustedes no saben nada. Pero no importa, ¡yo sí que sé mucho! Ahora
vamos a coronar a la Princesa, o sea a mí –dijo la niña con una
mezcla de orgullo y dignidad que convencía a cualquiera.
Y agarrando unos raros collares de su mamá, y claro, a sus
hermanitos, Salomé partió a su propia coronación.
Luego de caminar un poco, Salomé se detuvo, y como si estuviera frente a su palacio, ingresó al Parque Botánico con paso
solemne. Sus hermanos la siguieron imitando su marcha.
Finalmente llegaron a un jardín de fresias y margaritas, rodeadas por inmensos eucaliptos y pinos amarillos.
—Aquí es –dijo la Princesa aspirando los aromas entremezclados de las flores y los árboles.
—Tráiganme varias flores y algunas ramas –ordenó con seriedad. Yo me quedaré aquí meditando.
—¿Qué es eso? –preguntó Simón sorprendido.
—Es algo así como soñar, pero más complicado. Y ahora apúrate en conseguir mis flores, no tenemos todo el día –respondió la
casi Princesa ya en posición de flor de loto, con los ojos cerrados y
los pulgares de sus manos en forma de argollas.
—¡Qué fresca esta Salomé! Claro, con esta historia de que es
una princesa, nos tiene de sus sirvientes. Me estoy empezando a
cansar, Simón. Es más, ¿qué tal si no le conseguimos sus flores y nos
escapamos a jugar más allacito? –propuso Sabina con cara de pícara.
—¡Uy, no creo! –¡la Princesa nos va a matar! Mira Sabi, allá hay
unas florcitas lindas. Se las cortamos y punto. Así podremos seguir
siendo sus soldados y jugar en el Escondite y todo eso –reflexionó
sabiamente Simón.
—¡Qué flojera! Pero ni modo, ya, vamos a cortar de una vez esas
flores. Aunque, mira, los jardineros del Parque Botánico nos están
mirando. ¿No estarán sospechando algo? ¡Tengo una idea! Tú los
distraes y yo corto unas flores –ordenó Sabina a su hermanito.
—¡Pero yo solo puedo distraerte a ti cuando hago mis marchas
de soldado!
—¡Eso me parece perfecto! Vas y ejecutas tus marchas. ¡Ahora!
Y el pequeño soldado Simón comenzó a marchar y a golpear
un supuesto tambor, haciendo el sonido con su boca. Y la verdad
386
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
es que lo hacía con tal gracia y aplomo, que no solo los jardineros
del Parque se sentaron a aplaudirlo, sino que los otros visitantes
comenzaron a sacarle fotos y a imitarlo.
Obviamente, en el interín, Sabina cortó más flores de lo previsto. En realidad tenía un atado tan grande que ni ella podía sujetarlo.
Mientras tanto, el soldado Simón se había convertido en payaso
y ahora hacía unos volteos y unos giros que hacían reír a todos. Sin
embargo, en un momento de descuido, Sabina también empezó
a reír y a aplaudir a su hermano y se dejó ver con todo el botín
floral. Los jardineros se dieron cuenta y comenzaron a perseguirla.
La casi Princesa que se había desconcentrado y también se había
dado cuenta de todo el embrollo, se paró como un bólido, agarró
a su hermanito por un brazo y comenzó a correr detrás de Sabina.
Corrieron como locos, perdieron algunas flores, pero lograron salir
del Parque Botánico, escondiéndose en un callejón.
Cuando vieron que ya nadie los perseguía, Salomé, con suma
precaución se dirigió a sus hermanos:
—¡Lo que hicieron me pareció buenísimo! Lástima que los descubrieron al final. Ni modo, lo importante es que consiguieron las
flores para mi corona. Los felicito a los dos. Pueden seguir siendo
mis soldados. ¡Es más, ahora van a ser mis mariscales! –dijo, con
un tono de solemnidad absoluto.
Sabina y Simón sonrieron orgullosos, y como la palabra “mariscal” les sonó a lo máximo, se sintieron honrados y a la altura
de una princesa…
Entonces con gran habilidad, Salomé ayudada por sus recientes
mariscales, realizó una bellísima corona floral.
—Sabina, tú me pondrás la corona, y tú Simón me colocarás
estos collares de semillas –instruyó, parándose en una caja vieja.
¡Qué pena que nadie pueda sacarme una foto y que todo esto tenga
que suceder en un sucio callejón! –exclamó con sincero pesar. Pero
es ahora o nunca, así que comencemos.
Los hermanos menores, totalmente contagiados por la solemnidad del acto, realizaron sus consignas a cabalidad.
Salomé emocionada, entonó su himno con fervor y, seguida
por sus hermanos, dio un paseo por todo el callejón, saludando
y haciendo reverencias a algunos mendigos que allí estaban.
Y así, en ese oscuro y sucio callejón fue coronada la Princesa
Salomé, con una corona de flores, un día viernes del mes de sep-
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
387
tiembre, cuando el sol estaba en el mismísimo medio de un cielo
color añil.
Descubriendo los colores de un caballo de mar
A la mañana siguiente, Salomé se despertó con el intenso goteo de la
lluvia sobre las viejas tejas de su casa. El aguacero era tal que ya se habían formado charcos y riachuelos afuera de la casa y en la calle.
—¿Será que mamá ya se ha ido a vender fruta al mercadito –se
preguntó Salomé acurrucándose entre sus frazadas. Será mejor que
caliente la leche. ¡Qué aburrido! hoy no podremos ir al Escondite.
Ya se me ocurrirá algo divertido… ¿A ver? Por aquí, ¿qué son estos
polvitos de colores? ¡Ya sé! ¡Tengo una buenísima idea! –exclamó
la Princesa luego de una detenida inspección.
Y como un huracán, Salomé realizó unas extrañas preparaciones: hirvió aguas, echó polvos, tiñó trapos y en poco tiempo
tuvo frente a ella y a sus sorprendidos hermanitos una gama de
increíbles colores de pinturas.
—Princesa, ¿qué es todo esto? ¿Qué vas a hacer? –preguntó
Sabina atónita.
—Querrás decir: ¿Qué vamos a hacer? –contestó Salomé colocando a sus hermanos unas viejas camisas. La cosa está bastante
clara: quiero que pintemos caballos de mar en la pared.
—¿En la pared? –preguntó Simón con sus ojos grandes como
el sol que ese día dormía detrás de un sinfín de nubes negras.
—¡Siempre tienes tan buenas ideas, Princesa! –exclamó Sabina.
Eso sí, tendrás que mostrarnos cómo se hacen los caballos de mar,
porque resulta que no tenemos ni idea de cómo son.
—Miren, no tengo tiempo para eso, cada uno hace el caballo
de mar que quiere y usa los colores que quiere. Yo me tengo que
concentrar en el que está en mi cabeza –dijo Salomé cerrando sus
ojos con fuerza.
Sus hermanos la imitaron e imaginaron caballitos de mar, de
aire, de tierra, de luna y de sol.
Entonces se produjo un largo silencio que daba espacio al arrullo de la lluvia. Salomé, Sabina y Simón, en completa concentración
agarraron brochas y trapos y comenzaron su obra maestra.
¿Cuánto tiempo pasaría?, no lo sabemos exactamente, pero
ya la lluvia había disminuido y solo se escuchaba un goteo leve.
388
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
El olor a mojado penetraba a la casa y se mezclaba con el de las
pinturas de anilina plasmadas en varias paredes.
—¡Suficiente! ¡Ya es hora de almorzar! –anunció la Princesa
con pintura en sus mejillas, su falda y su pelo.
En ese instante Simón era más una masa de pinturas que un
niño y Sabina había decidido incursionar en la pintura sobre piso:
el desastre era máximo entre la pintura desbordada, los trazos por
todas partes, la humedad y el penetrante olor a anilina.
Al darse cuenta del caos, Salomé atinó a limpiar un poco y a
secar la pintura fresca derramada.
—¡Qué horror! –exclamó– ¡Mamá nos va a triturar! ¡Ayúdenme
a limpiar ahora!
Los tres niños limpiaron y ordenaron lo que pudieron y como
pudieron. De todas formas los cambios en el pequeño cuarto eran
evidentes.
Finalmente, cuando la madre llegó, esta no pudo decir nada.
Se sentó. Observó. Siguió observando y luego de varios minutos
suspiró y dijo:
—Por lo que veo, los tres se han vuelto pintores. El cuarto ha
quedado muy desordenado y sucio, pero ¿saben qué...? me gustan
sus caballos.
En efecto, Simón había intentado hacer algo de cuatro patas,
dos orejas y una cola.
—Es la mula de don Filomeno –dijo el pequeño satisfecho.
Sabina dibujó un enorme y extraño caballo que comenzaba en
la pared y terminaba en el piso. Daba la impresión de un gigantesco
centauro griego.
—Dibujé un caballo de montaña –explicó Sabina con una gran
sonrisa. Uno muy grande.
—Veo que tú dibujaste un minúsculo caballo de mar, Salomé –dijo su mamá acariciándola suavemente. ¡Te salió precioso
con todos esos colores! ¿Cómo supiste hacer uno? –preguntó con
curiosidad.
—Lo tengo en mi cabeza, mami, siempre lo tengo en mi
cabeza. Desde que despierto hasta que me duermo. A veces sus
colores cambian, pero son siempre siete y siempre es minúsculo,
como el que pinté en la pared. Ese es el que me hacer pensar en
mi papá… ¿Dónde estará? –murmuró la Princesa con un brillo de
nostalgia en sus ojos.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
389
—Dónde estará ese holgazán, olvidate nomás de él, yo ya ni
me acuerdo, hace tanto tiempo que nos dejó. Solo nos hacía sufrir.
Solo pensaba en irse. Decía que quería conocer el mar. Yo no sé
si eso era cierto, tal vez ya no quería estar con nosotros… ¡Ya no
me hagas decir sonseras! –respondió la mamá de Salomé, molesta,
rememorando tiempos pasados. Mejor mostrame tu dibujo.
—¡Qué hermoso que es! –se impresionó Sabina–, tiene la cabeza y el hocico de un caballo de tierra, los ojos de un cocodrilo,
el cuerpo de una oruga, la cola de un mono y las aletas de un pez.
¿En serio vive en el mar?
—Sí Sabi, yo creo que es el mago de las profundidades que se
esconde entre algas y corales, entre estrellas que alguna vez cayeron del cielo y verdaderas estrellas de mar –respondió Salomé con
la mirada perdida.
—¿Cómo sabes tanto? ¿No será que te estás inventando un
poco? –preguntó Sabina desconfiada.
—No entiendo nada –dijo el pequeño Simón rascándose la
cabeza.Yo prefiero mi mula.
Todos rieron y luego, incluso la mamá de los niños, añadió
unos pincelazos a los tres caballos.
Salomé quedó feliz ante su obra de arte y la contempló por largo tiempo, mientras su mamá limpiaba y lavaba a sus hermanitos.
—Ahora tengo que encontrarte –dijo, mirando fijamente al
minúsculo caballo marino de la pared. Todavía no sé dónde, pero
tarde o temprano te hallaré.
Buscando caballos de río
A la mañana siguiente, antes de que Salomé se despertara, muy,
muy tempranito, Simón y Sabina se vistieron como pudieron y sin
que nadie se diera cuenta, salieron de la casa, como dos pedacitos
de nube, sin hacer nada de bulla.
—Simón, ahora me tienes que obedecer a mí –dijo Sabina
con las manos en la cintura, cuando se alejaron un poco. ¡Ahora la
Princesa soy yo! ¡Mira, hasta me puse la cinta violeta de Salomé!
—Bueno –dijo Simón sin mayor preocupación. Ahora hay dos
princesas.
—Sí, ¡pero no le vas a contar nada a Salomé!, si no… ya no va a
querer llevarnos más al Escondite, y yo no conozco bien el camino.
390
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Ya, no le voy a decir nada. Y ahora, ¿a dónde vamos, Sabi?
–preguntó el niño intrigado.
—Ya vas a ver. ¡Ven, sígueme! –dijo Sabina apresurada.
Mientras tanto, Salomé ya se había levantado, y vestida con su
falda, la chaqueta encontrada y su nueva corona florida, afanada
buscaba su cinta violeta.
“¡Qué raro!”, pensó, “Estoy segura de que la dejé con todas las
cosas de la Princesa. Se me debe haber caído por ahí, ya la buscaré
más tarde. Ahora mejor me apuro para ayudar a mamá a vender
frutas. Cuando regrese, Sabina y Simón ya estarán a punto de levantarse, y nos iremos al Escondite”.
Y así, Salomé y su mamá partieron con el carrito de frutas,
rumbo al mercadito, sin darse cuenta de que los más pequeños no
estaban durmiendo calientitos en su colchón…
No, y la verdad es que estaban lejos de estar calientitos, pues
Sabina había tenido la increíble idea de ir a cazar o más bien, pescar caballos de mar, ni más ni menos que en el río Cachimayo.
—Si existen caballos en el mar –había pensado ella– tiene que
haber caballitos en el río.
Y pese al frío y a la bruma de la mañana, los dos hermanos se
metieron al río en busca de algún caballo.
Vieron algunos peces, ranas gordas y flacas, mariposas, libélulas, abejas, moscas, y hasta un par de perros nadando en el río,
pero nada que se pareciera a un caballo.
—Tengo frío –dijo Simón, mojado hasta el tuétano, aguantando
unas terribles ganas de llorar. ¡Quiero volver a la casa ahora!
—Ya nos vamos, Simón. Creo que me equivoqué, aquí no
hay caballos de ninguna clase… –replicó Sabina, morada como su
cinta. Pero ahora que ya estamos aquí, tenemos que llevarle algo
a la Princesa.
—¿A cuál de las princesas? –preguntó Simón verdaderamente
confundido.
—¡Piensa un poquito! ¡No seas tonto, Simón! ¿Quién quiere un
caballo de mar? Yo soy una princesa, claro, ¡pero no quiero caballos
de mar! Yo quisiera una muñeca. Pero bueno, la cosa es que ahora
tenemos que llevarle algo a Salomé. Creo que lo mejor será llevarle
algunos peces y ranas.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
391
—Bueno –respondió Simón, atrapando juq’ullus58 y pececitos
en su balde.
No muy lejos de allí, ya instaladas en el mercado del barrio,
Salomé, como algunas veces, ayudaba a su mamá a contar y a pesar
la fruta para venderla, luego la ponía cuidadosamente en bolsas
de papel y de vez en cuando, si la casera le caía bien, ella misma
le ayudaba a llevar las bolsas hasta su auto.
—¡Qué hermosa corona que te pusiste, Salomé! –exclamaron
aquel día las caseras enternecidas. Mira, aquí te regalo esta monedita –decían.
Salomé aceptó todas las moneditas que pudo y orgullosa se pavoneó por todo el mercado con su fraganciosa corona de flores.
Estaban por irse a casa, cuando de pronto la mamá de Salomé,
con cara de curiosidad, le preguntó:
—Salomé, a ver dime, ¿de dónde has sacado toda esta ropa?
Me gusta tu falda, y con esa corona, pareces una princesa… A mí,
cuando era niña, como tú, me gustaba imaginar que era un hada.
—¿En serio, mami? ¿Y te gustaba buscar tesoros?
—¡Claro! ¡Era lo que más me gustaba hacer! Algún día te mostraré los que todavía tengo escondidos. Bueno, ahora vámonos a
la casa que tus hermanitos deben estar despiertos.
Y así, el Hada de las Frutas y la Princesa emprendieron el camino de regreso, felices, silbando cuecas y taquiraris.
Sin embargo, poco les duró la alegría, pues al abrir la puerta
de la casa, Salomé y su mamá se encontraron con Sabina y Simón
encharcados y embarrados llorando y muertos de frío.
—¿Pero qué barbaridad han hecho? ¡Saben que no pueden
salir solitos! ¡Ahora seguro les va a dar pulmonía! ¿Y qué mugres
tienen en ese balde? ¡A ver, Salomé, ayúdame a bañar a estos llocallas con olor a perro mojado! –gritó la mamá de los niños, roja
del espanto.
Y una vez más, Salomé bañó, secó y lustró a sus hermanitos,
quienes lloraban a moco tendido.
Cuando todos se calmaron, luego de una rica y tibia leche con
quinua y miel, Sabina decidió hablar:
—Salomé, solo queríamos encontrar tu caballito en el río,
queríamos darte una sorpresa con el Simón.
58
Juq’ullu (aymara): Renacuajo. Cría de ranas y sapos.
392
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Te hemos traído unos juq’ullus y unos peces de colores –dijo
tímidamente Simón.
—Sí, y en el camino vimos este periódico con caballos, y también te lo regalamos –acotó Sabina.
Salomé se sintió feliz con los regalos, y abrazó fuertemente a
sus hermanitos.
—¡Gracias! Por eso, aunque me hacen renegar, los quiero tanto.
Pero ahora Sabina, me vas a tener que explicar qué hacías con mi
cinta violeta en tu pelo lleno de barro –dijo la Princesa controlando
un ataque de ira.
Por suerte y por cansancio, Salomé se fue calmando, pero sentía
aún con más fuerza que debía hallar aquel caballo marino de sus
sueños, el que la hacía pensar en su papá…
Una tarde en el valle de la luna
Por la tarde, Salomé, pensativa y melancólica, decidió no ir a la
escuela. Se despidió de sus hermanos y de su mamá y, como siempre, estrujando el cuento contra su pecho, se dedicó a pasear y a
meditar. Caminó mucho, y sin darse cuenta se encontró en el medio
de un lugar que parecía la mismísima luna (la luna imaginada por
la Princesa, claro): por todas partes sobresalían pequeñas y puntiagudas colinas como lápices y se podía observar profundísimas
grietas entre las mismas. Todo tenía un aire de misterio, de quietud
y poco a poco, el sol fue desvaneciéndose. Entonces el lugar tomó
un color cobre, color plata que invitaba a soñar.
“Mmm, este debe ser el Valle de la Luna”, pensó la Princesa,
“¡qué hermoso es!” se dijo, justo cuando la luna plateada y redonda
apareció detrás del Illimani. Salomé no pudo creer lo que veían sus
ojos, parecía un sueño: la luna inmensa, nítida y pulida reflejada
en el Valle de la Luna. Entonces la niña decidió echarse en el piso
para poder sentir mejor esa luz blanca que parecía mágica. Poco
a poco, Salomé empezó a sentir como la luz lunar penetraba en
sus pies, en sus manos, en su cara y en su pelo y de repente supo
que toda ella estaba resplandeciente, como cuando la Princesa del
cuento brilló con su vestido de arena en el desierto del Sahara. La
verdad es que nunca se había sentido tan Princesa como en ese
instante. Y con una sonrisa de oreja a oreja recordó como hace
muchísimos años, una tarde de luna llena, ella y su padre se habían
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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echado en algún lugar parecido y habían sentido la luz de la luna
en sus cuerpos y en sus corazones. Justo, ese preciso día, su padre
le había hablado de un viaje, del océano y de mares lejanos…
De repente la Princesa, aún con destellos de luna en su ropa
y en su pelo, se levantó sobresaltada. ¿Qué hora sería? ¡Su mamá
la aniquilaría!
Corrió como loca, con su pelo, su cinta y su falda al viento, y
solo podía pensar en aquella imagen de su padre iluminado por la
luna. ¿En qué lejano lugar se encontraría él? ¿Tal vez en la luna?
¿Tal vez en el mar? Y con una mezcla de melancolía, tristeza y
felicidad, la Princesa regresó a su casa.
Al llegar a su casa y ver a su mamá, quiso preguntarle algo
acerca de lo que había recordado, pero estaba tan enojada por su
desaparición que no se atrevió, y prefirió dormirse con ese lejano
y dulce recuerdo…
Los Yungas
Por la mañanita, Salomé ya había organizado una nueva expedición
hacia el Escondite y sus hermanos la esperaban con mantas, trapos
y palos para partir. De pronto, gritó:
—¡A ver soldados, todos en fila india, detrás de la Princesa de
la Luna!
Sus hermanos la miraron con cara de no entender eso de “la
Luna”. Pero de pronto, la mamá de los niños hizo una repentina
aparición dejando a todos congelados de la impresión.
—¡Mamá! –exclamaron los tres niños a coro.
—¡Niños! ¿Qué hacen? –preguntó la mamá sorprendida.
—¡Solo jugábamos! –respondió rápidamente Salomé.
—¡Mjm! –asintió Sabina–, no íbamos a ninguna parte.
—¡Claro! –dijo mamá– ustedes no pueden salir sin mi permiso.
—¡Por supuesto, mami! –exclamó Salomé–. Pero ¿Por qué has
regresado a la casa? ¿Te has olvidado de algo?
—¡No, algo peor! ¡No ha llegado el camión de las frutas! Y
mis caseras ya me están esperando en el mercado. No nos queda
otra, tengo que ir a los Yungas yo misma a traer la fruta. Y ustedes
vienen conmigo. Ahora.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! –¡Vámonos a Yungas! ¡Queremos ir! –gritaban los
hermanos sin saber exactamente qué o dónde eran los Yungas.
394
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
La mamá de los niños, alistó inmediatamente un aguayo con
algo de ropa y comida y en un instante los cuatro se subieron a un
viejo colectivo rumbo a los Yungas.
Salomé no pudo dejar de mirar el paisaje ni un solo instante.
Había sido impresionante cómo el destartalado bus fue subiendo y
subiendo una interminable, angostísima y curveada pendiente hasta
llegar a la cumbre. Simón preguntó si estaban cerca del cielo y Sabina
creyó haber llegado al fin del mundo. Todos bajaron en la cumbre y se
sintieron algo mareados y agitados por la altura y la falta de oxígeno.
—Mami –dijo Salomé–, creo que desde aquí puedo ver los
Yungas. Es esa inmensa mancha verde que se ve allá abajo ¿no?
—Sí, Princesa –respondió su mamá suspirando–. Por allá abajo
todo es así, verde, caliente, con olor a mandarinas y limones. Por
allá abajo, pareciera que el aire tibio, las enredaderas colgantes y
los árboles de plátano y papaya te envolvieran y te hicieran respirar
más profundo, no sé...
Sabina se imaginó a su mamá en su atuendo de Hada de las
frutas sentada en una montaña de naranjas y toronjas, en medio
de muchos árboles y de flores, allí abajo, en los Yungas, y sonrió.
En cambio Simón no quería volverse a subir al bus, pues creía que
las plantas lo envolverían y se lo comerían. Sabina, como siempre,
despistada, se quedó sentada en una piedra y si no era por su hermana que la jalaba del brazo para partir, ella se hubiera quedado
solita en la cumbre, sin mayor problema.
El destartalado bus inició una bajada feroz, y el camino parecía
una serpiente enroscada. Simón y Sabina vomitaban cada quince
minutos y Salomé había tenido que dejar de soñar para ayudar a
su mami a limpiar y cuidar a sus hermanitos.
Habrían pasado un par de horas, cuando de pronto, y sin darse cuenta, al levantar la vista, Salomé vio y sintió aquello que su
mami había tratado de explicar: un vaho a fruta dulce y a humedad
entraba por la ventana y todos los cerros se habían cubierto de árboles, arbustos, pastos, helechos colgantes y flores. ¡Qué maravilla!
Estaban en los Yungas.
El viejo bus paró en una placita, seguramente la principal, y
todos los pasajeros, incluidos Salomé, Sabina, Simón y su mamá,
bajaron agobiados.
—A ver... Quédense sentados en este banco mientras yo averiguo –ordenó el Hada de las Frutas, buscando hacia donde ir–.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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¡No se muevan! ¡Coman estas p’sanqallas59 y cuidadito con hacer
sonseras! –gritó y se fue.
Los tres niños quedaron aturdidos en el banco. El calor se hacía
insoportable y Simón lloraba sin parar. Salomé cantó varias cuecas, para
alegrar el momento, pero lo que realmente los sosegó fue que esta,
que afortunadamente tenía el cuento en su bolsa, les leyó un pasaje en
el que la Princesa había ido de viaje por el desierto del Sahara…
Al llegar a la plaza, la mamá de los niños los encontró felices,
riendo y comiendo p’sanqallas.
—Bueno, niños, asunto arreglado. Ya conseguí un camión de
naranjas, mandarinas y toronjas. En una hora partimos de regreso.
Vamos a dar una vuelta por ahí –dijo el Hada de las Frutas con una
sonrisa en su cara.
Entonces, los cuatro partieron a pasear por los alrededores.
Salomé no paraba de suspirar y de respirar profundamente, tratando de absorber cada aroma.
—¿Qué haces, Salomé? –le preguntó Sabina con cara de “otra
vez está medio loquita”.
—¡No me molestes un rato! Estoy concentrada. ¿Acaso no ves?
–respondió Salomé con desagrado.
—¡Salomé, así no se responde! ¡Pídele perdón a tu hermana!
–intervino su mamá jalando la oreja de la Princesa.
—¡Ya, perdón! –dijo desganada, Salomé –es que quiero que este
momento quede para siempre en mi cabeza, quiero escuchar ese
murmullo como de pájaros y de agua que cae, quiero oler siempre
este olor a musgo y a hierba fresca.
El Hada de las Frutas entendía perfectamente lo que pretendía
su hija mayor, pues esto es lo que ella hacía cuando necesitaba
alegrarse. Se acordaba de los Yungas hace muchos años, cuando
había conocido a ese joven con quien luego se casó. Pero, ¡qué poco
había durado esa felicidad! Ese joven solo le había traído desdicha
y desilusión. Cuatro años, tres hijos y mucha miseria. El joven solo
pensaba en fiestas y en el mar.
—¡Mami! ¿En qué piensas? ¿Dónde está el río? –le preguntó
en eso Sabina.
—¡Ya sé! El río está por este senderito, un poco más abajo. ¡Les
va a encantar! –exclamó el Hada de las frutas.
59
P’sanqallas (aymara): Rosetas de maíz tostado.
396
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Y cantando, silbando y riendo llegaron los cuatro al río más hermoso que habían visto. El agua, caudalosa y cristalina que venía directamente de los nevados de la cordillera, corría entre grandes piedras.
En menos de lo que canta un gallo los tres niños estaban con
los pies descalzos dentro del agua.
—¿Se acuerdan cuando trataron de encontrar mi caballito de
mar en el río Cachimayo? –rió Salomé– ¡Qué idea tan chistosa! Eso
jamás se le ocurriría a la Princesa, o sea, a mí.
En ese momento, la pequeña sintió como un cosquilleo en sus
piernas que la hizo estremecerse.
—¡Qué es! ¡Qué pasa! ¡Parece un pez! ¡Ayúdenme a atraparlo!
–empezó a gritar la Princesa.
Todos intentaron atrapar lo que había visto y sentido Salomé,
pero extrañamente la criatura había desaparecido.
—¡Yo lo vi! ¡Tenía varios colores! ¡Me hizo cosquillas! ¡Qué era!
¡Dónde está! –gritaba Salomé desesperada.
—Bueno, ya se fue, más bien no te lastimó. Y ahora ¡salgan del
río, ya es hora de irse! – ordenó la mamá de los niños.
—¡No, busquemos un poquito más! ¿Y si era mi caballito de
mar? – preguntó Salomé con intriga.
—Pero tú misma acabas de decir que no hay caballos de mar en
el río –respondió Sabina burlona–. ¿Cómo se te pudo ocurrir eso?
¿O será que no eres la Princesa? –se atrevió a interrogar, perdiendo
su mirada en las aguas que corrían.
Salomé, enfurecida, trató de agarrar a su hermana por el pelo,
pero su madre las separó, las hizo poner zapatos y en un minuto
todos estuvieron trepados sobre un pequeño camión colmado de
naranjas, mandarinas y toronjas, rumbo a la ciudad, a la ciudad
colgada de los cerros, a la ciudad colgada del cielo…
Por supuesto, el viaje de regreso fue aún más torturador. Esta
vez tuvieron que ir a la intemperie, soportando el viento, el polvo,
el calor y luego el frío. La subida fue casi mortal y el camión apenas
lograba seguir su marcha.
Sabina y Simón se durmieron profundamente acurrucados
entre las frutas. Y Salomé solo podía pensar en eso que le había
rozado sus piernas en el río cristalino de los Yungas.
—Mami, ¿tú crees que puede llegar un caballito de mar al río?
¿Crees que “eso” era un caballo de mar? –preguntó con un nudo
en la garganta.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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—No, mi amor, eso no es posible. Era algún pez o alguna piedrita. No te hagas ilusiones. ¡Y ya deja de pensar todo el tiempo
en ese caballo! ¿Por qué estás tan pendiente de ese bicho? ¡Ya me
estás preocupando! –respondió su madre echándose ella también
entre las naranjas.
—No es para que te preocupes, mamita –dijo suavemente
Salomé–, pero es que tú sabes, ¡ese sí que es el tesoro que busco! Y
no sé muy bien por qué…eso también tendré que descubrirlo.
Tengo algunos recuerdos en mi cabeza, imágenes que no
puedo borrar. Pienso en mi papá. Y no sé por qué ese caballito me
persigue día y noche. Ya lo sabré, ya lo sabré… –murmuró, con la
mirada fija en el verdor que poco a poco iba desapareciendo.
Mientras tanto, su mami, que intuía lo que a Salomé le pasaba,
optó por abrazarla y por cantarle una antigua canción en aymara,
la que le cantaba desde que era una wawa.
Viaje por el desierto del Sahara
Muy tarde, después de haber bañado y acostado a sus hermanos,
Salomé recordó su corto viaje a los Yungas, recordó las subidas,
las bajadas, el viejo bus, el camión de las frutas, el río cristalino,
el olor a hierbas y flores, el bicho que la rozó, en fin, recordó un
poco de todo como en un remolino. Ella estaba agotada, pero ese
viaje le había encantado y no lograba dormir con tantas emociones. Entonces decidió releer un poquito del cuento, y quiso volver
a leer su capítulo favorito, en el cual la Princesa se va al desierto
del Sahara…
…La Princesa no cabía de dicha, por fin, iría al desierto. Ella había soñado con el desierto desde siempre. Su padre, el Rey, le había contado
que el desierto del Sahara era infinito como el mar y el cielo juntos,
de un color que solo el sol, la luna y las estrellas juntos podían igualar.
“Algún día, Princesa mía, llegarás en tu corcel hasta el desierto en
el que yo he tenido tantas batallas”, le había dicho el Rey en muchas
ocasiones.
Por fin había llegado ese día y la Princesa, que vestía una túnica
roja y una capa dorada, partió con toda su comitiva rumbo al desierto.
¡Que hermosa se veía sentada en su corcel, con su capa y sus dorados
cabellos al viento!
Cabalgaron día y noche, noche y día. Más de treinta lunas transcurrieron hasta que una noche estrellada el desierto se les apareció,
majestuoso y dorado…
398
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
…Y en medio de la gigante carpa que todos los súbditos habían
armado en tres días, la Princesa, inmóvil como una estatua, contemplaba la arena dorada del Sahara:
—¿Será que es oro? –se preguntaba–. ¿Será que me pueden hacer
un vestido de arena?
Y como lo que deseaba la Princesa era ley, todos los súbditos tuvieron que confeccionar un vestido de arena, un vestido que tuviera
el color del sol.
Trabajaron día y noche sin descanso. Más de otras treinta lunas
transcurrieron hasta que el maravilloso vestido estuvo listo.
La Princesa estaba radiante, por fin después de tanta espera el
vestido de arena estaba acabado.
El vestido era una obra de arte (Salomé suspiraba siempre que
llegaba a esta parte), los confeccionistas habían colado infinidad de
granitos de arena dorada sobre telas de seda y luego lo habían cosido
con hilos de oro, formando encajes y volados.
En cuanto la Princesa se lo puso, todos quedaron maravillados por
tanta belleza: ella parecía una diosa salida del centro del desierto y la
luminosidad de su vestido llegaba casi hasta el reino de Smara. (En
esta parte, Salomé se estremecía y se imaginaba a sí misma con ese
vestido de oro, casi flotando con una corona de verdad).
“Tal vez, cuando la luna está llena, a punto de desbordar su luz
plateada, tal vez en ese momento, cuando yo salgo a respirar en esas
noches, tal vez en el Valle de la Luna, yo me parezco un poco a la
Princesa del cuento, cuando ese chorro de luz cae en mi pelo, en mi
cinta y en falda, tal vez esa luz llega hasta el reino del Escondite…”,
se dijo, y leyó un poco más del cuento.
…Entonces, miles de personas llegaron de reinos cercanos para
poder ver, tocar o solo imaginar a tan hermosa Princesa, vestida de
arena, vestida de sol…
…Pero como todo viaje tiene un retorno, llegó el momento en el
que la Princesa y toda su comitiva tuvieron que regresar a su reino.
Lloró mucho la Princesa, tanto que su hermoso vestido se empezó a
mojar, y de tantas lágrimas, fue perdiendo su brillo…
Al cabo de treinta lunas de llanto, el vestido ya no parecía de ni
de arena ni de sol, parecía un vestido de pena y de agua…
…Y así llegó la Princesa a su reino, sin brillo, sin color y con una
inmensa pena en el corazón…
Se había enamorado del desierto, de la arena y del sol… ¿Cuándo
regresaría a su desierto? ¿Cuándo tendría otra vez un vestido de
sol?”…
Salomé terminó llorando como su Princesa, cerró el cuento, se
echó y pensó:
“Pobre mi Princesa, mi pena de no encontrar el caballito no se
compara con la tremenda pena de haber perdido un vestido de sol”,
suspiró y se durmió.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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Un plan perfecto
Pasaron varios días después de la ida a los Yungas, y claro, Salomé
volvió a recordar a su caballito marino, con más fuerza aún.
—Caballo de mar, de mar, del mar… ¡no me queda otra! –se
dijo Salomé–. Si el caballo de mar no viene a la Princesa, la Princesa
irá a buscar a su caballito ¡al mar!
Cuando Salomé les contó su plan a sus hermanitos, estos quedaron fascinados. Siempre habían oído del mar: que su misterioso
color, que su olor penetrante, que su ruido potente, que sus olas
salvajes, que su increíble inmensidad, que sus algas y corales, sus
ballenas, pulpos… y ahora sus caballos.
—Partiremos el jueves temprano, justo después de que mamá
se vaya a vender las frutas –informó Salomé.
—¡Sí! ¡Bravo! ¡Conoceremos el mar! –gritaron Sabina y Simón
dando saltos y volteos de la alegría.
—El problema es que no tengo idea ni cómo, ni por dónde se
va –reflexionó Salomé frenando súbitamente su entusiasmo.
—Eso es lo de menos –opinó Sabina–. Lo que importa es que
las Princesas vayan al mar…
—¡Querrás decir La Princesa! –aclaró Salomé un poco molesta.
—¡Sí, sí, tú, Princesa! Pero nosotros, tus soldados, te acompañaremos –corrigió Sabina disimulando nerviosa.
—Bueno, ahora tengo que pensar, y para eso tengo que estar
sola. Así que váyanse un ratito por ahí a jugar. Después, si la mamá
se tarda, les calentaré la sopa –dijo Salomé con cara de ya estar
pensando en el mar, el de su caballito.
Por la tarde Salomé partió a la escuela, completamente concentrada en su próximo viaje al lejano mar.
Aparentemente la maestra de historia había hablado de unas
pirámides gigantescas en un país muy lejano, pues, justo cuando Salomé estaba pensando en la barca que iba a construir, esta le dijo:
—Salomé, tú que te ves tan atenta, explica a tus compañeros
cómo se construyeron las pirámides de Egipto.
—Mmm, ¡Con mucho esfuerzo! –replicó Salomé con voz firme
y fuerte.
Todos los niños rieron, pero la maestra que era buena y sabia dijo:
—Salomé tiene razón, se necesitó mucho esfuerzo para construir esas pirámides, y eso es lo que les falta a muchos de ustedes:
400
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
esforzarse más. Claro que se necesitaron muchas otras cosas, que
Salomé investigará –respondió la maestra echando un vistazo a
Salomé, quien claro, otra vez estaba con su cabeza y su alma en
otro lugar.
Por la noche, Salomé llegó a su casa exhausta de tanto haber
pensado. Por suerte su mami la estaba esperando con su plato favorito: habas, choclo y queso frito, suave y humeante.
Más tarde, esa misma noche, antes de dormirse, Salomé le
dijo a Sabina:
—Sabi, ya está todo planeado, partiremos dentro de dos días,
al amanecer.
—¿Y cómo llegaremos al mar? –preguntó Sabina emocionada.
—No es fácil, y no es cerca. Hay que caminar mucho, muchísimo, un día, o dos, tal vez tres o más, siempre con rumbo a los cerros
nevados, hacia el Illimani. Yo sé que después está… el mar y en el
mar mi caballito –suspiró Salomé extendiendo sus brazos y cerrando
sus grandes ojos chocolatados–. También necesitaremos una barca,
Sabi, y para eso tendremos que ir al Escondite mañana mismo.
Al día siguiente, los tres niños partieron al Escondite determinados a conseguir varias cosas para la barca.
—Princesa Grande –dijo Simón– encontré una caja de cartón,
¿sirve para algo?
—¿Princesa Grande? –se alarmó Salomé. Y ¿quién es la Princesa Pequeña...? déjame adivinar… pero ¡no hay tiempo para eso! A
ver Simón, ¡claro que sirve ese cartón! Y esas tablas también.
—¡Esta podría ser la vela de la barca! –exclamó Sabina con una
especie de mantel floreado y remendado.
—Creo que tenemos todo, nos faltan cosas que más tarde sacaremos de la casa –reflexionó Salomé. ¡Ya te veré de cerca, Señor
Mar! –gritó la Princesa imaginándose en la barca, con sus cabellos
al viento, su corona, su cinta morada, su falda y su caballo marino,
el minúsculo, el de los siete colores.
Por la tarde, en la escuela, Salomé intentó investigar más sobre
su teoría acerca de que si el mar podría estar detrás del nevado Illimani, y consultó con algunos amigos, los más estudiosos, claro.
—Yo creo que el mar comienza en el río Cachimayo –le dijo Arturo. ¡Pero tendrás que caminar más o menos un año para llegar!
—¿Detrás del Illimani? Mmm, es probable, pero ¿tienes idea
de cuán lejos está ese cerro? –le preguntó Pancho.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
401
“¡Cuán princesa parecía! Con su cinta, su
corona y su falda al viento, la cara hacia el sol
cobrizo de la tarde y el sol sobre su pelo…”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
402
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Yo creo que te deberías ir en alguna flota que diga “AL MAR”
–sugirió sinceramente Lidia.
Salomé quedó más aturdida todavía y prefirió seguir su primera intuición: el mar tenía que estar detrás del Illimani y punto.
Además, caminaría y punto.
Al día siguiente, desde que la mamá de los niños partió con
su carrito de frutas dulces, estos comenzaron a fabricar la barca
y a empacar lo necesario: mucha comida seca, algo de ropa, el
cuento y una antigua foto de mamá, la preferida de Salomé,
aquella en la que parecía el Hada de las Frutas: Sentada en el
tambo60, con su pelo partido en dos larguísimas trenzas, su pollera
de terciopelo, su manta de seda y un vistoso broche que parecía
su varita mágica.
La barca, que más parecía un aeroplano, estuvo lista en la tarde
y claro, Salomé tuvo que faltar a su escuela, de hecho, ¡ni siquiera
se acordó de que tenía que ir!
Por suerte, esa tarde su mamá tuvo que ir al centro de la
ciudad y cuando llegó, estaba tan cansada que ni preguntó por la
escuela.
Los niños habían escondido todo y nada indicaba que al día
siguiente, estos partirían a la odisea de sus vidas…
A la hora de cenar, nadie dijo nada, todos estaban agotados.
Solo al acostarse, Salomé abrazó a su mamá con todas sus fuerzas,
con toda su alma y le clavó una mirada profunda, tanto como su
soñado mar.
—Siempre me sueño contigo, mami –le dijo Salomé con dulzura.
—Eso es porque me quieres –le sonrió su mamá y la besó
en cada uno de sus ojos de chocolate. Y yo siempre pienso en ti,
Princesa.
—Eso es porque soy tu hijita –respondió Salomé y abrazó a
su mami con toda la fuerza de sus brazos, de sus manos y de sus
dedos, como queriendo anexarla a su ser.
—Bueno, bueno, ahora a dormir, Princesa, ya sabes, mañana
hay que madrugar y ahora tengo lavar los mangos y los higos.
60
Tambo: Mercado de frutas, que sirve de alojamiento a los vendedores.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
403
Expedición al mar
—¡Todo listo! –exclamó Salomé– me falta escribir una notita a la
mamá para que no se preocupe mucho y ya.
Y así partieron la Princesa y sus soldados, rumbo al Illimani,
rumbo al mar, entonando su himno a todo pulmón. Cargaban
bolsas, mantas y aguayos, y con bastante esfuerzo arrastraban la
barca.
Ese día el cielo era de un azul tan intenso que parecía rozar
el suelo con su color, envolviendo los tres niños en una azul luminosidad.
Caminaron mucho, caminaron y caminaron. Salomé cargó a
Simón y Sabina arrastró la barca. Luego, Salomé arrastró la barca
con Sabina y Simón encima, y hasta Simón ayudó a arrastrar la
barca.
Luego de muchas horas de caminata, por fin los niños llegaron a una meseta. Ya casi no se veían casas y la calle se había
terminado.
—¡Creo que veo el Illimani más cerca! –se emocionó Sabina.
—¡Yo tengo hambre! –dijo Simón sentándose súbitamente en
el suelo.
—Sí, ya sé. Es hora de almorzar. Miren, aquí hay chuño, ocas
dulces, habas y un poco de carne seca para los dos. Espérenme
sentaditos aquí, veré por dónde tenemos que seguir –instruyó la
Princesa, algo cansada y preocupada, pues en realidad, no habían
avanzado casi nada. El Illimani estaba lejísimos, ¿y el mar?
Salomé caminó un poco más y se paró en una lomita que dominaba aquella desértica meseta. ¡Cuán princesa parecía! Con su
cinta, su corona y su falda al viento, la cara hacia el sol cobrizo de
la tarde y el sol sobre su pelo.
La Princesa miró hacia el norte y solo pudo percibir la inmensidad del altiplano, y la verdad es que parecía un mar con sus
pequeñas colinas, sus pajas bravas y sus espejismos. Luego miró
al sur y vio su ciudad. ¡Ah! ¡Qué insólita! Parecía inserta en un
cuento… colgando de la cordillera. Las casas, casonas, casuchas y
edificios, acumulados en las hondonadas se abrían espacio en los
cerros, colinas y laderas, y sus luces, que ya empezaban a encenderse, se confundían con las primeras estrellas de un cielo nítido
y profundo.
404
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Ligeramente hacia el oeste, se imponía el Illimani, el nevado más
alto. Sus tres puntas se podían percibir con precisión y sus faldas,
ahora de un tono violeta azulado parecían más frías, más desoladas.
¡Solo debían llegar hasta ahí! Y el mar tenía que estar detrás.
Salomé finalmente se dio la vuelta hacia el este y en la lejanía
vio algo así como cien ovejas, todas juntas, acurrucadas. Seguramente ya volvían a su redil.
—¡Sabina, Simón! –gritó entonces– ¡Vengan a ver las ovejitas!
¡A ustedes les encanta! Parecen una gran nube de tormenta, si nos
apuramos podremos agarrar unita. ¡Vamos, vamos!
Y como locos, los tres niños corrieron al encuentro de las ovejas. Claro, al percibirlos, las ovejas empezaron a desorganizarse y
a correr despavoridas para todos los lados.
—¡Atrapé una! ¡Atrapé una! –exclamó súbitamente Sabina con
una ovejita en sus brazos.
—¡Es la oveja más linda que he visto en toda mi vida! –dijo
Simón emocionado.
—¡Sí! Es preciosa –acotó Salomé acariciándola. Es café, con
una mancha negra en el ojo y otra en el hocico. Se llamará Lagua
de Quinua –expresó con ternura.
—¡Sí! ¡Lagua de Quinua! Y me la quiero llevar al mar –propuso
Sabina agarrando al animalito con toda su fuerza.
—¡Yo también! ¡Y después nos la llevaremos a la casa! –gritó
Simón saltando ¡Quiero llevármela! Puede dormir conmigo.
Pero justo en ese momento, apareció el pastor de las ovejas.
Era un niño, algo mayor que Salomé, no tenía zapatos y lo cubría
un poncho de lana gruesa.
—¿Se quieren llevar esta oveja? –preguntó rudamente.
Los tres niños se asustaron y retrocedieron.
—Ya pues, regálanos esta chiquita –rogó Salomé con dulzura.
—Ya, llévensela nomás. Pero me tienen que regalar su carrito.
—¡Qué sonso! ¡Pero si es una barca! –exclamó Simón.
—¡Cállate, Simón! –intervino cual relámpago Salomé. Si quieres te llevas el carrito, pero me tienes que decir por dónde se llega
al mar… por favor.
—¿Al mar? Yo solo conozco una lagunita por allá, más lejitos
–señaló el pastor. Pero es lo mismo, nomás.
—¡Cómo va a ser lo mismo! –se indignó Salomé. Bueno, no
importa, llévate la barca, total, creo que Lagua de Quinua puede
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
405
ayudarnos más… por lo menos para alegrar a mis hermanitos.
Además estos animalitas saben flotar desde que nacen, y puede
reemplazar a la barquita.
Entonces realizaron el cambalache: barca por Lagua de Quinua. Fue una fiesta de alegría y entusiasmo. Tal vez la más corta
de la historia, pues la ovejita se cansaba más que el mismo Simón
y hubo que cargarla durante largos trechos.
—Ya sabía, ya sabía –se quejaba la Princesa mientras alzaba a
la oveja y cargaba a Simón en su aguayo. ¿Ven? ¡Por tonta me pasan
estas cosas! ¡Por pensar en ustedes! ¿Y quién piensa en mí? ¡Ahora
tenemos que darle de comer también!
Y así entre quejidos, lamentos, llantos y sollozos, los viajeros
penetraron en la mismísima negrura de la noche, sin saber dónde
o qué pisaban.
—¡Aquí nos instalamos a dormir! –dijo súbitamente la Princesa, frenando en seco. Saquen sus mantas y sus aguayos, que aquí
armamos el campamento.
De esta manera, los hermanos, con una impresionante habilidad,
armaron una especie de carpa mullida y bien protegida. Y en menos
de lo esperado, Simón y Lagua de Quinua quedaron tiesos del sueño.
—Duérmete, Sabi –murmuró Salomé. Mañana estaremos fresquitos como agua de río, o mejor dicho, como agua salada de mar.
—¿Sí? ¿Es salada el agua de mar? –preguntó Sabina a su siempre
entendida hermana mayor. ¡Qué maravilla! Le podremos llevar a la
mami mucha sal para que ya no compre en el mercado. Y podremos
hacer mucho charque.
—Tal vez, Sabi. Bueno, hasta mañana, hermanita. Tal vez hasta
podrías ser una doncella de la Princesa, te has portado bien. Mira,
te presto mi cinta morada.
Y las dos hermanas se durmieron abrazadas y acurrucadas, la una
soñando con la cinta morada y la otra con su caballo de mar… el minúsculo, el de los siete colores, el que la hacía pensar en su papá.
En cuanto la noche se desenlutó, y el sol rozó la carpa de los
viajeros, todos se pusieron de pie con un entusiasmo único. El Illimani estaba resplandeciente y su brillo contagiaba a los hermanos.
Incluso Lagua de Quinua parecía sonreír.
Entonces, luego de una rica leche, fría y grumosa, con miel, que
les supo a manjar, todos emprendieron la marcha. Nuevamente el
himno se hizo escuchar con eco y todo. Nada podía detenerlos.
406
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Pasaron varias horas entre caminata rápida y lenta, descansos,
paradas, confusiones, discusiones y varios intentos de regreso.
Salomé ahora cargaba a Simón en brazos, este alzaba a la ovejita
y Sabina se arrastraba de la ya no tan limpia falda de su hermana.
Lo peor de todo era que los alimentos comenzaban a escasear y el
Illimani no parecía acercarse ni un centímetro.
En medio de la fatiga y del desespero se encontraban todos,
cuando de pronto, Sabina gritó:
—¡El mar, el mar! ¡Veo agua, mucha agua! ¡Y creo que veo al
caballo, a ese que dices!
Todos quedaron como estatuas, mirando al frente. Efectivamente había agua, no mucha, pero agua al fin. Era la laguna de la
que les había contado el pastor. Por supuesto que no era el mar. Y
menos había el caballito. Lo que sí había y la verdad impresionó a
todos, era unos flamencos color ocaso, color celaje. Tomaban agua
de la laguna y seguramente se alimentaban de bichos y peces.
De repente, al escuchar a los viajeros, uno de los flamencos se
asustó y su revuelo asustó al resto. Entonces todos emprendieron vuelo. Los niños nunca habían visto unos pájaros así. Creyeron que estaban
en el cielo o algo así, y no salieron de su impresión hasta varios minutos después de que los flamencos se perdieran en el horizonte.
—¡Nos hubiéramos colgado de ellos! ¡Y estaríamos en el mar!
–suspiró Sabina.
—¿Qué eran, Salomé? ¿Eran ángeles? –preguntó Simón.
—No, no creo –respondió la Princesa alejada, distraída. O tal
vez. Tal vez los envió la mami para que nos vigile…
Y bastó que mencionara la palabra “mami” para que a coro,
Simón, Sabina y Lagua de Quinua comenzaran un verdadero coro
de llantos y lamentos.
Salomé consoloba a uno, acaricaba al otro y le cantaba al otro
más. Luego se puso a bailar, trató de contar unos chistes, incluso recitó
las partes favoritas del cuento. Nada. El llanto se hacía más agudo y
las lágrimas de los niños y de la oveja caían como aguacero de enero.
Lloraron tanto que la pobre Princesa terminó contagiándose y
llorando ella más. Con toda su fuerza. Lloraron mucho, casi dos horas y terminaron exhaustos, literalmente tirados entre paja brava.
Luego poco a poco el llanto se fue y dio paso a los suspiros y
a los murmullos. Lagua de Quinua también participaba con sus
balidos de cuando en cuando.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
407
Finalmente todos, sin necesidad de que alguien se los dijera,
se pusieron de pies, se armaron del último pedazo de valor que
les quedaba y continuaron su marcha, mudos, con la cabeza y el
corazón más duros. Ni siquiera se detuvieron a merendar, y solo
cuando el sol se ocultó detrás de la cordillera, solo entonces se acordaron de que existían y se sentaron a comer los últimos pedazos
de charque, de chuño y de habas secas.
En eso, de la nada, apareció un hombrecito. Todos quedaron
petrificados y se acurrucaron junto a la Princesa. Salomé no se asustó
más bien con valentía de princesa se paró, se le acercó lentamente
ofreciéndole un poco de comida y le preguntó en idioma aymara:
—Tata, ¿queda muy lejos el Illimani? ¿Será que después está
el mar?
El abuelo no movió ni una de sus arrugas y la pregunta no
pareció sorprenderlo.
—Al Illimani no se llega –respondió serenamente. Y el mar, ¡ah,
el mar! ¡No niñitay! No hay mar por allí. Ándate a tu casa nomás.
Aquí se los pueden llevar los cóndores.
La Princesa quedó petrificada de la desilusión y del miedo,
pero supo que ese abuelo no se equivocaba…
—¡Niños, volvemos a la casa! Nos vamos ahorita, antes de que
se haga de noche. Otro día conoceremos el mar, otro día encontraré
a mi caballito… ¡Vamos, vamos! –gritó Salomé agitada.
Y los tres niños regresaron por donde habían venido, dejando
el Illimani, dejando el mar. Pero eso sí, sin demostrarlo mucho,
los tres, sin excepción solo querían llegar a su casa y abrazar a su
mamá.
Pasaron otros dos días de penuria, hambre y frío hasta que
llegaron a su casita, con Lagua de Quinua incluida.
Al verlos su mamá, llorando a gritos, primero los abrazó y besó,
luego les dio una paliza memorable y finalmente los castigó sin
salir por un tiempo. A Lagua de Quinua, en un primer momento,
quiso convertirla en corderito al horno de barro, pero al ver sus
ojos de pepa y sus hermosísimas manchas negras, tuvo que adoptarla en la familia.
—Tal vez con esta ovejita la Salomé se olvide de ese caballo de
mar –pensó, acariciando la mancha negra de Lagua de Quinua.
408
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Los tesoros de mamá
Pasados unos días, Salomé seguía con mucho dolor en sus músculos por la caminata y por todo lo que había acarreado. Y sobretodo
con bastante dolor de conciencia por la tremenda reta que le dio
su mamá al enterarse de los detalles de la fracasada travesía. Sin
embargo, y como el castigo había llegado a su término, la Princesa,
de un brinco, se levantó, y sin que nadie la viera se fue directamente
al Escondite a buscar algo, algo que le diera esperanzas, aunque
sea una pista, una luz.
En cuanto llegó, procedió muy solemnemente a cantar su himno
y a realizar su saludo. En vano, en el Escondite solo halló basura.
Entonces, cansada, triste y frustrada se recostó en un banco,
justo al lado del Escondite y al frente del Illimani, el imponente
nevado que ese día, en contraste con el azul casi morado del cielo,
destellaba blancura.
Salomé cerró sus ojos, sintió el viento helado en su cara y empezó a quedar dormida… Entonces, tuvo un sueño, o tal vez una
visión: se vio a sí misma, cuando era aún más niña, revolviendo en
una caja unos extraños objetos, y ahí, en el fondo de la caja había
un caballo de mar chiquitito y disecado, sin colores. Súbitamente,
Salomé despertó con una extraña sensación: algo así como un calor
en su estómago y en su corazón que por un momento no la dejó
respirar. Pasó como un flechazo por todo su cuerpo.
En ese instante se acordó de que su mami le había dicho que
ella guardaba sus propios tesoros en una caja. ¡Ahí tenía que estar
ese caballito!
Rápidamente se levantó y se fue corriendo a su casa, seguramente ya estaría su mami, menos enojada, preparando el almuerzo.
—¡Mami, mami! ¿Dónde estás? –preguntó ansiosa al llegar.
—¡No grites así, Salomé! La mamá está haciendo dormir a
Simón. ¿Qué te pasa? ¿Viste al diablo por ahí? –se rió Sabina.
—¡Más que eso! Creo que ya sé dónde está el caballo de mar,
el minúsculo, el…
—Ya sé, ya sé, “el de los siete colores” –repitió Sabina burlándose.
—¡Tú no entiendes nada! ¡Pero nada de nada! ¡Y no debería
contarte nada, ni llevarte al Escondite, ni haberte llevado al Illimani!
–exclamó Salomé, con su cara tan roja que parecía uno de los ciruelos
que su mamá había vendido por la mañanita.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
409
—Te recuerdo que no llegamos al Illimani –respondió Sabina
sacándole la lengua. ¡Además tú no te pareces en nada a una princesa! ¡Tu falda ya está medio rota, tu pelo está siempre enredado
y no tienes una corona de verdad!
—¿Ah si?, ¿y tú crees que tú sí te pareces a una? ¿Sabes, Sabina
Enriqueta?, tú sí que jamás podrás ser una princesa: ¡eres copiona,
floja y bastante fea! –gritó Salomé alterada.
Sabina no pudo soportar tanto insulto y en seguida se abalanzó
como un tigre sobre su hermana mayor.
En eso apareció la mamá de las niñas alarmada por el revuelo,
y separándolas con fuerza les preguntó:
—¿Qué pasa, Salomé y Sabina? ¿Qué son esos gritos? ¿Acaso
yo les he enseñado a portarse así? ¿No saben que Simón está durmiendo? ¡Cálmense o el domingo las dos irán a vender fruta al
mercado solitas, todo el día!
Sabina lloró un buen rato murmurando quejas incomprensibles, luego se calló y quedó como petrificada sentada en una silla.
Lagua de Quinua la lamía y la consolaba.
Salomé se fue tranquilizando, se arregló el enmarañado pelo
y desarrugó su falda. Entonces, aún con agitación y olvidando lo
sucedido le preguntó a su mami:
—Mami, tú me dijiste que cuando eras una niña como yo, te
gustaba guardar tesoros. ¿Dónde están? ¿Los tienes ocultos? ¡Tengo
que verlos ahora!
Entonces, al ver que su hija mayor estaba claramente desesperada, la señora tuvo que ir a buscar sus escondidísimos tesoros.
Mientras tanto, Salomé, Sabina, y Simón, que ya se habían
despertado, esperaron a que su mamá terminara de abrir, de desenvolver, de desamarrar, de descoser y hasta de desenterrar un montón de cosas, cositas y cosotas de una preciosa caja de madera.
Después de una hora, que a Salomé le parecieron diez, y de
un ininterrumpido silencio, por fin la mamá de los niños anunció
con una voz que ellos no conocían:
—Ahora les voy a mostrar mis tesoros– y con sumo cuidado
desplegó un viejo aguayo sobre el piso, alineando uno a uno sus
invalorables tesoros.
—Esta es mi quena –dijo la madre acariciando una especie de
flauta larga de madera . Suena como el viento del atardecer entre
las montañas.
410
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Y esto, ¿qué es? –preguntó el pequeño Simón agarrando un
extraño objeto sonoro.
—¡Ah!, ese es mi chhulluchhullu61, hecho con pezuñas de cabras.
Suena como la lluvia sobre las pajas bravas –contestó la madre con
sus ojos iluminados.
—Mami, ¿este también es un tesoro? –cuestionó Sabina con
una bolsita en su mano.
—¡Es mi ch’uspa62! Tejida con lana de llama. Ahí guardaba
mis piedras. Tiene los colores del cielo cuando el sol se esconde
–respondió la madre, suspirando.
—¡Un zapato! ¡un zapato! –exclamó Simón, señalando un
diminuto zapato viejo y descolorido.
—¡Ja, ja, ja! –rió la madre –ese fue mi primer zapato.
—¿Y dónde está el par? –preguntó Salomé, acariciando el
zapato.
—Se me cayó en el río y lo perdí –respondió la madre risueña,
mientras los niños sonreían e imaginaban.
Salomé estuvo mirando observando cada tesoro por un
buen rato, imaginando a su mamá con sus primeros zapatos, su
ch’uspa colgada al cuello, tocando su chhulluchhullu y soplando su
quena.
Pero pronto, esa imagen se desvaneció y con una gran tristeza
en el alma y en su voz, preguntó:
—Mami, ¿no tienes más tesoros?, ¿ni unito más?
—No, Salomé –respondió su mamá. ¿Por qué? ¿Qué te pasa,
Princesa?
Y justo cuando Salomé iba a responder soltando el llanto,
Simón, que por supuesto había indagado un poco más entre los
preciados tesoros, apareció con un papel amarillento en la mano.
—¡Miren! ¡Miren! –repetía el niño con orgullo, como si hubiera sabido que ese papel, ese arrugado papel era lo que Salomé
tanto había anhelado.
—¡Dámelo llocalla malcriado! –gritó Salomé intuyendo con
todas sus fuerzas lo que pasaría.
61
Chhulluchhullu (aymara): Sonaja, instrumento musical, hecho con pezuñas de
cabras y otros objetos.
62
Ch’uspa (aymara): Bolsa tejida que se usa desde la época incaica, principalmente
para transportar coca.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
411
Cuando finalmente Salomé logró quitarle el papel a su hermanito (que quedó chillando por ahí), esta se erizó de pies a cabeza y,
temblando de emociones, abrió y leyó el arrugado y viejo papel:
CARTA PARA UNA PRINCESA
Princesa:
Me tengo que ir.
Una fuerza tremenda en mi corazón me pide que vaya a conocer nuevas tierras, mares y océanos…
Y cuando llegue a esos mares turquesas, te buscaré estrellas,
corales y algas marinas; te buscaré peces exóticos y medusas.
Pero sobre todo, Princesa mía, te buscaré un caballito de mar,
uno minúsculo, de siete colores, y te lo llevaré para que te lo
cuelgues en el cuello y nunca, nunca te olvides de mí…
Siempre estarás en mi corazón y cada vez que vea la luna
llena y blanca pensaré en ti…
Con todo el amor de la Tierra y de la Luna,
Tu papá
Una Princesa
Salomé releyó la carta siquiera unas cinco veces y luego salió corriendo como un rayo con dirección a su Escondite, llevando por
supuesto, el cuento, y su carta.
Allí estuvo sentada por mucho tiempo, llorando y suspirando
sin saber exactamente por qué. Hojeó pausadamente su cuento,
acarició cada dibujo. Volvió a leer su carta y volvió a llorar.
Ella recordó esa carta. Hace muchísimos años, alguien, tal vez
su propio papá se la había leído. Por eso ese caballito de mar la
perseguía de noche y de día.
Finalmente la Princesa se serenó, estoicamente secó sus lágrimas, volvió a suspirar, se levantó, respiró ese aire frío y penetrante,
miró el Illimani que en ese instante reflejaba el ocre del atardecer,
y sonrió.
Por fin había encontrado lo que tanto, tanto había estado buscando, y supo, desde lo más profundo de su ser que ahora sí había
encontrado a su caballo de mar, y que ahora sí era una verdadera
Princesa.
412
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Epílogo
Los tres hermanos y Lagua de Qinua siguieron realizando excursiones, expediciones y paseos a lugares exóticos y no tan exóticos.
Salomé ya no pudo cargar a Simón en su aguayo pero él ya
pudo seguir el ritmo de su hermana mayor e incluso aprendió el
himno mejor que ninguno. Definitivamente se convirtió en su
más fiel soldado.
Sabina intentó convertirse en Princesa en varias ocasiones pero
no lo logró. Por suerte Salomé la perdonó y le permitió continuar
jugando en el Escondite. En contadas ocasiones le prestó su cinta y
su corona de flores, aunque al final se arrepentía y las escondía.
Ahora Salomé vende frutas en el mercado junto a su mamá,
y vende como ninguna las naranjas jugosas de Yungas o las dulces
uvas del Luribay… tal vez es porque tiene fama de Princesa.
Hace no mucho, en un día luminoso de invierno, Salomé por
fin conoció el mar… y ahora la Princesa tiene colgado en el cuello
un minúsculo y colorido caballito de mar.
Mariana Ruiz Romero63
Uma y el tren a las estrellas (2012)
Oruro
Uma estaba aburrido, acababan de llegar a la estación del tren, en
Oruro, y no tenía nada que hacer. La carga estaba despachada y el
chofer lo había dejado un rato para ir a ver a unos parientes. Uma
solo tenía que sentarse y esperar, viendo pasar a la gente en la estación. Habían pasado unos meses desde su fantástica experiencia en
el bloqueo de los campesinos, y Uma estaba ansioso por tener más
aventuras. ¡Estar aburrido es peor cuando sabes que hay mundos
maravillosos a la vuelta de la esquina!
En esos pensamientos estaba cuando vio pasar al quirquincho.
Los quirquinchos son unos animalitos típicos de las arenas calientes
de Oruro, pero lo que sorprendió a Uma fue ver que corría apresuradamente, con una linterna de minero y un casco amarillo en la
cabeza. Curioso como es, Uma se puso inmediatamente de pie y
echó a correr detrás de él, para observar qué hacía. Alcanzó a ver
que se adentraba por la parte vieja de la estación, y que se colaba
en un tren abandonado. Sin pensarlo dos veces, Uma se introdujo
en el tren detrás de él, y se llevó una sorpresa.
El tren
El tren era viejo, pero no estaba abandonado, estaba limpio, las maderas del piso brillaban y las paredes parecían recién pintadas. Los
asientos mostraban aberturas en el cuero –por donde sobresalía la
lana del relleno– y algunos de ellos consistían en simples tablas.
A Uma no le importaba el estado del tren, sus pasajeros ocupaban toda su atención: en la primera fila, con una carterita sujeta
63
Tarija (1982). Ver biografía en p. 488.
[413]
414
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
entre las pezuñas, estaba una señorita Vicuña de ojos lánguidos y
pestañas enormes, llevaba aretes de pompones de lana colorada,
y chaquetita de aguayo. A su lado dormitaba una señora Cerdo,
con pollera y sombrero de cholita. Un venerable señor Tapir, de
sombrero, se sentaba detrás.
El pequeño quirquincho, con casco amarillo, se iba ya al otro
vagón. Más curioso que nunca, Uma se dispuso a seguirlo. Fue
entonces cuando un inspector Llama –adornado en la cabeza con
un hermoso chulo tejido en punta– lo detuvo. Su cuello altísimo
se inclinó de forma amenazadora ante él para preguntarle:
—¿Su boleto, joven?
—No tengo –contestó nervioso Uma, con la mirada clavada en
el quirquincho, que se perdía de vista por el pasillo.
—Pues tiene que comprar uno –le dijo el inspector, mostrándole los boletos.
—¿Cuánto es? –preguntó Uma, hurgándose los bolsillos del
pantalón—, no tengo mucho dinero.
—A ver, joven, vacía tus bolsillos –le indicó el inspector Llama.
Uma sacó todo lo que tenía: una tapacorona de Fanta, una canica, las dos piedras mágicas que había encontrado cuando tuvo su
aventura con la Hermana Vida y la Hermana Muerte, la envoltura
de un chicle, y dos monedas de un boliviano.
El inspector Llama lo miró con una expresión grave.
—Apenas te va a alcanzar para la ida –le dijo, tomando con
su pezuña los tesoros que Uma le ofrecía y guardándolos en una
chuspa que le cruzaba el pecho–, a la vuelta vas a tener que encontrar cómo pagar.
—¿A dónde vamos? –preguntó sorprendido Uma. El tren había comenzado a moverse y entre el ruido de la locomotora y el
inspector que se iba alejando hacia el otro vagón, apenas alcanzó
a oír su respuesta:
—Antecitos de las estrellas, joven…, un poquito más allá,
antes de regresar.
Uma se dio la vuelta y comenzó a dirigirse hacia el vagón donde
se había metido el Minero Quirquincho. De pronto, el inspector
Llama se volvió y lo sujetó del cuello:
—No se olvide de las reglas, joven.
—¿Cuáles reglas? –Uma ya estaba un poco impaciente por seguir su camino, pero, por si acaso, decidió quedarse a escuchar.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
415
El inspector Llama se irguió en sus dos patas traseras y, mirando
al techo fijamente, comenzó a repetir:
—No molestar a los pasajeros de los vagones negros, no sentarse en los vagones blancos, no compartir nada que no sea del
mismo valor, no salir si no es en la estación asignada, no sacar
las pezuñas por la ventanilla. Y sobre todo –esta vez el inspector
Llama dirigió su mirada a Uma– tomar el mismo tren de vuelta, si
se desea volver al mismo lugar.
—¿Si pierdo el tren puedo tomar el siguiente? –preguntó Uma.
Había algo que le molestaba en la forma de mirar que tenía el
inspector Llama, sus enormes ojos parecían deslizarse a los lados,
como los de un sapo.
—Tomar el mismo tren de vuelta, si se desea volver al mismo
lugar –repitió el inspector Llama, antes de volverse y marchar de
nuevo hacia el otro extremo del vagón.
Encogiéndose de hombros, Uma continuó su camino, quería
ver a dónde se dirigía el Minero Quirquincho.
El vagón blanco
El siguiente vagón estaba pintado entero de color blanco, y, en él, todo
le hacía recuerdo al carnaval. Había diablos, morenos y china supays,
con las pestañas enormes y la sonrisa torcida, kusillos con máscaras
de tela y osos polares de yeso, relucientes, jucumaris con una araña
bordada a la espalda. Lo extraño era que ningún bailarín se sacaba
las máscaras, pero todos parecían seguir los movimientos de Uma,
con ojos redondos y brillantes, por el pasillo. A Uma le daba un poco
de miedo, ¡pero los trajes eran tan her-mo-sos!, pensaba Uma.
Los morenos tenían la cabeza gigante y pelada, su calva negra
relucía tanto como su barba, su cachimba echaba un humo violeta,
de olor ligeramente picante. Estaban en una sola fila, con vistosas
matracas en las manos.
Los ojos y las cabezas de dragón en los diablos se movían sin
cesar, como con música propia, y los kusillos parecían reír con
su media sonrisa. Aquello era una fiesta a punto de comenzar en
cualquier momento.
—No pasará nada –se dijo Uma– si me animo a mirar un poquito, con tal que no me siente; eso me dijo el inspector Llama
que no podía hacer.
416
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Faldas, capas y botas brillaban con la luz del sol, que entraba
por las ventanas. Uma estaba mirando las lunas y las estrellas
bordadas en la falda de una china supay –hubiese jurado que se
movían–, cuando el extraño humo violeta empezó a elevarse de
las cachimbas de los morenos y a dispersarse por en medio de los
asientos. Todas las máscaras voltearon a la vez y la música carnavalera, compuesta por pinquillos, bombos y trompetas, comenzó a
sonar. Incorporándose, cada bailarín empezó su danza, parándose
encima de los asientos.
Un pepino soltó cohetillos, y la algarabía fue subiendo de volumen hasta hacerse ensordecedora. Uma ya no sabía dónde estaba,
se sentía tan perdido como en el último Carnaval de Oruro, cuando
nadie se fijaba en él, por ser tan pequeño, y debía esquivar los saltos
y piruetas de los bailarines, para no ser pisado.
—Si me quedo aquí –pensó Uma, asustado– tendré que sentarme, y no podré salir.
Nervioso, comenzó a esquivar las botas y las piernas de los
danzantes, hasta encontrar la puerta del vagón. Un Pepino estaba
sentado delante de la puerta, y no parecía muy dispuesto a moverse.
Su traje de dos piezas, naranja y amarillo, contrastaba con su cara
llena de lentejuelas.
—Pepino, pepino, déjame salir, por favor –imploró Uma.
El pepino comenzó a reírse –todos saben lo traviesos que son–
y negó con la cabeza.
—Solo si me das algo a cambio –le espetó.
—No tengo nada para dar, todo lo de mis bolsillos fue para
mi pasaje –contestó preocupado Uma. ¿Hay algo que pueda hacer
por ti?
Lo malo de la sonrisa de los pepinos es que no se puede adivinar qué están pensando detrás de la máscara. Uma se puso muy
nervioso mientras el pepino pensaba en su petición.
—Ja, ja ja, a ver si sabes cómo es que soy, si me respondes bien,
te abro la puerta –propuso el pepino.
Uma, conociendo su fama de mentiroso, le preguntó:
—¿Y cómo sé que cumplirás tu parte del trato?
—¿Acaso no confías en mí, un pepino tan lindo como yo? –El
Pepino sonaba realmente ofendido.
—Claro que confío en ti –le contestó Uma, prudente–, es solo
que para mí tu palabra vale mucho.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
417
Eso halagó grandemente al pepino –las tres campanitas de su
sombrero comenzaron a tintinear–, y es que era un vanidoso.
—En ese caso, te doy mi hermosa palabra, te prometo que si
contestas bien cómo es que soy, te dejaré marchar. Pero tienes que
contestar rápido, y solo sí o no, ¿entendido?
—Entend… quiero decir –se corrigió rápidamente Uma– sí.
—¡Bien!, la mayoría cae a la primera, ji, ji, ji –se burló el Pepino–. ¿Me gusta la música?
—Sí.
—¿Me gustan los cohetes?
—Sí.
—¿Me gusta, me encanta, que me digan: Chauchita, pepino,
chorizo sin calzón?
Uma se acordó de las veces que había molestado a los pepinos con esa frase en los carnavales con los otros niños, y contestó
triunfalmente:
—No.
El pepino, furioso, sacó una llave de entre su traje, y abrió
la puerta blanca, renegando. Esa puerta era más pequeña que la
anterior y se veía muy oscura.
—Asómate a ver si encuentras el interruptor de luz –invitó a
Uma. En cuanto Uma se agachó por el vano de la puerta, el Pepino
le dio una tremenda patada, y Uma se vio cayendo y tropezando
por unos escalones viejos. Cuando se levantó, no podía ver nada,
¡Uma creyó que había perdido la vista!
Le tomó un buen rato acostumbrarse a la oscuridad. Estaba
en uno de los vagones negros, la luz apenas pasaba por entre las
pesadas cortinas. Uma estaba tan aturdido por el golpe y el sonido
ruidoso de la fiesta carnavalera que tardó en darse cuenta de que
no estaba solo, y que las figuras sentadas en los bancos estaban en
absoluto silencio.
El vagón negro
El aire del vagón estaba pesado por el aroma de las flores, también
había fruta semi-podrida por el suelo, lo que dejaba un olor penetrante que a Uma se le hizo inmediatamente familiar. Olía como
en el velorio de su madre.
418
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Los pasajeros del vagón miraban al frente, y también tenían
máscaras, pero no las del carnaval, sino las pequeñas máscaras de
yeso que se ponen a las t’ant’a wawas en Todos Santos. Las cholitas
vestían pollera y mantilla negra, los hombres usaban sombrero de
fieltro oscuro y chaqueta, los niños iban envueltos en mantas negras, y en el silencio y la oscuridad, sus máscaras de yeso parecían
flotar como en un mar de rostros inexpresivos.
“¿Puede que sean los muertitos?”, se preguntó Uma, caminando muy despacito hacia el otro extremo del vagón, tratando de no
hacer ningún ruido. “Siempre me he preguntado cómo es que los
muertos se van al otro mundo…”.
Extrañamente, Uma no sentía miedo, nada, ni siquiera el olor
dulzón de las frutas lo ponía un poquito nervioso. En Camargo,
para Todos Santos, recordaba haber ido con su padre a visitar a sus
ancestros, no al Cementerio General, sino a una cueva de arcilla
roja que quedaba a casi un día de camino del pueblo. La gente estaba allí de fiesta, y llevaba comida, fruta, flores y canciones para
recordar a los muertitos. Su padre le había mostrado un poncho
viejo y lleno de polvo, guardado en la cueva –Chullpa, le decía su
papá–, y poniéndoselo dijo que iba a bailar como su Tata, que había
sido jefe de la comunidad antes de la Revolución…
Uma ya estaba por llegar al otro extremo del vagón, podía ver
por una rendija de luz que el siguiente vagón era café. De pronto,
una mano gigante se posó sobre su hombro, ¡haciéndolo casi gritar
del susto!
La mano olía a tabaco y a tierra removida, pero el olor no era
desagradable. Uma alcanzó a ver que tenía uñas cuadradas, y debajo
de ellas había tierra también, justo como las manos de su Tata.
“¿Qué hago?, pensó Uma, ¡no puedo hablar con nadie de los
vagones negros!, ¡me veré en problemas seguro! Pero, ¿será que
puedo hacer señas?”.
Esperanzado, Uma se dio la vuelta. El hombre que lo sujetaba
tenía la espalda grande y una camisa blanquecina, la máscara de
T’ant’a achachi le cubría el rostro, pero parecía mirarlo fijamente.
Uma se puso a pensar cómo indicarle que lo había reconocido,
hasta que se acordó: a su Tata le gustaba mucho un silbido que
practicaban para comunicarse cuando salían juntos a pastorear al
campo y Uma era pequeño. Curioso, Uma silbó bajito el sonido
dulce para decirle, de lejos, “te estoy viendo”.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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Inmediatamente, la mano pesada se levantó de su hombro y
le acarició la cabeza. Luego, lo empujó hacia adelante, como indicándole que siguiera su camino. Contento, Uma abrió despacito
la puerta hacia el otro vagón, mientras se despedía internamente
de su abuelo, contento de habérselo encontrado una vez más.
“Chau, Tata”, pensaba Uma mientras silbaba bajito el silbido de
despedida.
El aphtaphi
Un delicioso olor a charque, queso frito y mote inundaba el ambiente. Varios animales estaban en círculo frente a un aguayo, donde
se apilaban huevos duros, mote y papas, todo de un aspecto de lo
más apetecible. A Uma se le hacía agua la boca.
—¿Muntati? ¿Quieres? –Oyó decir Uma; era el Minero Quirquincho, que le ofrecía un huevo duro con la pata–. Es hora del aphtaphi,
vamos a comer todos juntos, ven y servite con los demás.
Agradecido, Uma se sentó frente al aguayo, y, muerto de hambre,
empezó a comer de todo, ante la mirada medio reprobadora de dos
señoras Llamas que lo miraban con ojos redondos y enormes.
—¿Kawkits Jutta? ¿De dónde vienes? –preguntó una de las señoras Llamas.
—De la estación de Oruro –contestó Uma, sin dejar de comer.
—¿Kawkirusa Saraskta? ¿A dónde vas? –preguntó otra de las
señoras Llamas.
—¿A dónde va este tren? –preguntó Uma.
—¿Cómo, te has subido a un tren sin saber a dónde va? –inquirió una de las señoras. Eran tan iguales que parecían gemelas,
Uma no sabía bien a cuál mirar al responder.
—Dejen comer al chico –interrumpió el Minero Quirquincho–
¿no ven que tiene hambre?
Las señoras Llamas, ofendidas, se hicieron a un lado y empezaron a mascar coca y a hablar entre ellas, lo hacían en aymara
y muy rápido, pero algunas palabras pescadas al vuelo, dichas en
español, llamaron la atención de Uma, así que le preguntó al Minero
Quirquincho, que comía huevos, feliz a su lado:
—¿Qué es eso de la Estación de las Lluvias?, pensé que estábamos en época seca.
420
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—Es ahí donde las señoras se van a bajar, están llevando tejidos
de lana a ese lugar.
—Y los señores del vagón negro, ¿dónde van?
—Ellos se vuelven a Amayan Marqapa, el pueblo de los difuntos,
después de haber visitado a sus familiares vivos para Todos Santos.
No hablaste con ninguno, ¿verdad?
Uma negó con la cabeza. El Minero Quirquincho se le quedó
mirando con ojitos inquisitivos y luego cambió de tema.
—La próxima estación es la de ellos, luego viene la estación de
Las Lluvias, la estación del Arcoíris y la de Las Estrellas, luego es media
vuelta. Yo me bajo en la última, tengo que comprar piedras-rayo.
—¿Tú hasta dónde vas?
—También a la última –algo que había dicho el Minero Quirquincho intrigó a Uma. ¿Qué son las piedras-rayo?
—Son piedras de metal que bajan del cielo, excelentes para
hacer picotas de Minero –al Minero Quirquincho los ojos le brillaban–, son un poco caras, pero valen la pena.
—Y los del carnaval, ¿hasta dónde van?
—¿Esos fiesteros…? Se van a la estación Arcoíris, allá continúan
la fiesta hasta que les toque volver. No confíes en ninguno de esos,
solo quieren divertirse –Uma se preguntó divertido si algún Pepino
le habría jugado una mala pasada a Minero Quirquincho.
La luz se estaba perdiendo por las ventanas que estaban a
la izquierda de Uma, el sol parecía bostezar detrás de las montañas. A Uma le estaba dando un poco de sueño después de la
comilona.
—Ven, recuéstate en mi aguayo –le invitó el Minero Quirquincho–, yo no dormiré todavía.
Uma se acomodó, y en un instante, se quedó dormido. Entre
sueños, le pareció sentir que el tren se detenía, y escuchar a gente
que salía. Un ruido de agua, como de olas, sonaba lejano, pero era
tan pesado el sueño de Uma que ni su curiosidad para ver de qué
se trataba alcanzó a despertarlo.
La estación de las lluvias
Cuando Uma despertó, la temperatura había cambiado: hacía calor y la luz que entraba por las ventanas del vagón café tenía una
calidez que le hizo recuerdo a cuando ayudaba a transportar carga
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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por los Yungas. El Minero Quirquincho lo invitó a acompañarlo al
mercado de la estación.
—Tenemos algo de tiempo hasta volver a la ruta –le dijo
mientras se ponía su casco y preparaba una ch’uspa para comprar.
Las señoras Llamas ya habían descendido a la estación, renegando
entre sus bultos.
Afuera llovía, gotas grandes y tibias que mojaban apenas, y
que jugaban con los rayos de sol.
—Aquí siempre llueve –explicó el Minero Quirquincho.
El mercado de la estación estaba lleno de comerciantes, todos
ellos sapos y culebras de distintos tamaños. Los sapos vendían coca
y fruta, y fumaban unos cigarros negros que les hacían pestañear
por el humo. Las señoras serpientes se enroscaban y parecían dormitar entre las cebollas. Muchos animales circulaban por entre los
puestos, regateando precios.
—Nä qhip k’achat jutam, ven por detrás mío despacio –le indicó
el Minero Quirquincho a Uma, antes de ponerse a caminar velozmente por entre los puestos. Se detuvieron frente a una señora
Sapo que tenía una olla gigante asentada entre su pollera. Al Minero
Quirquincho se le hacía agua la boca.
—Señora J’ampatu, k’wna manq’a alxapxiti? ¿Sirves comida y
huevos? –preguntó.
—Hay, sentate, te voy a servir.
Uma, feliz, aceptó los huevos duros y el plátano frito que le
ofrecían, y mientras el Minero Quirquincho y la señora J’ampatu
conversaban, se entretuvo mirando alrededor. Siempre le había
gustado el bullicio del mercado, sentir el olor de la mercadería,
ver corretear a los ayudantes y cargadores, mirar los puestos de
los yatiris… Se preguntó si los yatiris serían también sapos, y sin
pensarlo dos veces, se levantó para ir a verlos.
En una esquina del mercado, siempre cerca de las flores, es allí
donde se encuentran los yatiris. En las ciudades venden fetos de
llama disecados y sapos para la buena suerte, además de incienso,
mirra, copal, pequeñas figuras de yeso y otros elementos para realizar embrujos. Uma se puso a mirar los puestos con mucha atención, vio cáscaras de huevos pequeños, ramas torcidas de colores,
piedras pulidas y brillantes, y mientras observaba el gorro tejido
sobre la cabeza de un Ekeko gordito, este le devolvió la mirada, y
furibundo, le dijo:
422
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
—¿Vas comprar? Si no vas a comprar, andate, no me hagas
perder mi tiempo.
Uma no se esperaba que la estatuilla le hablase, “las estatuas
no hablan”, pensó Uma.
—Si me hablan a mí todo el tiempo, ¿por qué no he de responder? –le contestó el Ekeko, como si le leyera la mente.
—He visto a mucha gente hablarte y pedirte cosas –respondió
Uma–, pero nunca he visto que le hayas respondido a nadie.
—¿Y cuando reciben lo que piden, no es eso una respuesta?
–retrucó el Ekeko–, la gente solo sabe pedir, ya cuando reciben,
apenas son capaces de agradecer, nadie pregunta nunca lo que
nosotros queremos.
—A mí me han dicho que a ustedes los ekekos les gusta fumar
cigarro y que hay que darles siempre alguito de tomar…
—Eso es lo mínimo pues –el Ekeko estaba indignado–, tampoco trabajamos gratis, pero siempre se olvidan de agradecer a la
Pachamama, que nos cobija y nos da todo.
—Yo he visto que también le dan ofrendas a la Pachamama;
don Víctor, el chófer, siempre que toma le derrama un poco a la
Madre Tierra.
—Eso no es suficiente –El Ekeko lo miraba con sus ojos pintados, furiosos–ustedes siempre sacan de más, nunca devuelven
igual, la Pachamama se merece más agradecimiento.
—¿Y cómo se puede hacer eso? –Uma se sentía acusado, como
si no agradecer a la Pachamama fuera también su culpa–. ¿Qué se
le puede dar a la Madre Tierra?
El Ekeko empezó a revolver en su puesto, moviendo cajas y
canastas, hasta que encontró un pequeño atado, de los que se hace
para quemar en los días de Ch’alla.
—Este es el reflejo de la mejor ofrenda a la tierra, pero solo
su reflejo, la verdadera ofrenda está en la estación Arcoíris, cerca
de la cabeza.
—¿La cabeza de quién?
¡No interrumpas! –El Ekeko sostenía el bulto envuelto en tela
de aguayo con reverencia.
Míralo bien, un bulto así, pero más grande, está cerca de la
cabeza, si lo encuentras y me lo traes, haremos juntos una gran
ofrenda y la Pachamama será siempre amable contigo.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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“—¡Última parada! ¡Última parada! –el
inspector Llama invitaba a todos a descender.
¡Se retorna mañana, se retorna...!”.
Ilustración en acuarela de Romanet Zárate.
424
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Uma estaba a punto de preguntarle cómo podría lograrlo,
cuando el Minero Quirquincho lo interrumpió:
—¡Waynuchu! Nos tenemos que ir, ¡vamos a perder el tren!
¡Apúrate!
Uma quiso despedirse del Ekeko, pero él ya había desaparecido. Preguntándose cómo haría para encontrar ese bulto, y cómo
haría para pagar su pasaje de vuelta, Uma volvió a ingresar a uno
de los vagones cafés.
La estación Arcoíris
Casi todos se bajaron en la siguiente estación; esta quedaba en un
lugar impreciso que le dio a Uma la sensación de estar cambiando
constantemente de forma y de color. Uma se sentía mareado, como
si le faltara el aire, la cabeza le retumbaba.
—Has de tener cuidado aquí –le advirtió el Minero Quirquincho–, la estación Arcoíris está construida encima de la piel de la
serpiente de agua, la Kurmi, que es también Arcoíris, o la hermana
gemela de la serpiente de estrellas, que se llama Warawarjawira,
la Vía Láctea. Kurmi marca la época de lluvias y decide si habrá
granizo o truenos en la tierra, los campesinos le tienen mucho
miedo y respeto.
—¿Estamos encima de una serpiente? –Uma no lo podía creer.
¿Hay algún lugar desde donde se pueda ver bien la estación?
—Hay un lugar cerca de la cabeza de Kurmi, pero vas a tener
mucho cuidado –el Minero Quirquincho realmente se veía preocupado–, la verdad, apenitas te va a dar el tiempo, vamos a partir
de nuevo en un ratito.
—No te preocupes, voy y vuelvo, solo quiero ver –lo tranquilizó
Uma, poniéndose a caminar por la estación. El Minero Quirquincho
se le quedó mirando desde el andén, con sus patitas entrelazadas
en señal de preocupación.
Uma bajó del andén y puso los pies en lo que creía era la tierra, algo firme y gomoso por donde comenzó a caminar. No podía
entender si lo que veía eran árboles, rocas, palos o si no había nada
que ver. Caminar era como atravesar una niebla colorida, como un
túnel de nubes; seguía el camino con los pies, ya casi sin prestar
atención alrededor. Sentía que subía lentamente y, de pronto, se
tropezó con un bulto amarrado. El bulto estaba abandonado entre la
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
425
niebla, “como si a alguien se le hubiera caído”, pensó Uma, dándose
cuenta de que se parecía mucho a la imagen que el Ekeko le había
mostrado en pequeño, solo que era mucho más grande y pesaba
un montón.
“El Ekeko me ha dicho que el bulto estaba cerca de la cabeza.
Quisiera poder pararme sobre la cabeza de Kurmi y mirar…, pero
tengo miedo de perder la ofrenda a la Pachamama…”, Uma se quedó pensando en cómo no perder de vista el bulto, hasta que notó
que uno de los hilos del aguayo estaba suelto. “Me voy a agarrar
de este hilito y voy a seguir caminando, se dijo Uma, ojalá que no
se me acabe antes de llegar a la cabeza…”.
Agarrado del hilito, jalando suavemente, Uma empezó a caminar.
La cabeza de Kurmi
Lo que Uma vio desde la cabeza se le quedaría grabado por mucho
tiempo en su memoria. Cada noche estrellada, cada tarde de lluvia
con sol, Uma recordaría, como en un sueño, las imágenes de la
estación Arcoíris.
Esto es lo que vio: una serpiente, que también era un río,
moverse y ondularse desde el fondo de la tierra hasta lo más alto
del cielo; partes de su cuerpo brillaban como escamas, y otras,
como relámpagos; algunas estaban cubiertas de alas de mariposa,
y otras se ondulaban, pesadas y grises, como nubes de tormenta. La
serpiente no estaba sola, frente a ella, otra serpiente –tan enorme
que Uma sintió que era imposible verla toda–, se extendía y rozaba su lengua bífida con la de la cabeza de Kurmi. Era su hermana,
Warawarjawira, la Vía Láctea, la serpiente de luz, de sombras y de
estrellas. Uma sintió que las dos serpientes cubrían toda la tierra,
la protegían, la conectaban con las estrellas. Uma observó que las
serpientes no eran ni buenas ni malas, pero que si se les prestaba
atención podían ser benévolas, y si se las ignoraba podían ser malvadas. Uma se sintió muy pequeño, y a la vez, muy importante,
porque las serpientes también lo protegían a él. Uma percibió todo
eso, y quizás se hubiera quedado en ese lugar, mirando todo ello,
olvidándose para siempre de regresar para contarlo, cuando algo
le tironeó de la manga. Un hilo de colores tiraba de él, y ahí recién
Uma recordó quién era, dónde estaba, y que debía volver.
426
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
El Minero Quirquincho lo esperaba impaciente al lado de la
ofrenda para la Pachamama, era él quien había jalado el hilo, temiendo ver perderse a Uma en la estación. Uma le agradeció con
un abrazo y entre los dos cargaron con la ofrenda hacia el tren,
que empezaba a anunciar su partida a la siguiente estación.
—Estuviste cerca de perderte, Waynuchu –le dijo, con voz grave,
el Minero Quirquincho, y Uma pensó que se refería a una forma
de perderse de la que era muy difícil regresar.
Pensando en lo que había visto, Uma no vio ni recordó nada
del resto del trayecto a la estación de Las Estrellas.
La estación de las estrellas
—¡Última parada! ¡Última parada! –el inspector Llama invitaba a
todos a descender. ¡Se retorna mañana, se retorna!
Uma estaba preocupado, no sabía cómo pagaría su pasaje de
vuelta, sus bolsillos estaban vacíos.
—No te preocupes, Waynuchu –le dijo cariñosamente el Minero Quirquincho–, acompáñame a comprar mis piedras-rayo y ten
confianza.
La estación estaba semivacía, las sombras se escurrían por los
corredores. A Uma le daba la sensación de que ellos dos eran los
únicos seres de carne y hueso caminando por ahí.
—No muchos tienen la costumbre de venir a esta estación
–explicaba, animado, el Minero Quirquincho–, los pone nerviosos
la oscuridad. Pero a mí no me da miedo.
Una penumbra, como cuando está empezando a oscurecer,
rodeaba la estación, parecía un manto que lo cubría todo, Uma casi
podía tocarla. No había una sola luz, ni velas ni bombillas eléctricas
que interrumpiesen la espesa sombra. Las estrellas, única fuente de
iluminación, alumbraban de manera tenue, como iluminan en las
noches en el campo, cuando Uma pastoreaba sus ovejas y llamitas
con su abuelo, y veía que el camino era más una cuestión de seguir
sus pies que de seguir el camino con la vista.
—Mucha importancia le damos a los ojos, Waynuchu –comentó
el Minero Quirquincho, como leyendo sus pensamientos–, mejor
era cuando todos sabíamos, también, usar la nariz y las patas para
guiarnos por el mundo.
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
427
Llegaron caminando a una especie de cueva. El suelo era tan
cambiante como el de la estación de Kurmi –y ahora Uma sabía
por qué: caminaban sobre la piel de su hermana– y en el suelo se
apilaban piedras oscuras y brillantes, en montañas que rodeaban
la estación. La cueva estaba formada por una pila de piedras-rayo.
Uma las había visto en las iglesias, cerca de Tata Santiago, piedras
redondas de hierro que despedían chispas cuando las golpeaban
contra el suelo, como estaba haciendo ahora el Minero Quirquincho, probando su calidad.
El amigo de Uma negociaba rápido y negociaba bien, su aymara
parecía un murmullo sucesivo de palabras, casi una canción. Uma
no podía ver con quién estaba hablando, pero sí lo vio intercambiar
bolsas, la mano que sujetaba la ch’uspa del Minero Quirquincho
parecía de piedra también, agrietada como uno de esos meteoritos
que se ven por las arenas de Oruro. Pronto, el Minero Quirquincho
salió con una bolsa en la mano, silbando satisfecho.
—¡Me ha ido muy bien, Waynuchu!, voy a poder invitarte tu pasaje
de retorno porque me has acompañado hasta aquí. Eres mi suerte.
Uma no esperaba ese gesto de generosidad de su parte.
—No sé cómo agradecerte –le dijo, conmovido.
—Con darle la ofrenda a la Pachamama me sentiré más que
satisfecho –le contestó el Minero Quirquincho–, yo también quiero agradecerle a la Madre Tierra. Ven, vamos a dormir cerca de la
estación.
Comieron en un lugar tan común y corriente que Uma se
sintió desconcertado, todo parecía tan real como ellos mismos:
las mesas estaban cubiertas de hule de colores, las paredes tenían
candelarios con enormes fotos de camiones, igualito que en las
pensiones de la estación en Oruro, pero la luz era de penumbra,
casi oscuridad, y así comieron –una sopita caliente, con una piedra
al rojo vivo dentro del tazón, que mantenía la temperatura– y en
esa casi gran oscuridad durmieron, recostados sobre el aguayo del
Minero Quirquincho.
Antes de cerrar los ojos, Uma se acordó de algo.
—¿A cambio de qué conseguiste las piedras, Minero Quirquincho? –Su amigo se reía por lo bajo en su costado del aguayo.
—A cambio de otras piedras…, del corazón, solo yo sé hallarlas.
Y con esta misteriosa frase dándole vueltas, Uma empezó a
dormir.
428
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
La ofrenda
En la estación de Las Lluvias los esperaba el Ekeko, con una sonrisa
satisfecha en la cara y un cigarrito negro entre los dientes.
—Veo que has traído lo que te pedí –le dijo a Uma en cuanto
los vio bajar cargados con el aguayo de colores–, vamos, he preparado una fogatita cerca de aquí, esto será bueno para toda la
estación.
Efectivamente, todos los viajeros y residentes de la estación
estaban allí, alrededor de la fogata, que ardía y chisporroteaba a
pesar de las gotas de agua que siempre caían del cielo. Estaban
reunidos los sapos vendedores, llamitas y guanacos comerciantes,
lagartos cargadores y loritos visitantes, ekekos satisfechos..., realmente, se había congregado la comunidad entera.
Todos reían y parloteaban de modo alegre, hasta que un
solemne Brujo-Llama se colocó ante el fuego, comenzando con
sus oraciones y agradecimientos –agradecía al Sol, a la Luna, a las
estrellas, a la lluvia, al granizo y a la Madre Tierra. Mientras daba
las gracias, colocaba con su pezuña hojas de coca sobre la fogata,
para que se fueran quemando, el gentío observaba la ceremonia
con un murmullo de excitación.
Finalmente, el Brujo-Llama les hizo una señal, y Uma con el
Minero Quirquincho se acercaron al fuego portando la ofrenda,
que a Uma le parecía muy grande y pesada para la fogata. Para su
sorpresa, a medida que se acercaban, la ofrenda se hacía liviana
y fácil de cargar, hasta que pareció elevarse de las manos de Uma
y arrojarse sola al fuego, donde empezó a soltar una agradable
humareda de colores.
La ofrenda ardió un buen tiempo, y a su alrededor, los diversos animales tocaban instrumentos y cantaban, agradeciendo a la
Pachamama. Entre todos se iban pasando tutumas con chicha. La
fiesta iba alegrándose cada vez más.
—Hay que agradecer, Waynuchu –explicaba, ya medio mareado,
el Minero Quirquincho, sus ojitos brillaban debajo del casco–, realmente la tierra nos cubre y alimenta, y se preocupa por nosotros.
De pronto, el pitido del tren los llamó a la realidad. Uma tenía
miedo de perder el viaje, algo le decía que el siguiente tren tardaría
mucho en pasar por la estación, y, tal vez, como le había indicado
el Inspector-Llama, no regresaría por donde había venido. Jalando
Literatura infantil y juvenil contemporánea (2000 - 2015)
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de ambas patas al Minero Quirquincho, que a toda costa quería
seguir en la fiesta, logró a duras penas hacerlo entrar en uno de
los vagones cafés antes de que el tren partiese.
El Minero Quirquincho primero estuvo de mal humor y luego
se durmió un rato sobre su aguayo. Cuando despertó, quejándose
de un tremendo dolor de cabeza, agradeció a Uma por haberlo
obligado a volver.
—La última vez que me quedé en una fiesta perdí el tren y casi
pierdo el rumbo –le explicó con voz grave y algo quejumbrosa a
Uma–, tuve que caminar mucho, pagando con casi todas mis piedras
a quien quisiera llevarme. Te quedo muy agradecido, Waynuchu.
Luego, quejándose aún del dolor de cabeza se durmió.
El regreso
Uma volvió a dormirse al pasar por la estación donde habían bajado
los muertitos. Le quedó un recuerdo, entre sueños, del rumor del mar
y un olor a sal prendido a su nariz. Intentó quedarse despierto para,
al menos, ver cómo era la estación, pero el sueño que lo envolvió cubrió sus ojos como con una manta, y nada pudo ver del camino.
Cuando despertó, hacía sol y el tren no se movía. El vagón
donde se hallaba Uma había perdido ese color café, se veía más
sucio, más abandonado que antes. El polvo se acumulaba entre las
maderas rotas y no había rastros de los otros animales.
Frotándose los ojos, Uma descendió del vagón. Estaba en la
sección de los trenes abandonados, por donde se había metido a
perseguir al Minero Quirquincho, pero ahora no había nadie.
Confundido, Uma se dirigió a la estación central. Y antes de haber
terminado de despertar sintió un fuerte cocacho en la cabeza.
—¡Te dejo un ratito y te pierdes!
Uma se dio la vuelta pensando que era otra vez el Minero
Quirquincho, pero no, era el chofer que lo había contratado.
—Hace una hora que he vuelto de donde mis parientes y vos
no aparecías por ningún lado, ¿no te dije que me esperaras en la
estación?
—He estado de viaje… –empezó a explicar Uma.
—¡No hay tiempo de que me expliques qué has estado haciendo! ¡Hay trabajo pendiente! ¡Toda la tarde te he buscado, y ahora
toca cargar el camión para la vuelta!
430
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Uma comprendió entonces, no habían pasado un par de días,
sino unas horas, como si se hubiera quedado dormido en el vagón
abandonado y todo su viaje hubiera sido un sueño, un sueño maravilloso.
“Igual, se dijo a sí mismo Uma, metiendo las manos en sus
bolsillos, ha sido un lindo sueño”. Pero en su bolsillo había una
canica, redonda y oscura, parecida a las piedras-rayo que el Minero
Quirquincho había estado comprando. Uma la miró divertido, y se
la volvió a guardar.
“De seguro el Minero Quirquincho me la dejó antes de irse, por
ayudarlo a no perderse del camino”, se dijo satisfecho, y, agarrándola fuerte dentro de su bolsillo, se fue detrás del chófer, sabiendo
que no todo había sido un sueño.
Anexos
Reseñas de novelas destacadas de la
literatura infantil y juvenil de Bolivia
(1962 - 2015)
Isabel Mesa Gisbert64
64
Todas las reseñas pertenecen a la antologadora excepto en las que se señala
otra autoría.
435
Anexos
José Camarlinghi
Cara sucia (1962)
En 1962, José Camarlinghi publica la primera
novela corta de la literatura infantil boliviana,
Cara sucia. En ella expone el problema social de
los niños abandonados y su forma de sobrevivencia. Es también la primera de una serie de
novelas infantiles dedicadas específicamente al tema de los niños
de la calle que se escribieron posteriormente en nuestro país.
La historia trata de un niño que, siendo muy pequeño, pierde
a su madre a causa de una larga enfermedad. Una de las vecinas
se hace cargo de él, pero la vida dentro de este nuevo hogar se
hace insostenible ya que el padre llegaba borracho y empezaba
a los golpes en la casa. El pequeño decide huir y pronto conoce
a un hombre viejo, que vive debajo de un puente, y que lo invita
a quedarse con él. Para sobrevivir, el niño frecuenta el botadero
de basura donde busca algo de comer. Un día encuentra un libro
viejo y como siempre había soñado con asistir a la escuela, decide
llevárselo. De camino a su refugio le entra sueño y queda profundamente dormido, entonces el alma del libro comienza a hablar
y a contar su historia a Cara sucia, que es el nombre con el que el
libro apoda al niño.
Este viejo libro ha tenido también una historia triste. Escrito
por un maestro, es publicado en una editorial y, gracias a un pedido
del interior del país, es enviado a una librería en la que permanece
durante años, ya que la persona que lo había encargado nunca lo
recoge. Después de mucho tiempo, el libro es comprado por un
revendedor que lo vende a un coleccionista. El coleccionista es
un reconocido bibliotecario muy extraño que acumula libros que
nunca ha leído. Cuando el coleccionista muere, los libros se quedan
en aquel recinto que solo el viejo bibliotecario conoce, hasta que
sus nietos lo descubren y empiezan a maltratar y despanzurrar
los libros.
La historia, escrita en once capítulos, está ambientada en
una provincia remota, “en un lugar casi olvidado de la curiosidad
mundana por el difícil acceso de su enorme distancia… más allá
de la última estación ferroviaria”. Se trata de un lugar en el que
436
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
la sociedad conserva esas personalidades típicas que dejó la vida
de la Colonia: el corregidor, el facultativo, el librero y el hombre
respetable que ha estudiado en la capital y que tiene una colosal
biblioteca. Pero de este ambiente, solamente se hablará al comenzar
y terminar la obra para cerrar el ciclo de llegada y final del protagonista libro; pues el tema esencial es la historia de Cara sucia y su
diálogo con el libro viejo que encontró en el cenizal.
El autor aprovecha de este diálogo entre el libro y el niño, que
se da en el lugar fantástico del sueño de Cara sucia, para lanzar al
lector frases cargadas de una específica ideología social sobre las
injusticias que sufre un niño pobre, la sacrificada labor del escritor
y las bondades de los libros.
Cara sucia es un niño abandonado que tiene, como todos los
niños, ilusiones e ideales de vida. Al encontrar el libro en el basural,
Cara sucia se llena de alegría; finalmente tiene un libro y puede
sentirse importante y cercano a esa sabiduría que su madre le
había inculcado y que se la habían negado desde que ella muere.
Ahora, con el libro en sus manos, “demostraría alguna vez lo que
pueden hacer los pobres”. Sería capaz de trabajar como los demás
y dejar de buscar comida en el cenizal. Es decir, que el libro que
ha encontrado representa la libertad y una fuente de sabiduría
que le abrirá las puertas a esa sociedad que hoy lo rechaza por ser
ignorante y pobre.
Así también, Camarlinghi ensalza la labor del escritor cuando
el libro le cuenta a Cara sucia cómo había sido creado:
En las noches me dedicaba largas horas, robando tiempo a su descanso para formarme, me daba vida lentamente, con dulzura; en mí
dejó lo mejor de su juventud, muchas privaciones, la experiencia de
muchos años, los golpes de la vida, tristezas, dolores, y el caudal de
sabiduría, los horizontes de esperanzas que nunca debemos perder.
(Camarlinghi, 1962: 37)
Finalmente, con su vena de poeta, Camarlinghi habla de las bondades del libro como el objeto que tiende la mano a las personas
aún “en el día de los naufragios espirituales”, pero también de las
muchas veces que los libros fueron objetos satánicos dentro de la
sociedad. Así recuerda que los libros fueron perseguidos implacablemente hasta ser llevados a la hoguera, que “los tiranos los
encadenan, los sacerdotes los excomulgan y algunas sociedades los
calumnian de pervertores”. Sin embargo, el autor afirma que son
Anexos
437
ellos los que ofrecen la verdadera libertad, así como en el caso de
Cara sucia que es la tabla de salvación para lograr sus sueños.
Un libro que es un verdadero desafío para nuestros pequeños
lectores. Si bien el lenguaje es sencillo y comprensible, la pluma de
Camarlinghi refleja un idioma rico en vocabulario al cual los niños
tienen poco acceso en su cotidianeidad. Algunas de las reflexiones
que contiene, ciertamente no son adecuadas para los niños porque
tienen un alto nivel filosófico y político. Sin embargo, también está
lleno de metáforas que llevan al lector a un ambiente mágico.
Cara sucia es un libro que ha cumplido 50 años desde su primera
publicación y está vigente en muchas escuelas y colegios de Bolivia.
Una obra que muestra una verdad escondida para muchos y que
nos cuesta asimilar como una realidad de país.
438
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Gastón Suárez
Mallko (1974)
(Novela juvenil)
Mallko figura en la Lista de Honor
del Premio Internacional “Hans Christian
Andersen” de ibby (1976).
En 1974 Gastón Suárez publica Mallko65, una fábula poética sobre
el cóndor que evoca al existencialismo como una de las características del nuevo realismo en la novela boliviana de ese momento:
la angustia, la temporalidad, la verdad, la soledad, la libertad y la
muerte. Una obra que por sus características nos recuerda a Juan
Salvador Gaviota (1970) de Richard Bach, que narra el aprendizaje
sobre la vida y el volar de una gaviota que forja su propio camino
de superación.
El crítico ecuatoriano Hernán Rodríguez Castelo dijo que Mallko
era “de aquellos grandes libros bolivianos que querría ver en todas
las bibliotecas escolares del Ecuador”66. Es un libro que ha sido declarado texto oficial de la escuela boliviana en 1974. En 1975, en
ocasión del Congreso Mundial de Iglesias Evangélicas realizado en
Nairobi (Kenia), Mallko fue catalogado como un ejemplo excepcional
de la literatura de los países del llamado Tercer Mundo. En 1976
figuró en la lista de Honor Hans Christian Andersen y, posteriormente, fue publicado el año 1981 por ediciones sm de Madrid y en
1990 por el Convenio Andrés Bello con sede en Bogotá.
Al principio solo sintió una fugaz punzada atravesándole el buche,
un rápido dolorcillo que le hizo lanzar un áspero graznido. El día era
igual a otro, su situación era la misma, sin embargo, era la primera vez
que sentía la necesidad de estar junto al cálido cuerpo de su madre.
Estiró el cuello cubierto por una especie de pelusa y trató de ver lo
que ocurría en el mundo exterior. No vio nada. Solo oyó el zumbido
del viento corriendo incansable, por el fondo del abismo. No podía
saber qué le causaba esa inquietud. (Suárez, 1977: 7)
65
Mallko significa “cóndor” en lengua aymara.
66
Rodríguez Castelo, Hernán. “Las grandes claves de la literatura infantil” en prólogo del libro Mallko de Gastón Suárez. Ed. Nuevo Mundo. La Paz, 1997.
Anexos
439
La historia tiene un comienzo estremecedor. Una cría de cóndor se queda sin su madre y advierte la primera demanda de la
vida, el alimento. La obra se desarrolla entre ese descubrir de
uno mismo, explorando sus capacidades, fuerzas y destrezas,
y la exploración del mundo que lo rodea en una lucha por la
supervivencia que va a transformarse en un verdadero poema
a la vida, o, como muchos han denominado a Mallko, como un
canto a la libertad.
El pequeño cóndor va creciendo “y el hambre, que hizo más
largos sus días de sufrimiento, acicateó su instinto de vivir y lo
obligó a moverse y salir” (Suárez, 1977: 20), entonces se anima a
realizar un primer vuelo, experiencia que después de un tiempo
lo sacará de su nido en las cumbres nevadas para iniciar una vida
dura, de angustia y soledad. Pronto, el cóndor conoce a otros
miembros de la comunidad y a Naira que, en la vida monógama
de esta aves, será su pareja para siempre. Sin embargo, no se libra
de los antagonistas crueles que hacen dificultoso su camino, ni de
la presencia del hombre que le corta su libertad cuando es cazado
para ser parte de la fiesta de la sangre “Yawar”67 para finalmente
recobrar su verdadera libertad. El especialista en literatura infantil
y juvenil Víctor Montoya dice al respecto:
La historia de Mallko, aunque no es un libro propiamente infantil sino
juvenil, nos relata los sentimientos y pensamientos de un cóndor que
experimenta las mismas adversidades que un hombre del altiplano,
incluidas la soledad y las ansias de libertad, la vida comunitaria y
las tradiciones como la famosa Yawar Fiesta (fiesta de la sangre), en
la que el cóndor es atado en el lomo de un toro y, entre aleteos y
corcoveos de dos animales en pugna, es conducido hasta lo alto de
un cerro, donde es coronado con kantutas y luego liberado, como
símbolo de triunfo y grandeza del mundo andino sobre el mundo
occidental.68
67
De La Quintana, Liliana, A propósito de Mallko. Rito altiplánico en el que se
amarra un cóndor al lomo del toro hasta que uno de los dos perece. El cóndor
no debe salir herido ni lesionado porque es un animal venerado y la lucha
entre el cóndor y el toro es un acto simbólico de un arreglo de cuentas entre
el mundo andino y el mundo español. El cóndor debe triunfar, de lo contrario
seria señal de desgracia para el pueblo.
68
Montoya, Víctor. Humanismo y prosa poética en la obra de Gastón Suárez. Página
de Internet de la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil. http://
www.ablij.com/articulos/humanismo-y-prosa-poetica-en-la-obra-de-gastonsuarez
440
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Mallko es una novela juvenil escrita en tercera persona, con un
narrador omnisciente experto en lo que es la fábula y la ciencia,
que si bien parece un especialista en animales que observa, que
describe y que conoce a detalle las características de su ejemplar,
escribe con la ternura del escritor. Mallko es la descripción de la vida
de un cóndor unida a la belleza de la pluma de su autor. Suárez
logra describir de manera detallada y hermosa, con lenguaje elegante y palabra adecuada, el paisaje andino, el vuelo elevado de los
cóndores, los riscos, cerros y quebradas. Es cierto que en el uso de
ese lenguaje utiliza muchas palabras que no son de uso coloquial y
que necesitan ser explicadas al joven lector, pero también es cierto
que son un enriquecimiento a su vocabulario.
En esa búsqueda del cóndor de volar cada vez más alto, las
descripciones de los vuelos, tanto de altura como rasantes, son
extraordinarias y hacen que el lector llegue también a consustanciarse con la naturaleza, el aire, el viento y sobre todo la altura. Por
otro lado, es una novela que se adelanta a una época en la que la
reflexión ecológica era incipiente, en la que poco se hablaba sobre la
extinción de los animales y la destrucción del medio ambiente.
Mallko es una obra vigente en Bolivia que además de ser un
verdadero poema, en cuanto a lenguaje se refiere, tiene la virtud de
que el lector, al igual que el cóndor, identifique sus propios miedos,
logros, frustraciones y alegrías al descubrir día a día el mundo que
lo rodea. Suárez relata la vida difícil de los cóndores pero lo hace
con naturalidad y no con pesadumbre o victimización.
441
Anexos
Gladys Dávalos Arze
Ururi y los sin chapa (1998)
(Novela juvenil)
Seleccionada como una de las mejores novelas
iberoamericanas sobre el tema niños de la calle.69
La literatura infantil y juvenil que toca el ámbito de los niños de la
calle no es abundante en Bolivia, probablemente porque se trata
de un tema complejo que implica entrar en un mundo donde el
abandono, la droga, el hambre, la soledad y hasta la muerte son
tópico de todos los días. Asuntos difíciles de abordar, sobre todo si
están insertos en una literatura destinada a los niños que defiende
el pensamiento de no interferir en la inocencia de la infancia. Sin
embargo, estos protagonistas son parte real de cualquier ciudad
latinoamericana y tienen una historia que contar. Entre estos libros
que abordan el tema de los niños de la calle, Ururi y los sin chapa,
de Gladys Dávalos, es la obra más impactante porque muestra de
manera sencilla pero muy documentada la vida de estos niños.
Ururi, una niña de trece años de clase media baja, es la protagonista de esta historia. Necesita ahorrar lo suficiente para hacerle un
regalo de Navidad a Doña Yoli, la jefa de su madre. Para conseguir
el dinero, Ururi le propone a su mejor amigo, Santiago, realizar un
trabajo fácil fuera de las horas de colegio: cuidar autos frente a un
sauna por las noches. La madre de Ururi se opone, pues a pesar de
pertenecer a una clase social de bajos recursos no puede permitir
que su hija salga a trabajar por las noches, ya que se trata de un
trabajo que no le corresponde a una niña que asiste a la escuela. Por
su parte, Ururi aún no comprende esa rigidez de la madre, porque
desconoce las diferencias entre un oficio y otro. Así que convence
a su madre con el argumento de que irá acompañada de Santiago
y que el trabajo durará solamente hasta lograr el monto necesario
para comprar el regalo.
69
Ponencia “La narrativa para niños y jóvenes, hoy” de la especialista venezolana
en literatura infantil Maité Dautant en el II Congreso cilelij 2013, Bogotá,
Colombia.
442
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
En su primera noche de trabajo las cosas se complican y Ururi
y Santiago se encuentran con que esa calle no tiene vacantes.
Un grupo de niños, de distintas edades, son dueños de la cuadra.
El primer encuentro entre las dos clases sociales es frontal. La
pandilla impide a toda costa el ingreso de los intrusos a su zona
de trabajo. Ururi y Santiago representan a los ”niños ricos” de la
sociedad porque ambos tienen padres y una familia que puede
velar por ellos.
¡Uds. dos sí que son boludos! ¿Para qué tienen padres pues, si no es
para que trabajen para Uds. y les den lo que quieren? Todos los papás
de los niños ricos hacen eso. ¡(Ustedes) Solo vienen a joder aquí...
vienen a quitarnos el pan de la boca! (Dávalos, 1998: 21)
Ururi es muy sentimental y susceptible. Esa noche se da cuenta de
que sí hay una diferencia entre un trabajo y otro. Los niños que
cuidan autos son distintos a ella y a Santiago. Ha observado su
ropa, su cuerpo sin lavar, sus cabellos desgreñados. Sin embargo,
aún no asume el abismo que hay entre ambos estratos sociales.
Por el momento le duele ser considerada “niña rica”, ella que vive
con las justas gracias al trabajo de su madre en el Registro Civil.
Finalmente, Ururi y Santiago, pactan con aquellos muchachos para
compartir las ganancias del cuidado de autos y, a la larga, compartir
una forma de vida.
El diálogo que sostienen los protagonistas con los chicos de la
calle noche a noche es el hilo conductor hacia un mundo nocturno desconocido, el mismo que atraviesa el lector de la mano de
Ururi y Santiago para finalmente entender las diferencias. Es una
travesía por un laberinto sin salida donde la pobreza en su máxima
expresión recurre a sus únicas posibilidades de supervivencia: el
cigarrillo, la droga, la prostitución, el robo y el alcoholismo.
Carentes de una identidad, pues no tienen documentos ni
conocen su verdadero origen y lo que reciben cubre únicamente
sus necesidades fundamentales de alimentación y vestido, se denominan a sí mismos por apodos desconociendo así sus pasados
e intentando salvar el día a día con un poco de comida. Ururi, en
su corta edad, va asumiendo la responsabilidad de una sociedad
que más que comprender y colaborar ignora el problema; a veces
es indiferente, despectiva y hasta cruel. Los dueños de los autos
que estacionan frente al sauna, pequeños ejemplos de ciudada-
Anexos
443
nos que conviven con los niños de la calle en la gran ciudad, los
maltratan, los dejan sin paga y hasta los tildan de ladrones.
La protagonista aparece en una situación de total discriminación por parte de sus compañeras de colegio y padres de familia,
y se ve envuelta en una serie de historias falsas por haber comprometido su amistad con muchachos de la calle que significan
una mala compañía para su clase social. Por otro lado, un toque
sentimental le da otro giro a la novela cuando de la relación amistosa con los cuidadores de autos, nace un romance entre la niña y
uno de los lustrabotas, relación genuina que cuenta con la férrea
oposición de la madre que no puede permitir que su hija se junte
con “niños de la calle” que, desde su punto de vista, implican un
gran peligro para su bienestar. Aunque Ururi intenta por uno y
otro lado reflexionarla sobre la situación precaria en la que viven
sus amigos, la madre no cede en su posición.
Los chicos sienten que el cigarrillo es algo que les ayuda a soportar
el frío y el hambre y entonces lo hacen, pero no con mala intención.
¡Qué cosas dices! ¿Que no lo hacen con mala intención? Pero por
Dios, niña mía, ¡qué ingenua eres! Yo creo que ellos saben muy bien
lo que hacen. ¡Son unos viciosos... Esos no pueden ser tus amigos!
(Dávalos, 1998: 36)
Santiago, tampoco está seguro de que lo que están haciendo es
lo correcto. Acompaña a Ururi por las noches porque es su mejor
amiga y porque la siente más protegida estando él allí. Sin embargo,
no confía en estos chicos tan extraños que poco a poco parecen
quitarle la amistad de Ururi, así que se propone disuadirla del proyecto a como dé lugar. Toma la posición cómoda y durante algunos
días abandona a su amiga en el trabajo nocturno.
No menos importante es la caracterización de cada uno de
los personajes secundarios, los seis niños de la calle, pues a través
de ellos el lector accede a todos los problemas que enfrentan por
esa necesidad de supervivencia que equivale a un enfrentamiento
permanente con la muerte. La actitud a la defensiva que adoptan
los primeros días, luego se va suavizando a medida que la autora
desnuda a su protagonista que ofrece una bonita amistad, porque
no tiene nada más que darles; los escucha, los aconseja y los divierte.
Si bien la novela sigue un orden temporal lineal donde se narra
todo lo que ocurre en las semanas en que Santiago y Ururi pasan
444
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
cuidando los autos junto a sus amigos, también incluye anacronías
que obligan al lector a moverse hacia el tiempo pasado.
La narración logra una empatía en el lector que a lo largo de
la lectura va cambiando su manera de ver a estos niños. Además
de convertirlos en protagonistas reales, la autora logra hacer
partícipe al lector del día a día de estos muchachos. Dávalos no
quiere estimular la compasión, por el contrario, apunta más bien
a darles a estos niños un lugar en la sociedad que por lo general
los discrimina o los ignora, o de pronto los utiliza como bandera
para sus objetivos. Veamos el caso del lenguaje. Escrita con un
lenguaje sencillo que en muchos casos utiliza los diminutivos tan
propios del castellano boliviano, sobre todo del paceño, la novela
rescata la jerga de los niños de la calle. Un idioma particular con
la inclusión de malas palabras y aquellas inventadas por el medio
que en algunos momentos hasta cambian el orden de las sílabas
con la mayor naturalidad.
Tengo un fria-res-do de la gran siete, pero me siento diez veces jorme solo de ter-ve... Anoche King Kong no vino a torrar (dormir) a la
guarida... (Dávalos, 1998: 76)
Varios libros de literatura infantil boliviana han mostrado alguna
faceta de la pobreza que es parte de la realidad latinoamericana y
boliviana; sin embargo, ninguno ha cavado tan hondo como esta
novela en su paralelismo con la realidad. Es con este propósito que
los capítulos de la primera edición no tienen ilustraciones, sino fotografías de lustrabotas que intentan relacionar a los personajes con
niños que deambulan por la ciudad, porque en el fondo es la imagen
de una dura realidad. Sin duda, Ururi y los sin chapa abrirá los ojos de
nuestros jóvenes lectores hacia un mundo que si bien conocen por
fuera, solo podrán comprenderlo cuando se internen en él.
445
Anexos
Isabel Mesa Gisbert
La pluma de miguel: una aventura en los
andes70 (1998)
(Novela juvenil)
Novela ganadora del concurso ENKA de Colombia
Premio Andino 1998.
El arcángel Miguel se encarga de narrar la acción, que en su mayor parte tiene a ángeles y demonios como personajes. La acción,
entonces, se circunscribe dentro del campo mítico, dado que los
personajes están dotados de una naturaleza diferente a la de los
hombres, ya que pueden realizar actos sobrenaturales. El pretexto que mueve la acción es que Lucifer se da maneras para entrar
en los cielos y robar la conciencia humana. Para rescatarla, una
legión de ángeles comandados por los arcángeles lucha contra los
demonios, enfrentamiento que, en términos arquetípicos, deviene
una batalla del bien contra el mal. Sin embargo, Mesa de Inchauste
desconstruye la solemnidad del mito con humor y una caracterización muy humana de los ángeles y del mundo del más allá.
Irónicamente, el reino de los cielos tiene un orden jerárquico
terráqueo, en cuya cúpula superior se encuentran Dios, los serafines, querubines y tronos. En los cielos, cada uno de los seres alados
cumple una función específica. Jehudiel, por ejemplo, tiene a su
cargo el normal movimiento de los astros; en cambio, Raziel es el
responsable de la biblioteca del cielo, donde los ángeles continúan
aprendiendo. De esta manera y a pesar de su naturaleza mítica,
estos seres alados se caracterizan por tener sentimientos y defectos
humanos. Incluso no todo es perfecto en el cielo. Así, en el libro
de quejas se ha registrado que la seguridad de la frontera CieloInfierno deja mucho que desear, ya que algunas almas han entrado
ilegalmente al Paraíso. El humor también emana de costumbres
identificablemente bolivianas, como llegar tarde a una cita. En la
novela, Rafael se mofa de Miguel por su atraso, dado que la reunión era “A la hora celestial, no a la hora terrestre”(Mesa, 1998:
70
Reseña tomada del libro Diccionario crítico de novelistas bolivianas de Willy O.
Muñoz. Plural Editores. La Paz, 2013. Pág. 140-142.
446
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
58). De la misma manera, los arcángeles no meten la pata, sino el
ala. Este y otros casos de cambios en los giros lingüísticos son una
de las bases del humor.
La acción toma la forma de una misión que Dios encomienda
a los arcángeles: la búsqueda y rescate de la Conciencia Humana
para que la humanidad no caiga en poder de Lucifer, misión que
los lleva al territorio del Alto Perú, en cuya geografía tiene lugar el
combate final en el siglo xvii. La lucha de estos espíritus del bien y
del mal, que a voluntad se hacen visibles a los ojos de los humanos
e intervienen en sus acciones, no solo cambia la historia, sino que
quedan vestigios físicos de la intervención de estos espíritus en
el acontecer de los humanos, como el hecho de que en Potosí el
puente que queda sobre la “Rivera” sea conocido como “el puente
del diablo”(Mesa, 1998: 169), en referencia a la batalla que tuvo
lugar allí entre ángeles y diablos. Además, que ese nombre también
consta en uno de los tantos libros de la biblioteca de Raziel. Esta
estrategia tiene como propósito conferir verosimilitud histórica
a la escaramuza sobrenatural que tuvo lugar en ese puente.
La pluma de Miguel fue publicada por Alfaguara Juvenil, es decir,
está destinada a los adolescentes como primeros receptores de este
discurso. En efecto, la descripción del enfrentamiento sobrenatural
de los seres alados con las fuerzas del averno, cuyos personajes
tienen características monstruosas, se asemeja a las batallas de los
héroes de los dibujos animados que poseen poderes sobrenaturales,
como ser capaces de mandar rayos y truenos, armas fantásticas
con las que luchan, aunque ellos también recurren a armas tradicionales como la espada. El objetivo de esas batallas es rescatar la
Conciencia Humana, la cual está contenida en una esfera luminosa.
Esta imagen también refuerza la caracterización pictórica de los
dibujos animados, en cuyas acciones las fuerzas del bien triunfan
sobre las fuerzas del mal.
Otro propósito de la novela es averiguar la identidad de los
pintores que pintaron ángeles con trajes suntuosos. Para cumplir
la misión que se les ha encomendado y para transitar por entre
los humanos, los arcángeles se hacen visibles y escogen su propia
ropa, indumentaria representada en la pintura colonial. Baraquiel,
el arcángel descuidado, quien es la fuente de gran parte del humor
de esta novela, además de ser el dios del relámpago, se encarga de
pintar los hechos de la misión para reportar los resultados. Este
Anexos
447
arcángel travieso incluso pinta un diablillo en una de las pinturas
coloniales de una iglesia, de modo que, para que no se note su travesura, cubren al diablillo con otra capa de pintura, dando como
resultado un palimpsesto encubridor. Baraquiel traba amistad con
Diego Quispe Tito, un pintor cuzqueño, quien enseña a Baraquiel
las últimas técnicas de la mezcla de aceites con productos que
provienen de las plantas para lograr pinturas de colores más brillantes. Baraquiel pinta cuadros de los arcángeles recurriendo a esas
técnicas, pinturas incluidas en la novela, de modo que se crea una
relación intertextual entre el texto escritural y los textos pictóricos.
Gracias a este subterfugio se responde a la pregunta de la pequeña
Isabel, que algunos cuadros coloniales que retratan a ángeles alados
fueron pintados por Baraquiel mismo. Este arcángel aprovecha
lo que ha aprendido en la tierra y abre una tienda en el cielo con
el nombre de “La pincelada mágica”, donde vende lo último en
pintura. En la inauguración de la tienda, ofrece sus pinturas en
oferta. En consecuencia, vende sus pinturas como “maná caliente
recién salido del horno”(Mesa, 1998: 310), en suma, Isabel Mesa de
Inchauste conjuga doctamente la iconografía de los ángeles con
la historia y leyendas andinas en un relato donde lo sobrenatural
está humana y humorísticamente narrado.
448
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Stefan Gurtner
El grano verde (2004)
(Novela juvenil)
Achaku es un ratón al que el autor de este libro
ha atrapado en un frasco de mayonesa, y el
roedor, desde su prisión, ha decidido contarle
su historia a Stefan Gurtner. Él es un ciudadano suizo-boliviano
con un fuerte compromiso con la infancia marginada de nuestro
país, que además tiene otros escritos infantiles importantes, entre
ellos su novela corta Pata Chueca (1998), la vida de un niño de la
calle contada desde la óptica de un perro.
El grano verde es la historia de aquellas personas que emigran
del campo a la ciudad con la esperanza de una vida mejor; sin
embargo, cuando llegan a la gran urbe terminan dándose cuenta
de que no son bien recibidas, que la vida en la ciudad es difícil
y sufrida, totalmente distinta a la del campo. El autor hace una
atinada analogía entre los emigrantes y los ratones, muy parecida
a la que posteriormente hará Carlos Vera entre sus emigrantes y
los murciélagos. Ambos autores eligen los animales más rechazados por el común de la gente, debido a su aspecto y color, para
manifestar el trato que se les da a los emigrantes, ya sea si estos
van de un país a otro o si viajan del campo a la ciudad.
Achaku y su familia son ratones del campo que se ven forzados a trasladarse a la ciudad. El pequeño Achaku, al igual que
muchos niños que llegan a la ciudad, busca su identidad y trata de
sobrevivir en un mundo adverso. El padre ha muerto al intentar
traer comida para la familia, y la madre, viéndose embarazada
nuevamente, lo saca a la calle para que busque a la hermana que
hace tiempo ha venido a la ciudad. Luego de la desintegración de
su familia, Achaku va descubriendo en su día a día la realidad de
la gran urbe. No es fácil conseguir comida, no solo los ratones de
la ciudad los discriminan sino que también hay gatos escondidos;
no hay sótanos disponibles, y la cotidianeidad se convierte en un
riesgo permanente para la vida.
En la ciudad hay un lugar denominado “El palacio de la comilona” donde los ratones del campo hacen fila todos los días para
recibir algo de comida repartida por los ratones mestizos. Pero los
Anexos
449
perversos ratones de la ciudad no dejan que los del campo tengan
acceso a la comida, atacan constantemente y ocupan todos los
sótanos de los humanos dejándolos sin opción.
Achaku encuentra a su hermana quien, como una guerrillera
aguerrida, organiza el grupo “Grano Verde” que intenta combatir
a los ratones de la ciudad. Efectivamente, se da una batalla campal
entre el grupo de ratones de la ciudad y el grupo de ratones del
campo; batalla irracional, pues no saben que la verdadera batalla
tiene que combatirse contra el gato quien espera ansioso caerles
encima.
La obra de Gurtner está muy bien escrita e invita a la reflexión.
El lector, al igual que los pequeños roedores, recorre con rapidez
las páginas y se las devora, mientras entra a hurtadillas a los escondrijos, rejillas, alcantarillas, pasajes, huecos y recovecos de una
ciudad donde nadie está seguro. El grano verde es una novela con un
final dramático como muchos de los finales de aquellos que vinieron con la esperanza de encontrar un mundo mejor y se mueren
con las manos vacías. Los emigrantes añoran la tierra que los vio
nacer; esa pampa altiplánica, ventosa, fría, solitaria y árida, pero
fiel, porque le da al campesino el sustento diario.
450
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Rosalba Guzmán Soriano
Conquistando a Lindolfo (2008)
Primer Premio del II Concurso Nacional de Cuento
Infantil 2008 convocado por Editorial Santillana
para su sello Alfaguara.
Ernestina, una tierna y dedicada bibliotecaria, recibe la visita del
director de la escuela quien le advierte que la hija de un padre de
familia, una niña muy influyente, ha denunciado la presencia de un
ratón en la biblioteca. Ernestina niega la presencia de un ratón (pues
se trata de una ratona) y trata de poner a salvo a su mascota. A partir
de ese momento, la novela gira alrededor de la condena a muerte
de Julia, una simpática ratona de biblioteca, quien usará todas las
estrategias posibles para evitar ser atrapada primero por el escuadrón de limpieza que contrata el director para limpiar la biblioteca,
y luego del gato Lindolfo, quien tiene la misión de aniquilarla.
Es una historia magistralmente escrita que utiliza varios de los
recursos tan característicos de la literatura de Guzmán. El primero
de ellos es el humor, pues se trata de una novela muy divertida en
la que la autora pone gran comicidad a cada una de las situaciones
de riesgo que vive la ratona en cuestión. Pero estas situaciones
de humor se construyen a partir de los personajes, cada uno con
una identidad propia y muy definida que los hace o simpáticos o
antipáticos ante el lector.
La hija del padre de familia, por ejemplo, no tiene un nombre
porque retrata a cualquier chiquilla mimada e insoportable, de
padres influyentes, que hace lo que quiere en la escuela y a la que
nadie se anima a contradecir. En este caso, está decidida a demostrar que hay un ratón en la biblioteca y que no parará hasta verlo
muerto. Para darle gusto, el director del colegio, que si bien dirige
la institución sabe que su cargo está en las manos de los padres
influyentes, contrata un escuadrón de limpieza para que encuentren al ratón y lo eliminen. En sí el escuadrón de limpieza es un
grupo de personajes totalmente sui generis, cada uno con un apodo
que lo define de acuerdo a su físico y que al final se convierten en
cómplices de Julia, gracias a la simpatía de la ratona:
Anexos
451
Al llegar a su despacho, el Director llamó al escuadrón de limpieza
compuesto por un joven alto y muy delgado de cabellos parados al
centro de la cabeza, manos huesudas de finos y largos dedos llamado el
Chicle. Otro de mayor edad, pequeño, gordito y cachetón y de mejillas
rosadas, a quien le decían el Chato. Una mujer de aproximadamente
treinta años, muy nerviosa e inquieta, flaca, de ojos, orejas y boca
grandes que todo el tiempo estaba haciendo gestos (conocida como
la Flaquis) y finalmente de fuertes músculos, mandíbula cuadrada, un
poco bigotuda ojos redondos, vivaces y dientes desiguales: la Malona.
(Guzmán, 2008: 43)
Finalmente está Lindolfo, el gato que, a pedido de la hija del padre
de familia, se queda a pasar la noche en la biblioteca con el único
objetivo de comerse a la ratona.
Pero los recursos que utiliza Rosalba no terminan ahí. Una
vez más nos da una singular muestra de un juego con el lenguaje
que también define a los temperamentos de los personajes, lo que
le añade a la novela un toque humorístico realmente genial.
La bibliotecaria Ernestina es parsimoniosa y tranquila, entonces habla ceceando y muy lentamente porque tiene frenillo: “no
de vaz a moved, ni de vaz a dejad ved con ed zeñod Domíngez
porque zi te dezcubde tdae a Dindodfo que es feo y mado”. La hija
del padre de familia habla sin descanso y atropelladamente, y por
eso no existen espacios entre sus palabras: “Estabaentreloslibrosdeliteraturainfaltilytambiénestabadetrásdellibrodetragediasgriegas”.
De la misma manera, cada uno de los miembros del escuadrón de
limpieza tiene una manera de hablar: el Chicle utiliza el inglés, lo
que le da un mayor estatus entre sus compañeros; la Malona hace
énfasis en las letras finales para mostrar su firmeza de carácter;
el Chato habla un mal castellano y la Flaquis tartamudea. Es muy
irónico que la autora plantee que el único personaje que tiene un
perfecto castellano es precisamente la ratona de biblioteca que
finalmente es un animal.
Sin embargo, lo interesante de la obra es cómo Julia ensaya una
serie de estrategias para mantenerse a salvo dentro de la biblioteca.
En esa interminable noche de convivencia con Lindolfo, Julia es
consciente de que al ser tan pequeña sería mortal intentar huir del
adversario, por lo que echa mano permanentemente de su intelecto, de su ingenio y de su capacidad de persuasión. Al ser una ratona
de biblioteca, ha leído muchísimos libros de cuyos personajes ha
aprendido las cosas importantes de la vida. Es en ese entorno que
452
Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
los intertextos juegan un papel fundamental en la novela, y es a
partir de su lectura y de los aportes de sus personajes que ella logra
un acercamiento con su enemigo. De la biografía de Pina Bausch,
coreógrafa y bailarina alemana, aprende que “uno puede expresar
con el cuerpo lo que siente”; y de la diosa egipcia Bastet, la fidelidad
por los seres especiales; y de la escena del zorro y el Principito a
dejarse domesticar para “tender lazos de cariño, reconocimiento
y afecto”; ideas que poco a poco introduce en el atrofiado cerebro
de Lindolfo mostrando que el poder de la palabra es precisamente
lo que Julia necesita para desarmar a un enemigo que lo único que
le interesa es comerse a la ratona por su naturaleza felina.
Conquistando a Lindolfo es un libro maravilloso que más allá de
la aventura, le recuerda al lector que en muchas situaciones desagradables, de desequilibrio físico, de riesgo o de enfrentamiento,
el poder de la palabra es un arma fundamental y sobre todo imprescindible para mantener un ambiente de paz.
453
Anexos
Carlos Vera Vargas
El vuelo del murciélago barba de pétalo
(2009)
(Novela juvenil)
Primer Premio del Concurso Nacional de
Novela Juvenil 2009 convocado por Editorial
Santillana para su sello Alfaguara.
Presentar a Carlos Vera Vargas no es hablar de cualquier autor de
literatura infantil. No creo equivocarme al decir que su obra no
se la conoce lo suficiente y, por lo tanto, su narrativa no ha sido
valorada como corresponde. De las ocho obras de literatura infantil
y juvenil que ha escrito, cinco tienen premios nacionales (Premio
Nacional de Cuento Infantil del Centro Pedagógico y Cultural Portales, 1982; Segundo Concurso Nacional de Literatura Infantil de
la Reforma Educativa, 1998; Premio Nacional de Novela Juvenil
Santillana, 2009; III Premio Nacional de Literatura Infantil y II
Premio Nacional de Literatura Juvenil, 2014), y dos novelas fueron
finalistas en los concursos de literatura infantil más importantes
de Latinoamérica, el enka (1994) y el Fundalectura (2003), ambos
de Colombia. Probablemente el único escritor de infantil-juvenil
con reconocimientos tan importantes dentro y fuera del país; y eso
tiene que decirnos algo.
Una de sus obras más impactantes es El vuelo del murciélago Barba
de Pétalo, una novela que habla del fenómeno de la migración, que
se hizo muy común en Bolivia cuando España acogió a muchos
ciudadanos bolivianos que optaron por quedarse. La novela toca de
manera muy sentida las implicaciones sociales que tiene un proceso
migratorio. Proceso que en mucho casos culmina con el síndrome
de Ulises, en el que la separación forzada de los seres queridos, el
sentimiento de desesperanza, la ausencia de oportunidades ante
un fracaso laboral, la lucha por la supervivencia y el miedo que
conlleva el hecho de estar indocumentado, llevan a un cuadro de
estrés muchas veces insostenible.
Dentro de este contexto, Vera Vargas entrelaza dos historias
paralelas: la vida del migrante con “la fatiga y el sufrimiento mi-
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
gratorio de los murciélagos, animales que también padecen de una
serie de desajustes”, en palabras del mismo autor.
Al inicio de la historia, un periodista escribe un artículo que
introduce al lector al mundo de los murciélagos, voladores mamíferos que no gozan del aprecio del común de la gente por su
aspecto y color. Inmediatamente después, Ernestina nos involucra
aún más con estos animales, porque cuenta que su tío Camilo va
detrás de los quirópteros, estudiándolos en todos sus movimientos;
que coloca redes para atraparlos y luego los observa, los pesa, los
mide, les pone anillos de identificación, escribe todos los detalles
en su cuaderno, les saca fotografías y después esa información de
los murciélagos la archiva en su computadora. ¿No es lo que hacen
los agentes de migración con los imigrantes?
Entonces aparece la historia de Adriana y Mauri, quienes extrañan mucho al padre que un día marchó a España para darles
una vida mejor. Ellos hablan con él desde una cabina telefónica
todos los fines de semana, y esperan junto a su madre las remesas
mensuales que llegan de Europa. ¿Pero quién sabe lo que realmente
pasa con él? Un hombre indocumentado que vive lejos de su familia
y sufre de fuertes dolores de cabeza porque no consigue trabajo ni
tiene los papeles en orden, y, además, está obligado a esconderse
de los que observan día y noche a extranjeros de baja ralea para
atraparlos y deportarlos.
El lector siente el estremecimiento migratorio que padecen
los murciélagos cuando tienen que ir de un lugar a otro, e inmediatamente uno piensa en este padre que se fue con la esperanza
de una vida mejor. Una vida mejor posiblemente para su familia
que recibe las remesas, porque los inmigrantes, debido a su condición de ilegales, son empleados en los trabajos más duros y bajo
condiciones realmente miserables.
Aparece Xavi, el amigo de Mauri, un loco soñador que quiere
irse a toda costa a Europa a tocar el saxo. Pero él quiere ser un
saxofonista de aquellos que van tocando por las calles, esperando
que la gente abra las ventanas para saludarlo y tirarle alguna moneda. Quiere ser como un murciélago migrante para ir por todo el
mundo o, tal vez, como El Flautista de Hamelín que solo por un día
se llevaría de las grandes ciudades a las mujeres trabajadoras, a las
que cuidan a los niños y ancianos, a los cocineros, a los cosechadores de naranjas, a los criadores de caracoles, a los limpiavidrios, a
Anexos
455
los mozos, a los plomeros, a los pintores… en fin a todos los que
hacen los trabajos más duros y peor pagados. Si eso ocurriera en
la realidad, ¿será que las ciudades quedarían vacías y que sus autoridades irían a buscarlo hasta el fin del mundo para que abriendo
la montaña les devolviera a todos esos murciélagos… o, mas bien
dicho, a todos esos inmigrantes que realizan el trabajo duro?
“Murciélagos e inmigrantes”, no es nada descabellada la
analogía que Vera plantea en su novela. La empleada de la oficina
de correos tiene terror a los inmigrantes, asegura que hasta su
nombre huele a terrorismo puro… “A esos descuidados”, dice
entre susurros, “¡solo el cautiverio!”. ¿No es lo mismo que algunos
seres humanos sienten cuando ven un murciélago? Así es el vuelo
rasante de muchos murciélagos que buscan habitar en un lugar,
en alguna parte… al mismo tiempo se escuchan los gritos de los
inmigrantes con migraña.
Sin embargo, el padre de Mauri y Adriana tiene un lazo muy
fuerte, que es lo que lo mantiene de pie. Pese a las redadas, detenciones y deportaciones sobre los extranjeros indocumentados, él
siente que su máxima emoción es que sus hijos siempre piensen
en él y que le den un espacio en sus ilusiones y fantasías.
Después de este recorrido por la obra de Carlos Vera es posible
concluir en que este autor es un innovador de la temática en la
narrativa juvenil boliviana. Temas como la adopción, el oficio de
ladrillero, la migración, la casa de vecindad, tan cercanos a nuestra
realidad, han sido tratados con la delicadeza pertinente a la comprensión de un lector adolescente que hoy busca en la literatura
juvenil algo más que lo tradicional. Con un lenguaje sencillo y
directo es capaz de atrapar al joven sin el temor de incorporar
conceptos científicos o técnicos, porque Carlos Vera comprende
ese respeto por nuestros lectores que lo menos que quieren es que
se los subestime.
Trabajando una literatura moderna y logrando un gran desafío
para el lector, la novela teje una trama coherente en una suerte
de desorden de capítulos que parecen cuentos independientes que
narran dos relatos paralelos: la historia de Mauri y su familia, interrumpida semanalmente por las llamadas telefónicas del padre,
y la de Ernestina y el tío experto en murciélagos, interrumpida
también por las entrevistas del periodista que da cobertura al estudio de los quirópteros.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
El vuelo del murciélago Barba de Pétalo nos habla de un problema
actual, latente en todos los países latinos. Un problema que los jóvenes deben conocer para entender la situación de los compañeros
que se quedan y de los padres que sacrifican todo por conseguir
una mejor calidad de vida que probablemente ellos nunca podrán
disfrutar. Una vida en la que no se los ve como una bella golondrina
que migra del sur al norte; al contrario, se trata de una vida en la
que se los observa minuciosamente como a un horroroso y negro
murciélago chupa sangre.
457
Anexos
Verónica Linares Perou
En busca de un caballito de mar (2010)
Finalista en el Premio Latinoamericano de
Literatura Infantil y Juvenil Norma, 2008.
Verónica Linares es una autora boliviana identificada con los niños más pequeños. Los guantes de Agustina, Clemencia
la vaca que quería ser blanca, Matilde la paloma verdiazul y Zacarías son
obras magníficamente escritas que la convierten en la mejor escritora boliviana dedicada a los primeros lectores.
Sin embargo, Verónica nos sorprende con una novela para
niños a partir de los 10 años. Se trata de En busca de un caballito de
mar publicado por Grupo Editorial Norma en su colección “Torre
de Papel” que relata una historia muy boliviana, con mensaje universal: la búsqueda de nuestros sueños.
Salomé, Sabina y Simón son hijos de una vendedora de frutas que
vive en la ciudad de La Paz. Salomé tiene un único cuento de hadas
que lleva a todas partes y allí ha visto que las princesas usan falda y
cintas en el pelo. Ella se viste de la misma manera, porque se siente
una princesa y todos los días lleva a sus hermanitos al Escondite.
Allí, por órdenes de la Princesa Salomé, todos deben encontrar cosas
para ella y ponerlas en un aguayo. La princesa tiene la esperanza de
encontrar un minúsculo caballito de mar de siete colores, un caballito
que le hace recordar al padre que un día se marchó y no volvió.
Cada vez que llegan a casa y revisan los tesoros que están en el
aguayo, Sabina y Simón ven entristecer a su hermana mayor porque
no está el caballito de mar que ella anhela tener, pero de alguna
manera ella sabe que no puede descansar hasta encontrarlo.
A modo de ayudar a Salomé a encontrar su caballito de mar,
Simón y Sabina parten hacia el río con la idea de encontrar un
caballito de río. Ellos solo desean que Salomé sea feliz, incluso han
encontrado una vieja revista de la que sacan unas fotografías de
caballos para regalárselas a su hermana que poco se parecen a lo
que realmente busca Salomé.
La memoria de su padre no la deja en paz. Salomé recuerda
esa noche de luna que echada sobre la hierba junto a su padre, él le
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
cuenta de un viaje que quiere hacer al océano y a mares lejanos. Ni
su madre ni sus hermanos comprenden la obsesión de la Princesa
por encontrar al caballito de mar. Salomé les explica que ése es el
tesoro que ella busca, aunque no sabe bien por qué. Tiene algunos
recuerdos en la cabeza, imágenes que no puede borrar. Piensa en el
padre y no sabe por qué ese caballito la persigue día y noche.
En esta novela, Verónica Linares entiende que todos los niños
persiguen un sueño. En el caso de Salomé, la autora incluye el tema
del abandono del padre que afecta tremendamente a la niña mayor.
Es la única de los tres hermanos que tiene un vago recuerdo del
padre que un día se marchó buscando el mar. Y Salomé no tiene
paz en su vida hasta encontrar a ese caballito que le abrirá una
pequeña puerta de esperanza para creer que su padre todavía la
recuerda como a su princesa.
A lo largo del relato la autora hace una interesante relación
de la diversidad geográfica de la ciudad de La Paz con la vida de
Salomé. Así las flores del parque botánico sirven para la coronación
de la princesa, el trópico yungueño abastece de fruta a la madre, el
Valle de la Luna le trae a la memoria una conversación con el padre,
y el Illimani es la ilusión de una montaña que con su inmensidad
oculta aquel océano al que ella quiere llegar. Y como destino final
de los sueños de esta niña está el mar, ese mar que es un símbolo de
nostalgia pero a la vez de pertenencia de cualquier boliviano.
Salomé se levanta un día y convence a sus hermanos de llegar
hasta el mar sin tener la más remota idea de las distancias ni de lo
que pueda ocurrir en el camino porque ese es su verdadero sueño.
Así, la autora hace coincidir un anhelo boliviano representado
por el padre soñador cuya única meta en su vida es conocer el
mar, y el anhelo de Salomé de encontrar un objeto marino que la
una al recuerdo del padre en el que su perseverancia es su mejor
bandera.
Una novela de fácil lectura para niños, llena de suspenso, con
unas simpáticas ilustraciones de Marcos Torres, que no en vano
ha sido elegida finalista en el concurso más importante de Latinoamérica: Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil
Norma 2008.
459
Anexos
Brayan Mamani
Academia Europa (2010)
(Novela juvenil)
Primer Premio del Concurso Nacional de
Novela Juvenil 2010 convocado por Editorial
Santillana para su sello Alfaguara.
Academia Europa de Brayan Mamani es una obra cuya temática gira
en torno a los miedos que sienten las personas ante ciertas situaciones y las consecuencias de esas reacciones casi automáticas en
momentos de angustia.
La madre de Antonio ha postulado a su hijo a la Academia
Europa, un centro educativo de mucho prestigio donde los
alumnos tienen diez horas de estudio diarias, comen y viven allí.
Antonio hace amistad con Pedro, su compañero de cuarto, y tres
estudiantes más que son nuevos como él. También ha conocido a
Jonathan Washington, el otro de sus compañeros de dormitorio y
el matón de la Academia que ya lo ha pegado un par de veces. Pero
el encuentro más importante de la vida de Tony es Raymundo,
el portero del colegio quien en su pequeño cuarto guarda como
un tesoro varios libros de literatura clásica. La relación de ambos
comienza cuando hacen un trato: Raymundo lo ayuda con el
resumen de María de Jorge Isaacs, mientras Tony intentará, por
primera vez en su vida, terminar de leer un libro completo, La
cabaña del Tío Tom.
Es cierto que Tony tiene miedo de terminar las cosas y que todo
lo deja a medias. Cuando tiene la oportunidad de terminarlas,
había soñado tanto con ese instante que me dio miedo que se estropeara. Me arruinaría la felicidad, el sueño. Me gusta que todo sea perfecto. Disfrutar del instante. Me asusta que los momentos especiales
se echen a perder por algo, algún problema. Prefiero quedarme con
nada y así sucede siempre. (Mamani, 2010: 24)
Pero no es el único, Michael Carver, el fundador de esta prestigiosa
Academia, también en su momento ha vivido huyendo cuando
los peligros eran inminentes y había que enfrentarlos y darles
una solución. Así dejó pasar la oportunidad de una transferencia
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
de fútbol al Club Internazionale de Italia, ofendió a la niña que
más quería en la escuela por miedo a sus amigos y, después de 10
años de fundada la Academia, una evasión de impuestos lo puso
en riesgo de terminar en la cárcel.
Michael y Tony, dos personas de distinta generación, se
relacionan entre sí a través de sus miedos que los acorralan forzándolos a caer en situaciones extremas.
En la primera parte del libro, con una narración en primera
persona del protagonista, el autor hace una relación precisa de la
vida de los adolescentes en el colegio. Un ámbito donde no falta
el bravucón que abusa de los demás ni el juego del amor, la computadora y el chat, el fútbol y la pasión por sus protagonistas, y la
personalidad de aquellos profesores que dejan huellas negativas o
positivas en sus estudiantes. Dentro de este contexto es que Tony
madura y crece para formarse como adulto.
La segunda parte del libro, la vida del fundador de la Academia, es más rica en cuanto a su estructura. Los recuerdos de
infancia que Michael revive llevan al lector del presente al pasado
como si se tratara de memorias relámpago que se entremezclan
con las acciones del presente. Este en un desafío que el autor
propone al joven lector. Deja la narración lineal para zambullirse
en la anacronía del tiempo. Y es en ese ir y venir que el lector
comprende los miedos, los trabajos inconclusos y las huidas que
afligen a Michael Carver a lo largo de su vida.
En la tercera parte del libro, Mamani va atando cabos y resolviendo el misterio de la relación entre los dos protagonistas.
Antes de comenzar cada una de estas partes, el autor sugiere la
música de fondo con la que se deben leer.
El tratamiento de los personajes es muy bueno, aunque parece
quedar al aire el amor virtual de Tony, la chica a quien encuentra
en el chat y logra ver una sola vez a lo lejos, posiblemente en el
peor momento de su vida.
El lenguaje que utiliza es sencillo y legible de principio a fin,
estimulando la ansiedad de desentrañar el misterio de la relación
entre los protagonistas. En algunas partes, el lenguaje llega a conflictuar al lector adulto que ignora las abreviaciones que los adolescentes utilizan en sus conversaciones del chat o de sus mensajes de
teléfono, en las que el castellano es mutilado para obtener la rapidez
necesaria de la comunicación inmediata.
Anexos
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Academia Europa es una de las pocas novelas bolivianas dirigidas al público juvenil con calidad literaria y solvencia propia que
gana merecidamente el Premio Nacional de Novela Juvenil.
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Antología de literatura infantil y juvenil de Bolivia
Roger Otero Lorent
Lo bonito de ser feos (2011)
(Novela juvenil)
En años que tengo de leer literatura juvenil, sé que son pocos los autores bolivianos capaces de atrapar a un público con demandas tan
exigentes, me refiero a los jóvenes, nada fáciles de complacer.
Lucas, un estudiante de colegio, recibe en su casa a Clovis,
un muchacho feo que le pide que le haga una carta de amor para
una compañera de curso que le gusta mucho. “Tú eres el poeta”, le
dice Clovis. Efectivamente Lucas asiente y le dice que hasta hacía
unos meses él hacia cartas de amor por encargo. Y para explicarle
a Clovis por qué ya no escribirá más cartas de amor, Lucas decide
contarle su historia.
Lucas es un amante de la poesía, entonces empieza a escribir
cartas de amor anónimas a las chicas feas y las deja en el jardín de
sus casas simplemente para hacerlas sentir bien. Lucas se da cuenta
de la humillación que sufren las feas en el ámbito amoroso; sobre
todo cuando el elegido es el muchacho lindo o el más popular del
colegio. Para hacer las cartas, Lucas va todos los días a la biblioteca
buscando libros de poesía que lo inspiren. Y a la par de un psicólogo
amoroso estudia a las chicas que él cree que necesitan un incentivo
para cambiar su vida:
Reconocido mi talento… desarrollé el ojo clínico en base a una exhaustiva observación de las chicas del colegio. Empecé a acercarme más a
las mujeres de mi curso, a escuchar sus exigencias, intenté descubrir
cómo se apaciguaban sus apremios y se eludían sus mandatos, intenté
comprender sus razonamientos, desenmarañar su mundo interno en
busca de nuevas pistas que me descifraran el lenguaje común de sus
corazones… ocupé más tiempo en la lectura de poemas y ensayos
que trataran al respecto. Ahora mi oficio consistía en determinar qué
textos eran idóneos para las posibles personalidades de mis pacientes.
(Otero, 2011: 53)
En la biblioteca conoce a Cecilia, muchacha con la que comparte
cosas en común y con quien inicia una buena relación de amistad,
Anexos
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hasta que ella se entera de lo que realmente Lucas hace en la biblioteca. Entonces es que todo el colegio descubre quién es el más
famoso “poeta de los feos”. De ahí en adelante a Lucas le llueven
los pedidos, pero al mismo tiempo Lucas enfrenta situaciones que
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