Oratoria política y modelo de propaganda. La Oración de

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Oratoria política y modelo de propaganda.
La Oración de Juan Díaz de Alcocer en
la Proclamación de Isabel La Católica (1474)
Pedro Manuel Cátedra García
Universidad de Salamanca
Résumé
Ce travail vient combler une importante lacune dans le domaine de l’historiographie
et de la littérature. Pendant des siècles, les historiens qui ont étudié l’un des
moments les plus critiques de l’histoire d’Espagne – la rupture dynastique provoquée
par la mort d’Henri IV – ont cherché en vain le discours de Juan Díaz de Alcocer,
fonctionnaire de la Couronne, qui a servi d’introduction au serment d’Isabelle, lors
de sa proclamation à Ségovie en 1474. Ce texte a enfin pu être retrouvé et c’est celui
que nous éditons ici. Cette édition est précédée d’une minutieuse étude sur le sens
de cette oratio qui apparaît comme l’un des piliers de la construction intellectuelle,
à caractère légitimateur et de propagande, sur lequel se fonde l’émergence de
la monarchie moderne des Rois Catholiques, alors qu’elle était sur le point de
transformer les royaumes péninsulaires en la première puissance mondiale.
Mots clés
Rois Catholiques, monarchisme, propagande, discours politique, royauté, Espagne,
Moyen Âge, Juan Díaz de Alcocer, État moderne, Isabelle la Catholique
Resumen
Este estudio viene a colmar un vacío importante en el terreno de la historiografía
y en el de la literatura. Desde hace siglos, los historiadores que han estudiado
uno de los momentos más críticos de la historia de España —la quiebra dinástica
que se produce a la muerte de Enrique IV—, han buscado sin fruto el discurso de
Juan Díaz de Alcocer, funcionario de la Corona, que sirvió como introducción al
juramento de Isabel en su proclamación segoviana de 1474. Se ha hallado por fin y
se publica en este trabajo, con un largo estudio sobre el sentido de esta oratio, que
se muestra como uno de los cimientos de la construcción intelectual, de carácter
propagandístico y legitimador, en la que se basará el despuntar de la monarquía
moderna de los Reyes Católicos, a las puertas de convertir los reinos de España en
la primera potencia mundial.
Palabras claves
Reyes Católicos, monarquía, propaganda, discurso político, realeza, España, Edad
Media, Juan Díaz de Alcocer, Estado moderno, Isabel la Católica
Atalaya. Revue d'études médiévales romanes, no 11, avril 2009
Pedro Manuel Cátedra García
Para Giovanni Caravaggi
1
En los últimos veinticinco años del siglo xv1, y en sintonía con una corriente
madurada en el seno de las actividades políticas y retóricas propias de
la cultura humanística, se concreta también en España una floración del
escritos de carácter político de variados géneros. En especial, y como
resultado de estrategias propagandistas y de consolidación del poder
monárquico, proliferan diversificadas tipologías textuales otrora deleznables
o abocadas por lo general a la provisionalidad de su puesta en práctica
oral, que pasan, ahora, a hacerse memorables y a ponerse por escrito de
una manera más sistemática. Fórmulas de escritura cancilleresca o notarial,
discursos u oraciones y hasta sermones políticos, textos en verso y en
prosa de alabanza y de teoría política, tratados de educación de príncipes o
textos proféticos2, más o menos literarios, más o menos efímeros, se dejan
agrupar por razones temáticas y de uso.
2
A una de esas piezas, contenida en un tan interesante como poco
frecuentado manuscrito, dedicaré las páginas que siguen. Me parece
significativa tanto si se examina desde la perspectiva de unos hábitos
nuevos en relación con el escrito y su conservación, como desde la de
su autor, perteneciente a una clase consolidada a lo largo del reinado
de los Reyes Católicos, la que integra la alta administración. También
es interesante si se atiende a la conformación retórica y literaria; y, por
supuesto, si ponemos nuestra atención en el sentido político y en la
adquisición del escrito de nuevas funciones representativas y de influencia.
3
Trátase, en concreto, de la Oración que Juan Díaz de Alcocer pronunció en
el curso de la proclamación de Isabel la Católica como reina de Castilla en
Segovia, el día 13 de diciembre de 1474. Este discurso ha sido reclamado
por los historiadores, y no se sabía nada de él más que lo poquísimo
que figura resumido en las actas o en los relatos historiográficos de la
proclamación. Con la escritura de la oración de Alcocer en un contexto
como el que enseguida veremos, percibimos algo relativamente nuevo,
la necesidad de conservar estos textos, dándoles una categoría de
memorables. A lo largo del siglo xv se va creando un verdadero repositorio
de textos políticos en general, que tienen no sólo un soporte escrito en
origen y por conservación, sino también un soporte oral y gestual, pues
en su mayoría fueron representados —dichos o leídos— en el curso de
cualquiera de las ceremonias de la realeza o del poder público y, a veces,
incluso de las ceremonias privadas.
4
Quizá el cultivo, la conservación y uso del escrito político menor a finales
del siglo xv sea una de las características más interesantes de una nueva
relación con la letra, con el texto. A la conservación de este tipo de
textos y a la tendencia a consolidarse en misceláneas que compiten en
1 Este trabajo es adelanto resumido de uno de los capítulos de un próximo libro
sobre la literatura funcionarial de la Edad Media, que se publicará a principios del
año 2008. Se ha realizado en el contexto de los trabajos de investigación generados
en el proyecto Nexo e innovación intelectual entre Castilla y Aragón, financiado
parcialmente por la Junta de Castilla y León (refa.: SA041A07) y por el CiLengua.
2 Compárese Nieto Soria 1999, p. 231-32.
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categoría historiográfica con variedades consagradas, como la crónica, he
dedicado unas palabras al estudiar por extenso el manuscrito que nos
conserva la presente pieza3. Señalo ahí, y entre otras cosas, que, fuera
de las misceláneas propiamente literarias en las que se recogen de forma
antológica modelos tomados, por ejemplo, de la historiografía o de la
literatura clásica, empiezan a menudear ya desde principios del siglo xv
algunas otras de carácter claramente historiográfico, local o nacional, cuya
compilación «dista mucho de ser el resultado de una operación mecánica»,
por utilizar las palabras de Michel Garcia al referirse a dos de los códices
misceláneos más madrugadores, quien los ha presentado como una faceta
más de los usos historiográficos de finales de la Edad Media, en época de
crisis de la crónica real y de despunte o anuncio de las modalidades que
implican la no intermediación del cronista, como las memorias4.
5
Nuestro manuscrito, el 19365 de la Biblioteca Nacional de Madrid, es,
precisamente una de esas misceláneas, cuya historia, que se relaciona
con la de otro manuscrito del mismo depósito, nos pone ante un corpus
antológico de la que he dado en llamar literatura funcionarial de época
de los Reyes Católicos, y que he caracterizado con extensión en otros
trabajos a los que remito5. Aunque puede señalarse aquí que el contexto
del discurso de Alcocer define bien el abanico de asuntos de esa literatura
funcionarial: cartas de petición o de información, que por cumplir con
el rito tradicional de la relación de súbditos y monarcas tienen una
enjundia ceremonial; comunicaciones que tienen como base actos o
ceremonias de la realeza, como las cortes; plácemes y súplicas a reyes;
también, cartas administrativas sobre asuntos concretos, algunas de ellas
relacionadas con otros incidentes que devinieron momentos culminantes
del reinado y canalizadores de una elaborada propaganda de la Corona,
como las referentes a la herida del Rey en 1492, que son también
buenos representantes de los documentos que escenifican la relación
de los monarcas con sus vasallos y, más en concreto, con las ciudades.
Pero, fuera de estos tipos más oficiales, tenemos otros especímenes
considerados tradicionalmente literarios, como ensayos o tratadillos
políticos renovadores en forma de carta; o un interesante ramillete de
cartas consolatorias, un tipo de escritura que, además de estrella del
dictamen, a poco esfuerzo podría considerarse también ceremonial en la
medida que completa los ritos funerarios, cerrando últimas exequias en el
punto de abandonar los lutos.
6
Es por ello una labor necesaria la de rescatar este tipo de textos de
forma monográfica y agrupados por sus funciones6. La importancia de
soporte ideológico que tienen puede ser inversamente proporcional a las
3 Cátedra en prensa (a), y Cátedra en prensa (c). Estos trabajos son adelanto
reducido de varios capítulos que se incluyen en mi libro sobre la literatura
funcionarial de la Edad Media, en prensa, y en el que se incluyen varios capítulos
relacionados a otros aspectos no tratados en estos trabajos ni en los mencionados
en la n. 5, relacionados con el manuscrito 19365 y con el 19364.
4 Garcia 2004, 44. Véase también, para la edición de las piezas incluidas en uno
de esos dos manuscritos, concretamente el Esp 216 de la Bibliothèque Nationale de
France, Garcia 1999.
5 En los trabajos mencionados en n. 2, que se completan con Cátedra en prensa (c).
6 De ahí la utilidad del apéndice documental organizado por usos que figura en
Nieto Soria 1999.
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posibilidades de su conservación. De hecho, así lo fue durante mucho
tiempo: oraciones como el buscado discurso de Díaz de Alcocer, que aquí
se puede leer creo que por primera vez en una edición, debieron existir
en la etiqueta de las principales ceremonias de la monarquía Trastámara,
en este caso de acceso al poder; sin embargo, las crónicas a lo más que
llegan es a dar leves referencias. Pese a la apariencia formular de un
discurso como el que aquí estudio, fuera posible reconocer variaciones y
argumentos que, como veremos en el caso de Alcocer, permiten matizar
situaciones concretas o reconocer una de las posibles manifestaciones de
la vox populi y de las expectativas de monarca y súbditos en momentos de
crisis, situaciones cuya reconstrucción se puede perder con el dolamiento
posterior que la historia oficial ejerce sobre el pasado más o menos
inmediato de los orígenes de un gobierno.
7
Hay, sin duda, una liturgia de la palabra política en las ceremonias de la
realeza; y esa liturgia de la palabra no podía menos que mantenerse en
una tradición y, al tiempo, debía renovarse de acuerdo con los nuevos
tiempos y los nuevos gustos. Si las descripciones que poseemos de
algunos actos en los que se generan estos ephemera orales u escritos
solemos encontrarlas en las crónicas, éstas son «incompletas, pasándose
en ellas por encima de muchos detalles, sin hacer ninguna referencia a los
mismos»7, aún será más perentoria y difícil la conservación de los textos
que forman, con la gestualidad ritualizada, el cañamazo expresivo, la voz
ideológica, también ritual de estas ceremonias. En algunas ocasiones,
porque se trata de discursos o razonamientos orales; en otras, porque no
había un lugar o un espacio textual para su conservación, a no ser que el
discurso se incluyera o fuera generosamente resumido en una acta notarial
de la ceremonia, o que, como en nuestro caso de hoy, hayan pasado a
formar cuerpo con otros documentos de carácter ceremonial administrativo
y literario que se agrupan por un interés personal o con el objeto de que
sean modelos para otros actos parecidos.
8
En nuestro manuscrito varias son las piezas que se relacionan con
estas ceremonias. Algunas han sido dichas en el curso de los actos de
proclamación, como la Oración del doctor Juan Díaz de Alcocer, que
introdujo el juramento de Isabel la Católica en su sublimación, como dice
la rúbrica, al trono de Castilla y León en Segovia. Otras están relacionadas
con juras de príncipes herederos de la casa real, que precisamente en la
época de los Trastámara «comienza a adquirir connotaciones rituales muy
próximas al propio acto de entronización», quizá con el objeto de «dar
mayor estabilidad a la institución monárquica en el contexto de la lucha
nobleza-monarquía»8.
9
Tales temas, contenidos y formas no se pueden desvincular de quienes
son al tiempo sus autores y actores; antes, al contrario, el perfil de éstos
permite cohesionar todas estas manifiestaciones como propias de un tronco
común y, si se puede decir, de un estamento. La consolidación humana,
social y económica, a lo largo del reinado de los Reyes Católicos, de
una clase político-administrativa articulada y fuerte de consejeros y altos
7 Nieto Soria 1993, p. 28-29.
8 Nieto Soria 1993, p. 39.
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funcionarios reales, contribuye a la conservación y al aprecio testimoniales
de un tipo de escritura que no siempre estaba destinado a sobrevivir a su
uso coyuntural. Es por ello por lo que he dado en calificarla de la nueva
literatura funcionarial de finales del siglo xv, por su imbricación, si no
exclusiva, sí bastante persistente en las prácticas de la escritura de los
integrantes de la más alta esfera administrativa de la Corona.
10
El estudio de los miembros de esa oligarquía de poder que son
los consejeros de los Reyes Católicos ha sido reclamado por varios
historiadores modernos, entre otras cosas porque, como ha señalado la
autora de la única monografía existente sobre Díaz de Alcocer, aparte el
mejor conocimiento de las estructuras y del funcionamiento del aparato
administrativo y político de los Reyes, el estudio de la participación de
esa clase en algunos de los más importantes acontecimientos del reinado
arrojaría nueva luz sobre ellos9.
11
El manuscrito 19365 se forma con trabajos de personas de esa clase,
como Alfonso de la Caballería, Martín Fernández de Angulo, Alfonso
Martínez de Angulo, entre otros, que nos permiten atender también a la
dedicación literaria y a las faceta retórica de la literatura administrativa de
otros funcionarios, eventuales o no, cuyas obras no se conservan en este
manuscrito, pero que a juzgar por lo que de ellos conservamos, tendrían
perfiles parecidos. Es el caso, por citar coetáneos más o menos del doctor
Alcocer, de Gómez Manrique, Diego Enríquez del Castillo, de Juan Álvarez
Gato, que sostenía literarios intercambios epistolares con otro de la saga
Alcocer, García, alto funcionario también de la Corona10.
12
Aunque creo haber demostrado en mi trabajo más extenso sobre el
manuscrito 19365 su relación con el entorno del doctor Martín Fernández de
Angulo, la importancia de los Alcocer en el mismo trasfondo intelectual de
que nos da idea es innegable. He sugerido, incluso, relaciones personales,
pues que Juan Díaz de Alcocer pudo ser introductor del joven Angulo
en el entorno administrativo de la reina Isabel, como se puede ver por
los enclaves cordobeses que se perciben en su vida pública, que paso
inmediatamente a resumir.
13
En Díaz de Alcocer, precisamente, «se reúnen toda una serie de factores y
condiciones que determinan que se pueda considerar [...] como un ejemplo
bastante representativo del alto oficial cortesano característico de la etapa
de transición entre la Edad Media y la Moderna». Y lo sabemos mejor hoy
gracias a la monografía a él y a su familia dedicada, en la que se traza un
panorama, del que parto en lo que sigue, sobre su vida11. Una vida más o
menos parecida, salvadas las circunstancias de origen social o étnico, a la
de otros miembros de la elite administrativa de los Reyes Católicos, en los
que se podría reconocer un perfil como el que tiene Díaz de Alcocer.
14
Juan Díaz de Alcocer pudo ser de origen converso «lo que le iguala con
9 Rábade Obradó 1990, p. 260, que recuerda la reclamación hecha por Márquez
Villanueva 1974 (1960), p. 83, quien a su vez recuerda la misma reclamación hecha
por Jaime Vicens Vives.
10 Márquez Villanueva 1974 (1960), p. 396-403.
11 Rábade Obradó 1990, p. 285.
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Pedro Manuel Cátedra García
algunos de los más prominentes colaboradores de los Reyes Católicos»,
aunque ningún documento lo demuestre sin lugar a dudas, lo que al menos
debe pesar tanto como la ausencia de historia genealógica o la trayectoria
vital de las relaciones en un mundo tremendamente vertebrado, como era el
que compartían estas elites de poder. Los indicios son, sin embargo, de peso,
al menos por lo que se refiere al emparentamiento de los Díaz de Alcocer con
otras familias conversas y a las intrincadas relaciones de intereses12.
15
Como otros posibles miembros de la familia, el nuestro estuvo siempre al
servicio de la Corona, una de las características comunes a otras sagas
representadas en nuestro manuscrito, como la de los Angulo. Se fortalece
su papel durante el fugaz reinado del niño Alfonso, de cuyo consejo fue
miembro a partir de 1465 y, como veremos más abajo, el propio Alcocer se
dice oidor de la audiencia de este rey en 1467cuando aún era licenciado13.
Del papel desempeñado a lado del niño, no tenemos muchas noticias,
fuera de las administrativas, y acaso buena parte del andamiaje jurídico del
reinado descansara sobre la experiencia de Alcocer. En este útimo año, por
ejemplo, su situación de prestigio le llevaría según las crónicas a ser, con
Alfonso Manuel de Madrigal, el autor de la apelación sobre el derecho que
asistía a los autores de la deposición del rey Enrique y la proclamación de
Alfonso, que expusieron oralmente ante el nuncio Antonio de Veneris el 13
de diciembre de 1467, cuando éste mantuvo la tormentosa reunión con los
partidarios de Alfonso en el curso de su intento de controlar, en nombre
del Papa y con bulas de éste, la situación castellana en favor de Enrique IV.
Ante el fuerte requerimiento de los juristas, despreciándolos, el Nuncio
«con grand liviandad» puso espuelas su mula y huía amenazando, mientras
que todos los nobles reunidos le gritaban: «¡Apelamos, apelamos!»; traído
de nuevo a la reunión por los hombres de guardia, lo defendieron el
arzobispo Carrillo y Juan Pacheco, llevándolo después con el rey Alfonso,
a quien empezó a ayudar desde ese momento para que pudiera hacerse
con Segovia14. Las funciones de Alcocer explícitamente reconocidas por
los cronistas en este círculo de los partidarios de Alfonso debían ser ya
anteriores a este asunto; pienso que no será descabellado suponerle un
papel importante en las discusiones previas a la farsa de Ávila sobre la
validez jurídica de la deposición del rey Enrique y la proclamación de su
hermano. Todos los cronistas se refieren a la discusión sobre si convenía
conducir las cosas hacia Roma o, valiéndose de las leyes castellanas y
de los antecedentes históricos —Alfonso X, Pedro el Cruel—, proceder
de forma independiente a la deposición del rey, opción ésta que fue la
que se impuso15. Además, teniendo en cuenta el papel fundamental que
tenía entonces Carrillo, quizá podamos localizar a Alcocer, encumbrado
12 Rábade Obradó 1990, p. 261-263, que tiene en cuenta Márquez Villanueva 1974
(1960), p. 73-75.
13 Rábade Obradó 1990, p. 266, 273.
14 Crónica anónima de Enrique IV, cap. LXXXVIII (Crónica anónima 1991, p. 217-218),
de donde proceden las citas entrecomilladas; Lorenzo Galíndez de Carvajal, Crónica
de Enrique IV, cap. 91 (Torres Fontes 1946, p. 305-306). Extenderé esta nota en otro
lugar, sobre las contradicciones de los cronistas en este asunto.
15 Palencia 1973, p. 168; Crónica anónima de Enrique IV de Castilla, cap. LXVI
(Crónica anónima 1991, pp. 159-161), que lo toma de Valera 1941, p. 97-99; la
Crónica de Galínez sigue esta narración (Torres Fontes 1941, 238-239). La crónica de
Enríquez del Castillo evita, naturalmente, dar la más mínima seriedad al suceso y no
se refiere a debate jurídico alguno (Enríquez del Castillo 1994, p. 236-237).
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desde entonces, en el círculo político y literario del Arzobispo de Toledo
—cosa por demás fácil si el nuestro provenía de Alcalá de Henares, según
parece—. La deposición, como apuntan los cronistas y nos recuerda
Mackay, se acompañó de un debate en el que intervinieron eclesiásticos
y juristas, del que apenas quedan rastros escritos; no obstante, la
ceremonia tuvo un trasfondo y trascendencia que va mucho más allá de la
simple farsa despojada de representatividad y entra dentro de ritos más
complicados y fundamentados16. No sería extraño que los letrados más
cercanos al príncipe, como Alcocer, intervinieran no sólo en el debate sino
también en el cuidado diseño jurídico de la deposición, lo que para él
tendría una faceta de experiencia en la organización intelectual o jurídica
de la proclamación de doña Isabel y del medido contenido de su discurso,
pronunciado, no se olvide, en tiempos aún tan inestables como inseguros.
16
A la muerte de don Alfonso, debió continuar al lado de la princesa Isabel
durante esos primeros momentos de incertidumbre y supongo que pasó
a engrosar el consejo de Enrique IV inmediatamente después de la
regularización de las relaciones entre los dos hermanos con motivo del
pacto de los Toros de Guisando (1468), al que se refiere en su Oración como
un evento jurídicamente muy importante. Enrique IV lo nombró también
oidor en la audiencia en 147017. No sabemos cuál fue su labor desde este
año hasta la muerte del Rey, en el curso de las nuevas diferencias entre
éste y su hermana. Doña Isabel firma una larga circular en marzo de 1471
en Valladolid, en la que rebate punto por punto lo contenido en la carta
enviada por Enrique IV a sus súbditos revocando los compromisos de
Guisando y declarando por su heredera e hija legítima a Juana; algunos de
los argumentos ahí incluidos son levemente recordados en la Oración de
Alcocer; éste seguramente estaba también en Valladolid desempeñando
su oficio, y no sería un disparate pensar en alguna colaboración con
la Princesa. En el mismo discurso, en la relación de las mercedes que
Dios le ha hecho y por las que tiene que estar agradecida, se refiere a
la manera inopinada que la puso en el corazón del reino, Segovia, en
ocasión apropiada, poco antes de morir el Rey; y al tiempo recuerda la
lealtad del futuro Marqués de Moya18, en cuya tenencia estaba el Alcázar
de Segovia, depósito principal del tesoro real. Hay un homenaje al papel
que desempeñó desde 1473 el Mayordomo para promover un encuentro
entre los Príncipes y el Rey y, en todo caso, el reconocimiento de aquéllos
como herederos de Castilla, asunto con el que se hallaba especialmente
comprometido, tras de su escoramiento político hacia los Príncipes, y en
connivencia con otros grandes del reino, como muestran las capitulaciones
que hace con Isabel y Fernando, en las que garantiza la independencia
suya y del alcázar de Segovia y muestra su deseo de llevar adelante ese
encuentro que acabe con las disensiones; o las capitulaciones que él y
su mujer, la famosa y elegante Beatriz de Bobadilla, que se crió al lado
de Isabel la Católica, otorgan con el Conde de Benavente, acuerdos que
16 MacKay 1987, p. 12-13.
17 Rábade Obradó 1990, p. 274.
18 «No se deve callar la joya de la lealtad de grand serviçio que el leal mayordomo
Andrés de Cabrera ha mostrado en esta jornada, ansý guardando la fidelidad que al
dicho Rey, vuestro hermano, devía, como syrviendo syn ofensa de aquella a vuestra
alteza, asý en vida como después de la muerte del dicho señor Rey» (§11).
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se amplían con el mismo sentido a principios del año 147419. Esta nueva
trayectoria de Cabrera y el haber franqueado a la Princesa las puertas de
Segovia, ciudad que él controlaba, son una muestra, en efecto, de gran
lealtad y de gran independencia, que Alcocer reivindicará en su discurso con
lo que parece el interés de un amigo. ¿Sería posible que el nuestro hubiera
estado mediando en este asunto, al lado y en representación ya de doña
Isabel, como estará a la muerte del Rey ante las autoridades de Segovia?
17
Alcocer continuará teniendo los mismos cargos en el reinado de doña Isabel
ya desde los primeros momentos, con gran promesa además de futuro,
como muestra el papel destacado que le asigna en su proclamación de
Segovia, en donde el consejero estaba a la muerte de Enrique IV (1474),
colaborando quizá con Andrés de Cabrera. Este papel preponderante y su
presencia ininterrumpida en la corte de doña Isabel durante los primeros
años del reinado se echa de ver en que muchos de los documentos emitidos
del Registro General del Sello están firmados por él como «Johannes
doctor», según señala Rábade; y también es perceptible su presencia en
momentos culminantes, como en las cortes de Madrigal de 1476, en el
curso de las cuales se juró como heredera a la primogénita de los Reyes,
la princesa Isabel, y a lo largo del viaje que durante el año de 1477 hizo
la Reina por tierras de Extremadura y Andalucía después de la guerra
de sucesión, haciéndose cargo de villas y fortalezas y siendo recibida
ceremonialmente en sus ciudades, entre ellas magníficamente en Cáceres
o en Sevilla, donde también debió intervenir el consejero en las famosas
audiencias para impartir justicia, si aceptamos la organización del tribunal
presidido por la Reina que describe Pulgar20. Ya Contador Mayor recibió
no pocos encargos para decidir sobre litigios especialmente difíciles21,
y durante la guerra de sucesión asumió, entre otras, la responsabilidad
de organizar la flota contra Portugal y sus colonias en tierras de Sevilla y
Cádiz22. A esto hay que añadir los cargos que llevaban aparejado estipendio,
como una Escribanía Mayor, el cargo de escribano de cámara y de notario
público, o de Contador Mayor de cuentas, obtenidos entre 1475 y 148023.
Un índice del aprecio real por su labor es su integración en el grupo para la
gobernación del reino en ausencia de los monarcas, cuando se dirigieron a
tierras de Aragón en 1495 y, en 1500, cuando bajaron a Granada24.
18
Importante es su papel como letrado de cortes, que ejerció en las de
Toledo de 1480 y 1498 y en las de Ocaña de 149925. Es aquí donde
podemos percibir su relevancia política y, por lo que también nos interesa
ahora, la continuidad de su actividad «literaria», al ser encargado en las
dos últimas de proponer el juramento de las cortes a la infanta doña Isabel
19 Memorias 1835-1913, p. 693-697, 697-698, 700-703. La narración de estos hechos
viene hermosamente enriquecida en la Crónica incompleta de los Reyes Católicos,
título VIII (Crónica incompleta 1934, p. 109-122). Véase la semblanza detallada de
Rábade Obradó 1993, en especial para este asunto p. 207-209.
20 Carrasco Manchado 2006, p. 260, 287 y siguientes, esp. 294, 303 y siguientes.
21 Rábade Obradó 1990, p. 267 y 277.
22 Tumbo 1902-1968, II, p. 331-332, 344-346, 348-350. Labor parecida se le
encomendará, esta vez contra los moros, en 1484 (III, p. 476-477).
23 En ese año es testigo de la jura del príncipe don Juan en Toledo (Carretero
Zamora 1993, p. 73).
24 Rábade Obradó 1990, p. 276.
25 Carretero Zamora 1988, p. 41.
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
y acatar a ésta y a su marido don Manuel I de Portugal, en la convocatoria
de 1498, y del príncipe don Miguel, hijo de los anteriores, en la de 1499.
19
Al poder ejercido en el ámbito de la corte, hay que añadir otra
característica de estos funcionarios, su vinculación al regimiento urbano.
Alcocer accede a los regimientos de Toledo (1477) —segura será, pues, la
relación con Gómez Manrique—, siendo nombrado veinticuatro de Córdoba
(1480) y regidor de Valladolid (1494)26. En estos regimientos, como es el
caso de otros altos funcionarios, no dejaría de ser un representante de
la Corona, en un proceso de control o sometimiento de la ciudad que se
acentuará también con un ingrediente nuevo en tiempos de los Reyes
Católicos, la distancia característica del vasallaje.
20
Consecuencia de todas estas actividades son los beneficios obtenidos
en forma de quitaciones regulares, mercedes y donaciones especiales de
carácter inmobiliario por parte de la Corona, como ciertas casas que habían
pertenecido a judaizantes en Córdoba, lo que, unido a la veinticuatría,
es posible que explique la presencia de Juan Díaz de Alcocer en nuestro
manuscrito, acaso vinculado a la ciudad andaluza y, más concretamente, a
los Angulo27. Esta desahogada situación económica le llevaría a establecer
un mayorazgo, como otros miembros de la elite administrativa, en la
persona de su hijo García de Alcocer28, intento de ennoblecimiento que
le llevará también a realizar fundaciones en el ámbito eclesiástico; si
no tan espectaculares como los mucho más ricos Núñez de Toledo en
Madrid y en la ciudad del Tajo29, Juan Díaz de Alcocer y su mujer Mencía
establecieron capellanía y capilla en la iglesia pucelana de san Miguel, bajo
la advocación de san Juan Evangelista30, muy cara también a la reina Isabel
la Católica y a sus cortesanos.
21
Otra característica señalada para este tipo de funcionarios es su acceso a
los títulos universitarios, que suele ser paralelo a la carrera administrativa,
como ocurre al doctor Angulo mencionado, y, por supuesto, Alcocer.
Licenciado en 1465, debió cursar estudios en la Universidad de Valladolid,
donde se graduaría de doctor en 1470 o poco antes, pues es en ese año
cuando es nombrado por Enrique IV oidor de su audiencia.
22
Al estudiar la personalidad de Martín Fernández de Angulo, recordé el
testimonio del Comendador Santisteban sobre su bibliofilia31, que coincide
con el despuntar de la nobiliaria y de algunos altos funcionarios. De la de
Juan Díaz de Alcocer apenas han quedado indicios, si no es el manuscrito
9219 de la Biblioteca Nacional, que contiene el Invencionario de Alfonso de
Toledo, cuyo colofón reza:
Este libro mandó escrevir el señor licenciado Iohán Días de Alcoçer, oydor de
la audiencia de nuestro señor el rey don Alfonso, el qual escrivió fray Ginés
de Bestracán, natural de la cibdad de Murcia, monje de la orden de Cístel,
26 Rábade Obradó 1990, p. 274.
27 Cátedra en prensa (a); pero téngase en cuenta también lo que se dice en
Cátedra en prensa (c).
28 Rábade Obradó 1990, p. 268; para los niveles de rentas, p. 281 y 283-284.
29 Véase Cátedra 1987.
30 Rábade Obradó 1990, p. 271-273.
31 Cátedra en prensa (a).
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andando con liçençia de su mayor32 en la corte, en el año del Señor de mill e
quatrocientos e sesenta e siete años.33
23
Había, pues, encargado a este cisterciense, que se dedicaba por lo visto a
copiar manuscritos —apartado quizá de su comunidad por propia voluntad—
en el círculo de la corte del príncipe Alfonso, la elaboración de un ejemplar
de uno de los libros en romance más leídos del siglo xv. A pesar de este
indicio de posesión, este manuscrito parece haber formado parte de la
biblioteca del Conde de Haro, a la que, como señala su mejor conocedor,
probablemente llegó por compra en una almoneda o subasta pública34. Si
así fuera, cabría esperar que otros libros de la misma procedencia ingresaran
en la de los Condes de Haro; pero no hay indicios suficientemente
definitivos como para poder aislar otros volúmenes del doctor Alcocer, ya
que el inventario en el que éste figura data de 1553, fecha demasiado tardía
como para no poder asegurar el paso directo de Alcocer a la biblioteca de
Haro. No obstante, algunas de las notas al margen y subrayados tienen la
suficiente antigüedad como para que pudieran ser de la mano de Alcocer,
aunque no destaca nada que pueda sernos útil en esta ocasión.
24
Otros libros sí dejan sus huellas en la Oración de nuestro jurista. En
cualquier caso, su formación e información se habrá de notar en la labor
como orador político, que podemos examinar ahora a partir del único texto
que de estas características conservamos suyo.
La Oración en la proclamación de Isabel la Católica
25
Contextualicemos la Oración de Díaz de Alcocer que sirve de introducción
al juramento de doña Isabel la Católica el día de santa Lucía de 1474,
fecha de su proclamación como reina de Castilla, recordando siquiera
someramente hitos históricos castellanos de estas prácticas oratorias.
26
En el caso de las proclamaciones o juras de herederos, podía pronunciarse
un discurso, puesto en boca autorizada, que justificaba la sucesión, la
conveniencia del juramento y lo proponía al monarca o introducía el
juramento de los representantes de los súbditos cuando se trataba de
juras a herederos menores. Se trata de una de las partes que daban forma
a una de las «ceremonias de cooperación» de la monarquía castellana y
especialmente Trastámara35. La importancia de esta parte de la ceremonia
queda clara por el hecho de que, muy a menudo e incluso en las más
magras descripciones, se señala en las crónicas quién fue el autor y, a
veces, cuál fue el contenido del discurso.
27
Tal es, por ejemplo, el caso de la proposición de Álvaro de Isorna, obispo
de Cuenca, con motivo de la jura de la infanta Catalina en 1423, antes
de procederse efectivamente al juramento. A la muerte de esta infanta
32 Ha sido raspado en el manuscrito con liçençia de su mayor.
33 Toledo 1992, p. xxii; también descrito en Philobiblon (nº. 3099; http://sunsite.
berkeley.-edu/Philobiblon/BETA/3099.html [consulta: 6-6-2007]).
34 Lawrance 1984, p. 1100.
35 Nieto Soria 1993, p. 69-71. Examinando otros usos, como los aragoneses, no
he sabido encontrar en crónicas ni tampoco en monografías como la conocida de
Jerónimo de Blancas referencias a estos discursos previos al juramento real o de los
herederos del reino.
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
(1424), es jurada la infanta doña Leonor, y el cronista no deja de señalar
que «propuso el Obispo don Pablo» de santa María36. En 1425, con motivo
de la jura del infante don Enrique, fue don Álvaro de Isorna el encargado
de la oración, que tiene la estructura de un sermón, con su thema («Puer
natus est nobis» [Is, 9, 6]) y un desarrollo según el arte de predicar
escolástico37. Este dato formal es importante, pues, de un lado, pone de
manifiesto la importancia de este discurso político al ser construido con la
más prestigiosa aún entonces modalidad retórica, que llevó, por ejemplo,
a principios del siglo xv a convertirse en la preferida de reyes como Martín
el Humano a la hora de grandes declaraciones como las de aperturas de
cortes, según estudié en el artículo que acabo de citar. De otro lado, si
pensamos en lo por venir y en la Oración de Díaz de Alcocer, es pertinente
señalar cómo ha cambiado cincuenta años después la exigencia literaria
y cultural, pues la española y la traducción de la latina de Giustiniano,
que aquí editamos, tienen una voluntad de estilo diferente, sí, pero
ambas se sitúan en coordenadas culturales y retóricas más acordes con la
consagración de los studia humanitatis y los modelos de la retórica clásica.
28
Las difíciles circunstancias políticas que condicionan los últimos años
del reinado de Enrique IV y las alternativas con respecto a la sucesión
del reino hacen de la proclamación de la princesa Isabel como reina de
Castilla uno de los momentos más significativos de la historia del reinado
y, por tanto, una materia objeto de polémica en la historiografía isabelina,
incluso desde las mismas crónicas e historias más madrugadoras, oficiales
o no. La proclamación o entronización tuvo lugar en Segovia, el martes 13
de diciembre de 1474, cuando apenas habían transcurrido cuarenta y ocho
horas de la muerte en Madrid de Enrique IV. «Isabel fue proclamada en
Segovia por sus partidarios más cercanos (sus consejeros y cortesanos), y
por la oligarquía segoviana», en una ceremonia más bien austera y parca
por lo que se refiere a los procedimientos rituales, como ha señalado
quien más reciente y profundamente ha estudiado el acto en el contexto
del conflicto sucesorio y como el primer destello de una construcción cada
vez más articulada de propaganda y representación del reinado de los
Reyes Católicos38. Desde muy pronto, sin embargo, esa austeridad, que
sería vista como un demérito o una carencia jurídica, fue disimulada con
narraciones que la enriquecen de acuerdo con un estereotipo tradicional y
hasta anacrónico, siendo la muestra más acabada de este ‘enriquecimiento’
la descripción que Diego de Colmenares incluye en su historia de
Segovia39. Pero la «más fiel» del acto parece ser la del único testigo de
vista que la puso por escrito, el escribano del concejo segoviano Pedro
García de la Torre, que levantó acta de la proclamación por mandato de la
administración de Isabel y de la municipalidad, de la que se conserva copia
autentificada de 1480 en el archivo del ayuntamiento40.
29
En esa descripción tiene, por supuesto, un lugar importante la persona
36 Crónica de Juan II, año XVIII, iv; en Crónicas 1877, p. 428.
37 Cátedra 1985-1986, p. 25. Para una relación no cronística, véase Nieto Soria
1993, p. 221, n. 19.
38 Carrasco Manchado 2006, p. 46; para el estudio de la ceremonia, véanse Nieto
Soria, 1993, p. 33-35 & 37, y Carrasco Manchado 2006, p. 23-37.
39 Colmenares 1974-1984, II, p. 105-107; Carrasco Manchado 2006, p. 23-25.
40 Grau 1949; Quintanilla 1952.
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de Díaz de Alcocer, puesto que no sólo fue quien tomó juramento a
doña Isabel después de pronunciada la proposición, sino que también
protagoniza la primera parte del proceso, una verdadera «ceremonia de
información»41, cuya excepcionalidad en relación con otras de las que
tenemos constancia estriba en haber sido de carácter oral y con presencia
autorizada debido a la importancia de la noticia42. Alcocer y el contador
mayor Alfonso de Quintanilla, «mensajeros» ambos de la Princesa, son
enviados al Concejo de la ciudad para «notificar» que el Rey había muerto
dos días antes y que, como era sabido, «fallesció sin dexar fijo ni fija
legítimo heredero», siendo por tanto doña Isabel la sucesora que debía
reinar en Castilla y León; «e pues aquí en esta dicha cibdad se fallaua
su alteza que aquí deuía ser segund las leyes destos reynos rescebida y
obedescida por reina e señora dellos». Solicitan después los mensajeros
que se reúnan los del concejo con las demás autoridades eclesiásticas
y civiles de la ciudad «para que en nombre de los dichos sus reynos
de castilla y de leon la rescibiesen e ouisen por Reyna e señora dellos
e le prometiesen e jurasen la fidelidad e obediencia que como a su
Reyna propietaria destos dichos reynos e su señora natural dellos eran
tenidos de prometer». La aceptación de las autoridades segovianas
es, inmediatamente, condicionada a una información veraz sobre las
circunstancias y la realidad de la muerte del Rey, de la que los mensajeros
aportan el testimonio de dos miembros del consejo de Enrique IV que
habrían acompañado a Quintanilla y a Alcocer y que, probablemente, fueron
los mismos que, llegados de Madrid, notificaron a la Princesa la muerte.
Obtenido el testimonio bajo juramento y de forma separada, los segovianos
se dan por contentos y confirman a los mensajeros que recibirán a doña
Isabel, a falta de otra descendencia directa de Enrique IV, como reina y
señora natural. Después de obtener certificado escrito de esta promesa,
Alcocer y Quintanilla hubieron de dirigirse de nuevo hasta doña Isabel, que
estaría a la espera en la iglesia de san Miguel, según se deduce de otra
fuente fiable, la crónica del Cura de los Palacios43.
30
El escribano de Segovia pasa inmediatamente a describir la ceremonia, no
sin antes significar que él y otros fueron convocados por «la dicha señora
reyna» para dar fe y testimonio de lo que vieran, oyeran y pasara ante
ellos. Así describe García de Torre la ceremonia en la que se pronunció o
leyó nuestra oración:
Estando en la plaza mayor desta dicha cibdad la dicha señora Reyna en un
cadahalso de madera que estaua fecho en el portal de la dicha iglesia contra
la dicha plaza e asentada en su silla real que ende estaua puesta e estando
ende con su alteza micer hanoro de lioneres [Leonoro de Leonoris] nuncio
de nuestro muy santo padre e muchos caualleros e nobles destos reynos
de castilla e de leon e muchos religiosos de las ordenes de san francisco e
santo domingo e nuño fernandez de peñalosa arcediano de sepulveda e le
prothonotario don esteuan daza amos por si e en nombre e boz del dean e
cabildo de la iglesia mayor desta dicha cibdad e de la clerecia della e otrosi
los dichos correjidor alcaldes alguacil rejidores caualleros e escuderos e
41 Como la califica Carrasco Manchado 2006, p. 24, partiendo de la definición de
Fogel, 1989. No obstante que los datos sobre los informadores y sus discursos son
aclaradores, los que el escribano nos facilita sobre la reacción de los informados no
completarían una ceremonia de este tipo.
42 Carrasco Manchado 2006, p. 102.
43 Bernáldez 1962, p. 26-27; señalado en su comentario a este pasaje por
Carrasco Manchado 2006, p. 24.
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procurador de la dicha cibdad e otro muy grand numero de gente de omes e
mujeres despues de auer fecho todos ellos grand llanto a altas boces por la
muerte del dicho rey don enrrique luego el dicho dottor juan diaz de alcocer
en boz e en nonbre de todos los susodichos e de su consentimiento fizo
cierta proposicion ante la dicha señora reyna enderezando las palabras a su
alteza en que en efetto declaro ciertas razones por donde decia pertenescer
a la dicha señora reyna la subcesion e herencia e derecho de reynar en estos
dichos reynos de castilla e de leon e la propiedad dellos como a legitima
hermana e universal heredera del dicho señor rey don enrrique por auer
pasado desta presente vida sin dexar fijo ni fija que pueda heredar estos
dichos reynos como dicho es e el dicho señor rey reconosciendo aquesto la
ouo intitulado e jurado por princesa e su legitima heredera destos dichos
reynos para despues de sus dias en un dia del mes de setienbre del año
que paso del señor mill e quatrocientos e sesenta e ocho años e mando
eso mesmo a los perlados e caualleros e letrados que alli estauan con su
alteza a la sazon que la jurasen e rescibieren por princesa e su legitima
heredera como dicho es e rogo e pidio a don antonio jacobo de veneriys
legado apostolico que alli estaua presente que confirmase el dicho abto por
la abtoridat apostolica e lo mandase guardar a [sic] los conpeliese a ello por
censura eclesiastica lo qual todo el dicho legado fizo e mando segund que
a todos ellos era notorio por ende que pues su alteza pedia e queria reynar
en los dichos reynos que les prometiese e jurase todo aquello que los otros
reyes que nueua mente sucecian en el derecho de reynar e reynan en estos
dichos reynos deuen e acostunbran prometer a sus subditos e naturales e
su alteza esto faciendo que ellos estauan prestos de la rescibir e obedescer
por su reyna e señora natural e por señora propietaria destos dichos reynos
de Castilla e de León e de le facer le el juramento e dar la obediencia e
reuerencia que como a su reyna e señora natural ellos son tenidos de hacer
e dar | E luego la dicha señora reyna dixo que ella estaua presta de les facer
la dicha seguridad e en faciendola dixo que juraua e juro a dios e a la señal
de la qruz.44
31
El contexto de la oración de Díaz de Alcocer es, aunque en tono menor por
las circunstancias históricas y las prisas de la heredera en ser proclamada
—lo consigue sin esperar al marido y varios meses antes que la otra
aspirante al trono, la Beltraneja—, el propio de una proclamación real, en
la que tanto el espacio ceremonial como sus varios actos coinciden con los
de otras proclamaciones reales. Aunque se echen de menos determinadas
etiquetas, como las previas del luto por la muerte del Rey, sí se hallan
algunos elementos significativos, como, por ejemplo, una cierta «presencia
activa» del estamento eclesiástico; es el Nuncio el que copreside con la
Reina la entronización en representación apostólica, lo que presta una
especie de extensión litúrgica a la ceremonia, realizada además en el
espacio de la iglesia de san Miguel, que es el verdadero centro en el que
ocurre todo y que presta sacralidad al acto45.
32
Éste, sin embargo y como se ha dicho, fue austero, y no cumplió
con algunos requisitos necesarios o habituales en la ceremonia de
proclamación de un rey como consecuencia de la muerte del anterior.
«La propaganda del acto se centró, sobre todo, en el contenido
cuidadosamente elaborado de los discursos orales, en los gestos
contractuales y en la fórmula aclaratoria»46. La oración de Díaz de Alcocer
es, a juzgar por el contenido completo que hoy conocemos, el discurso
central del acto, y, por más que ritual y construida con motivos bien
conocidos, gracias a circunstancias históricas tan especiales como se
44 Grau 1949, p. 29, y las anteriores citas en p. 25 y siguientes.
45 Para éstos actos, véase Nieto Soria 1993, p. 35-45.
46 Carrasco Manchado 2006, p. 36.
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vivían éstos quedan contextualizados y ordenados de tal manera que hay
que considerar este discurso como uno de los primerísimos especímenes
orales o escritos, si no el primero, en los que se formalizan y afloran
buena parte de los argumentos básicos de los fundamentos del poder
isabelino que difundirá la propaganda oficial para legitimar y construir
la nueva monarquía. Éstos, que venían articulándose de forma oral —en
sermones, por ejemplo— y escrita desde los años anteriores, después de
la muerte del príncipe Alfonso, el pacto de los Toros de Guisando (1468)
y el cambio de opinión sobre el futuro monarca que se concretó al ser
jurada como heredera la princesa Juana en Valdelozoya (1470), cobran
ahora la categoría de un programa oficial al ser publicados y servir de
introducción al juramento de la inmediata reina de Castilla.
33
Lo primero que nos llama la atención de la oración de Díaz de Alcocer es
su equilibrada y tradicional estructura en tres partes. Tras de la titulación
y saludo a la reina (§1), sigue una primera parte que no es otra cosa que
un exordio o introducción (§2-§5) que centra el sentido teórico de todo
el discurso y acaba en una alabanza de la institución real, en la que se
contienen no pocos motivos que, aunque tópicos, son cuidadosamente
escogidos en el contexto histórico de la ruptura dinástica.
34
El arranque de la oración es sintomático del ambiente tenso desde
el que se parte, la presión pública y la duda en torno a la sucesión y a
la legitimidad. No es, así, por azar que el discurso parta en el primer
párrafo (§2) de un argumento más negativo que positivo de la monarquía,
más relacionado con el tirano que con el rey. En vez de proceder, como se
esperaría, con una serie de generalidades sobre el monarca y la institución
real, situándose en el origen potestativo divino de la monarquía, parte,
sin embargo, del aspecto más negativo del providencialismo, la existencia
del rey inútil o inhábil, cuyo modelo es Saúl, que «acabó mal» y sin
«la gracia de Dios», al que sucede también por decisión divina un rey
«complido de gracia», ungido por mandado de Dios, David. En el párrafo
siguiente (§3), se sustancia el alcance de la oposición entre «rey bueno
o malo» recordando la función instrumental del monarca como premio o
castigo divino, que dependía de la «graçia o de yra en que Dios estava»
según el comportamiento de los súbditos. Si el primer párrafo concluye,
como era recomendable en discursos estudiados, con una autoridad
probatoria, aquí Hechos de los apóstoles, 13, 22 («Hallé varón segúnd mi
voluntad»), el segundo lo hace con la autoridad de Oseas y la concordia
de Isaías que pone sobre el tapete la contrapartida del varón bueno,
el rey en la saña, con lo que el bucle de la monarquía absolutamente
providencialista está cerrado al admitir la existencia del rey de saña.
35
Pienso que todo esto no se hace sin una intención muy coyuntural. En
la tratadística política —y en muchos otros textos—, Saúl es el prototipo
de rey inútil y resultado de la saña divina contra el pueblo malvado o
simplemente torpe. No es, por ello, un azar que varias de las mismas citas
bíblicas que trae Alcocer se utilicen en el capítulo séptimo del primer libro
de De regno ad Regem Cypri de Tomás de Aquino, que trata, como dice en
la versión castellana del siglo xv en su título, sobre que «es de arredrar
e de quitar la ocasión por donde tiranizen» los reyes, achacando tal
comportamiento a la culpa de los súbditos —concluye: «Así que es de fuyr
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
e de esquivar la culpa, porque çese la plaga de los tiranos»47 —, la misma
base del providencialismo del discurso de Alcocer.
36
Pero tras de esa oposición entre el rey de saña, cuyo prototipo es Saúl,
y el rey de gracia, David, hay también un acuerdo sobre la posibilidad
del cambio dinástico tutelado por Dios. En el Comuniloquium de Juan de
Gales se centra bien la cuestión; en su versión castellana: «E los tales
prínçipes reynarán luengamente, que ya acaeçió mudarse el regno de una
gente en otra por injustiçia e por engaños, como fue de Saúl, primero rey
de Ysrrael. E aquéllos que fueren buenos regidores reynarán eternalmente
con el Rey de los reyes así como David»48. Estamos a un paso de la
propuesta del tiranicidio o de deposiciones como la de Enrique IV. De
hecho, en la práctica política la existencia de un rey de saña bíblico como
castigo de Dios invitaba a la quiebra dinástica y a forzar el final por parte
de los súbditos o de otros monarcas de gracia. El embajador enviado por
una María de Borgoña necesitada de ayuda contra el rey francés y que se
dirige a Fernando el Católico y a su corte en Medina del Campo, apenas
dos años después de la proclamación de Isabel, en 1477, señala no sólo
los apoyos externos con que contaría en caso de iniciar hostilidades, sino
también los internos de una rebelión que se legitima con sólo invocar el
término bíblico: «Tenemos la afección de todos los pueblos de sus tierras,
que naturalmente a este rey de saña [...] han ya començado a le fazer
guerra»49.
37
No creo que los oyentes de Alcocer, que en los últimos diez años habrían
oído predicar, leído u oído leer argumentos como éstos, visto incluso actos
alquitarados de ritual como la farsa de Ávila, justificados o discutidos
por escrito y oralmente, dejaran de percibir el alcance de estas palabras
del consejero. Un texto muy poco anterior a la proclamación de Gómez
Manrique, cercanísimo seguramente a Alcocer por compartir los mismos
afanes políticos en torno a doña Isabel, dirigiéndose al príncipe Fernando
y aprovechándose del tópico de lo difícil que es atreverse a decir la
verdad a los reyes, comenzaba también con la definición negativa de la
institución achacando a privados sin escrúpulos la ruina de los reyes,
entre los cuales está Saúl, muerto por sus súbditos50. Pienso que hay un
enclave historiográfico y teológico, si así puede llamársele, común que
permite detectar, incluso, coincidencias de proceder en el mismo ambiente
de estos dos consejeros de los Reyes Católicos. Y es que el problema
de la sucesión y la legitimidad es, desde el principio y no sin acritud, el
elemento central del discurso, que no se puede obviar a lo largo de él, por
lo que se tiñe desde las primeras líneas de un aire doblemente polémico
y propagandístico, justificativo quizá también de tan apresurados hechos
como los que estaba viviendo con la proclamación, apuntando de forma
47 Tomás de Aquino 1931, p. 19-23. Valera, en su Doctrinal de príncipes, dirigido a
Fernando el Católico cuando todavía no era rey ni de Aragón ni de Castilla, desarrolla
parecidos argumentos en el primer capítulo, aduciendo también textos legales de
Bartolo de Saxoferrato y de Juan de Ímola (Penna 1957, p. 174).
48 Gales 1988, p. 100.
49 Campo 1997, p. 37.
50 «Sy otro quisyerdes, yd | al libro de nuestra ley, | a do fallaréys el rey | anteçesor
de David, | al qual todos los plebeos | a Dios por rey demandaron | y, complidos sus
deseos, | cometió hechos tan feos | qu’ellos mesmos lo mataron» ( Manrique 2003,
p. 630).
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discreta el tema de la tiranía del antecesor, aunque sin mencionar tal
condición en momento alguno del discurso51.
38
Si comparamos nuestro texto con los resúmenes arriba mencionados de
otras proposiciones de juras, advertimos que el objetivo propagandístico
y la incorporación de elementos del discurso legitimador está mucho más
acentuado. La importancia simbólica de estos elementos se hace más
evidente en situaciones de quiebras dinásticas, como se ha caracterizado
el acceso al trono de Isabel52, y como seguramente fue sentida por muchos
de los que tenían que prestar su homenaje en Segovia la deposición de
Enrique IV en Ávila (1465) y la entronización del niño Alfonso, ambas cosas
un verdadero «teatro de la política»53.
39
El contenido de la introducción, así, no sólo es interesante como modelo de
exordio narrativo, sino que prepara drásticamente el terreno para la espinosa
cuestión de la legitimidad. La capacidad divina de crear al monarca pasando
por cima de las leyes humanas es un argumento totalitario, si así puede
decirse, que viene a dar al traste con discusiones jurídicas concretas. La
que se vivía en 1474, después de la declaración de Valdelozoya cuatro años
antes, que echaba por tierra la validez del pacto de los Toros de Guisando,
daba a Juana todos los derechos e incluso había sido jurada como heredera.
No hay documento alguno que, desde la perspectiva jurídica, pudiera ser
aducido para invalidar una situación como ésta, a pesar de los esfuerzos
de Cabrera, su mujer y otros grandes del reino por conseguir no el cambio
de opinión de Enrique IV —que Alcocer asegura se había efectuado en sus
últimos días (§14)—, sino su sanción jurídica por medio del procedimiento
normal, una declaración pública autorizada y quizá jura efectiva de Isabel
como heredera por los procuradores del reino. La invocación de la voluntad
divina, reconocida por ciertos indicios, de que se produzca un quiebro
dinástico es un argumento explícito y punto de partida del discurso de
Alcocer, que conduce y legitima también el juramento de la Princesa. Este
argumento del juicio de Dios para quitar y poner reyes, respetando o no la
línea legítima, es utilizado por otro de los corifeos de la causa isabelina en
los primeros tiempos, Hernando de Pulgar, en su carta al Rey de Portugal54.
Como Pulgar, pero antes y desde una posición mucho más autorizada,
Alcocer «elimina de un plumazo la posibilidad de cualquier arbitraje humano,
ya sea de las cortes castellanas o del Papa», en el que se arguyeran razones
objetivamente jurídicas, arbitraje que era lógico que fuera reclamado por la
parte de la princesa Juana, como de hecho lo fue, nada más morir el padre,
por sus tutores enviados a Segovia55.
51 El tema del tirano como mal rey es consecuente del buen rey, por lo que figura
en los tratados tradicionales sobre la monarquía, pero es inevitable su presencia
especialmente en los tratados escritos en la segunda mitad del siglo xv, como el de
Valera, al que dedica con autoridades jurídicas e históricas atención (Penna 1957,
p. 188-191).
52 Carrasco Manchado 1996, p. 15.
53 Como ha glosado Nieto Soria 1993, p. 33, «llama la atención el cuidado que
se puso en que se reprodujeran con el máximo detalle las tradiciones rituales más
características en esta materia de la monarquía castellana, tales como el alzamiento,
el besamanos, el homenaje, las frases formularias, la exhibición pública del monarca
o la utilización de símbolos de la realeza»; para un estudio de la farsa de Ávila,
véase MacKay 1987 (1985).
54 Pulgar 1983, p. 56-57, como señala Carrasco Manchado 2006, p. 129-130.
55 Carrasco Manchado 2006, p. 131.
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
40
Pienso que la estrategia política de crear este marco providencialista
agobiante casa bien con la literaria. La expresión adverbial, por ejemplo,
que encabeza el discurso se encuentra hasta la saciedad en documentos
cancillerescos de la época para referirse a un tiempo cercano; pero
aquí «los días pasados» (§1) se refiere a los tiempos bíblicos. Más
que familiaridad intencionada con el Antiguo Testamento, Alcocer
quiere mostrar una sincronía que encaja el argumento providencialista
sin historia, lo que facilita la equiparación de situaciones concretas
perceptibles como simultáneas. Así, alargará la secuencia y establecerá
dos compartimentos estancos de reyes de saña y reyes de gracia. En la
cabeza de ambas categorías, Saúl y David, y como ramas el rey de los
sirios profético (§3) y, no tan implícitamente56, Enrique IV, y, en la rama
de David, Fernando III el Santo (§4) y, también implícitamente, Isabel.
Las referencias goticistas y el remontar a Isabel hasta su «progenitor»
Fernando es una táctica tanto de legitimación como de ‘santificación’ de
persona, de acto y de institución, sobre la base de la idea de que, aunque
el cuerpo natural del monarca muera, el político es inmortal. Sería una
exageración asegurar que empieza a permear aquí una versión femenina
de la profecía sobre el nuevo David, pero la sincronía procurada en las
primeras palabras permite que la conclusión de esta primera parte en
función de exordio (§5) tenga un perfil profético y quién sabe si hasta
triunfalista, merced al cierre con referencia al motto de las Laudes regiæ
—Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat—, que, aunque no tengo
constancia, aún podrían tener una presencia en la liturgia inmediata de
una ceremonia como ésta57.
41
La segunda parte (§6-§14) aplica la conclusión anterior a doña Isabel y
plantea abiertamente cómo ha sido electa por Dios y puesta como su
vicaria en el reino. Al sentido también contribuye la forma; si la repetición
realza la enumeración con el uso de tres partículas comparativas contiguas
en §6 (tan… tan… tan), el providencialismo que interesa en este mismo
pasaje, la idea de delegación, se realza también con la forma, en el
paralelismo anafórico, por ejemplo, de los pronombres personales y
adjetivos posesivos (vos… su, vos… su, sus).
42
Alcocer se esfuerza en los más elementales recursos formales, lo que
no carece ni de un sentido en la misma construcción, ni tampoco de
un programa retórico. En esta segunda parte, por ejemplo, se opta
por una división en siete miembros, número impar prestigioso en la
tradición retórica profana y religiosa. Siete son los miembros de algunas
proposiciones de la época, como la que atribuye Pulgar en su Crónica a
Alonso de Quintanilla, dirigida a los procuradores reunidos en Dueñas para
tratar sobre la reactivación de la Hermandad, cuya condición modélica se
echa de ver en el hecho de haber sido extractada con otras de la misma
procedencia para una lectura o uso exento58. La conciencia formal en el
56 El juicio sobre el rey difunto no se explicita aquí, pero, aparte estar en la mente de
todos los partidarios de Isabel, luego aparece en otros comentarios, en el final del §16,
y aludido sin duda también en la conclusión de la tercera parte de la oración (§22).
57 Véase Kantorowicz 1946. Sobre el deseo de la expresión profética imperial
extenderé esta nota en otro lugar.
58 Véase, a propósito de esto, lo que digo en Cátedra en prensa (c), con los
detalles bibliográficos pertinentes.
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Pedro Manuel Cátedra García
discurso de Alcocer, además, está clara por el paralelismo del principio
de cada una de las siete partes y, sobre todo, por la opción de acabarlas
con la misma secuencia rítmica, concretamente el cursus planus, el
más utilizado para estos menesteres en las práctica medieval («muȳ
flǒrěsçīdǎ» [§7], «subdītǎ ǎ ōtrǎ»59 [§9], por poner un par de ejemplos).
43
Las siete causas de agradecimiento que a Dios tiene Isabel insisten en
los caminos torcidos de Éste para llevarla al trono, uno de los tópicos de
los historiadores, seguramente también de la vox populi propagandística.
Alcocer, además, hace rebosar el principio providencialista de la introducción
sobre cada una de las circunstancias que rodearon la propia historia
de Isabel, que son otras tantas facetas de los argumentos del discurso
legitimador. Pero, además, el providencialismo tiñe cada uno de esos
argumentos por medio de la invocación de una entonces efectiva prueba, lo
prodigioso, fuera de lo común y maravilloso de los acontecimientos, que se
aúnan en una sucesión de causas y efectos no prevista, afortunada, y que
se atribuye a Dios. Los tratadistas de caso y de fortuna se refirieron a este
modo de escribir derecho con renglones torcidos que, por ser propio de la
divinidad, es significativo y se muestra como maravilla. Desde luego, era
un argumento para la interpretación de la historia y también para construir
la propaganda. Creo que el primer uso de una larga lista con respecto a
cada uno de los Reyes Católicos es éste de Alcocer: Dios escoge a Isabel
«milagrosamente» (§6) para que, desviada la línea de sucesión, sea reina;
ella nace «misteriosamente» (§7) en la vejez del padre; milagrosamente
muere su hermano Alfonso y queda privado de descendencia Enrique (§8);
llegó a Segovia «por maravillosos rodeos yncreýbles» (§11); maravilla fue
también la desaparición oportuna de los estorbadores (§12). La Providencia,
concluiría cualquiera, está detrás de cada uno de estos sucesos y, por
supuesto, es muestra de una elección divina de doña Isabel60.
44
La primera razón (§7) para el agradecimiento tiene que ver con la
legitimidad del nacimiento, cuya importancia es perceptible por el hecho
de que ha sido una de las pocas cosas que de este discurso pasa al acta
segoviana, como hemos podido ver más arriba en el extracto61. No se
alude ni se discute la de Juana de forma explícita, pero, excluyendo otras
posibilidades ahora y en la segunda razón (§8) y tratando un asunto tal
como había sido aireado en declaraciones oficiales que interesaban a
Isabel, como en el pacto de los Toros de Guisando, tal como harán otros
corifeos regios, como Pulgar en la famosa carta al rey de Portugal, en
que, invocando la concordia del pueblo, afirma el apoyo de los naturales
castellanos «porque saben ella ser fija cierta del rey don Juan, y su marido
fijo natural de la casa real de Castilla»62.
59 Otra posibilidad es, naturalmente, admitir una sinalefa, en cuyo caso leeríamos
subdītǎ otra, pero no podemos asegurar que el cultismo súbdito fuera palabra
esdrújula en el siglo xv. Teniendo en cuenta que en la medición del cursus latino
todas las palabras cuentan y se evitan agrupaciones, me arriesgo a mantener no sólo
aquí, sino en todas las apariciones en el texto la forma llama del cultismo.
60 Para otro uso, aplicado a los hechos de Fernando en este caso, tenemos la
exégesis mistérica de sus hechos principales en la «Epístola que Mosén Diego de
Valera enbió al rey Fernando, nuestro señor, después que ovo tomado la cibdad de
Ronda» (Penna 1959, p. 31).
61 Véase, sobre este tema, Carrasco Manchado 2006, p. 114-116.
62 Pulgar 1982, p. 55. Éste añadirá, en contrapeso, la incertidumbre sobre la
Beltraneja, «fija incierta del rey don Enrique».
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
45
Se incorpora también el tema neogoticista al hablar de los orígenes de
Isabel, con lo que se da entrada también por primera vez y por lo que
respecta a ésta a una modalidad de discurso histórico de los procesos de
legitimación, que hasta ahora no se percibía en testimonios tan tempranos
del aparato de propaganda real; sí en otros algo posteriores, coetáneos
de la guerra de la sucesión o ya en la madurez del reinado, cuando el
neogoticiscmo forma parte de la batería de razones propagandísticas
históricas, providenciales y proféticas que granaron de forma agobiante en
los textos producidos en el entorno cronológico de la guerra de Granada,
como la Consolatoria de Castilla de Juan Barba o el Cancionero de
Marcuello63.
46
Como hemos visto, interpretar la historia como un cúmulo de prodigios,
misterios y circunstancias maravillosas de eficacia probadora es uno de
los medios de que se vale Alcocer como argumento legitimador. Aquí
recuerda el nacimiento misterioso de Isabel en los últimos días de su
padre, con lo que recordaría a sus oyentes situaciones bíblicas e históricas
bien conocidas y explotadas en la lectura prodigiosa de la historia. El
recuerdo de Abrahán en el Viejo Testamento o del padre de san Juan
Bautista, Zacarías en el Nuevo, que engendran en la vejez raíces santas de
un linaje o profetas dan un alcance figural al argumento, un recurso para
engrandecer y sacralizar la imagen de la Reina, del que se seguirá valiendo
Alcocer en lo que sigue.
47
La segunda razón (§8) es interesante por el planteamiento explícitamente
drástico sobre la inexistencia de otro heredero del trono que no sea la
Princesa, quien además es la elegida de Dios, por lo que se lleva consigo
al «rey don Alfonso» y priva al rey don Enrique de generación. Devino esto
doxa historiográfica; y, así, por ejemplo, Marineo Sículo le dedica un capítulo
completo, aduciendo dos razones: «La flaqueza del rey don Henrrique, su
hermano, y la natural impotencia que tuvo para no hazer generación»; la
otra, la temprana muerte de don Alfonso; de lo que concluye:
Assí que de lo susodicho manifiestamente comprehendemos y nos consta
que tuvo Dios especial cuydado y providencia de conservar y ayuntar a estos
cathólicos príncipes para que socorriessen y remediassen las cosas de España
que se yvan a perder.64
48
En la tercera razón, sigue con el argumento providencialista a la hora
explicar las «muertes» y los «estorvos no pensados» de los contrarios.
Los historiadores muestran como un designio divino el final, entre otros,
inopinado e inexplicable de Pedro Girón, maestre de Calatrava, cuando,
de acuerdo con su hermano, intentaba hacerse con la persona de la
Princesa para casarse con ella y tener una chance al trono de Castilla
(1466). Narran cómo la Princesa ayuna y pide a Dios que mate a ella o al
maestre, petición que es atendida por la divina Providencia. La afirmación,
así, de que Dios preservó a la Reina como «rosa entre espinas» para que
63 Cátedra 1989; Carrasco Manchado 2006, p. 134-136, 230-231, 393-394398, quien señala aquí que la aplicación de la ideología neogoticista a Isabel fue
posterior a la que se hizo a la figura de Fernando, «pero en esta fase triunfalista
[años 1477-1480] Isabel queda también incluida»; es evidente por el discurso de
Alcocer que se articula simultáneamente a la llegada al trono de la Princesa.
64 Marineo 1530, fol. 181v; en otros pasajes de los libros XIX a XXI insiste en esto.
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Pedro Manuel Cátedra García
se mostrara en «tiempo tan oportuno» es un paso más en la estrategia
figural, pues la expresión «sicut rosa inter [o in] spinis» se aplica, como
es sabido, a la Virgen en la tradición litánica e himnódica, refiriéndose a
su virginidad y a la preservación divina de su persona como instrumento
para la Redención. Pienso que el autor de la proposición, al usar la figura,
aparte suscitar la duplicación divina y humana de un monarca, a la que
me refiero más abajo, no sólo alude aquí al peligro de Pedro Girón, y a la
actitud de rechazo de Isabel, equiparándola al de María, sino también, y
proféticamente, a un matrimonio según los designios divinos, ya aludido en
la primera razón.
49
El abandono, la humillación, la pobreza y la soledad de Isabel en algunos
momentos de su vida, desde su infancia, cuando es apartada de la tutela
de su madre y queda en manos de terceras personas, es un hecho en que
insisten sus biógrafos y que deviene un tópico historiográfico para realzar
la condición un tanto «jobiana» de la Reina. Al ser traída como la cuarta
razón de agradecimiento (§11) en el discurso de Alcocer se interpreta como
una prueba divina —Dios sólo da tribulaciones a sus elegidos, sus santos—
y como memoria de su condición humana, útil para quien ha de regir a
menores, sus súbditos, sujetos a tribulaciones.
50
En la quinta razón (§11) trae los «maravillosos rodeos yncreýbles a
los hombres» por los que llegó a Segovia, una de las ciudades más
preservadas de la Corona entre otras cosas por alojar en ella la mayor
parte del tesoro, antes de la muerte de Enrique IV. Es referencia general
al modo en cómo algunos partidarios de los Príncipes los hicieron entrar
en la ciudad, en la que, como en otros testimonios, se saca partido
providencialista. Uno de los primeros casos, quizá escrito pocos meses
después de la proclamación segoviana, es el de Pero Guillén de Segovia,
que en la relación de los hechos del arzobispo Carrillo, que precede a su
Gaya ciencia, refiriéndose a la entrevista de los Príncipes con el Rey, afirma
que fue Carrillo el que obtuvo de Enrique IV que aceptara entrevistarse y los
proclamara sus herederos, contra la voluntad de la mayoría de los señores
del bando Enriqueño y con la ayuda de Andrés de Cabrera, el alcaide del
alcázar de Segovia por el Rey de Castilla, «onbre por çierto de gran seso y
actoridat, que por sí solo ha buscado el nonbre de la virtud», para acabar
concluyendo que el acontecimiento era, como para Alcocer, cosa «por çierto
de notar, y tanto grande que paresçe ser venida por permisión divinal»65.
51
Alcocer también va a invocar de inmediato el nombre de Cabrera, quien,
con su mujer, Beatriz de Bobadilla, amiga de doña Isabel, procuraron la
entrada de doña Isabel e intentaron avenir a los hermanos para solucionar
la cuestión sucesoria. La narración de la Crónica incompleta de los Reyes
Católicos es tan interesante como ficticio su andamiaje oratorio, en el que
tiene lugar muy importante un hermoso discurso suasorio de Beatriz de
Bobadilla dirigido al rey Enrique, con la respuesta de éste, en la que el
monarca interpreta los últimos hechos, como la entrada en Segovia de los
Príncipes, en clave maravillosa: «Y pues que yo con la çeguedad de mis
pecados, remedio ninguno non veo, ellos, como más inocentes, por uentura
65 Casas Homs 1962, I, p. 29. Para el trasfondo histórico de este prólogo, véase
Benito Ruano 1968.
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le hallen, el qual, si, lo que non creo, veniese, más sería marauilloso
que naturalmente ordenado», para dar paso en el título siguiente, el IX,
a narrar cómo fueron «el prinçipe y prinçesa entrados en Segouia y del
rey y caualleros y çibdadanos della recebidos con grand alegria [...]»66. En
la Crónica de Enrique IV atribuida a Galíndez de Carvajal se cuenta que
la Bobadilla, disfrazada como una labradora y a lomos de un asno, fue
a comunicarse con la Princesa, que estaba en Aranda, para hacerla ir a
Segovia, procedimiento, si no de maravilla, sí de suspense. En esta misma
crónica también se achaca a providencia divina no sólo el quedarse de
Isabel en Segovia a pesar de no conseguir nada durante las vistas con su
hermano el Rey, sino también el nulo éxito de Juan Pacheco de hacerse, en
nombre del Rey, con la ciudad y aprisionar a los príncipes y a Cabrera67.
52
El papel de éste, como hemos visto más arriba, queda claro con las
palabras que le dedica Alcocer en este mismo discurso, unas palabras
que no carecen de reivindicación de una fidelidad de la que doña Isabel
podría o no estar segura. De hecho, el protagonismo que, en la Crónica
incompleta, tiene la esposa de Cabrera se puede poner en relación con el
que se atribuye a otras mujeres fuertes de esta segunda mitad de siglo,
que afloran en la historia y a las que se responsabiliza de gestiones
políticas harto importantes, como es el caso de Isabel Pimentel, María de
Silva y otras68, en lo que parece una relativa feminización de la política que
se coronará con la reina Isabel. Y, si se quiere, podríamos considerar ésta
una faceta más del revival de la ideología cortesana y su materialización
social y literaria, estudiada por Boase. Pero me da la impresión de que lo
que hace el autor de la Incompleta no es una feminización de la historia
pareja a la ficción coetánea —sí creo más posible, sin embargo, que en
las características de una crónica como ésa se pueda apreciar un portillo
abierto a las lectoras de la corte nuevamente aficionadas a la historia—,
sino que el cronista tendría mucho de partidario de Cabrera y su círculo,
el mismo de Alcocer, y embellecía para la historia y, sobre todo, para la
Reina méritos del futuro Marqués de Moya y de su esposa; y no sin razón,
si creemos a Palencia, pues doña Beatriz, de haber sido la predilecta de
la Princesa desde la niñez, la había abandonado en el curso de los peores
momentos de los últimos años, cuando se vio prácticamente presa en
Madrigal, para pasarse al servicio de Enrique IV. Cabrera, aconsejado por su
amigo el judío Abraham Señor, tomó y aconsejó a doña Beatriz el camino
de más promesa de futuro69.
53
La sexta razón (§12) es variante de la tercera, pero quizá más general
y concretada en las muertes de los nobles españoles. Del mismo modo
proceden, entre otros cronistas, el autor de la Crónica incompleta, Galíndez
de Carvajal y Juan Barba en su Consolatoria de Castilla70, todos proisabelinos, al referirse a las de los contrarios a la reina. Aparte la muerte
66 Puyol 1934, p. 122-123. Para una interpretación desde la perspectiva de la
propaganda, véase Carrasco Manchado 2006, p. 365-366.
67 Torres Fontes 1946, p. 440 & 445 («Aquello que en los cielos se ordena y quiere
el consistorio de la Sanctissima Trinidad que se cumpla en la tierra es necesario que
ansi sea sin contradicion alguna», etc.).
68 Véase, al respecto, lo expresado en Cátedra 2003, p. 30-49. Para María de Silva,
Benito Ruano 1965, p. 383.
69 Décadas, II, iv, 10 (Palencia 1973-1975, II, p. 112).
70 Puyol 1934, 126; Torres Fontes 1944, p. 351; Cátedra 1989, 93, p. 192-193.
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Pedro Manuel Cátedra García
de Pedro Girón antes comentada, no hay que olvidar la de su hermano Juan
Pacheco pocos meses antes de la proclamación71. Por lo que se refiere a
los «ympedimentos» ahí aludidos, quizá jurídicos, es posible que se trate
de lo relacionado con las intenciones últimas de Enrique IV, a las que
Alcocer se refiere en las séptima razón (§13), dando por hecho que el Rey
había cambiado de opinión y venía a Segovia precisamente para deshacer
lo decidido en Valdelozoya cuatro años antes. Una opinión como ésta debía
ser rumor insistente entre los partidarios de Isabel, y así es difundida
ya en la primera crónica del reinado, la Incompleta, al poner en boca de
Enrique IV, contestando a la Bobadilla, un mea culpa por su gobierno y
mostrando su deseo de reconocer a Isabel y Fernando. Pero el dato sobre
que el Rey andaba camino de Segovia al morir no parece circular en esos
momentos; es lógico que constituyera una información reservada, a la
que en esta ocasión da publicidad Alcocer. Es, sin embargo, demasiado
oportuna, porque viene a paliar en algo los inconveniente jurídicos de la
proclamación.
54
En la conclusión (§14) da muestras de la importancia que da al proceso de
figuración de la Reina como argumento político que define el fundamento
mismo de la monarquía, y como estrategia propagandística y de
legitimación. Después del uso litúrgico mariano y el paralelo entre la vida
de la Virgen y de Isabel, corona el proceso con la aplicación nada menos
que del Magnificat a la reina electa por Dios. El paralelo, que ciertamente
«se encuentra en las raíces mismas de la propaganda isabelina»72, es,
sobre todo, un argumento sustancial de teoría política en la definición de la
esencia de la monarquía sobre la base de la idea del doble cuerpo natural
y político del rey. La lectura figural o tipológica permite asociaciones de
la misma efectividad de las que, por medio de la iconografía, detectó
Kantorowicz en tempranas representaciones de reyes o emperadores, cuya
fisionomía se acerca a la de Cristo, que es manifestación externa de la idea
del «king as typus Christi», una idea que depende tanto de la Biblia —en
definiciones de la monarquía como en las que ha sustentado Alcocer la
introducción de su oración— como del antiguo culto al gobernante, que se
doló de la mano de la liturgia religiosa que rodeaba actos como el de la
proclamación o coronación73.
55
Equivalente es aquí el uso tipológico de la Virgen para una reina. La
asociación la había inaugurado fray Martín de Córdoba cuando doña Isabel
era princesa, de una manera, sin embargo, aún no figural, sino meramente
comparativa o metafórica, y que sustenta la idea de sucesión providencial
que preside tratamientos como el de Alcocer. Pero, a lo que parece, el
de Alcocer es el primer uso verdaderamente figural sobre el papel, a las
puertas de ser reina, muy seguido por otros propagandistas isabelinos,
como el Íñigo de Mendoza de su primera época, en su importante y
temprano Dechado a la muy escelente reina doña Isabel74 y Diego de
71 Los historiadores posteriores, como el autor de la Crónica de Enrique IV atribuida
a Galíndez de Carvajal (Torres Fontes 1946, p. 453), vocearán que éste fue también
designio divino, con una sentencia del Libro de Job: «Dios disipa los mandamientos
de los malos, porque sus manos no puedan cumplir lo que desearon» (Iob 5, 12).
72 Carrasco Manchado 2006, p. 387-388.
73 Kantorowicz 1957, p. 65-66, y p. 88-93.
74 «Por gracia de Dios venida, | como quando fue perdida | nuestra vida | por culpa
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
Valera75. Diego de San Pedro, en el Arnalte, califica a doña Isabel más
prudentemente de «la más alta maravilla |[...] |después de la sin manzilla».
Si, como sostiene un historiador de las cortes castellanas de los Reyes
Católicos, el generalizado panegírico isabelino es una muestra de la
concordia del «pensamiento de amplios círculos nobiliarios antes adversos
y ahora comprometidos con convicción diversa con los nuevos derroteros
políticos castellanos», después de los triunfos contra Portugal y a las
puertas de las importantes cortes de 148076, habremos de convenir también
que una figura o, si se reduce su alcance, metáfora como ésta partió de
los círculos intelectuales más allegados a Isabel y Fernando desde antes de
alcanzar la corona de Castilla.
56
Habremos de seguir considerando a Alcocer uno de los ideólogos de la
fijación de la imagen regia, pero no se debe olvidar que, a finales del
reinado de Enrique IV, alguno de los montajes propagandísticos para
fortalecer opciones políticas más o menos arbitrarias, al albur de los
tiempos, ocurrieron en principio en el círculo del arzobispo Carrillo, en
donde algunos de sus servidores, como Gómez Manrique, abroquelaron
literariamente la farsa de Ávila con anuncios en los que amanece
tímidamente el providencialismo77.
57
La segunda parte de la proposición (§15-§21), tercera del cuerpo narrativo,
se subdivide a su vez en dos, una de las cuales tiene como punto de
partida las últimas palabras de la conclusión de la anterior: «Pues quien
tan grandes cosas embía, grandes graçias mereçe y de vuestra alteza las
pide, pues en vuestro favor las hizo asý» (§14), y se subdivide a su vez en
tres: el agradecimiento de la nueva reina ha de materializarse en obras,
haciendo la voluntad de Dios, que es la autosantificación a) conociendo
a Dios (§16) , b) conocimiento de sí misma (§17), y c) conociendo el
cargo (§18), que, en virtud de la definición del poder como un contrato
tácito entre reino y rey, se complementa con una enumeración de las
obligaciones rey y súbditos (§19-§20), así como con las consecuencias
de no respetar este contrato (§21). En toda esta Alcocer parece manejar
de nuevo la idea de los dos cuerpos del Rey. De hecho, define la faceta
natural señalando las carencias de la reina no sólo por ser criatura
humana, sujeta a todas las miserias, sino que además están acentuadas
por ser mujer, «subjecta a prisiones y defectos naturales, asý como la más
pequeña muger de vuestros reynos» (§17). Dios, sin embargo, le ha dado
discreción para suplir los defectos, por lo que se le debe obediencia, la
misma que la reina querrá de sus súbditos. El recuerdo de los defectos
del cuerpo natural es también ritual y constituye un motivo en la liturgia
de las coronaciones, tanto en los ritos de humillación de la persona física
invocando la miseria de la condición humana, como en los sermones de
las misas de coronación. El cuerpo político, sin embargo, está aquí traído
de una muger, | nos quiere Dios guarnecer | e rehacer | por aquel modo y medida
| que llevó nuestra caída». Mendoza 1968, p. 281.
75 Así como nuestro Señor quiso en este mundo nasciese la gloriosa Señora nuestra,
porque della procediese el universal Redentor del linaje humano, así determinó vos,
señora, nasciésedes para reformar e restaurar estos reinos», Prosistas 1959, p. 17;
Carrasco Manchado 2006, p. 387.
76 Carretero Zamora 1988, p. 149.
77 Boase 1978, p. 11-112.
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Pedro Manuel Cátedra García
por medio de la referencia al contrato y con la condiciones de la relación
entre rey y súbditos, que funcionan como cuerpo místico formalizado con
metáforas físicas y anímicas, una «organización organicista y corporativista»
que da relevancia al súbdito en la base del estado moderno78. En este
terreno, el avance o la situación social en la que aún es perceptible
la falta de fuerza del poder real se percibe en mínimos elementos que
constituirá poco después la base de la relación de gracia y merced, como,
por ejemplo, el hecho de que Alcocer incorpore en primer lugar, tras del
amor, el deber del rey de guardar la honra de todos sus súbditos, que
estaría en sintonía con el discurso legitimador del honor (§19). No hay
que esperar, nuevamente, a que sea Pulgar el que dé forma escrita a este
motivo, sino que ya forma parte de la construcción ideológica del círculo
más allegado a la reina en los primerísimos tiempos del reinado y como
base de una actividad de gobierno diseñada por consejeros como Alcocer79.
58
En estos últimos párrafos, se corona la imbricación del discurso
«teológico-religioso» y del «derecho y la justicia». La institución real
como creación divina recae en sus elegidos, que ostentan el poder por
la legitimidad y lo merecen y mantienen por el «recto desempeño del
oficio regio»80, a detallar lo cual se viene a dedicar toda la última parte.
Descansa esto sobre el origen legítimo y tutelado por Dios —de ahí la
insistencia en lo maravilloso de acontecimientos que ponían todo en
contra, y, sin embargo, fueron superados uno a uno—, a la que se dedica
la primera parte del discurso, después de la primera parte introductoria,
y el cumplimiento con las labores propias del monarca, cuyas pautas da
Alcocer también en términos providencialistas, planteado como el pago de
la deuda que por lo anterior tiene Isabel con Dios. Es por eso por lo que
ésta, en su juramento, al que conduce una conclusión muy típica (§22§23) incorporará una referencia explícita al servicio divino y a la respuesta
agradecida a Dios.
59
La función de una oración como ésta en un acto de proclamación real,
de juramento o de cualquier otra de las ceremonias importantes de la
monarquía no es accesoria, ornamental o de introducción al acto jurídico
más importante del acto, en este caso el juramento de la Reina. De entrada,
las palabras de Alcocer son implícitamente la voz del reino, y tienen una
función ritual importante, aunque la comunidad, el pueblo, que asiste a
una ceremonia como ésta no parezca tener «voz articulada en palabras», y
los ritos centrales sean dirigidos por personas representativas, como, por
ejemplo, la aclamación, que en estas fechas corría de cuenta de los reyes
de armas. Pero quizá no sea tan clara la condición de las palabras como
meras «formulaciones rituales que acompañan y complementan los sucesos
ceremoniales»81. La falta de interés por la integridad de un discurso como
el Alcocer en un resumen del acto, en el que importan cuestiones jurídicas
más que narrativas, no restaría importancia a una proposición como la
de Alcocer que precede al juramento, y que, a tenor de su contenido, es
78 Maravall 1967, p. 181.
79 Para este asunto, véase Carrasco Manchado 2006, p. 138-140, y la referencia a
Pulgar en p. 139.
80 Carrasco Manchado 2006, p. 125-126.
81 Como concluye Carrasco Manchado al examinar la ceremonia según el acta
segoviana (2006, p. 103).
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una piedra angular de la ceremonia. De hecho, la parte primera y segunda
de la oración da vueltas sobre el origen divino del derecho a reinar y la
tutela divina sobre sus elegidos, que la mejor conocedora de la materia
ha echado en falta en la proclamación segoviana, precisamente porque
no conocíamos las palabras de Alcocer en su integridad. Ahora podemos
cerrar el círculo y, merced a la unión de todos los ingredientes, defender
el papel del nuestro en la organización urgente de la propaganda de
esos años de busca de la consolidación de los nuevos monarcas. Viene,
por tanto, a representar la voz de quienes juran o prestan homenaje a
herederos o reyes, una voz encargada también, y dentro del principio
del doble cuerpo del rey, de abajar al monarca a una condición humana
cercana a los mismos súbditos, considerándolo como mera hechura de
la voluntad divina, persona mortal —en el caso de Isabel, además, sujeta
a las miserias del sexo femenino, como le recuerda su consejero—. Se
trata de discursos que recuerdan ritualmente la miseria de la condición
humana en el momento del acceso al máximo poder o al mayor triunfo,
por recordar un acto de la Roma clásica en el que las palabras y los ritos
visuales de abajamiento público acompañaban al casi endiosamiento de
los protagonistas. Los contenidos de esos discursos, que, como hemos
visto, a veces toman la forma altamente ritualizada del sermón escolástico,
vienen a funcionar como complemento o como contrapeso de los gestos
que son el centro de las ceremonias. Si, por ejemplo, de esos gestos se
derivan mensajes de orden ideológico, como la pretensión inapelable de
la soberanía regia, «de una soberanía que no admite ninguna forma de
contestación» y la sumisión del pueblo y de otros estamentos sociales
con respecto al Rey82; en el discurso que introduce el juramento, como
es el caso del de Alcocer, se recuerda al rey que su acceso al reinado
puede ser el resultado de un avatar dirigido por Dios, como ocurre en una
quiebra dinástica, y, entre otras cosas, insiste en la condición humana,
provisional, del monarca, y, en general, en su dependencia de la voluntad
divina, del verdadero Rey, por cuya gracia se accede al trono y se gobierna
vicariamente. Argumento éste que serviría para explicar la falta de una
referencia ceremonial a la sujeción del rey a las leyes —fuera de las juras
que éste hiciera particularizadamente—, que se ha señalado también como
una de las características de las proclamaciones, referencia ceremonial que
quedaría siempre en la palabra de la oración, precisamente subsumida en
esa afirmación de la dependencia también del Rey de la justicia.
60
Si tanta importancia tiene la ruptura de este pacto publicada con una
proposición y con una gestualización ritual en una deposición como la de la
farsa de Ávila, también la tiene en la proclamación real. Esto podría llevarnos
a considerar este tipo de oraciones no sólo como una vacía «ceremonia de
cooperación», como otros discursos reales o de representativos súbditos,
eclesiásticos o seglares, cuanto un elemento más de los imprescindibles por
su significado y no sólo por su función ritual en un acto de proclamación. Es
la voz, transcendida si se quiere, del colectivo de los súbditos, tras del que
subyace la idea expresada por el discutido proverbio «Vox populi, vox Dei»,
cuya aplicabilidad en contextos de legitimación tiene, en última instancia,
su raíz en el mismo pasaje del libro de Samuel que sirve de arranque al
discurso de Alcocer, cuando Dios aconseja al profeta, después de que el
82 Nieto Soria 1993, p. 43.
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pueblo pidiera rey, que escuche su voz — «Aude vocem populi» — y se rija
por ella (I Sam 8, 7)83.
61
Podría concluirse, en fin, que el discurso de la propaganda en estos
primeros momentos del reinado de Isabel la Católica es unitario tanto en
el terreno de lo que serían las ceremonias de los ritos sucesorios, como en
el de la polémica de la sucesión y la legitimación, a la que atenderán los
discursos orales y escritos que preceden y menudean durante la ruptura
de hostilidades con Portugal y la proclamación de Juana como reina de
Castilla84.
62
Es dable preguntarse, así, si tras de la innovador programa de los Reyes
en estos primeros momentos no habrá que reconocer el trabajo intelectual
del doctor Juan Díaz de Alcocer, como verdadero inspirador desde la
perspectiva jurídica, cuyo papel histórico queda, así, muy realzado. No es
esta proposición la única que conservamos como leída o pronunciada por
este consejero de aquende de los Reyes Católicos. Como he recordado, fue
el responsable de la que sirvió de introducción al juramento y acatamiento
de la infanta Isabel de Castilla y de su marido Manuel I de Portugal en las
cortes de Toledo de 1498, cuyo principio cum auctoritate bíblica es parecido
al de la proposición segoviana:
Con justa cabsa e con mucha razón, muy altos e muy poderosos rey e reyna
e prínçipes nuestros señores, viendo el juntamiento de tanta e tan noble
conpaña en estas cortes podrán preguntar vuestras altezas lo que dize Sant
Juan en el Apocalipsis, quién son éstos e dónde venieron, respóndeos Dios por
el profeta Malachías, despertando vuestro conosçimiento, e dise a cada uno
de vos, levanta tus ojos en derredor que todos éstos que están aquí ayuntados
venieron a ti, e el mismo se conbida e se ofreçe con el don que os quiere
dar, e dise con el profeta, demándame que yo te daré gentes e reynos por tu
heredad y quiero os la dar con el ofiçio e cargo que dezía el profeta Xeremías,
yo te constituy sobre gentes e reynos para que arranques e destruyas, y
hedefiques e plantes, que son cargos e ofiçios anexos a la governaçión, e
quiere Dios nuestro señor daros esto legítima y hordenadamente para después
de los días de los muy altos, e muy poderosos e cathólicos prínçipes el rey
e la reyna nuestros señores, e para esto se juntaron aquí los perlados, e
grandes, e cavalleros e procuradores de Cortes de las çibdades e villas destos
reynos para fazer e otorgar el abto que se sigue, el qual yo como letrado de
cortes tengo de fazer e es este [...].
63
Como ha señalado su editor, la proposición no carece en esta introducción
de una intención de consagrar el poderío absoluto y de trazar el panegírico
de los monarcas y su obra, en tono providencialista, que, como he señalado
más arriba, tendrá imitadores con las mismas palabras que éstas pienso
que algo después85. También fue Díaz de Alcocer el encargado de leer en
las cortes de Ocaña la proposición previa al juramento del príncipe don
Miguel, pero carece de una introducción como ésta86. Ambas, en cualquier
83 Como señalada Carrasco Manchado 2006, p. 131-132, Pulgar materializará este
principio del consenso general como una de las razones de los derechos de Isabel;
nuevamente, aunque en el caso de Alcocer no de forma explícita, éste se adelanta
en su discurso a los tópicos que serán moneda corriente muy poco después.
84 Véase para una distinción más drástica entre la primera categoría de propaganda,
más aséptica y ceremonial, y la segunda, más polémica e incisiva, Carrasco
Manchado 2006, 114-115.
85 Carretero Zamora 1993, p. 73-74 (texto); comentarios en Carretero Zamora
1989, p. 44.
86 Carretero Zamora 1993, p. 76-77.
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ORATORIA POLÍTICA Y MODELO DE PROPAGANDA
caso, están muy lejos de la proposición extraordinaria de la proclamación
de Isabel la Católica, cuya calidad y sentido sólo puede ser comparable a
la pronunciada por Gómez Manrique como presidente en la clausura de las
cortes de Toledo de 1480 en las que se juró al príncipe don Juan87.
64
No obstante, la comparación de la oración segoviana o la de Manrique con
las otras posteriores de Alcocer o de otros colaboradores de la corona como
los consejeros Angulo o Zapata dichas en el curso de cortes y celebraciones
regias, y salvada la circunstancia de que sólo la nuestra es un discurso
para una sublimación a la corona, se advierte una clara decadencia en la
calidad formal e intelectual del género, como si se simplificara o silenciara
una voz —vox populi por muy oficial que fuera— que tenía, cuando menos,
la opción de recordar y aun detallar al monarca sus deudas superiores e
inferiores. ¿Podría decirse que el asentamiento firme, ideológico y político,
del régimen de los Reyes Católicos alquitarará y hieratizará razones y
motivos que aún respiran en la oratio de Alcocer, para convertirlos en
mera representación trascendida en la literatura, en las artes plásticas y
en la pura etiqueta de la relación con la monarquía y sus súbditos, en un
claro deterioro de las relaciones de verticalidad entre rey y súbditos y de
la vitalidad de instituciones, como las cortes, en donde la proposición o el
discurso tenía una función muy importante de mediación? Habrá que ver
qué ocurre cuando la institución parlamentaria se reactive con motivo de
las crisis sucesorias de los años finales de Isabel la Católica y cuando las
mismas razones y motivos abandonen la literatura, vuelvan a respirar poco
a poco y puedan llegar a convertirse en argumentos incluso para la guerra
en tiempos de las Comunidades.
Anexo
Edición del texto
65
[15r]
66
[1] Muy alta y muy poderosa princesa, reyna e señora,
67
[2] Quando los días pasados el pueblo de Dios le pidió rey, mostroles su voluntad
dándoles a entender que no le plazía, pero, condesçendiendo ayradamente a la
ymportunidad dellos, dioles al rey Saúl89. El qual, apartado de la gracia de Dios, regió
mal a sý e a su pueblo; y, seyendo conforme su muerte con su vida, acabó mal. Al
qual, por voluntad de Dios, suçedió en su reyno el rey David; y, como fuese ungido
por mandado de Dios e por mano de su profeta, asý fue conplido de graçia que,
conformando con Dios su voluntad y obras, y haziendo penitençia de sus pecados,
meresçió que Dios se alabase dél, diziendo: «Hallé varón segúnd mi voluntad»90. Y asý
+
ORAÇIÓN QUE HIZO EL DOCTOR ALCOÇER EN SEGOVIA A LA REYNA DOÑA ISABEL,
NUESTRA SEÑORA, EN NOMBRE DESTOS REYNOS, QUANDO FUE SUBLIMADA
Y RESÇEBIDA POR REYNA DELLOS, MARTES, DÍA DE SANTA LUZÍA, XIII DÍAS DE
DIZIEMBRE DE LXXXIIII AÑOS88.
87 Véase el texto en Carretero Zamora 1992, p. 193; Carrasco Manchado 2006,
p. 442, identifica la proposición de inauguración en el manuscrito de la Real
Biblioteca, II-208.
88 Este título es de mano distinta a la del texto, aunque pienso que de la misma
época.
89 Véase I Sam 8-9.
90 Act 13, 22 («Inveni David filium Iesse, virum secundum cor meum, qui faciet
omnes voluntates meas»). Este es el pasaje que cita, pero, en realidad, está en
relación con el de la profecía de Samuel a Saúl después del holocausto que éste
ofreció sin esperarlo: «Qæsivit Dominus sibi virum iuxta cor suum: et præcepit ei
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ge lo mostró en el acresçentamiento y prosperidad que dio a su pueblo en sus dýas y
en el fin glorioso que le dio.
68
[3] Y después de la muerte deste rey, syenpre el pueblo syntió y conosçió por la
experiençia que, segúnd el estado de graçia o de yra en que con Dios estava, asý
les dava rey bueno o malo; y por los méritos de aquél alcançava el pueblo dones
y gracias de victoria y prosperidad e paz o avía açotes y tribulaçiones, segúnd
por el discurso de la santa Escriptura claramente paresçe. La qual eso mismo da
testimonio [15v] que, quando Dios estava ayrado de su pueblo y por sus pecados
dellos les dava maldiçiones, una de las más grandes era que les daría reyes en su
saña91, los quales no reynarían segúnd su voluntad. Y por eso el grand propheta
Ysaýas llamava al rey Asur, aunque malo, punta de lança de Dios y martillo de
su yra92, porque con la cruel lança de aquel esecutava su saña en su pueblo.
69
[4] Pues quántos benefiçios alcançase el pueblo por méritos de buen rey llena está
la santa Escriptura de pruevas. Pero aun no caresçemos de nuevo testimonio ni
fue privada vuestra España de fructo de buen rey, ca se lee que en todo el tiempo
que reynó aquel glorioso y bienaventurado rey don Hernando el terçero, vuestro
progenitor, nunca ovo hambre ni año malo en estos reynos.
70
[5] De lo qual todo podemos tomar verdadera regla que no tiene Dios
olvidado, antes muy açepto, el ofiçio de reynar, y que esta dignidad muy
altamente está canonizada por la auctoridad de Dios, tomando para sý nombre
de rey muchas vezes y en diversos lugares, y nunca fallamos que tomase
nombre de emperador, aunque a Él es atribuydo el ofiçio de ymperar93.
71
[6] Pues, muy exçellente señora, reconozca vuestra alteza quánta merced y
grandísymo benefiçio oy resçibe de Dios, que vos yntitula de su nombre y vos pone
en su lugar y comete sus vezes en tan grande [16r] y tan noble y tan abastado reyno
como éste, en el qual legítimamente subçedistes; y vos escoge milagrosamente
para que seáys reyna y señora sobre tanta muchedumbre de pueblo y en tierra
tan ancha y tan fértile, para que de mar a mar señoreéys. Y por que vuestra
grand señoría sea arredrada del viçio dese[ch]able94 del desagradesçimiento
y con mayor fervor de devoçión y alumbramiento de la verdad dedes graçias95
a Aquel que tan milagrosa y misericordiosamente, tendida la mano derecha,
vos ha hecho y haze tantas y tan grandes mercedes, quiero recontar algunas
dellas, a lo menos las que al presente se nos muestran por sus efectos.
72
[7] La primera es que quiso que fuésedes engendrada y nasçida de real
estirpe de la virtuosa y próspera sangre gótica, y paresçe que misteriosamente
produzida en los postrimeros dýas de vuestro glorioso padre, reservada para
suplir la orfandad y biudez que este reyno tenía de suçesor varón, supliéndola
muy sabiamente con vuestra grand sufiçiençia y con tan excellente marido,
nuestro natural y de vuestra estirpe, y en edad y disposiçión muy floresçida.
73
[8] La segunda, y más miraglosa, que levó Dios para sý al rey don Alonso, vuestro
hermano, quasy en la edad de la ynoçençia, y privó al rey don Enrrique, nuestro
señor y hermano vuestro, cuya ánima Dios aya, de generaçión, para que syn
ynjuria ni agravio de terçero legítimamente viniese la real suçesyón a vuestra muy
escleresçida [16v] persona.
74
[9] La terçera, que vimos manifiestamente que por consejo de muchos se fabló y
conçertó que personas muy poderosas, buscadas astutamente por reynos estraños,
oviesen de venir a éstos y con mano armada vos fuese perturbada vuestra legítima
suçesyón. Y disypados por Dios los tales consejos por muertes y por estorvos no
pensados, vos quitó la contrariedad y vos preservó asý como rosa entre las espinas,
para que en tiempo tan oportuno vos mostrásedes y tan milagrosamente reynásedes.
75
[10] La quarta, que ha permitido nuestro Señor que padezcades en los dýas pasados
pobreza y retraymiento, soledad, temores y amenazas, por que, exerçitada en estas
Dominus ut esset dux super populum suum, eo quod non servaveris quæ præcepit
Dominus» (I Sam 13, 14).
91 Os 13, 11 («Dabo tibi regem in furore meo et auferam in indignatione mea»).
92 Cf. Is 10, 5.
93 Referencia, como he señalado antes, al motto «Christus vincit, Christus regnat,
Christus imperat» de las Laudes regiæ.
94 Se lee claramente deseable.
95 Graçias interlineado.
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tribulaçiones, conosca vuestra señoría el estado de la libertad y la alteza de la
dignidad y el poderío, riqueza y gloria en que oy vos pone. Y permitió que ansý
pasase por que sepáys aver conpasyón de vuestros subditos, pues supistes padesçer
quando érades subdita a otro.
76
[11] La quinta, en quanto Dios por maravillosos rodeos yncreýbles a los hombres vos
traxo a esta muy noble y muy leal çibdad de Segovia, seyendo ésta la propria casa
y morada del dicho señor Rey, vuestro hermano, para que juntamente tomásedes
la posesyón de vuestro reynos y desta çibdad tan grande y tan ynsygne y manífica,
puesta en medio de vuestros reynos, y, lo que no es de olvidar, con alcáçar dotado
de fermosura y fortaleza y grandísyma riqueza. No se deve callar la joya de la lealtad
de grand [17r] serviçio que el leal mayordomo Andrés de Cabrera ha mostrado en esta
jornada, ansý guardando la fidelidad que al dicho Rey, vuestro hermano, devía, como
syrviendo syn ofensa de aquella a vuestra alteza, asý en vida como después de la
muerte del dicho señor Rey.
77
[12] La sexta, e mucho maravillosa, es que para traher a vuestras manos libremente
esta suçesyón vos quitó por su oculto juyzio muchos ympedimentos que vos
pudieran embarazar, asý por muerte de estorvadores como por desatamientos de
ynconvinientes.
78
[13] La séptima es que el dicho señor Rey, vuestro hermano, aviendo muchas vozes
querido poner empacho en vuestra subçesyón, como a todos es notorio, agora
estando tan çercano a la muerte conçertó e asentó con algunos perlados e cavalleros
grandes de vuestros reynos que vos firmaría e otorgaría pública e solennemente la
dicha vuestra subçesyón, y para dar conclusyón en esto venía de camino para esta
çibdad.
79
[14] Por çierto, muy alta señora, veyendo la conclusyón de tan grand fecho tan
maravillosa e tan prósperamente acabado, bien podemos afirmar con el profeta
que el Señor hizo esto y es cosa maravillosa en nuestros ojos96. Y pues todas estas
maravillas por sus secretos juizios ha embiado y descubierto en favor de vuestra
alteza, refiriendo las gracias a Él, bien podría dezir vuestra real señoría lo que dezía
nuestra Señora: «Hizo comigo grandes cosas97 el que es poderoso»98. Pues quien [17v]
tan grandes cosas embía, grandes graçias meresçe y de vuestra alteza las pide, pues
en vuestro favor las hizo asý.
80
[15] ¿Queréys, muy alta señora, saber qué obras quiere por graçias? Sabed
que quiere que fagáys su voluntad; que su voluntad es que santifiquéys a vos,
exerçitando vuestros pensamientos y actos sobre tres consyderaçiones: la primera,
sobre el conosçimiento de Dios; la segunda, sobre el conosçimento de vos misma; la
terçera, sobre el conosçimiento del cargo que sobre vos tomáys el día de oy.
81
[16] Digo lo primero, muy esclaresçida señora, que avéis de consyderar que avéis
Dios; y si le conosçéys, temerle eys y amarle eys. Y avéysle de amar porque
es bueno de sý y en sý mismo; y porque por sola bondad vos crió e quiso que
nasçiésedes en este mundo por engendramiento de tan altos e poderosos rey e
reyna; e vos dotó de tan grandes dones naturales, corporales y spirituales; y, sobre
todo, vos truxo por la forma susodicha a tan grande y alto estado. Y temedle porque
es Rey de los reyes y terrible sobre todos ellos; y en respecto de su potençia no ay
potençia de hombre ni ay resistençia a su querer ni apelaçión de su juizio99. Y desto
el dicho señor Rey, vuestro hermano, ha seýdo buen testigo.
82
[17] Dixe lo segundo que devéys aver conosçimiento de vos misma. Y como
quiera que de tantas excellençias seáys dotada, pero acuérdese vuestra señoría
que soys muger e soys y seréys semejante a las otras mugeres [18r] en el nasçer
y en el padesçer y en morir, y subjecta a las prisyones y defectos naturales, asý
como la más pequeña muger de vuestros reynos. E sy tenéis discreçión y muchos
remedios para suplir estos defectos, acordadvos, señora, de lo que dize el Apóstol,
que todo dado bueno y todo don perfecto de arriba viene; y en otra parte dixo:
«Nuestra sufiçiençia de Dios es»100. Pues sy de Dios la ovistes y suyo es lo que
tenés, reconosçedle y servidle con ello y obedesçedle por ello, como querréis que
96 Ps 117, 23 («Domino factum est istud et hoc mirabile in oculis nostris»).
97 Después de cosas añade y tacha q.
98 Lc 1, 49 («Quia fecit mihi magna qui potens est: et sanctum nomen eius»).
99 Pespuntea sobre los atributos divinos de Dios como Rey, fundamentalmente a
partir de los Salmos; por ejemplo, Ps 46, 3; 75, 12.
100 2 Cor, 3, 4 («Sufficientia nostra ex Deo est»).
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vos obedescan y reconoscan vuestros subditos y naturales por su reyna e señora.
Y guárdese vuestra alteza de le desobedesçer, porque la desobediençia a todos
estados de personas es muy empeçible y más a los que más dones resçiben. Y
quánto este viçio sea detestable y aborresçible a Dios, muéstrase por la pena que
a nuestro padre Adán dio, allende de la muerte e yra y pecado e ygnorançia en que
yncurrió, ca en el estado de la ynoçençia en que estovo mientra obedesçió todas las
criaturas de la tierra le eran a él obedientes, y luego como desobedesçió luego ellas
desobedesçieron a él, e muchas dellas se le tornaron dañosas y enemigas. Pues,
señora, si queréis ser obedesçida de vuestros menores, conviene que obedezcáys
a vuestro mayor, ca çierto es que mayor parte tiene Dios en vuestra persona y en
los dichos dones que vos ha dado que vós en las personas y bienes de vuestros
subditos. [18v]
83
[18] Dixe, muy exçellente señora, que la terçera consyderaçión avía de ser del cargo
que tomáys. Y para esto mejor conosçer, presuponga vuestra alteza que el reyno no
está en los bienes del rey, asý como otros qualesquier bienes partibles están en
el patrimonio de su señor, mas solamente tiene derecho de reynar e administrar el
reyno. Y aun, segúnd verdadera doctrina, más derecho tiene el reyno al rey que el rey
al reyno, como quiera que lo uno y lo otro todo redunda en pro de buen rey. Pero el
reyno101 tiene derecho sobre el rey de ser por él governado y mantenido en justiçia.
Y entre el rey y el reyno calladamente está fecho un contracto por el qual cada uno
dellos está obligado a conplir aquellas cosas a que el derecho le obliga. Y por que
vuestra real señoría no pueda sobre esto pretender ygnorançia es bien que sepa
qué debda deve, la qual de aquí adelante es obligada de pagar a sus reynos, y qué
debda ellos vos deven.
84
[19] Sepa, pues, vuestra real excellençia que es tenida de amar, honrrar y guardar
a sus pueblos, conviene a saber, a los perlados y a la clerezía y a las yglesias y a
los nobles cavalleros y a los sabios y a las çibdades y a los mercaderes y ofiçiales y
labradores por las razones que las leyes de vuestros reynos sobre esto ponen. Y ellos
todos son tenidos de vos amar, temer y honrrar y conosçer y governar, proveyendo,[19r]
guardando y dándovos obediençia y reverençia, lealtad y fidelidad y la paga de
vuestros tributos. Y como este contracto obligue a cada una de las partes a conplir
su cargo y Dios no es açeptador de personas, mas ygual a todos, sýguese que asý es
vuestra señoría obligada a conplir este contracto por su parte, como vuestros subditos
e naturales por la suya.
85
[20] Mire, pues, vuestra alteza sy quiere resçebir dellos lo que vos deven,
especialmente sus tributos y parte de su pan y vino y crianças que vos dan, que
es parte de su sudor, con que mantenéys vuestro real estado, que a cada uno
dellos avéys de mostrar amor, poniéndole en libertad, desatándole los agravios y
poniéndole en seguridad para que libre y seguramente trabajen y holgadamente
duerman. Y mientra él duerme y descansa que veléis vós sobre él, pues mientra vós
dormides vela él y trabaja para vos.
86
[21] Y considere vuestra señoría real que, asý como a buen rey por bien regir le
es devida aureola espeçial en el çielo y su mérito es muy grande, ansý al mal rey
están aparejadas penas particulares más crueles que a otras personas de menor
estado, que ansý los amansa Dios por la boca del sabio, diziendo que los poderosos
poderosamente padesçerán tormentos102; y en otra parte dize que juizio muy duro
será fecho contra los que tienen poder de regir103. Y la razón desto [19v] nuestro Señor
la da, donde dize que a quien más da más le es demandado104. Y pienso que será
muy provechoso que vuestra señoría trayga continuamente a su memoria las caýdas
de los malos reyes.
87
[22] Y pues a vuestra alteza Dios dio disposyçión, honrra, dignidad, potençia,
deleytes y riqueza, no es de creer que vos lo dio de balde, mas antes querrá que
ge lo paguéys reconosçiéndole e amándole y temiéndole, pues vos dio discreçión
y fe para ello. Y estas tres cosas puestas en vuestra consideraçión y continuo
pensamiento, vos fará segura de la prosperidad y acresçentamiento de vuestro real
estado. Y con éstas ternés a Dios por ayudador, que, sy a él tenéys de vuestra parte,
101 Despues de no, que está añadido corrigiendo, tacha va.
102 Sap 6, 7 («Exiguo enim conceditur misericordia potentes autem potenter tormenta
patientur»).
103 Sap 6, 6 («Cito apparebit vobis quoniam iudicium durissimum in his qui
praesunt fiet»).
104 Lc 12, 48 («o»).
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no avrá por qué temáys a los honbres. Y con la posesyón deste reyno podrá vuestra
real señoría alcançar el reyno perdurable.
88
[23] Resçiba, pues, vuestra alteza discreta y temerosamente este reyno temporal que
Dios asý ha traýdo a vuestro poder, para que con él merescáys el otro. Y syguiendo
las pisadas de vuestros gloriosos progenitores y las leyes de vuestros reynos, plega a
vuestra real señoría fazer, otorgar e prometer las cosas syguientes.
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Atalaya. Revue d'études médiévales romanes, no 11, avril 2009
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