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Síntesis de revisión bibliográfica
sobre la concepción y definición
de lo rural y lo urbano
Versión ampliada y actualizada de síntesis de revisión bibliográfica realizada para el
Módulo: Concepción y definición de lo rural, para el curso “Gestión del Desarrollo Rural
Territorial”, en marco del Programa de Formación de Capacidades para la ejecución de la
Estrategia Centroamericana de Desarrollo Rural Territorial – ECADERT
Elaborado por:
Andrea Padilla Arce
Secretaría Ejecutiva del Consejo Agropecuario Centroamericano
Introducción
Tradicionalmente, ha prevalecido una definición que asimila lo rural a lo agrícola y a las
poblaciones dispersas en los territorios, donde permanecen culturas o modos de vida
tradicionales y con pocos vínculos con lo urbano. Sin embargo, las transformaciones
económicas, ambientales, institucionales y socioculturales ocurridas en los espacios rurales
como consecuencia de la Revolución Industrial entre los siglos XVIII y XIX, especialmente en
Europa, y por el modelo de industrialización por sustitución de importaciones adoptado en
América Latina después de la Segunda Guerra Mundial, así como por los procesos de la
globalización, han originado una discusión sobre la definición de lo rural y lo urbano, y la
validez actual de los criterios utilizados para su delimitación.
Como consecuencia de estas transformaciones, se da la pérdida de validez de la división
entre lo urbano y lo rural. Por esto, diferentes autores sostienen que más que una división
entre estos espacios, actualmente lo que se da es un continuo que ocasiona que los límites
entre lo rural y lo urbano no sean fácilmente diferenciables. De esta forma, lo rural ha
pasado a ser definido a partir de diversas concepciones y perspectivas, y desde los años
ochenta, la mayoría de investigadores -conscientes de la complejidad del espacio rural-, han
optado por una definición que considera una combinación de criterios físicos, sociales,
culturales, políticos y económicos.
Esta diversidad de aproximaciones para definir lo rural ha llevado a algunos de estos
investigadores a sostener que no es posible establecer un solo concepto unificado y
homogéneo de lo rural, ya que depende del contexto y de las aproximaciones conceptuales
y metodológicas que se utilicen según el propósito para el que se quiera definir lo rural.
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No obstante, autores como Echeverri (2012), destacan la importancia de la definición de lo
rural y lo urbano debido a las implicaciones que esto tiene sobre el desarrollo, la equidad
social, y la eficacia de las políticas públicas. De ahí la pertinencia de la reflexión sobre los
procesos políticos y sociales que existen detrás de estas clasificaciones.
Este documento tiene como propósito realizar una revisión bibliográfica de los aspectos
conceptuales más relevantes relacionados con la concepción, definición y clasificación de lo
rural y lo urbano. Esto nos permitirá comprender mejor y reflexionar sobre la complejidad y
diversidad de perspectivas en el abordaje del tema.
El documento inicia con una revisión sobre la visión clásica de lo rural y lo urbano. Luego se
resumen los principales cambios ocurridos en el medio rural y cómo esto ha llevado a
repensar la definición de ambos espacios, así como las relaciones entre ellos. Finalmente, se
realiza una síntesis de criterios para clasificar zonas urbanas y rurales.
Visión clásica de la distinción entre lo rural y lo urbano: el enfoque dicotómico
Históricamente, ciudad y campo han establecido una relación recíproca aunque desigual,
basada en sus relaciones espaciales, su diferenciación y sus interconexiones. En esta
relación, el campo aportaba los alimentos pero la ciudad organizaba el territorio, la sociedad
y la economía, a través de la comercialización de los productos agrícolas (Ponce, s.f.).
Villalzo, Corona y García (2002), indican que tradicionalmente lo urbano se ha definido como
los asentamientos que presenten un tamaño, una densidad de población y una estructura de
empleo determinados. Por consiguiente, la población rural se ha definido como aquella que
reside fuera de dichos asentamientos.
Méndez, Ramírez y Alzate (2005) afirman que lo rural y lo urbano suelen distinguirse
fundamentalmente por el tipo de actividad que se realiza en dichos espacios. A este rasgo
básico se le articulan los demás aspectos que tradicionalmente se utilizan para diferenciar lo
rural de lo urbano. Estos aspectos son: lo ambiental, lo productivo, la concentración o
dispersión de la población, y la diversidad poblacional. Según esta visión, los espacios rurales
son definidos como aquellos en los que hay una mayor interacción del hombre con la
naturaleza, siendo ésta importante para que los habitantes de este medio puedan realizar
sus actividades cotidianas. Además, las principales actividades del medio rural son aquellas
dirigidas a la producción de alimentos y de bienes primarios para la industria. Por oposición
a lo anterior, las actividades urbanas se orientan a la transformación de materias primas
para la industria y a la prestación de servicios.
Las actividades agropecuarias que se desarrollan en el medio rural y la relación ser humanotierra / ser humano-naturaleza, hacen que sea necesaria una mayor extensión de tierra por
habitante, en comparación con lo urbano. Entonces, otro rasgo que clásicamente se le ha
asignado a lo rural es que en estos espacios hay una mayor dispersión de la población y con
ello, una menor densidad demográfica.
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Por último, con relación a la diversidad poblacional, la visión clásica de la distinción entro lo
rural y lo urbano establecía que las comunidades rurales tienden a ser más homogéneas
(Méndez, Ramírez y Alzate, 2005). Arias (2002), sostiene que la suposición de que las
sociedades rurales presentaban alto grado de similitud, se relaciona con la concepción de un
mundo rural definido por la ocupación de sus habitantes en actividades agropecuarias y la
creencia de que la agricultura garantizaba la sobrevivencia de las familias campesinas,
asegurando así la persistencia de la estructura social comunitaria de estos espacios.
Para Echeverri (2012), la definición tradicional de lo rural hace referencia a espacios donde
los centros poblados y las actividades económicas no agrícolas son inexistentes, y donde
prevalecen culturas tradicionales, poco vinculadas a las culturas modernas, entendidas como
urbanas.
Tabla 1. Resumen de los principales rasgos atribuidos a lo rural y a lo urbano según la visión clásica
de distinción entre ambos espacios
Medio Rural
Medio Urbano
Principales rasgos
Forma generalizada de ocupación humana
del espacio
Principales rasgos
Forma generalizada de ocupación humana
del espacio
Asociado a un tipo de vida alimentador
Asociado a un tipo de vida industrial,
comercial y de prestación de servicios
Ligado a la explotación de los recursos
naturales
Ligado al uso improductivo del suelo y los
recursos naturales en general
Autosuficiente; si el entorno lo permite,
puede presentar superávit de producción
Dependiente del ámbito rural, que lo provee
de materias primas
Baja densidad de población humana
Alta densidad de población humana
Vulnerable a los agentes físicos externos
Poco vulnerable a los agentes físicos externos
Estrecha relación del ser humano con su
entorno
Asociación vinculante y de competencia entre
los integrantes de la comunidad, pero poca
relación entre los seres humanos y el resto
del entorno
Fuente: elaboración propia con base a Méndez, Ramírez y Alzate (2005)
Hacia la superación del enfoque dicotómico
Según Ponce (s.f.), con la Revolución Industrial aumentó la desigualdad de la relación entre
el campo y la ciudad, siendo esta una relación de dependencia – dominio. Ello influía en una
imagen negativa del mundo rural como espacio de reserva para la expansión urbana. Los
adelantos técnicos de la Revolución Industrial permitieron un relativo incremento de la
productividad agraria, y surgió una oferta urbana de productos manufacturados industriales
más asequibles que los artesanales. La ciudad no sólo exigía al medio rural la producción de
alimentos para su población, sino que también lo utilizaba como fuente de materias primas
y de mano de obra para su industria, a la vez que lo invadía con su expansión territorial
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necesaria para ubicar las factorías, las viviendas de los asalariados de las fábricas, y las
nuevas vías de comunicaciones. En este contexto, en el medio rural de los países
desarrollados se produjeron en el transcurso del siglo XIX y buena parte del siglo XX, una
serie de procesos o fenómenos interrelacionados: industrialización, desagrarización, éxodo
rural y urbanización.
En América Latina y el Caribe, a partir de la década de 1950 se promovió el modelo de
industrialización por sustitución de importaciones, con antecedentes importantes en algunos
países latinoamericanos durante la crisis de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial.
Para Méndez (2005), los procesos de urbanización en América Latina han sido acelerados
por este modelo de desarrollo que privilegió a la industrialización como otorgadora de
progreso, desarrollo y modernidad. Dentro de esta concepción, lo rural era visto entonces
como sinónimo de atraso y subdesarrollo, por lo que se trató de que al largo plazo, todas las
sociedades fueran modernas y desarrolladas, es decir, urbanas. De esta forma, se inició el
desestimulo del ámbito rural y el estímulo del ámbito urbano mediante procesos sociales y
económicos.
Asimismo, en la segunda mitad del siglo XX con la expansión de los procesos de la
“globalización” o mundialización, con sus varias facetas, el medio rural se ve nuevamente
enfrentando a importantes cambios sociales, económicos, culturales y políticos. Estos
cambios han tenido efectos que varían según los países y regiones; sin embargo, los
principales cambios mencionados por diferentes autores, son los siguientes:
 Cambios demográficos y socioculturales: influenciados por la migración rural, que fue
acelerada por el modelo de industrialización fomentado en América Latina y el Caribe
desde la década de 1950 (y en algunos casos desde la primera mitad del siglo XX), y
que condujo a intensificar los procesos de urbanización y el desarrollo tecnológico,
como también al ahorro de mano de obra mediante capital mecánico. Debido a esto,
y a la magnitud de la migración rural-urbana, casi todos los países han visto invertirse
la relación de predominancia rural por la de predominancia urbana (Pérez, 2005;
Sepúlveda, Rodríguez, Echeverri y Portilla, 2003).
Al respecto, Mougeot (2006), menciona que en los últimos 50 años, la mayoría de los
países en desarrollo han experimentado un traslado masivo de su población desde
sus áreas rurales hacia sus áreas urbanas. Hasta la segunda mitad del siglo XX, los
pueblos del mundo en desarrollo estaban asentados predominantemente en áreas
rurales y a mediados de ese siglo, menos de 20% de las personas en los países en
desarrollo vivían en ciudades grandes o pequeñas. Sin embargo, al comenzar el siglo
XXI, este porcentaje se había más que duplicado. Según estimaciones del Consejo
Nacional de Investigaciones de EE UU, para el año 2030 vivirán más personas en
áreas urbanas que en áreas rurales en los países de ingresos medianos y bajos. Esto
significa que casi la totalidad del crecimiento demográfico tendrá lugar en las
ciudades de países en desarrollo.
Ponce (s.f.), citando a (Sancho Hazak, 1997), menciona que también se ha dado un
importante cambio sociocultural en las comunidades rurales, en las que los vínculos
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de reciprocidad, esenciales para mantener la coherencia del grupo, han derivado en
una nueva identidad con su entorno debido a la migración rural.
 Procesos socio – económicos: se relacionan con el declive de la agricultura,
especialmente de los sistemas campesinos de producción. Actualmente las
actividades rurales se han diversificado, y la agropecuaria ya no es la dominante,
aunque todavía está entre las más importantes en la configuración de la estructura
rural (Pérez, 2005).
Por lo anterior, en muchas zonas rurales ha cobrado gran importancia la economía no
agrícola. Según Sepúlveda et al. (2003), actualmente ésta ocupa alrededor de la
mitad de la mano de obra rural, y de ella depende más de la mitad de los ingresos de
los pobladores de zonas rurales. De esta forma, el medio rural deja de identificarse
exclusivamente con actividades agrícolas.
La pluriactividad de las zonas rurales es uno de los elementos centrales del enfoque
de la Nueva Ruralidad. Méndez (2005, p.8), define la pluriactividad como “el proceso
de emergencia de un conjunto de nuevas actividades que tienen lugar en el medio
rural, las cuales pueden ser ejercidas tanto dentro, como fuera de la propiedad
campesina, y estar o no relacionadas con la actividad agrícola tradicional”.
 Cambios institucionales: La descentralización del Estado pretende delegar mayores
responsabilidades gubernamentales en las autoridades locales e instancias regionales
o subnacionales. Asimismo, en el ámbito interno destacan los procesos de reforma
del Estado, donde destacan los procesos de privatización de servicios y entidades
públicas, lo que ha ocasionado la emergencia de nuevos actores privados y el
debilitamiento o desaparición de la institucionalidad que caracterizaba la
intervención estatal en la agricultura y el medio rural. Con respecto al ámbito
externo, es fundamental resaltar la construcción de agendas supranacionales con
nuevos arreglos institucionales y nuevas reglas de juego (Sepúlveda et al., 2003).
Estos procesos de cambio y de ajuste institucional, se han traducido en la pérdida de
la capacidad de respuesta institucional, el debilitamiento de la gobernabilidad y
mayores costos para las comunidades y los empresarios rurales. Ello ha redefinido a
las instituciones de desarrollo rural al inducir la desaparición o el debilitamiento de
las organizaciones públicas que apoyaban las estrategias de intervención y fomento
sectorial agrícola (Ibid.).
 Cambios Tecnológicos: Para Sepúlveda et al. (2003, p.32), el progreso que se ha
experimentado como consecuencia de las denominadas nuevas tecnologías de
información y comunicación, que han transformado de manera radical “los
escenarios, las reglas de juego, las opciones, las prioridades, los factores de
competitividad, los sistemas de innovación y aprendizaje, y el papel del
conocimiento”. Tales transformaciones constituyen un desafío para los espacios
rurales y su desarrollo.
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Todas estas transformaciones ocasionaron que el modelo de sociedad rural entrara en crisis.
No solo ha ido perdiendo su identidad, sino también su población, sus modelos de
organización y muchas de sus actividades.
Uno de los mayores impactos de los fenómenos anteriores, es la pérdida de validez de la
dicotomía entre lo urbano y lo rural en muchas zonas. Actualmente, se encuentra más bien
un continuo cuyos límites no son fácilmente diferenciables, siendo completamente factible
encontrar elementos que tradicionalmente se han clasificado como urbanos, en zonas
rurales, así como factores concebidos como rurales en zonas urbanas. Al respecto, Ponce
(s.f.), indica que la teoría del Continuum Rural-Urbano, de los sociólogos Sorokin y
Zimmerman, intentó dar una explicación apoyándose en la idea de un cambio gradual, un
modelo en el que entre los dos extremos -rural y urbano- hay diferencias de intensidad más
que contrastes absolutos.
Esto ha llevado al abandono de la visión clásica de distinción entre espacios rurales y
urbanos y a la adopción de nuevas visiones, como la Nueva Ruralidad. En palabras de
Baigorri (1995, p.5), “la dicotomía no nos sirve, por lo que tendríamos que hablar,
efectivamente, de gradaciones, de un continuum que iría desde lo más rural -o menos
urbanizado- a lo más urbano -o menos rural-”.
Articulación entre lo rural y lo urbano
Los cambios en el medio rural mencionados anteriormente, han ocasionado procesos de
ruptura en la articulación tradicional rural-urbano, acompañados por el surgimiento de
nuevas formas de articulación que han propiciado la constitución de territorios híbridos. Así,
surgen nuevas relaciones e interacciones entre lo rural y lo urbano, relaciones que en
muchas zonas van convirtiendo a lo rural en un lugar de vida o residencia, más que de
actividades de producción agropecuaria. Al respecto, Méndez (2005) sostiene que en países
como los de América Latina, el interés urbano en lo rural se enfoca principalmente en la
conservación y expansión de lo urbano. La expansión de los procesos de urbanización y la
necesidad de contar con suelo para los pobladores de las ciudades, ocasionan una mayor
presión sobre el recurso tierra de las áreas rurales circundantes, lo que ocasiona
importantes cambios en el uso de la tierra en ellas.
La intensificación y expansión de los procesos de urbanización, unidas a la pérdida de
rentabilidad de la agricultura tradicional asociada a los campesinos y pequeños productores,
no sólo han ocasionado una difusión de los límites entre lo rural y lo urbano en algunas
zonas, sino que han impulsado el mercado de tierras en el medio rural. Ello ha generado una
reasignación de este recurso productivo y la pérdida de la base material de muchos
agricultores para poder realizar actividades agropecuarias.
De esta forma, Méndez (2005), menciona que a la luz de la Nueva Ruralidad actualmente es
posible evidenciar que la articulación entro lo rural y lo urbano muestra dos facetas
claramente diferenciables: la primera corresponde a la articulación tradicional, que se
fundamenta en el intercambio de bienes y servicios entre estos dos ámbitos, mientras que la
segunda se refiere a las nuevas funciones que se le han otorgado a lo rural.
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Articulación tradicional
En la articulación tradicional entre lo rural y lo urbano, se estableció que el campo provee a
la ciudad de materias primas, alimento y fuerza de trabajo sobrante. Siguiendo esta lógica, la
ciudad provee a las zonas rurales insumos, productos industrializados y servicios. De esta
forma, lo urbano y lo rural se complementan, ya que cada ámbito provee al otro de los
elementos de los que carece.
Pese a lo anterior, Méndez (2005), indica que las zonas rurales que se encuentran próximas a
los centros urbanos, van dejando de cumplir funciones de abasto importantes. A pesar de
que la producción agrícola no desaparece del todo, el suministro de materias primas y
alimentos pasa a ser cargo de zonas rurales más lejanas o profundas. Esto ocasiona rupturas
en el proceso tradicional de articulación entre estos dos espacios, lo que implica una nueva
forma de articulación.
Nuevas funciones urbanas de lo rural
La degradación ambiental y de las condiciones de vida que ha ocurrido en los centros
urbanos, han ocasionado que los espacios rurales sean revalorizados. De este modo, las
zonas rurales son vistas como lugares de esparcimiento y ocio, además de opción de
residencia. Para Méndez (Ibid.), esto ha significado un cambio en el ritmo de vida de las
poblaciones rurales y en la estructura de las sociedades agrícolas, provocándose también la
paulatina desaparición de las unidades agrícolas debido a que estas van perdiendo
funcionalidad ante el nuevo contexto y dinámica espacial.
Asimismo, Méndez (2005), citando a Ramos y Romero (1993, p.3), sostiene que los
diferentes problemas que afectan a los habitantes urbanos, llevan a conceder nuevas
funciones a los espacios rurales como medio para reequilibrar las ciudades. Dentro de estas
nuevas funciones, se mencionan las siguientes: equilibrio ecológico, en cuanto a la
conservación de ecosistemas; protección y conservación de las fuentes acuíferas; espacio
para actividades de esparcimiento al aire libre; y sumideros de contaminantes del aire, el
suelo y el agua.
En los países latinoamericanos, si bien es cierto que en ciertas zonas se puede estar dando el
proceso anterior, el interés sobre lo rural se debe más a la conservación y expansión de lo
urbano. Según esto, el crecimiento de la mancha urbana y la necesidad de contar con suelo
urbanizable, ejerce una creciente presión sobre las zonas rurales circundantes a las áreas
urbanas. Como se puede notar, dentro de este contexto la importante función ambiental
que se le otorga al ámbito rural, entra en contradicción con el crecimiento urbano (Méndez,
2005).
Los procesos mencionados anteriormente, también inciden sobre el uso del suelo,
provocando que zonas dedicadas a la producción agropecuaria pasen a ser zonas
residenciales. Esto también ocasiona la pérdida de vigencia de la función tradicional de los
espacios rurales de proveer alimentos y materia prima, por lo que muchos de los territorios
anteriormente considerados como rurales, ya no basan sus actividades en la agricultura, o ya
no es su actividad principal (Ibid.).
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Ante este contexto, Ponce (s.f.), menciona que la sociedad en su fase post-industrial, ha
utilizado el mundo rural para satisfacer nuevas demandas, de forma que el sistema
económico y social integra la ciudad y el campo cambiando la relación dominio-dependencia
por otra de interdependencia. Son los territorios los que cuentan con un diferente grado de
integración en los procesos globales. Territorios, más o menos “conectados”, que incluyen
ciudades y espacios rurales, lo cual significa que la vieja oposición campo/ciudad ha dejado
de tener sentido desde un punto de vista tanto social como económico.
Nueva Ruralidad
Los procesos y dinámicas a las que se enfrenta el medio rural, han llevado a una creciente
complejización del espacio que han provocado un distanciamiento de las nociones
dicotomizantes con que se concebían lo rural y lo urbano, así como un alejamiento de la
concepción estática y simplista de la visión clásica del mundo rural. Esto ha suscitado, desde
principios de la década de los noventa, que se retome el análisis de las relaciones campociudad, abordado por la Nueva Ruralidad, como forma de comprender y visibilizar las
transformaciones experimentadas por el sector rural, el cambio en la valoración del espacio
rural, y la manera en que los habitantes construyen dicho espacio.
Para Ávila (2004, p.105), en este debate se encuentran tres líneas de pensamiento en las que
converge el estudio de las relaciones campo-ciudad:
 La diferenciación territorial: a pesar de los vínculos entre lo urbano y lo rural, cada
uno de estos espacios guarda sus especificidades
 La simbiosis de los territorios: los límites que separan a lo urbano de lo rural están
poco claros, y se entremezclan las características del sistema productivo, la cultura,
los hábitos de vida y las reivindicaciones políticas de ambos ámbitos
 La subordinación del campo a la ciudad: lo rural tiene un rol específico en los
diferentes niveles de la jerarquía urbana
Pese a estas tres tendencias de pensamiento, para Méndez, Ramírez y Alzate (2005), al
apoyarse en la noción de nueva ruralidad, sumado a la evidencia empírica, se puede
sostener que en la actualidad lo urbano se debe interpretar como un elemento fundamental
de la configuración rural, y lo rural como un elemento de la configuración urbana. Esto
encuentra su máxima expresión en zonas rurales aledañas o anexas a entornos urbanos
claramente definidos.
El ritmo y la magnitud de las transformaciones sociales de las últimas décadas, han
modificado las nociones de lo rural y lo urbano en categorías simbólicas que no reflejan
realidades socioculturales claramente contrapuestas. Por el contrario, en muchas zonas es
difícil establecer límites entre las ciudades y las zonas rurales que les circundan, ya que estas
forman un continuo en el que es posible encontrar mixturas. Con base en esto, los autores
citados (Ibid.), sostienen que un punto central para definir nuevas ruralidades es la
identificación de puntos de unión y encuentro entre categorías que tradicionalmente se
tomaban como opuestas, en este caso, de mixturas entre el campo y la ciudad, o entre lo
rural y lo urbano.
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Expansión de la ciudad: Urbanización y contraurbanización de zonas rurales y periurbanas
Para la FAO (1999), la expansión de las ciudades es impulsada por el crecimiento económico
o por la migración de las zonas rurales a las urbanas y periurbanas, cuando las
oportunidades de empleo agrícola y rural disminuyen o no aumentan al mismo ritmo que el
crecimiento demográfico. Se entiende por zonas periurbanas, “aquellas que circundan a las
ciudades y que están integradas con éstas en casi todos los aspectos; estas zonas tienen
también tasas de crecimiento elevadas y reciben hasta el 70 por ciento de la población que
emigra de las zonas rurales, así como de la que emigra de las propias ciudades” (FAO, 1999,
p.3).
En otros casos, la rápida expansión urbana se ha producido debido a factores como el
malestar social, las catástrofes naturales y la falta de oportunidades de educación y de
servicios médicos en las zonas rurales.
Según Méndez, Ramírez y Alzate (2005), el proceso migratorio experimentado por muchos
países y regiones latinoamericanas, ha traído consigo la ruralización de los escenarios
urbanos. Para estos autores, en nuestros países, el proceso migratorio se ha caracterizado
por el desplazamiento de población hacia las ciudades capitales, más que hacia los centros
regionales y provinciales. Este incremento en la demanda por lugares de habitación,
ocasiona la urbanización de los espacios disponibles y una mayor presión por el espacio cada
vez más limitado, lo que dificulta la función urbana de suministrar vivienda a sus antiguos y
nuevos habitantes.
El avance del proceso de urbanización sobre el espacio rural y agrícola que circunda la
ciudad, no siempre se lleva a cabo de manera uniforme, sino que al interior de la trama
urbana sobreviven reductos de espacio abierto cultivable, en algunos casos vacíos y en otros
ocupados por sus propietarios y habitantes originales. De esta forma, se da la permanencia
de islas e islotes agrícolas dispersos al interior de las zonas urbanas (Méndez, Ramírez y
Alzate, 2005).
Los procesos de urbanización en zonas rurales adyacentes a la ciudad, han incitado el
proceso de periurbanización, en el que el avance de la urbanización no implica la
desaparición de actividades agropecuarias, pese a que la presión urbana hace a estos
territorios susceptibles de ser ocupados. Desde la perspectiva del desarrollo rural, los
procesos de expansión y crecimiento urbano en zonas de producción agrícola y su
consecuente periurbanización, provocan una continuidad entre la vida rural y la
concentración urbana, instaurando una nueva forma de vida dominada por los ritmos de la
ciudad, sus expresiones políticas y culturales, y las actividades productivas de corte urbano.
Esta difuminación de los límites entre lo urbano y lo rural, “descansa en la integración de los
elementos espaciales y sociales del mundo rural, alterando profundamente su organización
socioeconómica” (Ávila, 2004, p.102).
Por su parte, Berdegué y Meynard (2012), introducen el concepto de territorios rural –
urbanos, que definen como aquellos conformados por un entorno rural articulado alrededor
de un núcleo urbano pequeño o mediano debido a las relaciones de proximidad geográfica,
pero sobre todo, debido a funcionalidades económicas, sociales, culturales y ambientales.
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Estos territorios combinan características rurales (por ejemplo porcentaje de población que
trabaja en el sector agro-alimentario), y de centros urbanos (densidad poblacional,
cobertura de servicios, etc.). Según los autores, los territorios rural–urbanos son el espacio
intermedio entre el mundo rural profundo y las grandes ciudades.
Asimismo, mencionan que estos territorios rural-urbanos son invisibilizados por las
definiciones censales oficiales de lo que es urbano y lo que es rural, ya que éstas equiparan
conceptualmente a grandes ciudades con ciudades medianas o relativamente pequeñas, lo
que genera costosos errores de diseño de estrategias de desarrollo y de políticas públicas.
Por otra parte, los mismos autores sostienen que los territorios rural-urbanos tienen
importantes ventajas en comparación con territorios rurales profundos, lo que resulta en un
mayor crecimiento y reducción de la incidencia de pobreza. Algunas de las ventajas
mencionadas son: acceso a más y mejores servicios; más empleo y una economía más
diversificada; mayor proporción de los excedentes económicos reinvertidos, ahorrados y/o
gastados localmente; mejor acceso a los mercados para los agricultores familiares y otros
pequeños empresarios rurales; mayor participación de las mujeres en el mercado laboral;
menos emigración de jóvenes; más capital humano y mayor diversidad social; mejores
vínculos con otras regiones y países, y más poder político. Sin embargo, esto también
repercute en un aumento en la concentración del ingreso en comparación con los territorios
rurales profundos, agudizando así las brechas territoriales.
La contraurbanización
De acuerdo con Arroyo (2001), la contraurbanización es entendida como un cambio en los
modelos de poblamiento urbano debido a diferentes causas. Según el punto de vista que se
adopte, la contraurbanización puede considerarse como la continuación de los procesos de
urbanización, o por el contrario, como un cambio de sentido en los modelos de poblamiento
urbano de consecuencias que aún no han sido bien estudiadas.
El fenómeno de la contraurbanización se empezó a conceptualizar cuando se observó que
mientras en algunos centros poblacionales el número de habitantes dejó de aumentar como
lo venía haciendo, en las periferias residenciales, otras áreas urbanas no metropolitanas,
diversos núcleos urbanos de menor tamaño y áreas rurales distantes, iniciaron un
importante crecimiento demográfico basado, principalmente, en los desplazamientos de
población (Ibid.).
Pese a las definiciones anteriores, Arroyo (Ibid.), aclara que la diversidad de posiciones
metodológicas ante el fenómeno de la contraurbanización es considerable. Con respecto a
esto, se menciona que algunos autores lo consideran como un proceso que debe inscribirse en
el desarrollo del capitalismo y de su lógica espacial, es decir, como la simple continuación de la
suburbanización: la salida definitiva de poblaciones sobrantes desde las grandes áreas
metropolitanas.
Contrario a lo anterior, otros autores sostienen que la contraurbanización es un fenómeno
nuevo que marca una ruptura con los procesos anteriores. Según esta posición, dicha ruptura
se debe a factores que influyen en las decisiones individuales de las poblaciones urbanas, y que
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se refieren en especial al atractivo de algunas zonas rurales, al clima o a la existencia de amplios
espacios urbanizables en contraste con las ciudades con elevados índices de contaminación
atmosférica, de ruidos y con mayor densidad de población (Ibid.).
Según Arroyo (2001), las confusiones que ha generado el concepto de contraurbanización
debido a la falsa dicotomía rural-urbano, son muchas, razón por la cual la contraurbanización
se ha definido últimamente como un proceso de salida de las ciudades por las poblaciones
buscando un marco rural, un cambio de hábitat y de modo de vida. Sin embargo, todavía se
discute si este es un fenómeno que se da sólo en los países altamente industrializados y no
en los países en vías de desarrollo, debido a que estos aún siguen presentando crecimiento
poblacional en los centros urbanos, por lo que se cree que se encuentran aún en una
primera fase de crecimiento intensivo o de centralización absoluta.
Criterios para clasificar zonas urbanas y rurales
Para tratar de definir y diferenciar lo rural de lo urbano, se han formulado diferentes
criterios. Al respecto, actualmente se da un gran debate acerca de los criterios utilizados
para definir ambos espacios, ya que en muchas zonas estos han venido perdiendo validez
debido a las transformaciones en el medio rural y las nuevas articulaciones con lo urbano.
Entre los criterios se encuentran los cuantitativos, cualitativos y perceptuales.
Cuantitativamente, algunos de los criterios utilizados son el tamaño y la densidad de
población. Cualitativamente, la continuidad en el espacio edificado y las actividades de la
población. Perceptualmente, se consideran las imágenes que la población tiene sobre los
atributos de las zonas rurales y las urbanas.
Pese a lo anterior, en muchos países la clasificación de los espacios rurales y los urbanos, se
realiza mediante delimitaciones arbitrarias basadas en el tamaño de los municipios o a lo
sumo, en el peso de la población activa dedicada a actividades agropecuarias.
Hay, pues, diferentes tipos de definiciones para delimitar lo rural de lo urbano. Al respecto,
Barros (1999), menciona que por un lado, aparece un conjunto de definiciones que buscan
delimitar lo rural a partir de ciertos criterios como porcentaje de población ocupada en
labores agropecuarias, densidad de población, características sociales, etc. Este conjunto de
definiciones han recibido diferentes denominaciones, entre las cuales destacan las de
objetivas o teóricas, que pretenden dar cuenta de lo rural a partir de la observación de un
conjunto de características que se considera esenciales.
Por otra parte, existe otro conjunto de definiciones a las que se les conoce como normativas
o estadísticas. Estas definiciones determinan la existencia de cierto número mínimo de
población a partir de la cual una aglomeración se convertiría en urbana, mientras que todas
aquellas entidades que no alcanzasen dicho monto pasarían a engrosar el conjunto de
población rural. Este tipo de definiciones se convierten, generalmente, en criterios censales,
debido a que resultan muy operativas (Ibid.).
Por su parte, Ponce (s.f.), menciona que los indicadores que más se utilizan para diferencias
lo rural de lo urbano son:
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 La actividad primaria, específicamente el porcentaje de agricultores: Es una variable
que pierde consistencia en relación directa con el descenso relativo de los activos
agrarios en el mundo rural, aunque en relación con el urbano, las diferencias sigan
siendo notables.
 El uso económico del territorio: Referido a la intensidad de los usos por lo general
más extensivos que en el espacio urbano. Se pueden encontrar obstáculos para
establecer el grado de ocupación (umbral), ya que en la actualidad es posible
encontrar muchos espacios mixtos en zonas rurales, donde la coexistencia de usos
extensivos e intensivos genera mayor dificultad.
 Tamaño demográfico de los asentamientos: Es el indicador más sencillo, utilizado
sobre todo por las instituciones públicas. El problema es la disparidad de criterios
para adoptar la cifra de población límite. Cada país o estado aplica umbrales que
pueden ser diferentes, aunque muchos coinciden en los diez mil habitantes como el
límite inferior urbano y los cinco mil como el límite superior rural. Entre los 5.000 y
los 10.000 habitantes están las diferencias. Camarero (1993), considera que este
indicador debería combinarse con la distancia a los centros urbanos, y que la
heterogeneidad de los espacios rurales haría necesario el establecimiento de
distintos umbrales demográficos.
 Densidad demográfica: Aunque es muy utilizado y evidente como criterio
diferenciador, presenta los mismos problemas de generalización mencionados.
Este mismo autor, citando a Kayser (1990, p.28), reconoce la poca utilidad de esta
clasificación por su simplismo a la hora de hacer una delimitación más precisa de los
espacios rurales, y remite a otras clasificaciones basadas en el concepto de dominio, en el
análisis de las funciones económicas y de las estructuras sociales, o en una combinación de
criterios diversos. También menciona que en definitiva, las diferentes tipologías responden
básicamente a una gradación de la influencia urbana sobre el espacio rural, ya sea como
lugares de difusión o descentralización de funciones y de actividades urbanas, o como
lugares destinados a satisfacer las nuevas demandas urbanas de recreo y ocio.
Además, mencionan que las transformaciones del medio rural de los países en las tres
últimas décadas, han restado homogeneidad al conjunto. La diversidad de los modos y
tiempos de evolución y del grado de desintegración de las antiguas estructuras, sugiere y
hace necesaria una clasificación de los espacios rurales resultantes.
Al respecto, Echeverri (2012), sostiene que no es posible definir categóricamente “lo rural”,
ya que lo que se encuentra son aproximaciones a grados de ruralidad que requieren
definiciones de niveles que dependen de las aproximaciones conceptuales y metodológicas
que cada quien aplique de acuerdo con sus propósitos y necesidades. Esto origina diversas
concepciones y definiciones de lo rural, debido a que depende en gran parte de cada
contexto y la utilización que se les quiera dar.
12
La clasificación de zonas urbanas y rurales en Costa Rica
A manera de ejemplo, en el caso de Costa Rica, los criterios que se utilizan para delimitar las
zonas urbanas de las rurales, los ha establecido el Instituto Nacional de Estadística y Censo
(INEC). Las definiciones que actualmente se utilizan fueron establecidas desde el censo
poblacional de 1984, y son las que se presentan a continuación.
Zona urbana: Según la metodología para el censo poblacional del 2000 (Ibid.), las áreas
urbanas se delimitaron con base a criterios físicos y funcionales. Para esto se tomaron en
cuenta elementos tangibles como cuadrantes claramente definidos, calles, aceras, servicios
urbanos (recolección de basura, alumbrado público), y actividades económicas. La
delimitación geográfica se realiza a partir de los centros administrativos de cada cantón o
distrito y se amplia de manera compacta en función de la presencia de las características antes
señaladas.
Periferia urbana: Dentro de periferia urbana se clasifican aquellas zonas que pertenecen a las
áreas localizadas entre el límite del cuadrante urbano y la poligonal envolvente del área
urbana que aunque no se encuentran dentro de dicho cuadrante, presenta características muy
similares a las de estas zonas. A estas áreas se les considera en transición de lo rural a lo
urbano. La poligonal envolvente consiste en una línea imaginaria que encierra tanto el casco
urbano, como las áreas adyacentes al mismo (Ibid.).
Zona rural concentrada: Las zonas rural concentradas, son aquellos centros poblados no
ubicados en el área urbana, que reúnen ciertas características, tales como: un predominio de
actividades no agropecuarias; 50 o más viviendas agrupadas o contiguas con distancias entre
sí generalmente no mayor de 20 metros; disposición de algunos servicios de infraestructura
como electricidad, agua potable y teléfono; cuentan con servicios como escuela, iglesia,
parque o plaza de esparcimiento, centro de salud, guardia rural, etc.; pequeños o medianos
comercios relacionados algunos con el suministro de bienes para la producción agrícola; y un
nombre determinado que los distingue de otros poblados (Ibid.).
Zona rural dispersa: Las zonas clasificadas como rurales dispersas, son aquellas áreas no
contempladas en las categorías anteriores. Estas áreas suelen tener mayor dispersión de
viviendas y población en el territorio y un uso del suelo predominantemente agropecuario
(Ibid.).
Es importante mencionar que para el Censo 1984, se tomó como urbana sólo la primera
categoría (zona urbana), y como rural se tomó la suma de periferia urbana, rural concentrado
y rural disperso. Para el Censo 2000, se definió zona Urbana tomando como urbano la suma de
las categorías urbano y periferia urbana, y como zona rural las de rural concentrado y disperso
(INEC, 2000). Para el Censo del 2011, se mantuvo esta clasificación.
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