EGB años 80 El Burgui

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AQUELLA E.G.B. DE LOS OCHENTA.
Mi nombre es Ángel Rodríguez Díaz y llegué al colegio Infantes allá por el
año 1981 procedente de Burguillos. Del nombre de mi pueblo salió el mío
en el colegio: “burgui”.
Hace algunos días Loli Vinuesa me hizo llegar a través del cuaderno de
catequesis de mi hijo la iniciativa que se había tenido en el colegio, con
motivo del 450 aniversario de su fundación, de movilizar a todos esos antiguos alumnos que hemos pasado por el colegio. Desde ese día y casi a diario he visitado la página del colegio, he recordado momentos increíbles y creo que hasta se me saltado alguna lágrima al repasar esos años tan felices. Con todo esto me he dado cuenta de lo importante que es para algunas personas, entre las que me incluyo, el sentimiento de
pertenencia a algo, por insignificante, efímero o simple que esto pueda parecer al resto
de mortales. En mi caso y en el de muchos compañeros que vivimos nuestra infancia y
adolescencia en este colegio ese es nuestro vínculo de unión y de recuerdos: “nosotros
somos de Infantes”.
Mis comienzos en Infantes van ligados al inicio del colegio en la Avenida de Europa,
a los kilométricos charcos que se formaban en la desconchada carretera que subía
hacia la Universidad Laboral, a los autobuses de la cornisa que traían y llevaban a muchos de los alumnos del casco, a una fila de pinos delante de la puerta del colegio a
modo de parapeto dónde comprábamos “paloduz” a duro.
Mis años de EGB son imágenes y sonidos inolvidables: todo chicos en la clase, D. Pedro fumando en pipa y leyendo el periódico mientras hacíamos un examen, un montón
de negritos con chándal saltando el muro que había al lado de La Casera y que al parecer se entrenaban para ser policías en Guinea, disparos un día sí otro también de las
salas de tiro que el ejercito tenía en la Escuela de Gimnasia. Todo esto aderezado con
saltos de moto que algunos valientes hacían en lo que hoy es el Paseo de Bachilleres a
la altura de la puerta del colegio de primaria y dónde había unos pequeños montículos
de tierra en los que alguno se dejó los dientes por impresionar a los que a las cuatro de
la tarde, con el entusiasmo que es de suponer, atendíamos a Juan Estanislao en su clase de historia.
A diferencia de hoy, cuando yo estudiaba en Infantes había más tierra y malas hierbas
que hormigón y ladrillos. Nuestras actividades después de comer también eran distintas a las extraescolares que se conocen hoy. Las nuestras, creo que estaban menos organizadas, pero desde el punto de vista pedagógico creo que fueron bastante fructíferas. En aquella época comíamos en el salón de actos y no lo hacíamos por satisfacer al
mismo tiempo al cuerpo y a la mente sino porque no había otro sitio y el Sr. Soriano y
su esposa hacían allí de Arguiñanos. Tras la comida las actividades eran variadas:
unos días tocaba ir al circo romano a coger pitas para completar de plantas el paseo
que llevaba al gimnasio, otros días tocaba recoger cartones de cualquier sitio para lle-
varlos a una caseta de techos de uralita que estaba situada en la zona que hoy ocupa la
parroquia de San Julián y que una vez llena de papeles y cartones se vendían al peso
para ayudar en alguna de las muchas cosas que por aquel entonces el colegio necesitaba. Por el año 83 u 84 aquella caseta recibió un cigarro de un compañero que se castigaba los pulmones y tras ese incendio creo que dejamos de recoger cartones.
Si el día venía un poco aburrido siempre estaba la opción de hacer agujeros por encima de la antigua pista (hoy colegio de primaria, creo) y sacar huesos del cementerio
que antiguamente Toledo tuvo en esta zona y sobre el que está construido el colegio.
En los primeros años si todavía nos quedaban fuerzas al finalizar las clases, a eso de
las cinco, nos entreteníamos en pintar las aulas que necesitaran un repaso.
Si alguno de los que me lee está vinculado con el mundo de la educación podrá ver
que por aquel entonces este colegio era innovador y hace 25 años ya aplicaba eso que
tanto nos venden ahora de “atención a la diversidad”, aquí había trabajo y propuestas
para todo el mundo y todos en mayor o menor medida aportábamos. En definitiva,
trabajos poco habituales en los centros educativos que hoy conocemos pero que a los
que las realizamos nos siguen dejando un grato recuerdo en la memoria y la sensación
de que eran “cosas útiles” y, aunque fuera poco, nos ayudaban como personas y ayudaban al colegio.
A D. Juan Estanislao le debo otro recuerdo imborrable, es mi época de acólito (es una
pena que me encuentre de mudanza y no pueda adjuntar alguna foto), mis misas de 8,
de 9, mis conventuales... eso no tiene precio. Han pasado 25 años y lo recuerdo como
si fuera ayer mis bajabas por Arco de Palacio camino de la catedral, con mis zapatos
negros, mis calcetines blancos y una gran bolsa para que no se me arrugaran la sotana
roja y el roquete blanco que me acababa de planchar mi madre. No se puede explicar
con palabras el recuerdo de D. Eduardo, bueno entre los buenos y que desgraciadamente ya no está con nosotros, de D. Pedro Guerrero que me daba manotazos cuando
hacía de libro para que me estuviera quieto y pudiera leer (no es que fuera travieso es
que me ponía nervioso y con lo que pesaba el libro no podía sujetarlo) y a tantos otros
canónigos que miraban con buenos ojos que discutiéramos por ser cirial, incensario o
naveta, o que el “puñetero” Ramírez, el mayor de los tres que han pasado por el colegio y dos años mayor que nosotros, considerara, como jefe del equipo de verano, que
el incienso se ponía antes de empezar la misa y que la pastilla se encendía cuando el
decía.
Aquella época fue preciosa, conocimos la catedral hasta rincones inimaginables, no
nos cansábamos de subir a la campana gorda (al lado de la entrada vivía Collado un
compañero de aquellos años) de contar peces alrededor de S. Cristóbal, de visitar capillas y sótanos de la catedral y de pedir a D. Eduardo una propina para bajar al colegio
más contentos después de comprar un huevo en el bar Escala.
La apoteosis llegaba el jueves de Corpus que si hoy en día nos sigue pareciendo majestuoso mucho más a los ojos de niños de 11 y 12 años sintiéndose partícipes y protagonistas de esa gran fiesta. Ese día llegábamos muy pronto a la catedral y siempre he
recordado como curiosidad que debajo de la sotana solo nos dejábamos los calzoncillos pues con la “fina” tela de la sotana ya estábamos bastante abrigaditos y nos hacía
soñar con la puerta principal de la catedral.
Muchos de esos acólitos seguimos siendo hoy grandes amigos: Javier Redondo Bejerano, César Martín Ballesteros, Rafal Martín Martín, Juan Pedro Sánchez García, José
Luis Martínez de la Casa Gaitán...
El padre de este último nos entrenaba en el equipo de fútbol con esas camisetas que
por aquel entonces inexplicablemente ya llevaban publicidad: “CHALY 1”, a saber
quién nos las regalaría y que sería CHALY 1. Eso sí, las camisetas eran de color verde
y venía el escudo del colegio. Mi madre siempre prefirió verme con esa camiseta que
con el chándal color entre café con leche y marrón que por aquel entonces era el oficial del colegio y que, según ella, siempre me fue mal a la cara tan morena que tenía.
Sin hacer otros comentarios del chándal y evitando herir sensibilidades lo dejaremos
en que al ser tan oscurito era muy agradecido para las manchas.
Aquel equipo de fútbol después lo cogió el señor Soriano, el conserje, con resultados
similares a los obtenidos anteriormente. Creo que de potencial de alegría y amistad
estábamos sobrados pero en el aspecto deportivo...
Por esta época llegaron al colegio algunos jóvenes maestros como D. Álvaro Ricas (en
esos momentos delantero centro “tanque” de la desaparecida U.D. Santa Bárbara y
jugador de la máxima categoría del fútbol sala en el glorioso Toledeport), D. Pedro,
profesor de matemáticas procedente de Huerta de Valdecarábanos y algún otro que
seguro me olvido y al que pido perdón.
Algunas cosas de nuestro Infantes se han mantenido invariables, llegado mayo mi madre me preparaba los ramos de rosas para las ofrendas a la Virgen y yo iba con mi
ramito desde el Hostal del Cardenal hasta el colegio donde cada día una clase
preparaba la ofrenda con los siempre habituales problemas que D. Luis tenía con el
inalámbrico y los altavoces. El día 13 celebrábamos la fiesta del colegio y mirábamos
de reojo el final del curso.
De esta forma hicimos 6º, 7º y 8º de EGB y nos plantamos en 1º de BUP y aparecieron
las primeras chicas. Estas niñas a unos nos afectaron más que a otros, pero todos tuvimos la sensación, la tenemos todavía hoy, de que aquello ya era distinto, creo que
nos sentíamos como el hijo único al que de repente le llega un hermanito....Así que
cuando leo por ahí que uno es de dónde hizo el Bachillerato no puedo estar de acuerdo
pues nuestra EGB fue de esas que imprimen carácter.
Pero nosotros nos sobrepusimos a esto y aunque sabíamos que nuestros años dorados
los habíamos dejado atrás nos hicimos a la nueva situación. Ya no teníamos a D. José
Antonio Lancha preguntándonos la lección de Religión con todos de pie alrededor de
la clase adelantando puestos según acertábamos. Se nos empezó a olvidar el gesto impasible de D. Bernardo en clase de Política (gracias a él y sus trabajos empecé a leer
los primeros periódicos), ni D. Fernando Silva en Dibujo llamándonos “industrias”
cuando contestábamos una barbaridad. Algunos cometimos la torpeza de dejar el
Francés y perder así la gracia de Marina Riaño, una de las mejores profesoras y personas que he conocido. También empezamos a olvidar a esos jóvenes maestros: D. Juan
Estanislao, D. Álvaro Ricas, D. Pedro Sánchez que tanto nos habían influido.
Los tiempos habían cambiado y rápidamente nos hicimos a la manga corta de Rodrigo, el profesor de gimnasia, que en el mes de enero tenía calor, a la dulzura de Marina
Riaño, a D. Ángel en Religión, D. Sebastián en Latín (si no es por D. Jesús Martín,
cura en mi pueblo, todavía estoy con el rosa rosae...), Juan y Macu en Física y Química, la incombustible madre Aurelia, Miguel Ángel en Lengua al que tengo un aprecio
muy especial, D. Jesús Pino y su templanza, Rufo en Música, Pepe Morata en Dibujo,
Antonio en Biología, Fernando en Inglés...
Y llegó el COU y con mi amigo César Martín decidimos “coger base” y prepararnos
bien para la Universidad. Luego cada uno para un sitio, terminamos las carreras y nos
casamos (algunos con antiguas alumnas como es mi caso), tuvimos hijos... y con casi
40 años nos seguimos acordando de nuestro colegio, de D. Luis, de Margarita en secretaría los primeros años, del Sr. Izquierdo, de D. Jesús Hornillos, del señor Soriano,
de las dos señoras de la limpieza...
A todos les estamos enormemente agradecidos y gran parte de nuestros logros, grandes o pequeños, se lo debemos a ellos, a sus enseñanzas y al tiempo que nos dedicaron.
Por todo, muchas gracias.
El Burgui hoy,
con su hijo.
En la actualidad es
Profesor de Tecnología
en el IES
María Pacheco
de Santa Bárbara
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