11 cuentos del Antiguo Egipto

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Antiguo Egipto
Michel Laporte
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Prólogo
El pueblo egipcio fue uno de los primeros en utilizar la
escritura. Al principio la empleaban sobre todo para contar, o más concretamente, para guardar memoria de lo
que habían contado: las medidas de trigo, las ovejas, las
vacas, las vasijas, las herramientas, la gente que vivía
aquí o allá. Una vez plasmada por escrito, esa cuenta era
más fácil de comunicar al intendente que, a su vez, la
transmitía al soberano.
Muy pronto los usuarios de la escritura descubrieron
sus poderes mágicos. El poder de evocar objetos, decorados, acciones, personajes, e, invocándolos, recrearlos,
incluso crearlos. Así surgieron las fórmulas mágicas que
cubren las paredes de las tumbas y la literatura escrita de
los egipcios. Allí mismo, en el secreto de las sepulturas, es
donde se hallan sus más antiguas historias. Estas narran
principalmente sus creencias religiosas.
El papiro no tardó en sustituir las paredes: es un
soporte mucho más cómodo. La literatura fue perdiendo
su función religiosa. La intención de los escribas-escritores era
divertir y seducir. Esta literatura muy antigua, generalmente sofisticada y redactada en un estilo rebuscado, se
dirigía a un público culto ya que, en aquella época, muy
poca gente sabía leer.
*
Las historias presentadas en este libro tratan de los dioses,
los hombres y los animales. Con una pequeña excepción
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respecto al primer cuento en el que vemos al héroe, muy
humano al principio, revelarse luego casi inmortal y encarnarse en un animal y en un grupo de árboles.
Las historias relativas a los dioses cuentan cómo se han
creado el mundo y los hombres. Parece muy natural, en la
medida en que todas las grandes civilizaciones nos han
legado historias o textos con funciones similares. Lo que nos
llama la atención aquí, y constituye la originalidad de la
visión que los egipcios tenían de sus divinidades, es la mezcla de humor y de ternura. Por lo que sabemos de los habitantes de las orillas del Nilo, que eran dulces, astutos, risueños
y muy unidos a sus familias, podemos llegar a pensar que
crearon sus dioses según su propia imagen.
Estos egipcios querían mucho a los animales. Casi
todos los dioses se representaban, totalmente o en parte,
como un animal (Hathor como una vaca, Amón como un
carnero, Anubis como un chacal, Thot como un ibis,
Horus como un halcón, etc.). Además, los hogares acogían también a muchos compañeros “de pelo” –perros,
gatos y monos– y “de plumas”, sobre todo ocas, muy
apreciadas por su talento como guardianas. Los animales
que aparecen en las fábulas están muy humanizados y
esto no nos proporciona indicaciones sobre cómo estos
antiguos egipcios percibían al reino animal. No obstante,
hay que recalcar que el chacal, muy desvalorizado en nuestra civilización, aparece como sabio, noble y generoso.
Anubis, el dios al que representa, es un dios importante y
benéfico.
*
Los cuatro últimos relatos nos presentan a hombres de
condiciones sociales diferentes. Junto a unos príncipes
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comparece un cortesano que, tras muchos desengaños,
consigue caer en gracia; un marinero que se salva; un
pobre campesino que, a fuerza de paciencia, logra ganar
cuando estaba a punto de perderlo todo. Las historias suelen acabar bien, lo que nos hace pensar que los lectores
eran más bien optimistas.
Este rico abanico de situaciones y de personajes arroja luz
sobre la sociedad egipcia y la vida cotidiana de aquella época,
más allá de las historias propiamente dichas con sus peripecias y sus avatares, aunque estas no carezcan de interés.
Quizá sea uno de los aspectos más interesantes de sus
historias: los protagonistas están terriblemente vivos y, en
resumidas cuentas, nos resultan cercanos y simpáticos.
No son héroes inaccesibles: el campesino recibe una paliza
que no se merece, tras la cual se muestra más reservado;
Sinuhé prefiere huir antes que arriesgarse; el príncipe Setni
tampoco es que reluzca…
Estos hombres –y esos dioses que se les parecen– nos
son, en realidad, muy familiares, a pesar de los treinta o
cuarenta siglos que nos separan. ¿Será porque en alguna
parte de nosotros aún queda algo de egipcios?
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La historia de dos hermanos
Es el primer cuento del Antiguo Egipto que ha sido traducido al francés (1852). Aparece en un papiro conservado en Londres, un documento redactado alrededor del
año 1210 antes de Cristo, es decir, poco tiempo después
del final del largo reinado de Ramsés II. Sin embargo, la
historia que relata es mucho más antigua. Proviene de la
unión de dos cuentos muy distintos, lo que explica la diferencia notable entre las dos partes del cuento. Efectivamente, al
principio Anup y Bata son simples campesinos, para luego
convertirse en seres medio divinos con amplios poderes
mágicos.
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abía antaño dos hermanos. El mayor se llamaba Anup y el pequeño Bata. Anup tenía
una esposa. Bata aún no se había casado, consideraba que todavía tenía tiempo para ello. Era un joven
alto y fuerte cuya belleza admiraba el vecindario y particularmente las vecinas.
Los dos hermanos se querían muchísimo. Bata convivía con Anup y su mujer. Los tres vivían tranquilamente
de los productos de sus tierras en su pequeña granja.
Cada mañana, mientras se asomaba el alba, Bata se
levantaba, introducía un poco de pan en su saco, besaba a
su hermano y emprendía el camino hacía los campos
que se extendían un poco más lejos, a lo largo del río. Era
el momento del día que más le gustaba. El agua del Nilo
reflejaba el amanecer, centelleaba detrás de los altos
papiros. La hierba era suave bajo los pies. Multitudes de
pájaros, apenas despiertos, empezaban a revolotear en
las palmeras y alrededor de las flores. A menudo, Bata se
detenía un instante para vigilar a un martín pescador o a un
ibis al acecho de un pececito. En el trayecto saludaba a
los pescadores en sus barcas que, sin temor a los cocodrilos, se adentraban en medio del río a lanzar sus redes.
Así era la existencia de Bata, apacible y armoniosa.
Encaminaba sus vacas hacia los mejores pastos. Cuando
estas hallaban un lugar donde la hierba era sabrosa, le
decían: “Detengámonos aquí, la hierba está deliciosa”.
Bata hacía lo que le pedían; a cambio, las vacas producían leche en abundancia y engendraban cada año
un ternero rebosante de salud.
H
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Cuando llegaba la noche, Bata cargaba sobre sus
anchos hombros las jarras repletas de leche que había
ordeñado. Con el alma en paz, regresaba felizmente a la
casita de las paredes encaladas en la que su hermano y
su cuñada lo agasajaban. Siempre traía, además, verduras que había recolectado en el huerto, cebollas, lechugas,
apios, garbanzos, pepinos…
Acomodado en la terraza, que una ligera brisa del
norte refrescaba, bebía una jarra de cerveza recién elaborada y se comía un puré de lentejas o habas con un
poco de pescado a la plancha y queso de hierbas. Después de lo cual, se iba al establo, se tumbaba sobre su
cama de juncos secos, cerca de los animales, y dormía a
pierna suelta hasta la mañana siguiente.
De esa manera transcurría la vida de Bata, estación
tras estación, a orillas del río Nilo. Podría haber seguido
igual hasta que hubiese muerto, con muchos años y
nietos, pero entonces no habría habido historia, y el
destino de Bata le reservaba aventuras sorprendentes.
Así es cómo las cosas cambiaron para él.
Cada año, al final de la primavera, el padre Nilo se
desbordaba. Sus aguas cargadas de limo y de tierra grasa
cubrían los campos que bordeaban sus orillas. Durante
más de tres lunas, los humedecía y alimentaba, y después, dócilmente, regresaba a sus antiguas riberas.
Había llegado el momento de arar y de sembrar.
Un día de otoño, tras examinar el estado de sus tierras, Anup dijo a su hermano menor:
–Es hora de preparar el arado y las semillas. Mañana
por la mañana engancharemos dos vacas y nos iremos
a labrar los campos.
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Al amanecer hicieron como dijeron. Durante toda la
mañana labraron. Mientras uno caminaba delante del
tiro para dirigir a los animales, el otro, que sujetaba el
arado con mano firme, se esforzaba en trazar los surcos
tan rectos como fuera posible. Después de un breve
descanso, sembraron las semillas que habían traído: el
trigo que serviría para hacer el pan y la cebada que permitiría la elaboración de la cerveza.
Durante los dos días siguientes, los dos hermanos
repitieron estas tareas que los padres de sus padres
habían realizado antes que ellos. Pero, al cuarto día,
empezaron a faltar semillas.
–¡Ve rápido a casa! –dijo Anup a Bata– ¡y trae lo que
nos falta!
No tuvo que decírselo dos veces, Bata corrió hasta la
granja. Cuando llegó, su cuñada estaba sentada en una
habitación. Estaba ocupada en peinarse y mirarse en el
espejo de bronce, porque era bastante coqueta.
–¿A qué se debe esta visita imprevista? –preguntó
con su tono jocoso.
–Necesitamos más semillas –contestó Bata entre
dientes.
En tres brincos, subió las escaleras que llevaban al
granero, cogió las semillas que necesitaba, las cargó
sobre sus hombros y bajó a la habitación donde esperaba la mujer.
Cuando esta lo vio, con los músculos tensados y sin
doblarse bajo la pesada carga que llevaba, tuvo la
impresión de que tenía ante sí a un joven dios.
–Deberías descansar un poco –le dijo con una voz
profunda por la emoción.
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Y como Bata no contestaba, insistió:
–¡Ven, túmbate conmigo un rato en la habitación!
Al oír esas palabras, Bata se enfureció.
–¡No tienes vergüenza! –rugió–. ¡Te atreves a
hacerme esa proposición a mí, el hermano de tu
marido! ¡Debes saber que él, mi hermano, fue como
un padre y una madre para mí! ¡Y que hasta ahora te
consideraba como a una hermana mayor!
Al verlo tan pálido de ira, la mujer no respondió
nada.
–Repetir lo que acabas de decir sería ofender a mi
hermano. Por tanto, no diré nada. Y, con respecto a ti,
te aconsejo que te mantengas callada: ¡que ninguna
palabra salga de tu boca!
La mujer, entre el miedo y el apuro, asintió con la
cabeza antes de que el joven, que todavía temblaba de
rabia, volviera a partir en dirección a los campos, con
sus sacos sobre los hombros.
Una vez a solas, la mujer de Anup sopesó durante un
buen rato el despecho de haber sido rechazada sin
miramientos y el temor de lo que le pasaría si, a pesar
de su promesa, Bata hablara. Al cabo de un tiempo,
decidió no quedarse quieta y se dirigió hacía el cofre
donde guardaba su maquillaje y sus coloretes.
Muy hábilmente, pintó en su cara, sus hombros y
su cuello, señales que hacían creer que había sido golpeada.
Después, cuando llegó la noche, no encendió el
fuego ni la lámpara de aceite, se tumbó sobre la cama y se
puso a gemir desgarradamente. Así es cómo la encontró Anup a su regreso.
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Se preocupó enseguida al verle tan mala cara.
–¿Qué te ha pasado?
La mujer, sin decir palabra, se limitó a redoblar los
gemidos. Anup insistió:
–Te ordeno que hables. Dime quién te pegó.
Entonces, la mujer habló:
–No quería decir nada para no hacerte daño pero,
como me lo ordenas… Fue tu hermano, cuando volvió
a por semillas. Después de mirarme de la cabeza a los
pies, me dijo: “¡Ven a tumbarte un rato conmigo en la
habitación!” Sublevada por la proposición, le dije que
tú siempre habías sido como un padre para él y que yo
me consideraba como su hermana mayor. Entonces,
intentó llevarme a la fuerza a la cama, y como le amenacé con gritar y alertar a los vecinos, me golpeó para
callarme.
Anup se quedó pasmado de sorpresa y de tristeza, y
no dijo ni mu. Ella añadió:
–Me dijo que me mataría si te lo contaba todo, ¡pero
no tengo miedo!, ¡prefiero la muerte a la vergüenza!
Anup no reaccionó durante un buen rato. Y como
una tempestad, la ira se apoderó de él y decidió matar a
su hermano. Cogió la lanza que tenía para defender su
ganado de los animales salvajes y se colocó detrás de la
puerta del establo. Bata, que estaba curando las reses,
no iba a tardar en salir.
Pero entonces, una vaca, la más vieja, la que siempre
encabezaba el rebaño, vio los pies de Anup que asomaban por debajo de la puerta y le dijo a Bata:
–Tu hermano está escondido detrás de la puerta.
Lleva su lanza y temo por tu vida.
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Bata comprendió que la mujer le había contado la
historia a su manera. Era lo bastante fuerte para enfrentarse a Anup y ganarle, pero no quería levantar la mano
sobre su hermano. Por tanto, decidió emprender la
huida. Saltó por una ventana del establo y echó a correr
campo a través. Anup lo divisó y empezó a perseguirlo
esgrimiendo su lanza.
Bata, que no quería luchar contra su hermano, pero
que tampoco quería morir, imploró ayuda al cielo:
–Ra todopoderoso, tú que distingues al culpable del
inocente, ven a socorrerme, ¡te lo suplico!
Ra le escuchó y creó entre ambos un lago lleno de
enormes cocodrilos. Anup no podía seguir. Se detuvo
en la orilla. Bata hizo lo mismo en la otra orilla y la
noche los sorprendió allí.
Por la mañana, el furor de Anup se había disipado
un poco. Desde la otra orilla, Bata le contó lo que realmente había ocurrido cuando regresó a la granja.
Mientras lo escuchaba, Anup comprendió que decía la
verdad. Con el alma destrozada pensó que la infidelidad de su mujer casi lo lleva a matar a su hermano, al
que tanto quería.
–Bata –dijo– ¡Perdóname! Vuelve a casa conmigo,
viviremos felices, como antes.
Pero Bata había tomado otra decisión:
–Regresa solo –contestó–. En el futuro te encargarás de
los animales. Yo, por mi parte, me voy a vivir al valle del
Pino parasol, no muy lejos de la ribera del mar. Cuando
llegue, colocaré mi corazón en lo alto del pino. Por tu
parte, no me olvides. Y si algún día la jarra de cerveza
que tienes en tus manos se desborda, tendrás que
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entender que te necesito. Eso querrá decir que cortaron
el pino y que mi corazón, privado de la savia que lo alimenta, está muriéndose. Entonces tendrás que
emprender el camino, sin perder un instante, para
encontrar mi corazón y colocarlo en un recipiente con
agua. Será la manera de resucitarlo.
Mientras lo escuchaba, Anup sintió unos lagrimones recorrer sus mejillas. Una vez más le suplicó a su
hermano que volviese con él pero Bata se negó, antes
de añadir:
–No olvides nada de lo que te he dicho y, si es necesario, lánzate a la búsqueda de mi corazón. Y sobre todo
no renuncies hasta encontrarlo, aunque lo tuvieras que
buscar durante siete años. A continuación, Bata se
puso en marcha hacia el valle del Pino parasol1 mientras Anup regresaba triste a su casa.
Cuando llegó, se cubrió la cabeza de polvo como si
estuviese de luto por su hermano. Luego, mató a su
mujer y arrojó el cuerpo a los perros, como era costumbre en aquella época con las mujeres infieles.
Una vez solo, Anup no tenía nada más que hacer
que abandonarse a su pena.
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Bata se instaló en el valle del Pino parasol. Procedió
como dijo, colocando su corazón en lo alto del árbol.
Cazaba animales salvajes para alimentarse, bebía agua
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En la región de Fenicia, el actual Líbano, que estaba bajo la dominación
egipcia cuando se redactó el cuento.
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de los manantiales y, durante los primeros días, dedicaba una parte de su tiempo a construir una casa. Una
vez acabada, pudo resguardarse y dormir sobre una
cama de hierbas secas.
Así vivía Bata en el valle hasta el día en que Ra todopoderoso, viendo lo solitario que estaba, convocó al dios
alfarero Jnum.
–Jnum –dijo– la suerte de Bata me da pena. ¡Moldéale una mujer en tu torno de tal manera que ya no
esté solo!
Jnum se puso manos a la obra enseguida y creó para el
joven una compañera digna de él. Era una mujer de
una belleza tan excepcional que jamás se había visto
algo parecido en todo el país.
Bata se enamoró locamente de ella a primera vista.
Redobló sus esfuerzos durante la caza para traerle una
carne cada vez más suculenta. Cuando regresaba, por la
noche, con flores y frutas salvajes que había recolectado, ella lo esperaba en el umbral de la puerta y lo recibía con una palabra amable. Luego entraban y pasaban
juntos una feliz velada.
Los días transcurrían apacibles. Bata concedió
pronto a su compañera tal confianza que le reveló el
secreto de su corazón colocado en lo alto del pino.
Pero un día, Yam, el dios del mar, divisó a la joven
mientras esta paseaba. Era tan guapa que inmediatamente quiso apoderarse de ella. Infló sus aguas y las
envío sobre la tierra para que la raptaran. Al ver las olas
acercarse, la mujer corrió hacia la casa para resguardarse. Entonces, el dios le gritó al pino parasol:
–¡Rápido! Cógela.
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Pero el pino fue incapaz de detenerla. Solo consiguió
atrapar una trenza de su pelo que cayó al mar y fue
arrastrada mar adentro.
Esta trenza flotó desde las riberas del país de los Pinos
hasta Egipto. Allí, las olas la depositaron sobre la playa
donde las lavanderas del Faraón secaban la ropa. Este
último se impregnó de su perfume único. Se empezó a
buscar por todo el palacio de dónde podía proceder un
olor tan delicioso. Finalmente, el jefe de las lavanderas
descubrió la trenza en el arenal y la llevó a su señor.
Conmovido por el perfume que desprendía el pelo,
el Faraón interrogó a los sabios y eruditos para saber su
procedencia. La respuesta fue unánime:
–Este pelo pertenece a una hija de Ra.
El Faraón envió entonces unos emisarios por todos
los países para encontrar y traer a la mujer a la que pertenecía la trenza.
Regresaron para decir que no habían encontrado
nada. Regresaron todos menos los que habían ido al
valle del Pino parasol, porque Bata los había matado. Él
sabía que tenían la intención de raptar a la mujer que
amaba.
El Faraón dedujo entonces que era allí donde debía
enviar a sus tropas. Mandó muchísimos soldados,
carros de combate arrastrados por caballos, y también
unas sirvientas cargadas con joyas, adornos y vestidos.
Ante semejante expedición, Bata no pudo hacer nada:
no era lo suficientemente fuerte. Tuvo que dejar que
los enviados se llevasen a su mujer a Egipto.
La mujer le gustó mucho al Faraón; la convirtió en
su esposa favorita, la colmó de atenciones y de regalos,
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organizó fiestas espléndidas en su honor, y la embriagó de
música, de cantos y de placeres. Comparado con la
existencia de salvaje que llevaba con Bata, esta nueva
vida sedujo a la bella. Para poder disfrutarla mejor, decidió deshacerse de su ex compañero.
–Te lo ruego Faraón, envía unos leñadores para que
corten el pino grande que crece en el valle donde vivía
antaño.
El Faraón no le negaba nada. Envío a sus hombres y,
pronto, las sierras resonaban en el valle. Tras un gran
crujido el árbol se desmoronó sobre el suelo. Al
mismo tiempo que cayó el corazón, Bata se derrumbó,
sin vida.
La noche de ese triste día, regresando del campo,
Anup se sirvió una jarra de cerveza para apagar su sed.
De repente empezó a salir espuma y se desbordó. Anup
comprendió que era la señal de la que su hermano le
había hablado. Sin demora, se calzó, cogió su abrigo y
su bastón. Día tras día, caminó hacia el valle del Pino
parasol. Al llegar allí encontró a su hermano que yacía
muerto sobre su cama.
Entonces, Anup buscó el corazón de Bata. Desde
que apuntaba el amanecer hasta la última luz del crepúsculo, buscaba, exploraba el terreno pulgada por
pulgada, hurgaba en los matorrales, desplazaba cada
piedra y cada grano de arena para estar seguro de que
allí no se escondía el corazón de su hermano. Buscó
durante tres años. Tres largos años, sin encontrar nada.
Poco a poco la esperanza iba disminuyendo, y algunas
noches llegó a pensar que no iba a tardar en regresar a
Egipto. Pero al día siguiente, retomaba su búsqueda, y
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así continuó hasta el día en que halló una pequeña
semilla que tenía la forma de un corazón.
Puso la semilla en una copa de agua pura que paulatinamente empapó el corazón seco. Al cabo de un rato,
Bata volvió a abrir los ojos. Anup le hizo beber el agua y
el corazón retomó su sitio en el pecho de Bata. Este
pudo levantarse y abrazar a su hermano mayor, como
antaño.
Durante toda la noche, los dos hermanos hablaron
del pasado, felices de su reencuentro. Después, Bata
expuso a su hermano el plan que había ideado para castigar a su antigua esposa. En cuanto llegó la mañana, lo
puso en práctica.
Para empezar, se transformó en un toro con manchas, precioso, como uno de aquellos que servían de
residencia terrestre a la deidad. Luego, con su hermano
sobre el lomo, se encaminó hacia el palacio del Faraón.
Les acogieron muy bien. El Faraón quedó fascinado con
aquel animal tan maravilloso. Para agradecérselo
cubrió a Anup de riquezas. En cuanto al toro Bata, fue
objeto de miles de atenciones. Le proporcionaron sirvientes, tierras, palacios. Le servían casi como al propio
Faraón, ya que gozaba del favor real.
Pero Bata no olvidaba su proyecto de venganza.
Aprovechando que podía pasear por donde deseara,
entró en la parte del palacio real reservada a las mujeres. Encontró a su antigua esposa y, ya cerca de ella, le
dijo:
–¡A pesar de ti sigo vivo!
La mujer se sobresaltó y miró a su alrededor. No
había nadie, salvo el toro.
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–¿Quién eres? –le preguntó.
–Soy Bata, tu esposo, ¡a quien no conseguiste
matar!
Presa del pánico, la mujer corrió, con toda la rapidez
que sus piernas le permitieron, a refugiarse junto al
Faraón. Cuando la vio tan asustada, le preguntó:
–¿Qué te pasa?
La mujer bajó la vista suspirando, lo que le hacía más
bella todavía.
–Nada –dijo con una vocecita triste–. O al menos,
nada que dependa de tu poder.
Escuchando esas palabras, el Faraón se sobresaltó.
–¡Y eso cómo puede ser! Todo depende de mi
poder.
La mujer se acercó a él, muy cariñosa, y le preguntó:
–Entonces, si te pidiera algo, ¿lo harías por mí? ¿Me lo
prometes?
El Faraón fue incapaz de resistirse a la sonrisa que
volvía a dibujarse sobre los labios de la bella. Lo prometió.
–Quiero comer el hígado de ese toro que llegó al
palacio. Es lo que más me apetece y lo has prometido.
A Faraón le dio mucha pena porque quería mucho a
ese toro. Pero una promesa es una promesa. Tuvo que
dar la orden a los carniceros reales de sacrificar a Bata.
Al día siguiente, estos cumplieron con su oficio y
degollaron al toro. Pero dos gotas de sangre brotaron
de la herida y cayeron a un lado y a otro de la puerta del
palacio real.
En cuanto tocaron el suelo, se transformaron en dos
arbolitos que empezaron a crecer, y a crecer, hasta tal
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punto que, al día siguiente ya eran dos árboles hermosos, que daban sombra a la puerta del palacio.
Avisado de este prodigio, el Faraón se apresuró a ver
los dos árboles, que le parecieron maravillosos. Pidió
que le trajeran su silla de gala hecha de oro y de lapislázuli y se sentó a la sombra perfumada de uno de los
árboles.
Pensó entonces que a su esposa favorita le gustaría
también gozar del frescor que proporcionaban los
árboles milagrosos. Mandó buscarla e instalarla en una
tumbona, cerca del otro tronco.
Apenas sentada, la joven escuchó una voz que le
decía:
–Intentaste en dos ocasiones matarme. Pero debes
saber que todavía sigo vivo.
Enseguida comprendió que Bata se había metamorfoseado en las dos plantas, lo que explicaba su rápido crecimiento. Decidió repetir lo que había hecho con el
pino y el toro. Utilizando su encanto y seducción, que
eran considerables, no tuvo ninguna dificultad para
convencer al Faraón y que cortasen los árboles.
Un vez talados, hizo cortar los troncos en tablas para
fabricar muebles.
Pero mientras los ebanistas cepillaban la madera,
una minúscula viruta saltó a la boca de la mujer, que la
tragó y, al instante, se quedó embarazada.
Al término del tiempo habitual, dio a luz a un hermoso varón que no era otro sino Bata. El nacimiento
de este niño hizo feliz al Faraón porque creía que era su
hijo. Junto a él, todo el país se alegró y celebró el acontecimiento durante varios días y varias noches.
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Enseguida el Faraón se encariñó con el chico. Le proporcionó los mejores cuidados y, llegado el momento,
los mejores maestros. Pronto lo convirtió en su heredero asociándolo al trono.
Pasaron aún muchos años, el Faraón acabó reuniéndose con su padre solar en la eternidad. Bata se quedó
solo reinando. El momento de su venganza había llegado. Convocó a todos los nobles y sabios del reino con
el fin de contarles cómo su antigua esposa se había
comportado con él. Mientras lo escuchaban, temblaron de horror. Todos estuvieron de acuerdo en condenarla para que encontrara en la muerte el castigo por
sus crímenes.
Después de lo cual, Bata llamó a Anup cerca de él, lo
asoció a la Corona como príncipe heredero. Reinó felizmente en todo el país durante treinta años y, cuando ya
le tocaba irse de la tierra, Anup le sucedió2.
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Este final puede parecer extraño, teniendo en cuenta la probable edad de
Anup en ese momento. Pero además de que no se le puede pedir mucho
realismo a las leyendas, hay que saber que el nombre de “Anup” es una
forma de “Anubis” lo que explica, sin duda, la edad considerable del personaje.
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