las españas perdidas - Universidad de Granada

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LAS ESPAÑAS PERDIDAS
Manuel Villar Raso
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A David; Mani, Eloy y Piluca
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PRÓLOGO
A la expulsión de los judíos, a finales del XV, siguió escalonadamente en el
XVI y XVII la gran expulsión morisca, “una de las tragedias más tristes de la historia
de la humanidad”, en boca de Richelieu, y que más leyenda negra ha movido en
contra nuestra. En conjunto, entre quinientas mil y un millón de personas, hombres,
mujeres y niños, desde la más tierna infancia a la vejez (según Domínguez Ortiz y
Charles Lea respectivamente), fueron expulsados o asesinados salvajemente bajo la
acusación de herejía o de traición al estado, sin que surgieran voces de clemencia en
su favor y sin que jamás en nuestra azarosa historia se hubiera hecho desde el poder
el trabajo de la muerte con mayor eficacia. Cada individuo buscó en ese gigantesco
holocausto la salvación donde pudo: en Marruecos, Argelia, Túnez, Holanda o
Inglaterra, y los que se ocultaron en sus casas, con la esperanza de escapar a las
detenciones, fueron masacrados.
En mi juventud, todo lo conectado con este triste suceso se arropaba en
necesidades histórica o era envuelto en el misterio, y nunca hubiera suscitado mi
curiosidad de no haberme encontrado, casi por azar, con la historia, la leyenda y el
mito de uno de esos expatriados, tan inmisericordemente, y que mejor encarnó en su
persona las circunstancias más atroces de la crueldad de la época.
Sucedió un verano en Marrakech, mientras vagabundeaba por la gran plaza de
la Yemaa el-Fnaa, observando las masas desocupadas de gentes que se movían
alrededor de los juglares, músicos y encantadores de serpientes. Me llamó la atención
uno de los cuentistas, de edad avanzada y tal vez ciego, que ocultaba los ojos tras
unas gafas negras, y que agrupaba una masa compacta a su alrededor. Presté atención
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y
cantaba
una
casida,
que
luego descubriría en el Durrat al-Hiyal y cuyo
autor era Ali al-Zamuri, relativa a uno de sus héroes nacionales de nombre Yuder o
Yawdar, conquistador del Sudán o tierra de los negros, en el año 999 de la hégira
(1591). En ella se felicitaba al califa al-Mansur por esta célebre conquista: Albricias
por esta victoria bendita que huele como el almizcle, Oh al-Mansur, sorpréndete por
el regalo. Tu bandera verde publica la victoria.
La victoria os acogió con la mano diestra y por eso eres Tú victorioso entre
todas las gentes de la tierra..
Los camareros del hotel que, como la mayoría de los chiquillos, se habían
criado en las calles, conocían la historia y me aclararon que el tal Yuder era español,
que había cruzado el Sahara con cuatro mil andaluces, la mayoría del reino de
Granada, perdiendo en la travesía un tercio de sus hombres, pero alcanzando el
Sudán – entonces un vasto imperio – y venciendo allí a un ejército veinte veces
superior. A mi regreso a Granada, investigué en la biblioteca de Estudios Árabes y el
nombre de Yuder existía, aunque apenas unas referencias escuetas en Julio Caro
Baroja y en García Gómez, en las que se decía que el tal Yuder era natural de
Cuevas del Almanzora, de pequeña talla y ojos azules.
Algún tiempo después, encontrándome en los Estados Unidos, volví a
investigar en la biblioteca de la Universidad de Penn y los textos comenzaron a
amontonarse sobre mi mesa. Por la gesta de Yuder, elche y renegado, no sólo se
habían interesado franceses y árabes, sino que existían documentos de espías ingleses
que le relataban a Isabel I las inmensas riquezas que por su medio llegaban a
Marrakech, que le servirían para construir el palacio El Bedi, instándole a aliarse con
Al-Mansur en contra de Felipe II, por ser aquel monarca uno de los reyes más ricos
de la tierra. Inesperadamente descubrí el relato anónimo de un monje, tal vez jesuita
o cura embajador de Felipe II en aquella corte, que contaba la conquista y, lo que es
más sorprendente y de un valor inapreciable – ignorado por los investigadores el
diario de campaña del mismo Yuder, narrando la travesía del Gran Desierto, escrito
en un castellano excelente aunque tortuoso por la cantidad de palabras arabizadas que
en él aparecen. Dejé al punto lo que estaba haciendo y me puse a dar forma al relato
del Conquistador Desconocido y varón gigante de nuestra historia, que llegó a
conseguir para sí, y para los españoles desterrados que lo acompañaban, nada menos
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que un imperio. Y ésta es su historia, a la que deseo mejor suerte que a su autor,
escrita con licencia de estilo y lenguaje que el lector, amante de la fidelidad histórica,
sabrá perdonar.
Resta contar que, una vez aparecida la primera edición de este libro en
Editoriales Andaluzas Unidas, hoy desaparecida, descubrí un artículo de Ortega y
Gasset, publicado en El Sol en 1924 con el título: “Las ideas de León Frobenius”,
donde nos cuenta los avatares de esta gesta y la batalla de Tondibi, para Ortega: La
más grande que nuestra raza ha logrado del otro lado del Estrecho, finalizando con
las siguientes palabras:
¿Por qué, por qué no hemos ido a visitar a estos Ruma del Níger, nuestros
nobles parientes?
EL GRAN VIAJE
Marrakech
CORDILLERA DEL ATLAS
Lektawa
RÍO DRA
Tindouf
EL GLAB
Teghaza
Taodeni
EL-YUF
In Ethay
Araouan
RÍO NÍGER
Karabara
Tondibi
Kabara
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GAO
TOMBUCTÚ
Primera parte
CUEVAS DEL ALMANZORA
UN PAÍS, UNA FAMILIA,
UNA TIERRA, UNA RELIGIÓN
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No viviré hasta que no
Encuentre mi país
Yuder Pachá
Abril de 1570
Domingo de Ramos
Tío Hierónimo llegó a Granada montado en la yegua blanca de mi padre. No
había parado a descansar un solo instante en todo el viaje y el reumatismo le
atenazaba los riñones y las piernas. Se apeó al divisar las primeras casas y se tumbó
en la hierba con los ojos en las estrellas mientras la yegua pacía. En otros tiempos,
¡que el Altísimo mantenga vivo el recuerdo de nuestra memoria!, hubiera entrado en
la ciudad, no importa la hora, pero hoy las casas eran piedra sobre piedra, las almas
se habían vuelto granito, y ni siquiera los amigos de la familia, que seguían siendo
muchos, hubieran escuchado sus golpes.
Dios estaba en lo alto. Se veían luceros como puños que casi lo incendiaban
de tan próximos, ¡qué hermoso era su mundo!; pero se había olvidado de la tierra y ni
siquiera le mandaba el rocío, avergonzado sin duda de su mezquindad. Escuchó los
primeros gallos y luego oyó disparos de arcabuz, sueltos y espaciados, que
silenciaron a los gallos. “Es una maldición”, pensó. “Mis ojos han visto agonizar
ciudades y caer imperios. Granada ya no es el paraíso. Antes lo era. Hubo un tiempo
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en el que mandaba nuestra gente en esta tierra, pero se movió la rueda y se
apoderaron de ella los cristianos. Los limoneros y naranjos florecían con exquisita
fragancia. Las lluvias caían mansas y empapaban la tierra y nunca se oyó decir que le
faltara agua. Los árboles se movían a su tiempo y hora y la hierba renacían en
primavera. ¡Dios Todopoderoso, qué plaga nos has mandado! Hoy ni los animales
hambrientos se la comen”, pensó con amargura al ver a la yegua con la cabeza
levantada, “porque en cuanto aparece el sol la agosta y quema de raíz. Y así con los
hombres que nunca como ahora han menospreciado tanto sus vidas”.
Volvió a oír disparos. “Algo pasa”, y se levantó gruñendo y maldiciéndose. La
luz inundaba los tejados sacando a la ciudad de las sombras. “Cristo resucita”, le dijo
a la yegua cogiéndola del ramal, “y hoy tenemos mucho que hacer. Va a ser un gran
día y espero que no te avergüences de lo que veas o me oigas decir.
Un grito desgarrador, que salía del corazón de cada casa y que volaba de
puerta en puerta, estremeció la Vega, Guadix, el Almanzora, Las Alpujarras, el valle
de Lecrín y las hoyas de las sierras que rodean la ciudad. ¡«Se llevan a nuestros
hombres de las iglesias!”. Las mujeres que habían ido a los oficios con sus maridos
se aferraban a ellos y mordían y arañaban a los soldados. Las que se habían quedado
en casa les decían adiós desde las puertas de las tejedurías, desde las vallas de las
huertas o los seguían a distancia gritando. Había llegado la hora. “¡Dios tenga
misericordia de nosotros!” Los cristianos querían toda la tierra para ellos y los
echaban de su ciudad, de sus tierras y de sus casas. La expulsión del Albaicín meses
atrás dejaba al descubierto la decisión real, pero no habían querido verla. El alma se
aferra a la tierra, al aire, a las cosas familiares que ama más que al oro, a las parras de
la huerta, al pozo, al banco de la plaza, donde los viejos matan silenciosos el tedio del
día y los jóvenes comentan la jornada al caer la tarde, y no habían querido verla.
Desde la caída de la ciudad, un siglo atrás, su vida había sido una batalla
continua con la esclavitud y la muerte. Los crímenes eran diarios y no había pueblo
que no contara sus muertos por decenas. Dios lo había querido. Les había mandado
esta maldición en castigo por permitir que se corrompieran sus costumbres e ideas,
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“¡que El nos guíe hacia lo que ahora es mejor para nosotros para que un día no
nos pida cuentas por ello!”, y durante ese tiempo habían aprendido la mentalidad de
los esclavos. El clero les urgía a cambiar de hábitos, el ejército los acosaba a
impuestos, nunca suficientes, el odio estaba dentro de ellos y no habían encontrado
otra salida que la violencia. No podía extrañarles la expulsión aunque les
sorprendiera lo súbito y repentino de ella, sin tiempo para salvar sus casas y
haciendas. Meses antes, sus jóvenes se habían rebelado y con el turbante en la cabeza
se habían ocultado en las montañas, donde operaban los monfíes, o se habían
barricado en los pueblos y hoy, aunque sus gritos seguían sonando por valles y
colinas, todos estaban muertos o en galeras y sólo quedaban los viejos. “No gritéis ni
maldigáis”, les decían éstos a sus mujeres, “Dios el Único y Todopoderoso así lo
quiere y no somos sino de Dios”. Las mujeres seguían gritando y maldiciendo.
Desde cada pueblo, Alhendín, Pinos del Valle, Cuevas, Almería y Granada se
formaron largas caravanas silenciosas, flanqueadas por soldados a pie o a caballo,
que tomaron distintas rutas: Córdoba, Extremadura, León, Burgos. “Tal vez el Señor
nos prepara tierras fértiles, con agua, árboles y pájaros, no temáis. El Islam no
quedará extirpado de esta tierra mientras tengamos fuerza y aliento. ¡Sólo Dios es
poderoso y no ama a los arrogantes!”.
Estaban tan acostumbrados a cultivar eriales y a convertir las laderas de las
montañas en bancales, que es lo que les había quedado desde la conquista, a vivir en
casas de adobe y paja y a soñar en lejanos oasis, más allá del mar, que sus mayores
llamaban el Paraíso, que les reprochaban sus quejas, «¿por qué gritáis? Dios el
Todopoderoso está con nosotros y sólo El es Grande».
Y empezaron a recitar versos del Libro de Dios y a cantar, lentamente en un
principio, a levantar tímidamente el cuello y a abrir los ojos hinchados, hasta que el
canto se convirtió en un clamor que ascendió a histeria colectiva y todos gritaban y se
tiraban por los suelos bajo el dolor de los culatazos, “¿qué pecado hemos cometido?,
¿no es la tierra suficientemente grande para todos?”.
Las mujeres hacía tiempo que habían dejado sus almalafas, ajorcas y
telas blancas, mostrando al desnudo sus rostros como si se tratara de esclavas, los
hombres sus yalaganes y turbantes y todos iban a la iglesia, ayunaban en cuaresma y
confesaban, sin otro pensamiento que la tierra de sus mayores, el trigo, la avena, el
mijo, el aceite y las pasas con que alimentarse. No fabricaban armas ni tenían jóvenes
para empuñarlas y las cimitarras que guardaban en los desvanes habían pasado de
moda en favor de armas más mortíferas en manos cristianas. La vida se estaba
haciendo demasiado complicada y ni siquiera les permitían cantar en su lengua.
Bebían vino en las tabernas, rompían el ayuno, comulgaban los domingos, siguiendo
las directrices que les ordenaban desarraigarse, hablaban aljamía o lo intentaban, se
instruían en las cosas de la fe católica con los padres misioneros, adoraban las
estatuas, habían dejado de vender sus bienes, oro, plata, joyas, sedas, bestias,
llevaban en los sombreros la media luna de paño azul, del tamaño de media naranja,
conforme les tenían mandado, “¿qué pecado hemos cometido?”, habían entregado los
alfanjes, no trabajaban los días de fiesta cristianos y al pasar el sacramento se
arrodillaban, tenían fosar común con los infieles aún siendo en la mayor parte más
pueblo que ellos, vivían como ellos y con ellos habían luchado en las guerras
comuneras, del lado de su Majestad -tío Hierónimo calzaba todavía las botas de
soldado -, pagaban impuestos, sufrían azofras y servían al rey y a los señores, ¿ qué
pecado habían cometido?
En la ciudad, el aguacil hacía una pausa, respiraba y su voz rompía de nuevo
el silencio como un trueno: «Oídme bien todos los que no habéis ido a las iglesias».
Las puertas entreabiertas se cerraban con suavidad. En las calles, las gentes gritaban,
alzaban las manos al cielo y se besaban, “¿no hubiéramos hecho mejor en haber
elegido el exilio a la conversión? ¡Granada, ¡Dios la libere pronto!, ya no nos quiere
y en ella no habrá para nosotros ni aire que respirar ni agua que beber. La calle era un
clamor ascendiendo a histeria y, al acabar la voz del aguacil, ladraban los perros y los
chiquillos corrían huyendo de los ciudadanos airados que, no satisfechos con la
expulsión, gritaban muerte a los perros traidores, blasfemaban, escupían y
amenazaban a los soldados que acompañaban al pregonero.
Tío Hierónimo dejó la yegua en la fonda y salió a calle Elvira cepillándose con
la mano. Lo hacía automáticamente cuando pisaba la acera; luego se acicaló la barba
castaña que cubría su afable rostro redondo y se dirigió a la primera iglesia. La
ciudad había despertado bruscamente y gargantas tan trabadas como la suya se
adentraban en la oscuridad del templo y se echaban agua bendita rápidamente a las
cabezas. «Debo hacer mi trabajo y largarme”, se dijo al notar la inquietud de los
hombres que como él acudían a presenciar la entrada del Profeta Cristo en Jerusalén,
montado en un burro. Los niños del altar llevaban palmas. Los cantores se
preparaban en el coro para darle la bienvenida. Olía a incienso y cera, él mismo había
comprado una vela a su paso por la Audiencia, pero no la había encendido,
sorprendido todavía por las miradas inquietas de los hombres y la penumbra borrosa
de las estatuas que entre el humo parecían fantasmas.
“Han sustituido el olor del agua de rosas, del áloe y del coriandro por la cera,
¡adónde vamos a parar!, ¿qué va a ser de nosotros?». Volvió la cabeza con disimulo.
Todos los asistentes habían notado la presencia de los soldados en la calle, lo veía en
sus ojos iluminados por el miedo. ¿Dónde ir? No encontraría una sola alma a la que
llamar que le diera un poco de calor. Empezó a repasar nombre por nombre los
amigos de la familia y decidió seguir donde estaba. La iglesia era pequeña y entre el
humo y el calor de los fieles, que habían venido a darle a Cristo la bienvenida y la
abarrotaban, apenas podía respirar. Se levantó sin pensárselo dos veces y, al sentir en
las mejillas el vientecillo de la sierra, en el lugar más fresco de la ciudad, se alegró.
“¡Que el Dios Altísimo y Único os bendiga!”. Se apoyó en el pretil del Darro y fue
entonces cuando sintió los gritos, las puertas y el clamor bronco en las calles.
“Algo pasa. Oh, tú que gritas, acude a la oración”. Los musulmanes nunca
habían flaqueado tanto como ahora, cuando el silencio y el miedo les oscurecían las
mentes, pensó y le hubiera gustado aligerar el corazón con alguien, pero todos los
que pasaban desaparecían a gran velocidad en las estrechas callejas contiguas a Plaza
Nueva. Anduvo en silencio hacia la medina. Olor a establo y cagarrutas por todas
partes, con las tabernas abiertas desde primeras horas, “¿quién me manda venir con
tanta prisa?”. Vendedores de buñuelos, de churros, higos secos y de sorbetes de
albaricoque, “la atracción de la ciudad, como una bella mujer: La Alhambra, dulce
harén, corazón de mis noches, gloria de la dinastía nazarita que construyó el palacio
de los palacios y luego tomó la impía decisión de abrir las puertas de la ciudad a su
enemigo, ¡Dios castigue a unos y a otros como sólo él sabe hacerlo!”. Se quedó
silencioso ante las ruinas de la medina. “Lo están destruyendo todo. Ni las piedras
respetan”.
La familia había recibido una nueva cédula de la Inquisición, ¡que el Altísimo
borre este nombre de todas las memorias!, la tercera en veinte años. Las dos primeras
les habían costado 4. 000 ducados y un año de cárcel a tío Gonzalo, nuestro hombre
de leyes, licenciado por Salamanca, ahora las tierras no valían un solo maravedí y le
habían enviado a él a negociar por ser un hombre sencillo y sin bilis en la sangre.
Se paró de pronto y se llevó la mano derecha a la oreja. Percibía el sonido de
pasos lejanos, como de un pelotón de hombres en marcha, y contuvo el aliento para
oír mejor. También percibía el ladrido de perros ladrando como locos, ¡santo cielo, se
hacen acompañar por perros!, de mujeres y niños corriendo. Se le encogió el corazón,
tiró la vela al río y echó a andar sin rumbo. Vio a un hombre correr hacia
Bibarrambla y le dio vergüenza imitarlo aunque ese fue el impulso del momento; o,
más que vergüenza, miedo, pues el miedo le había paralizado y siguió caminando
como el que arrastra los pies y trata de alejarse lo más posible del lugar. En San
Miguel Bajo, alguien le echó la mano al hombro y, al volverse y confrontar la mirada
envenenada de quince o veinte soldados que lo rodeaban, a punto estuvo del
desmayo. Sintió que la espina se le endurecía y que el pelo detrás de las orejas se le
crispaba.
Le preguntaron su nombre y al decirles que se llamaba Cervantes de momento
pareció impresionarlos. Le preguntaron de dónde era y al responderles que de Cuevas
del Almanzora inmediatamente le ataron las manos a la espalda y de una patada lo
lanzaron al grupo de doscientos prisioneros que escoltaban.
Bajo el arco Elvira, vio la muchedumbre de varios cientos, tal vez miles, que
grupos armados de a pie y a caballo introducían como al ganado en el recinto del
Hospital Real y empezó a temblar de rabia. El sudor de la sien le cegaba los ojos,
también la ira. “Coraje, amigo”, le dijo a un compañero que como el resto oraba y
salmodiaba con los ojos empañados y las rodillas flojas, “refúgiate en Alá y pídele
que te conceda paciencia y resignación”. No tenía miedo. Estaba sencillamente
avergonzado. Dividían a los prisioneros. A los hombres los echaban a un patio y a las
mujeres a otro, tras quitarles los bultos y cestillas que arrojaban junto a la puerta,
mientras ellos ocupaban la nave central desde donde los vigilaban a todos. Tragó
saliva. Las palabras que le acudían a la garganta le llegaban a los labios con sollozos.
La pasión de Cristo golpeaba en vano el corazón de los cristianos y estaba
avergonzado. Sus ojos habían visto mucho desde el momento mismo de su
nacimiento, pero no lo bastante, y estaba asqueado. Quiso gritar con los prisioneros,
por parecerle que había visto todo lo que tenía que ver en su vida, pero el grito no le
salió de la garganta.
Finalmente se acercó al hombre que los mandaba y que se sentaba en una silla
algo encorvado y como fatigado, y le hubiera tirado de la barba y fulminado en vez
de hablarle como a un hijo de Dios.
- Eh, capitán, explíqueme este misterio. Soy cristiano de nacimiento y llevo en
este bolsillo un montón de documentos que lo prueban.
Lo miró unos segundos y pudo ver sus dientes, frotados cuidadosamente con
hojas de laurel.
- Eres cristiano, ¿eh? Pierdes el tiempo, moro, ¿crees acaso que no sabemos
distinguir a los nuestros?, ¿de dónde eres?
Le dijo a qué había venido a la ciudad y que tenía una entrevista con el
mismísimo Deza.
- ¿Hablas árabe?
- No - le contestó, consciente de que tenía que evitar la más mínima relación
con aquella gente si quería salvarse.
Le ordenó pronunciar la palabra “niño», “estrella», «señora» y él lo hizo en
perfecto acento de Castilla.
- ¿Por quién me ha tomado?
- ¿Sabes mucho de su religión?
- Sé lo elemental, que se casan muchas veces y circuncidan como los judíos a
los niños.
- ¿Niegas entonces ser moro?
- Digo que soy cristiano y que adoro a Cristo y a la Virgen - contestó tratando
de mantener la buena impresión que le había producido y procurando no excederse.
- ¿Los odias?
- Sí -dijo sencillamente.
- Los odias, ¿eh?, ¿te gustaría matar a unos cuantos de éstos?
Trató de mantener sereno el rostro, ¿y eso qué probaría?
- Lárgate. Desaparece de mi vista -le gritó el capitán y él esperó paciente a que
le soltaran las manos y entonces lo hizo sin volver la cabeza, caminando rápidamente
hacia las afueras donde, solo y en medio del campo, escupió tres veces hacia la
ciudad maldiciendo el día en que su padre, por salvar las vidas de sus mujeres e hijos
y preservar los bienes de la familia, casas y tierras de labor, había decidido seguir
viviendo en el reino de Granada en lugar de elegir el exilio como habían hecho las
gentes más piadosas. “¡Malditos cristianos!», exclamó luego a voz en grito, “¿por qué
no nos dejáis vivir en paz en nuestras casas? No seguiré en esta tierra un solo día más
y desde mañana emplearé todas las energías que el Altísimo disponga prestarme en
convencer a los míos para que nos marchemos. ¡Malditos cristianos!”, repitió con la
voz enronquecida, “me habéis partido el corazón”.
Alzó la vista hacia la gran montaña, de rostro hierático y largas barbas
blancas, que flotaba como un dios sobre la ciudad, y luego juntó las manos en un
gesto de oración. “Destrúyela”, masculló entre dientes recogiendo en una sola palabra
lo que sentía. “Acaba con ellos, castigándola como Tú sabes hacerlo. Al infierno para
siempre, que sólo es digna de que la mandes a la Gehena”, añadió doblando el cuerpo
hasta tocar el suelo, envuelto en sonoros gemidos.
En mi niñez, tío Álvaro, el mayor de los cuatro hermanos de mi padre, era una
leyenda en Cuevas por haberle robado cuatro esclavas moras a Juan de Benavides,
nuestro primer alcaide cristiano, y de él se decían las cosas más asombrosas, según el
estado de ánimo del que hablaba o las vicisitudes por las que atravesaba el pueblo.
Yo no llegué a conocerlo pero su nombre se asociaba con Eldorado y en nuestra casa
todo había sido en un principio argumentos en favor o en contra de seguirlo, o bien
de marchar a Berbería, y lo hubieran seguido de haberles dado el empujoncito final
que necesitaban.
Porque regresó de las Américas en dos ocasiones. En la primera, repartió oro
como si fuera un califa, el pueblo fue una fiesta y los mil quinientos vecinos de la
villa se prestaron a seguirlo. Era un hombre de gran fantasía y locuacidad y hablaba
de aquellas tierras como si fueran suyas o una porción del cielo que les estaba
esperando. “¿Qué hacéis aquí con los brazos cruzados? De verdad, hermanos, que no
os entiendo, coméis, bebéis, me escucháis con la boca abierta, os juntáis los viernes
en secreto para rezar donde os quejáis de que os humillan y luego os vais a la cama y
dormís con vuestras mujeres como si tal cosa, ¿es que no os da vergüenza? Dios no
os esperará hasta el día del juicio para pediros cuentas, ¿es que la posibilidad de
servirle con libertad no os hierbe la sangre?”
De él se decía que había corrido por tierras de Guanaquil con un tal
Zanduendo sin recibir nada sustancioso mientras a su alrededor los jefes se
engrandecían, expuesto a las fiebres, las picaduras de las serpientes y las flechas,
suerte natural de los soldados, pero que cansado de no medrar se había pasado al
Perú, donde había hallado una provincia muy rica en oro en la que había hecho
fortuna. La verdad es que al pueblo llegó tirando el oro y la plata y que con su ayuda
se rescataron muchas tierras embargadas al abuelo en la primera condena de la
Inquisición contra la familia.
Le preguntaban cómo había hecho tanta fortuna y él respondía socarronamente
que lo difícil era ser pobre en aquellas tierras. Le preguntaban por qué había vuelto y
les respondía que en ninguna parte se vivía como allí a pesar de las lluvias, los
mosquitos, las avispas, las alimañas, que las había de todo tipo y color, y las muchas
maledicencias y altercados entre gobernadores y capitanes. “¿Entonces por qué has
vuelto?”
Volvía a sonreír con socarronería y sus paisanos, que a duras penas
ganaban para pagar las fardas, se destapaban la boina para rascarse. “¿Por qué nos
hablas así?, si es tan bueno dínoslo abiertamente porque ya no somos lo que éramos.
Feliz tú que puedes reír y coger el barco, porque aquí todo son prohibiciones y si no
te esclavizan unos te agarrotan otros”.
No duró mucho. Les dijo que vendieran sus enseres y estuvieran preparados
para marchar con él a la vuelta y desapareció. Cuando regresó por segunda vez era
tan pobre como ellos y lo único que tenía era una gran llama interior y una barba tan
grande que tuvo que presentarse a sus hermanos para que lo reconocieran. Era ya un
combatiente de la fe y el pueblo se hundió en la tristeza. Nadie podía ver lo que veía
y menos oír lo que oía de sus labios en las condiciones de violencia en que vivían,
porque sólo tenía una idea en la cabeza y era la de quedarse con ellos, vivo o muerto.
Algunos sospechaban que en el pueblo había una mujer que lo había
embrujado, pero no parecía una razón suficiente. Algo le había sucedido en América
que lo había disgustado consigo mismo y con la empresa imperial y que explicaba
aquel celo religioso tan fuerte. Intenté sonsacárselo a la muchacha, que no era otra
que Nardona, y me dijo sencillamente que era un ser imposible que se pasaba el día
pidiendo la segunda venida de Jesús, cuando la Ley del Corazón y la paz universales
reinarían en el mundo, pero suplicándoles mientras tanto comida a los cristianos.
- Nos tenía avergonzados, ¿cómo pudo escapársele a la Inquisición? - dijo mi
padre interviniendo por vez primera. No conocía los ciento catorce suras del Libro y
les hablaba a las gentes que entraban y salían de la iglesia como un iluminado,
encendiendo la sangre a todos. A los moriscos nos ordenaba levantar la cabeza y
coger las armas. A los ricos les amenazaba con el fuego de la Gehena si infringían la
voluntad del Todopoderoso y acaparaban tesoros,
- ¿No os avergüenza hartaros cuando vuestros hermanos se mueren de
hambre?
La hija de don Pedro Fajardo, regidor de la villa, le dio un collar de oro, tan
avergonzada de tocarlo como si lo hubiera robado. Tenía para entonces la cara
amarilla como la cera, ojos saltones de búho y las manos larguísimas. Los huesos se
le transparentaban bajo la piel como a las vacas a la caída del invierno.
- Fue una suerte para todos que se muriera -dijo Nardona-. En sus últimos días
decía a voz en grito por las calles que no había más divinidad que la de Alá y que
Mahoma era su mensajero.
- Vivía en una de las cuevas del río con el indio ese de sus pecados que nos ha
dejado mientras predicaba la agitación -siguió mi padre-. No podía durar mucho y un
día lo encontramos muerto. No sabemos todavía qué pudo pasarle en las Américas,
pero aquí se lo había ganado a pulso.
- Sabía desde niño que en el mundo había una fuerza dedicada al bien, que
unos llaman Dios y otros Alá, pero nunca me encontré con nadie que supiera decirme
en qué consistía y en mi mente infantil llegué a identificarla con la palabra suerte. A
esto es todo lo que alcanzaba mi entendimiento de la religión, sobrino. En el mundo
hay millones de seres que la practican de alguna forma: Los astrólogos trazan
círculos cabalísticos y en ellos adivinan tu porvenir; otros creen en el efecto curativo
de la pata de conejo, como la negra Ida; Nardona se viste de colores y usa
voluminosos pendientes cuando se sienta frente a su mesa baja ante una vasija de
barro vidriado, igual que los judíos, y luego te mira con el rabillo del ojo y entabla en
voz queda una conversación que sólo ella entiende; tu madre y Ana adoran el
crucifijo, pero nosotros, tú y yo, sobrino, sabemos que todas estas cosas no son nada,
aunque para ellos signifiquen mucho y haya que verlos con tolerancia, como a los
pobres, y respetar sus creencias.
- En el ambiente en que me crié -seguía diciendo mi tío Gonzalo-, la existencia
de Dios y la inmortalidad del alma eran más verdad que nuestra propia existencia y
por tal razón la gente se mataba y sigue matándose hoy día, prefiriendo antes ver
muertas a sus hijas que casadas con cristianos y al revés, sin darse cuenta de que
cuando el organismo deja de funcionar y se extingue la conciencia sobreviene la
muerte, más allá de la cual no hay nada.
Tío Gonzalo tenía por un acma y un hedor de peor gusto que el mal francés la
tal doctrina y a mí me gustaba contradecirle. “Qué bonita sería la vida si tuvieran
razón y hubiera un dios, aunque fuera invención nuestra, y a base de respetarlo
hiciéramos la vida soportable para todos. Qué bonita sería la vida si El no fuera
responsable de tantas muertes”.
- ¿Bonita? -me gritaba-, ¿ves esos buitres?
Raro era el día en que las guerrillas no bajaban a las colinas a llevarse el
ganado o los cristianos subían a ellas y empezaban a matarse, fuera invierno o
verano, y lo único que hacían los buitres era circunvolar permanentemente el cielo de
Cuevas y esperar a que los muertos se pudrieran para hacer su trabajo.
- Ahí tienes la obra de Dios -decía con el brazo airado indicándome las nubes
o los altos álamos en los que se posaban-. ¿Crees que se preocupa de nosotros? Ni tan
siquiera nada. Y volvía a alzar el dedo pulgar.
- Si el hombre tuviera una ligera semejanza con Dios, lo iluminaría para que
no nos matáramos como animales. Le ayudaría a entenderse; pero, ¿crees que hace
esto siquiera? Jamás, y si no nos matamos con los arcabuces lo hacemos con piedras.
con las manos o con los dientes, el caso es matar. Somos carnívoros de raza, sobrino,
y no conocemos la piedad.
Tío Gonzalo era un hombre fornido, ancho de espaldas y de ojos pequeños,
con las cejas muy pobladas y las manos callosas, ignoro todavía la razón de por qué
jamás lo vi trabajar la tierra, y su ocupación favorita era emprender pleitos y
perseguir deudores hasta exterminarlos dentro y fuera del pueblo. Todo estaba
corrompido y a todo sabía sacarle punta: Si los soldados requisaban el trigo, si se
apaleaba a un siervo, si la langosta arrasaba nuestras viñas, cualquier motivo era
suficiente para llevar al juez al culpable y mi padre se cansaba inútilmente de
amonestarle que no podíamos creamos enemigos y que era preferible perder derechos
y aparentar pobreza antes que ganar pleitos con los tiempos que corrían.
No lo entendía. Era un maníaco de la justicia y se dejaba la sangre en
defenderla. No lo entendía y de ahí que cuando el arzobispo Manrique dirigió una
carta a los inquisidores, recordándoles las prerrogativas, libertades y mercedes
concedidas por los Reyes Católicos a sus súbditos convertidos, mandando soltarlos y
devolverles los bienes, tío Gonzalo puso en pleito a Pedro Fajardo, regidor de la villa
e hijo de Alonso Fajardo, a la sazón duque de los Vélez, que se había apoderado de
nuestros campos de Alhauchete, ignoro las circunstancias, y los cuatro hermanos se
echaron a temblar.
- ¿Para qué queremos esas tierras? -le decía mi padre.
- ¡Justicia, justicia! -gritaba tío Gonzalo descendiendo sobre ellos como un
apóstol.
- Pero si no valen nada, hombre de Dios. Esas tierras nos atraerán más
ladrones.
- ¿Es que vais a seguir de por vida humillados como ovejas?
- ¿Esperas acaso justicia de los cristianos? El reino lo gobiernan nuestros
enemigos, ¿qué podemos esperar, idiota? -le decía tio Hierónimo.
Tío Gonzalo había estudiado en Salamanca y sabía tanto de leyes como
cualquier cristiano. Había corrido Flandes, Alemania e Italia, la mismísima casa de
Dios, y tenía una carta personal de Adriano Vl en la que le llamaba “hijo carísimo» y
eso lo creía invulnerable a la Inquisición y no dudaba en enfrentarse a los Benavides
y a los Fajardos, que si ellos eran nobles e hijosdalgo, por empuñar armas y
mancharse con sangre puritana, él era un Cervantes, emparentado con los Guevara, y
tan cristiano y virtuoso como ellos, y tenía tierras que no se cansaban de producir
frutos, sin los que ellos no medrarían ni podrían ser guerreros, porque tenían a
desdoro cultivarlas. El pleito no prosperó, pero en lugar de enmudecerlo, la derrota lo
creció. La justicia estrangulaba a la población, según él, y acudía donde fuera y por
quien fuera exigiéndola.
- ¿Cuánto tiempo van a poder trabajar sin llenar los estómagos? -le decía a mi
padre cuando éste en el nombre de toda la comunidad le pedía prudencia.
- Prudencia cuando esté muerto y criando malvas -le contestaba.
- ¿Y es ahora cuando te vuelves justiciero? - le argüía mi padre, con no poca
ironía, recordándole los tiempos en los que perseguía a sus propios siervos.
El 4 de abril de 1525, el Emperador Carlos volvió a recordar por cédula que
no se prendiera a ningún nuevo cristiano morisco, (vecino y morador de villas y
ciudades, por cuanto todos eran cristianos y habían estado en su sano juicio y no
beodos ni locos al recibir el bautismo). Al atardecer de aquel mismo día, tío Gonzalo
paseaba por las calles cristianas con su gandora de blanco cristalino sin mudar el
rostro aunque no lo saludaran, Ida a su lado, hundida de miedo y de vergüenza. Hacía
negocios con todo: Vendía joyas y casas, compraba fincas, despertaba conciencias
con sus pleitos. “Esta paz en la familia no puede duramos”, decía mi padre una vez
en casa, “y lo que nos suceda nos lo buscamos nosotros mismos, ¿qué espera ese loco
si viste tan provocativamente y especula con ellos?”
Como responsable de la familia le prohibió andar a la usanza antigua. Le
recordó que en Hornachos habían colgado a diez de los nuestros y enviado a ciento
setenta a galeras, noticias frescas, traídas de Baza por Juan Puche, el mulero, y que a
un tal Luis Alboacén lo habían quemado vivo en Almuñécar por la simple sospecha
de pasar moriscos a Berbería, que muchos tomaban el camino de Madrid y se
embarcaban en La Coruña hacia reinos extraños y que otros muchos pasaban a
Francia o alzaban bandería en Las Alpujarras ante el temor de inmediatas represalias,
pero ni escuchaba ni se callaba, argumentando siempre que no le asustaban los
rumores y que cada cual elegía su destino.
- No son Dios -gritaba- y si les hacemos frente se darán cuenta de que no es
posible gobernar sin justicia.
Tenía ciego el sentido. Reunió a los alfaquires de Vera, la Calahorra, Moxácar
y Lubres, doce en total, y con ellos redactó escritos a la corte, solicitando se
revocaran edictos anteriores en el sentido de que no se podían cambiar las
ceremonias y creencias, la lengua y los matrimonios moriscos de la noche a la
mañana, así como cargarlos de servidumbres nuevas, siendo cristianos y habiendo
servido a su Majestad en tiempo de revoluciones, y una noche lo encontramos
colgado de la rama de un laurel en la plaza por la que tanto le gustaba pasear. Lo
descendimos a tiempo pero le quedó en el cuello la flor roja del cáñamo. No sabía
quién lo había hecho, no recordaba nada y repetía que no era una bestia sino un
hombre. Tenía también una herida de cuchillo en el costado y le sangraban los pies.
Los que lo habían hecho no habían querido matarlo, pero conocían bien la crucifixión
de Nuestro Señor. Habían querido darle tan sólo un escarmiento y él mismo
aseguraba que no sentía dolor alguno en el cuerpo y que su herida era otra.
- Puedes dar gracias al Altísimo -le decía mi padre- pues podían haberte
matado, ¿no te das cuenta? Podían haberte estrangulado y lo harán la próxima vez si
sigues provocándoles.
Y no sentía dolor porque tenía un propósito mucho más firme y vivo que las
heridas, pero no nos decía en qué consistía. Ida reía y lloraba al verlo con vida. Los
hermanos le hablaban todos a un tiempo, recordándole que aunque en secreto
teníamos que seguir todos unidos en la fe de nuestros mayores y que no podía seguir
tentando al Todopoderoso ni desobedecer los preceptos del Islam, mientras él movía
el cuello y elevaba la cabeza como si quisiera mirar a las montañas o abrirse de nuevo
las heridas y, cuando las voces subieron de tono, ladró. Ladró como un perro que es
azotado sin piedad, con aullidos tan feroces y lastimeros que todos dejamos la
habitación espantados. ¡Qué voces aquellas! Nunca he oído un lenguaje parecido ni
en los peores momentos de mis hombres en el Sudán. La casa temblaba. El eco corría
de balcón en balcón y de cueva en cueva, y todos volvían los ojos hacia su casa.
Tenía un propósito y, aunque no nos dijo en qué consistía, lo sabríamos
pronto. “Tranquilos, hermanos, que no voy a volarme los sesos, no os preocupéis”, y
tengo para mi que se trataba de una decisión antigua que había madurado de repente
bajo el dolor de la crucifixión, porque a los pocos días desapareció de Cuevas y se
fue a las montañas con los rebeldes, como si hubiera entendido al fin que sólo
conseguiría la justicia de la que hablaba arrancándola por la fuerza. Ida se vino a
vivir con nosotros y al poco tiempo el nombre del Gorri corría de boca en boca. Se
decía en Cuevas que se le podía ver al anochecer en las colinas, que se había hecho
con el mando de una partida y que destruía lo que podía, matando también, siendo
éste finalmente el propósito y la forma que había elegido para ayudar a construir la
senda de justicia de la que era creyente apasionado.
- Cuando un hombre muere y es enterrado ha acabado con este mundo y su
familia tiene por qué dar gracias al cielo por haber escapado al fin -decía mi padre-,
pero cuando un hombre se tira al monte sin un colchón donde dormir, sin pan que
comer, vivo pero no vivo realmente, muerto sin estarlo del todo, no recibe peor
castigo. ¡Que el Altísimo destruya las leyes que otros han construido y construya las
que han destruido!
Mi padre desaprobaba su conducta sin entender que se trataba de una guerra y
de que en las guerras la gente no se sienta en la mesa o duerme en una cama
convencional, ¿qué habrá sido de él? Muerto o vivo, sólo me lo imagino de una
forma y si es verdad que nuestra alma es inmortal, que sin duda lo es, también es
seguro que sigue luchando a muerte con la injusticia allí donde se encuentre.
Recuerdo el breviario de oraciones que cada tarde le dedicábamos en nuestra casa
hasta caer rendidos. Todos sentíamos pena. Curiosamente no era un mundo tan malo
como el de ahora y la idea de matar o de ser matado nos parecía horrible.
Salió de casa y corrió a refugiarse en la iglesia. Rara era la vez que llovía en el
pueblo pero cuando lo hacía, siempre de forma súbita e inesperada, la tromba de agua
caída y embalsada en los altos llanos y sobre los tejados desbordaba las ramblas e
inundaba las calles de un barro inmisericorde que las hacía impracticables. Tan sólo
las cuevas en los farallones de arcilla. Con puertas bajas por las que había que
doblarse para entrar, se libraban de la inundación, pero aún dentro de ellas rara era la
voz o el sonido humano, excepto el ritmo suave y monótono de las mujeres,
hermanas y esposas, que lloraban sin descanso a sus muertos. Nadie se atrevía a
levantar la voz, excepto en las fiestas, cuando se comía y bebía más de la cuenta y la
gente estiraba los cuellos y abría las piernas para cantar y bailar leilas y zambras que
eran lamentos. Los buenos recuerdos y los años de pacífica convivencia, que tan sólo
los muy viejos como el abuelo recordaban, se habían ido para siempre y parecía
contra natura reír, elevar la voz y rememorar las gestas y sueños. La realidad
cotidiana, el pan nuestro de cada día era el hambre y el terror a las masacres y a la
esclavitud, a los azotes y a una muerte que podía sobrevenir en cualquier momento y
de la forma más inesperada: Por parte de los cristianos, que habían matado a más de
trescientos, por la peste, que a principios de siglo se había llevado a seiscientos, o por
las inmisericordes expulsiones que pendían de continuo sobre sus cabezas. Dios o el
Anticristo los había elegido por sus muchos pecados y todos tenían penas que contar.
El yermo mientras tanto se apoderaba de las planicies altas, donde nadie se atrevía a
trabajar. Las riadas se comían la tierra de las huertas de los que se iban, sin que nadie
volviera a cultivarlas, y a los cuerpos que se quedaban el sol los tostaba y volvía
arcilla reseca y tan impenetrable como la de las mismas cuevas que habitaban.
Al escampar, mi cuarto tío vio en los alrededores del castillo a un grupo de
soldados que paleaban barro, piedras y huesos a un carro y reconoció al oficial que
los mandaba. Se decía que no siempre eran huesos de animales y no se acercó.
Chacón se volvió y lo miró con rostro severo y envejecido. “La gente envejece
rápidamente con las guerras”, pensó. Lo saludó dibujando en el rostro una tímida
sonrisa, y siguió su camino hacia el Calguerín.
De todos los curas que pasaron por Cuevas, sólo recuerdo un nombre con
alegría, porque el resto eran siempre figuras autoritarias que venían pidiendo,
exigiendo y amenazando. A éste lo llamábamos Luis de las Cuevas y era un extraño
alfaquir cristiano que nunca hablaba del cielo. Tenía los ojos vueltos hacia la tierra y
era infatigable acudiendo en socorro de los heridos, pidiendo y robando secretamente
para los pobres y hablándoles a todos, cristianos y moriscos, con la misma dulzura.
El año de mi comunión, las vehementes pláticas en cuaresma de don Marcos
García Mazambrón encendieron a los cristianos de tal forma que diez moriscos
murieron en Las Cunas. ¡Que las llamas del infierno lo persigan hasta el fin de los
tiempos! Más le hubiera valido volver al arado con sus hermanos”, dijo mi padre
aludiendo a sus raíces campesinas. Muchos murieron en las colinas, dejando atrás
mujeres y niños, y los hubo que se barricaron en las cuevas de Rumaida con los ojos
encendidos de sangre y también quienes se fueron para siempre a los caminos con las
capuchas puestas, dispuestos a matar. Los cristianos, provistos de armas y banderas,
salían cada amanecer, como el que sale a la caza del jabalí, tan abundante en nuestras
lomas, con perros y escopetas, y por las noches se reunían en la única tahona, junto al
Pilar, a rememorar los percances de la jornada. Luis de las Cuevas se acercaba a ellos
y los llamaba por el nombre: Blas, Pedro, Lorenzo, Juan. Les pedía explicaciones y si
callaban los llamaba Sr. de Torres, Sr. Navarro, Sr. Sancho y los amenazaba: “¡Ay de
vosotros!, Dios está con los pobres y con los que sufren sed de justicia”, pero su voz
caía en el vacío.
El abuelo lo había mandado siendo un niño al seminario de Guadix con la
secreta esperanza de salvar por su medio a la familia y cuando regresó a Cuevas se
plantó entre el barrio cristiano, a ambos lados del castillo, y las cuevas, sin saber
dónde mirar, porque todos lo veían con desconfianza. Para los moriscos era un
traidor pasado al enemigo y para los cristianos un lobo disfrazado de cordero en el
que no podían creer. Recuerdo sus charlas a los niños y las preguntas sin respuestas
al Cristo del sagrario, las conversaciones con los pescadores que denunciaban a los
moriscos que se acercaban por las playas, las charlas con los alfareros, alpargateros,
curtidores y herrero. “¿Dios nos ha dado la tierra para que hagamos de ella un
infierno?”, les preguntaba, pero nadie le contestaba y su voz volvía a caer en el vacío.
“Qué difícil es amarlos”, me decía. “Todos tienen deudas que cobrar, todos desean la
muerte ajena y aun la propia”.
En la playa andaba descalzo por la arena y con el pecho abierto. Les hablaba a
las olas, a las gaviotas, a los eucaliptos y a las higueras, que seguían dando buenos
frutos a pesar del abandono; al mar y al cielo, aunque siempre en vano. En la iglesia
abría los Evangelios, que era un libro enorme que se cerraba con una llave tan grande
como la de la puerta de nuestra casa, y no había un alma cristiana para oírle salvo mi
padre. Les preguntaba en las calles por qué no querían escucharlo y, los que
respondían, decían sencillamente que no lo entendían. "A veces me gustaría saber
escribir, ¡qué historias contaría!”, me decía, “porque el mundo es una feria llena de
saltimbanquis, estafadores, charlatanes, locos y fanáticos».
Sorprendió en las huertas a un cristiano azotando a un morisco y le preguntó
por qué levantaba el brazo contra su hermano.
- ¿Mi hermano?. . . A mi hermano, padre, lo he encontrado pisando el lindero
de mi finca.
- ¿Y es esa razón suficiente?
- ¿Y qué si no la es?, ¿qué vela te toca a ti en este entierro?
- ¿Es que es un entierro, malnacido? - le respondió Luis de las Cuevas
quitándole el palo muy enfurecido.
El otro echó a correr y por la noche todos conocían la historia magnificada .
Recibió amenazas.
- Sólo entienden de matar -le dijo a mi padre-, de matar y de acaparar tierras,
porque luego tienen a menos arrear burros y tirar del arado. Salvar al país es más
importante que defender la justicia del reino, decía pesaroso.
Le dejaban huesos a la puerta de la casa parroquial. “Cómetelos, traidor”, le
gritaban los niños y Luis de Cuevas apretaba los dientes y recordaba que debía sufrir
por la justicia con mansedumbre al igual que Cristo. Lo que peor llevaba es que
echaran contra él a los niños.
- ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? -le preguntó en cierta ocasión mi padre.
- No lo sé. Debe decirlo el obispo.
- ¿Te veré mañana?
- ¡Quién sabe! Mi vida no es mía y mañana puedo estar en el Reino.
Chacón no le dejaba entrar en la prisión del castillo ni cuando los rehenes
morían y pedían la extremaunción. Allí estaban Miguel Naf, Francisco Ruiz el de los
baños, acusado de esconder monfíes, y Sebastián, el negro de tío Gonzalo, preso
dentro de un cubo por haberse ausentado a por leña a la villa de Portilla. No le
dejaban entrar, «órdenes», decía Chacón, «lo siento, padre». Los cristianos no bebían
con él su vino y los moriscos no le daban su té por miedo ni cuando entraba en sus
cuevas. Inclinaban la cabeza y las mujeres le volvían la espalda. “Pero, ¿por qué?”,
les preguntaba y ellos le respondían que su presencia les traía mala suerte. “¿Creéis
que cuando se apoderen de vuestras tierras, de vuestras casas y de vuestro oro vais a
tener mejor suerte? Soy una maldición”, iba diciéndose por la calle. Nadie se paraba
a saludarlo. Nadie lo escuchaba. Corría de un lado para otro, entraba en la iglesia y le
preguntaba a Dios qué había hecho y qué iba a ser de todos si nadie lo escuchaba y
seguíamos matándonos. Por las noches tenía en cambio sueños maravillosos.
Ascendía a una montaña y pasaba el día rodeado de gentes con las que se sentaba a
charlar pacíficamente a la sombra de un chaparro.
- Debes irte -le dijo mi padre mientras comíamos. Lo hacía siempre en mi casa
porque él no tenía ni pan que llevarse a la boca.
Vi sus ojos de sorpresa y horror mientras mi padre le hablaba. Había trabajado
sin descanso y no había tenido el éxito que merecía. Era un ángel. Se fue en el primer
barco que salió para la Berbería en el 69 y, al pisar tierra africana, los mismos que lo
acompañaban, gentes del lugar, lo denunciaron (he pensado muchas veces si su
iglesia se habrá acordado de él y lo habrá subido a los altares porque era un santo). A
menudo le hacía a Cristo la pregunta, que era un gran escándalo, de qué hacer y con
cuál de las dos sectas se iría El mismo de volver a posar sus plantas en el mundo.
Subía a las colinas y cuando miraba al cielo los ojos se le llenaban de
lágrimas. “¿Será que no he sabido encontrar el camino del corazón o es que no somos
libres para elegir la senda del bien? Si eres Dios déjate caer por aquí o envía a tus
ángeles para que nos señalen el camino, porque no parece sino que los nuestros se
dejan conducir por el diablo adonde éste quiere y que tu reino está muy en peligro en
sus manos”. Y como Dios no le respondía, se marchó al desierto de Almería y ayunó
cuarenta días con sus noches, al cabo de los cuales el diablo lo tentó. Se encontraba
tan débil que apenas podía mover un músculo, apenas controlaba su voluntad y había
perdido el curso del tiempo. Su cuerpo tan pronto ardía como se helaba. Había
perdido la gravedad y volaba de pueblo en pueblo y de casa en casa, descendiendo
por las noches sobre los hombres y mujeres que dormían, forzándolos a amarse. La
mañana en que acabó el ayuno ascendió a una roca muy alta, desde la que se
divisaban todos los reinos de África y el diablo se los ofreció si lo seguía: “Hazlo y
todos los que viven en tinieblas verán una luz tan grande que dejarán de matarse”. El
así lo hizo. Descendió a la costa y unos-pescadores, que se dedicaban a pasar
moriscos, lo montaron en su barca, previo pago del precio por mi padre, y unos
aseguran que en alta mar, incapaces de escucharlo por más tiempo, lo tiraron al agua
y otros que su muerte acaeció en África, donde pereció a manos de los mismos que lo
acompañaban al tratar de enseñarles el error en que vivían.
En noviembre aparecieron diez hombres muertos en la casa del aljibe y los
cristianos de la villa se encerraron en el castillo y le pidieron ayuda al marqués de
los Vélez, urgiéndole a que enviase gente armada de a pie y de a caballo para
defenderla. Firmaban Pedro Fajardo el Bravo, Pedro Gázquez, escribano y natural
de Cuevas, y Melchor Gil, pregonero universal. Ante el peligro que corrían, el
marqués envió ciento cincuenta hombres con la orden de que todos salieran el
domingo después de comer a la plaza pública, donde se haría reseñar y cuenta de la
gente que había de servir, so pena de 50. 000 mrs.
Mi padre y todos los Cervantes acudieron, pero el abuelo Asa, descendiente de
Almanzor y oriundo de los antiguos reyes que solían visitar nuestros afamados baños,
y que estaba bien conceptuado y tenido por muy sabio, prefirió pagar aquella multa.
En diciembre aparecieron quince cadáveres en el Almanzora, frente a los
baños, y se envió nueva diligencia de la que vino por respuesta el nombramiento de
Pedro Fajardo como alcaide, “que por su edad lo sabría hacer muy bien”. Se le
entregó la vara de mando y él nombró a Antonio Fajardo, su hijo, como regidor,
ordenando de inmediato que ninguna persona saliera de la villa sin licencia a parte
alguna; pero la gente se le echó encima y tuvo que revocarla. Enterado el marqués,
mandó a Pedro Ximenez con cuarenta de a caballo y cincuenta arcabuceros con la
orden de que se les proveyera con lo que convenía, como así se hizo.
Llegados a la villa, levaron diez caballos y veinte hombres de a pie, a las
órdenes de Chacón, para que guardaran el castillo y, al marcharse, se llevaron el
trigo, la cebada y los frutos secos con la promesa firme de que la villa se aseguraba la
defensa. Mandaron asimismo librar cincuenta reales para arreglar las puertas y evitar
el peligro que a al villa le podría suceder si los moros de las cuevas se aliaban con las
guerrillas y, arregladas éstas, todos se fueron tras ordenar cerrarlas a las diez y tapiar
las partes y lugares que hubiese menester.
En febrero llegaron los monfíes a las colinas y tras dar muerte a algunos
ganaderos cristianos, así como a los vecinos del Pozo, en número de diez, como
queda dicho, se llevaron una cabalgada de cuatro mil cabezas de ganado lanar,
quinientas del abuelo. Reunido el cabildo y notificado el marqués, que vivía en los
Vélez, le ordenó a don Pedro, por un lado, confiscar los bienes de los moriscos
sospechosos de herejía y, por otro, ordenar la muerte y, en su defecto, la expulsión o
el sambenito, a todos aquellos que en su día no hubieran confesado de buen grado por
escrito y fuesen recibidos en el gremio de la Santa Madre Iglesia. El abuelo Asa,
Seddeth, Rasin, Talaya y otros muchos alfaquires de la zona ofrecieron 2000 ducados
al marqués para que les concediese el perdón y fuesen absueltos de todos los
crímenes de religión y demás delitos sin tener que ir a cadalso ni cárcel ni sambenito;
y el marqués .les respondió que las disposiciones canónicas repugnaban mucho a tal
impunidad, de la que se seguiría que todos ellos continuarían moros, teniendo
asegurada la vida y no habiendo confiscación de bienes. Discutieron mucho entre
ellos antes de marcharse con los setecientos que años atrás se habían ido a Berbería a
quedarse.
- Si nos marchamos todos el Islam quedará extirpado para siempre de esta
tierra - decía el abuelo Asa.
Rasin se apresuró a decir: El es el dueño del perdón y no nos va a exigir lo
que nos resulta imposible.
- Pero Alá el Todopoderoso nos está. indicando el camino. ¡Malhaya, quien
cambie el Paraíso por los bienes terrenales! - seguía diciendo el abuelo con tono
paternal.
- Dios es bueno y su paciencia ni tiene límites -argumentaba Sedeth, que
obviamente no tenía ninguna gana de marcharse.
- Entonces soy yo aquí el único que piensa que más vale la muerte que la
deshonra?
- Nuestras puertas se nos están cerrando poco a poco; es cierto - dijo Talaya.
- Nuestras puertas se nos han cerrado hace tiempo -le contestó el abuelo solo
que ninguno de nosotros hemos querido verlo. No hemos querido ver que el infierno
es esta tierra, nuestra tierra.
- Según tú, ¿qué debemos hacer? Mi hijo está casado con una cristiana lo
mismo que el tuyo, ¿va a barrernos Dios de la faz de la tierra por ello?
- Dios es misericordioso, .Seddeth, pero no podemos tentarlo en demasía.
El cielo siempre hablaba por boca del abuelo, pero aunque los convenció de
que era preferible marcharse a la tierra del Profeta, ni uno solo quiso irse con él y
muchas almas de Cuevas y de las tahas de los alrededores, que antes no lo habían
hecho, se convirtieron.
El agua corrió en abundancia y la imagen de Nuestra Señora de la Encarnación
sudó 36 horas seguidas. Don Pedro abrió el castillo y hubo una gran fiesta de
hermandad, tras la que mi padre y los tíos recuperarían parte de sus tierras, aunque
por poco tiempo. Un año después la Inquisición, ¡que el Altísimo borre su recuerdo
de nuestras memorias!, empezó a perseguirlos y cargarlos de impuestos, que no
podían pagar a causa de la langosta, de la que se salvaron pocas viñas, seguida de una
peste maligna que, aunque se acusó de ella a los moriscos, se cebó en las cuevas y en
el clero -que a la sazón eran trece-, con gran escándalo de la gente sencilla, recién
convertida, que veía en ello erróneamente un gran castigo del cielo y regresaron a sus
prácticas heréticas. A la mujer de tío Hierónimo, tenida por bruja, le aplicaron la
escalera y le dieron 16 vueltas de vara en brazos y piernas, de resultas de las cuales
Diego Hierónimo, mi primo e hijo de ambos, se cortó el cuello. A Nardona le
hicieron proceso, como más adelante se verá, y mi padre llevó el sambenito tres
meses -aunque con gran dignidad-, hasta que una mañana tío Gonzalo vino con el
perdón y mi padre lo colgó de un manzano de nuestra huerta.
El abuelo era tenido por qaoir santo y el pueblo entero lo acompañó al puerto,
de forma que se hizo una gran procesión de hombres, mujeres, niños, comisarios, y
hasta gente de guerra para poner orden, mandada por el propio marqués que siguió
con él argumentando hasta la propia galera, la mayoría a pie, otros en carro y aun en
coche. Los tíos y mi padre seguían a caballo, cuidando de que nadie se acercara al
abuelo, porque lo seguía una gran muchedumbre y era más grande todavía la que se
adhería e intentaba besarle la mano, que parecía que todo el reino se iba con él.
Fátima, la abuela, caminaba erguida a su espalda, sin preocuparse por taparse el ojo
con un trapo, y nadie sabe cómo conseguía mantenerse entre la enfermedad, los años
y el mucho oro y plata que llevaba cosidos en los refajos, porque el abuelo no
disimulaba su rica joroba, pero en su caso estaba disimulada, dada su carencia de
fuerzas y los muchos años. Todos llorábamos al no entender que pudiera cambiar de
tan buen grado la huerta y sus campos; siempre frescos, por una tierra áspera e
infructífera, llena de arenales y desiertos inhóspitos, cuando a Dios se le podía adorar
en cualquier parte.
Llegados al puerto de Moxácar y, como eran miles las personas que querían
irse con él, los armadores, Juan Baptista y Juan Riera, el catalán, pusieron precio alto
a los billetes y el fondeadero y los alrededores quedaron convertidos en un zoco en el
que se vendían telas labradas en oro, sabanas de lino, lienzos y demás telas finísimas,
y todo el que tenía dinero compraba, de forma que los metieron en la bodega y
volvieron riquísimos y algo más contentos. Tío Gonzalo se trajo varios kilos de oro y
otro tanto hicieron tío Hierónimo y mi padre, suavizando así la despedida.
El cielo estaba aquella mañana nuboso y fresco y el levantillo que venía del
mar ponía ronchas en las carnes. “¿Insistes en marcharte?”, le preguntó mi. padre y el
abuelo no le contestó. Puso sonrisa errática no carente de melancolía y luego,
dirigiéndose a mí, colocó su huesuda mano en mi cabeza y dijo con gran admiración
de todos: “Apuesto a que tú me entiendes, muchacho -jamás me llamaba por mi
nombre cristiano - tú me entiendes porque estás predestinado a dejar huella y un día
escribirás tu destino en un libro que nada tendrá que ver con esta tierra de infieles”.
Quito la mano y sin besarme se subió al barco.
Supimos algún tiempo después, cuando colgaron a uno de los patrones, que
todos los del pasaje habían muerto. Cada armador llevaba una barca gruesa con
ciento cincuenta pasajeros y una faluga de salvamento, habiendo acordado entre ellos
sin nadie saberlo degollarlos en alta mar. Con este ánimo partieron los dos capitanes
y, a la mañana siguiente, Juan Baptista hizo bajar seis marineros de la barca a la
faluga, con achaque de que iba muy cargada y órdenes a los marineros de que al
anochecer los matasen y luego saltasen al barcón con las armas en la mano. Así lo
hicieron y a las dos horas de la noche, estando los pasajeros dormidos en la popa de
la faluga, ellos los atacaron sin aguardar señal, al grito de Santiago al mar, con
espadas y puñales. Los mataron y arrojaron al agua, luego pasaron al barcón, con las
espadas desnudas dando voces y mataron a trece más, que estaban sobre cubierta,
consintiéndolo los patrones. Hecho esto corrieron a las puertas de las bodegas,
temiendo que salieran los moriscos y se defendieran, y allí hicieron guardia toda la
noche. Al entender lo que pasaba, los de abajo preguntaban por qué se los mataba y,
respondiendo los patrones que querían su ropa y su dinero, ellos acordaron dárselo si
desembarcaban salvos en Bicerta. Los mandaron subir uno a uno sobre cubierta,
dándoles ellos crédito, y según salían los desnudaban y robaban, aunque la mayor
parte morían con el hierro o se echaban a la mar por sí mismos. Hicieron subir luego
a las mujeres, que por no ofrecer resistencia las habían dejado para el final y, al ver a
sus maridos muertos, mesándose las uñas, unas se daban de bofetadas o arremetían a
los marineros y otras, abrazándose a sus hijos, se arrojaban al mar, haciendo así como
sus maridos.
Juan Baptista se fue a Nápoles y Juan Riera se quedó en Barcelona, de donde
era oriundo y donde se hizo con lo mucho que llevaba una gran feria, que toda la
ciudad acudió a ver, vendiéndose en almoneda vasquiñas, camas, sábanas, toallas,
lienzos, tocas y muchos objetos de oro y plata de considerable valor.
Al saberse la noticia en Cuevas, don Pedro Fajardo vino a casa a darle el
pésame a mi padre. Han pasado muchos años y todavía recuerdo a la abuela Fátima
en especial. Era muy alta o nosotros muy bajos y pequeños y le faltaba un ojo, que
ocultaba cuidadosamente bajo un parche negro. A mi pequeña hermana le daba
mucho miedo, pero no dejábamos de acudir un solo día a su casa y ella nunca nos
negó un pedazo de pan blanco y un puñado de higos secos.
2
2 de noviembre de 1568
Día de los difuntos
El pueblo entero despertó con un tañido lastimero de campana que a nadie
extrañó de momento por ser un suceso normal en la vida de Cuevas y por tratarse del
Día de Difuntos, un día gris y lluvioso aunque apenas frío, pero comenzó a sonar la
campana grande, seguida de las demás, y el corazón se les paralizó a muchos. La
gente salía a las calles y preguntaba, “en el nombre de Dios, ¿qué pasa?”
Había venido un cura nuevo, llamado Torrijos, la única novedad que conocían,
y era muy posible que hubiese cambiado las costumbres de iglesia. ¡Qué familiar
resultaba la muerte, qué crueles en el recuerdo las alegrías del pasado! Había quienes
convertían ese día triste y gris en la fiesta del Juicio Final, día en el que las almas
volvían a encontrarse en una gran fiesta, pero sonaba también la campana de la
ermita y esa nunca volteaba salvo en el día de Santiago Matamoros y la gente hacía
círculos en la calle y golpeaba las puertas de los vecinos, preguntando. Los que se
preparaban para salir al campo lo hacían con prudencia y les respondían voces desde
distintos lugares que eran a su vez preguntas y así los gritos se multiplicaban y no
había forma de saber.
- ¿No se compadecerá Dios un día de nosotros? -se decía a sí misma una mujer
que corría hacia la iglesia vestida con una marlota hasta los pies, balanceando
exageradamente las caderas.
- ¿Sabes qué pasa, Adriana? -preguntaba otra sacando la cabeza por el
ventano.
- ¿Qué va a pasar?, que nos hemos vuelto locos. Eso es lo que nos pasa -le
respondía la interpelada con la respiración a saltos.
Nardona se movió en la cama y al echar en falta a mi padre a su lado, me
llamó por el nombre en el instante mismo en que me disponía a salir de casa
ajustándome la ropa. Desde el auto de fe se había adueñado de la cama, de la misma
forma que lo hacen los enfermos de muerte y jamás salía, formando con ella un todo,
una definición.
- He tenido una pesadilla horrible -le oí decir y no oí la pregunta de mi padre
sobre la clase de pesadilla.
Cogí su pistolón y tiré del cerrojo para asegurarme de que estaba cargado
antes de salir a la carrera. La gente mora hacía la señal de la cruz al dejar las casas y
antes de preguntar qué pasaba; pero era raro obtener respuesta.
Podía suceder que los monfíes hubieran bajado de las montañas o que los
soldados se prepararan a subir a las montañas, aunque nunca lo hacían con
acompañamiento de campanas. En cualquier caso, se trataba de algo muy grave y
había que saber a qué atenerse porque no podíamos seguir a la merced del día. La
semana pasada dos soldados se habían pasado a los rebeldes y habían matado a los
curas de la Calahorra, acción que exigía una respuesta cristiana que todos temíamos.
Mi padre bajaba los ojos y se hundía en sus pensamientos. A menudo cuando estaba
solo cogía la bota -su pecado más recalcitrante y por el que el Todopoderoso le
pediría cuentas un día -, se recostaba en los almohadones alineados contra la pared,
echaba un trago y con la garganta desatrancada decía para sí: “Somos hombres que
cazamos hombres. Los animales de presa nos dan lecciones de humanidad”.
Era el único en el pueblo que pensaba y hacía pensar, hablando con unos y con
otros e intentando ganárselos con escaso resultado. Porque los de las cuevas se
armaban en secreto, no podemos rendirnos pacíficamente y dejar que nos destruyan,
y otro tanto les sucedía a los cristianos y a todos los desarmaba con su serenidad, ¿es
que estás con ellos?, le decían unos y otros.
Mi padre no sabía a qué mundo pertenecía y Dios no le abría los ojos. Había
querido a mi madre con pasión y mi madre había sido cristiana; luego había tomado a
la mora Nardona, comadrona, masajista, peinadora y medio bruja, y de ahí su
confusión. Era por supuesto consciente de que su mundo se había acabado, de que
pesaba sobre todos nosotros una maldición y de que se nos venía encima un mundo
nuevo mucho más duro e inhumano que el anterior -cuando las razas habían
convivido sin mayores problemas-, y en el que tendríamos que decidir con claridad
nuestras posturas si queríamos salvarnos, y el corazón le dolía. “Nosotros estamos
condenados”, le decía a Nardona, “pero, ¿qué va a ser de los chicos? Nuestra cultura
ha muerto, nuestras costumbres, nuestra forma de vida, nuestra fe, y cuando algo
grande muere es como un volcán en erupción: Nada queda en su sitio y nada vuelve a
ser lo mismo cuando se apaga”. Nardona lo miraba sonriente, diría que alegrándose
de las cenizas que cubrían y borraban lentamente la faz familiar de la tierra, porque
continuamente lo zahería con la idea de que debían marcharse, y cualquier muerte era
para ella una noticia esperanzadora, que parecía hacerla resucitar, con gran dolor de
mi padre, que buscaba su entendimiento y se armaba con ella de paciencia; aunque
inútilmente porque era como hacer ver a un ciego que prefiere su ceguera, “no es
posible volver a plantar un árbol viejo en tierra extraña, ¿es que no lo comprendes,
mujer?”. A mi padre la gente le hablaba con respeto pero sin saber a qué atenerse:
“Nunca se ha definido, ¿es moro o cristiano?”, se preguntaban, “¿tú sabes de qué
lado está?”, sin entender que su postura era la definición más clara, humana y
arriesgada en aquellas circunstancias.
- Ahí va el moro humilde -les gritaba el joven regidor Fajardo a sus amigotes
del castillo, Lorenzo Sánchez y al hijo de Juan de Vera, que nos debían tantos
favores.
Mi padre bajaba la cabeza y si podía evitar la confrontación lo hacía. “¿No
notáis el hedor?, ¿has hecho ya tu testamento, moro? ¡ pufff!, no es un moro, beee!,
es una oveja, ¿qué decís?, es un asno”. Todos reían y celebraban la ingeniosidad con
grandes risotadas.
Mi padre no les respondía, consciente de que no debía malgastar saliva con
ellos, y luego en casa acariciaba sus pistolones en silencio, sin atreverse a empuñarlos
y salir a la calle con ellos. Si le hablábamos lanzaba una imprecación e
inmediatamente mascullaba entre dientes una plegaria, pidiéndole al Creador que se
armara con él de paciencia.
Las campanas seguían sonando y ensordecían con la proximidad. Vi a tío
Hierónimo y al viejo reumático don Pedro Fajardo despreciando los bastones, a
Adriana arrastrando al Sordo del brazo, a Femando Alfanegin y a la negra Ana
siguiendo de cerca los pasos de su dueño, Pedro Gázquez. El Mulero era quien traía
las noticias de Baza y de los Vélez, que hasta allí hacía el recorrido, y a nadie le
extrañó verlo en los peldaños de la iglesia de Nuestra Señora de la Encamación,
patrona de la villa. La gente seguía concentrándose y descubrí a mi padre abriéndose
paso con los codos y a don Pedro, su rival, haciéndolo con el estómago, los dos
ansiosos por saber nuevas. También estaba el indio bajo las acacias, al otro lado de la
calle, contemplando el espectáculo como sino le concerniera.
- ¿Queréis parar esos cacharros de una vez? -gritaba la Adriana mirando hacia
las campanas- ¿Quién ha muerto?
Todos conteníamos el aliento y esperábamos sin saber si era el Mulero quien
iba a hablar o el nuevo cura, que hacía notar su negra presencia en la entrada de la
iglesia.
Mi padre levantaba la cabeza, intentando fijar con los ojos el lugar exacto de
cada uno de sus hijos, de Francisco, Luis Alberto y de la pequeña María, y alcé el
brazo hacia él. Las campanas dejaron de sonar en ese instante.
El día anterior se habían descubierto tres cadáveres en plena descomposición y
sin ropa alguna en Aljarilla y las campanas no habían sonado como lo hacían hoy a
pesar de que los tres habían aparecido degollados.
- Estamos en guerra -gritó el Mulero con voz inflada como si las campanas
siguieran sonando.
Se hizo un silencio total.
- Todos andan en armas por Granada: Ocho mil en el Albaicín, veinte mil en
la Vega; en Las Alpujarras, en Ronda y en Málaga. Se dice que el reino entero anda
en armas y que se han ido a las montañas.
- ¿Qué dice de las montañas? -preguntó el Sordo y nadie le contestó.
- ¡Dios se apiade de nosotros! -exclamó don Pedro, el cristiano con más
historia de Cuevas por haber luchado en todas las guerras del imperio y cuya leyenda
era una mezcla de odio y terror entre los moriscos, aunque últimamente se había
ganado la confianza de muchos por prevalecer en él la prudencia. Era no obstante una
mente estrecha y testaruda y el haber derramado sangre en guerras hermanas, pues
también había luchado con Mondéjar, hacía que todos los miraran con desconfianza.
- ¡Dios vuelve a maldecimos!
- Se lo merecen -gritaba la Adriana, siendo al punto coreada por los chiquillos
que empezaron a bailar y a hacer ejercicios bélicos.
- ¡Nos hemos vuelto locos! -volvió a decir don Pedro-. Nada podéis hacer ya
con guerras. ¡Dios se apiade de nosotros!
- ¿No le gusta cómo bailan?
Don Pedro buscó ayuda en los ojos de mi padre y se le enrojeció el rostro al no
encontrarla. Siempre habían sido rivales, como representantes de las dos familias más
importantes en ambos campos. Se vigilaban día a día y año tras año y supongo que
también se odiaban, pero nunca había llegado la sangre al río entre ellos, aunque don
Pedro pusiera todos los medios para destruimos en más de una ocasión, como cuando
lo de mi madre, y desde entonces no se dirigían la palabra de buen grado y rara vez se
llamaban por el nombre aunque se respetaran y en los grandes acontecimientos (la
muerte del abuelo Asa, la de mi madre, ¡Dios los tenga en su gloria!, y el auto de
Nardona), él no había dejado de acercarse por casa y en más de una ocasión había
intentado ponerme la mano en la cabeza. Era un hombre testarudo, según mi padre;
pero de alguna forma para mí ininteligible, la entereza de mi padre y los años, lo
habían amansado sin degradarse hasta el limite en que caían sus hijos, y si destruía lo
hacía sin perder la cabeza y la compasión, no como los jóvenes que justificaban las
matanzas de mujeres y de niños, los incendios, la destrucción de tierras, casas y
rebeldes por razones políticas y en nombre de ideas religiosas que eran una
maldición.
Contuve el aliento al ver que mi padre levantaba la cabeza, como si le costara
hablar y fuera consciente de que no debía hacerlo bajo ninguna circunstancia, y luego
lo miraba y bajaba los ojos. En casa más tarde mi padre repetiría ya a solas las
palabras de don Pedro con la vista perdida en la lejanía, “es una locura, las guerras se
ganan con cañones y nosotros no los tenemos, ni cañones, ni balas, ni artilleros, ¿con
qué vamos a vencer a los cristianos?”
Las campanas volvieron a sonar. Seguirían sonando el día entero en medio de
una gran fiesta popular en la que se cantaba, bailaba y bebía sin medida. La gente
llenaba las calles y las tabernas con un rumor parecido al del agua cuando cae en
tromba en un aguacero veraniego, negándose a ir al campo, y yo tuve un sueño o una
serie de sueños durante la siesta, cada cual más estrambótico, en los que siempre
aparecía un caballo de ojos tan pequeños que tenía que llevarlo de las riendas para
que no tropezara. Todo era de un blanco puro, el camino y la niebla que nos envolvía
y por la que marchaba como a través de un corredor interminable sin encontrar el
camino, hasta darme cuenta de que el caballo era una muchacha que me sonreía. No
sabía qué hacer con ella. Era toda manos y dedos y el mero tacto de su piel me
estremecía. Alcanzamos una llanura y, mientras a mi el calor me agotaba, ella
caminaba con enorme ligereza, siempre sensiblemente adelantada y como
animándome a seguirla. De vez en cuando volvía la cabeza y su sonrisa me
desentumecía los músculos. Llevaba atado al cuello un pañuelo de seda que la
protegía del calor de los collares, el iris de sus ojos tenía el blanco del marfil y la tez
de la cara el negro del azabache. Al caer la tarde bebíamos juntos y, una vez
tumbados bajo la jaima, ella acariciaba mi pecho con la mano en el interior de mi
alcandora y yo acariciaba con la yema de los dedos el jeique que la cubría. A ella le
gustaba el olor de mi boca y el sudor de mi espalda cuando la volteaba con violencia,
momento en el que reía estrepitosamente y resoplaba como el caballo detenido
bruscamente en la carrera, y la fuerza del jadeo me despertaba.
Al abrir los ojos, consciente de haber experimentado mi primera revelación
del amor, el cielo era azul y el campo aparecía limpio y en calma, como después de
una tarde con lluvia. Volví los ojos hacia el pueblo sorprendido: Brillaban las hojas
de los árboles recién lavadas, relucían las piedras y los pájaros saltaban de los aleros
al campo por millares. En las colinas había luz y sol, y en el valle, aunque no era un
día caluroso y la piel agradecía la temperatura suavizada por la brisa, las nubes
cubrían el cielo por completo. Las calles rebosaban de gentes de todo origen, a veces
agrupadas en familias enteras, padre, madre, niños y ancianos, algunos alborozados y
otros despavoridos, y pandillas de jóvenes de aspecto inquietante, y también hombres
de honor que no podían ocultar la preocupación de sus rostros, y mujeres, reunidas
aparte y sentadas en sillas de enea que ellas mismas habían sacado de sus casas. Los
conocía a todos, porque hoy el pueblo estaba muy menguado, y podía adivinar lo que
decían. Los hombres de honor hablaban de la guerra, esa gran desgracia y vergüenza,
mientras elegían a los prudentes y respetados de entre los cristianos -guerreros,
propietarios de tierras y negocios en su mayoría- para enviarlos al rey en son de paz.
La peste y las expulsiones habían diezmado a la población y habían decidido,
encabezados por el regidor don Pedro Fajardo, poner fin a la rivalidad entre las dos
comunidades. Era urgente: Los propietarios grandes necesitaban siervos, había sido
un buen año de oliva y urgía recogerla, y los siervos querían tierras y tranquilidad
para sacar adelante a sus familias. “Dios no podía ordenar una guerra entre
hermanos”, les decía mi padre con el completo asentimiento de don Pedro, “estamos
todos en la misma barca, hemos flotado juntos y juntos debemos impedir que nos
vayamos a pique, ¿quién quiere matar a la gallina de los huevos de oro?”
De repente se izaban pendones blancos y descendí la ladera al galope. Había
miles de hombres, rodeados por un millar de soldados de a caballo, que empleaban
con ellos la brutalidad, y urgía detenerlos antes de que comenzara la carnicería.
Soplaba un viento racheado que movía los mástiles y las banderas semejaban el
aleteo de alas de los buitres a punto de posarse sobre sus presas. Me vienen al
recuerdo los buitres, alineados y en fila como soldados en nuestras colinas, el viento
en los mástiles o espinas dorsales de los buitres y las campanas, las canciones tristes
que cantábamos y que sigo recordando, el sonido hueco, repetitivo y monótono de los
aceros. Es algo que suena en mi cabeza y estómago, especie de calentura, no lo sé,
que me llena los ojos de agua y que, supongo, tiene que ver con esta tierra, con los
soldados y los pendones extendidos sobre todo aquello, bailando sobre los mástiles.
Durante mi niñez los pendones del consistorio estaban a mi cuidado y siempre
que sucedía algo importante en el pueblo, una fiesta local o un nacimiento, un
acontecimiento memorable, iba al ayuntamiento y sin permiso de nadie abría mi
armario, del que yo sólo tenía la llave, y los sacaba al balcón, todos ellos de una
brazada, como si fueran joyas: El del reino de Granada, el pendón de Castilla, el local
de Cuevas y, una vez fuera, los extendía con cuidado de que no se mancharan, los
tremolaba varias veces y luego los izaba lentamente hasta el cielo. Por la noche los
arriaba, también lentamente, los desprendía del mástil y los envolvía con sumo
cuidado en el armario, sintiéndome como el que acarrea el país entero en las manos o
como en la iglesia cuando el cura me ordenaba recoger el vino sobrante y las hostias.
Nadie que haya vivido estas experiencias de niño en un lugar, aunque sea tan
pequeño como el mío y con una historia tan dramática, desea vivir en otra parte y por
eso entiendo a mi padre y comparto su tozudez en no querer marcharse del país ni
siquiera para salvar su vida.
Descendí al galope, como he dicho. La multitud se congregaba en la plaza.
Todos llevaban extraños gorros de colores que terminaban en punta, un gran
espectáculo. Desmonté. ¿Quién había colocado mis pendones? Al verme, todos
volvían hacia mí los ojos y un grupo de salvajes, encabezados por Antonio Fajardo,
hijo del regidor, trepó a los mástiles y sin obedecer mis órdenes empezaron a
descabezarlos y patearlos en el suelo como quien pisa el vino. El empedrado se
llenaba de vino que rápidamente se convertía en sangre bajo mis pies, como tierra
negra que se remueve, dejándome paralizado. La algarabía iba en aumento. A
Antonio Fajardo la rala barba le temblaba de ira y mis esfuerzos por detenerlo fueron
vanos. Luego salió el alcaide y esperó a que reinara el silencio para intervenir: “EL
haber nacido en esta villa no os da ningún derecho a vivir en ella por muy cristianos
convertidos que seáis”, vino a decir. Tan sólo permanecían en pie dos pendones
locales y en el cielo un sinfín de pequeñas nubes que se ennegrecían y juntaban sobre
ellos hasta formar dos rostros de los que emergían los labios, los pechos y las manos
tan femeninas, dulces y queridas de la prima Dalia y de María, mi pequeña hermana,
que se agarraban con fuerza a las mías. Sus manos tenían el color rojo del ladrillo,
sus labios decían mi nombre secreto, primero en un susurro, como si me hablaran al
oído, y luego con la fuerza de un torrente que escapa de una garganta estrecha hacia
el vacío, “córtales la cabeza, córtales la cabeza, Diego”, con mi nombre cristiano por
primera vez.
“¿A quién tengo que cortarle la cabeza?”
Ellas señalaban con la mano alzada las colinas donde los buitres se habían
multiplicado por millares y amenazaban a hombres, mujeres y niños que vivían en el
valle con el saqueo y la destrucción.
Me tocó el hombro la mano de mi padre. Seguían sonando las campanas y en
un principio pensé que se trataba de las espinas dorsales de aquellos buitres que había
visto en el sueño o de las cuerdas que golpeaban los mástiles, pero era la voz de la
iglesia y la mano familiar de mi padre y la sangre me subió al rostro al darme cuenta
de que el mundo giraba sobre sus goznes de nuevo. El sol se retiraba de su vaga
posición en el cielo y la masa de cerros y colinas se acercaban, por la luz intensa que
brillaba detrás, mostrándolas con nitidez. Poco después el aire seco del día dio paso a
un aire nuevo y húmedo que venía de las planicies del mar y salí al patio. Seguía al
sol poniente una cortina negra gigantesca, especie de gran dedo acusador que desde
el mar en sombra apuntaba hacia los altos cielos de Castilla.
En la cocina tío Hierónimo trataba de convencer a mi padre de que debíamos
marchamos con él a la Berbería, a la tierra de nuestros mayores.
- ¿De qué mayores me hablas? -le contestaba mi padre-. ¡Demasiado tarde
para nosotros! No se puede transplantar a un árbol añejo a una tierra extraña.
Tío Hierónimo se rascaba la cabeza.
- Si tuvieras juicio escucharías la voz del Altísimo que nos habla por los
acontecimientos, ordenándonos claramente lo que tenemos que hacer y que no es otra
cosa que marchamos con los nuestros. Las cosas están empeorando, ya sabes lo que
le ha sucedido al pueblo de Onda.
Mi padre no sabía siquiera dónde estaba Onda, a pesar de que todo el mundo
hablaba aterrado de esta villa, y él le explicó en pocas palabras la tragedia de más de
nueve mil moriscos, hombres, mujeres y niños como nosotros, contra los que el rey
había mandado a soldados españoles y alemanes, matando a más de cinco mil.
- Y esto no es más que el principio -añadía-. En Daimiel el número de
acusados es tan grande que no caben en las cárceles. No escuches los preceptos del
Islam y sigue creyendo en la palabra de los cristianos, porque en cualquier momento
puede darse la orden de exterminio y la sangre va a correr hasta el río. Porque se nos
acusará por cualquier motivo, hasta un ciego puede darse cuenta de lo que se nos
viene encima. Todos menos tú y yo te digo que la solución es poner tierra de por
medio y empezar de nuevo donde sea; que esto es una cárcel y la puerta se nos está
cerrando por completo.
Mi padre bajaba la cabeza y se quedaba silencioso unos segundos, luego
sacaba el pañuelo y sepultaba en él la nariz. Solía hacerlo cuando estaba aturdido.
“Todavía es tiempo de negociar”, dijo resuelto a no perder el ánimo, “y aquí somos
tan españoles y cristianos como el que más, ¡refugiémonos en Dios, que El sólo es
Grande y no nos puede abandonar!, nuestras mujeres e hijos son cristianos y debemos
hacer valer nuestros derechos. No les tengamos miedo”.
- Yo no tengo ya ni mujer ni hijos y estoy asustado.
Salieron discutiendo hacia nuestra pequeña cabaña de madera en la huerta
sobre el posible lugar al que podríamos trasladamos en África.
Unos días después nos llegó la noticia de que la Inquisición, ¡Dios el Altísimo
borre para siempre esta palabra de nuestras memorias!, le andaba a la zaga a mi padre
por entender que descendía de moros y andaba en tratos con los turcos, y se presentó
voluntariamente a declarar ante el procurador Deza de Granada, quien le preguntó si
era verdad que el abuelo había sido secretamente ulema o predicador y que en nuestra
casa seguíamos celebrando el ramadán, a lo que mi padre le contestó que se tenía por
tan cristiano como cualquiera del reino; que si era verdad que era moro, a lo que él
dijo que algunas personas lo tenían por tal pero que en su corazón nunca lo fue, sino
cristiano y español, teniendo a mucha honra la amistad con Mondéjar, que lo tenía en
mucha estima; que si había viajado por Berbería, a lo que él dijo que nunca había
salido de los reinos de su Majestad; que qué le parecía la religión musulmana, y él
dijo que todas las religiones le parecían buenas, todas ordenan no matar, robar ni
atropellar, y que esa era su filosofía; que qué quería ser en lo sucesivo y dijo: «Hasta
aquí he sido cristiano y de aquí en adelante seré moro por mucho que su señoría se
empeñe«. Le pusieron delante el Alcorán y él hizo por leerlo, desaprobando su
lectura Alonso del Casillo, traductor de oficio; le preguntaron si lo tenían por
principal pilar de la morería en Cuevas y él dijo que desde que tenía conocimiento
había dedicado su esfuerzo y fortuna a auxiliar moriscos y que su casa jamás había
estado cerrada para nadie. Este era mi padre. Se le multó con 2. 000 ducados y, al no
querer pagarlos, se le dio por cárcel el castillo de Cuevas de donde lo sacamos a los
cinco meses tras comprar su libertad, con ayuda de los moriscos de la villa y de don
Pedro Fajardo, en 7. 000 ducados.
Peor le fueron las cosas a Antonio Guzmán, converso de Tabernas, acusado de
habérsele oído decir que a un capitán le había salvado un soldado y no la invocación
de Dios y de la Virgen. Examinado para ver si había más, le preguntaron si creía en la
confesión y él exclamó que la confesión no era nada, escapando con cien azotes y
cuatro años de instrucción a manos del cura del lugar. Era un joven simple y sencillo,
pero testarudo como un buey -como comprobaría más tarde en África- y, como
seguía afirmando que las leyes moras eran mejores que las cristianas, se le dio por
cárcel la ciudad de Murcia, de donde acordó salir y, andando por la orilla del mar en
la dirección que le marcó un guía moro, llegó después de ocho jomadas a la ciudad de
Adra y de allí pasó a la ciudad de Melilla y en veinte jornadas más a Marrakech,
donde se puso a las órdenes de Abd el Malik, bajo el nombre de Ibn Guzmán,
entrando en combate contra los portugueses en Alcazalquivir, la famosa batalla de los
tres reyes, donde se capturaron a más de mil, cosa que todo el mundo sabe y muy mal
hizo nuestro Señor Al-Mansur al condenarle a él y a otros españoles tan bravos como
él en el baño de sangre que tanto nos entristecería.
Así las cosas, Antonio Limpati, natural de Almería y de padres italianos, fue
acusado por una hermana de herejía, su padre quemado por impenitente y la madre
confesa y sepultada en prisión de por vida. Se le había tomado declaración a un tal
Alonso Cantalapiedra, puesto a tormento y ofrecido previamente la carta de franqueo,
el cual confesó que los Limpati se dedicaban a rescatar moros, aclarando la forma
que tenían de pasar gente y de recoger dinero, pues se juramentaban a fe de moro y
hacían lo que nadie osaría en los reinos del otro lado: Las mujeres les dejaban las
joyas al morir y los hombres su dinero y con esto y otras limosnas los Limpati
llevaban a sus morerías muchas fortunas, sepultando de esta forma en la miseria las
tierras y haciendas de su Majestad.
Un grave silencio cayó sobre la sala. Antonio Limpati fue quemado por
impenitente mientras Miguel, su hijo ¡que el Altísimo destruya igualmente su
memoria!, retorciéndose los bigotes con mucha fuerza y dolor contenía las lágrimas.
Cogió las cenizas de su padre y tras enterrarlas en Almería se puso a pensar en lo que
podía hacer y de momento vendió las tierras y barcos que tenía; luego, y en cinco
jomadas, se plantó en Vélez-Málaga y de allí pasó al África con otros españoles,
donde alcanzaría gran renombre a mi lado, yendo más lejos que ninguno de nosotros
al convertirse en el enviado, la plaga y el azote más querido por la Muerte que jamás
haya salido de reino alguno, ¡que sus crímenes caigan sobre su cabeza y que Dios el
Altísimo destruya su nombre de todas las memorias!
En el pueblo de Cristófero, nativo de Illora y con estudios de teología en
Granada, hubo siete condenados, entre ellos tres fieles y leales súbditos e industriosos
mudéjares, uno de ellos su propio padre, cuyo único defecto era odiar nuestra santa
religión en la persona de sus ministros. Pues bien, concedida la concordia el 21 de
mayo de 1528, sucedió que estando el Emperador Carlos de paso por la ciudad de
Valencia algunos días después, la ciudad le obsequió con un auto de fe en el que se
quemaron trece hombres y mujeres, así como las estatuas de muchos reconciliados.
En 1559 fueron doscientos cincuenta los quemados, ciento cincuenta azotados y mil
noventa procesados en efigie.
Algunos años después se descubrió una conjura y la respuesta que dio la
justicia de la ciudad, en la persona del caudillo e inventor de ella, fue colgarlo y
descuartizarlo en la plaza del Mercado, de manera que nadie debía llevarse a engaño
respecto a la forma de proceder de los oficiales reales, tanto mayores como menores,
así como de los eclesiásticos de cualquier rango y condición que entendían en estas
cosas.
En el reino de Aragón, un infantón o caballero de Sallent, llamado Antonio
Marton, se estacionó con cuatro más a la salida del sol en las puertas de Codo y,
cuando aparecieron los moriscos a su trabajo en el campo, los atacó con gran ardor,
matando a siete y poniendo en fuga al resto, que volvieron al pueblo y se encerraron
en sus casas. Algunos días después, Marton bajó con una fuerza de veintinueve
hombres, entre los que se encontraba un tal Lanuza, escritor, quien esto cuenta, se
ocultaron en el valle y atacaron nuevamente a los moriscos que trabajaban en los
campos, pero los encontraron en guardia y armados. En la escaramuza que siguió,
perecieron quince moriscos, un cristiano, y Marton mismo recibió cinco cuchilladas.
Creía que matar moriscos era el mejor servicio que podía hacer a Dios y que si
perecía en el empeño su alma sería una ofrenda grata a su Creador y, al año siguiente,
organizó una gran fuerza y bajó sobre Codo destruyéndolo por completo; luego
marchó sobre Pina, que tenía una población mixta de cristianos y moros y, respetando
a los cristianos, arrasó a los demás, en número de setecientos.
Así las cosas, las muertes eran frecuentes y los caminos impracticables. Por
todas partes surgían organizaciones, dedicadas a matar, que asesinaban a los que
podían sin respetar a niños y mujeres. Alonso Celso, gobernador de Aragón, destruyó
Pleytas -de donde era Reduán, gran amigo y auxiliador en la empresa sudanesa-, que
se había convertido en un reducto de rebeldes, y ajustició a los cabecillas, cortándoles
las lenguas para que no blasfemaran de Dios y luego las extremidades, culpables de
muchas muertes y felonías.
Nadie sabía qué hacer con nosotros y el que encontraba una galera se
marchaba. Barbarroja, Cachadiablo y Dragut penetraban con arrojo en las ciudades
costeras, desde Barcelona a Almería, y pasaban moriscos por miles a la Berbería. Se
recogían espadas, arcabuces, puñales, escopetas, ballestas y se destruían baños
centenarios y quemaban libros en público, incluso antiguos y de medicina, por creer
que celebraban la herejía y los placeres. También se cometían vituperios y escarnios
en las cosas y símbolos de la iglesia, como cruces, santos y ermitas. El consejo real
debatió nuestra suerte durante mucho tiempo: Al cardenal de Toledo no le parecía
cristiano castigamos como apóstatas, porque a la multitud siempre se la debía
respetar, pero sí era de la opinión de afligimos con perpetuo miedo de pasarnos a
cuchillo, ignorando así la voz cuerda de Juan Albatodo, hombre muy docto y de
quien, según Cristóforo, todos tenian una alta estima dentro y fuera de la Compañía,
que defendía la integración pausada y lenta, pero inevitable, de nuestros moriscos en
la fe -y de eso puedo dar testimonio-, ya que la mayoría, gentes sencillas como mi
padre, tenían a Cristo por un Gran Profeta y a la Virgen por muy santa. El
condestable de Chincón sugería la idea de mandar a los fuertes a galeras y a los
incurables y mujeres a la Berbería, reteniéndonos a los niños como esclavos, solución
a la que se oponía el duque de Lerma, señor y dueño de muchos vasallos. Según el de
Alba, otro de los grandes, los moriscos merecíamos la muerte porque ofendíamos a
Dios al andar en correspondencia con los de Argel y el Gran Turco, apoyando su
postura el condestable de Castilla pero añadiendo que, de realizarse la matanza,
convenía hacerla entrado el invierno y aprovechando la flaqueza del turco. Urgía en
su opinión la masacre, con preferencia a la expulsión, la castración masiva o la
dispersión por los distintos reinos de España, porque sería una obra de gran
edificación para los fieles y un aviso para los herejes, cada día más activos y
presentes en la vida del reino.
Decididos por el castigo riguroso y sangriento de degollarnos o embarcarnos
en navíos barrenados, para que se hundieran en alta mar, consultaron a los hombres
doctos si se podía hacer sin escrúpulos de conciencia y un tal Bleda, ¡que el Altísimo
tenga bien guardado en los infiernos!, fraile de la orden de San Francisco y que según
Cristóforo había convencido a muchos obispos y aun a gente llana de seminarios y
conventos como él, defendió con éxito ante el monarca y los grandes que los
moriscos no pecaban por malicia, sino por ignorancia; pero que, dado que no podían
dejar de ser lo que eran, ya que todos vivían en el error, lo único a hacer para acabar
de todo punto con ellos, era la muerte, añadiendo que, caso de que su Majestad se
decidiese por la expulsión, confiaba en que al amontonarse sobre las costas africanas
tan gran multitud, agravaran con su muerte la pestilencia que en aquellos años se los
llevaba a los infiernos por millares, quedando todo ello escrito y publicado en dos
libros que llevan por título Crónicas y Defensio Fidei -que Cristóforo conseguiría
para nuestra biblioteca de Marrakech- y que serían llevados a Roma por Fonseca y
leídos con profundo desagrado por Clemente VII.
Según el tal Bleda, en Castilla los moriscos hacían pasteles y echaban tóxicos
en el aceite y muchos cristianos morían. En Valencia, se hacían médicos y les hacían
beber ponzoñas con lo que muchos cristianos también morían. En Andalucía, si un
cristiano se quedaba a dormir en casa de moros, éstos lo mataban para robarle y luego
lo enterraban al pie de una morera, que se decía estaba así bien estercolada para
algunos años y daba buenas sedas. "Se mataban tantos cristianos que se veían pasar
sus cadáveres por los ríos; pero, ¿cuántos se habrán quedado aguas arriba? Los
pozos quedan cubiertos y cegados por tanto cadáver y no dan agua; se multiplican
como los partos de los puercos y, mientras la ovejilla blanca lo hace una vez al año
y sólo echa un corderito con cuya carne tiene que sustentarse casi toda España, las
otras lo hacen por decenas, quedando así muy superiores en el número o en la
especie de aquellos animales. Digo que una de las mayores ofensas que puede
recibir la fe y que más reinos destruye es dejar vivir en ellos a los herejes sin
castigo."
La caza había comenzado y cualquier morisco fuera del lugar, por cualquier
camino, senda o vereda, podía ser prendido y desvalijado y, si se defendiese, matado
sin incurrir por ello en pena alguna. Se podía matar con impunidad a quien enterrase
o escondiese su hacienda por no podérsela llevar; a quien prendiese fuego a sus
casas, sembrados, huertos, bosques y arboledas. A los niños menores de diez años se
les permitía quedarse como esclavos en casas cristianas. Este fue el edicto que a
tantos en Cuevas abrió los ojos: De Valencia se decía que habían salido ciento
cuarenta mil y cincuenta y cinco mil de Granada.
3
Los tiempos felices y el mes de interminables días sin comida, bebida y
asueto, al igual que las noches, con la medina iluminada, las tiendas abiertas hasta el
amanecer y las calles llenas de hombres y de muchachos que corrían de arriba a abajo
y de abajo a arriba haciendo tiempo, habían pasado a mejor vida y hoy sólo les
quedaba agachar la cabeza y aguantar. “Amanecerá un día el sol para nosotros y
entonces se hará justicia. El Profeta así lo ha escrito en el Libro Santo”, decía
Nardona, pero sin concretar la clase de justicia que exigía aunque aludiendo a que en
ese día las rhaitas volverían a sonar en el minarete, así como los tambores y cuernos
de cordero que en otro tiempo llamaban a la gente dormida al banquete final, todos
ellos prohibidos, el minarete destrozado, el ramadán muerto y con ellos y los
sucesivos edictos, amenazas y muertes, el espíritu de un pueblo y el orgullo de ser
personas, de forma que todo les faltaba. Muchos tenían la palabra venganza
continuamente en la boca y decían a menudo que la mano de Dios estaba por encima
de otras manos, pero la mayoría prefería no pensar e iban a misa como autómatas,
confesaban en las fiestas cristianas como autómatas y vestían como autómatas las
mismas ropas de todos los días que les hacían parecer desnudos. “La vida del
hombre no vale nada, es como el viento y estamos para cumplir lo que Alá el
Todopoderoso y Único ha escrito sobre nosotros”, frases todas ellas de Nardona, que
no tenia otra obsesión que la venganza, pero Nardona estaba loca y ninguno la
tomábamos en serio y al salir a la calle se acababan los pensamientos, los buenos y
los malos, las bromas y los recuerdos felices: Cualquiera podía ser un espía, incluso
los de tu misma raza, y por cualquier cosa podían condenarte. Corría la voz de que el
Aid-es-Seghir, o fiesta final del ramadán, se castigaba con la muerte y nadie hacía
bromas al respecto o se atrevía a celebrarla fuera de la más estricta intimidad
familiar, nadie dejaba de asistir a los oficios religiosos, cosa que inducía inmediata
sospecha. “¿Para qué estamos en este mundo? Hemos sido destruidos, los días de sol
son grises y todo es mes de Chual, anodino y gris. Lo único sensato es encerrarse y
dormir durante el día para salir de noche como insectos del bosque que vuelan en la
oscuridad con lucecitas en la barriga, ¿es esto lo que queréis?”.
Las cosas no podían seguir como estaban y tan sólo nos hablaba Iblis el
Maligno, anunciándonos que la noticia que esperábamos estaba a punto de llegar. Se
decía que los turcos preparaban un ejército salvador. No nos podían dejar
abandonados, pero de momento callábamos, afilábamos el oído y esperábamos en un
silencio preñado de gritos, roto tan sólo por los animales que bramaban en los
establos, los ladridos de los perros, los maullidos de los gatos o el reato de burros que
encendían chispas con las herraduras en las piedras de la cuesta. “Un día Dios
despertará. Vendrá el día sin noche y la alegría desbordará las calles”, seguía
pontificando Nardona, pero nadie le prestaba atención hasta que se armó un gran
revuelo en las tahas vecinas por el rumor de que un tal Sancho de Leyva corría
ensangrentando la zona, saqueando, matando e incendiando.
- ¿No os lo decía? Dios el Todopoderoso ha despertado.
Era de nuevo Nardona en medio del silencio y la oscuridad y todos nos
levantamos sobresaltados y sacamos la cabeza a un tiempo por el ventano,
convencidos de que el pueblo andaba en llamas o de que los soldados habían entrado
en las cuevas, pero no se oían gritos ni ladridos fuera y volvimos a meterlas. Luis
Alberto no obstante decía haber oído en las colinas las voces de auxilio de un
muchacho y salí al patio.
Soplaba una brisa suave y fresca que traía del valle el olor de los dompedros y
volví a entrar, asegurándole que nada sucedía, pero los ojos le brillaban como
pavesas. Nardona en el pasillo hacía la señal de la cruz y le contaba a mi padre que
había visto a la muerte. ¿Cómo había podido casarse con ella? Mi padre sufría en
silencio y todos con él, pero no eran tiempos de lamentaciones amorosas. Luis
Alberto la miraba aterrado y sin poder controlar un temblorcillo en sus dedos. Le
preguntamos cómo era la Muerte y mi padre no consintió que nos la describiera.
- Ha sido una pesadilla, hijos, todos a la cama.
Por la mañana eran muchos los que habían oído disparos en las colinas y sentí
un inexplicable temor y respeto hacia Nardona por no haberla considerado. Le
pregunté si la muerte tenía rostro de demonio y me contestó que parecía un ángel
bellísimo y bondadoso. En las cuevas se decía que el Hamedi y el Gorri andaban por
el Almanzora y que Aben-Aboo había regresado de Argel con refuerzos y alguna
verdad había. Los soldados montaban vigilancia las veinticuatro horas en el castillo,
el Mulero había dejado de salir a los caminos al igual que el Guicón, que hacía la ruta
del sur, y Jerónimo Albaicín, que iba a Cartagena y, aunque nos habíamos quedado
sin noticias y todo eran rumores, algo había.
- No hay que creer a Nardona -decía mi padre-. La pobre ha sufrido mucho y
Dios no puede abandonarnos.
Por la tarde los rumores eran más pesimistas: En Andarax se habían llevado a
los hombres y a las mujeres entre los diez y los cuarenta, y tan sólo quedaban los
niños y los malheridos y viejos, ocultos en agujeros.
- Sólo puedo decir que nadie me moverá de mis tierras -dijo mi padre, pero el
rostro se le llenó de arrugas al recordarle tío Hierónimo que en Belfique y Guéjar
quinientos habían sido pasados a cuchillo e iban más de cien ya en el Almanzora.
- Me alegro, padre, de que no te vayas -dijo mi hermano mayor-. Yo también
me quedo en nuestro pueblo.
- Hay una cosa segura -dijo Nardona.
- ¡Qué es, mujer!
- Que el diablo se llevará a los traidores.
Nadie le preguntó quiénes eran los traidores y a mi me nació la sospecha de si
se refería a mi padre.
- Mejor morir todos juntos -dijo mi pequeña hermana, María.
- ¿Morir? Nadie va a morir, hija,
María bajó los ojos.
- Son nuestros pecados -solía decir mi madre en vida-. Mejor no haber nacido.
A mi padre los pecados le preocupaban menos que el odio, que no entendía, y
las noches en blanco, llenas de terribles pensamientos.
En aquellos consejos de familia se levantaban preguntas que no tenían
respuesta. El Hamedi mataba a los que no colaboraban y a los indecisos, y otro tanto
se decía de los frailes y soldados que acompañaban al tal Leyva. Nadie parecía tener
piedad y cualquier rumor te amargaba el día: La pregunta sencilla de qué hacer o
dónde ir, la ligera alusión sobre la eventualidad de un ataque por sorpresa. Lo único
que daba sentido a la espera era la esperanza de la vida, pero ni siquiera la vida tenía
fácil respuesta para nosotros. Para mi madre estaba en otro lugar más allá de la
muerte, que ella llamaba el Paraíso, y María suspiraba con ir con ella. Para Nardona
era un pequeño oasis lejano, que también llamaba el Paraíso, donde volver a
reunimos sin los sobresaltos presentes; pero para poder llegar allí hacía falta obedecer
los preceptos del Libro del Profeta y matar antes a todos nuestros enemigos, con gran
escándalo de mi padre para quien el cielo eran sus tierras, la paz y el pueblo en el que
había nacido. Nardona volvía a abrir la boca y él la callaba con un gesto airado.
- No son esos pensamientos para una mujer -le dijo, y bajando la voz- tampoco
para un hombre.
- Pero es lo cierto que esos malditos cristianos que matan deberían pagar por
ello -decía tío Hierónimo.
- No quiero oírte hablar así. La tierra es grande y todos debemos tener cabida
en ella.
- Y te diré más - añadía el tío -, que o cambiamos de ruta o nos ponemos el
turbante, que no deberíamos habernos quitado nunca, ¡Dios el Altísimo nos perdone
por haberlo hecho!, porque lo seguro es la guerra o la esclavitud.
Mi padre esta vez no le contestó. Se oían golpes en la puerta y todos a un
tiempo nos levantamos del suelo.
- Ve a abrir, hijo.
Salí al patio con el pistolón amartillado y, al abrir la puerta, no salía de mi
asombro al ver a don Pedro Fajardo impaciente por entrar. Le eché la mano al brazo
para ayudarle a subir el escalón y él me la apartó.
- Usted dirá.
- ¿Está tu padre?
- Dentro.
Mi padre al verlo inclinó ligeramente la cabeza y luego le dio la mano. Venía
a llevamos a su casa, pero al ver a tanta familia se quedó cortado. Con nosotros
estaba el tío Alfonso de Loçaina con sus hijos, que no habían abierto la boca en toda
la conversación, y en la habitación continua, donde seguían impacientes nuestra
discusión, María con la prima Dalia, mi prometida desde la infancia y tan hermosa
como Sharazade, sólo Dios sabe lo hermosa y tímida que era, con su traje de seda
como si se hubiera preparado para un acontecimiento alegre, y no debía ser menos
para ella el encuentro con su prometido. Levantaba la cabeza en la puerta detrás del
grupo de mujeres y se apretaba ambos pechos con las manos para contener el aliento,
el pelo rubio y bellamente alborotado alrededor de la cabeza, la garganta fina y
limpia, mis mismos ojos, pero transfigurados.
Enmudecí. Era uno de esos rostros ante los que uno acorta el paso, deja de
hablar, y nadie le prestaba atención. Volví a mirarla de soslayo y ella cazó el brillo de
mis ojos de paso hacia otros rostros y, al darse cuenta de que la miraba, apartó las
manos del pecho y recompuso el pelo y la figura. Traté de concentrarme en lo que allí
se decía porque no tenían sentido otros pensamientos, dada la gravedad del momento.
Don Pedro les contaba que los ejércitos cristianos habían saqueado varios
pueblos del Almanzora y que la sangre corría en abundancia por las ramblas. Dalia
era un bello sueño, Dios sea loado, el que tenía en mis noches y en mis siestas, pero
materializado y con la apariencia de una hermosa mujer, el kohol de los párpados le
daban esa apariencia. Don Pedro decía que había que mantener la calma y a los tíos
que tenían que volver a sus casas. Mi padre lo corroboraba. Las mujeres lloraban al
oírlos y se besaban. También su silueta, que no podía dejar de mirarla aunque a
hurtadillas, era hermosa y, como si me encontrara atado de pies y manos y no pudiera
moverme, tuve la sensación repentina de que le acecharía un gran peligro si se
marchaba y empecé a contemplarla con mayor afecto si cabe.
Mi corazón latía salvajemente. Don Pedro decía que todos buscábamos lo
mismo, la paz del pueblo, y que si uno cualquiera de nosotros daba un paso en falso
lo dábamos todos y era obligación de todos correr en su ayuda, y mi padre
corroboraba sus palabras con gestos de cabeza.
Las mujeres se besaban, hablaban todas a la vez y se daban la mano mientras
se acercaban a mi padre y a don Pedro que las bendecían. Fue en ese momento
cuando don Pedro se fijó en Dalia. Mi corazón latía salvajemente mientras la veía
como una mariposa de mano en mano y don Pedro le hablaba a tío Alfonso, su padre.
Podía adivinar lo que decían y Dalia también sin dejar de mirarme, pues
repentinamente me miraba asustada y había dejado de volar. Hablaban de casar a sus
hijos respectivos, a Dalia y a Antonio Fajardo, el matarife del Almanzora, de reunir a
todo el pueblo en la iglesia y de hacer una gran fiesta de hermandad, moros y
cristianos juntos como hermanos; es decir, se corregía, cristianos nuevos y viejos, de
celebrar una misa de reconciliación, seguida de un banquete de boda, al que todo el
pueblo quedaría invitado, y mi corazón se ahogaba. Me volví hacia ella. Le relucían
los labios e inclinaba hacia mí su rostro deliciosamente enrojecidos por el miedo. Al
levantar los ojos, empapados en lágrimas, la llamé por el nombre con no poco
esfuerzo.
- ¿Lloras, prima Dalia?
No pudo contestarme, pero me miró con dos ojos más bellos que las perlas.
Detrás de las lágrimas estaba la alegría de mi fascinación, pero también la
conciencia de su situación que le ennegrecía la mirada. Me quería y no era una
impresión. Me tocó el brazo con la mano delicadamente y luego la ocultó tras su
cuerpo como si tal atrevimiento la avergonzara.
- No habrá al menos guerra entre nosotros -decía don Pedro con voz grande
que imponía silencio.
- ¿Sabe Antonio, tu hijo, lo de la boda? -le preguntó mi padre candorosamente.
- Lo sabrá, Dios mediante, Diego; eso es cosa mía.
- Ayer murieron tres en Cantoria, ¿estará dispuesto a dejar las armas?
Don Pedro no le contestó.
- Además esa boda no es posible -siguió mi padre mirando a tío Alfonso -.
Hace tiempo que me tienes prometida tu hija para mi Diego y por tanto nos
pertenece. Pertenece a esta casa y en ella está el destino que le corresponde.
Las mujeres enmudecieron y los hombres se miraron unos a otros intranquilos
y con la garganta ahogada, como si nunca les hubiera parecido más insoportable la
tensión de aquella guerra fratricida como después de las palabras de mi padre, que
seguirán grabadas en mi memoria de por vida, ¡Dios se las premie!
Repentinamente apareció Nardona en la puerta, en medio de la tensión del
momento, con una cruz en la mano, una marlota hasta los pies y el pelo suelto hasta
la cintura, cantando el “Perdona a tu pueblo, Señor», de los frailes en cuaresma.
Había entrado sin damos cuenta y se movía con suavidad de grupo en grupo.
Pasada la primera sorpresa cambió el discurso, empezó a decir que todos los imperios
eran perecederos, las ciudades, los hombres y aún los carniceros, la Providencia es
justa e insondable, recitaba, más al llegar a don Pedro dio un grito y se desplomó a
sus pies abrazándolos y besándolos. “El es quien tiene la palabra. El es el profeta,
Dios con nosotros. Perdónanos, ten piedad de tus fieles y no nos condenes a tu
infierno”.
Todos nos mirábamos perplejos y confusos, mientras don Pedro se mantenía
rígido y digno, con los ojos hundidos hacia ella, sin saber qué hacer ni qué decir en
medio de un silencio de muerte, pero con una mirada en la que brillaba un fuego
siniestro que a nadie nos pasó desapercibido.
El auto de fe de Nardona en Guadix, años atrás, se repetía. Yo era muy
pequeño entonces y más que causas recuerdo detalles y el espectáculo: Las sillas a lo
largo de la calle, a las que habían puesto un alto precio al igual que a las ventanas que
daban a la plaza, donde se acomodaban los nobles y sus familias. En las calles,
trompetas, clarines, tambores, estandartes, pregoneros que las corrían cantando,
corregidores, canónigos, monjes, cofradías, velas. También el estandarte del fiscal, de
damasco rojo, ricamente ataviado con las armas reales y una cruz que salía de la
corona y de sus espadas, con cordones de oro y plata que colgaban hasta el suelo.
Seguían mulas montadas por oficiales enjalbegados ricamente con botones y
charreteras de oro, alfombras en las paredes de las casas, colocadas por la propia
iglesia, previo pago de mi padre a cuyo cargo corría parte del espectáculo; cantantes
y campanas, muchas campanas sonando al unísono, y finalmente el brasero. Bajo uno
de los tablaos de la plaza, cerca del brasero, había platos y refrescos, y hacia allí se
retiraban los oficiales y canónigos misteriosamente tras la lectura de cada sentencia,
que en total duraron varios días. Cuando el murmullo cedía se oía el viento con un
ruido parecido al de las cañas en la huerta y luego la voz de los platos y la de mi
padre diciendo incongruencias. La madera la traían de las ramblas, de chopo o álamo
creo y, al tirarla en el brasero, levantaba instantáneas llamaradas. Les preguntaban a
los reos con grandes gritos si se arrepentían y a todo el que lo hacía lo enterraban en
tierra cristiana. El primer día se leyeron once sentencias, el segundo doce y el tercero
acortaron las lecturas para poder acabar, porque apenas quedaba ya nadie en los
tablaos. Al amanecer esparcían las cenizas por los campos y eso congregaba tanta o
más gente que el brasero.
- Vámonos -dijo mi padre horas antes de que la trajeran-, nada quedará de ella
salvo cenizas que no son ella, ¡que el Altísimo la lleve con El!
Los tíos se oponían, especialmente tío Gonzalo, y mi padre insistía: “No
quiero que los niños la vean, no debería haberlos traído”.
Tío Gonzalo se oponía porque se había gastado una buena bolsa en conseguir
el perdón si se arrepentía antes de que la quemaran y confiaba en que lo haría.
- No lo hará -decía mi padre-. Es testaruda como una mula. La conozco bien.
- ¿Qué pierdes esperando?
No quería que la viéramos, no quería enseñar su dolor y mucha razón tenia
porque todos eran extraños y, señalándonos con el dedo, decían de él que era un moro
importante que había matado a muchos cristianos.
- ¿Recuerdas eso, Diego?
- Lo recuerdo bien, padre.
- ¿Con cinco años? ¡Dios es Grande! No sé cómo pudo soportarlo la pobre.
- Y recuerdo más -le dije-. Reconocí la plaza en cuanto entré en ella.
Estaba sentado a mi lado y con la mano dentro del bolsillo corría las cuentas
de ámbar de su rosario. Fuera soplaba un fuerte viento que traía lluvia y en otros
momentos no hubiera esperado a acabar los rezos y hubiera salido al patio a mojarse.
Al rato dijo: ¿Y qué más recuerdas?
- Vienen los soldados, padre. Fui yo quien te lo dijo y también quien te
anunció que a Nardona la perdonaban.
- Vienen los soldados.
- ¿Quién viene?
- Los soldados, padre.
Al oír sus voces, Nardona apartó sus manos de las rodillas de don Pedro y las
puso en su cintura.
- Haz un milagro y sálvanos; haznos tus esclavos pero déjanos vivir, aunque
como pecadores y rebeldes no nos merezcamos el perdón, que éste no debe existir tan
sólo para los grandes.
- Don Pedro seguía paralizado y con los ojos en mi padre le pedía ayuda,
primero en susurro y luego con voz grave: “Quítamela, quítame a esta loca de mi
vista”.
-¿Es eso lo que te ha ordenado la Virgen” ¡Maldito embustero!, ¡Alá te
castigue! No eres un enviado de Dios. Eres el Diablo. Es el Diablo -gritaba Nardona
dirigiéndose a los que se apelotonaban a su alrededor en silencio y con las cabezas
destapadas, los ojos hundidos por el pánico. Mi padre me llamó por mi nombre y la
dejamos fuera de la sala en brazos de María, mientras Dalia con ojos arrobados y
sonrientes, que expresaban hacia mi padre una admiración jamás vista por mí en otro
nadie hasta ese momento, lo miraba y me miraba sin poder quitarnos los ojos de
encima.
- No es un ángel -seguía diciendo Nardona-. Es el Demonio disfrazado de
Dios. Tened mucho cuidado.
-¿A qué has venido? - le preguntó mi padre ya en la sala.
- A llevaros conmigo, ya te lo dije. En cuanto acabe la guerra va a haber una
expulsión mucho más severa que la de 1500, ¿la recuerdas?
- ¿Estás en tus cabales? ¿cómo voy a recordarla?
- Pues se dice que va a haber una mucho más severa.
- No sé de qué me hablas. Soy tan cristiano como tú y aquí ni ha habido guerra
ni va a haberla, tú mismo lo has dicho.
- Tal vez no la haya, pero eso no os va a ayudar en esta ocasión. Las aguas
andan muy revueltas. Se os ha visto con gente de vuestra nación. Ese es el bulo que
corre.
- ¿De qué nación me hablas, Pedro? Llevamos aquí ocho siglos y nos hemos
sometido a las leyes de la iglesia y del imperio, ¿qué pecado hemos cometido?
¿Acaso ya no cree nadie en Dios en esta tierra?
E iba a decir más. Vi que sus labios se movían, deseosos de decir algo amargo
y terrible, pero se calló y sonrió.
- Te agradezco el gesto, Pedro. Hemos tenido entre nosotros nuestras
diferencias pero siempre nos hemos respetado y no te acuso de nada. Eso sí, si no
haces algo en esta ocasión por nosotros te morirás con la vergüenza; si has venido a
decirnos tan sólo que nos van a echar podías haberte ahorrado el viaje. Dios no puede
desearle a nadie una maldición tan grande y no sé si te condenará a ti a su infierno, a
nosotros ya lo está haciendo, en esta tierra y en este país.
- Pero es verdad, hombre, créeme que es verdad -decía mientras se dirigía
hacia la puerta- y que mi casa estará siempre abierta para ti.
- Vete y no vuelvas -le dijo- y si es verdad que echan de aquí a esta gente me
verás con ellos y te repito que te morirás de vergüenza, aunque sólo sea por el
recuerdo de Isabel -refiriéndose a mi madre, familia de don Pedro -. Si es verdad lo
que dices, yo me iré con ellos, no podría soportar con estos ojos más barbaridades.
Al abrir la puerta, Nardona seguía dando gritos terribles en su alcoba, pero
esta vez eran palabras y frases inconexas y sin sentido que no podíamos tomar en
serio, aunque nos encogieran el ánimo. Mi padre trataba de calmarla y tranquilizarnos
con su serenidad y una misteriosa sonrisa en la que se adivinaba su parte personal de
victoria. Al acabar la cena y, cuando más altas eran las imprecaciones contra los
cristianos por parte de todos, mi padre nos dijo que una patria perdida es como los
restos de un ser querido, por el que no se puede hacer otra cosa que rezar por su alma
y confiar en la bondad del Altísimo.
Algunos días después nos sacó de la cama un destacamento de hombres,
mandados por un tipo enjuto y tan alto como un pilar, envuelto en una larga túnica de
seda blanca y un pañuelo en la cabeza sujeto por un cordón escarlata. Había negros
de gran opulencia entre sus hombres, pero la mayoría eran mozalbetes moriscos,
leves como pájaros, de Cuevas y de sus alrededores. Mi padre reconoció a algunos.
- En el nombre de Dios, ¿de dónde venís?
- De la parte de Adra.
- ¿Y qué queréis?
- Comida, ¿hay ricos cristianos en este pueblo? No queremos requisar el pan
de los nuestros.
- En este pueblo -le dijo mi padre-. Todos somos moros y pobres, incluso los
cristianos.
- ¿Puedes damos tú comida?
- Mi casa siempre está abierta para el que viene en son de paz.
En nuestra casa nunca había faltado el trigo, la avena, el mijo, el aceite y las
pasas y mi padre ordenó darles de todo lo que teníamos y se llevaron asimismo
melones, pepinos e higos secos.
- ¿Cómo va la guerra? -les preguntó.
- Mal para los nuestros. Son tan fuertes que no podemos vencerlos -dijo el que
llevaba la voz-. El jefe no se bajó del caballo alazán que montaba ni despegó la voz.
- Entonces mal hacéis en luchar si no podéis vencer -añadió mi padre
dirigiendo la voz al que los mandaba, de barba negra y párpados caídos, que cruzaba
las manos sobre la silla-. Mejor haríais en volver con vuestras mujeres e hijos o
marcharos al Magreb. Allí todos son como nosotros.
- Sabemos que eres un hombre piadoso y valiente y siempre nos has dado
buenos consejos, siempre nos has dicho que había que quedarse -, dijo el hijo de Juan
Alfanegin.
- Y también me habréis oído decir que con porras y ballestas es imposible
vencer a los castellanos.
- Tenemos la ayuda de Alá -dijo el que llevaba la voz.
- Pregúntale si sabe encender una mecha y si está dispuesto a venirse con
nosotros en lugar de pasarse el día rezando y lamentándose -le dijo el jefe al que
hasta entonces había llevado la voz.
- Mi padre no le respondió y el que los mandaba aflojó la brida y echó a andar
al trote corto, perdiéndose en la noche. Eran una veintena y cuando dejamos de oír
los cascos de los caballos, le pregunté a mi padre si también nosotros debíamos
luchar o marchamos al exilio.
- Son malos tiempos pero los he conocido peores -me contestó; luego se metió
en la casa y, sin molestarse en desvestirse, a la antigua usanza, se tumbó junto a
Nardona y al rato debió sentir que la tierra temblaba y que crujía en su cabeza porque
salió a la cocina, donde lo descubrí agarrado a una de las columnas. La tierra se
hundía y él se hundía con ella. Tenía la cabeza llena de ruidos y, aunque intentaba
taparse los oídos con las manos, la tierra seguía hundiéndose. Traté de sujetarlo por
los hombros.
- Dentro de poco, diego, todos nos habrán olvidado y las generaciones
sucesivas no sabrán ni que existimos, ¿para qué hemos nacido?
- ¡Padre! -dije.
María salía de la alcoba y se abrazaba igualmente a él.
- Estoy bien, no es nada, hijos. Hay momentos en los que el corazón se llena
de malos presagios y éste es uno de ellos; pero pasará y sobreviviremos en nuestra
tierra. Sobreviviremos con la ayuda de Dios.
4
Nuestra casa, situada en las afueras del barrio cristiano y a igual distancia de
las cuevas del Calguerín, era un edificio cuadrado, con una torre mudéjar y un patio
interior en el que había una palmera gigante, plantada por el abuelo y que por las
noches cobijaba cientos de pajarillos y muchas flores y arbustos adosados a las
paredes, que no puedo identificar, y que daban un olor fuerte a jazmín y galán de
noche, especialmente intenso por las mañanas.
En el exterior teníamos un soportal con un banco de azulejos, hecho por mi
padre, del que partía un sendero de yucas hacia la huerta. Detrás estaban los campos,
cruzados por una acequia, antes cultivados en toda su extensión hasta el río. Las
ventanas de la casa eran verdes y en todas había cortinas, el techo plano, como la
mayoría de las casas construidas a base de vigas de palmera y grandes losas de
pizarra, recubiertas de launa.
A media mañana oí los pasos de mi padre en el sendero y volví la vista.
Caminaba hacia los naranjos, medio sepultados por la hierba que cubría sus troncos,
e iba en dirección a la acequia que el indio de tío Álvaro y dos empleados limpiaban
con palas. El indio lo vio acercarse y levantó la cabeza. Entre la acequia y el río había
dos mujeres inmóviles, pelando almendras tal vez, sentadas en pleno descampado
sobre una manta. Ellas también lo vieron y una de ellas se llevó la mano a los ojos
para protegerse del sol mientras lo miraba y luego le decía algo en susurro a su
compañera. Las dos volvían la cabeza a un tiempo y lo miraban.
A medio camino entre los naranjos y la acequia se detuvo unos segundos, se
llevó la mano a la frente y se volvió en dirección a los corrales, en una de las
esquinas del campo y a una cincuentena de pasos de la casa. Era la primera vez que
pisaba aquel campo y no era difícil de adivinar que andaba desorientado. Lo vi
montar la yegua blanca y lo seguí con mi overo. Todos nos miraban mientras
cogíamos la rambla, río arriba, hacia las planicies desérticas al otro lado de las
colinas, blancas al sol de la tarde.
Había salido sin su sombrero de paja y, al cruzar la rambla, donde moría la
senda, vi que se protegía la frente del sudor con un pañuelo, a modo de turbante, y lo
imité, siguiéndole a corta distancia. Quería hablarle de Dalia y agradecerle nuestra
defensa con don Pedro y me pareció el momento adecuado. De vez en cuando se
paraba y miraba hacia las montañas negras de encina, pero en ningún momento se
volvió a mirarme o me dirigió la palabra, como si deliberadamente ignorara mi
presencia. Entre nosotros y las montañas, adonde nos dirigíamos, había encinas,
cactus y pequeños grupos de palmeras y arbustos desparramados como en la sabana y
que ]os camellos buscaban con avidez cuando se los soltaba en días de fiesta. Eso era
todo y también que de vez en cuando descabalgaba y cogía un puñado de tierra o de
arena que dejaba deslizar lentamente entre los dedos. Encontramos ramblas secas y
cuevas abandonadas, pero hacía demasiado calor para detenerse, incluso a la sombra.
Vimos también serpientes, una color azabache de un metro de larga que corrió a
ocultarse en un agujero, bajo la maleza reseca de un cactus. Cuando alcanzaba el
lomo de una colina se volvía y miraba hacia el pueblo y la llanura que se alargaba en
una cinta estrecha hacia Vera, Moxacar y la costa. El mar en la distancia era azul
pálido y se mostraba lleno de caminos que lo cruzaban amablemente. Estuvo
mirándolo largo tiempo, tal vez preguntándose cómo se vería este mismo mar desde
la otra ribera, pero nada dijo.
Tampoco me dijo nada al regreso, aunque a veces volvía la cabeza
imperceptiblemente para cerciorarse de que lo seguía, y yo no me atreví a irrumpir
sus pensamientos con mi obsesión, tan fuera de lugar en aquellas circunstancias, por
Dalia, que era para mí un sentimiento que ponía bálsamo en mis heridas. Nunca decía
nada, aunque fuera por descargarse, y por nada del mundo confesaría que le agradaba
mi presencia, salvo con alguna palmadita ocasional en la espalda o una leve sonrisa,
que eran como una luz o una revelación. Encontramos a un par de conocidos y a
gentes que no lo eran tanto y que se paraban a miramos con curiosidad, sin que se
metieran con él a causa de mi presencia. El campo se había llenado de indeseables,
por causa de la guerra, pero todos sabían que iba armado, me conocían y empezaba a
divulgarse mi destreza con las armas.
En el sura de los creyentes, el Profeta dice que Dios ha sacado a cada hombre
de una gota de esperma mezclada para probarlo y la verdad es que nunca he visto
hermanos con objetivos y mundos más dispares que nosotros, que no parecíamos
hijos del mismo padre. De niños solíamos preguntamos qué haríamos de mayores,
conscientes de que el pueblo sería un matadero tarde o temprano del que tendríamos
que escapar, y a Francisco el mayor nada de esto parecía importarle. Una noche nos
dio la sorpresa desapareciendo sin besarle las manos a nuestro padre y, cuando ya
creíamos que los buitres se habían comido su cadáver, empezaron a llegamos noticias
de un tal Alí, que no era otro que Francisco. Era el más afectuoso de todos nosotros y
desde entonces no he cesado de darle vueltas a la cabeza, porque nunca he visto a un
hombre cambiar tan deprisa. Le gustaban los aceites y jamás lo había imaginado con
agallas para tirarse a los caminos como un salteador. Sin duda el destino cambia a los
hombres más que la piel de un camaleón. De vez en cuando aparecían caballos en las
colinas y todos a un tiempo sacábamos la cabeza por los ventanos e incluso sospecho,
ahora que miro en el recuerdo, que los paseos de mi padre fuera del pueblo tenían
que ver con su fuga. A menudo se veían fuegos en la noche y me asaltaba el
pensamiento de coger mi caballo e irme con él a las montañas. Era alto y fornido
-muchos se preguntaban cómo habíamos salido del mismo padre-, y tenía ojos muy
vivos e inquietos y un bigotazo espeso que acostumbraba retorcerse con los dedos.
Luis Alberto, el segundo, estaba prometido a una muchacha de Moxacar, hija
de un comerciante adinerado de origen judío, con negocios de barcos y fletes por
distintas partes del reino, y tenía la vida asegurada. Francisco solía gastarle pequeñas
bromas: “Tendrás una bonita casa a la orilla del mar, adornada por las voces de un
sin fin de niños, y cuando los cristianos te vean se levantarán e inclinarán la cabeza”.
Era de rasgos finos y delicados, “el más inteligente de mis hijos”, solía decir mi padre
con orgullo, “el Todopoderoso bendiga su casa y hacienda”.
Algunos días después del incidente con don Pedro, Luis Alberto apareció
colgado de la rama más alta del nogal que teníamos en la huerta. Nadie había oído
nada durante la noche que lo echamos en falta y desde ese momento dejamos de
dormir.
Le pregunté a Francisco al verlo salir al campo si tenía miedo a la muerte.
- Naturalmente que le tengo miedo a la muerte, pero no voy a esperar a que me
maten por nada como a Luis y a nuestro Padre.
- ¿Crees que también van a matar a nuestro padre?
- Seguro, ¿conoces a alguien con más razones en este pueblo para que lo
hagan? El abuelo era alfaquir, su hermano es un monfí, él tiene mucho de alfaquir y
sobre todo tiene más tierras que los Fajardo. Seguro que lo matarán. De nada le va a
servir tener un hermano en la iglesia; tan sólo están esperando un motivo.
- ¿Y lo hallarán?
- ¿Lo pones en duda, hermano? Ya andan diciendo que ayudamos a los
fugitivos con dinero y de ahí al bulo de que somos enemigos del rey y aliados del
turco hay un paso para colgamos.
- ¿Quién lo dice?
- ¿Y qué más da? Se dice y es suficiente.
- Pero él no es culpable de nada.
- ¿Y qué más da? Las apariencias lo acusan.
- ¿Te irás con los rebeldes?
- No lo sé.
Era el heredero de mi padre, pero añadió: “ Esta es mi tierra y se ha quedado
pequeña para albergamos a todos.
- ¿Qué harás tú si las cosas se ponen feas? -le pregunté a María mientras
retiraba la mesa.
Mi pequeña hermana bajó los ojos y sentí al punto haberle hecho esa pregunta.
Al rato dijo:
- Me iré contigo.
- ¿Has matado? -le pregunté a Francisco la primera vez que lo vi después de
su fuga.
- Todo el mundo ha matado, ¡Alá nos perdone!
- ¿Y qué se siente?
- Unas ganas locas de clavarle el cuchillo a tu enemigo antes de que él te lo
clave a ti primero.
- Pues yo todavía no he matado.
- Lo harás más tarde o más temprano. Antes o después te verás obligado a
hacerlo y te conviene estar preparado. Lo que digo no son palabras que se lleve el
viento.
Y como sabía que tenía razón y que llegaría el día en el que tendría que luchar
por mi vida, salía a ejercitarme cada mañana con mi caballo overo, hiciera lluvia, frío
o sol, no regresando hasta caer rendido. A veces encontraba soldados y otras,
rebeldes y, al igual que mi padre, me mantenía al margen de la disputa, limitándome
a verlos pasar o deslizarse como serpientes desde una distancia prudencial. Al ganar
peso me hice con un arcabuz propio, consciente ya de que era una prenda tan
necesaria como cualquiera de nuestros miembros y de que no se podía ir desnudo por
los caminos.
En una de aquellas salidas vi a María dirigirse al cementerio y decidí no
perderla de vista mientras se alejaba de las casas. Llevaba algo en la mano, una cesta,
un ramo, no podía precisar en la distancia, y andaba deprisa por la senda que corre
hacia el cementerio.
Desde la querella de Francisca, mujer de Pablo Nogales, contra el corregidor y
avasallador de vírgenes, Antonio Fajardo, al que habían acusado de meterle las
manos en las piernas “e a las tetas y de tentarla toda y de besarla por fuerza y de
obligarla a desnudarse muchas veces y aún a azotarle salvo que durmiese con él”,
María sufría pesadillas por las noches que la despertaban jadeante y con sollozos. Le
preguntábamos qué le pasaba y si alguien la importunaba, y ella se negaba a
contestarnos, preocupándonos mucho porque ni dormía ni le cedían las pesadillas.
Ya en el cementerio, y como si se sintiera segura entre los muros, acortó el
paso y se acercó por el corredor central de cipreses hacia la tumba de nuestra madre.
La vi agacharse y levantarse, sin duda limpiándole las hierbas a nuestra madre.
También la vi dirigirse hacia la acequia con algo en la mano y deduje que le había
traído flores, tal vez de naranjo por ser tiempo de azahar, luego la vi sentarse sobre la
lápida.
Desde la colina era un puntito negro, casi insignificante y fácil de ser
sorprendido y llevado en lenguas. Descendí.
María era la niña de la familia y en mi casa no se seguía la recomendación de
la sura 38 en el que El Profeta afirma que “los hombres son superiores a las mujeres”.
María era la mimada de mi padre y llevaba la casa al faltamos Nardona, que era una
mujer muerta que comía, pero que no vivía, mientras que María cosía, bordaba y
escribía. Había nacido al morir mi madre y ninguno sabíamos qué hacer sin ella,
hasta el punto que, de matar un día, tendría que ser por ella. Dirigía la limpieza y la
comida y mi padre dependía de ella para elegir la ropa y ponerse el calzado, ¿qué la
había impulsado a salir sola al cementerio? Su recorrido era la iglesia y la tahona de
Pedro Díaz; su gran amor, mi padre, incluso después de casarse con Nardona.
Se me ocurrió el pensamiento inquietante de que podía estar en tratos de
matrimonio o en algún apuro grave y le apreté los ijares al caballo. Al llegar a la
verja, ella sintió los cascos y levantó la cabeza para volver a hundirla e inmovilizarse
al reconocerme y oír mis pasos en la gravilla.
- ¿Qué haces aquí?
Me respondieron sus ojos llenos de lágrimas. La cogí del brazo y temblaba.
Me miraba con ojos que se oscurecían y miraban hacia adentro, hacía sí misma,
¿cómo olvidar aquella mirada que pedía ayuda dolorosamente? Tenía el corazón
encogido y cerré los míos para no verla. Ella seguía mirándome y a mí me faltaban
las fuerzas para hablar.
- ¿A qué has venido? -me preguntó.
- No quiero que hagas tonterías -aventuré abriéndolos.
- No me contestó y deduje que efectivamente alimentaba una obsesión
peligrosa.
- Me pareció que debía hacerle una visita a nuestra madre -dijo al rato
limpiándose las lágrimas.
- Nuestra madre está muerta y nosotros vivos y así debemos seguir -le dije y se
le iluminó la mirada como si hubiera tocado el pensamiento que la había traído al
cementerio.
La cogí del brazo y al montarla en el caballo ella se puso el tapado. Había un
bonito poniente rojo sobre el horizonte hacia Filabres y las colinas eran sombras que
se iluminaban misteriosamente cada tarde al caer el sol.
- Mientras yo esté vivo nada tienes que temer -le dije al desmontarla.
Ella me apretó el brazo ligeramente.
Algún tiempo después cogí unas fiebres malignas y María no se apartó de mi
lado ni durante la noche. Fueron días pacíficos y felices, a pesar de la fiebre, con ella
al lado y, al recobrarme, reía y me contaba cada palabra salida de mi boca en el
delirio.
- Me llamabas a todas horas. Bueno, también llamabas a Dalia.
- ¿Eso hacía?
- El buen Dios ha estado con nosotros.
- Tú sí que has estado conmigo, hermana -le dije dulcificando la mirada.
- No debes tentar al Altísimo.
Sus ojos eran tan grandes y hermosos como los de Dalia. Olía fuerte a limón y
azahar en mi alcoba y, cada vez que le pedía que me abriera la ventana, ponía la
mano en mi frente antes de hacerlo.
- Me llamabas a todas horas -repite.
- Eres una presuntuosa. No recuerdo haberte llamado en ningún momento.
Recuerdo un sueño en el que me sentía Dios sobre un farallón inmenso y tan sólido
como la silla de mi caballo y que sobresalía sobre el horizonte.
- ¿Y estaba yo en tu sueño?
- Estabas en medio de él -le dije tentándole ligeramente la cintura, conmovido
por el afecto y la alegría contagiosa de su mirada.
5
Corrió la noticia de que el Almanzora hasta la sierra de las Estancias había
caído en manos de Alí y de Aben-Aboo y de que el caudal del río había crecido con
la sangre de los muertos. Nada se veía a su paso por Cuevas pero el pueblo era una
fiesta. ¡Qué éxtasis de puños, guitarras y gargantas!
“Es preferible morir.
Despertó el león del bosque
y con su espada empezó a cortar gargantas.
El Profeta acogió al camello bajo su amparo.
Es preferible morir”.
Al cura Torrijos le cortaron de un tajo la cabeza. Reían los jardines, los
estanques y las planicies hasta más allá del Filabres. Corría el vino, sin pensar que
Dios ha maldecido a quien lo compra y a quien lo bebe, y por primera vez en muchos
años las mujeres salían a las calles con sus velos y cuando la noche caía y la sombra
violeta y vaporosa, cuajada de estrellas, sepultaba al pueblo, se oía el grito punzante y
desgarrado del muecín en el viejo minarete, convertido en iglesia, como si una voz
melodiosa y sobrenatural descendiese de las alturas infinitas. Mi padre contenía el
aliento y movía la cabeza. Parecía que el mundo retornaba a sus cabales y que la
tierra giraba en su órbita de nuevo y, mientras sonaba la voz, nadie hablaba, pero a mi
padre le temblaban las manos y las rodillas, metía el rosario en su bolsillo y pedía una
silla; luego se vaciaba el vino de golpe en la garganta y volvía el oído ligeramente
hacia la ventana. Una de aquellas tardes el vaso crujió en sus manos y el suelo se
llenó de pedazos diminutos que las mujeres recogieron uno a uno al acabar el canto.
- El pueblo de Tabernas se ha marchado entero a Marrakech -dijo tío Alfonso
que había vuelto a visitamos-. Al parecer hay allí un tal Ibn Guzmán que les ha
preparado tierras, casas, una mezquita y hasta una iglesia con escuela. Dicen que es
caíd y que los de Órgiva andan en tratos con los armadores para irse con ellos.
Mi padre no se movió y le llené el vaso. Al rato dijo, con cierto temblor de
voz, yo no me voy de esta tierra, pero vosotros deberíais marcharos.
- Beba, padre -le dije sirviéndole de nuevo.
- ¿Y qué más se dice? -preguntó.
- Que las tropas de don Juan, el hermano del rey Felipe, se acercan. Allí por
donde pasan los pueblos desaparecen como cuando en las riadas el barro de las casas
vuelve al barro y quedan ruinas y muertos.
Volvió a beber y yo a llenarle el vaso, pero esta vez lo rechazó, suavizó los
labios y la lengua repetidas veces y salió al patio en sombras caminando hacia la
huerta sin mirar atrás.
Reinaba la oscuridad y sólo se oían en el camino las voces de los retrasados,
que a pesar de todo habían salido a cultivar las tierras, pero nada se veía y en las
casas cristianas la oscuridad se había vuelto impenetrable. En la despensa apenas
quedaba qué comer, ni aceite ni frutos secos, antes tan abundantes todo el año.
También me parecía oír gemidos. Me levanté de la cama y vi a mi madre en el dintel,
mirándome como una estatua, y le pregunté por qué lloraba.
Era una pregunta tonta. Sabía por qué lloraba al estar nosotros vivos y no
insistí cuando sus lloros arreciaron. La luz que se colaba por la ventana tenía un
fulgor irreal que me hizo salir al patio y mirar hacia las colinas. Desde las matanzas
del Felix y de las Albuñuelas me pasaba el día mirando a las colinas, pero tan sólo
descubrí un cielo plomizo y negro, todavía indeciso entre el día y la noche, y me
acerqué al nogal por las altas hierbas, todavía empapadas de rocío, con el hacha en la
mano. Desde la muerte de Luis Alberto había jurado cortarle ese vigor de muerte que
rezumaba su sombra y le hundí el corte hasta la juntura como si se tratara de un
enemigo, Antonio Fajardo en el pensamiento, que corría nuestros pueblos
ensangrentándolos y que todos decían era la canalla asesina a temer, por encima del
rey y de las tropas. El golpe fue tan profundo que no podía arrancar el hacha del
tronco y me quité la camisa con mi padre acercándose. Oía sus pasos en la niebla y la
sombra de su figura empezaba a cubrir la mía y, no obstante, seguí golpeando y
haciéndole cortes transversales. Las astillas volaban y se clavaban en sus muslos,
pero ni se movió ni dijo una sola palabra de desaprobación hasta que al caer el árbol
se le escapó de los labios, y como si hablara para sí, “bien hecho, hijo”, con voz
grave y sentida que denotaba a las claras que él había tenido el mismo pensamiento.
- Va siendo hora de que tú también te marches a África con los tíos - añadió
luego-; aunque mejor harías quedándote en Granada o marchando junto al rey. Eso
tal vez nos salvaría.
No le respondí. Sentía que aquella tierra me pertenecía en el corazón y que
tenía derecho a ella, pero no me hubiera importado marcharme. Lo que nunca haría
era irme con las gentes que nos hacían la vida imposible o discutir con él. No podía
quitarme de la cabeza que mi mundo era diferente al suyo y que éste había cambiado
de una forma radical que él no entendía; pero como no insistió, no me vi obligado a
tomar una decisión contra mi voluntad. La gente seguía respetándole, viendo en él al
qaoi que había sido el abuelo, aunque sin razón alguna o sin caer en la cuenta de que
las aguas que le habían pasado por la cabeza le habían dejado reducido, como a los
campos tras las tormentas, en un pedregal estéril. ¡Pobre padre!, ¡aroma de aquella
tierra! No era nada ya, aunque yo siguiera amándolo y tratándolo con respeto. Había
hecho su elección y, aunque no había amargura en el corazón, retenía a aquella gente,
apenas trescientos supervivientes que le seguían, exponiéndolos a una muerte segura;
pero, ¿cómo hacérselo entender?
Vi el sol en las colinas. Venía de iluminar tierras vastas, misteriosas y lejanas
que me estaban esperando y me senté, en medio de un profundo silencio mientras
sacaba de las sombras al valle, antes un jardín hermoso con aguas abundantes,
pájaros y frutos. El aire salinoso y seco que venía de África también me hablaba de
tierras lejanas y misteriosas que un día me pertenecerían y que de momento ni el Dios
de mi padre ni el de mi madre me revelarían hasta que yo mismo hiciera el camino.
Una hora más tarde, el aire era fuego y regresé a casa. Mientras dormitaba,
corría formando un solo cuerpo con mi caballo, árboles y animales a mi alrededor
cayendo a nuestro paso por el mero impulso de mi brazo. Los hombres quedaban
paralizados al vernos y a ellos también los golpeaba. Empuñaba una espada a la que
nada se resistía y oía dentro una voz que me decía: “Córtale la cabeza a todos”, y yo
se las cortaba de un tajo, dejando a mis espaldas chorros luminosos de sangre que
saltaban como luminarias de sus troncos. A mi paso la luz se enrojecía. Las mujeres
salían a mi encuentro y también hacía con ellas mi antojo. Si venían a mí desnudas
les abría los cuerpos de un tajo y de certeros golpes sucesivos les cortaba los pechos.
Con un gesto los caminos se abrían, cruzaba ríos, trepaba colinas y ascendía a
montañas de arena sin sentirlo en el pecho. Era un dios y nada debía quedar indemne
a mi paso sin excepción, porque todo era mugre, vergüenza e injusticia. De pronto me
salió al paso mi padre, Dalia hacía con él de lazarilla y me detuve en seco,
conteniendo el grito en la boca y sorprendiéndome al caer de la silla la mano de mi
amada, que había dejado de guiar a mi padre, y corría en mi busca.
Por las casas abiertas me introducía como un asesino, por las casas con luz
donde había enfermos, por las alcobas donde hombres y mujeres dormían abrazados.
Todo eso hacía hasta que oí los cascos de otro caballo blanco y pensé que mi padre
podía haberse dejado alguna luz encendida o alguna puerta por la que había entrado
aquel caballo inmortal del apóstol, que se dejaba ver tan sólo en las muertes, y corrí a
la casa. Eran sin duda los cascos del caballo inmortal e invisible que tan sólo los
perros huelen y siguen por el olfato, porque había desaparecido y no obstante se oían
sus ladridos en la cuesta, por donde habitaban los moriscos pobres y por donde sin
duda andaba. Recorrí las alcobas, asegurándome de que cada uno estaba en su sitio y
María había desaparecido. La ventana estaba abierta y desperté a Dalia que, o nada
sabía o no me entendía, y regresé a la calle con la sangre ya en lo alto de la cabeza.
Alguien hablaba dentro de mí y me tocaba las rodillas porque me temblaban. Con
ayuda de los primos, Hernando, Alfonso y Gonzalo, corrí en su busca y en los
campos próximos al cementerio se me unieron mis amigos de juego y con este
improvisado ejército, armado de horcas y palos, revisamos las tumbas una a una,
mientras éramos observados desde arriba por un batallón de estrellas. Luego corrimos
los márgenes del río y, cuando el sol levantaba, los dividí en grupos y yo subí con
Hernando a los baños, que ella tenía en gran aprecio y a donde se retiraba con
frecuencia a pensar o a escribir, y allí estaba. Hernando descubrió sus ropas,
cuidadosamente apiladas, y alzó hacia mí el brazo.
- En el estanque grande -gritaba, señalándome un lugar verdoso y gris, como si
lo penetrara con ojos invisibles, porque yo nada veía.
Nos lanzamos navegando fuerte con las manos como si nos persiguieran. En el
suelo resbaladizo de verdín y hojas muertas, a causa del poco uso que de ellos se
hacía últimamente, nos hundíamos y flotábamos, caminando a saltos hasta sacarla a
flote y respirar. Hernando, más alto y fornido, agarró su hinchado vestido y yo le di la
mano, logrando después de una eternidad sacarla fuera y muerta a la orilla.
Hernando se tumbó en el suelo, pero yo no podía descansar, no podía creerla
muerta y le golpeé la cara y le pateé el vientre, intentando que expulsara el agua y,
cuando al fin lo hizo y María empezó a toser con convulsiones, me tumbé en la
hierba.
La niebla había desaparecido y no se sentía el menor ruido por ninguna parte.
Se veía el pueblo y la rambla del río con nitidez y, sin embargo, algo había cambiado
dentro y fuera, como si viera aquellas tierras con ojos nuevos y me diera cuenta por
primera vez de que estaban muertas para nosotros. Regresamos. El mundo de mi
padre había dejado de tener sentido y yo por nada deseaba llevar una vida pasiva y
simple como la suya. Entramos en casa y, ya en la alcoba, con los pies en la pared por
encima de la cabeza y con Dalia y María a mi lado, cogí la flauta, la más gratificante
compañera de mis noches sudanesas.
6
Al cesar los disparos alrededor de media noche, el pueblo despertó y todos
abrimos los ojos preguntándonos qué sucedería a continuación. La gente gritaba de
un lado a otro de la calle, de la judería antigua al barrio cristiano y del barrio cristiano
a las cuevas, queriendo saber quién había ganado, pero el Diablo lo sabía. En el patio
mi padre paseaba de un lado a otro, taciturno y hierático como una estatua salvo en el
movimiento de los dedos, que hacían danzar un sinfín de sentimientos. En la cocina
María trabajaba el pan y Dalia le echaba el agua. En el porche los primos limpiaban
sus armas y se hallaban enzarzados en una disputa ruidosa en la que resaltaba la
razón de los débiles por defender lo que tenían, aunque fuera miseria. Todos se
habían buscado algo que hacer para matar la incertidumbre; pero, ¿cómo
conseguirlo?
A media mañana el cielo cambió hacia un resplandor grisáceo, que dibujaba
débilmente el perfil de las montañas, y la gente volvió a encerrarse en sus casas.
Algunas chimeneas humeaban. Fue entonces cuando oímos los cascos de un caballo
en nuestra puerta y contuvimos el aliento. Era Francisco, ¡Dios lo guíe por el camino
de la verdad!, aunque tardamos en reconocerlo porque parecía un hombre de unos
cuarenta, con la capa azul índigo, su enorme bigotazo y el turbante rojo. Antes de
saludarlo, Gonzalo le preguntó quién había ganado. ¡Qué gritos y abrazos los de
nuestras mujeres! Entramos en casa y nos sentamos a la mesa, pero la velada no
resultó tan atractiva como pensábamos a causa de nuestro padre y de las gentes que
entraban a saludarlo. La noticia había corrido las calles y todos querían saber nuevas.
Los chiquillos de las cuevas se amontonaban en la verja y le pedían que saliera para
tocarlo. En el barrio cristiano en cambio las puertas se cerraron y, maldiciendo las
columnas de humo que se veían en las colinas, corrían a encerrarse en el castillo
donde estaba Gascón con media docena de soldados. Las mujeres que habían perdido
a sus maridos e hijos venían a preguntarle si iba a matar a los cristianos. Fue entonces
cuando mi padre dijo que eso no beneficiaba a nadie y Francisco levantó la cabeza y
lo miró con ojos poderosos y al rato dijo, como hablando consigo mismo, es posible,
pero Abenhumeya dice que esta posición es importante, y sus palabras volvieron a
desatar de nuevo los labios de mi padre.
- ¡Que Dios te bendiga, hijo, y que nunca te degrades! La guerra es una
maldición! Ve a la batalla si tienes que ir y lucha con corazón compasivo, que todos
somos hermanos y la mayoría no ha hecho nada que merezca castigo.
- ¡Ah, ¿no? y ¿por qué estamos como estamos? Hay que limpiar al pueblo:
Son perros traidores que han vendido a nuestra nación.
- Entendería que lucharas por una tierra, no por una nación o una idea
religiosa.
- No seas testarudo, viejo, a la postre es lo mismo.
- Se hizo un silencio grande en el que todos contuvimos el aliento mientras mi
padre levantaba hacia él los ojos y lo miraba sin pestañear.
- Tendrás hambre -le dijo y en su voz había una gran amargura.
- Desde luego. Me muero por comer algo.
- No nos queda mucho, pero algo encontrará María. Entre unos y otros nos
habéis robado hasta las piedras.
Ahora fue Francisco quien no hizo ningún comentario.
- En la Calahorra -prosiguió mi padre mientras María le servía té y pasas- han
caído quince hombres, ¿cómo habéis podido matar a las mujeres?
No dejó de comer. Sus ojos eran fieros y no corría por ellos la menor sombra
de compasión. Volvió a preguntarle mi padre si no era posible entenderse y si
conocían la situación en la que nos dejaban a los que quedábamos en los pueblos y él
entonces se levantó, molesto por el interrogatorio, le puso la mano en el hombro unos
segundos y salió hacia la chiquillería. Todos respiramos aliviados.
- Es muy posible que nos vayamos al Magreb -le dije al despedirlo-, ¿vendrás
con nosotros?
- No me esperes, Diego. Nadie borrará nuestro nombre de esta tierra. Nadie va
a quitarme mis tierras vivo.
La batalla final por el castillo acabó en unas horas. Doscientos hombres lo
rodeaban mientras el resto retozaba en los baños y jardines. Parlamentaron al no
haber dentro otra cosa que viejos y mujeres y, al no llegar a un acuerdo, batieron la
puerta con dos piezas y empezaron los degüellos. Las colinas traían los ecos de los
que luchaban y también de los que caían y morían, hombres, mujeres y niños (“suerte
que el de Vélez se hallaba en Adra, comiendo pescado fresco, nadando y retozando
como un cerdo sin seguir al enemigo, dejándolo armarse para que éste pudiera
crear guerra y barrer nuestros pueblos»). Al caer la tarde el barrio cristiano ardía y
se oía la piqueta en los jardines y baños (“guardados con curiosidad y mimo de siglos
para recreación de todos”) y el rostro de mi padre se agrietó en surcos. Movía la
cabeza melancólicamente, tratando de hablar, sin que le salieran las palabras.
Temblaba y se mordía los labios para hacerse sangre. Cuando le dijeron que habían
muerto más de veinte en el castillo dejó de temblar, pero se veía que estaba
avergonzado y que se tapaba los oídos para no oír. Todos estábamos a su alrededor
graves y taciturnos, sin saber qué hacer y decir, excepto Nardona, que recitaba con el
rostro reluciente a ajo, tomillo y aceites: “Alá al fin ha hablado y ha mostrado su
justicia”. Mi padre cayó al suelo de rodillas.
Cuando más tarde se le dijo que también habían arrasado los baños, se
levantó, pidió el arcabuz y su caballo y entre varios lo agarramos, al damos cuenta de
que había perdido el juicio.
Decía que sus hijos éramos una maldición y una vergüenza y que no entendía
a los hombres: Cincuenta años oyendo y presenciando las mismas salvajadas, ¿es que
el Todopoderoso no conoce la clemencia?, si es así prefiero la compañía de los
enemigos en el infierno que con El en el Paraíso.
Se desembarazó de nuestras manos, se limpió los ojos y, ya en la calle, lanzó
una piedra con furia al cielo: Siempre te he admirado por la forma cómo nos miras
desde el cielo de tu iglesia, pero ya no te temo. Has conseguido que te pierda el
respeto. No eres nada, óyeme bien. No eres nada si no los castigas.
Y lo agarré por el brazo cuando lo vi decidido a marchar calle arriba.
- Somos lobos, hijo, y no es posible vivir de acuerdo con uno mismo sin un
mínimo de respeto, ¿dónde encontraré resignación?
- Pueden matarte, padre.
- Que lo hagan. Han secado mi corazón, que lo hagan; de todos modos ya no
podré vivir en paz con este pueblo si no acabo con el cabrón que los manda, ¿es que
tú no estás avergonzado de ti mismo? ¿Es que no es un consuelo morir?
- Tú siempre has dicho que los nuestros están por encima de la ley a la hora de
ocultarlos y perdonarlos -, le dije.
No sabía si el que los mandaba era Francisco y lo metimos en casa entre todos,
donde siguió durante algún tiempo diciendo frases tan grandes y terribles que
resultaba conmovedor y lastimoso ver correr el vino por la piel de una mente tan
sensible.
Por fortuna para todos, las campanas sonaron a media noche y lo hicieron el
tiempo suficiente para que se durmiera. Fue un alivio y, al cerrar los ojos, le vinos
serenar los surcos del rostro y todos pudimos salir a la calle y preguntar qué pasaba.
A todo esto llevábamos más de cuarenta horas en vela y nos habíamos olvidado por
completo de probar bocado. Mientras lo hacíamos, tío Alfonso y los primos
anunciaron de excelente humor que se marchaban y Dalia me preguntó si los
acompañaba.
- Nos encontraremos en Marrakech.
- ¿No vienes con nosotros?
-¡que el Señor os guía hacia lo que es mejor para todos! María compartirá
vuestra suerte y yo lo haré más adelante, cuando pueda convencer a nuestro padre.
Esperaron a que despertara y María se arrodilló pidiéndole que la perdonara y
él, sin el menor signo de reprobación, la bendijo.
- No puedo acompañarte, hija mía, pero cada día contaré las horas y los
minutos desde tu marcha.
- Vendrán los cristianos y acabarán con los que os quedáis - le dijo tío
Alfonso.
- Lo sé y por eso me alegro de que os marchéis.
Dalia y María lloraban.
- ¡Que el Señor del perdón os guía hacia una tierra más segura! - dijo
poniéndoles la mano derecha sobre sus cabezas.
- ¿Por qué te quedas? - le preguntó tío Alfonso -. Esta tierra es un lugar de
infamia para nosotros, ¿qué razón tienes para quedarte?
Mi padre no le contestó.
- Sólo Él lee los corazones. Espero que tus intenciones sean rectas.
Dalia seguía llorando.
- Nos veremos pronto en Marrakech -le dije besándole la mano.
No me contestó, pero en el brillo de sus ojos comprendí que creía en mis
palabras y la vi marchar andando detrás de su padre y de sus hermanos sin otra cosa
encima que las últimas provisiones que habíamos recogido apresuradamente para
ellos. De haber podido, le hubiera dado una alfombra voladora y linternas que la
transportaran mágicamente por el cielo. Llevaba a la cabeza el cesto con los frutos
secos y, al salir del pueblo, se volvió para mirarme a modo de adiós; luego lo hizo
María, con el atillo de ropa a la cabeza y, minutos después, caía sobre la casa la nube
de humo negro, espeso y sofocante, que había flotado desde la mañana sobre el
pueblo, y se oía la voz del muecín llamando a los fieles que quedaban a la oración de
la tarde, en medio de un silencio sobrenatural que me obligó a taparme los oídos.
“¡Alá es Grande y ha sentado Su Mano sobre los infieles!”
El tono era triunfante y se expandía sobre el valle en tromba, como si quisiera
llenar el mundo con las maravillas acaecidas durante el día, un día en el que envejecí
diez años.
En el barrio cristiano quedaban vigas humeantes y escombros y, al acercarme
a las almenas, el olor era tan intenso que tuve que dejar de respirar para penetrar en el
patio del castillo. Muertos por todas partes. La sangre formaba pequeños riachuelos
coagulados y la confusión era tan grande que los gritos de los supervivientes, de
mujeres, niños y familiares abrazados a los muertos, atravesaban el pecho como un
cuchillo e hinchaban las sienes. También me temblaban las rodillas: Don Pedro y
parte de su familia, los Torres, Pedro Gázquez, el escribano y sus dos hijas, Juan de
Vera, Chacón y sus soldados. La voz del muecín seguía colgada de las alturas
infinitas del cielo, por encima de los lamentos y de los gritos, como una alondra
celeste, intoxicada con la dulzura de su canto. De pronto vi mi caballo. Mi padre
trataba de alzar a don Pedro a la grupa y corrí a ayudarle.
- ¿No puedes pedir ayuda?
- Me sobro y me basto solo.
Entre los dos lo llevamos al cementerio, la cabeza de don Pedro colgando con
un balanceo que acentuaba el dramatismo del momento de tal forma que él la cogió
con las manos mientras yo tiraba del caballo. Luego volvimos a por Blas de Torres y
en ese momento se nos unieron algunos supervivientes, incluso gentes de las cuevas
con burros y carros y, al amanecer, todos estaban en un fosar común sobre el que
colocamos dos maderos cruzados.
- ¿Los has contado? -, me preguntó mientras regresábamos.
- Veinte - le dije.
Seguimos en silencio un buen rato, él con la cabeza hundida en el pecho sin
atreverse a mirarme.
- ¿No vamos con los tíos?
- ¿Hasta cuándo vas a seguir con la monserga? Tú puedes irte cuando quieras.
- Dios va a castigarnos, padre, por no seguir las indicaciones tan claras de su
Providencia y por no aprovechar la última oportunidad.
- Alguien tiene que pagar por este crimen.
- ¿Y por qué usted y no yo o los provocadores de tanta impiedad?
- Es el único placer que me queda.
- Lo torturarán.
- Tanto mejor, así Él oirá mis gritos.
- Nada nos queda, ni siquiera pasas e higos.
- Los nuestros siempre han podido pasar semanas y meses sin pan, y yo no soy
menos que ellos -, dijo rascándose la cabeza -. ¡Dios proveerá!
- ¿Hasta cuándo?
- Mientras quede un solo moro en el pueblo.
- ¿Somos cristianos o moros? -, le pregunté al rato, sorprendido por la palabra
moro que acababa de decir.
- Antes me gustaba pensar que nuestra sangre no era ni mora ni cristiana, hoy
no sé lo que somos y tú tendrás que descubrirlo por ti mismo. Para mí es tarde.
Algunos años atrás habíamos tenido una peste maligna que se había llevado la
mitad del pueblo, hombres, mujeres, niños y animales. Los vientres se les hinchaban
y poco después morían. A los creyentes los llevaban en andas a la iglesia, esperando
que Dios los salvara a última hora; a la mayoría la dejaban en el cementerio. El cura
alzaba la voz al Cristo pintado en el altar mayor y le exigía la salvación de los fieles
arrepentidos, pero éstos también morían. Morían los que pedían el perdón y los que
se negaban a confesar, buenos y malos, como si Dios e Ibis hubieran llegado a un
entendimiento. Los que hacían oración al viejo estilo y ayunaban y se laceraban,
morían. Ni un Dios ni otro los ayudaban.
- Eran las aguas, hijo. Lo sé porque he criado muchos animales en mi vida y
los he visto morir de los mismos síntomas. El agua mataba entonces sin que Dios lo
remediara y hoy matan las ideas sin que Dios lo remedie. Las ideas son otra gran
peste, nunca lo olvides, hijo. No valoramos la vida y no la entendemos. No tenemos
compasión de nosotros mismos y culpamos a Dios o al Diablo de nuestras desgracias
cuando es nuestra maldita condición.
- ¿Y aún así quieres morir?
- Más que nunca, porque estoy harto. Los hombres me han quitado la fe que
tenía, es algo que sufrirás tal vez tú mismo con los años.
Se levantó. Había hablado desde el poso del dolor, donde está la sabiduría, y
quise respetar su silencio. Al marcharse a la alcoba, me puso la mano en el hombro
como si fuera a decirme algo importante.
- Encuentra la forma de no morir, hijo, yo la he buscado inútilmente, pero tú
tal vez la consigas si te elevas a la estatura de un hombre. Dios es Misericordioso con
los que le son fieles y no se le puede reprochar aquello de lo que sólo el hombre es
culpable.
Se quedó parado unos segundos, como si quisiera añadir más, y luego se dio la
vuelta y entró con Nardona, que ni se había enterado de la marcha de los tíos.
Al llegar el día, brillante, limpio y luminoso como la mayoría en esta tierra, la
gente salía de las casas y cuevas para verse y contarse de nuevo los sucesos acaecidos
y hacer recuento de los muertos. Estábamos viviendo los últimos calores del verano y
a las flores les faltaba esplendor. Las casas más hermosas se habían quedado vacías,
las tiendas no exhibían mercancías y la algarabía habitual de niños en la calle había
enmudecido. No obstante, los hombres y mujeres que quedaban se tocaban y besaban.
Había pasado el Justiciero sobre sus cabezas y estaban vivos, cerciorándose a pesar
de verse de que lo estaban y luego daban gracias al Altísimo, miraban al cielo sin
nubes y decían de los muertos que ellos habían dejado de sufrir: “Ellos ya no tienen
que preocuparse, mientras no sabemos qué será de nosotros”, decían una y otra vez
mirando al cielo, donde empezaban a arremolinarse nubes de la pesadilla. También
los de las cuevas descendían al pueblo, el dolor pesaba más que el odio, en busca de
los amigos y conocidos que habían perdido seres queridos para llorar con ellos.
Al aparecer el sol, sonaron las campanas y todos juntos, cristianos viejos y
nuevos, acudieron a la iglesia para rezar por ellos y fue en medio de la ceremonia
cuando una Torres llamó a Femando Alfanegín perro sarraceno y éste le respondió
desde las últimas filas que ni era perro ni sarraceno, sino tan cuevano como ella y
mejor soldado del rey que su marido, que en la paz de Dios descanse, quien nunca le
había servido con las armas, liándose a continuación una trifulca terrible en la que se
maldecían, golpeaban y perseguían sin que hubiera alcaide, aguacil ni cura capaz de
poner orden. La gente volvía a sus casas a la carrera y no acababa de entender a qué
venía tanta conmoción hasta que vi a mi padre que bajaba rodeado de un grupo que
intentaba protegerlo.
Entramos en casa y encontramos a tío Hierónimo esperándolo y tuvo que
explicarle. Tampoco tío Hierónimo salía de su asombro, se levantaba y profería
berridos, luego se sentaba como si cayera de un segundo piso.
- El mundo se acaba y si no nos lleva Dios lo hará el Diablo.
- Si hubiera Dios habría destruido el templo esta mañana con todos nosotros
dentro -dijo mi padre.
Tío Hierónimo lo miró unos segundos cerciorándose de que había oído bien.
- Estás tentando al Altísimo, al Unico y Verdadero.
Mi padre calló y tío Hierónimo le entregó un pliego.
- ¿Qué es?
- La Inquisición, ¡Alá borre un día su recuerdo de nuestras memorias!
Cayó un silencio de tumba sobre nosotros y, mientras nadie se atrevía a hablar,
Nardona reía a carcajada limpia desde la alcoba.
- ¿Por qué no la mandaste con los otros a Marrakech?
- Está muy mal -dijo mi padre.
- Convendría llamar a Gonzalo.
- Con él no se puede contar, anda con las guerrillas -les dije.
Mi padre se había hundido en el silencio y tenía el rostro pesaroso y
súbitamente enrojecido.
- Estamos sin dinero y sin dinero es como ir desnudos por la calle, ¡que el
Altísimo nos proteja! No hemos obedecido a tiempo sus preceptos y ahora nos ha
cerrado todas las puertas.
- Teníamos un país, una familia, una tierra, un nombre, una re.. -dijo mi padre,
pero se quedó en medio de la frase y tío Hierónimo hizo la señal de la cruz y se
levantó muy pálido y con la boca abierta se puso a caminar de un lado a otro de la
sala, marcando sus grandes botas militares en la baldosa.
- Es como un sueño, como andar un camino que no lleva a ninguna parte y que
no tiene fin; pero, ¿qué quieren de nosotros? Supongamos que vamos todos juntos a
la capital y nos presentamos a los magistrados. No les tengo miedo y dejaríamos las
cosas sentadas de una vez por todas. ¡Dios Misericordioso! ¿Por qué no nos
habremos ido cuando yo lo dije?
- Yo no voy a Granada, antes tomaría el camino del exilio. Lo hice una vez
-decía mi padre-, y no me ha quedado fe en unos hombres que cambian de palabra
como la serpiente de piel, ¡Dios los confunda!, sean procuradores o militares, que
todos son uno cuando mandan, una peste, una gran enfermedad para la gente sencilla.
Juegan con nosotros como si fuéramos títeres. Son fuerzas y sospecho que
desconocen los sentimientos humanos. Hacen la guerra o la paz según un propósito
que nadie entiende y obran siempre con la ceguera de las bestias, ¿qué sentido tiene
maltratar, perseguir y asesinar a las únicas personas que trabajan y quieren vivir en
paz en el país?, ¿qué sentido tiene hacer guerras por Europa? El Diablo sólo sabe en
provecho de quien las hacen, ¿qué sentido tiene firmar la paz con el turco y luego
perseguimos a nosotros? Yo no voy. He colaborado con ellos, he tratado de poner
paz, he creído en sus palabras, me he negado a luchar y hoy estoy demasiado cansado
y viejo para cambiar, pero quién sabe si no he hecho otra cosa que servir las
malvadas intenciones del Demonio, que ellos encarnan, y si no hubiera sido más
cuerdo resistirles. Al menos ahora sabría quién soy, por qué estoy aquí y por qué voy
a morir.
Bajó la frente. Nunca le había oído un discurso tan largo y de tono tan amargo,
que revelaba no obstante una mente noble y confundida, y el corazón se me llenó de
veneno. Tío Hierónimo miraba fascinado el pelo blanco y brillante de una cabeza
hasta entonces compasiva y que, en el umbral de sus días, empezaba a saborear las
hieles de la amargura y tal vez de la venganza.
- ¿Quieres que vaya yo?
- Si piensas que debes ir, hazlo. En el corral tienes mi yegua.
Le dio su bendición y luego marchó él mismo hacia los corrales con la
intención sin duda de preparársela, pero a medio camino cambió de parecer y se paró
a contemplar sus campos. Se veía al indio al otro lado de la acequia y de la pequeña
finca de frutales, limpiando los naranjos. Cogió el azadón y, por la senda que bordea
sus tierras, se dirigió a las planicies desérticas y en otro tiempo cultivadas, cercanas a
la rambla, en las que apenas quedaba alguna que otra higuera suelta y cactus
creciendo en abundancia y, una vez allí, buscó el lugar más duro y pedregoso y
empezó a golpear el suelo con la cabeza del azadón.
El indio bajo los naranjos levantó la cabeza al verlo y lo fue siguiendo con la
vista. Nada podía habérsele perdido en aquellas tierras hoy yermas, que ni siquiera
eran suyas, y en las que no crecía ni la hierba; pero una vez en ellas se abrió de
piernas, escupió en ambas manos y empezó a golpear el duro suelo con rabia.
Corría una cinta estrecha, de tierra blanda y fértil a ambas márgenes del río,
que en primavera daba campanillas y flores silvestres en abundancia, aunque por
poco tiempo, y se podía ver todavía en ella el recuerdo de viñas y granados, e incluso
algún que otro árbol grande de hojas plateadas que había escapado al hacha y los
incendios. No lo entendía. Podía cavar allí, no donde lo hacía, y los golpes secos del
azadón en la arcilla dura como la piedra traspasaban mis oídos.
- ¡Que el Diablo me lleve! -dijo tío Hierónimo al volver del corral sobre la
yegua.
Siempre me había parecido poca cosa mi padre, pero ahora parecía
insignificante en medio del sol y la llanura, como más gastado y seco de como
siempre lo había visto, y hasta los pájaros dejaron de piar en los aleros y en la tupida
sombra de las moreras. Las colinas a lo lejos eran blancas, el cielo tenía un color
indefinido y ni siquiera el mar conservaba azul alguno que el sol no hubiera disuelto
y engullido. Nada se movía en el paisaje excepto el sonido del azadón, que cruzaba el
valle en infinitas direcciones y las colinas lo volvían multiplicado. Al mediodía
había levantado un pequeño montículo y se hundía hasta las rodillas. A media tarde,
se hallaba hundido hasta la cintura y el montón de tierra sobrepasaba su cabeza. Al
caer el sol, con las colinas ya en sombra, el indio se retiró y yo me acerqué con un
botijo. Salió del hoyo al verme y se acercó a mí dando tumbos como si no viera el
camino. Al entrar en casa pidió una silla cuando la tenía delante.
Lo llevé del brazo, como se lleva a un ciego, y al caer en la silla ni siquiera
crujió. No pedía de comer ni de beber, no había querido probar el botijo, y parecía
afectarle el que yo notara su pérdida de fuerzas y de control. No decía nada, tal vez
no tenía nada que decir y había hecho aquella estupidez para no hablar ni pensar. La
respiración no obstante le volvía y, convencido de que hay cosas que no necesitan
decirse, pero que se explican de mil maneras, no le pregunté el motivo de su hazaña.
Finalmente se limpió los ojos con un pañuelo e hundió en él la nariz.
- ¿Prefieres vino?
No me respondió. Me miraba desde los párpados semicerrados con
agradecimiento y corrí a la bodega. Había decidido largarme por la mañana y tal vez
él lo sabía. Sabía que le faltaba el tiempo y quería alargar los minutos que nos
quedaban por si tenía algo nuevo que decirme y fuera tan importante como para que
no se perdiera. Quería mantenerme a su lado y el tiempo nos faltaba, ambos lo
sabíamos, y estaba dispuesto a hacer todo lo posible para que no me fuera, por si
tenía algo importante que decirme y se fuera a perder. Yo también estaba dispuesto a
alargar el tiempo todo lo posible para darle la última oportunidad de decirme todo
aquello que se podía perder.
- Antes del vino, bebe agua, te sentará mejor.
Cogió la taza y la bebió entera sin mirarme.
- Tú y yo, Diego, siempre nos hemos entendido sin necesidad de palabras
-dijo alzando los ojos.
- Siempre, padre.
- Y has sido un buen hijo.
- No hable de eso, no necesita decírmelo.
Volvió a mirarme con ojos hundidos.
- Estoy cansado, pero todavía tenemos mucho de qué hablar.
- Mañana si usted quiere -, le dije.
- Mañana, sí, hoy necesito dormir y creo que voy a poder hacerlo.
- Dormirá, padre, ha sido un día duro, y cuando se levante seguiremos
hablando.
7
A media noche se oyó un trueno seco y segundos después llovía, primero en
gotas gruesas, que me sorprendieron tanto como el trueno y, a continuación, una
lluvia de tono grande, intenso y continuo, que me mantuvo despierto el resto de la
noche. Me acordé del indio que dormía en el patio y que se levantaba siempre a su
hora y estuve preguntándome si la lluvia le habría alterado el sueño.
Por la mañana siguió lloviendo y el día no se distinguía de la noche. Venían
del mar nubes bajas, negras y muy cargadas que al llegar a las colinas, donde había
reventado el trueno, se desgarraban y abrían en torrentes que fluían por las infinitas
ramblas, inundando las calles y desbordándose por los campos. Regresé a la cama,
pero la humedad y el frío se habían metido en las sábanas y, al no poder entrar en
calor, encendí el fuego con la intención de secarme las ropas.
La lluvia siguió fuerte durante el día y parte de la noche siguiente -cosa
frecuente en esta tierra en los otoños- y sin saber por qué me sorprendí contando las
horas con los dedos. Mi caballo relinchaba inquieto en los corrales, molesto por la
soledad y asustado por la lluvia y los truenos. De vez en cuando limpiaba el vaho del
cristal, sin otro pensamiento en las entrañas que escapar de inmediato, en cuanto
acabara la tormenta y antes de que mi padre me viera por la mañana; pero
inesperadamente me tocó el hombro y volví la cabeza.
- ¿Vas a irte?
- Voy a irme, padre -, le dije.
- No me dejes solo ahora, Diego, espera unos días.
Era la primera vez que me pedía algo en su vida y le toqué la mano
semiparalizada en mi hombro.
- Cuando nos separemos es probable que no volvamos a vernos.
Hizo una pausa y no le pedí que me acompañara como otras veces.
- Si muero en el pueblo te será fácil saber lo que tienes que hacer -dijo
indicándome con el brazo el hoyo que había cavado en la explanada.
Se lo prometí con un nuevo apretón en la mano.
- Están a punto de llegar y no sabría qué hacer si te marchas. Tampoco puedo
acompañarte, después de todo siempre he sido español dentro -dijo señalando el
corazón.
Nos quedamos callados, ¿qué podía decirle? Era un viejo testarudo y por otra
parte nada nuevo podía añadir que mi presencia no le dijera suficientemente, y volví
la cabeza para que no viera mis ojos.
No tardaron en llegarnos noticias del desenlace de la guerra por las Alpujarras
y la iglesia se llenó de azucenas y alhelíes, de ramos de naranjo en flor, mirto,
jazmines, gladiolos y exvotos con formas humanas, brazos, cabezas y estatuillas de
santos que colgaban de una de las paredes. Las mujeres de las cuevas se echaban a
los pies de la Virgen exhalando gritos desgarradores, luego se sentaban en los bancos
y en el silencio se oía el zumbido de las avispas que entraban por puertas y ventanas
tras el perfume de las flores. “El buen Dios al fin nos bendice”, decía el padre
Sebastián con la voz muy disminuida. Se le acercaban las mujeres y él les ponía la
mano en la cabeza y las bendecía, ¿qué más podía hacer por ellas? Había perdido la
voz tratando de convencer a los cristianos viejos de que no tentaran a Dios con más
muertes, pero todo había sido inútil. Sus mujeres le pedían oraciones y misas para
que Dios les enviara pronto a los soldados, y nadie parecía satisfecho con el resultado
de la guerra. En Juviles trescientos hombres habían sido pasados por la espada y sus
cuerpos yacían en la iglesia y en los jardines alrededor, sin que les sirviera de nada
refugiarse en ella o arrojarse delante de los alguaciles y magistrados. En los Vélez
mil quinientos habían huido sin rumbo y sin comida hacia lo desconocido y eran
seguidos por concegiles que tenían campo franco y un sueldo de cuatro coronas.
Se decía entre los moriscos que eran fáciles de matar cuando iban cargados de
botín y muchos morían a manos de mujeres que les atacaban los ojos con polvo y
luego les acuchillaban los caballos. Álvaro Flores y Antonio del Avila con otros
doscientos perecieron en Válor de esta manera.
De las Albuñuelas, Órgiva, Laroles, Los Guájares, Ronda, Sierra Bermeja,
Guadix, Baza y Almería, seis mil jóvenes habían huido a Berbería, donde formaban
el grueso de las tropas de Ahmar. que más tarde derrotarían a los portugueses en
Alcazalquivir, en una gloriosa batalla que irónicamente daría el reino de Portugal a
Felipe II, nuestro carnicero. Las mujeres y los niños se vendían por miles. A los
fuertes les ataban las manos y los pies y los enviaban a galeras. Seguía los ejércitos
cristianos una multitud de mercaderes que compraban en el lugar todo lo que caía en
sus manos, bienes, ganado y esclavos y, aunque se cuestionaba en Madrid por
algunos abogados y teólogos que fuera justo vender prisioneros, bautizados
nominalmente, el rey dejó el asunto en manos de Deza, gran procurador de Granada,
que decidió afirmativamente con la excepción por orden real de los niños menores de
diez años, eximidos de castigo por razones humanitarias.
Al caer la tarde, las colinas se llenaron de violetas y el cielo de una bandada de
buitres, saciados de comida como los de mis sueños, que pasaron silenciosos y sin
ruido de alas por encima de la iglesia. El aire olía a pólvora y los habitantes de las
cuevas se encerraron en la iglesia. De vez en cuando se abrían las puertas y se
escuchaba una blasfemia contra Dios o Mahoma que se mantenía horas en el aire,
desgarrando los oídos.
A media noche se escuchó una carcajada brutal en nuestra calle y le pregunté a
mi padre si dormía. Algún tiempo después se levantó Nardona y la oí correr de alcoba
en alcoba recogiendo la ropa y limpiando la cocina. Escuchaba el fragor de los
pucheros y peroles, como si limpiaran un ejército de muchachas, y me levanté y la
descubrí con su mejor vestido y llena de aceites en la cara. De la cabeza de mi padre,
sentado en la oscuridad, nacía un hilo de vapor que alcanzaba el techo y, aunque
jamás había sospechado deseos de mujer en él, deduje por el sudorcillo grasiento de
su pelo y piel que acababan de estar juntos.
- ¿Tienes miedo? -le pregunté.
- No soy una mujer.
- ¿Crees que vendrán?
- Lo que va a suceder está escrito y no se puede borrar. Si nos matan tan sólo
conseguirán acabar con nuestra miseria.
Mi padre tenía la teoría de que con la muerte se abría la tierra y el alma era
conducida a un Paraíso de Palmeras, donde se reuniría con sus mayores a charlar,
fumar y disfrutar de la belleza femenina, y la muerte no le preocupaba lo más
mínimo, de ahí que no atendiera a los ruidos de la calle y no se molestara en
descifrarlos. No pensaba o no quería pensar y todo lo más que sentía y le
avergonzaba era el haber vivido y visto tanto.
- ¿Piensas ir a misa por la mañana?
- Mientras las cosas estén como están no pisaré la iglesia. Dios no es bueno
para nada cuando deja que nos maten los hombres. Vergüenza me daría llamar hijo
mío a quien me desobedeciera y El no controla a los cristianos. No le temen ni
respetan sus mandamientos y es hora de que se haga respetar o lo crucificarán de
nuevo. Va siendo hora de mandarle un ultimátum. Por la mañana me gustaría montar
a caballo.
- Puede coger el mío, pero cuidado con él, lleva varios días sin ejercicio y está
nervioso.
Me miró como quien piensa, “consejos a tu puta madre, muchacho”, o algo así
y, al rayar el alba, las calles de Cuevas se llenaron de jinetes que pasaron con gran
estruendo de cascos, voces y arneses hacia la iglesia. Nardona nos trajo una taza de
caldo y tres bolsas de comida que colocó a nuestro lado y por algún tiempo seguimos
sentados en silencio, identificando el menor ruido, las voces y las carcajadas,
convencidos de que había llegado la hora, incluso para nosotros. Se oyeron los gallos
y la luz que atravesaba las nubes fue sacando lentamente al valle de la sombra,
fijando árboles y cortijos.
- Convendría que ocultaras tus armas -dijo.
Corrí al desván y las oculté en el techo.
- Sé fuerte y procura no encolerizarte. El día en que te alces sobre los hombres
no los desprecies ni maltrates, que todos somos hijos de Alá y miembros desdichados
de la misma tierra.
Jamás le había oído nombrar a Alá hasta ese momento y me quedé mirándole.
Mi padre era un dios para mí y nada me alegraba tanto como escucharlo y
obedecerlo, aunque se me hiciera un nudo en la garganta verlo en aquel estado.
Nardona se sentó a nuestro lado. La cercanía de la muerte la había serenado -no creo
que fuera la noche junto a mi padre, la primera en muchos meses- y parecía otra,
mucho más fuerte y diligente, mucho más cariñosa y humana, aunque de aspecto tan
gastado. Volvimos a oír los cascos, mi padre se levantó y se puso el zamarro de
cordero, se apretó el cinturón y se echó al hombro las alforjas, quedándose de pie en
el centro de la sala como el que espera un transporte inmediato.
El caballo blanco dio una vuelta a la casa. Vi de refilón el perfil del jinete sin
reconocerlo, a causa de aquella capa blanca que cubría los lomos del caballo, los dos
pistolones de plata y la espada reluciente. Al alzar la voz lo reconocí.
- ¿Del pueblo? -me preguntó mi padre.
Y sin esperar mi respuesta se acercó a la puerta y la abrió, quedándose
paralizado frente al soldado, un hijo de Cuevas, al que pocos días antes le habíamos
enterrado a su padre. Clavaba en él los ojos inyectados de sangre y no se los quitaba
de encima, como si esperara una reacción violenta.
- Fuera todos - ordenó.
Salimos los tres.
- ¿Y la chica?
- ¿Qué quieres de nosotros?
- Sois unos traidores, todos, la familia entera.
- Enterramos a tu padre dignamente -le dijo mi padre.
- Siempre os había tratado bien, demasiado bien, no necesitas recordármelo.
La sangre se agolpaba en mis muñecas. Tuve que cerrar los puños para
contenerla. En la calle había jinetes en abundancia, apostados en las esquinas,
muchos con los codos en las sillas, como reposando de una larga cabalgada. Nardona
maldijo a Cristo en sus narices y Antonio Fajardo no se molestó en contestarla. En la
iglesia todo eran maldiciones y los dioses volaban de boca en boca, sin que la sangre
llegara al río en un principio. Se les veía muy seguros y era idiota provocarlos,
cuando tenían las armas y al que alzara el cuchillo podían dispararle sin preocuparse
en recogerlo del suelo y sin permitir que las mujeres se acercaran, como sucedería
más tarde. Fernando Alfagín le lanzó un cuchillo a uno de los soldados, acertándole
en el pecho, y él se bajó del caballo sin exhalar un quejido y sin quitarse el arma, dio
varios pasos adelante y con la espada le cortó medio cuello de un tajo; luego él
mismo se quitó el cuchillo y todos enmudecimos. El Mulero intentaba parar la sangre
y se sujetaba la cabeza con las manos. Le fluía del cuello un chorro a borbotones y, al
verse morir, se dio la vuelta y ascendió recto hacia la iglesia, dejando un reguero a su
espalda, atravesó el umbral, luchando por mantenerse en pie, y se tambaleó junto a la
pila del agua, cayendo todo lo largo que era en el pasillo central en medio de un
charco de sangre.
Jamás pensé que el cuerpo de un hombre contuviera tanta sangre. El Mulero,
famoso en los contornos por su lenguaje, no pudo morir como había vivido, porque
no salió una sola palabra obscena de su boca. A todo esto, la confusión fuera era
indescriptible y los soldados, al ver a su compañero herido de muerte, disparaban
sobre la multitud que se apelotonaba compacta y aterrorizada por los disparos y su
propio griterío. Los hombres lanzaban amenazas a diestro y siniestro. El soldado
herido de muerte intentaba inútilmente coger las riendas de su caballo para mantenerse en pie y éste reculaba entre resoplidos, asustado por los gritos y la sangre.
Movía hacia él pies mecánicos, siempre con las manos en alto en busca de unas
riendas imaginarias, rechazando a todo el que intentaba sentarlo en el suelo.
“Dejadme”, decía caminando con largos trancos hacia la pared, como si tuviera prisa
por llegar a alguna parte. Al alcanzarla se volvió de espaldas y sus pies fueron
resbalando lentamente hasta quedar sentado y encogido con la cabeza hundida sobre
el pecho. Tenía los ojos muy abiertos y le nacía de la boca un río de sangre que le
caía al pecho por la barbilla. Fue en ese momento cuando vi a mi padre con el cuerpo
de Nardona en brazos y me acerqué a él. Los soldados venían detrás descargando
ciegos culatazos, deshice el abrazo y lo arrastré conmigo hacia la iglesia.
- ¡Dios Todopoderoso perfume su memoria!
En el interior éramos treinta y el número crecía lentamente. Se abrían las
puertas y entraban conocidos, viudas, madres, huérfanos, que se paraban tímidos en
la baldosa y luego se acercaban a los familiares y amigos con grandes alaridos. Al
caer el sol entró Mariam, a quien los de las cuevas llamaban Fátima, con su niño en
brazos y se quedó paralizada junto a la pila del agua. Fue la última. Era joven, mi
misma edad, delgada y de ojos grandes, y al haber trabajado en nuestra casa mi padre
le había apadrinado al niño en el bautismo. Se levantó, corrió en su busca y ella sin el
menor comentario se sentó entre nosotros con naturalidad y una extraña sonrisa,
como si mi padre y la familia le debiéramos tan problemática protección.
8
La noche previa a la gran marcha, soñé que colgaban de mi cabeza dos
mujeres, la una morena y de ojos grandes, la otra rubia y del color del oro, ambas
severamente maltratadas y desnudas, altas, finas y con las carnes blandas. A la
morena le habían clavado tachuelas en la nariz y se apoyaba en mi hombro, con las
mejillas en los bíceps, para evitar que se le desprendieran los clavos, que eran de
cabeza negra. El cuerpo de la muchacha dorada tenía muchos puntos negros del
tamaño de una moneda por la espalda y los pechos, y tiras rojas y plateadas muy
visibles por el vientre, de forma que no le quedaban espacios sanos en el cuerpo ni
nada que se pudiera llamar virgen y que al tacto pareciera humano. La habían
golpeado con correas de cuero y su boca desprendía una espuma blancuzca, la piel se
le había hinchado y todo eran cuevas y moretones, especialmente el vientre o extraña
matriz, abrazado por tiras paralelas de distintos tonos que parecían albergar
monstruos que luchaban por escapar. Dalia, grité y el montículo de arena que sostenía
mis pies empezó a desmoronarse y con él mi sueño.
Se oían en la gravilla del camino que conduce a la iglesia los cascos de un
caballo y el susurro, casi subliminal, de voces lejanas. Los hombres escupían sin
piedad fuera de los bancos, de forma que había escupitajos por todas partes, y se oía
el carraspeo de las gargantas tomadas que pugnaban por aclararse, como si se tratara
de viejos, pero es lo cierto que los jóvenes tosían y escupían tanto o más que ellos. El
olor a cera era intenso, al no haber ventanas abiertas, y el color del cielo, cuando uno
levantaba los ojos hacia la bóveda, púrpura y gris.
Al amanecer se abrieron las puertas y el que los mandaba, con mis mismos
ojos azules, grandes y profundos, hizo el recuento. Se nos dio dos horas para recoger
ropa y comida y a las diez iniciamos la marcha a pie sin que se me permitiera ver a
mi caballo. Cruzamos el barrio cristiano, compuesto de dos calles a ambos lados del
castillo, luego varios cortijos abandonados, rodeados de vallas de cactus y, cuando
llegamos al fondo del valle, cogimos el camino de las colinas. Desde media altura,
vimos una muchedumbre de chiquillos harapientos y silenciosos, que parecían salidos
de tumbas, siguiéndonos con la vista. Algunos corrían detrás de sus padres, otros
permanecían quietos sin saber qué hacer y, lentamente, los fuimos perdiendo en las
irregularidades del barranco, de forma que cuando alcanzamos la colina habían
desaparecido con el valle y el pueblo, mientras el mar brillaba en la lejanía como un
cristal de plata.
Para mí era el día del Juicio y mi corazón gritaba al ver a mi padre dando su
adiós a las viñas, a las huertas con los naranjos cargados, al patio, al pozo del patio
con el membrillo escoriado y desgarrado por el fruto, a la gente, a las playas solitarias
e invisibles en la distancia. Le cogí el brazo. Su corazón gritaba, abatido por tanta
adversidad. No quería irse, esclavizado por las pequeñas cosas personales, por la
gente y la tierra, “nunca volveremos ya”, dijo con voz abrumada, “Dios, no ha
querido que mi destino se escriba entero en esta patria, y ahora me manda por los
caminos del exilio”.
- Volveremos -le dije.
No me contestó de momento, pero horas más tarde dijo, tocándome la mano y
aludiendo a mis palabras, “y tú tampoco volverás, Diego”.
- Lo importante es que nunca nos separaremos -le dije.
- Hijo, yo voy herido de muerte.
No le pregunté qué lo había herido porque conocía la respuesta. El siempre
hablaba de hermanos al referirse a las dos comunidades y las heridas de hermanos
hieren siempre, son sus palabras. Habíamos cruzado el patio seguidos por las miradas
de los cristianos viejos que se quedaban y que no acababan de creer lo que veían. Su
casa siempre había estado abierta para todos en los tiempos malos y nunca les habían
faltado sus siete espuertas de habas, judías, higos secos y trigo para simiente o
comida. Una vecina nos dio dos hogazas e hizo sobre ellas la señal de la cruz.
- ¡Dios la bendiga, Marta! -le dijo.
El sol brillaba en las alfalfas y las colinas se abrían al entrar en ellas. Fátima le
cantaba una canción de cuna al bebé en brazos, no recuerdo su nombre, y yo sorbía
en silencio y sin prisas la riqueza amarga del almizcle. La guardia de Alonso de
Carvajal, señor de Jódar, encargado de nuestra vigilancia y custodia, iba aderezada
como para una fiesta y bien provista de armas, estandartes y ministriles, que lo
rodeaban en todo momento, con ropetas de terciopelo carmesí y capotillos de saya
estrapada, guarnecidos de franjas y pasamanos de oro, y los atambores y pífanos con
libreas de seda y colores azules y amarillos, entre ellos cinco del pueblo que yo
reconocía con asombro, Antonio Fajardo, casi mi misma edad, al frente del grupo de
cabeza.
Tenia libertad de movimientos y a veces se volvía y corría las filas, como un
lunático, acompañando al señor de Jódar o fustigando a los retrasados como si fueran
ganado. Es lo que más nos dolía. Se acercaba a mi padre y lo miraba con ojos
pequeños y astillados. Mi padre no se molestaba en levantar hacia él los suyos, pero
yo no me perdía ese placer y el dolor ponía bálsamo en mi herida. Siempre habíamos
sido rivales, en el juego, en las peleas, en el vino, a pesar de mamar la misma sangre,
y ahora él llevaba una capa, un caballo blanco gigantesco y bien alimentado, en el
que se sentaba como en un trono y con la cabeza inflada en las nubes, sin perdernos
un segundo de vista, y llevaba una espada reluciente con empuñadura de plata, sobre
la que posaba la mano como si fuera a conquistar el mundo, mientras nosotros
íbamos a pie, semi descalzos y como esclavos.
- Nada nos ha hecho -decía mi padre sorprendiendo mi mirada y yo bajaba los
ojos y soltaba el aliento, pero es la verdad que jamás me había gustado y al fin sabía
por qué. Jamás había aceptado de niño uno solo de mis juegos y yo me moría por
ganarme su amistad. Era delgado y con tan poca talla como yo y con los ojos negros
de los ciervos, ¿de dónde habrá sacado la limpieza de sangre?
En Huércal Overa nos cogió la noche en un palmeral y a los muchachos les
permitieron recoger leña y se hicieron fogatas en las que hervimos arroz y nos
calentamos. Los soldados hacían corro aparte. Hablaban fuerte y reían.
Mi padre pasó la noche azuzando el fuego. En la oscuridad la cara de Fátima
brillaba fina y sudada en cada soplido. Sus ojos cuando entre sueños los abría
relucían pequeños y embrujados como los de las serpientes.
- ¡Malhayan todos los cristianos! -dijo en cierto momento despertando.
Nos miramos en silencio. Estábamos demasiado cansados para hablar,
pegados unos junto a otros, y nadie le contestó ni oyó los pasos de Antonio Fajardo
el Joven que se acercaba lentamente a espaldas de mi padre y cuando éste se llevaba
la taza de caldo a la boca. Se la quitó y la hizo añicos con la punta de la bota,
largándose con la misma arrogancia y sigilo con que había venido. Mi corazón ardía.
Sabía lo que debía hacer y haría a no tardar, pero preferí guardarle el secreto a mi
padre.
La siguiente noche tampoco dormimos. Habíamos salido cincuenta y el
número se engrosaba en cada villa y taha que cruzábamos, cuarenta en Vera, treinta
de la villa de Cabrera y veinte de la fortaleza de Lúbres, de Alela, Sorbas, Theresea,
Loçaina, Torrillos, Hiyunque, Oria, Xercas, Albox, Alxaime, Cid, de Vélez Blanco y
Vélez Rubio ciento cincuenta, Benianda, Ala, Bentaraja, Alid, Alarcha, Alharia,
Benilidid, Albanches, Gotovar, Lula, Orce, Las Hullas, Benamaurel, Mil en Baza y
como las Ramblas en las tormentas la angustia crecía con la riada de personas y
animales en la que flotábamos a la deriva sin paz de espíritu siquiera para
compadecernos los unos a los otros.
Son demasiado viejo para arrastrarme por los caminos - decía mi padre.
- ¿Tiene miedo?
- Soy demasiado viejo para mostrarlo.
Partíamos al amanecer y el día transcurría con el ritmo lento de la noche. Las
montañas se volvían salvajes y con arbolado espeso, las cañadas se estrechaban hasta
convertirse en insignificantes cintas verdes por las que corría un riachuelo. De vez en
cuando el agua brillaba en una ladera o junto a unos chopos y, mientras fuimos
pocos, los soldados no nos molestaban si nos acercábamos a beber. Mi padre jamás
lo hacía. Pocas veces lo había visto beber agua. No dormía por las noches excepto
ligeras cabezadas. No se concedía un pedazo de pan mientras hubiera alguien a su
lado más hambriento. Decía que había que acostumbrar al cuerpo a soportar largos
periodos de sed o de hambre, que vendrían. En los caminos llanos y polvorientos, se
quitaba las sandalias y andaba descalzo, animándonos a seguir su ejemplo. Yo lo
miraba enternecido. Tenía los ojos y los oídos puestos en él y almacenaba en mi
corazón lo que decía, ponderando sus reflexiones sobre la justicia de los hombres, la
discordia entre hermanos y la caída de España. “Los cristianos la han roto y echado a
perder, le han quitado la libertad, y hoy es un país mezquino y sin honor. Hijo mío,
búscate un país hermoso y libre, éste nunca volverá ya a ilusionarte.
Cerca de los Vélez, el señor de Jódar se detuvo delante de mí sonriente,
“muchacho, puedes irte, sabemos que tu madre era de los nuestros”.
Seguí caminando junto a Fátima y mi padre.
- He dicho que eres libre y que puedes marcharte, ir donde te plazca - dijo
con sequedad.
- ¿Es libre mi padre? - le pregunté volviendo hacia él la cabeza.
- También es libre.
- ¿Y Fátima? - le preguntó mi padre.
Dejó de sonreír y se largó hacia la cabeza de la columna.
En los Vélez, la muchedumbre apretada y andrajosa sobrepasaba el millar.
Muchos cargaban objetos de cocina y grandes bultos a los hombros, otros llevaban
burros o tiraban ellos mismos de los carros, que poco a poco irían abandonado en las
cuestas tras echarse a la espalda un sinfín de objetos inútiles, envueltos en mantas,
hombres, mujeres y niños sepultados en una nube de polvo que nos precedía o seguía
caprichosamente. Había muchachas jóvenes con vestidos llamativos de seda a las que
los soldados miraban y llamaban sin hacerles muchos ascos. Nadie se detenía y todos
cumplíamos con docilidad las órdenes de marcha.
Por tierras de Jaén el sol dejó de calentar y empezaron a cubrirnos masas
negras de nubes que se movían con pesada lentitud sobre nuestras cabezas. La línea
empezó a debilitarse y estirarse y, aunque era continua,, no se veía el principio y no
parecía tener fin. Las mujeres con niños a la espalda se sentaban al borde del camino,
descansaban siempre observadas por los soldados, que vestían ya traje de campaña, y
luego alcanzaban la fila de los maridos, familiares o amigos, arrastrando los pies en
el polvo con increíble celeridad. Fátima se pegaba a mi padre y éste la empujaba por
el hombro o la cintura. Nadie se detenía a recoger a los que caían. “Habrá nieve en
Castilla. Es una tierra muy fría”, decían los entendidos. Nadie respondía. Mi padre
cogió en brazos al niño de Fátima y le hablaba como si fuera suyo. En los llanos y
vaguadas el viento expandía un manto rosáceo hasta una lejanía considerable, por
donde marchaba la cabeza, arropándonos benévolamente en un calorcillo opaco y
paternal. Apenas se movía el viento y parecíamos caminar sobre un mar plano y sin
olas, pero aquella vasta extensión no era el mar sino extensas planicies que nos
acercaban a las alturas donde el frío era violento y amenazaba lluvia. Ya en ellas, los
rostros desaparecían enfundados y todo lo que se movía delante y detrás eran cuerpos
extraños sin cabeza ni pies, hundidos hacia la tierra. Fátima dejó de cantar y, apoyada
en mi padre, envolvía la boca del bebé con un paño, mientras se protegía con su
cuerpo. De vez en cuando penetrábamos en un bosque sin luz. Seguía haciendo frío
pero los árboles y la configuración quebrada del terreno nos protegían de los vientos
y nos adentrábamos con gusto, aunque una vez allí nos sintiéramos como en una
cueva húmeda. Fue en una de estas reservas naturales donde los soldados
comenzaron a quitarnos la comida y a matar, al ver que muchos huían a las sierras.
De pronto el Antonio estaba frente a nosotros con ojos fijos y enrojecidos y el
caballo envuelto en espuma, sangrando por los ijares.
- Quien comete la iniquidad se hace daño a sí mismo, ¿por qué atormentas a
tu caballo? -le espetó mi padre.
El no lo miró. Buscaba mis ojos. Le corría un hilillo de sangre por la boca.
Descendió con la espada desnuda y se fue acercando.
- No lo provoques, hijo -dijo mi padre-. Puede matarte.
Con la punta del arma abrió nuestras alforjas y comenzó a destrozarlas como
si fueran enemigos.
- ¿Por qué haces eso?
Por toda respuesta le dio un empellón y le hizo rodar varios metros por la
ladera. Tenía el pelo aplastado por el sudor y le brillaban las sienes y el cuello. Miré a
mi alrededor y estábamos solos. Avancé hacia él y me enseñó la espada. Fue todo
visto y no visto. Esquivé el primer golpe y por el hombro lo lancé contra un pino. No
era más que un muñeco de paja. Luego le pateé la cabeza y se quedó mudo, apoyado
contra el árbol.
- Córtale la cabeza -dijo mi padre con voz que no era la de mi padre y que
ascendía de mis entrañas. Fátima apretaba el niño contra su pecho y se la corté de un
tajo sin darme cuenta al hacerlo de que el matarlo me obligaría a tener que
abandonarlos.
- ¡Alá es justo! -dijo Fátima.
- La justicia sólo es de Dios -dijo mi padre y segundos más tarde-. Su Mano
está por encima de nuestras manos.
- Ha matado para defenderse y defendemos.
- Lo cierto. hijo mío, es que ha llegado la hora de que te marches.
- Nadie nos ha visto, no tengo por qué irme.
- Debes marcharte, ya nada puedes hacer por nosotros.
Fátima puso un beso en mi mejilla y, tras alzarme a su caballo de un salto, le
agarré la brida.
Nos marchamos todos - les dije.
- No, Diego, tú te vas con los tíos, los tres nunca alcanzaríamos Marrakech.
Le besé la mano. Desde la colina en la que volví los ojos, sus figuras parecían
dos marcas simbólicas e insignificantes, clavadas sobre la tierra. Mi padre sostenían
al bebé de Fátima en brazos y ella marchaba con la cabeza pegada a su hombro. El
cielo era negro y la oscuridad profunda, mientras en el valle las nubes se abrían y se
veía la línea de prisioneros como el rastro de una serpiente gigantesca que se arrastra
por la arena. . A mi padre le gustaba imaginar que su sangre no era ni musulmana ni
cristiana, aunque descendiera de beréberes, como tantos en el país. Tuve la tentación
de volver y llevármelo conmigo, pero tenía la seguridad de que no abandonaría a
Fátima y a aquel extraño niño que tan afectuosamente colgaba de sus brazos.. A mi
padre le gustaba pensar que era un árbol añoso del que crecían ramas nuevas. Los
veía envueltos en el polvo con el corazón encogido, Fátima cantándole al niño,
mientras seguía los pasos de mi padre, protegiéndose del frío con su cuerpo. También
le gustaba decir que un día alguien contaría nuestra historia, la historia de los que no
habíamos seguido los preceptos de la fe y por amor a aquella tierra nos habíamos
bautizado. Oía su voz taciturna y veía su rostro mordido y picado por la cellisca.
Dormí en el Almanzora. Le di simbólicamente nuestra casa y tierra al indio
de tío Álvaro y luego subí al desván y cogí mis armas. Saqueé mi caballo de las
cuadras y me dirigí hacia la costa. La lluvia había parado y el sol brillaba a intervalos,
se oía cerca el mar y podía ver lejos, con espacio y tiempo por delante, sintiéndome
uno con mi caballo y mi arcabuz, mi alfanje y mis pistolas.
Segunda parte
CUANDO SE GALOPA CON EL VIENTO
Marrakech
9
He experimentado en mi vida el horror de conocer una tierra y de amar unas
gentes entrañables a las que he tenido que dejar y olvidar. Un hombre nace para un
país y una familia y cuando ambas cosas se pierden sólo queda enterrarlas con
rapidez y rogar a Dios su olvido. Se necesita gran fortaleza y disciplina de ánimo para
soportar ambas pérdidas y si lo he conseguido se debe a haber hecho en cada
momento lo que hacía con la máxima concentración.
Mi abuelo era un jefe local que descendía de antepasados gloriosos, con gran
poder sobre las personas, y nunca le agradeceré bastante que me enseñara el árabe a
tan temprana edad. La vida de mi padre transcurrió sin gloria. Era un hombre que
abrumaba por sus virtudes y es muy posible que de haber conocido mis éxitos no le
habrían deslumbrado. Mi tío Gonzalo fue un letrado ilustre, que conocía a los
escritores de la época, pero que perdió la cabeza en la marea de ideas que en ese
momento asolaba la península. Se supone que algo queda en mí de todos ellos y que
soy el heredero de sus virtudes. Luis de las Cuevas solía contarme anécdotas suyas
con la ingenua pretensión de que no se perdieran tan bellos tesoros de experiencia,
sin darse cuenta de que hay momentos en los que no nos queda más remedio que
hacer frente común con el animal que todos llevamos dentro para sobrevivir al
hambre, la sed y la barbarie. Me despedí del indio, convirtiendo el patrimonio
familiar en pólvora y pistolas, bajé los escalones de mi casa y, montado en Niebla,
crucé la calle central del pueblo, seguido de las miradas de la gente sin volver la vista
atrás, la mano izquierda en la brida y la derecha floja y suelta sobre el flanco y, ya en
las afueras, le di mi adiós a todo aquello, camino de Vera al galope.
Las colinas cuarteadas a mi espalda se perdían en una vasta extensión que
brillaba con los colores nítidos de África. El rojo, el púrpura y el azul, destellos
propios del desierto, se transformaban ante mi vista con mayor rapidez de la que el
ojo percibe, al tiempo que una profunda agitación se hacía con mi mente: Caminaba
por las playas arenosas de mi infancia y veía a mis antepasados haciendo el camino
inverso, cruzando aquel mismo mar tras el escudo de la media luna y la bandera
verde del Profeta, y luego luchando en cadena hasta mí bajo el escudo de la
desesperación, y la visión comenzó a embriagarme.
En Moxácar me retuvieron dos semanas en el castillo y el día que me soltaron,
devolviéndome a mi Niebla, gracias a los maravedíes de oro del que hubiera sido el
padre de mi hermano Luis Alberto, ¡Dios se lo pague!, éramos cinco leales amigos
que nunca me abandonarían en ninguna empresa, uno de ellos, Alonso Herrez, joven
brillante y de raras cualidades humanas que me conquistó de inmediato; otro era
Francisco Varrado, severo, taciturno, orgulloso y con rostro de asceta de esos que se
ven en las pinturas de las iglesias viejas, y el tercero en importancia Liebus, leal
amigo también y que no tenía otro sueño en el cerebro que cofres de oro y arcabuces
con los que volver a rescatar a su familia.
De Almería, adonde llegamos de noche, salimos quince, entre ellos Miguel
Limpati, que más tarde adoptaría el nombre de Mamud ben Zergun, de corazón
tempestuoso y a la postre de tristísimo recuerdo, aunque valioso en el azaroso mundo
de acción en el que entraba. La Inquisición, ¡Dios borre su recuerdo de nuestras
memorias para siempre!, le había quemado a su padre y era un criminal nato, sin otra
idea en la cabeza que la venganza.
Pasamos la noche al abrigo de la muralla y, al romper el día, nos acercamos al
puerto, pero lo encontramos muy vigilado por los soldados y decidimos pasar a Adra,
adonde llegamos dos días después. El cielo era negro, bajo y sucio. Soplaba un
poniente fuerte que amenazaba lluvia y el rugido de las olas mataba la conversación y
el ánimo. Ningún pescador se atrevió a pasarnos con aquel mar y seguimos por la
desolada costa hasta Vélez-Málaga, donde un tal Sancho de Leyva levaba armas para
invadir la Gomera y, cuando nos enteramos de que eso era África, nos alistamos al
punto, cayendo algunos de los nuestros como Limpati en galeras.
Partimos sin viento y con calma en un barco pesado. redondo y voluminoso y
amanecimos en el cabo de la Higuera más allá de cal de Botove y, al no reconocer
la costa. desarbolaron la galera y nos metimos en el mar donde se dio fondo.
A la boca de la noche se tornó a enarbolar y a navegar a la vela con un poco de
viento para que no se notase. Éramos cincuenta galeras con otras muchas fragatas.
bergantines v barcos, que seguían al olor de la presa. y de nuevo nos detuvimos día y
medio por hallarse don Francisco de Mendoza. que era el general de la armada, mal
dispuesto de calenturas. Conseguí rescatar a Limpati de galeras en aquel ínterin,
argumentando que era tan cristiano viejo como yo, y por la noche tiró a dos hombres
por la borda que se hundieron en la sangrienta inmersión sin un gemido. Me
sobrecogió su extraña sonrisa. Le pregunté qué pensaba hacer en cuanto
desembarcáramos y dudaba entre servir al turco del Tlemecén, que pagaba buenos
sueldos, ir a Argel, donde había más de doscientos mil españoles y daban tierras, o
entrar en Marruecos: Tetuán, Fez, Salé, que tenían mucha población española y, sin
prever el vínculo de vida y de muerte que tristemente nos ligaría, le conté el sueño
secreto de mi vida, le dije que con todas aquellas poblaciones podíamos fundar un
reino nuestro y poco le faltó para que se muriera de risa.
Aquella noche se adelantó don Pedro de Bazán con Pedro Benegas. alcayde
de Melilla, dos renegados y ocho galeras, llevando consigo escalas para darle el
salto, cosa que no se podía hacer sin ser sentido, y los de adentro dispararon una
pieza de artillería para avisar al turco y todos se volvieron. Iba de piezas y los ecos
de unas se mezclaban con las vibraciones de otras. Porque vino a juntarse la
armada sobre la boca del Peñón. como una hora después de amanecido, y desde allí
se tiraron siete u ocho pecezuelas de escasa importancia. contestadas por igual
número de pecezuelas. y luego la armada se retiró a la parte de poniente por ser
razonable abrigo. No teníamos agua y por la poca que había se daba un escudo por
cada cuartillo y ni aún así se hallaba. También faltaban el pan. Las balas y la
pólvora, como si hubiesen imaginado la travesía para un paseo dominguero y, sin
que se hubiesen hecho provisiones de bizcocho y municiones, éramos acometidos y
picados ora en la vanguardia, ora en la retaguardia ora donde podían, y ponían en
fuga y desbarataban a los que habían desembarcado, matando a muchos y
siguiéndolos hasta meterlos en una montaña, alta y áspera. que frisaba con el agua
donde estaba la armada y ellos tomaban por remedio arrojarse al mar desde la
altura, con lo que la mayoría perecían. Se echaron entonces a tierra cuatro mil
hombres, además de cuatrocientos caballeros de la Orden de San Juan, que iban en
las galeras de la Religión y al entrar en la villa los moros habían puesto a buen
recaudo sus haciendas, llevándose a las mujeres y a las muchachas a las montañas.
pero regresando aprisa y acorrolándolos en los roquedos de la costa. Volvieron a
tronar los cañones de uno y otro lado pero era tan noche que la artillería de las
galeras hacía más mal a los propios que a los moros. Catorce de éstos mataron a
dieciocho de buena boya. que llevaban comida a las tropas desembarcadas, v le
quitaron la vajilla de plata a don Sancho de Leyva tras herirle a muchos
arcabuceros y piqueros desbaratando al resto y haciéndole huir en desbandada
hacia las naves.
No había visto nada más lamentable y, recogiendo a todos los hombres que
estaban con nosotros, más los que pudimos sacar de los remos, nos abrimos paso de
noche entre los italianos con los caballeros y arcabuces que pudimos arrebatar y, al
amanecer, descansábamos a cuatro leguas de la costa, donde contamos cuatro piezas
que parecían salir del Peñón y dieciocho cañonazos que lo hacían de los barcos.
Ante nosotros una tierra abrasada del llano a la montaña como si al mundo le
hubieran quitado el pellejo o hubiera sido pasada recientemente por el fuego. Todo
era yermo alrededor. Se vía algún que otro olivo, roble y jara, pero en conjunto no
era más que desierto levantado y relieve de planeta muerto. A nuestras espaldas una
imperceptible raya de remordimiento, que era la península y, enfrente, una especie de
costa azul, que no era otra cosa que el aire que se interponía entre nosotros y la
lejanía, y que poco a poco se volvía rosa para convertirse más tarde en el rojo de la
llanura, con tono de incendio y sin el regalo de los jardines y el rumor de las fuentes
que soñábamos.
La primera impresión fue, pues, desconcertante y todos presenciábamos
inmóviles y hambrientos, sudorosos y rotos, una escenografía de sueños que se venía
abajo, el ceño tenazmente fruncido, los párpados inmóviles, los ojos sombríos y
dotados de una fijeza que transcribía el pensamiento, mientras olfateábamos el aire
de una manera singular. Estábamos sencillamente aterrados y el único lenguaje en
aquellos momentos era el coraje. A la mayoría se les veían las costillas, mostraban el
relieve de las clavículas fuera de la piel, y sus cuerpos hacían pensar en cadáveres
vaciados de entrañas y reducidos al cuero. Fue una decisión difícil, pero había que
tirar de aquel extraño amontonamiento de cadáveres y, desmontando del caballo, me
postré de hinojos, como viera hacer tantas veces el abuelo, y recité en voz alta la
oración de la mañana; luego volví a montar, lancé el sombrero al aire con una franca
carcajada, simulando una intensa alegría, y finalmente azoté las ancas de mi caballo
con la brida, lanzándolo a la carrera hacia la pista que corría por la llanura sin mirar
atrás. Mi caballo no era Niebla, pero se portó bien y Alonso, Varrado y Liebus me
siguieron al punto y luego lo hizo el resto, comenzando así la travesía de mi nuevo
país, con suelo de escoria, y sin otro pensamiento que el de ir poniendo con rapidez
montañas y desiertos a nuestra espalda. Era todavía invierno por algunos días y el sol
quemaba dos horas después de su salida. En las colinas de vez en cuando jinetes con
velos blancos y puñales corvos que no se atrevían a acercarse. Ninguna señal de vida
alrededor, salvo una que otra tumba, un cubo gris de plomo donde dormía un santón
de este Islam invariable y sencillo como el paisaje, que empezaba a ser mío y en el
que en adelante tendría que buscar razones para vivir.
Había españoles deambulando perdidos por todas partes. A la salida de
Imzuren éramos trescientos y en Talamagait quinientos, que nos arrastrábamos por un
desierto estéril, yermo en toda su extensión y del color del fuego, salvo hacia el
paraíso blanco de montañas que se divisaba al fondo entre nubes, también iluminadas
de color rosa, en el que teníamos puesta la vista y hacia donde marchábamos.
Nadie protestaba o se extralimitaba en las palabras y, aunque seguían
taciturnos y melancólicos, la larga marcha, el hambre y el agotamiento mataban la
imaginación y acababan con los pensamientos incluso de los más ambiciosos, de
forma que no se discutía mi determinación de seguir adelante y me seguían.
Cruzamos dos ríos y algunos bosquecillos de encina, pero no encontramos comida ni
tierra medianamente cultivada hasta Tizi, a donde llegamos exhaustos. Las
autoridades fueron amistosas, nos dieron pan y mijo, y hombres y caballos
descansamos varios días. Habíamos andado lo peor, según ellos, y los hombres
empezaban a preguntarse dónde íbamos y era hora de organizarse y aparentar un
ejército disciplinado y no una horda de mendigos y ladrones, que es lo que hasta
entonces habíamos sido para sobrevivir, y mostrarnos soldados. En un golpe de
audacia le dije a Alonso que los reuniera en círculo y me puse en medio de ellos.
Desde donde estábamos se dominaba un amplio panorama de tierras muertas
hacia el este y de montañas elevadas hacia el norte, que nos cerraban el camino de
vuelta, mientras por el sur se veían colinas ocres, grises y verdes, que acababan en la
gran testuz blanca del Atlas, con Dalia en el pensamiento, alzado sobre nubes. Me
quedé mirando unos segundos aquellos ojos ardientes que se estaban preguntando
con qué derecho les hablaba y me lancé recto a sus cerebros por el camino más corto.
- Nos han echado de todas partes, de nuestras casas, de nuestros pueblos y de
nuestras costas y todos tenemos dentro un cuchillo que nos desgarra -les dije con voz
fuerte y clara para que me entendieran-. Nuestro corazón está todavía allí, en casas
vacías y en una muchacha con un cántaro en la cabeza. Nuestras cabezas están llenas
de cruces, clavadas por gentes burras que nos han torturado y que se han librado de
probar el filo de nuestra espada. Hasta este momento hemos sido los corderos
sacrificados y se nos han comido.
- Volveremos, ¡Dios lo quiera! -me interrumpió una voz seguida de muchas
voces.
Los miré con un ligero temblor de piernas, estudiando sus distintas reacciones,
y en ese momento me fijé en la cara impávida, desabrida y taciturna de Limpati, mi
más directo rival, que me miraba con un estremecimiento en la espina. Todo en aquel
personaje me era odioso, es curioso cómo las primeras impresiones resultan con
frecuencia acertadas, su extrema delgadez, los ojos arrogantes y falsos, que le
bailaban burlones, la innata crueldad e incluso la posición de su mano en la daga
como el que agarra un talismán. Limpati nunca admitiría el liderazgo de un
jovenzuelo de veinte años, aunque supiera hablar tan bien, y antes de iniciar la
marcha tenía que derrotarlo en toda línea si quería evitar mayores riesgos. Afortunadamente no era un tipo demasiado sociable, simpático e inteligente. Tragué saliva.
- Es posible que volvamos, pero no ahora, pues el día de la venganza no ha
llegado y para los que no tenéis otra palabra en la boca os aconsejo que no la
escuchéis -, les dije mirando fríamente a Limpati -. Mi camino y el de mis amigos no
tiene en estos momentos más objetivo que la fortuna y la libertad y se dirige al sur.
- La libertad no existe, cuevano -dijo Limpati.
- ¡Por Dios que sí! La tienen los grandes y es lo que nos distingue de las
bestias, ¿vosotros lo sois? Venid conmigo y conoceréis el oro y comeréis carne,
¿acaso no queréis comer carne y hundir vuestras manos en oro? Venid conmigo y
cada uno podrá creer en el Dios que le parezca, ¿acaso no habéis sufrido lo bastante
por ello?
- ¿Podemos creer en el Dios cristiano?
- Digo que si me seguís podéis creer en el Dios que os parezca.
- ¿Y a dónde nos llevarás?
- A donde nos lleve ese camino.
- Quiere decir a la muerte. En la tierra en que estamos un hombre sólo puede
ser musulmán -dijo Limpati-. Pero me gusta este cuevano. Tiene una daga bien
afilada en la boca y viviremos para sentirla.
- Tal vez. Limpati dice que tengo una daga en la boca y tiene razón, pero
ninguno me habéis visto con la mano en la daga, dispuesto a usarla, como él la lleva.
Limpati dice que no existe la libertad y tiene razón porque la libertad es de los que
saben conquistarla, cosa que él ignora. Viene diciéndoos que os llevo al infierno y en
eso no tiene razón porque todos vosotros lo habéis conocido y regresáis de él.
- Yo no le tengo miedo al infierno, cuevano.
- ¿Entonces qué te asusta? Esta noche he visto en sueños una tierra habitada
por gigantes y al despertar he visto que esos gigantes somos nosotros si nos lo
proponemos. Hoy somos pocos, pero mañana seremos muchos. En este reino hay
miles de españoles que nos están esperando y con los que formaremos una gran
fuerza.
Y sin dejarlos argumentar, monté a caballo, seguido por mis amigos,
marchando sin volver la vista durante algún tiempo y, cuando vi que todos me
seguían, me detuve, le di la mano a Limpati, convencido de que no podía tener lejos
de mi alcance a un hombre de su energia, y lo nombré lugarteniente. Nombré
capitanes a Francisco Varrado y al Andalusí, a Liebus y a El-Feta, mis
incondicionales, y a Alonso Herrez lo hice mi segundo. Luego dividí el grupo en
cuerpos, encabezados por los jinetes y al acabar les tomé juramento. Un grupo de
cuarenta, dirigidos por Liebus, inclinó la cabeza hasta el suelo al modo oriental y al
punto los hice levantar y tener firmes.
- Nadie aquí es mayor que otro para doblar la espina y tampoco hemos venido
para ser siervos. Siervo es el que miente y se doblega, pero nosotros somos hombres
libres.
Liebus era un muchacho voluntarioso y de buen aspecto, que había servido en
Granada a los Moncada, y no me disgustó que me tuviera respeto. Le puse la mano en
el hombro y partimos para Taza, la capital de la zona, donde nos esperaban
suministros y ropas. Tres horas después bordeábamos la gran montaña blanca, donde
dimos alcance a una caravana que se dirigía a Fez, y todos se hicieron a un lado para
darnos paso, dejando clara la supremacía de nuestra maquinaria. Había en la caravana
muchos emigrantes granadinos, que habían vivido desventuras similares a las
nuestras, y algunos se nos unieron. Divisamos una serie de montañas negras, de
conos iguales y de color lila en las cumbres, como si tuvieran fuego dentro, y que
parecían un campamento levantado por una armada de gigantes, de esos que hablan
los cuentos maravillosos de los árabes, y eché pie a tierra decidido a pasar la noche.
Estábamos cerca de Taza y el camino era una procesión ininterrumpida de
gentes y de pacientes burros, que volvían del trabajo con los ojos semicerrados bajo
la carga de sus lomos, de dromedarios con la cabeza oscilante en una cadencia de
sueño, de burreros, camelleros en largas chilabas marrones y de mujeres con la cara
descubierta y la cabeza apretada por un velo berebere de colores, marchando en fila
con los brazos desnudos, algunas dobladas por el peso de sus bebés. En conjunto, una
humanidad vieja, simple y de maravilloso colorido, que marchaba sin descanso y que
evocaba un mundo lejano y diferente que empezaba a ser el nuestro.
Montamos guardia y mientras cenábamos simples tiras correosas de cecina
alrededor de las hogueras se armó un altercado y en seguida me trajeron a un
hombrecillo casi imberbe y de edad indefinida como los orientales. Había venido en
la caravana y pregunté qué pasaba.
- Es un cura cristiano, un espía.
Limpati se levantó de un salto, dispuesto a cortarle la cabeza. El se sentó sin
dejar de mirar con recelo a los que nos rodeaban.
- ¿Quién te ha nombrado a ti juez? Dejadme solo con él.
- ¿Eres cura cristiano?
- Lo fui.
- ¿Sigues siendo cristiano?
- Lo soy.
- Se le nota al hideputa por la pinta y el hedor - dijo Limpati.
- ¿Tienes miedo?
- Me dan miedo los que no tienen cerebro y cortan cabezas -, dijo con
arrogancia mirando a Limpati.
- ¿Y por qué estás aquí?
- Por la inquisición.
- ¿Contigo?
- Con mi familia.
- ¿Eran moros tus padres?
- Mudéjares de Illora.
- Apuesto a que sabes escribir.
- Castellano y árabe. He pasado varios años en esta tierra y conozco sus
principales ciudades.
Tenía una vocecilla nasal que apenas le salía de los dientes y le alargué un
trozo de cecina.
- En el nombre de Dios, nadie preguntará en adelante entre nosotros de dónde
viene y mal no nos vendrá un escribano y un cura que nos implore los favores del
cielo, ¿cómo te llamas?
-Cristóforo.
- ¿Cristóforo? Cristo con nosotros, lo que nos faltaba; pero, ¿por qué no? Tal
como estamos nos falta la ayuda de todos los cielos. No tengas miedo y sígueme
como si fueras mi sombra para que escribas las maravillas que hacemos - dije
mirando fijamente a todos -. Cristo, lo llamaremos Cristo, ¿qué os parece?
Todos reían a mandíbula batiente y no veía a qué venían tantas risas hasta que
me enteré por Alonso que nuestro cura me había apodado a mí Yawdar o Yuder, a
causa de mi estatura, que significaba pequeño en árabe.
-Yuder, Yawdar o Yoder, no está mal- exclamé -. Ahora reís, pero llevaré ese
nombre hasta la tumba y haré que todos lo pronunciéis con respeto.
Tras vestimos con ropas marciales en Taza, regalo del califa, entrábamos en la
capital, justo el día de la fiesta en que acaba el mes santo del ramadán, como un
ejército victorioso, aunque de aspecto ruin, y nos dirigieron directamente al palacio
del califa en Fez Yadiz. Ante nuestros ojos murallas de color arena, erizadas de
innumerables merlones puntiagudos, y gentes de todas las razas, incluso pálidos
europeos de aspecto enfermizo, que se habían dado cita en las calles para darnos la
bienvenida, hombres, mujeres y niños que nos miraban con oscuridad y asombro. Un
negro bien vestido, con turbante blanco y caftán azul, nos paró como a una legua del
palacio y depositó a mis pies una jarra de leche y una cesta de naranjas de parte del
califa. Venía seguido de diez gaiteros y tocadores de cuernos, soplados por hombres
de cien años y muchachos de diez, montados en burros no más grandes que perros, e
iban seguidos de una muchedumbre de chiquillos harapientos y medio desnudos con
las cabezas rapadas. Tres tuareg con largos cuchillos a la cintura conducían fuera de
la calzada un rebaño de camellos, seguido de un niño que golpeaba un tambor. El que
abría la marcha era cojo y bastante tacitumo, pues no se molestó en mirar nuestra
caballería en ningún momento.
- Los llevan al matadero -dijo Cristo a mi lado, ¡feliz quien pueda comprarlos!
Las casas de ladrillo y piedra eran innumerables y se perdían de vista en las
colinas. Olía fuerte a almizcle y cagajones y por doquier en las azoteas había miles de
mujeres, platicando, gritando y riendo, fundiéndose sus voces en la inmensa
algarabía. Nos pararon en la gran esplanada de entrada al palacio, donde soldados de
azul, blanco y verde, y oficiales con arabescos bordados en oro y plata se preparaban
para darnos la bienvenida. Cruzamos disciplinados entre ellos y nos encontramos con
otra compañía de a caballo en la que usaban calzones y un sombrero de larga copa,
llevaban botas amarillas y empuñaban mosquetes. Al llegar a su altura, todos se
levantaron al grito de “atención” sobre los estribos y dispararon salvas al aire,
mientras nos coreaban con tres “hurras” cerradas. Eran españoles y desmontamos
desbordados por la alegría. El que los mandaba se llamaba Ibn Guzmán, un hombre
entrado en carnes, pero de aspecto fuerte y saludable, que me abrazó como a un hijo y
en segundos me puso al corriente de lo bien mirados y pagados que estábamos los
españoles en la milicia; luego me preguntó el nombre y, al decirle que era de Cuevas,
volvió a darme un fortísimo abrazo, él era de Tabemas, como ya sabía.
Temíamos el recibimiento, pero Ibn Guzmán hizo que todo fuera fácil y
agradable.
- Estaréis cansados.
- Lo peor ha sido el hambre.
- Eso tiene fácil arreglo, os aguarda un gran banquete.
Penetramos en un laberinto de jardines con sotos de naranjos y limoneros,
plantados tan espesos que formaban un techo intrincado del que se desprendía el
perfume del Paraíso, y también había palmeras, pacíficos y jazmines como en nuestra
tierra, fuentes en todos los rincones y una alfombra gigantesca, entre dos filas de
jinetes negros vestidos con gran pompa, frente a los que nos detuvimos. Mientras
esperábamos, Ibn Guzmán me preguntó por qué lloraba y me excusé echándole la
culpa a la fatiga. Hablaba como una cotorra sobre una rama en flor y me hacía
infinitas preguntas sobre la situación de los nuestros en España, queriendo saber todo
de golpe. Parecía un hombre feliz y generoso, prudentemente desconfiado en
ocasiones, pero un amigo en el que se podía confiar, como descubriría más adelante,
y ya era una victoria haberlo encontrado y otra no menor el recibimiento.
Apareció el califa en una yegua blanca y todos nos arrodillamos, según es
costumbre. Era un viejecito de ochenta años, de barba blanca cuidadosamente
acicalada, con los ojos más negros y la sonrisa más dulce y hermosa que había visto
en mi vida, de nombre Muley-Abd-Attá. Descendió del caballo y se sentó en solitario
a veinte pasos de nosotros. A la leche siguieron los corderos asados, los gallos
cocinados con olivas, las tortillas con una capa de sardinas, la manteca y platos
dulces, regalados con música y con una bailarina que llevaba una larga vestidura,
tenue como la gasa, sembrada de flores y de sueños. Hablábamos en voz baja, pero
mi corazón saltaba de alegría cuando nos saludaban con un gracioso “Salam
Aleikum” como si fuéramos huéspedes importantes. El califa llevaba el pecho
cargado de esmeraldas y los dedos prietos de piedras preciosas más gordas que
garbanzos. Amaba el lujo a no dudar, pero era parco en la comida, mientras nosotros
comíamos a reventar en platos de oro con esmaltes y bebíamos en copas que llevaban
su nombre.
- La vida aquí es buena -dijo Ibn Guzmán al cerrar el trato con uno de los
caídes-. En la ciudad hay miles de españoles y no os faltará la compañía ni las
recompensas si servís bien.
- Estamos dispuestos e impacientes -le dije.
- ¿Eres musulmán?
Un frío repentino me corrió la espalda al tiempo que abría ojos como cántaros.
- La mayoría de mis hombres lo son -le dije.
- Eso no basta. Cuando se galopa con el viento hay que hacerlo en cabeza o te
llenas de polvo. Así es como yo veo las cosas. Un hombre resuelto no deja que nada
se interponga en su camino; después de todo, ¿qué son hoy los cristianos? Han sido
una gran civilización, pero están agotados y tú lo has sufrido en tus carnes. Se han
convertido en bárbaros, que es lo que las civilizaciones pasan a ser cuando se
desintegran. Los hechos hablan. Se han descompuesto y hoy la política que siguen no
sirve ni a Dios ni a la humanidad, lo sabes tan bien como yo, tu boca está todavía
llena de puñados de polvo.
- Este país está hecho para mi cuerpo y para mi alma -le dije-, dame tiempo.
- Con tantos hombres a tu cuidado tienes todos los motivos para pensarlo.
Decídete y gozarás del poder. Hazte creyente activo, la fe mueve a estas gentes
mucho más que el látigo.
- La fe mueve montañas -le dije sonriente.
- Es el precio, hijo, no puedes luchar en todos los frentes, y es la lógica.
Lo miré a los ojos.
- A primera vista nuestra religión parece rutina y fórmulas de las que un
hombre inteligente podría prescindir, pero nada más lejos de la realidad y si
reflexionas te darás cuenta de que es su forma de clarificar el mundo y de enseñarle a
cada uno lo que necesita saber, ordenándole la vida de tal modo que acaba siendo
como un caballo a cuyo movimiento tiene que plegarse el jinete si quiere que el viaje
le resulte cómodo. La religión y el poder son además uno, aquí, en España y en la
China, y si intentas la guerra por tu cuenta quedarás solo, sin bienes, sin prestigio y
sin ninguno de los beneficios de la cultura. Piénsalo, puede ahorrarte muchas
humillaciones y patadas. Yo en cuanto me vi en esta tierra empecé a racionalizar la
situación, a preguntarme: ¿Quién soy?, ¿dónde vivo?, ¿a quién sirvo y quién es mi
enemigo? Mi país no podía ser el que me había echado de mi tierra ni mi alma podía
encontrar salvación en un lado y mi cuerpo en otro, ¿qué juego era éste? Así que me
dije tu país está donde sientas tus reales y donde tus antepasados han sentado los
suyos; luego no traicionaba a mis padres si me unía a mis antepasados. Nuestras
raíces están aquí y está escrito en el Libro de la Fe que hay que dejar que Dios guíe
nuestros pasos y marchar del país que se mofa de nuestros preceptos. Me dije: Si has
de vivir por fuerza en esta tierra has de hacerla tuya con el corazón, has de ser uno
más de ellos y, llegado a esta conclusión, la idea de un Dios sobre otro empezó a
perder sentido. Las dos religiones lo predican único y, si existe y doy testimonio de
que no hay más divinidad que Alá y de que Mahoma es su Mensajero, por lógica
tiene que ser el mismo, puesto que las dos son verdaderas.
Le di un fuerte apretón de manos mientras montaba. Me había hablado
abiertamente como a un hijo y nada de lo que sucedería más tarde me arrebataría este
sentimiento. Ya en las calles los hombres me seguían excitados y contándose a un
tiempo las maravillas vividas y cómo Dios volvía a sonreírles con ropas, armas
nuevas y parabienes. Les inspiraba confianza y estaba dispuesto a hacer lo imposible
por hacer de ellos una familia y crear un vínculo de vida y muerte entre nosotros.
El fonduk, más que alcazaba, que nos tenían preparado, estaba situado en las
afueras de la muralla, no muy lejos de Bab bu Jelud, y era un edificio de tres plantas
con pilares y arcos, formando galerías con barandas de madera que miraban a un
patio interior en el que se podía celebrar una corrida. Miraba al sur y al oeste y estaba
dotado de una gran fuente en el centro así como de letrinas recorridas por
abundantísima agua que venía de un canal limpio que fluía del uadi BuJrareb, a corta
distancia, y lo habían limpiado de al-hiwa y otras gentes de mal vivir como asesinos,
chulos y contrabandistas para nosotros.
- Es el Paraíso -decían los hombres conmovidos.
Desde la baranda se oía el murmullo de la ciudad, pero tan lejano que
semejaba el viento al entrar por la ranura de una puerta.
- De aquí al cielo -dijo Cristo al tenderse a mi lado sobre una esterilla.
- ¿Los has conocido peores?
- No lo sabes bien, capitán; en la mayoría no hay camas ni limpieza, las
habitaciones son paredes desnudas donde los hombres se comportan exactamente
como marido y mujer.
- ¿Crees que debo hacerme musulmán?
Los ojillos de Cristo se abrieron mientras me miraban tratando de averiguar si
hablaba en serio y no me contestó de momento.
- No lo sé -dijo al rato, visiblemente embarazado-. Es una decisión muy
personal que yo no tomaría tal vez por mil años que viviera entre estas gentes.
- Estás equivocado. No se trata de una decisión personal. En mi caso está en
juego la suerte de todos nosotros.
La alegría de segundos antes le había desaparecido del rostro. Le pasé la mano
por el hombro y descendimos agarrados al patio, donde los hombres revisaban las
cuadras y limpiaban a los caballos. Había frutales alrededor del fonduk y un extenso
campo de prácticas, con hoyos para el salto y tablones para el tiro, y los oficiales
tenían prisa por iniciar los ejercicios y probar las armas, pero me hallaba tan agotado
que apenas podía sostener el arcabuz y les dije que hicieran lo que les pareciera sin
forzar a nadie. Estaba confuso. Me admitían como su jefe con un entusiasmo tan
grande que me senté en un banco como si hubiera venido de muy lejos, del final del
mundo, y creo que permanecí allí sin hablar varios días con sus noches y que aquel
banco de alguna forma decidió mi vida para siempre. Porque no era de piedra ni de
madera, sino la felicidad, la serenidad y el refrescante alivio del Paraíso para mi
cuerpo cansado. Oía bailar y cantar cerca, tal vez llevaban horas y días cantando. De
vez en cuando formaban un círculo y cuando lo rompían se alzaban una serie de
gritos salvajes, vomitados por cien gargantas a un tiempo, con una simultaneidad que
daba al sonido una solidez extraordinaria. Como en sueños, mandé comprar pescado
ahumado, buñuelos de carne, uva y aceitunas. Oía las voces femeninas de las mujeres
enviadas por el califa, ¡Dios le conceda larga vida!, y a Limpati gritándome al oído
mientras dormía, “¿acaso no le gustan las mujeres a mi general?”. Nunca sabré el
tiempo transcurrido, pero habían pasado sin duda horas y días y, al levantarme, se
había apoderado de mí una calma extraordinaria. Sentía el rostro iluminado,
modulaba la voz con facilidad y se había esfumado el cansancio. El cuerpo al menos
había dejado de pesarme y renacía resuelto a todo: A no descuidar el servicio de mis
hombres, que lo esperaban todo de mí, y a ir en busca de la fortuna -primera forma de
gloria-, sin dejar de momento de ser quien era y sin consentir que las disputas
religiosas enturbiaran la relación entre ellos.
En el fonduk, la vida empezaba tan pronto como en la ciudad y el amanecer
nos sorprendía galopando por los campos tras la bandera de la media luna y el
pendón de Granada, aceptado por aclamación y que Alonso se había traído de ese
reino, donde había servido a las órdenes de Mendoza. Era de color damasco, pajizo y
encarnado, con muchas bordaduras de oro, y llevaba en medio por divisa una
hermosa granada de oro, abierta a un lado, por donde le salían los granos rojos,
hechos de finísimos rubíes. Del pezón de la granada crecían dos ramas bordadas de
seda verde con sus hojas, que parecían pender de un árbol, y tenía unas letras al pie
que decían: “Con la corona nací”, hábilmente substituidas por nuestro presbítero con
la montaña blanca que habíamos divisado desde Tizi y a cuyos pies estaría Dalia
esperándome.
La ciudad se extendía a nuestro alrededor con niebla en el valle del Nadi como
un mar gris, sobre el que flotaban los minaretes y las colinas de cruda tierra oro, con
sus filas de pequeñas olivas por doquier. Al fondo el corazón de la ciudad con la
medina de los andaluces y, en el centro de ésta, Kairuán, la gran mezquita y escuela,
todavía sepultada en la niebla; más allá, el cementerio con cabras entre las tumbas
merinidas y a continuación campos sin árboles en descenso suave hacia el río. Más
allá del Nadi apenas había otra cosa que arcilla y túneles, abiertos por las lluvias, y en
la lejanía las grandes montañas blancas, donde habitaban “dins” misteriosos y,
finalmente, el desierto y otras tierras, cuyos nombres pocos conocían. Como todo el
mundo, los viernes cambiábamos las ropas militares por chilabas blancas e iba con
mis capitanes a la alcaicería, a la medersa o a la mezquita al-Qarawiyyin, entre una
algarabía de miles de personas, a escuchar a los imanes y luego paseábamos por las
calles estrechas de la medina entre olores cálidos, nubes negras de moscas y barro
hasta los tobillos. A menudo encontrábamos grupos de andaluces y de valencianos
para quienes las cosas no andaban como esperaban. Eran los únicos que jamás
pasaban desapercibidos entre miles de chilabas y de haiks. Nos paraban y contaban su
historia, dando a entender que la muerte era el único regalo del Altísimo que les cabía
ya esperar; luego preguntaban quiénes éramos. Querían unirse a nosotros para
asegurarse la comida y fue así como fue tomando fuerza en mi cabeza la idea de un
país nuestro con todos ellos, Dalia, María y un huerto, palabra que en árabe no se
distingue de paraíso, “en España nos llamaban moros y aquí nos dicen cristianos”,
con una libertad en la que fueran posible todas las razas y religiones.
Al dejar la medersa, Cristo rara vez perdía la oportunidad de ensalzar las
ventajas del cristianismo sobre esta religión y nos miraba sorprendido por haber
escuchado con atención. Para él la disciplina por la disciplina y la obediencia por la
obediencia ciega no tenían sentido. Para Alonso el problema de la religión se reducía
a aceptar la vida tal como llega cada día a los sentidos. Para Limpati, las religiones
eran tan simples y fascinantes como el ojo de una serpiente: Tomar el té, lavarse las
manos y los pies, decir jaculatorias mecánicamente mientras se inclina el cuerpo,
matar a tu enemigo, tener las mujeres que uno puede sostener, ¿qué más le podía
pedir un hombre a la vida? El se haría musulmán de inmediato; de hecho ya lo era en
el corazón.
En cuanto a mí rara vez tomaba partido en las disputas entre el Corán y la
Biblia, que siempre me habían parecido cosa de teólogos, y las escuchaba con
disgusto por entender que les obsesionaba más Dios que los hombres. No me creía
superior a ellos, pero sí distinto y muy decidido a conseguir el poder, donde estaba la
libertad y posibilidad de hacer algo por todos ellos y por mí mismo. Parecía allí el
único que pensaba que la vida valía más que la muerte y les animaba a llevar trajes
suntuosos de seda o con bordados, aprender rudimentos de ortografía y a recitar suras
del Libro, por entender que Dios no nos había traído a esta comunidad de creyentes
para asistir a mayor número de funerales que los que habíamos asistido en la otra.
10
Aquella noche soñé que me encontraba en brazos de Dalia y simultáneamente
en el puente de un barco, con dos filas de cañones a babor y otras tantas a estribor,
marchando por un canal estrecho que se convertía en el río Almanzora y pasaba por
delante de mi casa en Cuevas, donde estaba mi padre a la puerta. No salía de mi
asombro, ¿cómo ha podido este pequeño canal llevarme hasta mi padre? Descendí
con mis hombres para cumplimentarle y presentarle mis respetos y él me acogió con
bondad. Había miles de cuevanos platicando, bebiendo y riendo. Sus ropas se
estremecían como el velamen del navío al soplo de la brisa, y sus voces se fundían en
una inmensa algarabía, como si en ningún momento les hubiera destrozado la
adversidad. Me sentó a su lado y de nuevo me habló de Granada y de su derecho a
seguir viviendo en ese reino. Era un hombre de baja estatura y de rostro afable y buen
trato que, aunque en ocasiones había tomado decisiones equivocadas, exigía el
derecho a errar si con ello creía perseguir el camino de la rectitud, y empecé a amar
sus yerros. Platicamos, animándome a no volver nunca la vista atrás aunque sufriera
similares extravíos, y luego revisamos las tropas. La parada semejaba un jardín o un
mar de lanzas y espadas. Los jinetes vestían marlotas de seda, hechas un ascua de
oro. Los estandartes flotaban al viento como crines de caballo lanzados a la carrera.
Los hierros de las lanzas eran lenguas que gritaban victoria y las tiendas parecían un
tapiz de flores, rojas, negras, verdes, blancas. “Si me sirves con fidelidad siempre
encontrarás abiertas las puertas de mi reino”, dijo levantando la mirada hacia el cielo
y entonces reconocí al anciano califa. Al despertar le conté a Cristo lo sucedido,
añadiendo que aquel lugar era bueno para el sueño y él le dio la siguiente
interpretación: “Desde que has venido a este país Dios está con nosotros, nos ha dado
un techo donde cobijarnos y con tu mediación seguirá concediéndonos la alta
protección de la familia del Profeta”.
Algunos días después de la muerte del califa Abd-Attah, ¡Dios tenga
misericordia de él! Said Muhammad, el sevillano, el-Andalusí de Fez, me pidió que
le hiciera el honor de cenar en su casa, para presentarme a los españoles más
influyentes de la capital, y naturalmente acepté. Nadie en Fez le negaría un deseo a
Said Muhammad, que había amasado más gloria y fortuna que nadie en el reino y que
vivía como un pachá, mirando por encima del hombro a los secretarios y ministros
del Califa. Tenía su cuartel en la casba Cherarda y su casa, dentro del cuartel, era un
palacio cuadrangular de mármoles blancos y anejos ajardinados que ocupaban un
décimo de su superficie.
Era un hombre maduro y en esa edad indefinida entre los treinta y los
cincuenta, jovial, simpático y tan vanidoso como un árabe, y se le conocía fácilmente
por el turbante albo y grande, como una calabaza, sobre un corpachón inmenso.
Llevaba en los dedos dos anillos de rubíes y se había distinguido por su habilidad en
recoger impuestos y en reunir al mayor número de andaluces a su alrededor, que
constituían la élite más temida del ejército del califa. En público se hacía acompañar
por un verdugo, un fornido alpujarreño de Orgiva, llamado Cintas, y que tenía fama
de no fallar ninguna cabeza al primer tajo. El califa lo había casado con su hermana
Fatma, la favorita, y lo consultaba por encima de los doctores, caídes y ministros que
formaban el consejo. A sus soldados jamás les consentía desaliños, pero les pagaba
puntualmente y bien la soldada y era con ellos a la vez severo y campechano,
teniendo a gala conocer por el nombre hasta al último infante, así como el lugar de
nacimiento y las particularidades familiares y motivos de su fuga a Berbería.
El salón en que nos recibía era alto y el techo pintado de azul y oro. Según
llegaban los invitados, gordos, recelosos, pero sonrientes, con sus impecables
albornoces azules o negros y sus gestos obsequiosos, él me presentaba como al
españolito audaz que había venido con una pequeña tropa a conquistar Marruecos:
Ibn Guzmán de Tabernas; Abd al-Rahman, su oficial de caballería, nacido en
Navarra, que había huido de España con una sentencia de muerte, y del que las
lenguas decían que cortaba más cabezas que el Cintas; el-Mechuar, caíd y
comandante con ejército propio; Ad-Dughghali, albaicinero, con mujer e hijos
andalusíes; Ben Sharaf, médico y notable de Granada que había puesto su fortuna y
saber al servicio de la comunidad andalusí y del que todos hablaban con cariño; y el
rabino Yemin, un hombrecillo de tez pálida y de hablar susurrante, vestido de cuervo
e hijo de judíos españoles aunque nacido en Marrakech y que financiaba empresas
del califa.
Nos sirvió una cena fastuosa en fuentes de oro y plata mientras evocaba
plácidamente los penosos viejos tiempos - la mayoría más que proezas inútiles
bravatas - y la política morisca de Felipe II, “¡a quien los perros despedacen vivo en
los infiernos!”, la política del joven Mutawakkil, el futuro califa, “¡El Altísimo lo
colme de venturas!”, pero añadiendo en voz baja que las cosas no iban a marchar
como con el piadoso y recto Abd-Attah, su padre, “¡a quien Dios tenga en su Gloria!”
Said Muhammad amaba el juego y la pasión oriental por el lujo y las
extravagancias. Había introducido entre la tropa el polo, el ajedrez, las camas, las
mesas y utensilios de cocina, el vino, el pan de trigo, la música de la tierra, sagales y
nubas de los que era un entusiasta, y los calzones, aunque él vestía el traje árabe
tradicional. Las paredes de su casa lucían arabescos y en los jardines - en una ciudad
que se distingue por la ausencia de perros -guardaba los mastines de raza más puros.
Su gran triunfo era la leyenda de su gloria y riqueza, que llenaba las bocas de los
españoles que habitaban las medinas; el secreto de su éxito, la cohorte de espías: "sin
espías nada funciona en este mundo, lo aprenderás con el tiempo, jovencito, y yo me
he rodeado de los mejores".
Tras cada plato, daba una palmada y un esclavo marroquí, nunca el mismo, le
traía rapé, agua de flor de naranjo en aguamanil o briznas de sándalo para el brasero;
luego se levantaba de la mesa y andaba como un toro a nuestro alrededor, dispuesto a
cargar con el ceño fruncido.
- Un hombre que corre por un tejado puede ser tres cosas: un criminal, un
adúltero o un ladrón. Un hombre que se alía con España y que dice en público que la
va a combatir y hacerle sentar su brazo, ¿qué puede ser? Sea lo que sea - decía
hundiendo el puño en la mesa por encima de nuestros hombros -, se le ve el trasero
por mucho que quiera ocultarlo.
El banquero Yemin, mirando tímidamente y de forma furtiva a unos y otros, le
replicaba que el joven califa era poco diplomático, pero inteligente y que tarde o
temprano declararía la jihad a España como esperábamos. Said Muhammad dejaba
de andar y lanzaba hacia él dardos encendidos, "¿osas defenderlo delante de mí?,
¿cuánto dinero has puesto en la empresa?, ¿qué eres antes banquero o español?"
Por encima de su voluptuosidad, Said Muhammad amaba la violencia aunque
a continuación dijera que la deploraba y que la guerra era una enfermedad. Lo que no
admitía eran medias tintas y si estabas con él tenías su amistad y protección, mientras
te considerara útil, y si no lo estabas, podías ir encargando tu funeral, ¿quién osaba
contradecirle? El rabino Yemin defendía que había que ser cautos y darle tiempo al
tiempo, hasta que el joven califa se diera cuenta de quiénes eran sus amigos,
añadiendo que había que tomárselo con calma por aquello de la sangre joven y
bullidora.
- ¿Con calma? Se está hinchando de tal forma que va a reventar las cinco
partes del mundo.
- Y mientras tanto - decía al-Rahman - nos aprieta tanto el yugo que o
reventamos o dejamos de respirar.
- Lo haremos cuando se nos acabe el último cauri - añadía El-Mechuar.
- Quien me busca las costillas las encuentra - gritaba Said Muhammad -,quien
busque nuestras costillas va a tener donde comer, porque será el final del reino.
Yemin enrojecía, miraba furtivamente a un lado y otro y aventuraba en voz
baja: "la guerra es una maldición".
- Que da buenos dividendos a los banqueros - añadía el sabio ben Sharaf con
sonrisa amable.
Yemin se mordía los labios y guardaba silencio. No parecía dispuesto a
representar el papel de ambicioso frente a un público tan hostil al joven monarca y
parecer un monstruo.
- El problema para nosotros es si nos conviene o no apoyarlo - comentó ElMechuar -.La paciencia del Altísimo no tiene límites.
- Pero sí la mía - decía Said Muhammad.
De combatirlo para Ibn Guzmán había que hacerlo juntos y con el mejor
postor.
- Exacto - añadió Said Muhammad -. Al-Malik, su tío, viene hacia aquí con un
ejército turco y como españoles no podríamos tener mejores aliados, ¿estáis
conmigo?
Inmediatamente todos clavaban en mí los ojos en espera de una respuesta tan
fulminante como la suya, acosándome en el silencio a unirme a ellos.
- Amo la cabeza de mis hombres tanto como la mía - les dije -. Sólo espero
que acertemos.
- Y nosotros también - añadió Ad-Dughghali -,¿qué otra cosa buscamos que
nuestra vida y la de los nuestros?
- Y oro y gloria a ser posible, ¿por qué no lo decís? - añadió Abd-al-Rahman -.
La guerra es la ocasión del soldado.
No me gustaba iniciar la vida militar con una rebelión y tampoco me agradaba
al-Rahman con su barba ensortijada, más sanguinario que sagaz y desde luego
eunuco a juzgar por los rasgos y la voz, cosas ambas que lo hacían repulsivo; pero la
lógica estaba con ellos. El banquero Yemin, buen conocedor de hombres y causas
perdidas, había callado y parecía dispuesto a respaldarlos, al igual que Ibn Guzmán
aunque en privado
hubiera llamado asnos y perros a Said Muhammad y a al-
Rahman, al uno por su afán vergonzoso de riqueza y fausto personal y al otro por
sanguinario. La conformidad era completa y la prudencia aconsejaba, se tuviera o no
razón, entrar en aquella cueva de fieras, para nosotros menos nocivas que los nuevos
aires del califa, de quien se decía que mandaba matar a los emigrantes andaluces por
el simple expolio.
Tras el acuerdo, Said Muhammad hizo entrar a dos de sus hijas, dos bellezas
morenas de grandes tetas y el rostro descubierto a la manera judía, que llevaban la
bastila en una gran bandeja, y me las ofreció como esposas en medio de las
carcajadas de todos. Las muchachas no parecían ruborizadas y deduje que habían
vivido con frecuencia situaciones parecidas. Me excusé con el único argumento de
mi juventud y él acarició mi nuca con afecto para mí terrorífico. No le convencían
mis excusas y me ofrecía ponerles los dientes de oro, como era la costumbre, si es
que no me gustaban. Hice protestas de que eran grandes bellezas e insistía en mi
negativa con terquedad.
- ¿Qué excusas puede tener un hombre de fortuna para evitar el matrimonio y
una alianza como la que le ofrezco?
Guardé silencio sin sonreírle. El se había casado por interés y la experiencia le
confirmaba que ganaban los que así lo hacían.
- No sé nada de mujeres todavía.
Volvió a mirarme de los pies a la cabeza, deteniéndose en la fina pelusa de mi
rostro.
- ¿Puede un hombre mandar un ejército y tener miedo a una mujer?
Y estalló en grandes carcajadas, coreado por todos, y mi mirada resuelta y
firme las interrumpió.
- A menudo olvidamos los viejos que los jóvenes tienen sus sueños - dijo
mientras nos abrazaba y saludaba a la salida.
Al pisar la calle, el oboe claro del muecín, que llamaba a la oración, flotaba
sobre la ciudad en dirección al este y luego al sur y al oeste y sus últimas palabras
hacia el norte eran "Allah Akbar". La brisa traía el olor de los olivos. Salía el sol y
los primeros rayos en las colinas y cerros de aquella tierra cruda y roja me resultaron
tan familiares que cerré los ojos e hinché los pulmones de alegría. Por primera vez la
voz enfermiza de al-Rahman sonaba agradable en mi cabeza: “La guerra es la
ocasión del soldado”. Mutawakkil nos combatía y, por su alianza con España, era tan
de fiar como las dos hijas de Said Muhammad, que yo había esquinado, o como el
resto de mujeres africanas, obligadas al matrimonio para
evitar lo peor y que
resultaban poco castas por temperamento y por compartir marido.
En el silencio las puertas se abrían y se escuchaba el crujido de las telas. Se
sentía el fuerte olor del pan molido y de las especias, como siempre, mientras en mi
cabeza se cruzaban ya las visiones de sangre y de huesos rotos, de caballos fustigados
y de voces salvajes y enloquecidas, de manos rojas y enormes en la garganta. Se
mascaba en el aire el olor del sulfato, perfume de la batalla, y apreté el paso.
Al inhibirse los escuadrones españoles, Mutawakkil se quedó sólo con sus
hombres del Sus contra su tío y, tras la insignificante escaramuza en Rukn, AlMalik, ¡Dios honre su memoria!, entró en Fez como un héroe. Sus generales,
encabezados por el fiel Alí B. Shagran y el turco Zargún al-Kahiya, querían castigar a
la población, adicta al joven califa, y Al-Malik se opuso.
- ¿Olvidáis que somos marroquíes?
Ellos guardaron silencio avergonzados. Las mujeres salían a las calles a
recibirlos en oleadas y les arrojaban agua de naranja, limón y rosas de El-Kelaa, de
forma que no se distinguía entre el brillo de las armas y el esplendor de los ojos. Por
la noche nos recibió a los comandantes españoles y todos quedamos prendados por su
perfecto acento castellano. Era moreno y basto de facciones, alto de cuerpo, delgado
y de pocas fuerzas, pero inteligente, cautivador, tolerante y sabio. Le acompañaba su
hermano Ahmed, futuro califa con el nombre de A-Mansur, más blanco que la leche
y con una rosa en cada carrillo, talla de gran envergadura, mejillas lisas, recubiertas
de pintura amarillenta, los cabellos y los ojos tan negros como los de Al-Malik, los
dientes bien plantados y los incisivos brillantes, el rostro más agradable que el de su
hermano y sus maneras graciosas y elegantes.
Con Al-Malik, ¡Dios guarde su memoria!,la capital se transformó y a Fez
llegaban mercaderes de los países europeos que recibían toda suerte de privilegios y
seguridades para sus mercancías: agentes españoles, enviados por Madrid, para
informar sobre los nuevos acontecimientos, como Luis de Herrera, Alcacova,
Meneses y Beragún, curas y monjes de distintas órdenes que hacían de embajadores y
correos, refugiados y aventureros ingleses, especialistas en armas de fuego, italianos
e incluso mujeriegos franceses como Mouette, que hablaba un árabe perfecto y que
llegó a tener en vilo al imperio con sus prédicas ascéticas, mientras hacía razias en
los harenes más distinguidos.
Para los cristianos, Al-Malik era más cristiano que musulmán y para los
protestantes, un gran admirador de su religión, que odiaba la idolatría católica. Su
modelo era Carlos V, según Andrea Gásparo Corso, a quien le pidió tres libros sobre
su vida. Dormía en cama alta, permitía el vino libremente a nuestros soldados y no
perdía ocasión de predicar la paz. Era su mensaje favorito al tiempo que
nos
abastecía con abundancia de armas novísimas y de munición, traídas por barcos
ingleses, deduciendo todos que su intención no era otra que la de invadir la
Península, que seguía inquietando las ciudades norteñas. A menudo anunciaba que
estaba a punto de tomar una decisión importante que devolvería a Marruecos su
pasado esplendor y lo seguíamos expectantes.
- ¿Qué decisión? - le preguntábamos.
- La de liberar a los hermanos que viven en territorio de infieles.
Era un regalo del cielo y tanto en las mellahs judías como en las casbas
españolas de Fez, Marrakech, Tetuán y Tánger no se hablaba de otra cosa que del día
esperado en el que volveríamos a nuestros lugares de origen, donde podríamos decir,
sin ruborizarnos y sin que corriera la sangre, soy cristiano, judío o musulmán.
La facilidad con que Al-Malik, ¡Dios perfume su memoria!, había conquistado
Fez cogió por sorpresa a España y a Portugal y el miedo por las fortalezas
portuguesas de Melilla, Arzila y Tánger, de las costas españolas desde el cabo de San
Vicente a Cartagena y de las rutas marítimas por las que discurría el oro de América,
tenía estremecidos a ambos monarcas y no era aventurado predecir la guerra. Don
Sebastián de Portugal proyectaba invadirnos y Felipe II, ¡Dios lo castigue como se
merece!, apoyaba la empresa con buenos ojos a pesar de las recomendaciones en
contra de don Francisco de Córdoba y de los amigos españoles de Al-Malik,
Vespasiano Gonzalo y los Colonna, que defendían ante ese monarca el buen nombre
de nuestro jerife; pero la situación no acababa de aclararse para desánimo nuestro.
Necesitábamos al turco para llevar a buen término la empresa peninsular y Al- Malik,
cuyo padre había muerto a manos suyas, no parecía dispuesto a aceptarlos por miedo
a convertirse en el juguete de ese gran aliado oriental, que por lo demás le había
puesto en el trono. Por suerte para nosotros tenía problemas internos y tampoco podía
deshacerse de ellos: el escurridizo Mutawakkil amenazaba Marrakech desde el Sus y
firmaba alianzas con Portugal y España que obligaban a Al-Malik a inclinarse del
lado turco y de Inglaterra, nuestra segunda gran esperanza del momento. Los puertos
marroquíes se abrieron a los piratas ingleses que capturaban barcos españoles en el
Atlántico y en agosto de l577 se establecían relaciones diplomáticas a muy alto nivel
con Isabel I, recibiendo en Fez a Edmund Hogan con todos los honores, mientras les
negaba audiencia a los enviados españoles y portugueses, Cabrete, Luis de Sandoval
y Fray Juan Bautista, frailes iletrados y soldados rasos en su mayoría.
Así las cosas recibimos la orden de marchar hacia Marrakech, en busca de
Mutawakkil, y partimos muy de mañana con un ejército impresionante de diez mil
turcos, seis mil escopeteros españoles de a caballo, más la guarda personal de AlMalik, que la componían seis mil arqueros, dos mil renegados de distintas
nacionalidades y cuatro mil andalusíes a las órdenes de Said Muhammad. Veintiocho
mil hombres marchando en caravana de líneas regulares hacia los palmerales de
Marrakech con un sol marrón y negro y una soledad lunar, vieja e hiriente, en la que
no se veía una brizna de hierba y liquen. De vez en cuando montañas negras a nuestra
izquierda, con puntos que se volvían lila en las cumbres, como quemadas por fuegos
internos que encendían de igual manera mi mente, ya con la imagen próxima de Dalia
correteando sus senderos. Se paseaba ante mí sin velo y con el pelo adornado de
rosas y yo recreaba su rostro de miel y su cuerpo con los pies descalzos o en sandalias
corriendo a abrazarme como una gacela que no puede contener la llamada del
corazón, de manera que la árida tristeza del paisaje se transformaba en bosques de
fábula y yo avanzaba despacio para no romper el hechizo. Le caían lágrimas
silenciosas hacia la cadena, que le pendía del cuello, y hacia el alcocer, de colores
brillantes, que ocultaba sus pequeños pechos. La veía con el pelo recogido a la
manera andaluza, con horquillas, peinetas y un lazo rojo, aparentando descuido en la
espalda, pero lo suficientemente apretado como para controlar la brisa, y levantaba
hacia mí la cabeza y con la cabeza el cuerpo, al tiempo que su corpiño erguía la
delicada feminidad de sus pechos. Miraba confundida mi espada y yo su alcocer.
Levantaba delicadamente los ojos y la figuraba a mi lado, rostro con rostro, junto a la
fuente de su jardín hablando y mirándonos sin descanso.
Descubrimos desde un altozano el país de Marrakech, con la gran montaña de
dientes afilados, erizados y en ascenso, aflorando al fondo como una prodigiosa
cuchilla. En un principio sólo era el manto huidizo de la llanura, del color de la llama
que posee el cuerpo reclinado de una mujer, luego la baja y sombría dentadura donde
nacían los salientes agudos, que obstruían el llano y, finalmente y a una distancia
inapreciable hacia las alturas, la aparición celeste, vaga e irreal del Atlas, como un
murallón mágico, levantado por los ciclópeos dines de los Jelifets que guardaban la
entrada de un alto paraíso.
- Eso que ves allí no es una montaña sino el mar - decía a mi lado Francisco
Carrión, un elchense que había cometido desórdenes en la mezquita Quarawiyyin en
los últimos días de Abd-Atah, ¡Dios perfume su memoria!, y que había sido
condenado por éste a servir de juguete a los niños, que lo habían corneado y
banderilleado por mil lugares, dándolo por muerto. Mis hombres lo habían traído
antes de que lo echaran a los perros, descuartizado en catorce pedazos, según la ley, y
de resultas le habían quedado graves trastornos de cabeza y desórdenes en la vista.
- No es el mar sino una mujer tumbada - le replicaba Arduán, hijo de
andaluces aunque nativo de Fez, y uno de los hombres con más fantasía e
imaginación de la columna.
- ¿Una mujer? Tú ves mujeres por todas partes. Donde hay agua ves piedras y
donde hay piedras, flores.
- Digo que es una mujer. Andas sueltas por estos montes y los moros las cazan
como a las ciervas, las montan por detrás muy a lo bravo, luego les paren serpientes
con cabezas como las nuestras y yo he visto una de estas curiosidades en Tánger. Las
llaman cobras-hombre.
El soldado lo miró con ojos abultados sin saber qué decir y, cuando los dejé, al
ver que se acercaban mis espías, discutían este punto tan importante.
- Que existen en el Paraíso es un hecho - le decía Arduán -, las habrás visto
miles de veces en las iglesias.
Descendíamos a un llano que se abría y alejaba hasta perderse en la base
vaporosa de la montaña, con palmeras por todas partes, trescientas, quinientas mil en
medio de la más pura desolación - no había visto nada parecido -, hijas ardientes de
la tierra, de la arena y del sol, junto a la pureza blanca de las nieves.
Mutawakkil había huido en un caballo blanco como un avestruz seguido por
cazadores, abandonando su harén, su capital y sus tesoros, ¡qué noticia para dársela
en persona al califa! Eran Francisco García, nativo de Tarifa; Juan de Osona, de
Gibraltar; y Domingo Diaz, de Ceuta, alistados en Fez y que hablaban como los
nativos. No sabían dónde había ido, pero nos habíamos adelantado a los espías de
Said Muhammad y era una información de oro para ascender con rapidez y, sin
embargo, no quise aprovecharme de ella en contra de mis compañeros de armas, que
se hubieran sentido heridos y hubieran desconfiado en adelante, y preferí seguir la
maquinaria militar. Le comuniqué la noticia a Ibn Guzmán y éste a Salid Muhammad,
quien informó al hermano del califa y aquel nos mandó llamar.
Se detuvo el ejército mientras discutíamos el plan a seguir y Al-Malik ordenó,
al suponer que se había refugiado en el Sus, enviar tras él a la mejor caballería,
pensando sin duda en Alí B. Zagrán, mientras El- Andalusí e Ibn Guzmán guardarían
Marrakech y él regresaba a toda prisa a Fez con sus turcos, donde le esperaban graves
asuntos del reino. No se trataba ya de una confrontación entre españoles, al ser Alí B.
Zagrán nativo de Marruecos, y no vi ya ningún motivo que me impidiera
aprovecharme.
- ¿Tenéis un plan? - le preguntó el califa.
Alí B. Zagrán se quedó mudo. Era un hombre torpe y lento de reflejos y, tras
unos momentos de vacilación, le contestó que debía discutirlo con sus oficiales. El
jerife me miró entonces, esperando de mí una respuesta más directa.
-Es verano, Alteza - le dije - y el primer paso es apoderarse de los pozos de
agua con la ayuda de Dios y luego seguirlo sin descanso.
- Bien dicho, cristiano - dijo el jerife aprobando mi plan de inmediato y luego
me preguntó si necesitaba más hombres.
- No hay nadie como nuestro joven sabueso para cazar galgos y podría
bastarse él solito - dijo Said Muhammad con evidente sorna y Al-Malik ni siquiera lo
miró.
- Si además salimos de inmediato no le daremos tiempo de hacerse con sal y
sin sal no hay dinero y sin dinero no podrá reorganizar su ejército.
La envidia brillaba en los ojos de Alí B. Zagrán, que hubiera querido tener en
ese momento mis palabras en la boca al ver que me ganaba tan limpiamente el mando
de las tropas perseguidoras.
- Con el verano encima, Excelencia - dijo besándole la mano -, el Sus es
prácticamente un desierto y al desierto sólo lo entendemos los que hemos nacido en
él y sería más acertado que yo mandara la expedición.
- ¿Y qué ruta seguiríais? - le preguntó el califa.
- La de Tanahaut. No hay manera de pasar armas pesadas por Amizmiz.
- Yo, Alteza, iría por Imi-n-Tanut con la caballería y ganaría una semana.
- No es prudente, Excelencia - dijo Alí B. Zagrán.
- Lo prudente a los veinte años es no ser prudente - le contestó, levantándose
con la decisión tomada a mi favor y me dio a besar la mano, en uno de los momentos
más emocionantes de mi vida y por el que pagaría un alto precio, que entonces no
podía prever.
- El Sus, cristiano, no me reconoce y debe jurarme fidelidad sin que toquéis
sus mezquitas, familias y haciendas.
Su voz era firme. No era muy querido, pero era un luchador que se ganaba la
jefatura por pura fuerza de carácter y su palabra representaba la ley absoluta. Usaba
la violencia tan sólo cuando era imprescindible, se preocupaba por el pueblo y no
recuerdo que nadie me hubiera enseñado tanto en tan poco tiempo. Le besé la mano.
- Hay un refrán que dice que se tiene un puñal en la mano, bien para degollarte
o para degollar un cordero, yo haré esto último en tu honor, fiel granadino.
- ¡Vuestra bondad no tiene límites! - le dije -. ¡Dios os conceda larga vida!
- ¡Dios os guíe por el camino de la verdad!
Iniciamos la marcha en medio de una nube de polvo y de arbustos de cabezas
blancas, decididos a cortar distancia entre nosotros y el fugitivo antes de la mañana, y
caminamos cuatro horas hasta alcanzar la silenciosa ciudad roja con Dalia dentro,
que tendría que esperar, y una vez pasada ésta nos echamos a dormir. Al día siguiente
hicimos dos etapas de cinco horas y acampamos en la montaña. Por todas partes,
majestad, miseria, belleza y amplios espacios vacíos sin un alma para darnos la
bienvenida. Cruzamos sierras, escalamos cordilleras y cimas ásperas y afiladas como
la hoja de un cuchillo, por una ruta jamás cruzada por ejército alguno, y caímos
como ángeles vengadores sobre los llanos desérticos del Sus, recorriendo los pozos
servibles e inservibles sin avistar al enemigo, que parecía acabar de salir de cada
casba roja que ocupábamos, aunque con las manos vacías y el rabo entre las piernas,
por la prisa que llevaba.
En Qarsasat nos enteramos de que el depuesto rey había vuelto grupas y se
acercaba amenazadoramente a Marrakech con un ejército de ladrones y vagabundos,
ganándonos en astucia, y había que seguir la marcha. Apenas teníamos otra cosa en
los calabacines que leche de camella y los hombres estaban reventados. Muchos
sufrían desmayos, jaquecas y altas fiebres, producidas por la fatiga y el calor, y nos
detuvimos a descansar en el nido de águilas de Teluet donde, por boca de Limpati,
los hombres querían saber el por qué de la prisa sin pararnos a recoger el fruto de la
victoria cuando todo era nuestro.
- Lo que ahora nos importa es la gloria - les dije -, tiempo tendremos de
ocuparnos del oro.
Limpati no estaba de acuerdo, pero tampoco se atrevía a enfrentarse a mí
abiertamente y lo hacía a través de terceros que lo apoyaban. Les volví la espalda sin
prestarles atención y a Alonso le ordené que abriera bien los ojos con el urcitano, que
en ningún momento se había quitado la mano de la cintura. No estaba dispuesto a
permitir la rebelión ni a quebrar la unidad de mi ejército y lo llamé a la tienda,
haciéndole esperar fuera por primera vez durante algún tiempo. Cuando al fin entró
no me fue difícil hacerle doblegar la cabeza e inmediatamente partimos para
Marrakech en ayuda de Lalla Maryam, tía del rebelde y hermana de nuestro jerife,
que se resistía en la casba asistida por Ibn Guzmán y seiscientos infantes y, antes de
que Al-Malik y sus turcos hicieran aparición en la llanura roja, nosotros habíamos
penetrado en la medina por una brecha practicada en la muralla y conquistado la
ciudad, aunque sin echarle mano de nuevo al escurridizo Mutawakkil que había
conseguido refugiarse, esta vez, en el Peñón español de Vélez, al mando de Juan de
Molina.
El espectáculo de la ciudad era execrable: Said Muhammad aparecía colgado
en la gran plaza de la Yemaa el-Fnaa con muchos de sus hombres y la vista quemaba
los ojos mientras el aire fétido y la plaga de moscas en sus cuerpos abofeteaban
nuestros rostros y nos hacía emitir sonidos agónicos. Mil de sus partidarios fueron
inmediatamente degollados en la misma plaza y otros mil castrados por orden del
jerife.
La noche se volvió dulce y la tierra olía a la fragancia de la victoria. Los
judíos abrieron las puertas de la mella y en el barrio andaluz las canciones
y
gargantas rotas vieron el alba. Corrían rumores de que los portugueses se aprestaban
a invadir Arzila, pero aquella noche nada podía enturbiar la alegría espontánea del
pueblo. Los bazares permanecieron abiertos hasta la mañana y la gente se echó a la
calle para celebrar y bendecir a la legión de nuevos mahometanos que nos dirigíamos
con hábitos suntuosos, escoltados por los grandes del reino, la música y la caballería
del califa con banderas desplegadas, a la Kutubia. Al-Malik preparó en su palacio un
banquete, servido por grandes señores, y a todo aquel que estaba en edad de casarse y
quería hacerlo se le casó ricamente y se le dio casa. Repartió asimismo cincuenta
monedas de oro a cada uno de mis hombres, renegados y cristianos, y a los postres
nos llamó ángeles. A Limpati, rebautizado Mahmud, le nombró caíd del tesoro por
indicación mía, apartándolo de esta forma de mi columna, y a mí me hizo jefe de su
escolta.
Entre los esclavos liberados de la gran Sajena había cincuenta granadinos, de
distintos pueblos de aquel reino, que se unieron a mis tropas, veinticinco mujeres
encerradas en su serrallo, también granadinas, que aceptaron casarse con mis
soldados y que habían tenido por verdugos a más de mil negros, y un francés de
Dieppe, llamado François, también unido a mi tropa, y que por intransigencia
religiosa servía en las cuadras, donde había contraído una maligna enfermedad que le
ocasionaba bubas por todo el cuerpo.
Me dirigí a casa de Dalia vestido de seda como un hijo de emir, montado en
un caballo de raza, seguido por un esclavo que llevaba una sombrilla. En el camino
rostros conocidos y transeúntes saludando con la mano. En la puerta, mi hermana
Mariam con un ligero velo color de arena, sobre el rostro, ¡cómo había crecido sin yo
ser testigo y cuánto sufrimiento en mi ausencia! Inclina la cabeza a unos pasos de mí,
sin atreverse a acercarse, y la abrazo; luego me pide noticias de Cuevas, sin osar a
nombrar a nuestro padre, y como doy el silencio por respuesta me mete en una sala
donde me lava con aceites y ungüentos. Sólo al acabar se sienta a contemplarme y
sonríe en silencio.
La casa de los padres de Dalia, en el barrio de los andaluces y muy cerca de la
mella, tenía un patio pequeño, un banco de mosaicos con la granada y un níspero por
diseño, en recuerdo de la tierra y, colgada de la pared, bajo el balcón que lo circunda,
la llave de su casa en España, rodeada por un ramo de laurel. Ese era todo su jardín, a
pesar de que en el mosaico de la entrada se leía "los cármenes".
Eché a la familia del patio y, al quedarnos solos, Dalia me dio una rosa seca,
que guardaba en su libro de rezos, y yo le di la perla negra y redonda como un botón,
que acababa de admirar en uno de mis dedos. Me contó lo mucho que habían llorado
en mi ausencia, temiendo siempre lo peor, le limpié las lágrimas con el pañuelo y
luego besé los lugares marcados por sus lágrimas. Corrió a la alacena de su
habitación y descendió con el anillo de compromiso que yo le había dado en Cuevas.
Yo entonces le di una bolsa de almendras que me habían dado en la calle y mientras
las comía, sus ojos me miraban entre tímidos, avergonzados y orgullosos. Me llamó
hereje por lo bajo, enterada de mi conversión, y bruto en voz alta y fuerte, aludiendo
a mi condición militar, aunque añadiendo a continuación que le gustaba el sonido
fuerte de mis botas y la aspereza de mis manos, sin atreverse por ello a tocarlas
cuando se las alargaba. Traté de tranquilizarla. Le dije que el oro de su pelo era más
bonito que el metal de mis galones y me miró sonriente. Luego paseamos en silencio
disfrutando de la presencia mutua. Dalia lanzaba besos al aire con la punta de sus
dedos y yo los recogía con las palmas abiertas. Lanzaba rayos de luz más fuertes que
el sol y yo trataba inútilmente de atraparlos en mis pupilas deslumbradas. Al tiempo
de marcharme me dio un pañuelo que ella misma había bordado con una granada en
el centro y florecillas en los bordes. Cuando tenga un campo mío, le dije, tuyo será el
primer fruto que recoja, las primeras peras, las primeras naranjas y limones.
En el silencio opaco de mi alcoba y mientras espero con los ojos cerrados la
hora de la parada triunfal, que la ciudad de Marrakech ha preparado para festejar la
gran victoria de Alcazalquivir sobre los portugueses, la cabeza de Dalia brilla en mis
pupilas con luz propia. Su rostro es limpio y sus ojos claros, azules y fulgentes. Es
como un sueño, me habla y yo le contesto. Le gustan mis historias muy detalladas y
yo se las cuento cargando las tintas en mis hazañas de guerra. En la habitación de al
lado mientras tanto Mariam revisa mis trofeos. Por mis pupilas pasan visiones
confusas, rostros airados, estandartes desplegados y presentes innombrables de oro,
plata, metales y vasos de formas gráciles en los que florecen las corolas de los
jardines, perlas y jacintos, dos mil ducados desparramados por el suelo que arrancan
grititos de asombro de la garganta de Maríam, que me obligan a abrir los ojos hacia
atrás. La gente de las cabilas corría tras los despojos de la batalla con sacos a la
espalda y cuchillos en las manos que no se detenían en sacar las sortijas de los dedos
hinchados.
"¿Qué opina el más joven de mis comandantes?", pregunta Al- Malik, el
prudente, el victorioso, ¡Dios perfume su memoria!
"Que deberíamos simular una retirada, Alteza".
"¿Y huir como mujerzuelas?"
"Si cruzaran el río quedarían sin munición y sería fácil cazarlos destruyendo el
puente".
Al-Malik abre los ojos.
"Es buena estrategia, cristiano. Si la suerte nos sonríe serás caíd de
Marrakech".
De los dos mil españoles al mando de Alonso del Águila, en el lado portugués,
tan sólo quedaban trescientos en pie a la caída de la tarde; doscientos hombres de
Guillermo de Orange; el rey Sebastián muerto, Al-Malik muerto, Mutawakkil muerto
y despellejado, ¡Dios le castigue como merece!, su cuerpo flotando al viento en la
torre mayor de Ksar el-Kebir. Muertos los caídes Ben Chacra, Ben Zequerin, Ben
Crime, Ben Zoritto, ¡Dios tenga misericordia de todos ellos!
"El océano de la venganza no tiene riberas, ¿cómo te sientes, soldado?, gritaba
Ahmed, el Glorioso, el Dorado, el nuevo jerife ¡Dios le conceda larga vida y le dé la
vistoria sobre nuestros enemigos! Vente mil muertos del lado portugués que
acabarían en las sajenas. Los generales miraban el espectáculo con asombro y todo
eran parabienes para el nuevo califa que sonríe y se excusa:
"Es día de luto, soldados. Dejad las felicitaciones para mañana. Hoy lloramos
a nuestros héroes".
Los obispos portugueses habían dejado de rezar y presenciaban mudos la
matanza desde el otro lado del uadi Mekhazin. Se les reconocía fácilmente por los
ornamentos brillantes, los roquetes y las cruces de plata que sostenían sus pajes. B.
Hassan Ceriro, jefe de los espais, no esperó la orden y atravesó el río a piso llano
sobre los cuerpos que flotaban, seguido por varios cientos de renegados, mis fieles
granadinos, mientras los obispos volvían grupas.
Era la hora del poniente y los rayos del sol brillaban en los ojos
ensangrentados de los nuestros: dieciséis mil esclavos, cuarenta cañones, 300.000
ducados, sacos de oro, plata, perlas y jacintos e incontables sumas de rescate que
irían a engrosar las arcas del nuevo califa.
Dalia escucha y al acabar dice que prefiere nuestras historias de niños y se
acerca a mí como si hubiéramos vivido juntos toda la vida.
Le cojo ambas manos. Me gusta envolver con mis brazos su pequeña y
delicada figura.
"Contigo no me asusta la muerte", dice.
"Tampoco yo le tengo ya miedo a nada contigo al lado. Al fin nuestros
cuerpos han encontrado su patria más allá de la patria y de las creencias.
Me mira sin comprender y luego llora. Jamás he visto a nadie con más
facilidad para las lágrimas. Se las seco y me llama por mi nombre secreto, que ignoro
cómo ha llegado a ella pues ni siquiera mi padre, tan conservador para estas cosas, se
atrevería a decirlo en voz alta, y en sus labios tiene tal carga afectiva que me
enternece. Aprieto el abrazo con una sonrisa. Por la mañana, y cuando monte mi
caballo en la parada, estoy seguro de hacerlo con tal firmeza y arrogancia que hasta
los indecisos y envidiosos de mis triunfos verán en mí al hombre que esperaban.
11
~Marrakesh la Polvorienta~ (Había escrito en el
siglo X de la Hégira uno de sus hijos,
descendiente de padres granadinos, el historiador
Abd-el-Walid, llamado~el marraqués»).
“La ciudad no había vivido una jornada parecida en el curso de su historia
y, antes de que el sol acariciara la piedra e hiciera florecer rosas irreales en lo alto
de la Kutubia, la gente se amontonaba en las avenidas por las que iba a pasar el
cortejo, para celebrar la apoteosis del más ilustre de los hijos del Profeta con un
esplendor que dejaría un recuerdo eterno en las crónicas -de donde esto extraigo- y
en las almas. Las alfombras y los tapices más bellos colgaban por doquier. Sonaban
las trompetas, seguidas de un estremecimiento de tambores, y un largo espasmo
ondulaba a las blancas muchedumbres. Los muecines dejaban caer, como desde lo
alto del cielo y precipitándose unas sobre otras con una voluptuosidad desconocida,
palabras lanzadas en todas las direcciones de homenaje y gratitud a Dios, que se
entremezclaban, confundían, y tejían una fina red de oraciones entusiastas de las
que surgían hilos invisibles que rodeaban y ataban a las almas”.
“Primero venían las tropas de élite en un orden impecable y cada alineación
iba flanqueada a ambos lados por los héroes más intrépidos que habían hecho la
guerra con Yuder. Abd-al-Rahman, Ibn Guzmán, Ad-Dughghali, Hassan de
Macedonia o Mamud y que, embriagados de gloria, después de tantos sufrimientos,
se olvidaban de increpar a las muchedumbres en la lengua andaluza, valenciana o
navarra, y enseñaban encías escorbúticas al tiempo que hacían sonar los anillos y
las joyas de oro, que brillaban en sus manos, en su pelo o en su cuja, y que habían
sido arrancadas de los brazos y de las gargantas de los vencidos. Los espectadores
dominaban los nervios. Esperaban ver para no olvidar lo que estaba previsto y
escrito por el cielo y que Dios tan generosamente les concedía. En las terrazas, en
cambio, donde las mujeres se agrupaban en racimos, no se mostraba la misma
calma y de una casa a otra se excitaban con gritos agudos, traspasándose su alegre
delirio de ruiseñores, libres de mezclar su gozo con el de las gentes de la calle”.
“Se escuchaban los palillos, manejados hábilmente por los dedos de los
renegados, que batían el cuero con movimientos rítmicos y fugaces. Seguían las
trompetas con su metal pulido y brillante, más puro que la luz, y a continuación la
guardia particular, esculpida en bloques de oro, los biyach con sus gorras rojas, los
soltay, los beleberduch con su larga lanza de mango corto, los leggaf, adornados
con placas de hierro y formidables alabardas y, finalmente y caracoleando sobre
pequeños caballos negros, los gabdjiya, guardianes de las puertas, y los chauchs,
portadores de mensajes. Venían a unos cincuenta pasos dos jefes, que volvían de vez
en cuando hacia atrás una mirada atenta. Eran el caíd aragonés Reduán, vestido
con un caftán de brocado blanco, y el negro Mesaud, con el rostro de un tigre”.
“Seguían otros caídes con su estado mayor de bolukbachis abanderados en
gran número, precediendo a las tropas del Sus, a los cherarga, a los mercenarios de
todas las razas y a los andaluces. Eran Ibn Guzmán, El Mechuar, Abd al-Rahman,
Mahmud y el joven héroe de Cuevas del Almanzora. Después de ellos los caballeros
serradja, del cuerpo de artillería, y la guardia del gran estandarte blanco, seguida
de tambores, gaiteros, insignias, emblemas y, bajo el gran parasol, Al-Mansur
Eddzehebi, el Dorado”.
«Tras las huellas del caballo imperial, y flanqueados por una fila triple de
lanceros, marchaban las delegaciones de las mezquitas y medersas, los embajadores
y funcionarios de Marrakesh y de otras ciudades y el resto de las corporaciones y
oficios. Finalmente, y en medio de un espeso cinturón de infantes, que sin
miramiento alguno embestían con una doble hilera de espinos contra la
muchedumbre, los carruajes cuidadosamente cerrados en los que viajaban las
mujeres del Dueño”.
“Se había levantado un estrado frente a la gran puerta de mármol del nuevo
palacio el Bedi y, desde lo alto, el monarca abrió sobre su pueblo el gran gesto de la
bendición. Iba revestido con una gran túnica blanca, emblema de la realeza y, al
pronunciar las palabras de la oración, los muecines, que hasta entonces habían
estado callados, la acabaron con grandes gritos. El sol ardiente iluminaba los
minaretes que coronaban con cirios gigantes la doble llama de la luz celeste y de la
fe humana, iniciándose seguidamente los festejos. Cada uno penetraba en el palacio
por la puerta que le correspondía según su rango: La de los cadíes, ulemas, visires,
secretarios, soldados y nobles huéspedes, encabezados por el padre Diego Merin,
agente de su Majestad Católica de España, que había exigido y conseguido, tras
arduas negociaciones, la primacía sobre el embajador de su majestad británica,
Edmund Hogan”.
“Se trabajaba la piedra todavía en el interior, pero todos quedaron
prendados de lo que ya estaba hecho: De la gran cúpula verde, de la que pendía una
pieza inmensa de oro maravillosamente tejida; de los tapices haithi, que descendían
de los altos muros hasta los sofás, mostrando diseños y entradas misteriosas,
flanqueadas por columnas y arcos. El frescor de la Alhambra ascendía de los
jardines, cuya perspectiva se descubría a través de las rejas, así como el murmullo
del agua de las numerosas fuentes y estanques. El espectáculo paradisíaco no podía
ser más encantado y el majestuoso jerife -rodeado en todo momento por los
renegados con los cascos puestos, por negros con la talla disminuida a causa de los
cinturones dorados y los echarpes tejidos en oro, por los tolbas y gentes de las
tribus, no se cansaba de recibir señales de respeto y de admiración de los asistentes
que pasaban frente a él, saludaban y se alejaban”.
“La flota de visitantes, canalizada en todo momento por los amines, se
apretaba en los bordes de las gradas, mientras más allá, en una inmensa sala
circular de mármoles de carrara, blancos y negros, con capiteles recubiertos de oro
fundido, se servían platos sabrosos en vajillas de oro, traídas de Valencia y de
Málaga, de Turquía y de la India, que los huéspedes, temerosos de tener un
percance y de romper obras de arte tan valiosas, cogían temblorosos. Al acabar de
comer extendían las manos bajo el aguamanil y los esclavos echaban agua para las
abluciones”.
“Una vez satisfechos los placeres de la boca, todos corrían impacientes tras
los deleites de la nariz. Abundaban los perfumes quemados: El áloe mezclado con el
ámbar, la canela y el incienso, y los pequeños nichos donde esclavos estilizados
mojaban ramas de arrayán frescas en copas de oro y de plata que desbordaban agua
de flor de naranjo y de rosas”.
“Se hizo a continuación una llamada dulce de trompeta, pero no era la voz
ruda que anuncia la batalla, sino el acento amigable que invitaba a los espíritus
pacíficos a la noble distracción de la poesía. Se trataba de un concurso, cuyas
mejores casidas se entregarían al arquitecto granadino de el Bedi y gran poeta él
mismo, Mulay Zaydan, que ya había esculpido sobre la gran cúpula de el
Khamsiniya uno de sus versos que cantaba el milagro del agua, para que los
inmortalizara a su vez sobre distintas columnas. Abu Malek recitó un tekeluc como
introducción al nesib, según la norma clásica, y le siguieron en este ágape literario,
con distintos platos espirituales, el gran cadí Qasem, el visir Abulhasen, el
secretario Abu Fare Abdélaziz y el jurisconsulto Abulhasen Alí”.
“Al-Mansur oyó los primeros poemas con interés, pero pronto se abandonó al
sueño, en compañía de la dulce Radina, su favorita sudanesa, regalo del Askia I de
aquellas tierras de Gao, que lo acompañaba sobre el baldaquino. Los últimos versos
que oyó decían:
Me llena de gloria
que el autor de esta construcción
sea el honor y guía de la humanidad.
“Entre el palacio de los pajes y la muralla, mientras tanto, Mahmud, encargado
de la tesorería y de los esclavos, hacía restallar el látigo y los gritos de los
condenados a cincuenta y cien vergazos, en su mayoría portugueses y muchos de
ellos ciegos por las lenguas de fuego que lamían los muros inmisericordemente,
despertaban con brusquedad a los invitados que salían a la escalinata a presenciar
el espectáculo.
“ Ad-Dughghali aprovechó la distracción para hablarle al jerife de la
deseada invasión de la península:
- El país católico está exhausto tras sus guerras contra el turco y los
protestantes y hoy bastarían veinte mil hombres bien entrenados donde años atrás se
necesitaban cincuenta mil. Será un paseo militar, mi Jerife.
La negra Radina al lado sonreía y le sugería al Dueño dirigir los ojos hacia
al Sudán:
- Puedes hacer tuyas las ricas minas de sal de Tegazza y Taodeni y el oro de
Tombuctú, que tanto añoras, ¿por qué lo dudas, mi señor? Ninguna rosa igualaría
en grandeza y brillo a la tuya. Tuyos serían los mejores artistas del bronce, el cobre,
el marfil, la madera, la obra de tantos príncipes del pasado y el genio del continente
negro, la prosperidad, la agricultura, la industria, el comercio por los grandes ríos,
la protección de los sabios y teólogos de Tombuctú, cuna de los mejores
intelectuales del Islam, ¿lo has olvidado, mi señor?
“Abulhasen eternizaba en ese instante la gracia de su talento con un
cronograma en el que se cantaban estos versos exquisitos que quedarían grabados
en el mármol de la gran puerta de la entrada, Bab Agnau”.
La belleza es una palabra a la que este palacio da sentido.
¡Que admirables son su vida y su esplendor!
“Abu Fares añadía un cuarteto en el que figuraban palabras y frases tan
exquisitas como estancia sin rugosidades ni deformaciones
Me he elevado tan alto
Que la luna llena se ha bajado
y postergado a mis pies.
“Ad-Dughghali, elegido portavoz de algunos comandantes españoles, del
turco Zargún que apoyaba la empresa peninsular y del comandante del Sus
Muhammad Azzuz, insistía con nuevos argumentos, añadiendo razones tan de peso
como la alianza inglesa”.
- Muy cansado estoy de ti, cristiano -le dijo el jerife.
Ad-Dughghali cambió el color y, al inclinar la cabeza para retirarse, el califa
lo sepultó de una patada al fondo del baldaquino sin perder la sonrisa.
Cuando el rostro de mi señor se eleva en medio de un halo oscurece con su
claridad los ojos de los que lo contemplan. Sólo él puede por su reputación elevar su
estancia sobre bases sólidas.
“Los amigos de las bellas letras disputaron a continuación el valor numérico
de las letras «BEDI» y coincidieron en que éste no era otro que el 1002, fecha que
coincidía con el final de las obras. La tradición recoge la anécdota de un
desconocido que pasaba a la mañana siguiente por la calle que une Bab Agnau con
la gran mezquita y que se detuvo frente al palacio y gritó, elevando las manos hacia
la estancia, estas palabras terribles que llegarían a oídos del califa:
- Contienes, oh Palacio, dentro de ti algo de cada una de nuestras casas.
¡Que Dios, el Altísimo y Único, devuelva a nuestras moradas una parcela de ti!
“Intentaron cogerlo pero el agorero había desaparecido y Al-Mansur quedó
tan afectado que, para recobrar la paz de su espíritu, tuvo la curiosidad de
reconsiderar la representación aritmética de las letras que constituían las palabras
BEDI y, añadiéndoles el artículo, obtuvo el número 117. “¿117 años de vida?”, y
pensó dolido, “¿qué será entonces de mi obra el 1 166?”.
“La música hizo su aparición en la terraza. Era una de las muchas sorpresas,
previstas por el Señor de la casa para deleite de sus invitados: Bailarines chleuchs,
con túnicas de muselina blanca y cinturones rojos, músicos de rostro terroso y
exangüe, cuerpos y cabezas oscilantes que entrechocaban palmas. Los invitados se
agrupaban hipnotizados, acariciando los vasos de té con menta en las manos. Las
horas pasaban lentamente, fascinados por el ritmo, el colorido y la lenta cadencia.
Citaristas en caftanes de seda violeta y amarilla, con cabellos recogidos por
pañuelos de los mismos colores, el rostro hundido sobre los instrumentos de los que
arrancaban notas que hablaban con pasión del mundo tropical más allá del gran
desierto, obviamente dedicadas a la favorita. Algunas llevaban joyas en las aletas de
la nariz y por los pliegues de púrpura y fuego de sus vestidos dejaban ver, bajo el
justillo, un poco de sus ancas sedosas y negras. Violinistas cantores de ojos blancos
como sus chilabas que no parecían vivir más que la vida del ritmo. Tamborileras
jóvenes y bonitas, alma de la fiesta, envueltas en seda roja, moteada de verde y oro,
en la que se transparentaba el estallido y temblor rítmico de la luz interna, el arco
de sus labios, avivados por el rojo y profundamente curvados hacia arriba, la
sonrisa inmóvil y sin alegría de la gran esfinge, pero tan misteriosa y grave. A veces
parecían dormir y sus labios se abrían y de ellos elevaban voces tan desgarradas
como los cantos de la tierra, luego levantaban la cabeza y poco a poco se dejaban
seducir por la pasión. Los dedos palpitaban en el tamborín y las caderas adquirían
un temblor espasmódico, elemental y desesperado, que estremecía el ánimo y que
lentamente reducía y sepultaba la estancia en una neblina sobrecogedora”.
“Al acabar fueron saliendo los invitados, canalizados en todo momento por
sus puertas respectivas, y quedan los más fieles y los grandes señores. Corre el vino,
“un brebaje portugués no apto para las ovejas”, dice el jerife, “pues el rebaño ha de
observar la ley en todo momento, pero no aquellos que lo dirigen. ¿Acaso el mal
puede entrar en aquellos que son la esencia?”, pregunta con sencillez”.
“Sonreímos y como un regalo a la fidelidad él levanta las manos e
inmediatamente penetran en la gran sala la flor de las mujeres de palacio: Jóvenes
cristianas andaluzas, hijas de oriente y esclavas negras del Sus, de Tuat y Gurara,
traídas en las recientes conquistas de esos territorios. El padre Diego Merín
desaparece con paso marcial, seguido del dominico irlandés, Antoine de SainteMarie, bibliotecario de palacio, y quedan Cabrete, un curioso espía doble capaz de
las más terribles intrigas, el embajador británico Hogan junto al de Tlemecén y a un
nutrido grupo de aventureros: Los espías Laurence Madoc y William Davidson,
Pierre Piton, coronel con mil infantes de a pie, Vincent le Blanc, charlatán de
primera clase, los médicos europeos y granadinos de Al-Mansur, entre ellos el
sufrido Ahmad, al que el jerife le niega la vuelta a la tierra por su gran valía, y Juan
de Cárdenas, fino caballero español de alta cuna y barba gris, al servicio de
Inglaterra, que brujulea con atractiva sonrisa entre los comandantes españoles y
marroquíes bajo la mirada atenta de Al-Mansur. La sala ha quedado en penumbra y
la mayoría se deja seducir por la debilidad corporal mientras el Dueño observa
inmóvil desde el alto baldaquino, con el rostro cincelado por las sombras, los
movimientos de los invitados, Radina a su lado con parecida gravedad primitiva. Se
diría que no conoce la sonrisa esta bella hija azabache del Níger. Ningún mal gesto
o mala compostura. Ningún temor ni rayo de luz en sus ojos sombríos. Ninguna
palabra malsonante. Una esclava, aunque sea la favorita, ya se sabe para qué sirve
y sin embargo, reclinada en el diván, con la mejilla hundida en la mano, parece
presidir un paraíso de ángeles o una nebulosa de estrellas por las que camina sin la
menor preocupación ni sonrisa por la tierra”.
Más grave que el brazo que le había arrancado un portugués a AdDughghali,
en la gloriosa batalla de Ksar-el-Kebir, era la humillación recibida a pies del califa
para un hombre de su orgullo y en los dos palacios de las milicias andaluzas de la
casba no se hablaba de otra cosa. El gaditano era uno de los hombres que más había
hecho por alzarle al trono y los comandantes españoles estábamos indignados.
- Con o sin razón, la patada nos la ha dado a todos -decía Ibn Guzmán-,
¿vamos a seguir permanentemente humillados?
Ad-Dughghali no se hallaba todavía repuesto de la impresión y andaba
hundido y desorientado, negándose a reconocer a Al-Mansur y siendo de la opinión
de que había que entrar en tratos con el pachá de Argel y destituirlo.
El-Mechuar, casado con una negra y con hijos grises, intentaba calmarlo:
- ¿Adónde puede llevamos la aventura? Este es nuestro país, nuestros soldados tienen
techo y esposas, el primer hogar que conocen desde España, con iglesias y escuelas
para sus hijos, ¿acaso no tenéis ya bastante con lo que hemos sufrido?
- ¿Sabéis cómo piensa acabar el jerife este palacio? Quitándonos el dinero a
los españoles -añadía Ad-Dughghali.
- Es más fuerte de lo que pensamos -decía el aragonés Reduán apoyando a ElMechuar con firmeza-. ¿Tú qué dices, Yuder?
Por encima de nuestras creencias y opiniones diversas teníamos un espíritu y
una manera de ser común, producto del exilio, que nos hacía sentirnos un cuerpo,
fuéramos andaluces, valencianos o aragoneses, y la verdad es que estábamos
descorazonados. Nuestro modo de pensar era equivalente: El mismo anhelo de patria
y de libertad, la misma esterilidad de vida y, aunque el nuevo país nos recompensaba
en lo económico con creces, no dejábamos un solo día de anhelar la vuelta. Esta y no
otra era la raíz del malestar, engañados por ese falso rincón de tierra maravillosa que
todos llevábamos en el recuerdo y que nos deslumbraba como su espejismo.
- Somos hombres de acción y todo lo que sé es que un ejército no se hace
fuerte y se organiza con pequeñas intrigas y que tampoco podemos tomar un país
como España sin el apoyo masivo del jerife. Sería una empresa loca y una bella e
inútil intención. El tiempo de los sueños ha pasado y no nos queda más salida que
cortejar a nuestro príncipe.
- ¿Y eso a dónde nos lleva? -preguntó Mahmud, mudo hasta entonces, y que
hubiera querido escuchar palabras más comprometedoras de mi boca para
denunciarme.
- Nos lleva a lo que tú quieras, urcitano. Eres caíd y en España no hubieras
pasado de cortar trajes, mientras aquí cortas cabezas -le contesté con despecho y con
la convicción de que me excedía.
- En esta vida hay que saber lo que uno quiere y a dónde se va, cuevano.
Intrigar con Argel o con Abd el-Karim es sedición, llámese como se llame, y puede
costamos caro a todos.
- Sobre todo si el hombre es tan pobre que no tiene lengua propia -le dije en el
tono más aséptico que pude, mientras por dentro pensaba, ¡que Dios te estrelle!
- El tiempo pasa, es lo único que debería preocupamos -dijo Ad-Dughghali,
entrando en la discusión-, porque dentro de poco nuestros hijos no querrán saber nada
de todo esto y nosotros seguiremos siendo escoria.
Lo miré sorprendido. Mi pequeña hermana me acababa de decir estas mismas
palabras al salir para la reunión y, aunque nada me ligaba a aquel hombre rudo y
torpe, que hablaba y obraba de forma tan arriesgada en unos tiempos en los que todos
hablábamos en metáfora y se tenía miedo hasta de la propia sombra, le cogí
inmediata simpatía.
- No se nos puede reprochar aquello de lo que es responsable la Providencia le dije.
- Cada día nos llegan peores noticias de la Península, donde nuestros
correligionarios siguen siendo perseguidos y aplastados sin piedad -dijo Ibn Guzmány ya habéis visto el palacio y lo que le interesa a nuestro jerife y que no es otra cosa
que su negra y darse la gran vida.
- Podríamos sustituirlo con facilidad -dijo en ese momento Abd al-Rahman
con voz crispada y un movimiento rápido de la mano en su cuello.
Lo miramos desconcertados y sin saber qué decir por algún tiempo.
- Eso no pasa de una mala broma.
Era el-Mechuar, un hombre sensible y tranquilo, para quien la vida de los
miles de compatriotas que habitaban pacíficamente estas tierras y cuya suerte
pondríamos en peligro, de salir mal la empresa, debería ser nuestro primer objetivo.
- Hace tan sólo quince años -dijo Reduán- yo acariciaba la idea de la vuelta
tanto como vosotros. Me parecía que allí la vida latía más deprisa y de forma más
cálida; pero hay que ser fríos y ver las cosas como son: Aquí como allí, unos son los
amos y otros los esclavos, ¿debo hablar más claro? Hoy la idea del regreso me
produce espanto.
- Batallar en España es un error, ¿habéis hecho cuentas de las fuerzas que
tenemos? Estáis todos locos -añadió Reduán-. No se puede pedir más de lo que
tenemos. No contéis conmigo mientras el jerife no lo disponga.
Sin Mahmud, Reduán y el-Mechuar, que controlaba parte de nuestro ejército y
sus finanzas, no había nada que hacer y, a la salida, me despedí emocionado de Ibn
Guzmán y de Ad-Dughghali con el presentimiento en la espina de que no los vería
más. La situación de los moriscos en la Península era ciertamente desesperada:
Continuaba el pillaje de sus casas y haciendas y el derecho de persecución había
hecho surgir en el Magreb toda una industria floreciente de barcos que se dedicaban a
pasar refugiados en masa. De los cuatro puntos cardinales de la geografía de
Marruecos se incitaba a la guerra, pero el jerife mientras tanto hacía oídos sordos y
firmaba acuerdos comerciales con Madrid.
- No hay nada que hacer -les dije convencido de que su carrera militar se había
truncado - ¡Que Dios sea con vosotros!
Al amanecer recibí la orden urgente de presentarme al jerife. La gran
escalinata desde donde se presenciaban los castigos de los esclavos que trabajaban en
el Bedi se hallaba alfombrada con tapices estridentes y completamente abarrotada de
generales, secretarios, ulemas y embajadores, Mesaúd, Reduán, Cabrete, Andrea
Gásparo Corso, Edmund Hogan y el impulsivo curita de Felipe II, Diego Merín. Besé
las manos del jerife y, tras saludar con la cabeza a todos, volví los ojos hacia el
espectáculo. En la explanada y con el harén y la casa de la hermana del califa al
fondo, los huesos y gritos de Ibn Guzmán, Ad-Dughghali y Abd al-Rahman crujían y
sonaban por encima de los martillazos, las sierras y las voces de los capataces de los
esclavos portugueses que trabajaban por miles en los andamios del inmenso palacio
el Bedi.
La muerte de unos hombres en una comunidad compuesta, no por individuos,
sino por una masa uniforme y regular que se sentía un todo homogéneo, no podía
constituir un incidente pasajero y, como una piedra caída en las aguas de un estanque,
las ondas del dolor y de la indignación se extendieron hasta el último de sus
miembros.
A mi regreso la noticia de sus muertes era pública y los soldados se
congregaban a mi alrededor a la búsqueda de noticias frescas. Era evidente que el
jerife había querido humillamos en lo que más nos dolía y afirmar de paso su poder
con aquella prueba de fuerza, y que lo había conseguido. Les conté lo que había visto
y los que querían hablar se tragaron sus palabras. Personalmente, la violencia de
aquellas muertes me tenía aturdido y, aunque mi columna se beneficiaba con el paso
masivo de los mil quinientos hombres de Ibn Guzmán y Ad-Dughghali, ¡que en el
cielo encuentren la paz y los bienes que no han encontrado en la tierra!, las lágrimas
llenaban mi corazón.
- Tuya es nuestra vida. Manda y te obedeceremos como a Said Guzmán -me
decían.
Sus palabras pusieron tanto bálsamo en mi herida que les dije:
- Nuestra vida sólo es de Dios y no os la puedo asegurar, pero sí os digo que
antes iré al infiemo con todos vosotros que sólo al Paraíso.
Deshice filas y bebí con ellos. Dalia me miraba en el espejo con los ojos del
que mira a otra persona, dolida de que mis preocupaciones relegaran de nuevo el
esperado matrimonio a un segundo plano, “¿no soy tu mujer?”, parecía decirme con
el rostro encendido como si tuviera prisa en casarse, previendo para nosotros alguna
fatalidad. Eran las vísperas del Nairuz, cuando se celebraban innumerables bodas, por
ser la ocasión más propicia para la fecundidad, y era lógico su empeño.
- Nunca me ha importado esperar, pero esta tarde al verte, Dios sabe por qué,
me ha parecido que no debíamos retrasar nuestra boda por más tiempo.
- Seré prudente, Dalia. Hasta hoy has guiado mi mente y mis obras y así será
siempre.
No parecía contentarse. Tenía preparado el ajuar y sus padres los corderos del
sacrificio y buscaba con rapidez sus bendiciones y la protección de un marido.
- Quiero estar a tu lado, ir donde tú vayas y hacer lo que tú me digas. Hace
tiempo que estamos ligados por el afecto y siento que te debo más obediencia que a
mis padres.
Le cogí ambas manos y no recuerdo qué le dije. Sí recuerdo que me sentía un
dios en sus brazos y que mientras penetrábamos en su dormitorio me abrumaba una
dulce y divina borrachera y que todo quedó arreglado entre nosotros. Al acabar me
quedé mirando sus pechos. El corazón le latía tanto como el mío y levanté la vista
hacia sus ojos. Seguía tan hermosa y turbadora como antes y sellé el pacto con mis
labios en los suyos.
- ¿Cuando tenga un hijo tuyo lo querrás tanto como si estuviéramos casados?
- Estamos casados para todos los efectos.
- ¿Entonces hablarás con mi padre?
- Lo haré de inmediato.
Sus hermanos me llevaron a la finca de la familia, en las afueras de la ciudad y
a media hora escasa de camino, junto al Aguedal, y paseamos bajo los árboles, que
los había de todos los frutos y colores. Penetramos en las viñas y tío Alfonso dijo que
el califa se llevaba dos tercios de la cosecha y la mayor parte de sus higos, los
mejores del reino. Al mediodía nos sentamos en el porche de la casa con los caseros,
que eran de Cuevas, y como ángeles volamos a la tierra y al recuerdo de mi padre.
“Nunca volveremos, pero tú, hijo mío, refúgiate en Alá y pídele que te conceda el
paraíso que buscas”. Tenían todo el agua que le sobraba al califa de los jardines del
Aguedal y, aunque la tierra era buena, aquella otra que habían dejado era el paraíso.
Al regresar, me esperaba en los cuarteles la orden de arresto. No salía de mi
asombro. El caíd el-Feta, que me la entregó, desconocía los motivos, pero tenía
órdenes estrictas de que no saliera a la calle. Nos abrazamos. Mis hombres me
rodeaban indignados y tuve que calmarlos. No acababa de entender. El califa al
despedirse de mí había dicho, dirigiéndose a Ali B. Zagrán y a los demás pachás, con
la palma abierta sobre mi cabeza, “se ha ganado lenta y pacientemente la admiración
de todos nosotros y aquel de vosotros que denigre a Yuder me denigra a mí, porque
lo tengo en alta estima por la sabiduría con que se ha comportado en mis empresas y
por la forma con que trata a los nuestros. Consideradlo mi hijo. Es cristiano en el
corazón, pero también los cristianos son gente honrada”, sorprendiendo a propios y
extraños por una alabanza tan extrema.
Convencí a el-Feta de que intentara verlo para confirmar la orden y regresó
blanco como la pajuela. El califa había dejado el Bedi hacia los montes de Ifrán, por
consejo de sus médicos, aquejado de las mismas fiebres que asolaban al país, y Ali B.
Zagrán, ¡que las llamas del Infierno lo persigan hasta el fin de los tiempos!, le
amenazó con la Sajena si no cumplía lo escrito. A mediodía se presentaron mis
comandantes Liebus, Varrado y el-Andalusí, dispuestos a empuñar las armas si se lo
ordenaba. Alonso lloraba como un niño y tuve que calmarlo. El-Feta me guió a la
mazmorra, una cueva húmeda y fría, bajo las caballerizas, sin más luz que la que se
colaba por la puerta al abrirse, y durante algún tiempo nada sucedió. Al menos habían
tenido la decencia de no meterme con los forajidos, asesinos, chulos y
contrabandistas que llenaban otras dependencias y mis hombres me harían compañía.
Cristo me traía libros de religión y astrología, tablillas y velas con las que repasar
durante el día mi escritura y a Alonso Herrez le encargué la custodia de Mariam.
Por las noches andaba por el fango y sepultado en agua, con tan sólo mi capa
por abrigo, incapaz de conciliar el sueño y sin ver más razón en el castigo que el
deseo del Dueño de quebrar mi voluntad. Le hablaba a Dalia y Dalia me respondía.
Era la única llama de calor y la única luz que se movía entre las fantasmagorías de
aquellos cielos de piedra. La cama era el suelo siempre húmedo y la almohada una
roca; mi suerte, idéntica a la de los esclavos de la Sajena. De vez en cuando se
escuchaba la voz de la oración y el canto de mis hombres, que se acercaban al
enrejado del techo y me acompañaban en mi infierno.
Las lágrimas del corazón son las que importan pues las d e los ojos caen y se
las bebe la tierra.
Se acordaban de mí, ¡Dios los bendiga! Corría un riachuelo por el fondo de la
cueva, sin duda de los desagües del cuartel y, si intentaba andar, me hundía en el
suelo de mugre y fango. El día tenía la misma extensión que la noche, la misma
negrura, ceguera y frialdad, y en la oscuridad de mi calabozo veía mi fortuna
confiscada, mis bienes dispersos, a mi familia humillada, a mi Dalia vendida en algún
mercado de esclavos. Las piernas se me doblaban y me comía el sudor, el frío sudor
de la impotencia.
Una mañana me sacaron al patio, donde me esperaba el caíd el-Mustafa que se
excusó por lo que iban a hacer conmigo, indicándome que eran órdenes de arriba, y
luego desapareció. Las tropas también habían desaparecido y fue inútil hablarle. Me
bajaron los zaragüelles y con un hilo de seda me dieron dos vueltas al escroto y luego
me arrastraron al interior de la cueva, donde me sujetaron las manos a la espalda. Mi
cuerpo era acero que temblaba de los pies a la cabeza. El cuello, los muslos, el pecho
eran acero. Le hablaba a Dalia y no me oía, tampoco la veía. Le gritaba a Dios. Le
pedía a la Virgen, recuperando el hábito de los rezos de mi infancia para no volverme
loco, porque no podía sufrir por más tiempo y tenía el cuerpo partido en dos por un
cuchillo, y estaba aterrorizado. Me preguntaba qué sería de mí en adelante y mi
mente sólo tenía un deseo.
Cada amanecer abrían la puerta y me apretaban el lazo. El hombre que lo
hacía era un experto en castraciones y judío de ochenta años que me hablaba con
dulzura. Sus antepasados lo habían hecho durante siglos en Almería y él había
heredado el oficio. Luego me metía a fuerzas el alimento, una torta de pan de trigo,
totalmente negra y con sabor a tierra, y a base de mucha agua ganaba unos milímetros
al lazo y me volvían a la cueva, donde brotaba el agua a mis pies y no la sentía.
Brotaba la suciedad y la blasfemia a la par que los rezos en mis labios; pero, como no
era libre para pecar, los ángeles se acercaban, tenían curiosidad por saber quién era
aquel gusano que se movía, y yo les decía que era un hombre. Me sostenían en pie y
volaba por las calles y por encima de las cabezas de las gentes dado gritos, riendo y
cantando. Me dejaban cantando cuando se iban:
En el nombre de Dios
ay, ay, ay, se fueron las gacelas.
En el nombre de Dios
se fue la vida, se fueron los caballos.
En el nombre de Dios
se fueron las palomas.
Vamos a la casa donde hay miel, donde hay té.
Al mes cumplido, el anciano les dio a los dos huevecillos un pequeño corte
con la navaja, ¿sabes quién eres?, me preguntaba pensando que había perdido el
juicio.
Mis soldados me llevaron a mi casa de Da es-Sna y Mariam me bañó llorando.
Dalia me vistió llorando, abrazando mi cuerpo y besando mis llagas. El califa, al
enterarse, también lloró y se enfadó mucho con los que lo habían hecho desde lo alto
de su pirámide de seda, llamándolos canallas y miserables. “No hay mucho que yo
pueda ya hacer, pero como califa esto sí lo puedo hacer”. Salimos al jardín y, para
testimoniarme lo mucho que me amaba, mandó cortar la cabeza delante de mí a diez
altos funcionarios, entre los que no estaban ni Mahmud ni Alí B. Zagrán, los echó a
continuación a los leones y a mí me nombró caíd de Marrakech.
- Mi Señor - le dije en el juramento- me concedéis una alta responsabilidad y
yo la acepto como el más grande honor porque me consideráis un hombre.
Permitidme besaros la mano y que Dios os conceda larga vida y os dé la victoria
sobre vuestros enemigos.
- Yuder, hijo mío, sólo hay dos caminos que llevan a la libertad que aspiráis,
Dios y el servicio de su imán en la tierra. Síguelos y tendrás mucho de qué
enorgullecerte a mi servicio.
En otras circunstancias y en un mundo donde todo es torbellino y fuerza, nada
me hubiera producido mayor alegría que aquel ascenso a caíd que dejaba en mis
manos, a los veintiséis años, el control de la ciudad, pero el jerife me había humillado
en lo más vivo, demostrándome a las claras que allí no había más voluntad que la
suya. Dalia me miraba como quien ve a otra persona, ¿me amaba?, ¿me temía?
Quería estar a mi lado, pero me tenía por un hermano y el pensamiento del camino
sin salida que corría a mi lado la atormentaba y en mi presencia se quedaba
silenciosa, perdida en la indecisión, la voz apagada y los ojos sin brillo, aunque yo
intensificara la vía del afecto y ella se esforzara por quitarle importancia a mi
desgracia. Sus ojos se me escapaban y pronto me di cuenta de que el tiempo alteraría
nuestras relaciones y la perdería. Nada tenía que hacer a mi lado y era inútil
lamentarse. Le hice ver a Mariam mi decisión y luego le pregunté ansiosamente si le
parecía correcta.
- ¿Crees que Dalia puede ser feliz a mi lado?
- ¿Feliz? Las mujeres sólo intentamos con el matrimonio evitar lo peor. Será
más feliz contigo que con cualquier hombre.
- ¿Qué van a pensar sus padres y hermanos?
- Nadie le negaría la mano de su hija o de su hermana a un hombre de tu
posición -dijo mi pequeña hermana con mirada resuelta.
- Que sea ella quien lo decida - le respondí.
Otro asunto muy distinto era el jerife. El sí que me tenía por un hombre y,
aunque era la autoridad moral y en ese campo no podía combatirlo, habría otros en
los que tendría que contar conmigo necesariamente y me propuse hacerme
imprescindible en todos los frentes.
Empecé por convertir los regimientos españoles en el mejor cuerpo de ejército
del país y a hacer de los dos palacios de la calle de la Kasbah un hogar en el que mis
hombres se sintieran a gusto a la caída de la tarde, sin necesidad de embrutecerse en
los tabernuchos y tahonas de la ciudad, donde las puñaladas estaban a la vuelta de la
esquina. Tenía oficiales como Liebus y Mohammed de Santiago para quienes los
caballos eran más importantes que los hombres y les obligué a matar el aburrimiento
con el ejercicio y las marchas. Había que dar sentido a sus vidas, conseguir que no se
acordaran más de España, dar casa a los casados, mantener moral de vencedores, e
intensifiqué mi presencia en los regimientos. Una semana de molicie bastaba para
ablandarlos y me impuse la tarea de entusiasmarlos a base de una existencia
abnegada en la que tuvieran sentido todos los momentos del día.
Empezamos por las marchas y seguimos con la limpieza. Nada afecta tanto la
salud de la tropa como la mugre y la fealdad de las paredes. Las encalamos,
arreglamos salas para el juego, les di cama alta y montamos una tienda que los
abastecía de todos los productos a un precio irrisorio. Cristo construyó una capilla,
aprovechando las arcadas abandonadas de los sótanos, y organizó una biblioteca con
un grupo de soldados que se comprometieron a enseñar a leer y que vertieron al
español las obras de Al-Petrage, un anónimo granadino, las cartas de Ibn al-Jadb e
Ibn Zamrak, dirigidas al pueblo de Granada, Al-Hulal, Al-Mawsiyya, Ibn Sabin, el
murciano, y La Crónica de España y África de El-Marrakuchi, hijo de españoles.
Concertamos un acuerdo con el círculo de andaluces de la ciudad y en poco tiempo
llegamos a tener los mejores libros de caballerías. El propósito era ennoblecer sus
vidas a la vez que se integraban en la nueva comunidad, sin perder sus raíces, y no
desaprovechábamos la ocasión de cualquier calamidad pública para arreglar un
camino, levantar un puente, arrasado por las lluvias, o limpiar una cabila invadida por
el barro.
El lema era no dar pie a que la población, cada día más diezmada por los
impuestos, nos viera como opresores, ni darle motivos al califa y a la legión de
funcionarios y secretarios frívolos para que desconfiaran de los españoles. Se
cortaron las visitas de mujeres frívolas dentro del cuartel, montamos una taberna
dentro por aquello de que a los hombres siempre les ha gustado el vino y se
prohibieron las salidas individuales “a más de tres lugares”, fuera de la ciudad. El
precio era la cabeza. En poco tiempo el regimiento se convirtió en una columna
transfigurada y con ella la rebelión de los Jochen, a los que tan sólo les privamos del
pelo -aunque trajimos la cabeza del degenerado Al-Hajj en una pica -fue un paseo
militar. La conquista de Tuat y Walata, que nos llevó al desierto, fue asimismo un
bello resultado sin sangre que, aunque desagradó al califa por el escaso botín de
bienes y mujeres, entusiasmó a mis soldados que empezaban a comprender mi idea
de imponer la paz y respetar a los pueblos.
La vida era complicada, obligado a vivir en la tensión personal y en el centro
de la intriga política las veinticuatro horas “sin tiempo para la biblioteca de Cristo”
(alguien le dio el sobrenombre de los Santos y todos lo llamaban así por mofa), pero
el esfuerzo daba sus frutos y Al-Mansur sólo tenía un general dentro y fuera de el
Bedi, porque la ciudad también era mía.
Dos grandes disputas dividían en ese momento a sus moralistas: El tabaco, que
acababa de introducirse en el país y la invasión del Sudán o tierra de los negros,
promovida por el califa, que aspiraba a ser reconocido como el imán único del Islam.
El tabaco se había convertido en apenas tiempo en el más deleitable de los
perfumes, con la polémica consiguiente de unos y de otros, según los gustos. Los
negros lo aceptaban de buena fe y los moralistas susceptibles -que se proclamaban
guardianes de las costumbres y atribuían a esta hierba un origen infame- lo
condenaban. De creerlos habría salido del lugar mismo en el que Satán había orinado
al caer de los cielos y querían que tomara cartas en el asunto en su favor y lo
prohibiera. A mí personalmente el tabaco no me llamaba la atención, pero era un
argumento absurdo y, aun suponiendo que fuera verdad que el tabaco había
germinado de una meada, al menos parecía que Satán ese día había donado a los
hombres un regalo para alivio de sus miserias. Si era verdad, como decían, que las
rosas y las flores de naranjo nacen incontestablemente de las lágrimas del Profeta,
nada demostraba que el diablo hubiera envenenado la hierba de fumar, o sería
concederle una maldad excesiva, aunque tuviera otras muchas.
En menos de una década de disputas y altercados continuos sobre el amable o
despreciable afrodisíaco, los habitantes del Dra llenaban la ciudad con sus caravanas
de guerra. Vendían fácilmente sus provisiones a buen precio y todos se beneficiaban,
porque nada se decía de la salud, que ese no parecía ser el problema de nadie. Los
artesanos fabricaban pipas de barro y el tabaco se convertía en una industria
floreciente de cuyo contagio no estaban exentas las mujeres, constituyendo un suceso
importante en la evolución de las costumbres.
Los moralistas venían a mí con la audacia de que entendiera sus puntos de
vista, afirmando que Satán revoloteaba sobre nuestras cabezas y que la noche cubriría
el mundo a no tardar. Los doctores de la ley, más parcos, se creían en la obligación
de emitir consejos sobre su uso y unos lo declaraban ilícito, aunque concediendo que
no ofendía a la religión ni a la moral y, otros, más contradictorios, se quedaban
perplejos, reservándose el dictamen, aunque indicando, como Mohammad Esseghir
ben Abdallah Elufrani en su Hoshet-Elhadi que “Dios sabía muy bien que había que
pensar en ello”.
El segundo asunto era de orden muy distinto y se cocía en las altas esferas,
siendo Radina, la negra sudanesa, regalo del Askia al jerife, la inspiradora del mismo.
De ella se decían muchas cosas. La más grave sin duda era que había venido
embarazada y que por tanto al-Mamún, el depravado hijo que montaba escándalos en
cadena de un cabo a otro del país, no era hijo de Al-Mansur, aunque éste lo hubiera
nombrado su heredero, seducido por la favorita que le tenía absorbido el seso.
El Ángel del sueño del gran palacio el Bedi cerraba los ojos y no dormía. No
había triunfado su argumento de que los pueblos Bomo hablaban un árabe detestable
que justificaba la invasión, porque Ibn Fortuwa y otros sabios lo habían refutado con
brillantez. Le habían demostrado que el borrar la ignorancia, antes o después de la
venida de Jesús, hijo de María -momento en el que triunfaría la ley del Islam- no era
asunto suficiente que descalificara a los Ascia de su dignidad imperial. Tampoco
había triunfado su segundo argumento de que era necesario extender la religión del
Profeta a aquellos países porque los pueblos sudaneses, bomo, kano, katsina y
songhai, ya la aceptaban. Tenía otras razones de más peso, políticas y económicas,
que le hacían imperiosa la conquista, pero la aventura no había tenido precedentes y
nadie la entendía por muy ricas que fueran las minas de sal de Teghazza y Taodeni.
Musulmanes y cristianos hubiéramos entendido la invasión de cualquier país
cristiano, pero la agresión contra un país pacífico como el Sudán parecía a todas
luces moralmente perverso. Previamente las dos expediciones enviadas al mando de
Selim, jefe de la policía de Fez, y de Bir al-Wali, comandante del Sus, para
apoderarse de estos yacimientos, habían finalizado en un estruendoso fracaso. “El
poder del Creador, del más Alto, había intervenido en favor de los sudaneses”, decían
los ulemas, y los veinte mil hombres de la expedición habían perecido en el desierto,
Tuat y Walata se habían rebelado y Al-Mansur había tenido que recurrir a mis tropas
para recuperarlas con no poco escándalo.
- El desierto que nos separa de los negros es una trampa mortal -decían los
ulemas-. No hay agua ni hierba durante un mes de travesía y lanzar una expedición de
esa magnitud es violar todas las reglas de la prudencia. ¿Cómo puede atravesar un
ejército soledades tan inmensas de terror, donde se está expuesto a peligros de todo
tipo? Ni los cartagineses ni los romanos con todo su valor, ni los almorávides ni los
almohades con su grandeza, ni los merinidas con su poder intentaron una empresa tan
arriesgada.
El jerife les dejó hablar con libertad, largo y tendido y, cuando los últimos
oradores agotaron sus argumentos, él tomó la palabra con gran calma.
- Nada de lo que me habéis dicho puede hacer cambiar mi decisión; pero voy a
responderos. ¿Acaso no ha sido atravesado ese desierto en toda su extensión por
nuestros comerciantes, que han establecido puestos en todas las ciudades de negritud,
Gao, Yenée y Tombuctú?, ¿no recibimos en nuestro país a ricos comerciantes negros
que comercian con nosotros?, ¿o es que no soy yo tan poderoso como esos simples
comerciantes y nuestros jefes del ejército tan emprendedores? Es cierto que las
dinastías que nos precedieron han fracasado; pero debemos pensar más bien que no
fue por falta de ingenio sino por haber dejado esta obra por hacer en nuestras manos.
Seguía sin convencerlos por razones de índole religiosa y para remontar este
obstáculo, el jerife reunió una asamblea consultiva de hombres doctos y les dio las
siguientes razones: La primera se basaba en la necesidad de unificar el Islam bajo su
liderazgo, “ahora que el Sol había nacido en su persona y le correspondía la tierra con
todo lo que en ella había”.
- El Sudán tiene un gran potencial económico, grandes ciudades, grandes ríos
y vastas selvas, rutas comerciales que canalizan la riqueza del continente negro y las
más ricas minas de oro y sal, indispensables para que nuestro ejército y nuestra
armada realicen posteriores conquistas en España, país que sigue subyugando a
nuestros hermanos musulmanes. Allá abajo además, y pese a sus grandes recursos, no
conocen el uso de la pólvora y se sirven de la lanza, el sable, las flechas y las
jabalinas. Nada más fácil para que nuestras fuerzas las venzan sin apenas pérdidas,
armadas como están con fusiles y material pesado. Ha sonado la hora. El “Mandí”,
que el gran Libro ha pronosticado reinará sobre el mundo, ha llegado en mi persona.
Conquistaremos el Sudán y luego España, Roma, Constantinopla, y reinaremos en el
Mundo.
El auditorio se quedó perplejo y muchos recordaron las predicciones de Ibn
Khaldun, sobre la aparición del esperado “Mahdí”, que vendría a salvar a la tierra del
error y de la ceguera, momento en el que el mundo tornaría a los días previos a la
profecía de Mahoma, al que sucedería Jesús y la justicia universal, y enmudecieron.
Recordaron además que el suceso había sido profetizado para el año 1000 de la
hégira en el que estaban, y no lo dudaron. Luego la indignación creció de grado
cuando el jerife les informó que le había pedido al Askia que no se interpusiera en los
caminos de Dios y el emperador songhai le había enviado como respuesta una
jabalina y un par de zapatos de hierro, declarando a las claras su intención de ir a la
guerra en defensa de Teghazza y Taodeni.
La puerta del sur quedaba abierta y la única incógnita para mí era el tipo de
tropa que esta vez lanzaría al desierto, porque tenía que ser la mía. Algo que había
aprendido en mi propia sangre de la dudosa fortuna, siempre esquiva y frágil, era no
esperar nada de ella y aguardar como un don sus regalos y, sin embargo, aquella
empresa, aunque dudosa, colmaba mis aspiraciones y tenía que ser mía. Me servia
por muchas razones: Los españoles más audaces estaban convencidos de que la
invasión prometida de la Península nunca se realizaría y éste podía ser para nosotros
el sueño de nuestra Andalucía, de un país nuestro y alejado de la dependencia y
caprichosa voluntad del Dueño, cada vez más difícil de soportar. El jerife tenía un
gran sueño, que podía coincidir con el mío, pues era seguro que no enviaría tras él a
los turcos, en quienes no confiaba, y menos todavía a sus tropas, “que sin renegados
españoles no hacían camino con gusto” y ya habían fracasado antes en un par de
ocasiones. Lo tenía al fin en mis manos y reuní a mis oficiales, abriéndoles mi
pensamiento con sigilo.
- ¡El Sudán!, ¿qué diablos se nos ha perdido a nosotros en el Sudán?
- ¡Por Dios Altísimo!, os pasáis el día atormentándome con la idea de que nos
desprecian y pagan sueldos de miseria. Decís que son estúpidos, cobardes, arbitrarios,
crueles. No os entiendo ahora que se nos ofrece un resquicio de libertad.
- ¡El Sudán! - dijo Ali B. Mostafá-. Oro, plata, marfil, negras, ¡olé!
- Yo estoy con mi comandante para lo que sea -dijo Liebus y en el mismo
sentido se declararon el-Andalusí, Barún, el- Feta, el-Torki y los hermanos el-Hamri.
- ¡El Sudán! -murmuró entre dientes nuestro curita viendo ya multitudes
arrodilladas ante su pobre brazo cansado de tanto bautismo.
En la ciudad mientras tanto los dos fonduk, el de los españoles, el de los
granos, junto a la plaza de la Yema el-Fnaa, y el de la pequeña Sajena, abierto por el
califa para notables y embajadores, estaban abarrotados y la muchedumbre de
aventureros que cada día llegaban a la ciudad tenía que contentarse con una mesa a
modo de cama o con un simple rincón donde pasar la noche. Venían de todos los
países y los había de todos los colores, aunque los más llamativos eran los blancos y
los frailes, que vivían con los presos o bajo los puentes, tapiados los ojos, por los que
desaguaban las inmundicias de la ciudad. No tenían otra luz que la piadosa, que se
introducía por las ranuras y, con los suelos encharcados, tiritaban frialdades y nieblas,
ocasionadas por los desagües de cuyas corrientes bebían.
La cárcel ordinaria que albergaba al contingente de europeos más alto, en su
mayoría portugueses, era la gran Sajena, donde también vivían otros frailes, como el
padre J. del Puerto y Juan de Prado, que moriría más tarde a manos de Muay AlWalid, y eran unas bóvedas gruesas de diez a doce varas de profundo, sin luces y con
las paredes bajas amenazando ruina. La longitud era de ciento cincuenta y cinco
varas y el piso superior, en el que cabía una corrida, venía a ser el techo de la prisión,
enrejado para que ningún cautivo intentara la fuga. Dentro había veinticuatro arcos
de puente, que llamaban canutos y la vivienda consistía en los arcos tapiados por uno
y otro lado. Cada canuto tenía desde el suelo al techo catres empotrados, colgados de
cables y cordeles, a una vara de distancia uno del otro, y escaleras colgantes por las
que era necesario trepar para acostarse.
Tenía interés en llevarme al mayor número posible de aquellos desgraciados,
si llegaba el caso, y me dejaba caer por allí. En el más angosto de aquellos canutos
habían establecido los religiosos su vivienda, levantando un altar dedicado a la
Inmaculada Concepción y otro a la imagen de Cristo crucificado, con un tabernáculo
y una pequeña lámpara en la base. Los españoles vivían en once canutos y los
franceses, ingleses y portugueses en doce. El califa los ocupaba en diferentes obras,
según su capacidad, acueductos, ríos, talar montes, descantar penas, romper caminos
y en los oficios nobles del Bedi. Los fui tanteando con suma cautela. A los rebeldes
se les estrangulaba o echaba a los leones, como a los llamados “siete mártires”, uno
de ellos español, de nombre Bartolo Tyo, que no había oído la voz del guardián que
le pedía agua y le cortaron la cabeza. La capacidad de humillación por parte de los
guardianes, cuyo jefe seguía siendo Mahmud, era portentosa, y cada uno recibía lo
suyo, sin que le sirviera de escudo su nacionalidad y su ingenio. El granadino Mulay
Zaydan, como queda dicho, había salido de la Sajena para convertirse en el ingeniero
del Bedi y Ahmad, también de la tierra, era el médico favorito del jerife y su
sabiduría era el mayor obstáculo para poder regresar a su Granada como le solicitaba.
A Marrakech acudían multitudes en busca de sus familiares. Entre los presos
ingleses había condes, capitanes, caballeros y tenientes, pertenecientes en su mayoría
a la Barbary Co., muy activa en el contrabando, y cada uno pagaba el rescate según
su condición, que era de un promedio de 10. 000 ducados, y media docena de
especialistas en cañones prometieron acompañarme. Entre los portugueses abundaban
los cautivos de guerra resignados y otro tanto sucedía con los franceses y españoles,
cuyas familias los habían abandonado a su suerte, y eran carne fácil de cañón para mi
empresa. Todos tenían historias patéticas que contar: El francés Morot aseguraba
haber servido de espía al califa Al-Malik, ¡Dios lo tenga en su gloria!, quien le había
enviado al lado portugués con la misiva de convencer al rey Sebastián de que el Moro
sólo tenía cinco mil tiradores y diez mil caballos muy ruines, que no servían para
darle batalla, y alguna verdad habría por la alegría con que aquellos habían marchado
hacia nuestras filas; pero Al-Malik estaba muerto y nadie podía reivindicarlo. Luis de
Herrera, espía español, se cambió por error de campo el día de la batalla y fue cogido
entre los portugueses. Tenían éstos clavados los nombres con estacas a la puerta de la
Sajena y los apellidos más llamativos eran los Cuñas, Ecos, Vimoso, Berganzas,
Pantojas, Oliveiras, Manueles, Velascos y Fernándes.
Se me presentó en Dar es-Sna'a una joven muy bella, llamada María
Fernándes, mujer de Pedro Barrado, con la pretensión de que sacara a su marido de la
Sajena, invocando una portentosa gama de recursos femeninos para despertar mi
instinto y debo decir que casi lo consigue. Se arreglaba constantemente el pelo con la
mano, se adosaba a mí o se caía en los cojines con las piernas abiertas. Su piel tenía
un olor fresco y animal, al que ella sin duda era ajena, sus caderas eran anchas, su
voz melosa y mi caso insólito, decía un tanto aturdida, la pobre, ante mi pasividad.
Le habían robado el dinero en el camino, pero se las había arreglado con sus
encantos para llegar a Marrakech, donde toda su riqueza era su cuerpo, y ahora que al
fin había conseguido estar cerca de su marido no podía irse sin él. Le dije que lo
sensato e inteligente era volver y se convirtió en una gacelilla dulce y mimosa. Le
hablé del Níger y me miró aterrada. Le sugerí entonces que sólo podía solucionar su
problema alzando la mira y me contestó que estaba harta de adular señores, tutores,
frailes; que estaba harta de robos y porquerías y a punto estuvo de enternecerme.
Vivía con don Gutiérrez de Monroy y era protegida de don Mecía, un rico hacendado
portugués, pero resultó ser más brava, dura y bella de lo que suponía y, cuando más
tarde me enteré de que el depravado al-Mamun, hijo del jerife y heredero de la
corona, la había hecho su amante, me sentí furioso y asqueado por mi frialdad. Joao
Nuñez los rescató a ambos con la ayuda de los trinitarios, finalmente, quienes les
impusieron de penitencia hacer el camino de Santiago descalzos a su regreso a la
península.
En la calle mientras tanto los altercados, robos y muertes explotaban de forma
súbita y sin que en ocasiones se supiera la causa. El padre Diego Merín acuchilló a
cuatro de mis andalusíes en día en que celebramos, con una marcha hacia la
embajada española, la victoria inglesa sobre la Invencible, y hube de encarcelarlo.
El capitán francés, Jean Philipe de Castelane, pirata de Salé, le robaría al
sucesor de Al-Mansur años más tarde, setenta y dos fardos de bellos libros e
incunables, verdaderas joyas bibliográficas como el Corán iluminado de Mulay
Zaydán, que irían a parar, tras ser asaltado junto a Tánger por cuatro galeones
españoles al mando de Pedro de Luna, al palacio que el rey católico se levantaba en
ese momento al norte de Madrid. Sir Anthony Shirley, conocedor de las artes
marciales y especialista en la fundición de cañones, corsario, embajador británico,
favorito del jerife y jefe de una banda de aventureros en su país, buscado en Francia,
España y los Países Bajos, a punto estuvo de arruinar la obra de el Bedi con una
explosión y sólo el hacha del verdugo, que le cortó la cabeza, salvó de su pintoresca
fantasía la suerte de Marruecos, aunque llegando yo tarde para salvar la de muchos
judíos españoles de la mellah, quienes no volverían a levantar cabeza después de sus
desfalcos.
La vida se hacía imposible en la ciudad a causa de los muchos ladrones,
arribistas, estafadores y pintorescos agentes dobles como allí había y tuve que crear
una policía especial para seguirlos. Los campesinos por su parte llegaban a miles,
portando frutas, quesos de cabra, coles, tabaco, especias y productos artesanos y, al
improvisar mercados al aire libre, hacían competencia a los tradicionales y el
descontento de las corporaciones llegaba con frecuencia a la sangre. Con ellos
también tenía que recurrir al rigor de la ley islámica y mis hombres paseaban por las
calles, alzadas en picas para escarmiento público las cabezas de los perturbadores, de
los violadores y asesinos, así como los brazos de los ladrones, como se hiciera en
tiempos con el cuero del rebelde Mutawakkil.
El ruido de la muchedumbre que puebla la plaza de la Yemaa el-Fnaa,
imposible de identificar a distancia aunque entrañablemente rimado, se va definiendo
y clarificando según nos acercamos. La música se mezcla con los bailes y el oído
distingue las sonoridades más diversas: Los claros sones del metal, la obstinada
salmodia de la voz humana, las percusiones profundas del tam-tam y, poco a poco, la
confusión se despeja y surgen círculos rodeados de masas espesas, con figuras que se
mueven en medio de los anillos. Los veía perfectamente desde mi caballo. Son los
juglares y cuentistas con sus gestos grandilocuentes y el torso fino en el que luce el
bronce y la espina hueca y ondulada. A su lado los encantadores de serpientes con el
cráneo afeitado por delante y el pelo en bucles anillados hacia la espalda, que me
recuerdan al abuelo Asa y a las figuras estáticas de los alfaquires de la tierra. Los
luchadores esgrimen bastones, saltan y caen sobre la punta del pie con movimientos
delicados de pájaro, bien concertados. A mis pies y abriendo paso a mi escolta,
grupos inquietantes de hombres y niños desocupados -si pudiera llevármelos
conmigo- rostros idiotizados vueltos hacia la tierra o el cielo y suspendidos de una
cuerda invisible que oscila siniestra sobre sus cabezas como los Aissavas en el
delirio.
Se trata de un día cualquiera, pero podría tratarse de las fiestas del Achura,
cuando recordamos a nuestros muertos, la misma paralización y borrachera colectiva.
Muchos de ellos son españoles, enfermos de fiebre y de cansancio, en busca de unos
palmos de tierra donde poner el huevo. Se distinguen por las ropas resudadas y el
olor agridulce. Son miles y forman un hormiguero de una palidez viva que recorre los
zocos, viendo y tocándolo todo, y que se acerca hasta los fonduks de pestilente olor a
cebolla, donde se amontonan con los sacos de grano y los camellos.
Levanto los ojos hacia el campo pálido de tejas que enrojece la tarde:
Techumbres misteriosas por todas partes que encierran mundos complejos de mujeres
y de esclavos que hay que imaginar y redimir; de aquí y de allí surgen grupos de
palmeras, de cipreses y minaretes cuadrados, cada uno con su campanario y su
pequeño mástil para la bandera de la oración, todos ellos iguales con la excepción de
la orgullosa y altiva Kutubia, al otro lado de la plaza, donde al anochecer renacen y
vuelan con las palomas las ánimas de las doncellas vírgenes del cementerio Saadí.
Más allá, hacia el sur, está la ciudad Matzen con sus reconocibles tejas verdes, color
de los sultanes, de los chorba, de los marabuts y de la religión. Algo más lejos, la
bella y lujuriosa Tamerrakesh, de muros almenados, que encierra cuarteles, las
sajenas, los jardines del Aguedal, con sus naranjos de aroma amargo y sus árboles de
todas las clases y colores, con Dalia bajo su fronda y, al fondo y tras el harén, el gran
palacio, que almacena en su interior toda la grandeza y miseria del Este y del Oeste,
donde vive el hombre respetado y temido, el hombre más odiado, el amigo musulmán
que guarda Marruecos.
En el barrio de los andaluces y en la mellah, la noche cae de repente en medio
de la tarde. Las puertas se cierran. Los tamborines, la rhaitas, las guitarras, las cítaras
y los crótalos suenan pero ensordecidos. Se llora y baila, se recitan las letanías de los
santos y se cuenta la historia de José, vendido por sus hermanos, que les parece tan
real. Hablan de aventuras y de acontecimientos como los del pobre Bitti, del tiempo
de los faraones. Los cantores se animan. Sueñan con el estado sagrado y con un país
suyo y los escucho paralizado. Es el rumor de un pueblo vendido y sacrificado al que
pertenezco, aunque una autoridad benefactora me haya instalado en un palacio, y mi
mente vive y come con ellos en sueños sus pobres duars. En alguna parte, en la
llanura, en los pliegues de la gran montaña, al otro lado de sus crestas o más allá de la
línea del horizonte, de las arenas y de las dunas, está el país del ensueño que
describen. Repito su nombre una y mil veces. Mi policía ha cogido a un francés con
un saco de esmeraldas y nos ha confesado que se las había comprado a un niño de
nueve años llegado de Taroudant, que había atravesado el Sáhara siguiendo a una
caravana. Les cuento a todos la historia.
La noche cae. El Atlas se acerca hasta perder su apariencia misteriosa, dejando
ver un poco de su pie sobre la tierra, y Marrakech se retira y hunde en la sombra. Por
encima de la montaña más alta que ninguna de España reina un ejército de estrellas
que brillan majestuosas, iluminando el reino que buscamos.
Tercera parte
EL GRAN DESERTO
«ALLA EI-AKBAR
TONGO COTUN»
13
“¡A cuántos no se habrán llevado los ogros de ese desierto! ¡Cuántos
antílopes no habrán sucumbido al ardor de la sed! ¡A cuántas generaciones no
habrá hecho desaparecer recobrando hombres y monturas! La tierra abrasada
hierbe el cerebro y funde el cuerpo. El sol desciende sobre las cabezas de tal forma
que parece se le pudiera coger con la mano. El guía mismo pierde la noción del
tiempo y toma por hoy lo que es mañana. . .
“Entre los soberanos musulmanes de las grandes dinastías que se han
sucedido en el Magreb, ninguno ha soñado con la posibilidad de conquistar el
Sudán. . ., convencidos de que era imposible atacarlo. Para todos ellos, el Sudán era
una selva virgen impenetrable, una guarida de leones inaccesible, una bella mujer
demasiado vigilada como para dejársela arrebatar, un pájaro imposible de cazar
como el fantástico y gigantesco Anka”.
Carta de Al- Mansur al
pueblo de Fez, 2 de Junio de
1591
Lektava, 16 de noviembre de 1590.
Al fin en la puerta del desierto -donde han nacido todos los grandes
iluminados y religiones-, al mando de un ejército ilusionado y dispuesto a todo.
Frente a nuestras tiendas rezan carteles que dicen: «Cincuenta y dos días en camello a
Tombuctú». Estoy eufórico y no logro conciliar el sueño. Desde la niñez jamás había
sentido esta euforia, ni el día en que el califa me nombró pachá y comandante en jefe
de la expedición, y todos mis hombres sin distinción, y sin que ni un solo granadino
faltara a la llamada o desertara en el camino, prestaron obediencia, y al fin señores
del desierto. Con hombres así gusta el mando. Han dejado a sus mujeres e hijos sin
tener que forzarlos: “Cuando ganemos Tombuctú seréis hombres libres y tendréis los
hijos que queráis”, les dije. Les brillaban los bigotes, los labios y las cejas casi tanto
como sus nuevos uniformes y los albornoces blancos con tintura de alheña.
Abrazaban y besaban a sus familiares, muchos lloraban, ¡pobres muchachos! Dalia
intentaba reír y también lloraba mientras besaba a Mariam, la única excepción
respecto a mujeres, y luego volvía la cabeza para mirarme con ojos de abandono.
No estaba en condiciones de acompañarme y nada podía hacer por ella salvo
encomendarla a sus padres. Puso en mis manos una inmensa cesta de uvas, peras,
manzanas y melocotones y se retiró unos pasos. Estaba asustada y tenía cara de haber
llorado. Volvieron a correrle las lágrimas, pero se rehizo al momento.
- Es mejor que me vaya antes de que vuelva a llorar como una tonta - y lo
decía llorando y trabucándose.
Te querré siempre, pensé y no le dije -. Cuídate, cuidadme a Dalia -les ordené
a sus padres y hermanos.
- No te preocupes -dijo ella-. Pronto no estaré sola.
- ¡Dios te guarde, Dalia!
Y dejamos Marrakech, en medio de una gran pompa y como un torrente
humano disciplinado, el mejor cuerpo de ejército que haya tenido nunca el país, cada
soldado ocupando su lugar en la columna y avanzando en orden perfecto, mientras
arriba planeaba la victoria como una nube y, a derecha e izquierda, flotaban los
estandartes. Primero los servicios auxiliares de zapadores, guías, médicos,
constructores y gentes de todos los oficios; luego ocho mil camellos, ensillados con
lujosas gualdrapas y primorosos trabajos en cuero del Dra., insertados en varios
colores, que portaban provisiones y material pesado de campaña, dirigidos por mil
hombres, y a continuación su comandante en jefe con los sesenta y seis cristianos,
arrancados de la Sajena al jerife contra su voluntad. Seguían los mil quinientos
lanceros marroquíes de Haddad El-Amri, con caballos adornados con flecos y mallas
bordadas con tejido metálico y, finalmente, mis extraordinarios arcabuceros
formando dos batallones: Quinientos renegados de distintas nacionalidades al mando
de el-Feta y, seguidamente, mis cuatro mil granadinos, tan altivos y orgullosos como
Alejandro, portando su estandarte sobre sus hermosos caballos con sillas adornadas
de piel, a las órdenes de Ben Yussef y de los comandantes el-Torki, Ben Askar, Ben
Mostefa, el-Andalusí, Ben Ateia y los hermanos Bu Chiba y Bu Gheita el- Amri, que
vestían albornoces púrpura.
Es noche cerrada y tengo la vela encendida mientras mis comandantes
duermen fuera de la tienda, envueltos sencillamente en sus albornoces. Hemos
marchado un mes seguido durante ocho y nueve horas, a través del Atlas y, aunque el
paso ha sido fácil -apenas pequeños resbalones y algunos huesos rotos que los
médicos han entablillado sin problemas-, merecen un descanso mientras nos
aprovisionamos de carne seca, que he mandado traer de la gran ciudad de Sijilmasa,
dátiles y bizcocho.
La noche brilla fuera con tal intensidad que el valle de arenisca, carente en sus
bordes de vegetación, parece iluminado por el sol. Las palmeras tienen reflejos plata
y frutos tiernos y exquisitos. Las casbas de arcilla roja entre ellas ofrecen al ojo un
espectáculo fantástico de sombras violentas. Se divisan algunas lagunas de agua
salobre e impotable. Puede ser el último islote de verdor en el camino y los hombres
lo saben. Muchos andan inquietos y gastan bromas pesadas -es su forma de liberar los
impulsos violentos-, otros levantan la cabeza, mientras fuman la última pipa
alrededor de la hoguera, alzan la vista hacia las dunas, como el que estudia a un mal
bicho antes de la corrida, y guardan silencio sin atreverse a hacer públicos sus
pensamientos. Mi espíritu está tranquilo. Sólo hay pesar en sentirse esclavos, lo voy
diciendo con la mejor sonrisa de hoguera en hoguera, los llamo por el nombre, les
cuento en voz alta los planes, el trayecto a seguir y las posibles dificultades de tan
vasto desierto. Es asombroso el efecto cuando se les hace partícipes y se trabaja
mediante la persuasión razonada en lugar de mandatos enérgicos, que tendrán sin
duda su momento. Mis españoles son rudos y altivos pero razonables y temerarios
cuando se les trata como hombres, y sobre todo son duros, no así los moros entre los
que sólo funciona el látigo y la rapiña, y reina entre nosotros una serena confianza.
Saben que éste es el camino del oro y de su libertad y que su comandante es un
hombre abierto. Han conocido demasiada sangre, crímenes e injusticias, y no ha
habido necesidad de forzarlos para tomar esta decisión. Se les ha negado un dios, una
patria y un nombre, pero no un alma y una aspiración de libertad. Seguramente van a
la muerte, tal vez vamos todos a la muerte, pero a la muerte han ido demasiadas
veces por nada y siempre han regresado con la cabeza altiva. Los he visto padecer
frío y hambre, los he visto sangrar, y hoy saben que de esta excursión pueden salir
hombres libres. Nada me gusta tanto como oírlos alrededor de las hogueras. Su
espíritu atesora poemas y relatos épicos que cuentan y cantan con voz torpe, por el
escaso dominio de la lengua materna que les va quedando, pero con tal fuerza que
estremece. A veces narran fantasías e imaginaciones aterradoras que juran ser verdad,
pero en conjunto son modestos, francos y cómodos amigos. Cuando se descubre que
hay que caminar con otros compañeros durante semanas y meses en la misma
dirección, sufrir juntos los mismos peligros, comer, rezar, divertirse, morir incluso,
muy pronto todos dejan de ser extraños y ningún pensamiento permanece oculto,
ninguna desviación recta o torva queda encubierta.
Todos duermen mientras los centinelas que pasean por campo abierto y
alrededor de las hogueras entonan cantos sentimentales, recuerdos de la tierra. De vez
en cuando suena en el silencio un desgarro de voz, una blasfemia entre los
camelleros, también andaluces en su mayoría, que estremece la noche. Mariam
duerme a mi lado vestida con una sencilla túnica de algodón blanco. Su rostro es
sereno en todas sus líneas, sus ojos son grandes y elocuentes cuando los abre, su
coraje arrollador y con nadie disfruta tanto como con su comandante cuando lo
critica, momento en el que hay que armarse de una paciencia extrema para no
enfurecerla, porque puede ser violenta si se enoja. Al igual que ella debería dormir,
pero el sueño se me niega y hasta la respiración me resulta fatigosa. Me espera un día
ajetreado: Comprar víveres, reparar los utensilios, revisar la limpieza e impedir que
los hombres engrasen los arcabuces, que podrían atascarse por el aceite con el polvo
del desierto, dirigir los ejercicios. Hombres y monturas necesitan descanso, pero no
me gusta verlos desocupados y con tiempo de pensar. Nos espera un largo camino y
el ejército debe estar en forma en todo momento y no hay peor consejo que el
pensamiento. Concertar el aman con los nativos y hacer los tratos del
aprovisionamiento, almacenar el trigo y la cebada, hacer las pastas para el trayecto,
recoger la mayor cantidad de dátiles, de una gran dulzura de almíbar en este valle. De
momento el desierto duerme y nada tan fascinante como este silencio entre palmeras,
sin viento, sin ruido y lejos al fin del rumor de voces envidiosas, omnipresente en la
corte.
Amanece. El macizo del yebel Shargo es una línea sencilla y gris en el cielo,
más allá de la roja Nesrat a nuestra espalda, que lentamente da paso a una cadena
caótica de masas rocosas y fallas verticales y negras con reflejos metálicos y
amarillentos; luego, el negro se suaviza y aparecen las palmeras con su color, en
medio de un tapiz de verdura irreal en el que destacan las casbas en las laderas y los
ksars con murallas de arcilla roja que rápidamente pierden el color. Es un paisaje de
incontables tonalidades que el sol vivifica, pero es una impresión falsa, pues los ríos
y las lagunas andan secos y los pueblos son como un espejismo muriéndose de sed.
- Donde vamos hay grandes ríos, que los nativos llaman mares por la grandeza
que tienen, y bosques y sabanas con animales de todas clases.
Es Ghen, un hombre inmensamente ceremonioso, jefe de los guías Messufa
contratados para el viaje, mi primera cita de la mañana, con quien estudio
meticulosamente el itinerario sin dejar nada al azar antes de proponérselo a la zauiya
de mis comandantes, los pozos y la dirección de la caravana de camellos, que dejo en
sus manos. Su saludo dura un tiempo interminable en el que me pregunta por mi
salud, por la noche pasada, por la salud de Mariam, etc., etc., y yo debo hacer otro
tanto extendiéndome hacia su familia y la familia de su mujer.
- Eres el señor de la ruta -le digo y los ojillos enfermos por las violentas
tempestades de arena se le iluminan.
Desde que lo he contratado no se aparta un momento de mi lado, atento al
menor gesto y a la menor mueca.
- La vida de mis hombres es para mí más preciosa que el tiempo o el oro y mi
propósito es alcanzar el Níger con la mayor economía de vidas.
El así lo entiende y marca en la arena con el dedo tres posibles rutas en
dirección sur. La más oriental, la de mi paisano Ibn Battuta, que pasa por Tamentit y
Tabelbala, por donde igualmente había pasado León el Africano, es la más cómoda y
tiene más de doscientos pozos de agua hasta Teghazza, que es el primer lugar
habitado y donde hay minas de las que se extrae sal, me dice, pero a continuación
añade que le aterra la presencia de los tuareg, de los dikna y emjot, que han vivido
siempre del pillaje y para quienes cualquier caravana, incluso militar, es una
tentación. La segunda cruza el río Dra por Lektava, donde estamos, y por Mhamid
directamente a la gran hamada y Teghazza. Es la más corta y dura y en ella se han
perdido muchos ejércitos, me explica. Se ven en la piedra las huellas de carros
romanos y cartagineses y hace seis años tan sólo los miles de hombres enviados por
el califa contra Wadan murieron en ella de hambre y sed sin alcanzar Thegazza. La
tercera ruta sigue el río Dra por los oasis de Tissint y Tata, en el país del Beni, y de
allí cruza el río en dirección sur oeste por la gelta de Ez Zak, el trig Lemtuni en la
hamada y el Fersiya en la cabecera del Segiet el Hamra. La red de pozos es buena y el
único problema es el sendero, que en ocasiones tiene una vara de ancho en muchas
quebradas. Será difícil llevar por ella los cañones pero sigue siendo la más fácil.
- ¿Más fácil que la segunda?
- Más fácil, excelencia.
- Pero mucho más larga.
Deja el dedo en suspenso y me mira. Su ruta no coincide con la mía, pero es
un hombre leal y sobrio que jamás se queja de las dificultades, de la fatiga y del
calor, y ganas me dan de abrazarlo. Le indico con la mano en alto la ruta dos,
decidido a marchar por ella, y él inclina la cabeza y se aleja con el cuerpo doblado
una cincuentena de pasos.
Las reuniones con la yemaa de los äi-ta y ma'qil para la compra de trigo,
cebada y dátiles, con los que hacer el bizcocho, que ellos guardan en almacenes que
llaman las casas de la tribu, es tan ardua que la dejo en manos del astuto y hábil Bu
Gheita el-Amri, el alpujarreño más persuasivo y amante de lo tortuoso que he
conocido en mi vida, mientras yo visito las reliquias de Mohammed Ben Ali y ordeno
degollar unos corderos para cerrar el trato. El día que negociamos el suministro de
calzado con los judíos, muy numerosos en la zona, soporto estático durante horas de
labios de su jefe, un rabino ceremonioso y triste de barba roja y enredada, la larga
historia de sus mártires de Ifrán y la suerte de las minas que explotaban junto a Akka.
Cerrado el trato nos reunimos en abundante cena, deseoso de proporcionar a mis
hombres un último festín, y sus mujeres, de blanco y con un tocado de seda rojo en la
cabeza, nos obsequian con bailes propios en los que participan mis hombres
espontáneamente y con no poco escándalo. El griego Azán Ferrer, un proscrito,
rubicundo y simpático muchacho, nativo de Corinto, no resiste la tentación de ver a
la bailarina salirse del círculo y levantar los brazos, dejando desnuda su cintura, y se
lanza al corro pasándole las manos por ella en medio del aliento contenido de mis
hombres y del ceño grave de los rabinos, sus manos, cabellos y velos revoloteando
por la habitación, llevados por su propio viento. Al acabar la música, mi bolsa de
caurís les devuelve la sonrisa y todo son amabilidades, parabienes para nuestra
expedición e inclinaciones de cabeza.
- Son pura sangre -les digo como excusa- y les esperan días aciagos.
Abren sus ojillos vivaces y sonríen.
- Nunca os olvidaremos.
- Todos tenemos el mismo padre -les dije posando los labios a la derecha de
los suyos.
El rabino alza una mano hacia el cielo mientras con la otra agarra con fuerza
la bolsa de los caurís que le entrego.
30 de noviembre.
Todo estaba preparado y el 24 salimos con las primeras luces de Lektava, las
tiendas recogidas antes del alba, las güerbas llenas, los camellos cargados con
cantidades ingentes de dátiles batube para las personas y de dátiles admoh para el
ganado, convenientemente empaquetados, calzado, tejidos de seda y de algodón,
cuentas de coral en abundancia, té de Hydon, azúcar refinada, seda bruta de Bengala,
telas inglesas e irlandesas y capas rojas de algodón, turbantes y pieles con los que
esperaba impresionar a aquellas gentes, así como bizcocho en abundancia y todo tipo
de granos para embellecer las nuevas tierras. Las condiciones climáticas no podían
ser mejores. La gran bendición, aunque corta y mágica, había sido la lluvia. Los aït-ta
me habían asegurado que rara vez llovía y el día anterior los vientos habían empujado
hacia el desierto ejércitos de pesadas nubes que habían refrescado el ambiente. Los
ríos no habían llegado a bajar agua, pero se había barrido el polvo de los caminos,
librándonos de afrontar uno de los peligros que más temen los guías. La explosión de
alegría al sentir la lluvia durante la noche fue tan fuerte que pocos se habían quedado
dentro de las tiendas; luego la luz se había abierto paso y al amanecer brillaba más
que mil soles, quedando el campo limpio, brillante y preparado para acoger nuestra
marcha.
Al dar la orden de salida, ocurrió un incidente extraño: La dulce caravana de
mujeres y de comerciantes que nos seguía desde Marrakech, trescientas en números
redondos, irrumpió en mi tienda arrojándose a mis pies en busca de amparo. Llevaba
la voz cantante una atractiva morena con el rostro descubierto, llamada Leila, que
tenía un gesto gracioso de cabeza al echarse el pelo hacia atrás con ambas manos, y
que con tono tranquilo y voz ronca me explicó en pocas palabras el deseo de aquel
colectivo. No querían mendigar el pan que comían, querían ganarlo y hasta el
presente lo habían hecho con dignidad soportando la pobreza, la guerra y la miseria
del soldado, pues nunca habían dejado de acompañar a los ejércitos ni en las peores
circunstancias. Los perros nunca ladran cuando van con sus hembras y, aunque
pobres esclavas, tenían su cometido en la milicia y lo cumplían, ¿había oído quejas de
mis hombres?
No salía de mi asombro al escuchar sus razones. Había convencido a mis
comandantes de que había que echarlas, ante la empresa tan incierta que nos
aguardaba y el gran desierto, y no obstante lo acertado y justo de mi decisión, me
salía ante ella el tono de un niño que se avergüenza de sus palabras. Cristo de los
Santos a mi lado bajaba los ojos sin atreverse a sonreír. Con frecuencia se han
malogrado caravanas por las disputas, crímenes y ataques de locura, debido a la
presencia de mujeres hermosas, pero al parecer no estaban del todo convencidos.
- Necesitaremos a esas mujeres cuando nos asentemos en las nuevas tierras
-decía el-Torki.
- Al diablo con las mujeres. Primero tenemos que conquistarlas y el camino va
a ser arduo.
- Estamos acostumbrados a todo: A lechos duros, a poca comida y además
tenemos nuestros propios medios.
Y era cierto. Su caravana funcionaba como un pequeño ejército y tenían sus
negros y eunucos que portaban las tiendas y se ocupaban de la comida.
A la razón siguió la cólera. Tuve que torcer el gesto y mi voz se volvió grave,
como dispuesta a entablar batalla, y fue entonces cuando los mercaderes echaron
semidesnuda a mis pies a una hija del Ziz, negra azabache y de carnes frescas, que
hablaba árabe y songhai.
- Es suya, general, le calentará las frías noches del desierto y le será todavía
más útil en el Sudán.
No salía de mi asombro. Tenía los ojos de mi pequeña hermana y la boca y los
labios grandes y dulces de Dalia.
- Que se cubra de pies a cabeza y ahora fuera todos de mi vista. Como viajeros
podemos no ayunar, pero no podemos tentar al Creador.
Seguían los comentarios y las risas mientras ellas lanzaban sobre nosotros a
todos los perros del infierno y así no había forma de contar a los hombres. Sorprendí
a nuestro cura mirando muy sonriente el espectáculo y lo llamé airado.
- No olvides tus deberes, escribano, que no te he traído a una fiesta de la
Achura. Abre los ojos, diviértete y mira lo que quieras, pero escribe, que esa es
también tu misión, ¿de dónde crees que salen las almas?
A media mañana salimos por fin de Lektava, sin dejar de sonar en nuestros
oídos, a medida que nos alejábamos, sus gritos, insultos y parabienes, y al atardecer
remontábamos el valle sin pararnos para la oración. La noche era tan negra como
boca de lobo, el sendero se había vuelto peligroso, con rocas puntiagudas, y todavía
seguían aquellas mujeres siendo el centro de las disputas. Lo seguirían siendo gran
parte de la noche hasta que hombres y monturas empezaron a acusar el cansancio de
la marcha y detuve la caravana.
10 de diciembre en Khorb-el-Ethel
La marcha hacia Khorb-el-Ethel, en un principio sin polvo y sin calores, con el
Dra a un lado y bellas escarpaduras, veteadas de franjas rojas y negras al otro, ha sido
una bonita marcha que ha sorprendido a mis hombres. Me adelanté a la cabeza de la
caravana y le di a Ghen las gracias con gran sorpresa suya.
- Eres un gran guía -le dije a modo de cumplido.
Y él bajando la cabeza: “Le llevaré, excelencia, por donde usted diga”.
La granada abría y cerraba el paso de la columna. El agua era abundante y las
adelfas y los tamariscos crecían tupidos en los remansos, de forma que la
combinación de montañas de suelo rosáceo y de los arbustos resultaba hermosa para
los ojos y suavizaba el cansancio de la silla. Cruzamos las últimas cabilas y en todas
ellas nos salían a saludar las mujeres con sus collares amarillos y brazaletes de plata,
los niños corrían y gritaban acompañándonos un buen trecho y hasta el cuarto día no
nos faltó un palmeral dónde acampar al acabar la marcha a las cuatro, hora de
preparar las tiendas, de hacer los rezos y las cenas.
Un buen tramo lo hice al lado del pretendiente a la corona del Sudán, UldKirinfil, de donde al parecer había sido arrojado por su hermano el Askia II, actual
rey de Gao, y que nos acompañaba de regreso con visos de realeza. Era un hombre
alto y de gran belleza, salvo en el color, y tenía los ojos muy negros y expresivos y la
apariencia abierta. Le pedí que me hablara de Tombuctú y me dice que hay allí tales
cantidades de oro que se cambia a peso por la sal, tabaco y latón manufacturado en
Europa. Las minas están al sur del lecho del río, no muy lejos de la ciudad, y todas
pertenecen al sultán, que tiene en ella tres palacios para guardarlo y otros tantos en
Yenée y Gao, la capital.
Le pregunto cómo es el río y me indica tal extensión con las manos que
deduzco es cinco veces el Guadalquivir; luego me asegura que se comunica con el
Cairo, porque es uno con el Nilo, y que ambos nacen en una montaña que ellos
llaman Kumra o de la Luna, donde forma un lago que es también fuente del río
Senegal. Es navegable todo él, aunque abundan las islas e islotes por los que es
preciso zigzaguear, y que el trayecto al Cairo es de catorce meses. Lo miro perplejo y
me sonríe.
- No sólo el desierto es grande. En África todo es grande y desproporcionado.
En Wangara no se le ve la orilla a causa de los muchos afluentes y abundan los
cocodrilos, los elefantes, las aves, los hipopótamos y las hienas.
Le pregunté si la ciudad era tan bella como se decía y me habla de las mujeres
haussa y peul, las más bellas de toda África, más bellas que las blancas de las que
descienden e infinitamente más hermosas que las negras de las que han tomado el
color. Su tocado en trenzas finísimas desde la raíz del pelo es una miniatura más bella
que la flor del Baobab, el árbol más grande que jamás haya visto en su vida. Llevan
herretes de oro que se cuelgan del cuello, de los brazos, de las piernas o de cualquier
otro lugar y la leyenda dice que se escucha y ve el Paraíso tras dormir con la cabeza
en los pechos de una peul.
Era naturalmente una leyenda y, aunque tengo bastante experiencia en estas
cosas para no creerlas del todo, su relato parecía al menos verosímil en lo del oro y la
calidad de las esclavas, traídas de esas tierras y que yo he visto en Marrakech. Me
asegura además que las mezquitas de Tombuctú se cuentan por cientos, con
minaretes de color ocre y huevos de avestruz adornando sus cimas, y que en nada
envidian a los de Marrakech. Los nativos la llamamos «La Reina del Desierto y «La
Perla del Sudán», y en ella se encuentran los que viajan en piragua y los que marchan
en camello hacia Sijilmasa, Túnez y Trípoli, los que aspiran a la religión y los que
buscan el saber. En su medersa no ha faltado un solo hombre grande de Granada,
Córdoba y Fez. La sal viene del norte, añade, la plata del país de los blancos, pero el
oro, la palabra de Dios y las cosas sabias, las historias y los cuentos bonitos, se
encuentran en Tombuctú.
- ¿Y es verdad que van desnudas?
- Es verdad, pero por comodidad y no por pobreza.
- ¿Totalmente?
- En mi país no preocupan demasiado los vestidos salvo alrededor de la cadera
y en la cabeza, donde nos enrollamos telas. Los pechos son un adorno tan preciado
para ellas como el oro.
- ¿Y es verdad también que el rey tiene muchos soldados?
- Es verdad, pero uno de los tuyos vale por mil de aquellos.
Intento sonsacarle qué piensa hacer con el rey y los notables cuando
conquistemos el país y me contesta con naturalidad que ponerles hierros y darles
muerte, o, según la costumbre, envolverlos con piel de buey y recubrirlos de tierra
hasta que mueran en pozos abiertos en la plaza de armas.
Lo miro sin saber qué pensar. Lo invito a mi tienda y le ofrezco vino con la
intención de sonsacarle sus ideas sobre la sociedad, la gente y los sabios, a los que
desprecia con signos despectivos. Su léxico de palabras grandilocuentes y de
vituperios es abundante y peculiar. Su filosofía de la vida es sencilla y consiste en
gozar de las ventajas que da la realeza; su idea de la sociedad tan simple como
dividirla en amigos y enemigos.
- ¿Y los soldados?
- ¡Bah! Son esclavos. Sólo los mueve el látigo y la soldada.
Lleva aros y brazaletes de oro en el brazo, de un extremo al otro, y en el
cuello, el hideputa, y el corazón me grita que no tiene otros móviles que descabezar y
medrar.
¿Y no es posible instruirlos y cambiarlos?
- Imposible. Cada uno tiene su destino.
Lo miro mientras bebe sin que él se dé cuenta y sin acabar de creer lo que
oigo. Parece cuando menos un resentido y en la comida sólo atiende a hartarse de
cordero, nuestro último plato fuerte, sin tener en cuenta el estómago de los siervos
que lo acompañan, a los que a menudo derriba de una irascible patada para ocupar su
puesto, y saco la conclusión que de ponerlo en el trono haría más mal que bien.
Al anochecer recorro el campamento. Estamos en el último palmeral y hay
tantas variedades de palmeras que sólo un experto las podría identificar. Mañana nos
espera la hamada, que hay que cruzar desmontados y a cuatro patas, pero los hombres
parecen haberle perdido el respeto al desierto que los enmudecía en Lektava y esto es
esencial. El valle es apacible, el suelo blanco y húmedo y la noche pura y con un
millón de estrellas. Pedro de las Torres, un marino canario al que invito a
acompañarme y que había entrado por el río en aquellos paraísos con los portugueses,
en busca del oro, me va mostrando las diferentes variedades de palmeras, que
también se encuentran en las islas. Algunos hombres cantan en grupos de a dos y de a
tres cantos aragoneses de los que tanto gusta Reduán.
- ¿Y encontrasteis oro?
- Sólo pueblecillos muy míseros, sin riqueza alguna, y la tierra mal trabajada.
Cuando la corriente del río se hizo fuerte nos volvimos. Pero oro debe de haberlo, mi
comandante, aunque no lo viéramos, al menos todo el mundo lo decía y en eso el
negro no miente.
Sigo pensando que no es el hombre que el jerife cree. No tiene más que
fantasía e imaginación y además piensa que nos lleva engañados, como si el único
móvil de la expedición fuera ponerlo en el trono y darle el oro; aunque es una ficción
maravillosa que no me inquieta. Sea o no verdadera, ninguna idea mueve tanto a los
hombres cómo la promesa del oro y me propongo usarlo cuando cunda el pánico. He
visto a los camelleros susurrarles sueños al oído a los camellos agotados, que portan
cargas excesivas, y el resultado es que los heiries se levantan y andan.
La marcha por la gran hamada ha sido terrible. En total diez días de penoso
caminar sobre las piedras, con muertes continuas en forma de accidentes y con
rivalidades y peleas entre amigos que nadie se explicaba, llegando a Khorb el-Ethel
partidos, casi sin agua, y en medio de una tempestad de arena, en la que no se veía
más de una milla de distancia.
El relato lineal de los sucesos de estos diez días de lenta y penosa marcha es el
siguiente: En la hamada del Dra, un tabor moro a las órdenes de Haddad el-Amri se
rebeló contra el oficial que los mandaba, espaciándose por el campo en rebeldía. El
desorden era grande y el-Amri, un hombre excelente en los tratos y en campaña, no
los entendía y vino a mí para que pusiera orden. Juan de Osona y Domingo Díaz, mis
espías, me descubrieron que los instructores les habían retenido los haberes y,
comprendiendo que había que enseñar la fuerza para amansarlos, mandé cortarles la
cabeza y que les pagaran de lo mío. Con esto se calmaron. La mayoría eran casados y
preferían morir de hambre antes que dejar de cobrar las soldadas, pues sólo el instinto
del oro les mantenía en la aventura; luego, sintiendo la necesidad de una autoridad
más firme y que no necesitara mi apoyo, le quité el mando al alpujarreño, con lo que
esto significa, y se lo di a el-Torki. Es posible que nunca me lo perdone, pero la
columna se hubiera partido de obrar con debilidad.
En los días siguientes, nada imprevisto salvo el frío atroz de las alturas, donde
el viento adquiría una velocidad asombrosa que nos hizo descabalgar y marchar a
cuatro patas. Habíamos ascendido a la hamada por un desfiladero encajonado entre
sierras calvas, descubriendo un horizonte de montañas que nos cerraba el paso, y el
sendero se convirtió en un mal camino de cabras, que zigzagueaba por laderas en las
que no se podía trepar ni tener en pie, y eran frecuentes las caídas. A los camellos se
les obligaba a bordear precipicios, con gran peligro de perder sus cargas y explosivos,
y había que sujetarlos con cuerdas y por las cabezas del freno. Luego cogimos un
valle, las rocas se habían desprendido sobre grandes tramos del sendero y los
camellos, espléndidos caminantes sobre arena, tropezaban y vacilaban sobre los
guijarros de cuarzo como si pisaran fuego, obligándonos a una marcha lentísima. El
suelo era de mármol blanco y las colinas de granito rojo y negro, el terreno tan
ondulante y fatigoso que estos bravos animales se desplomaban sobre sus cargas
entre gruñidos con los pies abiertos por grandes grietas y se dejaban morir.
A medida que avanzamos hacia el sur, el día sucede a la noche sin
interrupción y los guías cuentan que en el trópico las estrellas sustituyen al sol en
cuanto desaparece, como si acecharan su caída. Se dibuja en el horizonte la sombra
crispada de las lomas y luego nada, salvo el penacho de una roca cercana. El corneta
toca descanso y al instante, y con la débil excepción de los pasos de los centinelas y
de los perros que ladran y gruñen desorientados, el silencio del desierto se impone
con la diáfana rotundidad de la muerte, y uno se siente pequeño en medio de tanta
inmensidad.
Descubro a el-Torki con su turbante y albornoz blanco inconfundible,
merodeando la tienda de Mariam. ¡Es asombrosa la energía que crean dos tetas
femeninas! Los ojillos le brillan como turquesas, es bajito y rechoncho, con la barba
blanca y limpia, y la fatiga de la hamada no le merma sus dones naturales. He hecho
fortuna con el ejército, donde ha llegado a caíd, y estaría dispuesto a dotar con
largueza a mi pequeña hermana, a pesar de sus cuatro mujeres y el batallón de niños
harapientos que ha dejado atrás. Se lo hago notar a Mariam y ordena que alejen su
tienda de la mía.
También Alonso Herrez merodea la tienda de Mariam en su última ronda;
pero a diferencia de El-Torki llama, da las buenas noches y desaparece. Me ve y no
se inmuta, me saluda protocolariamente, un tanto embarazado, y se marcha. No lo
entiendo. Todos hemos hecho fortuna en la milicia menos él. Es servicial, un amigo,
y conoce mi aprecio; pero es excesivamente pobre y melancólico para hacer feliz a
mi pequeña hermana y de ahí mi desorientación. Los guardianes también se acercan me he acostumbrado a no dormir más de tres horas desde que estoy al mando de la
columna y mi figura les es familiar en la noche-, inclinan la cabeza ligeramente hacia
la puerta, que ella deja abierta con terca obstinación y, tras unos segundos de
vacilación, se marchan. Es la única mujer de la columna y todos se afanan en su
cuidado y la miran codiciosamente. Todo son galanterías cuando la hembra más
próxima queda ya a cientos de leguas y harían falta quintales de bromuro para
amansarlos, porque no es cosa de andar en guerra permanentemente con el
pensamiento siempre encima de una mujer.
Como sé que no duerme, me acerco, toso al entrar y la descubro retocándose
instintivamente el cabello. Me viene urgiendo últimamente a que le dé un marido y
mi reticencia la exaspera.
- Soy mayorcita y quiero una familia.
- Ya tienes una familia.
- Una familia mía y un esposo.
- Es él quien debe dar el paso y no yo, ¿o quieres que te case con el-Torki?
- No se atreve a hablarte, ¿cuántos servicios debe prestarte para convencerte?
- Si no se atreve a hablarme te casaré con un rey negro.
- Armaré un escándalo.
Noto que las lágrimas le corren las mejillas.
- De acuerdo, pequeña, te casaré con el soldado más ruin y pobre de la
columna, no llores.
- No me importa si es el que yo quiero.
- Como si el matrimonio fuera tu libertad, ¿de qué andas huyendo?
Inesperadamente sonríe y me besa en la mejilla.
Entre las cosas buenas que me han sucedido en mi vida la mejor es Mariam y
verla feliz y a mi lado es como seguir en Cuevas. Nada compensa tanto los
sinsabores. Curiosamente, cuanto más moro me vuelvo más cristiana es ella. Su
cuerpo es frágil pero su rapidez mental prodigiosa. Si me burlo de su religión calla y
llora; si apruebo sus rezos sonríe y al acostarse siempre reza por el feliz término de
mis empresas. Si me enorgullezco, me recuerda mis orígenes y qué pensaría nuestro
padre de mis triunfos.
Sea quien sea te prometo que serás su favorita -le digo alejándome, seguro de
sentirlo si me encuentro a su alcance.
Me acerco decidido a Alonso Herrez, pero le hablo de todo menos de Mariam.
Es digno de ella sin duda y no consigo explicarme. Es mi hombre para todo y, aunque
conserva pocas cosas esenciales, son tan firmes como el cielo y los infiernos: La
lengua, Dios, la fidelidad, y lo que siente por Mariam están fuera de toda razón y ésta
podría ser su mejor dote.
Al salir de la jaima uno de los centinelas le canta a la luna apoyado en una
roca:
Cerco en la luna,
nieve en las cimas,
entre las piernas de alguna,
muerte segura.
Y a lo lejos otra voz, como si le respondiera:
En la pila der bautizmo
empesó nueztro queré;
Quien s’abia figurá
Lo qu á pazao degpué!
Taodeni, 10 de enero de 1591.
Estamos acampados junto a los pozos del lecho seco del río Telig, a un día de
Taodeni, uno de los lugares más tristes e insalubres del planeta, rodeados de una
superficie salitrosa de color amarillento que quema e irrita los ojos tanto como las
tempestades de arena, sufridas días antes. No hay tierra y los habitantes se ven
forzados a construir sus casas con bloques de sal. Tampoco hay vegetación y los
pocos arbustos espinosos que se ven son desgraciadamente inservibles como
alimento para los camellos, ya famélicos y reventados, que para pacer se ven
forzados a recorrer grandes espacios con peligro de perderlos. El aspecto de la
superficie durante el día es el de la corteza de una naranja que se transforma en gris,
dando la impresión de un lago con el azul pálido de la tarde. No hay señales de vida,
ni huellas de gacela, ni lagartos, ni hoyos de ratas, ni siquiera pájaros, los
trabajadores de la sal han huido y el único sonido es el viento que recorre las tiendas
y nos obliga a permanecer tumbados en el suelo, con el rostro envuelto en el cheis
hasta los ojos.
El recorrido de Khorb el-Ethel por la terrible hamada del Dra y el inmenso erg
Iguidi, atravesando las fuentes de bel Egra, para seguir desde allí los pozos
construidos por Okba y Abu Bekr ben Oma en el pasado, fueron quince días de
penosa marcha, de rivalidades y muertes continuas, llegando a Teghazza sin agua y
en medio de una tempestad de arena, que hizo que nos deslumbrara todavía más el
espejismo de la sal, que en la distancia semejaba un lago tras el que todos corríamos
desesperados.
El relato lineal fue el siguiente: Marchábamos de fuente y de pozo en pozo.
Ninguna fuente que no hubiera sido enrojecida con sangre, donde con suerte
bebíamos un líquido infectado por el detritus de plantas muertas y restos de animales,
con un fondo pateado por camellos que guardaba sus excrementos en el fango. En los
pozos el agua era cremosa al tacto pero deliciosa, su olor intenso y su gusto salobre.
Los médicos aconsejaban no abusar y era necesaria la guardia. Ningún árbol mientras
tanto, salvo pequeñas acacias, que protegían sus hojas con veneno, que los camellos
no tocaban, y arbustos secos que arrancábamos de cuajo para hacer fuego; ninguna
señal de la presencia del enemigo, y que aquí nos hubiera atacado con todas las
ventajas. En los vivaques de arena el agua era mejor y más potable y renovábamos las
güerbas en lo que se podía. Los hombres refrescaban el pecho y se lavaban el sexo,
mientras oraban; luego refrescaban los muslos y el sexo de los caballos, antes de
tomar una buena ración de camello y se diría que muchos de aquellos animales lo
agradecían, pues se dejaban cortar la yugular sin berridos.
Entramos en el sexto día de marcha y Ghen dijo que los leones, las panteras y
las hienas solían rondar las caravanas por aquellos parajes, pero nada de esto
encontramos salvo finas serpientes que no se desaprovechaban. La noche se llevaba
el calor del día y nos tumbábamos en grupo para amansar el frío que un reguero de
astros y constelaciones furibundas nos enviaba inmisericorde desde países arcanos.
El séptimo día atravesamos una planicie inmensa de cantos rodados sin
caminos, sendas ni señal alguna de vida, y el único sonido era el eco de las
herraduras, causado por el choque continuo de los guijarros, que sonaban como una
tormenta de pedrisco en un templo vacío. ¿Hacia dónde íbamos? Llevábamos pilotos
y agujas, como en la mar, pero sólo Ghen y sus guías lo sabían, aunque diría que
desconocían la línea recta. Aquella noche alcanzamos una depresión, libre de vientos,
y acampamos. Se aguaron los caballos con la reserva de las güerbas y en seguida
comenzaron a piafar y sacar chispas rabiosas de las piedras. Les echaron los bozos al
cuello y bestias y personas nos dispusimos a comer sólido, con la excepción de los
camellos y de los guías, que se contentaban con su ración de pan de dátiles de la
mañana.
Al octavo día nos faltó el agua. Las altas planicies y los innumerables canales
construidos por las colinas daban agua en abundancia pero se habían secado, según
Ghen, y le pedí a Alonso mis pistolas.
- Hasta aquí hemos venido sin problemas, pero en adelante abre bien los ojos
-le dije.
El-Amri y un grupo de hombres me acusó de llevarlos a la muerte, al escoger
el camino más recto y difícil, pero no pasaron de las palabras al ver que se acercaban
el-Andalusí, el-Torki, el-Feta y mis granadinos. El rencor salía por fin a flote y raro
era el que toleraba las bromas de su vecino. Elegí sesenta de mis más fieles para mi
guardia personal y, tras discutir la situación con mis comandantes, me decidí por
seguir la marcha al traerme los espías noticias de que el alboroto se extendía,
marchando sin detenernos hacia el pozo siguiente sin evitar por ello que los
revoltosos franceses dispararan algunos tiros de arcabuz y alcanzaran a dos hombres
de Tabernas, muy leales, a Juan López y a Antoñete. No había forma de saber quién
había causado los disparos y, persuadido de que no dejarían de aprovechar la noche
para otros nuevos -que en el desierto nunca es negra por los muchos luceros que en él
brillan-, monté a caballo y aceleré el paso tras ordenarles a mis granadinos que
vigilaran las bandas y la retaguardia con el fin de que nadie escapara.
Al amanecer nos encontrábamos a mitad de camino del siguiente pozo, pero
con una montaña grande en frente por la que había que pasar. El cansancio y la sed
habían acabado con el motín y la única preocupación del momento era la vereda
angosta, de no más de una vara, que ascendía con escalones de piedra, una pared
vertical a un lado y un precipicio al otro. La buena marcha se detuvo. Se podía
resbalar con facilidad y los camelleros les hablaban y cantaban cariñosamente a los
camellos. No habíamos bebido en dos días ni cesado de andar a buen tren durante la
noche y bestias y personas acusábamos la fatiga. Caían las mulas, que hasta entonces
habían aguantado con mayor bravura que los camellos, y era preciso levantarlas,
sosteniendo el peso de la carga, con lo que acabamos de agotar las pocas fuerzas que
nos quedaban. Luego una de las camellas que llevaba un cañón resbaló al precipicio,
arrastrando a cinco más, y eso nos hizo perder dos horas para salvarlo en la barranca.
A juzgar por los berridos, los camellos se sentían furiosos y se dejaban caer -es su
recurso cuando se creen maltratados- y así no había forma de proseguir y alcanzar la
altura. En la cima cayó un hombre de el-Feta extenuado por la sed y se quedó yerto
como un cadáver. Tratamos de socorrerlo exprimiendo la poca humedad que quedaba
de una güerba y, aunque logramos introducirle algunas gotas, el socorro le produjo
poco efecto. Desde ese momento fueron cayendo sucesivamente algunos de la
columna. Se desplomaban en seco y quedaban abandonados a su suerte, pues di la
orden de proseguir y todos marchábamos a sálvese-el-que-pueda.
Perdimos camellos, mulas de carga, medio centenar de hombres y abundante
material de pólvora y hasta yo mismo miraba aquellas pérdidas como algo que no me
atañía. Se oían reír las hienas y el viento, ignoro si eran la misma cosa, y mi granero
temblaba de patas con ser uno de los más fuertes. Marchábamos silenciosos sin
preocuparme ya de que Ghen hubiera perdido o no el camino. Marchábamos sin
miramos, Alonso y Mariam permanentemente a mi lado, sin atrevernos a miramos y a
manifestar la sed que nos devoraba.
A media tarde caímos sobre un valle ciegos de sol, de sed y de fatiga, y Ghen
señalaba bel Egra en la distancia, pero andábamos alucinados y nadie le daba crédito
porque no pensábamos poder sostenemos hasta el agua. Al atardecer vimos el arroyo
rojizo que, aunque pequeño, fluía de varias cañadas con suficiente agua para todos y
los que pudimos montar galopamos hacia el agua. El pozo estaba intacto, gracias a
Dios, y la gente bebía hasta vomitar, olvidando las recomendaciones de los médicos,
y cuando hubimos descansado mandé un destacamento con güerbas llenas que fueran
recogiendo a los retrasados. Nos quedamos dos días mientras los exploradores
acabaron por recoger el material abandonado, contamos las pérdidas, que en conjunto
habían sido de cincuenta hombres, y los camellos se atiborraban de pasto, que en
aquella parte era mejor que el que hasta entonces habíamos encontrado. La noche del
segundo día, y ya recuperados de la fatiga, volvimos a cenar camello en abundancia y
gratifiqué a todos con una soldada extra que en lugar de contentarlos produjo un
nuevo motín. Bel Egra no estaba al parecer muy lejos de Segiet El Hamra, tierra de
santos, y era un río poblado más abajo por granadinos expulsados de las provincias
sureñas del Beni y del Dra, y Ben Atefa, cerebro del levantamiento, se precipitó hacia
mí con un grupo vociferante de albaicineros con la pretensión de que nos
dirigiéramos hacia el oeste, en busca de este río, y luego por la costa por ser mejor
camino. Era un hombre vehemente y de espíritu crítico, con el que había cabalgado
en muchas campañas, en armonía de espíritu y de cuerpo, y lo sentí por él. Les hice
bajar las armas y luego le corté la cabeza con tres de sus cabecillas. A todo esto, nadie
se acordaba de hacer provisión de agua y perdimos un nuevo día rellenando las
güerbas y haciendo recuento del material, que había quedado reducido a quinientos
quintales de pólvora, quinientos más de plomo y veinte de polvorín. Los hombres
perdidos eran cincuenta y cinco y las bestias incontables.
Dice una leyenda tuareg, en cuyo país nos adentrábamos, que en cuando un
ejército penetra en el Sáhara le precede un terrible simún, análogo al que en otras
regiones precede a las tormentas. Nada de esto nos había sucedido por fortuna en la
semana de marcha restante hasta Teghazza por las altas dunas del Erg Iguidi y de
Echchauch, que forman una meseta erizada de montículos, que allí llaman eglab, pero
sí un curioso fenómeno posterior a la llegada a ese mar de sal pétrea que es Taodeni,
uno de los lugares más desolados del planeta, sin vegetación ni fauna, y con la poca
agua potable a un día de camino de la ciudad, donde acampamos, viéndose forzados a
construir sus casas con bloques de sal y usando los más veteados y de inferior calidad
en el mercado.
Habíamos pasado Teghazza sin encontrar comida, que tienen que traerla de
Tombuctú a veinte días de camino, y sin ver a otro nadie que a un par de caballistas
que se perdieron en la noche y a un viejo santón, a quien no le pudimos sacar
información alguna sobre el enemigo, y cuatro días después nos acercábamos por un
sendero de cincuenta centímetros a Taodeni, ciegos de sol y de fatiga, pero con buena
disposición y sin más pérdidas de animales, cuando avistamos una llanura
deslumbrante a la que no dábamos crédito. Porque veíamos agua y éramos juguete de
una ilusión. Al principio la superficie era grisácea y compacta como grava, luego las
piedras se fueron distanciando y la arena era blanca, casi pura, bajo la que yacía una
capa más endurecida, como un tapiz de fibras. Al final la arena desaparecía con el
sendero y todos veíamos un lago amarillento hacia el que corríamos, arrastrando
mulas y caballos; pero el lago se alejaba según nos acercábamos y en su lugar
pisábamos sal, no siendo las aguas que veíamos otra cosa que un espejismo que
temblaba y variaba de lugar con nuestro movimiento. Tan pronto se divisaba una
ciudad, con sus torres y almenas graciosamente recortadas contra el azul del cielo,
como un barco de alta arboladura, flanqueado de mástiles. Caminábamos unos pasos
y el barco era una selva de árboles con las ramas entrelazadas caprichosamente.
Cualquier objeto podía tener proporciones colosales: Un camello atravesando el lago
era una catedral o un elefante de grandes colmillos que poco a poco se reducía a la
lámina de un sable; una piedra se convertía en una montaña, un sencillo matojo en
una selva, un hombre en una roca, y una mula en algo monstruoso e informe que
parecía rodar pesadamente sobre la superficie de un mar de cristal.
No es de extrañar que en esta parte del mundo la gente tenga una imaginación
tan calenturienta como la de Uld-Kirinfil y que los artistas creen sueños graciosos.
Hacia la derecha se veía un tapiz de flores, bien definidas, que lentamente se fundían
y metamorfoseaban en una nube que ocultaba el sol y nos devolvía a la triste realidad
de un lago de arena y sal, que achicharraba los ojos y que podía costar la razón y la
vida. Llanura aciaga, desierto letal y estéril, con multitud de cadáveres calcinados en
la sal pétrea, que los ojos del espíritu podían convertir en el jardín del Edén más
pintoresco y fabuloso. La muchacha que nos cantó en el banquete de arroz con karité
que Taodeni nos dio a mí y a Ali ben Mostafa, del que me había hecho acompañar
por ser el más político de mis comandantes, al tomar posesión de sus minas en
nombre de Al-Mansur, así lo daba a entender: No quiero que veas mis lágrimas
Dices que el desierto quema
y que la ciudad es verde.
No quiero que sepas mi sufrir.
Mi corazón es una ciudad
y la piedra de mi puerta una palmera.
Pero, ¿por qué no vienes a mi tienda?
Mi corazón arde por ti
más que el sol de las arenas.
Ni un solo miembro de la población parecía huido como los de Teghazza. Los
camellos estaban aparcados en la gran plaza y los hombres seguían extrayendo la
piedra negra, que allí llaman el-kahala, a pesar de la presencia cercana de mi ejército.
Cuando Ali ben Mostafa le hizo ver al ceremonioso caíd, que nos servía un extraño
brebaje, mezcla de sal y de miel, lo extraño de esta conducta, él contestó: El Señor es
nuestro protector. Nosotros somos sus servidores y la sal es nuestra única riqueza. No
tenemos pastos y dependemos de la mano de Alá, que nos trae carne y pescado seco,
nuestro festín más exquisito, por medio de los hermanos de las ciudades de
Tombuctú y Yenée, que llegan hasta aquí con sus caravanas, ¿por qué teneros miedo?
- Gracias por apagar nuestra sed -le dijo Ali ben Mostafa, tras hablarle de que
no veníamos en son de guerra, pues Lälla Mas Üva, la madre de nuestro sultán, y
Radina, su esposa, eran negras y de la misma piel que los songhai.
- El Señor os conceda su bendición.
Mientras regresábamos, Ali ben Mostafa volvió a recalcar el hecho de que los
habitantes habían seguido trabajando la sal a pesar de la presencia de nuestra armada.
- Hermano -le dije-, nada me gustaría tanto como que el comercio no se
interrumpiera.
- Pues te será difícil mantenerlo. Vas de tienda en tienda prometiendo a
nuestros hombres partir con ellos el botín y Uld Kirinfl hace otro tanto. Te ha
convencido de que va de buena fe y no hace otra cosa que contar los esclavos negros
que va a encadenar e, incluso, les promete como cosa hecha las mujeres más bellas a
los renegados.
- Lo sé, es un intrigante. Mira, hermano, la rivalidad entre Marrakech y Gao es
muy grande, pero te juro que nada me gustaría tanto como evitar el combate.
- ¿Y cómo esperas impedir el saco de Gao que les has prometido?
- No lo sé. Negociaré con el askia. La victoria es nuestra, pero no voy a
abusar, y tal vez se contente Al-Mansur con la soberanía y con hacer un peregrinaje a
la ciudad santa de Tombuctú, precedido por mil camellos cargados de oro y con el
askia Ishaq en su escolta. ¡Los caminos de Dios son impredecibles!
Arauán, 5 de febrero
De Taodeni a Arauán los pozos distan veinte leguas, o el equivalente a dos
días para una caravana o a tres para un ejército como el nuestro, compuesto por cinco
mil personas y quince mil bestias, entre caballos, camellos y mulas, y hay que hacerlo
a una velocidad de vértigo para impedir que el enemigo, enterado de nuestra
presencia, nos tome la delantera y seque los pozos. Ghen mira preocupado, primero a
las estrellas y luego a los camellos, muchos con sarna, mal repuestos en el magro
pesebre de los pastos que rodean el lago, y algunos cargados con cuatro barras de sal
de treinta kilos. Se hunde de rodillas. Es la ruta más difícil por el cansancio
acumulado. El sol se levanta, alcanza el cenit, se detiene y ríe con cara redonda e
inocente. El terreno es una olla. El calor forma lagos de hiel en las mejillas y quema
las plantas de los pies hasta las uñas. Los caballos caen en la arena y es preciso
desmontarlos. “Dios es Grande”, dice El-Andalusí cuando arranca el viento del este y
la arena se vuelve como el mar, pero hubiera querido decir otra cosa y se muerde la
lengua. “EI Bahar billa maa”, masculla aterrorizado. La espina de la tierra tiembla.
Estamos en la ruta del Tanezruft, la ruta de la sed, del terror y la muerte. Por Fum el
Alba, las arenas barren la superficie y vuelan imitando el ruido de las olas, caen, se
levantan y forman colinas donde encuentran el menor obstáculo en su progreso,
quedando en otras partes el terreno, antes nivelado, como si le hubieran quitado con
palas varios metros y lo hubieran barrido. Adelante, granadinos, les grito cuando los
veo hundir la cabeza, “el sol y la tierra podrán con nuestros huesos, pero no con
nuestra sangre. Cada siglo tiene su gesta y cien, doscientos, trescientos y hasta
quinientos y mil años contarán maravillados la nuestra”. Las rocas huyen, los
guijarros se clavan y en la cara y mis palabras se pierden en el viento. Colinas y
hombres unen su destino: Las primeras parecen haberse apropiado de nuestras almas
y vuelan por los aires, mientras nosotros nos apropiamos de su dureza y clavamos con
fuerza los pies en tierra hasta apoderamos de sus entrañas y comernos su cerebro. Las
ramblas se pierden en la arena. Las barrancas se llenan de cadáveres para que
pasemos por encima de sus huesos. Se oye la explosión de una colina que se levanta
de cuajo y que viene a caer sobre nosotros como si quisiera sepultamos para que no
avancemos.
- De día nos mata el calor y de noche el frío, ¿qué diablos le pasa a Dios?
-grito-. A quince días de marcha está el Paraíso, con ríos, ciudades, mujeres y oro en
abundancia para todos. Esa es nuestra alma, granadinos. Cuidad dónde echáis el
aliento y seguid marchando. Nos han echado de todas partes, pero de aquí no nos
moverán, que éste es nuestro reino aunque tengamos que vérnosla con el Infierno,
¿qué diablos le pasa a Dios?, ¿es que nada va a vivir en nosotros? Mañana
comeremos y beberemos, construiremos nuestras casas de mármol y cada uno sacará
a sus esposas e hijos a la calle para que el mundo os alabe.
- ¿Eres soldado o predicador? -me grita el-Andalusí-. ¿No puedes callarte? Soy creyente y Dios va a explicarme lo que nos está haciendo.
- Si sigues hablando así lo va a hacer pronto.
- ¿Es que vas a decirme tú lo que puedo o no puedo hablar?
- Vas a hacernos morir de risa si sigues bramando como una mujerzuela. Pues ríe hasta que se te llene la boca de arena y te ahogues.
- No tientes al Creador, hermano, el Altísimo sabe lo que se hace.
Da un brusco tirón a la brida y se retrasa, “Salam Alaikum”, masculla.
Este es otro Sáhara. Sólo se ve suelo y arena, y los hombres marchan
dormidos como si soñaran mientras a su alrededor chilla de forma humana la
Mandrágora, que borra las huellas en cuanto levantan los pies. ¿Quién puede decir si
caminamos? Les ordeno agruparse para que no se pierdan, pero no insisto porque el
viento es más fuerte y puede arrancarlos del suelo como a las cimas, y es más cuerdo
marchar en grupos ante la posible proximidad de los sudaneses, a los que en este
medio no podríamos resistir a pesar de la superioridad de nuestro armamento. No hay
agua, no hay cielo, no hay nada, y no se veía un solo lugar que pudiera ofrecer
refugio. Durante el día el viento era fuego y el terreno casi blanco, por el efecto
intenso del sol que se comía las sombras, y en otros momentos rojo, a causa de
nuestros ojos llagados a los que no podíamos dar crédito. De noche la atmósfera era
transparente en las alturas, pero fuera día o noche, el viento barría la arena en tal
medida que, no pudiendo sostenerla mucho tiempo en el aire, por las oleadas que se
sucedían rapidísimas, caía y se amontonaba en grandes cantidades amenazando con
sepultar la caravana. Los caballos se hundían hasta las rodillas y, si se mantenían
erguidos, lo hacían por el soporte de arena que se almacenaba bajo sus panzas. Había
que guardar la boca y los ojos tapiados y cuidar mucho de no extraviarse porque se
caminaba a tientas. Estaba furioso. Nadie es Dios en este desierto sino el Desierto
mismo y el camello, que elevado perpendicularmente defendía la cabeza de los
guijarros y de la parte densa de la ola de arena, los ojos laterales guarnecidos por
párpados carnosos, los pies hechos a modo de almohadilla que producían huellas
superficiales, las patas largas que les facilita avanzar igual espacio con la mitad del
paso y esfuerzo de otro animal.
Todo hombre que se encuentra en estas soledades con una tormenta es tu
enemigo, sea tu compañero y hermano, si hay hambre que la hay, si hay sed y fatiga
infinitas, que también las hay, y había dado orden a mi escolta de disparar sobre
cualquiera que se acercara embozado a nuestro grupo y sospecharan. Mis granadinos
se habían quedado retrasados y les daba grandes gritos, que se hacían uno con el
viento. Mi mente, del color del sol, se elevaba airada sobre la tormenta, en la que
nada se veía, hacia cielos transparentes, mientras mi cuerpo seguía arrastrándose.
- ¿Cuánto tiempo puede durar la tormenta?
- Al menos una semana.
Al tercer día descubrimos el pozo en buen estado, gracias sean dadas a Dios.
Al quinto, tanto los hombres como las bestias comenzaban a ceder y el que caía
quedaba abandonado a su suerte. Los camellos que llevaban los cañones se tumbaron
en el suelo y no había forma de levantarlos. Se les quitó la carga e intentó hacerles
levantar y fue en vano. Entonces a uno de los camelleros se le ocurrió la idea de
encender antorchas y quemarles los flancos. Hice que le hicieron lo mismo a su mano
izquierda hasta que pidiera perdón y luego continuamos. Hallé al paso tres de mis
grandes cajas en la arena y no pude saber qué había sido de las mulas y de los
portadores, como si nadie cuidara ya de mis efectos. Mi granero volvía a temblar. Le
gritaba a Ghen que nos diera agua y mi voz se perdía. Quería animarlos, me volvía
hacia mis hombres y su respuesta era mirarme de hito en hito y llevarse la mano a la
boca para manifestarme la sed que los devoraba. Reconvenía a los oficiales que
cuidaran la carga y refunfuñaban con un gruñido parecido al de los camellos. El pozo
lo habían emponzoñado y a media tarde del sexto día cayó Mariam sin conocimiento.
Tenía los labios agrietados y la piel de la cara resquebrajada, los párpados retraídos y
llenos de granos de arena, que dejaban los ojos al desnudo.
Fue en ese momento cuando la vanguardia descubrió la caravana de más de
dos mil camellos y quinientos hombres que pasaba en sentido inverso, a menos de un
día de distancia, y les ordené a Ali ben Mostafa y a Mostafa ben Asker que la
detuvieran. Necesitábamos ayuda y el santo morabito que la mandaba, un tal
Abdallah ben Vhajn el-Mahmudi, conocido por mis caídes, gritaba que no tenía odres
para nosotros. Se trataba de ellos o de mi ejército. Mariam veía mi rostro, pero era
incapaz de moverse. Oía mi voz, pero tenía obstruida la garganta. Mostafa El-Torki
quiso reconvenirme sobre las consecuencias del asalto a aquella caravana, que las
leyes del desierto penalizan con la muerte, lo miré y enmudeció. Los caídes a mi
alrededor hablaban y no los oía.
- Se te pagará y que Dios sea contigo -le dijeron y me trajeron la caravana.
Me trajeron agua y se la echamos por el cuello, los brazos y las manos hasta hacerla
tragar algunos sorbos. Tenía la piel tan quebrada que cualquier gesto la rompía, los
ojos le sangraban, la lengua y la boca estaban cubiertos por fuera y dentro de una
capa amarillenta de sarro tan gruesa como una moneda, el cuerpo lánguido y el pecho
atado y sin respiración, de forma que no hubiera tardado mucho en ser del desierto de
no haber sido por el milagro de la caravana, al igual que la mayoría de mis hombres
que iban llegando cada cual por su lado en busca del agua.
Nos había sucedido que el sol deshidrataba las güerbas en el término de unas
horas y que Ghen y sus guías habían perdido el último pozo en la tormenta, siendo el
aspecto de todos tan macabro que pocos hubieran logrado sobrevivir vagando sin
rumbo por entre aquellas dunas y pedregales y en algunas horas más la arena se nos
hubiera tragado. Venían desolados. Bebían veinte veces y, apenas pasada el agua por
la garganta, se les quedaba la boca como si no la hubiesen humedecido y tenían que
raspársela con las crines de las bestias para poder escupir y hablar. El-Mahmudi se
deshacía en maldiciones, gritándome que había una ley que pagaba con la muerte
aquel asalto. Humedecí la boca de mi caballo, monté con dificultad a causa de las
articulaciones anquilosadas y doloridas, que no me obedecían, y ordené que lo
quitaran de mi vista. Ghen se tiró a mis pies enloquecido tras hablar con los de la
caravana.
- ¿No decías que podías guiarte en el desierto por el olfato de las arenas, viejo
bribón?
Habíamos perdido el pozo y nos hallábamos al oeste de Arauán, a tan sólo un
par de horas del pozo más cercano, que se había quedado al oeste. Los guías hundían
los rostros en la arena, no entendiendo qué les había pasado, pero oliéndose la
posibilidad del castigo. Les hice levantar sin enseñarles de momento la espada, como
se merecían, y dimos marcha atrás dirigiéndonos al pozo. El-Mahmudi seguía
protestando e invocando la ley coránica que castiga con la muerte a los salteadores de
caravanas. Era blanco, orondo y grasoso como un obispo e iba vestido como para una
fiesta con un caftán de color crema y ornamentos de seda y oro. Ganas me dieron de
pedirle la bendición porque sólo le faltaba el anillo de pastor.
A causa de la catástrofe hicimos un alto de quince días para que hombres y
animales, que estaban en un estado lamentable, se repusieran. Se veían tamariscos
enanos, pequeñas acacias abrasadas y arbustos espinosos, sin hojas ni frutos, por los
alrededores y, tras aguar, soltamos los camellos que inmediatamente se pusieron a
pastar a pesar de que la tormenta continuaba; luego repusimos las bestias con las de
la caravana y al anochecer dimos una comilona, para la que se degollaron un buen
número de camellos siguiendo el ritual árabe de cortar la yugular y mirar a la Meca
mientras se les degüella. Mariam lloraba y reía, el viento seguía rabioso y, aunque
diezmados en más de trescientos, nuestro dios había sido más fuerte que el desierto,
salvándonos con el inesperado regalo de la caravana. Parte de mis propiedades se
habían perdido, pero teníamos oro, marfil, ébano, cuero, sal y municiones en
abundancia, y mis arcabuceros, entre andaluces, granadinos y europeos, sin contar los
lanceros moros, diezmados en más de doscientos, éramos más de tres mil quinientos
y en conjunto hacíamos el ejército, “Salam Alaikum”, más impresionante, el único
que había atravesado nunca el Sáhara.
Tuve una reunión con mis comandantes y ojeadores de la vanguardia, y
convinimos en que era urgente estar informados sobre la posición del enemigo, que a
estas alturas debía de conocer suficientemente nuestra posición pues habíamos
encontrado las minas de Teghazza abandonadas, donde habíamos visto a dos
caballistas desaparecer en la noche, y los mandamos a las distintas regiones de aquel
reino con el encargo de vigilar sus fuerzas e informar de su número y movimientos;
luego nos dirigimos a la cena que excepcionalmente había hecho preparar con pan de
trigo, cocido en hornos improvisados, y abundancia de vino, la mejor medicina para
levantarles el ánimo.
Los hombres se arrojaban como lobos sobre las pilas de carne, cogían los
trozos más grandes y, para enfriar sus quemados dedos, pues la grasa salía tan
caliente que no se la podía soportar, se los chupaban sin repugnancia. Algunos
desenvainaban sus dagas, pero la mayoría descarnaba los huesos con los dientes o
con la mano derecha, la única digna para los no cristianos, y la engullían a toda
velocidad sin decir palabra, ya que la conversación se hubiera considerado un insulto
contra la calidad de la comida. A los postres de pasas y dátiles secos les fui contando
de grupo en grupo la siguiente historia.
- Prestad atención, mis bravos visionarios, porque el que entienda lo que voy a
decir, por el Dios Altísimo que nos ha salvado, que hará fortuna y será un hombre
feliz y afortunado.
Todos dejaban de beber y de comer y me miraban con los ojos enrojecidos.
- Vamos, suéltala ya, hermano, que perdemos bocado -dijo el-Andalusí.
- Pues bien, se perdieron en el desierto una gacela, un caballo y una tortuga -se
hizo un silencio total en el que sólo se oía el lamento del viento - y el caballo le dijo a
la gacela, uno de nosotros debería ir al pozo más cercano en busca de agua, pero
¿quién? Yo no voy, las arenas y el sol me ciegan y moriría antes de regresar. Pues yo
tampoco, le contestó la gacela, tengo la boca llena de sarro y las pezuñas abiertas,
¿por qué no mandamos a ésta? Eh, tortuga, ve a buscar agua - , le ordenaron.
- ¿Yo? -dijo la tortuga.
- Y la tortuga salió a regañadientes a pesar de que por su olfato era capaz de
orientarse con los ojos cerrados en la tormenta e incluso en la espesa noche. Pasaban
los días y empezaban a temer que la tortuga hubiera perdido el camino de vuelta y le
dijo el caballo a la gacela, pero ¿qué hemos hecho?, ¿cómo hemos podido enviar a
ese torpe y lento animal en busca de agua? También somos zoquetes, seguro que esa
estúpida criatura ha perdido el camino. Y se oyó una voz cercana que decía: Eh,
vosotros, que si seguís insultándome no voy por agua.
Iban a reventar. Les ahogaba la risa y las lágrimas les brotaban como puños.
Los guías y ojeadores, tras el desconcierto inicial, también reían y se tiraban de las
barbas como los soldados. Silbaba el viento, pero las carcajadas y las bromas eran
más fuertes, el vino corría en abundancia y muchos palmoteaban con repentina
camaradería la espalda de Ghen y de los demás guías, mientras otros cantaban
abrazados por los hombros y Uld Kirinfil les contaba cómo eran los pechos de las
doncellas peul, “más suaves que las alas de las mariposas, más bellos, dulces y
resplandecientes que los astros”.
Quería verlos reírse de sí mismos y lo había conseguido. Las lágrimas también
brotaban como puños de los míos. El humor reinaba en la columna y todos teníamos
motivos para estar contentos y desear la marcha con esperanza.
Karabara, 1 de marzo.
Al sexto día de marcha llegamos por fin de anochecida a los alrededores del
Níger, a un punto entre Tombuctú y Gao, que distan entre sí ochenta leguas.
Podíamos haber entrado en Tombuctú, mis espías me aseguraban que no tenía
murallas y que estaba desguarnecida, pero no quise hacerlo por el estado lamentable
de la tropa, que más parecía un hospital de enfermos que un ejército. Habíamos
dejado atrás el infierno tres días antes y, aunque el calor y los vientos no habían sido
intensos, la marcha por la sabana resultaba igualmente penosa debido al cansancio
acumulado, a las noches en vela por causa de las serpientes, que acudían al calor de
nuestros cuerpos, y al molesto kram kram, una especie de broza que llenaba la sabana
y todo el cuerpo de un indiscreto picorcillo, y era imperioso darles un descanso para
acabar con los intensos dolores de cabeza, producto de la insolación y el agotamiento.
También era imperioso dar la impresión de ejército disciplinado, para entrar en el
país songhai bajo apariencias más brillantes, y les hice arreglar la indumentaria.
Nuestra condición distaba de ser buena, había que enterrar a los que yacían sin
pérdida de tiempo, desengañar a los lanceros moros que querían caer sobre la ciudad,
atraídos por el botín, y avanzar por la margen del río en dirección a Gao, donde según
mis espías se concentraba a toda prisa el enemigo.
Monté una vigilancia estricta, con ojeadores por delante a un par de días de
camino, y luego marchamos hacia Gao entre acacias y palmeras dunn, que formaban
auténticos bosques, y al tendemos sobre los albornoces reinaba el silencio, y la noche,
de sobrecogedora belleza, estaba prieta de fuegos de artificio que recorrían la bóveda
celeste como el relámpago. Dice el Profeta que cuando los demonios se acercan al
trono de Dios, los ángeles lanzan estas luminarias fugaces contra ellos para
descubrirlos y darles batalla. El augurio era dudoso para nosotros pero no quise hacer
partícipe a nadie de estas supersticiones. De vez en cuando se oían voces y ganas
daban de ordenarles silencio, los rostros se asemejaban al vaciado de los cántaros y a
mí la garganta se me trababa; al fin y al cabo estábamos en nuestra tierra y el día
siguiente se prometía inolvidable, ¿cómo dormir o silenciarlos?
Antes del alba ya estaba sobre la duna que separa los bosques del río, llevado
por el deseo de contemplarlo. Los camellos tumbados en la oscuridad sobre sus
vientres semejaban rocas. Los árboles a mi espalda formaban barreras de protección
contra el desierto y, en frente mía, el río, opulento y lujurioso, ¡Dios, qué majestad!,
extendiendo la heredad por una llanura a la que no se le veía fondo.
Los hombres despertaban. Cristo de los Santos había pasado la noche
hablándole a uno de los conductores de aquellos camellos sobre las delicias del
paraíso cristiano y cuando ya lo tenía convencido y se frotaba las manos, creyendo
haber ganado un alma para su cielo, el musulmán le había preguntado tras un
momento de reflexión si en aquel paraíso cristiano encontraban fácil pasto los
camellos, ¿qué podía decirle al muy animal? Se oían voces y distinguía cada palabra
con claridad. Minutos después el gran río se abría paso con majestad entre zonas
arboladas e islas tranquilas, multiplicándose en brazos como una deidad nutricia.
Todo lo que llenaba la vista eran zonas cultivadas de arroz, mijo, cacahuete, algodón
e índigo por el color, ¡Dios sea loado!, tenía que morderme los labios para evitar las
lágrimas, aves por millares, marabúes, pelícanos, pescadoras, pintadas por cientos y
nidos por millares entre los árboles, siendo cada uno de aquellos árboles un inmenso
criadero natural tan copioso como los frutos de aquella tierra. Aunque fuera tan
elocuente como César y mi pluma más dócil, sería incapaz de describir lo que sentía,
porque aquello era el Edén. Habían sido cien días desde Lektava, de donde habíamos
salido ya cansados, y ciento cincuenta desde Marrakech, marchando por hamadas y
arenales hasta recorrer las mil leguas o el equivalente a cuatrocientos lugares que nos
separaban de la capital sin ver un alma, y ni mi voz ni mi rostro se reconocían ante
tamaña abundancia de vida. Al salir del desierto cualquier árbol parecía un Edén,
¡Dios, qué milagro es la vida!, porque su visión parecía excesiva.
Se acercaron mis comandantes, cada uno mirándose en los ojos del otro, y se
quedaron mudos a mi espalda.
- Jamás creí que hubiera ríos como éste -dijo el-Torki.
Nos quedamos largo tiempo enmudecidos, porque ni los árboles que
levantaban por encima de las palmeras ni los brazos de agua, grandes como ríos, eran
un espejismo de la luz y de las arenas y todo parecía demasiado hermoso para ser
creíble, con el paisaje abierto hacia el sur en una enredadera incalculable de islas y
verdor. Quería hablarles, pero me hallaba tan cansado y tenía la imaginación tan
afectada por lo que veía, que sólo deseaba un baño después de tanta marcha, pues
hasta el pensar dolía y, en cuanto di la orden, todos corrieron a arrojarse en el río, los
hombres vestidos y las bestias al desnudo, costando mucho tiempo y esfuerzo
hacerles salir y perdiéndose algunas vidas por no saber nadar e ir el río muy profundo
y con cocodrilos.
Aquel día anduve con calenturas, efecto sin duda de la tensión, y a media tarde
marché con Alonso y Mariam río arriba, seguidos por la escolta, en busca de un lugar
tranquilo. Nos llegaba el tumulto de los hombres, que tocaban música en grupos,
cantaban y bailaban. La tierra era fértil y estaba bien cultivada, las sementeras de
sorgo bellísimas y las praderas soberbias, con abundancia de pasto y de verduras que
mirábamos como un don del cielo. Pero ningún habitante a la vista. Se veían casillas
de barro, que semejaban pequeños cubos. Sin duda se habían ocultado en la espesura,
y sólo al cabo de algunos días empezaron a aparecer, portando unos pescados, que
allí son muy abundantes y llaman shebel, de gran parecido al salmón o a la carpa
gigante aunque más grandes, y a cambio les dábamos sedas, azúcar, café, té, sal y
telas de colores, muy apreciadas por sus mujeres. Había dado orden de darles buen
trato y lo cumplía con mi ejemplo personalmente.
La mal definida suerte, mal definida porque en toda empresa humana hay una
parte que es suya y otra no muy considerada, llamada voluntad, nos había sonreído y
mientras de la primera no se debe esperar gran cosa nada es imposible a la segunda
para el hombre que quiere, como habíamos demostrado. Destacamos un equipo para
capturar algunos bueyes de cornamenta desmesurada que se veían en abundancia por
las praderas y aquella noche celebramos un festín con aquella sabrosa carne a orilla
del río. Los hombres no habían encontrado muchachas jóvenes, pero los cuerpos
columnarios de las mujeres de edad que veían, peul y songhai, adornadas con trenzas
finas y apretadas, les hacían soñar y hablar sin descanso de la belleza de sus hijas. Al
acabar la cena, el color del agua era cambiante y el verde se hacía amarillo y el
amarillo se convertía en un dorado muy parecido al polvo de las arenas al caer la
tarde.
- Más arriba debe de haber oro -especulaban mis comandantes mirando al
agua.
- No sé si hay oro -les dije interrumpiendo su ensoñación-, para mí el mejor
oro está en este río y en estos campos y bosques.
Me miraron pensativos y todos nos dormimos con el pensamiento de cómo
serían esas tierras de más arriba donde, según los del lugar, vivían gentes
completamente vestidas por el polvo y las láminas vírgenes de tan rico metal.
AÑO 999 DE LA HÉGIRA
Relación de Cristo de los Santos de
cómo fue la batalla de Tondibi y de la
posterior conquista del Reino de Gao y
Tombuctú
14
25 de abril de 1591
No éramos muchos, pero todos bien unidos a Yuder que, aunque pequeño de
estatura, como su nombre indica en árabe y de pocas palabras, era el caudillo perfecto
para una columna de hombres rudos y dispuesta a todo, sin apego a sus vidas y
siempre con la sangre en las manos, de forma que herir o matar para ellos era cosa
efímera, así como vivir o morir, y todo consistía en marchar adelante sin
preocupaciones de carne, ni en los más robustos, hombres y bestias, por haber
ordenado nuestro comandante que se les introdujeran piedras en las vaginas a las
camellas. Era un hombre tranquilo, que mandaba más por su saber que por su
energía, aunque ambas cosas van unidas en él como la sal y el agua, y nos conducía
de forma natural y sobria, sin hacerse notar y sin que pudiéramos chocar con su
soberbia como con los otros caídes, que suplían su falta de ideas con la fuerza de sus
gritos, demostrando ser un guía y un profeta aunque sin sobrepasarse nunca en las
esperanzas. El-Torki por ejemplo confiaba tanto en su Dios que dejaba en barbecho
su sentido militar, pensando que él sólo podía luchar con mil hombres, y así con los
otros caídes, que al faltarles el pensamiento castigaban con el alfanje de inmediato y
sin apelación posible. El-Andalusí tenía el seso en la bragueta y montado en su
corcel, parecía un hombre de metal, porque le resbalaban las heridas y era el propio
para romper al enemigo. El-Feta andaba al natural con pasos de avestruz y descollaba
en el pensamiento como un camello en un paisaje sin arena. Los hermanos el-Amri
servían para lo que servían. Tenían nariz de aves de rapiña, más propia de judíos, y
unos anteojos tan largos que en cuanto un hombre desataba su pensamiento
inmediatamente conocíamos sus desatinos en los servicios de espionaje. Tan sólo los
caídes Ahmed ben Yusef, Alonso, bautizado por Yuder con el nombre de Alí ben
Mostafa el día de su boda con Mariam -que no quería llegar a la batalla sin ser
casada- y Ahmed ben el-Haddad, su segundo, eran hombres razonables y temerosos
de Dios, pero más útiles para el diálogo que para la guerra, aunque Yuder a todos les
sacaba partido.
Pues bien, con esta calaña y sin entrar en Tombuctú, primera tierra de aquel
reino que habíamos pisado y donde estaba el oro que se traía a Europa, y a media
jornada tan sólo de Karabara, nos salieron a reconocer un grupo de caballeros árabes
en dromedarios y portando dardillos, llamados Guzarates o tuareg, que dicen ser
grandísimos guerreros y también ladrones, como lo son de natura todos los árabes, y
los arcabuceros de el-Feta les dispararon algunos escopetazos con gran disgusto del
comandante que no quería mostrarles tan pronto nuestras armas de fuego-, ahuyentándolos.
Se reconoce la ligereza de esos animales, un poco más altos, delgados y
cenceños de barriga que los camellos, por el tiempo que duermen en naciendo.
Porque dicen que aquel que duerme más días, más ligereza tiene al andar, y que
camina en una jornada todos los días que duerme, que pueden ser siete. Al-Mansur
tenía uno que hacía en una de estas jornadas Marrakech-Fez, Fez-Marrakech, que son
setenta leguas.
Más adelante encontramos a un grupo de mujeres, con niños a la espalda,
como en refajo, y una oscilación muy provocadora de vientres, por la costumbre que
tienen de llevar bultos sobre la cabeza, que eran grandes calabazas y, los hombres de
el-Andalusí, con él al mando, se metieron con ellas y tuvo que intervenir nuestro
comandante para que las dejaran libres, haciéndoles muy buen tratamiento y
regalándoles lienzos y pañuelos de seda. Poco después hallamos cuatro negros muy
malheridos, sin duda por aquellos Guzarates, con cartas escritas por el rey de Gao a
los jeques principales en las que les ordenaba que procurasen cegar los pozos de agua
para que la gente de Yuder no tuviese qué beber, cosa que explicaba parte de nuestras
dificultades del camino. El-Andalusí quería cortarles la cabeza, pero Yuder les hizo
muy buen tratamiento, les dio vestidos y botones colorados, y luego echó un bando
que, so pena de la vida, no se maltratase a ningún negro que no pelease y así lo
hacíamos.
Por ellos nos enteramos de la confusión que reinaba en Gao, donde el askia
había mandado correos a todos los rincones del reino, para que acudieran prestos en
defensa de la capital, y que celebraba consejos de urgencia. No entendía que no nos
hubiéramos volatilizado en las arenas y nos comparaba a los moscones que pican a
los bueyes y que éstos matan con el látigo de su cola. Sus generales querían levar
rápidamente cien mil hombres para salirnos al encuentro, pero él les dijo que era
preferible acosarnos desde la sombra, para no alarmar a la población, y que sus
piragüistas se la bastaban para echar de sus tierras a ese puñado de indeseables.
- Cuando el león se desliza sobre las altas hierbas, la gacela no sabe que está
muerta. Sólo si tienen la audacia de aproximarse a mi ciudad saldremos a terminar lo
que el desierto ha comenzado.
Todos rieron la salida y no decretó la movilización de tropas que le pedían.
Tres días después le presentaron a un joven Targuid, el único que al parecer había
quedado de nuestro encontronazo con los Guzarates, y su relato les llenó de pavor,
pues les contó que sus compañeros habían caído de sus monturas, como fulminados
por un rayo y envueltos en sangre, sin que les hiriera lanza o jabalina y apreciándoles
tan sólo unos diminutos agujeros que les quemaban como el fuego. Otro de los
piragüistas negros, llevado rápidamente ante el consejo real, contó igualmente cómo
habían caído fulminados al agua la mayoría de sus compañeros bajo una lluvia de
fuego y hierro, para ser rápidamente devorados por los cocodrilos. La magia de los
hechiceros no les explicaba razonablemente aquellas muertes y el askia hizo llamar
de Tombuctú a su sabio más renombrado, un hombre taciturno, llamado Ahmed
Baba, quien les explicó que los renegados europeos del ejército de Al-Mansur habían
traído del otro lado del mar unas armas nuevas, llamadas fusiles, en los que se
introducía un polvo negro, que dicen pólvora y que se hacía fuego y lanzaba a
grandes distancias diluvios de plomo. También les explicó que existían armas mucho
más mortíferas que aquellos fusiles y que lanzaban balas más grandes que la cabeza
de un hombre, pero que creía que el ejército de Yuder no las tenía por ser muy
pesadas y difíciles de transportar por el desierto. Inmediatamente, y en contra del
criterio de Ahmed Baba que le aconsejaba parlamentar con Yuder, el askia dio la
orden de reunir todas las lanzas, flechas y jabalinas que había en el reino y
concentrarlas en Tondibi, hacia donde nos acercábamos.
Seguimos la marcha por el río y de pronto la tierra era árida, árida, a nuestra
izquierda, y con grandes piedras y desfiladeros en el río, que allí llaman de Tosaye,
donde vimos hipopótamos y lagartos. Más adelante entramos en unos bosques junto
al río, siempre sobre la ribera en la que está asentada la ciudad de Gao y, estando una
noche alojados en estos bosques, vinieron de la otra parte del río grandísima cantidad
de negros en barquillas y, desembarcando sin ser vistos, acometieron el campo de
Yuder con grandísimo ánimo y voces, disparando gran cantidad de flechas y matando
a cuatro, de los arrancados por Yuder a la Sajena, e hiriendo a ocho. La mosquetería
dio algunas cargas matando a muchos y haciendo retirar al resto al otro lado del río,
donde no los podíamos seguir. Traían las flechas hierba y se les acudió con el
remedio del tricornio y la triaca, librándose así de aquel peligro.
Este río es muy grande. Dicen que atraviesa la Guinea y que nace en unas
montañas junto a Egipto. Los moros lo llaman Nilo porque tiene las propiedades de
aquél en lo de crecer en el otoño y alargar los campos que están alrededor formando
grandes lagos, y hállense cocodrilos o lagartos que se comen a los negrillos cuando
los pueden coger, como les había sucedido a los de la última escaramuza. También lo
llaman Bahar, que quiere decir mar, por la grandeza que tiene, y que es de dos leguas
de ancho en Gao y de tres brazas de hondo, corriendo por estos lugares hacia el este y
entrando en el mar por dos bocas, en medio de las cuales se hace la isla de Cabo
Verde, donde los portugueses van a la contrata de negros.
Caminando más adelante, una serpiente busha, de color negro y de siete u
ocho pies, con la cabeza muy pequeña que expande cuatro veces cuando ataca, se le
tiró a un francés gabacho, llamado Morot, desde una distancia muy larga, y le
produjo una herida pequeña que al punto se le ennegreció y le corrió el cuerpo,
viniendo a morir en poco tiempo sin más auxilios y en medio de grandes
obscenidades. No habíamos visto apenas animales, salvo aves en la mayor parte de la
travesía, y al entrar en el Edén nos salía la serpiente. También nos salían mujeres,
pero sin juventud y sin que supiéramos dónde ocultaban a las niñas de diez en
adelante porque no encontrábamos ninguna en las cabañas cilíndricas de arcilla y
paja que tenían, y era un gran misterio que no nos explicábamos. En el río había
muchas islas habitadas y los soldados de Yuder hicieron balsas con odres y otras
cosas y pasaron a una de ellas ocho arcabuceros, pero los negros habían huido con
sus hijas, mujeres y el oro a otras islas, no hallando más que arroz, manteca y miel, de
la que son grandes productores, y algunos cuartagos pequeños que trajeron para
provisión del campo.
De allí, siempre seguidos por una espesa escolta de mosquitos, que son aquí
pesadísimos, hicimos la curva del río por un lugar llamado Burem y nos acercamos a
Gao, la capital, todavía a veinte leguas, y sabiendo Yuder por los espías que el rey
negro estaba acampado cerca para pelear, le envió el siguiente mensaje:
Yuder Pacbá, nativo de Cuevas en el reino de Granada y comandante
supremo de los ejércitos de Mulay Abmed de Marruecos al Askia Il.
iDios sea loado! Habéis explotado tú y tu padre, el Askia Daud, las salinas de
Tegbazza el-Gbozlan sin el permiso y el reconocimiento, que como descendiente del
Profeta, Jerife de los ejércitos del Islam y legítimo Señor de todos los moros, le
corresponde a mi Señor, Al-Mansur, y he venido en su nombre y con la protección
de Dios para que bagáis de buen grado lo que be de hacer por la fuerza, si no
queréis ser causa de la muerte de muchos de los vuestros. Pues, entended, que no
traigo la guerra a tus tierras, que también lo son de mi sultán, y que vengo a que
aceptéis pacíficamente su autoridad y se restablezca así una injusticia, cosa que si
reconocéis os ba de traer honras y mercedes y que, si no, vais a pagar con la vida
porque sé cómo venceros.
El negro leyó la misiva y, entendiendo que el alcaide escribía esto por miedo
y por verse perdido al estar tan adentro con tan poca gente, no lo quiso hacer y le
mandó otro mensaje en el que le decía que sus palabras eran como la arena, que el
viento se lleva, y que acababa amenazándole con el castigo de la inmersión en tierra
para él y sus comandantes, “por la impertinencia de venir a mi reino sin causa y sin
que él le hubiera hecho ningún motivo”.
Al día siguiente llegamos a la vista de donde tenían el campo y vimos con
ánimo encogido y apagado un gentío que hacía pensar en el día del juicio final,
porque eran más de cuarenta mil hombres, ocho mil de ellos a caballo aunque con
corceles pequeños y con lanzas, aunque pocas, mientras el resto traía dardillos y los
de a pie eran flecheros.
Determinó Yuder darles la batalla al otro día y, para que sus hombres fueran
sin la menor duda de ánimo y con la mejor disposición, pues parecían fascinados por
el espectáculo ensordecedor de los tam-tam y de tantas hogueras y voces, les dio
aquella noche veinticuatro mil onzas de oro de las suyas y les prometió el saco de
Gao. Les dijo en un discurso:
- La mayoría de nosotros nacimos cristianos y nos bautizaron, pero hoy somos
soldados de Dios. . .
- ¡Dios sea loado! -le corearon.
- . . . nuestro jerife nos ha dado un país que conquistar en su nombre, cosa que
haremos, pues aunque nuestros enemigos son muchos, nosotros somos superiores en
armamento y mañana el Sudán y el oro de Tombuctú serán nuestros.
- ¡Dios sea loado!
- ¡Que su Gracia sea con nosotros y nos proteja! ¡Gao os pertenece!
- ¡Dios sea loado y nos dé victoria sobre nuestros enemigos!
Luego repartió el oro en medio de un gran alborozo y dividió a su gente en
seis escuadrones, colocándolos en lo alto de la duna y con el río a la espalda para que
los enemigos no le pudieran rodear y, poniendo a los renegados europeos a la derecha
al mando de Ammar el-Feta, a los granadinos a la izquierda con el-Andalusí al frente
y la caballería en los dos flancos, derecha e izquierda, él se colocó en el centro junto
a los tiradores ingleses que manejaban las piezas de artillería, puestas en carros.
Nuestra suerte estaba en las armas de fuego y para que los guerreros negros creyeran
que lidiábamos con las mismas armas que ellos, colocó enfrente a los marroquíes con
sables y picas, dándoles la orden tajante de echar la rodilla en tierra y bajar la cabeza
en cuanto el enemigo se acercara.
La temperatura de la noche era suave, casi tan perfecta como la de Tombuctú,
y amaneció calladamente, salvo por los tambores y el vocerío de las ranas. Era el
doce de marzo, un día primaveral con la flor amarilla en la acacia y el blanco nenúfar
coloreando la marisma de Tondibi. En la cabeza del ejército enemigo nueve mil
negros, trabados voluntariamente para no huir y que por ser los más valientes y
altivos les tocaba el peor lugar; luego venía la caballería, cubierta con mallas y
caparazones de acero al estilo medieval, y los infantes, que sobrepasaban a los
nuestros en cien a uno, y al final el askia Ishaq sobre una plataforma, envuelto en un
manto blanco y con un hacha al hombro, dando órdenes a sus hombres para que
lucharan con coraje. En lo alto de la sombrilla estaba la media luna, insignia también
de los askia. Yuder lo vio y, decidido a darle cara, adelantó animosamente a sus
escuadrones hasta el punto en que podía hacerles mucho daño con la arcabucería, sin
que las flechillas alcanzaran a los nuestros y, al ordenar fuego a discreción, se alzó de
las filas enemigas un horrendo griterío. El cálculo de Yuder había sido acertado y
poco después los negros se retrasaban arrastrando a sus muertos.
En ese instante, Yuder les ordenó a los artilleros lanzar sus bolas desde lo alto
de la duna sobre la caballería y la retaguardia del ejército, con la esperanza de que el
terror y la superstición se apoderaran de las filas enemigas y abandonaran el combate,
y a punto estuvo de lograrlo. Por las colinas negras a la derecha apareció, envuelta en
una espesa nube de polvo, la masa ingente de millares de bueyes cornilargos que en
formación compacta se abalanzaban en estampida sobre nosotros, y sus órdenes
fueron tajantes. Había que obrar con los bueyes al igual que se había obrado con la
vanguardia enemiga, y los marroquíes echaron la rodilla en tierra, dejando hablar a
los mosquetes y cañones, que rápidamente levantaron una barrera monstruosa de
reses muertas que el resto del ganado no pudo franquear. El askia nos había echado
encima una inmensa cantidad de ganado, con la idea de desbaratar nuestras filas, pero
la barrera de muertos levantada por la mosquetería y el ruido de los cañones, que
sonaban por primera vez en el cielo del Sudán, les hizo volver grupas aterrados, y la
estratagema se volvió contra él; pues las bestias enloquecidas por la mosquetería y el
estallido de las bolas empezaron a sembrar el pánico y la confusión entre los mismos
que las empujaban y, en un abrir y cerrar de ojos, la caballería enemiga huía en
desbandada mientras la arcabucería y nuestros cañones seguían haciéndoles daño.
Era la hora de los jinetes. En el campo enemigo quedaban los nueve mil
trabados que portaban brazaletes de oro, cual si hubieran ido a una fiesta y que, por
no poder huir, casi todos fueron degollados, mientras la armada de Yuder seguía
intacta. Quedaban grupos sueltos aquí y allá a los que los príncipes, brujos y
marabuts daban gritos furiosos para que no huyeran, diciéndoles que los de Yuder no
eran más que un cuerpo insignificante y sin vida, y quedaba la élite personal del
askia, compuesta de varios miles, y que con la rodilla en tierra les lanzaban
innumerables dardillos. Nuestra caballería los fue persiguiendo hasta la colina de
Tondibiki y allí dio buena cuenta de todos.
Por la inmensa llanura erraban toros a la deriva y grupos de hombres del askia,
que no sabían cómo escapar a la carnicería. Uno de estos grupos, mandado por un
joven negro de gran corpulencia y con la cabeza rapada, sorprendió una de nuestras
alas apoderándose de una de las banderas más bellas, la del Yuder, y que clavó en lo
alto de su lanza blandiéndola como un trofeo. La sorpresa duró escasos minutos.
Cesaron los disparos y de nuestras filas surgió Azán Ferrer, renegado griego y alcaide
de los europeos, y que se llegó al negro como un centauro. Los dos bravos se
fundieron, decididos a matar. Azán amagó el primer golpe y ambos se alejaron al
galope para tomar impulso y volver a unirse. Ya en carrera, el negro le lanzó la
jabalina, que la cabeza de Azán evitó por centímetros y al pasar a su lado le acertó un
fuerte golpe de mango que lo derribó del caballo. Todos los nuestros soltaban el
aliento mientras al enemigo se le congelaba el suyo en las venas, al ver que el
cristiano se acercaba a su contrincante y descendía del caballo como si lo fuera a
atravesar, cosa que no hizo. El sudor corría nuestros cuerpos y empapaba las palmas
de las manos, porque le permitía coger la jabalina y le decía con gran calma: “Mira
esta lanza, hermano, que la próxima vez la verás clavada en tu costado”, como así
fue. Volvieron a la lucha, el acero de Azán, parando golpes por alto y por bajo que
zumbaban como meteoros, y en el momento en el que se lanzaba sobre su cuerpo,
Azán lo ensartó por un lado, atravesándolo de parte a parte.
Durante unos instantes el negro se mantuvo en pie con las manos en la lanza y,
al caer tendido de bruces, los nuestros corearon al griego y luego continuaron la
carnicería, hasta que a media tarde Yuder mandó parar el combate. El askia y el resto
de sus tropas habían huido al otro lado del río, sin llegar a conversaciones como
Yuder pretendía. El sol comenzaba a descender y Yuder permitió que sus hombres
recorrieran febrilmente el campo, sembrado de cuantiosas joyas en todas direcciones,
brazaletes y anillas de oro, bordados, armas, caballos y en la tienda del askia la
riqueza de sedas, plata y oro nos dejó asombrados.
La noche no fue fácil para nuestro comandante, que hubiera preferido no ver
aquel despojo tan cruento de miles de guerreros masacrados por no poder huir y a sus
hombres cercenando dedos y brazos con el sable para hacerse rápidamente con el
botín. No era este final el que había deseado y de ahí que retardara una semana la
marcha sobre Gao, cuyo saco también les había prometido a los soldados, para dar
tiempo a que los viejos, las mujeres y los niños atravesaran el río y evitar nuevas
masacres.
De allí partimos a Gao, que era una ciudad sin defensas, y encontramos una
villa muerta y con muchas de las casas principales incendiadas. Todos habían querido
huir. El rey tenía sus treinta barcazas al otro lado del río y la flotilla restante,
compuesta de unas trescientas barquillas, de comerciantes, pescadores y cultivadores
de arroz de las islas, habían sido tomadas por asalto o habían ido tan cargadas de oro
que muchas de ellas se habían ido al fondo y sus habitantes presa de los muchos
cocodrilos que allí había. Se decía que la marea roja de su sangre llegaba a Ansongo,
una villa muchas aguas abajo, y la verdad era que no se veía otra cosa que ancianos,
mujeres pobres y niños de piernas esmirriadas, que fueron los que nos salieron a
recibir, junto con el alcaide, con cara ajada de viejo, como si hubiera trabajado en el
campo toda su vida, pidiendo paz. El rey se había refugiado al otro lado de la duna
Rosa, donde tenía establecido su cuartel general y, tras colocar una barrera de
ojeadores en su ribera, había ordenado que ninguna piragua volviera a la ciudad,
dejando la defensa del río a los cocodrilos, que eran sus mejores guardianes.
Así las cosas, nos salió a recibir el alcaide, Khatib Mahmud Darami, que era a
su vez predicador de la mezquita que allí llaman Tumba de los Askia, rodeado de
viejos y de un gran gentío pobre que venían con él a solicitar clemencia, y Yuder
mandó que no se les hiciese daño. Sus voces producían el efecto de un enjambre de
abejas. Intercambiaron saludos en los que mezclaban bienvenidas, la justicia de Dios
y la salud de propios y extraños, y luego Yuder, por deferencia con los ancianos, se
bajó del caballo y dejando atrás su escolta abrazó a aquellos viejos y, tras un breve
parlamento con ellos, ordenó que sólo se saqueasen las casas de los que habían huido
con el rey y que repartió entre nuestra gente.
No se halló en ellas gran cosa de provecho pues Gao no era, a todas luces, la
villa opulenta que habíamos imaginado, por haber huido y embarcado los que tenían
mucho que ocultar con su oro y mujeres al otro lado del río, en lo que llaman Gurma.
En el zoco se vendía desde patas de ave a cueros de cocodrilo y otras porquerías que
no servían para nada. Todo lo más había provisiones de arroz, manteca, miel y carne
seca y, no obstante, los hombres quedaron contentos con el peso que llevaban y la
promesa de más pillaje, viviéndose una noche prodigiosa en la que se compartió el
festín con la gente, se intercambiaron canciones, se salmodiaron versos del Corán y
nuestros soldados bailaron con niños y mujeres el tam-tam, que es una música loca
que echaba muy al traste la seriedad religiosa de aquellas gentes, y en especial de sus
mujeres, como rápidamente comprobarían la mayoría de nuestros soldados. Les
pellizcaban las mejillas o el culo con los dedos y ello les provocaba enormes
carcajadas, ¡un espectáculo para ver casi tan grande como la curiosidad que suscitaba
Mariam entre ellas! De esclavos habíamos pasado a ser los dueños del mundo, con
más de una docena de servidores, cien chiquillos por lo menos cada uno y los
soldados las mujeres que querían.
Yuder mientras tanto parlamentaba con los viejos y, cuando le dijeron que
venía a verlo el renombrado sabio de Tombuctú, de nombre Ahmed Baba, se levantó
del suelo y, manifestando deseos de conocer el palacio de los askia, dijo que lo
recibiría al día siguiente en él y ordenó que le abrieran las puertas, cruzándolo con
mucha majestad delante de numerosos testigos que lo saludaban con vivas. No
hallamos en aquellos compartimentos altos, de tierra seca y bruta, el oro que da
renombre a estos reyes, pero sí algunos vislumbres, brocados de oro y seda en las
paredes y muchos cojines y esteras, aunque de esparto y cáñamo, que en absoluto
compensaban las enormes pérdidas que había supuesto la expedición.
Nada notable se podía admirar en Gao, con la excepción de los bosques y el
río de tanta agua, que nuestros padres hubieran envidiado, y de aquella mezquita o
tumba real, que más parecía una pirámide. No había gozado de grandes arquitectos y
tampoco parecía haber tenido grandes teólogos, pues tal como se comportaban sus
mujeres el Dios moro no había calado en sus costumbres. Tampoco había tumbas de
santones y todos llevaban grigris y otros fetiches en los que parecían creer y que
colocaban en las tumbas de sus muertos, que habían sido muchos. Entre los más
sobresalientes, caídos en la batalla, estaban el hijo del askia Mohammed; BukaMeryama, jefe de Masina; Ali Yavenda y Ben BokarKirin, de los que todos hablaban
y, entre la gente llana que no había participado en ella, varios cientos que habían
perecido en las fauces de los cocodrilos, al arrojarse a las barcas o al hundirse con el
mucho peso que llevaban, perdiéndose tal cantidad de oro que sólo Dios sabe su
valor.
Al día siguiente vi al sabio de Tombuctú, Ahmed Baba, venir hacia nosotros.
Iba vestido con una túnica larga y un pantalón de color ceniza, muy amplio, y era un
hombre inmenso por su talla y envergadura, con una barba rala medio gris y un
bigote largo algo oscuro y, al entrar, llenó la espaciosa puerta del palacio en que
estábamos. Tras las salutaciones y parabienes de rigor, que entre estas gentes son
obligatorios y muy largos, quería convencer a nuestro comandante de que no
podríamos con un país, que preferiría la revuelta permanente a nuestra sujeción, y
Yuder le contestaba que su ejército había hecho lo más difícil. Le argumentaba que
una cosa era su conquista, por demás brillante, y otra prever las consecuencias de la
aventura, con un ejército muy diezmado por el desierto y la guerra, y Yuder le
contestaba que conocía su reputación de hombre justo y temeroso de Dios y que por
eso lo respetaba. Ali ben Mostafá entonces le sugirió por lo bajo la conveniencia de
tal parlamento y Yuder le preguntó si el askia estaría dispuesto a reconocer al imán
supremo de Marrakech y Ahmed Baba le dijo que, respetando la vanidad propia de
los monarcas, la fraternidad del Islam reconocía estos signos de estima y respeto
entre soberanos y que no veía ninguna objeción en tal reconocimiento, a lo que Yuder
le contestó que las minas de Teghazza eran de su califa, así como todo tipo de
privilegios en el comercio y un tributo excepcional que compensara al Imán de los
Creyentes por las pérdidas habidas. Ahmed Baba le dijo que el askia preferiría la
muerte a la pérdida de sus minas.
- La batalla de momento parece haber anunciado el fin del sol - le dijo Ahmed
Baba-, pero gracias a Dios Misericordioso y a su Profeta, ya que éste es un pueblo
viejo que ha conocido muchos males, sabemos que vivirá siempre y que nos basta
con esperar al otro lado del río, donde aguardan nuestros jefes y bravos.
Yuder le contestó que él también conocía el arte de la paciencia y construir
barcos si era preciso, para ir a sacarlos de su escondite, y quedaron en que ambos
necesitaban consultar la otra parte antes de aceptar el compromiso, cosa para la que
se llevó una piragua con la mitad de remeros songhai y la mitad nuestra.
Siendo marzo hacía un calor más pegajoso que el de Sevilla en agosto y
sudábamos como cerdos. La gente parecía siempre cansada y sólo mirarlos cansaba.
En aquel clima abrasador, el río servía para todo. Se levaban y se hacían en él, y
luego bebían su agua. Nuestros hombres empezaron a imitarlos y al poco tiempo
empezaron a morir como chinches, veinte en una semana, de forma que si seguíamos
allí el clima haría lo que no habían hecho las armas, por causa de los mosquitos, de la
viruela y de otros males. Morían tantos y tan rápidamente que puso en gran terror a
los capitanes, el mismo Yuder había caído enfermo, y todos comprendimos que las
razones de aquel clima tan mortífero eran más fuertes que las palabras del sabio y la
posible cólera del califa. Los síntomas eran varios y Juan de la Victoria no sabía
cómo combatir la peste a falta de quinina. Empezaba el mal por fuertes jaquecas e
inflamaciones y la garganta se les volvía rojísima, la respiración dificultosa, las
barrigas se hinchaban y se ponían moradas y blandas como ciruelas maduras, y
cuando entraba en el estómago acontecían los vómitos de bilis negra, la debilidad, las
convulsiones y la muerte. Los hombres no valían ni para correr tras las muchachas y
comprendimos que nos convenía el acuerdo. En poco tiempo se nos murieron
cuatrocientos, para los que abrimos un cementerio junto a la tumba del askia, donde
se les enterraba inmediatamente y sin consentir que nadie los tocara por temor al
contagio. Muchos dejaban voluntad de que sus cuerpos fueran metidos en el hoyo
con la cabeza en dirección a la Meca y algunos me encargaban una oración.
- ¿No te gusta este lugar? - me gritó Yuder con despecho -, en ninguna parte
podrías impartir más bendiciones y salvar más almas.
No se lo tomé en consideración. Tosía y se ahogaba como si tuviera lija en la
garganta. Le hervía la frente como un puchero y, como nada funcionaba, tenía como
el resto el ánimo encogido; porque no quería ni pensar qué sería de nosotros sin
nuestro comandante.
Peor suerte corrían los animales de los que perdimos varios miles por causa
del espesor de la piel que les impedía, al no poder respirar por ella, arrojar fuera la
maldad de la sangre.
Así las cosas, el askia, cuando el sabio le anunció las condiciones del andaluz,
montó en cólera y le dijo que incendiaría los bosques por los que pasáramos y luego
nos echaría a las ortigas.
- ¿Y cuando hayas incendiado nuestros bosques sagrados, qué quedará de
nosotros? -le dijo el sabio con gravedad-. Somos nosotros los que hemos destruido
nuestra propia patria y ahora deberíamos rogar a Dios ardientemente para que nos
enseñe la forma de preservar el legado de nuestro antepasados.
- ¿Y qué me propone nuestro sabio Ahmed Baba? - le preguntó el askia.
- Ceder para ganar tiempo y entregarles a las más bellas hijas del país, como
siempre se ha hecho hasta calmarlos.
El askia estalló en carcajadas mientras palmoteaba la mano derecha del sabio,
que él tenia cogida con su izquierda.
- ¿Y perderán así fuerza sus cañones?
- Nuestras mujeres son muy sabias.
Fue después de esta conversación cuando Ahmed Baba volvió a Gao, donde
fue recibido por el fiel Ali ben Mostafa, marido de Mariam, al que Yuder le había
dado el mando de la villa, con la propuesta de que el askia aceptaba todos los
compromisos, ofreciéndole el bello regalo de mil esclavas para el jerife, más el
comercio prioritario de la sal y cien mil piezas en oro, por las pérdidas sufridas, a
condición de que dejáramos de inmediato la capital. Alí ben Mostafa así se lo
prometió y, tras la conversación, marcharon juntos a la mezquita para hacer la
oración.
El regreso al palacio al caer la tarde, para cerrar el trato con Yuder, le abrió los
ojos al sabio, que no podía imaginarse el estado de nuestras tropas, a las que la
enfermedad les había hecho lo que no había podido el desierto y la batalla. El
espectáculo no podía ser más lamentable y los soldados aparecían tirados por las
calles, por los patios de las casas y en las propias dependencias del palacio,
acometidos por enfermedades desconocidas, la mirada perdida y el rostro esquelético
y sin fuerzas. Aquello no era un ejército y Ahmed Baba añadió entonces la condición
de que los únicos marroquíes que pisarían en adelante el Sudán serían los mercaderes
de las caravanas y los hombres piadosos que enseñaran en las escuelas, pero no las
minas y Yuder, levantando medio cuerpo del lecho de cojines, le contestó lo
siguiente:
- Soy un fiel servidor del jerife. Sólo él puede decirme si nos quedamos o
marchamos. ¿Acaso no diste tu palabra?
Ahmed Baba se mordió los labios y envió por marabuts, que hicieron
maravillas en poco tiempo con él y con muchos de los nuestros, y también envió
emisarios a Tombuctú para que la ciudad santa nos diera la mejor acogida. Luego se
celebró consejo, en el que públicamente le declaró su deseo de que la paz y la
seguridad reinaran en todo aquel rico imperio desde el Dendi a El Handiga y desde
los confines de Bindoko a Teghazza y el Tuat. Acabada la declaración, el alcaide,
Khatib Mahmud Darami, con el apoyo de numerosos testigos, se le arrojó a los pies,
semidesnudo y enloquecido, arañándose el rostro con las uñas. Yuder intentó
levantarlo y los huesos le crujían como si le dieran cuchilladas en la espalda. Le
preguntó el motivo de su amargura y él nada le pidió para sí, pero le suplicó que los
salvara de la vergüenza de Uld-Kirinfil, un hombre sin Dios y sin ley, que le había
arrebatado dos hijas doncellas y había hecho otro tanto con otros muchos, añadiendo
que no era ni humano ni musulmán.
- ¿Uld-Kirinfil? -preguntó Yuder.
Nos habíamos olvidado de él y fue así como nos enteramos con gran contento
de todos de que no era hermano del rey sino esclavo de su harén, habiendo sido
desterrado con justicia a Teghazza por su mala conducta. Nuestro comandante le
pasó la mano por la huesuda espalda al viejo Mahmud Darami y ordenó que se
detuviera la razia de esclavas, que él no la consentía en aquel reino; luego le dio su
palabra de que si el askia aceptaba el trato se lo entregaría, cosa que a todos llenó de
contento.
Pasando Burem y a medio camino de Tombuctú, paramos en un lugar llamado
Bamba, muy cerca de donde habíamos avistado el gran río por primera vez, y allí
descansamos varios días mientras Yuder levantaba un fuerte, en el que dejaría a su
mando a Ali ben Mostafa, a su hermana Mariam y a un destacamento de soldados,
con la misiva de que no perdieran de vista la ciudad de Gao, cosa que a muchos nos
abrió los ojos sobre las verdaderas intenciones de nuestro comandante, pues dejaba
allí a su familia y ello quería decir que no estaba dispuesto a salir del Sudán tan
fácilmente. En aquella parte del reino no había manglares, ni baobabs, karités y otras
especies arbóreas que habíamos visto más al sur, pero era una tierra grande y con
islas muy ricas en cultivos y se plantaron muchas palmeras, por entender Yuder que
aquel clima era tan sano como el de su nativa Cuevas y en celebración de nuestra
llegada y el hallarse todos muy restablecidos.
Pasados unos días nos pusimos en camino y en siete jornadas llegamos a
Tombuctú, como un ejército sano y disciplinado, la promesa de las mil esclavas, las
cien mil piezas de oro, y bien provistos de bestias, camellos, caballos y comida que el
askia había hecho traer para nosotros del otro lado del río. Era el último día del mes
de la Yumada II o el 24 de abril de 1591, acampando en la parte sur, entre la ciudad y
el río.
Aunque mi pluma fuera tan dócil como la de los más grandes escritores, sería
incapaz de describir lo que uno siente, después tantos días y meses de marcha y
penalidades, con el cuerpo abrasado y la piel lacerada por las arenas, ante las paredes
de esta ciudad santa. Habíamos llegado al anochecer y al rayar el alba muchos nos
apretábamos sobre los montículos de arena para contemplar la maravilla. No hay
ciudades más bellas que las que ves con los ojos del alma cuando sales de las arenas.
Había a juzgar por las sombras árboles gigantes, formando un vasto cinturón a su
alrededor y, en un principio, no se distinguía nada, ningún sonido salvo el del
corazón en el pensamiento, y la tierra era hermosa, hermosa, con luceros, astros y un
reguero de centinelas enloquecidos, que barrían las planicies celestes como antorchas
y que la linea del horizonte suavizaba y barría, dando paso a los cubos y demás
formas imprecisas de la ciudad. A nuestra espalda, una luz difusa, que se alejaba
primero negra y luego gris hacia la lejanía, desvelando un río grande como el mar,
abarrotado de barquillas sin mástil; luego islas con grandes árboles y casas de barro,
como tantas ya vistas en la travesía, y que en nada se parecían a las de la ciudad.
Se oían voces a mi alrededor y se distinguía cada palabra con claridad. Una
de ellas decía: “Pronto seremos ricos” y la otra le contestaba, “hoy tendremos las
mujeres que queramos”, ambas reían y luego repetían la misma cantinela, cambiando
una la riqueza por las mujeres y la segunda las mujeres por el oro, y volvían a reír.
Los hombres, vestidos con la loriga y el alquicel, gritaban y se movían a mi
alrededor, el campo rugía, miles de pies corrían entre las tiendas y las dunas, que allí
son blancas, se llenaban de caras redondas que brillaban como el estaño de los
arcabuces y el acero de las espadas.
- ¡Allah Akbar, Tongo Cotun!
- ¡Allah Akbar!
- ¡Tongo Cotun!
Se abrazaban, saltaban y daban gritos a un tiempo cientos de gargantas,
olvidada la fatiga, y luego miraban al río, ¡Dios es Grande! No lo había más grande
en Europa y todo aquello era nuestro. Seguidamente se fijaban en la fronda que nos
rodeaba y enmudecían, se arrodillaban, besaban la tierra como si se tratara de la de
sus mayores y de alguna forma lo era. De allí habían salido muchos sabios venidos a
al-Andalus y por allí habían pasado muchos poetas, filósofos, sabios e incluso
arquitectos de al-Andalus, porque despuntaba entre la neblina la silueta de
Yinguereber, la gran mezquita, centro de toda la religiosidad de aquella África negra,
obra de un granadino, y León el Africano había dejado escrito que nada era tan
preciado en las medersas de esta ciudad como nuestros libros.
Minutos más tarde y cuando ya el sol corría su órbita y despuntaban las
casas con claridad, los minaretes en el azul y el río entre zonas arboladas e islas
tranquilas, hasta un cristiano tenía que morderme los labios para evitar las lágrimas.
Nada nos impedía entrar en Tombuctú, la joya y la perla que habíamos perseguido
desde que salimos de Marrakech, y ni los caídes entendían la reticencia de Yuder en
atacarla y menos los soldados que, hartos de privaciones, dolores, penalidades y
enfermedades de todas clases, no tenían más que una obsesión, entrar en la ciudad y
sacar el provecho que el pobre saco de Gao les había negado. Se le acercaron los
caídes y se quedaron mudos a su espalda.
- ¿Qué hacemos?
Antes de salir de Gao, Yuder habían enviado a Marrakech a Alí el- Adjamí,
bachud o sargento de nuestras tropas, con la misión de comunicarle a Al- Mansur el
acuerdo de principio al que había llegado con el askia, y tal acuerdo, aunque firmado
en condiciones difíciles, hacía referencia a que no entraríamos en Tombuctú si el
jerife no lo aceptaba. Yuder quería triunfar también como pacificador, sabedor de
que sin paz no habría imperio, al ser tan vasto para tan pocas tropas, y sabedor
también de que el imperio vivía del comercio y de paz no quería poner en fuga a los
comerciantes. Necesitaba por tanto otros cuarenta días, los que el bachud necesitaba
para volver a marchas forzadas de Marrakech, y que serían de tensa espera a juzgar
por la impaciencia de todos.
- ¿Qué hacemos?, ¿entramos? - le repetían. Eran los hermanos el-Amri, elAndalusí y Bu Chiba el-Amir-. Los espías dicen que hay en ella oro para enriquecer a
diez ejércitos como el nuestro.
- ¿Y cuando hayamos cogido el oro, salimos huyendo como conejos?, ¿es eso
lo que queréis? No sé vosotros, pero yo no he venido por casualidad a estas tierras y
no me iré por la noche como un fantasma.
- ¿No hemos venido a conquistarla?
- Tenemos un acuerdo que hay que respetar -dijo Allmed Ben el- Haddad, su
segundo, siempre a su costado.
- Veníamos a conquistarla, es cierto, pero esto es más que una ciudad. Mirad
ese río, que para mí vale mucho más que el oro, y acordaos de las insignificantes
tierras de labor de nuestros padres. Acordaos de la peste de Gao. Somos gente de
campo y también de palabra.
- Nunca vi río más grande. -Era el-Torki y todos enmudecimos mirando el río
porque ni los árboles que levantaban por encima de las palmeras ni los muchos
brazos de agua, grandes como brazos de mar, eran un espejismo de la luz y de las
arenas y todo parecía más hermoso al abrirse el paisaje hacia el sur en una maraña
incalculable de islas y campos de cultivo.
- Yo estoy con el comandante a verlas venir -dijo Varrado o Barún, como
ahora se llamaba, un hombre que hasta entonces no se había hecho notar y que muy
pronto surgiría como el mejor estratega de la concordia.
- Estamos todos con él -dijeron a una voz los demás comandantes.
En la ciudad mientras tanto se dudaba que el sultán marroquí aceptara la idea
de abandonar el Sudán a ningún precio, tras haberlo conquistado, y la gente sólo salía
de sus casas para orar en las mezquitas y discutir la situación en las medersas, que se
decía eran cincuenta y que estaban alrededor de la plaza del Gran Día, donde veinte
mil estudiantes seguían cursos por más de diez años, en el Osul de Es-Sebki y en el
Redjez de el-Moghili, de astrologia en el Hachemiya, de métrica en el Khazeredjia,
de derecho en el Tohfat el-Hokham de Ibn Acem, sin olvidar otros volúmenes como
el-Risala, el-Aifiya, el-Montega, en su mayoría venidos de España, y entre sus sabios
había profesores tan prestigiosos como Ibn el-Hadjeb, autor de el Modkhel, del que
todos fuimos testigos el día de su entierro, y el más grande de todos ellos, Ahmed
Baba, autor de innumerables libros y al que allí llamaban el docto, el ilustre y el
magnánimo.
En la ciudad todo eran rumores que a la salida de la oración le arrojaban a los
pies de Ahmed Baba, como si fueran piedras que se arrojan a un río, porque el sabio
los escuchaba impasible. Les argüía que había llegado a un acuerdo con los invasores
y nadie creía que el enemigo fuera a respetar la palabra, ¿cómo van a respetar la
palabra quienes han combatido a muerte a sus hermanos?, ¿acaso nuestro soberano
no es también un servidor de Dios?, ¿cómo es eso de que un imán le hace la guerra a
otro imán, igualmente servidor del Único e Irresistible? “Maestro, lo que Al-Mansur
quiere son nuestras tierras, la sal de Teghazza y Taodeni, las minas de oro más allá
del río, y nada lo detendrá.
- Es cierto, hermano; pero, volved a vuestras casas. Nada se pierde en esperar
-le contestaba el sabio a Abú Hatch Omar, caíd de la ciudad, y que defendía el
derecho a resistir al invasor con todas sus fuerzas.
- ¿Pero es que no ves que lo que pretende es hacer suyo este lugar santo de la
ciencia y la oración?
- Los creyentes somos un mismo pueblo y mientras no nos ataquen debemos
mantener el amor a nuestros hermanos.
- Los creyentes somos un mismo pueblo, pero no esa partida de ladrones
andaluces, impíos y sacrílegos.
- Debemos hacer lo que nos ordena el maestro -les decían sus discípulos a
todos, herreros del oro, tejedores, camelleros y negociantes.
- ¿Y limitamos a rezar?
- A rogar a Dios para que todos vivamos mucho tiempo y para que el sultán le
perdone a Yuder haber abandonado la capital.
El terror se había apoderado de la ciudad al enterarse de la carnicería que
habíamos hecho con el ejército del askia y a todas horas salían a otear la llanura en la
que estábamos. No tenían armas ni murallas, por ser Tombuctú una ciudad abierta a
todos y nada podían contra nosotros, de ahí que sus discursos fueran incendiarios.
Los dedos de Ibn el-Hadjeb sacaban chispas a las cuentas de su rosario, iluminando
la habitación. Sus ojos resecos de sol se asombran de llorar y decían, dejando de
beber leche de cabra, de rezar y de saborear la miel a lengüetazos, “Dios nos ha
abandonado, se ha apoderado de nosotros el día de la desgracia y sólo vemos ángeles
airados, ¿cómo puede un hombre libre vivir en la misma ciudad con su enemigo?”, y
sus palabra se repetían de boca en boca desde Yinguereber y las medersas hasta los
últimos rincones de la ciudad.
Esperábamos en el campamento una embajada de la más alta autoridad de la
ciudad, en la persona del caíd Abú Hatch Omar, y lo que vino a Yuder fue un hombre
religioso, el muecín Yahma, que se expresó como si estuviera en un minarete.
- ¡Alá es el más grande! -dijo, pero sin añadir otras palabras de saludo y sin
invitarle de parte del caíd a visitar la ciudad.
Yuder contuvo la cólera.
- ¡No hay más Dios que Alá! -le respondió con palabras parecidas y, por
consejo de su segundo, le envió al caíd gran cantidad de presentes: Dátiles, nueces,
azúcar y otros muchos productos, junto con un mensaje de paz para la ciudad; pero
quedaba más de un mes para la vuelta del bachud de Marrakech y estaba por ver
hasta cuánto aguantaba la presión de sus soldados, que creían firmes en la inmensa
riqueza de la ciudad. Se aguantó cinco días más del mes y, con el fin de evitar el
pillaje de grupos de soldados que entraban clandestinamente por la noche, el 6 del
chaban, o el equivalente al 30 de mayo de 1591, Yuder penetró a la cabeza de las
tropas y, tras recorrer los cinco barrios de la ciudad, eligió el de Rhamadés para
levantar su cuartel general, por ser el más rico y tener moradas de gente notable que
habían huido, dándole orden a su segundo de que procediera a expulsar a los que
quedaban y no se hiciera daño a los humildes, cosa que no pudo evitarse del todo por
causa de los marroquíes y de algunos de la legión, que se comportaron como
renegados. Pero seguía tan fuerte el disgusto de nuestro comandante por la flaca
respuesta de las autoridades que no los castigó, aunque procuró traerlos al orden,
cosa que se consiguió después de varios días de persecución en los que se hizo
mucho daño a haciendas y personas.
Las muchachas no eran ni bonitas ni elegantes, pero iban desnudas de cintura
para arriba y nadie les hacía ascos. Los niños jamás perdían interés por uno. Te daban
la mano como si fuésemos sus mejores amigos y siempre sonreían. Los soldados les
daban patadas en el culo y ellos seguían sonriendo y pensando que habíamos venido a
matarles el hambre. A mí no me dejaban ni a sol ni a sombra
y al primero que se atrevió a meterme la mano en el bolsillo le di una bofetada sin
pensármelo dos veces, ¡que Dios me perdone! Yuder se mordía las uñas. Parecía
también echarles la culpa a los niños de destruir sus sueños y, de vez en cuando,
levantaba la vista hacia el cielo, como si el cielo fuera lo más maravilloso que nunca
había visto.
La tardanza del bachud el-Adjami tenía tan nerviosos a los comandantes que
Yuder tuvo que llamarlos para parlamentar, porque hasta los allegados hablaban a sus
espaldas y no era sano que conspiraran. Nadie entendía la tardanza del cabo y los
ánimos andaban excitados. No era una ciudad próspera, pero es mejor ser dueño de
una chalupa que esclavo en un galeón y nada peor que andar errante por el mundo.
Por otra parte, Yuder tenía un sueño y un propósito, la obsesión de recoger a los
miles de correligionarios que vagaban perdidos por Marruecos, entre ellos su familia,
y había jurado secretamente hacerle pagar caro al jerife su castración, cosa que nunca
había dicho en público, ni en el día de la victoria cuando tuvo tan suelta la lengua,
pero no pensaba en otra cosa, por extraño y arriesgado que parezca, que lo era sin
duda a pesar de la lejanía, y no siendo otra la razón de su silencio que la espera del
momento para revelarse.
- Si todo acaba bien os haré señores y seréis libres. Ninguna ocasión como ésta
si tenéis las agallas que hacen falta: ¿Qué le debemos al califa? Le hemos servido
bien, pero no esperaréis que nos llegue hasta aquí la soldada.
- Nos cortará la cabeza -dijo Ahmed Ben Haddad, su segundo-. Este negocio
le ha costado demasiada gente y hacienda.
-Y más que le va a costar porque yo no pienso traicionarlo y quien diga lo
contrario miente y tendrá que vérselas conmigo donde sea. Seremos súbditos
amantísimos y el país será suyo, que es lo que al fin y al cabo quiere y a nosotros nos
justifica aquí, pero nosotros lo gobernaremos en su nombre. Necesitamos más
soldados y él nos los mandará. Necesitaremos a todos los españoles que podamos
arrancarle, que allí son muchos, y él nos los mandará. Nada podría sernos de más
provecho: Herreros, constructores, agricultores, arquitectos, médicos, ¿habéis visto
alguna vez un país con mayores posibilidades?
Los ánimos andaban excitados y todos hablaban por bajo como si fueran
conjurados.
- Quiere oro, marfil y esclavos -dijo Ahmed Ben Haddad- y mandárselos
significa atropellar a estas gentes y empobrecerlas.
- ¿Quiere oro? Pues lo tendrá. Le mandaremos lo que él quiere -les dijo Yuder
sintiendo la necesidad de quitarles los miedos-. Le daremos oro, pero sólo el
necesario y, si es preciso, esclavos, aunque sólo los precisos, que ambas cosas le
harán olvidarse de nosotros y mientras tanto esta tierra será nuestra, ¿estáis de
acuerdo?; pero que cada uno diga con franqueza lo que piensa antes de seguir
adelante para que nadie se sienta a engaño. Yo asumo mi responsabilidad y si
vosotros aceptáis la vuestra estaremos a partes iguales en el dolo y las ganancias. Si
no aceptáis me tendréis en vuestra contra, que no he de consentir que hayan muerto
más de mil de los nuestros por nada ni que se arruine esta empresa que nos ha dado
diez Españas y un país mil veces más rico y que haremos prosperar con nuestro
esfuerzo, ¿qué mas patria queremos?
Apenas podíamos contener el aliento.
- ¿Podemos hacer otra cosa? -preguntó el-Torki-. A mí me gusta tu idea,
cuevano.
- No podemos hacer otra cosa- dijo Barún que se había decantado muy a las
claras por la idea de Yuder de dominar a aquellas gentes sin las armas.
- ¿Y qué les diremos a los nuestros? -preguntó Ben Askar.
- Nada hay que decirles, que somos tan súbditos del jerife como cualquiera y
nada cambia salvo el modo. Al-Mansur tiene oro y oro tendrá. Quiere oro en grandes
cantidades, arrasando el país si es preciso, y eso es lo que no haremos, no mataremos
la gallina de los huevos de oro. Quiere un país humillado y eso tampoco tendrá, pues
lo primero es conseguir que el país nos acepte y eso no se consigue con cañones. El
comercio necesita de la paz y eso no se consigue con sangre. Necesitamos respetar la
vida, la hacienda y el honor de estas gentes para prosperar con ellos.
El-Andalusí se llevó las manos a la barba y se quedó silencioso. El Feta no
salía de su asombro y Bu Gheita el-Amri, que había participado en los saqueos,
miraba a su hermano desorientado.
- ¿Es por eso que no has matado al askia? -le preguntó éste-. Al jerife no le va
a gustar.
- ¿Para qué matarlo si accede a ser nuestro aliado? Dejadlo que gobierne el
Sudán, un país debe administrarse él mismo, que nosotros ya lo gobernaremos con el
ejército.
- Eres el jefe y lo que digas se hará -dijo Ahmed Ben el- Haddad, su segundo,
un hombre que tenía gran autoridad sobre los demás comandantes, y gracias a sus
palabras se aceptó su propuesta de inmediato, luego Yuder se vino hacia donde
estaba y le puso la mano en el hombro y todos pusieron su mano sobre la de Yuder
que reposaba en los hombres de el- Haddad.
- Somos uno y sobre esta unidad debe funcionar el reino. A los pacíficos los
apoyaremos y a los violentos les cortaremos los colmillos y les afeitaremos los
dientes. A la canalla la trataremos como canalla, respaldaremos a los comerciantes
con nuestra autoridad, defenderemos las tierras de los agricultores e igual haremos
con la clase culta, ulemas, chorfas, notables y depositarios de la cultura, colaborando
con su autoridad religiosa. Es mi opinión que sólo siendo justos y queridos podremos
salvamos y tener el país que siempre hemos buscado.
Habían venido a matar y a hacer fortuna rápida y, por difícil que parezca,
aceptaban su idea.
- Tengo grandes proyectos para todos -les dijo sintiendo la necesidad de
esperanzarlos - y os prometo solemnemente que quedaréis satisfechos y que llegaréis
a la vejez honrados y dueños de una inmensa fortuna cada uno con sus costumbres,
su raza y su religión. Hoy Tombuctú es nuestro y pronto lo serán Yenée, Mopti y los
pueblos que los rodean hasta el Dendi y la Macina.
Nadie se escandalizó. Marrakech quedaba a mil leguas de distancia y a todos
encandiló con sus ideas; tan sólo la duda del retraso de el -Adjami planeando sobre
sus cabezas y el recibimiento frío de una ciudad, que de momento no parecía
importamos.
Era Tombuctú parca en mujeres, por tenerlas los moros bien guardadas y ser
allí todos gente libre, y mirando Yuder por la salud de la conquista les fue dando a
sus soldados mujeres de distinción con el fin de sujetar a las familias poderosas por
medio de alianzas. A Mustefa el-Torki lo casó con Aicha-Kora, hija de Baloma
Muhammed, dueño de muchas reses y tierras: A Ben Askar le dio Ao, hija de Mansa,
poderoso en la ciudad de Mopti; a el - Feta, Hava-Adam, hija de Tambori,
jurisconsulto; a Bu Gheita el-Amri, Fat-Idji, hija de Abderramán; a el-Andalusí, que
tenía para sí más de diez doncellas negras de su elección, Fati-Hinda, hija de Seyyid Kora, hombre poderoso con gente armada, siendo su intención ir casando al resto de
los caídes, cahiyas y odokashis con gentes principales de otras ciudades. A los
soldados les entregó las mil esclavas regaladas por el askia y todos cantaban y
movían las manos, como si bailaran la danza del vientre. Se decían unos a otros:
“Todo va a ir bien, todo va a ir bien con nuestro general, ¡gracias sean dadas al
Altísimo!”
Mientras tanto, en Marrakech, las cosas no habían ido como esperaban Yuder,
Ahmed Baba y el askia, porque Al-Mansur, al enterarse por el bachud de nuestra
salida de Gao, había arrojado al suelo su puñal, hincándolo en la piel de león que
tenía a sus pies y luego se había puesto a dar gritos y a decir que había sido
traicionado por el cerdo de Yuder y que él no había enviado a sus hombres a los
mares de los espejismos por cien mil piezas de oro, un insignificante riachuelo en el
océano de su fortuna.
El bachud el - Adjami le hizo ver como pudo que las crónicas hablarían de su
victoria hasta el fin de los tiempos y, algo más calmado el jerife, hizo redactar una
carta al pueblo de Fez en la que le decía que al fin, con la ayuda del Altísimo,
nuestras tropas habían conquistado el jardín del universo, una maravilla que no existe
más que en los sueños, completando de esta forma con la ayuda de Dios la unidad de
los creyentes, (carta fechada el 8 del chaban de 999, o l de junio de 1591); pero
juramentándose asimismo de que su armada se asentaría para siempre en el corazón
de la capital.
Corrían malos tiempos para todos y, entrado agosto, se presentó Limpati, o
Mahmud ben Zergún, el urcitano, con cuarenta españoles, tras cruzar el Sáhara de
noche y en menos de cincuenta días, en una época en que los calores y los vientos de
levante aconsejan no enseñar siquiera la nariz, pues dejan el cuerpo como la yesca,
con órdenes tajantes de revocar el pacto hecho por Yuder y quitarle el mando de las
tropas. Llevaba también orden de arrestarlo y de matar a Ahmed Ben el-Haddad y
todos le pedimos que no aceptara la destitución por ser muy amado y querido, y por
ser un guía con un proyecto que todos acariciábamos. Nos reunió en el mádugu, o
vivienda real, que estaba junto a la casba y, examinada la situación y la cuantía de
nuestras tropas, convino en que no podíamos indisponemos con el jerife, mientras no
tuviéramos
fuerzas
bastantes,
armas
y
colonos
en
abundancia,
aunque
juramentándonos todos en secreto para quitarle el mando a Mahmud si después de un
tiempo prudencial no llevaba adelante la empresa como convenía.
La primera decisión del nuevo comandante fue emparedar a Ahmed Ben elHaddad y darle muerte, pero nos echamos encima y revocó la orden. Entre los
reproches de Mahmud a Yuder alegaba como razones el haber aceptado la oferta del
askia, sin cortarle la cabeza, y el no haber pacificado la ciudad, cosas ambas inútiles,
la primera por convenirnos un rey domesticado y la segunda porque la rebeldía no
había entrado todavía en ella.
Corrían malos tiempos y en especial para los planes de Yuder, por ser
Mahmud un hombre sin Dios, sin ley y sin respeto por los hombres y, como ovejas
que ven en la noche abierta la puerta del aprisco, conteníamos la respiración y
temblábamos ante el lobo. Oíamos sus botas y levantábamos la cabeza. Nos seguía a
todas partes su sombra alta y alargada, su rostro rojo y enjuto, su boca fina como el
corte de un alfanje, el pelo sucio y lacio, caído por los hombros, del mercader de
almas y matarife a sueldo más trapacero, deshonesto, cruel e hipócrita que han parido
nunca los siglos después de Herodes. ¡Para los que estábamos a su cargo una plegaria
al dios que queráis y para él una maldición!
Cristo de los Santos
Marrakech, Día del Señor,
25 de diciembre de 1603
EPÍLOGO
16
Con un par de estribos dorados, un par de soberbias espuelas, dos cordones de
seda trenzados con hilos de oro, uno rojo y otro azul celeste, un sable con
empuñadura igualmente de oro y nada en la cabeza, salvo el filo de su sable, el
sacrílego quería hacer de Tombuctú una ciudad sin alma y sin fuerza moral, antes
marchar sobre Gao e infligirle al askia una derrota definitiva, y muchos lo seguían
ingenuamente, la mayoría por lucro y algunos convencidos de que la conquista y el
oro a raudales eran el paso imprescindible para el añorado regreso y la pronta
invasión de España; pero sus métodos estremecían y el pueblo no tardó en
movilizarse contra nosotros. Mahmud disponía de un ejército considerable de dos mil
jinetes a caballo y 1. 000 a camello, armados con rifles. Vendía esclavos como quien
vende reses y utilizaba a las niñas para intercambiar productos en los zocos,
despreciando la resistencia de la élite religiosa y de los sabios, intelectuales y juristas,
que no tardarían en resucitar a todo tipo de santones y héroes en nuestra contra. Los
hechiceros y los brujos se juramentaban y bendecían a los guerreros, que soltaban
miles de flechillas envenenadas y centenares de colmenas rabiosas sobre nuestras
tropas, atacando de noche a nuestras columnas y luego quemando los pueblos y las
cosechas para evitar nuestro aprovisionamiento, y así la acción de avanzar, vencer,
saquear y castigar, sin podernos mantenemos en las lineas conquistadas por falta de
hombres, no sólo no prosperaba sino que nos alejaba cada vez más del deseado oro,
que por otra parte no estaba en Tombuctú sino en las cabeceras del gran río,
convirtiendo la guerra en un mal negocio.
A Mahmud le sobraba coraje y le faltaba sagacidad. Tenía tanta prisa por
pacificar el país que no se bajaba del lomo de su caballo ni para el saludo ritual, que
aquí es tan sagrado como la oración. No era un hombre hábil para tejer una madeja
complicada y no era difícil de prever las consecuencias: Los disidentes, los magos,
los criadores de boas y los criminales especializados en muertes ordálicas estaban
repentinamente en todas partes, en las ciudades, en las marismas de Yenée y Kabara,
en las montanas dogón, y apenas quedaba un camino sin baño de sangre, un pueblo
sin criaturas degolladas y sin mujeres en cinta destripadas.
En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso, el oro había dejado de
llegar a Tombuctú y la ciudad se moría como un enfermo desahuciado sin que nadie
le pusiera remedio. La gente llana y los sabios, con Ahmed Baba a la cabeza, se
acercaban a mi en la oración de los viernes, precedido de mi fama de hombre
honrado; pero, ¿cómo llegar a sus mentes si formaba parte de la gran calamidad
anunciada un año antes por el virtuoso Abu Zeid Abderramán? Sabido es que un
hombre de acción no debe hacer caso de profecías, pero es también sabido que la
fuerza necesita de la sagacidad para ganarse a un país y de nada me servía el que les
diera a los pobres mil mitscales de oro a la puerta de Sankoré, siguiendo los consejos
del jeque Mohammed el-Kabari que había dicho, a raíz de las hambres que años atrás
habían asolado a la ciudad, que a quien diera mil mitscales él se encargaba de
procurarle el paraíso. Yo los daba, intentando ganarme su respeto y el fantoche de
Mahmud penetraba en los pueblos dormidos y degollaba, saqueaba e incendiaba. La
fuerza se muestra para no usarla y él se ahogaba en sangre con la misma
irresponsable inhumanidad de los cristianos que habían sufrido en nuestros pueblos
granadinos, repitiendo aquí nosotros tan triste historia.
“Todo es robado”. las palabras de mi padre seguían sonando en mi mente con
claridad, y ni siquiera se respetaba a los débiles, haciendo caso omiso de las tres
máximas del Islam que obligan a proteger a la mujer, defender la vida y honra de los
niños, demasiado jóvenes para luchar como hombres, y salvaguardar la propiedad
que no puede traspasarse, porque Mahmud todo lo arrasaba.
El desorden se hizo tan general que, siendo Tombuctú una ciudad sin murallas
y abierta a todos, con casas sencillas de barro y limo, forradas de piedras, que
albergaba personajes piadosos y orgullosos de su libertad, que jamás se habían
arrodillado ante otro nadie que el Clemente, el Todopoderoso, ahora se veían
obligados a hacerlo ante Mahmud como si fuera un dios y estaban abochornados.
Vinieron a verme los hijos de Ab Ishaq Es-Saheli, el arquitecto granadino que había
introducido su afamada arquitectura del barro en el país, con la pretensión de que
parara la carnicería y no supe qué decirles. Hasta ese momento habían sido
respetados y queridos como descendientes de españoles y ahora estaban pensando en
marcharse a Walata, lejos del país y de la ciudad. En la biblioteca de Sankoré la
mayoría de los autores, que les habían traído el saber y nos daban la honra, eran
españoles y ahora Marruecos, con nuestra ayuda, les traíamos la desgracia. Los ojos
resecos de sol se asombraban de llorar y decían:
“ Dios nos ha abandonado. Se ha apoderado de nosotros el día de la desgracia y sólo
vemos ángeles airados, ¿puede un hombre libre cruzarse de brazos y vivir en la
misma ciudad con su enemigo?”
No podían, y luego a la miseria y a la inseguridad les sucedieron grandes
terremotos y sequías, hasta el punto de que la población desesperada huía a las
soledades de las dunas blancas, al norte de la ciudad, porque los nuestros tenían
cogido el río, o vagaban por la sabana del Gurma, expuesta a los merodeadores, los
leones, las hienas y los buitres, de largo cuello calvo, que sobrevolaban como nunca
la melancólica llanura, seguros de hartarse con los cadáveres de las gentes debilitadas
por la sed, el hambre o las heridas.
Si Al-Mansur quería rapiña había elegido al hombre apropiado y, no sólo se
hacía el sordo a las misivas que le enviaba, sino que mandaba refuerzos que en lugar
de detener el desorden lo crecían. Tras la tregua veraniega del verano, causada por las
lluvias, que aquí caen en verano, Donko arruinó el país de Ras-el-Ma, junto al lago
Faguibin, consiguiendo un rebaño de mil esclavos, los zaghranios devastaron Bara y
Bima y los alrededores de Yenée, una ciudad hermosa y flotante en medio de una
gran marisma, y fueron masacrados de la forma más brutal por Cha~Koi, apoderándose de sus bienes y haciendo doscientas concubinas. Masa-Sama hizo suyo el
país de Fadko y Qaia-Babo, el Kubiri, junto a Kola.
Se imponía una respuesta contundente y Mahmud, tras arrasar los bosques de
Kabara y los más bellos árboles de la ciudad, así como sus mejores puertas, hizo
construir barcas, destituyó a mis comandantes, salvo a el-Torki, que se quedó al
mando de la guarnición, y el 14 de octubre salimos hacia Gao, mientras una poderosa
escuadra cruzaba el río y avanzaba en paralelo con nosotros.
Era inevitable una nueva batalla con el askia, que estaba al tanto de lo que
sucedía en Tombuctú y había reorganizado su ejército, y yo estaba en ascuas por
encontrarme con mi querido Alí Ben Mostafa y mi pequeña hermana, tan
irresponsablemente abandonados por mí en Bamba, donde por primera vez habíamos
visto el río y este jardín de las Hespérides tan querido y que nos habíamos
juramentado guardar. En Bamba la había casado como a una princesa, envuelta en
telas de oro, y en Bamba la había abrazado por última vez para acallar sus lloros,
temiendo ella no volver a verme. Mis comandantes me decían que no era prudente
dejarlos, pero Alí nada objetó, salvo con una mirada suplicante que ahora descubro
en el fondo de la memoria, y un apretón de manos que sigue estremeciéndome.
¿Cómo podía prever este tropiezo tras una victoria tan brillante?
Nada había en Bamba. La casba había desaparecido y nadie sabía dónde
estaban los muertos. En mis ojos rosas silenciosas, que iba dejando en el camino y la
esperanza para ella de unos momentos de felicidad. Mahmud les dijo a las tropas que
había sido un error criminal por mi parte dejar allí soldados desprotegidos y luego
intentó levantarles la moral con la venganza de aquellos mártires. Me acerqué al río
huyendo de las lamentaciones y pésames de mis fieles. Era una belleza serena y
tranquila. Los pescadores y agricultores parecían no haberse enterado de nuestra
presencia e iban y venían hacia las islas con sus barquillas, ajenos a los hipopótamos
y a la guerra.
Se veía el polvo de las tropas enemigas al otro lado de la duna, llamada de
Zenzen, y en ella le dimos la segunda gran batalla al askia, que volvió a escaparse, y
algunos días después, estando en el primer mes de la hégira, entramos en la ciudad
desierta de Gao, donde Cristo de los Santos descubrió tres cañones portugueses y un
crucifijo, que me propuse llevarle a mi pequeña hermana, y estelas funerarias
cordobesas, con lo que dedujimos que los portugueses habían estado allí mucho
tiempo antes, no sé cómo. La gente había huido hacia el Hombori y, con la movilidad
que dan las barquillas, fuimos a Dendi y Kukiya, donde nos enteramos de que
Tombuctú había sido atacada por uno de los hijos del askia, llamado Yahia Uld
Bordam. Se había juramentado a entrar en la ciudad por la puerta de Kabara216 y lo
había conseguido, pero era un hombre temerario e ignorante y, apenas avistó los
muros de la casba, cayó derribado por una bala; luego el-Torki le cortó la cabeza y la
hizo pasear por la ciudad en lo alto de una pica, mientras el heraldo gritaba y
amenazaba a todos con la suerte de su mondzo si volvían a coger las armas. Le
habían acompañado cien guerreros y a todos los mataron, dejando las calles al
anochecer sembradas de cadáveres.
Recogimos las ciento setenta y cuatro tiendas levantadas en Kukiya, mientras
los chacales aullaban en la maleza, y el efectivo formado por cuatro mil fusileros
avanzó contra los mil doscientos hombres de Hi-Ko, guerreros de gran coraje, pero
muy mal equipados y, tras vencerlos en Kobbi, arrastramos sus entrañas por el suelo
como Mahmud había prometido.
Se hacía gustar la sangre a todos los nacidos como si fuéramos combatientes
de una guerra santa, alzando las cabezas de los hombres a lo alto de las mezquitas e
infibulando a sus mujeres con cuchillos -costumbre bárbara que los nativos aplican a
las niñas en la pubertad -y todo ello por risión, escarnio o venta, pues también se las
exponía en los zocos junto a los esclavos, atadas como ellos con argollas por los
tobillos.
Los songhais abandonaron al askia en Tonfina y más tarde lo masacraron
junto con varios de sus hijos y la corte entera de ministros y secretarios, eligiendo en
su lugar a su hermano Mohamed Kagho, que no tenía ya ningún poder y a quien le
negaron incluso los estandartes, siendo un rey sin manto y sin corona, que acabó
refugiándose entre los paganos del Gurma como los elefantes.
Uno a uno los hijos y hermanos restantes del askia fueron jurando fidelidad a
Al-Mansur. Fama lo hizo en Gao y Seliman, nieto del askia e hijo de Daud, vino a
nuestro encuentro y Mahmud lo recibió con todos los honores. Lo sentó en el trono y,
cubierto con los atributos imperiales, le puso sobre la túnica corta el gran bubú y
sobre la cabeza un turbante negro azabache, y todos juraron fidelidad inclinando
hacia tierra los mosquetes y azagayas. Su intención era mantenerlo como askia, pero
había elegido mal porque Seliman tenía la mentalidad de un mosquito y no hubo
forma de hacerle entender a Mahmud que era preferible tratar con hombres de coraje,
que conocen el precio del sacrificio y de la fidelidad. Mohamed Kagho era el hombre
a elegir, pero le hablé y no quiso escucharme, a mí menos que a nadie, pues no veía
razones por venir de quien venían y negarme el pan y la sal. Confundía la fuerza
bruta con la autoridad y no supo descubrir en el pequeño y cenceño Kagho la
poderosa voluntad que en un momento tan delicado como aquel -cuando de nuevo la
disentería y el escorbuto minaban nuestras tropas y nos comíamos a los animales de
carga - necesitábamos para conseguir paz y alimentos. Llamó a Kagho para que
jurara fidelidad y el astuto jefe fue mandando por delante de él a sus fieles,
empezando por su secretario Bokar-Lambaro, a los que Mahmud recibía con
muestras de respeto, logrando convencerlos de su buena voluntad. Kagho se presentó
en el campamento, que teníamos montado a las orillas de Gao y frente a la duna
Rosa, completamente desarmado, y la entrevista acabó en una bacanal tras la que el
séquito entero (con la excepción de Dankavata, su hermano, quien a pesar de los
cocodrilos conseguiría cruzar el gran río a nado con más de doce heridas de sable)
sucumbió al hierro, los palos y las balas. Al resto de su séquito, en número de
dieciocho, los envió cargados de cadenas, junto con hijos de príncipes y de grandes
personajes, al caíd Hammu-Barka de Gao, un hombre glotón, libertino y más
pederasta que un mulo alazán, con la orden de matarlos a garrotazos dentro de la
prisión, que en Gao teníamos junto a la Tumba de los Askia, y así lo hizo después de
tenerlos fijos por la espalda durante un mes, en el que lamieron la comida que se les
arrojaba por la trampilla. La excepción fue Hi-Koi, que tuvo la suerte de morir con
rapidez, empalado en una cruz y devorado en vivo por los gusanos a las mismas
puertas de Gao, delante de todo el mundo.
Mis fieles estaban aterrados y me urgían a tomar el mando. La situación no
podía ser más lastimosa y yo así la veía; pero había que andarse con tiento, pues no
hay peor enemigo del buen juicio que la codicia y el poder y Mahmud los tenía
ambos. Varios días después otros dos hijos de Daud, Ali-Tendi y Fararo-Idji, que
habían venido a prestar juramento, cayeron como dos valientes, agradeciendo la
bondad del sablazo en lugar de soportar la burla, el escarnio y los golpes, a los que
habían sido sometidos Hi-Koi y los demás prisioneros.
Por fin dejamos Gao, con Seliman revestido de grandes honores, y salimos en
persecución de Nuh, el hijo más joven de El Hadj y hermano del askia II, que había
sido aclamado askia en Dendi y en la ciudad de Ko’ rau, en el país de los kunta, a
veinte días de marcha por difíciles terrenos de la sabana en los que nos
alimentábamos de elefantes, gacelas y serpientes, y al paso por Kilen levantamos una
casba, dejando una guarnición de 200 fusileros al mando de el- Feta.
El Nuh había cometido el mismo error que sus antecesores y se hacía seguir de
una enorme muchedumbre de niños, mujeres y viejos que, huyendo de nosotros,
buscaban su protección, y que le hacían presa fácil para nuestro ejército. Lo
sorprendimos de noche en su acampada y le dimos una severa lección que no
olvidaría, pues ni siquiera pudo entrar en combate, aunque sí escapar mientras los
soldados se ocupaban de cargarse con el mayor botín posible y, con aquel ganado
humano, con el que Mahmud pensaba volver a poblar la ciudad, entramos en
Tombuctú.
Los huidos formaban ejércitos sin fortuna de aventureros, mujeres, huérfanos
y de toda clase de intrépidos que vagaban ciegos de sol por las dunas, donde sólo
viven los escorpiones, por los bosques, donde los mosquitos son una pesadilla incluso
en invierno, y por las blancas sabanas, donde el kramkram es tan molesto como el
hambre, lamiendo cadáveres como hienas y sembrando el terror. En poco tiempo
desaparecieron la mayoría de la cabaña de zebúes, antes tan abundantes, los
avestruces y gran parte de los monos, también abundantes, y hasta el agua se volvió
insalubre, ya que en la sabana sólo hay balsas de lluvia, muriendo más hombres de la
ponzoña que de los combates.
Fueron dos años de muertes continuas, provocadas por las flechas, la
insalubridad de las merjas o ciénagas y el hambre, que nos tenía a todos paralizados.
En Birnau, Mahmud perdió ochenta de mis mejores infantes, haciendo la guerrilla al
Nuh, y en las selvas de Kunta, el griego Feriro sufrió una emboscada y a punto estuvo
de perder el regimiento. Iban los hombres tan cargados de oro que los negros,
alertados por nuestra falta de movilidad y envalentonados por el éxito de las
emboscadas, asaltaban nuestros campamentos durante la noche, como nosotros
habíamos hecho con el de su jefe, y luego escapaban sin dar señales de vida y sin
aparecer en campo abierto. En el otoño del 93 recibimos de Marruecos seis nuevos
cuerpos de ejército y, no obstante, regresamos a Tombuctú sin haber vencido al Nuh,
que se refugiaba más allá del país songhai, junto a las grandes cataratas de este río.
Todo hedía y se compraba. Mahmud se entregaba a la difa sin descanso y el
resto probábamos el amargo sabor de la kola, una especie de nuez rojiza que quita el
hambre y que aquí es abundante. Las arcas estaban vacías y los espíritus cansados,
mientras el ardor renacía de los osarios que jalonaban nuestro paso. La misma ciudad
sagrada se hallaba dividida entre los partidarios de coger las armas y los que
abogaban por abstenerse de la violencia y más parecía un campo de batalla que un
lugar de reposo y meditación. En nuestra ausencia la habían invadido las arenas,
habíamos perdido al caíd Omar, a Uld-Kirinfil, rescatado en Bamba de las manos del
askia, y a un número incontable de gente sencilla, de mujeres y niños, saqueados por
los tuareg Auel-Limiden, mientras los hombres asistían a la oración del viernes, ya
que estaban furiosos con Mahmud por haberles quitado los impuestos de estas
ciudades y de las caravanas de la sal, que eran su medio de vida. En Yenée, el caíd
Mami había cometido toda suerte de torpezas, entrando a caballo en la mezquita,
prohibiendo el rezo a los hombres y destrozando a un imán con las patas de su
caballo. Los enemigos surgían por doquier y todo el mundo se afanaba en matar
contrarios y en vaciar intestinos, con un gasto de vidas y haciendas tal que producía
verdadero espanto. Los resultados de la conquista no podían ser más pobres, la
población andaluza disminuía en lugar de aumentar y a nada nos conducía nuestra
superioridad de recursos con el tiempo trabajando en nuestra contra, al depender
todos de una voluntad confusa e incapaz que amenazaba nuestros sueños y jugaba
con nuestros destinos.
Para calmar las iras del califa, que no veía el fruto de su aventura, Mahmud
decidió darle el golpe de gracia a la ciudad. Ordenó saquear los libros, manuscritos y
colecciones de las escuelas y medersas, con el pretexto de que alimentaban el espíritu
enemigo, y fue inútil intentar pararlo. Ahmed Baba vino a verme y Mahmud le puso
los hierros y a mí me desterró a Gao con mis fieles y un destacamento de quinientos
hombres, librándome de presenciar su última infamia. Varios días después de nuestra
marcha, supe que un convoy de varios miles de esclavos y prisioneros, con el sabio
Ahmed Baba a la cabeza, había salido para Marrakech, llevándose con ellos aquel
hermoso legado de siglos, orgullo de la ciudad.
Ignoro qué móviles me habían hecho mantenerme en un segundo plano. Mis
hombres intentaban abrirme los ojos y yo no quería ver. Me decían que el Níger
estaba en ebullición y que tarde o temprano acabaría por desaparecer devastado si no
le poníamos remedio, que Mahmud merecía morir como un perro a los pies de la más
inocente de sus víctimas, y seguía sin querer ver. No salía de palacio, como si fuera
prisionero de mí mismo. No me atrevía a mirar las caras largas de mis soldados y fue
Gao y la paz del río, la caza del avestruz y la sencillez de la gente, que recurrían a mí
con naturalidad, quienes me hicieron recobrar el dominio de mí mismo. Desde la
desaparición de Mariam, que me impedía dormir por las noches, tenía nublada la
vista y lo de menos era que mi fortuna y mis bienes se hallaran dispersos o
confiscados. No había querido desafiar a Mahmud, como si nada ya me importara, y
era tan culpable como él.
- Claro que eres culpable, cuevano -me decía una y otra vez Ahmed ben elHaddad-, culpable de haber dejado a un criminal en libertad y de haber llevado a la
muerte al país.
Mi salida de Tombuctú había sido humillante, de noche y con el rostro velado.
Había llegado a ella cuando ésta era la prestigiosa capital del saber y la abandonaba
apenas dos años después cuando no era ya más que una gloria pasada. Tenía de qué
lamentarme y avergonzarme. Mi único hogar, mi única familia y país estaban allí y se
lo había entregado a saqueadores sin escrúpulos. Cristo ni me hablaba.
- Seas o no culpable -seguía diciéndome Ahmed-, las apariencias te acusan y
no olvides que la justicia está en las apariencias. La gente te señala con el dedo y ¿tú
qué haces? Te dedicas a engordar y a tocar la flauta sobre una estera de lino.
En Gao la gente nos invitaba a sus casas y a sus bailes. La plaza del mercado
volvía a animarse como en otros tiempos, invadida por una muchedumbre abigarrada
de mujeres hermosas, ricamente ataviadas, que venía de las islas y llenaban el cielo
con sus gritos, mientras Tombuctú ardía. Aquel año había llovido fuerte y el Níger
llegaba prolijo en agua, dejando buenas cosechas. El orden reinaba y los hombres de
negocios hablaban de la inminente salida de las caravanas hacia el norte. Por el
palacio venía Addiyat, que a causa del insomnio me hacía compañía por las noches.
Addiyat, mi negra songhai, fue un regalo inesperado que noche tras noche yo
aceptaba agradecido como si fuera un amante cansado de dormir. Tenía poca
paciencia y había repudiado a su marido, perdiendo la dote, pero conservaba para sí a
su niña, a la pequeña Fatmatá. Me vestía a la africana, con una túnica que me llegaba
al suelo. Me enrollaba un turbante a la cabeza y, rodeado de mis amigos, me sentía en
un paraíso de frescos manantiales, con una ciudad que era mía y con una niña,
también mía, que me proporcionaba un inmenso bienestar.
Pero seguían sucediendo acontecimientos excepcionalmente graves en
Tombuctú y reuní a mis fieles.
- Nos hemos librado de las cadenas -les dije-, pero estamos a punto de olvidar
la empresa para la que hemos venido. Hemos abierto las compuertas del desierto, nos
hemos cargado el comercio del oro, hemos incendiado pueblos y matado a más de 40.
000 personas, hemos arrasado su agricultura cuando en ella estaba nuestro futuro, y
las arenas avanzan sin que tengamos un solo palmo de tierra que llamar nuestro.
Mahmud no es hombre para llevar una batalla y no es político para llevar un reino,
puesto que sólo es astuto para pequeñas intrigas y reyertas cuartelarias. Tampoco es
un soldado puesto que su odio al enemigo es visceral y, ¿qué decir de los instintos de
quien disfruta machacando los sesos de la gente sencilla? Su relación con nosotros es
despótica, su trato con la población es el de la hiena con la carroña, ¿cómo podemos
llamar jefe a tal basura? Ese hombre, aunque lo haya puesto el califa, es nuestro peor
enemigo y urge apartarlo del mando como convinimos.
Cristo me miraba y Ahmed al fin sonreía. Me había enterado de que elMustafá tenía órdenes de salir con mil hombres a castigar Yenée; de que El-Feta
estaba a punto de salir contra Tira, y Mami contra los tuaregs, que habían tenido la
osadía de saquear Tombuctú, pero ni unos ni otros tenían ya en los establos caballos
disponibles.
-¿Y cuando matemos a todos nuestros súbditos contra quién lucharemos?,
¿hemos perdido el instinto y ya no reconocemos a un semejante?
Querían marchar de inmediato sobre Tombuctú y tuve que detenerlos. Me
pedían la muerte de Mahmud y los miré en silencio, considerando su petición. Estaba
de acuerdo con ellos. El desprecio que sentíamos hacia él era tan grande que urgía
acabar con un lacayo tan inflexible, pero tampoco nos convenía declaramos la guerra
entre nosotros y que el pueblo descubriera nuestra debilidad, porque no habría forma
de pararlo en adelante. Sólo el califa tenía autoridad para acabar con el desorden y
Mahmud le servía bien. Le había enviado tres caravanas con un cargamento de oro de
cuarenta mulas, además de la biblioteca de Tombuctú con sabios, como Ahmed Baba
y con hombres y mujeres en número de 1. 000 para su harén y, mientras tanto, el país
se arruinaba y no quedaba un solo combatiente con prestigio ni un solo hombre con
moral de soldado y, en consecuencia, urgía proceder con su misma astucia.
Al-Mansur tenía la pretensión de ser descendiente del Profeta y en su nombre
se hacía la oración de los viernes, que todos respetaban. Era el jerife coronado y la
población musulmana, incluso la levantisca, que no se movía por ideas patrióticas,
sino por malestar y miseria, lo acataba a pesar de que comer costaba el precio de un
esclavo y de que muchos padres vendían o regalaban a sus hijas por nada, por
quitarse una boca que alimentar.
Le envié a Bu Gheita el- Amri con la relación lamentable del reino: Mahmud
no conoce más ley que el sable y la pólvora. He aquí mi califa, dice levantando el
sable cuando alguien se le querella o apela a vuestra autoridad, añadiendo por mi
cuenta y riesgo las sumas de oro sacadas del Sudán por el urcitano, por si no
coincidían con las que habían llegado a Marrakech, como así sucedería,
encontrándose una partida oculta en su jardín del Dra., escamoteada al jerife.
La destitución fue fulminante y así se lo hice saber a sus generales de
Tombuctú, esperando paralizar sus salidas mientras llegaba la destitución, pero el
miedo era demasiado grande y excesivas las ventajas personales en oro y esclavos,
que la fidelidad a Mahmud les reportaba, y con las que se levantaban hermosas casas
de piedra y patios andaluces. El-Mustafa salió, a pesar de mis recomendaciones, al
encuentro de Tonko e hizo una gran batalla en la colina de Namu-Zarqutan,
cortándoles las manos y los pies, a su regreso, a ben Otsman y a Babaku-Omar,
descendientes del Profeta, y haciendo de ellos dos mártires cuyas tumbas en Sidi
Yahia serían visitadas anualmente por miles de enfervorecidos peregrinos en nuestra
contra. En septiembre del 93, Mahmud atacó bruscamente a los Sendhadji y se decía
que no había quedado en pie un solo enemigo de ese país, consiguiendo para sí un
botín considerable que añadir al ya oculto en su jardín del Dra.
A su regreso a Tombuctú arrestó al sabio Mohammed-Andabo, su principal
auxiliar y consejero, anunciando de inmediato el saqueo de las casas en las que se
encontrasen armas. La gente ocultó sus riquezas en las moradas de los jurisconsultos,
por pensar que allí las tenían a salvo, y tras encerrar a los hombres en Sankoré, les
hizo jurar fidelidad a Al-Mansur, luego cerró las puertas y ordenó matar a los
jurisconsultos del barrio de Zimbonda, en número de cincuenta, que se habían negado
a ir a la mezquita. Penetró en sus casas y se llevó el oro y a sus mujeres al anochecer
-a la hora en que la tarde vomitaba diamantes de estrellas- y, caída la noche, celebró
un banquete en el Mádugu real, en el que repartió cien mil piezas de oro entre sus
hombres, enviando otras cien mil al califa Muley Ahmed Al-Mansur, con la
esperanza de calmarlo.
- No debéis desesperar -les dije a mis fieles-. Toda injusticia es perecedera,
todos los imperios y carniceros, la Providencia es insondable.
Aquella noche presidió la bacanal, rodeado de brujos y magos con sus gri-gris
-en cuyo poder había caído como si fuera uno más del lugar- y, una vez saciados con
vino de palma y ebrios de cerveza de mijo, a medianoche degustaron los testículos de
los jurisconsultos masacrados por la tarde, después de freírlos los morabitos en las
palmas de las manos y sazonarlos convenientemente con pimientas y especias,
coronando la borrachera con sus mujeres e hijas, poseyendo a la negrada por turno
bajo el terror de las antorchas y el ritmo embrujado del tam-tam. Los soldados al día
siguiente encontraron a varias de esas mujeres estranguladas y a otras con los cuellos
y pechos destrozados por las dentelladas de los perros, con las que habían sido
obligadas a copular.
Cuesta creer lo que cuento, pero por mi honor que intento ser riguroso y
espero que me creáis, pues estas costumbres son corrientes en el África negra y no
extrañarán a quien conozca las costumbres de estos reinos. A Gao vino, cuando ya
conocía su caída en desgracia ante el califa Al-Mansur, con la pretensión de que lo
acompañara contra el Nuh, refugiado en el país dogón, entre gentes animistas que
jamás han consentido la penetración del Islam, y deduje que buscaba su salvación en
una muerte gloriosa luchando contra infieles, y me negué a acompañarlo, no
pudiendo impedir que se llevara con él a mi fiel el- Haddad. Andaba nervioso y los
nervios y la inseguridad lo hacían doblemente peligroso, su rostro tenía el color
amarillo de la pimienta y los ojos trágicos de la locura. Cuando se marchó me fui a
Abroz, en busca de Mansur Abderramán, que según mis espías venía al Níger con
tres mil nuevos andaluces, y con ellos infligimos al Nuh la derrota con la que había
soñado el urcitano, ¡Dios maldiga su memoria y le castigue como se merece!,
apoderándonos de todo su ejército, incluidas las mujeres, los hechiceros y los brujos,
y llevándolos a todos a Tombuctú.
Mahmud mientras tanto, con su askia Seliman, mi fiel y amigo Ahmed ben elHaddad y novecientos hombres, se dirigió a los roquedales de Almira Walo, junto a
Duentza, y sin pernoctar les hizo escalar los tajos, donde se ocultaban los dogón. Se
veía la Mano de Fatma en la lejanía, con sus dedos de piedra clavados en el cielo, y
Ahmed ben Haddad, temiendo caer en una trampa si seguían ascendiendo, le sugirió
acampar y él se burló de mi segundo delante de los soldados; luego aceptó la
sugerencia, pero le obligó a acompañarlo junto con su escolta de 40 hombres peñas
arriba en la noche.
- Es una locura, ¿qué pensará el sultán cuando se entere? -le había dicho
Ahmed ben el-Haddad.
- La vida es un regalo de Alá, el Altísimo, el Justo -añadió Seliman.
- Lo sé, hermano -dijo él-. Vivimos una vida prestada y sé que estoy muerto,
pero cuando uno ve la cara de Alá, la muerte es un problema no con el sultán sino
entre uno y El.
A media mañana, los soldados escucharon disparos en las cimas del roquedo y
cuando llegaron al lugar del combate todos estaban degollados. El urcitano era más
hombre de acción que de palabras y quiso morir matando como buen musulmán. La
leyenda dice que al ascender quedó colgado por el cuello, al prendérsele la capa de
un arbusto, y que murió riendo mientras era rudamente asaeteado de los pies a la
cabeza. Su rostro, una vez muerto, seguía con aquel extraño color pimienta de sus
últimos días, producto tal vez de la rotura de la bolsa de la hiel que le había
derramado su mal liquido por las venas, y Seliman comprobaría que la cincha del
caballo de el-Haddad, mi fiel amigo, ¡que Dios perfume su memoria!, había sido
limada con anterioridad al combate.
17
El nuevo pachá, Mansur Abderramán, parecía un hombre justo. Degradó a
varios comandantes, destituyó tiranuelos, y los débiles y desgraciados comenzaron a
cobrarle afecto, pero los mercaderes lo odiaban a causa de su rapiña y las caravanas,
causa de la riqueza de Tombuctú, seguían sin hacer alto en la ciudad. Intenté razonar
con él, pero era marroquí en el alma y tan adicto a Al-Mansur como Mahmud, por
quien estaba dispuesto a sacrificar su vida y la de los soldados, y ni quiso hablar de
perdón para las mujeres capturadas contra el Nuh ni parecía dispuesto a cambiar de
actitud, respecto a la colonia, y en esas condiciones no había pacto entre nosotros.
Dejaba en mis manos, por orden del jerife, la administración de todos los territorios
-creyendo tal vez que así me contentaba-, pero se quedaba con el ejército, y mi deber,
en consecuencia, era actuar según me dictaba la conciencia, volviendo la plaga contra
sus inventores.
Preparó una expedición contra el país de Dendi, en la que conseguí meter a mi
fiel el-Amri y, mientras acampaba en Kabara, a tan sólo cinco kilómetros de la
ciudad, murió de unas fiebres rapidísimas. Le sucedió BuIkhtyar al mando de la
tropa, mandado llamar urgentemente de Vadar, donde era comandante, pero era tan
deshonesto y ladrón como Mahmud y no tardó en sufrir la suerte de Mansur
Abderramán, enterrándolos a ambos en el sótano de la mezquita Sidi Yahia con todos
los honores.
Seguidamente Al-Mansur envió al Sudán al pachá Mohammed Taba,
compañero de armas en la batalla de Alcazalquivir, que llegaría a Tombuctú el 28 de
diciembre de 1596 a la cabeza de 1. 000 jinetes, con Reduán de segundo, y la misión
de quitarme el mando de las tropas. Mohammed Taba era un hombre experimentado
y de edad avanzada, pero igualmente inepto para regir los destinos de la colonia y,
mientras acampaba en Ankondi, en una nueva incursión contra el país del Hoggar,
mis hombres lo abandonaron a la hora de la gaila, la siesta sagrada del desierto, en un
día de calor intenso, perdiéndose o desapareciendo en una llanura sin horizontes
donde las dunas son trampa incluso para los camelleros y guías que se rigen por el
color de las arenas, y nunca más se supo. Le sucedió el caíd el-Mustafá, que conocía
de sobra mis intenciones y quien antes de regresar a Binka donde yo estabaaprovisionándonos de patos y gansos, una especie del tamaño de una oveja, blancos y
negros, con una bella mancha escarlata sobre el lomo, que habíamos aprendido a
embuchar -tuvo varios enfrentamientos de éxito con los tuareg del Hoggar con los
que pretendía legitimar su mando; pero no era un hombre creador y, ante la
pretensión de alzarse con el mando de la tropa, sus mismos hombres se lo
desaconsejaron, dejando Al-Mansur finalmente en mis manos, de puro cansancio, la
autoridad absoluta de su ejército.
Como primera medida hice limpiar y frotar las paredes del palacio Mádugu
hasta erradicar el hedor de los crímenes de Mahmud y, tras echar a la calle a todos los
magos y hechiceros con sus pertenencias, lo dejamos tal y como había salido de los
planos de Es-Saheli, su arquitecto y compatriota; luego nos dirigimos a Yinguereber
y dirigí la oración del viernes. Mi autoridad era indiscutible entre los míos y a los
nativos rebeldes tan sólo les aplicaba “el bastinado” o les cercenaba el dedo pulgar o
el índice de la mano derecha, siendo el resultado inmediato la concordia. Volvieron
las escuelas y medersas a abrir sus puertas, aunque disminuidos de alumnos y sabios,
y sólo faltaba que el-Mustafá, tocado por la ambición, aceptara mis órdenes de
presentarse en Tombuctú; pero se detenía demasiado tiempo en el puerto de Kabara y
envié a Es-Sekhabi con órdenes enérgicas de cortarle la cabeza. El-Mustafá murió en
Kabara y fue enterrado a Tombuctú, en la cripta de la mezquita de Sidi Yahia, el
andalusí, un 4 de julio de 1598, con los mismos honores que los anteriores.
Existía la antiquísima costumbre en Tombuctú de sacrificar un toro blanco,
manchado de negro y con las orejas a la altura que los cuernos, el día en que tomaba
posesión la máxima autoridad de la misma, y fui con él a casa de Abu Hafs Omar,
reintegrado en sus funciones de caíd y, sabiendo que nada agradaría tanto a los del
lugar como a mis hombres, le dije:
- He aquí, caíd, el toro que te traigo para que prepares la salsa con su carne y
que se haga la voluntad de Dios.
- ¿Quiere decir, mi hermano Yuder Pachá, que vuelvo a mis funciones de
Caíd?
- Quiero decir lo que oyes, caíd.
- Y eso te honra, pachá Yuder, ¡Alá te bendiga! Todas las cosas en este mundo
dependen de sus orígenes: La generosidad es una cualidad que se transmite de padres
a hijos, así como la hipocresía y la revancha, veremos si eres hijo digno de esta
ciudad. Porque si lo eres, Alá habrá oído nuestras plegarias y no habrá creado un día
parecido a éste.
- Si mis palabras no son sinceras, caíd, que el día en que se muera mi mejor
amigo nadie me ayude a llorarlo.
- Te creo, hermano, pues veo que conoces a los hombres y que te conoces a ti
mismo.
Llevaron al toro a las afueras, por donde sale el sol y, aunque mis hombres
querían hacer con él una gran fiesta al estilo de España, tuve que detenerlos por no
estar en sus costumbres; luego lo sacrificaron y hasta los viejos -que son los que más
habían sufrido en los años de Mahmud - participaron en el banquete haciéndolo
acompañar de la música de tambores y de unos corderos, que allí llamaban “carne de
hombres”, porque ninguna mujer podía comer de ellos, y a continuación se hizo
pantomima de combates con camellos - una ala de mi nuevo ejército que quería
potenciar - y que nos volvió al centro de la ciudad, en las que participaron mis
hombres con gran regocijo general.
Pacificado el ejército y acabada la semana de funerales por los muertos de
ambos mandos, mi primera responsabilidad fue abolir la esclavitud, en un país cuya
historia se había escrito con más sangre que la de cualquier otro y en el que se
cambiaban esclavos por la sal negra que se daba a los asnos o para condimentar la
salsa.
- Ninguna persona podrá ser vendida -les dije en la oración del viernes, ¿no
decís que Tombuctú es una ciudad santa en la que nadie puede ser esclavo?,
¿entonces por qué os jactáis de tener esclavos? Os digo que nadie pertenece más que
a sí mismo y que quien los posea en adelante se las verá con el hierro; pues, para que
un país viva y se perpetúe hacen falta hombres libres y si el fuerte se apodera del
débil y lo vende, ¿cómo podrá desarrollarse?
- ¡Que se haga la voluntad de Dios! -dijeron a coro.
- Y os digo más, cada uno dispondrá en adelante libremente de su mujer, de
sus hijos y de sus cosechas.
Y todos clamaron con una voz: «¡Loado sea Dios! Saludemos al extranjero
que así nos habla y que Dios lo guarde mucho tiempo entre nosotros. Porque si alejas
la guerra de nuestras puertas, todos te seguiremos y podrás ser nuestro sultán.
- No quiero ser vuestro sultán - les dije-, pero aceptaré el poder y lo pondré a
vuestro servicio.
- Amén -dijeron los morabitos.
- Amén -clamaron todos a un tiempo.
El oro no estaba en Tombuctú. Venía del Buré, Kinieba y Djabé, cerca del
Bambuk, en el país de Kita, y todos querían saber de quién era el oro si del que lo
traía a Tombuctú o del que mandaba en la ciudad, y les dije que del que lo traía, así
como los caurís, que eran la moneda que circulaba en los mercados. Les dije que mi
ejército garantizaba la libre circulación de las caravanas y que en adelante todos
podrían testificar la veracidad de mis palabras y me dieron el nombre de «Turé”, que
era el que daban a los primeros que habían traído la religión del este. Luego me
preguntaron si al que contraviniera mis leyes le cortaría el cuerpo en dos o le
rompería el cráneo antes de cortarle la garganta, como era costumbre desde tiempo de
los faraones, o bien, lo enterraría en un agujero cargado de hierro como los askia, y
yo les dije que no sólo no le pondría el hierro en la boca a un semejante sino que lo
traería a la plaza pública para que fueran sus imanes y letrados quienes lo juzgaran.
Pacificada la ciudad, el siguiente paso fue Masina, donde envié a el -Torki y a
el-Telemsani con mil quinientos jinetes; luego Zara y Chinimku, donde el-Telemsani
fue alcanzado por una flecha envenenada de la que, como sufriera mucho, se dio el
tabaco y el fumar le provocó fuertes vómitos que le limpiaron la sangre del veneno,
adquiriendo y aconsejando desde entonces el hábito del tabaco y no dejándolo hasta
su muerte.
La siguiente medida fue sustituir a Ez-Zober y a Seliman de la tesorería y de
sus funciones de mandar oro a Marrakech, pues no había oro que mandar; luego
liberé a los prisioneros que estaban en las cárceles desde tiempos de Mahmud y
revisé los casos de desavenencias entre mis comandantes, incluidos los rebeldes. La
mayoría estaban asombrados y algunos presentaban su dimisión, expresando el deseo
de regresar a Marrakech, y hubo que deshacerles el equívoco con paciencia. No se
trataba de entregar el país al enemigo sino de conquistarlo con astucia y devolverle la
confianza, haciéndoles ver que no proseguiríamos más por el camino de la muerte y
que esa política nos convenía a nosotros y, una vez convencidos, decidí marchar a los
pueblos todavía rebeldes, sin consentir que las tropas entraran primero antes de abrir
el diálogo. Tal política exigía todos los instantes del día, pero no conozco pueblo más
dispuestos al diálogo y con mayores ganas de parlamentar. Tampoco conozco
pueblos más dados a la brujería, en la que sobresalían las mujeres por encima de los
hombres, y la primera tarea antes de entrar en ellos consistía en saber quiénes tenían
el poder, aunque fueran sus maridos los que me recibían.
Gracias a ellas descubrí la manera que tenían los herreros de fundir el hierro
en los hornos para hacer fusiles y la manera de sacar pólvora de los excrementos del
taron-taronnin, un pájaro local, del que cocían los excrementos en un gran fuego y
luego lo filtraban y solidificaban en calabazas, añadiéndole a este liquido potásico
burgu seco y carbón vegetal, hasta obtener pólvora, para nosotros tan necesaria
debido a la lejanía de la capital.
E iniciamos seguidamente la reconstrucción. Un cuerpo del ejército llenó de
pozos el camino a Taodeni con el fin de abrir las minas al comercio, urgentemente
necesitados de sal como estábamos, y otro llenó de acequias los llanos de Gundam a
Dongoy, que en adelante serían el granero de Tombuctú, irrigando grandes
extensiones que se repartieron entre los soldados y los nativos. La impresión fue tan
grande que todos querían ver con sus ojos lo que habíamos hecho y el Kala-Cha’a de
Yenée pidió una tregua y salvoconductos para venir a Kabara. Miraba fascinado las
pequeñas presas con el rostro encendido y fue en adelante no sólo un jefe sino un
padre para mí, al darme en matrimonio a Aicha-Cha'a, su bellisima hija, tan capaz
como Addiyat de seguir dos conversaciones a la vez sin perder el hilo de lo que decía
un tercero, y a quien le pedí que no me llamara mi Señor, como acostumbran llamar a
sus maridos las mujeres de estas tierras, prometiéndole adoptar como míos los hijos
que tuviera.
Limpiamos igualmente el canal de los hipopótamos, cegado por las arenas,
Tombuctú volvió a tener agua sin problemas. Resucitábamos. Quedaba por afianzar
la política de alianzas, interrumpida por Mahmud, y preparamos cuidadosamente un
encuentro de pueblos amigos del que saldría el compromiso de defenderlos siempre
que se vieran en peligro. Reduán corrió en auxilio de la ciudad de Yenée en varias
ocasiones para echar del país a las gentes de Chinimku, el-Feta acudió a Masina
contra el rey de Melli y otro tanto hicieron el-Andalusí y Bu Gheita el-Amri con los
bambara.
Nos faltaba un askia de prestigio, que se hiciera cargo de la administración
desde Gao a Yenée, para que nuestra ocupación quedara legitimada, y reuní a mis
comandantes. Algunos condenaban mi blandura, pero aceptaban la evidencia de los
hechos y a el-Feta le salían lágrimas de los ojos. Por primera vez vivían y veían la
posibilidad de mantenemos y ya pensaban en llenar aquello de españoles, construir
ciudades y abrirlas al comercio. Marrakech quedaba lejos y mi venganza se cumplía
al haberle arrebatado a Al-Mansur la flor de su ejército, desguarneciendo aquel país
de sus mejores hombres, que ahora estaban a mi mando en número de diez mil, casi
todos renegados.
Tomó la palabra Reduán y llamó hermanos a sus compañeros:
- Este es un gran día para todos y mi corazón me dice que tenemos al hombre
que nos conviene y que siempre hemos llevado en el pensamiento desde que dejamos
Marrakech, aunque no hallamos sabido verlo hasta ahora. Sin él nos hemos comido
unos a otros como lobos, hemos despedazado al país y Dios nos ha castigado con
toda justicia hasta hacemos recordar por su medio que el cielo y la tierra son para el
que los merece y no para el que los conquista a punta de lanza. Pues bien, hermanos,
en lo que a mí respecta esto se ha acabado. Yuder es nuestro jefe y digo delante de
todos que le arrancaré el alma a quien lo combata o denigre, que si es bueno tener rey
coronado a quien obedecer, es mejor tener un guía que nos marque con claridad el
camino que nos lleva a buen puerto, que mejor que la fortuna es el honor y la alegría
de haberse embarcado en una aventura justa y noble, sin la que todo lo demás andaría
errado.
- ¡Que el Altísimo le conceda larga vida y perfume su memoria! -dijo el -Feta.
- Amén, así sea -exclamaron todos.
No llegamos a un acuerdo en el tema del askia. Nadie quería ver a uno de
aquellos negros sobre un estrado, reinando sobre nosotros, pero estaban
genuinamente entusiasmados y las vivas en mi honor tronaban el aire.
- Sea como queréis -les dije-, pero sí debo poneros en guardia respecto a
algunas cosas con las que no pasaré sea quien sea quien las traspase. Sé que muchos
os burláis de las creencias tradicionales de estas gentes, pero sin embargo os pido que
jamás profanéis las tumbas de sus santos y que no toquéis la piedra que se alza a la
cabeza de la tumba ni busquéis en ellas objetos de valor. Que no os comáis el grano
destinado a la sementera, que no os acostéis con sus mujeres y que escuchéis a todo
el que venga a vosotros en demanda de justicia. Igualmente os pido que cuando
vayáis al mercado no os comáis el mejor trozo de carne delante de la gente y que, al
igual que tomáis sus mujeres, aprendáis la lengua del país en que estéis, que es la
lengua la que embellece a un pueblo, consolida la familia y al país.
- ¿Y qué lengua aprenderemos, cuevano? Hay en este río más de una docena
de lenguas y es imposible aprenderlas todas.
Reían de buena gana y los fui abrazando uno a uno. Aquella noche Cristo de
los Santos me dijo al oído, con lágrimas sinceras, que me estaba ganando el cielo. ElAndalusí reía con todas sus fuerzas mientras se vaciaba en el gaznate vasos de
auténtico vino de uva, Dios sabe la procedencia. Me sentía transportado a un
universo de ensueño y tan sólo le faltaban a mi dicha mi querido Ali ben Mostafa,
Mariam, mi pequeña hermana, Dalia y mi padre en el recuerdo, Ibn Guzmán, Ben
Haddad, Ben Ateía y otros comandantes en el dolor, que tanto habían luchado por la
empresa y que se habían ido quedando en el camino.
Al día siguiente repetí con fervor los ritos en la mezquita y luego me senté
durante horas con la espalda apoyada en la pared, insensible a cuanto me rodeaba. No
intentaba pensar. Mi mente estaba abierta con sencillez al pensamiento de Dios y de
aquellas tierras yermas que nunca parecían haber tenido más destino que el de servir
de retiro a hombres de buena voluntad, que aceptaban el destino con sumisión, como
si fuera Dios en persona quien se los mandaba.
Al salir de Yinguereber, el sol se deslizaba hacia lo alto del día y la arena
echaba fuego. En los días pasados habíamos visto a muchas gentes en busca de sus
casas y tierras y ahora escuchaba el clamor de miles de gargantas que corrían de
puerta en puerta. Ladraban los perros delante y detrás de niños y mayores y aun las
mujeres corrían perdiendo los velos en la carrera. Por las dunas del norte,
exactamente por donde habíamos señalado el camino de Taodeni, emergía la cabeza
de una pequeña caravana de quinientos o seiscientos camellos, que se acercaban a la
ciudad llamando a la gente con voces rotas por la fatiga. Los camellos llevaban
cuatro barras de sal cada uno a su costado y los seguía una nube de polvo, como una
pequeña cortina que oscurecía el sol ligeramente. ¡Loado sea Dios! Alá vuelve a
sonreírnos, decían clavando en tierra rostros de incredulidad. Nadie había llamado a
aquella caravana, pero la fe era más fuerte que la espada del califa y allí estaba. Se
había presentado de improviso en nuestras puertas y un gran pueblo despertaba,
espontáneamente esperanzado a su paso.
18
Senté a Aicha Cha’a en las rodillas y la cubrí de besos, luego aspiré el
perfume de su cabello negro y liso, mientras le acariciaba su brillante piel azabache
como en sueños y, sin verla derramar una sola lágrima, le entregué mi anillo y salí de
la casba, decidido a no mirar atrás y seguir un camino que no me llevaría a ninguna
parte. Desde que se había enterado de mi partida su reacción había sido formidable y
había permanecido en todo momento a mi lado con el rostro descubierto para que me
llevara la esencia de sus ojos. Afuera me esperaba el ejército en formación y fui
abrazando uno a uno a mis comandantes, intercambiando vigorosas palmadas con las
que expresaban su respeto y amistad. Desde el día de la conquista, les iba diciendo
uno a uno, no he hecho otro cosa que defender las ciudades de este reino. Sólo he
matado asesinos y espero que vosotros hagáis otro tanto.
A mi lado miles de soldados y de ciudadanos de toda condición, agrupados
por gremios, y en un silencio respetuoso. A la cabeza de la caravana, cien corceles
cubiertos con caparazones de oro y acero, seguían treinta camellos en doble fila
ricamente enjaezados y cerraban marcha los mulos del transporte, los enanos y las
vírgenes, regalo al califa.
El 4 de agosto del año de gracia de 1598 había recibido la orden urgente de
presentarme en Marrakech y no había respondido a la llamada por desconfiar del caíd
que venía a ocupar mi puesto. Era portugués, lo envié al Hoggar en misión de
entrenamiento, y el -Bortoggali se perdió en las arenas con sus mil jinetes. Al
granadino el-Fil, el siguiente caíd con órdenes de ocupar mi puesto, lo envié a las
provincias occidentales con sus quinientos jinetes. Era un hombre necio que se
entendía mejor con las bestias que con las personas y ni por un momento lo consideré
apto para regir los destinos de la colonia. En diciembre finalmente se presentó
Ammar, viejo conocido y amigo de Vera del Almanzora, y convoqué a los
comandantes.
Al parecer Al-Mansur no conseguía poner orden en el reino y se encontraba
sin fuerzas para hundir la daga en el miembro enfermo, que no era otro que el
corazón de su heredero, Ech-Cheikh, una caverna de escorpiones, que ponía en
peligro su reino. El Todopoderoso le enviaba al califa un mensaje tras otro y él no lo
escuchaba. Había desbordado los ríos de la región de Fez, había desatado la peste en
el Sus, y seguía sin oírlo, mientras los guardianes de la religión, los augures y
sembradores de pensamientos negros aumentaban de día en día y salían a las calles y
a los caminos predicando ruinas e incendios; de manera que el desorden crecía y el
Magreb entero temblaba.
- Marruecos está en peligro y si nos quedamos sin un amigo fuerte, corremos
el peligro de quedar aislados y empobrecidos en número -decía Reduán.
- Con su pan se coman su hambre y su miseria -decía el-Andalusí, partidario
de quedarnos todos donde estábamos y que los marroquíes solucionaran solos su
problema-. Somos superiores a ellos en todo y caso de necesidad, siempre podríamos
traer españoles de Túnez y de Argel, donde hay tantos miles como en Marruecos,
mientras que tú aquí vales por mil ejércitos.
- Nadie con más prestigio que tú para restablecer el orden, con tus hazañas
corriendo de boca en boca por todo Marruecos -seguía Reduán y poner orden en la
capital es lo que nos conviene, al fin y al cabo es una vía que ya tenemos abierta y las
otras estarían por abrir.
- Ninguno de los tres hijos del sultán son de fiar, ¡malditos sean! -decía
Ammar, el recién llegado de la capital para sustituirme-, pues más parecen diablos
que personas. Abu-Fares es un mujeriego indolente y cobarde, Zidán tiene carisma,
pero nos desprecia. Odia esta empresa y va diciendo que hay que abandonarla, pues
tarde o temprano se perderá, y Ech Cheikh, el mayor, el heredero, es un disoluto sin
conciencia. A Ben Aissa, secretario de su padre, le robó veinticuatro cajas con
incrustaciones de oro y cien embalajes de telas de damasco. Es además de libertino,
ladrón y pederasta.
- Nada me gustaría tanto como negarle al jerife este servicio -les dije-. El
problema es si el aislamiento le conviene o no a nuestra colonia, ahora que estamos
metidos en la presa de Gundam en la que necesitamos mano de obra y agricultores
experimentados.
- Si queremos sacar adelante esos proyectos, no nos conviene el aIslamiento -,
insistía Reduán.
- ¿Y por qué no decidirnos por Mulay Abdellah, el hijo mayor de EchCheikh?
-dijo el -Fil-. Es joven y con dotes de mando. Deberíamos tenerlo en cuenta.
- Es un lobo criado entre fieras -dijo Ammar-, ¿cómo apoyar al hijo de un
padre tan desprestigiado? Nos cogeríamos los dedos.
- Largas han sido las noches y los días y grande el sufrimiento para llegar
donde hemos llegado -les dije un tanto abatido-, y de aquí nadie nos moverá. La
aventura ha sido colmada y nadie podrá decir que el Paraíso no existe para nosotros.
Existe y no hemos corrido tan largo trecho para que ahora nos lo dejemos arrebatar.
Habéis batallado con coraje y quiero que en adelante lo hagáis con inteligencia,
porque tenéis más virtudes de las que creéis, pero sólo el éxito las pone de relieve y
el nuestro está en el esfuerzo honorable y no en la crueldad estúpida ni en la
indolencia.
- ¿Otro discurso, cuevano? -dijo el-Andalusí parándome en seco- ¡Señor,
Señor, nos has dado un cura en lugar de un general!
Se escuchó un murmullo, como un zumbido vibrante que acalló los últimos
sonidos de el-Andalusí y con el silencio volví sobre mis palabras.
- Lo que quiero que entendáis es que aquí todo está por hacer y que no
podemos quebrantar la fe de los que nos siguen. Quiero que entendáis también que si
vuelvo a Marruecos no lo hago porque me sienta obligado por servicio alguno a reyes
y tiranuelos, que somos una colonia de hombres libres y libre es quien no reconoce
más dueño que a sí mismo, y con esto quiero decir dos cosas: Que este país, que es el
nuestro, nos está observando, y que si me voy de él, es porque me repugna lo que
hasta aquí hemos hecho y tengo la esperanza de llenarlo de compatriotas que sean la
levadura de este continente. ¿Veis esos desiertos? Sé que con este río podemos
convertirlos en jardines y que lo haremos, nos cueste o no el pellejo; porque, aunque
la esencia del desierto es el individuo marchando en solitario, la nuestra es la
voluntad compacta de todos.
- Si te vas, vendrá el caos -dijo el-Andalusí interrumpiéndome.
- No me iré sin antes crear un consejo que ratifique a Ammar en mi ausencia,
si procede, y luego fije la sucesión de los pachás, que no estoy dispuesto a que nadie
aproveche mi ausencia para cometer excesos ni a perder la partida, porque volveré.
La opinión era mayoritaria en favor de mi marcha. Los fui abrazando uno a
uno y, al pisar el patio, las muchedumbres que habíamos conquistado, enteradas de la
partida, llenaban las calles, la plaza del “Gran Día” y los alrededores de Sankoré,
necesitando que los soldados me abrieran paso porque todos querían tocarme.
- Eres el agua, la sal y el pan -gritaban las mujeres.
Los amines, ulemas, divanes y jurisconsultos inclinaban la cabeza, los
comandantes lloraban y los soldados levantaban los mosquetes en silencio. Al pisar la
primera duna, quise hablarles al comprobar que todos me seguían, pero tenía trabada
la garganta por la emoción y levanté el brazo, lanzando hacia la lejanía una sonrisa.
Aícha Cha’a se había quedado retrasada junto a las primeras casas y levantaba un
brazo tan desangelado y solitario como el mío. Varias mujeres habían ocupado un
sitio en mi corazón, pero ninguna tanto como ella, que había adivinado que
emprendía el más extraordinario y último de mis viajes sin derramar una lágrima.
Era el 25 de marzo de 1599 y me acompañaba Reduán, tan cabizbajo como yo
por la negrada perdida, dos bellísimas muchachas peul, que el alcalde de Duentza le
había regalado y a las que recordaba con lágrimas. Aquellas muchachas le habían
reconciliado con el país, como dicen que le sucedió a Ibn Battuta en Niani, y no había
forma de consolarlo.
- Para ti ha sido fácil -me decía entre juramentos-. Todo lo encuentras fácil,
pero yo nunca he sabido lo que es vivir hasta dar con mis dos peulitas, me cago en...
- De todos modos, no es momento de blasfemar, ¿no sabéis hacer otra cosa los
aragoneses?
- Los aragoneses hacemos lo que nos sale de los cojones. Yo ni veo tantas
providencias como vosotros ni me entran ganas de dar gracias, con esta vida perra
que llevamos.
Marrakech vivió a nuestra llegada una fiesta sin parangón en el curso de su
historia. Las casas estaban engalanadas con tapices y tejidos que colgaban de las
terrazas, los muecines hacían descender con grandes alaridos desde lo alto del cielo
palabras de gratitud a Dios que se precipitaban unas sobre otras con una
voluptuosidad desconocida, mientras las tropas de élite salidas a nuestro encuentro
avanzaban en orden impecable, los gabjiva, los chauchs, las tropas del Sus, los
cherarga, cada alineación flanqueada por uno de los intrépidos que habían hecho la
guerra conmigo o con Mahmud y que, emborrachados de vaciar copas de gloria,
después de tanta sed y sufrimiento en las arenas, se olvidaban de apostrofar a las
gentes de Marrakech en la lengua de Navarra y de Andalucía, y les enseñaban sus
encías escorbúticas con grandes risotadas, golpeando el oro de los múltiples trofeos
que brillaban en sus brazos, en su pelo y en su cuja, y que habían sido arrancados de
las gargantas, brazos y pies de las mujeres de Yenée y Tombuctú. Los espectadores
que llenaban los accesos a la plaza de la Yemaa el- Fnaa apenas podían contener los
nervios. Las mujeres en las terrazas se excitaban con gritos agudos, dejándose
transportar por el alegre delirio de los ruiseñores y en las calles, mientras tanto,
sonaban los tambores, golpeados por los hábiles dedos de los renegados, las
trompetas de metal pulido, las rhaítas y, tras la guardia particular del califa, esculpida
en bloques de oro desde los petos de los caballos a las corazas de los caballeros, los
biyak de bonetes rojos, los sollaj con la cabeza adornada de tallos dorados, los
chamchariya, cuyo jefe era Bakhtiar, y a unos cincuenta pasos y en solitario, el caíd
Reduán, vestido con un caftán blanquísimo.
Tras los chamchariya y serradja, los mercenarios de todas las razas y nuestros
andaluces de Marrakech, seguidos por la corte de enanos y jóvenes princesas negras;
luego venía mi caballo, hacia el que todos volvían los ojos deslumbrados y, a
continuación, otra multitud de tambores, gaitas, insignias y emblemas y, detrás, el
majestuoso sultán, recibiendo las muestras de respeto y de admiración de sus
súbditos, seguido a corta distancia por los lanceros, los embajadores y las
delegaciones de las mezquitas y medersas, en un espectáculo sin parangón para la
vista, salvo en el propio Paraíso.
No había podido descubrir a mi familia, a Dalia, entre tanta gente y tampoco
encontré la forma de escapar del palacio el Bedi, donde los parabienes y
celebraciones vieron el alba. Flotaba en el ambiente una atmósfera irrespirable de
miedo, magia y crueles augurios, que profetizaban la muerte del jerife y matanzas
masivas entre los partidarios de uno y otro bando, y urgía hablar a solas con el califa.
- ¿Cómo está mi príncipe? Me habían dicho que se hallaba enfermo y lo
encuentro con una salud de hierro.
- La muerte ha cambiado de opinión y me alegro de que tú también hayas
cambiado la tuya, porque debería meterte entre rejas por no escuchar mi llamada.
- Mi Señor lo ha hecho en una ocasión y me quitaría un gran peso de encima si
volviera a hacerlo.
- ¿Sigues dolido conmigo, cristiano? ¡Quiera Dios borrar ese recuerdo de mi
memoria y de la tuya! Siempre has sido un hijo para mí y ahora el reino te necesita
más que nunca.
- ¿Quién creéis que es el más fuerte?
- Tendrás que decidirlo tú, yo me encuentro cansado.
Sufría la peste, tenia el color blanquecino de un cadáver y había perdido la
mirada aguda de otros tiempos, cuando te atravesaba con mayor precisión que una
lanza.
Desde su enfermedad reinaba Radina, su favorita sudanesa, y en las dos
últimas semanas había provocado los suicidios de Nesim, Meryem y Amina, mujeres
del Dueño, había envenenado quince caballos y ocho camellos y una noche de calor
había desgarrado una cortina magnífica, laminada en oro. También se le imputaba la
destrucción de dos minaretes en los pueblos vecinos a Marrakech, desde los que los
muecines la habían insultado, el saqueo de la iglesia cristiana de la Gran Sajena, muy
rica en cruces y bordados portugueses, las inundaciones de Fez, que habían alcanzado
varios metros en la baja medina, y los impuestos durísimos con los que alimentaba al
gran ejército del hijo abominable, amante de todo tipo de prácticas sexuales contra
natura.
No encontré rastro alguno de Dalia ni de los tíos, que al parecer habían
regresado a la península o se habían mudado de lugar, y preparé rápidamente el
ejército para intentar reducir a Ech-Cheikh, que había reunido a un contingente
considerable de hombres a base de grandes dispendios de oro y plata y el apoyo del
turco. Mi ejército se comportó con extraño ímpetu y lo arrollamos en Fez, “muerto el
perro se acabó la rabia”, pero el califa se negó a cortarle la cabeza como se merecía y
los ulemas le aconsejaban, desterrándolo a los estados sureños de Sijilmasa y Draa.
Al poco tiempo nos llegaban noticias de que preparaba un nuevo contingente en
aquellas regiones, al que se le uniría Zidán con 12. 000 jinetes al mando de un
español, llamado Mustafá y, acompañado de Al-Mansur, les salí al encuentro en
Tadela, cargando de hierros nuevamente al heredero.
En el país no se hablaba ya de otra cosa que de estas victorias y todos
reventaban de orgullo. Los ulemas le pedían al jerife con insistencia la muerte de
Ech-Cheikh, pero inútilmente. Al-Mansur era un hombre extraño y bastaba que la
opinión general se aglutinara en tomo a una idea para que él buscara la verdad en
otra.
- Si dejas a esos dos hijos tuyos en libertad, no podrás contenerlos -le decían
los ulemas.
- ¿Cómo puedo matar a mi propio hijo y heredero? -les contestaba.
De regreso a Marrakech, Aícha, la madre de Zidán, que nos acompañaba, le
dio a comer higos envenenados al jerife y éste pagó así su indecisión, muriendo en el
camino el 28 de agosto de 1603 ¡Dios lo acoja en su misericordia! Oculté su muerte
y, una vez enterrado en el cementerio Saadí de el Bedi, no me quedó más remedio
que coronar a Abu-Fares, el segundón, que a nadie nos gustaba, consiguiendo el
juramento de todos los notables con la excepción de Zidán, que se hacía coronar
simultáneamente en Fez. Le salí al paso de nuevo en Tadela y, como si fuera nada, le
puse en fuga con facilidad destruyendo Zidonia, la ciudad levantada con su nombre a
orillas del Umn er-Rabia.
De todos los hombres que he conocido, Zidán era a buen seguro el más
escurridizo y valiente y no encontraba la forma de atajar la marea de su rebelión. El
vulgo me aclamaba y celebraba mis victorias, pero sin el apoyo necesario para
reforzar mi ejército de nada servían los milagros y, en cuanto una discordia cedía y se
acababa, otra nueva comenzaba y Zidán regresaba con más jinetes y cañones,
empeñada Inglaterra en coronarlo. Porque volví a derrotarlo en dos nuevas ocasiones
sin apenas fuerzas, haciendo marchar mi ejército con un tiempo endiablado en medio
de la lluvia, la nieve y la cellisca, que harían inútil su artillería, y volví a hundir al
león sin conseguir rematarlo, de manera que se rehacía y levantaba y otra vez
volvíamos a empezar con gran desánimo de todos.
La guerra no era la solución, estando por medio tan gran potencia que le servía
de armas modernísimas que hacían inútil mi caballería y, consciente de que la colonia
estaba en mayor peligro que nunca, intenté mediar entre ambos. Zidán puso como
condición de paz que hiciera volver a todos los hombres del Níger y Abu-Fares, muy
airado conmigo, le dio el mando de las tropas a su hijo, que le perdería sucesivamente
dos ejércitos, uno en las arenas del Sáhara, adonde había ido tras los pasos de Zidán,
y el otro en las puertas de Marrakech, dejando la ciudad desguarnecida y
sorprendiéndonos a todos, mientras el califa huía solo, sin escolta, sin su harén y sin
sus tesoros. Y no huimos tras él, porque estábamos desilusionados con un califa que
atendía más a su harén que a los negocios del reino, muy hartos de tanta bestialidad,
de tanto odio y tanto placer en la matanza, y confiaba todavía en llegar a un acuerdo
con Zidán, a quien le había salvado la vida en varias ocasiones.
Nos hallábamos no obstante enloquecidos por el vértigo de acontecimientos
tan mudables, mis caídes en agonía, rotos y enmudecidos, salvo Reduán, y con el
cielo encima nunca más negro.
- Tenemos dos soluciones -les dije-, correr con los nuestros o intentar pactar
con Zidán a toda prisa, porque el saco de la ciudad es inevitable.
- Podríamos huir con el califa y empezar de nuevo -dijo Reduán.
- ¿Empezar de nuevo con el califa? Imposible. Está demasiado desprestigiado.
- Entonces habrá que negociar, recurrir a la persuasión y a la astucia.
- Imposible negociar. ¡Dios nos guarde! Las tropas enemigas están en la
ciudad -dijo Cristo de los Santos-, y Zidán en estas condiciones no negociará.
- No existe la palabra imposible y lo que veo ahora es un país a conquistar.
Ayer nuestra presa fue el Sudán y hoy es Marruecos.
Se quedaron boquiabiertos mirándome.
-Has podido hacerlo en muchas ocasiones. Hoy es tarde-me contestaron.
- Hemos vivido momentos peores y de todos hemos salido airosos, ¿vamos a
esperar resignados el degüello? Quiero que cada uno de vosotros corra por barrios
distintos y diga que Yuder necesita hombres, que no vamos a implorar clemencia y
los ahogaremos en sangre.
- Estamos sin armas y sin caballos y, entre la mellah judía y el barrio andaluz,
hay más de treinta mil de los nuestros, casi todas mujeres y niños, que correrían
nuestra suerte si los levantamos. Estamos en las manos de Dios.
Debí sentarme fulminado y con las cuencas vacías del moribundo que se
pierde en las dunas y da con sus huesos en el suelo a la hora de la canícula, el alma
llena de ríos, arenas y palmeras, porque me miraban atónitos. Había cometido dos
errores: Ceder el ejército a Mahmud tras la conquista, hecho que pudo costamos la
colonia y nuestras vidas, y cedérselo ahora al califa, con tan grave riesgo para todos;
pero ¿qué otra cosa podía hacer siendo Abu-Fares más que un rey? Nos llevaron
presos y los notables, cansados de tanta lucha intestina, se inclinaron ante los
vencedores y les dieron las llaves de la ciudad. Escuchábamos al populacho
aclamándolos en las calles y podía ver a las mujeres arrojarles flores y agua de
naranja desde las terrazas, como habían hecho conmigo en tantas ocasiones. Los
guardianes de la religión les pidieron que no les hicieran daño y ellos así se lo
prometieron, asegurándoles Zidán que no era un conquistador sino un libertador. Para
todos ellos una maldición y para mis hombres, que no conocen la derrota y han
logrado un paraíso, casi tan bello como el imaginado; para los cientos de miles de
españoles que vagabundean sin patria por el mundo, una oración.
EPILOGO
El 6 de agosto de 1606, fecha de la muerte de Yuder, acaba su diario sin
que las numerosas crónicas posteriores se pongan de acuerdo sobre la valoración de
su gesta. Los historiadores franceses, con De Castries, La Chapelle y Delafosse a la
cabeza, afirman que la operación del Níger fue desastrosa: Al-Mansur perdió en la
empresa la mejor parte de su ejército, víctima del clima y de las muchas guerras
intestinas, yéndose los tesoros conseguidos en sueldos y armamentos. Idéntica
opinión mantiene Ahmed Baba, el sabio sudanés, internado en Marrakech por
Mahmud ben Zergún, dolido por el hundimiento del imperio songhai y la humillación
de su pueblo, “por el que tendrían que pasar generaciones para recobrar el alma
perdida”. “Los envíos mandados por mi padre” diría el nuevo califa, Mulay Zidán-,
“que ascienden a veintitrés mil hombres, han acabado en pura pérdida de la que sólo
se salvaron quinientos hombres que regresaron a morir a Marrakech”.
El Tarik el-Fetach, en cambio, así como el Tedzkiret en-Nizan, que relatan la
conquista, y el Durrat al-Hiyal, que contiene tres casidas dedicadas a nuestro
conquistador y una pequeña bibliografía; pero sobre todo las crónicas sudanesas de
Es-Saidi, autor nacido en Tombuctú en la noche del 28 de marzo de 1596, en el
mismo momento en que aparecía la luna llena sobre la ciudad, aun siendo negativas
para los marroquíes, ensalzan de forma sencilla y conmovedora la figura de Yuder, su
inteligencia y dotes de mando extraordinarias, así como “la bondad y suerte con la
que fue favorecido en todo tipo de empresas, hasta el punto de que no conoció
proyecto sin que lo realizada al grado de su deseo, concediéndole Dios mucho más de
lo que él mismo esperaba. En los pueblos y reinos que en tiempos de Mahmud
andaban entregados al bandidaje, al terror y la pólvora, reinaron con él la paz y la
belleza. Soñó un imperio, imaginó ciudades, trazó caminos, levantó casbas, conoció
la gloria y nunca lo llamaron asesino de vírgenes y madres, ganando todas las
batallas, aunque tras ellas se le escapara la victoria última”.
Estas mismas crónicas sudanesas, llamadas Tarik el-Sudan -un libro que según
Ortega todos deberíamos leer-, afirman que Mulay Abdallah les cortó la cabeza a los
once caídes, cogidos en Marrakech, enviándolas como regalo a su padre Ech-Cheikh,
quien al verlas quedó tan horrorizado y le cogió tan grande aversión a las cosas de
este mundo que se apartó del poder. También indican que fue Aícha la instigadora y
causante de sus muertes, al convencer a Zidán de que les cortara la cabeza con la
pretensión de que, una vez muertos los caídes de su padre, su autoridad sería
indiscutible y la disfrutaría en paz.
Lo cierto es que este califa le profesaba a Yuder un odio implacable y que le
hacía responsable de todos los males que le habían acaecido a Marruecos. En frase
suya: “Mi padre le ha dejado que gozara de su fama y prosperidad cuando era su peor
enemigo, puesto que lo dejó empobrecido. Nos ha quitado la gloria y nuestros
súbditos tienen más fe en él que en nuestras sagradas personas, ¿quién osará sentarle
la mano sin riesgo de un levantamiento? Las muchedumbres lo adoran y es un
súbdito revoltoso que quita y pone califas a voluntad, ¿cómo sentirse seguros
mientras él sigue con vida?”.
Laurence Madoc, espía inglés a las órdenes de Isabel I de Inglaterra, cuenta la
entrada en Marrakech de cuarenta mulas cargadas de oro y la devoción con que la
gente pronunciaba el nombre de Yuder, aconsejándole a su soberana que pactara con
Al-Mansur puesto que iba a convertirse en el monarca más rico de la tierra. Se trataba
del oro que Mahmud había arrebatado a los jurisconsultos de Tombuctú, después de
su matanza, pero la gloria y la leyenda le atribuían a él esos tesoros y era en
consecuencia un héroe demasiado glorificado como para que el astuto y supersticioso
Zidán cargara con su muerte. Organizó un consejo de ulemas que juzgaran el asalto a
la caravana en el desierto, cerca de Arauán, y él mismo declaró a su favor en el
juicio, ante los guardianes de las leyes coránicas, diciendo que tenía a Yuder por un
súbdito leal e incapaz del saqueo horrendo del que el-Mahmudi le acusaba, si bien
era verdad que había traicionado a su padre en varias ocasiones: Al no devastar
aquellas tierras como se le había ordenado, al firmar con el askia una paz no
autorizada y al negarse a regresar cuando su padre se lo había ordenado,
despilfarrando allí nuestros tesoros y nuestras fuerzas en empresas románticas, que a
nada conducían, y arrogándose la gloria que pertenece primero a Dios, el
Todopoderoso, el Justo, el Único que conoce la causa de las cosas, y luego a nuestro
querido jerife, ¡a quien el Altísimo perfume su memoria y le conceda un lugar en su
Paraíso.!
En nada impresionaron a los ulemas estos sutiles argumentos del nuevo califa
y le ordenaron a Yuder que confesara públicamente si había asaltado o no la
caravana.
Yuder les dijo que la había asaltado porque la vida de sus hombres corría
peligro y el-Mahmudi se negaba a darles agua.
- ¿Consideras por casualidad que las leyes de Dios están por debajo de
cualquier empresa de los hombres?
- Jamás me he opuesto a las leyes de Dios.
- ¿Y asaltar una caravana no es contravenir las leyes de Dios?
- Se trataba de una misión del jerife, representante de Dios en la tierra y, en
cualquier caso, había reparado el hecho con mi dinero, como me había ordenado el
califa.
El-Mahmudi lo negó y le llamó transgresor de las leyes de Dios y asesino de
caravanas. Yuder no le contestó.
- ¿Es verdad igualmente que traicionaste al jerife? -le preguntaron los ulemas.
- Podéis preguntarle al askia, al Nuh o a Ahmed Baba. Ellos os responderán.
- Cuando vuelvas a Tombuctú -le dijo a Cristo de los Santos, entregándole mientras
se lo llevaban la camisa de oro y piedras preciosas que llevaba oculta bajo el pecho-,
lleva mi recuerdo a los amigos, luego te das un paseo por el Níger murmurando mi
nombre y dales mi saludo. Diles que muero suspirando por la tierra en que residen y
que ellos son mi familia, tal vez así no olviden nunca el sueño de Yuder.
Se discutieron varias sentencias: Muerte por decapitación, por horca o cadena
perpetua y le concedieron la decapitación por respeto a su rango, cortándole la cabeza
de un tajo, junto a Reduán, la mañana del 6 de agosto de 1606, y enterrándolos, como
a miembros de la familia Saadí del propio Al-Mansur, junto al gran parasol que en el
Bedi cubre los restos del jerife. Reduán llevaba al cuello, bajo la gandora, una
pequeña imagen de la Virgen del Pilar y murió rezándole como buen aragonés.
En los bajorrelieves de la pequeña mezquita Saadí de mármol se ven
cazadores negros y escuadrones al son de las nubias y de los gritos agudos de las
mujeres que cubren las terrazas y les lanzan flores. Les sigue un botín inmenso de
esclavos negros, joyas, polvo de oro y, cerrando el desfile y como una gema más
preciada que el oro y la sal, se ve la figura de un célebre jurisconsulto negro de
Tombuctú. La tumba de Yuder, en el pequeño patio, y próxima a las del jerife y sus
mujeres, es blanca y el mokhazni que la ensena la llama igualmente tumba del
victorioso. En la cavidad central de la larga losa de mármol que cubre sus restos,
crece una rama fresca de arrayán, recuerdo de su Granada y que fue plantada, según
la leyenda, por una cristiana refugiada en Marrakech, que lloró en vida a uno de los
más ilustres y olvidados de sus héroes.
Desde la muerte de Yuder a 1660 se sucedieron en Tombuctú veintiún pachás
y desde 1660 a 1760, fecha en la que dejaría de pronunciarse el nombre del califa de
Marruecos en la oración de los viernes, ciento veintiocho. El último pachá enviado
por el sultán de Marruecos, Abu-Fares, fue el español Mahmud el Largo, que
perdería su puesto en 1612, mediante un golpe palaciego incruento. Desde 1760, el
título de pachá fue sustituido por el de kahia, quedando los españoles cada vez más
mestizados hasta constituirse en una casta influyente y con pretensiones de nobleza,
bajo el nombre de los Arma, equivalente a fusileros, apodo que les fue dado por la
población a su llegada.
Los Arma en un principio funcionaban como cualquier ejército, con un ala
derecha (los aluchi o extranjeros), un ala izquierda (los moriscos granadinos) y un
cuerpo de apoyo formado por milicias tribales. A partir de 1715, el equilibrio interno
de los Arma se basó en tres divisiones -la de Fez, Marrakech y Cheraga- y los pachás
eran elegidos alternativamente de una u otra división. Se cuenta que en 1670, un jefe
religioso del Sus, llamado Ali ben Haída, perseguido por Mulay Er-Rachid, se
refugió en el Sudán y se puso bajo la protección del rey bambara, Biton-Kutubali, que
acababa de ocupar Tombuctú, regalándole a Biton dos bellas cautivas andaluzas, por
cuyo medio los Arma volvieron a ocupar los primeros puestos militares y políticos
del reino.
A partir de 1700, los mayores conflictos militares de los Arma tuvieron lugar
con los tuareg orientales, llamados aul-limiden, que saquearon en repetidas ocasiones
Tombuctú, y a los que acabaron sometiendo a la autoridad de sus pachás. Más grave
fue la invasión en 1833 del fanático peul, Shaitu Ahmadu, quien destruyó la casba
del pachá, en el solar en que hoy se encuentra el ayuntamiento.
El 16 de noviembre de 1893 entraron los franceses en Tombuctú y una
delegación Arma se desplazó a Marruecos en busca de ayuda para echar al invasor. A
su regreso, uno de los suyos, el sabio Mohammed ben-Essoyuti, nombrado profesor
de la medersa por el comandante Joffre, les aconsejó que depusieran las armas y se
sometieran a la voluntad de Dios, al hallarse el país en paz, y los levantiscos Arma se
sometieron.
Hasta 1960, fecha de la independencia del Mali, los Arma han mandado como
jefes indiscutibles todas las poblaciones, poblados y ciudades de la Curva del Níger,
donde todavía hoy siguen siendo los notables a pesar de quitarles el poder, que ha ido
a manos de los que antiguamente eran sus súbditos. Su número, que el judío Michel
Abidbol, en su libro Tombouctou et les Armas, sitúa en cincuenta mil, ha descendido
notablemente. Muchas familias aluchi se refugiaron en los pequeños poblados del río
a la llegada de los franceses y otras han huido hacia el sur en los años de la gran
sequía de los años 80, quedando reducidas, las de origen andaluz, a no más de
quinientas. Armas importantes son Seku Turé (palabra que significa negro de origen
blanco), presidente de Guinea Konakry e hijo de un carnicero de Tombuctú, y Samori
Turé, reformador islámico del siglo XIX. Attilio Gaudio, en Las civilizaciones del
Sáhara, dice que Tombuctú está compuesta de Songhais, Gabidis y Armas
(descendientes de marroquíes) y Aluchis (la fracción Arma más importante,
procedente de los soldados españoles), muy estimados como sastres, bordadores y
fabricantes de viejos arcabuces. En la ciudad se conservan pequeñas bibliotecas
privadas, que el centro Ahmed Baba trata de recoger en estos instantes, y cuatro de
ellas, al menos, con cerca de cuatro mil manuscritos cada una, en manos de Armas,
procedentes de la gran biblioteca de Sankoré que Mahmud ben Zergún desmanteló en
parte, llevándola a Marrakech.
Tras la larga sequía que durante diecisiete años ha asolado el Sahel, la región
se ha desertizado y Tombuctú ha perdido a ojos vistas su enclave privilegiado entre la
sabana y las arenas. El agua ya no llega a ella por el Canal de los Hipopótamos,
apenas existen hipopótamos en el río, y el comercio no pasa ya por la ciudad.
En Dongoy, un pequeño poblado Arma al oeste de Tombuctú, que no parece
haberse enterado de la abolición de la esclavitud, existen todavía antiguos esclavos
Marca de los Arma, que les trabajan los trigos. La conversación gira sobre la larga
sequía que han padecido.
- Ha sido la peor del siglo -dicen bajando la cabeza y encogiendo los hombros, se ha llevado nuestros ganados y todos hemos estado a punto de morir.
Asiento con la cabeza. Las arenas del Sáhara, que ya han invadido 300
kilómetros al sur de Tombuctú, están cegando el río y no sería imprevisible un
cambio de cauce, lo que significaría la muerte para todos, incluida la ciudad.
- Nos esperan tiempos difíciles, pero los Armas hemos salido de peores. Usted
conoce nuestra historia. Sobreviviremos.
Les pregunto si saben quién era el conquistador que los trajo a estas tierras y
me describen a Yuder como a un varón gigante, tal como yo me lo figuro. “Llevaba
el zulu”, me dicen, “una mata de pelo, a estilo indio, que le corría toda la cabeza”, y
uno de ellos se desprende de su cheis y me lo muestra, era “pequeño de talla, como su
nombre indica en árabe, de voz metálica, grave y de pocas palabras, severo pero
jamás arbitrario, la mirada cálida y fría a un tiempo, sabio. Era un hombre sabio y
hablaba en la oración de los viernes. Fue una lástima que lo mataran, con él al mando
los Armas hubiéramos transformado África”.
Manuel Villar Raso
_
:
“Donde el Sáhara termina y el Sudán comienza, sobre el codo del Níger, se
halla la ciudad santa de Tombuctú, en la cual, hasta 1900, no habían penetrado más
de tres o cuatro europeos. Fue en tiempos una urbe gigante y sabia, por la cual
peleaban una y otra vez los pueblos del desierto y los reyes tropicales. Pues bien:
allí viven desde hace casi cuatro siglos nuestros parientes.
A fines del siglo XVI, un sultán de Marruecos quiso lo que parecía imposible:
arrebatar Tombuctú a los tuareg. Para ello contrató gran número de españoles
armados con armas de fuego, las primeras que aparecían en este fondo africano.
Los soldados españoles ganaron la batalla más grande que nuestra raza ha logrado
del otro lado del Estrecho, y, victoriosos, se avecindaron en Tombuctú, tomaron
mujeres del país y crearon estirpes que aún perduran. Orgullosos de su origen
hispano, conservaron una exquisita disciplina aristocrática, y aún representan sus
familias los núcleos nobles del país.
¿Por qué, por qué no hemos ido a visitar a estos ruma del Níger, nuestros
nobles parientes?”
El Sol, 12 de marzo de 1924
JOSÉ ORTEGA Y GASSET
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