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Autopropiedad y Renta Básica
Jordi Mundó1
Universidad de Barcelona
La libertad entendida políticamente puede concebirse de formas muy
distintas. Llama mucho la atención que un autor contemporáneo como
Robert Nozick conciba la libertad de un modo que le permite decir lo
siguiente, recurriendo a una vía argumental supuestamente abierta por
Locke:
«(...) La pregunta comparable sobre un individuo es si un sistema libre le
permitiría venderse a sí mismo como esclavo. Yo creo que sí».2
Nozick cree que un sistema libre sería aquel que permitiera a los
individuos ejercer sus derechos sin restricciones, incluido el derecho a
venderse a sí mismos como esclavos, y funda su teoría en del derecho de
propiedad que cada uno tiene sobre sí mismo (o autopropiedad).
Nozick sostiene que si suponemos que todos tenemos derecho a los
bienes que actualmente poseemos (nuestras «propiedades»), entonces una
distribución justa de los bienes del mundo es sencillamente cualquier
distribución que resulte de los libres intercambios entre las personas. Que el
Estado cobre impuestos sobre estos intercambios contra la voluntad de
alguien es injusto, incluso si se utilizaran tales exacciones para compensar
los costes adicionales de las desigualdades naturales e inmerecidas de otras
personas. El único impuesto legítimo es el que tiene por objeto recaudar
recursos para el mantenimiento de las instituciones básicas, necesarias para
la protección del sistema de libres intercambios: el sistema judicial y
policial necesario para hacer cumplir los intercambios libres entre las
personas.
«Un Estado mínimo, limitado a las estrictas funciones de protección
contra la violencia, el robo y el fraude, de cumplimiento de contratos,
etcétera, se justifica; (...) cualquier Estado más amplio violaría el derecho
de las personas a no ser obligadas a hacer ciertas cosas y, por tanto, no se
justifica».3
Para Nozick, los impuestos significan lo siguiente:
1
Doy las gracias a David Casassas y Daniel Raventós por haberme invitado a presentar este trabajo en
esta mesa sobre Renta Básica y republicanismo democrático.
2
Nozick, R. (1974), Anachy, State, and Utopia, Nueva York: Basic Books, p.331.
3
Nozick (1974:xix)
2
«Incautarse de los resultados del trabajo de alguien es equivalente a
incautarse de horas de su tiempo y obligarle a realizar diversas actividades.
Cuando alguien le fuerza a usted a realizar cierto trabajo, o cierta actividad
no remunerada, por un determinado periodo de tiempo, está decidiendo que
lo que usted hace y para lo que sirve su trabajo está fuera de su capacidad
de decisión. Este proceso, mediante el cual alguien toma una decisión por
usted, convierte a esta persona en co-propietaria de usted; esto le da un
derecho de propiedad sobre usted».4
Para Nozick, en suma, una política redistributiva de recursos (o cualquier
otra intervención coercitiva del Estado en los intercambios de mercado) es
incompatible con el reconocimiento de las personas como propietarias de sí
mismas. Sólo el capitalismo sin restricciones reconoce cumplidamente la
autopropiedad.
Una sociedad libre como la concebida por Nozick requiere, básicamente:
que se den las condiciones adecuadas para que los individuos puedan
ejercer libremente su derecho de autopropiedad, el cual, a través de su
trabajo, les permite apropiarse de bienes externos y, mediante un sistema de
libre mercado, les permite venderlos o comprarlos a voluntad. Para tal fin,
esa sociedad debe basarse en un sistema que asegure la libertad de contrato.
La teoría de Nozick sucintamente descrita permite algo que no debería
pasar desapercibido, esto es, que a partir del derecho de autopropiedad –del
que se derivan todos los demás derechos– es completamente legítimo que
se dé una situación de apropiación desigual de los bienes externos, hasta el
extremo que unos pocos posean la mayor parte de la riqueza y el resto no
posea bien externo alguno. Y más aún: para Nozick es perfectamente
legítimo –y compatible con el ejercicio de su concepción de la libertad–
que aquel que no posee bienes deba contratarse a cambio de un salario.
Nos hallamos ante una concepción de la libertad que entiende como
igualmente libre aquel que posee bienes externos y puede decidir
autónomamente sobre su propia vida, que aquel que para poder vivir
depende de otro para obtener los recursos necesarios. De lo cual se deduce
sin violencia alguna que la noción de autopropiedad nozickiana no concede
importancia a las asimetrías sociales, a las relaciones de poder. Es, en este
sentido, una teoría impolítica. Impolítica puesto que, para él, una persona
goza de plena autonomía cuando, para sobrevivir, pueda verse forzada a
aceptar cualquier acuerdo que el poseedor monopolista u oligopolista de
medios de producción le ofrezca. Por ejemplo, un contrato de trabajo que
suponga una esclavización de facto. Porque para Nozick los contratos
voluntarios –de cualquier tipo– jamás pueden suponer esclavitud y, en
4
Nozick (1974:172).
3
cambio, los no voluntarios –como tener que pagar impuestos no deseados–
sí pueden suponer una forma de esclavitud.
Decía al principio que el argumento de Nozick recurría a una vía
argumental supuestamente abierta por Locke. Insisto en lo de
supuestamente porque el Locke histórico dista mucho de la interpretación
parcial que de él hace Nozick.
Para entender cabalmente a Locke hay que comprender que su
explicación de la propiedad tiene dos rasgos característicos. El primero
tiene que ver con que Locke utiliza el término propiedad en un sentido
amplio, no sólo para referirse a los bienes materiales, sino también a lo que
denomina «vida, libertad y hacienda (“Life, Liberty, and Estate”)». El
segundo se refiere a que Locke entiende que la vida y la libertad son
derechos inalienables, por lo cual está comprometido con el rechazo a la
concepción de que la propiedad es un derecho de control absoluto sobre las
cosas. Sostiene que la propiedad no puede reducirse a un mero conjunto de
cosas, ni esencialmente a un derecho de control.
La idea central de la teoría política de Locke es su defensa de los
derechos de propiedad individuales en contra de los abusos del poder
arbitrario del Monarca. Para Locke, una sociedad cuyo Gobierno se
conforme a lo que él llama el «verdadero origen, alcance y fin del Gobierno
Civil»5 lleva a que todos los bienes externos acaben teniendo propietario.
Esto es porque «cada hombre tiene una propiedad en su propia persona».6
Es decir, sí es cierto que Locke justifica la apropiación de los bienes
externos porque cada “hombre tiene una propiedad en su propia persona”
(o lo que Nozick llama “autopropriedad”), pero el sentido en que lo dice no
es el mismo en el que lo entiende –o lo quiere entender– Nozick, por dos
razones.
En primer lugar, la idea de que los hombres tengan propiedad tiene que
ver con la necesidad de que aquellos que apoyan al gobierno civil en contra
del poder real arbitrario dispongan de bienes, de propiedades, que respalden
de forma efectiva su autonomía. Sin esa base material el apoyo al gobierno
civil sería puramente ilusorio. Y aquí es donde viene la segunda razón,
fundamental para entender a Locke: cuando se refiere a que cada hombre
tiene una “propiedad en su propia persona”, Locke está pensando el mundo
social en términos muy distintos a como lo pensamos nosotros hoy, y eso
hay que saberlo si se quiere evitar caer en formulaciones absurdas. Cuando
Locke se refiere a “propiedad en su propia persona” piensa la propiedad en
términos del suum y sus extensiones, en el hecho de que la propiedad
5
Según reza el subtítulo del Segundo Tratado. Locke, J. (1960), Two Treatises on Government, edición
crítica de P. Laslett, Cambridge: Cambridge University Press.
6
Segundo Tratado, 27.
4
también incluye la vida, la libertad y la hacienda. Entiende al hombre libre
como aquel que dispone de propiedades, de bienes, que respalden su
autonomía efectiva y, por tanto, para Locke, la idea de autopropiedad es
completamente incompatible con la alienabilidad: aquello que hace que uno
sea efectivamente autónomo no depende del consenso, ni puede perderse o
ser alienado por contrato.
Esta definición de la propiedad en su propia persona nos acerca más a
una concepción como la procedente del Derecho Romano de que alguien es
efectivamente autónomo cuando es sui iuris, cuando tiene derechos por sí
mismo, que a la noción de autopropiedad de Nozick. Nozick,
contrariamente al fondo de lo que decía Locke, defiende que aquellos que
disponen de bienes externos (los sui iuris del mundo de Locke), son
igualmente libres que aquellos que dependen de otros para vivir (o sea: que
los alieni iuris, los que dependen del sui iuris para participar de la
reciprocidad jurídica general, son tan libres como éste). Para Locke esto es
inconcebible, y por esta razón la argumentación nozickiana, según la cual el
ejercicio de la libertad puede conllevar la venta de uno mismo como
esclavo pervierte profundamente lo que Locke sostuvo.
Para resumir el punto en el que nos encontramos, podemos decir que:
(primero) la noción de autopropiedad que defiende Nozick, sobre la que
construye su teoría, es compatible con que uno pueda venderse a sí mismo
como esclavo por libre contrato y es compatible que uno deba contratarse
con otro a cambio de un salario; mediante un contrato, por tanto, de semiesclavitud; Nozick puede justificarlo así porque construye su teoría de
forma impolítica, sin tener en cuenta las asimetrías de poder en la vida
social, de una forma a-institucional y a-histórica; y (segundo) que, según
Locke, para el ejercicio efectivo de la libertad es necesario que alguien que
tiene “una propiedad en su propia persona” sea entendido en realidad como
alguien que necesariamente posee bienes externos que respaldan su
autonomía, y por tanto hay aspectos que, por mor de esa autonomía
efectiva, son inalienables. Locke sí coloca en el centro de su teoría el
problema de las asimetrías de poder, de la capacidad de unos pocos –en el
caso del Monarca, de uno sólo– para disponer de un poder “absoluto,
arbitrario” (en palabras del propio Locke) sobre otros; es decir, su
concepción de la libertad es esencialmente política.
Es obvio que esta concepción de la propiedad y la autopropiedad en
Locke no es aplicable sin correcciones al mundo de hoy. El republicanismo
contemporáneo debe hacer frente a un reto, en un sentido, distinto al de
Locke, a saber: que la libertad y la autonomía no deben ser ejercidas sólo
por unos pocos, los que efectivamente disponían de su “vida, libertad y
hacienda”, los paterfamilias, los que tenían bajo su potestad a mujeres,
5
hijos, sirvientes, esclavos y propiedades, sino que hoy pretendemos que la
libertad y la autonomía sean ejercidas en condiciones de igualdad por todos
y cada uno de los seres humanos. ¿Cómo hacer posible a día de hoy un
diseño socio-político que nos dé autonomía efectiva como ciudadanos
libres?
Dejando a Locke, permítaseme recordar que en fechas más cercanas, en
el año 1919, Bertram Pickard, en su librito “Una revolución razonable”
defendía el llamado State Bonus, un transferencia de recursos del Estado a
los ciudadanos, con el argumento de que
“debe ser entendido como el equivalente monetario del derecho a la
tierra, a la vida y a la libertad”.7
Creo que esta idea de algo que sea “equivalente” a la tierra, a la vida y a
la libertad –de tan notables resonancias lockeanas– tiene hoy su mejor
traducción en lo que llamamos una Renta Básica de ciudadanía (de lo que
el State Bonus no era sino un prototipo). Una Renta Básica que debe ser
entendida como un derecho inalienable, que “no depende del consenso, ni
puede perderse o ser alienado por contrato”. Un derecho que no sólo es
equiparable a otros derechos inalienables como el derecho al voto o a la
propia vida, sino que los refuerza. Una Renta Básica de ciudadanía
contribuiría a una autonomía efectiva, puesto que ese soporte material no
sólo permitiría la subsistencia física, sino que redundaría en consolidar la
existencia política, la condición necesaria para hacer frente al poder
“absoluto, arbitrario” de otros. Y eso no sólo con el fin obvio de impedir la
esclavitud como una necesidad para poder subsistir, sino de impedir
también eso que en la tradición republicana se ha denominado la “semiesclavitud”: el que alguien, por el hecho de no poseer nada, esté obligado a
contratarse con otro para vivir y, por tanto, en algún sentido, dependa de la
voluntad magnánima, o despótica, o tornadiza de ese otro para vivir.
Barcelona, 19 de septiembre de 2004
7
Pickard, B. (1919), A Reasonable Revolution: Being a Discussion of a State Bonus Scheme – A
Proposal for a National Minimum Income, London: Allen&Unwin, p. 21.
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