Modelos dispositivos del diálogo en el siglo XVI español

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MODELOS DISPOSITIVOS DEL DIÁLOGO EN EL SIGLO
XVI ESPAÑOL
Manuel Ángel Candelas Colodrón
UNIVERSIDADE DE VIGO
Resumen: El término diálogo comprende textos de muy diversa naturaleza: se trata de un rótulo muy
genérico que abarca obras como Viaje de Turquía, Diálogo de Mercurio y Carón, Diálogo de la lengua, De los
nombres de Cristo o El Crótalon, unidas por un discurso modo drammatico que oculta una clara
heterogeneidad estructural. Este trabajo trata de analizar las diferencias entre algunos modelos
dispositivos en los libros de diálogos del siglo XVI español, a la luz de la distinta caracterización de
los modelos clásicos imitados, en particular de los textos ciceronianos que fundamentan el marbete
del género.
Resumo: O termo diálogo comprende textos de moi diversa natureza: trátase dun rótulo moi
xenérico que contén obras coma Viaje de Turquía, Diálogo de Mercurio y Carón, Diálogo de la lengua, De los
nombres de Cristo o El Crótalon, unidas por un discurso modo drammatico que agocha unha clara
heteroxeneidade estructural. Iste traballo trata de analizar as diferencias entre algúns modelos
dispositivos nos libros de diálogos do século XVI español, á luz da distinta caracterización dos
modelos clásicos imitados, en particular dos textos ciceronianos que fundamentan o marbete do
xénero.
Abstract: The word diálogo comprehends some texts of a very different kind: it is a very generic title
that contains works like Viaje de Turquía, Diálogo de Mercurio y Carón, Diálogo de la lengua, De los nombres
de Cristo o El Crótalon, gathered by an modo drammatico discourse that hides a notorious structural
complexity. This article tries to analise the differences among some dispositives schemes in the
Spanish dialogue books in the XVIth century, following the imitation models from the Classical
literature, specially from the Ciceronians works, considered as the fundamental tradition of the
Dialogue genre.
El término diálogo comprende textos de muy diversa
naturaleza: se trata de un rótulo muy genérico que abarca obras
como Viaje de Turquía, Diálogo de Mercurio y Carón, Diálogo de la
lengua, De los nombres de Cristo o El Crótalon, unidas por un discurso
modo drammatico que oculta heterogeneidad estructural. Los estudios
sobre el diálogo tienden a establecer tres tipos, vías o tradiciones,
paradigmas, según la filiación grecolatina seguida y el modo de
esquema dialogal empleado: 1) la vía platónica, o mayéutica, que
se sostiene bajo el método socrático de preguntas y respuestas
breves y de avance conjunto de la argumentación; 2) la vía
lucianesca-erasmiana, que conforma Luciano a modo de síntesis
de la sofística y la reconvención de costumbres, y extiende, con su
HESPERIA. ANUARIO DE FILOLOGÍA HISPÁNICA, VI (2003)
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
imitación, Erasmo de Rotterdam; y 3) la vía ciceroniana, que
establece Cicerón como elaboración retórica de algunos de los
diálogos de Platón y que se observa en la mayor parte de los
diálogos renacentistas.1 Con este ángulo, me propongo analizar
algunos de estos modelos en los libros de diálogos del siglo XVI
español, a la luz de la distinta disposición de los modelos clásicos
imitados. Descarto en este estudio la vía lucianesca, dada la
especial ubicación de su modelo: no sólo por la declarada filiación
narrativa de las obras que la representan,2 sino por las poéticas que
Jesús Gómez propone distinguir tres grupos de diálogos que pueden
equivaler a éstos, aunque el criterio empleado para la distinción parece ser el
temático: “He distinguido un diálogo filosófico, asociado a Platón, de un diálogo
doctrinal, asociado a Cicerón, y en el que se expone de manera abstracta una
doctrina o bien se refuta una opinión determinada. Frente al diálogo
ciceroniano, cabe distinguir un diálogo circunstancial, crítico en muchas ocasiones,
relacionado con Luciano y con Erasmo, cuya novedad más significativa consiste
en hacer depender la certeza de las ideas de la experiencia personal y de la
perspectiva de cada dialogante”. (El diálogo en el renacimiento español, Madrid:
Cátedra, 1988, p. 149). Las páginas introductorias del volumen La escritura
dialéctica. Estudios sobre el diálogo renacentista, (Málaga: Servicio de Publicaciones de
la Universidad de Málaga, 1996) que recoge varios trabajos de Asunción Rallo
Gruss, propone una visión similar, aunque con algunas variantes muy
sugerentes.
2 El prólogo de El crótalón, de filiación lucianesca, lo señala con claridad:
“Contrahaze el estilo y invençión de Luciano, famoso orador griego (…)Procuré
darles manera de doctrinal abscondida y solapada debajo de façiçias, fábulas,
novelas y donaires, en los cuales, tomando sabor para leer, vengan a
aprovecharse de aquello que quiere mi intinción. Este estilo y orden tuvieron en
sus obras muchos sabios antiguos endereçados en este mismo fin. Como Ysopo
y Catón, Aulo Gelio, Juan Bocacio, Juan Pogio florentín; y otros muchos que
sería largo contar, hasta Aristóteles, Plutarco, Platón” (ed. de Asunción Rallo,
Madrid: Cátedra, 1982, p. 84) En el Diálogo de Mercurio y Carón, otro de los
ejemplos de sátira lucianesca, se indica: “Si la inuención y doctrina es buena,
dénse las gratias a Luçiano, Pontano y Erasmo, cuyas obras en esto hauemos
ymitado” (Alfonso de Valdés, Diálogo de Mercurio y Carón, ed. de Joseph V.
Ricapito, Madrid: Castalia, 1993, p. 71). En el Diálogo de las transformaciones de
Pitágoras no hay prólogo que introduzca la conversación, pero asimila la
estrategia dramática de El gallo de Luciano, el libro que le sirve de inventio: Ana
Vian Herrero concluye con una afirmación muy significativa: “El deseo de
narrar no compite y anula, sino que es, el proceso de la argumentación y la
prueba: éste se caldea y adorna con relatos tan amenos como pedagógicos, se
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descartan su afinidad con los otros modelos,3 a pesar de los
indudables puntos de conexión, fruto más de la contaminación
elocutiva por medio de la sermocinatio que por la efectiva sustancia
de las tradiciones.4 Me ceñiré a las tradiciones platónica y
ciceroniana, en cuya complejidad interna trazaré distintas plantas
dispositivas conforme al marco de la mímesis elegido.
1. EL MODELO MAYÉUTICO O PLATÓNICO
El modelo mayéutico mantenido a lo largo de toda una
obra es difícil de ver en el siglo XVI. Pueden hallarse restos de este
procedimiento en pasajes concretos de algunas obras, pero donde
mejor se observa este mecanismo “obstétrico”, de dar a luz5 es en
hace narrativo. Las existencias del gallo, sus “novelle”, son el diálogo, lo que se
somete a discusión, razonamiento y conversación”(Diálogo de las transformaciones
de Pitágoras, Barcelona: Sirmio. Quaderns Crema, 1994, pp. 112-128).
3 Carlo Sigonio, el autor de una de las escasas poéticas del diálogo de
corte ciceroniano, De dialogo, rechaza a Luciano dentro del marbete por razones
fundadas en el decoro de sus temas y, sobre todo, por la mezcla de géneros y de
cosas: “Nam in eo dialogo qui inscribitur Prometheus es in sermone ipse se purgat,
quod comoediam cum dialogo sociarit ac res valde disiunctas et quae coire
nequeant copularit. In eo vero qui Iudicia nominatur se dialogum ait excepisse,
qui imperitae multitudini tristis videbatur ac continentibus percontationibus
aridus et spinosus nec vulgo gratus et iucundus, et primum humi incedere in
humanam vitae consuetudinem assuefecisse et ad risum compulisse, et
suaviorem iis reddidisse qui spectarent, quod cum eo comoediam
commiscuerit”; el propio Sigonio marca categóricamente la diferencia: “Verum
nos Luciani parum laudata consuetudine praetermissa, ad praeclaram illam
Platonis ac Ciceronis, quam unam hoc loco exquirimus, animum
disputationemque referamus”, (Carlo Sigonio, Del dialogo, ed. Franco Pignatti,
Roma: Bulzoni, 1993, p. 152 y 156).
4 Véase Lía Schwartz Lerner, “El diálogo en la cultura áurea: de los
textos al género”, Ínsula, 542 (febrero 1992), pp. 1-2 y 27-28.
5 En el prólogo del libro primero de las Tusculanae disputationes Cicerón
apela a la “uetus et socratica ratio” para explicar el procedimiento empleado en su
texto: “Fiebat autem ita ut, cum is qui audire vellet dixisset, quid sibi videretur,
tum ego contra dicerem”. El método socrático, dice Cicerón, consiste en
“contra alterius opinionem disserendi. Nam ita faciillime, quid veri simillimum
esset, inveniri posse Socrates arbitrabatur” Cicerón, Tusculanae disputationes, (I, 4,
8). Cito por la edición de Adolfo di Virginio, Le Tusculane, Milano: Classici Greci
e Latini-Mondadori, 200212.
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma de Alfonso de Valdés, texto
cuyo contenido enseguida reclama, por otras razones, la deuda de
Erasmo. El Diálogo de las cosas acaecidas en Roma constituye, como se
sabe, una defensa de Carlos V ante las críticas que la opinión
europea había formulado acerca de su actuación en el saqueo de
Roma. Se plantea como una refutatio de cada uno de los motivos de
diatriba contra las tropas mercenarias de Carlos V. Se presenta bajo
continuadas fórmulas sofistas, como la que se advierte de forma
ejemplar en el pasaje en que el personaje del Arcidiano critica la
utilización de los templos como establos para los caballos de las
tropas de Carlos V en Roma:
ARCEDIANO.- (…). ¿Qué me diréis, que los templos donde suele
Dios ser servido y alabado se tornasen establos de caballos? ¡Qué
cosa era de ver aquella iglesia de Sant Pedro de la una parte y de la
otra toda llena de caballos! Aun en pensarlo se me rompe el corazón.
LATANCIO.- (…) Y también, veamos: el que trae otra suciedad
mayor que aquélla en lugar más sancto que aquél ¿no hace mayor
abominación?
ARCEDIANO.- Claro está.
LATANCIO.- Pues decime: si vos habéis leido la Sagrada escritura,
¿en ella, no habéis hallado que Dios no mora en templos hechos por
manos de hombres, y que cada hombre es templo donde mora Dios?
ARCEDIANO.- Algunas veces.
LATANCIO.- Pues ¿cuál será mayor maldad y abominación: hacer
establo desto templos de piedra, donde dice el Apóstol que no mora
Dios, o hacerlo de nuestras ánimas, que son verdaderos templos de
Dios?
ARCEDIANO.- Claro está que de las ánimas; pero eso, ¿cómo se
podrá hacer?
LATANCIO.- ¿Cómo? ¿A qué llamáis establo?
ARCEDIANO .-A un lugar donde se aposentan las bestias.
LATANCIO.- ¿A qué llamáis bestias?
ARCEDIANO.- A los animales brutos y sin razón.
LATANCIO.- Y a los vicios, ¿no los llamaríades brutos y sin razón?
ARCEDIANO.-Sin duda y aun muy peores que bestias.
LATANCIO.- Luego desa manera, mayor abominación será traer en
el ánima, que es verdadero templo donde mora Dios, los pecados,
que son peores que bestias, que no los caballos en una iglesia de
piedra.
ARCEDIANO.- A mí así me parece.
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LATANCIO.- Pues ahí conoceréis cuán ciego teníades en Roma el
entendimiento, que topando cada hora por las calles hombres que
manifiestamente tenían las ánimas hechas establos de vicios, no lo
teníades en nada, y porque vistes en tiempo de necesidad aposentar
los caballos en la iglesia de Sant Pedro, pareceos que es grande
abominación y rómpeseos el corazón en pensarlo y no es os rompía
cuando veíades en Roma tanta multitud de ánimas llenas de tan feos
y abominables pecados, y a Dios, que la hizo y las redimió,
desterrado de ellas. ¡Por cierto, gentil religión es la vuestra!.6
Latancio lleva la argumentación con ayuda del Arcediano, a
base de preguntas que buscan una respuesta ineludible, sobre la
que se vuelve a preguntar, así hasta llegar al punto exacto donde la
argumentación encuentra el éxito: en el ergo, en el luego que
confirma el silogismo. Cicerón en su diálogo De finibus así explica
el procedimiento: “Is enim percontando atque interrogando elicere
solebat erorum opiniones quibuscum disserebat, ut ad ea quae ibi
respondissent, si quid uideretur, diceret” (II, I, 2); Alfonso de
Valdés lo lleva a la práctica.
Puede argüirse que este modo de proceder, del que está
plagado el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, parece mecanismo
propio de la escolástica. La técnica mayéutica (“dar a luz”;
“iluminar” en un sentido amplio) del pasaje de Valdés se nota,
mediante metáfora, en la última intervención de Latancio: “Pues
ahí conoceréis cuán ciego teníades en Roma el entendimiento” que
corresponde, en un cierre argumental, con la confesión del
Arcediano de que Latancio le dice cosas que nunca ha oído.
Latancio, a distancia del suceso y por argumentaciones, es capaz de
hacerle ver, de traducir en evidentia los hechos que no ha
contemplado. El método mayéutico es eficiente, ya que impone la
concatenación verbal a la prueba ocular del testigo: “errore alios
leuaremus et in omni disputatione quid esset simillimum
quaereremus”, sostiene Cicerón en sus Tusculanae disputationes (V, 4,
11). Alfonso de Valdés confía en el poder de la palabra como
forma de conocimiento, por encima incluso de los propios
sucesos. No se puede olvidar que es en la segunda parte de este
6 Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, ed. de Rosa
Navarro, Madrid: Cátedra, 1992, pp. 182-186.
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
diálogo –donde las tesis sostenidas parecen más difíciles de
admitir, sobre todo a la vista de los elocuentes acontecimientos del
Sacco de Roma– donde se extrema este mecanismo dialéctico, al
informar sobre las causas más que sobre las propias consecuencias,
en un intento de justificar la acción política del emperador Carlos.
Es muy notable el carácter retórico del libro de Alfonso de
Valdés7. Los hechos sobre los que gira la argumentación son
demasiado evidentes; las noticias sobre la violencia empleada por
las tropas de Carlos V recorren Europa con una mezcla de
asombro e indignación. Arcediano cumple el papel de testigo que
va desgranando los motivos de la crítica y Latancio ejerce la
función de magister iluminador de tales hechos. “Veía las
contrariedades del vulgo, que está tan asido a las cosas visibles que
casi tiene por burla las invisibles; pero acordéme que no escribía a
gentiles, sino a cristianos, cuya perfición es distraerse de las cosas
visibles y amar las invisibles” (p. 80), declara Alfonso de Valdés en
su prólogo “Al lector”8.
Latancio asume una idea inicial, “la necesidad vence a la
ley”, de corte maquiavélico, que sustenta toda la argumentación. Se
trata de una argumentación planteada sobre una base dialéctica,
donde la prueba por elucidación sofista importa más que el arraigo
de las opiniones. Los afectos son movidos, pero en buena parte de
la probatio los métodos socráticos, con pasos sobre afirmaciones o
convenciones predeterminadas, son los que predominan: se admite
así la observación de Margherita Morreale de que sus formas
fundamentales son “derivadas en parte de los modelos antiguos y
Es, desde luego, Asunción Rallo Gruss quien en su trabajo “El diálogo de
Lactancio y un arcediano como proceso argumentatio: polémica dialógica y
retoricismo”, en La escritura dialéctica. Estudios sobre el diálogo renacentista, (ob. cit.,
pp. 179-199) más enfatiza el poder suasorio de este texto.
8 Las mismas palabras dice Arcediano tras ser convencido por Latancio
en asunto tan fundamental como el de las reliquias ultrajadas en el Saqueo de
Roma: “el vulgo más fácilmente con cosas visibles se atrae y encamina a las
invisibles”. El procedimiento, de honda raíz socrática, tiene como fin sustancial
arrojar luz a los cristianos sobre la necesidad de la acción de Carlos V, por el
bien de la “gloria de Dios y después a la salud del pueblo cristiano y también a la
honra deste cristianísimo Rey y Emperador que Dios nos ha dado”(p. 80).
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en parte de la tradición escolástica medieval”: es decir, del modus
socraticus, y de las fórmulas de las disputationes medievales que,
basadas en el in utramque partem ciceroniano, muestran con la vieja
sofística platónica una afinidad muy estimable.9
2. EL MODELO CICERONIANO
El modelo ciceroniano –o platónico-ciceroniano, por
conservar el origen de su desarrollo ulterior y básico– es el que
más se adapta a la definición del diálogo propuesta por Carlo
Sigonio. Carlo Sigonio en su tratado De dialogo caracteriza el
diálogo con una serie de rasgos precisos que lo informan. En
primer término elige, en comparación con el estilo platónico más
variado, la naturaleza sublime del discurso ciceroniano como
resultado de la condición aristocrática, patricia o noble de los
personajes que intervienen:10 los optimates, personajes que
representan las clases dirigentes, cultas e instruidas de la sociedad.11
Los interlocutores de esta clase de diálogo suelen aparecer
en un lugar también indicado. El aire libre suele ser el preferido e
incluso en ciertos ejemplos el locus amoenus se impone como
escenario. En los diálogos tanto de Cicerón como de Platón
(aunque éste es mucho más parco en la determinación del espacio)
suele tratarse de un lugar anejo a una casa: el jardín, el pórtico de la
mansión o cualquier otra dependencia de la villa: la biblioteca o la
Margherita Morreale, “El Diálogo de las cosas ocurridas en Roma de Alfonso
de Valdés. Apostillas formales”, Boletín de la Real Academia Española, 37 (1957),
pp. 395-417.
10 “Neque enim apud eum fere loquitur quisquam nisi aut consularis aut
senator aut certe in luce reipublicae vivens. Saepe etiam qui memoria patrum
maiorumque floruerunt dignitate principes civitatis et gloria colloquentes facit,
ut summae eorum auctoritati atque amplitudini par prope dictionis
verborumque magnificentia ac maestas iure attribuenda fuerit”. (Sigonio, De
dialogo, ob. cit.¸p. 162).
11 En la mayor parte de los casos, los interlocutores definen el carácter de
la obra: se trata de personajes que con nombres propios idénticos a las personas
reales, sugieren de forma inmediata sus atributos. Si esto no sucede, se trata de
señalar, bien a través de una alegoría onomástica clara, bien a través de una
indicación más precisa, la calidad de los personajes.
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famosa exhedra de tantas imitaciones italianas.12 El bosque, in media
silua, opacus et frigidus, del último libro del De oratore constituye una
excepción singular. El paseo suele constituir la ocasión para el
coloquio, pero en otros casos, es una mesa o unos escaños los que
invitan al diálogo. El modelo platónico del Simposio, del ágape,
como momento de la discusión, no es del agrado de Cicerón y sí
de la sátira lucianesca que Erasmo imitó en varias ocasiones con
cierta preferencia.
En los diálogos españoles, como en De los nombres de Cristo,
hay una predilección por el lugar ameno.13 Los pormenores del
espacio son poco pertinentes para el diálogo, salvo que se quiera
ver en ese paisaje la correspondencia escénica del sosiego que debe
presidir la conversación14 o, como señala Sigonio, se quiera otorgar
al contenido del diálogo una credibilidad añadida.15 Si bien esta
búsqueda de un lugar apacible se encuentra ya en Cicerón (el
plátano del De oratore, en el que se cobijan los interlocutores, es
paradigmático), no se presenta en el autor latino con igual detalle
12 Sigonio (De dialogo, ob. cit., pp. 184-192) considera que estos lugares
están construidos precisamente para la conversación pausada sobre temas
trascendentes (alma, Dios, la vida civil), lugares, pues, adaptados y adecuados a
los pormenores del diálogo.
13 Véase la descripción del locus amoenus al comienzo de De los nombres de
Cristo o del segundo libro donde la delectación por el paisaje se hace notable (ed.
de Cristóbal Cuevas, Madrid: Cátedra, 19865, pp. 148-149).
14 Es posible que a Cicerón este extremo le fuera indiferente, pero la
tradición renacentista tenía lugares varios donde recoger tal telón de fondo:
Virgilio para la pintura del mundo bucólico, Horacio para la defensa del retiro.
Los Coloquios satíricos de Torquemada son un buen ejemplo de las conexiones
entre el diálogo renacentista y la literatura pastoril, sin olvidar que la propia
bucólica se presenta estructuralmente como un diálogo de pastores y que sus
orígenes teocritianos están muy próximos al mundo del teatro. La
contaminación mutua es, pues, muy notable y, aunque el salto de género es
evidente, no se puede olvidar el canto amebeo de la égloga tercera de Garcilaso
como una forma de diálogo de opuestos, a la manera simétrica, por ejemplo, del
de Pérez de Oliva.
15 “Huius enim praeteritio officii incredibile est quantum ei sermoni
adimat auctoritatis et fidei, ut cum ea legas quae nec temporis nec loci habeant
commemorationem, prorsus ut sunt, falsa e ficta esse existimes” (Carlos Sigonio,
De dialogo, ob. cit., p. 184).
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pictórico.16 La pintura del jardín en El Scholástico, al comienzo del
libro segundo, más parecida a la descripción del hortus conclusus del
Génesis que al topos del lugar ameno, se presenta como ejemplar:
“Era una huerta en ribera de Tormes, muy fértil y abundante de
muchas frutas y arboleda, y a la entrada estaba un jardín tan fresco,
tan delectable y hermoso que dixeras no difería del lugar dedicado
para la creaçión del primer padre Adán.”17
La convención temporal del modelo ciceroniano en que
discurre la conversación suele preferir la medida y límite de un día.
El límite de un día, que suele coincidir con feriado, además de
propiciar la distribución en tantos libros como días de discusión se
empleen (no siempre), ordena el diálogo y permite centrar en cada
uno un tema determinado. Suele elegir las tardes, tras la comida,
para la conversación, de tal manera que la noche suele interrumpir,
también como en los coloquios pastoriles, las palabras de los
participantes.18 En De los nombres de Cristo, las indicaciones
16 Lo mismo sucede en el Diálogo de la dignidad del hombre, con un recurso a
la acotación verbal en boca de Antonio, por proceder drammatico modo: “Mira
este valle cuán deleitable paresce, mira esos prados floridos y estas aguas claras
que por medio corren; verás esas arboledas llenas de ruiseñores y otras aves que
con su vuelo entre las ramas y su canto nos deleitan, y entenderás por qué suelo
venir a este lugar tantas veces” (Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del
hombre, ed. de M. Luisa Cerrón Puga, Madrid: Cátedra, p. 115). En el Jardín de
flores curiosas se da semejante presentación en la bienvenida a Antonio: “Lo mejor
será sentarnos, para que, más despacio, podamos recibirla [la merced] debajo de
esta sombra, para que el sol no nos toque; y aquí podremos oír el regocijado
sonido que el agua, deslizándose con su corriente tan clara como un cristal por
las blancas arenas y pizarras, hace, ayudada del sordo sonido de las hojas de los
árboles, meneadas con el delicado y sabroso viento, causando un regocijo y
alegría para los que estuvieran oyendo” (Antonio de Torquemada, Jardín de flores
curiosas, ed. de Giovanni Allegra, Castalia: Madrid, p. 102).
17 Cristóbal de Villalón, El scholástico, ed. de Martínez Torrejón, Crítica:
Barcelona, 1996, p. 87. A este pasaje sigue una singular ékphrasis de las historias
labradas en la piedra; la adopción del locus amoenus, que refuerza la idea de
concordia y armonía con la naturaleza, tiene que ver con la tradición pastoril y,
por supuesto, con la apología del otium, del lugar alejado del fragor urbano.
18 Recuerda Curtius (Literatura europea y Edad Media latina, FCE: México,
2
1976 , p. 137) a propósito de este tópico antiguo de la conclusión “la fingida
situación del De oratore ciceroniano, que termina (III, LV, 209) porque el sol
poniente exhorta a la brevedad”.
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temporales también fuerzan el desarrollo del diálogo. El primer
libro transcurre durante la mañana del día de San Pedro; el
segundo, por la tarde de ese mismo día hasta bien entrada la
noche; y el tercero, durante el día siguiente de San Pablo. En El
Scholástico los cuatro libros corresponden a cuatro días de
conversación, desarrollada siempre por la mañana, mientras las
tardes se emplean en juegos y los momentos tras la cena en
diálogos divertidos que apenas se cuentan. En el Diálogo de la lengua
sucede el coloquio también tras la comida, como celebración del
convite previo, tal y como el personaje Valdés hace notar al
comienzo del mismo. En este caso, el programa y plan tan
determinado de la discusión hace que el libro concluya cuando se
acaban los puntos que convinieron en tratar al principio.19
Si en lo que se refiere a las indicaciones de lugar y tiempo
parece existir una tendencia a crear un contexto parecido, un lugar
apacible y un tiempo bastante prolongado de ocio y de
entretenimiento, que promueva una conversación de las mismas
características, diferente es la construcción argumentativa y la
estructura compositiva del diálogo. Carlo Sigonio en su poética
sobre el diálogo establece dos movimientos principales para los
diálogos socrático-ciceronianos: la praeparatio y la contentio. El
primero explica el asunto a tratar y se corresponde con el prólogo
–“haec pars idem valet in dialogo quod in tragoedia atque in
comoedia prologus”–20 y el segundo constituye la propia contienda
verbal, la contentio, que se subdivide, a su vez, en propositio y probatio.
Sigonio se demora al explicar la probatio porque entiende que de
ella se deriva la distinta disposición de los diálogos. Así sostiene
que dentro de los diálogos platónicos existen tres especies, según la
estructura de la probatio: la expositio, la inquisitio y la mixta. En la
19 Véase al respecto J. B. Avalle-Arce, “La estructura del Diálogo de la
lengua”, Dintorno de una Época Dorada, Madrid: Porrúa, 1978, pp. 57-72. La
determinación temporal es menor sin duda en este caso, como lo es también en
el Diálogo de la dignidad del hombre, que sólo indica el término del diálogo a la
llegada de la noche: Dinarco, tras dejar la contienda irresoluta, exhorta:
“vámonos, que ya la noche se acerca sin darnos lugar a que lleguemos a la
cibdad antes que del todo se acabe el día” (ed. cit., p. 166).
20 Carlo Sigonio, De dialogo, ob. cit., p. 164.
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primera desaparece la contentio en beneficio de una extensa
explicación a cargo de un solo protagonista al que escuchan mudos
los demás participantes. En la species inquisitionis hallamos el modo
mayéutico, y en la mixta, una mezcla de los otros tipos. Sigonio
trata de explicar cómo se acomoda el diálogo en Cicerón a este
modelo y sólo alcanza a trazar diferencias entre las estructuras de
sus composiciones.
En efecto, si se analizan desde este punto de vista los
diálogos de Cicerón se podrá comprobar, por ejemplo, que De
finibus (no todo), Brutus, Tusculanae disputationes, De amicitia, De
senectute sólo presentan breves diálogos al comienzo (de cada libro),
en la fase que podemos llamar de praeparatio y, una vez marcado el
asunto (la propositio), el discurso recae sobre un personaje que
elabora una larga argumentación, con todos los elementos de la
prueba, definición y naturaleza del asunto, historia, relaciones con
otras cuestiones, incluso con refutaciones internas a exposiciones
del propio interviniente, para llegar al final a una conclusión que
toma un cariz epidíctico y demostrativo. Un ejemplo mixto son las
Tusculanas disputationes, que comienzan con la declaración de
plantear la discusión con el método socrático y, tras un
intercambio rápido de preguntas y respuestas, derivan luego en un
discurso en forma de monólogo que ocupa la mayor parte del
texto. No hay contentio en ellas, simplemente exposición, como señala
Sigonio.21 Contienda, que sí existe en otros diálogos, como en De
natura deorum o en De divinatione que responden al esquema in
utramque partem. En De oratore, sin embargo, se hallan otros rasgos:
mayor número de interlocutores y, por tanto, mayor reparto en la
conversación y mayor brevedad en los discursos. Creo entender en
esta analogía entre Platón y Cicerón (forzada por la libertad con
que Cicerón entiende los modelos socráticos) una clasificación
similar, que el autor latino enriquece con la introducción de un
modelo nuevo a partir de la fórmula heterogénea del De oratore.
El planteamiento, pues, de Carlo Sigonio para el diálogo
busca un núcleo común de rasgos externos o formales; pero tanto
en el pasaje en el que trata el papel o las funciones de los
21
Carlo Sigonio, De dialogo, ob. cit., p. 249.
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
personajes (confirmar, enseñar, refutar, o sólo escuchar) como en las
reflexiones sobre la argumentación muestra sin querer la variedad
interna de los diálogos de estirpe entre platónica y ciceroniana. A
mi juicio esto explica el surgimiento obvio de diferentes tipos de
esquemas dialogales en el siglo XVI: teniendo en cuenta esa
perspectiva, creo se pueden reducir, según estos dos criterios –el
papel ejercido por los personajes concurrentes en el diálogo y la
dispositio de la probatio–, a tres modelos muy básicos, que yo voy a
ejemplificar con tres diálogos en lengua española, prototipos, a mi
modo de ver, de una taxonomía del diálogo en la literatura
española: a) el predominante en los diálogos ciceronianos, con el
ejemplo de De los nombres de Cristo, de fray Luis de León; b) el
esquema in utramque partem, observable en el Diálogo de la dignidad del
hombre de Fernán Pérez de Oliva; y c) el esquema del De oratore, con
la intermediación de Il cortegliano de Castiglione, aplicado en El
Scholastico de Cristóbal de Villalón.
a) El esquema predominante en el diálogo ciceroniano: De los nombres de
Cristo de fray Luis de León.
De los diálogos españoles el que más se asemeja a la
estructura predominante en los diálogos ciceronianos es De los
nombres de Cristo de fray Luis de León. El tema parece lejano a las
materias ciceronianas, mutatis mutandis las épocas o los intereses,
pero la gravedad del asunto, el carácter, si se quiere escolar, del
mismo pueden emparentarlo. La estructura, no obstante,
acrecienta tales semejanzas. De los nombres de Cristo comienza con
una dedicatoria a su gran amigo Pedro Portocarrero en la que se
presenta la idea –quaestio infinita– de que la lectura de las Sagradas
Escrituras, si bien ofrece consuelo y remedio al hombre, es
olvidada por razón de la ignorancia del vulgo y la soberbia de los
prelados. La crítica a los libros que lee el vulgo ocupa una parte de
la cuestión. El maestro, el magister, fray Luis decide paliar la
situación con “alguna cosa que fuese útil al pueblo de Cristo”:
“Pues a este propósito me vinieron a la memoria unos razonamientos
que, en los años pasados, tres amigos míos y de mi orden, los dos
dellos hombres de grandes letras e ingenio, tuvieron entre sí, por
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cierta ocasión, acerca de los nombres con que es llamado
Iesuchristo en la Sagrada Escritura” (p. 146). La última cláusula de
la dedicatoria, que adquiere una dimensión epistolar, engarza con
el diálogo: “Pues lo que en ello se platicó entonces, recorriendo yo
la memoria dello después, casi en la misma forma como a mí me
fue referido, y lo más conforme que ha sido possible al hecho de la
verdad o a su semejança, aviéndolo puesto por escripto, lo embío
agora a v.m., a cuyo servicio se endereçan todas mis cosas” (p.
147).
Tras el prólogo, comienza el diálogo con una narración y
una descripción del lugar ameno, para pasar luego a la presentación
de los personajes, que acuerdan (praeparatio) el asunto de la
conversación que van a mantener. En ella no falta un detalle de
índole episódica que abre la conversación: el hallazgo del papel de
Marcello donde figuran apuntados los diferentes nombres de
Cristo, con los lugares de las Sagradas Escrituras en que aparecen.
La anotación servirá, como convienen los tres, –lo que constituye
la propositio– de guía y esquema de los diálogos. Después de la
praeparatio y la propositio, Marcello toma la palabra para organizar, en
forma sermonaria, su discurso, como ocurre en Cicerón. No sólo
eso: antes de comenzar la hermeneusis onomástica de Cristo, los
interlocutores establecen el orden que debe seguir la explanación:
con apelaciones a la estrategia ciceroniana. Lo que viene a
continuación es una plegaria que hace las veces de invocación
pagana a las musas. Tras ella llega la definición del nombre, el
origen del nombre, las clases del nombre y las partes del nombre
(significado, sonido y letra). Esta primera parte presenta un perfil
retórico muy notable, pero, en todo caso, responde a la estructura
de los discursos ciceronianos. No hay contentio en sentido estricto:
la manera de interpelación es la de la aclaración de dudas o de
aspectos curiosos.22 La obra de fray Luis presenta numerosas
22 La estructura de los demás apartados es la de los excerpta, es decir, el
desentrañamiento del significado que encierran los nombres de Cristo. Primero
Sabino lee el papel que Marcello ha dejado escrito, y éste, a continuación, trata
de comentarlos. En el desarrollo del primer libro sucede como en Cicerón: se
van espaciando las intervenciones de los demás interlocutores, dejándole a
Marcello el sostenimiento del discurso.
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
deudas con autores profanos y con autores cristianos, siempre
sobre la base de una tradición dialogística que procede de Cicerón.
Pero del Cicerón de las Tusculanas. La disposición del diálogo, si
bien ciceroniano, se corresponde con ese modelo, predominante
sin duda en la obra de Cicerón, que se aproxima más a la
predicación o al discurso sermonario que a una interlocución
continuada de preguntas y respuestas.23
b) El esquema in utramque partem: el Diálogo de la dignidad del hombre de
Fernán Pérez de Oliva.
Otro esquema ciceroniano es el conocido como in utramque
partem. Este modelo es el que se puede ver en Academica, De finibus
(libros II y III), De natura deorum y De divinatione: en aquellos
diálogos sobre cuestiones trascendentes como la naturaleza divina,
sobre los límites o sobre la condición de los dioses. La
característica fundamental de este esquema es la confrontación de
dos ideas opuestas: Cicerón aprovecha este esquema para mostrar
el paralelismo de los argumentos que enfrentan a dos concepciones
opuestas sobre un asunto. En cierto modo, éste es el modelo que
debió de imperar durante la Edad Media, ya que sus vínculos con
la disputatio medieval son evidentes y el carácter aún más dialéctico
de la dispositio conlleva tal similitud.24 El esquema es el de dos
Un elemento de su estructura interna me parece fundamental: el
psalmo con que concluye cada libro. Cristóbal Cuevas se refiere a él como
“acorde lírico”, pero parece ejercer similar función que los epiloga de Cicerón al
final de cada disputa tusculana. El primero, traducción del psalmo 103, se
presenta como un himno a la creación y a la grandeza de Dios; el segundo,
traducción del psalmo 44, una especie de epitalamio que recoge los temas
desarrollados en el libro; y el tercero, traducción del psalmo 102, un canto de
misericordia, donde asoman las ideas sobre la fragilidad de la vida humana. En
las Tusculanas de Cicerón, las conclusiones o perorationes presentan semejante
signo: el elogio de la muerte en el libro primero, la conclusión sobre los estoicos
en el libro tercero o la idea de que la sabiduría concede la felicidad en el libro
quinto redondean el diálogo y le confieren una estructura circular muy notable.
24 J. M. Martínez Torrejón, “Diálogo entre la Edad Media y el
Renacimiento”, Ínsula, 542 (febrero, 1992), pp. 21-22. Véanse al respecto las
interesantes páginas dedicadas al debate universitario (el sistema de disputatio en
los exámenes), jurídico y parlamentario en la Edad Media de Thomas L. Reed,
23
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largos discursos alternativos que presentan idénticas argumentaciones. El orden expositivo de ambos discursos tiende a ser claro
y a estar sujeto a eslabones reconocibles, para que, una vez leído (o
pronunciado), la memoria pueda ir restableciendo los puntos de
oposición entre ambos. Son, por ello, dentro de su longitud,
discursos más breves que los anteriores. Esta estructura es propia
del ámbito forense o en todo caso judicial, y sus técnicas retóricas
apuntan, sobre todo, a la derrota del contrario: de ahí que las
figuras de índole dialéctica sobresalgan, como la concessio, la correctio,
la communicatio o la conciliatio. El paradigma de la huella de este
esquema en el diálogo renacentista es el Diálogo de la dignidad del
hombre de Pérez de Oliva.
Este diálogo de Oliva comienza con el encuentro de dos
amigos, Aurelio y Antonio, un encuentro favorecido por el interés
del primero en saber a dónde se dirige el segundo. Intercambian
unas pocas palabras y Aurelio, al ver el estado melancólico de su
amigo, trata de preguntarle la causa: Antonio confiesa que es la
soledad quien le ha conducido a tal estado, una soledad pretendida
como modo de sabiduría o de razón. Aurelio teme que la soledad
de su amigo proceda del aborrecimiento que cada hombre tiene al
género humano. Antonio rechaza tal idea, y, con ello, enciende el
debate sobre la condición humana. Los dos amigos deciden
contender –“disputarlo hemos aquí”– cuando advierten que
Dinarco, otro personaje, junto con otras personas, está también en
Jr. en su libro Middle Englsih Debate Poetry and the Aesthetics of Irresolution (Missouri:
University of Missouri, 1990, pp. 41-96) o el libro de Eleonore Stump, que
resalta el influjo del De topicis aristotélico en la dialéctica medieval, Dialectic and Its
Place in the Developmente of Medieval Logic, Cornell University Press, 1989. El rescate
que Torrejón realiza de las disputationes medievales es muy interesante, ya que, en
virtud del recelo profesado por los hombres del Renacimiento –con Petrarca a la
cabeza– hacia el escolasticismo medieval, se ha supuesto una ruptura radical con
el pasado. Que Petrarca y Erasmo, en épocas tan distanciadas, hayan arremetido
contra la formación basada en una disputatio estéril, no quiere decir que muchos
otros (y ellos mismos), educados bajo la férula del silogismo, no hayan
sucumbido a técnicas argumentativas de esa índole. Los estudios sobre la
educación en el Renacimiento demuestran que la “base escolástica de los
humanistas es más sólida de lo que ellos admitirían” (p. 22), afirma Martínez
Torrejón a la luz de las tesis de Garin o Kristeller.
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
ese lugar y convienen en que sea él el juez de la disputa y los
acompañantes, los oyentes. Las circunstancias no pueden presentar
más rasgos judiciales y, en este sentido, la estructura de la disputa
se va a subordinar a tal predeterminación, de tal manera que la
propositio y la praeparatio aparecen casi fundidas en estos
prolegómenos del diálogo.
El orden de los razonamientos respeta, como señala
Dinarco al final de la praeparatio, “la forma de los antiguos
oradores, en cuyas contiendas el acusador era el primero que dezía,
y después el defensor” (p. 120). Empieza, por tanto, Aurelio con
su defensa de la miseria hominis con un plan muy ordenado: con un
exordio, donde lamenta que el hombre posea el conocimiento de
su condición miserable, y una argumentación basada en los
siguientes puntos:
1. La condición del hombre en el universo: la hez del mundo, con la
vindicación de la fortuna y la mudanza como principios ordenadores
de las cosas.
2. El cuerpo humano, desvalido y aborrescido.
3. El alma, con sus dos partes, entendimiento y voluntad.
Entendimiento, que en ocasiones lleva a la duda, para contravenir la
naturaleza; y la voluntad, como combate entre razón y apetito
natural.
4. Los estados, con este orden: artesanos, letrados, campesinos,
figuras del poder (el gobernante y los soldados).
5. Los temas engarzados de Fortuna, Muerte y Fama.
El discurso de Antonio sigue los mismos pasos:
1. El universo, contemplado como la fábrica admirable de Dios, en la
que el hombre es su imagen y semejanza, y el libre albedrío se
impone a la veleidad de la fortuna.
2. La proporción armoniosa del cuerpo humano, bien “bastecido”
frente a los demás animales.
3.El alma, cuyo entendimiento le sirve para mandar sobre el mundo y
cuya voluntad le permite vencer los vicios y el pecado.
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4. Los estados, con el mismo orden.
5. Los mismos temas mayores del discurso de Antonio, pero
presentados como Libertad, Muerte salvadora y Eternidad, tras la
contemplación de Dios en el Juicio Final.
Si el orden está muy claro, las estrategias dialécticas –sobre
todo, de Antonio– también resultan sobresalientes. En primer
lugar, las numerosas concessiones que tienen una efectividad notable,
pues quiebran la expectativa inicial:
Sólo Epicuro se quexava de la naturaleza humana, que le parecía
desierta de bien y afligida de munchos males, alegando tales razones
que me parece que tú, Aurelio, lo has bien en ellas imitado; por lo cual le
parescía que este mundo universal se regía por la fortuna, sin
providencia que dentro dél anduviese a disponer de sus cosas. Mas de
cuánto valor sea la sentencia de Epicuro, ya él lo mostró cuando
antepùso el deleite a la virtud. (p. 139)
La correctio aparece desde el momento en que Antonio se
sirve de los argumentos de Aurelio para la refutación: la perpetua
guerra que libra la voluntad entre razón y apetito para Aurelio, para
Antonio “fue dada para que muestre en ella la ley que tiene con
Dios. De la cual guerra no te deves quexar, Aurelio, pues a los
fuertes es deleite defenderse de los males”(p. 155). Trabajo de
Sísifo es para Aurelio la tarea de los sabios. Antonio le corrige:
“por eso no compares los sabios a Sísifo infernal, aunque los veas
munchas vezes tornar a aprender de nuevo lo que tienen sabido,
mas antes los compara a los amadores de alguna hermosura, cuyo
deleite de verla recrea el trabajo de seguirla”. Los ejemplos se
complementan con recursos de anticipación de argumentos, que
muestran semejante disposición dialéctica: “Que aunque algunos
piensan que vale más nuestro entendimiento para la vida que la
ayuda natural que tienen los otros animales, no es así, pues nuestro
entendimiento nasce con nosotros torpe y obscuro” (p. 129) o
“Mas pongamos que la muerte dexe al hombre hazer el curso
natural: la más luenga vida ¿no veemos cuán breve pasa?” (p.
133).25 Parece claro, pues, que el conjunto depara una
25 Los recursos dialécticos no se acaban ahí, porque frente a la parquedad
de probationes argumentativas de Aurelio, Antonio aplica con frecuencia las citas
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
estructuración dialéctica bien notable, como claro ejemplo y
paradigma de un esquema in utramque partem, propio de un tipo
muy preciso de modelo ciceroniano. Los rasgos dialécticos
predominan sobre el discurso expositivo y, a la larga, conducen a
otra modalidad bien distinta, más de persuasión que de
aprendizaje.
c) El modelo del De oratore y la influencia de El Cortesano: El
Scholástico de Cristóbal de Villalón.
El scholástico de Cristóbal de Villalón presenta otro modelo
ciceroniano: el del De oratore,26 a través de la mediación de Il
cortegliano de Baldassare Castiglione. En el prólogo que figura en el
manuscrito de la Historia, Villalón se hace eco de los que asocian
su libro con el del autor italiano. Al principio niega su filiación,
pero más tarde decide aceptar semejante afinidad: “Pues si visto
estos grandes sabios se persuadiere alguno que dexados éstos yo
imité al conde don Baltasar Castellón, yo lo tengo por muy bueno,
porque de su industria, letras y juiçio me atrevo a dezir que es uno
de los más sabios varones con que la docta Italia se puede
dignamente gloriar”(p. 344). A Castiglione añade Villalón otras
fuentes: Jenofonte, Cicerón, Aulo Gelio, Macrobio, el mismo
Platón. Tal vez, como explica Martínez Torrejón, porque les une el
modelo de lo que denomina el diálogo-banquete,27 pero también
materia para la invención, como se puede ver en el capítulo I, 1 de
su obra: “Es nuestra intençión pintar aquí una scolástica
universidad, o académica república, o escuela de letras, en
de auctoritates (bíblicas, sobre todo) y los loci a simili con el fin de contrarrestar las
ideas de su rival en la contienda, como la analogía utilizada para hablar de los
gobernantes como alma de la república (p. 160).
26 James Murphy señala el impacto que causa el redescubrimiento de este
diálogo en Lodi, en 1422: “fue uno de los hitos fronterizos que separan la fase
medieval de la renacentista en la historia cultural europea” (La retórica en la Edad
Media, México: FCE, 1986, p. 133)
27J. M. Martínez Torrejón, Diálogo y retórica en el Renacimiento español.”El
Escolástico” de Cristóbal de Villalón, Kassel: Reichenberger, 1995, p. 45.
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imitaçión de la república çevil que debujó Platón”, dice Villalón en
el prólogo dirigido al príncipe don Phelipe.28
Los modelos de Platón y de Castiglione se explicitan; el de
De oratore se oculta, pero no es difícil detectarlo. La característica de
este modelo es el número elevado de interlocutores e intervinientes
y la alternativa más frecuente de los discursos, que, a la vez, son
más breves. Por supuesto, los elementos externos al diálogo –esto
es: lugar, tiempo y circunstancias concretas que lo rodean– son
similares al prototipo ciceroniano general, si bien cabe hacer
mención, tal vez, por la influencia de Castiglione, de un desarrollo
mayor del marco narrativo, en forma de acotaciones más largas, de
descripciones más detalladas del lugar y de los objetos de arte y
ornamentación, de etopeyas rápidas o de indicaciones más precisas
sobre los gestos o movimientos de los personajes. El modo
dramático, siendo casi absoluto, deja elocuentes resquicios a la
narración de los pormenores de la plática, como el célebre paso
con que comienza el capítulo II, 8, de ascendencia erasmiana:
Como el Rector mandó hablar al Maestro Oliva, él , por obedeçer, así
començo, adornando su vestido y componiendo su rostro, sosegando
mucho la persona, los ojos inclinados, alçándolos quando era
nescesidad, las manos quedas si no se ofreçía alguna demostraçión,
mostrando algún temor a los oyentes, no como desvergonçado
orador que confía de sus palabras, mas como muy cuerdo y que tiene
gran ojo al peligro de poder errar. Después que hubo tosido y
escopido así començó: (p. 118)
Los interlocutores responden al modelo de los optimates,
pertenecientes en este caso a la Universidad salmantina. Son once,
pero tres de ellos ejercen una función de mayor relieve: Francisco
de Navarra, rector y huésped; Pérez de Oliva, maestro; y Francisco
28 La mención del filósofo griego se enmarca junto a la relación
minuciosa de las auctoridades de que se ha servido para componer el libro: “Y
en la materia que se tracta imito solamente a los libros De republica de Platón,
porque así como él pretende constituir allí un varón perfecto, adornado de las
virtudes y condiçiones que para en su buena república debe tener, así yo trabajo
constituir una scholástica república y formar un perfecto varón, maestro y
discípulo, los quales puedan vivir en nuestra scuela y universidad. Y así el conde
Castellón trabaja formar una corte y un perfecto cortesano”, (p. 343).
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MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
de Bobadilla, Maestrescuela. Pérez de Oliva, el maestro Oliva,
lleva, como en el modelo ciceroniano que siempre gira en torno a
una figura, la preminencia del diálogo, mientras el Rector lo
organiza y Bobadilla realiza variados cometidos. Los demás
personajes intervienen de forma testimonial, si bien son más
numerosas sus intervenciones en el primer libro que en los tres
restantes, tal vez en consecuencia con el modelo ciceroniano de las
Tusculanas de dejar que la conversación al principio fluya sin orden
hasta que se propone el tema de discusión.
La presencia de tantos personajes debilita la parte dialéctica
de la conversación y permite, desde el punto de vista de la dispositio,
una mayor variedad en sus márgenes. Esta cualidad ya está
presente, como novedad frente al modelo de Cicerón imitado, en
El cortesano de Castiglione. Pero, en El scholástico, como radical
innovación, se sitúa la propositio en el capítulo III del segundo libro.
Lo interesante es que la posible praeparatio, que ocupa todo el
primer libro, constituye por sí sola un apartado independiente. El
primer resultado de la novedad reside en la inclusión, en este
primer libro, de varias modalidades, sobre un sustrato retórico.
Después de un comienzo narrativo, se abre el diálogo con un
elogio de la amistad, de extracción ciceroniana. Al elogio le siguen
cinco exempla narrados por cinco personajes distintos sobre el
mismo tema, a modo de ilustración. Tres de ellos son de origen
lucianesco, lo que habla en favor de una clara tendencia a la
imitación compuesta y a la contaminatio probable del modelo
menipeo de la sátira.
Los capítulos VII-XI, de contenido filosófico y, por ello,
afines al proyecto de Cicerón de divulgación de la filosofía (De
finibus, Tusculanae disputationes), se asemejan al esquema ciceroniano
de más largos discursos, lleno, sin embargo, de episodios
procedentes, sobre todo, de Plutarco. Los capítulos siguientes,
hasta el final del libro primero, transcurren ya durante el banquete.
Allí, el huésped Bonifacio se queja de la vejez, con cuatro
argumentos que refiere de forma sumaria. El Maestreescuela toma
como propositio las cuatro razones del huésped y decide rebatirlas
una a una. Villalón distribuye el discurso de Bobadilla, –una
MODELOS DISPOSITIVOS DEL DIÁLOGO...
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apología de la vejez– en los cuatro capítulos siguientes, a imitación
y paráfrasis –en fondo y forma, ya que se trata de uno de los
razonamientos más largos– del De senectute ciceroniano.
El molde ciceroniano se amplía de modo extraordinario, en
la medida en que no hay un tema elegido ni decidido para la
discusión. Cuando éste se propone en el capítulo II, 3, el orden ha
quedado más o menos establecido y el molde ciceroniano
predominante comienza a imponerse. Después de tres loores a las
ciencias (teología, leyes, medicina), que pueden funcionar a modo
de exordium, comienza el diálogo: el maestro Oliva, también tras un
breve exordio, establece una propositio: “quiero yo que para prinçipio
de su formaçión [la del escolástico] que sea temeroso de Dios”.
Pero antes de proceder a la probatio, se le adelanta otro personaje,
Alonso Osorio, estorbando el discurso y poniéndole una objeción:
¿qué ocurre con los filósofos gentiles? A la objeción le contesta
otro personaje, Francisco de Vega, quien en realidad, rearguyendo
las ideas de Osorio, es quien prueba (probatio), con notable
admisión de autoridades, que los sabios antiguos no merecen en
puridad ese nombre. Oliva confirma tal probatio y pasa a pronunciar
un discurso extenso sobre las cualidades que debe poseer el
scolástico, que, salvo interrupciones esporádicas, ocupa buena
parte del libro segundo.
Tales interrupciones son de naturaleza narrativa: dos son
de relieve. En el capítulo XIII, a propósito del principio que
establece Oliva de que el discípulo debe abominar las ciencias
superstiçiosas, Oliva aduce un exemplum, que da pie para que se
engarcen otros tres –uno de ellos procedente de Luciano–
contados por los circunstantes que hasta ese mismo momento
permanecían atentos a las palabras del Maestro. Los exempla poseen
el mismo carácter de los narrados en el primer libro: son
ilustraciones del tema expuesto; todos ellos cuentan un relato de
contenido fantástico, muy próximo a las fábulas milesias que se
cuentan en la mesa de Trimalción en el Satiricón de Petronio o
salpican el Asno de oro de Apuleyo.
La otra interrupción tiene que ver con la misma narración
de la plática, ya que la llegada de la comida y el posterior recreo y
78
MANUEL ÁNGEL CANDELAS COLODRÓN
solaz de los participantes es contado con bastante más detalle de lo
habitual. Creo que en estas introducciones narrativas reside la
singularidad de El shcolástico dentro del esquema ciceroniano, como
producto tal vez de las propuestas de Castiglione, quien se detiene
en estos aspectos narrativos, con el propósito de dotar a la
conversación de un marco amable, relajado e incluso aderezado
con burlas. La mezcla abundante de una dispositio propia del
esquema ciceroniano con una inventio de naturaleza narrativa que
procede tanto de los autores clásicos (como Plutarco o Aulo Gelio)
como del mundo de las novelle, las facecie, los apotegmas o dicta de
más incierto origen y de probable difusión oral y recogidas en
misceláneas contemporáneas (Bracciolini, Boccaccio) es un
elemento caracterizador de El scholástico, junto a la contaminatio de
Luciano en lo que se refiere a la materia de algunas historias o a
ciertas ideas contra dialecticos que Erasmo tendrá tan en cuenta y
convertirá en fondo esencial del pensamiento del siglo XVI.
La forma del diálogo es en origen la sermocinatio, el modo
drammatico, el estilo directo de la retórica clásica, una manera
elocutiva y dispositiva de exposición del discurso. No sólo se
emplea de forma ocasional para enriquecer o dar variedad a un
discurso, sino que puede consituir por sí solo su esquema
fundamental. Pero, tras esta forma dialogada, totalizadora, se
pueden esconder múltiples manifestaciones: sólo a través de una
dimensión histórica esas manifestaciones pueden cobrar el valor
del género. Que el diálogo de filiación ciceroniano tiene unos
rasgos definidos parece claro, pero tan claro como que en su
interior se advierten significativas variedades que hablan del
carácter heterogéneo de esta forma literaria, derivadas, sin duda, de
la distinta estructuración de los diálogos clásicos que sirvieron de
modelo a los intentos imitativos del mundo renacentista.
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