El reto cultural en el centro de las relaciones internacionales

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El reto cultural en el centro de las relaciones internacionales
Koïchiro Matsuura
A medida que se agranda la esfera de la mundialización, aumenta la amplitud de las
diferencias por aprehender, de modo que hoy día es urgente comprender y preservar la
diversidad cultural; de ahí la necesidad de desarrollar verdaderas políticas culturales
capaces de integrar a todos los actores: organizaciones internacionales, estados, sociedades
civiles, sector privado. La educación y la preservación del patrimonio (en sentido extenso)
constituyen quizá los retos más apremiantes.
Política exterior
En el ámbito de las relaciones internacionales, se ha hecho costumbre el asociar cultura y
política, tal como lo demuestran las declaraciones que en mayo de 2005 hiciera Alpha Oumar
Konaré, presidente de la Comisión de la Unión Africana (UA), en la sede de la Organización
de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco): “el combate
cultural es también un proyecto político que aspira a dar un contenido social a la Unión y
constituir un grupo de influencia en torno a África”.
Estas significativas palabras ilustran una toma de conciencia ampliamente compartida y nos
comprometen a reflexionar acerca de la manera más oportuna de replantear el lugar de la
cultura —libre ya de su estatus de soft issue, para retomar la jerga de los juristas— en la
agenda política nacional e internacional.
Las nuevas inquietudes a las que nos enfrentamos —expansión del terrorismo y de las
violencias interétnicas, desigualdades hombre/mujer, pobreza, pandemias, crisis del diálogo
intercultural, amenazas a la seguridad humana, etcétera— vuelven a nuestras sociedades más
opacas para sí mismas, inseguras de su porvenir e incluso de su pasado. Es urgente que
nuestras acciones se centren en problemáticas globales para responder a la búsqueda de
sentido e inteligibilidad de nuestros contemporáneos. Resulta evidente, sobre todo desde el
11 de septiembre de 2001, que el reto cultural en su acepción amplia políticas culturales,
promoción de la diversidad cultural, diálogo de las culturas— ha llegado a imponerse en el
primer plano de las preocupaciones políticas. Todos buscamos hoy día un marco ético
universal cuyos principios sean capaces de inspirar e irrigar el conjunto de las políticas
nacionales e internacionales, en una coyuntura en la que es preciso reafirmar la igual
dignidad de las culturas. Esta orientación se reflejó de manera muy particular durante la
Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible en Johannesburgo, en 2002, en la que se
reconoció que la cultura era el cuarto pilar del desarrollo, junto con la economía, la ecología
y lo social.
Teniendo siempre en mente los desvíos, las divisiones, en ocasiones los crímenes perpetrados
en nombre de la cultura, hoy es menester dar respuesta a esta exigencia social en favor de un
reconocimiento más amplio de aquello que sustenta la diversidad y el pluralismo.
Esto, naturalmente, plantea algunas preguntas: ¿todavía puede ser local o nacional un debate
sobre la cultura? Cuando las culturas hablan, ¿quién habla en realidad? ¿Cuáles son los
mecanismos reguladores de la diversidad cultural en el mundo?
La manera en la que respondamos a tales preguntas, inclusive en el terreno normativo, suscita
un sinnúmero de esperanzas y temores. La Unesco, única organización del sistema de las
Naciones Unidas dotada de un mandato en el ámbito de la cultura, tiene una responsabilidad
muy grande en este sentido.
El funcionamiento cada vez más diferenciado de las sociedades y las culturas nos obliga en la
actualidad a pensar la historia como proceso, como conjunto de interacciones, intersecciones
y transformaciones entre los hombres y las culturas. Esto modifica nuestra percepción del
papel de las políticas culturales que aparecen en el centro de los debates contemporáneos
sobre la identidad, la cohesión social, el desarrollo sostenible. En esto radica todo el reto de la
“desafío cultural” que se plantea a futuro a la arquitectura de las relaciones internacionales,
con mayor razón si queremos dotarnos, dentro del espacio de la mundialización, de los
medios necesarios para conciliar la universalidad de los derechos y la diversidad de la
condición humana.
Mundialización y diversidad cultural
El principio mismo del intercambio supone la aceptación de la diversidad aunque, en
ocasiones, la mundialización parece no tener la capacidad para tenerla en cuenta. A medida
que se agranda la esfera de la mundialización, aumenta la amplitud de las diferencias por
aprehender. Al mismo tiempo, determinado carácter, cierta originalidad, confinados en el
pasado a un territorio, una cultura, una historia, aparecen hoy como una de las figuras
comunes de lo universal y tienen que aprender a verse expuestos a un acceso casi ilimitado.
Aquí, la noción de “diversidad” resulta esencial, ya que nos recuerda que el pluralismo es el
vivero necesario de las libertades, que el pluralismo cultural constituye la respuesta política al
propio hecho de la diversidad cultural y que es indisociable de un marco democrático. En este
contexto, la libertad de expresión, el pluralismo de los medios, el multilingüismo y la
igualdad de acceso de todas las culturas a las expresiones artísticas, al saber científico y
tecnológico y a la posibilidad de estar presentes en los medios de expresión y difusión, se
constituyen en los garantes esenciales de la diversidad cultural. Más aún, podemos entender
por qué las políticas culturales, verdaderos motores de dicha diversidad, son hoy día el foco
de todas las miradas; esto se debe a que pueden crear las condiciones propicias para la
producción y difusión de bienes y servicios culturales diversificados.
A partir de esta reflexión sobre la diversidad se han debatido las políticas culturales en las
diferentes instancias intergubernamentales y no gubernamentales durante estos últimos años.1
Por otro lado, luego de que la Unesco adoptara, en octubre de 2001, la Declaración Universal
sobre la Diversidad Cultural, han sido numerosas las iniciativas internacionales tendientes a
enriquecer la reflexión sobre el fortalecimiento de la acción normativa en el ámbito de la
diversidad cultural.2
Evocar la cultura en este contexto resulta un tanto arriesgado dadas las numerosas acepciones
e interpretaciones que este término ha conocido en el espacio y en el tiempo, de ahí que sea
conveniente precisar lo que en la actualidad podría entenderse por “cultura” y, por ende, por
“diversidad cultural”.
De la cultura a las políticas culturales
Cuando se creó la Unesco, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la “cultura” remitía
esencialmente a la producción artística, las bellas artes y las letras. Además, el acta
constitutiva de la Organización la exhortaba a desempeñarse con miras a “asegurar a los
estados miembros la independencia, la integridad y la fecunda diversidad de sus culturas”,
postulando así la existencia de culturas distintas que coincidían con las fronteras de los
estados-naciones.
En el decenio de 1960, en el contexto de la descolonización, se hizo más énfasis en el
reconocimiento de la igual dignidad de las culturas y en la necesidad de políticas de
cooperación cultural en favor de los países que acababan de obtener su independencia.3 Este
nuevo paso convertía a la cultura, reconocida como un factor de identidad y desarrollo, en un
elemento clave del desarrollo endógeno de los países.4
La declaración de Bogotá, al concluir la Conferencia Intergubernamental sobre las Políticas
Culturales en América Latina y el Caribe, en 1978, habría de perfeccionar esta evolución al
enunciar claramente que “la cultura, entendida como conjunto de valores y creaciones de una
sociedad y como expresión de la vida misma, es esencial para esta última y no es un simple
medio o instrumento accesorio de la actividad social”.5
Poco a poco, a raíz de los trabajos de la antropología cultural, se llegó a considerar a la
cultura, o más bien a las culturas, ya no como un conjunto homogéneo de comunidades
aisladas distintas y estáticas, sino como un nudo de relaciones activas y disimétricas. Lo
anterior sienta las bases, a partir del decenio de 1980, de los numerosos debates sobre el
desarrollo y el pluralismo culturales, el multiculturalismo y el necesario “diálogo de culturas
y civilizaciones”.
En la actualidad, la definición de referencia de la cultura, tal como aparece inscrita en la
Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural de 2001, se inspira en las
conclusiones de la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales que tuvo lugar en
México en 1982 (Mondiacult), así como en los trabajos de la Comisión Mundial de la Cultura
y el Desarrollo (“Nuestra diversidad creadora”,1995) y en la Conferencia Intergubernamental
sobre las Políticas Culturales para el Desarrollo (Estocolmo, 1998). “La cultura debe
considerarse como el conjunto de rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y
afectivos que caracterizan a una sociedad o grupo social; además de las artes y las letras,
comprende los estilos de vida, los modos de convivencia, los sistemas de valores, las
tradiciones y las creencias”.
La revaloración de esta “diversidad creadora”, para beneficiar sobre todo a las culturas menos
representadas, en particular en los intercambios de bienes y servicios culturales, constituyó
un acto profundamente político.
El reconocimiento del campo ampliado de la cultura esboza así el principio de una política
cultural fundada en el reconocimiento de la diversidad, tanto en el seno de las sociedades
como entre unas y otras. Consolida también la interacción entre las políticas culturales y el
desarrollo a través de cinco objetivos: hacer de la política cultural uno de los elementos clave
de la estrategia de desarrollo; favorecer la creatividad y la participación en la vida cultural;
fortalecer las políticas y las prácticas a fin de salvaguardar y valorizar el patrimonio tangible
e intangible, mobiliario e inmobiliario y promover las industrias culturales; promover la
diversidad cultural y lingüística dentro y para la sociedad de la información y, por último,
destinar más recursos humanos y financieros al desarrollo cultural.
Este enfoque global de la cultura como motor del desarrollo va a contribuir a sacar del
encierro las políticas culturales para convertirlas en elementos esenciales de desarrollo
sostenible. Elaboradas a escala nacional y dentro del marco de un entorno internacional de
concertación y cooperación, las políticas culturales se conciben, de ahí en adelante, como
lugares de confluencia entre las políticas sociales y económicas, educativas, de enseñanza e
investigación, y de información y comunicación.
En el umbral del nuevo milenio, todo esto desemboca en la adopción unánime de la
Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural, y en la designación de la
diversidad cultural como “patrimonio común de la humanidad”.
Teniendo en cuenta los nuevos desafíos vinculados a la mundialización, esta Declaración
insiste, entonces, en la noción de derechos culturales que se aplican tanto entre los estados
como dentro de ellos, e insiste en el carácter dinámico de cada cultura. Más aún, al afirmar la
necesidad de una estrecha colaboración con los países en desarrollo, o en transición, para la
promoción de sus culturas y la implementación de industrias viables y competitivas, la
Declaración rehabilita el principio de solidaridad y cooperación internacional en el campo
cultural. Por último, invita a cada Estado, dentro del respeto de sus obligaciones
internacionales, a definir su política cultural y ponerla en marcha a través de los medios que
estime más apropiados: “Frente a las mutaciones económicas y tecnológicas actuales, que
abren vastas perspectivas para la creación y la innovación, se debe conceder una atención
particular a la diversidad de la oferta creativa, a la justa consideración de los derechos de los
autores y artistas, así como al carácter específico de los bienes y servicios culturales, los
cuales, por ser portadores de identidad, valores y sentido, no deben ser considerados como
mercancías o bienes de consumo como los demás” (artículo 8).
Así, provista de su plan de acción, la Declaración pretende hacer frente al doble desafío de la
diversidad cultural: por una parte, asegurar la capacidad de los individuos y grupos para
construir una “convivencia” armoniosa, apoyándose en un diálogo intercultural tanto dentro
de las sociedades como entre ellas, es decir, construir un pluralismo cultural como respuesta
política a la diversidad cultural; por otra parte, proteger y poner de relieve la multiplicidad de
las formas que sirven para expresar las culturas. En otras palabras, defender la diversidad
creadora, a fin de que ésta siga siendo el lugar de diálogo de las culturas.
¿De la diversidad cultural al diálogo intercultural?
El diálogo intercultural y la diversidad cultural se hallan en el centro del debate sobre los
futuros contornos de las relaciones internacionales. Las expresiones culturales, tal como
sabemos, traducen la riqueza de los imaginarios, de los saberes y de los sistemas de valores.
Vienen a ser el fertilizante de un diálogo renovado que puede traer como resultado la
integración y la participación de cada uno en la “voluntad de convivir” de las sociedades. Un
desafío semejante no podrá ganarse a menos que esté fundado en una diversidad creadora
respetuosa de cada expresión cultural, siempre y cuando ésta se inscriba en el respeto de los
derechos humanos y los valores fundamentales.
De la cultura a la diversidad cultural, pasando por la solidaridad intelectual y moral, la
cooperación para el desarrollo, el diálogo intercultural y la preservación de la diversidad
cultural como patrimonio común de la humanidad, el compromiso de las Naciones Unidas,
apoyado por la Unesco, no ha cambiado: tiene como fundamento el paradigma de una
humanidad plural en la que las culturas equivalen a otros tantos procesos dinámicos que se
reinventan sin cesar por el propio hecho de entrar en diálogo. A la visión de un mundo
constituido por un puñado de “civilizaciones” que corresponden a unidades culturales
inmutables y cerradas, y contra el paradigma del “choque de civilizaciones”, hay que oponer
la visión de sociedades cuya propia riqueza proviene del diálogo, los intercambios y las
transferencias.
Los debates originados en septiembre de 2005 por la publicación en la prensa de las
caricaturas del profeta Mahoma recordaron a la comunidad internacional hasta qué punto
estos desafíos eran portadores de sentido y significación. No cabe la menor duda de que, ante
todo, lo que aquí debe hacerse es reafirmar enérgicamente el carácter inalienable del
principio de la libertad de expresión que, como pedestal de la democracia, no podría ponerse
en tela de juicio; de modo que nuestro deber, en el mundo entero, es velar por que se la
respete y defienda.
Los medios, vehículos de análisis e informaciones útiles para una mejor comprensión del
mundo, son un elemento particularmente importante del diálogo entre culturas y
civilizaciones. Así y todo, es necesario que no permitamos que se asienten situaciones en las
que pudieran oponerse dos principios tan fundamentales —tanto el uno como el otro— para
la dignidad humana: la libertad de expresión y el respeto de las convicciones individuales
morales y religiosas. Yendo un poco más a fondo, este debate nos hizo confrontar la manera
como cada sociedad negocia y delimita, en modo distinto, las fronteras entre lo que se puede
y lo que no se puede decir, lo representable y lo irrepresentable, la ironía y la blasfemia. Estas
fronteras fluctúan y es ahí donde se expresa la relación compleja de cada individuo, grupo o
comunidad con la historia, la cultura, lo sagrado. Sepamos, pues, reconocer que no existe
consenso acerca del posicionamiento de tales fronteras y que, en la actualidad, nos
corresponde conocer mejor sus contornos, inflexiones y evoluciones. Se trata de un debate
que la comunidad internacional debe conducir, propiciando el acercamiento de las partes
interesadas. Sólo con esta condición podremos restablecer, tal como se esfuerza en hacerlo la
Unesco, las vías de un diálogo sereno, sin violencia y respetuoso de cada cual.
¿Cuáles actores?
En este contexto, debemos pensar en crear nuevos papeles para nuevos actores o, por lo
menos, en reconsiderarlos en función de la nueva distribución. Puesto que los equilibrios de
la vida internacional se han modificado profundamente, las funciones de sus actores se ven
transformadas de manera radical.
El objetivo es reagrupar las fuerzas que actúan en favor de la diversidad cultural: los estados
y el sector público, la sociedad civil y el sector privado. Puesto que todos contribuimos a la
diversidad cultural y nos beneficiamos de ella, también todos debemos garantizarla. De
manera conjunta con los estados, el compromiso de las organizaciones no gubernamentales
(ONG) y la constitución de redes internacionales en favor del respeto de la diversidad
constituyen signos concretos de una responsabilidad internacional que ya se ha puesto en
acción.
Es preciso que esta responsabilidad pueda contar con relevos dentro de un campo político que
no se deje atrapar por las diferencias, sino que se apoye en la concertación y la coordinación
local, nacional e internacional. Las políticas de protección y promoción de la diversidad
cultural rebasan, hoy día, el terreno stricto sensu de las políticas culturales y requieren una
acción concertada en todos los ámbitos. En un momento en el que la mundialización estrecha
cada día los vínculos de interdependencia entre los estados y la diversidad cultural aparece
como un reto primordial en términos culturales, sociales, políticos y económicos, esta
perspectiva es vital para la diversidad cultural, que no puede ser objeto de un debate
maniqueo entre lo “todo cultural” y lo “todo comercial”.
Perspectivas
En este contexto, el reto político de los años venideros radica en inscribir este discurso sobre
la diversidad en el centro de las relaciones internacionales, actuando de tal suerte que se logre
aprehender el hecho cultural en su globalidad. Cada forma de creación, en la medida en la
que se conciba dentro del respeto de los valores universales y con una mentalidad de apertura
al Otro, contiene el germen de un encuentro, de un diálogo en el que cada cual extrae la
capacidad y la libertad de transformarse. Desde este punto de vista, varios campos de acción
resultan esenciales.
• La educación, en primer lugar. Ésta debe servir para comprender mejor la complejidad de
los desafíos culturales, para ponerlos en perspectiva de una manera lúcida y crítica,
adaptándolos a los contextos educativos de las sociedades en cuestión. Hoy día, es prioritaria
una reforma del contenido de los manuales escolares, los materiales de aprendizaje y
programas de estudio que tenga en cuenta los retos de la interculturalidad, y se requiere con
urgencia una mayor coordinación en los ámbitos bilateral e internacional. En un momento en
el que las sociedades aprenden cada vez más a vivir en entornos multiculturales y los
conflictos simbólicos de las memorias enturbian el tema de la integración, resulta primordial
la cuestión de la enseñanza y el hecho de la diversidad cultural. Esto supone un discurso
pedagógico, racional y crítico de deconstrucción de los mitos nacionales, que ponga en
perspectiva los pasados nacionales con una mirada nueva acerca del estatus del Otro,
principalmente la revisión de los manuales de historia, indispensable si deseamos contribuir
al surgimiento de comunidades de memorias libremente aceptadas, abiertas a la diferencia.
• La acción en favor del patrimonio, en segundo lugar. En el plano normativo, la Unesco, por
citar sólo a este organismo, ha elaborado y adaptado no menos de siete convenciones
internacionales desde los años 1950, a fin de preservar los numerosos aspectos de la
diversidad cultural, vista desde el doble ángulo del patrimonio y de la creatividad
contemporánea.
En sus aspectos patrimoniales, la diversidad cultural se encarna en el patrimonio material
inmobiliario, con los numerosos sitios y monumentos culturales protegidos con apego a la
Convención de 1972 sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural, pero
también conforme a la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en caso de
Conflicto Armado (primer protocolo de 1954, segundo protocolo de 1999). Por otra parte, los
bienes muebles se hallan protegidos por la Convención de 1970, referente a las medidas que
han de tomarse para prohibir e impedir la importación, exportación y transferencia de
propiedad ilícitas de bienes culturales, respaldada por la Convención de Unidroit,6 de 1995,
sobre los Bienes Culturales Robados o Exportados Ilícitamente, así como por la Convención
sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático adoptada en 2001.
El patrimonio cultural inmaterial, al que por largo tiempo no se le prestó mucha atención, hoy
es objeto de una Convención Internacional para la Conservación del Patrimonio Cultural
Inmaterial, adoptada en 2003. Las lenguas, la literatura oral, la música, la danza, los juegos,
las mitologías, los ritos, las costumbres, las habilidades, la arquitectura, así como las formas
tradicionales de comunicación, constituyen admirables testimonios de la diversidad de las
culturas. Para proseguir con la tarea de salvaguardar y promover estos patrimonios culturales
inmateriales tan a menudo descuidados, contando con el apoyo de los estados y la
participación de las comunidades interesadas, se requiere valor, sobre todo en el terreno
político. Gracias a estos patrimonios, nuestra lectura de la historia de las sociedades tiene
como fundamento la diversidad.
La creatividad contemporánea, que hasta entonces sólo había contado con el respaldo de la
Convención Universal sobre el Derecho de Autor7 de 1952, revisada en 1971, también se vio
dotada de un instrumento normativo en 2005: la Convención sobre la Protección y la
Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, que culmina el edificio normativo
elaborado por la Unesco para promover la diversidad cultural. La vocación primera de dicha
Convención aspiraba a reforzar, de manera solidaria, los cinco eslabones inseparables que
permiten que las expresiones culturales de la diversidad se manifiesten, se renueven y sean
provechosas para el conjunto de las sociedades; estos eslabones son: la creación, la
producción, la distribución/difusión, el acceso y el disfrute de las expresiones culturales.
Al reconocer tanto la soberanía de los estados para establecer políticas culturales al servicio
de la diversidad de las expresiones culturales, como la especificidad de las “actividades,
bienes y servicios culturales”, distintos de los bienes de consumo común, la Convención
creaba por vez primera en derecho internacional una esfera dedicada a la cultura. Esto
representó una innovación mayor que hoy día pone a la cultura en el primer plano de la
agenda política internacional.
Estos instrumentos, que constituyen la síntesis de la estrategia de la Unesco en materia de
protección y promoción de la diversidad cultural, traducen en términos jurídicos el artículo 7
de la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural: “Toda creación tiene sus orígenes
en las tradiciones culturales, pero se desarrolla plenamente en contacto con otras culturas.
Ésta es la razón por la cual el patrimonio, en todas sus formas, debe ser preservado, valorado
y transmitido a las generaciones futuras como testimonio de la experiencia y de las
aspiraciones humanas, a fin de nutrir la creatividad en toda su diversidad e instaurar un
verdadero diálogo entre las culturas.”
Preservar el patrimonio significa, en efecto, preservar su diversidad, pensar la identidad y la
diferencia. La Unesco, por su parte, no ha cejado desde la posguerra en su esfuerzo por
sensibilizar a la opinión pública internacional respecto a esta imperiosa necesidad. Con esta
mentalidad, a partir de 1959 y luego de un llamamiento de los gobiernos egipcio y sudanés,
se lanzó la primera gran campaña internacional en favor de los templos de Abu Simbel. A
este logro, que permitió desmontar, desplazar y reconstituir por fin los templos de Abu
Simbel y Filae, le siguieron otras grandes campañas de preservación, así como llamamientos
a la cooperación internacional, en particular para salvar la ciudad de Venecia y su laguna
(1966), las ruinas arqueológicas de Moenjodaro en Pakistán (1974-1977) o el conjunto de
Borobudur en Indonesia (1972-1983).
Fuera de estas grandes campañas internacionales, a petición de los estados miembros se han
puesto en marcha numerosos proyectos, por ejemplo, los trabajos que desde 1995, fecha de su
inscripción en la lista del patrimonio cultural, se llevan a cabo en la Isla de Pascua para
preservar esos gigantescos personajes de piedra o moai, estatuas megalíticas que contribuyen
a crear un paisaje cultural inigualable en armonía con su entorno natural y que tanto fascinan
a nuestros contemporáneos.
También es preciso subrayar el papel integrador del patrimonio en la prevención de las
tensiones y conflictos o en su resolución. Estos últimos años nos hemos esforzado para que
en Mostar, Bamiyan o Bagdad, se incluya el patrimonio cultural en el centro de las políticas
nacionales de reconciliación y reconstrucción. Dentro de esta perspectiva, se inscribe la
ayuda brindada, a petición de los gobiernos italiano y etíope, para que el Obelisco de Axum
volviera a su lugar de origen. En el sureste de Europa, por citar tan sólo un ejemplo, el
concepto de “corredor cultural”, promovido por la Unesco, constituye una muestra de esta
voluntad de poner el patrimonio cultural al servicio de la creatividad y de un diálogo más
profundo entre las comunidades. En torno a dichos corredores culturales, se han forjado a
través de los siglos vínculos culturales y comerciales entre los países, de modo que pueden
servir de marco a cooperaciones y alianzas regionales más sólidas, en una abierta dialéctica
entre herencia cultural e identidad plural. En fechas más recientes, en el Líbano, la Unesco
hizo una urgente y exitosa exhortación a las autoridades israelíes y libanesas —en su calidad
de signatarios de la Convención de la Haya de 1954 para la Protección de los Bienes
Culturales en caso de Conflicto Armado, y de la Convención del Patrimonio Mundial de
1972— para que cumplieran con su imperioso deber de proteger el patrimonio cultural.
Por último, hoy más que nunca los medios y las tecnologías de la información y de la
comunicación se hallan en el centro de un dispositivo que aspira a relativizar y promover un
diálogo crítico e informado acerca de la creación y difusión de las expresiones culturales, así
como del diálogo intercultural.
Gran parte de los contenidos culturales (expresiones artísticas, informaciones, valores,
etcétera) circulan ahora gracias a Internet, con un enorme impacto en el imaginario de los
individuos y su percepción del mundo. La diversidad creadora se halla aquí puesta a prueba,
dado que las fuentes de dichos contenidos son limitadas, al igual que su acceso. Ésta es una
consecuencia de la fractura numérica, que no sólo se traduce en una repartición desigual de
las redes, sino también en una falta de formación para su utilización y una distribución no
equitativa de las capacidades para la creación de contenido. En este contexto, resulta
importante que la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información haya hecho de la
diversidad cultural y lingüística una de las once grandes orientaciones de su plan de acción.
Por tratarse de inmensos campos de acción, es de esperar que la comunidad internacional
haga énfasis en el desarrollo de contenidos y expresiones culturales locales, en la promoción
del multilingüismo dentro del ciberespacio, así como en la utilización de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación para la preservación del patrimonio y la
memoria de la humanidad, a fin de enriquecer la gama de la diversidad cultural disponible
para las generaciones futuras.
Si no redoblamos nuestros esfuerzos, corremos el riesgo de presenciar una fragmentación aún
más grave y confirmar, en el corto plazo, la ruptura de los nexos más profundos de la
cohesión social. El reto que consiste en abrir el campo de las relaciones internacionales a la
pluralidad de las culturas, así como a la circulación y transformación de los saberes, prácticas
y memorias, es de gran magnitud. Sólo la comunidad internacional en su conjunto —las
organizaciones internacionales, los estados, las sociedades civiles en su sentido amplio, tanto
de los individuos que las conforman como de las organizaciones que las representan, o el
sector privado— podrá hacer frente a semejante desafío.
Koïchiro Matsuura
Ex Primer Secretario de la delegación japonesa ante la Organización de Cooperación y
Desarrollo Económicos (OCDE), cuenta con una larga carrera en el Ministerio de Asuntos
Exteriores de Japón: destaca su participación, en 1994, como representante de Japón en la
Cumbre del G-7. En 1999 es elegido Director General de la Unesco, donde actualmente
ejerce su segundo mandato.
Traducido del francés por Hilda Becerril
1
Para citar sólo algunos ejemplos, el Consejo de Europa adoptó una Declaración sobre la Diversidad Cultural
(7 de diciembre de 2000), que destaca la particularidad del sector audiovisual con respecto a otros sectores
industriales, precisando, de modo especial, que “las políticas culturales y audiovisuales que favorecen y
respetan la diversidad cultural deben considerarse como un complemento necesario de la política comercial”.
Por su parte, la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), a través de la Declaración de Cotonou
(junio de 2001), adoptada durante la tercera Conferencia Ministerial sobre la Cultura, afirma que los bienes y
servicios culturales deben ser objeto de un trato específico y que la libre determinación de los estados y
gobiernos para adoptar sus políticas culturales constituye la mejor garantía de la pluralidad de la expresión
cultural. Se puede mencionar también la Red Internacional sobre la Diversidad Cultural (RIDC), que agrupa a
artistas, militantes culturales, organismos culturales e industrias de creación, cuyos trabajos han hecho énfasis
en la necesidad de un instrumento que garantice el apoyo a los artistas y la participación de la sociedad civil y
que aliente a los estados a adoptar una posición pro activa, y no defensiva, en materia de políticas culturales.
2
Podemos citar, entre otros ejemplos, la mesa redonda intitulada “Diversidad cultural y biodiversidad para un
desarrollo sostenible” en el marco de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible (Johannesburgo, 3 de
septiembre de 2002), la Cumbre de la Francofonía (Beirut, octubre de 2002), la reunión anual de la Red
Internacional de las Políticas Culturales (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, octubre de 2002), así como la
Resolución A/RES/57/249, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas y en la que se
proclamó el 21 de mayo como “Día mundial de la diversidad cultural para el diálogo y el desarrollo” (20 de
diciembre de 2002).
3
De 1960 a 1980, se insiste en la cooperación cultural internacional para responder a las necesidades de los
países que acaban de obtener su independencia. Esto se traduce primeramente en la adopción, por parte de los
estados miembros de la Unesco, de la Declaración de los Principios de la Cooperación Cultural Internacional,
en 1966, que expresa una voluntad política de cooperación para alcanzar los objetivos de paz y prosperidad
definidos en la Carta de las Naciones Unidas. En cuanto al papel de las “políticas culturales nacionales”, éste
sólo será reconocido plenamente durante la Conferencia intergubernamental sobre los aspectos
institucionales, administrativos y financieros de las políticas culturales, que se llevó a cabo en Venecia en
1970 y cuyo informe final estipula que “los poderes públicos pueden e incluso deben ejercer en este ámbito,
como en muchos otros que tienen que ver con la dignidad de la persona y el desarrollo de la comunidad, las
funciones de estímulo, organización y asistencia que se han convertido en parte integrante de las sociedades
modernas”. La adopción de la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural, en
1972, destaca claramente esta doble responsabilidad, nacional e internacional, con respecto al patrimonio
mundial, a través de una serie de disposiciones enunciadas en el marco de una “protección nacional y de una
protección internacional del patrimonio cultural y natural”.
4
En 1988 las Naciones Unidas lanzan la “década mundial para el desarrollo cultural”, que invita, sobre todo a
los estados, a conceder mayor importancia y reconocimiento al desarrollo cultural, a las identidades
culturales, a las condiciones de participación en la vida cultural y a la cooperación cultural internacional.
5
Es interesante hacer notar que esta conferencia desempeñó un importante papel para los nuevos países
independientes en su afirmación de la función de la cultura y de las políticas culturales como instrumento de
liberación política y económica. Esta conferencia marca también una etapa importante al introducir la idea de
las “culturas de mestizaje” y afirmar la importancia de la diversidad cultural de los pueblos como “factor de
equilibrio y no de división”.
6
El Instituto Internacional para la Unificación del Derecho Privado (Unidroit) es una organización
intergubernamental independiente, cuya vocación consiste en el estudio de los medios que permitan
armonizar y coordinar el derecho privado de los estados, o grupos de estados, y preparar gradualmente la
adopción de reglas uniformes de derecho privado por parte de los diferentes estados (NDLR).
7
Actualmente, dos convenciones promulgadas por la Unesco tratan de la protección del derecho de autor
(Convención Universal sobre el Derecho de Autor de 1952, última revisión en 1971) y de los derechos
análogos (Convención de Roma para la protección de los artistas, intérpretes y ejecutantes, productores de
fonogramas y organismos de radiodifusión de 1961). Los campos de aplicación de estas convenciones han
sido actualizados recientemente con la adopción, por parte de la Organización Mundial de Comercio (OMC),
en 1994, del Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el
Comercio (ADPIC), y la adopción de los Tratados Internet (1996) por parte de la Organización Mundial de la
Propiedad Intelectual (OMPI). Algunos aspectos referentes al estatus de los creadores y artistas se tratan en la
Recomendación relativa a la condición del artista (1980), instrumento de carácter no obligatorio que aún se
sigue de manera esporádica en las políticas culturales de una mayoría de estados. El campo de aplicación de
esta recomendación fue revisado durante el Congreso Mundial sobre la Condición del Artista (París, 1997),
que insistió en los aspectos relativos al financiamiento de las artes, el apoyo a la creación, la educación
artística, el arte y las nuevas tecnologías, las condiciones de trabajo, la fiscalidad y la salud de los artistas, el
derecho a la negociación colectiva y la movilidad de los artistas. Asimismo, el Congreso recomendó medidas
de armonización y la adopción de instrumentos internacionales de carácter obligatorio.
Revue des revues, sélection de juillet 2007
Koïchiro MATSUURA : « L'enjeu culturel au cœur des relations internationales »
article publié initialement dans Politique Étrangère, 4e trimestre 2006.
Traducteurs :
Anglais : Padma Natarajan
Arabe : Selmane Ayache
Chinois : Yan Suwei
Espagnol : Hilda Becerril
Russe : Ekaterina Belavina
Droits :
© Politique Étrangère pour la version française
© Padma Natarajan /CEDUST de New Delhi
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