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BARCELONINAS, cuadro de Félix Mestres Borrell, que figura en la Esposíción Nacional cí¿ Bellas Artes
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Año VIL—Núm. 338
26 de Junio de 1920
ILUSTRACIÓN MUNDIAL
RETRATO DE PURA MANJÓN
Cuadro original de Juan Luis López, que figura en la Exposición Nacional de Bellas Artes
LA ESFERA
'^©CCP"
DE LA VIDA
Q U E
F>A S A
UÁNDO ha sido? ¿Ayer? ¿Anteayer? ¡Ocurre
tantos días! Un ¡oven ha pedido permiso
para pasar á saludarme. Una vez dentro
de mi cuarto de estudio ha tartamudeado algunas
excusas; se presentaba él solo, confiado en mi
benevolencia, en esa benevolencia que se supone á los cronistas viejos, como á los veteranos
de las armas el acreditado valor. ¿Es preciso
decir que el joven visitante había compuesto unos
versos? De antemano ha confesado su inexperiencia, su falta de preparación, su desconocimiento de la técnica. Luego me ha recitado,
medio lloroso de puro turbado, varias estrofas.
No sé si eran buenas ó malas; no he podido fijarme sino en el autor, desconcertado, trémulo,
angustiado ante la posibilidad de un crudo desengaño. Le lie tendido mi mano y le he dicho con
efusión sincera: (•:Amigo nn'o, ¡eso está muy
bien!»
C
LOS VERSOS MALOS ^ ^ ^ T |
una revista, y el director nos los devolvió con
una carta amable y llena de piadosa benevolencia, excusándose en la plétora de original. Quizás un critico implacable se atrevió á decirnos
la verdad desnuda, y entonces lloramos en silencio. El censor nos pareció injusto y malvado. N J
había visto sino lo externo; pero ¿qué sabía él
de las agitaciones ó ternuras de nuestro espíritti? Para nosotros los versos eran buenos, porque los veíamos por dentro y por fuera, en la superficie de las cuartillas y en el fon.lo de nuestro corazón.
Por eso yo no me atrevo á sonreír ni á censurar los versos malos. Para nosotros son el misterio. Únicamente nos enojamos cuando un desconocido nos los presenta alegando que los hizo
sin vocación, para ver si de ese modo gana la algún dinero. Entonces les lanzamos brutalmente
la verdad al rostro y nos creamos un enemigo
irreconciliable, que esparce acerca de nosotros
las más absurdas y estúpidas leyendas, para
que las gentes se rían de nosotros, con esa es-
tulticia que caracteriza á los aficionados á cuentos de comadres.
Pero á los otros los compadecemos sinceramente; son nuestros compañeros, nuestros hermanos; ¿quién sabe si lo que nosotros hacemos
será tan malo como todo lo suyo? No puede exigirsenos sino que procedamos de buena fe. Tal
vez el porvenir nos reserva los más penosos
desencantos. El más doloroso tormento que
Alighieri coronado no pudo imaginar es ser despojado de un laurel; porque una áurea diadema
se alcanza con tesón y heroísmo, tal vez por
azar; pero una de laurel se conquista con lá-^rimas y es para transformarla en tejidos de laureles y acantos, para lo que los hombres c:unbres se ciñeron las sienes de espinas. Ser arrojado del Paraíso lleva consigo la esperanza de
una redención. Ningún horizonte sonríe á quien
es expulsado del templo de la inmortalidad.
Y se ha marchado satisfecho, á pesar de mi
Al elogiar los versos malos hacemos, acaso,
afirmación de no ser yo el llamado á publicar
á sus autores un daño irreparable, porque los
los versos y de que toda recomendación es para
apartamos de su verdadero camino; animados
los poetas contraproducon nuestros elogios, los
cente. En los 0)03 se gniiiimiiin^^^^^^^^^
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malos poetassiguenobsauivniana que ei j a sd- ^HS
m tinados en sitiar una lorbía que los versos eran
tnleza que para ellos semuy bellos. Venía únicará inexpugable, y cuanmente á confirmar su
do se declaran vencidos,
juicio; si el mío hubiera
nada espera ya á su vida
sido adverso, lo hubiera
frustrada. "Perdni ablcdespreciado. Todos los
mente se considerarán
versos son excelentes
postergados y, como los
para su autor; porque él
deformes orgánicos, tenno ve lo que ha escrito
drán .siempre coníra la
sobre las cuartillas, sino
sociedad un pretexto de
lo que quiso escribir, y
rencor y venganza que
eso no cabe duda que es
no se extinguirá en ellos
profunda y tiernamente
sino con la muerte. Tenpoético.
go para mí que todos los
críticos acres y rencoroTodos hemos hecho
sos no son sino vates
versos muy malos, y los
fracasados.
liemos querido con toda
el alma, como se quiere
Pero yo sigo mirando
á los hijos deformes.
los versos malos con
Cuando han pasado mucierto respeto supersticlios años y los hemos
cioso. En ellos liayalgo
encontrado en el fondo
que no acertó á exprede algún cajón de un viesar el autor, pero que lajo mueble, hemos sentitió en el fondo de su
do en nuestro rostro el
espíritu. Son un eingma
fuego de! rubor. ¿Cómo
para todos, y son, adeno vimos antes nuestra
más, el desencanto, lo
torpeza, nuestro desmamás trágico de la vida.
ñamiento, nuestro alejaFué la desesperación
miento de la verdadera
de no poder ser consapoesía? Y hemos ruto
grado artista lo que hizo
ios versos, pero sintientan malo á Nerón,y ella
do un desgarramiento
fué, sin duda, laque hizo
en nuestras entrañas.
tan bueno ú San Juan
Campüamor, el divino
de la Cruz; porque las
y el menosnreciado üor
caídas desde la idealiIOS pedantes del piíuládad, ó malan al alma ó
reo /¡nevo, quemó en una
la redimen. En este sendülora la correspondentido es ini bien que tocia amorosa de su juvendos los hombres hagan
tud, y, con lágrimas en
versos, aunque uno sólo
las ojos, dijo íil ver sus
por generación acierte
cenizas c/iw /iiiino ¿as
á ser poeta. El dolor
¿florias de la vida son.
del pecado les quitará á
Al quemar los versos de
todos la máscara y se
la adolescencia parece
nos mostrarán tales coresonar en n o s o t r o s ,
mo son: á tmos los verecondenando la vanidad
mos malvados y á otros
de la gloria, la voz seredimidos por el dolor y
vera del Eclesiastés.
la ternura. En liltimo extremo, vale más hacer
Unos versos malos...
versos malos que no ha¡con qué angustiosa decerlos. Siempre se halectación paradójica los
\ brá puesto en ejercicio
e s c r i b i m o s ! iCon qué
í una cualidad noble. No
amor paternal fuimos
I de otro modo los puelimando, una por una,
i blos priiiiitivoá reverensus asperezas, cincelanI ciaron la belleza en ídodo sus frases, dando relos deformes. No sabían
lieve ú sus imágenes y
plasmarla en materia,
modulación ú sus gritos
pero la veneraban en esde dolor ó de pasión frepíritu. El hecho de biisnética! Y luego los ver; car la belleza es ya para
sos eran malos. Los leípueblos é individuos un
mos á los amigos y adiviexcelso m e r e c i m i e n t o
namos en sus semblanLa benisima señorita Gloria de Urgoitl, hija de nuestro querido amigo D. Nicolás Maria, y el joven
que jamás queda sin redoctor en Medicina D. José Madinaveitia y Tabuyo, despuSs de la ceremonia de su enlace, verificado
tes una displicencia que
'
compensa.
con gran solemnidad y ante numerüsa y .selecta coiicurrcn^iia, en Ja iglesia parroquial de la Concepnuestro orgullo atribuyó
ción, el (lia 16 del actual
I'OT. CAMI'ÚA
á necia incomprensión.
Tal vez los enviamos á
BODA
ARISTOCRÁTICA
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ANTONIO
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LA ESFERA
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LA KXPOSICION
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EL PAISAJE
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NTiíE el cuadro Aragón, de Domingo Marqués,
pintado iiace más de cuarenta anos, y las notas
alucinadas, delicuescentes de José Frau, entonadas con la externidad cromática de la paleta de Joaqm'n Mir, pudo liallarse algo semejante á la evolución
del paisaje en España.
Pero no se lialia con el sentido gradual que parecía
lógico, sino á saltos bruscos y pasando violentamente
á la exaltación—sincera ó no—de última hora, que hace
pensar en una falsificación de la Naturaleza por un
grupo de pirotécnicos donde escasean los háhiles.
Va hemos diclio anteriormente que en esta Exposición, tan desdichada por su mediocridad y retraso, había demasiados paisajes, y que sentimos dentro del palacete una extraña claustrofobia con la ansiedad de los
árboles, las flores y el cielo dejados en la puerta, como
deja su libertad el hombre á quien encarcelan.
Y sin embargo, el paisaje es tal vez lo más interesante de este menguado certamen anacrónico. El número de obras abruma; los descensos de aquellas firmas admiradas siempre como las de Mir y Rusirtol, ó
cotizadas ayer como las de Meifrén, desaniman, y—no
obstante—todavía quedan bastantes cuadros para el
desquite vismil y el emocional deleite.
Olvidemos, pues, esa equivocación total, absoluta,
de Santiago Rusiñol, enviando el cuadro peor que ha
pintado en su vida; prescindamos de esos tres cuadros
de Meifrén que descubren la trama de sus anteriores
efectismos y (comentado ya el arte íntimo, confidencial, de Regoyos y el momentáneo cansancio —adormecido en la repetición de una fórmula—que acusan
los tres paisajes de Mir), para glosar aquellos aisla-
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"Riera", cuadro original de D. Piiig Perucho
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tenuidad y largura que dicen la noche en el interlor.silencioso del mismo pueblo.
También Lloréns nos cansa el grato optimismo de
los encuentros que no defraudan. Francisco Lloréns,
señala en la pintura del paisaje de nuestra época el
realismo orientado á la decoración, sin que pierda ninguna de las cualidades expresivos la Naturaleza, pero
orquestándola con una doble grandeza rítmica y colorista. Una campiña gallega que titula Remanso. Una
marina que titula Basliagiieiro, y en ambas esa experta
armonía y ese panteísmo claro con que Lloréns va mirando á Galicia para hacerla amable á sus contemporáneos. Remanso tiene la calidad y el empaque de un
tapiz al que no hizo enfático el teína ni en el cual se
desecaran los jugos naturales, como parecen siempre
árboles, aguas, imbes y céspedes en los tapices. l^Io.
El color en Lloréns conserva siempre una jugosidad
fresca, una gracia cantarína. En Bastiagueiro, esas
cualidades se desvian para dejar que adelante la otra,
no menos bien lograda, de la línea. Ondulante de las
olas, tranquila de In costa y en el conjunto aquella
firmeza con apariencia de blandura ligada, por fortuna,
al arte de Francisco Lloréns.
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"'Deshielo", cuadro original de Juan Espina
Cristóbal Ruíz es como un monje que se retirase á
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dos aciertos que, á nuestro juicio, merecen detenida
atención y elogio.
Domingo Marqués hace pensar en el prestigio, un
poco seco, del paisismo del siglo xix. La Naturaleza
vista con la honradez de un técnico que no se escucha
el corazón, sino que atiende exclusivamente á la entonación clásica del cuadro. Son tierras, plantas, montes, troncos, nubes, todo lo que Aras^ún muestra. Se
comprende, como el cumplimiento de un deber, esa
veracidad. Pero nos deja indiferentes luego, como un
cambio de palabras corteses y triviales con un simple
conocido; no con esa inquietud, con ese desvelo de
todas las facultades sensoriales y sensuales que produce el diálogo con el amigo dilecto, el largo éxtasis
solitario en el lugar donde nuestro espíritu se moldea,
1^.*'°,"/'^^"'^'^ temblorosa, apasionada, á una mujer.
Nicolás Raurich es el incólume y el siempre destacado El insatisfecho también, á pesar de que podía
estarlo tanto cuanto sus cuadros no dejan nunca de
ser lo que él se propuso que fueran. Todavía hay
quien evoca nostálgico sus Pantanos de Nemi. Y podrmn_ recordarse si no hubieran surgido en él las urentes visiones mediterráneas, esas tierras que parecen
sacudidas por una jocundidad fecundadora y donde
todo llene una calidad míe caldea los^ijos y el alma
Una de esas visiones. Terruños, tiene en la Exposición. Y en noble contraste Noctaniljular, la serena calma del pueblo á la luz de la luna. Y es laudable por
lógico el cambio de procedimiento entre esa cálida y
vigorosa interpretación de San Polde Mar á todo sol,
y la otra suave, desmayada, con frías pinceladas dé
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"Sol en las cimas", cuadro de Juan Ángel Gómjz Alarcón
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"Alquería valenciana", cuadro de Vicente Mutet
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la vida contemplativa después de largos aíios de
ser un labrador. Da esa sensación aniplia, totalizadora del paisaje á grandes extensiones y EÍ
simples maneras esquemáticas. Un riístico que
conoce la tierra con aquella profundidad geologizante que pedía Ruskin á los paisajistas; pero
también un seráfico contemplador de ella muchas
lloras, en esa inacción que acucia la sensibilidad
con que los marinos interrogan el horizonte movible ó dejan á sus miradas que vuelen como
unas gaviotas sobre las olas. Cristóbal Ruiz no
pinta el paisaje: le sugiere. Las geíites suelen
pasar por delante de sus cuadros sin verlos.
Pero así pasan las gentes por muclias cosas que
no halagan los sentidos ni adulan la pereza
mental. Cristóbal Ruiz lo sabe y sonríe. Sonríe
en él mismo y en sus cuadros, tan audaces de
timidez, tan abiertos á la pureza de los primititivos, pero con un concepto opuesto, porque en
su arte, donde todo parece estar ungido por
la inocencia y el arrobo natividai, Cristóbal
Ruiz no es un minucioso y obstinado detallis-
"Paisaje aragonés", cuadro original de Francisco Domingo
ta, sino un aspirador de espacios, como esos
cbiquiliüs desnudos que abren los brazos para
coger el sol y sólo ellos saben que pueden
asirle...
Ricardo Verdugo Landi quiso este año resumir su credo y su verbo. Así, después de tantos
años de afrontar el mar, le concreta en un trozo
de oleaje donde acuden todas las nostalgias de
las costas invisibles y donde se agita todo el
presagio de los abismos acechantes. Suele incurrirse en un pecado de demasiada confianza con
estos artistas que, cual Ricardo Verdugo Landi,
no abdican jamás de una preferencia única, donde
ponen la mirada fiel y abnegada mientras viven.
Nos acostumbramos á ver los cuadros de estos
artistas entregados á un tema determinado, y el
espíritu se asorda para distinguir la polifonía diversa de ese tema á cada nueva interpretación.
Pero de pronto nos damos cuenta que somos
nosotros los detenidos y el artista quien avanza. Así, la Marina de Verdugo Landi detiene
por su revelación noble y perseguida largos
años de silencio fecundo. El pintor de! mar da
del mar la fisononn'a cambiante y ios rotos arabescos que parecen estar macizados y se disuelven como el agua misma verduzca, flecada de
espumas. Y comprendemos que este momento
del artista significa algo culminante donde han
colaborado lá sinceridad, la maestría y la perseverancia.
Ivo Pascual y Puig Perucho, se deciden al fin
á pasar de las E.-íposiciones barceloniuas á los
certámenes nacionales. ¿Ganan? ¿Pierden? Al
hacer esta pregunta no tengo en cuenta las medallas ni las críticas incomprensivas de ciertos
señores. Las dos cosas están al margen del arte.
No sign.fican lo más mínimo. Es otro orden de
ventajas ó inconvenientes al que me refiero, y
que influirán en la decisiva actitud de estos dos
paisajistas catalanes.
Puig Perucho es un realista mesurado, normal, que pondera la emoción de sus obras sin
dejar en plena libertad á la sensibilidad que indudablemente posee. Yo le desearía menos co-
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"Tierras de iabor", cuadro de Cristóbal Ruiz
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'Sol de mañana", cua^Iro de T. Pérez Rublo
LA ESFERA
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'T.erra franciscana", cuadro de José Nogut
medido, menos coiTecto,
con una de esas líricas
escapadas que hacen tan
simpático á un paisajista
invadido de la alejíria
que produce el campo
en quien lo sabe amar.
I^ero, aun eqiiilibríido,
aun sometido á un criterio de distinción y sobriedad, Puiíf Perucho
coiisigutí el acento veraz
de la Naturaleza. Sobre
todo en Riera.
Ivo Pascual, por el
contrario, es uu alma
que vibra con la luz y
con lus árboles. Desde
hace mucho tiempo yo le
sigo á través de las Exposiciones y revistas catalanas. Tuvo al principio reminiscencias d e
Corot; después, surgió
su personal visión clara,
entusiasta, fácil, de una
cordialidad contagiosa,
de una atrayente juvenilia que será ¡uvenil
más allá de la madurez.
Por esto, al verle ahora
entre tanto cuadro bituminoso por dentro ó
por fuera, he sentido el
regocijo de su visita.
'Remanso", cuadro üc Francisco Lloréns
En la sala de los paisajistas modernos, según entiende la modernidad el Jurado de este
año, está el fogoso lirismo de José Frau, la
serenidad radiante de
Pérez líubio, el esfuerzo t e n s o de Gómez
Alarcün, la escapada romántica liacia un nuevo
concepto — [leterodoxo
p a r a su muuozdegrainismo — de M a r t í n e z
Vázquez.
Aurelio García Lesmes ha expuesto un buen
cuadro: La carretera de
Zamarramala, concebido en una clásica grandeza y resuelto con esa
fuerza, un poco áspera,
de su estilo peculiar;
Medina Díaz presenta
dos notas muy interesantes, sobre todo Amanecer — delicadísima y
con una finura de matices extraordinarias—, é
iLiual Ruiz un paisaje
pleno de promesas, donde ya comienza á granar
una realidad firme.
'La ioya de Guisando", cuadro de Eduirdo Martínez Vázquez
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SILVIO LAGO
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'Carretera de Zamarrama'a", cuadro de Aurelio García Lesmes
"El viaducto de la calle de Segovia", cuadro de Rafa;! Forns
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LA ESFERA
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Es de iioclie...; estoy solo...; débil lámpara
alumbra mi aposento,
pero sé que me cercan las tinieblas
de un espacio sin término...
Poco á poco de mí va apoderándose
el temor de! misterio,
y el rumor de mis pasos me parece
que puede despertar á los espectros...
Al detenerme, be visto
mi sombra deslizarse en el espejo...
Brotó en la tersa lámina
del luminoso fondo, como un negro
faíitasma, en cuyos ojos,
que me penetran como dos aceros,
hay un algo inquietante.,.
¡relámpago sombrío, que da miedo!...
¿Quién evocó esa imagen de la noclie?
Esa sombra, ¿soy yo, ó es un espectro?...
Dime, extraño fantasma,
dime; ¿eres tú la imagen de mi cuerpo?
A'f^fÍ^^'f-mff^^^'^^^'f^''('^^>mW^^ff?if.ff,,f,f!fi^^^^^^^
¿Eres mi cuerpo mismo
y yo el alma, que ve desde muy lejos?...
¿Por qué raro fenómeno
los dos así nos vemos,
como recién llegados
de dos mundos diversos?...
Yo no sé en qué consiste;
perosiempre que veo
surgir á mi faíitasma
del fondo luminoso del espejo,
hay un algo inquietante en su mirada
que me deja perplejo...
Fs de noche...; estoy solo...; débil lámpara
alumbra mí aposento...
RAMÓN m GODOY Y SOLA
DIBUJO DE ECHEA
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lilileiílíif-
t A ESFERA
LOS
OJOS
y
POESÍA
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ON las poesías que se lian escrito en nuestro parnaso para elogiar la hermosura de
linos ojos negros, azules ó verdes, se podría formar un volumen que fuese en grado sumo
interesante. Ya luibo alguien que hizo esto con
las composiciones dedicadas á la reina ele las
flores, ti la rosa, formando un cancionero. Pero,
ciertamente, habia de ser más curioso reunir las
estrofas donde los poetas cristalizaron el sentimiento que en ellos produjo la mirada de unos
ojos de mujer. Tarea sería ésta, si algo fatigosa, entretenida más qne otra clase de investigación literaria.
En la preciosa floración lírica de nuestro siglo de oro, luce su delicadeza la fragancia exquisita del mejor madrigal que tenemos en España: el madrigal de los ojos claros, de Gutierre de Cetina, ignoro quién fuese la dama qne
inspiró al soldado-poeta su bella composición.
Fuese quien fuese, bien [nerecía el poeta, por su
madrigal, que aquellos ojos, claros, serenos,
más bel/os cuanto más piadosos, no le mirasen
con ira, y sí dulces y agradecidos. Y si los ojos
seguíanse mostrando airados, aún podían, en un
rasgo de piedad, conceder al poeta lo que pide
tan Innnildeniente en el último verso: Vaqueas!
me miráis, miradme o/menos. Si hoy es celebrada como se merece la poesía, y sus versos anidan en boca de todos, creo yo qne tampoco debemos olvidarnos de la nuijerquecon tan bellos
ojos inspiró tan bello madrigal, labrando así la
inmortalidad de un poeta.
Buscando entre las colecciones de poesías del
siglo xvni, acaso llegaríamos á dar con algún
madrigal dedicado á los ojos de una de las Filis,
Cloris ó Dorilas que entonces cautivaban á los
poetas. Mas para encontrar algo notable hemos
de llegar al siglo xix. Las imaginaciones calenturientas de los genuinamente románticos, como
Zorrilla y Espronceda, eran más á propósito
para concebir leyendas misteriosas ó poesías
excépticas y pesinnstas que para sentir la dulzura de un madrigal. Sin embargo, en sus obras se
encuentran con frecuencia versos dedicados á
unos ojos. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, en
Espronceda, los ojos de Elvira,
«lángijídos y liermiisos,
donde ucasn el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre cnndorosos»,
Ó los de Teresa, que robaron á los cielos su azul?
Y en Zorrilla tenemos, sin ir más lejos, las radiantes pupilas ÚG D." Inés, que convidan á Don
Juan á beber las dos líquidas perlas que de ellas
se desprenden. Y en la más popular de las
Orientales se halla esta redondilla:
... Porque tus ojos son bellos,
porque lii luz de la aurora
sube al OrieiUe desde ellos,
y el muudo su luuibre dora.
•
Entre otros poetas del siglo, dedicaron versos
á unos ojos femeninos: Campoamor, en una de
las poesías de su juventud A unos ojos; Selgas
(Tas OJOS); Valera, una de las veces que sintió
flDame tu amor... ó me muero!»
Y aunque apagarlo sinuilcn,
siempre el amor salta dentro;
y ojos que miran amando,
miran siempre convenciendo,
V ttidos sus colmes,
por la expresión iguales,
reflejan los amores;
sin que distinfías en sus crislalcs
á los leales
de los traidores,
De nuestros poetas contemporáneos, casi
puede decirse que ninguno ha dejado de rendir tributo en unos versos á la belleza de los
ojos femeninos. No hay por qué citar nombres
de todos conocidos. Y entre las obras de los
poetas provincianos es inevitable el que no haya
una composición titulada A tas ojos, donde se
llame á éstos ardientes, soñadores y otros epítetos igualmente manoseados; eso si no sale alguno de esos obscuros rimadores llamando á los
ojos de su amada «revolucionarios como Massaniello», cosa que ya ha ocurrido.
Y, finalmente, ¿cómo olvidarnos, por la popularidad que ha adquirido, de la célebre seré\ nata de Molinos de viento? Aún se escucha, en
\ labios de alguna i'jistre fregona, el conocido
\ cantable;
\
\
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Mis ojos al ver
cegaron con sus
no veo, iTias si te
á los o)os, veo el
los tuyos
reflejos;
miro
cielo,
Josi'i MONTERO ALONSO
la tentación del verso (Al mirar tus ojos),
y Bécquer en varias de sus rimas. El poeta sevillano debía de sentir predilección
por/os OJOS verdes, porque asi tituló una
de sus primorosas leyendas, confesando
él mismo í'que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título^. Además, conocida es la defensa que de los ojos del color de la esperanza hace en una de sus
rimas. Un poeta hoy olvidado, Eulogio
Florentino Sauz, compuso una bella poesía sobre el color de los ojos:
... Corazón que en tiernos años,
por unos ojos te pierdes;
para enteuder sus amnilos,
110 mires si son castaños,
negros, azules ó verdes.
Que en todos Jos colores,
por la expresión ifíuales,
reflejítn los amores;
sin que distiusas en sus cristales
á los leales
de los traidoresOjos que miran amando,
siempre minin conveuciendo;
y aunque apagarlo siuiiilen.
siempre el amor salta dentro.
Y no son los matices, ni los colores,
lo que á los ojos hace tan bellos;
sino el rayo de amores
que brilla en ellos,
T¡Dame tu amor... ó me matol»,
dicen unos ojos negros;
y dicen unos azules;
DIBUJOS DE OCIIOA
LA ESFERA
I V U E S T ^ R A S
A ' I S I T A S
ANTONIO FERNÁNDEZ BORDAS
A claridad perlina del atardecer turbio y opaco, que penetra por el
gran balcón del despacho, entona muy bien con la elegante bata
que luce la bella dama de cabellos áureos y distinciones supremas,
esposa del gran artista.
Está sentada en una enorme butaca; entre sus manos largas, de dedos
agudos y uñas brillantes, sostiene un libro de Clarín—5« lí/iico hijo—. Algunas veces se detiene en la lectuia, alza la vista del libro, y con sus
grandes ojos negros acaricia inmensamente al marido. Otras interviene en
nuestro diálogo para aromarlo con un recuerdo sentimental.
He destacado la figura gentil, quebradiza é interesantísima de esta
dama, porque indudablemente ella lia sido la musa del artista, el estímulo de su vida, la suprema razón de sus ambiciones de gloria. Sin ella,
Fernández Bordas sería á estas horas un abogadillo; lo más un diputadete á Cortes. El me lo decía con naturalidad.
—Yo le debo todo lo que soy á mi nuijer... Ella, insensiblemente,
espoleó mi amor propio.
—¿Y eso?—inquirí yo.
—Mire usted: á mí no me gustaba el violín...; me entristecía demasiado. Mis nervios no aveníanse al lento resbalar del arco... ni al gemir de
sus notas. Entonces lo abandoné y me hice bachiller y abogado. Entré de
pasante en el bufete de Silvela. Aquella tarea de estudiar pleitos, me
encantaba... y, ya dentro del bufete, comencé á destacarme. D. Francisco
quería hacerme diputado. Pero, en esto, entré en relaciones con mí mujer,
que tiene una cabecita un poco soñadora. Mi emplazamiento social no acababa de satisfacerla...
María, la esposa, intervino dulcemente, hablando con una pereza de
chicuela mimada:
^ N o , Antonio, recuerda: yo estaba enamorada de ti, pero al mismo
tiempo no quería que continuases en el montón de los hombres anónimos
que pasan por la vida sin dejar rastro.
El artista volvió á coger la palabra.
—Sí, eso en resumen: que ella soñaba casarse con un hombre que descollara, y como el hombre propone y la mujer dispone..., yo, por obra y
gracia de .María, me hice artista...
— ¿Y lo sie:;tes?-le preguntó ella con mimo.
—¡Qué he de sentirlo, mujer!... Al contrario: lo que deploro es no haberme dedicado desde pequeño al violín...
Estábamos en el despacho severo y elegante. En el fondo se veía el
gabinete, el salón de muebles dorados, y á nuestra espalda el comedor...
Todo suntuoso v que denotaba el eusto extraordinario de los dueños
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Fernández Bordas, con su esposa, haciendo música
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ANTONIO FERNANDEZ BOIIDAS
El célebre violinista es un hombre joven, más bien bajo, de tez morena, ojos negros y abimdante barba gris. Su cabeza, más que de artista,
parece de político. Lo más interesante de su rostro es la expreiiún serena y afable que transparenta su espíritu nobilísimo y bondadoso. Habla
con una distinguida timidez de hombre modesto que hace muy simpática
su charla.
—Créame usted—me decía sinceramente—, Al público no le interesa
mi vida, ni mis emociones, ni lo que yo pueda decir y pensar.
—Eso no—protesté yo—. Hoy día su figura en el arte es interesantísima. Además, sus opiniones sobre música tienen un valor innegable.
—No lo crea usted—insistió él con marcado desaliento-. Yo me pongo
á su disposición porque para mí es un honor que se ocupe usted de nu';
pero aquí la música está relegada á un lugar secundario, principalmente
por el Estado. Al Estado no le preocupa la música ni un pitoche.
—No obstante—interrumpí yo—, el público español ama á la música.
—Sí, señor; á eso voy. De poco tiempo á esta parte, las Sociedades
filarmónicas han hecho una labor cultural enorme, han difundido la afición
á la buena música, y gracias á este gran esfuerzo, hemos podido admirar
una porción de artistas. Pero contrastando con este esfuerzo esiá la
mortal indiferencia oficial. Medirá usted que el Estado paga el Conservatorio. Asi es; pero, desgraciadamente, á esto se concreta su tutela. Un
músico cursa sus estudios en el Conservatorio, y después, ¿qué?... Si no
tiene suerte ante la realidad de la vida para ganar unas pesetas que resuelvan su situación, tiene que incorporarse á un café ó á la primer
orquesta de mala muerte que lo acoge. Ya ese artista difícilmente conseguirá descollar.
—¿Y qué ha de hacer el Estado?...
—Reglamentar sus estudios y que se conviertan de una cosa honorífica
en una carrera... Al ingeniero, al militar y hasta al abogado, los coloca
el Estado.
—íCómo que los coloca?...
- T i e n e miles de plazas para los que estudian estas carreras; en cambio, al músico lo deja volar solo como á un pajaríllo..., y muchos consiguen remontarse, pero la generalidad caen y son devorados por la vida...
Calló un momento; le ofrecí un cigarro. Se excusó:
—perdone; no fumo. Mi único vicio es mi hogar.
—¿Por qué y cómo se hizo usted músico?
—Mi abuelo paterno fué el que inclinó á mi madre d que yo estudiara
el violín. Yo me resistía; no tein'a afición; ya le he dicho á usted antes que
mis nervios no rimaban bien con el arco. Esto era en Pontevedra.
LA ESFERA
—¿De donde usted es?
—No. Yo nací en Orense, pero por casualidad. Pues bien; por no contrariar á mi madre,
estudiaba violín.
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—r.Con proveclio?
—Sí, con mucho provecho; era tal la disposición que tenía, que sin preocuparme gran cosa
de los estudios, en fuerza de facilidad, resultaba
un caso extraordinario que á mí mismo me sorprendía. A los nueve años vine a Madrid á estudiar con Monasterio, y á los doce, en unos
exámenes á ios cuales asistió el gran Sarasate
como jurado, obtuve el primer premio. Al llefíor
á este pimto abandoné por completo la música
y me dediqué á los estudios universitarios. Pero
en esto, ya con mi bufete y casi mi clientela, se
muere Monasterio, y estimulado por María concurro á solicitar su cátedra del Conservatorio,
y me la dieron. Entonces dejé todo y me consagré á dar conciertos, y ya llevo ganándome la
vida con el violín diez y seis años.
—¿Y cuánto habrá usted ganado en todo ese
tiempo?
—Alrededor de un millón de pesetas..., el
mismo que me he gastado...
—Pues usted tiene fortuna.
—Yo heredé capital de mis padres, y ese es el
que prevalece; lo que gano lo gasto; no quiero
privar á nii familia de ningún capricho...
María intervino, risueña:
—Y los míos son muy caros,,, ¿verdad, Antonio?
El esposo sonrió afablemente.
—¿Le gusta á usted enseñar, maestro?
—Si, señor, mucho; enseñar es crear. Desde
que se fundaron, todos los premios Sarasate se
los llevan alinnnos míos.
—¿Toca usted otro instrumento?
—El piano un poquito.
—¿Cuál es el día más feliz que tuvo iisted en
su vida?...
— Cuando en el Príncipe Alfonso, ya derruido,
salí por primera vez al público y obtuve un éxito tremendo. Dura aquello un momento más y
pierdo la razón, de alegría,
—¿Es usted muy nervioso?
—Unos nervios especiales. Se me sueltan dos
días antes de tocar en público y me martirizan
tremendamente. Y si no toco más es porque
paso demasiado mal rato; un núedo espantoso.
—Pues el espectador no se lo nota á usted.
Tiene usted la fama de tranquilo y dueño
de sí.
—Por eso le decía á usted que mis nervios son
especiales... No salen á flor de piel, pero dentro están haciendo el destrozo.
—Cuando está usted tocando, ¿se da usted
cuenta de lo que le rodea?
—Me doy cuenta de todo; percibo el menor
ruido, pero estoy poseído de un miedo terrible...
¡terrible!...
—¿Ante qué público obtuvo usted su mayor
éxito?
Meditó un momento... Y...
—No sé... Tal vez una tarde en Oviedo, que
me sacaron en hombros.
Me dirigí á su esposa:
—Usted, María, ¿asiste á los conciertos de su
marido?
—¿En público?
-Sí...
—¡Oh, no!—rechazó con horror—. Jamás...
No podría resistirlo... La inquietud me haría
añicos el corazón,
—Y dígame usted, gran artista, ¿recuerda
usted el instante más angustioso de su vida?
— ¡Ya lo creo! Un rato espantoso.,. Fué en no
sé qué concierto; de pronto me abandonó la memoria y no sabía salirme de un compás quejumbroso, que repelía y repetía sin cesar, cada vez
más doloridamente... Era como una pesadilla.
Ya la frente se me perlaba de sudor frío y las
piernas me [laqueaban. Ya no era yo el que llevaba el violín, sino el violín el que dominaba mis
manos y se aferraba en aquel compás angustioso. Por fin, no sé cómo, salí de él... ¡No quiero
acordarme de aquello!...
—¿Y el público lo notó?
—No, al contrario; como yo transmitía mi aflicción en la queja del violín, emocioné más al público y tuve un gran éxito.
—De su familia, ¿á quién quiere usted más?
Terció, rápida, la voz dulce de la rubia y angelical compañera:
—No vayas á decir que á los chicos, Antonio.
El rió, satisfecho, y, con indecisión, murmuró:
- P e r o . . . mujer... Esto es un compromiso.
Porque yo le adoro á ti y á los chicos,
- P e r o primero á mi. ¡Que conste!
—¿Usted—pregunté yo—quiere más á su esposo que á sus hijos?
—¡Ya lo creo!—afirmó rotundamente.
— Ponga usted que los quiero igual.
—¡Nü!^No!
—Lo que ustedes quieran. Yo procuraré satisfacer á los dos. Y la composición, ¿no le gusta
á usted? ¿No ha escrito usted nada?
—He hecho tres ó cuatro cosas que me resul-
taron muy mal, las rompí, y no he vuelto á escribir. No poseo el don de la originalidad.
—¿Cuál es su músico compositor preferido?
—Los grandes clásicos.
—¿Y de los españoles contemporáneos?
—¡Ah! Eso no lo puedo decir. Si diera un nombre tendría muchos disgustos.
Hizo im silencio y, llevado por el curso de
sus ideas, como si pensase en voz alta, continuó;
—En España estamos ahora en un momento
de arte musical muy interesante. La escuela nacionalista va abriéndose paso y trlimfando. Hay
músicos, Falla, Vives, Conrado del Campo, Gurina y otros, que son realidades...
—¿Cuál es su obra preferida para interpretarla con el violín?
—El Concierto de Beethoven.
—¿Recuerda usted alguna anécdota interesante?
—Muchas... Hace tres años estábamos nosotros en im balneario... Todas las tardes, á la
hora del te, se situaba en la puerta del jardín un
infeliz ciego que con un violín cascado nos daba
unas murgas tremendas. Apenas sacaba unos
céntimos. Tal lástima medió un día, que en vez
de tomar te me decidí á reemplazarle. Cogí su
violín y su platillo, me dejé caer sobre el muro y
di un concierto. Al cuarto de hora le habíamos
recaudado al ciego cerca de mil pesetas. El infeliz se hacía cruces; creía que yo había sido un
enviado de Dios...
—¿Usted toca siempre con el mismo violín?
—Sí, siempre; se le llega á querer extraordinariamente. Es tan de uno, lo ha tenido uno
tantas veces en instantes de emoción junto al
corazón, que se nos figura algo material de nuestro cuerpo. Este lo tengo hace veinte años y no
lo cambiaría por nada del mundo.
—Le parecerá á usted que suena mejor que
ninguno.
—No. El sonido del violín es una cosa personal. Creo que la distinción mía es la calidad de
sus sonidos. Eso dicen, por lo menos. Yo á cualquier violin, por muy malo que sea, le hago sonar de tma forma pastosa, dulce y expresiva.
—Me han dicho que este año va usted á las
fiestas de San Fermín en sustitución de Sarasate,
—En efecto; extraoflcialmente, esas son las
noticias que tengo.
—¿Cuál es el rasgo más acentuado de su carácter?
—La voluntad.
EL CABALLERO AUDAZ
Fernández Bordas, con su esposa y su hijo mayor
FOTS, CAMPÚA
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LA ESFERA
SRTA. ANITA DE ICAZA
tíii el mundo eleyaiite es prnverbiül la belleza de la mayor de Ins liijas del ilustre escritor D. Francisco
A. de Ica/.a. Desde aliora, será preciso pluralizar la ponderacióu y duplicar los Ralaiitcbi-cinRios, porque
olra hija del prestigioso erudito acaba de Iiacer su presentación en la alta societlad. Nuestra fotografia
reproduce la figura gentilísima de la señoritu Auita de Icaza. cuya fina belleza-aristocrutica tiene el encanto sutil y elegante de mi maravilloso estilizado rctratf) de líeyiiolds. Como su liermana, Ariita de Icaza será ornato yorgailo de
nuestros salones, y con ella compartirá esa misión decandad que es
el más noble blasón de niiestía'arislocracia.
FOT- líAULAK
LA ESFERA
ESPAÑA ARTÍSTICA Y MONUMENTAL
VALIOSA
ESCALERA
DE
LA UNIVERSIDAD- DE
Fot Hielscher
SALAMANCA
PANORAMAS
LA ESFERA
AFRICANOS
En pleno mar de arena
LA ESFERA
Esqueleto de un camello en el Desierto
Oasis de Kezer
EL
DESIERTO
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OMO en los tiempos anteriores al Islam, antes del soberbio florecimiento de la raza de Ismail, viven actualmente las tribus árabes en tas vastas y doradas soledades del Desierto.
Dos grandes y poderosas tribus dominan los desiertos de Arabia; los Anesé y los A/l
el Cbemal y Arob el Kebli, Los Anezé llegan á extenderse hasta el Eufrates, junto al Irak
Arabi, cerca de Bagdad, aunque su residencia ordinaria es en el Hauran. Esta tribu ha sido
siempre la mediadora con el Bachá de Damasco y los protectores de las caravanas de peregrinos que van á la ciudad santa de la Meca.
Los AJ¿ el C/iemal son famosos ea todo ei Desierto, por la pureza con que conservan á
través de los siglos la perfecta y elegantísima raza de sus caballos. En Siria existen tres
razas caballares: ta rara y genuina árabe, lá turcomana y la kurda, que es un producto de
los cruzamientos de las dos primeras.
Los ,4y7t'/C/(í?/«a/cuentan con cinco tipos nobles, que, según sus historiales, descienden de
las cinco yeguas predilectas del Profeta, y que luego se subdivideii en diversas ramificaciones.
Cuando nace en esta tribu un potro de verdadera sangre noble, existe la tradicional costumbre ele reunir como testigos á los más venerables ancianos, se extiende un escrito en que
se especifican las seilales características del animal y se traza su genealogía en un trozo de
cuero bien curtido, que se guarda en una bolsa de tela púrpura y se suspende de su cuello.
Las fórmulas genealógicas son siempre las mismas.
«Dios. Enocli. En el nombre de Dios misericordioso, Señor de todo lo creado: que la pa^
y tas oraciones sean con nuestro señor Mujamma^y con los suyos, y con sus adictos; que
la paz sea con los que lean este escrito y compren^' ^ii su sentido- Este documento se refiere
al potro llamado Obeian, de la pura, verdadera y noble raza de Sakianí, negro, con una estrella blanca en la frente; su piel es brillante y suave, y se asemeja á los caballos de que
dijo el Profeta: «Una noble y valerosa raza caballar constituye una hermosa riqueza.« Este
potro Suklaní ha sido comprado por Kosrein, hijo de Emeit, árabe anezé. El padre del potro
es el magnifico caballo Meryan, de la raza de K( "Jlan, y su madre la muy célebre yegua
Sakhia, e.xquisita perla de su raza. Conforme á lo que hemos visto, juramos por nuestra esperanza de felicidad y por nuestros ceñidore.'^, ¡olí, jeques sabios!, que este potro es más bello y noble que sus padres. ¡Gracias sean dadas á Dios, Señor de todas las criaturas! Fué
escrito el 1 de Safar, etc.»
Una calle del oasis El-Farjan
Las instituciones políticas de los árabes del Desierto, la misión de sus jeques y ancianos,
se adaptan plenamente al espíritu tradicional de su vida libre, independiente y errante.
El gran legislador Mujammad, que pudo Imponer sus leyes á todo el vasto Imperio musulmán, no tuvo idéntica fortuna con su extrailo' pueblo árabe. Las tribus se conformaron con
algunos ritos religiosos y con la práctica de algunas ceremonias exteriores; pero todas sus
untio;uas leyes fundamentales, que no estaban en contradicción abierta con la doctrina del
Profeta, fueron conservadas pura é invariablementti.
El Yemen y el Nedjid permanecen con la liíisma arquitectura espiritual que en los días anteislámicos, y nada lia evolucionado profundamente en et Desierto,, que sigue enigmático y
resplandeciente como cuando cruzaba por sus arenas de oro y de fiebre el cortejo fabuloso
de Belkis, la Reina de Saba.
ISAAC MUÑOZ
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Cannello dispuesto en el oasis para conducir una mujer
LA ESFERA
ESPAÑA ARTÍSTICA Y MONUMENTAL
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VISTA D E LA ARTÍSTICA
FACHADA
DEL
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SEMINARIO
DE B A E Z A
(JAÉN)
LA ESFERA
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DEL M A D R I D DE O T R O S T I E M P O S
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EN SAN ANTONIO DE LA FLORIDA
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• DIBUJO DE RICARDO MARÍN
Hj3HjítuxmixmünnnnnmitíxmnHHHnniinn
LA ESFERA
Vuele la estrofa ligera
y ría el ritmo que gira,
cantando la Primavera
sobre la lira.
Y hagamos nuestros ensi:cños
En las frondas del jardín
de oro de seda y de tul,
y ocultos entre rosales,
robemos al bandolín
bajo los cielos risueños
de un bello azul.
himnos triunfales
Entre deleites ¡j amores
y con rimas de cristal,
pongamos sobre las (lores
un madrigal.
En los labios de la amada
pongamos un beso ardiente
(la caricia perfumada
de adolescente.)
Una fiesta de armonía
vibre en nuestros corazones,
y tenga la luz del día
nuestras pasiones.
l-labrá perfumes de rosas.
y se hablaran los amantes
muy tiernas y bellas cosas
lodo anhelantes.
/Encanto de Primavera!
Volarán los madrií>ales
de bella musa ligera
¡runas triunfalest
Contemos la serenata
que tiene un ritmo gentil
bajo la luna de plata
del mes de Abril.
Y que tiemble en su sonrisa
la caricia fervorosa,
como tiembla entre la brisa
la mariposa.
Al suave claro de luna
el alma dirá su canto
y las ilusiones de una
noche de encanto.
Y mil guirnaldas de flores
(¡divino y fresco tesorol)
coronarán los amores
de ensueños de oro.
En tanto la serenata,
poeta en ritmo gentil,
rima la luna de piala
del mes de Abril.
Y arronca ú (u bandolín,
oculto entre los rosales,
en las frondas del jardín
rimas triunfales.
Juan CfíAVÁS
Y
DIUUJO Dli MtZQL'ITA ALMl:»
MARTl
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LA ESFERA
EL PRÍNCIPE DE ASTURIAS, CABO DEL EJÉRCITO
S. M. la Reina Doña Victoria con el Principe de Asturias y el Infante D. Jaime, después de serles impuestos al primero los galones de cabo
FOT. CAMf'ÚA
lies uc cauo uei reijinuenio UKI i\cy. nucaua luiuyi.iuu, UULCIIIUU [JOCUS insiaiiies aespucs
lia: BCsunao do dicíioa octo», celobnido en la Casa de Cnmpu, muestra al Príncipe soldado
le se reiiega la nonaa saiisiacción que la domina
parn la Real familia, sino para la nación liispaiia.
LA ESFERA
CUENTOS DE
"LA E5FERA"
LA POBRE FATALIDAD
Lo c o n o c i ó
un día (le parada, en q u e la
mui-hedumbre
la había corladool])aso y ella
no había tenido
más remedio
que aguardar á
que tci-minase
la visto.'-'a fiesta. Los vítores
y alabanzas del
Imcn pueblo so
le dieron á conocer entre los
niilitíircs q u e
le rendían pleitesíii. Era, en
vei'dad, un real
1 ¡po. Alto, esbelto, muy joven, con su cabeza y su bigote rubios, con
sus ojos aziües
de una exprefiión triste, con
su boca contraída por una
fonrí-Ta de circunHtr.ucias, la
atrajo desde el
primer momento; por í^i ello
fuera poco, vestía un ricpiifimo unif(»nne de
c a p i t á n general, lleno de oro
ycondecoraciones,con plumas
b l a n c a s en el
casco brillante,
y montaba un
soberbio caballo negro que
l)arría el suelo
i. on las crines
desuhirgacola.
El rey oslaba
próximo á casarse, y su esp o n t á n e a admiradora en\-idió la suerte de
la princesa eslíclta y xnibia
c o m o él, tino
compartiría su
trono. ¡Oh, la
envidiaba, sin
odiarla por Oío!
üemaíicdo sabía c¡ue á uUa
pobre í-in'ienta
íae.-^labaprohibido
aquel
liombre Inasequil:)le; pero Uu
la e.'^taba prohibido amarlo
C'eslleDiablequIllEnl
les flls qul nous remuentl
BAUÜtLAlHli.
E de
LLA
no
ci-.i
aquel
país do nieve y
fi-ío.sinodouna
tierra donde el
KoI abrasaba y
en las caras relui-ííin pupiliiíi
obsc'Xiras entre
párpados 37:11latlos de fiebre.
Jíahía ido basta allí por easualidad, navegando -sobro el
oleajedesu propia oxistentia,
lina üxistenciii
bvimilde, anónima.
lín Hu i>alri;i
llenaba las fiiii(ionosdocriadi
junioáuniíiReuiero extranjero qne vivía sin
familia, ycuando su amo, cargado de vejez,
se retiró al suelo nata!, para
d o r m i r en la
m i s m a tmnba
que SUR progenitores doí-i^uéB
de recorrer el
m u n d o , so la
l l e v ó consigo.
Luego, muerto
su antiguo señor á poco de
llegar, vicndo^e
sola cu una población e x t r a ña, cuya lengua
apenas si entendía aún, salió
adelante como
pudo, asist ¡sudo por boras en
lascases, ron el
propósito inmediato de subvenir á lomas imprescindible; y
pasó tienqio,
mucho tiempo,
.sin qne la ¡nfelia consiguiera
nunca ahorrar
para repatriarse. Ya no aspiraba á ello tampoco. Claro cjue
se sentía vencida en su asendereada madurez, y pensaba
que habría sitio
mejor retornar
con ios suyos,
puesto que, al
fin y al cabo,
tem'a a l g u n o s
parientes en el
rincón aldeano
d o n d e vio la
\n-jL, aquella abrasadora luz mediterránea q\io
no cegaría niás sus ojos; claro que á voces 1"tunelancolizaba la nostalgia de primaveras lujuriantes y de cielo.s azules; pero... Jín lo más recóutlilo del corazón retenía ini secreto inconcebible: estaba enamorada. Su exigua cabellera
gris bajo la cofia de tul negro con cintas violeta;
.su rostro, un día curtido por el sol del terruño
y á la sazón arado por los años; su liso cuerpo de
soltera cincuentona que se recalaba dentro de
un hábito de color sombrío, no parecían, ciertamentó, el estucho apropiado de u n volcán pasio-
%:y2/0/2/S/iy2>'Q/^i>íy;y^^
más allá LIPI es-
pacio y ser su
novia en los del i q u i o s do la
imaginación;
ima novia desconocida para
todos y para él
mismo.
nal; y ho aquí, empero, que estaba enamorada.
Sin .=er mngúu ensueño, el objeto de su rmor
era quizá más irrealizable para ella. Hay mujeres prendadas LIC un bandido cuyo retrato hnn
vi^to en los ])eriócli( os; las hay c^ue so encapricbau ]-)or un tenor do ópera, deslumhradas ante
el prestigio físico do una voz dulce y irnos trajes hermosos; las hay, en fin, que jamás han
amado, aun siendo capaces de hiperbólicos amores, y concentran toda su iuten^idail de afecto
en un sobrino, en un gato ó en una jjacicnzuda
labor do tapicería... Ella amaba ú un rey.
Volvió á ver en distintas oca.sioncs al novio
do sus sueños imposibles, apuesto siempre con
los suntno.':os uniformes, siempre triste, á juzgar por la amargura cine sobrenadaba en el agua
azul do sus ])iq)ilas y por la pálida sonrisa que
torcía su boca. ¿No era acaso feliz? ;,No amaba
quizií á la ])rincesa cpio teníanle destinada?...
La solterona habría dado cualquier cosa por
ser un hada buena Cjue protogie.'ce al joven soberano; un bada omnipotente que nniquilcse con
su varita de virtudes á quien le b¡( iera Pufrir y
coImaEQ de dichas á quien le sirviera con cariño;
LA ESFERA
minutos tuvo en quií lml.)ría prefcvídu iiuiiolnivu
á t'l,aiTojún(loso entro las patas cki su (.:al)nlg!tdura ó pidiéndole audiencia para morir unte su
vista después de revelarle lo que ÍV todos callaba. Poíro á poco, su tranquila pasión degeneró
on algo fantástico, morboso, hasta el punto do
poblar con espectros intangibles la soledad con^^llsa de sus noí-hes y aun la rutina torpe de sus
días.
Volando así por el firmamento estrellado del
absurdo; gozando con sus divagaciones, efectuaba de un modo maquinal las faenas caseras...
y más de ima vez se la había roto un plato que
dejara caer al suelo depde la altura de una nube.
•ao
Todo el aparatoso lujo de la realeza, toda la
pompa protocolaria y oficial, íbanse despL'jgando lentamente en mirífifas ostentaciones: iirimcro era un desfile intenninable de troiias, cuyo
]ía.so ritniiil)nn solemnes músicas; luego, representaciones de entidades ilustres con enseñas
y trajes anacrónicos consen^ados á través de los
siglos; después, muclias carrozas que conducían á la Nobleza, carrozas de preciosos materiales, arrastradas por caballos magníficos. A
mnbos lados del cortejo se aglomeraba la muchedumbre en dos compactos grupos tras las filas
de soldados que cubrían la carrera, y sobre la
ancha plaza antigua con altos edificios góticos,
hundiendo sus agujas en la niebla opalizada por
in\ tímido sol septentrional, comíase un amblante de impaciencia irrefrenable, bulliciosa.
Acababa de casarse oí rey, y la nación recibía
el gozoso acontecimiento con gallardetes, colgaduras, iluminaciones y bailes públicos. E n
aquel momento saldi'ía de la iglesia, el monarca
junto á su roLriente cónyuge, una princesa casi
niña.á la que el jjueblo anlielaba < onoccr; llegarían ]>O:Ü más tarde en la última carroza, de
nácar y oro, rematada ])or una corona rutilante,
])recedida do otra carroza de respeto; llevarían
á los hombros el arniifio emblemático y en los
corazones un latido de divina emoción... La
multitud esperaba, sonriente, con flores en las
<:/ii/ó''yii/a''a'^i'Qi^y;yc^^
manos para alfunibi-ar de pétalos el camino
nupcial, piorrimi])iendo á la vez en vivas cliiinorosos. Hacía frío, un frió cortante propio do
la norteña primavera; pero ninguno lo notaba,
porque el entusiasmo, caldeando los osjiiritus,
ponía los c\ioi"jjos insensibles. Y la serie de uniformes y carrozas eternizábase á lo largo del
trayecto cual una procesión fastuosa de feérico
delirio.
Ella miraba... Sin flores quo desparramar á
los pies de la comitiva, por no saber esta costmnbre; con los brazos caídos, desfallecía do estupor, casi do angustia, en su inefable atontamiento de pobre nmjer. ¡Si supiese él que entonces una plelícya ínfima medio se desmayaba
de amor inmaculado en espera de verle!...
—Tutlo ció 6 beUissimo.
Se volvió para vei- quién hablaba en un idioma semejante al dialecto do su provincia, y al
mirar á su alrededor, la chocaron los ojos de
azabache do im individuo tan moreno como ella,
de modesta caladux'a y más c[ue simpáticas facciones. Aunque no se comprendían muy bien,
entablaron conversación, elogiando fervorosantentc aquel alarde do boato, y á manera de un
eco, la mujer respondía:
—Bellísimo, l>ellÍMÍmo.
—Atmnirevole.'
Era una nota exótica el acento cálido y caricioso de] commiicativo italiano, que sonreía sin
dejar do hablar, enseñando entre sus labios
gruesos irnos clientes deslumbradores. En la
diestra llevaba nn gran ramo do adelfas. Ella
suspiró, pesarosa de que no se la octirriesc comprar al ir allá una l»razada de pétalos fragantes.
—Le place (¡ucslo inazzo <l i flor i?
Sin eluda la gustaba el haz do flor(;s, tanto
más cuanto (pie olla no jíoseía ninguna; y asintiendo con la cabeza, la infeliz moduló un segundo suspiro...
Los reyes se acercaban. A cada instante ora
mayor el rumoreo de la gente, Rai-gando do im])rovÍ.=o la opacidad bltiiunzca de la niebla, el
sol tuvo de pronto un brillo franco y so tornó en
un sol de fiesta como el día, como las personas,
espejeando sobre los galones y las annas do la
tropa de gala. ¡Hasta qué extremo sufría la mísera por no diíiDoner ni do mía rosa nuistiii para
que la aplastafc con sus ruedas el carruaje regio, que avanzaba ya entre aplausos y gritos,
herido por la luz, en pleno triunfo!... Nadie
acaso sosjjecharía el rich'culo drama desarrollado
bajo aquella cofia de tid negro con cintas viólela, del pi'opio modo que nadie reparaba on la
\-ulgaridad de acjuella mujer rígida dentro de un
hábito sombrío,
Pero he acpií quo oí italiano acertó de repente
con la gallardía do un gesto galante. Estando
muy próxima la carroza augusta, on lugar do
ofrendiu" por sí mismo el ramo, se lo brindó á
la humilde enamorada ])ara quo lo arrojase al
paso <lcl matrimonio real.
—Prenda.
La favorecida no supo sicjuicra agradecerlo,
enmudeciendo de ventiu'a; apenas si pudo sostener la liviana carga, quo se la antojó posaba
de mi modo increíble; la pareció, en fin, que
todo se desvanecía en torno suyo, incluso su
desinteresado favtjreccdor, todo, excepto la suntuosa masa de oro y nácar arrastrada con lentitud por blancos corceles entre clamores de entusiasmo bajo el sol espléndido...
Y poniendo en su act o ol alma entera, sin vacilar, lanzó á tiempo acpiellas flores, inexorable
y pueril como el destino.
A raíz de la horrible exjilosíón, cpie hubo do
causar centena res do víctimas, alguien, tras
del tUMudlo t oiisiguicnte, reveló ciuién había
tirado la bomba oculta on un ramo de adelfas,
y se idcníifitú. poi- último, el obsciu-o cadáver
confundido con lautos otros cuerpos destrozados. Así fué (úmo la inocente criatura que en
vida amó más á acpiel rey, pasó á la historia en
calidad do tem.'brosa anarquista solitaria.
GKIUIÁN' GÓMEZ DE T,A MATA
DIBUJOS DE RIBAS
LA ESFERA
aiit
JUAN RUIZ DE LUNA Y LA CERÁMICA DE TALAVERA
aiiE
UIZ do Luna, en su retablo Kenacimiento,
• se muestra un admirable renovador del
arte clásico y genuinanicnto español. Ante
esa bellísima obra do arto, como ante el precioso
jarrón, el panol Cuerda saca y Takivera, se ensancha el alma do orgullo por jioseer una cerámica tan hermoí-a y ailí-tica como la talaverana,»
Ei-tas nobles palabras do Antonio de Lczama
en La Libertad dan la nota justa de los sentimientos que todo español digno do tal nombre
ha do experimentar, y de hecho experimenta,
ante las obras admirables do la actual cerámica
talaverana.
Es esa cerámica, en efecto, algo tan nueptro,
tan típicamcnto español, tan cai-tellano, que no
se ha raenoster una exuberante imaginación de
poeta para evocar tras ella toda la España di 1
gran siglo: Lope, Cer\*antes, Quevcdo; los Felipes severos y elegantes, dueño." de dos mundos.
dSe engancha el alma de orgullo por poseer
una cerámica tan hermoi-a y tan artí; tica como
la talaverana...» Es cierto. Y ese legítimo entusiaímo debiera llevar su ardor y su eficacia á
nuestra crítica de arto, á mrnudo absorta en
extrañas novedades provisión ales, cuando no
apegada á los scudoclasici?mos académicos. Era
la hora bien sonada do que el renacimiento español do las artes decorativas y aplicadas, quo f-o
extiende avaíollodor dentro y fuera ya de la
Penín?ula, y quo ^e inició con la resurrección do
esta miíma cerámica de 'J'alavera, hoy culminante y perfecta en la obi'a do Rui'/, do Lima
pre?cntoda en la Exposición Nacional, rncrecieso la preferenlísima atención, caji la atención exclusiva, do los críticos y escritores do
Ai'te, de cuantos, en fin, tienen vina pluma en
la mano para propul.'^or el movimiento artístico
español ó iluminar la conciencia pi'iblica .sobre
sus tendencias y adelantos.
R
•'
•
'
Claro está que no me refiero á cierto linaje de
inveterados profesionales de la crítica de arto
meramente informadora ó reporteril. Erto.s, en
FU mayoría, harto hacen con .cortear la propia
ignorancia recorriendo la cuerda floja de sus
largas revistas con el balancín del tópico y el
camelo; llenando de vaciedades ó inepcias el camino quo periódica mentó recorren, y que va
invariablemente désele *antos de cnterarfe» hasta «def-pués... de no haberse enterado». Incapaces los más do una impresión directa ante la
obra de arte, y.'^in la cultura necesaria para tener por reflejo con cierta nitidez esas impresiones, sus ci'ónicas, intercolumnios inagotables,
no pasan de ser catálogos (todo menos jlui-trados) do cualquiera Exposición artíítica. No es
á ellos, pues, ú ciuicnes me refiero. Hablaba yo,
echando do menos su actuación, do los gránelos
artistas y escritores y de los vereladeros sabios
en la materia: quiero elecír un ^Manuel Cossío, un
Sánchex Rivera, im Manuel Bueno, un ValleInclán...
Pues en verdad os digo, y no mo faltarían rabones en qiio probarlo, donde más largo se contiene, q\io lo más importante, tal vez lo único
importante do la actual Exposición, en el sentido del elesarrollo de nuestro arte y como capítulo de su historia, son esas soberbias piezas do
Talavera cjue presenta Ruiz de Luna en la sección de Al-te eiecorativo.
Por mi parte, yo no puedo sino cantar, emocionado ante la obra do Ru¡« Luna, la resurrección y la victoria del arto talavcrano, .--intiendo
e.=,e noble orgullo do que habla Lezama, y tratar de infundirlo en el espíritu de los lectores con
ayuda -— la más efica'z — de las aclmirables reproducciones fotográficas quo adornan esta
plana,
ReCü6RD0 mSTÓRíCO
fuente y apücaclonea de cerámica esmallatla, construida por RuIz de Luna
en el estudio de D. Mariano tíenlliure
¡La resiu'receión del arte talaverano!... Para comprenderla y sentir toda su
iniportancia, conviene tal
voz un poco volver los
ojos atrás, hacia cosas
quizá olvidadas de puro
sabidas.
Fuó, sin duda, el renacimiento i t a l i a n o , el
gran Renacimiento, padre
de todos los del mundo, y
quo tan elirecta y eficazmente nos influyó, el que
trajo á España — tierra,
por lo elemás, de alta tradición cerámica, désele la
ibérica y la saguntina hasta la admirable musulm a n a — la célebre loza de
cubierta estañífera ciue,
aclimatada aquí y pronta modificada y sellaela
con nuestro sello vernáculo hasta hacerse pro] ia y,
por decirlo así, «plateros(;a», como la arciuitcctura
lenacenti^ta, proelujo los
dos grandes centros y las
tíos grandes escuelas cerámicas de Sevilla y Talavera, amén ele otras nmchas cuya hir^toria es menos brillante y desarrolla.
da. Ya hacia ISi'S hay
constancia en Sevilla del
nombre elel célebre Nieuloso, ceramista italiano
contemporáneo ele Gubl)iü, establecido allí y p!"oduciendo exceU ntes obras
de laza y mayólica. La escuela talaverana se separó y di^tirguió á poco do
la do Sevilla con caracteres propios inconfundi'oles, á eliferencia do su
hermana mayor, si no gemela. Lo cierto es que hacía 1Ü03, el célebre fray
9
larrón de cerámica, d» estilo Renacimiento, con pedestal
de nogal y cerámica, de dos metros de altura
Andrés do Torrojón pudo decir y escribir ele la
cerámica do Talavera, quo había llegado á un
grado sumo do perfección en lo vario y bello del
elibujo, la rie]_ueza del color, la suavielad de los
matices...
Mientras la cerámica sevillana — me refiero
siempre á la de pastas porosas, y entre ellas, por
el caso particular, exclusivamente á la loza —
modificó sus cualídaeles originarias con una gran
sobriedad de orname'ntación, perfeccionondo la
técnica y dónelo al dibujo el carácter que so obsei-va en su adaptación, jjropia de la arquitectura renacentista, Talavera continuó más jugosa,
más decorativa, más bordaela, ])or decirlo así,
su cerámica, y también, si queréis, más fiel á su
origen italiano, aunque mejorándolo en tercio
y quinto, con su gusto por las bellas formas de
los albarellos y jarrones, pintados en a-zul, al
estilo de Savona y Genova, ó ele las polícromas
elecoraciones do cabalgatas, cacerías y batallas,
al modo elel florentino Tempesta, que vivió por
los años de 155ó á 163t). En 1051 ocho hornos
funcionaban constantemente en Talavera, cmpleanelo á más de 200 trabajaelorcs, y la cerámica talaverana llenaba Es-paña— las Es pañas do
entonces, cjue comprendían casi todo el Nuevo
Múñelo — do obras tan perfectas, tan admirables y acabadas como atestiguan los azulejos del
soberbio jíalatio eli 1 Infantado, do Guadalajara;
el templo de la Virgen del Prado, en la propia
Talavera, y otros mil do asuntos religiosos ó
profanos quo liarían interminable BU relación
y elogio.
E l higlo x v í n hi'zo evolucionar la decoración
0[ííaii33C2i[í)£a®>£íi5íCcatS]íÍ]c¡: »**tíií]tíi[í)t;j[Cíj£ji[íiiíi[;]tí]:í,[p[í][;i:j}C¡i[íif;]t;icí[í]Sictici](í ©ffit^tí^iíicíiciJcíiS:) tptticíEíicíicíitíiíSíícíitíJtíiíiíí^íS^tSKícíifficfitíiiíicíiiíi**** *(í(£ili!li[l5[l]cíiaiími£i¡!í)ií&
LA E S F E R A
i
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cerámica talavorana — que se mantuvo, empero, castiga y típica — un
poco en el sentido del barroquismo
irancés, el cual sabido os que tuvo
también su adaptación española bien
considerable con cl célebre Churriguera. Allí empe'zó, con todo, la decadencia de aquel famoso centro de arto
cerámico, hapta que en el siglo xix,
reducido exclusivamente casi A la
producción de la más modesta cacharrería para uso do las clases proletarias, pudo decirse que los ya escasos
alfares talaveranoshabían extinguido
por completo sus fecundos hogares.
Un dichoso resurgimiento del gusto, no ya español, sino general, en
pro de las tradiciones artísticas del
pasado, que sucedió á la amarga época del positivismo seudocientífico del
segundo tercio del último siglo; una
feüz y enérgica reacción en pro de
nuestras glorias legítimas y nuestros
valores positivos, depreciados por una
novelería detestable y una pretenciosa incultura, hi'¿o germinar y concretó en la mente y en el corazón de dos grandes artistas la idea
magnífica y la tremenda empresa de resucitar
la cerámica de Talavera: he nombrado á Enrique Guijo y á Juan Ruiz de Luna.
tA IMPROBA LABOR
6
fi
Y notad bien, la magnitud de la empresa. No
era sólo cuestión de continuar una tradición artística adaptando su desarrollo á las modalidades actuales. Se trataba, en realidad, de la verdadera «resurrección» do un arto casi perdido,
complicado además con las dificultades de una
fabricación y de una industria que, con el adelanto de los tiempos y la lu-gencia de la vida moderna, agravaban sobre toda ponderación
el magno problema,
Y aquí — antes do seguir adelante — me
parece llegada la hora do salir al paso á ima
de las objeciones, la más corriente y aparentemente seria quo por ciertos seudocríticos, más ligeros que bien intencionados, se
ha hecho á la actual producción cerámica de
Talavera,
Afectan los tales tildarla de mera imitapión do la cacharrería antigua talaverana. "i
olvidan ó desconocen, en primer lugar, que
esto no es absolutamente cierto. Basta, en
efecto, comparar las modernas obras del
a n e taiavorano á las primitivas y antiguas,
para apreciar no sólo la acomodación y la
adaptación do la vieja técnica, en cierto
modo inmutable, á las necesidades y gu.-tos
actuales, sino la suma discreción y ol supremo saber do arte con que esta evolución ha
sabido llevarse.
Tratándose de la resurrección de un arte
clásico, del que ei-an aprcciables groaso inodo
las tres grandes etapas, preciso era restaurarlo en aquélla do su apogeo, tanto más
cuanto que olla coincidía con la más espléndida floración do las artes plásticas y decorativas en Europa,
Y á ello so aplicaron, ante todo, estos dos
hombres, que habían tomado sobre sí la
grande obra de restaurar la cerámica talaverana.
Pocos son los que conocen las vicisitudes
y penahdades, las ansiedades y zozobras do
sus primeros años de labor. Menos aún los
que, sabiendo, siquiera sea vagamente, de
los secretos de un arte en que el fuego ticno
vma parto tan eficaz coir\o caprichosa, pueden juzgar do la cruenta lucha que ha precedido á la gran victoria. Basta pensar que,
como Leoparcío escribía, elogiando al viejo
Gubbio italiano, sólo se logra á veces un
seis por ciento de las piev.as metidos en un
horno. Añádase á esto la dificultad de ci-car
unjjlantel do obreros y artistas a\ixiliarcR
familiarizados con los secretos y arcanidados de esta labor, y se estará en camino de
comprender toda la angustia y, al par, toda
la fuerza do poder y do saber que fueron
necesarias á Juan Ruiz de Luna y á Enrique Guijo en los primeros momentos; los
largos estudios y los penosos ensayos á quo
tuvieron quo entregarse.
El éxito coronó, empero, luego sus esfuerzos. A partir do 1908, ol horno do Talavera
comenzaba á difundirpor España, y aun per
el extranjero, las más bellas obras do nuestra más típica cerámica, quo no .=ólo por su
Cuadro de azulejos cerámicos
carácter y perfección podían confundir.?o con las
do la época del apogeo renacentista, pino que, á
más de mejorarla, aseguraban el denurollo progresivo y vital, ya para siempre, de ima de las
miis bellas y típicas manifostaciones del nrte
decorativo español. Es máf; Talavera volvía á
ser un nombro mundial. Su cerámica había resurgido.
ca ni apartarse por completo del terrible y fascinador «nido de víboras»,
que es el horno donde cuajan los esmaltes, extendió su actividad á otras
manifestaciones de las artes aplicadas y suntuarias: ladecoración arquitectónica, el mobiliario, la talla, la
herrería artística...
Juan Ruiz do Luna, el toledano,
sin perder su contacto con Guijo, que
le representa en Madrid, so consagró
por completo á la gran obra de su cerámica talaverana, para la que fueron siempre todos sus desvelos. Su
fábrica alcanzó pronto universal renombre, y reunió muy luego todos
los medios materiales y técnicos necesarios al arte y á la riqueza do su
producción. Los jarrones, los platos,
tas ánforas, los azulejos, los frisos y
los paneles; las magníficas aplicaciones de cerámica esmaltada, como la
que aquí reproducimos, formando
parte de una fuente esculpida por el
gran Benlliure, decoraron prontoy decoran cada vez más con profusión la morada de
los aristócratas de la fortuna y del buen gusto,
eis LA exposiciórt
Hemos dicho que por su significado y transcendencia en la historia de nuestras artes decorativas, la obra presentada por Juan Ruiz de Luna
era tal vez lo más importante y atendible do la
Exposición Nacional de Bellas Artes. Tenemos
e i TRILIMFO
quo añadir que, intrínsecamente, el valor artístiEl triunfo — ya lo hemos dicho -—- estaba con- co do esta obra es también excepcional.
seguido á los pocos años de labor, merced al taEl magnífico retablo, de seis metros de olto,
lento, á la firme voluntai.! de ambos luchadores. en que so representa al Apóstol Santiago hoEnrique Guijo, espíritu del Renacimiento, llando á la morisma sobre su tradicional caballo
inquieto de todo arte, sin abandonar la cerámi- blanco, os obra de ima magnificencia ¡-:óIo comparable á la severa elegancia do su puro estilo Riíiiacimiento, en que la armonía do las
líneas, la juí-teza del dibujo, la suavidad de
los tonos y la riqueza do la decoración forman un conjunto perfecto.
No es menos admirable cl jarrón, de casi
dos metros de alto, también al estilo de la
gran época talaverana; pero con una gracia
de línea y una coloración tan exquisita como
hasta hoy no se habían logrado en esta clase do obras de Talavera,
Saben los técnicos lo difícil que es lograr
piezas arquitectónicas en barro esmaltado
do las proporciones y con la unidad y suavidad de coloración, con la riqueza ue matiz
del altar presentado por Ruiz de Luna. Los
técnicos y los artistas saben también hasta
qué punto es único oso jarrón — todo elegancia y gracia —, por su tamaño, por su
composición, admirable de motivos decorativos, y por su color, pintado sobre crudo
bajo la cubierta estañífera.
El triunfo do la labor do Ruiz de Luna en
la Exposición os evidente y clamoroso para
el público quo so agolpa ante su obra. También lo es para los verdaderos amantes del
arte. También lo es para España, que ve
restauradas las legitimas glorias de sus más
bellas tradiciones artísticas.
Y sin embargo..., vamos á terminar estas lineas con una noticia estupefaciente.
Parece quo á última hora so ha escamoteado
definitivamente á Juan Ruiz de Luna la primera medalla ó diploma honorífico para que
el propio Jurado de la Exposición lo había
propuesto...
¡Ño importa! Podríamos extendernos en
largar consideraciones sobro la selección á
la inversa que viene haciéndose oficialmente en nuestro pais; sobro el desconocimiento suicida y más ó menos sincero por
])arto de nuestros dircctoi-os políticos y mangoncailoros de toda especio de los verdaderos valores positivos quo en España existen; sobro el abandono ó la mala fe de los
quo están llamados á velar no sólo por la
justicia estricta, sino por L1 apoyo moral y
material á las grandes obras del espíritu y
del arte; sobre la defección torpe y cruel de
los quo han debido romper más íoiv i s en
esto palenque por el artitta y el con.pañero... Pero, en verdad, ya hemos estampado
las dos palabras que encierran el verdadero
comentario y la expresión de lo que este hecho absurdo é inesperado puedo influir en la
labor fuerte, noble y grande de Ruir do Luna,
¡No importa!
Retablo cerámico, de estilo Renacimiento, para un altar
acÍl**IÍlSíailS4*C£tfc®*lS3í*tíl***CÍlCílIíll$£ía:*a[atí}£ÍIÍ[ÍES^^
MATJÜET, aiACHADO
IÍ]IÍ*****CÍ]CÍ[í](í[ílJl[ÍJ[fcl33(Íl33£*l[fiCS[StS[ílCÍ(ítS*CaEÍ*tí[íí^
LA ESFERA
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^^•M||v>¿|
LA SEÑORITA PRIMAVERA
LA ESFERA
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-ÍMKV
^VUV^
A R T E
V I L L A L Ó N Y SU R O L L O
ILLA asoleada y tostada esta de Villalúii, tendida en un raso á todo aire y á toda luz.
Pero gózase en sus calles de una grata y
fresca penumbra, porque para eso la sapientísima necesidad ha dispuesto soportales á una y
otra banda de cada rúa. Así, áíidase todo Villalún á cubierto, bien cómodamente. Bajo este
dosel de los pórticos vase caminando, y las pisadas retumban sonoramente: es que marcháis
sobre bóvedas de silos y bodegas. Toda la vüla
está minada. Bajo vuestros pies se halla almacenada la riiiueza del lugar; en estos silos reco-
V
*
*
*
^^nA^
ESRAIMOL.
gen y guardan el grano; cojmados, ciérranles la
boca con una gran piedra redonda. La boca está
en la acera, en el arroyo, en plena calle; no tiene el silo otra entrada ni otra deíensa, y aquel
tesoro de los rubios granos permanece intacto.
No puede darse un caso más elevado de honradez colectiva.
En esta noble villa hablan los monumentos
antes que los archivos, y si los escritos más viejos que aluden á Villalón datan de finales del
siglo xni, una torre, la de San Miguel, proclama
la importancia del lugar tal vez un siglo antes.
Porque bien se ve que los cuerpoa bajos-de
ese campanario son obra semirrománica, del
acabar del xii ó de los comienzos del xiii. Como
sería toda la iglesia, hoy reíormadi¿ima en bien
distintas épocas. Ello ha producido una planta
bien extraña; nave central, con doá colaterales
á la Epístola y una sola al Evangelio, más dos
brazos de crucero, uno de ellos antiguo. Lo que
resta del xui en el templo es insignificante. En
cambio, domina una reconstrucción del xv, acuso
la del cardenal Fray Juan
de Torquemada; de ella
son los muros de la nave
alta, con series de ventanas en ojiva, en herradura apuntada y en herradura
ultrasemicircular;
dos hermosas puertas,
una íiímida y otra de herradura, en los ejes de
las colaterales y ambas
con alfiz; un ?o')erb¡o t e - '
cho de alfargia que cubre toda la nave mayor
y que hoy está oculto por
la moderna bóveda que
se volteó debajo hacia el
siglo xvin. Esa tecliinnbre
de artesón está toda policromada con entrelazos,
labores vegetales y blasones, unos con Uses, otros
de Castilla y León, sin la
granada. De esta época
del cardenal TorquematUí
puede ser también un trozo de artesonatio, stintuosísimo, que cubre la capilla del Rosario. Y recuerda a! generoso purpurado la reja de su capilla
con las armas paríanles íunis cre/f¡uía~e¡\ la crestería. Pero esta verja pudiera ser aproximadamente contemporánea de la
muerte del c a r d e n a l —
M(15, según la lápida recordatoria del 'crucero.
Las obras modernas de San Miguel: capilla
mayor, cúpula, bóvedas, etc., son bien insignificantes. Pero es bien saliente, en cambio, el sepulcro de Diego González del Barco, canónigo
de León, muerto en 153(); primorosa obra del
Renacimiento, cuajada de grutescos finísimos,
que asemeja y euntla á los altares laterales de
San I'rancisco, de Rioseco.
No es sólo en Villalón, San Miguel, por su
tccbínnbre de madera artesonada. Tiénela también oculta, de la misma época, San Pedro, y
liénela asimismo San Juan; la de éste de lacerías, en la capilla mayor, y visible. Es muy interesante.
El arte mudejar está, pues, brillantemente representado en la villa, como en otros lugares
ignorados de la 'Herra de Campos.
Como se ve, el siglo xv fué una época de
gran esplendor para Villalón. Y había de completar su pompa con la erección—en la segunda
untad de la centuria—del famoso Rollo, rey Indiscutible de los Rollos espailoles, orgullo de
Villalón y monumento insigne de su libertad jurisdiccional.
Asegúrase que el concejo villalonés acudió,
para erigir el Rollo, á la obra de la catedral de
Burgos, pidiendo maestros de tos que allí trabajaban, y que el cabildo envió á uno de sus artistas e-x-tranjeros. Este levatitó el líollo.
No va descaminada la afirmación. El Rollo es
obra de tipo húrgales. Pero no era preciso recurrir á Burgos para encontrar artistas de esa escuela; bastaba i|ue de Valladolid hubiese acudido
uno de los que trabajaban en la fachada de San
Gregorio y en su capilla... Al fin, todo parece
del mismo arte.
Aunque de silueta gótica, el Rollo villalonés es
mi ejemplar de la transición.
Se alza sobre una gradería de seis escalones,
que hace destacar al monumento de un modo
airosísimo. Sobre mi zócalo de planta cuadrada
se levanta un núcleo de esa misma sección, con
haces de baquetillas en los ungidos y hornacinas en los frentes, hoy vacías; quedan las repisillas y el coronamiento conopial, con medallones, bustos y labores vegetales encima. Remata
á este primer cuerpo una faja exornada, con
gúrgidas en los ángulos, y leones sentados sobre ellas y en los frentes, al arranque del seginido cuerpo. I:ste tiene los frentes decorados con
bichas y liojarascas en labor calada, flanqueados por columniüas de Fuste labrado, y acaba
esta parte con moldura y gárgolas angidares,
De aquí parte el remate: una aguja, flanqueada
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Villaiún.-iian Mi¿ucl y el Kulio
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por otras cuatro más pe;]uefias, con crespas y
arqtnilos conopiales y eiUazadas unas á otras
por conopios también. Del centro brota, entre
crochets, el pináculo más alto, con moldura y
crespas muy gruesas, sustentando una bellísima
veleta, que es una verdadera obra maestra de
rejería. Los cuatro pináculos angulares tuvieron
también sus veletas. Queda hoy tan sólo una
para acreditarlo, fina y elegantísima, por cierto.
Todo el monumento se baila uniy descompuesto y amenazado de destrucción. Y bien sería que
ello se evitara, ya que no exigiría grandes atenciones ni grantles dispendios.
Porque el Rollo de Villalón es, sin duda, el
ejemplar más rico y artístico de todos los dispersos en nuestra patria; porque representa honrosísimas prerrogativas municipales, la villa
debe atender á su típico y hermoso monumento.
Y el Estado, España, no olvidarlo, qtie, al fin,
es el solar de estos característicos y nobles
pilares.
FRANCISCO ANTÓN
r o r S . DEL AUTOIí
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lililili«i•i•iViilalón.—San Miguel.—Reja d e l a c a p i l . ' a d e Torquemada
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LA ESFERA
EL PUENTE DE CALDAS
Cuadro de Joaquín Mir, que figura en la Exposición Nacional de Bellas Artes
K onim en el pnlacclc de la Expolie ón Nacional, '[uti huele á barin^íyá cem derretida por
el calor, y se deja fuera Iii frfí.scura dulce de los
árboles y tus flores naturales. Siempre hemos liet ho
obseivar á los paisajistas osta desventaja en la t ompetonc ia de sus cuadros con el aii-e libre y la frondal
belleza del Ketiro. Mientras las Exposií iones nai'ionales no se trafíladen á un lugar menos adverso,
los paisajistas debían abí^tcncr.-c de cnvitr sus tuaflros. Que halláramos sólo dentro del palacete fífíuras, momentos, escenas de interior. Los retratos
([ue parecen expresar la tortura vanidosa del modelo, los temas heroicos ó humildes, las fanta^ins
decorativas. Y entonces tornaríamos á los árboles,
y las aguas, y los cielos, y loa sembrados floridos.
sin i'C7nnrdimiento y .'^in fatiga.
Pero Ins paisajistas no cpiieren atender nuestra
súplica. A cada Exposición Nacional encontramos
mayor número tic rimdros de paisaje. Tantos, qiie
no liny parerl f-ín alguno.
Los hay de todas clases y tamaño?; de todas horas y de la n^fís diversa elocuencia. j\[i chos malo.".
bastantes mcdiot res y unos pocos -mtiy pocos —
buenos.
S
Y e.sn abundancia entrí.^ítece, porque nos recuerda las mañanas de los lunes en las afueras do las
ciudades, con la hierba ajercida, los papeles grasicntos lie las meriendas, las calvas ntgnis de las
fog.iratas inútiles, las mmas def gajt'da.': y las herida.-^ tontas de los tromos. Nos remcrda tí mbicn tal
empeño pai>i( ida, e-'os grafitos de los lugares hií-tóritos freiucntiulos por el turirmo, donde las gentes
anodinas é inéditas van grtibando nnmbrcs y fechas, t o n e l objeto de fijar su estada ó inmortalizar
su pafo.
Puedo j)¡ntoree u n retrato por el amor á la persona que se retrata ó para cobrar sii orgullo: puede
pintarse u n cuadro *con asunto» para vendt ríe á los
buenos b\trgueses ó arrancar una mccUilla á los
malos Juratios; pero los paisajes-; no es necesario
pintarlos, no es pret Í¡?o exhibirles, y, como ios libras de ver; os, no suelen comprürse.
Aíí, no deben escribir veri os todos los escritorc.'',
ni pintar paisajes todos los pintores. Porque In
senf-ibilidad es algo concedido como un don á ciertos espíritus elegidos. Y una e.strnfa, un paisaje,
son, antes cpio obra de arte ó de realidad, ima depuración íntima, solitaria y emocionada de la sensi-
bilidad. Ksta depuración íntima, solitaria y emocionada, la ene outromos en muy potos, en contados pai.^ajifrtas españoles. Wir es uno de esos
paifajirtas.
Hi] y en Joacpu'n Wir una insatisfcclia sed dt; idealismo que acaba por contagiar á quienes aman su
pintura, liaí-ta el jjunío de serle en ellos conli"aria.
Le íobrepaí-an, le dejen atrás cuando ól — invoKintariímdile—se re'/cga ó se t onfonna fin el
logro ])!(no de su a.']>ira(ión. Y entonces:, los que
ammios sii pintura por tomo la sabcmo.'i sicmjire
orientada 1IM( ÍÍI un norte de purevm y exalfac ¡ón, la
tontcmplnmorí im poto tristes, ton el mismo amor,
pero no ya eon el ]>ret¿rilo ent\i!:iafmo.
Frente ásu^í tres cuadros de la National. FA moVí
(h Vesclop, El gorc y Caldas, hemos tenido un instante de defraiidiitkny decansnntio. pnvtiue .loaquin jMir ha dejado sin satiffat cr ÍU íuctuictud y ha
preh'rido no limpiar la paleta desde cpie pintíi
Las a(juas de Mogiida y sus derivados coetáneos.
Pero ese instante pasnrá cuf ndo Joaquín Mir ven
.-u rezaga miento y .=u momentáneo abandono,
S. L.
--r:
QUE ACOMPAÑA
SIEMPRE AL
PETRÓLEO GAL
LA ESFERA
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I LA FOTOGRAFÍA WALKEN |
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A fotografía «Walken», situada en el punto mus cénti-ico de esta corte,
y favorecida por una numerosa y entusiasta clientela, es licitamente
acreedora á la admiración del público en general, por el gusto exquisito de que en ella se liace gala. «Watken», artista por temperamento,
ferviente enamorado de !a belleza y exigente de sí mismo para el mejor
resultado de sus primores fotográficos, es un perfecto dominador de lo
que podría denominarse enconiiásticaniente Artj ds retratar, porque saíí**•*******-^^^=!-'-!•''i"t+•^*********•í:*-^-i•-4;^^K**=t^+*í^-**^I:*
ber retratar no es sólo saber obtener buenas fotografías, sino esto, y
además, reunir en la copia de la imagen el retrato físico y el psicológico.
Y esto lo consigue el talento de «Walken» cuando ejecuta sus retratos,
qu3 íi-'mn espirita. «Walken» ha conquistado una envidiable popularidad
como fotógrafo de artistas. Por su galería han desfilado todas las personalidades de la literatura y de la escena. Pero del mismo modo ha merecido, en justicia, el favor de todas las clases sociales.
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m Pedro Glosas
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polvos. Son deliciosa; é inoTensivaj (blancí ó r o i í J i ) .
DEPILATORIO BELLEZA
f (\ r i n W
Es el ideal RHUM BELLEZA Fuera canas
A base de nogal. Basta unas gotas durante pocos días para que desaparezcan
las canas, con exl.aordínaria perfección. Usándolo una ó dos vece= por semana, se evitan los cabullas blancos, pues devuelve al cabello, sin teñirlo, la
substancia que le da vida y color, haya sido rubio, negro ó castaño. Es inofensivo hasta para los ñeipéticos. No manclia. Se Uia lo mismo que el ron quina.
POLVOS BELLEZA (selectos é higiénicos) ZS^íS^^
p7ilVlHo'ÍLLíZr'(veaeta1
linguido
y aiherencia
al ycu'is,
sonoiiscuro.
los mejcres que existen, be venden Blancos,
Nalurale-,perfuma
Rosados,
R chel claro
Racliel
De v.nla en prifumErlas de España, América y Porlugí'.—Ei Buenos
RFT í F 7 í\ ^^^^ ^' *^"'''- ^^ '""í^'"'' ^' •'O'"'""- 'í^'^eti
L U u i V l i i D i y l y L L r ¿ / H emp.e^iria para la juventud natural del rii<
tío y . nne^a de loi peciioa en la mujer. La; personas d¿ roitro e.iv.'jccido ó
con arrufas, granos, erupciones, bjrros.pjcas,
asperezas, manchas, etc.,
á las '¿'i liora>de usana la beuJiceu. Evita el crcciiuicn.o d^:l vdlo. Ei iuofensiva. Dele toso peifume.
TINTIIR 3 WINTFR
Marca belleza. Con una sita aplicacióa deslill 1 UUíl
f V l i l 1 t f l \ aparecen lai anay, cabello, barba ó bigote,
hermoso castaño ó negro. Es la mejor y más prácJca.
Detiene innifdialaniento la caí la
del labdlo. Mae re lacer el cabello
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