Carta de Aristóteles a Alejandro Magno

Anuncio
Carta de Aristóteles a Alejandro Magno
En el crepúsculo de mi vida, tuve oportunidad de entrar en conversación con un
sabio judío. No me llevo mucho tiempo darme cuenta de su gran sabiduría, y él me
llevó a comprender cuan grande es la Torá que fue dada en el Monte Sinaí. Tomé
conciencia de lo necio que había sido por no haberme dado cuenta de cómo D’s
es capaz de manipular las leyes de la naturaleza. Mi querido discípulo Alejandro,
si tuviera la posibilidad de reunir todos los libros que he escrito, los quemaría. Me
avergonzaría mucho que algunos de ellos perdurara... me doy cuenta de que he
de recibir un castigo Divino por haber escrito libros tan engañosos. Hijo mío,
Alejandro, te escribo esta carta para decirte que la gran mayoria de mis teorias a
la ley natural son falsas. Siento que he salvado mi alma al admitir mi error. Espero
que no se me considere culpable por el pasado, pues he actuado por ignorancia.
Sé que tu me alabas y me dices que soy famoso en todo el mundo a causa de los
libros que he escrito. Aquellos que se consagran a la Torá obtendrán la vida
eterna, mientras los que se dedican a leer mis libros obtendrán el sepulcro. No te
escribí antes porque temí que te enfadaras conmigo y tal vez hasta me hicieras
daño. Pero ahora he tomado la decisión de decirte la verdad. Sé que cuando
recibas la carta ya estaré muerto y enterrado, pues soy consciente de que se
acerca el fin.
Me despido con saludos de paz, Alejandro de Macedonia, gran emperador y
soberano.
Tu maestro,
Aristóteles
Carta de Galileo a la Duquesa de Toscana
Escrita (aproximadamente en 1.615) a Cristina de Lorena, Duquesa de Toscana. Galileo
plantea los términos en los que surge el problema, pasa después a definirse sobre el
pensamiento de Aristóteles y Ptolomeo y a situarse de parte de la visión astronómica de
Copérnico. También hace una declaración de su fe cristiana, dejando claro que está por
encima de cualquier interés de prestigio personal en lo que concierne a su obra.
A la Serenísima Señora la Gran Duquesa Madre:
Hace pocos años, como bien sabe vuestra serena alteza, descubrí en los cielos muchas
cosas no vistas antes de nuestra edad. La novedad de tales cosas, así como ciertas
consecuencias que se seguían de ellas, en contradicción con las nociones físicas
comúnmente sostenidas por filósofos académicos, lanzaron contra mí a no pocos
profesores, como si yo hubiera puesto estas cosas en el cielo con mis propias manos,
para turbar la naturaleza y trastornar las ciencias, olvidando, en cierto modo, que la
multiplicación de los descubrimientos concurre al progreso de la investigación, al
desarrollo y a la consolidación de las ciencias, y no a su debilitamiento o destrucción. Al
mostrar mayor afición por sus propias opiniones que por la verdad, pretendieron negar y
desaprobar las nuevas cosas, que si se hubieran dedicado a considerarlas con atención,
habrían debido pronunciarse por su existencia. A tal fin lanzaron varios cargos y
publicaron algunos escritos llenos de argumentos vanos, y cometieron el grave error de
salpicarlos con pasajes tomados de las Sagradas Escrituras, que no habían entendido
correctamente y que no corresponden a las cuestiones abordadas...
…Esos adversarios tratan de desprestigiarme por todos los medios posibles. Saben que
mis estudios de astronomía y de filosofía me han llevado a afirmar, con relación a la
constitución del mundo, que el Sol, sin cambiar de lugar, permanece situado en el centro
de la revolución de las órbitas celestes, y que la Tierra gira sobre sí misma y se desplaza
en torno del Sol. Advierten además que una posición semejante no sólo destruye los
argumentos de Ptolomeo y de Aristóteles, sino que trae consigo consecuencias que
permiten comprender, ya sea numerosos efectos naturales que de otro modo no se sabría
cómo explicar, ya ciertos descubrimientos astronómicos recientes, los que contradicen
radicalmente el sistema de Ptolomeo y confirman a maravilla el de Copérnico…
…Precisaría que se supiera reconocer que el autor jamás trata en él cuestiones que
afecten a la religión o a la fe, y que no presenta argumentos que dependan de la
autoridad de la Sagrada Escritura, que eventualmente podría haber interpretado mal, sino
que se atiene siempre a conclusiones naturales, que atañen a los movimientos celestes,
fundadas sobre demostraciones astronómicas y geométricas y que proceden de
experiencias razonables y de minuciosísimas observaciones. Lo cual no significa que
Copérnico no haya prestado atención a los pasajes de la Sagrada Escritura, pero una vez
así demostrada su doctrina, estaba por cierto persuadido de que en modo alguno podía
hallarse en contradicción con las Escrituras, desde que se las comprendiera
correctamente…
…Yo reverencio a esas autoridades y les tengo sumo respeto; consideraría sumamente
temerario contradecirlas; pero, al mismo tiempo, no creo que constituya un error hablar
cuando se tienen razones para pensar que algunos, en su propio interés, tratan de
utilizarlas en un sentido diferente de aquel en que los interpreta la Santa Iglesia. Por ello,
con una afirmación solemne (y pienso que mi sinceridad se manifestará por sí misma), no
sólo me propongo rechazar los errores en los cuales hubiera podido caer en el terreno de
las cuestiones tocantes a la religión, sino que declaro, también, que no quiero entablar
discusión alguna en esas materias, ni aun en el caso en que pudieran dar lugar a
interpretaciones divergentes: y esto porque, si en esas consideraciones alejadas de mi
profesión personal, llegara a presentarse algo susceptible de inducir a otros a que hicieran
una advertencia útil para la Santa Iglesia con respecto al carácter incierto del sistema de
Copérnico, deseo yo que ese punto sea tenido en cuenta, y que saquéis de él el partido
que las autoridades consideren conveniente; de otro modo, sean mis escritos desgarrados
o quemados, pues no me propongo con ellos cosechar un fruto que me hiciera traicionar
mi fidelidad por la fe católica. Además de eso, aunque con mis propios oídos haya
escuchado muchísimas de las cosas que allí afirmo, de buen grado les concedo a quienes
las dijeron que quizá no las hayan dicho, si así les place, y confieso haber podido
comprenderlas mal; así pues, no se les atribuya lo que yo sostengo, sino a quienes
compartieran esa opinión.
El motivo, pues, que ellos aducen para condenar la teoría de la movilidad de la Tierra y la
estabilidad del Sol es el siguiente: que leyéndose en muchos párrafos de las Sagradas
Escrituras que el Sol se mueve y la Tierra se encuentra inmóvil, y no pudiendo ellas jamás
mentir o errar, de ahí se deduce que es errónea y condenable la afirmación de quien
pretenda postular que el Sol sea inmóvil y la Tierra se mueva. Contra dicha opinión
quisiera yo objetar que, es y ha sido santísimamente dicho, y establecido con toda
prudencia, que en ningún caso las Sagradas Escrituras pueden estar equivocadas,
siempre que sean bien interpretadas; no creo que nadie pueda negar que muchas veces
el puro significado de las palabras se halla oculto y es muy diferente de su sonido. Por
consiguiente, no es de extrañar que alguno al interpretarlas, quedándose dentro de los
estrechos límites de la pura interpretación literal, pudiera, equivocándose, hacer aparecer
en las Escrituras no sólo contradicciones y postulados sin relación alguna con los
mencionados, sino también herejías y blasfemias: con lo cual tendríamos que dar a Dios
pies, manos y ojos, y, asimismo, los sentimientos corporales y humanos, tales como ira,
pena, odio, y aun tal vez el olvido de lo pasado y la ignorancia de lo venidero. Así como
las citadas proposiciones, inspiradas por el Espíritu Santo, fueron desarrolladas en dicha
forma por los sagrados profetas en aras a adaptarse mejor a la capacidad del vulgo,
bastante rudo e indisciplinado, del mismo modo es labor de quienes se hallen fuera de las
filas de la plebe, el llegar a profundizar en el verdadero significado y mostrar las razones
por las cuales ellas están escritas con tales palabras. Este modo de ver ha sido tan
tratado y especificado por todos los teólogos, que resulta superfluo dar razón de él.
Carta de Antonin Artaud a los rectores de las universidades europeas
Señor rector:
En la estrecha cisterna que. llamáis "Pensamiento": los rayos del del espíritu se pudren
como parvas de paja. Basta de juegos de palabras, de artificios de sintaxis, de
malabarismos formales; hay que encontrar - ahora - la gran Ley del corazón, la Ley que
no sea una ley, una prisión, sino una guía para el Espíritu perdido en su propio laberinto.
Más allá de aquello que la ciencia jamás podrá alcanzar, allí donde los rayos de la razón
se quiebran contra las nubes, ese laberinto existe, núcleo en el que convergen todas las
fuerzas del ser, las últimas nervaduras del Espíritu. En ese dédalo de murallas movedizas
y siempre trasladadas, fuera de todas las formas conocidas de pensamiento, nuestro
Espíritu se agita espiando sus mas secretos y espontáneos movimientos, esos que tienen
un carácter de revelación, ese aire de venido de otras partes, de caído del cielo.
Pero la raza de los profetas se ha extinguido. Europa se cristaliza, se momifica
lentamente dentro de las ataduras de sus fronteras, de sus fábricas, de sus tribunales, de
sus Universidades. El Espíritu "helado" cruje entre las planchas minerales que lo oprimen.
Y la culpa es de vuestros sistemas enmohecidos, de vuestra lógica de dos y dos son
cuatro; la culpa es de vosotros - Rectores - atrapados en la red de los silogismos.
Fabricáis ingenieros, magistrados, médicos a quienes escapan los verdaderos misterios
del cuerpo, las leyes cósmicas del ser; falsos sabios, ciegos en el más allá, filósofos que
pretenden reconstruír el Espíritu. El más pequeño acto de creación espontánea constituye
un mundo más complejo y más revelador que cualquier sistema metafísico.
Dejadnos, pues, Señores; sois tan solo usurpadores. ¿Con qué derecho pretendéis
canalizar la inteligencia y extender diplomas de Espíritu?
Nada sabéis del Espíritu, ignoráis sus más ocultas y esenciales ramificaciones, esas
huellas fósiles tan próximas a nuestros propios orígenes, esos rastros que a veces
alcanzamos a localizar en los yacimientos más oscuros de nuestro cerebro.
En nombre de vuestra propia lógica, os decimos: la vida apesta, señores. Contemplad por
un instante vuestros rostros, y considerad vuestros productos. A través de las cribas de
vuestros diplomas, pasa una juventud demacrada, perdida. Sois la plaga de un mundo,
Señores, y buena suerte para ese mundo, pero que por lo menos no se crea a la cabeza
de la humanidad
Carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard
Charleville, 13 mayo 1871
Estimado señor: Ya está usted otra vez de profesor. Nos debemos a la sociedad, me tiene
usted dicho: forma usted parte del cuerpo docente: anda por el buen carril. — También yo
me aplico este principio: hago, con todo cinismo, que me mantengan; estoy desenterrando
antiguos imbéciles del colegio: les suelto todo lo bobo, sucio, malo, de palabra o de obra,
que soy capaz de inventarme: me pagan en cervezas y en vinos. Stat mater dolorosa,
dum pendet filius, — Me debo a la Sociedad, eso es cierto; — y soy yo quien tiene razón.
Usted también la tiene, hoy por hoy. En el fondo, usted no ve más que poesía subjetiva en
este principio suyo: su obstinación en reincorporarse al establo universitario —¡perdón!—
así lo demuestra. Pero no por ella dejará de terminar como uno de esos satisfechos que
no han hecho nada, porque nada quisieron hacer. Eso sin tener en cuenta que su poesía
subjetiva siempre será horriblemente sosa.
Un día, así lo espero, — y otros muchos esperan lo mismo —, veré en ese principio suyo
la poesía objetiva: ¡la veré más sinceramente de lo que usted sería capaz! Seré un
trabajador: tal es la idea que me frena, cuando las cóleras locas me empujan hacia la
batalla de París —¡donde, no obstante, tantos trabajadores siguen muriendo mientras yo
le escribo a usted! Trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga. Por el momento, lo
que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy
esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré
expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los
sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte, que haber nacido
poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía. Nos
equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir me piensan. — Perdón por el juego de
palabras.
YO es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los
inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!
Usted para mí no es Docente. Le regalo esto: ¿puede calificarse de sátira, como usted
diría? ¿Puede calificarse de poesía?
Es fantasía, siempre. — Pero, se lo suplico, no subraye ni con lápiz, ni demasiado con el
pensamiento.
El corazón atormentado
Mi triste corazón babea en la popa,
Mi corazón está lleno de tabaco de hebra:
Ellos le arrojan chorros de sopa,
Mi triste corazón babea en la popa:
Ante las chirigotas de la tropa
Que suelta una risotada general,
Mi triste corazón babea en la popa,
¡Mi corazón está lleno de tabaco de hierba!
¡Itifálicos y sorcheros
Sus insultos lo han pervertido!
En el gobernalle pintan frescos
Itifálicos y sorcheros.
Oh olas abracadabrantescas,
Tomad mi cuerpo para que se salve:
¡Itifálicos y sorcheros
sus insultos lo han pervertido!
Cuando, al final, se les seque el tabaco,
¿Cómo actuar, oh corazón robado?
Habrá cantilenas báquicas
Cuando, al final, se les seque el tabaco:
Me darán bascas estomacales
Si el triste corazón me lo reprimen:
Cuando, al final, se les seque el tabaco
¿Cómo actuar, oh corazón robado?
No es que esto no quiera decir nada. Contésteme, a casa del señor Deverrière, para A.R.
AR. RIMBAUD
Carta de Charles Baudelaire a Richard Wagner
Viernes, 17 de febrero de 1860.
Señor:
Siempre he imaginado que, por acostumbrado que esté a la gloria un gran artista, no
habría de ser insensible a una felicitación sincera cuando esta felicitación fuera como un
grito de agradecimiento y que, en definitiva, este grito podría tener un valor de un género
singular viniendo de un francés; es decir, de hombre poco hecho al entusiasmo y nacido
en un país donde apenas se presta más atención a la poesía y a la pintura que a la
música. Ante todo, quiero decirle que le debo el mayor gozo musical que jamás haya
experimentado. A mi edad apenas atrae ya escribir a los hombres célebres y habría
dudado mucho en testimoniarle por carta mi admiración si mis ojos no se tropezaran cada
día con artículos indignos, ridículos, en los que se hacen todos los esfuerzos posibles por
difamar su genio. No es usted, señor, el primer hombre con ocasión del cual haya tenido
yo que sufrir y avergonzarme de mi país. Por fin, la indignación me ha empujado a
testimoniarle mi reconocimiento; me he dicho a mí mismo: quiero distinguirme de todos
esos imbéciles.
La primera vez que fui a los Italianos a escuchar sus obras, lo hice bastante mal dispuesto
e incluso -lo confesaré- lleno de malos prejuicios; más tengo excusa: me han embaucado
tantas veces...; he escuchado tanta música de charlatanes precedidos de bombo y
platillo... Usted me venció inmediatamente. Lo que experimenté es indescriptible y, si me
hace el favor de contener la risa, intentaré transmitírselo. Al principio me pareció que
conocía aquella música, y, al reflexionar más tarde, comprendí de dónde provenía este
espejismo; me parecía que aquella música era la mía y la reconocía como todo hombre
reconoce las cosas que esté destinado a amar. Para cualquiera que no sea hombre de
talento, esta frase sería inmensamente ridícula y más escrita por un hombre que, como yo,
no sabe música y cuya toda educación se limita a haber escuchado (con gran placer, es
cierto), algunos bellos fragmentos de Weber y Beethoven.
El carácter que, a continuación, me chocó principalmente en su música, fue su grandeza,
aquello representaba algo grande e impulsaba a la grandeza. Después he vuelto a
encontrar por doquier sus obras, la solemnidad de los sonidos grandiosos, de los
aspectos grandiosos de la naturaleza, y la solemnidad de las pasiones grandiosas del
hombre. Y uno se siente al instante arrebatado y subyugado. Entre los fragmentos más
extraños y que me aportaron una sensación musical nueva, está el dedicado a pintar el
éxtasis religioso. El efecto producido por la Entrada de los invitados y por la Fiesta nupcial
es inmenso. Sentí toda la majestuosidad de una vida más amplia que la nuestra. Aún algo
más: experimenté con frecuencia un sentimiento de una naturaleza harto singular, el
orgullo y el gozo de comprender, de dejarme penetrar e invadir, voluptuosidad realmente
sensual, que se asemeja a la de ascender a los aires o rodar por la mar. Y la música, al
mismo tiempo, respiraba orgullo por la vida. Por regla general, estas profundas armonías
me parecían semejantes a esos excitantes que aceleran el pulso de la imaginación.
También experimenté, en fin (y le suplico que no se ría) sensaciones que derivan,
probablemente, del talante de mi espíritu y de mis más frecuentes preocupaciones. Por
todas partes hay algo de arrebatado y de arrebatador, algo que aspira a ascender más
arriba, algo de excesivo y de superlativo. Por ejemplo, y sirviéndome de un símil tomado
de la pintura, supongo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo sombrío. Si este rojo
representa la pasión, veo a ésta acercarse gradualmente, a través de todas las
transiciones del rojo y el rosa, hasta la incandescencia de la hoguera. Se diría que es
difícil, imposible incluso, convertirse en algo más ardiente, y, sin embargo, una última
onda viene a trazar un surco más blanco aún sobre el blanco que le sirve de fondo. Este
será, si usted me lo concede, el grito supremo del alma elevada a su paroxismo.
Había empezado a escribir unas meditaciones sobre los fragmentos de Tannhäuser y de
Lohengrin que escuchamos; más hube de reconocer la imposibilidad de decirlo todo.
De modo que podría continuar esta carta interminablemente. Si ha podido usted leerme,
se lo agradezco. No me queda nada que agregar sino unas pocas palabras. Desde el día
en que escuché su música me digo sin cesar, sobre todo en los momentos bajos: Si, al
menos, pudiera escuchar esta tarde un poco de Wagner... Existen, sin duda, otros
hombres en la misma situación. En definitiva, debería sentirse satisfecho con el público,
cuyo instinto ha resultado bien superior a la mala ciencia de los periodistas. ¿Por qué no
da unos cuantos conciertos más añadiendo fragmentos nuevos? Nos ha hecho conocer el
aperitivo de unos gozos desconocidos; ¿tiene usted derecho a privarnos del resto?... Una
vez más, señor, le doy las gracias; usted me ha restituido a mí mismo y a la grandeza, y,
además, en momentos bajos.
CH. BAUDELAIRE
Carta de Groucho Marx a Jack Warner
Parece ser que hay más de una forma de conquistar una ciudad y tomarla como parte de
tus propiedades. Por ejemplo, cuando empezamos a hacer esta película, no teníamos ni
idea de que Casablanca perteneciera a los hermanos Warner. Sin embargo, pasaron sólo
unos pocos días desde que anunciamos que íbamos a hacer la película hasta que nos
llegó una larga, complicada y amenazante carta legal, que nos avisaba de que no
debíamos usar el nombre Casablanca. Parece ser que en 1471, Fernando Balboa Warner,
el tatarabuelo de Harry y Jack, mientras buscaba una ferretería en la ciudad de Burbank,
llegó hasta las costas de Africa y blandiendo un increíble bolígrafo (esta parte ha sido
ocultada por la historia) le había dado al lugar el nombre de Casablanca.
Simplemente, no puedo entender vuestra actitud, porque aunque repusieran vuestra
película, creo que el espectador medio podrá distinguir entre Ingrid Bergman y Harpo. No
tengo claro si yo podría hacerlo también, pero estoy dispuesto, por supuesto, a
intentarlo con "todas mis fuerzas". Decís que el nombre de Casablanca es vuestro y que
nadie más lo puede usar sin vuestro permiso, ¿qué pasa con "Hermanos Warner" (Warner
Bros)? ¿También eso es vuestro? Es posible que podáis usar el nombre "Warner". Pero
nunca la parte "Hermanos", profesionalmente, nosotros éramos "Hermanos" mucho antes
que vosotros. Incluso antes que nosotros, ha habido otros "Hermanos": los hermanos
Smith, los hermanos Karamazov, Los hermanos Dan… El más joven de los hermanos
Warner se llama Jack… ¿También reclama la propiedad sobre este nombre? Porque no
es un nombre muy original: se usaba incluso antes de que el naciera. Por otro lado, se me
ocurren un par de Jacks (sin contar a Jack, el del cuento de las habichuelas mágicas, y
Jack el destripador, que ya en sus tiempos fue bastante famoso). Y para Harry, sin
pensarmelo mucho, se me ocurren dos Harrys antes que él: Harry Lighthouse, que tuvo
una fama revolucionaria, y Harry Appelbaun, que vivió en la 93, esquina Lexington.
Y no quiero entrar en discusiones duras, porque muchos de mis mejores amigos son
Hermanos Warner. Intuyo que todo es un error del horrible y triste departamento legal de
la empresa, controlado por alguno de esos tipos con problemas escolares, necesitado de
fama y admiración, y demasiado ambicioso para respetar las leyes naturales de la
promoción.
En fin, sea quien sea, no lo conseguirá. ¡Lucharemos hasta el final!, ¡hasta la Corte
Suprema!
Ninguna estupidez de este tipo va a ser causa de pelea entre los Warner y los Marx, y la
sangre no llegará al río. Porque todos somos hermanos bajo nuestra piel y seguiremos
siendo amigos después de que pase por la bobina el último rollo de "Una noche en
Casablanca".
Groucho Marx.
Descargar