Poesia-completa – Konstantino Kavafis

Anuncio
Annotation
Esta versión del poeta griego de Alejandría Konstantino Kavafis (1863-1933), realizada por José
María Álvarez es la preferida de los lectores y ha sido reeditada en numerosas ocasiones.
poesía Hiperión I
KAVAFIS
POESIAS COMPLETAS
El traductor: José María Alvarez nació en 1942. Su vida ha estado siempre dedicada a la literatura, viajando por Europa y
América y dando cursos y recitales. Su obra es un solo libro de poesía MUSEO DE CERA (MANUAL DE
EXPLORADORES), comenzado en 1960 y terminado en 1975, que a lo largo de todos estos años ha ido siendo recogido en
diversas selecciones incompletas (LIBRO DE LAS NUEVAS HERRAMIENTAS, El Bardo, 1964; su participación en
NUEVE NOVÍSIMOS, Barral Editores, 1970; 87 POEMAS, Helios, 1971; hasta la última colección, que ya incorporaba las
dos terceras partes del original: MUSEO DE CERA, La Gaya Ciencia, 1974) tanto en España como en Francia, Nicaragua,
Argentina, Alemania y Hungría, donde actualmente se está procediendo a la traducción del libro completo.
Ha publicado también, en prosa, DESOLADA GRANDEZA, Sedmay, 1976.
Konstantino Kavafis
Poesías completas
© Konstantino Kavafis
© Traducción José Maria. Alvarez.
© Ediciones Hiperión 1981
I.S.B.N.: 84-7517-021-8
Depósito legal: M. 754-1981
Maquetación: S.A.C.
Konstantino Kavafis, noveno hijo de una familia de ricos comerciantes griegos (originarios de
Istanbul), nació en Alejandría, donde se habían instalado, el 29 de abril de 1863. En 1870, la muerte de
su padre, Juan Kavafis, conduce a la familia a una situación económica mucho menos acomodada,
obligando a su madre, Chariclea Photiady, a fijar residencia dos años más tarde en Londres, en un último
intento de controlar el patrimonio. Londres y Liverpool otorgarán a Kavafis una educación inglesa y un
conocimiento del idioma que llegaría a considerar como su segunda lengua (se sabe que hablaba y leía
con la misma perfección francés, italiano y árabe).
Siete años más tarde regresarán a Alejandría, pero la intervención inglesa de 1882 a 1885 los obliga
a volver a Istanbul. En esta ciudad única y radiante tendrá Kavafis sus primeras experiencias sexuales y
nacerá el poeta. Muchos admiradores suyos y alguna novela valiosa le han adjudicado una ciudadanía
alejandrina a mi parecer excesiva. Kavafis es mucho más un hombre de Istanbul.
De regreso en Alejandría, la ruina familiar se precipita, y la muerte de un hermano, que durante años
fuera su consejero y mecenas, condiciona el ingreso de Kavafis en el Ministerio de Riegos egipcio.
Durante cierto tiempo repartirá sus días entre ese empleo, algunas horas como corredor de comercio y la
noche de bares y burdeles de Alejandría. En 1897 viaja a París y Londres y en 1901, por primera vez,
pisa el sagrado suelo de Grecia, donde le son publicados algunos poemas, doce, en la revista
Phanatheneum. En Grecia permanecerá dos años, y en 1904 es editado su primer libro con catorce
poemas.
Instalado de nuevo en Alejandría, a partir de 1907 asiste a las reuniones del grupo Nea Zoe,
combatiente por la expresión en demótico. En 1908 toma un piso en el número 10 de la calle Lepsius,
donde vivirá hasta su muerte. Publica poemas en Nea Zoe y en 1.910 entrega a la imprenta una segunda
colección de doce poemas. A partir de 1911 colabora en Ta Grammata , revista de ideología muy
cercana a Nea Zoe.
Su difusión en otros idiomas comienza a partir de su amistad con E. M. Foster, en 1914, quien
incluye uno de los poemas de Kavafis en su Alexandria: A History and a Guide. Y todavía sigue siendo
el mundo inglés aquel en donde la obra del poeta tiene mayor número de seguidores y la mejor serie de
traductores.
En 1920 se retira Kavafis del Ministerio de Riegos y poco a poco va convirtiéndose cada vez más
en esa sombra de la ciudad que tan admirablemente supo ver y reflejar Lawrence Durrell. En 1932 los
médicos le diagnosticaron cáncer en la laringe. Viajará inútilmente a Atenas, donde le es practicada una
traqueotomía, perdiendo la voz, y en 1933, en enero, ha de ser internado en el Hospital Griego de
Alejandría, donde muere el 29 de abril.
La primera edición de sus poemas, 154 en total, en la forma que él dejó ordenados
(cronológicamente), tuvo lugar el año 1935.
Para esta edición, directamente traducida del texto griego en colaboración con Mercedes Belchí, y
confrontada con las traducciones inglesa, francesa e italiana, incorporamos poemas encontrados en
revistas (Ta Nea Grammata ) y colecciones privadas, de Peridis y Tsirkas, y, sobre todo, los poemas
localizados por Sawidis en el Archivo Kavafis y en el Cuaderno Sengópulos (Alekos Sengópulos fue
amigo del poeta), transcritos por el propio Kavafis en 1927 y 1933.
No fueron ajenos al fervor que enmarca el mucho tiempo dedicado a este libro, cierta lectura de
Tácito una ardiente madrugada de 1972, el momento en que Falstaff asegura My lord, the man I know, la
inapreciable ayuda de Mercedes Belchí, un cuerpo suavísimo gozado bajo los cielos de La Habana, la
pasión que siempre me embargara ante las páginas de Stevenson, los estimables juicios del ingeniero y
narrador Juan Benet Goitia y, sobre todo, la contemplación serenísima de Istanbul.
Son ellos quienes merecen la primera página de esta traducción, pero recordando —tal como me
acompañan a la muerte— los esplendorosos lechos y los irrecobrables días compartidos con Isabel
Martín, es al calor de su cuerpo, sobre el que tantas cosas entendí, y a su piel en la que todo estaba
escrito, a quienes aquí convoco.
JOSE MARIA ALVAREZ.
El Cairo-Alejandría, septiembre de 1976.
POESIAS COMPLETAS
I
DESEOS
(ant. 1911)
Como bellos cuerpos que la muerte tomara en juventud
y hoy yacen, bajo lágrimas, en mausoleos espléndidos,
coronados de rosas y a sus pies jazmines —
así aquellos deseos de una hora
que no fue satisfecha; los que nunca gozaron
el placer de una noche, o una radiante amanecida.
(En THE MARBLE THRESHING FLOOR, Sherrad pretende encontrar en este poema cierto eco de un fragmento de
Gray, aquel
Full many a gem, of purest ray serene,
The dark unfathomed caves of ecean bear,
Full many a flower is born to bluth unseen,
And waste its sweetness on the desert air.
No pensamos lo mismo)
II
VOCES
(ant. 1911)
Amadas voces ideales
de aquellos que han muerto, o de aquellos
perdidos como si hubiesen muerto.
Algunas veces en el sueño nos hablan;
algunas veces la imaginación las escucha.
Y con el suyo otros ecos regresan
desde la poesía primera de nuestra vida —
como una música nocturna perdida en la distancia.
(Es posible encontrar en Verlaine, igualmente nictálope, un ... elle a L’inflexion des voix chères qui se sont tues)
III
SUPLICA
(ant. 1911)
El mar en sus abismos ha tomado un marino.
Ignorante, su madre, enciende mientras tanto
una vela de súplica a la Virgen
para que pronto vuelva y con él los dulces días.
Con atención vigila el sonido del viento.
Eleva sus plegarias,
Y la imagen escucha, solemne y apenada,
sabiendo que ese hijo no ha de volver ya nunca.
(Se dice que Kavafis fue inspirado para estos versos por un cuadro del pintor Rallis. Desconocemos lienzo y artista)
IV
EL PRIMER PELDAÑO
(ant. 1911)
Así a Teócrito se lamentaba
un día el joven poeta Eumenes:
«Dos años hace que escribo
y sólo un idilio he compuesto.
Es mi única obra terminada.
Qué alta es, puedo verlo,
la escala de la Poesía;
no ascenderé después de éste
más peldaños, oh desdichado de mí».
Le respondió Teócrito: «Esas ideas tuyas
son impropias y blasfemas.
Ya de tu primer paso debes
sentirte feliz y satisfecho.
No es poco haber llegado hasta ahí;
un gran triunfo es ya lo que has logrado.
Ese primer peldaño
está muy lejos del mundo profano.
Para poder pisarlo debieron aceptarte
como a uno de los suyos en la ciudad de las ideas.
Y es difícil llegar a tales puertas
y un raro privilegio que te admitan.
En el ágora encontrarás legisladores
ante los que ningún aventurero se reiría.
No es poco haber llegado ahí;
es ya un gran triunfo haberlo conseguido».
(Teócrito, famoso poeta siracusano del siglo III a. C. Ciudad las ideas, obviamente referencia platónica, toque de color)
V
ANCIANO
(1894)
En el interior de un ruidoso café
un anciano se apoya sobre un velador;
un periódico ante él, iluminado por la soledad.
Y en el desprecio de su miserable vejez
piensa qué poco gozó de los años
cuando tuvo vigor, y elocuencia, y belleza.
Ha envejecido tanto; lo siente, lo ve.
El tiempo de su juventud, como si hubiera sido ayer,
pasó. Qué velozmente, qué velozmente.
Medita en cómo ahora se ríe de él la Sabiduría;
y cómo fió siempre —¡qué locura!—
de esa embustera que le decía: «Mañana. Tienes mucho tiempo.»
Recuerda impulsos que contuvo; y el sacrificio
de su felicidad. De su insensata prudencia
se burla hoy cada ocasión perdida.
... Hasta que de tanto evocar el pasado
se adormece. Hundido
sobre el velador solitario.
(Habla Malanos adjudicando la fuente de este poema a unos versos de J. Lahor: Et les yeux du vieillard se ferment
pleins d’ennui. No nos parece argumento suficiente)
VI
VELAS
(1893)
Los días del futuro se alzan ante nosotros
como una hilera de velas encendidas —
doradas, vivaces, cálidas velas.
Los días del pasado quedaron tan atrás,
fúnebre hilera consumida
donde las más cercanas aún humean,
velas frías, torcidas y deshechas.
No quiero verlas; su aspecto me aflige,
me aflige recordar su luz primera.
Miro ante mí las velas encendidas.
No quiero volverme, y estremecerme al contemplar
qué rápidamente se alarga la hilera sombría,
qué rápidamente crece con sus velas ya consumidas.
VII
TERMOPILAS
(1901)
Honor a aquellos que en sus vidas
custodian y defienden las Termopilas.
Sin apartarse nunca del deber;
justos y rectos en sus actos,
no exentos de piedad y compasión;
generosos cuando son ricos, y también
si son pobres, modestamente generosos,
cada uno según sus medios;
diciendo siempre la verdad,
mas sin guardar rencor a los que mienten.
Y más honor aún les es debido
a quienes preven (y muchos preven)
que Efialtes aparecerá finalmente
y pasarán los Persas.
(La historia es conocida. En cuanto a Kavafis, parte de Herodoto, Libro VII, y omitimos la fatigosa lista de posibles
fuentes adjudicadas —desde Anninos a Pichat pasando por la memoria de la Comunidad Griega de Alejandría)
VIII
CHE FECE... IL GRAN RIFIUTO
(ant. 1911)
A cada uno le llega el día de
pronunciar el gran Sí o el gran
No. Quien dispuesto lo lleva
Sí manifiesta, y diciéndolo
progresa en el camino de la estima y la seguridad.
El que rehúsa no se arrepiente. Si de nuevo lo interrogasen
diría no de nuevo. Pero ese
no —legítimo— lo arruina para siempre.
(El título proviene de Dante, INFERNO III, 60, en su referencia a Celestino V y su renuncia al papado. Pueden admitirse
más cercanas y personales connotaciones: la actitud del patriarca Ioachim III frente al posible trono episcopal de
Alejandría en 1899 y el lamentable asunto de la ciudadanía inglesa del propio Kavafis)
IX
LAS ALMAS DE LOS VIEJOS
(1898)
En sus viejos cuerpos ya gastados
moran las almas de los viejos.
Cuánta lástima inspiran
y qué monótona la vida miserable que arrastran.
Mas cómo tiemblan ante la idea de perderla y cómo idolatran
a esas contradictorias y confusas
almas, que se sostienen —tragicómicas—
bajo su vieja y gastada piel.
X
INTERRUPCION
(ant. 1911)
Criaturas perecederas e ignorantes,
interrumpimos el trabajo de los dioses.
En los palacios de Eleusis y Ftias
Démeter y Tetis se entregan a obras gigantescas
en medio de grandes llamas y humo. Mas
siempre ha de llamar Metaneira desde las estancias
reales, corriendo atemorizada,
y siempre Peleo realiza su insensata intervención.
(Vieja y notable historia. Ya se recoge en un Himno del Pseudo-Homero. Y también lo harán Apolodoro y G. D’Annunzio.
Todos coinciden en que hay un determinado momento en que apace Metaneira estropeando los bellos trabajos)
XI
VENTANAS
(1897)
En esas habitaciones oscuras donde vivo
pesados días, con qué anhelo contemplo a veces
las ventanas. —Cuándo se abrirá
una de ellas y qué ha de traerme—.
Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizás mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mí otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría.
(No como fuente, pero es interesante constatar el paralelismo con cierta página de PALUDES, de Gide: J'ai connu le
geste d’ouvrir des fenêtres, et je me suis arrêté, sans espoir... Y ya puestos en ventanas, las de Mallarmé, ¿Y por qué
no las de Rilke?)
XII
TROYANOS
(ant. 1911)
Desventurados son nuestros esfuerzos;
inútiles como aquellos de los troyanos.
Conseguimos un pequeño éxito; ganamos
un poco de confianza; y la esperanza
y el valor renacen.
Mas siempre algo sucede que nos frustra.
Aquiles surge de la tumba ante nosotros
y acobardan sus gritos nuestros ánimos.
Nuestros esfuerzos son como los de los troyanos.
Pensamos que con decisión y con audacia
podríamos cambiar el curso del destino,
y miramos fuera al campo de batalla.
Mas cuando el momento supremo llega,
audacia y decisión se desvanecen;
se turba y paraliza nuestra alma;
y alrededor corremos de los muros
buscando salvación en la huida.
Sin embargo qué cierta es la derrota. Arriba,
en las murallas, ha empezado ya la elegía.
Llora la memoria y la pasión de nuestros días.
Amargamente Príamo y Écuba lloran por nosotros.
(Sobre lo expresado en la ILÍADA por Homero, Kavafis parece prestar particular interés a Héctor y su desesperación.
Notabilísimo artificio)
XIII
LOS PASOS
(ant. 1911)
Sobre una cama de ébano, adornada
con águilas de coral, duerme profundamente
Nerón —inconsciente, tranquilo y feliz;
floreciendo en la salud de su carne
y en el hermoso ardor de su juventud.
Pero en la estancia de alabastro que cierra
el antiguo templo de los Enobarbos
cuán inquietos están sus Lares.
Tiemblan todos aquellos pequeños dioses
y se esfuerzan por ocultar sus insignificantes cuerpos.
Porque han escuchado un sonido terrible,
un sonido de muerte subiendo la escalera;
pasos de hierro que hacen temblar los peldaños.
Y asustados los miserables Lares
se esconden en los rincones del templo,
uno sobre otro cayendo y tropezando,
un diosecillo sobre otro,
porque saben ya qué imagen es la de ese ruido,
han reconocido el paso de las Erinias.
(La primera versión de este poema se tituló EL paso de las EUMÉNIDES —según Malanos—. Parece segura la fuente
del temor y precipitación de los Lares, en Suetonio, cuando en «Nerón» afirma: exornati Lares in ipso sacrificii
apparatu concicLerunt. \También hay referencias similares en un poema sobre el mismo tema de Paparrigopulos)
XIV
MONOTONIA
(1898)
Sigue un día monótono a otro día igualmente
monótono, idéntico. Las mismas
cosas sucederán de nuevo, una y otra vez—
las mismas circunstancias nos toman y nos dejan.
A un mes sigue otro mes igual.
Lo que vendrá fácilmente se adivina;
serán las mismas cosas de ayer.
Y el mañana nunca parece ese mañana.
XV
MURALLAS
(ant. 1911)
Sin consideración, sin piedad, sin pudor
en torno mío han levantado altas y sólidas murallas.
Y ahora permanezco aquí en mi soledad.
Meditando en mi destino: la suerte roe mi espíritu;
tánto como tenía que hacer.
Cómo no advertí que levantaban esos muros.
No escuché trabajar a los obreros ni sus voces.
Silenciosamente me tapiaron el mundo.
XVI
ESPERANDO A LOS BARBAROS
(ant. 1911)
¿Qué esperamos agrupados en el foro?
Hoy llegan los bárbaros.
¿Por qué inactivo está el Senado
e inmóviles los senadores no legislan?
Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué leyes votarán los senadores?
Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.
¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,
y en la puerta mayor espera ahora sentado
en su alto trono, coronado y solemne?
Porque hoy llegan los bárbaros.
Nuestro emperador aguarda para recibir
a su jefe. Al que hará entrega
de un largo pergamino. En él
escritas hay muchas dignidades y títulos.
¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores visten
sus rojas togas, de finos brocados;
y lucen brazaletes de amatistas,
y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas?
¿Por qué ostentan bastones maravillosamente cincelados
en oro y plata, signos de su poder?
Porque hoy llegan los bárbaros;
y todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.
¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?
Porque hoy llegan los bárbaros
que odian la retórica y los largos discursos.
¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros.)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?
Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.
¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizá ellos fueran una solución después de todo.
(De las muchas investigaciones que fatigaron este texto no debe dejar de considerarse la de Rangavís, quien lo defiende
como reflejo de una muy precisa situación: el anhelo egipcio por una invasión sudanesa ante la ocupación británica, sobre
1900. No cabe descartar a Plutarco)
XVII
DESLEALTAD
(ant. 1911)
En las bodas de Tetis y Peleo,
Apolo se levantó en la espléndida mesa
del banquete, y llamó bienaventurados a los esposos
por el fruto que daría aquella unión.
Dijo: No habrá de ser tocado por la enfermedad
y gozará de una larga vida. —Cuando oyó esto
hondamente alegróse Tetis, porque las palabras
de Apolo, experto en profecías,
le daban seguridad para su hijo.
Y cuando Aquiles creciera, siendo
gloria de Tesalia su belleza,
Tetis recordaba las palabras del dios.
Pero un día llegaron unos ancianos con noticias
que narraban la muerte de Aquiles en Troya.
Y Tetis desgarró sus purpúreas vestiduras,
se quitó y arrojó lejos
contra el suelo sus brazaletes y sus anillos.
Y en su dolor recordó el pasado;
y preguntó qué había hecho el sabio Apolo,
dónde estaba el poeta que en el banquete
tan elocuentemente profetizase,
mientras arrebataban a su hijo en la flor de la edad
Entonces los ancianos le respondieron que fue el mismo
Apolo quien descendiera a Troya,
y junto a los troyanos había matado a Aquiles.
XVIII
LOS FUNERALES DE SARPEDON
(ant. 1911)
Honda pena embarga a Zeus. Sarpedón
ha caído ante Patroclo; y ahora toman
Menoitiades y los aqueos su cuerpo
para mancillarlo.
Cuán triste Zeus se muestra.
Su amado hijo —aunque lo haya dejado
perecer; así era la Ley—
al menos en la muerte será honrado.
Y para ello envía a Febo a la llanura
con instrucciones para el cuidado de su cuerpo.
El cadáver del héroe reverente, dolorosamente
levanta Febo y hasta el río transporta.
Lava el polvo y la sangre;
cierra las terribles heridas hasta no dejar
rastro alguno de muerte; de ambrosía
vierte sobre él perfumes; y con espléndidos
ropajes del Olimpo lo viste.
A su piel retorna la blancura; y con peine de perlas
quita la oscuridad de sus cabellos.
Compone los hermosos miembros y lo acuesta.
Ahora parece un joven rey orgulloso en su carro
—en la gloria de la juventud—
descansando tras haber obtenido una victoria,
carro de oro de velocísimos corceles
en una famosa competición.
Una vez que Febo hubo cumplido
su encargo, llamó a los dos hermanos,
Sueño y Muerte, ordenándoles
llevar el cuerpo a Lycia, tierra feliz.
Y hacia esa rica tierra de Lycia
ambos hermanos se dirigen,
Sueño y Muerte, y deteniéndose
ante las puertas de la real casa
el cuerpo cubierto de gloria entregan,
retornando a sus otros trabajos y cuidados.
Cuando en la casa fuera recibido, dio comienzo
con procesiones, honores y lamentos,
y abundantes libaciones de las sagradas cráteras,
y todo lo adecuado, el triste entierro;
después expertos artífices de la ciudad
y famosos escritores
construyeron el túmulo y la estela.
(Aquí sí es segura la influencia homérica —la ILIADA, XVI, y siguientes—, y seguramente algo más que la influencia)
XIX
EL CORTEJO DE DIONISOS
(ant. 1911)
El escultor Damon (de los artesanos
el mejor del Peloponeso) en pariano
mármol modela el cortejo
de Dionisos, dios de gloria
soberana, de poderoso andar.
A su derecha, la Licencia. Y a su lado
la Embriaguez vertiendo vino a los Sátiros
de una gran jarra con enlazadas enredaderas.
Cerca de ellos la lánguida dulzura del Vino,
con ojos semicerrados, trae el sueño.
Y más abajo están los comediantes
Melodía y Armonía, y la Fiesta que
nunca deja apagarse la lámpara
de la abundancia; y, devotísimo, el Misterio.
—Esa es la obra de Damon. Y mientras trabaja,
una y otra vez piensa
en la recompensa que habrá de darle el rey
de Siracusa, tres talentos, una buena cantidad.
Añadiendo eso a lo que ya tiene
puede vivir, ser hombre rico y respetado,
y hasta introducirse en política —¡qué felicidad!—
y hablar en la asamblea, y en el ágora.
XX
LOS CABALLOS DE AQUILES
(ant. 1911)
Cuando a Patroclo vieron muerto,
tan joven, fuerte y audaz,
los caballos de Aquiles se entregaron al llanto;
y su inmortal naturaleza alzóse
contra la obra oscura de la muerte.
Las hermosas cabezas sacudieron sus largas crines,
y piafaron la tierra, y lloraron
por Patroclo ya exánime —sin vida—
cuerpo caído —huida el alma—
sin aliento —indefenso—
vuelto de la vida al gran seno de la Nada.
Vio Zeus las lágrimas de los inmortales
caballos y afligióse. «El día de la boda de Peleo»,
dijo, «fui irreflexivo;
¡mejor no haberos dado nunca
a lo aciago! Por qué entregaros
a míseros humanos sujetos al destino.
Vosotros, a quienes la muerte y la vejez no aguardan,
lo efímero os aflige. Y el hombre os ha
mezclado en su desgracia». Sin embargo ante la dura
imagen de la muerte perpetua
los nobles animales se entregaron al llanto.
(Homero, la ILIÍADA, XVII, 427 sigs.)
XXI
ES EL
(ant. 1911)
Un desconocido —extranjero en Antioquía— de Edesa,
está escribiendo. Ya tiene su última creación
por fin terminada. Y con ella suman ochenta y tres
poemas. Pero está fatigado el poeta
de tanto escribir, de tantos versos,
de la tensión de las frases en griego,
y todo para él resulta ahora tedioso.
Mas repentinamente una idea lo saca
de su desánimo —el encantador Es Él,
que en otros tiempos bajo el sueño escuchase Luciano.
(La última estrofa deriva directamente de un «Sueño» de Luciano. Lo más interesante es que por vez primera aparece la
ciudad de Antioquía en un poema de Kavafis)
XXII
EL REY DEMETRIO
(ant. 1911)
Cuando fue abandonado por los macedonios
demostrándole así que preferían a Pirro,
el rey Demetrio (de noble
espíritu) no se comportó —así es sabido—
con talante de rey. Se quitó
sus vestiduras de oro,
despojose de sus sandalias
de púrpura. Ropas vulgares
apresuradamente púsose, y se fue.
Comportándose como un actor
que cuando el telón cae
cambia sus vestiduras y hace mutis.
(Demetrio, rey de Macedonia, fue destronado por Pirro el año 287 a. C. Así lo cuenta Plutarco, a quien indudablemente
leyó Kavafis)
XXIII
LA CIUDAD
(ant. 1911)
Dices «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí».
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques —no la hay—,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
(Malanos cree descubrir en el movimiento inicial cierta analogía con un epigrama de Calímaco. Sherrard no teme llegar a
La chair est triste, Hélas! et j'ai lu..., etc., de Mallarmé)
XXIV
SATRAPIA
(1911)
Qué desgracia, cuando estabas hecho
para hermosas y grandes obras,
ese destino tuyo injusto siempre
negándote el estímulo y el éxito;
que los hábitos despreciables te lo impidan,
y la indiferencia, y la desidia.
Y qué terrible el día cuando cedas
(el día en que claudiques y te rindas)
y vayas a Susa a presentarte,
a unirte al gran rey Artajerjes,
y éste graciosamente te depare un lugar en su corte,
y te ofrezca satrapías y seguridad.
Y tú aceptes sin esperanzas
todo eso que no deseabas.
Busca tu alma otras cosas, por ellas llora;
los elogios del pueblo y de los sofistas,
difícil e inestimable aplauso;
el Agora, el Teatro, la Corona.
Cómo puede Artajerjes darte todo eso,
dónde lo encontrarás en una satrapía;
y sin eso qué vida puedes llevar.
(Parece bastante innegable una doble referencia, Plutarco y Tucídides, en lo que respecta al personaje, que sería
Temístocles; aunque el propio Kavafis asegurase a Lechonitis que se trataba de un «símbolo» y que debía considerarse
antes el de un artista que como el de un político. Pero realmente no se tienen noticias de que otro griego, entre el primero y
el último Artajerjes, tratara de conseguir una satrapía en la corte persa. Seguramente lo más racional sea considerar el
poema como una meditación de Kavafis sobre su propia vida)
XXV
LOS IDUS DE MARZO
(1911)
Teme la grandeza, oh alma mía.
Y si no puedes vencer tu ambición,
con dudas y con cautela siempre
secúndala. Cuanto más avances
sé más escrutador y precavido.
Y cuando la cima por fin, oh César, alcances;
cuando figura adquieras de persona famosa,
sobre todo entonces, al pasar por la calle,
con la autoridad de tu séquito,
si por casualidad de entre la masa
se te acercara Artemidoro con un escrito,
diciéndote con impaciencia «Lee esto en seguida,
contiene graves nuevas que te atañen»,
detente; relega
toda conversación o tarea; aléjate
de la gente que ante ti se arrodilla y saluda
(podrás verlos más tarde); que aguarde hasta
el Senado, y sin demora conoce
los graves escritos que te trae Artemidoro.
(Aquí no hay duda: Plutarco & Suetonio + Shakespeare: recuérdese JULIUS CAESAR, act. III, esc. I)
XXVI
EL DIOS ABANDONA A ANTONIO
(1911)
Cuando de pronto a media noche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces —
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, las ilusiones
de una vida que llorarías en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes, nunca digas
que es un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno ha sido de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, mas nunca
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esa tropa divina,
y despide, despide a Alejandría que así pierdes.
(El tema está en Plutarco, e igualmente existe la referencia shakespeareana en ANTONY AND CLEOPATRA, act. IV,
esc. III:
Soldado 2.°— Hark!
Soldado 1.°— Music i’ the air.
Soldado 1.°—
List, list!
Soldado 3.°—
Under the earth.
Soldado 4.°— It sings well, does it not?
Soldado 3.°—
No.
Soldado 1.°—
Peace, I say:
What should this mean?
Soldado 2°—Tís the god Hercules, whom Antony lov'd,
Now leaves him)
XXVII
FIN
(1911)
En medio del terror y de la sospecha,
con la mente agitada y los ojos asustados,
buscamos soluciones y planeamos qué hacer
para escapar de la segura
amenaza que tan espantosamente nos acecha.
Y sin embargo nos equivocamos, ése no es nuestro camino;
las noticias eran falsas
(o no escuchamos, no comprendimos bien).
Otro desastre, otro que nunca habíamos pensado,
súbita, tempestuosamente cae sobre nosotros,
y sin darnos tiempo —sin prepararnos— nos arrebata.
XXVIII
JONICO
(1911)
Aunque hayan derribado sus estatuas,
y estén proscritos de sus templos,
los dioses viven siempre,
oh tierra de Jonia, y es a ti a quien aman,
a ti a quien añoran todavía.
Cuando sobre ti surgen las mañanas de agosto
el temblor de sus pies atraviesa la atmósfera;
y a veces la imagen de un efebo,
inasible como una sombra alada,
sobre las colinas te toma.
XXIX
ESCULTOR DE TYANA
(1911)
No soy ningún principiante, como habréis sabido por varias personas.
Mis manos han tallado mucha piedra.
Y en mi patria, Tyana, muy bien
se me conoce; tantos encargos me dirigen
hasta del Senado.
Ahora os mostraré
algunas obras. Observad esta Rea,
venerable, llena de fuerza antigua.
Observad este Pompeyo. Este Mario,
este Pablo Emilio, este Scipión Africano.
Cada uno tan parecido como pude lograrlo.
Este Patroclo (debo darle otro retoque).
Y éste, cerca
de esos pedazos de mármol, es Cesarión.
Ahora hace tiempo que espero el momento oportuno
para tallar un Poseidón. He tratado especialmente
de conseguir la perfección en los caballos.
Modelándolos en forma tan etérea que
los cuerpos en su ligereza
no pisen la tierra, sino que floten sobre el mar.
Pero he aquí la obra que más amo,
en la cual he puesto más cuidado y alma;
aquel que un caluroso día de verano,
cuando mi mente voló de este mundo hacia lo ideal,
soñé, el joven Hermes,
XXX
PELIGROSO
(1911)
Dijo Mirtias (estudiante sirio
en Alejandría; durante el reinado
de Augusto Constancio y Augusto Constante;
gentil en parte, mas con cristianas inclinaciones):
«Fortalecido por la contemplación y el estudio,
no temeré como un cobarde mis pasiones.
Entregaré mi cuerpo a los placeres,
a los goces soñados,
a las grandes audacias de los deseos eróticos,
a los lascivos ardores de mi sangre, sin
ningún temor, pues siempre que lo desee—
y tendré ese poder, fortalecido
como estaré por la contemplación y el estudio—
en los momentos decisivos hallaré de nuevo
mi espíritu, como antes, ascético».
(Obsérvese la relación dialéctica título-poema)
XXXI
LA GLORIA DE LOS PTOLOMEOS
(1911)
Soy un Lágida, un rey. Poseedor
(con mi fuerza y mi riqueza) de todos los dominios del placer.
Los macedonios, o los bárbaros, ninguno puede medirse
conmigo, ni igualarse. Qué ridículo
el Seleúcida con sus lujos vulgares.
Todo cuanto pueda darse, no hay que ir más lejos.
Esta es la ciudad maestra, corona de Grecia,
en cada palabra, en cada arte la más sabia.
(Parece que se trata de un monólogo en boca de Ptolomeo II Filadelfo, siendo por tanto el Seleúcida, Antíoco II)
XXXII
ITACA
(1911)
Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
Ten siempre a Ttaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañara Itaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.
(Malanos asegura cómo fuente de este poema un fragmento de Petronio: hinque tuas sedes, alienaque litora quaere
o iuvenis: maior rerum tibi nascitur ordo.
Ne succumbe malis: te noverit ultimus Ister
te Bóreas gelidus securaque regna
Canopi quique renascentem Phoebum cernuntque iacentem:
maior in externas Ithacus descendat harenas.
Esta vez Malanos se pasó)
XXXIII
HERODES ATICO
(1912)
Oh gloria inmensa de Herodes Atico.
Alejandro de Seleucia, uno de nuestros mejores sofistas
llegado a Atenas para conferenciar,
se encontró vacía la ciudad porque Herodes
estaba en el campo. Y toda la juventud
lo había seguido para escucharlo.
De modo que el sofista Alejandro
escribió una carta a Herodes
pidiéndole que mandase a los griegos retornar.
Pero el sutil Herodes le respondió de inmediato:
«Yo regreso y los griegos conmigo».
Cuántos jóvenes en Alejandría ahora,
en Antioquía, en Beirut
(los oradores de mañana que el mundo griego está esperando),
reunidos en selectas asambleas
donde se habla de filosofía
y de la maravilla del amor,
silenciosamente callan absortos.
Dejan a un lado sus copas sin tocarlas,
mientras piensan en la fortuna de Herodes —
¿qué sofista fue nunca digno de esto?—:
hiciese lo que hiciese,
los griegos (¡los griegos!) lo siguen,
no para juzgarlo ni discutirlo,
ni siquiera eligen, simplemente lo siguen.
(Con bastante fundamento se ha hecho derivar este poema de la VIDA DE LOS SOFISTAS, de Filostrato, en su
referencia al mismo asunto)
XXXIV
FILELENO
(1912)
Cuida que la inscripción resulte artística.
La expresión seria y digna.
Es mejor que la corona sea estrecha;
no me gustan esas anchas de los Partos.
La inscripción, como siempre, en griego;
nada exagerado, nada pomposo —
el procónsul podría interpretarlo mal
y siempre andan husmeando y notificando a Roma—,
pero por supuesto que honre mucho.
Y en el otro lado algo sumamente exquisito:
un hermoso efebo lanzando el disco.
Pero sobre todo recomiendo que te fijes
(y por los dioses, Sitaspe, no te olvides)
que junto a las palabras Rey y Salvador,
escribas con letras elegantes, Fileleno.
Y ahora no empieces con tu charla sabihonda,
tu «¿Dónde están los griegos?» y «Lo que distingue la lengua
griega de la de Zagros o la de Efrata».
Tantos más bárbaros que nosotros
la escriben, que haremos lo mismo.
Y no olvides que de vez en cuando
aquí vienen sofistas de Siria,
y poetas, y otros entrometidos.
Así que no estamos sin cultura griega, ¿no?
(¿Estatua o moneda? Zagros: cadena montañosa en los confines de la Media Atropatina; Efrata: ciudad de la Media
noroccidental, donde invernaba el rey de los Partos)
XXXV
REYES ALEJANDRINOS
(1912)
Los alejandrinos han acudido
para ver a los hijos de Cleopatra,
Cesarión y sus hermanos pequeños,
Alejandro y Ptolomeo, a quienes
por primera vez llevan al Gimnasio
para ser proclamados reyes
ante un soberbio alarde de soldados.
Alejandro —nombrado rey
de Armenia, de Persia y de los Partos.
Ptolomeo —a quien dan los reinos
de Cilicia, de Siria y de Fenicia.
Cesarión está de pie algo más adelantado,
vestido de seda rosa,
sobre su pecho lleva un ramo de jacintos,
su cinturón doble ostenta zafiros y amatistas,
sus sandalias sujetas con cintas blancas
lucen rosadas perlas.
Otorgada le es dignidad superior a sus hermanos,
pues le han nombrado Rey de Reyes.
Los alejandrinos sabían ciertamente
cómo todo se reducía a palabras y teatro.
Pero el día era luminoso y poético,
el cielo azul y claro,
y el Gimnasio de Alejandría un
triunfo clamoroso del arte,
así como la extraordinaria magnificencia de los cortesanos,
y sobre todo Cesarión, imagen de la gracia y la belleza
(hijo de Cleopatra, sangre de los Lágidas);
así los alejandrinos corrían a la fiesta,
y se entusiasmaban y aclamaban,
en griego y en egipcio y algunos en hebreo,
arrebatados por la fascinación del espectáculo —
aunque muy bien sabían el valor de esas cosas,
el sonoro vacío de aquella realeza.
(Nuevamente debemos remitirnos a Plutarco más Shakespeare —ANTONY AND CLEOPATRA, act. III, esc. VI)
XXXVI
EN LA IGLESIA
Amo la iglesia —sus ángeles,
la plata de sus vasos, sus candelabros,
el púlpito, las imágenes, el altar.
Cuando entro en la iglesia de los griegos,
con la fragancia del incienso,
las voces y armonías de su liturgia,
la digna presencia de los sacerdotes
y el solemne ritmo de cada uno de sus gestos —
espléndidos en sus vestiduras sagradas—
mi espíritu sueña con la grandiosidad de nuestra raza,
la gloria de Bizancio.
XXXVII
VUELVE
(1912. Se da como posibilidad una primera versión escrita en 1904-1909)
Vuelve otra vez y tómame,
amada sensación retorna y tómame —
cuando la memoria del cuerpo se despierta,
y un antiguo deseo atraviesa la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan,
cuando las manos sienten que aún te tocan.
Vuelve otra vez y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan...
(Hay un poema de C. Georgina Rosseti extraordinariamente parecido, sobre todo en el movimiento inicial: «Vuelve a mí en
el silencio de la noche...»)
XXXVIII
CUANTO PUEDAS
(1913)
Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
en contacto excesivo con el mundo,
con una excesiva frivolidad.
No la envilezcas
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de la estupidez cotidiana,
y al cabo te resulte un huésped inoportuno.
XXXIX
RAREZA
(1913)
Es un viejo. Vencido y fatigado,
roto por la edad y los excesos,
que arrastrando sus pasos atraviesa la calle.
A su casa regresa para esconder allí
su vejez y su miseria, y piensa
en todo lo que aún comparte con él la juventud.
Los jóvenes dicen ahora sus versos.
Sus visiones encienden esos ojos.
Sus cuerpos armoniosos y prietos,
su espíritu, su voluptuosa carne,
aún se conmueven con la expresión que él diera a la belleza.
(El autorretrato es incuestionable)
XL
FUI
(1913)
Nada me retuvo. Me liberé y fui.
Hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí.’un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer.
(Cuenta Paputsakis que Kavafis le dijo en cierta ocasión: «A veces pasa por mi cabeza la idea de escribir sobre mi vida
amorosa. Aún no lo he hecho. ¡Los prejuicios son tan fuertes!»)
XLI
NEGOCIO
(1913)
Cuidadosamente dispone cada cosa
con bellísimas envolturas de seda verde.
Rubíes como rosas, perlas como lirios,
amatistas violetas. Ama estas cosas
y las juzga bellas; siempre mira y estudia
su naturaleza. Las deja con cuidado en un cofre,
como prueba de su perfecta artesanía y su maestría.
Cuando un comprador entre en su tienda
sacará para vender otras cosas —adornos excelentes—,
brazaletes, collares, cadenas y anillos.
XLII
TUMBA DE LISIAS EL GRAMATICO
(1914)
Cerca, a la derecha al entrar, en la biblioteca
de Beirut enterramos a Lisias,
el gramático. Un lugar muy apropiado.
Ahí estará cerca de todo aquello que fuera
su memoria —lecciones, textos, artes,
tantos libros, volúmenes de comentarios griegos.
Así contemplaremos su tumba y lo honraremos
debidamente, cuando vayamos a leer.
(Malanos lo enfrenta a un epigrama de Juliano Egizios —ANT. PALLT., VII, 595)
XLIII
LEJANO
(1914)
Quisiera revivir este recuerdo...
Pero está extinguido ahora... casi nada subsiste —
yace lejos, en los años de mi adolescencia.
Una piel hecha de jazmines en la noche...
Aquella de agosto —¿fue agosto?— recuerdo apenas..
Aquellos ojos; eran, creo, azules...
Sí, azules: como el zafiro.
XLIV
LA TUMBA DE EURION
(1914)
En esta tumba de un arte consumado,
tallada enteramente en mármol de Siena,
de violetas y lilas recubierta,
yace enterrado el bello Eurión.
Alejandrino, veinticinco años tenía.
De una vieja estirpe macedónica por su padre,
descendiente por su madre de una familia de oficiales.
Fue discípulo de Aristocleito en filosofía,
y de Paros en retórica. En Tebas los sagrados
libros estudió. Y de Arsinoe
escribiera la historia. Eso al menos permanecerá.
Pero lo más precioso lo hemos perdido —su belleza,
perfecta como una visión de Apolo.
XLV
CANDELABRO
(1914)
En una pequeña habitación, sin adornos,
con paredes cubiertas de tela verde,
había un hermoso candelabro encendido;
y ardiendo en cada una de sus llamas
una mórbida lujuria, un lascivo calor.
Dentro de la habitación, resplandeciente
por las velas del maravilloso candelabro,
no es una luz vulgar la que brilla.
No es para cuerpos temerosos
el cálido placer de ese ámbito.
(Según Paputsakis, el verde era el color preferido de Kavafis)
XLVI
TEODOTO
(1915)
Si entre los verdaderos elegidos te cuentas,
mira bien cómo obtienes tu dominio.
Por mucho que te alaben, y se difundan tus proezas
en Italia y Tesalia,
cantándolas por las ciudades,
por muchos honores que decreten
para ti en Roma tus admiradores,
ni tu gozo ni tu éxito permanecerán,
ni superior —verdaderamente superior— habrás de sentirte,
cuando, en Alejandría, Teódoto te ofrezca,
en bandeja ensangrentada,
la cabeza del desdichado Pompeyo.
Y no pienses que en tu vida
regulada, prosaica, y restringida,
tan dramática y espantosa escena no ha de producirse.
Quizá en esta misma hora,
en la bien ordenada casa, entre —
sigiloso, como una sombra— Teódoto,
trayéndote tan terrible cabeza.
(Malanos supone que una nota de La Harpe a la traducción francesa de La VIDA DE LOS DOCE CÉSARES, de
Suetonio, habría estimulado a Kavafis para este poema. Es sabido que Teódoto fue un liberto de los Ptolomeos que ordenó
la muerte de Pompeyo)
XLVII
LOS SABIOS CONOCEN EL FUTURO
(1915)
Los hombres conocen las cosas del presente.
Las cosas del futuro son secreto de los dioses,
únicos poseedores de todas las luces.
Mas de lo que el futuro traiga, los sabios
pueden conocer. Su oído
a veces en horas de profunda meditación
se alarma. Y de los extraños acontecimientos en marcha
perciben el sentido oculto.
Y lo escuchan piadosos. Mientras en la calle
sordo permanece el vulgo.
(Parece ser verdad que la fuente de este poema se encuentra en Filostrato: VIDA DE APOLONIO DE TIANA. NO
cabe duda de que Kavafis poseía y leía la obra de Filostrato, cuyos volúmenes incluso anotó, y de cuya figura se ocupó en
un artículo para un diario de Alejandría)
XLVIII
MAR EN LA MAÑANA
(1915)
Que me detenga aquí. Que también yo contemple por un momento la naturaleza.
Del mar en la mañana y del cielo sin límites
el luminoso azul, la amarilla ribera: estancia
hermosa y glande de la luz.
Que me detenga aquí. Dejadme creer que esto veo
(ciertamente esto vi por un instante cuando aquí me detuve);
y no ahora mis sueños,
mi memoria, la rediviva imagen del placer.
(Se dice —Tsircas, Vrisimitzakis— que este poema nació de la contemplación de un cuadro de Viani)
XLIX
EN LA ENTRADA DEL CAFE
(1915)
Mi atención fue atraída por algo dicho
en la entrada del café.
Y vi aquel hermoso cuerpo como hecho
por Eros con su larga experiencia —
modelada con alegría la simetría de sus miembros;
alzando su presencia como una escultura;
modelada la cara con emoción
a la que impartiera con el toque de sus dedos,
la pasión en su frente, y en los ojos, y en los labios.
(Malanos sitúa este poema en relación con un epigrama de Meleagro; en otra ocasión, con uno de Crinagoras. Peridis, más
razonablemente, cita el soneto CXLV de Shakespeare, su primer verso: «Those lips that Love’s own hand did make .»
¿Y bien?)
L
OROFERNES
(1915)
Este que sobre la tetradracma
con agraciado y fino rostro
sonríe, refinadamente,
es Orofernes hijo de Ariarates.
Cuando era niño de Capadocia
y del palacio de sus padres fue alejado,
para que creciera en
Jonia, en el olvido de gentes extrañas.
Oh maravilla de las noches de Jonia
en donde sin temor, como un auténtico griego,
la plenitud del placer tuvo.
Siempre en su corazón asiático;
mas en los modales y la lengua griego,
ornado de turquesas, como un griego vestido,
ungido de esencias de jazmín,
entre la hermosa juventud de Jonia,
el más bello era él, el más perfecto.
Después cuando los sirios en Capadocia
entraron, y lo hicieron rey,
lanzóse sobre este reino
para gozar de un modo nuevo cada día,
juntó rapazmente oro y plata,
y contemplaba envanecido el brillo
de los tesoros hacinados.
De la administración de su país y su gobierno —
ignoraba cuanto ocurría alrededor de su persona.
Los capadocios pronto lo expulsaron;
y declinó en Siria, en el palacio
de Demetrio entre holganza y diversiones.
Un día sin embargo en su gran vacío
irrumpieron pensamientos insólitos;
recordó que por su madre Antioquis
y aquella Estratonice de los tiempos antiguos,
también en él corría sangre real de Siria,
y era casi un Seleúcida verdadero.
Abandonó por un tiempo la embriaguez y la molicie,
y aunque aturdido y torpemente
urdió algunas intrigas,
intentó vagas acciones, concibió ciertos planes,
y en su fracaso miserable fue destruido para siempre.
Quizá su fin se haya narrado en algún sitio y se ha perdido;
o bien la historia ha desdeñado,
con justicia, tener en cuenta, en su poder,
un incidente sin importancia.
Este que aquí dejó en la tetradracma
la fresca gracia de su amada juventud,
alguna luz de su poética belleza,
el sensual recuerdo de un muchacho de Jonia,
es Orofernes hijo de Ariarates.
(Orofernes fue hijo dudoso de Ariarates IV. Reinó en Capadocia, por poco tiempo, sobre el 157 a. C. Su madre era hija de
Antioco III de Siria, y su abuela, Estratonice, hija de Antioco II. Seguramente Kavafis estudió la obra de Diodoro Siculo,
así como la de Polibio, donde también se menciona a este desgraciado. En la obra de E. Bevan, HOUSE OF SELEUCUS,
en la tabla III se muestra una moneda con la cabeza de Orofernes)
LI
JURA
(1915)
Jura una y otra vez que rehará su vida.
Mas al llegar la noche y sus consejos,
con sus promesas, y sus ofrecimientos;
al llegar la noche con el poder
del cuerpo que desea y exige, al mismo
fatal placer, perdido, se dirige de nuevo.
LII
PINTURA
(1915)
A mi trabajo entrego corazón y alma.
Pero hoy la languidez de la composición me desanima.
El día influye en mí. Su forma se oscurece
cada vez más. Arrecia el viento y llueve.
Prefiero contemplar antes que escribir.
Ahora, en esta pintura miro
a un hermoso muchacho tendido junto a un arroyo,
fatigado, supongo que de correr.
Qué hermosa criatura; qué divino mediodía
lo ha sorprendido sosegándolo en el sueño.—
Me siento y largo rato lo contemplo.
Y en el arte descanso de su esfuerzo.
LIII
UNA NOCHE
(1915)
La habitación era pobre y vulgar,
escondida en los altos de la taberna equívoca.
Desde la ventana se veía la calleja,
estrecha y sucia. Desde abajo
subían las voces de unos cuantos obreros
que distraían su tiempo jugando a las cartas.
Y allí sobre un lecho barato, miserable,
el cuerpo tuve del amor, los labios
voluptuosos y rosados de la embriaguez—
tal embriaguez, que aun ahora
cuando escribo ¡después de tantos años!
en mi casa vacía me embriago de nuevo.
(Filippo Maria Pontanì se transporta con estos versos a D'Annunzio —INTERMEZZO: ... ancora io mi sento su i vani /
versi, al ricordo antico, impallidir la faccia—. Quizá sea excesivo)
LIV
LA BATALLA DE MAGNESIA
(1915)
Ha perdido su antiguo ánimo, su coraje.
Su cuerpo cansado y enfermo
es ahora su única preocupación. Los años
que le restan los pasará serenamente. Eso al menos Filipo
pretende. Esta noche juega a los dados;
tiene ganas de divertirse. Sobre la mesa
se esparcen las rosas. ¿Qué importa que en Magnesia
Antíoco haya sido derrotado? Dicen que allí
ha caído lo mejor de su brillante ejército.
Acaso hayan exagerado; puede no ser verdad todo.
Ojalá. Mas aunque enemigos, eran de nuestra misma estirpe.
Un «ojalá» basta. Quizá hasta sea excesivo.
Por supuesto Filipo no detendrá la fiesta.
El tedio de su vida ha durado largo tiempo.
Algo bueno le queda, su memoria no lo abandona.
Recuerda cuánto lloraron en Siria, el dolor
que sintieron cuando fue derrotada la gran madre Macedonia.
¡Empiece la cena. Esclavos; la música, y las antorchas!
LV
MANUEL KOMNENO
(1915)
El emperador Manuel Komneno
una melancólica mañana de septiembre
sintió próximo su fin. Los astrólogos
(esos asalariados) de la corte insistieron
en que aún le quedaban muchos años de vida.
Sin embargo mientras ellos hablan, él recuerda
una antigua y piadosa costumbre,
y ordena que de las celdas monacales
traigan hábitos religiosos,
y los viste, alegrándole mostrarse
con el aspecto humilde de un sacerdote o un monje.
Dichosos los que creen,
y acaban como el emperador Manuel sus días,
modestamente revestidos de acuerdo con su fe.
(Manuel Komneno fue emperador de Bizancio de 1120 a 1180)
LVI
EL DISGUSTO DEL SELEUCIDA
(1915)
Fue contrariado el Seleúcida
Demetrio al saber que a Italia
un Ptolomeo había llegado en tal estado.
Con sólo tres o cuatro servidores;
mal vestido y a pie. Burlándose
lo reducirán y será un juguete en Roma
su linaje. El hecho de que realmente sea
una especie de siervo de los romanos,
bien lo sabe el Seleúcida, cómo les dan
y luego quitan sus tronos
en forma arbitraria, es sabido.
Pero aunque fuese en apariencia
podrían mantener algún vestigio de dignidad;
no deberían olvidar que aún son reyes,
que son llamados (¡ay!) reyes.
De esta forma se amargaba el Seleúcida
Demetrio; y sin perder tiempo ofreció a Ptolomeo
purpúreas vestiduras, y una espléndida corona,
muchas joyas de gran valor, muchos
criados y séquito, y sus caballos más valiosos,
para que pudiera presentarse dignamente en Roma,
como correspondía a un monarca griego de Alejandría.
Pero el Lágida, que había venido a suplicar,
conocía su destino y renunció a todo;
no necesitaba para nada aquellos lujos.
Con ropas viejas humildemente entró en Roma,
alojándose en casa de un modesto y desconocido artesano
Luego sé presentó como un infortunado
y como un miserable ante el Senado,
para así poder suplicar con más eficacia.
(Fuente: Diodoro Sículo, XXXI, 18)
LVII
EN LA CALLE
(1916)
Su atractivo rostro, un poco pálido;
y los ojos castaños, como fatigados;
veinticinco años, aunque aparenta mejor veinte;
algo le da en su atuendo vago aire de artista
—la corbata tal vez, o la forma del cuello—;
marcha sin fin preciso por la calle,
como poseído todavía del placer ilegal,
del prohibido amor que acaba de ser suyo.
LVIII
CUANDO APAREZCAN
(1916)
Trata de asirlas, poeta,
aunque no consigas retenerlas,
Esas visiones eróticas.
Sitúalas, veladas, en tus versos.
Trata de asirlas, poeta,
cuando aparezcan en tu cerebro
a medianoche, o en el brillo del mediodía.
LIX
ANTE LA ESTATUA DE ENDIMION
(1916)
Sobre un carro blanco que cuatro mulas
blancas arrastraban, con adornos de plata,
llegué desde Mileto a Latno. Para asistir
—con sacrificios y libaciones— a los ritos de Endimión,
desde Alejandría vine en una trirreme púrpura.
He aquí la estatua. Ahora contemplo absorto
la soberbia hermosura de Endimión.
Mis esclavos derraman cestos de jazmín; y con buen vino
las plegarias despiertan el placer de días idos.
(El culto de Endimión, el amado de Selene, estaba en el monte Latmo, cerca de Mileto)
LX
GRIS
(1917)
Mirando un ópalo casi gris
recordé dos hermosos ojos grises
que había visto. Hace quizás veinte años...
.....................
Nos amamos durante un mes.
Después él se marchó, creo que a Smirna,
a trabajar allí, y no volvimos a vernos.
Los ojos grises —si aún vive— se habrán afeado;
marchito estará aquel bello rostro.
Consérvalos, oh memoria, como eran.
Y alguna vez aquel amor
y aquella noche devuélveme.
LXI
EN UNA CIUDAD DE OSROENE
(1917)
De una pelea de taberna me trajeron herido
al amado Rémona, ayer a medianoche.
Por la abierta ventana
la claridad de la luna iluminaba su cuerpo.
Somos una raza mixta aquí: sirios, griegos, armenios, persas.
De ella es Rémona. Pero ayer cuando iluminaba
la luna sobre su carne hecha para el amor,
nuestro espíritu hacia el Carmide de Platón retornaba.
LXII
UNO DE SUS DIOSES
(1917)
Cuando uno de ellos atravesó el ágora
de Seleucia, al caer de la tarde,
en el cuerpo de un hombre joven, alto y hermoso,
con la alegría de la inmortalidad en sus pupilas,
perfumada la negra cabellera,
los que al pasar lo contemplaban
preguntábanse uno a otro si acaso alguno lo conocía,
si era tal vez griego de Siria o un extranjero. Pero otros
que más atentos lo miraban
comprendían y se apartaban;
y mientras él bajo los pórticos desaparecía,
entre las sombras y la luz del crepúsculo,
hacia los barrios que despiertan en la noche
sólo para la orgía y la embriaguez
y la lujuria y todo género de vicios,
admirados se preguntaban cuál de todos era éste,
y por qué equívoca sensualidad
hasta las calles de Seleucia descendía
desde la alta majestad de sus moradas.
LXIII
TUMBA DE IASI
(1917)
Aquí está enterrado Iasi. En esta gran ciudad
fui el efebo renombrado por mi belleza.
Los sabios me admiraron; igual que el pueblo
superficial. Y yo me gozaba en esa fama
doble. Mas a fuerza de ser para todos Narciso o Hermes,
los abusos me consumieron, y matáronme. Viajero,
si eres alejandrino, no me juzgues. Tú sabes la pasión
de nuestra vida aquí; el fuego; el extraordinario placer.
LXIV
PASA
(1917)
Las fantasías del escolar, tan tímido,
se abren ante él. Y desvelado, a ellas
se abandona, sintiendo (así nuestro arte lo desea) su
sangre tan tibia y tan nueva,
en el placer regocijada. Sobre su cuerpo se desborda
el deseo; y a esa embriaguez sus miembros
con juventud se entregan.
Y como un sencillo muchacho
hace algo para que lo miremos, y en el Alto
Dominio de la Poesía pasa por un instante —
esa simpíe criatura con su sangre tan tibia y tan nueva.
LXV
EN LA TARDE
(1917)
De cualquier forma aquellas cosas no hubieran durado mucho. La experiencia
de los años así lo enseña. Mas qué bruscamente
todo cambió.
Corta fue la hermosa vida.
Pero qué poderosos los perfumes,
en qué lechos espléndidos caímos,
a qué placeres dimos nuestros cuerpos.
Un eco de aquellos días de placer,
un eco de aquellos días volvió a mí,
las cenizas del fuego de nuestra juventud;
en mis manos cogí de nuevo una carta,
y leí y volví a leer hasta que se desvaneció la luz.
Y melacólicamente salí al balcón —
salí para distraer mis pensamientos mirando
un poco la ciudad que amo,
un poco del movimiento de sus calles y sus tiendas.
LXVI
PARA AMMON, MUERTO A LOS VEINTINUEVE AÑOS, EN 610
(1917)
Te piden, Rafael, que unos versos compongas
como epitafio del poeta Ammón.
Haz algo suave y sutil. Tú puedes,
tú sabrás escribir, como conviene,
algo digno de Ammón el poeta, que fue uno de los nuestros.
Sin duda tú hablarás de sus poemas —
pero no olvides cantar aquello
que amamos, su exquisita belleza.
Perfecto y musical siempre es tu griego.
Mas toda tu maestría nos hace falta ahora.
Nuestro amor y dolor pasan a lengua extraña.
Vierte en ajena lengua tu sentimiento egipcio.
Escribe, Rafael, tus versos de tal modo
que algo de nuestra vida, tú sabes, quede en ellos,
que las frases y el ritmo sobradamente muestren
que de un alejandrino escribe un alejandrino.
LXVII
EN EL MES DE ATIR
(1917)
Sobre la piedra antigua
difícilmente leo
«SE[ÑO]R JESUCRISTO».
Y un «AL[M]A» descifro.
«EN EL ME[s] DE ATIR»
«SE D[UR]MIO LEUKI0[S]».
la mención de su edad
«viv[io]»;
las letras kappa y zeta me indican que se durmió muy joven.
Leo en lo más dañado
«[E]RA ... ALEJANDRINO».
Después siguen tres líneas
muy mutiladas;
mas aun así descifro ciertas palabras
—como «NUESTRAS L[A]GRIMAS», «PENA»
otra vez «LAGRIMAS»,
y «[DO]LOR DE sus [A]MIGOS».
Al parecer fue Leukios
muy amado.
Durante el mes de Atir
se durmió Leukios.
(El mes de Atir egipcio corresponde al octubre-noviembre del calendario ateniense. La diosa Ator es la Afrodita griega.
No pudo haber otro mes mejor consagrado para la muerte de un joven tan amado como Leukios)
LXVIII
TUMBA DE IGNACIO
(1917)
Aquí no soy ya Kleon de quien tanto se hablaba
en Alejandría (donde es raro el asombro)
por mis espléndidos jardines, la riqueza de mi casa,
y mis caballos, carruajes,
mis diamantes y las sedas que eran mi costumbre.
Lejos todo aquello: aquí ya no soy Kleon;
desaparezcan sus veintiocho años.
Soy Ignacio, un lector de la Iglesia, y aunque tarde
volví a mi ser. Feliz viví diez meses
en la serenidad y la paz de Cristo.
(Malanos aporta como fuente la HISTORIA LAUSIACA, de Palladio)
LXIX
CONTEMPLE TANTO
(1917)
Contemplé tanto la belleza,
que mi visión le pertenece.
Líneas del cuerpo. Labios rojos. Sensuales miembros.
Cabellos como copiados de las estatuas griegas;
hermosos siempre, incluso despeinados,
y caídos apenas, sobre las blancas sienes.
Rostros del amor, tal como los deseaba
mi poesía... en mis noches juveniles,
en mis noches ocultas, encontradas...
LXX
DIAS DE 1903
(1917)
Nunca lo tendré de nuevo —todo aquello que tan pronto perdí...
los poéticos ojos, el pálido
rostro... en la penumbra de la calle...
Nunca tendré de nuevo —lo que la muerte me ofreció,
lo que tan fácilmente abandoné;
y que más tarde tanto desearía hasta sufrir.
Los poéticos ojos, el pálido rostro,
nunca hallaré de nuevo aquellos labios.
LXXI
LA VITRINA DEL ESTANCO
(1917)
Junto a la vitrina iluminada
del estanco, de pie estaba entre otros.
Por casualidad sus miradas se cruzaron,
y el deseo prohibido de su carne
expresaron con timidez, balbuceantes.
Después unos pasos ansiosos sobre la acera —
hasta que una sonrisa, un leve signo fue intercambiado.
Y luego el coche cerrado...
la excitante aproximación de sus cuerpos;
las manos juntas, los labios juntos.
LXXII
VOLUPTUOSIDAD
(1917)
La delicia y el perfume de mi vida es la memoria de esas horas
en que encontré y retuve el placer tal como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida, para mí que odié
los goces y los amores rutinarios.
(Según Malanos, este poema derivaría de una primera versión en cinco versos)
LXXIII
CESARION
(1918)
En parte para verificar las descripciones de un período,
en parte para distraerme un rato,
anoche cogí y comencé a leer
un volumen de epígrafes de Ptolomeo.
Las exageradas loas y alabanzas
son siempre iguales. La gloria sucede a la gloria,
todos famosos, fuertes, llenos de nobles hazañas;
cada uno de sus actos la cumbre de la sabiduría.
E igual con respecto a las mujeres,
cada una posee la fama de Berenice o de Cleopatra.
Cuando hube rememorado mis recuerdos del período,
habría dejado caer el libro
si una breve e insignificante referencia de Cesarión
no me hubiese inmediatamente detenido.
Ah, ahí estás con tu indefinido
encanto. En la historia hay tan sólo
unas pocas líneas sobre tí,
de modo que puedo moldearte más libremente en mi pensamiento.
Puedo hacerte bello y sensual.
Mi arte da a tu rostro un atractivo bello y soñador.
Y tan completamente te he imaginado,
que ayer tarde cuando se apagó
mi lámpara —la dejé apagarse—
creí que entrabas en mi aposento,
parecías estar de pie frente a mí como cuando
entraste en Alejandría al ser conquistada,
pálido y cansado, idealizado en tu dolor,
aún esperando que tendrían piedad de ti
los más bajos —aquellos que murmuraban «Demasiados Césares».
(No cabe duda: Suetonio, NERÓN, 40: «Ut vero consulto Delphis Apolline, septuagesimum ac tertium annum
cavendum sibi audivit, quasi eo demum. obiturus, ac nihil coniectans de aetate Galbae, tanta fiducia non modo
senectam sed etiam perpetuam singularemque concepit felicitatem, ut...)
LXXIV
EN UN PUERTO
(1918)
A Emes, joven de veintiocho años, un navío tenio
trajo a este puerto sirio
para que aprendiese el comercio del incienso.
Enfermó durante el viaje. Y desembarcado
aquí, murió al pisar tierra. Fue pobremente
enterrado. Pocas horas antes había
susurrado dulcemente «casa» y «viejos padres».
Mas nadie supo nunca quiénes eran,
ni cuál su ciudad en el gran mundo griego.
Es el mal menor. Porque mientras aquí
en este pequeño puerto yace en paz,
sus padres guardan la esperanza de que aún vive.
LXXV
RECUERDA, CUERPO. . .
(1918)
Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
no solamente en qué lechos estuviste,
sino también aquellos deseos de ti
que en los ojos brillaron
y temblaron en las voces —y que hicieron
vanos los obstáculos del destino.
Ahora que todos ellos son cosa del pasado
casi parece como si hubieras satisfecho
aquellos deseos —cómo ardían,
recuerda, en los ojos que te contemplaban;
cómo temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.
LXXVI
LA TUMBA DE LANIS
(1918)
El Lanis que amabas ya no está aquí, Marco,
en la tumba donde lo lloras largamente.
El Lanis que amabas está contigo
cuando en tu casa contemplas su retrato,
esa imagen donde permanece algo de aquello que fue precioso,
esa imagen que has conservado con tanto amor.
Recuerda, Marco, cuando llevaste a casa
del procónsul a aquel famoso pintor de Cirene,
y con qué fina astucia de artista,
viendo a tu amigo quiso persuadirlo
de retratarlo como Jacinto
(así sería más famosa su pintura).
Pero Lanis no prestó su belleza;
y oponiéndose firmemente llevó al pintor a retratarlo
no como Jacinto, ni como ningún otro,
sino como Lanis, hijo de Rametico, alejandrino.
LXXVII
LA TREGUA DE NERON
(1918)
No se turbó Nerón al escuchar
el oráculo de Delfos.
«Guárdate del año setenta y tres».
Cuánto tiempo aún para gozar.
Tiene treinta años. Amplio en verdad
es el período concedido por el dios
para inquietarse ante futuros peligros.
Ahora vuelve a Roma algo cansado,
espléndidamente fatigado tras un viaje cuyas jornadas
fueron una continuación de placenteros días
en teatros, jardines y gimnasios...
Noches en ciudades aqueas...
Y sobre todo la delicia de los cuerpos desnudos...
Así Nerón. Y en España, Galba
secretamente dispone y adiestra su ejército,
un anciano de setenta y tres años.
(Maravillosa lectura de Suetonio, D. V. C. NERÓN, XL)
LXXVIII
LA MESA VECINA
(1918)
No puede tener más de veintidós años.
Y sin embargo estoy seguro, hacé esos
años gocé este mismo cuerpo.
No me ciega el deseo.
Apenas he llegado a este local;
no he tenido ni tiempo de beber suficiente.
He gozado este cuerpo.
Y no recuerdo dónde —y qué más da.
Ah, pero mirándolo sentado en la mesa vecina
reconozco todos sus movimentos —y bajo su ropa
de nuevo veo los amados miembros desnudos.
LXXIX
COMPRENSION
(1918)
Los años de mi juventud, mi vida voluptuosa —
qué claramente veo su significado.
Qué vanos remordimientos, qué innecesarios...
Mas no podía entonces comprenderlo.
En el fondo de mi vida joven y disoluta
hallaron forma las imágenes de mi poesía,
se gestaba el alcance de mi arte.
Por ello mis enmiendas fueron tan inconstantes.
Mis resoluciones de continencia, de cambiar,
duraban dos semanas como máximo.
(Es acertada la observación de Moravia, que recoge Pontani, sobre este poema: l’originalità di K. sta soprattutto nella
consolazione della poesia... Che è una maniera forse cinica di guardare alle proprie follie; ma forse soltanto un coraggioso
e umile riconoscimento, molto greco questo, della debolezza irrimediabile della natura umana)
LXXX
EMBAJADORES EN ALEJANDRIA
(1918)
No se habían visto, desde siglos, regalos tan bellos en Delfos
como éstos enviados por los dos hermanos,
los rivales reyes Ptolomeos. Desde que los recibieron,
sin embargo, los sacerdotes sintiéronse muy inquietos por el oráculo. De toda su experiencia
se necesitaría para redactarlo hábilmente,
para decidir cuál de los dos grandes podía ser ofendido.
Y en secreto durante toda la noche continuaron sus consultas
y discutieron sobre los derechos de los descendientes de los Lágidas.
Pero entonces volvieron los embajadores. Alegres.
Regresan a Alejandría, dicen. Y no quieren ya recibir
ninguna respuesta del oráculo. Los sacerdotes al saberlo se llenan de contento
(guardarán para ellos los magníficos regalos),
mas a pesar de todo siéntense dolorosamente perplejos,
no pueden comprender la súbita indiferencia de los embajadores.
Ignoran que ayer los mensajeros han traído importantes noticias.
La respuesta ya fue dada en Roma: allí se ha repartido el mundo.
(Evidentemente los dos Ptolomeos son Ptolomeo VI Filometor y su hermano menor Ptolomeo VII. Polibio, que se refiere a
ellos, nunca menciona esta embajada)
LXXXI
DESDE LAS NUEVE. . .
(1918)
Doce y media. Rápidamente el tiempo ha pasado
desde las nueve cuando encendí mi lámpara y
me senté aquí. Estoy sentado sin leer
ni hablar. A quién podría hablar
en la casa vacía.
La imagen de mi cuerpo joven,
cuando encendí mi lámpara a las nueve,
vino a mi encuentro despertando un perfume
de cámaras cerradas
y pasado placer —¡qué audaz placer!
También trajo a mis ojos
calles ahora no reconocibles,
lugares de otro tiempo donde la vida ardió,
teatros y cafés que una vez fueron.
La imagen de mi cuerpo joven
volvió y me trajo también memorias tristes:
las penas familiares, los adioses,
los sentimientos de los míos, los sentimientos
apenas atendidos de los muertos.
Doce y media. Cómo pasan las horas.
Doce y media. Cómo pasan los años.
LXXXII
ARISTOBULOS
(1918)
Llora todo el palacio, llora el rey,
desconsolado se lamenta el rey Herodes,
toda la ciudad llora por Aristóbulos,
tan injustamente ahogado
mientras jugaba con sus amigos en el agua.
Cuando se sepa en otras partes,
cuando a Siria llegue la noticia,
muchos griegos habrán de lamentarse;
todos los escultores y poetas se entristecerán.
Muy bien a Aristóbulos conocían
y su admiración por cualquier joven
nunca llegó tan alto como ante la belleza de este muchacho.
Qué estatua de un dios en Antioquía es tan espléndida
como fuera este hijo de Israel.
Se lamenta y llora la Gran Princesa,
su madre, la primera de las mujeres judías.
Se lamenta y llora Alejandra la desgracia. —
Y una vez que está a solas su dolor se libera.
Grita; delira; injuria; maldice.
¡Cómo la engañaron! ¡Cuánto le han robado!
¡Cómo por fin han alcanzado sus propósitos!
Arruinando la casa de los Asamonitas.
Cómo logró su propósito ese perverso rey,
ese traidor, vil, ese asesino.
Cómo logró sus fines. Qué complot infernal
que ni siquiera Mariam se ha dado cuenta.
Si Mariam hubiera notado algo, si hubiera sospechado,
habría encontrado forma de salvar a su hermano;
ella es la reina, podía haber hecho algo.
Cómo se reirán y celebrarán el triunfo secretamente
esas envidiosas, Kipros y Salomé;
esas prostitutas, Kipros y Salomé. —
Y no poder hacer nada, que esté obligada
a fingir que cree sus mentiras;
y que no pueda recurrir a su pueblo,
ir y llamar a gritos a los judíos,
y decirles, decirles que un crimen ha sido cometido.
LXXXIII
AL PIE DE LA CASA
(1918)
Ayer cuando paseaba por mi barrio
alejado del centro, pasé bajo la casa
donde solía ir cuando era joven.
El amor había poseído allí mi cuerpo
con su maravilloso poder.
Y ayer
mientras andaba por la vieja calle,
de repente se embellecieron por la magia del amor
las tiendas, las aceras, las piedras,
y muros, balcones y ventanas,
nada quedó allí como antes era.
Y mientras permanecía y miraba la puerta,
y en pie me demoraba ante la casa,
todo mi ser se abrió a la placentera
y sensual emoción entregándose.
LXXXIV
EMILIANO MONAE, ALEJANDRINO 628-655 d. C.
(1918)
Con educación, aspecto y estudiadas palabras
me haré una sólida armadura;
con ella me enfrentaré a los malvados
sin temor ni flaqueza.
Querrán hacerme daño. Mas no sabrá
nadie de cuantos se me acerquen
dónde están mis heridas, mi punto vulnerable,
bajo las apariencias que me cubran.
—Palabras jactanciosas de Emiliano Monae.
¿Alguna vez hízose tal armadura?
No la usó desde luego mucho tiempo.
A los veintisiete años murió en Sicilia.
LXXXV
HIJO DE HEBREOS, 50 d. C.
(1919)
Pintor y poeta, corredor y discóbolo,
bello como Endimión, así era Jantes, hijo de Antonio.
De familia adicta a la Sinagoga.
«Mis días más preciados son aquellos
en que abandono la búsqueda estética,
en que dejo el hermoso y rígido helenismo,
con su obsesiva preocupación
por la belleza de los miembros blancos y perfectamente dibujados.
Y me convierto en uno de aquellos a los que
siempre quise pertenecer; los hebreos, los elegidos hebreos».
Declaración demasiado ardiente. «Siempre—»
a los hebreos, a los elegidos hebreos».
Sin embargo no persistió mucho tiempo en esta idea.
El Hedonismo y el Arte de Alejandría
lo consagraron como a uno de los suyos.
LXXXVI
Y PERMANECE
(1919)
Sería la una de la madrugada,
o la una y media.
En un rincón de la taberna;
tras la celosía de madera.
Los dos solos en el local vacío.
Una lámpara de petróleo vagamente nos iluminaba.
Dormía el sirviente a la puerta la fatiga de la vigilia.
Nadie podía vernos. Aunque ahora
la pasión era tan intensa
que la prudencia desbordaba.
Entreabrimos nuestras ropas —ya muy escasas
en el ardor de un divino mes de julio.
Júbilo de la belleza gozada en la levedad
de unas ropas entreabiertas;
desnudez radiante de la carne —cuya imagen ha atravesado
veintiséis años; y ahora vuelve
y permanece en el poema.
LXXXVII
IMENO
(1919)
«... Deben amarse sobre todo
los mórbidos placeres de la corrupción;
encontrar el cuerpo que siente como desea,
el que en su morbosidad y su desenfreno ofrezca
un verdadero goce erótico, desconocido para la normalidad...»
Extracto de una carta
del joven Imeno (de familia patricia), famoso
en Siracusa por su libertinaje,
en los lujuriosos tiempos del tercer Miguel.
(Debe referirse a Miguel III el Borracho. Bajo el imperio de este iconoclasta, Bizancio perdió Siracusa -878- y toda Sicilia,
a excepción de Taormina)
LXXXVIII
EN EL BARCO
(1919)
Ciertamente se le parece
este pequeño apunte hecho a lápiz.
Dibujado con prisas, en la cubierta del barco,
una maravillosa tarde.
En torno nuestro el mar de Jonia.
Se le parece. Pero en mis recuerdos es más bello.
Era sensible hasta el extremo de sufrir,
y ello iluminaba su expresión.
A mi memoria vuelve más hermoso
ahora que mi alma lo evoca fuera del tiempo.
Fuera del tiempo. Es tan antiguo todo...
el dibujo, el barco y la tarde.
LXXXIX
DEMETRIO SOTER
(1919)
¡Todas sus ilusiones han fracasado!
Soñaba realizar grandes hazañas,
poniendo fin a la humillación que desde la batalla
de Magnesia oprimía a su país.
Siria lograría de nuevo un gran poder,
con sus ejércitos, con su flota,
con sus grandes fortalezas, con sus riquezas.
Así sufría, lamentándose amargamente en Roma,
cuando comprendió a través de las conversaciones de sus amigos,
jóvenes de casas importantes,
que pese a la delicadeza y la cortesía
que le demostraban como hijo del rey
Seleuco Filopater,
a pesar de todo siempre habría un velado
desprecio hacia los reinos helenos;
habían caído, ya no eran nada,
completamente inadecuados para el liderazgo de los pueblos.
Se encerraba en su soledad, y se indignaba, y juraba
que no sería de ninguna forma como ellos creían;
les demostraría que él tenía voluntad propia;
lucharía, conspiraría, hasta lograr la sublevación.
Si pudiera encontrar la forma de llegar a Anatolia,
si consiguiese escapar de Italia —
y toda esa fuerza que siente dentro de él
en su alma, toda esa energía
suya pudiera comunicársela a su pueblo.
¡Si pudiera encontrarse en Siria!
Era tan joven cuando abandonó su país
que apenas recordaba oscuramente su aspecto.
Pero siempre estuvo en sus pensamientos
como algo sagrado a lo cual uno en la adoración se acerca,
como la visión de un hermoso lugar, como una imagen
de ciudades y bahías griegas. —
¿Y ahora?
Ahora la desesperación y la tristeza.
Los jóvenes en Roma llevaban razón.
No es posible que perduren las dinastías
que nacieron de la ocupación macedónica.
No importa: también él está vencido,
ha luchado cuanto pudo.
Y en su negro desencanto,
ya tan sólo una cosa tiene en cuenta
con orgullo: que hasta en su falta de éxito,
muestra al mundo el mismo coraje indómito.
Todo lo demás —sueños y esfuerzos vanos.
Hasta Siria— apenas parece su propio país,
ahora es la tierra de Heráclides y Balas.
(La historia está en Polibio y Diodoro Sículo. Malanos considera como fuente del poema —y no admite discusión, según él
— LES SELEUCIDES, de Bouché—Leclercq)
XC
EL SOL DE LA TARDE
(1919)
Esta habitación, qué bien la conozco.
Han alquilado ahora este cuarto y el de al lado
para oficinas. Toda la casa ha sido
devorada por oficinas, y comercios, y Compañías.
Oh qué familiar es esta habitación.
Una vez aquí junto a la puerta hubo un sofá,
y delante de él una pequeña alfombra turca;
y luego el anaquel con dos floreros amarillos.
Y a la derecha; no, frente a ellos, un armario de espejo.
Y aquí, en el centro, la mesa donde él se sentaba a escribir;
y alrededor de ella las tres sillas de mimbre.
Y junto a la ventana el lecho
en que tan a menudo nos amábamos.
Aquellos viejos muebles deben andar por alguna parte.
Y junto a la ventana el lecho;
el sol de la tarde llegaba hasta el centro de la cama.
... A las cuatro de una tarde nos separamos,
por una semana solamente... Jamás
pensé que duraría para siempre.
XCI
SI HA MUERTO
(1920)
«¿Dónde fue, dónde se escondió el Sabio?
Después de sus muchos milagros,
en la fama de sus enseñanzas
que a tantas naciones se había propagado,
repentinamente se escondió y nadie sabe
con certeza qué se hizo de él
(ni tampoco nadie vio su tumba).
Algunos dieron la noticia de su pérdida en Efeso.
Pero en los textos de Dami nada hay
escrito sobre la muerte de Apolonio.
Otros aseguraron que desapareció en Lindo.
Sin duda no es verdadero
el relato de que fue llevado a Creta,
al antiguo santuario de Diktina. —
Mas tenemos el milagro,
su sobrenatural aparición
a un joven estudiante en Tyana. —
Quizás no ha llegado el tiempo aún en que su retorno
deba manifestarse al mundo;
o quizás, transformado, entre nosotros
ande sin ser reconocido. —Pero reaparecerá
tal como era, enseñando la verdad. Entonces
traerá de nuevo la adoración de nuestros dioses
y nuestras exquisitas ceremonias griegas».
Así fantaseaba en su pobre habitación —
después de una lectura de Filostrato:
«Sobre Apolonio de Tyana» —
uno de los muy pocos paganos
que habían sobrevivido. Por otra parte —hombre vulgar
y temeroso— en público
se hacía el cristiano y hasta iba a la iglesia.
Era el período en que reinaba,
con su extrema devoción, Justino el viejo,
y Alejandría, ciudad temerosa de los dioses,
odiaba a los miserables idólatras.
(De nuevo Filostrato, VIDA DE APOLONIO DE TYANA. Sobre Dami, recordar su caricatura en LA TENTATION
DE ST. ANTOINE, de Gustave Flaubert)
XCII
ANA KOMNENO
(1920)
En la «Alexíada» se lamenta
por su viudez Ana Komneno.
Su alma es presa del vértigo. «Y
con ríos de lágrimas» nos dice «inundo
mis ojos... Ay tempestades» de su vida,
«ay pena inmensa». El dolor la abrasa
«hasta la médula de los huesos y hasta romperle el alma».
La verdad sin embargo es otra, ya que sólo un dolor
conoció en tal momento la ambiciosa mujer;
solamente una herida profunda
(que ella nunca confesó) sufrió esta altiva griega,
no haber podido, con toda su astucia,
conquistar el Imperio; arrebatado
de sus manos por el insolente Juan.
(Malanos opina que Kavafis tuvo en cuenta para este poema FIGURES BYZANTINES —2ª serie, cap. II—, de C. Diehl.
Ignoramos por qué Diehl, existiendo el texto magnífico de Ana Komneno)
XCIII
SOMBRAS
(1920)
Una vela es suficiente.
Porque su tenue luz
se adapta mejor,
hace más fascinantes
las Sombras voluptuosas
que vienen del Amor.
Una vela es suficiente.
La habitación esta noche
no debe estar iluminada.
Para que sólo al sueño
y a la imaginación,
con poca luz —
para que sólo al sueño
me abandone
en las sombras voluptuosas
que me trae el Amor.
(Debe recordarse que Kavafis, cuando escribió estos versos, vivía en una casa de la calle Lepsius, donde carecía de
iluminación eléctrica)
XCIV
JOVENES DE SIDON
(1920)
El actor que hicieron venir para que los divirtiese
recitó algunos epigramas de exquisita elección.
La sala se abría sobre los jardines;
y flotaba una delicada fragancia de flores
que era una con la
de los cinco adolescentes perfumados de Sidón.
Se leyeron cosas de Meleagro, y de Krinagoras, y de Ríanos.
Pero cuando el actor dijo,
«Aquí reposa el ateniense Esquijo hijo de Euforion» —
(quizá subrayando más de lo debido
al recitar, lo de «insigne valor» y «bosque sagrado de Maratón»),
saltó un impulsivo joven,
fanático de la literatura, y gritó:
«Ah ese cuarteto no lo apruebo en absoluto.
Tal expresión parece traducir un lamento.
Da a tu obra toda tu fuerza,
todo tu amor, y recuerda siempre tu oficio,
sobre todo en la desgracia o cuando tu suerte decline.
Eso es lo que espero y de ti exijo.
No condenes en tu pensamiento el verbo
de la Tragedia sublime —
Agamenón, el incomparable Prometeo,
Orestes, el gesto de Casandra,
los Siete contra Tebas— y no pidas otra memoria
que saber que, mezclado con los soldados alguna vez
tú cruzaste el hierro con Dati y Artaferme».
XCV
DARIO
(1920)
El poeta Fernaces compone ahora
la parte esencial de su poema épico.
Cómo del reino de los Persas
se apoderó Darío hijo de Istaspe. (Es de él
de quien desciende nuestro glorioso monarca,
Mitridates, Diónisos y Eupator). Pero en este punto
es preciso meditar mucho; hace falta analizar
lo que habría sentido Darío en ese día:
arrogancia quizás y euforia de poder; no, más bien
la conciencia de la vana gloria de los poderosos.
Medita y sopesa todo eso con atención el poeta.
Pero su criado le interrumpe al llegar
corriendo, y anuncia la grave noticia.
La guerra con Roma ha estallado.
El grueso del ejército ha cruzado la frontera.
El poeta queda estupefacto. ¡Qué infortunio!
No hay esperanza ahora de que nuestro glorioso monarca,
Mitridates, Diónisos y Eupator,
preste su atención a los poemas griegos.
Escribir poemas griegos —en plena guerra.
Fernaces está contrariado. ¡Qué desgracia!
Ahora que estaba seguro de triunfar con su «Darío»
contra todos sus críticos,
esos envidiosos, confundiéndolos de una vez por todas.
Qué cambio, qué cambio en sus designios.
Y si fuera eso tan sólo, esa desgracia.
Mas ¿estará segura su vida
en Amiso? La ciudad está bien fortificada.
Pero los romanos son enemigos aterradores.
¿Cómo podremos detenerlos nosotros
los capadocios? ¿Será ello posible?
¿Podremos medirnos con sus legiones?
Dioses poderosos, protectores de Asia, ayudadnos.—
Mas a pesar de toda aquella triste angustia,
la idea del poema insiste en él—
sin duda orgullo, y euforia de poder;
euforia de poder y arrogancia sintió Darió.
XCVI
NOBLE BIZANTINO ESCRIBIENDO VERSOS EN EL EXILIO
(1921)
Que los frívolos me llamen frívolo.
A los asuntos serios siempre estuve
atento. E insistiré,
nadie conoce mejor que yo
a los Padres de las Escrituras, o los Cánones de los Sínodos,
Botaniates en cada una de sus dudas,
en cada dificultad con los problemas eclesiásticos, me consulta, antes que a nadie.
Mas desterrado aquí (para alegría de la perversa
Irene Dukaina), e increíblemente aburrido,
no encuentro extemporáneo distraerme
componiendo algunas estrofas de seis u ocho versos,
que me transporten en su mitología
con Hermes, y Apolo, y Dionisos,
o con los héroes de Tesalia y del Peloponeso;
y componer yambos perfectísimos,
como —permitidme decirlo— los eruditos
de Constantinopla no los escribirían.
Posiblemente mi perfección es causa de su censura.
(La ALEXÍADA, de Ana Komneno es la fuente imprescindible de ese momento. Al tildar a Irene Dukaina —emperadora,
mujer de Alexis Komneno— de perversa, el sujeto puede ser —como dice el poema— uno de tantos nobles exiliados tras
la deposición de Miguel VII Dukas —apodado Parapináceo, «cuartillo de grano»— o de su usurpador Nicéforo Botaniates.
Miguel no es más que el modelo del raro hombre que en el monasterio, en las humanidades y en la poesía encontró más
placer que en el ejercicio del poder)
XCVII
FAVOR DE ALEJANDRO BALAS
(1921)
Oh qué importa que una rueda partida
en mi carro me haga renunciar a la victoria.
Con excelentes vinos y bajo amadas rosaledas
humedeceré las horas de la noche. Antioquía me pertenece.
Soy el más admirado de sus jóvenes.
Soy la debilidad de Balas, su idolatría.
Mañana dirán que fue injusto el resultado de la carrera.
(Pero, incluso si tuviera el mal gusto de exigirlo,
mis cantores dirían que, aun con una rueda rota, mi carro llegó el primero).
(Este favorito del aventurero Alejandro Balas puede ser un tal Ammonio, de notable inteligencia y belleza. Peridis afirma
que Kavafis partió para este poema de una mención en Suetonio: excussus curru ac rursus repositus, cum perdurare
non posset, destitit ante decursum; neque eo setius coronatus est)
XCVIII
HE DADO AL ARTE
(1921)
Me siento y medito.
He dado al Arte
deseos y sensaciones —
entrevistos
rostros y líneas; y de deseos no cumplidos
la borrosa memoria.
Dejad que a él me entregue.
Es él quien da
Forma a la Belleza;
completando la vida
con toque imperceptible,
combinando percepciones,
combinando los días,
XCIX
EL ORIGEN
(1921)
Han satisfecho su placer
prohibido. Y del lecho se levantan,
vistiéndose apresuradamente sin hablarse.
Abandonan por separado, furtivamente la casa; y mientras
caminan algo inquietos por las calles, parece
como si sospecharan que algo en ellos traiciona
en qué clase de lecho cayeron hace poco.
Pero cuánto ha ganado la vida del artista.
Mañana, otro día, años después escritos serán
los versos vigorosos que aquí tuvieron su principio.
C
SOBRE DEMARATO
(1921)
El tema es el carácter de Demarato,
propuesto por Porfirio en una conversación,
y así fue expresado por un joven sofista
(con la intención de darle, después, un retórico desarrollo).
«Primero del rey Darío, y luego
del rey Jerjes, fue cortesano;
y ahora con Jerjes y su expedición,
finalmente logrará Demarato que se le haga justicia.
Vengará la gran humillación.
Hijo de Arístono. Desvergonzadamente
sus enemigos habían comprado el oráculo.
Y no solamente lo habían privado de su reino,
sino que cuando se sometió, y resolvió
vivir pacientemente como un ciudadano cualquiera,
tuvieron además que insultarlo ante el pueblo,
tuvieron que humillarlo públicamente en la fiesta.
Por eso sigue a Jerjes con tanto celo.
Con el gran ejército persa,
él retornará a Esparta;
y cuando de nuevo esté en el trono, cómo perseguirá
inmediatamente, cómo humillará
a ese canalla de Leontidas.
Y sus días transcurren llenos de ansiedad;
dando consejos a los persas, explicándoles
qué han de hacer para conquistar Grecia.
Muchas preocupaciones, muchas reflexiones, y así
los días de Demarato están llenos de sinsabores;
cuántas penas, cuánto reflexionar, y así
ni un solo momento de felicidad goza Demarato;
nada puede hacerlo feliz
(¿cómo habría de serlo? ¿cómo podría?
¿cómo hablar de felicidad, cuando su dolor llega a la cima?)
porque los hechos claramente demuestran
que los griegos sin duda vencerán».
(Herodoto, VI. Demarato: Rey de Esparta. 510-491 a. C.)
CI
ARTIFICE DE CRATERAS
(1921)
Sobre esta crátera
de purísima plata —
que para la casa de Heráclides
modelo,
donde una elegancia
sin tacha predomina —
contemplad estas frágiles flores,
y estas hierbas, y el riachuelo,
y en el centro un hermoso
adolescente,
desnudo, amoroso; su pierna metida hasta la rodilla
en el agua. —
Cuánto rogué, oh memoria,
de tu preciosa
guía, a fin de que
el joven que tanto amé
fuese yo capaz de dejar aquí.
Muy difícil era
mi trabajo, porque
quince años
han pasado desde el día
en que sucumbió, como soldado,
en el campo de Magnesia.
CII
MELANCOLIA DE JASON HIJO DE CLEANDRO, POETA DE
KOMAGENE, 595 d. C.
(1921)
El envejecimiento de mi cuerpo y su apariencia
son heridas de terrible puñal.
Resignación no tengo.
A ti recurro oh Arte de la Poesía, pues algo sabes de remedios;
tentativas de envolver el dolor en la Imaginación y la Palabra.
Son heridas de terrible puñal. —
Ahora tráeme oh Arte de la Poesía
tus consuelos para que —aunque sólo sea por un instante— no perciba la herida.
CIII
DE LA ESCUELA DE UN CELEBRE FILOSOFO
(1921)
Fue discípulo de Ammonio Sacca durante dos años;
mas la filosofía le aburría tanto como Sacca.
Después sintióse atraído por la política.
Pero la abandonó. El Gobernador era estúpido;
y como él los solemnes y oficiosos imbéciles de su séquito;
su griego era una forma bárbara, qué idiotas.
Su curiosidad le hizo interesarse
por la Iglesia; ser bautizado
y pasar por cristiano. Mas pronto
cambió de idea. Sin duda eso disgustaría
a sus padres, prominentes paganos;
y suspenderían en el acto —cosa indeseable—
su asignación tan generosa.
Desde luego algo había de hacer. Comenzó a frecuentar
las casas de placer de Alejandría,
todos los sórdidos burdeles.
La fortuna había sido amable con él,
regalándole una figura sumamente atractiva.
Y él disfrutaba de ese divino obsequio.
Cuanto menos diez años aún
duraría su belleza. Después...
quizá acudiera de nuevo a Sacca.
Y si entretanto el viejo hubiese muerto,
buscaría otro filósofo u otro sofista;
alguien idóneo se encuentra siempre.
Y al final, probablemente incluso
retorne a la política —recordando loablemente
las tradiciones familiares,
los deberes para con su país, y otras pomposidades semejantes.
(Ammonio Sacca, filósofo neoplatónico, maestro de Plotino y de Orígenes, enseñaba en Alejandría durante la primera
mitad del siglo III)
CIV
PARA ANTIOCO EPIFANES
(1922)
Un joven de Antioquía
dijo al rey,
«En el fondo de mi corazón late una esperanza muy querida;
los Macedonios una vez más,
oh Antíoco Epifanes,
los Macedonios se aprestan a la lucha.
Si vencieran —
daría a cualquiera
mi león y mis caballos,
mi Pan de coral,
y mi palacio,
y cuanto en Tiro poseo,
cuanto tú me has dado,
oh Antíoco Epifanes».
Sintióse turbado
por la emoción el rey.
A su memoria volvieron su padre y hermano,
mas nada dijo.
Quizá sus palabras fuesen
por un espía escuchadas.—
La infausta derrota
de Pidna
respondió por él.
(Antíoco IV Epifanes, rey de Siria, cuyo corazón albergaba odio hacia Roma —su padre, Antíoco III, había sido derrotado
por sus legiones—, no cabe duda debió sentir una inmensa alegría ante la insurrección macedonia. Mas, prudente, o lúcido,
bien sabía el fin de aquella empresa. La batalla de Pidna —168 a. C.— daríale razón. Polibio hablará de la proverbial
generosidad de tal monarca)
CV
COMBATIENTES POR LA LIGA AQUEA
(1922)
Valientes que luchasteis hasta caer con gloria;
sin temor a los que habían vencido en tantas partes.
No se os culpa, si Diaio y Kritolao fracasaron.
Cuando los griegos quieran jactarse,
«Nuestra estirpe da hombres como éstos» han de decir
recordándoos. Así de espléndida será vuestra alabanza.
Escrito en Alejandría por un aqueo;
en el año séptimo de Ptolomeo Látiro.
(Diaic y Kritolao: dos mentecatos. Ptolomeo VIII Latiro reinó sobre Egipto y Chipre con su hija Berenice)
CVI
EN UN VIEJO LIBRO
(1922)
En un viejo libro —al menos con cien años—,
entre las páginas olvidadas,
una acuarela sin firma encontré.
Obra sin duda de un estimable artista.
Llevaba como título, «Imagen del Amor».
Hubiera sido más apropiado,
«—del amor extraordinariamente sensual».
Tan manifiesto al contemplarla
(no disimulaba el artista su intención)
que no era para el amor saludable dijéramos,
el amor más o menos permitido,
para el que estaba hecho aquel joven
del dibujo —con sus profundos ojos pardos;
con la exquisita belleza de su rostro,
la hermosura sobrenatural de su atractivo;
sus labios ideales que ofrecían
el placer a un cuerpo amado;
sus ideales labios hechos para camas
que llama infames la moral ordinaria.
CVII
EPITAFIO DE ANTIOCO, REY DE KOMAGENE
(1923)
Cuando volvió, desolada, del funeral,
la hermana del prudente y apacible,
doctísimo Antíoco, rey
de Komagene, deseó un epitafio para él.
Y el sofista de Efeso, Kalistrato —que residía
frecuentemente en el pequeño estado de Komagene
como huésped de la casa real
y visitante antiguo del difunto —
lo compuso, de acuerdo con las indicaciones de los cortesanos sirios,
y envió después el epitafio a aquella anciana dama.
«De Antíoco el beneficioso rey
honrad dignamente, oh gentes de Komagene, la memoria.
Fue justo y sabio en su gobierno.
Prudente y de noble corazón.
Pero aún fue más que todo eso, fue griego —
la humanidad no tiene cualidad más honrosa;
si más alta la hay será entre los dioses».
(Aunque Malanos asegura que se trata de Antíoco I, no termina de convencernos su argumentación; y la historia no
registra hermana alguna de los diversos Antíocos que pudiera orientarnos)
CVIII
JULIANO, AL CONSTATAR LA INDIFERENCIA
(1923)
«Viendo la mucha indiferencia que hay
entre vosotros con respecto a los dioses» —dice con aire grave.
Indiferencia. ¿Pero qué espera aún?
Reformó a su gusto el orden religioso,
cuanto quiso escribió al sumo sacerdote de los Gálatas
y a otros así, distribuyendo normas y consejos.
Sus amigos no son cristianos;
por supuesto. Y no pueden sin duda
jugar como él (que en el cristianismo nació y creciera)
con reformas religiosas,
ridículas en la teoría y en la práctica.
Después de todo son griegos. No exageres, Augusto.
(Peridis trae por los pelos un epigrama de Agatias—ANT. PALAT., V, 299)
CIX
TEATRO DE SIDON, 400 d. C.
(1923)
Hijo de un ciudadano respetable,
con mi juventud
entregada al teatro,
agradable en muchos aspectos,
de vez en cuando escribo
en lengua griega
versos muy atrevidos,
que hago circular
anónimamente, por supuesto
—¡Oh dioses! que no los vean
esos enlutados,
esos moralistas—.
Versos que cantan el placer
de la sensualidad,
el eco de esos estériles amores
que ellos repudian.
CX
DESESPERACION
(1923)
Perdido para siempre.
Y por eso busca ahora
en los labios
de cada nuevo amante
sus labios; en el abrazo
de cada nuevo amante
perderse
como en aquél,
quien a él se entregaba.
Perdido para siempre,
0como si nunca hubiera sido.
Deseaba —había dicho—
liberarse
de la marca
del placer enfermizo;
de la marca
del vergonzoso placer.
Aún era tiempo
—decía— para salvarse.
Perdido para siempre,
como si nunca hubiera sido.
Sus ilusiones,
su fantasía,
en los labios de otros jóvenes
buscan los suyos;
sentir de nuevo
aquel antiguo amor.
CXI
JULIANO EN NICOMEDIA (1924)
Actos arriesgados y vanos.
Celebraciones del ideal Griego.
Milagros y visitas a los templos
paganos. Entusiasmo por los antiguos dioses.
Frecuentes conversaciones con Crisanto.
Las teorías —inteligentes sin duda— del filósofo Máximus.
Y he aquí el resultado. Galo manifiesta una gran
inquietud. Constancio abriga sospechas.
Ah sus consejeros no eran nada inteligentes.
Esta historia —dice Mardonio— ha ido demasiado lejos,
y su escándalo debe cesar a toda costa.
—Así Juliano vuelve como lector
a la iglesia de Nicomedia,
donde en alta voz y con profunda unción
lee al pueblo las Escrituras,
y éste admira su piedad cristiana.
(Máximus fue maestro de Juliano; Crisanto, un buen amigo; Galo y Mardonio, hermano y preceptor, respectivamente.
Kavafis alude a la restauración del paganismo, en el año 352. En el EPITAFIO DE JULIANO, de Libanio, se profundiza
sobre este tema, y quizá fuera estudiado por Kavafis)
CXII
ANTES DE QUE EL TIEMPO LO CAMBIE
(1924)
Grande fue su dolor
cuando tuvieron que separarse.
No querían; pero así fueron las circunstancias.
La necesidad
obligó a uno de ellos
a irse lejos —
New York o Canadá.
Su amor no era ya ciertamente
lo que antes había sido;
porque el deseo
lentamente fue a menos,
porque el deseo
lentamente moría.
Pero separarse,
ninguno lo quería.
Las circunstancias obligaban.
—Quizás convertido en artista
el destino ahora
los separaba
con emoción,
antes de que el tiempo los hubiera cambiado;
el uno para el otro
serían así como habían sido,
los bellos muchachos
de veinticuatro años.
CXIII
EN ALEJANDRIA EL 31 A. C.
(1924)
A los suburbios, desde su aldea, llega,
cubierto de polvo del viaje,
el vendedor ambulante. «¡Incienso!» y «¡Goma!».
«¡El mejor aceite!». «¡Perfumes para el cabello!»
grita a lo largo de las calles. Pero entre la ruidosa turba,
y las músicas, y los cortejos, quién puede ser oído.
Todo aquel movimiento alrededor suyo, lo aturde.
¿Qué es toda esta locura?, se pregunta; cuando alguien
repite la gran noticia que corre
por palacio —Antonio ha vencido en Grecia.
CXIV
KANTACUZENO PREVALECE
(1924)
Contempla los campos que le pertenecen,
la mies, el ganado, los árboles
frutales. Y a lo lejos la casa de su familia,
llena de ropas y de muebles y vajillas de plata.
Todo le pertenece —¡Cristo!— Todo va a pertenecerle.
Con todo esto implorará la piedad de Kantacuzeno
arrojándose a sus pies. Se dice que es clemente;
muy clemente. ¿Pero el ejército? ¿todos los que lo rodean? —
¿No sería mejor implorar ante la reina Irene?
¡Loco! haberse comprometido con el partido de Ana
—si al menos no se hubiera desposado
con Andrónico. ¿No se habrá visto nunca
un poco de bondad en su corazón?
Ni siquiera los Francos la estiman.
Sus ideas estúpidas, su demostración de fuerza.
Mientras atemoriza a todos en la Ciudad,
Kantacuzeno la destruirá, la destruirá el gran Juan.
¡Y pensar que él había querido al gran Juan
unirse! Ah no haberlo hecho. Ahora sería afortunado,
otra vez poderoso, y más todavía,
si el obispo no lo hubiese engañado en el último momento,
persuadido con su prestigio,
con sus falsas informaciones,
y sus promesas, y sus estupideces.
(J. Kantacuzeno. —Siendo el principal colaborador de Andrónico III rehusó ser asociado a la corona. A la muerte de
Andrónico, prematura, dejando un hijo de nueve años, Kantacuzeno ejerció la regencia. En una ausencia suya de
Constantinopla, Ana de Saboya —viuda de Andrónico—, en unión del patriarca Calecas, le destituyeron de sus cargos, y
en respuesta Kantacuzeno se proclamó emperador en Didimotilea el 26 de octubre de 1341, con el nombre de Juan VI, ya
que el V correspondía al hijo de Andrónico. Desde Didimotilea inició una guerra civil que duró siete años y entró en
Constantinopla el 3 de febrero de 1347)
CXV
EL VINO PARA LEER
(1924)
Vino para leer. Abiertos están
dos o tres libros; historiadores y poetas.
Pero apenas ha leído diez minutos,
cuando los deja a un lado. Sobre un diván
duerme ahora. Ama mucho los libros
—pero tiene veintitrés años, y es hermoso;
y esta tarde el amor atravesó
su carne maravillosa, su boca.
A través de la total belleza
de su cuerpo pasó la fiebre de la voluptuosidad;
sin remordimientos ridículos por la forma de ese placer...
CXVI
EN LA COSTA ITALIANA
(1915)
Kemos hijo de Menedoro,
joven itálico,
su vida transcurre
en elegantes diversiones;
como suelen hacerlo
en la Magna Grecia
los jóvenes educados
en la riqueza.
Hoy está triste,
y en contra de su naturaleza,
pensativo y deprimido.
En la costa,
ante sus ojos melancólicos
descargan
los navíos que portan el botín del Peloponeso.
Espolio de Grecia:
todo el botín de Corinto.
Hoy no puede haber en él
ánimo de alegrarse,
no es posible que pueda
este joven itálico
sentir por sus diversiones
ningún deseo.
(Corinto fue entregado al pillaje en 146 a. C.)
CXVII
CRISTAL COLOREADO
(1925)
Mucho me atrae un detalle
de la coronación, en Blanquerna, de Juan Kantacuzeno e Irene, hija de Andrónico Assán,
Como no tenían más que unas pocas piedras preciosas
(grande era la pobreza de nuestro Estado)
trajeron piedras falsas. Mucha bisutería de cristal,
verdes, rojas y azules. Aquellos
pedazos de vidrio
no tenían para mis ojos
dignidad alguna. Se diría por el contrario
que eran una triste protesta
contra la injusta suerte de los soberanos.
Eran el símbolo de lo que hubieran debido tener,
de lo que hubiese sido justo que portasen
en su coronación una figura como Juan Kantacuzeno,
o como Irene, hija de Andrónico Assán.
(La coronación data de 1347. Parece fuente segura la HISTORIA BIZANTINA, de Nicéforo)
CXVIII
TEMEZO DE ANTIOQUIA, 400 d. C.
(1925)
Versos del joven Temezo,
poeta amoroso.
Los ha titulado «Emonides»
—quien de Antíoco Epifanes
fue el más querido; verdaderamente era bellísimo
aquel joven de Samosata.
Los versos son
ardientes, palpitantes,
porque Emonides
(que vivió en la
época antigua;
¡en el año 137
de aquella monarquía griega!;
o quizás un poco antes)
no es en el poema
sino un nombre; sin duda adecuado.
Y es un amor de Temezo
el que se canta en esos versos,
un amor bello y digno de él.
Nosotros los iniciados,
sus amigos íntimos; nosotros los iniciados
sabemos para quién fueron escritos esos versos.
La gente de Antioquía
ignorante leía tan sólo, Emonides.
(Se trata de Antíoco IV —ver Macabeos I, II—,1o que plantea un problema a L. Roussel, ya que dicho rey viviría más de
doscientos años antes de la fecha indicada por Kavafis)
CXIX
APOLONIO DE TYANA EN RODAS
(1925)
Sobre la educación perfecta y la cultura
conversaba Apolonio con cierto
joven que construía una lujosa
mansión en Rodas. «Cuando entro a un templo»
dijo el de Tyana «prefiero
que sea pequeño, mas que tenga
una estatua de marfil y oro,
que encontrar uno grande con imágenes baratas y de arcilla».
«De arcilla» y «baratas»; abominable:
sin embargo para muchos (no instruidos)
es suficiente a engañarlos. De arcilla y baratas.
(Kavafis tomó casi todos los detalles de la VIDA DE APOLONIO DE TYANA, de Filostrato)
CXX
PUEBLO DEPRIMENTE
(1925)
Pueblo deprimente éste donde trabaja —
empleado en un comercio,
él que es joven— y donde debe esperar
aún dos o tres meses,
dos o tres meses hasta terminar el negocio
y poder regresar a la ciudad y entregarse
a su movimiento y a sus diversiones;
pueblo deprimente éste donde espera.
Yace sobre su cama devorado por el amor,
toda su juventud despierta por el deseo de la carne,
con la tensión maravillosa de la bella juventud.
Y en el sueño le llega la delicia; en su sueño
ve y abraza la carne, el cuerpo que desea...
CXXI
EL AÑO VIGESIMO QUINTO DE SU VIDA
(1925)
Siempre vuelve a la taberna donde
el mes anterior se habían conocido.
Pregunta; pero nada concreto le responden.
De cuanto oye desprende que su amigo
no es nadie conocido;
sino uno de tantos jóvenes equívocos
que pasan ignorados por allí.
Pero él sigue volviendo cada noche a la taberna,
y se sienta mirando hacia la puerta;
mira hasta cansar sus ojos.
Tiene que entrar. Quizás entre esta noche.
Hace lo mismo durante tres semanas.
Su cabeza enferma de deseo.
En su boca los besos se han frustrado.
La carne se macera en la diaria espera.
El contacto de aquel cuerpo está en su piel.
A él desea otra vez unirse.
Pero sobre todo, no se engaña.
Aunque a veces le es indiferente.
Sabe perfectamente lo que arriesga,
se ha hecho a la idea. Es probable que esa vida que lleva
lo conduzca a un fatal escándalo.
CXXII
LA ENFERMEDAD DE KLEITO
(1926)
Kleito, un fascinante joven,
de veintitrés años
—de exquisita educación, de gran cultura griega—
está muy enfermo. Lo arrebató la fiebre
que este año asolara Alejandría.
Lo arrebató la fiebre en un momento en que estaba destrozado
por la amargura de que su compañero, un joven actor,
hubiérase negado a verlo y ya no lo deseara.
Está muy enfermo, su familia teme lo peor.
Y una vieja sirvienta que lo crió,
también siente miedo por la vida de Kleito.
Y en su terrible ansiedad
recuerda un ídolo
que adoró siendo niña, antes de entrar, como servidora,
en la casa de esos cristianos, y volverse cristiana.
Lleva furtivamente pan sagrado, y vino, y miel.
Y se lo ofrece furtivamente al ídolo. Recita súplicas rituales
como las recuerda, a trozos. La pobre
no entiende cuán poco a la negra divinidad
le importa que un cristiano sane o no.
CXXIII
EN LAS TABERNAS
(1926)
Perdido en las tabernas
y en los burdeles
de Beirut malvivo.
No quise quedarme
en Alejandría.
Tamide me ha dejado;
se fue con el hijo del Prefecto,
y todo
por una villa sobre el Nilo,
un palacio en la ciudad.
No podía seguir en Alejandría.
Y en las tabernas
y en los burdeles
de Beirut malvivo.
En este barato abandono
de alguna forma sobrevivo.
Lo único que me salva
como una belleza que permanece,
como una fragancia que por encima de
mi carne ha quedado,
son los dos años
que tuve a Tamide para mí,
el más maravilloso muchacho,
y por mí, no por una casa
o una villa sobre el Nilo.
CXXIV
SOFISTA QUE ABANDONAS SIRIA
(1926)
Distinguido sofista
que ahora abandonas Siria
queriendo acerca de Antioquía
escribir un libro,
vale la pena que a Mebes
menciones en tu obra.
El famosísimo Mebes
que sin duda
fue el más amado,
el más hermoso
de Antioquía.
A ningún otro muchacho
de su misma vida,
nadie pagó nunca
tanto.
Para dormir con Mebes
sólo dos o tres días,
le pagaban normalmente
más de cien estateras.—
Hablo de Antioquía;
pero ni en Alejandría,
ni hasta en Roma,
hay un joven tan deseable
y encantador como Mebes.
CXXV
UNA CIUDAD DE ASIA MENOR
(1926)
Las noticias sobre el resultado de la batalla de Actium
han sido realmente inesperadas.
Mas no es preciso componer un discurso distinto.
Con un cambio de nombre es suficiente. En lugar
de ese final: «Habiendo liberado a los romanos
del pernicioso Octavio,
ese César paródico»,
pongamos: «Habiendo liberado a los romanos
del pernicioso Antonio».
Y todo lo demás queda perfecto.
«Al vencedor, al gloriosísimo,
al nunca derrotado en batalla alguna,
al admirable por su acción política,
por cuanto ha deseado el pueblo ardientemente
el gobierno de Antonio...»
Aquí, no hay problema en cambiar a: «de César
en quien hemos visto el más hermoso don de Zeus:
poderoso protector de los griegos,
el que honra benévolo las costumbres helenas,
el bienamado en todos los lugares de Grecia,
el particularmente señalado para el elogio insigne,
para la prolongada narración de sus hechos
en verso y prosa griegos;
en lengua griega portavoz de la fama»,
y etcétera, y etcétera. Todo perfecto a la ocasión corresponde.
(Malanos afirma que Kavafis le comunicó en cierta ocasión su deseo de representar en este poema la indiferencia de una
Ciudad maravillosa por la locura del Poder)
CXXVI
JULIANO Y LOS CIUDADANOS DE ANTIOQUIA
(1926)
¡Era imposible que renunciaran
a su maravillosa existencia; a la variedad
de sus diversiones; al esplendor
de su teatro donde se unía el Arte
con las eróticas voluptuosidades de la carne!
Inmorales sin duda —y no poco—
fueron. Pero tenían la satisfacción de saber que su vida
era la inimitable vida de Antioquía,
la placentera, la absolutamente elegante.
Renunciar a todo aquello, ¿y para qué?
Por sus caprichos sobre los falsos dioses,
su tediosa autopropaganda;
su infantil miedo al teatro;
su ñoñería sin gracia; su ridicula barba.
Oh ciertamente ellos a la Chi preferían,
oh ciertamente preferían la Kappa; cien veces.
(Fuente: Juliano, MISOPOGON. Chi —inicial de Christo. Kappa— de Constancio, emperador cristiano predecesor de
Juliano)
CXXVII
GRAN PROCESION DE ECLESIASTICOS Y DE LAICOS
(1926)
Una gran procesión de sacerdotes y de laicos,
donde todas las categorías están representadas,
desfila a través de las calles, plazas y puertas
de la famosa ciudad de Antioquía.
Al frente de esta majestuosa procesión
un efebo bellísimo vestido de blanco sostiene
en sus manos alzadas la Cruz,
nuestra fuerza y nuestra esperanza, la santa Cruz.
Los paganos, ayer soberbiamente altivos,
ahora sumisos y temerosos
con presteza se apartan de la comitiva.
Lejos, lejos de nosotros permanezcan siempre
(al menos mientras no renuncien a su error). Avanza
la santa Cruz. Y por todos los barrios
donde devotamente habitan los cristianos,
reconforta y lleva la alegría: y salen los devotos a las puertas de sus casas y se arrodillan,
exultantes, adorándola —
fortaleza, salvación del mundo, oh Cruz.
Es la fiesta anual de los cristianos.
Pero este año se celebra más espléndidamente.
El país por fin se ha liberado.
El sacrilego, el abominable
Juliano, ya no reina.
Por el muy piadoso Jobiano elevemos nuestras oraciones.
(Las manifestaciones de júbilo que acompañaron la muerte de Juliano se recogen en las ORACIONES, de Gregorio
Nazianzeno)
CXXVIII
SACERDOTE DE SERAPIS
(1926)
Lloro por mi padre, aquel buen viejo
que siempre me amó;
por mi padre, aquel buen viejo
que ha muerto antes del alba.
Mi diario esfuerzo, oh Jesucristo,
es observar las reglas de tu santa iglesia
en todas mis acciones, en cada palabra
y en cada pensamiento,
cada día. Y me aparto de aquellos
que de tu nombre niegan. Pero ahora me lamento
y lloro, oh Cristo, por mi padre,
aunque fue —qué terrible decirlo—»
sacerdote de la execrable Serapis.
(Se trata de Antíoco IV —ver Macabeos I, II—,1o que plantea un problema a L. Roussel, ya que dicho rey viviría más de
doscientos años antes de la fecha indicada por Kavafis)
CXXIX
ANA DALASSENA
(1927)
Una «bulla aurea» publicó Alexis Komneno
para honrar debidamente a su madre,
la inteligentísima soberana Ana Dalassena
—su obra dice quién fuera ella—,
repleta de elogios:
pero de tantos elijo aquí tan sólo
por sus nobles sentimientos, la frase
«Ni tuyas ni mías, nunca entre nosotros frías palabras fueron dichas».
(La frase de Ana Dalassena está tomada de la ALEXÍADA, III, 6)
CXXX
DEL TIEMPO ANTIGUO DE GRECIA
(1927)
Se jacta Antioquía
de sus espléndidos monuments,
sus bellas avenidas,
el hermoso paisaje
que la rodea,
y de la gran multitud
de gente que la habita.
Se jacta de ser cuna
de gloriosos reyes; y se jacta de los artistas
y de los hombres sabios que posee,
y de sus opulentos
y astutos comerciantes.
Mas sobre todo
de lo que se jacta Antioquía
es de haber nacido como ciudad
en los antiguos tiempos griegos; emparentada con
Argos:
por Ione fundada,
por los argivos colonizadores
que la levantaron en honor
de la hija de Inaco.
(La fuente de tan mítica fundación se encuentra en la CRONOGRAFÍA, de Malalas, II, 31. Donde murió la hija de Inaco
levantóse una ciudad que la honraría: el esplendor de Antioquía)
CXXXI
DIAS DE 1901
(1927)
Lo verdaderamente excepcional en él,
es que a pesar de su vida disoluta
y de su larga experiencia en el amor,
sin que su aspecto dejase de estar
perfectamente acorde con su edad,
había momentos —aunque ciertamente
raros— en que daba
la impresión de una carne casi intacta.
La belleza de sus veintinueve años
que tanta voluptuosidad provocara,
recordaba de pronto extrañamente
a un efebo que —con cierta torpeza— al amor
por vez primera rinde su cuerpo intocado.
CXXXII
DOS JOVENES, DE VEINTITRES Y VEINTICUATRO AÑOS
(1927)
Desde las diez y media estaba en el café,
esperando verlo aparecer.
Llegó la medianoche —y él esperaba todavía.
La una y media; y ya vacío
quedó el café.
Dejó de leer maquinalmente
los periódicos. De sus tres únicos chelines
sólo uno le restaba: esperando
había gastado todo en café y coñac.
Había fumado todos sus cigarrillos.
La larga espera lo había extenuado. Y además
después de tantas horas solo,
amargos pensamientos sobre su vida
hicieron presa en él.
Pero cuando vio entrar a su amigo, de golpe
la fatiga, el aburrimiento, los amargos pensamientos desaparecieron.
Su amigo le traía una inesperada noticia.
Había ganado sesenta libras en la casa de juego.
Su hermoso rostro, su maravillosa juventud,
el sensual amor que los unía,
sintiéronse renacer, fortalecidos
por las sesenta libras de la casa de juego.
Y llenos de alegría y vigor, radiantes de belleza
se dirigieron —no a sus casas respetables
(donde además no eran demasiado queridos):
sino a una de mala fama, que ya les era familiar,
y allí alquilaron un dormitorio
y pidieron bebidas caras, y de nuevo empezaron a beber.
Y cuando las costosas bebidas fueron consumidas,
y esto sucedió hacia las cuatro,
al amor felices se entregaron.
(Pretende Yourcenar un paralelismo con cierto episodio dorado del SATIRICÓN, de Petronio. Más bien cabe pensar que
todos los cuerpos sabios desembocan en la misma memoria)
CXXXIII
DIAS DE 1896
(1927)
Su degradación era total.
Su tendencia amorosa,
prohibida
y severamente despreciada
(aunque innata)
por todos:
extremadamente puritana
era la comunidad.
Poco a poco perdió
su escasa fortuna;
su posición después,
y por último su reputación.
Casi treinta años tenía
y no había completado
ni uno en el mismo trabajo,
o al menos así se decía.
A veces ganaba su vida
en ocupaciones
y actividades
consideradas vergonzosas.
Llegó a ser un sujeto tal
que sólo con tratarlo
podía uno
quedar en entredicho.
Pero no sólo eso ha de considerarse; no sería justo.
Es preciso
mencionar su belleza.
Otra perspectiva nos lo entrega
en mejor lugar,
en una situación más noble; hasta revelarnos
a un hijo del amor,
pues él puso sin duda más alto que su honor,
y más alto que su reputación,
la excitación
del puro goce de la carne,
la pura voluptuosidad.
¿La reputación?
Puritana y severa,
la comunidad
hacía sus estúpidos comentarios.
(Nos parece excesivo considerar este poema como un homenaje a la memoria de Paolo, hermano de Kavafis, alejandrino
famoso por su vida disipada. Aunque, por otra parte, la idea de un autorretrato cada vez resulta más fascinante: un glorioso
autorretrato)
CXXXIV
JOVEN ARTISTA DE PALABRAS — EN SU VIGESIMO CUARTO
AÑO
(1928)
¿Cómo poder crear en esas condiciones?
El sufre por un placer mutilado.
Vive en una enervante situación.
Besa la cara amada cada día,
y sus manos recorren los exquisitos miembros.
Nunca en su vida ha amado con tanta
pasión. Mas el encantador descubrimiento
del amor es exigente; quiere la plenitud
del ansia mutua y del mutuo ardor.
(Los dos no se entregan por igual a ese placer anómalo.
Tan sólo uno vive con plenitud la historia).
Y así él sufre, y se destroza los nervios.
Además está sin trabajo, lo que también le afecta.
Pequeñas sumas de dinero
pide prestado con dificultad (casi
mendigando), pero con ellas apenas puede mantenerse.
Besa los labios adorados; y en aquel
maravilloso cuerpo —que ahora ya sabe que
se limita a consentir— su voluptuosidad apacienta.
Y entonces bebe y fuma; bebe y fuma;
y pasa el tiempo en los cafés paseando tristemente el marchitamiento
de sus formas.
¿Cómo poder crear en esas condiciones?
CXXXV
EN UNA GRAN COLONIA GRIEGA, 200 a, C.
(1928)
Que las cosas no marchan como debieran en la Colonia
nadie puede dudarlo por más tiempo,
y aunque a pesar de todo seguimos adelante,
quizá, como no pocos piensan, haya llegado el momento de llamar
a un Gran Reformador.
Mas la objeción y lo malo
de tal decisión
estriba en que causan un gran trastorno
dichos reformadores. (Una bendición sería
no precisarlos nunca.) Para solucionar
pequeños detalles comienzan a investigar y a interrogar,
y rápidamente los cambios radicales acuden a su mente,
exigiendo su ejecución sin demora.
Les seduce obviamente el sacrificio,
LIBRATE DE ESA PROPIEDAD;
TU PROPIEDAD ES PELIGROSA:
PERJUDICA LA PROPIEDAD A LAS COLONIAS,
LIBRATE DE ESA RENTA,
Y TAMBIEN DE AQUELLA OTRA LIGADA A LA PRIMERA,
Y DE AQUELLA TERCERA CONSECUENTE: ES NECESARIO;
¿CREES QUE HAY OTRO CAMINO?
CREAN RESPONSABILIDADES EXCESIVAS.
Y conforme van ampliando su investigación,
descubren un sin fin de cosas superfluas, y pretenden suprimirlas
aunque a ellas no se renuncia fácilmente.
Y cuando, afortunadamente, concluyen su obra,
y queda todo en su sitio debidamente clasificado,
se van, llevándose un buen
salario, permitiéndonos ver lo que ha quedado
tras su muy experta ejecutoria.
Quizá no sea momento todavía, no nos apresuremos.
Nos dañaría; la prisa es peligrosa.
Las medidas prematuramente tomadas pueden llegar a pesar.
Es cierto, para desgracia nuestra, que las cosas no marchan como debieran en la Colonia.
¿Pero qué hay humano que sea perfecto?
Y después de todo, mirad, seguimos adelante.
CXXXVI
RETRATO DE UN JOVEN DE VEINTITRES AÑOS HECHO POR
UN AMIGO DE SU MISMA EDAD, PINTOR AMATEUR
(1928)
Terminó el retrato
ayer a mediodía. Ahora
lo examina con cuidado.
Lo ha pintado con
un traje desabrochado,
gris oscuro, sin
chaleco ni corbata.
Con una camisa
rosa; abierta,
para poder contemplar
el esplendor
de su pecho, de su cuello.
Su frente a la derecha
del cuadro, casi
cubierta por el cabello,
su luminoso cabello
(partido con una raya
a la moda de ese año).
Esa era la expresión completamente sensual
que él buscó
cuando pintaba los ojos,
cuando pintaba los labios...
Su boca, los labios
que buscan la plenitud
de una exquisita voluptuosidad..
CXXXVII
NO COMPRENDIO
(1928)
Referente a nuestras creencias religiosas,
dijo el estúpido Juliano: «He leído, he comprendido,
he condenado». Como si nos hubiera aniquilado
con su «he condenado», qué ridículo.
Esas expresiones no nos convencen a nosotros
cristianos. «Has leído, pero no has comprendido; porque si hubieras comprendido,
no hubieras condenado», contestamos inmediatamente.
(Fuente segurísima: Sozomenos, HISTORIA ECLESIÁSTICA, V, 18. Cabe pensar que hay relación entre estos versos y
una posible respuesta de Kavafis a Malanos, ante la incomprensión de éste por su obra. Cabe pensarlo, sobre todo, porque
así lo atestigua el propio Malanos)
CXXXVIII
KIMON, HIJO DE LEARCO, DE VEINTIDOS AÑOS,
ESTUDIANTE DE LITERATURA GRIEGA (EN CIRENE)
(1928)
«Mi final sobrevino
cuando era feliz.
Ermotele me tenía
por su inseparable amigo.
En mis últimos días,
aunque él pretendía
mostrarse tranquilo,
yo noté muy a menudo
que estaba a punto de llorar,
Y cuando él creía que por un momento
yo me había dormido,
caía como un loco
sobre los pies de mi cama.
Los dos éramos
jóvenes de la misma edad,
veintitrés años.
La Suerte es Fatal.
Quizá alguna otra pasión
se hubiera llevado a Ermotele
de mí.
He muerto en la paz de nuestro indisoluble amor».
—Este epitafio para
Marilo, hijo de Aristodemo,
muerto hace un mes
en Alejandría,
lo he recibido en mi dolor
yo, su primo Kimon.
Fue el escritor mismo quien me lo envió,
un poeta que conozco.
Me lo envió
porque sabía que yo era
íntimo de Marilo:
no conocía a otro.
Mi alma está llena
de tristeza por Marilo.
Habíamos crecido juntos
como hermanos.
Sumido estoy en la melancolía.
Ante su prematura muerte
cualquier resentimiento
se ha borrado en mi corazón...
cualquier resentimiento mío
contra Marilo —aunque
él me hubiese robado
el amor de Ermotele,
si me devolviera ahora
a Ermotele de nuevo,
no sería lo mismo.
Conozco mi carácter
demasiado sensible.
La imagen de Marilo
se interpondría entre nosotros,
y lo vería
diciéndome: Ahora estarás
satisfecho.
Ya lo tienes como
deseabas, Kimon.
No tienes ya excusa
para calumniarme.
CXXXIX
EN ESPARTA
(1928)
Dudaba el rey Kleomene, le faltaba valor.
Cómo hablar de semejantes condiciones
a su madre: Ptolomeo había exigido
que ella fuese enviada como rehén
a Egipto para garantizar el pacto;
una exigencia impropia y humillante.
Siempre estaba a punto de decírselo; pero en el último momento dudaba.
Y cuando empezaba a hablar se detenía.
Pero aquella excelente mujer lo comprendió
(algún rumor ya había escuchado),
y lo animó a explicarse.
Y rió, y dijo que por supuesto iría.
E incluso se alegró de poder ser
todavía a su avanzada edad útil a Esparta.
La humillación —eso no le afectaba.
Una mujer de Esparta estaba más allá
de un advenedizo como el Lágida;
aquellas condiciones no podían nunca
humillar a una princesa
ilustre como ella: madre de un rey de Esparta.
(Versión libre de un fragmento del Kleomenes, de Plutarco. Ptolomeo es el III Euterges)
CXL
DIAS DE 1909, 1910 Y 1911
(1928)
Su padre fue un viejo marino, muy pobre
(de una isla del Egeo).
Y él trabajaba en una fábrica. Miserablemente vestido,
con ropas que nada le iban a su belleza.
Sus manos sucias de óxido y de aceite.
Por las tardes, cuando cerraban la fábrica,
vagabundeaba por las calles, loco por poder
comprarse una corbata cara,
traje de fiesta,
o frente al escaparate de una tienda una camisa
azul particularmente amada,
y vendía su cuerpo por uno o dos táleros.
Yo me pregunto si en los tiempos antiguos
Alejandría tuvo un hombre de belleza más soberbia
que éste —también ahora olvidado y perdido:
ciertamente nadie hizo jamás su estatua o su retrato;
perdido en una fábrica,
rápidamente fue gastado por el trabajo,
destruido por una estúpida y atormentada incontinencia.
CXLI
UN PRINCIPE DE LA LIBIA OCCIDENTAL
(1928)
Causó muy buena impresión en Alejandría,
en los diez días que estuvo residiendo allí,
aquel príncipe de la Libia Occidental,
Aristomenes, hijo de Menelao.
Como su nombre, su atuendo era de buen gusto, era griego.
Aceptaba de buen grado los honores, mas
no los buscaba; era modesto.
Compraba libros griegos de historia y de filosofía.
Y sobre todo era hombre de pocas palabras.
Un espíritu profundo, decían todos,
y la gente como él son frecuentemente taciturnos,
Pero él no era un espíritu profundo, ni nada parecido.
Era ordinario, casi ridículo.
Había adoptado un nombre griego, se vestía como un griego,
y había aprendido a comportarse como los griegos;
pero temblaba ante la idea de cometer, sin darse cuenta,
algún acto que comprometiera su papel,
como el uso de barbarismos al hablar en griego,
lo que desencadenaría las burlas habituales en Alejandría,
esas burlas inexorables.
Por eso se limitaba a muy pocas palabras,
esmerándose con miedo en su pronunciación y en la morfología;
y sufría amargamente
por todo lo que tenía que ahogar en su interior.
CXLII
EN EL CAMINO DE SINOPE
(1928)
El poderoso y glorioso Mitridates,
amo y señor de grandes ciudades,
jefe de invencibles ejércitos y flotas,
yendo hacia Sinope por un camino
sobre campos remotos
pasó junto a la morada de un adivino.
Envió Mitridates a uno de sus oficiales
a preguntar al adivino qué días
le reservaba todavía el futuro, cuánto poder.
Envió a su oficial,
y hacia Sinope continuó su camino.
El adivino se retiró a una habitación.
Después de media hora salió
profundamente concentrado, y dijo al oficial:
«No puedo verlo con claridad.
Este día no es favorable.
Vi cosas en la sombra. No puedo entenderlo muy bien.
Sin embargo pienso que debería estar contento el rey con todo lo que ya tiene.
Más cosas le traerán peligros.
Recuerda, oficial, que debes decirle:
¡con todo lo que posees, en nombre de dios, date por contento!
La fortuna tiene cambios repentinos.
Debes decirle al rey Mitridates:
muy pocas veces puede uno encontrar a ese noble compañero
de su antepasado, quien con su lanza en el momento justo
escriba en el suelo para advertirle HUYE MITRIDATES».
(Piensa Paputsakis que se trata de Mitridates V. En Plutarco —Demetrio— hay una historia muy parecida, mas acerca de
Mitridates I)
CXLIII
MIRIS, DE ALEJANDRIA 340 d. C.
(1929)
Al saber la desgracia de la muerte de Miris,
fui a su casa, aunque detesto
visitar las casas de cristianos,
sobre todo en duelo o fiesta.
Me quedé en el pasillo. Era inútil
aventurarse más, pues los parientes
al saber mis relaciones con el muerto
dieron muestras de perplejidad y de disgusto.
Le habían colocado en una gran estancia
que desde mi rincón veía
en parte; con tapices riquísimos
y objetos de oro y plata.
Permanecí llorando de pie en mi rincón al final del pasillo.
Y pensé que nuestras reuniones y salidas
no serían lo mismo sin Miris;
que no lo vería ya más en nuestras
desordenadas y magníficas noches
alegrarse, y reír, y recitar
con el perfecto ritmo de su griego;
y pensé que para siempre había perdido
su belleza, que nunca más tendría
lo que yo amaba tan apasionadamente.
A mi lado unas viejas, en voz baja, hablaban
de sus últimos instantes —
él repitiera constantemente la palabra Cristo,
sosteniendo en sus manos una cruz—.
Después entraron en la habitación
cuatro sacerdotes cristianos, que dijeron fervorosas
plegarias a Jesús,
o a María (escasamente conozco sus creencias).
Nosotros, por supuesto, sabíamos que Miris era cristiano.
Desde el primer momento, desde
los años ya perdidos en que vino con nosotros.
Pero él vivía como uno de los nuestros.
Entregado al placer como ninguno;
pródigo de su hacienda en diversiones.
De la opinión del mundo descuidado,
gustaba de arrojarse en peleas nocturnas
si por casualidad hallábamos
otros grupos rivales.
Jamás hablaba de su religión.
Pero en una ocasión cuando
le dijimos que nos acompañara al templo de Serapis,
pareció disgustarle
esa broma: así lo recuerdo.
Y también algo que sucedió otra noche.
Cuando alzamos nuestras copas brindando por Poseidón,
él se apartó, volviendo el rostro.
Y cuando entusiasmado uno
gritó que lo encomendásemos
al favor y la protección del grande,
el hermoso Apolo —en un susurro dijo Miris
(por los demás no escuchado) «mas no a mí».
Los sacerdotes cristianos en alta voz
oraban por el espíritu del joven.
Vi con cuánto cuidado,
con qué delicada atención
a las menores formalidades de su religión disponían
todo el funeral cristiano.
Y de pronto un oscuro sentimiento se apoderó
de mí. De forma indefinida estaba perdiendo a Miris;
volvía a los suyos, como cristiano
al fin, y tan sólo yo era extraño
allí; pensé entonces
si la pasión acaso no me habría engañado: si quizás no había
sido siempre extraño a él.
—Corrí alejándome de aquella horrible casa,
antes de que pudiera arrancarme, deformar
su cristianismo mi memoria de Miris.
CXLIV
EN EL MISMO LUGAR
(1929)
Alrededores de la casa, mi barrio, vecindades
que contemplo y por donde camino; hace ya tantos años.
Con alegría o con dolor os he creado:
con tantos acontecimientos, con tantas cosas.
Y todos tus sentimientos eran para mí.
CXLV
ALEJANDRO JANNEO Y ALEJANDRA
(1929)
Felices y plenamente satisfechos
el rey Alejandro Janneo
y su consorte la reina Alejandra
entran, con música que los honra,
y con toda clase de lujos y resplandor,
a lo largo de las calles dé Jerusalén.
Ha triunfado brillantemente la empresa
que comenzaran el gran Judas Macabeo
y sus cuatro ilustres hermanos;
la que después fuera continuada incansablemente en medio
de tantos peligros y dificultades.
Ahora nada que desmerezca permanece.
Acabada está toda sujeción a los arrogantes
monarcas de Antioquía. Contemplad
al rey Alejandro Janneo
y a su consorte la reina Alejandra,
en todo iguales a los Seleúcidas.
Buenos judíos, puros, llenos de fe judía, sobre todo.
Mas sin dejar de saber, cuando las circunstancias lo requieren
usar con perfección la lengua griega;
y con los griegos y con los reyes griegos
relacionarse —como iguales a ellos, no lo dudéis.
En verdad que ha triunfado brillantemente,
que indudablemente ha triunfado
la empresa que comenzaron el gran Judas Macabeo
y sus cuatro ilustres hermanos.
(Alejandro Janneo reinó como rey de los judíos en Jerusalén desde 103 al 76 a. C. De la Casa de los Macabeos)
CXLVI
SE VALIENTE, OH REY DE LOS LACEDEMONIOS
(1929)
No condescendió Kratesílea
a que el mundo la viese llorar y lamentarse;
majestuosa fue y taciturna.
Nada turbó la serenidad de su aspecto que no traicionó
su pena y su tormento.
Pero a pesar de ello por un instante se abandonó;
y antes de subir al triste navio que había de conducirla a Alejandría,
tomó a su hijo, en el templo de Poseidón,
y a solas lo abrazó
y lo besó, «con el corazón destrozado», dice
Plutarco, y «embargada por la tristeza».
Sin embargo la fortaleza de su carácter se impuso;
y volviendo a ser la gran señora de siempre
dijo a Kleomenes: «Sé valiente, oh rey
de los Lacedemonios, cuando salgamos
del templo que nadie te vea llorar
o en un gesto que a Esparta
desmerezca. Es lo único que está en nuestro poder;
pues nuestro destino está en manos de los dioses».
Y así embarcó en el navío, encaminándose hacia su «destino».
(De nuevo Plutarco, KLEOMENES)
CXLVII
BELLAS FLORES BLANCAS
(1929)
Vuelve al café
donde solían ir juntos.
Donde hace tres meses
le había dicho su amigo:
«No tenemos dinero.
Somos dos muchachos
pobres —habituados a
los lugares miserables.
No quiero seguir
más contigo,
hay otro
que me busca, y me gusta».
Ese otro además ofrecía
dos trajes y algún
foulard.
—Para recobrar a su amigo
hizo todo lo posible,
y consiguió al fin veinte libras.
Así volvieron a estar juntos.
Gracias a veinte libras;
pero también por
su vieja amistad
y su viejo amor,
su profundo amor.
—El «otro» era un embustero,
un verdadero cualquiera;
sólo le había encargado
un traje, y
además,
con mil zalamerías.
Ahora su amigo ya no necesita
de trajes,
ni tampoco
de pañuelos para el cuello,
ni de veinte libras,
ni de veinte monedas.
Lo enterraron el sábado,
Lo enterraron el sábado:
a las diez de la mañana.
hace casi una semana.
Sobre su caja barata
él colocó unas flores,
encantadoras flores blancas
que iban bien
con su belleza y con sus veintidós años.
Por la tarde cuando vuelve
—después de su trabajo,
hay que ganar el pan—
al café donde
solían ir juntos:
como un cuchillo en su corazón
es ese oscuro local
al que solían ir juntos.
CXLVIII
INFORMANDOSE DE LA CALIDAD
(1930)
Desde la oficina donde trabajaba en un puesto
insignificante y pobremente pagado
(no llegaba a ocho libras al mes, con los extras),
cada tarde salía al concluir la ingrata jornada
que lo había esclavizado en una mesa:
salía a las siete, y marchaba lentamente
distrayendo su mirada por las calles. —Hermoso;
e interesante; como a la espera
de que en él madurasen los sentidos.
El mes anterior había cumplido veintinueve años.
Andaba mirando sin rumbo por las calles, en los míseros
pasajes que conducían a su domicilio.
Mas al pasar ante una pequeña tienda
de muchos y variados artículos
baratos para obreros,
vio la figura y el rostro de un dependiente
que lo atrajeron sin remisión, y entró como si fuese
a buscar pañuelos de colores.
Preguntaba balbuceando
sobre la calidad de los pañuelos con una voz presa del deseo,
sobre la calidad y sobre el precio.
Las respuestas del dependiente eran distraídas,
en voz baja,
con un consentimiento sobreentendido.
Conversaban sobre las mercancías —eludiendo
el único objeto: rozar sus manos
entre los pañuelos; el acercamiento
como por azar de sus caras y sus labios;
el florecimiento instantáneo de su carne.
Furtiva y velozmente, sin que el dueño,
inmóvil en el fondo de la tienda, llegara a darse cuenta.
CXLIX
PODIAN HABERSE TOMADO LA MOLESTIA
(1930)
Soy un hombre arruinado y sin raíces.
Esta ciudad fatal, Antioquía,
ha devorado todo mi dinero:
esta ciudad fatal con su vida extravagante.
Mas soy joven y gozo de buena salud.
Mi magisterio en griego es prodigioso
(conozco a la perfección a Aristóteles y a Platón;
y a tantos otros oradores y poetas, así como a cualquier autor que se mencione).
No ignoro los asuntos de la milicia,
y cuento con amigos entre los altos oficiales de los mercenarios.
Tengo ciertamente nociones de administración.
En Alejandría residí seis meses el año pasado;
y algo sé por tanto (y esto es útil) de lo que allí ocurre:
la corrupción, la vileza del Dictador, y todo eso.
Creo por tanto estar completamente
preparado para servir a este país,
mi amada patria Siria.
Con el trabajo que se me encomiende procuraré
serle útil. Tal es mi propósito.
Mas si de nuevo me lo impiden con sus sistemas —
ya los conocemos: ¿para qué hablar de ello ahora?—,
si me lo impiden, no será mía la culpa.
Entonces primeramente me dirigiré a Zabinas,
y si ese estúpido no me aprecia,
iré a su rival, Gripos.
Y si ese idiota no me atiende,
rápidamente acudiré a Ircanos.
En cualquier caso uno de los tres me aceptará.
Y mi conciencia quedará tranquila
ante la indiferencia de la elección.
Los tres dañan a Siria de la misma manera.
Porque un hombre arruinado como soy, y no es mía la culpa.
Sólo pretendo que coincidan los extremos.
Los admirables dioses podían haberse tomado la molestia
de crear un cuarto hombre honesto.
Lo hubiera seguido con gran placer.
(«Dictador» —aunque no exactamente en su más moderno y doloroso sentido— era el sobrenombre de Ptolomeo Vil. Por
Zabinas se conocía a un Alejandro, hijo de Balas, pretendiente al trono de Siria. Ircano era gran sacerdote de la familia de
los Macabeos, fundadores de la monarquía de Judea. Gripos es Antíoco VIII. KI.F.OMFAF.S, XXII)
CL
EL ESPEJO DEL RECIBIDOR
(1930)
En el recibidor de aquella opulenta casa
había un enorme espejo muy antiguo;
adquirido cuando menos cien años atrás.
Un hermosísimo joven, recadero del sastre
(los domingos, atleta amateur),
estaba de pie allí con un paquete. Lo entregó
a una persona de la casa, quien lo llevó dentro
para traer el recibo. El recadero del sastre
quedó solo, aguardando.
Se acercó entonces al espejo y se miró en él
arreglándose la corbata. Cinco minutos después
trajeron el recibo. Lo tomó y se fue.
Mas aquel espejo que había visto,
durante sus muchísimos años de existencia,
miles de cosas y de rostros;
el viejo espejo quedó esta vez alegre
y orgulloso de haber recibido, aunque fuese un momento,
la imagen de la belleza perfecta.
CLI
SEGUN LAS FORMULAS DE LOS ANTIGUOS MAGOS GRECOSIRIOS
(1931)
«Qué destilación de hierbas
de encantamiento», dijo un sensual,
«qué destilación preparada según las fórmulas
de los antiguos magos greco-sirios,
sería capaz por un día (aunque no excediese de un día
su poder), o por sólo una hora,
de devolverme mis veintitrés años
otra vez; a mi amigo cuando tenía veintitrés,
y todo aquello... su belleza, su amor.
Qué destilación puede descubrirse preparada según las fórmulas
de los antiguos magos greco-sirios,
la cual al mismo tiempo que esta vuelta al pasado,
me devuelva con él nuestra habitación».
CLII
EN EL AÑO 200 ANTES DE CRISTO
(1931)
«Alejandro hijo de Filippo y los griegos excepto los Lacedemonios ».
Podemos figurarnos fácilmente
la total indiferencia de los espartanos
ante esta inscripción. «Excepto los Lacedemonios»,
es evidente. No eran los espartanos
quienes se dejaban conducir y gobernar
como dóciles siervos. Además,
una expedición panhelénica que no estaba
mandada por un rey de Esparta
les parecía indigna de preocuparse.
Evidentemente «excepto los Lacedemonios».
Una actitud como otra. Se comprende.
Y así, excepto los Lacedemonios sobre el Graniko;
y también en Isso; y por fin en la decisiva
batalla, donde fue destruido el inmenso ejército
que los persas habían concentrado en Arbela:
que desde Arbela avanzó hacia la victoria y fue destruido.
Y es de esa gigantesca expedición panhelénica,
la victoriosa, la ilustre,
la renombrada, la glorificada
como ninguna otra lo fuera nunca,
de tal expedición de quien nacimos nosotros;
un mundo griego inmenso, nuevo.
Nosotros: los alejandrinos, los de Antioquía,
los Seleúcidas, y tantos otros
griegos de Egipto y de Siria,
y los de Media, y los de Persia, y de otros sitios.
Con nuestros opulentos estados,
con la acción sutil de nuestros gobernantes.
Y nuestra común Lengua Griega
conocida por todos desde Bactria hasta la India.
¡Hablar ahora de los Lacedemonios!
(Kavafis se basa indudablemente en el relato de los hechos por Plutarco. No parece haber duda sobre la posición del poeta
ante la Historia)
CLIII
DIAS DE 1908
(1932)
Aquel año se encontraba sin trabajo;
y ganaba su vida jugando a las cartas,
o a los dados, y pidiendo prestado.
Un empleo, de tres libras al mes, le había sido
ofrecido en una papelería.
Pero no lo aceptó.
No era para él. Un salario tan bajo
para un joven bien educado, y con veinticinco años.
Con dos o tres chelines diarios podía vivir.
No era difícil obtenerlos de las cartas o los dados,
en aquellos cafés suyos, populares,
jugando con astucia y estúpidos compañeros.
Pero acumulaba deudas.
Pocas veces ganaba un tálero, y con frecuencia
tan sólo un chelín.
Cada semana, o algunos días al mes,
sobre todo aquéllos en que no había estado toda la noche en vela,
se refrescaba con un baño en el mar por la mañana.
Vestía miserablemente.
Llevaba siempre el mismo traje, uno marrón
muy raído y ya sin color.
Oh días estivales de 1908,
en vuestra imagen, como obsequio a la belleza,
aquel traje marrón y raído no permanece.
Vuestra imagen lo ha preservado
devolviéndolo tal como apareció al quitarse aquellas prendas,
cuando tiró lejos el mísero traje y la zurcida ropa interior.
Quedando desnudo; por completo; sin defectos;
sus hermosos miembros bronceados
en la desnudez matinal de aquella playa.
CLIV
EN LAS CERCANIAS DE ANTIOQUIA
(1933)
Atónitos quedamos en Antioquía
ante la nueva idea de Juliano.
¡Apolo habíale hablado en Dafne!
No daría un oráculo (¡qué desgracia!),
no habría profecías, a menos
que su templo en Dafne fuese purificado.
La vecindad de la muerte, dijo, lo perturbaba.
En Dafne había muchas tumbas.
Una de ellas era la
magnífica, gloria de nuestra iglesia,
del triunfante, el santo mártir Babyla.
Sentíase molesto el falso dios.
Y mientras cerca lo tuviese
no daría su oráculo; ni una palabra.
(Los falsos dioses sienten miedo de nuestros mártires).
Se dispuso a obedecer el impío Juliano,
estaba fuera de sí y gritó: ¡Sacadlo, desenterradlo,
llevaos a ese Babyla de una vez!
¿No me oís? ¡Apolo se enfurece!
¡Lleváoslo, sacadlo de una vez!
¡Exhumadlo, llevadlo donde queráis!
¡Lejos, que desaparezca! ¿Creéis que bromeo?
Apolo ha dicho que su templo debe ser purificado.
Nosotros cogimos y trasladamos a otro lugar la santa reliquia.
Reverentes y con amor lo cogimos y lo llevamos lejos.
Y el templo quedó en paz.
Mas no pasó mucho tiempo, cuando un gran
fuego comenzó: una terrible llama:
y el templo fue destruido y con él Apolo.
Cenizas de una imagen; para ser barridas como basura.
Juliano estaba hundido y acusó
—qué otra cosa podía hacer— de que aquel fuego
había sido iniciado por nosotros los cristianos. Dejarlo que siga hablando.
No pudo probarlo. Dejarlo que siga hablando.
Lo esencial es que fue derrotado.
(Kavafis había leído el estudio de Juan Crisòstomo sobre Babyla. El incendio del templo sucedió el 22 de octubre del 362.
Kavafis estaba ya gravemente enfermo cuando compuso este poema. No parece demasiado terminado)
POESIAS NO RECOPILADAS
POR SU AUTOR
i
VIAJE NOCTURNO DE PRIAMO
(ant. 1911)
Por Ilión es mi duelo.
Toda
Troya envuelta en el dolor y el abatimiento
grandes lamentos por el priámide Héctor levanta.
Gravemente sonoros resuenan.
Nadie
que no llore en Troya permanece,
nadie que olvide la memoria de Héctor.
Mas inútil es el llanto en esa
ciudad
por el dolor hundida;
sordo es el Destino adverso.
Príamo no ama las inútiles lamentaciones.
Reúne
el oro del tesoro; hace acopio de
lebetas, alfombras, pieles; muchas
túnicas, trípodas, espléndidos
peplos,
y otras cosas, todo cuanto estima oportuno,
y lo carga en su carro.
De las terribles manos de su enemigo,
con regalos
recuperará el cuerpo de su hijo
para honrarlo con funeral solemne.
Huye en la oscuridad de la noche.
Con gran
silencio. Sólo un pensamiento
tiene, que su carro vuele.
Se alarga el oscuro camino.
Penoso
es el gemido del viento en torno a él.
Grazna un cuervo siniestro en la lejanía.
Ahora, un perro ladra;
rápida
más allá cruza una liebre como un murmullo.
El rey espolea, espolea a sus caballos.
Sombras tétricas se despiertan sobre la
llanura.
Qué honda es la razón de aquella prisa
que empuja al Dardánida como una saeta
hacia los navíos de los Argivos asesinos y los
Aqueos.
El rey avanza en silencio:
hasta parece empujar con el cuerpo para que su carro, veloz, veloz, vuele.
(Perteneciente al mismo ciclo épico de Los CABALLOS DE AQUILES, ITACA, etc., todas anteriores a 1911)
ii
LA INTERVENCION DE LOS DIOSES
(¿1899?)
Heartily know
.........................
The gods arrive.
EMERSON
Rémonin.—...Il disparaîtra au moment nécessaire;
les dieux interviendront.
Mme de Rumières.—Comme dans les tragédies antiques?
(Acte II, se. I)
Mme de Rumières.—Qu'y a-t-il?
Rémonin.-Les Dieux sont arrivés.
(Acte V, se. X)
DUMAS, FILS, L'Etrangère
Sucederá ahora esto, y después aquello;
y tal será, en un año o dos (así lo creo),
el aspecto de nuestros actos, tal su forma.
Ningún temor por un mañana demasiado remoto.
Siempre por lo mejor decidiremos.
Y cuanto más intentemos, más arruinaremos,
destruiremos, hasta desembocar
en el caos. Y así habrá de terminarse.
Es el momento dispuesto por los dioses.
Los dioses se vengan siempre. Bajarán
de sus recintos, la salvación otorgando,
de improviso, a unos y otros,
sorprendentemente; y una vez puesto orden en nuestros asuntos, desaparecerán. —Así ha de empezar
todo
de nuevo; y así siempre
ha de ser. Empezar una y otra vez.
(Encontrada en un cuaderno de un hermano de Kavafís)
iii
LA BATALLA NAVAL
(octubre de 1899)
Hemos sido destruidos en Salamina.
Cantábamos oá, oá, oá, oá, oá.
Nuestras eran Ecbatana, Susa,
Persépolis... y tantos otros bellos lugares.
¿Por qué hemos buscado en Salamina
las armas y el combate?
Ahora ya no volveremos a Ecbatana,
a nuestra casa en Persépolis, o en Susa.
Ahora ya no volveremos, no gozaremos como antes.
Otototoi, otototoi; ¿Por qué
esta batalla, para qué la necesitábamos?
Otototoi, otototoi; ¿Para qué
meterse en esto, abandonarlo todo,
y combatir tan lejos miserablemente?
¿Por qué este destino? Apenas poseíamos las
ciudades de Ecbatana, Susa
y Persépolis, y armamos una flota
y vinimos a combatir a los griegos.
Oh verdaderamente; ya todo está dicho:
otototoi, otototoi, otototoi.
Es así; es lo único que queda por decir:
oá, oá, oá, oá, oá, oá.
(Fuente: Los PERSAS, de Esquilo)
iv
CUANDO LA GUARDIA VIO LA LUZ
Verano e Invierno, sobre los muros
átridas vigila la guardia. Ahora por fin
se oyen sus gritos. Han divisado las grandes luces en lo alto;
y se alegran: marcan el final de su penosa tarea.
Fatigoso es estar noche y día,
bajo el calor o el frío, vigilando
las luces del Arácneo. Ahora aparece
el deseado signo. ¿Por qué
no satisface demasiado
lo que cada uno esperaba? Mas ciertamente
algo se gana: librarse de la espera
y de la vigilancia. Muchas cosas a los átridas
sucederán. No es preciso ser demasiado inteligente para
saberlo, ahora que ha divisado la guardia
la luz. Hay que comprenderlo.
Esa luz es buena; y lo que trae;
palabras y gestos y todas las cosas son buenas.
Y esperemos igualmente que todo salga bien. Pero
Argos no podría hacer nada sin los
átridas. Las casas no son eternas.
Seguramente muchos hablarán de ello.
Oidlos. Ninguno se reirá
al decir Necesario, Único, Grande.
Pues necesario, y único, y grande
encuentra todas las cosas cada uno de nosotros.
(Fuente: El comienzo de AGAMENÓN, de Esquilo. El fuego esperado sería la señal de la caída de Troya)
v
«LO QUE HAY EN LO MAS PROFUNDO YO LO DIRE»
(1913 — ¿sobre un texto de 1893?)
«En verdad», dice el procónsul, cerrando el libro, «de buen
gusto es este verso y además muy justo:
cuando Sófocles lo escribió filosofó sobre ignoto reino.
Qué no se escucha en esa oscura sima, qué no se escucha,
y cuán diferentes en ella aparecemos.
Lo que cada uno como insomne lleva,
secretos y lamentos de dolor envueltos,
sometido a la angustia de cada día,
allí se expresa libre y en toda su verdad».
«A eso añade», dijo el sofista mordazmente,
«si eso allí importa a alguien, si de eso allí se habla»
(Reflexión sobre un pasaje de AYAX: su despedida)
vi
LOS MIMIAMBOS DE HERODES
(1892)
Por tanto tiempo ocultos
bajo las sombras de la tierra egipcia,
en medio de aquel desesperado silencio
perdidos eran los graciosos mimiambos;
mas pasaron aquellos tiempos,
llegaron del Bóreas sabios
hombres, y a los yambos de su tumba
y olvido rescataron. Sus tonos alegres
avivaron nuestro interés, devolviéndonos el regocijo
de los caminos y ágoras griegas;
y con ellos entramos en la animada
vida de una curiosa sociedad.
—¡De repente viene a nuestro encuentro una astuta
mujerzuela que quiere corromper
a una fiel esposa! Pero la virtud
tiene en el verso quien la salve.
Vemos en seguida otro villano
que defiende su establecimiento
y que a un frigio acusa
de haberle perjudicado su «casa».
Dos elegantes señoras, muy habladoras,
hacen una visita al templo de Asklepios;
un nuevo brillo el ámbito adquiere
con sus deliciosas charlas.
Entramos en una gran zapatería
con la bella Metro.
Muchas cosas preciosas hay allí
donde se encuentra la última moda.
Pero cuánto nos falta en los papiros:
¡cuán a menudo de la impureza de los gusanos
un yambo fino e irónico fuera presa!
¡Desgraciado Herodes, él que estaba destinado
al placer y a la alegría,
con qué horribles heridas llega hasta nosotros!
(El descubrimiento de Herodes, poeta del siglo m a. C., se produjo en 1891 con la publicación del papiro 135 del British
Museum. Este poema evoca los mimiambos 1, 2, 4, 7)
vii
ESPECTADOR DISGUSTADO
(1893, Reescrito en 1906)
«Me voy, me voy. No me detengas.
Lleno estoy de aburrimiento y de disgusto».
«Irse en la representación de una obra de Menandro. Enorme
pecado». «Desgraciado, qué dices.
¿Cuándo Menandro ha escrito tales palabras,
versos de una tal puerilidad?
Déjame salir de este teatro y volver
a mis asuntos y mi hacienda.
La vida de Roma terminará contigo.
Deberías condenarla, mas te exalta,
y alabas temerosamente a ese bárbaro —¿cómo se llama?
¿Gabrencio, Terencio? —ese que
representando correctamente la atelana,
la gloria de Menandro ahora ansia».
(Léase con detenimiento la última estrofa)
viii
EL FIN DE ANTONIO
(1907)
Cuando escuchó el llanto de las mujeres
que se lamentaban por su ruina,
con oriental gesto la señora,
en su griego semibárbaro las esclavas,
la fiereza del fondo de su espíritu
alzose, su sangre itálica se sublevó,
pareciéndole todo ya tan lejano,
todo aquello que había adorado ciegamente
—el abandono de la vida de Alejandría—,
y dijo «No te lamentes. No te humilles.
Antes bien exalta el gran conquistador que has sido,
el que tanto poder ganó,
y que si ahora sucumbe, no es indignamente,
sino como un romano por otro romano vencido».
(Posible primer tratamiento de El dios abandona a Antonio. Con base, a su vez, en Shakespeare, ANTONY AND
CLEOPATRA, acto IV, escena XV. —Compárese el último verso)
ix
JULIANO EN LOS MISTERIOS
(1896)
Cuando se vio inmerso en los tenebrosos
abismos tremendos de la tierra,
escoltado por sus griegos,
y vio salir entre grandes luminarias
la inmaterial aparición ante él,
tuvo miedo por un instante el joven,
y resucitando algo en él de sus años de creyente
hízose la señal de la cruz.
La Aparición se desvaneció;
sus signos se perdieron —las luces se apagaron.
A los griegos miró receloso
el joven y les dijo: «¿Habéis visto qué prodigio?
Queridísimos amigos, tengo miedo.
Terror, amigos míos, quiero irme.
¿Veis cómo han desaparecido inmediatamente
esos demonios, cuando hice el signo
sagrado al santiguarme?»
Rieron entonces a carcajadas los griegos:
«Avergüénzate de decir tal cosa
a nosotros, sofistas y filósofos.
Cuéntaselo al obispo de Nicomedia
y a cuantos sacerdotes quieras.
Los grandes dioses de la ilustre Hélade han comparecido
levantándose ante ti.
Y si ahora se han ido, no pienses
que tal gesto los atemorizó.
Apenas te han visto hacer
ese signo tosco, burdo,
su índole gentil se ha disgustado
y se han ido en señal de desprecio».
Así dijeron, y del miedo
sagrado y la sagrada unción
libróse Juliano, convencido
por las ateas palabras de los griegos.
(Primer poema conocido de la serie JULIANO)
x
SIMEON
(1907)
Sí, lo conozco, y sus nuevos poemas
que han llenado a Beirut de entusiasmo.
En otra ocasión me ocuparé de ellos.
Hoy estoy demasiado turbado.
Ciertamente es el mejor griego del Líbano.
¿Es mejor el de Meleagro? no lo creo
¡Ah, Mebe, qué libanés! ¡y qué libros!
¡qué miseria!... Escucha, Mebe, ayer estuve
—la suerte me llevó— bajo la columna de Simeón.
Estuve metido entre los cristianos
que ante él oraban adorándolo
con veneración; pero no siendo cristiano
aquella paz del espíritu no pude encontrarla —
y temblaba y sufría;
sentí escalofríos, una emocionada agitación.
Ah no te rías; treinta y cinco años, piénsalo —
verano, invierno, noche, día, treinta y cinco
años viviendo y dando testimonio en lo alto de una columna.
Antes de que nosotros —yo tengo veintinueve años,
tú eres me parece más joven—,
antes de que nosotros naciésemos, según tengo entendido,
subió Simeón a la columna
y desde aquel día está en ella de cara a Dios.
Hoy no tengo la cabeza para trabajar. —
Pero esto puedo decirlo, Mebe, será mejor
que lo que afirman los otros sofistas,
yo saludo a Lamon
como el mejor poeta de Siria.
(La figura de Simeón el estilita apasionaba a Kavafis. Llegó incluso a escribir un artículo en inglés, recogido por Peridis en
PROSA INÉDITA)
xi
TEOFILO PALEOLOGO
(marzo 1903)
Su último año. Y el último emperador griego
es él. A pesar mío
cuántas voces penosas en torno suyo.
Desesperado, en el dolor,
Teófilo Paleologo
dice «Quiero morir antes que vivir».
Ah Teófilo Paleologo,
qué fin de estirpe y cuánto desencanto
(desaliento por injusticias y persecuciones)
encierran esas trágicas cinco palabras.
(El emperador aludido es Constantino XI Paleólogo. La luz al fondo, Constantinopla)
xii
27 DE JUNIO DE 1906, 2 DE LA TARDE
(1908)
Cuando a la horca fue llevado por los cristianos,
inocente joven de diecisiete años,
su madre que se arrastraba cerca del
patíbulo destrozándose el pecho
contra el polvo, bajo el salvaje sol
del mediodía, aullando como un lobo, o como
una dolorosa, lanzó este lamento
«Diecisiete áños solamente me has vivido, hijo mío».
Y cuando lo hicieron subir por la escalera de la horca
y le pasaron la cuerda por el cuello y lo ejecutaron,
y la inocencia juvenil de sus diecisiete años
pendió en el vacío miserablemente,
entre espasmos de una atroz agonía,
aquel cuerpo de efebo de madura hermosura,
su madre cayó sobre el polvo del martirio
y en su dolor no hablaba ya de años:
«Diecisiete días solamente», se lamentaba,
«diecisiete días solamente te he gozado, hijo mío».
(Único ejemplo en la obra de Kavafis de referencia a un acontecimiento de actualidad: en junio de 1906, un escuadrón de
Dragones ingleses que mataban las palomas del fellah de Densuai —aldea del delta del Nilo— fueron atacados y
aniquilados por la población. En el proceso que siguió a tales hechos, cuatro implicados fueron condenados a la horca,
varios a cadena perpetua y otros a penas de quince años de trabajos forzados. Entre los ejecutados estaba un joven de
veinticinco años: Iuseff Hussein Selim. Kavafis le adjudica diecisiete. Así como la ejecución, que tuvo lugar el 28 de junio
de 1906, y no el 27)
xiii
SEPTIEMBRE DE 1903
(1903)
Aunque sea con engaños, que me ilusione ahora
pero que no sienta el vacío de mi vida.
He estado tan cerca tantas veces.
Mas cómo me paralizaba, cómo me intimidé;
cerrada permaneció mi boca;
llorando dentro de mí el alma vacía,
hundidos en el duelo mis deseos.
Tantas veces estuve tan cerca
de sus ojos, y de sus labios amorosos,
del soñado, del amado cuerpo.
Tantas veces estuve tan cerca.
xiv
DICIEMBRE DE 1903
(1904)
Si de mi amor no puedo hablar
—hablar de tus cabellos, de tus labios, de tus ojos—,
sin embargo tu rostro que llevo dentro de mi alma,
el sonido de tu voz en mi cabeza,
los días de septiembre en que desperté de mi sueño,
hechos uno con mis palabras, están y dan color
a cada tema que afronto o a cada idea que expreso.
xv
ENERO DE 1904
(1904)
Al recordar las noches de aquel mes de enero,
en mi mente todo se remueve
bajo esos instantes, y te encuentro,
y escucho nuestras últimas palabras y las primeras.
Oh desesperadas noches de aquel enero,
cuando desaparece la visión y quedo solo.
Cómo desaparecen rápidamente y se disuelven —
árboles, casa, calles, luces ya calladas—
y en la sombra se borra tu amada belleza.
xvi
EN LA ESCALERA
(1904)
Bajando por aquella escalera,
junto a la puerta nos cruzamos, y por un instante
vi tu cara desconocida y tú me viste.
Yo me oculté en las sombras, y
pasaste rápido, alejándote,
y te perdiste en aquella casa vulgar
donde no encontrarías el placer, como tampoco yo habría de hallarlo.
Y sin embargo el amor que deseabas yo lo tenía para dártelo;
el amor que yo deseaba, tus ojos me lo ofrecían
con su ambigüedad y abandono.
Se sentían los cuerpos y se buscaban;
la sangre y la piel comprendían.
Pero turbados los dos nos escondíamos.
xvii
EN EL TEATRO
(marzo de 1904)
Me aburría contemplar la escena,
y alcé los ojos hacia los palcos.
Y en uno de ellos te vi
con aquella extraña belleza tuya, tu corrompida juventud.
Volvió a mi mente cuanto había oído
hablar de ti,
y mi pensamiento y mi cuerpo se conmovieron.
Y mientras una y otra vez contemplaba fascinado
esa frágil belleza, tu frágil juventud,
la buscaba a través de tu ropa,
te imaginaba y te idealizaba,
lleno de cuanto había oído contar de ti.
xviii
AL ADVERTIR EL AMOR
(1911)
Al advertir un bello amor te sientes palpitar y temblar
como hombre sensible. Y, feliz,
recuerdas cuanto plasmó tu fantasía: las primeras
sensaciones; luego las demás —mínimas o no— que en tu vida
pasaste y borraste, mas tan verdaderas y palpables.
De tales amores nunca te has privado.
xix
ASI
(1913)
En esta fotografía obscena
vendida (a escondidas de miradas) en la calle,
en esta fotografía pornográfica
cómo puede haber una cara tan
maravillosa como la tuya.
Quién Sabe la vida fatal, sórdida, que harás;
en qué cruel ambiente
te habrán hecho esta fotografía;
qué espíritu tan vulgar el tuyo.
Mas pese a todo permanece, aún vive en mí aquella cara
maravillosa, esa figura
hecha y ofrecida para el placer griego
—así permaneces para mí y así te canto.
xx
Y SOBRE AQUELLOS LECHOS ME ABANDONABA Y ERA
FELIZ
(1915)
Al entrar en la casa de placer
no permanecí en la sala donde celebraban
los desconocidos amantes su gozo.
Otra habitación secreta era la mía
y en su lecho me abandonaba feliz.
Oh aquella habitación secreta
cuya sola mención hace avergonzarse.
Mas no soy yo quien se avergüenza —¿qué clase
de poeta o artista sería?
Mejor entonces haber elegido una vida ascética. Más acordes,
mucho más acordes con mi poesía son estos lugares;
más me alegra este regocijo promiscuo.
xxi
MEDIA HORA
(1917)
Ni te tuve, ni he de tenerte
nunca. Unas vagas palabras, un contacto
como anteayer en el bar, y nada más.
Sí, aunque no quiero decirlo, dolor. Nosotros al Arte
entregamos nuestro espíritu, y ciertamente alguna
vez, casi creamos un placer
que parece como si fuese real.
Así en el bar anteayer —con la ayuda feliz
de un alcoholismo muy piadoso—
gocé media hora de pleno erotismo.
Y lo supiste, me parece,
y por ello te quedaste un rato más sólo para mí.
Tenía mucha necesidad de ello. Que
aquella fantasía, y aquella mágica bebida,
me permitieran ver tus labios,
me permitieran sentir tu cuerpo cerca de mí.
xxii
LA ESPALDA VENDADA
(1919)
Dijo haberse golpeado contra un muro o haberse caído.
Pero otra quizás fuera la razón
de su espalda herida y vendada.
Al hacer un gesto demasiado brusco,
para intentar coger de un mueble
unas fotografías que quería ver de cerca,
la venda se movió y brotó un poco de sangre.
Le vendé de nuevo la espalda,
lo hice con todo cuidado, muy despacio,
y contemplé encantado aquella sangre. Porque esa
sangre era algo de mi amor.
Cuando se fue, sobre una silla encontré
un jirón enrojecido de la venda,
un jirón que parecía como si fuese a sangrar;
y lo llevé a mis labios,
y lo guardé muchas horas
—sangre del amor en mis labios.
xxiii
ESTABA EN UN CAJON
(1923)
Quizá estuviera mejor colgada en una pared.
Pero se ha estropeado tanto tiempo en el cajón.
No la pondré en un cuadro.
Debo conservarla con mucho cuidado.
Qué labios, qué rostro —
ah si volviese a tenerlos aunque fuese
sólo por un día, sólo por una hora.
No quiero verla en un cuadro.
Sufriría de contemplarla tan estropeada.
Y aunque no estuviese estropeada,
qué angustia estar pendiente de que una palabra
o el tono de mi voz me traicionase
—jamás me lo perdonaría.
xxiv
LOS ENEMIGOS
(noviembre de 1900)
Tres sofistas fueron a saludar al Cónsul.
Seducíalos tanto con su presencia.
Les habló afablemente. Y bromeando
les dijo «La fama suscita
envidia. Cuántos por escribir se declaran rivales. Como enemigos».
Y uno de los tres seriamente le replicó:
«De los enemigos de hoy no esperamos daño.
Otros enemigos tendremos, vendrán otros sofistas.
Cuando nosotros, decrépitos, nos perdamos
camino del reino de Hades. Fuera de lugar
encontrarán nuestras palabras y obras (y puede que hasta
cómicas), otra será la estética,
y también los puñales del enemigo. Así fue para mí,
y para cuantos transformamos el pasado.
Todo lo que tan justo y espléndido nos parecía
ellos lo demostrarán insensato y frustrado
y volverán sobre lo mismo (sin fatigarse demasiado).
Variando siempre las antiguas palabras».
This file was created
with BookDesigner program
[email protected]
2012/10/16
Descargar