Bibliografía

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Destino y profecía: forclusiones de la vida cotidiana
Por Roberto Harari
“[…] la Escritura [es] un texto absoluto, donde la colaboración del azar es calculable en
cero”.
J. L. Borges, Vindicación de la Cábala
“[…] si uno tiene carácter, su destino es esencialmente constante, lo cual, a su vez, significa
[…] que no tiene destino”.
W. Benjamin, Destino y carácter
Introducción.
Encarar las cuestiones del destino y de la profecía en psicoanálisis moviliza una serie de nociones –y de sus
correlativos datos clínicos– nada menores. Por cierto, si la propuesta radica en el intento de no caer en los
lugares ya hoy comunes del psicoanálisis –al modo de explayarse acerca de los destinos pulsionales, de las
neurosis de destino o de los así llamados “sueños premonitorios”, entre otros ítems–, el problema se agudiza.
Con vistas a tratar de no ser víctimas de la ecolalia redundante, revisaremos entonces otras conexiones de la
temática aludida, tomando como eje para ello la interrogación referente al porqué de su perdurabilidad, de su
arraigo creencial, del sesgo tantas veces convincente y acrítico portado por ambas nociones en su inscripción
cotidiana y colectiva.
Causa.
Pensamos en esta problemática tal como Lacan lo hace respecto de la noción de causa: si ésta no se extingue,
si atraviesa los tiempos pese a las tribulaciones sufridas por ella debido a los fundamentados juicios
condenatorios formulados a su respecto por plumas tan autorizadas como la de Hume –entre tantas otras–, es
porque su sostén no responde a meras deducciones del orden del raciocinio, sino que la propia posición
subjetiva está en juego en esa determinación; por supuesto, de modo velado e indirecto.(1) ¿A qué nos
referimos? A que el sujeto es causado por el significante, y a que vuelca inconscientemente ese saber no
sabido, el de ser causado, sosteniendo, como decíamos, la noción de causa durante el curso de los siglos.
Sería, en suma, una noción construida con base en el desconocimiento proyectivo.
Bien, pero allí damos con una de las puntas de la problemática mencionada: se trata de volver, mediante la
revisión del destino y de la profecía, a reflexionar sobre la noción de causa. Por cierto, la vaguedad de la
misma procuró ser especificada –para ir a una referencia tradicional– por Aristóteles, quien reconoció en ella
cuatro vertientes –en nada excluyentes–: causa formal, eficiente, material y final. Sin entrar en los detalles de
esta distinción, harto conocida,1 destaquemos que, sin duda, las nociones aquí tematizadas son tributarias y
solidarias de la causa final. Y, como muy bien lo resalta Lacan en el texto antes referido, es imprescindible
separar tanto la retroacción como el efecto de retardo, de la causa final.
Causa final.
Reiteremos, entonces, la puntuación lacaniana, preguntándonos acerca del porqué del arraigo, de la
recurrencia consolidada de la causa final, del “para qué”, de lo llamado –más sofisticadamente– teleología o
finalismo. Sí, porque –a nuestro entender– si hay un vector de la causa sobre el cual recaen con insistencia las
críticas –a veces lapidarias–, ése es precisamente el implicado por la causa final. Es uno de los puntos –entre
tantos otros– donde se marca con claridad la divisoria de aguas entre Freud, por un lado, y Adler y Jung, por
el otro, a pesar de las diferencias que éstos guardan entre sí.
Ello trae a colación uno de los puntos capitales de la noción causal tal como es concebida por el inventor del
psicoanálisis: se trata del sobredeterminismo. Sí: de la causalidad múltiple, no unívoca ni unilineal. Ahora
bien ¿ello daría ocasión a la predicción? Porque la profecía es, por lo general, un afirmación clarividente
sobre el futuro, en tanto el destino –a diferencia de la vicisitud–2 convoca, en una de sus acepciones más
decisivas, la referencia a una serie de acontecimientos inevitables, al modo de “estaba escrito”. Si la profecía
llama al profeta, el destino ¿se lo busca por ejemplo en la astrología?
Para tratar de ser más claro: no por mentar el sobredeterminismo, o siquiera el determinismo, pensamos de
modo inexorable en la predicción. Por cierto, esto pareciese alejar el psicoanálisis –que ante lo ya sucedido
intenta, en su praxis poiética, remontar las condiciones productivas de dicho suceso– de los cánones
anticipatorios de la ciencia. Ciencia, es claro, concebida según el sesgo al que llamáramos “precaótico”.
Porque desde la teoría físico-matemática del caos –surgida entre las décadas del ‟60 y del ‟70 del siglo
pasado– hemos aprendido a escindir benéficamente determinismo y predicción, dada la complejidad de los
factores intervinientes en aquél.
En efecto, el reduccionismo propio de la ciencia precaótica empobreció el razonar y el operar del sujeto de la
ciencia al pretender anular variables que incomodarían la procurada determinación “inexorable” y monolineal.
De ahí la idealización de los procedimientos experimentales, de la recreación laboratorial de las condiciones
tendientes a aislar la causa a la cual se le atribuye un preciso y específico efecto. En suma: ante el
reduccionismo así implicado, tomamos partido por la insoslayable complejidad.
Caos, castración.
El llamado por Prigogine “fin de las certidumbres” es precisamente lo combatido por las nociones que hoy
revisamos. De otro modo: como hablantes queremos las certidumbres, y nos aferramos libidinalmente a todo
sistema, profeta, astrólogo, sanador, y similares, que garanticen nuestra certeza haciendo a un lado la
incertidumbre. ¿Qué se combate, entonces? El desorden, el azar “fundamental” –el término es de Serres–,3 la
contingencia, hasta la libertad –con lo limitada que es, no importa–, y ello en pro del fatalismo, de la
impotencia ante supuestos poderes ilimitados, de la no responsabilidad ante nuestra posición de sujeto, de lo
pretendidamente irreparable, en suma. Extraño caso: pareciese una opción –inconsciente, es claro– por “lo
peor”. Sin embargo ¿será por lo peor? La larga experiencia en la dirección de curas psicoanalíticas nos indica
que, sin embargo, mucha ganancia de goce “podrido” (Lacan)(2) se obtiene sustentando tanto la profecía
como la creencia en el destino “marcado”.
¿A qué nos referimos? A una serie de cuestiones, las cuales pueden englobarse bajo la advocación de un
rechazo de la castración simbólica. En efecto si ésta, cuanto menos, pone en manos del sujeto el acaecer de su
vida, si lo torna responsable por lo que le sucede –sin descargar culpas, al modo psicológico, sobre sus padres
imaginarios–, si lo confronta con la contingencia –uno de los modos o versiones del amor– y con el azar
fundamental, si pone en línea –lo señaló Benjamin, lo trabajamos hace años en un libro–(3) el carácter con el
destino presuntamente “escrito” por algún ser divino o por alguna confluencia astral, si le ofrece con
humildad el hacer el trabajo de duelo por el fantasma de omnipotencia, haciendo de él un ateo viable (más allá
de profeta alguno al que hubiese que aplacar de modo sacrificial para recibir alguna gracia de su parte), pues
bien, todo ello es rechazado en pro del sostén de la causa final, la cual sitúa el devenir en una temporalidad
futura que, siendo de raíz indemostrable e indecidible, provee al sujeto, sin embargo, con la convicción de lo
cierto, de lo seguro.4 Tengamos presente que otra acepción de destino lo ilustra diciendo que alude a una
fuerza supuesta y desconocida que determina lo que ha de ocurrir. La ganancia de goce mencionada, de goce
podrido, se paga, como dijimos, con las restricciones sufrientes de todo tipo tendientes al sustento y al
cumplimiento –inconsciente, por cierto- de la profecía destinada al sujeto.
Es cierto: la predicción de la ciencia precaótica pareciese estar guiada por un raciocinio lógico, y se inserta
como parte coherente de una teoría; la profecía, en cambio, no se rige por un razonamiento –en la previsión
del resultado predicho–, y su inspiración repentista es de origen “divino”. Empero, a partir de su revisión de la
obra de Hintikka, Lacan concluye terminantemente que la diferenciación intentada –con “intrepidez”– por
este lógico entre saber y creencia no cae en la cuenta de que al menos las tres cuartas partes del llamado saber
se encuentra conformado por creencias.(4) Es decir, de un aspecto representacional cuyo sustento no difiere
en demasía del que se pone en juego para mantener incólume la “indicación” de una profecía. En efecto, se
trata de un orden creencial al cual no alcanza el conocido “ya lo sé, pero aún así”,(5) popularizado hace ya
muchos años por la pluma inteligente de O. Mannoni, quien daba cuenta así, con feracidad, de la operatoria de
la renegación en la vida cotidiana, como uno de los bastiones de la superstición, entre otras localizaciones.
¿Por qué no alcanza la referida fórmula? Porque falta la segunda parte del apotegma –que hace las veces de
apólogo–, restando tan sólo la premisa inicial del mismo: un aparentemente confortable “ya lo sé”. ¿Qué sé,
qué creo? Que conozco el significante que me representa en el Otro, sin lugar a dudas, y que se terminó así el
angustiante misterio de la vida… y de la muerte. Ese es el rechazo de la castración, rechazo al que
llamaremos, entonces, por su nombre: forclusión. Mas no apresuremos el paso adjudicándole a ésta tan sólo la
generación de las psicosis;(6) en todo caso, digamos que es también la responsable, por su procura del Padre
Ideal, por su sostén del Otro sin barrar,5 de lo que acontece con la locura del hombre normal, quien restituye
los efectos de la castración forcluida mediante la asunción irreflexiva de los delirios colectivos –propios de la
vida cotidiana– a los que se suma con la prontitud y el alivio motorizados por la identificación “por contagio”,
donde cree “leer”, en escorzo, el deseo del Otro.
Dos puntuaciones acerca de la posición del analista.
Claro: el analista no pretende colocarse, en su posición, como profeta. Sí, eso en un sentido voluntario,
bienintencionado. Empero, cabe señalar al menos dos circunstancias “de derrape”, para mostrar que esa
posición puede ser ocupada –debido a la satisfacción de la demanda del analizante, por lo general– a pesar del
propósito de que ello no sea así. Por ejemplo, el prefijar un tiempo para comprender, tal como lo señalase
Lacan, ya sitúa al analista en un lugar del cual difícilmente pueda “salir”. Es claro: no hacemos “contratos” de
psicoterapia breve o de tiempo predeterminado, mas en ocasiones podemos responder anticipando el
momento de concluir por medio de una declaración en tal sentido. ¿Cuál es su habitual consecuencia? La de
ocluir, de manera precipitada, el tiempo para comprender, lo cual suele derivar en la inconsciente
precipitación de acting-outs por parte del analizante. Desde ya: resistencia del analista ante una eventual caída
de la transferencia, y procura consecuente del advenimiento del mentado momento de concluir.
Otra: cuando, ante el destino de una repetición de las llamadas “demoníacas” por Freud, –en especial ante el
sucederse de un nuevo acting-out impulsivo del analizante– el analista da a entender que ello se torna
irresoluble e irreversible, cerrando con un candado de impotencia –disfrazado de imposibilidad– el posible
“llamado” formulado, mediante tales vías, por el analizante (bajo una pátina “destinante”). Allí el analista
sucumbe, víctima del fatalismo depresivo y de la impaciencia, devolviendo con sutil violencia el objeto a
“arrojado” por el analizante, sin propender a su alojamiento.
Referencias bibliográficas
(1) J. Lacan, “Posición del [de lo] inconsciente”, en Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, p. 798.
(2) J. Lacan, Séminaire “La logique du fantasme”, 14, clase del 26/4/1967, versión M. Chollet, inédita.
(3) R. Harari, La repetición del fracaso, Nueva Visión, Colección Freud ◊ Lacan, Buenos Aires, 1988,
passim.
(4) J. Lacan, “Conférences et entretiens dans des universités nord-américaines. Yale University, Kanzer
Seminar (24/11/1975)”, en Scilicet: 6/7, Seuil, Colección Le Champ freudien, Paris, 1976, p. 12.
(5) O. Mannoni, “Je sais bien, mais quand même”, en Clefs pour l‟Imaginaire ou l‟Autre scène, Seuil,
Colección Le Champ freudien, Paris, 1969, pp. 9-33.
(6) R. Harari, ¿Cómo se llama James Joyce? A partir de „El Sinthoma‟, de Lacan, Amorrortu, Biblioteca de
Psicología y Psicoanálisis, Buenos Aires, 1996, pp. 247-307.
Notas
1. Por cierto, la irrecuperable traducción castellana “oficial” del resumen del Seminario 20 de Lacan, titulado
insólitamente Aun –sin acento–, sume al lector en la confusión, ya que, al enumerar el cuarteto causal
aristotélico traído a colación por el responsable del Seminario, pone en boca de éste la siguiente lista: causa
material, final, eficiente y “final, que es formal” (?) (Paidós, Barcelona, 1981, pp. 33-34).
2. Se recordará que la antigua versión castellana de la obra de Freud, bajo la responsabilidad de Ballesteros y
de Torres, tradujo el Shicksal –de Pulsiones y destinos de pulsión– como “vicisitud”. Pues bien, es un error,
ya que ésta mienta sea un acontecimiento contrario al desarrollo de una cosa, sea una sucesión de hechos
positivos y negativos que ocurren en un tiempo determinado. Lo cual, a nuestro entender, en nada hace a la
propuesta freudiana.
3. Es decir, el irreductible, el no transitorio, el de la Tujé lacaniana.
4. En ese respecto se localiza como episteme, como paradigma, en la misma “lógica” del condicional
contrafáctico, frente al cual están harto advertidos cuanto menos los lógicos y los historiadores serios, que los
evitan metodológicamente de modo sistemático porque los saben viciados de nulidad. Se tendrá presente que
la mencionada figura fantasiosa da cuenta de lo que alguien supone que podría haber acontecido, como
derivación, si los hechos hubiesen sido distintos de los efectivamente sucedidos. Por ejemplo, uno de los más
caracterizados “intelectuales” de la actualidad del peronismo –ensayista, narrador y guionista– escribió el
siguiente condicional contrafáctico, que no le mereció autoobjeción alguna: “Si Evita no hubiese muerto en
1952, a Perón no lo habrían derrocado en 1955”.
5. Sin duda, es uno de los puntos a elaborar conforme con la dirección de la cura: el barramiento del Otro,
vale decir, su descompletamiento, vía castración, lo cual da lugar, como efecto en la posición subjetiva, a que
el mismo no exista más como tal, como completo, como idealizado gozador determinante del sujeto. Ahora
bien ¿cómo se compadece ello con la concepción –de tinte sociologista, historicista y nostálgico– que asevera
“en esta época, donde el Otro no existe más”, reiterado con insistencia escolar por el neo-lacanismo? ¿Será
una incitación tanguera a cantar lamentosamente –en un coro institucional– el conocido “Te acordás hermano,
qué tiempos aquéllos”, o se tratará de una admonición tendiente al sostén del “buen vínculo con el otro”,
donde se confunde gravosamente al Otro con el otro, “denunciando”, moralina mediante, el –presunto–
egoísmo, el –alardeado– egocentrismo vigente en la actualidad, donde –dicen– “no hay ideales” (sic), y todo
es distancia y autosuficiencia? Es claro: los invariantes de la posición sujetiva se negocian en el mercado de
los buenos sentimientos –¿serán éstos los “ideales”?–, demonizando para ello, muchas veces, los avances
tecnológicos –Internet, concretamente–, porque aíslan a los sujetos. Fenomenismo de sentido común, por
cierto, valedero tan sólo para los propósitos y sobre todo para los alcances de los artículos del periodismo “de
nivel”, los cuales nos hacen (re) “conocer” lo que ya conocemos sobradamente de manera yoica y prejuiciosa.
Pero de ahí a saber… ¿Será un mal destino del psicoanálisis, entonces? “Contra el destino, nadie la talla” […]
Es Dios el juez supremo/ No hay quien se le resista/ Ya estoy acostumbrado/ su ley a respetar,/ pues mi vida
deshizo/ con sus mandatos/ al robarme a mi madre/ y a mi novia también […]”. (“Adiós muchachos”, tango
de J. C. Sanders y C. Vedani, 1927).
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DESTINO Y CARÁCTER
Traducción española de Jorge Navarro Pérez en Obras, II, 1, pp. 175-182, Madrid, Abada, 2007
Walter Benjamin
Destino y carácter
En la configuración clásica griega de lo que es la idea de destino, la dicha que se concede a una persona nunca
se entiende como confirmación de la inocencia de su vida, sino en calidad de tentación para la mayor culpa,
que es la hýbris. Así pues, el destino no se relaciona con la inocencia. La dicha es justamente lo que saca al
dichoso de la concatenación de los destinos y de la misma red de su destino. El derecho eleva las leyes del
destino –la desdicha y la culpa– a medidas ya de la persona; es desde luego falso suponer que tan solo la culpa
se encuentra en el contexto del derecho, pudiéndose mostrar sin duda alguna que todo tipo de inculpación
jurídica no es en realidad sino desdicha. Bien equívocamente, debido a su indebida confusión con lo que es el
reino de la justicia, el orden del derecho –que tan sólo es un resto del nivel demoníaco de existencia de los
seres humanos, en el que las normas jurídicas determinaban no sólo las relaciones entre ellos, sino también
sus relaciones con los dioses– se ha mantenido más allá del tiempo que abrió la victoria sobre dichos
demonios. No en el derecho, sino en la tragedia, fue el espacio en el cual la cabeza del genio se logró elevar
por vez primera de la espesa niebla de la culpa, dado que en la tragedia se quiebra ya el destino demoníaco.
Así, en la tragedia, el pagano comprende que es mejor que sus dioses, y justamente tal conocimiento lo deja
enmudecido, sin palabras.
El „orden moral del mundo‟ no queda restablecido [en la tragedia], sino que, en su seno, el hombre moral
quiere enderezarse, todavía mudo e infantil (y como tal se le llama „héroe‟), en el temblor del mundo
atormentado. La paradoja que constituye el nacimiento del genio en el silencio moral, en la que aún es
infantilidad moral, es pues lo sublime en la tragedia. Probablemente ésa sea la razón de lo sublime en tanto
tal, donde el genio aparece antes que Dios. El destino se muestra en cuanto observamos una vida como algo
condenado, en el fondo como algo que primero fue ya condenado y, a continuación, se hizo culpable. Goethe
resume ambas fases cuando dice: «Hacéis que los pobres devengan culpables». El derecho no condena por
tanto al castigo, sino a la culpa. Y el destino es con ello el plexo de culpa de todo lo vivo.
El ser humano no tiene un destino, sino que el sujeto del destino es como tal indeterminable. Puede el juez ver
destino donde quiera; al castigar, lo dicta ciegamente. Y aunque el hombre no queda afectado por esto, sí se
afecta la mera vida en él, que, en virtud de la luz, participa en la culpa natural como participa en la desdicha.
Porque el plexo de culpa es impropiamente temporal, en todo diferente por su tipo, como por su medida,
respecto al tiempo de la redención, o de la verdad o de la música. Se puede hacer a este tiempo simultáneo
con cualquier otro tiempo no presente. Pues se trata de un tiempo dependiente, parasitario respecto del propio
de lo que es una vida superior, además de menos natural. Un tiempo que carece de presente, porque los
instantes del destino sólo los hay en las novelas malas, y pasado y futuro igualmente tan sólo se conocen en
modificaciones peculiares. Toda acción trágica, aún por más elevada que ésta vaya en cuanto va calzando sus
coturnos, arroja una sombra cómica tras sí.
La agresividad en psicoanálisis
“La experiencia analítica nos permite experimentar la presión intencional. La leemos en el sentido simbólico
de los síntomas en cuanto el sujeto despoja las defensas con las que los desconecta de sus relaciones con su
vida cotidiana y con su historia -en la finalidad implícita de sus conductas y de sus rechazos- en las fallas de
su acción - en la confesión de sus fantasmas privilegiados - en los rébus [jeroglíficos] de la vida onírica.
Podemos casi medirla en la modulación reivindicadora que sostiene a veces todo el discurso, en sus
suspensiones, sus vacilaciones, sus inflexiones y sus lapsus, en las inexactitudes del relato, las irregularidades
en la aplicación de la regla, los retrasos en las sesiones, las ausencias calculadas, a menudo en las
recriminaciones los reproches, los temores fantasmáticos, las reacciones emocionales de ira, las
demostraciones con finalidad intimidante….”
“Esta concepción nos hace comprender la agresividad implicada en los efectos de todas las regresiones, de
todos los abortos, de todos los rechazos del desarrollo típico en el sujeto, y especialmente en el plano de la
realización sexual, más exactamente en e l interior de cada una de las grandes fases que determinan en la vida
humana, las metamorfosis libidinales cuya función mayor ha sido demostrada por el análisis: destete, Edipo,
pubertad, madurez, o maternidad, incluso clímax involutivo…”
“No nos parece vano haber subrayado la relación que sostiene con la dimensión del espacio una tensión
subjetiva, que en el malestar de la civilización viene a traslaparse con la de la angustia, tan humanamente
abordada por Freud y que se desarrolla en la dimensión temporal. Esta también la esclareceremos gustosos
con las significaciones contemporáneas de dos filosofías que responderían a las que acabamos de evocar: la
de Bergson por su insuficiencia naturalista y la de Kierkegaard por su significación dialéctica.
Sólo en la encrucijada de estas dos tensiones debería abordarse ese asumir el hombre su desgarramiento
original, por el cual puede decirse que a cada instante constituye su mundo por medio de su suicidio, y del que
Freud tuvo la audacia de formular la experiencia psicológica, por paradójica que sea su expresión en términos
biológicos, o sea como "instinto de muerte"….
En el hombre "liberado" de la sociedad moderna, vemos que este desgarramiento revela hasta el fondo del ser
su formidable cuarteadura. Es la neurosis del autocastigo, con los síntomas histéricos-hipocondríacos de sus
inhibiciones funcionales, con las formas psicasténicas de sus desrealizaciones del prójimo y del mundo, con
sus secuencias sociales de fracaso y de crimen. Es a esta víctima conmovedora, evadida por lo demás
irresponsable en ruptura con la sentencia que condena al hombre moderno a la más formidable galera, a la que
recogemos cuando viene a nosotros, es a ese ser de nonada a quien nuestra tarea cotidiana consiste en abrir de
nuevo la vía de su sentido en una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado
desiguales….”
Acerca de la Causalidad Psíquica
“…El lenguaje del hombre, ese instrumento de su mentira, está atravesado de parte a parte por el problema de
su verdad: -sea que la traicione en tanto que él es expresión de su herencia orgánica en la fonología del flatus
vocis; de las "pasiones del cuerpo" en sentido cartesiano, es decir, de su alma, dentro de la modulación
pasional; de la cultura y de la historia que hacen su humanidad, dentro del sistema semántico que lo ha
formado criatura; -sea que manifiesta esta verdad como intención, abriéndola eternamente al problema de
saber cómo lo que expresa la mentira de su particularidad puede llegar a formular lo universal de su
verdad…”
“...Emprendamos este camino para estudiar las significaciones de la locura, como nos invitan a hacerlo los
modos originales que muestra el lenguaje, esas alusiones verbales, esas relaciones cabalísticas, esos juegos de
homonimia, esos retruécanos que han cautivado el examen de un Guiraud(50), y diré ese acento de
singularidad cuya resonancia necesitamos oír en una palabra para detectar el delirio, esa transfiguración del
término en la intención inefable, esa fijación de la idea en el semantema (que tiende aquí, precisamente, a
degradarse en signo), esos híbridos del vocabulario, ese cáncer verbal del neologismo, ese naufragio de la
sintaxis, esa duplicidad de la enunciación, pero también esa coherencia que equivale a una lógica, esa
característica que marca, desde la unidad de un estilo hasta las estereotipias, cada forma de delirio, todo
aquello por lo cual el alienado se comunica con nosotros a través del habla o de la pluma.”
“...Ese desconocimiento se revela en la sublevación merced a la cual el loco quiere imponer la ley de su
corazón a lo que se le presenta como el desorden del mundo, empresa "insensata", pero no en el sentido de
que es una falta de adaptación a la vida -fórmula que oímos corrientemente en nuestros medios, aun cuando la
mínima reflexión sobre nuestra experiencia debe demostrarnos su deshonrosa inanidad- empresa insensata,
digo, más bien por el hecho de que el sujeto no reconoce en el desorden del mundo la manifestación misma de
su ser actual, y porque lo que experimenta como ley de su corazón no es mas que la imagen invertida, tanto
como virtual, de ese mismo ser. Lo desconoce, pues, por partida doble, y precisamente por desdoblar su
actualidad y su virtualidad. Con todo, sólo puede escapar de la actualidad gracias a la virtualidad. Su ser se
halla, por tanto, encerrado en un círculo, salvo en el momento de romperlo mediante alguna violencia en la
que, al asestar su golpe contra lo que se le presenta como el desorden, se golpea a si mismo por vía de rebote
social…”
“...No me aparto, luego, del drama social que domina a nuestro tiempo. Lo que ocurre es que el juego de mi
títere dirá mejor a cada cual el riesgo que lo tienta cada vez que se trata de la libertad.
Porque el riesgo de la locura se mide por el atractivo mismo de las identificaciones en las que el hombre
compromete a la vez su verdad y su ser.
Lejos, pues, de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades de su organismo, es la permanente
virtualidad de una grieta abierta en su esencia.
Lejos de ser "un insulto" para la libertad, es su más fiel compañera; sigue como una sombra su movimiento.
Y al ser del hombre no solo no se lo puede comprender sin la locura, sino que ni aun sería
el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite de su libertad…
“…"No se vuelve loco el que quiere". Pero tampoco no al que quiere alcanzan los riesgos que rodean la
locura. No bastan un organismo débil, una imaginación alterada, conflictos que superen a las fuerzas.
Puedeocurrir que un cuerpo de hierro, poderosas identificaciones y las complacencias del destino, inscritas en
los astros, Conduzcan con mayor seguridad a esa seducción del ser…”
Intervención en la transferencia
“...Una primera inversión dialéctica que no tiene nada que envidiar al análisis hegeliano de la reivindicación
del "alma bella" la que se rebela contra el mundo en nombre de la ley del corazón: "mira, le dice, cuál es tu
propia parte en el desorden del que te quejas..."
Sin duda ese "yo" [je] en Hegel es definido como un ser legal, en lo cual a más concreto que el ser real del
que antes se pensaba poderlo abstraer: como aparece por el hecho de que comprende un estado civil y un
estado contable.
Pero le estaba reservado a Freud devolver este ser legal responsable del desorden manifiesto al campo más
cerrado del ser real, concretamente en la seudototalidad del organismo.
Explicamos su posibilidad por la hiancia congénita que presenta el ser real del hombre en sus relaciones
naturales, y por la reanudación para un uso a veces ideográfico, pero también fonético y a veces gramatical,
de los elementos imaginarios que aparecen fragmentados en esta hiancia.
”...El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste:
es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra
parte. A saber: en los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histérico de la neurosis donde el
síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez
recogida, puede sin pérdida grave ser destruida; en los documentos de archivos también: y son los recuerdos
de mi infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su proveniencia; en la evolución
semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de
mi vida y a mi carácter; en la tradición también, y aun en las leyendas que bajo una forma heroificada
vehiculan mi historia; en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas
para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi
exégesis.”
La cosa freudiana
Sin duda ese "yo" [je] en Hegel es definido como un ser legal, en lo cual a más concreto que el ser real del
que antes se pensaba poderlo abstraer: como aparece por el hecho de que comprende un estado civil y un
estado contable.
Pero le estaba reservado a Freud devolver este ser legal responsable del desorden manifiesto al campo mas
cerrado del ser real, concretamente en la seudototalidad del organismo.
Explicamos su posibilidad por la hiancia congénita que presenta el ser real del hombre en sus relaciones
naturales, y por la reanudación para un uso a veces ideográfico, pero también fonético y a veces gramatical,
de los elementos imaginarios que aparecen fragmentados en esta hiancia.
“…Pues la observación sobre la que Hegel funda su crítica del "alma bella" y según la cual se dice que vive
(en todos los sentidos, incluso económico, del: de qué se vive) precisamente del desorden que denuncia, no
escapa a la tautología sino manteniendo la tauto-óntica del "alma bella" como mediación, no reconocida por
ella misma, de ese desorden como primero en el ser.
Por muy dialéctica que sea, esta observación no podría hacer mella en el delirio de la presunción al que Hegel
la aplicaba, ya que queda enredada en la trampa ofrecida por el espejismo de la conciencia al yo [je] infatuado
de su sentimiento, que erige en ley del corazón…Sin duda ese "yo" [je] en Hegel es definido como un ser
legal, en lo cual a más concreto que el ser real del que antes se pensaba poderlo abstraer: como aparece por el
hecho de que comprende un estado civil y un estado contable.
Pero le estaba reservado a Freud devolver este ser legal responsable del desorden manifiesto al campo más
cerrado del ser real, concretamente en la seudototalidad del organismo.
Explicamos su posibilidad por la hiancia congénita que presenta el ser real del hombre en sus relaciones
naturales, y por la reanudación para un uso a veces ideográfico, pero también fonético y a veces gramatical,
de los elementos imaginarios que aparecen fragmentados en esta hiancia…”
Subversión del sujeto
“Aquí se inserta la ambigüedad de un desconocer [méconnaître]. esencial al conocerme
[me connaître]. Pues todo lo que el sujeto puede dar por seguro, en esa retrovisión, es, viniendo a su
encuentro, la imagen, anticipada, que tomó de sí mismo en su espejo. No volveremos aquí a la función de
nuestro "estadio del espejo", punto estratégico primero alzado por nosotros como objeción al favor concedido
en la teoría al pretendido yo autónomo, cuya restauración académica justificaba el contrasentido propuesto de
su reforzamiento en una cura desviada ya hacia un éxito adaptativo: fenómeno de abdicación mental…()..Sea
como sea, lo que el sujeto encuentra en esa imagen alterada de su cuerpo es el paradigma de todas las formas
del parecido que van a aplicar sobre el mundo de los objetos un tinte de hostilidad proyectando en él el avatar
de la imagen narcisista, que, por el efecto jubilatorio de su encuentro en el espejo, se convierte, en el
enfrentamiento con el semejante, en el desahogo de la más íntima agresividad.
Es esta imagen, yo ideal, la que se fija desde el punto en que el sujeto se detiene como ideal del yo…”
“Y de ahí que insistamos en promover que, dado o no en la observación biológica, el instinto, entre los modos
de conocimiento que la naturaleza exige de lo vivo para que satisfaga sus necesidades, se define como aquel
conocimiento en el que admiramos el no poder ser un saber. Pero de lo que se trata en Freud es de otra cosa,
que es ciertamente un saber, pero un saber que no comporta el menor conocimiento, en cuanto que está
inscrito en un discurso del cual, a la manera del esclavo-mensajero del uso antiguo, el sujeto que lleva bajo su
cabellera su codicilo que le condena a muerte no sabe ni su sentido ni su texto, ni en qué lengua está escrito,
ni siquiera que lo han tatuado en su cuero cabelludo rasurado mientras dormía…”
“...Pues el psicoanálisis implica por supuesto lo real del cuerpo y de lo imaginario de su esquema mental. Pero
para reconocer el alcance en la perspectiva que se autoriza en él por el desarrollo, hay que darse cuenta
primero de que las integraciones más o menos parcelarías que parecen constituir su ordenación, funcionan allí
ante todo como los elementos de una heráldica, de un blasón del cuerpo...”
“..Pues lejos de ceder a una reducción logicizante, allí donde se trata del deseo, encontramos en su
irreductibilidad a la demanda el resorte mismo de lo que impide igualmente reducirlo a la necesidad. Para
decirlo elípticamente: que el deseo sea articulado, es precisamente la razón de que no sea articulable.
Entendemos: en eI discurso que le conviene, ético y no psicológico…”
“...Sea como sea, lo que el sujeto encuentra en esa imagen alterada de su cuerpo es el paradigma de todas las
formas del parecido que van a aplicar sobre el mundo de los objetos un tinte de hostilidad proyectando en él el
avatar de la imagen narcisista, que, por el efecto jubiloso de su encuentro en el espejo, se convierte, en el
enfrentamiento con el semejante, en el desahogo de la más íntima agresividad.
Es esta imagen, yo ideal, la que se fija desde el punto en que el sujeto se detiene como ideal del yo. El yo es
desde ese momento función de dominio, juego de prestancia, rivalidad constituida. En la captura que
experimenta de su naturaleza imaginaria…”
“...Lo que el psicoanálisis nos demuestra referente al deseo en su función que podemos llamar más natural
puesto que es de ella de la que depende el mantenimiento de la especie, no es únicamente que está sometido
en su instancia, su apropiación, su normalidad para decirlo todo, a los accidentes de la historia del sujeto
(noción del traumatismo como contingencia), es además que todo esto exige el concurso de elementos
estructurales que, para intervenir, prescinden perfectamente de esos accidentes, y cuya incidencia inarmónica,
inesperada, difícil de reducir, parece sin duda dejar a la experiencia un residuo que pudo arrancar a Freud la
confesión de que la sexualidad debía de llevar el rastro de alguna rajadura poco natural.”
Posición del inconsciente
“El efecto de lenguaje es la causa introducida en el sujeto. Gracias a ese efecto no es causa de sí mismo, lleva
en sí el gusano de la causa que lo hiende. Pues su causa es el significante sin el cual no habría ningún sujeto
en lo real. Pero ese sujeto es lo que el significante representa; y no podría representar nada sino para otro
significante: a lo que se reduce por consiguiente el sujeto que escucha.
Al sujeto pues no se le habla. "Ello" habla de él, y ahí es donde se aprehende, y esto tanto más forzosamente
cuanto que, antes de que por el puro hecho de que "ello" se dirige a él desaparezca como sujeto bajo el
significante en el que se convierte, no era absolutamente nada. Pero ese nada se sostiene gracias a su
advenimiento, ahora producido por el llamado hecho en el Otro al segundo significante.
Efecto de lenguaje por nacer de esa escisión original, el sujeto traduce una sincronía significante en esa
primordial pulsación temporal que es el fading constituyente de su identificación. Es el primer movimiento.
Pero en el segundo, toda vez que el deseo hace su lecho del corte significante en el que se efectúa la
metonimia, la diacronía (llamada "historia") que se ha inscrito en el fading retorna a la especie de fijeza que
Freud discierne en el anhelo inconsciente (última frase de la Traumdeutung). Este soborno segundo no cierra
solamente el efecto del primero proyectando la topología del sujeto en el instante del fantasma; lo sella,
rehusando al sujeto del deseo que se sepa efecto de palabra, o sea lo que es por no ser otra cosa que el deseo
del Otro.”
“...Decir que el sujeto sobre el que operamos en psicoanálisis no puede ser sino el sujeto de la ciencia puede
parecer paradoja. Es allí sin embargo donde debe tomarse un deslinde a falta del cual todo se mezcla y
empieza una deshonestidad que en otros sitios llaman objetiva: pero es falta de audacia y falta de haber
detectado el objeto que se raja. De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables, (..)La posición de
psicoanalista no deja escapatoria, puesto que excluye la ternura del "alma bella"(..)No hay ciencia del hombre,
cosa que debe entenderse en eI mismo tono que no hay pequeñas economías. No hay ciencia deI hombre,
porque el hombre de la ciencia no existe, sino únicamente su sujeto(), El sujeto está, si puede decirse, en
exclusión interna de su objeto.”
“...Que la vía abierta por Freud no tenga otro sentido que el que yo reanudo: el inconsciente es lenguaje, lo
que ahora es admitido…”
“... En lo que se refiere a la ciencia, no puedo decir hay lo que me parece ser la estructura de sus relaciones
con la verdad como causa, puesto que nuestro progreso este año debe contribuir a ello.
Lo abordaré por la observación extraña de que la fecundidad prodigiosa de nuestra ciencia debe interrogarse
en su relación con ese aspecto en el que se sostendría la ciencia: que de la verdad como causa no querríasaber-nada.
Se reconoce aquí la fórmula que doy de la Verwerfung o preclusión, la cual vendría a unirse aquí en una serie
cerrada a la Verdrängung, represión, a la Verneinung, negación [dénegation], cuya función en la magia y la
religión reconocieron ustedes a la pasada. Sin duda lo que hemos dicho de las relaciones de la Verwerfung con
la psicosis, especialmente como Verwerfung del Nombre-del-Padre, viene aquí aparentemente a oponerse a
esa tentativa de detectación estructural…”
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