Esther Hautzig: La luz de más allá del Norte

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Iluminaciones / Argialdiak –7
Esther Hautzig:
La luz de más allá del Norte
José Ignacio Aranes
Una mantarraya por las nubes
Hay tormentas que rememoramos años después de haberlas vivido: de presenciar un
espectáculo formidable, de asistir a la furia de los latigazos luminosos y al estallido
profundo en los cielos.
Somos testigos de lo que sucede allá arriba. Esa fuerza colosal, desatada, tiene algo de
remoto y de sublime, especialmente si se compara con las tormentas interiores que
ocurren aquí abajo, silenciosamente dolorosas. ¿Nimias, por su dimensión? Quizás,
pero llegan a ser devastadoras. Nos atormentan. Los demonios. Ángeles negros. Sobre
todo y antes de nada: nos atormentamos, cuando está en nosotros el liberarnos. Lo
sabemos…
Mientras permanecemos expectantes, apegados a la tierra y fascinados por el cielo,
nunca sabemos ni la duración, ni la intensidad, ni el recorrido de semejantes arrebatos
celestes. Vulnerables y alertas, tampoco sabemos las consecuencias Solo cabe
protegernos, aguardar y –si podemos y queremos– cumplir con nuestro papel de
testigos o espectadores. Esto es: enmudecidos, contemplar lo que se nos ofrece de
forma majestuosa en una función irrepetible. El cielo rompiéndose. Astillas de luz, agujas
de plata, estruendo aéreo y la conciencia sobre la magnitud de esa energía portentosa.
Una vez que las tormentas pasan y se van (¿a dónde se dirigen?), aparentemente no
queda rastro en nuestra persona. Aparente, que no realmente: porque uno piensa que
llevamos tatuada la experiencia de esos despliegues en la piel conmovida de la
memoria. Haz la prueba. Detente, acude a la escritura de lo marcado como memorable
y recuperarás lo que viviste con ese alcance, el propio de la gran ópera: la total, la de la
naturaleza, de la que –por si lo habías olvidado– también formas parte (minúscula y
habitualmente desconsiderada).
Hasta Richard Wagner (Leipzing, 1813 – Venecia, 1883), padre del concepto de obra
de arte total (Gesamtkunstwerk), sería ahí, en medio del fragor, de la violencia de las
nubes fracturadas, un mero asistente. Aunque –es cierto– podría desempeñar un papel
algo más activo y cómplice: el de acompañante colaborador. Sobra decirlo. Musical y
espiritualmente, estaba preparado. Y conocía los temporales marinos. Embarcado en el
velero mercante Thetis, sobrevivió a las tempestades padecidas en la travesía de Riga
a Londres, que había planeado para aproximarse y llegar, en otro viaje marítimo, a París.
El barco fue castigado severamente por las tormentas. Transcurría el verano de 1839.
La salida furtiva de la ciudad báltica de Riga fue un recurso de Wagner para huir de los
acreedores. Y supuestamente le sirvió de vivencia evocadora para componer la obra
romántica El holandés errante (o El buque fantasma), basada más bien –como
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reconoció– en la novela de Heinrich Heine: Las memorias del señor de
Schnabelewopski, una lectura de la leyenda originaria, al cabo.
¿Cómo es posible –en las tormentas de verdad, ofrendas de los cielos– ese sentido del
tempo: la preparación de lo que ocurrirá y comprobaremos; la maestría escenográfica
sin doblez; ese poder para sobrecogernos; la amenaza real; esa elegancia para darnos
la espalda y alejarse como un pez manta gigante, como una mantarraya que discurre
por las nubes, por el fondo aéreo?
Ha sucedido todo (¿estás seguro?). Los últimos destellos centellean. Se deposita el
rumor de lo que ha partido. El aire es otro. ¿Y tú?
Pescador de perlas
Ante
una demostración terrenal así, que podría calificarse de celestial (estamos
abiertos a las señales…), se nos brinda una buena oportunidad para comprender, para
que –entre las luces– nos acerquemos a la lucidez… Que nos roce, siquiera.
La fraternidad de la luz. Sí, ya se oye: la fraternidad de los iluminados… La de quienes
se reconocen. Saben que desde la penumbra distinguen mejor los matices cromáticos.
Perseveran en la búsqueda, como el «pescador de perlas» del poeta siciliano Salvatore
Quasimodo (Módica, Sicilia, 1901 – Nápoles, 1968).
«Busco, de noche, la luciérnaga más viva,
la que ilumina, en bosques de narcisos,
a la hormiga que se rezaga;
pero solo veo escalofríos
de pálidos resplandores sobre la escarcha.
Quizá no estás en los jardines de la luz».
[Del poema En los jardines de la luz,
recogido en el libro de Salvatore Quasimodo: Poesía completa.
Ediciones Linteo, Ourense, 2ª ed., 2007, p. 93]
Y, sin embargo, estos iluminados se mantienen esperanzados. ¿De qué? Del fogonazo.
Este puede llegar también sin ruido, en silencio, con austeridad franciscana. Una caricia
zen. La contemplación. Lo transparente.
Esos iluminados, estetas hacia dentro, acuden por instinto visual –es un ejemplo– al
alabastro, a los brillos del ámbar, a la iridiscencia de un vino manzanilla, al cristal de
Murano, a las superficies hondas del agua turquesa, a la tersura antigua del azabache…
Se nutren de los baños luminosos. Pero, a diferencia de los impostores (esclavos del
postureo), saben que la luz más poderosa procede del interior: la luz que nos ve y con
la que vemos. Y saben que la penumbra más dañina –no nos engañemos– puede ser
la interna: zona de sombras por despejar. Ambas se gestan en las entrañas.
Columnas de luz
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En la inmensa negrura: columnas de luz. Esther Hautzig (Vilna, 1930 – Nueva York,
2009) sabía lo que decía. Sabía de tormentas y tormentos, de entrañas y horizontes.
Sabía lo que dejó impreso en su obra autobiográfica: La estepa infinita. Mis años en
Siberia. El libro fue descubierto –por quien esto escribe– en los meandros de Atlántida,
gentileza de Nauta.
Esther Hautzig, polaca de origen judío, fue deportada junto a sus padres y su abuela a
Rubtsovsk, una localidad en la Siberia del Oeste. Había estallado la Segunda Guerra
Mundial. Era una niña. Como sucedió con muchos de los judíos de Polonia, la mayor
parte de su familia desapareció en los campos de concentración nazis, en los centros
de exterminio. Y la familia formada por sus padres, su abuela y ella misma acabó
confinada más al Norte, en la estepa siberiana. Cinco años de trabajos forzados. Su
padre (Tata), que había luchado en el ejército polaco contra el invasor alemán, fue
detenido por soldados rusos.
«Aquella mañana, cuando el maravilloso mundo en que vivía llegó a su fin, no regué las
lilas que había junto al estudio de mi padre.
La fecha era junio de 1941 y el lugar Vilna, una ciudad en el rincón nordeste de Polonia.
Yo tenía diez años y creía que en una mañana como aquella la gente de todo el planeta
se dedicaba a cuidar de su jardín. Las guerras y las bombas se detenían en la entrada,
sucedían al otro lado de sus cercas».
Esa mañana de primavera, en efecto, descubriría que las cercas del jardín de la casa
familiar en Vilna (la capital actual de Lituania) no eran suficientes para impedir el paso
de la destrucción, de las consecuencias de la guerra. Tras la detención de su padre,
serían introducidos en vagones de ganado para realizar un viaje que transformaría sus
vidas. La estación destino: Rubtsovsk, una población sin apenas historia, fundada en
1892.
Sobrevivieron. Y cuando fueron liberados y regresaron a Polonia, su patria, de nuevo
fueron rechazados: por judíos. El antisemitismo, tan fanático como ruin e ignorante. ¿La
patria? La ignominia.
En los cinco años que vivió en Siberia, Esther Hautzig dejó de ser niña. Alcanzó la
adolescencia. Y pese a todo: a las gélidas adversidades, mantuvo y desarrolló la
capacidad para maravillarse. Lo hizo mirando de frente (lo que quería ser), hacia abajo
y hacia arriba, observando el cielo: la estepa celeste. Con tormentas y sin ellas. Dejemos
que nos lo cuente.
«Hay quienes encuentran muy hermosa e interesante una tormenta siberiana, e imagino
que debe de serlo si uno no está muerto de miedo. Yo lo estaba, y también la mayoría
de los adultos, me dio la impresión. En nuestra Siberia, una tormenta de verano no era
una tormenta de verano: era el juicio final, el juicio de un dios que castigaba por igual al
amo y al esclavo. Los relámpagos se bifurcaban como una garra maligna que tratara de
aferrarse a aquella estepa desprovista de árboles. Lo que daba miedo precisamente
era que no hubiese ni un solo árbol a la vista, ni una colina. Y ese temor se apoderaba
de ti estando a la intemperie, aunque seguramente también lo habríamos sentido si
hubiéramos estado guarnecidos. Había momentos en los que todo el inmenso cielo,
mirases donde mirases, se veía rasgado por los relámpagos.
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Aquel cielo ya era realmente impresionante incluso cuando no se estaba preparando
una tormenta. Por las noches, yo permanecía junto a la ventana observando cómo
cruzaban los meteoritos la inmensa negrura. También se veían a veces esas hermosas
columnas de luz las luces del Norte que danzan y se desplazan por el cielo de un
modo espectacular».
[Del libro de Esther Hautzig: La estepa infinita. Mis años en Siberia.
Salamandra (Colección Letras de Bolsillo), Barcelona, 2012, p. 72]
El cielo a la tierra
Nuestro
agradecimiento a Esther Hautzig. Por su resistencia vital, su testimonio
optimista, su talento para apreciar el brillo de las columnas de luz en la inmensa negrura,
en la soledad sin fin (donde uno, si se halla, estará siempre acompañado).
A través de sus palabras te encuentras con versos dignos de este adjetivo: providencial.
¡Cómo te gusta este adjetivo! ¡Qué disposición hospitalaria para los buenos augurios y
las noticias que los confirman! El verso hallado, «Bajar el cielo a la tierra», es del escritor
argentino Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, Provincia de Buenos Aires, 1925 –
Buenos Aires, 1995). Un poeta que ansiaba la máxima depuración, tensionada por el
rigor concentrado del decir. Este verso, que resuena como un mandamiento audaz,
encabeza uno de los poemas de su libro Sexta poesía vertical. Comienza así:
«Bajar el cielo a la tierra,
donde siempre debió haber estado,
no para abusar de la luz,
sino para desarticular el tinglado de la impotencia
y abolir los pretextos
que pervierten el camino de la alegría».
[Del libro de Roberto Juarroz: Sexta poesía vertical.
Poema recogido en Poesía vertical (Antología).
Visor (Colección Visor de Poesía), Madrid, 2ª ed., 2008, p. 134]
Y en esto: descubrir lo rescatable –para uno– y compartirlo, además de procurar que el
cielo baje a la tierra, recordamos lo que cuenta Luis Landero (Alburquerque, 1948) en
un texto también autobiográfico: El balcón en invierno. Un libro que destila nostalgia
y melancolía. Con esta pareja (la melancolía y la nostalgia), que suele reforzarse
sentimental y emocionalmente, Landero indaga en su pasado individual y familiar.
Desaparecen las fuentes: los años pasan. En esa búsqueda, constata lo que cada día
sabemos mejor o experimentamos más, aquello que dijo Rainer Maria Rilke (Praga,
1875 – Valmont, 1926) de que «la verdadera patria del hombre es la infancia», y, para
apuntalar, que «la única patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños».
Éramos muy niños, y ya amigos: del mismo día, del mismo año. Versos sueltos, ambos.
El libro de Landero lo recibí de ese amigo de la infancia. Un regalo. Llegó por correo
postal, con unas letras que ya no se escriben. Llevan la firma, portan en su nombre la A
inicial. Precursora: todo empieza por la A. Gracias, hermano.
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Memorias y olvidos
Lo que recordamos ahora de Luis Landero es el deseo que siente a menudo según
confiesa el escritor de origen extremeño para preparar un libro de extractos ajenos,
procedentes de obras de su biblioteca personal. Fragmentos que ha ido seleccionado y
que así han quedado sobre papel: materialmente subrayados y anotados. Componen
un «viaje sentimental» por su «pasado imaginario», por su «memoria de lector».
Por nuestra parte, sin dudarlo, optamos por elegir un extracto suyo y celebrarlo.
«En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de
nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes
que un día nos conmovieron y que luego, tras ser devastados por el tiempo, con los
materiales de sus ruinas construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso
y secreto de nuestro bagaje cultural.
También en la vida real la memoria funciona así, con pasajes subrayados y notas
marginales, con detalles cargados de sugerencia, a veces convertidos en símbolos. Hay
épocas de nuestra vida de las que apenas recordamos nada. Años que, por
intrascendentes y rutinarios, que son casi todos, la memoria ha ido abandonando hasta
entregarlos al más atroz de los olvidos».
[Del libro de Luis Landero: El balcón en invierno.
Tusquets Editores (Colección Andanzas), Barcelona, 2014, pp. 115-116]
Memorias y olvidos.●
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