guía de clase teoría crítica del derecho: decisión judicial

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FILOSOFÍA DEL DERECHO – CURSO DRA. GIANELLA BARDAZANO - 2015
GUÍA DE CLASE
TEORÍA CRÍTICA DEL DERECHO: DECISIÓN JUDICIAL
Aspirante: Diego González Camejo
Introducción: ¿qué es la crítica?
La Teoría Crítica del Derecho tiene su punto de partida en una peculiar actitud filosófica frente a los
problemas de la realidad, se trata de la actitud crítica. Podríamos plantearnos si la actitud crítica es una
forma particular de indagación filosófica o si existe algo así como una forma crítica inherente al filosofar en
cada una de las diversas formas de especulación. Quizás lo más atinado sea postular que la actitud crítica
pretende llevar hasta las últimas consecuencias los límites de lo pensable respecto de la realidad y desde
allí contrastar y dejar en evidencia, correr el velo, desnudar lo opaco y lo oculto, lo que se quiere negar
intencionalmente, para denunciar las contradicciones más arraigadas en la realidad, las que determinan la
explotación, la miseria, la desigualdad, la vulneración de todos los derechos, los mecanismos internos del
poder.
Según Luis Meliante, podemos advertir dos sentidos de ejercicio de la crítica: un sentido amplio y
un sentido estricto.
Sentido amplio:
“[…] criticar, en sentido amplio es poner en cuestión […] La crítica, puede también guardar una
equivalencia con el concepto de dar otra mirada, como lo ha propuesto Christian Courtis
(disponer, discernir, dar otra mirada, ‘cernere’) (Courtis: 2001). En el concepto que se califica
como amplio, la tradición filosófica se deja de lado y se sustituye por una actitud intelectual de
cuestionamiento discursivo de aspectos sincrónicos específicos del statu quo teórico de una
determinada aérea del Derecho. En este mismo sentido, también legítimamente toda disidencia
o innovación académicamente seria que se exponga en ese contexto del Derecho, puede llegar a
denominarse o calificarse de crítica. […] En síntesis, puede llamarse ‘teoría crítica’ en sentido
amplio, a todo aporte discursivo que en uso de la libre expresión y la honesta contribución
académica, refiera a toda disidencia o innovación que ponga en cuestión algún aspecto del statu
quo teórico, en un área determinada del Derecho”.
Sentido estricto:
“Por el contrario, desde el punto de vista estricto, solo podrá entenderse por Teoría Crítica o
Teorías Críticas del Derecho, a aquella o aquellas que en general, guarden correspondencia
discursiva y conceptual con la tradición filosófica que se concreta en el S. XX en la Escuela de
Frankfurt. […] Precisamente, en este último sentido (estricto), constituyen para la crítica centros
de interés reflexivo de singular relevancia, las relaciones entre ‘Derecho-lenguaje’, ‘Derechopoder’, ‘Derecho-política’, ‘Derecho-ideología’, ‘Derecho-narrativa’, ‘Derecho-decisión Judicial’,
‘Derecho-enseñanza del Derecho’, ‘Derecho-interdisciplinariedad’, además de la consabida reformulación jurídica del concepto de sujeto, categorías todas que merecieron tradicionalmente
una atención general, episódica y secundaria por parte de los juristas, pero que toman por el
contrario un lugar preponderante en la visión Crítica del Derecho en sentido estricto, en varias de
sus versiones”.
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Si profundizamos en el sentido amplio de la indagación filosófica crítica podemos remitirnos a la
concepción de la crítica como una puesta en crisis, una alteración deliberada del orden para generar
contradicciones con la finalidad de inmiscuirnos en una opacidad acallada. En este marco son muy
pertinentes las palabras de Jacques Derrida:
“Apelo al derecho a la deconstrucción como derecho incondicional a plantear cuestiones críticas
no solo a la historia del concepto de hombre sino a la historia misma de la noción de crítica, a la
forma y a la autoridad de la cuestión, la forma interrogativa del pensamiento. Porque eso
implica el derecho de hacerlo afirmativamente y performativamente, es decir, produciendo
acontecimientos, por ejemplo, escribiendo y dando lugar […] a obras singulares” (2010: 12-13).
Como decíamos en otra oportunidad:
“La crítica, de sí misma, de nuestro tiempo, la construcción de aparatos críticos frente al poder es
una tarea con un elevado estatus ontológico que merece el sacrificio, el ejercicio de la crítica y
supone una actitud parresiástica (Foucault, 1994: 97 y siguientes)” (2012: 41).
La crítica en sentido amplio, la puesta en crisis, la puesta al límite de los discursos que se
estructuran respecto de la realidad supone lo que Foucault denomina como parresía, la posibilidad de
quien enuncia el discurso crítico de poner a disposición su propia vida para defender la verdad que
proclama. Es la actitud que está en la base del pensamiento filosófico occidental, que nació con Sócrates y
que fue la que lo llevó a entregar su propia vida por la verdad.
“La paresia, el hablar franco, es esta forma esencial de la palabra del director, es una palabra
libre, no sometida a reglas, liberada de los procedimientos retóricos, en la medida en que debe
de adaptarse a la ocasión y a la particularidad del auditor. Es una palabra que, por parte de
quien la pronuncia, significa compromiso y constituye un cierto pacto entre el sujeto de
enunciación y el sujeto de conducta. El sujeto que habla se compromete, en el momento mismo
en el que dice la verdad, a hacer lo que dice y a ser sujeto de una conducta que une punto por
punto el sujeto con la verdad que formula” (Foucault, 1994: 100-101).
La propuesta de esta guía es presentar al lector algunas categorías de análisis del fenómeno
decisión judicial a partir del enfoque brindado por teóricos críticos del derecho. A tales efectos parece
relevante tener presente el significado más profundo de la interrogación crítica, haciendo abstracción del
auditorio y de las consecuencias del decir, asumiendo que la crítica es una actitud sin condición, tal como
Derrida concibe a la Universidad, esto es, “[…] el derecho primordial a decirlo todo, aunque sea como ficción
y experimentación del saber, y el derecho a decirlo públicamente, a publicarlo” (2010: 14).
Adjudicación y Teoría crítica: ¿qué hacen los jueces cuando deciden?
“Let the jury consider their veredict”, the King said, for about the
twentieth time that day. “No, no”, said the Queen. “Sentence first,
verdict afterwards” (Lewis Carroll: Alice’s Adventures in Wonderland,
Ch. XII: Alice’s evidence)
“No es que nuestra opinión sea final porque seamos infalibles, sino que
somos infalibles porque la nuestra es la opinión final” (Brown vs. Allen,
344 US 443, 540-1953, voto del Juez Jackson)i
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El siglo XX en la Teoría del derecho ha determinado la implosión de diversos campos de interés
filosófico, uno de ellos es el de la adjudicación, esto es, el proceso de toma de decisiones por parte de los
operadores judiciales, los jueces. Desde los aportes de los teóricos realistas del derecho (norteamericanos y
escandinavos), la teoría positivista del derecho (Kelsen y Hart), sus seguidores (Raz) y opositores (Dworkin),
así como los desarrollos actuales, todos se han detenido y cada vez con mayor profundidad en el análisis
del proceso de toma de decisiones por parte de unos operadores bien peculiares del mundo jurídico como
lo son los jueces. Al respecto Albert Calsamiglia explica:
“Dos filósofos tan importantes como Habermas y Rawls consideran que la teoría de la
adjudicación es el enfoque más atractivo y genuino de la teoría del derecho contemporánea y en
sus últimas publicaciones dedican especial atención a la teoría del derecho como teoría de la
adjudicación. En la agenda de la filosofía política contemporánea ocupa un lugar destacado la
teoría de la deliberación pública y la teoría de la adjudicación genera una cultura de las razones
públicas y, por tanto, es un campo especialmente adecuado para el uso de estas teorías
filosóficas” (2000: 224).
Por su parte, Gianella Bardazano ha referido:
“La tendencia de la teoría desde ya tiempo ha sido considerar prioritaria la función de los jueces.
Autores como Kelsen, Ross, Hart y Dworkin han señalado que los textos legales están dirigidos,
en última instancia a los tribunales, lo cual hace que sea fundamental detectar cuál es la
ideología jurídica de los jueces (Ross 1970: 62-71); es decir, considerar elementos que permitan
detectar el paradigma en que actúan. Señala Habermas (2000: 470) que ‘aquello a que los
actores realmente responden y realmente han respondido con sus decisiones y razones, sólo se
podrá entender si se conoce la imagen que estos actores implícitamente se hacen de su sociedad,
si se sabe qué estructuras, qué operaciones, qué resultados, qué rendimientos, qué potenciales,
qué peligros y qué riesgos atribuyen a su sociedad a la luz de la tarea que esos actores se
proponen, a saber, la tarea de realizar los derechos y de aplicar el derecho” (2008: 15).
La teoría crítica del derecho no ha quedado marginada de tales investigaciones sino que podríamos
afirmar que uno de los aportes más ricos a la teoría del derecho desde la tradición crítica está dada por su
análisis filosófico ideológico de la actividad judicial.
Una postura crítica requiere desvelar, correr el velo, desnudar el manto de legalidad con el que los
jueces presentan sus decisiones, revelar las contradicciones que las sustentan, describir las relaciones de
poder que están presentes en la sociedad y la instrumentalidad del fallo judicial a su respecto. En este
marco es que podemos apreciar la existencia de un nivel de análisis del discurso judicial que consiste en
registrar las manifestaciones ideológicas en la toma de decisiones (Courtis, 2009: 343-395).
En el movimiento Critical Legal Studies y en la teoría crítica Argentina podemos escrutar
investigaciones ideológicas de la adjudicación, nos referiremos especialmente a los estudios de Duncan
Kennedy. Para el autor: “[…] La cuestión del rol de la ideología en la decisión judicial es una cuestión
ideológica” (2010: 125), la presentación del proceso de decisión judicial como un mecanismo algorítmico es
una forma de ideologizar la actividad de los jueces a partir de intereses que se priorizan, generalmente de
carácter conservador.
Al comentar las reflexiones de Carlos Cárcova, teórico crítico del derecho de la escuela Argentina,
Gianella Bardazano nos explica:
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“Sostiene Cárcova que si imaginamos una encuesta acerca del perfil de los jueces, frente al
interrogante concreto acerca de qué actividad es la que realizan, nos dirían que reconocen un
caso concreto que se presenta ante sus estrados y que subsumen las características del caso en
una premisa general que está prevista en una norma. Siguiendo a Cárcova (1996) creemos que
este es un mecanismo absolutamente ingenuo que no da cuenta de lo que efectivamente hacen
los jueces, aunque ellos crean que hacen eso y aunque resulte más tranquilizador creer que eso
es lo que hacen. En ese sentido es oportuno recordar el postulado del movimiento Critical Legal
Studies acerca de que la conservación de la imagen del juez neutral supone la preservación de
una instancia simbólica […] La importancia estratégica de la función judicial no es sólo la de
resolver un conflicto entre particulares sino la de ejemplarizar y hacer trascender una receta
social a partir de la resolución de ese conflicto entre particulares, esto es, la resolución de los
conflictos entre particulares incide en la implementación de ciertas políticas públicas. Admitir lo
anterior supone, obviamente, admitir que los jueces hacen política, en tanto dirigen, de alguna
manera, la elección y consecución de finalidades sociales, y ello, a su vez, pone en primer plano
la importancia de la responsabilidad que debe reclamarse a quien ejerce al función
jurisdiccional” (2008: 25 y 26).
A modo de síntesis de las ideas de la teoría crítica del derecho, entre ellas referidas a la decisión
judicial, el profesor Cárcova ejemplifica:
“Que el derecho no es un instrumento neutral en la organización de la vida social y que sirve o
para reproducir acríticamente las relaciones de poder establecidas o, en cambio, para
transformarlas con sentido progresivo. Que las normas no son unívocas y que los jueces no son
sus mecanismos aplicadores; que las primeras adquieren significación de acuerdo al modo en
que son articuladas y relacionadas con los hechos relevantes del caso y que los segundos son sus
intérpretes paradigmáticos a través de actos de constitución de sentido (performativos) que no
son actos puramente individuales, sino inexorablemente sociales. Es decir, sobredeterminados
por los intercambios simbólicos del proceso general de la interacción humana en un momento y
lugar determinados […]” (2014: XVI).
Por su parte, también Kennedy explicita la estrategia conservadora de justificación de la
neutralidad del operador judicial a partir de una descripción institucional peculiar, según el autor:
“[…] históricamente, el poder político que ejercen los jueces a través de todas las áreas
doctrinarias diferentes ha sido legitimado, explicado y racionalizado diciendo que, si bien es
verdad que los jueces no son electos, de todos modos no necesitan serlo porque el proceso
jurídico les impone una clase de disciplina que les prohíbe ser actores ideológicos dentro del
sistema” (2012: 89).
En el escrito introductorio al texto de Duncan Kennedy Izquierda y derecho, Guillermo Moro
resume algunos presupuestos teóricos del movimiento Critical Legal Studies (CLS):
“Las normas jurídicas y las sentencias judiciales –tanto como la supuesta ‘ciencia’ jurídica
construida para explicarlas y sistematizarlas- se cuentan entre los dispositivos simbólicos más
importantes de la sociedad capitalista para naturalizar como institucionalidad inevitable lo que
no es sino relación de poder contingente. El derecho, desde esta perspectiva, no es sino un
dispositivo alienante, que distorsiona la conexión entre las personas y las expropia del control
sobre su destino. Es por eso que los trabajos de esta variante de la teoría crítica (CLS) siempre se
sustentaron en la esperanza de descongelar la (falsa) necesidad para exhibir la contingencia
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tendría un efecto revitalizante y emancipador, abriendo espacio para la imaginación de futuros
alternativos” (Kennedy, 2010: 13).
El derecho es la articulación por excelencia de los discursos prescriptivos, en atención al grado de
institucionalización que alcanza la coacción a través del aparato estatal. En ese marco las relaciones de
poder se constituyen a partir de una institucionalidad que las reproduce, encuentran el germen de su
continuidad y existen a partir de lo instituido. La relación entre lo instituyente y lo instituido, entre el poder
y la resistencia al poder, se presenta desde la neutralidad e imparcialidad de lo convenido, lo acordado, lo
consensuado en el seno de la representatividad democrática.
El pacto social que se alcanza a partir de esas coordenadas ideológicas es doblemente ideologizado
mediante la práctica judicial, especialmente evidente desde el ejercicio de la discrecionalidad de los jueces.
La matriz ideológica que hace posible la constitución del sistema social, con todos los matices que genera la
coparticipación partidaria, se actualiza a partir de la ideología que pone en práctica el juez al decidir el caso
concreto. Este doblete ideológico se ve posibilitado por lo que Hart ha denominado textura abierta del
derecho (2011: 155 y siguientes).
Como indica Guillermo Moro:
“Dado que las normas necesariamente emplean un lenguaje general, para resolver los
eventuales conflictos particulares que puedan suscitarse en relación con su alcance específico se
prevé la actuación del poder judicial, cuya legitimidad se funda no ya en el respaldo democrático
electoral sino en la pericia técnica para ‘aplicar’ imparcial objetivamente los mandatos”
(Kennedy, 2010: 15).
Las pretensiones de ocultamiento respecto de la discrecionalidad judicial opacan, de esta forma,
uno de los aspectos de la constitución ideológica del sistema judicial. La opacidad que se pretende
establecer genera, en un primer momento, la evidencia de lo ideológico en el plano deliberativo
(legislación), sobre tal plano se dirigieron las pretensiones ideológicas de las escuelas del siglo XIX, y ese
nivel es alcanzado por la opacidad que, en un segundo momento, se vertió sobre el discurso judicial.
El discurso de la dogmática, en relación a los propios dogmáticos, intérpretes y jueces, tiene
pretensiones de disciplinamiento de los discursos. La reformulación del sistema legislado por la dogmática y
las recomendaciones de aplicación a los jueces constituyen dispositivos disciplinantes del poder jurídico.
Para Bovino y Courtis,
“ […] la concepción mayoritaria del derecho que subyace a la dogmática excluye completamente
la consideración de la práctica jurídica o bien supone relaciones erróneas entre el programa
establecido en el texto legal – y reformulado por la dogmática- y la instancia en donde tiene
lugar la práctica jurídica como práctica social. En el primer caso, se acota todo el fenómeno
jurídico a un conjunto de textos explicados por juristas teóricos que se ocupan de sus aspectos
formales a través de un reduccionismo que propone el ideal de neutralidad y ahistoricidad del
derecho y concibe las decisiones judiciales como un mero proceso de aplicación de reglas
generales al caso concreto. En el segundo caso, se establece una relación de continuidad entre el
discurso dogmático y el discurso de la práctica jurídica, idea que define al discurso teórico “por lo
que excluye como objeto teórico: las características del funcionamiento de la práctica judicial y el
proceso de producción y transformación de su propio discurso” (2009, 336).
La dogmática disciplina métodos de clausura del discurso, tópicos argumentales que permiten la
cancelación de las discusiones, la eliminación de las referencias explícitamente ideológicas, todo unido a los
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dogmas de neutralidad e imparcialidad como caracteres de la práctica de los jueces. La actividad de los
jueces a partir de esos caracteres se presenta en un grado de institucionalidad inevitable, la teoría crítica
corre el velo de opacidad y pone en evidencia las potencialidades del trabajo jurídico:
“Y el resultado de ese trabajo jurídico tampoco revelará la ‘esencia’ de la cuestión: simplemente
indicará, ex post facto, que este actor, con esta agenda, con esta disponibilidad de tiempo, con
esta habilidad argumentativa, frente a esta audiencia, en este contexto político-social, etc.,
vivenció la ‘clausura’ en un determinado punto de su proceso hermenéutico, dándolo por
‘terminado” (Kennedy, 2010: 17).
Frente a las pretensiones de completitud, coherencia y racionalidad que la dogmática tradicional
atribuía al sistema legal, las investigaciones de la teoría jurídica han desbaratado esos esquemas
ideológicos, surgen así desafíos que la teoría debe enfrentar.
Kennedy sentencia de esta forma:
“La reducción fenomenológica del derecho nos enfrenta a la angustia de la incerteza, lo que a su
vez nos obliga a reasumir entera responsabilidad por nuestros actos. Jueces, juristas y abogados
pierden, así, su mayor arma retórica. Ya no pueden invocar compulsión de ‘la ley’ para justificar
sus decisiones: ellos son siempre parte de la decisión. Dios ha muerto” (2010: 18).
La discrecionalidad judicial y el modelaje de los materiales normativos a través de la interpretación
son condiciones de posibilidad de lo que Kennedy denomina “actitud estratégica”. Como indica el profesor
norteamericano:
“Siempre es posible para el juez adoptar una actitud estratégica hacia los materiales, tratar de
hacer que signifiquen algo distinto de lo que al principio parecía que significaban, o darles un
significado que excluya otros inicialmente posibles. […] Siempre es posible comportarse
estratégicamente, en el sentido de intentar que una particular interpretación de las normas
parezca la más adecuada” (Kennedy, 2010: 32).
Frente al mapa de soluciones que traza la dogmática y las zonas de indeterminación que afectan a
los materiales normativos, el juez encuentra en tales presupuestos el universo de posibilidades para hacer
jugar mediante procedimientos retóricos la solución que ideológicamente pretende alcanzar con su fallo.
Como acertadamente indica Kennedy:
“A veces resulta evidente que los jueces se sienten compelidos por los materiales a alcanzar
determinadas soluciones sin tomar en consideración sus propias preferencias legislativas, o
incluso contra ellas. Sin embargo, siempre aspiran a generar un efecto retórico particular: el de
la necesidad jurídica de sus soluciones, sin considerar la ideología. Trabajan para lograr este
efecto pese a que sabemos que el comportamiento estratégico es una posibilidad inerradicable
de la interpretación, entendiendo por comportamiento estratégico la elección, fundada en
motivaciones externas, de trabajar para desarrollar una de las posibles soluciones del problema
jurídico en cuestión en lugar de otra” (Kennedy, 2010: 28).
La descripción del sistema judicial a partir de las actividad de los jueces encierra complejidades que
no es posible encasillar en el irracionalismo ni en el ultrarracionalismo, hay un marco de posibilidades de
sentido que se abre a la interpretación, en la que ingresa el componente ideológico; entre la pesadilla y el
noble sueño del que nos habla Hart se despliega un territorio que habilita la formación de pliegues
interpretativos que encontrarán en la retórica judicial el momento de sus posibilidades discursivas.
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Decisión judicial y política: ¿los jueces hacen política?
En la formación de las decisiones judiciales, sin perjuicio de la inexistencia formal de la regla del
precedente obligatorio en nuestro sistema jurídico, los jueces se guían por la pretensión de coherencia
diacrónica. Según Paolo Commanducci, la dimensión diacrónica de la coherencia se vincula con los juicios
de los destinatarios de las decisiones judiciales que exigen al grupo de decisores la coherencia de las
interpretaciones en el tiempo bajo el afán de certeza. Indica el autor:
“Pasamos así de una dimensión individual de la decisión interpretativa a la praxis de un grupo
que, si toma plena conciencia de tener una responsabilidad qua productora de normas, y de no
tener responsabilidades políticas como en cambio sí tiene el legislador – que puede no ser
reelegido-, debe darse cuenta que tiene no sólo responsabilidad respecto a la búsqueda del valor
de la equidad, sino también respecto a la búsqueda del otro valor, el de la certeza” (2011: 66).
Esta dimensión no queda reservada de la crítica ideológica, Kennedy indica:
“El juez que interpreta la doctrina de la cuestión política o la más vaga noción de
‘intersticialidad’ a través del requerimiento de coherencia con casos anteriores y con otras
normas del sistema está promulgando la ideología del ‘sistema’ sobre la restricción judicial o el
activismo judicial, y no su visión personal” (Kennedy, 2010: 121).
Existe un déficit de compromiso profesional en la pretensión de grado cero en el contenido
ideológico de las decisiones judiciales, el juez que postula tal ascetismo y se apoya en estructuras de
carácter formal (el precedente, la legislación, por ejemplo) no se está haciendo cargo del rol que el sistema
jurídico le asigna, determinar el sentido de las expresiones de los materiales normativos para el caso
concreto en ejercicio de la discrecionalidad bajo las restricciones del discurso judicial, con la posibilidad de
hacer valer su perspectiva a partir de la incorporación de sus pretensiones ideológicas. El juez que se hace
cargo de su visión ideológica en el sistema y que realiza trabajo jurídico, en el sentido indicado por
Kennedy, que es consciente de su labor a partir de estas coordenadas y de lo que más arriba llamamos
doblete ideológico, debe tensar sus esfuerzos para determinar los efectos de sus decisiones en el sistema
social sin caer en el consecuencialismo, siempre bajo un estricto escrutinio de racionalidad con tendencia
asintótica hacia mayores estándares de racionalidad abiertos al control intersubjetivo más exhaustivo.
El doblete ideológico del que hablamos genera nuevos pliegues cuando se enfrenta al discurso que
elabora el juez para fundar sus decisiones, la retórica judicial se vertebra con la retórica política, ambas de
alto contenido ideológicoii.
El siguiente comentario de Kennedy es singularmente ilustrativo:
“La actividad de creación de derecho de los jueces tiene lugar en el contexto de una estructura de
normas jurídicas (frente a una determinada laguna, conflicto o ambigüedad en esta estructura).
Los jueces resuelven problemas interpretativos a través de una forma de trabajo que consiste en
reformular alguna parte de esta estructura, y luego desplegar un repertorio de argumentos
jurídicos para justificar sus soluciones. Una modalidad importante de la influencia ideológica en
la decisión judicial proviene de la interpenetración entre esta retórica específica y técnica de la
justificación jurídica y la retórica política general del momento. Podemos al menos adivinar el
impacto que produce sobre el corpus total del derecho el hecho de que gran parte esté a cargo
de jueces que persiguen proyectos ideológicos bajo estas peculiares restricciones interpretativas.
Esta difusión del poder de creación de derecho reduce el poder de las mayorías ideológicamente
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organizadas, ya sean liberales o conservadoras, para producir cambios significativos en cualquier
área temática regulada por el derecho” (Kennedy, 2010: 29).
Las tendencias jurisprudenciales en materia de derechos sociales confirman el alto grado de
politización que alcanza el debate judicial ante una cuestión que habilita la interpretación constitucional, la
existencia de indeterminación de los materiales normativos, la expresión por los Tribunales de Apelaciones
sin la posibilidades de control en una instancia superior que habilite la uniformización de la jurisprudencia
(casación). El análisis teórico de la exigibilidad de los derechos sociales no es abordado por la retórica
judicial que se mueve, con matices, entre el pragmatismo y la coherencia diacrónica bajo la égida del
derecho a la igualdad que nos remite a la lógica del estado liberal y los derechos de primera generación.
Estas reflexiones son a modo de ejemplo para justificar la retroalimentación del sistema a partir de
lo que denominamos doblete ideológico. Por un lado el poder político deja libre a la retórica judicial un
campo de indeterminación discursiva que supone su carácter ideológico basado en el esquema
deliberativo, ante ello los jueces despliegan interpretaciones que presuponen el contenido ideológico que
se traslada del sistema político con sus indeterminaciones; ante el ejercicio de la discrecionalidad judicial el
sistema político vuelve a pronunciarse, ya sea aceptando los resultados institucionales de la retórica judicial
o mediante la adopción de nuevas convenciones que se plasman en materiales normativos que reimplantan
el mecanismo estructural que describimos.
De esta forma se alimenta el proceso interpretativo, a partir de los materiales normativos, la
interacción entre la doctrina y las decisiones judiciales genera una historia efectual que hace incidir la
variable hermenéutica en el doblete ideológico descripto (GADAMER, 1988).
A modo de conclusión: ¿es posible la actividad judicial?
“¿Cómo conjugar el acto de justicia que debe referirse siempre a una singularidad,
individuos, grupos, existencias irremplazables, el otro o yo como el otro en una
situación única, con la regla, la norma, el valor, o el imperativo de justicia que
tienen necesariamente una forma general? Dirigirse al otro en la lengua del otro es
la condición de toda justicia posible, pero esto parece rigurosamente imposible”
(Derrida: 1989).
“El que juzga no entiende. Para ser juez es preciso hacer previamente la heroica
renuncia a entender el caso que se presenta a juicio en la inagotable realidad de su
contenido humano. La justicia mecaniza, falsifica el juicio para hacer posible la
sentencia. No es, pues, extraño que del inmenso volumen de la historia universal se
puedan espumar tan pocos nombres de jueces inteligentes. Aunque personalmente
lo fueran, su oficio les obligó a amputar su propia perspicacia. Este es el triste
heroísmo del juez, sin el cual la convivencia humana no resultaría posible. Vaya
nuestro respeto a esa dolorosa profesión; pero de paso detestemos a los que sin
ejercerla se constituyen tan fácil y alegremente en jueces de afición” (Ortega y
Gasset: 1983).
La relación derecho-justicia ha recibido diferentes respuestas que son funcionales a las teorías del
derecho que han generado tales discontinuidades. Una de las opciones teóricas consiste en esfumar los
límites entre las concepciones de justicia y derecho, la teoría del derecho contemporánea nos permite
analizar la cuestión a partir de la actividad de los jueces como productores del derecho (en cuanto
determinan el sentido de los materiales normativos y a través del ejercicio de la discrecionalidad).
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En tal despliegue discursivo pudimos identificar el doblete ideológico que se da en las sociedades
de institucionalidad democrática mediante el juego de la legislación, la doctrina y la jurisprudencia en el
marco del proceso hermenéutico que se vertebra.
Los jueces se encuentran en las encrucijadas que plantea la teoría del derecho, entre la pesadilla y
el noble sueño, el irracionalismo y el ultrarracionalismo, a ello se suma la dimensión ideológica en la que
pone acento la teoría crítica.
En esta breve guía la apuesta es a la toma de conciencia del decisor judicial del rol que juega en el
marco de la institucionalidad democrática, la persistencia del doblete ideológico, la ineludible
discrecionalidad judicial. Esa toma de conciencia no queda libre de las restricciones propias de la
argumentación judicial, ya no como retórica judicial (en el sentido de Kennedy) sino bajo el imperativo de la
racionalidad con la disposición al control intersubjetivo más exhaustivo por la comunidad de hablantes.
i
ii
Citas tomadas de la obra Literalidad y decisión de Gianella Bardazano (2008: 7).
Véase al respecto la sentencia n° 101/2007 del Tribunal de Apelaciones en lo Civil de 5° turno y la utilización por el
mismo Tribunal de la expresión “farmacia judicial” en las sentencias n° 11 y 213/2012. La ideología judicial ha tenido
un campo especial de dispersión en los procesos de amparo donde se exige la protección de derechos sociales como el
caso del derecho a la salud, la siguiente reflexión de Kennedy es enteramente aplicable: La idea es que las políticas de
los jueces tiene un impacto masivo sobre el derecho que esos jueces producen, y tienen un impacto masivo sobre quién
consigue qué cosa en el sistema; pero todos parecen empeñados en negar que es así, no se trata que los jueces
engañen o violen las reglas al desempeñar un rol político: dada la textura abierta, no podrían hacer otra cosa. Pero es
una lástima que, cuando imprimen sus políticas centristas sobre la ley, busquen dar la impresión de que en sus
decisiones no entra en juego ninguna política (Kennedy, 2012: 91).
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Bibliografía recomendada
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