22. Proposiciones que hacen al Congreso Nacional los diputados

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22. Proposiciones que hacen al Congreso Nacional los diputados de América y Asia, 1811
“Proposiciones que hacen al Congreso Nacional los diputados de América y Asia, 1811”. (30 de abril de
1811). En Gazeta del Gobierno de Lima, (No 15), pp. 1-2.
La extensión y diversidad del territorio americano sujeto a la Corona española, y la propia diversidad
del origen geográfico, social, profesional e ideológico de los diputados americanos que asistieron a
las Cortes de Cádiz, hacían muy difícil que éstos asumieran la vocería unificada de los, a su vez, muy
diversos intereses y aspiraciones étnicos, económicos, políticos, sociales y culturales de los habitantes
de sus provincias de origen, y menos aún de la América en su conjunto. No obstante, al poco tiempo de
iniciarse las deliberaciones de las Cortes, el conjunto de los diputados americanos fue capaz de integrar
en once proposiciones buena parte de estas aspiraciones, con el inevitable predominio de aquellas
que apuntaban a satisfacer viejas demandas de los sectores económicos más dinámicos y poderosos,
como eran los comerciantes, los mineros y los hacendados. Por ello casi todas las reivindicaciones
expresadas en las proposiciones hechas por los diputados americanos en sesión secreta de las Cortes
del 16 de diciembre de 1810 están dirigidas a reclamar libertades de orden económico, a saber:
supresión de los estancos, apertura al comercio internacional, libertad de cultivos, manufactura e
industria, igualdad de oportunidades para acceder a los cargos públicos, igualdad de representación
política, y restablecimiento de la Compañía de Jesús. Las once proposiciones, fruto del difícil consenso
de los diputados americanos son las que se insertan a continuación.
Proposiciones que hacen al Congreso Nacional los diputados de América y Asia, 1811
I. En consecuencia del decreto de 15 del próximo octubre se declara que la representación nacional
de las provincias, ciudades, villas y lugares de la Tierra Firme de América, sus Islas y las Filipinas, por
lo respectivo a sus naturales y originarios de ambos hemisferios, así españoles como indios y los hijos
de ambas clases, deben ser y será la misma en el orden y forma (aunque respectiva en el número) que
tienen hoy y tengan en lo sucesivo las provincias, ciudades, villas y lugares de la Península e islas de
la España europea entre sus legítimos naturales.
II. Los naturales y habitantes de América pueden sembrar y cultivar cuanto la naturaleza y el arte les
proporcione en aquellos climas; y del mismo modo promover la industria, manufactura y las artes en
toda su extensión.
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Juntas e independencias en el Nuevo Reino de Granada
III. Gozarán las Américas la más amplia facultad de exportar sus productos naturales e industriales
para la Península y naciones aliadas y neutrales y se permitirá la importación de cuanto haya menester,
bien sea en buques nacionales o extranjeros; y al efecto quedan inhabilitados todos los puertos de la
América.
IV. Habrá un comercio libre y recíproco entre las Américas y las posesiones asiáticas, quedando abolido
cualquier privilegio exclusivo que se oponga a esta libertad.
V. Se establece igualmente la libertad de comercio de todos los puertos de América e Islas Filipinas a
los demás de Asia, cesando también cualquier privilegio en contrario.
VI. Se alza y se suprime todo Estanco en las Américas; pero indemnizándose al Erario público de la
utilidad líquida que percibe en los ramos estancados, por los derechos equivalentes que se reconozcan
sobre cada uno de ellos.
VII. La explotación de las minas de azogue será libre y franca a todo individuo; pero la administración
de sus productos quedará a cargo y responsabilidad de los Tribunales de Minería con inhibición de los
virreyes, intendentes, gobernadores y tribunales de Real Hacienda.
VIII. Los americanos, así españoles como indios, y los hijos de ambas clases, tienen igual opción que
los españoles europeos para toda clase de empleos y destinos, así en la Corte como en cualquier lugar
de la Monarquía, sean de la carrera eclesiástica, política o militar.
IX. Consultando particularmente la protección natural de cada reino, se declara que la mitad de sus
empleos ha de proveerse necesariamente en sus patricios nacidos dentro de su territorio.
X. Para el más seguro logro de lo sancionado, habrá en las capitales de los virreinatos y capitanías
generales de América una Junta Consultiva de propuestas para la provisión de cada vacante respectiva
en su distrito al turno americano, a cuya terna deberán ceñirse precisamente todas las autoridades
a quienes incumba la provisión en la parte que a cada una toque. Dicha Junta se compondrá de
los vocales siguientes del gremio patricio: el oidor más antiguo, el regidor más antiguo y el síndico
personero del ayuntamiento, el rector de la Universidad, el decano del Colegio de Abogados, el militar
de más graduación y el empleado de Real Hacienda más condecorado.
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XII. Reputándose de la mayor importancia para el cultivo de las ciencias, y para el progreso de las
misiones que introducen y propagan la fe entre los indios infieles, la restitución de los Jesuitas, se
concede por las Cortes para los reinos de América.
Dionisio Inca Yupanqui (Perú), el marqués de San Felipe y Santiago (Cuba), Luis de Velasco (Buenos
Aires), Blas Ostolaza (Lima), Andrés Solariego (México), Francisco Fernández Munilla (México), Joaquín
Fernández de Leyva (Chile), José María Gutiérrez de Terán (México), Antonio Luazo (Perú), Esteban de
Palacios (Caracas), José Álvarez de Toledo (Santo Domingo), Ramón Power (Puerto Rico), Pedro Pérez
de Tagle (Filipinas), José María Couto (Nueva España), Miguel Riesco (Chile), Máximo Maldonado
(Nueva España), Octaviano Obregón (Nueva España), Andrés de Llano (Guatemala), Joaquín de Santa
Cruz (Cuba), Ramón Feliú (Perú), el conde de Puñonrostro (Nuevo Reino de Granada), Vicente Morales
(Perú), Salvador Sanmartín (México), Manuel de Llano (Guatemala), Francisco López Lisperger (Buenos
Aires) y José Mejía Lequerica (Nuevo Reino de Granada).
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Una vez proclamada y jurada la Constitución de la Monarquía Española en la ciudad de Cádiz,
la Cortes y el Consejo de Regencia hicieron imprimir un buen número de copias de la misma, y
expidieron órdenes y decretos con el fin de que ésta fuera publicada y acatada mediante juramento
por las autoridades civiles, militares, y religiosas, y por el pueblo en general, tanto de la península,
como de las provincias de ultramar. En la Nueva Granada, ejemplares impresos de la Constitución
de Cádiz se recibieron desde mediados del año 1812 en las provincias que se mantenían leales a la
Monarquía: Santa Marta, Riohacha, Panamá, Barbacoas, Iscuandé, Pasto, Quito, Cuenca y Guayaquil.
A continuación se insertan algunas de las actas remitidas a España por parte de las autoridades de
algunas de las ciudades antes mencionadas.
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