LA HISTORIA SUP LA ESCRITA POR MUJERES

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Galatea de las Esferas (1952). Salvador Dalí
LAURA TRIVIÑO CABRERA
(COORDINADORA)
MUJERES
desde contextos
espaciales y
temporales dispares
Una visión interdisciplinar
Sobre el género y la
condición femenina
HISTORIA SUPERSÓNICA DE
LA POESÍA ESPAÑOLA ESCRITA
POR
MUJERES
Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier / Universidad de Cádiz
Es larga la historia de la poesía escrita por las mujeres. Tan larga como la poesía
misma, aunque aquí nos veamos obligados a reducirla como si de una pastilla de BigBang se tratase.
I. Edad Media
En la Edad Media la literatura en lenguas vernáculas fue en principio algo
puramente vulgar, una corrupción del latín que no se estimaba como un producto
artístico y por lo tanto no se ponía por escrito. En España las primeras muestras escritas
de una lengua que no es de cultura (ni latín, ni árabe, ni hebreo) son las jarchas
mozárabes que datan del siglo X: letrillas amorosas en lengua vulgar que los poetas
cultos de al-Andalus incorporaban a sus poemas transcribiéndolos en alfabeto árabe o
hebreo (es decir, aljamiados). La gente cantaba y contaba para distraerse en medio del
trabajo o del ocio, y sus cantos y cuentos transmitían sus conocimientos, sus valores, su
pertenencia a una comunidad con un patrimonio común. En este contexto de la tradición
oral suele ser la mujer la que, al dominar en el marco de lo privado o doméstico, tenía
un papel singularmente importante en la transmisión del folclore al que pertenecen
cuentos, adivinanzas, canciones y romances.
En la sociedad medieval la imagen de la mujer estuvo sometida a distintas y a
veces contradictorias instancias que fueron variando con el tiempo. Cristo no parece que
condenara ni marginara a la mujer, pero el cristianismo sí fue marginándola a lo largo
de su historia: San Pablo, San Agustín y otros Primeros Padres de la Iglesia transmiten
una visión patriarcal, propia tanto de Roma como del judaismo, donde la mujer, en
culturas guerreras basadas en la fuerza física, es sexo débil subordinado al masculino.
Esto es más patente en la tradición judaica, donde prevaleció, frente a otras variantes, el
mito de que Dios formó a Eva en segundo lugar, a partir de una costilla de Adán. La
misoginia arrecia a partir del primer milenio, donde se le niega a la mujer la posibilidad
de ejercer el sacerdocio y se falsean los documentos donde se habla de sacerdotisas
anteriores y de clérigos casados (Küng, 2002). En el terreno religioso tenemos la
duplicidad entre la Eva pecadora y la María redentora, de modo que una misma religión
se encargará de denostar a la mujer de carne y ensalzar a la mujer celeste. El derecho
romano, redescubierto a fines del siglo XI, regula la inferioridad legal de las mujeres, y
es reforzado por el derecho canónico.
Ahora bien, en la práctica de la vida real la situación de una mujer no tenía por qué
ceñirse a las restricciones legales, y de hecho la vida femenina era distinta según la clase
o estamento al que se perteneciera, y según su estado civil. En principio la mujer
dependía del varón (padre, hermano o esposo), pero había dos circunstancias
particularmente liberadoras: la ausencia del varón tras el matrimonio dejaba un amplio
margen a las damas ricas de la aristocracia feudal, casadas solas o viudas no recasables,
que en ausencia del esposo regían en su casa y en sus tierras, en una época, el siglo XII,
en que surge precisamente la corte de amor, el amor cortés, para entretener a unas
damas que están solas y se aburren. Otra vía era la elección del convento, especialmente
4
cuando era opción libremente elegida por féminas ricas (con dote) para escapar a un
matrimonio impuesto. Cortes y conventos fueron lugares donde las mujeres pudieron
vivir con cierta autonomía y adquirir cierta educación, de modo que es de estos núcleos
de donde parte una escritura femenina.
Si buscamos vestigios documentados de una literatura compuesta por mujeres, los
primeros pertenecen a la lírica primitiva, uno de cuyos fondos más importantes, las
cantigas de amigo, es femenino. Elvira Gangutia (1972), comparando la lírica de amigo
en la Grecia arcaica y la poesía arábigo-española de la que surgieron las jarchas, piensa
que en su origen estaría relacionada con el culto pagano a la diosa del amor, primero en
el contexto oriental de Anatolia (Inanna) y Mesopotamia (Istar, Astarté), y luego en el
contexto griego de Afrodita. Eran canciones populares marginadas por la cultura oficial
pero que pervivieron y pasaron al mundo romano (“cantica puellarum”) y llegaron más
allá de la caída del Imperio, de modo que pudieron sobrevivir a la cristianización y
serían el origen de diversas formas europeas que, en la tradición hispánica, son las
canciones puestas en boca de mujer: las jarchas mozárabes, las cantigas de amigo
galaicoportuguesas y los villancicos castellanos. Hoy en día estas canciones se
conservan en los cancioneros cortesanos como textos anónimos (Pérez Priego, 1990).
Los hay completos, como esta famosísima albada paralelística del Cancionero musical
de Palacio'.
Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Amigo, el que yo más quería,
venid al alba del día.
Amigo, el que yo más amava,
venid a la luz del alva.
Amigo el que yo más quería,
venid a la luz del día.
Venid a la luz del día,
non trayáis compañía.
Venid a la luz del alva,
non traigáis gran compaña.
En otros casos las canciones parecen truncadas, como es el caso, también en el
Cancionero musical de Palacio, de este misterioso poema que fascinó a Alberti:
En Ávila, mis ojos,
dentro en Ávila.
En Ávila del río
mataron a mi amigo.
5
Dentro en Ávila.
La crítica coincide en que, comparada con la masculina, esta lírica anónima de
origen tradicional que empieza a recogerse por escrito a partir del siglo XIV, muestra
rasgos del punto de vista femenino, sobre todo cuanto más populary menos sometida a
las convenciones cultas. Entre estos rasgos está una mayor intimidad, introspección y
confidencialidad, una mayor atención a los detalles concretos, un uso más coloquial y
natural del lenguaje, y una concepción más sensual del amor. Algunas canciones
contienen claras quejas sobre la situación femenina, como la que comienza con los
versos “No quiero ser monja, no,/ que niña namoradica só”, o la que por el contrario
dice: “De ser mal casada/ no lo niego yo./ ¡Cativo se vea/ quien me cativo!”. Para Elene
Kolb lo más significativo, independientemente de quién escribiese estos textos, es que,
aunque la voz femenina fuese reprimida, su estilo “sobrevivió adoptado por los hombres
que, en lenguaje personal y coloquial, comenzaron a escribir sobre la vida cotidiana, las
relaciones humanas y el reino de los sentimientos. Lo que en un tiempo no se consideró
digno de ser conservado en absoluto se convirtió, de hecho, en literatura” (Kolb, 1989:
35).
Sabemos, ya desde los estudios de Ramón Menéndez Pidal (1924: 42-43), que
hubo juglaresas lo mismo que hubo juglares: mujeres autoras e intérpretes de canciones
y cantares de gesta con los que se ganaban la vida, insólitas mujeres de vida errante que
incluso llegaron a granjearse una buena posición. Un testimonio es el que ofrece el
Libro deApolonio, del siglo XIII, donde se cuenta la actuación en un mercado de la
juglaresa Tarsiana, auténtica cantautora. El siglo XIII vio el auge de estos personajes:
Isabel la Cantadera, de la corte de Pedro IV de Aragón, o María Pérez Balteira, que
estuvo en la de Alfonso X el Sabio y fue con Jaime I de Aragón a las cruzadas.
Junto a las juglaresas hay que mencionar a las trovadoras, surgidas a finales del
XII en el ámbito francés: así Marie de France. En España el fenómeno se manifiesta en
la zona catalano-provenzal también desde el XII, y más tarde en otras áreas. Como
ocurre en todo el primer tramo de Edad Media, la autoría explícita es escasa, y más aún
en el caso de la femenina. Miguel Ángel Pérez Priego documenta en los cancioneros
unos diez nombres y unas veinte composiciones en lengua castellana, a menudo sólo
breves invenciones o motes glosados por hombres. Estos diez nombres (a veces ni
siquiera propios: “una dama”), entre 400, no son muchos: un 2%. Se trata normalmente
de damas de alcurnia. Entre todas -Doña Mayor Arias, Doña María Sarmiento...destaca Florencia Pinar (1470- 1530), cuya composición más famosa, recogida en el
Cancionero General, es “Otra canción de la misma señora a unas perdizes que le
embiaron bivas”:
CANCIÓN
Destas aves su nación
es cantar con alegría,
y de vellas en prisión
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siento yo grave pasión,
sin sentir nadie la mía.
Ellas lloran que se vieron
sin temor de ser cativas,
y a quien eran más esquivas
essos mismos las prendieron.
Sus nombres mi vida son,
que va perdiendo alegría,
y de vellas en prisión
siento yo grave pasión,
sin sentir nadie la mía.
El código de composición es culto. El texto destaca por el motivo animal, original
en la época, por el juego de palabras perdices-perdiendo, y, como señala Alan
Deyermond, por la carga erótica y sexual, ya que en el bestiario medieval la perdiz se
asociaba a la lascivia y el deseo carnal. En general suele afirmarse que las trovadoras
son menos propensas a las fiorituras retóricas y alegóricas, más llanas en el estilo y
menos dadas a la idealización del amor.
II. Siglos XV y XVI: del Humanismo al Renacimiento
Con el humanismo prerrenacentista y renacentista la mujer se beneficia del nuevo
antropocentrismo: se le concede mayor dignidad como persona y se facilita su acceso a
la cultura, particularmente en el estamento nobiliario. En El Cortesano (1528) de
Baltasar de Castiglione se diseña, dentro de una misma dimensión neoplatónica, el ideal
de gentilhombre y de gentildonna o cortesana honesta. Las relaciones entre sexos
recuerdan mucho al amor cortés, pero despojado ahora de componente sexual.
Castiglione insiste en la domesticidad femenina, por un lado, y, por otro, vincula el
amor al matrimonio, en contra de la tradición medieval donde el matrimonio era un
contrato mercantil y un sacramento y el amor, en cambio, se concebía como una pasión
sensual normalmente extramatrimonial. En esta misma línea prosiguen los humanistas
cristianos, interesados en reforzar el matrimonio igualando a los cónyuges mediante la
instrucción de ambos sexos. Erasmo de Rotterdam fue un paladín de la instrucción
femenina sin límites, si bien con miras a la felicidad matrimonial y a la educación de los
hijos, dentro del ámbito doméstico. Menos condescendientes fueron otros humanistas,
caso destacado de fray Luis de León con su tratado sobre La perfecta casada (1583).
En general quienes más sufrieron la confinación doméstica en esta época fueron
las mujeres de condición social media o baja, puesto que antes, en la Edad Media, la
mujer plebeya estuvo más integrada en el mundo laboral, lo que conllevaba una mayor
dimensión pública, mientras que a partir del Renacimiento la estructura de producción
cambia, crece la población (entre ella la masculina), la mujer se hace innecesaria o
menos necesaria en el mundo del trabajo y es entonces cuando se la recluye en el hogar
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y se la convierte, como mucho, en un escaparate del estatus social del marido. Como de
costumbre, quienes mejor podían escapar a estas constricciones eran las damas de
alcurnia. Ellas, libres del trabajo en la casa y de la crianza, eran las que concurrían a los
teatros, las fiestas religiosas y los salones, o las que pudieron optar por el convento,
donde podían adquirir una formación, aunque fuera vigilada por varones (confesores,
sacerdotes, etc.).
Desde el siglo XV se formaron en España círculos de humanistas en las cortes y en
las altas esferas intelectuales (que incluían la Universidad). En ellos aumentó mucho el
número de mujeres letradas de formación clasicista, si bien solían escribir en latín y
textos que en general no eran de carácter literario, creativo. La primera y más famosa
fue Beatriz Galindo (Salamanca, h. 1475-1534), a quien dieron esmerada educación sus
padres y a quien reclamó la reina Isabel la Católica para que la instruyera. A menudo
estas mujeres sabias eran hijas, hermanas o esposas de intelectuales, como Francisca de
Nebrija, que parece que colaboró en la Gramática de su padre, Elio Antonio de Nebrija,
y le sucedió en la Universidad de Alcalá de Henares como profesora de retórica. A la
esposa de Juan Boscán, Ana Girón de Rebolledo, se debe la publicación postuma, en
1543, de la poesía de su marido y de la de Garcilaso de la Vega, los dos autores que
introdujeron en España la moda italianizante. Se considera que la humanista más
destacada del Renacimiento español fue la toledana Luisa Sigea (h. 1530-1560),
políglota y polígrafa. De ella se conservan, aparte de obras en latín, dos poemas en
castellano de tono intimista y dolorido, muy lejos de los tópicos petrarquistas
cortesanos, que muestra una premonición de muerte. En efecto, Luisa, que fue en
Portugal dama del séquito de la infanta doña María, aspiró tras su boda con un noble
burgalés a ser dama de la reina Isabel de Valois, pero el rechazo de la corte española la
desanimó hasta el punto, según alguno de sus biógrafos, de morir de tristeza. Así lo
refleja este poema en octavas, de cuyas cuatro estrofas reproducimos sólo la primera y
la última (Serrano y Sanz, 1905, II, 394-471). Está inspirado en un pasaje del Libro de
Job (7,3): “Habui menses vacuos et noctes laboriosas, et numeravi mihi”1:
Un fin, una esperanza, un cómo o cuándo,
tras sí traen mi derecho verdadero;
los meses y los años voy pasando
en vano, y passo yo tras lo que espero;
estoy fuera de mí, y estoy mirando
si excede la natura lo que quiero;
y así las tristes noches velo y quento,
mas no puedo contar lo que más siento.
(...)
Por sola esta ocasión atrás me quedo,
y estando tan propincuo el descontento,
1
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“Mi herencia son meses baldíos, me tocan en suerte noches de fatiga”.
las tristes noches cuento, y nunca puedo
hallar cuento en el mal que en ella cuento;
ya de mí propia en esto tengo miedo
por lo que me amenaza el pensamiento;
mas pase así la vida, y pase presto,
pues no puede haber fin mí presupuesto.
Más allá del ámbito estrictamente humanístico hubo una floración poco conocida
aún de poetas profanas de extracción nobiliaria y vida palaciega que escribieron versos
a la manera cancioneril, poemas patrióticos y loas a personajes ilustres, y también lírica
amorosa al estilo italiano. Es el caso de Isabel Vega, Isabel de Castro y Andrade,
Catalina de Zúñiga o Leonor de Iciz. Junto a ellas hubo un nutrido grupo de escritoras
religiosas: monjas que, en una época en que arreció la espiritualidad y el misticismo (a
raíz del Concilio de Trento y la Contrarreforma), escribieron sus vidas a petición de sus
confesores y también algunos poemas de temática sacra. El ejemplo más ilustre es el de
Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582), canonizada en 1622 como Santa Teresa de
Jesús y proclamada en 1970 Doctora de la Iglesia. El suyo es un caso único en la
historia de la literatura española, donde realmente ha sido durante siglos la única mujer
integrada en el canon literario más selecto, y su figura, escritura y significado,
analizados una y otra vez. No es la lírica lo más importante de su producción,
evidentemente, pero sí es muy conocido el villancico que glosa y vuelve a lo divino la
letrilla “Vivo sin vivir en mí,/ y tan alta vida espero,/ que muero porque no muero”.
Recordemos sólo la primera mudanza:
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en mí este letrero:
que muero porque no muero.
En una época de conmoción espiritual Teresa de Jesús es la primera de una
pléyade de escritoras religiosas entre las que prendió con insólita frecuencia un
misticismo irracionalista y amoroso de tipo eminentemente franciscano, bien fuera
ortodoxo o heterodoxo. Estas monjas solieron, como Santa Teresa, escribir sus vidas y
experiencias por mandato y obediencia de sus confesores, pero también las hay poetas.
Así, Sor Jerónima de la Asunción (1555-1630), gran parte de cuyas obras se perdieron
porque su fama de santa impulsó a la gente a guardarlas como reliquias. Pero es famosa
por un “Soliloquio”, un villancico que empieza así:
Vuestra soy, para vos nací;
¿qué mandáis hacer de mí?
Inaccesible grandeza,
eterna Sabiduría
y bondad del alma mía,
Dios, un ser, poder y alteza,
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mirad la suma pobreza
de ésta que se ofrece aquí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Muy afamada igualmente fue Luisa de Carvajal y Mendoza (1566-1614), autora de
prosa y versos espirituales en los que se muestra la cristianización de la mitología cara
al Renacimiento. Sor Luisa de la Ascensión (1565-1684), conocida como “la monja de
Carrión”, prolífica epistológrafa y figura controvertida (cuenta en sus cartas cosas tales
como que Dios se le apareció por primera vez en el vientre de su madre, o que fue la
Virgen quien primero le dio de mamar), escribió poemas religiosos de tipo conceptista.
Su composición más conocida es el “Romance a la soledad del alma”.
El panorama renacentista es más complejo, pues incluye a autoras de novelas de
caballerías como Beatriz Bernal. Y aunque el teatro español no despegase en el XVI, en
él tenemos a la hija de Gil Vicente, Paula Vicente, dama camarera de la infanta doña
María de Portugal, y compañera de la humanista Luisa Sigea, que era hábil música,
actriz y colaboradora en las obras de su padre, así como autora de comedias propias.
III. Siglo XVII: el Barroco
En el Barroco la crisis general afectó también no ya a los modelos sino a los
comportamientos femeninos, más claramente rebeldes en una época en que de un lado
aumenta el hedonismo, el ocio, el consumo, el lujo, las fiestas, la frivolidad, de otro lado
aumenta el afán de represión de la mujer (es el famoso tema calderoniano de la honra),
y por otra parte se consolida el desengaño, el escepticismo ante el teatro del mundo y
una consecuente actitud de cautela.
En el siglo XVII aumenta el número de damas de clase alta que reciben educación,
aunque constituyeran minoría y aunque les vedaran el acceso a la Universidad. Sirva de
ilustración el caso de la barcelonesa Juliana Morell (1594- 1653), celebrado por Lope de
Vega en la segunda silva de su Laurel de Apolo (1630), pues defendió tesis filosóficas
con trece años y dominó, entre otros saberes, ni más ni menos que catorce lenguas. La
cultura, lejos de hacer a la mujer más dócil a las normas sociales, como pensaron
Erasmo y Luis Vives, la hizo más autoconsciente y reivindicativa. Pionera de esta
actitud fue la novelista María de Zayas (1590-h. 1661), que reclamó el derecho
femenino a la educación en términos tajantes (Vigil, 1986: 47-48):
Porque si esta materia de que nos componemos los hombres y las mujeres, ya sea una
trabazón de fuego y barro, o ya una masa de espíritus y terrones, no tiene más nobleza en
ellos que en nosotras, si es una misma la sangre, los sentidos, las potencias y los órganos
por donde se obran su efetos son unos mismos, la misma alma que ellos, porque las almas
ni son hombres ni mujeres; ¿qué razón hay para que ellos sean sabios y presuman que
nosotras no podemos serlo? Esto no tiene a mi parecer más respuesta que su impiedad o
tiranía en encerrarnos, y no darnos maestros; y así, la verdadera causa de no ser mujeres
doctas no es defecto del caudal, sino falta de la aplicación, porque si en nuestra crianza
como nos ponen el cambray en las almohadillas y los dibuxos en el bastidor, nos dieran
10
libros y preceptores, fuéramos tan aptas para los puestos y para las cátedras como los
hombres.
Otra inteligente defensora de la mujer fue la poetisa mejicana sor Juana Inés de la
Cruz en las famosas redondillas donde “Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura
de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan”, larguísimo título del poema
que comienza así:
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
(...)
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
(...)
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os tratan bien.
(...)
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
En el ámbito cultural se puso de moda la poesía, y proliferaron, junto a auténticos
talantes líricos, los rimadores y las rimadoras (Nelken: 1930) que decoraban los mejores
sueños italianizantes de los salones. Un dato curioso: Marta de Nevares, el último amor
de Lope de Vega, conoció al Fénix precisamente en la tertulia que reunía en su casa. En
este contexto prolifera una poesía de circunstancias basada en el ingenio, el artificio y la
exhibición verbal con la que se homenajea, lamenta o celebra todo acontecimiento
importante, ya sea boda, defunción, natalicio, solemnidad religiosa o canonización. Las
mujeres se valieron, para publicar sus escritos, de estos certámenes poéticos, así como
de la costumbre de reunir cancioneros, florilegios o loas en verso que servían de prólogo
a escritos ajenos, pues lo cierto es que una literata profesional estaba mal vista y un
libro con firma exclusivamente femenina suscitaba recelo.
Entre las poetas profanas más dotadas de esta época destaca Cristobalina
Fernández de Alarcón (Antequera, 1576-1646), del grupo poético de Pedro Espinosa,
11
con quien mantuvo una relación platónica pese a estar ella casada. Su poema más
conocido es una “Canción amorosa” de clara filiación garcilasiana:
Cansados ojos míos,
ayudadme a llorar el mal que siento;
hechos corrientes ríos,
daréis algún alivio a mi tormento,
y al triste pensamiento
que tanto me atormenta,
anegaréis con vuestra gran tormenta.
Cristobalina Enríquez destaca con un “Romance morisco”, mientras que la
portuguesa Bernarda Ferreira de Lacerda (1595-1644) es la primera mujer en cultivar la
poesía épica en las preceptivas octavas (España libertada, 1618). Claro que de esta
mujer se recuerda sobre todo la colección plurilingüe -en castellano, portugués, italiano
y latín- Soledades de Buçaco (1634), donde muestra su sensibilidad serena, de
raigambre renacentista, ante la naturaleza. Véase este
SONETO AL DESIERTO DE BUÇACO
Jardín cerrado, inundación de olores,
fuente sellada, cristalina y pura;
inexpugnable torre, do segura
de asaltos, goza el alma sus amores.
Intactas guardas tus hermosas flores,
matas la sed, destierras la secura,
ostentas majestad y de esa altura
penden trofeos siempre vencedores.
El verdor tuyo nunca el lustre pierde,
ni se enturbia el candor de tu corriente;
firme está en tu invencible fortaleza.
Que es el jardín cerrado siempre verde,
es siempre clara la guardada fuente,
y es propia de la torre la firmeza2.
Si Bernarda Ferreira es exponente del clasicismo barroco, Catalina Clara de
Guzmán (Llerena, 1618-1684) es seguidora del conceptismo quevedesco, sobre todo en
sus semblanzas de burlas, y Sor María de Santa Isabel muestra influencia gongorina,
especialmente cuando se aleja de los motivos religiosos. En cuanto a la escritura
religiosa, decae la mística (aunque aumentara el número de monjas visionarias),
sustituida por una poesía piadosa. De esta época son Sor María Jesús de Agreda,
2
Encontramos este poema entre los escasísimos de firma femenina que incluye la antología Paraíso
cerrado. Poesía en lengua española de los siglos XVI v XVII, Ed. de José María Mico y Jaime Siles (2003;
538).
12
consejera de Felipe IV; sor Teresa de Jesús María; Sor Isabel de Jesús; Sor Marcela de
San Félix, hija de Lope de Vega, en cuyas obras la crítica ha apreciado muchas de las
virtudes de su padre3. Cabe cerrar este apartado con la gran Sor Juana Inés de la Cruz
(1651-1695), única mujer, junto con Santa Teresa de Jesús, que ha puesto su pie firme
en el canon. Se trata de un ejemplo en el que Francisco Rico advierte un petrarquismo
teñido de íntima cordialidad.
EN QUE SATISFACE UN RECELO CON LA
RETÓRICA DEL LLANTO
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;
y amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto, que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste;
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.
Su conceptismo racional salta a la vista en la ingeniosa décima espinela
DISCULPA NO ESCRIBIR DE SU LETRA
Fuerza es que os llegue a decir
que sin salud llego a estar,
de vivir para estudiar
y no estudiar el vivir.
Y así, el llegar a escribir
de ajena letra, no hacer
novedad os pueda, al ver
que haya resuelto, al serviros,
por no poder escribiros,
escribiros por poder.
IV. El siglo XVIII: la Ilustración
3
Cfr. Francisco López Estrada: “Vida y obra literaria de Sor Marcela de San Félix, hija de Lope y monja de
la villa y corte”, Insula (Madrid), n° 521, 1990, p. 5.
13
El cambio de dinastía a la muerte de Carlos II supone para España, en el siglo
XVIII, entrar en la órbita de la cultura francesa y de la Ilustración. Los ilustrados en
general, como los humanistas cristianos, abogan por la educación de la mujer con miras
a la armonía conyugal y la instrucción de los hijos y, también, para combatir la oleada
de frivolidad y disipación de costumbres que trajo la nueva cultura cada vez más
secularizada. Nuestro primer ilustrado, el fraile benedictino Benito Jerónimo Feijoo,
escribió uno de sus célebres discursos en Defensa de las mujeres (1726)4 adjudicándoles
las mismas capacidades morales, físicas e intelectuales que a los hombres siempre y
cuando no se las aísle y se les prive de instrucción. Esta misma postura adoptaron
Campomanes, Jovellanos, José Cadalso y Leandro Fernández de Moratín.
Las más beneficiadas, como de costumbre, fueron las mujeres de clase alta. En
principio cundió la moda del salón ilustrado a la francesa, que se tradujo en Madrid en
los de la Condesa-Duquesa de Benavente, mecenas cultural; el de la Condesa de Lemos,
que recibió el nombre de “Academia del Buen Gusto” e importó el clasicismo; el de la
Marquesa de Fuerte-Híjar, de marcada concurrencia teatral; el de la Condesa de
Montijo, muy relacionado con el reformismo religioso; o el de la Duquesa de Alba,
puramente lúdico. Aparte de esta convivencia con escritores, intelectuales y científicos,
algunas mujeres quisieron integrarse en las Sociedades Económicas de Amigos del País
(que datan de 1765), volcadas en toda España en la educación del pueblo y el progreso
agrícola y económico en general. Los hombres se resistieron en su mayoría a admitirlas,
pero, después de una polémica cuyo punto más interesante es la alegación de Josefa
Amar y Borbón (Memoria sobre la admisión de señoras en la Sociedad Económica de
Madrid, 1786), fue el propio rey Carlos III el que aprobó la propuesta. Otro hito lo
constituyó la fundación de la Junta de Damas de Honor y Mérito de la Real Sociedad
Económica de Amigos del País en 1787, primera asociación femenina de carácter no
exclusivamente religioso. La Junta de Damas promovió las Escuelas Patrióticas, enfocó
la educación de las niñas hacia el aprendizaje de un oficio, creó el Montepío de Hilazas
para emplear a la mujer y contribuir a la economía nacional, convirtiéndolo de hecho en
un centro superior de formación artesanal. También se hizo cargo de la Real Inclusa de
Madrid, donde la mortalidad infantil descendió en un año del 96 al 46%, e introdujo
reformas en las cárceles de mujeres, a las que enseñaron labores y oficios con el objeto
de reinsertarlas en sociedad. El estallido de la Revolución Francesa frenó todo este
proceso, que aunque de alcance limitado fue sumamente beneficioso.
En España la Ilustración fue tardía, débil y muy combatida, inferior a la de otros
países más avanzados tanto en lo intelectual como en lo creativo, lo que afecta tanto a
escritores como a escritoras. Éstas suelen ser aristócratas o miembros de la alta
burguesía, en general son casadas, y, a diferencia de siglos anteriores, disminuye
notablemente la opción conventual (muy combatida además por la Ilustración). Aparte
4
Defensa de las mujeres, discurso n° XVI del Teatro Crítico Universal (vol. I, 1726), está disponible en la
web en la Biblioteca Feijoniana: http://www.filosofia.org/bjf/bjftl 16.htm
14
de otros géneros, incluida la prensa, lo más significativo de este momento es el avance
de la temática feminista, bien sea en discursos o en versos.
Aunque no sea el objeto de nuestra conferencia, cabe citar, en el ámbito de la prosa
didáctica, a la gaditana María del Rosario Cepeda (1756-1816), casada con el general
Gorostiza e instalada en Madrid, que sustituyó a la condesa de Montijo al frente de la
Junta de Damas y redactó una influyente Memoria sobre las casas de expósitos.
Asimismo merece un recuerdo la figura de doña Josefa Amar y Borbón (Zaragoza,
1749-1833), con sus discursos en defensa de la mujer, de su talento natural (1786) y de
su educación (1790), que fue muy consciente del miedo que impulsaba a los hombres a
negar la igualdad de sexos.
En el ámbito poético la moda de los salones se tradujo en mucha lírica femenina de
tipo rococó: idilios, anacreónticas, letrillas y odas amorosas, etc. Más enjundia
mostraron escritoras burguesas de talante más didáctico y patriótico, como la también
gaditana Joaquina Tomaseti de Aranda, autora de la composición Espíritu de la Nación
Española (1795). Margarita Hickey y Pellizoni (Barcelona, 1753-1793) se ocultó bajo el
seudónimo de Antonia Hernanda de la Oliva (o A. H.) en poemas y traducciones de
teatro que giran primordialmente en torno al desengaño amoroso y la reivindicación
feminista, en versos que recorren el camino que va del clasicismo a la exaltación
sentimental prerromántica, y de ésta al didactismo doctrinal, como en estos versos
donde describe la situación de la mujer (Serrano y Sanz, 1905: I, 512-514):
De bienes destituidas,
víctimas del pundonor,
censuradas con amor,
y sin él desatendidas;
sin cariño pretendidas,
por apetito buscadas,
conseguidas, ultrajadas;
sin aplausos la virtud,
sin lauros la juventud,
y en la vejez despreciadas.
De la pléyade de poetas hoy olvidadas, la que más destaca y aún se recuerda es la
gaditana María Gertrudis de Hore (1742-1801), más conocida quizá por su leyenda que
por su obra5. En efecto, esta mujer, de una belleza que le mereció el apodo de La Hija
del Sol, protagonizó una rocambolesca historia que inspiró un relato a Fernán Caballero:
casada a los 19 años con Esteban Fleming, aprovechando la estancia de éste en Cuba,
tuvo un apasionado idilio con un militar que una noche fue apuñalado y muerto ante sus
propios ojos. Gertrudis ocultó horrorizada el cadáver, pero al día siguiente lo vio
desfilar por delante de su casa y enloqueció. Tras una larga enfermedad confesó su
5
Muy recientemente ha aparecido la monografía de Frédérique Morand: Una poetisa en busca de la
libertad María Gertrudis de Hore y Ley (1742-1801), Cádiz, Diputación Provincial, 2008.
15
aventura a su marido y pidió su permiso para ingresaren un convento. Así lo hizo en
1780 y allí murió en 1801. Esta autora escribió antes y después de retirarse del mundo
en formatos muy variados. Entre sus poemas de factura rococó la crítica destaca uno
donde por primera vez en la historia aparece el tema de la maternidad: “Al poner unas
siemprevivas, después de amortajado, a un hijo que se le murió de viruelas”.
Destacamos este otro poema, “El nido”, romancillo donde también asoma la ternura
maternal y, dentro de las convenciones de la época, una tendencia a la observación
realista de los detalles:
EL NIDO
I
Yo advertí en un hueco
de mal juntas vigas
haciendo su nido
una golondrina.
Vi que de la tierra,
donde agua caía,
formaba una mezcla,
que llevaba arriba
y que, cuidadosa,
con el pico unía
las pequeñas partes
que juntando iba.
Luego que a su gusto
la casa fabrica,
a solo alhajarla
con cuidado aspira.
Las plumas más suaves
del pecho se quita,
porque encuentre lecho
la esperada cría.
(...)
En segundo lugar está la poesía del convento, donde encontramos poemas
religiosos junto a poemas morales en que se rechaza la vida mundana y critica la
formación y comportamiento de la alocada juventud femenina. En esta fase se adentra
también en la estética prerromántica. Lo mismo que Cadalso, se inspiró en los Night
Thoughts (1742-1744) de Edward Young, pero en su caso para el poema “Meditación”,
donde vuelca, en medio de una naturaleza desatada, su tristeza y su desesperanza. Lo
reproduce John H. R. Polt en su antología de Poesía del Siglo XVIII (1975, 156-159)
bajo el título genérico de “Endecasílabos”, y vemos que adquiere la forma, tan típica de
la Ilustración emotiva, de epístola a una amiga. A propósito de la alegría, comenta
Gertrudis:
mas yo, que la conozco cierto anuncio
de tristezas, pesares y fatigas,
16
compadezco las almas que, engañadas,
en su inconstante duración se fían,
y huyendo del contagio que las cerca,
me acojo a mi feliz melancolía.
(...)
¡Qué estado tan feliz! Quien le conoce
no apetece más gustos ni más dichas,
pues libre del temor y la esperanza
es de la nada, y nada le lastima.
El aire brama en fuertes huracanes,
la tierra toda tiembla estremecida,
(...)
perecerá, si perecer le toca,
pero no temblará con cobardía
el sabio corazón que reconoce
que nada pierde con perder la vida.
(...)
mas como aquel filósofo del Támesis,
huyendo, sí, sus engañosas dichas
(...)
se entra por los altísimos cipreses
y con el mayor gusto ve y visita
sepulcrales cavernas, a quien sólo
de la muerte blandones iluminan;
(...)
Yo exclamaré con él, que aquel imperio
en que la muerte en trono de ruïnas
soberana se ostenta a los humanos,
un asilo le ofrece a sus desdichas.
(...)
¡Sí, sí, divino Young! Contigo entro;
al ver tu ejemplo, mí valor se anima,
y de ti acompañada sin recelo
compararé la muerte con la vida.
De aquella el horroroso y triste aspecto
me atreveré a mirar con frente altiva,
y en los sepulcros de las almas grandes
las palmas cogeré en tu compañía.
Mas ¿dónde voy? ... Perdona mis discursos,
mi distracción perdona, amiga mía,
que del inglés filósofo la cuarta
Noche me arrebató mi fantasía.
No, aunque me ves gustosa en mí tristeza,
dejes de condenarla y combatirla.
(...)
Es curioso señalar, como hace la crítica, que la mejor poesía procede ahora de
escritoras burguesas y muy a menudo hijas de extranjeros y educadas por tanto con
17
acceso a lecturas más amplias y propias de su época, lo que explica su singularidad en
una España conservadora y atrasada.
V. El siglo XIX: Del Romanticismo al Realismo
El siglo XIX, hijo de la Revolución francesa y padre del marxismo y el
anarquismo, no supuso ni mucho menos una revolución para la situación femenina,
menos aún en España. La situación jurídica de dependencia subsistió a lo largo de todo
el siglo, el sufragio femenino ni se planteó aquí, y lo que sí hubo fue una mejora en el
aspecto educativo que se tradujo en un incremento del número de escritoras, aunque en
general siguieron estando mal vistas: un síntoma de esto es el uso sistemático de
pseudónimos (femeninos o masculinos) e iniciales (éstas, en prensa sobre todo). A la
posición de la Iglesia se sumaron las teorías científicas que establecieron que la mujer,
biológicamente, no es que fuera imperfecta sino que era complementaria del hombre y
estaba naturalmente destinada a la procreación. Además, su cerebro era menor en peso y
volumen al masculino. La suma de religión, ciencia y derecho da como resultado el
modelo femenino típicamente burgués que Virginia Woolf denominó el “ángel del
hogar”: reina del ámbito doméstico, a la mujer pertenece la sensibilidad, la ternura
maternal y la pasividad sexual, compensada con su misión redentora y moralizadora,
mientras que al varón se le asigna la inteligencia, la razón, el ámbito público y la actitud
activa, como si de un yin y un yang se tratase. Es en el XIX cuando, sintomáticamente,
las mujeres de clases altas urbanas adoptan la costumbre de identificarse con el apellido
del marido precedido de la preposición de pertenencia: señora de tal. Y es en el XIX
cuando aparece algo que hasta entonces no se había manifestado: lo que las feministas
llaman la “mística maternal”.
Como viene siendo habitual, la situación de la mujer variaba en función de su clase
social. Las privilegiadas eran las pertenecientes a la aristocracia y a la alta burguesía,
que, en el nuevo contexto decimonónico, siguen imitando las costumbres francesas, de
manera que lo que en el XVII era la moda del salón ahora pasa a llamarse tertulia:
reunión en que, en determinados días de la semana, la señora de la casa invitaba y
recibía a gentes de su círculo para tratar, entre otras cosas, de política y de literatura,
aparte de otros ocios educados como el canto, el baile, la lectura en voz alta, el recitado
de poemas e incluso las representaciones teatrales y otros juegos. Las tertulias no sólo
se convocaron desde principios de siglo en la capital (donde destacaron la de la condesa
de Vilches, la de la condesa de Campo Alange y la de Pilar Sinués), sino que
prosperaron también en provincias y en concreto en el Cádiz liberal, donde fueron muy
célebres la tertulia proabsolutista de Francisca Larrea, casada con el introductor del
romanticismo conservador alemán en España (Nicolás Böhl de Faber), y madre de quien
sería Fernán Caballero, y la liberal progresista de Margarita López de Moría, a la que
concurrieron Manuel José Quintana, Nicolás Gallego o Agustín Argüelles, entre otros.
Las mujeres de clase media procuraban imitar las costumbres de la élite social con
escasos medios económicos, y es de estos dos sectores, las clases altas y las ciases
medias, de donde surgen las escritoras del XIX. Las mujeres de clases populares sólo a
18
finales de siglo accederán, muy minoritariamente, al ámbito literario, pero más bien al
marginal: a la prensa revolucionaria o a las corrientes espiritistas y teosóficas. El siglo
muestra, también, un gran descenso de ingresos en conventos, a tenor de una sociedad
que se seculariza y donde la mujer, aunque con gran dificultad, va accediendo a algunas
esferas laborales: las de clase media trabajan como señoritas de compañía o institutrices
de niños, y a finales de siglo acceden al Magisterio en escuelas privadas o públicas y a
la Administración. Las de clases populares, aparte de trabajar en el campo, si emigran a
la ciudad se colocan como criadas o acceden a algunas fábricas, sobre todo las textiles
catalanas, las conserveras de Galicia, o a las de tabaco, como en Cádiz.
En el ámbito educativo la instrucción femenina siguió siendo muy deficiente en la
primera mitad del XIX. En 1830 la ley recomendaba la educación de las niñas, pero no
era obligatoria, y sólo las de clase acomodada podían acudir a colegios privados donde
se les administraba más que nada una educación de adorno para no desentonaren
sociedad. La ley Moyano de 1857 declaró obligatoria la creación de escuelas para niñas
en las poblaciones de más de 500 habitantes y recomendó la creación de Escuelas
Normales de Maestras (las de Maestros fueron obligatorias desde 1838). Aunque la ley
no se cumpliese a menudo por falta de medios y de interés, la instrucción mejoró. El
texto oficial para las escuelas públicas desde 1855 fue La señorita instruida o sea
Manual del Bello Sexo, dividido en cuatro partes: la primera trataba de costura; la
segunda era un compendio de catecismo, preguntas y respuestas sobre la Biblia,
gramática, aritmética, caligrafía y buenos modales; la tercera y cuarta contenían tablas
sinópticas de historia y geografía de España, y “conversaciones” sobre poesía, música,
pintura, francés e italiano. También se les permitía a las jóvenes leer a los clásicos
españoles, poesía y novelas edificantes, y de este hábito de lectura surgieron muchas
vocaciones literarias. Es de advertir que en los mejores casos las mujeres formaban
parte de círculos culturales familiares o amistosos, o contaban con la protección de
escritores afamados. Con la revolución de 1868 se dio otro paso adelante, sobre todo
porque los krausistas se interesaron activamente por la educación femenina, y luego, la
Institución Libre de Enseñanza, creada por Francisco Giner de los Ríos cuando el
régimen de la Restauración le privó de su cátedra en la Universidad Central, abrió sus
puertas a las mujeres en condiciones de igualdad.
El feminismo español como movimiento reivindicativo surge en el XIX con
bastante timidez en comparación con los países más desarrollados, dado que aquí era
muy fuerte el peso de la tradición católica y de otro lado España accedió con retraso a la
industrialización y al consiguiente afianzamiento de las clases medias. Los avances,
como ya hemos resumido, se dieron en el área de la educación, pero aquí no hubo
sufragistas que pidieran igualdad ante la ley y derecho al voto y a la representación
política, a diferencia de los movimientos que desde 1850 surgieron en Estados Unidos y
Gran Bretaña. Las mujeres más avanzadas, como Concepción Arenal o Emilia Pardo
Bazán, no llegaron tan lejos como sus homologas anglosajonas, si bien Arenal
denunciaba que la mujer no tuviera derechos civiles y sí tuviera igualdad en el ámbito
19
penal: “¿por qué para el derecho es mirada como inferior al hombre y ante el deber se la
tiene por igual a él?”, se preguntaba la escritora.
En la época de transición al Romanticismo, entre 1800 y 1830, hubo pocas
escritoras, dentro de una estética donde conviven el rococó, el neoclasicismo y un
primer romanticismo, como ilustra el caso más destacado: el de la gaditana Vicenta
Maturana de Gutiérrez (Cádiz, 1773-Alcalá de Henares, 1859), autora de novelas y
también de unos Ensayos poéticos (1828), de un largo poema en prosa titulado Himno a
la luna (1838) y de una colección de Poesías (1841) de la que procede este soneto,
molde clásico que se llena de sentimiento romántico (García Tejera, 1999: 243-244):
MI TEMOR ÚNICO
No me hace estremecer el silbo fiero
del terrible huracán, cuando agitado
forma montañas en el mar salado
llenando de pavor al marinero.
Ni el trueno que retumba, ni el ligero
rayo, de oscura nube disparado,
ni el torrente que arrastra mi ganado,
ni ver entre humo y llamas el granero.
Con pecho firme, con serena frente
miraré el universo combatido
sin que el corazón mío se amedrente.
Mas este corazón tan atrevido,
tiembla, palpita... mil temores siente
si sueña de tu amor helado olvido.
Adentrándonos ya en nuestro tardío Romanticismo, María del Carmen Simón
Palmer (1991) ha contabilizado, entre 1832 y 1900, mil doscientos nombres de literatas
que publican en estas fechas, si bien sólo 120 corresponden al periodo romántico.
El Romanticismo propició la escritura femenina porque rindió culto al sentimiento
(Nelken, 1930; Oñate, 1938: 187-188), a la intuición, a la inspiración y a la
improvisación más allá de la razón y del cuidado formal, lo que permitió a las mujeres
acceder en mayor número a la escritura, aunque les costase mucho publicar y estuvieran
mal vistas. Su producción suele ser inferior a la masculina porque su preparación era
inferior, situación que venía de lejos y siguió inalterable. Además, su situación era
distinta. Susan Kirkpatrick (1991) analiza cómo el “yo” romántico se fija en tres
arquetipos: 1) el rebelde prometeico y transgresor de toda convención social; 2) el
espíritu superior inadaptado, víctima de la sociedad, que sucumbe al mal del siglo, el
tedio; y 3) el yo dividido, conflictivo, inestable y contradictorio, es decir, el motivo del
doble, con sus derivaciones fantásticas, oníricas e introspectivas. En la Europa más
desarrollada las mujeres reflejaron los tres arquetipos, si bien siempre relacionados con
20
la conciencia dividida, propia de la situación de una mujer que está transgrediendo las
normas por el mero hecho de escribir. Por ejemplo, Mary Shelley da en el clavo del
moderno Prometeo con su novela filosófica Frankenstein (1818). Más olvidada está la
Corinne (1807) de Mme. de Stáel. Prototipo del tedio femenino es la Lélia (1833) de
George Sand (pseudónimo de Aurore Dupin). Las tres marcaron una poderosa tradición
femenina a la que se le sumaron los nombres de Safo y Santa Teresa de Jesús. En
España (como luego veremos) sólo la “Negra sombra” de Rosalía de Castro se puede
parangonar, en fechas ya muy posteriores.
En fin, en nuestro país la escritura femenina romántica es más tardía aún que la
masculina, y es en torno a 1840 cuando surge una “Hermandad lírica” de escritoras que
frecuentan la prensa y que escriben según el modelo del “alma sensible”, que era el que
les permitía la sociedad, poemas sentimentales y lacrimosos con elementos de queja
junto a una actitud moral. Surge así, en las fechas que corresponden grosso modo al
reinado de Isabel II, lo que la crítica ha llamado un “canon isabelino” al que se ajustan
las escritoras toleradas por la sociedad y, algunas, paternalmente avaladas por sus
homólogos masculinos. La fundadora de esta hermandad es la tarraconense María
Josefa Massanés (1811-1887), y a ella pertenecieron autoras como Carolina Lamas y
Letona (ésta, la única byroniana o esproncediana del grupo), Amalia Fenollosa,
Robustiana Armiño, Dolores Cabrera Heredia, Manuela Cambronera, Rogelia León, etc.
Las dos más destacadas, sin duda, fueron Gertrudis Gómez de Avellaneda y Carolina
Coronado, que cultivaron la lírica, la novela y el teatro.
Carolina Coronado (1820-1911), protegida por José de Espronceda y Juan Eugenio
Hartzenbusch, responde a la imagen femenina de dulzura, delicadeza, intimismo y
espontaneidad, pero también hallamos en sus versos una protesta contundente contra la
situación de la mujer. Así en el poema “Libertad” (Coronado, 1991: 390):
¡Libertad! ¿Qué nos importa?
¿Qué ganamos? ¿Qué tendremos?
¿Un encierro por tribuna
y una aguja por derecho?
¡Libertad! ¿De qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?
De otro tono son los versos dedicados “A mis amigos de Madrid en una
despedida”, en el poema titulado “Se va mi sombra, pero yo me quedo”:
Frentes marchitas, de estudiar cansadas;
ánimos nobles, de luchar rendidos;
poéticos espíritus caídos,
generosas ideas desmayadas:
yo, que del campo, allá, en las retiradas
soledades, guardé de mis sentidos
21
el entusiasmo, consolaros puedo,
porque se va mi sombra y yo me quedo.
(...)
¿No es verdad que es muy triste en la morada
del solitario valle hundir la vida,
y no ver en el agua adormecida
sino la propia imagen retratada?
Por eso vine enferma y lastimada,
y no quiero tornar más abatida;
y por eso no más, Dios me concede
que se vaya mi sombra y yo me quede.
(...)
Más apasionada, enérgica y “masculina” resultó la hermosa y turbulenta cubana
Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), que del amor humano pasó al final a
cantar al divino en versos musicales que le deben mucho a sus lecturas de poesía
francesa, y que se consideran precursores de los ritmos modernistas de un Rubén Darío.
Damos de ella no un poema de desgarrado desamor sino un soneto que desarrolla el
típico tedio romántico del idealista incapaz de adaptarse a la mediocre realidad
burguesa:
MI MAL
A ...
En vano ansiosa tu amistad procura
adivinar el mal que me atormenta;
en vano, amigo, conmovida intenta
revelarlo mi voz a tu ternura.
Puede explicarse el ansia, la locura
con que el amor sus fuegos alimenta...
Puede el dolor, la saña más violenta,
exhalar por el labio su amargura...
Mas de decir mi malestar profundo,
no halla mi voz, mi pensamiento medio,
y al indagar su origen me confundo:
pero es un mal terrible, sin remedio,
que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
que seca el corazón... ¡En fin, es tedio!
En la segunda mitad del XIX florecerá nuestra mejor poesía posromántica, y aquí
tenemos a Rosalía de Castro (1837-1885), cuyo hondo lirismo se equipara al de Bécquer
pero añade una dimensión social, cívica, de la que carece Gustavo Adolfo: la defensa
del gallego y su mundo y la denuncia del centralismo castellano en una época que es la
del Rexurdimento gallego, la del renacer de las culturas diferenciales. Difícil es dar en
dos apuntes una imagen que haga justicia a la poesía de la gallega. Elegimos primero
22
“Negra sombra”, de su segundo libro en gallego, Follas novas (1880) (Castro, 1985:
146-149):
Cando pensó que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pe dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.
Cuando pienso que te has ido,
negra sombra que me asombras,
al pie de mis cabezales
tornas haciéndome mofa.
Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Cuando creo que has partido,
en el mismo sol te asomas,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que sopla.
Si cantan, es ti que cantas;
si choran, es ti que choras;
i es o marmurio do río,
i es a noite, i es a aurora.
Si cantan, tú eres quien canta;
si lloran, tú eres quien llora;
y eres murmullo del río,
y eres la noche y la aurora.
En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca
sombra que sempre me asombras.
En todo estás y eres todo,
para mí en mí misma moras,
no me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.
Y de En las orillas del Sar (1884), su tercer y último libro de poesía, en castellano,
dos poemas complementarios. En el primero vemos la defensa de los sueños:
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros:
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman: -Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;
sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?
En el segundo, la aceptación de dolor:
No va solo el que llora,
no os sequéis, ¡por piedad!, lágrimas mías;
basta un pesar del alma;
jamás, jamás le bastará una dicha.
23
Juguete del Destino, arista humilde,
rodé triste y perdida;
pero conmigo lo llevaba todo:
llevaba mi dolor por compañía.
El Realismo no fue una estética favorable a la lírica. Claro que, en una línea
próxima al pragmatismo irónico y prosaico de Ramón de Campoamor, podemos situar
la producción de María Josefa Pardo de Figueroa (Medina Sidonia, Cádiz, 1833-1926),
hermana del famoso Doctor Thebussem, que publicó un volumen de Fábulas fabulosas
(1876) y, póstumamente, unos Solaces poéticos (1929). Al primer libro pertenece este
poema de advertencia (García Tejera, 1999: 277-279):
LA VISITA TEMPRANO
Sin haber un motivo soberano,
de visita no vayas muy temprano;
que el ver a la señora
en desusada hora,
quizá con extremado desaliño,
o el descompuesto lecho de algún niño,
y la silla empolvada,
y la casa revuelta y trastornada,
entre los gustos malos
éste es de aquellos que merecen palos.
Perdona, pues, el ripio:
Sin haber un motivo soberano
(como dije al principio)
no vayas de visita muy temprano.
VI. El primer tercio siglo XX: del Modernismo a la Generación del 27
Durante el primer tercio del siglo XX, y hasta la llegada de la II República, la
situación femenina cambió poco. Sí es cierto que el progreso social general se tradujo
en una mayor incorporación de la mujer al mundo del trabajo fuera de casa, o más bien,
al mundo de la doble jornada (fuera y dentro del hogar). Esta incorporación aumentó
como resultado de la I Guerra Mundial, que favoreció económicamente a España, país
neutral que comerciaba con ambos bandos. Fruto de ello fue la creación de algunas
organizaciones exclusivamente femeninas, como la Asociación Nacional de Mujeres
Españolas (ANME), fundada en 1918, de ideología conservadora pero que pedía la
reforma del Código Penal. El Estatuto de Funcionarios admitió a las mujeres desde
1918, las Universidades les permitieron el ingreso sin permiso expreso masculino desde
1910 (aunque fueron pocas las que se matricularon), en 1915 se crea una Residencia de
Señoritas (a imagen y semejanza de la Residencia de Estudiantes) dirigida por María de
Maeztu, y la gran doña Emilia Pardo Bazán obtuvo una cátedra universitaria en 1916.
24
Sin embargo, los avances femeninos entre finales del XIX y principios del XX se
corresponden con el (re)surgimiento de actitudes misóginas por parte sobre todo de
psicólogos y filósofos tales como A. Schopenhauer, Otto Weininger (cuyas ideas trajo a
España Gregorio Marañón), G. Simmel, S. Freud y F. Nietzsche.
Sólo el advenimiento de la II República estableció la igualdad de la mujer en el
terreno jurídico, procuró nivelar los salarios, protegió la maternidad y dictó una ley de
divorcio. También se consiguió el sufragio femenino. A este respecto son dignas de
mención Clara Campoamor y Victoria Kent. Kent, progresista, era contraria al voto
femenino porque consideraba que sería un voto conservador. Por esas mismas razones
Campoamor, conservadora, luchaba por el voto femenino. Diferencias aparte, ambas
constituyeron, junto a otras como Margarita Nelken y María Martínez Sierra, un primer
feminismo español que se supeditó a partidos de izquierda y derecha en detrimento de la
defensa de la causa femenina en sí, y, además, fue un feminismo rezagado, solitario y
tímido en medio de un contexto occidental donde otros países ya iban muy por delante
o, por el contrario, estaban dando, en medio de las ideologías totalitarias, marcha atrás.
Vinculada a la Falange surgió la Sección Femenina en 1934, dirigida por Pilar Primo de
Rivera. En la izquierda se crearon las asociaciones de Mujeres Antifascistas, vinculadas
al Partido Comunista, y la de Mujeres Libres, de signo anarquista. Sólo las anarquistas,
como Suceso Portales, mantuvieron unas reclamaciones estrictamente feministas.
Durante la guerra civil las mujeres se incorporaron al mundo laboral supliendo a
los hombres o colaborando con ellos. En el bando republicano hubo también mujeres
combatientes, las milicianas, que fueron asimismo activistas políticas y culturales, como
María Teresa León. La situación de excepción explica asimismo el acceso de la mujer a
puestos de primer rango, caso de Federica Montseny, ministra de Sanidad, y de Matilde
de la Torre, directora general de Comercio Interior. Todo esto terminó con la victoria
del bando insurrecto, que represalió con saña a los republicanos y muy en particular a
los maestros y maestras que propició la política cultural de Manuel Azaña.
Es curioso que en el ámbito de la poesía no haya, entre 1900 y 1920, una
generación femenina del 98, tal vez, como apuntan Ma Luz Jiménez Faro (1987) y
Cristina Ruiz Guerrero (1997, II: 189), por un rechazo del estereotipo de la poetisa
romántica decimonónica en tiempos en que la mujer aspira a quehaceres intelectuales
más “serios” y útiles a la comunidad, cultivando en cambio la novela y el ensayo (o
haciendo de negra para su marido, como la dramaturga María Martínez Sierra). Más
curiosa resulta esta ausencia cuando en Hispanoamérica, en cambio, se alcanzan las más
altas cotas líricas con Delmira Agustini (1886-1914), Gabriela Mistral (1889-1957),
Alfonsina Storni (1892-1938) y Juana de Ibarbourou (1892-1979). También es
interesante constatar que las mujeres españolas trabajan en soledad e,
independientemente de su precocidad o no, acceden tarde a la publicación, con lo que
quedan fuera de las categorías generacionales que se han utilizado para estudiar la
literatura del siglo XX. Las únicas excepciones son las de poetas casadas con escritores,
caso de las parejas formadas por Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, Carme Conde
25
y Antonio Oliver, y Ernestina de Champourcín y José Domenchina. Durante la época de
surgimiento de la generación del 27 la fecha que marca el punto de partida del 27
femenino (Miró: 1999) es 1926, año en que publican sus primeros libros Concha
Méndez y Ernestina de Champourcín.
Concha Méndez (Madrid, 1898-México, 1986) se movía básicamente entre la
poesía pura, neopopularista y ultraísta, con fuerte influencia de su amigo Alberti tanto
en lo neopopular como en los poemas cosmopolitas y modernos donde aparecen
patinadoras, nadadores, deportes varios, cocktails, etc. Escogemos un poemilla del libro
Surtidor (1928):
AMANTE
Amante, sólo del mar.
Y amiga, de los luceros,
y de la Estrella Polar
y de los Vientos ligeros,
y de la Hostia Solar.
¡Pero
amante,
sólo del Mar!
El neopopularismo reaparece también más tarde, caso de un homenaje a su marido
muerto, Manuel Altolaguirre (1905-1959):
VENTANA AL JARDÍN
El arbolito de enfrente,
que tiene rojo su fruto,
no ha debido de enterarse
que el jardín está de luto.
El que se fue ya no vuelve.
¡Tanto como paseaba
entre los rojos y verdes,
los rosas, blancos y malvas...!
El que se fue ya no pisa
el césped por las mañanas,
ni podrá ver cómo el viento
sigue meciendo las ramas.
Un hueco dejó su ausencia,
un hueco que no se acaba...
(Caracola -Málaga-, n° 90-94, abril-agosto de 1960)
Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid, 1999), mucho menos
innovadora, es una clara heredera del intimismo apasionado y subjetivo de la larga
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tradición femenina, con ecos becquerianos, rubendarianos y juanramonianos. Su poesía
se enriquece a partir de los años 30, cuando, en Cántico inútil (1936) notamos su
adscripción al neorromanticismo propio de sus homólogos masculinos (Champourcin,
1991):
EL BESO
¡Tus labios en mis ojos!
Qué dulzura de estrella alisa lentamente
mis párpados caídos...
Nada existe del mundo. Sólo siento tu boca
y el temblor de mi espíritu hecho carne de luz.
Sé cruel al besarme. Desgarra mis pupilas
y arranca de su sombra la lumbre de mi sueño.
Con ella te daré mi última mirada.
¡Abrásame los ojos! Que el peso de tus labios
despoje mi horizonte de lo que tú no has visto.
Quiero olvidarlo todo y anularme en la niebla
que ciñen tus caricias.
Mujeres del 27 fueron también Rosa Chacel (Valladolid, 1898-1994)-aunque su
relevancia sea narrativa, más que lírica-, Josefina de la Torre (Las Palmas de Gran
Canana, 1907-Madrid, 2002) -que se mueve entre la poesía juanramoniana y la mezcla
de poesía pura y neorromántica-, y Carmen Conde (Cartagena, Murcia, 1907-1995), si
bien estas dos últimas son más bien, por edad, de la generación del 36, y de hecho
Carmen Conde, tras sus inicios vinculados a la vanguardia, dará lo mejor de sí en la
posguerra. Y, muy olvidada en los repertorios tradicionales, pero rescatada por Javier
Diez de Revenga (1995:151-155), tenemos a la poetisa anarquista Lucía Sánchez
Saornil (Madrid, 1895-Valencia, 1970), que firmaba con el pseudónimo masculino de
Luciano de San Saor y colaboraba con las revistas de vanguardia.
El siglo XX, II: la era de Franco (años 40, 50, 60)
Durante el franquismo la involución sociocultural fue manifiesta: restablecido el
Código Civil de 1889, se derogaron la coeducación, el matrimonio civil y el divorcio, la
mujer volvió a depender jurídicamente del hombre, en principio estaba prohibido que
una mujer casada trabajase (aunque las mujeres se fueran incorporando al trabajo, mal
vistas y todo, a partir sobre todo del desarrollismo de los 60), las altas esferas laborales
le estaban vetadas (la abogacía del Estado, la judicatura, la notaría, los cuerpos
diplomáticos). El conservadurismo se expande a través del nacionalcatolicismo, al que
se vincula Acción Católica, y también a través de la Sección Femenina. A partir de los
años 50 se creó un Servicio Social obligatorio para mujeres solteras entre 17 y 35 años,
y se establecieron, en la Secundaria y la Universidad, las asignaturas de Hogar y de
Formación del Espíritu Nacional. Todo este ambiente es descrito con amenidad y
agudeza por Carmen Martín Gaite en su delicioso ensayo Usos amorosos de la
postguerra española (1987).
27
El feminismo se recompuso a través de las mujeres familiares de presos del
régimen, vinculado a partidos y sindicatos de izquierda. Otras iniciativas fueron la
fundación de la Asociación Española de Mujeres Universitarias en 1953, y la del
Seminario de Estudios Sociológicos de la Mujer, llevada a cabo por María Laffite,
condesa de Campo Alange, en 1960 en Madrid.
De todos modos, la vida real siempre marca excepciones, y en lo que a la lírica se
refiere no iba a ser menos. En la década de los 40 la figura más emblemática es la de
Carmen Conde, homologa del Dámaso Alonso de Hijos de la ira (1944) con su libro
Mujer sin Edén (1947), el primero que incluye la problemática expresamente femenina
dentro de la angustia de la poesía existencial y de denuncia:
VOZ DE LA VIEJA EVA AL SENTIRSE EN MARÍA
A Ella la llamas Ave, saludándola.
A mí llamaste Eva, que es lo mismo.
El Ave de María es terrenal morada tuya,
y yo fui lanzada de tu Huerto, acá a la tierra.
No perdonaste que engendrara hombre
a la que quitaras Tú del que fraguaste.
Y vienes a posar en cuerpo humano,
en virgen de mi propia descendencia.
¡Salvarnos con tu lumbre, por tu Hijo;
venirte Tú a entendernos, dialogando
por medio de la Voz que depositas
en cuerpo de mujer que es pura siempre!
Ignoras las miserias de los hombres.
Harán en tu Criatura su venganza.
La tierra no se olvida de que es tierra
maldita, como yo, por tu arrebato.
Tu Hijo, otro Abel, será vendido
por quien tu Ojo implacable airado mira.
Ave; Eva. Nombres de mujer en dos Edades.
Presencias de tu Ser. Pero, María
jamás pecó, Señor. ¿Por qué la eliges
sufridora del drama sobrehumano?
¡No hay árbol de la ciencia,
no hay árbol de la vida para ella!
Alentadora siempre de la escritura femenina, que antologó (en 1954 y sobre todo
en 1967), Carmen Conde fue la primera mujer que ingresó en la Real Academia
Española de la Lengua, en 1978.
28
Otro puntal desde finales de los años 40 (aunque por edad sería de la generación
del 27) fue Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), que de un inicial
intimismo machadiano pasa a cultivar poesía existencial y cívica de enorme
contundencia en libros como El grito inútil (1952), Los días duros (1953) o Belleza
cruel (1958). Para ampliar el espectro temático de ejemplos, damos aquí, de El grito
inútil (1952), un testimonio brutal rematado por una apostilla sarcástica:
MUJERES DEL MERCADO
Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.
Armadura oxidada con relleno de escombros.
Tienen duros los ojos como fría cellisca.
Los cabellos marchitos como hierba pisada.
Y un vinagre maligno les recorre las venas.
Van temprano a la compra. Huronean los puestos.
Casi escarban. Eligen los tomates chafados.
Las naranjas mohosas. Maceradas verduras
que ya huelen a estiércol. Compran sangre cocida
en cilindros oscuros como quesos de lodo
y esos bofes que muestran, sonrosados y túmidos,
una obscena apariencia.
Al pagar, un suspiro les separa los labios,
explorando morosas en el vientre mugriento
de un enorme y raído monedero sin asas,
con un miedo feroz a topar de improviso
en su fondo la última cochambrosa moneda.
Siempre llevan un hijo, todo greñas y mocos,
que les cuelga y arrastra de la falda pringosa,
chupeteando una monda de manzana o de plátano.
Lo manejan a gritos, a empellones. Se alejan
maltratando el esparto de la sucia alpargata.
Van a un patio con moscas. Con chiquillos y perros.
Con vecinas que riñen. A un fogón pestilente.
A un barreño de ropa por lavar. A un marido
con olor a aguardiente y a sudor y a colilla.
Que mastica en silencio. Que blasfema y escupe.
Que tal vez por la noche, en la fétida alcoba,
sin caricias ni halagos, con brutal impaciencia
de animal instintivo, les castigue la entraña
con el peso agobiante de otro mísero fruto.
Otro largo cansancio.
Oh, no. Yo no pretendo pedir explicaciones.
Pero hay cielos tan puros. Existe la belleza.
29
El tercer puntal de estas mujeres pioneras fue la extraordinaria Gloria Fuertes
(Madrid, 1918-1998), una de las pocas escritoras de extracción humilde y sin duda la
más original de todas, sin parangón masculino tampoco. Aunque por edad ella sería de
la primera generación de posguerra, lo cierto es que empieza a publicar en los años 50
una poesía donde se mezcla el postismo, el surrealismo y, también, la denuncia social
junto a un sostenido autobiografismo. La imaginación, el carácter oral, la mezcla de
música y desaliño, denuncia, ternura y humor, caracterizan una poesía que pasará en un
futuro al canon con más claridad de la que hoy percibimos:
LOS MUERTOS
Es mentira eso de las apariciones,
la verdad es la otra,
la risa de los muertos.
Se saben lo que hacemos,
se vuelven a su alcoba,
se hacen sus cigarros
o se cosen sus medias;
se enteran si rezamos o no los padrenuestros,
si cumplimos fielmente lo que dejaron dicho;
son muy listos los muertos y se las saben todas.
Los muertos son personas
que heladas se quedaron
y viven en el Campo igual que las hormigas
y luego por las noches,
si no cogen el sueño,
los muertos desvelados
se salen de sus sitios
y se cantan saetas,
se sacuden gusanos,
se cuentan los cartílagos,
y regresan al hoyo
parsimoniosamente.
(Aconsejo beber hilo, 1954)
ORACIONES GRAMATICALES
Yo tengo esperanza.
El perro tiene hambre.
El banco del jardín respira mal.
La niña se peina.
La vaca se lame.
Las cosas me miran y es peor si me hablan.
En el suburbio hay flores maleantes,
las macetas son botes,
los hombres son tigres,
los niños son viejos.
Los gatos se comen las mondas también.
30
Los huérfanos huelen a madre,
los pobres a humo,
los ricos a brea. (Luis, 2000: 307-314).
Y de uno de sus últimos libros:
EL PLANETA TIERRA
El planeta tierra
debería llamarse planeta agua.
En la tierra hay más agua que cuerpo,
en el cuerpo hay más cuerpo que alma,
en la tierra hay más peces que aves,
en las aves más pluma que alas.
En el verso hay más sangre que tinta,
en la tinta más sombra que nada,
en la nada hay más algo que alga,
y ese algo se mueve y reluce
y nace la palabra.
(Historia de Gloria, 1980)
A partir de los 50 la nómina de poetas se va incrementando notablemente. De la
generación del medio siglo -o de la promoción del 60- por edad (aunque algunas se dan
a conocer en fechas posteriores) tenemos a María Beneyto (Valencia, 1925), Julia
Uceda (Sevilla, 1925), Aurora de Albornoz (Luarca, Asturias, 1926-Madrid, 1990),
Angelina Gatell (Barcelona, 1926), María de los Reyes Fuentes (Sevilla, 1927), María
Elvira Lacaci (Ferrol, 1928-1997), Pino Betancor (Sevilla, 1928-Las Palmas de Gran
Canaria, 2003), Cristina Lacasa (Tarrasa, Barcelona, 1929), Dionisia García (FuenteÁlamo de Albacete, 1929), Francisca Aguirre (Alicante,1930), Elena Andrés (Madrid,
1931), María Victoria Atencia (Málaga, 1931), María Teresa Cervantes (Cartagena,
Murcia, 1931), Carmen González Mas (Madrid, 1931), Pilar Paz Pasamar (Jerez de la
Fra., 1933) y Ana María Fagundo (Santa Cruz de Tenerife, 1938).
Es imposible resumir en pocos folios tanta historia, tanta vida, tanta literatura. Las
autoras de la generación del 50 recorren las mismas vías estéticas que sus compañeros
poetas, aunque pocas pasen a las antologías mixtas o canónicas. De 1944 a 1955
predomina el existencialismo; del 55 al 65, el testimonio cívico y social; del 65 en
adelante, una mayor libertad para cultivar la poesía como forma de (autoConocimiento
y también para abrirse a una cierta experimentación o a nuevos lenguajes, sobre todo en
el caso de mujeres cosmopolitas que viven una larga temporada o viajan con frecuencia
al extranjero. El elemento más diferencial es la temática que afecta expresamente a la
mujer. De la jerezana Pilar Paz podemos escoger un poema de tipo intimista, reflexivo y
existencial que da muestra de la radical soledad no ya sólo humana, sino en concreto
femenina:
31
CONSEJO
Aprende a estar tan sola que hasta tu sombra misma
apetezca librarse. Sé tú la compañera
de tus pasos, de modo que llegues a las cosas
siempre como el que llega de una tierra extranjera.
Aprende que el dolor sólo es de ti, la risa
sólo tuya, testigos los dos de tu manera.
Para que la luz fluya clara de tu sonrisa,
desaloja el fingido sol que el mundo te presta.
Quédate con la nada que brote de tus manos,
quédate con lo poco o lo mucho que seas
en la noche tranquila de tus mejores gestos,
en la sombra amorosa que ahora se te revela.
¡Los otros!... Si los otros pudieran comprenderte,
alguien pudiera hablarte por dentro y no por fuera,
si esos que ahora te llaman no estuviesen atentos
al sonido estruendoso de las falsas trompetas...
Llámate tú. Sé música de tu propio instrumento,
color de tu pintura, cincel en la madera
de tus sueños. Dibuja lo que quieras decirte,
escríbete tu historia, escúlpete en tu piedra.
Aprende a estar a solas. Bebe el agua en tu mano,
nadie te la ha de dar tan limpia ni tan fresca.
Lo que tomes del mundo con la ayuda de otros
no podrás admirarlo de noche en las estrellas.
(Del abreviado mar, Madrid, Ágora, 1957)
De Aurora de Albornoz, un texto original donde vemos cómo utiliza el correlato
objetivo y culturalista, Madame Bovary, para desarrollar un tema muy femenino: la
insatisfacción conyugal, la prisión femenina, en versos libres de puntuación, flexibles
como la lluvia que los empapa:
EMMA BOVARY
Llueve sobre cualquier pueblecito de Francia
como llueve en París
Como llueve en San Juan de Puerto Rico
o en New York
32
o en Luarca
Y la lluvia se va metiendo por la carne
Y cala el corazón
Y se empapan los miembros
La lluvia es fina
pero es mucha
Va calcinando una pared espesa
y duele
nos hacemos sangre
cuando queremos apartarla
Afuera de la lluvia
Al otro lado
Acaso está la vida
Y el amor
O la muerte
Qué espesos son los muros
Cómo duele apartarlos
Cómo se nos aprietan en torno
¿Quién se atreve a romperlos?
Fuera
la lluvia cae
y duele
y pesa
Como siempre
(Poemas para alcanzar un segundo, 1961)
Julia Uceda, siempre rebelde, se enfrenta a la opinión social:
RESPUESTA A LAS BRUJAS
Comadres de mi pueblo,
brujas de cara, nidos de susurros,
echad agua bendita
en mi almohada. Sueño
que cada hueso mío reverdece
y se pone derecho y en su sitio
-con los ojos muy bien abiertos sueño,
oscuras brujas mías-,
junto a otro cuerpo que me da sentido,
y que algo como un soplo
-Dios no se enfada, brujas,
pero rezad por mí; por tanta dicha-,
me sube de los pies a la cabeza
quebrando mí cintura
33
en un nudo de llanto que no es llanto.
Hay algo que se para en no sé dónde,
tal vez en un paisaje.
(Extraña juventud, 1962)
Francisca Aguirre se estrena tarde (en 1971 con ítaca), pero con voz segura.
Reflexión, autoconocimiento y limpidez caracterizan un poema como el que sigue, del
libro Los trescientos escalones (1977):
APRENDERA MIRAR
A César Olmos
Aprender a mirar de otra manera.
Aprender a confiar de un nuevo modo.
Aprender a esperar
como si el mundo se estuviera haciendo.
Aprender, aprender...
Aprender todo desde el entusiasmo
sin apoyar el corazón en lenguas muertas.
Aprender a vivir
continuamente:
ser los discípulos
de un profesor que no da títulos
que ejerce una sabiduría
provisoria y mudable:
ser los aficionados al conocimiento
los aprendices
para siempre
los que se morirán
ignorantes
de casi todo.
VIII. El siglo XX, III: del Tardofranquismo a la posmodernidad
La generación del 68 (nacidas entre 1939-1954) incluye a autoras que se revelan
en los 60 y otras más tardías, en una transgeneración que sigue siendo fenómeno
típicamente femenino. A ella pertenecerían por edad Rosaura Álvarez (Granada, 1939),
Ana María Navales (Zaragoza, 1942), Blanca Sarasua (Bilbao, 1939), Clara Janés
(Barcelona, 1940), Elsa López (Guinea Ecuatorial, 1943), Paloma Palao (Madrid, 1944),
María Victoria Reyzábal (Madrid, 1944), Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945),
Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946), Rosa Díaz (Sevilla, 1946), Cinta Montagut
(Madrid, 1946), Noni Benegas (Buenos Aires, 1947), Ana María Moix (Barcelona,
1947), Cecilia Domínguez Luís (La Orotava, Tenerife, 1948), Fanny Rubio (Linares,
Jaén, 1949), Rosa Romojaro (Algeciras, 1948), Amparo Amorós (Valencia), Sara Pujol
(Barcelona, 1950) y Julia Otxoa (San Sebastián, 1953).
Estas mujeres van a vivir, lo mismo que sus antecesoras, el cambio del franquismo
a la democracia. La constitución de 1978 proclama la igualdad de los españoles ante la
34
ley sin discriminación de sexo, y a partir de 1982, con la subida al poder del PSOE, las
libertades se expanden. Las reivindicaciones feministas, bien de tipo independiente
(como el movimiento liderado por la abogada y escritora Lidia Falcón en su revista
Vindicación Feminista), bien asociadas a partidos políticos de izquierda, reclaman y
obtienen márgenes más amplios: la despenalización del adulterio en 1978, la ley del
divorcio en 1981, la creación del Instituto de la Mujer en 1983, la legislación sobre el
aborto en 1985, la política de cuotas femeninas obligatorias (encabezada por el 25% que
ofreció primero el PSOE), la ley que reconoce a las parejas de hecho (promulgada en
distintas comunidades autónomas a partir de 1998), la última ley a favor de los
matrimonios homosexuales (2005), la creación del Ministerio de Igualdad (2008), el
proceso actual de revisión de los plazos y supuestos de la ley sobre interrupción
voluntaria del embarazo...
Desde finales de los 60 el franquismo entra en crisis y se empieza a acusar,
también en España, el inicio de otra época: la postmodernidad, marcada por el
descrédito de los grandes relatos no ya religiosos, sino políticos y filosóficos,
especialmente a partir de la caída del muro de Berlín en 1989 y la descomposición de
la antigua Unión Soviética.
Sharon Keefe Ugalde explica en el estudio preliminar a su antología de poetas de
las generaciones del 50 y del 68 (ó 70) el estatus femenino en la época franquista y la
crisis de la subjetivad femenina que sobrevino a raíz de la transición a la democracia,
una crisis que afectó ni más ni menos que a la “reconfiguración del género” (Ugalde,
2007: 23). Las abanderadas en dar cuenta de esta crisis fueron Ana María Moix (No
time for flowers, 1971) y Clara Janés (En busca de Cordelia, 1975). A partir del cambio
de circunstancias se modifica la situación de la mujer y su escritura. Así, se revisan los
mitos y arquetipos patriarcales, se descubre la naturaleza plural del colectivo femenino
(no un “yo” sino un “nosotras”), se busca el diálogo de puntos de vista dentro de una
poética híbrida, se descubre la situación de destierro y extranjería a que la sociedad
patriarcal ha reducido todo lo femenino (cuerpo, sensibilidad, discurso), se profundiza
en la situación histórica que quiso reducir a la mujer a la locura, a base de silenciar y
distanciar su diferencia; se pone de relieve el enclaustramiento padecido durante siglos;
se canta, mediante “ficciones elegiacas”, la tristeza de haber perdido tantas
oportunidades de ser feliz; se denuncia el papel que ha tenido la Iglesia en una
educación represiva donde mujer y sexo eran pecado y parecía que sólo la
desmaterialización (la mujer incorpórea, puramente espiritual) era una vía aceptable; se
denuncia la estafa de los discursos oficiales del tipo “y fueron felices y comieron
perdices...”, como si una boda fuese el final absoluto para una vida de mujer; se deja
constancia de la fragmentación íntima del sujeto, si bien las de la generación del 50
muestran su escisión en torno al papel de madres y escritoras mientras que las del 68,
valiéndose de la fragmentación del discurso como analogía de la fragmentación del
sujeto, cuestionan todo el orden social. El discurso femenino rehuye desde los 80 el
individualismo masculino para enfatizar más bien un plural genérico y para diseñar una
estrategia de “fluidez y fusión y el rescate que desentierra figuras femeninas antiguas
35
olvidadas por la cultura patriarcal” (Ugalde, 2007: 47). Las escritoras asumen, mediante
el acto creador, una actitud activa y encarecen la libertad que les proporciona el arte,
una oportunidad de recrearse a imagen y semejanza de sus deseos. Se constata el interés
por reflexionar en torno a la propia palabra. La liberación sexual que evidenciaron las
poetas desde los 80 hunde sus raíces en la exploración que llevaron a cabo las poetas de
generaciones anteriores, si bien entre unas y otras media una diferencia fundamental: la
des-romantización del deseo, que liberará a la mujer de un papel pasivo para convertirla
en agente activo que celebra los placeres corporales. De todo esto va habiendo indicios
en versos de poetas anteriores, como Pino Betancor. De esta autora destacamos su tierna
“Balada a Norma Jean”, incluida en Las playas vacías (1991):
BALADA A NORMA JEAN
Rubia como la luz te descubrimos
un día, Norma Jean, y eras la luz.
Cuerpo desnudo en la más pura desnudez.
Los ojos azules, tan azules, de niña abandonada.
Pobre, pequeña Norma, tan sencilla,
como una rebanada de pan recién cocido,
como un vaso de leche dulce y tibia,
con tu risa de flor y limonada.
Creciste pobre y bella, e ignorante.
Para nuestro recreo y para tu desgracia.
Te desnudaron aún más, hasta la última
piel, sinceramente tuya, pura y cálida.
Te pusieron un nombre nuevo, una nueva risa,
diferente a la tuya, limpia y clara.
En tus suaves labios, pintados de granate,
la voz sonaba falsa.
(...)
Pobre, pequeña, dulce Norma Jean,
detrás de toda aquella mentira luminosa
te estaban enterrando.
(...)
Tú eras más verdadera en tu belleza
con tu rostro desnudo de maquillaje y sombras,
con tu cuerpo de niña que creció demasiado.
(...)
Esta revolución sexual atañe a otros aspectos, como es la eliminación del binomio
tú/yo para dar lugar a un “nosotros” en el contexto de la dicha. A la vez, surge una
deidad femenina, particularmente elaborada en la poesía de Juana Castro. De su libro
36
Narcisia (1986) escogemos el famoso poema “Inanna”, dedicado a la diosa madre del
amor, a la creación femenina de la vida en la tierra:
INANNA
Como la flor madura del magnolio
era alta y feliz. En el principio
sólo Ella existía.
Húmeda y dulce, blanca,
se amaba en la sombría
saliva de las algas,
en los senos vallados de las trufas,
en los pubis suaves de los mirlos.
Dormía en las avenas
sobre lechos de estambres
y sus labios de abeja
entreabrían las vulvas
doradas de los lotos.
Acariciaba toda
la luz de las adelfas
y en los saurios azules
se bebía la savia
gloriosa de la luna.
Se abarcaba en los muslos
fragantes de los cedros
y pulsaba sus poros con el polen
indemne de las larvas.
¡Gloria y loor a Ella,
a su útero vivo de pistilos,
a su orquídea feraz y a su cintura.
Reverbere su gozo
en uvas y en estrellas,
en palomas y espigas
porque es hermosa y grande,
oh la magnolia blanca. Sola!
Surge, dice Ugalde, una poesía donde resaltan las imágenes desprovistas de falo,
imágenes de paridad o cuerpos iguales, como las que emanan de la poesía de Cinta
Montagut. El amor lésbico deja de ser tabú. El estereotipo de la mujer abandonada por
el varón es revisado: se disminuye o elimina el papel de víctima, sublimado por la
capacidad artística (como en Rosaura Álvarez). En sintonía con las teorías de Luce
Irigaray y Hélène Cixous sobre la sexualidad femenina, se libera una energía erótica que
reivindica desinhibidamente el placer sexual femenino, imagen a su vez del poder
creador: cuerpo y palabra, cuerpo y escritura, resultan intercambiables. Y la palabra, el
canto, es sentido como vía de liberación. Explica Sharon Keefe cómo, según Julia
37
Kristeva, en el imaginario femenino o “semiótico” ocupa un papel primordial el cuerpo
de la madre, del que queda un residuo siempre en la mente femenina llamado “chora”,
más allá del proceso de individuación que introduce al individuo en el orden
“simbólico”.
Frente a la rigidez de los esquemas masculinos de oposición binaria, es típico del
discurso femenino el ejercicio y reivindicación de una fluidez que aparece como terco
deseo fraguado por estas poetas que aspiran a la fusión con el Otro, con la naturaleza,
con el cosmos, fusión sin jerarquías en el orden amoroso. Véase este hermoso poema de
Clara Janés:
MADRE
Corta la madre el cordón umbilical
mas no renuncia al vínculo.
Te empuja a la otredad
pero desesperadamente bebe en tu vida
pues en ella
terrible
y mutilada
su entraña
aún palpita.
¡Qué deuda irreparable la del hijo!
Y sin embargo a veces, al pasar
la página del libro de los días,
se rasga, fiera, el vientre,
y te envuelve una vez más en su carne
para que no te pierdas,
para que no te mueras
solo,
como un náufrago abandonado al pánico
en el inmenso océano.
(Libro de alienaciones, 1980)
Sharon K. Ugalde recuerda a este respecto el “ecofeminismo de las escritoras
estadounidenses que desde los 80 rechazan el dualismo naturaleza-cultura, situando a
los seres humanos en la naturaleza a un mismo nivel que los animales” (Ugalde, 2007:
71). La identificación, erótica incluso, con la naturaleza, se hace extensiva a los objetos,
imbuidos de una subjetividad permeable. La feminidad, esa vivencia “semiótica” (que
no “simbólica”) del mundo extrauterino, aparece espacialmente vinculada al tacto y a la
fluidez, mientras que a nivel temporal también se difumina la frontera entre pasado y
presente, de modo que se crea un presente eterno y una “síntesis entre el tiempo cíclico
y el monumental, que consiste en una vuelta atrás hacia los orígenes primordiales”. Esta
continuidad se refleja también en el sentido femenino de colectividad, de continuidad
38
cultural, de identificación con la herencia matrilineal, de movimiento reversible entre
madre e hija, como en este poema de María Victoria Atencia (El coleccionista, 1979):
HIJA Y MADRE
Mi adormecida sangre
cruza por tu dintel a un desvaído espejo
donde el fin y el principio es un mismo lugar.
Detenida en el seno volviente de las horas,
hija y madre me miro.
En conexión con ello está el rescate de la mitología femenina de la Gran Diosa
Madre (aquí destacan Juana Castro y Clara Janés), de los “poderes” de la sabiduría de la
mujer y de todos los iconos femeninos de cualquier época (desde Inanna hasta Greta
Garbo). Esta negación del tiempo lineal salta a la vista, por ejemplo, en la poesía de
Julia Uceda, de Pilar Paz, de Clara Janés. Veamos, de Janés, el poema
MESA DEL SILENCIO
Tirgu Jiu
Nos sentamos a la mesa del silencio,
al aire de los chopos y los arces
del parque interminable de hojas muertas.
Implacable y amoroso
callaba el caudal inmóvil de blancos cantos.
La piedra ingrávida
paréntesis al tiempo
y altar
de la profunda soledad del alma humana.
El blanco lecho vacío de las venas
era blanco como aquel blanco cauce
donde el río no corre.
Nos sentamos y allí nos quedamos para siempre,
en la mesa del silencio.
Allí,
donde tiempo más tiempo más tiempo
no es nunca igual al tiempo.
(En busca de Cordelia y Poemas rumanos, 1975)
En el imaginario femenino tiene especial relevancia el agua (cf. Elena Andrés) y
también la ropa y otros objetos femeninos o, mejor dicho, elementos del ámbito
doméstico cargados de poder evocador.
Desde luego se puede estudiar la poesía femenina de los 70 en adelante a la luz de
las corrientes estéticas comunes a ambos sexos: Fanny Rubio estaría más próxima a
cierto venecianismo, Ana María Moix a la neovanguardia, Clara Janes, en sus
39
comienzos, a la poesía del silencio (como en “El obstáculo”, de Límite humano, 1973).
Pero a estas alturas va siendo más interesante ver cómo los poetas genuinos, al margen
de su sexo, están más allá de corrientes gregarias: aportan algo personal e intransferible,
y por ello “son”.
IX. De la Posmodernidad a esto que somos y que no sabemos bien cómo llamar
A partir de los años 80, ya en la época de la democracia, se produce un “boom” de
escritura femenina en general, lírica en concreto. Ya no se trata de que las mujeres
escriban desde la excepcionalidad, sino de que se incorporan al panorama literario en
masa y, en teoría, en igualdad de condiciones, dado que la formación femenina no tiene
por qué haber sido inferior a la masculina. Esto se traduce en la aparición de antologías
de poesía exclusivamente femenina que provocan en primer lugar la sorpresa masculina
ante el fenómeno (así, Ramón Buenaventura, con su pionera Las diosas blancas, 1985,
o Litoral femenino, compilación a cargo de Lorenzo Saval y J. García Gallego, 1986) y
luego la conciencia y voluntad femeninas de tomar posesión de una habitación propia:
así la antología de Sharon K. Ugalde titulada Conversaciones y poemas. La nueva
poesía femenina española en castellano (1991) era una aproximación a la escritura
desde unos presupuestos muy ligados al hecho de que la antologa procede del contexto
norteamericano de la California sesentayochista y contestataria, al feminismo
estadounidense militante, algo que en España tardó en fraguar. De este modo, mucho
más allá del prólogo un tanto sui generis de R. Buenaventura, y aun más allá del estudio
preliminar académico, ella prefirió conversar con las poetas seleccionadas, mujeres que,
más allá de la edad, tenían en común el hecho de haberse desamordazado a raíz de la
transición, lo que explica que la antología comience con María Victoria Atencia (n.
1931) y termine con Luisa Castro (n. 1966): dos mujeres que abren un abanico que va,
cronológicamente, de la generación de 1950, pasando por la del 68, a la de 1980.
Aunque con el tiempo algunas autoras se hayan arrepentido de que se publicara lo que
entonces contestaron (se arrepiente uno siempre de las palabras porque la vida nos
cambia o matiza el discurso, pero también se puede arrepentir-y mucho- de los
silencios), el libro sigue siendo un documento histórico imprescindible para reconstruir
un conjunto de sensibilidades en un contexto muy preciso. Luego vino otro libro capital,
compilado por Noni Benegas y Jesús Munárriz: Ellas tienen la palabra. Dos décadas de
poesía española (1997). Aquí se encargó Benegas del estudio preliminar, confeccionado
a partir de un cuestionario enviado a las autoras y útil en un sentido historicista. Las
escritoras elegidas comenzaban con Ana Rossetti (n. 1950) y terminaban con Ana
Merino (n. 1971): una poeta al filo del 68 y otra cuya generación aún no tiene nombre
consensuado. Aquí la nota biobibliográfica iba seguida de una “Poética” y luego los
poemas escogidos. Vinieron luego muchas antologías más de escritura femenina, entre
las que quizá destaque, por el número de autoras incluidas y la objetividad del prólogo,
la de José María Balcells (Ilimitada voz. Antología de poetas españolas, 1940-2002,
Cádiz, Universidad, 2003), y, de la propia Ugalde, En voz alta (2007), que completa el
panorama con las generaciones del 50 y del 70.
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Es verdad que al amparo de la política de discriminación positiva se han mezclado
buenas y malas escritoras, como en general ocurre siempre con todo (también hay
buenos y malos escritores que publican con idéntica e incluso superior facilidad,
amparados en sus amistades editoriales). Es verdad que la discriminación positiva es un
arma de dos filos que a estas alturas rechazan las escritoras que se saben integradas en el
panorama literario único, mixto, aunque otras (sobre todo las mayores), prefieren
apostar por la solidaridad femenina. También es cierto que sigue habiendo mucha
discriminación injusta: así lo comprueba María Rosal en su análisis de antologías
(Rosal, 2006). Y es verdad que el ejercicio de rescate de nombres femeninos perdidos
en la historia (análogo a otros rescates como el que afecta a la guerra civil o al exilio) es
necesario y justo, pero no va a transformar el canon, porque lo cierto es que éste se
forma poco a poco con lo mejor de cada época y lengua, y lo mejor hasta hace medio
siglo fue, con excepciones, masculino. Las excepciones femeninas (Santa Teresa,
Rosalía de Castro), ya están incluidas. Lo que venga en el futuro no se puede saber, no
lo veremos nosotros y no depende sólo de un ejercicio voluntarista.
Dicho esto, terminaremos esta aproximación a la última escritura femenina
poniendo unos ejemplos que ilustran la variedad y el eclecticismo característicos de la
época posmoderna.
En principio la línea más visible de la escritura femenina a partir de los 80 fue la
neoerótica, adelantada antes por otras escritoras, como Cristina Peri Rossi, pero
bautizada con un libro de Ana Rossetti (San Fernando, Cádiz, 1951) que muestra, en su
mezcla de erotismo, culturalismo y espíritu lúdico, sus puntos comunes con los
venecianos (no en vano ella es de la generación del 68). De Los devaneos de Erato
(1980) escojo un poema ya célebre por su juguetona, deliberada y elegante ambigüedad:
CIBELES ANTE LA OFRENDA ANUAL DE TULIPANES
“¡Que mi corazón estalle!
Que el amor, a su antojo
acabe con mi cuerpo”.
AMARU
Desprendida su funda, el capullo,
tulipán sonrosado, apretado turbante,
enfureció mi sangre con brusca primavera.
Inoculado el sensual delirio,
lubrica mi saliva tu pedúnculo;
el tersísimo tallo que mi mano entroniza.
Alta flor tuya erguida en los oscuros parques;
oh, lacérame tú, vulnerada derríbame
con la boca repleta de tu húmeda seda.
Como anillo se cierran en tu redor mis pechos,
los junto, te me incrustas, mis labios se entreabren
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y una gota aparece en tu cúspide malva.
Lo que mostró Rossetti fue una capacidad poética tan solvente como libre de viejas
sombras. Por esta senda caminaron las escritoras de todas las edades dentro de un
movimiento de reconquista del lenguaje y del propio cuerpo que forma parte del
proceso de igualación que describen las feministas. Lo primero es tomar posesión de
una misma. La diferencia entre las del 80 y las del 68 quizá estribe en la ironía lúdica y
desenfadada de las primeras, acorde con el espíritu hedonista de la década de la movida.
Veamos otro ejemplo erótico, éste de Mercedes Escolano (Cádiz, 1964), con elementos
del mundo actual cercanos a la poesía de la experiencia, un hedonismo cínico y
escéptico y un velado sesgo de Eros a Tánatos:
MERCEDES BENZ
Ama la lencería e inútiles prendas
de amor canalla, tabernas clandestinas
a deshora y sin prisa, ruborosos
contactos de muslo adolescente.
No niega que la vida sea perfecta
falacia, rumor de besos turbios,
una selva de intrigas pasionales
donde apostar al rojo más intenso.
Tres días, no más, durará la aventura
a través de la niebla. Infiel
a su destino, dejará que el instinto
le marque la senda más propensa
a la dicha. Carruaje de lujo su piel,
feroz volante camino al Paraíso,
morirá por traviesa en peligrosa curva
del corazón humano -al que tanto burlósin más faro que el cruel ojo de Acuario.
(Malos tiempos [1985-1995], 1999)
Últimamente, pasado ya el milenio, da la impresión de que rebrota una poesía de
sentimiento más neorromántico y elegiaco. Pongo un ejemplo de Josefa Parra (Jerez de
la Fra., 1965):
TE RUEGO, CAMINANTE,
QUE DIGAS QUE LA TIERRA TE SEA LEVE
Besará suavemente la tierra tus mejillas.
Tus labios, con perfiles de estatua en apretado
gesto. Tus manos, blancas de cal; blancas y frías.
Tus venas, arroyuelos ya de cuajada nieve.
Bellísimo en tu quieto discurrir. Suavemente
te besará la tierra. Amantes, las raíces
desnudarán tu pecho. Suavemente la tierra
besará tus mejillas.
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Yo moriré de celos
del amor mineral que me roba tu cuerpo.
(Tratado de cicatrices, 2001-2006)
Hay quienes se sumergen en la naturaleza, en una comunión romántica que tiene
mucho de lustración sacra, como Sara Pujol, no en vano lectora fiel de Antonio Colinas:
TIEMPO EN SU ESPACIO
Entro en la piedra: ríos de lava, sus venas como vides
de otoño, sus ojos negros como olvido helado en el aire.
Entro en la piedra: turba y nobleza, hondura atormentada.
Busco su centro: duración sin filo, sufrimiento puro,
celda hermosa donde imaginar y recordar son lo mismo.
Quédate siempre conmigo.
Quédate siempre en mi cuerpo.
Quédate, como una cigüeña de otro invierno a primavera.
Entro en el pulso del agua y el agua cae en mí y no tiemblo:
fácil lecho de harina, cárcel de luna, lecho de nieve,
fácil huella de lo negro en lo blanco, lo blanco en la piedra.
Caigo en la rosa y la rosa tiembla: tiempo en la flor, saeta
de sueños, saeta de manos, pies rodeando a la vida.
El fuego tiende su aire (1999)
De la poesía del silencio se ha pasado a una poesía de la esencialidad llena de
espiritualidad. Fijémonos por ejemplo en Clara Janés:
¿OYES ESA MÚSICA?
¿Oyes esa música
que cruza como luz la oscuridad
mientras la oscuridad gira
y yo con ella?
¡Con qué fuerza
se abre paso
y llega incluso
a mi lugar más remoto
cercado también de sombras!
Pero el latido
que brota allí
nadie lo oye.
Nadie, como yo, sabe
que existo
y creceré
y amaré
como aman estos brazos
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que me sostienen
porque no sé andar aún...
Pero escucha, escucha:
todos los árboles se mecen
en la música.
Y en mi interior,
donde un secreto sol
me hace adivinar
el sol secreto
de la oscuridad.
(Paralajes, 2002)
Uno piensa aquí en el místico sufí Rumi, o Mevlana, y considera que tal vez nos
hayamos acostumbrado a sexuar elementos psíquicos que en la naturaleza están mucho
menos sexuados que en la cultura.
De los 80 en adelante, y más aún de los 90 hasta hoy, no hay estética ni tema que
la mujer no colonice, aportando además nuevos motivos y nuevas perspectivas que la
convierten en una poesía a mi juicio en general más interesante que la masculina, más
rica, más innovadora. En realidad para las últimas generaciones creo que no se trata de
escritura femenina, sino tan sólo de escritura, como evidencia este poema de
Inmaculada Moreno (El Puerto de Santa María, 1960):
POST SCRIPTUM
Cercado por la noche y el silencio,
un hombre
-o una mujerescribe un poema:
Son los días de todos,
son palabras de todos
y es de todos
el íntimo dolor que lo ocasiona.
( Son los ríos, Sevilla, 1998)
Así, hay líneas neosurrealistas que abrió Blanca Andreu (De una niña de
provincias que se vino a vivir en un Chagall, 1981) y que, aunque no mayoritariamente
frecuentadas, siguen abiertas, por ejemplo en Elena Medel (Tara, 2006). A partir de los
años 90 se puede ver un repunte de poesía testimonial y comprometida al que se
incorpora también la mujer ya con los acentos irónicos propios de la época. En la línea
social podemos citar a Isabel Pérez Montalbán (1964), con un poema como
VIVIENDAS FUNDACIÓN BENÉFICO-SOCIAL
(SECTOR SUR, CÓRDOBA, 1961-1965).
ARQUITECTO: RAFAEL DE LA HOZ
44
Teníamos un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.
Yo contaba dos años, tan blanca la memoria
que no recuerdo nada, pero he visto mi barrio
en una exposición de arquitectura
que muestra las vanguardias y el enjambre moderno.
La vivienda social era una huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el franquismo un polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.
En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde inglés ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.
Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.
Teníamos un cielo lapislázuli,
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vittorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.
(De la nieve embrionaria, 2002)
Cívico es el humanismo de Julia Otxoa (San Sebastián, 1953), que denuncia la
violencia de una sociedad que cosifica, animaliza y aliena al ser humano. El problema
de la convivencia en el País Vasco es nuclear en una parte de la poesía de Julia Otxoa,
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en cuya trayectoria notamos la evolución hacia una poesía quintaesenciada, gnómica,
sapiencial, lindante con el silencio:
EL LUGAR DE LA IRA
Vengo de un Pueblo clavado en mi costado,
un tiempo sitiado,
una noche o tierra a la que amo,
desde la ola rota sobre el ojo,
y el color de la herrumbre.
El lugar de la ira.
Centauro, Madrid, Torremozas, 1989
Más allá de la violencia, el sujeto encuentra cobijo en su memoria y su conciencia,
en su fortaleza interior, en su capacidad de adaptación y coraje, y la poesía vuelve a
recuperar su condición de revelación, de instante del relámpago en la piedra. Lo vemos
en un libro magnífico que lleva el nombre del árbol totémico de las tribus del norte, el
tejo: Taxus baccata (2001-2004):
Asistiendo
inestable y
también a
fortalezco.
repetición.
a la barbarie cotidiana, el instante tiene la turbulenta inseguridad de lo
amenazador. En mi inexperiencia del horror futuro, me reconforta pensar que
mis antepasados les tocó vivir un tiempo semejante. En su recuerdo me
La Historia como ser circular, el presente como resistencia poética en la
Permanecer en la inquietud, permanecer en la inquietud, no quiero ser sorprendida.
Apaciento mi sombra en los lugares más inseguros del pensamiento. Oigo crecer mi
osamenta cada día, mi infancia no ha terminado.
Leer en otro idioma, leer en otro idioma,
ser el otro,
verme desde fuera.
La constante interrogación del desarraigo, del extrañamiento de ser en el mundo. Sólo
después de la fiebre y el dolor de las preguntas sin respuesta, se puede hallar la serenidad
en el total desvalimiento. Desde la humildad de la ignorancia, el misterio del ser se
convierte entonces en cobijo.
Ante el caótico ruido del mundo, siento la necesidad de centrarme en lo leve, lo sutil, lo
aparentemente insignificante, aquello que no brilla y no es voceado por los vendedores al
uso. La poesía de lo invisible.
Llegamos así al final de esta exposición supersónica pero no tanto. Me gustaría
hablar de muchos versos y poetas más, pero es la hora. La poesía compuesta por las
mujeres se pierde en la noche de los tiempos y puede decir, con Julia Otxoa, pero ahora
jubilosamente:
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Oigo crecer mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado.
Porque ahora, como en el principio, la palabra nos crece desde dentro.
Bibliografía
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