René DESCARTES

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Filosofía Moderna
René DESCARTES
René DESCARTES
1. Contextualización del texto propuesto.
Las Meditaciones metafísicas, obra con la que Descartes funda el racionalismo, fueron
publicadas en 1641 y se compone de seis meditaciones. La tercera meditación gira en torno al
problema de la demostración de la existencia de Dios. Una vez descubierto el sujeto pensante,
Descartes analiza su contenido y se encuentra que en él existen ideas facticias, adventicias e
innatas.
En el fragmento propuesto…
2. Síntesis sistemática de su pensamiento.
René Descartes nació en el seno de una familia acomodada en 1596 y se educó en el
colegio de los jesuitas de La Flèche. Su moderada fortuna le permitió dedicarse al estudio, la
ciencia y la filosofía. Entre 1629 y 1649 permaneció en los Países
Bajos. Este último año se trasladó a Estocolmo, donde murió al año
siguiente.
Sus obras más significativas son: Reglas para la dirección del
espíritu (1628, publicadas en 1701), Discurso del método (1637),
Meditaciones metafísicas (1641) y Principios de la filosofía (1644).
Descartes es el introductor del racionalismo, caracterizado por
la aceptación de las matemáticas como modelo del saber y, en
consecuencia, de la deducción como método para el despliegue del
conocimiento; y por la tesis de la autonomía de la razón, que lleva a
afirmar el innatismo de las ideas.
En la primera de sus Reglas para la dirección del espíritu, Descartes afirma que las
distintas ciencias y los distintos saberes son manifestaciones de un saber único. Esta concepción
unitaria del saber proviene, en último término, de una concepción unitaria de la razón. En efecto, la
sabiduría es única porque la Razón es única: la Razón que distingue lo verdadero de lo falso, la
conveniente de lo inconveniente, la Razón que se aplica al conocimiento teórico de la verdad y al
ordenamiento práctico de la conducta, es una y la misma.
Puesto que la Razón es única, interesa conocer cuál es su estructura, su funcionamiento
propios, a fin de que sea posible aplicarla correctamente y, de este modo, alcanzar conocimientos
verdaderos provechosos.
Dos son, para Descartes, los modos de conocimiento: la intuición y la deducción. La
intuición es una especie de “luz natural”, de “instinto natural” que tiene por objeto las naturalezas
simples: por medio de ella captamos inmediatamente conceptos simples emanados de la Razón
misma, sin posibilidad alguna de duda o error.
Todo el conocimiento intelectual se despliega a partir de la intuición de naturalezas
simples, entre las cuales aparecen conexiones que la inteligencia descubre y recorre por medio de
la deducción. La deducción no es, pues, sino una intuición sucesiva de la naturalezas simples y de
las conexiones entre ellas.
Puesto que la intuición y la deducción constituyen la dinámica específica del conocimiento,
ésta ha de aplicarse en un doble proceso: en primer lugar de análisis, hasta llegar a los elementos
simples, a las naturalezas simples; en segundo lugar de síntesis, de reconstrucción deductiva de lo
complejo a partir de lo simple.
Esta forma de proceder no es, pues, arbitraria: es el único método que responde a la
dinámica interna de la razón única. Hasta ahora, piensa Descartes, la razón ha sido utilizada de
este modo sólo en el ámbito de las matemáticas, produciendo resultados admirables. Nada impide,
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sin embargo, que su utilización se extienda a todos los ámbitos del saber, produciendo unos frutos
igualmente admirables.
Como indicábamos anteriormente, el entendimiento ha de encontrar en sí mismo las
verdades fundamentales a partir de las cuales sea posible deducir el edificio de nuestros
conocimientos. Por tanto, el punto de partida ha de ser una verdad absolutamente cierta sobre la
cual no sea posible dudar en absoluto, ya que sólo así el conjunto del sistema quedará firmemente
fundado. La búsqueda de dicho punto de partida exige una tarea previa, consistente en eliminar
todo aquello de lo que sea posible dudar. De ahí que Descartes comience con la duda. Esta duda
es metódica, es una exigencia del método en su momento analítico.
Descartes lleva la duda hasta la máxima radicalidad, proponiendo escalonadamente tres
razones para dudar. La primera y más obvia se halla en las falacias de los sentidos, que nos
inducen a veces a error; por tanto, ¿qué garantía existe de que no nos inducen permanentemente
a error? Ciertamente, la mayoría de los hombres lo considerarán muy improbable, pero la
improbabilidad no equivale a certeza, por lo que la posibilidad de dudar del testimonio de los
sentidos no queda eliminada. Esto nos permite dudar de que las cosas sean como las percibimos
por medio de los sentidos, pero no de que existan dichas cosas. De ahí que añada una segunda
razón -más radical- para dudar: la imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño. También los
sueños nos muestran a menudo mundos de objetos con extremada viveza, y al despertar
descubrimos que tales mundos no tienen existencia real. ¿Cómo distinguir el sueño de la vigilia y
cómo alcanzar certeza absoluta de que el mundo que percibimos es real? Esta imposibilidad de
distinguir entre ambos estados, no parece afectar a ciertas verdades, como las matemáticas, por lo
que Descartes añade el tercer y más radical motivo de duda: tal vez exista un espíritu maligno, de
extremado poder e inteligencia, que pone su empeño en inducirme a error. Una vez más, se trata
de una hipótesis improbable, pero que nos permite dudar de todos nuestros conocimientos.
La duda parece, pues, abocar al escepticismo. Sin embargo, Descartes encontró una
verdad absoluta, inmune a toda duda: la existencia del propio sujeto que
piensa y duda, que el autor expresa con su célebre “Pienso, luego
existo” (Cogito ergo sum). Pero mi existencia como sujeto pensante no
es sólo la primera verdad y la primera certeza, es también el prototipo de
toda verdad y de toda certeza. Dicha existencia es totalmente indubitable
porque la percibo con total claridad y distinción; de ahí deducimos el
criterio cartesiano de certeza: será verdadero todo cuanto perciba clara y
distintamente.
Sin embargo, esta certeza indubitable del yo no parece implicar
la existencia de ninguna otra realidad. Nos enfrentamos, por tanto, al
enorme problema de demostrar la existencia de una realidad extramental, que Descartes habrá de
deducir a partir de la existencia del pensamiento. Antes de seguir adelante, hemos de ver qué
elementos tenemos para llevarla a cabo: el pensamiento como actividad (yo pienso), y las ideas
que piensa el yo. De este análisis se concluye que el pensamiento piensa siempre ideas, lo cual
supone un cambio respecto a la filosofía anterior: el pensamiento no recae directamente sobre las
cosas, sino sobre las ideas. Esta afirmación, lleva a Descartes a distinguir dos aspectos en ellas:
las ideas en cuanto que son actos mentales (todas poseen la misma realidad), y en cuanto que
poseen un contenido objetivo (su realidad es diversa). Descartes distingue tres tipos de ideas:
ideas adventicias, que parecen provenir de nuestra experiencia externa (aún no nos consta la
existencia de una realidad exterior); ideas facticias, aquéllas que construye la mente a partir de
otras; e ideas innatas, las que posee el pensamiento en sí mismo, pues no pueden provenir ni de la
experiencia ni tampoco son construidas a partir de otras. Estas ideas son pocas, pero son las más
importantes.
Entre las ideas innatas, Descartes descubre la idea de Infinito, que identifica con la idea de
Dios. Con argumentos convincentes demuestra que no es adventicia (no poseemos experiencia
directa de Dios), y con argumentos menos convincentes se esfuerza en demostrar que tampoco es
facticia (afirma, en contra de la tradición, que la noción de finitud, de limitación, presupone la de
Infinitud). Una vez establecida la idea de Dios como innata, deduce su existencia. Para ello,
merecen destacarse dos argumentos: el ontológico; y otro basado en la causalidad aplicada a la
idea de Dios: partiendo de la realidad objetiva de las ideas, afirma que requieren una causa real
proporcionada, por lo que la idea de un ser Infinito requiere una causa Infinita; por tanto, ha sido
causada en mí por un ser Infinito, luego el ser Infinito existe.
La existencia del mundo es demostrada a partir de la existencia de Dios: puesto que Dios
existe y es infinitamente bueno y veraz, no puede permitir que me engañe al creer que el mundo
existe, luego el mundo existe. Dios aparece, de este modo, como garantía de que a mis ideas les
corresponde un mundo, una realidad extramental. Sin embargo, Descartes (como Galileo y la
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ciencia moderna), niega que existan las cualidades secundarias: Dios sólo garantiza la existencia
de un mundo constituido exclusivamente por la extensión y el movimiento (cualidades primarias).
De lo anteriormente expuesto, se comprende que Descartes distingue tres ámbitos de la
realidad: Dios o substancia infinita, el yo o substancia pensante (res cogitans) y los cuerpos o
substancia extensa (res extensa). El concepto de substancia es un concepto fundamental, que
podemos definir como aquello que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra cosa para
existir. Tomada de modo absoluto, sólo puede aplicarse a la substancia infinita (Dios), puesto que
los seres finitos, pensantes y extensos, son creados y conservados por Él; si bien tal definición
puede mantenerse para referirse a la independencia mutua entre la substancia pensante y la
extensa, que no necesitan la una de la otra para existir.
El objetivo último de Descartes al afirmar que alma y cuerpo, pensamiento y extensión,
constituyen substancias distintas, es salvaguardar la autonomía del alma con respecto a la materia.
La ciencia clásica imponía una visión mecanicista y determinista del mundo material, en el que no
cabe la libertad. Por tanto, el único modo de salvaguardar la libertad y el conjunto de los valores
espirituales defendidos por Descartes, consiste en situar al alma como una esfera de la realidad
autónoma e independiente de la materia. Tal independencia entre el alma y el cuerpo es la idea
central aportada por el concepto de substancia, la cual se justifica en la claridad y distinción con
que el entendimiento la percibe.
Hasta ahora, hemos insistido en los elementos esenciales y significativos del racionalismo:
innatismo de las ideas, ideal de un sistema deductivo, concepción
de la realidad como un orden racional,… Sin embargo, la
motivación última de dicha filosofía no se halla tanto en su interés
por el conocimiento científico-teórico de la realidad, cuanto en una
honda preocupación antropológica, por la orientación de la
conducta humana, de modo que sea posible una vida plenamente
racional. El objetivo último perseguido por Descartes es, pues, el
de fundar la libertad en la razón, a fin de poder alcanzar la
felicidad y la perfección humanas.
Al separar el alma del cuerpo de modo tan radical, considerándolos substancias
autónomas y autosuficientes, Descartes agudiza el problema de la relación entre los apetitos
naturales o pasiones y la razón o la voluntad.
Entiende por pasiones aquellas percepciones o sentimientos que hay en nosotros y que
afectan al alma sin tener su origen en ella. Su origen se halla en las fuerzas que actúan en el
cuerpo (los “espíritus vitales”). Las pasiones, por tanto, son: involuntarias (su aparición escapa al
control y dominio del alma racional); inmediatas; y no siempre acordes con la razón; de ahí que
puedan significar para el alma una cierta esclavitud e infelicidad.
En este punto, Descartes está tocando un tema típicamente estoico: el tema del
autodominio. Su actitud no es absolutamente negativa: no se trata de rechazarlas por principio,
sino de enfrentarse a la fuerza ciega con que tratan de arrastrar a la voluntad de un modo
inmediato, sin dejar lugar para la reflexión. La tarea del alma en relación con las pasiones consiste,
pues, en someterlas y ordenarlas conforme al dictamen de la Razón. En efecto, es la Razón la que
descubre y muestra el bien que, como tal, puede ser querido por la voluntad. La Razón suministra
no sólo el criterio adecuado respecto de las pasiones, sino también la fuerza necesaria para
oponerse a ellas.
Con el término “yo”, Descartes expresa la naturaleza más íntima y propia del hombre. Del
yo poseemos un conocimiento intuitivo, claro y distinto que se manifiesta en el “yo pienso.” El yo
como substancia pensante es centro y sujeto de actividades anímicas que, en último término, se
reducen a dos facultades: el entendimiento y la voluntad, caracterizada por ser libre. La libertad, en
el pensamiento cartesiano, ocupa un lugar central: su existencia es indudable; es la perfección
fundamental del hombre; y su ejercicio constituye un elemento esencial del proyecto cartesiano: la
libertad nos permite ser dueños tanto de la naturaleza, como de nuestras propias acciones.
A juicio de Descartes, la libertad no consiste en la mera indiferencia ante las posibles
alternativas que se ofrecen a nuestra elección: la pura indiferencia entre los términos opuestos de
mi elección no significa perfección de la voluntad, sino imperfección e ignorancia del conocimiento.
Tampoco consiste en la posibilidad absoluta de negarlo todo, de decir arbitrariamente a todo que
no. La libertad consiste en elegir lo que es propuesto por el entendimiento como bueno y
verdadero. Es el entendimiento el que descubre el orden de lo real, procediendo de un modo
deductivo-matemático. La libertad es, pues, no la indiferencia ni la arbitrariedad, sino el
sometimiento positivo de la voluntad al entendimiento, que descubre el orden de lo real,
procediendo de un modo deductivo-matemático.
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3. Contexto histórico, sociocultural y filosófico de su época
Descartes (1596-1650) es un filósofo del siglo XVII, por lo que su contexto histórico
coincide con el Siglo de Oro francés.
El siglo XVII es también un período de crisis en Europa: la consolidación de los Estados
modernos, sus afanes imperialistas y la lucha por la hegemonía entre Francia, España, Holanda e
Inglaterra, provocan grandes enfrentamientos entre ellos. Una buena parte de la vida de Descartes
coincide con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) entre los Estados católicos y protestantes
del Imperio Alemán; tras ella, con la Paz de Westfalia, España iniciará un proceso irreversible de
decadencia frente a Francia, que se irá imponiendo como el Estado más influyente de Europa.
Desde el punto de vista socioeconómico, las consecuencias de la guerra fueron
devastadoras: la población se redujo drásticamente y los Estados europeos tardaron décadas en
salir de la profunda crisis causada por el conflicto. Por otra parte, en el siglo XVII se produjo un
fuerte desarrollo de la burguesía vinculada al capitalismo mercantilista, favorecido a su vez por la
expansión del comercio marítimo y colonial.
Políticamente, Francia, al igual que el resto de las grandes naciones europeas de la época,
se organiza como una Monarquía Absoluta, que llegará a su apogeo con Luis XIV y la identificación
entre el monarca y el Estado. La organización social era estamental: en la cúspide se situaba el
rey, a quien se consideraba designada por Dios; después, la nobleza y el alto clero; y, en el tercer
nivel, el estamento popular o “tercer estado.”
Desde el punto de vista cultural su tiempo es el Barroco, que acentuaba los efectos
escenográficos a fin de promover la fe de los fieles y exaltar el poder de los monarcas. Sobresalen
artistas como Velázquez o Bernini. La literatura, por su parte, manifiesta una concepción pesimista
del hombre, acorde con el tono general de la época, resaltando la fugacidad y la vanidad de la vida,
y mostrando gran preocupación por la muerte. A este pesimismo
contribuye, en gran medida, la confrontación teológica entre
católicos y protestantes -en la que Descartes participó-,
destacando la Orden de los jesuitas, dedicados a fortalecer la fe
católica frente al protestantismo, y el jansenismo, movimiento que
se difundió en Francia a través de los escritos de Arnauld y
Pascal, activos en la abadía de Port-Royal. El cansancio
intelectual que esta interminable guerra provocó, tuvo el efecto de
desviar la atención de las mentes más brillantes (entre ellas la de
Descartes) hacia temas no religiosos, especialmente la ciencia y
las matemáticas. Otro rasgo cultural interesante de esta época es
la invención y desarrollo de la imprenta, la cual permite, entre
otras cosas, que el ámbito de la cultura salga fuera de los círculos eclesiásticos (monasterios,
catedrales), haciéndose accesible a personas ajenas a la religión. De ahí también que el latín
comience a no ser la lengua culta en exclusiva y se publiquen muchos libros en las lenguas
vernáculas.
Un hecho tuvo singular importancia en la vida intelectual de Descartes: su conocimiento de
la condena de Galileo por el tribunal de la inquisición en Roma. Descartes tuvo miedo de que
algunas de sus ideas pudiesen ser objeto de un juicio parecido y, por ello, decidió no publicar su
Tratado del mundo. Sólo unos años más tarde, en 1637, publicó una parte de su obra científica,
Dióptrica, Meteoros y Geometría, precedida, como introducción metodológica, por el Discurso del
Método. Es probablemente el miedo que tiene a la censura, el que le hace publicar esta obra de
forma anónima, aclarando insistentemente en el capítulo segundo, que sus intenciones no son
otras que las de reformar su propio conocimiento y que desaconseja a todo el mundo que haga lo
mismo y, en la cuarta parte, le llevarán a destacar la importancia de Dios como garante de
cualquier conocimiento. Sin duda, lo contrario podría haber sido entendido como una llamada a una
especie de revolución absolutamente inaceptable para las autoridades de la época.
El marco filosófico de Descartes viene determinado por la filosofía escolástica, que estudió
en su juventud con los jesuitas, y por el pesimismo de Montaigne. Descartes rechaza el argumento
de autoridad escolástico, si bien no acepta los argumentos escépticos que socavan los cimientos
de la religión y la filosofía, y trata de encontrar una certeza indubitable para situarla en la base del
conocimiento. Aunque la Iglesia católica sigue apoyando el pensamiento escolástico -con figuras
como el jesuita Francisco Suárez y aplicaciones de tanta trascendencia como la elaboración del
“Derecho de gentes” por los teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca-, podemos afirmar que
hacía ya algún tiempo que Dios había dejado de ser el centro de la preocupación filosófica como
ocurría en la Edad Media. El hombre se convierte en el objeto principal de la filosofía y,
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especialmente, los temas relacionados con el conocimiento. Éste es el terreno en el que Descartes
es considerado el fundador y principal representante de la corriente racionalista. Esta corriente
toma como referencia la ciencia moderna (Galileo, Bacon, Kepler) y como modelo el método
matemático. Además, concede a la razón, al conocimiento teórico, una importancia radical,
aceptando el innatismo de los principios esenciales del conocimiento y despreciando el
conocimiento sensible como fuente fiable. Leibniz, Spinoza y, por supuesto el propio Descartes,
son los principales representantes del Racionalismo. Descartes formuló una teoría sobre el mundo
físico (sustancia extensa) denominada mecanicismo, que intenta explicar el mundo como una gran
máquina y que será precursora de las concepciones materialistas posteriores como la de La Mettrie
en su obra El hombre máquina.
Históricamente, el Racionalismo encuentra su oposición en el Empirismo británico de
Locke y Hume. Ellos, y especialmente Hume, representan la oposición radical a la filosofía
cartesiana fundando una corriente que rechaza la existencia de ideas innatas y pone en la
experiencia sensible, la fuente y el límite del conocimiento humano. No hay que olvidar, tampoco,
el intenso debate que mantuvo con otros filósofos, como el atomista Gassendi.
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