El amor, las mujeres y don Juan, en el Don Juan de Gonzalo

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El amor, las mujeres y don Juan, en el Don Juan de Gonzalo Torrente Ballester
Prof. María Victoria Riobó
Universidad Católica Argentina
Leoporello, criado de don Juan, dice que la historia de su amo “tiene sus raíces en el cielo y en
el infierno” (Torrente Ballester, 1997:81). La palabra clave para entender el Don Juan de Torrente es
“raíz”, “origen”. Alicia Giménez ha caracterizado las novelas de Torrente como “novelas
intelectuales”, es decir, novelas que presentan una tesis. Al tomar el mito de don Juan como materia de
su relato, Torrente se propone justificar la conducta de este famoso personaje. El autor se pregunta por
los motivos que han convertido a Don Juan en quién es, interrogante que lo conduce a la infancia,
adolescencia y juventud del personaje en busca de una respuesta. Esta parte de la biografía de don Juan
le permite manejarse con mucha libertad por ser un terreno poco explorado por otros autores1, con las
excepciones tardías de Byron y Merimée, que llegaron a distintas conclusiones. Torrente debe inventar
unos acontecimientos que expliquen la rebeldía prometeica de don Juan. Lo interesante es que recurra a
la fuente misma del mito, a Tirso de Molina, su creador. Nos dice que “buscaba la razón por la cual el
primer planteamiento de don Juan es de carácter religioso, es decir, el porqué el despliegue de una
aventura tan terrenal y carnal como es la de don Juan Tenorio, está subrayada en el drama de Tirso por
una advertencia anónima y musical que le incita al arrepentimiento” (Torrente Ballester 1987).
Torrente se está refiriendo al “tan largo me lo fiáis” de la obra de Tirso, campana admonitoria que le
recuerda al personaje que existe un dios, un cielo y un infierno. Torrente, en un breve pero revelador
diálogo, señala que don Juan ha sido inventado por un teólogo –Tirso de Molina pertenecía a la Orden
de los Mercedarios– y que, para un teólogo, el mito de don Juan es un tema de primera. No en vano, al
iniciarse la novela, nos encontramos en el París de los años ‘50, en los alrededores de San Sulpicio,
sitio ideal para conseguir textos de teología. Torrente nos dice que: “El curioso de Dios, el angustiado,
y también el inquieto, aquí convergen, aquí se encuentran, aquí se miran y se reconocen sin palabras”
(1997:21). Tratándose de un personaje mítico, de una figura arquetípica, Torrente va a conectar esas
experiencias históricas anteriores a que don Juan devenga don Juan con la experiencia permanente e
1
Un tema que no podemos desarrollar en el presente trabajo pero que no queremos dejar de mencionar es que el Don Juan
de Torrente se define contraponiéndose a los otros donjuanes de la literatura occidental. Esta relación de dependencia se
manifiesta de un modo consciente en los múltiples juegos de intertextualidades cargados del fino humor que caracteriza a
Gonzálo Torrente Ballester. Don Juan es un mito literario, es decir, nace en el seno de la literatura y se expande durante tres
siglos, mutando de una versión a otra. Torrente, como diremos más adelante, vuelve a la creación primigenia, es decir, a la
versión de Tirso de Molina, buscando allí el núcleo mítico más íntimo desde el cual se originan las demás versiones.
intemporal de nuestros primeros padres contenida en el Génesis. Mircea Eliade señala que los mitos
nos sumergen en un tiempo propiamente sagrado. En ellos encontramos una revelación primordial que
nos ofrece modelos ejemplares para obrar en el mundo. En la presente versión del mito, Torrente
recupera esta relación con lo sagrado propia del mito. Don Juan se define a sí mismo en la relación que
decide tener con respecto a la divinidad. Nuestro don Juan adquiere pleno sentido a la luz del
comportamiento de Adán y Eva.
El amor
¿Y por qué este remitirse al Génesis? A mi modo de ver, esto responde a que la incapacidad de
amar de don Juan es su característica más saliente. Su pecado tiene un correlato en el pecado original
que Torrente interpreta como pecado contra el amor de Dios. Su peculiar visión del amor y del pecado
original va a ser teorizada en el “Poema de Adán y Eva” de dom Prieto, incluido en el capítulo V de la
novela. El universo creado se mueve por amor a Dios. La misión del hombre es recoger ese mensaje de
amor y elevárselo como oración a su Creador. El amor es interpretado como unión cósmica del hombre
en Dios. Dicha unión sólo es realizable plenamente a través de la mujer. Ella, última creación de Dios,
resume en sí misma todo el universo de las criaturas. Dice Torrente en su Poema que Dios
[...] recorrió el cielo y el fondo de los mares, y estudió la color del firmamento y del coral, el
resplandor de los soles y la transparencia de las algas marinas. En la selva, la piel más suave de las
fieras , y en las playas, la palpitación de la marea. Escuchó la voz de las caracolas, el susurro del
aire nocturno y todo lo que en las cosas naturales era dulce, delicado y bello [...] (1997:338-339).
Ella será el puente que haga inteligible la creación para Adán, lo que permitirá que el hombre
pueda efectivamente llevar ese amor de las criaturas a Dios. Eva completa la creación, cierra el círculo
de esta corriente de amor, permite su flujo y reflujo. Es en la unión de Adán y Eva donde ocurre la
unión de todo el universo creado con Dios. Carmen Becerra, en su estudio preliminar a esta obra de
Torrente, cita estas palabras del pensador Romano Guardini:
Allí donde la forma suprema del conocimiento, que es el acto de Comunión sexual, se acreciente y
se desborda hacia una nueva vida, allí acontece siempre algo religioso. La ruptura de los límites, el
adentramiento en el seno de la indiferencia sexual y casi ontológica, la comunión con la totalidad
que los sentidos implica [...] hace que inexorablemente el acto sexual sea percibido siempre como
esencialmente religioso, como puente para acercarse o alejarse de Dios. (1997:LX)
El pecado original consiste, para Torrente, en querer individualizar esta corriente de amor
obtener para obtener más placer y felicidad. En palabras de Eva, “¡quiero ser para ti tu Dios y tu
universo, como lo eres para mí!” (1997:350) ¿Qué tiene que ver esto con don Juan? Todo. Primero,
porque lo que desencadena la rebeldía de don Juan es la frustración del anhelo, no perdido por el
pecado original, de la unión perfecta con el universo a través de la mujer. Nuestro don Juan
experimenta esta unión con el cosmos cuando mete la mano en el río. Despierta a su vocación amorosa.
Comprende que dicha unión no ha sido perfecta, presiente que falta algo, como Adán en el paraíso.
Corría el agua y me quedé mirándola. Estaba clara, formaba pequeños remolinos. Se veían las
guijas del fondo, las briznas menudas arrastradas por la corriente. Se me ocurrió desnudar el brazo y
meterlo en el cauce ¡Qué delicia, el golpe contra mi piel y el ruidito en medio del rumor de las
aguas anchas! Me pregunté que significaba todo aquello y por qué me hacía feliz, y no pude
responderme. Según la Teología, la felicidad es el estado del hombre en presencia de Dios; pero allí
no había más que mi brazo, y el agua, y el golpe continuado, y el ruidito. Bueno, estaba también la
luna, que asomaba ya, y estaban el aire y las flores, pero en segundo término. No encontré
respuesta, y no me desazoné, porque la sensación de mi brazo continuaba y se extendía a todo mi
cuerpo, quizás a toda mi persona. Llegó un momento en que me sentí continuación del río, como
parte del aire, como metido en el aroma de las flores…Como si de mi ser saliesen raíces que
buscaban fundirse a lo que estaba a mi alrededor y hacerme con todo una sola cosa inmensa.
Entonces, mi felicidad llegó a su colmo, y me recorrió el cuerpo una extraña sacudida. […] Hasta
que me di cuenta de que yo no era el agua, ni el aire, ni el aroma. De que yo era solamente yo, don
Juan Tenorio. Entonces me sentí profundamente desdichado. (1997:188-189)
Eso que falta es la mujer. El Comendador, que en Torrente, lejos de ser un hombre probo, es un
corruptor, aprovecha este despertar de don Juan al amor para llevarlo a un prostíbulo. Allí conoce a
Mariana, quien lo inicia sexualmente. Con ella es con quien experimenta la frustración de su deseo de
unión. Se da cuenta de que, después de la Caída, no es posible decir, como Adán, que el hombre con su
mujer “llegue a ser una sola carne”. Se da cuenta de que el placer separa, yuxtapone, superpone, pero
no une. Don Juan se siente burlado por Dios, porque el anhelo de unión es espontáneo se pregunta
“¿por qué hizo hermosa la carne, y atractiva, y dijo luego que la carne es pecado? Se lo pregunto a
Dios. Y me atrevo a decirle que está mal hecho”(1997:212). El Comendador tiene una función
puramente instrumental. Quiere entontecerlo con la carne para desplumarlo luego, ya que codicia los
bienes del joven heredero. Sin embargo, don Juan no se siente burlado por el Comendador, sino por el
mismo Dios, porque el permite que la carne entontezca. Es por esto que don Juan se rebela, se enemista
con Dios. El segundo motivo por el cual la historia de don Juan se relaciona con esta interpretación del
Génesis es que don Juan comete el mismo pecado que Eva, es decir, querer constituirse en Dios para
las mujeres. Aprovechando el enorme poder de seducción que tiene sobre ellas, va a ofender a Dios del
modo más terrible: rivalizando con él en el corazón de sus conquistas. Su pecado no es un pecado de la
carne, sino un pecado se soberbia. Nos dice don Juan que ha descubierto que “las mujeres en mis
brazos son felices. Lo son, quizá, demasiado, lo son como sólo podrían serlo en el Paraíso. Entonces, al
darles semejante felicidad, arrebato a Dios lo que es suyo, lo que sólo el debe dar” (p. 308) Contamos
en la novela con numerosos testimonios de esta sustitución, de este robo de la adoración que sólo se
debe a Dios y no a un hombre. Por ejemplo, cuando Sojna dice: “Aquí mismo, mientras me acostaba,
me sorprendí hablándole y me reí de mi locura, pero no dejé de hablarle hasta quedar dormida, como
deben hablar con Dios los que rezan.” (1997:66). La casa de don Juan es para ella “un templo”.
Confiesa que “lo que allí hacía, cuando estaba sola, tiene que ser semejante a lo que hace un creyente
cuando ora, y yo misma creo haber orado. He estado de rodillas...” (1997:70). Don Juan no se burla de
las mujeres, he aquí otro testimonio de Sojna: “y pude ver sus ojos llenos de burla, sus ojos fríos que,
sin embargo, no me miraban a mí, sino a algo que estuviese detrás, infinitamente detrás” (1997:118).
Quién está “infinitamente detrás” es Dios. La unión de dos personas es un acto religioso, por ello, al
desvirtuar su sentido, se transforma en blasfemia. Este “olor a blasfemia” del cual nos habla el narrador
continuamente, queda ratificado cuando Leoporello dice que su amo busca la perfección de la
blasfemia, que el mismo “es una blasfemia” (1997:118), en eso basa su vida, en un continuo ofender a
Dios, aún a sabiendas de que perderá la batalla: “[...] nunca olvidé que al final me vencería”
(1997:251). Don Juan pretende ser la perfección de la blasfemia.
Que un hombre luche contra Dios es ridículo, excepto si lo hace de una manera grandiosa:
Dios debe tener asco de los pecadores. Pero yo me atreveré a pecar cara a cara, a sostener el pecado,
a saber lo que me juego. Sé que al final seré vencido, y acepto la derrota; pero hasta entonces,
pecaré con orgullo de soldado victorioso. Yo reivindicaré a los pecadores ante Dios, seré el primero
digno de El. Al final, tendrá que sonreírme. (1997:282)
Magdalena Cámpora observa que en la figura de don Juan hay un germen de ridiculez. Torrente
es consciente de ello. En el Prólogo de la novela nos dice que el personaje de Tirso es una “mezcla de
mamarracho y superhombre” (1997). Para eliminar este peligro que tiene el don Juan originario,
Torrente introduce el tema del honor. Su don Juan es noble por sangre y, es además, noble en su
conducta. La lucha con Dios es una lucha entre caballeros, sin trampas, sin engaños. El excesivo
orgullo de don Juan por pertenecer al clan de los Tenorios lo hace apto para saltar fácilmente a la
ceguera de la soberbia. Torrente utiliza este tema para justificar los términos en que don Juan plantea su
lucha con Dios, para justificar la radicalidad con que asume este combate: todo o nada, no existen
términos medios, no es posible retroceder, no es posible humillarse, no es posible amar una vez que se
ha decidido por el pecado porque revelaría debilidad, cobardía. El lema de don Juan es llevar las cosas
hasta sus últimas consecuencias.
Las mujeres
Se desprende del análisis anterior que las mujeres en la vida de don Juan tienen una función
puramente instrumental. “Las he elegido como instrumento de mi enemistad con Dios” (1997). A don
Juan se lo concibe comúnmente como un simple conquistador de mujeres, como una prefiguración de
Casanova, hombre que busca únicamente los placeres de la carne. Este don Juan, en cambio, repudia
“el oscuro mandato de la sangre” (1997). La humorística entrevista con Gregorio Marañón no deja
lugar a dudas. Marañón sí ha sido un buscador de este tipo de placeres, mal le pese ahora,
profundamente arrepentido. Don Juan, en cambio, no sólo no busca el placer sino que huye
despavorido del aniquilamiento de la voluntad que éste produce. Lo compara con los efectos del vino,
que lo único que provoca es embotamiento. Las mujeres que pueblan su biografía son su medio para
mantenerse en pecado.
En cuanto al número de sus conquistas, si este es amplio, es porque lo vemos actuar desde el s.
XVII hasta mediados del XX. Como dice Carmen Becerra, a este don Juan no le interesa la cantidad
sino la cualidad. Leoporello nos dice que “nada más lejos de sus costumbres que el trabajo atropellado
a lo Lope de Vega” (1997:315). Don Juan, como el seductor del Diario de un seductor de Kierkegaard,
es un verdadero artista. En un reciente café literario, la Dra. Silvia Lastra Paz hizo hincapié en la
diferencia entre un burlador y un seductor. Esta reside, como ha demostrado, en que el seductor
reflexiona, sabe esperar, es paciente, tiene un plan, distintas estrategias y goza de cada momento de la
conquista. Un burlador no tiene tiempo. Aprovecha la oportunidad, utiliza el engaño: los disfraces, las
máscaras, las falsas promesas de matrimonio, como se puede ver en la obra de Tirso. La coincidencia
entre el seductor del Diario de Kierkegaard y el de Torrente no es casualidad. El protagonista de la
obra de Kierkegaard asegura que “nunca, ni siquiera en broma, le hice a una muchacha una promesa de
matrimonio [...] Mi orgullo de caballero me hace despreciable todo eso de hacer promesas” (1990:61).
El don Juan de Torrente ni siquiera les promete amor, como lo confirman las siguientes afirmaciones
de Sojna “Jamás hemos hablado de amor” (1997:67) o “[...] durante ese tiempo la palabra amor no fue
pronunciada” (1997:59). Y esto porque don Juan, como el seductor de Kierkegaard, es un respetable
caballero. Contrariamente a lo que ocurre en la obra de Tirso, en donde don Juan es el falso caballero
por antonomasia, este don Juan es extremadamente puntilloso en lo que se refiere al honor, como
mencionábamos anteriormente. Además, ambos coinciden en que no les interesa la posesión física de la
mujer sino su posesión psíquica. En el caso de nuestro don Juan, repetimos, por el peligro que entraña
la unión carnal, este obnubilamiento, y también porque esa misma unión carnal puede de algún modo,
misteriosamente, conducirlo a Dios.
Carmen Becerra señala que las mujeres de este don Juan no son exactamente víctimas. Se apoya
en el hecho de que Don Juan tiene el poder de ofrecerles una felicidad tal que las transforma y libera.
Todas las mujeres evidencian el poder transformador del gran seductor: Mariana, la prostituta, se
convierte en santa; la vengativa doña Sol en esclava amorosa; la comunista en ferviente devota de Dios;
Sojna, fría y reflexiva, se convierte en una mujer ardiente e irracional. Me permito disentir en este
punto con la crítica. No creo que las transformaciones que opera don Juan en las mujeres las
beneficien. Don Juan pretende rivalizar con Dios y darles un bien que en el fondo es incapaz de ofrecer
porque no lo mueve el amor, sino la soberbia. En la mayoría de los casos, las mujeres terminan sus
vidas trágicamente. Ejemplo de ello es Mariana. El primer contacto con don Juan hace cambiar
radicalmente su vida, de prostituta pasa a ser casi una santa en vida. Don Juan se casa con ella y parte
al extranjero perseguido por la justicia porque ha dado muerte al Comendador. Vuelve años más tarde.
Mariana no lo reconoce. Él la vuelve a seducir y como resultado, Mariana retoma su vieja mala vida.
Don Juan decía con orgullo que “si algún día el Señor me pregunta que hice de bueno en el mundo,
podré presentarle el alma noble, el alma transparente de Mariana.” (1997:285), pero esa supuesta buena
acción se ha malogrado. Ximena y Elvira se suicidan, Sonja se vuelve loca... A pesar de que don Juan
no quiera directamente perjudicarlas, a pesar de que incluso pretenda hacerles bien, como a héroe
trágico se le frustran sus intenciones. Esta es la prueba de lo ilusorio de ser competidor de Dios.
Las mujeres tienen una segunda función, todas ellas son un posible camino de salvación para
don Juan. En ellas se agazapa Dios para “tenderle un lazo”. Si por la mujer entró el pecado al mundo,
también por la mujer le vino al hombre la posibilidad de su redención. Don Juan dice: “Jamás hubiera
pensado que Mariana fuese su trampa para aniquilar mi libertad. Si yo viviera toda la vida con esta
mujer, llegaría a santo.” (1997:278). La mujer es una trampa, Mariana es una trampa, Elvira es una
trampa. Don Juan se niega a esta posible tabla de salvación porque piensa que se le exige a cambio su
libertad. Amor y libertad, para don Juan, no son compatibles. Don Juan no quiere renunciar a ser lo que
es, por eso huye de las mujeres. Huye porque a cambio de su libertad se le pide que comparta su vida
de a dos, porque no hay uno, porque no hay una sola carne. Desde el pecado original, el hombre está
sometido al deseo desordenado aniquilador de la voluntad y al deseo de dominio sobre la otra persona.
Como dijimos anteriormente, para don Juan es todo o nada, no hay caminos intermedios, “todo lo
humano es innoble”.
La gran novedad de esta interpretación del mito hecha por Torrente reside en buscar los motivos
de la conducta de don Juan en aquel tiempo inmemorial de los comienzos, el tiempo de la Creación y la
Caída. Lo original es que don Juan reactualice el pecado original como manera de ofender a Dios. Lo
valioso es que nos mueva reflexionar sobre la naturaleza de la unión entre el hombre y la mujer como
acto sagrado, a reflexionar sobre el misterio encerrado en la vida sexual.
Bibliografía
-BALLESTER, Torrente. 1997. Don Juan. Introducción Carmen Becerra. Barcelona: Destino.
–––––. “Un escritor ante la divinidad”, en Ciencia Tomista , N°144, 1987/2
-FRENZEL, Elizabeth. 1976. Diccionario de argumentos de la literatura universal. Madrid: Gredos.
-Gran Enciclopedia Rialp. 1981. Madrid: Rialp, T. VIII.
-DE MAEZTU, Ramiro. 1952. Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Buenos Aires: Espasa-Calpe.
-KIERKEGAARD, Soren. 1990. Diario de un seductor. Buenos Aires: Leviatán.
-ELIADE, Mircea.1991. Los mitos del mundo contemporáneo. Buenos Aires: Almagesto.
–––––. 1973. Mito y realidad. Madrid: Guadarrama.
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