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Elogio del maestro en tiempos difíciles (1); por William
Ospina
William Ospina · Thursday, September 22nd, 2016
Detalle de Galileo en la Universidad de Padua demostrando las nuevas teorías
astronómicas , (1873) de Félix Parra.
Tal vez no hay un ser más fascinante que el maestro.
Cada quien en el mundo recuerda al menos uno que lo alumbró en la vida, que le
ayudó a descubrir sus talentos, que supo leer lo que venía escrito en su ser desde el
comienzo y lo orientó a seguir una disciplina, escoger una profesión, trazarse un
destino.
Esos seres generosos y reveladores tienen unas características comunes, y quizá la
principal es la capacidad de descubrir el talento, de escuchar lo que verdaderamente
dice el que habla, y descifrar, por las palabras o por los signos, la originalidad de un
destino.
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Ser profesor es trasmitir a 20 o 30 personas un mismo mensaje, ser maestro es
comprender que cada una lo recibe desde una sensibilidad distinta, desde una
inclinación particular, y por ello exige una relación singular. En esa medida puede ser
afortunado el que cuenta con un maestro personal, como Alejandro con Aristóteles, o
Diógenes con Antístenes, de modo que el discípulo termine siendo la principal lección
del maestro.
Es fácil asociar la curiosidad universal de Aristóteles, su deseo de abarcar con la
mente todas las cosas, con el avance asombroso de su discípulo apoderándose
físicamente de todo el mundo conocido. Ello nos lleva a pensar que todas las cosas del
maestro pueden ser magnificadas por los discípulos, incluso sus errores. Pero nos
hace considerar otro elemento de la educación: está bien que un maestro enseñe lo
que sabe, pero si procede de un modo inflexible también corre el riesgo de enseñar lo
que no sabe o de imponer lo que cree saber.
Bueno es tener la voluntad entusiasta de saber que tenía Aristóteles, pero también es
bueno poseer la tremenda capacidad de dudar que tenía Descartes, y puede decirse
que nuestra época, con sus conquistas y sus peligros, es menos hija de la certeza que
de la incertidumbre. Para llegar a saber lo que sabemos tuvimos que arrojar por la
borda muchas verdades que creíamos firmes como pirámides.
La iglesia rechazó con indignación la tesis de Galileo según la cual la tierra giraba
alrededor del sol, porque teníamos pruebas suficientes de que eso no podía ser. La
primera prueba eran la tradición y la ley: la tierra era el centro del universo, aquí
había venido Dios, aquí reinaba el papa; pero la segunda prueba era la física
evidencia. Todos podíamos ver con nuestros ojos que cada día el sol salía por el
oriente y se ponía por el occidente: el sol pequeño y ardiente giraba alrededor del
mundo.
Para aceptar a Galileo teníamos que dudar de la tradición y dudar también del
testimonio de nuestros sentidos: era mejor quemar a Galileo, o exigirle que se
retractara de su tesis. Él hizo lo que haría cualquier buen italiano: “¿Quieren que me
retracte? Está bien: me retracto. No voy a poner la mano en el fuego por esa verdad.
Si ustedes quieren creer que el sol gira y la tierra está fija, créanlo”. Y añadió, tal vez
con una arriesgada sonrisa: “Pero que se mueve, se mueve”.
Para acceder a la verdad había que enfrentarse a la tradición, a la autoridad, pero
también a la evidencia de los sentidos. Y hay que ver cómo cambió el universo: ahora
nada está quieto, todo se mueve tanto que todos aquellos jueces se marearían, bajo la
risa eterna de Galileo. La verdad es como un sol, es difícil mirarla de frente. Tal vez
por eso todos tratamos de ver, como decía San Pablo, “por espejo y en enigma”.
No todo el mundo encuentra en la vida los maestros que necesita. Pero por fortuna los
maestros abundan, aunque nunca se sepa con certeza dónde están. A veces en el
sistema escolar, a veces en el hogar, a veces resultan serlo nuestros amigos, y hasta
puede resultar un gran maestro ese desconocido que pasa por la calle y suelta una
frase que nos deja pensando. No sólo existe la academia: el mundo es esa gran escuela
donde de pronto la revelación nos asalta. Todos sabemos de qué manera tan hermosa
y frecuente la educación nos espera en los libros, donde, como decía Borges, uno
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puede encontrar no sólo a sus maestros sino a sus mejores amigos.
Pero los maestros pueden ser incluso más secretos que los libros mismos. Uno de los
grandes sabios de Alemania, Friedrich Hölderlin, dijo que a él no lo habían educado
las escuelas sino el rumor de las arboledas. Y añadió: “Yo entendía el silencio del
Ether, las palabras del hombre nunca las comprendí”. La generación que llamamos
romántica emprendió una gran rebelión contra la educación tradicional, que estaba
petrificada en las academias, y se lanzó a aprender de la naturaleza y de los azares de
la experiencia. Pero lo cierto es que lo sabían todo de la tradición: por eso fueron
capaces de rebelarse contra ella.
El siglo XVIII otra vez quiso abarcarlo todo, arrojar luz sobre todas las cosas, recoger
en una gran Enciclopedia la suma de los conocimientos. Por eso las nuevas
generaciones tuvieron información suficiente para entender que la razón no lo sabía
todo, que el peso de la Enciclopedia podía ser aplastante; les pareció entender de otro
modo que “la letra mata y el espíritu vivifica”, y se lanzaron a vivir la vida. La
consigna se las había dado un personaje de Goethe, Wilhelm Meister: “Acuérdate de
vivir”.
Hace poco, escribiendo una novela sobre la noche en que nacieron en una misma casa
Frankenstein y el Vampiro, comprendí cómo se dio esa rebelión romántica. Kant fue el
faro del racionalismo, con él la razón se apoderó del mundo. Era el Siglo de las luces,
el siglo de las revoluciones, cuando Goethe declaró que “leer a Kant era como entrar
en una habitación muy bien iluminada”. Entonces, tercos y geniales, un grupo de
adolescentes se encerró en todo lo contrario: en una habitación en tinieblas, en la
noche más oscura de los últimos tiempos y en un invierno pavoroso que cubría el
mundo, y dejó brotar los monstruos de la imaginación.
Quiero decir que son grandes maestros los que abarcan todo el saber y transmiten
toda la tradición, pero que también son grandes maestros los que critican esa
tradición y los que se rebelan contra ella. En los momentos claves de la historia se
cruzan esos jóvenes con miradas de ancianos y esos ancianos con alma de niños, y
desbaratan el mundo.
Es necesario que existan academias rigurosas e instituciones venerables, pero no para
arrodillarse ante ellas sino para polemizar apasionadamente con ellas. Lo que alguna
vez fue nuevo y asombroso, las verdades que sorprendieron, las disciplinas que
renovaron, las teorías que reinventaron el mundo, todo está en esas academias y en
esas instituciones. Lo que no cabe en ellas es lo que es nuevo ahora, lo que ahora es
desconcertante, necesario, transformador y paradójico.
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on Thursday, September 22nd, 2016 at 7:00 am and is filed under Actualidad
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