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La responsabilidad civil del abogado a resultas de la Ley de Sociedades Profesionales
Joaquim MARTÍ MARTÍ
Abogado. Profesor colaborador de Derecho Civil. Universidad de Barcelona. Profesor Consultor en la
Universitat Oberta de Catalunya.
Diario La Ley, Nº 6879, Sección Doctrina, 8 Feb. 2008, Año XXIX, Ref. D-36, Editorial LA LEY
LA LEY 841/2008
Tras el estudio de la Ley 2/2007, de 15 de marzo, de sociedades profesionales, (LSP) cabe concluir que la
responsabilidad civil del abogado tiende, cada vez más, a equipararse a la de los médicos; introduciendo la citada
ley la novedad de pretender imputar la responsabilidad por error del abogado al despacho del que forma parte,
al igual que el centro médico responde del error del facultativo.
Disposiciones comentadas
I. EL INTERÉS OCULTO DE LA LEY DE SOCIEDADES PROFESIONALES: LA RESPONSABILIDAD
CIVIL
En la Exposición de motivos (LA LEY 2201/2007), la ley ya deja claro que la LSP es un reflejo del actual estado de
los servicios profesionales: «La evolución de las actividades profesionales ha dado lugar a que la actuación aislada
del profesional se vea sustituida por una labor de equipo que tiene su origen en la creciente complejidad de estas
actividades y en las ventajas que derivan de la especialización y división del trabajo».
En el ámbito de la abogacía, resulta ciertamente difícil la subsistencia del abogado único en despacho propio y con
una única secretaria. La unión de varios abogados, especialistas en áreas del derecho distintas, en un mismo
despacho para compartir gastos y aprovechar sinergias, ha sido la tendencia de la última década, en la que se ha
producido, además, el aumento de profesionales y de oferta en los grandes despachos, que han incorporado en sus
firmas a abogados que tenían despacho propio y eran punteros en sus respectivos ámbitos. Finalmente, han nacido
nuevas firmas fruto de la fusión de varios despachos medianos.
Según dice la ley, «en este contexto, la Ley de Sociedades profesionales que ahora se promulga tiene por objeto
posibilitar la aparición de una nueva clase de profesional colegiado, que es la propia sociedad profesional». A este
autor, tras la lectura de la ley, no le es posible determinar dónde están los mecanismos de fomento y de apoyo a la
creación de sociedades profesionales en la ley 2/2007. Bien al contrario, a la vista de los efectos del no
cumplimiento de la ley a las sociedades de abogados existentes (disolución de pleno derecho) no parece una ley
que «facilite», sino que «exija».
El verdadero interés del legislador, ante la falta de medidas de fomento y de apoyo a la colectividad de los
profesionales, es el que aflora en el apartado III de la Exposición de motivos (LA LEY 2201/2007): «En garantía de
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los terceros que requieran los servicios profesionales, se establece, junto a la responsabilidad societaria, la
personal de los profesionales, socios o no, que hayan intervenido en la prestación del servicio, respecto de las
deudas que en ésta encuentren su origen... por cuanto generan en el demandante de los servicios una confianza
específica en el soporte colectivo de aquella actividad que no debe verse defraudada en el momento en que las
responsabilidades, si existieran, deban ser exigidas».
Vaya por delante que, a nuestro entender, este es el primordial (con diferencia frente al segundo) interés del
legislador, el relativo a que, en lo que concierne a los abogados, el despacho profesional sea responsable civil
subsidiario o solidario con el abogado que ha incurrido en error profesional.
Adentrémonos en la regulación normativa para entender tal conclusión.
El art. 1 (LA LEY 2201/2007) establece que «hay ejercicio en común de una actividad profesional cuando los actos
propios de la misma sean ejecutados directamente bajo la razón o denominación social y le sean atribuidos a la
sociedad los derechos y obligaciones inherentes al ejercicio de la actividad profesional como titular de la relación
jurídica establecida con el cliente». En definitiva, es el supuesto donde la sociedad anónima, limitada o civil,
contrata el arrendamiento de servicios con el cliente, le factura y le cobra los honorarios profesionales, sociedad
que paga, además, los gastos necesarios para mantener el despacho y el personal laboral.
En ese caso, hay un ejercicio en común evidente, y además, existe una relación contractual entre el cliente y la
sociedad. Posteriormente, el abogado que ha cumplido el encargo cobra sus honorarios, ya sea en relación laboral
especial, ya sea en relación mercantil a través de una minuta de honorarios. Puede resultar, incluso, que en ese
asunto hayan intervenido varios profesionales (uno en el ámbito mercantil, otro en el ámbito procesal, etc.) y que
la sociedad facture al cliente y los profesionales a la primera lo relativo a su intervención.
La «novedad» para «facilitar» el ejercicio colectivo es que la sociedad responderá del error profesional de cada
abogado con todo su patrimonio, presente y futuro. El art. 11 (LA LEY 2201/2007) no deja resquicio alguno: «De
las deudas sociales que se deriven los actos profesionales propiamente dichos responderán solidariamente la
sociedad y los profesionales, socios o no, que hayan actuado, siéndoles de aplicación las reglas generales de la
responsabilidad contractual o extracontractual».
Si seccionamos el concepto extraeremos dos consecuencias:
1.º.- La sociedad es responsable solidaria del abogado, socio o no, causante del error, a igual que el centro
médico u hospital del facultativo. Será pues, una «novedad» futura la demanda judicial al letrado que firmó la
demanda y, solidariamente, al despacho profesional para el que actúa.
2º.- Se aplican las reglas generales de la responsabilidad contractual o extracontractual, es decir la culpa in
vigilando y la in eligendo.
En nuestros anteriores trabajos (1) nos hemos preocupado de concluir que al letrado se le exige la correcta
fundamentación fáctica y jurídica de los escritos de alegaciones, la diligente proposición de las pruebas y la
cuidadosa atención a la práctica de las mismas, la estricta observancia de los plazos y términos legales, y demás
actuaciones que debería utilizar el abogado para que, en principio, pueda vencer en el proceso, con el empleo de la
lex artis. Es decir, debe utilizar la prueba circunstancial, el cauce legal, la argumentación fáctica y jurisprudencial y
todo ello dentro del plazo legal.
A resultas de la LSP debe, además, preocuparse del error del socio y ello por cuanto los rendimientos de la
sociedad conjunta dependen de que no incurra en error y de la cuantificación del mismo si tiene la desgracia de
incurrir.
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Ahora bien, el art. 11 (LA LEY 2201/2007) establece que responden los profesionales que hayan actuado. Si
aplicamos las normas de la responsabilidad contractual o extracontractual ¿hasta quién alcanza la responsabilidad?
Pongamos un ejemplo, en un despacho de 25 profesionales, dividido en la áreas de civil, mercantil, laboral, fiscal y
procesal, formada cada área por un responsable director del departamento y varios abogados con más o menos
experiencia, el asunto llega al despacho y se atribuye al área de procesal, donde el director lo encarga a un
abogado que firma la demanda.
Su error ¿incumbe al director del departamento por culpa in vigilando? El art. 11 (LA LEY 2201/2007) hace
responder a la sociedad y los profesionales (en plural), socios o no (en plural). Pero lo que es más grave, por culpa
in eligendo ¿incluye la responsabilidad al resto de socios? Es decir, el responsable del departamento de derecho
mercantil ¿es responsable por culpa in eligendo del error de sus compañeros de procesal por haber elegido
compartir despacho con ellos?
En los siguientes apartados de este artículo nos preocuparemos de la casuística que instaura los conceptos de
culpa contractual del empresario por daño de sus trabajadores (culpa contractual) y de la responsabilidad
extracontractual por empresas subcontratadas.
Definitivamente la LSP no facilita el ejercicio colectivo de actividades profesionales y entre éstas la de abogados.
Pero lo que es más grave, la LSP hace responder del error del abogado al socio y ¡al compañero de despacho!
Y ello a resultas de una extraña regulación de la Disp. Adicional 2.ª (LA LEY 2201/2007) que se titula Extensión del
régimen de responsabilidad. El régimen de responsabilidad del art. 11 (LA LEY 2201/2007) (el de culpa contractual
y
extracontractual) será igualmente aplicable a todos aquellos supuestos en que dos o más profesionales
desarrollen colectivamente una actividad profesional sin constituirse en sociedad profesional con arreglo a esta
ley. Se presumirá que concurre esta circunstancia cuando el ejercicio de la actividad se desarrolle públicamente
bajo una denominación común o colectiva, o se emitan documentos, facturas, minutas o recibos bajo dicha
denominación.
Otro ejemplo, cuatro abogados comparten despacho por haber coincidido en anuncios de «se comparte despacho
con posibilidad de colaboración», pero se les ocurre un nombre conjunto «despacho de abogados ...», colocan una
placa en la puerta, la imprenta les marca unos sobres y unas tarjetas; no obstante ello, cada profesional factura a
sus clientes y sólo comparten gastos.
Sus efectos son: la consideración de sociedad profesional y al no haber constituido sociedad mercantil, responder
personalmente de las deudas y responsabilidades colectivas.
Esta conclusión no es de este autor, sino del legislador: «Si el ejercicio colectivo a que se refiere esta disposición
no adoptara forma societaria, todos los profesionales que lo desarrollen responderán solidariamente de las deudas y
las responsabilidades que encuentren en su origen en el ejercicio de su actividad profesional».
Esta regulación cumple con el espíritu de la Exposición de motivos de «posibilitar la aparición de la sociedad
profesional» y la posibilita «con el mazo dando».
Si a la vista de la medida de fomento descrita, los cuatro profesionales deciden constituir una sociedad profesional
no deberán responder personalmente sino que será la sociedad profesional. Pero entonces, ¿quién responde y de
qué? ¿Responde el abogado, el departamento, el despacho, o todos ellos? Estudiemos otras profesiones y los
supuestos de responsabilidad civil contractual y extracontractual.
II. PARALELISMO CON LA RESPONSABILIDAD CIVIL MÉDICA
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En nuestro libro «La responsabilidad civil del Abogado y del Procurador» (2) se estudian más de cincuenta
sentencias en las que se reclama responsabilidad civil del abogado por error profesional, y en todas ellas se
demandaba al letrado firmante de la demanda. En todo caso, se demandaba también a la compañía aseguradora de
la responsabilidad civil. Pero en todos esos casos, el demandado era el letrado como persona física.
En la responsabilidad civil médica es frecuente, y está asentada, la práctica procesal de dirigir la demanda frente al
médico, el centro médico o clínica en el que desempeñó la intervención (generalmente en forma societaria, aunque
también puede ser organismo público o fundación) y la compañía aseguradora. La reclamación se realiza de manera
solidaria.
Esta es quizás, la «novedad» que puede darse en las futuras o próximas reclamaciones de responsabilidad civil por
error de abogado, la inclusión, como parte demandada, de la sociedad mercantil profesional.
En el error del facultativo, la jurisprudencia proclama la responsabilidad del médico y del centro en el que se llevó a
cabo la intervención, mediante la aplicación de las reglas de la responsabilidad contractual del artículo 1.101 del CC
(LA LEY 1/1889), y niega consiguientemente que el plazo de prescripción sea el previsto para las obligaciones
extracontractuales, del artículo 1.968.2 (LA LEY 1/1889). Entiende, además, que la responsabilidad de la clínica
existe por culpa in eligendo e in vigilando. La acción de responsabilidad fundada en la culpa contractual tiene un
régimen jurídico distinto de la basada en la extracontractual, como derivadas de títulos y causas diferentes,
aunque su finalidad última sea análoga, pues de una y de otra nace la responsabilidad que, de estos dos
supuestos, resulta de los artículos 1.101 (LA LEY 1/1889) y 1902 del CC (LA LEY 1/1889).
Se considera que cuando una persona se somete a los cuidados de un médico, bien en su consulta particular, o
como miembro de una organización pública o privada, no realiza previamente una estipulación formal de contrato
alguno, sino que los hechos concluyentes e inequívocos de someterse a su tratamiento implican ya para el enfermo
una proposición y ejecución de contrato que el facultativo también acepta implícitamente, sometiéndose ambas
partes, como en cualquier otro contrato, a las consecuencias de su incumplimiento.
La jurisprudencia ha calificado reiteradamente este contrato como de arrendamiento de servicios, pero poniendo de
relieve algunas particularidades que rigen la relación jurídica médico-enfermo: Se trata ante todo de un contrato
intuitu personae, es decir, un acto de confianza desde la perspectiva del enfermo que elige al médico (al igual que
el cliente puede elegir al abogado y es éste quien remite la titularidad del servicio al despacho del que forma
parte). No está sometido a forma alguna y se configura como una obligación de medios, no de resultado. Puede
además revestir una forma compleja, pues a la relación médico-paciente hay que añadir en muchísimas ocasiones
un contrato de clínica entre el enfermo y el hospital o establecimiento análogo (TS S 11 de noviembre de 1991 (LA
LEY 2586-JF/0000)), o un contrato de arrendamiento de servicios entre el facultativo y el establecimiento sanitario
o entre éste y los profesionales sanitarios, que se concibe como un contrato a favor de terceros (los enfermos) del
art. 1257.2 CC (LA LEY 1/1889).
En la relación de los abogados con el despacho, la relación de éste con el despacho y con la sociedad profesional,
puede provenir de una relación laboral especial, o de una relación mercantil, como socio que factura sus honorarios
profesionales estipulados. Puede ocurrir incluso, que la sociedad mercantil sea sólo una forma para centralizar los
gastos (del alquiler, del personal, de los gastos de oficina, etc.) y los ingresos, repartiéndose los socios la totalidad
del remanente anual de los ingresos, una vez deducidos los gastos.
La jurisprudencia ha afirmado asimismo que constituye la regla general la responsabilidad contractual de los
médicos, y que la extracontractual se da sólo excepcionalmente, pero cuando el mismo hecho constituye a su vez
incumplimiento de una obligación y un acto ilícito, el perjudicado podrá elegir entre invocar el art. 1902 (LA LEY
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1/1889) o las normas contractuales infringidas (teoría de la opción), si bien el juez, sobre la base del respeto
absoluto a los hechos, puede resolver por otros fundamentos distintos de los alegados en virtud del aforismo iura
novit curia (TS S 3 de febrero de 1989 (LA LEY 152713-JF/0000), 8 de mayo de 1990 o 30 de julio de 1991 (LA
LEY 14134-R/1991) entre otras muchas), como se ha dicho, no obstante, es principio general en la jurisprudencia
la aplicación preferente de la responsabilidad ex contractu, y sólo cuando un hecho dañoso es violación de una
obligación contractual y al mismo tiempo del deber general de no dañar a otro, hay una yuxtaposición de
responsabilidades (TS S 6 de octubre de 1992 (LA LEY 12814/1992)), que da lugar a que las acciones puedan
ejercitarse alternativa o subsidiariamente, o, proporcionando los hechos al juzgador para que éste aplique las
normas en concurso, pues ha llegado a manifestar el TS, en Sentencia de 3 de octubre de 1967, que cualquiera
que sea la calificación de la culpa, la responsabilidad alcanza a los actos propios y a los de aquellas personas por
quienes se debe responder por hechos de intervención en el cumplimiento material del contrato, y así, pueden
concurrir responsabilidades de distinto orden cuando frente a un solo perjudicado existe una persona que responde
en virtud de contrato (como el médico frente al enfermo) y otra que responde solidaria y extracontractualmente.
La única diferencia resulta del plazo de prescripción de la acción a que se refiere, resultando de aplicación en
cualquier caso, no el art. 1968 CC (LA LEY 1/1889), sino el 1964 (LA LEY 1/1889), del propio texto legal, que
establece el plazo general de prescripción de las acciones derivadas de la responsabilidad contractual en 15 años.
En el caso de la sociedad profesional de abogados, en la reclamación por el que ha sufrido el error podrán incluirse
tanto los errores derivados de la culpa contractual como los de culpa extracontractual, corriendo a cargo del juez
la resolución de una u otra cuestión, y siendo la carga de la prueba de una u otra imputación propia de la parte
demandada.
En la STS de 20 de junio de 2006, Rec. 3935/1999, ponente Seijas Quintana (LA LEY 70313/2006), se proclama la
responsabilidad civil del centro médico, a pesar de que la intervención no fuera de las que propiamente se
realizaran en el centro. En la sentencia se instaura que «establecido en la sentencia de instancia como hecho
fundamental y básico para desestimar la excepción opuesta, que la actora, "como esposa de un oficial de la
marina, beneficiaria del ISFAS y, en tal condición, requirió los servicios quirúrgicos (en este caso de carácter
estético) de la policlínica y del doctor demandados, que accedieron a prestárselo" (FJ Tercero), y que la operación
en cuestión no estaba cubierta por el ISFAS, es evidente que entre la actora y la policlínica para la que actuaba el
médico demandado existía una relación jurídica previa en virtud de la cual fue posible su ingreso y la posterior
intervención, sin que la irregularidad que comporta haber efectuado una intervención no cubierta por el ISFAS
uponga sin más que entre la usuaria del servicio médico puesto a su disposición y el médico que llevó a cabo la
intervención no hubiera ningún vínculo jurídico u obligacional entendido como el compromiso que existe entre una o
varias personas en virtud del cual una de ellas —acreedor— tiene el derecho a exigir y la otra —deudor— el deber
de realizar una prestación determinada consistente en dar, hacer o no hacer. Existió sin duda este vínculo que,
dentro o fuera del sistema aseguratorio, obligaba al facultativo a un hacer comprometido con la paciente, lo que
excluye que el daño derivara pura y simplemente de una situación de hecho en la que por la infracción de la
diligencia debida se causara vulnerando el principio general de no dañar a otro, con plazo de prescripción de un año
y no de los quince que previene el artículo 1.964, referido a las acciones personales que no tengan señalado
término especial de prescripción en el que se debe incluir esta relación, que la sentencia valora como
"sorprendente y anómala", sin calificarla de forma expresa».
En las sociedades profesionales de abogados puede darse el paralelismo de que se dé un error profesional por la
conducta de un abogado en una materia que no sea la propiamente definida en el objeto social de la sociedad. En
ese caso, la responsabilidad contractual no quebraría, a pesar de tratarse de una actividad extraña al objeto social
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de la sociedad mercantil profesional.
En la STS de 8 de febrero de 2005, Rec.3760/1998 (LA LEY 30085/2005), se hace responsable al centro médico
EMAI, S.L. de un hecho cuya responsabilidad había nacido antes de transformarse en S.L. Para el TS «ambas
sociedades, como continuadoras una de otra, y del médico dentro de ellas (a las que sigue la aseguradora), hacen
que la actividad sea seguida y el dies
a
quo, iniciador del referido cómputo, no comience hasta que,
definitivamente, se produce el último resultado, ya que éste sólo tiene validez, a efectos de la responsabilidad,
tras la postrera intervención y de la producción de su negativo resultado».
Para las sociedades profesionales de creación a consecuencia de las exigencias de la LSP, pues, le serán de
aplicación los criterios de continuación de negocio y de subrogación en la posición de la situación anterior, que el
TS proclama en esta sentencia.
Interesa también proceder al estudio de la responsabilidad médica por «subcontratación», por ejemplo, por la
realización de análisis clínicos por otro centro médico. Ello puede afectarnos a los abogados, por aquellos servicios
que realizan los gestores administrativos dentro de los expedientes que tramitamos en nuestros despachos y en los
que los gestores facturan al despacho profesional y mantienen relación con éste y no han sido elegidos por el
cliente. No así la actuación del procurador, al entender la jurisprudencia que su relación contractual es con el
cliente y no con el abogado (STS 18 de febrero de 2005 (LA LEY 891/2005) y 11 de mayo de 2006 (LA LEY
48766/2006)).
Para el TS, en Sentencia de 18 de mayo de 2006, rec. 3337/1999 (LA LEY 60506/2006), el centro médico no
responde de las pruebas que realiza el paciente por su propio encargo y fuera de la relación contractual con el
centro. En ese supuesto, a FIATC se le pretende hacer responder por el incumplimiento de MEDICENTROS de su
contrato en virtud del cual la Sra. María Rosario solicitó la realización de la prueba de la amniocentesis. Pues bien,
dicha pretensión es desestimada, «en base al art. 1257 del CC que "los contratos sólo producen efecto entre las
partes que los otorgan y sus herederos" y es hecho probado de la sentencia que el paciente no confió a la clínica
la realización de los análisis por medio de sus propios facultativos, sino que fue MEDICENTRO quien "directamente
había contratado con los demandantes la realización de dicha prueba, percibiendo de estos el coste de su
verificación". Ello configura una obligación entre ambas partes en la que la culpa del deudor está en función de la
omisión de la diligencia que ha de prestarse en su cumplimiento, según las circunstancias de cada caso, como
precisa el artículo 1.104 CC, y a ella es ajena la propietaria de la clínica, puesto que la relación contractual se
estableció al margen de la misma al tratarse de una intervención no cubierta por el seguro de asistencia médica
suscrito con la paciente. La prueba se convino a indicación del Dr. Javier, limitándose dicha entidad a permitir la
utilización de sus instalaciones para realizar la punción y extracción del líquido amniótico, por lo que no surge para
ella la obligación de responder por la acciones u omisiones culposas o negligentes de un contrato en que no fue
parte, como tampoco por el hecho de haber asumido obligaciones que pudieran vincularla solidariamente al
resultado, a partir de la creación de una especie de comunidad jurídica de objetivos y consiguiente violación del
principio de protección de la confianza legítima, en interés y beneficio exclusivo de la paciente.
A sensu contrario si la prueba o gestión se hubiere realizado por el centro médico o sociedad profesional, dentro
del servicio contratado por el cliente, por encargo de la sociedad profesional y abonado por ésta, estaríamos ante
un supuesto de responsabilidad extracontractual por culpa in eligendo, al haber elegido a ese subcontratado y no a
otro más idóneo. Estamos ante el concepto de la denominada: pluralidad de responsables.
La doctrina jurisprudencial es unánime en considerar que en el ámbito extracontractual la responsabilidad es
solidaria en caso de pluralidad de responsables. Sin embargo, el art. 1137 CC (LA LEY 1/1889), aplicable a las
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responsabilidades contractuales, parte del principio contrario, pues según dicho precepto, la solidaridad no puede
existir en la responsabilidad contractual cuando los deudores están unidos con el acreedor por diversos contratos,
pues sí se puede precisar la actuación de cada contratante en relación con el resultado producido y las
obligaciones previamente construidas, la solidaridad es innecesaria, ya que su función principal es la de servir de
garantía al propio acreedor. No obstante, la jurisprudencia ha venido efectuando una corrección progresiva del art.
1137 CC (en STS como la de 20 de julio de 1992 (LA LEY 2907-JF/0000)) hasta llegar a pronunciarse en el sentido
de que la responsabilidad contractual ha de ser solidaria cuando varios sujetos han lesionado un específico deber
de cuidado en relación con un mismo objeto y riesgo y no es posible deslindar la medida en que han contribuido al
daño. Así, en diversas sentencias, se admite la solidaridad entre los que responden por la contractual y la
extracontractual por un mismo hecho: 14 de octubre de 1983 (LA LEY 8204-JF/0000), 23 de noviembre de 1985 y
14 de mayo de 1987 (LA LEY 151509-JF/0000).
Por otra parte, también en lo referente a la responsabilidad contractual por hecho ajeno, existe cierta confusión,
a falta de un precepto general que imponga al deudor responsabilidad contractual por hechos de las personas de
las que se sirve para el cumplimiento de un contrato. Sin embargo la STS de 22 de febrero de 1991 (LA LEY
21570-JF/0000) condena claramente en el ámbito de la responsabilidad contractual a una clínica privada por el
daño causado a una cliente por un médico empleado en ella, argumentando que es claro e indiscutible que el
deudor responde por el incumplimiento de su obligación cuando ha encargado a otro su cumplimiento, incluso
aunque no existe relación de dependencia entre ambos, pues si el deudor se sirve de auxiliares, dependientes o no,
para cumplir sus obligaciones, es a su riesgo y en nada puede alterar su obligación.
En nuestro caso, el despacho de abogados responderá solidariamente con el abogado externo al despacho al que
haya podido encargar la intervención en juicio en un proceso en el que se ha visto involucrado un cliente del
primero, siempre que haya sido el despacho el que haya designado al abogado externo para defender a su cliente.
Recordemos que el art. 11 LSP (LA LEY 2201/2007) se refería a «socios o no».
Podría darse en este caso una pluralidad de partes demandadas, el abogado firmante de la demanda, su sociedad
profesional y la sociedad profesional que facilitó el contacto o derivó la actuación que precisaba su cliente.
En relación con este tema, para la jurisprudencia es importante recordar que habitualmente en los hospitales existe
lo que se ha venido en llamar «división de trabajo vertical», caracterizada por la distribución de deberes como los
de instrucción, control y vigilancia que ha de cumplir el superior jerárquico, mientras que los subordinados han de
cumplir las instrucciones de aquél. Así, el médico delega sus funciones en el personal sanitario auxiliar que actúa
con autonomía y responsabilidad propia teniendo asignado entre sus cometidos el cumplimentar las órdenes
recibidas de los médicos, vigilar el material sanitario, llevar los libros de órdenes y registro de enfermería,
administrar medicamentos, entre otras funciones. La división vertical del trabajo está basada en el principio de
confianza en virtud del cual el facultativo confía a las comadronas, las enfermeras o asistentes técnicos sanitarios
las tareas que les son propias y para las que están convenientemente instruidas y formadas. En este sentido el
médico no se comporta negligentemente, puesto que no hay infracción del deber de cuidado cuando confía en que
el personal sanitario auxiliar cumplirá correctamente sus cometidos, excepto en el supuesto de que las
circunstancias concretas del caso, excepcionalmente delicado, exijan su atención personal ante un imprevisible
comportamiento incorrecto del auxiliar por lo limitado de su cualificación o formación médica (TS S 7 de noviembre
de 1991) o por el estado de la paciente. La prestación de estos servicios por el personal sanitario no facultativo se
incardina en lo que se ha denominado por la jurisprudencia, contrato de clínica u hospitalización.
Este contrato, carente de regulación legal, ha sido analizado por el Tribunal Supremo en S de 11 de noviembre de
1991 (LA LEY 2586-JF/0000). En dicha resolución se define como un contrato atípico y complejo que puede
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abarcar la prestación de distintas clases de servicios, según la modalidad bajo la que se haya estipulado, pues
comprendiendo en todo caso los servicios llamados extramédicos (de hospedaje o alojamiento), y los denominados
asistenciales
o
paramédicos
(administración
de
medicamentos,
inyecciones,
control
de
temperatura)
de
incumbencia propia y exclusiva del personal de la clínica, puede abarcar, o no, los actos pura y estrictamente
médicos, según que respectivamente el paciente haya confiado a la clínica dichos actos médicos por medio de sus
propios facultativos (dependientes laboral o profesionalmente de la clínica) o haya elegido libremente a un médico
ajeno a dicho establecimiento el cual no tiene dependencia laboral ni profesional alguna respecto a la clínica, por lo
que en este segundo caso, los actos puramente o estrictamente médicos se hallan claramente fuera del aspecto
obligacional del centro.
En lo que nos concierne a los abogados, habrá que guardar cuidado con los contratos de arrendamiento de
servicios entre grandes firmas de abogados, caracterizados por la «división de trabajo vertical», y grandes
empresas, en los que los primeros pretenden dar un servicio global y completo a las segundas a cambio de una
cuota fija mensual o «igual». Y ello por cuanto podrían aplicarse perfectamente las directrices de esta teoría
jurisprudencial del contrato de clínica y hospitalización y denominarlo «contrato de asistencia jurídica completa»,
en virtud del cual el despacho profesional se obliga a prestar distintas clases de servicios jurídicos (diligencia,
custodia e inscripción de libros societarios, supervisión y formalización de acuerdos societarios, redacción de
contratos civiles con proveedores y contrarios, asesoría fiscal, laboral, etc.), quedando obligado a responder por
los extrajurídicos y los que subcontrate el despacho para cumplir el encargo.
En la responsabilidad civil médica se aplica la excepción de que, en las llamadas «comunidades de gastos», no
puede hablarse de centro médico que sea solidariamente responsable con el médico.
Conclusión ésta que se proclama en la SAP de Tarragona, Secc. 3.ª, Sentencia de 22 de febrero de 2001, rec.
156/2000 (LA LEY 42839/2001). Para la sala de apelación, la Clínica Monegal no puede quedar incluida en la
responsabilidad por hecho ajeno del párrafo 4.° del artículo 1903 del Código Civil (LA LEY 1/1889), ya que si bien
dicha responsabilidad «tiene un matiz marcadamente objetivo, fundándose en la responsabilidad por riesgo y en la
culpa in vigilando o in eligendo», según reiterada jurisprudencia (SSTS 4 de febrero de 1986 (LA LEY 396/1986), 21
de septiembre de 1987 (LA LEY 12570-JF/0000), 16 de abril de 1993 (LA LEY 700-5/1993), 27 de septiembre de
1994 (LA LEY 17073/1994), 29 de marzo de 1996 (LA LEY 3593/1996), 21 de julio de 1997 (LA LEY 8586/1997), 29
de junio de 1999 (LA LEY 8427/1999) y 22 de noviembre de 1999 (LA LEY 1717/2000), entre otras), es obvio que
también presupone una relación o vinculación de jerarquía o dependencia entre el facultativo cuya actuación ha
sido causante del daño y el centro al que se pretende exigir responsabilidad, relación que, pese a lo alegado por la
parte apelante en el motivo primero de su recurso, no queda demostrada en el presente caso. Al contrario, como
indica correctamente el juez de instancia en el fundamento jurídico cuarto, la certificación remitida por ASISA
acredita en su punto tercero que «una vez justificada la práctica del servicio sanitario por los respectivos
profesionales, ASISA cedió a pagar los justificantes que se presentaron», y precisa: «Consta en nuestros archivos
el pago de la intervención al cirujano, de la ayudantía, una biopsia y anestesista, además del pago de estancia en
clínica a Clínica Monegal», especificando a continuación, respecto a esta última, que en virtud del convenio
concertado entre ambas entidades, se considera incluido el concepto de «estancia quirúrgica sin honorarios
médicos»; esto es, que la retribución del anestesista fue percibida directamente de ASISA y no a través de la
clínica demandada, lo que corrobora la tesis defendida por ésta en cuanto a la falta de dependencia de los
profesionales actuantes, que por lo demás no ha quedado acreditada por ningún otro medio. En consecuencia, no
puede hacerse extensiva la responsabilidad imputable al profesional a un centro con el que aquél no mantiene
relación de vinculación o dependencia, y que se limita a la cesión de sus instalaciones y prestación de servicios
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complementarios a la intervención».
También existe conformidad en que, en el caso de la responsabilidad del abogado, en los despachos donde sólo se
comparten gastos, el resto de miembros no quedarían afectados por la responsabilidad del que padece el error. En
este mismo sentido, en los despachos profesionales en los que sólo se comparten gastos, no sería de aplicación la
obligación de constitución de sociedad profesional.
Ocurre que, con el redactado de la Disp. Adicional 2.ª (LA LEY 2201/2007), quedan en «zonas oscuras» los
despachos de abogados en los que sólo se comparten gastos pero que, en cumplimiento las actuales exigencias del
márketing jurídico, se emitan unas cartas y tarjetas con un membrete en común.
A nuestro entender, no es definitorio la utilización conjunta de un membrete, o unos sobres con una denominación
de «bufete de abogados...», sino que debería exigirse el cumplimiento de la doctrina jurisprudencial de la relación
de vinculación entre los miembros y el colectivo.
Lo que no ocurre en los supuestos de responsabilidad civil médica es que se demande de responsabilidad a otros
facultativos del centro médico u hospital. Es decir, no se demanda al cirujano y como responsable solidario como
culpa in vigilando o in eligendo al resto de facultativos-directores de los otros departamentos del mismo hospital.
Por ello, debemos entender como imposible la reclamación al socio responsable del departamento de derecho
mercantil de los errores que pueda incurrir el departamento de derecho procesal.
En todo caso, el socio, director del departamento de derecho mercantil, se verá afectado por la reclamación de
responsabilidad al departamento procesal, al quedar demandada la sociedad profesional, que deberá responder en
la cuantía no cubierta por su póliza de responsabilidad profesional.
III. LA RESPONSABILIDAD CIVIL CONTRACTUAL O EXTRACONTRACTUAL
La sociedad profesional, con sus bienes presentes y futuros, en el límite no cubierto por su póliza de
responsabilidad civil, responde del error del abogado ¿por culpa contractual o extracontractual?
Puede darse el caso que el contrato de prestación de servicios se contrate por la sociedad y que ésta designe al
abogado que se encarga de la materialización del encargo. Pero ello sólo sucede en grandes firmas, en grandes
bufetes de abogados. En los despachos pequeños y medianos, el cliente entra por el contacto del abogado, quien
materializa el contracto de forma personal, derivando los derechos y obligaciones a la sociedad, a través de la
facturación de los honorarios.
En este caso, ¿la reclamación a la sociedad es contractual o extracontractual? La diferencia tiene su importancia
en los plazos de prescripción de la reclamación.
La responsabilidad contractual trae causa del incumplimiento de una relación obligatoria entre acreedor y deudor,
que ordinariamente es un contrato, pero que puede ser una relación enmarcada en el área de cualquier servicio
privado o público (SSTS de 26 de enero de 1984 (LA LEY 8489-JF/0000); 1 de marzo de 1984; 19 de junio de
1984, entre otras) o, en general (STS 3 de octubre de 1968), en cualquier otra relación jurídica que conceda un
medio específico para su resarcimiento.
La extracontractual deriva del principio general de no dañar a otro, alterum non laedere, y se produce, por tanto,
con total independencia de las posibles obligaciones contractuales o de otro tipo que existan entre las partes;
diversidad reguladora que tiene especial importancia puesto que ambas originan acciones diferentes, encontrando
su principal diferencia en materia de prescripción, con plazos tan dispares de quince y un año (en el Código Civil de
Catalunya 3 años), respectivamente, que tanto han distorsionado el sistema resarcitorio basado en una o en otra,
y que supone que existiendo obligación derivada de contrato o de relación precedente análoga no haya que acudir
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a los artículos 1.902 (LA LEY 1/1889) y 1.903 CC (LA LEY 1/1889), de la responsabilidad extracontractual.
Aunque la diferencia así inicialmente trazada parezca sencilla, presenta dificultades porque es perfectamente
posible que unos hechos constituyan a la vez el supuesto de hecho normativo de ambas responsabilidades.
En líneas generales puede decirse que los intereses protegidos por la responsabilidad contractual hacen referencia
a los deberes asumidos por un vínculo previo, pero es claro que un contrato ni pretende ni puede establecer una
reglamentación general de todos los intereses de las partes, la existencia de un pacto entre el causante del daño y
la víctima del mismo no puede excluir por sí sola la responsabilidad extracontractual, salvo que el hecho se realice
dentro de la rigurosa órbita de lo pactado.
Ello no significa que la responsabilidad contractual no pueda extender su ámbito más allá de la prestación principal
y crear deberes de protección impuestos por la buena fe, el uso o la ley, pero si la negligencia cometida es extraña
a lo que constituye precisamente la materia de trabajo, desplegará la responsabilidad extracontractual sus efectos,
no obstante, la preexistencia de una relación obligaciones. El art. 1902 CC (LA LEY 1/1889) tiene una indudable
función de directiva social en la medida en que delimita entre sí los ámbitos de libertad personal de acción y de la
protección de los intereses individuales (STS 1 de marzo de 1983 entre otras).
En definitiva, la sociedad profesional de abogados puede verse obligada a responder contractualmente por una
consecuencia directa del contrato de prestación de servicios y extracontractualmente por una consecuencia
extraña a ese contrato.
En las STS de 29 de noviembre de 1994 (LA LEY 221/1995) y 6 de mayo de 1998 (LA LEY 5894/1998), se
establece una protección completa del que ha sufrido el daño: «No es bastante que haya un contrato entre las
partes para que la responsabilidad contractual opere necesariamente con exclusión de la aquiliana en la órbita de lo
pactado y como desarrollo del contenido negocial, siendo aplicables los arts. 1902 y ss. CC no obstante la
preexistencia de una relación negocial. Cuando un hecho dañoso es violación de una obligación contractual y, al
mismo tiempo, del deber general de no dañar a otro, hay una yuxtaposición de responsabilidades, contractual y
extracontractual, y da lugar a acciones que pueden ejercitarse alternativa o subsidiariamente, optando por una o
por otra, o incluso proporcionando los hechos al juzgador para que éste aplique las normas en concurso —de
ambas responsabilidades— que más se acomoden a aquéllos, todo ello en favor de la víctima y para lograr un
resarcimiento del daño lo más completo posible».
Incluso los juzgados vienen decantándose por aplicar la responsabilidad contractual, «al ser más beneficiosa para
la actora, gozando de un amplio plazo de prescripción no transcurrido (art. 1964 CC)».
IV. LA RESPONSABILIDAD DE LA EMPRESA POR LA CONDUCTA DE LOS EMPLEADOS
La jurisprudencia del TS (STS de 9 de julio de 2001 (LA LEY 6097/2001), entre otras) ha declarado uniforme y
reiteradamente que la empresa responde en virtud de lo dispuesto en el art. 1903, párrafo 4.º CC (LA LEY 1/1889),
del daño causado a terceros por sus trabajadores en virtud de una culpa in vigilando o in eligendo, siempre que el
trabajador esté sometido a las órdenes o instrucciones de dicha empresa o vigilancia de su actividad laboral y que
tal responsabilidad es directa, no subsidiaria de la del trabajador.
En definitiva, la responsabilidad de la empresa es una responsabilidad directa y no subsidiaria —sentencias de 16 de
abril de 1973, 15 de febrero de 1975, 8 de febrero y 10 de marzo de 1979— y de naturaleza autónoma, distinta e
independiente de la atribuida al autor material del daño —sentencia de 26 de junio de 1984—. La doctrina del TS se
ha referido a dicha responsabilidad como «cuasi-objetiva» —sentencias de 21 de septiembre de 1987 (LA LEY
12570-JF/0000), 22 de junio de 1989, 26 de enero de 1990 (LA LEY 12786-R/1990) y 29 de marzo 1996 (LA LEY
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3593/1996)— y encuentra su razón en la «culpa in eligendo» o «in vigilando» —sentencias, por todas de 15 de
marzo (LA LEY 13036/1993) y 21 de septiembre de 1993 (LA LEY 41/1994), 11 de marzo de 1995 (LA LEY 16713R/1995), 11 de marzo y 15 de octubre y 7 de abril de 1997 (LA LEY 4991/1997)—.
En nuestro caso, el despacho profesional, la sociedad profesional o el colectivo que no se ha constituido en
sociedad profesional, todo y compartir anagramas y rótulos, responde directa y solidariamente del error del
abogado que forma parte del mismo. Además la jurisprudencia utiliza el término «empresa» por lo que está en la
línea de la LSP que utiliza el concepto de «ejercicio común de actividad profesional».
No obstante, en la responsabilidad del abogado no se cumple la premisa que éste debe estar sometido a las
órdenes e instrucciones de la empresa. En nuestro caso, lo más frecuente es que no existan órdenes de la
empresa. El resto de socios de otras áreas del despacho no pueden determinar cómo se contesta una demanda, o
qué trámite procesal es el adecuado.
La especialidad surge en los despachos en los que existe un «departamento». Consideremos el caso en que el
director del departamento orienta al abogado, miembro de éste, sobre el cauce procesal más adecuado y el
abogado decide interponer otro. Ese cauce elegido se demuestra ineficaz y el cliente demanda al abogado y al
despacho profesional. ¿Podrá éste último alegar que el abogado no siguió las instrucciones de la empresa?
Este autor no atisba visos de prosperabilidad a esa alegación, a pesar de que el despacho pueda probar que las
instrucciones fueran otras, o incluso que el abogado desoyó las recomendaciones del director de su departamento,
«todo ello en favor de la víctima y para lograr un resarcimiento del daño lo más completo posible.»
Y ello a pesar que el TS en alguna sentencia ha resuelto exonerar a la empresa por considerar que empleó toda la
diligencia de un buen padre de familia para prevenir el daño (STS 14 de marzo de 2001, rec. 545/1996 (LA LEY
3887/2001)).
En la relación del abogado con el cliente, el servicio se cumple con la lex artis, que supone la elección del cauce
procedimental adecuado, la fundamentación jurídica de los escritos, y la diligente preparación de la prueba a
practicar; exigencias que superan a las de un buen padre de familia.
Es por ello que este autor no contempla la posibilidad de que pueda prosperar la defensa del despacho profesional
de abogados en el sentido de que empleó toda la diligencia debida para evitar el error del abogado.
Pero, ¿y el director del «departamento», podrá ser demandado, conjuntamente con el abogado que firmó la
demanda,
por «culpa in vigilando»? Con el actual redactado del art. 11 de la LSP (LA LEY 2201/2007) es
perfectamente posible la reclamación al abogado que firmó la demanda y al director del departamento que
supervisó el asunto y que trató de él con el abogado que finalmente firmó la demanda y fue a juicio. Y ello por
cuanto el art. 11 se refiere a «los profesionales (en plural) socios o no (en plural) que hayan actuado». No
podemos negar que el director del departamento actúa en el expediente, y ello por cuanto en las reuniones de
departamento se repasan los temas y se debate sobre ellos, sobre su devenir y cauce apropiado. Es por ello que la
demanda por error puede incluir a ambos, al letrado que va a juicio o ejecuta más directamente el encargo y al
director del departamento, e incluso sólo a este último.
Esta es quizás otra «novedad» en la responsabilidad civil de abogado. Otra cosa es que «sea necesario» por
cuanto para la cobertura del error ya sería «suficiente» con demandar a la sociedad profesional y al abogado que
incurrió el error. Veremos lo que ocurre en pleno ámbito de vigencia de la LSP.
V. LA RESPONSABILIDAD CIVIL DE LA COMPAÑÍA ASEGURADORA
En la reclamación del error profesional del abogado y de la sociedad profesional se incluye la responsabilidad civil de
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la compañía aseguradora de ambos.
El que ha padecido el error tiene acción directa contra la compañía aseguradora. Ahora bien, ésta responderá
hasta el límite de la póliza, es decir por la cobertura contratada, una vez descontada la franquicia por siniestro o
por error. Es decir si se reclaman dos conductas erróneas del abogado, la compañía aseguradora pretenderá aplicar
dos franquicias a la reclamación total.
Ambas cuestiones, el límite de la cobertura y la franquicia son configuradas como delimitación del ámbito objetivo
de la propia póliza. No pueden considerarse como cláusulas limitativas, sino de ámbito de cobertura, pues como ha
señalado la jurisprudencia, el art. 1.º LCS (LA LEY 1957/1980) establece que el contrato de seguro es aquel por el
que el asegurador se obliga mediante el cobro de una prima y para el caso de que se produzca el evento cuyo
riesgo es objeto de cobertura a indemnizar dentro de los límites pactados, el daño producido al asegurado o a
satisfacer un capital, una renta u otras prestaciones. De este modo, la suma o cuantía a que alcance la cobertura
de un contrato de seguro es requisito indispensable de su existencia, al extremo de que, de no figurar en él,
carecería de vida y efectividad al no poder reclamarse las partes que lo hayan concertado ni el pago de las primas,
que han de fijarse en atención a la cantidad asegurada, ni el de la prestación dimanante del siniestro cuando éste
haya acaecido, de lo que se deriva que tal dato nada tiene que ver con las cláusulas limitativas de los derechos de
los asegurados, que de existir afectarían al deber de indemnizar más que a la cuantía determinada del contrato
(SSTS 17 de marzo de 1995 (LA LEY 16733-R/1995) y 7 de marzo de 1997 (LA LEY 3851/1997)).
Así se manifiestan también las Sentencias de la AP de Barcelona, Sección 4.ª, Sentencia de 19 de abril de 2005,
rec. 794/2004 (LA LEY 86599/2005), (en un supuesto de error profesional de abogado) y de otras audiencias, (SAP
de Castellón de 3 de febrero de 2004 (LA LEY 29624/2004)): «El art. 76 de la LCS, en el que se apoya la
recurrente para articular su recurso, viene reconociendo, efectivamente, la existencia de un derecho propio del
perjudicado frente al asegurador de la responsabilidad civil para exigir la obligación de indemnizar nacida a cargo del
asegurado y la oponibilidad de excepciones frente a la reclamación del tercero perjudicado, ha dado lugar a la
doctrina del Tribunal Supremo, que dice que la acción directa del art. 76 "tiene su fundamento y su límite en el
mismo contrato de seguro del que dimana la referida acción" (STS 10 de junio de 1991, 26 de octubre de 1884, 26
de abril de 1986, 26 de mayo de 1989, entre otras), por lo que los límites de la obligación del asegurador no sólo
tendrán fuerza interpartes, sino que alcanza a tercero, que ponga en ejercicio la acción directa contra el
asegurador.
Por ello, ha de afirmarse que en los supuestos que se haya concertado una franquicia en virtud de la cual el
asegurado tomase a su cargo el pago de una cantidad, dicha excepción podrá ser opuesta por la aseguradora al
perjudicado y, en consecuencia, la acción directa en reclamación de la indemnización por daños y perjuicios deberá
circunscribirse al ámbito de la póliza, al pertenecer a la propia esencia de la obligación y del ámbito en él que es
exigible, ya que como dispone el art. 73 de la LCS «por el seguro de responsabilidad civil el asegurador se obliga,
dentro de los límites establecidos en la ley, en el contrato, a cubrir el riesgo del nacimiento a cargo del asegurado
de la obligación de indemnizar a un tercero los daños y perjuicios causados por un hecho previsto en el contrato de
cuyas consecuencias sea civilmente responsable el asegurado conforme a derecho».
Tal cláusula forma parte de la propia delimitación del contrato de seguro y por tanto permite la exoneración de la
aseguradora del abono del total de la cantidad indemnizatoria que corresponda y debiendo de pechar, en todo caso
y con carácter exclusivo y no solidario, el abogado y sociedad profesional demandada.
A favor del asegurado, ante tanta complejidad de situaciones que puedan plantearse en los despachos de
abogados, conviene indicar que el TS (LA LEY 11033/2003) ha fijado un principio básico en los seguros de
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responsabilidad
civil: «... Cabe considerar la existencia del criterio de interpretación in dubio pro asegurado
atendido también el art. 1288 CC, todo ello en atención a que nos hallamos ante un contrato de adhesión en el
que, usualmente, el asegurador redacta las cláusulas y, por tanto, ocasionado la oscuridad y que no admite
interpretaciones ni alcance ni efectos que pugnen con el sentido favorable y proteccionista del asegurado (entre
otras TS SS 8 de marzo de 1990, 20 de marzo de 1991 y 28 de julio de 1994)».
VI. LA RESPONSABILIDAD CIVIL DE LOS DESPACHOS MULTIDISCIPLINARES
A nuestro entender, se produce una peligrosa incongruencia entre el espíritu colectivo de la LSP, la responsabilidad
del colectivo profesional prevista en la Disp. Adicional 2.ª (LA LEY 2201/2007) de la ley (la que se refiere a los
colectivos que comparten anagramas y documentos) y el régimen de incompatibilidades profesionales.
En la actual regulación, el Estatuto General de la Abogacía de 2001 (LA LEY 1024/2001) establece que el ejercicio
de la abogacía es incompatible con el ejercicio de la profesión de procurador, graduado social, agente de negocios,
gestor administrativo y cualquier otra que la normativa especifique, entre éstas, la de auditoría de cuentas.
Con esta situación, los despachos multidisciplinares que se denominan «asesorías» y que puedan estar formados
por gestores administrativos, que se encarguen de su propio cometido, graduados sociales, que se dediquen a la
tramitación de nóminas y seguros sociales y abogados que desempeñen sus funciones propias, no podrían
constituirse en sociedades profesionales.
Pero en cambio, al compartir facturación, documentos y anagrama, todos los profesionales serían considerados
responsables personales y solidarios de los errores de cada uno de los miembros del colectivo.
Esta situación es ciertamente insostenible e injustificable. La LSP no puede «facilitar» el ejercicio colectivo de la
profesión, «castigar» la no constitución de sociedad profesional con la responsabilidad personal e impedir la
posibilidad de formar sociedades profesionales a los colectivos en los que los abogados comparten despacho y
tareas con graduados sociales o gestores.
La incompatibilidad del ejercicio de abogado con el de gestor o graduado social se refiere, en esencia, a que la
misma persona física no pueda realizar actividades incompatibles. Pero en modo alguno puede referirse ese marco
de incompatibilidades a que en el mismo techo no puedan realizar sus funciones un graduado social, que gestione
nóminas y un abogado especialista en derecho procesal laboral.
Es por ello que es urgente la regulación a que se refiere la Disp. Final 2.ª de la LSP (LA LEY 2201/2007) para
compatibilizar el ejercicio profesional, en el seno de las sociedades que tengan por objeto el ejercicio de varias
actividades profesionales y el régimen de incompatibilidades aplicable a los profesionales.
VII. EN DEFINITIVA, NUEVO ESTADIO DE LA RESPONSABILIDAD CIVIL DEL ABOGADO
Siguiendo la doctrina del TS en la Sentencia de 23 de enero de 2004, rec. 1/2003 (LA LEY 285/2004), en relación a
la responsabilidad extracontractual de los Magistrados del Tribunal Constitucional «una sociedad libre reclama,
probablemente más que ninguna otra, que los seres humanos guíen sus acciones por un sentido de responsabilidad
en relación con unos deberes que normalmente vienen delimitados por la ley civil. En conclusión, libertad y
responsabilidad deben ser en esta contienda judicial inseparables y se debe absolutamente disentir del dogma
medieval The king can do no wrong.
Ante esta situación, y el actual estadio de la responsabilidad civil del abogado, expuesto en este artículo, tan sólo
nos queda, a los que nos dedicamos a esta profesión y a los que tenemos el honor de intervenir en juicio (el sector
de mayor riesgo dentro del error profesional de abogado), que nos sea de aplicación la presunción de inocencia y la
doctrina de la carga de la prueba para quien imputa el error. En definitiva, la propia doctrina del TS en sentencia
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de 12 de diciembre de 2003 (LA LEY 276/2004):
«Se está en la esfera de una responsabilidad subjetiva de corte contractual, en donde no opera la inversión de la
carga de la prueba, será preciso, pues, como prius en ese juicio de reproche, acreditar la culpabilidad, siempre y
cuando quepa imputársela personalmente al abogado interviniente (sin que se dude que, a tenor del principio
general del art. 1214 en relación con el 1183 CC a sensu excluyente, dentro de esta responsabilidad contractual,
será el actor o reclamante del daño, esto es, el cliente, el que deba probar los presupuestos de la responsabilidad
del abogado, el cual ab initio, goza de la presunción de diligencia en su actuación profesional) sin que, por ello,
deba responderse por las actuaciones de cualquier otro profesional que coadyuve o coopere a la intervención».
(1)
«La responsabilidad objetiva del abogado en el ejercicio de su profesión». Diario La Ley. N.º 5846. 10 de septiembre
de 2003.
«La distribución de competencias y responsabilidades en el proceso entre abogado y procurador ». Diario La Ley. N.º
6386. 26 de diciembre de 2005.
Ver Texto
(2)
La responsabilidad civil del abogado y del procurador. Editorial Bosch. 2007. Pág. 137.
Ver Texto
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