el sentido político del diálogo nacional

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20-AGOSTO-2015
“EL SENTIDO POLÍTICO DEL DIÁLOGO
NACIONAL”
Este documento está escrito para generar análisis, reflexión, debate crítico y militante. Sus
opiniones no necesariamente representan la posición oficial del Movimiento Alianza PAIS.
1.
Introducción
Al mismo tiempo que el Presidente Rafael Correa anunció la decisión de archivo temporal de las leyes de Plusvalía y
Redistribución de la Riqueza, convocó a un gran Diálogo Nacional sobre la Equidad y la Justicia Social, a cargo de la
Secretaria Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades). Esta convocatoria ha sido una respuesta política a las
movilizaciones que permite anteponer los espacios de interlocución ciudadana a ciertas expresiones violentas de
algunos sectores movilizados con el objetivo de recuperar la calma en la población. Si bien este diálogo nacional ha
sido comentado en varios medios de comunicación, poco se dice sobre lo que significa en términos políticos o sobre
los sentidos que articula.
Este es el objetivo del documento. ¿Qué supone para el proceso político de la Revolución Ciudadana la apertura de
nuevos y variados espacios de escucha, debate, argumentación y resolución de demandas? ¿Dónde se halla su
potencialidad? Nuestra hipótesis sostiene que el diálogo recupera el espíritu constitucional a partir de cuatro
sentidos: el primero, el diálogo como recuperación de la política; el segundo, el diálogo como herramienta que
posibilita la construcción de un ciudadano crítico capaz de empoderarse del proceso político en curso; el tercero, el
diálogo como elemento correctivo de las políticas públicas y el cuarto, el diálogo como reconocimiento de los
actores y demandas de la sociedad civil.
2.
El diálogo como recuperación de la política
La política tiene dos grandes rostros: 1. el ejercicio de la representación y la toma de decisiones y 2. El ejercicio de la
participación con el intercambio de ideas, intereses y razones. El primero es el más visible en tanto remite a la esfera
de la legitimidad que confiere a las autoridades electas el pronunciamiento ciudadano en las urnas. De esta forma,
los políticos ejercen la representación y toman decisiones en nombre y a partir de la autorización popular concretada
por la vía del sufragio universal.
La faceta menos evidente es la segunda, la política como arte de la deliberación, el conflicto y la negociación.
Remite a la esfera de la legitimidad que confiere a los electos el diálogo fluido con las heterogéneas expresiones
sociales. Los políticos mantienen su dimensión de representantes legítimos en la medida en que escuchan a la
sociedad, dejan que el pueblo tome la palabra y se abren a la expresión de las demandas sociales. Así, las
decisiones se construyen en el flujo comunicativo entre representantes y ciudadanos.
La política de la democracia radical combina ambas dimensiones. Esta perspectiva nace de las críticas que efectúan
algunos autores como Ernesto Laclau a los mecanismos de la representación liberal en tanto apelan a un ideal de
homogeneidad del conjunto que se pretende representar considerando “la voluntad del pueblo como algo
constituido antes de la representación”1. Por el contrario, se postula una concepción de la sociedad civil como un
ámbito donde lo que impera es el conflicto y el antagonismo en detrimento del consenso y la homogeneidad.
Bajo estas consideraciones, el diálogo nacional supone un nítido ejercicio de apertura de la política a la ciudadanía.
Se trata de reactivar las conexiones entre los múltiples rostros de la política. Las decisiones provienen de los
representantes electos y de los intercambios entre éstos y la sociedad. Con el diálogo, entonces, se busca recuperar
la política democrática en toda su extensión. Hacer política es escuchar, hablar, debatir, negociar y, en la medida de
lo posible, alcanzar acuerdos (o llegar a acuerdos sobre aquello en que no estamos de acuerdo). Este ejercicio forma
parte a la vez que profundiza en una idea de la política democrática como espacio de intercambio público de
razones, intereses e ideas donde prevalecen los mejores argumentos.
3.
El diálogo como herramienta que posibilita la construcción de un ciudadano crítico y reflexivo
La convocatoria al diálogo afirma la convicción en las capacidades críticas, deliberantes y reflexivas de los y las
ciudadanos en el Ecuador. A lo largo del vigente período democrático dichas capacidades se han fortalecido,
ensanchado y distribuido en cada vez más amplios sectores sociales. Sin embargo, las elites tienden a negar dichas
capacidades y a concebir a los ciudadanos como dóciles, autómatas, obedientes y sin juicios propios: la reiterada
imagen de los simpatizantes de los gobiernos populistas como simples monigotes morales e intelectuales a los que
hábiles políticos manipulan a discreción es parte medular del discurso anti-popular tan extendido hoy en día.
Por el contrario, al abrir el Diálogo Nacional se afirma la creencia en que los ciudadanos son reflexivos, en que tienen
sus razones para expresarse como se expresan, en que están informados y en que pueden conectarse de modo fluido
en cualquier tipo de intercambio público con representantes, técnicos y tomadores de decisiones. Más aún, la vía
del diálogo constituye una de las modalidades fundamentales para contribuir a fortalecer dichas capacidades
reflexivas y a desarrollar los juicios críticos de la ciudadanía. De esta forma, la construcción de una sociedad activa,
deliberante y con disposición a incidir en la vida política del país depende de la presencia de ciudadanos
preocupados por los asuntos públicos, informados y conectados con quienes toman decisiones.
En este sentido, los aportes de la teoría de la democracia deliberativa de Jurgen Habermas establecen que “las
decisiones y normas son legítimas cuando están fundadas en razones que resultan de un proceso de deliberación
1 Laclau, Ernesto. (2009). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Pp. 206
Pag. 2
público, inclusivo y equitativo en que los ciudadanos se implican libremente”2. A partir de ello, Franklin Ramírez
Gallegos retomando la perspectiva de Leonardo Avritzer, afirma que la potencialidad de la noción de espacio público
radica en la reflexividad a la cual incita. Es decir, “los individuos comunes forman entre sí, de modo más o menos
racional, una pluralidad de juicios y opiniones sobre temas relevantes para el conjunto de la sociedad. Al hacerlo,
pueden influir en la construcción del bien común y en las orientaciones del sistema político (…) Esta racionalidad
política se decanta en la formación de espacios públicos como específicos lugares (topos) que emergen cuando la
ciudadanía interactúa discursivamente sobre asuntos que le conciernen. Desde dichos espacios, los actores
sociales interpretan, resignifican y producen información, tematizan nuevos asuntos y avanzan reclamos de cuyo
procesamiento dependerá la legitimidad del sistema político. La reflexividad social se pauta así, como una forma de
participación argumentativa que amplía el espacio, la práctica y el concepto de las políticas más allá de sus
confines institucionales”3.
Ello se encuentra vinculado con la revitalización del poder ciudadano. En este sentido, la Constitución de Montecristi
plasmó el ideal de una democracia representativa, directa y comunitaria. Las tres facetas apelan al ideal de una
democracia de alta intensidad en que los ciudadanos participan, co-deciden y controlan a quienes ejercen funciones
públicas. Dicho ideal contiene el principio y la utopía del poder ciudadano.
La democracia radical precisa de la activación permanente de dicho poder para orientar al Estado y al mercado
hacia el servicio del bien común. El poder ciudadano estriba, entonces, en la disposición social a tomar parte de los
debates públicos y en la influencia que conquistan en el proceso democrático. En este sentido, la convocatoria al
diálogo nacional supone un intento por resituar y reactivar ese poder ciudadano en el centro de la dinámica política.
La reactivación implica dinamizar tanto las estructuras como la disposición a participar ya que tras el cierre del
proceso constituyente se ha generado una brecha entre las instituciones gubernativas y la disposición participativa
de los ecuatorianos. Por ello es necesario que, apelando a los principios constitucionales, el diálogo resitúe a la
participación ciudadana como eje del funcionamiento de las instituciones y de la revitalización democrática. No se
trata, únicamente, de facilitar el debate entre Estado y sociedad sino, sobre todo, propender a que la participación
social desborde al gobierno, a las instituciones y permita que los diferentes grupos, actores, movimientos,
organizaciones se escuchen y encuentren entre sí. El diálogo debe situarse en el horizonte mayor de una gran
confluencia de la ciudadanía con y más allá del Estado, del gobierno nacional, de los gobiernos locales.
4.
El diálogo como elemento correctivo de las políticas públicas
Las políticas públicas son decisiones que se toman de acuerdo a las circunstancias y en función de determinados
recursos y objetivos sociales. Una política puede funcionar en un cierto contexto histórico y ser completamente
disfuncional en otro. O puede ayudar a resolver un problema en un momento dado pero ser parte de la continuidad
del mismo problema unos años más tarde. Si bien la eficacia, pertinencia y calidad de una política pública puede ser
2 Ramírez
Gallegos, Franklin (2008). El espacio público como potencia. Controversias sociológicas desde la experiencia participativa de Medellín.
En: ICONOS. FLACSO – Ecuador. Pp. 62.
3 Ídem. Pp. 63.
Pag. 3
evaluada de diversas formas, un papel fundamental es el protagonismo de la voz de aquellos que son sus
beneficiarios o se encuentran afectados por tales políticas.
Ello forma parte de lo que se conoce como accountability política en tanto “capacidad del electorado para hacer que
las políticas gubernamentales respondan o se adecuen a sus preferencias”4. Sin embargo, “la forma tradicional de
entender la accountability -interesada principalmente en la disponibilidad y la naturaleza de las herramientas
institucionales de control- ha ignorado en gran medida la contribución de la sociedad civil al ejercicio del control”5.
Se han priorizado los mecanismos de accountability vertical6 convirtiendo a las elecciones en la única herramienta
que puede utilizar la sociedad civil para ejercer un control sobre sus gobernantes.
El Diálogo Nacional precisamente amplia esos espacios de encuentro entre Estado y ciudadanía con el fin de evaluar
y, si es el caso, corregir las políticas nacionales en los diferentes sectores gubernativos. El diálogo nacional
funcionaría así como un espacio que posee un poder correctivo respecto a la agenda pública.
5.
El diálogo como reconocimiento de los actores y demandas de la sociedad civil.
El reconocimiento constituye una dimensión fundamental del ser humano en el momento en que se establece una
relación con los demás. Teniendo en cuenta la irrupción de los movimientos sociales y los diferentes actores que
forman parte del espacio público, las luchas por el reconocimiento suelen formar parte de diversas manifestaciones
sociales en las cuales los actores ocupan el espacio público para reclamar la inclusión de sus demandas o ser
tomados en cuenta en los procesos de toma de decisión.
Para Honneth, representante de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt, la falta de reconocimiento o las
experiencias fallidas de reconocimiento significan un daño a la subjetividad de las personas. En este sentido,
Ramaglia retoma su teoría especificando que si bien la negación de derechos y dignidad resulta de utilidad para
entender los conflictos sociales, “cabe reparar que no se limita sólo a una experiencia moral que se traslada de lo
individual a lo colectivo, sino que es desde este último nivel referido a la dimensión social y pública que
frecuentemente se produce la visibilización de las demandas de los sujetos sociales que se constituyen en el mismo
proceso de la lucha por ser reconocidos”7 .
Este último sentido que adquiere el diálogo nacional, se relaciona con los efectos políticos que genera la
participación ciudadana en tanto permite la inclusión de las diferentes voces en el entramado estatal y en las
distintas interfaces Estado- sociedad, a partir del conflicto, debate y argumentación de posiciones y demandas.
Es así como la democracia radical y plural propuesta por Chantal Mouffe tiene como punto de partida el
reconocimiento del conflicto y la diferencia como elemento fundamental que funda el orden social. Lejos de una
4 Peruzzotti,
E. y Smulovitz, C. (2002). “Accountability social: la otra cara del control”. En: Peruzzoti, E. y C. Smulovitz (Eds.) Controlando la
Política. Ciudadanos y medios en las nuevas democracias latinoamericanos. Buenos Aires: Temas. Pp.27
5 Ídem. Pp. 24.
6 O´Donell, G. (2003) Accountability horizontal: la institucionalización legal de la desconfianza política. En: Mainwaring, S. y Christopher, W.
Democratic accountability in Latin America. Nueva York y Oxford: Oxford University Press.
7 Tello Navarro, Felipe Hernán (2011). Las esferas de reconocimiento en la teoría de Axel Honneth. En: Revista de Sociología. Pp. 47.
Pag. 4
democracia de consenso, la naturaleza de lo político sobre la cual se sustentan los escritos de Mouffe sitúa al
antagonismo y la lucha por el poder en el centro de su esquema teórico. Más que una amenaza para la democracia,
la confrontación agonística como le llama Mouffe, es precisamente la condición de existencia y lo que permite el
avance de la democracia. El argumento que utiliza la autora es que “un excesivo énfasis en el consenso, unido al
rechazo de la confrontación, conduce a la apatía y al distanciamiento respecto de la participación política”8.
Por el contrario, la profundización del debate político y la confrontación son dos elementos fundamentales para
lograr la radicalización de la democracia, la cual implica “la necesidad de reconocimiento del otro y la imposibilidad
de anular las diferencias, y la aceptación del antagonismo, como una dimensión propia del campo de la política”9.
6.
Consideraciones finales
El proceso de Diálogo Nacional es un proceso eminentemente político en el cual se activan, amplían y fortalecen
espacios de participación y de debate entre el Estado y la sociedad. Pero esta activación requiere de una
corresponsabilidad entre ambas partes en una sociedad cuyas organizaciones sociales tienden a dirigirse
principalmente hacia el Estado en detrimento de la sociedad y los sectores populares. La corresponsabilidad entre
Estado y sociedad significa entonces la posibilidad de establecer espacios de auto-organización para la sociedad,
una autonomía para no esperar todo del Estado teniendo en cuenta que un proceso político nacional-popular no
puede existir sin una efectiva participación de la ciudadanía en el proceso transformador de la sociedad.
En primer lugar, se debe politizar a la sociedad como primer paso en la construcción del poder popular. La
implementación de mecanismos tendientes a aumentar la participación de la ciudadanía y las organizaciones
sociales en el diseño de políticas públicas y en la gestión de los diferentes niveles del Estado es fundamental para
ello.
Pero el poder popular no pasa solo por la participación política. También se debe implementar políticas destinadas
hacia una mayor redistribución del ingreso, una democratización de los medios de producción y una potenciación
del talento humano que tenga como objetivo la construcción de una sociedad del conocimiento. Debatir de justicia
social y de equidad es confrontar modelos políticos de sociedad que puedan atacar las causas estructurales de la
reproducción social del capital que hacen que la pobreza y la riqueza se multipliquen, persistan y se hereden.
Además la Revolución Ciudadana necesita del apoyo de amplios sectores progresistas y populares para afrontar
sectores de derecha que se tornan cada vez más violentos. En este sentido, el Diálogo Nacional solo puede
contribuir para este objetivo en cuanto representa un mecanismo legítimo de gestión política de la conflictividad
social acercando al Estado a la ciudadanía en general, escuchando las demandas de la sociedad organizada y no
organizada y participando de la ampliación de una ciudadanía más reflexiva y más informada.
8 Mouffe, Chantal
(2000). La paradoja democrática. Barcelona: Editorial Gedisa. Pp. 117
Ricardo (2010). El nuevo momento de los movimientos sociales. En: Los movimientos sociales y el sujeto histórico. Secretaría de
Pueblos, Movimientos Sociales y Participación Ciudadana. Ecuador. Pp.64.Pp.65
9 Carrillo,
Pag. 5
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